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¿CÓMO OLVIDARTE

La memoria es la nueva frontera de la ciencia y un grupo de científicos de la UBA intenta entender cómo

funcionan los recuerdos, pero, sobre todo, los olvidos. Por Pablo Corso. Fotos de Javier Heinzmann

Como una relectura local de

¿Quieres ser John Malkovich,

el Instituto de Biología

Celular y Neurociencias de

la UBA está en el piso tres,

pero tiene la puerta en el

dos. No es un engaño surrealista, sino una contingencia

forzada por las obras que intervienen

ad eternum la Facultad de Medicina. Después de

digitar un código en el teclado y subir un trazado

laberíntico, estamos en la tierra prometida

de Pedro Bekinschtein. Su laboratorio dentro

del Laboratorio: cuatro paredes blancas, una

mesada que reemplaza otra con filtraciones,

una silla cómoda, un banquito incómodo. La

marca identitaria de la UBA: materia gris de

elite, infraestructura de lo-que-haya.

Mitad aporte estatal mitad autogestión,

cuando el lugar esté listo será la paradoja perfecta:

al fondo del Laboratorio de Memoria,

una oficinita consagrada al olvido. “Quiero

ser pionero en el estudio de sus mecanismos

biológicos”, dice Pedro (38), un muchacho

petiso y vivaz, guiado por un entusiasmo que

también es misión. El neurobiólogo está descubriendo

algo fascinante: contra toda lógica,

el olvido supone un proceso activo del

cerebro, en lugar de un decaimiento pasivo.

La memoria es un terreno resbaladizo: los

momentos más intensos pueden desaparecer

si alguien nos distrae, los falsos pueden sentirse

reales y todos se almacenan en un nolugar

más vinculado a la electricidad que a la

física. Bekinschtein lo fue aprendiendo en un

camino ascendente –doctorado en la UBA,

posdoctorado en Cambridge, investigador

del Conicet– que le permite sacar una radiografía

en HD: qué son los recuerdos, cómo se

forman, cómo nos cambian el cuerpo.

EL ORIGEN DE LA MEMORIA

Pensado desde el laboratorio, un recuerdo o

“trazo de memoria” es un conjunto de cambios

químicos y biológicos que se producen

en el cerebro para sustentar el almacenamiento

de información. La memoria incluye

todos los aspectos de los recuerdos, desde el

momento en que los datos se adquieren hasta

que se estabilizan, almacenan y evocan. Pedro

y una decena de investigadores del Instituto

la tratan como “una representación interna

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Pedro

Bekinschtein es

un neurobiólogo

que estudia los

mecanismos

para el olvido.

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del mundo externo que causa un cambio en

el comportamiento”. Es fácil de ver en los animales

que, por decirlo de algún modo, contribuyen

al conocimiento humano: cambian su

conducta porque aprendieron algo. Como el

perro de Pavlov, los ratones de Bekinschtein

pueden asociar una bocina con un shock eléctrico.

Después de un par de pruebas, si escuchan

el tono se paralizan por el miedo. En ese

aprendizaje vive la memoria.

“Si le enseño algo a una rata, si la hago evocar

un recuerdo, además de ver su conducta

puedo meterme en su cerebro y ver qué cambios

hubo”, se entusiasma Pedro. Es que los

aprendizajes inducen alteraciones neuronales,

moleculares y hasta morfológicas. Ejemplos:

los electrodos conectados al cerebro permiten

medir la actividad de las neuronas y las redes

implicadas en la escucha de la bocina. Las

pruebas pueden haber cambiado su estructura

cerebral a simple vista (de microscopio). Y

para saber si el aprendizaje activa un gen determinado,

“unís un anticuerpo a la proteína que

querés medir, lo asociás a algo fluorescente y

así lo podés ver”, explica Pedro como quien da

la receta de una tarta. También se puede intervenir

el gen con fármacos, bloqueándolo para

saber si se da el aprendizaje o la evocación. Por

algo les dicen ratas de laboratorio.

