VE-00 MARZO 2014

rafasastre

VALENCIA ESCRIBE

La revista

Número 0 – Marzo 2014


© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)

©de los textos: Lucho Bruce, Malén Carrillo, Eric Grants, Lu Hoyos, Asun

Ferri, Marco Antonio Torres Mazón, David Rubio, Rafa Sastre, Amparo

Hoyos, Lidia Castro Hernando, Pernando Gaztelu, Eva Franco, Jeremías

Wayne, Puri Otero Domarco, Benjamín Blanch, Carmen Ferrer, Reca

Refojos.

Colaboradora especial (fotos): Eulalia Rubio Pérez (Valencia) – Blog:

http://jardinesrioturia.blogspot.com.es/

Diseño y edición: Rafa Sastre

Para ver y descargar esta revista en formato pdf (3.41 mb):

http://www.mediafire.com/view/ypm0vr9q0sr9820/VE-MARZO.pdf


Índice

Nace una aventura (Rafa Sastre) Pág. 1

Escribir es… (Lucho Bruce) Pág. 3

Mis ojos son tuyos (Malén Carrillo) Pág. 5

Al final del día solo hay noche (Eric Grants) Pág. 9

El bailarín del Metro, la filósofa momia

y el observador amorfo (Lu Hoyos) Pág. 15

Han caído los corazones (Asun Ferri) Pág. 19

Estampa de Vermeer con melodía

de Chet Baker (Marco Antonio Torres Mazón) Pág. 21

Peláez y el parque de los diez millones

de euros (David Rubio) Pág. 23

El cuadro que mira a un hombre (Rafa Sastre) Pág. 29

La epidemia de lágrimas (Amparo Hoyos) Pág. 31

A imagen y semejanza (Lidia Castro Hernando) Pág. 33

Crónica de guerra (Pernando Gaztelu) Pág. 35

Líneas asentadas en el tiempo (Eva Franco) Pág. 39

La tumba de mi conciencia (Jeremías Wayne) Pág. 41

El creador del mundo (Puri Otero Domarco) Pág. 49

Línea 1 (Benjamín Blanch) Pág. 53

De sabor intenso (Carmen Ferrer) Pág. 55

De animalitos alados y otros

parientes animados (Reca Refojos) Pág. 57


Three-masted ship JOSEPH CONRAD leaving Sydney Harbour

http://www.flickr.com/photos/anmm_thecommons/with/9462951814


Nace una aventura

Ahora que me paro a pensar, no sé a ciencia cierta en qué berenjenal me

he clavado. Hace unos días, propuse a Lucrecia y Amparo (o Amparo y

Lucrecia, monta tanto), almas-mater del blog Valencia Escribe y buenas

amigas, el publicar una revista digital -a ser posible con frecuencia

mensual- destinada a reproducir textos propios, colaboraciones de

compañeros de ese bonito proyecto que confío perdure por años.

La iniciativa ha tenido buena acogida. Junto a la participación de firmas

habituales en VE, nos hacen el honor otros amigos que, gracias a

nuestras modestas peripecias literarias, hemos tenido la enorme fortuna

de conocer en distintos ámbitos reales o virtuales. Es el caso de Lucho

Bruce. Este entrañable argentino es autor del texto titulado “Escribir

es…” que, desde que lo leí, representa para mí el padrenuestro del

escritor. Le solicité poder reproducirlo aquí, pues pienso que es la mejor

manera de iniciar una divertida aventura que nadie sabe dónde nos

llevará. Tal vez esa incógnita contribuya a alimentar nuestra curiosidad,

estimulándonos a continuar navegando a través del extenso mar de las

palabras mientras salpicamos a los lectores de grandes historias y

hondos sentimientos.

Gracias a todos. De corazón.

Rafa Sastre

1


Man Writing a Letter - Gabriel Metsu (1629-1667)

2


Escribir es…

Escribir es…

Escribir es como…

Escribir es como masticar…

Escribir es como masticar, empiezas…

Y no puedes parar si te gusta cómo sabe lo que mascas, si te gusta lo que

te dicta tu cabeza, si te gusta cómo suenan las comillas, las metáforas,

las prisas de la prosa, fluida y expectante, llena de sonetos y letras

delirantes, repleta de comas, puntos y mentiras, que te inventas tú

mismo y las compartes…

Si te toman amable y angelado, siembras flores de arco iris en las hojas,

si te encuentran torvo y desafiante, escupes mil demonios con tu

diestra.

Para que otros la crean como ciertas, para que otros las traten como

amantes, para que los demás rían contigo, para que aquellos lloren

como amigos, para que te odien los reyes de la burla, para que te

quieran los mendigos de cariño, para que sueñen los que no tienen

sueños y que descansen los que no tienen nido.

Comienzas y no paras, te apasionas, el negro de la letra abofetea el

blanco del papel inmaculado, que te mira y se ríe entre renglones, y tú le

llenas de paréntesis de estrofas todo el blanco… te llenas de aire puro la

cabeza, soltando las palabras que se caen, desmayándose de amor sobre

la mesa.

Y quieres tú parar pero no puedes, no sea que tu musa se adormezca, no

sea que tu frase más buscada se muera arrodillada en tu cabeza.

3


Con suerte y con el viento a tu favor, quizás no todo ya esté escrito,

quizás falten palabras a tu grito, quizás le falten letras a tu vida.

Y si dejas que las letras te acaricien, si dejas que la hoja esté dispuesta,

disfrútala como mujer, amable y tersa, que los años ajan los papeles que

no llenas de puntos, signos, letras.

Y paras, te relees, te avergüenzas, por no tener la prosa de Cervantes…

Autor: Lucho Bruce (Mar del Plata – Argentina)

4


Mis ojos son tuyos

El caminante sobre el mar de nubes - Caspar David Friedrich (1774-1840)

Jumeirah Port de Sóller, 29 de septiembre

Querida mía:

El día se alarga en esta costa acantilada del oeste de la isla como racimos

de uva madura que no quiere ser recogida; del mismo modo, el sol no

desea despedirse del verano. La atmósfera continúa cálida y el mar,

siempre presente allá donde mires, le hace guiños al astro solar,

incitándome también al baño. Es tiempo de membrillos y manzanas

5


einetas. Es tiempo de vendimia, de catar juntos los mejores caldos.

Septiembre. Y yo estoy sin ti, en este trozo de paraíso mediterráneo que

se llama Mallorca. Y te quiero saborear, aunque estés lejos, con mi

nostalgia.

Esta mañana, contemplaba el paisaje desde aquí, donde cielo y mar se

unen entre aroma de pinos, y me he sentido tan atrapado que no he

podido hacer nada más. Lo miraba por los dos, pensando que este valle

es uno de los lugares más bellos del mundo y echándote de menos. Tu

risa cantarina sería el mejor regalo para mis oídos y tu presencia, para

mis viejos huesos. No ha podido ser y me conformo. Aún así, te lo

describo porque sé que te encanta y mi vista es también la tuya, y te

cuento y te cuento para que luego tú imagines, con los ojos de los

sueños, los mejores relatos. Dominan el verde, el blanco y el azul. Cielo

limpio y nubes de algodón, como a ti te gustan, recién estrenado un

nuevo día. Tú descubrirías navíos que surcan mares y continentes

remotos; piratas que trepan por el velamen y caballeros que rescatan

damas en torres vigías suspendidas sobre acantilados imposibles. Y

nubes que representan formas de ancianas bondadosas y que pasan

veloces porque las reclaman en sus lejanos cuentos.

Al atardecer las montañas se tornan rojizas y he creído reconocer la luz

cálida del ambiente de los largos días de estío, que tú transformarías en

imágenes de caravanas cruzando desiertos dorados como el color de los

albaricoques o el de las arenas, o como los últimos rayos de este sol que

ya se oculta tras el horizonte marino, dándose un único y majestuoso

baño. Y yo te cruzo a ti, y tu piel es terciopelo cálido con sabor a

melocotón maduro. Y quiero sumergirme contigo en aguas atestadas de

sirenas y descubrir para ti, tesoros e islas desiertas. Y te codicio así,

soñadora y valiente; libre y espontánea como las palabras que se ocultan

en tus labios y que yo descubro y relamo a placer sin pedirte permiso.

6


Después de tantos años juntos, creo que me atrevo a proclamar a los

cuatro vientos que eres la hechicera de mi vida, mi protectora, mi

estrella polar, mi faro… La magia de tus relatos me hace mejor persona,

me quita miedos y pesadillas. Eres, sin duda, el mejor destino soñado

nunca, el paisaje más plácido y ya sabes… que mis ojos son tuyos y mis

médulas, como diría Quevedo, también.

Nota: texto escrito en alfabeto braille

Tu fiel contemplador, amante y compañero

Autora: Malén Carrillo, “Maga” (Sóller, Mallorca)

http://enredadaenlaspalabras.blogspot.com.es

Carta finalista del I Concurso de Cartas de Amor convocado por

Jumeirah Port Soller Hotel & Spa (2014)

7


All over town - Massimo Strazzeri (http://500px.com/)

8


Al final del día solo hay noche

Imagen cortesía de Eugenia Álvarez Blanch

(http://eugenialvarezblanch.blogspot.com.es/)

¿Y es que es casualidad que después de treinta años vuelvas a tener mi

mundo a tus pies? Precisamente ahora que comenzaba a olvidarte a

golpe de insomnio y algún que otro Bourbon de más, porque aún duele

mucho más el pensar que todo pudo acabar en el mismo instante en que

tu cuerpo se separó del mío aquella fría noche de verano. Éramos todo

lo que cualquiera querría ser pero ni siquiera lo sabíamos. Prolongamos

la estancia más de lo debido y pagamos la merecida multa riéndonos de

todo en cualquier lugar desierto mientras el sol se daba por vencido sin

quitarnos ojo de encima. ¿Aún recuerdas nuestra despedida? Yo prefiero

9


no hacerlo porque tengo la certeza de que soy el único que lloraría y

estoy cansado de ser pionero.

