Huellas 88 - 89.indb - Universidad del Norte

guayacan.uninorte.edu.co

Huellas 88 - 89.indb - Universidad del Norte

Revista de la UniveRsidad del noRte

http://www.uninorte.edu.co/publicaciones/huellas/index.asp

n o 88 y 89

Consejo de direCCión

Jesús Ferro Bayona - Director

Vilma Gutiérrez de Piñeres - Editora

alFredo marcos maría - Editor

Consejo de redaCCión

ramón illán Bacca

Pamela Flores Prieto

adela de castro

ruBén maldonado orteGa

munir KharFan de los reyes - Asesor diseño

Este número contó con la colaboración de

Álvaro Carrillo Barraza en diseño y diagramación.

Huellas es miembro de la

Asociación de Revistas Culturales

Colombianas, arcca.

CONTENIDO

2 Apuntes históricos sobre la construcción

de lo infantil en Latinoamérica.

Jorge Galindo Madero, Ana Rita Russo de Sánchez.

11 Educación para el ejercicio de la libertad.

Dimas Martínez Núñez.

13 Negros y mulatos en la reconstrucción de una memoria

política de Cartagena a principios del siglo XX.

Raúl Román Romero.

25 General Juan José Nieto, presidente Caribe.

Rodolfo Zambrano Moreno.

32 El Carmen de Bolívar y su comarca

tabacalera entre los siglos XVIII y XX.

Wilmer Eduardo Rodríguez Villafora.

36 La gastronomía de Barranquilla.

José David Villalobos Robles.

55 El duende de una cocina. Lácydes Moreno Blanco.

64 Hipótesis sobre el contacto cultural entre

miembros de la comunidad Wayúu y el niño

Gabriel García Márquez en Aracataca.

Juan Moreno Blanco.

75 Breves apuntes sobre la radionovela

como género literario. Piedad Bonnett.

78 De cómo llegue a escribir Déborah Kruel.

Ramón Illán Bacca.

84 Tres cuentos breves. Álvaro J. Ramos Q.

86 Relatos. Rubén Maldonado Ortega.

90 Viaje a la India. Cristina Duncan Salazar.

92 Martha Luz de Castro: de Goya al carnaval

contemporáneo. Danny Armando González Cueto.

Ilustración de la portada:

Disparate volante

de martha luz de castro

Fotomontaje digital, intervención y fusión

a partir de un grabado de Goya y de

fotografías del carnaval de Barranquilla.

Papel fotográfico semi-mate 15x20 cm,

papel fotográfico metalizado 40x60 cm y

autoadhesivo transparente sobre poliestireno

blanco 60x80 cm, 2009.

Ver página 94.

93 Martha Luz de Castro: “Puedo decir que

estoy conectada con la obra de Goya…”

Óscar Jairo González Hernández.

97 Índice acumulado de Huellas.

Se autoriza la reproducción citando la fuente. Los conceptos son responsabilidad

exclusiva de los autores. Licencia del MinGobierno nº 001464,

ISSN 0120-2537. Apartado Aéreo 1569, Barranquilla, Colombia.

Impresión: Javegraf, Bogotá.

e-mail: huellas@uninorte.edu.co

Meses de aparición: Abril (04) - Agosto (08) - Diciembre (12).

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 1-122. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537

1


Apuntes históricos sobre

la construcción de lo infantil

en Latinoamérica

Jorge Iván Galindo Madero*

Ana Rita Russo de Sánchez**

El tema de lo infantil genera hoy en día una

particular importancia en diferentes ámbitos

sociales. El buen trato al niño, la prevención de

las diferentes formas del maltrato infantil, la preocupación

por las vivencias en la infancia y cómo

estas repercuten en la vida del adulto, son temas

de constante divulgación en diferentes medios de

comunicación; es también el interés de los programas

de los gobiernos y la razón de la existencia de

diversas instituciones que, a nivel internacional,

realizan esfuerzos para propiciar en el niño una

mejor calidad de vida.

Pero esto que vivimos en el presente no representa

la realidad total con relación al interés de

los pueblos por la infancia. En muchos puntos

de Latinoamérica el tema de la infancia tiene otro

trato: aún prevalecen los castigos físicos, las experiencias

infantiles se entienden como algo que con

el tiempo se va a olvidar sin mayor consecuencia

para la vida adulta; las cuestiones relacionadas

con los derechos del niño son un tema lejano, y no

existe un discurso sobre lo que es maltrato infantil.

* Psicólogo, Universidad Metropolitana; Psicólogo Clínico y

magíster en Psicología, Universidad del Norte. Conferencista,

Programa Pisotón. Autor de los textos Si Dios está muerto, ¿qué

paso con el sujeto y El discurso del cristiano en los tiempos de

la ciencia de la salud, y coautor de Psicoanálisis y teoría social,

y Educación y desarrollo psicoafectivo, y la cartilla Nuestros

primeros encuentros afectivos y educativos.

** Psicóloga, Universidad del Norte. Formación Psicología

Clínica, Hospital de Salamanca. Doctora en Filosofía y Ciencias

de la Educación, Universidad de Salamanca. Directora de la

Maestría en Psicología Clínica, docente de pregrado y postgrado,

tutora e investigadora, Universidad del Norte. Autora y directora

del Programa de Educación y Desarrollo Psicoafectivo. Coautora

de los libros Temas en psicología clínica y Educación y desarrollo

psicoafectivo, y la cartilla Nuestros primeros encuentros

afectivos y educativos.

En regiones rurales prevalece la forma de comprensión

de la infancia que en otras zonas se vivió

en el siglo XIX o incluso en los tiempos coloniales.

Esta forma de comprender la infancia tiene múltiples

connotaciones sociales, políticas, religiosas

e incluso económicas. Un ejemplo de esto está en

el número de hijos, pasando a la forma como se

educa al hijo y se le da un lugar en la familia. Así,

en algunas regiones de Colombia se piensa, como

en los tiempos coloniales, que los niños deben

ser castigados física y severamente, porque no

tienen mucha capacidad de entendimiento. En

otras zonas del país donde prevalece un discurso

moderno, el tema de la dificultad para establecer

normas y control al comportamiento infantil puede

ser un problema.

El presente documento recopila aspectos importantes

de cómo se ha realizado la construcción

histórica y antropológica de la infancia en Latinoamérica.

Su objetivo no es solo dar cuenta de cómo

fue el pasado, sino de entender además el presente

de muchas zonas del mapa americano donde aún

prevalecen formas de ver lo infantil que parecen

ya distantes al hombre moderno.

Tiempo precolombino

Tal vez dejados llevar por la forma como los medios

de comunicación, y en especial el cine y la

televisión, nos muestran la relación del niño y los

adultos en la América indígena, casi siempre la

relacionamos con un niño entregado en sacrificio

a los dioses. (Los sacrificios de niños a los dioses

se realizaban, pero para la mayoría de las culturas

este implicaba a niños capturados en guerras y

prisioneros por diferentes motivos). Tenemos la

errónea impresión de que los niños en esta Amé-

2

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 2-10. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537


Retratos de la sociedad

novohispana: don Joaquín

Martínez de Santa Cruz,

Nicolás Rodríguez Juárez

en Arte Mexicano, época Colonial.

rica anterior a la llegada a los españoles tenían

un lugar despreciativo o vinculado con rituales de

sacrificio por parte de los adultos. La realidad es

que en los pueblos indígenas, como en la mayoría

de los pueblos que existen en el mundo, los niños

cumplen un papel muy importante porque es en

ellos donde se perfila el futuro de la estirpe.

De la América indígena se cuenta con muy

pocos datos directos y en cambio se resaltan las

fuentes de españoles que hacen relatos de sus

costumbres y estilos de vida. Para este texto,

cumplirán una importante función los aportes que

realizó fray Bernardino de Sahagún en su Historia

de las cosas de la Nueva España, además de otros

que serán citados a lo largo de este texto.

Los pueblos indígenas en América presentan

una gran diversidad y diferentes niveles de desarrollo;

tomaría incluso varios textos el describir

sus estilos de vida y la forma como se concebía la

infancia, lo que supera las expectativas de nuestro

trabajo. En este punto solo interesa desmitificar

un poco las ideas preconcebidas que existen, para

poder avanzar sobre el camino que nos llevará al

contexto moderno.

En un primer punto, es necesario recalcar cómo

para la mayoría de los pueblos la llegada de un

niño es interpretada como una bendición de los

dioses, y que en algunos pueblos indígenas existan

ceremonias que anticipaban este nacimiento. Fray

Bernardino señala cómo, cuando la muchacha se

sentía embarazada, existían ceremonias e incluso

fiestas que anticipaban el nacimiento del niño.

Un orador daba la nueva noticia y eran los dioses

quienes favorecían este acontecimiento:

Sabed que nuestro señor ha hecho misericordia,

por que la señora, moza y recién casada, quiere

nuestro señor hacerla misericordia y poner dentro

de ella una piedra preciosa y una pluma rica.

Existen unos principios psicológicos que son comunes

a todos los pueblos, principios universales

que Sigmund Freud señaló en forma magistral en

su obra, de 1912, Tótem y tabú, donde habla de

aquello que nos hace sujetos. Vemos cómo debe

existir para todo infante una antesala a su nacimiento,

que es expresada en forma de palabras

por los adultos y que se convierte en las primeras

marcas que están allí, en este caso, en forma anticipada

para cada niño.

El número de niños esperados en las comunidades

indígenas era alto y esto se explica por el hecho

de que existía un elevado índice de mortalidad

infantil, seguramente debida a que no se contaba

con los medios y la información para prevenir enfermedades

en la primera infancia. Un alto número

de niños era el seguro con el que se contaba para

que el pueblo tuviese un futuro.

3


La figura de la madre ocupa un lugar muy importante

en la mayoría de los pueblos indígenas

americanos, ya sea desde los mayas, donde la

diosa de la maternidad era invocada para el feliz

nacimiento de los niños y la salud de la madres,

llegando a los vestigios de las diosas de la maternidad

en Colombia, donde fueron representadas

en figuras de cerámica en el centro de país y en

pueblos de la Costa Pacífica. Ahora, a diferencia

de nuestros tiempos, la maternidad era pensada

en muy corta edad: a los 14 años de la indígena ya

se presentaba por lo general el primer hijo; esto,

que sería escandaloso incluso desde el nivel legal

en nuestro país, respondía a su propio tiempo y

contexto; las expectativas de vida eran mucho más

cortas y esto implicaba un avance más pronto hacia

la necesidad de ligar una estirpe. El inicio de la

maternidad y la paternidad en estas edades tiene

otra implicación: nosotros no podemos hablar de

una adolescencia en estos pueblos indígenas, ya

que no existían ni los tiempos ni los contextos para

que se produjera. ¿Era esto motivo para hablar de

indígenas adultos traumatizados por no vivir este

momento En lo absoluto; ya muchos autores han

señalado cómo existe una íntima relación entre lo

que se considera evolutivamente esperable y las

disposiciones de un discurso histórico y social.

Es en esta misma línea que debemos entender

cómo esta indígena de 14 años se asumía en el

tema de la maternidad. Muy distante de las colegialas

de nuestra época, recibía una completa

formación en el tema de maternidad por parte de

sus familiares y otros miembros de la comunidad.

El lugar y la importancia que cada uno de los

miembros de la familia ocupaba en esta formación

variaban por grupo indígena. Como ejemplo de esta

educación es importante revisar para el interesado

la forma como se realiza aún esta tramitación de

la maternidad en familias indígenas colombianas

en el Pacífico y en la Guajira en la Costa Norte

colombiana

Un punto crítico en nuestro país, y que es

realidad en muchos países latinoamericanos, es

la dificultad para disminuir las altas tasas de

embarazos en las edades entre 14 y 20 años, es

decir, en edades escolares. Por otra parte, está la

dificultad de estas madres para asumirse en su

nuevo lugar y responder a las responsabilidades

que implica el tener un hijo. Este sería un tema de

amplio debate, pero no deja de llamar la atención

cómo en familias rurales y campesinas el tema del

embarazo a estas edades no genera tal malestar y

existe mayor disposición de la madre a asumirse en

ese lugar. Aun así, todo responde a un contexto y

una maternidad temprana que puede hacer mella

a los intereses y aspiraciones de la mujer moderna.

La infancia del niño indígena es más similar a

la de nuestros niños, que lo que en un primer momento

se pensaría. En ella existía una educación

por parte de los adultos e implicaba la asistencia

a lugares de formación muy parecidos a los que

nosotros entendemos por escuelas; allí se reciba la

formación moral, las normas de comportamiento,

una importante formación religiosa y se inculcaba

el respeto a los mayores, en especial a los ancianos.

Señalaba un desprenderse de

la familia de base con la que

se vivía, más o menos hasta

los siete años, con diferencias

en culturas que habitaban las

tierras americanas.

El niño indígena también le

dedicaba tiempo a jugar, a la

fantasía que propicia las actividades

lúdicas; esta es una

Español e india serrana produce

mestizo. La representacion

etnográfica en el Perú colonial,

Ministerio de Educación y

Cultura de España.

4


Anónimo. Tomado de

La representacion etnográfica

en el Perú colonial, Ministerio de

Educación y Cultura de España.

necesidad de todo niño en las diferentes culturas

en las que existe esto llamado infancia. Se han

encontrado vestigios de juguetes, la mayoría de

cerámica, representado figuras de animales; un

hecho que es llamativo y poco pensado es que también

existan muñecas, y obviamente los trompos

y pelotas con los que juegan nuestros niños indígenas

en diferentes puntos del mapa colombiano.

Esta importancia del juego para el sano desarrollo

de la infancia, tal como lo ha propuesto

la teoría psicoanalítica y psicodinámica, y lo han

expresado autores desde Freud, pasando por Melanie

Klein y Donald Winnicott, entre muchos otros,

parece confirmarse retroactivamente cuando se

hace lectura de crónicas y textos que relatan esta

formas de tramitación de la infancia.

En el punto de la disciplina y los castigos,

tema que convoca a este texto, estos podrían ser

descritos como fuertes, desde nuestra mirada, e

incluían los azotes, manotazos e incluso el bañar

con agua fría en algunas comunidades. Podrían

ser aplicados no solo por los padres, sino también

por otros miembros de la comunidad, presentándose

incluso castigos ejercidos por todos los

miembros de una tribu. Para comprender esto,

hay que tener en cuenta que la idea de familia en

las comunidades indígenas, antes de la llegada de

los españoles, no existía siguiendo el modelo que

estos impusieron, e incluso se resalta más la voz

de la comunidad, representada en sus líderes religiosos

que, por ejemplo, los deseos o expectativas

del padre o la madre.

el niño en la colonia

El avance de la Colonia implicó la consolidación de

los estilos de vida españoles, que venían muy influenciados

por la propuesta contrarreformista de

la Iglesia católica, es decir, un molde de la Sagrada

Familia, donde prevalecía la palabra del padre, el

respeto y temor que el niño debía sentir por los

adultos, y una potestad legal que entregaba a los

padres la jurisprudencia sobre los hijos.

En este marco de vida familiar, se inscribía la

forma como los adultos se relacionaban con los

niños, cómo se establecía la disciplina y de qué

forma la educación moldeaba el comportamiento

infantil. Se pasará a realizar unos apuntes sobre

la forma de vida del niño en la época colonial,

anticipando que será distinta para el español, el

mulato, el indígena y el esclavo.

El contexto de la Conquista española en América

no presenta datos muy claros con relación

al tema de infancia; lo que queda claro es que, al

poco tiempo del encuentro entre el español y la

indígena, aparecen los niños mulatos. Estos van

presentar una serie de dificultades en el reconocimiento

de su lugar de ciudadanos y harán parte

de la ya difundida tradición de los niños naturales,

es decir, niños que no son reconocidos ni por el

padre o la sociedad con iguales derechos que otros

hijos dentro del contexto del matrimonio.

Otro aspecto a resaltar de los tiempos de la

Conquista, y luego en la Colonia, fue el surgimiento

de los orfanatos, los cuales albergaban a niños

cuyos padres no reconocían por diversos motivos;

y otros que quedaban desprotegidos luego de la

muerte de los padres en las guerras producidas

5


en estos tiempos tan convulsionados en las tierras

americanas.

Estos orfanatos son en su mayoría propiedad

de comunidades religiosas, que acogen a estos

infantes; la imagen de un niño dejado abandonado

en una cuna en las puertas de un convento o

monasterio es una imagen que incluso se convierte

en clásica y repetitiva en los tiempos de gloria del

cine mexicano.

Ahora, en la distribución de clases en los tiempos

coloniales, también existían categorías para

los niños. No era lo mismo ser un niño mulato,

español o esclavo, hijo de un hogar religiosamente

constituido, hijo natural o un huérfano de convento.

Un punto sí es claro: la forma como el discurso

religioso atraviesa la educación y las formas de

relación del adulto con el niño en la época colonial.

Son los sacerdotes y monjas quienes asumen, en

gran medida, la educación escolar en el Nuevo

Continente, cumpliendo dos propósitos: la formación

educativa con un alto contenido moral, pero

también la labor de evangelización. No todos los

niños en el contexto colonial tenían derecho a la

educación, y en diferentes puntos de América la

discusión consistió en quiénes podrían acceder a

esta y bajo qué circunstancias. Mientras para los

niños hijos de esclavo la formación escolar era prohibitiva

en la mayoría de los casos, en el caso de

los mulatos y los indígenas el punto de discusión

consistía en si era beneficioso para la sociedad

que un indígena o un mulato se instruyera, y esto

le permitiera acceder en un futuro a ascender

socialmente o si mantendría igual respeto por las

autoridades del virreinato.

La formación moral y ética del niño se encontraba

muy influenciada por los relatos bíblicos y sobre

todo por la vida de los santos: estos se convertían

en modelos a seguir por su virtud y sacrificios. Se

contaban historias de santos europeos, pero también

del incipiente santoral americano en el que

sobresalían san Martin de Porres, santa Rosa de

Lima y santa Marianita del Niño Jesús. En estas

historias sobresalía una infancia caracterizada

por la penitencia, el respeto a la autoridad de los

padres, a las autoridades civiles y sobre todo las

eclesiásticas.

La niñez es percibida como una etapa de la

vida en la que se deben consolidar los principios

de la moral y la fe cristiana; aunque lo que suceda

en gran parte de la infancia se va a olvidar,

estos principios se sostendrán para el resto de la

vida. En las vidas ejemplares de estos santos, la

descripción que se hace de su niñez se asemeja

más, por su comportamiento y decisiones, a la de

un pequeño adulto que parece haber superado

cualquier distracción infantil.

Fray Pedro Salguero hace una de las distinciones

más claras de cómo se entendían los momentos

evolutivos en la época colonial; de esta

manera, formula cómo, entre los ocho y los nueve

años de edad, es el tiempo en el que el niño debe

ser más fuertemente reprendido, y ser más severos

con su educación. Esta es la época para aprender

y modelar el comportamiento bullicioso del niño;

describe la infancia como una etapa de falta de

regulación y extroversión.

Entre los nueve y los doce años, se realiza la

primera comunión; esta es la etapa en la que ya

debe haberse consolidado la razón y el entendimiento;

la primera comunión es el paso de la irresponsabilidad

infantil a empezar a asumirse como

adulto. Consiguiente a esta época, sobreviene el

tiempo de la mocedad.

la mocedad

Uno de los puntos críticos del desarrollo psicoafectivo

para el sujeto, en la Colonia, es el llamado

momento de la mocedad; este se podría igualar al

paso por la pubertad: es el tiempo en el cual surgen

las tentaciones de la carne, y se define entre la vida

matrimonial o la vida religiosa; implica la finalización

de la infancia y el inicio de la vida adulta, en

edades que oscilan entre los 14 y 15 años.

Salguero describe este momento como el propio

de los cambios en la voz y el surgimiento de los

comportamientos sensuales que alejan al sujeto

de la vida religiosa.

Formas de relación en la Familia

Madre-hijo

En el modelo español, la relación de la madre con

su hijo se encuentra marcada por la distancia, si

se compara con las formas de vínculo contemporáneas.

Un primer punto a resaltar es que el amor

de la madre hacia el hijo solo surge luego del nacimiento

y se fortalece con los años y la convivencia.

Los primeros años de vida el niño los comparte con

la nodriza, quien estará encargada de la nutrición

y primera línea de afecto sobre el infante.

Con el hijo varón, la madre debe ser cuidadosa

de mantener distancia afectiva y no malcriarlo, ya

que la cercanía de la madre es el principal causante

de la homosexualidad, la cual es percibida

en esta época, además como un acto de pecado,

como una aberración.

6


La madre, con los años, debe consolidar una

relación más cercana con la hija, ya que existe con

ella una responsabilidad de tramitación de temas

relacionados con el comportamiento femenino, la

importancia de llevar una vida acorde a los cánones

morales de la época, y su formación religiosa

y espiritual.

La relación con el padre

Siguiendo el modelo judeo-cristiano, la familia se

organiza a partir del patriarcado, en el cual es el

padre quien tiene la mayor autoridad en el hogar,

y la madre y los hijos quedan subordinados a su

palabra. Estos hacen contraposición con modelos

indígenas e incluso africanos, donde se presentaba,

por el contrario, un sentido de organización

más centrado en el matriarcado.

El hombre es quien tiene autoridad y potestad

sobre los hijos, quien puede definir cómo educarlos,

cómo castigarlos y qué tipo de castigo imponer;

la madre en muy pocas ocasiones toma lugar de

palabra y acto en este tema.

La madre Iglesia católica generaba un fuerte impacto

en la forma como se llevaba la vida en casa.

Con altares en los cuartos, imágenes religiosas en

cada esquina, horas para realizar rezos y oraciones

durante el día, se recordaba constantemente

su presencia; y en las edades de la mocedad era

recomendable acercarse a un confesor que orientaba

en estos cruciales momentos. En casi todas

las disputas familiares eran los sacerdotes los

mejores consejeros y, si el caso superaba las crisis

normales de toda familia, entonces se acordaba

una reunión con el tribunal eclesiástico para que

tomara partido.

algunos apunTes sobre el niño en

la época de la ilusTración

El avance de las ideas de la Ilustración genera

nuevas propuestas en la forma como se entiende

la infancia en América, la que repercutirá en la

manera como se entiende la infancia y coloca el

psi necesario para que luego se consolide un molde

de lo que será el niño moderno.

Uno de los puntos a resaltar de la propuesta

ilustrada hace relación a propiciar los cuidados

necesarios a la madre en el proceso del embarazo

y parto; este tema no había sido de gran relevancia

durante la Colonia, en gran parte debido a la

carencia de conocimientos médicos que ahora

empiezan a surgir y al hecho que de la vida solo

cobraba importancia luego del nacimiento.

Esta nueva propuesta entra en oposición con

el tradicional papel que tenían las parteras, que

incluso son ahora culpadas de muertes o anormalidades

que se presentan en el proceso de parto

y postparto. Otro aspecto importante que genera

la Ilustración es que promueve una relación más

cercana de la madre con el hijo durante los primeros

años de vida; bajo el principio de que la

leche materna es la que el infante requiere para

su crecimiento, y que es la madre la persona más

adecuada para mostrarle al

niño el mundo desde el punto

de vista psicológico, e incluso

el religioso.

Siendo la Ilustración una

propuesta basada en el empoderamiento

del saber científico,

la educación se convierte

en uno de los pilares de su

propuesta. Uno de los puntos

de mayor controversia en este

momento es la entrega que

se había hecho de ella a los

Anónimo. Tomado de

La representacion etnográfica

en el Perú colonial, Ministerio de

Educación y Cultura de España.

7


Madre y niño.

Mary Cassatt.

sacerdotes y monjas; esto genera una crisis que

se complica más cuando se inicia la expulsión de

comunidades religiosas como los jesuitas, más por

razones políticas y económicas que de discusión

teológica.

La Ilustración dejó una huella de la que gozará

el hombre moderno y será el principio de la

igualdad entre los hombres; ello implicará con el

tiempo también al niño y la consolidación de unos

derechos para este.

la inFancia moderna

En Colombia —en cuanto un país en trámite del

discurso de la modernidad en el que se ha generado

toda una serie de transformaciones en la forma

como se vislumbra la infancia—, se ha pasado de

la percepción de un niño pasivo y con poca capacidad

para comprender el medio al niño moderno

del que se espera el desarrollo de un pensamiento

crítico y autónomo. En este aspecto, es interesante

revisar la descripción de infancia en los albores de

la modernidad en Colombia, tal como la presenta

María Cristina Tenorio en Pautas y prácticas de

crianza en familias colombianas:

Hasta los años 50 era frecuente oír decir que los

pequeñitos no se daban cuenta de nada, que

los bebés eran insensibles a lo que ocurría a su

alrededor, que estaban sumidos en sí mismos:

En términos de la jerga psicológica dominante,

les dominaba un narcisismo primario, eran

egocéntricos, tenían un pensamiento autista.

Tanto era así que hasta muy recientemente se

operaba a los recién nacidos sin anestesia, pues

los médicos decían que no podían sentir el dolor.

Esta percepción de lo que era un bebé, obviamente

repercutía en la forma como la madre daba

lugar a la estimulación temprana del niño, y así se

fundía una vez más el desarrollo psicoafectivo de

este con elementos ofrecidos por el ambiente y la

cultura. Así lo describe la misma autora:

Se los “chumbamba” para que estuvieran calmados

y durmieran el mayor tiempo posible. Se les

dejaba en un cuarto oscuro porque se decía que

la luz fuerte y el ruido los fastidiaba. Y se les

dejaba en sus cunas dormir hasta que el hambre

los despertara. No se les hablaba porque era

considerado innecesario, ya que no entendían

[…] se les dejaba llorar para que no se volvieran

“resabiados” […] A partir de esa tierna edad

debían aprender el respeto y la disciplina, los

niños no debían dirigir la palabra a los adultos

sino cuando estos les hablaran, ni podían entrometerse

en la conversación de los mayores.

Pero esta competencia no solo abarcaba la

primera infancia, sino que se perpetuaba en los

diferentes momentos del desarrollo evolutivo; es

así como se pensaba que el niño no obtenía un

verdadero conocimiento de las situaciones diarias

hasta los 10 y 12 años, cuando hacía la primera

comunión.

Con el trámite de la modernidad en Latinoamérica,

este lugar del niño se va transformando

en especial en las zonas urbanas. Existen varios

factores que propician esto, pero es de recalcar

cómo en este aspecto toma una real importancia

el discurso de los expertos en infancia, el avance

8


de los medios de comunicación y el interés por

importar modelos externos de crianza de los niños.

El niño en la modernidad se caracteriza básicamente

por ser un niño sobre el que se ha

“estimulado” adecuadamente para que responda

con prontitud a cada uno de los momentos de su

desarrollo. En algunas ocasiones, el afán de los

padres y educadores por un ideal en el que el niño

entre más rápido en el trámite su infancia, genera

como efecto que estará mejor preparado para enfrentar

la vida. Retomando a Tenorio:

Se creó un modelo mítico de un niño cognitivamente

precoz, un sujeto epistémico puro, capaz

de resolver las tareas más sofisticadas, su recorrido

se calculó meticulosamente etapa por etapa

y se fijaron las edades en las que se debían

atravesar —si el niño era “normal”.

Pero a medida que Colombia es permeada por

nuevas formas de concebir la familia propiciadas

por la postmodernidad, cambia y se transforma el

concepto de infancia, lo que no deja de llamar la

atención de diferentes estudiosos de las ciencias

sociales; así lo describe Juan Carlos Jurado Jurado,

magíster en Historia de la Universidad Nacional,

en su investigación Problemáticas socioeducativas

de la infancia y juventud contemporánea:

Hablar de la infancia y de la juventud en la sociedad

actual no remite solo al estatuto social de

una franja de la población, sino a un problema

que compromete las nuevas maneras de configuración

de la cultura contemporánea. Entre los

fenómenos de las últimas décadas se encuentra

la irrupción de la infancia como actor social,

haciendo su aparición de manera novedosa,

demandando nuevas reflexiones sobre su lugar

desde la sociedad, la cultura y la educación.

Así, la infancia aparece como un problema de la

contemporaneidad, como resultado de complejos

procesos relacionados no con una crisis coyuntural

del capitalismo, sino con la manifestación

de las nuevas formas de organización social,

económica y política que caracterizan a nuestra

época , . En particular, la irrupción de la infancia

como actor social puede explicarse a partir de

cuatro factores que se desarrollan como sigue,

con un interés más exploratorio que exhaustivo.

Este autor propone cuatro aspectos para pensar

que han propiciado la transformación del concepto

de infancia. En primera medida, un cambio brusco

que se ha presentado en Colombia al pasar

de un país con prevalencia de la familia extensa

durante los años cincuenta y sesenta a la forma

de organización basada en la familia nuclear y

monoparental. De esta forma, se pasó de siete a

ocho hijos por familia a uno o dos; esto posicionó

al niño de una nueva forma en el ámbito familiar.

Bajo esta medida, la familia colombiana es también

influida por otra característica de la modernidad:

“La democratización de la autoridad en la familia”,

la cual es descrita por el sociólogo alemán

Norbert Elias (1998, p. 412), quien ubica en la

modernidad las nuevas formas de relación entre

niños y adultos, que pasan de ser estrictamente

autoritarias a más igualitarias, proceso que tiene

lugar por el reconocimiento de la mayor autonomía

que se concede a los niños en medio del declive de

la sociedad patriarcal. En la contemporaneidad,

más que antes, los niños son vistos por los adultos

como merecedores de un trato especial, y son más

estimados en los hogares en proporción inversa a

su número.

Niños

trepando árbol.

Goya.

9


Esta democratización se convierte en la organización

familiar en un trastoque de las líneas del

poder y el respeto, encontrándose cómo a los niños

se le considera “los nuevos reyes del hogar”. Este

nuevo lugar del niño también es capturado por

la escuela, en donde el lugar del estudiante llega

por momentos a superar la autoridad del docente.

Un segundo aspecto a subrayar es el nuevo rol

de la mujer como madre, esposa y trabajadora al

mismo tiempo, lo que deja poco espacio y tiempo

para la atención de los hijos, y se encuentra íntimamente

ligado a la cada vez más pronta entrada

del niño a la guardería y la escuela. La aparición

de profesionales en los primeros años de la vida

del niño es otra consecuencia de estos cambios.

En tercer lugar, se encuentra unida a lo anterior

la importancia que va ganando la educación y estimulación

en los primeros años de vida, llegando

a considerarse esenciales para la entrada del niño

en la escuela. La estimulación motora-cognitiva y

psicosocial, que en otros tiempos era tarea de los

padres, abuelos y otros integrantes de la familia

extensa, en la actualidad es función de personal

especializado en el jardín.

Por último, el autor llama la atención de cómo

el menor y el joven se han considerado sujetos del

derecho, por consiguiente se ha presentado toda

una legislación sobre el derecho del menor y a su

vez las formas de relacionarse este con la ley. La

presencia de centros especializados en menores

infractores de la ley deja abierta la pregunta si no

es esta otra manifestación de cómo el Estado y

otras instituciones no están acogiendo funciones

con referencia a los menores de edad que antes

eran de los padres.

bibliograFía

AA.VV. Historia de la infancia en América Latina. Bogotá, Editorial

Universidad Externado de Colombia, 2007, p. 673.

Jurado Jurado, Juan Carlos. Problemáticas socioeducativas de

la infancia y juventud contemporánea http://www.rieoei.

org/rie31a06.htm

Ministerio de Educación Nacional. República de Colombia.

Organización de Estados Americanos. Pautas y prácticas

de crianza en familias colombianas. Serie Documentos de

investigación. Punto EXE Editores. 2000, p. 272.

10


Educación para el ejercicio de la libertad

Dimas Martínez Núñez*

En nuestro afán por hacer de la política una actividad

con sentido ciudadano, lo que parecería una

redundancia, presentamos unas consideraciones

que se apartan del trillado discurso, a veces mal

repetido, por políticos casi siempre en tránsito

electoral, que se limita a la repetición de “hay

que mejorar la calidad de la educación y ampliar

la cobertura educativa”, sin decir cómo y mucho

menos sin detenerse a explicar sobre qué educar.

El ciudadano debe decidirse a ejercer su libertad

con responsabilidad; la educación es una

herramienta clave para formar en libertad, para

prepararnos a no seguir siendo utilizados por

quienes, desde el ejercicio del poder, se olvidan

que su obligación social es la de propender por el

bien común.

En Colombia, el derecho a la educación se encuentra

consagrado como un derecho fundamental

de los niños en el artículo 44 de la Constitución

Nacional. Entendiéndose como fundamentales

aquellos derechos inherentes a la persona humana,

por lo que al Estado solo toca reconocerlos.

El artículo 67 de la Carta indica que la educación

es un derecho de las personas, y que con ella se

busca el acceso al conocimiento, a la ciencia, a la

técnica y a los demás bienes y valores de la cultura.

Intentaremos derivar, de los preceptos constitucionales

citados, los Fundamentos Filosóficos de

las Políticas Públicas de la Educación en Colombia,

para llegar a concluir que la educación es un

asunto de política y de cultura, y que no puede considerarse

como propuesta filosófica de educación

el limitarse a la planeación educativa definida en

los planes de desarrollo de los entes territoriales,

las más de las veces, tan distintos entre gobierno

* Abogado y psicólogo graduado; maitrise en Ciencias de la

Educación. Profesor del Departamento de Historia y Ciencias

Sociales, Universidad del Norte.

www.fundacionpiesdescalzos.com

Estudiantes del Colegio Pies Descalzos, Barranquilla.

y gobierno; o reducir el asunto a la definición de

un currículum, ampliar la cobertura educativa, el

mejoramiento de la calidad y al desarrollo de una

teoría pedagógica, puesto que, por válida que ella

sea considerada, gracias a las diferencias económicas

y sociales, resulta deficiente para atender

los requerimientos y necesidades de estudiantes

con marcadas diferencias culturales y económicas;

esto es lo que lleva, en palabras de Bruner, a la

falta de “manejabilidad”, por no consultarse las

necesidades propias de cada comunidad, porque

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 11-12. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537

11


la teoría funciona bien, cuando es afín con la realidad

cultural.

Las investigaciones realizadas por Bruner y su

equipo le permitieron concluir que una teoría de la

instrucción es una teoría política, en el sentido de

que se deriva del consenso que se refiere a la distribución

del poder dentro de la sociedad (mundo

de las relaciones sociales) y para cumplir qué roles,

atendiendo aspectos tales como: a quién se educa,

cómo se educa, cómo se distribuyen los recursos.

Iniciamos la búsqueda de la aproximación a

una propuesta filosófica como la de investigar las

ideas y encontrar su aplicación, antes que buscar

un método pedagógico, con las lecturas del ítem

I de “Educación y sociología” —La educación, su

naturaleza y su papel— evocando el concepto de

educación de Stuart Mill: “todo lo que hacemos

por voluntad propia y todo cuanto hacen los demás

a favor nuestro con el fin de aproximarnos

a la perfección de nuestra naturaleza…”, y el del

fin de la educación de Kant: “desarrollar todas las

facultades humanas…”, planteando un concepto

de Durkheim: “no existe pueblo alguno donde no

haya un cierto número de ideas, de sentimientos y

de prácticas que la educación deba inculcar indistintamente

a todos los niños, independientemente

de la categoría social a la que pertenezcan estos.

Incluso, ahí donde la sociedad está fragmentada en

castas cerradas las unas a las otras…” Durkheim

define la educación así: “La educación es la acción

ejercida por las generaciones adultas sobre

aquellas que no han alcanzado todavía el grado

de madurez necesario para la vida social: tiene

por objeto el suscitar y desarrollar en el niño un

cierto número de estados físicos, intelectuales y

morales que exigen de él tanto la sociedad política

en su conjunto como el medio ambiente específico

al cual está especialmente destinado”.

Siendo que la educación tiene una función

colectiva, es imposible que la sociedad no esté vinculada

a ella, por lo que el Estado debe desarrollar

su sentido social y velar por que todos los niños se

eduquen con principios morales y democráticos.

Así, la educación superpondrá al ser individual y

asocial que somos al nacer, en un ser totalmente

nuevo. Esta Filosofía sirve para definir sobre qué

educar. “He ahí la cuestión”.

Si aceptamos que la posibilidad de ser humano

se realiza por medio de los demás, hemos

de tener mucho cuidado para evitar que nuestra

sociedad y, específicamente, nuestra juventud no

se conviertan en réplicas de los demás de manera

accidental, entendiendo por accidental, carentes

de intencionalidad. Debe ser la educación un proceso

que afiance la identidad del individuo para

que construya su libertad de ser.

Que somos un Estado social de derecho fundamentado

en el respeto a la dignidad humana y

la solidaridad, debe traducirse en una Filosofía

de la Educación que enseñe a pensar, a ser reflexivo,

para que nuestra juventud tenga como

propósito el bien del otro, teniendo consciencia

de sus conciudadanos. Esta capacidad solo puede

ser desarrollada por el hombre, es algo que va

más allá de lo dado por la naturaleza, pertenece

al ámbito de lo cultural. Lo que se está diciendo

es que, en la definición de una Filosofía de la

Educación con una visión moderna del mundo,

debe quedar en claro que el niño necesita darse

cuenta de sus limitaciones para tomar conciencia

de sus necesidades. J. J. Rousseau en el Emilio o

la educación dice: “El mundo real tiene sus límites,

el imaginario es infinito. El real es un modo

de la naturaleza, el imaginario, es puesto por la

imaginación humana, por consiguiente no puede

ser considerado por la ciencia pedagógica. De aquí

resulta que, así como los animales tienen las facultades

necesarias, el hombre tiene, además de

estas, otras no necesarias”.

En consecuencia, la preocupación de un modelo

educativo no debe ser solo la de enseñar ciencia

y tecnología. Debe ser su preocupación, también,

fortalecer las formas de socialización asistidas de

una filosofía humanista de los valores morales,

ciudadanos, de solidaridad y de libertad; es decir

que la educación debe estar orientada a enseñar a

pensar no de una manera concretista, analogizante,

superficial. Digámoslo ahora con las palabras

utilizadas por Fernando Savater en su libro El

valor de educar: “Las formas institucionalizadas

de educación deben, en síntesis, formar no solo el

núcleo básico del desarrollo cognitivo, sino también

el núcleo básico de la personalidad”. Decimos

nosotros, una Filosofía de la Educación con una

visión moderna del mundo debe considerar la formación

del hombre considerando sus necesidades

y su libertad.

reFerencias bibliográFicas

Jerome Bruner, Importancia de la educación.

Émile Durkheim, Educación y sociología, 2ª ed., Madrid, Ediciones

Península, p. 43 a 72.

Fernando Savater, El valor de educar, Ed. Ariel, 1ª edición en

Aula, 2004, p. 31.

Jean-Jacques Rousseau, Emilio o la educación, Ed. Edicomunicaciones,

p. 22 a 34.

Constitución Política de Colombia, arts. 44 y 67.

12


Negros y mulatos en la reconstrucción

de una memoria política de Cartagena

a principios del siglo XX *

Raúl Román Romero**

inTroducción

Se realiza un estudio sobre las celebraciones

centenarias del 5 de diciembre de

1915, asociada al sitio de Pablo Morillo

para lograr la reconquista de Cartagena y

la celebración del 24 de febrero, relacionada

con el fusilamiento de los mártires de

la independencia. Se demuestra que estas

conmemoraciones son realizadas por los

sectores gobernantes de la ciudad con el

objeto de construir una memoria política

y patriótica hegemónica que logre someter

al olvido la persistente memoria política

y patriótica de los sectores populares de

la población representada mediante el

reconocimiento de las acciones de negros

y mulatos en el proceso de independencia

y de fundación de la república. En este

sentido, estas conmemoraciones centenarias

se convierten en uno de los esfuerzos

más importantes de la élite cartagenera

para presentar de manera exclusiva las

acciones de los sectores representativos de

su clase en la realización de la república.

* Agradezco a Arcadio Díaz Quiñónez los comentarios que

hizo al estudio inicial de Memoria y contramemoria: el uso público

de la Historia, que fueron fundamentales en esta nueva

reflexión sobre la construcción de la memoria en Cartagena.

** Profesor de la Universidad Nacional de Colombia, sede

Caribe; estudios de doctorado en historia de América en la

Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, España, magíster en

Estudios del Caribe, Universidad Nacional de Colombia. Historiador

de la Universidad de Cartagena. Líder del grupo de

investigación Nación, región, economía y poder en el Caribe y

América latina (categoría A).

Puerta del Parque del Centenario de la Independencia de

Cartagena. En la estela, la lista de los mártires.

***

Solo cuatro años después que tuviera lugar la

celebración política y patriótica más importante

de Cartagena, el 11 de noviembre de 1911, día en

el que se conmemoró el centenario de la independencia

de la ciudad, se hacía público el programa

de una nueva y sorprendente festividad para celebrar

el “primer centenario del sitio de Cartagena

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 13-24. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537

13


ocurrido en 1815”. El programa

buscaba organizar como en él se

señala “los actos públicos con que

se conmemora esta fecha de gloria y

dolor”, se trataba paradójicamente

de rememorar el centenario de los

hechos más dolorosos de los hijos

de Cartagena en procura de la libertad

y el sistema político republicano

en general1.

En efecto, los días 4, 5 y 6 de

diciembre de 1915 fueron dispuestos

insólitamente por las autoridades

cartageneras para celebrar de

manera espectacular, cien años

después, los acontecimientos que

terminaron con la toma de la ciudad

por parte del ejercito pacificador

al mando del general español

Pablo Morillo. Durante estos días los habitantes

de la ciudad despertaron de manera poco habitual,

en medio del aturdimiento y la alteración que le

causaban los ensordecedores disparos de cañón

realizados desde los baluartes y el fuerte olor a

pólvora. Pese a esta perturbación, desde muy

temprano concurrían como espectadores silenciosos

a mirar los números programados dentro

de un ceremonial que buscaba señalar el “duelo

que deben llevar los corazones patriotas por los

antecesores” 2 .

Desde el primer día en horas de la tarde, el rito

tomaba su carácter espectacular, al apropiarse del

espacio público, mediante la congregación de los

habitantes en la Plaza de la Proclamación de la

Independencia, sitio en donde se dieron cita “las

autoridades, colegios, tropa y pueblo”, para dar

inicio a la “Gran Procesión Cívica” que a las 3 p.m.

partiría de dicho lugar, recorriendo las principales

calles de la ciudad, y terminando en el Paseo de los

Mártires, dándole la vuelta a este, hasta situarse

frente a la Puerta Central de la Boca del Puente,

en donde finalmente terminaría la procesión, para

inaugurar la exhibición pública de una lapida

adosada allí, “para conmemorar la evacuación

de la plaza el día 5 de diciembre de 1815, como

síntesis del largo asedio que en tal día terminó

trágicamente para las armas patriotas” 3 . Sin duda,

este desfile ponía ante la óptica social una resignificación

histórica del sitio de 1815, donde la huida

o el abandono de la plaza se transformaban en un

acto de extraordinario valor patriótico.

Tomadas de la Biblioteca Virtual Luis Ángel Arango (BVLAA).

Con esta rememorativa festividad, que evoca la

destrucción casi absoluta de la ciudad, un aterrador

número de víctimas y la entrada del ejército

español a las calles de la vencida plaza fuerte, se

quería redimensionar la resistencia de los cartageneros

iniciada desde el mes de octubre y finalizada

los primeros días del mes de diciembre de 1815,

al tiempo que se ocultaba el fracaso que ello significó

para el proyecto político independiente de la

recién constituida República de Cartagena. Varias

cuestiones llaman la atención de esta repentina

celebración, ¿cuál era el objeto de esta celebración

¿Qué tipo de intereses movieron a los sectores

dirigentes de la ciudad para celebrar una fecha

que por sobre todas las cosas hacía alusión al

fracaso del primer ensayo de gobierno republicano

realizado por Cartagena de manera independiente

de la Nueva Granada ¿Existía algún interés en

conmemorar la reconquista española o las pérdidas

humanas y materiales que el sitio produjo

para Cartagena

Las respuestas a estas preguntas no pueden ser

completas ni veraces si no se asocia esta celebración

a una situación menos coyuntural que a la

simple celebración de esta fecha, pues, la extracción

de estos recuerdos del pasado está inscrita

dentro de un proyecto de largo aliento, formulado

y reformulado por las élites dirigentes de la ciudad

con el propósito de construir una memoria política

y patriótica de Cartagena, que buscaba ante todo

magnificar las acciones de las élites dirigentes de la

ciudad en favor de la instauración de la república,

para de esta forma legitimar su posición en la política

y sus proyectos hegemónicos. En tal sentido,

esta celebración no puede analizarse de manera

aislada, de la no menos sorprendente celebración

centenaria del fusilamiento de los llamados “Már-

14


Postales del Centenario de la Independencia de Cartagena (BVLAA).

tires de la Independencia”, prevista para el 24 de

febrero de 1916, solo tres meses después de la

celebración del sitio de Morillo 4 .

Efectivamente, estas dos conmemoraciones

centenarias presentadas de manera coordinada

pretendían trasportar, cien años después de efectuados

los acontecimientos, un mito atemporal

sobre el origen y la fundación de la República de

Cartagena iniciada con los acontecimientos del

11 de noviembre de 1811. Lo fundamental de

este intento era otorgar toda la gloria y el sacrificio

por la independencia a los hombres fusilados

por Morillo (Manuel del Castillo, Martín Amador,

Santiago Stuart, Pantaleón Germán Ribón, José

María Portocarrero, Antonio José de Ayos, José

María García de Toledo, Miguel Díaz Granados)

y al misino tiempo ratificar la condición de estos

como gestores exclusivos de la independencia de

Cartagena. Gabriel Porras Troconis, miembro de

la Academia de Historia, de la Junta del Centenario

y redactor del periódico El Porvenir, órgano

de información más importante de la ciudad, en

un editorial a propósito de la celebración del 104

aniversario de la independencia de Cartagena,

señalaba el 11 de noviembre como el suceso más

trascendental que registra la historia de Colombia,

y anunciaba la necesidad de celebrar dos centenarios

de gran importancia.

En esta vez Cartagena, después del aniversario de

su gloria tiene que conmemorar el centenario de dos

de sus más grandes dolores; dolores, que llevan su

halo de gloria, como que ellos fueron origen de la

felicidad futura. Nos referimos a las fechas del 5

de diciembre del presente año, convencionalmente

tomado como síntesis de todos sus

sufrimientos y torturas del largo

asedio puesto a esta ciudad por el

jefe español Pablo Morillo y el 24

de febrero de 1916, en que el sufrimiento

de nuestros Mártires selló con

sangre la independencia proclamada

haciendo entonces más imposible la

reanudación de la vida de sumisión

llevada en los siglos anteriores 5 .

