VE-01 ABRIL 2014

rafasastre

VALENCIA ESCRIBE

La revista

Número 1 – Abril 2014


© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)

©de los textos: Lu Hoyos, Marco Antonio Torres Mazón, Asun Ferri,

David Rubio, Lidia Castro Hernando, Elena Casero, Concha García Ros,

Pilar Descalza, Malén Carrillo, Germán Repetto, Amparo Hoyos, Luis

Alberto Molina, Reca Refojos, Benjamín Blanch, Noelia Baviera, Alberto

Casado Alonso, Mariam Bronchal, Rafa Sastre, Pernando Gaztelu, Eric

Grants, Eva Franco, Puri Otero Domarco, Carmen Ferrer, Manuel

Alejandro Ramos Ayala, Meryross, Lucho Bruce.

Foto portada: All Nib - Karl Blessing (www.500px.com)

Colaboradora: Eulalia Rubio (http://jardinesrioturia.blogspot.com.es/)

Diseño y edición: Rafa Sastre

Para ver y descargar esta revista en formato pdf (3.94 mb):

http://www.mediafire.com/view/81vzxc77xzovotc/VE-ABRIL.pdf


Índice

Partiendo de la nada (Rafa Sastre) Pág. 1

Las noches de los vasos largos (Lu Hoyos) Pág. 3

M. o la huida (Marco Antonio Torres) Pág. 5

Lo último que se pierde (Asun Ferri) Pág. 7

Bienvenidos a Marte (David Rubio) Pág. 9

El duelo (Lidia Castro) Pág. 11

Ruido (Elena Casero) Pág. 15

Intensidad musical (Concha García) Pág. 17

Viaje en tren (Pilar Descalza) Pág. 19

Nuestro mar (Malén Carrillo) Pág. 21

La leyenda (Germán Repetto) Pág. 23

El jardín de los Fielding (Amparo Hoyos) Pág. 27

Coral (Luis Alberto Molina) Pág. 29

De amores y desamores…y un valor añadido (Reca Refojos) Pág. 33

Tarde de versos (Benjamín Blanch) Pág. 37

Lo relativo de la felicidad (Noelia Baviera) Pág. 39

Cómo me hice cazador de vampiros (Alberto Casado) Pág. 41

Sabor a silencio (Mariam Bronchal) Pág. 43

¡Vive Dios! (Rafa Sastre) Pág. 45

A cup of café con leche, my darling? (Pernando Gaztelu) Pág. 47

Maldita (Eric Grants) Pág. 51

Las almas de la Plaza de Porlamar (Eva Franco) Pág. 53

Reservado el derecho de admisión (Puri Otero) Pág. 55

Andante non troppo (Carmen Ferrer) Pág. 57

He ahí la cuestión (Manuel Alejandro Ramos) Pág. 59

Vivirás en mí (Merysoss) Pág. 61

La armadura del caballero (Lucho Bruce) Pág. 63


WRITE anyway - Sharon Brogan (www.flickr.com)


Partiendo de la nada

Dijo Groucho que “partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas

cimas de la miseria”. Aunque ese enunciado podría ser perfectamente

aplicable a la actual situación política, económica y social, no va con

nosotros. Porque, partiendo de la nada, debutamos a finales de Marzo

con 17 buenos textos y con apenas unos días de diferencia ya tenemos

delante el número 1, en el que como podréis comprobar, vamos

sumando colaboradores. Hemos limitado la extensión de los escritos

para dar cabida a los viejos o nuevos amigos que han mostrado una

inequívoca ilusión por publicar en la revista Valencia Escribe. La

ampliación del grupo deseamos interpretarla como un excelente augurio

para el futuro y la continuidad de este proyecto literario.

Ahora solo queda que los autores nos hagamos un favor y sigamos en la

brecha. Mientras Onetti aseguraba que “escribir es un acto de amor (sin

eufemismo)” y Carmen Posadas lo describe como “un psicoanálisis

baratísimo” (Hemingway opinaba algo parecido), mi venerado Paul

Auster declara que ”escribir es un acto de supervivencia”. Amemos/nos,

psicoanalicémonos y sobrevivamos, pues.

Antes de la despedida, un ruego a todos los que mantenéis un blog

personal o frecuentáis las redes sociales: difundid esta publicación.

Vuestros amigos, seguidores y contactos, al menos aquellos que sean

auténticos aficionados a la literatura, os lo agradecerán.

Y no olvidéis ser felices, nos vemos en Mayo.

Rafa Sastre

1


Pool Drinks - Tara Angkor Hotel (www.flickr.com)

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Las noches de los vasos largos

Todo empezó un domingo de madrugada. Volví a casa después de una

difusa noche de vasos largos adornados con rajitas de limón y mucho

hielo. No atinaba con la llave que se negaba a introducirse por la esquiva

cerradura. De pronto alguien abrió la puerta desde el interior y me invitó

a entrar. Estaba oscuro, me pegó un susto de defunción, pero me armé

de valor y apreté, como un valiente, el interruptor de la luz que me cegó

de golpe con su fulgor. Me quedé hondamente perplejo cuando pude

abrir de nuevo los ojos. Había un hombre exactamente igual a mí,

¡vamos, era mi vivo retrato!, no daba crédito a lo que veía. Pensé que,

en los últimos tiempos, me estaba pasando con el alcohol y que

probablemente aquella visión era un desvarío producto de mis excesos.

Así que le dije buenas noches con mucha educación y me metí en la

cama vestido para poder dormirme lo antes posible; confiaba en que,

cuando despertara, habría desaparecido aquella alucinación. Pero no fue

así. A las cinco de la tarde sonó el teléfono y vi como mi doble entraba

en mi cuarto y me lo acercaba para que yo pudiera contestar sin

moverme de la cama. Se instaló en mi casa y me seguía como una

sombra allá donde yo iba. Pronto me acostumbré a él y hasta me

resultaba agradable tener a alguien con quien hablar y que, además,

nunca me contradecía, pensaba exactamente lo mismo que yo. Lo malo

vino después, el día en que nos fuimos a celebrar nuestro cumpleaños y

cuando volvimos, otro exactamente igual a nosotros nos abrió la puerta.

Ahora ya somos cuatro y nunca salimos por las noches.

Autora: Lu Hoyos (Valencia)

http://inventariodelucrecia.blogspot.com.es/

3


Escape V2 – Franck Barlet (www.500px.com)

4


M. o la huida

Donde se nos habla de M., personaje que curiosamente coincide con la

inicial del autor del texto y con la primera letra de la palabra

metaliteratura. Vemos a M. debatiéndose entre la elección de tres

textos, optando finalmente por eliminarlos todos y huir.

M. escribió tres relatos para el número 1 de la revista Valencia Escribe.

El primero de ellos estaba ambientado en la actualidad. Un hombre de

mediana edad, acuciado por graves problemas financieros, decide, en un

intento desesperado para poder sobrevivir unos meses más, vender la

mayor parte de su biblioteca. Éste hombre poseía una gran cantidad y

variedad de libros, algunas primeras ediciones y algunos tomos

heredados de su padre. El relato hacía una exhaustiva enumeración de

los libros, citando títulos y autores, y aprovechaba, como en un

homenaje al eterno libro de Cervantes, para atizar a unos y otros y dejar

clara su opinión sobre ciertas literaturas. M. borró el relato por

considerarlo demasiado largo, demasiado social y demasiado obvio. A

M. no le gusta mucho la literatura que cree que puede salvarnos de algo,

y mucho menos la literatura de tipo social. M. cree que toda literatura es

social y anti social a un mismo tiempo. M. piensa más o menos igual que

Nabokov.

El segundo relato que M. escribió y M. borró era un texto de ciencia

ficción. En una habitación aséptica, como aquella que salía al final de

2001, dos hombres dialogan. A lo largo de este diálogo vamos

descubriendo que de lo que hablan es de la raza humana, de si ha

llegado el momento de pasar página o los humanos todavía merecen

otra oportunidad. El relato, una vez acabado, en un final abierto donde

no se sabía muy bien si los tipos que hablaban eran extraterrestres o

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Dios y uno de sus ángeles de confianza, le ha sonado a M. como ya leído.

Es algo que le suele pasar. Todo lo que escribe le suena a ya leído. Igual

es que sufre asfixia de la influencia, como diría el orondo Bloom. O igual

es que siempre, tras escribir un relato, lo lee repetidas veces.

