VE-03 JUNIO 2014

rafasastre

Cuentos, poesía, relatos, literatura, valencia

VALENCIA ESCRIBE

La revista

Número 3 – Junio 2014


© Eulalia Rubio

©de los textos: Asun Ferri, Jorge Martínez, Lu Hoyos, Aldana Giménez, Elena

Casero, Alejandro Ramos, María Olariaga, Alberto Casado, Noelia Baviera, Nicolás

Jarque, Lucho Bruce, Luis A. Molina, David Rubio, Germán Repetto, Eva C. Franco,

Concha García, Adrián García, Lucía Ouzumi, Rafa Sastre, Lidia Castro, Malén

Carrillo, Amparo Hoyos, Meryross, Marisol Santiso, Caridad Blázquez, Eric Grants,

Carmen Ferrer, Ricardo Mazzoccone, José Luis Sandin, Pilar Descalza

Fotografía de la portada: My love for books – Stephanie Wein

(http://500px.com/rabenkraehe)

Colaboradoras (fotografías e imágenes):

Eulalia Rubio (http://jardinesrioturia.blogspot.com.es/)

Fuensanta Niñirola (http://lamiradadeariodante.blogspot.com.es/ y

http://fninirola.blogspot.com.es/)

Diseño y edición: Rafa Sastre - Envío de colaboraciones: revistave@hotmail.com

Para ver y descargar esta revista en formato pdf (5.59 mb):

http://www.mediafire.com/view/3ej5g7c9tb5sqt9/VE-JUNIO.pdf


Índice

Regalos (Rafa Sastre) Pág. 1

La tormenta (Asun Ferri) Pág. 3

Mi querida hermana (Jorge Martínez) Pág. 5

Un plan de pensiones sorprendente (Lu Hoyos) Pág. 9

Voluntarios (Aldana Giménez) Pág. 13

Lo terrible de las mañanas (Elena Casero) Pág. 15

La pregunta (Alejandro Ramos) Pág. 17

Volver por primavera (María Olariaga) Pág. 19

El amor secreto de Francisco de Orellana (A. Casado) Pág. 23

Doce (Noelia Baviera) Pág. 27

Invitación a comer (Nicolás Jarque) Pág. 29

Arrecifes (Lucho Bruce) Pág. 31

La carta (Luis A. Molina) Pág. 33

El regalo (David Rubio) Pág. 35

Mi rubia (Germán Repetto) Pág. 39

Un encuentro fugaz (Eva Franco) Pág. 41

Adiós a lo auténtico (Concha García) Pág. 43

El alma escindida – Parte II (Adrián García) Pág. 45

Coraje y valentía (Lucía Ouzumi) Pág. 49

El tío Ceba (Rafa Sastre) Pág. 51

Amor de verano (Lidia Castro) Pág. 55

Sueño reparador (Malén Carrillo) Pág. 57

La modistilla (Amparo Hoyos) Pág. 59

La cita (Meryross) Pág. 63

El emigrante (Marisol Santiso) Pág. 65

Zeta (Caridad Blázquez) Pág. 69

¿Cómo estás hoy, princesa? (Eric Grants) Pág. 71

Esperándote (Carmen Ferrer) Pág. 75

Hombres sin rostro (Ricardo Mazzoccone) Pág. 77

El espejo electrónico (José Luis Sandin) Pág. 83

A tortas con la vida (Pilar Descalza) Pág. 85


El Asilo del Libro, Calle San Fernando (Valencia) - © Eulalia Rubio


Regalos

“El regalo más grande es dar una parte de ti mismo”, dicen que

dijo el filósofo y escritor Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Si es así,

estoy convencido de que tenía razón.

Cualquiera que quiera acercarse y leernos, podrá encontrar aquí 30

partes de otros tantos seres humanos dispersos por tres continentes, 30

grandes regalos -en forma de cuento o poesía- brotados directamente

de sus generosos corazones. Regalos sin marca, etiqueta, precinto,

garantía ni fecha de caducidad. Regalos irrepetibles, imposibles de

encontrar en ningún hipermercado o centro comercial. Regalos

sorprendentes que invitan a imaginar, transportarse, enardecer, reír,

reflexionar, amar, temer, estremecerse, llorar. Regalos que solo precisan

la energía de la mente para funcionar durante minutos, horas, días,

meses o años, tal vez durante vidas enteras… quién sabe. Regalos con

alma surgidos de la amistad, un valioso sentimiento que gracias a este

humilde medio sigue creciendo entre todos nosotros.

Disfrutad de estos obsequios y sed felices. Volvemos en Julio.

Rafa Sastre

1


Carl Shamburger on Allis-Chalmers Tractor – Robert Yarnall (1938)

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La tormenta

El frío se desvanecía, agotado por el vigoroso sol que relucía en lo

alto, parecía como si una gruesa cortina hubiera sido descorrida en el

firmamento, dejando filtrar de un día a otro, toda su energía. Los

campos habían reverdecido, las abejas laboraban impertinentes, las

mariposas trazaban piruetas, los pájaros afinaban sus trinos, las ranas

croaban intermitentes, pequeñas píldoras de colores salpicaban la tierra

seca y las hojas mustias se hundían entre nuevas marañas que brotaban

punzantes. Aquel hombre dejó sus guantes, se quitó la gorra empapada,

se secó el sudor con sus manos ásperas y miró alrededor. La sangre

sentía que le hervía, en su corazón se había instalado un potente

acelerador de partículas, caminaba receptivo, atento, los dientes

apretados, los puños cerrados, oteando alrededor hacia las sombras de

los árboles, donde estaban los compañeros.

Era la hora del almuerzo, estaban todos sentados, algunos en el

suelo, otros en los ribazos. En los campos lindantes los jornaleros

seguían trabajando, el ruido de las máquinas de faenar invadía las pocas

conversaciones, el estruendo de los tractores resonaba en su cráneo,

como en una caja acústica; su rostro congestionado, rojo, los ojos

entrecerrados, y la vena de su cuello, presagiaban la tormenta, el

estallido seco de la violencia. El otro jornalero permanecía impávido

mientras aquel se acercaba hacia él desafiante, paró en seco a su lado,

recriminándole una afrenta pasada; se veían sus bocas abrirse como en

una película muda, cuando… empezaron a empujarse, primero el que

permanecía de pie propinó un fuerte empellón en el pecho al otro,

luego, el que estaba sentado se levantó, incrédulo, y se irguió en actitud

de defensa, esgrimiendo el bocadillo como única arma; intercambiaron

más frases entrecortadas, lanzadas al aire entre una fina lluvia

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atomizada de saliva, les envolvía una capa transparente de energía

incombustible, ni buena ni mala, simplemente habían formado un halo

de rayos que estallaban, generados por la electricidad acumulada en las

nubes de tormenta, que se presiente, se huele, se espera y se desea que

explote en torrencial lluvia, con ímpetu ruidoso para dejar paso a la

calma, anhelando aspirar el olor a tierra mojada, pequeños instantes de

paz que nos hacen pensar que merece la pena estar aquí, aunque no

sepamos muy bien, para qué, ni por qué.

Se enzarzaron, en una desigual pelea, pues no había ánimo de ella

en aquel que no soltaba su almuerzo por nada del mundo; todo fue muy

rápido, los compañeros tardaron en reaccionar, sorprendidos,

aletargados por el calor, una mujer clamó a gritos, pidiendo que los

separaran, y a la vez, el remolino de sus cuerpos y sus brazos, trazaba

círculos concéntricos en el aire, estrellas radiantes y líneas discontinúas,

serpientes y lagartos con lenguas viperinas que salían por su boca.

Finalmente, los separaron, atónitos, sin saber muy bien qué había

pasado, ni qué lo había originado, formándose dos grupos, tan sólo por

la precaución de que no volvieran a tocarse, cada hombre dio su

explicación de lo ocurrido, alegando sus razones, volvieron poco a poco

al trabajo, deshaciéndose los corrillos y al final de la jornada, cada uno

en su casa se reía al contar lo acontecido, sobre todo recordando cómo

uno de ellos no soltaba el bocadillo. Aquella noche llovió con furia, había

llegado la primavera.

Autora: Asun Ferri (Valencia)

http://patadeelefanta.wordpress.com/

4


Mi querida hermana

© Fuensanta Niñirola

Querida hermana: te fuiste muy lejos con tu esposo, no te veo

desde hace muchos años. Yo me quedé en nuestra tierra, me casé y

tengo dos hijos, pero no dejo de extrañarte, por eso te escribo, dejando

a un lado la libreta de apuntes de mi actividad laboral, que, como sabes,

es muy ardua y demandante; tengo que trabajar mucho, pues necesito

un montón de dinero dado que no me deja en paz una horrible

depresión que me tiene postrado y una dolencia que no han descifrado

los médicos.

La noche ha puesto sus reales en nuestra ciudad, hermanita, y para

escribirte me he acercado mucho la vela, pues la oscuridad es profunda.

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Desde mi ventana veo la tormenta que estremece los árboles y los rayos

que chicotean en los techos; pero, espera, han tocado a la puerta.

Bueno, querida, ya se fue la visita, se trataba de un sujeto que me

pidió un extraño trabajo. No quiso pasar, se quedó parado en la puerta,

y desde allí me ordenó lo que ya te he contado, que tuve que aceptar a

pesar de mi enfermedad, pues me anticipó una buena cantidad de

dinero, que tanto necesito ahora para pagar mis deudas y para los

médicos que me atienden, que no son más que unos ignorantes; ni

siquiera escuchan lo que les digo, que mis males se deben a las pulgas y

a las chinches. Ellos insisten en que mis males se derivan de las

disfunciones de mis órganos internos. Pendejos, una y otra vez les digo

que desde que tú y yo éramos niños, de sol a sol, día con día, con

nuestro padre Leopoldo viajábamos a las principales ciudades de

Europa. Que en las noches nos quedábamos en los mesones,

¿recuerdas? Esos grandes corrales con pequeños e incómodos cuartitos

alrededor, llenos de paja para darles de comer a las bestias. No se me

olvida cómo te quejabas, o nos quejábamos, y las incomodidades que

sufríamos recostados en aquellos montones de paja, hechos bolita y

tiritando de frío; las pulgas y las chinches se daban gusto chupándonos la

sangre.

mía.

En mis largas noches de insomnio evoco aquellos viajes, querida

Cuanto antes tengo que empezar lo que me encargó el extraño

individuo… ¡Qué inoportuno trabajo! Estoy enfermo y casi con un pie en

un pozo del panteón, según me aseguran estos matasanos que se hacen

llamar profesionistas de la medicina, ¿qué inspiración puede llegar a mi

pluma para emprender la tarea que me han encomendado y pagado?

Pero, espera… hago una pausa en la carta; escucho unos pasos en la

escalera, te seguiré escribiendo después de que se larguen los

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desgraciados que seguramente vienen a sangrarme, como lo hacen

desde hace meses. Lo que logran es debilitarme. No me dejan fuerzas ni

para doblar las rodillas y ponerme a escribir cómodamente.

Por fortuna ya se fueron los galenos, y puedo seguir con tu cartita,

contándote que ya terminé la primera parte del encargo.

Pero, espera, ahí está nuevamente el extraño sujeto que me pagó

por anticipado el trabajo.

Sigo escribiéndote porque ya lo atendí y se largó. Te diré que me

cayó mal, pues me ordenó que me apresurara.

-Es que estoy enfermo

-Por eso mismo se necesita que usted se ponga a trabajar más

deprisa.

-No tengo fuerzas ni para tomar la pluma…

-¿Qué le falta?

