VE-14 JUNIO 2015

rafasastre

Número 14 – Junio 2015


Evelyn Carell (Valencia) - http://evelyncarell.artelista.com/

© Todos y cada uno de los derechos de las obras literarias, fotografías o

ilustraciones publicadas en esta revista pertenecen en exclusiva a sus

respectivos autores (aunque en algunos casos no se citen los nombres)

Portada: Sin título – Rene Schute (Alemania)

http://www.reneschute.com/

Diseño y edición: Rafa Sastre

Colaboraciones: revistave@hotmail.com

«Un libro abierto no acabará con la guerra ni podrá alimentar a

cien personas, pero puede alimentar las mentes y, a veces,

cambiarlas»

Paul Auster


Índice

Lento pero viene (Rafa Sastre) Pág. 1

Señor Juez (Lidia Castro) Pág. 3

Sombra (Marga Alcalá) Pág. 5

Un cuento chino (Lu Hoyos) Pág. 7

Réplica y dúplica (Germán Repetto) Pág. 11

El cerezo (M. Luisa Pérez) Pág. 13

Abducción (Concha García) Pág. 15

Elson Ámbulo (Marisol Santiso) Pág. 17

Una oveja, un perro de lanas

o un dragón (Marisa Martínez) Pág. 19

Haiku (Marga Alcalá) Pág. 21

Tablas (Nicolás Jarque) Pág. 23

De aquí, de allá, de ti… (Alejandro Ramos) Pág. 25

Soledades (Andrés Amat) Pág. 27

Hormiga plateada y

el pájaro más negro (Esther Moreno) Pág. 29

Una noche horrorosa (Jorge Martínez) Pág. 31

Viento en contra (Aldana Giménez) Pág. 35

Albufera (Jorge Richter) Pág. 37

El sublégrafo (José Luis Sandín) Pág. 39

El vals de la curación (Aziza Akherraz) Pág. 41

Reflexiones de un pedazo de carne (Santiago Herrero) Pág. 43

La viuda (David Rubio) Pág. 45

Domingos (Pepe Sanchis) Pág. 47

Realidad literaria (Marco A. Torres) Pág. 49

1902 (Rubén Vázquez) Pág. 51

La vida a medias (Luisa Berbel) Pág. 53

Su memoria perdura (Isabel Garrido) Pág. 55

A puerta fría (Javier Vayá) Pág. 59

Brandon 581 Serie C (Amparo Hoyos) Pág. 63


Un camino (Rafa Sastre) Pág. 65

Nostalgia (Lucho Bruce) Pág. 67

Un ruego al cielo (Eva C. Franco) Pág. 69

El fantasma del Viaducto (Vicente Carreño) Pág. 71

Entre sombras (Sarah Martínez) Pág. 75

Manifiosten de Kartofen del s. XXI (Gabriela Pavinski) Pág. 77

El divorcio (Pilar Descalza) Pág. 79

El plagio (Vicente Montemayor) Pág. 81

El milagro de la Primavera (Matilde Lledó) Pág. 85

A la sombra del ciruelo (Rosi Serrano) Pág. 87

Cómo duele el olvido… (Alicia Muñoz) Pág. 91

No te detengas (Adrián García) Pág. 93

La última calada (Lucía Uozumi) Pág. 95

Baby I’m Gonna Leave You (Christine Carcosa) Pág. 98


Lento pero viene

Lento pero viene

el futuro se acerca

despacio

pero viene

Ya lo decía Benedetti: el futuro es lento pero viene, se aproxima

despacio cada día que pasa y ahora, por fin y parece que de verdad,

tiene buen aspecto. Porque resulta cada vez más evidente que los

ciudadanos no deseamos un futuro falso, ese rosa sobre negro

rebosante de infinitos pero invisibles brotes verdes, siempre a

beneficio de unos pocos. Preferimos un futuro real, bien coloreado y

muy participativo. Un mundo en el que las personas cuenten más que

la macroeconomía, el arte y la cultura más que el índice del IBEX, la

solidaridad más que la competitividad. Un mundo donde la

sensibilidad se cotice siempre al alza, al margen del valor de la prima

de riesgo o del Producto Interior Bruto. Necesitamos rentabilizar la

ilusión del pueblo, invertir en felicidad soltando esos pesados lastres

de la corrupción, la especulación y la intolerancia. Sigamos

intentándolo, alcanzar o que nos alcance ese futuro sin duda habrá

valido la pena.

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En este nuevo número damos la bienvenida a Gabriela Pavinski

y Andrés Amat, a quienes agradecemos su participación.

Y antes de terminar, una frase de Jacques Delille (1738-1813),

poeta francés: «El arte de escribir consiste en el arte de interesar».

Sed indecentemente felices. Hasta Julio.

Rafa Sastre

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Untitled – J A Helminen (Finlandia) http://immanuel.deviantart.com/

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Señor Juez

Dardo Paz Muñoz se despertó. Otra noche de sueño

entrecortado. Habían pasado tres años desde que su mujer aceptó ese

puesto de ingeniera en la Shell y tan sólo uno de que comenzaron sus

viajes al interior supervisando trabajos de extracción. No podía

acostumbrarse a dormir solo. Recordó el «…sin ti mi cama es ancha»

y le agregó fría. Pero reconocía que una mujer profesional necesitaba

algo más que ocuparse del hogar y de las reuniones sociales. Todavía

más ahora que los hijos eran grandes y más independientes.

Se levantó, se duchó, eligió un traje y una buena corbata. Se

vistió y bajó al comedor diario donde la mucama tenía listo el

desayuno. El aroma a café y tostadas recién hechos lo reconcilió con

la rutina. A las 9 saldría como todas las mañanas para la Corte.

—Señor, le llegó un sobre. Es raro… sin remitente. Lo puse con

las otras cartas.

Con el attaché en la mano pasó por el escritorio. El magistrado

tomó el sobre escrito con prolijidad a mano y sin estampilla de la pila

de correspondencia. Únicamente decía: Señor Juez. Lo abrió

cuidadosamente dando por hecho el contenido, aunque con cierta

intriga por haberlo recibido en su domicilio particular. Leyó:

Nada fue ni es impulsivo en mí. Medito cada palabra y planeo

cada acción. Soy el único responsable. A nadie más se debe culpar de

esta muerte. Las emociones han arrebatado a veces mi lucidez pero en

corto tiempo veo todo tan claro que no puedo apelar en este caso a un

crimen pasional. No, no lo es. Todo fue meticulosamente llevado a cabo.

Es una historia de amor. Pero también es el relato de una traición que

no pude soportar. Fui educado como buen creyente y he seguido los

mandamientos durante cuarenta y tres años de vida. Me enamoré y creí

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haber encontrado a la mujer que me iba a acompañar hasta la muerte.

De mi parte, dos años de amor incondicional. Dos años de felicidad

únicos e irrepetibles. Le fui fiel y respeté todos sus deseos, aun aquellos

que me eran incomprensibles, como sus desapariciones por varios días

sin comunicarse para nada, o la negativa a presentarme por ahora a su

familia. Después de cada noche juntos iba al confesionario a recibir el

perdón. La semana pasada me atreví, por fin, a proponerle matrimonio.

Ella me pidió unos días para pensarlo y tomar una decisión. Ayer,

llorando por primera vez, admitió que todo había sido una cruel

mentira. Que estaba casada hacía veinte años y tenía hijos. Primero me

quedé perplejo, me tragué la ira, me tranquilicé. Sin decir una palabra,

con frialdad, midiendo el tamaño de mi pecado y su terrible infamia,

puse raticida en el café de Patricia, su esposa, Sr. Juez. No fue una

muerte serena, como comprenderá. Pero murió como merecía. Cuando

lea esta carta su cuerpo estará todavía acá en mi departamento, junto

a la mesa sobre la que escribo. No pido clemencia. Lo espero. Venga con

la policía.

Abajo, como posdata figuraba el domicilio.

Al terminar la carta, el juez recordó desgarrado las ocasiones en

que su mujer había viajado «por cuestiones laborales», como ayer por

la mañana y las cenas inusualmente silenciosas que atribuía al

cansancio. Recorrió imperturbable una vez más el texto; abrió un

cajón del escritorio de caoba, sacó el revólver, constató que tuviera

balas, lo apoyó firmemente junto a su brazo derecho y en una hoja

comenzó a escribir:

Señor Juez.

Lidia Castro Hernando (Mar del Plata, Argentina)

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Sombra

Fotografía de la autora

Qué es más el cuerpo que anda

que la sombra que refleja?

Qué es más el mar infinito

que la ola que dispersa?

Qué es más la nube en la noche

que el cielo que la sustenta?

Qué es más la verdad oculta

que este sueño que me enreda?

Marga Alcalá (Valencia)

http://comolaspiedrasoelviento.blogspot.com.es/

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De un libro de 1896 - Internet Archive Book Images

https://www.flickr.com/photos/internetarchivebookimages/

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Un cuento chino

La han sacado del río inerte. Chen Xingwu, por primera vez en

su vida, deja que unas lágrimas resbalen por la arrugada piel de su

rostro viril, curtido de soles al son de su pala cavando la tierra, en su

interminable lucha por labrar una cosecha. Lili, su adorada niña de

quince años, yace muerta en el suelo, devuelta por las sedientas

aguas del río Amarillo, el turbio y terrible «río de barro» que devora a

su paso bosques y praderas. La gente se arremolina en torno a ellos.

Por todas partes deambula el dolor y el miedo

Es tiempo de lluvias en la árida meseta de Loess, situada en las

entrañas de la profunda China. Pedazos de tierra mojada se deslizan

hacia el río. Chen Xingwu le cierra los ojos a su hija, la limpia de lodos

y la acaricia apretándola contra su pecho mientras llora inconsolablemente.

Le costó decidirse a aceptar a esa niña. En 1986 se había casado

con So Young, una joven coreana a la que había comprado en el

mercado de novias a un vendedor itinerante, después de ahorrar

durante mucho tiempo. Era demasiado pobre y las familias de las

pocas jóvenes que quedaban en la zona no permitían entregar a sus

hijas a alguien que no les asegurara un futuro digno.

Las mujeres escasean por esta zona desértica, un denso

laberinto de cañones erosionados, con pequeñas aldeas encaramadas

en colinas, a las que no hay acceso por carretera y donde no llegan los

cambios que agitan a la moderna China. Los jóvenes huyen a las

ciudades en busca de una vida mejor.

Una vez celebrada la modesta boda, fueron a vivir a una

pequeña aldea, Chenjiayuan, donde habitaron una cueva horno que

les protegía de los fríos inviernos y de los ardorosos veranos.

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So Young padeció en sus carnes el desgarro de la posesión sin

miramientos por parte de aquel, su esposo, que la tomaba para saciar

su deseo y volcar su semen en ella en busca del ansiado varón que

perpetuara su nombre y asegurara un futuro a su familia. Pero el

destino, ciego a sus intenciones, le había dado tres hijas. Las dos

primeras fueron arrebatadas por Chen Xingwu, recién salidas del

vientre de su madre. Ella no llegó a verlas, los dolores del parto le

habían provocado un estado de semiinconsciencia. Sólo él supo de su

suerte.

Pero la tercera vez, cuando So Young sintió a su bebé intentando

abrirse paso a través de sus entrañas, puso todo su empeño en

mantenerse despierta. Gritó con todas sus fuerzas ante cada nueva

contracción procurando mantener el control. La vio salir encogida,

ensangrentada, y con un tono azulado en su piel. Se aferró al

cuerpecito de su niña y no consintió que se la arrebataran, se pasó

meses con la pequeña asida a su pecho día y noche, amamantándola y

acariciándola, sin importarle nada más. Su esposo, Chen Xingwu,

creyó que había perdido la cabeza y aceptó resignado su férrea

decisión.

Con el tiempo la niña, que poseía la hermosura de las flores de

loto y la alegría de los pajarillos, llenó de contento la austera vida de

los esposos, que trabajaban incansablemente para poder alimentarla.

