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ANIMALHADAS


Animaladas / Jaime Meléndez Medina

Ilustraciones y cubiertas: Un mundo de animales y hadas,

de Jaime “Thana” Meléndez Designes Archive (Barcelona

2009)

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación

a un sistema informático, ni su trasmisión en cualquier forma

o cualquier medio, sea electrónico, mecánico, fotocopia, por grabación

u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los

titulares del copyright.

Primera edición: marzo de 2010

ISBN: 978-1-4457-1881-1

© Jaime Meléndez Medina, 2009

© De la fotografía de la contraportada, Dizy Díaz, 2008

© De las portadas y maqueta, 4veinte.blogspot.com, 2010

E-mail: 420jmm@gmail.com


INDICE

1 EL SENDERO LUMINOSO 13

2 PACIENCIA 15

3 LA GUERRA Y LA PAZ 18

4 DE RISA 20

5 SIN AIRE 25

6 EL MISMO CIELO 29

7 EL AGUA Y EL CAMELLO 33

8 DOS COJOS Y MEDIO 35

9 EL BALOMPIÉ 39

10 LLUVIA DE PRIMAVERA 41

11 EL VUELO 44

12 ASÍ ES LA VIDA 46

13 LA ACEPTACIÓN 49

14 BLANQUEADO 53

15 ADAPTÁNDOSE 57

16 DE QUÉ SIRVE 59

17 DESDE LO ALTO DE MI CASA 63

18 ECO 66

19 NOVICIAS 69

20 EL DRAGÓN QUE COMÍA HADAS 72

21 EL FILÓSOFO DEL MAR 77

22 UNA AUTÉNTICA FAN 80

23 EL DUELO 83

24 SUEÑOS 86

25 SOBRE LA VIDA Y SOBRE LA MUERTE 90

26 UNA VIDA DE PEDO 93

27 UN GRAN REY 96

28 EN BUSCA DE LA PRIMAVERA 99

29 LA HORA DEL QUESO 102

30 UN FIEL ACOMPAÑANTE 104

31 UNA FAMILIA FUERA DE LO COMÚN 107

32 SÓLO CURA LA FE 110

33 LA HUELGA 114

34 DE TAL HERMANA 118

35 A SU SUERTE 121

36 A LA MAR 123

37 LA VIUDA TAMBIÉN MURIÓ 125

38 LA JIRAFA QUE VIVÍA EN LA LUNA 128


39 LA PACIENCIA DE LA ARDILLA 133

40 LA NOCHE DE SAN LORENZO 137

41 EL LOBO DORMIDO 140

42 DE TODAS PARTES 143

43 EL TIBURÓN Y EL TRAJE DE BUZO 146

44 SIN UNA PLUMA DE TONTAS 149

45 SANTIDADES 151

46 BOMBERO POR ACCIDENTE 154

47 QUÉ RARO, ¿VERDAD? 158

48 AL ESTE 160

49 EL RETO 162

50 UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD 165

51 LA PARADA 168

52 UNA MENTIRA CASI PIADOSA 171

53 EL SACRIFICIO 175

54 APRENDER A MASTICAR 179

55 ENTREGAS A DOMICILIO 181

56 LA PRIMERA VEZ 183

57 LA BODA 187

58 LA CORREDORA 191

59 UN ÚLTIMO CONCIERTO 194

60 HOLLYWOOD 197


A mi madre


1.

EL SENDERO LUMINOSO

Cuando la babosa despertó aquella mañana, se miró

alrededor extrañada y preocupada: su casa ya no estaba

ahí. Se apresuró con su aseo matutino y, sin pensarlo

dos veces, fue en su búsqueda.

Caminó durante horas, pero, pese a sus esfuerzos,

no pudo hallar la diminuta morada.

De noche, ya en lo alto de un montículo, pudo ver

el largo y embrollado rastro que había dejado durante

su larga marcha. Bajo la luz de la luna, el trazado de

baba parecía un asombroso sendero luminoso. Lo contempló

un momento y, acto seguido, comenzó a recorrerlo

volviendo sobre él.

Ya al amanecer, el animalito se encontró de nuevo

en el punto de partida, agotado y sediento. Fue a meter

el áspero morro en un pequeño charco y, al verse reflejado

en el espejo de agua, pudo contemplar, cargado

sobre sus hombros, el cascarón que había andado buscando

a lo largo del día. Su casita siempre estuvo allí,

pegada a su cuerpo. Sonrió, contento, y comprendió, de

inmediato, que ya nunca volvería a extraviar su hogar,

porque, en realidad, él no era una simple babosa, sino

un hermoso y gallardo caracol.

13


EL SENDERO LUMINOSO

14


2.

PACIENCIA

La tortuga hiperactiva estaba harta de estar siempre

angustiada por no ser capaz de hacer todo lo que se

proponía. Por la mañana, preparaba con diligencia la

lista de tareas que quería desenvolver a lo largo de la

jornada, pero cuando llegaba la noche se daba cuenta

de que, pese a su enorme empeño, no había conseguido

acabar nada de lo que empezó. Todo se le había quedado

a medio hacer.

Miraba a las demás tortugas y sentía envidia por

esa manera tan tranquila que tenían de acarrear con sus

quehaceres. Todo lo hacían pausadamente, y no les importaba

en absoluto si iban a tardar un segundo o toda

una vida para llevar a término sus labores. Además, a

diferencia de ella, que batallaba para dominar sus ansias

y sus desasosiegos, a las otras tortugas se les veía

absolutamente serenas.

Cuando aquella situación comenzó a hacérsele insufrible,

decidió emprender un largo viaje hacia las

montañas, el lugar donde vivía el búho sabio.

Una vez allí, éste le enseñó a canalizar su hiperactividad

para que pudiera, de algún modo, concentrar todas

sus energías y esfuerzos sólo en las cosas que su

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capacidad le permitía llevar a cabo.

Aquél era sin duda su lugar. Así que, cuando por

fin comprendió la suma de las enseñanzas del búho, no

quiso siquiera desperdiciar su precioso tiempo en volver

a casa y solicitó al maestro quedarse en el monasterio.

Éste aceptó complacido y, desde entonces, la tortuga

sólo hace lo que realmente cree que puede finalizar.

Y si luego eso no sucede… ¡Paciencia!

16


PACIENCIA

17


3.

LA GUERRA Y LA PAZ

Un armadillo y un puercoespín se fueron a la guerra.

Pero, con la Guerra, a los dos les fue muy mal, y

acabaron bien magullados; así que decidieron mejor

probar suerte con la Paz.

Con la Paz las cosas sí que les fueron bien: allí todas

eran risas y bienaventuranza.

Pronto se corrió la voz, y muchos de los que habían

marchado a la guerra terminaron por seguir los pasos

del armadillo y del puercoespín.

Y fue así como la Guerra dejó de tener amigos.

18


LA GUERRA Y LA PAZ

19


4.

DE RISA

Una hiena muy alborozada —tan complacida de sí

misma que llegaba a disgustar a más de una de sus

compañeras—, solía pasearse casi siempre sola, burlándose

de la vida y de todo lo que se le cruzaba por el

camino.

Tras ella, aunque siempre a hurtadillas para no ser

vista, iba otra hiena que, a diferencia de las demás que

la despreciaban profundamente, veneraba y envidiaba

al mismo tiempo a la hiena solitaria. Y la razón era

sencilla. Al contrario de ésta última, ella aún no había

aprendido a reír. Se le había metido en la cabeza —y

puede que con razón— que siguiendo a su compañera a

todas partes y a todas horas, algún día aprendería a

hacerlo.

La hiena risueña, la que sí sabía reír, armaba siempre

un gran escándalo y, en más de una ocasión, estuvo

a punto de meterse en un buen lío. Es más, un día, en

un buen lío se metió de verdad, y casi terminó devorada

por un enorme león.

Pero… ¿cuándo ocurrió eso? ¡Ah, sí! Fue el día en

que la alegre hiena decidió adentrarse en la selva donde

vivía el «Rey».

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Iba algo más chisposilla que de costumbre —que ya

es decir— y por eso, cuando se cruzó con el león, quiso

hacerse notar. Se puso tan burlona que el felino pronto

perdió la poca paciencia que le quedaba y se abalanzó

sobre ella.

Cuando la tuvo debajo de sus zarpas, la miró fijamente

a los ojos, enojado, y le dijo:

—Te has atrevido a escarnecerte de mí, del Rey, y

sólo por eso me vas a servir de almuerzo. Te hubiese

ignorado en otras circunstancias porque ya ando saciado,

pero tu impertinencia y tu descaro me han hecho

cambiar de parecer.

La hiena no paró de reír, ahora más por miedo que

por otra cosa. Toda su osadía había desvanecido en un

santiamén. Estaba tan aterrorizada que ni siquiera se

atrevió a implorar por su vida.

El león la miró una última vez, firme, con los ojos

ensangrentados, antes de asestarle un último y definitivo

zarpazo. Pero una voz chillona, proviniendo de detrás

de los matorrales, lo hizo sobresaltar y lo obligó a

detenerse.

—¡No temas, amiga, estamos todas aquí! ¡Vamos a

salvarte!

Y, acto seguido, se notó un fuerte bullicio, como si

una manada de bestias salvajes estuviese a punto de entrar

en escena.

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El león, temiendo por su vida, retrocedió. Lo que en

ningún momento le llegó a pasar por la cabeza es que

todo aquel alboroto, en realidad, lo producía un solo

animal: la hiena que todavía no había aprendido a reír.

Bueno…, ella y las dos enormes ramas que no paraba

de restregar por el suelo como enloquecida.

Y, de un modo u otro, su estratagema resultó. El

león, creyendo que iba a estar en inferioridad numérica,

desistió de su propósito y se alejó. Pero antes de irse,

giró la cabeza hacia su victima y dijo:

—Vas a seguir con vida porque tus amigas han acudido

en tu ayuda… Ya tendremos otra ocasión de vernos

las caras, y cuando eso ocurra, no cuentes con salir

ilesa. Para ti profetizo un final mucho menos feliz que

del que has tenido hoy.

Y rió enérgicamente, mostrando sus afilados dientes.

Cuando se hubo marchado, la hiena que aún no sabía

reír, asomó finalmente la cabeza y se acercó de

puntillas a su compañera.

—Menos mal que todas estabais rondando por estos

parajes —dijo la hiena malherida, cuando ya pudo dejar

de temblar y notó por fin que la voz le salía de la

garganta—. Porque de otro modo ahora no lo contaría.

La otra, la miró a los ojos, casi apiadándose de ella

y, seria —como sólo una hiena que todavía no ha

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aprendido a reír puede serlo—, le rebatió:

—¿Qué dices? Si no hay nadie más. Sólo estoy yo.

Y… suerte que te venía siguiendo.

Un destello de terror volvió a brillar en los ojos de

su compañera al imaginarse, por un instante, lo que

hubiera pasado si su depredador no se hubiese tragado

la mentira de su devota.

—¡Madre mía! ¿Cómo se te ocurrió algo así? Podría

habernos matado a las dos —dijo, como indignada.

La hiena que no sabía reír, pensó en ello y, por un

momento se vio tendida en el suelo, hecha pedazos, al

lado de la otra, también hecha pedazos.

—Nos hubiese descuartizado a ambas. Qué fuerte,

¿no?

Al decirlo le pareció sumamente divertido. Como si

de una explosión tardía se tratara, la hiena que aún no

sabía reír soltó por fin una fuerte carcajada que terminó

por contagiar también a la otra. Y, desde aquel entonces,

las dos no pueden contener su risa cada vez que lo

cuentan a las demás.

23


DE RISA

24


5.

SIN AIRE

Un viejo ornitólogo había dedicado toda su vida al

estudio de las aves que viven en las grandes ciudades.

Con el propósito de averiguar qué impulsaba a esos

animales a permanecer en lugares tan grises y sórdidos,

había construido, años atrás, una compleja máquina

que fuera capaz de traducir el lenguaje de los pájaros:

ese sonido tan hermoso que los humanos somos incapaz

de comprender.

Todo hay que decirlo, la máquina nunca consiguió

convertir ningún sonido emitido por las aves en un lenguaje

comprensible para el hombre. Pero, y pese a ello,

el profesor no dejó de intentarlo hasta el fin de sus días.

Desafortunadamente, el viejo no tuvo suerte y, a su

muerte, todos sus artilugios quedaron abandonados en

su laboratorio y, éste, pronto se vio invadido por todo

tipo de usurpadores: ratas, cucarachas y demás oportunistas.

Un día, después de surcar los angostos túneles de

aquella ciudad, llegó a la vieja y abandonada casa del

ornitólogo, un topo rechonchote y muy fisgón.

Una vez en el laboratorio, a diferencia de los otros

animales «ocupas» que se habían instalado ahí, empezó

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a inspecciónalo todo, olfateando cada cosa con su prominente

y diestro hocico, hasta que se detuvo, repentinamente

intrigado, delante de la extraña máquina del

difunto profesor.

Sin saber con exactitud de qué se trataba, con las

patitas tocó una y otra vez los mandos hasta que de los

viejos altavoces salió un extraño e ininteligible sonido.

El topo se asustó. Soltó todo y se apartó de la maquina.

Aquella insólita asonancia le era familiar, pero no acababa

de comprender porqué. Le parecía una paradójica

y misteriosa mezcla del canto de un ave y las frases de

un humano.

Si había algo que le chiflaba eran los sonidos. En su

mundo de penumbra, lo guiaban y entretenían al mismo

tiempo, haciéndole olvidar la desgracia de poder

ver tan poco. Así que cuando se le pasó el susto, se

volvió a acercar a la máquina con la intención de averiguar

algo más sobre aquel extraño lenguaje. Empezó

a mover los reguladores como si quisiera ajustar la frecuencia,

pero la cacofonía sólo se hacía más incomprensible.

Tras muchos intentos fallidos, y una vez agotada

toda su paciencia, decidió que ya era hora de dejarlo

correr y se marchó. La habitación volvió a quedar en

silencio.

Sin embargo, unos segundos después, un sonido

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magnético, pero ahora sí comprensible, salió de la maquina

del ornitólogo:

—¡Como esta gente nos siga contaminando el aire,

la vamos a palmar! Deberíamos pensar en marcharnos

a vivir a otro lugar.

Las aves por fin se hacían entender. Pero allí no

había nadie, ni topo ni humano, que pudiera entender el

significado de aquella amenaza; así que los ratones, las

cucarachas y demás oportunistas siguieron royéndolo

todo.

27


SIN AIRE

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6.

EL MISMO CIELO

Un gusanito quería llegar al Cielo, pero no sabía

cómo. La única manera que él conocía era la que contaban

los humanos, es decir que sólo vas al Cielo cuando

mueres y una vez allí…, allí te quedas.

Pero, puede que los humanos hablaran de un Cielo

muy distinto al que él quería ir, porque su intención no

era quedarse, sino regresar y contarles a todos lo que

había visto.

Era consciente de que no tenía que ser tarea fácil,

porque nadie lo había logrado hasta ese momento. Sin

embargo, tenía la esperanza que algún día encontraría

la manera de conseguirlo.

Una calida tarde de primavera, mientras paseaba

alegremente por un bosquecillo de flores silvestres, la

suerte le dio la cara. Ante sí apareció, de repente, una

diminuta y extraña semilla.

El gusanito la arrastró hasta su casa y fue a plantarla

en su jardín. Cuando la hubo regado bien, se preparó

la cena, comió hasta saciarse y se fue a dormir, ansioso

por saber qué resultado daría su siembra.

Al día siguiente, al despertar, fue directo a mirar si

la simiente ya había brotado y, para su asombro y su

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júbilo, pudo constatar que ésta se había convertido en

una planta gigantesca. Y, al igual que la del cuento del

chicharo mágico, subía directa hacia el cielo, retorciéndose

sobre sí misma, como una asombrosa y enorme

escalera de caracol.

El gusanito vio en aquel prodigioso evento la oportunidad

que tanto había anhelado. Excitado, corrió a

hacer el equipaje y emprendió su larga marcha.

Pasaron los días, los meses y también las diferentes

estaciones, pero de su ansiado Cielo, nada de nada.

Aun así, el gusanito siguió subiendo por el largo

tronco, pero, con el tiempo, ya con mucho menos entusiasmo

de cuando comenzó la aventura.

Un día, sin embargo, cuando su empresa empezó ya

a parecerle vana e infructífera, decidió que era hora de

detener su marcha y de ponerse a reflexionar sobre lo

que debía hacer.

El camino andado era mucho, por lo que la decisión

le tomó su tiempo. Y por eso, duda tras duda, el pequeño

gusano quedó atrapado durante un largo periodo a

medio camino entre el cielo y la tierra.

Con el paso de los años, cuando por fin logró alcanzar

el Cielo, quedó maravillado. Ahí, todos estaban

al corriente de su llegada y algunos hasta habían acudido

a recibirlo con música, pancartas y confetis. El gusanito

sintió que el corazón se le iba a salir del pecho

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de tanta emoción y de tanta felicidad. El Cielo era un

lugar único y extraordinario, lástima que, una vez allí,

ya no pudiese regresar para describírselo a los demás.