-No he retocado la segunda parte. No he pulido el estilo, esto

necesita tiempo.

-Entrégueme lo que ha escrito… Con esas pachorras que se carga

usted no terminaría ni en un año y el tiempo apremia.

-Está bien

El viento ha entrado a mi cuarto y debo hacer gran esfuerzo para

cerrar la ventana. No puedo seguirte escribiendo porque tengo que

aprovechar este momento en el que no me cuidan para ir a ver a mi niño

que no deja de llorar pues también está enfermo también, y aunque me

es difícil pararme, usaré las manos y los codos para arrastrarme hasta

llegar a su cuarto; debe de sufrir intensamente y ha de estar asustado.

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Atentamente y con inmenso cariño, tu hermano que no te olvida,

mi amada Anna Walbua Ignatia, o como me gustaba decirte: mi querida

Nannerl.

Posdata: Espero que a pesar de la distancia, te acuerdes de tu

carnal, Joannes Crhistostomos Wolfgang Gottlich Mozart, o más corto,

como ahora me llaman: Wolfgang Amadeus Mozart.

Aprovecho que el viento no ha apagado la vela para informarte que

escucho los pasos de mi esposa Constanze, que sube la escalera

acompañada con los médicos; desgraciados, dicen que vienen a

curarme, y lo único que hacen es desangrarme, matándome lentamente,

y hoy, seguramente logran su objetivo cuando me saquen la última gota.

Se dicen doctores en medicina, afirman que su método es excelente

para curar a la gente, pero ni siquiera lavan las herramientas con las que

me atormentan.

Sé que no quedaré vivo después de que hoy se hayan ido. Por

fortuna en la misa de Réquiem que le entregué al sujeto dejé trunca la

“Lacrimosa”, y así será imposible que la orquesta sinfónica de mi querida

Viena pueda ensayarla, siempre y cuando Xaver Süssmayr, mi alumno

más aventajado, no se le ocurra terminar lo que he dejado inconcluso;

porque si lo hace, la estrenarán en la misa de cuerpo presente que

seguramente van a celebrarme antes de llevarme a enterrar en la fosa

común del panteón.

Autor: Jorge Martínez (Sahuayo de Morelos, México)

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Un plan de pensiones sorprendente

© Fuensanta Niñirola

Agustín Santacruz me sorprendió hondamente días después del

entierro de la que durante treinta y cinco años fue su mujer. Se llamaba

Crescencia González y era una mujer de fuerte carácter, ni guapa ni fea,

ni alta ni baja, lo que más llamaba la atención en ella era su mirada. Su

mirada era recelosa y penetrante, te sentías como pillado en falta

cuando te atravesaba con sus grandes ojos oscuros de color incierto o

quizá la incertidumbre venía de la dificultad por mi parte de sostener su

mirada inquisitiva. Aunque ciertamente fueron contadas las ocasiones

en que la vi.

Agustín fue durante toda su vida de casado, más unos cinco años

de noviazgo, representante de productos de hostelería. Su tenacidad y

buen hacer le había hecho ir, poco a poco, aumentando el número de

clientes, de manera que se sacaba un buen sueldo todos los meses.

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Nuestra amistad se fue fraguando con el tiempo en los ratos que

compartíamos entre visita y visita comercial.

Me lo encontré por la calle, como decía, unos días después del

sepelio. Volví a darle mi más sincero pésame, a lo que él respondió con

unos ojillos alegres dejándome un tanto perplejo. Le invité a tomar un

café, sentí la necesidad de hallar una explicación a esa mirada suya,

aunque él era un hombre de gran sentido del humor, siempre al tanto

de los últimos chistes dispuesto a alegrarte el día, pero en esta ocasión

me sorprendió su actitud.

Una vez sentados a la mesa del casino y con una taza humeante en

nuestras manos empezó su relato:

-¡Maldita hija de la gran puta! –me dijo- aunque su madre fuera

una santa. ¿Sabes lo que me ha hecho?

-No, si no me lo cuentas –le conteste sin disimular mi gran

curiosidad.

-Tú sabes que mi mujer era rica.

-Sí, sabía que había heredado varias propiedades de sus padres –le

contesté.

-Pues todo el tiempo que estuvimos casados me hacía entregarle

todo el sueldo y ella me daba una pequeña cantidad a la semana para

mis gastos, siempre he ido con estrecheces, mirando cada peseta, cada

euro. Si te digo la verdad, sentí una gran liberación con esta muerte suya

tan repentina, me ahogaba la vida con ella, así que no voy a hacer el

papel de viudo compungido.

-Es comprensible –afirmé- solo se habla de viudas alegres muy

injustamente pero hay mujeres que deben dejar un buen descanso

cuando se van.

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-Cierto, este es mi caso pero hay algo más.

-Soy todo oídos –dije impacientándome.

-Verás, a los pocos días de su muerte, decidí hacer limpieza en mi

casa y dar a la parroquia todas sus pertenencias. Me agencié unas

grandes cajas de cartón y procedí a empacarlo todo. Y ¿a que no sabes lo

que me encontré?

-No, desde luego, si no me lo dices.

-En un cajón de su armario cerrado con llave, no te lo vas a creer.

-Dímelo y te diré si me lo creo o no.

-¡Qué fuerte tío! Me encontré 420 sobres, todos los salarios de mi

vida de casado en sobres cerrados e intactos. Todo el dinero que había

ganado en mi vida con ella. No daba crédito a lo que estaba viendo.

-¡Joder, tío! No sé si compadecerte o alegrarme por ti.

-Alégrate, alégrate porque lo peor ya ha pasado y ahora me

encuentro todavía joven y con una pequeña fortuna a mi disposición

además de su herencia. Soy rico y voy a disfrutar de la vida por todos los

años de miseria que he vivido con ella.

Me dejó asombrado el bueno de Agustín con semejante historia.

Vivir para ver, me dije. Nos despedimos con un abrazo y seguí viéndolo

cada vez más feliz y rejuvenecido. Volvió a encontrar el amor en una

mujer madura y llena de dulzura y ahora, ya jubilado, creo que anda

recorriendo el mundo con ella.

Autora: Lu Hoyos (Valencia)

http://inventariodelucrecia.blogspot.com.es/

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Shadow walk – Kiberu (http://500px.com/kiberu)

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Voluntarios

Mira cómo pasa el tiempo,

destiñendo los lamentos,

que decidimos olvidar,

para bien o para mal.

Mira cómo hemos crecido,

ya no usamos adhesivos,

las lastimaduras de hoy,

están en nuestro corazón.

¿Viste cómo somos valientes?

cumplimos metas a contracorriente,

vamos perdiendo ingenuidad,

sabiendo toda la verdad.

Mira cómo cambia el cielo,

mientras vamos aprendiendo,

que damos giros inesperados,

por pensamientos involuntarios.

¡Mira cómo hemos cambiado!

a pesar de que juramos no alterarnos,

aquí estamos, andando el camino,

aunque a veces nos sentimos perdidos.

Autora: Aldana Giménez (Mendoza, Argentina)

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Óleo de Evelyn Carell (http://evelyncarell.artelista.com/)

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Lo terrible de las mañanas

Cada mañana cuando me miro al espejo, antes de ponerme las

gafas de lentes progresivos me veo como siempre, con cara de sueño y

lleno de bostezos. Soy la misma persona que cada día se cepilla los

dientes, se afeita y últimamente se unta la cara con crema anti arrugas,

anti choque, anti estrés y anti bolsas. Todo por hacerle caso a mi mujer.

Soy el mismo que hace filigranas con el pelo, con las entradas que

se nos hacen a los hombres y que parecen moscódromos, eso dicen mis

hijos. Sí, en efecto soy el mismo de todas las mañanas, el que estoy

acostumbrado a ver y a quién nada pregunto para evitarme el

desconcierto. Y sin decirle nada al que me mira desde el otro lado del

espejo, salgo del cuarto de baño. Pero cuando después de desayunar

entro al baño con las gafas puestas ¿qué me encuentro? Pues veo otra

persona, seguramente la que realmente soy. Veo un rostro con las

arrugas del escepticismo endurecidas bajo los ojos, el repliegue de la ira

cotidiana sobre las cejas y los frunces de la piel bordeando la boca y el

labio inferior con la amenaza de la desgana de callar tantas y tantas

palabras a lo largo del día. Y siempre llego a la conclusión de que la

persona que después de desayunar entra al baño y se mira al espejo es

el otro que llevo dentro y que no quiero ver. Antes salía cabreado

conmigo mismo preguntándome quién era en realidad, si el de delante o

el de detrás del espejo. Sin embargo, después de meditarlo, llegué a la

conclusión de que esta actitud no servía de nada. Así pues, hace unos

meses hice un pacto con el otro y antes de marchar al trabajo nos

saludamos, nos damos la mano, sonreímos con incierta confianza y hasta

el día siguiente. La felicidad no es tan difícil de conseguir, ¿o sí?

Autora: Elena Casero (Valencia)

http://elenacasero.blogspot.com.es/

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© Eulalia Rubio

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La pregunta

-¿Qué harías? -Me dijo desafiante.

-Le diría que me encantas –Respondí.

Por mi mente pasaban más de mil cosas, mi cerebro se aceleró y

dejó de pensar en todo, no sentí mi respiración, ni el frío que se

derramaba sobre mi espalda como balde de agua, tampoco sentí la

noche que nos cobijaba, ni a las personas que nos rodeaban, las luces se

extinguieron y comencé a ver en mi interior todo lo que ella me

provocaba.

En un acto de reacción, clavé la mirada en ella, lo que se me ocurría

era atreverme a besarla frente a su padre cuando tuviera oportunidad y

ver lo que en realidad pasaría, decirle lo que me dictaban las imágenes

de alegría que mi cerebro acomodaba. Cosa que le dije cortamente

cuando respondí, en realidad ella me encanta, pero eso no termina ahí,

me gusta el juego de complicidad que tenemos frente a los demás, me

gusta su risa, la forma en la que cierra los ojos al escuchar Don’t cry

sintiendo la música, su forma risueña de ver todo cuando está feliz.

Pero no sólo eso, me gusta incluso lo que ella desaprueba de sí

misma, sus cortos pies que me parecen tan tiernos, su falta de tiempo

para hacer todo lo que desea, la forma en la que la gente piensa

erróneamente de ella, me gusta que desapruebe la responsabilidad que

cae en sus hombros, y más que nada eso me gusta porque me dice que

es auténtica, real y no busca ser perfecta, es ella misma.

Me encanta cómo vuelve día mis noches, me gusta cómo -al igual

que el café- me mantiene despierto a pesar del cansancio, cómo acalora

mi frialdad y derrama ideas en mi cerebro, incluso sin saberlo. Me

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embriaga hasta sentir mariposas en la cabeza, alguna que otra vez,

dependiendo del beso me hace sentir abejas asesinas.

Después de todo lo que cavilé en ese instante me decidí que decirle

a su padre: Señor su hija me encanta, me gusta tanto que yo, sujeto que

no sabía de palabras, me he adentrado en el mar inmenso de sus ojos,

me dediqué a sacar por la boca algunas prosas, en un ahogo de razón.

Desde que la conozco, sufro de una metamorfosis, me estoy

convirtiendo en poeta, y no soy el único que la sufro, pues ella se ha

convertido en mi poesía.