Pero de nada les había servido su gran esfuerzo para sacarla

adelante en medio de tantas luchas y privaciones, ni tampoco el tigre

de arcilla de grandes ojos y salientes mejillas, que habían colgado a la

entrada de su vivienda para que los protegiera de los malos espíritus,

les evitara desastres y les asegurara la paz y el bienestar. Todo había

sido en vano.

Cuando las voces de la desgracia llegan a los oídos de So Young,

queda sumida en un profundo letargo, del que ningún remedio

parece capaz de sacarla. Después de varios días empieza a reaccionar

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pero ya nunca vuelve a ser la misma, la tristeza se convierte en su

inseparable compañera.

No muy lejos de allí, Yang Husheng se llena de alegría al

enterarse de la noticia de la joven ahogada, que corre de aldea en

aldea. Hace tiempo que está en deuda con el cadáver de su hijo,

muerto a los doce años en un trágico accidente. De tanto en tanto, se

le aparece mientras duerme reclamando su deseo, él le contesta que

sea paciente, que lo conseguirá. Tiene la obligación de hacerlo feliz,

de completarlo ofreciéndole una esposa para que no esté solo en la

otra vida. Está en contacto con los traficantes de cadáveres de la zona

y sabe que su fortuna le permitirá ser el primero que consiga un

cuerpo joven para darle una esposa a su hijo. Su deber de lealtad para

con él así lo exige.

Realizados los tratos, gracias a los mediadores, por fin llega el

día. En primer lugar, se procede a la exhumación del cadáver del

joven Yong para efectuar el rito del minghun o matrimonio en el más

allá. Sitúan juntos los dos ataúdes mientras una banda de músicos

interpreta una marcha fúnebre. La obstinada lluvia sigue

acompañando la funesta boda. La gente se conmueve, brotan las

lágrimas, se toman de la mano…

Yang Husheng, agradecido, le ofrece a So Young un anillo y unos

pendientes de oro, además de los dos mil yuanes que les había dado

el traficante de cadáveres. Terminada la ceremonia, a la que los

padres de la novia asisten como sumidos en una amarga pesadilla,

vuelven a su casa y a sus miserables vidas.

So Young entra sonámbula en la cueva seguida de su esposo,

como una autómata ordena la vivienda hasta que todo ocupa

exactamente su lugar. Después se dirige a la cocina, busca un

pequeño frasco de láudano que tiene oculto en un armario y se

dispone a preparar la comida sumida en un profundo silencio. Vierte

el líquido cristalino y lo mezcla cuidadosamente con los alimentos;

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después prepara la mesa, le ofrece a su esposo su plato y ambos,

sentados frente a frente, comen despacio, se miran por última vez sin

esperanza, relajados ya. La sobremesa dura una eternidad…

Lu Hoyos (Valencia)

http://inventariodelucrecia.blogspot.com.es/

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Réplica y dúplica

Imagen aportada por el autor

Hola, viejo, ¿cómo estás? Aprovechaste mi ausencia para

esconderte en tu mar, refrescar tu seca piel entre la espuma traviesa

de sus olas salpicar, ahogar tus penas en sal, clamar tus tristes

poemas tan fuertemente salobres como esta injusta venganza de

prohibirme el recordar.

Treinta años me susurran que yo te dejé olvidar, que mereciste

otra cosa antes que negarte hasta el pan, que a madre la atesorabas

cada segundo en su paz desde que tomó el camino del «Nunca ya

volverás»; y solo al fin te quedaste, libre de mi amor falaz, por no

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entender tus maneras de quererme conservar mientras llorabas mi

huída lejos de tu soledad.

¿Y cómo boga tu barca ahora que no ves la mar…? Y los remos…

¿dónde están? ¿Dónde están las mil quimeras que mandaste navegar

en tu proceloso océano? ¿Dónde lograrán llegar tus sueños de viejo

lobo ahora que perdido estás en medio de los reflejos de su reluciente

sal?

Perdóname mi arrogancia, perdóname el desafuero por

quererte replicar al rechazar tus silencios, por privarte para siempre

de aquella felicidad con la quisiste armarme, por alzarme en baluarte

contra tus buenos consejos que nunca quise escuchar… Mírame,

dulce viejo, faro en la costa ya extinto a punto de retirar, castillo de

arena abatido por los embates del mar… ¡Mírame y no te duermas…!

Venga, viejo, ¿ya te vas? Permíteme que te encargue un

mandado para allá, ahora que estás descansando y no puedes

rechistar: ¡un fuerte abrazo a mamá…! ¡Ah!... y dale un largo paseo en

esa gran barca de amores por tu apaciguado mar; amárrala a tus

caricias y a tu calor paternal, ese fuego rechazado que creía

entreverado y agarrado a mis sentidos como las fuertes lianas de un

encadenado mal. ¡Toma, viejo!… los remos de mis mejores recuerdos

te ayudarán a bogar en tus mares infinitos por toda la eternidad.

Escucha, anciano… Escúchame, oye… ¿Ya te has ido…? Venga,

viejo… ¡venga ya! No me dejes, dame abrigo, me asustan estos

silencios de la negra soledad… Te tengo que confesar que tu nieto me

ha dejado por quererle conservar… No es justo, ¿lo sabes…?

Germán Repetto (Albalate de Zorita, Guadalajara)

http://grepettoblog1949.wordpress.com

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El cerezo

Imagen aportada por la autora

Hay un rumor lejano

rodeando al cerezo

de aceitunas, atmósferas

y tierra milenaria.

Se volvió blanco

sobre el campo fértil

apoyado en las sombras

de los antiguos fríos.

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Hoy se engalana

de nueva primavera

desafiando al tiempo

a los inesperados.

La floración emerge

con fuerza cada año

tornando desde dentro

el rojo en un futuro.

María Luisa Pérez Rodríguez (Valencia)

http://marialuisaperezr.blogspot.com.es/

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Abducción

Abduction – Henrique (Brasil) http://hpkluch.deviantart.com/

Desperté sin olfato. No tardé en echar en falta el aroma del café,

el olor del pan tostado, la fragancia de mi mujer. La comida no me

supo igual, ni el abrazo de mi hijito. Con el tiempo me fui

acostumbrando. He olvidado el tufo asfixiante del tráfico en hora

punta; me llevo mejor con el Sucio, mi compañero de trabajo; y puedo

subir en el ascensor con la vecina del quinto, amante de la colonia

barata. Guardo en secreto esa experiencia alucinante que, a cambio

de atrofiarme la nariz, me dio una visión distinta de las cosas.

Concha García Ros (Cartagena, Murcia)

http://nosvemosenkairos.blogspot.com.es/

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Sleep-walker – Leigh Whurr (Reino Unido)

http://oddly-spliced.deviantart.com/

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Elson Ámbulo

Elson llegó al hotel sobre las dos de la tarde, después de una

agotadora mañana. Le dieron la habitación mil ciento siete. Era un

error, él había reservado la ciento siete, pero estaba demasiado

cansado para subsanar el malentendido. En esos momentos sólo

deseaba asearse, comer algo y descansar un rato antes de la cena. Así

que, resignado, subió a la habitación.

Una vez instalado llamó a recepción y pidió que le subieran algo

de comer. Mientras, se dio una ducha y cuando llegó la comida ya

tenía preparada la mesa en la terraza.

Comió despreocupado, observando una espectacular

panorámica de la ciudad vieja que se rendía a sus pies, en la que un

soberbio amasijo de tejados rojos y patios encalados sin orden

alguno, zigzagueaban por un laberinto de empedradas callejuelas,

bordeando la plaza central, donde vendedores ambulantes exhibían

en sus tenderetes diferentes mercaderías.

El cansancio le vencía, así que cerró las ventanas de la terraza y

se tumbó a descansar un rato, no se acordó de la ventana del baño

que quedó abierta. Se durmió enseguida.

Le despertó la suave brisa de la tarde crepuscular que ya

declinaba y el nítido sonido de los coches de emergencia. De repente,

abrió los ojos alarmado. La brisa suave se convirtió en el viento

helador de los glaciares patagónicos. Una súbita debilidad se adueñó

de él. Involuntariamente, sus piernas empezaron a temblar

incontroladas. Cerró los ojos pretendiendo calmarse y llenar sus

pulmones de aire. Trató en vano de tranquilizarse, a la vez que ríos

de sudor frío competían velozmente entre sí para ver quién era el

primero en precipitarse de su atenazado cuerpo.

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Una contracción violenta de su estómago le hizo dar una arcada.

Balbuceó entre sollozos una atropellada oración que no recordaba.

Lágrimas de congoja intentaban lavar la expresión de su aterrada

cara. En un último intento desesperado, se tapó inútilmente la boca

con una mano, al mismo tiempo que le arremetía otra arcada, ésta

con una fuerza descomunal que le hizo estremecerse. Entonces

perdió el equilibrio y cayó. Su reloj de arena dejó de fluir los últimos

granos quedando vacío, con un feroz golpe y un grito desesperado.

Al día siguiente los periódicos daban la noticia. «Hoy es un triste

día para las letras, ya que el escritor Andrés Yllera, más conocido por

su seudónimo Elson Ámbulo, falleció ayer al precipitarse desde el

décimo piso del hotel en el que estaba alojado; por lo visto había

acudido a la cena del vigésimo quinto aniversario de su promoción.

Hasta el momento no se descarta ninguna hipótesis sobre el suceso,

pero la que más fuerza cobra es que el escritor padecía

sonambulismo, de ahí su seudónimo, enfermedad confirmada por su

familia, que aún no se explican cómo ha podido ocurrir la tragedia».

Marisol Santiso Soba (Madrid)

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Una oveja, un perro de lanas

o un dragón

Heart Cloud 2 – Halit Yesil (Turquía) http://halityesil.deviantart.com/

Había una vez una nube gandula, a la que le gustaba jugar

adoptando distintas formas, una oveja, un perro de lanas o un dragón.

Miraba presumida hacia abajo para observar el efecto que producía

en los humanos. Le hacía mucha gracia ver tanto a niños como a

adultos mirando al cielo, intentando adivinar cada una de las formas

que adoptaba. Le parecía ridículo: una nube es una nube y nada más,

para qué darle vueltas. Seguía mirando embelesada hacia abajo no

sabía por qué, sin embargo aquel juego le encantaba, por eso

continuaba día tras día adoptando diferentes apariencias. En

ocasiones le gustaba ponerlo difícil, para ver hasta dónde podían

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llegar con su imaginación. Es bueno para ellos y para mí, se decía, los

hombres cada vez imaginan menos y los niños…

Otras veces, cuando se despertaba traviesa, disfrutaba

desperezándose y dejando caer pequeñas gotas que, como si de una

caricia se tratara, se deslizaban sobre los rostros de los transeúntes,

sobre las hojas de los árboles. Pero lo que realmente le entusiasmaba

era el sonido que sus gotas producían al golpear las farolas, los

coches o cualquier superficie contra la que tropezaban; pensaba que

aquel tintineo alegraba el día a todos los que lo escuchaban. A ella

también le complacía la música, sobre todo la percusión, y era

evidente que tenía dotes para ello. Al rato, vacía y cansada, decidía

retirarse discreta a sus aposentos celestiales.

Lo peor era cuando otras nubes la hacían enfadar. Se ponía de

un color gris oscuro, muy oscuro, se hinchaba, ufana, y como tenía un

poco de mal genio comenzaba a discutir acaloradamente con ellas,

provocando tremendos truenos que se oían por doquier. Algunos

eran tan fuertes que conseguían que hasta ella misma se asustara. Era

en este preciso momento y no antes cuando, con toda su rabia e

incluso con verdadera furia, soltaba toda el agua que llevaba dentro,

para acabar serenándose y volviendo a ser la nube blanca y gandula

de siempre.

Marisa Martínez Arce (Valencia)

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Haiku

Foto aportada por la autora

Una tras otra

las gotas de rocío

sobre la hierba.