Para hallar espacio a la acción

histórica propia, las élites intentaron

eliminar otras acciones que

desde el punto de vista histórico

resultaban definitivas a la construcción

de la república. En otras

palabras, hicieron el montaje de

una representación histórica con

una deliberada negación de la verdad

fáctica, donde la capacidad de mentir, y de

cambiar los hechos, se hayan interconectadas.

Este objetivo obvio obligó a las élites en estas conmemoraciones

a emplear una historia idealizada,

construida y reconstruida según sus necesidades

para legitimar su poder. Por esta razón, aunque

el 5 de diciembre de 1815 y el 24 de febrero de

1816, día del fusilamiento de los denominados

Mártires, representaron ante todo la instauración

del poder español y la frustración de la independencia

definitiva, conseguida el 11 de noviembre

de 1811, las élites intentaron sobre todas las cosas

convertir estas dos fechas en el triunfo definitivo

de la libertad y sello definitivo de la independencia

de los cartageneros. Tal como lo demuestra la

retórica patriotera del momento, que se sintetiza

en el programa de la exposición que se celebraría

en honor al fusilamiento de los mártires el 24 de

febrero de 1816 6 .

Nada más conforme con el pensamiento que guió a

los próceres fundadores de nuestra independencia,

que la realización de todas aquellas obras que tengan

como objetivo primordial el engrandecimiento y

progreso de la patria que nos legaron, porque de ese

modo, concurriremos en la medida de nuestras fuerzas

y de conformidad con el tiempo y las circunstancias,

a terminar la obra iniciada por aquellos.

La realización de este pensamiento armoniza,

pues, con el fin capital de los fundadores de nuestra

Independencia, y tiene cabal cabida en el programa

de lo actos públicos con que se conmemorara el

centenario del Fusilamiento de los Mártires 7 .

La intención de representar a los grupos hegemónicos

como herederos del proyecto republicano

15


propuso la transposición del relato histórico,

utilizando una producción de imágenes, la

manipulación de símbolos y el ordenamiento

jerárquico en el cuadro ceremonial. Esta operación

se llevó a cabo de acuerdo con modelos

usuales de representación de la sociedad y de

legitimación de las posiciones gobernantes. Por

la manera como estaba concebido el programa de

esta celebración, es claro el interés de las élites

por convertirse en objeto central de la óptica

pública, ya que brindaron un espectáculo en el

que se convierten en sujetos magnificados de

la contemplación social. Entre tanto, el pueblo

cumple con el papel de simple espectador de las

acciones, dada la ninguna participación de estos

en el programa 8 .

El primer desfile programado el 4 de diciembre

de 1915, debido a la estructura jerárquica en

que se encuentra organizado, permite tener una

idea precisa de la imagen que querían brindar

los sectores gobernantes, ya que en la formación

aparece en primer orden la primera autoridad del

país, precedida de la autoridades departamentales,

locales y de toda la gama burocrática en orden de

importancia y estatus, escoltados con un desfile

sonoro de la banda musical y el desfile de los

alumnos objeto del disciplinamiento del poder 9 .

El orden del desfile será el siguiente: Banda de

Música Popular, Colegios Públicos y Privados, Coche

del excelentísimo Presidente de la República,

Coche del Gobernador del departamento y sus

secretarios, Coche del Prefecto y su secretario,

coche de los huéspedes con carácter oficial acompañados

por miembros de la Junta Directiva de las

fiestas centenarias, coche del Concejo Municipal,

coche del Tribunal Superior, coche del Tribunal de

lo Contencioso Administrativo, coche del Tribunal

de Cuentas departamental, Coche de los Jueces y

Fiscales, coche del Alcalde del distrito y su secretario,

coches del Centro de Historia, coches ocupados

por las damas cartageneras, coches de los socios

del Club “Cartagena” y el Club “La Popa”, coches

particulares, regimiento “Sucre” Número 2 con la

Banda Militar a la cabeza 10 .

El objetivo de dar un despliegue extraordinario

a las acciones de los sectores dominantes de la sociedad

cartagenera exigió poner al servicio de estos

los mecanismos necesarios para su exhibición; por

ello, se incluyó dentro de la programación de la

festividad un número coordinado y ejecutado de

manera directa por el sector más representativo de

la élite dirigente cartagenera asociada en el Club

Cartagena, quienes realizaron una batalla de flores

BVLAA.

con características de espectáculo público, que

se extendió desde las principales plazas a casi la

totalidad de las calles de la ciudad acompañados

de un ceremonial militar 11 .

A las cuatro de la tarde y organizada por el Club

Cartagena, que ha querido concurrir con ello a dar

mayor esplendor a las festividades, se dará una

gran batalla de flores en la plaza Rafael Núñez, el

Camellón de los Mártires y principales calles de la

ciudad. Para la batalla se dividirán los contendores

en dos bandos y simularán encuentros en las plazas

mencionadas y calles principales de la ciudad.

Cada grupo de combatientes irá precedido de un

Estado mayor a caballo con vestidos apropiados

y acompañados de cornetas que darán los toques

necesarios para el buen desarrollo de la lucha 12 .

El poder de los grupos dirigentes les permitió

utilizar medios espectaculares para señalar su

ascenso en la historia, haciendo un uso público

de algunos hechos que dotaban de valor y valentía

a todos aquellos que desesperadamente huían de

las represalias españolas; por ello, se seleccionó la

dramatización como medio más eficaz para cumplir

con este cometido y el día 5 de diciembre el último

número fue la representación teatral de la fuga que

realizaron distinguidas personalidades del comercio

cartagenero, rompiendo el cerco establecido

por las embarcaciones de los sitiadores españoles.

A las once de la noche del día 5 de diciembre de

1815 la Guarnición de Cartagena se hallaba embarcada

a bordo de la cuadrilla independiente,

dispuesta a hacerse a la vela para forzar el paso

cerrado por las baterías que los españoles habían

emplazado de una y otra costa de la bahía. Para

conmemorar estos sucesos, coronación y heroica

defensa de Cartagena, la junta directiva ofreció a

las nueve p.m. una reproducción con naves arre-

16


“Batalla de flores” del

Centenario de la Independencia

de Cartagena.

vio envuelta la clase dominante de la ciudad, utilizando

convenientemente una selección sistemática

de aquellos recuerdos que comprometieron la vida

de algunos hombres en procura de la salvación de

la patria y el proyecto republicano. De lo que se

trató en esencia fue de la selección de unos héroes

representativos de las clases dominantes. Por

otro lado, se pretendía enmascarar la realidad al

excluir la participación de los sectores populares,

negros y mulatos en el proceso de independencia,

silenciando sus personajes más representativos y

con los cuales se identificaban estos sectores de

la sociedad cartagenera 15 .

BVLAA.

gladas al efecto y fuegos artificiales del último y

formidable combate sostenido por los emigrantes

contra las fuerzas sutiles de mar y tierra de los

sitiadores españoles. 13

Sin embargo, es a partir de la construcción

mitológica del héroe que con mayor frecuencia se

engrandece la teatralidad política; en razón de esto,

el programa no podía dejar de lado la simbolización

de actos heroicos, como el presentado en las horas

de la noche del segundo día de festejos, realizando

un simulacro de fuegos artificiales en la cima de

la Popa, alusivo a la defensa del frustrado asalto

por parte de los españoles el 11 de noviembre de

1815. Otros números contemplados dentro del programa

evidencian con mucha nitidez la intención

de transmitir a la sociedad cartagenera elementos

emotivos que pudieran despertar la sensación del

asedio que pudo vivir la ciudad. El día cuatro a las

12 de la noche se dio despedida a la programación

con una procesión de antorchas realizada por uno

de los regimientos militares, que se desplazó por

las principales calles despertando la admiración

de los vecinos de la ciudad 14 .

La intención de los sectores dominantes con

estos festejos era doble; por un lado, buscaban que

la independencia se representara exclusivamente

con ciertas acciones y situaciones en las que se

El último día de las fiestas alusivas al sitio

nuevamente los cañonazos despertaban al pueblo

de Cartagena y lo preparaban para un nuevo

encuentro en la Plaza de la Proclamación de la

Independencia, donde se iniciaría una procesión

cívica “acompañada por las autoridades eclesiásticas

y civiles, corporaciones públicas, damas, y

caballeros de la sociedad cartagenera, el pueblo

entusiasta y el regimiento “Sucre” Número 2, hasta

el paseo Heredia, en donde se colocará la primera

piedra del monumento qué allí se erigirá a don

Pedro de Heredia ilustre fundador de Cartagena” 16 .

Con este acto, en apariencia contradictorio,

esta celebración centenaria, que ante todo

exaltaba la defensa realizada por los sectores

dominantes de la ciudad, contra la reconquista

española, incluía dentro de su programación un

número donde se rendía culto a los conquistadores

españoles causantes del fracaso del proyecto

independentista; pero, más sorprendente aún,

resulta que la justificación para la realización de

tan solemne homenaje haya sido el agradecimiento

a los españoles por el regalo de la patria. Sin duda,

este reconocimiento de lo hispano se encuentra

insertado en una tradición fortalecida en el marco

del proyecto político de la Regeneración, muy

usada durante los gobiernos de la hegemonía conservadora,

donde lo hispano se convierte en el elemento

fundamental de la identidad nacional. En

17


consecuencia, las élites cartageneras instrumentalizaron

la doble celebración para invisibilizar lo

negro y lo mulato en los actos fundacionales de la

república y la libertad. Al respecto, puede verse el

sustento ideológico que justifica la exaltación de

lo español en el festejo.

Al conmemorar la ciudad Heroica los hechos que

dieron por resultado final la Independencia de que

gozamos quiere confundir en una sola, la gloria de

los libertadores y los conquistadores, ya que unos

y otros contribuyeron a darnos esta patria amada,

y son la más alta expresión de la raza hispana a que

nos gloriamos en pertenecer con legítimo orgullo 17 .

No cabe ninguna duda sobre la existencia de

prejuicios de raza y clase en la selección de los

personajes fundadores de la república, lo que de

muchas maneras tiene que ver con el imaginario

social de la élite cartagenera, quienes se apropiaron

de la visión que, desde la región andina, los

sectores dominantes construyeron sobre la nación

y sus fundadores, desconociendo el papel que negros,

mulatos, indígenas y mestizos desempeñaron

en la fundación de la república 18 .

Esto, por supuesto, es

lo que explica, de muchas

formas, la contundente reivindicación

de las acciones

de aquellos hombres de

raza blanca como gestores

únicos de la lucha por la

independencia, como curiosamente

lo demuestra

la defensa que Pedro María

Revollo, presbítero y miembro

de la Academia de Historia

de Cartagena, realiza

de Pedro Antonio García, a

quien considera uno de los

primeros mártires fusilados

tras la incursión de Pablo

Morillo a Cartagena, y, por

lo tanto, no puede entender

por qué a pesar de que este

“no era un hombre vulgar

o de nombre oscuro como

lo hemos de ver; no nos explicamos

cómo su muerte y

aún su nombre se escapó

a la pluma de los hombres

que lo sobrevivieran”. 19 El

presbítero Revollo tenía

parentesco con su olvidado

prócer, y justificaba el reconocimiento

de mártir de la independencia al que

se hacía merecedor, señalando, como argumento

legítimo, lo siguiente:

Fue nuestro prócer español de nacimiento, casado

con una criolla, pero siguió el partido de éstos y

sirvió a la causa de la independencia de la patria

nueva con lealtad, hasta el costo de su vida.

Era García alto de cuerpo, de musculatura recia,

ojos claros, cabellos castaños y tez sonrosada; por

su gallardo aspecto parecía un inglés de buena

raza... 20

Los elementos centrales de esta justificación,

que a todo trance busca el reconocimiento, primero

de la condición de español y blanco de Pedro

Antonio García para que pueda ser admitido como

prócer y mártir de la independencia, es una contundente

prueba que evidencia innegablemente

que la condición racial jugó un papel central en

la sociedad cartagenera y en la construcción de

su memoria política; y, de otro lado, demuestra

que los sectores dirigentes cartageneros y los historiadores

de la ciudad solo estaban dispuestos a

reconocer como precursores de la república sujetos

cuya piel fuera blanca 21 .

Celebración del Centenario de la

Independencia de Cartagena. BVLAA.

No en vano, Pedro M. Revollo,

con estos argumentos,

intentaba persuadir

a la Junta del Centenario

y a sus compañeros de la

Academia de Historia, que

se colocara una lápida en la

Plaza de los Mártires, que

recordara públicamente el

sacrificio de Pedro Antonio

García, en beneficio de la

patria, arguyendo que si

esta petición no era aceptada

“continúe la lápida negra

y pesada del olvido sobre la

memoria de quien sacrificó

su hogar y su vida en aras

de la independencia con

menores servicios pero no

con menor mérito que los

diez afortunados a quienes

la blancura del mármol

muestra a la vista de los

transeúntes” 22 .

Esta combinación de

celebraciones, la de diciembre

de 1915 y la de

enero de 1916, representa,

aunque el más desesperado

18


Anónimo, Reina y su corte en la escalera del Teatro Heredia, en los I Juegos

florales de Cartagena, 1911, copia en gelatina, 16.8x12 cm (BVLAA).

esfuerzo, también el más contundente, realizado

por la élite para desaparecer la existencia de una

memoria de corte popular, que asociaba la fundación

de la República de Cartagena con las acciones

de los mulatos y negros 23 . También representa la

tentativa más nítida para concretar los intentos de

construcción de una memoria política hegemónica,

que se había iniciado en la segunda mitad del siglo

XIX por parte de una generación de dirigentes

cartageneros que se enfrentaron al predominio

popular y mulato en las direcciones políticas de

la ciudad, que legitimaba su posición por medio

de una memoria política, donde se representaban

como los iniciadores de la independencia definitiva

de Cartagena. Esta preponderancia popular

mulata cartagenera se mantuvo hasta los últimos

20 años del siglo XX, cuando la formación de una

nueva red de poder alrededor de Rafael Núñez

cambió la relación de fuerzas en la apropiación de

los espacios políticos en la ciudad 24 .

Por esta razón, estos sectores dirigentes de la

ciudad aprovechaban la ocasión centenaria para

solemnizar en estos eventos la única fuente de

legitimidad para mantener su tambaleante hegemonía

en la ciudad, pues hasta ese momento ellos

tenían razones de sobra para temer una nueva

arremetida popular hacia los espacios de poder,

ya que en la celebración del Centenario de 1911 la

clase dirigente de la localidad, pese a su proyecto

de magnificar las acciones de su clase como precursora

única de la independencia de la ciudad,

tuvo que enfrentar la propuesta impulsada por los

artesanos de la localidad de contraponer

a la memoria oficial establecida por

ellos, una memoria política de carácter

popular, que reivindicaba las acciones

del mulato Pedro Romero Walker y de

las milicias de Lanceros compuestas de

negros y mulatos del arrabal de Getsemaní,

capitaneadas por este 25 .

Este personaje, reclamado por los

sectores populares de la población

como un símbolo político de la independencia

y sobre quien pensaban erigir

una estatua en el Parque del Centenario,

espacio vedado para instaurar la

memoria política de la independencia

cartagenera, fue objeto de la marginación

por parte de la Junta del Centenario,

cuando la estatua y el ceremonial de

inauguración que la debían acompañar

fueron excluidos del programa de dicha

festividad. En tal sentido, como un acto

de reconocimiento a las horas de trabajo gratuitas

destinadas por los artesanos a las obras de finalización

del parque y a los recursos económicos

aportados por estos, la junta de la festividad erigió

una estatua en honor al trabajo, que simboliza la

estampa de un herrero tipo europeo con la que

por supuesto no se identificaron los artesanos 26 .

El intento anterior de los artesanos para construir

materialmente un símbolo político representativo

de su clase a la vista pública de la sociedad

cartagenera, no se presentaba de manera aislada;

este hecho estaba acompañado de un conjunto de

acciones organizadas políticamente en el ámbito

local y departamental, con clara conciencia de la

necesidad de propagar su opinión por diversos

mecanismos, entre ellos, el más importante: la

prensa. Con esta intención la Sociedad de Artesanos

de Cartagena creó la publicación semanal

Voz del Pueblo, que se constituyó en elemento de

propagación pública de un discurso que señalaba

a los sectores dirigentes de la ciudad y el país como

traidores del proyecto republicano, debido a que

estos con sus enfrentamientos partidistas y sus

intereses por encima de las necesidades populares

habían impedido la ampliación de la ciudadanía

política, al excluir a los elementos populares de la

educación, pieza fundamental para la consecución

de aquella y piedra angular para la ampliación

democrática que debía acompañar toda república.

Al respecto, señalaban desde Voz del Pueblo:

Los hombres que conforman esa mayoría no son

considerados como ciudadanos y esos hombres

19


no pueden reclamar sus derechos de ciudadanos,

porque forman una masa analfabeta, y sobre esa

miseria levantan su obra nuestros políticos, esa

obra es inmoral y criminal 27 .

Aunque la élite gobernante desde el control

que tenía de la festividad pudo frustrar, con cierto

éxito, la materialización pública del símbolo

político popular, encarnado por Pedro Romero,

esto no disminuyó, de ningún modo, la preocupación

frente a la amenaza que representaban los

cuestionamientos contra la élite, emitidos por los

sectores populares de la ciudad, los espacios que

venían tomándose estos sectores en cabeza de los

artesanos y el uso público de la historia que, aunque

no era sistemático, reconocía a los artesanos

como sujetos históricos y políticos cumpliendo un

papel fundamental en el proceso de construcción

de la república. La combinación entre el discurso

emitido a través de la prensa, la acción y la organización

política emprendida por los artesanos,

generaban cada vez mayor impacto en la opinión

pública, especialmente popular 28 .

En efecto, desde el año de 1909 los artesanos

se organizaron bajo la Sociedad de Artesanos de

Cartagena y a partir de esa sociedad lograron colocar

dos representantes de la organización en el

Concejo Municipal, lo cual suscitó una reacción de

parte de la dirigencia de la ciudad, que llamaba la

atención sobre la visible presencia de los artesanos

en los puestos públicos y que, en tal sentido, era

indispensable evitar que el cabildo se convirtiera

en “merienda de hojalateros”, como años atrás 29 .

No obstante, los artesanos siguieron ocupando

una importante representación en el concejo municipal

durante los siguientes años. Fortalecidos

por el respaldo popular, en 1915 lanzaron una

lista propia al concejo, causando la inquietud de

los sectores dirigentes de la ciudad, que veían en

estas acciones una fuerte amenaza a su hegemonía

política.

Frente a estos hechos, para nada aislados,

tienen que comprenderse estas dos celebraciones,

que dan clara muestra de la preocupación de la

élite frente a la existencia de una arraigada memoria

política y patriótica popular que funcionaba

como unificadora e impulsora de los proyectos

futuros populares, impidiendo de múltiples formas

el predominio de la memoria política pretendida

por los sectores dirigentes. Si bien estas celebraciones

constituyen un esfuerzo contundente para

afianzar el protagonismo histórico y político de los

sectores dominantes en el proceso de independencia,

también evidencian el fracaso de un largo

proceso de disciplinamiento de la memoria social

cartagenera, y el inconcluso y traumático proceso

de invención de una tradición que les permitiera

a los sectores dominantes cartageneros su legitimidad

en el poder 30 .

Al parecer, hasta ese momento conmemorativo

de los centenarios de muy poco había servido retomar

en los discursos patrióticos los nombres de

los mártires como gestores de la independencia,

como tampoco había sido eficaz darle a importantes

calles y plazas de la ciudad los nombres de

estos; tampoco funcionó la construcción del Paseo

de los Mártires en la década de 1870, pues al lado

de esos intentos persistía una fuerte resistencia

popular a olvidar a aquellos personajes históricos

con los que se identificaban; como reacción a los

intentos señalados anteriormente, la figura de

Pedro Romero y su familia seguía siendo reivindicada.

En una publicación de 1880 se decía lo

siguiente:

El ciudadano Pedro Romero natural de la ciudad de

Matanzas de la isla de Cuba, era el 11 de Noviembre

de 1811 el comandante del cuerpo denominado “Los

Lanceros de Jetsemaní” i él con dicho cuerpo unido

a su yerno el Dr Ignacio Muñoz marcharon en ese

glorioso día a la cabeza del pueblo del Convento

de San Francisco al frente del palacio a exigir de

la suprema junta de gobierno, la independencia

absoluta de la Monarquía Española, pues ella

juzgaba que aún no era tiempo — el comandante

Pedro Romero con sus hijos Mauricio, José, Tomas

i Sebastián fueron también de los defensores de

esta plaza en el memorable sitio de 1815, saliendo

con la migración a la ciudad de los cayos en donde

murió dicho comandante Romero 31 .

Pablo Gómez Isaacs, Tanque de guerra para disparar

buscapiés, h. 1928, copia en gelatina, 20x15 cm (BVLAA).

20


Anónimo, Bendición del Club Cartagena por monseñor Brioschi,

h. 1924, copia en gelatina, 16x12 cm (BVLAA).

Sin duda, las últimas celebraciones centenarias

que se realizaron en Cartagena y los extraordinarios

esfuerzos realizados por la élite de la ciudad en

el marco de estas conmemoraciones, indican con

cierta contundencia, la existencia de una contramemoria

o una memoria alternativa de corte popular

que impidió que se diera durante esos años

el predominio de una memoria que, reivindicando

las acciones de las clases dominantes, pretendía

constituirse como hegemónica; la construcción

de la memoria política y patriótica de Cartagena

se convirtió en un campo de conflicto simbólico

que contrapuso los intereses de clase y confirmó

la exclusión de negros y mulatos como actores

históricos y políticos en el proceso de formación

de la república.

Cartagena representa solo un caso de esos

conflictos que en el campo de la memoria ocurren

en otras ciudades del Caribe. Paradójicamente,

como una muestra de esa resistencia que presenta

la memoria alternativa popular, a pocos años

de las celebraciones bicentenarias —que tienen

como objetivo la recuperación donde nuevamente

se reconstruyen las fiestas de la independencia,

cuyo objetivo central es la recuperación del significado

político y patriótico de las fiestas de la

independencia—, el fantasma de Pedro Romero

comienza nuevamente a ser evocado en un nuevo

retorno al pasado.

noTas

1

Biblioteca Academia Colombiana de Historia, en adelante

BACH, Primer Centenario del Sitio de Cartagena en 1815, Programa

de los actos públicos con que se

conmemora esta fecha de gloria y dolor,

Cartagena 1815-1915. Este programa

también puede verse en: El Porvenir,

Cartagena, diciembre 3 de 1915. Con

relación a la celebración del 11 de noviembre

en Cartagena y la disputa entre

los artesanos y los sectores dirigentes

para imponer memorias políticas y patrióticas

representativas de sus clases,

ver: Román Romero, Raúl “Memoria y

contramemoria: el uso público de la Historia

en Cartagena”, en: Desorden en la

Plaza: modernización y memoria urbana

en Cartagena. Cartagena, Instituto Distrital

de Cultura, 2001.

2

Ver programa de la celebración

citado.

3

Ibíd., págs. VII-VIII. La procesión recorrería

las calles y plazas en el siguiente

orden según se señala en el programa:

“las calles de los Santos de Piedra, de la

Iglesia, de la Estrella, del Cuartel, del

Estanco, de la Universidad de San Agustín,

calle de El Porvenir, del Colegio, de

Portocarrero, Plaza de los Coches, Boca

del Puente, costado oriental del Paseo de los Mártires, y dándole

la vuelta a éste, hasta situarse frente a la Puerta Central de la

Boca del Puente, en donde se descorrerá el velo a una lapida

adosada allí, para conmemorar la evacuación de la plaza el día

5 de diciembre de 1815, como síntesis del largo asedio que en

tal día terminó trágicamente para las armas patriotas”.

4

Sobre los intentos de construir una memoria patriótica

en Cartagena, ver: Saldarriaga, Grey, La construcción de la

memoria patriótica en Cartagena 1850-1912. Trabajo de grado

para obtener el título de historiador. Universidad de Cartagena,

noviembre 2004; ver Le Goff, Jacques, El orden de la memoria,

Paidós, Barcelona 1991.

5

El Porvenir. Cartagena, noviembre 9 de 1915. En otra

columna que compartía página con el editorial aparecía una

narración histórica que exaltaba los acontecimientos del 11 de

noviembre señalando la importancia del 5 de diciembre - 24 de

febrero, estableciendo una relación directa con los triunfos de

la batalla de Boyacá. Lo firmaba José H. Ocampo.

6

Ver Arendt, Hannah, “La mentira en política”, en: La crisis

de la república. Taurus, Barcelona 1998, pág. 13. Ver también

Balandier, Georges, El poder en escenas, Paidós, Barcelona

1994. Ver: Exposición de Cartagena en Febrero de 1916: Primer

Centenario del Fusilamiento de los Mártires, 1816 Cartagena

1916, pág. III Cartagena diciembre 12 de 1915. Ver el programa

de la festividad en: El Porvenir, Cartagena 23 febrero de 1916.

La negrilla es mía.

7

Exposición de Cartagena, en febrero de 1916, programa

citado, pág. III.

8

Sobre el tema de las herencias de poder, ver: Levi, Giovanni,

La herencia inmaterial: la historia de un exorcista piamontés

del siglo XVIII. Ed, Nerea, Madrid, 1990. Sobre la construcción

de imágenes y menoría, ver: Saldarriaga, Alberto. Imagen y

memoria en la construcción cultural de la ciudad. En: Torres

T., Carlos; Viviescas, Fernando; Pérez, Edmundo (comp.) La

ciudad, hábitat de diversidad y complejidad. Universidad Nacional

2000, págs. 154-156.

9

Sobre el tema del disciplinamiento de la memoria, ver:

Samaddar, Ranabir. “Territory and people: The disciplining

of historical memory”. En Charttejee, Partha (editor). Texts of

Pawer Emerging Disciplines in Colonial Bengal. University of

Minnesota Press 1995, págs. 167-199.

10

Ver Balandier, op. cit., pág. 34. Para un análisis de la

21


estructuración jerárquica de la sociedad medieval en los ceremoniales,

ver: Darton, Robert. La gran matanza de gatos y

otros episodios en la historia de la cultura francesa. Fondo de

Cultura Económica. México 1984, págs. 109-145.

11

También se cumplió con otro tipo de acciones con plena

intención de demostrar la superioridad social: “El día 4 a las

9 a.m., se repartió en la acera oriental de la Plaza de los Mártires,

paquetes de víveres al pueblo desvalido de Cartagena,

por un grupo de damas

comisionadas para ello

por la junta directiva.

El día 5 de diciembre

se inició con los ruidos

de los cañonazos iniciados

desde la cinco

de la mañana hasta las

7 a.m. con el ánimo de

recordar a Cartagena,

que este luctuoso día,

hace cien años se cumplió

la dolorosa peregrinación

de sus valientes

defensores camino de

la expatriación y de la

muerte y a las cinco

saldrá un carro alegórico

acompañado del pueblo cartagenero que recorrerá las

principales calles de la ciudad”. Ver: Programa citado.

12

Los últimos dos números del día serían una sesión de la

Academia de Historia en el Teatro Municipal, donde llevará la

palabra el reconocido historiador G. Porras Troconis, y se presentaría

cinematógrafo público en la Plaza de la Independencia.

13

El Porvenir, Cartagena 3 de diciembre de 1915.

14

El día 5 a las 12 m, se despedía el día con una procesión

de antorchas realizada por el Regimiento “Sucre” Número 2 que

recorrerá las calles del Cuartel de la Policía, de Santa teresa,

calle y plaza de Santo Domingo, calle de la Matunilla, de la

Estrella, del Cuartel, pasando luego a la Plaza de Santo Toribio,

calle Primera y Segunda de Badiílo, Plaza de la Proclamación

de la Independencia hasta llegar a la calle San Juan de Dios.

Ver Programa.

15

Michel Trouillot realiza un importante análisis donde

presenta cinco dimensiones del silenciamiento, ver: Trouillot,

Michel-Rolph, Silencing the past power and the production of

history, Boston, Beacon Press Books, 1965.

16

“Casualmente en horas de la tarde comenzarían a reunirse

en la Plaza de la Proclamación de la Independencia la

banda de música popular, la concurrencia de ciudadanos que

deseen tomar parte en la lucida manifestación que desplegará

las banderas de Venezuela y Haití y recorrerá la ciudad”, como

un tributo a los haitianos y venezolanos que compartieron las

penalidades del sitio y del ilustre Pétion que dio asilo y protección

a los emigrantes que recalaron en las hospitalarias costas

de aquella hermosa Antilla.

17

Ver: Programa del Centenario del Sitio de 1815, ya citado.

Dos horas más tarde se realizaba un tedeum en acción

de gracias por los beneficios de la independencia y la libertad,

conseguidos al duro precio del sacrificio de los antecesores. Los

números continuaron con una alocución del gobernador en la

Plaza de la Proclamación, y una sesión del Concejo Municipal en

el Salón Amarillo del Palacio de Gobierno. Ya en las horas de la

tarde se iniciaba una caminata con el acompañamiento de las

principales autoridades eclesiásticas, corporaciones públicas

y el pueblo en general, donde llevará la palabra a nombre de la

junta Fidel J. Pérez Calvo. La celebración terminó oficialmente

con una retreta en el Paseo de los Mártires y presentación de

cinematógrafo público en la Plaza de la Independencia a las

9:30 p.m. Sin duda, nos encontramos ante un uso particular

de la memoria. Los usos de la memoria por lo general están

asociados a la manipulación de los recuerdos, en especial de

los recuerdos enfrentados en el triunfo y la inclusión, de un

lado, y la derrota y exclusión, por el otro, que se manifiesta en

una política conmemorativa esencialmente impuesta, de la que

resulta un uso deliberado del olvido, que aunque resulta necesario

también es un factor estratégico en el sostenimiento del

poder ver: Ricoeur, Paul, La memoria la historia y el olvido. Ed.

Trotta, Madrid, 2003.

Sobre los abusos de la

memoria ver: Todorov,

Tzvetan. Los abusos

de la memoria, Paidós,

Barcelona, 2000, págs.

5-8. Para una reflexión

sobre el tema del olvido,

ver: Augue, Marc. Las

formas del olvido. Gedisa,

Barcelona, 1998.

18

Ver la discusión

sobre la construcción

de una visión de la nación

construida desde

la región andina que

Una celebración, h.s. XIX.

se volvió dominante

en el país en: Múnera,

Alfonso, Fronteras imaginadas: la construcción de las razas y

de la geografía en el siglo XIX colombiano. Planeta, 2005. págs.

22-25. La historiografía sobre la independencia de Cartagena

evidencia este desprecio y desconocimiento de lo popular, ver

Múnera, Alfonso, “Las clases populares en la historiografía

de la independencia de Cartagena, 1810-1814”, en Fronteras

imaginadas, op. cit., págs. 175-192.

19

Revollo, Pedro María. “Pedro Antonio García: Mártir de la

independencia”, en: Boletín Historial N° 10, febrero de 1916,

págs. 402-408.

20

Ibíd. pág. 404. También aparecen las siguientes señas.

“A la muerte de la mencionada hija del prócer, Dolores, se

encontró entre sus papeles su fe de bautismo, compulsada

en 1858, auténticamente del libro 5° de bautizos de blancos

españoles de la Parroquia de Santo Toribio”.

21

A propósito de los esfuerzos de las élites intelectuales

colombianas por desaparecer a los negros e indios de la fundación

de la nación colombiana, ver: Helg, Aline, “Raíces de

la invisibilidad del afrocaribe en la imagen de la nación colombiana:

independencia y sociedad, 1800-1821”, en Museo:

memoria y nación. Museo Nacional de Colombia, Bogotá 2000,

págs. 219-251.

22

Revollo, Pedro M., op. cit., pág. 408.

23

Sobre la participación de negros y mulatos en la independencia

de Cartagena, ver: Múnera, Alfonso. El fracaso de la

nación: región, clase y raza en el Caribe colombiano 1717-1821.

El Áncora Editores, 1998. Del mismo autor ver el ensayo: “Las

clases populares en la historiografía de la independencia de

Cartagena, 1810-1814”, en Fronteras imaginadas, op. cit.,

págs. 175-192.

24

Sobre la participación de artesanos en los cargos públicos

de Cartagena durante el siglo XIX, ver: Solano, Sergio. Hombres

de honor en el Caribe colombiano, 1850-1930, conferencia leída

en el Seminario Internacional de Estudios del Caribe, agosto,

1995. Sobre este mismo tópico ver: Flórez Bolívar, Roicer, Artesanos,

ciudadanía política y vecindad en la Nueva Granada,

durante la primera mitad del siglo XIX. Tesis para obtener el

título de historiador. Universidad de Cartagena, noviembre

de 2004. Los artesanos no constituían un grupo social homogéneo

porque los oficios que desempeñaban los clasificaban,

gozando de mayor prestigio los tipógrafos, sastres, carpinteros,

plateros, orfebres y los maestros de obra. Estos principalmente

22


eran los nominados y nombrados para ejercer cargos públicos

como cabildantes, alcaldes parroquiales, jueces parroquiales,

tesoreros de rentas provinciales, etc. Por ejemplo, Ciprián

Julio desempeñó importantes cargos públicos, siendo elegido

en 1843 para ejercer el cargo de consejero municipal, y junto

a Pedro Ruiz fueron designados en el año de 1845 para hacer

parte de la Asamblea Cantonal, el primero por Barú, y Ruiz

por el Pie de la Popa. Otros artesanos desempeñaron los cargos

de alcaldes parroquiales como titulares y suplentes. En 1846

fue nombrado el tipógrafo José María Pasos como alcalde de

la Parroquia de Santo Toribio, y en 1849 fueron designados

Joaquín Manjarrés y Elías Gonzales como alcaldes parroquiales

de La Trinidad; el primero como titular del cargo y el segundo

como su suplente. De igual forma, Joaquín Martínez fue elegido

cabildante en 1850 por el distrito de Santo Toribio. Sobre la

elección de Ciprián Julio como consejero municipal, ver: S.P.C.

Julio 14 de 1843, p. 2; sobre la elección de este mismo y Pedro

Ruiz a la asamblea cantonal por Barú, ver S.P.C. Cartagena,

agosto 6 de 1845, p. 3. Sobre el nombramiento de José María

Pasos como alcalde de Santo Toribio, ver: S.P.C. Cartagena,

enero 11 de 1846, pág. 2, y para el caso de Joaquín Manjarrés

y Elías González, ver: S.P.C., Cartagena, agosto 5 de 1849, p.

2. Sobre J. Martínez A., ver: El artesano, Cartagena, agosto 8

de 1852. Entre los artesanos que ocupaban varios cargos públicos

se encuentran Rosalío Padilla y Manuel Castro, quienes

aspiraban por el distrito parroquial de la Catedral, y Valentín

Espitaleta, Ambrosio Benito Montes, Diego Lafont y Federico

Núñez lo hacían por el distrito parroquial de Santo Toribio.

Uno de los artesanos más prestantes en Cartagena durante

el siglo XIX fue el tipógrafo Francisco de Borja Ruiz, quien a

lo largo de su vida desempeñó varios cargos públicos, como

la dirección del Colegio Militar y tesorero

de rentas provinciales, y en algunas ocasiones

llego a desempeñar varios cargos

públicos a la vez. Ver Flórez Roicer, op. cit.

Ver también: La Democracia. Cartagena,

julio 11 de 1852.

25

Para un análisis de la contramemoria

que impulsaron los artesanos encarnada

en Pedro Romero, ver Román, Raúl, Desorden

en la plaza, op. cit., pág. 10.

26

El Penitente. Cartagena octubre 3 de

1910. Ver. Román, op. cit.

27

Voz del Pueblo. Cartagena, febrero

3, 1911.

28

La sociedad de artesanos logró establecer

una organización que sobrepasó

el orden local, al conformar el Directorio

General de Artesanos y Obreros de Bolívar

en 1911, conformada por varios gremios y

sociedades, Ver: Voz del Pueblo, marzo 24

de 1911. El Porvenir, Cartagena noviembre

11 de 1919, en una edición especial

de esta fecha, aparece una reseña sobre

la organización obrera en la ciudad. Al

respecto, ver: Román, Raúl. Trabajadores y política: la idea de

república aplazada a comienzos del siglo XX. Trabajo de grado

para obtener el título de Historiador. Universidad de Cartagena,

junio 1998. También ver: Archila, Mauricio, Cultura e identidad

obrera, CINEP 1991.

29

El Caribe, Cartagena, diciembre 23, 1910, ver: Solano,

Sergio “Trabajo y ocio en el Caribe colombiano 1880-1930”,

Historia y Cultura N° 4, Universidad de Cartagena, 1996, pp.

61-76. Ver: “La participación de artesanos en su mayoría

mulatos en cargos públicos”. Flórez, Roicer, op. cit. En 1851,

entre los que podían ejercer el cargo, sobresalían los nombres

de cuarenta y cuatro artesanos, entre quienes se encontraban

Omar Cañate, natural del Palenque

de San Basilio, establecido en

Barranquilla, en 1971.

José Ángel Ariza, José Ávila, Pedro Ávila, José Antonio Aguilar,

Manuel G. Brieva, Pedro José Angulo, Jaime Brun, José del C.

Buitrago, Manuel Castro, Juan N. Castro, José María Caraballo,

Juan José Corcho, Cecilio Estrada, Andrés Gaviria, Julián

Moré, José Flores, Diego Miranda, Luis Montes Mendoza, José

A. López Osse, Pedro López Osse, Federico Núñez, Rafael Martínez,

Joaquín Martínez, Valentín Espitaleta, José Frías, José

Santos Ortiz, Marcos José Pérez, Valentín Viaña, Francisco

Valiente, Juan Manuel Grau, Elías González, Cipriano Julio,

Eusebio Hernández, José Nova, Rosalío Padilla, Francisco de

Borja Ruiz, Fermín Rossi, José María Pasos, Marco José Pérez,

Francisco Pacheco, Pedro Rossi, Pedro Ruiz, José Antonio

Ramírez y Joaquín Manjarrés.

30

Sobre el tema de la memoria como elemento de resistencia

en los indígenas colombianos, ver: Rappaport, Joanne.

The Politcs of Memory: Native Historical Interpretaron in the

Colombian Andes. Cambridge University Press, 1990. También

ver para el caso de los indígenas del Perú y Ecuador,

respectivamente: MacCormac Sabine: “En los tiempos muy

antiguos: cómo se recordaba el pasado del Perú en la colonia

temprana”, en: Procesos: Revista Ecuatoriana de Historia N°

7, Universidad Simón Bolívar, Ecuador, I semestre de 1995.

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ver: Hobsbawm, Eric y Ranger, Terence (eds.) The Invention

of Tradition. Cambridge University Press 1983. También de

Hobsbawn, “Inventando tradiciones”, en Historia Social N° 40,

Fundación Historia Social 2001.

31

Recuerdos históricos de la independencia relacionados con

la vida del Dr. Ignacio Muñoz: un imparcial. Cartagena. Donaldo

K. Grau, 1880 pág. 6.

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24


General Juan José Nieto,

presidente Caribe

Rodolfo Zambrano Moreno*

En el Atlántico, en el siglo XIX, tuvimos nuestro

único presidente de la república —cuando pertenecíamos

al Estado Soberano de Bolívar—: el general

Juan José Nieto, nacido en Cibarco, corregimiento

de Baranoa, en junio de 1804, cuando sus padres

viajaban en bestias hacia Juan de Acosta,

para embarcarse en Puerto Caimán.

La familia Nieto, de carácter

triétnico, era parcialmente afrodescendiente.

Eran agricultores,

artesanos libres; de ahí el color

trigueño, lo cual ocasionó que

algunos, en el Museo Nacional,

enviaran a París su retrato oficial

al óleo para retocarlo. En el

cuadro conservado en el segundo

piso de la Inquisición de Cartagena,

se nota que la frente y las

mejillas son blancas, pero detrás

de las patillas, todo el rostro de Nieto

es canela… Todo un presidente de

Colombia, ¿costeño y moreno… Sí le

respetaron sus ojos verdes, que contrastaban

con el color moreno de su piel y que

eran parcialmente responsables de su éxito con las

damas de alto coturno, a quienes asiduo frecuentó.

Nieto siempre recordó su origen popular, y por

ello terminó ganándose el respaldo de los artesanos

de los barrios de Cartagena. Sin embargo,

Nieto sacó partido de su apuesta figura y contrajo

* Miembro de la Acade mia de la Historia de Barranquilla;

columnista de Diario del Caribe y El Heraldo, y comentarista en

Telecaribe; actualmente es asesor del Gobernador del Atlántico.

nupcias en dos ocasiones, siempre ascendiendo,

vía sus afortunados enlaces matrimoniales. En la

primera ocasión, con doña María Margarita Palacio,

hija de un acaudalado comerciante —la nueva

oligarquía— que sustituyó a los empobrecidos y

arruinados notables realistas, que el sitio

de don Pablo Morillo, el Pacificador,

esquilmó y diezmó.

Con una morena, como él, bailadora

de las fiestas de la Candelaria

en el Pie de la Popa, engendró dos

hijos, Concha y Lope, quien fue

siempre su compañero.

Viudo, Nieto se dedicó a alternar

con las damas notables

disponibles; otra vez su éxito

político y su asimilación al medio

adonde su primera mujer le había

introducido, más su atractivo

físico, le condujeron a doña Josefa

Cavero y López Tagle, hija del último

administrador de las aduanas reales,

Juan José Nieto. don Ignacio Cavero, miembro de la élite

virreinal y quien leyera al pueblo el Acta de

la Proclamación de la Independencia de Cartagena,

desde el balcón del Palacio de la Gobernación;

pueblo de cabildos, estimulados con ron ñeque de

Turbaco que proveyeron los Gutiérrez de Piñeres,

azuzados por el líder popular Pedro Romero y reforzado

militarmente por su yerno José Prudencio

Padilla y los lanceros de Getsemaní. Ese fue el

nuevo suegro de Nieto, quien dejó de ser solamente

un viudo joven, ya pudiente y buen mozo;

ahora se acercaba al poder y las relaciones de la

Palacio de la Inquisición, Cartagena

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 25-31. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537

25


“Con motivo del natalicio de Juan José

Nieto Gil, militar, político, estadista y

presidente de Colombia, nacido en Sibarco

[sic], más exactamente en Loma del Muerto,

el 24 de junio de 1805, la comunidad de

este corregimiento rindió un merecido

homenaje, desde tempranas horas de la

mañana, reuniéndose en la Plaza Central

para rendirle tributo a su memoria,

al cumplirse 205 años de nacido”.

antigua burocracia virreinal, dado

ese matrimonio en 1834. Con doña

Josefa Cavero, su nueva mujer, Nieto

obtiene la hacienda Alcibia a la entrada

de Cartagena. Allí construyen una

casa grande con jardines adonde por temporadas

residen y reciben invitados, como al general José

María Obando y señora.

Nieto podía progresar social y hasta económicamente,

pero había viejos notables que no lo toleraban.

Para los ricos Pombos y los cultos Calvos,

estos los primeros impresores de la época, y como

tal los depositarios y transmisores de la información.

La imprenta para la época era como tener un

computador hoy. Para ellos era un mestizo pardo,

“parvenu”, un recién llegado ignorante, a juicio de

don Bartolomé, el más destacado miembro de ese

clan. Así se lo indica en una nota al general Mosquera,

nota que reproduce Orlando Fals Borda en

su Historia doble de la Costa. Le faltaba la pátina

del tiempo. Cosa hasta injusta, porque en todas

las familias, “siempre alguien fue el primero”.

Nieto, por influencia de su suegro, obtuvo su

primer cargo público e incursiona en actividades

intelectuales con publicaciones, que los Calvos —

los impresores— demeritan. Así las cosas, Nieto,

estudioso, publica en 1839 la primera Geografía

histórica y estadística de la provincia de Cartagena,

la cual le da renombre para aspirar a la diputación

provincial. No hubo antes de él, ningún estudio

regional en Colombia.

Nieto publica un folleto con la venia del obispo

Sotomayor adonde sostiene que “son reos de alta

traición quienes intenten mudar en monárquico,

el nuevo régimen democrático y republicano”; con

ello intenta neutralizar las tendencias realistas

supérstites, representadas por el clan de don José

María del Castillo y Rada.

Ya como diputado provincial, con su negrerío

a cuestas, los populares respaldándolo, Nieto

presenta inútilmente un proyecto de organización

federal.

Nieto y su proyecto son rechazados con altanería,

como iniciativa de un “pardo ignorante”, registra

Fals Borda. Esto lo irrita y se propone eliminar

las divisiones informales de castas dominantes, la

abolición de la esclavitud, golpe económico para

los hacendados, los comerciantes, y para quienes

detentaban ese trabajo de bajísimo costo.

Nieto comienza a destacarse y es seducido por

la masonería. Ese apoyo le sirve. Los militares

santanderistas son miembros destacados: Nieto se

les une. El general José María Obando, candidato

masón a la presidencia, perdió; pero Márquez,

masón desteñido, sí lo acoge y Nieto se deja proteger.

Nieto, con sus nuevos amigos, se lanza a la

Cámara de Representantes. Dicen que ganó, pero

en los escrutinios cartageneros “le embolataron

la elección”.

El gobierno quería remover las consejas de que

Obando —federalista y opositor—, era el instigador

oculto del asesinato del mariscal Antonio José de

Sucre, y eso ocasionó que el general Obando se

sublevara en Pasto en 1840.

Nieto, ofendido por la asamblea provincial,

con los rechazos sufridos, se anima a respaldar a

Obando, y como no tiene latifundios para reclutar

la peonada —como hacían los generales caucanos

Mosqueras, Arboledas, Herranes, etc., pues La

Alcibia de su mujer no daba para tanto—, acude a

los artesanos, sus amigos de origen. Sublevan la

guarnición cartagenera y como los comerciantes

de Barranquilla están molestos porque no les autorizaron

el puerto de Sabanilla para su carga de

importación, mueven a su gente, y en Polonuevo se

reúnen gamonales de Barranquilla, Sabanalarga y

26


Soledad para apoyar la sublevación. En Ciénaga el

general Francisco Carmona, quien se hace llamar

el Supremo del nuevo Estado de Manzanares, se

levanta y en Santa Marta deponen al gobernador

Pedro Díaz Granados; pero aún, pasados dos siglos,

esa procera familia todavía sigue mandando.

El supremo Carmona gana adeptos y consigue

el respaldo de Riohacha, Cartagena y Mompox.

Nieto se les une, y es nombrado capitán del Ejército

de los Estados Federados de la Costa. En bongos

artillados parten para el Banco y Magangué. La

meta es enfrentar al veterano general Tomás Cipriano

de Mosquera, comisionado por el gobierno

central para someter a esos “insurrectos, gozones

y gritones” costeños.

La expedición recorre los pueblos ribereños, allí

el Supremo desea conseguir adhesiones. El verbo

fácil de Nieto los emociona y consigue —solo eso—

adhesiones de sentimiento, respaldo anímico.

Pero hombres, pertrechos, dinero, no; recepciones

bullosas y “más na”.