El tercer relato estaba ambientado en un monasterio trapense, en los

años 50, en Estados Unidos. Narraba un día en la vida de los allí

presentes, sus quehaceres diarios, sus oraciones, sus actos más

cotidianos. Pretendía M. con esta narración ejercitar un poco su estilo

más descriptivo; tratar de imaginar si podía describir algo que no había

visto en su vida (M. no ha estado jamás en un monasterio trapense; M.

no ha vivido en los años 50; M. no ha viajado a los Estados Unidos

nunca) Sin embargo, el texto ha quedado largo y M. no sabía por donde

cortar, si por los trabajos en la pequeña granja de los monjes, si por sus

momentos de oración, si por el desayuno, la comida o la cena. Al final lo

ha borrado todo. M. aún puede escuchar en su interior los gritos

desesperados de los pobres monjes trapenses al desaparecer para

siempre.

M., finalmente, ha decidido jugar a ese juego al que ahora todos parecen

jugar: al contar que no hay nada que contar; o que todo ya está contado;

o que no importa lo que se cuente sino cómo se cuente. M. ha huido; M.

ha sido un cobarde; M. ha hecho metaliteratura.

Autor: Marco Antonio Torres Mazón (Torrevieja, Alicante)

http://itacadeshabitada.blogspot.com.es/

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Lo último que se pierde

Grito de esperanza - Jafeth Gómez

Se alejan las esperanzas,

nos dicen adiós abatidas,

el aire huele a derrota,

sabor amargo se masca.

Nunca tan grotesca vi

la estatua de la libertad,

ni tan falsa la banda que oculta

los ojos de la justicia,

por no hablar de la igualdad,

7


que sólo se alcanza en la muerte,

y ni eso se respeta,

pues ahora a los herederos

se les legan hipotecas.

Los sueños ya se fabrican

en la antes lejana China,

y tienen un precio irrisorio,

el de nuestra cobardía.

Ni a Marte podremos huir,

todo se compra y se vende,

ya planean el negocio

de ofrecernos las miserias,

a años luz de la Tierra.

Se alejan las esperanzas,

de nuevo nos dicen adiós,

aunque digan que no se pierden,

reconozcámoslo,

tenerlas sin pelearlas,

es cometer un error.

Autora: Asun Ferri (Valencia)

http://patadeelefanta.wordpress.com/

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Bienvenidos a Marte

Not Mars - Dani Stein (www.500px.com)

El Arca XIV comienza a penetrar en la atmósfera; enciendo el

intercomunicador:

—La comunidad humana de Marte les da la bienvenida al planeta donde

la lluvia es como polvo de diamante —Oigo vítores y jolgorio de fondo—.

Pueden amartizar en el sector 6B.

Confirmo el inicio del protocolo de acogida y corto la comunicación.

Miro a través del ventanal la niebla que cada noche nace en este suelo

marciano. Pronto envolverá el Domo y ascenderá. Cuando las partículas

de agua que la forman lleguen a la atmósfera, se harán cristales de hielo

y se precipitarán sobre la superficie: como pequeñas piedras preciosas.

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“Un nuevo mundo, todo para vosotros”, eso nos prometieron.

A lo lejos, veo el descenso de la nave. Pronto descubrirán que los

diamantes solo brillan si hay luz, y en este condenado planeta sólo llueve

de noche; de día, no hay más tormentas que las de arena y polvo.

Apenas recuerdo el olor a tierra mojada ni la sonoridad de una tormenta

de verdad.

¿A qué huele Marte? Dicen que, en el exterior, se puede resistir hasta

diez segundos sin el traje.

Alguna noche saldré.

Ojalá merezca la pena después de todo.

Autor: David Rubio (Sant Adrià de Besòs, Barcelona)

http://elreinorobado.blogspot.com.es/

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El duelo

Fractal Cowboy - Jérémie Lacoste (www.500px.com)

Son temerarios y arrogantes, los más rápidos en el manejo de la

Colt 45; solitarios, valientes y temidos en toda la comarca; rivales

históricos en la conquista de mujeres del Far West y ladrones de banco

por toda profesión conocida. Por esas cosas imprevistas del destino,

ambos coincidirán en Lone Star City una mañana de verano.

Las gargantas de los hombres del pueblo se van humedeciendo con

whisky y cerveza desde las primeras horas para evitar que el calor del sol

las seque. Aunque no salen de sus casas ni del ‘saloon’, los chismosos

observan los trámites de la carreta especial de la Wells Fargo, la

empresa que recoge el dinero de los bancos de Texas, estacionada

frente al único de Lone Star, y custodiada por dos uniformados con

armas largas.

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Alguien ha traído la noticia de que Baby Face aparecerá antes de

que logren llevarse lo recaudado. El suspenso acompaña la escena.

Como ante una orden recibida que nadie ha dado, las caras tras las

ventanas se vuelven hacia la salida norte del poblado. Jimmy “the Swift”

hace su entrada sin previo aviso, en el caballo árabe. Vestido de negro

desde el sombrero a las botas y su rostro cubierto con un pañuelo que

una vez fue blanco, apuesto pero polvoriento por el viaje, se dirige con la

mano derecha apoyada en su cartuchera y lentitud premeditada, hacia

el carromato de la Wells. No hace falta decir que el sheriff y los

comisarios se preparan para una balacera. Por la salida sur de Lone Star

se acerca despacioso, Baby Face, desaliñado y recio, a cara descubierta,

en una rara combinación de adolescente y matón. Su mano izquierda se

apoya en la pistola de caño largo.

Todo presagia violencia sin límites. Los rostros pueblerinos,

aburridos por la rutina, delatan una actitud morbosa, deseosa de sangre.

La distancia entre los pistoleros se acorta lentamente por la calle

polvorienta, mientras los guardias, temblorosos, se aprestan a descargar

sus Smith & Wesson. Parecen anticipar que todo esfuerzo será inútil

ante la famosa velocidad de disparo de los ladrones.

El incidente se desata con celeridad. Caen los custodios heridos de

muerte. El sheriff y los comisarios desorientados por el fuego cruzado, ni

siquiera llegan a sacar las armas. La carreta de la Wells Fargo ha

quedado solitaria y rebosante de dólares. Ni un alma se atrevió a salir a

la calle principal. Es un silencio expectante el que marca el ritmo de los

minutos.

Ahora les falta saber quién se llevará el botín. Los bandidos se

encuentran separados por escasos cincuenta metros. Desmontan.

Enfrentados, sus miradas amenazantes, serpientes hipnotizadoras, se

clavan en el cerebro del rival. El ambiente es denso. El viento, hasta hace

minutos caliente y pesado, se detuvo. Los ojos del pueblo recorren la

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distancia entre los bandoleros, deseosos de captar el gesto que

preanuncia el momento de desenfundar. Hombres y mujeres parecen

tener la certeza de que no habrá heridos: sólo un muerto. Ese minuto les

resulta una eternidad.

En el velocísimo instante de las Colt, las respiraciones se

suspenden. Jimmy está muriendo. Mientras, la bala de su pistola roza el

hombro de Baby Face y termina alojada en el corazón del cameraman de

la Metro.

Autora: Lidia Castro Hernando (Mar del Plata – Argentina)

http://escritosdemiuniverso.blogspot.com.es/

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© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)

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Ruido

Afuera hay un estrépito de hojas. Las ramas de las palmeras parecen

aplaudir la furia del viento. Los chopos del jardín son el rumor más

acariciante de este comienzo de otoño tardío. Ana confunde sus

recuerdos con el ruido que escucha. Sus recuerdos son como el

entrechocar de piedras enormes. No soporta los chillidos, dice que le

oscurecen el pensamiento. El golpeteo afuera se hace cada vez más

insoportable. Las contraventanas se abren y cierran sacudiéndose como

locos contra una pared. Ana abre el balcón para cerrarlas y acabar con

los crujidos que le rompen el cerebro. Logra cerrar el balcón. La

habitación queda sumida en una semipenumbra pero los crujidos están

en su cabeza. Al girar en redondo, ve su figura frente al espejo y los

chirridos se hacen imágenes.

Ve reflejado en el fondo la espalda de su madre contra su propia

imagen.

Sus ojos redondos, abrasados de curiosidad miran hacia arriba, a lo alto,

a la cara irritada que abre la boca desmesurada y profiere gritos

estridentes que sobresalen por encima del ruido de la calle.

Los ojos que miran a lo alto son rotundos, las pupilas negras, dilatadas

por la curiosidad y el miedo que resaltan sobre el globo blanco,

enrojecidos por minúsculas venillas a punto de reventar. Los ojos

redondos y grandes se desvían de la boca desmesurada, buscando

consuelo en alguna otra boca. Pero no encuentra ninguna. Están ellas

dos solas. Entorna los párpados, agacha la cabeza y las lágrimas

silenciosas comienzan a rodar por su rostro crispado. Están saladas, es lo

único bueno que queda tras los gritos y el viento. Saca la lengua y sorbe

una de ellas, la que se aligeraba hacia la comisura izquierda. Con el dorso

de la mano recoge las que descienden por el tobogán de su cara. La niña

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arruga la naricilla llena de mocos y lágrimas porque le molesta el olor a

alcohol que sale de la boca de su madre.