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EL MISMO CIELO

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7.

EL AGUA Y EL CAMELLO

Se cuenta que, en un lejano desierto, vivía un camello

que se encargaba de abastecer de agua a todos los

insectos que habitaban por aquellos parajes y que iban

a abrevarse, día tras día, a sus peludas gibas.

Un de esos días, sin embargo, cansado de que ésos

desperdiciaran sin ton ni son todo el líquido que el almacenaba

con tanto celo, los amenazó con marcharse a

otro lugar.

Pero los insectos ni caso, y siguieron malgastando

el agua como si nada, hasta que el camello cumplió con

lo que había proclamado. Esperó a que el sol desapareciera

del cielo y se largó.

Esa misma noche cayó un diluvio devastador que

acabó con la vida de los insectos… y con la sequía. Y

cuando después de meses paró de llover y mucha del

agua sobrante se volatilizó, ahí donde vivía antes el

camello surgió un plácido y hermoso oasis.

Nunca se ha sabido adónde fue el animal. Pero de

poco importa, puesto que ahora ya nadie desperdicia el

agua del desierto.

33


EL AGUA Y EL CAMELLO

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8.

DOS COJOS Y MEDIO

—¿Qué te pasó a ti, compadre? —preguntó el gato.

—Pues que me topé con un pinche camionero que

se creía Fittipaldi y, ahora, ya no me funciona la pierna

derecha —le contestó el zorro conmocionado.

—Tuviste suerte, amigo. A mí, esta tarde, me van a

amputar la izquierda.

El zorro, al ver que el otro lo decía casi riéndose de

sí mismo, le quiso seguir la corriente y añadió:

—Pues no te apures, compadre, que al salir te presto

la mía.

Y como lo prometido es deuda, cuando les dieron el

alta, de veras se la prestó. Así que aun estando los dos

borrachos, el zorro se ofreció a acompañar al mutilado

a su casa.

Agarraditos los dos: el brazo de uno sobre el hombre

del otro, y el brazo del otro sobre el hombro del

uno, hicieron un solo individuo entre los dos. Dos cabezas,

dos troncos, dos brazos… y dos piernas.

No me pregunten ni el cómo ni el porqué, pero fue

que el cojo simplemente levantó la otra pierna.

Con la pierna derecha del uno y la izquierda del

otro, fueron camino a la casa del gato, bebiendo, can-

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tando y burlándose de sus respectivas desdichas. Y

hubiesen llegado al destino enteritos los dos —aunque

enteritos es un decir—, si no se hubieran topado con un

niñito muy pícaro que, al verlos en aquellas condiciones,

quiso llevar la burla de su infortunio un poco más

lejos.

Inmóvil, y fingiendo indiferencia, los esperó a la

parada del autobús donde se encontraba. Aguantó el

aliento para no reírse prematuramente y, cuando los

dos borrachos pasaron tambaleándose por delante suyo,

él simplemente extendió su pierna lo justo para que se

cruzara con la de uno de los dos amigos y… ¡zas!, ambos

dejaron de tambalearse.

El niño echó a correr, aun sabiendo que ninguno de

los dos iba a perseguirle, y menos ahora que estaban

tendidos en el suelo con la frente abierta y la cara ensangrentada.

Sin embargo, aun huyendo y alejándose de la escena

a toda prisa, el muchacho no pudo evitar girarse

continuamente para mirarlos y seguir riéndose de los

dos desgraciados.

Pero, como todos saben, las desgracias llaman a las

desgracias y, justo en el primer cruce, y justo la última

vez que el niño se volteó a mirar, un coche a toda prisa

se lo llevó por delante.

Días más tarde, en el mismo hospital donde gato y

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zorro se habían conocido, una niñita de pelo rubio, vestida

toda de celeste que parecía un hada, dirigiéndose al

paciente de la cama de al lado con voz dulce, pero llena

de tristeza y de congoja, preguntó:

—¿Qué te ha pasado a ti, amiguito? A mí me amputaron

una pierna el otro día…

—No lo sé. De repente mi pierna dejó de funcionar.

Puede que a mí también vayan a amputármela. Pero

como mi papá es carpintero me ha dicho que no me

preocupe porque, cuando salga, me hará una nueva de

madera.

Su nariz, de pronto, se le alargó medio palmo.

La niña se llevó a toda prisa una mano a la boca para

amortiguar su risa. Ella, y puede que nosotros también,

ya sabía quién era ese chiquito.

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DOS COJOS Y MEDIO

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9.

EL BALOMPIÉ

Como era costumbre en aquel lugar, cada domingo

los insectos disputaban uno de los partidos del torneo

anual de las dos hojas. El juego, simple, pero muy alegre

y entretenido, enfrentaba a un grupo de insectos

con otro para ver qué equipo era capaz de mantener en

vuelo su hoja durante más tiempo.

El secreto no estribaba sólo en la habilidad individual

o de conjunto de cada equipo, sino también en la

elección del tipo de hoja. El tiempo, la temperatura y la

humedad empleados para secar la hoja de cada equipo

era de vital importancia, y requería un largo proceso.

Por ese motivo, cuando aquel día se fueron a buscar

las dos hojas y se comprobó que alguien le había hincado

el diente, todos apuntaron al mismo animalito: la

cochinilla de la humedad. Los demás insectos, disgustados

y furibundos, comenzaron a patear a la cochinilla

y ésta, para amortiguar los golpes, empezó a replegarse

sobre sí misma hasta trasformarse en una pelota. Fue

así como nació un nuevo y divertido juego: el balompié.

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EL BALOMPIÉ

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10.

LLUVIA DE PRIMAVERA

Hubo un tiempo en que las hadas vivían todas arriba

de las nubes. Cada una tenía su propia nube, y cada

nube tenía forma y dimensiones concordantes con su

inquilina.

Al llegar la primavera, con las primeras lluvias, la

pequeña nube de la más diminuta de las hadas terminó

por deshacerse por completo.

El hada, al quedarse sin casa, fue a ver a su amiga y

vecina que vivía unas cuantas nubes más allá, en el

mismo trocito de cielo. Su amiga se apiadó de ella y la

acogió en su nube. Pero las lluvias siguieron y siguieron

aquel año, como nunca había ocurrido antes, y fue

así como la nube de la amiga del hada diminuta también

acabó por descomponerse, al igual que las de todas

las demás hadas.

Ya no teniendo a quién acudir, las dos juntitas decidieron

bajar a la tierra y ahí buscar dónde alojarse.

Sin embargo, cuando llegaron a la tierra, ya era de

noche y no se veía ni a un palmo de sus narices, así que

ambas se volvieron refulgentes para que con su luz pudieran

alumbrarse el camino.

Su intención era encontrar un refugio y quedarse

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allí un tiempo, hasta que reaparecieran las nubes en el

cielo y pudiesen volver a tener un hogar.

Empero, las dos hadas no tuvieron suerte. No aquella

primavera por lo menos, ni el verano que le siguió,

porque no paró de llover y llover. Y como las circunstancias

las obligaron a iluminarse el camino durante

muchas noches, al final terminaron por quedarse para

siempre en ese nuevo mundo, trasformadas en dos

hermosas y diminutas luciérnagas.

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LLUVIA DE PRIMAVERA

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11.

EL VUELO

Cuánto tiempo caminó el ciempiés antes de perder

todas y cada una de su patitas nadie llegó nunca a saberlo.

Pero es vox populi que al final, cuando ya no tenía

ninguna de sus extremidades, emprendió el vuelo.

44


EL VUELO

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12.

ASÍ ES LA VIDA

Un día, cansada de la vida de campo, una joven y

hermosa lombriz decidió ir a buscar suerte a la cuidad.

Sin embargo, la suerte no le fue muy benévola. Llamó

a muchas puertas, pero no consiguió que nadie le

ofreciera un trabajo digno y, cuando sus ahorros empezaron

a menguar, no tuvo más remedio que recurrir a

los seres que más despreciaba: las moscas. ¡Éstas sí

que sabían donde buscarse la vida!

Las moscas la condujeron hasta el vertedero de las

afueras. Ahí las cosas abundaban: había todo tipo de

comida y de objetos útiles. Sólo eran necesarios un poco

de paciencia y algo de voluntad para hallar mil tesoros

entre tantos montículos de sobras.

Pero, ya se sabe, ahí donde hay abundancia hay

riesgo, y pronto la bella lombriz terminó por ser ella

misma un preciado tesoro entre tanta basura.

Una tarde, mientras restregaba mansamente su barriguita

llena por las inmundicias, la avistó una hembra

de gorrión y, en menos que se diga, se lanzó sobre ella,

la agarró suavemente y emprendió el regreso al nido.

Estrangulada en el pico del ave, la lombriz imploraba

por su vida, pero no lo hacía con desespero, gri-

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tando, sino con la sumisión de quien sabe que así es la

vida. Y, cuando unas lágrimas cálidas aparecieron en

sus ojos, el pájaro se vio obligado a preguntar:

—No irás a pedirme que no te coma, ¿verdad? Ya

sabes que es ley de vida.

—Lo sé —respondió la lombriz. —Pero, convendrás

conmigo que si tú me comes yo ya no podré cumplir

ninguno de mis sueños. Y todavía soy muy joven.

Había jugado bien su última carta. Sólo quedaba

esperar a ver si el pájaro se convencería con su argumentación

y antes de llegar al nido, la dejaría marchar.

Y la gorrión se convenció.

—Tienes toda la razón del mundo, pequeña —dijo

el ave. —Pero mis gorrioncitos aún son más jóvenes

que tú, y con muchos más sueños que tú por realizar.

Desgraciadamente, ahora mismo tú eres su cena… Así

es la vida, deberías saberlo.

Y sí, la lombriz lo sabía, así que cerró los ojos y esperó

en silencio su suerte.

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ASÍ ES LA VIDA

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13.

LA ACEPTACIÓN

Cuando todos los mandamases del pueblo, en masa,

convinieron que había que desterrar a la mariquita porque,

ahora que había perdido todos sus lunares, ya no

era bien vista por los residentes, el animalito se sintió

tan desconsolado y solo que resolvió quitarse la vida.

Ya en las afueras del pueblo, se subió en lo alto de

la barandilla de un puente, llorando, y se preparó para

el último gran salto.

Una diminuta termita, al oír los sollozos, asomó la

cabecita para ver quién estaba gimoteando y, al ver al

raro insecto, preguntó:

—¿Qué bicho eres?... ¿Y por qué lloras?

La mariquita se secó apresadamente las lágrimas y

respondió:

—Puede que no me reconozcas porque días atrás

perdí todos mis bellos lunares, pero soy una mariquita.

—Entiendo —dijo la termita, —pero yo no sé nada

de mariquitas ni de lunares… Lo único que sé es lo que

veo, y lo que veo es que tú estás muy afligida.

—Lo estoy —admitió la mariquita—. Y el motivo

de mi desolación es justamente ése. Al perder mis lunares,

todos en el pueblo me rechazan y se apartan de mí

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como si tuviese la peste. Es por eso que he decidido

quitarme la vida.

La termita se llevó una patita a la sien para reflexionar

sobre lo que la mariquita le estaba contando

y, cuando tuvo claro lo que iba a argumentar, dijo:

—Te entiendo. Pero, antes de tomar una decisión

tan drástica e irreversible, ¿no deberías probar primero

a ver si los encuentras?

La mariquita se quedó extrañada: en ningún momento

se le había ocurrido pensar en algo tan simple.

Le dio las gracias a la termita, bajó apresuradamente de

la barandilla y se puso en marcha para ir a la búsqueda

de sus lunares.

No obstante, allá donde iba, todo el mundo la miraba

mal. Algunos hacían comentarios degradables en

voz baja, y otros hasta se atrevían a insultarla directamente

como si, con solo verla, se le subiera la indignación.

La mariquita cada vez se sentía más sola y desanimada.

Pero en lo hondo de su soledad, apartada y rechazada

del mundo, fue donde descubrió algo que jamás

había conocido antes: la potencia de la aceptación.

Así que poco a poco, sostenida por el ímpetu de ese

nuevo hallazgo, fue recobrando su integridad y, cuando

ya se sintió con las suficientes fuerzas para enfrentarse

a los del pueblo, volvió.

50


Era de noche cuando llegó a su casa. Estaba muy

cansada, pero feliz y dispuesta a ganar la batalla al día

siguiente.

Sin embargo, por la mañana, cuando fue a mirarse

al espejo, pudo ver que su espalda ya no era una simple

bóveda purpúrea, sino que justo en el centro, donde el

cascarón se parte en dos mitades, había dos pequeñas

manchas de color azabache. Concluyó que ya no valía

la pena luchar contra los demás, porque con lunares o

sin ellos, lo más importante ya había ocurrido.

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LA ACEPTACIÓN

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14.

BLANQUEADO

Aquella vez en que los ángeles bajaron a la tierra,

hubo un colibrí que entabló con ellos una estrecha

amistad, tanto que, cuando se marcharon, los quiso seguir

pese a que éstos le habían aconsejado de no hacerlo

porque, como puntualizaron, una vez en el Cielo no

le permitirían la entrada.

Pero el colibrí era un animalito muy desconfiado y

quiso averiguarlo por sí mismo. Y, efectivamente, tal y

como sus amigos le habían anunciado, cuando llegó a

las puertas del Cielo un angelito le paró los pies.

El colibrí no se amedrentó. Con toda la impertinencia

preguntó al angelito cuál era el motivo por el que se

le negaba el acceso. Y éste, impávido, le contestó:

—No es que no seas bienvenido, sino que aún no

eres como nosotros.

El colibrí no se lo tomó a mal.

De regreso a la tierra, se puso a meditar sobre lo

que el angelito había querido decirle. Pensó y pensó, y

llego a la conclusión de que lo que lo hacía diferente a

aquellas extraordinarias criaturas era su hermoso plumaje.

Así que, si quería parecerse a un ángel y entrar

en el Cielo, tenía que prescindir de sus colores.

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¿Era realmente eso lo que el angelito quiso decirle?

¡Quién sabe lo qué hay en la cabeza de un ángel diminuto!

Fuera como fuese, y con ése propósito en mente, el

colibrí fue a consultar a muchos doctores antes de dar

con alguien dispuesto a volverlo totalmente blanco. Y,

cuando lo consiguió, para no hacer otra vez el viaje en

balde, antes de volar hacia el Cielo, se propuso hacer

unas comprobaciones preliminares y se dirigió al bosque.

Con el primer animal con el que se topó fue una víbora

muy hambrienta que viajaba hacia el Este, y a ésta

le preguntó:

—¿Quién crees tú que soy?

—No te veo bien —respondió la víbora—. Podrías

acercarte un poco más.

De eso ni hablar. El colibrí sabía perfectamente

cuáles eran las intenciones de la serpiente.

—Ni lo sueñes. Tendrás que buscarte a otro para

saciar tu hambre —dijo—. Por ahora sólo quiero saber

qué animal crees tú que soy.

La víbora, contrariada, se dio media vuelta y se

marchó. Pero antes de alejarse del todo, quiso darle el

gozo de una respuesta, se giró e, indignada, dijo:

—Pareces un pobre colibrí albino.

El colibrí, impasible, siguió su camino por el bos-

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que y a cada animal con el que se cruzaba le hacía la

misma pregunta. Pero nadie le daba la respuesta que él

quería escuchar. Nadie lo veía como un ángel.

Al atardecer, jadeante y desencantado, y ya a punto

de desistir, se encontró con la hiena que todavía no

había aprendido a reír (la recordareis de una historia

anterior) y, viendo en ésta su última oportunidad, decidió

arriesgarse y utilizó una nueva estrategia. Empezó

a agitar las alas lo más fuerte que pudo y revoloteó alrededor

del felino con la esperanza de estimular en él

algo de curiosidad. Y la hiena, como es lógico, sintió la

necesidad de preguntar:

—¿Quién eres, pequeño animalito blanco?

El colibrí excitado y ahora feliz, con el corazón a

punto de explotarle en el pecho, se rió y dijo:

—¡Ja, ja! ¿Acaso no se ve? Soy un angelito.

La hiena ni se turbó, quizá porque aún no había

aprendido a reír, pero se mostró muy, muy escéptica al

respeto. Lo observó un momento y luego, seria e impasible,

como sólo puede serlo una hiena que aún no ha

aprendido a reír, dijo:

—¡Será, pequeñín, pero, para serte sincera, a mí

más bien me pareces Michael Jackson!

55


BLANQUEADO

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15.

ADAPTÁNDOSE

Desde temprana edad el camaleón se había negado

a tener una sola identidad, porque eso lo hubiese relegado

a ser parte únicamente de un grupo determinado.

Pronto desarrolló la extraña habilitad de mutar y

adquirir la apariencia de los miembros del conjunto al

que puntualmente quería pertenecer. De ese modo,

siempre estaría donde había que estar, continuamente

enterado de lo que pasaba en el mundo.

Empero, durante su larga existencia, había cambiado

tantas y tantas veces de semblante, y se había adaptado

tantas y tantas veces a los demás que, cuando murió,

ya nadie sabía con exactitud quién era.

