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neripaez

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14desaparecer, a pesar de no haber cambiado las sábanasen todo ese tiempo. Quería seguir sintiéndolo.Quería olvidarme del olor del hospital, de la muerteque impregnaba su piel la última vez que me habíaacurrucado contra su cuello.Quería dormir, el sueño me haría olvidar.Un año antes, cuando había llegado a urgenciasacompañada de Félix, me habían anunciadoque era demasiado tarde, que mi hija había muertoen la ambulancia. Los médicos sólo me dejarontiempo para vomitar antes de informarme de que aColin le quedaban unos minutos, o como muchounas horas. No debía perder tiempo si quería despedirmede él. Sentí ganas de gritar, de chillarles a lacara que mentían, pero no fui capaz. Estaba hundidaen aquella pesadilla, y sólo quería creer que iba a despertarme.Pero una enfermera nos guió hasta el boxdonde se encontraba Colin. Cada palabra, cada gesto,a partir del momento en que entré en aquella habitación,quedó grabado en mi memoria. Allí estaba Colin,tumbado en una cama, conectado a un montónde máquinas ruidosas y centelleantes. Su cuerpo apenasse movía, tenía el rostro cubierto de heridas. Mequedé paralizada varios minutos ante esa escena. Félixme sostenía por detrás, y su presencia fue lo que impidióque me derrumbase. La cabeza de Colin estaba ligeramenteinclinada hacia mí y sus ojos se clavaban enlos míos. Había encontrado fuerzas para esbozar unasonrisa. Una sonrisa que me permitió acercarme a él.Le cogí la mano, estrechó la mía con fuerza.—Deberías estar con Clara —me dijo con dificultad.

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