Y es que verte de nuevo ha sido duro. Fueron treinta años viviendo con

tu recuerdo, intentando por todos los medios dedicarme a algo que me

hiciera feliz, entregándome a los antidepresivos como primera solución e

intentando escribir para la editorial como solución alternativa…

– ¿En qué momento has escrito esto? ¿En qué coño estabas pensando

cuando decidiste hacerlo?

Eran las palabras más suaves que salían de la boca de mi jefe día sí y día

también, pero llevaba razón. Se supone que debía de seguir el hilo de

una historia de detectives y, puedes imaginarte por qué, mis escritos

acababan en una vorágine de desgracias y desamores. Al quinto capítulo

ya había roto cuatro parejas y matado a tres personajes, uno de ellos

protagonista, y lo más curioso fue que…

–No entiendo nada contigo Martín. Rompes parejas míticas de la saga, te

cargas a un personaje protagonista y a la gente le encanta. Hemos

vendido más ejemplares que nunca en cinco años, no sé quién te ha roto

el corazón pero, espero que vuelva a hacerlo, me estás haciendo ganar

mucho dinero, pequeña escoria.

Parecía que a la gente le encantaba el drama siempre y cuando no fuera

suyo.

Ante palabras tan encantadoras solo me quedaba irme a mi

apartamento e intentar no llorar mientras encadenaba una serie de

placenteros cigarrillos y varias dosis de alcohol que burlaban a mi

perfecta memoria. No quería recordar.

Y así pasaron varios años en los que compartí cama con buenas mujeres

y con otras no tan buenas. Le rompí el corazón a alguna poniéndole tu

cara y dándome cuenta de lo estúpido que era solo cuando estaba

10


demasiado borracho para ponerme los pantalones. La editorial subía

como la espuma y yo me hundía bajo mi cama de tal manera que me

tiraba noches enteras sentado frente a la máquina de escribir y solo

conseguía poner…

– ¿Dónde estás?

Diez años después, y gracias en parte al nombre que conseguí hacerme

en la editorial, decidí dejar de escribir sobre dramas ajenos y hacerlo

sobre el mío. En dos semanas, varias editoriales, incluyendo para la que

trabajé, se mataban entre ellas por hacerse con el material. Fue un éxito

rotundo y en un mes se coló entre los cinco más vendidos a nivel

nacional y se estaba preparando su lanzamiento al extranjero.

Escritor, era lo que quería ¿recuerdas? Pero sin embargo no significaba

nada para mí si no podía compartirlo contigo. Reconozco que durante un

tiempo te busqué, quise saber de ti, pero fue más con miedo que con

decisión y no obtuve resultado alguno.

Hoy ha comenzado oficialmente el invierno, y mientras daba una charla

en una librería sobre mi libro, un apuesto caballero se ha levantado y me

ha preguntado.

–Disculpe señor Martín, ¿sería usted tan amable de leer la primera

página del capítulo cuatro? Sería un honor escucharla con su voz.

Asentí con media sonrisa, sostuve el libro entre mis manos y lo abrí por

la citada página.

Era medianoche y llovía con intensidad. Las gotas serpenteaban por mi

ventana escapando de mi cansada mirada que a duras penas podía

perseguirlas. Estaba tan cansado que me costó despojarme de la ropa

mojada, quizás más culpa del viento cuando decidió asesinar a mi

paraguas sin piedad que de la misma lluvia. Después de pelear en la

cocina para conseguir alimentarme, me senté en el sofá aún con los pies

11


helados y con las fuerzas mermadas hasta para sostener el primer vaso

de Bourbon de la noche.

Dos horas después estaba derramado en la barra de algún bar. Creí

poder levantarme y acabé haciéndole una larga visita al frío suelo que

pronto pasó a una temperatura más cálida cuando me oriné encima

mientras escuchaba de fondo las carcajadas de personas que jamás han

escuchado romperse su corazón y se ríen sin empatizar. No sabría decir el

tiempo que estuve tirado en aquel lugar llorando y balbuceando palabras

de amor, llenas de dolor y sumergidas en alcohol.

Más tarde, el frío volvió como un martillo y me hizo abrir los ojos

repentinamente. La calle estaba solitaria y oscura excepto por dos

brillantes luces que tenía aquella niña en sus ojos.

–No tengo nada de tu talla para dejarte como ropa, lo siento.

Yo no salía de mi asombro, y decidí preguntar algo que quizás no querría

saber.

– ¿Qué hace una niña como tú en la calle a estas horas?

–La vida no es buena con todos, y creo que tú de eso sabes bastante, solo

hay que mirarte.

–Ya pero, ¿de dónde? quiero decir, ¿dónde…

Aquella criatura me puso un dedo en los labios, me hizo callar, paró a un

taxi, sacó mi cartera y, tras negociar con el conductor, se acercó a mí, me

ayudó como pudo a levantarme y me metió dentro del coche.

–Déjame preguntarte una cosa, Martín, ¿esto es lo que hace el amor?

Me tomé unos segundos antes de contestar aquella pregunta porque

quizás fuera lo único de provecho que haría en mucho tiempo.

–No cariño, esto es solo la parte mala.

12


Ella sonrió, cerró la puerta del taxi y se despidió agitando la mano.

Cuando terminé de leerlo reconozco que me costó mantener la

integridad. El caballero que realizó la petición comenzó a aplaudir y toda

la sala lo imitó, pero me llamó la atención la mujer que apareció mirando

a través del cristal de la librería. Levantó el brazo para poder ver mejor

qué pasaba dentro y por qué tanto alboroto de repente, y aquello fue

suficiente.

Me quedé inmóvil, no tenía palabras y mi cuerpo era un carrusel de

estímulos. Ella sin embargo, tuvo que mirar un par de veces para darse

cuenta, y cuando lo hizo, una extraña mueca sobrevoló su rostro hasta

que acabó en una sonrisa perfecta, como ella… Como las de antaño.

El caballero que formuló la pregunta salió de la librería, se acercó a ella,

la besó, la cogió de la mano y comenzaron a caminar. Ella, antes de salir

de mi campo de visión, levantó la mano y me saludó. Mi mundo quedó a

sus pies y aquella frase volvió a mí mente y la susurré.

“Al final del día solo hay noche”

Autor: Eric Grants (Málaga)

http://writtenrumors.com/inicio/

13


Óleo de Evelyn Carell (Valencia)

http://evelyncarell.artelista.com/

14


El bailarín del Metro, la filósofa momia y el

observador amorfo

Untitled - Timothée Taupin (http://500px.com/)

Hoy no es una excepción, hoy me siento como siempre muy cansada.

Suena el despertador a las 6:30, reprimo mis deseos de estamparlo

contra la pared y seguir durmiendo. Me levanto arrastrando mi cuerpo

dolorido hasta el cuarto de baño. El espejo me devuelve la imagen de

una mujer derrotada, una mujer que ha perdido todos los trenes y que

está a punto de perder el que hoy ha de llevarla a su destino de absurda

profesora, de filósofa muerta, de chillona crónica que se rompe la

garganta cada día para hacerse oír por su reducido auditorio. ¡No voy, no

voy, hoy no voy, no puedo! El cuerpo no me responde. Me duele

también el alma. Finalmente consigo vencer mis aprensiones con una

ducha caliente y una taza de humeante té. Disfrazo mi rostro con un

poco de maquillaje. Salgo a la calle. Es uno de diciembre y hace frío.

Todavía es de noche. Ando con paso rápido hasta la estación del metro;

15


esta marcha me libera de la mala conciencia que tengo de llevar una

vida sedentaria. Llego a tiempo, aún tendré que esperar unos diez

minutos. Estoy sofocada, tiro la mochila en un banco, empiezo a

despojarme del abrigo y de la bufanda y me doy aire con un abanico. Me

siento exhausta. Hay poca gente en los andenes. De pronto veo a un

joven en frente que baila al ritmo de la música que sale de los altavoces.

Se siente observado y exagera su excentricidad. Va vestido con un

uniforme verde. ¿Bailas? -Me pregunta- Y yo le contesto con un gesto de

mis manos, como si fuera a echarme a volar por encima de las vías que

nos separan. Le sonrío. Él sigue su baile con esmero. También canta,

avivando la mortecina voz de los viejos bafles de la estación. Me

pregunta que si me divierto, le respondo que sí. Llega mi tren. Le digo

adiós con la mano. Me pierdo en la tristeza de un vagón atiborrado de

sonámbulos...

Me levanto de un brinco apenas oigo el despertador. Ya es viernes. Hoy

voy a verla, me muero de ganas. Mi chica, ¡qué buena está!, me comeré

sus labios y la apretujaré entre mis brazos, la amaré la noche entera. Hoy

voy a decirle que la quiero. Me doy una ducha de agua fría y me lanzo a

la calle sin desayunar. Llego a la parada de metro, bajo las escaleras de

dos en dos. Si voy rápido me da la impresión que acorto las horas que

me faltan para verla. Estoy tan contento que voy a ponerme a bailar aquí

mismo. Se oye un cha cha cha por los desvaídos altavoces de la estación.