Ana se aparta de la visión que le devuelve el espejo. Es como un desafío.

Mirar y no mirar; huir y quedarse; renunciar o continuar atrapada. Algún

día tendrá que decidirse. Algún día, quizás mañana.

Autora: Elena Casero (Valencia)

http://elenacasero.blogspot.com.es/

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Intensidad musical

Broken note - Yueshi Zhang (www.500px.com)

Había brotado, en medio del huerto, un imponente piano de cola. Ella lo

acarició. Después, sus manos, poseídas por un ímpetu fogoso,

comenzaron a tocar cada vez con más fuerza, conforme la pieza musical

ganaba en ritmo y en intensidad. Sin apenas darse cuenta sus dedos se

enraizaron, mezclándose confusamente con el teclado. Sus brazos se

convirtieron en ramas, llenas de nudos. Su cabello, en hojas brillantes y

sedosas que hicieron desaparecer su rostro. El resto de su cuerpo se

fundió con la madera del piano formando un hermoso tronco retorcido.

Él, al amanecer, quiso contarle su sueño y, al volverse para buscarla, sólo

encontró su hueco en la cama.

Autora: Concha García Ros (Cartagena, Murcia)

http://nosvemosenkairos.blogspot.com.es/

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Rail yards – Jay B. Wilson (www.500px.com)

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Viaje en tren

Voy de camino a alguna parte, en tren, sola y con poco equipaje. Todo

son risas y buen humor alrededor, pero a mí me invade la tristeza. No sé

por qué pero los viajes me ponen melancólica.

El tren va cogiendo velocidad, poco a poco, a medida que se va alejando

de la ciudad.

Mi mente navega entre pensamientos. Me siendo sola aunque esté

rodeada de gente. Miro por la ventana y aún distingo a personas, cada

una con su mundo. Intento imaginarme cada historia. Son pequeños

cuentos en mi mente. Echo de menos el traqueteo y el sonido de los

antiguos trenes.

Ahora no te das cuenta del movimiento si no es que miras por la ventana

y sólo escuchas las conversaciones de los pasajeros que hay a tu

alrededor. Vuelvo a mirar por la ventana y veo que ya no hay nadie, tan

solo un monótono paisaje que no da tiempo a distinguir por la velocidad

con la que pasa.

Cojo mis auriculares y me pongo música. Música melancólica para una

chica melancólica. Cierro los ojos e imagino mi vida: los momentos

vividos y los que me gustaría vivir.

Alguien me toca suavemente el hombro. Abro los ojos y le veo delante

de mí. No le conozco pero su sonrisa me es cercana. Debe tener mi

edad, con barbita de días y vestido de forma desenfadada pero elegante.

Me habla moviendo suavemente los labios y me vuelve a regalar una

sonrisa. Le hago un gesto de que no le oigo y me quito los auriculares.

Vuelve a hablarme, esta vez percibo una voz suave pero muy varonil. Me

indica que me he equivocado y que estoy sentada en su asiento.

Extrañada busco en mi bolso el billete y compruebo que estoy sentada

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correctamente y que el equivocado es él. Su asiento está junto al mío.

Me pregunta por la música que escucho y ahí empieza una agradable

conversación. Hablamos de música, de cine, de lo divino y de lo humano.

Fue el inicio de algo que acabó cuando el tren llegó a la estación de

destino. Se despidió con un beso en la mejilla y un adiós, y yo volví a

encontrarme sola en la estación aunque rodeada de gente.

Autora: Pilar Descalza (Valencia)

http://micuartosecret.blogspot.com.es/

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Nuestro mar

Obra de Nuria Messeguer (http://nuriameseguer.blogspot.com.es/)

Unos días éramos sirenas; otros, estrellas de mar; la mayoría de las

veces gigantescos cefalópodos, ballenas o tiburones. Y a bordo de las

olas, recorríamos entusiasmadas los siete mares buscando nuestras

incautas presas.

Nos hicimos mayores y ya no somos nada. Dejamos que nuestros

recuerdos floten ingrávidos como nuestros cuerpos en el agua. No

nadamos, solo hablamos y recordamos. Con nuestros sombreros bien

atados a la cabeza, como entonces, sentimos que el tiempo no pasa y no

pesa y seguimos charlando y charlando. Los pececillos nos mordisquean

los pies, pero les dejamos hacer, estamos acostumbradas, nos creemos

que son los mismos de siempre, aquellos de cuando éramos niñas...

Autora: Malén Carrillo, “Maga” (Sóller, Mallorca)

http://enredadaenlaspalabras.blogspot.com.es

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The thought – Bo Hallengren (www.500px.com)

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La leyenda

Cuenta una antiquísima leyenda india, casi desconocida por haberse

perdido los últimos vestigios de esa extinta raza indígena, que las almas

de sus guerreros fallecidos quedaban pululando en el éter, como suaves

plumas suspendidas en una especie de dimensión sin nombre, y así se

mantenían en ese quieto limbo hasta que volvían a reencarnarse en otra

nueva vida. Pero había una ocasión muy especial cada siete lustros en

que un bello ángel con figura de exuberante mujer elegía a su pareja de

entre los guerreros que habían fallecido ya seis veces, en cuyo caso la

reencarnación no conocería más la muerte, permitiéndosele así vivir una

séptima y última vez, junto a ella, en la misma tierra de sus antepasados.

Explica también que la angelical hembra, descrita en sus versos como

«… de larga melena negra y sensuales labios dispuestos a recibir los

ardorosos besos del felizmente elegido…», seguiría un breve pero

complicado ritual antes de consumar su decisión: ejecutaría una danza

junto a un crepitante fuego sostenido por las blancas brasas de estrellas

fugaces, a cuyo alrededor removería sus caderas con enardecida

voluptuosidad mientras cantara un extraño himno nupcial y, después de

saludar con mucho respeto y una suave inclinación de cabeza a las siete

viejas indias que le harían coro para observar el correcto protocolo de su

frenético baile, le entregaría finalmente al afortunado una fina red

confeccionada con los sedosos y níveos hilos del primer calostro de la

Vía Láctea para que él se la lanzara, y con ello quedaría prendida de su

eterno amor por ella. Después, el guerrero y la hermosa india vivirían

eternamente en lozana juventud, sin que nada ni nadie pudiera

separarlos, con la sola obligación por parte de aquel de atender los

íntimos deseos de la hembra en todos los momentos que ella quisiera,

pero bajo la dura pena de una muerte eterna caso de contravenir esa

condición.

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También dice la fábula que no es el gato el que tiene siete vidas, sino el

hombre; y aclara que es por eso que siempre se confundió una realidad

con otra, pues en verdad es el ser humano el que se hace acompañar

siete veces de un felino de esta especie en su largo caminar por esas

siete vivencias terrenales. Dicen los legendarios versos que las almas de

estos animales domésticos también están presentes en el limbo, y es allí

cuando el guerrero elegido adopta también una de esas félidas almas,

para después marcharse con él reencarnado y agarrado firmemente por

la cintura de su bella dama. La figura del gato es todo un símbolo de

futuro, porque sigue diciendo que «… al regresar a la tierra de sus

antepasados el guerrero hará de ese gato su alimento diario, y su carne

imperecedera les hará subsistir a ambos por los tiempos de los tiempos».

Lo que le ocurrió al indio Zum’ah fue algo parecido, aunque… diferente.

Y, ya que veo que has tenido la paciencia de llegar hasta aquí, no puedo

dejar de contártelo. Antes te he de decir que Zum’ah fue siempre algo

torpe y sus seis vidas anteriores no le sirvieron de mucho en cuanto a

tomar experiencia de las cosas; en la aldea era conocido con un

apelativo entre cariñoso y jocoso, algo así como “El Guerrero Bobo”,

traducción más o menos aproximada, y -a fuer de ser sinceros- sus

gentes no se equivocaban, esa es la verdad.

Bueno; pues lo cierto es que una mañana de pleno invierno amaneció el

poblado totalmente nevado, consecuencia lógica de la larga tormenta

ocurrida durante la noche anterior. Los alimentos estaban escaseando y

se hacía necesaria una partida de caza, y a ella se unió Zum’ah

debidamente pertrechado de su arco y carcaj partiendo de inmediato

junto con el resto de los guerreros; una vez llegaron a la nevada llanura

de caza, divisaron en pacífica congregación a cientos de enormes

búfalos, por lo que se acercaron con prudencia hasta la distancia de tiro

de sus flechas. Sin embargo, tras producirse inopinadamente la

estampida de la manada, Zum’ah tuvo la mala fortuna de ser arrollado y

pisoteado miles de veces por las poderosas pezuñas de esos animales,

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quedando allí descuartizado, totalmente ensangrentado y perdiendo de

esta manera tan estúpida su sexta vida.

