ojear el libro la tarde de los sucesos definitivos

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La tarde de los sucesos definitivos

-

Carlos Manuel Álvarez


La tarde de los sucesos definitivos

Entre primer y segundo año de la universidad, Maulini

roba alrededor de setecientos libros. Parece una cifra impresionante,

pero siempre hay gente que roba o que bebe o que

fuma más que tú. Primero los agrupa en cajas y luego los

vende a un señor que conoce y que le paga bien. El patrimonio

de Maulini es nada. Tres prendas de vestir, una cámara

fotográfica. Una Nikon D-360 que le arrebató a un turista

entretenido por la zona de la Avenida del Puerto. El turista,

un polaco o un checo —alemán no, porque a los alemanes o

a los franceses o a los ingleses debe de ser difícil robarles—,

no lucía ebrio, aunque sin dudas estaba ebrio y es posible

que hasta drogado, pues Maulini corrió hasta desfallecer,

pero nadie lo siguió. Ni el turista, ni un grupo de turistas, ni

un santo alumbrado de última hora y mucho menos la policía.

Tomó una máquina cerca del túnel de La Habana y le

pagó veinte pesos al chofer —algo que nunca hacía— para

que lo dejara en la misma puerta de su casa. Que no era

su casa, sino un alquiler. Maulini vivía allí desde hacía dos

meses. Desde que dela universidad y su madre lo insultó

y aquello provocó entre ambos una discusión fortísima

y entonces, antes de que la situación empeorara, Maulini

decidió largarse. Aunque, ciertamente, cuando alguien decide

irse de algún lugar las cosas no pueden andar peor, han

llegado a su límite, excepción hecha de los profetas o las

personas muy juiciosas, que saben con años y a veces con

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décadas de antelación cuándo el cielo o el porvenir van a

tornarse grises y el clima, a su vez, volverse insoportable.

Los robos ocurren de día y en las librerías más públicas,

tanto estatales como privadas. Maulini no se rompe la cabeza.

Usa un recurso fácil, poco inteligente, incluso vulgar,

pero siempre efectivo. Tuerce el libro, se lo guarda bajo el

pantalón y sale caminando despacio. Cuando dobla la esquina

vuelve a sacarlo y echa a correr. A Maulini le gusta

correr, pero nunca nadie lo sigue. Como si robara en librerías

fantasmas, o él mismo fuera un fantasma, o la ciudad en

la que Maulini perpetra sus atracos fuera, en su totalidad,

una ciudad fantasma. Mientras corre, piensa en estas cosas

y piensa, además, que de ser así tendrían que existir también

las detenciones fantasmas. A Maulini le preocupan tales

cuestiones y una tarde, al huir a la desbandada de la librería

de 25 y O, lo invade un sentimiento de terror, lo recorren un

corrientazo y una fatiga intensa que le quiere decir, aunque

al final no se lo diga, pues Maulini entiende desde las primeras

señales, que ya estuvo bien, que por el momento debe

parar y que más vale no forzar la buena fortuna, la derecha

que el azar le ha tendido en cuanto a sus atracos se refiere.

En la noche, le cuenta a la señora del alquiler (la señora

se llama Isabel) lo sucedido y esta le aconseja que se dedique

a la fotografía. Para algo, dice, te han puesto una Nikon en

las manos. No para que la vendas, hijo, no para que la eches

a un rincón, sino para que te apertreches detrás de ella y

cuando creas conveniente aprietes el obturador. A Maulini

le agrada la señora Isabel, lo trata en un tono maternal,

aunque a veces se vuelva estúpida. Le satisface su preocupación

y hasta su acento, el acento no cubano de sus consejos.

También le satisface el precio pírrico del alquiler. Cuando

debiera ser él quien estuviera alquilándole a una extranje-

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a y cobrando por ello una buena suma, sucede que es la