57


ADAPTÁNDOSE

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16.

DE QUÉ SIRVE

Un mapache muy poco espabilado, para solventar

su penuria económica, decidió que tenía que atracar un

banco. Estaba muy convencido de ello, pero no tenía ni

idea de cómo se organizaba algo así.

Pese a todo, su primo, que era un mapache más de

mundo, le aconsejó que reclutara a uno cuantos gatos

callejeros, porque ellos sí que sabían como montar un

cotarro de esa índole.

El mapache fue a ver a los gatos, pero éstos quisieron

imponer sus propias reglas, por lo que nuestro aspirante

a ladrón tuvo que acatar con lo que los felinos

plantearon. Los gatos maquinarían todo el plan y lo entrenarían,

pero el que llevaría a cabo el atraco iba a ser

el mapache, puesto que era el que mejor disfraz tenía.

Además, si todo salía bien, los gatos se quedarían con

la mitad del dinero.

El atraco se llevo a cabo sin incidentes, los malhechores

se repartieron el botín como habían pactado,

y todos quedaron satisfechos.

Pero al mapache el dinero le duró bien poco: que si

esto para su familia, que si lo otro para los amigos y los

caprichitos, que si lo que tuvo que darle a su primo por

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el consejito… En fin, que resultó que a los pocos meses

ya estaba sin blanca otra vez. Por eso, pronto volvió

a ver a los dichosos gatos. Si había funcionado la primera

vez, también saldría bien una segunda. Eso es lo

que pensó. Así que, reunió a su banda para dar un segundo

golpe.

Lo que no sabía el pobre mapache es que los gatos

ahora tenían un nuevo cabecilla, y unas intenciones

menos nobles que la primera vez.

El planteamiento esta vez fue muy distinto. La nueva

rapiña se llevaría a cabo desde la parte alta del edificio.

Los gatos entrarían por una ventana del último

piso, mientras que el mapache esperaría abajo recogiendo

y embolsando el dinero que ellos les irían tirando.

La primera parte del plan salió bien, y los gatos llegaron

hasta a arrojarle al mapache una primera bolsa

de dinero, pero una llamada anónima alertó a la policía

y, cuando acudieron al lugar, al primero que pillaron

con las manos en la masa fue al mapache, y se lo llevaron

a comisaría. Y al final, tal y como cabía esperar, el

mapache terminó en el calabozo.

Una vez en su celda empezó a llorar y llorar, arrepintiéndose

de todo cuanto había hecho y acordándose

de la vida en el bosque donde, aunque pobre, se sentía

feliz y libre. Además él nunca había estado solo, y en

60


aquellas cuatro paredes no había ni una mísera cucaracha

a quien contarle sus penas.

Si embargo, unos días más tarde le pusieron un

compañero de celda: un conejito salvaje al que le habían

trincado por hacer trampa en una carrera de liebres.

Y el mapache le fue enseguida a contar sus desaventuras.

El conejo, aunque villano, era un animalito de muy

buen corazón, así que para aliviar los suplicios de su

compañero de celda, y un poco también los suyos, por

tener que aguantar tanto lloriqueo de mapache, decidió

ofrecerle un consejo.

—¿De qué te sirve angustiarte tanto? —le dijo—.

Nada bueno puede aportarte el atormentarte así. Lo

mejor sería utilizar toda esa congoja y ese malestar para

reflexionar sobre los errores que cometiste, y que la

próxima vez no te la vuelvan a jugar.

El mapache muy bien no entendió el consejo del

conejo, pero al rato se sintió muy aliviado.

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DE QUÉ SIRVE

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17.

DESDE LO ALTO DE MI CASA

Un ratoncito, desde hacía años, vivía en la oreja de

un viejo y solitario elefante, medio sordo, al que ya no

le quedaba casi memoria.

Los dos habían llegado a un acuerdo: el elefante

cuidaría de él y le daría cobijo, dejándole habitar en su

oreja, y el ratón, a cambio, le susurraría al oído todo lo

que el otro ya no podía casi oír.

Todo iba de mil maravillas, por lo menos hasta el

día del trágico safari, cuando un grupo de terribles cazadores

de marfil arremetieron con sus monstruosos

jeeps contra una manada de elefantes, produciendo una

colosal y peligrosa estampida.

El ratoncito, al ver lo que le venía en cima, alertó

rápidamente a su casero, sugiriéndole que se diera a la

fuga, al igual que estaban haciendo los demás de su especie.

El elefante echó a correr, pero con tanto ímpetu que

el pequeño ratón se cayó de su oreja y quedó medio

atolondrado en el suelo, con el riesgo de ser aplastado

por los demás mastodontes que llegaban despedidos.

Uno de los elefantes, el primero de la manada, al

ver a la monstruosa criatura, paró bruscamente, se giró

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hacia los demás y los alertó de su presencia.

—¡Un ratón! ¡Un ratón! ¡Marcha atrás!

Todos los elefantes se dieron media vuelta y empezaron

a correr enloquecidos en dirección a los cazadores

que, desprevenidos y sin escapatoria, terminaron

aplastados por los enormes paquidermos.

El elefante sordo seguía huyendo. De pronto pero

se percató de la ausencia de su inquilino y regresó a

por él. Al verlo tirado en el suelo, inconsciente, lo agarró

con la trompa y se lo volvió a colocar en el oído.

Al día siguiente, alguien le comentó lo sucedido al

elefante, así que éste se vio en la obligación de darle

las gracias al ratón por haberle salvado la vida a él y a

sus compañeros. Pero al poco rato, mientras andaba

mansamente, como si una duda lo corroyera de repente,

dijo:

—¡Has salvado a mi familia, pequeño amiguito!

Pero me pregunto, ¿cómo lo hiciste? ¿Qué les dijiste?

Me han dicho que, justo después de toparse contigo,

todos mis hermanos decidieron que, en lugar de huir

como cobardes, iban a luchar por su vida.

—No todo lo hago desde lo alto de mi casa —

respondió el ratón—. Hay cosas que se me dan mejor

en el suelo.

El elefante se quedó igual de perplejo que antes, pero

sonrió y siguió tranquilamente con su paseo.

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DESDE LO ALTO DE MI CASA

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18.

ECO

Una cotorra de fastuoso y colorido plumaje, siempre

tenía mil dudas y mil problemas existenciales porque

en su vida sólo había aprendido una cosa: repetir lo

que los demás decían, y hasta aquel momento aún no

había entendido de qué le iba a servir algo así.

Un buen día, mientras surcaba libremente el cerúleo

cielo, fue alcanzada por los perdigones del disparo de

un cazador. Las dos alas del pájaro se quebraron, y el

pobre animalito cayó en picado, como una bomba lanzada

desde lo alto de un aeroplano, y fue a caer en un

pozo. No murió, pero allí fue condenada a vivir el resto

de sus días.

A partir de aquel momento, todas las noches que

los aldeanos acudían, a escondidas, a pedir un deseo al

pozo y a contar sus penas, espiados únicamente por la

luz misteriosa de la luna, la pequeña ave, desde ahí

abajo, hacia lo único que había aprendido a hacer en su

vida, y repetía todo lo que los demás iban a contarle.

Fue así como se corrió la voz de que en el pozo, al

igual que en las altas montañas que rodeaban el valle;

al igual que en los profundos barrancos donde iban a

lanzarse los que ya no podían cargar con sus penas; al

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igual que en una inmensa y tenebrosa estancia vacía,

habitaba una de esas extrañas y bellas criaturas que los

antiguos llamaban Eco.

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ECO

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19.

NOVICIAS

A una mantis religiosa que, tiempo atrás, había ingresado

en el convento con el firme propósito de llegar

a ser una buena monja, finalmente le había llegado el

momento de demostrar si estaba preparada para ello o

no. Y lo demostró; así que ahora sólo le faltaba, como

las normas de la orden mandaban, hacerse con una nueva

adepta.

La novicia, que se creía mucho más espabilada que

las demás, no fue al pueblo como las otras discípulas

del convento a las que se les había encargado lo mismo,

sino que se dirigió directamente al campo donde

abundaban mantis religiosas deseosas de ser reclutadas.

Sin embargo, y pese a su elocuente retahíla, sólo

consiguió reclutar a una. Pero eso no importaba, porque

esa una estaba tan dispuesta y entusiasmada de entregar

su alma a Dios que valdría mucho más que las

que pudieran reclutar las demás.

De hecho, y mejor de lo que se hubiese podido esperar

de una mantis de campo, la nueva resultó ser una

alumna tan aplicada que todas las hermanas quedaron

encantadas con ella, y pronto empezaron a desear de

que llegara el día en que ella también fuese ordenada,

69


al igual que le había ocurrido a la compañera que la

había traído al convento.

Y ese acontecimiento, más allá del deseo de las

monjas y de la nueva, se tuvo que precipitar, porque a

causa de una epidemia el convento perdió muchos de

sus miembros, entre los cuales la mantis religiosas que

había sido ordenada.

Con todo, una noche, antes de que la novicia fuese

convertida en monja, la madre superiora, oculta detrás

de su puerta, oyó parte de sus plegarías.

—Tú ya sabes que mi único deseo es servirte, Señor,

pero ¿por qué para hacerlo tengo que ocultar que

soy judía?

La madre superior convocó rápidamente a las demás

reverendas y todas juntas, a pesar de las circunstancias,

decidieron expulsarla del convento.

La mantis religiosa se convirtió en una despiadada

asesina, y su rencor y su rabia en el veneno letal que

utilizaría para matar… O eso es lo que cuentan.

70


NOVICIAS

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20.

EL DRAGÓN QUE COMÍA HADAS

En un lugar muy remoto, vivía un dragón muy goloso

al que le gustaba comer hadas. Éstas, cansadas de

perder miembros de su comunidad, decidieron ir a la

isla mayor a ver al gran mago, para que les diera una

solución. Y el gran mago les dijo:

—Sólo hay una cosa que podéis hacer para evitar

que el dragón os siga comiendo. Tenéis que impedir

que éste se ahogue en el mar.

Hay que saber que las hadas vivían todas juntas en

una pequeña isla que formaba parte de un archipiélago

de tantos y tantos otros diminutos islotes, cada uno

habitado por un dragón y otros seres fantásticos. Un archipiélago

tan apartado del mundo que sólo se podía

llegar a él en sueños.

La isla en donde las hadas compartían territorio con

el dragón que comía hadas era la más pequeña del archipiélago,

pero la más poblada y, por esa razón, la

más visitada.

Los habitantes del archipiélago necesitaban desplazarse

a menudo de una isla a otra para conseguir alimentos

y demás cosas que no tenían en la propia isla.

Los que menos se desplazaban eran los dragones ya

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que para mover sus enormes cuerpos de una isla a otra,

a veces, les fallaban las alas durante el vuelo, a causas

de las fuertes corrientes, y caían al mar. Y, como los

dragones no sabían nadar, terminaban por ahogarse.

Así que bien podía ocurrir que, un día, esa suerte le

tocaría también al dragón que comía hadas.

Si eso sucedía, las hadas se librarían de su amenaza,

pero quizás el sustituto, el dragón que iba a suplantar

al de su isla, fuese aún peor que el que tanto temían.

Por eso, si las hadas conseguían salvarlo cuando esto

ocurriera, bien podía ser que el dragón terminara por

volverse su amigo y, muy probablemente, dejaría de

zampárselas.

No obstante, el gran mago les aconsejo que antes lo

planearan todo minuciosamente, ya que no era una tarea

fácil de realizar. Y las hadas, obedientes, así lo

hicieron.

Desde ese mismo día empezaron a entrenar con un

enorme tronco que, desde lo alto del acantilado, se

había precipitado al mar. Día tras día, se juntaban y trataban

de hacer levitar el tronco con sus poderes. Pero el

tronco era demasiado pesado, y sus poderes demasiado

limitados. Por eso, el enorme trozo de madera quedaba

suspendido en el aire un breve tiempo, sin que después

las hadas consiguieran llevarlo a tierra firme. Además,

estaba el inconveniente de que parte de su atención de-

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ía estar centrada en vigilar que no llegara el dragón y

sucediera lo que más temían.

Pero un mal día, lo que más temían sucedió. Las

pequeñas hadas, totalmente concentradas en su tarea,

descuidaron la vigilancia y, cuando el dragón apareció,

muchas de ellas no lograron huir de la gran cacería y

terminaron por ser devoradas por el monstruo volador.

El dragón se comió tantas hadas que cuando quiso

levantarse en vuelo casi no pudo. Las hadas que habían

sobrevivido lo observaban temblorosas, ocultas entre el

follaje. El dragón, al rato, volvió a intentarlo, esta vez

en dirección al mar. Su cuerpo pesado pudo por fin alzarse

en vuelo, pero nada más llegar el mar se desequilibró

y, cuando quiso volver a alcanzar la isla, cayó al

agua.

Las hadas rápidamente salieron de su escondite y se

lanzaron presurosas a intentar levitar al dragón y, por

extraño que parezca lo consiguieron. Sin embargo, sus

exiguos poderes no les permitieron llevarlo sano y salvo

hasta la orilla y todos, hadas y dragón, terminaron

cayendo al mar.

Ahora, también las hadas corrían el riesgo de morir

ahogadas al lado de su gran enemigo. Pero, como esto

es un cuento, ocurrió que, desde las profundidades del

océano, aparecieron unos grandes delfines dorados que

se encargaron de salvar a todos los náufragos.

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Una vez en la playa, cuando las hadas recobraron el

conocimiento, al ver al enorme animal tendido en la

arena, inmóvil, creyeron que había muerto y que pronto

llegaría otro dragón a sustituirlo.

Muy desconsoladas, aceptando con resignación su

triste destino, empezaron la retirada. Pero, ya cuando

marchaban cabizbajas hacia sus casas, notaron un olor

fétido y penetrante detrás de ellas. Se giraron y…, ahí

estaba su dragón, siguiéndolas a corta distancia, malherido

pero vivo.

Ahora ya no había nada que temer, porque, tal y

como les había pronosticado el gran mago, el dragón

ya no iba a alimentarse de hadas, sino que, a partir de

ese momento, sería su fiel e inseparable guardián y las

protegería con su vida hasta el fin de los días.

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EL DRAGÓN QUE COMÍA HADAS

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21.

EL FILÓSOFO DEL MAR

El día en que al camarón le dio por ponerse a filosofar

sobre la vida y sobre la muerte, sobre de dónde

venimos y sobre adónde vamos, terminó por ponerlo en

duda todo, incluido lo de la creación y todo eso. Fue

así como se convirtió en un revolucionario.

La noticia llegó a oídos de Neptuno quien mando

traerlo de inmediato.

Cuando lo tuvo delante, le dijo:

—Se comenta por ahí que te has calentado la cabeza,

y parece que te estás convirtiendo en una amenaza

para la integridad de mi Reino. Que ahora eres un revolucionario.

¿Es eso cierto?

El camarón negó en pleno las acusaciones de Neptuno,

pero ya que se encontraba ante el mismísimo Rey

de todos los mares, quiso aprovechar la oportunidad

que se le brindaba y expuso sus nuevas ideas sobre la

vida y sobre la muerte, sobre de dónde venimos y sobre

adónde vamos, y al final hasta terminó por hablar de la

creación y todo eso.

Neptuno escuchó en silencio, sin impugnar ni una

sola palabra de aquel manifiesto, y hasta le parecieron

bien algunas consideraciones que el camarón hizo so-

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e lo de la creación y todo eso, pero para el Rey de todos

los mares, ésas eran ideas necias y peligrosas, dignas

de un ser despreciable e indigno; así que cuando el

pequeño filósofo hubo terminado con su exposición,

dijo:

—No es de extrañar que pienses de ese modo. Eso

te pasa por no haberte preguntado nunca de qué está

llena la cabeza de un camarón.

El camarón, que no entendió lo que Neptuno quiso

decirle, esbozó una tenue y mema sonrisa como toda

réplica y… de ese modo terminó encerrado en una

mazmorra.

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EL FILÓSOFO DEL MAR

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22.

UNA AUTÉNTICA FAN

Cuando a la única cabra de la aldea se la expulsó de

la granja donde vivía porque todos llegaron a la conclusión

de que era una molestia, por esa absurda pasión

suya de cantar a todas horas canciones de Laura Pausini,

ella cogió sus cosas y se fue a vivir a la montaña.

Era indiscutible que los aldeanos tenían toda la razón:

la pobre era tremendamente desafinada.

La cabra se lo había tomado muy a mal. Pero, una

vez ahí arriba, dejó de importarle. En la soledad de los

altos picos, envuelta únicamente de un inmenso silencio,

ya no importunaría a nadie con sus chillidos desentonados.

Durante años, tanto ella como los lugareños vivieron

tranquilos y despreocupados, hasta aquella fatídica

mañana en la que los murales de la aldea fueron tapizados

con grandes y vistosos carteles que anunciaban

la llegada de la cantante Laura Pausini.

Cuando la cabra se enteró, se volvió loca de alegría

y fue rápidamente a comprar un pase para ir a verla.