Fueron veintiocho los lustros que transcurrieron hasta que Zum’ah tuvo

la gran suerte de ser elegido por la angelical dama india de la leyenda y,

mientras su alma estallaba en un gozo inmenso soñando ya en la forma

que haría gozar eternamente a la bella hembra, aquella terminó su

danza y –conforme a la fábula- lanzó hacia él la fina red de sedosos y

níveos hilos pidiéndole que le prendiera con ella para obtener su amor.

Zum’ah, muy torpe él, como ya he dicho, cumplió el recado de la bella,

pero con tan mala fortuna y peor puntería, que la red fue a parar hasta

la cabeza de Seit’ah, la más fea de las siete viejas que le hacían de coro

alrededor de la hoguera… Y ya puestos, nervioso del todo, pero

creyendo con ello cumplido el encargo, tomó el alma de la belleza como

si el mismo gato fuera, trastocando de esta boba forma el rito y saliendo

los tres del limbo para reencarnarse de nuevo en la tierra. Lo cierto es

que, desde entonces, Zum’ah “brega” cada dos por tres con la vieja

india, y eso a diario, según lo exigido por la antigua leyenda. Mientras,

llora cada día muy amargamente al deglutir la carne de la bella india

que, suplantando al gato, ahora alimentará a ambos por los siglos de los

siglos.

Te preguntarás que, si no existe vestigio alguno de esa extinguida raza,

cómo es posible que conozca la leyenda… Pues…, tan sencillo como que

yo soy Zum’ah.

Perdona; tengo que retirarme… otra vez me llama la vieja Seit’ah… ¿Qué

querrá ahora…?

Autor: Germán Repetto (Albalate de Zorita, Guadalajara)

http://grepettoblog1949.wordpress.com

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Unidentified Man and Woman - George Eastman House

(https://www.flickr.com/commons)

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El jardín de los Fielding

Todos los días pasaba por la misma calle al salir del trabajo. Siempre me

llamaba la atención el enorme seto que rodeaba una gran mansión. Su

espesura no dejaba adivinar el interior, pero yo siempre imaginaba un

bello y florido jardín con una elegante casa al fondo.

Un día, decidí apartar las ramas para saciar mi curiosidad y poder

contemplar con mis ojos lo que mi imaginación había recreado tantas y

tantas veces. Ante mí, el paisaje no podía ser más desolador: los árboles

habían crecido de forma descontrolada y algunas ramas yacían en el

suelo arrancadas por algún vendaval. Los yermos rosales estaban

descuidados y resecos. La salvaje yedra ascendía por las paredes de la

casa formando un tapiz de oxidados colores. Las hojas secas se

extendían por todos los lados sembrando los paseos de tonos grisáceos y

tristes. No se escuchaba el trinar de los pájaros. Tan sólo reinaba el

silencio.

Al día siguiente, decidí fijarme en la casa. Debió ser hermosa en otro

tiempo. Ahora se encontraba descolorida, las ventanas tenían los

cristales rotos y las cerraduras estropeadas, tan sólo en la pequeña

torre, algunas parecían haberse salvado de las tormentas. Las cortinas se

encontraban corridas, hasta me pareció ver la trémula luz de una vela

que se deslizaba tras ellas.

Al llegar a casa, decidí investigar sobre el actual propietario de ese

extraño inmueble. Tras indagar durante un par de horas, todas las

fuentes consultadas coincidían en la misma dirección: “Edificio de tres

plantas. Mandado construir por lord Fielding entre 1870 y 1872.

Propietario actual… Mary Fielding, única heredera con vida. Sus padres y

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hermanos murieron asesinados una noche a manos de un grupo de

ladrones. Se llevaron toda la colección de pintura, las joyas y el dinero…”

¡Mary Fielding! ¿Sería la portadora de la vela encendida que creí ver en

la torre?

***

Periódico “The Times” jueves 25 de abril de 1984

“Hallado un hombre muerto en extrañas circunstancias. Su cuerpo se

encontró en la calle sobre un charco de sangre. La cabeza estaba

encajada en el espeso seto de la mansión Fielding. Presentaba herida

profunda en el cuello por arma blanca. Afectó a la vena carótida y murió

desangrado. La policía registró minuciosamente la propiedad que

parecía estar abandonada. No encontró nada que pudiera relacionarse

con el asesinato. La investigación sigue abierta en busca de pruebas o

testigos que pudieran esclarecer el crimen”.

***

Mansión Fielding 28 de septiembre de 1984

“Papi, hoy ha venido otro hombre. Estaba mirando a través del seto,

como los anteriores. No os preocupéis. Mary sabe lo que hacer. Nadie

conseguirá entrar en la casa para haceros daño. Afilo con cuidado mi

cuchillo todos los días. Ellos no me temen cuando ven que me acerco en

la silla de ruedas…”

Autora: Amparo Hoyos (Valencia)

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Coral

El Columpio I – Juan Manuel Robledo (www.flickr.com)

Siempre soñó una vida plena, estudió, se preparó, luchó incansable para

ser una próspera empresaria. Todo marchaba bien, consiguió entrar en

un círculo de primer nivel siendo reconocida por sus pares, su hermosa

figura despertaba admiración. Así lo conoció.

Era un trepador sin escrúpulos, supo envolverla, ganando su corazón y

confianza, se sintió dichosa de tener un compañero que se ocupaba de

sus cosas, dándole más tiempo para su vida social. Tan enamorada

estaba que no vio la realidad hasta muy tarde. Él huyó cobardemente

con una nueva víctima más joven que ella, dejando cuantiosas deudas

tras de sí.

Su mundo se derrumbó, comenzó a perder todo por lo que había

luchado, sola y desesperada sumida en una profunda depresión, solo

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ansiaba terminar con su vida. Terribles noches de insomnio se

sucedieron, aletargada en la oscuridad de su estancia favorita,

arrebujada en el sillón sintió un extraño sopor que la inducía al sueño. Se

levantó, saliendo a la carretera dispuesta a terminar.

Un vehículo de gran porte se aproximaba, no lo pensó, se arrojó a su

paso, sintió su cabeza estallar, atronando su cerebro. Una potente luz y

luego, la nada.

Despertó, ese sueño terrible la asustó. No, no podía terminar así. Pensó

¿Para qué serviría todo ese potencial que tenía?

Se levantó, se sirvió un café, mientras su pensamiento volaba, no podía

comprender que con toda su capacidad no pueda rehacer su vida, se

quedó largo tiempo sentada pensando. Hasta que, harta, tomó su abrigo

y salió, no tenía rumbo fijo, solo quería huir, huir de sí misma.

No recuerda cuánto caminó, pero se encontró en un parque, de

frondosa arboleda, donde había juegos para niños, se sentó en un banco

bajo un árbol añoso, las palomas revoloteaban alrededor, sintió una paz

reconfortante, algo nuevo para ella, lejos del análisis, todo era simple,

sonrió.

— Hola —se sobresaltó, no lo vio llegar — ¿cómo te llamas…?

— Coral, ¿Y tú?

— Me dicen Nacho, ¿estás sola?

— Sí, salí a pasear, para despejarme un poco.

— Yo también.

Lo miró, era flaco y desgarbado, su ropa era pobre, su calzado no estaba

en buenas condiciones, pero su mirada era fresca, limpia, unos ojos

claros casi transparentes que la miraban fijamente, como si desnudaran

su alma. Sintió un estremecimiento y quedó callada mirándolo.

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— ¿Te pasa algo? , te ves triste y eres tan bonita…

Sintió algo dentro, como si una corriente eléctrica la recorriese, ¿Qué le

ocurría? Él lo había notado, él, sólo un chiquillo, mal vestido, quizás con

hambre y sin educación.

— Nooo… —balbuceó —solo estaba pensando…

— Tienes lágrimas en los ojos, estás muy triste…

— No, creo que se me metió algo en el ojo, no es nada.

Él se quedó mirándola, ella no quería llorar, pero…

Trató de hilvanar una conversación, aunque su voz sonaba quebrada.

— ¿Qué haces solo por aquí? ¿Tus padres saben dónde te encuentras?

— ¡Já!, no tengo padres, vivo en la calle, siempre estoy solo.

Lo miró tratando de comprender, era solo un niño, ¿Solo? Él tenía esa

seguridad que a ella le faltaba, parecía feliz, era ilógico, con toda su

sapiencia no lo podía entender.

La miró con una sonrisa y le pidió…

— ¿Me hamacas? —Señalando hacia donde se encontraban éstas.

