La ultima morada. Zona Prohibida.

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¡La búsqueda ha terminado! Un grupo de viajeros extraterrestres ha arribado a la Tierra con intenciones desconocidas. Maravillados por la hermosura del planeta deciden descender a investigar; mientras, en el bosque Amazónico, el comandante de operaciones John Waterstone lidera un proyecto secreto del gobierno de los Estados Unidos, pero todo sale mal para las dos partes involucradas... Por otra parte, Miguel ha confirmado el diagnostico de su enfermedad, sin saber que pronto cambiará todo en su vida. ¿Qué les depara el destino a estos seres? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Quienes son y de donde provienen? ¿Cómo y por qué cambiará la vida de Miguel?

Imh tomó el control de los kozou en el interior de Miguel, dirigiéndolos a la extremidad torcida y

rodeando con estos la zona –como si fuera una especie de fina malla molecular– mostrándole el

daño tal cual haría un análisis de rayos X, como si la pierna del muchacho se trasparentara,

dejando ver el hueso descubierto.

- Mira hacia otro lado, no te dolerá, pero no quiero traumarte más de la cuenta – mandó

Imh, tironeando la extremidad de Miguel, volviéndola a su posición original y correcta.

- ¡Auch! – reclamó Miguel, al presenciar el aparatoso movimiento de su tobillo.

- No reclames, ni siquiera te dolió, recuerda que bloqueé todas esas señales – acotó Imh,

con una sonrisa.

- ¡Están rodeados, ríndanse! – exclamó Waterstone, advirtiendo a los muchachos, viendo

que el tratamiento ya había sido aplicado.

- No debiste interceptar la granada, Miguel. Sabía que venía hacia mí, iba a lanzarla lejos

para que no dañara a nadie – comunicó Imh a Miguel, mentalmente, levantando los

brazos ante las armas de los militares.

- Pero… es que te vi tan desconcentrada mirando eso que encontraste dentro del robot, que

pensé que no estabas utilizando la visión electromagnética – respondió Miguel,

mentalmente, notando que sacrificó una mano y casi su vida por nada.

- Aprésenlos y enciérrenlos con el otro extraterrestre, luego los interrogaremos – mandó

Waterstone, apuntando a los invasores.

- ¡No tan rápido, señor! – exclamó Imh en inglés, sin bajar sus brazos, ganándose la

atención del comandante.

Los soldados estaban inquietos por la situación. Veían a sus compañeros desvanecidos en el suelo,

sin reacción, como muertos; todo por causa de esos dos jóvenes. Era una situación crispante y el

grito de la muchacha no ayudó a apaciguar los encendidos ánimos de los jóvenes militares.

- ¿Qué sucede, jovencita? – preguntó Waterstone, ayudando a algunos soldados que habían

recuperado la consciencia a reincorporarse.

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