Marga Alcalá (Valencia)

http://comolaspiedrasoelviento.blogspot.com.es/

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Chess King – NREY (Ucrania)

http://adnrey.deviantart.com/

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Tablas

El campeón de ajedrez llegó a la habitación 404 la noche antes

del campeonato y no la encontró ordenada a su gusto. Trató de

cambiarla, pero no fue posible. Contrariado, minutos después se

dormía sin cenar. De madrugada, estuvo soñando con la partida.

Apertura española, respuesta clásica. Salida de caballo, réplica.

Avance de peón… Y entre movimientos y movimientos, se bloqueó.

Miró a los ojos de su adversario, luego al tablero y… ¡La derrota!

A la mañana siguiente, al despertarse, en su teléfono móvil

descansaba un mensaje noctámbulo de Illescas proponiéndole tablas

y, como es lógico, le contestó que sí.

Nicolás Jarque Alegre (Albuixech, Valencia)

http://escribenicolasjarque.blogspot.com

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Loui Jover (Australia) http://www.saatchiart.com/louijover

Imagen sugerida por el autor

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De aquí, de allá, de ti

Del camino que cruzamos de la mano

del paisaje devorado tras miradas hambrientas

del soñar en la misma cama

del dormir con pensamientos contrarios

del miedo al perderte de vista

del encandilado abrazo al probar un sorbo de tu luz

del besar el dulce secreto de tus labios

del ocultarte dentro de mis poemas te hablo.

Manuel Alejandro Ramos Ayala (Naica, México)

http://chatomusik.blogspot.mx

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Le reproduction interdite (1937) – René Magritte (Bélgica, 1898-1967)

Imagen sugerida por el autor

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Soledades

A veces, cuando la soledad me pesaba demasiado, iba al cuarto

de baño y entraba en el espejo a hacerle una visita a mi reflejo. Al

principio el hombre me recibía con cierta perplejidad. No sabía muy

bien si enseñarme la casa, pues pensaría que yo la conocía muy bien,

o si ofrecerme una copa o si... Para qué extenderme. Lo más habitual

era que yo aceptara la copa, lo que causaba a mi reflejo una

inocultable incomodidad. Imagino que el hombre debe de ser

abstemio, pero si yo bebía él también se veía obligado a hacerlo, y

eran conmovedores sus esfuerzos para disimular que lo hacía por

compromiso. Con sendos vasos de whisky en la mano nos

sentábamos el uno frente al otro y pasábamos un buen rato

mirándonos. Haciéndonos compañía. Mitigando el peso de nuestra

soledad. (Sin hablar, desde luego. Ya se puede suponer que mi reflejo

es mudo. De lo que no estoy seguro es de que sea también sordo.

Siempre nos hemos comunicado por gestos, pero si alguna vez,

aunque tenía mucho cuidado en evitarlo para -por así decirlo- no

herir su sensibilidad, se me escapaba alguna palabra, el hombre

parecía entenderla.) A la larga, esto de limitarse a mirarnos uno a

otro en silencio empezó a ser violento. Pero no tardamos en

encontrar la solución para mitigar el peso de nuestra soledad y

hacernos compañía durante largos ratos sin sentirnos violentos ni

incómodos: los dos sabemos jugar al ajedrez.

Se habrá observado que he empezado a contar esta historia en

pretérito. Y es que mi reflejo y yo acordamos hace tiempo terminar

con las visitas. Fue cuando nos dimos cuenta de que lo que estábamos

consiguiendo era duplicar nuestra soledad en lugar de conjurarla.

Aunque yo pienso que hubo también otra razón, quizá la verdadera:

que el ajedrez había empezado a aburrirnos. Siempre hacíamos

tablas.

Andrés Amat (Rocafort, Valencia)

http://amatgomar.blogspot.com.es/

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Juan Luis López Anaya (Castell de Ferro, Granada)

http://dididibujos.blogspot.com.es/

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Hormiga plateada

y el pájaro más negro

Ilustración de Marion Fayolle (Francia) – Aportada por la autora

Sólo puedo pensar en esos ojos negros. De su boca ni un hálito

de esperanza. Revoloteaban las moscas sobre su cuerpo ya putrefacto

y esos pájaros tan bellos y negros rompían las oscuras nubes con su

danza mortuoria. Su cuerpo se veía menudo, en una postura de paz,

pero a su vez de tortura. Blancos gusanos le salían por sus orejas

puntiagudas y de su boca, una fila de hormigas plateadas bajo la luz

de la incipiente y alejada luna. Yo sólo fui capaz de llorar confusa, de

abrazar su delgado cuerpo y sentir sus huesos rotos en mis brazos,

astillados y helados, completamente partidos, troceados y olvidados

por sus músculos que yacían colgantes como pellejos sin piel. Luego

limpié sus profundas heridas, removiendo un amasijo de carne

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sangrienta sin sentido alguno y no cesé de besar sus labios fríos, con

la demente y falsa ilusión de que alguno de esos besos fuera

respondido o que me condujera lejos de ese lugar azotado por la

mano de Dios, por su ira y rabia absoluta, sentirme apartada de esa

imagen de destrucción y exterminio sin anhelo. Solo quería

trasladarme a unos minutos atrás, donde los gritos no se tragaban el

cielo.

El tsunami se lo llevo todo. Se llevó a mi familia. Se llevó mi

hogar. Se llevó mi vida. Se llevó mi cordura arrastrada tras una ola de

muerte, miseria y desesperación.

Cada vez que cierro los ojos revivo la misma imagen, una y otra

vez, una y otra vez, una y otra vez… una ola tan grande que mis ojos

no podían vislumbrarla entera y tras ella una tumba de agua roja,

donde todo lo que importaba quedó sumergido en un sepulcro salado

y lleno de barro.

Esther Moreno Morillas (Valencia)

http://elcascabelalgato.blogspot.com.es/

http://invisiblevoyeur.blogspot.com.es/

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Una noche horrorosa

Fotografía del autor

Eran las 2.30 de la tarde del día de ayer, domingo, y con mi

cámara de fotos en la bolsa del chaleco caminé por algunos

interesantes lugares del centro de la ciudad, así es que cuando

menos lo pensé, estaba yo sobre el segundo piso del mercado

Morelos, en el área del pescado.

El encargado se hallaba a punto de cerrar la puerta y le pregunté

que por qué no había una que impidiera el paso a la azotea donde

están los tanques de gas estacionarios.

—Cierran la entrada por donde suben los diablitos ,

pero los malandrines y drogadictos pueden meterse hasta aquí, dado

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que nada más necesitan brincar una pequeña barda que está al final

de las gradas del área de comidas.

Me subí a la azotea, tomé algunas fotos de la ciudad, y al bajar

me quedé sorprendido o creo que asustado, pues ya estaba cerrada la

puerta de entrada; me senté por allí. Llegó la noche, y resignado a

pasarla en tal lugar, me acurruqué detrás de las instalaciones donde

venden los bagres y popochas.

A eso de las doce o doce y media de la noche el silencio era

pavoroso, pero pude dormir aunque al poco rato un grito horrible

logró que me levantara, despavorido.

—¡Mi niñita… Maté a mi hijita! ¡No merezco vivir! ¡Diosito Santo,

perdóname!

Y un alarido como de alguien que está partiendo al «más allá»

me estremeció profundamente.

—Seguramente se mató la mujer que gritaba —pensé.

Pasaron las horas, dos o tres… Y por supuesto que ya no pude

pegar las pestañas, dado que por todos lados brotaban voces,

alaridos, aullidos, a cual más de escalofriantes, y, además, por las

ratas, enormes cual conejos, que querían tragarme a pesar de los

manotazos y patatas que tirada yo, muy desesperado.

Creo que así pasé el resto de la horrenda noche; pero poco a

poco volvió la calma, cuando las campanas del templo tocaron la

primera llamada para la misa. El silencio se diluyó casi por completo

al ir llegando las cocineras y demás comerciantes al área de comidas

para preparar sus fritangas.

Qué noche, pavorosa, me cae que sí, y además de los extraños y

alarmantes llantos y alaridos que salían de aquí y de allá, también me

atemorizaba la posibilidad que se metiera un drogadicto, que se

subiera a la azotea y que abriendo las llaves de gas de los 14 tanques

estacionarios, se pusiera a fumar, lo que, por suerte no ocurrió, pues

32


de lo contrario esta nota la estuviera escribiendo yo desde una

tumba del panteón, claro que acompañado por infinidad de

comerciantes del mercado y seguramente por gente de tres o cuatro

cuadras a la redonda.

18 de mayo 2015

Jorge Martínez ‘Volivar’ (Sahuayo de Morelos, México)

33


Gustavo Lacerda (Brasil) http://www.gustavolacerda.com.br/

Fotografía sugerida por la autora

34


Viento en contra

Con un pie de cada lado

escucho de nuevo mis defectos,

que me hacen no verte tan malo

y hundirme de nuevo en el pasado.

Con el alma dividida

tironea más mi vicio,

ya eres voz conocida

y recaigo al precipicio.

Con la vida a la deriva

son mi droga tus palabras,

pero sólo son cenizas

que recolecto de mis sábanas.

Con el viento a tu favor

y mis ojos tan cansados,

vuelvo a ti, mi adicción,

para tocarte los labios.

Aldana Michelle Giménez (Mendoza, Argentina)

35


Eulalia Rubio (Valencia) http://jardinesrioturia.blogspot.com.es/

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Albufera

Carretera despejada al frente.

A la izquierda, aún restos de lo que fuera un abundante bosque

de pino autóctono mediterráneo y frondosa vegetación natural.

A la derecha las parcelas inundadas de los campos de cultivo de

arroz.

Al fondo los montes.

Con la moto avanzo a baja velocidad, menos de la autorizada.

Para qué más, en una zona que ejerce una especial influencia en mí.

Su motor, ronroneando como música para mis oídos.

El atardecer de plomo invernal esparce un manto de nubes. Un

tímido sol despide sus últimos pulsos tras los lejanos perfiles de las

alturas.

En la proximidad la charca.

En la charca a contraluz una garza refleja su sombra.

Estira el pescuezo pausadamente, rompiendo con su pico las

quietas aguas.

La onda generada se expande formando anillos.

Me desintegran.

Jorge A. Richter Vázquez (Valencia)

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Graph it – Alexandre Bordereau (Francia)

http://alexandre-bordereau.deviantart.com/

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El Sublégrafo

«Escribo. Escribo que escribo»

Salvador Elizondo

También quiero ser un grafógrafo. Y acaso lo sea, pero más por

un garabato que surja de mí que por trazar una línea continua que se

estreche en una idea torcida, o en una curva que se ensanche por la

base para darle cuerpo, y que se estire hasta el cielo línea azul; un

grafo que, visto de cerca, se asemeje al hilo de la madeja con la que

juega el gato; o a la inscripción en el vaho del vidrio de la ventana,

ilegible palabra en la arena que el mar se lleva dentro. Yo también

quiero; pero escriba lo que escriba, la irregular forma de las grafías se

confundirán con la cabellera, con los hilos de los árboles, con el

mismo viento que impedirá que mi escritura se trueque en la palabra

que lees, en esa letra que roba tu atención o que te asalta desde una

de las esquinas por donde doblan tus emociones, giros inesperados

de tu respiración contraída por el trastabillar del texto inconexo

escrito ante ti: tu lectura. No escribo, ejerzo el trazo inútil desde el

que te miro, desde el que me miras, como si el ímpetu de una ele

tuviese el oscilar vertical y enérgico de la varita de director, o la ese

susurrara pequeñas olas de mar sobre la arena; viento que vuelve y

retoma el garabato que dejaste en la arena, ¿lo recuerdas?, aquella

tarde de tu infancia, antes de la noche, la noche en que exhalaste al

vidrio y repetiste el movimiento del palito sobre la arena, símbolo

con el que aclaraste el brillo de las farolas en su paso a través de esa

curva de idea torcida como la de tu mano, donde te detienes a pensar

que escribes, ya en un papel, ya en una idea, ya en ti, en ti misma,

acaso en ti escrito en ti.