Los científicos todavía no reconstruyeron

el camino completo de los recuerdos, pero tienen

algo muy claro. Dentro del lóbulo temporal,

el hipocampo juega un papel decisivo en

el procesamiento de la memoria episódica, la

que guarda momentos únicos e irrepetibles.

Esos que tienen espacio, contexto y tiempo,

como un cumpleaños o un accidente. Es uno

de los puntos de diferencia con los animales,

que no pueden viajar en el tiempo.

La función del hipocampo se conoce gracias

al paciente más famoso de la neurociencia,

Henry Molaison. Tras su muerte en 2008, la

Universidad de San Diego le cortó el cerebro

en pedacitos para trazar un mapa tridimensional:

fue un caso único. Los médicos le habían

extirpado el hipocampo para paliar su epilepsia.

Las convulsiones se terminaron, pero no

fue gratis. Henry empezó a mostrar síntomas

de una amnesia anterógrada: no podía incorporar

información a largo plazo ni se acordaba

de cómo volver a su casa. Había perdido

los recuerdos de la década previa. Pero podía

aprender cosas. Si tenía que copiar un dibujo,

al día siguiente lo hacía mejor y más rápido.

Conservaba la memoria implícita, la que no

necesita un nivel máximo de conciencia. Su

historia sirvió para concluir que las memorias

de corto y largo plazo están mediadas por

áreas cerebrales diferentes, y que el hipocampo

atesora –si no todos– al menos parte de lo

que nos hace ser quienes somos.

Lo que se mantiene es el enigma de su “ubicación”.

Todo indica que no van a un lugar

específico del cerebro. Más bien, se almacenan

en las conexiones neuronales. Volvamos

a Biología del colegio: en la sinapsis, el axón de

una neurona se une a las dendritas de la otra

para transmitirle información y generar nuevas

respuestas. Los recuerdos se almacenan

precisamente en esas redes. “La manera en

que se transmite la electricidad varía –explica

Pedro–: hay conexiones mejores y peores.

El aprendizaje modifica su fuerza, y fortalece

los circuitos involucrados en cada recuerdo”.

De nuevo, el perro de Pavlov y los ratones del

Instituto: una vez entrenados, son capaces de

unir dos representaciones (campana con comida,

bocina con electricidad) que antes estaban

en circuitos separados o débilmente unidos.

LAS FALLAS DE LA

MEMORIA PUEDEN

SER FATALES EN

UN TRIBUNAL. LA

MATEMÁTICA Y

PSICÓLOGA ELIZABETH

LOFTUS TIENE UNA

TESIS INQUIETANTE:

LOS TESTIGOS OCULARES

DE UN JUICIO SON

MUY SUSCEPTIBLES

DE GENERAR

RECUERDOS FALSOS.

LA FRAGILIDAD DE LOS RECUERDOS

La memoria es una constante evolutiva. A

pesar de las diferencias insalvables, los procesos

moleculares y las dinámicas temporales

de la formación de recuerdos son parecidos,

desde los insectos hasta los humanos.

El camino es así: los sentidos adquieren la

información y la información viaja al cerebro,

pero el cerebro tiene sus tiempos. La

memoria se estabiliza en el período de consolidación,

un programa de activación de genes

y fabricación de proteínas que reestructura

los circuitos neuronales.

Esos tiempos de estabilización pueden

durar minutos u horas, de acuerdo con el

tipo de información que se va a incorporar.

Una memoria de corto plazo puede durar

media hora. La de largo plazo, días, meses o

toda la vida. Para que una se transforme en

otra, es clave lo que pase en ese período crítico,

cuando la memoria es lábil y susceptible

a interferencias. “Si te pido que te acuerdes

de un número de teléfono y alguien te distrae

enseguida, podés perderlo con facilidad

–ejemplifica el investigador–. Pero si la distracción

pasa de acá a una hora, se van fijando

los circuitos y el proceso se estabiliza”,

explica Pedro.