Con los ojos desmesuradamente abiertos, desconociéndose a sí misma

gritó:

— ¡Síííííí! —Hacia allá partieron, corría cual si fuera una niña entre risas

y tropezones.

Se quitó el calzado y sintió la arena acariciando sus pies, ambos reían,

luego de dar suficiente impulso a la hamaca ella también se hamacó a la

par, hacía tiempo que no se sentía así.

Notó para su sorpresa que eso no necesitaba análisis, que era normal,

que la hacía feliz, era algo nuevo, solo un chiquillo de la calle había

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logrado mostrarle un mundo diferente, un mundo desconocido para ella,

tenía hambre, pero no deseaba ir a ese restaurante exclusivo donde

acostumbraba, y en su mente surgió esa loca idea —Jamás antes se le

hubiera ocurrido.

— Nacho, ¿Tienes hambre? ¿Me acompañas a comer algo, así

charlamos?

Los ojos del niño se abrieron desorbitados, no lo podía entender, esa

señorita tan bien vestida lo invitaba a comer. Asintió con la cabeza y

tomados de la mano partieron.

No recuerda hasta que hora siguió la charla, el un postre, ella café, la

noche se fue cerrando y el fantasma de la muerte se alejó

malhumorado.

Autor: Luis Alberto Molina (Rosario, Argentina)

http://www.luismolin.blogspot.com.es/

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De amores y desamores…

y un valor añadido

Las noches de agosto - Evelyn Carell (Valencia) http://evelyncarell.artelista.com/

Se detuvo un instante antes de entrar, apoyó su hombro izquierdo en el

marco de la puerta contemplando la soledad del cuarto. La cama,

pulcramente hecha, muda espectadora de tantas horas de pasión, le

parecía ahora un frío témpano de hielo navegando en un océano de

recuerdos. Rompió a llorar una vez más.

Con paso vacilante entró y se sentó en el borde del lecho. Se miró en el

enorme espejo de pared enfrente del cual se había desnudado solo para

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él. Tenía la cara hinchada y los ojos enrojecidos por las lágrimas

derramadas. El aspecto era horrible.

No quería volver a llorar, pero no podía evitarlo. Se echó hacia atrás

sobre la cama y cerró los ojos dejando que el edredón y la almohada la

envolvieran y acariciaran.

¡Seguía allí!

Su fragancia, impregnada en cada hebra de aquella tela, inundó sus

sentidos. Todos sus sentidos. Sentía sus dedos mesándole el cabello. Sus

labios, ardientes, ascendiendo por el cuello hasta el lóbulo de la oreja,

susurrándole aquellas cálidas palabras de amor que su pudor le impedía

reproducir y su mente se negaba a olvidar. Su lengua, explorando los

confines más profundos e íntimos de su garganta. Una vez más sintió sus

manos, rudas, fuertes y expertas, deslizándose entre sus muslos,

buscando con ansia y apetito el más jugoso fruto de la lujuria. Todo su

cuerpo se estremeció.

¿Cómo era posible enamorarse de esa forma si apenas hacía tres días

que le había conocido?

¿Cómo era posible echarle tanto de menos si apenas hacia unas horas

que la había dejado?

¿Cómo era posible derramar un mar de lágrimas por su ausencia si en un

par de días estaría de regreso?

Abrió los ojos y lentamente se incorporó. Plantada delante del espejo,

de cuerpo entero, comprobó que estaba medio vestida. Cruzó los brazos

por sus hombros descendiendo las manos, temblorosas, por los pechos.

Ahí el pulso se hizo firme y los apretó con fuerza. El reflejo de la pared le

insinuó entonces que estaba casi desnuda.

Girando sobre sí misma se acercó al armario. Al abrirlo se dio cuenta que

no había ni una sola prenda de él. Nada. Introdujo la mano entre la

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delicada ropa interior, colocada en montoncitos desordenados en un

estante intermedio, y extrajo el regalo que se hiciera a sí misma en el

aniversario de su divorcio. Lo miró detenidamente mientras se sentaba,

otra vez, en el borde de la cama. No podía decir el por qué, ni el cómo,

pero le atraía el color azul turquesa de aquel objeto, su textura, su ligera

curvatura. Pausadamente giró hacia la derecha la tapa redonda de su

base. Le gustaba ese cosquilleo en la palma de la mano.

Muy despacio le fue indicando el camino, a través de sus senos,

alrededor de su vientre, entre sus ingles, hasta el interior de su sexo,

vibrante y hambriento.

El color de su mirada mudó del agrio enrojecimiento de la soledad al

blanco lunar del éxtasis.

Autor: Reca Refojos (Vigo, Pontevedra)

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Winter is finally over... – Samrat Mukhopadhyay (www.500px.com)

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Tarde de versos

Llega el poeta

cargado con sus versos a la espalda,

y la tarde se alarga iluminada

por la estela de su voz sin altibajos.

Cerrar los ojos y escuchar atento

la música que invade los sentidos,

que penetra y ensancha los pulmones

para aspirar con gozo la palabra.

Abrazar la corteza de los pinos,

mirar en el espejo de los charcos

y en las mágicas grietas de los muros.

Estimar la humildad que se desprende

de un malogrado intento de celaje,

recolectar las uvas transparentes,

existir sin temor a la intemperie

y dejar lo de ayer para mañana.

Mirarnos transformados sin ser otro

como agua del vapor o de la lluvia.

Se va el hacedor de versos,

más ligera la carga en su mochila,

permanecen en nosotros sus poemas.

Autor: Benjamín Blanch (Valencia)

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The Thinker – Blue Muse Fine Art (www.500px.com)

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Lo relativo de la felicidad

¿No oyes que ya amanece? Se ha acabado el tiempo que teníamos aquí

tumbados, están cantando los pájaros y el sol se cuela por los pequeños

agujeros de la persiana. Ya no queda nada para volver a la realidad. Y es

que solo somos nosotros, aquí escondidos, bajo la oscuridad de este

cuarto.

Te susurro que te quiero, pero no que te amo. Fermín, tú que siempre

sabes qué decir, ahora te quedas en blanco.

A veces cuentas cómo nos conocimos, dices que llegué por sorpresa, que

fue inesperado.

Pobre Fermín, nunca le he confesado que la nota que me dejó su esposa

fue el único reclamo.


Releo estas palabras cada mañana cuando se marcha. Piensa que esto es

una trepidante aventura, un erótico sueño que le llena de vida, y sí, es

feliz, es feliz viviendo una realidad amañada.

Un falso matrimonio sumido en la rutina, dos personas unidas que no

podrían ser más felices por vivir una mentira. Qué dura es la existencia

para mí, qué fácil es para Fermín a pesar de su desdicha.

Autora: Noelia Baviera (Valencia)

http://destinodescrito.blogspot.com.es/

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Somewhere in the Carpathian Mountains – Peter Saar (www.500px.com)

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Cómo me hice cazador de vampiros

Yo vivía feliz con mi esposa y mis dos hijos en la ciudad de Tabasco

(México). Trabajaba como contable para una importante multinacional y

en un mes ganaba más dinero que lo que obtenía en un año en mis

anteriores empleos. Vivíamos confortablemente en nuestra linda casita,

recién adquirida. Pero dicen que la felicidad nunca es completa, y es

cierto. Mi esposa, que procedía de una familia humilde, se deslumbró

con la mejoría alcanzada en su posición social, y pronto me suplicó que

la llevase a reuniones de la alta sociedad: quería codearse con la gente

que antes la había menospreciado por ser pobre. Fue en una de esas

reuniones que mi vida cambió por completo.

Unos hacendados muy importantes habían invitado a mis jefes a una

comida que se celebraría el siguiente domingo en su finca, sugiriéndoles

trajesen consigo a las personas de su entera confianza. Como en esos

momentos así me consideraban, me invitaron a acompañarles junto con

mi esposa. Claudia, así se llamaba la mujer de mi vida, se entusiasmó con

la idea de asistir a una comida en la que estarían las más importantes

personalidades de la ciudad. Como no podía negarle nada accedí a que

fuésemos al almuerzo. Mi esposa se puso su mejor vestido, y a decir

verdad estaba hermosísima. Nos trataron como si nosotros ya

formásemos parte de la alta sociedad, y Claudia se movía entre esa

gente como pez en el agua; había nacido para triunfar.