A ver: un, dos, Cha cha cha; un, dos cha cha cha, paso abierto; un, dos,

cha cha cha, un, dos, cha cha cha; un, dos, cha cha cha, paso cerrado; un,

dos, cha cha cha; un dos cha cha cha, voy y vengo; un, dos, cha cha, cha;

vuelta; un, dos, cha, cha, cha media vuelta; un dos tres, un dos tres,

vuelta entera... ¡Me sale bien! Estoy en forma. ¡Cuánto me gustan las

clases de baile! En el andén de en frente, hay una mujer que me observa

y me sonríe. Hago un quiebro, media vuelta y me palmeo el culo.

¿Bailas? -Le pregunto-, y me contesta que sí, pero las vías se interponen

entre nosotros. Le digo que la cuestión es no aburrirse. Soy tan feliz que

16


me siento capaz de dar un salto y bailar con ella. Debe de estar tan loca

como yo pero parece triste a pesar de su sonrisa. Me gustaría darle un

poco de mi magia, que sintiera la vida latir con la misma intensidad que

yo la siento. Qué bien me sienta el uniforme de jardinero. Debo estar

irresistible, esa mujer continúa mirándome. Viene un tren. Me dice adiós

con la mano. Desaparece...

Lo primero que hago cuando me despierto es encender un cigarrillo. Un

día más. Cuento los putos días que me quedan para jubilarme. De

camino al metro me paro en el bar de siempre y me pido un café y un

copazo de cazalla con el segundo pitillo, es que si no, no hay quien me

mueva. Una vez entonado el cuerpo, ya no le temo a nada. Soporto al

cabrón del jefe como si la cosa no fuera conmigo. Hay que ver lo que me

aprietan estos pantalones, cada día como menos y tengo la barriga más

gorda, lo he heredado de mi padre, seguro. ¡Vaya!, me he adelantado,

aún queda un rato para que llegue mi tren. ¡Hostia!, no me queda

tabaco, me fumo el último. Cuando llegue, me meto en el bar de

enfrente de la obra y me pido otro aguardiente de paso que saco un

paquete de la máquina. ¡Hay que joderse!, como está el personal, de

manicomio vamos, mira ese tipejo ligando con una mujer que podría ser

su madre, aunque todavía tiene un buen polvo, seguro que es un putón,

como todas. Vivir para ver. Y a estas horas. Desde luego, ¡mujeres!

Verlas, olerlas y salir huyendo por si te atrapan. Lo único que les interesa

es el dinero. Y él parece maricón, mira como se mueve y ahora se da una

palmada en el culo y ella se ríe. Seguro que está drogado, si no de qué

iba a estar haciendo el payaso aquí a estas horas. A dónde vamos a

llegar... ¡Ay! Si Franco levantara la cabeza... ¡Qué tiempos estos! Ya no

hay vergüenza ni decencia ni hay nada. Viene el tren de ella y luego el de

él y yo aquí, esperando y sin un puto cigarro que llevarme a la boca...

Autora: Lu Hoyos (Valencia)

http://inventariodelucrecia.blogspot.com.es/

17


Over and under – Ed Kreminski (http://500px.com/)

18


Han caído los corazones

Alegoría de los cuatro elementos – Mark Ryden, 2006

Han caído los corazones,

han caído como hojas marchitas,

esperando el frío que no llega

una lengua de fuego los abrasó,

convirtiéndolos en negro carbón

a los pies del árbol artificial

de hojas perennes

como agujas de jeringuilla.

Rebosó el cupo de las emociones,

desbaratadas las ilusiones,

la tierra ha quedado sembrada

de boletos no premiados.

19


Los jirones de nubes de azúcar

en la boca se convierten en hiel,

mejor no crear ni creer,

refugiar el alma en las solapas

esperando el golpe de gracia

de la bruja del tren.

¿Truco o trato? Pregunta la muerte

parapetada tras un disfraz barato.

Huyendo de ella te internas

en el laberinto de cristal,

cuesta encontrar la salida,

no hay ni atisbo de la utopía rota,

desde el mostrador de trofeos

en la caseta de las escopetas,

contempla boquiabierta

la cuba en que fermentan

las uvas de la ira

mientras brota a borbotones

el néctar que apaga las revoluciones.

Han caído los corazones,

llovieron falsas monedas,

como confeti de alta alcurnia

pagado con impuestos,

ahora ruedan manzanas caramelizadas

que una fiera sibilina

sostiene entre sus fauces.

Autora: Asun Ferri (Valencia)

http://patadeelefanta.wordpress.com/

20


Estampa de Vermeer con melodía

de Chet Baker

Para Ana, autora de todas las cosas.

Estoy sentado en un café de la alameda. En la pequeña mesa una taza

aún humeante, un libro de Salinas y mi pipa. La luz del atardecer se ha

escapado de alguna pintura de Vermeer. Si me viera Ana, pienso, me

diría que la pipa me hace más viejo. ¿Y no me hace más viejo leer a

Pedro Salinas? ¿Ir con un ejemplar de La voz a ti debida y ponerme a leer

en un café no mete algún año en el bolsillo de mi chaqueta? Hay en la

21


mesa de al lado un chico y una chica. Son jóvenes. Apenas hablan. Sólo

de vez en cuando uno de ellos dice: mira, y le enseña su teléfono. No

hace tanto yo estaba ahí, en esa mesa, contigo. No teníamos teléfonos y

todo estaba por descubrir. El vértigo siempre viene del salto

generacional. ¿Recuerdas aquel trabajo sobre Unamuno, en el instituto?

No es mal padrino para un noviazgo. Utilizar una palabra como

“noviazgo” delata mi prematura vejez, mucho más que la pipa y el libro

de Salinas juntos. Pero no me importa, y eso sí que es síntoma de tener

cierta edad. Termino el café y pago la cuenta. Vivir no es más que estar

continuamente pagando la cuenta.

Ya fuera enciendo la pipa, y el humo me parece triste como la trompeta

de Chet Baker. Decido dar un paseo antes de regresar a casa. La ciudad

ha cambiado tanto... Las casas de planta baja han dado paso a esos

edificios idénticos unos a otros: fotocopias de hormigón de un mal gusto

considerable. Vendimos nuestras ciudades y ni siquiera fuimos capaces

de cobrar algo por esa venta. Vendimos nuestras ciudades y nos

vendimos nosotros también. Aquellas pompas de jabón que eran

nuestros ideales terminaron por explotar y desaparecer. Era tan delicado

el material con el que estaban hechos nuestros sueños...

Antes de meter la llave para abrir la puerta de casa me gusta escuchar

las voces de Ana y Esperanza al otro lado. Es la sintonía de la vida, del

hogar, del único lugar donde uno se encuentra seguro. Es el trinar de lo

cotidiano; de esa costumbre a la que te agarras como un náufrago en

alta mar; el asidero para no caer al vacío. Soy tan débil, pienso mientras

giro la llave. Con un solo paso cruzo el umbral: esa línea que separa

aquello de lo que puedo despojarme de aquello que es irrenunciable. La

puerta, al cerrarse, suena igual que el punto y final de un relato.

Autor: Marco Antonio Torres Mazón (Torrevieja, Alicante)

http://itacadeshabitada.blogspot.com.es/

22


Peláez y el parque de los diez

millones de euros

—Peláez, el periódico —Demandó el alcalde tapando con su mano el

micrófono.

Bajo la tarima, instalada para la inauguración del nuevo parque

municipal, Fulgencio Peláez, flamante secretario adjunto a la alcaldía,

observaba embelesado al gentío, con la sonrisa boba de alguien al que la

vida le sonreía sin saber por qué.

—Peláez… ¡coño!

Fue entonces cuando reaccionó, pues, aunque tiraba a sordo, había

palabras que podía escuchar con inusitada agudeza. De una abultada

cartera de piel marrón, extrajo el diario, subió los dos escalones y se lo

entregó.

23


—Permitidme que os lea lo que decían algunos —Exclamó el regidor

dirigiéndose de nuevo a la concurrencia—: “El incompetente alcalde

incumple su promesa de construir un nuevo parque”. ¿Y qué es lo que

veis ahora a vuestro alrededor?

La gente congregada miró a un lado; después al otro; luego, entre sí y,

finalmente, volvieron su vista al estrado.

— ¡Eso es! ¡Un parque que será el orgullo de nuestra ciudad! —Los

flashes de la prensa iluminaron su orondo y risueño rostro—. Ha sido

difícil. Hemos tenido que hacer enormes sacrificios para reunir los diez

millones de euros. Pero al fin tenéis lo que os prometí.

Unos estruendosos aplausos retumbaron en la megafonía. Sonaron un

tanto desafinados lo que suponía una prueba empírica de que los CD se

deterioran con el uso.

Fulgencio observaba embobado a aquel hombre que ahora levantaba

los brazos, formando con sus dedos el signo de la victoria. Lo adoraba. La

mala vida lo llevó a mendigar comida en casas de caridad. Fue en una de

ellas donde el alcalde lo conoció y le dijo: “Quiero en mi gobierno a

gente como tú”. Y le dio casa, comida y un cargo que le llevó una

semana aprenderse su nombre. ¿Qué había visto en él para hacerle

merecedor de tantas consideraciones? No podía comprenderlo, aunque

no le pareció raro pues nunca fue persona de entender las cosas con

facilidad.