Cibarco, www.baranoa-atlantico.gov.co

En Mompox la cosa es a otro precio. Se nombra

a don Tomás Germán de Ribón, jefe del Estado

Soberano de Mompox y hermano del más grande

terrateniente de la depresión mompoxina, don

Atanasio, consorte de misia Dominga Epalza, la

marquesa de Torre Hoyos, dueña de media Mojana

y del inmenso hato de san Juan Bautista de

Cispataca. Pero ellos no quieren grados militares,

quieren que les eliminen el impuesto nacional a

la sal marina, pues cuando la suben de Mompox

río arriba sí se causa. Mientras la de Zipaquirá y

Nemocón, de bajada no paga. Como Carmona y

Nieto no convienen, esos notables terratenientes

renuncian y se nombra como jefe militar al hermano

del jefe rebelde de Cartagena, Juan Gutiérrez

de Piñeres.

El general Obando, derrotado en el sur, escapa

al Perú; Mosquera y su yerno Pedro Alcántara Herrán,

desde Bucaramanga y Pamplona, temerosos

de las fuerzas del supremo Carmona y Nieto, demoraban

el enfrentamiento. Proponen entrevistas secretas

y envían a José Eusebio Caro a parlamentar.

Este notó en el campamento federalista costeño

peste de viruelas y disentería, y, según datos de

espías, había deserciones. Decidieron esperar un

poco para que la peste los debilitara más y luego

atacar. Herrán ante las favorables nuevas, dejó a

su suegro solo y se fue a Bogotá a intrigar su elección

como presidente de la república, lográndolo.

El supremo Carmona sube a Cúcuta y Mosquera

le propone que, como su yerno es ahora el

nuevo presidente, se entiendan y acaben la guerra

evitando más tragedias. Pero Carmona le dice a

Nieto, ya ascendido a coronel, “a pelear fue que

vinimos” y persiste en su propósito de derrotar al

ejército centralista. El terreno escarpado no les es

propicio, doce leguas de caminatas, la altura que

fatiga, les saca el aire a los federales, haciendo

que al iniciar el combate, en la hacienda Tescua,

la ventaja sea para el ejército gubernamental.

Cuando el asalto arranca, los federales atacan

con vigor, estimulados por la ración de “ron con

pólvora” 1 que Carmona ordena darles, pero son

repelidos por las fuerzas de Mosquera, protegidas

Mompox.

1

La tradición oral de mi familia dice que cuando nuestro

bisabuelo el general Leopoldo Tovar participaba en las guerras

civiles de fin del siglo XIX, para el combate de Baranoa, por

ejemplo, a sus soldados, antiguos esclavos manumisos de su

esposa Jacinta Arteta, la peonada de sus haciendas de Juan

de Acosta, les daban ron con pólvora. En verdad, no sé cómo

no se intoxicaban, pero así lo escuché de boca de mi abuela

Isabel Tovar de Zambrano.

27


por los muros de la casona de la hacienda adonde

se encontraban refugiados. El recién coronel J.J.

Nieto recibe un balazo en un brazo y es tomado

prisionero, junto con 500 soldados mompoxinos

al mando de Germán Piñeres. La desbanda se

inicia; las tropas federales costeñas corren hacia

Maracaibo a buscar refugio dispersándose. Ese

fue el más grande desastre militar del Ejército de

los Estados Federados de la Costa.

El general Mosquera dio parte de victoria a

su yerno el presidente general Herrán, e informó

que había usado el mismo sable con que Bolívar

combatió en Junín: ¿un amuleto Los oficiales

de alta graduación fueron apresados, el segundo

comandante Nieto incluido. Mosquera escribe a su

yerno presidente que: “Carmona con más fuerzas,

las metió en un terreno adonde no cabían y eso

les impidió maniobrar... Ese apiñamiento causó

que no hubiera balas perdidas para los disparos

de las fuerzas del gobierno”.

Conocida la derrota, el general Juan Gutiérrez

de Piñeres se cambia de bando, proclama al gobierno

legítimo, repone al destituido gobernador

Calvo, y le envían a los prisioneros derrotados

incluido Nieto, para internarlos en Boca Chica.

En febrero de 1842, el presidente Pedro Alcántara

Herrán proclama en Sitio Nuevo, Magdalena, una

amnistía general para buscar la paz y manifiesta

que “ya pasó el aguacero, adonde nos hemos mojado

todos”.

El coronel Nieto fue desterrado

a Jamaica; mientras

tanto, con la paz el comercio

se rehacía y enriquecía, la gran

propiedad rural seguía —como

si nada. En la Costa, la esclavitud

formal e informal persistía,

bajo diversas formas, dicen las

investigaciones de Fals Borda,

en su Historia Doble de la Costa.

Nuevas colonizaciones se

dan hacia los enormes latifundios

coloniales, los hatos de las

familias herederas del antiguo

marqués don Fernando de Mier

y Guerra.

Barrio de Getsemaní, Cartagena.

Una ley de 1843 permitió a

Nieto regresar, y recuperar su

grado de coronel. Nieto y su

mujer se establecen, otra vez,

entre Cartagena y la hacienda

Alcibia, adonde vuelven a recibir

y atender como antes. Las relaciones sociales

de doña Josefa, familiar de los antiguos condes

de Pestagua, le amplían su círculo. Doña Soledad

Román, hermana de don Henrique L. Román, el

farmaceuta fabricante de la famosa “Curarina”, es

una de las contertulias del nuevo círculo intelectual;

Nieto vuelve a frecuentar las reuniones de la

Logia. La política lo vuelve a picar, vinculándose

al partido liberal, y logra un escaño en la Cámara

de Representantes.

La última representante de la gran propiedad

territorial colonial costeña, doña María Josefa,

marquesa de Torre Hoyos, fallece en Mompox en

1848, reducto final de las simpatías monárquicas,

aunque ellos, para sobrevivir, a veces tenían también

sus escarceos democráticos. Las requisas de

morrocotas, de algún ganado y bastimento para las

tropas de uno y otro bando, los ayudaban a mantener

el statu quo. Como en El gatopardo, el príncipe

siciliano de Lampedusa, “había que cambiar —en

este caso sacrificar algo—, para que poco cambie”

o para conservar el resto, diría yo. Sus inmensas

propiedades casi incontrolables, en territorios de

San Benito Abad, Caimito, La Mojana y La Loba,

paulatina e imperceptiblemente, estaban siendo

periódicamente invadidas por las colonizaciones.

Se volvieron, como dijo en alguna ocasión el presidente

López Michelsen, latifundios de papel, de

archivos de notaría, de oficinas de registro.

En 1841 nace el periódico La Democracia,

adonde Nieto irrumpe como agitador de ideas

promotoras de igualdad. Su

amigo el general José María

Obando accede al mando

estatal —¿un caucano gobernador

de Bolívar— El

nuevo presidente del estado,

Obando y su señora, doña Timotea

Carvajal, más fea que

su nombre de pila, se vienen

a residir a Cartagena, y a su

llegada Nieto y doña Josefa

Cavero les reciben y agasajan

en su hacienda Alcibia.

Los hermanos masones se

aproximan; ya Nieto ostenta

el grado 33.

Don Manuel Román y

Picón, el farmaceuta padre

de doña Soledad y también

venerable hermano, les

acompaña. Obando nombra

a Nieto jefe político del can-

28


tón, adonde le tocó afrontar

un terrible designio: la peste

del cólera que diezmó a las

clases populares de la ciudad

llegada de Colón, Panamá, por

unos marineros moribundos.

Fals Borda registra que el

pueblo comenzó a notar que

“la peste no subía escaleras”

y que las clases acomodadas,

que vivían en casa altas y

usaban calzado, escapaban al

contagio; en varias semanas

fallecieron 2.400 personas,

mientras en Barranquilla solo

1.300. A espaldas de la Iglesia

de San José (carrera 39) los

enterraban.

Nieto, con el respaldo del

gobernador Obando y de las

sociedades de artesanos, se hace elegir para la

Cámara de Representantes, y ya instalado en Bogotá

alterna intensamente con la Logia Estrella

del Tequendama, adonde es recibido por Pradilla,

Samper y Camacho Roldán —el notablato santafereño—.

Los masones querían expulsar a los

jesuitas y Nieto se plegó a la injusta causa. En la

cámara, Nieto menciona el monopolio de la instrucción

en Bolívar, adonde la provincia se queda

por fuera y en la ciudad solo las clases pudientes

educan a sus niños. Esto dio paso al establecimiento

de la instrucción pública. La primera escuela,

denominada “Igualdad”, la inaugura Nieto.

Se proclama en el congreso la libertad de todos

los esclavos con el voto de Nieto incluido, quien

con ello les pasaba además la cuenta de cobro a

sus conservadores oponentes. Nieto es nombrado

gobernador del departamento por José Hilario

López y allí sí puede hacer efectiva la liberación

de los esclavos en Bolívar, la cual proclama desde

el sitio que hoy ocupa el Parque del Centenario de

la Independencia.

En 1857 se crea el Estado Soberano de Bolívar,

con Juan A, Calvo —el hermano de don Bartolomé,

el contradictor intelectual de Nieto—, como primer

gobernador; una alianza conservadora manejada

por la nueva oligarquía comercial e intereses italianos,

acaudillados por Mainero y Trucco, para

quienes la provincia, más allá de las haciendas del

canal del Dique, los tenía sin cuidado.

vían inconformes. Ya en 1859

estas fuerzas eco nómicas se

rebelan, ponen al coronel

Nieto al frente de la sublevación,

se toman el gobierno

en Cartagena, deponen al

gobernador Juan A. Calvo y el

coronel Juan José Nieto asume

el mando. El presidente

conservador Mariano Ospina

Rodríguez inicialmente se

aguanta el brinco, mientras

puede poner orden, pero la

insatisfacción en los puertos

caribeños es creciente. Ellos

sienten que los impuestos a

las importaciones —esos dineros—

apenas los ven pasar,

para uso y distribución desde

Bogotá, sin que a ellos les devuelvan

gran cosa.

Los comerciantes y terratenientes en El Carmen

de Bolívar, enriquecidos como exportadores de

tabaco y la multiplicación de sus ganaderías, vi-

Ramón Santo Domingo Vila se une a la causa y,

con su primo Andrés, aporta dinero para el nuevo

orden. Ospina envía un ejército para reponer en el

mando a Juan A. Calvo, quien espera a las huestes

del gobierno central en Mompox. El coronel Nieto

con su ejército estatal los repele. El general Posada

Gutiérrez, enviado desde Bogotá, escapa por el río

Magdalena a Barranquilla, adonde intenta organizar

una fuerza militar que recupere el gobierno del

estado bolivarense, pero Ramón Santo Domingo

Vila había llegado a la ciudad con pertrechos y

refuerzos, y lo derrotaron.

El reparto fiscal sigue causando inconformidades,

cuatro estados se rebelan: Cauca, Bolívar,

Santander y Magdalena. Esta vez, Mosquera es

gobernador del Cauca, pero se alía con Nieto. Nieto

ordena la separación del Estado Soberano de

Bolívar el 3 de junio de 1860 y asume la responsabilidad

de la guerra. Ospina envía al general Julio

Arboleda a Santa Marta, y una división por el río

sin resultados. Nieto se somete a unas elecciones

que convaliden su mando en Bolívar y las gana;

las consejas de los Calvos dicen que no, pero la

Registraduría lo avala.

Juan José nieTo, presidenTe

El 25 de enero de 1861 Juan José Nieto Gil se autoproclama

y asume la presidencia de los Estados

Unidos de la Nueva Granada, desde Barranquilla

“hasta que el presidente electo Tomás C. de

Mosquera llegue a Bogotá, ejerza el mando y se

restablezca la comunicación con los estados de la

Costa”, lo cual ocurrió seis meses después.

29


Esta asunción del mando nacional por Nieto,

se da ante las necesidades de resolver el abastecimiento

del ejército y de neutralizar a los cónsules

extranjeros en los tres puertos, y ante un vacío de

poder. El general Juan José Nieto se

abrogó el mando en una ceremonia

ocurrida en presencia de los cónsules

extranjeros —los mismos a quienes

debía controlar—. El decreto como

general de las milicias del Estado

Soberano de Bolívar, asumiendo la

presidencia de la República de la

Nueva Granada, está rubricado por

el secretario Manuel Laza y Grau;

además, allí se proclama a Cartagena

como nueva capital. Nieto era

segundo designado a la presidencia,

pero el primero, su amigo Obando,

había fallecido durante una trifulca

reciente.

Nieto es el sucesor en primera

línea y Mosquera, considerando que Nieto sí se

atreve a tomarse nuevamente el poder, comienza

a urdir algo. Apresan al ex presidente Mariano

Ospina Rodríguez, y el procurador Bartolomé

Calvo se lo envía a Nieto a Cartagena para que lo

encierre en Boca Chica. A Ospina los mompoxinos,

para burlarse, lo pasean en una burra sentado en

la montura mirando hacia la cola. Nieto, al llegar

a Cartagena, lo recibe de manera humanitaria,

lo remite al fuerte, y cuando él y sus cómplices,

sobornando carceleros, se escaparon, no los buscó

mucho. Él también había sido huésped de ese

nada grato hospedaje y olvidó complaciente la

desaparición del ex presidente.

Nieto dejó de guerrear, aunque era comandante

del 4º Ejército Nacional, y se concentró en la vida

citadina comenzando a disfrutar del poder. Mosquera

lo observaba. A los cónsules extranjeros en

Barranquilla los aplacó, con una manifestación de

estricto cumplimiento de los tratados. La armada

bautizó una de sus

goletas con su nombre.

Los masones

gestionaron que el

congreso le concediera

una espada de

honor, que el colocó

en su despacho. A su

amiga misia Soledad

Román, en alguna

ocasión que pasó y él

estaba en el balcón,

Juan José Nieto.

cuentan que le hizo formar la guardia para que

tocaran unas marchas militares en su honor.

Mosquera buscaba socavar a Nieto, para que

no le diera por sustituirlo, y le nombró un segundo

comandante de su ejército, quien

asumiría “en caso de que el primer

comandante hiciera caso omiso de las

órdenes de la suprema dirección de la

guerra”. Simultáneamente, ascendió

a general a Ramón Santo Domingo

Vila, a cargo de una Legión Especial

—con el encargo de revolucionar el

estado de Bolívar— y a su pariente

político, Rafael Núñez, lo nombró

ministro de Estado en Bogotá.

Se venía la convocatoria de una

Asamblea Constituyente, que Nieto

quería se sucediese en Cartagena, y

Mosquera pensaba que mejor en un

terreno neutral, adonde las tropas de

Nieto no pudieran presionar a los constituyentes,

y decidió que la sede sería Rionegro, Antioquia,

adonde previamente había designado un gobernador

civil afecto. El general Eloy Porto concurrió

por Bolívar.

Nieto volvió a su base, y trató de impulsar

ciertas obras públicas, como la canalización y

regularización de la navegación por el canal del

Dique, cosa que favorecía los intereses de los comerciantes

de Cartagena; pero estos convencieron

a Nieto de que sus costos los repartiera con los

hacendados, cultivadores y exportadores de tabaco

de El Carmen. Esos ricos de provincia exportaban

embarcando en el río por el puerto de Zambrano,

hasta Barraquilla, y por el canal de la Piña al puerto

de Sabanilla, así que ¿para qué costear otra ruta

que a ellos no los mejoraba “Que la contribución

la paguen los que necesitan la obra, los que la

usen”, fue la expresión de los inconformes, que a

la larga darían al traste con el gobierno de Nieto.

Se decreta, pues, un

empréstito forzoso,

lo cual es aprovechado

por los nuevos

amigos de Mosquera,

quienes se le retiraron

a Nieto, como

el general Ramón

Santo Domingo Vila.

El empréstito fue un

fracaso, solo en Cartagena

algo se recaudó;

los tabacaleros

Billete de $ 1 del Estado Soberano de Bolívar.

30


de El Carmen y Zambrano

nada, pero la muy rica Casa

de Burgos, los del latifundio

de Berástegui, así como los

acaudalados Vellojín, de

Ciénaga de Oro, y amigos

del ex presidente Nieto,

suscribieron cinco cuotas

partes.

El general Santo Domingo

Vila llegó a El Carmen a

impulsar la candidatura de

González Carazo, ex gobernador

de Antioquia, versus

el candidato de Nieto, don

Juan de la Espriella. Consecuentemente,

su hermano

Manuel de la Espriella

se levanta en Cartagena el

11 de noviembre, e intenta

tumbar al general Eloy Porto,

a la sazón gobernador y

ex constituyente de Rionegro.

Ramón Santo Domingo

es apresado por sorpresa

en Momil y embarcado en una canoa, amarrado,

para Cartagena; pero enterado su amigo de conspiración,

el general Manuel Martínez “Balita”, galopó

desde Lorica, y en la boca del Sinú esperó el

paso de la embarcación adonde llevaban a Santo

Domingo y abordándola en altamar lo liberó.

En pocos días, Santo Domingo fue aclamado

en Momil y Purísima como comandante en jefe del

Ejército Restaurador de Sotavento, ejército que

marcha sobre Cartagena. Nieto no quiere derramamiento

de sangre y pide a la Asamblea Legislativa

que salga a parlamentar: esta no conviene. Nieto y

su secretario Juan de la Espriella prefieren renunciar,

evitando muertes inútiles. Como el ejército

de Sotavento se acercaba, Nieto, su señora Josefa

y su sobrina Anita Mogollón, se embarcan con

sus amigos De la Espriella para Berrugas y San

Onofre, adonde estos tienen extensas propiedades,

eludiendo a Santo Domingo, amigo cambiado de

bando, y en quien ya no confían.

Tumba de Juan José Nieto

en el cementerio de Manga, Cartagena.

La asamblea optó por

expedir positivas ordenanzas,

como la autorización

para la navegación a vapor

por el Sinú, el permiso

para que Mr. William Kelly

construyera un ferrocarril

entre el río Magdalena y

Cartagena —con eso hacía

innecesaria la contribución

forzosa para la navegación

por el canal del Dique—.

Autorizó el tren entre Sabanilla

y Barranquilla, así

como auxilió en las tierras

de Sabanas de Camacho la

apertura de un canal entre

Sabanilla y Barranquilla, y

un ferrocarril desde Chinú

hasta Tolú, pasando por

Sampués y Sincelejo. La

fuerza pública fue reducida

para economizar.

La muerte de su hijo

Lope y su retiro del poder,

traicionado por amigos, afectaron anímicamente

al ex presidente Nieto, quien rápidamente perdió

su salud, entregando su alma al Creador, no sin

antes, por gestiones de su mujer, el obispo don

Bernardino Medina le perdonó su voto para la expulsión

de los jesuitas, y su intensa participación

en la masonería.

Un discurso en sus honras fúnebres, pronunciado

por don Manuel Z. de la Espriella, recordó

su carácter democrático, su cercanía efectiva con

las clases populares, su decisiva participación en

la proclamación de la libertad de los esclavos, así

como sus investigaciones y publicaciones acerca

de la economía y geografía del Caribe.

Un monumento funerario olvidado en el cementerio

de Manga terminó por albergarlo y el

departamento del Atlántico, ahora que se recupera

el antiguo palacio departamental, planea erigir allí

un busto a la memoria de nuestro único —hasta

ahora— presidente atlanticense.

31


El Carmen de Bolívar

y su comarca tabacalera

entre los siglos XVIII y XX

Wilmer Eduardo Rodríguez Villafora*

Víctor Bulmer-Thomas, al estudiar la economía

de las nuevas repúblicas latinoamericanas y del

Caribe en la postindependencia, afirma que estas

se vieron precisadas a ingresar en el mercado

global de capitales, echando mano de su “lotería

de bienes”. Es decir, de lo que daba la tierra. Así

sucedió con Chile y su cobre; Perú con el guano, o

Colombia con su quina, tabaco, y después su café.

Para entender la

historia económica

de estas naciones,

es preciso un direccionamiento

a partir

de sus regiones. Y, si

nos vamos a la Costa

Caribe colombiana,

mayor será el reto de

comprender a Colombia

como un país de

regiones, y, más aún,

de subregiones. Como

bien lo explica Posada

Carbó: el Caribe

colombiano es una

historia regional. Por

ende, es un “puzzle”

de subregiones, de culturas variopintas.

La obra del historiador Wilson Blanco Romero,

resultado de su maestría en historia en la Universidad

Nacional de Colombia, se enfoca en esta

* Historiador, Universidad Cartagena.

perspectiva regional, específicamente subregional:

El Carmen de Bolívar y la comarca montemariana,

a partir de su estructura económica cimentada en

el tabaco. Es la relación del hombre y su medio

geográfico inmediato, la región y su evolución en

el tiempo.

Lo que indica el trabajo de Blanco Romero

es una mirada más allá de la simple asociación

de la Costa Caribe

con la ganadería, economía

secular desde

la colonia. Entonces,

las reformas borbónicas

pretendieron el

fomento de productos

alternos al oro, como

la quina, el tabaco, y

demás que daba la tierra.

Estancar el tabaco

en un área de intrincada

sujeción política

como el Caribe colombiano

dificultaba

su fiscalización; por

tanto, se prohibió tal

cultivo en este contexto.

Pero dicha prohibición hizo que el cultivo en la

Costa tomara cauces clandestinos o espontáneos.

Que preservaban la práctica cultural prehispánica,

destinada al ritual de los espíritus.

Wilson Blanco Romero, Historia de El Carmen de Bolívar y su tabaco

en los Montes de María. Siglos XVIII-XX, Cartagena de Indias,

Editorial Universidad de Cartagena, 2010, 340 pp.

En ese orden, la obra de Blanco Romero, cuya

Presentación escribe Heraclio Bonilla, sigue una

32

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 32-35. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537


secuencia de capítulos que enfocan

desde un inicio el contexto

regional caribeño y sus aristas

económicas, y un tanto sociales

y culturales, hasta llevarnos

a la subregión montemariana.

Esta comarca plantea una identidad

propia en ese armazón de

subregiones, sobre todo si la

distinguimos de las Sabanas de

Bolívar —propiamente dichas—,

fortín latifundiario de la ganadería

extensiva.

El Carmen de Bolívar, o Nuestra

Señora del Carmen, en el

marco colonial, nace como sitio,

en esa avanzada repobladora de

Antonio de la Torre y Miranda

entre los años de 1777 y 1789,

en que se reagrupan vecinos

dispersos o “arrochelados” para

ponerlos a vivir en “policía” y a

“son de campana”, como bien lo

plantea Martha Herrera en “Ordenar

para controlar”. Y así darle una forma política

a este Caribe disoluto, y poder fiscalizarlo con

más claridad. Esa intención, como sabemos, solo

quedó en los documentos, pues no se concretó en

ningún aspecto.

Lo que sí quedó fue una cultura minifundista

—particularmente en la subregión motemariana—,

de mestizos o de blancos pobres que de la Península

venían a hacer la América a última hora. Así

se van zurciendo unas redes mercantiles internas

que intercambian toda suerte de productos vernáculos.

Entre ellos, aún con prohibición, pudo estar

el tabaco. Pero otros productos, como el maíz, la

yuca, el plátano, además del aguardiente, eran

prolijos en una tierra feraz, como la montemariana,

y se destinaban al abastecimiento de los centros

poblacionales, y, en alguna medida, a la plaza de

Cartagena.

Blanco Romero pretende llenar un vacío historiográfico

con esta obra. En general, cuando se

hace alusión a la historia del tabaco en Colombia,

solo se hace referencia en rigor a la producción tabacalera

de Ambalema, en el actual departamento

del Tolima. La nueva republica le dio continuidad

al sistema de estancos, y el tabaco, como producto

bandera para la inserción en el mercado internacional,

reportaba un importante rubro a las arcas

nacionales. El centro de operación tabacalera lo

Estación del ferrocarril, Carmen de Bolívar.

protagonizó Ambalema, alrededor de la primera

mitad del siglo XIX. Así, los estudios se enfocaron

en el auge y decadencia del ciclo tabacalero de este

municipio tolimense.

Estaba ausente una mirada sistemática al

nuevo centro tabacalero nacional que tendrá como

epicentro la comarca montemariana. Esta es una

de las preguntas que plantea Blanco Romero:

¿cuándo despierta el tabaco en los Montes de María

como producto de exportación Todo apunta

a que tal hecho se da en el marco de la corriente

librecambista internacional de mediados del siglo

XIX (p. 98), que inspiró Florentino González, ministro

de hacienda del general progresista Tomás

Cipriano de Mosquera. Dentro de la prédica liberal

buscaba darle vía libre al cultivo tabacalero, que

aún se encontraba en régimen de estanco.

Así las cosas, esta coyuntura catapulta a El

Carmen de Bolívar —en el centro de los Montes de

María— como emporio tabacalero; proceso incubado

ya de antes. Con más precisión, Blanco Romero

indica que la “región tabacalera del Carmen” era

conformada por los distritos que geográficamente

se identifican con las Serranías de San Jacinto o

Montes de María y proximidades (p. 99).

Tal parece que la primera semilla provino de

la misma Ambalema, que, por lo feraz de la tierra

33


montemariana, produjo una hoja

de alta calidad apreciable en los

mercados internacionales. Para

1874, en cuadro estadístico citado

de José Antonio Ocampo, los

distritos tabacaleros producían

2.426,8 toneladas de este tabaco

(p. 100).

Respecto a la historia de la

semilla de tabaco, Blanco Romero

plantea que, ya desde la antepenúltima

década decimonónica, se

empezó a experimentar, pues desde

Cuba se trajeron semillas, con

el objeto de oxigenar la cosecha

que por lo intensivo de la producción

empezó a dar muestras de

agotamiento.

Asimismo, la producción tabacalera no escapaba

a las coyunturas internacionales. Para alrededor

1870, en plena guerra franco-prusiana, los

precios disminuyeron de 16-22.4 a 6.4 centavos.

Es en esta crisis donde se va a pique Ambalema

y supervive el tabaco montemariano (p. 107).

Para 1881-1888, de igual modo, los precios van

en bajada, pero aún así, dadas las lamentables

consecuencias económicas para la región, el emporio

tabacalero supervive al entrar al siglo XX.

¿Por qué y cómo se mantuvo El Carmen de Bolívar

como centro principal, productor de la hoja

Blanco Romero argumenta que la producción de

Esquina carmera.

un tabaco apto para la elaboración

de cigarros baratos permitió darle

salida a la producción montemariana

en Europa, donde la hoja del

tabaco Carmen se pagó a precios

favorables. En Bremen, en 1890,

se pagó un millón de marcos por

un millón y media toneladas de la

hoja colombiana, o sea de tabaco

Carmen (p. 108).

La prosperidad tabacalera hizo

crecer exponencialmente la demografía

en el Carmen de Bolívar,

tanto la comarca, como su cabecera

del mismo nombre. El Carmen,

de sitio, llego a ser villa en la republica,

y posteriormente cabecera

de provincia. A partir del régimen

librecambista de 1848, la población, en 20 años,

crece al 100%. El solo Carmen de Bolívar asciende

desde 1852 de 3.439 habitantes a 17.149 en 1918.

La prosperidad montemariana sedujo a una

inmigración empresarial europea, en busca de

sentar sus reales y verlos crecer a la sombra del

tabaco. De esto da cuenta la revisión de fuentes

notariales, de prensa y orales, de la entrada de

inmigrantes extranjeros, ya sean modestos negociantes

o importantes firmas comerciales. En 1870

se registraban por censo notarial, en suma, 15

foráneos, desde ingleses, franceses, holandeses,

españoles, dos venezolanos.

Iglesia de El Carmen de Bolívar, h. 1937.

34


Desfile en El Carmen de Bolívar, h. 1930.

Fueron italianos los pioneros en la inmigración

comercial, específicamente el clan Volpe Romaniello,

en la última década del siglo XIX (p. 218). Al

entrar el siglo XX, las casas comerciales de Volpe

& Cía., además de ricos comerciantes italianos

invitados por los Volpe, como los Frieri y Gallo,

amasaban fortuna en esta comarca.

Lo interesante que señala Blanco Romero es que

estas casas comerciales se hacían llamar “casas

compradoras” de la hoja. Y lo que se deduce de

la información de las fuentes notariales, hecho el

análisis de la cuestión, es que esta connotación es

inexacta, debido a que el capitalista, con el objeto

de apropiarse de la mayor proporción de renta

posible, “sujetaba” al cosechero por medio del

sistema de “avance”. Es decir, se daba prestada,

por adelantado, al cosechero, una suma de dinero,

con el compromiso de —en pago de la deuda—

suministrar la debida cosecha de la hoja curada

en fecha estipulada (p. 198). Naturalmente, la

garantía del dinero prestado reposaba en hipoteca

de bienes y semovientes del cosechero en cuestión.

Esta práctica venía ya desde mediados del siglo

XIX, y no es de extrañarse que el robusto capital

extranjero le diera continuidad.

Tanto le rentó este sistema de “avance” a las casas

“compradoras”, sobre los pequeños y medianos

cosecheros que, para entrar al siglo XX, la comarca

montemariana pasó de una tradición minifundista

a una de capitalistas con visos de ganaderos terratenientes.

Así floreció una burguesía de origen

extranjero, que aunaba la intermediación de la

hoja curada en los mercados internacionales con la

ganadería, el comercio, y el dominio de los centros

de poder político local, además de ganar clientela

por medio de calculadas obras filantrópicas.

El detallar los cauces que tomaban la renta tabacalera

y los sectores sociales que se beneficiaban

gracias a otros, demandaría un estudio aparte.

No obstante, y sin caer en dogmas materialistas,

Blanco Romero siembra la inquietud indicando el

problema.

Así, lo relevante de este estudio es señalar

una estructura económico-social, la tabacalera,

diferente a la consuetudinaria ganadería con que

se refiere a la economía de la Costa Caribe colombiana.

El uso versátil de las fuentes: prensa,

documentación notarial y memoria oral, permite

luego detallar todo un universo histórico que gira

alrededor de la hoja del tabaco. A pesar de que no

se establecieron centros fabriles de largo alcance

para elaborar cigarros, y presentar un producto

con mayor valor agregado, el tabaco negro en rama,

curado al aire, constituyó hasta bien entrado el

siglo XX la principal referencia económica montemariana.

Importante obra la del historiador Blanco

Romero, editada por la Universidad de Cartagena,

que salva un vacío en el entender de nuestra historia

regional y subregional del complejo Caribe

colombiano.

35


La gastronomía de Barranquilla

José David Villalobos Robles*

A mi madre, la mejor cocinera del mundo.

A mi hija Angeliquita,

con la esperanza de que se anime a comer.

prólogo

Este escrito no pretende ser, en modo alguno, un

intento de convencer al lector de que la culinaria de

Barranquilla es la mejor o más variada de la Costa

Caribe, ni del país, ni mucho menos del mundo,

como tratan de hacer algunos autores cuando

escriben sobre la cocina de su terruño, conmovedoramente

llevados por el regionalismo. Tampoco

tratamos de tener la última palabra sobre cuáles

y cuántos son exactamente nuestros platos, como

si hubiera un número finito de preparaciones; la

cocina, como todo en la naturaleza, es cambiante,

y casi se podría afirmar que así como en una ciudad

hay tantos acentos distintos como habitantes

haya, asimismo hay tantos platos como ocurrencias

culinarias puedan surgir de la cabeza de cada

cocinero. Mucho menos es nuestro objetivo dictar

cátedra sobre cocina, de la cual nos consideramos

apenas unos aficionados aplicados: esta ha sido

una investigación con la que hemos gozado de la

manera más sabrosa, que hemos acometido en

nuestros tiempos libres, robándole tiempo al tiempo

en medio de nuestras ocupaciones cotidianas

que nada tienen que ver con la culinaria, y con

la que quizá simplemente nos hemos rendido a

la evocación de esos aromas, esos sabores, esas

texturas que se disfrutan desde la más temprana

infancia y que se quedan con uno para siempre.

Es preciso señalar, no obstante, que Barranquilla

ha carecido hasta ahora de una recopilación que

comprenda las comidas verdaderamente arraigadas

en nuestra historia y en nuestras costumbres.

* Barranquilla, 1974. Ingeniero de Sistemas (1998) y Especialista

en Redes de Computadores (2001) de la Universidad del

Norte. Este artículo fue elaborado por su autor especialmente

para Huellas.

Por lo tanto, conscientes de que los barranquilleros

estamos en mora de preservar la memoria culinaria

de la ciudad, quisimos desarrollar un recuento

honesto de nuestros platos populares sin las

distorsiones de los ingredientes gourmet que les

añaden ciertos libros de cocina y sitios en Internet,

quizá para darles un toque más internacional. En

nuestro concepto, la cocina típica de una región

no es otra que la que se prepara y se come a diario

en los hogares de la gente común y corriente.

Naturalmente, si se quiere que nuestras recetas

tengan alguna proyección internacional, sin duda

deberán evolucionar mediante la incorporación de

los ingredientes adecuados, lo que conducirá a su

inevitable transformación, pero si en ese proceso

se confunde la esencia de nuestros platos, el resultado

será su total distorsión, perdiendo más

que ganando en sabor y confundiendo a quien los

deguste. Para poder avanzar, pues, es necesario

reconocer la sencillez de nuestras viandas, la poca

utilización de ingredientes gourmet, la escasa evolución

de nuestras recetas y su nula proyección

internacional, falencia de todas las gastronomías

regionales de Colombia.

La cocina mexicana, a la que poco tenemos

que envidiarle, ha sido elevada a la categoría de

internacional en los últimos años. Es tal el reconocimiento

del que goza, que cada día se abren más y

más restaurantes de comida manita en todo el planeta,

incluso en la difícil pero prometedora China.

Hace unos 20 años, había unos 500 restaurantes

de comida mexicana en el mundo; hoy hay más de

500 000 y sus ingredientes son imprescindibles en

los platos de la denominada cocina fusión. Para

citar solo algunos casos: sushi con ají jalapeño

o langosta marinada en vinagreta de tequila con

cilantro, entre muchas otras exóticas combinacio-

36

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 36-54. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537


Asado de carnes.

Las ilustraciones de este artículo

son tomadas del reportaje gráfico

“La comida popular en Barranquilla”

realizado por el mismo autor.

nes con las cocinas tailandesa, francesa o india.

Quizá el rotundo éxito de la culinaria mexicana

sea el acendrado nacionalismo de los habitantes

del país azteca y la encarnizada defensa que de su

cultura hacen sus nacionales en cualquier parte

del globo. Cabe resaltar que los mexicanos, como

pocos habitantes de nuestra América, se enorgullecen

de ser, en gran proporción, indígenas puros

o mestizos.

Pero más sorprendente aún es el caso de la

colorida cocina peruana, la cual ha revolucionado

la gastronomía internacional al punto de ser considerada,

hoy por hoy, una de las tres culinarias

más importantes del planeta, desplazando incluso

a las tradicionales francesa e italiana. Fruto de

una increíble mezcla de sabores indígenas (incas,

moches, chimúes, aimaras, tiahuanacos, entre

otros), españoles, franceses y africanos durante la

Conquista y la Colonia, la cual adquirió su personalidad

definitiva (aunque en constante evolución)

a través de los aportes de las inmigraciones japonesa,

china e italiana a partir del siglo XIX, la gastronomía

peruana ha posicionado en lo más alto

del pedestal culinario una impresionante y casi

interminable variedad de platos criollos como el

cebiche, cocteles como el pisco sour, postres como

el suspiro de limeña, y hasta bebidas gaseosas

como la célebre Inca Kola. Cabe resaltar que esta

bebida y la Irn Bru de Escocia son las únicas que,

en su país de origen, superan en ventas a la Coca

Cola. Tal vez la base más importante y característica

de la cocina peruana la constituye el pescado,

del cual el Perú es el segundo productor mundial,

solo superado por China y por encima de gigantes

de la industria pesquera como Estados

Unidos y Japón. La anchoa peruana es,

lejos, la especie más pescada del orbe,

con más de 10 millones de toneladas al

año. Desde luego, no podríamos dejar de

hacer mención, como muy representativos

de la gastronomía de ese país hermano,

de la papa (originaria del Perú, donde

existen más de 3 000 variedades con las

que se preparan infinidad de platos) y

del ají, considerado el cordón umbilical

de la cocina peruana. Como en el caso

mexicano, cada día se abren más restaurantes de

comida peruana en el mundo.

Es propio del parroquiano que no ha ido demasiado

lejos creer cándidamente que sus comidas

le pertenecen exclusivamente a su comarca. Nada

más errado: al adentrarse en el maravilloso universo

de la cocina, se comprueba la no unicidad de los

platos, y que la mayoría de las preparaciones de

una región, digamos, América Latina, están relacionadas

entre sí a través de los más intrincados e

inesperados laberintos históricos. Que existen con

otros nombres, pero idénticas o muy similares, en

otras latitudes que también quieren arrogarse el

orgullo de haberlas creado, si se puede decir así.

Por eso, al principio resulta extraño asimilar que,

comidas que hacen parte del menú del barranquillero

desde que nace, son consideradas también

viandas típicas y nacionales en Venezuela o en

Panamá, como la arepa, los bollos, la caribañola,

la lisa o la hayaca. ¿Qué decir del guandul, cuyo

arroz es considerado plato nacional en Panamá y

en Puerto Rico La tortilla mexicana, la pupusa

salvadoreña y la arepa colombiana o venezolana

son esencialmente lo mismo: unos nixtamalizan

el maíz, otros lo pilan. El fríjol rojo es tan insignia

de la cocina antioqueña como lo es de la mexicana

o de la surestadounidense. El tamal, la hayaca,

el quimbolito y nuestro pastel (de arroz relleno

de pollo, cerdo y verduras envueltos en hojas de

bijao) son platos hermanos que encontramos en

toda América, desde el río Bravo hasta los Andes

argentinos. La vianda a base de carne, arroz blanco

y fríjoles, más un sinnúmero de acompañamientos

regionales como tajadas de plátano maduro, arepa,

37


huevo, col, ensalada, farofa, chicharrón, yuca,

queso, patacón, naranja, farinheira, aguacate o espagueti,

se repite en todo el continente: feijoada en

Brasil, bandeja paisa en Antioquia, bandeja o seco

en la Costa, menestra en Ecuador, pabellón criollo

en Venezuela, bandera o arroz moro en República

Dominicana y Cuba, casado en Costa Rica; tiene

evidentes conexiones con los arroces de fríjoles

latinoamericanos y caribeños como el rice and

beans anglo-afroantillano (cuyo ancestro se encuentra

en África Occidental), los arroces de fríjol

cabecita negra, de lenteja y de guandul costeños,

el tacu-tacu peruano, el casamiento hondureño y

salvadoreño, el gallo pinto tico y nica, los arroces

con gandules y con habichuelas puertorriqueños,

los moros y cristianos y el congrí cubanos, el pispiote

mexicano, los porotos con riendas chilenos,

los calentados peruanos y ecuatorianos y, más

lejanamente, con los baked beans ingleses, el

cassoulet francés, la fabada asturiana, el Hoppin’

John del Dixie, los red beans and rice de Luisiana,

e incluso con el kongbap coreano, el rajma indio y

el mujaddara de Oriente Medio.

O sea que lo que comemos a diario viene a ser

en realidad el producto de una intrincada confluencia

de coincidencias históricas, de llegadas o

encuentros culturales más o menos accidentales

que dieron origen a una extraordinaria amalgama

de sabores, esencias y aromas.

Venta de arroz de lisa en las inmediaciones

del terminal marítimo.

La cocina de Barranquilla y sus alrededores,

como la mayoría de las regiones de América,

surge del tremendo choque cultural que trajo

consigo el descubrimiento de nuestro continente

por parte de los europeos. La llegada del blanco, y

posteriormente la del africano, produjo no solo el

surgimiento de una nueva raza, sino alegres aires

musicales, una cultura con rasgos muy particulares,

novedosas formas de lenguaje y, por supuesto,

la introducción de ingredientes desconocidos que

dieron origen a una culinaria interesantísima.

Los europeos nos legaron el ganado, los cerdos,

las gallinas, el cilantro, el ajo, la leche, el arroz,

las aceitunas, la cebolla, los cítricos, la caña y el

trigo, sin los cuales no podríamos imaginar nuestra

dieta diaria. África nos trajo el coco, el café, el

millo, el sorgo, el plátano, la calabaza, el melón, el

tamarindo, el banano y el ñame. A su vez, América

empezó a exportar al mundo sus muy variados

productos, los cuales se integraron de inmediato

a las preparaciones ya existentes, perfeccionándolas:

la pizza, cuyos antepasados se preparaban

con sangre de cerdo y miel, pasó a bañarse en las

jugosas salsas de nuestros tomates; el hierático

maíz dio origen a la polenta; la señorial papa calmó

el hambre de miles de europeos en tiempos

de plagas, guerras, sequías y crudos inviernos; y

el alegre cacao se convirtió en la base de los más

finos dulces. La cocina del Nuevo Mundo es, pues,

un gran crisol de olores y sabores donde se combinaron

felizmente los ingredientes de la América

indígena con las viandas traídas de Europa, Asia

y África, del que la gastronomía de Barranquilla

es una muestra muy representativa. Sin más, que

se sirvan los platos sobre las mesas.

arroces

El arroz, nutritivo cereal de origen asiático, base

de la alimentación de millones de personas principalmente

en Oriente y otros países, es de capital

importancia en la gastronomía de Barranquilla no

solamente porque el plato típico de la ciudad (que

trataremos en un capítulo aparte) es una preparación

a base de arroz, sino porque es la principal

guarnición del menú diario del barranquillero.

El arroz más preparado en la ciudad es el blanco,

que junto a la presa (porción de carne de vaca,

cerdo, pollo, pescado, víscera o alguna otra carne) y

una porción de granos y/o de ensalada, constituye

uno de los menús más comunes en Barranquilla

a la hora del almuerzo o de la comida (como se

conoce coloquialmente a la cena). El arroz blanco

(también conocido como “arroz de manteca”, sobre

todo cuando se preparaba con manteca de cerdo)

debe su gran popularidad a la sencillez y rapidez

de su preparación: simplemente se le agrega agua,

aceite y sal, se pone a fuego alto, cuando seca se

baja el fuego y se tapa hasta que se cocine. Descendientes

del arroz blanco, muy populares entre

la gente de bajos recursos, son los pintorescos

arroces: “juniorista”, el cual se sirve con rayas de

38


salsa de tomate y cuyo nombre es una alusión a

la camiseta de rayas verticales rojas y blancas del

equipo de fútbol local, Júnior (también es conocido

como “apuñaleado”, sangrienta metáfora culinaria);

“al puente” -con un guineo (banano) en la

mitad y nada más-, y el arroz “radiante”: con un

huevo frito encima.

Cocina del restaurante típico El tremendo guandú.

El arroz de fríjol cabecita negra (otro de los arroces

con fríjoles del Caribe) es otra de las delicias

típicas de Barranquilla que se come, por ejemplo,

acompañado con carne frita y ensalada de aguacate.

Muy sabrosos también son los arroces de

lentejas, de molleja, de carne, de cerdo, de atún,

de sardina, trifásico (camarón, pollo, cerdo), de

queso costeño (salado, fresco, no madurado), de

salchichón, de salchicha, de chorizo, de chicharrón,

de ajo, de cebolla (cabezona o larga), de ají

dulce (variedad muy utilizada en la cocina venezolana),

de espinacas o verde, de ahuyama, de papa,

de verduras, guisado o amarillo (con colorante a

base de achiote), de tomate, de plátano maduro,

de zanahoria, de asadura (vísceras del cerdo o de

la vaca guisadas o fritas), de menudencia (vísceras

del pollo), de huevo y el arroz de fideos o de palito,

preparación conocida como arroz árabe en el Perú

y en Panamá, lo que sugiere un probable origen

morisco o de Medio Oriente. Preparado con fideos

fritos que le confieren un sabor especial, goza de

una popularidad solo comparable con la del arroz

de fríjol cabecita negra. El arroz apastelado lleva

los ingredientes del pastel, exquisita vianda que

trataremos en capítulo aparte, pero no se cocina

envuelto en hojas de bijao. Para obtener un sabor

parecido al que dan las hojas de bijao, el arroz

apastelado se cubre con hojas de col cuando ha

secado en el caldero. También son muy apetecidos

los arroces de pollo -delicia colombiana y panameña

preparada con pollo desmechado y verduras

(pimentón, zanahoria, cebolla, apio, habichuela,

arveja), completamente diferente del arroz con

pollo de presas enteras y sin las verduras mencionadas

que se prepara en otras latitudes-, de camarón,

marinero (con distintas clases de mariscos) y

el de chipichipi (como se conoce en la Costa y en

Venezuela a la coquina, palabritas en el Perú), una

delicia legendaria en el municipio atlanticense de

Puerto Colombia y sus balnearios Pradomar, Salgar

y Sabanilla, que ha casi desaparecido a causa

de la contaminación de la ciénaga de Mallorquín,

principal hábitat del molusco en la zona.

El arroz de coco (o con coco), el único de sabor

dulce, preparado en ocasiones con Coca Cola y

uvas pasas, constituye un verdadero emblema de

la Costa Caribe colombiana y de los países caribeños

en general. El coco debe ser seco, se ralla

la carne, se le agrega agua, se cuela para separar

el bagazo y obtener la leche, la cual se pone al

fuego y se deja evaporar para que suelte el aceite

con que se llevará a cabo la preparación, luego se

obtiene del bagazo una segunda leche que hará

las veces del agua en la que se cocinará el arroz,

y finalmente se añade azúcar (o melaza de panela)

más una pizca de sal. El arroz de coco también

se prepara únicamente con sal en otras regiones

de la Costa.

El barranquillero adora el cucayo (no confundir

con la localidad española), nombre que se le da en

la ciudad a la costra de arroz que queda adherida

al caldero al terminar la preparación, conocido en

el interior del país como “pega” y en otros países

como “pegao”, cocolón o concolón. El cucayo,

una verdadera delicia que solo logran las cocineras

más experimentadas, y motivo de disputas

familiares, debe quedar tostado y crujiente, listo

para ser raspado por voraces cucharas. Uno de

los cucayos más sabrosos es el del arroz de fríjol

cabecita negra.

El secreto de la preparación del arroz está en la

cantidad de agua utilizada. Usualmente se recomienda

que por cada taza de arroz se incorporen

dos de agua, es decir, siempre el doble de agua.

Sin embargo, para que el arroz quede más suelto

y no tan empapado, el autor recomienda sellar

brevemente el arroz crudo en aceite y utilizar a lo

sumo taza y media de agua por taza de arroz. A

ojo, recomendamos que la cantidad de agua supere

por no más de medio dedo (en posición horizontal)

la altura del arroz en el caldero. Es preciso tener

en cuenta también el tipo de arroz, pues existen

variedades más duras que requieren más agua.

