VE-02 MAYO 2014

rafasastre

VALENCIA ESCRIBE

La revista

Número 2 – Mayo 2014


© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)

©de los textos: Amparo Hoyos, Concha García, Rafa Sastre, Puri Otero,

David Rubio, Lucho Bruce, Luis A. Molina, Asun Ferri, Jorge Martínez,

Adrián García, Marco A. Torres, Manuel A. Ramos, Lu Hoyos, Marisol

Santiso, Carmen Ferrer, Benjamín Blanch, Lidia Castro, Malén Carrillo,

Mariam Bronchal, Eric Grants, Meryross, Alberto Casado, Pernando

Gaztelu, Germán Repetto, Ricardo Mazzoccone, Eva C. Franco, Elena

Casero.

Foto portada: Read - Karin Dalziel (https://www.flickr.com/photos/nirak/)

Colaboradoras (fotografías e imágenes):

Eulalia Rubio (http://jardinesrioturia.blogspot.com.es/)

Fuensanta Niñirola (http://lamiradadeariodante.blogspot.com.es/ y

http://fninirola.blogspot.com.es/)

Diseño y edición: Rafa Sastre

Para ver y descargar esta revista en formato pdf (5.33 mb):

http://www.mediafire.com/view/2eij3i58x7z3xf5/VE-MAYO.pdf


Índice

Vivos y coleando (Rafa Sastre) Pág. 1

Otro cuento… (Amparo Hoyos) Pág. 3

Por una palabra (Concha García) Pág. 5

Ajuste de cuentas (Rafa Sastre) Pág. 7

La noche en el puente (Puri Otero) Pág. 9

Secretos maritales (David Rubio) Pág. 11

Su propia autopsia (Lucho Bruce) Pág. 13

Silencio (Luis A. Molina) Pág. 17

Quizás la ingravidez pulverice la tristeza (Asun Ferri) Pág. 19

Las fotos del muertito (Jorge Martínez) Pág. 21

El alma escindida –Parte I (Adrián García) Pág. 25

Norman Daves (Marco A. Torres) Pág. 29

El campo de batalla es el cielo (Alejandro Ramos) Pág. 31

Voluntad de vivir (Lu Hoyos) Pág. 33

El poeta (Marisol Santiso) Pág. 35

Entre tonos de gris (Carmen Ferrer) Pág. 39

Rebalsadors (Benjamín Blanch) Pág. 41

Aburrimiento (Lidia Castro) Pág. 43

Paseo imaginario (Malén Carrillo) Pág. 45

Llora la noche (Mariam Bronchal) Pág. 47

Anoche tuve un sueño (Eric Grants) Pág. 49

Detrás de las paredes (Meryross) Pág. 53

Siempre seré la misma (Alberto Casado) Pág. 55

Nuevo mundo (Pernando Gaztelu) Pág. 57

Noche en el cinematógrafo (Germán Repetto) Pág. 61

El hijo de la montaña (Ricardo Mazzoccone) Pág. 63

Lágrimas en el mar (Eva Franco) Pág. 67

Su mejor salto (Elena Casero)

Pág.69


© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)


Vivos y coleando

Dicen que la primavera, la sangre altera. Y alterados estamos ante el

número 2 (la tercera entrega) de nuestra revista digital.

¡Que nadie diga que no somos generosos! 27 textos que 27 autores

entregan a cambio de nada, que regalan por el sencillo pero insustituible

placer de compartir. En esta ocasión, damos la bienvenida a nuevos

compañeros como Jorge Martínez, Adrián García, Marisol Santiso y

Ricardo Mazzoccone, que deleitarán al lector con sus trabajos. Y no

olvidemos a Eulalia y Fuensanta, que con sus imágenes no solo ayudan a

ilustrar esta publicación, sino que la dotan de un incalculable valor

añadido.

Nos hemos visto obligados a guardar en ese extraño cajón del disco duro

otras aportaciones, que estamos convencidos tendrán su oportunidad el

próximo mes.

Queremos aprovechar este imaginario estrado para declarar que nuestra

publicación es abierta, por lo que animamos a cualquier aficionado a la

escritura, ya sea en prosa o en verso, a remitir sus colaboraciones

literarias, las cuales serán debidamente valoradas. Hemos de seguir

alimentando a la criatura para que continúe creciendo.

Os esperamos en Junio. Mientras, ya sabéis: leed, escribid, difundid

nuestra publicación y nunca, nunca, os olvidéis de ser felices. Aunque

hayan berzotas que se empeñen en ponérnoslo francamente difícil.

Rafa Sastre

1


© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)

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Otro cuento…

Snowy, 2008 - Dina Goldstein (http://dinagoldstein.com)

Blanca trabajaba clandestinamente para una familia formada por siete

hermanos varones. Ya sé que esto, hoy en día, no es ninguna novedad

(me refiero al hecho de trabajar de forma clandestina, claro; otro cantar

es encontrar a siete hermanos varones y además enanos, que trabajen

juntos sin discutir). A lo que íbamos, Blanca recibía todos los meses de la

mano de Sabio (no se podía llamar de otra forma) un sobre color marrón

con una cantidad ridícula de dinero que no le daba más que para comer.

Para vestir se las tenía que ingeniar para lavar, día sí y día no, las únicas

prendas que tenía: la maldita falda amarilla y el corpiño azul.

Mientras barría el patio de la casa de los siete explotadores, acertó a

pasar por delante y fijarse en ella un joven quien dijo ser el hijo del rey,

3


así, sin más. Blanca flipó en colores y se esforzó en resultar simpática,

agradable y hospitalaria. Tan hospitalaria resultó ser que, después de su

primer encuentro, la tripa le comenzó a crecer de forma sospechosa

hasta el extremo de que los siete hermanos comenzaron a discutir entre

ellos sobre la identidad del causante. Al final, fue ella quien salió

perjudicada y Gruñón (tampoco podía ser otro) la despidió sin finiquito

alguno, tan siquiera en diferido.

Blanca buscó a su príncipe por todos los castillos y mansiones del reino.

Después de muchas pesquisas, lo encontró, por casualidad, viviendo de

alquiler en un pisito de soltero sucio y desordenado, sin apenas espacio.

Temió ser despedida de nuevo, pero no fue así. El joven noble, le explicó

que había sido desheredado por mantener principios más próximos a los

ideales republicanos y que había tenido que esconderse, ya que su vida

corría peligro. Finalmente, encontró trabajo en un taller de mecánica

para el automóvil propiedad de quien, en otros tiempos, había sido su

chófer.

Desde luego que no resultó ser el príncipe soñado, pero sí el príncipe

soñador, que tampoco estaba mal. Actualmente compagina su trabajo

con la plataforma no al desahucio, se dedica a organizar escraches y

tiene pensado encabezar una petición para que los palacios y

mansiones, propiedad de su familia y demás nobleza, paguen el IBI de

una puñetera vez. Blanca, sin trabajo, cuida de los niños además de

mantener la casa limpia y ordenada.

Autora: Amparo Hoyos (Valencia)

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Por una palabra

Scrabble 1 – Derbeth (https://www.flickr.com/photos/derbeth/)

Siempre he intuido el poder de las palabras, por eso he tratado de llevarme

bien con ellas.

Empezó como un juego. Inventemos una palabra, me dijiste al oído. El

resultado nos hizo reír. Esa palabra nos gustó, nos gustó tanto que

buscamos otra y otra. Cualquier ocasión era buena para inventar, para

experimentar una nueva. Y así fue creciendo un lenguaje propio,

alimentándose de ti y de mí.

Y un día, tras muchas palabras, conseguimos la definitiva. Ansiada, más

nuestra que ninguna. Esa que cada vez que pronunciamos recorre

electrizante tu mente, la mía, la nuestra. La que se expande, en oleadas

suaves y certeras, por cada rincón de tu cuerpo, del mío, del nuestro. Esa

poderosa palabra que nadie más conoce.

Autora: Concha García Ros (Cartagena, Murcia)

http://nosvemosenkairos.blogspot.com.es/

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Under the sheets 15 – Nico Gees (http://500px.com/nicogees)

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Ajuste de cuentas

De súbito, despiertas. Abres los ojos, acostado al lado de una mujer

desnuda a la que no conoces. Sobre un colchón que tortura tus

vértebras. En la infame habitación de un mísero motel. Te levantas con

dificultad, encogiéndote de dolor. Descorres las cortinas. Fuera, bajo el

sol naciente, un paisaje árido en tonos ocres. Estás en medio del

desierto que a lo lejos atraviesa una carretera solitaria. Te vuelves y

reparas en la insólita belleza de esa misteriosa mujer. También en su

palidez extrema. Te acercas y cuando compruebas que no reacciona a

tus llamadas, que parece no respirar, la abofeteas. Nada. Verificas su

pulso y decides que está muerta. Te entra el canguelo. No hay sangre,

tampoco marcas de violencia en ningún rincón de su preciosa anatomía.

Pero te acobardas porque, además, no logras recordar. No sabes dónde

te hallas ni cómo has podido llegar allí. Ignoras quién es la diosa muerta.