Autor: Manuel Alejandro Ramos Ayala (Naica, México)

http://chatomusik.blogspot.mx

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Volver en primavera

“…como las hojas, que se mueren en otoño y regresan sin memoria…”

Best buds - Krista Pegg (http://500px.com/kpeggphotography)

Cuando la vi, me quedé sorprendido y dudé que fuera ella. Hacía

muchos años que no la veía y la imagen que yo retenía distaba mucho de

la que tenía ahora frente a mí, no la conocía con esa juventud radiante y

arrolladora. Pero sin duda era ella. La observaba cada día y pude

descubrir su sonrisa, sus gestos y algunas mañas que tuvo desde

siempre, como la de acomodarse el aro en la oreja constantemente.

Cada vez que la tenía enfrente me preguntaba si podía ser verdad, y

como dándole esperanzas a mi corazón atormentado, me decía que sí.

Nunca pensé que esto pasara, si alguien lo hubiera contado me

habría reído, por eso no se lo dije a nadie. Con que yo supiera quién era,

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astaba. Fue tan terrible cuando la perdí, que no podía creer que ahora

estuviera tan cerca de mí. Jamás me recuperé realmente, creo que nadie

en esta situación lo logra. Aunque tenía mis dudas, no creía que esto

pudiera suceder. Hay muchos que sí lo creen, es más, lo pregonan y lo

enseñan. Yo prefiero no decir nada para que no me llamen loco, con

disfrutar su presencia me basta.

Pero ahora me tengo que ir. Hace poco más de un mes me llegó la

notificación de mi jubilación. Y aquí todo se acaba. Voy a disfrutar de los

últimos años de mi vida, quién sabe si yo volveré en primavera. Me voy a

ocupar de dejar señales para mi vuelta, marcas imborrables, como el

amor, para que le dé una pista a mi regreso. Tal vez pueda volver pronto,

o quizás lo haga en un lugar distante, tanto que las marcas que haya

dejado no sirvan para nada, tal vez me quede suspendido en el tiempo y

mi primavera florezca demasiado tarde.

Recuerdo que cuando se fue me preguntaba si esta situación podía

darse, si sería factible que estuviera en algún lugar, ya sea cerca o

distante y le aseguré que si lo supiera la buscaría hasta donde fuera

necesario, pero ¿cómo saberlo? La muerte es siempre un gran misterio.

¡Qué hermoso sería que volviera a la familia de alguna forma! Tan

sólo para tenerla cerca, aunque no le confesara la verdad, lo que había

descubierto, sería bueno que estuviese otra vez entre nosotros. Pero es

inútil, las hojas en primavera regresan sin memoria.

Me miraba con curiosidad porque sabía que yo la estudiaba y logré

que nuestra fría relación de trabajo fuera más amena y afectiva, pero

ella no recordaba y yo no me atrevía a decirle lo que creía, me hubiera

tildado de loco.

Recogí mis cosas de a poco, fui llevándolas a casa día a día y hasta

creo que se consternó con esta inminente partida.

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Hoy es el último día, tengo en el pecho un nudo muy grande que

me ahoga; otra vez separarnos, ahora que la recuperé debo

abandonarla, a mí me bastaba con verla, tanto la había amado, tanto

sufrí cuando la perdí que no podía resignarme.

Me dirigí hacia ella y le tendí la mano, que tomó levantándose de

la silla, la puse frente a mí, le tomé el rostro con las manos y la besé en

la frente con ternura.

—Te amo, —le susurré— toda la vida te voy a amar…— y la dejé.

Definitivamente. No le dije “mamá “, porque no lo hubiera entendido.

María Olariaga (Río Cuarto, Argentina)

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Wild – Danny Goiri - http://500px.com/dannygoiri

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El amor secreto de Francisco de Orellana

Pariente de Francisco Pizarro y, al igual que este, natural de Trujillo,

Francisco de Orellana fue quien descubrió para occidente el río más

caudaloso de la Tierra, llamado Amazonas, en honor a las legendarias

guerreras.

Un 24 de junio, día de San Juan, Orellana y los suyos fueron atacados

por un grupo de amerindios encabezado por las míticas amazonas. Los

españoles quedaron paralizados ante la belleza de aquellas altas y

espigadas mujeres que disparaban sus arcos con destreza. Vestían una

túnica corta que dejaba uno de sus pechos al descubierto, al objeto de

facilitar el manejo del arma, y llevaban a la espalda una especie de carcaj

donde guardaban las flechas.

Ante la manifiesta superioridad de los indígenas, Francisco de

Orellana hubo de rendirse, no sin antes haber presentado dura batalla,

en la cual perdió a la mitad de sus hombres. Los sobrevivientes fueron

maniatados y conducidos al reino de las amazonas, cuya reina, Conori,

poseía una belleza cautivadora; tanto así, que el descubridor español se

quedó mudo y paralizado al verla por primera vez. De metro ochenta de

estatura, la mujer le sacaba una cabeza al aguerrido trujillano y, al

parecer, carecía del pudor de que hacían gala las mujeres europeas,

porque se presentó desnuda de cintura para arriba.

A los barbudos colonizadores se les salían los ojos de sus órbitas al ver

la perfección del cuerpo femenino, secundado perfectamente por los de

las súbditas guerreras. El entorno era idílico, con casas de madera sobre

las ramas de frondosos árboles y adornos de oro y piedras preciosas por

doquier; era como si para los habitantes de aquel lugar aquella riqueza

fuera algo usual. Y al parecer así era, puesto que en seguida se

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percataron de que las joyas que adornaban las orejas y cuellos de las

amazonas estaban elaboradas con metales preciosos y estaban

decoradas con espléndidas gemas.

Más adelante supieron que la reina gobernaba con mano dura y que

en aquel lugar perdido de la selva peruana no existía la democracia.

Conori imponía su autoridad de forma absoluta y totalitaria, es más, el

régimen instaurado era un claro matriarcado, donde los hombres eran

meros sirvientes al servicio de las mujeres. Conori era soltera, y según

puso de manifiesto en más de una ocasión, no necesitaba hombre

alguno a su lado para gobernar a su pueblo. Las amazonas no tenían

relaciones íntimas con los amerindios ni con los varones de otras tribus,

eran de su preferencia los extranjeros, a quienes con frecuencia

secuestraban.

Los historiadores no se han hecho eco del romance vivido entre

Conori y Francisco de Orellana, pero lo cierto es que surgió el amor a

primera vista. Y no solo eso, sino que a partir del fortuito encuentro

entre las amazonas y los soldados españoles se formaron varias parejas.

El conquistador español se caracterizaba por la facilidad para los

idiomas. Hablaba algunas de las lenguas nativas de la América

colonizada y su talante conciliador lo hacían, a diferencia de los rudos e

incultos Almagro y Pizarro, querido por los dominados. Tardó poco en

aprender el dialecto hablado por las mujeres selváticas y los amerindios

que las acompañaban, lo cual le permitió un rápido conocimiento de sus

costumbres e inquietudes.

Pasó largas jornadas en compañía de la reina, de quien quedó

profundamente enamorado. Conori se valió de sus mejores armas:

carácter desinhibido, poder de seducción y cierta picardía, para atrapar

en sus redes al descubridor. Cosa parecida ocurrió con los hombres al

mando de Orellana, quienes acabaron idiotizados por la belleza y

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artimañas de las amazonas. Pero ese amor espontáneo en realidad no

era tal, sino que las mujeres utilizaban a los hombres para satisfacer sus

necesidades y, si así lo decidían, procrear en aras al mantenimiento de la

raza. Los hijos varones eran asesinados o convertidos en sirvientes, en

tanto que las hembras eran educadas como guerreras.

Los españoles se enteraron del interés desmesurado de las amazonas

por ellos demasiado tarde, puesto que fueron muriendo

progresivamente. Ellas, que eran muy hábiles a la hora de fingir, se

inventaban mil y una excusas para justificar las muertes de los soldados:

el ataque de un jaguar, la picadura de una serpiente, ahogamiento en la

corriente traicionera del río, envenenamiento por comer frutas tóxicas…

La mayoría de las veces las mujeres provocaban el encuentro del

europeo con la fiera o serpiente en cuestión, lo inducían a que tomase

un baño en el río mientras ellas se desnudaban en la orilla o le incitaban

a probar frutas tóxicas para los europeos.

Francisco de Orellana, ciego por el amor que sentía por la reina, no se

enteró del fallecimiento de sus hombres, uno tras otro, hasta que ya

estaban enterrados. Por supuesto Conari lo sedujo de tal manera que

estuviese ocupado con ella y no se preocupase de los demás. Cuando el

conquistador supo del engaño ―por mediación de unos de los

amerindios con quien había trabado buena amistad―, ya era demasiado

tarde para hacer algo por sus subordinados, mas aún estaba a tiempo de

salvar su propia vida.

La mayoría de los historiadores dicen que Orellana murió de

enfermedad en la selva; otros aluden a que consiguió embarcar y

recorrió el Amazonas hasta su desembocadura, continuando

posteriormente su labor descubridora; mientras que unos pocos cuentan

que, tras huir de las garras de Conari, se escondió en la selva durante un

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tiempo hasta que vio pasar un grupo de nativos y se unió a ellos, quienes

lo condujeron a un lugar más seguro.

Algunos mencionan que fruto de la relación habida entre Conari y el

conquistador español nació una niña, la cual se convirtió años más tarde

en la reina de todas las amazonas. Si es cierto o no, nunca lo sabremos,

pero lo que sí es real es el paso de aquellos hombres por esas tierras

consideradas salvajes, puesto que años más tarde comenzaron a arribar

los misioneros para evangelizar a los pueblos aborígenes a quienes,

mediante la fuerza de las armas y de la cruz, se impuso una religión y

unas costumbres que no eran las suyas. Los misioneros no mencionan la

presencia de las mujeres guerreras, quienes posiblemente abandonaron

su reino y se refugiaron en tierras brasileñas; aunque la llegada de los

portugueses produjo, casi seguro, su extinción definitiva.

Es el lector quien libremente ha de decidir si Conari y sus amazonas

son una leyenda o si existieron realmente. Sea como fuere, aún no sé de

dónde sacó mi pariente del siglo XVI un extraño arco que fue pasando de

generación a generación. Ahora lo tengo yo, flexible como recién

fabricado y rodeado por un indudable halo de misterio.

Autor: Alberto Casado Alonso (Trujillo, Perú)

26


Doce

Estudia el firmamento por si acaso en él encuentra las pistas que

necesita. Las evidencias son escasas y bajo la única y tenue luz de la luna,

se siente insignificante e idiota. El inspector Manzano le llamará en tres

horas. Apura su cigarro, pese que aún le queda todo el paquete por

fumar. Bebe un sorbo de su whisky, aunque los dos hielos ya han

desaparecido. Las oscuras ojeras decoran un rostro amargado y su cara

define la desesperación mejor que el diccionario de la R.A.E.

Necesita resolver los doce casos abiertos que tiene sobre su mesa

de despacho, doce asesinatos, que paradójicamente le están matando.

