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ARTÍCULO

En Dinamarca (1930) un hombre presume el tamaño del atún que acaba de pescar.

foto: Fox Photos vía Getty Images.

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LOS PECES

GORDOS

SE ENCOGIERON

POR PERE ESTUPINYÀ | @Perestupinya

En los años 50 los pescadores de Florida

atrapaban meros de metro y medio de

longitud. Los de ahora caben en una sartén.

¿Por qué nadie quiere tomarse una foto con

un pez de 20 centímetros?

Algún día la fotografía del Rey de España junto al elefante

que cazó en Botsuana no será sólo motivo de indignación,

sino también una referencia para los historiadores de la

naturaleza. Algunos ecólogos, resignados a la transformación

del paisaje, han ido documentando la flora y la fauna que existían

en diferentes parajes terrestres. Estudian libros, restos

arqueológicos o fósiles. Averiguar lo que andaba por la tierra

es sencillo; hasta se lo podemos preguntar a nuestros abuelos.

Pero en los océanos la historia es distinta, pues no tienen

testigos más allá de la superficie. Conocer el tipo y la cantidad

de peces que habitaban hace sólo 50 años en las profundidades

de nuestros mares es más complicado. De eso se

encarga una nueva y curiosa disciplina científica llamada Ecología

Marina Histórica, que utiliza desde recortes de periódicos

hasta menús de restaurantes como pistas para descifrar

el pasado de los ecosistemas marinos. Una forma práctica de

aprender sobre los océanos sin entrar al agua.

Loren McClenachan es una bióloga marina que comparó

las fotos de docenas de turistas aficionados a la pesca en

una región del Golfo de México. Buceó en los archivos de

la biblioteca pública de Cayo Hueso en Florida y encontró

un registro muy completo de fotografías desde los años 50,

tomadas todas en los mismos barcos que utilizaban los turistas.

Cuando las puso en orden cronológico se sorprendió.

En la primera fotografía de 1957 podía verse a un grupo de

pescadores que posaban satisfechos con varias piezas que

alcanzaban el metro y medio de longitud, al más puro estilo

de Hemingway en su faceta de aficionado a la pesca. En otra,

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Lubina de 1.82 metros. I California, 1962.

Marlin azul de 150 kilos. I Cuba, 1939.

Canadá, 1955.

Marlin azul de 190 kilos. I Cuba, 1940.

tomada al año siguiente, aparecía

una familia rodeada de peces

del mismo tamaño. Pero, al

llegar a la década de 1970, las

piezas ya eran bastante menores.

En las fotografías de los años

80 los turistas sujetaban con sus

manos peces de escasos 40 centímetros, y en las

de hace unos pocos años ya ni se molestaban en

aparecer junto a sus vulgares pescados de 20

centímetros. En menos de medio siglo, subirse

a un barco y atrapar un mero se había vuelto tan

ordinario como visitar la pescadería de la esquina.

La investigación de McClenachan demostró

que la “pesca del día” de 2007 pesa 90% menos

que la de 1957. En los últimos 50 años, la sobreexplotación

pesquera de esa área del golfo de

México ha eliminado las especies más gigantes,

cuyo valor en la cadena trófica es vital.

El biólogo Chris Darimont, de la Universidad

de California, Santa Cruz, ha descubierto que la

mitad de los grandes peces marinos está perdiendo

su tamaño con cada generación. La ironía es

que, al pescar los ejemplares más grandes y carnosos,

la especie tiende a volverse menor. Los pescadores

que hacen negocio ofreciendo las presas

más gigantes deberían tomar nota del experimento

que hizo David Conover, el director del

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programa de Ciencias Oceánicas de la Fundación

Nacional para la Ciencia de Estados Unidos.

Él y su equipo criaron varios grupos de

sardinas atlánticas en tinas y después pescaron

sólo los mayores. Al cabo de cinco generaciones,

las sardinas evolucionaron a tallas

menores. Después Conover y su equipo abandonaron

este patrón de pesca. Tuvieron que

pasar 12 generaciones para que los peces empezaran

a recuperar su talla, pero nunca volvieron

a ser tan grandes como sus antepasados. La pesca

de Conover los había programado genéticamente

para encogerse y sobrevivir. Es posible

que lo mismo haya sucedido en los cayos de Florida

que McClenachan estudió.

