Primeras páginas - Prisa Ediciones

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NANOLAND • HISTORIA PRIMERA

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María Fernanda Heredia

Nació en Quito en 1970. Es escritora, ilustradora y diseñadora

gráfica. Ha publicado más de 25 libros de cuentos

y novelas dirigidos a niños y jóvenes. Ha recibido

en cuatro ocasiones el Premio Nacional de literatura infantil

y juvenil, y en 2003 recibió el Premio Latinoamericano

de literatura infantil. Sus libros se distribuyen en

Latinoamérica, España, Brasil y Estados Unidos. Ha

publicado 15 libros con Alfaguara, varios de los cuales

han logrado posicionarse en los primeros lugares de

preferencia entre los lectores.

La autora

Algunos de esos títulos son:

• Por si no te lo he dicho

• Cupido es un murciélago

• Hola, Andrés, soy María otra vez

• Hay palabras que los peces no entienden

• El Club Limonada

• Patas arriba

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NANOLAND • HISTORIA PRIMERA

María Fernanda Heredia

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—Has robado mis palabras —le dijo el monstruo

con su voz espinosa—, has roto el único puente que

me unía a Lúa.

Respiró profundamente y le dio un golpe que lo

dejó sin sentido.

La botella rodó por el piso de piedra y dejó caer el

mensaje guardado. Allí se leía claramente:

La

luciérnaga

sabe

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De acuerdo, no esperaba

una fiesta sorpresa con

globos de colores y serpentinas

como bienvenida, ni

un comité de recepción en el que hubiera discursos

y fuegos artificiales; pero tampoco me imaginaba que

a los pocos minutos de llegar a Nanoland un bicho

gigante con ojos descomunales y antenas movedizas

me tragaría de un solo bocado.

No es la mejor forma de llegar a un lugar, ¿no?

Debe haber sido muy temprano, el sol apenas

comenzaba a salir y todo fue demasiado rápido.

Por eso no alcancé a entrar en pánico. Había salido

a dar un paseo para familiarizarme con el lugar y, de

pronto, escuché un raro zumbido. Cuando volteé

para mirar de dónde venía, ya era tarde: un cuerpo

enorme y brillante se abalanzó sobre mí y, a través

de un tubo largo y estrecho, que debía ser su

boca... me tragó.

Por suerte, aquel bicho no se tomó la molestia de

masticar y convertirme en una bola de saliva y pellejos;

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gracias a eso llegué intacto, aunque un poco incómodo,

a alguna parte de su abdomen.

Tres minutos en el mundo y ya me paseaba por

las tripas de un insecto... no se puede negar que soy

muy afortunado. Si en una feria alguien sorteara un

estornudo, ¡yo me lo ganaría!

Recuerdo que en ese momento pensé que si a algún

escritor le interesara la idea de escribir la historia

de mi vida, le bastaría una línea: «Apenas llegó, se lo

comieron». Y quizá a otro menos amable se le ocurriría

esto: «Tan pronto llegó se lo comieron, por bruto».

¡Muy bonita mi biografía!

Apretado, adentro de la polilla, quise diseñar algún

plan de escape. No sé por qué siempre he pensado

que soy bueno diseñando planes, las cosas jamás

resultan como las planifico, pero mi cabeza terca y

mi alma de explorador siguen pensando que soy un

experto estratega.

Una vez se me ocurrió la idea de eliminar las arañas

del planeta utilizando una sustancia gelatinosa

con sabor a chicle, que a las dos horas de haber sido

ingerida provocaría que los bichos se evaporaran.

Pero lo que en realidad conseguí fue que las arañas

se volvieran fanáticas de la gelatina, que se pusieran

grandes y gordas como sartugas, y lo único que se

evaporó fue mi entusiasmo.