En el laboratorio, todo el tiempo están

diseñando experimentos no invasivos para

despejar las dudas que generan los recuerdos.

Fabricio Ballarini, compañero de Pedro,

descubrió que el período de consolidación

puede manipularse para mejorar el aprendizaje

(algo que hacemos sin saber al tomar

café, que potencia esa ventana). Si le presentaba

una novedad a una rata (no un cambio

diario, más bien uno de ambiente), Fabricio

veía cómo podía transformar un aprendizaje

que no generaba memoria duradera en

otro que sí lo hiciera. La condición era que

la novedad se presentara cerca del momento

del aprendizaje. Los investigadores unieron

A con B y pidieron permiso en las escuelas.

“El aprendizaje fue la lectura de un cuento.

La novedad, una clase de ciencias”, acota

Pedro. Para los detalles difíciles del cuento,

la memoria mejoraba mucho con la clase.

Los recuerdos son frágiles: pueden manipularse,

borrarse o desaparecer. Si no los perdemos

por interferencias durante el período

de consolidación, pueden irse durante la

reactivación. Cuando agregamos información

a uno ya almacenado, el que se vuelve

a guardar es distinto. Al actualizar, también

cambiamos el pasado.

Esa fragilidad puede ser más o menos inocente.

“Es muy fácil inducir un recuerdo falso”,

alerta Pedro. Hay un documental que muestra

cómo una chica sufre el robo de su billetera en

un parque. Los testigos lo discuten sin saber

que todo es simulado. En medio del debate,

dos infiltrados van tirando datos falsos: palabras

que no se dijeron, movimientos que no

se hicieron. En sus relatos posteriores, los testigos

llenan los huecos con esa información.

Nadie puede convencerlos de que es mentira.

Cuanto más se refuerza todo con datos falsos,

más detallado se vuelve el supuesto recuerdo.

Las fallas de la memoria pueden ser fatales

en un tribunal. La matemática y psicóloga

Elizabeth Loftus tiene una tesis inquietante:

los testigos oculares son muy susceptibles

de generar recuerdos falsos. Es común en los

lineups de sospechosos que vemos en series y

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películas: los afectados piensan que uno de

ellos “tiene” que ser. O eligen al más parecido.

Loftus se basó en casos como el de Jennifer

Thompson, la víctima de una violación que

identificó a un agresor incorrecto. Hoy gira

por Estados Unidos explicando a jueces,

fiscales y jurados que hasta en las mejores

condiciones de observación, un alto nivel de

estrés reduce la habilidad de recordar.

Los familiares de víctimas odiaron a Loftus

en muchos juicios: políticamente incorrecta,

planteaba que el recuerdo perfecto de la cara

del abusador puede ser sencillamente irreal.

“Y si una madre acusa recurrentemente al

esposo de haber abusado de su hijo, el chico

puede incorporarlo, aunque sea falso”, agrega

Pedro. El asunto está narrado en la terrible

pero magistral Jagten (La cacería) de Thomas

Vinterberg, donde un maestro de un pueblo

mínimo es acusado de abusar de la hija de

su mejor amigo. Lo que sigue es un thriller

psicológico con linchamiento. Mejor dicho,

intento de linchamiento: la película transcurre

en Dinamarca.

La inducción de recuerdos (hay experimentos

que pueden convencerte de que estuviste

perdido en un shopping a los seis años y que

te rescató un anciano) se probó como algo tan

sencillo que algunos países ya están empezando

a desalentar el uso de testigos oculares.

La buena noticia es que hay cada vez más

formas de encontrar evidencia física de los

crímenes; los análisis de ADN se cruzan con

los testimonios para medir su confiabilidad y

estar mucho más cerca de la verdad.

LA VOLUNTAD DE OLVIDAR

Hoy a Pedro le interesa el olvido. Su proyecto

de doctorado se centraba en las bases

moleculares de la persistencia de la memoria.

Resuelta la tesis, llegó el momento de pasar al

lado oscuro. La idea de que olvidar implica un

proceso activo era demasiado atractiva. Un

territorio ideal para romper el sentido común,

forzar el campo y dar pasos más largos.