Después de cinco minutos en los que el alcalde expresó su

agradecimiento a ingenieros, constructoras, arquitectos, entidades

financieras y demás instituciones, bajó del estrado. Hizo un guiño al

fotógrafo para que le acompañara. Peláez le escoltaba en un segundo

plano. Al poco un grupo de vecinos les rodearon. Un anciano fue el

primero en hablar:

—Ilustrísima, gracias por el parque —Le dijo sin saber si ese tratamiento

era el adecuado—, pero ¿me permitiría una sugerencia?

24


— ¡Cómo no va a poder hablar a quien es su servidor!

—Digo que, con lo grande que es el parque, ¿no podrían haber

construido un lago? Con patitos y eso.

— ¿Un lago? ¡Pues claro que pensamos en un lago!... ¡Peláez, los

informes!

El secretario adjunto levantó la pierna a la manera de los flamencos (a

las aves me refiero) y apoyó la cartera sobre su muslo para sacar una

carpeta de color rojo.

— ¡Mire aquí está!: “Los riesgos de los culícidos, vulgarmente conocidos

como mosquitos, como transmisores de enfermedades” —leyó—. Ya

sabe que donde hay lago, hay mosquitos. No hemos querido crear un

nido de infecciones para nuestros ciudadanos.

— ¡Caramba! —Exclamó el anciano—. Pero al menos hubiera quedado

muy bien alguna fuente. Una de esas con una estatua rodeada de caños.

Es muy agradable escuchar el sonido de los chorros de agua.

—Peláez, el informe de la concejalía de medioambiente —El adjunto le

entregó solícito una carpeta de color verde—. Aquí lo tiene: “La crisis

hidráulica mundial: soluciones de futuro” —El alcalde buscó una de las

páginas y leyó—. “Las únicas medidas efectivas deben tomarse de abajo

a arriba; desde los particulares, hasta las grandes organizaciones

estatales, pasando por los municipios…”. ¡Le aseguro que no instalar una

fuente es una lección de compromiso que le ofrecemos al mundo!

Mientras el mandatario atendía a los ciudadanos, Peláez notó una

vibración en el bolsillo de su pantalón. Ya dijimos que era un poco sordo,

por eso llevaba ahí su teléfono móvil. Era la mujer del concejal de

urbanismo y hermana del contable del Ayuntamiento:

—Fulgencio, tengo a la policía en mi casa y no consigo localizar a mi

marido. ¡Están hurgando hasta en las bolsas de basura!

—Tranquila, se lo diré al alcalde. Él sabrá qué hacer —Respondió Peláez.

25


Peláez, repito, no tenía grandes entendederas. Pero sabía reconocer

cuando había problemas. Se acercó al alcalde y le estiró de la manga.

—Fulgencio, ¿no ves que estoy departiendo con nuestro pueblo? —Le

respondió de forma desairada—. ¡Claro que pensamos en plantar

césped, joven! Pero eso convertiría el parque en un hogar de haraganes

y calenturientos y yo quiero gente activa. ¡Deportistas!

— ¿Es por eso que tampoco hay bancos? —Preguntó una señora con su

permanente recién sacada de la peluquería.

— ¡Exacto! Es un orgullo ser alcalde de ciudadanos tan inteligentes.

De nuevo el bolsillo del pantalón de Peláez volvió a vibrar. Esta vez era

el contable del Ayuntamiento que al parecer se había montado con su

cuñado, el concejal de urbanismo, en un avión rumbo a Islas Caimán. Le

pidió que dijera a su hermana que lo negara todo cuando la llamaran a

declarar.

Volvió a estirar de la manga al alcalde pero esta vez acompañó la acción

con un: “Señor, es muy urgente”.

—Joder, ahora te atiendo, pero antes sácame el informe sobre la

prevención de la siniestralidad de los niños —El secretario adjunto sacó

una carpetilla de color amarillo y se la dio—. Fíjese señora: “El 2% de los

accidentes que sufren los menores se producen en toboganes y

columpios”. Que no haya una zona de juegos infantiles es mi forma de

proteger a nuestros pequeños.

—Pero señor Alcalde —volvió a inquirir el anciano que le pidió un lago—

fíjese que en esta ciudad, el Sol calienta todo el día y quizás no hubieran

estado de más algunos árboles que dieran buena sombra.

—Enseguida le respondo buen hombre… A ver Fulgencio, ¿qué es tan

urgente?

El secretario adjunto le puso al tanto de las llamadas. El mandatario se

quedó pálido y le susurro al oído:

26


—El maletín está en el maletero del Audi, ¿verdad?

—Ahí está el pequeño, los otros siguen en…

—Calla, calla —El alcalde le puso el dedo en los labios y volvió a

dirigirse al anciano que le preguntaba por los árboles—. ¿Cómo íbamos a

tapar la belleza y elegancia de un espacio diáfano como este? Sepa que

se ha diseñado según las más vanguardistas tendencias de ingeniería

urbanística. Además, así se realza el hermoso pino que preside el

parque.

En ese instante se vieron llegar varios coches de policía.

—Ya los veo Fulgencio… ¿Farolas? Querido vecino, ¿para qué queremos

farolas? Jamás me perdonaría privar a esta ciudad de la maravillosa luz

de la bóveda celeste —respondió sin apartar la vista de los policías que

se acercaban—. Y ahora si me disculpan…

El alcalde se zafó del brazo de Peláez, que lo agarraba como si de un

niño buscando la protección de su padre se tratara, subió a la tarima y

agarró el micrófono.

— ¡Ciudadanos! Estoy desolado. Acabo de ser informado de que mis

más fieles colaboradores han cometido unas irregularidades que no

puedo tolerar. Es más, he conocido que incluso mi secretario adjunto, a

quien tanto he dado, ha distraído fondos públicos y los ha ocultado en el

maletero del coche oficial. Prometo que no descansaré hasta llevar a

todos los culpables ante la justicia.

Fulgencio, aunque no entendía demasiadas cosas, comprendió al fin

para qué le confió el alcalde ese cargo.

Autor: David Rubio (Sant Adrià del Besòs, Barcelona)

http://elreinorobado.blogspot.com.es/

27


Have a holly Dali Xmas – Ed Kreminski (http://500px.com/)

28


El cuadro que mira a un hombre

Nunca le ha interesado el arte, tampoco ahora, pero desde hace tres

años Juan acude todos los días al Museo. Su recorrido es invariable:

entra, saluda con amabilidad al conserje, sube lentamente al primer piso

y accede a la sala 5, donde se sienta, siempre frente al mismo cuadro.

Los celadores ya no se sorprenden, todos conocen la historia del anciano

visitante; la mujer del óleo, recreada hace más de cuarenta años por un

pintor excelente aunque poco conocido, era su esposa. En la tela se la ve

sentada en una mecedora, con un libro en su regazo, mirando de soslayo

al espectador. Los ojos y el semblante de la joven, enmarcados en un

bello rostro latino, evocan una sensación de paz y sosiego que no pasa

desapercibida al observador.

Cada día, el hombre llega a las doce y permanece quince minutos ante la

pintura, despidiéndose con un “Hasta mañana, Isabel”. Una vez alguien

le preguntó por qué seguía viniendo. “Maldito idiota”, pensó entonces la

mujer del cuadro sin mudar su dulce expresión, “cualquiera entendería

que Juan necesita transmitirme que me seguirá amando hasta el final”.

Autor: Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com.es

Relato finalista en el 7º Certamen Internacional de Relatos Hiperbreves

convocado por la Universidad Popular de Talarrubias (Badajoz), 2013.

29


© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)

30


La epidemia de lágrimas

Eva, llorando, le suplicó que no se marchara. Él abrió la puerta con los

ojos inundados de lágrimas. Le rogó, por favor, que no pusiera tantas

trabas. La decisión ya estaba tomada y no había tiempo para rectificar.

Ya no quedaba nada entre los dos. Aún así, ella no veía el momento de

quedarse sola, no podía imaginar su vida sin él. Evitaron mirarse para no

aumentar su dolor pero sus lágrimas se derramaron como torrentes. La

vecina salió al rellano al oír sus llantos. No daba crédito a lo que

contemplaba, jamás los había oído discutir, siempre andaban cogidos de

las manos y ahora esto… Les acercó una caja de pañuelos para secar sus

rostros empapados pero la rechazaron. Siguieron llorando rotos por la

angustia que les producía la idea de la separación. La continua

proliferación de lágrimas provocó que sus ropas empezaran a calarse y

la vecina, quien también comenzaba a llorar, llamó a Gloria, de la puerta

seis. Ésta subió y, al contemplar la escena, quiso ayudarles con el trapo

de cocina que llevaba anudado en su delantal. Fue inútil, los tres

rechazaron su ayuda debido al olor a ajo que despedía. Gloria, ante

31


tanta impotencia, comenzó a sollozar y, temiendo lo peor, pidió ayuda al

portero. Miguel, era muy eficiente pero tartamudo, no pudo articular

palabra alguna y se quedó paralizado mirando a los cuatro vecinos. Se

encontraba limpiando el polvo de la escalera cuando le avisaron y, como

era alérgico, empezó a estornudar. Los incesantes estornudos le irritaron

los ojos que comenzaron a protestar emitiendo una cascada de lágrimas.