Las sonrisas de los pescadores en las fotos

que revisó McClenachan evidencian algo

más: sin importar la década a la que pertenecen,

todos los turistas están orgullosos con

su pesca. Es el logro del día. El ser humano

se contenta con lo que ahora le ofrece el mar

porque ignora lo que había antes. A esto se

llama diminishing baseline, es decir, que cada

generación se contenta con menos en el mar,

porque no sabe lo que se ha perdido. Es como

una amnesia colectiva sobre cómo debería ser

la naturaleza.

McClenachan comentó después de su estudio

que las personas hoy no se asombran de

la degradación del océano porque no lo han

conocido de otro modo. Si los turistas dejaran

de pescar podrían pasar dos cosas: que con

el tiempo el ecosistema se reestableciera o que

ya estuviera tan dañado que nunca recuperara

las especies que en él habitaban. Si eso no parece

tan alarmante es porque en realidad no tenemos

conciencia de cómo eran los fondos marinos

hace un siglo.

La pesca de los turistas de Cayo Hueso en

los años 50 es el escandaloso equivalente a

cazar un elefante en la sabana africana. Pero

como el interior de los océanos no está a la

NOMBRE COMÚN

Mero guasa o gigante

NOMBRE CIENTÍFICO

Epinephelus itajara

HÁBITAT

Desde Florida (Estados

Unidos) hasta el sur de

Brasil, pasando por el

Golfo de México y el Mar

Caribe.

1930

250 Kg.

1950

150 Kg.

1980

80 Kg.

Fuente: McClenachan, Loren. Historical declines of Goliath Grouper

populations in South Florida. Scripps Institution of Oceanography.

Estados Unidos, 2009.

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vista, parece menos grave. En eso insistió el

ecólogo marino y explorador de National Geographic

Enric Sala durante un encuentro en la

sede central de Washington DC, cuando dijo:

“imagínense que van a la carnicería y les dicen:

‘Hoy tenemos carne de tigre’. ¿No les parecería

aberrante? Es lo mismo que pedir atún rojo en

un restaurante japonés”. La denuncia de Sala

es categórica: se pescan depredadores mayores

en declive, como el atún rojo o el pez espada

porque hay gente dispuesta a pagar por ellos.

Un atún de aleta azul, por ejemplo, puede subastarse

en 20 000 dólares en Japón. Desde el

punto de vista ambiental, es como comer leones

o tigres en lugar de vacas o pollos.

Nos gustan las especies que están en lo

alto de la cadena alimenticia, que además de

reproducirse menos y crecer más lento tienen

un papel fundamental en el equilibrio de los

ecosistemas. En protección de los océanos,

estamos muy atrasados. “Lo que estamos haciendo

en los mares equivale a convertir la

selva amazónica en un campo de golf”, dice

Sala, y asegura que en los últimos 100 años

en el Mediterráneo ha desaparecido 99% de

los tiburones, y a escala mundial ha colapsado

una tercera parte de las pesquerías en las

últimas cinco décadas.

Nos falta esa conciencia y legislación que

sí tenemos sobre los animales terrestres. La

irritación que despierta la fotografía de un

elefante recién cazado debería ser similar a

la de un gran marlín o un pez espada junto a su

orgulloso captor. Pero las criaturas marinas

aún nos son extrañas. Si actuáramos como

un depredador más, comiendo pescados pequeños

como sardinas o calamares, no sería

un problema grave, pero nos obsesionamos

con cazar las especies más frágiles y cuya desaparición

desequilibra más los ecosistemas.

El ser humano se ha convertido en un depredador

caprichoso. Pero eso sólo lo advierten

los ambientalistas.

El capitán Laurie Mitchell observa un marlin negro de casi media tonelada, pescado en Nueva Zelanda en 1926.

foto: International Game Fish Association vía Getty Images.

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Los peces gordos se encogieron

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