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Perspectiva y enunciación narrativas (1) - Luz Aurora Pimentel

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Dickens, Charles, Grandes esperanzas. Obras completas. (trad.) José Méndez Herrera. Madrid, Aguilar, 1962, II, 1477-78.<br />

(...) llamé y me contestaron desde dentro que entrase. Entré, pues, y me hallé en una habitación bastante espaciosa y bien iluminada<br />

con velas de cera. No se observaba en ella ni un solo resplandor de la luz del día. Deduje que era una alcoba, por los muebles, si bien<br />

muchos de ellos eran de forma y uso totalmente desconocidos para mí. Pero destacaba en ella una mesa vestida con un espejo dorado,<br />

e inmediatamente que lo vi decidí que era el tocador de una hermosa dama [fine lady]. No puedo afirmar, si al no haber visto allí<br />

sentada a ninguna mujer [fine lady], hubiera definido tan pronto aquel objeto. En un sillón, con el codo apoyado en la mesa y la<br />

cabeza recostada en la mano, hallábase sentada la mujer más extraña que había visto ni veré jamás.<br />

Vestía ricas ropas—satenes, encajes y sedas—, todas blancas. Blancos eran sus zapatos. Y llevaba un largo velo blanco que<br />

le pendía del cabello, con flores nupciales en el pelo; más éste era blanco también. Algunas brillantes alhajas centelleaban en su cuello<br />

y en sus manos, y otras joyas descansaban relucientes sobre la mesa. Por todas partes había esparcidos vestidos, menos espléndidos<br />

que el que ella llevara, y baúles a medio cerrar. No había terminado de vestirse del todo, ya que sólo tenía puesto un zapato—el otro<br />

estaba sobre el tocador, cerca de ella—, el velo aún no estaba arreglado, y no se había puesto todavía la cadena ni el reloj. Algunos de<br />

los encajes de su pechero yacían junto a estas joyas, con el pañuelo, los guantes, algunas flores y el libro de oraciones, todo<br />

confusamente amontonado al lado del espejo.<br />

Todas estas cosas no las advertí en los primeros momentos, si bien vi más de las que esperaba ver [than might be supposed].<br />

Pero sí noté [But I saw] que todo lo que se ofrecía ante mis ojos, y que debiera ser blanco, lo había sido en un tiempo, mas había<br />

perdido su esplendor y estaba descolorido y amarillo. Vi que la novia que vestía el traje nupcial estaba tan mustia como el vestido y<br />

como las flores, y que no le quedaba otro brillo que el de sus ojos hundidos. Observé que aquel vestido se lo había puesto una figura<br />

rolliza de mujer joven, y que la persona sobre la que ahora colgaba holgadamente habíase convertido en un montón de huesos. Una<br />

vez, en la feria, habíanme llevado a ver unas espantosas figuras de cera, imagen de no sé qué imposible personaje yacente en su<br />

túmulo. Otra vez fui a nuestras viejas iglesias de los marjales a ver un esqueleto entre las cenizas de un rico vestido, enterrado en una<br />

cripta bajo el pavimento de la iglesia [that had been dug out of a vault under the church]. Ahora, las figuras de cera y el esqueleto<br />

parecían tener unos negros ojos que se movían para mirarme. Habría gritado si hubiera podido.<br />

Juan Rulfo, Pedro Páramo. México, F.C.E.<br />

Susana San Juan oye el golpe del viento contra la ventana cerrada. Está acostada con los brazos detrás de la cabeza, pensando, oyendo<br />

los ruidos de la noche; cómo la noche va y viene arrastrada por el soplo del viento sin quietud. Luego el seco detenerse.<br />

Han abierto la puerta. Una racha de aire apaga la lámpara. Ve la oscuridad y entonces deja de pensar. Siente pequeños susurros. En<br />

seguida oye el percutir de su corazón en palpitaciones desiguales. Al través de sus párpados cerrados entrevé la llama de la luz.<br />