Tanta humedad comenzó a producir estragos y la vecina de la puerta

cinco salió irritada para protestar: el agua ya le llegaba al salón... Miguel,

aunque mudo, seguía teniendo la cabeza en su sitio y, con diligencia,

llamó a los bomberos. Éstos tan sólo tardaron siete minutos en llegar.

Quedaron estupefactos. El oficial al mando, preguntó por la causa de tal

desaguisado y, entre gimoteos, Gloria señaló a la pareja. Mientras los

demás achicaban el agua, el cabecilla se dirigió hacia los dos y, como no

se trataba de un incendio, alzó la visera del casco para ver mejor. Sus

ojos se quedaron hechizados por los de Eva. Ésta contempló al atractivo

oficial y, de sopetón, paró de llorar. Sucesivamente cesaron todos de

lamentarse. Roberto, que así se llamaba nuestro bombero, tomó a Eva

entre sus brazos fornidos y, sin mediar palabra, la condujo hasta el

interior de su vivienda. El marido cogió la maleta y, calladito, llamó al

ascensor. Su vecina, con su mejor sonrisa, entró en su casa, se sirvió un

trago y continuó escribiendo su relato. Gloria se quitó el delantal, se lavó

las manos y se fue con Miguel a tomar un café a casa de la vecina de la

puerta cinco. Los bomberos, sin su jefe, se dirigieron veloces a contener

otro incidente. En el número tres, el agua no cesaba de salir y ya caía por

las alcantarillas...

Autora: Amparo Hoyos (Valencia)

32


A imagen y semejanza

El hombre baja cadencioso la escalinata de la Catedral cuya cúpula se ve

más roja que antes, tiñéndose de dolor por ir perdiendo para siempre a

su feligrés enfermo.

Cuenta treinta y nueve escalones de mármol hasta la plaza, y como gran

avaro que es, desea no haber sabido que va a morirse. Pero lo sabe y

aún así, alucina que de los árboles cuelgan monedas de oro, y que esas

piezas de metal podrían comprarle, quién sabe dónde, un poco más de

vida. Las palomas esperan que les tire unas migajas al verlo sereno,

altivo, descargado de culpas tras la confesión. No perciben ningún

peligro, e ignoran la fuerza que tienen sus cuarenta años para la

crueldad. Confiadas, se le amontonan entre las piernas.

Él se agacha, tira unos cuantos trozos de pan y con la velocidad de la luz,

sus dedos aprietan con refinado deleite el pescuezo de un palomo

inmaculadamente blanco. Las demás huyen en vuelo despavorido.

Después de la absolución tras la reja confesional, éste es su primer y

último pecado, una muerte sin razón y sin más premio que el goce

malévolo de sentir ese postrer latido. Se recuesta en el banco de piedra

y agoniza, aliviada su sed de maldad. Mientras, las alas inútiles caen sin

haber tenido tiempo de conocer el miedo.

Este hombre no murió por avaro, por cruel, por cínico, ni por enfermo;

murió simplemente por ser un hombre. Así los creé: mortales; como a

las cándidas palomas.

Autora: Lidia Castro Hernando (Mar del Plata – Argentina)

http://escritosdemiuniverso.blogspot.com.es/

33


Chaos - Lori Peterson (http://500px.com/)

34


Crónica de guerra

Esta madrugada, alrededor de las tres de la mañana ha estallado la

guerra mundial definitiva. El bien conocido general de las fuerzas

armadas aliadas ha lanzado el ataque con misiles. Está planeado que

continúe durante dos días, hasta diezmar completamente el poderío de

los insurgentes. Según datos de la agencia de inteligencia, los estados

implicados tienen armas químicas, misiles de largo alcance y artillería

pesada aunque no se tiene conocimiento de la existencia de armas de

destrucción masiva o biológicas.

En una operación que lleva meses de estudio, se lanzaron misiles

teledirigidos sobre los principales puntos de conflicto, ubicados a varios

miles de kilómetros uno de otro. Las dianas o puntos objetivo de los

misiles han sido marcados con sistemas locales de direccionamiento

para minimizar el efecto de dispersión y error que tienen los sistemas

teledirigidos sin ajuste local. Estos sistemas de posicionamiento local

están formados por células de militares infiltrados en el territorio

35


enemigo que son capaces de apuntar al blanco de los misiles con una

precisión de décimas de metro siendo marcados los puntos desde diez o

doce kilómetros de distancia, asegurando así que el radio de acción de

los misiles no afecta al personal de marcado. Los «marcadores» son

militares expertos entrenados en el arte de encontrar blancos partiendo

de imágenes satélite. Una vez visualizado el blanco, apuntan sus

marcadores láser sobre los objetivos y permanecen durante horas

esperando el impacto de los misiles. Su misión comienza en la búsqueda

de la diana y termina con la confirmación —vía satélite— de la

destrucción del punto marcado.

A partir de las tres y media de la mañana los «marcadores» comenzaron

a dar las primeras confirmaciones de blanco. El enemigo, sorprendido

por los misiles —recordemos que estaban aún en fase de negociaciones

con los aliados y la ONU no ha aceptado ningún ataque preventivo—, no

ha tenido tiempo de reacción ante los primeros ataques. Alrededor de

las cuatro de la mañana, comenzaron los impactos en zonas no

marcadas, según nos confirmó una fuente local de una de las zonas

atacadas. Parece ser que los insurgentes, conocedores de la técnica de

marcado de los aliados, usaron la misma para encontrar primero a los

marcadores y luego hacerse con los equipos. Los aliados, sin ser

prevenidos del hecho y sin esperar confirmación de la segunda tanda de

impactos, lanzaron la tercera y esta es la que ha sido determinante en la

batalla del día de hoy. El fuego amigo ha destruido cientos de aldeas de

países vecinos. El ingenio de los insurgentes ha dado tiempo suficiente

para adherir a drones —aviones normalmente no tripulados— a tres de

los «marcadores» —junto a sus expertos militares aún con vida— que

habían sido robados a los aliados hace unas semanas. Estos drones

fueron teledirigidos a las principales ciudades aliadas y el saldo de

muertes es aún desconocido pero según nuestras estimaciones podría

rondar el millón y medio de personas.

36


La situación actual es desconcertante. Los aliados han decidido hacer un

alto el fuego mientras estudian la forma de asegurar que los

«marcadores» no vuelven a ser interceptados y, por otro lado, tratan de

explicarse lo sucedido. Los gobiernos de los aliados están sumidos en el

caos tratando de consolar a las víctimas y a la vez actuar contra un

enemigo invisible, según ellos, que ha provocado el rearme de los

insurgentes. La opinión pública y los medios de muchos países

cuestionan en estos momentos la idea del desarme de los enemigos,

dado que aunque ya no disponían de armas de destrucción masiva, sólo

su ingenio les ha valido para usar las de los aliados en su contra.

Algunos medios —entre los que se encuentra nuestro rotativo— piensan

que los aliados están perdiendo una guerra que comenzaron con

objetivos económicos y que por lo tanto no fue ni planificada ni

necesaria a nivel internacional. Llevamos ya cinco horas de alto el fuego

y las manifestaciones contra la guerra están siendo multitudinarias,

sobre todo en las ciudades que han sido masacradas. La gente en

occidente sale a las calles con los féretros de sus muertos, con la sangre

de sus muertos sobre la cara y clama, a los gobiernos de los aliados, que

paren esta matanza sin sentido.

Más allá de las transmisiones en cadena del líder del gobierno de

nuestro país y de los demás aliados, transmitiendo tranquilidad y que lo

sucedido era un hecho aislado que no volvería a repetirse, lo que la

masa reclama es volver a la normalidad antes de la guerra. Diezmados

por la inflación y los impuestos, los ciudadanos de las naciones

occidentales exigen paz. Ya no se trata del bienestar común o las

libertades individuales en riesgo, el pueblo exige a sus estados que

vuelva la paz y las negociaciones entre las partes. Aún no tenemos

respuesta de los aliados ante este reclamo y según nos aseguran

37


nuestros reporteros a pie de calle, la gente se está organizando y

probablemente esta exigencia pacífica pronto se trasforme en algo más.

Seguiremos informando.

Autor: Pernando Gaztelu (Iruña, Navarra)

http://lokos-a-disfrutar.blogspot.com.es/

38


Líneas asentadas en el tiempo

Foto: Eva Franco

Líneas de sus manos acuñadas por la vida,

llenas de punzadas de sus anzuelos finos,

bordando con su sangre la piel envejecida,

atrapando en la atarraya los sueños esparcidos,

en el inmenso mar arado por sus dedos

Líneas del carbón de cazuela encendida,

adobado con recuerdos de largos pasos,

estampado ha quedado el tiempo en su rostro,

envuelta en aliño que perfuma su alma,

alimentando con amor a su rebaño

39


Líneas de punzadas por miles de quimeras,

en sedas blancas borda la costurera

con perlas y flores de primavera,

acaricia la tela suave que despierta,

el amor de antaño que su alma añora.

Líneas del despertar de cada aurora

con la tonada del campesino en su jornada

presionando la ubre que da la leche cálida

que beben sus pelaos en la madrugada

impregnados del eco de su dulce canto

Líneas asentadas en el tiempo,

dibujadas en el rostro y en las manos,

de todo ser errante que pinta con su sangre,

las letras indeleble de sus historias en término

nacidas de la tierra que tanto evoca

Líneas como pinceladas divinas

traspasando muchas veces lo prohibido,

atrapadas por siempre en lo perdido,

como mi abuela en sus recuerdos,

dibujando con mis dedos lo sentido

Líneas, sólo líneas

cada una con las huellas de la vida,

en cada rostro prendido en mis pupilas,

de agua clara y desbocada en el camino

reflejo de las lágrimas bañadas de sonrisas.