Lo ocurrido durante las anteriores veinticuatro horas sencillamente se

ha desvanecido, ya no forma parte de tu vida, de tu historia. Entonces

observas alrededor. Sobre una pequeña mesa, tumbada y vacía,

descansa una botella de bourbon; a su lado, un cenicero repleto de

colillas. En el suelo una vieja máquina de escribir, destrozada. Y la

papelera, llena de folios estrujados. Tomas uno de ellos y lees la única

línea que hay mecanografiada en él. A continuación despliegas otro que

muestra la misma leyenda. Y luego otro y otro más, hasta vaciar la

cubeta. Comienzas a temblar. En todos aquellos papeles, las mismas

palabras: “Hoy encontré a mi musa; va a pagar por todo lo que no hizo”

Autor: Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com.es

7


© Fuensanta Niñirola (Valencia)

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La noche en el puente

La noche cubría con su manto negro la ciudad y los habitantes luchaban

con sus culpas. Uno de ellos decidió redimir las suyas, se subió al puente

que cruzaba el río y desde lo alto gritó: “¡No puedo más!” y sin esperar la

respuesta a su agonía, se lanzó al vacío. En el otro extremo, una niña

jugaba con su pelota y al percatarse de lo ocurrido asomó su cabeza para

lanzar unas palabras de consuelo, pero el hombre no llegó a escuchar los

sonidos que le hicieran cambiar de opinión, ya que su cuerpo había

entrado en contacto con el agua y su cabeza estaba incrustada en las

profundidades.

Al día siguiente la noticia corrió como la pólvora, llegando hasta la casa

de Susana, a la que se desplazó la policía para que ésta identificara el

cuerpo aparecido en el fondo del río, ya que le habían encontrado una

alianza con su nombre.

- Yo ayer por la noche vi cómo un hombre se tiraba desde el puente

-comentó la niña, que se agarraba fuertemente a su madre-, le quise

decir cosas bonitas para que no lo hiciera, pero él no me escuchó.

- Lo siento mucho, contestó Susana, no conozco a esa persona, mi

marido está a punto de llegar y por favor me gustaría que se marchasen.

Días después, la niña fue encontrada también en el fondo del río, con

una nota: “Vete con tu padre”.

La autopsia descubrió que había sido violada repetidas veces, se

encontraron restos de semen del hombre que decía ser su padre; el ADN

era el mismo que el del sujeto que días atrás se había suicidado.

Autora: Puri Otero Domarco (Vigo, Pontevedra )

http://puri-dulcinea.blogspot.com.es/

9


Oscar Wilde painted portrait – Thierry Ehrmann

(https://www.flickr.com/photos/home_of_chaos/)

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Secretos maritales

—¿Su marido leía? —Preguntó el inspector al otro lado de la mesa.

—¿Leer? ¿A qué viene eso? Como mucho esos periódicos deportivos.

—¿Está segura? —El agente abrió el cajón y le mostró un libro— ¿Lo

reconoce?

La viuda arqueó las cejas. Cogió el volumen y lo hojeó con premura.

—Sí… es una novela romántica… la leí hace mucho.

—La aferraba cuando encontramos su cuerpo. Es raro para alguien que

no leía, ¿no le parece?

—Jamás lo hubiera imaginado… Parece que nunca conocemos del todo a

las personas —comentó mientras jugueteaba con las páginas—. ¿Me lo

puedo llevar?

—Por supuesto. El forense ya ha confirmado que la causa de la muerte

ha sido un infarto. La investigación está cerrada.

El inspector se levantó y acompañó a la mujer hasta la puerta. Allí, a

modo de despedida, le dijo:

—¿Son buenas? Las novelas de detectives ya me empiezan a aburrir.

—Hay de todo… disculpe, tengo prisa.

La mujer se marchó. El agente volvió a la mesa y extrajo unas fotos del

cajón. Las observó tratando de reconocer en ellas a la respetable esposa

que se acababa de marchar.

“Es verdad, nunca sabemos lo que nos podemos encontrar en un libro”,

se dijo.

Autor: David Rubio (Sant Adrià de Besòs, Barcelona)

http://elreinorobado.blogspot.com.es/

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Road to nowhere – Guillaume Rouger (http://500px.com/rougerguillaume)

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Su propia autopsia

© Fuensanta Niñirola (Valencia)

Encendió las luces, apagadas y desprovistas de vida... blancas y

palpitantes sobre la mesa de acero en la cual trabajaba a diario y en la

cual le esperaba la víctima diaria de esa señora llamada Muerte.

Se colocó el traje provisto y los guantes de gruesa goma, como si ese

cuerpo exánime y mustio pudiera contagiarle algún germen de muerte,

pero no, la muerte no es contagiosa una vez que se cobija en el cuerpo

de alguien que alguna vez tuvo vida.

Esta vez le esperaba trabajar sobre el cuerpo de una víctima muy joven,

temerosamente hermosa y agraciada, pero sus ojos cansados bajo la luz

mortecina ya habían encallecido su mirada y sólo atendía y obraba en

consecuencia...

Apartando la sábana clara que cubría el cuerpo -detalle feroz e

insultante esa sábana blanca sobre un cuerpo ya en estado de

putrefacción-, dejó salir un suspiro y se abocó a observar el cuerpo.

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Joven y hermoso, seguro e implacable aún en su rigor mortis, pero

llamativamente conocido y familiar... restregándose los ojos y

dirigiéndose al lavabo mojó sus ojos con abundante agua como si ese

frescor le diera claridad a sus ojos y a sus sentidos.

El mejor promedio en su cátedra, medalla de honor y alumno

sobresaliente sólo en lo que respectaba a la medicina forense, hijo de

madre desconocida y padre alcohólico, le quedaba solamente subir o

descender en la cadena alimenticia y eligió ascender a como diera lugar,

a cualquier costo y a fuerza de no dormir y no conocer otra cosa que no

fueran los libros y la noche...

Seca sus manos en su pelo, arrojándolos hacia atrás en una compulsión

mecánica y eléctrica, como descargando los demonios que anidaban

sobre su frente y sus hombros, saliendo del lavabo y dirigiéndose hacia

la mesa de trabajo.

Hermoso y resplandeciente, en su último fulgor yacía ese cuerpo que

alguna vez hubo de tener una vida plena de lágrimas y orgasmos,

adolescente y bella como una Supernova que no sabe que lo es...

viviendo el día, aspirando el aire a doscientos kilómetros por hora

sabiendo que podría aspirarlo a trescientos si quisiera, pero no... a

ciento veinte kilómetros por hora y sin el cinturón de seguridad no hay

cuerpo viejo ni joven que soporte el impacto, agregando que su viejo

auto carecía de airbag.

Con cinta adhesiva levanta los párpados de la joven y en un repentino

rayo de vacío ve en los ojos yertos imágenes y flashes de colores que lo

encandilan y que hacen que deba aferrase con toda la fuerza de su mano

derecha a la camilla de acero. Mareado y atontado, empieza a ver a

través de los ojos muertos una película vívida y que le pega en el pecho,

subido a un carrusel de cinema, sentado en primera fila y único y

exclusivo espectador en la pesadilla ajena.

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Siente el aire circular por su nuca y sus orejas, el motor del deportivo

rugiendo bajo sus nalgas y algo parecido a la delicia se apodera de sus

sentidos, feromonas y suspiros anhelantes se disparan hacia los planetas

mientras el motor ruge y pide que su pie derecho lo provea de más

combustible, insaciable y poderoso.

Entre sus párpados entrecerrados, vislumbra colores e imágenes

centrífugas que azotan los costados de su visión periférica, contrayendo

sus pupilas, dilatando todos los poros de su cuerpo.

Está en el cuerpo de esa joven, en su auto, en su vida, y no puede parar

de acelerar disfrutando el pisar el pedal y que las figuras y colores pasen

fugaces en derredor... y pisa fuerte apretando las muelas , disfrutando

los vientos, entrecerrando de más sus ojos que le impiden ver que esa

curva que él creía era a la derecha era inexorablemente a la izquierda y

en un espasmo de luces blancas y la nada misma, se encontró de

repente yacente en una fría mesa de morgue... de acero y con alguien

con gruesos guantes de goma que comenzaba a abrirlo en dos... para

realizarle SU autopsia.

Autor: Lucho Bruce (Mar del Plata – Argentina)

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Silence! – Eivind Hamran (http://500px.com/eivindh)

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Silencio

La luz de la tarde ya se estaba diluyendo

la vi entrar, llegó hasta mí con pasos quedos.

No me miró, bajó la cabeza avergonzada,

se sentía culpable.

Respiraba agitada, demostrando su miedo.

Quedé parado en medio de la habitación,

silencioso y preocupado.

Tendría que ser ecuánime.

¿La perdonaría?

Algo dentro de mí se rebelaba.

Ya junto, a escasos pasos, temblando,

no dijo nada.

Mi mente lo adivinó.