No abre los ojos. El cabello está derramado sobre su cara. La luz enciende gotas de sudor en sus labios. Pregunta:<br />

-¿Eres tú, padre // -Soy tu padre, hija mía.<br />

Entreabre los ojos. Mira como si cruzara sus cabellos una sombra sobre el techo, con la cabeza encima de su cara. Y la figura borrosa<br />

de aquí enfrente, detrás de la lluvia de sus pestañas. Una luz difusa; una luz en el lugar del corazón, en forma de corazón pequeño que<br />

palpita como llama parpadeante. «Se te está muriendo el corazón -piensa-. Ya sé que vienes a contarme que murió Florencio; pero eso<br />

ya lo sé. No te aflijas por los demás; no te apures por mí. Yo tengo guardado mi dolor en un lugar seguro. No dejes que se te apague el<br />

corazón.»<br />

Enderezó el cuerpo y lo arrastró hasta donde estaba el padre Rentería.<br />

-¡Déjame consolarte con mi desconsuelo! --dijo, protegiendo la llama de la vela con sus manos.<br />

El padre Rentería la dejó acercarse a él; la miró cercar con sus manos la vela encendida y luego juntar su cara al pabilo inflamado,<br />

hasta que el olor a carne chamuscada lo obligó a sacudirla, apagándola de un soplo. Entonces volvió la oscuridad y ella corrió a<br />

refugiarse debajo de sus sábanas. El padre Rentería le dijo:<br />

-He venido a confortarte, hija. // -Entonces adiós, padre -contestó ella-. No vuelvas. No te necesito.<br />

Y oyó cuando se alejaban los pasos que siempre le dejaban una sensación de frío, de temblor y miedo.<br />

-¿Para qué vienes a verme, si estás muerto // El padre Rentería cerró la puerta y salió al aire de la noche.<br />

El viento seguía soplando. [51], pp. 117-119<br />

Salió de la tienda dando estornudos. Aquello era pura lumbre; pero, como le habían dicho que así se subía más pronto, sorbió un trago<br />

tras otro, echándose aire en la boca con la falda de la camisa. Luego trató de ir derecho a su casa donde lo esperaba la Refugio; pero<br />

torció el camino y echó a andar calle arriba, saliéndose del pueblo por donde lo llevó la vereda.<br />

-¡Damiana! -llamó Pedro Páramo-. Ven a ver qué quiere ese hombre que viene por el camino.<br />

Abundio siguió avanzando, dando traspiés, agachando la cabeza y a veces caminando en cuatro patas. Sentía que la tierra se retorcía,<br />

le daba vueltas y luego se le soltaba; él corría para agarrarla, y cuando ya la tenía en sus manos se le volvía a ir, hasta que llegó frente<br />

a la figura de un señor sentado junto a una puerta. Entonces se detuvo:<br />

-Denme una caridad para enterrar a mi mujer-dijo.<br />

Damiana Cisneros rezaba: «De las asechanzas del enemigo malo, líbranos, Señor». Y le apuntaba con las manos haciendo la señal de<br />

la cruz. Abundio Martínez vio a la mujer de los ojos azorados, poniéndole aquella cruz enfrente, y se estremeció. Pensó que tal vez el<br />

demonio lo había seguido hasta allí, y se dio vuelta, esperando encontrarse con alguna mala figuración. Al no ver a nadie, repitió:<br />

-Vengo por una ayudita para enterrar a mi muerta.<br />

El sol le llegaba por la espalda. Ese sol recién salido, casi frío, desfigurado por el polvo de la tierra.<br />

La cara de Pedro Páramo se escondió debajo de las cobijas como si se escondiera de laluz, mientras que los gritos de Damiana se oían<br />

salir más repetidos, atravesando los campos: «¡Están matando a don Pedro!».<br />

Abundio Martínez oía que aquella mujer gritaba. No sabía qué hacer para acabar con esos gritos. No le encontraba la punta a sus<br />

pensamientos. Sentía que los gritos de la vieja se debían estar oyendo muy lejos. [69], pp. 154-55


