La ultima morada. Zona Prohibida.

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¡La búsqueda ha terminado! Un grupo de viajeros extraterrestres ha arribado a la Tierra con intenciones desconocidas. Maravillados por la hermosura del planeta deciden descender a investigar; mientras, en el bosque Amazónico, el comandante de operaciones John Waterstone lidera un proyecto secreto del gobierno de los Estados Unidos, pero todo sale mal para las dos partes involucradas... Por otra parte, Miguel ha confirmado el diagnostico de su enfermedad, sin saber que pronto cambiará todo en su vida. ¿Qué les depara el destino a estos seres? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Quienes son y de donde provienen? ¿Cómo y por qué cambiará la vida de Miguel?

Cotidianeidad

A pesar de haber dormido pocas horas, Miguel despertó descansado, sin ayuda de la alarma de su

teléfono celular. El calor de la noche le hizo dejar la ventana abierta, despejando el camino para

los rayos solares que inundaban su habitación, reflejándose en un largo espejo apostado en la

pared junto a su ropero. Su cama era de una plaza, lo que le dejaba mucho espacio libre en la

pieza, con pocos lugares en los cuales apoyarse para poder caminar. Por esta razón era importante

mantener un orden mínimo del cuarto, cualquier ropa o efecto personal que estuviera dando

vueltas en el piso podría causarle inconvenientes en el andar.

Este estricto orden daba la sensación de inmensidad y le obligó a poner referencias en las blancas

paredes de la habitación para ubicarse espacialmente, valiéndose de afiches de sus series favoritas

para encontrar su cómoda, ropero y la salida del cuarto.

Miguel se levantó lentamente, quedándose sentado en el borde de su cama, estiró los brazos e

inspirando profundamente, soltó un gran bostezo, intentando imitar a alguna bestia salvaje que le

confiriera energía para iniciar el día. Caminó hacia el pasillo y bajó la escalera, topándose de frente

con su abuela, que iba a despertarle en ese momento para que desayunaran juntos.

El muchacho se bañó rápidamente con agua fría –en parte para terminar de despertarse y para

ahorrar gas–, mientras Mirta preparaba el desayuno. Comieron ligero y salieron a una feria

cercana, necesitaban comprar vegetales, víveres y artículos de aseo; productos que tenían menor

precio allí que en un supermercado. Volvieron cargando varias bolsas, distribuyendo lo comprado

entre alacena, baño y cocina.

Mirta se dispuso a preparar el almuerzo, lavando y pelando varias verduras en el lavaplatos,

prendiendo su radio para amenizar la faena. Miguel subió a su habitación para trabajar,

ingresando los formularios electrónicos de la empresa de telecomunicaciones en la que laboraba –

Satelitelinet–, deteniéndose una vez en el día, para almorzar en compañía de las noticias de la

tarde.

Su enfermedad le restaba eficiencia, demorándose mucho más que otros digitadores en realizar su

tarea, de no ser por tener conocidos en Satelitelinet, nunca habría encontrado trabajo en otro

lugar así, que le permitiera producir desde su casa y retardarse como sólo él lo hacía. Terminó a las

6 de la tarde, dedicando lo que le sobraba de día en relajarse y mentalizarse para el día venidero,

buscando la dirección del psicólogo en un mapa online para saber que movilización debía tomar

mañana.

Mirta salió después de almuerzo, a comprar el bono de interconsulta para la visita al especialista; y

al volver, se dedicó a ver sus telenovelas. Por la noche buscó ropas adecuadas para su salida,

planchando y dejándolas colgadas en un perchero. Debían salir temprano mañana y estaba

ansiosa. Confirmó con Miguel la numeración del transporte que les llevaría a la consulta, que

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