José Luis Sandín (Valencia)

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Ligeia’s Resurrection – Alice (Rusia) http://catoram-a.deviantart.com/

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El vals de la curación

Cúrame, cúrame de esto que perturba mi vientre y vaga errante

por mis huesos desnudos cometiendo atentados celestiales. Cúrame

llevando una margarita a aquella tumba donde descansan mis

fragmentos óseos y no me preguntes por qué sollozan, solo tápate los

oídos, solo arráncale a esa figura manierista que patea sobre el

asfalto esos dedos adictos a las tediosas partidas de blackjack sin

crupier que se le adhieren a los muñones. Él ahuyentó a los colibríes

que libaban el néctar de las petunias que alumbraban mis venas a

cada amanecer, esculpió cuervos polígamos de lenguas mutiladas que

picoteaban mis nudillos cada vez que la piel magullada de la luna

conversaba con los demás astros, y tachó las últimas semanas de

todos los meses que figuraban en el calendario con un aspa. Creció

entre los brazos marchitos de un cuerpo geométrico, se deslizó por

suelos de mármol lanzando risas inmotivadas, lo internaron en un

invernadero con orquídeas blancas para que recuperara la cordura, y

durante su larga estancia escribió veintiuna novelas. Yo aparecía en

ellas, aunque en todas mi personaje moría al inicio de la página

treinta y las mil novecientas sesenta y ocho páginas siguientes

desarrollaban un soliloquio con numerosas mutaciones del

pensamiento, hipérboles en cadena, matices esquizoides y metáforas

hilarantes. Siguió en ese invernadero hasta que la pureza lo intoxicó

por completo, realizó los trámites necesarios y salió. Deambuló

buscándome henchido de cólera, encontrándome junto a los

enfermos árboles talados, acariciando mis pómulos fracturados,

besando mis omóplatos agrietados, y estrangulándome con sus

manos endemoniadas. Él atravesó con sus piernas de insigne

arqueólogo el quebradizo silencio hasta llegar a mí, hasta alcanzar la

imposible desnudez de mis esféricas pupilas, la intocable sepultura

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desaliñada que descansa en mi nuca, y la impávida acuarela que

duerme sobre mis labios. Se alejó, desquiciado, al percatarse de que

era inaprensible. Mírame, déjate guiar por este vals, necesito una

curación aetérnum.

Aziza Akherraz (Gibraleón, Huelva)

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Reflexiones de un pedazo de carne

Ilustración del autor

Sillas alineadas color cemento.

No,

su tono es menos vivo.

Sillas alineadas frente a una mesa,

también color pseudocemento.

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Carne ahogada en condimento,

trozos de carne pensante,

escuchando al trozo parlante;

dirigiendo su atención,

sus miradas y envidias,

al pedazo de carne cantante.

Todos cachos de carne

perecedera,

que se piensan muy pensantes,

mas que nadie, ergo sum,

y olvidan que no son más

que potenciales hamburguesas,

soñando entre el cemento

con glorias vanas.

¡Comida rápida!

y tempus fugit.

Apresúrate a triunfar,

tocino ilustre.

Santiago Herrero (Valencia)

www.alasombradelparnaso.blogspot.com

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La viuda

The sad widow – Roy (Reino Unido) http://roys-art.deviantart.com/

Un hedor ferruginoso la recibió al abrir la puerta. Pasó por

encima de los trozos de un jarrón y miró hacia el comedor. Vio el

cuerpo de su marido. Apuñalado, sangrante: muerto. Se abalanzó

sobre él entre gritos desesperados.

Aquel llanto se prolongó en el velatorio, en el entierro, en los

interrogatorios y en sus visitas al psicólogo.

Pasó el tiempo y la policía concluyó sin éxito la investigación. Su

familia y amistades le rogaron que rehiciera su vida. Fue entonces

que retomó sus clases de interpretación.

Por fin se convenció de que podría ser una gran actriz.

David Rubio (Sant Adrià de Besòs, Barcelona)

http://elreinorobado.blogspot.com.es/

45


Eve as perceived by Rodin – eepeirson

https://www.flickr.com/photos/writing/

46


Domingos

Domingos por la mañana, temprano. Sube al «trenet», de

madera, pintado de verde. Vagones prácticamente vacíos.

Traqueteando por la estrecha vía. Línea de Rafelbunyol, cruzando el

puente sobre el Barranc del Carraixet. Alboraya, San Lorenzo… En la

placeta frente a la estación final, junto al río, en el lateral de una casa

con grandes azulejos amarillos, el anuncio de Galletas Río. Esperando

en su parada, el tranvía, el número 9. Con destino la Plaza de Jesús.

En la Valencia de entonces, no hace falta decir más: está en

Jesús.

Entrando por la pequeña puerta situada a la izquierda del

portón accede a un gran vestíbulo, con las paredes embaldosadas de

verde y azul, orgullo de alguna fábrica de Manises. El suelo siempre

limpio, reluciente. Y el olor. No ha vuelto a sentir en su vida un olor

como aquel.

La espera en el pasillo. Sin saber quién aparecerá ese domingo.

Si la mujer tranquila, cariñosa, que se lo come a besos en cuanto lo

ve. O el torbellino humano que habla y habla. Con el conductor del

tranvía. Con el revisor del «trenet». Habla y habla. Está también la

mujer callada y cabizbaja que no abre la boca desde primera hora de

la mañana hasta las siete de la tarde en que deben volver por la

pequeña puerta situada a la izquierda del portón de Jesús.

Tres madres en una. Pero a la hora de la verdad, ninguna.

él.

Porque el niño es demasiado niño. Es demasiado temprano para

Pepe Sanchis (Massalfassar, Valencia)

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Old books collection VI – Malgorzata Manterys (Polonia)

http://sayane.deviantart.com/

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Realidad literaria

Solía ver a J. todos los miércoles. Almorzábamos juntos,

tomábamos café y luego salíamos a pasear. El paseo tenía una doble

función: por un lado poder fumar. J. lo tenía terminantemente

prohibido. M., su mujer, sabía que él utilizaba esos paseos de los

miércoles por la tarde para fumar un par de cigarrillos conmigo. Por

otro lado J. necesitaba hablar con alguien que pudiera escuchar sus

proyectos, sus historias, sus vivencias. Cuando cumplió 77 años me

dijo: ya estoy jugando la prórroga. El pasado miércoles llegué, como

siempre, a nuestra cita. M. nos había preparado el almuerzo. J.

permaneció callado, extrañamente callado, mientras degustábamos la

tortilla y la ensalada. Ya en el café me dijo: ahí te he preparado unas

cosas que quiero que te lleves. Son algunos libros. Nada de

importancia. Luego salimos a pasear. Ayudé a J. a ponerse el abrigo, la

bufanda y el sombrero. Le acerqué el bastón. Ya fuera, el viento

procedente de la sierra nos hizo desear la llegada de la primavera.

Febrero estaba siendo un mes extremadamente frío. El sol, apenas

intuido, bañaba las aceras y los coches con esa luz melancólica de los

atardeceres ociosos. Recuerdo que hablamos de Salinas, de León

Felipe, de Dámaso Alonso, de Julián Marías. Acuérdate de los libros

que te he dejado en casa, me insistía cada dos por tres. Fumó sus dos

cigarrillos y regresamos a Ítaca. Me despedí de M. y entonces, algo

que no solíamos hacer, abracé a J. y le di dos besos. Anda, anda, dijo

él. Y no te dejes los libros, y me tendió una bolsa. Cerré la puerta. Fue

la última vez que vi a J., que murió tres días después de un derrame

cerebral masivo. Ayer, en el entierro, unas cuarenta personas. Sólo

dos periodistas cubrieron el sepelio. Breves notas en los periódicos,

la mayoría desganadas reiteraciones de lugares comunes. J. fue uno

de los mejores escritores de su generación; un tipo lúcido y libre,

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illante y trabajador, serio y disciplinado. La literatura, a la que

dedicó toda su vida, no fue justa con él. Premios menores coronaban

su biografía. Pero sus libros, dolorosamente escritos y publicados en

pequeñas editoriales, seguirán ahí, esperando quizá un nuevo lector,

alguien atento a la verdadera sabiduría. Es posible que su forma de

ver el hecho de escribir necesite varias décadas para ser apreciada.

No pasa nada, pues la literatura es paciente y sabe esperar. De lo que

encontré en el interior de la bolsa que J. me entregó el último

miércoles que nos vimos hablaremos otro día, con más tiempo, con

más calma.

Marco Antonio Torres Mazón (Torrevieja, Alicante)

http://itacadeshabitada.blogspot.com.es/

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1902

Fotografía: Danna Juárez Montemayor – Aportada por el autor

Hace cien años,

nos bajábamos de la luna,

de un pequeño salto,

hoy se nos congelan los pies,

por el frío del espacio,

de repente es más negro y más profundo,

más misterioso que tu mirada al suelo.

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Hace cien años,

deshojabas el sol,

esperando mi regreso,

y mientras pintaba un coral bajo el mar,

tú me despeinabas con los pies.

Hace cien años,

éramos tú y yo en la luna,

y nadie más.

Rubén Vázquez Charolet (Puebla, México)

http://dependientedeltiempo.wordpress.com/

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La vida a medias

Puzzle – Jun Pinzon (Filipinas) https://500px.com/junpinzon

De pronto la vida se le quedó a medias. Se fue sin despejar

cajones ni ordenar papeles. Los relatos y poemas inconexos no

encontrarán su lugar ni su orden. Quedarán en la más absoluta

orfandad. Nada de lo que tenía programado se cumplirá según sus

deseos. Las cosas se acomodarán a una nueva rutina.

La agenda quedará marcada para siempre en un 23 de abril. No

volverás a apuntar las ideas sublimes que te venían mientras

caminabas o dormías. Presentías tu final temprano. Qué atrevido el

destino, que se toma la libertad de coger rehenes sin permiso ni

previo aviso.

Luisa Berbel Torrente (Valencia)

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Death – Cristian Negroni (Italia)

https://500px.com/kato84

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Su memoria perdura

La oscuridad era eterna y total,

la luna oculta entre nubes estaba,

y del cementerio se recortaba

la vieja y rasgada tapia de cal.

Entre los árboles un vendaval

agitando y moviendo hojas soplaba

y, mientras, en la noche se ocultaba

una presencia blanca y fantasmal.

El aullido de los perros, salvaje,

nervioso; asustados, cada vez más,

a la noche lanzaban su mensaje:

«No deberías estar aquí, estás

en lugar de descanso.» Su coraje

sirvió, y entró sin volver la vista atrás.

El crujir de las ramas, incansable,

a sus pasos quedos acompañó.

Como una sombra se deslizó

entre tumbas con paso inestable.

Perderse a oscuras era algo probable,

mas al final con una cruz chocó

y frente a su tumba se arrodilló.

Ante sus ojos, de nuevo, su tez agradable.

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Desentierra con su vista la fosa,

aplastada por polvo, tierra y cruces,

y la recordó, con su aroma a rosa.

Y con la luna entre el bosque de cruces

recuerda con cariño, ve su losa,

y llorando cae al suelo de bruces.

«¡Oh, mi dulce flor de verano, amada!

¡Flor de labios carnosos y rosados,

de porte gentil y ojos almendrados!

¡Oh, mi diosa, inalcanzable y adorada!

¡Oh, mi amada, por la muerte tomada!

Belleza y juventud fueron robados,

mas por mí jamás serán olvidados.

¡Oh, dulce musa, bella y deseada!

Y tu nombre a la noche gritaré...»

-susurraba en el culmen del amor-

«...tu memoria siempre la lloraré»

De allí se marchó, llorando a su amor.

«Cada noche, querida, volveré»

Arrastraba lágrimas de dolor.

Noche, luna pálida y vigilante;

los penitentes, que difuntos eran,

en la total oscuridad esperan.