Los perros no hablan…

Autor: Luis Alberto Molina (Rosario, Argentina)

http://www.luismolin.blogspot.com.es/

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Voyage a la lune. Lithograph, between 1865 and 1870

(https://www.flickr.com/commons)

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Quizás la ingravidez pulverice la tristeza

Imagen de Pulo (http://loscuatroelementos.wordpress.com/)

Quizás la ingravidez pulverice la tristeza, la rabia, la impotencia, quizás el

primer hombre en la luna descubrió ese gran secreto, quizás las misiones

a Marte transporten en las bodegas, las angustias, las venganzas, las

envidias, la codicia. Quizás los extraterrestres nos contemplen

alucinados, ‘qué complicados, con lo fácil que sería que volaran de vez

en cuando’. Quizás por eso lloramos cuando llegamos al mundo, en el

primer cumpleaños insuflamos aire en los globos, llorando

desconsolados si alguno es desinflado, continuamos en la niñez volando

nuestras cometas, cuando somos adolescentes saltamos

aguerridamente, en cataratas, en trampolines, desde los puentes,

también desde balcones en los hoteles; con el tiempo y cantinelas, nos

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aferran bien a la tierra, contemplando boquiabiertos las hazañas de

argonautas, los únicos autorizados por la asumida cordura a transitar por

los sueños. Quizás todas las claves se encuentren en el espacio y allí nos

estén esperando. Tal vez algún día la tierra en una gran vibración, nos

expulse abruptamente, cansada de prodigar mimos a unos hijos

consentidos.

‘Según el astronauta Andrew Feustel, es imposible llorar en el espacio, pues la

falta de gravedad impide que las lágrimas caigan, adhiriéndose dolorosamente en

forma de pequeñas bolas a los ojos, hasta que adquieren el tamaño suficiente y se

desprenden, admirando así el espectáculo de ver flotar tus propias lágrimas.’

Autora: Asun Ferri (Valencia)

http://patadeelefanta.wordpress.com/

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Las fotos del muertito

:P – Esparta Palma (https://www.flickr.com/photos/esparta/)

(Hecho de la vida real)

En los tiempos que aún se usaban los rollos fotográficos, la doctora

legista del ministerio público en Jiquilpan, telefónicamente se comunicó

con uno de los reporteros del periódico La Verdad para que fuera a

fotografiar el cadáver de una persona que había muerto ahogada en un

canal de aguas para regadío en el municipio de Villamar, del estado

michoacano, en México.

Serían las nueve de la noche cuando el periodista llegó a las pequeñas

instalaciones del SEMEFO (a un costado del Hospital Civil Lázaro

Cárdenas), que, por cierto, tenía servicios higiénicos deprimentes.

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La doctora le dijo que antes de que ella hiciera la autopsia, él le tomara

fotos el cuerpo para efectos de una posible posterior identificación, ya

que se trataba de alguien desconocido.

La Médico forense se salió de la pequeña sala y se fue a la patrulla

policiaca a tomarse un refresco con los policías que habían llevado el

cadáver.

Mientras, el reportero hacía su trabajo… oprimía el disparador para

fotografiarlo de un lado, del otro, de cuerpo entero, del rostro, y cuando

se había adosado a la pared tratando de tener más espacio (ya que

entre ésta y la mesa mortuoria no existía más que medio metro de

distancia) escuchó un prolongado lamento emitido por el difunto.

En cuanto nuestro personaje escuchó el gemido, muy asustado salió a

todo correr para reunirse con los demás.

-¡Doc… Doctora…El mu… muerto!

-¿Qué ocurre con él?

-Que… que… se quejó…

-Está bien, está bien, no se preocupe, es el aire acumulado en el vientre,

pues falleció, al parecer, hace unos diez días; y mire, antes de que usted

se vaya, sáquenos una a nosotros, para la sección de sociales.

Y ella y los policías se acomodaron, con el fondo de la pequeña sala de

destazamiento oficial de los fallecidos por causas no naturales.

Al otro día, como en el rollo apenas se habían tomado quince

impresiones, nuestro reportero sacó las restantes (de veinticuatro) entre

parientes, amigos y conocidos, y lo llevó a revelar en Farmacias

Guadalajara.

-Estarán en una hora .

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-Gracias, señorita.

Se retiró y regresó cuando le indicaron. Abrió el paquete para apartar las

fotos que le había pedido la doctora y… ¡Qué terrible sorpresa la que se

llevó, pues todas habían salido bien, menos las que le había tomado al

muerto.

-¿Usaste el flash? .

-Pues claro, si no soy tan wei.

-La cámara tendría alguna pequeña ranura por donde hubiese entrado la

luz…

-¡Por supuesto que no, patrón; no habría salido ninguna, y aquí tengo las

que tomé antes y después de que fui a fotografiar al muertito.

-Entonces, ¿qué pasaría?

-Yo digo que no quiso que lo retratara para que nadie lo identificara,

pues tal vez había cometido alguna fechoría. Digo, yo nomás digo.

Autor: Jorge Martínez (Sahuayo de Morelos, México)

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Trastevere – Ross (https://www.flickr.com/photos/syder/)

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El alma escindida

Anti-Yo – Eriko Stark (http://500px.com/erikomurguia)

PARTE I

Era un día típico de mayo, en que el verano parece asomarse pero el calor

no resulta insoportable, simplemente se posa suavemente sobre tu piel.

Cuando el viento refresca pero no enfría. Perfecto para salir a la calle y

sentirte libre. Había un hombre tumbado en una cama, soñando que

estaba en Trastevere, el barrio medieval de Roma, llamado así por estar

localizado detrás del río Tíber. Caminaba por sus adoquinadas y

pedregosas vías, guiado por los olores de albahaca, harina, tomate… que

impregnaban el ambiente y su olfato perseguía con ansia. Le encantaba esa

barriada sobre todo al atardecer, cuando el sol era transformado en

cientos de farolillos y velas que inundaban todos sus rincones, dándole una

atmósfera cálida a la par que romántica.

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Sin embargo, no se dirigía a ningún encuentro amoroso, había quedado

con los amigos para reunirse todos en la hora de aperitivi, algo originario

de Milán pero que estaba extendido en muchas ciudades de Italia.

Consistía en pedir una copa o refresco y poder disfrutar la comida que iban

sacando, como si se tratase de un buffet. Claro que estaba mal visto

pedirse tan solo una bebida. Ya podía divisarlos en la lejanía, estaban en la

Plaza de Santa María del Trastevere, un lugar bastante céntrico y fácil de

encontrar, gracias a la basílica del mismo nombre, cuya torre sobresalía

mostrando su gran reloj. No se lo podía creer, no faltaba ni uno; Juan, Eva,

Diego y Marcos. Ya se acercaban, cuando de repente fue transportado a

otra escena. Sangre, mucha sangre, estaba todo empapado, no recordaba

cómo había llegado allí y de quién era esa sangre, se cercioró de que no

fuera la suya propia y con un sobresalto despertó del sueño. Los rayos del

sol se filtraban a través de la ventana, aterrizando directamente en su cara.

Seguramente fue eso lo que le hizo despertar, se sintió tranquilo al saber

que tan solo era un mal sueño, que se encontraba plácidamente en su

cama. Aunque por el tacto no lo parecía, ésta era mucho más dura e

incómoda. Miró a su alrededor y lo recordó todo. Las paredes blancas y

acolchadas, el suelo de un color grisáceo, la maldita ventana de apenas 30

cm. de alto por 30 cm. de ancho, los ruidos que escuchaba todas las

noches, los médicos ataviados con batas, los guardias con las porras…

Ahora todo encajaba, se encontraba en el manicomio de Roma “Julio

César”, sobre la isla Tiberina, un islote en forma de barco. Rodeado por

agua en todos sus costados, exceptuando el puente “Melvio” que la unía

con la civilización.

Se levantó de la cama con dolor de espalda, al ser tan rígida siempre le

causaba molestias que cesaban al cabo de unas horas. Se dirigió hacia la

ridícula ventana y se asomó por ella. Era como un ritual matutino. Para

sentirse menos aislado, menos apartado del mundo. Se deleitaba viendo a

las otras personas pasear, gente libre, que reía, caminaba, se cogían de la

mano, se besaban, corrían rodeando el río, jugaban con una pelota… En fin,

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hacían cosas para sentirse vivos, cosas que él no podía hacer y que echaba

tanto de menos. Pero una y otra vez, mientras observaba a las personas,

pensaba: algún día yo estaré junto a todo ellos, reiré, cantaré, besaré… Era

una promesa vacía que se hacía a sí mismo, que no sabía si llegaría a

cumplirla, pero presentía que cada vez estaba más cerca, le servía para

levantarse cada mañana y no quedarse tirado, como si estuviera muerto en

vida, respirando por sobrevivir como un objeto que late.

Al principio todo fue diferente, ya llevaba cinco años encerrado en esa

celda. Le dijeron que había sufrido un shock tras haber asesinado a sangre

fría a sus amigos, hecho que era muy posible que no recordara. “El cerebro

se bloquea ante episodios tan crueles para evitar causar más daño a la

persona, lo llaman amnesia funcional”. Esas fueron las palabras que le dijo

el médico. También le informó que no paraba de repetir que fue su

hermano gemelo quien lo hizo, que intentó detenerle, pero no pudo. Por

eso se encontraba en el manicomio y no en la cárcel. Porque él era hijo

único, no tenía ningún hermano. Le diagnosticaron esquizofrenia

indiferenciada, caracterizada por presentar una mezcla de diferentes

síntomas de otros tipos de esquizofrenia, como en su caso violencia,

delirios, alucinaciones, aislamiento social… Su madre fue la primera en

acudir, le explicaron que en muchas ocasiones suele desarrollarse durante

la adolescencia, con los cambios, la autoestima y más factores implicados.

No podía creerlo, pero cuando le explicaron los síntomas empezó a dudar.

