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Estado actual de la legislación europea y ... - Fazendo Gênero

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nacida

nacida desde su libre albedrío, debe sucumbir de forma pasiva ante la expropiación de un derecho que le es propio relegando su voluntad a una opción que queda, de tal forma, en manos de un extraño. Breves consideraciones al respecto Hasta la fecha, la adopción de medidas legislativas en materia de aborto ha seguido tres tendencias que sirvieron de guía en su formulación. En primer lugar, el componente de condena moral del aborto, sobre el que hace hincapié la normativa penal, fue la forma más usada por la ley para hacer valer sus postulados durante siglos. En segundo lugar, el aborto pasa a formar parte del ámbito de la salud y el bienestar, donde se considera especialmente el daño provocado a la vida y a la salud de la mujer al imponerse restricciones legales al aborto terapéutico y, por consiguiente, a los niños y sus familias. Por último, el aborto se plantea actualmente en el ámbito de los derechos humanos que tienen como centro a la mujer, exigiendo que servicios acordes a elementales criterios de justicia, igualdad y libertad puedan beneficiarla en el acceso a un aborto seguro. Parece adecuado, entonces, concluir el planteo de la cuestión mencionando las verdades incontrastables que se aúnan entre tanto en torno al acto del aborto: 1. El aborto es una realidad social. Sea de manera legal o ilegal, como decisión individual o conjunta, el aborto es una realidad diaria a la que la mujer se somete, bien en ejercicio de una opción libre y personal, o bien, porque el varón - a través de determinadas actuaciones u omisiones de influencia y poderío físico o psicológico- incita, induce, promueve o provoca en la mujer la alternativa única del aborto. 2. Es la mujer, únicamente, quien expone su vida y su salud soportando el riesgo de degradación en sus calidades vitales - hasta llegar a producirse, incluso, su muerte - cuando el aborto es realizado bajo condiciones inseguras - que no siempre ilegales o clandestinas - y mediando o no la existencia de restricciones en cuanto a los requisitos mínimos indispensables y necesarios para prevenir la morbilidad y la mortalidad femenina consecuentes. 3. Sólo la mujer que posee órganos de reproducción femeninos es quien puede embarazarse permitiendo así que tenga lugar el proceso biológico de crecimiento y desarrollo del feto hasta el momento en que éste adquiere condiciones de viabilidad y se produce el nacimiento. 4. La decisión propia de continuar un embarazo o no es, en la práctica, una competencia única de la mujer. Tanto la ley como los imperativos religiosos o morales se demuestran ineficaces ante la posibilidad real de consumar el acto del aborto dado que el único condicionante apreciable y válido es la exclusiva voluntad de la mujer respecto a la disposición de su propio cuerpo, del que es parte el concebido. 6

5. El cuerpo de la mujer es un todo en sí mismo, independientemente del estado que manifiesta con el embarazo; estado este que, además de ser circunstancial, es sólo condicionante de la modificación física y biológica que se produce en el organismo de la mujer de manera íntegra, abarcando todas sus funciones y manifestaciones -tanto internas como externas- sin que por ello quepa diferenciar el todo de la unidad que conforma y reproduce – por lo menos, no hasta que el feto haya alcanzado la posibilidad de una existencia efectiva e independiente del ser que lo incuba y desarrolla-. Por lo tanto, cabe afirmar que siendo el cuerpo de la mujer único - uno solo en su totalidad - la mujer posee el feto hasta que éste adquiere viabilidad y la unidad puede dividirse generando la existencia libre e independiente de dos cuerpos. 6. La vida, desde la perspectiva humana de todas las concepciones posibles, es el valor superior por excelencia. Pero no es un valor absoluto; existe y se concibe en invariable relación de alteridad con otros valores entre los que se manifiesta y supervive igualmente. 7. El aborto pone de manifiesto la pervivencia del conflicto más primigenio en la circunscripción de los límites del territorio, donde la potestad misma configura la propiedad en su sentido más estricto: la posesión, como bien preciado, de la vida y el cuerpo de la mujer a través de los cuales se perpetúa la especie, razón por la cual su sola expropiación se halla así justificada desde la reminiscencia de una cultura patriarcalista y obsoleta de control. 8. Cabe resaltar que, en todos los casos, tomar la decisión de abortar enfrenta a la mujer ante un difícil dilema cuya opción, sea cual fuere, se presenta como una opción moralmente cuestionable cuando el embarazo no es viable: sea porque se deberá asumir una maternidad forzada o continuar la gestación para dar en adopción al nacido; sea porque se deberá abortar o también porque se cometerá infanticidio o abandono del recién nacido. 9. Ninguna mujer se embaraza deliberadamente para abortar. Y las razones que llevan a un embarazo no deseado son tan amplias y variadas como las que explican su decisión de abortar. Sin embargo, la ley sólo contempla el aborto en casos límites establecidos, desatendiendo por completo el derecho de la mujer a decidir autónomamente sobre su propio cuerpo y en función de un proyecto de desarrollo personal, perpetuando así, coactivamente, por imperativo legal, concepciones morales valorativas sobre el género y la maternidad. De todo ello se deriva que, cuando un estado hace uso de su legislación penal para sancionar a la mujer que recurre al aborto, no sólo se excede en los límites de su injerencia sino que, además, está criminalizando el ejercicio de derechos que son básicos. Llegados a este punto, es evidente que no se trata ya de debatir cuánto más o cuánto menos seguirán produciéndose los abortos si se despenalizara o legalizara la situación. La prohibición - o la permisión condicionada - para abortar, existe y, a pesar de ello, la mujer aborta. Es innegable, entonces, que el centro de discusión debe estar enfocado hacia las condiciones y los límites en que 7

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