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0077 - Viento Sur

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verdadero futuro. Se

verdadero futuro. Se consolida así, ahora sin oposición, el statu quo que tiene su origen en la contrarreforma conservadora de la década de 1990. Los portavoces de la burguesía están exultantes ante tanta “madurez”. A lo largo de la historia, tuvimos muchos tipos de izquierdas. Ahora por primera vez tenemos una izquierda de negocios, puesto que, habiendo destruido la militancia, lo que Lula y el PT necesitan cada vez más –medios de comunicación y dinero– sólo se lo puede dar la clase dominante. Tanto por el discurso de sus principales dirigentes como por su práctica, el PT no esconde ya su condición de partido tradicional, integrado política y moralmente en el orden vigente. Entre pérdidas y ganancias, afirmó posiciones en el marco de la política institucional, cada vez más divorciada del país real, pero no podrá ser el centro de gravedad de una propuesta transformadora, incluso reformista, que pretenda ser consistente. Por consiguiente, estamos asistiendo al final de un ciclo en la existencia de la izquierda brasileña, con el colapso político y moral de su fuerza hegemónica. Este ciclo finalizó porque: a). La interpretación del PT sobre la crisis de nuestro país –que se superaría con una recuperación del crecimiento económico– está fundamentalmente equivocada; b). El programa liberal y conservador del gobierno Lula, al fortalecer las fuerzas del capital contra las fuerzas del trabajo, agrava la antigua crisis, en vez de abrir un nuevo período; c). El tipo de práctica que el PT propone a sus aliados –integrarse cada vez más en las instituciones del Estado, construyendo carreras políticas individuales– preserva y profundiza el bloqueo de la izquierda; d). La relación del PT con el pueblo –desmovilizadora y mixtificadora– permite clasificarlo ya como partido conservador; e). Permeado por intereses menores de todo tipo, el PT no es ya capaz de reformarse y abandonar este falso camino. Se engaña quien aún espera que surja algo nuevo de la chistera de Lula. El neoliberalismo de su gobierno no es una política. Es una ideología. Como todas las demás, no deja puertas de salida. Sólo produce más de lo mismo, e incluso esto es un espejismo. En el imaginario neoliberal, el mercado es un espacio de interacción de innumerables agentes, sin que ninguno de ellos pueda, por sí solo o en grupo, controlar los procesos de intercambio hasta el punto de imponer sus propios fines a los demás. En esta quimera, el gobierno debe ocuparse solamente de preservar ciertas condiciones macroeconómicas que permitan operar al mercado. Fuera del ámbito de la empresa individual, esta escuela de pensamiento es hostil a cualquier idea de metas, ya que las metas democráticamente definidas exigen una intervención consciente en los procesos económicos y sociales, en nombre de un futuro pensado, deseado, imaginado, concertado y no producido por esa ciega interacción mercantil. Cuando se presentan como representantes del futuro, los neoliberales nos venden una mercancía que no pueden entregar, pues no tienen medios para saber a qué futuro se refieren. La asignación de recursos será óptima, dicen, si fuera realizada por el libre mercado, simplemente porque el libre mercado produce 36 VIENTO SUR Número 77/Noviembre 2004

una asignación cualquiera, desconocida, considerada óptima por criterios internos a la propia teoría que lo glorifica. ¿Producirá bienestar esta asignación óptima? No se sabe, y además, eso no tiene la menor importancia. Por otra parte, a la vez que permanece indefinida la imagen del futuro que se desea alcanzar, no existen puntos de referencia que permitan una evaluación rigurosa de los procesos reales. Ante cualquier dificultad, el pensamiento neoliberal consigue poner en acción una salida de emergencia, con la incesante repetición de que es necesario esperar más e insistir más, doblando la apuesta cuando es necesario, ya que, y éste es el verdadero problema, “el modelo no fue aún suficientemente implantado”. Hace años ya oímos eso, aquí y en otros lugares, y no sin razones. Porque, al ser el libre mercado apenas un tipo ideal, incapaz de organizar efectivamente al conjunto de la vida social, entonces, por definición, la implantación del modelo neoliberal siempre está incompleta. Se crea un discurso que, como los demás discursos ideológicos, externaliza sus dificultades. No depende de la confrontación con una realidad que le sea exterior, ya que acoge en sí mismo las condiciones suficientes para legitimarse en cualquier circunstancia. Los fracasos lo fortalecen, ya que siempre cuenta con una poderosa fuga hacia adelante: “Eso o aquello están perturbando al mercado”. El argumento puede repetirse ad infinitum, pues siempre habrá instituciones y prácticas, formales o informales, que “perturban” al mercado. Como la vida de las personas no puede reducirse a operaciones de compra y venta, cualquier sociedad organizada transciende ampliamente al mercado, cualquiera de ellas contiene, reproduce y recrea innumerables instancias no mercantiles, que siempre serán “culpabilizadas”. Las deficiencias del proyecto neoliberal conducen a sus defensores a la inevitable conclusión de que es necesario profundizar ese mismo proyecto. La incapacidad de realizarse es, simultáneamente, una debilidad del modelo, en la realidad, y una fuente de su vigor, en la ideología. Se mantiene en acción un movimiento perpetuo típico de los pensamientos dogmáticos que no reconocen ninguna autoridad fuera de sí. Eso es lo que explica la agenda anunciada por el gobierno Lula para el próximo año, en continuidad rectilínea con lo que ya ha sido hecho: reforma de las leyes laborales, autonomía legal para el Banco Central, negociaciones para el ALCA... Faltan tantas cosas por hacer –¡siempre faltarán!– hasta que el mercado pueda al fin redimirnos. Pero ya han pasado dos años, de los cuatro, de mandato popular... Éste es el camino sin retorno que el gobierno Lula sigue alegremente, con una radicalidad típica del cristiano nuevo, recién convertido. Todos presentimos que la desigualdad social y la dependencia externa están alcanzando un nivel dramático, poniendo en peligro nuestra existencia como sociedad organizada y nación soberana. Nadie se hace ilusiones: a pesar de tanta “madurez” en la política institucional, la sociedad brasileña está lejos de haber encontrado un equilibrio estable. Esas multitudes concentradas en las grandes ciudades, con acceso a la información y sin alternativas dentro del sistema actual son, a VIENTO SUR Número 77/Noviembre 2004 37

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