extranjera quien le alquila y quien, además, solo le cobra

porque evidentemente precisa del dinero. Nunca le ha preguntado

a qué se debe tanta generosidad. Tampoco le ha

preguntado de qué país procede o bajo qué circunstancias

su cuerpo vino a caer en un lugar tan jodido como Centro

Habana, cuando la mayoría de los extranjeros se refugian

en el Vedado o en Miramar. El único tipo venido a menos

que vive en el Vedado y que Maulini conoce es el librero de

Calzada y K, que es con quien lleva el negocio. La tarde que

abandona su casa, además de llevarle la mercancía, Maulini

le propone que no le retribuya nada a cambio de que lo deje

quedarse allí. El hombre le dice que no, pero que podría

resolverle un sitio. Maulini le dice que debe ser barato y el

hombre le responde que lo sabe, que el sitio es barato y más

acogedor que la librería, una covacha repleta de estantes y

que a Maulini siempre le ha parecido deplorable. Allí van a

parar todas sus carreras y todo lo que en su vida, excepción

hecha de la Nikon D-360, ha robado. Maulini le pregunta

al hombre que por qué no lo deja quedarse ahí y el hombre

le contesta que por su bien. Luego le dice que si se queda ahí

el negocio se vendrá abajo y Maulini no sabe si el hombre lo

dice porque dos personas, en una situación como la de ellos,

no pueden vivir juntas o porque en caso de que vivan juntas

más tarde o más temprano alguien terminará en la policía.

Y con las fotos, ¿quién me enseña?, pregunta Maulini. Te

enseño yo, dice Isabel. ¿Usted sabe? Yo soy fotógrafa, hijo.

¿Y el negocio de los libros cómo queda?, insiste Maulini.

No te conviene, hijo, ese negocio no te conviene, déjalo y

punto. Se vendrá abajo. No, no se vendrá abajo, el negocio

proseguirá, dice Isabel, convencida, como si hubiera visto

esa película muchas veces o como si supiera que primero

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se cae La Habana antes de que la librería de Calzada y K

se caiga y no se reponga. Maulini titubea durante un rato,

pero al final es convencido, más por el recuerdo de la fatiga

intensa que porque la señora Isabel insista. En cuanto le

es posible se llega hasta donde el hombre y le dice que no

piensa seguir en el negocio. Lo asombra que el hombre no

se inmute y que su rostro sea un rostro, más que enfadado,

satisfecho. Aunque no es, en verdad, ninguna de las dos cosas.

Tranquilo, muchacho. Ve con Dios, le dice. Maulini se

despide y cuando sale a la calle y la brisa de la ciudad se le

cuela por la camisa llega a sentir, al menos por un instante,

algo parecido a la libertad. Algo parecido al miedo, algo

parecido a la incertidumbre pero algo, también, parecido a

la libertad. Luego Maulini se llega a la esquina y entra en

una cafetería y pide un café. Luego se toma el café y luego

no sabe si ir al cine o caminar un rato por la Avenida del

Puerto. Finalmente merodea por el Vedado y termina en el

Chaplin. Pasan una película brasileña. Una película que sin

dejar de ser latinoamericana necesita subtitulado. Se llama

Carretera, o algo así, y narra el viaje de alguien (ese alguien

cuenta desde la cámara. Nunca muestra su rostro. Su rostro

es la pantalla) por zonas pobres de Brasil. La cámara va de

comunidad en comunidad, de caserío en caserío, y la película

es, cree Maulini, una denuncia de la situación económica

y social de esa región y también de todo el continente.

Niños con hambre, mosqueados. Mujeres sucias, sin tetas.

Descampados largos. Charcos de agua insalubre. Agua verdosa.

La gente se levanta y se marcha. Maulini no se marcha,

pero se duerme. La voz en off le embota el entendimiento y

le cierra los ojos. Lo despierta la música de los créditos. Dos

horas después llega a casa de Isabel, toma una sopa, conversan

un rato y el tema de la fotografía les roba la atención.

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En dos meses Isabel le enseña lo que sabe. Estudian por

la mañana y por la tarde practican. Ambos se toman un

aprecio fuera de lo común, se vuelven imprescindibles. Comienzan

el nuevo negocio. Isabel, por ahora, consigue los

contactos y Maulini tira las fotos. Deja de pagar el alquiler.

No se han acostado. No se han besado. Pero viven como novios.

Por la diferencia de edad cabría decir que como madre

e hijo, pero la naturaleza de la relación indica que se compenetran

como si fueran novios o esposos. La suerte los favorece.

Los toma de la mano y los conduce. Cubren bodas,

fiestas, cumpleaños. Hacen dinero, mucho. Isabel destina su

cuarto para estudio. Con ese pretexto, empiezan a dormir

juntos. Una noche, tras haber revelado unas cincuenta imágenes,

compran unas cervezas y se sientan en la sala a tomárselas.

Hablan bastante. Maulini le relata la relación con

su madre e Isabel, a su vez, el modo todavía inexplicable en

que llegó a Cuba. Maulini no pregunta lo que no le dicen.