Durante las noches que siguieron, casi no consiguió

conciliar el sueño de tan sobreexcitada que estaba. El

corazón no le cabía en el pecho, y la lengua no le para-

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a quieta en la garganta. Canturreaba alguna que otra

canción de su diva hasta estando echada en la cama totalmente

dormida.

Por fin llegó el gran día, el del concierto, y ella se

puso sus mejores galas para acudir al evento. Se había

propuesto estar callada y atenta, pero ya se sabe cómo

es la emoción; así que cuando Laura Pausini empezó a

cantar, no pudo contenerse y empezó a berrear al unísono

con ella.

¿Qué decir? Al rato, vinieron para echarla de ahí a

patadas y le ordenaron que ya no volviera a aparecer

por la aldea, que no era bien recibida, ni ella ni su canto.

Sin embargo, la cabra era lo que se dice una fan auténtica,

y no iba a dejarse amedrentar por aquella gentuza;

por eso, se coló furtivamente en el camerino de

Laura y ahí la esperó.

Nadie sabe qué ocurrió después de aquello, ni qué

se dijeron la cantante y la cabra cuando se vieron las

caras, pero lo que todo el mundo sabe es que desde esa

noche, del hocico del animal sólo salen notas afinadas

y melodiosas.

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UNA AUTÉNTICA FAN

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23.

EL DUELO

Una pulga y una garrapata estaban tan unidas que

todo el mundo creía que eran hermanas. Y ellas como

hermanas se querían, y por eso siempre hubo entre las

dos una gran rivalidad. De pequeñas, en los juegos infantiles:

a ver quién podía más en esto o quién en lo

otro; y más tarde, ya en la universidad, cuando ambas

resultaron ser grandes atletas, para saber quién conseguiría

triunfar en las pruebas de salto de longitud.

En realidad, eso se supo rápidamente. Nada más

aparecer los cazatalentos por la escuela, ya desde las

primeras pruebas, la pulga resultó ser la más adapta para

conseguir grandes resultados en la competición.

Sin embargo, la garrapata también saltaba lo suyo,

así que no todo estaba dicho, no hasta la prueba final.

Ahí se enfrentarían a muerte, como en un verdadero y

tenso duelo.

Pero la garrapata tenía muy pocas posibilidades de

superar a su rival, así que pensó que si quería ganar la

disputa tendría que hacer trampa. Y, con ese fin, se

adentró secretamente en los vestuarios y colocó unos

clavos en el interior de una de las seis bambas de su

compañera.

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La consecuencia fue que la pulga acabó en el hospital

con el pie sangrando y ya no pudo competir. Pero,

desafortunadamente para la garrapata, la prueba final

se suspendió y ella tampoco pudo competir.

La gangrena pudo con la pulga y al final le tuvieron

que amputar ese pie. Pero, aun con cinco patitas solamente,

cuando finalmente se pudo volver a disputar la

prueba, llegó a saltar sus cinco centímetros. Una buena

marca, pero no suficiente para hacerse con el contrato.

La garrapata había conseguido una marca muy superior,

pero al final —quién sabe si por remordimiento

o por alguna otra oculta razón— decidió renunciar,

permitiendo así a su gran amiga ganar esa pugna que

desde siempre tenía que haber ganado.

La pulga, gracias a su tenacidad y a sus esfuerzos,

llegó a arrollar, y ganó muchas medallas en los juegos

paralimpícos en los que participó. Y su amiga, la garrapata,

también triunfó, pero a su manera, convirtiéndose

en lo que una gran campeona siempre necesita a

su lado: una excelente y entregada entrenadora.

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EL DUELO

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24.

SUEÑOS

El pingüino se levantó aquel día con la firme consigna

de cambiar el mundo. Y cuando decía cambiar,

se refería a cambiarlo todo. Quería que la noche fuera

día y que el día se convirtiera en noche; que el frío ya

no fuese frío ni el calor fuese calor; que los humanos

dejaran de hablar y de pensar, y en su lugar lo hiciesen

las plantas y los árboles; que los animales, sin excepción

ninguna, pudieran comunicarse entre ellos, como

si todos hablaran una misma lengua…

Con ese propósito, y decidido a ser escuchado, fue

a ver a los dirigentes políticos y espirituales de la Tierra,

pero nadie le hizo el más mínimo caso. Todos estaban

demasiado ocupados, cada cual planeando sus

nuevas estrategias para someter a los hombres y al resto

de los seres vivos del planeta.

El pingüino, desilusionado, volvió a su casa y, durante

días, estuvo reflexionando sobre cuál sería la mejor

manera de que el mundo oyera lo que tenía que decir.

Pensó y pensó, y al final llegó a la conclusión de

que, si quería que sus argumentos fuesen escuchados,

tenía que recurrir a las nuevas tecnologías. Escribió un

manifiesto, lo leyó delante de una cámara y, cuando

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tuvo el video montado, lo subió a youtube y a un blog

propio que creó a tal fin.

Al principio nadie comentaba nada de sus ideas, ni

siquiera que estaba loco por pensar que las plantas pudiesen

hablar o que los humanos dejaran de pensar. Ni

una mísera apreciación, ni un mínimo comentario. Nada.

Estaba tan contrariado y furibundo que empezó a

gritar con todas sus fuerzas, lleno de ira. Gritó y se debatió

tanto que pronto se quedó sin voz y sin aliento.

Entonces dejó de chillar y fue cuando despertó.

¡Uf! Todo había sido un mal sueño. Y en ese preciso

momento, cuando aún no daba crédito a lo que le

había pasado, oyó una apacible y melodiosa voz.

—¡Buenos días!

Miró el reloj y todavía eran las once de la noche.

¿Quién estaba diciendo tal disparate? La voz provenía

del exterior, así que salió al jardín a ver quién le hablaba,

y fue cuando las rosas, inundadas por la luz de un

claro día de primavera, lo volvieron a saludar:

—¡Buenos días!

El pingüino no daba crédito a lo que estaba oyendo,

y menos aún a lo que vio cuando alzó la vista hacia el

cielo. Ahí, flotando entre las nubes, había hombres,

mujeres y niños. A su alrededor todo era diferente, como

si una parte de su sueño se hubiese de repente

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hecho realidad. Estaba tan turbado que todo el cuerpo

le temblaba; y, sin embargo, se sentía tremendamente

feliz.

Regresó dentro, cerró la puerta y, ¡zas!, volvió a

despertarse, completamente empapado de sudor. Fue

corriendo a echar una mirada fuera, esperanzado, pero

ahí todo seguía igual que al principio.

Esta vez sí que el desencanto era enorme. Fue a lavarse

la cara ya con desgana, a paso lento, desanimado.

Pero, cuando vio su reflejo en el espejo del baño, lo

comprendió todo y, con una sonrisa picara en los labios,

se preguntó en voz alta:

—Pero… ¿cómo una linda y tranquila foca como

yo, a la que siempre se la acusó de ser frívola y despreocupada,

ha podido tener un sueño tan complejo e irracional?

¡Como si de verdad los humanos, durante su

larga y absurda vida, hubiesen aprendido a pensar alguna

vez! ¡Qué tontería!

Apagó la luz y volvió a la cama.

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SUEÑOS

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25.

SOBRE LA VIDA Y SOBRE LA MUERTE

Dos búhos filosofaban acerca de cómo explicarles a

los gorriones qué era la vida y qué era la muerte. Y

cuando, después de horas de charla y reflexiones, encontraron

la manera de hacerlo, esto fue lo que salió de

sus picos:

—La vida y la muerte son solamente situaciones diferentes

y, como tales, producen sensaciones diferentes.

Si vosotros os vais de vacaciones, para poner un

ejemplo ¿cómo os sentís?

—¡Muy emocionados y felices! Deseando ver qué

nos depara el nuevo y extraordinario lugar —

contestaron en coro los jóvenes gorriones.

—Pues… eso es la vida —afirmaron tajantemente

los dos búhos.

—¡Ah! ¡Vaya! —exclamaron los gorriones estupefactos.

Y parecía que habían asimilado el primer precepto.

—¿Y cómo os sentís cuando regresáis de vuestro

viaje? — volvieron a preguntar los búhos.

—Tristes y apenados —contestaron enseguida los

gorriones al unísono.

Entonces los dos búhos los miraron fijamente y

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concluyeron:

—Pues… eso es la muerte… La única diferencia es

que para lo que regresan ya no habrá más vacaciones.

—¡Ah! ¡Vaya! —volvieron a exclamar los gorriones.

Y parecía que habían asimilado también el segundo

precepto.

Los dos búhos se quedaron conversando, satisfechos

de su sagaz ilustración.

No obstante, los gorriones se marcharon tan de prisa

del lugar que algunos de los que habían oído aquel

parloteo pensaron que de poco les servirían aquellas

enseñanzas. Los pobres gorriones no habían nacido para

aprender sobre la vida, ni para aprender sobre la

muerte, sino para volar libres de un lado a otro del

mundo, surcando cielos azules y serenos, a veces, y

otras, grises y turbulentos, pero siempre con la esperanza

de regresar algún día a todos esos lugares donde

aprendieron a ser felices. Los mismos lugares que en su

día los vieron nacer.

91


SOBRE LA VIDA Y SOBRE LA MUERTE

92


26.

UNA VIDA DE PEDO

—¡Estoy harta, harta, y más que harta! ¡Ya no quiero

comer lo mismo de siempre: que si hojas de no sé

qué planta, que si miguitas de no sé qué delicioso pastel…!

¡Sólo quiero mis frijoles! —le dijo un día indignada

la hormiguita a su compañera.

—No seas impertinente. Sabes de sobra que lo tenemos

prohibido, por lo menos hasta que hibernen los

osos hormigueros. A parte que todos sabemos lo mal

que huelen tus pedos… La última vez que comiste frijoles,

si mal no recuerdas, atrajiste con tus gases a un

enorme oso hasta el hormiguero y casi nos quedamos

sin colonia —replicó la amiga para disuadirla.

Sin embargo, hacer cambiar de idea a la hormiguita

no era cosa fácil. Ella no estaba de acuerdo con las

acusaciones de su compañera y, además, realmente los

frijoles se le antojaban de sobremanera. Esperó a que

todas las demás hormigas se durmieran, bajó a la bodega

donde la colonia guardaba sus reservas de comida, y

se zampó ella sola dos enormes alubias rojas.

Con la barriga a punto de explotar, la hormiguita se

fue a la cama, y tal y como cabía esperar después de la

tragantona, fue dormirse y empezar a echarse pedos.

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Las hormigas guardianas, al percibir el fétido olor,

corrieron inmediatamente a dar la alarma y dos hormigas

soldados vinieron enseguida a esposar a la responsable

para llevarla delante de la reina.

La reina ordenó que fuera expulsada de inmediato

del hormiguero. Así que la hormiguita, entre pedo y

pedo, se vio obligada a abandonar su hogar.

Ahora estaba sola, sin refugio ni protección, y de

nada les iban a servir sus fuertes garras ni su veneno

paralizante contra tantos depredadores como había ahí

afuera.

Pero ella era una hormiguita muy valiente y no se

dejó amedrentar por los peligros. Se dedicó a viajar y a

conocer nuevos lugares, y sobretodo a hacer nuevos

amigos. Eso sí, nunca dejó de comer frijoles ni de tirarse

pedos. Y, pese a eso, consiguió escaparse siempre de

todos los depredadores que sus malolientes exhalaciones

atraían hacia ella.

Después de muchos años, ya cuando era una hormiga

anciana, y ya no podía hacer frente a las amenazas

del mundo, se marchó a lo alto de una montaña a

vivir como una ermitaña. Y ahí apartada de todos, lejos

de su siempre añorada casa y de su añorada familia, siguió

comiendo sus deliciosos frijoles y, obviamente, tirándose

pedos apestosos.

94


UNA VIDA DE PEDO

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27.

UN GRAN REY

Nadie sabía de dónde había llegado. Unos decían

que venía del espacio exterior, otros, que era un monstruo

marino… Pero la mayoría pensaba que esa bestia

había sido creada en un laboratorio.

El caso es que era muy feo. Y, además, tenía otro

color de piel y no hablaba un idioma que alguien lograra

entender; así que lo apresaron y lo llevaron ante su

soberano.

Ese mismo soberano que había sido elegido por ser

diferente a todos los demás cerdos del reino, pero al

que todos odiaban en silencio, y con razón, ya que el

señor de los porcinos era un déspota desalmado y cruel.

El pequeño hipopótamo —el ser monstruoso que

habían encontrado los cerdos— resultó ser muy juguetón;

por esta razón, cuando lo soltaron para que hiciese

las debidas reverencias ante el rey, en lugar de eso, se

abalanzó sobre él con la intención de invitarlo a ser

parte de sus juegos.

Sin embargo, el rey, aplastado bajo la enormidad de

aquel extraño animal, terminó muriendo asfixiado.

Los cerdos interpretaron lo ocurrido como les dio la

gana, y dieron por hecho que la insólita bestia, viniera

96


de donde viniera, había llegado hasta ellos para sustituir

a su caudillo. Lo aplaudieron con entusiasmo y,

desde el muladar, empezaron a llevarle todo tipo de suculentos

manjares.

La noticia se expandió como la pólvora y muchos

otros hipopótamos acudieron al lugar. Pero eran tan

grandes, y la invasión tan continúa, que llegó un momento

en que a los cerdos empezó a faltarle comida.

Temiendo ser devorados por los nuevos llegados,

cuando éstos ya no tuviesen nada más que meter bajo

sus enormes mandíbulas, urdieron un plan de huida.

Pero los invasores no habían venido para quedarse,

sino simplemente para rescatar a uno de sus miembros.

Así que sólo permanecieron con los cerdos unos pocos

días. Al final, dieron las gracias por la hospitalidad y se

marcharon llevándose a su pequeño compañero.

Los cerdos concluyeron que ya no necesitaban ningún

rey, ni ser sometidos a ningún tipo de tiranía y,

desde ese día, viven libres y lozanos; y ya pueden

hacer por fin lo que más les gusta: comportarse como

puercos.

97


UN GRAN REY

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28.

EN BUSCA DE LA PRIMAVERA

La primera vez que el oso hibernó, sabía que al

despertar hallaría la primavera: tiempo calido, flores

hermosas y un esplendido cielo azul… O por lo menos

eso había oído.

Pero al despertar, para su sorpresa, vio que todo a

su alrededor estaba cubierto de nieve, hacía un frío

tremendo y no había ni una mísera y triste flor. Entonces

pensó que quizás se había levantado demasiado

pronto y se volvió a dormir.

Pasado un tiempo, volvió a despertarse, pero, para

su asombro, todo seguía igual: frío y nieve. De la ansiada

primavera ni rastro.

Pensó dormirse otra vez, empero, después de haber

dormido tanto y tanto, ya no tenía sueño, y además

empezaba a estar algo preocupado. Él quería ver la

primavera, pero por lo visto esta tardaba más de lo previsto

en hacer acto de presencia, o puede que hubiese

aparecido algo más lejos de donde él la estaba esperando.

Entonces decidió ir a explorar más allá de donde

alcanzaba su vista.

Caminó y caminó, pero a su alrededor sólo había

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nieve y más nieve. No encontró la primavera, pero

cuando se dio con el hocico contra a una enorme pared

de hielo y vio su cuerpo reflejado en ella, descubrió

que él era un oso polar.

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EN BUSCA DE LA PRIMAVERA

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29.

LA HORA DEL QUESO

En una vieja casa de las afueras de quién sabe que

lugar, vivían tres animales: un perro, un gato y un pequeño

ratón.

El perro, como era natural, odiaba al gato. Y éste,

como cabía esperar, temía al perro y lo rehúya.

El ratoncito, por su parte, siempre estaba alerta,

oculto en su escondrijo, esperando con ansia que comenzara

una riña entre los otros dos.

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LA HORA DEL QUESO

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30.

UN FIEL ACOMPAÑANTE

En un País lleno de magia, todas las hadas se habían

reunido y concentrado sus mejores poderes en un

brebaje que haría que la pequeña hada azul pudiese vivir

un día más, y así tener la oportunidad de asistir a la

gran fiesta que daba en su palacio el Señor Silencio.

El hada azul estaba muy contenta, pero no podía

dejar de sentirse triste por ser aquél el último día que

viviría en el mundo de las hadas. Así que cuando ya no

pudo soportar la congoja, se ocultó en una lóbrega

habitación y empezó a llorar.

Sin embargo, al poco de estar ahí, oyó a alguien toser

en la oscuridad. El Señor Silencio también estaba

en esa estancia.

—Siento haberle molestado, Señor —dijo el

hada—, no era mi intención importunar a nadie con

mis sollozos. No creía que hubiese alguien más en la

habitación.

El Señor Silencio, que nunca había hablado hasta

aquel día, al ver a la diminuta hada tan desconsolada,

no pudo evitar de preguntarle por su dolor.

—¿Por qué te sientes tan desdichada? Tengo entendido

que éste era uno de tus más preciados deseos. ¿No

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es cierto?