Henry James, The Turn of the Screw<br />

No se muy bien cómo referir mi historia con palabras que configuren un cuadro verosímil de mi estado de ánimo; pero en aquellos<br />

días era capaz de sentir regocijo en el extraordinario heroísmo que me exigían las circunstancias. Entonces comprendí que había sido<br />

llamada a realizar una tarea admirable y difícil, y que tendría su grandeza demostrar -¡ay, sí, en el lugar adecuado!- que podía tener<br />

éxito donde otras muchas jóvenes habían fracasado. Concebir mi función de un modo tan grandioso y tan simple supuso una inmensa<br />

ayuda, ¡y confieso que casi me aplaudo cuando vuelvo la vista atrás! Estaba allí para proteger y defender a las criaturitas más<br />

adorables y abandonadas del mundo, el atractivo de cuya indefensión se había vuelto de pronto demasiado manifiesto, produciéndome<br />

un dolor profundo y constante en mi entregado corazón. Estábamos verdaderamente aislados y juntos; estábamos unidos ante el<br />

peligro. Ellos sólo me tenían a mí y yo..., bueno, yo los tenía a ellos. En resumen, era una magnífica oportunidad. Esta oportunidad se<br />

me presentaba en forma de una clara imagen material. Yo era la pantalla, yo debía situarme delante de ellos. Cuanto más viera yo,<br />

menos verían ellos. Comencé a observarlos con sofocada tensión, con un nerviosismo disimulado que, de prolongarse demasiado<br />

tiempo, bien podría convertirse en algo similar a la locura. Lo que me salvó, según comprendo ahora, fue que se transformara en algo<br />

completamente distinto. No duró como tensión, sino que fue sustituida por horribles pruebas. Sí, digo pruebas porque realmente tuve<br />

que superarlas (...)<br />

Flora estaba muy concentrada en el juego. Estábamos al borde del lago y, como hacía poco que habíamos iniciado la geografía, el lago<br />

era el mar de Azov. En estas circunstancias, de repente me di cuenta de que, al otro lado del mar de Azov, teníamos un atento<br />

espectador. La manera en que se me hizo presente este conocimiento fue de lo más extraña; es decir, la más extraña del mundo, de no<br />

ser aún más extraña la manera en que de pronto se corporizó. Me había sentado con la costura -pues en el juego hacía de algo o de<br />

alguien que podía sentarse- en el viejo banco de piedra que dominaba el estanque; y en esta posición comencé a tener la certeza,<br />

aunque sin verla directamente, de la lejana presencia de una tercera persona. Los viejos árboles y el espeso matorral daban una sombra<br />

amplia y agradable, pero todo estaba inmerso en el resplandor de la hora apacible y calurosa. Pero no había posibilidad de error; no la<br />

había, por lo menos, en la certeza que tuve de repente sobre lo que vería enfrente de mí y al otro lado del lago en cuanto levantara los<br />

ojos. Tenía la vista puesta en el pespunte del que me ocupaba y, una vez más, sentí el espasmo fruto del esfuerzo por no apartarla<br />

hasta estar calmada y haber decidido qué iba a hacer. Había a la vista un objeto extraño, una figura cuyo derecho a estar presente puse<br />

inmediata y apasionadamente en cuestión. (...) Mi corazón se había detenido un instante ante el asombro y el terror de preguntarme si<br />

ella también lo veía; contuve la respiración mientras aguardaba a que me lo dijera con un grito o con cualquier otra repentina señal<br />

inocente de interés o de alarma. Esperé, pero no ocurrió nada; entonces, en un primer momento -y tengo la sensación de que esto es<br />

más espantoso que cuanto he relatado- llegué al convencimiento de que, en los últimos instantes, habían cesado todos sus anteriores<br />

ruidos; y en segundo lugar me pareció que, también desde unos instantes antes, se había vuelto hacia el agua sin interrumpir el juego<br />