“Siempre ha sido un niño un poco retraído, se pasa muchas horas en su

habitación. Hay veces que, de repente, saca su libretita y escribe cosas que

le vienen a la mente, como si oyese una voz que le dicta. En otras

ocasiones ve cosas que los demás no vemos, o se las imagina, como si

tuviera un sexto sentido, pero jamás ha hecho daño a alguien, nunca ha

sido violento”, explicó su madre al médico.

Autor: Adrián García Raga (Valencia)

http://unaestrellaenelcosmos.blogspot.com.es/

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Bobby Fuller, boxer, ca. 1945 / photograph by Phil Ward

(https://www.flickr.com/commons)

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Norman Daves

A Journalist writing in his BMW - Zoltán Glass (1934)

(http://www.tumblr.com/tagged/zoltan-glass)

Conocí a Norman Daves en una fiesta que nuestro amigo común, Jay

Gatsby, organizó para dar la bienvenida al invierno. Lo primero que me

sorprendió de Norman fue su capacidad para fumar y hablar al mismo

tiempo, mientras las chicas más guapas hacían cola para conseguir uno

de sus prestigiosos besos o uno de sus míticos piropos. Recuerdo que

ese año los vejestorios de la escuela del resentimiento no tuvieron más

remedio que reconocer el talento de Norman y otorgarle el premio

Pulitzer, logrado con indiscutible autoridad por un artículo sobre la

generación perdida en París. Yo era por aquel entonces un joven

aspirante a escritor que intentaba abrirse camino como corrector de

estilo en una editorial de Brooklyn, y Norman Daves era uno de mis

puntos de referencia. Leí con asombro su crónica del desembarco de

Normandía (sobre la que corría una curiosa leyenda: que el papel en el

que fue escrita aún conservaba manchas de sangre y barro), su libro

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sobre la ley seca El último trago y su novela Mis últimos días con

Afrodita. Aquella noche, en casa de Jay, Norman hizo algo

verdaderamente extraño. Miró su reloj, apartó de su lado a dos chicas

rubias y cruzó el salón justo hasta donde yo me encontraba.

- Necesito su ayuda -me dijo- y le pagaré bien. Dentro de media hora

Rocky Marciano pelea en el Madison. Debo cubrir el combate y usted va

a coger mi coche y me va a llevar allí.

El combate era un mero trámite para Rocky Marciano. La federación le

obligaba a poner el título en juego cada tres meses y Rocky, ya sin rivales

de entidad, utilizaba verdaderos paquetes para mantener su reinado en

los pesos pesados. El pobre chico de Alabama al que tumbó en el tercero

apenas vio venir la derecha del campeón, y despertó en el hospital dos

días después preguntando por su mamá.

Norman salió por una de las puertas traseras del Madison y se metió en

el coche. Deslizó la mano debajo de su asiento y sacó una vieja

Underwood.

- ¿Sabe donde están las oficinas del New York Times?

Mientras conducía a toda velocidad atravesando la ciudad, los dedos de

Norman golpeaban con furia las teclas de la Underwood. Fue, sin duda,

uno de los días más felices de mi vida. Cruzar la Quinta Avenida con

Norman Daves a mi lado, el sonido de la máquina de escribir, el cigarro

en los labios, las volutas de humo ascendiendo inexorables hacia un cielo

de carteles de neón, Rocky Marciano y su derecha de hierro. Todo

parecía sacado de una novela de Norman Daves.

(Del libro No dejes de escribir, de Paul Banks, McGraw-Hill, 1967)

Autor: Marco Antonio Torres Mazón (Torrevieja, Alicante)

http://itacadeshabitada.blogspot.com.es/

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El campo de batalla es el cielo

Pinted in the sky – Dave Morrow (http://500px.com/DaveMorrow)

Se decolora el cielo

al igual que tu cabello,

bella musa,

ambos atacados

por ráfagas de tiempo.

Balística repentina

que llena de sabiduría

y derrama el vaso de la vida.

Unas explosiones esporádicas

y el día es atacado.

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¡Retirada!

El cielo se cubre de oscuridad

tras la huida de la luz.

Los cadáveres de los caídos

brillan tintineantes, azules y rojos,

¿Al cielo o al infierno?

¿A dónde van?

Un herido se aleja del campo de batalla,

estrella fugaz.

La bandera del enemigo mengua

en forma de luto,

su pena la cubre con un par de nubes.

La guerra de la vida,

la guerra del día,

la guerra del amor,

la guerra contra el reloj.

Autor: Manuel Alejandro Ramos Ayala (Naica, México)

http://chatomusik.blogspot.mx

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Voluntad de vivir

Dark World – Дарья Майер (http://500px.com/daryamayer)

Olvidada de la escritura, permanecí en silencio durante días

interminables. No sabía el motivo de mi desgana general así que me dejé

llevar por mis sentimientos y me fui sumergiendo en una apatía pegajosa

y resistente que se iba apoderando de mí cada día un poco más. La

primavera azotaba con un viento insoportable a la gente y a las cosas y

el mundo se degradaba en miserias incontables e incontrolables. Tuve

que huir de los telediarios e, incluso, sentía miedo de las noticias de la

red. Me vino de pronto la voz de Nietzsche y su “voluntad de poder”, esa

fuerza que nos hace amar la vida y autoafirmarnos en ella sean cuales

sean las circunstancias. Y me dije: estos son los tiempos que me ha

tocado vivir. No puedo salvar al mundo. Solo puedo seguir creando mi

vida hasta el último aliento y compartirla con vosotros.

Autora: Lu Hoyos (Valencia)

http://inventariodelucrecia.blogspot.com.es/

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Image taken from page 10 of '[Handy Andy, etc.] – Samuel Lover, 1896

(https://www.flickr.com/commons)

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El poeta

Penélope nació una fría noche del mes de diciembre. Llegó a una

mansión triste, en donde las sombras de los fantasmas acechaban

agazapados en todos los rincones, y en la que sólo se movían, cuando el

viento las rozaba, las hojas perennes de los abetos que habitaban en el

jardín.

Su llegada al mundo antes de tiempo sorprendió a su madre, porque en

el mismo momento que salió del vientre materno, su madre agonizó con

los estertores de la placenta y sucumbió a una hemorragia que le cortó

el aliento. Y angustió a su abuela, a quien no le quedó otro remedio que

hacerse cargo de ella. Una abuela a la que se reflejaba en los ojos la

amargura del pasado y el peso de la tristeza de los años.

Y Penélope fue creciendo entre los susurros de los muertos, el comején

de las maderas, la añoranza de los besos y la falta de caricias. Y con el

paso del tiempo se acostumbró a ser invisible tras las cortinas de la

soledad.

A veces, cuando el miedo se apoderaba de ella, buscaba a su abuela y al

pasar por los altos pasillos veía como se movían los ojos de los retratos

de sus antepasados y se aferraba con las manos, la angustia que le

atenazaba en la garganta.

Y encontraba a su abuela siempre en la vieja mecedora, donde se

balanceaba en la semioscuridad de su habitación, con el mismo viejo

libro entre sus manos, que tenía los lomos de cuero tan cuarteados

como su piel, y entonces, se acurrucaba tras las viejas patas de madera y

le escuchaba recitar en silencio los mismos poemas incompletos. Y así un

día tras otro, con el miedo a su espalda.

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Cuando tenía doce años, una tarde del mes de abril, encontró un diario.

Tenía el color del otoño estancado entre las hojas y encerrado el secreto

de su abuela. Y lloró al descubrir el pasado. Y su mente anheló conocer

el secreto de la risa.

Fue entonces cuando decidió que no dejaría de buscar la manera de

volver al pasado y cambiar el dolor de su abuela.

Adquirió la costumbre de meterse en el cobertizo todas las tardes para

cambiar su mundo. Y tardó quince años en comprobar la eficacia de su

invento.

Y una tarde de verano apretó el contacto que la arrastró hasta las

puertas del infierno. Sintió como sus entrañas se convertían en una

sustancia líquida, que la llegaba a la garganta para luego retroceder,

dejándole el aroma amargo de la bilis en la nariz, entonces su estómago

le dio un vuelco en un frenético esfuerzo por vaciarse y creyó morir

ahogada en su propio vómito. Estaba desconcertada y era incapaz de

moverse. La cabeza le estallaba en mil pedacitos y le acompañaba un

atronador zumbido que la ensordecía. Poco a poco fue recuperando el

sosiego. Y cuando su corazón se aplacó, percibió el sonido de unas notas

musicales, que el viento arrastraba hacia la ventana del cobertizo.

Salió tambaleándose.

Incrédula vio luces en la fachada de la mansión y supo que lo había

conseguido, había atravesado el tiempo, estaba en el pasado. Deseaba

cambiar los hechos, tenía que impedir que su abuela rechazara al poeta.

Fue al lago a pensar, y de repente le vio sentado sobre una piedra. Algo

metálico que llevaba en la mano refulgió a la luz de la luna. Sofocó un

grito desesperado y corrió hacia él.

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No supo en qué momento le empezó a recitar sus propios poemas

inacabados, tampoco supo el momento en el que sus ojos se le

prendieron en el corazón y quedó subyugada a su encanto.

Sólo supo que le cogió de la mano y le acarició dulcemente, y él le besó

los labios, confundiéndola con su abuela.

Y abrazados se alejaron de allí.