En los setenta, el borrado y la manipulación

de recuerdos eran patrimonio de la hipnosis.

Los pacientes con estrés postraumático,

gatillados sin piedad por episodios insoportables,

seguían el movimiento del péndulo

para matar sus demonios. La práctica

fue cayendo en el olvido; el efecto es dudoso,

aunque en ambientes controlados permite

estudiar cambios en el comportamiento.

Ahora las memorias se alteran en el laboratorio.

Se crean y borran bajo los principios de

reconsolidación y reactivación. En el experimento

de la rata y la electricidad, la memoria

se reactiva y se puede interferir bloqueando

la actividad de genes y la fabricación de proteínas.

Del cuadrúpedo al humano, aventura

Pedro, “esa es una ventana donde uno podría

actuar farmacológicamente para deshacerse

de un recuerdo traumático”.

El cine lo anticipó. En Eterno resplandor de

una mente sin recuerdos, la fantasía de obturar

el sufrimiento por amor se cristaliza cuando

dos de sus protagonistas se someten al

borrado de memoria que vende la clínica

Lacuna Inc. La peli abreva, a su vez, en una

máquina que imaginó el francés Boris Vian

en sus libros La hierba roja y El arrancacorazones.

Pedro recuerda –valga el verbo– otro

hito del olvido cinematográfico: “En Matrix,

un personaje pide volver a la matriz porque

ya no quiere recordar nada”. Y en “Funes, el

memorioso”, Borges fue por el lado opuesto.

Su personaje se acuerda de todo.

Disciplina paradojal, la neurociencia recurrió

a los Funes reales para aprender sobre

el olvido. Un día, al periodista ruso Solomón

Shereshevski le pidieron que no tomara

apuntes mientras escuchaba un discurso. Lo

recordó palabra por palabra. Los superpoderes

se fueron develando: el hombre tardaba

minutos en memorizar fórmulas matemáticas

complejas, poemas y frases en otros idiomas.

La afección se llamó síndrome hipermnésico.

Shereshevski era un sinésteta: como sus

sistemas de percepción estaban cruzados, un

número podía evocarle un olor. Esa forma de

percibir el mundo le facilitaba acordárselo. La

otra Funes se llama Jill Price. En 1974, cuando

tenía ocho años, se dio cuenta de que algo

andaba demasiado bien. Tenía una memoria

episódica y autobiográfica prodigiosa: recordaba

todos los eventos de la vida. Hoy sigue

siendo un caso de estudio, jura que recuerda

cada día desde 1980. Este año cumple 49.

Cuanto más se sabe sobre el tema, más

Funes salen del clóset de la memoria. “Lo

sorprendente es que no suelen ser personas

cognitivamente avanzadas”, acota Pedro.

“Algunos tienen muchos problemas para

focalizar y aprender cuestiones abstractas”.

Algo imposible si cada cosa que aprendés

adquiere una entidad particularísima. Para

que la memoria sea eficiente, hay que obviar

detalles. Saber que esos dos cuadernos son

distintos pero siguen siendo cuadernos. Si no

aprendés a armar conceptos, no aprendés.

Pedro va hacia la terra incognita del olvido.

Pasará sus próximos años averiguando por

qué algunos recuerdos se pierden y otros no.

Olvidamos para borrar y dejamos espacio

para lo nuevo. Qué áreas del cerebro trabajan

para eso, qué señales emitimos para que la

memoria desaparezca. Una de las pistas está

en los mecanismos para inhibir acciones (estabas

por hacer algo, pero recordaste que tenías

otra cosa), que también parecen intervenir en

la selectividad de los recuerdos. Se frena la

evocación de uno para que se exprese el otro.

¿Cómo y por qué Algunos estudios aseguran

que el olvido es voluntario, en un proceso

demasiado parecido a la represión freudiana.

Temerarias como pocas, las neurociencias ya

pisan la patria sacrosanta del psicoanálisis. B

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