La comida se prolongó por espacio de una hora, tras la cual se celebró

una animada sobremesa con la participación de la mayoría de los

comensales. Entre charla y charla nos fueron sirviendo un trago tras

otro, hasta que ya no nos cupo ni una gota más de licor. Como ambos

estábamos bastante mareados preferí que saliéramos a tomar un poco

el aire. Ya en la calle, caminamos un trecho para que el aire fresco que

corría nos hiciese efecto sobre nuestras abotagadas mentes. Todavía

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paseando de la mano nos topamos con lo que parecía ser un borracho

tumbado en el suelo, pero nada más lejos de la realidad, pues el sujeto

estaba haciendo «teatro». Cuando le dimos la espalda se incorporó de

un salto y me agarró del hombro haciéndome trastabillar. Cuando me

disponía a encararme con él, me levantó del suelo, como si fuese una

simple pluma, y me arrojó violentamente contra un árbol que se

encontraba en la acera de enfrente. Del fuerte golpe que recibí en la

cabeza quedé inconsciente, y de lo que sucedió a continuación no pude

ser testigo presencial. Por lo que luego supe, el atacante era un vampiro

al que yo no le interesaba en absoluto, pues se sintió atraído únicamente

por el olor de la sangre de mi esposa. Conmigo fuera de combate pudo

saciarse a su gusto, pues Claudia no pudo oponerle resistencia alguna.

Cuando desperté, ella yacía muerta a mi lado. Dos pequeños orificios en

su cuello eran la prueba del ataque del vampiro. A raíz de su muerte casi

me vuelvo loco. Dejé a mis hijos al cuidado de mi cuñada, hermana de

Claudia, que les adora, y me dediqué durante los dos siguientes años a

buscar a su asesino. Antes, me puse en contacto con los más

importantes especialistas en seres «extraordinarios» y ellos me

enseñaron todo lo que ahora sé. Mis hijos se acostumbraron a vivir con

su tía y yo me dediqué de forma profesional a la búsqueda y eliminación

de los chupadores de sangre. El encontrar y destruir al que había

asesinado a mi esposa me causó un enorme placer.

Autor: Alberto Casado Alonso (Trujillo, Perú)

Notas del autor:

Este texto es un fragmento de la novela titulada El retorno de los inmortales,

publicada por la editorial San Marcos.

Entrevista publicada en internet: http://blog.gongoracorrecciones.com/?p=108

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Sabor a silencio

Broken heart – Rebeca Saray (www.500px.com)

Muere un beso,

y en una oscuridad luminosa

se escondió el te quiero,

huidizo del amargo oscuro

sabor del silencio.

Muere un beso,

y yo aferrada a este intento

de repetirme a mí misma...

"¡No es cierto,

no se congeló el deseo

ni se marchó el anhelo!"

Buscando en la profundidad

de mis escasos pensamientos,

significados de palabras

en las que no pienso.

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Con las cuales justificar los amaneceres

de mis cristalinos ojos,

que se entregan

a los rejuvenecidos días...

¿Me acostumbré y mentí?

Muere un beso,

y en cada agónico latido

de esta verdad inmodesta,

mis rebeladas lágrimas

se olvidaron de reverenciar al desprecio.

¡Estoy viva!

Entre escurridizos te quieros

y congelados deseos...

Dentro de mi ser,

hay fuerzas para olvidar el duelo,

sangrar la herida,

cerrar los ojos, sonreírle a la mañana

sin sonreírle al pensamiento.

Dar pasos de gigantes

en terrenos bien pequeños,

y repetirle al cielo:

¡Estoy viva, no ausente!

Preparada para el desafío

de enamorarme de nuevo...

y que de nuevo...

"Muera el beso".

Autora: Mariam Bronchal (Sagunto, Valencia)

http://laagujadorada.blogspot.com.es/

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¡Vive Dios!

Anuncio en revista ”Iris” 09.12.1899

A Don Gonzalo le encendía la sangre y desgarraba el alma que también

Maese Nuño cortejase a Doña Isabel de Velada, la hermosísima dama

que tiempo ha tenía secuestrado su inflamado corazón, y no halló más

sabio ni certero remedio que promover un duelo que dirimiese cuál de

los dos caballeros alcanzaría la merced de pretender en exclusiva a

doncella tan maravillosa. Resuelto a semejante enfrentamiento, pues

bien prefería arrostrar la inconveniencia de la muerte al sinvivir de los

celos, el loco enamorado encomendó a un lacayo allegase al rival su

aviso de desafío, brindándole el privilegio de elegir armas como era de

ley en el Concejo.

Mas cuando Gonzalo leyó la réplica de Nuño primeramente palideció,

luego blasfemó y maldijo a su taimado enemigo: los pertrechos

escogidos no eran sino la pluma de un ganso, un tintero y una lámina de

papel; el más galante soneto de amor, al decir de la propia Isabel,

dispondría el vencedor de la contienda.

Autor: Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com.es

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Decathlon reflections, Olympic Games, London, 1948 – National Media Museum

(www.flickr.com/commons)

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A cup of café con leche, my darling?

Y se despachó a gusto. Así, después de haberlo ensayado alguna docena

de veces, la mujer del ex primer mandatario Español sintió que había

representado de la mejor manera posible a su país, a su ciudad y a sus

votantes (bueno, a los votantes de su sucesor, que es casi lo mismo...). El

caso es que ella estaba con su mejor peinado, con su mejor cara y con el

noventa y uno por ciento de apoyo popular. Y el más popular de los

apoyos, el de los lobbies del mundo, le dio la espalda.

Ana estaba que no cabía en sí misma antes de la decisión fatal. «Los

turcos no tienen ni idea, los nipones van a tener que esperar como nos

tocó a nosotros», pensaba encantada. Exultante y para nada nerviosa

compartía impresiones con Alberto, con Felipe, con Pau. El momento

culmen de su carrera profesional, que no política, había llegado y nada

podía arruinarlo. Todo parecía estar bajo control, un control que solo su

marido con la sencillez y tranquilidad de sus palabras había podido

enseñarle y que ella había aprendido a entender desde lo profundo de

su corazón. «¡Nada puede con los grandes de España, vamos a

triunfar!». El momento de la primera votación, del primer eliminado, ese

que tenía que pasar desapercibido para transformarse en emoción una

hora después, ese estúpido paso transmutó la cara de Ana.

Oyó mil voces después del fatídico «eliminated». Voces de su interior,

voces de sus recuerdos, la voz de su marido, de su presidente, de sus

compatriotas heridos, de su seguidores, la voz de apoyo de muchos;

voces que se confundían con las de ese falso nueve por ciento, ese

nueve por ciento infinito que ahora mismo le reprochaba por qué no

había gastado todo ese dinero en algo más que en su propio ego.

Respiró hondo y, fuerte como una roca, evitó que asomara una lágrima.

Nadie más que ella podía reprocharse algo. Había puesto todo de sí,

había practicado una y mil veces ese discurso, de día y de noche, había

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autorizado inversiones millonarias y planificado dar la vuelta a Madrid.

Había convencido a todos de que era una apuesta austera y eficiente,

divertida y contundente… Y era eso. Eran los enemigos de su familia, los

enemigos de su gobierno, los malditos envidiosos europeos que no

habían aceptado los negociados, las propuestas de negocio, la

austeridad necesaria en un país que invertía por encima de sus

posibilidades y aún así podía plantearse una obra gigante. Envidiosos e

incultos, indecentes y mal aprendidos votantes de una organización sin

fines de lucro, que como otras tantas es ávida de dinero para poder

funcionar en condiciones. ¿Por qué no habían lubricado suficientemente

los engranajes lobbistas? ¿Por qué hacer caso a Mariano, a Soraya con la

maldita austeridad? El que no apuesta no gana. El que no invierte no

crea… Su pensamiento se transformaba en rabia durante el regreso a

casa. No tuvo un momento de desazón y cuando José María la recibió en

sus brazos, solo en ese instante al ver su inmutable cara de decepción,

echó a llorar.

Tomó un baño de sales, con agua bien caliente. Se hundió en la espuma

y salió con una sonrisa extensa, brillante, con la boca abierta. Cogió sin

mirar del lateral de la bañera perfumada una copa de vino Ribera de

Duero, un gran reserva aromático, con cuerpo. De dos tragos acabó la

copa y apoyó la cabeza en el borde de la bañera. Veía imágenes pasadas,

caras que empezaba a odiar un poco más que antes de salir de España y

otras que pasaban a ser definitivamente el mal en persona. Respiraba

hondo y luego suspiraba oyéndose, contando los latidos de su corazón y

sintiendo cómo todo volvía a ser como antes, como aquella maldita

pesadilla acababa y no era más que un sueño destrozado, un desafío

indemne y una prueba más para su carrera profesional, que no política.

Ahora las internas, los internos y el partido pedirían su cabeza, ahora

otra copa de vino, por favor, ahora reclinarse de nuevo y salir cuando las

arrugas de los dedos indiquen que es la hora de desayunar, sea la hora

que sea.