Autora: Marisol Santiso Soba (Madrid)

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Jamboree Triphasic Llibert – Josep Tomás

(https://www.flickr.com/photos/thundershead/)

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Entre tonos de gris

Fotografía de Francisco Mas Manchón

Escondido a una distancia que no le permite ver su rostro con claridad,

ha inventado un jardín para ella. Como cada mañana, espera verla

aparecer. La misma escena pintada con los blancos y negros que se

funden dibujando un silencio eterno entre los dos.

La ve llegar, más o menos a la misma hora de siempre y de pie, desde el

balcón, observa embelesado la sencillez de sus gestos. Observa sus

manos juguetear con las páginas de un libro y un escalofrío de deseo por

sentir esas caricias en su piel recorre su cuerpo.

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El corazón late fuerte cuando la imagina junto a él, perdidos los dos en

el calor de un abrazo que le pinte las mejillas con el mismo rosado pálido

de esos labios que tanto ansía besar. Apoya las manos en el cristal y las

huellas borrosas de sus dedos dibujan con rabia la impotencia de no

poder tocarla.

Se avergüenza del miedo que le invade al verla. No se atreve a bajar las

escaleras y sentarse a su lado y tampoco acierta a encontrar las palabras

con las que confesar lo que siente. Un día más, otro día más, pintará su

triste y cobarde soledad entre tonos de gris.

Autora: Carmen Ferrer (Barcelona)

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Rebalsadors *

Desde la magnitud de tu atalaya,

donde se eleva el sentido de la vista

y el horizonte se pierde por lejano,

mientras se va serenando mi latido

y el viento enfría en mis poros

el sudor rebosante del ascenso,

mi mirada desciende por tu falda;

reposa unos segundos reflexiva

en la sobria quietud de la Cartuja,

hasta llegar a la llanura extensa

donde el rio consume su caudal.

Enfrente, el otro flanco de la vega

decrece hasta llegar a la laguna

separada del mar por los pinares,

que permiten la entrada por sus golas

de las aguas del golfo,

vigiladas.

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Absorbo tanta imagen con deleite

sin más objetivo que mis ojos,

confiado en la bondad de mi memoria.

Me lanzo senda abajo con cautela

atento a la firmeza de mis pasos,

henchido al repasar una vez más

esta viva lección de geografía.

Autor: Benjamín Blanch (Valencia)

* Vértice geodésico 800 m. Serra (Valencia)

Vista de la Cartuja de Porta-Coeli - Rafa Sastre

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Aburrimiento

Giraffe – Arno Meintjes (https://www.flickr.com/photos/arnolouise/)

Hastiado de las predicciones mayas sin que nada se hiciera ante el

próximo Apocalipsis, Noé viajó al Amazonas. Pasó dos años amigándose

con los animales y finalmente los convenció de elegir una pareja de cada

especie, volar con él a otro planeta en la nave espacial recién montada e

iniciar una civilización. Noé, escéptico respecto del ser humano, no llevó

mujer, pero como le gustaban las jirafas, transportó sólo una hembra, y

un banquito.

Autora: Lidia Castro Hernando (Mar del Plata – Argentina)

http://escritosdemiuniverso.blogspot.com.es/

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Fotografía empleada en un anuncio coreano del metro

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Paseo imaginario

Un miedo irracional la invadía cada vez que tomaba el metro, así que

procuraba evitarlo. Aquel submundo en las entrañas de la tierra poseía

una red urbana de pasadizos, galerías, pisos y niveles que constituía por

sí solo otra entidad paralela a la exterior. Cualquier día se derrumbaría

todo ese entramado y quedarían atrapados en él. Fantaseaba con su

claustrofobia. Sin embargo hoy, la atmósfera del vagón era diferente,

como salada y marina. Daba gusto respirar profundamente sin inspirar

ese tufo tan característico de los metropolitanos. Parecía el aire de los

paseos junto a la playa, sentía los pies frescos y una suave brisa allende

los mares envolvió a los extrañados y curiosos pasajeros.

Decidió aprovechar el viaje. Se quitó la ropa, los zapatos y se dedicó,

sencillamente, a disfrutarlo.

Autora: Malén Carrillo, “Maga” (Sóller, Mallorca)

http://enredadaenlaspalabras.blogspot.com.es

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© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)

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Llora la noche

Llora la noche al no ver tu presencia,

buscando en ella el más elevado pensamiento.

Te extraña el silencio oculto tras el desvelo.

Lloran las horas, los recuerdos,

los momentos perdidos en los callejones de San Lorenzo.

Te anhela el verso que invoca al amor y el desconsuelo.

Te extraña el rincón aquel,

donde acostumbrabas a escribir tus más bellos sonetos.

El café se enfría y un cenicero,

se inquieta por aguantar tu aliento.

Y tú perdido.

Encerrado en ti mismo,

desoyendo el susurrante deseo.

Evitando el más bello momento

en el que la tinta se convierte en verso,

despertando al personaje

del longevo sueño.

Te reclama el cielo,

donde las estrellas mueren naciendo el deseo,

y el trasnochado canta,

con descompasado sello.

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Llora la noche esperando en silencio,

que algún día,

vuelva a pisar la musa

los callejones de San Lorenzo.

Acompañando al poeta, al pintor de sueños,

a las mágicas manos,

que convierten a la tinta en verso.

Autora: Mariam Bronchal (Sagunto, Valencia)

http://laagujadorada.blogspot.com.es/

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Anoche tuve un sueño

Nubes nocturnas y viajeras – Miquel González Page

(https://www.flickr.com/photos/miquelgp/)

Me estaba casando con aquella mujer que conocí ocho años atrás en

aquella biblioteca. Tímida, de labios finos, sonrisa delicada, cabello largo y

unos ojos verdes que cuando me prestaron atención, me olvidé de por vida

de las primeras palabras que le dije.

Recuerdo cómo agotamos las excusas para tener nuestra primera cita, y

cómo conseguimos exprimirla hasta el amanecer sin tocarnos. El asiento

trasero del coche me pareció el mejor lugar del mundo para hablar, reír,

pensar y mirarnos en silencio como si aquella fuera la última noche de

nuestras vidas, y tres días después, en el mismo escenario, hicimos el amor

apasionadamente.

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Recuerdo que dos años después de la boda, tuvimos nuestra primera hija.

Se llamaba Andrea. Fue el mejor regalo que la vida pudo ofrecernos en

tales circunstancias. Disfruté mucho enseñándole el camino a la música, y

con nueve años, era ella la que me enseñaba a mí, se nota que sacó tus

genes. A día de hoy, toca en una orquesta, tiene su propia academia y es

feliz.

Conseguimos establecernos en un apartamento de 35 metros cuadrados

que compartimos con el regalo de su primer cumpleaños, un gatito.

Pasados unos meses tuve que cambiar de trabajo, y con ello, de ciudad, de

gente, de ambiente. De todo.

Todavía recuerdo lo bien que lo afrontaste todo. Fuerte como una

tormenta y siempre sonriendo mientras todo cambiaba a nuestro

alrededor, y tres años después, nació nuestra segunda hija, Paula, con la

que pasamos los peores momentos de nuestra vida. Estuvo muy enferma

desde pequeña y tuvimos que hacer grandes sacrificios para que saliera

adelante. Hoy en día es una de las mejores cirujanas del país y da charlas

motivadoras por todo el mundo. Igual lo hicimos bien ¿verdad cariño?

Recuerdo que en invierno, te tirabas todo el día acurrucada a mí cuando

estaba en casa, y quizás no lo sepas, pero me encantaba. Nunca fui de

muchas palabras, aunque creo que, afortunadamente, y como pasaba con

todo, tú lo sabías, como también sabías que no habría sido capaz de vivir

sin esos abrazos.

Cada San Valentín recuerdo que no hacíamos absolutamente nada, es más,

nos tirábamos todo el día bromeando sobre el supuesto día especial,

haciendo de él una jornada normal en nuestras vidas, de esas que tanto

me gustaban. Porque contigo, nada era normal.

Recuerdo tus series y películas favoritas, y cuántas veces me pedías verlas

una y otra vez, proponiéndome que preparara el salón como yo sabía,

mientras tú cocinabas algo para la velada. ¡Maldita sea! Cuanto te echo de

menos. Tus cartas en la mesa cada mañana contándome algo, el sonido de

tus llaves, tus suspiros mientras hacíamos el amor, tu leve movimiento al

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caminar, tus ojos en la noche y lo adictiva que se volvió para mí tu sonrisa.

Nunca olvidaré tu sonrisa.

Recuerdo tus primeras noches en vela después de la noticia. Aquellas que

se convirtieron en nuestras y solo nuestras. Todas las lágrimas derramadas

que, algunas veces, por culpa de ser como éramos, convertíamos en

carcajadas. Aún las guardo. Cómo salías a la calle a comerte el mundo cada

día. También recuerdo que cuando llegó el momento, rechazaste ponerte

el pañuelo en la cabeza, diciéndome que no te gustaba ocultar tus ideas,

que el mundo estaba necesitado de ellas. No sabes la razón que tenías.