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En otra ocasión diseñé un plan para sembrar árboles

de respuestas. La idea parecía genial, cualquiera

que tuviera una duda o una pregunta complicada

podría acercarse a uno de estos árboles y obtener la

respuesta necesaria. Supongo que tuve algún problema

con las semillas, porque lo único que conseguí

fue que los árboles respondieran puras babosadas. Si

les preguntaba: «¿Cuál es la distancia que nos separa

del sol?», me respondían groseramente, por ejemplo:

«¡A ti qué te importa! Anda y pregúntaselo al primer

tonto que veas en el espejo».

En fin, volviendo a lo de la polilla, me encontraba

intentando diseñar un plan para salir de ahí con vida

cuando, afortunadamente, mi suerte cambió. Algo extraño

estaba ocurriendo y el abdomen de la polilla

comenzó a contraerse en repetidas ocasiones hasta

que, en el quinto intento, me expulsó por su boca. Sí,

me vomitó.

—¡Qué porquería! —dijo la polilla muy molesta,

limpiándose la boca con sus patas espinosas—. ¡Sabes

horrible! Con razón me han recomendado que

me haga vegetariana.

—¡Estoy de acuerdo! —le respondí, mientras trataba

de limpiarme la sustancia asquerosa que me

envolvía—. Pudiste haberme matado. ¡Mira cómo me

has dejado! ¡Bicho torpe!

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Hay una ley natural que dice que no debes llamar

«torpe» a alguien que podría romperte los huesos,

arrancarte la cabeza con sus patas o tragarte de un

solo bocado. Pero yo a veces soy un poco despistado

con las leyes naturales.

Cuando pronuncié esa palabra, la polilla ya había

comenzado a emprender su partida, pero se dio vuelta,

movió rápidamente sus antenas y avanzó hacia mí

a toda velocidad.

—¡¿Qué has dicho?! —preguntó con una voz amenazadora

a dos centímetros de distancia de mi rostro.

Hasta podía sentir su aliento.

—Nada, eeh... nada, no he dicho nada, olvídalo

—respondí con la voz entrecortada.

Ella me devolvió un gesto de enojo gracias al cual

me di cuenta de que no descansaría hasta cumplir

con su objetivo.

—¡Repite lo que has dicho! —insistió.

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Me quedé en silencio, mirándola asustado, convencido

de que me tragaría otra vez, aunque mi sabor

le resultara asqueroso, y esta vez sí masticaría con

fuerza para asegurarse de convertirme en papilla.

—¡Repíteeeeeelooo! —gritó con fuerza, tanta que

hasta las hojas de los árboles se sacudieron.

—«Torpe», eso fue lo que dije, pero estoy arrepentido,

discúl...

Antes de que pudiese continuar con mis disculpas,

la polilla sonrió emocionada y dijo:

—Es una de las palabras más perfectas que jamás

he escuchado, «torpe, torpe, torpe»... ¿Podrías escribirla

para mí?

No lo podía creer. ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso

la polilla se estaba burlando de mí? ¡Yo acababa de

llamarla «torpe»! Y hasta los más torpes saben lo que

eso significa.

Ella tomó una semilla y la puso en mi mano; pude

darme cuenta de que desprendía un polvillo de color

rojizo en mis dedos.

—Escríbela en mis alas —pidió con voz amable, y

enseguida desplegó una de ellas, en la que pude descubrir

varias palabras entremezcladas escritas con

semillas de colores—. Las transporto, ¿sabes? Llevo

conmigo las palabras y frases que suenan de manera

especial —me confesó.

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Entre lo que pude leer claramente descubrí: «chusma»,

«catastrófico», «bruto», «¡que te calles!» y «ácaro».

Sin duda, la polilla tenía un gusto muy extraño.

Sin más alternativa, tomé la semilla y en uno de

los espacios que quedaban libres escribí con la letra

más clara que pude: TORPE.

—¡Gracias! —dijo ella conmovida, mientras miraba

los colores de sus alas.

La polilla era un grafiti ambulante, las palabras escritas

en su cuerpo se enredaban unas con otras dándole

un aspecto especial. Sus alas brillantes estaban

tatuadas con letras, líneas y colores sorprendentes.

Antes de que se fuera, sentí cierta incomodidad.