Autora: Noelia Baviera (Valencia)

50’s Man Window – Marsrox (http://500px.com/marsrox)

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© Fuensanta Niñirola

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Invitación a comer

Un contacto de una conocida del pueblo las unió en una

publicación de Internet. Dos comentarios después, Sara y Vanesa eran

amigas del Facebook. Durante seis semanas compartieron fotos, vídeos,

poesías, experiencias, secretos… Hasta que un fin de semana se les

presentó la ocasión de encontrarse cara a cara. Fue en el piso de soltera

de Vanesa a la que Sara acudió mintiendo a su marido por esa desgana

de descubrir su intimidad. La primera impresión fue mágica. El azul de

los ojos de Vanesa se clavaron en la sonrisa de Sara, las palabras del

abecedario común aparecieron y la química hizo el resto. Sentadas en el

sofá, recordaron sus conversaciones interminables, las madrugadas sin

sueño, sus confidencias… y, a los pocos minutos, sus bocas ya no

hablaban sino que saboreaban besos en la cama. Desnudas de

vergüenza, ambas confesaron que era su primera vez, pero también que

habían fantaseado nueve mil veces con experimentarlo. Sara entonces

se dejó lamer sus orejas, sus labios, sus pezones… y en ese último puerto

no permitió zarpar a esa lengua húmeda hasta que la excitación los

endureció hasta doler. Después la humedad siguió recorriendo cada

milímetro de Sara, cada rincón hasta perder el sentido cuando los dedos

de Vanesa se introdujeron en su manantial de pasión y con maestría la

condujo a placeres desconocidos. Recobrando el conocimiento, Sara se

sorprendió al encontrarse atada de manos y pies, y con una mordaza en

su boca. Quiso gritar, desatarse, volar, desaparecer… pero Vanesa ya

lucía el traje de vampiresa y sus ojos azules se habían posado con ansia

sobre su yugular.

Autor: Nicolás Jarque (Albuixech, Valencia)

http://escribenicolasjarque.blogspot.com/

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Untitled – Dwinhoffi (http://500px.com/dwinhoffi)

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Arrecifes

Arrecifes, acantilados severos,

ramalazos de borrascas y de sales,

cielos moteados, atigrados,

en furiosos tonos de sepia.

¿Dónde quedan los puertos y los faros...?

que te guíen con sus brazos de luces giratorias,

que te marquen los bordes de las olas,

que te lleven por fin a tierra firme;

Al borde de taludes conocidos, amables, angelados...

las sirenas ya no cantan sobre los pútridos navíos,

que sostienen las almas de los olvidados,

que los mecen, los sacuden, los espantan;

Las olas implacables del turbión,

los vientos acerados del olvido, que,

montados sobre corceles de tormenta,

se relamen arrancándole gemidos.

La costa se divisa tan lejana,

los faros se recuestan apagados,

el sol se esconde tímido entre cirros,

la nave va llevando condenados,

zamarreados por pérfidos esbirros,

que descreen de los Dioses, del Destino,

que no saben que en la manga de algún puerto,

seguro y por justicia, serán... si quieren los demonios,

ser juzgados por ángeles caídos...

Autor: Lucho Bruce (Mar del Plata – Argentina)

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© Eulalia Rubio

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La carta

Tras la ventana, a lo lejos, el movimiento de las olas lo transportan,

la suave melodía de un piano hace el resto. Hugo observa el mar a través

del cristal. Sobre la mesa, una copa casi vacía y una carta que acaba de

leer. Esta le trajo recuerdos, aquella mirada que siempre lo sometía, ella

y su espíritu indomable. Nunca pudo sustraerse al hechizo de esos ojos

penetrantes, que lo obligaban a bajar la mirada.

Un día decidió decir “no”, fue lapidario, ella no lo podía creer, al

rebelarse todo cambió. Ya no lo podía dominar, el fuego de su mirada la

desarmó, se sintió desvalida, él ya no era un juguete para sus caprichos,

tenía vida y decisiones propias

En cada párrafo de esa carta notaba que ella trataba de intimidarlo

con su soberbia, para ello se valía de su seducción, le recordaba

momentos en que él íntimamente se postraba a sus pies, aceptaba que

ella era “la reina” y el su más diligente esclavo.

¿Cuánto tiempo vivió así? Ahora lo piensa y no lo puede creer, el

piano ha cesado, en su lugar un saxo lo envuelve en una letanía. Añora

su juventud, cuando era libre sin ataduras, deambulando por la vida sin

rumbo ni prisa.

Hasta el día en que la conoció, ella tenía un raro encanto, y mucha

más experiencia, no tardó en dominarlo, le llevaba algunos años, pero

eso a él no le importaba, bebía de su mano cual cachorro fiel. A causa de

esa relación, fue perdiendo amigos que no la soportaban, ella no los

compartía y evitaba que él lo hiciera. Así se fue quedando sólo.

Volvió a releer la carta mientras se servía otra copa, aquel vino

regalo de un compañero de la facultad, tenía un bouquet que le

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encantaba, dado que el proceso de maduración en la cuba de roble

había sido largo; admiraba su color mientras mecía suavemente la copa,

además lo paladeaba con unción.

Entre líneas pudo advertir que ella se sentía sola, aunque no lo

reconociera, a pesar de los reproches había un dejo de tristeza en sus

palabras. Todavía habitaba aquella casona frente al Mediterráneo,

donde la suave brisa los encontraba abrazados en las tardes de verano.

Caminar por la playa era su mayor deleite, por eso al volver se instaló en

una pequeña casa frente al mar, desde donde el amanecer lo despertaba

con sus primeros rayos de sol.

Dejó la carta sobre la mesa, acabó su copa y se recostó sobre la

pana atigrada de su sillón favorito entrecerrando los ojos. Así estuvo un

tiempo prolongado, la música había cesado, voces del exterior lo

distrajeron, volvió a mirar a través del ventanal. El mar estaba calmo, el

rojo crepuscular teñía las aguas.

Se levantó del sillón y giró su cabeza hacia el espejo de la sala,

observó su mirada y apreció la firmeza de la misma, ya nadie lo

dominaría, el nunca más lo permitiría.

Autor: Luis Alberto Molina (Rosario, Argentina)

http://www.luismolin.blogspot.com.es/

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El regalo

© Fuensanta Niñirola

Termino de apañar las flores del centro de mesa y doy un paso atrás

para contemplar la decoración. Estoy satisfecho. El mantel, en perfecta

combinación con las velas y los pétalos de rosa; los cubiertos de plata, bien

alineados junto a los platos de porcelana y las copas. Todo está en su sitio.

Sin duda, ella se sorprenderá al ver hasta qué punto he cambiado.

Miro el reloj de pared. Ya debe haber recibido mi regalo.

Y pronto volverá a cenar en casa, otra vez.

Me dirijo a la cocina. Compruebo que el secreto ibérico ya está en su

punto y apago el horno. De primero, cenaremos mousse de foie y una

ensalada de vieiras con frutas. Pero antes de sentarnos a la mesa,

brindaremos con champán y fresas rellenas de gelatina de menta. Será mi

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manera de decirle que estoy dispuesto a darle, a partir de ahora, todos los

matices con los que ella quiere pintar su vida.

No, no puedo recriminarle que me dejara. Me lo merecía. Permití

que la rutina y la apatía apagaran nuestro amor. Poco a poco, me convertí

en un mero compañero de sofá. Ella me lo había avisado desde hacía

tiempo, con sus enfados y reprimendas, con esas discusiones en las que yo

agachaba la cabeza y callaba. Tuvo que pedirme el divorcio para que me

diera cuenta de que no eran numeritos de una histérica, si no lamentos de

desamor.

Me pongo el delantal y comienzo a quitar el corazón de las fresas

para rellenarlas con la gelatina. Después las caramelizaré con azúcar

moreno.

Lo último que me dijo, con esa forma de hablar tan literaria y tan

suya, fue: “Eres un hombre de sustantivos y yo quiero adjetivos en mi

vida”. Y ella los buscó en los brazos de otro hombre. Jamás me lo contó.

Tuve que enterarme de mala manera hace apenas una semana, pero ni

eso puedo recriminarle. Tendría que haberlo sospechado desde que sus

reproches dieron paso a silencios condescendientes. Más o menos, cuando

volvió a fumar. Al principio, eran un par de cigarrillos diarios a escondidas.

Pero los últimos meses, hasta su mismo perfume olía a nicotina. Sé que

debí preguntarle: “¿por qué has vuelto a fumar?” Pero nunca me atreví.

Temía más el circo que pudiera montar, que saber de su inquietud o

ansiedad.

Termino de preparar las fresas y dejo el mandil sobre el espaldar de

una silla. No puedo negar que, cuando me enteré de que tenía un amante,

me dolió. Me dolió hasta darme cuenta de que no podía vivir sin ella.

Pero todo eso ya es pasado. Junto con el regalo que le he enviado

hoy, iba una carta de amor. Al leerla, habrá comprobado cuanto deseo

comenzar de nuevo, desde esta misma noche.

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Salgo al comedor. Vierto un poco de perfume en mi mano y lo

esparzo por la estancia con los dedos, después cojo el bote que contiene

los pétalos de rosa y me dirijo al dormitorio.

Mientras compongo un corazón con los pétalos, imagino el momento

en el que ella se vuelva a acostar en esta cama. Será después de la cena.

Primero, bailaremos despacito, muy pegados, al son de su canción

favorita. Después recorreré su cuello con mis labios y arremangaré, poco a

poco, su vestido. Notará mi miembro tan duro como la primera vez. La

llevaré por el pasillo entre besos y chupetones. No esperaré a llegar a la

cama para penetrarla. Jadeará, como nunca la haya hecho jadear su

amante.

De vuelta al salón, me sirvo un whisky y me siento en el sofá, a

esperar su llegada. Cuando abra la puerta iré a su encuentro, en silencio, y

le daré un beso en los labios. Después le pediré su abrigo y le ofreceré las

fresas. Y jamás volveremos a mencionar a su amante.

Eso es lo que pasará.

Porque cuando haya quitado el envoltorio de mi regalo, y abierto la

caja de cartón, habrá visto el corazón todavía sangrante del hombre por el

que me dejó. Habrá sentido asco, es posible que hasta haya vomitado, y

seguro que habrá llorado.

Pero después de todo eso, tras leer mi carta, habrá comprendido por

qué lo hice y la llama del amor que sintió por mí, habrá prendido de nuevo.

Vendrá a la cena feliz, porque el hombre con el que se casó, aquel

que estaba dispuesto a matar por ella, ha vuelto.

Para siempre.

Autor: David Rubio (Sant Adrià de Besòs, Barcelona)

http://elreinorobado.blogspot.com.es/

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Untitled – mvb modelfotografie http://500px.com/mvb-modelfotografie

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Mi rubia

Era una hija de perra, pero prendó mi corazón. La conocí hará dos

años. Ella estaba en la entrada del salón, de pie frente a mí, desafiante,

enseñando impúdicamente la mayor parte de unos bronceados senos

que dejaba entrever tras una estudiada abertura en su ceñida chaqueta

de piel que utilizaba como señuelo de mujer cara y especial. Sus

húmedos labios los hacía acariciar con los bordes de un vaso de bourbon

que parecía sorber de vez en vez, poco a poco, lenta y metódicamente,

haciéndose sabedora de su dominio, dejando esperar al tiempo antes

que rendir sus encantos. Mis voluptuosas miradas que recaían ansiosas

en ese acto de sutil exhibicionismo eran sus ahijadas, sus mejores

soldados en una hipotética guerra de crudas pasiones que recorrieran la

figura escultural de un cuerpo ardiente de placer eternamente

congelado. Dejaba caer en cascada una rubia cabellera por su negra

vestimenta de cuero, haciéndola acompasar como ríos de oro surcando

caudalosos por entre los pliegues formados alrededor de sus pechos. Ese

día y los seis siguientes se mostró conmigo inquietante, silenciosa y,

aunque intenté luchar contra aquella sinrazón mía, sus fijos ojos habían

vencido mi resistencia y me di cuenta que habían tomado a traición mis

oscuros deseos para siempre. Ahora sé que me escogió como víctima y

no puedo vivir sin ella. Desde entonces paso todos los días por el

minicine y busco inútilmente a mi chica “James Bond” de la entrada, hoy

reemplazada por un feo y enorme póster que dobla mi altura y en pie

consigue imitar al jurásico “Rex” del excelso Spielberg. ¡Malditos

estrenos!