Seguramente recordarás tan bien como yo que volvimos al lugar donde nos

conocimos. Al lugar donde pasamos esas primeras noches e hicimos el

amor por primera vez. Las vueltas que di para conseguir una réplica de

aquel automóvil en el que nos sentamos antaño y lo que tus hijas me

ayudaron en todo. El asiento trasero del coche me pareció el mejor lugar

del mundo para hablar, reír, pensar y mirarnos en silencio, con la

diferencia de que aquella... Aquella si fue la última noche de nuestras

vidas. Odié y amé a partes iguales que murieras en mis brazos, porque

siempre habías dicho que volviste a nacer en ellos, así que se cerró el

círculo supongo...

Ahora, cariño mío, lo único que recuerdo es el dolor. El dolor que supone

perderte, que te lleves contigo toda mi vida y más de la mitad de mi

alegría. El dolor que produce esta enfermedad que se ha llevado en meses

aquello que tú y yo construimos juntos durante una vida. El dolor de ver a

tus hijas humedecer esos ojos idénticos a los tuyos cada vez que te

recuerdan, es como verte llorar una y otra vez. El dolor de sentir que ya no

soy nadie y que no quiero formar parte de nada si no estás tú. El dolor de

seguir enamorado de ti y que no duermas a mi lado.

El dolor de estar así y no poder contártelo.

Autor: Eric Grants (Málaga)

http://writtenrumors.com/inicio/

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Cactau Place I – Camil Tulcan (https://www.flickr.com/photos/camil_t/)

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Detrás de las paredes

Palabras vacías, palabras sin sentido

Soledades…

Hondo vacío

Cuerpos ultrajados

Sordos oídos

Interminables esperas

Eterno abandono

Cadenas que lastiman

Lágrimas contenidas

Claustro con olor a tiempo

Químicos tóxicos

Experimentos sin reglamentos

Corazones de hierro

Brazos que no abrazan

Ojos mirando la nada

Delirios de melancolía

Paredes agrietadas

Paraliza los sentidos

Se enfría el alma

Es la locura que mata.

Autora: Meryross (Rosario, Argentina)

http://www.meryross-meryrosa.blogspot.com/

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© Eulalia Rubio Pérez (Valencia)

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Siempre seré la misma

© Fuensanta Niñirola (Valencia)

A pesar de la distancia que nos separa, y de la inmovilidad que me tiene

postrada, tú siempre serás mi mejor amigo y yo tu confidente.

Antes de que te destinasen a Somalia no sabíamos situarla en el mapa, y

mírate ahora, protegiendo a los pesqueros de los piratas y jugándote la

vida en defensa de los intereses nacionales.

Mientras tanto, yo tengo que soportar esta silla de ruedas que me domina

y retiene sin piedad. Cada noche, antes de acostarme, me pregunto por

qué conduje ebria aquel día. Tú te salvaste de milagro y yo… perdí mi

libertad.

La rehabilitación va bien, mas solo sirve para que no se me atrofien los

músculos, pues ambos sabemos que nunca volveré a correr como lo

hacíamos de niños cuando perseguíamos a las gallinas en la granja de tus

abuelos.

A pesar de todo, soy feliz, pues sigo viva y con la imaginación desbordada.

De hecho, acabo de terminar mi primera novela. Cuando vuelvas, tienes

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que leerla y darme tu opinión. Trata sobre la implacable búsqueda por

parte de Ponce de León de la fuente de la eterna juventud. Si yo la hallase,

me curaría y podría vivir para siempre. Entonces, te contaría lo que

realmente siento por ti, ya que en esta situación no me atrevo; aunque sé

que algo sospechas.

El afecto y la confianza que nos tenemos se han transformado con el

tiempo en un cariño muy especial, Antonio. Nunca te pediré más de lo que

me puedas ofrecer, y si ahora te digo esto, lo hago para acallar la voz de mi

conciencia. Si a ti te pasase algo, no me perdonaría no haberme sincerado.

Mis padres están bien, viejitos, pero amándose como el primer día. Te

envían saludos y rezan todos los días para que estés a salvo. Tú sabes que

para ellos eres el varón que nunca tuvieron, pero que siempre desearon.

Mañana comienzo con las clases de basket adaptado en sillas de ruedas.

No va a ser lo mismo que cuando jugaba en las ligas menores, pero sabré

adaptarme. No vayas a pensar que he dejado mis estudios de derecho, lo

que pasa es que ahora me lo tomo con más calma. Al no asistir a las clases

presenciales, sigo mi propio ritmo, pero cuando lleguen los exámenes,

estaré preparada.

Ayer fui al cine con Pedro e Inés. Vimos la última de Brad Pitt, 12 años de

esclavitud, en la que tiene un papel secundario. La película me encantó,

aunque es muy triste. Imagino que en algunos de los países por donde

andas aún se darán casos como el del protagonista.

No me quiero extender demasiado. Cuídate mucho. Yo estoy bien y estaré

mejor si sé que tú estás a salvo. Ojalá esos piratas fueran como el Capitán

Garfio y tú fueses Peter Pan. Sea como fuere, aquí tienes a tu Wendy.

Te envío un cariñoso abrazo y te recuerdo que, pase lo que pase, y decidas

lo que decidas, siempre seré la misma.

Ana

Autor: Alberto Casado Alonso (Trujillo, Perú)

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Nuevo mundo

Debajo de las nubes en forma de cono negro brillaba una luz tenue. Era como

si la oscuridad guardara para sí una pequeña fuente de luz. Marcelo conducía

a prisa. Tenía miedo de llegar demasiado tarde. Los rayos se sucedían

alternados a izquierda y derecha del cono invertido y las nubes que lo

rodeaban iban oscureciéndose conforme se acercaban a él. El viento era cada

vez más potente.

Al tomar la curva pensó en Ludmila. Sus tiernos ojos marrones, su sonrisa

simpática, toda ella simpática, su cariño... Debía llegar a tiempo a toda costa.

Marcelo limpiaba las lágrimas de sus ojos mientras la lluvia empapaba el

parabrisas del coche. El volante tomado con las dos manos con fuerza

suficiente para soportar el potente viento y la tormenta, cada vez más cerca.

El cono marcaba horizonte en el camino, indicaba el norte como una aguja

imantada.

Dark road – Manolo Gómez (https://www.flickr.com/photos/verborrea/)

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No había tenido tiempo de decirle cuánto la quería. Pisó más el acelerador y

el coche derrapó en una curva llena de barro. Marcelo no se asustó, al

contrario. «Lo voy a lograr, lo vamos a lograr nena» se dijo y terminó la frase

con un suspiro. En ese momento un arco pequeño se abría en la punta del

cono invertido, era todo lo que se veía delante de la carretera. Una carretera

recta sin luz, sin verdes praderas a ambos lados, sólo un arco iluminado y

nubes negras. Miles de nubes negras y moradas y toda la gama de oscuros

colores hasta llegar al negro infinito rodeando aquel arco iluminado en el

centro de todo.

Miro por el retrovisor, a sus espaldas también la noche había copado el cielo.

El coche se zarandeaba de izquierda a derecha por el vendaval. La colina

comenzaba a desaparecer a la vez que el arco se hacía del tamaño de un

calcetín. El corazón de Marcelo latía al ritmo del viento, de Ludmila

esperando. Porque seguramente estaba esperando allí en el norte. Ludmila

no podía esperar a nadie más que a él. Se lo habían dicho sus ojos y los ojos

nunca mienten. Un resplandor salía del arco, ahora del tamaño de un niño.

Era como una luz de las que se ponen de noche para que los niños no tengan

miedo: suave, tenue, pero en contraste con el horrible cielo negro que la

enmarcaba. El pie en el acelerador, el motor a cuatro mil revoluciones y los

brazos tensos sosteniendo el vaivén del coche. Los ojos entreabiertos,

arrugados los párpados; los latidos a tope y la respiración frenética, profunda.

Ahora un resplandor directo en sus pupilas, el acelerador a tope y el rugido

del motor y el vendaval y un salto en el punto más alto de la colina y la luz en

los ojos y ya no hay cono y ya no hay lluvia y ya no hay viento y un

estruendo… todo se para, y la luz...

**********

Una hermosa tarde de primavera con un sol de verano y el dorado cabello de

Ludmila. Lloraba. Desconsolada tiritaba respirando entrecortado. Marcelo no

estaba allí y era su culpa. «Marcelo, Marcelo...» Un sol gigantesco en el

horizonte que no servía para nada. El sol no podía volver a salir en el rostro

de Ludmila.

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La desesperanza la empujó al garaje junto a su moto. Al campo, a volar hacia

el sur. «Maldito buen tiempo, estúpida alegría de todos», no podía

soportarlo. Todos estaban en contra de su amor y ella no había hecho nada

para evitarlo. Apretó a fondo el acelerador. Febo, deslumbrante, caía a su

derecha y por el retrovisor unas nubes comenzaban a cambiar el color del

cielo.

«¿Dónde estarás?¿Dónde voy?» pensó Ludmila mientras tomaba las curvas

una tras otra sin pensar. Un viento suave frenaba su moto, de frente, viento

del sur. Las ondas del terreno le recordaban la tristeza en los ojos de Marcelo.

«Debió decirle cuánto lo amaba, pero por ellos...», esa estúpida chusma que

la rodeaba. Él lo sabría seguramente, tenía que saberlo. «Pero no se lo dije».

El viento del sur, intenso, la empujaba a volver a casa. Volver al sol de verano,

a la primavera insuperable. Ludmila cambió de marcha para emprender la

cuesta y superar la resistencia del viento. A lo lejos una imagen extraña.

