Cae la noche en Montevideo, es invierno - Fernando Butazzoni

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Cae la noche en Montevideo, es invierno - Fernando Butazzoni

Montevideo, 2 de julio de 2007

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por Fernando Butazzoni

Cae la noche en Montevideo, en estos primeros días del invierno 2007.

Casi como en un ritual, enciendo la tele y procedo a realizar la ronda, esa

especie de calesita del horror en la que millones, cientos de millones de seres

humanos se montan cada día, a toda hora y en cada minuto, sobre el

planeta. Hermanado con ellos, me sumerjo en el zapping y esta vez, a

diferencia de muchas otras, procuro tomar nota. Y me deslizo por ese tobogán

de imágenes que no dan tregua y que, sin embargo, me permiten ensayar una

defensa, un parpadeo en el que cabe, además de la sombra, el aire de una

cierta esperanza.

National Geographic muestra la fotografía de una enorme serpiente

que está comiéndose a un señor en alguna parte de Indonesia. El canal

Discovery explica con fotos y testimonios cómo fue que el Concorde se

incendió en pleno vuelo matando a más de cien personas, hace siete años.

Monte Carlo esenganchado vía satélite en directo con la casa de Gran

Hermano, en Buenos Aires, donde una mujer semidesnuda susurra algo que

nadie puede oír bien. Canal 10 tiene a Intrusos, en Buenos Aires, y ahí una

señora parecida al senador Lorier, pero de pelo rojo, acusa de algo a

Sofóvich. La Tele muestra un paisaje de playas brasileñas, palmeras y un

Audi último modelo con una pareja que conversa sobre la mejor manera de

eliminar a un amante molesto. HBO proyecta un capítulo repetido de

“Roma” en el que Cleopatra anuncia, en inglés, que Cartago ya no le

interesa. Cinecanal pasa una peli canadiense, sobre un chico que casi se

muere en los bosques del norte. Cinemax informa los avatares del Festival

de cine de Sundance de 2004. VTV detalla un choque entre una bicicleta y

un camión, en la zona de los accesos a Montevideo. Eurochannel insiste con

una historia sobre Freud en los albores del nazismo. Luego vienen varios

canales de dibujos animados. En uno de ellos hay una especie de muñeco

metálico que se convierte de pronto en nave de guerra y lanza misiles desde

los sobacos, haciendo que los proyectiles estallen en la ladera de una

montaña para provocar un enorme alud que sepulta a un pueblo entero. En

otro canal infantil Robin Williams, con veinte años y voz de pato, dice que

todo el mundo lo trata como si fuera estúpido. TVEO tiene una placa con el

logo del canal y un texto en el que se anuncia que los funcionarios están de

paro y no respetan un convenio de enero de 2006. En TV Ciudad pasan algo

de Viglietti. Los canales de Deportes tienen de todo, menos deporte. En uno

de ellos hay cuatro hombres de traje y corbata que hablan de automovilismo;


en otro hay tres hombres de championes, vaqueros y camiseta que hablan de

fútbol; en otro hay cinco hombres de traje y corbata que hablan de la Copa

América. Algunos canales me los salteo, pero igual logro distinguir: un

tiburón masticando algo, una mano femenina que bate crema en un bol, una

señora que pega flores en cartulina, Marcela Trucios hablando de béisbol en

CNN, un automóvil incendiado en el canal de la BBC, la Plaza del Congreso

de Buenos Aires en Crónica TV, avisos publicitarios en TN, una de las Duro

de Matar en AXN, Seinfeld temporada ‘96 en Sony, avisos publicitarios en

Fox, etc.

Cuidado, que la tentación de confundirnos siempre acecha. Eso que

allí se nos muestra no es el mundo, sino el espectáculo del mundo, o sea una

versión degradada de lo universal, cumbre del pensamiento único, forma y

esencia de una cierta propuesta que parece hablar de todo pero que no dice

nada, que simula mostrar pero no enseña. Orwell lo predijo, y Huxley

(Aldous) lo encapsuló. Si uno se atiene a lo que se muestra por la televisión,

el futuro ya no existe. Rosa Luxemburgo es el nombre de un perfume francés

y el Che Guevara tutela un reality show en los polvorientos caminos de

América Latina.

Por fortuna hay otros territorios que aún sobreviven fuera de esa

virtualidad promiscua. Son aquellos en donde la franqueza sustituye al

chisme barato y donde los árboles, el cielo, los edificios y la gente son de

verdad. Allí las personas viven sus propias aventuras y después hablan con

sus propias voces, sin subtítulos, y las palabras dichas salen de la boca, no

se chorrean en el pecho del dicente. No son hologramas para consumir

mientras nuestro cuerpo reposa, sino gente de carne y hueso que respira al

lado nuestro. Ese mundo, tan imposible y peligroso que a muchos asusta, es

el mundo verdadero, el que está por debajo de lo aparente, el que

prevalecerá pese a todo. Es un mundo en el que siempre tendremos cosas

para decir, para nombrar. Un mundo en el que, además de mirar, seremos

capaces de ver.

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