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Nací

en el mero

Saltillo

Jesús de León

Crónica personal de figuras, casos y leyendas

de mi localidad (siglos XVI-XX)

maría elena santoscoy flores


Lee nuestra colección editorial a través de la siguiente página

immcultsaltillo.blogspot.com


Crónica personal de figuras,

casos y leyendas de mi localidad

(siglos XVI-XX)

Jesús de León


Primera edición, julio de 2012

© d.r. Gobierno Municipal de Saltillo

© d.r. Instituto Municipal de Cultura de Saltillo

© d.r. Archivo Municipal de Saltillo

© d.r. Jesús de León

Coordinador de la publicación

Lic. Iván Márquez Morales

ISBN: 978-607-95812-2-0

diseño: César Augusto rosas rodríguez

Ilustración: Paco Leza

diagramación: Sandra de la Cruz González

Impreso y hecho en México

Printed and made in Mexico


dentro del Gobierno Municipal de Saltillo tenemos la plena convicción de apoyar

las diferentes manifestaciones del pensamiento de nuestros investigadores e

historiadores. Por ello, impulsamos proyectos especiales que favorezcan la valoración

de los hechos del pasado, para lo cual llevamos a cabo la edición y reedición de

una serie de títulos escritos por distintas personalidades de la localidad, y gracias

a los cuales la riqueza de diversos tópicos de la historia nacional y regional ha sido

revisada por medio del prisma de la inteligencia y el conocimiento especializado,

que desdobla sus argumentos en aras de la divulgación para alcanzar y enriquecer

a todo tipo de público.

En la publicación que tiene en sus manos, amigo lector, titulada Nací en el

mero Saltillo. Crónica personal de figuras, casos y leyendas de mi localidad (siglos

XVI-XX), el destacado narrador Jesús de León corteja a la Historia, acercándola a

nosotros a través de la imaginación recreadora, capaz de volver a contar la vida y

acciones de personajes que nos han dado identidad a lo largo del tiempo. Gracias a

la alegría de su prosa y a su profundo conocimiento, de León nos permite entender

mejor el trayecto vital de nuestra ciudad, por medio de episodios amenos que

son capaces de refundar nuestro interés por la Historia, a través de las pequeñas

y vitales historias de quienes fueron y ahora son en la memoria, entre páginas de

documentos archivados y episodios relatados a viva voz que nos hemos platicado de

generación en generación.

Nos da mucho gusto poner a disposición de los lectores el citado volumen que,

indudablemente, podrá coadyuvar al mejor conocimiento de nuestro pasado, para así

contribuir al justo establecimiento de un orgullo presente que nos haga plenamente

conscientes de la amplitud de miras de nuestro futuro.

5

Jericó Abramo Masso

Presidente Municipal de Saltillo


¿Cómo se hace una ciudad? ¿Cómo nace y crece a través de sus personas, que

al crear vínculos entre sí van haciendo comunidad en el camino andado, en la

defensa de sus ideales, en el trajinar para seguir adelante a pesar de todas las

adversidades?

Saltillo es y ha sido siempre la suma de sus encuentros, de sus afinidades y

acuerdos esenciales entre quienes han sido de carne y hueso, ciudadanos

comunes y sencillos apegados a una tierra que los vio nacer o que los cobijó a su

llegada desde otras latitudes. Gracias a su entrega y capacidad de vinculación,

nuestra ciudad ha podido existir a través del tiempo y, entre cientos de miles que

la han habitado, ha cobrado especial relevancia una serie de personajes que han

devenido típicamente saltillenses, por su manera de ser, de pensar y sentir, y desde

luego que también por su idiosincrasia individual singularísima.

A través de la mano de Jesús de León y su prosa magnífica, siempre divertida y

puntillosa, capaz de distinguir lo significativo y memorable de manera rigurosa,

sin impostaciones ni falsas loas, realizaremos en este libro un viaje primordial por

la vida de Saltillo a través de los siglos, cinco de hecho, que además de ser fruto

de los grandes sucesos permanentemente glosados por los especialistas, también

ha sido resultado de una serie amplísima de vivencias, anécdotas y episodios de

eso que se ha dado en llamar lo microhistórico, y que suele dar a la rememoración

una hondura e intensidad solidariamente humana.

Con una sonrisa permanente que permitirá la lectura fluida de las vidas de un

cúmulo de individuos esenciales para nuestro Saltillo, desde el fundador venido de

lejos, Alberto del Canto, hasta Alejandro Víctor Carmona, una suerte de refundador

de la ciudad por la vía de su cámara-testigo, nuestro autor hace de este trayecto

una aventura apasionante, que sabe explotar las licencias de la imaginación para

beneplácito de la memoria y de la recepción lectora, porque la Historia con

mayúscula será siempre una posibilidad para la interpretación, pues en ella

con todo derecho habrán siempre de encontrar un lugar las historias pequeñas, las

situaciones curiosas y, desde luego, la habilidad seductora de quien sepa contarlas

por el placer de compartirlas.

7


Para el Instituto Municipal de Cultura de Saltillo, institución que me honro en

dirigir, es muy importante cumplir con una labor editorial que permita llevar a

cabo la divulgación de argumentos e investigaciones que favorezcan el siempre

pertinente proceso de repensar el pasado, a fin de atender nuestra realidad presente

con una disposición cultivada y un conocimiento de causa más profundo. Y en este

sentido, la edición de este delicioso libro de uno de los mejores narradores del

norte de México representa un nuevo e importante paso en esta tarea institucional,

para la cual ha sido esencial el interés y la atención permanente que brinda a la

promoción cultural nuestro alcalde Jericó Abramo Masso, a quien agradezco su

gran voluntad para dar un impulso definitivo a todos los programas y acciones

generadas en esta institución.

Asimismo, también doy gracias a la titular del Archivo Municipal de Saltillo,

licenciada Patricia Gutiérrez Manzur, su pleno respaldo para hacer posible esta

coedición, y muy especialmente agradezco al autor, mi admirado y respetado Jesús

de León, por haber confiado la concreción editorial de su nueva obra al instituto

que tengo el honor de dirigir.

Lic. Iván Márquez Morales

Director del Instituto Municipal de Cultura de Saltillo

8


* Parlamento del actor Pancho Córdova en la película Tívoli (1974),

comedia política dirigida por Alberto Isaac.

9

Yo soy del mero Coahuila,

nací en el mero Saltillo;

soy como los gavilanes

…pero no chillo.*


Cortejando a la Historia

PROPÓSITO AMENO

El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Cuando me

echaron a cuestas el proyecto que culmina de algún modo en este libro,

guiaba mis esfuerzos una intención tan inocente y pura que nunca imaginé

que fuera a meterme en tantos problemas. Quería que la historia de algunos

protagonistas y episodios de mi ciudad resultara accesible, amena; que el

lector los sintiera tan cercanos y familiares como si se tratara de vecinos o

miembros de su familia.

Nuestro acceso a la historia está delimitado por ciertos escrúpulos que

tenemos con la historiografía en general y con la historia de México en

particular. Muchos de esos escrúpulos datan de la escuela primaria y de las

solemnes ceremonias cívicas en las que fatalmente llegamos a participar. Los

héroes se nos presentaban perfectos; sus actos, incuestionables. Sus frases

eran irreprochablemente dignas del mármol; sus nombres, merecedores

de figurar en las calles o sus efigies en los billetes y las estampillas de

correo. No quedaba más remedio que machacar efemérides, responder el

cuestionario de la materia y olvidar el asunto. Se avecinaba el examen de

matemáticas y la maestra podía perdonarnos que confundiéramos a Colón

con la tía Carmela pero no a un numerador con un denominador.

Este libro habla de figuras, imágenes y lugares de Saltillo destacados en

acontecimientos claves de la historia del país o de la región; es decir, que

contribuyeron a conformar el carácter de la ciudad y la pusieron, en algún

momento, en el centro de la atención nacional y la convirtieron en un lugar

localizable, identificable. Así como la ciudad se perdería en el paisaje si no

fuera por la Catedral, si no fuera por ciertos hechos y personajes, tampoco

sería identificable en el panorama histórico.

A diferencia de otros abordajes encaminados a la política y a la economía,

en esta ocasión enfocamos la historia cultural, que hasta ahora no ha sido

exhaustivamente explorada. No se le ha reconocido autonomía a la cultura

y se le ha visto subordinada a otros aspectos. Es el adorno en los eventos

públicos, el entretenimiento de la vida privada o, en el menos malo de los

casos, una de las herramientas del conocimiento académico. La cultura

y las artes operan como adjetivos. No se les ve como algo sustantivo. En

el caso de aquellos que tuvieron que ver con la elaboración y promoción

11


de obras literarias o artísticas, se extraña la ponderación de los méritos

intelectuales (sentido crítico, profesiones liberales, la cultura popular, etc.),

lo cual haría que esta clase de obras perdiera su carácter aristocratizante y

diera una visión más amplia y no se pareciera tanto a una fiesta de etiqueta

en el Casino de Saltillo, a donde la broza nunca será invitada.

durante mucho tiempo, la historiografía ha sido tomada por legos y

especialistas como una fiesta a la que sólo tienen acceso unos pocos. Esta

situación, que permaneció vigente durante muchos años, puede hallar su

explicación en la idea de que el historiador era una suerte de rara avis y la

historiografía, hasta cierto punto, una actividad subsidiaria de otras tales

como la política, la academia o la mera afición de anticuario.

Es como si escribiéramos para personajes que vivieron hace doscientos

o trescientos años. Convendría advertir que, según José Saramago (1922-

2010), en su novela El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), los muertos

no saben leer, aunque de vivos hayan sido unos completos letrados. Esta

imposibilidad es lo primero que le revela al doctor reis su condición de

fantasma, al querer leer un periódico, sin percatarse que cuadras atrás

había sido atropellado por un coche. Señores, los muertos son analfabetos

y no pueden leer ni sus epitafios.

La musa de la historia no sólo debe pasearse en los salones del vetusto

coleccionista excéntrico. Clío puede ser cortejada por jóvenes entusiastas

que se encuentran terminando sus carreras y por aquellos intelectuales de

otras disciplinas que consideren que tienen algo que aportar.

Mi propósito es muy simple: más allá de tesis, teoría o método, narraré

las historias que están dentro de la Historia. Sí, ya sé que las últimas

corrientes de la historiografía en su afán por acercarse lo más posible al rigor

de las ciencias exactas rehúyen todo lo que huela a ficción, imaginación

o subjetividad. Cada que escuchan la palabra “narrativa” aplicada a la

historiografía, hacen gestos y si pueden salen corriendo. Por lo que he

podido leer (porque ahí donde me ven también leo textos de teoría de la

historia) dicha aversión ha llegado al extremo de rehuir cualquier veleidad

de estilo en la redacción de estudios y hasta la limpieza en la exposición:

el hecho se debe presentar lo más desnudo que sea posible, despojado

de artificios. Esta actitud, que en mi opinión es de un empirismo grosero,

equivale a que alguien hablara de educación sexual teniendo sexo frente

a sus alumnos o que impartiera clases sobre la revolución Mexicana

invadiendo pueblos, ahorcando ricos, violando mujeres. Y mejor no

hablemos de las atrocidades a las que llevaría exponer de ese modo la

historia de la conquista de México. Tendríamos que llegar a la cátedra

vestidos de armadura y cargando un brasero para quemarle los pies a

12


cualquiera con parecido a Cuauhtémoc. Esos extremos de realismo a mí

me parecen surrealistas.

No revelaré nuevas fuentes documentales ni anunciaré descubrimientos

de tipo histórico o material (balas de cañón, huesos de dinosaurio, puntas de

flecha). Mi meta es presentar una nueva lectura del legado historiográfico

de la región. No pretendo competir con historiadores y especialistas, sino

dirigirme al lector en general. Quiero descubrir argumentos y ofrecer

interpretaciones para renovar el interés sobre tópicos aparentemente

agotados.

OBJETIVO CERCANO

Este recuento abarcará desde los primeros asentamientos hasta 1920. Así

como el desierto enorme apenas tiene unos pocos huizaches, también

este lapso de tiempo es dilatado pero, a no ser que tengamos esa obsesión

genealógica que tienen algunos bien nacidos que escriben ensayos llenos

de listas de nombres, como si en lugar de un tratado histórico quisieran

reescribir el directorio telefónico, bien podemos ocuparnos de lo más

relevante.

En el siglo x v i encontramos fundadores y primeros asentamientos, así

como en el x v i i, misioneros, presidios y viajeros; en el xviii, tropezamos con

las reformas Borbónicas: impuestos creados por la Corona española y las

muy pocas ganas de pagarlos por parte de los habitantes de las Provincias

Internas de Oriente; en el x i x, resultan de importancia la Guerra de

Independencia, el conflicto Juárez-Vidaurri y el gobierno de José María

Garza Galán. En materia económica, la modernización llegó a Coahuila

con la introducción del ferrocarril; surgieron las grandes industrias y se

produjo, en consecuencia, un gran daño al ecosistema: indiferente a esta

conciencia ambientalista, de la que apenas ahora nos damos cuenta, la

sociedad saltillense del porfiriato bailaba valses en el Casino. En materia

cultural encontramos en el siglo x i x un huizache solitario: Manuel

Acuña.

La tranquilidad duró poco. Un rico hacendado coahuilense, desoyendo los

consejos de su abuelo, encendió la mecha que haría estallar la revolución

Mexicana y se lanzó a la aventura que lo llevaría a la presidencia de

la república y más tarde a la muerte. Así como un coahuilense dio

inicio al movimiento, otro de nuestros coterráneos, al ser victimado en

Tlaxcalantongo, se encargaría de sellar, en 1920, el periodo más violento

13


de la gesta revolucionaria. México ingresó tardíamente al siglo x x, del

cual saldría prematuramente a causa de otro asesinato político: la muerte

del candidato presidencial Luis donaldo Colosio. En vista de tan trágicos

destinos, muchos pensaron en la conveniencia de poner sus barbas a

remojar.

El tema que nos ocupa se subdivide en las siguientes vertientes:

fundadores y primeros pobladores; literatura y bellas artes; expresiones

populares (festividades civiles y religiosas, farándula y toros, etc.); historia

y educación. En varios de estos aspectos se desemboca en política. Saltillo

es tierra de educadores. Muchos políticos, escritores e historiadores

pasaron por la Escuela Normal. No contendrá este repaso ningún personaje

nacido después de 1920, aunque se pueda mencionar de manera indirecta

y sumaria a autores saltillenses o de la región que hayan escrito libros,

ensayos o artículos sobre aquellos que han sido considerados dentro de

esta delimitación temporal.

Espero que este ensayo cumpla con estos tres adjetivos: accesible, ameno

y cercano. Si el lector no se anima a abrirlo y hojearlo, no habré superado

el último y definitivo obstáculo. Podría pasarle a este libro lo mismo que a

ese ejemplar de Saltillo en la historia y en la leyenda, publicado en 1934,

que encontré en una librería de viejo perfectamente intonso —o sea tal y

como fue encuadernado, sin cortar los pliegos. Esperó casi ochenta años

para que alguien decidiera adquirirlo, separara con un abrecartas sus

páginas y, por fin, lo leyera. ¡Y tenía que ser yo!

¿Acaso los libros deben quedar incólumes? Lo digo por aquellos que se

sienten víctimas de fobias. No hay que confundir la fobia por un libro con

la pereza por leer. Esa fobia más que a la lectura en sí va dirigida hacia

un autor, obra o tema específico. Nos imponen una opinión: nos tiene que

gustar. Nos ponen al autor por las nubes y así surge el rechazo. Todos

tenemos en nuestra biografía intelectual un libro que nos resistimos a leer:

no vaya a parecernos aburrido o tedioso. Mejor dejarlo indemne, íntegro,

intacto.

¿Tendré mejor suerte? No lo sé. Si de hazañas heroicas se trata, creo que

la mía, con todo lo modesta que es, también merece figurar en este libro,

donde trato de convertir a los saltillenses de nuestra historia en personajes

de una buena historia.

¿Lo habré conseguido? Quede esto a juicio de los lectores.

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Un fundador con

problemas de imagen

Alberto del Canto (1547-1611) fue expedicionario, colonizador, esclavista,

temperamental, ambicioso y, en repetidas ocasiones, alcalde de Saltillo.

Habría que agradecer las aportaciones de Sergio recio Flores (1933-1978),

biógrafo de Alberto del Canto y alguna vez cronista oficial de Saltillo,

quien cuenta entre sus méritos el muy singular de haber fundado el Club

Internacional de Calvos, según lo consigna Arturo Berrueto González (n.

Saltillo, 1930) en su diccionario de celebridades coahuilenses. 1 “Por una

calva sin fronteras”, podría ser el lema de este club que incluía al papa

Paulo v i y al presidente de la república.

¿Qué objetivo perseguiría una asociación de calvos? ¿Conseguir bisoñés

más baratos? ¿Boicotear a los que no tienen la frente tan amplia? ¿Ponderarse

unos a otros como brillantes cabezas? El diccionario del profesor Berrueto

no lo explica y yo nunca me he visto en la necesidad de formar parte de tan

original asociación. Soy hombre de pelo en pecho y algo más en la cabeza.

Tal vez convenga interrogar a algunos conocidos (que no tienen un pelo

1 Arturo Berrueto González, Nuevo diccionario biográfico de Coahuila 1550-2005. Gobierno

del Estado de Coahuila / Consejo Editorial del Gobierno del Estado (2ª. Edición), Saltillo, 2005,

p. 522.

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de tontos) si han oído hablar o pertenecen a tal asociación. Si se quisiera

hacer una nómina exacta de la cantidad de calvos que existen en Saltillo,

acabaríamos compitiendo con el padrón electoral, acaso por aquello de que

a la oportunidad —como ya saben— la pintan calva.

En un breve trabajo erudito escrito con sencillez, recio Flores nos

entrega, a propósito de Alberto del Canto, “un personaje polémico para

nuestra historia local en su entorno, en su tiempo, de carne y hueso, con

sus debilidades y grandezas”. Tenía don Alberto sentido del humor, pero

de un humor muy especial, macabro, de espíritu chocarrero: gustaba de

arrastrar cadenas y hierros alrededor de la casa donde alguien había

fallecido para asustar a los vecinos. 2

Si ahora Alberto del Canto arrastrara cadenas nadie lo pelaría, pero

deducimos que, desde esa época, a la autoridad le divertía darle sustos a la

población (aunque actualmente tenga más recursos para hacerlo). Con este

primer saltillense, se prefigura esa tendencia nuestra de querer enterarnos

de las vidas ajenas en busca de esa suculenta botana moral llamada “el

conflicto”, telenovela potencial que tenemos en la imaginación.

María Elena Santoscoy Flores (n. Saltillo, 1943) informa en Aquellos

primeros saltillenses (2012) que el fundador de Saltillo era originario de

Praia da Vitoria, la tercera del grupo de nueve islas que conforman el

archipiélago de las Azores, a mil trescientos kilómetros de la península

Ibérica. Alberto se embarcó hacia el Nuevo Mundo en busca de fortuna.

Fundó Saltillo por encargo de don Francisco de Ibarra (1539-1575),

gobernador de la Nueva Vizcaya. desde mediados del siglo x v i, Ibarra

había sido comisionado por las autoridades virreinales para que erigiese

un reino, en la parte boreal de la Nueva España, con las tierras que lograse

conquistar más allá del último bastión de la Nueva Galicia, representado

por la zona de Mazapil. Al tiempo de la fundación de Saltillo, del Canto

tenía aproximadamente 30 años de edad.

No ha sido posible ubicar —según Santoscoy— el sitio para casa, solar

y huerta que debió tocarle a del Canto en la repartición. Se considera

que debió estar alrededor de la Plaza real y muy cerca del sitio destinado

a parroquia y casas consistoriales. del Canto se mercedó parcelas en

Buenavista y otras junto a los predios que tocaron a Juan Navarro (La

Hibernia) y a Santos rojo (Los González). La hacienda de del Canto

correspondería a lo que actualmente conocemos como Camporredondo,

lugar que posteriormente ocupó un internado para niños y actualmente

uno de los campus de la Universidad Autónoma de Coahuila.

2 Sergio Recio Flores, La novelesca historia de Alberto del Canto. Fundador de Saltillo. Libros de

México, México, 1983, pp. 44-45.

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El primer saltillense pasó a la historia como protagonista del primer caso

de infidelidad registrado en estas tierras. del Canto fue el seductor de

doña Juana Porcallo de la Cerda, esposa de diego Montemayor (1530-

1613), entonces futuro fundador de Monterrey. Montemayor también era

de origen portugués y llegó tarde al reparto de tierras en Saltillo. don diego

residía en 1572 en el mineral de Mazapil. Casó primero con Inés rodríguez.

Enviudó. Contrajo nuevas nupcias con una mujer de apellido Esquivel y

enviudó nuevamente. Su tercer enlace lo realizó con Juana Porcallo de la

Cerda. Montemayor acompañó a Luis de Carbajal y de la Cueva (1539-

1596) en la fundación del Nuevo Almadén. Al ser éste apresado por la

Inquisición, Montemayor se regresó a Saltillo. En 1588, Montemayor

fue designado tesorero real y en 1596, acompañado de doce familias

saltillenses, se fue a repoblar la villa de San Luis, cambiándole el nombre

a Ciudad Metropolitana de Monterrey. 3

Al descubrir los amoríos de su mujer con del Canto, diego de Montemayor

juró no cortarse el pelo ni la barba hasta no cobrar venganza, lo cual

quiere decir que sufría mucho en tiempos de calor y que se tropezaba

continuamente. Mató a la adúltera, pero a su rival, que ya sabemos que era

bastante hábil, era más difícil pescarlo: agarraba camino y se perdía en la

sierra o en medio del desierto. La solución del pleito fue de índole política

y se le ocurrió al pensativo fundador de Monterrey, Luis de Carbajal y

de la Cueva, y contó como mediador con los servicios con alguien con

más apariencia de fiscal que de abogado: Juan Morlete (1557-1597). ¿En

qué pensaba Carbajal montado en su caballo y mirando en dirección a la

sierra? Pensaba en que la Inquisición le podía caer en cualquier momento.

Por lo pronto decidió casar a Estefanía —hija de don diego y doña Juana—

con el fundador de Saltillo.

Alberto del Canto y Estefanía Montemayor procrearon cinco hijos:

Miguel, diego, Juan, Isabel y Elvira quienes, de acuerdo al modelo

portugués, llevaron primero el apellido de su madre. Alberto del Canto

en eso fue muy respetuoso. Corre la fama de que en Portugal las mujeres

llevan los pantalones de la puerta de la casa para adentro.

El narrador regiomontano Mario Anteo (n. 1955) trata de ilustrar en una

novela los motivos y las circunstancias para que Alberto del Canto hiciera

crecer los cuernos de la frente de diego de Montemayor. Mario ofrece

en El reino en celo (1991) sendos retratos de Juana y Estefanía, como si

el autor quisiera ponernos en la situación de Alberto del Canto. Juana

Porcallo es retratada como la mujer fuerte, esposa de un conquistador:

3 Condensado de María Elena Santoscoy Flores, Aquellos primeros Saltillenses, Instituto Municipal

de Cultura / Archivo Municipal de Saltillo, Saltillo, 2012, pp. 16-18, 21 y 24 y 29-35.

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Juana Porcallo era una mujer robusta, de ojos y cabello que azulaban de

tan negros, pechos vastos y firmes, satinados por una turgencia de plomo.

Las amarguras de una áspera y prolongada estancia en Toluca le habían

conferido un aire de matrona precoz. Cuando se enojaba solía retorcer el

entrecejo con los brazos en jarras; cuando de buen humor amanecía era un

ángel sonriente, ataviada de raso y tafetán, el pelo perfumado. Pues sobre

todo gustaba de lucir bien, así fuera nomás para agradar a sí misma… 4

Estefanía, en cambio, es retratada como una ninfa pubescente, enamorada

de ese fauno sin laberintos (o fauno chocarrero) que era Alberto del Canto

a la hora de tomar la siesta.

Una tarde, Estefanía se desnudó y recostó en la tina de baño. Hacía mucho

calor; por el tragaluz entraba un quemante rayo naranja, pegando en

el cobre de la bañera. Se oían los ronquidos de Alberto en la recámara.

Estefanía descubrió al fondo, tras unas pilas de pieles de cabra, el viejo

tarro de burbujas. Al levantarse para ir por él, su chorreante pubis afiló

un mechón en la punta. Con luz de Salmón brilló su cuerpo de bronce, la

textura de sus caderas, su vientre plano como una moneda. Tomó el tarro

y regresó a la bañera. recostada de nuevo, lo sumergió, y frotó, lo limpió

con cariño, suavemente, entre las piernas. Enseguida quiso hacer pompas,

pero sólo obtuvo un racimo de grumos que a poco se disolvieron en la

superficie del agua. Al salir del cuarto de baño encontró a Alberto en la

cama, desnudo boca arriba. dormía plácidamente con los brazos en la nuca,

bajo la ventana. Como un perro echado, su ondulante miembro descansaba

en un muslo. Era de oscuro terciopelo en la base, nervudo, la sonrosada

cabeza de alas anchas. Ella devoraba la visión mientras se vestía despacio,

sin hacer ruido, cuidando de no perturbar el prodigio de estar ahí, junto a

su expuesto hombre. 5

Gracias a la ficción literaria podemos darle color y atmósfera a los escuetos

testimonios de la historiografía. En los hechos nada es totalmente

blanco ni totalmente negro, si lo vemos con detalle; tampoco, totalmente

seguro. Siempre quedarán amplios márgenes de especulación que los

historiadores, por fidelidad a la verdad documental, prefieren dejar al

malicioso albedrío de los lectores o a la desbocada, pero no tan descocada,

imaginación de los escritores (y de algunos autores de telenovelas).

En el caso de La novelesca historia de Alberto del Canto, parece que el

historiador Sergio recio pensó que bastaba la mera transcripción de las

hazañas del fundador de Saltillo para que el texto automáticamente se

4 Mario Anteo, El reino en celo. Fondo Editorial Nuevo León, Monterrey, 1991 (Colección La Línea

de Sombra), p. 44.

5 Ib., pp. 196-197.

19


volviera novelesco. Eso es tanto como creer que a los velorios sólo se va

a llorar. Si vieran los buenos chistes de pericos que he escuchado en esa

clase de reuniones. Eso sin contar con todo el tejemaneje de herencias,

sucesiones, parientes no vistos o imprevistos, etcétera.

No hay en Saltillo monumento ni avenida que conmemore al fundador

de Saltillo. Me refiero al centro histórico de la ciudad. Con la explosión

urbana, creo que una calle lleva su nombre en el fraccionamiento Saltillo

2000. No ha sido fácil asimilar para la conciencia histórica de la ciudad

que aventureros dignos de una novela de Julio Verne o de Emilio Salgari

puedan ser considerados nuestros nobles fundadores.

¿Cuál es el rasgo de carácter que Alberto del Canto aportó a la ciudad?

Hacerlo con la ajena antes que con la propia (o con la madre antes que

con la hija). Si hay alguno que considere que esta actitud no ha sido

una herencia positiva, le tengo como respuesta tres palabras: Escuela de

Verano (y lo digo por experiencia). recuerden aquel pastoreo de gringas

y gringos, que empezaba en un aula del Parque Azteca y concluía en un

lecho del Motel El (mal) Paso. El colmo de la pedagogía sentimental.

La figura de Alberto del Canto se abre camino difícilmente a través de

la historia. La fama de aventurero, esclavista, mujeriego, rompe hogares y

bromista extremo no es fácilmente compatible con el edificante concepto

del fundador de una ciudad de importancia. Olvidamos con frecuencia

que muchos de los personajes que ahora vemos representados en cuadros

y esculturas como maduros caballeros barbados y de armadura, llegaron

imberbes a la región.

Los adolescentes no se volvieron rebeldes con el rock and roll. Tal vez en

los tiempos de del Canto no hubiera rock, pero sobraba con quien rolarla.

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Urdiñola, el pacificador

Antes de ser de mármol y bronce, los próceres eran de carne y hueso.