—Sí, lo era… Lo es —respondió el hada azul—,

pero me duele tanto tener que dejar este sito tan hermoso.

Y además temo partir sola Allí donde voy a ir no

conozco a nadie. Yo soy la primera hada que viaja a

ese lugar.

—Pues… ya puedes dejar de angustiarte, yo te

acompañaré —dijo el señor Silencio que de pronto se

había vuelto muy parlanchín—. Y, si tú quieres, estaré

a tu lado durante todo el viaje. Seré tu fiel acompañante

hasta que tú lo desees.

Fue así como el hada azul, a la que sus amigas

habían ayudado a que viviera un día más para que pudiese

acudir a la fiesta del Señor Silencio, tuvo la oportunidad,

antes de marcharse, de hacer un nuevo y muy

peculiar amigo.

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UN FIEL ACOMPAÑANTE

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31.

UNA FAMILIA FUERA DE LO COMÚN

Una ballena se enamoró perdidamente de un pequeño

submarino y empezó a seguirlo a todas partes.

Cuando más cerca estaba de él, más contenta se ponía.

Pero si el submarino emergía, la ballena se sentía

inmediatamente triste.

A veces lo esperaba, ansiosa, en el fondo del mar;

otras, cuando la espera se le hacía demasiado larga y

dolorosa, emergía ella también, para hacerle notar

cuánto deseaba estar con él.

Afortunadamente, el submarino siempre terminaba

por volver a las profundidades del océano, y la ballena

volvía a sentirse feliz.

Cada vez que eso ocurría, ella se le acercaba más,

para que su presencia y su interés por él fueran aún

más evidentes. En ocasiones, incluso llegaba a acariciarlo

con la cola, y se emocionaba cuando notaba que,

a cada coletazo de ella, el pequeño submarino vibraba.

Llego la temporada de apareamiento, y el animal

sintió la pronta necesidad de estar más y más cerca de

su compañero. Y, por asombroso que pueda parecer, al

poco tiempo dio a luz a un hermoso e inconfundible

ballenato; y fue así como la ballena consiguió ser la

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primera criatura marina en formar una familia fuera de

lo común.

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UNA FAMILIA FUERA DE LO COMÚN

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32.

SÓLO CURA LA FE

La vaca, pese a sus buenas intenciones, nunca consiguió

terminar la carrera de medicina, porque siempre

se dormía en clase. Sus pedos y sus ronquidos molestaban

a los demás alumnos, así que desde el rectorado

decidieron expulsarla de la universidad.

Lo ocurrido no le afectó demasiado, pero como no

quería defraudar a sus padres, que tantas ilusiones se

habían hecho con ella, decidió hacer trampa. Falsificó

su título, se compró una bonita bata y un enorme botiquín,

y fue a ver a los brujos chinos.

Ahí compró todo tipo de extraños brebajes a los

que les puso complejos y extravagantes nombres de

fármacos, y volvió a su aldea.

Sus padres se mostraron muy felices y emocionados

de volver a ver a su hija. Y, como estaban tan orgullosos

de tener una doctora en la familia, lo vendieron

todo y le abrieron un bonito consultorio.

Al principio, sólo acudían a la consulta pacientes de

su misma especie, pero cuando se corrió la voz de que

los medicamentos que recetaba funcionaban de maravilla,

empezaron a visitarla enfermos de todas las especies

y de todas las razas; y, más tarde, también anima-

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les de las aldeas y pueblos cercanos.

Su nombre se hizo tan famoso que al poco tiempo

empezó a tener el consultorio abarrotado: vacas, gallinas,

conejos, caballos, cerdos y hasta algunos perros

que venían de la gran ciudad con enfermedades nuevas

y raras. La vaca tenía una cura para todos.

Pero, debido al éxito, pronto su arsenal de fármacos

empezó a menguar, y tuvo que buscar rápidamente una

solución. Se fue al campo y recolectó un montón de

plantas, flores y extrañas hierbas, y con ellas preparó

nuevas formulas magistrales con sus propias manos.

A decir la verdad, ella no confiaba mucho en que

sus pociones darían los mismos resultados que las que

había comprado a los chinos, pero a corto plazo no se

le ocurría una mejor solución.

Con todo, sus nuevas pócimas funcionaron, y los

pacientes que acudían a la consulta siguieron curándose

de todas sus dolencias.

Pero, un buen día, la vaca también se puso enferma.

Ella sabía que era algo que podía ocurrir, así que, previsora,

se había guardado para sí misma algunos de los

remedios de los brujos chinos. Y, sin embargo, las

mismas medicinas que tan buenos resultados habían

dado con todos sus pacientes, no tuvieron ningún efecto

sobre ella y, en lugar de curarse, empeoró. Y, cuando

finalmente se le acabaron los fármacos que se había

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eservado, no tuvo más remedio que recurrir a las que

ella misma había preparado. Los tomó y a los pocos días

murió.

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SÓLO CURA LA FE

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33.

LA HUELGA

—A este espectáculo nunca viene nadie…

—¿Y te extraña…? Si es que damos pena.

—Eso nos pasa por estar tan hambrientos y cansados.

No se puede trabajar así… Sin hay ánimos ni fuerzas.

—Y que lo digas… No se podría expresar mejor.

Así fue que, un día, los animales se pusieron en

huelga para protestar contra el dueño del circo. Pedían

su inmediata sustitución como director.

Y tenían toda la razón, porque el muy canalla no

dejaba que descansaran lo suficiente, ni les daba suficiente

comida, así que les resultaba algo complicado

mostrarse simpáticos con los niños. El hambre y las

pocas ganas hacían que siempre estuviesen de mal

humor.

Su principal exigencia era que el dueño dimitiera de

inmediato y dejara llevar todo el cotarro a otro.

Y el mejor candidato resultó ser el loro. Un pájaro

realmente muy inteligente, con muchas tablas y un pico

de oro. Era perfecto para hacerse con el cargo. Hablaba

mejor que un cirquero y dominaba a la perfección el

lenguaje introductorio de las performances. Irónico y

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divertido para presentar a los animales payasos, y dramático

y con mucho suspense cuando iba a exhibir a

los acróbatas. Y además, todo hay que decirlo, era un

animal al igual que los artistas, y podía entender mejor

que nadie sus exigencias y sus necesidades.

Los animales plantaron cara al dueño, pero éste rechazó

rotundamente su petición y ellos se vieron forzados

a articular una nueva estrategia.

Cuando se reunieron, surgieron muchas ideas. La

mejor fue la de la jirafa. A ella se le ocurrió que el gorila

fuera a la caravana del dueño, lo sometiera, le atara

las manos y los pies, lo amordazara y lo obligara a ver

como ellos tomaban el poder y hacían que el circo se

llenara de gente.

Pasaron dos semanas desde que los caballos pusieron

cientos de carteles por todo el pueblo anunciando

la reapertura del circo con una nueva gerencia. La primera

función sería gratuita.

Los animales, recuperados, y ya con mucha energía,

montaron un maravilloso show y el público, entusiasmado,

empezó a llenar el circo noche tras noche.

El dueño al ver lo que habían conseguido, comprendió

como de mal se le daba la gestión circense y lo

desalmado que había sido con sus subordinados. Arrepentido,

decidió dejar las instalaciones en manos del

loro y se fue a un centro de rehabilitación para maltra-

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tadores de animales.

Unos años más tarde, ya completamente regenerado,

volvió para recuperar lo que era suyo. Lo hizo, pero,

a los pocos días, el zarpazo de un enorme oso acabó

con su nueva carrera de director… y también con su

vida.

El loro siguió gestionando el viejo circo hasta el día

de su jubilación, cuando ya casi no le quedaban plumas

que exhibir ante el siempre más numeroso público que,

fiel y siempre más fervoroso, seguía acudiendo a las

funciones.

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LA HUELGA

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34.

DE TAL HERMANA

Desde que la hormiguita pedorra fue expulsada del

hormiguero, las hormigas no hablaban de otra cosa. De

lo rebeldes que pueden llegar a ser algunos miembros

de la comunidad, del riesgo que corrieron a causa de

esa insubordinación cuando pasó lo de los frijoles y de

los pedos…

Con todo, al día, el asunto que más tenía preocupadas

a las hormigas era controlar qué pasaba por la cabeza

de la hermanita de la desterrada. Ésta, que seguía

siendo miembro de la colectividad, parecía seguir los

mismos pasos que su hermana mayor. No por lo de los

frijoles y todo eso, sino por otras cosas. En sus grandes

ojos saltones, muchas otras hormigas ya veían el mismo

destello de indocilidad que tenía su hermana y. por

eso, la vigilaban muy de cerca: no fuera a poner en peligro

al hormiguero como había hecho su hermana.

Sin embargo, la hormiguita, ajena a todas las preocupaciones

que inquietaban a las demás, se dedicaba a

sus juegos y a sus fantasías. Y una de esas fantasías,

puede la que más vuelta daba en su diminuta cabeza,

era hacerse pronto mayor, ponerse fuerte como para ser

capaz de subirse a lo alto de la palmera debajo de la

118


cual estaba el hormiguero y conseguir, ella sola, bajar

un coco para compartirlo con todas sus compañeras.

Pasó tanto tiempo hasta que la hormiguita consiguió

subirse al árbol que cuando lo logró ya era casi

una anciana. Pero como se dice, nunca es tarde si la dicha

es buena... Había tardado mucho, es cierto, pero

ahora ya era capaz de subirse hasta lo alto del cocotero

en una sola mañana.

Así que un día, se levantó y fue a decirles a todas

sus amigas que aguardaran en sus casas, y que no salieran

del hormiguero hasta su aviso. Algunas se mostraron

escépticas, pero otras se sintieron muy emocionadas

por la singular ocurrencia. Entonces, la hormiga

empezó su escalada por el largo tronco de la palmera

hasta lo más alto. Una vez allí, se aproximó a la base

de las ramas y empezó a roer el leñoso apéndice que

unía el coco a la palmera. Cuando casi hubo terminado

con la engorrosa tarea, dio un suspiro de alivio y ¡zas!,

sin que ni siquiera le diese tiempo de reflexionar de

cuan tonta había sido, el coco se desprendió del árbol y

cayo en picado sobre el hormiguero aplastándolo por

completo.

Afortunadamente ninguna hormiga perdió la vida

en aquel estúpido accidente, pero la responsable corrió

la misma suerte que su hermana.

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DE TAL HERMANA

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35.

A SU SUERTE

Una changa dio a luz a un enclenque y escuálido

changuito. Durante días lo estuvo cargando y llevándolo

de aquí para allá casi a rastras, porque el pequeño no

se movía ni se agarraba de su cuello.

Cuando se dio cuenta de que no crecía y que ya

empezaba a oler mal, la changa, que no sabía nada de

la muerte, terminó por abandonarlo a su suerte… Y su

suerte fue acabar siendo el almuerzo de los carroñeros.

121


A SU SUERTE

122


36.

A LA MAR

Ese día, la mar se puso realmente muy brava, como

si quisiera desafiar, con sus gigantescas olas, a los mejores

surfistas del lugar.

La mariposa entonces, aceptando el reto, se lanzó a

las tempestuosas aguas e hizo vela con sus frágiles

alas. Pero el viento era demasiado violento y una fuerte

ráfaga terminó por arrancárselas de cuajo, y la pobre,

convertida otra vez en un simple gusano, acabó arrastrada,

casi muerta, hasta la arena.

Sin alas, y con el cuerpo lleno de heridas y contusiones,

el gusano tardó mucho tiempo en reponerse

completamente.

No obstante, cuando ya pudo volver a deslizarse

con su tabla por las crestas espumosas del océano, no

lo dudó ni un solo momento, esperó a que le salieran

unas alas nuevas y… ¡A la mar!

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A LA MAR

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37.

LA VIUDA TAMBIÉN MURIÓ

En un lugar no muy lejano, vivía una viuda negra

que había perdido a su marido hacía más de diez años.

Desde entonces, ya no había frecuentado a ningún

otro macho. Lo único que hacía, era tejer telarañas y

venderlas a otros insectos para que prepararan sus ajuares.

Muchos la pretendían, pero ella nunca se dejó embaucar

por ninguno de sus cortejadores. Y, pese a eso,

sí había alguien que había hecho algo de mella en su

enrocado corazón: un gallardo escorpión. Así que,

cuando aquella tarde éste se presentó en su casa para

invitarla a cenar, ella aceptó encantada.

Sin embargo, las intenciones del escorpión no eran

las mismas que las de la viuda y, por eso, cuando él le

pidió matrimonio ella se sintió algo abrumada.

—No se qué decir, me dejas sin palabras…

—Pues di que sí y… zanjamos el trato.

A la viuda negra aquella oferta no se le antojaba,

pero tampoco quería quedar mal con su acompañante,

así que probó a salirse por la tangente.

—Tú me gustas mucho, querido escorpión, pero,

ahora mismo, estoy muy enfrascada en las labores de

una magnifica telaraña que quiero terminar. Así que te

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propongo un trato: cuando acabe de tejer mi tela, nos

casamos y nos vamos los dos a vivir en ella. ¿Qué te

parece?

El escorpión aceptó entusiasmado y la viuda negra

dejó que la besara.

Pasaron los días y la telaraña no parecía avanzar o,

si lo hacía, lo hacía muy lentamente, lo que provocó

que el escorpión se impacientara cada día más. Pero se

aguantaba, porque su amor era grande y verdadero.

No obstante, una calurosa noche, los siempre noctámbulos

y hambrientos mosquitos, merodeando por la

casa de la viuda en busca de victimas, la pillaron deshaciendo

lo que había tejido durante el día y, ni cortos

ni perezosos, fueron a contárselo al escorpión.

Ya os podéis imaginar lo furibundo que se puso el

pobre. Los ojos enrojecidos de rabia y la cola vibrándole

detrás como la de una serpiente de cascabel. Era una

afrenta que no podía quedar sin castigo.

Lleno de odio y decepcionado como no se podía estarlo

más, se puso a fabricar el veneno más potente que

había nunca producido su cuerpo y juró que iba a ser

viudo antes aun de casarse.

Invitó a su casa a su futura esposa y, cuando las cosas

se pusieron en su justo tono, aprovechó un arrebato

de pasión, se abalanzó sobre ella y, sin ninguna clemencia,

le clavó el agujón envenenado.

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LA VIUDA TAMBIÉN MURIÓ

127


38.

LA JIRAFA QUE VIVÍA EN LA LUNA

Una de las muchas historias que se cuentan sobre la

jirafa que vivía en la Luna es la que ella creía que

realmente venía de la Luna, cuando en verdad todo el

mundo sabía que venia de África.

Ella siempre se presentaba de la misma manera:

—¡Hola! Soy la jirafa lunar.

Al oírla, todos se partían de la risa y muchos hasta

llegaban a mofarse de ella.

—¿Ah, sí? Pues yo soy un marciano: vengo de

Murcia. Ja, ja.

—¿En serio? —preguntaba ingenuamente la jirafa

sin entender la burla.

—Sí, bonita… Y a mi amiga se la van a llevar a

Venus, porque hace un mes cogió una venérea. Ja, ja

Pero pronto la jirafa se dio cuenta que todo el mundo

se burlaba de ella, a veces de una manera cruel, así

que decidió irse a vivir lejos del mundo. Y, durante

años, estuvo completamente apartada de todo y de todos.

Un buen día, sin embargo, vio aparecer a lo lejos un

largo cuello y, conforme éste se le iba acercando, era

más evidente que se trataba de un animal muy parecido

128


a ella.

La invadió una inmensa alegría y corrió hacia la

nueva venida para presentarse:

—¡Hola! Soy la jirafa lunar.

—¡Yo también! —replicó la otra muy excitada.

Las dos se pusieron como locas y se abrazaron enlazando

sus largos cuellos el uno alrededor del otro.

Luego, después de una breve, pero atenta y reciproca

inspección, ambas preguntaron, casi al unísono:

—¿Y cuántos lunares tienes tú?

Y no pudieron parar de reír el resto del día.

Pero, pese a lo que se dice, lo que sí es cierto es que

la jirafa vivía realmente en la Luna. Aunque nadie sabe

con certeza como fue a parar allí. Hay quien cuenta que

fue la Luna quien la adoptó cuando, durante una trágica

noche, a su madre se la llevaron los hombres. Ella quedó

totalmente desprotegida, tanto que el astro se apiadó

de ella y bajó a buscarla. Y, hasta que la huérfana no se

hizo adulta, nunca volvió a ser Luna llena.

Y, sin embargo, mucha gente sigue divulgando la

idea que la jirafa vivía en la Luna sencillamente porque

vivía de sueños, siempre desconectada de la realidad.

No obstante, algunos creen que la verdad es otra.

Cada uno con su bonita historia. Los más listos afirman

que la jirafa tenía un cuello tan largo, tan largo, que

cuando era pequeña ya era más grande y medía muchí-

129


simo más que los de las otras jirafitas. Y, conforme fue

creciendo, se le alargó tanto que una noche que se despertó

para beber, se pegó con la cabeza contra la base

de la Luna. Y esa fue la noche en que las dos entablaron

amistad.