Autora: Eva Franco (Isla de Margarita – Venezuela)

40


La tumba de mi conciencia

– ¡Vamos, hijo mío, o me dices algo o te vas y me dejas ir a cenar, que ya

son horas! –dijo el padre Beltrán, visiblemente irritado ante mi largo

silencio tras el primer “Ave María Purísima” y el “sin pecado concebida”

de rigor.

Me aseguré por enésima vez de que ninguna oreja indiscreta podía

captar mi horrible pecado, y viendo que en la iglesia ya no quedaba

nadie salvo el párroco, mi conciencia intranquila y yo, por fin me decidí a

confesar:

–Padre, he incumplido el noveno mandamiento, creo –tenté a la suerte

con una posibilidad entre diez de acertar, y todo por no decir,

literalmente, que había matado a un hombre.

–Conque el noveno... ¿Y tantas vueltas para confesar unos actos

impuros? A ver, hijo, dime, ¿has pecado con el pensamiento o también

con la carne...? ¡Aunque tienes cara de haberte tocado! ¡Confiesa,

pequeño sátiro!

41


–Sí... ¡No, no...! No era eso lo que quería decirle –nervioso, tragué saliva

y seguí tentando al azar: –Padre, disculpe mi ignorancia, pero ¿me

podría decir cuál era el quinto mandamiento?

– ¿Tú a qué has venido, a que te confiese o a catecismo? –me recriminó

el sacerdote. Calló de repente, y le oí repasar los mandamientos de

carrerilla. Cuando llegó al quinto, se detuvo y quiso saber de mí si me

había vuelto a equivocar o si, en verdad, había matado a un hombre.

Asentí avergonzado, y entonces, exclamó: –¡María Santísima, madre del

Señor! –a través de la rejilla del confesionario, lo escuché santiguarse

mientras invocaba a santos cuyo nombre ni siquiera conocía.

Finalmente, añadió en voz baja: –¿Pero a quién has matado, hijo mío?

Si el doctor Frankenstein creó a su engendro a partir de retales de

distintos cadáveres que él mismo había seleccionado por los

cementerios y morgues de Ingolstad, mi monstruo se formó, sin que yo

quisiera ni supiera, con pedazos de malos recuerdos, de vivencias

horribles que yacían enterradas en algún oscuro rincón de mi memoria.

El crimen que cometí fue la chispa que prendió aquel mecanismo

infernal y reanimó al ser maligno que vive ahora enquistado dentro de

mí, agarrado a mi ser como una necrosis cuyos insultos lo deshacen cada

día un poco más.

–Por lo menos dime que no sufrió mucho –me rogó el padre Beltrán una

vez le dije a quién había matado, cómo lo hice y dónde enterré el

cuerpo.

–Todo fue rápido, padre. No creo que tuviera tiempo de sufrir.

–Eso espero, hijo mío. ¡Pobre Horacio! Sabía que acabaría así, pero...

¡Ay, tuviste que ser tú...! ¡Y encima el mismo día en que venían de la

Institución a llevarse a Aurora...! Menos mal que ya no echará en falta a

42


su padre... –el cura calló un momento, para luego añadir inquisitivo: –

Porque te aseguraste de que la niña ya no estaba allí, ¿verdad?

Yo simplemente asentí.

Aurora era la hija de Horacio, el hombre que maté. Su madre falleció

poco antes de darla a luz, y a causa de ello, la criatura vino al mundo casi

muerta, con una severa parálisis cerebral que la mantendría postrada de

por vida, durmiente como una flor solitaria ajándose en un mugriento

cuartucho. Pero su peor desgracia era su padre, un borracho; un

mujeriego; un jugador empedernido al que sus vicios apenas le dejaban

tiempo para cuidarla. Hace unos meses, el gobierno entrante implantó

un programa de ayudas especiales para discapacitados, que financiaba el

ingreso de Aurora en una moderna clínica estatal. De hecho, el mismo

día que maté a Horacio los funcionarios venían a por ella.

– ¡Pero mira que eres bruto! ¡En lugar del perdón de Cristo, has venido

buscando los consejos de un curandero! –Me riñó el indignado cura

cuando le pregunté cómo quitarme a Horacio de la cabeza–. ¿Acaso te

importan tres pimientos el alma del hombre que mataste o incluso la

tuya misma, condenada a disolverse en azufre? Me respondo: ¡no! Tú

sólo quieres que te libre de la voz de tu conciencia podrida; porque no es

un espíritu el que te insulta, son tus mismos remordimientos.

–Sí, lo admito, padre: soy una mala persona –suspiré–. Sólo matan las

malas personas, y más yo por cómo y por qué lo hice. ¿Y qué quiere que

le diga? Ya sé que voy a ir al infierno... ¡pero todavía lo veo tan distante!

En cambio, la voz que me tortura, sea mi conciencia o la del propio

Horacio, está ahí, dentro de mi cabeza, masticándome el cerebro con

sílabas afiladas. Sólo quiero que se vaya, padre, que descanse en paz y

me deje descansar en vida a mí también. Ya sin él, tendré la lucidez

mental y de espíritu suficiente para rogar la misericordia de Nuestro

43


Señor... –callé un momento y, con mucho esfuerzo, logré que brotaran

dos lagrimitas de mis ojos–. ¡Padre, tenga piedad de este pobre diablo

que abre su corazón ante usted...! ¡Se lo ruego!

Por lo visto, mi testimonio regado de lágrimas falsas ablandó por fin la

dura coraza moral del cura, que dejó de refunfuñar y me indicó cómo

acallar la voz de mi conciencia. Dijo que tenía que desenterrar los

despojos de Horacio, llevarlos al lugar del crimen, a su propia casa, y una

vez allí pedirle disculpas sinceras al muerto y rezar una oración por su

alma. Al final, debía enterrarlo en suelo bendito. El cura me sugirió que

fuera al Cementerio Viejo, porque fue abandonado hace décadas y,

además, la losa que cubría la fosa común estaba suelta, con lo cual me

resultaría más fácil de mover. Él mismo estaría allí a medianoche para

oficiar el sepelio.

Desenterré a Horacio, guardé los restos en un saco de tela y fui directo a

su casa. Entré por la misma ventana que la otra vez. Estaba todo igual

que entonces: sillas y mesas tumbadas, platos rotos por el suelo, sangre

seca en las paredes...; incluso los mismos individuos que provocamos tal

desorden, sólo que uno de ellos en un saco sobre mi hombro. No

quedaba en pie más que un viejo perchero, del cual todavía colgaba la

vieja chaqueta de Horacio. Puse al muerto en el centro del salón y me

arrodillé para rezar; pero en aquel momento vino a mi cabeza algo como

el lamento de un niño incorpóreo. Un llanto desconocido y tan turbador

que incluso olvidé la oración que me enseñó el cura.

Permanecí un buen rato de cuclillas, con la mente en blanco y pendiente

de nada más que de aquel suspiro. Di unos pasos para despejarme y, al

pasar junto al perchero, vi que asomaba algo del bolsillo de la chaqueta.

Era una carta. Cuando la cogí, el llanto se volvió más intenso si cabe, tan

vívido y doloroso como un arpón hincado en mis meninges. Mayor fue

todavía el espanto que sentí al leer aquella carta del Ministerio de

44


Sanidad, en donde se denegaba el ingreso de Aurora, la hija de Horacio,

en aquella clínica estatal por no sé qué recortes de última hora en unas

partidas presupuestarias. Así pues, los funcionarios nunca pasaron por

allí, ni se llevaron a la niña. Un ingrato calor húmedo me bajó por la

entrepierna. Arrugué el papel, horrorizado, y fui corriendo al cuarto de

Aurora.

En torno a la cabeza del pelele amorfo y deshinchado que se pudría ante

mí en la cama de Aurora, un puñado de moscas coronaba con una

aureola funesta a aquella santa podrida. Santa por llevar con valentía y

resignación el mal que le tocó al nacer; santa por morir de hambre y de

sed en el sórdido cadalso que yo mismo, sin saber, le construí cuando

maté a su padre. Conteniendo el vómito y la respiración, envolví los

restos de la niña con la sábana bajera de su cama, los saqué al salón y los

puse al lado de Horacio. Los espíritus de padre e hija por fin se

reunieron, en un encuentro tan efusivo para ellos como repugnante para

mí. Les pedí mil perdones y recé por sus almas lo primero que se me

ocurrió.

–Llegas tarde –gruñó el padre Beltrán desde un tétrico rincón de al lado

de la fosa común. Cuando me acerqué más, exclamó: – ¡Gorrino, hueles

a meados!

Me encogí de hombros, sin saber qué responder.

–La niña no estaba, ¿verdad? –me soltó el cura a bocajarro.

Conforme negué con la cabeza, se bosquejó en mi mente la cruel

estampa del suplicio de Aurora. Su cuerpecito era ya casi como el

guiñapo podrido que recogí de casa de Horacio, apenas media hora

antes, sólo que en mi visión aún respiraba. Noté el sabor amargo de su

último aliento en mi boca y cómo su corazón se retorcía en mi pecho

45


hasta pararse del todo; también sentí el charco de heces y orines que la

bañaban cuando murió (o tal vez eran los míos).