Autor: Germán Repetto (Albalate de Zorita, Guadalajara)

http://grepettoblog1949.wordpress.com

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Vase of flowers – Preston Dickinson (1889-1930)

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Un encuentro fugaz

María observaba su cuerpo mutilado por la enfermedad. Esa

noche cubrió con un paño el espejo de su cuarto, recogió la ropa del que

un día fue su amado, cerró su cuarto y decidió no llorar más por lo que

pasó. Él se había cansado de su larga lucha y con un frágil amor, fue más

fácil partir que luchar con ella.

Con su autoestima baja y su cabello recién comenzando a salir;

rellenó su pecho y decidió aceptar la invitación de sus amigas de siempre

que la esperaban en pequeño bar de la localidad. Allí, entre risas

simuladas, un hombre desconocido le envió una hermosa flor. Sus

amigas sonreían con picardía, por lo que ella pensó, era un detalle

preparado para ayudarla a superar tanto dolor. Pensando que era mejor

seguirles la corriente, no sólo aceptó la flor, también una seductora

invitación que a las pocas horas llegó.

Fue en una habitación de una posada ubicada por el malecón. Con

las luces apagadas y las copas en sus manos, brindaron por la vida, por

el encuentro, por el despertar de la pasión. Las manos dulces de aquel

amante, acariciaron su cuerpo sin recelo, haciéndola sentir la diosa que

un día fue. Sin palabras, entre el llanto silente que recorrió su alma,

agradeció a la vida por ese presente que parecía amor. La noche

cómplice se convirtió en eterna para dar tiempo a los amantes en

fundirse en un solo ser. Al despertar y verlo dormido tan profundo, no se

atrevió a preguntar lo acordado con sus amigas; así que decidió dejar

algo de dinero junto a la cama y en silencio se marchó.

A partir de ese día, algo cambió en ella; tal vez sus ganas de vivir y

luchar por la reconstrucción de lo que un día fue su cuerpo. Sus amigas

la observaban reluciente, cada día más hermosa; nunca imaginaron que

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aquella noche un desconocido la regresaría a la vida, por lo que muy

animadas sin comentar lo sucedido, salieron una noche más. Habían

pasado tres meses y aun así, buscaron el mismo bar. Se tomaron unos

tragos, al rato llegó un mesonero con una nueva flor y un sobre cerrado.

María miró a sus amigas, diciéndoles que ya no hacía falta otro presente

igual; las amigas confundidas negaron su autoría, por lo que la mujer

nerviosa abrió el sobre. Allí se encontraba el dinero que le había

entregado al hombre desconocido y una nota que decía:

-¡No te he podido olvidar!

Según le contaron, aquel hombre cada viernes frecuentaba el bar,

donde tantas veces había compartido con su amada esposa. Pero un día

el cáncer le ganó la batalla, y sólo le quedó llorar y vivir de sus

recuerdos; hasta esa noche, de un encuentro fugaz, donde conoció a una

extraordinaria mujer llamada María.

María, con sus ojos nublados escuchó el relato de sus amigas.

Cerró la carta, volteó su rostro; y sus miradas se encontraron para

siempre.

Autora: Eva C. Franco (Isla de Margarita – Venezuela)

NOTA: Relato galardonado con el Turpial de Oro en el Concurso

Literario “Relatos de amor – 2014” (Portal Literario SVAI)

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Adictos a lo auténtico

Tanto visitante inesperado hace que el bar presente hoy un

aspecto inusual. Acodado en la barra, el machote, sin poder contener

las lágrimas, saca un pañuelo con disimulo. Allí, en un rincón, la chica

guapa por fin disfruta de un baile a solas. La ejecutiva que hoy se ha

dejado el pelo suelto, lleva falda larga y fuma marihuana. Y el aburrido

solterón está rodeado de mujeres que no paran de reír sus ocurrencias.

Mi elixir funciona, haré una fortuna. A la primera siempre invito yo.

Autora: Concha García Ros (Cartagena, Murcia)

http://nosvemosenkairos.blogspot.com.es/

Jack’s Love – Maria QB (http://500px.com/MariaQB)

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Mai due esseri umani furono così fratelli e si vollero così bene – Adrian Florea

(https://www.flickr.com/photos/addrien/)

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El alma escindida

PARTE II

Cuando le dijeron por qué estaba allí, no podía entenderlo. El vio

como otra persona que era exactamente igual a él había cometido los

asesinatos. Pero le dijeron que formaba parte de su mente, que eso no

ocurrió. Que estaba enfermo y por eso lo tenían que recluir en la celda,

porque era un peligro para la sociedad, que era un monstruo. No lo

describieron así, pero fue lo primero que pensó, que sería más seguro

para todos que estuviera aislado. Él se sentía así, no quería ver a nadie,

porque tenía miedo de sí mismo, no sabía cómo reaccionaría, no podía

controlarlo. Los primeros días no se levantó de la cama. Pero al cabo de

una semana hizo un gran esfuerzo y miró por la ventana. Otra vez no, ahí

estaba él, sentado en un banco, disfrutando de su libertad. Levantó la

cabeza y le sonrió.

-¡Socorro! ¡Es él otra vez, mi hermano gemelo se ríe de mí! -gritó

con todas sus fuerzas.

Oyó ruido por el pasillo y acto seguido entró uno de los doctores,

junto con un guardia por estar considerado un paciente peligroso.

-¿Qué te ocurre? ¿Qué has visto? -preguntó el médico.

Mira por la ventana y lo verás, no estoy loco, es la persona de la

que os hable, la que cometió los asesinatos –aseguró el adolescente.

-No hay nadie, solo un viejo dando de comer a las palomas. Es tu

mente, que te ha jugado una mala pasada. Te pondré un tranquilizante

-convino el doctor.

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Esto se repitió en varias ocasiones, tantas que el doctor, al final, no

se acercaba ni a la ventana; se limitaba a entrar, ponerle una inyección e

irse. Pero llegó un día en el que dejó de verle. Los médicos le dijeron que

seguramente era por el efecto de la medicación que estaba recibiendo.

Esta le dejaba un poco mareado, con la boca seca y algo estreñido. Era

un fastidio la verdad, pero si eso servía para evitar volverle a ver,

merecía la pena.

Pasó el tiempo, llevaba varios años sin aquellas visiones y le habían

retirado los medicamentos para cerciorarse que realmente no era por lo

que se estaba tomando. Todo había cambiado con la llegada del nuevo

psiquiatra, tras el diagnóstico que hizo, ordenó que no se le dieran más

pastillas, pues pensaba que su esquizofrenia era residual y no

indiferenciada, como todos creían, y no presentaba síntomas de la

enfermedad en aquel momento. Le anunciaron que le darían el alta si se

mantenía así durante al menos medio año más.

Tan solo le quedaba un mes y podría salir a la calle.

Pasado el mes, se levantó como todas las mañanas, hoy era el día

en que dejaría todo para siempre, se asomó a la ventanuca. En unas

horas estaré allí con todos vosotros, pensó para sí mismo con el ánimo

por las nubes, menos contigo. Pero… Otra vez no, allí estaba él, en su

banco, a la hora que acostumbraba.

-¡Otra vez no! ¡Tú no existes más! ¡Fuera de mi cabeza! ¡Sal

inmediatamente! -gritó desesperado con toda la fuerza de sus

pulmones.

Escuchó varias pisadas en el pasillo y se abrió la puerta, entrando el

médico y varios estudiantes que le acompañaban.

-¿Qué te ocurre? Cuéntamelo -le pregunto afectuosamente el

nuevo psiquiatra.

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-He vuelto a verle, en el banco de siempre, pensé que ya se había

ido de mi cabeza, pero me equivoqué –contestó con lágrimas en los ojos.

-¿Puedo asomarme a la ventana para ver si yo también estoy loco y

lo veo? –dijo entre risas uno de los estudiantes.

-No me gusta que te lo tomes a broma, es una persona como tú y

como yo y merece un respeto, pero adelante, puedes –contestó el

doctor.

-Un momento, no puede ser. ¿Puede acercarse, doctor?- dijo el

futuro médico asustado.

Autor: Adrián García Raga (Valencia)

http://unaestrellaenelcosmos.blogspot.com.es/

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My power is the danger – J. Jesús Cervantes (http://500px.com/JesusCervantes)

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Coraje y valentía

Admiro la valentía y el coraje

de aquel que ante nada se amilana,

con todo lucha y por vencido nunca se declara,

agotando todas las posibilidades.

Todos los días lo intenta,

aunque el mundo en su contra se ponga,

y su razón lógica le diga: «No lo hagas»

El que al amor

y experiencias nuevas su corazón abre,

y en su interior, la sonrisa clara mantiene,

al pesimismo y tristeza, la puerta cierra.

Conserva su alma de niño,

no engaña ni miente,

vulnerable se muestra.

Sin resentimientos, alegre vive.

Aunque mil tropiezos y golpes reciba,

transparente, limpia y pura su alma ofrece.

Sin temor ni prevención, sin dudas,

con alegría y tesón, cada día comienza.

Autora: Lucía Uozumi (Miyazaki, Japón)

http://www.mishumildesopiniones.com/

http://luciauozumi.com/

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© Fuensanta Niñirola

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El Tío Ceba

Enjuto, alto y calvo, con un amable rostro, su piel está más que

tostada por el sol mediterráneo. Sigue vistiendo a la vieja costumbre de

la huerta, con blusón, faja y alpargatas de careta. Sus amigos dicen que

hace las mejores paellas a leña de los alrededores y alaban sus

habilidades en el truc y el dominó, que gusta jugar a diario en el Bar de

la Sociedad Musical. Su nombre es Ramón Casanova, pero casi todos le

llaman Ramonet o Tío Ceba. Tiene setenta y cinco años y es de los

últimos labradores de Benimaclet, un popular y entrañable barrio al

norte de Valencia, arrabal de origen musulmán y municipio

independiente hasta finales del siglo XIX, cuando la capital lo engulló con

sus administrativas fauces.

El sobrenombre de Ceba (pronunciado seba, cebolla en lengua

valenciana) es por el que siempre se ha conocido a la familia Casanova

en el pueblo. De pequeño era Cebateta, hijo de Cebeta y nieto del Tío

Ceba. A fuerza y medida de los inevitables mutis generacionales,

Ramonet fue ascendiendo en la escala onomástica. Hace muchos años a

su abuelo, que en algún momento llegó a ser teniente-alcalde pedáneo,

el cura de Benimaclet le aseguró que en los libros parroquiales más

antiguos, datados en los años 1600, ya había anotaciones de bodas,

bautizos y entierros de sus antepasados.

La historia familiar cuenta que, como él, todos sus ascendientes

por línea paterna nacieron y vivieron en la misma alquería que hasta

ahora sigue habitando y cuidando: una barraca humilde, a cuyo lado

continúa creciendo un monumental olivo milenario, rodeada por una

amplia huerta que es también de su propiedad.

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Ramonet Casanova contrajo nupcias a principio de los sesenta con

Amparito Forment Pollereta (pollerita), apodada así por ser hija de un

criador de aves local. En los primeros años de matrimonio Amparito

sufrió una grave afección que la condenó a una esterilidad permanente.

Desde que la Pollereta muriese, hace ya diez años, el perrillo Miliki es la

única compañía de Ramón Casanova, último eslabón de la dinastía Ceba

de Benimaclet.