Francisco de Urdiñola (1552-1618) recibió durante mucho tiempo más

crédito como fundador de Saltillo que del Canto, lo cual no significa que

no tuviera cola que le pisaran. Urdiñola nació en la villa de Oyanzún,

provincia de Guipúzcoa. Fue don Francisco explorador, pacificador y

fundador del pueblo de indios de San Esteban de la Nueva Tlaxcala. Era

práctica común que, al lado de la villa de los españoles, se estableciera un

asentamiento de indios. ¿Quién iba a realizar todas las actividades que

los españoles tenían pereza de llevar a cabo? (Eso sí: cada quien en su

pueblo.) San Esteban coexistió con la villa. El pueblo estaba separado de

sus vecinos españoles sólo por una acequia que corría por lo que hoy es

la calle Allende. Los tlaxcaltecas construyeron templo, cultivaron huertas,

trajeron telares. Los indígenas tenían sus autoridades propias y dependían

directamente del virrey, mientras que la villa estaba sujeta al gobierno de

la provincia. Los tlaxcaltecas no pagaban impuestos.

Consumada la Independencia por decreto número 29 del 5 de noviembre

de 1827, se concedió a la villa de Saltillo el título de ciudad con la

denominación de Leona Vicario y se llamó Villalongín al pueblo de

San Esteban. de cualquier manera, con el tiempo, los dos pueblos se

convirtieron, por decreto 170 del 2 de abril de 1831, en una sola ciudad

con el nombre de Saltillo. Posteriormente, por decreto número 262, del

21


4 de mayo de 1834, ambas poblaciones unieron también sus respectivos

Ayuntamientos. 6 La desaparición del pueblo de San Esteban acabó con

241 años de lucha por conservar lengua, identidad, formas de expresión

religiosa.

Teniente de gobernador y capitán general de la Nueva Galicia, alcalde

mayor de Saltillo y gobernador de la Nueva Vizcaya, Urdiñola formó el

mayor latifundio del norte de la Nueva España. Así como a Alberto del Canto

se le adjudica el ser esclavista y meterse con la mujer ajena, a Urdiñola se

le endilgó la sombría sospecha de ser autoviudo y de haber tenido —como

dijera sor Juana— “ruidos” con la Santa Inquisición. ¿Cómo le fue? Pues

como nos va a todos cuando enfrentamos un trance similar. No importa si

eres el fundador de un pueblo: “Saca tu ficha y ponte en la fila”. Acabas

perdido en el páramo de los oficios burocráticos y las antesalas eternas,

como el protagonista de El proceso de Kafka.

Francisco de Urdiñola tiene en Saltillo avenida y monumento. Aunque

la avenida en sus inicios haya sido el antiguo camino al rastro y se objete

que sea don Francisco ese soldado que aparece en el conjunto escultórico

de la Plaza de San Esteban de la Nueva Tlaxcala. La figura principal

de la escultura que celebra la fundación de San Esteban de la Nueva

Tlaxcala es un indio tlaxcalteca que, con actitud heroica, levanta en uno

de sus brazos la garza, símbolo del señorío de Tizatlán. El indígena se

aferra a un legajo de papeles que certifican la propiedad de las tierras a

colonizar. A sus pies sobresale la punta de un arado que rasga la tierra

de la cual brota el agua. Las otras figuras del conjunto escultórico son un

español y un fraile franciscano. El primero porta un estandarte en una

mano, mientras con la otra señala el lugar de la colonización. El fraile

denota con su actitud que no ha venido tras las glorias de la conquista: una

cruz consigna su misión evangelizadora. Junto a tales figuras, una niña

originaria de estas tierras se yergue cobijada por un manto tlaxcalteca,

otra de las bondades que esa cultura trajo a estas tierras. Si no es Urdiñola

el soldado español de la escultura, puede ser su lugarteniente. ¿O acaso

estamos ante la estatua del conquistador desconocido? Erasmo Fuentes de

Hoyos (escultor del conjunto, n. Monterrey, 1943) nada aclaró al respecto.

No cabe duda que los conquistadores, hasta en la posteridad, no dejan de

tener inconvenientes.

Juan Bautista de Lomas y Colmenares es el rimbombante nombre del

enemigo de Urdiñola, aquel que lo acusó de uxoricidio. La posteridad le

concedería a don Francisco un defensor en la figura del ingeniero Alessio

6 Cosme Garza García, Prontuario de leyes y decretos del estado de Coahuila (edición facsimilar

de la obra publicada por la Oficina Tipográfica del Palacio de Gobierno de 1902), Universidad

Autónoma de Coahuila, Saltillo, 1982 (Biblioteca de la Universidad Autónoma de Coahuila Núm.

11), p. 37.

22


obles, quien tomó la leyenda negra de Urdiñola y, como si la restregara

contra una enorme piedra bola, la dejó blanquísima e impoluta como

sábana de tálamo nupcial o mantel de La última cena. 7

El latifundio creado por Urdiñola fue productivo hasta el primer tercio del

siglo xviii. A tal grado que sus sucesivos herederos pudieron desembolsar

importantes sumas como las destinadas a la construcción del convento de

la virgen del Pilar en la Ciudad de México, conocido como Colegio de la

Enseñanza. Pero otorgarle a Francisco de Urdiñola el título de “Marqués

de Aguayo” ha sido grave imprecisión. El equívoco fue muy difundido y

persistió a lo largo de los siglos, al grado de que incluso un autor de la talla

de Esteban L. Portillo acogió esa afirmación en su Anuario Coahuilense

para 1886, sin tomarse la molestia de hacer ninguna aclaración pertinente.

Hasta 1931 don Vito denunció el infundio. Urdiñola murió en 1618 y el

Marquesado de Aguayo no existió como tal sino hasta 1662. Podría decirse

que, si bien oficialmente Francisco de Urdiñola nunca fue Marqués de

Aguayo, ha sido la vox populi, aunada a la inercia de ciertos autores, la

que le ha concedido el privilegio de ostentar semejante título, consenso

del que ya otros quisieran presumir.

7 Véase el libro Francisco de Urdiñola y el Norte de la Nueva España de Vito Alessio Robles. La

primera edición data de 1931.

24


El lugarteniente de Urdiñola

Los indígenas también fueron fundadores. Tenemos el caso del capitán

tlaxcalteca Felipe de Velasco (1573-1634), emparentado con el virrey Luis

de Velasco. resulta interesante saber de qué modo estuvo Felipe de Velasco

emparentado con el virrey.

Aun cuando llevo título de gobernador de indios tlaxcaltecas, descendientes

de aquellos que con discernimiento singular ayudaron a Hernán Cortés en

el derrocamiento de la sangrienta tiranía azteca, mi bisabuelo era castellano.

dícese que formaba parte de la compañía de don Íñigo de Sandoval, de

inolvidable fama por haber logrado el primer entendimiento entre los

capitanes de Cortés y Xicoténcatl el Mozo, asegurando de este modo, en tan

crítico momento, la alianza hispano-tlaxcalteca contra los mexicanos. Más

tarde, mi bisabuelo se casó con una hija de Xicoténcatl, y los descendientes

de esta unión pertenecieron a la nobleza tlaxcalteca. Cuando nació mi padre,

en la época del primer Virrey Velasco, le llamaron Velasco para honrar al gran

gobernador. Mi padre convirtióse, por elección y por herencia, en jefe principal

del señorío de Tizatlán, de cuya provincia el segundo Virrey Velasco, hijo del

primero, seleccionó a aquellos que habrían de colonizar esta frontera. 8

8 Philip Wayne [Powell], Ponzoña en Las Nieves. Miguel Ángel Porrúa / Archivo Municipal de

Saltillo (segunda edición), México, 2000, pp. 27-28.

25


Felipe de Velasco fue lugarteniente de Urdiñola y gobernador de San

Esteban de la Nueva Tlaxcala. La figura de este personaje inspiró al

académico estadounidense Philip Wayne (1913-1987) para convertirlo en

protagonista de su novela histórica Ponzoña en las nieves, en la cual Felipe

de Velasco aparece como una especie de héroe de un insólito western

novohispano y norestense.

La primera edición de esta novela data de 1966. Philip Wayne encontró,

sin faltar a la verdad histórica, la manera de convertir al indígena tlaxcalteca

en una especie de Toro sin Llanero Solitario y hasta darse el

lujo de involucrarlo en una historia de amor con una hermosa indígena

huachichil. En la novela encontramos épica y romance. No entendemos

por qué Hollywood no se ha ocupado de llevarla a la pantalla; después de

todo, el territorio coahuilense ya ha servido de escenario para varias de

sus películas.

La novela de Philip Wayne, pese a su rigor historiográfico, no deja de ser

deudora de la tesis rousseauniana del buen salvaje, que a su vez hace eco

de aquella idea de ver al continente americano como tierra paradisíaca, en

la cual los seres humanos estaban libres de los vicios y los prejuicios del

hombre europeo. Se podía atribuir a ellos actitudes desinteresadamente

heroicas, fidelidades a toda prueba, amores ajenos a la lujuria y sacrificios

que contrastan con los mezquinos intereses de quienes los rodean. Eso

es tanto como decir que un buen salvaje, al entrar en contacto con los

civilizados, se convierte en el esclavo perfecto. Me pregunto si el verdadero

Felipe de Velasco estaría de acuerdo con la visión que de él presenta Wayne

Powell.

“¿Y por qué nomás una huachichil? —tal vez pensaría—. ¡Los indios

somos polígamos!”.

Se cuenta que Xicoténcatl el Viejo tuvo quinientas esposas y quinientas

concubinas. 9 Nietos suyos eran todos los tlaxcaltecas que arribaron con

Urdiñola en 1591 para repoblar Saltillo. Había endogamia por todos lados.

No nacían con cola de marrano nomás porque ya eran judíos conversos (a

los que se les llamaba “marranos”) y porque no eran personajes de García

Márquez.

9 Xiconténcatl el Viejo tenía quinientas esposas y quinientas concubinas para que las esposas

se pelearan con las concubinas y no lo distrajeran de sus importantes ocupaciones. Eso me lo

imagino. Carajo. Estamos hablando de mil mujeres a las que había que complacer. ¿Cuántas

veces hacía el amor al día? Tal vez el secreto de su longevidad fue que sólo tenía sexo, pero no

les aguantaba el carácter. Que se aguanten ellas que para eso son legión.

26


El porqué de las leyendas

Zapalinamé fue un caudillo regional que se convirtió en parte de nuestra

geografía. Era un guerrero huachichil. Su tribu habitaba el valle junto con

las tribus de los borrados o rayados. Tenían costumbres e indumentaria

semejantes, pero diferían en la lengua, la pintura del cuerpo y el tocado.

Los ataques de los indios a la villa de Saltillo eran constantes, según la

leyenda; los más encarnizados se dieron entre 1580 y 1586. En el último,

dejaron en ruinas un convento de franciscanos recién construido.

La colonización no fue fácil para los españoles porque los huachichiles

preferían luchar y mantener su libertad. Zapalinamé trató de vivir en

Saltillo, a petición de Urdiñola, pero le resultaba indignante ver cómo

trataban a su gente. Los españoles se adueñaban del agua y las tierras.

Un día organizó a los suyos. Salieron por la noche y se remontaron a vivir

en las serranías. Cuenta la leyenda que Zapalinamé murió en la cima y

lo tendieron con la cara al sol. Conmovidos los dioses por su orgullo, lo

agigantaron y su figura tomó la forma de la montaña. Se aprecia su cabeza

con penacho, sus pies, su brazo derecho y su cuerpo tendido, en la cadena

montañosa que limita el sur oriente de la ciudad. 10

10 Esta montaña recibe varios nombres de la voz popular: del Cuatro, del Muerto, del Dormido.

La leyenda sobre Zapalinamé fue tomada de Cuentos tradicionales del Saltillo antiguo de Juan

Marino Oyervides Aguirre, opúsculo editado por Bernardo Mellado, Saltillo, 1991.

27


Aunque la historia de Zapalinamé termina, su legado de rebeldía continúa

en la sierra que lleva su nombre. Este intrincado territorio sería a lo largo de

los siglos el refugio de todo rebelde que se alzara y combatiera a la autoridad

establecida: los indios nómadas, los bandoleros, los revolucionarios. Alessio

robles nos habla de que la serranía de Zapalinamé se hizo famosa por varios

célebres bandoleros, en realidad contrabandistas y abigeos. Un personaje

paradójico de esta galería es don Santiago González, alias el Gringo, que

en la última parte del siglo x i x rondaba con su banda por las sierras de

Galeana y Arteaga, conocido por sus ojos azules y sus cabellos rubios.

Era perseguido lo mismo por la justicia mexicana que por los rangers

norteamericanos. Célebre por su audacia y su astucia, aunque no dejaba

de tener un punto débil: las mujeres.

Santiago González fue ultimado por los rurales (1886) y estos hechos

inspiraron un corrido muy famoso a finales del siglo x i x. Los restos del

Gringo fueron sepultados a la entrada del panteón de San Isidro, en la villa

de Arteaga, para que todo aquel que entrara al cementerio pisara su tumba.

Aunque a nosotros nos parezca ahora una figura mítica o de ficción, hay

que aclarar, en aras de la verdad histórica, que su descendencia ha llegado

hasta nuestros días. Tengo el honor de conocer a un nieto del Gringo.

La figura de Santiago González inspiró una novela ponderada por intelectuales

tan notorios como Vito Alessio robles.

José Lobatón, en un bello libro, El Gringo, ha novelado maravillosamente

aquellos episodios de la sierra de Zapalinamé, que muchos llaman de

Arteaga, en donde se producen los mejores trigos del mundo y también las

mejores manzanas, como lo atestiguan los bellos valles los Lirios y de Jamé.

En su novela, nos pinta, con gran colorido, la vida de Santiago rodríguez,

“El Gringo” […] La obra es encantadora. Allí se reproducen muchos modismos

del norte, en que se comen las “elles” es algunas palabras, y en otras,

se ponen innecesariamente. La capital de Coahuila llámanla Saltío y los

aledaños de la misma los designan sus orías; en cambio, a la oficina postal

le llaman corrello. Es una obra que debe leerse. 11

Esta novela recurre a un tópico muy frecuente en la tradición oral: el del

bandido generoso o místico, cuyo antecedente más remoto se encuentra

en la leyenda de robin Hood o robin de los Bosques, héroe legendario

inglés de los tiempos de ricardo Corazón de León, con los matices

nacionales o regionales exigidos en cada caso. Santiago González es un

11 Fragmento tomado de “Gajos de historia”, de Vito Alessio Robles en Excélsior, 10 de mayo

de 1951. En el mismo texto habla de la sierra de Zapalinamé, de abigeos y contrabandistas y

de un boticario raptado por una osa.

28


hombre valiente y audaz que se hace de una banda con la cual asalta,

roba y desafía a las autoridades; a veces por un sentido de justicia, otras

simplemente por demostrar su astucia o su arrojo. En El Gringo, tenemos

a un personaje fronterizo de varias maneras. No sólo porque trafica con

mercancías de un lado a otro de la frontera entre México y Estados Unidos,

sin pagar los correspondientes impuestos o permisos, burlando a veces a la

Acordada o a los rangers y a veces teniendo que enfrentarlos directamente,

sino porque también oscila entre dos estados, Nuevo León y Coahuila, y

entre dos serranías, la de Galeana y la de Arteaga. Esta situación le otorga

cierta ambigüedad que le permite moverse con libertad en el territorio

que conoce, pero que lo vuelve altamente vulnerable cuando se encuentra

lejos de sus dominios y de la gente de su confianza. 12

Como señala Alessio robles, uno de los logros de José Lobatón radica

en el fino oído con que registra el habla coloquial de sus personajes. En

tal sentido, su novela es un detallado catálogo de las hablas, la sabiduría

popular y cierto léxico específico de la región. durante mucho tiempo se

pensó que su autor era originario de Nuevo León, hasta que gracias a la

Gazeta del Saltillo pude entrar en contacto con familiares del autor de El

Gringo, quienes me aclararon el equívoco. 13

José Lobatón nació en Saltillo, el 29 de septiembre de 1899. Fue hijo

de Aurelio Lobatón Azuela y de Luz Garza Martínez. José Lobatón Garza

vivió en nuestra ciudad hasta el mes de octubre de 1904. Posteriormente

se trasladó a Puebla y a la Ciudad de México. regresó de nuevo a Saltillo,

donde permaneció hasta 1921. Aunque estudió para contador privado,

siempre se dedicó a explotar ranchos. Vivió en La Lagunita, un rancho de

Galeana a las faldas del Cerro del Potosí, en Nuevo León. Ahí permaneció

hasta 1927. El 1 de octubre de 1926, José Lobatón contrajo matrimonio

con Soledad Martínez Flores, mujer de Galeana, familiar de Mariano

Escobedo. José Lobatón murió en el estado de Puebla el año de 1969.

El injusto olvido en el que ha caído esta novela no ha dejado de afectar

el trabajo de los críticos e historiadores de la literatura regional. A Federico

González Náñez (1919-1994), para las musas de la poesía Federico

Leonardo y para los avatares de la docencia el célebre Nibelungo, le

debemos un libro cuyo lapidario título amenazaba con convertirse en una

condena: Coahuila: novela sin novelistas… hasta 1959.

Podría objetarse a la afirmación del Nibelungo la existencia de tres

12 José Lobatón, El Gringo, Márquez editor, México, 1950.

13 Véase “El Gringo: una olvidada novela de la sierra” en Gazeta del Saltillo, Órgano de

Difusión del Archivo Municipal, Año ix, Núm. 4, Nueva Época, Abril de 2007, pp. 8-9.

29


novelas escritas por saltillenses: El Gringo (1950) de José Lobatón y

Vainilla bronce y morir (Premio Miguel Lanz duret, 1949; publicada al año

siguiente) de Lilia rosa (n. Saltillo, 1926), novela que tuvo el privilegio

de ser llevada al cine en 1956, cuando la productora Clasa Films solicitó

los derechos. La película, dirigida por rogelio González, se estrenó en

1956 con Elsa Aguirre, Ignacio López Tarzo y José Gálvez en los papeles

protagónicos. Las tres hermanas de José García rodríguez fue escrita antes

que las anteriores, pero esta novela de vida y costumbres de Saltillo de la

primera década del siglo x x se mantuvo inédita hasta 1981.

González Náñez señaló el año de 1959 como el punto de partida de

quehacer novelístico saltillense. Fue precisamente en ese año cuando se

publicó La casa de mi abuela de Óscar Flores Tapia (1913-1998). Flores

Tapia, a través de algunos de sus más cercanos colaboradores, intentó

establecer por decreto que él era el primer novelista del estado. ¿Acaso

porque le funcionó establecer por decreto la fecha de fundación de la

ciudad de Saltillo? Sea como fuere, falló la estrategia. Ciertamente hubo

novelistas antes de 1959. El mérito de ser la primera novela saltillense

publicada con tema de la región recae en El Gringo.

Otros bandoleros de la región mencionados por Alessio robles son

“Caballo Blanco”, llamado así a causa del corcel que montaba, y un

individuo apodado “El Coyote”, quien a la postre fue nombrado por el

gobernador de Nuevo León, general Bernardo reyes (1850-1913), como

jefe de la Acordada. El Coyote batió a sus antiguos compañeros de fechorías

(con el mismo entusiasmo con el que un poeta joven de provincia, recién

adoptado por el stablishment literario chilango, le da la espalda a sus

antiguos compañeros de taller y a sus primeros maestros).

Volviendo a la sierra, recordemos que no solamente los hombres se robaban

ahí a los animales, sino también los animales a los hombres. Alessio

robles recrea una estampa de su infancia y narra una conocida leyenda

sobre el secuestro de individuos feos y aventureros que se arriesgan a

introducirse por las agrestes alturas.

La Boca de San Lorenzo está consagrada por una leyenda. Allá por el año

de 1870 muchas familias de Saltillo celebraron ahí una fiesta campestre. Se

comió a la sombra de los árboles y, en la tarde, las parejas jóvenes danzaron

alegremente. Un viejo boticario, moreno y feo de encargo, abandonó el

grupo y con su fusil en la espalda fue a buscar osos, venados o liebres. Llegó

la noche. Las familias regresaron a Saltillo después de buscar inútilmente

al viejo cazador. La serranía fue explorada minuciosamente en toda su

extensión. ¡Ni el boticario ni sus restos ni siquiera sus huellas fueron

encontradas! Brotaron las conjeturas. Unos pensaron que había caído en un

30


abra. Los más disertaron sobre las costumbres de los osos que, a veces, se

raptaban a los hombres, agregando que mientras más feo fuera el raptado,

más rendido era el enamoramiento de los plantígrados femeninos. 14

En casi todas las culturas aparecen esas leyendas, que van de lo fascinante

a lo aterrador: seres humanos tienen sexo con animales y engendran

monstruos. La mitología griega nos habla del centauro, del minotauro; de

mujeres que se convierten en vacas, de hombres que se transforman en

bestias (y eso que no estamos hablando de la vida conyugal).

Nuestra región no es ajena a esa clase de consejas. He de observar que

nosotros le hemos aportado un matiz simpático al indicar que es la fealdad

y no la belleza la que vuelve a los hombres proclives de ser raptados por

una osa. No nos hacemos responsables del producto de tales himeneos,

porque en los epitalamios hay demasiado jaleo o rejuego, así que si usted

llega a ver en Saltillo un niño feo, peludo y que, cuando lo regaña, gruñe

o quiere tirarle un zarpazo, no olvide lo que se dice: en toda leyenda hay

un cierto grado de verdad. 15

14 Siguiendo una costumbre que también tenían otros escritores de la época, como Alfonso

Reyes (1889-1959) o monseñor Joaquín Arcadio Pagaza (1839-1918), don Vito solía interpolar

el mismo pasaje a propósito de un tema en otro libro donde apareciera el mismo tema o un

tema afín. Hábito seguramente surgido de la dificultad que existía entonces para reeditar

completos libros anteriores. Un curioso precursor del copy-paste que existe en los programas de

computadora y que se ha convertido en la salvación de los articulistas faltos de inspiración y

en la pila de agua bendita de los estudiantes perezosos, con la desventaja para don Vito y los

escritores de su época de que en aquel entonces sólo había tijeras, papel y engrudo. El pasaje

sobre esas personas feas raptadas por los osos y llevadas a lo más escondido del monte fue

incluido por Alessio Robles, con ligeras variantes, en la columna periodística de Excélsior y en su

libro Saltillo en la historia y en la leyenda, pp. 36-38.

15 Sin contar con aquellos que hacen el oso y tratan de pasarse de listos o caen en lo más bajo

por andar en estado burro. Aunque ese animalero no tiene nada de extraordinario y, en ciertos

lugares de la ciudad, resulta harto frecuente, no nada más en la sierra.

31


El Cristo de Santos Rojo

Veamos el caso de otros personajes que tal vez nos resultarían desconocidos

si no fuera por las leyendas que se les atribuyen. El comerciante, agricultor

y ganadero Santos rojo (1557–1610) era dueño de la hacienda de San Juan

Bautista, conocida como Los González y Torrecillas y explotó el molino de

Belén, ubicado al sureste de la ciudad por la actual calle Francisco de

Urdiñola. don Antonio Malacara, en “El Correo de hoy”, esa columna que

él sostuvo durante mucho tiempo para después dejárnosla caer encima,

resaltó que Santos rojo fue uno de los fundadores de la chismografía en

Saltillo. “Hombre muy religioso. Estaba casado con doña Beatriz de las

ruelas, originaria de México, o sea que fue la primera chilanga que llegó

a Saltillo, dicho sea todo esto con el mayor respeto”. 16 rojo vivió en el

callejón que, trescientos años más tarde, se llamaría del Truco. ¿Por qué se

llamó así? Froylán Mier Narro (1898-1970) cuenta la leyenda.

Partiendo de la calle real, ahora de Hidalgo, y terminando en la empinada

calle del “Cerrito”, llamada actualmente de Bravo, como un desafío a las

reglas de la estética y geometría, está el callejón del Truco, formando

manzana con el de la Capilla del Santo Cristo, manzana que fue propiedad

y morada de uno de los primeros pobladores de la Villa de Santiago del

Saltillo, don Santos rojo.

Hace poco más de cien años, un individuo de origen francés y de oficio

pastelero, se estacionaba en la esquina norte de la calle de Hidalgo y la

Plaza para vender su mercancía. A la hora de las ánimas exactamente

llegaba con los menesteres de su puesto: un brasero; una mesita de madera

rústicamente terminada, para colocarlo; una canasta de palma “petateada”,

llena de pasteles de varias clases, pero todos para ser horneados por el

mismo procedimiento y servirlos calientes; un arpillera con carbón vegetal;

una tinaja de barro que servia de horno ambulante y que se colocaba sobre

el brasero, y un velón de hojalata, sobre un pie de lo mismo, con depósito de

sebo y su mecha de borra de algodón.

Muy buenas ventas hacía el pastelero, y llegó a hacerse tan popular su

mercancía, que hasta de los lugares más apartados de la ciudad, venían a

comprar los exquisitos pasteles que vendía a cinco por un real.

Ya estaba muy acreditado el “punto” del hábil pastelero, cuando el Alcalde

ordenó que se quitara de allí y se pusiera en otra parte, porque daba mal

aspecto con su cocina ambulante a la principal plaza de la ciudad.

El pastelero se fue con sus menesteres, pero no a lugar por distante, pues

se instaló en la esquina de la misma calle real y el callejón que hoy se llama

del Truco.

16 Antonio Malacara Martínez, “Aquel Saltillo (3)”. Tomado de Vanguardia. 23 de febrero de

1995.

33


Este nombre nació del pregón del pastelero: “Pasen, marchantes, pasen;

aquí hay ricos pasteles y trucos a cinco por un real”.

Los trucos consistían en una especie de tubos de harina con alguna

preparación especial que, al ponerse al fuego, se rellenaban por sí solos

de una pasta melosa con natural sabor a frutas que era muy gustada y

apetecida.

Alguien preguntó al pastelero que por qué le llamaba trucos a aquellos

panes.

—¿Le parece a usted poco el truco —le contestó— de que meta yo un pedazo

de harina dentro de la tinaja y resulte lo que usted está saboreando? 17

En su último viaje, a fines de 1607, Santos rojo compró una escultura

de un Cristo crucificado, moreno y de cabello oscuro, de 1.68 metros y

regresó en marzo de 1608. Había enviado la escultura a Guadalajara, pero

ocurrió el prodigio: el 6 de agosto detuvieron frente a la Plaza una robusta

mula que traía una caja. 18 Al abrirla encontraron la escultura que Santos

rojo había enviado con otro destino. El enérgico comerciante conservó la

imagen en su casa hasta que tuvo el permiso y fabricó a sus expensas en

1608 una capilla muy reducida que llamaron de Las Ánimas. Ahí colocaron

la imagen del Santo Cristo y destinaron un lugar para el entierro de Santos

rojo y su prole. En 1690, los descendientes de rojo reedificaron la Capilla

de las Ánimas construyéndola de piedra. 19

Los dueños de algunos bares y centros culturales de Saltillo organizan

en la actualidad un festival cultural al que pusieron el nombre de Santos

17 Tomado de Froylán Mier Narro, “El Callejón del Truco”. Leyendas de Saltillo, Impresos Mier

Narro (4ª. edición), Saltillo, 1990, pp. 71-73. Floylán Mier Narro nació en Viesca y falleció

en Saltillo. Fundó en 1943 la xesj, Radio Saltillo, y en 1958 publicó parte de sus conocidas

leyendas en un pequeño volumen titulado Leyendas de las calles de Saltillo y biografías sintéticas

de hombres ilustres de Saltillo. Dirigió el periódico El Diario del Norte en 1935 y, además de ser

cronista deportivo, fundó y presidió la Liga Municipal de Beisbol Amateur y promovió el boxeo.

Fue dueño de la imprenta Mier Narro. Múltiples personas ponderan a Mier Narro como uno de

los fundadores de la prensa y la radio en la ciudad.