También se cuentan otras cosas. Pueden creerlas o

no. Una de éstas es que la jirafa quería ir a América.

Así que un día, se subió a un avión para que la llevaran

allí. Y, para eso, antes tuvo que luchar con dientes y

uñas para ganarle la partida a una perra llamada Laika.

El concurso consistía en ver quién aguantaba más sin

marearse ni vomitar dentro de un cubo giratorio, para

atestiguar quién de las dos tenía más capacidad para

volar.

Ganó la jirafa. Emocionada hizo las maletas y se

embarcó rumbo a América.

Pero, como cabía esperar, el viaje duró muchísimo

más de lo que ella había pensado y, cuando llego al

destino, lo único que vio fueron cráteres y más cráteres,

y quedó muy, pero que muy decepcionada.

Pasaron los días, los meses, los años y la jirafa nunca

llegó a ver a nadie. Acabó sumida en una profunda

depresión y dejó de alimentarse. Hasta que un día,

cuando ya estaba casi en los huesos, aterrizó un extraño

avión y, cuando los tripulantes la vieron, bajaron rápidamente

con una alta jaula y se la llevaron.

130


En su nuevo destino, a diferencia del primero, había

muchísima gente, y todos parecían esperar a ella y sólo

a ella. Hasta había una enorme pancarta con unas letras

muy bonitas que decía: «Bienvenida a América, jirafa

lunar».

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LA JIRAFA QUE VIVÍA EN LA LUNA

132


39.

LA PACIENCIA DE LA ARDILLA

Ya sabía yo que aquello terminaría sacándome de

quicio; todos saben la poca paciencia que tenemos las

ardillas, pero aún así quise ver hasta donde llegaba mi

capacidad de aguante y, por eso, alquilé el agujero de

arriba del árbol donde yo vivía a un pájaro carpintero.

Él era por naturaleza de esos animales que arman

ruido, pero si a eso se le añade que además era baterista,

la cosa se complica más. Sin embargo, como ya he

dicho, quise tantear mi aguante. Y mi aguante se mantuvo

más o menos firme durante un par de meses; luego,

cansada de soportar tanto ruido de tambores, bombos

y platillos, una noche de insomnio que parecía no

acabar nunca, me levanté y subí a cantarle las cuarenta

al dichoso pájaro. Le dije que ya no podía tenerlo como

vecino y que se buscara cuanto antes otro lugar donde

vivir.

Dicho y hecho. A la mañana siguiente, mi inquilino

recogió sus bártulos y su batería, y tomo el vuelo. Y el

silencio volvió al árbol.

Pero la paz sólo duro unos pocos días. Una noche,

mientras estaba inmersa en uno de mis mejores sueños,

me pareció oír el redoble de una batería a lo lejos. Por

133


un momento pensé que lo estaba soñando, que me estaba

volviendo paranoica o que quizás el pájaro carpintero

había vuelto al árbol a hurtadillas. Subí a comprobarlo,

pero el cuartito estaba vacío.

Fuera como fuese, seguí oyendo aquel ruido durante

días, y ya no sólo por la noche, sino a todas horas.

Además, con el tiempo, al ruido de la batería se le fueron

añadiendo los de otros instrumentos: ahora el de las

cuerdas de una guitarra; ahora el del teclado de un piano,

ahora el sonido estridente de unas trompetas…

Trascurrieron los días y, casi sin darme cuenta, me

descubrí haciendo mis cosas cotidianas al ritmo de

aquellos sonidos, como si las notas y las melodías que

salían de los instrumentos dictaran cada uno de mis

movimientos.

Pero, en lugar de agradarme, aquella extraña metamorfosis

empezó a agobiarme, y decidí ir a ver al pájaro

carpintero.

Él me dijo que el ritmo había entrado en mí, y que

ya no iba a poder prescindir de él nunca jamás. Que lo

mejor que podía hacer, era buscar la manera de que la

música, los ruidos y las melodías fueran parte de mi

vida.

Seguí su consejo y, a la semana siguiente, fui a inscribirme

a una academia de música y canto. Y cuando,

con el tiempo y el enorme empeño que le puse, conse-

134


guí tocar alguno que otro instrumento, le propuse al pájaro

carpintero que montáramos un dúo.

Más adelante se nos unieron otros instrumentistas y

acabamos siendo una banda de reggae. Me casé con el

pájaro y nos fuimos a vivir juntos en el agujero de arriba.

En mi viejo cubil pusimos un bar musical llamado

Roots, y todas las noches los de la banda tocábamos los

viejos éxito de Bob Marley o de Peter Tosh, para la

alegría de nuestros amigos y clientes rastafaris

Es cierto que ahora los ruidos ya no son sólo ruidos

en mi cabeza, pero tanto en el bar, como en casa, sigo

poniendo a prueba mi paciencia sin éxito y… sigo cabreándome.

135


LA PACIENCIA DE LA ARDILLA

136


40.

LA NOCHE DE SAN LORENZO

Se decía que si algún día un hada conseguía alcanzar

una estrella, de esa unión celestial y mágica, nacerían

miles y miles de hadas más. Por ese motivo, cada

año, en verano, cuando de noche el cielo oscuro se

inundaba de millones de puntos luminosos, muchas

hadas, las más osadas quizás, se lanzaban hacia el cielo

con la intención de alcanzar a una estrella. No obstante,

ésa no era una tarea fácil y muchas terminaban por

perder la vida en el intento.

La consecuencia más directa de ese acontecimiento,

que se solía repetir verano tras verano, era que cada

año quedaban menos hadas. Por eso, pese a lo arriesgado

que resultaba, llegó un momento en que las hadas

se vieron tan acorraladas que ya no tuvieron más remedio

que seguir probando, si algún día querían conseguir

repoblar su mundo.

Sin embargo, una cálida noche, de esas en la que el

aire parece inmóvil y es tan profundo el silencio que

hasta el canto de un grillo produce temor, el cielo se

lleno de tantas y tantas estrellas que la Tierra acabó

inundándose de luz, y casi se podía apreciar la forma

de todas las cosas.

137


Fue justamente esa noche cuando las hadas decidieron

arriesgarlo todo y, en una última y desesperada tentativa,

se lanzaron todas en masa hacia el cielo. Pero,

cuando más arriba subían, más difícil les resultaba respirar,

y fueron cayendo, una tras otra, hasta que sólo

quedaron unas pocas que a duras penas conseguían seguir

con su vuelo.

Las estrellas, pese a tenerlo prohibido, se conmovieron

tanto al ver tan desesperado y heroico afán, que

decidieron romper las reglas y acudieron en su ayuda.

Antes que las últimas hadas declinaran, se lanzaron

hacia la Tierra como una lluvia incandescente, y fue así

como las pocas hadas supervivientes consiguieron alcanzar

su tan anhelada estrella.

138


LA NOCHE DE SAN LORENZO

139


41.

EL LOBO DORMIDO

El lobo tenía la extraña costumbre de comerse todo

lo que encontraba; por eso, el día que halló la caja de

pastillas se la devoró enterita. Fue zampársela y al rato

entrarle un sueño incontrolable. Se echó en la cama y

se quedó profundamente dormido.

Durante días no hizo más que dormir y dormir, y en

el pueblo los conejos ya empezaban a preguntarse qué

había sido de su perseguidor. Alarmados, fueron a su

casa a averiguar qué ocurría, no fuera que el infame estuviese

maquinado algo a sus espaldas. Pero al verlo

tendido en la cama, inmóvil, empezaron a sospechar

que realmente le había pasado algo malo. Aun así, era

algo que había que comprobar, porque nadie puede

fiarse de un lobo, ni cuando esté está dormido.

Juntaron todo el valor y fueron acercándose a él sigilosamente

para averiguar el qué. El lobo seguía sin

moverse. Para terminar con la comprobación, el más

valiente del grupo, se atrevió a acercarse un poco más,

hasta que lo tocó con la pata. El lobo siguió sin dar señales

de vida, así que la conclusión vino rodada.

Uno de los conejos, el más rápido, con el corazón a

punto de explotarle en el pecho de tanto júbilo, corrió

140


al pueblo a dar la buena nueva:

—¡El lobo ha muerto! ¡El lobo ha muerto!

Todos se alegraron de lo sucedido y se apresuraron

con los preparativos.

Vinieron los de la funeraria y se lo llevaron para

enterrarlo. Comprobaciones pocas, porque ya se sabe…,

todos deseaban verlo a dos metros bajo tierra

cuando antes. Pero, el momento de bajarlo en la fosa, a

uno de los que aguantaban se le aflojó la presa y rápidamente

la cuerda se deslizó por el hueco de su mano

igual que una serpiente. El lobo cayó y… ¡zas!, se despertó.

141


EL LOBO DORMIDO

142


42.

DE TODAS PARTES

Existía un correcaminos que se había pasado toda

su vida recorriendo mundo. Había conocido lugares

remotos y hermosos, lugares que otros sólo podían llegar

a ver en sus sueños durante sus cortas vidas.

Pero, un buen día, se cansó de recorrer caminos y

decidió quedarse a vivir en su lugar de origen. Sin embargo,

había andado tanto y tanto, por aquí y por allá,

que ya no se acordaba de dónde provenía. Lo cierto es

que nunca le había importado saberlo. Hasta ahora, que

se le hacía necesario.

Y la razón era bien simple. Todas las tierras habitadas

tenían sus costumbres y sus leyes. Leyes y costumbres

que él debía acatar si quería que lo aceptasen como

miembro de cualquier comunidad. Lo intentó en

varios lugares, pero siempre terminaba por suspender

el examen de acceso. Así que, después de varios intentos

fallidos, el correcaminos decidió quedarse a vivir

en la tierra de los halcones, por así decirlo, puesto que

estos casi siempre vivían en el aire.

Se comentaba que eran animales muy tolerantes,

pero, cuando el correcaminos llegó allí, las cosas no

fueron como él pensaba y, cuando los halcones lo vie-

143


on, lo primero que hicieron fue apresarlo y, acto seguido,

conducirlo ante su cabecilla, y éste lo llevó a su

vez ante el gobernador de los halcones.

Le reclamaron sus orígenes; le pidieron que les dijera

de dónde venía y cuáles eran sus intenciones, y si

no era capaz de dar unas respuestas convincentes, acabaría

devorado por los halcones famélicos que reservaban

para casos así.

El correcaminos, al verse en tal aprieto, quiso valorarlo

detenidamente antes de dar una respuesta, no fuera

a perder la vida por un simple error.

Pensó y pensó, y cuando ya creyó haber hallado la

respuesta que le iba a salvar la vida, dijo:

—Llevo tanto tiempo vagando por el mundo que ya

no recuerdo de dónde vengo. Y, aunque mi intención

es quedarme a vivir en un único lugar, sigo creyendo

que todas y cada una de las criaturas que poblamos la

Tierra deberíamos ser de todas partes, sin excepciones,

y todos deberíamos tener la oportunidad, a lo largo de

nuestra existencia, de recorrer caminos.

Esas palabras le salvaron la vida, pues los halcones

también recorren caminos.

144


DE TODAS PARTES

145


43.

EL TIBURÓN Y EL TRAJE DE BUZO

Un tiburón encontró un traje de buzo. Se lo puso y

salió del mar a explorar el nuevo mundo.

Le pareció muy hermoso y fascinante, pero demasiado

árido y ensordecedor, así que no tardó en regresar

a las plácidas aguas de su húmedo mundo.

Guardó para siempre el traje de buzo y ya nunca

más volvió a enfundarse en él.

146


EL TIBURÓN Y EL TRAJE DE BUZO

147


44.

SIN UNA PLUMA DE TONTAS

Un pavo real que se estaba quedando calvo empezó

a alarmarse muy seriamente, porque se daba cuenta que

pronto ya no podría surtir su tienda con las mejores y

más bellas plumas que había en el mercado: las suyas

propias. Es cierto que siempre podría recurrir a los mayoristas

y a otros pavos reales, pero ninguno le suministraría

unas plumas tan hermosas como las que el

mismo era capaz de forjar.

De tan preocupado que estaba, se pasaba las noches

sin poder pegar ojo, y eso agravaba aún más su problema.

Aterrorizado, fue a visitar a su amigo el gallo. Y el

gallo lo mando al único lugar en el que él creía iba a

hallar una solución: el gallinero. No es que el gallo estuviera

del todo seguro de su consejo, pero pensaba que

un montón de gallinas chismosas, que hablaban y

hablaban de tantas cosas, algún remedio deberían conocer.

Las gallinas se mostraron muy dispuestas a ayudar

al desamparado pavo real, siempre que éste se sometiera

a su ritual de iniciación de socorro.

Durante un breve periodo, el pavo real tenía que vi-

148


vir con ellas en el gallinero y comportarse igual que

una gallina. El pavo real titubeó mucho antes de aceptar

ese extravagante trueque, pero estaba tan desesperado

y abatido que no tuvo más remedio que acceder.

Pasó una semana y el pobre animal, en lugar de tener

más plumas, empezaba a parecerse más y más a

una gallina vieja y fea con un largo y deforme pescuezo.

Cada mañana, el granjero iba y recolectar los huevos

que ponían las gallinas, y a las que producían menos

unidades a los pocos días las «trasladaba».

Ha trascurrido ya mucho tiempo desde que el pavo

real se marchó al gallinero y, desde entonces, ya nadie

ha vuelto a saber de él. En el pueblo, todos temen lo

peor, porque su tienda de plumas sigue cerrada.

149


SIN UNA PLUMA DE TONTAS

150


45.

SANTIDADES

Unas cucarachas que querían ser sacerdotes pusieron

rumbo al Vaticano para ir a pedir permiso a Su

Santidad el Papa, pero nadie las quiso recibir.

Decepcionadas, y algo tristes, emprendieron el viaje

de vuelta, pero durante su regreso se perdieron, y

terminaron en el Tíbet.

Al verse en aquella extraña e inconveniente situación,

pidieron ayuda a los monjes, y éstos, presurosos,

las condujeron ante su Santidad el Dalai Lama.

Las cucarachas le contaron su historia. Le explicaron

todo cuanto les había pasado y su deseo de regresar

cuando antes a su lugar de origen.

El Dalai Lama las estuvo escuchando con mucha

atención y, cuando terminaron, les dijo:

—Son libres de ir donde más les plazca. No obstante,

vayan donde vayan, recuerden siempre que su casa

estará donde ustedes deseen que esté. Puede que en algunos

lugares no sean bien recibidas, pero esos lugares

también podrían ser su hogar, si así lo quieren. Aquí

son bienvenidas y, si les agrada, pueden quedarse con

nosotros. Sin duda aquí aprenderán muchas cosas que

desconocen, y nosotros aprenderemos grandes cosas de

151


ustedes.

Las cucarachas lo discutieron mucho entre ellas y,

finalmente, resolvieron quedarse y, con el tiempo, acabaron

siendo monjes budistas.

152


SANTIDADES

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46.

BOMBERO POR ACCIDENTE

Una salamandra que quería conseguir reconocimiento,

decidió utilizar el don que se decía que tenía y

se metió a bombero.

Pero, contrariamente a lo que ella creía, una vez

que ingresó en el cuartel, tuvo que empezar de muy

abajo, y así la pusieron a limpiar retretes.

Quedó muy desencantada y contrariada, tanto que

estuvo a punto de presentar su renuncia a los pocos días

de empezar. No era a eso a lo que aspiraba y, además,

en el trabajo todos la trataban como un bicho de

segunda.

Y, sin embargo, su suerte cambió de repente, cuando

menos se lo esperaba.

La habían mandado a sacar brillo a los camiones,

pero cuando sonó la alarma y los bomberos tuvieron

que salir a toda prisa, a la pobre salamandra no le dio

tiempo de bajar de una de las unidades móviles y se vio

envuelta, sin querer, en un salvamento.

Una vez que los bomberos llegaron al lugar del incendio,

enseguida se dieron cuenta que aquello era un

autentico infierno. Sin más demora, enchufaron las

mangueras y empezaron a bombardear de agua las altas

154


llamas.

Estaban tan atareados con su faena, que nadie notó

que desde una de las mangueras, arrastrada por el impactante

chorro de agua, salió disparada la salamandra.

Ésta, en realidad, se había escondido dentro de uno de

los caños de goma para no ser vista y ahora iba directa

hacia el fuego.

El incendio fue domado a las pocas horas y todos

los que habían quedado atrapados en él fueron rescatados

con vida, incluido un pequeño periquito a quien las

llamas le habían quemado las alas. Y se salvó porque la

salamandra fue a caer justo a su lado y, como estaba totalmente

mojada, pudo soportar el calor y salir indemne

de aquel escenario dantesco con el pajarito medio

muerto a cuestas.

Todos la aclamaron como una gran heroína y el mito

de que su piel era capaz de repeler el fuego se enfatizó

todavía más.

Fue rápidamente ascendida a bombero, pero su fama

se apagó igual de rápido que el fuego que acababan

de sofocar. Al siguiente incendio, ya había otro héroe a

quien ensalzar, y su fortuita hazaña fue velozmente olvidada.