39


ebidas

La panela, uno de los productos emblemáticos de

Colombia, de la que el país es el mayor productor

mundial (1,4 millones de toneladas por año), tiene

su origen antes de la Era Cristiana en el Sureste

asiático, de donde pasó a la India, luego a Oriente

Medio, al norte de África y finalmente a España,

de donde la trajo Colón en su segundo viaje. Está

extendida en toda América, desde México hasta

Argentina, especialmente en Ecuador, Venezuela

(donde también recibe el nombre de papelón), toda

Centroamérica (denominada rapadura o raspadura),

el Perú (donde se conoce como chancaca),

Bolivia y Brasil; curiosamente, en uno de los otrora

mayores productores de caña de azúcar, Cuba,

es absolutamente desconocida. En nuestro país,

varias poblaciones se disputan su paternidad,

entre ellas Atánquez, en el departamento del Cesar.

La panela se obtiene al someter el jugo de la

caña de azúcar a altas temperaturas; por último,

se deja solidificar en moldes cuadrados para su

distribución.

Con la panela se prepara la bebida más popular

no solo en Barranquilla sino en el país: el agua

de panela, que en Barranquilla indefectiblemente

lleva jugo de limón y se conoce ampliamente como

guarapo. El guarapo, que acompaña a todas las

comidas, es de preparación fácil y rápida: la panela

se deja diluir en agua, se le agrega jugo de

limón, se revuelve y se sirve bien fría. Se consume

como bebida caliente en latitudes de clima frío,

como la zona andina del interior del país, donde

se conoce como aguapanela y se le añade canela.

En Barranquilla, el agua de panela caliente con

limón se usa como remedio casero para aliviar

gripas y resfriados.

La voz guarapo, de origen quechua, designa originalmente

al jugo de la caña o al agua de panela

fermentados, la última a veces con conchas de

piña. También se expende en las calles del Centro

el jugo de caña bien frío, acabado de obtener en

trapiches ambulantes y estacionarios.

Entre los jugos, que se pueden clasificar en los

que se preparan con agua y los que se hacen con

leche, tenemos el de tamarindo, el de corozo (fruto

de la palma de lata, conocido por algunos como

“uvita”), el de naranja, el de maracuyá o fruta de la

pasión (Pasión de Cristo, por el supuesto parecido

de la flor con el padecimiento de Jesús), el de patilla

(sandía) o patillazo, el de piña, el de melón, el

de naranja agria, el de zanahoria, el de mandarina,

el de carambolo y el de lulo (todos los anteriores

preparados con agua); el de zapote, el de níspero,

el de guineo y el de curuba (con leche); el de mora,

el de tomate de árbol, el de mango, el de guayaba,

el de papaya (conocida como lechosa en algunos

países del Caribe y Venezuela), el de guanábana

y el de borojó (con agua o con leche). A propósito

del corozo, el municipio de Corozal, Sucre, debe

su nombre a los cultivos de palma de lata que se

daban en la zona. Con el fruto también se elabora

un vino casero que ya se ha industrializado.

Entre las bebidas refrescantes sobresale el

popular raspao, porción de hielo rallado al que

se le agrega esencia de cola, limón o tamarindo,

que se sirve con un molde esférico en un cono

de papel grueso, y al que, como toque final, se le

adicionan gotas de leche condensada. El raspao,

también conocido como granizado y piragua en

otros países de la región, se expende en las calles

de la ciudad en pintorescos carritos equipados con

un mecanismo que, al dar vueltas a una manivela,

raspa un bloque de hielo previamente acomodado;

la escarcha cae en un recipiente, lo que hace más

fácil su recolección con el molde metálico. Hace

algunas décadas, los vendedores raspaban el trozo

de hielo con el cepillo, especie de cuchilla metálica

en cuyo interior quedaba aprisionado el hielo

rallado. Luego se introducía un palito al hielo, se

empapaba con la esencia elegida por el cliente y

se comía como paleta. Este mecanismo, idéntico,

todavía se usa en Panamá, pero el hielo se sirve

en el cono de papel.

Otra bebida refrescante muy popular en Barranquilla

es el jugo de patilla con limón, más

conocido como patillazo, famoso por ser vendido,

entre otros, por un doble del Pibe Valderrama en

el paseo de Bolívar. En la misma avenida y en

otros puntos de la urbe, es legendaria el agua de

coco fría que se bebe con pitillo por una abertura

Venta de limonada en el paseo de Bolívar.

40


coco, el de cola con leche, el de leche cortada,

entre otros. El auténtico boli, que se vende en las

casas de los barrios populares de la ciudad para

ayudar a la economía doméstica, es muy apreciado

entre los niños y constituye uno de los refrescos

más queridos y de nostálgica evocación de la vieja

Barranquilla. El boli es conocido como congelada,

naranjú, vikingo, boli, bolo, cubo, chupichupi,

bambino, entre otros nombres, en varios países

de América Latina.

Venta de jugo de patilla en Veinte de Julio

con paseo de Bolívar.

hecha a machete en la fruta y que los transeúntes

consumen durante la canícula barranquillera o en

cualquier ocasión; al terminar la bebida, el cliente

solicita la carne del coco (que debe ser verde, no

seco) al vendedor, la cual come con delectación. El

agua de coco también acompaña al ron en fiestas

y parrandas a lo largo y ancho de la ciudad desde

tiempos inmemoriales. Se conoce como agua de

pipa en Ecuador, en el norte del Perú, en Panamá

y en el Pacífico colombiano. Otras bebidas refrescantes

son el piñazo (jugo de piña frío que se

consigue en el mercado), la horchata de ajonjolí,

la chicha (a base de arroz o de maíz sin fermentar,

a diferencia de la chicha andina), la maizada (chicha

de maíz con cola), el masato (a base de maíz

finamente molido con agua), la Nutricia (producto

nutricional infantil) y el sencillo vaso de agua que

no se le niega a nadie. Asimismo, se toman con

placer en muchos hogares y sitios de la ciudad la

limonada, el jugo de mandarina y el agua de arroz

con cáscaras de piña.

También son muy populares el agua de maíz y

el agua o chicha de arroz (esta última también se

prepara con cola), las cuales se toman bien frías

con cualquier comida. El agua de maíz (conocida

como claro en Antioquia), un verdadero néctar de

los dioses, se prepara adicionándole azúcar al agua

con que se ha cocido el maíz que más tarde se utilizará

para elaborar los diferentes bollos y arepas.

Capítulo aparte merece el boli (nombre que proviene

de la marca industrial original del producto),

helado hogareño a base de jugos de frutas que se

vende congelado en delgadas bolsas de plástico (el

producto industrial original venía en dos bolsas

para mayor higiene). Los más saboreados son el

de corozo, el de guayaba, el de chocolate, el de

En materia de bebidas calientes, encontramos

el tradicional café y el chocolate. El café suave, uno

de los máximos símbolos de Colombia, se prepara

con agua y opcionalmente azúcar (preparación

que se conoce como tinto en el país), o con leche.

El café con leche y el tinto son infaltables en los

desayunos del barranquillero, aunque el segundo

se consume en todas partes y a toda hora. Muchas

empresas o negocios abiertos al público tienen

grecas o cafeteras para que empleados y visitantes

disfruten un tinto a manera de cortesía. Asimismo,

son muy comunes los vendedores ambulantes de

tinto y aguas aromáticas (infusiones a base de

hierbas como el toronjil, la hierbabuena, la canela

y la manzanilla, entre otras), que mantienen

calientes en termos y que sirven en minúsculos

vasos de plástico. Las agüitas aromáticas también

son ofrecidas en grecas en las empresas.

El peto, bebida dulce a base de maíz blanco y leche,

endulzada con azúcar o panela y aromatizada

con canela en raja, se expende en las calles de la

ciudad en calambucos (cantinas de leche), anunciado

con un onomatopéyico y repetitivo pregón.

El peto es exactamente igual al chicheme, bebida

tradicional en la región sabanera cordobesa y en

Panamá, el cual se sirve frío y se aromatiza, además

de la canela, con nuez moscada. El cuchuco,

hecho de maíz molido cocinado en leche o agua,

es totalmente distinto de la sopa de cebada con

cerdo propia del altiplano cundiboyacense. También

es muy apetecida la avena fría aromatizada

con vainilla o canela.

En cuanto a bebidas alcohólicas, son muy tradicionales

el ron, el aguardiente anisado colombiano

y la cerveza (con la cual se prepara la carne

guisada a veces). Otros tragos muy extendidos son

el whisky y, más recientemente, el vino.

bollos

Bollo de queeeeso, de angeliito,

de mazoooorca... Booooollooooo…

Los bollos merecen mención especial por su gran

arraigo en la cultura gastronómica de la ciudad.

41


Consumidos principalmente a la hora del desayuno,

los bollos son un alimento a base de masa

de maíz molido envuelta en hojas de mazorca, lo

que refleja su origen indígena. Sin embargo, por

lo general son ofrecidos por negras palenqueras

con sus inconfundibles pregones. Los bollos se comen

acompañados casi siempre de queso costeño

o de suero atollabuey (crema de leche ácida que

acompaña absolutamente todas las comidas en la

región sabanera de Bolívar, Sucre y Córdoba). En

los desayunos son acompañantes frecuentes de

los huevos revueltos o “en perico”, del bocachico

frito, de la carne o del hígado en bisté (con tomate y

cebolla sofritos), y de los chicharrones, entre otros.

De gran variedad, los bollos más apetecidos

en Barranquilla son: el bollo limpio, a base de

maíz blanco seco; el bollo de queso (bollo limpio

con queso costeño); el bollo de angelito, de sabor

dulce y color violáceo, a base de maíz blanco con

coco y anís; el bollo de mazorca, a base de maíz

tierno o choclo; y el bollo limpio de harina de maíz

precocida y procesada industrialmente. Los bollos

son ampliamente elaborados en otras regiones

de la Costa y Panamá en distintas preparaciones

(rellenos de carnes, por ejemplo) y envolturas

(hojas de caña y de plátano). Guardan semejanza

con los envueltos del interior andino de Colombia

y ecuatorianos, con las hallaquitas venezolanas

y con la humita peruana, boliviana y argentina.

Sin embargo, el bollo de yuca es el más popular

de los bollos de la región. Su preparación es simple:

se ralla la yuca pelada y el resultado se cuece

envuelto en hojas secas de mazorca. Acompaña,

entre otros, en un binomio eterno a la famosa

butifarra, embutido de origen catalán a base de

cerdo, de sabor picante, que ha hecho célebre al

Venta de arroz de lisa cerca al terminal marítimo.

vecino municipio de Soledad, Atlántico, de donde

proviene la variante colombiana. La butifarra, una

de las insignias gastronómicas de la Costa Caribe,

es ofrecida por vendedores ambulantes en largas

tiras acomodadas en forma circular en palanganas

metálicas. Para llamar la atención de la gente, los

butifarreros producen un sonido característico,

golpeando permanentemente la palangana con

un cuchillo. Luego de solicitada la cantidad, el

vendedor corta la tira y abre las butifarras por la

mitad con el cuchillo, les agrega jugo de limón y

las entrega al cliente acompañadas de un trozo de

bollo de yuca. Los butifarreros también ofrecen

huevos duros que el comensal disfruta, ya sin

cáscara y partidos por la mitad, con pimienta y sal

a cualquier hora del día en las calles y esquinas

de la ciudad.

El matrimonio, combinación de torreja (rodaja)

de bollo de yuca o de mazorca y una porción de

queso costeño, es un manjar que se puede degustar

en cualquier frutera o rincón de la ciudad.

carnes

Pa’ preparar una carne asada no hay

Como el negro Adán…

The Latin Brothers, El Negro Adán

(Carlos Castillo - Luis Montoya).

Sin lugar a dudas, y pese a las campañas vegetarianas,

la carne de vaca es la más consumida por

los barranquilleros en cualquiera de los tres golpes

(comidas) del día. Los diferentes cortes del animal

son casi peleados en los expendios de la ciudad;

los más apetecidos son la punta gorda o punta de

anca, la sobrebarriga, el lomo fino, el lomo ancho,

el bollo o muchacho, la espaldilla, la tetafula, la

carabela, el capón, la falda, el rabo, el ossobuco, el

jarrete o murillo, la bola, el atravesado, el pecho,

la tira-tira, la costilla, el hueso negro y el blanco

(usados para darles sabor a las sopas y sancochos),

el cachete y la pata (para la preparación del

mondongo, exquisita sopa a base de dicha víscera,

tubérculos y verduras), entre otros que se conocen

con distintos nombres en las diferentes latitudes.

Los cortes blandos de la carne, correspondientes

a partes de la nalga, el abdomen y el lomo de la

bestia, como la punta gorda, el capón, la tetafula,

la sobrebarriga, la carabela, la falda, el lomo ancho

y el lomo fino, se comen fritos, asados a la parrilla

y al carbón (o a la brasa), a la plancha, en estofado,

desmechados (la falda), al horno y en bisté

(con tomate y cebolla). La carne molida (obtenida,

por ejemplo, del capón) y las albóndigas son muy

populares y apetecidas en toda la ciudad. La carne

asada o churrasco, la cual se acompaña, por ejem-

42


plo, con yuca, papa cocida o bollo limpio, ensalada

y alguna salsa (chimichurri, de ajo, picante, entre

otras), es la preparación de carne vacuna más

apetecida por los barranquilleros, quienes pueden

saborearla en múltiples restaurantes y asaderos

extendidos por toda la ciudad.

La carne dura, como la espaldilla, el muchacho,

el atravesado o el jarrete, se prepara —generalmente

en olla de presión— guisada, en trocitos

con verduras (especie de goulash criollo), sudada,

en viuda, desmechada y puyada en posta (llamada

así porque se rellena con verduras —zanahoria,

habichuela, cebolla— que se introducen luego de

haberle hecho orificios con puyas a la pieza cruda;

finalmente se sirve en postas o rodajas). En sancochos

y sopas se usan principalmente la costilla,

el rabo, el ossobuco, el hueso y la carne de pecho

salada. El cachete es muy estimado en la preparación

de carnes frías. Como puede verse, la carne

de vaca da para un sinfín de menús disponibles

en cualquier hogar y en todo tipo de restaurantes.

Las vísceras de la vaca se comen con fruición

en Barranquilla, ya sean fritas, guisadas, en bisté

o en sancocho. Las más apetecidas son el hígado,

el bofe (pulmones), la pajarilla (bazo), el corazón,

el riñón, la panza (uno de los estómagos de la vaca

que se come en trozos guisados con papas o en el

mondongo; corresponde a los callos, como se conoce

entre los españoles) y la chinchurria (primer

segmento del intestino delgado que se come frito,

conocido como chinchulín en la Argentina, donde

se come asado y es todo un plato nacional). El

hígado en bisté con yuca cocida o bollo limpio es

uno de los desayunos predilectos del barranquillero;

también se prepara encebollado. La asadura, a

base de las vísceras del cerdo, pariente del friche

guajiro (vísceras del chivo cocinadas en su sangre y

aliñadas con condimentos), se puede conseguir en

algunas fritangas del Centro y del sur la ciudad. La

asadura se conoce como chanfaina en otros países

latinoamericanos. Las vísceras, de alto contenido

en grasas, pero ricas en proteínas y vitaminas, son

ideales para las personas que sufren de anemia

y enfermedades relacionadas (especialmente la

pajarilla y el hígado). Otras partes de la vaca que

también se consumen son la lengua (en salsa),

la ubre, el ojo (en sopa), los sesos guisados y las

criadillas (testículos) del toro.

Curiosamente, hasta bien entrado el siglo XX,

los mataderos botaban las vísceras de la vaca o

las arrojaban a los perros por considerarlas carnes

de baja calidad. Posteriormente se empezaron a

regalar a la gente de escasos recursos, y hoy es

Cocineros sirviendo almuerzos en Sanandresito.

habitual encontrar en los expendios de carnes y

supermercados sobre todo el hígado, la panza, la

pajarilla y el bofe, los cuales se ofrecen en algunos

restaurantes populares y fritangas en distintas

preparaciones; es relativamente raro que en

los restaurantes se ofrezcan otras vísceras. Hoy

prácticamente han desaparecido los pintorescos

mondongueros, quienes por las calles de la ciudad

ofrecían las vísceras contenidas en rústicos

cajones de madera que acomodaban en ambos

costados de un burro (o también en carretillas de

madera), y que hacían sonar con manducos (palo

de forma cilíndrica de tamaño mediano, grueso y

de madera tosca y resistente), produciendo un peculiar

sonido que acompañaban con sus pregones.

Muy apreciada también es la carne de cerdo,

una de las más apetitosas del mundo. Tiene el

inconveniente de ser abundante en grasas muy

perjudiciales para el ser humano, por lo que la

gente la consume con precaución. Sin embargo,

el barranquillero siente gran pasión por el chicharrón

y la chuleta, los cuales acompaña con bollo

limpio o de yuca o con yuca cocida. Los expendios

de chicharrón tienen fama en toda la ciudad y

sus alrededores y son frecuentados por ávidos

comensales hasta altas horas de la madrugada.

El chicharrón seco y con pelo es ofrecido por vendedores

que recorren nuestras calles y goza de

gran popularidad.

El pollo es igualmente muy apetecido en la

ciudad: se come frito, guisado con papas, asado,

apanado (deep fried o a la broasted), en fricasé,

desmechado o al horno. Las partes más apreciadas

del ave son la pechuga, el contramuslo, el muslo

y el ala (no necesariamente en ese orden). Como

las de cerdo, son innumerables las ventas de pollo

43


frito, a la broasted o asado (usualmente acompañado

de bollo limpio, yuca o papa cocida) a lo largo

y ancho de Barranquilla. La gallina criolla, criada

en patios caseros o fincas familiares, y alimentada

con maíz (e insectos y gusanos que inevitablemente

caza), es de carne más dura, de mejor sabor y

de huesos más resistentes que el pollo “purina”

(llamado así en alusión al concentrado con que se

alimentan las aves para que crezcan más rápido).

A pesar de su sabor inferior y por motivos comerciales,

el pollo “purina” es el que comúnmente se

consume en casas y restaurantes, mientras que la

gallina criolla solo se come en sancocho y guisada.

En mucha menor cantidad se pueden conseguir

carnes de animales domésticos y de monte (salvajes)

como el chivo, el pavo, el carnero, el conejo, la

iguana, el pato (pisingo y barraquete), la tortuga,

el morrocoyo y la hicotea, más comunes en otros

departamentos de la Costa como la Guajira, Cesar,

Sucre, Córdoba y algunas poblaciones del

Atlántico.

En los alrededores de ciertos eventos populares

como circos y ciudades de hierro (parques temporales

de atracciones mecánicas), se instalan las

fritangas (ventas de procedencia andina de embutidos,

carnes y otras frituras), donde se pueden

conseguir la sabrosa morcilla (o rellena, como se

conoce en el interior del país, embutido a base de

sangre de cerdo y arroz con arvejas), el tradicional

chorizo y la longaniza. Estos últimos se consiguen

todo el año en el Centro y en el mercado público de

la ciudad. Se consumen también en las fritangas

paticas y orejas de cerdo, papas criollas (o amarilla,

conocida en otros países como papa colombiana),

chinchurria, bofe y muchas frituras más.

dulces

Aleeegríiiiiia, cocaaaada, caballiiiitooo…

Aleeegríiiiiia, con coooco y aníiiiis…

Son típicos los dulces vendidos en palanganas por

negras palenqueras (del Palenque de San Basilio

o sus descendientes) que, casi siempre los fines

de semana o por las tardes, recorren las calles de

la ciudad entonando sus ancestrales pregones:

la alegría (bola compacta de rosetas de granos de

millo, pedazos de coco y anís, recubierta con panela

derretida); el enyucado (torta a base de yuca

y coco); el caballito o cabellito (dulce de papaya

biche o verde en tiritas); las cocadas; y las “cocadas”

o panelitas de millo y de ajonjolí. Para la

preparación de las alegrías, las semillas de millo

se fríen en un poco de aceite, lo que hace que se

abran. Es el mismo procedimiento para obtener

las crispetas o palomitas de maíz.

Venta de fritos en Veinte de Julio con San Blas.

También son muy apetecidas las bolitas de coco

galaperas (Galapa, Atlántico) y la arropilla, varita

pegajosa a base de panela envuelta en papel,

utilizada como postre popular. Muy apreciados

son las gelatinas (golosinas vallecaucanas que se

preparan a base del tejido gelatinoso de la pata de

la vaca, conocida como gelatina de vaca en Panamá),

los merengues (conocidos como suspiros en

otros lugares), el arroz con leche, las casadillas (o

quesadillas, galleta crujiente a base de coco), las

panelitas de dulce de leche, las bolas de tamarindo

con azúcar, las bolas de chocolate y harina de

maíz, las galletas griegas (especie de oblea dulce

compuesta por varias láminas que recuerdan un

pañuelo grande doblado, que vendedores ambulantes

ofrecen en las calles de la ciudad) y el

algodón de azúcar.

Durante la Semana Santa, sin falta, se preparan

los tradicionales rasguñaos, dulces a base de toda

clase de frutas, legumbres y tubérculos, cuyo consumo

se confunde con las creencias católicas que

prohíben el consumo de carne en estas fechas.

Tradicionalmente de preparación casera, condición

que dio lugar a la costumbre —que aún se conserva—

de regalarlos entre vecinos, hoy son ofrecidos

por pintorescas palenqueras en parques, aceras

o en las afueras de supermercados en puestos

que constituyen un extraordinario espectáculo

de colores y sabores para propios y extraños. Los

dulces más apetecidos son el de ñame, el de tamarindo,

el de corozo, el de guandul, el de ciruela,

el de mango, el de papaya, el de coco, el de leche

(arequipe), el de leche cortada, el de piña, el de

mamey, el de batata, el de tomate, el de fríjol zaragoza,

el de plátano maduro, y el de uchuva, entre

otros que comprenden una lista casi interminable.

44


Incluso se venden algunos de supuestos poderes

afrodisíacos y curiosos nombres que resultan de

la combinación de varios dulces: “mongo-mongo”,

“amansa-suegra”, entre otros.

En las numerosas pastelerías de la ciudad se

consigue todo tipo de postres, galletas, bizcochos,

confites y pastelillos que hacen las delicias de

la gente. Muy apetecido es el borracho, hecho a

base de pan, antes conocido como sopa borracha.

Popularísimo también es el bocadillo (veleño), famoso

dulce de guayaba de la población de Vélez,

Santander.

El archifamoso “Frozomalt”, helado patentado por

la Heladería Americana, es uno de los máximos

símbolos de la gastronomía barranquillera.

ensaladas

El barranquillero no descuida la salud, prueba de

lo cual es la infinidad de ensaladas que acompañan

almuerzos y comidas. La ensalada más popular y

sencilla de la ciudad es la de tomate con cebolla,

que a la vez es la base de otras ensaladas como

las de variedades de lechuga, la de aguacate, la

de pepino, la de berenjena, la de espinaca, la de

habichuela o la de repollo. También son muy apetecidas

nuestras versiones de la ensalada rusa:

la de papa con zanahoria, arvejas y mayonesa, la

cual se prepara también con pollo desmechado o

con atún, y la de remolacha con zanahoria, papa

y opcionalmente mayonesa (antes nunca se le

añadía dicha salsa; también es conocida como

“ensalada de payaso”). Otras muy populares son la

de papa con huevo duro en rodajas, la de rábano,

la de calabaza, la de brócoli y coliflor, los vegetales

-zanahoria, habichuela, cebolla, ají pimentón

(pimiento, morrón), apio- salteados, cocidos o

al vapor; la de papaya verde (o incluso un tanto

madura), múltiples combinaciones de todos los

vegetales que hemos mencionado y la de ¡ñame!

El aderezo más común consiste en un chorrito

de vinagre o gotas de limón, sal y opcionalmente

pimienta, a lo que también se le puede añadir aceite

vegetal (de oliva, de maíz o de girasol), creando

una especie de vinagreta. Salsas más sofisticadas

pero menos comunes incluyen ingredientes como

miel, vinagre balsámico, granos de maíz tierno

dulce, aceitunas, pepinillos agridulces, manzana,

piña, fresa, uchuva, alcaparras, pastas, queso mozzarella

y queso parmesano, entre otros. También

se usan salsas como la tártara, la bechamel, la de

ajo, la rosada y la mencionada mayonesa.

Preparación de bocachicos en cabrito en Sanandresito.

FriTos

Año de 1882. Los jóvenes de mi edad solíamos formar tertulia

en el altozano de la iglesia de San Nicolás, desde las

seis de la tarde, después de comida, cerca de las fritangas

de arepitas, caribañolas y buñuelos (de fríjol), situadas al

pie del altozano, hasta las ocho de la noche.

Pedro María Revollo, Pbro., Mis Memorias.

Los fritos, que se consumen a cualquier hora del

día, son parte fundamental de la gastronomía de

la ciudad. Preparados a base de masa o harina de

maíz precocida, de yuca cocida o de plátano verde,

entre otros, son muy populares entre la gente a

pesar de su alto contenido de grasas y harinas.

Entre los fritos más importantes encontramos

las arepas, la caribañola, la empanada, el patacón

y los buñuelos de fríjol cabecita negra, de lentejas

y de maíz tierno (estos últimos se acompañan con

queso costeño y son vendidos, entre otros, por

palenqueras). En las ventas de fritos, fritangas,

fruteras y otros establecimientos donde se expenden

estos manjares, se ofrecen un sinnúmero

de salsas, picantes (salsas a base de ají picante

o pique) y suero atollabuey, con que la gente los

acompaña.

La arepa, de la cual hay numerosas variedades

regionales en toda Colombia, es también una comida

popularísima a lo largo y ancho de Venezuela,

país que se arroga su paternidad. En el vecino país

ha calado tan hondo en todos los estamentos, que

cuando un equipo de béisbol (deporte más popular

de la hermana nación) pierde por blanqueada, se

dice que “le metieron nueve arepas”, en alusión a

los ceros en carreras del perdedor por cada una

de las nueve entradas del juego de béisbol. Los

venezolanos fueron, además, quienes en los años

50 del siglo pasado introdujeron la harina de maíz

45


precocida, procesada industrialmente. La voz arepa

es probablemente de origen cumanogoto (erepa,

maíz), lengua de la tribu caribe homónima asentada

en el oriente venezolano. La arepa se conoce

como tortilla en Panamá.

La masa para preparar la arepa se obtiene al

pilar, cocer y moler el maíz amarillo o blanco; como

se ha mencionado, la masa se elabora también

hidratando harina de maíz precocida obtenida

industrialmente. Luego se añade a la masa queso

costeño rallado y sal al gusto, se forman bolas, se

aplanan con la mano o con algún objeto, y se les

hace un “ojo” que facilitará su posterior extracción

del aceite caliente con un trinche de cocina grande.

Finalmente, se ponen a freír en aceite bien caliente.

La arepa también se prepara con anís y panela

rallada o en miel (o por simplicidad azúcar) en vez

de sal, frito verdaderamente delicioso conocido

como arepa dulce.

Uno de los fritos más representativos de la Costa

Caribe es la arepa de huevo (o con huevo), una

auténtica delicia símbolo de la población atlanticense

de Luruaco, donde anualmente se celebra

el Festival de la Arepa de Huevo. Se prepara como

una arepa de maíz pilado o de harina de maíz, un

poco más gruesa de lo normal que, a medio freír en

abundante aceite bien caliente, se saca y se le hace

una abertura por donde se introduce el contenido

de un huevo crudo. La clave para la elaboración

de la arepa de huevo es la introducción del huevo,

lo cual solo se logra exitosamente al echar aceite

caliente sobre la superficie de la arepa para que se

sople, formándose una cavidad entre el grueso de

la masa y una delgada costra que la recubre. Así

se facilita hacer la abertura por donde se mete el

huevo, el cual permanecerá en la cavidad formada.

Luego se cierra el orificio con un poco de masa

cruda (algunos no lo hacen) y se vuelve a meter la

arepa en el aceite caliente hasta que se termine de

freír. Existe una variedad de la arepa de huevo que

también lleva carne molida aliñada, muy popular

en Cartagena de Indias, donde se conoce como

empanada con huevo. La arepa de huevo es otra

de las insignias gastronómicas de la Costa Caribe

y se consigue hoy en todo el país.

Cabe incluir en esta sección las muy consumidas

arepas asadas al carbón sobre hojas de bijao

o de plátano, las cuales se rellenan de queso costeño,

pollo, carne molida o desmechada, chorizo,

chicharrón, butifarra, salchichas, combinaciones

de estos y casi con cualquier otro alimento. Los

asaderos callejeros de arepas se encuentran por

doquier en toda Barranquilla y equivalen a las

areperas venezolanas, restaurantes especializados

en arepas.

Otro frito popularísimo, muy similar en esencia

a la arepa, es la empanada, masa de maíz en forma

de media luna rellena con queso costeño, carne

molida, pollo desmechado y hasta bocadillo veleño.

La caribañola, carimañola o carabañola, que

posiblemente recibe su nombre de la similitud de

su forma con la caramañola, cantimplora que usan

los soldados, es un frito a base de yuca cocida

molida rellena con queso costeño rallado, carne

molida o pollo desmechado. Se encuentra en toda

la Costa y en Panamá, y es similar al pastel de

yuca bogotano que incluye arroz y huevo.

El patacón (también conocido como tostón en

otros países del Caribe) es una verdadera exquisitez

caribeña —hoy extendida a todo el país— a

base de plátano verde aplanado y pasado a veces

por agua de ajo que, luego de ser freído, se come

condimentado con una pizca de sal o acompañado

de guiso (sofrito de tomate y cebolla picados y

condimentos, salsa base de la cocina colombiana

conocida como hogao en el interior del país). Los

patacones con huevos revueltos, queso costeño y

café con leche es uno de los desayunos más tradicionales

de la Costa Caribe. El patacón relleno de

todo tipo de carnes y salsas es uno de los fritos que

últimamente ha elevado su estatus gastronómico

en la ciudad con el surgimiento de ventas especializadas

únicamente en las múltiples combinaciones

posibles a partir del popular plátano verde.

Incluso existe la “pizza-patacón”, que lo incorpora

en lugar de la masa de harina de trigo tradicional

del celebérrimo plato napolitano.

Una variedad del patacón es el que se prepara

con guineo verde, alimento muy extendido en el

departamento del Magdalena, donde su cultivo se

inició en las últimas décadas del siglo XIX en la

llamada Zona Bananera de Santa Marta. El guineo

verde hervido con queso costeño rallado encima,

conocido en aquellas tierras como cayeye, es uno

de los desayunos típicos de la Costa. Un plato hermano

del patacón son las tajadas de plátano verde,

que se comen con queso costeño al desayuno o en

cualquier comida.

Son también populares las bolitas de lentejas y

los quibbes, fritura introducida por los inmigrantes

de Oriente Medio, a base de carne molida, cebolla,

hierbabuena, pimienta árabe y bulgur (trigo seco y

precocido). Los quibbes están totalmente integrados

a la gastronomía barranquillera, al punto de

que se consiguen en cualquier expendio callejero

46


de fritos, cafetería o supermercados, donde se venden

congelados. También se ofrecen como picada

(entremés) en fiestas y bailes.

Las papitas y los platanitos fritos (en tajadas),

expendidos por vendedores ambulantes, son muy

apetecidos en la ciudad durante eventos populares

como el Carnaval, conciertos y en los estadios durante

partidos de fútbol y de béisbol, entre otros.

La papa rellena, versión criolla del plato tradicional

peruano, jocosamente llamada por algunos “bola

’e trapo” (pelota de fabricación artesanal con que

aún se juega al fútbol en las destapadas y polvorientas

calles de nuestros barrios populares,

especialmente en Rebolo), es popularísima en toda

Barranquilla. Una porción de carne molida o pollo

desmechado adobados con verduras se introduce

en un compacto de papas cocidas machacadas, se

le da forma redonda y se pasa por harina y huevo,

lo cual actuará como sello al momento de freír.

Un bocado infalible en la gastronomía barranquillera

es la tajada de plátano maduro, fritura de

sabor dulce que se sirve como elemento dulce en

almuerzos y comidas (cenas). El plátano maduro

también se consume al vapor en trozos que se colocan

sobre el arroz al momento de tapar el caldero

cuando la preparación ha secado. Preparado con

mantequilla, clavitos de olor, azúcar, gaseosa de

cola y canela (formándose una melaza que lo cubre)

se conoce como plátano pícaro o en tentación,

una de las insignias de la culinaria cartagenera,

donde se prepara con Kola Román, bebida gaseosa

símbolo de la ciudad.

Los únicos fritos a base de harina de trigo son

los deditos rellenos de queso (conocidos también

como palitos de queso, o tequeños en Venezuela

y en el Perú, donde los preparan con won ton, la

Mojarra frita en Sanandresito.

fina masa china), los hojaldres (masa de harina de

trigo frita), y los pastelitos de Galapa (especie de

empanada), rellenos de queso o de carne molida

y papa.

Además de las frituras mencionadas, en los

innumerables puestos de fritos y fruteras de la

ciudad pueden degustarse otros alimentos fritos:

vísceras de la vaca como la chinchurria, la pajarilla,

el bofe y la asadura; partes del cerdo como la

chinchurria y los chicharrones, y embutidos como

chorizos y butifarras.

FruTas

Al son de la carretilla va gritando su pregón

El vendedor de patilla gritando “rojitas son”

Y se escuchaba así su pregón:

“Son, son, rojitas son como el corazón, rojitas son mis patillas”…

Aló, aló, Barranquilla, por la carrera ’e la Paz

Bajando paseo Bolívar cruzaron San Nicolás

Pero al cruzar por San Blas, ¡pum!

Quedaron como estampilla las patillas…

Fruko y sus Tesos, canta Wilson Saoko,

El patillero (Roberto Solano).

En las pintorescas fruteras (fruterías) y ventas

ambulantes de la ciudad se pueden encontrar,

además de los fritos y matrimonios, las frutas y

jugos más deliciosos y exóticos de la Costa Caribe

y el país: guineo (banano, plátano), corozo,

tamarindo, coco, mango, ciruela, mamón, patilla,

guinda, martillo, peritas, uva playa, zapote, níspero,

guayaba, guayaba agria, piña, tomate de

árbol, pitahaya, curuba, melón, papaya, naranja,

naranja agria, guama, jobo (hobo), caimito, candia

o quimbombó, toronja, icaco, marañón, limón,

guanábana, mora, agraz, mandarina, granadilla,

chirimoya, maracuyá, borojó, lulo, grosella, anón,

mamey, cañandonga, carambolo y un largo etcétera,

así como productos importados: manzanas,

uvas, ciruelas, duraznos y peras, entre otros.

Es muy apreciado el mango biche (verde, no

maduro) cortado en julianas con sal, pimienta

y limón, manjar que se consigue hoy en todo el

país. También se consumen con sal, limón y pimienta

los corozos y las ciruelas. En las afueras

de colegios y de centros comerciales, entre otros

establecimientos, son comunes las ventas estacionarias

de frutas como el mamón, la mandarina, el

mango, la patilla, la ciruela y el corozo, y menos

frecuentemente, el martillo, la guinda y el caimito.

La gente disfruta también el refrescante tutti frutti

(o salpicón de frutas, bebida a base de varias frutas

en trocitos) y la ensalada de frutas.

El barranquillero siente especial predilección

por el aguacate, fruta usada en cocina a manera

de verdura, con el cual acompaña muchos de los

47


Servicio de almuerzos en Sanandresito.

platos fuertes mencionados, bien sea solo, en

ensalada con tomate (otra fruta usada en cocina

como verdura) y cebolla, o en la versión local del

guacamole. El aguacate más apetecido es el carmero,

exquisita variedad de sabor inconfundible,

cultivada en la población de El Carmen de Bolívar

y sus alrededores, cuya cosecha se da hacia marzo.

Pasada la cosecha de aguacate carmero hacia julio,

se suple su falta con aguacates de sabor inferior

provenientes de otras regiones como Venezuela,

Ecuador y el interior del país. El aguacate (de la

voz nahua ahuacatl, que significa testículo) es una

mantequilla vegetal de origen americano que se

encuentra desde México hasta Argentina. En las

regiones andinas es conocido como palta o cura.

Desde tiempos inmemoriales, frutas, verduras,

hortalizas y tubérculos son ofrecidos en las calles

de la ciudad por vendedores ambulantes en carretas

de tracción animal. Antiguamente se utilizaban

mulas, las cuales fueron reemplazadas por

caballos, por lo que a estos vehículos se les sigue

llamando carros de mula y carromuleros a quienes

los conducen y venden los alimentos. También se

usan todavía para el mismo fin carretillas artesanales

de madera impulsadas por sus dueños.

granos

Los variadísimos granos -también conocidos en

otras regiones como fríjoles, habichuelas, judías,

legumbres, menestras o porotos, entre otras denominaciones-

son otro alimento nativo de Meso

y Suramérica extendido en todo el globo desde el

siglo XVII por los europeos que conquistaron y

colonizaron nuestro continente. Excelente fuente

natural de proteína, carbohidratos, vitaminas y

minerales, ocupan un lugar principalísimo en la

mesa barranquillera como guarnición al almuerzo

y a la comida (cena) en el seco o bandeja, nuestra

versión del extendido plato a base de carne, arroz

blanco y granos. Los fríjoles cabecita negra (conocidos

en el Perú como fréjol castilla, principal

menestra de exportación de esa nación), las zaragozas

(variedad del fríjol rojo emblemático de la

cocina de Antioquia y de países como México), las

zaragozas blancas, las arvejas, los palomitos y las

lentejas son los granos más habituales del menú

diario del barranquillero. Menos utilizados son el

garbanzo, el cargamanto y las zaragozas negras o

caraotas, fríjol negro símbolo de la cocina venezolana,

integrante inseparable del pabellón criollo,

plato nacional del hermano país, compuesto además

por carne desmechada, arroz blanco y tajada

de plátano maduro. La zaragoza negra, feijão preto

en portugués, es también el grano utilizado en la

feijoada brasileña, cuyo origen se encuentra en el

norte de Portugal. Cabe reseñar que los guandules

se preparan únicamente en sopa y en dulce.

Aunque el fríjol cabecita negra, las zaragozas

blancas y los guandules se consiguen verdes con

cierta dificultad y en muy contadas épocas del

año, por lo general los granos se adquieren secos

(y, por ende, duros) para su preparación. Por tal

motivo, en la actualidad, se preparan en olla de

presión; anteriormente se dejaban al remojo para

que se ablandaran durante la noche y pudieran ser

cocinados más rápidamente al día siguiente. Sin

embargo, a pesar de que la olla de presión agiliza

enormemente el proceso, es recomendable dejar

los granos en remojo desde la noche anterior para

una mejor hidratación. Ya cocinados, se preparan

guisados con un sofrito de tomate y cebolla (el

cual se puede incorporar desde el principio de la

cocción; incluso esta se puede llevar a cabo con

las verduras crudas) y pueden ser acompañados

en su preparación con trozos de cerdo, de panela

o con plátano verde rallado, este último para darles

mayor cremosidad. Como se verá, también se

preparan en sopas.

el pasTel y la hayaca

El suculento pastel y la hayaca (el Diccionario de la

Real Academia Española también registra la grafía

hallaca), a base de arroz el primero, y de masa de

maíz la segunda —considerada uno de los platos

nacionales de Venezuela—, son dos viandas hermanas

rellenas con pollo, cerdo y verduras que se

cocinan envueltas en hojas de bijao o de plátano,

de donde obtienen su característico aroma y exquisito

sabor. Son infaltables en época navideña

(diciembre) y un manjar realmente irresistible para

propios y ajenos en cualquier momento del día. El

pastel, tal cual se prepara en Barranquilla, a base

48


de arroz, se puede encontrar también en Puerto

Rico (donde la masa más utilizada es una mezcla

de tubérculos que incluye plátanos y guineos

verdes, papa y yautía). Curiosamente, la hayaca,

uno de los platos insignia de Venezuela, donde se

come exclusivamente como parte del menú navideño

y en general durante las festividades de fin

de año, se consume absolutamente todo el año

en Barranquilla y puede encontrarse en cualquier

venta callejera, supermercado o cafetería a cualquier

hora del día.

La hayaca y el pastel son parientes muy cercanos

del tamal (del nahua tamalli), vianda típica

americana que aparece en distintas variantes

desde México hasta Argentina. En el interior del

país, los exponentes más ilustres del tamal son el

tolimense y el santandereano.

pescados

Fuimos a Puerto Colombia en el trenecito de juguete tan

despacioso como un caballo. Almorzamos frente al muelle

de maderas carcomidas por donde había entrado el

mundo entero al país antes que se dragaran las Bocas de

Ceniza. Nos sentamos bajo un cobertizo de palma, donde

las grandes matronas negras servían pargos fritos con

arroz de coco y tajadas de plátano verde.

Gabriel García Márquez, Memoria de mis putas tristes.

Es legendario el afecto de los barranquilleros por

el bocachico, pescado de río de gran cantidad de

espinas y carne rojiza de sabor exquisito, un tanto

arenoso, que se consume ya sea frito, guisado, al

carbón, al horno o en el magnífico sancocho. Los

bocachicos que se consiguen en Barranquilla provienen

principalmente de la Ciénaga Grande de

Lorica, Córdoba, población en la que se prepara

en un célebre sancocho.

Mención especialísima hay que hacer del bocachico

en cabrito, manjar sin par que se prepara

abriendo el pescado por el abdomen para sacarle

las vísceras (hecho esto, queda “abierto”), se rellena

con verduras sofritas (cebolla, tomate, ají y

ajo), opcionalmente se envuelve en hojas de bijao,

se amarra con pita y, por último, se asa al carbón.

Cabe señalar que para esta preparación, al

bocachico no se le puede escamar ni quebrar las

espinas a cuchillo (esto hecho, se dice que está

“picao”) al comienzo de la preparación, o adquirirse

para tal fin ya “abierto y picao”, pues se desbarataría

al asar; precisamente las escamas le sirven

de protección a la frágil carne del pez. De ahí la

gran cantidad de espinas de este extraordinario

plato. El bocachico en cabrito se acompaña con

yuca cocida, torrejas de bollo de yuca, o con arroz

blanco, y guarapo, menú que se puede saborear

sobre todo a la hora del almuerzo o en paseos y

fiestas familiares. La vianda puede conseguirse en

distintos puntos de la ciudad, especialmente en el

Centro, pero es en los alrededores de Sanandresito,

centro comercial de mercancía de contrabando,

donde se consiguen los bocachicos en cabrito más

famosos y tradicionales de Barranquilla.

Entre los pescados de mar, la mojarra blanca

o plateada ocupa un lugar privilegiado en Barranquilla,

seguida de cerca por el lebranche, la sierra,

el róbalo, el sábalo, el jurel y el pargo.

Otros pescados que también se consiguen son

el atún, el mero, la Tilapia (en sus variedades, mojarra

lora y mojarra roja), la cachama, el ronco, el

salmón, el marlin, la trucha, la corvina, la basa, el

bonito, la cojinúa, el chivo de mar y el chivo azul

o mapalé, entre muchos más.

El bocachico y la mojarra, los pescados más

apetecidos en Barranquilla, se encuentran en vía

de extinción desde hace algunos años debido a que

los pescadores se dieron a la tarea de capturarlos

demasiado jóvenes, lo que impide su normal

crecimiento y reproducción; además, sufren la

acción depredadora de la Tilapia. En la actualidad

se consigue, en lugar del bocachico criollo, un

bocachico argentino pescado en el río Paraná, de

mucha mayor talla pero insípido. En cuanto a las

mojarras, hace tiempo que las de criadero, como

la lora y la roja, son más fáciles de conseguir que

la blanca de mar, cuyo precio se disparó. Como

en el caso del bocachico, el sabor de la mojarra

blanca es claramente superior al de sus sustitutas.

Los “cocteles” a base de camarones, ostras,

calamar, chipichipi y otros mariscos, mezclados

con cebolla picada, salsa de tomate, mayonesa,

picante, limón y cilantro, entre otros condimentos,

y acompañados con galleta de soda, se pueden conseguir

en distintos puntos de la ciudad. Nuestros

cocteles son la versión criolla del cebiche, exquisitez

propia de la variada cocina peruana a base de

pescado (generalmente corvina) o mariscos crudos

adobados con limón, ají, cebolla morada, salsas y

otros condimentos. También se preparan variantes

del cebiche en otros países latinoamericanos,

principalmente los que comparten la costa del

océano Pacífico, como Ecuador. El DRAE también

acepta la grafía seviche, y anota que la palabra

procede “quizá del árabe hispánico assukkabáğ,

y este del árabe sikbāğ”. Otra teoría establece que

en quechua el plato se llamó siwichi, y que con la

conquista del imperio Inca por los españoles, se

asoció la palabra originaria quechua con el término

árabe sikbāğ ‏,(جابكش)‏ preparación de la cocina

morisca para conservar alimentos en vinagre, de

49


donde surge más tarde el escabeche español. El

cebiche y el pisco (el extraordinario aguardiente

que se obtiene de las uvas cultivadas en los valles

fluviales del litoral desértico peruano, que debe

su nombre al puerto por donde tradicionalmente

se exportaba, en el departamento costeño de Ica),

son, por decreto supremo, patrimonio cultural

de la nación peruana y otros de los orgullos de la

gastronomía latinoamericana.

Son muy apetecidos también la suculenta cazuela

de mariscos, el salpicón (por ejemplo, de atún

o de bagre), las croquetas de pescado, las albóndigas

de atún, el bagre en salsa, la viuda (pescado

salado cocinado al vapor con yuca, ñame, plátano

y verduras) y las huevas de pescado fritas (sobre

todo de bocachico y de lisa), consideradas estas

últimas el caviar criollo, verdadera irresponsabilidad

de quienes al obtenerlas alteran la normal

reproducción de los peces.

Los pescados también hacen parte de las tres

comidas del día, incluso al desayuno: uno de los

desayunos favoritos del barranquillero es el bocachico

frito con yuca cocida o con bollo limpio o de

yuca. Las pescaderías y los restaurantes de pescados

y mariscos son innumerables en los cuatro

puntos cardinales de Barranquilla, incluso hay

zonas de este tipo de establecimientos, como en

el Centro y en el barrio Las Flores, muy cercano

a Bocas de Ceniza, la turbulenta desembocadura

del río Magdalena en el mar Caribe.

plaTos Típicos

Todos los barranquilleros tienen diariamente muy cercano

a sus ojos el agradable y oloroso espectáculo que ofrecen

las “lisas”, morenas y finas, nadando en un espeso mar de

salsas; o mostrando sus apetitosas intimidades musculares,

tendidas sobre un lecho vegetal; o sudorosas y blanquecinas,

lleno su pecho de la cebolla verde y marchita;

o simples y democráticas “lisas” proletarias, escoltadas

por impolutas rodajas de “bollolimpio”. Diariamente los barranquilleros

ratifican placenteramente la veracidad de su

apodo, pero rarísimos son los que saben la forma como esa

“lisa” cotidiana está frente a ellos, puntual y jugosa como

siempre.