18 Muchos no se ponen de acuerdo si el animal en cuestión era burro o mula. Si me permiten

aventurar una hipótesis, opino que era un burro, pero de una índole tan obstinada y cerril que

muchos sin duda concluyeron que, para ser burro, era demasiado mula. Seguramente de ahí vino

la confusión, porque no creo que parte del milagro haya sido que el animal pudiera cambiar

de sexo. ¿O sí?

19 Óscar Dávila (†) y Sergio Recio, La Catedral de Saltillo y La Capilla del Santo Cristo, Saltillo,

1975, edición de Sergio Recio, p.18. En esta edición no se sabe cuál de los dos autores escribe

sobre la Catedral y quién lo hace sobre la Capilla. Esperanza Dávila Sota aclara el enigma

en nota al pie del texto “Catedral santo y seña” de Óscar Dávila, del volumen Catedral de

Saltillo… por los siglos de los siglos, Saltillo, 2001, p. 111. Óscar Dávila escribió sobre la

Catedral y Sergio Recio se ocupó de la Capilla.

34


ojo. dicho festival sólo pudo conservar tal nombre un año, después se

denominó “Festival de Arte Arriesgado”. ¿A qué se debió el súbito cambio

de opinión de los organizadores? Tal vez haya sido porque el nombre de

Santos rojo no le dice nada al saltillense promedio. ¿O acaso se les habrá

aparecido el burro-mula con otra imagen o el burro a secas? Eso es un

misterio. Ignoramos qué los hizo cambiar de opinión.

35


Las campanas de doña Josefa

Pasemos de personajes etéreos a mujeres sólidas. A Josefa Báez Treviño

(1694-1771), tataranieta de Santos rojo, hija del general Francisco Báez,

gobernador del Nuevo reino de León, se le recuerda como la mujer que

mandó construir la Capilla del Santo Cristo y como la fundadora de la

Cofradía (agosto de 1743) de la que fue mayordoma hasta su muerte.

Para quienes ignoren el significado meramente operativo de las cofradías,

podría decirse que su funcionamiento era parecido al de los Bancos. Se

solicitaban dinero de los feligreses a cambio del compromiso de que, a la

muerte de éstos, su generosidad sería recompensada con misas y rezos.

Otra de sus semejanzas con las instituciones financieras radica en que el

dinero recibido por la cofradía podía ser prestado con el correspondiente

interés. 20 Así que en términos puramente económicos, una cofradía era

algo así como una compañía de seguros, mezclada con una institución

de préstamo. A diferencia de los modernos Bancos, el dinero circulaba

menos y en una sola dirección. de otro modo no se explica que, para

cuando Juárez propuso las Leyes de reforma, la Iglesia católica haya sido

dueña de casi un tercio de la riqueza nacional y por qué, en tiempos de

Plutarco Elías Calles, el gobierno intentó hacer un inventario de los bienes

manejados por la Iglesia y eso haya sido uno de los detonadores de la

rebelión cristera.

dejemos de lado el aspecto económico. Elevémonos a los sublimes y

nobles propósitos que alegaban defender las cofradías. Volvamos a la señora

Báez de Treviño. El Santo Cristo permaneció en la capilla reedificada por

los descendientes de Santos rojo hasta 1762, fecha en que la imagen se

trasladó a la nueva capilla de bóvedas con una bella torre construida con

fondos de Josefa Báez Treviño, aunque en realidad esos fondos habían

salido de las profundidades de una mina y del esfuerzo de los indígenas

que trabajaban en ella. “Los mineros de La Iguana, mina de plata situada

en la Boca de los Leones entre Lampazos y Candela, aportaban para la

construcción toda la plata que era extraída los sábados. El importante

donativo —según lo narra el historiador José de Jesús dávila Aguirre—

ascendió a más de 100 mil pesos de aquella época”. 21

20 Gabriela Román Jáquez, “El Santo Cristo de la Capilla: caminante del Camino Real”, Gazeta

del Saltillo, Órgano de Difusión del Archivo Municipal de Saltillo, Año viii, Núm. xii, Nueva Época,

diciembre de 2006, p. 4.

21 José de Jesús Dávila Aguirre, “El Santo Cristo de la Capilla de Saltillo”, Cuaderno de Cultura,

Núm. 2, Dirección General de Promoción Social y Cultural del Estado, Nueva Imagen, Saltillo,

1976, p. 153.

37


Sobre las campanas de la Capilla hay otra leyenda. Cuando las estaban

fundiendo en el atrio, se abrió paso una dama vestida de negro, solemne

y silenciosa, seguida por cuatro sirvientes que portaban barras de oro y

plata. Era doña Josefa quien, al llegar al crisol ardiente, depositó en él

sus riquezas. Por eso la sonoridad extraordinaria de esas campanas: están

hechas para que la capilla tuviese voces de oro desde el campanario. 22 Es

un misterio hasta dónde llegó realmente la generosidad de doña Josefa.

Así presentada, esta mujer da la impresión de ser una especie de diosa

de la Fortuna, inspirada por un enorme fervor religioso, en un alarde de

altruismo y generosidad. Hasta que de pronto recordamos un significativo

detalle. donó los bienes que heredó de Bacilio Lizarrarás y Cuéllar, su

esposo. Así son las mujeres. Nadie sabe para quién trabaja. (Cómo no,

diría ella, ¿y dios?)

En materia del culto al Santo Cristo existen dos imágenes. La ciudad, que

en sus orígenes estaba dividida en la villa española y el pueblo de indios,

parece que así sigue espiritualmente. El culto instaurado por Santos rojo,

que data del siglo x v i, es castizo; mientras que el relacionado con el Santo

Cristo que se venera en El Ojo de Agua, que data de la época porfiriana,

tiene rasgos que son evidentemente indígenas, como lo demuestran las

danzas tlaxcaltecas que no se parecen a otras danzas, también indígenas,

pero dirigidas a devociones diferentes. Vale la pena hacer notar cómo los

indígenas se volvieron a posicionar de sus cultos, a pesar del tiempo que

ha transcurrido de que llegaron a la región y del acoso que padecieron,

primero, de sus vecinos españoles y, después, al perder la protección del

rey de España con el surgimiento del México independiente.

Su persistencia admirable se compara a la de otras comunidades

indígenas del país, aunque principalmente en la zona Centro Occidente el

culto sea mariano. resultaría interesante que los etnólogos, los sociólogos

y los antropólogos investigaran por qué en algunas zonas del país el

culto religioso se apoya en imágenes femeninas y en otras regiones en

imágenes masculinas. En el caso que nos ocupa, predomina el afán por la

construcción de imágenes desmesuradas. Al final de la película Cabeza de

Vaca (1990), de Nicolás Echeverría, una enorme cruz de plata es cargada

por un contingente de soldados españoles de casco y armadura que

avanza con lento y solemne paso marcial en mitad de la gigantesca nada

del semidesierto coahuilense.

22 Vito Alessio Robles, Saltillo en la historia y en la leyenda, Talleres Tipográficos de Alfredo del

Bosque, México, 1934, pp. 115-124.

38


Los indígenas prefirieron expresar su feligresía con elementos más

telúricos, más naturales. El templo se alza cerca de un ojo de agua y

las danzas inevitablemente nos remiten a los rituales de fertilidad. Son

imágenes más llevaderas. Nada de abrumadoras procesiones, pesados

viáticos o lentos papamóviles.

39


La copa del padre Larios

Sigamos con otro personaje afín a lo eclesiástico. Fray Juan Larios (1633-

1675), sacerdote franciscano considerado “el fundador de Coahuila”, nació

en Sayula. A la edad de 18 años ingresó al convento de San Francisco de

Guadalajara. En 1669 fue nombrado predicador del Convento Grande de

esa ciudad y en 1671 se le designó guardián del santuario de Amacueca.

Hasta 1673, el padre Larios inició su labor en Coahuila. Cuando llegó

a Saltillo, permaneció 51 días y los vecinos se asombraron con la gran

cantidad de chichimecas que visitaron al fraile. Aseguraban que cerca de

diez mil “indios de arco y flecha, sin contar a las mujeres y a los niños”, lo

esperaban en la entonces Coahuila. Cuenta Alessio robles que fue tal la

afluencia de indios que fray Larios hubo de pedir limosna en Saltillo para

poder sustentarlos.

No puedo evitar preguntarme: ¿los chichimecas siguieron a Juan Larios

o el fraile fue llevado? ¿Bajo qué circunstancias se encontraron Larios y

los chichimecas para que el jalisciense llegara a Saltillo y abogara por

ellos? No quisiera ser mal pensado, pero sospecho que el pobre Larios

fue el primer “levantado” que hubo por estas tierras y que, como ocurre

actualmente, también tuvo que pedir dinero para sus captores so pena de

acabar repartido en varias bolsas de supermercado o en su equivalente

huachichil de entonces.

En 1674, fray Larios fue a Parral, capital de la Nueva Vizcaya, para

gestionar la libertad de unos prisioneros indios. Escribió otra amplia

carta donde reveló cómo Coahuila sufría por los “litigios que sobre su

jurisdicción trabaron los gobiernos del Nuevo reino de León y la Nueva

Vizcaya”. Señaló además la necesidad de establecer cuatro pueblos de

indios en Mapimí, en San Lorenzo, en San Pedro y en Cuatro Ciénegas”.

Con ayuda de otros franciscanos, Juan Larios fundó misiones que después

cambiaron de sitio. ¿Si cambiaron de sitio puede decirse que las fundó?

Al respecto de este religioso jalisciense existe una curiosa anécdota

narrada por fray Nicolás de Ornelas y de la que da noticia Juan Bautista

Iguíniz Vizcaíno (1881-1972) en su libro Los historiadores de Jalisco (1918),

retomada después por Alessio robles en Coahuila y Texas en la época

colonial. Según Ornelas, el fraile de Sayula fue uno de los primeros trofeos

deportivos que se disputaron en estas tierras durante un juego de pelota

que se realizó entre indígenas cotzales que acompañaban y protegían a

Juan Larios y los bárbaros indios tobosos que encontraron en un paraje

41


donde después se estableció la misión del Santo de Jesús. Para proteger

al fraile, que estaba amenazado de perder la cabeza, ya que los tobosos

querían utilizarla para hacer un mitote (nótese: usaban el cráneo a manera

de copa y bebían en él). Suponemos que Juan Larios era un hombre de

gran cabeza. La estrategia utilizada por los cotzales para salvar la vida del

religioso fue proponerles participar en un juego de pelota con el que se

ganaran dicha copa.

En vista de que todavía no se inventaban el futbol ni el beisbol y los

cronistas de entonces, que no tenían la autoridad de “Sony” Alarcón ni

las pintorescas metáforas de Ángel Fernández, no entraron demasiado en

detalles sobre las características de este juego. Lo único que se detalla

es que cada equipo estaba compuesto por cinco integrantes, lo cual nos

da el indicio de que a lo mejor pudiera incluso tratarse de un partido de

básquetbol o de volibol y eso nos llevaría a otras preguntas: ¿qué hubieran

utilizado a modo de canasta o de red? ¿Quién fue el árbitro? Porque los

cotzales perdieron como le ocurriría actualmente a cualquier equipo

visitante que se enfrentara a un equipo local con buena porra y todas las

apuestas a su favor.

Como ocurre actualmente con los malos perdedores, cuando se acaba el

deporte empieza la bronca. Los cotzales, en vista de su derrota, decidieron

defender al fraile usando sus arcos y flechas. Aquí volvemos a toparnos con

otro de esos casos que ya hemos visto en los cronistas de la conquista o la

evangelización en que las cifras nomás no cuadran. ¿Cómo es posible que

los indios tobosos (que según la crónica eran trescientos) no hayan podido

atinarle con ninguna flecha a cinco cotzales y, en cambio, éstos pudieran

matar a cien tobosos y poner en fuga al resto? Me pregunto: ¿Qué clase de

tobosos eran esos indígenas? ¿Acaso unos dulcineos?

Juan Larios llegó a nuestras tierras cumplidos los 40 años y murió a los

46, tal lapso duró su incansable labor y ciertamente pocos podrían presumir

de ser padres de tan extenso territorio en poco más de un lustro. Tampoco

ninguno de los conquistadores y misioneros de la época puede presumir

de haber sido la primera copa deportiva disputada en un partido y, aunque

no provocó un mitote, de que hubo trifulca la hubo.

42


¿Un viudo inconsolable?

Juan Landín Gómez (1720-1796), originario del reino de Galicia, vecino

de la Villa de Saltillo desde 1741, fue propietario de una casa, ubicada

entre el Callejón de Propios (tramo de Juárez a un costado del Palacio de

Gobierno) y la calle de San Juan Bautista (actual Allende al sur), con tienda

y trastienda, a media cuadra del parián. El comerciante tenía aparte una

hacienda donde se encontraba la capilla de la Purísima Concepción, situada

al suroeste de Saltillo, y conocida por todos como la capilla de Landín, que

aún se conserva como una de las reliquias coloniales más importantes de la

ciudad.

don Juan estaba casado con doña María Josefa de la Zendeja con la cual

procreó un hijo. Una epidemia de cólera terminó con la vida de su mujer y

de su hijo. El comerciante se refugió en su hacienda para guardar el luto

43


y dejó sus negocios en manos de rafael Antonio Martínez de Abal, su

administrador. La leyenda cuenta que diariamente don Juan escuchaba

misa auxiliado por un fraile franciscano que lo ayudaba con sus oraciones

a sobrellevar sus penas. Jamás se le volvió a ver en un acto público. La

hacienda quedó en ruinas y comenzó a correr la voz de que un fraile se

aparecía a la entrada de la capilla de la Purísima Concepción y que llevaba

en sus manos una imagen de Cristo crucificado. Quienes llegaban a ver

la aparición corrían horrorizados al ver que la figura del fraile no tenía

cabeza. 23 Así surgió la leyenda del fantasma de Landín.

Este fantasma sólo se le aparecía a los borrachos, quienes a la hora de

confesarse contaban que se les había aparecido el espectro y, después, para

tratar de combatir el recuerdo de tan espantosa imagen, volvían a agarrar

la jarra y a contar en la mesa de cantina que se les había aparecido el

fantasma de la Capilla de Landín, mientras en la rocola sonaban las notas

de “Amor perdido”. (Ése es otro cantar, aunque se trate de otra Landín:

doña María Luisa.)

La pregunta obligada es por qué sólo a los borrachos se les aparecía

el decapitado. Una posible explicación tal vez esté en el hecho de que,

en el mismo lugar donde estaba la capilla en la hacienda, había existido

una destilería, lo que de manera un tanto sesgada explicaría que se les

apareciera un fantasma sin cabeza a hombres que ya habían perdido la

cabeza por culpa del alcohol y de que cuando la recuperaban a la hora de

la cruda envidiaban al fantasma descabezado que no tenía que soportar la

gigantesca jaqueca de cabeza olmeca que les dejaba la resaca.

La modernidad llegó al barrio donde se encontrara la próspera hacienda

del gallego, la construcción del anillo periférico destruyó parte de los

cimientos de la misma, pero no se pudo evitar que esporádicamente el

fantasma siguiera asustando a los vecinos. 24

José de Jesús dávila publicó en otro texto la verdad histórica sobre el

comerciante Juan Landín, del cual desaparece el detalle romántico del

dolor del viudo ante la pérdida de su mujer y de su hijo en la epidemia de

cólera que azotó a Saltillo a mediados del siglo xviii. después de enviudar,

el hombre guardó luto por la pérdida de su familia, pero se volvió a casar

23 La leyenda de fantasma de Landín fue tomada de Ricardo Dávila (compilador), Leyendas de

Saltillo. Antología, Consejo Editorial del Gobierno del Estado, Saltillo, s/f de edición, pp. 243-

246. Esta antología reúne a los más destacados autores de leyendas saltillenses: José García

Rodríguez, José de Jesús Dávila Aguirre, Froylán Mier Narro, Juan Marino Oyervides, Eduardo

Valverde Prado, Óscar Flores Tapia y Federico González Náñez, aparte del compilador.

24 Informes no muy fidedignos aseguran que las últimas veces que se apareció el fraile llevaba

como cabeza el busto de Julio Torri.

44


con una señora de nombre Catalina Sánchez con la que tuvo descendencia.

Juan Landín murió a los 75 años en la ruina y una de sus hijas demandó

a su administrador por los malos manejos que hizo de la fortuna del

comerciante. 25

Una de las formas narrativas preferidas por la vox populi es la leyenda.

Conviene detenernos un poco en su estructura narrativa para ver en qué

consiste su atractivo. Aunque la leyenda parte de hechos históricos, posee

un punto de inflexión, de quiebre, en el que la veracidad de los hechos cede

su lugar a un elemento fantástico sobrenatural o misterioso. La leyenda

renuncia a lo veraz, a lo verosímil: sucumbe en un punto a esa irresponsable

licencia de la imaginación. 26

En las leyendas nos encontramos con ese recurso de la tragedia griega

antigua, conocido como Deux ex Machina. 27 Quienes critican este recurso

afirman que el autor lo utiliza cuando la trama llega a un punto de crisis

en el que no existe una solución que pueda ser del agrado del lector o del

espectador y entonces el autor tiene que recurrir a la intervención divina,

lo cual hace bajar del cielo (en medio de rayos crepusculares y nubes

algodonosas, en un carruaje tirado por pegasos) al vengador o desfacedor

de entuertos (entonces Supermán es el propio Deus ex Machina de los

gringos, sobre todo porque no es neutral).

Si no fuera por ese elemento fantástico, sobrenatural y enigmático, el

efecto las leyendas sobre el receptor o escucha sería decepcionante. ¿Qué

atractivo tendría la leyenda de Zapalinamé si no se convirtiera en montaña,

la del Santo Cristo sin ese burro con complejo de mula o la del fantasma

de Juan Landín sin la aparición de ese monje sin cabeza? Tendríamos

sólo un indio muerto, un crucifijo extraviado y las ruinas de una hacienda

arrasada por el desarrollo urbano. ¿A quién le interesa eso? Nada más a los

historiadores. Entre los cuales, como ya sabemos, hay algunos capaces de

volver aburrida hasta la Casa de la risa.

25 José de Jesús Dávila, “Landín”, Cuadernos de Cultura, Núm. 1, Dirección General de Promoción

Social y Cultural del Estado, Nueva Imagen, Saltillo, 1976, pp. 60-64.

26 Jorge Luis Borges, “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” en Nueva Antología personal, Club Bruguera,

Barcelona, 1980 (Colección de Literatura Universal Bruguera), pp. 94-115.

27 Un Dios (bajado) por medio de una máquina, expresión que designa en una obra de teatro

la intervención de un ser sobrenatural que baja al escenario o la intervención feliz e inesperada

de una persona que resuelve una situación trágica. La expresión se usa cada que un autor

dramático o un novelista emplea el azar. En narrativa se le conoce como una solución sacada de

la manga o simplemente una salida en falso.

45


Un cura de pocas pulgas

En Saltillo no tuvimos un cronista colonial o historiador de esa época. Por

lo mismo, don Vito tuvo que esclarecer después (con algunas omisiones)

el pasado colonial de Coahuila y Saltillo. 28 Algunos adoptan como cronista

colonial de Saltillo a Juan Agustín de Morfi (1720-1783), fraile franciscano

que acompañó a Teodoro de Croix (1730-1791), gobernador de las Provincias

Internas de Tierra Adentro, en un viaje de inspección por el territorio de

las provincias. La crónica de Morfi (1777) en su Derrotero por lo que hoy

es Coahuila resulta fundamental para nuestra historiografía. Morfi exalta

la laboriosidad y el amor a los árboles del pueblo de San Esteban de la

Nueva Tlaxcala, así como la indolencia de los habitantes de la villa, no

sólo ante la falta de vegetación, sino por el poco cuidado y arreglo de

sus viviendas. ¿Miedo al color? ¿Tristeza del adobe? Según la crónica de

Morfi, el saltillense vivía hundido en lo gris. Yo diría que hasta la fecha

subsisten en nuestra conciencia esas carcomidas paredes de adobe.

La villa [del Saltillo] es grande, de mucha poblazón y con poca regularidad;

las casas de adobe y muy mezquinas, que faltándoles aun el sencillo

exterior adorno del blanqueo, hacen un efecto muy triste en quien las mira.

La única que tiene alguna comodidad y apariencia es la de Irazábal donde

paramos. 29

Tal vez Morfi fue el primero en notar la enorme desproporción que hay

entre la apariencia de las casas pobres, descuidadas, hechas con materiales

perecederos y la impresionante fábrica de la Catedral, como si se pensara

que, al hacer una iglesia tan grande y suntuosa, la población aspirara con

el tiempo a edificar una ciudad digna de semejante construcción. 30 A pesar

del crecimiento de la mancha urbana y de la construcción de algunos

edificios modernos, la Catedral sigue siendo imponente. La fe logró

levantar ese monumento que prevalece a lo largo de los siglos. Ninguna

otra motivación, llámese patriotismo, afán emprendedor, aspiración a la

modernidad o simple lucro, ha logrado crear algo que apenas se le acerque.

28 Sergio Recio Flores, Historia de nuestros historiadores, Consejo Editorial del Estado de

Coahuila, 1997 (Serie Coahuila en la Cultura), p. 39.

29 Juan Agustín de Morfi, Viaje de indios y diario de Nuevo México (introducción biobibliográfica

y acotaciones por Vito Alessio Robles), Librería Robredo de José Porrúa e hijos, segunda edición,

con adiciones a la impresa por la Sociedad “Bibliófilos Mexicanos”, México, 1935, p. 158.

30 Ib. pp. 158-159.

47


No sé si sea cierto ese dicho de que la fe mueve montañas pero, en el caso

de la Catedral de Saltillo, puso a trabajar a todos los padres de familia de

la villa.

En relación a nociones relativas al mundo exterior, la ignorancia

estimulaba en forma imprevista la imaginación. El padre Morfi introdujo

en su Derrotero algunas notas de color. Un pasaje retrata la inocencia de

las cándidas señoritas de Saltillo que, cuando supieron que iban a pasar

por la ciudad los dragones, en lugar de pensar en el así llamado cuerpo

de militares que acompañaba al gobernador, ellas fantasearon con míticos

reptiles gigantes que lanzaban fuego y, acaso con la intención de dedicarle

una buena tanda de rezos a San Jorge, santo que si no es patrono de

los bomberos merecería serlo, se refugiaron horrorizadas en el templo y

preguntaron: “¿Es cierto, señor cura, que vienen los dragones?”. 31

Cuando las damiselas descubrieron que lo que creían bichos lanza fuego

era un grupo de apuestos uniformados a caballo, ya no hubo cura que impidiera

que las más jóvenes y agraciadas echaran lumbre por los ojos. Así

como a todo dragón le llega finalmente su San Jorge, toda mujer de Saltillo

sucumbe al síndrome de princesa en apuros. Pero como esto nos llevaría a

los conocidos tópicos del cuento de hadas, prefiero mejor sentirme Shrek

y arrancar esa página antes de bajarle al baño.

Imaginen las escandalizadas reacciones de muchas respetables damas y

nobles caballeros saltillenses ante algunas afirmaciones del padre Morfi.

¿Cómo que aquí teníamos chinches? 32 ¿Cómo que vivimos hundidos en la

grisura? ¿Pues a dónde se metió ese frailecito que nos trata tan mal? Lo

que este fuereño viajero escribió no resultó de nuestro agrado. Nos dejó

mal parados ante la opinión pública. Alguien tenía que agarrar la pluma y

defender a los coterráneos y al solar nativo.

31 Ib. p. 160.

32 María Elena santoscoy Flores, en su tesis (inédita) La vida cotidiana de don Juan Landín y otros

gallegos. Saltillo durante la última etapa de la Colonia, cuenta que el franciscano señaló que en

la vivienda del inmigrante don Manuel Ignacio de Irazábal, aunque era de las mejores en la

villa, sus colchones tenían chinches. Esto no lo consigna la edición que cito de Porrúa. Santoscoy

Flores da como fuente del curioso dato el documento incluido del Diario y derrotero en Ernesto

Torre Villar, Coahuila, tierra anchurosa de indios, mineros y hacendados, colección de manuscritos

históricos, sidermex, México, 1985. ¿Por qué hay datos en una edición que no se encuentran en la

otra? Según Vito Alessio Robles, del Diario del padre Morfi se hicieron dos ediciones modernas,

la de los Bibliófilos Mexicanos, en 1935 y la de José Porrúa e Hijos del mismo año. Hay quienes

señalan que Orozco y Berra localizó y publicó una versión anterior en 1856.

48


Crónica y panegírico

del bachiller Fuentes

Nuestro primer cronista fue Pedro Fuentes (1742-1812). de acuerdo a su

partida de bautismo, su nombre real fue Pedro Francisco de la Fuente y

Fernández (más conocido como el bachiller Fuentes). Vito Alessio denuncia

sus fallas: “inexactitudes notorias que no han podido resistir el análisis

de la crítica histórica” y el hecho de que no se basara en documentos y

estuviera únicamente fundado en tradiciones, 33 con lo cual confirmamos

que la principal ocupación de los historiadores saltillenses no es tanto

escribir como estarse corrigiendo (no cada quien a sí mismo, sino unos a

otros).

33 Vito Alessio Robles, Coahuila y Texas en la época colonial, Porrúa (segunda edición), México,

1978 (Biblioteca Porrúa), pp. 70-73.

49


Fuentes fue cura de la villa de San Fernando y Presidio de San Antonio

de Béjar (1771-1790), cura del pueblo de San Esteban de la Nueva Tlaxcala

(1790-1795) y cura de la parroquia de Santiago del Saltillo de 1795 hasta

su muerte. A él cupo el honor de terminar, el 21 de septiembre de 1800,

la obra de la parroquia de Santiago, hoy Catedral, aquella gran obra que

pese a estar inconclusa provocara el asombro del padre Morfi. El templo

había sido iniciado por el cura don Felipe Suárez Estrada en el año de 1745

y el bachiller Fuentes, cura párroco en la fecha de su consagración, dejó

constancia de tiempo y costos de la obra en su Noticia sobre la bendición

de la iglesia parroquial de Santiago Apóstol, redactada en 1800. 34

En la nómina de la construcción de la Catedral figuran 275 personas.

La ciudad tenía entonces mil habitantes. ¿Quién podría en el presente

convocar a todos los jefes de familia para realizar una empresa semejante?

Los políticos, no; los empresarios, tampoco; los sacerdotes… Nadie tendría

actualmente esa capacidad de liderazgo y de organización. ¿Los medios?

Pienso que aquí el problema no es de medios, sino de fines: Ad majorem

gloriam Dei. 35

Pese a estar traspapelada, la Historia de la Villa del Saltillo (escrita en

1792) fue reproducida en sus imprecisiones por historiadores posteriores.

Los saltillenses tuvieron que esperar hasta 1976 (un año antes de la

celebración por decreto del aniversario de los 400 años de la ciudad) para

que apareciera publicada junto a una serie de artículos de muy desigual

valor. 36 Sergio recio afirmó que la aportación más perdurable del bachiller

Fuentes a nuestra historiografía fue esa costumbre de que “como buenos

saltilleros, que amamos a nuestra ciudad”, acostumbremos elogiarla “a

veces con desmesura”. “Fecundísimo manantial de esos y muchos otros

floridísimos ingenios”… 37 No se medía el padre Fuentes con los elogios

34 María Elena Santoscoy Flores y Esperanza Dávila Sota (coordinadoras), “Noticia sobre la

bendición de la iglesia parroquial de Santiago Apóstol” del Bachiller Pedro Fuentes (versión

paleográfica y notas de María Elena Santoscoy) en Catedral de Saltillo …por los siglos de

los siglos, Universidad Autónoma de Coahuila / Secretaría de Educación Pública de Coahuila,

Saltillo, 2001, p. 51.