Una sonora colleja me devolvió a este mundo. Era el padre Beltrán,

azuzándome para que me pusiera manos a la obra. Invertí no pocos

esfuerzos en mover la dichosa piedra que sellaba la fosa común, hasta

que abrí una rendija lo bastante amplia como para poder echar ambos

cuerpos en el osario.

–Ahora, abre el saco –dijo el cura mientras se colocaba cuidadosamente

la estola.

– ¿Abrir el saco? ¿Para qué? –pregunté bastante contrariado, pues de

abrirlo él se enteraría del final de Aurora, y yo quedaría como mentiroso

y doblemente asesino.

–Tengo que bendecir al muerto antes de enterrarlo. Ábrelo, muchacho;

obedece.

–Padre, le insisto, es mejor que no lo abra: el desgraciado todavía se está

pudriendo y huele bastante mal. Yo le recomiendo...

– ¡Déjate de milongas y abre ya el puñetero saco!

No recuerdo qué pretexto absurdo le puse aquella vez, ni las siguientes.

Tan sólo recuerdo cómo se le iba hinchando la vena del cuello conforme

yo le daba largas, y justo cuando parecía que la aorta le iba a estallar, el

crispado sacerdote se abalanzó a por el saco; pero no le dejé cogerlo. Lo

intentó otras tantas veces, y yo se lo volví a impedir. Así hasta que, entre

manotazos y empujones, ambos nos enzarzamos en una pelea más

ridícula que feroz. Horacio y Aurora, por su parte, animaban al padre

Beltrán desde el interior de mi cráneo; a mí me abucheaban.

En pleno fragor de aquella riña de memos, el padre Beltrán perdió el

equilibrio (quizás yo lo empujé), y al caer se abrió la cabeza contra el

46


canto de una lápida. Quedó tendido en el suelo, retorciéndose igual que

un gato recién arrollado y con el cerebro asomando por el boquete de su

mollera. Ciertamente, parecía tener hurones debajo de la sotana.

Cuando se paró, me acerqué a él para constatar lo evidente: aquel

hombre estaba muerto.

Si matando a Horacio me salté el quinto mandamiento y con la muerte

de su hija lo violé, con aquel nuevo crimen sentí que lo estaba

sodomizando salvajemente, hasta sangrar. Había sumado uno más a mi

lista, nada menos que un sacerdote, y Dios debía de estar ya muy

enfadado conmigo; tanto o más que Aurora y su padre, a cuyas voces se

unió enseguida la del padre Beltrán. Tres víctimas, y tres pecados

capitales que me condenaban sin remisión. Pero entonces el infierno me

importaba bien poco: mi mayor prioridad era librarme de aquellos tres

antes de perder el juicio, ya tendría tiempo de rezar después. Primero,

tiré el maldito saco por el hueco que abrí en la fosa; después fui a por el

cura para hacer lo mismo.

Los dos cadáveres entraron bien por la rendija, pero el enorme pandero

de aquel ballenato con sotana resistía allí varado su paso al otro mundo.

Y es que, a pesar de mis golpes y empujones, no había forma de moverlo

ni un solo milímetro. Por eso, maldiciendo cada uno de los cocidos,

pasteles y lonchas de panceta que habían ido cebando el trasero del

cura a lo largo de estos años, me subí en él y dejé caer todo mi peso para

que bajara. Salté repetidas veces sobre su culo atascado, hasta que

cedió de repente bajo mis pies y caímos los dos dentro de la fosa común.

Aquí dentro está oscuro, muy oscuro, y aunque la piedra que me cubre

esté corrida, la luz no quiere llegar hasta aquí abajo ni respirar de este

aire infecto que lija mis entrañas. Detrás, a un lado y a otro, hay

calaveras, costillas punzantes y demás restos humanos; justo debajo,

tengo las nalgas mullidas y un tanto viscosas del padre Beltrán. Por

47


delante húmedas paredes me cercan, tan resbaladizas que se hace

imposible trepar a la abertura. También intento subir por los huesos,

pero ceden bajo mis pies y acabo cayendo otra vez en este pozo de

muerte. Para colmo de males, las voces de mis tres víctimas ya no sólo

me insultan, sino que además se ríen de mí y me dicen que me pudriré

con ellos en esta tumba, la tumba de mi conciencia.

Autor: Jeremías Wayne (Petrer, Alicante)

http://cuentosdesdelasombra.blogspot.com.es/

48


El creador del mundo

La tarea encomendada era ardua y de difícil realización. Estaba solo ante

el vacío más absoluto y dentro de ese espacio una luz sin origen

aparente le indicó cual era su misión:

-Estás solo, ante la más cruda soledad, pero se te ha encomendado crear

un mundo a tu libre albedrío, tu único compañero será el azar y con él

viajarás por la senda del destino. Debes partir de la nada en la que vives

y desde ahí dejar caer el origen del todo realizado. Debes partir de la

inexistencia de la materia y llegar al goce del espacio creado.

Una vez la luz se hubo consumido, la ceguera la invadió con la

obscuridad de la noche y el hombre tuvo miedo, pero al instante se dio

cuenta del poder que le habían otorgado y se puso manos a la obra.

Crear un mundo, siendo el azar mi compañero, debo empezar por

extraer de la nada algo que pueda ayudarme a conseguir mi meta.

Tendré que crear un hombre que sea igual a otro y así todos. El patrón

del que parta servirá para desterrar la envidia y cuando uno de ellos

quiera abandonar ese espacio de nada, solo necesitará alojarse en lo

etéreo de su vida y disfrutar del paso a la otra dimensión. Lo que puedo

crear para estos hombres es algo distinto, algo que les empuje a la

49


úsqueda de la felicidad ya que creo que eso debe ocupar un espacio

importante en su existencia, “LA FANTASÍA”.

El creador del mundo pensó si con eso los hombres por él creados

podrían desarrollar su existencia de forma cordial y transcurridos los

espacios de nada obtuvo la respuesta: “SÍ”. Se puso manos a la obra y

pensó que antes de obtener la materia para crear ese hombre debía

crear un espacio en el que ese ser creado pudiera vivir y desarrollar su

existencia y se puso a ello.

El mundo a crear debería constar de dos partes: el ser vivo y la materia

que lo alimente. Ardua tarea pensó, si lo importante de las acciones a

desarrollar era crear el alimento que forme la sustancia que dé origen al

ser creado, dudó y en ese punto se sintió vencido. El azar lo empujó y

con éste como compañero se sintió capaz y como si algo superior el

insuflara fuerza fue extrayendo de su cerebro ideas brillantes para la

creación.

En este punto la luz apareció y lo iluminó todo, era la fuerza que él

precisaba y todo lo que necesite, pensó, estará cubierto por la luz de la

vida.

Lo necesario para buscar la materia que alimentara al ser vivo estaría

escondido en esa luz y desde el final se obtendría el principio. Se sintió

cansado al observar el vacío iluminado, y pensó en rendirse y dejar que

el vacío y la soledad siguieran cubriendo ese mundo imposible de crear y

optó por la salida más práctica.

Empezó por extraer de la nada el origen del ser a crear y en ese

momento separó un trozo de su materia y no sintió dolor y el azar le

animó a unir varios trozos para conseguir otro ser como él. Una vez

extraído el otro ser se alegró, ya que ahora ya no sentía soledad y eso le

hizo sentirse feliz.

50


Había creado materia para crear y ahora necesitaba tierra y alimento

para poder sobrevivir y observó que cuando uno de sus seres creados

desaparecía con el tiempo se convertía en tierra, y así fue creando y

destruyendo, lo que le permitía obtener materia sobre la que pisar.

Ahora precisaba crear la materia que los alimentara y en ese momento

el azar se presentó ante él dando respuesta a todas sus dudas.

Sacrificaré mi propio cuerpo para ser el alimento de los otros.

En ese punto de sintió incapaz de seguir y pidió ayuda a la luz, pero

nadie escuchó su súplica, solo estaba a su lado el azar.

Aquel mundo que empezaba a tener vida necesitaba de su sacrificio para

sobrevivir y tras meditarlo se alojó en lo etéreo y se dispuso a disfrutar

del paso a la otra dimensión.

Cuando encontró la ruta a seguir, la luz le dio calor, se agarró al azar y

cobijó su ser, lo que le produjo alegría y fuerza para llegar al final de la

creación del mundo.

Autora: Puri Otero Domarco (Vigo, Pontevedra )

http://puri-dulcinea.blogspot.com.es/

51


The Lady of Shangai - François Vigneron (http://500px.com/)

52


Línea 1

Es la única con mirada desatenta,

solo ella no se rinde a la pantalla,

sus dedos no teclean excitados,

se enlazan reposando en su rodilla.

La única que espera el tren desaplicada,

que deja caer huecos los minutos

o llenos de ligeros pensamientos.

La única que, simplemente, espera.

Solo ella salta el foso y los raíles

y su mirada se sorprende con la mía

que estaba esperando ese atropello.

Su tren llega primero y se detiene

cortando nuestro encuentro subterráneo,

arranca… y allí queda,

solo ella en el andén sigue esperando.

Ahora llega mi tren,

venciendo tentaciones

me subo en él y marcho.

La dejo en este túnel elegido

para esperar…

Sin prisa, sin horario.

Autor: Benjamín Blanch (Valencia)

53


Young Man Drinking a Glass of Wine -Jan van Bijlert (1597-1671)

54


De sabor intenso

Las manecillas del reloj rozaban las 10 de la noche cuando me senté en

aquella mesa de un bar de la Calle Mayor.