Álvaro Cepeda Samudio,

prólogo de Biografía de una lisa.

En la deliciosa y variada comida de Barranquilla,

excelente exponente gastronómico de la fusión

cultural de indígenas, europeos y africanos en la

Costa Caribe colombiana, sobresalen dos platos

típicos.

El exquisito arroz de lisa (o liza), que se acompaña

con bollo de yuca y un vaso de guarapo. La lisa

es un pez de mar pequeño y alargado que habita

en desembocaduras fluviales, aguas salobres y

estuarios tropicales, muy resistente a altos grados

Cocineras sirviendo sancocho.

de salinidad, que deposita sus huevos en aguas

dulces. Es parecida al más apetecido y costoso

lebranche, por lo que vendedores inescrupulosos

a veces engañan al cliente inexperto ofreciéndole

unas por otros; ambos pertenecen al género Mugil,

familia Mugilidae. Por su bajo costo, la lisa es muy

accesible a las clases populares (de allí la vieja

costumbre de llamar “comelisa” al barranquillero

en general, y en particular a la gente pobre). Los

vendedores de arroz de lisa recorren las calles de

la ciudad con típicos carritos en los que transportan

grandes ollas con el arroz, el cual sirven

a los comensales en hojas de bijao o de plátano,

acompañado de queso costeño, yuca cocida, suero

atollabuey y hasta espagueti. En lugar del guarapo,

también se toma jugo de tamarindo o de corozo. El

arroz de lisa es uno de los arroces de venta callejera,

junto al de pollo y al de cerdo, que se conocen

localmente como “arroz de payaso”, ya que “dejan

los labios brillantes”. El Diccionario de la Real

Academia Española también acepta la grafía liza;

la voz es de origen catalán: llisa o incluso llissa.

Podría considerarse como el otro plato típico

de la ciudad a los incomparables guandules o

guandulada, apetitosa sopa digna de los paladares

más exigentes, que se acompañan con una porción

de arroz blanco o de arroz con coco. La base

de esta comida son: el guandul (de preferencia

verde, aunque la mayor parte del año la sopa se

prepara con el grano seco), rara legumbre de sabor

un tanto amargo, y la carne salada (que debe ser

gorda, de pecho). El plátano maduro, que le da

el característico sabor dulce al plato, armoniza

los fuertes sabores del guandul y de la carne. De

difícil preparación, los guandules (o sopa o sancocho

de guandul con carne salada) llevan, además,

yuca, ñame y verduras; el toque de comino es

50


imprescindible. Algunos, en vez de carne salada,

utilizan bocachico frito y a veces también se añade

chicharrón. El guandul empieza a brotar hacia fin

de año y alcanza su punto máximo de cosecha en

febrero, por lo que los guandules son considerados

el plato del Carnaval de Barranquilla. El guandul

se cosecha en amplias zonas del departamento del

Atlántico y de la Costa; en Sibarco, corregimiento

de Baranoa, se celebra anualmente el Festival del

Guandul. También se usa en la preparación una

variedad de mayor tamaño cultivada en la Sierra

Nevada de Santa Marta.

Cabe señalar que, además de la Costa Caribe

colombiana, el guandul es un grano muy conocido

en el Caribe y Centroamérica en países como Costa

Rica, Nicaragua, Honduras, Venezuela (quinchoncho),

Cuba y, en especial, en Puerto Rico y Panamá,

donde el arroz con gandules (como se conoce en

Puerto Rico) o con guandú (como se le denomina

en Panamá, donde se prepara con coco) es un plato

nacional. El Diccionario de la Real Academia Española

solo registra las voces guandú y gandul, pero

en nuestro medio es denominado guandul; plural

único de todas las formas (en Barranquilla y en

República Dominicana): guandules. Hasta donde

tenemos conocimiento, aparte de Barranquilla y

el Atlántico, solo se prepara en sopa en Panamá

(el guacho) y en el departamento de Sucre, pero

sin plátano maduro. En las demás latitudes se

prepara en arroz (Sucre, por ejemplo) o en dulce

(Atlántico, Bolívar y Córdoba).

sancochos y sopas

Pa’ los sancochos, pa’ los mondongos no hay

Como el negro Adán…

The Latin Brothers, El Negro Adán

(Carlos Castillo - Luis Montoya).

Aparte de los guandules, las sopas y sancochos

más tradicionales son el sancocho de costilla, el

de rabo, el de hueso, el de pescado y el de gallina

criolla. El mondongo (o sopa o sancocho de mondongo),

a base de panza y pata de vaca, es también

muy apetecido y tradicional en toda Barranquilla

y en general en la Costa Caribe y el resto del país,

en diferentes variedades regionales. También está

muy arraigado en Venezuela.

El sancocho, otro de los emblemas culinarios

latinoamericanos y, con la arepa, los verdaderos

platos nacionales de Colombia en sus distintas

variantes regionales, es una sopa o cocido que,

según la región, lleva carnes como la de vaca (en

varios cortes), pescados, gallina, pollo, cerdo, chivo,

pavo, iguana y morrocoyo; tubérculos como

yuca, ñame, malanga, arracacha, batata morada

y variedades de papa; hortalizas como la ahuyama

(del caribe auyamá, especie de calabaza o zapallo

muy extendida en la Costa Caribe, Panamá, República

Dominicana y Venezuela), plátano verde y

maduro, guineo verde y mazorca; verduras como

cebolla cabezona y en rama, cilantro, tomate, ajo,

el infaltable ají dulce, y condimentos como el comino.

La sopa se sirve en totuma (vasija obtenida

del fruto seco del totumo, con el que también

se elaboran las cucharas), en plato hondo, o en

grandes vasos plásticos o de icopor (de Industria

Colombiana de Porosos, denominación nacional

para el poliestireno expandido); en plato llano o

en hoja de plátano se ofrece la vitualla: la presa y

los tubérculos con una porción de arroz blanco.

Como toque final, al sancocho se le añaden gotas

de limón o de picante.

El de sábalo es, a la par con el de bocachico, el

sancocho de pescado más apreciado de la ciudad,

un plato realmente único y delicioso. Ambos se

suelen preparar con leche de coco. Se preparan

sopas con la mayoría de los pescados mencionados

en la sección correspondiente, sobre todo el

popular de jurel, el de chivo y el de mojarra. El

extravagante sancocho trifásico, a base de carne

de vaca, gallina y cerdo, es una delicia reservada

a los comensales más exigentes.

El sancocho se degusta generalmente a manera

de almuerzo, aunque con motivo de ciertas

celebraciones y paseos familiares se puede comer

a cualquier hora del día. En la vieja Barranquilla

era infaltable plato fuerte en fiestas populares

(muchas de ellas nocturnas) como matrimonios,

quinceañeros, bautizos y celebraciones de fin de

año (7, 24 y 31 de diciembre), costumbre que aún

se conserva a pesar de los estilizados bufés que lo

han desplazado. También, entonados bebedores

Venta de fritos en cercanías del terminal marítimo.

51


literalmente lo devoran al amanecer después de

una larga parranda, muchas veces preparado por

ellos mismos en improvisados fogones de leña. El

sancocho es parte inmanente de la parranda vallenata,

máxima expresión cultural de la región de

Valledupar, en la cual, entre grandes cantidades

de trago (ron y, más recientemente, whisky), se

departe alrededor de un conjunto vallenato y se

remata de madrugada con un abundante y vigorizador

sancocho.

En Barranquilla también se come con placer el

mote (sopa espesa) de queso costeño, extraordinaria

sopa originaria de la región sabanera de Córdoba

y Sucre, a base de ñame espino (o de espina)

con cubitos de queso costeño. Asimismo, es muy

apreciado el mote de ahuyama con chicharrón.

Muy populares son las sopas a base de granos,

como la de fríjol cabecita negra, la de zaragoza, la

de lentejas, la de arvejas y la de arroz. La sopa de

“maggi” (marca de un caldo de gallina) con fideos

y papa, es muy popular y fácil de preparar. Otras

sopas menos preparadas son la de pichón (o de

paloma), la de arroz, la de menudencia (vísceras

del pollo), las casi extinguidas de huevo y de patacón,

los sancochos de ojo y de médula, y el ayaco,

mote o sopa de textura espesa que se logra al cocinarlo

con el bastimento (harinas como la yuca, el

ñame, el plátano) machacado. Se come con carne

de vaca, que puede ser salada. Ha casi desaparecido

el higadete, plato popularísimo en Cartagena

de Indias, mote interesante y nutritivo a base de

hígado de vaca, plátano maduro y verduras.

oTros

Imposible olvidar los delicados pasabocas (entremeses)

populares como el pan de yuca y las

rosquitas de queso, expendidos por humildes

vendedores en los buses y calles de la ciudad.

Hoy es posible encontrar en muchas esquinas y

supermercados de Barranquilla pasabocas como

el diabolín (diminuto pan crocante de harina de

yuca), producto símbolo de la región sabanera de

Sucre y Córdoba, específicamente de San Juan

de Betulia, Sucre; y las almojábanas (del árabe

hispánico almuĝábbana, hecha de queso, y del

árabe clásico ĝubn, queso), típicas en la Costa de

las poblaciones de La Paz (antes Robles), Cesar, y

Campeche, Atlántico.

También son muy populares en Barranquilla

los pastelitos horneados rellenos de carne, pollo,

dulce de guayaba o queso (especie de empanadas),

así como los deditos rellenos de queso (también

horneados), todos a base de hojaldre.

A altas horas de la noche es posible disfrutar

el maní salado que venden, casi exclusivamente,

muchachos de raza negra en los alrededores de

bares salseros y en bailes callejeros.

Menos populares son algunas preparaciones a

base de yuca, como el casabe (especie de arepa),

la yuca asada (“yucasá”) y los palitos de yuca cocida

frita.

El huevo, en variadas preparaciones como en

revoltillo (con sofrito de tomate y cebolla, o con

cebolla en rama sofrita, o con trocitos de salchicha

o de jamón, o simplemente con una pizca de

sal; también se conoce como huevos revueltos o

en perico), en tortilla (omelette), tibio (pasado por

agua), frito o cocido (duro), es integrante habitual

de los desayunos del barranquillero, acompañado

de bollos, arepas, patacones, tajadas de plátano

verde y queso costeño. El huevo también suple a

la carne en los menús de bajo presupuesto; duro

y cortado en rodajas hace parte de ensaladas.

Un desayuno que aún se prepara hoy es cabeza

de gato, original platillo a base de plátanos verdes

sancochados o bollos limpios que se machacan

y se revuelven con chicharrones y guiso. Otro

desayuno muy similar al cabeza de gato son los

guineos verdes cocidos, machacados y mezclados

con guiso, queso costeño rallado y mantequilla,

también conocido a veces como cayeye. El cabeza

de gato es ampliamente degustado en el Caribe y

otras regiones de América Latina bajo distintas

denominaciones como mangú (República Dominicana),

fufú (Cuba), mofongo (Puerto Rico), tacacho

(región amazónica de Perú) y bolón (Ecuador).

La boronía (del árabe hispánico buraníyya, y

este del árabe clásico būrāniyyah, la de Buran,

inventora del plato y esposa del califa al-Ma’mūn),

singular platillo a base de berenjena y plátano

Venta de agua de coco en 20 de Julio con paseo de Bolívar.

52


Preparación de bocachicos en cabrito en Sanandresito.

maduro, acompaña a veces almuerzos y comidas.

Es una preparación de ancestro andaluz

muy extendida en la región de Córdoba, de donde

se esparció a otros puntos de la Costa. Gracias a

la numerosa colonia de gentes de Medio Oriente

(Siria, Líbano y Palestina), presentes en la ciudad

desde el siglo XIX, otros platos árabes familiares

para el barranquillero, que se encuentran fácilmente

no solamente en los múltiples restaurantes

especializados en esa extraordinaria cocina, sino

ya en los concurridos restaurantes de varios supermercados

y en algunas cafeterías, son los indios

o repollitos, las hojitas de parra y las berenjenas,

todos rellenos de arroz y carne; la shawarma (ésta

se puede saborear incluso en ventas callejeras), y

el arroz árabe (con carne molida, pollo desmechado

y trozos de almendras tostadas).

Otra culinaria internacional con numerosos

amantes en Barranquilla es la china; los restaurantes

(algunos muy tradicionales) de esta exótica

y exquisita cocina son innumerables en cualquiera

de los 4 puntos cardinales de la ciudad; la gente

disfruta a cualquier hora del día un suculento y

siempre abundante arroz chino (chow fan) o un

chop suey, especialmente los domingos y días festivos,

ocasiones en que muchas familias prefieren

no cocinar y comer en restaurantes o pedir comida

a domicilio. Desde la segunda mitad del siglo XIX

fueron numerosos los hortelanos chinos establecidos

en Barranquilla que, hasta bien entrado el siglo

XX, vendían sus productos en el mercado público.

Mención aparte hay que hacer de la mazamorra

de plátano maduro, sabroso plato que se prepara

con arroz, leche de vaca y canela. Al momento

de servir, se le añade más leche y a veces queso

costeño rallado, el cual aporta el sabor salado.

Además, existen otras variedades de mazamorra,

como la de maíz verde y la de fécula de plátano

verde, utilizada especialmente para vigorizar a los

niños. También se come el plátano maduro asado

con queso costeño, un plato popularísimo en Valledupar,

donde sus habitantes lo consumen más

que todo en la comida (cena). En Barranquilla, se

asa también envuelto en papel de bolsa, que le da

un sabor especial.

Fueron muy populares también las tortillas de

plátano maduro y de plátano con queso costeño,

así como las tortas de maíz verde y de ahuyama.

La papa también da para diversas preparaciones

que acompañan a todas las comidas: además

de las preparaciones mencionadas, son muy populares

las papas fritas, chorreadas, cocidas, al vapor

y el puré con mantequilla o cocinado en leche.

La preparación popular de los espaguetis consiste

en mezclarlos ya cocidos con salsa de tomate

y un sofrito de cebolla y ajo.

Una picada popular que todavía se ofrece en

parrandas y fiestas familiares son los trocitos de

queso costeño y salchichón opcionalmente condimentados

con limón y pimienta.

El barranquillero come el pan sobre todo en el

desayuno o en cualquier momento para ahuyentar

el hambre, acompañándolo con gaseosa e incluso

con salchichón y queso costeño (combinación

conocida por el populacho como “sancocho de

tienda”, pues se arma y degusta principalmente

en estos negocios familiares tan arraigados en la

cultura colombiana, que se niegan a desaparecer

en los barrios de las principales ciudades del país,

y que, por su familiaridad y por las facilidades

de pago, siguen siendo los preferidos por mucha

gente por encima de las grandes cadenas de supermercados

multinacionales que en los últimos

años han hecho su entrada masiva a Colombia).

Famosos son la “piñita” (pan suave con azúcar en

la parte superior) y el pan de mantequilla. ¿Cómo

pasar por alto el modesto pan de sal, tan saboreado

para distraer el hambre a cualquier hora En las

numerosas panaderías de la ciudad se encuentran

infinidad de panes, desde el de “100 pesos”

(naturalmente, en otras épocas tuvo otro costo)

que se resiste a desaparecer, hasta los rellenos

con queso, arequipe, piña, uvas pasas o dulce

de guayaba, pasando por el francés, variedades

de alemán, italiano, árabe, judío, de centeno, de

avena, de maíz e integrales.

Es posible encontrar con cierta dificultad,

porque su consumo está prohibido, los huevos

de iguana cocidos (a los que algunos atribuyen

supuestos poderes afrodisíacos), práctica que ha

53


llevado a esta inofensiva especie casi hasta la extinción.

Los huevos de iguana son muy apetecidos

en época de Carnavales (febrero o marzo).

En varios puntos del Centro y del Mercado,

especialmente en alrededores de la plaza de

San Nicolás, son típicas las ventas de chorizo y

longaniza fritos acompañados con bollo limpio y

salsas, verdaderos monumentos al colesterol y a

los triglicéridos que el pueblo degusta sin ningún

remordimiento.

Entre las comidas rápidas sobresalen los chuzos

(o pinchos) desgranados: brochetas de chorizo,

butifarra, carne o pollo, cebolla, pimentón y papa

(criolla y parda), cuyos componentes, asados a

la parrilla (al carbón), se desensartan y, picados,

se combinan con granos de maíz, lechuga, papas

fritas, bollo limpio y salsas. Son muy apetecidos

los chuzos tradicionales (sin desgranar) de carne,

de pollo, de butifarra y de chorizo, los cuales se

consiguen en múltiples anafes al carbón callejeros.

Son innumerables las ingeniosas y a veces extravagantes

variedades criollas de perros calientes,

hamburguesas, pizzas, sándwiches y chuzos que,

además de los ingredientes tradicionales, incorporan

la butifarra, el chorizo, la mazorca, algunas

frutas tropicales como la piña y la ciruela y el queso

costeño. Más curiosos aún son los ingeniosos

cruces que resultan de la imaginación de nuestros

cocineros populares: “polli-perro”, “chuzo-perro”,

“pizza-patacón”, patacones rellenos o la salchipapa

-papas a la francesa con manguera (embutido

similar a una salchicha gruesa en tiras largas)

frita y salsas-, entre muchas otras ocurrencias

gastronómicas populares. Se cuentan por centenas

los asaderos ambulantes de carnes y chuzos, las

ventas callejeras, y los restaurantes de comida

rápida que hacen las delicias de la gente hasta

altas horas de la madrugada a lo largo y ancho

de Barranquilla.

conclusión

En años recientes, Barranquilla se ha visto colmada

por la aparición de múltiples restaurantes

gourmet y la realización de eventos gastronómicos

de todo tipo. La oferta de cocinas extranjeras es

notable; sobresalen la italiana, la china, la libanesa,

la mexicana y la internacional. En general,

la gastronomía ha experimentado un nuevo auge a

nivel mundial, de manifiesto, por ejemplo, en el importante

número de canales de televisión dedicados

a esta maravillosa temática, y en los institutos

de formación gastronómica que se abren cada día,

de los cuales ya hay varios en Barranquilla. Los

chefs estadounidenses, europeos y asiáticos han

llegado a niveles extraordinarios de sofisticación e

innovación: cocina molecular, slow food, cocina de

autor, ecogastronomía, cocina fusión, gastronomía

macrobiótica y deconstrucción son neologismos

que poco tardarán en hacer parte de nuestro vocabulario

gastronómico habitual. Cocineros que

dominan la física y la química de los alimentos se

toman con espectacularidad la escena culinaria

orbital. Para comer en elBulli (anteriormente “El

Bulli”, restaurante de la Costa Brava catalana

que cerrará entre 2012 y 2013 para profundizar

en la investigación culinaria), considerado el más

importante del mundo, ganador de las tres estrellas

Michelin, hay que hacer una reserva con dos

años de anticipación... Es tal la competencia entre

restaurantes y la presión por las calificaciones,

que el afamado chef francés Bernard Loiseau se

suicidó en 2003 cuando su restaurante fue degradado

por la publicación especializada GaultMillau,

una de las biblias de la alta gastronomía con la

Guía Michelin.

La cocina típica de nuestra ciudad, sin embargo,

se niega a evolucionar y a proyectarse.

¿Convendrá o no a la culinaria de Barranquilla

la no evolución de sus platos de acuerdo con las

corrientes culinarias internacionales Algunos, en

efecto, razonarán que es mejor que no evolucionen

para que no se distorsionen o desaparezcan en su

espíritu original, y que son un tesoro que se debe

conservar tan puro como hasta el momento. Otros

argumentarán que en su forma actual jamás se

proyectarán internacionalmente ni serán conocidos

o tenidos en cuenta en la exigente geografía

culinaria. La discusión queda abierta. De lo que

sí no hay duda es que en varios cientos de miles

de hogares barranquilleros nuestros platos siguen

siendo los preferidos por encima de cualquier

cocina extranjera. Si se tiene duda alguna de lo

anterior, pruébese si a las cinco de la mañana,

después de una parranda, alguno de los amables,

y seguramente ya hambrientos lectores que nos

han honrado llegando hasta este punto, prefiere

el más elaborado y sofisticado plato internacional

a un sancocho de gallina o de mondongo cocinado

en fogón de leña.

bibliograFía

Morón, Carlos y Galván, Cristina. La cocina criolla. Recetas de

Córdoba y regiones de la Costa Caribe. Montería: Domus

Libri, 1996.

Dangond Castro, Leonor. Raíces vallenatas. Medellín: Editorial

Colina, 1988.

Román de Zurek, Teresita. Cartagena de Indias en la olla.

Bogotá: Ediciones Gamma, 2006.

Agradecimientos:

Alfredo Camargo Forero,

Miguel Ángel Watts González,

Isnardo Pinilla Chacón.

54


El duende de una cocina

Lácydes Moreno Blanco*

Fotos de Giselle Massard Lozano.

Corresponde la bucólica

cartagenera a la suculenta

constelación gastronómica

del Caribe, otros

dirían los caribes, o las

Antillas; pero en todo caso

es una dilatada cuenca

marina, en cuyo mágico

ámbito, y como en una

colosal y mítica caldera,

se ha fundido el metal de

un nuevo hombre, con

expresiones culturales

cada vez más definidas,

delirantes emociones y un

vital sentido de entender

la vida.

El prodigio de esta olla

caribeña radica en el sincretismo

con que a la larga

se formó, inspirándose

en el discreto legado indígena —maíz, envueltos,

color a base de achiote, ajíes, tubérculos, frutos,

etc.—, la influencia española y luego en el capricho

francés, en las aficiones británicas y en la sabiduría

milenaria de los chinos, hindúes, malayos y

hasta de los judíos errantes. Mas, la gran expresividad,

desde luego, el color fuerte y el amoroso

clamor de esa cocina, su excepcional tonalidad,

en fin, corresponden a la gran orquestación negra.

Es que la gente venida de África, al llegar al Nuevo

Mundo, a pesar de las penas desgarrantes, aportó

el sentido de ciertas sazones, combinaciones cibarias

y formas de cocciones, logrando en todo ese

* Banquero (retirado). Miembro de la Acade mia de la Historia

de Barranquilla; columnista de Diario del Caribe y El

Heraldo, y comentarista en Telecaribe; actualmente es asesor

del Gobernador del Atlantico.

El autor en la olla, composición de MKh y AMM.

proceso junto al fogón, tonos para el contagioso

regusto, vivezas en la presentación de resonancias

sorprendentes.

Para entendernos sobre esta cibaria nuestra,

hagamos un poco de historia.

Al agotarse en La Española la explotación aurífera

y diezmarse el elemento arahuaco y caribe

por el rígido sistema de la Encomienda que les

impusiera un forzoso trabajo al que no estaban

acostumbrados, la economía del oro giró hacia la

explotación agrícola, especialmente del azúcar,

por lo que fue necesario una temprana experimentación

con la mano de obra esclava —temeridad

española que les transmitieron los árabes—, negros

bozales trasplantados al principio de Santo

Tomé, donde había adquirido experiencia en las

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 55-63. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537

55


plantaciones azucareras. Después llegarían los

técnicos canarios y portugueses para laborar en

los ingenios azucareros, y los centenares de negros

que periódicamente traían los genoveses, los

alemanes o los portugueses, a quienes la corona

española concedió licencia sucesiva para dedicarse

con exclusividad a ese feo negocio.

Más tarde, especialmente con la copiosa presencia

negra en los trabajos agrícolas, habría de

acentuarse el sincretismo culinario en el Caribe,

de que he hablado, pues los africanos trajeron

técnicas de conocimiento, nuevos elementos culturales

y hábitos alimenticios, que incidieron en

la expresión definitiva de aquel fogón, que hoy se

conoce bajo el nombre genérico de créole. Y desde

los repliegues del alma por donde pasaban sin

duda las nostalgias del África distante, las manos

negras fueron orquestando la gran sinfonía de los

inéditos sabores, de las viandas con detonantes

colores y lujuriosas sazones.

Pero hay coincidencias que facilitaron sin

duda esa fusión de sabores en el Caribe con la

llegada del negro, pues como lo observó en un

lúcido comentario el español Xavier Domingo, y

éstas son sus palabras textuales: “Muchos indios

americanos tenían además una cocina parecida a

la de las diversas etnias africanas que sufrieron

más del tráfico de esclavos. Para los yorubas, por

ejemplo, el elemento base en los fogones era el

ñame, y lo sigue siendo en sus tierras africanas.

Pan de ñame o tortas y buñuelos de la misma raíz

forman parte del recetario cotidiano yoruba como

lo formaron de las etnias prehispánicas de Cuba,

Santo Domingo y prácticamente

de todo el continente sur”.

Siempre ha agradecido el paladar

africano los condimentos

fuertes, y los que tenían y siguen

teniendo en África no envidian en

nada a los que hallaron en América

cuando su arribada forzosa.

Entre 1518 y 1865 fueron

arrancados a África y transportados

a América unos 15 millones

de negros. Enorme comunidad,

más concentrada en unos

puntos que en otros, pero que

no tardó en adquirir su propia

personalidad, hecha de sus propias

raíces culturales y de un

esfuerzo tremendo por adaptarse

a las nuevas y obligadas tierras

y costumbres. Religiones, música,

poesía, leyendas y cocinas negras, marcaron

profundamente algunas naciones. Haití, por supuesto,

pero también Cuba, todo el Caribe y las

Antillas y Brasil, así como zonas muy importantes

de Colombia y Venezuela.

¿Por qué misteriosos caminos las nuevas hornadas

de esclavos negros supieron, al ser vendidos

en África, que a los que les esperaban en América

les hacían falta algunos productos básicos de los

que su paladar no podía prescindir

El caso es que empezaron a llegar pronto nuevos

forzados que traían con ellos las semillas de

plantas indispensables para sus recetas, como el

gombo, el taro, la malanga o calalú y el aquenio.

Alguna receta, como determinados buñuelos de

bacalao, recibe hoy en diversos países antillanos el

nombre de akkras, que es voz yoruba, por gombo.

Por otro de esos enormes enigmas que presenta

la antropología culinaria, se da el caso de que uno

de los platos más suculentos de la cocina afroamericana,

especialmente elaborado en Jamaica y en

Haití, era también corriente en el África negra de

antes de la esclavitud. Se trata de una olla que

realmente merece la ambiciosa noción de “olla

podrida” y que en Jamaica conocen por pepper pot

y en Haití por poivrière.

Es la olla de nunca acabar, la olla que no cesa.

En efecto, el recipiente está siempre en el fuego y,

a medida que se sacan raciones, se van añadiendo

nuevos elementos, tanto de carnes diversas y

aves, como de raíces y legumbres. Las cocciones

pueden durar semanas, meses, y se habla incluso

Mercado de Soledad, Atl.

56


Mazorcas.

de ollas místicas y seculares. Por supuesto, cuanta

más edad tenga la olla, más calidad se le atribuye.

Los negros adaptaron asimismo a su gusto

platos españoles, como los citados buñuelos de

bacalao o como el rico escovitch (escabeche) de

Jamaica, a base de filetes de pargo o de besugo

y con todos los demás ingredientes de un buen

escabeche, a los que hay que sumar fuertes dosis

de pimienta de Cayena de o Jamaica.

En la Martinica gusta mucho una llamada

“soupe à Congo”, en la que entran una multitud

de variedades de alubias y judías secas, junto con

berenjenas, ñames, coles, aguacate, zanahorias,

ajos, gombos, cebolla, batata y chiles fuertes y

oreja y rabo de cerdo.

El plátano verde y el banano no eran tampoco

frutos ignorados por la culinaria africana, que

contaba con recetas y usos trasladados a Iberoamérica

con su casi total pureza primitiva, tanto

como legumbre de acompañamiento, como en

tortas y otras preparaciones.

Y mientras las despensas se enriquecen con

novedosas vituallas para la sorprendente olla

del Caribe, aquella que con el tiempo obtendría

universal prestigio, la parla enciéndese con voces

de extraño acento, con léxicos peculiares para

determinar especies y las condiciones alimenticias

del Nuevo Mundo. En este caso vayan las siguientes

esquemáticas referencias: biche (del bantú),

cuando una fruta no está completamente madura.

Otros eruditos consideran que deriva del sumasimi

‘witchi’ y del quechua ‘huishi’, aplicándose a lo

que está tierno o en agraz, que no ha llegado a la

sazón, o que no ha terminado su crecimiento, especialmente

cuando se habla de frutas y de granos.

Mientras que el mejicano Francisco J. Santamaría

alude con esta voz, según él derivada del zapoteca

‘bichi’, al nombre vulgar que se aplica en Tabasco

a varias especies de leguminosas del género Inga,

no sin advertir que en Argentina se denominan así

las frutas verdes.

Okra, candia, quimbombó, que también se registra

con esas variantes, es vegetal bien conocido y

esencial para hacer la pecaminosa sopa cartagenera

realzada en su gusto con la mojarra ahumada,

posiblemente desaparecida entre nosotros, mientras,

en el francés antillano gungambó, es utilizada

en otras partes del Caribe en guisos tonificantes,

o el selele, sopón de abigarrado acento, integrado

con cerdo, ñame —también de procedencia africana—

, así como con el frijolito de cabecita negra de

la misma cuna, carne salada, yuca y plátano verde.

Guandú o guandul (del kikingo wándu) que según

el erudito don Nicolás del Castillo Mathieu, a

quien he seguido en estas referencias, en Puerto

Rico se le conoce bajo la voz de guandure o gandules,

pero que en todo caso tiene que ver con

un guisante muy característico; la malanga (del

kikongo), rizoma muy gustoso y muy conocido en

la olla del Caribe; mafufo (para algunos tratadistas

kikongo, mientras que otros la consideran bantú),

comprende el guineo o platanito de cuatro filos,

que a su vez procede de Guinea.

Por ahí sacan las orejas otras voces atinentes

al fogón, como afunchado, cuando por exceso de

líquido el arroz queda demasiado húmedo. Posiblemente

derive de algunas viandas cubanas conocidas

como “comida hecha de maíz seco molido,

sal, agua y pimienta”, en su parecido semejante a

una poleada. Mientras que en Puerto Rico funche

es la misma preparación con la variante de que se

hace con masa blanda, leche y azúcar.

Sigue por ahí bitute, término con que se nombra

la comida en Cartagena y algunas partes de

nuestra Costa. También volaban por los aires

antillanos calalú, con diversas alteraciones léxicas

en otras áreas del Caribe, que antiguamente era

comida de esclavos y de sus descendientes criollos,

compuesta de diversos vegetales picados y

adobados con sal, vinagre y manteca; fufú, antigua

variante afronegroide a base de plátanos, calabaza,

malanga o ñame hervidos y amasados luego;

marifinga, que así llamaban a una alteración del

funche; mofongo, que no es otra cosa que la cabeza

de gato, cuando los cartageneros eran más radicales

en el gusto que les venía de los ancestros,

elaborada con plátano verde asado primero o frito

y seguidamente machucado o majado, enriquecido

su sabor con un tantillo de sal y pequeños trozos

de chicharrón, gustosa vianda que posiblemente

57


acompañaban con un buen vaso de guarapo, voz

también africana, elaborado con el jugo de la caña.

E inclusive con africanismos desde muy temprano

se fueron designando otros productos alimenticios

característicos dentro del fogón antillano,

como lo puntualizó por su parte el investigador

puertorriqueño Manuel Álvarez Nazario. Es así

como guineo, abreviación de plátano guineo o de

Guinea, en las épocas iniciales de la colonización

española del Nuevo Mundo se refiere en forma

general al plátano propiamente dicho como el

banano, aunque luego se establecieron las diferenciaciones.

También encuentran clasificaciones,

según su categoría, frutos como el plátano dominico

o el hartón, voces usuales en Colombia y Puerto

Rico; En otros sitios de esta isla —en palabras de

Nazario— pregonan forrongo, al hablar del guineo

maduro; asimismo perdura la variedad de plátano

conocida con los afronegrismos mofofo y malango.

Y por ahí van otros nombres relacionados con este

vernáculo producto como chamaluco, maricongo.

En el orden de los condimentos originarios de

África, cabe mencionar la malagueta, que en Cartagena

se le aprecia en suculentos guisos, sopas

e inclusive en deliciosos y aromáticos arroces o

pasteles, con el nombre de pimienta de olor. Según

el ya citado profesor Álvarez Nazario “procede este

vegetal de la Costa de Malagueta —de donde viene

a su fruto la denominación original de pimienta de

malagueta—, en la llamada “Costa de los Granos

o de las Especias”, tramo del litoral occidental

africano desde Liberia hasta la actual Ghana. Su

difusión por la América tropical, desde las épocas

tempranas de la colonización europea en los barcos

que hacían la trata negrera, le ganó los nombres

La olla en el anafe.

adicionales de pimienta inglesa, pimienta de Jamaica,

de Tabasco, de Chiapa.

Pero esa manifestación culinaria, que es toda

una apoteosis de los sabores, al pasar a Cartagena

de Indias pierde en densidad, se torna más depurada

en muchas de sus tonalidades, y adquiere

otro talante, si así puede decirse. Con el tiempo el

picante primitivo, la fortaleza de las salsas, el cromatismo

mismo se sosiegan, como si el mestizaje

y el sincretismo de las salsillas de que he hablado

quisieran encontrar otras formas para alegrar al

hombre. En este caldero regional se utilizan, desde

luego, idénticos o parecidos ingredientes del entorno

geográfico, vituallas y carnes, peces y mariscos;

pero posiblemente por el cariz de otras influencias

sociales y una predestinación histórica excepcional,

la cocina cartagenera exhibe una expresión

propia en ese mundillo antillano, y con respecto a

Colombia misma, hasta el extremo de que es sin

duda la de más matices o variedades, opulencia

en posibilidades gustativas y la que muestra una

mayor imaginación creativa.

Esta herencia cibaria, como tantas otras bondades

y calamidades de la tierra, obedece sin

duda a la gravitación de su agitada historia social

también, que es la historia de muchas luchas y

confrontaciones durante el Imperio Español y más

tarde, al formarse la república. Y es así como al

elegir España a la incipiente ciudad como puerto

estratégico en ultramar, allí se fue formando un

ordenamiento social —ya lo he observado en otra

oportunidad— con estamentos definidos que van

desde los encomenderos del siglo XVI, hasta los

grandes mercaderes; luego, las autoridades reales

y eclesiásticas, los núcleos de pequeños funcionarios,

escribanos, médicos, etc.

La abundancia temprana en la

ciudad de colmados con ranchos, especias,

vinos y jamones, etc., unido a

los productos terrígenas en Cartagena

fue decisiva para el sincretismo a que

hemos aludido, pues muchos viajeros

se hacen lenguas ya en el siglo XVIII

sobre lo regalada que era aquella mesa

criolla. No es de extrañar, pues, que

entre los cuadros de la vida colonial

aparezca el de la comida y la cena

con que los santafereños obsequiaron

en 1789 al virrey Gil y Lemos, según

cuenta Vergara y Velasco, las cuales

estuvieron llenas de peripecias, y

como en la capital se vivía con mucha

modestia, se comisionó a don Pedro

58


de Ugarte para que hiciera venir de Cartagena

nueces, pasas, licores y rancho, todo lo cual subió

el río, acondicionado en dos cajones que por flete

pagaron 16 pesos, 4 reales por bodega en Honda.

Para aquilatar la tradición de esta olla cartagenera,

como otras formas de sus circunstancias

sociales, no hay como volver la vista a las impresiones

de algunos cronistas y viajeros. Ésta es sin

duda una fuente invaluable para enterarnos de

cómo se fue operando en el tiempo nuestra evolución

histórica. Desde el siglo XVIII especialmente,

abundaron viajeros o aventureros en nuestro

territorio movidos por las curiosidades artísticas,

la investigación de nuestras riquezas, el posible

intercambio comercial o altas misiones científicas.

Ese cuadro, lleno de colorido y palpitantes encantos,

se refleja en el relato que dejaron don Jorge

Juan y Santacilia y don Antonio de Ulloa y de la

Torre-Guíral, tenientes de navío que vinieron en

misión científica en 1735, y quienes, por lo visto,

tenían ojos bien despiertos, al analizar con sutileza

lo que ellos llamaban castas, expresándose

de ciertas costumbres cartageneras, trabajos y

aficiones locales, así:

La fuerza de los calores no permite que puedan

usar de ropa alguna, y así andan siempre en cueros

cubriendo únicamente con un pequeño paño lo mas

deshonesto de su cuerpo. Lo mismo sucede con las

negras esclavas; de las cuales unas se mantienen

en las estancias casadas con

los negros de ellas, y otras en

la ciudad, ganando jornal, y

para ello venden en las plazas

todo lo comestible, y por

las calles las frutas, y dulces

del país de todas especies, y

diversos guisados, o comidas;

el bollo de maíz, y el cazabe,

que sirven de pan, con que se

mantienen los negros.

Más adelante se detienen

perspicaces en otras

observaciones:

En cuanto a las costumbres

de aquella gente tienen algunas

que difieren sensiblemente

de las de España; y aún de

las que se practican en las

principales partes de Europa:

las más notables son el uso

del aguardiente, cacao, miel,

y demás dulces, y tabaco en

Cucharas y totumas.

humo; a que se agregan otras singularidades, que

seguirán a éstas en su explicación particular.

El aguardiente tiene un uso tan común, que las

personas más arregladas, y contenidas lo beben

a las once del día; porque pretenden que con esta

prevención recupera el estómago alguna fuerza de

la mucha que pierde con la sensible, y continua

transpiración, y que coadyuba a avivar el apetito;

en esta hora se convidan unos a otros, para

hacer las once; pero esta precaución, que no es

mala cuando se practica con moderación, pasa en

muchos a hacerse vicio, y se embelesan tanto en

él, que empezando a hacer las once, desde que se

levantan de la cama, no las concluyen hasta que

se vuelven a dormir.

Y sobre estas costumbres alimenticias de los

viejos cartageneros agregan:

El chocolate, a quien allí conocen solamente por el

nombre de cacao, es tan frecuente, que lo acostumbran

tomar diariamente hasta los negros esclavos,

después que se han desayunado; y para este fin lo

venden por las calles las negras, que lo tienen ya

dispuesto en toda forma, y con solo calentarlo lo van

despachando por jícaras, cuyo valor es un cuartillo

de real de plata; pero no es todo puro cacao, porque

este común es compuesto de maíz la mayor parte,

y una pequeña de aquél: el que usan las personas

de distinción es puro, y trabajado como en España.

Repiten el tomarlo una hora después de haver comido,

costumbre que no ha de dexar de practicarse

en día alguno; pero nunca lo

usan en ayunas, o sin haver

comido algo antes.

En la misma conformidad

es grande el consumo, que hacen

de los dulces, y miel; pues

quantas veces en el discurso

del día se les ofrece beber

agua, ha de se precediendo

el tomar dulce. Suelen preferir

muchas veces la miel a las

conservas, y otros dulces de

almíbar, o secos, porque endulza

más: en aquéllos usan

del pan de trigo, de que solo

para ellos, y el chocolate se

sirven; y éste le toman con

torta de cazabe.

Parece que los amigos

Juan y Ulloa sintieron indudablemente

deleitación con

ciertas carnes de la olla cartagenera,

cuando pregonan:

59


Los animales domésticos comestibles solo

son de dos especies: bacuno, y de cerda;

unos, y otros en cantidad. El bacuno,

aunque no del todo malo, es poco gustoso,

porque el continuo calor de aquel clima

le impide el hacer de muchas carnes,

y que sean éstas sustanciosas: pero el

ganado de cerda por el contrario es de

tal delicadeza, y buen gusto, que no solo

se tiene por el más sabroso de todas las

Indias; pero en ninguna parte de Europa,

se cree, que lo haya de igual sabor; y por

esta razón Europeos, y Criollos le dan

la preferencia a cualquier otro, y es el

manjar ordinario de aquellos moradores.

Además de las buenas calidades, con

que lisongea al gusto, lo consideran allí

muy saludable; tanto que lo han hecho

el alimento común, y más seguro de los

enfermos con antelación aun a el de aves.

Las especies de estas son gallinas, palomas,

perdices, y patos en abundancia,

todas y de sabroso gusto.

Y entran también en la exaltación de

ciertos manjares del condumio nativo:

De la abundancia, que goza aquel país en

todo género de carnes, frutas y pescados

podrá inferirse lo abastecidas, y regaladas,

que serán allí las mesas; las cuales

son servidas en las casas de distinción,

y comodidad, con gran decencia, y ostentación,

y con explendidez. La mayor parte

de los manjares aderezados a la moda del

país, y no sin alguna diferencia a lo que se acostumbra

en España; pero disponen algunos platos con

tan delicada sazón, que son no menos agradables al

paladar de los forasteros, que pueden ser gustosos

al de los que ya están connaturalizados en su uso.

El Agi-aco es uno de los más introducidos, y es rara

la mesa donde falta, al cual bastaría la abundancia

de especies, que lo componen, para hacerlo gustoso:

porque en él entra puerco frito, aves, plátanos,

pasta de maíz, y otras varias cosas sobresaliendo

en él el picante de pimiento, ó ají, (como allí llaman)

para que incite más el apetito.

Sobre el horario de servir las comidas cartageneras

puntualizan en otros apartes:

Regularmente hacen allí dos comidas al día, y otra

ligera: la primera por la mañana, que se compone

de algún plato frito, pasteles en hoja hechos con

masa de maíz, u otras cosas equivalentes, a que

se sigue el chocolate: la de medio día es más cumplida;

y la de la noche suele reducirse a dulce, y

Frutas y verduras soledeñas.

chocolate; aunque muchas familias hacen cena formal,

corno se acostumbra en Europa. Suelen decir

vulgarmente, que las cenas son allí dañosas; pero

nosotros no experimentamos mas novedad, que en

Europa, y acaso el daño estará en el exceso de las

otras comidas.

Años más tarde estuvo por nuestra tierra (1825-

1826) el marino sueco Carl August Gosselman

—ya en plena República y cuando Cartagena se

mostraba decaída después de su apogeo colonial y

sus sangrientos sacrificios por la independencia—,

y escribió estas impresiones:

A las seis de la mañana ya se encuentran levantados,

generalmente se bañan, toman su chocolate y

prosiguen la limpieza personal. Toman el desayuno

entre las ocho y nueve, consistente en huevos, carne

picada, plátanos fritos, chicharrones, queso y

chocolate, en seguida beben una taza de agua fría.

Entonces ya están dispuestos y preparados para

60


asumir sus labores del día.

Montan a caballo y se dirigen

a la ciudad a atender los negocios

en las oficinas públicas,

en las que no están presentes

más que para hacer tiempo y

poder retornar a sus atractivas

hamacas. La cena comienza

con la sopa, reciamente condimentada,

en espera del plato

fuerte, aquel que se come en

todos los lugares donde hay

un español: la paella. Este

sufre variaciones según las

distintas carnes y vegetales

de cada país, pero es un plato

digno de ser reseñado por un

escritor o de ingresar a los mejores

libros del arte culinario.

Este plato se identifica por

algunos artículos cardinales.

La carne de buey y los plátanos se hierven juntos

y se les agrega carne de cerdo, de cordero, tocino,

yuca y arroz; todo se mezcla con pimienta, cebolla y

otros condimentos, que se hierven al mismo tiempo,

o para usar término técnico, en su misma salsa.

Después se agregan pollos fritos y palomas, tan

secos como de mal sabor, y finalmente manteca frita

con pimentón, en lo que nada todo el plato.

Trasunto, trasunto de la olla podrida; y como

podemos observar, tal vez por el calor de Cartagena,

el viajero Gosselman sufrió una lamentable

confusión al tratar de explicar la paella. Y prosigue

en su relato:

En algunos hogares sirven como postres frutas,

ya sean melones, mangos, que se saborean al lado

de vinos y quesos, y luego todo acaba con un café.

Pero la tradición en la mayoría de las mesas es

servir de postre dulces, hechos de miel y panela,

servidos con queso y una taza de chocolate, además

de un jarro de agua fría. Antes que todo haya

terminado ya están en los ceniceros colocados sobre

la mesa los cigarros encendidos.

En las casas más criollas toman chocolate, su

bebida favorita, lo que hacen cinco o seis veces al

día, siempre con grandes dosis de agua helada.

La costumbre de nuestros antepasados cartageneros

de tomar tan pródigamente el chocolate,

como aparece en las impresiones de estos viajeros,

debió obedecer sin duda a una acentuada manía

española y no por la total influencia azteca, pues

durante gran trecho del Siglo de Oro, allá en la

Península, adonde fue llevado hacia 1520, se ingería

en todos los hogares, con bizcochos, turrones,

Pescadería en el caño de Soledad.

mazapanes y hasta con aguas aromatizadas. Y a

tales excesos llegó su uso que en el año de 1644,

los alcaldes de casa y corte sentenciaron dispusieron

que: “Nadie, ni tiendas ni en su domicilio,

ni en parte alguna podía vender chocolate como

bebida”. Otro ítem: Fray Diego de Landa, en su

Relación de las cosas de Yucatán, menciona una

receta, todavía usual en Cartagena, de origen azteca,

cuando comenta “que hacen del maíz y cacao

molido una a manera de espuma muy sabrosa con

que celebran sus fiestas”.

Pero, volviendo a Gosselman, la rueca hila

más impresiones, como cuando acercándose al

alma popular registra que para la gente ordinaria

su comida es “un sancocho con casabe por pan,

o bollo o arepa y su postre de miel migada con

queso”. Pobres y ricos, todos allí por la mañana,

hasta los negros toman cacao con pan quien lo

tiene, y si no un plátano, tras del cacao almuerzan

huevos fritos y mucho ají; y quien puede comprar

tamales, añade luego.

Platos solariegos de Cartagena son —¿o lo

eran— en su genuina expresión el arroz de coco

con pasas, la sopa de mondongo, el sábalo con

leche de coco, el sancocho de gallina o el sancocho

de sábalo —la bouillabaisse del Caribe—; el ajiaco

con cerdo y carne salada, los pasteles navideños

de arroz, delirantes de achiote y ricos en presas y

vegetales: el arroz de coco con frijolitos de cabecita

negra, o de coco con cangrejos azulosos, que

proclaman la bondad de una cocina depurada por

el tiempo y los gustos populares. La posta negra,

morosamente cocinada en parte de su adobo, con

61


odajas de cebolla y tomate, luego de sellársele

hasta que queda una costra negra, de donde toma

su nombre.

En esa mesa criolla se servía también un discreto

cocido cartagenero, preparado en forma

menuda y muy sustancial con carnes frescas y

vituallas comarcanas, muy en armonía, por lo demás,

con el clima de la ciudad; la sopa de candia

con mojarras ahumadas, para las horas del medio

día, o el celele con cangrejos, hermana por sus

ingredientes de la citada sopa de candia con mojarras;

pero reemplazadas éstas con los azulosos

cangrejos, confiados paseantes por las luminosas

playas de la Boquilla, cuando el torvo turismo no

había degradado la fauna circundante. O la sopa

de zaragozas blancas con ñame, así como la tonificante

de tortuga. También era consolación del

buen apetito cartagenero a la hora del almuerzo

el higadete, preparado como lo indica su mismo

apelativo con trocitos de hígado picado, plátanos

maduros y verdes, aderezos con el guiso del terruño

y, así mismo, se ofrecían como testimonio

de innegables riquezas culinarias unas excelentes

huevas de sábalo fritas, ruedas de lebranche en

escabeche, y bien sazonado bistec de tortuga.