35 Para mayor gloria de Dios.

36 “Crónica del Bachiller Fuentes sobre la Historia de la Villa del Saltillo e Historia del Santo Cristo

de la Capilla” (versión paleográfica de Javier Guerra Escandón), Cuadernos de Cultura. Número

2, Editorial Nueva Imagen, Dirección General de Promoción Social y Cultural del Gobierno del

Estado, Saltillo, 1976, pp. 131-148. El encargado de la paleografía del documento, Javier

Guerra Escandón (1919-1996), fue jefe del Archivo Judicial del Tribunal Superior de Justicia,

director de los archivos Histórico del Estado y del General de Gobierno, director del Recinto de

Juárez y miembro y secretario del Colegio Coahuilense de Investigaciones Históricas, amén de

colaborador de la Revista Coahuilense de Historia.

37 Historia de nuestros historiadores, p. 22.

50


al terruño y a los saltillenses: “dichosa villa, de aguas dulces, cristalinas,

frescas y hermosas”. 38 Usaba demasiados adjetivos y muy pocos sustantivos

(para no hablar de los nombres propios).

Una copia del documento con la Historia de la Villa del Saltillo se encontró

entre los legajos del doctor José Eleuterio González (Guadalajara, 1813-

Monterrey, 1888) y lo posee actualmente el Tecnológico de Monterrey.

Israel Cavazos Garza (n. Guadalupe, N.L., 1923) aseguró que el manuscrito

que guarda el Tec no es el original. El historiador José Eleuterio González

sí utilizó el original que le facilitara el padre Manuel Flores Gaona (1821-

1889). El mismo “Padre Flores” cuyo nombre lleva una calle céntrica de

la ciudad. ¿Usted sabe dónde queda la calle Padre Flores? ¿No? Pues

debería. Porque le aseguro que usted pasa por ahí varias veces cuando va

al centro. Es una de las calles que flanquea la plaza Manuel Acuña. Una

calle pequeña. Muy pocos la toman en cuenta y menos saben por qué

lleva ese nombre. Manuel Flores Gaona fue presbítero. destacó por su

labor pedagógica y por su bondad (nada más). Volviendo al manuscrito del

padre Flores, tal vez ése sí haya sido del siglo xviii. El doctor José Eleuterio

González mandó hacer una copia de ese documento y esa copia fue a parar

a manos del licenciado Antonio Sepúlveda, casado con Josefa González,

hermana de Gonzalitos. Los descendientes del licenciado Sepúlveda

regalaron la copia del texto del bachiller Fuentes a la Biblioteca Cervantina

del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. don

Israel declaró que no conoce el documento del Tec, pero vio ilustraciones

del texto en el libro Catedral de Saltillo… por los siglos de los siglos y, como

Cavazos Garza está familiarizado con la caligrafía antigua, puede afirmar

que la del documento del Tec no es del siglo xviii. 39

don Israel aseguró que, sin ser lingüista, consideraba que la palabra Saltillo

es totalmente española, diminutivo de salto. En el Diccionario heráldico de

apellidos españoles de Julio de Atienza (Aguilar, 1959) se registra el título

nobiliario de Marqués de Saltillo, otorgado en 1712 a don Martín rodríguez

de la Milla Barba Tamariz y Góngora. En la Enciclopedia Espasa-Calpe se

registra un lugar de ese nombre en el municipio de Arjona en la provincia

de Jaén, mientras que en el Atlas de Nacional Geographic hay cuatro

lugares con el nombre Saltillo, uno en Missouri, otro en Tennessee y otro

38 Evidente paráfrasis de Garcilaso: “corrientes aguas, puras, cristalinas”.

39 Israel Cavazos Garza, “Historia e historiadores de Saltillo. Un comentario”, conferencia

impartida por el neoleonés el jueves 24 de julio de 2003, en el auditorio del Archivo Municipal

de Saltillo, con motivo de la inauguración del “Jardín de Clío”. El interés de don Israel por

nuestra historia local está más que justificado: casó con la profesora saltillense Lilia Eunice

Villanueva López (1930-2008).

51


en Texas; con el nuestro, son cuatro. don Israel dejó como tarea que algún

historiador saltillense vaya y busque al último poseedor del título Marqués

de Saltillo, que debe residir en España, para que aportara mayores detalles.

“Yo ya no podré hacerlo”, dijo poniendo punto final.

Hagamos una reflexión sobre los primeros trabajos historiográficos en

estas tierras y sus autores. rara vez la historiografía se escribe por gusto.

El autor de una crónica, de una biografía, de la historia de un lugar o de

un país, acomete estas tareas porque se lo ordenan o forma parte de sus

obligaciones. No son trabajos que destaquen por su amenidad o en los que

luzca la elegancia de estilo (aunque hay excepciones). Es algo que se tiene

que hacer porque nadie lo ha hecho y hay que empezar por algún lado.

Suele ocurrir que ese primer historiador local surja como una reacción a

lo que algún viajero o fuereño radicado temporalmente en la ciudad haya

escrito. Ahí tienen ustedes al bachiller Fuentes poniendo a los saltillenses

por las nubes, al grado de que todos los historiadores que abordan el tema

después de él se la pasan regañándolo, no tanto por sus inexactitudes,

sino porque de tantos elogios como nos endilgó ya no dejó a sus sucesores

serpentinas, flores ni azahares. Tuvieron que resignarse a multiplicar los

elogios del padre Fuentes, como Jesucristo los panes y los peces.

52


El anuario de Portillo

No podemos reprocharle al padre Fuentes sus inexactitudes. Los

historiadores posteriores cometieron las propias (o padecieron las ajenas).

Esteban L. Portillo, autor del Anuario coahuilense para 1886, es nuestro

primer cronista que publicó sobre nuestra historia en un momento nada

propicio. En 1884 se hizo cargo del gobierno del estado de Coahuila el

general Julio M. Cervantes (1839-1909), quien sustituyó al coronel José

María Garza Galán (1841-1902). Cervantes era de Guadalajara y trajo

como colaboradores a Esteban López Portillo y al editor Amado Prado.

Esteban López Portillo era jalisciense de origen y debió nacer hacia 1859,

en el pequeño real de Minas de Pinos, hoy Zacatecas. López Portillo inició

los estudios sacerdotales en San Luis Potosí, los cuales tuvo que suspender

al morir un tío que lo becaba. En San Luis cursó, sin concluir, la carrera de

derecho. Entre los cargos que ocupó don Esteban, en los años que vivió en

Saltillo, figuran el de jefe de Sección Estadística del Gobierno del Estado

en 1881, maestro de latinidad en el Ateneo Fuente en 1883 y miembro

correspondiente de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Casó

con Elvira Zertuche en Parras, de donde era oriunda la madre de Portillo,

el 15 de agosto de 1892. Procrearon dos hijas. El cronista e historiador

murió en Parras, a la edad de 38 años.

53


López Portillo hurgó e investigó acuciosamente en archivos y bibliotecas,

en aquellos tiempos en los que no había teléfono y, por lo tanto, no había

directorios telefónicos; tampoco, carreteras. Por lo tanto, no había guías roji.

Las oficinas gubernamentales no tenían departamentos de Comunicación

Social y nadie informaba quiénes estaban a cargo de la administración

pública. Tampoco existían los servicios metereológicos ni los bancos de

datos computarizados ni otras herramientas de consulta. Todo eso hoy es de

fácil acceso. ¿Cómo le hacía entonces la gente para obtener la información

básica?

La obra más interesante de don Esteban, por los datos raros y curiosos que

aporta sobre Saltillo, es el Anuario coahuilense para 1886. En 562 páginas

muestra, con más de 100 anuncios, cómo era el comercio, el ambiente

social. El lector podía consultar los itinerarios de trenes, las principales

leyes y códigos y hasta encontrar curiosas piezas literarias y brevísimos

compendios históricos en un solo libro. Publicado en primera edición por

Amado Prado e impreso por la Tipografía del Gobierno en Palacio, dirigida

por Juan Molina, este libro fue reeditado, en forma facsimilar, por el

Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y el Gobierno de Coahuila. 40

Los anuarios fueron una curiosa mezcla de directorios, agencias

de publicidad, bibliotecas básicas y guías de viajeros. No hacía falta

consultar ningún otro libro para enterarse de lo que tuviera que ver con la

localidad durante ese año. Acaso los anuarios, expliquen aquella curiosa

anécdota que contara en cierta ocasión el historiador, sociólogo y novelista

sonorense Gerardo Cornejo Murrieta (n. Tarachi, 1937) quien, al visitar a

unos parientes que vivían en un remoto poblado de la sierra Madre, les

obsequió un libro suyo. El más viejo de sus familiares, tocando el libro con

cierta extrañeza y muy poco interés, preguntó: “¿para qué nos das otro

libro si ya tenemos uno en la casa?” Más que un desprecio por la cultura,

hay que ver esto como la actitud —hoy anacrónica, pero razonable hace

un siglo— de que bastaba un libro para saber todo lo que fuera necesario

para vivir. Por eso se editaban e imprimían en el siglo pasado los anuarios

que, si nos atenemos a la etimología del término, eran una especie de

Biblia del hombre práctico: un libro que es al mismo tiempo una pequeña

biblioteca.

La lectura del Anuario coahuilense para 1886 presenta sorpresas desde

el punto de vista actual. En tamaño pequeño, pero casi tan grueso como

un diccionario de bolsillo, trata de temas diversos. Presenta una galería

40 Esteban L. Portillo (compilador), Anuario coahuilense para 1886, edición facsimilar, Consejo

Nacional para la Cultura y las Artes / Gobierno del Estado de Coahuila, México, 1994

(Biblioteca Básica del Noreste).

54


de coahuilenses ilustres y las leyes del estado, desde la constitución hasta

las ordenanzas municipales. Incluye las tarifas de mercancías, directorios

estadísticos e históricos, la división política, la lista de los gobernadores

y los nombres de los obispos y las iglesias. Contiene los directorios de

políticos y profesionistas, los establecimientos de las principales ciudades

del estado y las notas cronológicas del primero al último día de ese año.

Finalmente hay anuncios que ofrecen al público toda una serie de productos

y servicios de personas establecidas, tanto en Coahuila como del otro lado

de la frontera (razón por la cual muchos de esos anuncios vienen en inglés

y español). El libro fue planeado para ser la lectura obligada de cualquier

persona que viviera en el estado y sus alrededores. El autor no tenía por

qué preocuparse por veleidades de estilo o de tema. Esta obra respondía

al interés de la comunidad. Todo el que quisiera comprar, vender, trabajar,

salir o entrar al territorio coahuilense, necesitaba —de un modo u otro—

consultar alguna de las páginas del Anuario.

Portillo en sus obras incurre ciertamente en inexactitudes como la de

referirse a dos Urdiñolas: Francisco de Urdiñola el viejo y Francisco de

Urdiñola el otro, error que pulverizó Vito Alessio robles. Portillo repitió

los errores del padre Fuentes sobre algunas fechas, pero sus abordajes

son los primeros sobre la materia. La bibliografía de Portillo no es

extensa. Se limita a tres títulos que han sido duramente criticados por

diversos escritores e investigadores. Vito Alessio robles, el omnipresente

historiador-escritor saltillense, menciona la obra de Esteban López Portillo

en su Bibliografía de Coahuila. “Esta obra contiene —dice de Apuntes para

la Historia Antigua de Coahuila y Texas— documentos muy importantes

para la historia de Coahuila. Inserta íntegros los autos de las fundaciones

de pueblos y misiones […] En las páginas 25-28 transcribe extractándolos

de un romance publicado por el poeta coahuilense José Tomás Viesca,

sin comentario de ninguna clase, sobre un crimen cometido por Urdiñola

‘Marqués de Aguayo’, sin recordar que los pintores y los poetas tienen

facultad de inventar, pero a los historiadores les está vedado apoyar sus

estudios históricos en fábulas”. 41

En descargo de Esteban L. Portillo podemos decir que es mejor meter todo,

aunque sea en desorden, a escamotear algunos datos o hacer perdidizas

las fuentes. Hay muchas formas de hacer fábulas.

41 Vito Alessio Robles, Bibliografía de Coahuila Histórica y Geográfica, Imprenta de la Secretaría

de Relaciones Exteriores, México, 1925 (“Monografías Bibliográficas Mexicanas”. Director:

Genaro Estrada), pp. 164-165.

55


Ramos Arizpe

y sus dos constituciones

Una de las formas más convincentes y efectivas de expresar el amor por

el lugar de origen es abogar porque reciba un trato más justo de parte

de las autoridades y un mayor reconocimiento ante propios y extraños.

“Obras son amores”, reza el dicho. descargar el aluvión de elogios floridos,

pomposos y en algunos casos totalmente vagos sobre nuestro terruño lo

hace cualquiera. Pensemos en quienes han hecho realmente algo concreto,

específico, indiscutible a favor de nuestra ciudad. Para empezar, hablemos

de aquel prócer gracias al cual Saltillo dejó de ser una villa y alcanzó la

dignidad de ciudad.

Como diputado en las cortes de Cádiz, Miguel ramos Arizpe (1775-

1843) fue un defensor de la libertad de imprenta. La consideraba la más

preciosa de todas las libertades. El hijo de la estancia de San Nicolás de la

Capellanía, después de haber sufrido prisión por Fernando v i i, regresó a

Saltillo en 1822. “El terco capellanero” gestionó para que viniera a nuestra

ciudad el norteamericano Samuel Bangs (1794-1854) con la imprenta.

Nativo de Boston, Bangs puede ser considerado el primer impresor del

México independiente. Llegó en plena guerra de Independencia con fray

Ser-vando (1765-1827) y Francisco Javier Mina (1789-1817) y en su equipo

se imprimieron las primeras proclamas. La prensa de Bangs fue confiscada

junto con su operario en 1817. Ambos fueron llevados a Monterrey por

el primer hombre fuerte del noreste, el general Joaquín de Arredondo y

Mioño (1775-1837). En Monterrey le cambiaron el nombre a Samuel por

el José Manuel María y le enseñaron español. El operario de prensa se

estableció en Saltillo (llamada entonces Leona Vicario) en 1828. El hombre

de Boston realizó una importante labor en nuestra ciudad, dentro de la

cual conviene destacar la publicación de la primera gaceta. En el Archivo

Municipal de Saltillo he visto un ejemplar de esa primera gaceta impresa

por Bangs y he apreciado la calidad que tiene tanto en el cuidado de su

edición como de su contenido, por lo que sospecho que en su redacción y

vigilancia tuvo mucho que ver Miguel ramos Arizpe.

Basta pensar en la suerte que corrió este hombre surgido de las

blanquecinas tierras del Valle de las Labores, después conocido como

San Nicolás de la Capellanía. Ahora que se celebra el bicentenario de la

Pepa (no piensen mal, así le dicen los españoles a su primera constitución,

57


jurada en Cadiz en 1812, el día de San José) no está de más recordar

que don Miguel fue uno de los diputados de las colonias americanas

que participó en la elaboración de esa carta magna, así como diez años

después lo haría con la primera constitución mexicana. Este personaje

cuya elaborada genealogía se encargó de desplegar el infaltable Vito

Alessio robles, desciende en línea directa de Santos rojo, a quien se

debe el culto del Santo Cristo de la Capilla que, como se sabe, llegó desde

Xalapa a lomo de mula. ramos Arizpe tuvo que ser tan sufrido como el

Santo Cristo y tan obcecado como la mula. No le quedaba de otra: cayó en

desgracia desde muy joven por ganarse la inquina del obispo de Linares,

don Primo Feliciano Marín de Porras (¿?-1815), un español cuya aversión

a los criollos del noreste novohispano resultó tan evidente como puede

apreciarse en el hecho de que, a pesar de que ramos Arizpe siempre fue un

alumno brillante y ganó por unanimidad todos los concursos para obtener

cargos importantes dentro de la jerarquía eclesiástica, el obispo siempre

lo castigó mandándolo a oscuros y apartados pueblos, en donde el joven

clérigo nunca podría sobresalir.

La gran oportunidad de ramos Arizpe llegó cuando, en 1810, las Cortes

de Cadiz solicitaron que, en vista de que España, invadida por las huestes

napoleónicas, preparaba una constitución que reemplazara al rey depuesto

por Napoleón y le devolviera a los españoles su soberanía, se solicitaba que

para las futuras cortes se designasen 26 diputados que representaran a las

provincias de América. ramos Arizpe, que ese mismo año (1810) había

obtenido su título de doctor en Leyes, se hizo elegir por el Ayuntamiento

de Saltillo representante por Coahuila en las Cortes de Cadiz, pese a que

la capital de la provincia en ese entonces era Monclova.

La historia de la participación de ramos Arizpe en las Cortes, así como

su encuentro con otros representantes de Nueva España (José Antonio

Joaquín Pérez, de Puebla; José Miguel Guridi y Alcocer, de Tlaxcala; y,

por supuesto, con su amigo y rival el regiomontano fray Servando Teresa

de Mier) ha sido narrada de varias maneras por diferentes historiadores

contemporáneos y anteriores, pero quizá ningún texto hable mejor del

desempeño de ramos Arizpe que su célebre Memoria presentada en las

Cortes de Cadiz, uno de los pocos testimonios escritos que dejó este parco y

reservado clérigo, quien pese a ello sabía ser elocuente y hasta escandaloso

en el momento oportuno.

Su Memoria, leída actualmente, impresiona por su claridad, concisión,

abundancia de datos y, al mismo tiempo, orden y capacidad de síntesis.

58


También impresiona por señalar con mucho tino problemas de la región

que, aunque parezca insólito, siguen sin resolverse a dos siglos de haber

sido señalados por primera vez, gracias a este documento. 42 Otra cosa

que hay que agradecerle a ramos Arizpe es que en su Memoria abogara

porque se le diera el título de ciudad a Saltillo, Parras y Monclova. Con

el tiempo esto desembocaría en el traslado de Monclova a Saltillo de la

capital del estado. Pocos personajes surgidos de esta región han hecho

tanto por Saltillo como el fuerte, austero y tenaz hombre de la capellanía.

El paso de Bangs por la ciudad tampoco estuvo exento de inconvenientes

y complicaciones. Para empezar, como ocurre a los editores o impresores,

no le pagaban bien y pese a sus méritos, no dejó de pasar trabajos y

penalidades. Al final, tuvo que marcharse de la región y regresar a su país

de origen, dejando en Saltillo la imprenta. No nos duró mucho el gusto.

Los regiomontanos se la llevaron cuando Santiago Vidaurri (1808-1867), el

segundo hombre fuerte del noreste, decretó, en 1856, con aprobación del

Congreso Constituyente, la anexión de los estados de Coahuila y Nuevo

León.

Así como hay tipógrafos cuidadosos también hay tipos de cuidado.

Cuidado con los tipos, aunque sean de imprenta, no sea que a las primeras

de cambio no nos quedemos ni con letras de cambio.

42 Miguel Ramos Arizpe, Discursos, memorias e informes (notas biográfica y bibliográfica y

acotaciones de Vito Alessio Robles), u n a m, México, 1942 (Biblioteca del Estudiante Universitario),

pp. 23-100.

59


Los dos nacimientos de

Antonio Juárez Maza

Benito Juárez (1806-1872) fue recibido en Saltillo con honores y en

Monterrey con cajas destempladas. Aunque el héroe de la resistencia

haya dicho que los grandes hombres deben ser recordados por sus hechos

no por sus dichos, a él se le conoce por “El respeto al derecho ajeno es

la paz”, frase que estaría mejor si se nos hubiera aclarado, como dice

Ibargüengoitia, donde termina el derecho ajeno y empieza el nuestro: “En

lo que nadie está de acuerdo es en cuál es el derecho ajeno”. 43

La efigie del Benemérito es la más socorrida dentro de lo que podríamos

llamar la estatuaria de los espacios públicos. ¿Alguien sabrá cuántas

estatuas o bustos de Juárez existen en el país? don Benito, con sus rasgos

indígenas, su ceño adusto, su gesto imperturbable y su postura firme e

inconmovible deja la impresión de que, desde que estaba vivo, parecía un

hombre esculpido en piedra. Sólo de ese modo pudo desafiar a las potencias

europeas que amenazaron a nuestro país en el siglo x i x, la instauración del

Segundo Imperio y la encarnizada pugna entre liberales y conservadores.

¿Qué hubiera sido de muchos espacios públicos, del mármol, el bronce, sin

su monolítica figura y su rotunda sentencia?

Los saltillenses veneran a Juárez porque devolvió la soberanía a Coahuila

en 1864. En sus Apuntes históricos, el doctor Santiago roel (1885-1957)

señala que “el día 13 de junio de 1864 nació en Monterrey un hijo del

Benemérito y su esposa dña. Margarita Maza, siendo registrado con el

nombre de Antonio”. 44 Según otros autores, el mismísimo José Eleuterio

González (el célebre Gonzalitos) atendió el parto. Pero ni el maestro roel

ni nadie nos dice en qué se basan para afirmar que la señora Maza parió

en Monterrey un día de San Antonio a su hijo Antonio.

Existen evidencias que refutan la aseveración de roel. La historiadora

Martha durón Jiménez (coautora del Diccionario Biográfico de Saltillo

y vecina de la ciudad desde 1987) posee la fe de bautizo del supuesto

hijo “regiomontano” del ilustre benemérito. La genealogista obtuvo del

Archivo Parroquial de la Catedral de Saltillo el microfilm, que a la letra

43 “Natalicio del Benemérito. Difamaciones, viejas y nuevas”, en Jorge Ibargüengoitia,

Instrucciones para vivir en México, selección, edición y nota de Guillermo Sheridan. Editorial

Joaquín Mortiz, México, 1990 (Obras de Jorge Ibargüengoitia), pp. 42-44.

44 Santiago Roel, Nuevo León. Apuntes históricos, ediciones Castillo, Monterrey, 1985, p. 185.

61


dice: “A los 13 días del mes de junio de 1864 se presentó vivo al niño

Antonio Juárez Mazza [sic], hijo legítimo de don Pablo Benito Juárez

García y doña Margarita Eustaquia Mazza [sic] Parada”. Este documento

da lugar a varias preguntas. ¿Cómo es que Antonio Juárez Maza nació

en Monterrey si su fe de bautismo se encuentra en Saltillo? ¿de qué base

documental partió el historiador roel para afirmar que Juárez tuvo un hijo

regiomontano? Lo más lógico sería deducir que Toñito nació en Saltillo

y aquí fue bautizado. Así tendríamos que reconocer que Juárez honró al

estado de Coahuila convirtiendo en originario de la ciudad de Saltillo a

uno de sus hijos.

¿Por qué no disputar ese honor a los regiomontanos? ¿Por qué no ponerle

a una de nuestras calles el nombre de Antonio Juárez Maza (1864-1865) le

pese a quien le pese? En todo caso, papelito habla.

62


Dos gobernantes y un aviador

Saltillo y Monterrey parecen estar continuamente arrebatándose la una a

la otra los próceres y otros méritos históricos. También en estos temas priva

ese régimen de escasez que los norteños padecemos en otras materias

como el agua, las tierras cultivables y el talento literario. No tenemos

la suerte que tienen en el Centro Occidente o en el Sur donde detentan

próceres para dar y prestar (aunque ni los dan ni los prestan). razón por

la cual nosotros preferimos presumir que tenemos próceres que han sido

los primeros en algo y a veces hasta los únicos en su tipo. Vayan tres casos

de muestra.

Saltillo prestó al primer presidente municipal de Torreón. El 25 de febrero

de 1893, por decreto del gobernador de Coahuila, José María Garza Galán,

63


el rancho del Torreón se convirtió en la Villa de Torreón y, para el efecto,

el 3 de octubre de ese mismo año, de Saltillo llegó el señor Antonio Santos

Coy (1840-1910), con el nombramiento de primer presidente municipal de

Torreón, para que en un espacio de tres meses preparara unas elecciones

para un nuevo presidente de la Villa del Torreón para el año de 1894 (las

funciones eran solamente por un año).

don Antonio Santos Coy ya había sido presidente municipal de Saltillo

por dos ocasiones y una vez por Parras. Lo primero que se procuró como

alcalde de Torreón fue establecer un local para Presidencia Municipal,

en la que estuvo atendiendo todos los asuntos durante los tres meses

que duró su mandato. Situado junto al Hotel de Francia, siendo en ese

entonces un muy modesto local frente a la estación, el inmueble fue

facilitado gratuitamente por el señor don Andrés Eppen. En el caso de la

hacienda del Torreón (frente al Mercado Alianza) funcionaba ya en 1893

una escuela de niños, bajo la iniciativa y sostenimiento económico de don

Andrés. Antonio Santos Coy le pidió que se diera cabida a las niñas y la

presidencia se hizo cargo de los gastos.

Gracias a los impuestos, se dispuso que se hiciera el apalancamiento y

empedrado de algunas calles de las más transitadas. Todas eran de pura

tierra suelta y en tiempos de lluvia se formaban unas charcas enormes. La

gente que tenía que pasar le pagaba a los muchos que a eso se dedicaban

para que los pasaran cargados de una acera a otra. 45

Conviene ponderar el trabajo de estos cargadores, gente que suponemos

joven y fuerte, pues como es de pensarse, tenían que cargar de todo, desde

delicadas damiselas hasta robustas matronas, sin olvidar a los frágiles

ancianos, a los inquietos niños y a uno que otro pisaverde presumido que

no quería ensuciarse las polainas.

Los saltillenses no toleraríamos semejante práctica en nuestra ciudad y

por eso mandamos a nuestro coterráneo a que pusiera piedra donde antes

los charcos reflejaban lo que pudiera verse debajo de las faldas.

64

***

Asimismo, el principal mérito de roque González Garza (1885-1962)

—según las referencias de Álvaro Canales Santos— fue ser el primero y

hasta ahora único saltillense en ocupar la presidencia de la república.

45 Tomado de http://www.elsiglodetorreon.com.mx/lacomarca/pID/75/@2004, Compañía

Editora de la Laguna, S.A. de C.V. Publicado en la sección “Rumbo al Centenario de Torreón”

de la Gazeta del Saltillo, Órgano de Difusión del Archivo Municipal de Saltillo, Año VIII, Núm. V,

Nueva Época, Mayo de 2006, p. 10.


Lo hizo por un período de seis meses en el año de 1915. 46 En esa época,

a diferencia del largo periodo presidencial de don Porfirio, los periodos

presidenciales duraban lo que dura un suspiro, y a veces terminaban con

el último aliento del gobernante. La gestión del saltillense roque González

ni siquiera llegó a sietemesina, aunque él sí dejó el cargo vivito y coleando,

a diferencia de otros gobernantes de la época, como su rival el Varón de

Cuatrociénegas y caballero de las barbas floridas.

Cambiemos de contexto y dejemos las cuestiones terrenales. Miremos un

poco al cielo. El piloto aviador Antonio Cárdenas rodríguez (1903-1969),

nuestro primer héroe de talla internacional, es toda una figura en Saltillo,

aunque haya nacido en la hacienda La Trinidad del municipio de General

Cepeda. Su acción más relevante no la realizó en Coahuila (ni siquiera en

México) sino en el Pacífico, combatiendo, como parte del escuadrón 201,

a los japoneses. 47

46 El saltillense Roque González Garza sustituyó a otro coahuilense, en la Presidencia de

la República. Nos referimos al general Eulalio Gutiérrez Ortiz (1881-1939), cuyo período

provisional duró noviembre de 1914 a enero de 1915.

47 Álvaro Canales Santos, Saltillo, su historia, sus personajes. Editora el Dos, Saltillo, 2004

(Club del libro coahuilense 1). Referencias a Roque González Garza (pp. 47-48) y a Antonio

Cárdenas Rodríguez (p. 53).

65


Historiador de historiadores

(no es elogio)

Tomás Berlanga García (1858-1936) quiso destacar con un libro y se le

recuerda por una frase que terminó convirtiéndose en una emblemática

aposición del nombre de nuestra ciudad. México es la Ciudad de los

Palacios; Guadalajara, la Perla de Occidente; Monterrey, la Sultana del

Norte y Saltillo… ¿Cómo se le llama a Saltillo?

don Tomás nació en Potrero de Ábrego, Nuevo León, ahora perteneciente

a Coahuila. Para otros llegó al mundo en doctor Arroyo o quizá en Galeana.