[she had in her play turned her back to the water!!!!]. Tal era su actitud cuando finalmente la miré, con la firme convicción de que<br />

ambas seguíamos estando sometidas a la observación directa de una tercera persona. Ella había cogido un trocito plano de madera que<br />

parecía tener un agujero, lo cual sin duda le había sugerido la idea de clavarle otro trozo que hiciera de mástil y convertir el conjunto<br />

en un barquito. Mientras yo la observaba, estaba muy atenta y aparentemente concentrada en sujetar en su sitio la segunda pieza. Me<br />

retuvo mi atención por lo que hacía, de modo que hasta unos segundos después, no me atreví a mirar otra cosa. Entonces moví de<br />

nuevo los ojos: encaré lo que debía encarar---. Cap. 6<br />

-¡Está allí, está allí!<br />

La señorita Jessel estaba delante de nosotras en la otra orilla, exactamente igual que la otra vez, y es curioso que recuerde mi primera<br />

impresión, un escalofrío de alegría por tener, por fin, una prueba. Estaba allí y yo tenía razón, estaba allí y yo no era cruel ni estaba<br />

loca. Estaba allí para la pobre y asustada señora Grose, pero estaba allí, sobre todo, para Flora; y quizá ningún otro momento de<br />

aquella monstruosa temporada fue tan extraordinario como aquel en que, conscientemente, le envié un inarticulado mensaje de<br />

gratitud, con la sensación de que, siendo como era un demonio pálido y famélico, lo captaría y lo entendería (...)<br />

Verla sin la menor agitación en su carita sonrosada, ni siquiera simulando mirar hacia el prodigio, sino, en lugar de eso, tan sólo<br />

mostrándome una expresión seria, dura y serena, una expresión absolutamente nueva y sin precedentes, y que parecía interpretar y<br />

acusar y juzgarme, fue una especie de toque mágico que de alguna forma convertía a la propia niña en la mismísima presencia capaz<br />

de acobardarme. Me acobardé, aun cuando nunca había sido mayor que en aquel instante mi certeza de comprenderlo absolutamente<br />

todo, y ante la inmediata necesidad de defenderme, reclamé vehementemente su testimonio.<br />

-¡Está allí, pequeña desgraciada! ¡Allí, allí, allí, y la estás viendo tan bien como yo! (...)<br />

-No se a qué se refiere. No veo a nadie. No veo nada. Nunca he visto nada. Creo que usted es cruel. ¡No la quiero! (...)<br />

-Luego, se abrazó más estrechamente a la señora Grose y enterró entre sus faldas la aterrorizada carita. En esta posición emitió un<br />

lamento casi furioso-. ¡Lléveme de aquí, lléveme lejos! ¡Lléveme lejos de ella!<br />

-¿De mí -jadeé.<br />

-¿Lejos de usted, de usted! -gritó ella.<br />

Hasta la señora Grose me miró con espanto; de modo que no pude hacer otra cosa que volver a mirar la figura que, en la orilla<br />

opuesta, sin un solo movimiento, tan rígidamente inmóvil como si captara nuestras voces, permanecía allí tan vívidamente para<br />

presenciar mi ruina que no para mi bien.. Cap. XX<br />

-¿Eran muchos<br />

-No, unos cuantos. Los que me caían bien.<br />

-¿Los que te caían bien Me pareció estar flotando en algo más oscuro que la oscuridad y al cabo de un instante mi propia piedad me<br />

había despertado al espantoso temor de que quizás [Miles] fuera inocente. Aquella idea me confundió y turbó, pues si él era inocente,<br />

¿qué era yo entonces Paralizada, mientras se prolongó, por el mero roce de la pregunta, dejé que se alejara un poco, de modo que,<br />

con un hondo suspiro, de nuevo me volvió la cara; y cuando le vi mirar la ventana con amargura, sufrí al pensar que ahora no había<br />

forma de apartarlo de allí. Cap. XXIV

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