Y entre polvo y memoria, él, expectante.

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El viento le hostiga a irse, amenazante,

fantasmas y espíritus desesperan;

las rejas chirrían, tiemblan, esperan.

Él marcha con la imagen de su amante.

Con sus ojos claros, bellos, hermosos.

Con su sonrisa alegre, primavera.

Con su figura y cabellos sedosos.

La Eva de su vida, mujer primera,

fuente de pensamientos más hermosos.

Viva en la muerte, ella, imperecedera.

Isabel Garrido (Valencia)

http://cartasdeunaflor.blogspot.com

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Vaudeville Trickster – Armando Polónia (Portugal)

https://500px.com/ArmandoPolnia

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A puerta fría

Aquí estoy, en el rellano de una finca cualquiera junto a esa

gente. Menudo hatajo de idiotas, yo el primero. No dejo de

preguntarme cómo me he dejado liar otra vez, cómo es posible que

me vuelva a pasar esto. Aquí estoy, junto al tipo que nos ha

entrevistado, hiperactivo y detestable. No para de esgrimir esa

sonrisa profesional y de repetir palabras como equipo, entusiasmo, o

sueños cumplidos. En la oficina alquilada estoy seguro que ni ha leído

el maldito currículum. Lo de siempre, día de prueba, promesa de

ganar más pasta que el presidente, y ni atisbo del contrato. Es el

típico niñato que actúa como una mezcla repugnante de relaciones

públicas de discoteca y gurú de una secta.

Y el resto del grupo, parece una broma.

La mujer; en algún momento debió ser guapa, aunque parece

haberlo olvidado. Seguramente no trabaja desde entonces, desde que

era hermosa y joven y tenía toda la vida por delante sin saber que eso

no significa nada bueno. Desde antes de quedarse preñada y casarse.

De que llegara el siguiente embarazo y el otro y la vida le quedara por

detrás sin tener maldita idea de cómo la había adelantado.

Probablemente a su marido lo hayan echado después de veinticinco

años en la misma empresa. Probablemente nunca llegó ese «algo

pronto» del que estaban convencidos. Intenta aparentar seguridad,

pero está más desubicada que un político en un curso de honradez.

No para de mirarse la orilla de la falda que no le ha dado tiempo de

coser. Mira, apunta esa metáfora latente para luego.

El joven; se ha puesto el traje de nochevieja y de la comunión del

primo Kevin. El único que tiene, con estridentes reflejos fucsia y corte

demasiado ajustado para las 9 de la mañana. No para de reír y

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omear y de afianzar con consejos los comentarios del

hipervitaminado coordinador. De hecho reconoce a este como a uno

de su especie, el macho Alfa al que venerar y a quien seguir. Ya le ha

preguntado si sale por, al menos, veinte discotecas. Su padre le habrá

dicho que deje de zanganear, que si no piensa estudiar que a trabajar

al taller con él. El negocio cada vez va a peor, pero de ahí come la

familia. Él contestaría que ya se buscaría algo mejor. Hará carrera en

esta empresa. No cobrará nada pero en un mes estará estafando a

desesperados en busca de trabajo y creyendo la promesa de que en

unos días le pagarán un dineral. Hasta que aguante o deje de serles

útil.

El hombre; calvo y flaco y vencido. Lo más seguro es que esta

sea su última oportunidad laboral y no sabe ni dónde se ha metido.

No necesito confirmarlo para saber que viene de algún pueblo

bastante alejado de la ciudad. No lleva traje, se ha puesto la camisa

blanca y limpia y los pantalones de los domingos. Sujeta con las dos

manos, como aferrándose a lo único que le resulta seguro y conocido,

la fiambrera con el arroz que su mujer le ha preparado

argumentando que algo tendrá que comer y que no están las cosas

para malgastar en un bar de la capital con esos precios. Mira todo con

una mezcla de asombro e ilusión. Imagino que la fábrica que daba

trabajo a todo el pueblo un día se largó por las buenas a la India o a

Tailandia. La jodida competitividad, dirían los muy cerdos. Al

principio creí me daba pena, pero no es eso lo que siento por él, es

rabia. Una rabia que me abrasa la garganta y me obliga a esforzarme

para no gritar. Rabia por lo que le han hecho a él y a todos nosotros.

Y aquí estoy yo, claro. Pasando de un trabajo de mierda a otro

entre largas temporadas en paro. Sintiéndome absurdamente

superior y creyéndome cada vez menos la milonga que me cuento de

que algún día escribiré una obra maestra y se joderán todos. Sin

querer aceptar la realidad que dice que ya voy cumpliendo una edad

60


y el director de mi banco o el presidente de la compañía eléctrica no

parecen confiar tanto en que sea el nuevo y maldito Javier Marías. Por

eso me han engañado como a todos. Solo buscamos clavos ardiendo a

los que aferrar nuestra miseria.

Aquí estoy, en el rellano de una finca cualquiera junto a esa

gente. Estoy pensando en la mejor manera de largarme de aquí y no

volver a saber nada de todo esto. Es la quinta vez que nos dan con la

puerta en las narices y con razón. No sirvo para esto, no tengo

estómago para estafar a nadie. La puerta del cuarto-A se entreabre,

hace un rato un hombre ha estado gritando e insultando al

coordinador acusándole de engañar a su anciana madre. El idiota

entusiasta se reía y le decía que estaba loco. Veo asomar el cañón de

la escopeta y un segundo después estoy empapado de sesos y sangre

como el resto del grupo. El cuerpo sin cabeza del coordinador decora

con discutible gusto la escalera.

Salgo corriendo, no sé hacia dónde me dirijo pero no quiero

dejar de correr. Nunca.

Javier Vayá Albert (Valencia)

http://actosinvisibles.blogspot.com.es/

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Work done in 3ds Max – KINANOOO (Líbano)

http://kinanooo.deviantart.com/

62


Brandon 581 serie C

Mi marido me regaló a Brandon 581 serie C para nuestro tercer

aniversario. Me dijo que era muy fácil de manejar y que con él me

sentiría mucho más segura. Los asaltos a las colonias de la periferia

eran cada vez más numerosos y yo pasaba mucho tiempo sola.

El curso de especialista en manejo de androides duró tres

semanas que se me hicieron larguísimas, pero valió la pena, sí señor.

Brandon no tenía nada que ver con los cyborgs de mis amigas. Para

empezar, el contacto con la silicona orgánica que recubría sus miles y

miles de conexiones era cálido y placentero. Su voz no contenía los

efectos metálicos que tanto molestan al oído del hombre. Pero lo

mejor era su mirada. Era más que humana: traspasaba el alma. Se

anticipaba a todas mis decisiones, me adivinaba el pensamiento y

pasó a convertirse en mi mejor apoyo.

Ahora Truman, mi marido, se encuentra en uno de los

asentamientos marcianos. Pasará allí una larga temporada, pero

desde que estoy con Brandon ya nada me importa. Cuando estoy

trabajando en mi despacho, él vigila todo el perímetro de nuestra

residencia, ajusta las alarmas, la temperatura y regula los niveles de

radiación solar. Cuando termina, me trae una infusión de té verde de

cultivo hidropónico, siempre en su punto, para que no me queme los

labios, después me escanea de arriba abajo: temperatura corporal,

niveles de colesterol, tensión arterial… No se le escapa nada, ya me

cuidé yo de programarlo como a mí me gusta. Hoy me ha notado

cierta excitación. Yo trataba de disimular, pero está tan bien

entrenado… Me ha tomado entre sus fuertes brazos y no ha dejado de

acariciarme en todos mis puntos más sensibles ¡Me ha hecho llegar

hasta lo más alto! Lo mejor de todo es que después, no se queda

dormido como Truman, podemos seguir juntos hablando de esto y

63


aquello, se muestra interesado en mi conversación y hasta me da

ideas de cómo mejorar en mi trabajo… ¡Cómo me gusta la serie C!

Amparo Hoyos (Valencia)

64


Un camino

Path of Many – Lars (Holanda) http://larsvandegoor.deviantart.com/

Existe un camino.

Eso dice la leyenda.

Un camino que nadie conoce

aunque todos lo transitan.

Le llaman vida,

el nombre más bello

que pudieron encontrar.

Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com

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Cathedral of Mar del Plata – Carolina Jaramillo (Argentina)

https://500px.com/carolina_jaramillo

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Nostalgia

Puño en el centro de mi centro, dentro mismo donde deben

anidar los besos, las caricias, las fotos en sepia atesoradas justo

mismo en el centro de mi alma...

Recordar los catorce entrecortados, entre noches jugando a la

escondida, tocando timbres, pateando tachos, con el amigo tenaz, un

tal Roberto, cabezón, torpe, medio pavo y bueno como sólo se

permite a los amigos que comparten las tardes en su ocaso.

Escondidos en baldíos esperando que pase esa vecina, estúpidamente

hidalgos y empujándonos con torpeza para llamar su atención

soñando por las noches con sus trenzas.

Por las noches hamacando estrenadas osamentas, reflejándose

la luna en esos charcos, robando cigarrillos a su hermano...los puchos

las monedas y los ratos.

Sintiendo que la vida nos depara escuchar la música bendita que

siempre estará ahí, ayudándonos a pasar algún mal trago...

Nostalgia que se agranda y que palpita. Que humedece los ojos

pero el llanto no alcanza a disolver tantas sonrisas, perdidas en la

noche de los años.

Lucho Bruce (Mar del Plata, Argentina)

67


You hold the whole world in your hands – Kevin Carden (EUA)

https://500px.com/cardensdesign

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Un ruego al cielo

Esta noche ruego al cielo, al Dios de mis creencias. Sólo a él le

pido, que calme a los lobos de la muerte, esperando por el sueño del

incauto.

Ruego por la compresión del sordo en su conveniencia, por los

inválidos de mente en cada acción inerte, y por la esencia perdida en

cada hombre, arropado por la arrogancia tejida de bajezas.

Ruego por lo soledad de cada anciano, acompañado por el amor

evocado en su memoria. Por el niño arropado por estrellas,

alimentado de sobras indultadas de conciencia, que acumulan tesoros

del cielo falso de su credo.

Ruego por los que lloran en silencio, disfrazando de sonrisa la

gabela de su alma, derramando luceritos en los cerros de resguardo.

Allí muere el desconocido sin la bendición de su madre, que se ha

quedado dormida frente a la cruz y su llanto.

Ruego por los bosques mutilados y abrasados por la llama,

dejando cementerios en los extensos campos. También por la

indolencia hacia la vida dada, transformada en muerte inútil, colgada

en las paredes de una casa.

Ruego por mi alma, para que no se inocule de tanto odio y

desenfado. Por la fuerza necesaria a un espíritu aferrado a los sueños

y sus encantos, para nunca abandonar la siembra de amor, con cada

humilde garabato.

Ruego, porque sólo así me enfrento al espejo de mi alma, por lo

que no hecho y me falta. Por el camino abonado por las huellas de mi

llanto. Porque necesario es cambiar la tormenta por la calma, para

un mundo mejor, abrazado con fe a la esperanza.

Eva C. Franco (Isla de Margarita, Venezuela)

69


Solitude – Matej Snopek (Croacia) https://500px.com/matejsnopek

70


El fantasma del Viaducto

La culpa la tuvo mi redactor jefe, el Tigre, se empeñó en que le

preparase un reportaje sobre lo que ocurría en el Viaducto de Madrid,

el puente de los suicidas, donde en aquella época según estadísticas de

la policía cuatro personas al mes se quitaban la vida lanzándose desde

lo más alto.

—Ángel, ponte en marcha y quiero historias, personajes –me gritó

desde su despacho.

—¿No querrás que entreviste a los suicidas?

—Pero sí a familiares, consigue cartas de despedida, fotografías,

muévete.