Ramonet, además de con las paellas, el truc y el dominó, siempre

ha disfrutado dedicándose en cuerpo y alma a sus fértiles tierras,

admiración de los agricultores vecinos. Pero también ha sufrido la

creciente amenaza del urbanismo devorador, que acerca cada vez más

los descomunales edificios y las amplias avenidas a su paraíso particular.

En plena burbuja inmobiliaria declinó reiteradas y sensacionales ofertas

por su propiedad. Presumidos y prepotentes constructores, adictos a los

habanos y los descapotables, más que bien relacionados con el

consistorio público, le presionaron durante meses hasta acabar todos

convencidos de que el viejo Ceba está completamente majareta.

Aquellos mercaderes del ladrillo, convencidos de que todo en esta vida,

incluso los principios, se puede comprar o vender, por más empeño que

pongan jamás comprenderán que para ese hombre sin

responsabilidades familiares, su patrimonio, lo único que le hace feliz y

da sentido a su vida, tiene el máximo valor pero ningún precio.

Pero hace unas semanas Don Ramón Casanova Seguí recibió una

notificación oficial a tenor de la cual su parcela y el contenido de la

misma quedaban expropiados con la finalidad de construir otro Centro

Comercial, uno más. Se le advertía también que la acequia que

suministra el agua a sus campos quedará cegada hoy viernes a las ocho

de la mañana y que en determinada fecha del mes próximo habrá de

franquear la entrada a las primeras máquinas excavadoras.

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Son las siete y empieza a clarear. Portando un fardo en una mano y

una caja de fruta en la otra, el Tío Ceba sale de la barraca y se dirige al

olivo, a cuyos pies hay excavado un pequeño foso. En él deposita el

bulto, o lo que es lo mismo, los restos de Miliki, al que acaba de degollar

sin poder contener las lágrimas. Cubre y alisa la superficie de la pequeña

tumba con unos puñados de tierra y del cajón extrae una soga que lanza

al aire y hace pasar a través de una gruesa rama. Se sube al improvisado

pedestal y anuda firmemente la cuerda en su cuello. Después, al tiempo

que deja caer la base le propina una patada, alejándola unos metros. El

cuerpo se balancea durante unos instantes y luego ya solo se oyen los

cantos de los pájaros.

----------------------------------

P.S. Lo que ya nunca sabrá el bueno de Ramonet es que el pueblo

se movilizará en masa tras su muerte para detener aquellas obras. Los

tribunales reconocerán que el olivo milenario no se debe cortar,

arrancar ni trasplantar, sino antes bien conservarlo siempre cuidado, en

el mismo emplazamiento. En los terrenos de la antigua alquería se

levantará el Parque del Tío Ceba, con una estatua del hombre y su perro

a la sombra del viejo árbol.

Autor: Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com.es

53


Dignified – Blue Muse Fine Art (http://500px.com/BlueMuseFineArt)

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Amor de verano

Está atardeciendo… dejó flotar en el aire las palabras junto al

humo dulce del tabaco de pipa que fumaba, primerizo. Se acurrucó más

junto a ella sobre ese madero rústico donde tantos pescadores habían

disfrutado de largos silencios de espera.

Ella no contestó. Su mirada aceptó el acercamiento de los

cuerpos. Tomó la mano del joven que ya amaba y la apoyó sobre su

vientre virgen. Se besaron sin vergüenza mientras la sinfonía de las aves

propietarias del río iba apagándose. Sus sexos iluminaron, encendidos, la

noche joven.

Todo pasó como el viento. La sedujo la primera semana, la tuvo

en la siguiente y la dejó sin misericordia, sin himen y repleta, un mes

después. Ella nunca volvió al muelle en el Tigre. Él se convirtió, de

adulto, en un consumado fumador de pipa.

Autora: Lidia Castro Hernando (Mar del Plata – Argentina)

http://escritosdemiuniverso.blogspot.com

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Ocean - Moki (http://www.mioke.de/)

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Sueño reparador

Se estremeció. No era consciente de que la madrugada entraba por

la ventana abierta, y se arrebujó entre las sábanas de hilo con puntillas

que su madre le había bordado. Se las llevó hasta la nariz. Le encantaba

su tacto y su aroma, fresco y suave. La devolvía a las orillas de ese mar

del que tan poco podía disfrutar. La espuma le curaba las heridas

invisibles. Se sentía sirena y náufraga, pirata y aventurera capaz de

cualquier hazaña. Sus sueños se poblaban de lances y grandes barcos de

vela, mientras la ingravidez se adueñaba sin permiso de su cuerpo y las

olas la acunaban. Todo era de color azul turquesa. Se iniciaba el verano.

Autora: Malén Carrillo, “Maga” (Sóller, Mallorca)

http://enredadaenlaspalabras.blogspot.com.es

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Portrait of two children – Public Record Office of Nothern Ireland

58


La modistilla

Sus padres la llamaban Amparín, aunque a ella no le gustaba ese

nombre, prefería que la llamaran Amparo. Su juego preferido era el

sambori 1 , siempre era la ganadora ya que, había perfeccionado el arte

de pulir las piedras y hacerlas rodar hasta que se detuvieran siempre

donde ella quería. Eran otros tiempos, apenas circulaban coches y los

chiquillos se pasaban el día en la calle.

Fue una lástima que la guerra truncara su infancia; el tenebroso

sonido de los aviones hacía que viviera aterrorizada y en continua

tensión. Las bombas caían, a veces, cerca de su casa, en el popular barrio

de Ruzafa. Ella escuchaba el zumbido de los motores antes de que las

sirenas emitiesen su aullido. Con su sobrino Vicentín en brazos, que

apenas contaba dos años, salía disparada hacia el refugio, allí esperaban

los dos en silencio hasta que terminara la macabra lluvia de proyectiles.

La guerra duró tres largos años. Amparo tuvo que olvidar su deseo

de seguir estudiando; su familia soportaba la falta de necesidades tan

básicas como lo era el sustento diario. Tampoco sus vecinas y amigas

pudieron asistir a la escuela. Sus padres, las mandaban a formarse en

corte y confección, era la única forma de recibir una ayuda económica;

con el tiempo, si algún hombre se fijaba en ellas, terminarían casándose.

Era el único modo de conseguir independizarse del hogar. También

existía la alternativa de ingresar en un convento o, si la vocación no era

suficiente, se quedaban a vestir santos, se les aplicaba entonces el

calificativo de solteronas, quedando al cuidado de sus padres durante el

resto de sus vidas.

1

Sambori: en lengua valenciana., rayuela.

59


Amparín fue una alumna disciplinada. Era ágil con la aguja y precisa

con el pespunte. También adquirió gran soltura con la máquina de coser.

Sus largos y delgados dedos se deslizaban por los tejidos más finos y

blancos que su maestra sólo reservaba para ella: -“El traje de novia de

Maruchi Prieto, que lo cosa Amparín. Nadie más lo debe tocar”-.

En el tranvía, de vuelta a su casa, conoció a Paco. Procedía de un

pueblo de Albacete y, por si fuera poco, trabajaba en una mercería

cercana al mercado Central. Alto, moreno y guapo, era el tercero de

siete hermanos. Venía de cumplir el Servicio Militar en Palma de

Mallorca y la chispa del amor estalló. Su noviazgo duró tres años,

transcurridos los cuales, él no quiso que Amparín continuara en el taller.

La quería en casa, formando una familia, como debía de ser. Ella,

enamorada, le obedeció y su deleite por la costura lo conservó cosiendo

para los dos hijos que tuvieron. A ella le gustaba pasear por los

escaparates donde se exhibía ropa infantil que jamás podría comprar

con el sueldo de su marido y, al volver a casa, con cualquier retal de tela

adquirido después de regatear un buen rato, confeccionaba pantalones

para su hijo y preciosos vestidos para su niña. Las vecinas siempre

giraban la cabeza al verlos salir de casa, tan limpios y tan guapos, con sus

trajes nuevos:

-Caray Amparín… ¿cómo lo haces?

-Con las manos y mucha paciencia, doña Chari.

Barrio de Ruzafa, Valencia 2012

***********

Ana teclea en su portátil. Está terminando el último trabajo que le

queda para finalizar su máster. Se levanta para relajar la espalda y los

brazos, prepara un café y se acerca a la mesilla de mármol que tiene

60


junto a la ventana abierta. Las patas son de hierro fundido negras,

forman volutas. Las une un travesaño del mismo material en el que se

puede leer “SINGER”. Acaricia con sus dedos largos y delgados la foto

enmarcada de su abuela, se sienta y reposa los pies en el pedal, los

balancea arriba y abajo mientras recuerda el sonido que escuchaba de

pequeña: “Tac-tac-taca-tac…” 2

Autora: Amparo Hoyos (Valencia)

Anuncio de Singer Manufacturing Company (Miami University Libraries)

2

Al quedar inutilizadas las antiguas máquinas de coser Singer, muchas

personas utilizaban las patas, -de gran belleza- para convertirlas en

mesas colocando encima un tablero de mármol.

61


The lovers – Romana Grünfelder (http://500px.com/RomanaG)

62


La cita

Quiso el destino que ese día se conectaran al chat, la oferta en

internet era mucho más amplia de lo que ellos se imaginaban, pero no

tenían otra intención que la de pasar un rato en compañía. Ella cambió

su nombre, no tenía importancia, quizás sólo hablarían un rato y nunca

más; él fue transparente desde el primer momento, le contó su realidad,

estaba sólo y se sentía sólo.

Un diálogo sincero y profundo los fue acercando un poco más, ella

descubrió que él no era un hombre como otros, la dulzura de sus

palabras, el trato respetuoso y su total sinceridad, le generó sensaciones

nuevas. Él se sintió atraído por tanta ternura y comprensión, sentían

como si se conociesen desde siempre, y sucedió que durante meses se

acariciaron el alma hasta casi el amanecer.

Se necesitaban, ya no bastaba con verse a través del monitor o

escuchar sus voces en el teléfono, entonces decidieron conocerse

personalmente.

La ilusión los mantuvo despiertos, ninguno de los dos pudo dormir,

la ansiedad y las expectativas los superaban.

Era una noche de marzo, pronto comenzaría el otoño, se habían

citado en una esquina céntrica y aunque el mundo se oponga, ella

rompió con sus ataduras y fue a su encuentro, a nadie le contaría esa

locura.

Los dos llegaron a la hora pactada, se miraron con los ojos del alma

y simplemente se dijeron ¡hola! Pero sus corazones latían con

intensidad, por fin estaban juntos. ¡Lo habían deseado tanto!

63


Caminaron en silencio, buscando un sitio tranquilo y seguro. No sé

cuánto tiempo pasaron mirándose en silencio, hasta que un dulce y

cálido beso rompió el muro del pudor.

Autora: Meryross (Rosario, Argentina)

http://www.meryross-meryrosa.blogspot.com/

64


El emigrante

Era una tarde fría, lluviosa y gris, cuando el ferry emitió un grito

ronco, anunciando así la llegada a su destino.

Primitivo dejaba atrás una travesía triste, en la que se le habían

mezclado en el rostro, las gotas del mar que había empujado el viento

con sus lágrimas y en las que no supo distinguir las unas de las otras.

Bajó por la pasarela indeciso. Nadie le esperaba, y sintió como le

envolvía el frío de la soledad que implacable y sin ruido acompañaba sus

pasos.