Berlanga estudió en el Ateneo. Posteriormente se trasladó a la Ciudad de

México donde continuó sus estudios de derecho en la Escuela Nacional

de Jurisprudencia. Abrió como abogado su bufete en el estado de Coahuila

en el año de 1879. Su tío, el entonces coronel don Victoriano Cepeda

(1826-1892), encabezaba el partido cepedista en contra de los partidos

maderistas, charlistas y acuñistas que postulaban respectivamente a

los señores Evaristo Madero, Ismael Salas y Pedro Acuña. Berlanga se

afilió al partido cepedista, cuyo candidato era Jesús M. Gil y emprendió

importantes trabajos por la causa que defendía.

El primer periódico que dirigió Tomás Berlanga en Coahuila fue La

Penumbra, órgano de la Sociedad Literaria “Juárez”. Fue redactor en

jefe del Periódico Oficial de Coahuila hacia la penúltima década de mil

ochocientos. “Cabe destacar su trabajo como editor. No se limitó a dar

a conocer leyes, decretos y demás disposiciones superiores. Berlanga

convirtió al Periódico Oficial en un verdadero medio de comunicación

—nos recuerda Víctor S. Peña— donde, quienes pudieran pagar medio real

por edición, se enterarían del quehacer de la clase política, pero además

podrían leer en la edición alguna crónica teatral o algunas otras notas con

tema de interés general”. 48

Tomás Berlanga escribió El ciudadano perfecto (1915); De hombre a

hombre, (1920); pero lo más destacado es su Monografía histórica de la

ciudad de Saltillo, publicada en 1920, donde el autor busca “en aras de la

verdad, desvanecer los errores en que han incurrido la mayor parte de los

escritores que se han ocupado de esta materia”. 49

48 Víctor S. Peña, “Tomás Berlanga y el Periódico Oficial”, en Gazeta del Saltillo. Órgano de

Difusión del Archivo Municipal de Saltillo, Año ix, Núm. 2, Nueva Época, Febrero de 2007, p. 9.

49 Tomás Berlanga, Monografía histórica de Saltillo, Imprenta y Litografía Americana, Monterrey,

1922, p. 9.

67


Sus críticos han señalado que el estilo de Berlanga no es directo, que a

través de las citas que convienen a su criterio, su Monografía se parece al

monstruo de Mary Shelley pero, en lugar de miembros muertos, palabras

de otros autores. Se le acusa prácticamente de transcribir a regino F.

ramón (1859-1921). En la conferencia impartida por don Israel Cavazos,

en el Archivo Municipal de Saltillo, el historiador señaló que la Monografía

de Berlanga más bien es una colección de documentos con brevísimos

comentarios (esto lo convierte en el ideal de los nuevos historiadores).

don Israel destacó que habría que tomar en cuenta que el autor de la

Monografía histórica de Saltillo fue el primero en llamar a Saltillo “La

Atenas de la república”. 50 A partir de ahí, también se conoce a Saltillo

como La Atenas de México, La Atenas del Norte o la Atenas del Noreste,

según el grado de orgullo que tengamos por nuestra herencia cultural.

50 Ib. p. 139.

68


Los empeños de don Vito

Vito Alessio robles, el más esclarecido exponente de la historiografía de

Coahuila, advertía que su carácter era “huraño y reconcentrado”. Pero

lejos de ser como esa estatua grandilocuente y seria que le dedicaron en el

Ateneo, Alessio robles fue dotado de un ágil y elegante humor negro. Era

un gran observador que podía detectar si algo fallaba, si alguien mentía

o quería aprovecharse de la situación. En sus Memorias, menciona que

le tocó enfrentar riñas, maestros violentos o convenencieros, compañeros

déspotas y escuelas públicas de pésima calidad. Como niño, Vito siempre

tuvo el apoyo de sus padres. Buscaron para él la mejor educación, dentro

de sus posibilidades. No le gustaba la música. “Casi puedo asegurar que la

detesto —escribió el historiador saltillense—. Nunca he podido distinguir,

cuando toca una orquesta o una banda, las piezas que ejecuta y si lo hace

bien o mal. Solamente podía discernir en aquella época, entre todas las

piezas musicales, las muy conocidas y trilladas: el Himno nacional, La

golondrina, La paloma, y el vals Sobre las olas”. 51

51 Vito Alessio Robles y Miguel Alessio Robles, Los Alessio de Saltillo, Universidad Autónoma de

Coahuila, Saltillo, 2004 (Siglo XX Escritores Coahuilenses), p. 56.

69


Sus Memorias sólo han sido publicadas en parte. En ellas escribió del

Saltillo de su época, quiénes eran los maestros del Ateneo (los que eran

doctos y los que no) y qué se hacía en el tiempo libre. realizó algunas

denuncias. José María Garza Galán (1841-1902) era un “cacique funesto”

de “ignorancia crasa” y su mala administración perjudicó gravemente al

estado. Alessio robles se queja de que los charlatanes se hagan pasar por

historiadores y, en obras que se reputan de serias, sigan prohijando burdos

embustes.

La prosa de don Vito es hábil y directa, pero no por eso descuidada.

Elige las palabras, el adjetivo que logra darle rectitud a sus sentencias.

Tampoco cae en el insulto vulgar o en los juicios iracundos. Cuando ejerce

la crítica lo hace con argumento y gracia. resultó muy interesante para mí

encontrar en las páginas de El Ateneo, revista estudiantil que publicaba

cada mes la Sociedad Juan Antonio de la Fuente, la polémica que se dio

entre el poeta saltillense Jesús Flores Aguirre (1907-1961) y el historiador

Vito Alessio robles, surgida a partir del comentario crítico que Flores

Aguirre hizo sobre el libro Francisco de Urdiñola y el Norte de la Nueva

España de Alessio robles. Aunque el poeta elogia en términos generales a

don Vito por su rigor de investigador y su lúcida crítica de los historiadores

que lo precedieron, también se las ingenia para acusarlo de narcisista, de

ser injusto con algunos escritores, particularmente con José T. Viseca, y

por incurrir en un lenguaje demasiado violento que refleja “las tormentas

que en él ha dejado la política, que en nuestro medio es ruin y baja”. 52

La respuesta de don Vito no se hizo esperar. En el siguiente número de

El Ateneo acusó de crítica mezquina el comentario del vate sobre Francisco

de Urdiñola y el Norte de la Nueva España y aprovechó el artículo que

le sirve de respuesta para poner en evidencia a don Mardonio Gómez,

quien publicó un libro de historia que a juicio del ingeniero Alessio robles

estaba por un lado lleno de obviedades y por el otro “constituía una sarta

de solemnes disparates”.

Quizá lo que más le molestó al ingeniero Alessio robles fue que don

Mardonio se presentara en el domicilio de don Vito y le soltara de viva

voz la lectura de “más de setenta indigestas cuartillas” para luego de una

pausa rematar leyéndole “otras setenta apretadas cuartillas”. El caso es

que después de írsele encima a Mardonio Gómez se le va encima a regino

F. ramón, a Tomás Berlanga y, por último, se le va a la yugular al licenciado

Flores Aguirre y a su reseña publicada, argumentando que él no tenía por

52 Jesús Flores Aguirre, “Un comentario sobre Francisco de Urdiñola y el Norte de la Nueva

España”, El Ateneo, revista mensual estudiantil órgano de la Sociedad Juan A. de la Fuente, Año XI,

Núm. 87, Saltillo, Coahuila, julio y agosto de 1931, p. 9. Hemeroteca del a m s. 22 (cs-013-Ed.)

70


costumbre responder a las críticas, haciéndose la reflexión de que si el

trabajo es malo para qué defenderlo y si es bueno para qué defenderlo y,

siendo coherente con esa actitud, el ingeniero no se dedica en efecto a

defender su libro, se dedica eso sí a atacar con una saña espectacular a don

Mardonio Gómez y al licenciado Flores Aguirre, sacándole a este último

los trapitos al sol de su vanidad literaria, de su “erudición barata” y hasta

de sus injustificados cambios de bandos políticos, reprochándole que en

1928 hubiera firmado un manifiesto antirreeleccionista y en el momento

de publicación de la nota fuera un fiel servidor de la administración de

Nazario S. Ortiz Garza, lo cual consideraba Alessio robles convertía a

Flores Aguirre en un “pastor que ya no persigue a los lobos, sino que pace

con ellos”. Y de veras que don Jesús debe haber aullado al leer las líneas

de esta respuesta.

Yo no imité la conducta que siguió mi censor en la obra “Once Poetas de

Nueva Extremadura”, presentados por Federico Berrueto ramón y Jesús

Flores Aguirre, en la que los presentantes se auto elogian, llamándose

“valores literarios inéditos”; dan a conocer los lugares y fechas de sus

respectivos nacimientos y los puestos públicos que han ocupado; señalan

sus iconografías y dan a conocer los juicios críticos elogiosos de sus amigos,

entre ellos uno del culto poeta don José García rodríguez, cuya bondad

es proverbial; lo mismo elogia al licenciado Flores Aguirre que a don

Mardonio Gómez. Sale sobrando la pedante y pedestre censura que me

endereza el licenciado Flores Aguirre, achacándome falsamente que yo

censuré al poeta José T. Viesca por haber acogido una leyenda y agregando

campanudamente que Viesca no estaba obligado a servirnos la verdad

histórica. Sírvase el licenciado Flores Aguirre leer atentamente mi libro y no

encontrará motivo para la censura. Lo que él sostiene, con la cita de erudición

barata del Cantar del Mio Cid, lo sostengo yo también en la página 213 de

mi libro, esto es, que los poetas no están obligados a cantar las cosas como

fueron realmente. Censuré a Portillo, historiador, porque adoptó crédula y

ligeramente la versión de un poeta y censuré a Viesca, no porque cantó una

tradición deformada, sino porque la cantó en malos versos. 53

don Vito había contendido como candidato a la gubernatura de Coahuila

al mismo tiempo que José Vasconcelos se postulaba como candidato a la

presidencia en contra de Pascual Ortiz rubio. Vasconcelos fue derrotado

por Ortiz rubio y don vito por Ortiz Garza. Gracias a los buenos oficios

de Calles, el Jefe Máximo, tanto Vasconcelos como don Vito perdieron las

53 Vito Alessio Robles, “Cómo se ha escrito la Historia de Coahuila. Una crítica mezquina de la

obra Francisco de Urdiñola y el Norte de la Nueva España”, El Ateneo, Revista mensual estudiantil

órgano de la Sociedad Juan Antonio de la Fuente, Año XI, Núm. 88, Saltillo, Coahuila, Septiembre

y Agosto de 1931, p. 24. Hemeroteca del ams. 22 (cs-013-Ed.)

71


elecciones y partieron rumbo al destierro, lo cual sugiere en el fondo que

Alessio robles le reclamaba a Flores Aguirre primero que lo dejara solo en

la lucha política y segundo que, varios años después, tuviera el cinismo

de reprocharle ser víctima de sus fallidos afanes políticos, como si él no

fuera en parte responsable de su derrota. Era algo así como un “no me

defiendas, compadre”.

A la luz de los comentarios de don Vito, éste hubiera preferido mil veces

quedarse en México a gobernar su estado en lugar de evitar morir de

aburrimiento visitando los archivos texanos, de donde extrajo gran parte

del material para su libro sobre Francisco de Urdiñola. No entiendo por qué

reprocharle a Alessio robles que desahogara en su libro sus frustraciones

políticas. ¿Acaso no hizo lo mismo y de manera más directa Vasconcelos

en el Ulises criollo (1936) y sus otros volúmenes de memorias? ¿Por qué

negarles esta mínima satisfacción a estos dos personajes? Si revisamos

otros casos de la historia de México, el destierro voluntario o forzoso de

nuestros políticos e intelectuales ha producido grandes obras históricas

y literarias. Acaso a eso se deba que Vasconselos, al ser entrevistado por

Emmanuel Carballo, afirmara con el desparpajo que lo caracterizaba:

“Eso del amargo pan del destierro es falso: sabe muy sabroso”, así como

sabe sabroso hacer que los ahora críticos y antes aliados se traguen sus

palabras.

Vista esta polémica a la distancia se impone una pregunta: Por qué de

pronto a don Vito se le ocurre escribir sobre Urdiñola cuando había tenido

tanto éxito escribiendo sobre la historia reciente, específicamente sobre

Vasconcelos en Mis andanzas con nuestro Ulises (1938). Este libro tuvo

mucho éxito porque Alessio robles se tira con todo a matar y muchos de

sus seguidores esperaban que en sus siguientes libros continuara con esa

atractiva línea temática. ¿Por qué después del destierro dio tan imprevisto

giro a su escritura? La respuesta tal vez se encuentre en lo que ocurrió con

otro célebre desterrado, el novelista Martín Luis Guzmán. después del

escándalo provocado por su novela La sombra del caudillo (1929), mero

trasunto ficcional de la masacre de Huitzilac en la que falleció el general

Francisco Serrano con su comitiva por órdenes del general Obregón. El

chihuahuense tuvo que abandonar el país no sin antes verse obligado

a firmar un documento en el que se comprometía a no abordar en sus

próximos libros ningún tema histórico posterior a 1910, razón por la

cual, una vez desterrado en España, Martín Luis dedicó sus esfuerzos a

la elaboración de un libro sobre el caudillo insurgente Francisco Xavier

Mina.

¿Y si antes de partir al destierro, don Vito hubiera sido forzado a firmar

un documento afín que lo obligara a desviar sus miras del panorama

72


político contemporáneo y centrarlas en un personaje del pasado? Quizá no

haya constancia, pero sea como fuere, tanto Alessio robles como Martín

Luis, a través de estos personajes de la Conquista y la Independencia,

encontraron una metáfora que, de algún modo, les permitiera —así fuera de

manera indirecta— seguir diciendo lo que querían, aunque, por supuesto,

los lectores no quedaran tan satisfechos. Sin duda esta prohibición atentó

considerablemente contra el prestigio y respeto que inspiraron sus primeras

obras. Xavier Mina, héroe de España y de México (1932) no es un libro tan

atractivo como El águila y la serpiente (1928), pese a compartir la maestría

de estilo que caracterizaba a este novelista y que destaca hasta en sus

textos más breves, como El ineluctable fin de don Venustiano Carranza

(1938). En cuanto a don Vito y su libro sobre Urdiñola, resulta un poco

decepcionante si lo comparamos con Mis andanzas con nuestro Ulises,

libro que tiene más balcones que nuestro egregio Palacio de Gobierno.

Ustedes me dirán que eso ocurría en el pasado, que el país ha cambiado,

que la literatura y la historiografía han evolucionado porque a los escritores

ya no se les destierra ni se les prohíbe escribir sobre ciertos temas. No

estoy tan seguro. Si hago un repaso en mi experiencia, descubro que en

efecto a los escritores ya no se les destierra, sólo se les beca y se les manda

a estudiar al extranjero; no se les prohíbe escribir sobre ciertos temas,

pero se les estimula a tratar otros o a retomarlos con un enfoque diferente,

de ser posible, tan sobrecargado de teorías que el resultado sea un libro

prácticamente ilegible, aunque eso sí muy lujosamente editado. de esos

libros que se ven tan, pero tan bonitos, así como adornos de recibidor, y que

nomás no dan ganas de abrirlos. dicho de otro modo: antes se desterraba a

los autores, ahora se les encierra en un cubículo. ¿Y los temas? Sepultados

en kilos y kilos de tesis académicas absolutamente ilegibles. ¿Que cómo

lo sé? Soy el editor de una gazeta historiográfica. ¿Cómo carajos no podría

saberlo?

destaco estos dos artículos de la revista El Ateneo porque son unas de

las muy pocas muestras de crítica literaria auténtica publicada en nuestra

ciudad. Muy distintas, por cierto, del tipo de notas sobre libros de autores

locales a los que durante mucho tiempo nos tuvieron acostumbrados los

periodistas saltillenses de tiempo completo: textos que por lo general

hablan en términos muy vagos y siempre elogiosos de la obra y se dedican

a exaltar cuidadosamente la vanidad del autor. Quién se iba a imaginar

que la reseña de un libro pudiera dar lugar a textos tan acalorados y

apasionantes en donde los involucrados dicen hasta de lo que el otro se va

a morir y, bueno, meterse con don Vito era arriesgarse a eso y a algo más.

Ese señor en un descuido hasta se la cantó a San Pedro.

73


Pereyra en cuadro,

María Enriqueta en círculo

El historiador Carlos Pereyra (1871-1942) y su esposa, la poetisa María

Enriqueta Camarillo (1872-1968), no eran sólo una buena yunta, eran la

carreta entera: Pereyra por cuadrado y María Enriqueta porque inspiró

círculos. rara vez la historiografía y la literatura han rendido tan patente

homenaje a la geometría.

En una vieja casona de la calle real de Arriba —hoy Hidalgo—

nació Carlos Pereyra. Hizo sus primeros estudios en el Colegio de San

Juan Nepomuceno y la preparatoria en el Ateneo Fuente. Sus estudios

profesionales de licenciado en derecho los realizó en la Facultad de

Jurisprudencia de la Universidad Nacional de México. después de haber

ocupado diferentes cargos públicos y administrativos, fue catedrático de

historia y sociología de la Escuela Nacional Preparatoria y diputado en

el Congreso de la Unión. Se dedicó después a la investigación histórica,

específicamente a la de América. Abandonó la carrera diplomática poco

después de estallar la guerra europea. En septiembre de 1914 salió de

Bélgica con su esposa y se dirigió a Suiza, donde permaneció durante dos

años. Viajó por Francia, Mónaco, Alemania, Italia y Portugal y, por último,

fijó su residencia en la capital de España. Murió Pereyra en Madrid,

donde las autoridades y el pueblo tributaron una gran manifestación de

duelo. En marzo de 1947 regresaron a su patria sus restos, para reposar

definitivamente en la rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón de

Santiago, en su ciudad natal. Carlos Pereyra casó en 1898 con María

Enriqueta Camarillo y roa, autora de los siguientes versos:

PAISAJE

Por la polvosa calzada

va la carreta pesada

gimiendo con gran dolor.

Es tarde fría de enero

y los bueyes van temblando...

Mas de amor

van hablando

la boyera y el boyero.

Yo voy sola por la orilla

donde la hoja difunta,

que el viento en montones junta,

pone una nota amarilla...

75


Mientras tanto, en el sendero,

bien unidos van la yunta,

la boyera y el boyero.

Acompañante no pido,

que alma huraña siempre he sido.

En mi desdicha secreta,

en mi dolor escondido,

bien me acompaña el gemido

de la cansada carreta. 54

Esa carreta sigue gimiendo gracias al Círculo Literario “María Enriqueta”,

que aún existe en Saltillo, y que es algo así como la quinta rueda del

carro de la literatura local. Este círculo cuadrado lo conformaron damas

como Alicia Müller de Trelles (1890-1987), Carmen Aguirre de Fuentes

(1903-1993), Guadalupe González Ortiz (1911-2007) y María L. Pérez de

Arreola (1910-1999). Ellas fueron en 1949 las socias fundadoras. Podemos

mencionar también a Manuelita Villanueva de Puig (1906-1993) entre las

más destacadas.

resulta significativo que la imagen de María Enriqueta haya influido

menos como literatura que como modelo de conducta. Puede decirse que

la biografía de María Enriqueta estableció un paradigma de cómo debían

vivir las mujeres que se dedicaron a la literatura entre finales del siglo

x i x y principios del x x. Estudiaban por lo general para ser maestras de

pintura o de música. Se casaban con un profesionista de buena familia (no

necesariamente de dinero) que tuviera también inclinaciones intelectuales

(aunque no literarias) y también políticas.

Estas parejas formaban matrimonios de pocos hijos. Por las actividades

políticas del marido, inevitablemente salían del país, ya fuera por exilio,

estudios o en misiones diplomáticas y, después de muchos años, las

escritoras regresaban viudas a su tierra, a disfrutar de la gloria obtenida en

la capital o en el extranjero o a hundirse en el olvido, algunas sobreviviendo

difícilmente con la modesta pensión que les dejó el esposo muerto, apoyadas

por algún hijo triunfador o una hija bien casada o, como le sucedió a María

Enriqueta, pasando los últimos años de su vida hundida en la miseria.

54 De Álbum sentimental, 1926. Tomado de José Emilio Pacheco (introducción, selección y notas),

Antología del Modernismo (1884-1921). UNAM / Ediciones Era, México, 1999 (Biblioteca del

Estudiante Universitario 90-91), p. 264.

76


Nunca pudieron ser vistas por los escritores varones como sus iguales

y hasta en la literatura reflejaron su condición de esposas y madres.

Se dedicaron a la literatura infantil, elaboraron florilegios de lecturas

edificantes sólo para mujeres y exaltaron en sus poemas la fe religiosa más

tradicional, la dicha y los sufrimientos de la maternidad o los anhelos y

congojas de las jóvenes enamoradas, las esposas abnegadas y las viudas

solitarias.

Los tonos predominantes de estas poetas fueron la ensoñación, la

resignación, la ternura y la tristeza callada. Nunca la rebeldía: imposible

alzar la voz; jamás el reproche directo, aunque existiera la confrontación

en la vida cotidiana. ¿Cuántos sartenazos no esquivaría don Carlos

Pereyra? Eso no debía reflejarse en la delicada retórica de la poesía

femenina. después llegó el feminismo y las mujeres se desbozalaron.

Aunque todavía quedan algunas, como las damas que integran el Círculo

María Enriqueta de Saltillo, que siguen rindiendo anacrónico homenaje al

Álbum sentimental.

77


Villarello y hablar “en saltillense”

Ildefonso Villarello Vélez (1905-1973) hizo estudios de humanidades,

filosofía y teología en Fort Worth, Texas. Estudió en la Universidad Obrera

de México y en la Universidad Vasco de Quiroga, en Michoacán. Villarello

era poblano. El Congreso del Estado le concedió la Carta de Ciudadanía

Coahuilense por Nacimiento en 1943. Fue maestro en el Ateneo Fuente y

en la Escuela Normal Superior. de 1961 a 1967 se hizo cargo de la rectoría

de nuestra Universidad. Cultivó la poesía e hizo traducciones del arameo

al inglés y más tarde del inglés al español para una editorial bíblica de los

Estados Unidos.

roberto Orozco Melo (n. Parras de la Fuente, 1931) evoca las reuniones

informales con Villarello en Saltillo como alegres y amenas, pues siempre

llevaba cantantes para amenizarlas. Orozco Melo fue alumno de

Villarello en el Ateneo y rememora la claridad de su voz, la buena lógica,

la contundencia de sus argumentos: “Provocaba que las clases se fueran

volando y aprovechaba cuando los alumnos llegaban tarde o incumplían

con la exposición para poner a prueba la sagacidad oral y la capacidad de

evasión. de los grandes maestros —señala don roberto— se aprende hasta

de los regaños”. 55

No sé si el vaquero norteño Martín Corona haya sido saltillense, pero no

cabe duda que en la película Ahí viene Martín Corona (1951), de Miguel

Zacarías, el modo de hablar de Eulalio González el Piporro (1921-2003) es

inconfundiblemente saltillero. 56 Pareciera que quien elaboró los guiones

de estas películas hubiera leído antes El habla de Coahuila (1970), obra

de Villarello Vélez, un lexicón que contiene toda una serie de palabras y

expresiones populares de uso común entre la gente de las zonas rurales

del estado y hasta de la gente de ciudad.

55 Roberto Orozco Melo, “Ildefonso Villarello Vélez, Rector”, Cincuenta, Órgano conmemorativo

del cincuentenario de la Universidad Autónoma de Coahuila, Núm. 3, Año 1, Saltillo, 2006,

pp.19-20.

56 Alfredo Galindo Gómez (n. Saltillo, 1967) en su libro Coahuila y sus protagonistas en el cine

asegura que Martín Corona, interpretado por Pedro Infante, es “un popular héroe saltillense” (p.

39). Galindo incluye el dato en el capítulo “Coahuila… en la ficción”, donde todas las películas

citadas tienen qué ver en su argumento con personajes o lugares de Coahuila. Galindo asegura

que en Saltillo transcurre la acción de Ahí viene Martín Corona. No sé si creerle a Galindo

porque también afirma que “para fines de nuestro libro (el de Galindo, no el nuestro) con saber

que Andrés Soler fue coahuilense ya estamos del otro laredo” (p. 90). ¿Acaso no es más bien al

revés? ¿Qué es más importante: que don Andrés haya nacido en Coahuila o que Coahuila esté

en nuestro cine? (Y hasta en el cine gringo, que conste.)

79


ecorramos esta lista de términos, de voces, de palabras que nos obligan

a cuestionarnos como saltillenses.

Algunos vocablos se utilizan para calificar el carácter de la gente o su

apariencia: amosomado (de cara hosca, sañudo), angurriento (que padece

poliuria, meón), apergatado (más que tonto, muy cerrado de mollera),

apergollado (preso, sometido), argenudo (flojo, perezoso), arrecholado

(arrumbado, escondido y olvidado), arriado (lento, despacioso, pachorrudo),

avetarrado (envejecido), baquetón (desvergonzado, disimulado), bisbirindo

(muy listo o muy despierto), cacarañado (cacarizo), cábula (que gusta

de bromas), carrascaloso (enojón, cascarrabias), chípil (el último de los

hijos; está chípil: celoso por la venida de otro hijo), chirriona (mujer que

no se ocupa de nada útil, coqueta), charchina (persona o cosa vieja o poco

servible), enjetado (mal encarado), entelerido (enfermizo, débil), espichado

(avergonzado), fruncido (melindroso para la comida), guzgo (que se come

todo con apetito voraz), huevonazo (muy perezoso), improsulto (non plus

ultra, el mejor), íntico (idéntico), jolino (sin cola), jorra (estéril), norteado

(perdido el rumbo), ñango (flaco, débil, enclenque), orondo (satisfecho,

complacido consigo mismo).

Otras palabras sirven para distinguir objetos, animales o partes del

cuerpo: arca (axila), belduque (cuchillo para destazar), birloche (carruaje

viejo y desvencijado), blanquillo-blanquío (huevo), borcelana (bacinica)

cacalina (cosa muy pequeña), cachirul (peineta), carrancista (pajarillo

conocido también como saltapared o chilero), castaña (baúl), clavijero

(perchero), cócono (pavo, guajolote), colaseca (serpiente de cascabel),

colguijes (lo que pende o cuelga), cotense (lienzo de tela que se usa en las

cocinas para asear trastos o para poner las tortillas), cuacha (excremento),

chinchorro (ganado de cabras u ovejas, de pocas cabezas), chiquiador

(parche para las sienes), guaripa (sombrero de palma), güichol (sombrero

de palma), gurguñate (gaznate), jorongo (poncho, sarape).

También existen esos adjetivos o verbos poco usuales o de un uso

exclusivamente regional, los cuales no están exentos de contar con

equivalentes en otras regiones: bornear (voltear una cosa), columbrar (ver

desde lejos, descubrir a la distancia), cocorear (molestar a alguno para

enojarlo), cuerear (azotar), chacotear (charlar con mucha bulla), chacualear

(agitar ruidosamente el agua), despelucar (robar), empelotarse (enamorarse

perdidamente), desconchavado (fuera de quicio), descuacharrangado

(descompuesto), desguangüilado (desaliñado), engerido (de apariencia

triste), malencachado (con cara fosca), girimiquiar (llorar), jurguniar

(manosear mucho una cosa), lambiache (adulador), lampando

(desfalleciendo de hambre), pichicato (tacaño, piedra), pinchurriento

(mezquino, despreciable), pipilisco (de ojo chico), sagaz (astuto), lebrón

80


(retobado, irrespetuoso, respondón), reborujar (revolver varias cosas entre

sí), súpito (sin sentido, profundamente dormido), surumbato (tonto, zonzo),

tatemado (asado en las brasas), testerear (atropellar), tilichento (que anda

lleno de cosas inútiles), trascuerdo (desmemoriado), trochiloso (persona

descuidada en el arreglo de la casa), turnio (tuerto, viriolo o bizco), rufiano

(grosero, que no respeta a los mayores).