En Documentación me prepararon un buen dossier sobre los

suicidios en el Viaducto. Encontré historias escalofriantes, dos niñas se

habían arrojado juntas agarradas de la mano. ¡Qué barbaridad! Llamé al

inspector Eduardo Mínguez, un viejo amigo al que utilizaba para que

me sacase de apuros cuando necesitaba información sobre sucesos que

se producían en Madrid.

—Preparo un reportaje sobre el Viaducto. Seguro que tú sabes

muchas historias.

—Ahora estoy muy ocupado.

—¿Y si quedamos a tomar una copa? —le propuse.

—No cambias. Todo lo arreglas tomando copas.

Quedamos en Toldería, en la calle Segovia, un antro de música

sudamericana, a los pies del Viaducto. Cantaba Rafael Amor, un asiduo

del local. Eduardo no apareció, a las doce de la noche me mandó un

mensaje: «Vente mañana a verme y hablamos». Él trabajaba en la

comisaría de Leganitos, muy cerquita. Estuve tomando copas hasta las

tres de la madrugada. Salí tambaleándome. Desde Toldería subí

71


caminando hasta el Viaducto. Estaba desierto, ni un alma. Me acerqué a

la barandilla. Daba miedo mirar al abismo por el que habían caído

cientos de personas. Fue entonces cuando le vi. Atravesó la calle Bailén

y se fue acercando a la barandilla. Era un hombre maduro, calvo, gordo

y fuerte, llevaba la camisa desabrochada y plagada de manchas que

parecían de sangre. Hablaba solo. Me acerqué a él y pude entenderle:

«¡Las he matado, las he matado!». «¿A quién has matado?», le pregunté.

Tenía los ojos enrojecidos, quizá de haber llorado o tal vez por los

efectos del alcohol. «Era una puta, me ponía los cuernos, se lo merecía».

«Será mejor que se tranquilice», le dije. «Esa puta ha destrozado mi

vida. Pero lo ha pagado caro. Y las niñas producto de su adulterio

también». «¿Qué ha hecho usted?», yo ya estaba alarmado ante las

palabras de aquel individuo desesperado. «A esas no las resucita nadie.

Están muertas y bien muertas». Fue todo muy rápido. El hombre gordo

salió corriendo hacia la barandilla. Le vi saltar al abismo sin poder

hacer nada por evitarlo Permanecí paralizado, incrédulo ante lo que

acababa de suceder. Después me asomé a la barandilla. Nada. La calle

Segovia estaba vacía. Descendí del Viaducto en busca del cadáver. Ni

rastro. Yo le había visto saltar con mis propios ojos. Eso es lo que les

dije a dos policías municipales que patrullaban en su vehículo por la

calle Segovia.

—A lo mejor has bebido demasiado —me reprocharon.

—Sí, he bebido mucho, pero vi a un hombre tirarse por el Viaducto

hace unos minutos y antes me contó que había matado a su mujer y a

sus dos hijas.

—Si alguien se hubiera tirado por el Viaducto, estaría destripado

aquí delante de nosotros. Lo mejor que puedes hacer es irte a dormirla

a tu casa.

Les hice caso. Dormí como un tronco hasta mediodía. Me desperté

con la imagen del hombre gordo y fuerte en mi cabeza, todavía me

resonaban sus palabras: «¡Las he matado, las he matado!». Me duché,

72


me tomé un café muy cargado y me marché a la comisaría de Leganitos.

Le conté la historia de un tirón a Eduardo Mínguez.

—Es muy extraño, Ángel. Lo que me cuentas recuerda a un caso

ocurrido hace cinco años.

—¿Qué caso?

—Espérate.

Eduardo Mínguez me dejó sentado en la sala de espera de la

comisaría de Leganitos. Regresó con una carpeta rellena de papeles. Me

hizo pasar a un despacho y me enseñó una fotografía.

—¿Te suena de algo este hombre?

Era él, mandíbula cuadrada, calvo, fuerte.

—Ese es el tipo que se suicidó ayer delante de mí —le dije.

—Eso no es posible –replicó.

—¿Por qué…?

—Porque ese hombre se llama Juan Rodríguez Mora, era

mecánico, y efectivamente se tiró desde el Viaducto...

—Lo ves, yo hablé con él.

—Ese hombre se suicidó hace cinco años a las tres de la

madrugada después de matar en un piso de Vallecas a su mujer y a sus

dos hijas.

—Eso no puede ser —grité.

—Mira, Ángel, no eres el primero que cuenta historias fantásticas

después de una borrachera. Y el Viaducto da mucho morbo. Existe una

leyenda de que los suicidas vagan por el puente de madrugada en las

noches de luna llena. Anoche había luna llena.

—Yo no conocía esa leyenda.

—Me extraña si te pasaste toda la tarde leyendo historias sobre el

Viaducto, con el alcohol se te fue la pinza.

73


—¿Y cómo he reconocido a un tío al que no he visto nunca?

—Seguro que entre la documentación que te entregaron ayer

estaba el caso de Juan Rodríguez Mora. Te sugestionaste, la ginebra hizo

el resto.

Eduardo no me hizo ni caso, me marché después de discutir con él.

Desde aquel día en las noches de luna llena me voy a pasear por la

calle Bailén, me asomo a la barandilla y espero al hombre gordo con la

camisa ensangrentada. Sé que aparecerá algún día, porque su espíritu

maldito vaga entre los arcos gigantes del Viaducto buscando la paz que

no encuentra. No volví a hablar con él, pero conté su historia en el

reportaje que me habían encargado. El Tigre se quedó contento.

—Me has hecho temblar con tu reportaje —me dijo.

—Y eso que no conté que tuve una conversación con el espíritu de

un suicida.

—Tienes que dejar la bebida, Angelito.

Nadie me creyó. Pero le vi y estoy seguro de que sigue allí.

Vicente Carreño (Leganés, Madrid)

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Entre sombras

Ilustración de la autora

He estado en muchos lugares, he sido muchas personas, de

tacones emplumados al barro humedecido, de dignidades perdidas a

mujer de bandera, mujer pantera –o tan sólo una niña hecha de

humo, aliento y miedo. Las personas vivimos entre sombras, sombras

de nosotros mismos. Aquí no comienza la historia, ni acaba. No es

cuento de fábula, ni metáfora inspiradora.

En la existencia humana hay grandes momentos para pensar,

para caer, para la desintegración más ínfima. No te salves, no luches,

no hagas nada. Siente el miedo en mi mirada, versos románticos en

las uñas, siente los barrotes de tu jaula.

Sarah Martínez (Valencia)

www.alasombradelparnaso.blogspot.com.es

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Public Statement – Nikos Sachos (Grecia)

http://nicksachos.deviantart.com/

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MANIFIOSTEN DE KARTOFEN DEL S. XXI

Manifiesto a la libertad presunta de inventar en este siglo.

Manifiesto a la carne prieta y de pretura. A que sean, mujer, tus tetas

lienzo y no objeto, para pintarlas con pincel suave sin sentirte

violenta.

Manifiesto al arte y al amarte libre y breve, producto de los días

de calentar y listo. Manifiesto de este siglo, de este sexo y de todas las

sensaciones tan profundas y etéreas.

Tan intensas y breves.

Tan latentes y quietas,

tan decadentes

tan aparentes.

Sentirte integrado.

La era de tus letras, mujer, libres y risueñas. Qué más dará papel

que madera, que mármol que nevera ¡Escribid preciosas mías! Este es

nuestro siglo, es el siglo de las fieras.

Manifiesto a la lascivia gratuita y continua enrevesada en tu

pantalla plana. Es sano, no te preocupes, lo anuncian en televisión.

Manifiesto de las acciones espontáneas, producidas por las

drogas sanitarias. No te inquietes, lleva prospecto e instrucción.

Manifiesto al mundo corrupto, producto de la mejor idea del

mundo.

Manifiesto a lo que sea que quiera que tenga que pasar en algún

momento. Qué más te dará, todavía como, todavía puedo respirar,

pero incomprensiblemente, tengo que gritar. No puedo hacer otra

cosa más que hablar, charlar contigo. Charlemos sin parar.

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La era que se era de macarras que menstrúan y saben latín con

gafas cuadradas y serrín.

tris.

El siglo de aquí lo quiero aquí lo tengo a un clic, en un plis, en un

Manifiesto comunista como música de fondo en un cuento muy

bonito, bien cerradito, selladito, hermetiquito. No vayamos a respirar

otro aire contaminante, tú sólo arrodíllate y deja que te espante

fraternalmente.

Manifiesto de un mundo imperfecto que ya se ríe sin pensar. Lo

absurdo por lo absurdo, qué vamos a hacer, no vamos a llorar. No

vaya a ser que tenga letra pequeña, no vaya a ser que tengamos que

pagar.

Pagar tu riñón por tu funeral. Demasiado brutal.

Manifiesto absurdo de una mente absurda perdida en mil

estímulos que no dejan mirar fijamente las estrellas y dibujar su

geometría sin mirar, que no se puede concentrar. La era de uno

mismo perdido, creciendo y sin avanzar. Del ojo sediento de sangre a

borbotones, de colores, que levite, haga espirales y chorree incesante

por los poros de alguna piel. Del ojo colmado de información que ya

no sabe qué ver. Manifiesto de los enfados colectivos, consabidos,

efusivos, pasajeros y casi divertidos.

Vida ¡Oh vida! Dame serotonina.

Bienvenida la era de la prisa, de prisa. Del poco tiempo para

todo y demasiado tiempo para pensar en lo que ya no sabes si el

futuro te podrá deparar. El siglo de emigrar y pensar, pensar, pensar

en no pensar y aprender demasiado en cualquier otro sitio o en una

zona residencial.

Gabriela Pavinski (Valencia)

http://gabrielapavinski.blogspot.es/

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El divorcio

Collapse – Korawee Ratchapakdee (Thailandia)

https://500px.com/Genesis

Se citaron un día de mayo en el despacho de un abogado.

Hacía tiempo que vivían separados y no se habían visto desde

que al volver él de un viaje, ella le dejó una nota en casa diciéndole

que ya no podía vivir así, con sus largas ausencias, los escuetos e-

mails y las casi inexistentes llamadas telefónicas. Le abandonaba.

Se habían acostumbrado a vivir el uno sin el otro. Ya no tenía

objeto seguir juntos.

Afortunadamente no habían tenido hijos y era fácil poner punto

y final a su matrimonio.

Fueron puntuales a la cita y se encontraron en el portal del

edificio donde tenía el despacho el abogado.

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Ella estaba delgada y con ojeras. Él tampoco tenía buen aspecto.

La ruptura no era tan fácil como habían supuesto.

Cada uno recordaba los buenos momentos vividos: el día que se

conocieron en la biblioteca de la facultad. Dos jóvenes con todo el

futuro por delante pero un nexo común, su amor.

Ambos recordaban el día de su boda que llovió a mares pero que

no impidió que ella luciera radiante con su vestido blanco y él

estuviera muy elegante con su traje y una divertida pajarita en vez de

la tradicional corbata.

Recordaban también la luna de miel en Venecia y su primer

aniversario de boda en ese piso tan pequeño, de una sola habitación,

pero tan acogedor.

Tantos recuerdos rotos porque con el paso de los días, con el

paso de los años, habían perdido la ilusión, la pasión, el amor.

Se casaron porque querían pasar el resto de sus vidas juntos,

pero en algún momento olvidaron que eso requiere esfuerzo por

ambas partes. Se perdieron mutuamente.

Estuvieron pocos minutos en el despacho; el tiempo justo para

firmar los papeles sin intercambiar ni una palabra.

Así acababan 6 años de matrimonio. Ahora tocaba recomponer

sus vidas.

Ella se fue caminando despacio. Él no trató de seguirla ni de

detenerla.

¿Cómo era posible que dos personas que se habían querido

tanto no se dijeran ni un adiós?

Ese día ambos perdieron lo mejor de sí mismos pero tardarían

tiempo en darse cuenta de ello.

