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Vol. 2, n.º 3. Marzo del 2001

Vol. 2, n.º 3. Marzo del 2001

mico. Sospecho que a la

mico. Sospecho que a la autora no se le concedió el tiempo que hubiera sido necesario para seleccionar y reorganizar el contenido para hacerlo más asequible a los autores científicos. La editorial ha tenido a bien (y es un ejemplo de transparencia y profesionalidad que otras empresas deberían seguir) nombrar, en la página del depósito legal, a la directora editorial, la editora de producción y la encargada de producción editorial de Paraninfo. Serían éstas las personas que deberían haberse preocupado más por ajustar la obra al «sector del mercado» que pretendían atender. Sería muy de agradecer que, si se llegara a reeditar la obra, se hiciera un esfuerzo por eliminar o resumir los capítulos puramente teóricos, reorganizar los capítulos que explican cómo redactar artículos científico-técnicos y cómo conseguir un buen estilo científico-técnico en inglés, corregir las erratas que afean muchos de los ejemplos de texto en inglés, y añadir un índice temático. El título “Manual de estilo” tampoco es del todo adecuado, ya que por “manual de estilo” se entiende una obra de consulta, normalmente destinada a los miembros de una disciplina específica del saber (por ejemplo, la ingeniería, las matemáticas, las humanidades, la psicología, la medicina, la microbiología o las ciencias naturales, por mencionar algunas disciplinas que disponen de un manual de estilo o manual de edición en lengua inglesa) que profundiza en cuestiones de ortotipografía, nomenclatura, terminología, unidades, abreviaciones, siglas, etc, y usos lingüísticos propios de la disciplina en cuestión. Este libro no trata ninguno de estos elementos de la comunicación científica impresa, sino que se centra en el uso del lenguaje escrito para comunicarse con claridad y precisión. Presenta un conjunto de descripciones de los rasgos gramaticales específicos del inglés científico, e intenta explicar cómo y cuándo usarlos. Por lo tanto, afirmar que se trata de un “manual de estilo” es inexacto. A pesar de las limitaciones que tiene el libro como herramienta de trabajo para los autores científicos, contiene información de gran utilidad para otro público: los traductores e investigadores en inglés para fines específicos que tienen interés por los criterios que aplican las revistas especializadas para definir un buen estilo científico. La autora ha comparado el estilo de escritores científicos británicos, españoles y franceses, y ha obtenido resultados interesantes que servirán para neutralizar algunos prejuicios. También ha contrastado las opiniones acerca del estilo y sobre la mejor manera de aprender a escribir bien entre escritores de estas tres nacionalidades y un grupo de editores, revisores y correctores de estilo británicos y estadounidenses. Sus resultados descubren algunas diferencias interesantes entre estas cuatro poblaciones, y es de esperar que siga con esta línea de investigación, ya que sus datos podrían ayudar a comprender por qué los criterios que aplican las diferentes revistas a la hora de valorar «el inglés» como bueno o malo son notoriamente dispersos y subjetivos. Palabra e imagen tank farm Luis Pestana Definición: «The term "tank farm" refers to the areas [...] where groups of [...] tanks are located.» [http://www.doegjpo.com/programs/hanf/HTFVZ.html] http://www.swsolvents.com/houston-tankfarm.htm Contexto: «On arrival of a tanker at the reception bay the tanker is connected up to one of the tank farm tanks.» [http://www.controldraw.co.uk/ForumWorkingGroup/pharma/pharma.htm#Dispensary] Propuestas de traducción: patio/parque/zona de cisternas/tanques/depósitos/cubas. Panace@ Vol. 2, N.º 3. Marzo, 2001 93

Decir la ciencia: las prácticas divulgativas en el punto de mira Vladimir de Semir Observatorio de la Comunicación Científica Barcelona (España) Revista Iberoamericana de Discurso y Sociedad Helena Casalmiglia (coord. n.º monográfico) Gedisa Editorial, junio 2000, vol. 2, n.º 2 Esta edición de la revista se plantea la cuestión del aislamiento o la expansión del conocimiento científico en relación con el discurso con el que se representa. En efecto, se tiene la percepción de que la producción científica ha estado desde la segunda mitad del siglo XX confinada en espacios institucionales –la universidad y los centros de investigación–, enunciada predominantemente por escrito, en un registro alejado de lo que normalmente es comprensible para el público general. Esta percepción se nutre de la progresiva especialización y tecnificación a la que ha llegado el cultivo de las ciencias en el siglo. Para más abundamiento, se ha separado el ámbito de las ciencias y de las letras, tanto en la formación secundaria como en la especialización de las carreras universitarias, cosa que ha resultado en la ya clásica división en dos culturas, la científica y la humanística, en detrimento de la primera, en términos de cultura general. Sin embargo, en las dos últimas décadas, los medios de comunicación social, responsables de la información en todos los ámbitos, se han hecho eco y cargo, cada vez con más intensidad, de proporcionar información sobre los avances científicos; de tal modo que actualmente la construcción social del conocimiento científico se está procurando en gran parte a partir de los medios. Éstos han sido incluso considerados como «espacio de encuentro» entre los especialistas y el público general (Moirand, 1997). Así, las corrientes democratizadoras han alcanzado también al conocimiento y han ido paulatinamente obligando a dos mundos tradicionalmente separados, el de la comunidad de expertos y el del público general, a poner en marcha un proceso de aproximación no exento de dificultades o de desviaciones de distinto orden. Uno de los problemas radica en que la perspectiva con que los actores de ambos mundos consideran los objetos de ciencia es muy distinta: para los primeros, el objeto tiene un valor inmanente al contexto científico y de los especialistas. Para los segundos, el valor es externo a teorías y métodos: importa su aplicación, su utilidad y sus consecuencias en la vida de las personas. La separación entre estos dos mundos se hace patente en las diferencias entre el discurso de las ciencias y el discurso común. El discurso científico se ha ido configurando a través de las particulares condiciones de producción e interpretación de sus textos. Teorías y modelos, explicaciones, descripciones y demostraciones se formulan y se construyen a través de un registro especializado que se manifiesta en todos los niveles de expresión lingüística: desde el microtextual (terminología, preferencia por determinadas construcciones sintácticas) al macrotextual (géneros y pautas muy estrictas, restricciones estilísticas; máximas de economía y precisión, neutralidad, objetividad y despersonalización, etc.). El acceso a este particular uso del lenguaje no sólo requiere una disciplina y un entrenamiento sistemático, administrados en la formación superior universitaria, sino una dedicación al campo de la investigación que exige trabajo paciente, largo y arduo. El alto coste de la preparación tiene su contrapartida en la adquisición de una competencia cognitivo-lingüística muy específica, que está alejada de la comprensión y del uso común de la lengua del hablante medio, tanto por su abstracción como por su combinación con lenguajes formales. Podríamos decir, por tanto, que las disciplinas científicas se expresan hoy en un lenguaje des- 94 Panace@ Vol. 2, N.º 3. Marzo, 2001

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