Parecía que el lunes no iba a tener fin. Desde que puse el pie en el suelo

esa mañana, todo había ido sucediendo al antojo de la rutina y de sus

prisas. Sin tiempo para pensar ni descansar. Una cosa y después otra y

otra más.

Apoyé la espalda en el respaldo de aquel banco de madera y la cabeza

en la pared, cerrando los ojos un instante y dejando mis pies libres,

doloridos, de esos dichosos zapatos nuevos. Un suspiro de alivio se me

escapó mientras recordaba, sonriendo, que una conocida del trabajo me

había dicho que eran “ideales”. “Estos zapatos son ideales, Carmen”

creo que fueron sus palabras exactas.

Tomé la copa de tinto que me había traído el camarero y con el primer

sorbo, sin saber el motivo, su imagen vino a mi memoria y recordé sus

palabras. “Si yo fuese una bebida, ¿qué sería?” me preguntó. Y yo,

sonriendo, pensé que si yo fuese un líquido en ese instante, estaría

rebosando aún estar dentro del recipiente más grande que nadie

pudiese fabricar o imaginar.

Recuerdo que estábamos estirados en la cama y él jugaba con mis rizos,

enredándolos en sus dedos. Sus manos eran enormes en comparación

con las mías y sus dedos largos y bronceados tenían un tacto suave. Cada

caricia suya en mi piel era como un bálsamo, tenía el poder de

hipnotizarme con un simple roce.

Estuvimos juntos “solamente una vez”, como reza el bolero, y no podría

decir si fue un amigo o un simple amante, lo que sé es que fue algo tan

55


intenso para mis sentidos que se me quedó clavado y desde entonces no

he pasado una sola hoja del calendario sin pensar en él.

“Vino. Sin duda alguna, tú eres como el vino” le contesté perdiéndome

en el marrón de sus ojos, “pero no un vino cualquiera, claro que no”. Me

acurruqué entre sus brazos y nos quedamos callados.

Él no hablaba mucho pero cuando lo hacía, el tono de su voz, profundo e

intenso, se colaba por mis oídos y me llenaba de tal manera que el

mundo parecía desaparecer. Escuchar sus susurros en mi oído era, no sé,

creo que jamás he vuelto a sentir una sensación de paz y seguridad

como aquella.

Me incorporé apoyando el brazo en la almohada y clavando mis ojos en

los suyos, con el alma ardiendo y deseando con rabia que el tiempo se

detuviese. Con la voz apenas dibujada en un susurro, le dije:

“Vino. Vino tinto de sabor intenso, con un gran cuerpo. Con notas de

ligero sabor a cacao. Amargo al entrar en boca, pero de final afrutado y

dulce. Ideal para tomar por el puro placer de disfrutar de la vida”.

Autora: Carmen Ferrer (Barcelona)

56


De animalitos alados y otros

parientes animados

Black & White – Jorge Almeida (http://500px.com/)

A un enorme panal de miel, donde tan ricamente nos divertíamos toda

la familia celebrando el aniversario del abuelo Papamoscas, dos gigantes

acudieron. Viendo la fiesta que habíamos organizado con nuestras

buenas amigas y vecinas las abejas, en cólera montaron e iniciaron una

matanza sin precedentes entre las nuestras.

El horror que en mi produjo la visión de aquellos cadáveres, maltrechos

e irreconocibles, hundidos en la afrodisíaca melaza que instantes antes

servía de alimento y regocijo a las mías, me llevó a reflexionar

profundamente acerca de tan feos y terribles seres. Mis alas vibraban

con rabia reclamando venganza.

Las pocas que sobrevivimos al trágico episodio regresamos, como

pudimos, a la comunidad. El interés general por lo sucedido apenas pasó

de un frío “Buzzz” y un par de “Blizzz!, pero yo no podía dejar pasar

57


aquella aniquilación sin castigo. Me pasaba las horas y los días

revoloteando de un lado para otro sin rumbo. Mis colegas pensaban que

había perdido el juicio completamente, pero en mi cabezota se iba

urdiendo un plan de ataque.

Sabía dónde vivían, y como eran, a pesar del camuflaje que llevaban la

mañana de autos, pero tenía que ser cauta y dar los pasos correctos

antes de lanzarme. Tendría que convencer a un buen puñado de mis

chispas. Además necesitaba una buena alianza… ¡Necesitaba esa alianza!

Mi madre, víctima también de aquella dulce muerte, me había hablado

una mañana de esa parte de la familia de negro pasado y oscuro

presente. Tan solo pensar en ellas y palidecían hasta mis alas. Lo único

que sé es que son parientes muy lejanas que un día, en el amanecer de

los tiempos, decidieron dejar de volar para caminar por el tenebroso

interior del subsuelo. No tenemos relación –no recuerdo que la hayamos

tenido alguna vez-. Son hurañas, conflictivas y muy peligrosas; además

de no parecernos ni en las antenas. Viven entre esos titanes, dentro de

sus moradas, en medio de sus paredes.

¡Qué difícil y arriesgado va a ser contactar con las cucarachas!

- Entonces, ¿estáis conmigo? – Pregunté al medio millar de amigas que

estaban en la reunión, luego de exponer mis intenciones.

- ¡Bliiizzz! – El asentimiento fue unánime.

- Entonces no hay tiempo que perder.

De todas era conocido que aquellos bípedos descomunales, al ocultarse

la gran luz, desaparecían en sus viviendas y se volvían inofensivos. Ese

era el momento en que mis primas salían de sus oscuros escondites para

robarles comida. Por lo tanto no cabía duda de que era el mejor

momento para hablar con ellas sin correr riesgos ni sobresaltos. Me

seguían temblando todas la patas.

58


- ¡Cruiiich! ¿Qué haces a estas horas tan lejos de casa, pequeño

alfeñique alado? – Fue su saludo al verme.

- Hola prima, cuanto gusto conocerte. ¿Tendrías un minuto para hablar

conmigo?

- ¿Un minuto? Para acabar contigo me sobran cincuenta y nueve

segundos, mequetrefe.

- Vengo en son de paz, Cuca. Necesito tu ayuda.

- Mira, Mosqui, la noche es muy corta y si no nos damos prisa antes de

que se haga la luz, el amo de la casa no tendrá piedad con nosotras.

¿Entiendes?

- No mucho, disculpa, esto es nuevo para mí. Tan solo busco castigo y

venganza contra ése que tú llamas amo.

- ¡Cruiiich! ¡Ja ja ja! ¿Pero de qué vas, enanita voladora? Nunca alguien

tan pequeño como tú o como yo podrá vencer al gran señor.

- Somos muchas y valientes.

- Nosotras también ganamos en número, incluso en inteligencia, pero él

es más fuerte y posee armas capaces de aniquilar a todo lo que se ponga

por delante y no le guste.

- Si nos unimos en ataque combinado tierra-aire, le venceremos.

- Si nos unimos, chiquitina, la furia del grandullón será mayor y la

carnicería será recordada por las tuyas y las mías durante generaciones.

- Te equivocas, prima. Tengo un plan y sé que podemos vencer.

Confiadas al verme hablando sosegadamente con aquellas culilargas, mis

amigas se envalentonaron y fueron entrando en la estancia por el hueco

59


de la ventana entreabierta. El ruido comenzó a ser atronador, tantas

eran las que estaban dispuestas a luchar a mi lado.

- ¿Lo ves? Somos una gran multitud. Le derrotaremos.

- ¡Siiisss! Callaos. Dejad ya de armar tanto jaleo.

- Es el sonido de la victoria.

- Es el sonido de la derrota.

- Te equivocas, Cuca. Solo hay un camino hacia la venganza y es éste.

- ¡Bluuuzzzzzzz! ¡Bluuuzzzzzzz! ¡A por ellos! – Gritaron todas al unísono.

- ¡Callaos de una vez, moscas escandalosas! Le despertareis.

- Eso es lo que pretendemos.

- Insensatas, lucháis contra un poder que desconocéis.

- Luchamos contra la injusticia.

- Perderéis.

- Ganaremos.

- Allá vosotras, conmigo no contéis.

- La unión nos hará más fuertes. Venid con nosotras.

- No en esta guerra inútil.

De pronto, un pequeño destello rojo en una esquina dio paso a una luz

en lo más alto del cuarto, encerrada en una extraña jaula. No era

demasiado brillante, pero ese tono azul pálido la hacía de lo más

atrayente. El pequeño animalito de tierra, de cuerpo alargado y más

largas aun las antenas, dio unos pasas hacia atrás. Estaba aterrorizada.

- No os acerquéis. Es la muerte.

60


- ¡Oh! Es la luz.

- ¡No! Esos son los trucos del amo. Os deslumbra, os atrae y luego acaba

con vosotras.

Volé en círculos por toda la sala. No había rastro de ningún gigante.

Seguro que seguía durmiendo.

- No veo peligro alguno. Adelante mis valientes, la luz siempre nos da

fuerza.

Atravesamos en tromba los barrotes que rodeaban la luz…

Entramos en tromba en aquella celda que cubría la luz… Lo último que

escuché antes de morir fue:

- Mira que se lo avisé.

Autor: Reca Refojos (Vigo, Pontevedra)

61


Óleo de Evelyn Carell (Valencia)

http://evelyncarell.artelista.com/

62

More magazines by this user
Similar magazines