Frases y exclamaciones: ¡carancho! equivale a caray; persona que se

porta mal o hace daño es un carancho), brete (tentación, idea persistente;

estar en un brete: estar apurado), buir-bullir (mover, provocar, excitar,

molestar fastidiar; búyete: apúrate; no le buigas: no lo provoques), cala

(prueba: dar la cala), ¡coche! (exclamación para espantar al cerdo), color

de hormiga (algo no muy claro y peligroso), combiliado (desasosegado,

que no para: habla como un combiliado), ¡cuela! (vete, sigue adelante,

apártate), ¡demontre! (diantre, eufemismo por diablo), encartado (de dos

razas, mezclado el animal y por extensión la persona: encartado de gringo),

malacanchoncha (juego que consiste en dar rápidas vueltas sobre sí mismo:

lo trae a la malacanchoncha), ¡chino! (exclamación suave para llamar al

cerdo y darle el alimento; chino: peine), que conque (no importa). 57

Oímos esas palabras o esas expresiones e inevitablemente agarramos

carro en el tren de la nostalgia, aunque nuestro boleto tenga regreso.

¿En qué contexto escuchamos esas palabras consignadas en El habla de

Coahuila? ¿de quién o contra quién? ¿Cómo podríamos hoy utilizar esos

giros del lenguaje? ¿En qué momentos? dos años antes de la aparición de

texto de Villarello, la televisión llegó a Saltillo y con ella el consecuente

declive del habla local. La radio no había sido tan efectiva, pero la tele

terminó estandarizando el idioma. A partir de entonces, en el único

momento en que oímos hablar en saltillense, es cuando pasan por la

televisión las películas del Piporro.

57 Ildefonso Villarello Vélez, El habla de Coahuila, Ediciones Mástil, Saltillo, 1970, pp. 45-74.

81


La hotelera y el beisbolista

¿Quiénes fueron los primeros en fundar lugares de descanso, placer

y diversión, sin los cuales el trabajo sería un agobio sin sentido y sin

término? ¿Quien inauguró en Saltillo el primer bar? ¿En qué rincón

apareció el primer prostíbulo, la primera casa de juego o —para no vernos

tan sórdidos— el primer campo deportivo? Seguramente los historiadores

batallaron para hallar fuentes documentales dónde consultar estos tópicos,

pero no ha faltado quien encuentre algunas noticias de interés.

El historiador parrense Gildardo Contreras ofrece la primera noticia

aceptablemente documentada de quién podría ser considerada la primera

“madame” saltillense, una norteamericana llamada Sarah Borginnis (1812

ó 1817-1866), apodada la “Great Western” (o la Grande del Oeste), quien

llegó a tener un hotel muy concurrido en la ciudad. “Sus biógrafos la

describen como una mujer corpulenta de 1.83 metros de estatura y de 91

kilogramos de peso, de ojos muy negros, enormes pechos y de una figura

de reloj de arena”. 58

Esta singular mujer llegó con las tropas del general Taylor, cuando el

ejército norteamericano ocupó la ciudad. Incluso se dice que participó

como vivandera en la Batalla de la Angostura, donde atendió a muchos

soldados norteamericanos heridos. Ella permaneció en Saltillo hasta

1848, año en que decidió casarse con un soldado y marchar con el ejército

norteamericano a California. Se cuenta que ella murió a causa de la

mordedura de una tarántula, cuando estaba de regreso en Yuma, Estados

Unidos, donde administraba un restaurante.

Otro participante de la Batalla de la Angostura fue el soldado

norteamericano Abner doubeday quien, además de su desempeño en el

ámbito castrense, es considerado por muchos como el inventor del béisbol

y el introductor de este deporte en Saltillo y posiblemente en todo México.

doubleday nació en Nueva York en 1819 y se graduó en la Academia Militar

en 1842. Sirvió al ejército estadounidense en la guerra contra México de

1846 a 1848 y comandó a las tropas armadas al principio de la guerra civil.

recibió el grado permanente de coronel en 1867 y se retiró en 1873. En

Saltillo su función militar fue muy precisa: se desempeñó como teniente

del primer regimiento de artillería que llegó a Saltillo la madrugada del 24

de febrero de 1847 para reforzar a los norteamericanos en la Batalla de La

58 Gildardo Contreras Palacios, “Sarah Borginnis: la primera ‘madame’ de Saltillo”, Gazeta del

Saltillo. Órgano de difusión del Archivo Municipal de Saltillo, Núm. 6, Año XII, Nueva Época, junio

de 2010, pp. 4-5. Existe una pintura de Samuel E. Chamberlain sobre Sarah Borginnis.

83


Angostura. doubleday permaneció en Saltillo hasta mediados de 1848. Se

dice que durante su estancia en Saltillo convivió con algunos niños a los

que les explicó las reglas y bases del juego, creando un par de novenas y

realizando varios juegos amistosos. Abner doubleday murió en 1893. 59

Abner doubleday es una referencia menor en la historia de la Intervención

Norteamericana en México, pero debería ser el primer capítulo (o uno de

los primeros) de la historia del beisbol en nuestro país. Este invasor que

fue el primero en entrenar jóvenes peloteros en el noreste de México tal

vez no llegó a imaginarse el arraigo que este deporte tendría en particular

en Saltillo, al grado de que llegó a influir considerablemente en la manera

como nuestros gobernantes ejercían el poder en la entidad. Arturo Berrueto

González, en su reseña del besibol en Saltillo, relata la anécdota de que

en tiempos del gobernador Benecio López Padilla (1890-1969) 60 no podía

iniciarse el partido de beisbol hasta que el señor gobernador y su esposa

Carlotita hicieran acto de presencia. desafortunadamente ocurrió en varias

ocasiones que el ejecutivo estatal llegó diez o quince minutos tarde. “A

las dos o tres tardanzas del ejecutivo —apunta Berrueto González—, una

ronca y mezcalera voz, la de La Chuyeta, localizado en la tribuna de sol,

ensordecedoramente gritó: ‘levántese temprano, viejo bolas’. Medicina

infalible. Jamás volvió a llegar tarde la autoridad superior del estado”. 61

Conviene reflexionar en esta pintoresca anécdota. Es uno de los pocos

casos documentados en los que un ciudadano común y corriente le hace

un reclamo directo al gobernador del estado, recordándole los deberes que

le impone su investidura, pero es aún más notorio que el gobernante haya

acatado esta elocuente manifestación de la voluntad popular. ¿Cuántos

gobernantes actuales responderían del mismo modo a un reclamo

semejante? ¿Cuántos ciudadanos, después de soltar ese exabrupto, verían

cumplido su justo anhelo, si no de justicia, de puntualidad?

59 Debemos esta información a Reynaldo Rodríguez Cortés, quien investigó referencias sobre

Doubleday en la Encyclopedia Encarta y en la Encyclopedia Britannica.

60 El general Benecio López Padilla fue gobernador de Coahuila en el periodo de 1941-

1945.

61 Reynaldo Rodríguez Cortés, “Abner Doubleday. Vino como invasor, se fue como entrenador”;

Berrueto González, “El beisbol en Saltillo”, tomados de la Gazeta del Saltillo. Órgano de

difusión del Archivo Municipal, Año III, Núm. 3, Nueva época, Marzo de 2001, pp. 4 y 5-8,

respectivamente.

84


Los triunfos de

Armillita y Valdés Leal

El tan celebrado Fermín Espinoza Armillita (1911-1978) nació en Saltillo,

pero se consolidó afuera. En el libro Armillita el maestro. Recuerdos y

vivencias (1984), de Mariano Alberto rodríguez (1915-1997), se reproduce

una autobiografía escrita por el matador que así lo confirma. El torero sólo

pasó en Saltillo su primera infancia. La necesidad económica obligó al

padre de Armillita, zapatero de oficio y torero aficionado, a desplazarse

con su familia a la ciudad de San Luis Potosí, donde Fermín ingresó a la

escuela primaria y estudió con muchas dificultades hasta el tercer grado,

después de lo cual su padre optó por trasladar a su familia a la Ciudad

de México, donde Armillita adquiriría su destreza con reses del rastro de

Tacuba. Participaría en su primera novillada, el domingo 3 de agosto de

1924, toreando un becerro de San Mateo, con lo que inició la brillante

carrera en los ruedos que muchos conocen. 62

62 Mariano Alberto Rodríguez, Armillita el maestro. Recuerdos y vivencias, edición del autor,

México, 1984, pp. 253-277. (La edición contiene valioso material fotográfico y la autobiografía

escrita de puño y letra por Fermín Espinoza Armillita, reproducida en facsímile.)

85


Armillita chico llevó el nombre de su ciudad natal por toda América y

Europa, a pesar de que sólo vivió en Saltillo siete años. ¿Si se hubiera

quedado le hubiera ido tan bien? Por algo el padre tuvo que emigrar.

Clavetear zapatos no se lleva con poner banderillas y, aunque Armillita

confiesa que no fue muy bueno para el estudio, hay que reconocer que su

modesto apunte autobiográfico no carece de interés. Al menos no tenemos

que sufrir para leerlo aduladoras frases rimbombantes ni exaltados

halagos escritos en rebuscado estilo, porque ahí el que recibe los pases y

las banderillas es el lector. ¡Olé!

Es forzoso reconocer que la fiesta brava ha perdido la popularidad que

tuvo en otras épocas. Ahora las plazas de toros se utilizan con mayor

frecuencia para realizar conciertos y cada vez menos para el espectáculo

de los astados, los trajes de luces y la apasionada entrega, que no graciosa

huida de la que hablaba el barroco cronista llamado José Alameda (1917-

1990), para no hablar de ese otro carrasposo y carismático locutor que

era Paco Malgesto (oiga usted). Pero también oigan esto: si hablamos de

espectáculos en los que un ser humano se enfrenta a un animal, dejando de

lado a la lucha libre y el box (donde ahí el único que más o menos parece

un ser humano es el réferi), lo más cercano en popularidad a la fiesta

brava serían las peleas de perros que ya sabemos que son clandestinas y

que, sospecho, muchos las ven para sublimar de ese modo sus problemas

conyugales o de violencia intrafamiliar.

La única vez que fui a una corrida de toros, el primero en correr fui yo y no

regresé. Las corridas de toros son legales actualmente en sólo ocho países

del mundo. Mientras que en Inglaterra y Bélgica se prohíbe la cría de toros

de lidia, en México ninguna entidad federativa o municipio ha prohibido

la realización de estas prácticas con animales. En España, el éxito de la

iniciativa legislativa popular emprendida hizo posible la abolición de la

tauromaquia en Cataluña, ley que entró en vigor a partir de enero del 2012.

Con base en encuestas hechas por empresas especializadas, así como en

los sondeos efectuados por diversos medios de comunicación, más del 80%

de la población mexicana se manifiesta en contra de la tortura perpetrada

hacia los animales, y apoyaría la prohibición de las corridas de toros. 63

Armillita tiene una calle con su nombre y tendría —como su colega

neoleonés Eloy Cavazos (n. Guadalupe, N.L., 1949)— hasta una estación

del metro (pero en Saltillo no hay).

63 En realidad los analistas ven difícil cambiar una forma cultural tan arraigada. En su columna

“Paisajes de la Memoria”, del periódico Milenio del 27 de octubre de 2011, Juan Gerardo

Sampedro comenta, en “Acabar con la tauromaquia”, un boletín enviado por uno de sus contactos

de Animal Naturalis Prensa.

86


Volvamos con ese entretenimiento que al parecer permanecerá vigente

un poco más: el cine, donde también los saltillenses hemos dejado nuestra

impronta. Me enteré que la película Pueblerina (1948) de Emilio

Fernández (1904-1986) tomó su título de una de las canciones del

compositor saltillense Felipe Valdés Leal (1899-1988) quien llegó a través

de su música al pueblo de México y trascendió al ámbito internacional. La

cinta obtuvo en 1949 el premio a la mejor música en Cannes.

¿A qué se deberá que el nombre del compositor saltillense no aparece

en los créditos? Perdonen mi maquiavelismo, pero sospecho que en el

fondo hay como siempre un problema de dinero. Mencionar a Valdés Leal

implicaba que él podía reclamar que le pagaran por autorizar el uso de su

música en la película. Al no mencionarlo o al mencionar sólo al responsable

de musicalizar la cinta (el arreglista Antonio díaz Conde), el problema de

los derechos se sacaba de la cinta y se volvía más complicado para el autor

reclamar un posible pago.

¿Quién se acuerda de los compositores de los temas de las películas?

Se dice que hasta el mismísimo Charles Chaplin (1889-1977) hizo suyo lo

ajeno. desgraciadamente es difícil tener la suerte de Padilla y Montesinos,

compositores españoles que demandaron a Chaplin por haber plagiado en

Luces de la ciudad (1931) el tema “La violetera”. El cineasta cayó en un

insólito acto de humorismo involuntario al fingirse aquejado de amnesia y

responder ante los tribunales que él creía que la canción era suya porque

la tocaba al piano y hasta la cantaba todas las mañanas a la hora de bañarse.

“Es decir que usted considera que una canción es suya nada más

porque la puede silbar”, concluyó el juez y Chaplin tuvo que pagar una

considerable suma. 64

“Sabe bien el diablo a quien se le aparece”. ¿Ustedes creen que Valdés

Leal le iba a reclamar al Indio? ¡Por supuesto que no! Ése era de los que

pagaban con plomo.

Valdés Leal trabajó en su juventud como burócrata en el Palacio de Gobierno.

Afortunadamente para nuestra música, emigró a los Estados Unidos (1923)

y se hizo famoso. ¿Qué hubiera logrado si se hubiera quedado trabajando en

Saltillo? Para empezar, su música no hubiera llegado a Cannes y él, cuando

mucho, se hubiera convertido en un jubilado con medio sueldo.

64 Véase Guillermo Cabrera Infante, “Goodbye Charlie”, revista Vuelta, No. 155, octubre de

1989, pp. 62-65.

87


Elena Huerta:

historiadora con pincel

No me habría echado a cuestas la tarea de hacer este libro si me hubiera

enterado antes de lo que le pasó a la pintora Elena Enriqueta Huerta

Múzquiz (1908-1997). Elena Huerta fue discípula de rubén Herrera

(1929-1933). Posteriormente estudió en la Academia de San Carlos en la

Ciudad de México. Viajó por Europa donde permaneció hasta 1950. Entre

1973 y 1975, pintó 400 años de historia de Saltillo, los murales de nuestra

antigua Presidencia Municipal donde están plasmados los episodios y

los personajes más importantes de la historia de la ciudad. Con más de

quinientos metros cuadrados, el mural es el más grande realizado hasta

hoy por una mujer en la historia del arte mexicano. 65

Elena escribió sus memorias: El círculo que se cierra (1990). Pocos

saben que La Nena Huerta de Saltillo fue una telefonista explotada en la

Ciudad de México. En 1929 fue designada profesora de artes plásticas en

la Secretaría de Educación Pública Federal. En 1939 trabajó como artista

huésped en el Taller de Gráfica Popular y, en 1941, se desempeñó como

profesora de dibujo del Teatro Guiñol de México. Viajó posteriormente por

Europa e hizo estudios en rusia. de regreso a México, pintó en 1952 dos

murales en el auditorio de la Escuela Superior de Agricultura “Antonio

Narro”. El director de la Narro de aquel entonces, advirtió:

—Si pintas monos feos te los borramos.

—descuide. No pintaré su retrato.

A diego rivera también se le criticó porque en sus murales pintaba

puros monotes, aunque diego sí se dio el lujo de caricaturizar en ellos a

artistas y escritores a los que consideraba sus enemigos, como es el caso

de los poetas de la revista Contemporáneos, lo cual provocó que, a su vez,

Salvador Novo lo ridiculizara acusándolo de cornudo. ¡Salvadota que se

dio el director de la Narro!

El Instituto Nacional de Bellas Artes designó a Elena Huerta como

directora de la Galería de Artes Plásticas “José Guadalupe Posada” y luego

de la “José Clemente Orozco”. Fue cofundadora de la Liga de Escritores

65 El Centro Cultural Vito Alessio Robles, inmueble conocido en otro tiempo como la casa de

la familia Sánchez Navarro, expone en sus muros este resumen plástico de la historia de la

ciudad. Cuando Elena Huerta realizó 400 años de historia de Saltillo (1973-1975) el recinto era

ocupado por la Presidencia Municipal y la Comandancia de Policía.

89


y Artistas revolucionarios (l e a r). Viajó a Asia en 1957, litografiando los

apuntes que allá tomara. Publicó en 1960 un breve volumen ilustrado

por ella y dedicado a la mujer campesina. Participó en exposiciones en

México, Praga, Moscú, Leningrado, Kiev, Varsovia, Bucarest, Budapest,

Pekín, Chinkin, Nankín, Shangai, Hong Kong.

En 1973, Elena Huerta fue invitada por el alcalde de Saltillo, Luis

Horacio Salinas Aguilera (n. México, d.F, 1938), para realizar el mural de

la Presidencia Municipal. Se pretendía dotar al edificio de una obra gráfica

que narrara en imágenes la historia de la ciudad desde sus orígenes hasta

1975, año en que Elena debía entregar la obra, pues terminaba el período

de Luis Horacio como alcalde. 66 La pintora cuestionó que “Saltillo ya

estaba crecidito y no cabría en un muro”. El ingeniero Salinas le dijo: “Le

doy todos”. A revestir los muros de adobe con ladrillo y manos a la obra.

Para el trazo del plan la pintora se basó en Historia de Coahuila. El

profesor Villarello, su buen amigo, había tenido la costumbre de enviarle

sus libros cuando salían y ella, aunque tenía mucho trabajo, los había

leído. Ahora ese material le servía para el caso. 67 Elena se propuso incluir

a la mayor cantidad de personajes ilustres de la localidad, labor sin lugar

a dudas desmesurada y que la señora Huerta acometió a los 65 años, una

edad en la que debería estar pintando acuarelas en mecedora y no murales

trepada en un andamio. Elenita se bajó de ahí víctima de un infarto, pero

no escarmentó y, en cuanto se repuso, ahí va para arriba otra vez. Puede

decirse que estuvo a punto de exhalar el último suspiro inmediatamente

después de dar el último brochazo. No fue así, pero quedó muy enferma.

Tal vez Elena Huerta debió pensar en la actitud que han tenido otros

pintores de la localidad con respecto al tema saltillense. desde Thomas

Benson, que no se sabe en dónde ni cuándo nació, aunque el crítico

Mario Herrera (n. Saltillo, 1923) jure y perjure que se suicidó en 1810

frente al lago república de la Alameda. ¿Cómo pudo el pintor suicidarse

frente a un lago ocho años antes de que ese lago fuera construido? Hasta

pintoras como Piedad Valerio rodríguez (1884-1991), Elisa de la Peña

de la Fuente (1903-1998), Carmen Harlan Laroche (1909-1984), sólo por

mencionar algunas colegas de Elena Huerta, quienes sólo ocasionalmente

66 La fecha inscrita en el mural fue modificada posteriormente para que coincidiera con las

celebraciones del iv Centenario de la Fundación de Saltillo (1977). Lo cual quiere decir que esa

fecha puede ser nuevamente retocada, no en función de nuevos descubrimientos historiográficos,

sino para cumplir veleidades y caprichos de un futuro gobernante. Lo que no fue en tu año, no

fue en tu daño. ¿Y en tu sexenio? ¡Ya se fue al caño!

67 Elena Huerta, El círculo que se cierra, Universidad Autónoma de Coahuila, Saltillo, 1990, p.

183.

90


se ocuparon de Saltillo y retrataron algunos paisajes, uno que otro edificio

y algunas escenas. Nada de murales ni de cambiar el pincel por la brocha

gorda ni el caballete por el andamio.

¿Cómo está eso de pintar todo Saltillo y toda su historia? Tendríamos

que resucitar a Urdiñola, a del canto, al Padre Larios y hasta al mismísimo

rubén Herrera para justificar semejante empresa. ¿Cómo se le ocurrió a

Elena Huerta pensar que ella sola iba a hacer lo que todos sus predecesores

no hicieron? Pues lo hizo. Tal vez no se imaginaba al principio la tarea

que se echaba a cuestas. Quizá en algún momento del desarrollo de su

trabajo pensó que aquello era una locura, pero que si llegaba a morir sin

concluirla no faltaría quién la continuara.

Y aquí me tienen ustedes, escribiendo sobre ella y sobre muchos de los

personajes que la pintora retrató en su mural.

91


Pancho Coss recibe a las poblanas

No todas las socias del Círculo “María Enriqueta” se dedicaron únicamente

a cultivar el verso. En el caso de Victoria von Versen, quien publicara en

Saltillo el poemario Onyx (1978), cabe destacar la paciencia que tuvo para

escribir un anecdotario como La sonrisa de la historia. Anécdotas de la

Revolución y de la política (1983), cuando —como ella dice— ya casi en las

postrimerías de su existencia fincó sus raíces en Saltillo, donde la autora

recogió en largas charlas las narraciones de Alberto Murguía (padre de

Mercedes, “Nea”, pintora que ayudó a Elena Huerta en la realización del

mural 400 años de historia de Saltillo). Alberto, el hijo menor del general

Francisco Murguía, nació en Sabinas, Coahuila. de niño le tocaron

balaceras, combates y presenciar fusilamientos y ahorcamientos. Conoció

a todos los jefes y oficiales de la división de su padre, a quienes frecuentó

siendo adulto en la Ciudad de México. Así formó Alberto su acopio de

datos.

Para ilustrar lo anterior, consignaré una anécdota, tomada de La sonrisa

de la historia, que nos habla del valiente defensor de Saltillo, el general

Francisco Coss (1880-1961), gobernador de Puebla, en el momento

en que se nos cuenta cómo enfrentó a un grupo de damitas poblanas

preguntonas.

de Coahuila fue también el señor general Francisco Coss, de elevada

estatura, joven, de prestancia norteña, muy de a caballo y muy hombre, era

sin lugar a dudas un tipo de cierto atractivo viril.

Entre sus batallas, ocupa lugar preponderante la toma de la ciudad

de Puebla. Habiendo ocupado esta ciudad, instálase desde luego en el

Palacio de Gobierno, para desde ese lugar, despachar los asuntos que se

presentasen.

dispuso desde luego que se aplicase un impuesto a todos los ciudadanos

pudientes de la localidad, con el fin de rehacer y restaurar, en forma

inmediata, el erario gubernamental. Para tal efecto tuvo numerosas reuniones

con empresarios, comerciantes, industriales, agricultores, y también

con algunos otros ricos cuyas fortunas eran de una misteriosa procedencia.

Pronto corrió la voz de que era el señor general Coss un tipo accesible

y simpático, así que además de las personas que él citaba para tratar

los asuntos inherentes a la ciudad y a la administración, se presentaban

diferentes ciudadanos o grupos de ellos, con una infinidad de peticiones,

solicitudes y propuestas, algunas de las cuales pudieron ser resueltas en

forma favorable.

Un día se presentó, en solicitud de audiencia, un grupo de ocho damas

de la localidad, las cuales desde luego fueron recibidas por el general Coss.

93


Eran ocho señoras de las más distinguidas de Puebla, algunas muy jóvenes,

otras de una mediana edad; todas ellas guapísimas y elegantemente vestidas,

pues pertenecían a lo más granado de la alta sociedad. El general

las saludó correcta y amablemente y las invitó a sentarse en los mullidos

sillones del amplio despacho en donde se encontraba. Ellas, acostumbradas

al trato social, pronto iniciaron una cordial conversación, en la cual también

el general Coss tenía caballerosas intervenciones y muy pronto la plática se

hizo general. Animada por la cordialidad y confianza del ambiente, alguna

de las damas le preguntó al general de dónde era él originario, pregunta a la

cual contestó cortésmente. Otra de las damas se aventuró a preguntarle cual

era su estado civil, a lo cual contestó, sonriente, con la verdad, haciendo una

referencia amable a su señora esposa.

Menudearon entonces las preguntas. Las damas todo lo querían saber del

general. Que dónde había estudiado. Que cómo se inició en el movimiento

revolucionario. Que cuántos hijos tenía. Bueno, indagaban las damas hasta

las edades y sexos de los hijos del general. Pero Francisco Coss estaba de

buen humor y contestaba, divertido y sonriente, a cuanta pregunta le hacían

las damas. El asunto de referencia aún no se trataba, pues la reunión era tan

amena que todas reían y charlaban animadamente.

En un momento oportuno y advirtiendo el general Coss que aquella reunión

se prolongaba y que él tenía algunos asuntos pendientes y no queriendo ser

descortés, recargó su recia y elevada humanidad en el respaldo del sillón y

con una expresión de cortés curiosidad, exclamó:

—Creo, señoras, que ya ustedes me confesaron a su entera satisfacción

—todas rieron alegremente y esperaron con ansiedad las palabras del

general—. Ahora yo les haré a ustedes solamente una preguntita. Una preguntita

sencilla, pero de mucho interés para mí, por lo que deseo que me

digan la verdad…

Todas las miradas se dirigieron hacia él, sonrientes y atrevidas, tratando de

adivinar la pregunta, para lograr una mejor respuesta, ya que todas querían

ser las participantes de aquel diálogo. damas inteligentes y perspicaces,

estaban listas para dar la contestación adecuada.

después de unos instantes de silencio, el general agregó:

—¿Cuál de todas ustedes es la “queridilla” del señor obispo de Puebla?

Obvio es decir que en esos mismos instantes terminó la agradable

reunión y todas las damas abandonaron el despacho sin despedirse y con la

indignación reflejada en los bellos rostros. 68

Pudiera decirse que la anécdota es a los libros de historia lo que el cuento

es a la novela. Hay quienes se atreverían a asegurar que algunas anécdotas

son tan redondas y están tan bien narradas que podrían pasar por cuentos.

Cuidado con caer en este cómodo engaño. Eso de que la anécdota casi

puede ser un cuento es puro cuento. En la anécdota hay una calculada

68 Tomada de “Un general en Sociales”, Victoria von Versen, La sonrisa de la historia. Anécdotas

de la Revolución y de la política (Narraciones de Alberto Murguía), Grafo Print Editores,

Monterrey, 1983, pp. 57-60.

94


mezcla de ingenuidad y de ambigüedad, no sólo en el comportamiento

de los personajes que protagonizan las anécdotas, sino en la forma como

las exponen sus narradores. Más que solicitar mi credibilidad —como le

ocurriría al lector de una novela o de un cuento—, la anécdota solicita mi

complicidad, como si me dijeran entre líneas: “Tú sabes por qué pasaron

así las cosas y, si no lo sabes, no mereces saberlo”. Tengo el contexto que

me permite entender esa y otras anécdotas relativas a la vida pública de

mi ciudad y de mi estado. Pero si yo tuviera que escribir eso mismo como

un cuento no podría apelar ni a esa aparente ingenuidad ni a esos sutiles

sobrentendidos. Tendría que escribir la historia de manera que fuera

comprendida por todos los lectores, fueran o no fueran saltillenses. No

podría refugiarme en esa causalidad incompleta o parcialmente inconexa,

tan característica de la estructura de la anécdota ni podría apelar a la

aparente ingenuidad del narrador o los protagonistas. La complicidad

tendría que ser reemplazada por la imaginación y la perspicacia crítica.

No hay sobrentendidos. O se comprende todo o mejor no se dice nada.

95


Un educador convertido en escuela

Hay otras formas de beneficiar a la sociedad. Miguel López (1845-1905)

fue un educador y patriota potosino que vivió en nuestra ciudad por más

de cuarenta años. Cuando nuestra patria fue invadida por el ejército

francés, dejó sus trabajos escolares y se alistó a las tropas que hicieron la

defensa nacional. Concurrió a diversas batallas en su carácter de capitán,

entre ellas al sitio de Querétaro, que dio por resultado feliz el término del

imperio del archiduque Maximiliano (1832-1867). Al terminar la guerra,

Miguel López volvió a sus ocupaciones habituales. Escribió algunos

tratados de enseñanza que fueron aceptados como libros de texto en las

escuelas oficiales. El profesor López pasó una vida de excesiva modestia

sin haber sacado provecho alguno de sus servicios militares.