No pregunta, por ejemplo, cuál es la relación entre Isabel y

el hombre de Calzada y K. Sospecha que fueron amantes o

pareja durante algunos años. Por lo menos amigos fueron.

Amigos o amantes o pareja con una relación pasada muy

fuerte y ahora con una relación inexistente pero real, con

una relación, especula Maulini, no basada en la necesidad

física, pero sí en el pensamiento y en la protección a distancia.

Maulini llega a suponer que tanto Isabel como el

librero conocen algo que él ignora. Algo, por lo demás, que

no solo él desconoce, sino algo que también desconoce el

resto de La Habana, una palabra o un gesto o un suceso de

cuyo total anonimato dependen no solo el negocio de los

robos de libros y el negocio de las fotos sino muchísimos

otros negocios impensados y distantes. Isabel le pregunta si

ha fumado marihuana y Maulini le responde que no. Como

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no entiende el porqué, intuye que Isabella ha fumado, solo

que no había encontrado la manera de decírselo. Ya casi ningún

joven fuma marihuana, le dice, evidentemente desenfadada

por los efectos del alcohol. No es cierto, cuando estaba

en la universidad algunos fumaban marihuana. Eso debe ser

campanilla, cualquier invento, difícilmente marihuana. ¿Y

cómo es? Como un cigarro. Maulini se da un trago y con una

voz casi de disculpas le aclara a Isabel que no cómo es, sino

cómo se siente, qué se experimenta. No sé, contesta Isabel, lo

que has oído siempre. ¿Es mejor que la cerveza? Sí, es mejor

que la cerveza, dice Isabel y se acerca. ¿Y dónde se consigue?

No sé, antes en el Cerro, o en San Miguel, pero ahora no sé, le

susurra al oído. Era pura, marihuana buena, no la campanilla

que prueban tus amigos. No eran mis amigos, dice Maulini,

estudiaban conmigo, pero no eran mis amigos. Bien, para el

caso, era marihuana de calidad y apuesto lo que sea a que esa

marihuana se ha perdido. Isabel lo besa y Maulini se queda

tieso. Lo besa largamente. Maulini parpadea y siente el corrientazo

previsor y luego se mantiene así, con los párpados

bien abiertos y temblando. Observa cómo Isabel lo engulle y

por corresponderle empieza a mover la boca. Isabel tiene los

ojos cerrados. Maulini nota que Isabel ha empezado a soñar.

En el rostro se le descubre que está soñando. Que está soñando

con algo sin fondo o con algo trabajoso, no un sueño lo

que se dice fácil o placentero, sino tormentoso e indiscernible,

por lo que no sabe si despertarla o no. Al final decide no despertarla.

La lleva hasta el sofá y la acuesta allí y se arrima a

su lado y ya, por último, antes de cerrar los ojos, mira hacia la

mesa y se percata de que encima hay unas diez o doce latas de

cerveza, todas vacías. Sabe que esas latas han tenido su efecto,

pero no sabe si maldecirlas o bendecirlas y tampoco sabe

si al otro día se acordarán de todo o no se acordarán de nada.

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Durante las semanas siguientes la rutina prosigue, hasta

que a Maulini le llega, a través de alguien, la propuesta de

hacer desnudos. La idea le seduce. La comenta con Isabel,

pero Isabel se niega. Le dice que no vendría bien, que es ilegal.

Maulini no entiende cómo a una marihuanera le preocupa

tanto lo ilegal. Isabel le está mintiendo, sospecha, y las razones

por las que se niega a extender el negocio son otras.

Maulini no le alza la voz, solo le insiste. El ambiente se tensa,

una pasta gris. Nunca han discutido o discrepado tanto.

Luego le dice que se lo piense, pero que de todas maneras

hará los desnudos, porque se ha cansado de los trajes y los

cumpleaños y las fotos de bodas. Isabel, como era de suponer,

cede. Arrancan en tres días. Al principio asisten muchachas

del hampa habanera. Hermosas, pero marcadas por el signo

de la humildad e incluso por el de la pobreza. Después vendrán

mujeres más recatadas y hay algunas que Maulini conoce

de sus tiempos en la universidad. Conoce, por ejemplo, a

una muchacha de Arte. Es algo que le place. Ver cómo posan

ante él personas que hace unos años ni sospechaba que iba a

contemplar en cueros. Isabel le alerta. Se está haciendo menos

dinero, le dice, pero Maulini luce cómodo. No orondo,

porque su carácter es recatado, pero sí satisfecho con lo que

hace. No se mueve del estudio. Las sesiones son allí. Hace

fotos a contraluz y fotos de perfil y fotos nada más que a los

senos o a los muslos o a las nalgas, y luego, mediante técnicas

de edición, retoca los defectos físicos de las mujeres. Isabel

casi ni le habla y durante las últimas semanas se ha quedado

a dormir fuera, se ha ausentado más que de costumbre.