Pilar Descalza (Valencia)

http://micuartosecret.blogspot.com.es/

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El plagio

Double vision – Devlin Hyde (EUA) http://knotrite.deviantart.com/

Yo no soy muy afecto a participar en concursos literarios, de

esos que pululan hoy en día por las redes sociales. De hecho,

siguiendo la recomendación de un maestro amigo, participo

solamente en uno o dos al año, aquellos que por la temática o la

extensión considero más accesibles.

Pero esta vez tenía entre mis manos una verdadera bomba

literaria. Era un relato que me surgió de un sueño, del que cuando

desperté no pude dejar de escribir hasta terminarlo. Me poseyó como

una fiebre. Escribí durante horas, como si alguien me estuviera

dictando. Me sentía como hipnotizado. Se trataba de un relato sobre

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universos paralelos. A medida que avanzaba en su redacción no sabía

hacia dónde me llevaba ni tenía idea de adónde iría a parar, pero no

podía detenerme: una fuerza superior a mí me obligaba a seguir

escribiendo. Llegué a la conclusión, contento y orgulloso, de que ésa

era, sin duda, la auténtica inspiración.

Cuando terminé, tenía ante mis ojos el relato más fantástico que

podía haber imaginado. Era un relato sobre un mundo paralelo, que

además estaba escrito con tal perfección, con tal elegancia, que no

cabía hacerle corrección alguna: había quedado redondo, perfecto.

Así que decidí enviarlo al primer concurso de relatos que encontré en

la red.

Sin embargo, para mi desconcierto, no pude entender cuando a

los pocos días recibí un correo de la empresa organizadora del

concurso anunciándome que mi relato había sido rechazado.

Desazonado pregunté la causa y la respuesta fue contundente:

«Plagio. Su relato ha sido rechazado por plagio».

Sin abatirme por lo que consideraba una decisión injusta –y a

todas luces equivocada–, solicité más información a los

organizadores: «Si he sido rechazado por plagio quiero conocer el

texto que supuestamente he plagiado y deseo conocer el nombre del

autor».

Ante una primera negativa, repliqué amenazando con

denunciarlos en las mismas redes sociales literarias, y si fuera

necesario iniciaría de inmediato un litigio ante las autoridades

correspondientes.

Persuadidos ante mi aplomo, los organizadores aceptaron

enviarme el texto que según ellos yo había plagiado, y me dieron a

conocer el nombre y señas del autor: Víctor Montelongo, mexicano,

habitante de un pueblo muy cercano a mi lugar de residencia.

82


Cuando recibí el texto del tal Víctor casi me caigo del asombro.

Aquel relato no era similar al mío: ¡Era exactamente igual..!

¡Idéntico..! ¡Con comas y puntos y todo! Imaginé entonces que tal vez

alguien había logrado entrar a mi computadora –plagio cibernético,

pensé–, pero cuando logré recuperarme de la sorpresa descubrí que

al final del texto se incluía una dirección electrónica.

Inmediatamente procedí a enviar un mensaje al mencionado

Víctor Montelongo: «Me urge hablar con usted. Es preciso que se

comunique conmigo VM».

A las pocas horas recibí una respuesta que consideré una burla

de mal gusto, decía: «Me urge hablar con usted. Es preciso que se

comunique conmigo VM».

Como tenía también su dirección, apresurado tomé el auto para

franquear los kilómetros que me separaban de mi sarcástico

contendiente, y único y verdadero plagiario.

Llegué a la dirección indicada cuando ya empezaba a caer la

noche. La sombra de unos olmos enormes se proyectaba sobre la casa

y la oscurecía notablemente. Como no había luz exterior batallé un

poco para encontrar el acceso a la entrada.

Llamé a la puerta y al no recibir contestación, como estaba

abierta, la empujé. El interior era aún más sombrío y apenas lograba

distinguir algunos muebles mal acomodados en lo que seguramente

era la sala. Escuché un ruido y automáticamente dije «¿Quién anda

ahí?». Casi al instante una voz grave me replicó: «¿Quién anda ahí?»

Detecté que la voz procedía de un sillón orientado hacia la

ventana, cuyo reflejo, de tan débil, no me permitía ver a la persona

ahí sentada. Entonces una mano encendió una pequeña lámpara

colocada al lado y un hombre se levantó del sillón.

Giró lentamente hacia mí y en ese momento, a pesar de la

penumbra, lo pude ver perfectamente: era yo.

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Me miró fijamente y luego dijo: «Tienes razón, Víctor, los

mundos paralelos existen. Por alguna razón que no comprendo yo

traspasé el umbral; tal vez tú mismo, en el delirio de tu relato, me

hiciste atravesarlo. Pero como podrás imaginar tú y yo no podemos

coexistir en el mismo plano. Uno de nosotros tendrá que dejar de ser

y me temo que habrás de ser tú».

Sin reponerme de la sorpresa sentí que un intenso pánico

inundaba mi pecho. Otro yo me estaba condenando al abismo. Di

media vuelta y salí corriendo aturdido, de manera atropellada.

Cuando alcancé la calle me di cuenta de que el verdadero plagio

se había consumado: yo ya no era yo...

Vicente Montemayor (Omaha, Nebraska – EUA)

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El milagro de la Primavera

Foto obtenida de http://pixgood.com/

Aquella mañana de primavera, Marta el sabueso, sabía que algo

se le escapaba de las manos. Se había ganado ese apodo durante sus

años de enfermera jefe en la residencia. No había nada que ocurriera

en aquel lugar que escapara a su olfato de rastreador, pero aquel día

no conseguía averiguar a qué venía aquel ajetreo que se notaba en el

ambiente. Se sentía intranquila, acostumbrada como estaba a tener

todo bajo control.

Manuel, uno de los veteranos, olvidando su inseparable andador

corría por los pasillos como un adolescente. La Señora Josefa había

cambiado su llorosa letanía habitual por un repertorio de coplas que

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el resto de residentes coreaba con entusiasmo. Todo el edificio

retoñaba al igual que el pinar cercano, cómo si se tratara de un

milagro de la primavera.

A media mañana descubrió el desastre en el cuarto de lencería.

Varios camisones habían sufrido recortes en mangas y escote. Las

habitaciones también habían estaban desordenadas. Las camas

estaban unidas y encima de las lámparas de noche encontró

servilletas rojas del comedor. De la enfermería faltaban varías cajas

de vitaminas y la reserva de chocolate de la cocina había disminuido

considerablemente.

Toda la mañana se la pasó Marta observando, intentando

averiguar el origen de aquel desaguisado. Aunque, la verdad, daba

gusto ver a los ancianos con aquel estado de ánimo. Habían salido al

jardín sin remolonear y paseaban al sol jugando como chiquillos.

Casi al final de su turno, encontró el folleto en un cajón de la

mesa.

«Sesión de relatos eróticos en la biblioteca municipal».

Cómo se le había podido olvidar que la tarde anterior se había

programado una actividad fuera del centro. Sin duda estaba

perdiendo sus dotes ¿Sería cosa de los años?

Cuando vio a Manuel pellizcar el trasero de la señora Josefa

tomó una determinación. Había que fomentar más las salidas

culturales. Quién sabe si algún día ella pasara también a formar parte

de los residentes de aquel centro.

Matilde Lledó Pérez (Madrid)

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A la sombra del ciruelo

Plum Tree–Edmund Lowe (EUA) https://500px.com/loweedmundphotog

Hace tiempo que se instaló en mi mente la idea de volver y ante

la insistencia de los pensamientos saqué un billete para regresar a mi

infancia.

Desprecié el egoísmo de hacerlo solo y compartí con mi hija

María, el descorche de la botella de los recuerdos; por eso, esta

mañana le pagué con una sonrisa, el esfuerzo de madrugar para

acompañarme.

Los primeros calores de mayo nos dieron las llaves de todas las

calles de la ciudad. Atravesamos el parque de la rosaleda, apreté la

cálida mano de María, para decirle sin palabras que se empapara con

los olores de la primavera que atravesaba sin permiso las viejas

murallas y se instalaba en cada uno de sus rincones.

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Nos fundimos con el ruido de la fuente, y los niños que no se

avergonzaban de sus risas, me dio la sensación de más bullicio y

mirando a la fuente con desafío, me lo tomé como un triunfo. En mi

niñez siempre había alguien imponiendo silencio, el agua de la fuente

siempre ahogaba nuestros juegos, pero ahora era al revés, la ausencia

de los guardianes del silencio amordazaban los chorros del agua.

Cuando pasamos por la alameda miré de reojo cómo a María le

llamaba la atención la casa de correos, la que fuera morada de nobles

ahora estaba cubierta de hiedra, como una dama que cubre su rostro

con un velo para ocultar su edad.

Al girar la esquina del casino me paré en seco, María se

desestabilizó por mi brusca parada, y supo por mi mirada, que

habíamos llegado.

Se soltó de mi mano, y corrió hacia ella, con las manos en la

verja, se giró para mirarme.

—¿Esta era tu casa ?

Asentí con la cabeza, observé la verja con los barrotes oxidados

y las lanzas romas.

María gozó del privilegio que antaño tuve yo, metió su menuda

cabeza entre sus barrotes y su melena castaña atrapó el descuido de

los hierros, mientras yo recordaba su estado la última vez que los

había visto. Y calculé el tiempo transcurrido por décadas para no

fallar.

Observé triste su fachada, con la alegría de quien se reencuentra

con un ser querido y la tristeza de verlo tan cambiado.

Colé mi mirada por los cristales del patio central, y me encontré

dentro como valiente caballero desafiando a los truenos y

relámpagos en la noche de tormentas. Salí vencedor de buen número

de ellas y sólo perdí aquellas en las que intervenía mi madre

llevándome de la oreja fuera del alcance de la cristalera, que según se

venía repitiendo generación tras generación alguna tormenta

acabaría echándola abajo. Vuelvo al jardín y confirmo que tal

tormenta no ha llegado aún.

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María pregunta si podemos entrar, sonrío asintiendo y ella

vuelve a coger mi mano. Yo la miro antes de entrar. María no es una

niña traviesa, todo lo contrario, es tranquila y hace gala de un buen

sentido del humor, gusta de la conversación sobre todo si va

acompañada de un buen batido de vainilla tomado sin prisas en

alguna terraza.

Me preparo para sus preguntas, cuanto yo le cuente lo

recordará y Dios me libre de apoderarme de la verdad.

En la escalera de la entrada, la maleza me dice que la casa ha

estado abandonada los últimos años, puedo adivinar lo que se vería

detrás de los cristales del vestíbulo si no estuvieran opacos por la

suciedad.

Bordeando la casa llegamos al jardín, la ansiedad del momento

me hace ignorar el aspecto descuidado del mismo. Allí está en el

centro, sombra de generaciones, compañero de juegos y testigo de

compromisos inquebrantables, allí está el viejo ciruelo.

Mientras tanto María se ha soltado de la mano, se adelanta a mis

pasos y cuando la sombra del ciruelo oscurece su rostro, se gira y con

los ojos muy abiertos exclama entusiasmada.

—¡ Papá! Este es el árbol que aparece en mis sueños.

—Si mi niña, como en tus sueños, estás a la sombra de este

árbol, que es un ciruelo, que ahora tiene aspecto cansado pero que

pronto estará como tú lo sueñas.

Chirría la puerta de la verja y María sale corriendo.

—¡Mamá, la casa donde vamos a vivir, tiene el árbol de mis

sueños!

En ese momento, llegó un soplo de aire fresco que meció las

hojas del viejo árbol. Yo sentí que se me ensanchaba el alma y solo

pude murmurar: «Gracias a ti por esperar».

Rosi Serrano Romero (Móstoles, Madrid)

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Mystery of the book – Ciril Jazbec (Eslovenia) http://ciril.deviantart.com/

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Cómo duele el olvido…

Disimularé, haré como que leo a S. de Beauvoir. Ella pregunta

que qué es una mujer; yo me sigo preguntando a mí misma que quién

soy, que de dónde proviene esta debilidad ante tu presencia que me

trepa por dentro y me recorre toda como un gusano dejando su

rastro de babilla arrastrada. Que por qué estás siempre diciendo algo

que me llega, que me molesta, que me atañe, que me desplaza por mis

recuerdos hasta llegar a lugares a los que no me conviene regresar.

