La ultima morada. Zona Prohibida.

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¡La búsqueda ha terminado! Un grupo de viajeros extraterrestres ha arribado a la Tierra con intenciones desconocidas. Maravillados por la hermosura del planeta deciden descender a investigar; mientras, en el bosque Amazónico, el comandante de operaciones John Waterstone lidera un proyecto secreto del gobierno de los Estados Unidos, pero todo sale mal para las dos partes involucradas... Por otra parte, Miguel ha confirmado el diagnostico de su enfermedad, sin saber que pronto cambiará todo en su vida. ¿Qué les depara el destino a estos seres? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Quienes son y de donde provienen? ¿Cómo y por qué cambiará la vida de Miguel?

- ¡Nah! Déjame intentar –rezongó Alberto–. ¿Mijita 5 , como se llama? – preguntó

lentamente el cocinero.

- ¡No te respondió! Ja, ja, ja – gritó el camionero al ver que la niña no respondió, riendo y

agarrándose el vientre, con la cara enrojecida.

- No te burles… De seguro no es de Chile, si tiene hasta cara de gringa. Además…

La muchacha no entendía lo que hablaban y no sabía de qué se reían, pero no se molestó en

absoluto con ellos. El camionero hablaba con su compañero y comía al mismo tiempo, ayudándose

con la cuchara, dándole indicios del uso de los utensilios que tenía frente a ella, imitándole y

probando de a poco del plato. La mezcla no era peligrosa, contenía varios compuestos alimenticios,

aunque algunos de estos se degradaron por la temperatura del cocimiento. Acabó el plato

lentamente, esperando que se enfriara la sopa, cortando con el tenedor un cúmulo de

carbohidratos de color blanco, que en su interior guardaba mucho calor.

Roberto le hizo señas a la chica, diciendo algo y apuntando con su dedo la bolsa rota, al parecer,

solicitándola. Vació el saco y se lo pasó al hombre, dejando su contenido al lado de su plato de

comida. El camionero se levantó de su asiento y se dirigió a una sala, volviendo de ella con una

engrapadora en la mano, con la que reparó el agujero del bolso, devolviéndoselo a su dueña.

El almuerzo había terminado y los hombres se dispusieron a despedir a la joven. Alberto llenó de

agua una botella de plástico desechable, mostrándole –por si acaso– la forma de abrirla. Roberto

le entregó frutas, totalmente distintas a las que había consumido hasta ahora, metiéndolas en el

interior del bolso de la muchacha, al lado de la botella con agua. Otra vez le habían ayudado, pero

esta vez tenía algo para retribuirles, así que sacó el tocado de láminas y el cuchillo de piedra

tallada, depositándolos en las manos de Roberto y Alberto, respectivamente.

Salió de la caseta, despidiéndose como había aprendido en la selva amazónica. Se encaminó

nuevamente en su búsqueda, enlazándose a la señal de su nave y midiendo la distancia que le

quedaba por recorrer, que en ese momento era ínfima. Era cosa de ciclos nada más el

encontrarles, así como también el comprender el idioma de estos dos hombres. Guardó las

conversaciones de los humanos en su registro personal, esperando algún día comprender de qué

se reían.

El par de hombres, parados en la entrada de la caseta, se quedaron mirando a la muchacha, que se

alejó corriendo hacia el sur y, levantando una polvareda a su paso, se perdió en el horizonte.

5

Mijita: Contracción de “Mi hijita”.

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