La tarde de los sucesos definitivos, dos hombres visitan

la casa. Inspiran miedo. Maulini no cree que tipos tan recios

puedan vivir en Cuba. Hombres a los que el dinero o el riesgo

o la secta secreta a la que pertenecen les otorgan un aire

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gansteril. Isabel vende el estudio y Maulini evita moverse. Su

mirada ha ido del pánico al vacío y ahí se ha estancado. La

transacción termina. Isabel se va al cuarto. Lo llama. Le dice

que tienen que hablar y que es urgente. Maulini cree que lo

va a reprender, pero camino al cuarto, un poco más centrado,

piensa que Isabel no es de esas mujeres y que hace rato la

relación de ellos superó las reprimendas y que en última instancia

no hay nada que reprocharle, en todo caso explicarle.

En efecto, Isabel abre un maletín y le enseña, según ella, el

dinero ahorrado en años. Le propone que se vayan juntos del

país. Le dice que ella está dispuesta a casarse y a pasar como

esposos y que en menos de un mes están partiendo para México

y que allá, en México, ella cuenta con amistades y trabajo

seguro. Que podrán montar más de un estudio y que él podrá,

incluso, estudiar fotografía, que ella le cubre los gastos.

Maulini solo atina a decir que en Cuba también puede estudiar

fotografía e Isabel le responde que sí, que puede estudiar

fotografía, pero que no podrá montar una línea de desnudos,

ni siquiera una línea de paisajes. Y bien, hijo, qué me dices, le

pregunta al final. Maulini la mira, se mira las manos y luego

le dice que no sabe, que le parece que se irá un rato por ahí, a

caminar. Sube a pie por calles poco transitadas y llega al Vedado.

Piensa en Calzada y K, pero le falta valor para visitarla.

Ninguna de las librerías en las que Maulini robaba, excepto la

de 25 y O, queda en el Vedado. Hace meses ya que no corre.

Han abierto un puesto nuevo cerca del Coppelia, una carpa

naranja de muy mal gusto y seguramente con libros horribles,

aunque Maulini no sabe de eso, pues nunca ha leído uno. No

le interesan. Igual decide probar suerte. No por dinero ni por

placer, sino por el hecho de probar.

Los veladores conversan. Actúa como de costumbre. Agarra

un libro cualquiera y pregunta el precio. Aclara que es

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para un regalo y que no sabe mucho de precios ni de literatura

y que si le pudieran recomendar algo. Había quienes,

rememora, sí le sabían decir, sobre todo en las librerías

privadas. En la carpa naranja, obviamente, no le recomiendan

nada. Nosotros tampoco sabemos mucho, le dice una

muchacha, perfecta, según su ojo artístico, para una sesión

sobre sus caderas. Acabamos de empezar. ¿Es del Estado la

librería? No, le dice, es privada, de mi padre. Algo ha cambiado,

piensa Maulini. Toma un libro al azar, lo esconde

y se despide. ¿No vas a llevar nada? No, nada, dice, gracias.

Enfila hacia el Coppelia. No corre ni se agita porque

entiende que nunca ha hecho falta agitarse ni correr. Pide

dos vasos de helado y se sienta solo en una mesa. Pone el

libro encima. ¿Será México como dicen? ¿Será un buen país

para tomarle fotos? Cuando la dependiente se acerca para

cobrarle, Maulini le dice no llevo dinero, pero tengo este

libro. La dependiente se echa a reír. Déjame el libro y lárgate.

Maulini obedece. La dependiente lee el título y mira la

portada. Tal vez me entretenga, piensa, parece misterioso.

Este conejo que huye. Un conejo que evidentemente tiene

los galgos detrás y que aun así se da el lujo de tomar un

libro para, en el primer descanso, antes de que lo reduzcan

a cero, ponerse a leer. Guarda el libro en el delantal, sigue

para la próxima mesa. Ahora los vasos de helado los tendrá

que pagar de su bolsillo.

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