Dulces también. Y más dulces. En otras edades,

las negras de ternísimo corazón llevaban las tartas

con tapas de anjeo en la cabeza pregonando por las

calles del Corralito las melcochas, alfajores blancos,

cocadas de coco, cocadas de maní, cocadas de

ajonjolí, canelequeque, cubanitos, republicanos,

yemitas de coco, doncellas polvorosas, aviones

o aeroplanos, panochas, suspiros,

damas de honor, etc. En las casas

solariegas, había conservas de guayaba,

las conservas de mamey, las bolas

de tamarindo, la bolloría, los huevos

obispales o chimbos, el dulce de coco

punteado con las pasas, el dulce de

plátano con piña, la jalea de coco o el

de plátano guisado, perfumado con

los clavillos de olor y servido muchas

veces en las tortas de casabe, cuando

no con una porción de queso costeño.

Rezago de ese mundo de golosinas,

aún es posible apreciarlo en las arcadas de piedras

coloniales del Portal de los Dulces, estación

y tránsito de los borrachitos, riñón de la ciudad,

roto avispero, que diría el Tuerto López, en cuyas

ventas se hallan estos prodigios de delicadezas en

azúcares, junto con la venta de revistas pornográficas,

discos viejos, lentes ahumados y mil baratijas.

Si el arte de la cocina y sus entrañables manifestaciones

reflejan maravillosamente la cambiante

sensibilidad colectiva a través del tiempo, así como

la historia sustantiva del hombre, la bucólica

cartagenera es un testimonio vivo de esa evidencia

conceptual. Su olla tuvo el marcado acento

peninsular, en este caso el de algunas regiones

de España: mas con la decadencia de la ciudad a

raíz de la independencia y la llegada inmediata de

algunos franceses, italianos e ingleses, ella tuvo

variantes en muchos de sus tonos y se enriqueció

con nuevos platos. Es así, valga el ejemplo, como

el mondongo, que en los días coloniales debió de

ser un plato algo pesadote, luego se conoció como

una sopa hasta cierto punto delicada con la coquetería

—¿influencia francesa— de las alcaparras,

el espesor final que le concede las yemas de huevo

sin que falte el toque de unas gotas de vinagre, los

croutones y las rodajas de huevo duro al servirla.

Hecha como mandan los cánones es uno de los

platos que puede presentar Cartagena al goce

universal. Igual prodigio de sutileza gastronómica

aparece en el arroz de coco con pasas, alquimia del

gusto en el que se esposan felizmente el titoté, hijo

venturoso del aceite de coco, con unas pulgaradas

de azúcar y las pasas, iluminados finalmente los

granos con mantequilla, nada de aceite de oliva

como lo haría un peninsular o gente mediterránea.

El mismo enyucado es un logro prodigioso de la

imaginación golosa del terruño, pues si en esa

vianda América aporta la yuca, manos sensibles

contribuyeron con la mantequilla, el anís en grano

y el queso criollo, lográndose así una torta deliciosa,

predestinada a elevar el sentido

del gusto en la mesa con los platos de

sal, pues no es un postre.

Es que otra característica de esta

manducaria del Corralito de Piedra

radica en el hábito de acompañar sus

viandas de sal con aditamentos de

dulce, debido tal vez a una herencia

de la cocina arábigo-andaluza de los

españoles. Aparecen así mismo en

su recetario las arepitas de dulce, la

cariseca, el enyucado, ya alabado, las

hojaldres de finísima textura, el pastel

de ñame, los plátanos guisados, los plátanos

maduros en tajadas o en tortillas, e inclusive el

dulce de algunas viandas, tal la lengua mechada,

enriquecida con panela, vinillo y clavos de olor.

Inclusive las riquísimas morcillas llevan el toque

de dulce.

62


Tardíamente esta rica

cantera del comer cartagenero

se vería ensanchada

con la presencia de sirioslibaneses,

quienes comenzaron

a llegar a la ciudad a

partir del último lustro del

siglo XIX y cuyos miembros,

por su sentido del trabajo

en el comercio, del sacrificio

y bondades, muchas veces,

a la larga se integraron a la

sociedad criolla. De las manos

de sus mujeres habrían

de salir el tabbule, en el que

se combinan el trigo, la cebolla,

hierbabuena y otras

especias; el fatte, sápida

ligazón de garbanzos con

tahine y levantado en sazón

con gotas de limón; arroces

con lentejas o almendras; berenjenas con tahine y,

más popular, como si quisiera hacerle competencia

en la deleitación nativa de la empanada con huevo,

los quibbes. En toda esta corriente de originales

sabores, no habían de faltar los delicados dulces

como la baklawa, con sus sutiles capas de masa

rellenas de nueces, aderezadas con miel y agua de

azahares. O la atallef, coquetas empanaditas ennoblecidas

con jarabe de azúcar, en fin, golosinas

salidas por su sutileza de Las mil y una noches.

Pero, paradójicamente, estos dulces, y en una ciudad

como Cartagena, tan amante de las golosinas,

como lo hemos visto, allí no se han popularizado

tanto como algunos de los platos de sal.

En este registro de sabores, tentaciones cocineriles

y antojos, frutos de sartén y caldillos o

sopones estimulantes de Cartagena, no sería justo

olvidar la presencia de los chinitos, gente que llegó

hace algunos lustros con sus misterios en el alma,

su sentido de la discreción y la cortesía, abriendo

comedores con alegría y buena voluntad. Ellos,

como entra en su filosofía oriental de las adaptaciones,

y dado que hay muchas cocinas chinas,

con el correr de los días, familiarizaron el gusto de

los cartageneros con los chow mines, arroces fritos,

pastelitos de carne, wan tun de cerdo y pollo; cerdos

agridulces, carnecillas encebolladas con salsa

de ostras, el chop swey y las gallinas salsudas.

Sancochos de guandú, mondongo y pescado,

en el barrio Montecristo de Barranquilla.

Tras este risueño viaje, a trechos con saudades

por el mundo de algunas de nuestras herencias coquinarias,

hemos de llegar a una triste conclusión:

La cocina nativa, tan esencial como referencia del

propio genio social, tiende a desaparecer o va degenerándose

por los cambios de los gustos colectivos,

la influencia de exóticas manifestaciones o por las

circunstancias mismas de una civilización que ha

hecho del afán cotidiano toda una absurda filosofía

del vivir, de manera que debemos comer afanosamente,

a veces con angustia, en un ambiente

cada vez más mecanizado hasta la desesperación.

Somos conscientes, desde luego, de que toda

evolución implica cambios de conducta; pero, en

lo que se refiere a las comidas propias, éstas son

referencias sociales que deben preservarse en lo

esencial, pues tienen que ver con la entidad y una

cultura particular.

Pero no hay que desesperar. Más allá de la

globalización, más allá de los afanes industriales,

más allá de las novísimas inventivas culinarias,

están los recuerdos y los gustos ancestrales que

hacen silenciosamente perdurable esa mesa criolla,

mesa que, aunque discreta en alguno de sus

aspectos, tiene su particular gusto y trascendencia

social. Volver a ella, persistir en su permanencia,

aunque requiera de vez en cuando de nuevas

expresividades, es tanto como sentir una honda

identificación, que ocupamos un sitio particular

y noble sobre la tierra.

Y una coda para concluir con apetito. Sin chauvinismos

parroquiales, podemos proclamar entonces

que la cocina de Cartagena de Indias, variada,

delicada en muchos de sus matices y sápida; hecha

de enamoramientos, es sin duda una de las más

alegres y originales del Caribe, predestinada para

el júbilo del hombre en la mesa.

63


Hipótesis sobre el contacto cultural entre

miembros de la comunidad Wayúu y el niño

Gabriel García Márquez en Aracataca

Juan Moreno Blanco*

Un fenómeno común a las naciones

e identidades latinoamericanas

es el hecho de que sus respectivas

historias son un desencuentro

de las partes claras de la

memoria, muchas veces oficial y

refrendada por la escritura, y las

partes oscuras en que lo subvalorado

y lo subalterno no logran

perfiles que les permita superar

el olvido. Como si la historia

fuera una moneda de dos caras,

la cara visible no deja ver la cara

por el momento invisible y en estos

países variopintas parcelas de

tiempo se hallan ahí, a la espera

de miradas no monotópicas que

las rescaten y las integren a los

diálogos en que las naciones se

buscan y retoman forma.

En la cara callada de la historia, indefinida y

habitualmente designada como «el otro», las sociedades

amerindias han sido esquivadas por la

memoria oficial como si ellas no participaran en

el tiempo; como si ellas no hicieran parte de las

circunstancias y coyunturas históricas afluentes

de la “historia nacional”. Para el caso de Colombia

y Venezuela, eso parece ser lo ocurrido con los

wayúu, sociedad amerindia del tronco lingüístico

arawak, a quienes se les creía históricamente circunscritos

a su territorio ancestral, la península de

la Guajira, y separados por una frontera natural y

cultural de los aconteceres de las dos sociedades

* Profesor Titular de la Escuela de Estudios Literarios de la

Universidad del Valle. Docteur en Etudes Ibériques et Latino-

Américaines de la Université Michel de Montaigne - Bordeaux 3.

E-mail: jmorenofr@yahoo.fr

GGM.

globales. Solo gracias a estudios

de antropólogos y etnólogos se ha

empezado a des-cubrir la importante

migración de miembros de

la sociedad wayúu que los llevó

en condición de esclavos a relacionarse,

fuera de su territorio

ancestral, con la sociedad global

venezolana en la región de Zulia

a principios del siglo XX, produciendo

un indudable impacto

cultural:

En muchas haciendas el idioma

wayúu desplazó al español

como lengua predominante. Por

medio del trabajo esclavo, el uso

del idioma y muchas prácticas

culturales wayúu desbordaron

el territorio ancestral. Hubo más

de dos generaciones de wayúu que se criaron en

las haciendas de Zulia pero que seguían hablando

su idioma y mantenían su identidad wayúu [...] es

indispensable comprender estas migraciones para

comprender la sociedad wayúu actual y la magnitud

de la difusión de la lengua y cultura wayúu por

fuera del territorio ancestral [...]. A comienzos de

siglo, a pesar de que la mayoría de los primeros trabajadores

migrantes tenían la intención de regresar

a sus tierras al término de su contrato de trabajo,

muchos no lo hicieron. Entre los dependientes más

desdichados, los esclavos de guerra y por deudas

[atepchias], había muchos que tenían poco o nada

porque regresar a la penísula (Rivera, 1990-1991:

105-106-107).

Aunque esto sea hoy día una certeza histórica,

aún no se ha estudiado la trascendencia de este

contacto, que sin duda afectó las referencias de

64

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 64-74. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537


identidad tanto de los wayúu como de los

miembros de la sociedad global. Empero,

el azar que nos depara la tranversalidad

de los estudios en ciencias humanas ha

venido a aportar nueva visibilidad a las

migraciones wayúu y sus contactos con

la sociedad global, esta vez colombiana.

La última década de estudios sobre la

obra del escritor colombiano Gabriel

García Márquez ha abonado un camino

de indicios que nos informa sobre otra

corriente migratoria seguida en esa época

por los wayúu y que tenía como destinación

la zona bananera de la región, por

entonces llamada Magdalena Grande, al

oeste de la península de la Guajira, cuna

del fabulador colombiano. Él mismo así

lo afirma:

…la casa de Aracataca estaba llena de

guajiros —de indios guajiros, no de habitantes

del departamento de la Guajira.

Eran gente distinta, que aportaba un pensamiento

y una cultura a esa casa que era de españoles, y

que los mayores no apreciaban ni creían. Pero yo

vivía más a nivel de los indios, y ellos me contaban

historias y me metían supersticiones, ideas que yo

notaba que no tenía la abuela… (G.G.M. 1994: 36)

En efecto, en la casa donde se crió en Aracataca

el autor de Cien años de soledad vivían también

personas de la sociedad amerindia wayúu, y en

1996 declaraciones de su hermana Ligia García

Márquez a Silvia Galvis lo confirmaron 1 . Más tarde,

en 1997, Dasso Saldívar, el biógrafo del premio

nobel de literatura, volvió sobre esto mismo aportando

mayor precisión:

La llegada de los Márquez Iguarán a la zona

bananera no fue producto del azar sino de una

elección. El coronel tuvo, por lo menos, tres buenas

razones para afincarse finalmente en Aracataca:

desde los días finales de la guerra conocía la paz

y la fertilidad de sus tierras, tenía allí amigos y

excompañeros de armas, como el general José Rosario

Durán, y Aracataca era entonces uno de los

centros álgidos de la explotación bananera. Así que,

a finales de agosto de 1910, arrivó con su familia,

su servidumbre, y los numerosos baúles en el tren

amarillo que el nieto haría célebre en sus novelas [...]

La servidumbre estaba compuesta por tres indios

que él había comprado por trescientos pesos en la

Guajira… (Saldívar, 1997: 49) 2

En Vivir para contarla, primer volumen de su

autobiografía en forma de memoria, Gabriel García

Márquez vuelve sobre el tema y nos dice además

Estación del tren, Aracataca, 2008.

que reconocía las palabras en wayunaiki (lengua

guajira) que utilizaban en su lengua doméstica sus

abuelos porque tenía “tratos directos con la servidumbre

[wayúu]”:

Sus amistades más próximas [las de los abuelos]

eran antes que nada las que llegaban de la

Provincia [la provincia de Padilla, la Guajira]. La

lengua doméstica era la que sus abuelos habían

traído de España a través de Venezuela en el siglo

anterior, revitalizada con localismos caribes, africanismos

de esclavos y retazos de la lengua guajira,

que iban filtrándose gota a gota en la nuestra. La

abuela se servía de ella para despistarme sin saber

que yo la entendía mejor por mis tratos directos con

la servidumbre. Aún recuerdo muchos: atunkeshi,

tengo sueño; jamusaiyshi taya,1 tengo hambre;

upuwots, la mujer en cinta; arijuna, el forastero,

que mi abuela usaba en cierto modo para referirse

al español, al hombre blanco y en fin de cuentas al

enemigo (G.G.M., 2002: 81-82).

Es seguro, un continente de cultura verbal

oral amerindia estuvo en contacto prolongado

con la figura central de la cultura verbal escrita

de la Colombia de los siglos XX y XXI. La presencia

de estos amerindios en Aracataca señala

para la historia cultural colombiana la existencia

de contactos interculturales en la formación del

autor más leído por la sociedad global y de la que

hasta ahora la crítica no tenía conciencia. Esta

posible influencia de la herencia amerindia en

el imaginario de la cultura verbal escrita suscita

diversos interrogantes. Por el momento, solo nos

plantearemos uno: ¿cómo y por qué llegaron los

65


wayúu a esa condición de esclavos de la familia

Márquez Iguarán, abuelos del escritor, en un sitio

relativamente lejano de la Guajira

Difícilmente encontraremos una fuente directa

que dé satisfacción a esta pregunta. Tratándose del

devenir de un pueblo amerindio, y de un capítulo

particular de ese devenir, los saberes de la historia

de los países que hoy corresponden al territorio que

él ha habitado desde siglos no dan cuenta de su

existencia “dentro” de la historia. En ausencia de

fuentes directas de lo que ha sido el

devenir histórico wayúu, nos vemos

obligados a construir un marco de

condiciones de posibilidad para

esbozar una respuesta conjetural

a nuestro interrogante. Entre las

tangenciales fuentes históricas de

la sociedad global y los estudios etnográficos

que iluminan uno u otro

capítulo de la historia wayúu buscaremos

a tientas a esos “indios”

que le “metían supersticiones” al

niño Gabriel García Márquez en

la Aracataca de la tercera y cuarta

décadas del siglo XX.

No pocos son los pueblos amerindios

que al margen de los procesos de conquista

han mantenido sus rasgos propios y han llegado

al siglo XX con una vitalidad narrativa y verbal

fuertemente arraigada en la tradición préhispánica.

Son sociedades o comunidades que al mismo

tiempo, las más de las veces, han sido ignoradas

por las historiografías y se hallan en una suerte

de periferia de “las historias nacionales” donde el

equívoco, el etnocentrismo y el olvido las dibuja a

grandes pincelazos ⎯y solo a condición de avecinar

el devenir histórico tenido como “nacional”⎯.

Es gracias a los trabajos de la antropología y la

etnografía que tenemos algunos conocimientos de

esas sociedades que han sido inscritas en la vida

nacional a título de “minorías”. Empero, no por

ello se puede decir que hayan entrado al tiempo

de la historia.

El tiempo de estas “historias nacionales” ha

sido con frecuencia pensado como unitario y central,

y nuestra pretensión de estudiar el tiempo

social de un pueblo amerindio pone en cuestión

el presupuesto de un tiempo social único. Para

fortuna de las prácticas investigativas sensibles

a la pluriculturalidad de las naciones latinoamericanas

ha sucedido en nuestros días un replanteamiento

de los criterios con que se piensan y

jerarquizan los tiempos de la sociedad global y

GGM.

de las subvaloradas sociedades Otras. “La línea

imaginaria que juntaba, a través del tiempo y del

espacio, dos figuras universales, el hombre-niño

y el hombre-adulto, la sociedad primitiva y la

sociedad civilizada, se ha quebrado dentro de lo

inasible y dentro de lo singular: el Estado-nación

dejó de ser la imagen de una promoción colectiva

de la humanidad para convertirse en el lugar por

excelencia del antagonismo y la diferencia. Por otro

lado, la historia ya no se halla solamente bajo la

tensión de un marco de referencia

que sitúa las etapas del desarrollo

humano, sino que está desgarrada

entre relaciones de fuerza en

perpetuo cambio y entre justificaciones

antagonistas” (Furet/Le

Goff, 1973: 228). Para considerar

la forma como el tiempo histórico

de miembros de la sociedad wayúu

entra a participar en la historia de

Aracataca y en la biografía de la

más importante figura de la literatura

y la cultura colombianas de los

siglos XX y XXI, debemos por fuerza

quebrar el tiempo de la historia de

la nación colombiana tal y como

ha sido pensado hasta hace poco y

abandonar el tiempo ideológico pensado desde los

moldes de la sociedad vertical donde “El tiempo del

saber histórico es reconstruido según los criterios

de las sociedades y de los grupos presentes, lo

que los lleva a reescribir si cesar su historia, y, al

hacerlo, a volver el tiempo histórico a la vez más

vivo y más ideológico. Esta doble ambiguedad del

tiempo histórico conlleva a las historias a ‘predecir

el pasado’ y a proyectar esta predicción en el

porvenir” (Gurvitch, 1969: 3 57).

Además de la predecible relación de García

Márquez con hechos como la guerra de los Mil días

y la huelga de las bananeras, propios del tiempo

histórico de la sociedad global colombiana, su vida

y las representaciones colectivas que la rodearon

en su infancia se relacionan también con un tiempo

histórico Otro. Para imaginar la Aracataca de

García Márquez hemos de reconsiderar la historia

no bajo el marco del tradicional tiempo vertebrador

y exclusivo de la historia nacional, sino más bien

como devenir sujeto a diversos ritmos de tiempo

que se entrechocan, convergen, se contradicen o

coinciden desde su relativa individualidad para

darnos el espectro de una coyuntura histórica

animada de pluralidad. En oposición a la idea de

un tiempo monofónico y estrecho, donde los ritmos

diversos de la construcción cultural se pier-

66


den a la sombra de la centralizadora producción

material, preferimos “la idea de la independencia

de los tiempos de la historia ‘sinfónica’ en donde

esos diferentes ritmos al fin descifrados se entrelazarían

en un todo coherente o, al contrario, se

chocarían en su divergencia: y, quizá, bien podría

ser esto la ‘coyuntura’, reformulada en términos

que desbordan evidentemente el estrecho dominio

económico” (Vovelle, 1988: 93). Esto nos exige vislumbrar

la manera como el tiempo social wayúu

entra en la dinámica de la historia de la sociedad

global cataquera integrándola con su ritmo y duración

propios y, ¿por qué no, influyéndola. No por

tratarse de “minorías”, los tiempos de estas sociedades

dejan de repercutir en el tiempo global; pese

a que ignoremos muchas de sus características,

el tiempo social singular sin duda tendrá algún

impacto en el marco amplio que lo comprende;

“... si esos tiempos sociales poseen contornos menos

precisos que los de los grupos de clases y de

sociedades globales, si no admiten jerarquización

y si pueden ser influidos por los tiempos de las

unidades colectivas que ellos integran, ellos vienen

a su turno a complicar y a alterar el tiempo social

de esas unidades colectivas” (Gurvith, 1969: 360).

Para comprender

mejor la presencia de

un grupo de wayúu en

Aracataca hemos de enmarcarla

dentro del tiempo

propio de la historia

de esa sociedad, en particular,

el tiempo de la

migración que, debido a

la sequía y el esclavismo,

alejó a muchos wayúu

de su territorio ancestral

en el siglo XIX y en las

primeras décadas del

siglo XX.

En el extremo norte de la América del Sur, la

península de la Guajira tiene como característica

climática sobresaliente el ser una subregión batida

por los vientos alisios del noreste que al no

encontrar obstáculos en la llanura semidesértica

arrastran consigo la poca humedad de la tierra y

reducen al máximo las condiciones de lluvia. Se

dice que “...debido a la posición astronómica la

Guajira forma parte de la zona por donde pasa el

ecuador térmico o sea el isoterma —temperatura

media anual— de mayor temperatura del planeta”

(Chaves, 1953:136). La sequía de los largos meses

en que no llueve convierte a la subregión en un

hábitat en grado extremo hostil. Nacido en 1933, el

narrador wayúu Miguel Angel Jusayú nos cuenta

en su autobiografía lo que era el periodo de sequía

en la Guajira de su infancia:

Cuando no llovía, la miseria se ponía terrible, vivíamos

hambrientos. Papá se iba a Perijá o a Colón

para trabajarles como peón a los ali’junas ganaderos;

y mamá se iba tras él para solicitarle algún

recurso monetario. Durante la ausencia de ellos,

nosotros estábamos a cargo de la tía Gertrudis, y

sufríamos mucha hambre [...]. Sabíamos muy bien

que los Padres Capuchinos eran generosos. Algunos

viejos menesterosos acudían frecuentemente

a ellos, y les daban algo de comer [...]. Llegamos

calladitos al Internado; no le dijimos a nadie lo que

queríamos. Nos presentamos al internado como

unos perros que miran sin parpadear al que está

comiendo, a ver si le tiran algún huesito... (Jusayú,

1993: 45)

El antropólogo Milciades Chaves abunda en el

mismo sentido en su descripción de 1953, de un

patetismo no gratuito, de la larga sequía guajira:

En este ambiente geográfico [...] se encuentra el

indio guajiro luchando por la subsistencia; generación

tras generación

se ha visto frente al

problema de vivir en

este medio y ha logrado

una adaptación

asombrosa; lleva una

vida austera y frugal y

permanece arraigado

con sus animales a

sus pastos y a sus arenales;

pacientemente

espera que caiga la

lluvia para que haya

hierba y agua para

sus animales y cuando

el verano se prolonga,

aún permanece junto a los últimos animales que

han resistido a la sequía y muchas veces él también

muere de sed y hambre junto a ellos. Cuando

la esperanza del invierno se dilata, lleva consigo lo

último que le queda y emigra hacia otras regiones

donde la vida es más halagüeña y menos pesada

(Chaves, 1951: 154).

Los personajes guajiros de la novela de Rómulo

Gallegos Sobre la misma tierra (publicada

por primera vez en 1943), también describen esta

situación de penuria debido a la escasez de lluvia

y que empuja a los wayúu a la migración:

Telegrafía de Aracataca.

67


…la melancólica contemplación [...] de las caravanas

de familias indígenas que diariamente atravesaban

la árida llanura durante los recios veranos,

rumbo a Maracaibo por Sinamaica, para dedicarse

allí a la mendicidad, en todo caso prometedora de

mejor sustento que el de la pulpa del carbón, engaño

del hambre, o la inmunda lagartija apresada entre

los ñaragatales retostados (Gallegos, 1970: 26).

Tal es el rigor de la penuria material que incluso

los propios hijos pueden ser vendidos a familias

o clanes pudientes que tienen condiciones para

alimentarlos (Chaves, 1953: 168). En este trueque,

los wayúu quedan convertidos en esclavos. Miguel

Angel Jusayú cuenta que, en gesto que parece

acomodarse a las costumbres, su padre tuvo la

intención de trocarlo por aguardiente:

Papá tenía muchas ganas de beber aguardiente,

pero no disponía del dinero para comprarlo. Entonces

él habló con la mujer de Chuca, de nombre

Elena, quien vendía el aguardiente. Le propuso

trocarme por una garrafa grande de aguardiente. La

mujer estaba ya muy brava y le hablaba en alta voz.

“Si tú quieres yo te doy la garrafa de ron a cambio de

ese pedazo de muchacho tuyo; y lo tendría aquí por

esclavo y tendrías que irte de aquí

ahora mismo” le dijo. Eso me causó

mucha perturbación; yo estaba muy

procupado, triste y pensativo. De

todas maneras yo estaba dispuesto

a ser trocado por aguardiente. Aceptaría

de mala gana la idea de ser

esclavo; pero que más tarde intentaría

escapar de la laguna del Pájaro.

Ahora bien, papá desistió de eso, y

nos marchamos a Kóusharraichon

(Jusayú, 1993:38).

A la penuria que empuja a los

wayúu fuera de su territorio en

busca de subsistencia, se suma la

institución wayúu de la esclavitud

que, en determinadas coyunturas

de los conflictos interclaniles, hacía perder la libertad

a los perdedores de una guerra:

Con los resultados de una guerra entre los clanes

está estrechamente vinculada la esclavitud. En

efecto, todos los miembros del grupo vencido que

no fueron muertos en la guerra o que no pudieron

escapar oportunamente, caen en manos de los

vencedores o son considerados desde ese momento

como esclavos, sin limitaciones de edad, de sexo

o de status.

Como es natural, los esclavos serán siempre

de un clan económicamente más débil del de los

68

GGM.

vencedores, pues las guerras solo puede hacerlas

el clan más fuerte contra el clan más débil que no

puede aceptar las condiciones de pago. Que si el

clan del ofensor es muy inferior al de la persona

ofendida, entonces ni siquiera se plantean las bases

del arreglo sino que se procede directamente contra

él, se lo extermina y se esclaviza a sus miembros.

Es muy importante hacer notar que en la Guajira

no se hacen guerras intencionales con el fin de adquirir

esclavos. La esclavitud en la Guajira es consecuencia

de la violación del regimen de seguridad

social, y no un fin en sí misma (Pineda, 1963: 78).

También en la “novela histórica” de Antonio

Joaquín López Los dolores de una raza aparece

una descripción de la manera como los conflictos

internos entre los wayúu proveían a los tratantes

de Castilletes:

Jouner —dijo— haga que le den honrosa sepultura

a esos cadáveres y que arreen los rebaños y los

prisioneros —que en esos sí nos da derecho la

guerra [...]. Luego dirigiéndose a Rubén y Jouner

[Talhlau] les dijo: “Hagan mancomunar bien a esos

prisioneros, poniendo hombres con hombres, mujeres

con mujeres y niños con niños para que juntos

con el ganado los arreen”. Formaron

una mancorna de cuarenta mujeres,

una de niños de diez a doce años,

otra de infantes de nueve años para

abajo —varones y hembras— y

la cuarta la constituían los quince

hombres que se rindieron en el combate

(López, 1958: 37,39).

Los hacendados de las regiones

de Perijá, Encontrados, Santa Bárbara

y la Costa se vieron precisados

a buscar en la Guajira los brazos

que debían reconstruir sus arruinadas

posesiones. Pusieron sus bolsas

en las manos de comisionistas

que llegaron al puerto fronterizo de

Castilletes con la propaganda del

pingüe negocio de compra de indios. ¡Mil bolívares

por un indio! Corrió la fantástica noticia con la celeridad

del rayo por los cuatro vientos de la sabana

[...] Un indio de esta familia Ulhlewana asesinó a

uno de mis sobrinos y se fugó para Venezuela; ellos

son de baja clase y nosotros somos de alta categoría;

un muerto nuestro vale por un millar de los de

ellos. Nuestro deber era arruinarles sus haciendas

y darles muerte a todos, pero ya que Uds. le dan

un valor económico le conmutamos la pena capital

vendiéndoselos por dineros (López, 1958: 49, 53).

La institución de la esclavitud entre los wayúu

y la belicocidad que caracterizó el pasado de esta


sociedad, solo son comprensibles

si se tiene en

cuenta que los wayúu

tuvieron que resistir

a los procesos de conquista

y que pudieron

repelerlos gracias al

hábitat inhóspito para

el invasor español, a

su hábil manejo de los

conflictos entre España

y los otros europeos y,

sobre todo, a su tenaz

aptitud para la guerra.

El continuo conflicto

contra los conquistadores

desde el siglo XVI

indujo cambios y adaptaciones

en el interior

de la sociedad wayúu:

“A partir de 1550, este

sistema socioeconómico

de los indígenas fue totalmente

reestructurado para resistir a los intrusos

europeos. Los comerciantes holandeses, ingleses

y franceses, quienes viajaban por la orilla de la

costa, intentaron romper el monopolio español

del comercio de ganado introduciendo algunas

reses en la península y auspiciando su cría entre

los guajiros. Los Wayúu adquirieron más ganado

y caballos, aprendieron nuevas destrezas e intercambiaron

productos animales por armamento,

municiones y cereales. De esta manera, utilizaron

a un grupo de las potencias coloniales para detener

el avance de los españoles, consiguiendo a la vez

ciertos productos de consumo necesarios para su

supervivencia” (Purdy, 1987: 136). A través de los

siglos, el oficio de la guerra había transformado

a la sociedad wayúu y uno de los cambios era la

existencia de clanes poderosos, no solo en lo económico

sino en su pie de guerra, al lado de clanes

pobres sin apoyo familiar en la eventualidad de un

conflicto interclanil. En su crónica de viaje por la

Guajira, a finales del siglo XIX, Henri Candelier,

después de enumerar las castas importantes entre

los wayúu, agregaba: “...las otras no presentan

ningún interés, pues casi todas viven bajo la dependencia

de las citadas arriba. El pobre, entre

ellos, se considera como un paria; no goza de ninguna

consideración ni crédito” (Candelier, 1994:

152). Este desequilibrio opera como balanza en la

resolución de conflictos entre los wayúu:

La conducta de los wayúu en los conflictos es muy

diferente a la “ley del talión”. Si un grupo familiar

Nave central de la Iglesia San José de Aracataca,

y, desde esta, vista del parque Simón Bolívar.

es ofendido por una agresión física o verbal, los

parientes uterinos evalúan con precaución sus fuerzas

y las del agresor con el fin de medir fríamente

las consecuencias de las posibles acciones. Tras

ese cálculo, el grupo familiar decidirá reestablecer

su dignidad en la escena social wayúu al mínimo

costo en vidas y en recursos. Así, si el grupo agresor

dispone de más recursos que el ofendido, o si

los dos grupos están en una situación de equilibrio

es probable que escogerán la negociación. Si por el

contrario, los agresores se rehusan a compensar

materialmente la falta o no disponen de bienes

para asegurar la paz por medio del pago de una

indemnización, el enfrentamiento armado tendrá

lugar. Es por eso que los conflictos wayúu son de

hecho dramas sociales... (Guerra, 1998: 7)

A los vencidos, la guerra entre clanes los llevaba

a la huida del territorio ancestral, los dejaba convertidos

en esclavos de los clanes poderosos o, en el

caso peor, los exponía a la muerte. François-René

Picon menciona una guerra a principios del siglo

XX en la Alta Guajira entre los clanes Wouriyu y

Jinnu. “Esta guerra vio la derrota del clan de los

Jinnu y su casi total exterminación, a tal punto

que sus miembros tuvieron que refugiarse en la

región de Maracaibo para escapar a la masacre”

(Picon, 1983: 77). Entonces, aunado a la penuria

material producida por la sequía, el esclavismo se

convertirá en otra de las razones determinantes

de la migración guajira. Para los vencidos de las

guerras, o los miembros de familias débiles, su

69


partida como esclavos se convierte en un destino

inevitable:

El carácter estratificado de la sociedad permitirá a

algunos wayúu ricos y poderosos aprovecharse de

individuos y apüshis [serie individual de parientes

uterinos] débiles. Las deudas contraídas por los dependientes

pobres eran tradicionalmente pagadas

con servicios. De otra parte, las guerras entre apüshis

podían fácilmente terminar en el exterminio de

las series de parientes uterinos más débiles. Tanto

el saldar deudas como la aniquilación encontraron

una nueva solución en los reclutadores. Estos últimos

pagaban en especie por los prisioneros que les

llevaban al puerto de Castilletes en la Alta Guajira.

La aparición de estos reclutantes tuvo sus raíces en

las transformaciones económicas en la cuenca del

lago de Maracaibo donde aumentó la demanda de

fuerza laboral de las haciendas. El principal evento

que generó este cambio fue el surgimiento de la

industria petrolera en la región de Maracaibo [...].

Ya en 1912, los intercambios diplomáticos entre las

vecinas naciones de Colombia y Venezuela, llevaron

a que el presidente Juan Vicente Gómez enviara un

comisionado especial, para averiguar y enmendar

la supuesta venta de indios en Castilletes [...] Los

reclutadores se aprovecharon de las guerras intestinas

y la “esclavitud” presente en la sociedad

wayúu. Además, las sequías proveían a los reclutadores

de cientos de voluntarios que querían escapar

al hambre. Los adelantos hechos a los contratos de

trabajo de uno o dos años

de duración, le permitían

a un hombre proveer a

su familia con la comida

que urgentemente necesitaba

(Rivera, 1990-1991:

104-105).

Los reclutadores que

vienen a llevarse a los

wayúu provienen del

estado de Zulia en Venezuela,

cuyas explotaciones

de ganado o

plantaciones de caña de

azúcar se han quedado

sin mano de obra debido

a la poderosa atracción

que significó para los

trabajadores el boom de

la industria petrolera en

Zulia, y particularmente

en Maracaibo a principios

de siglo XX (Gómez,

1984: 27). Así las cosas,

Familia wayúu.

un inmenso número de wayúu va a poblar la región

de haciendas del Estado de Zulia y, naturalmente,

llevará consigo, allende su territorio ancestral, su

cultura.

Uno de los trabajos de etnohistoria wayúu de

Socorro Vásquez Cardoso nos informa que en la

misma época la mano de obra wayúu se concentró

en los centros urbanos de la Guajira (Riohacha

y Maicao) y allí se unió al destino de las familias

criollas que los compraron y los llevaron hacia el

oeste de la Guajira.

Las condiciones de hambre y miseria a que estos

[los wayúu] se vieron sometidos por las prolongadas

sequías, furon aprovechadas por los traficantes a

quienes los indios entregaban sus hijos a cambio de

maíz y panela o por deudas atrasadas; eran comprados

a precios ínfimos y vendidos en Riohacha,

y otras poblaciones, a precios que oscilaron entre

entre 2 y 5 pesos oro […] Al presidente Marco Fidel

Suárez le fue enviado en el año 1918, por parte del

Vicario Apostólico de la Guajira, una carta para

proponerle la «emigración legal» de los indios […]

Señalaba el misionero que muchos indígenas eran

llevados por familias de Barranquilla y Santa Marta

como empleados de servicio, ante la indiferencias

de las autoridades por las condiciones a que eran

sometidos… (Vásquez, 1983: 118)

Así se habría producido la migración de los

wayúu como esclavos —o como simple mano

de obra libre— hacia

el oeste de su territorio

ancestral, es decir, la

parte oeste del Magdalena

Grande que con

su boom bananero de

entonces se convirtió en

un polo de atracción en

el Caribe colombiano.

En un precursor estudio

sobre la etnoliteratura

wayúu, en la semblanza

biográfica del Antonio

Joaquín López, encontramos

confirmación de

esta migración:

Es uno de los escritores

wayúu más conscientes

de la indianidad y en

muchas oportunidades

defendió a su pueblo

de las atrocidades cometidas

por el Estado

colombiano. Estuvo en

70


Indígenas arhuacos caminan de la carrera

Bolívar a la calle de los Turcos, en las Cuatro

Esquinas, centro comercial de Aracataca.

A la izquierda, la casa construida en 1927

por la familia Morra, inmigrantes palestinos

de Belén. A la derecha, restos de la casona

de madera del inmigrante italiano Antonio

Daconte, en cuyo patio funcionó el Teatro

Universal, primer cine de la localidad, célebre

por su taquilla en forma de boca de león. AMM

Aracataca, Magdalena, donde había llevado a trabajar

a más de doscientos wayuu conduciéndolos

nuevamente a la Guajira, dos (2) días antes de la

matanza de las bananeras, ya que a través de un

sueño había sabido la masacre de 1928 (Ferrer/

Rodríguez, 1998: 125).

Otras fuentes permiten volver poco a poco más

visible la presencia de los wayúu en el contexto

histórico y económico del Magdalena Grande. Así,

en los recuerdos de un combatiente de la guerra de

los Mil días encontramos mención del componente

wayúu en la costelación de razas y orígenes de la

mano de obra atraída por la fiebre del banano.

La zona bananera era sin duda alguna en esa

época un atrayente campo de acción para hombres

de iniciativa que, con capital o sin él, acudían en

busca de fortuna. Era algo así como un DORADO que

ofrecía filones de oro de fácil explotación.

Allá llegaba también la gente pobre y sin influencias

que, desalojada por las penurias de sus tierras

natales, acudía a establecer pequeños negocios en

las poblaciones y aldeas que crecían a lo largo del

ferrocarril o a trabajar en las labores agrícolas.

Por eso todos aquellos pueblos y localidades,

desde Ciénaga hasta Fundación, estaban colmadas

de imigrantes de todos los departamentos del país

y de países extanjeros; y también de indios escapados

de las tierras guajiras, de los kogis, descendientes

de Kasumma que les enseñó a cohabitar, y

de los tunebos que pueblan los contrafuertes de la

Sierra Nevada… (Cárdenas, 1960: 189)

Podemos hacer otra conjetura diferente con

relación a las causas que pudieron obligar a un

grupo de wayúu a abandonar para siempre su

territorio ancestral. No se trataría ya de motivaciones

relacionadas con la sequía y la

esclavitud y que podemos ubicar en el

tiempo histórico, sino de la ocurrencia

de un crimen en el seno de la sociedad

wayúu cuyas consecuencias se amplifican

en el tiempo del mito, del mito

wayúu. En la cosmovisión wayúu la

dialéctica de los conflictos y el agenciamiento de

represalias no solamente tienen lugar en el plano

humano-natural. Las consecuencias de un crimen

no se manifiestan para un wayúu únicamente en

el plano del tiempo profano, sino que repercuten

en la dimensión de lo sobrenatural (dimensión

pülashü). Para aquel que ha cometido un crimen

en la sociedad wayúu y ha logrado eludir el pago

de su deuda ante los humanos, el acoso a que será

sometido por el espectro del muerto lo obligará, no

obstante, al destierro:

El asesino guajiro sufre doble castigo: primero, el

cobro de sangre que le presentan los familiares del

muerto [...] y, segundo, la presencia constante del

espíritu del muerto que no lo abandona jamás (Pineda,

1950: 81).

Quizá la imagen literaria es tributaria de la

imagen del mito: puede ser que el José Arcadio

Buendía de la novela Cien años de soledad, obligado

a abandonar Riohacha por el acoso del fantasma

del hombre que ha tenido que matar, esté

inspirado en la historia que un wayúu le contó al

niño alijuna Gabriel García Márquez relacionada

con las razones sobrenaturales que lo obligaron a

abandonar la Guajira después de haber cometido

un crimen:

la muerte de un semejante se convierte en el guajiro

en tremenda obsesión: el asesino está convencido

de que el espíritu del muerto le sigue a todas

partes [...] Una de las consecuencias sociales más

importantes de este hecho, debida a la obsesión

de la presencia del espíritu del muerto, es la autoconfesión,

toda vez que un asesino que ha logrado

conservar el secreto de la muerte de otro, y por lo

tanto ha escapado del cobro de sangre, pierde su

71


serenidad durante la enfermedad y refiere lo ocurrido

[...] puede estar seguro que el espíritu de su

víctima lo entregará indefenso en manos de sus

enemigos [...] Podemos ver claramente desprendidas

de estos hechos dos cosas esenciales: a)

Que el matador se coloca, automáticamente, por el

crimen social cometido, en la calidad de un excecrado,

de un impuro, o mejor, de un contaminado

peligroso. Por lo mismo, es un individuo que debe

ser alejado un poco de la comunidad; b) La familia

del homicida, a la vez que le proporciona las bases

para su alejamiento, cumpliendo con una de sus

funciones principales: la ayuda mutua entre sus

miembros, vela porque el asocial no sea presa fácil

del espíritu de su víctima. Porque el alejamiento

de los sitios habituales de vida, de sus personas

conocidas —aún de sus mismos parientes, y sobre

todo de ellos— el disfraz por el recorte del cabello

y la utilización de determinadas prendas de vestir;

el evitar dormir en el chinchorro; el esquivar que la

cara le sea vista (dormir boca abajo); la abstención

de sus amistades, en sus negocios y en general

en las reuniones sociales; y, en último caso, como

recurso postrero, el alejamiento espacial de su clan,

nos están demostrando con una evidencia palpable

que lo que el victimario trata de hacer —consciente

o inconscientemente— es efectuar un cambio de

personalidad total; casi que diríamos que trata de

convertirse en otra parsona hipotética, desconocida

sobre todo para el espíritu de la persona que ha ultimado,

para evitar que sea reconocida por él, y que

sacie en su cuerpo la venganza (Pineda, 82, 83, 84).

Estas diferentes causas de la migración wayúu

sucedida a principios del siglo XX pueden darnos

un marco de condiciones de posibilidad para

comprender la presencia, en la misma época, de

los wayúu en Aracataca. ¿Serían, a imagen de

los Jinnu de los que

habla Picon, miembros

de un clan por

siempre derrotado y

humillado, que “tenían

poco o nada por que

regresar a la península”

Distinta a la ruta

de emigración en el

esclavismo que comenzaba

en el puerto de

Castilletes y tenía por

destino las haciendas

de Zulia, ¿la ruta hacia

la región bananera

colombiana, por ese

entonces también en

boom económico, no nos permite pensar en la

existencia de una diáspora wayúu por todo el

Magdalena Grande, ¿no era uno de esos wayúu,

a imagen de José Arcadio Buendía, un victimario

huyendo del fantasma de la víctima Al igual que

lo afirma Rivera para la región de Zulia, ¿no podemos

también suponer que, aunque en distintas

proporciones, los wayúu llevaron su cultura y su

manera de pensar a regiones como la zona bananera,

al oeste de la Guajira

Sea como sea, un pasaje de la novela La hojarasca

nos confirma esa otra migración de los wayúu

hacia el Macondo de la fábula garciamarquiana:

Meme [la sirvienta guajira] estaba derecha y sombría,

hablando de aquel pintoresco esplendor feudal

de nuestra familia en los últimos años del siglo anterior,

antes de la guerra grande […]. Me habló del

viaje de mis padres durante la guerra, de la áspera

peregrinación que habría de concluir con el establecimiento

en Macondo […]. No hubo padecimiento ni

privaciones en el viaje […]. A todas partes llevaron

su extravagante y engorroso cargamento; los baúles

llenos con la ropa de los muertos anteriores al

nacimiento de ellos mismos, de los antepasados

que no podrían encontrarse a veinte brazas bajo la

tierra […]. Era una curiosa farándula con caballos y

gallinas y los cuatro guajiros [compañeros de Meme]

que habían crecido en casa y seguían a mis padres

por toda la región, como animales amaestrados en

un circo (G.G.M., 1985: 26-27).

No hay informaciones a nuestro alcance que

nos permitan comprender cuán generalizado fue

el fenómeno del esclavismo de los wayúu en el

contexto colombiano. Si bien podemos concluir

que el número de inmigrantes wayúu en el Magadena

Grande no es equiparable a la gran masa

migratoria que conoció

el estado de Zulia en

Venezuela, también

podemos suponer que

los Márquez Iguarán

no eran los únicos que

tenían esclavos wayúu

en la región. Lo importante

es que esas

mujeres y esos hombres

wayúu, en la más

completa discreción,

participaron con su

manera de vivir y de

pensar en el coctel de

ritmos, relatos y tiempos

donde sucedió la

Mujer wayúu.

72


niñez extraordinaria de Gabriel García Márquez.

Aunque esclavos, eran seres de palabra y acto en

quienes, tal vez, una cultura se transculturizaba

diferidamente, por la vía de las narraciones garciamarquianas,

hacia la cultura letrada colombiana,

y aún más allá.

Para hacernos a una idea de quienes eran las

personas que componían la servidumbre del hogar

donde creció el escritor debemos

agregar que, a comienzos

del siglo XX, ellos provenían

de una cultura que por conjunción

de factores geográficos,

históricos y políticos se

había mantenido largo tiempo

al margen de los procesos de

conquista y por consiguiente

había podido conservar en

sus rasgos fundamentales su

tradición. No venían de una

sociedad amerindia en proceso

de aculturación; aunque

avasallados por un destino

ingrato, eran portadores de la riqueza imaginaria y

verbal wayúu enraizada en un territorio ancestral

donde la sociedad global casi no intervino en el siglo

XIX. Para ilustrar esta situación de “aislamiento”

que vivieron los wayúu, citaremos in extenso

las anotaciones del etnohistoriador François-René

Picon concernientes a la falta de información sobre

ellos en ese largo cuarto de hora en que la sociedad

global los dejó en paz:

Este presente de la descripción etnográfica, artificial

pero necesario, se sitúa un poco después

del comienzo del siglo XX. Para comenzar, cesan

los documentos en el momento de las guerras de

independencia, hacia 1810-1820, y es entonces el

comienzo de un largo periodo de cincuenta años en

los que hacen falta datos sobre los guajiros y sobre

las poblaciones indígenas de los países en lucha

contra el poder colonial: los gobiernos recientemente

instaurados tenían que, en efecto, hacer frente a

problemas más inmediatos que el de las poblaciones

marginales. Ciertamente podemos deplorar

la ausencia de documentos pero también, y sobre

todo, subrayar que durante estos cincuenta años, a

los guajiros se les dejó solos, lejos de todo conflicto

con la sociedad blanca y las autoridades civiles,

militares o religiosas. Gracias a este “abandono positivo”,

podemos entonces imaginar una especie de

recuperación de la sociedad guajira por ella misma

que le habrá permitido estabilizarse.