En 1893, según Vito Alessio robles, Miguel López era prefecto del

Ateneo. “Era a la vez un excelente profesor de español, y confieso en estas

líneas que lo poco que aprendí de reglas gramaticales, que a mí se me

antojan tan ilógicas, tan absurdas y tan disparatadas, se las debo a este

buen maestro, digno por todos conceptos de respeto y de estimación”. 69

Imaginen un hombre de su cultura, con una carrera militar, alguien que

podía considerarse al mismo tiempo un prócer y un sabio, desempeñando

el modesto cargo de prefecto. ¿de cuántos prefectos actualmente se

puede decir lo mismo? don Miguel para nada era un hombre arrogante o

prepotente, como pudiera temerse. Por el contrario, sus alumnos hallaron

en él a un hombre sencillo y accesible, siempre dispuesto a compartir

generosamente sus abundantes conocimientos.

El gobierno nacional le envió algunas condecoraciones que no usó durante

su vida. don Miguel fue preceptor de Venustiano Carranza (apenas habría

en Coahuila en esa época algún profesionista notable que no hubiera sido

su alumno). En su honor se construyó una escuela, que hasta la fecha lleva

su nombre, en tiempos del gobernador Gustavo Espinosa Mireles (1892-

1940). A través de un compungido y grandilocuente discípulo suyo, nos

enteramos de la verdadera causa de la muerte del profesor Miguel López:

una mordida de perro. 70

69 Los Alessio de Saltillo, p. 52.

70 Datos tomados del semanario El orden, jueves 8 de junio de 1905. Hemeroteca del Archivo

Municipal de Saltillo. Véase también “Muerte de un patriota” en Gazeta del Saltillo. Órgano de

difusión del Archivo Municipal, Núm. 9, Año VII, 15 de Mayo de 1996, p. 3.

97


Los maestros de los maestros

Hasta hace poco más de un siglo, los profesores fueron los grandes

ausentes. Si alguien sabía medio escribir y medio leer, medio les enseñaba

a quienes pudieran aprender. Cuando los niños tenían doce o trece años,

los adultos elegían a los más aplicados y los convertían en los nuevos

maestros. Así fue hasta que Francisco Arizpe y ramos, un comerciante

que gobernó interinamente a Coahuila en varias ocasiones, fue autorizado

en 1894 por el Congreso estatal para la instalación y sostenimiento de la

Escuela Normal para Profesores del Estado.

Se rentó una casona para el plantel y llegó de Jalapa Luis A. Beauregard

(1872-1918), el primer director y organizador de la Normal de Coahuila.

Sólo ocupó tres años la dirección, pero Beauregard sentó las bases

filosóficas y pedagógicas de la institución y los saltillenses recuerdan a

este educador en el nombre que lleva el jardín de niños más antiguo de

la ciudad (hay quienes aseguran que es el decano en todo el país, porque

a los saltillenses nos encanta decir que lo que tenemos es más viejo que

andar a pie).

después de Beauregard, ocupó la dirección de la escuela el maestro de

música del plantel, Eduardo Gariel (1860-1923), para entregarlo un año

más tarde al maestro tamaulipeco Andrés Osuna Hinojosa (1872-1957).

Fue el gobernador porfirista Miguel Cárdenas (1855-1930) quien, en 1904,

apoyó decididamente la construcción del inmueble de la Normal frente

a la Alameda (inaugurado en febrero de 1909). La iniciativa de que la

escuela contara con edificio propio había surgido del maestro Andrés

Osuna. Según una historia no muy oficial, antes de ir a hablar con el

gobernador sobre el proyecto de construcción, Osuna iba preparado contra

cualquier negativa. Tenía los bolsillos listos para donar una cantidad en

caso de que no procediera su petición por falta de recursos. El entonces

director de la Normal había hecho una colecta entre sus maestros y simpatizantes

del proyecto. Miguel Cárdenas aceptó con gusto y le pidió que

devolviera el dinero.

Egresado de la Normal de Monterrey, Osuna realizó una gran labor

pedagógica en Coahuila. Cabe destacar que incluso escribió libros de lectura

que se usaron a nivel nacional. 71 después de 1909, el maestro Osuna vivió

71 El Libro 2º de Lectura de Andrés Osuna, editado por la Sociedad de Edición y de Librería

Franco-Americana en Mexico, 1923, consigna el dato: Andrés Osuna, ex director general de

Educación Primaria del Distrito Federal. (No debemos olvidar que la campaña vasconcelista

comenzó en 1921.) El volumen de Osuna cuenta con pasta dura y tiene 136 páginas.

99


y estudió una temporada en Estados Unidos de donde regresó, en 1916,

convocado por Carranza para hacerse cargo de la educación pública en

la capital del país. En 1918 fue gobernador interino de Tamaulipas. Junto

con otros Osuna (Carlos y Gregorio), generales de la revolución, fundaron

en Monterrey el periódico El Porvenir. Con el título de Por la escuela y por la

patria, el Gobierno de Coahuila reeditó, en 2008, las memorias del maestro

Osuna.

¿Quiénes serían los maestros de los maestros? Para tener un personal

mejor preparado, miembros de la primera generación de maestros

normalistas viajaron a Massachusetts a instruirse en las últimas novedades

pedagógicas. Lo misterioso es que tres de los cinco elegidos no tenían

la voluntad de dedicarse a la docencia. Apolonio M. Avilés (1876-1930),

rubén Moreira Cobos y Leopoldo Villarreal Cárdenas (1874-1956) habían

sido alumnos becados del Ateneo que no tuvieron otra opción. El primero

aún no se decidía por una profesión. El segundo quería ser ingeniero.

El tercero deseaba convertirse en médico. Pero la Normal los necesitaba

para la formación de maestros y ellos destacaban en inteligencia. Los

viejos tiempos del Ateneo le brindaron a Saltillo gran parte (o casi todo) su

esplendor intelectual con grandes personajes, entre ellos el maestro y doctor

dionisio García Fuentes (1893-1895), quien dirigió la institución en dos

ocasiones y es merecedor del título “Padre del Positivismo Coahuilense”.

Acompañados del ilustre Osuna, los jóvenes viajaron a Estados Unidos

para realizar una especie de posgrado en docencia. 72 Aparte de los tres

mencionados habría que agregar a Anastasio Gaona durán y a Gabriel

Calzada. 73 regresaron entusiastas, dispuestos a iluminar el compacto mundo

saltillense.

72 Saltillo, 1896. Viajarán a Bostón alumnos normalistas, AMS, DC, c 8, e 584.

73 Gabriel Calzada Espinoza (1872-1917), nacido en Parras, además de educador fue

revolucionario, seguidor de Madero, con quien colaboró en la redacción de La sucesión

presidencial.

100


Misionera en bicicleta

Lelia roberts (1861-1950), fundadora del Colegio Inglés, también

colaboró con el grupo de ilustrados. El Colegio Inglés surgió en 1887 y

formó maestras antes de que las mujeres fueran aceptadas en la Normal.

“En el año de 1895, la Normal solamente admitía varones. Por esa razón

solicitaron a Miss Lelia que abriera en el Colegio el Curso Normal para

señoritas”. 74 después de que las mujeres pudieron ingresar a la Normal, el

Colegio Inglés continuó formando maestras.

Lelia roberts tuvo problemas. Llegó a Saltillo en 1886, compró un

terreno en el centro de la ciudad. Todo iba de maravilla hasta que en una

parte del terreno se construyó algo que tenía más forma de templo que

de escuela: la Iglesia Metodista Episcopal del Sur. Los habitantes de la

ciudad se quejaban de que el jefe político, liberal y masón, promoviera a

gringas protestantes. 75 En ese momento la población estaba afectada por el

74 María Rosario Dávalos de Cabello, El desierto también florece. Historia del Colegio Roberts,

S/ editorial, México, 1973, p. 35.

75 J. W. Grimes pide se registre el Templo Metodista construido en terrenos del Colegio Inglés

conforme a la ley del 14 de septiembre de 1874, a m s, pm, e135/2, e57.

101


fanatismo y los cambios radicales que propusieron las Leyes de reforma.

Algunas veces los saltillenses apedrearon la institución. No concebían

que una iglesia formara parte de la escuela, en vista de que el gobierno,

desde tiempos de la reforma, había instaurado una rígida división entre

escuelas e iglesias, cosa que en la cultura de origen de la señorita roberts

no sucedía.

Leila roberts supo salir adelante. En 1887, la misionera norteamericana

recorría en bicicleta la ciudad y hablaba con la gente para interesarlos

en los planes y programas del Colegio Inglés. Para 1893 otras formas de

concebir el cristianismo habían cobrado cuerpo. Personas incrustadas en

los altos peldaños del gobierno opinaban que, para progresar, había que

volverse protestantes, además de acabar con los indios.

El colegio adquirió tal fama que atrajo a personas de distintas partes

del país. A pesar de las dificultades iniciales, formó por 43 años a la niñez

y a la juventud de Coahuila. Aparte del curso Normal estaban el curso

Comercial y los departamentos de Ciencias y Artes domésticas, para

Educadoras y Clases especiales (canto, inglés, pintura, corte y confección,

ciencias y artes domésticas). El año de 1922 se estrenó el nuevo edificio en

la calle Cuauhtémoc, frente a la Alameda, que habría de sustituir al antiguo

Colegio Inglés de la calle Victoria. desde entonces cambió su nombre por

el de Colegio roberts, decisión tomada por la junta de maestros en honor

de su fundadora.

102


La porcelana y el papel de china

Necesitaremos unir a la imagen que nos proporciona el intelectual con

apariencia de viudo prematuro y simpático, cargado de anécdotas apócrifas

sobre personajes famosos, con el paradigma complementario de la mujer

saltillense. Me permito una sugerencia. ¿Qué les parece la imagen de una

inspectora de escuela primaria? Alguien como dorotea de la Fuente (1914-

1998), una de las más ameritadas maestras del sistema educativo estatal,

comparable únicamente con Candelaria Valdés Valdés (1907-2008),

inspectora de la primera zona escolar federal.

La imagen de dorotea de la Fuente con su impecable traje de falda y saco

gris; el cabello blanquísimo, corto y esmeradamente peinado; los ojos azul

celeste, enmarcados en unos lentes de mariposa, y una voz perfectamente

timbrada y de dicción impecable que se le podía oír hasta el otro lado del

patio de recreo (y sin micrófono). No puede dudarse de su absoluta entrega

al magisterio: toda su vida permaneció soltera y llegó a ser diputada.

¿Quieren más perfecta y acabada muestra de la feminidad saltillense que

esta inexpugnable dama de hierro del sistema estatal de maestros?

—Lo que diga dorotea, y punto —podríamos responder con esa frase que

decían todos los que la conocieron.

¿Quién no recuerda a sus profesores? Son seres imborrables. Lo contrario

de esas imágenes petrificadas, grises, que a veces colocan en los anuarios.

Cada maestro produce la sensación de estar siempre adentro de un libro.

103


Quizá olvidemos con el tiempo sus nombres o sus rostros, pero jamás

una frase. Aunque la leyenda no siempre corresponda con la verdad. Los

profesores fueron de carne y hueso. La alumna Lucía Teissier (1917-2011)

trae a la memoria a su maestro rubén Moreira Cobos (1875-1954) en la

siguiente estampa:

Era irónico, hasta sarcástico. Las agarraba al vuelo, como dicen. recuerdo

una ocasión en clase de Etimologías —raíces Griegas y Latinas, se llamaba

entonces—. Para cuando el maestro llegaba, las palabras que habían de

estudiarse ese día debían estar escritas en el pizarrón. Siempre había

alguien que lo hacía. “A ver, Menganita, qué tenemos para hoy”, dijo el

maestro luego de pasar lista de presentes. Menganita fue al pizarrón y dijo:

“Tenemos cauda, maestro”. (Cauda, ae, era la voz latina que encabezaba la

lista.) “Tendrás tú, que yo, no”, replicó. Claro, las carcajadas retumbaron en

todo el piso, mientras la chica se ponía como un tomate. El maestro le había

dicho que tenía cola, nada menos. 76

durante 75 años, la Escuela Normal pudo mantener la mística que le

infundieron sus miembros fundadores. Pero las cosas comenzaron a cambiar

después de que dejó la dirección del plantel el profesor ramón Garza de

la rosa (1914-1999), por cierto director de la escuela y mi maestro en la

época en que estudié la Normal. Era un hombre particularmente culto.

Publicó varios libros, entre ellos un tratado filosófico. dueño de la librería

Excélsior, que sobrevivió durante mucho tiempo por la calle de Aldama

casi a la altura de Manuel Acuña. Quizá el único defecto del profesor

Garza de la rosa, según algunos de sus malquerientes, era que, pese a su

extensa cultura, el buen maestro seguía una vieja filosofía. Casado en dos

ocasiones con dos mujeres muy hermosas, fue un padre prolífico que tuvo

más de doce hijos.

No olvidemos que los primeros estudiantes de la Normal tuvieron

que viajar a los Estados Unidos para completar sus estudios. durante la

dirección del profesor Garza de la rosa se volvió a esta vieja práctica. En

el libro citado de Lucía Teissier se puede encontrar una fotografía de varios

maestros de la Normal que, en el verano de 1970, se fueron a estudiar a la

Universidad de Carolina del Norte.

La mística del magisterio que representan estos maestros y maestras ha

ido desapareciendo con el paso del tiempo. No existen ya esos maestros

que todavía me tocaron y para los cuales su trabajo lo era todo. Ellos no

veían su desempeño en el aula como un mero escalón para ascender a

76 Lucía Teissier de Galindo, Benemérita Escuela Normal de Coahuila 1894-1994, Secretaría de

Educación Pública de Coahuila, Saltillo, 1994, p. 45.

104


otras actividades más importantes o más lucrativas. Para ellos la educación

y la cultura no eran cosas diferentes: podría decirse que una no podía —y

de hecho no puede— funcionar sin la otra.

recuerdo en tal sentido algo que le escuché decir a Lucía Teissier de

Galindo, mi maestra de la Normal. La profesora Teissier ofreció en cierta

ocasión a una alumna a la que estaba reprendiendo —la maestra era una

mujer muy estricta— una metáfora muy elocuente sobre el tema: “La

educación —le dijo— es como el papel de china, aparentemente no sirve

para nada, pero evita que la porcelana se rompa”. Es decir que, para la

maestra, la educación en principio parecería algo frágil e innecesario, hasta

que descubrimos que sirve para preservar cosas muy valiosas. retomando la

imagen, podríamos concluir que, así como la educación es el papel de china,

la cultura es la porcelana valiosa. ¿Qué ocurre cuando las separamos? La

educación se vuelve inútil. La cultura no se preserva. Ése es ahora nuestro

problema.

105


Rosita estaba de suerte

dejemos entrar un poco de aire fresco, aludiendo a los personajes

populares. rosita Alvírez fue una hermosa y coqueta muchacha asesinada

durante un baile por un novio celoso. Según algunos historiadores, rosita

no era saltillense sino potosina; otros dicen que no murió a balazos, sino

acuchillada; otros más aseguran que los hechos ni siquiera ocurrieron.

Acaso sin darse cuenta coquetean con el realismo mágico a la hora de intentar

establecer la verdad histórica de la señorita Alvírez. Su falta de perspicacia

incluso deja pasar ciertos rasgos de humor negro que logró captar y

aprovechar con bastante ingenio el Piporro, como aquello de que rosita

estaba de suerte y de tres tiros que le dieron sólo uno era de muerte. Esto

sirve al Piporro para improvisar que el mecánico de la esquina llegó y le

puso treinta libras, en una época en que todavía no había automóviles en

Saltillo y mucho menos mecánicos.

Quienes reúnen en la actualidad el cancionero del corrido norestense

siguen preocupados por estar derivando nuestros corridos del romance

castellano. 77 Esto ha desatado, con sobrada razón, la furia el compositor

tapatío Pancho Madrigal.

Según los eruditos en cuestiones de música popular tradicional, el corrido

mexicano es un descendiente directo del romance español (¡otra vez la

patria potestad!). Pero yo, para mí tengo que, dado el carácter comunicativo

de nosotros los mexicanos, aunado a nuestra capacidad narrativa, nuestra

inagotable inventiva, nuestra gran disposición a venerar a nuestros héroes

populares y a divulgar a voz en cuello lo que se sabe y lo que no… Con o sin

romance español, lo más seguro es que el corrido tarde o temprano hubiese

surgido en nuestro país por generación espontánea. La más confiable forma

de historiar en México ha sido el corrido. 78

Observación inteligente y muy cierta. El romance y el corrido comparten

la forma poética: versos octosílabos asonantados (aunque a veces se

77 Armando Hugo Ortiz, Vida y muerte en la frontera. Cancionero del corrido norestense, segunda

edición, Universidad Autónoma de Nuevo León, Monterrey, 2010 (Colección de los Centenarios),

pp. 11-34. El volumen de esta segunda edición ampliada y corregida integra un acervo de 274

temas divididos para Coahuila, Nuevo León, Tamaulipas y Texas.

78 Pancho Madrigal, Corridos pendencieros 2. Compact disc digital audio, Pentagrama, la

alternativa musical de México, 2003. En este álbum, el compositor de “Jacinto Cenobio” ofrece

a los musicólogos e investigadores de los géneros tradicionales el “Romance de don Hernán

Arjuta e la paloma que non quiso complacelle porque eya non era dessas… (mensajera)”, pieza

que —según él— intenta ser el eslabón perdido entre el romance español y el corrido que tanto

les ha preocupado encontrar a los estudiosos.

107


interpolan otras formas como décimas); ambos son poemas narrativos.

Si acaso podríamos agregar que son letras para cantarse. Eso es todo.

Lo demás es diferente: el tipo de narración, el tipo de sentimiento. El

corrido es predominantemente épico. ¿Acaso no fue el periódico de los

revolucionarios? En el corrido puede entrar el humor satírico. Véase el

caso del “Corrido del mión”, de Luis Julián, donde un tipo sale a orinar en

la noche y lo agarran sanchito.

El romance puede ser lírico, de tema amoroso, filosófico o religioso; 79 el

corrido, en cambio, habla de acciones bélicas, de bandoleros o de la nota

roja. Afortunadamente, investigadores como el citado Armando Hugo Ortiz

empiezan a mostrar interés por tópicos como el contrabando, la memoria

del corrido, el corrido como producto comercial, el fenómeno de nuestros

músicos de cantina que andan “taloneando el sustento” sin la más leve

aspiración de alcanzar el éxito internacional. Además del tema mayoritario

y polémico del narcocorrido que nos lleva a la narcoglobalización.

Bienvenidas todas las composiciones de corte humorístico relativas al

género. Yo escucho por las mañanas los corridos de Pancho Madrigal

y salgo a la calle tan campante a explicar a mis alumnos del taller de

narrativa sutilezas técnicas: el narrador olímpico, el narrador en primera

persona; el plano del discurso y el plano de la historia; la escenificación de

las acciones; diferencias entre los elementos dramáticos y los puramente

narrativos… Para aplicar tan sesudas herramientas del análisis, propongo

leer a Kafka, a Faulkner o ya de perdido a Carlos Fuentes y, en medio de

tanto rollo doctoral, pienso qué pasaría si aplicara todos estos conceptos al

análisis de un corrido.

¿Quién era realmente rosita Alvírez? Si tomamos en cuenta lo escrito

por Óscar Flores Tapia en su libro Herodes. Semblanza de Saltillo, nos

llevaremos varias sorpresas. resulta que la tal rosita era hasta vecina mía:

vivió por la calle de Múzquiz, antes de llegar a Centenario (yo vivo en

Centenario, antes de llegar a Múzquiz). El papá de rosita, don Atenógenes

Alvírez, era comerciante y la mamá de la muchacha, doña Juana María,

en un descuido sale mi pariente, porque se apellidaba de León. don

Atenógenes viajaba constantemente a Concepción del Oro por negocios y

“muchas veces lo acompañaba rosita quien, por ser muy bonita, atraía la

atención de los compradores”. 80 Cuando rosita andaba por los dieciocho o

79 A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / porque para andar conmigo / me bastan

mis pensamientos, “Romance” de Lope de Vega (1562-1935). No creo que este romance se

parezca en nada a “El Zorrillo”, corrido coahuilense recopilado por Armando Hugo Ortiz y que

nos habla de un caballo que corrió en Ramos Arizpe y ganó más de 200 mil pesos.

80 “Así era Rosita Alvírez” en Óscar Flores, Herodes. Semblanza de Saltillo, Provincia, Saltillo,

1950, pp. 75-81.

108


diecinueve años, don Atenógenes murió, pero la joven “lejos de apesararse

o guardar luto encerrándose”, retomó el negocio de su padre y siguió

viajando a Concha. En uno de esos viajes conoció a Leopoldo, quien se

convertiría en su novio y acabaría quitándole la vida.

“El Polito” (de ahí la confusión que se dio más tarde en el corrido al

llamarle Hipólito) tomó la costumbre de visitar a rosita los domingos

en Saltillo con tal constancia que entre los conocidos de la joven llegó a

hablarse de una posible boda.

Hagamos una pausa a este resumen del relato de don Óscar por una

importante consideración. ¿Qué le sucede a una joven cuando por

necesidad tiene que viajar constantemente y dedicarse al comercio? de ser

tímida y reservada, como cualquier muchacha de la época, al interactuar

con diferentes tipos de personas y moverse continuamente por diferentes

lugares, no solamente desarrolló un carácter más extrovertido y aumentó

su confianza, se volvió una mujer codiciada.

Al parecer conoció a Leopoldo cuando apenas empezaba a reemplazar a

su padre en esos viajes de comercio. Acaso lo hizo para sentirse protegida

como mujer joven y desamparada que era en ese momento y aceptó la

protección que le brindaba El Polito, quien después de todo era originario

de Concha. Pero al volverse una mujer más conocida e ir fortaleciendo

su carácter con el trato diario a sus clientes y proveedores, no resultó

extraño que comenzara a ver muy poca cosa a Leopoldo y más aún si, en

vista de su propia prosperidad, empezaba a ser cortejada por los hombres

pudientes de la sociedad de Saltillo. Es fácil imaginar que la adolescente

tímida que no se separaba de la sombra de don Atenógenes se volviera

una hembra de recio carácter, completamente dueña de sus encantos y con

todos los recursos de la seducción al alcance de su mano. Sólo de ese modo

se explica que haya incurrido en el desafío de irse a un baile en domingo

a sabiendas de que era el día en que su novio la visitaba.

El corrido por un lado y el texto de don Óscar por el otro no nos dicen

mucho sobre quién era El Polito, pero si vemos un poco el contexto de la

época (fines del siglo x i x) no es difícil sacar algunas deducciones. Antes

del auge de los ferrocarriles, eran comunes las largas caravanas que

atravesaban las principales rutas de comercio del país llevando y trayendo

mercancías. El bandolerismo abundaba y las caravanas tenían que ser

custodiadas por jinetes bien armados, ya sea que los proporcionara la

compañía de diligencias que ofrecía sus servicios a los comerciantes o se

tratara de parientes, amigos o socios de estos mismos comerciantes. Es

fácil deducir que Leopoldo le ofreciera a rosita al principio sus servicios

como escolta y, en el cotidiano trajín de un pueblo a otro, naciera entre

109


ellos el afecto. Seguramente Polito era buen jinete, excelente tirador, tal vez

un poco mayor que rosita, fuerte, varonil y, seguramente con todas esas

prendas, logró conquistar a la jovencita de apenas diecinueve años.

Queda la sospecha de que Leopoldo, retenido en Concha por su trabajo,

no captó a tiempo los rápidos cambios que se operaban en la tímida

jovencita que ahora quería vestirse mejor, peinarse con más elegancia,

pintarse y perfumarse y, además, había aprendido a bailar los valses y

las tonadas populares de moda. Polito, que sólo la veía los fines de

semana, no tenía tiempo para eso, siempre montado a caballo, cuidando

mercancías de pueblo en pueblo, a veces desvelado por enfrentar indios o

bandoleros, vestido con sencillez, quizá no tenía tiempo para aprender los

más elementales pasos de baile. Esto seguramente impacientaba a rosita,

quien prefirió buscarse otras parejas con las cuales asistir a los bailes a los

que era continuamente invitada.

Así se explica el reto temerario a ojos de doña Juana María de que rosita

se fuera al baile ese domingo, a sabiendas de la presencia de Leopoldo.

rompiendo su acostumbrado silencio de viuda resignada, juntó todo su aplomo

para cerrarle a su hija el camino a la puerta:

—Esta noche no sales.

rosita miró a su madre con una mezcla de sorpresa y compasión. La hizo

a un lado suavemente y le dijo con un sarcasmo que sinceramente hirió a

doña Juana María:

—Mamá, no tengo la culpa que me gusten los bailes.

Y dejando en el aire un perfumado olor a rosas cruzó la puerta y salió

a la calle. Leopoldo posiblemente estaba afuera, esperando a verla salir.

No le faltaron amigos o compañeros de su oficio que le informaran de las

frecuentes salidas de rosita y de su animada vida social. Uno de ellos lo

acompañaba esa noche, aunque éste lo hacía no tanto por complicidad

o solidaridad con Polito, sino por negocios. La caravana de productos de

rosita se había incrementado y ella había tenido necesidad de contratar

a más escoltas. Leopoldo le pidió ayuda a un amigo suyo, hombre casado,

quien aceptó ese peligroso trabajo en vista de que su familia seguía

creciendo. Le urgía el dinero y rosita, distraída por el brillo social, no

siempre pagaba a tiempo. Con el pretexto de sacarla a bailar, Leopoldo

no solamente iba a arreglar sus asuntos sentimentales, sino también los

financieros. “La sacas a bailar —le dijo su amigo— y no la dejes hasta que

nos pague”.

Guardando su distancia, la siguieron hasta donde iba a ser el baile. El lugar

era una antigua huerta que tenía una parte protegida por una enramada.

La planilla del baile estaba cubierta por una enorme lona. Alrededor se

110


distribuían las mesas iluminadas a tramos por lámparas de petróleo. Las

mujeres iban vestidas de largo y los hombres de traje con polainas. Había

una orquesta que tocaba valses y corridos populares. Leopoldo y su amigo

tuvieron algunas dificultades para entrar, pues no tenían invitación. Polito

fue reconocido por algunos amigos de rosita, quienes identificaron en él al

novio de la muchacha y así los dejaron entrar, pese a que no iban vestidos

para la ocasión. También por eso mismo no les pidieron que dejaran sus

armas: eran gente de confianza. Tomaron asiento en una mesa cercana a la

planilla del baile. No tardaron en reconocer a rosita. Bailaba un vals con

el señor Arizpe, un hombre maduro cargado de anillos y fistoles, quien la

pretendía y le había hecho generosos regalos. Al terminar la pieza, rosita

volvió a su asiento. Polito se le acercó y le dijo:

—rosita, ¿me concedes la siguiente?

Ella lo miró en silencio sin levantarse de su lugar. Su rostro estaba muy

serio. Clavó su mirada en los ojos del muchacho con una carga de desprecio

que ninguna mula arriera se atrevería a cargar. Lo barrió de arriba abajo.

—¿Y tú qué haces aquí? —preguntó.

Como una ola que se levanta o un amenazante zumbar de abejas,

Leopoldo escuchó a sus espaldas el murmullo de la gente que los veía. El

hombre se encorvó un poco para decir en voz baja:

—rosita, no me desaires. La gente lo va a notar.

rosita recorrió el lugar con la mirada y confirmó que en efecto los demás

murmuraban. Se levantó de golpe, encarando a Leopoldo.

—Contigo no he de bailar.

Se dio la media vuelta al momento en que empezaba a tocar la orquesta

a la señal de uno de los anfitriones para distraer a los invitados de la

incómoda escena. rosita, indignada, iba caminando hacia la salida cuando

de pronto el señor Blázquez, uno de los hombres más ricos de Saltillo, se

levantó de su asiento para tratar de tranquilizarla. Le obsequió su pañuelo.

rosita hizo el ademán de limpiarse un par de lágrimas y aceptó bailar.

Leopoldo regresó con su amigo, quien lo esperaba impaciente.

—No permitas que te haga eso. La última vez que una vieja me desairó

si vieras la chinga que le puse. Nos debe dinero, que no se haga ahora la

elegante.