Siguió como bombero, pero todos seguían tratándola

como una segundota. No había conseguido

hacer ni un solo amigo, porque en el fondo nadie la

quería en el cuartel.

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Un día, cansada de ser rehusada siempre con tanto

desprecio, maquinó un gran plan. Empezó a provocar

incendios controlados y se dedicó a salvar a las victimas

que ella misma había puesto en peligro. Pero ni así

consiguió el reconocimiento que ansiaba.

Entonces se le ocurrió provocar el mayor incendio

que se pudiera pensar. Un incendio que desde fuera nadie

sería capaz de apagar. Pero, como ella era la única

que podía adentrarse en el fuego, sería la que salvaría a

las victimas.

Sin embargo, las cosas se torcieron y mucho, y ella

misma tuvo que ser rescatada de las llamas, medio moribunda.

Dos cosas cambiaron desde aquel día en su vida:

todos pudieron constatar que las salamandras sí se queman

en el fuego, y que ahora tenía un montón de

amigos… Eso sí, todos eran pirómanos, y todos estaban

en el mismo hospital psiquiátrico en donde la encerraron.

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BOMBERO POR ACCIDENTE

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47.

QUÉ RARO, ¿VERDAD?

Un suricato creía que era Jimi Hendrix… Qué raro,

¿verdad?

Sin embargo, durante una noche loca, de las que es

difícil olvidar, Jimi Hendrix llegó a creer que era un

suricato que creía que era Jimi Hendrix… Qué raro,

¿verdad?

Pues resulta que cuando más tarde le preguntaron al

suricato sobre la rockstar, simplemente dijo que, en

realidad, él no sabía quién era Jimi Hendrix… Qué raro,

¿verdad?

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QUÉ RARO, ¿VERDAD?

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48.

AL ESTE

Una mañana de invierno, una vieja víbora que de

tan vieja ya no conseguía cumplir fielmente con su periodo

de hibernación, se fue a buscar al Sol al Este,

donde le habían dicho que lo encontraría. Pero una vez

allí, le comentaron que el sol ya hacia rato que se había

marchado y, que si quería encontrarlo, tenía que ir al

Oeste. La víbora, consternada, se dirigió entonces al

Oeste.

Caminó todo el resto del día, sin descanso, pero no

consiguió encontrar al sol. Al final estaba tan agotada y

muerta de frío que ya no pudo seguir con la búsqueda.

Se refugió debajo de una piedra y se durmió.

Al amanecer, asomándose al nuevo día, aun medio

adormilada, notó un agradable calorcillo sobre su cogote.

Levantó la vista hacia al cielo y, ¡ahí estaba su anhelado

sol! Una enorme y resplandeciente bola de fuego

suspendida sobre su cabeza.

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AL ESTE

161


49.

EL RETO

Durante las Olimpíadas, un pez espada que concursaba

en las competiciones de esgrima, resultó ser muy

buen espadachín y consiguió llegar a las semifinales.

Pero como todos los duelos tenían lugar en el mismo

día, no pudo aguantar tanto tiempo fuera del agua y tuvo

que retirarse.

Tanto él como su entrenador quedaron muy desencantados

y decidieron marcharse de la villa olímpica.

Sin embargo, cuando al pez espada le llegó la noticia

de que el delfín del equipo con el que él competía se

había lesionado, decidió presentarse como sustituto.

No hubo entrenamiento ni preparación previa, porque

lo que uno aprende de pequeño casi nunca se le olvida.

Lo dejaron participar y, como cabía esperar, dio la

sorpresa. Pero, cuando se le propuso que cambiase de

deporte, el pez espada declinó.

—Lo mío no es la natación. Yo sólo nado por placer.

Mi pasión es la esgrima, y es en eso donde voy a

concentrar todos mis esfuerzos. El reto no es demostrar

que eres bueno en lo que ya eres bueno por naturaleza,

sino en conseguir ser el mejor en lo que concentras to-

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das tus energías y todas tus esperanzas por serlo.

El pez espada nunca consiguió ninguna medalla

olímpica en su deporte preferido, pero cuando ya no

pudo luchar por ella, se dedicó a entrenar a nuevas

promesas. Sus palabras fueron siempre el prioritario

incentivo para los futuros esgrimistas, del mismo modo

que lo habían sido para él las palabras de su antiguo

entrenador: un viejo pez espada del océano Índico.

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EL RETO

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50.

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

Hace tiempo, un hada quedó atrapada por error en

el Infierno. Sus amigas, desesperadas, trataban de salvarla,

pero como eran tan buenas les resultaba difícil

llegar hasta allí. La única manera era que una de ellas

hiciera algo malo a un niño para que fuera directamente

al Averno y, una vez dentro, intentara liberar a su

amiga.

Sin embargo, por mucho que trataban de hacer alguna

maldad, siempre terminaban desistiendo, porque

justo en el último momento se arrepentían y, en lugar

de eso, terminaban haciendo realidad el deseo de algún

mocoso.

Después de varios intentos fallidos, las hadas acabaron

por perder, durante muchos años, todos sus poderes

y tuvieron que abandonar su propósito.

Mientras, el hada que había quedado atrapada en el

Infierno, se estuvo preguntando sobre los motivos que

habían empujado a cada uno de los que estaban condenados

ahí a cometer actos tan horribles como para merecer

aquel tremendo castigo. Pero pensó tanto sobre

aquello que al final se puso tan triste y terminó llorando

desconsoladamente.

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Lloró y lloró durante meses, hasta que sus lágrimas

terminaron por apagar todas las llamas del Infierno.

Fue así como pudo escapar de aquel horrible lugar y,

con ella, también huyeron muchos otros a los que se les

brindó… una segunda oportunidad.

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UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

167


51.

LA PARADA

Un gorila esperaba, impaciente, en la parada de autobús.

De todos los vehículos que pasaban, ninguno se

detenía, por mucho que él les hiciera señas de que quería

subirse.

Lo cierto es que el gorila tampoco sabía exactamente

cuál era el bus que tenía que pillar.

Pasaban las horas y nada.

Cuando se hizo de noche, el pobre se durmió en el

asiento de la parada. Al despertarse, ya de día, seguía

con el mismo problema. Por muchos intentos que

hiciera, no había manera de que alguien se parara para

recogerlo.

Después de varios días, perdió completamente el

interés y la esperanza. Cuando los autobuses pasaban,

ni se molestaba en levantar la mano. Y, después de un

tiempo, ya ni siquiera alzaba la mirada para verlos pasar.

Pero, de repente, advirtió que un microbus se estaba

deteniendo justo delante de él. Levantó la cabeza y lo

miró, pero no se movió del asiento.

—¿Subes o qué? —preguntó el conductor.

El gorila se levantó y lentamente se acercó al ve-

168


hículo, pero cuando estuvo cerca de la puerta abierta

del vehículo titubeó sobre lo que debía hacer.

—¿Qué va a ser, machote? ¿Subes o no? Que no

tengo todo el día… —soltó el conductor, irritado.

El animal subió y, una vez arriba, se puso en seguida

muy contento. Todo el cansancio y toda la angustia

de la espera se disiparon al instante. Ése sí que era su

bus, porque ahí sólo había animales.

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LA PARADA

170


52.

UNA MENTIRA CASI PIADOSA

Una vieja águila, que muchos años atrás se había

ido a vivir a Europa, quería pasar sus últimos días en

América, junto a su familia. El viaje era largo y peligroso.

Y, más ahora, que ya había perdido casi por

completo su sentido de la orientación y que se estaba

quedando medio ciega.

Estuvo pensando mucho sobre cuál podía ser la mejor

manera de llevar a cabo la ardua tarea de cruzar el

Atlántico sin perderse ni perder la vida, pero no se le

ocurría ninguna.

La solución le llegó inesperadamente una noche en

la que un murciélago poco espabilado empezó a revolotear

entorno a su nido, hasta que terminó cayendo en

él. Al notar la presencia de la rapaz y viendo peligrar

su vida, dijo:

—Disculpe, señora águila, pero no era mi intención

molestarla. Espero que perdone mi torpeza, que se

apiade de mí y que me deje regresar con vida con mi

familia.

—En otros tiempos, hubieras sido mi cena. Ahora

ya casi no te puedo ver. Antes de que acierte dónde picotearte

te habrás marchado... ¿No ves que estoy casi

171


ciega? No temas, regresa tranquilamente con tu familia:

tú que puedes —replicó el águila.

El murciélago hizo intención de irse, pero luego,

como si sólo ahora se enterara de lo que la depredadora

le estaba diciendo, preguntó:

—¿Por qué dices eso? ¿A qué te refieres? Yo soy

un murciélago, nací ciego, y para todo me sirvo de mis

otros sentidos.

—¡Qué suerte la tuya! Las águilas no tenemos ese

don. Yo hace tiempo que quiero volver a mi lugar de

origen para ver a mi familia, pero he esperado tanto

que, ahora que ya no veo bien, creo que ya no podré

hacer realidad mi sueño.

El murciélago se quedó consternado al oír aquella

confesión tan triste, y como el águila le había perdonado

la vida, se ofreció a ayudarla.

—Yo te podría enseñar a orientarte sin la ayuda de

tus ojos, pero tienes que prometerme que a partir de

ahora dejarás de alimentarte de animales.

El águila sabía que lo que el murciélago le estaba

pidiendo era algo imposible: nunca iba a poder cumplir

con una promesa así. Y, sin embargo, esa era la única y

quizá última oportunidad de conseguir su sueño, así

que mintió.

El murciélago le enseño todo lo que sabía hacer sin

recurrir a los ojos y, cuando el águila se sintió otra vez

172


segura surcando el cielo, emprendió el éxodo.

Inútil decir que durante el largo viaje, incumplió su

promesa decenas y decenas de veces. La última, justo

antes de llegar a la costa del continente, en un pequeño

islote, donde se había detenido para descansar. Allí olió

la carne dulce y apetitosa de un conejo salvaje y, guiada

sólo por el furioso instinto del depredador, se lanzó

avivadamente sobre él, ignara que unos atentos cazadores,

de los que capturan animales para los zoológicos

de las grandes metrópolis, eran los que habían puesto

allí la suculenta presa.

El águila llegó a América, tal y como había siempre

deseado, pero no como esperaba, sino encerrada en una

jaula camino a su último hogar: la colosal pajarera del

zoológico de Nueva York.

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UNA MENTIRA CASI PIADOSA

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53.

EL SACRIFICIO

El león vegetariano cuando ya no pudo soportar ver

a los demás felinos constantemente con las bocas llenas

de carne y las mandíbulas ensangrentadas, se marchó a

vivir con los herbívoros.

Pero ahí no fue bien recibido. Todos temían a los

leones, así que, cuando él se les acercaba, salían en estampida.

El león no se entristeció, porque sabía que tarde o

temprano los demás vegetarianos se darían cuenta que

él era diferente a los otros felinos y dejarían de temerlo.

Ese sería el día en que crearía una nueva familia.

Una mañana, si embargo, cuando todavía nadie

osaba acercarse a él, un pequeño conejo que quería

pastar allí donde estaba el felino se atrevió a preguntar:

—¿Por qué comes hierba? ¿Eres vegetariano?

—Sí, lo soy —contestó flemático el león.

—¿Eso quiere decir que si me acerco a ti no me

comerás?

—¡Exacto! No me gusta comer conejos, ni ningún

otro tipo de animal.

—Lo cierto es que me cuesta un poco creerte —

rebatió el conejo.

175


—Te entiendo, y no te lo reprocho. Pero puedo asegurarte

que no tienes nada que temer —dijo el león.

Luego, al ver la carita aún perpleja del conejo, añadió:

—Deberíamos intentar ser amigos. ¿Te gustaría?

—¡Sería genial! —exclamó el conejo. —Pero todavía

no tengo la absoluta confianza como para acercarme

a ti.

—Bueno, siempre podemos hacerlo poco a poco

como el zorro y el Principito

Al conejo le gustó mucho el comentario del felino y

se rió. A los pocos días ya pastaban juntos y se contaban

batallitas.

Pronto se les fueron sumando más y más animales,

creando una extraña e insólita manada y, con el tiempo,

el león terminó por ser el rey del grupo, ese del que todos

hablan, y el pequeño conejo, el orgulloso segundo

que había iniciado aquella hermosa amistad.

Pese a todo, muchos animales temían que la actitud

pacifica del león vegetariano sólo era una farsa, y tenían

la sospecha de que todo aquello era una trampa, que

sólo se trataba de una artimaña para distraerlos y que,

luego, cuando ya se sentían más confiados, la súbita

llegada de la manada de leonas los pillaría desprevenidos

y los atacaría.

Y, en efecto, así ocurrió. Y no porque el león los

estuviera engañando, sino simplemente porque se había

176


corrido la voz de aquella extraña situación de compañerismo

y las leonas decidieron aprovecharse.

Una tarde, las felinas fueron a por la alegre compañía.

El conejo intentó distraerlas, dando saltos de un

lado a otro como un acróbata enloquecido, pero su estratagema

de poco sirvió: el zarpazo de una de las leonas

puso inmediatamente fin a su actuación.

Entonces el león vegetariano se puso ante las asaltadoras

y, como pudo, intentó contenerlas, aunque sólo

fuese para que los demás animales tuviesen el tiempo

de huir. Y lo consiguió: sus nuevos amigos lograron

dispersarse ilesos. Pero las matemáticas, en los enfrentamientos

cuerpo a cuerpo, pocas veces fallan, y el león

vegetariano acabó claudicando ante el mayor número

de rivales. Las leonas no tuvieron ninguna piedad con

él y, al ver escaparse a toda velocidad el suculento

banquete de pequeñas presas, terminaron por comérselo

entero.

177


EL SACRIFICIO

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54.

APRENDER A MASTICAR

Cuando el anciano cocodrilo, al que no le quedaba

ya ni un solo diente, se comió una rana, el pequeño anfibio

se le quedó atascado en la garganta, con la boca

hacia las entrañas del reptil y el culo direccionado

hacia sus mandíbulas.

Con el corazón bombeándole a toda velocidad por

el miedo, la rana empezó a gritar desesperadamente para

pedir auxilio. La situación ya embarazosa y ridícula,

todavía se hizo más absurda cuando, con sus croaos, lo

único que consiguió fue llenar de aire los dos pulmones

del cocodrilo, hasta casi asfixiarlo. Así que, cuando el

reptil ya no pudo respirar, empezó a toser y la rana salió

disparada como la bala saliendo de la boca de un

cañón, y salvó la vida.

A la mañana siguiente, el cocodrilo fue a ver a un

dentista para que le pusiera una dentadura postiza. Y a

partir de aquel día ya no hubo rana que se le resistiera.

Bueno, por lo menos cuando se acordaba que, ahora, sí

podía masticar.

179


APRENDER A MASTICAR

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55.

ENTREGAS A DOMICILIO

Antes de terminar apuntada en la oficina del paro y

ser un miembro más de la sociedad que vive mamando

de la «teta» del gobierno, la cigüeña decidió ir a visitar

a todas las mamás que ya habían tenido anteriormente

un bebé, para preguntar cuándo iban a encargar el siguiente.

Pero la crisis es la crisis y, aunque las madres

sentían mucho su situación, todas terminaron diciéndole

lo mismo: que aquéllos no eran tiempos para traer

más niños al mundo.

La cigüeña no renunció al trabajo y siguió haciendo

entregas a domicilio, pero ya no de bebés, sino de los

encargos que la gente hacia por teléfono a la pizzería

donde la enviaron desde la oficina de empleo.

Pasaron los años y la pobre, ya anciana, se jubiló,

sin que en ningún momento se le ofreciera volver a su

antiguo empleo.

Al poco de jubilarse murió y, cuando los bebés que

ella había entregado en el pasado crecieron y quisieron

encargarle sus propios bebés, ya no pudieron, por lo

que se hicieron viejos y murieron también.

181


ENTREGAS A DOMICILIO

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56.

LA PRIMERA VEZ

Dos mosquitos adolescentes, recién salidos de la última

fase de entrenamiento para la vida adulta, se preparaban

para el gran acontecimiento: la primera picadura.

Su maestra, una anciana hembra de la especie que

había probado la sangre de todo ser viviente que existe

en la tierra, sólo les hizo dos recomendaciones:

—Alejaos de los humos y de los aerosoles, y cuando

vayáis a picar hacedlo lenta y sigilosamente.

Los dos estaban muy excitados e impacientes por

perder su «virginidad», y qué mejor lugar que una residencia

universitaria para darse su primer banquete:

sangre joven y fresca.

Pero la impericia y la rebeldía van casi siempre del

brazo, y los dos primerizos terminaron obviando casi

por completo lo que su maestra les había aconsejado.

Fueron sigilosos a la hora de acercarse a sus victimas,

pero no cautelosos a la hora de evitar los lugares llenos

de humo. Y, quizás por eso, la aventura fue mucho más

satisfactoria de lo que ellos habían llegado nunca a

imaginar. Al placer dulce de un buen trago de hematíes

se les añadió, sin ellos sospecharlo, aquél embriagante

183


de la esencia de un buen porro de «mota».