Buscó perdido entre el tumulto de la gente, bultos y equipajes, la

estación del tren. La vio de lejos. Un gran edificio marrón cuarteado por

la sal del mar. Se dirigió hacia ella con paso vacilante, aferrando su

maleta de cartón, en la que guardaba sus escasas pertenencias.

La lúgubre estación, estaba tan llena como el puerto. Tímidamente

se apostó delante de una ventanilla. Una cara pecosa se asomó por el

sucio cristal. Primitivo le enseñó un papel donde llevaba escrita su nueva

dirección. El hombre que escondía sus ojos azules tras unas gafas

redondas, le arrebató de malas maneras el papel, y su voz cavernosa

emitió un parloteo que Primitivo no entendió, se limitó a encogerse de

hombros y negar con la cabeza impotente. El pelirrojo, de peor humor,

le tendió un billete y le escribió el precio en un papel marrón, arrugado y

grasiento, y le señaló con un dedo el andén donde debía esperar.

Y esperó sin hacer nada, sin pensar en nada y del mismo modo

subió en uno de los vagones que una vieja locomotora acarreaba tras de

sí.

65


A los cinco minutos el tren se puso en marcha con un chillido tan

agudo como grotesco. Poco a poco fue cogiendo velocidad, persiguiendo

los raíles que se perdían en la lejanía, y le arrastraba lejos del mar,

haciéndole perder el sabor de su niñez y arrojándole a un mundo

desconocido.

Miró disimuladamente a sus compañeros de viaje. Sus manos

encallecidas, sus miradas apáticas y sus cuerpos cansados les delataban

como a curtidos trabajadores. Algunos, apoyados en la sucia y dura

madera del vagón, dormitaban mecidos por el traqueteo. Una punzada

le oprimió el corazón, porque tuvo la sensación de verse así mismo, con

el paso del tiempo, reflejado en ellos.

Cuando bajó del tren, le recibió la frialdad de una ciudad que

empezaba a oscurecer, difuminando los edificios y dificultando su

búsqueda.

Vagaba perdido con su papel en la mano, enseñándoselo a la gente

con la que se cruzaba, algunos le ignoraron, otros amablemente le

señalaban con el dedo la dirección que debía seguir.

Se encendieron las farolas que le iluminaron el laberinto de calles

por las que andaba. Pasó primero por casas limpias y ordenadas, en las

que se respiraba el aroma a madera que se desprendían de los árboles, y

a medida que avanzaba a su destino, se fueron deteriorando,

convirtiéndose en edificios sucios y desconchados, con olor a verduras

cocidas que se escapaban de las cocinas del vecindario. Incluso se fijó en

que los gatos en esa parte de la ciudad, estaban famélicos.

Trabajó duro en una cantera, tragándose el polvo que se

desprendía de las piedras y mezclándose con la sangre de sus pulmones.

Y mientras pasaban los años, se le fue diluyendo en el viento, la imagen

de su casa de adobe que se resguardaba a la sombra de una higuera, no

66


volvió a ver el sol cuando se abrazaba en el mar, ni al cielo haciendo

enrojecer de celos a las nubes.

Trabajó sin descanso para nadie, sólo para sobrevivir a la sombra

de una ciudad que no le vio nacer, pero si le vio padecer. Porque desde

el momento en que puso los pies en aquella tierra que no conocía, le

acompañó sin descanso una neblina grisácea que se le instaló en su

corazón y no pudo desprenderse de ella.

Autora: Marisol Santiso Soba (Madrid)

Monument to the Emigrant, Cangas de Onís– Anne

(https://www.flickr.com/photos/valeofglamorgan/)

67


It comes from within – Kevin Eddy (https://www.flickr.com/photos/kevineddy/)

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Zeta

Crucé el pasillo, bajé al sótano y maté a la prisionera. Sabía que

después me arrepentiría, pero hay cosas que no podía tolerar, no,

definitivamente no se puede invadir el sótano de alguien y esperar que

no pase nada. Ya estaba harto de tanto discurso ecológico: -¡lo siento,

reina, así son las cosas! No te voy a dejar que vivas en mi sótano

fornicando sin parar. He intentado respetar tu forma de vida pero me

resultas invasiva y sobre todo me parece abusiva la forma en la que

explotas a la clase obrera, si ellos supieran la fuerza que tienen se

sublevarían de inmediato y se te acabarían todos los privilegios. Ojalá

hubiera podido hablar hormigo y explicárselo todo….

Autora: Caridad Blázquez (Cartagena, Murcia)

69


La cajita de luz para las fotos – Anie

(https://www.flickr.com/photos/anieluthien/)

70


¿Cómo estás hoy, princesa?

Es un recorrido largo, difícil... La vida se puede convertir en esa

clase de carrera que nunca quieres correr, ya sea porque no te gusta

competir o peor aún, porque no te guste perder... Y en la vida se

pierde... Y mucho...

Existen días señalados, personas anónimas que, sin ellas saberlo, te

lanzan un pequeño salvavidas al que te agarras con fuerza porque

quizás, unas simples palabras acompañadas de unos delicados gestos en

el momento oportuno, pueden relanzar tu simple y llana creencia de que

existe la magia, y algún día, te puede tocar a ti...

El jueves pasado, presencié una de las cosas más bonitas que

recuerdo en estos últimos años. Quizás, ahora mismo, no sea la persona

más indicada para hablar sobre algo así, pero me alegró tanto el corazón

y me pareció tan sumamente precioso que por hoy, intentaré esquivar el

mecanismo de defensa que se ha instaurado en todos y cada uno de mis

sentidos...

Una gran ventana abierta de par en par. El viento invadía la

habitación sin vigilancia, merodeando por ella en un bucle, esperando a

ser liberado en cuanto la puerta principal se abriera.

Eran aproximadamente las 12:00 de la mañana. Esa habitación, en

ese preciso instante, estaba ocupada por sus dos inquilinas. A mi

derecha se encontraba Elvi, una mujer mayor que parecía luchar contra

sí misma y a la vez, en mitad de la batalla, desear dormir

profundamente. Sus manos se movían repetidamente de arriba abajo, y

mientras generaba muecas con su boca, me miraba y se reía dulcemente

71


cuando yo hacía deslizar la varilla contra el cristal para terminar de

limpiar la primera capa de la ventana. Yo le sonreía, y aunque ella me

hablaba finés y no la entendía, no paraba de sonreírle y ella parecía

agradecérmelo. Reconozco que un sentimiento intenso de tristeza me

invadía al mismo tiempo. Observarla tan indefensa, tan enferma,

postrada en su cama sin ni siquiera poder moverse me retorcía el alma...

Pero ella reía. Me saludaba feliz mientras me veía limpiar una ventana...

Significa mucho ver eso.

A mi izquierda se encontraba Mirkku. Otra señora mayor que,

aunque parecía estar menos grave que Elvi, también estaba postrada en

su cama, con sus dos manitas puestas en el pecho y sus dos preciosos

ojos azules abiertos de par en par, observando como un tío como yo

limpiaba su ventana, esa ventana que observa todos los días más tiempo

del que quisiera pero que seguro, le resulta una escapatoria

momentánea en ciertas ocasiones cuando su mente se vuelve lúcida...

Yo seguía limpiando entre mis dos mujeres. He de decir que sin

saber exactamente por qué, quise dejar aquella ventana más limpia que

ninguna. Cuando el proceso iba por la mitad y solo me faltaba la parte

superior (la más difícil) La puerta se abrió. El aire encontró su

escapatoria y me lo hizo saber con una pequeña ráfaga que me acarició

la cara y me hizo dar la vuelta para ver quién era. Resultó ser un

viejecito. Vestía una camisa y un pantalón, ambos grises, acompañado

por un cinturón blanco, y coronando el conjunto con un sombrero negro.

Después de saludar cordialmente, se acercó a la cama de Mirkku. Yo

estaba usando una silla como escalera para la parte de arriba, así que

me apresuré a limpiar la parte exterior y le ofrecí la silla, gesto que

agradeció muchísimo. Yo no había terminado de volver a la ventana para

continuar mi trabajo cuando escuché que le decía a su mujer...

- How are you today princess?

72


Automáticamente me di la vuelta.

Pude observar cómo, a la vez que le había dicho eso, le acariciaba

la cara con una de sus manos mientras depositaba la otra en mitad de

las dos manos pegadas al pecho de Mirkku. Él la miraba como si se le

fuera la vida. Siguió hablándole durante unos minutos en los que, no sé

por qué, no pude seguir trabajando. Se le notaba la voz cansada, y en

uno de los momentos, esa voz pareció apagarse y pude escucharlo

sollozar...

Sinceramente, se me partió el alma. Pude ver lo solo que se podía

encontrar. Me invadió una tristeza enorme. A los pocos segundos,

mientras yo yacía de pie destrozado con el rulo de limpiar ventanas

colgando de mi mano, entraron las enfermeras, y hablando

alegremente, levantaron a Mirkku y la pusieron en una silla de ruedas, la

sacaron al pasillo y le dieron los mandos de la silla a él, al que más tarde,

limpiando otra ventana, vi por uno de los paseos de los alrededores

llevando a Mirkku.

Cuando terminé de limpiar aquella ventana, supe que había sido la

ventana más especial que seguramente limpié en toda mi vida. Recogí el

rulo, los trapos, la varilla y los dos cubos, el pequeño y el grande. Los

dejé a un lado y salí de la habitación. Bajé dos plantas, me presenté en el

jardín, busqué al jardinero y le dije...

- Can I ask you something?

- Sure.

- Can I take this flower?

- Of course, man.

- Thank you so much.

73


Volví a subir las dos plantas, entré de nuevo en la habitación, saqué

mi equipo de limpieza de allí, lo dejé aparcado en una esquina donde no

molestara, busqué en el traductor de mi Iphone como se decía

aproximadamente "Esto es para ti" en finés... Cuando lo medio

encontré, me fui a la cocina del personal, pedí un vaso con agua y metí la

flor. Minutos más tarde, volví a entrar en la habitación, me acerqué a

Elvi, que seguía en su cama. Le cogí la mano, y señalándole el vaso le

dije...

- Tämä on sinulle

Y ella sonrió mucho. Se le iluminó la cara mientras me repetía

gracias en finés...

- Kiitos kiitos kiitos...

Y es que no sabemos cómo acabarán nuestras vidas, pero tanto

Mirkku como Elvi, compartían habitación en una residencia, y es curioso,

quién le iba a decir a ellas que algún día, seguramente abandonarían

este lugar en presencia de alguien que quizás no hubieran visto en toda

su vida... Mirkku paseaba con su marido por los alrededores, y no sé si

Elvi tiene o no familia que la visite... Pero ahora, al menos, tiene una flor,

y cuando la mire, no sé si se acordará de mí o no... Pero seguro que se

reirá.

Autor: Eric Grants (Málaga)

http://writtenrumors.com/inicio/

74


Esperándote

“Espérame”, me dijiste. Y yo, ilusionada, me senté en aquella

terraza a esperarte. Con una sonrisa en los labios, impaciente por verte,

pedí un café y me acomodé a ver pasar a la gente.

Vi a quienes paseaban sin rumbo, sin prisa y pensé que qué gran

suerte la suya, poder pasar el tiempo al capricho o al antojo de ir

haciendo sobre la marcha.

Después, fijé mis ojos en alguien que miraba el reloj y apretaba el

paso en el instante en que en su cara se dibujaba una mueca de

preocupación.

Y entonces pensé que qué suerte la mía, por no tener en ese

momento nada más que hacer que esperarte.

Y así, viendo pasar rostros sin nombres e inventando historias

sobre sus vidas, la taza se fue quedando vacía. Y yo, seguí esperándote.