Luego reencontraremos a los guajiros en los textos

‘oficiales’ de los administradores —colombianos

GGM.

esta vez— pero también en documentos de otro genero.

Hacia 1870, en efecto, geógrafos y etnólogos

comienzan a aproximarse a la Guajira y se tienen

descripciones bastante precisas de los guajiros al

cabo de esos cincuenta años de soledad casi completa

(Picon, 1983: 37).

Es casi seguro que esta ausencia de información

no es sino el reflejo de la distancia entre la sociedad

blanca y la sociedad guajira.

Las posiciones ganadas [por

los guajiros] al comienzo del siglo

XIX se mantendrán hasta el

fin del siglo: Riohacha seguirá

como ciudad frontera, así como

Sinamaica, que tendrá que

protegerse contra los ataques

de los indígenas… (Picon: 289)

La presencia de un grupo

de wayúu en Aracataca viene a

confirmar que Gabriel García

Márquez creció en un universo

cultural heterogéneo, y el

entrecruzamiento del tiempo

biográfico garciamarquiano con el tiempo histórico

wayúu nos permite también entrever el significado

autobiográfico de los niños de la novela Cien años

de soledad que crecen entre dos culturas: la de

los padres, miembros de la sociedad criolla, y la

de los “indios”:

Había por aquella época tanta actividad en el pueblo

y tantos trajines en la casa, que el cuidado de los

niños quedó relegado a un nivel secundario. Se los

encomendaron a Visitación, una india guajira que

llegó al pueblo con su hermano, huyendo de una

peste de insomnio que flagelaba a su tribu desde

hacía varios años. Ambos eran tan dóciles y serviciales

que Ursula se hizo cargo de ellos para que la

ayudaran en los oficios domésticos. Fue así como

Arcadio y Amaranta hablaron la lengua guajira

antes que el castellano (G.G.M., 1996: 53).

Arcadio y Amaranta, que ya habían empezado

a mudar los dientes y todavía andaban agarrados

todo el día a las mantas de los indios, tercos en su

decisión de no hablar el castellano sino la lengua

guajira (Ibíd.: 56).

Se llegó a creer que [Rebeca] era sordumuda,

hasta que los indios le preguntaron en su lengua

si quería un poco de agua y ella movió los ojos

como si los hubiera conocido y dijo que sí con la

cabeza (Ibíd.: 58).

…y apenas si podían reprimir sus pataletas y

soportar los enrevesados jerogríficos que ella [Rebeca]

alternaba con mordiscos y escupitajos, y que

según decían los escandalizados indígenas eran las

73


obscenidades más gruesas que se podían concebir

en su idioma (Ibíd.: 59).

Arcadio era un niño solitario y asustado durante

la peste del insomnio… Nunca logró comunicarse

con nadie mejor que lo hizo con Visitación y Cataure

en su lengua (Ibíd.: 138-139).

Si bien este aspecto autobiográfico de la literatura

garciamarquiana no deja duda, queda por

profundizar la inspección del imaginario de sus

narraciones para someterlas a comparación y

contraste con las representaciones del universo

imaginario wayúu 3 . Esto permitirá saber si, además

de las anécdotas autobiográficas, la obra del

escritor colombiano ha puesto al alcance de sus

miles de lectores rasgos narrativos e imaginarios de

las “historias” y “supersticiones” que los esclavos

wayúu le contaron en su infancia en una casa de

Aracataca. De ser así, al igual que ha sucedido

con la obra de Augusto Roa Bastos, José María

Arguedas, Juan Rulfo y muchos otros narradores

latinoamericanos, los lectores de García Márquez

habrían entrado en contacto, desde 1947 hasta

nuestros días, con una herencia amerindia transculturada…

aunque sin saberlo.

noTas

1

“Con el tiempo, el abuelo Nicolás fue haciéndose un nombre

en Aracataca y la gente lo respetaba mucho. Era el tesorero del

pueblo y allá entraba mucha plata gracias al banano. Tenía una

casa grande, yo la conocí; había un patio inmenso sembrado

de palos de mango, de guayaba y de níspero; tenía una pesebrera

con caballos y hasta una vaca; en la misma casa había

una carpintería, una dulcería y una panadería con dos indias

para amasar y dos indios para vender los dulces y el pan en la

calle. Los había comprado en la Guajira y los había traído para

ayudar en los oficios de la casa, pero los cuatro llevaban los

apellidos de la familia Márquez Iguarán. Esa era la costumbre”.

(Galvis, 1996: 152)

2

Causa sorpresa el hecho de que en Gabriel García Márquez.

Una vida, Gerald Martin (Debate/Mondadori, 2009) casi no

haga mención en su trabajo sobre este aspecto de la realidad

cultural del niño que aquí abordamos.

3

En su trabajo sobre los guajiros, Guy Goulet ya había

señalado un caso de homología semántica entre la narrativa

del escritor colombiano y la narrativa tradicional wayúu: “De

los [clanes] Jinnu, Ipuana, Uliana y Epieyú se dice que tienen

su patria en otras partes de la península: En un diálogo en

la novela “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez

una pareja expresa un concepto de patria análogo al concepto

guajiro que se discute aquí. La heroína de García Márquez,

Ursula, se opone a su marido José Arcadio que quiere mudarse

de su residencia actual. Ursula dice “No nos iremos.

Aquí nos quedamos porque aquí hemos tenido un hijo”, José

Arcadio Buendía, “Todavía no tenemos un muerto. Uno no es

de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo tierra”.

Por tanto los Epieyú de Ailu que no tenían un cementerio y

no habían enterrado los restos de ninguno de sus parientes

uterinos, están sin patria en el sentido guajiro de la palabra”

(Goulet, 1981: 59). En el mismo sentido, otro trabajo a tener

en cuenta es la tesis de Jay Corwin La transposición de fuentes

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74


Breves apuntes sobre la radionovela

como género literario

Piedad Bonnett*

Cuando José Zepeda, periodista de Radio Nederland,

me llamó con la insólita propuesta de que

escribiera una radionovela —esa prestigiosa emisora

produce una cada año para Latinoamérica—,

no pude menos que sonreír: me encantó su osadía,

pues suele pensarse que alguien que se mueve en

las aguas bastante ortodoxas de

la academia, o que escribe poemas

y novelas, no está interesado

en ese tipo de creaciones. Mis

vacilaciones fueron brevísimas.

En realidad mi único temor era

que no tuviera una historia suficientemente

interesante, pues la

propuesta era muy concreta: el

tema debía ser la violencia.

¿Por qué acepté

En primer lugar, por tratarse

de Radio Nederland, una radio

cultural conocidísima entre nosotros,

con una labor de divulgación

admirable.

En segundo lugar, por una

convicción artística: creo, con

Jesús Martín Barbero (que cita

al respecto a unos investigadores

italianos), que “un género es ante todo una estrategia

de comunicabilidad”. Y que un escritor es alguien

que no se acomoda (en un género, por ejemplo),

sino que trabaja con todas las posibilidades

del lenguaje, corriendo riesgos y experimentando.

Y, en último término, acepté por nostalgia personal.

Pertenezco a una generación que disfrutó la

radio en la infancia y la adolescencia. En el pueblo

en que nací, los radios se encendían a las cinco

* Nació en 1951 en Amalfi (Antioquia). Licenciada en Filosofía

y Letras de la Universidad de los Andes. Autora de una

extensa obra dramática y literaria, es profesora de literatura

en la Facultad de Artes y Humanidades de de la Universidad

de los Andes.

Piedad Bonnett.

de la tarde, hora en que llegaba la luz. A esa hora

oía dramatizados infantiles que ponían a volar mi

imaginación, pues esa es una virtud del radioteatro:

a partir de unas cuantas voces y unos efectos

especiales hay que imaginarlo todo: las fisonomías,

los escenarios, los gestos. Más tarde, ya en Bogotá,

oía radionovelas en casa de mi

abuela. En muchos hogares las

tardes estaban llenas de ellas:

las oían las madres, las tías, las

cocineras. Me encantaban sus

enredos, sus truculencias. Y los

efectos especiales: el carro que

frena con un chirrido antes de

atropellar a una persona, los

pasos misteriosos de alguien

subiendo las escaleras, el silbido

del viento sugiriendo una noche

aterradora.

La radio comercial colombiana,

en principio dedicada casi

exclusivamente a las cuñas radiales,

descubrió muy pronto,

allá por los años 20, que las narraciones

y las dramatizaciones

lograban gran audiencia. En las

décadas del 40 y 50 viven su gran auge las radionovelas

en toda Latinoamérica. Una de las primeras y

más populares fue Ave sin nido. Otra, tal vez la de

mayor recordación entre la gente mayor, El derecho

de nacer, que empezó a emitirse en 1948. A mí me

tocaron ya las de los años 60, cuando el género

no tenía el mismo auge, pero no había sido, sin

embargo, derrotado por la fuerza de la televisión.

El trasfondo de la radionovela —y también, por

supuesto, de la telenovela— es el melodrama. En

sus orígenes, que son aristocráticos, el melodrama

fue un espectáculo musical con ingredientes literarios,

que explotaba la dramatización de historias

sentimentales llenas de conflictos. Opacado por

la ópera, género más espectacular y complejo, el

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 75-77. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537

75


melodrama decae. Pero su espíritu va a pervivir

en el folletín, novela por entregas de recepción

masiva (resultaba muy barato acceder a ella) que

se encarga de entretener al grueso público con

dramas sentimentales de mucha acción, suspenso

y efectos premeditados.

No es lo mismo el folletín que la novela por entregas,

pero los emparienta una cosa: que fueron

publicados por diarios que querían aumentar su

tiraje —y lo lograron— con historias fascinantes,

que eran sacadas a la luz poco a poco, manteniendo

en ascuas a los lectores. Grandes folletineros

fueron Alejandro Dumas, con Los tres mosqueteros,

Eugène Sue con Los misterios de París, y Salgari

con Sandokán, pero también Balzac, Stevenson,

Dickens y Dostoievski, entre muchos otros, publicaron

sus novelas por entregas.

El folletín hizo algunos aportes, sobre todo

en los primeros tiempos: puso al alcance de un

gran número de personas la literatura, que antes

era de circulación más restringida. Y describió la

vida de las clases más populares, planteando sus

problemas, su subordinación a los poderosos, los

conflictos sociales de su momento.

Sin embargo, el nivel literario del folletín, en su

gran mayoría, es muy precario: en aras de la trama,

la acción y el suspenso, sacrifica la complejidad, y

trabaja con personajes planos, unidimensionales,

sin hondura sicológica de ninguna clase, y más

bien atrapados en su condición de estereotipos.

Vemos, entonces, el campesino, por lo general

idealizado, la niña buena (que además es bella),

la mujer intrigante y malvada, el gamonal, el niño

rico y pretencioso, el vividor, el celoso, y así otros,

en sucesión infinita. Aparecen en escena más como

representantes de formas de vida o categorías

sociales que como individuos llenos de aristas,

con dudas e incertidumbres. Los grises no suelen

existir en el folletín. Solo el blanco y el negro.

Pero lo más grave —siendo grave— no es eso.

Sino lo que señalan muy acertadamente dos investigadores

antioqueños, Federico Medina Cano

y Marta Inés Montoya Ferrer: “El folletín sella el

orden existente, universaliza sus valores, naturaliza

sus conflictos y desalienta cualquier tipo de

reflexión o de gesto contestatario” 1 .

La moral del texto melodramático en sus distintos

formatos (novela, radionovela y telenovela

incluidas) es la del statu quo: valida un orden

jerárquico, y, como anota Jesús Martín Barbero,

1

Medina Cano, Federico y Montoya Ferrer Marta Inés. Telenovela:

el milagro del amor, Medellín: Pontificia Universidad

Bolivariana, 1989.

Estudio 4 de Radio Nederland.

trabaja sobre los “endoxa”, es decir, sobre las

creencias y supuestos de la mayoría de la gente.

Algunos de ellos podrían ser: el dinero pervierte,

los ricos son mezquinos y los pobres no, las mujeres

nacieron para la maternidad, los campesinos

son seres ingenuos, etc. Las grandes amenazas

del melodrama son, pues, por una parte, el lugar

común, y por otra su conservadurismo, su propensión

a hacer del género un perpetuador de viejos

órdenes, eludiendo todo elemento crítico, y todo

aliento contestatario o subversivo.

Pero además, a nivel de la trama, lo que predomina

es un sentimentalismo desbordado, que

pareciera predicar siempre aquello de que “el corazón

tiene razones que la razón no comprende”.

Nada suele haber de novedoso en lo propuesto. Y

las situaciones se repiten de forma muy parecida

una y otra vez, pues, como han dicho los estudiosos,

el melodrama hace de la reiteración su técnica

fundamental.

Si bien el uso del melodrama, tal como se da en

la práctica, suele producir engendros de enorme

mediocridad, no hay razón para usar el término

únicamente en sentido peyorativo. Muchas de las

grandes novelas clásicas tienen un transfondo

melodramático, sin que esto menoscabe su calidad.

Alejo Carpentier, el narrador cubano, en

conferencia dictada en la Universidad de Yale,

dice que hay ciertos elementos que el novelista

latinoamericano —lejano a la asepsia de la novela

europea e inmerso en un clima de violencia— debiera

aceptar, por tratarse de ingredientes de la

vida cotidiana: el melodrama, el maniqueísmo, y

el compromiso político.

“¿Cómo —dice— situado en una realidad que

ha dejado muy atrás, en horror y truculencia, las

aventuras de “Fantomas” y los envenenamientos

76


en serie del Conde de Montecristo, va el novelista

actual a sustraerse del hábito del melodrama que

lo envuelve ¿Temor a lo excesivo, a lo sangriento,

a lo tremebundo

Y añade:

“No busquemos deliberadamente el melodrama,

pero no lo esquivemos tampoco. América Latina

está llena de trágicos melodramas cotidianos” 2 .

Cuando acepté escribir la radionovela para

Radio Nederland supe que se trataba de aprender

sobre el tema. En primer lugar, el género poco

tiene que ver con el teatro, aunque comparta con

él la estructura dialogada. El teatro, tal como lo

entiendo yo, nace de una convención (parafraseando

a Borges, en él unos fingen ser otros mientras

otros fingen creer en la existencia de esos otros). El

artificio que lo caracteriza

no riñe con la verosimilitud

que lo debe acompañar.

Para representar una

batalla, tal como lo dice

Shakespeare, basta poner

dos guerreros en escena.

Los distintos escenarios

pueden coexistir, y en el

mundo moderno se elude

la representación realista

de estos. Uno o dos elementos

pueden servir para

definirlos. La temporalidad

también puede tener algo

de ilusorio. En fin, lo onírico,

lo poético, lo absurdo,

no riñen con el arte teatral.

Las virtudes de la radionovela nacen, como en

el teatro, de sus limitaciones. Solo contamos con

voces, música, efectos de sonido. Nada más. Ni

nada menos. Amable Rosario, el director de las producciones

en Costa Rica, me dio unas claves que

fueron importantísimas: mientras en el radioteatro

cada capítulo es una historia en sí misma, en la

radionovela prima la sensación de continuidad,

de modo que hay una especie de crescendo de la

acción, que se va enredando cada vez más hacia

el final. Las escenas deben ser muy cortas, de un

máximo de cuatro minutos, y llevar incluido un

“gancho” que atrape la atención del oyente, porque,

a diferencia del televidente, se distrae muy

fácil. Y los diálogos deben ser —en palabras de

2

Carpentier, Alejo. “La novela latinoamericana en vísperas

de un nuevo siglo”. En La novela latinoamericana en vísperas

de un nuevo siglo y otros ensayos. México: Siglo XXI Editores,

1981: 7-32.

Piedad Bonnett con los escritores Juan Manuel

Roca y Juan Diego Mejía.

Amable— muy “picaditos, tipo ping pong”. Nada de

disertaciones tipo Dostoievsky o Milan Kundera.

Nada de monólogos hamletianos.

En los doce capítulos de que consta la radionovela,

mis grandes retos fueron:

•Dramatizar la violencia —universal o latinoamericana—

sin ubicar la historia en un país concreto.

Hablé de violencia intrafamiliar, de violencia

de género, de subversión, de persecución sindical,

de maltratos del Estado, y de la violencia que está

implícita en toda pobreza extrema.

•Lograr un vocabulario libre de modismos

locales, sin caer en un lenguaje plano o neutro,

desconectado de la riqueza del habla.

•Crear personajes de carne y hueso, ni buenos

ni malos, con personalidades características, actuaciones

impredecibles, y

a veces agujeros oscuros en

su comportamiento.

•Manejar varias historias

entrelazadas, persiguiendo

un equilibrio.

•Conseguir un ritmo,

una tensión, una identificación

relativa con los personajes

y las situaciones.

•Evitar moralejas y

discursos didácticos. En

cambio, propiciar enfrentamientos

dialécticos, que

hagan reflexionar sobre

aspectos políticos y sociales

de la realidad latinoamericana.

•Movilizar a los personajes en un territorio de

dilemas complejos, haciendo de la ambigüedad

una riqueza.

•Combinar lo grave con lo leve, sin caer en la

trivialidad.

Y sin duda muchos otros, que ahora olvido.

No fue, en absoluto, una tarea fácil. Fueron

cinco meses de arduo trabajo, compensados por

gran acopio de experiencia y aprendizaje.

Sin embargo, no olvido que mi aporte es apenas

parte de un todo. Mi texto ha sido modelado por las

voces de los actores, por los énfasis del director,

por los apoyos musicales y de sonido. Si el novelista

es un dios omnipotente, el dramaturgo y el

guionista tiene que ser, ante todo, un ser humilde,

que se reconocerá apenas parcialmente en lo que

oiga, porque en la puesta en escena muchas cosas

nuevas le serán reveladas.

77


De cómo llegue a escribir

Déborah Kruel

Ramón Illán Bacca

El poeta y escritor, ya desaparecido, Jorge García

Usta me preguntó alguna vez cuáles serían los

elementos a considerar en la génesis de la producción

literaria de un escritor que se había quedado

viviendo en la Costa. La respuesta se diluyó porque

los dulces árabes que en ese momento degustábamos

nos hicieron cambiar de conversación, y por

último reconocí que mi paladar no tenía tradición

árabe, pero sí mora, como todos los hijos de la

conquista.

Después cavilando he pensado si el nacer

frente a una bahía prodigiosa, la de Santa Marta,

me condicionó. En realidad me siento un escritor

sin connotaciones locales que escribe en español,

pero los temas, no lo niego, son reiterativos y los

espacios geográficos donde se desenvuelven son

en la Costa Caribe colombiana.

“El mar, el mar, sin cesar empezando”, dijo Paul

Valéry. Sin embargo, era un tanto sorprendente

para mis ojos infantiles que el baño de mar fuera

tan restringido. Las mujeres de la familia ni la de

ninguno de mis amigos se bañaban conmigo en el

mar. Más aún, el sol y el mar eran los enemigos

naturales de algo muy alabado por los poetas y

muy considerado por todos: la belleza alabastrina.

“Sé blanca y sé triste / lo demás no importa/”,

decía el poeta Barreneche, una gloria local, en las

coronaciones de las reinas cívicas. Fieles a ese

mandato, las muchachas de clase media y alta no

se dejaban ver sino a partir de las cinco de las tarde

en el camellón portando sombrillas. Con los brazos

entrelazados cantaban Vereda tropical mientras

lanzaban miradas coquetas a los contertulios del

Park Hotel. Algunas usaban aquellos peinados de

ondas ascendentes en el cabello. A la que más se

destacaba, blanca lechosa y de un bucle y otro y

otro en ascenso, la bautizaron “Mar de leva”. Por

eso cuando apareció aquella muchacha, que leía

revistas gringas y que salía en bata de baño dos

cuadras antes de la playa, pasaba frente al palacio

episcopal y se daba largos baños de mar y de sol

bronceándose, la ciudad no soportó la trasgresión.

La bautizaron “Diablito frito”, “Brudubudura” (por

una crema bronceadora) y una silbatina la acompañaba

a su paso.

Una digresión no necesaria pero que quiero

hacer. Cuando me presentaron en enero de 2006 a

García Márquez y le dijeron que yo era la persona

que había escrito un artículo titulado “De cómo no

he llegado a conocer a García Márquez”, me contestó

un: “Pues ya te jodiste”, y poco después en

el transcurso de las pocas palabras que cruzamos

agregó: “Yo conocí a Diablito frito”.

RIB

78

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 78-83. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537


He escrito sobre la guerra submarina en el Caribe

con frecuencia, pues es algo que llenó mi infancia.

El primer indicio, para mí, de la guerra fue un

dirigible (los mayores todavía lo llamaban zepelín)

que sobrevoló la bahía de Santa Marta en una tarde

gris, como todas las tardes de la guerra. Los que

lo vieron lanzaron conjeturas. “Sale del canal de

Panamá y llega al cabo de la Vela para avistar a

los submarinos nazis”, dijo, en forma sentenciosa,

mi tío Nicolás, quien había hecho unos estudios en

Lovaina de algo, que nunca se aclaró del todo, pero

que con su indiscutible maestría en bailar tango,

danzón y foxtrot, lo hacía ser una persona muy

escuchada. Después, las emisiones de la BBC de

Londres, con los tres toques de la quinta sinfonía

de Beethoven “La llamada del destino” y con un

inmenso radio dando noticias, condicionaron la

infancia de mi generación.

¿Por qué no hay manzanas ¿Por qué no hay

uvas pasas ¿Por qué no me compran un velocípedo

Y la respuesta siempre era: “Por la guerra,

hijo, por la guerra”. Una noche, y mientras se representaba

La toma de Granada, una obra teatral

de Antonio Álvarez Lleras, en el Colegio de la Presentación,

se oyó un ruido de un avión que pasaba

volando bajito sobre el patio. Alguien gritó: “Es un

avión alemán”. Hubo una estampida general y el

castillo de cartón se cayó antes de ser tomado por

los Reyes Católicos y la reina Isabel. Cayó en las

piernas del obispo, y este, famoso por su mal genio,

gritó: “María Poussepin, no llegarás a ser santa”.

Desconozco si se ha cumplido su afirmación.

Otra vez, mi tío Nicolás fue el oráculo, pues

afirmó que el radio de acción de un Messerschmitt

no daba para atravesar el océano. Muchos años

después, en mi cuento “La apoteosis de Marí Puspán”,

publicado en el libro Marihuana para Göring,

recreo este episodio, que posteriormente pasó a ser

un capítulo de Déborah Kruel.

Fue muy comentado en las sobremesas de mi

casa el hundimiento de un submarino alemán por

uno de nuestros barcos de guerra. El submarino

dejó una estela de aceite, demostración irrefutable

de que estaba hundido. “Brillante victoria de la marina

colombiana, hundido un submarino nazi por

el ARC Caldas en el mar Caribe”, decía El Tiempo

el viernes 21 de marzo de 1944. Posteriormente,

nuestros marinos hicieron una entrada triunfal a

la plaza principal de Cartagena. Los datos están

recreados en el libro “Colombia nazi” de Silva

Galvis y Alberto Donadio. Sin embargo, en algún

recorte de periódico, con fecha septiembre 13 de

1984, el prominente historiador naval alemán

Jürgen Rohher señalaba que el último submarino

alemán que operó en el Caribe lo hizo a finales del

43 y a principios del 44, lo que da paso a múltiples

dudas sobre nuestra hazaña marina. Pero yo

prefiero creerle al tío Nicolás y no al historiador

Rohher. Además, según el escritor Carlos Flores,

el Caldas era un barco inglés que alguna vez había

pertenecido a la armada de Portugal y vendido

después a nuestro país. Por eso las instrucciones

para el lanzamiento de las bombas de profundidad

estaban en portugués. Doble hazaña de nuestros

marineros.

Todo este Caribe secreto pareció terminarse

cuando los gringos de la ‘Yunai’, las mujeres belgas

con sus maridos colombianos, un judío alemán o

polaco que portaba una bandera de la “Unión Soviética”

—pues él solo constituía el comité de ayuda

a la “URSS”— más una multitud heterogénea, desfilaron

por el camellón celebrando ruidosamente

el fin de la guerra. Por los parlantes se transmitía

el porro del momento:

79


Ya la guerra se acabó

ya por fin llegó la paz

ya el Japón se rindió

con dos bombas nada más…

El Caribe volvía a tornarse en un mar para comerciar

y bañarse y para que los jóvenes que fumaban

marihuana, traída de la Sierra Nevada, fueran

a sentarse a la playa y mirar hacia el norte, pues

allá estaba: “La Habana, hermano, La Habana…”

la inFluencia cubana

Durante mi adolescencia, en los años cincuenta,

iba a la peluquería de Paco, el cubano, donde se

encontraban rimeros de revistas cubanas: Bohemia,

Carteles y Vanidades. La revista Cromos solo

circulaba en las peluquerías del interior del país.

Las radiodifusoras de La Habana eran las escuchadas,

los dichos cubanos eran los que circulaban.

Sus grandes orquestas eran las que nos visitaban,

sus radionovelas eran las escuchadas, como

El derecho de nacer y la serie de Chang Li Po, el

detective chino radicado en La Habana que decía

en su tema musical los siguientes versos:

Chang Li Po, Chang Li Po

por una linda cubana

en La Habana se quedó

Chang Li Po, Chang Li Po.

La moda incluía, en los estratos populares, el

tacón cubano; y la guayabera con corbatín era

frecuente en los estratos medios y altos. Todo establecía

un agudo contraste con el mundo andino.

La presencia cubana en esos años cincuenta es un

punto que no ha sido estudiado

detenidamente y que indica que

en este litoral, lo que teníamos

claro es que éramos del mismo

mar.

Pero adonde va esta crónica

nostálgica es a esa nueva visión

de la guerra que nos daban las

revistas cubanas, en las que las

memorias de los espías Aliados

y los del Eje constituían parte

esencial de su popularidad. El

Caribe aparecía como un lago

donde las tripulaciones de submarinos

nazis desembarcaban

en las playas alejadas (entre

nosotros la Guajira) y comerciaban

combustible y provisiones

con los contrabandistas locales.

Años después y al escribir Déborah

Kruel —que, insisto, es una novela calificada

como de espionaje, pero que es en realidad un cotilleo

samario con el telón de fondo de la segunda

guerra mundial— solicité a Eduardo Posada Carbó,

que estudiaba historia en Oxford, que me enviara

material sobre esa guerra submarina y secreta que

se dio en el Caribe. Me lo envió dos años después de

mi petición cuando ya había terminado la novela, y

la parte fuerte de espionaje la titulé “La operación

pelícano”, en la que me agarré a un dato suelto

de Carteles, en la que hablaba muy someramente

de los aviones alemanes que debían sobrevolar y

bombardear el dique de Gatún y así poner fuera

de servicio el canal de Panamá.

Aún así, y ya terminada la novela, me interesó

el escrito que me había enviado Posada y que era

un informe al departamento de Estado hecho por el

vicecónsul norteamericano Terry B. Sanders, que

había sido comisionado en 1941 para que diera

un vistazo por la Guajira.

A pesar de su prosa árida, lo que se nos revela

es la complicidad de algunos políticos y gamonales

con los embarques de provisiones a los Nazis.

Es interesante ver cómo los militares reputados

como pro-nazis, después ocuparon altos cargos

en los gobiernos posteriores y uno de los comandantes

de un puesto perdido en la Alta Guajira,

el coronel Forero, promovió después en 1957 un

golpe de Estado fallido. De este coronel, teniente

para esa época, el informe dice que una de las

pruebas de su nazismo era su pluma fuente con

una esvástica. El documento clasificaba las simpatías

nazis o pro-británicas de los funcionarios,

pero a veces el cónsul perdía la

contención de su prosa oficial y

se desbocaba contando las situaciones

de suspenso en las calles

solitarias de Riohacha, donde él

veía, tras las esquinas, espías y

contraespías como en cualquier

película de la época. En estas

series de indagaciones, en una

ida a Riohacha, oí a los vecinos

de larga memoria cómo, en junio

de 1942, se había dado el hundimiento

de un mercante americano

por los submarinos nazis que

lo acosaban como lobos feroces:

por algo se llamaban los lobos

de mar. El capitán de la policía,

en la única medida a su alcance,

ordenó apagar todas las luces, o

sea, los pocos bombillos somnolientos,

las lámparas “Primus” de

80


gasolina, las velas encendidas de las habitaciones

y los cirios de la iglesia. Al día siguiente, se apresó

a los alemanes Eikoff y Malher, dueños de un

almacén de miscelánea con su fuerte en clavos y

cemento. Se les deportó y se incautaron los bienes.

Se afirmó que el juego de luces era la señal para

que los submarinos entraran en acción. “¿Cuáles

luces, si desde que llegamos no hemos vivido sino

en un solo apagón”, era la respuesta perpleja de

los acusados.

Los Eikoff eran la bestia negra del vicecónsul

norteamericano, que los acusaba de enviar ganado

robado a los Estados Unidos. En su informe

número 2, el norteamericano está cada vez más

furioso, porque en la aduana se pone la simple

frase: “Destino de las mercancías: Altamar”. (“Así

no se puede”, se le escapa en algún momento en

el informe).

Este escrito me confirmó que, en mí capítulo,

“no se me había ido la mano” como se dice coloquialmente.

También tuve que parar los caballos porque tal

como iban las cosas terminaría escribiendo algo

así como “Los capítulos que se me olvidaron en

Déborah Kruel” o un “diario de la novela”, pues

cuando no escribo las cosas, escribo por qué no

lo hice. A veces son más largos esos textos que la

idea primitiva.

Mientras pensaba en

escribir esa novela con un

Caribe de espías —obra de

la que hablé durante veinte

años antes de escribir la primera

sílaba—, el cine y sus

mujeres misteriosas, “las

vampiresas” nuestras, me

surtieron de imágenes para

configurar la Déborah espía

que pugnaba por salir. Las

motivaciones incomprensibles

del eterno femenino

de pronto se me revelaban

en una frase. En la película

española Una mujer cualquiera…,

con María Félix,

al ser preguntada: “¿Por

qué te fuiste con él si sabías

que iba a traicionarte”, ella

contesta, mientras alza la

ceja, y dice con su voz ronca:

“Tú no puedes saber… son

cosas de mujer…”

Esta fue una de las setecientas películas mejicanas

que vi en Fonseca, durante los dos años

en que estuve como juez promiscuo municipal. Es

obvio que las fuentes para escribir Déborah Kruel

fueron, los folletos de espionaje de las revistas

cubanas, dramones mexicanos, las canciones de

moda y el cotorreo parroquial, todo con un fondo

de mar Caribe.

Decidí que escribiría esa novela y que me informaría

bastante. Leí mucho y hubo un momento

en que estaba sobresaturado de información. Me

pregunté: “¿Pero por qué estoy zambullido en la

segunda guerra mundial si lo que tengo que escribir

es simplemente de mi infancia samaria, con la

guerra como telón de fondo”

la improbable déborah

Se puede decir que la novela fue como un barco a

punto de naufragar ante tantos escollos. A pesar

de los muchos sobresaltos y la inseguridad que me

producían, decidí escribirla. Le mezclé diligencias

judiciales —porque aún era abogado en ejercicio—,

frases de alguna lectura porque siempre apuntaba

algo que me había llamado la atención, que había

oído algo en la calle, algún dato histórico interesante,

un pequeño apunte, alguna joya preciosa de

alguna crónica que me había gustado y de la que

yo hablaba con frecuencia. Sin embargo, pasaba

el tiempo y no escribía una

sílaba, aunque en todas mis

libretas encontraba apuntes

como éste: “¡Ojo, leer

a Isis sin velo para idear a

la pitonisa!” Esta situación

siguió así hasta que un día

me dijo Roberto Montes Mathieu:

“Tu novela no se va a

llamar Déborah Kruel sino

La Improbable Déborah”.

Me dolió el comentario, pero

tenía razón porque teniendo

todo para hacer la historia,

no me decidía.

Me pasaba lo mismo que

con algunas películas que

se anuncian en los cines de

Barranquilla: dan cortos y

avances pero se demoran

hasta un año para llegar a

exhibirse. Escribía cuentos

y artículos que vislumbraban

un tema más amplio,

con mayor respiración, pero

81


la novela no llegaba. En cierto momento estuve

completamente enredado. Como quería hacer una

novela con fondo histórico, pasaba horas en las

hemerotecas indagando para sacar algún pequeño

dato desechable, como las máquinas que remueven

toneladas de tierra para sacar una pepita dorada.

Ahí es cuando se comprueban las desventajas

comparativas del que investiga en Barranquilla:

no había una buena hemeroteca, ni un archivo

fílmico bueno, ni una buena colección de fotografías.

Ahora hay una leve mejoría.

Con la inmensa desventaja de no tener mucho

en dónde buscar, en ese año del 85 me puse a

escarbar y encontré algunos datos para el caso

Mamatoco y sobre el hundimiento de un barco

alemán en las costas de la Guajira. De pronto,

y por casualidad, leí en El Tiempo una nota que

se llamaba “Datos históricos” sobre los alemanes

en Colombia, y ahí estaba todo lo que me había

costado tantos meses de rastreo. La publicaron en

un dominical cualquiera sin hacer alarde porque

esos datos los tenían a la mano.

Nunca me faltaron sobresaltos. Estuve durante

semanas cortejando a una vieja alemana neurótica

e hipersensible, con el fin de sacarle alguna

información. Mantuve la diplomacia con ella para

lograr mi objetivo, pero cuando estaba cerca del

tesoro, me decía: “Puedo mostrarle unas fotos

que le van a interesar pero no sé si debo dárselas,

vuelva el próximo sábado”. Cuando estaba ya en

un estado de felicidad y ansiedad, esperando que

la mujer cediera finalmente, sale el libro titulado

“Colombia Nazi”, escrito por Silvia

Galvis y Alberto Donadio, donde

estaban todas las fotos de los nazis

en Barranquilla y la información

pertinente. Todo lo que la señora

me iba a decir ya estaba publicado.

El asunto fue que, por un instante,

me sentí ahogado y me dije: “¿Ahora

qué hago” En esos días llegó el

escritor R.H. Moreno Durán a Barranquilla

y me dijo: “Me ha dicho

Germán (Vargas Cantillo) que estás

escribiendo una novela sobre los

alemanes en el Caribe, pero sucede

que ya Sergio Pitol [un escritor mejicano]

escribió El desfile del amor,

que trata sobre el mismo caso, la

guerra en el Caribe”.

La nueva preocupación ahora,

además del desánimo que me trajo, fue cómo

conseguirme la novela de Pitol para ver de qué se

trataba. Al fin, Germán Vargas, que era un buen

amigo, llegó de un viaje y me trajo El desfile del

amor. Lo leí con avidez, pero afortunadamente no

tenía nada que ver con lo que yo estaba haciendo.

Lo que ocurre en Ciudad de México y lo que ocurre

en nuestra Costa Caribe son diferentes, pues

en dos sociedades tan distintas, un mismo hecho

produce resultados igualmente distintos.

Cuando al fin terminé la novela, el sobresalto

llegó de donde menos lo esperaba. Se la entregué

a un amigo que me dijo: “Tienes que pasarla en

computadora”. En esa época la computadora era

una novedad, estoy hablando del 87. Este amigo

tuvo la novela un mes en su poder y no me la pasó.

Después nadie sabía dónde estaba el mamotreto,

dónde estaba la novela. Allí trabajaban como tres

o cuatro personas y nadie sabía de nada, todo

el mundo le echaba la culpa al otro. Al fin por

un milagro y después de dos semanas apareció

dentro de un fólder que iban a botar. La rescaté

y se la entregué a una secretaria de nombre Colombia.

Le dije: “Hazme el favor, te voy a pagar,

pásame esta novela”. Cuando estaba por la mitad

me la devolvió y me dijo: “No voy a perder más

el tiempo, págueme los once mil pesos que me

debe y le entrego esto”. Entonces cogí la novela

y se la di a un par de amigas y les pedí el favor

de que me la pasaran. Cuando me la entregaron

empecé a revisarla y encontré que un personaje

que en la primera parte se llamaba Colombia, en

la segunda parte se llamaba Francia Travecedo.

Fui adonde Colombia y le pregunté: “Cuando tú

me transcribiste esto, ¿qué pasó”

Me respondió: “Es que usted está

empleando el nombre de Colombia

para uno de sus personajes y yo no

tengo ningún interés en que salga

mi nombre en su novela”. Quedé

mudo.

Lo malo es que alguna gente

de mi generación está leyendo la

novela como si tuviera claves y se

la pasan buscando parecidos todo

el tiempo. Así, me encontré con un

médico en Barranquilla y me dijo:

“Pero esa Mona Navarro en realidad

es Raquelita Pereira”. “Pero,

¿quién es esa Raquelita”, pregunté.

“Esa que tengo aquí (y me

mostró una foto), tú te inspiraste

en ella”. “Lo siento —le dije— pero

yo no conozco a Raquelita, no me pude inspirar en

ella”. Afortunadamente, he encontrado que la gente

que la lee en el Interior del país o mis alumnos

82


que la leen en Barranquilla, que tienen 18 años y

ningún referente al respecto, lo hacen como debe

leerse y les gusta o no les gusta, sin buscar su

correspondencia con personas reales.

un concurso bizarro

Después de tantas dificultades, mandé Débora

Kruel a un concurso de Plaza y Janés. Tenía ciertas

correcciones: había tenido que tachar y poner en

lápiz el otro nombre y eso es malísimo porque si

hay algo que los jurados detestan es que les hagan

correcciones encima de los textos que les mandan.

Lo sé porque yo también he sido jurado. Como al

mes después de haberla mandado al concurso,

cuando ya iban a dar el fallo, no tenía muchas

ilusiones. De pronto me enviaron un telegrama

que decía: “Sírvase reclamar el pasaje para que

venga a Bogotá”. Me dije: “Si me envían el pasaje

es que mínimo estoy de finalista”.

Cuando llegué a Bogotá, se me había olvidado

exactamente adónde era que tenía que ir, y llegué

a Plaza y Janés. Allí me dijeron: “No, señor, no es

aquí la ceremonia sino en el hotel Hilton”. Corrí con

mi maleta hasta el Hilton, nadie me dio razón. Me

preguntaba: “¿Qué hago en Bogotá con tan poca

plata ¿Qué voy a hacer” Desesperado llamé a

algunos amigos a ver quién me daba alojamiento,

nadie respondía. Me decía: “¿Cómo es posible que

me esté pasando esto”

Hasta que reconocí en

un transeúnte al gerente

de Plaza y Janés que

iba para el hotel, corrí

y me presenté. Me dijo:

“Creíamos que usted no

venía. Usted tiene una

reserva en este hotel”.

Regresé, me bañé en la

tina, bajé oloroso a agua

de colonia y optimista a

observar los resultados.

Entonces empezaron

a anunciarlos. Era por

puntos y salí de cuarto.

“Bueno, no está mal”,

me dije. Después salió

la tercera escogida.

Era una novela que se

llamaba Ily Imy Iwy.

El título me pareció

horrendo.

El asunto era que el título estaba en inglés y

significaba I love you, I miss you, I wish you. Después

tuvieron que cambiar el título por el anodino

de Esposa o Amante. Es una novela al parecer poco

leída. Cuando le entregaron el cheque del premio,

la autora se levantó y empezó a dar los agradecimientos:

“Agradezco porque ésta es la primera

vez que una mujer se hace presente en la novela

colombiana...” Al lado mío estaba Lucy Barco de

Valderrama, que se había ganado diez años antes,

con la novela titulada “La picúa cebá”, el premio

“Esso” de novela.

Doña Lucy se iba a levantar a protestar y a señalar

que la otra no era la primera mujer premiada

en concursos de novela, sino que había sido ella,

pero los familiares no la dejaron. Yo estaba divertidísimo

y disfruté el momento. El segundo premio

fue para una novela que se llamaba Largo ha sido

este día, de un poeta natural de Ciénaga, José

Manuel Crespo, que vive en Bogotá, y el primer

premio fue para Tomás González con Para antes

del olvido. Esa novela sí me gustó. Pero creo que

Déborah Kruel merecía mejor suerte en ese concurso.

Después con el paso del tiempo esta novela

caminó sola, con buena crítica y malas ventas.

Parece que llegará ser “una novela de estimación”

(una mala traducción de la frase en francés), algo

es algo.

83


Tres cuentos breves

Álvaro J. Ramos Q.*

ruinas arTiFiciales

—¡Ruinas artificiales! ¿Usted lo que quiere que

le construyamos es una casa que esté en ruinas

desde nueva

—Sí, y quiero que sea exactamente igual a las

ruinas de esta casa francesa del siglo XVIII que

ustedes ven en esta fotografía; yo les suministraré

más fotos y todos los datos que necesiten, yo me

la se de memoria, es mi pasión, soy historiador.

Los arquitectos estudiaron muchas ruinas y

al fin le construyeron la nueva-vieja casa; con los

muros mordidos por el viento, masticados por la

hiedra y digeridos por las lluvias. Los pisos limados

por pisadas que nunca pasaron por allí, puertas

desvencijadas y chirriantes, pero todo dentro de

una gran dignidad.

Salió más cara que si la hubieran construido

moderna o posmoderna, y quedó elegantemente

aterradora con sótanos oscuros y húmedos esperando

las fáciles telarañas naturales y la completa

gama de sabandijas.

El mobiliario fue maravilloso: sillas que cojean,

telas raídas, manijas desgastadas y pomos que

se quedan en la mano. La inauguración fue espectacular,

y en ella los invitados terminaron de

destruir aún más los enseres y las paredes, ya de

por sí endebles.

El historiador estaba feliz con su vieja-nueva

casa y pensó que era cuestión de meses acostumbrarse

y sentirse a sus anchas, pero no, algo

hacía falta, algo intangible pero que tienen todas

las verdaderas ruinas: Espíritu, podríamos decir;

una verdadera ruina habla de las innumerables

cosas que allí han pasado, de la personalidad de

sus habitantes ya muertos. Esta casa era una

historia sin historia.

* Nació en Cartagena, 1947. Arquitecto de la Universidad

del Atlántico; profesor jubilado de la misma institución. Asiduo

colaborador del suplemento dominical del Diario del Caribe,

sus cuentos han sido publicados en diversas antologías.

Nuestro historiador decidió contratar a varios

espiritistas reconocidos, para ver si podían poblarle

su casa de vibraciones de recuerdos artificiales.

Uno de ellos tuvo éxito, invocó espíritus de diversas

épocas, que encantados y presurosos se instalaron

en todos los rincones de la casa. Al principio era

interesante percibir esas presencias del tiempo;

pero: o se le fue la mano al espiritista, o los espíritus

que llegaron primero fueron trayendo a los

otros. El caso fue que la mansión se convirtió en

una algarabía espectral que no coincidía exactamente

con el espíritu de la arquitectura, porque

la mayoría de los fantasmas no eran ni franceses,

ni del siglo XVIII, sino árabes del siglo XII y por

lo tanto las ruinas evocaban una época y una

nacionalidad que no deberían evocar. Estando

uno asomado a una ventana francesa, tenía más

bien la sensación de encontrarse en un minarete,

y un silbido impreciso, tal vez un golpe de viento,

hacía recordar el lamento del muecín llamando a

la oración junto a vastos arenales reverberando

bajo el sol.

En suma, una alteración de las estructuras de

la historia y de la muerte.

Hoy nadie puede vivir allí, el Profesor se mudó

a un apartamentico en el centro. La casa ahora sí

que está abandonada, pero por la vida, porque es

muy pintoresca, tal vez porque los espíritus hacen

esfuerzos ultrahumanos para no ser desalojados

de su palacio. Se está abogando para que la declaren

patrimonio nacional. Ni los ladrones se

atreven a entrar, algunos que lo han hecho han

sido encontrados muertos (tal vez de miedo, porque

no presentaban señales de violencia). Solo viven

allí un par de perros callejeros que los espíritus

probablemente aceptaron adoptar.

El Profesor pensó poseer un pedazo de historia,

pero ahora es la ciudad la que posee un pedazo

de misterio, y el misterio posee un pedazo de la

ciudad.

(Para “Teorías y Testamentos”, marzo 31, 1987)

84

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 84-85. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537


emmanuel

Siempre he sido un hombre muy metódico, y durante

los 38 años que he trabajado de escribiente

en el juzgado no he fallado un solo día, ni tampoco

he llegado tarde ni salido más temprano jamás.

Había pensado, bueno, a mis 62 años ya cumplidos,

es normal que vaya perdiendo un poco la

memoria. Tenía todavía agua helada en la jarra

en el refrigerador... ahora está vacía... ¿en qué

momento me la habré tomado... estoy seguro, o

casi, de haber puesto las aspirinas en el baño, y las

encuentro a menudo sobre la mesa del comedor.

Vivo totalmente solo y hago mi propia limpieza

los fines de semana, pero no sé si ya la edad me

cansa, pero siento como si hubiera más polvo y

más mugre en el piso que antaño.

Ayer cumplió años mi jefe, el Dr. Peña, el juez

nuevo (más joven que yo, apenas 40) y decidió cerrar

la oficina media hora antes de las 6:00 p.m.,

nos dio salida más temprano. Cuando llegué a mi

apartamento casi pego un grito... la puerta estaba

entreabierta, oí ruidos, por precaución toqué el

timbre para ver qué pasaba, y salió un señor muy

tranquilamente a decirme:

—A sus órdenes, en qué puedo servirle.

Conteniéndome le dije:

—¿Quién es Ud. y qué hace aquí... Esta casa

no es suya.

Y me ha contestado con toda tranquilidad:

—Lo sé, aquí vive un señor que sale y llega

siempre a horas muy precisas, yo no tengo sino

un cuartito miserable en donde vivir, trabajo de

celador por las noches en una fábrica, me pareció

bien habitar este apartamento tan cómodo durante

las horas que el dueño no estuviera aquí, no robo

nada, todo se lo dejo cada día tal como lo encontré,

solo habito, oigo música (no puedo en mi cuarto),

me baño y traigo mis propios jabones y toallas, veo

algo de televisión (que tampoco tengo en mi cuarto),

y leo los libros de su maravillosa biblioteca.

Una tarde, hace tiempo, el señor dejó olvidada la

llave puesta en la cerradura porque estaba aturdido

con lo del incendio en la planta baja, yo la tomé,

hice una copia y la volví a poner en su sitio, él la

descubrió al día siguiente, y pensaría: “¡Dios mío,

gracias que nadie abrió durante la noche!” Como ve

Ud., no le estoy haciendo daño a nadie, tengo tres

años de vivir aquí, a veces hasta le limpio las ventanas,

solo un poco para que no vaya a sospechar.

Ahora, si Ud. gusta dejarle algún recado escrito y

pasado por debajo de la puerta, yo le doy lápiz y

papel... yo he recibido cartas para él otras veces y

se las dejo como si hubieran sido deslizadas por

debajo de la puerta. O, si Ud. quiere, yo mismo le

escribo la esquela diciéndole que desea hablarle

el señor del apartamento 418.