Haré como que continúo, mantendré el libro abierto. A nadie le

extrañará esta faceta mía tan intelectual, están acostumbrados a

verme con un libro entre las manos y mis lecturas son de lo más

variopintas. Haré como que leo mientras continúo escuchando tu voz

en la lejanía, condenados a compartir este claustrofóbico espacio. Es

un sonido de aletargamiento, que me enerva y me adormece al

mismo tiempo, que me sumerge en un extraño estado de alucinación

extasiada mientras me transporto a otros tiempos ¡Qué vergüenza

querer oler tu piel de nuevo! ¡Qué vergüenza querer tenerte tan cerca

que se me erice otra vez todo el cuerpo! Me duele este deseo tan

irracional que me sitúa fusionándome en ti a cada momento. Por eso

he de mantenerme lejos, por eso me siento a distancia en la sala de

juntas y cotilleo a escondidas tu agenda para ver por dónde andas y

caminar en sentido contrario.

Agacho la cabeza y rehúyo tus ojos, tus frases, tus gestos e

intento bloquear mis oídos y mis sentidos todos, e intento que no

existas. Y, sin embargo, no desapareces. Me dolió quererte, me duele

olvidarte, me duele que seas y que estés, sobre todo que estés tan

cerca. Tan cerca y tan lejos. Tan tópico. Tan trágico. Tal vez me

escocería menos si hubieras muerto. Suena tremendo, pero es así.

Porque no podría verte, ni escucharte y tendría, necesariamente, que

dejar de esperar alguna noticia tuya.

Alicia Muñoz Alabau (Valencia)

https://www.facebook.com/PonerseAlas

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Ilustración de Adrián García Raga http://agarrailustracion.es/

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No te detengas

Levántate cada día y respira

Retén cada bocanada de aire

Has elegido la vida

Has elegido el movimiento

No te pares nunca, continúa

No pierdas el aliento

Abre la puerta y sal a la calle

Absorbe cada momento

Corre, corre, más rápido

Nota como el sudor recorre tu cuerpo

El sudor del sufrimiento

Huye de tus limitaciones

Escucha el tambor de tus latidos

Siente como todo se aleja

Y solo quedas tú y tus pies

Los problemas ya se fueron

Son demasiado lentos

Alcanza, alcanza un atardecer

Bordea la orilla del rio

O crea tu propio camino

Renace, revive y recuerda

Que si tu cuerpo alcanza la plenitud

Tu alma también lo hará

Adrián García Raga (Valencia)

http://agarrailustracion.es/

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No smoking 2… - Tarikkeskin (Turquía)

http://tarikkeskin.deviantart.com/

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La última calada

Se llevó el cigarrillo a sus labios, le dio una última calada y

aspiró el humo hasta que sintió que inundaba sus pulmones. Con el

rostro contraído y rojo, las venas del cuello dilatadas, lo lanzó con

precisión hacía el lugar de donde había salido como un huracán.

—Maldita ―gritó a viva voz. Escupió en el piso con una mueca

de desdén.

Las callejuelas desoladas, el silencio y la complicidad de la noche

le infundieron un mínimo de confianza y poco a poco menguó el

temblor que recorría su cuerpo. Relajó los nervios. «Todo estará bien,

no es real, no es real», se repetía una y otra vez.

Recordó los últimos acontecimientos, esos que habían

trastocado su mundo que él creía tan perfecto. Ella era la razón de su

existir y desde que coincidieron eran inseparables, «se amaban,

estaba seguro».

Su mirada se posó en la rosa roja que había dispuesto para ella

y que aún conservaba. Una lágrima pugnó por salir, con fuerza la

borró con su mano.

Cerró los ojos, «era mejor no pensar», se dijo, sin embargo los

recuerdos se atropellaban en su memoria. Una imagen le quemaba en

la sien y se hundía en su pecho como un puñal. Ella desnuda,

dispuesta, entregada y... La puerta entreabierta, su perfume que

impregnaba la alcoba a media luz, las velas aromáticas, el incienso,

los susurros y gemidos ahogados, las risas, las voces masculinas, su

presencia no advertida, no dar crédito a lo que estaba presenciando,

el dolor punzante, la locura que hizo presa de sí, su rabia sorda y su

orgullo herido, el sótano, el líquido, los acontecimientos descontrolados

y su salida precipitada.

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Lenguas de fuego iluminaron la calle. El sonido de las sirenas de

los bomberos, de la ambulancia y de la policía interrumpieron la

calma, provocando que él volviera al presente y que en su interno

algo se disparara.

Con estupor, miró a su alrededor como intentando asimilar lo

que se desarrollaba ante sí. «Es una pesadilla», se dijo.

El humo negro y sofocante le obligó a taparse la boca con un

pañuelo. Se recompuso y apuró el paso.

Con la rosa roja en la mano, como acostumbraba, atravesó a

grandes zancadas el espacio que lo separaba, se abrió paso entre la

multitud. Corriendo, gritó:

—Manuela... ―petrificado, se preguntó si era víctima de una

alucinación. Se llevó las manos a la cabeza. Con dificultad se mantuvo

en pie, caminó unos cuantos pasos y vomitó.

—Manuela, Manuela... ―gritó a todo pulmón, en un intento por

llegar hasta ella, pero se lo impidieron. Mientras, el fuego devoraba

todo. Se sintió mareado y débil. El mundo giró a sus pies.

Creyó escuchar las voces de sus vecinos que le llamaban por su

nombre. Las murmuraciones mal intencionadas que llegaban como

una ráfaga lejana, las especulaciones, el asombro, los lamentos, las

lágrimas, la oscuridad y la nada.

Unas cachetadas en su rostro le hicieron abrir los ojos. A su

lado se encontraba un oficial de la ley.

—¿Dónde está Manuela, mi esposa? ―dijo, mientras trataba de

ponerse en pie.

―Señor Pérez, lamento informarle que todos murieron.

—¿Todos? ¿Cómo que todos? Manuela, Manuela... —dijo,

mientras dos lágrimas rodaron por sus mejillas y de su pecho brotaba

un grito ahogado— ¡No, Manuela...!

96


—La mujer y los tres hombres que la acompañaban. ¿Los

conoce? ―dijo el detective, mientras le acercaba varias fotografías de

tres hombres desnudos y calcinados.

Un escalofrío le recorrió; cuando por fin pudo controlar el

temblor de su cuerpo, dijo:

—No, nunca los he visto. No entiendo nada —se cubrió el rostro

con las manos.

Han pasado los años y los recuerdos de ese fatídico día aún

laceran su memoria. Los murmullos y los cuchicheos, siguen

resonando en sus oídos. ¡Cornudo!

―¡De mí nadie se burla! —dijo, lanzando el cigarrillo y

apagándolo con fuerza contra el piso. Una sonrisa burlona se dibujó

en sus labios.

Lucía Uozumi (Miyazaki,Japón)

http://www.mishumildesopiniones.com

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Babe I’m Gonna Leave You

Film Noir – Anna Mock https://www.behance.net/anamock

Desperté aullando, con las sábanas totalmente pegadas a mi

cuerpo, empapadas en sudor. Me senté en la cama, tapándome la cara

con las manos, aún temblorosas. No me lo podía creer. Nina había

vuelto de nuevo a mis pesadillas. Nina había vuelto a sentarse en mi

cama, había vuelto a arañar mis entrañas mientras dormía. Nina, mi

tumor cerebral.

Hacía más de un año de la ruptura, pero los remordimientos

seguían ahí. Acosándome a diario. Su perfume en cada maldita

esquina, su curvilínea sombra proyectada en el sofá, con la copa de

vermut en la mano. El rastro de su pintalabios estampado en el cuello

de mis camisas, marcándome como una posesiva gata en celo.

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Nina y sus demonios interiores. Se solía sentar en el suelo y

llorar. A veces rompía las copas de vermut y me arañaba la cara con

los cristales rotos. Cuando bebía, le gustaba hablar de un amor no

correspondido. Cerré los ojos. Hacía más de un año que se marchó,

pero su risa histérica me despertaba de madrugada, más a menudo

de lo que quisiera recordar, y yo no podía dejar de sentir escalofríos

hasta registrar todos los malditos rincones de mi casa y asegurarme

de que ella no estaba allí.

Yo tan sólo quería volver a dormir sin escuchar sus gemidos, sin

sentir su cálido aliento en la nuca, sin encontrarme con esos ojos

felinos, con el eye-liner corrido y la sonrisa rota. Mirándome a todas

horas. Siguiéndome a todas horas.

«Quiero dejarlo, nena», le dije. Era primavera, y ella llevaba un

nuevo perfume adherido a su cuello, y una flor en el pelo. Me sonrió

con tristeza. Después, intentó agredirme y arañarme la cara, y gritó

hasta desgarrarse la voz. Intentó arañarme los ojos. Gritaba que

jamás dejaría que ninguna otra estuviese bañándose en ellos. Estaba

desesperado por volver a saborear la agridulce soledad. Estaba tan

cansado de ella, de nosotros, del vermut y de su autodestrucción.

Acerqué mis manos a su cuello. La flor que adornaba su cabello se

cayó.

Mientras me levantaba y caminaba sin rumbo por el dormitorio

que una vez compartí con ella, quise recordar qué hice con aquella

flor, en un fallido intento de cerrar mi mente y no recordar su piel

pálida y fría. Sus ojos mirando a un punto fijo, y a la vez mirándome a

mí. Juzgándome, incluso después de muerta. O quizás planificando

nuestro reencuentro en su particular infierno.

olvidarla.

En el fondo de mis arañadas entrañas, sé que jamás podré

Christine Carcosa (San Pedro del Pinatar, Murcia)

http://christinecarcosa.wordpress.com

99


II Recital de relatos y poesía Valencia Escribe

Kaf Café – Benimaclet

Foto de familia

¡Qué magnífica tarde la que pasamos el sábado 9 de mayo en el Kaf!

Juventud y madurez, unidas por el amor a las palabras. Todos

superando el pánico escénico, para compartir textos propios y de

otros compañeros que, por residir demasiado lejos, no pudieron

acompañarnos. Estos encuentros son los que hacen que valga la pena

cualquier esfuerzo. A ver si en septiembre nos podemos volvernos a

reunir…

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Diseño de portada: Daniel Sebastián Castañares

Próxima presentación – Atentos a Facebook

«Buffet Libre» nació como idea en el transcurso de una comida

informal, celebrada por varios componentes de este colectivo

literario en un Wok de la ciudad. Propusimos luego a todos nuestros

amigos y compañeros participar en un concurso a través de

Facebook. El resultado: 75 creaciones de 29 autores diferentes,

principalmente microrrelatos, con la comida y la bebida como excusa

principal o trivial de una historia. Textos negros, románticos,

cómicos, salvajes, fantásticos, poéticos, reflexivos, dramáticos,

estrafalarios... Todo tiene cabida en este heterogéneo Buffet. Si tenéis

apetito de letras, no dejéis pasar esta magnífica oportunidad. Daros el

gusto, saciaros.

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Número 6 (Octubre 2014)

https://www.yumpu.com/es/document/view/27265105/valencia-escribe

Número 7 (Noviembre 2014)

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Número 8 (Diciembre 2014)

https://www.yumpu.com/es/document/view/31901336/valencia-escribediciembre-2014

Número 9 (Enero 2015)

https://www.yumpu.com/es/document/view/33276829/valencia-escribe

Número 10 (Febrero 2015)

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Número 11 (Marzo 2015)

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2015

Número 12 (Abril 2015)

http://www.yumpu.com/es/document/view/37877341/numero-12-abril-

2015

Número 13 (Mayo 2015)

http://www.yumpu.com/es/document/view/38579520/numero-13-mayo-

2015

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