En lo alto de la colina se dibujaba una silueta sencilla. Una puerta. ¿Una

puerta? En medio del camino, un arco blanco y una puerta negra. Un arco,

deslumbrante imagen del sol de verano y hacia el sur un agujero negro. Una

puerta de monasterio, antigua, redondeada, negra, oscura. Una puerta para

desaparecer, para buscar a Marcelo…, una puerta al fin del mundo, donde

nunca debió dejarlo ir.

El motor rugía entre sus piernas y el viento casi frenaba la motocicleta

cuando la puerta se hizo del tamaño de una niña. Ludmila escondió el rostro

detrás de la pantalla de la moto, aceleró al máximo y sostuvo el manillar con

todas sus fuerzas. El vendaval era constante y el motor la estremecía y la

colina llegaba a su fin y la noche caía en los retrovisores y la luz se apagaba

alrededor de la puerta negra, cada vez más negra, cada vez más intrigante,

cada vez más grande y oscura. Al llegar a la cima el viento levantó la rueda

delantera de la motocicleta y Ludmila cerró los ojos y aceleró y soltó el

manillar. Voló por encima de la moto. La luz y la oscuridad y Marcelo y ya no

hay viento y un estruendo… todo se para, y la oscuridad...

**********

59


—Te quiero.

Silencio mientras se abrazan llorando.

—Te quiero…

—¡Y yo! No sabes el tiempo que llevaba esperando que me dijeras que...

—¿Y por qué no me decías nada?, tonto.

—Es que estaba en mi mundo, quería decírtelo y no sabía si... Ya sabes...

—No, no sé...

—Tu familia, tus amigos... Tu mundo. Somos muy distintos, tú eres..., y yo

soy...

—Eres un tonto y te quiero. Basta de estupideces, ellos no son ni tú ni yo.

Nosotros somos diferentes. Yo te quiero a ti, no a tu mundo...

—Ni yo al tuyo. Gracias. Gracias por ser como siempre quise que fueras. Es

verdad, no me gusta tu mundo, ni el mío. Te quiero tanto Ludmila, quiero un

mundo para ti...

—El mundo de Marcelo y Ludmila, me gusta. Vámonos.

—¿Adónde?

—Donde estemos siempre juntos, donde nadie pueda separarnos.

—Traje una tienda de campaña.

—Perfecto. Hoy aquí y mañana donde nos lleve el viento. Quiero viajar,

conocer el mundo

—Nuestro mundo… Vamos en tu moto, salgamos mañana al amanecer...

Cuando dejaron ese largo abrazo, Ludmila miró atrás.

—Adiós mundo cruel, adiós.

Autor: Pernando Gaztelu (Iruña, Navarra)

http://lokos-a-disfrutar.blogspot.com.es/

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Noche en el cinematógrafo

Imagen extraída de http://www.freewords.com.br/category/cinema/

Nadie le vio entrar en medio de aquella oscuridad. Accedió en silencio y

se acomodó en un rincón de la sala contemplando la gran pantalla en la

que se proyectaba la terrorífica escena de un individuo disfrazado con

una careta infernal que se disponía a despedazar con su sierra

motorizada a una aterrorizada mujer, dando gritos de espanto y atada

como estaba por sus extremidades con cuatro oxidadas cadenas encima

de un camastro pringado de sus propias deyecciones y otras

inmundicias. Sus rasgadas ropas, manchadas de una sangre brillante y

pegajosa, dejaban entrever los negros moratones que cubrían la mayor

parte de la delicada piel de sus muslos. Los movimientos de la

desafortunada mujer eran inútiles ante sus intentos de escapatoria y,

mientras el motor de la pesada herramienta rugía con hambre

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mezclándose con aquellos alaridos de terror, sus afilados dientes se

fueron acercando hasta uno de sus brazos con la intención de comenzar

cuanto antes la brutal carnicería. Se notaba que aquel sujeto disfrutaba

con el llanto de la fémina, y reía y reía con gruesas carcajadas,

retorciéndose con lujuria, absorbiendo con placer su sufrimiento. Vio

cómo la cámara enfocaba un primer plano del rostro del individuo y se

detenía durante unos segundos gozando en el rictus de una repulsiva y

casi desdentada boca mientras gritaba algo y se le escapaba un salivajo.

No conocía ese idioma, pero dedujo que aquel psicópata le estaba

exigiendo que se callara de una vez. Él disfrutaba también de la escena

en su rincón, quizás con mayor placer aún, y se dijo que, cuando el

protagonista consiguiera por fin acallar a aquella vociferante rubia,

probaría esos mismos métodos con todas aquellas gentes que miraban

embobados la gran pantalla, sentados frente a él con sus bolsones de

aquella blanca e hinchada materia orgánica que introducían sin descanso

en sus redondas y babeantes bocachas… El repugnante alienígena de

alargadas pinzas en forma de cortantes guadañas no necesitaría de

herramienta alguna; salió con sigilo de su escondrijo y comenzó a reptar

hacia la primera fila…

Autor: Germán Repetto (Albalate de Zorita, Guadalajara)

http://grepettoblog1949.wordpress.com

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El hijo de la montaña

Tatra Mountains – Tadeusz Dziedzina (http://500px.com/TadeuszDziedzina)

La montaña se eleva orgullosa, majestuosa y fría, perenne, eterna con

sus millones de años y sus secretos.

Cientos de leyendas se han escrito sobre ella, la más antigua; dicen que

en los comienzos, la tierra terminaba a sus espaldas, a quien se

aventurara a rodearla solo el abismo lo esperaba.

Y a sus pies, insignificante, el pequeño pueblo con su estación de tren.

En su mejor época llegaron a ser casi 700 almas allí. Habían llegado de

todas partes, algunos escapando quizás de la justicia, otros tal vez de

historias dolorosas y muchas huyendo de un gran amor. De unos pocos

no se sabía nada.

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Y aquel pueblo tenía una magia ancestral capturada de la montaña

seguramente, pues las historias de amor allí tejidas por sus moradores,

traspasarían los límites y llegarían a los lugares más recónditos del

Planeta. La montaña se encargaba de hacerlas conocer.

María era la joven más bella del lugar; hija del encargado de la estación

del ferrocarril. Con sus cabellos rojizos, su piel de porcelana, su delgadez,

su sonrisa, sus bellísimos ojos en los cuales todo aquel que quisiera

podía ver más allá; su interior, su alma frágil y hermosa como las alas de

una mariposa. Además, su alegría era contagiosa y estaba allí, para quien

quisiera tomarla.

Y José era el joven callado y taciturno y por demás generoso del pueblo;

había llegado un día siendo niño aún y no habló hasta un año después,

jamás se supo de dónde venía y qué había ocurrido con sus padres. Lo

recogió uno de los cazadores del lugar. Creció entre algunos pocos libros

que tan solo sostenía en sus manos, trampas, armas, animales muertos y

sus cueros.

Fueron dejando la adolescencia que cruzó sus vidas, hasta ese momento

solo se miraban con curiosidad y cierto recelo.

Un carro, con su caballo desbocado corriendo por una de las calles de

tierra los unió para siempre; cuando María caminaba distraída y el arrojo

de José, que corrió hacia ella y la empujó hacia atrás, salvándole la vida.

Quedó uno encima del otro mirándose a los ojos, los de ella que dejaban

ver su bella alma, los de él, solitarios. Se enamoraron perdidamente. Él

la acompañó hasta su casa, construida al lado de la estación. Quedaron

en verse al día siguiente.

El sol brillaba y el frío no era tan temible esa mañana. Comenzaron el

ascenso a la montaña tomados de la mano; a medida que avanzaban el

clima era más benévolo, el viento calmo, suave y cálido los abrazaba. Y

los besos no tardaron en llegar y la desnudez en aquella cueva que se

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ofreció como refugio para su amor los hizo libres, se amaron mientras el

tiempo se detenía. Entre besos apasionados y abrazos profundos se

juraron amor eterno.

Continuaron andando por la montaña, que les ofreció frutos de sus

árboles, agua de sus cascadas y seguridad con animales que los vigilaban

a distancia.

-Debes saber la verdad -dijo en un momento José. María asintió y se

aprestó a escucharla.

-Soy el hijo de la montaña, María. Cuando mis padres me abandonaron

aquí arriba siendo un bebé, fue ella la que me cobijó y protegió,

permitiendo que los rayos del sol me calentaran, que la lluvia no me

mojara, que sus animales me brindaran calor y las hembras su leche, que

sus árboles me colmaran de frutos y sus leños me dieran luz. Y conocí

sus secretos, los cuales me reveló sin pudor y le juré que jamás los

divulgaría. Y fue cuando llegué a los ocho años que me empujó hacia el

pueblo, para que el hombre continuara con la labor de educarme. Y así

llegué hasta aquí llorando cuando veía cómo se alejaban mis hermanos

lobos. Y conviví con ustedes todo este tiempo y aprendí otras cosas.

Pero también le juré que una vez que encontrara a mi gran amor

regresaría y jamás me iría otra vez, viviríamos en ella para siempre -su

voz se escuchó quebrada por la emoción.