No sé por qué pero algo en mi cuerpo me decía que

le debía a esa polilla una palabra que sonara mejor.

—Conozco algunas palabras, no muchas, pero

estoy seguro de que son más bonitas que «torpe».

Si tú me dejas, yo podría borrarla y escribir en tus

alas una que te guste más —le dije con voz amable—.

«Margarita», por ejemplo.

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La polilla me miró sorprendida, ladeó su cabeza

como si yo acabara de decir alguna tontería y luego

me dijo:

—No entiendes nada, me llevo estas palabras porque

si las dejo aquí podrían crecer y convertirse en

monstruos horribles. Es peligroso dejar ciertas cosas

en los lugares incorrectos.

La polilla se elevó y desapareció velozmente.

Y yo permanecí durante algunos minutos pensando

en lo que acababa de escuchar. ¿Sería posible que

en ese sitio las palabras se convirtieran en monstruos?

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Cuando llegué al mundo,

desde el interior de la

tierra, fui expulsado dentro

de una gran burbuja.

El agujero de roca y polvo se abrió y permitió que

saliera despedido varios metros hacia arriba. Me

mantuve flotando durante algunos minutos mientras

el viento elegía el mejor lugar para mí. La primera

vista del mundo, desde la burbuja de paredes

translúcidas, era estupenda: árboles impresionantes,

leones con plumas brincando de rama en rama,

ríos impacientes corriendo apresurados para llegar

quién sabe a dónde.

Finalmente, la rama de una palmera de uñas largas

tocó la burbuja y ésta poco a poco comenzó a

descender, se asentó, adoptó la forma de mi hogar y

un aire suave y cálido entró por la ventana.

Aquel día, después del incidente con la polilla,

salí a dar un paseo. No quería distanciarme demasiado

para evitar el riesgo de olvidar el camino de regreso.

Soy muy bueno avanzando, pero soy malísimo

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para encontrar el camino de retorno. En un inicio no

iba tan tranquilo, debía estar alerta por si otro bicho

gigantesco se me acercaba con ganas de convertirme

en su cena. Vi algunas plantas, árboles altísimos

y rocas. Nada lucía amenazador, así es que caminé

cada vez con más calma. De vez en cuando, el suave

temblor de la tierra me hacía perder el equilibrio.

Al principio no entendía nada, iba tranquilamente

y, de pronto, ¡brrrum! sentía que temblaba el piso.

Aunque parezca extraño, más temprano que tarde

terminé acostumbrándome al sacudón, sin hacerme

demasiadas preguntas.

Luego de dar algunas vueltas, y como soy muy

poco original, se me ocurrió gritar:

—Hola, ¿hay alguien aquí?

Supuse entonces que cualquiera me escucharía

a lo lejos y quizá me respondería agitando su mano:

«Sí, aquí estoy, amigo, espérame, ahora mismo voy a

buscarte, no temas». Pero mis ideas a veces son un

poco más cursis de lo que yo quisiera.

Volví a preguntar:

—¿Hay alguien aquí? —Y lo único que obtuve fue

una respuesta muy poco amable:

—Qué va, aquí no hay nadie... sólo tú, ¡tonto!

La voz burlona y chillona provenía de una piedra, sí,

de una piedra relativamente pequeña e insignificante.

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—Epa, lo siento, ¡cuánta sensibilidad! —me apresuré

a responder—. No sabía que las piedras hablaran,

eso es todo.

—Pues ahora ya lo sabes, y la próxima vez ten

cuidado con lo que preguntas, podría escucharte una

piedra menos amable que yo y...

—¿Y qué? —pregunté dándomelas de valiente y le

zampé un puntapié suave, como para que ella recordara

que estaba hablando con alguien de mi tamaño.

La piedra rodó lentamente, luego se quedó en silencio

y entonces me dijo:

—¡No vuelvas a hacer eso! ¡Podría costarte muy

caro!