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José María la esperaba en la sala de estar, debían ser las once de la

mañana. Estaba guapo con su bigote sutil, así que raspaba pero que no

dolía, ropa deportiva cómoda y una sonrisa de bienvenida. Ella se sentó

con su bata y el cabello recogido dentro de una toalla. Se miraron sin

hablar y él le dijo alegre:

—A cup of café con leche, my darling?

Aquel fue el fin de Ana como la conocemos. Nadie supo la razón de su

cambio radical, hasta hoy en que José María, deshecho, me pidió que la

contara.

Autor: Pernando Gaztelu (Iruña, Navarra)

http://lokos-a-disfrutar.blogspot.com.es/

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Where do you hide your Ace? – André Ramos (www.500px.com)

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Maldita

Antes de llegar ya se sentía derrotada.

Posó su mano en el lavabo y se sostuvo en puntillas unos pocos

segundos, pensando que la altura en el espejo le devolvería su grandeza,

pero no fue así. Se odiaba. Detestaba mentirse en aquel reflejo cada

mañana mientras intentaba convertirlo en un largo túnel que la hiciera

viajar a través del tiempo para poder verse de nuevo como aquella chica

joven y arrebatadora que fue antaño y poder verlo a él, tal y como lo

recordaba.

Se enredó con muchos hombres.

Compartió momentos con algunos menos.

Se encaprichó de tres y se enamoró de uno.

Cuando oyó su voz, sintió sus manos, vio sus ojos y recordó su rostro con

detalle, atrapó un tarro de colonia y lo estrelló contra la bañera. Los

cristales lo inundaron todo en una danza de fragancia dulce y amargo

recuerdo. Su corazón se dividía en tantos trozos como veía yacer en el

suelo. Se entregó a él y lloró.

Nunca había sido demasiado justa con él. Cuanto más notaba que la

amaba, más lo destrozaba. Ella le regaló un pequeño periodo de tiempo

en el que él agotó su vida, envejeció sus gestos, enloqueció su mente y

mirándola fijamente una cálida noche de verano, le regaló su corazón y

ella lo rompió. Apostó todo por ella misma. Le gustaba construirlo todo a

su alrededor, convenciéndose de que no le hacía falta nada más. Miraba

al mundo con desprecio. Se sentía ganadora en todos y cada uno de los

aspectos.

Pero ahora ella lloraba. Y lo hacía sola. Era real. Se asfixiaba. Sus

recuerdos eran como un camión de paja mal tapado siendo acariciado

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por un viento audaz que lo desvanecía todo y lo esparcía por cada una

de las esquinas de su castigada memoria.

Intentaba respirar. Nada. Las horas se suicidaban en aquella habitación.

Tuvo la vida que quiso pero no la que pudo. Quiso poder tenerla, pero se

le hizo tarde. La vida es un reloj perfectamente sincronizado para

enseñarte la felicidad cuando no la puedes coger y hacerte llegar tarde a

cada una de tus citas importantes. Ella escogió un camino sin él y

descubrió tarde que sin él, ese camino no llevaba donde realmente

creía.

Nadie la miró jamás como lo hizo él.

Se volvió a mirar al espejo y se alzó de nuevo sobre sus pies... Pero ahora

ella lloraba. Intentó mantenerse cuanto pudo. Las fuerzas le fallaron y

volvió a besar el suelo. Se cortó con un cristal que ella había dejado

huérfano, y mientras miraba la herida, su mente hizo el resto.

Olvidó a muchos hombres.

Nunca soñaba con algunos.

No recordaba a tres... Y ahora, solo necesitaba a uno.

Autor: Eric Grants (Málaga)

http://writtenrumors.com/inicio/

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Las almas de la Plaza de Porlamar

Old Hands - Giovanni Corti (www.500px.com)

Un hombre de avanzada edad, caminaba por el centro de la ciudad,

cansado de tanto trabajar, esperando por una jubilación perdida en el

tecnicismo de un escabroso sistema; decidió sentarse a esperar a su

esposa, en un banco de la plaza de Porlamar. Fatigado y casi sin aliento,

se quedó mirando a las palomas, que volaban sobre la estatua de

Bolívar, que imponente observaba a cada ser errante perdido en el

tiempo. Eran almas, sólo almas; todas cruzando frente a él. Algunas,

vestidas de indio con sus pies descalzos y sus manos reventadas del

dolor, y aun así, cargando la cruz de una nueva fe. Almas negras,

mestizas, mulatas, tatuadas de la sangre de algún opresor. Héroes de

ayer y de siempre, damas de antaño y de hoy. Amantes eternos, llenos

de reencuentros y despedidas, con lágrimas mojando el pavimento, que

un día fue la tierra que los cubrió.

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Con sus ojos abiertos traspasando su presente, se perdió en el bullicio de

risas, llantos y niños corriendo por siempre. Creyó ver a sus padres,

abrazados con su hijo en las raíces del tiempo, sosteniendo el cometa

que junto a él construyó. Vio al cantor de su pueblo con los ángeles del

cielo; también al desconocido que tal vez cruzó su camino, y a tantos

que compartieron un día la cama de un hospital, hasta que durmieron

por siempre en su dolor. A los sin rostros, aquellos que un día olvidaron

lo que eran para ser nada, en un mundo que los olvidó. Todas las almas

imaginables, llenando la plaza en su pequeña inmensidad; traspasando

el horizonte de lo posible, de lo que realmente fue.

El hombre, se levantó del banco, impregnado del olor a mar traído por la

brisa de la costa, que seductora lo llamaba hacia la luz. Su hijo sonriente,

tomó su mano, entregándole el papagayo para volarlo los dos. El frio

cemento, que fue grama y luego la tierra de los recuerdos, ahora era la

arena tibia de la playa, que calentaba con ternura sus pies; llenándolo de

una extraña dicha que parecía paz. Sin embargo, escuchó un llanto

diferente que lo hizo detenerse; volteó su mirada, y la vio: era su mujer

que lloraba, abrazándolo con fuerza, porque se había quedado dormido,

en el banco frío de la plaza de Porlamar.

Autora: Eva Franco (Isla de Margarita – Venezuela)

Nota:

Relato publicado en la página “La ira de Morfeo”.

Seleccionado para ser leído en el programa Radio Piano Bar de Marzo 2013.

(http://radiopianobar.blogspot.com.es/2013_03_01_archive.html)

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Reservado el derecho de admisión

Café – Leo Photography (www.flickr.com)

No perdamos la perspectiva, estoy harta de decirlo, es lo único que

importa. Doña Rosa va y viene por entre las mesas del café, dejando a su

paso un reguero de sonrisas.

Es el alma del local, con sus ojos sedientos de amor, su boca a la

búsqueda de palabras que le hagan vibrar y sus labios temerosos a la vez

que sensuales forman un conjunto enternecedor. Los que por allí

pululaban la habían convertido en la reina de sus pensamientos. Ella,

conocedora de todos sus secretos, acudía siempre al que reclamaba su

atención.

— Doña Rosa.

—Sí, respondía solícita.

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No hacía falta más, sus miradas se cruzaban y las palabras fluían entre

las mesas. Así día tras día, sin descanso abría las puertas a las nueve y las

cerraba no se sabía cuándo. A la entrada, un letrero por ella escrito

rezaba lo siguiente:

Reservado el derecho de admisión, aquí solo pueden entrar los más solos,

los sedientos de amores imposibles, los soñadores en blanco y negro, los

amantes de palabras vacías y los que viven en las nubes y pasean por las

estrellas. Abstenerse el resto.

Con toda esta clientela, Doña Rosa era feliz, no deseaba nada más,

aunque en un rinconcito de su corazón latía con fuerza la pena de un

amor robado a la vida. No había perdido la esperanza de encontrarlo

después de tantos años de soledad, por eso el día que lo vio entrar por la

puerta de su local creyó que Dios y el cielo existían, ella que siempre se

declaraba atea. Ya no era el mismo, los años habían dejado su huella

marcada a fuego en su rostro, pero los ojos, que estaban sumidos en un

nido de arrugas, le dijeron nada más verla que ella era la más bella de

todas las que por su vida habían pasado.

Autora: Puri Otero Domarco (Vigo, Pontevedra )

http://puri-dulcinea.blogspot.com.es/

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Andante non troppo

Foto de Robert Doisneau (1912-1994)

Subía las escaleras ruidosamente, pisando firme y pensando cómo

poner fin al tormento que le suponía escuchar día tras día esa dichosa

música.

Estaba harto de ese “maldito instrumento”, que era cómo solía llamarlo.

Cansado de soportar las penas y lamentos que llenaban de amargura su

ya de por sí triste vida. “Nunca una canción alegre”, se repetía escaleras

arriba “siempre tristeza, siempre penas; ya no puedo soportarlo más”.

