La ultima morada. Zona Prohibida.

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¡La búsqueda ha terminado! Un grupo de viajeros extraterrestres ha arribado a la Tierra con intenciones desconocidas. Maravillados por la hermosura del planeta deciden descender a investigar; mientras, en el bosque Amazónico, el comandante de operaciones John Waterstone lidera un proyecto secreto del gobierno de los Estados Unidos, pero todo sale mal para las dos partes involucradas... Por otra parte, Miguel ha confirmado el diagnostico de su enfermedad, sin saber que pronto cambiará todo en su vida. ¿Qué les depara el destino a estos seres? ¿Cuáles son sus intenciones? ¿Quienes son y de donde provienen? ¿Cómo y por qué cambiará la vida de Miguel?

quedaba frente a la escuela de aviación del Capitán Manuel Ávalos Prado, en la comuna de El

Bosque.

La noche dio paso a la madrugada en un santiamén. Miguel se levantó a las 6 de la mañana, bajó

torpemente a prender el calefón y se duchó en menos de 10 minutos, corriendo cubierto sólo con

una húmeda toalla amarrada a la cintura a la habitación de su abuela Mirta –para despertarla–,

donde se vistió con las ropas que la anciana le eligió el día anterior.

Cuando estuvieron los dos listos, salieron en ayunas de la casa, esperando encontrar prontamente

la locomoción y que esta llegara velozmente a su destino. Era una mañana tibia, con cielo

despejado, presagiando una calurosa tarde de verano; pero, por suerte, Mirta lo había

contemplado y llevó dos botellas con agua congelada para refrescarse a su salida.

La consulta abría a las 9, lo que les daba una hora y media para llegar al lugar, y su cita estaba

concertada a las 9:30, dándoles tiempo de sobra para arribar. El microbús llegó después de 45

minutos de espera, con pocos pasajeros, avanzando a mediana velocidad y deteniéndose en cada

uno de los paraderos, quizás esperando captar más transeúntes, no logrando llenar la mitad del

vehículo. Llegaron 5 minutos antes de ser llamados por segunda vez, llamado realizado para

confirmar la consulta que se corroboró con su entrada y la entrega del bono a la recepcionista.

Miguel fue atendido de inmediato, ingresando a la sala del psicólogo acompañado por la

recepcionista. Mirta había quedado agitada por la premura con la que se bajaron del transporte

público y el apuro con el que cruzaron la calle para llegar a tiempo a la consulta, postrándose a

descansar en la sala de espera del recinto, buscando con la mirada a alguien para conversar y

pasar el rato.

Federico S.F., psicólogo de profesión hace 20 años, atendió a Miguel. Conocía sus antecedentes de

antemano, comunicados por el doctor Rodríguez, así que obvió una entrevista preliminar y pasó a

hablar directamente con el muchacho. El hombre se dedicó a escuchar al joven de 23 años,

solamente deteniéndolo con preguntas claves que guiaban la experiencia, intentando generar

complicidad y confianza con su nuevo paciente.

Las palabras salían como goteras de la boca de Miguel, que se encontraba incomodo al tener que

contar sobre su vida a un completo desconocido, sintiéndose observado y analizado en cada uno

de sus movimientos. El psicólogo lo contemplaba, con cara de entendimiento, pero no era como

hablar con un amigo, no veía empatía en su actitud, no se sentía a gusto; no obstante, sabía que

debía hablar con él, era uno de los pasos necesarios para lograr sobrellevar su oscuro futuro.

A pesar de su desagrado inicial, Miguel se explayó por casi dos horas, solapándose unos minutos

con la siguiente cita del terapeuta. Concertaron una nueva visita dentro de tres semanas, dándole

metas a cumplir en ese tiempo, debiendo comunicarle al psicólogo sus resultados al cabo de ese

tiempo. Antes de salir de la consulta, Federico le entregó un folleto de un instituto en que se

enseñaba Braille, con su respectiva dirección, teléfonos y mail de contacto; y le hizo

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