El tono desafiante que utilizó me hizo reír. ¿Cómo

se le ocurría tratar de asustarme cuando soy cien veces

más grande y fuerte que ella? Volví a darle un suave

puntapié y, mientras hacía un gesto atrevido, le dije:

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—¡Lo vuelvo a hacer y lo haré cuantas veces quiera!

¡No me gusta que me amenacen!

La pequeña piedra se quedó en silencio, como si

estuviera tomando aire para decirme algo, y entonces

gritó:

—¡Maúndaaaaa!

Yo no imaginaba lo que ese grito provocaría. Al

escucharla pronunciar esa palabra imaginé que quizá

ésa era su manera de expresar rabia o fastidio. Pensé

que tal vez Maúnda sería una palabrota de esas que

se dicen cuando uno está verdaderamente molesto,

o cuando te das un golpe sin querer en la cabeza:

«¡Maúnda, casi me rompo el coco!». O cuando, por

despistado, pisas alguna sustancia asquerosa en el

piso: «¡Maúnda! ¿Quién dejó esto en mitad del camino

y no lo limpió?».

Pero no, estaba totalmente equivocado. Maúnda

era algo muy diferente. Cuando la pequeña gritó ese

nombre, el piso tembló de una manera distinta a

la que hasta entonces yo consideraba normal y

una enorme piedra comenzó a emerger desde

el fondo del planeta. Era una montaña de

roca pura, gigante, que iba rompiendo

todo lo que encontraba

en su camino. Comencé

a correr con todas mis

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fuerzas mientras sentía que la superficie sobre la que

me encontraba se iba partiendo a cada paso. Esa

roca inmensa continuaba creciendo, me perseguía y

en cualquier momento podría atraparme. El ruido era

atronador, parecía que todas las piedras del mundo

se habían puesto en mi contra. ¡Quién me mandaba

a dármelas de machito frente a una pobre piedra que

tenía a la Mole como guardaespaldas!

Cuando al fin pensé que estaba logrando marcar

distancia con la gran roca, un asunto imprevisto

me obligó a detenerme: frente a mí apareció

un gigantesco lago imposible de traspasar. Y yo, que

sé que no soy bueno para diseñar planes, sé también

que soy muy malo para nadar. Volteé a mirar y vi detrás

de mí a la Mole persiguiéndome. En un microsegundo

pensé que esa vez sí había llegado mi final, no

tenía ningún plan disponible para salvar mi pellejo,

había vivido lo mismo que una mosca, aunque seguramente

me las había ingeniado para meterme en

más problemas.

La gran roca reventó el piso sobre el que yo

estaba parado, cerré los ojos, sentí que su fuerza

me impulsaba varios metros hacia arriba, caí dando

vueltas por la superficie y el último recuerdo que

guardo es una frase que me la dediqué a mí mismo:

«¡Qué animal!».

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La siguiente imagen es un poco borrosa, creo que

recuerdo mejor la sensación. La llamo «punzada» y la

palabra me gusta.

Sentí una punzada en el pecho, luego otra y otra

más.

No podía abrir los ojos. «Quiero dormir, quiero

dormir, quiero dormir», me decía cada parte de mi

adolorido cuerpo. Pero la punzada seguía incomodándome.

No tenía fuerzas.

Lo único que quería era olvidarme de todo y no despertar

jamás.

Pero, de pronto, me pareció escuchar voces:

—¿Lo crees?

—Sí, míralo, yo pienso que está calavera, mejor

nos vamos.

No tenía registrada la palabra «calavera» en mi

memoria. Traté de recordar sin mucha suerte, pero

«calavera» me sonaba a una flor exótica, a un problema

muscular en el trasero... o ¡a la muerte!

Abrí los ojos, moví ligeramente la cabeza y grité:

—¡No estoy calavera, estoy vivo!

Intenté incorporarme pero no me fue posible. Una

sustancia espesa de color amarillento envolvía mi

cuerpo y me mantenía inmovilizado.

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Dos seres me observaban desde arriba y, con

gesto de asco, me picaban con la rama puntiaguda

de un árbol como si yo fuera un bicho repugnante.

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