En ese momento fue cuando caí en cuenta de

que yo estaba parado a la puerta del 318, que es

exactamente igual al mío, pero un piso debajo.

Sin embargo, quedé muy inquieto pensando que

el señor del 318 se parecía tanto a mí... y que verdaderamente

me estoy volviendo muy distraído...

pensar que confundí su piso con el mío... ya tres

pisos me cansan como si fueran cuatro.

Para la serie “Teorías y testamentos”, Barranquilla, sept. 1984.

encuenTro anTropológico

Para Adelita

Según el mito de los indígenas Tururús, que ya se

extinguieron en las selvas amazónicas:

“En un principio Dios era todo y uno, pero se

sintió solo, entonces decidió cortarse un pedacito

de sí mismo y declararlo: ‘otro’ o universo. Ahora se

entretiene y se burla viendo todas las evoluciones,

destrucciones y absurdas direcciones que toma esa

parte que ya no es suya ni es él, compuesta en su

mayor parte por bolas incandescentes alrededor de

las cuales giran otras bolas habitadas por seres estúpidos

que no hacen más que molestarse, matarse

y comerse unos a otros. Y todo eso suspendido

en un vacío silencioso inmenso y muy muy frío”.

Estos indígenas también tenían su mito sobre

lo que nosotros llamamos “Pirámide alimenticia”:

“Las plantas se comen a los minerales y la luz,

los herbívoros se comen las plantas, los carnívoros

se comen a los herbívoros, los humanos se comen

a las plantas, los herbívoros y los carnívoros

cocinados.

Y en cuanto a los humanos, solo su alma es

engullida por los ángeles que nos cazan agazapándose

en las esquinas del tiempo, y luego desechan

nuestros cadáveres.

Los ángeles a su vez son devorados por Dios,

que los acecha escondido en los repliegues de la

eternidad, y solo desecha los recuerdos”.

Colección “Cuentos crueles breves”, Barranquilla, mayo 8, 2007.

85


Relatos

Rubén Maldonado Ortega*

alcalde popular

Es cierto que provoqué la guerra entre costeños y

cachacos cuando a pupitrazo limpio sancioné la ley

que prohíbe escuchar vallenato en todo el territorio

nacional, pero no lo es menos que gracias a ello

aumenté el número de los empleados carcelarios,

quienes además de encargarse de que ningún

acordeonero, guacharaquero o cajero disponga de

tiempo en la prisión para seguir vallenateando, me

proporcionaron un caudal de votación importante

para seguir gobernando en este paraíso que edifiqué

a partir de la medida tomada; y es que eran

tantos los cantautores vallenatos, que de no haber

sido porque igualaban a la población de desempleados

no me habría bastado materia gris para lograr

un equilibrio social (los unos encerrados y los

otros custodiando su encierro) que me permitiera

consagrar a este problema menor que constituye la

guerra; y aunque algunos tal vez me reprocharán

que esta última sobrevino a consecuencia del mal

del que quise librarme, lo cierto es que el trepidar

de los cañones ha terminado por convencerme de

que la medida logró que este pueblo empezara por

fin a componer la música que lo identifica.

aleJandro en delFos

Me acerqué al extremo de la tarima y me dispuse a

hablar. Tal como lo tenía pensado, y con el único

fin de relajarme, empecé por confesar mi estado

de nervios. Les relaté que no era por la cantidad

de público sino por mi sueño de anoche, en el que,

después de terminar con estas breves palabras,

alguien se levantará de su asiento, descargará su

revólver y me quitará la vida. Cuando alguien, de

* Filósofo, Universidad Nacional, Bogotá, Doctor en Filosofía,

Universidad Javeriana, Bogotá, docente de tiempo completo

de la Universidad del Norte desde 1993.

pie, se disponía a meter la mano en el bolso desteñido

que yo había visto antes en otro espacio y

en otro tiempo, tuve el acierto de añadir que para

satisfacción mía el asesino sería linchado luego

por la muchedumbre que ahora gritaba furiosa:

¡Ale-jan-dro! ¡Ale-jan-dro! ¡Ale-jan-dro!

El hombre sacó entonces del bolso un viejo reloj

de bolsillo, y sin mirarlo, se marchó como si no le

importara que a esa hora no encontraría transporte

para volver al sitio de donde había llegado.

86

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 86-89. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537


el conFerencisTa del Jueves

Inicialmente fue como entrar a un salón colosal con

paredes de cúmulos y zócalos cuadriculados que

perdían sus contornos a medida que la vista quería

abarcar más, como en las pinturas de Escher.

Ninguna butaca, cortina o alfombra que pudiera

dar la sensación de otra compañía en aquella inmensidad.

Ni siquiera un cenicero a lo largo de la

ancha retina donde apagar la colilla abrasando los

dedos que, muy a pesar, siguieron inmóviles. Pero

en cambio, cuando sobrevino la primera reacción,

el estrecho salón se tornó ruidoso, de un amarillo

sin luz, increpaciones que iban de aquí para allá,

sin detenerse en ningún lado, y, por ello mismo,

atendidas por Nadie, que ahora, por iniciativa de

Señor Venedizo, estaba siendo enjuiciado y casi

condenado, a pesar de su condición de reo ausente.

Cuando se vio incluido en aquella lista de

conferencistas cuidadosamente seleccionados

para co-loquiar a costillas del lenguaje, casi no

lo podía creer. Había sido marginado durante

mucho tiempo, que revisó y revisó hasta expulsar

la duda, porque, en efecto, era él y no otro quien

debía sustentar para un jueves de mayo que ya

rodeaba con un trazo naranja en su agenda, que

no todas las veces a ese efecto sonoro cuyo trágico

itinerario se iniciaba esta vez desde un corpus

concreto que era el suyo y se estallaba en oídos

que no le perdonarían semejante sacrilegio, que

no todas las veces, había dicho, levantando la voz

sin necesidad, le corresponde a esa sonoridad

ausente una entidad real. Y, sin embargo, estaba

allí, apartando los cúmulos para hallar un cenicero

donde arrojar la revoltura de paja y ceniza que

llevaba en las manos.

Ya bien adentro divisó la cortina transparente

a través de la cual Iris ofreció su cuerpo desnudo

como prueba incontestable de lo que allí se veneraba.

Entonces vio los sofacamas ocupados por

otras arpías que simulaban tejer alguna cosa para

exacerbo delicado de las nada santas inclinaciones

de la carne. Al fondo, sobre la blanda pared forrada

en fino coroides por cuyo color quedaban ahora

al descubierto las vetas rojas, inequívoca señal

de deterioro, dos hileras de plantas ornamentales

debidamente retocadas para la ocasión oficiaban

de séquito a una leve catarata que prestaba sus

tibias aguas para gozo de un jardín donde florecían

tiernas, heroicas amapolas. Al saludar entre

cortés y caviloso al prelado que apuraba el último

botón de la bragueta, no pudo disimular el impacto

que le produjo su primer encuentro con la Pupi.

Esa mujer delgaducha, casi una niña todavía,

que había podido quebrar la más duradera de las

alianzas desde que Byron se hizo al poder, por el

mero hecho de tener chupadera, le miraba ahora

con ojos de aquí estoy, tal como fue anunciado,

para responder cualquier inquietud porque, ciertamente,

os veo muy inquietos.

La conferencia había terminado, y el silencio

que se extendía zigzagueante entre las ocho hileras

dispuestas de modo que el salón pareciera menos

angosto presagiaba una dura faena. Preguntas sin

relación con lo expuesto, confusas, insípidas, mal

formuladas nunca aparecieron, y, en cambio, un

cotorreo incesante comenzó a filtrarse contrariando

el sentido del casi imperceptible surco abierto

por el silencio reinante de hace apenas un momento

cuando los once ministros de sotana, junto

con los otros veintisiete de sacoleva, sin contar a

sus acompañantes de mucho encaje y colorines

todavía con olor a recién estrenados que batían

sus copas de nervios, porque el brindis aún no se

había iniciado, y también de coraje, porque quién

le dijo a ese señor quién era él, un maleducado

Señor Venedizo, un maleducado que no ha sabido

guardar para otra ocasión su perra conferencia de

mal oliente ateísmo, habíanse puesto de pie, como

cumpliendo una orden impartida por ese punto

final que los cogió a todos de sorpresa. El rostro

de Señor Venedizo era, en cambio, una especie de

monumento; impertérrito recorría una a una las

muecas salidas de un fondo menos áspero que esos

pómulos, esas entrecejas maquilladas con singular

maestría para simular dolor a la hora de la risa, y

claro está, mucha coquetería a la hora en que vine

a parar a este maldito lugar. Eran mujeres que

habían sido traídas de los más variados lugares de

la comarca para endulzarle el tinto a los señores,

¡ah! los señores, maniáticos todos, aunque ellos

preferían llamarlo mi de vez en cuando dejo de

neurosis, y también para endulzar sus ratitos de

ocio, que era cuando la Iris se ponía toda grosera

con la Pupi porque le había sacado la piedra a ese

señor grandote que no podía coger rabia y que,

aunque todo feo, era el que mejor pagaba, porque

Byron sí sabía qué era lo que había que pagar caro.

Y ellas también lo sabían.

Pero, Señor Ministro, las facultades que la Honorable

Duma delegó en vuestra sabia Consejería

no le habilitan para separarlo del cargo, recuerde

usted que lo del prelado le incumbe únicamente

a la santa autoridad, y con ellos no hay Pupi que

87


valga. Mire, le cuento una cosa, pero ya sabe, como

una tumba, porque esa mirada, yo que conozco,

esa mirada no me gusta nada. Usted que me vuelve

a mirar así y yo que me levanto de la cama, y,

entonces, ni una cosa ni la otra. Pero se dejó caer

suavemente bajada por brazos que la atenazaron

con una muy tenue presión sobre sus costados

hundidos donde Mano Caliente comenzó a sentir

vellos erizados en señal de respuesta. Luego fue

la boca la que respondió pero se apartó en seguida

porque no quería ceder. Siguieron sus deditos

del pie izquierdo que al estirarse y encogerse se

parecieron a ella misma, porque la Pupi, eso era

ella, quién lo creyera, tan menudita y con chupadera,

hasta que ¡sus!, se derritió todita, la lengua

recorriéndolo todo, y a medida que lo quería se lo

contaba todo Señor Ministro, todo, y tal vez sea

por eso que ahora lo sabe todo.

Creyó que iba a ser agredido y por eso le clavó

la mirada. Se la sostuvo, al comienzo sin ninguna

dificultad, pero a medida que las horas fueron

transcurriendo sintió un poco de impaciencia porque

el muchacho no cedía. Se había sentado en

uno de los extremos de la última columna como

queriendo pasar inadvertido, y ahora se levantaba

para agradecer a Venedizo por todo lo que había

dicho. La hoja de anotaciones en la mano, donde

sobresalía el tercer argumento usado por Venedizo

para demostrar que en la relación biunívoca

entre palabras y entidades reales estaría siempre

ausente Dios, le confirmaba que en un instante

tan decisivo para él estaría acompañado esa noche

por alguien que compartía sus puntos de vista.

Pero, en cambio, lo había confundido con algún

revoltoso, y estaba ahora trenzado, como en duelo,

mirándole fijamente a los ojos, porque el muchacho

tampoco cedía. Hizo entonces un último esfuerzo

y se vio a sí mismo entrando en ese inmenso globo

ocular, y Venedizo en la puerta que le decía: Pase,

señor, pase usted.

el enigma de rosado

Cuando Evangélico Rosado supo de la existencia

de aquella comunidad de sabios presagió que su

enigma le sería resuelto. Aficionado a la Filosofía,

devoró desde muy joven todas las páginas donde

creyó encontrar respuesta a su pregunta. El resultado

de esta indagación fue su convencimiento

de que la Filosofía, la reina de todas las ciencias,

nunca se había formulado una pregunta que valiera

la pena.

Fue por ello que se refugió en la pintura, hasta

el día que Alejandra, la prostituta que no había

querido acostarse con él la noche anterior, le habló

de unos hombres que habían instalado un inmenso

campamento a la orilla del río Manso.

La entrevista con el que se llamaba a sí mismo

Consejero de Asuntos Gnósticos le retornó

de inmediato su simpatía por los grandes temas

metafísicos, aunque ahora este hombre, con apariencia

de domador de fieras, se había limitado

a hablarle de la forma de evitar las arrugas prematuras

tomando el té con bastante limón a una

hora en que la luna dejara entrever su faz oculta;

de la manera de aprovechar el poder nutritivo de

los espaguetis, si a cambio de rociarlos con queso

rallado se les cubría con un inmenso triángulo

equilátero construido a base de hojas de lechuga;

de la facilidad con que podría llegar a componer

un concierto para piano en re menor, a condición

de que las teclas blancas se untaran de lágrimas

derramadas por una mujer que fingiera vergüenza

ante la inminencia de una violación a altas horas

de la noche.

A las cuatro horas y diecisiete minutos de la

mañana del 11 de julio, Evangélico Rosado conoció

por fin la única pregunta que ponía en evidencia

la supremacía de la Filosofía sobre cualquier otra

actividad del hombre. Esa mañana dos hermosas

mujeres lo bañaron con aguas aromáticas mientras

le cantaban una melodía que no pudo reconocer,

para preparar su encuentro con el patriarca

88


de la comunidad, el único que estaba facultado

para divulgar el secreto.

El anciano lo miró con aire compasivo antes de

manifestarle que el misterio había permanecido

oculto para él porque los hombres, en su afán

por complicar las cosas, habían desnaturalizado

la Filosofía hasta el punto de que la pregunta, la

única que se había hecho la Filosofía, se había

constituido con el correr de los siglos en el paradigma

de lo que sería una torpe indagación que

desembocaba irremediablemente en un círculo

vicioso. Pero no, hijo. ¡Nada de eso! Llévate la

pregunta que es nuestro único secreto, pontificó

el anciano, y que los hombres respondan de una

vez por todas si fue primero el huevo o la gallina.

el hombre desgarrado

Avanzó quince metros y se detuvo como si de

repente presintiera que no era cosa para él solo.

Buscó a los demás pero estaban muy lejos; pensó

entonces en la más fácil pero hizo la más difícil.

La patada llegó justo donde ahora le dolía. Y ahí

quedó.

la ira de samuel

Samuel Ovejero se dispuso a armar el acertijo. O

me vences o te venzo, porque aquí no cabe Gödel.

Y si el destino no me ha reservado la derrota te

veré descubriendo la pancarta: ¡Abajo el tirano!

Siempre fuiste del bando contrario, ya lo sé, pero

no me consta que nunca hayas derramado una

sola lágrima, y eso es lo que cuenta. Aquí no es

como en la escuela, siempre con alguien que podía

decidir quién tenía la razón y quién no la tenía.

Quién había cometido la infracción. Claro, y tú…

no podías ser tú porque tu carita no lo consentía.

Además, porque las niñas no tienen aire de malvadas.

Solo un niño pudo haberlo hecho.

Pero ya no soy un niño y voy a armar el acertijo

(tengo ahora las piezas completas, en completo

desorden, pero completas, y las posibilidades

de combinarlas de este o de este otro modo son

finitas). El uno con el dos, el cero con el nueve, el

cuatro que se extravió pero ya lo encontré y entonces

irá con el cinco porque también se había

extraviado. Al comienzo sin ningún orden definido,

pero luego, como por encanto (porque fue así como

hallé las claves, por puro encanto), deslizándome

sin contratiempos hacia la periferia del poder. Y

luego hacia el centro, desde donde te pude distinguir

sin dificultad, a pesar de que ahora no

encuentro el seis, que, sé muy bien, cuadra con el

ocho, a pesar del avispero que se alborotó, y todos

corriendo, buscando la salida, desocupando la

plaza que se llenó otra vez de basura, de lugares

comunes desafiando el espíritu de la época, el trepidar

de los cañones y la ira de Samuel pugnando

por amarrar el tres con el diez y el once con el doce

para volverla a ver, ahora que todos se habían ido.

89


Viaje a la India

Cristina Duncan Salazar*

Lista maleta

(¡Que no se me olvide!)

ॐ om

Magenta, naranja,

verde y amarillo,

un cartel de bienvenida,

el envoltorio del jabón

de un internado de niñas.

Olor a cebolla frita,

toronjil cocido

en casas coloreadas

o envejecidas;

espejito dorado, encalado

en la choza limpia.

कर्ण oreja

ऋषि sabio

Índigo y oro

rayas y florecitas

en el sari,

olor a orilla.

कृष्ण Krisna

Apenas rosa, oro y amarillo

en cúpula de templos chicos,

en campos desteñidos.

शिव Shivá

Blanco templo

cuida el santón,

paja la hierba seca,

seca la vía.

इच्छा Voluntad

Cardamomo, carbón,

chikoo y tamarindo,

color de pieles mate,

olores del camino.

Vendedores ambulantes

elefantes sin colmillos,

diosas, budas, ecos,

cuerpos entrelazan

cinco cámaras de la cueva

sin turistas.

आनन्द bienaventuranza

Dedos que producen alimentos

en pájaros los convierten las

bailarinas.

शक्ति poder

Como Hansel y Gretel

va dejando Concha sus cositas.

दण्ड palo

Azul cielo claro un jueves,

una celestina, una libélula detenida;

olor a pescado fresco,

a curry, a vetíver.

* Psicóloga M.A. de la Universidad del Norte y de New School

for Social Research de Nueva York. Profesora en pre y postgrado

de la Universidad del Norte. Su primer libro, Tallulah.doc: Cartas

de una inmigrante, mereció beca de la Secretaría de Cultura,

Patrimonio y Turismo, Atlántico, 2009.

प्रछ् preguntar

Ondea el verde guanábana,

el purpura de la dalia

en el sari ofrecido,

aroma a algodón teñido;

delgado lino el brazo de Cecilia.

अखिल todo

Casi amarillo, casi rosado,

salpicando flores blancas

y salwar kameej infantiles;

huele a coqueteo, a risa.

ऋच alabar

Palomas blancas libera Laura

en mi nuca rígida.

ओजस् vigor

Foto de CDS.

Atardecer melocotón,

bóveda de cobalto, de polillas;

fantasma el olor a incienso

del ritual de bienvenida.

90

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 90-91. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537


औष्ठ labial

Rayas ondulantes, mojadas,

en el suelo de una ducha

que es también cocina.

झष gran pez

Pocos pájaros, pocos policías

en el campo seco de la India.

प्रछ् preguntar

Negro, miel, verde, índigo,

miradas abiertas, limpias;

quedo ronronea la voz de Perico.

झगझगाय destellar

Morada la remolacha insípida,

las estrellas tan blancas, tan encima;

fucsia el turbante enorme

del hombre frágil, quebradizo.


Rosado Barbie la casa,

la mochila, los calcetines,

la cinta de la niña.


Marrón negruzco el barro, las pieles;

bocinas sordas acompañan los días.


Negras las aves urbanas,

las cenizas del rincón

de una cocina.


Huele a rosa, la rosa florecida

a jazmín, el jazmín en flor

a almizcle, el hombre recién vestido

a azahar, el Orgullo de la India

a huevo podrido, la caña molida.


El agua huele al jardín de mi madre

en el huerto tranquilo;

borbotea el agua clara

en el canto de la novicia.


India en la boca, pica

calienta el estomago

humedece las pestañas,

quema la caverna de la boca

sorprendida.


Despierta el paladar

a la memoria infantil

de la guayaba y sus pepitas,

de la anona verrugosa y blanca,

y en alguna orilla del campo,

las ciruelas de Castilla.


Mecen doce pies el columpio azul,

viento ondea los saris que los siguen.


Pergamino empolvado,

las manos secas del campo;

astilla, el afrecho del arroz,

del trigo, la hoja del mijo;

piel de coco, piel de brazos y mejillas.


Lazos rojos pliegan

trenzas partidas;

roja pasión el sari

y su bailarina;

azafrán en las guindillas.


Mumbay, negro, humo,

plano, invadido,

campo podrido

en casuchas pegadas

a edificios.


Del llanto y la desesperanza

salvan las compras,

la sabiduría, la fortaleza

de Cecilia.

Nashik, India, noviembre, 2003.

91


Martha Luz de Castro

De Goya al carnaval contemporáneo

Danny Armando González Cueto*

Entre los años 1815 y 1823, el pintor español

Francisco de Goya y Lucientes ejecutó una serie

(aparentemente incompleta) de veintidós grabados

realizados con las técnicas del aguatinta y el

aguafuerte, con retoques de punta seca y bruñidor,

titulada “Los disparates” o “Los proverbios”. En

estas estampas, Goya representó visiones oníricas,

violencia y sexo, y ridiculizó a las instituciones políticas

de la época. Ese mundo imaginativo

estaba enriquecido con escenarios

nocturnos, grotescos y carnavalescos.

Más de dos siglos después, la artista

Martha Luz de Castro, como muchos

artistas contemporáneos, centra su

atención en aquellas estampas y las interviene,

planteando una crítica sobre

otra crítica, la que permite a las fiestas

populares expresar su inconformismo

sobre lo político, pero poner en escena

los paisajes de la imaginación.

El concepto de apropiación, utilizado

en el campo de las prácticas artísticas

contemporáneas, se refiere a menudo

al uso de elementos prestados en

la creación de otra obra. Los elementos

prestados pueden incluir imágenes,

formas o estilos de historia del arte o

de la cultura popular, o materiales y

técnicas de contextos del no-arte. Las

obras que presenta Martha Luz de

Castro en esta sala ponen como fondo

los grabados de Goya, superponiendo

sus fotografías del carnaval de Barranquilla,

en las que en ningún caso una

imagen pretende “estar” por encima de

la otra, sino establecer un diálogo con

las obras maestras del pintor aragonés.

Utiliza, así, componentes de la historia

* Magíster en Estudios del Caribe de la Universidad Nacional

de Colombia, Sede San Andrés. Comunicador Social de la

Universidad del Norte, Barranquilla. Coordinador Académico

del Programa de Artes Plásticas de la Facultad de Bellas Artes

y profesor de las cátedras de estudios visuales y audiovisuales

de la Universidad del Atlántico.

del arte y de la cultura popular, y armoniza en un

formato digital dos técnicas que siempre han sido

muy cercanas, puesto que el grabado fue muy

importante en el origen de la fotografía.

Las imágenes empleadas aquí son las imágenes

del carnaval de Barranquilla que la artista ha tomado

durante sus estancias en este, estableciendo

así lazos profundos con sus raíces culturales,

pero más allá de las fiestas mismas,

pues sus lazos como artista hispánica

la relacionan con Goya, portento

de la pintura española del finales del

siglo XVIII y principios del siglo XIX.

El lenguaje universal de la pintura es

traspasado por las técnicas actuales,

como el fotomontaje digital, con el que

la artista incorpora a los grabados de

Goya sus fotografías. Entre capas y

capas de dicha técnica, se leen las

formas, los colores y los protagonistas

de las historias de las fiestas. Aquí,

adquieren una nueva visión, una nueva

forma, un nuevo sentir. Entre los

disparates de Goya aparecen ahora

cumbiamberos, marimondas, diablos,

vampiros, ánimas, descabezados,

payasos, africanos, burras mochas,

saltimbanquis, criaturas del día y de la

noche, que resucitan en un ciclo anual

permanente.

Estos disparates contemporáneos

de Martha Luz de Castro son la recreación

de la sociedad que somos,

que el carnaval desfoga, reconvierte y

revitaliza. Las obras no se enmarcan

dentro del manido discurso de la identidad,

que equivoca muchas veces su

Sin títulos.

interpretación del hecho cultural, sino

en una visión renovadora de nuestra realidad, que

trasciende el precarnaval y los días oficiales, los

únicos eventos que les importan a los medios de

desinformación social.

92

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 92-92. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537


Los ensacados.

Martha Luz de Castro:

“Puedo decir que estoy conectada

con la obra de Goya…”

Óscar Jairo González Hernández*

Todas las ilustraciones son de Martha Luz de Castro

En la cámara y en la mirada de Martha Luz de

Castro lo que se instala para ella misma es la incesante

y obsesiva manera lúcida de hallar, de dar

luminosidad, de revelar lo que para el observador

está oculto, lo que no le es visible de manera inmediata,

y en las que, por medio de los sentidos,

tiene que hacer una torsión y peso sensible para

hacer evidente, en el mayor sentido e indicación

de la evidencia; o sea, no es aquella evidencia de

la evidencia, sino de lo que la percepción pone en

evidencia.

La mirada de Martha Luz es una mirada que

busca, examina, siente y halla. No una mirada

cualquiera, sino una mirada que tiende necesaria-

*Profesor de Teoría e Historia del Arte.

mente a hacer tensión sobre sí misma, en ella. Una

mirada que no está en ella como tal, sino que ella

prepara y provoca, perturba y lleva a la cámara.

Mirada y cámara se mezclan y combinan entre sí,

porque ella lo quiere, lo provoca.

Cuando descubre a Goya, tras mirarlo, exacerbar

los sentidos al mirarlo, y con drástica mirada

en formación, no como la mirada de la Medusa,

que ya es en sí Medusa, sino la mirada que tiene

que formar, halla pues en Goya una relación indisoluble

entre Goya y el carnaval, como antes lo

había hecho y realizado de manera extraordinaria

con el barroco, y dentro de la teatralidad del barroco

y la muerte. Fiesta de los sentidos y muerte de

estos, en el drama barroco de Goya y el carnaval;

porque lo que hay, el hilo conductor entre Goya y

Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 93-96. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537

93


Martha Luz de Castro

Nacida en Medellín, de familia barranquillera.

Estudios: Economista, Universidad de Antioquia;

Troisième Cycle, Institut d’Études Économiques

et Sociales de Paris ; Economista en ISA: Estudios

económicos y evaluaciones financieras; Cursos de

fotografía en la Academia Cultural Yurupary; Ejercicio

de la fotografía con énfasis en los procesos

digitales; Cursos, seminarios y conferencias sobre

arte en general y sobre fotografía en particular; Socia

activa del Club Fotográfico Medellín –CFM.

Exposiciones individuales

Érase una vez... Hotel Four Points Sheraton, durante

las II Jornadas Internacionales de la Nueva

Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, NEL (2002).

Después de siglos antes... antes de siglos después...

Galería Yurupary, Medellín; Sala de arte de Comfamiliar,

Barranquilla; Club ABC, Barranquilla; Café

de arte “El Polp”, Valencia, España (2003). Interconexión

Eléctrica S.A., Medellín; Liceo Salazar y

Herrera, Medellín; IE Antonio Ricaurte, Medellín

(2004).

Crónica de un carnaval con Goya. Museo de la Universidad

de Antioquia; Café Literario El Taller, Medellín;

Isagen Medellín (2004). Casa del Carnaval,

Barranquilla; Hotel Dann, Medellín (2005).

¿Por qué están amarillos y verdes Café Literario El

Taller, Medellín; Galería Yurupary, Medellín; Club

ABC, Barranquilla (2006).

Tú eres tu autorretrato, tú eres tu autor, tú eres tú, tú

eres, tú… Galería Yurupary, Medellín (2006). Nueva

Escuela Lacaniana de Psicoanálisis, NEL, Medellín

(2007).

Del disparate de Goya al disparate del carnaval

Fundación Universitaria Bellas Artes, Medellín

(2010). Museo del Caribe, Barranquilla (2011).

Exposiciones colectivas

Salón Colombiano de Fotografía, 2002, 2010.

Salón de arte fotográfico UPB, 2001, 2002, 2003,

2005, 2006.

Salón “Los trabajos y los días” de la Escuela Nacional

Sindical, 2002, 2003.

Yurupary 20 años de fotografía, 2005.

Club Fotográfico Medellín 50 años, 2005.

Club Fotográfico Medellín 55 años. El Medellín del

Bicentenario, 2010.

Distinciones

15º Encuentro Colombiano de Fotografía, mejor

portafolio, 2002.

Salón Colombiano de Fotografía, mención de honor,

2002.

Salón de arte fotográfico UPB, 2º puesto, 2005.

Medellín, abril de 2011.

Sin título.

el carnaval, es la misma tensión, el mismo extravío,

el mismo mundo de las insólitas y extrañas

combinaciones del mundo real y del mundo irreal,

de la visión de lo extraño; y lo mismo ocurre en el

carnaval. En Goya, hacia la locura, la ironía y la

risa; y en el carnaval, hacia el exceso, el furor y

el frenesí hedonista, y que tiene como medida el

exceso. En uno, Goya lo oscuro y lo luminoso de

su visión; en el otro, el carnaval, el exceso de la

luz, de la máscara y de la burla.

Es esto lo que ha sabido muy bien ver y hacernos

ver, con su mirada y su cámara, Martha Luz de

Castro, y aquí nos los dice, desde su perspectiva:

¿En qué momento es usted consciente de que le interesa,

le llena y le posee la necesidad, esencial y básica

de hacer fotografía

Desde que “saqué de mi cabeza” la actividad que

la había ocupado durante 30 años, ya fuera estudiando

o trabajando: la economía.

¿Concede usted mayor relevancia en su tarea, en su

hacer estético a la técnica o a la intuición, cómo se da

o no esa relación

Cada una tiene su momento. La intuición me lleva

al encuentro de la temática a fotografiar y a dar

los primeros pasos para definir lo que quiero hacer

con las fotografías. La técnica es el medio que me

permite hacer lo que quiero.

Es básico decir que la mirada de un fotógrafo se forma:

¿Cómo ha ido usted provocando la formación de su

mirada

Tomando y analizando mis fotos. Mirando y analizando

las fotos de los otros.

94


Es indudable que usted relaciona sus estudios

de la pintura en la historia del arte

con la fotografía: ¿Cuándo decide hacerlo

y por qué

Fue un encuentro casual mientras tomaba

fotografías de recicladores. Al mirar

una de esas fotos tomadas por mí, recordé

la pintura del San Sebastián de Mantegna.

Al compararlas encontré muchos

parecidos de orden formal, de expresión

y de actitud entre san Sebastián y un

reciclador.

A partir de ahí, sentí que podía llevar

al pasado personas a quienes había fotografiado

o traer al presente personajes

de las pinturas que por alguna razón me

habían conmovido, de manera que las

fotos podían acompañar a las pinturas

o viceversa.

Observamos que, en sus temas, hay una constante

temperatura y temperamento por relacionarse con el

arte del llamado Barroco, ¿por qué

Por el realismo de la representación pictórica de

ese período. Porque entre los temas del Barroco

está la vida cotidiana y porque durante el Barroco

se representa al hombre de una manera realista.

¿Cómo y desde dónde en usted, en su forma de ser,

comienza a desarrollarse la conexión que hace con

Goya, y por qué él y, más en concreto, Los disparates

La conexión con Goya existe desde muchos años

atrás. De pequeña me encantaron sus pinturas

alegres. De estas recuerdo a Las lavanderas, La

gallina ciega, El pelele, El quitasol…

Sin título.

Disparate femenino.

En los 70, cuando estudiaba en París, asistí

a una exposición de Goya en l’Orangerie y luego

visité las salas de Goya en el Museo del Prado; allí

descubrí la faceta “oscura” en sus pinturas sobre

la guerra y en sus Pinturas negras. Más adelante

empecé a estudiarlo y conocí sus grabados. Un

pintor tan polifacético y una obra tan compleja

me impactaron profundamente.

¡Puedo decir que estoy conectada con la obra

de Goya, por la manera como representa la condición

humana; y, en particular, con Los disparates,

porque estos tienen un ingrediente adicional: son,

o parecen ser, imágenes de sueño o de pesadilla,

traídas del inconsciente!

¿Cuándo se da en usted el deseo de establecer

esa relación entre Goya y el carnaval de Barranquilla,

y para qué

El deseo de establecer esa relación se dio

en el año 2004 cuando regresé del carnaval

y vi las fotografías que había tomado. El

encuentro inicial fue entre la pintura de

Goya El pelele y una de mis fotografías del

Entierro de Joselito Carnaval. Ahí me dije:

¡Joselito es un pelele!

A partir de allí surgieron imágenes que

me hicieron traer a Goya al carnaval de

Barranquilla, en la serie que titulé “Crónica

de un carnaval con Goya”. Esta es una

serie bastante festiva donde el encuentro

fue principalmente con los cartones para

tapices y con los retratos: era el encuentro

95


Sin títulos.

con la capa exterior del carnaval y del disfraz. Creo

que establecí esa relación porque el carnaval de

Barranquilla es una fiesta popular que tiene raíces

españolas, indígenas y negras. Las raíces españolas

se manifiestan en algunas danzas, disfraces y

festejos del carnaval.

En la serie sobre Los disparates voy un poco más

allá: intento vaciarlos de sentido al establecer su

estructura formal, interpretarlos al seleccionar los

que para mí son sus protagonistas, y reinterpretarlos

poniéndole color a lo que es negro y oscuro,

¡y proponiendo visualmente que en el disparate del

carnaval los sueños y las pesadillas se hacen realidad!

Tal vez establezco esa relación para convocar, a

quienes ven y/o viven el carnaval, ¡a que vayan más

allá de lo que está en la primera capa del disfraz,

de la danza, de la comparsa y de la fiesta!

La vida atormentada, las visiones delirantes de Goya,

de donde usted extrae su mundo fantástico, ¿qué tendrían

que ver con el carnaval de Barranquilla

Yo creo que la vida atormentada de Goya, sus

visiones delirantes y su mundo fantástico están

expresados en Los disparates. Estos parecen ser

la representación pictórica de sus sueños y pesadillas.

Sueños y pesadillas que tienen que ver con

la vida y la muerte, el amor y el odio, lo femenino

y lo masculino, la alegría y la tristeza, lo terrenal

y lo fantástico…

¡El carnaval es el disparate! En el carnaval, al

disfrazarse, las personas hacen realidad sus sueños

y sus pesadillas. Y proponen una nueva realidad

al disfrazarse de marimondas, monocucos,

descabezados, monstruos, muerte, diablos, sátiros,

animales fantásticos… personajes grotescos,

deformes, monstruosos y fantásticos muy cercanos

a los de Goya. Los unos son disparates pintados.

Los otros son disparates vividos y representados.

¿Podría usted hacer con su misma mirada y estudio

una serie de esta misma índole y naturaleza, desde

otros carnavales que hay en Colombia o en el mundo

Creo que no. En el fondo, a pesar de que la obra

de Goya trasciende el tiempo y el espacio y a pesar

de que todo carnaval es un disparate, yo establecí

esa relación con el carnaval de Barranquilla, porque

este dejó en mí huellas de niñez y juventud.

Probablemente, otros carnavales darían lugar a

otra mirada.

Desde su inicial exposición “Érase una vez…” (2002),

¿en qué medida observa y examina usted su evolución

sensible y formal, si podemos hablar en esos

términos.

Al leer a Machado y escuchar a Serrat, ellos me

invitan a decir que, en lo personal y en lo formal,

voy haciendo camino al andar.

96


Índice acumulado de

Para facilitar la consulta de los artículos aparecidos

en la revista Huellas, la Biblioteca de la

Universidad del Norte elabora el índice acumulado

de contenido.

El índice está dividido en tres secciones: autor,

título y materia, ordenadas alfabéticamente en

cada caso.

Para ayudar al manejo del índice se explican

a continuación los términos que componen cada

una de las citas de los artículos:

BACCA, Ramón Illán, 1938-. Meira Delmar: un poco de alegría

o simplemente nada, nº 85-86-87 (abr.-ago.-dic. 2010) ;

p. 56-57.

Índice de autor

ABELLO Roca, Carlos Daniel, 1930-. Un porvenir para Colombia:

Antología política de Francisco Posada de la Peña, nº

54 (dic. 1998) ; p. 58-63.

ABELLO Banfi, Jaime Orlando. El carnaval: una actividad

saludable, nº 71-75 (2005) ; p. 158-162.

ABELLO Banfi, Jaime Orlando. Radio universitaria: el desafío

de trabajar el periodismo, nº 80-81-82 (abr.-dic. 2008) ;

p. 16-23.

ABELLO Villalba, Margarita. Tres culturas en el carnaval de

Barranquilla, nº 71-75 (2005) ; p. 113-117, : fot.

ALARCÓN Meneses, Luis. Documentos para una historia del

carnaval de Barranquilla, nº 71-75 (2005) ; p. 76-89.

ALARCÓN Meneses, Luis Alfonso. Comportamiento electoral y

actores políticos en el Estado Soberano del Magdalena, nº

55 (abr. 1999) ; p. 11-22.

ALONSO, Marta Cecilia. Cumbiambera, nº 71-75 (dic. 2005) ;

p. 205.

ALVARADO Borgoño, Miguel. Notas sobre narración e ideología

frente a la diversidad latinoamericana, nº 78-79 (abr.-dic.

2007) ; p. 42-53.

ARÉVALO Correa, Carmen. El Museo del Caribe y la construcción

de la . -- 6 p., nº 85-86-87 (abr.-ago.- dic. 2010) ;

p. 30-35.

AMADOR, Mónica. Un horizonte de amor, nº 54 (dic. 1998) ;

p. 34-37.

ANDRADE Álvarez, José Joaquín. Francia y el ideal de la libertad,

nº 56-57 (ago.-dic 2000) ; p. 62-63.

ANDRADE Álvarez, José Joaquín. La Universidad del Norte y

la formación del hombre en el mundo Contemporáneo, nº

60-61 (2001) ; p. 5-8.

ARISTIZÁBAL Montes, Patricia. Criterios del canon en la literatura

colombiana de la segunda mitad del siglo XX, nº

58-59 (2000) ; p. 32-36.

BACCA, Ramón Illán, 1938-. Entrevista con Alfonso Fuenmayor:

Barranquilla y su grupo, nº 63-66 (2002) ; p. 156-160.

BACCA, Ramón Illán, 1938-. Voces de Barranquilla, nº 69-70

(dic. 2004) ; p. 60-68: fot.

BACCA, Ramón Illán, 1938-. En tiempo de carnaval: Unas

miradas bizcas sobre la Barranquilla de mis., nº 71-75

(2005) ; p. 177-185: fot.

BACCA, Ramón Illán, 1938-. Meira Delmar: un poco de alegría

o simplemente nada, nº 85-86-87 (abr.-ago.-dic. 2010);

p. 56-57.

BANCELIN, Claudine. Yo fui Jesucristo, nº 71-75 (dic. 2005) ;

p. 197-198, : fot.

BANCELIN, Claudine. Álvaro Cepeda Samudio y el cine, nº

85-86-87 (abr.-ago.- dic. 2010) ; p. 53-55.

BANCELIN, Claudine. India: nostalgia y olvido de un pasado

aciago, nº 78-79 (abr.-dic. 2007) ; p. 113-116.

BANCELIN, Claudine. Noé León: Revive, nº 58-59 (abr.-ago.

2000) ; p. 81-85.

BANCELIN, Claudine. Entre ráfagas de viento, nº 69-70 (dic.

2004) ; p. 85-89.

BARRAMEDA Morán, Armando. Radar: Alfonso Fuenmayor,

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BARRIOS Lizcano, Manuel. Problema social, nº 71-75 (dic.

2005) ; p. 206-212.

BARRIOS Lizcano, Manuel. Amor de madre, nº 71-75 (dic.

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BASSI Arévalo, Ernesto. La invención de una nación andina:

criollos ilustrados, conflictos partidistas, y la descaribeñización

de la nueva república colombiana, 1808-1837, nº

85-86-87 (abr.-ago.- dic. 2010) ; p. 8-18.

BASSI Labarrera, Rafael 1947-. La música cubana en Barranquilla,

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del Atlántico: semblanza del general Diego A. de Castro

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dos caudillos venezolanos en la formación del Estado

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85-86-87 (abr.-ago.- dic. 2010) ; p. 123-136.

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Huellas 88 y 89. Uninorte. Barranquilla

pp. 97-121. 04/MMXI - 08/MMXI. ISSN 0120-2537

97


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BLANCO D’Andreis, Judith. Órdenes imperativas al corazón,

nº 71-75 (dic. 2005) ; p. 30.

BLANCO Romero, Wilson. Tabaco y comercio en el Carmen

de Bolívar a mediados del siglo XIX, nº 54 (dic. 1998) ;

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BLANCO Romero, Wilson. El Carmen de Bolívar y su comarca

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FUENMAYOR, Alfonso 1915-1994. Así lo ven ellos: Ni más acá

ni más allá, nº 63-66 (2002) ; p. 181-182.

FUENMAYOR, Alfonso 1915-1994. De la vulgaridad en la televisión:

Ni más acá ni más allá, nº 63-66 (2002) ; p. 182-183.

FUENMAYOR, Alfonso 1915-1994. Lo triste es así: Ni más acá

ni más allá.nº 63-66 (2002) ; p. 183-184.

FUENMAYOR, Alfonso 1915-1994. ¿Se acabará la chabacanería:

Ni más acá ni más allá .nº 63-66 (2002) ; p. 185.

FUENMAYOR, Alfonso 1915-1994. Haciendo comparaciones:

Ni más acá ni más allá, nº 63-66 (2002) ; p. 190.

FUENMAYOR, Alfonso 1915-1994. ¿Pondremos el congrejo en

99


el escudo: Ni más acá ni más allá, nº 63-66 (2002) ; p. 191.

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Índice por tÍtulo

20 años de Uninorte F.M. Estéreo, nº 69-70 (dic. 2004)

25 años de Uninorte FM Estéreo: educación y cultura con

identidad Caribe, nº 80-81-82 (abr.-dic. 2008) , p. 11-13

A propósito de una frase, nº 63-66 (2002) ; p. 111-112

A propósito del maestro León, nº 63-66 (2002) ; p. 95-100

[El]abc del carnaval de Barranquilla: vocablos, términos y

definiciones para gozarse el carnaval sin parecer foráneo,

no hacer el oso y estar en la jugada /nº 71-75 (2005) ;

p. 173-176,

[La]acreditación de la Universidad del Norte, nº 69-70 (dic.

2004) ; p. 50-51

[El]activo de la cursilería, nº 63-66 (2002) ; p. 104-105.

Alberto Assa: Quijote bizantino en Barranquilla: 1952-1996,

nº 83-84 (abr.-ago. 2009) ; p. 9-14

Alfonso Fuenmayor en el Suplemento del Caribe, nº 63-66

(2002) ; p. 60-67

Alfonso Fuenmayor y el periodismo barranquillero, nº 63-66

(2002) ; p. 27-36

Alfonso Fuenmayor, el amigo: Croquis al carbón, nº 63-66

(2002) ; p. 113-118

Alfonso Fuenmayor, nº 63-66 (2002) ; p. 120.

Alfredo Armenteros: Sabor a Chocolate, nº 54 (dic. 1998) ;

p. 47-54.

Álvaro Cepeda Samudio, nº 63-66 (2002) ; p. 102.

Álvaro Cepeda Samudio y el cine, nº 85-86-87 (abr.-ago.- dic.

2010) ; p. 53-55

Amor de madre, nº 71-75 (dic. 2005) ; p. 212-217

Antes del velorio, nº 80-81-82 (abr.-dic. 2008) ; p. 32-34

Aproximación a una metapoética del agua en Octavio Paz, nº

56-57 (1999) ; p. 29-35

Aproximación crítica al concepto de bacán, nº 69-70 (dic.

2004) ; p. 40-43

Aproximaciones a García Márquez, nº 63-66 (2002) ; p. 153-155

Aquellos carnavales.., nº 71-75 (dic. 2005), p. 110-

Así era nuestro carnaval: Tradiciones y costumbres, nº 71-75

(2005) ; p. 102-105,

Así lo ven ellos: Ni más acá ni más allá, nº 63-66 (2002) ;

p. 181-182.

Autonomía del erotismo y la muerte de Leandro Díaz , nº 76-77

(abr. -ago. 2006) p. 46-48

[El]baile de la Victoria de Antonio Skármeta: cuento relleno con

guarnición de crónicas y baladas en su salsa p. 30-32

Barranquilla en la visión de Marvel Moreno: Reflexiones de un

historiador de la ciudad, nº 71-75 (2005) ; p. 36-44

Barranquilla y el proceso de urbanización latinoamericana en la

época colonial, nº 85-86-87 (abr.-ago.- dic. 2010) ; p. 19-29

Barranquilla y la historia, nº 71-75 (2005) ; p. 11

Barranquilla y los orígenes de la Empresas Publicas, nº 58-59

(2000) ; p. 26-31

[El]barranquillero, nº 63-66 (2002) ; p. 106-108.

Barrio Abajo, nº 63-66 (2002) ; p. 105-106

Beethoven para niños, nº 80-81-82 (abr.-dic. 2008) ; p. 157-161

Borradores, nº 63-66 (2002) ; p. 175-176.

[las]buenas maneras, ¿qué se hicieron: Ni más acá ni más

allá, nº 63-66 (2002) ; p. 174.

[El]cachaco de chinchurria y chanchullo: Ni más acá ni más

allá / nº 63-66 (2002) ; p. 141

Cantinflas, nº 63-66 (2002) ; p. 103.

Cantos de hoy en el Caribe colombiano: Reelaboración de los

versos tradicionales, nº 69-70 (dic. 2004) ; p. 10-17

Carlos Angulo Valdés y su contribución a la arqueología del

Caribe, nº 60-61 (2001) p. 9-11

Carlos Pellicer: Ni más acá ni más allá, nº 63-66 (2002) ; p. 122.

Carmen de Bolívar y su comarca en la historia: A propósito de

su fundación , nº 69-70 (dic. 2004) ; p. 34-39

Carnaval: ceremonia panteísta, deleite pagano, nº 71-75

(2005) ; p. 27-30

[El]carnaval: una actividad saludable, nº 71-75 (2005) ;

p. 158-162,

Carnaval como desacralización de la fiesta, nº 71-75 (2005) ;

p. 45-52

Carnaval de ayer y de hoy, nº 71-75 (2005) ; p. 24-26

Carnaval de Barranquilla, nº 71-75 (dic. 2005) p. 19-23

Carnaval de Barranquilla: Obra Maestra del Patrimonio Oral e

Intangible de la Humanidad /, nº 71-75 (2005) ; p. 1-146

Carnaval de Barranquilla: Patrimonio de la humanidad, breve

historia de una proclamación, nº 71-75 (dic. 2005) ;

p. 264-273

[El]carnaval de Barranquilla: una filosofía del carnaval o un

carnaval de filosofías, nº 71-75 (2005) ; p. 118-124

Carnaval de Barranquilla: patrimonio de la humanidad, nº

85-86-87 (abr.-ago.- dic. 2010) ; p. 137-139

[El]carnaval en las sociedades hispánicas del Caribe /, nº 71-

75 (2005) ; p. 125-138

[El]carnaval, vida para vencer a la muerte: Crónica de una

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Champeta/terapia: más que música y moda, folclor urbanizado

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Crónica de “Te olvidé” contada por sus protagonistas nº 71-75