Conmovida, María abrazó a su amado y le dijo:

-Soy ese gran amor José, soy quien vivirá contigo en la montaña, quien

tendrá tus hijos, quien amará a tu madre montaña como la amas tú,

quiero compartir sus enseñanzas, sus secretos, que ella conozca los

míos, que solo la eternidad de la montaña sea nuestra compañera y

aliada en esta vida, que nuestros hijos crezcan libres y puedan el día de

mañana contar nuestra historia, para que todos sepan cuál es el

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verdadero camino. Te amo a ti, a la montaña, a la vida -se abrazaron con

lágrimas en los ojos por la emoción.

Fue en ese preciso instante que el sol los abrazó cálidamente con sus

rayos y el viento los envolvió, mientras los animales los rodeaban y los

árboles se inclinaban.

No se los vio en el pueblo nunca más. Los buscaron pero no los

encontraron.

Según cuentan hay días en que pueden escucharse las risas de los niños

bajando de la montaña. Y ésta, orgullosa y feliz por su familia, quiso que

el mundo conociera la historia. Por eso, una noche un lobo tomó el

diario personal de María y lo dejó en la puerta de mi cabaña, no sin

antes rasguñar la puerta para que saliera.

He sido elegido para dar a conocer esta maravillosa historia al mundo.

Autor: Ricardo Mazzoccone (Buenos Aires, Argentina)

http://ricardomazzoccone.blogspot.com.es/

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Lágrimas en el mar

Lonley Promenade – Richard Howell (http://500px.com/richardhowellphoto)

Vestida el alba de vendaval, e impregnado el pescador de la pasión de su

mocedad, despejó su navegar iluminado con algunos luceros. Así lanzó la

vieja red de su padre, buscando en la intimidad de sus aguas abrazar la

fortuna de una gran faena, sin pensar que quedaría atrapado con la

inmensidad de las olas, que lo arroparían sin piedad en la eternidad de su

sueño.

Así pasaron las horas y el alba se confundió con la bruma, donde una mujer

esperaba su regreso, con un candelabro encendido y su rostro pintando de

lamento. Allí se sentó en la orilla de la playa, de un mar que aun sonaba

embravecido ya no por su naturaleza, sino por la carga de su desconsuelo.

Ese mar se elevó deshonrando la pureza de la costa virgen, con una luna

vestida de rojo, y velos grises que seductora mostraba la fuerza de sus

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ansias. Sin embargo, al sentir el rugir del viento, desesperanzados los

pescadores renunciaron a la búsqueda, con un mar que se seguía

elevando. Ya casi sin costas, y rozando el rancherío, seguía la mujer

esperando embebida de su lamento.

Pasaron tres noches con la luna encendida, y la bruma vestida de tristeza.

La gente angustiada comenzó a prender velas a sus santos, e iluminaron la

penumbra con su luz y su canto. Pero el mar seguía creciendo, ya sin olas,

tapizando poco a poco sus moradas. Mientras, proseguía aquella mujer

añorando con sus lágrimas el regreso de su amor.

Al amanecer, cansada de esperar, la mujer bajó y decidió sumergirse en el

mar en busca de su amado. Delirante, abrazaba y bebía sus aguas, sedienta

de sus besos. En su letanía esperaba que la brisa lo encontrara, pero su

gemido aumentó la marea, que desenfrenada comenzó a destruir todo con

su dolor. Sin embargo, dominando su temor, una cadena humana se formó

para tomar entre todos su aflicción.

La mujer fue llevada junto a una anciana que la aguardaba, ella también se

había quedado esperando un día a su hombre, y ahora su hijo estaba junto

a él. Ella le secó las lágrimas con sus manos envejecidas de añoranzas. Y

ataviada de recuerdos, con su corazón de madre, tocó su vientre y le

mostró el latir de un nuevo ser. Era el amor de su hijo, que esperaba por la

luz de un lucero, para recoger las aguas saturadas de sus anhelos.

Así se retiró el mar, poco a poco de la costa mancillada de dolor, para

recordar en cada marejada a los que han quedado por siempre sumergidos

en sus aguas, matizadas con las lágrimas de sus querencias, que los

mantiene vivos en el candelabro encendido de sus deseos.

Autora: Eva C. Franco (Isla de Margarita – Venezuela)

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Su mejor salto

Bob Beamon

(http://rompedas.blogspot.com.es/2009/12/man-who-saw-lightning.html)

Una claridad sucia despertó al vagabundo. A través de un agujero entre

los cartones miró hacia el cielo. Iba a hacer mal día. Volvió a acurrucarse

en el interior de su caja. Hacía mucho frío. Escuchaba el viento que

agitaba las ramas del árbol a cuyo amparo estaba, mientras los cartones

se estremecían al compás de las ráfagas y del rugido de sus tripas. La

noche anterior no hubo nada que llevarse a la boca.

Sólo cenó incredulidad.

Nadie creía que él había sido un gran campeón. Al calor del fuego de un

bidón pasó media noche con otros como él.

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-Yo soy Bob Carlton. He sido campeón olímpico de salto de longitud.

-Eso es una puta mentira -dijo uno riendo.

Bob miraba el fuego de la boca del infierno, mientras aseguraba que él

era quien decía ser.

-Y, ¿qué haces aquí entonces? ¡eh! -le dijo otro.

-Nosotros también somos campeones -añadió un recién llegado.

-¡Campeones de halterofilia! -dijo otro mientras hacia el gesto de

empinar el codo, y todos se rieron. Él siguió absorto en el bidón

recreándose en su ya lejano pasado a través de las llamas de su

particular abismo.

-Podéis reíros –dijo-, pero mi récord sigue imbatible.

-Será un récord de mierda -dijo el primero-, o -añadió-, ¿te hiciste rico

con él?

-Su excelencia el recordman. Mírenle con su abrigo de pieles, protegido

del frío, junto a la chimenea de su mansión.

Todos estaban borrachos. Todos rieron.

Bob se sacudió los cartones de encima. Se desperezó, se levantó del

suelo e inició la serie de movimientos de calentamiento a los que estaba

acostumbrado. Como si estuviera a punto de empezar a correr por el

pasillo de saltos, mirando con fijeza el foso de arena, la tablilla de

talonamiento, concentrado para volar por el aire, los músculos en

tensión, su mente controlando cada porción de su cuerpo, los brazos

impulsando el cuerpo, el torso doblado hacia delante, en paralelo a las

piernas, estirándose contra la gravedad, contra el aire, hasta caer en la

arena sin que el cuerpo se inclinara hacia atrás para no perder valiosos

centímetros que le darían una medalla.

El viento y sus tripas rugen. Va a llover. Bob esconde los cartones detrás

de unos setos. A la noche volverá. Ahora lo importante es encontrar algo

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que llevarse a la boca. Camina hacia una de las calles que bordean el

parque. Empieza a llover, caen gotas que manchan el asfalto. Cruza la

calle y sigue hasta uno de los callejones. La parte trasera del restaurante

chino. Quizás hoy encuentre algo. Sale del callejón con los restos de una

carne que sabe a podrido. Le da igual. El hambre es el hambre. Cesan los

espasmos, cesan los quejidos de las tripas. Camina por la acera, sólo

pendiente de su comida.

Sin embargo, al pasar por la tienda de electrodomésticos, algo le hace

detenerse, un latigazo en el cuerpo. Gira la cabeza. Los televisores están

en marcha. Se acerca hasta el escaparate. Pega la cara contra él. Ya no

come. Sólo mira. Mira las escenas que están retransmitiendo. Hay un

hombre negro, como él, en el pasillo de saltos, la mirada perdida al

fondo, en el foso de arena donde va a dejar caer su cuerpo, una pierna

flexionada y ligeramente adelantada de la otra, el cuerpo que se

balancea hacia delante, luego ligeramente hacia atrás, concentración

precisa, movimientos medidos, autistas. De pronto, el negro pega un

respingo y empieza a correr. Las piernas forman un ángulo perfecto, va

ganando velocidad, se acerca a la tablilla de talonamiento. Bob le sigue

con la vista, pegada la cara ante el cristal, sintiendo en su cuerpo las

mismas sensaciones que el negro que está a punto de saltar. El saltador

llega a la tablilla, clava un pie y su cuerpo se eleva por el aire. Bob se

impulsa, le empuja con la mente. El saltador cae en la arena. Cae mal y

apoya una mano hacia atrás. El juez levanta la bandera. El salto es válido

pero la mano es lo que cuenta. Lo último que toca la arena, ya sea un

pie, la cabeza o un cabello. Bob no puede respirar. ¿Dónde está el

resultado? ¿Cuánto ha saltado? Infinitos segundos de incertidumbre.

Aparece un panel con el resultado: 8,70.

Bob respira tranquilo. No le ha vencido. Sigue su récord imbatido. Echa a

correr hacia la calzada, hacia el pasillo de saltos. La arena está allí, al

fondo, esperándole. El abrigo raído volando por el aire. Sigue corriendo.

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No ve el coche que viene de lejos, a gran velocidad. Solo siente el golpe.

Vuela por el aire y cae al suelo como un muñeco roto.

Un salto de once metros. Su mejor salto.

Del libro de relatos “Discordancias”, de Elena Casero.

Autora: Elena Casero (Valencia)

http://elenacasero.blogspot.com.es/

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Almanaque literario (Madrid, 1935)

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© Fuensanta Niñirola (Valencia)

Envío de colaboraciones: revistave@hotmail.com

Visita nuestro blog: http://valenciaescribe.blogspot.com.es/

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