Se me ocurrió sacar el libro que llevaba en el bolso, pedir otro café

y leer un poco, para matar el tiempo y la impaciencia de verte llegar.

No recuerdo bien cuándo se marchó aquella pareja que estuvo

comiéndose a besos sentada en la mesa de al lado, ni en qué momento

empecé a escuchar el rumor de las persianas de los comercios al

cerrarse.

No recuerdo bien cuántos capítulos de aquella novela leí mientras

en mi pecho se apagaba el ansia de verte, ni tampoco a qué hora

empezaron a encenderse las farolas de la plaza.

75


No recuerdo bien en qué momento me di cuenta de que el agua

empapaba mi pelo y las páginas de aquella novela que leía incapaz de

concentrarme.

Lo único que recuerdo es mi reflejo dibujado en agua y lágrimas,

como un puzzle, encima de la mesa de aquella terraza en la que me

senté a esperarte.

Autora: Carmen Ferrer (Barcelona)

76


Hombres sin rostro

El servicio había finalizado. Le pedí a Juana permiso para lavarme

en su cuarto de baño. Sin mirarme siquiera susurró un sí, mientras se

vestía en forma cansina, pesada. Con mis ropas bajo el brazo me

encaminé hacia allí donde pude higienizarme un poco y vestirme.

Al salir la veo cerca de la ventana con la mirada perdida y un

cigarrillo consumiéndose entre sus dedos. Estaba a medio vestir.

Comencé a caminar hacia la puerta de salida. Al abrir la miré

nuevamente y seguía en la misma posición, parecía una estatua.

Quise comunicarme aunque fuera un instante con ella. Sentí que lo

necesitaba.

-¿Juana? -le dije desde la puerta.

No me respondió y me inquietó un poco, por lo que me acerqué a

ella y le toqué el hombro.

-¿Estás bien? -le pregunté.

Se sobresaltó sobremanera.

-¿Qué haces? no me toques más, el servicio está terminado,

pagaste por una hora y una hora has tenido, así que vete de una vez por

favor -me dijo sin mirarme a los ojos, como en toda la noche. Jamás

llegaron a cruzarse nuestras miradas.

-Discúlpame por favor, no quise asustarte, solo me preocupé por ti,

nada más que eso, estabas tan tiesa, inmóvil…

Y de pronto algo sucedió; me miró a los ojos; eran tristes,

transmitían mucho dolor y una enorme soledad.

77


Me sonrió. Parecía que estaba viendo un rostro luego de mucho

tiempo, algo que resultó luego ser una verdad inexorable.

-Vete por favor, todos vienen, me cogen y se van. Eso es todo,

nadie se detiene a ver qué hago yo una vez terminado.

-Yo sí, Juana -le respondí.

-Pues no debes y espero no seas de esos boludos que se enamoran,

¿no? No soy una mujer de las que un hombre se pueda llegar a

enamorar.

-¿Y por qué piensas que es así?

-Está a la vista cariño, soy una puta, lo soy desde los dieciocho

años. Dime a ver; ¿qué edad tengo?

-Pienso que recién estás llegando a los treinta, Juana.

Más que una sonrisa fue una mueca ordinaria.

-Tengo veintidós y mi nombre es Carla… tú… ¿Ves? No sé tu

nombre, estuviste dentro mío y no sé tu nombre ni el del anterior, ni del

que vendrá después de ti y tampoco de todos los que estuvieron

viniendo a mi cama durante los últimos cuatro años.

-Augusto, mi nombre es Augusto -le dije y le extendí la mano.

Esta vez me pareció que su sonrisa era franca, su cara había

cambiado y su gesto agrio cedía a uno más cotidiano y común.

Mantuvimos nuestras manos estrechadas mientras nos mirábamos a los

ojos. Me di cuenta que había dejado de ser un hombre sin rostro para

Carla. Nos interrumpió el golpe en la puerta. Era su nuevo cliente.

-Ahora vete por favor que tengo que trabajar -me pidió con cierta

amabilidad.

78


-¿Cuánto te pagará? -le pregunté.

-Lo mismo que me pagaste tú -me respondió.

-Pues aquí tienes el dinero, despídelo y quédate conmigo por favor

-le dije sacando los billetes de mi bolsillo.

Me miró como si estuviera loco.

A peering in a portrait – Alyssa L. Miller

https://www.flickr.com/photos/alyssafilmmaker/

-Es tu dinero, aguárdame un minuto -dijo mientras se dirigía a la

puerta para decirle al cliente que regresara en una hora.

79


Al volver, me invitó a tomar una copa en la cocina.

Tomamos asiento y continuamos con la conversación. Carla

comenzó a hablar.

-Tenía quince años allá en mi pueblo y le contaba a todos que sería

una importante abogada de la ciudad. La mejor. Estaba en tercer año de

la secundaria y mi vida era perfecta. Hasta que un maldito accidente en

la ruta mató a mis padres y arruinó mi vida y la de mis hermanos.

Quedamos a cargo del despreciable de mi tío, hermano de mi madre,

quien, a los pocos días, ya me había golpeado y violado. Lo hacía

sistemáticamente todas las semanas, mis hermanos más pequeños

también sufrían la violencia de esa escoria.

Aguardé a cumplir los dieciocho años para abandonar esa casa con

ellos. Al llegar a esta ciudad, vivimos en pensiones de mala muerte

mientras nos duró el dinero que teníamos ahorrado. Al acabarse

debíamos hacer algo; fue entonces que mis hermanos consiguieron

trabajo en una obra en construcción y yo, sin estudios, sin habilidades y

con un físico desarrollado e imponente, la palabra prostitución estaba

escrita en mi frente.

Comencé parando en una esquina, semidesnuda, ofreciendo mis

servicios a quien los buscara. Esto duró casi un año hasta que una noche

se detuvo un auto y bajó una mujer de unos sesenta años con muy

buenas formas. Se acercó y me preguntó si quería trabajar para ella en

un departamento. No lo dudé, con tal de alejarme de la calle y de sus

vilezas, aceptaba cualquier ofrecimiento. Y aquí estoy Augusto.

Recuerdo que la primera noche de trabajo me dijo algo que llevo

grabado en mi cabeza: “Los hombres no deben tener rostro para ti, no

tienen boca por lo que no pueden besarte ni hablarte, no tienen nariz

para olerte, no tienen oídos para escucharte y lo más importante, no

tienen ojos para mirarte por lo que nunca debes mirarlos a ellos. Y

80


estarás bien. El día que mires a alguien a los ojos, tu vida cambiará.” Y

en todo este tiempo todos los hombres que entraron aquí no tuvieron

rostro para mí.

-Hasta hoy -le dije.

-Hasta hoy -me respondió y una sonrisa franca se le dibujó en el

rostro.

dijo.

-Muchas gracias Augusto, le has dado algo de luz a mi vida -me

Asombrado por estas palabras, me animé a preguntarle:

-Pero tu vida cambiaría si mirabas a alguien a los ojos -le recordé.

-Es mi decisión, ahora no quiero que cambie nada, ni quiero me

pidas ni me ofrezcas nada. Pero gracias.

Me acompañó hasta la puerta. Allí me despidió con un beso. Le

dejé una tarjeta con mi número de celular.

-Cuando quieras puedes llamarme -le dije.

Me miró profundamente y noté humedad en sus ojos. Cerró la

puerta. Algo me decía que pronto sabría de ella.

Autor: Ricardo Mazzoccone (Buenos Aires, Argentina)

http://ricardomazzoccone.blogspot.com

81


Pixel Art – Matthew Benton (https://www.flickr.com/photos/z-two/)

82


El espejo electrónico

Tras ponerlo en funcionamiento, jugó algunos minutos con el

retraso de movimiento de su imagen reflejo. Milésimas de segundos,

pero lo notaba. Y así, hasta que vibró una de las esquinas de la pared

blanca del fondo y la alta definición de su cara se convirtió en

cuadraditos. "Pixelado", le puntualizó la persona de atención al cliente.

Le dijo que no se preocupara, porque esto se debía a la calibración del

dispositivo, y en poco tiempo dejaría de notarlo.

En efecto, a la semana vio que más personas habían comprado un

espejo como el suyo y todos iban muy contentos, por lo que dio por

zanjado el asunto de la reclamación. Más que nunca estuvo de acuerdo

en que, después de todo, el humano es un ser fragmentario.

Autor: José Luis Sandin (Valencia)

83


¿Dónde están los anteriores números de VALENCIA ESCRIBE?

Número 0 (Marzo 2014):

http://www.yumpu.com/es/document/view/23959053/valencia-escribe

Número 1 (Abril 2014):

http://www.yumpu.com/es/document/view/24317623/valencia-escribe

Número 2 (Mayo 2014):

http://www.yumpu.com/es/document/view/25030771/valencia-escribe

En el interior de cada una de las revistas encontraréis el enlace para

poder descargarla en formato pdf

84


A tortas con la vida

© Fuensanta Niñirola

La vida está hecha de momentos buenos y malos y a ella le habían

tocado siempre los momentos malos. Tuvo una infancia desastrosa, con

un padre autoritario y una madre ausente. Luego, de mayor, se casó con

su novio de toda la vida y cambió el padre por el marido autoritario;

ahora ella era la ausente.

Estaba decidida a que todo cambiara. Se había dicho un montón de

veces a sí misma que no merecía la pena continuar así, que tenemos sólo

una vida y la iba a malgastar viviendo en un limbo. Porque era eso lo que

hacía. Para no darse cuenta de lo infeliz que era, se refugiaba en su

mundo de fantasía imaginándose protagonista de novelas donde la

heroína salvaba a los desvalidos y donde se enamoraba perdidamente

de un caballero que no hacía otra cosa que colmarla de atenciones.

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Amanecía un día lluvioso, pero eso no le impidió llevar a cabo sus

planes. Dejó su maleta en el recibidor de casa, preparó el desayuno y

esperó a que su marido se levantara para darle la noticia de que se iba.

Le vio aparecer por la puerta de la cocina, despeinado, bostezando

y sin ni siquiera decirle un “Buenos días”. Intuyó que algo iba mal pero

no pudo esquivar el primer guantazo. Todo giró de repente y ya no supo

por donde le venían los golpes. Él no hacía más que golpearla y gritar

diciéndole que nunca le dejaría marchar, que era suya, que era su mujer.

La cocina se volvió negra y silenciosa. Ya no había golpes ni gritos.

No sentía nada. Pensó que se había acabado todo, que estaba muerta

pero no era así.

Despertó en una habitación de hospital, magullada y con fractura

de dos costillas. No estaba sola; a los pies de la cama, sentado en un

sillón, estaba él. Debía haber pasado todo el tiempo con ella porque se

le veía desastrado y ojeroso.

Él se dio cuenta de que se había despertado y acercándose a la

cabecera de la cama le pidió perdón un millón de veces. Se le veía

arrepentido, pero ella sabía que eso duraría poco. Solo había sido

violento con ella una vez y fue lo suficientemente brutal para haberla

llevado directamente al hospital.

No, no se creía su arrepentimiento. Seguía decidida a cambiar su

vida y ahora con mucho más motivo.

El día que le dieron el alta pidió al médico que no se lo dijeran a su

marido y salió del hospital decidida a no volver con él. No iba a permitir

que le golpeara más, ahora sería ella la que fuera a tortas con la vida.

Autora: Pilar Descalza (Valencia)

http://micuartosecret.blogspot.com.es/

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© Eulalia Rubio

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Visita nuestro blog: http://valenciaescribe.blogspot.com.es/

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