Se detuvo en el rellano del tercer piso, disimulando su enfado y

dibujando una sonrisa forzada en su rostro. Hundió el dedo índice en

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aquel botón amarillento y en el mismo instante en que el timbre sonó,

cesó la música detrás de la puerta.

“Buenas tardes, espero no molestarle. Me preguntaba si podría darme

usted un poco de sal” le dijo amablemente.

Un leve giro de su vecino bastó para que alzara el brazo con rapidez y

asestara el primer golpe certero en su cabeza. Después, con el cuerpo

inmóvil del culpable de su furia tirado en el suelo, llegó el segundo

golpe, y un tercero. Y otro más.

Golpeaba con rabia mientras tarareaba la melodía de aquella triste

canción de violoncelo tantas veces escuchada. Con los dientes

apretados, lleno de arrugas su rostro, golpeaba sin prisa, sin pausa. Lo

que en el argot musical podría denominarse con un ritmo “andante non

troppo”.

Sudoroso y excitado, casi sin aliento, con las manos ensangrentadas y sin

dejar de canturrear, miró a su alrededor buscando algo grande donde

esconder el cadáver para sacarlo de allí.

Una sonora carcajada salió de su garganta cuando sus ojos toparon con

el estuche del “maldito instrumento”.

Autora: Carmen Ferrer (Barcelona)

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He ahí la cuestión

Nutres mi pensar con palabras sabias,

abonas mi crecimiento con tu compañía,

riegas mi vida con tus sonrisas.

¿Cómo puedo no fijarme en ti?

Tienes una belleza que irradia colores y vida,

manjar entre inmortales fotografías en mi recuerdo,

desprendes de ti una melodiosa voz

¿Por qué habría de dudar que eres arte?

Podría contar tus pecas como estrellas,

formar constelaciones entre ellas

y recitarte los poemas que me cuentan a susurros

¿Cómo no observarte con asombro?

Tu cabello enredado encaja entre mis dedos,

como piezas de rompecabezas

que sabíamos estaba por resolver

¿Por qué no jugar con ello una eternidad o dos?

De tus ojos desprendes tristeza,

de tu cuello deseo,

tu piel es magnética a mis labios

¿Qué puedo hacer para apaciguar los demonios que desatas?

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Creo firmemente en tu paraíso,

rezo a todo Dios por tu bienestar,

por primera vez me preocupa que no me escuche

¿Por qué siento celos de tu ángel de la guarda?

Te miro de reojo cuando no me ves,

tratando de encubrir mis huellas

con un poco más que dulces letras anónimas.

¿Por qué escondo tan bien mis secretos?

Ahora hablo de lo que ya sabía,

y comprendo el sentimiento que siempre estuvo ahí

haciéndome preguntas que nunca debí.

¿Sera que tú también me amas?

Autor: Manuel Alejandro Ramos Ayala (Naica, México)

http://chatomusik.blogspot.mx

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Vivirás en mí

© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)

Era una sobria dama de la sociedad porteña de los años cuarenta, no

había sentido jamás la sensación de la vida en la piel, escondía su recato

debajo del corsé de raso rosado, olía a estrato francés y el rubí de sus

aros iluminaba su rostro virginal.

Con temor y sin rumbo caminaba las calles de San Telmo, como

escapando de su monótona existencia. Oyó pasos y sin darse vuelta se

detuvo, el temblor de su cuerpo fue percibido por quien a su lado se

acercaba.

Tímidamente lo miró a los ojos, deseó desaparecer, era el momento en

que caía la tarde y asomaba la primera estrella en el horizonte.

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Juntos en silencio, caminaron sin rumbo, nunca supo porqué se quedó

contándole su vida hasta el amanecer.

Con la mirada encendida prometió volver, su barco partió, oriente era su

destino…

Durante meses nada supo de aquel misterioso hombre. Inmersa en su

fantasía, tuvo una vaga sensación de engaño, su limitada experiencia no

le permitía darse cuenta que le estaba sucediendo.

Un día recibió una carta, él confesaba su amor, sin dudarlo preparó su

valija y se embarcó en una fría mañana de Junio.

Treinta largos días cruzando el Atlántico y el Mediterráneo, su corazón

latía acelerado mientras las gaviotas anunciaban su llegada a las islas del

Egeo.

Buscó con desesperación a su hombre entre tan gente, pero la angustia

se apoderó de ella cuando comprendió que no había ido a su encuentro.

Dolor, dudas, incertidumbre…

Se alojó en un precario hotel de la isla, quiso descansar, estaba aturdida,

lloró con desconsuelo hasta casi el amanecer. Solo pensaba en buscarlo

al día siguiente sin saber por dónde.

Así pasaron días, semanas sin saber nada de él, hasta que alguien le

contó que había fallecido en un naufragio. Profunda fue su angustia,

gritó su nombre, pero fue en vano, él ya no volvería.

Estaba vencida, su dinero era escaso, tuvo que prostituirse, aquella

mujer a la que apenas alguna vez besaron.

Autora: Meryross (Rosario, Argentina)

http://www.meryross-meryrosa.blogspot.com/

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La armadura del caballero

El caballero se bamboleaba como una rama tierna y azotada por la brisa,

andando los pasos que alguna vez alguien había desandado. De la frente

le caían gotas de mercurio, resbalando y surcando su cara ajada de años

y de soles. Ya perdida la cuenta de los días y las mañanas pasadas y

pensando que seguro su deambular sería eterno, montaba su caballo

sobre el polvoriento e incansable camino que no dejaba de desplegarse

ante sus párpados cansados y entrecerrados.

Una vida acabada, apenas recordada en explosiones de recuerdos

salpicados de colores ajados por el tiempo y el olvido; siguiendo el

impulso de seguir andando, de seguir a pesar del sol que quema y la luna

que refuerza con su luz el frío de la noche.

Su armadura pesa y arde... aún más cuando el sol cae a pleno sobre los

cuerpos y las cosas y no se ven sombras. A medida que va escondiendo

sus rayos y el atardecer cede el paso a la noche, va tornándose gélida y

opresora, como una mortaja que atenaza el alma. Alma que alguna vez

se encontró plena y henchida de fulgores, de rosas y de risas, risas

amadas, rosas que aromaban y fulgores que hacían que los días

merecieran ser vividos.

Ahora el camino seguía abriéndose inexorable e interminable y el

resonar de los cascos de su montura, apagados y cansados, le

recordaban que aún seguía andando, a pesar de él, en contra de él. Por

momentos levantaba su vista hacia la nada, mirando más allá de lo que

podía ver, y como una ensoñación le parecía ver imágenes conocidas y

amables, pero sólo conseguía divisar un paisaje lunar, árido y estéril de

esperanza; las pocas ilusiones que anidaban bajo su armadura volvían a

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adormecerse y sólo escuchaba los pasos monótonos y repetidos de su

corcel.

Los días y las noches pasaban como relámpagos, destellando y siendo

vistos apenas un instante, como si el tiempo se volviese de pronto

elástico y burlón, haciendo que su yelmo quemara más bajo los rayos del

sol y se congelara en la sombras de la noche.

Bajando la cabeza, bamboleante y desprovista casi de vida, rememoraba

batallas pasadas, vencedor y espléndido en el majestuoso campo de

batalla, regresando con las sienes palpitantes de emociones

encontradas; matar para no morir, no perdonar al enemigo que no le iba

a perdonar, defendiendo su cielo y su infierno... su dios y su demonio.

Regresando a reposar pegado al hogar crepitante junto a su hembra,

coagulando la sangre de sus heridas al calor de las manos amadas,

agotado y dulcemente yacente. Su armadura en un extremo, marcada

por los golpes de espada, de hacha, de mazo... pero entera y

descansando, esperando la próxima batalla. Siempre fiel, siempre

dispuesta, siempre suya. Y las ferias, los mercados, las luces y los bailes,

amplificados por el vino oscuro y puro disfrutado entre gentes amigas,

entre seres queridos. Y los cielos claros del amanecer y los oscuros cielos

orlados de estrellas y deseos, las brisas del verano y las nieves vistas

desde su hogar, pegado al fuego y al cuerpo de su amada.

Los golpes de los cascos lo despejan de su ensoñación y siente que sus

hombros no pueden ya soportar el peso de su armadura, que sus manos

avejentadas no pueden sostener su espada y que, cansado ya de vivir

recordando, dejará de recordar y disfrutar las migajas de lo que alguna

vez disfrutó con su mesa llena de manjares que la vida alguna vez hubo

de haberle brindado; y su armadura quedará fiel y machacada, testigo y

prueba final de sus verdades.

Autor: Lucho Bruce (Mar del Plata – Argentina

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El caballero, la muerte y el diablo (1513) – Alberto Durero

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The Iliad - S. Demmer (www.500px.com)

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