Fue una noche de mareos y de carcajadas; de discursos

incoherentes y de ideas estrafalarias, de emociones

intensas y de extrañas alucinaciones. Una experiencia

memorable e irrepetible.

E irrepetible lo fue porque cuando, a la mañana siguiente,

de camino a casa, se les ocurrió seguir picoteando,

se dieron cuenta que la experiencia ya no era

igual de placentera. Es cierto que seguía siendo una

sensación agradable lo de aguijonear y chupar, pero ya

no resultaba tan intensa como la primera vez; ya no

producía en ellos esa delirante euforia que habían experimentado

la noche anterior. Algo no funcionaba.

Así que, al día siguiente, por la noche, decidieron

volver al mismo lugar y, maravilla de maravilla, el éxtasis

volvió. Aquella sí que era una sangre alucinante.

Los dos se quedaron enganchados a las venas de los

porretas, gozando de la extraordinaria sensación hasta

bien entrada la madrugada. Y lo repitieron, noche tras

noche, durante todo el verano.

Sin embargo, al año siguiente, cuando volvieron al

lugar de los asombrosos placeres ya no pudieron revivir

la experiencia del año anterior. Ahí donde antes

hubo una residencia universitaria, ahora había un asilo

para ancianos. Chuparon y chuparon, pero la sensación

ya no era la misma. En lugar de sentirse bien, las patas

184


les temblaban de una manera rara y sólo advertían en

todo el cuerpo una sensación de ahogo y malestar.

Probaron en muchos otros lugares, pero lo que antes

les había resultado asombrosamente vivificante,

ahora parecía algo desagradable y repugnante. Más picaban

y succionaban, más sedientos se sentían. Fue un

verano de agonía y desilusiones. Pero, justo cuando los

días empezaban a acortarse y ya no resultaba seductor

salir de caza nocturna, en una última e ingrata excursión,

abordaron a una joven con una extraña cabellera:

unos largos y apelmazados tirabuzones parecidos a

unos gruesos látigos que salían de su cráneo como aterradoras

serpientes. Al acercarse a esa extraña criatura,

volvieron a sentir ese embriagante y raro olor, y como

guiadas por una mágica y poderosa fuerza, se lanzaron

sobre la joven y le clavaron sus aguijones sin piedad…

Y el éxtasis volvió.

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LA PRIMERA VEZ

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57.

LA BODA

Al comienzo de la primavera, la mosca se enamoró

de un hermoso abejorro, y durante los primeros días

tuvieron que verse a escondidas, porque ambos sabían

que nadie aprobaría aquella unión. Y no obstante,

cuando fueron descubiertos, y ya no tuvieron más remedio

que confesar que eran novios, sus respectivas

familias no se opusieron en absoluto, y no porque aquel

noviazgo les pareciera bien, sino porque todos sabían

que una alianza de esa índole no iba a durar.

Pero la relación entre los dos insectos siguió adelante

y un buen día anunciaron a todo el mundo que

iban a casarse.

Acudieron primero a la iglesia de la Sagrada Abeja

Reina, pero allí les dijeron que aquella unión contra natura

no se podría celebrar; así que decidieron probar

suerte en la del Santísimo Moscardón, pero ahí también

les dijeron lo mismo.

Pese a la enorme decepción, los dos novios no se

dejaron amedrentar por aquel rechazo, y recurrieron a

un amigo común que trabajaba en el mundo de los

efectos especiales y del maquillaje para películas, para

que trasformara a la mosca en una atractiva abeja.

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El resultado fue deslumbrante, ni siquiera su amado

era capaz de ver que tras aquella preciosa abeja se escondía

su amada mosca.

Excitados, y muy felices, acudieron a los juzgados

para legalizar la primera parte de la boda y luego a la

abeja Reina para que diera el visto bueno.

Se celebró primero la fiesta de compromiso, y se

hizo por todo lo alto. Las invitadas no paraban de alabar

a la futura esposa, y se quedaron afónicas de tanto

comentar lo guapos que estaban los futuros novios y lo

bien que se les veía juntos.

Todo iba de mil maravillas. La farsa había salido

bien, tal y como los dos amantes esperaban. Nadie se

había percatado del monumental engaño. Pero cuando

la mosca comenzó a hincar el codo más de lo debido y

le dio por ponerse a revolotear alrededor de su amado,

las cosas empezaron a salir mal. Empero, su vuelo no

se parecía en absoluto al de una abeja, sino que era

mucho más parecido al de una mosca, así que todo el

mundo empezó a sospechar.

Pasaron más de los tres meses acordados para la celebración

de la boda y, durante este tiempo, los padres

y demás familiares del abejorro intentaron destapar de

algún modo lo que ellos creían una sibilina treta.

Siguieron a la novia de su amado abejorro a todas

partes, pero, a parte de la peculiar forma de volar que

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ella tenía, nada hacía sospechar que no fuera una auténtica

abeja.

Sin embargo, donde no llegó su astucia, sí lo hizo el

boca a boca. De un profundo y sórdido bar de las afueras,

frecuentados por gente muy próxima al mundo del

cine, hasta la elegante corte de la colmena madre, llegó

la noticia de quién y cómo había ayudado a los dos tortolitos

a perpetrar el engaño.

Para que la boda no se llevara a cabo y desenmascarar

al mismo tiempo a la impostora, los familiares del

abejorro, por estricto orden de la abeja Reina, pretendieron

que antes de la gran celebración, tuviera lugar

un duelo entre la futura esposa de su familiar y un abejorro

guerrero. Si la abeja era capaz, durante la lucha

aérea, de picarlo y de dejarlo adormecido, sería recibida

como nuevo miembro de la familia con todos los

honores.

La boda se celebró cuatro semanas después de la

batalla.

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LA BODA

190


58.

LA CORREDORA

Una ágil y esbelta zebra africana soñaba con poder

correr algún día el famoso derby de Kentucky. Por eso,

cada vez que llegaba alguna expedición fotográfica

americana por aquellos parajes, ella se exhibía ante sus

miembros.

Pero ahí lo que importaba era lo rápido que podía

llegar a correr. Así que la gran oportunidad no le llegó

hasta el día en que un cazador la vio galopar a toda velocidad

delante de un leopardo mientras intentaba salvar

la vida.

Rápidamente vinieron a buscarla y se la llevaron a

los Estados Unidos de América. Una vez allí, la pusieron

a entrenar duro durante muchos meses. Sin embargo,

lejos de su hábitat, el pobre equino ya no conseguía

las marcas de las que era capaz alcanzar en el Serengeti.

Todas las yeguas del rancho se burlaban de ella, y

ahora ya no sólo por su aspecto, por resultar parecida a

una mula con pijama de rayas, sino también por el escaso

talento que mostraba tener, ya que hasta los caballos

más viejos, que ya no servían para las carreras,

eran capaces de correr más rápido que la zebra.

Desconcertada y triste, terminó apartada en la parte

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más hosca del establo, ahí donde sólo se acomodaba a

los burros. Y fue justamente uno de los borricos el que

le abrió los ojos y le hizo entender el motivo de su fracaso.

—¡Ay, querida! Qué mal me sabe verte tan abatida,

pero a mi parecer deberías intentar ver las cosas en su

justa medida antes de hundirte en una tal depresión. Tu

fracaso no es debido a que ya no eres capaz de correr

como antes, sino a que los motivos para hacerlo que

tienes aquí ya no son tan primordiales y apremiantes

como cuando estabas en África.

—No te entiendo —dijo la zebra

—Aquí sólo corres para la gloria —aclaró el burro—.

Allá corrías para salvar la vida. Pues deberías

saber, querida amiga, que, tanto aquí como allá, el miedo

da más alas que los sueños.

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LA CORREDORA

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59.

UN ÚLTIMO CONCIERTO

En los suburbios, bien retirado de la gran metrópolis,

en el antiguo y sórdido bar de las luciérnagas, como

todas las noches, se tocaba jazz del bueno.

La clientela acudía a ese antro tan cochambroso y

apartado, porque ahí, a diferencias de muchos otros lugares

de moda de la ciudad, también se servía el mejor

Jack Daniel’s de la región.

Pero, aquella noche, la vieja cigarra y su eterno

acompañante, el grillo, iban a dar la nota. Y eso no iba

a gustarle a nadie.

Esta fue la conversación que los dos músicos tuvieron

en el camerino antes de salir a escena.

—Estoy cansada de cantar y cantar —dijo la cigarra—.

Llevamos más de dos años tocando sin parar sin

una sola noche de descanso, ni unas míseras vacaciones,

y todo por cuatro billetes que no nos dan ni para

trapos y comida. Estoy harta y más que harta de exhibirme

en este cuchitril de periferia. Mis cuerdas vocales

están ya muy fastidiadas y mis piernas ya no siguen

el ritmo de tus acordes.

—Yo también estoy exhausto —replicó el grillo—.

Pero no podemos abandonar ahora. El público nos

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aclama.

—Claro que podemos. Y vamos a hacerlo aquí y

ahora. Esta misma noche.

—Sólo te pido un último esfuerzo y luego ya…

Salieron a dar el que seria su último concierto. Y

esto fue lo que ocurrió.

La cigarra accedió a salir una última vez a escena

con su acompañante, pero sólo para demostrarle, ante

todo el mundo, que ya no podía seguir. Desafinó como

nunca lo había hecho, insultó al público cuando éste

empezó a abuchearla y, cuando las palabras fueron tan

duras que ni el alto nivel etílico en la sangre de los

clientes pudo hacerlas soportables, se desencadenó la

tormenta. Los vasos y las botellas empezaron a volar

como proyectiles por toda la sala; las mesas y las sillas

terminaron rápidamente en mil pedazos; los insultos y

los gritos sustituyeron por completo los acordes de los

dos músicos y, en menos que canta un gallo, las velas

volcadas involuntariamente sobre el suelo de madera,

prendieron fuego a todo el local.

Nadie salió vivo de aquel infierno, ni siquiera los

dos virtuosos, pero a partir de aquella noche, desde las

profundidades de aquella montaña de cenizas que aún

perdura con el tiempo en ese lugar, hay quien dice que

todavía salen, de vez en cuando, hermosas melodías.

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UN ÚLTIMO CONCIERTO

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60.

HOLLYWOOD

Hace un par de décadas, en una pequeña granja de

Arizona —puede que alguien aún lo recuerde—, nacieron

dos gallinas mellizas.

Aunque idénticas cuando todavía eran polluelas, al

hacerse grandes empezaron a diferenciarse, en físico y

en actitud. Una resultó ser una gallina tranquila y sosegada,

muy bien adaptada a su función de ponedora de

huevos; la otra, por lo contrario, ya desde que le brotó

la crestilla roja, resultó ser una cabeza loca. A diferencia

de su hermana, se negaba por completo a llevar a

término la tarea que la naturaleza le había asignado.

Soñaba cosas mucho más grandes que las pocas y llanas

aspiraciones que tenía su gemela. Ella lo de casarse

con el gallo más hermoso de la granja y tener muchos

polluelos no le pasaba ni por la cabeza. Aquel era el

sueño de su hermana, que para eso se estaba poniendo

tan rechoncha y hermosa, y se esmeraba en ser muy diligente

y aplicada con sus tareas diarias. Su quimera estaba

mucho más allá de aquella diminuta granja; más

allá de las llanuras secas, de las rocas y de los desiertos.

Su meta era poderse marchar algún día a California

y triunfar como artista, que por eso se había puesto a

197


dieta y cuidaba tanto de su aspecto como de su técnica

vocal.

Eso era de lo que siempre hablaba con su hermana,

de ese sueño que puede que nunca llegaría a realizar.

Pero, ya se sabe, los sueños son deseos, y los deseos

a veces dictan con vehemencia nuestros actos. Y

fue por eso, o puede porque ya estaba cansada de esperar

y esperar, que un madrugada, antes aún que se despertaran

los gallos, se subió en la camioneta del repartidor

de los alimentos del rancho y se marchó.

Al despertarse, su hermana la buscó por todas partes

y, al no encontrarla, comprendió lo que había ocurrido,

porque tantas noches había secado sus lágrimas y

compartido sus aspiraciones. Miró al cielo y desde

aquel remoto lugar le auguró que, anduviera donde anduviese,

fuera muy feliz.

En Hollywood, el lugar que tanto había deseado alcanzar,

es donde estaba su hermana. Lo había conseguido

y con el tiempo seguramente llegaría a ser una

gran estrella.

Los comienzos no fueron fáciles, y para ganarse la

vida tuvo que aceptar trabajos humildes.

Durante un tiempo, estuvo sirviendo comidas en un

restaurante de un barrio de gallos mexicanos, para pagarse

sus primeras clases de actuación, pero pronto, la

contrataron para pequeños papeles y para actuar como

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extra en algunas películas de Dreamworks.

Su camino hacia la fama ya había empezado a dar

los primeros pasos, pero su gran oportunidad no le llegó

hasta bastante más tarde, cuando el productor ejecutivo

de un importante spot de caldo de gallina la vio

paseándose por uno de los backstages de los Estudios.

Enseguida mandó a su secretaria a preguntar a la nueva

aspirante a artista si estaba dispuesta a presentarse a las

pruebas para un casting. Y ésta aceptó encantada.

Era perfecta. La cámara la quería y los clientes que

habían encargado el costoso anuncio estaban entusiasmados

con su aspecto. Esa era sin duda la gallina que

estaban buscando.

Pero el talante y la actitud no lo son todo si una gallina

no es capaz de poner un huevo. El guión, en efecto,

es lo que exigía como escena final, y ella era justamente

lo único que nunca había aprendido a hacer.

El director le dio un plazo, y ella decidió que la mejor

manera de emplearlo era volver a la granja y suplicar

a su hermana para que le enseñara la engorrosa tarea.

Su fama y su futuro iban a depender de eso.

—¿Cómo estás, hermanita? Cuánto tiempo sin saber

nada de ti. ¡Qué preocupada me tenías! —dijo la

gallina que se había quedado en la granja nada más ver

a su hermana. Pero al verla tan parada y enmudecida,

se abalanzó sobre ella, la abrazó fuerte y añadió—:

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¡Qué feliz me siento de volverte a tener aquí!… ¡Y qué

guapa se te ve!

—Eso debería decir yo —replicó la otra en cuanto

pudo librarse del agarre de su hermana. —¡No doy crédito

a mis ojos! ¿Qué has hecho durante mi ausencia?

Su hermana, la campechana, se dio una vuelta sobre

si misma y luego asumió una pose de modelo para que

su hermana, la aspirante a artista, pudiera admirar con

asombro el espectacular cambio que había experimentado

su cuerpo durante aquel lapso de tiempo. Ya no

era la gallina rechoncha de cuando su hermana se marchó,

sino que toda su figura resultaba tan esbelta y elegante

como la de su hermana. Ahora sí que no había

duda que eran gemelas.

—¿Te gusta mi cambio? —dijo al fin cuando ya se

hubo pavoneado lo suficiente.

Su hermana asintió, pero en silencio, porque el pico

se le había quedado semiabierto y paralizado, y los ojos

casi se le salían de las órbitas de tanto mirar fijamente

a la otra.

Pero pronto volvió en sí, cuando se acordó del verdadero

y apremiante motivo que la había obligado a

volver. Le contó a su hermana todo lo sucedido y le rogó,

con las palabras más melosas que pudo encontrar,

que le echara una mano para salir de aquel pequeño

apuro. Y su hermana se demostró muy solicita y dis-

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puesta a ayudarla.

Sin embargo, el rencor y la envidia saben endomingarse

de mil bellacas maneras, y así fue que, bajo el tono

apacible y dulce de sus palabras a la hora de prestarse

a hacerle de maestra ponedora de huevos, la

gallina que se había quedado en la granja, tramaba ya

su venganza. Aquella misma noche le suministró a su

hermana un potente somnífero, la encerró en una jaula,

hizo el equipaje y partió camino a Hollywood.

Ahí nadie se dio cuenta del cambiazo, no al principio.

Pero cuando comenzó el rodaje, todos se percataron

que áquella no era la misma gallina que habían

contratado. Es cierto que al final de la escena la nueva

era capaz de poner un huevo mejor que nadie, pero actuando

resultaba torpe e inexperta. No tenía ángel.

Desenmascarada y humillada, la intrusa no tuvo

más remedio que regresar a Arizona y, una vez en la

granja, fue cabizbaja a pedir perdón a su hermana. Y

ésta la perdonó, porque en el fondo comprendía su desespero

y su frustración, pero acto seguido preparó las

maletas y se volvió a marchar de aquel triste lugar.

Como le fue por ahí a su regreso ya nadie lo sabe,

porque su hermana, desde entonces, no ha vuelto a

hablar de ella con las demás gallinas de la granja. Eso

sí, en un rincón apartado del gallinero, tiene una caja

de madera donde guarda, con todo el afecto y el celo

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posibles, cada una de las postales que su hermana le

envía puntualmente desde California, porque, en cada

una de ellas, hay un pedazo del corazón de su gemela

y, asomando de entre las altas y estilizadas palmeras,

un trocito del cielo de Hollywood.

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HOLLYWOOD

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