—¿Qué hago? —preguntó Leopoldo.

—Vuelve a sacarla a bailar y si no quiere hacerte caso, le haces lo que le

hice yo a mi vieja: le arrié de cachazos.

La pieza terminó y rosita regresó a su silla. Leopoldo se le acercó.

—rosita…

Ella se volvió a levantar y haciendo como si no lo hubiera escuchado

111


entabló una plática muy cerrada con un joven elegante que era miembro

del Casino de Saltillo y que estaba ofreciendo llevarla de paseo. Polito

le grito, pero ella siguió ignorándolo. Volvió la orquesta y Leopoldo se

quedó hecho un estúpido en medio de las parejas de baile. Su amigo

también irritado se levantó de su asiento e hizo con las manos el ademán

de quien agarra una cabeza a cachazos. Polito indeciso sacó la pistola, la

miró, miró a rosita que bailaba muy alegre con el catrincito. Ella se dejaba

decir cosas al oído y soltaba la carcajada. Leopoldo no lo pensó dos veces.

Caminó hacia donde bailaba rosita y de un empujón separó al catrín. Con

pistola en mano la encaró. Los crueles ojos de rosita lo miraron, pero aún

así era muy hermosa. Leopoldo no se atrevió a arruinar la perfecta imagen

desfigurándola con la cacha de la pistola.

retrocedió unos pasos. Hizo el ademán de devolver el arma a su funda,

cuando escuchó que rosita le dijo:

—Estúpido. Ni siquiera sabes bailar.

Y el pecho de rosita recibió tres impactos de bala.

112

* * *

durante el funeral, doña Juana María conversaba con el cura:

—Mire lo que son las cosas, padre. Acabo de hablar con el médico y

según ese sabio varón mi hija estaba de suerte.

—¿Cómo, doña Juanita? rosita está en el cielo dándole cuenta al Creador,

mientras Polito está en la cárcel rindiendo su declaración.

—Sí, padre, pero ya sabe cómo es el doctor. Me dijo que rosita estuvo de

suerte porque de tres tiros que le dieron nomás uno era de muerte.

—Sí, ¿verdad? —agregó el señor cura—. Y pensar que Polito presumió

siempre de tener tan buena puntería.


Un “dormido” muy despierto

Como todas las grandes gestas históricas, la intervención norteamericana

tuvo curiosos episodios y personajes pintorescos. Nuestro siguiente

personaje saltillense es Braulio (o Melitón) Flores, alias el rey dormido,

bravucón y juerguista. de día este personaje estaba al frente de un pequeño

puesto de dulces, ante el cual, en vista de sus excesos nocturnos, echaba

de vez en cuando una pestañeada. de estas cabeceadas algunos derivan

su célebre apodo. Él decidió combatir al ejército norteamericano, durante

la ocupación de Saltillo, de una manera muy original.

113


En aquella época el alumbrado público de Saltillo se limitaba a la Plaza

de Armas y a las calles inmediatas, y eso, por dos o tres horas a lo sumo,

mientras se consumían las velas de sebo puestas en los faroles. Más

tarde, todo quedaba en tinieblas, que sin embargo, no incomodaban a los

vecinos honrados, pues nadie salía de casa después de la queda, y menos

en aquellos tiempos de inquietudes y peligros. Y la oscuridad era más

profunda, naturalmente, en las torcidas callejas de los barrios, cruzadas por

los arroyos del Ojo de Agua, de la Tórtola y del Muerto, y en la calle de

los Sauces, donde vivían las mozas del partido. En tales sitios, y a favor de

las sombras, desarrollaba sus tragedias el rey dormido. de acuerdo con

amigos de confianza, y empleando el señuelo de mujerzuelas pintadas y

rabicortas, atraía a los yanquis hacia lugares convenidos, y en medio del

amor y del vino, los mataba a puñaladas, los enterraba en las fosas abiertas

de antemano, y él y sus amigos continuaban alegremente la juerga. 81

de ese modo Braulio (o Melitón) Flores mató soldados gringos hasta que fue

capturado, escapó y después fue nuevamente aprehendido por la justicia

mexicana al cometer un homicidio en un pleito de cantina. Hasta aquí su

historia no sería muy diferente de la de muchos juerguistas pendencieros

si no fuera por la original forma como cumplió su condena: plantando y

cuidando los árboles de nuestra Alameda. 82

Corresponde al historiador Carlos recio dávila (n. Saltillo, 1961)

descubrir que nuestro saltillense rey dormido también tuvo sus andanzas

en Francia, gracias a que la escritora francesa Germaine Boué lo convirtió

en personaje de un relato que publicó en la revista decimonónica Le

Monde lllustré (El Mundo Ilustrado). El texto fue publicado en París, en

1862, cuando las tropas francesas de Napoleón iii invadían México para

establecer el imperio de Maximiliano de Absburgo. recio dávila, traductor

de la escritora francesa, hizo algunas observaciones sobre el relato y los

distintos tratamientos, posteriores al de Tomás Berlanga en 1922, que el

personaje ha tenido por varios autores saltillenses. 83

81 “El Rey Dormido” en José García Rodríguez, Entre historias y consejas. Anécdotas de la vida

en Saltillo. Editorial Stylo, México, 1949, pp. 69-70.

82 Tomás Berlanga, Monografía histórica de la ciudad de Saltillo, edición del Gobierno del Estado

dedicada por el general D. Arnulfo González al VII Congreso Médico Nacional celebrado en

Saltillo, Imprenta y Litografía Americana, Monterrey, 1922, pp. 131-132.

83 Tomado de “El Rey Dormido, un saltillense en Le Monde Ilustré” (traducción y nota de Carlos

Recio Dávila de una serie de cuatro entregas del relato de Germaine Boué publicado en París el

6 de diciembre de 1862) Gazeta del Saltillo, Órgano de difusión del Archivo Municipal de Saltillo,

Año ix, Núm. 2, Nueva época, Febrero de 2007, primera entrega de una serie de cuatro.

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La esquina de Agustín Jaime

Quedamos en que el corrido es épico, a ratos dramático, pero siempre es

sintético y ágil, al mismo tiempo afín al periodismo, en su modalidad de

crónica, y de nota roja, sin desdeñar algunos inevitables ribetes líricos.

Inmortalizado en otro corrido que hizo famoso Lalo González el Piporro,

Agustín Jaime (1913-1931) fue víctima de una intriga, que ahora podría

pasar por detectivesca y de la cual el célebre corrido ofrece claves para

quienes las sepan interpretar. 84 A los 18 años de edad, Agustín Jaime se

convirtió en elemento de la policía y, en cumplimiento de su deber, desarmó

84 El corrido de Agustín Jaime se atribuye a la inspiración de los hermanos Bernardo y Estanislao

Molina, vecinos del barrio Topo Chico. Al parecer Bernardo laboró como locutor en Monterrey

y Estanislao radicó en San Luis Potosí. En diversos cancioneros el corrido aparece simplemente

como del dominio público. Acaso porque no todos los compositores se preocupan por registrar

sus obras ni creen que puedan obtener de ellas regalías. Esta actitud resultaba muy provechosa

para las compañías disqueras, antes de que el Internet permitiera bajar música gratuitamente

de la red (otra forma novedosa e imprevista de cómo Agustín Jaime sigue bajando).

115


a un militar borracho que amenazaba con su pistola a un compañero de

parranda. Esto fue en la cantina denominada “El Columpio”, propiedad

de don Francisco Cepeda Gil, ubicada en la calle de Múzquiz, entre

Centenario y Matamoros, y que era atendida por el mismo don Pancho: un

hombre alto, de ojos claros y tez blanca. La barra de “El Columpio” era de

color verde agua marina.

¿Homicidio calificado? ¿Homicidio en riña? No se ha encontrado el

expediente que aclare si fue Pedro Arredondo o Antonio Ballesteros el autor

del crimen. 85 Por el alboroto que había en la cantina, el comandante de la

policía municipal, Genaro Gutiérrez, comisionó al policía Pedro Arredondo,

alias “el Chícharo”, para que fuera a calmar los ánimos. Personas que

todavía hace algunos años radicaban por la calle de Múzquiz narraron a

la Agencia s i p que Agustín Jaime fue asesinado por Antonio Ballesteros,

quien después huyó por la calle Matamoros hacia el sur, escapando por

una vecindad que también tenía salida de por la calle Centenario. Otras

versiones aseguran que el asesino fue Pedro Arredondo, contratado por

Ballesteros, quien al parecer tenía grado de teniente y, por contar con

influencias, ordenó al comandante de la policía, Genaro Gutiérrez,

que despachara a Agustín Jaime. No faltó quien afirmara que Arredondo

esperó a Agustín afuera de la cantina y desde su caballo le disparó por la

espalda. El joven policía quedó tendido sobre un charco de sangre.

Visto el caso con la perspectiva que dan los años —y a la luz de otros

muchos sucesos similares ocurridos con posterioridad, para no hablar de

los que actualmente nos aquejan— Agustín Jaime padeció la paradoja

de ser víctima de su propia gente. Ya lo decía uno de los presocráticos:

“Nos cuidamos de los enemigos, pero no de los amigos”. Quien mejor te

conoce es quien más fácilmente te puede chingar (esto proviene más bien

de la sabiduría conyugal). La noche del 25 de diciembre de 1931, Agustín

Jaime caminó herido por la calle de Múzquiz y cayó frente a otra cantina

que se denominaba “El Huizache”. de ese lugar fue trasladado al antiguo

Hospital de los Ferrocarriles, ahora edificio del Archivo Municipal de Saltillo.

Jaime fue velado en casa de sus padres y no “en case Joaquina”,

como lo menciona el corrido, lo cual nos llevaría a otra clave pendiente de

solución.

“Ah, que pelao tan borracho. Le decían el Corcho. Agarraba la botea y zas

a’i se quedaba, pegao”, apuntan Óscar Pulido y Eulalio González Piporro

85 Juan Vázquez Ruiz y Juan Bosco Tovar Grimaldo, “Agustín Jaime hizo del amor tragedia y

muerte” en Reportaje SIP (Director: Carlos Robles Nava), Año 8, Núm. 89, Saltillo, Noviembre de

2005, pp. 6-9. Hemeroteca del Archivo Municipal de Saltillo.

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en un célebre dueto del corrido de Agustín Jaime. 86 Pulido comenta que

a Jaime, como era muy paseador, lo mataron en “La Paseada”, dando a

entender que ese era el nombre de la cantina. Como podemos ver, la vox

populi sigue trabajando sus obras en forma indefinida. Para quienes no

conocieron la verdadera historia de Agustín Jaime, el corrido deja la idea

de un típico borracho norteño enamorado y fanfarrón y no de un modesto

policía que murió por cumplir con su deber. En la calle de Nicolás Bravo,

casi esquina con Juan Antonio de la Fuente, hay una placa en azulejo que

le rinde homenaje.

Sobre la María García mencionada en el corrido no se sabe gran cosa.

Hay quien asegura que la novia de Agustín Jaime se llamaba Guadalupe.

Agustín efectivamente bajaba por calles de Bravo —según el reportaje

de la Agencia s i p—, pues llevaba a su novia a cenar a un restaurante

denominado “La Ciudadela”, que se ubicaba en la esquina de Matamoros

y Múzquiz, donde Jaime se hacía notorio depositando monedas en la

radiola. Su canción favorita era “Mi ranchito” del compositor saltillense

Felipe Valdés Leal.

El caballo “entendido que a señas le hablaba” era yegua. La conducta

obediente del equino corresponde a lo que se menciona en el corrido,

según lo confirma un testimonio otorgado por Aurora Jaime, hermana de

Agustín. Paradójicamente, a los treinta días de la muerte de Agustín, un

hijo de Pedro Arredondo murió atropellado por un vehículo del ejército en

la calle Victoria. 87

86 Dueto de Óscar Pulido y el Piporro en la película Cuidado con el amor (Miguel Zacarías,

1954).

87 Francisco Ramos Aguirre, Rosita Alvírez, Agustín Jaime y sus corridos. Sin lugar de publicación,

1997 (Serie “Folletos”) p. 23. Francisco Ramos Aguirre (Saltillo, 1953), escritor y maestro

investigador, autor de 21 libros de distintos géneros. En crónica escribió Memorias de esos

tiempos (1994) y Allá por el Norte (2003). Rosita Alvires, Agustín Jaime y sus corridos forma

parte de sus folletos sobre la cultura de México. Al parecer este autor radica en Tamaulipas

donde estudió Medicina Veterinaria (1977), Licenciatura en Español (1991) y la especialidad

en Historia de México (2002).

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Un loco muy sensato

Notemos la diversidad de estos personajes pintorescos. Acaso uno de los más

singulares sea Adrián rodríguez, a quien le tocó vivir en su adolescencia la

revolución Mexicana. Fue masón en su juventud, rector de la Universidad

Universo, fundada por él mismo y —cercano en su manía de idear planes,

dentro de una especie de locura con método a lo García de Letona— 88 se le

conocía como “El loco de los manifiestos” y se autonombraba presidente

vitalicio de la república Mexicana. Siempre conservó su ansia por mejorar

el mundo y sacarlo de su ingenuidad. “Yo ya no quiero hablar —decía

Adrián— porque van a plagiar mis descubrimientos. Ya ves lo que pasó la

otra vez, yo fui el que inició en mi casa reuniones de gente interesada en

ayudar a la paz mundial y me copiaron los gringos la idea, y fundaron la

cosa esa de las Naciones Unidas; el Himno de la Paz que usa el Vaticano

también me lo copiaron a mí”. 89

En esta actitud, Adrián cuenta con la involuntaria solidaridad del ex

gobernador Óscar Flores Tapia, quien acusó a García Márquez de copiarlo,

actitud que por cierto es más frecuente de lo que pudiera sospecharse.

¿Cuántos saltillenses con pretensiones intelectuales no tienen por ahí una

idea a la que resguardan con el mismo celo que un padre autoritario la

virginidad de sus hijas? 90 Si las ideas son manoseadas por otros pierden

para los saltillenses todo su valor, aunque los otros —duela reconocerlo—

les saquen mejor provecho. ¿O no, don Óscar?

Volviendo a Adrián rodríguez, este personaje fue encarcelado varias

veces acusado de anárquico: Líder Único de Ciudadanos no Votantes

(mientras el abstencionismo siga siendo mayoría) que encabezó desde

1929 en que se dice que desató su locura el fraude electoral del p n r . Se

consideraba a sí mismo un economista non. Publicaba periódicamente

88 José María García de Letona, cuya historia citamos en otro lugar de este libro. No confundir

con José María de Letona (1779-1882) gobernador del estado de Coahuila y Texas.

89 “Adrián Rodríguez y su… ¿pensamiento?”, entrevista de Martha Guadalupe Cárdenas con el

personaje en ABC, Periódico Semanal Independiente. Editado por estudiantes de la Universidad

Autónoma del Noreste (u a n e), Año i, Núm. 6, Saltillo, 8 de noviembre de 1976, p. 8.

90 Y con los mismos decepcionantes resultados, me temo.

119


volantes y los distribuía entre la clase intelectual. 91 decretaba “Urbi et

Orbi” 92 extravagantes postulados en sus famosos axiomas “Niño farolito”,

“Columna universal de la paz” y “Banco público”. En este último exhortaba

a cada habitante de la ciudad para que depositara en su acera 40 centavos:

“Aquel a quien le sobre el dinero, que lo tire a la calle; aquel que lo necesite

simplemente que lo levante”.

Además de la Universidad Universo, Adrián postuló la “Ciudad Lux”, un

conjunto urbano que abarcaría Saltillo, Arteaga y ramos Arizpe. remito al

lector al libro Universidad Universo de Ángel Sánchez. Ese libro más que

un testimonio histórico parece un síntoma póstumo de la locura de don

Adrián. 93

El cadáver del Economista Non amaneció en 1990 junto a las puertas

del Palacio de Gobierno. Podemos considerar que ese acto fue la última y

más contundente de sus proclamas: su cuerpo como ofrenda en la Plaza

de Armas de Saltillo. La plaza de los cuatro poderes del cielo y de la tierra,

según la nombraba: la Catedral, al Este; el Palacio de Gobierno, al Oeste;

y, además, en aquel tiempo se encontraban un Banco al Norte y las oficinas

del Partido revolucionario Institucional al Sur. “Saltillo era otro. Hoy sus

locos son anónimos y carecen de ambiciones universales”. 94

91 Cuenta la leyenda que uno de estos manifiestos plagados de incoherencias y absurdos

deliberados llamó la atención y fue comentado por Carlos Monsiváis en su sección “Por mi

madre bohemios”.

92 “A la ciudad y al mundo”.

93 Ángel Sánchez, Universidad Universo, Archivo Municipal de Saltillo, 1992.

94 Carlos Fernando Garza Dávila (Saltillo, 1972), “Don Adrián” Gazeta del Saltillo. Órgano de

difusión del Archivo Municipal, año III, número 2, nueva época, febrero de 2001, p. 10.

120


Nacen actores, mueren teatros

LOS SOLER, SALTILLENSES TANGENCIALES

Víctor Arámbula (1942-1997) compartió conmigo la siguiente anécdota

en 1991. En un arrebato de sinceridad norteña, Andrés Soler (1898-

1969) refirió en una entrevista al actor saltillense que la experiencia más

desagradable de su carrera se presentó cuando su compañía tuvo que

actuar en una ciudad del norte del país, a cero grados y en un teatro de

mala muerte. A la tercera función, el público dejó de asistir y la compañía

tuvo que suspender sus presentaciones. Ese teatro se llamaba Obreros del

Progreso, local que en Saltillo sigue ostentando el mismo nombre, pero

ahora se dedica al apasionante deporte de los costalazos.

Los hermanos Fernando (1896-1979) y Andrés Soler nacieron en Saltillo

con dos años de diferencia, pero no residieron en la ciudad. Por azares

de las giras, la madre de los Soler acabó pariéndolos en el mismo lugar,

pero en cuanto los tuvo en brazos agarró camino. Eso no fue un obstáculo

121


para que en las películas, a la hora de interpretar tipos norteños, los Soler

adoptaran el modo de hablar y un léxico más característicos del saltillense

que del regiomontano o de cualquier otro habitante de la frontera norte.

Véanse La oveja negra (1949), de Ismael rodríguez, en lo que atañe a

don Fernando, y Los tres alegres compadres (1952), de Julián Soler, con

respecto a don Andrés.

Hay personalidades de la escena cuya relación con Saltillo ha sido más

bien tangencial o fortuita como en este caso.

EL LOCO dIOS y OTROS LOCOS

dejemos de lado la opinión de sicoanalistas, siquiatras, similares y conexos

y tomemos el término “loco” desde el punto de vista de la vox populi. Si

somos observadores, encontraremos que el término, más que referirse

a lo que se conoce como “enfermedad mental”, se utiliza en realidad

como esa especie de cajón de sastre o desván lleno de trebejos donde la

sociedad echa aquellas conductas que contravienen, critican o denostan

convenciones sociales de una determinada época o lugar.

Esa “dorada medianía”, que tanto halagaba al poeta latino Horacio, tiene

también su lado hostil. Todo lo que rebasa los modestos alcances de su

escala no es visto como el nuevo punto extremo que obligaría a reformular

los parámetros convencionales y admitir que la tierra no es el centro del

universo, sino que gira alrededor del sol. Imagínense la quemadota que se dio

Copérnico en su época al postular semejante idea ante sus contemporáneos,

quienes veían con toda tranquilidad salir y ponerse el sol todos los días.

No hablemos de cómo le fue después a Galileo hablando de quemadas,

y Colón insistiendo ante los reyes Católicos en que la tierra no era plana

y que los huevos (los de gallina, se entiende) se podían parar sin quedar

estrellados. “Están locos”, les respondían, a pesar de que no faltó quién les

creyera y los apoyara en sus empresas. Hasta nuestro Panchito Madero,

con sólo declarar que don Porfirio ya estaba muy viejo para seguir en la

silla, fue declarado loco (y loco rematado, pero por Victoriano Huerta).

Aquí me refiero a esa persona que es juzgada como demente por su

excepcional talento o su sobresaliente inteligencia. Al individuo que ha

tenido la mala suerte de surgir en un contexto poco favorable o francamente

122


adverso, donde su mensaje no sólo no es comprendido, sino que llega a

ser ridiculizado, atacado y censurado o, en el menor de los casos, visto con

una compasiva indiferencia.

Esta última actitud parece haber sido recurrente entre los habitantes

de Saltillo, ciudad que presume de tener muchos locos y algunos incluso

podrían presumir de cultos y hasta económicamente productivos. No

necesariamente son locos de camisa de fuerza. Podrían hasta llevar traje de

casimir e incluso tener un trabajo común y corriente (es decir, mal pagado)

como cualquier otro individuo considerado cuerdo.

¿En qué consiste entonces que a alguien se le califique de loco? ¿Cuál

es el rasgo de su conducta que hace que los demás pinten su raya y lo

señalen con dedo flamígero?

Encontré una respuesta de las muchas posibles en una obra de teatro

titulada El loco Dios (1900). Esta pieza es una presencia recurrente en la historia

del teatro saltillense. Según el testimonio de varios cronistas locales, cada

que se anunciaba El loco Dios en la capital de Coahuila los teatros ardían.

desde el Acuña, hecho enteramente de madera, hasta el García Carrillo,

que se creía a prueba de incendios. 95 La mayoría de los cronistas saltillenses

exponen la hipótesis de que el contenido de la mencionada pieza era a tal

punto herético que los espectadores terminaban improvisando su propio

auto de fe. Me llamó la atención el detalle de que ningún cronista de estos

deslumbrantes siniestros explique el argumento de la obra, cuyo autor,

José Echegaray (1832-1916) fue un español que tuvo incluso el honor

de recibir uno de los primeros premios Nóbel otorgados por la Academia

Sueca. 96

A pesar de la factura de la obra no faltó quien insinuara que era tan mala

que el público expresaba su inconformidad con antorchas encendidas.

Siempre me llamó la atención que en todas las menciones a la obra por

parte de los cronistas locales éstos se abstuvieran de entrar en detalles

sobre el texto teatral. ¿Qué tanto sabrían sobre él? ¿Acaso solamente

95 El teatro Acuña estuvo en la calle de Abbott. Se inauguró el 5 de Mayo de 1886 con la

representación del drama El pasado de Manuel Acuña. Fue destruido por un incendio el 24 de

agosto de 1902. El teatro García Carrillo fue inaugurado en 1910 y ardió el 3 de septiembre

de 1918. En ambos casos El loco Dios estaba en cartelera.

96 Echegaray compartió en 1904 el Nóbel con el poeta provenzal Frédéric Mistral (1830-

1914). Se han creado confusiones con respecto al autor del drama que provocó “disgustos y

reclamos entre los saltillenses”. Incluso en libros como Saltillo insólito, de Jorge Fuentes Aguirre,

se atribuye la autoría de El loco Dios al dramaturgo español Manuel Linares Rivas (1878-1938).

Este dramaturgo es posterior y, aunque también es autor de dramas de chistera, ya pertenece

a la escuela de Jacinto Benavente (1866-1954) y por lo tanto no pudo haber escrito El loco

Dios.

123


estaban influenciados por la crítica posterior a Echegaray? No hay que

olvidar que tanto los modernistas, como los autores de la Generación del

98, consideraron a Echegaray como un imitador de Calderón y sus obras

fueron tildadas de “estupendos mamarrachos”.

Me di a la tarea de buscar en las bibliotecas locales para ver si algún

acervo guardaba tan siquiera un ejemplar de El loco Dios. No encontré

rastro alguno en mi exhaustiva revisión de ficheros y anaqueles. ¿Qué

había sido de El loco Dios? de tanto que pregunté a las bibliotecarias por

ese título, en cuanto me veían entrar de nuevo, murmuraban: “Miren, ahí

viene el loco que busca a dios”. Y aunque ustedes no lo crean, y ellas

mucho menos, lo encontré. ¿dónde? En la biblioteca de la Universidad de

California. 97

¡Bendito Internet! Me ahorró el trabajoso viaje al otro lado de la frontera

y pude descargar el texto, imprimirlo y leerlo. ¿Y qué creen? Ese loco dios

ni era dios ni estaba loco. Era Gabriel, no el arcángel, sino el señor de

Medina, un gachupín extravagante y lúcido que cortejaba a una viuda

adinerada llamada —oh, López Velarde— Fuensanta.

La obra pertenece a lo que podría considerarse teatro costumbrista, con

algo que los críticos actuales recalificarían como una “pieza de tesis”. Un

hombre presume de ser dios para manifestar su superioridad intelectual

y también para burlarse de la mediocre sociedad que lo rodea. Corteja y

martiriza a la joven viuda que se sabe consciente de haberse casado muy

joven con un hombre mucho mayor por simple y mezquino interés. Ahora

ella tiene dinero y sus conocidos (el círculo que la frecuenta y de algún modo

la protege) argumentan que Gabriel la corteja porque ella tiene dinero.

Gabriel entonces decide emigrar a América para hacer fortuna. regresa

años más tarde, poseedor de una riqueza que supera a la de Fuensanta y

se casa con ella. Nada de esto basta para eliminar la hostilidad que sienten

hacia él los amigos de Fuensanta. Antes les irritaba y escandalizaba, ahora

lo tratan con burla y desprecio porque está cediendo y quiere ser aceptado.

El rechazo afecta inevitablemente la relación de pareja entre Gabriel y

Fuensanta: ella cree haberse casado con un hombre, él insiste en que ella

se ha unido a un dios.

Conforme iba leyendo, pensaba: “¿Así que esta pieza conturbaba a los

saltillenses de principios del siglo x x?” Un loco que se crea dios resultaría

polémico y escandalizaría a más de cuatro incluso en esta época. ¿Hay

distancia entre los espectadores saltillenses de entonces y los de ahora?

97 José Echegaray, El loco Dios, drama en prosa en cuatro actos. Sociedad de Autores Españoles

(octava edición), Madrid, 1907, 118 pp. Rescatado de la página de Internet de la Universidad

de California http://www.archive.org/bookreader/ el 15 de febrero de 2011.

124


La obra, aparte de compleja y densa, es larga. La escenificación, si he

de juzgarla por el texto, podría durar alrededor de dos horas y media, sin

contar los intermedios. ¿Qué teatrero local se atrevería a poner algo como

esto y meterle una buena tijera? Eso para no hablar de que a los actores

últimamente les da pereza memorizar parlamentos.

Comparada con El pasado de Manuel Acuña, considerada todavía como

la obra de teatro más importante escrita por un saltillense, las diferencias

son enormes. La historia que cuenta Acuña es melodramática, sensiblera

y teatralmente mucho más sencilla que la de Echegaray. Es una obra para

hacer llorar a las señoras decentes y damiselas púdicas y exaltar en los

varones el amor desinteresado y nada lujurioso. Las buenas conciencias

la aceptan pese al sobresalto que provoca el tormentoso pasado de la

protagonista. Nada de qué preocuparse. Por eso, Salvador Novo, quien la

montó en Saltillo durante el centenario de Acuña, consideraba a El pasado

como una sucesión de daguerrotipos de la época.

Echegaray parece más moderno comparado con Acuña. Incluso anticipa

algunos rasgos del teatro del absurdo, como ese personaje que habla

mucho y no dice nada a la manera de Cantinflas o los de La cantante calva

de Ionesco o esas encarnaciones extremas y, al mismo, tiempo cargadas de

una tesis original, del teatro pánico que introdujo en la escena mexicana

Alejandro Jodorowsky.

El loco Dios me sorprendió gratamente. La obra termina con la novedad

de que Gabriel, de tanto escuchar que se le tilda de loco, ha terminado por

sucumbir ahora sí, al grado de que —en su divina misericordia— se apiada

del ser más despreciado que conoce: el diablo, razón por la cual condena a

la casa de la viuda a ser purificada por el fuego terrenal y a la propia viuda

con el fuego eterno.

Los mediocres amigos de Fuensanta tratan de salvarlos, pero su esfuerzo

es inútil. La pareja sucumbe y así termina la obra, pero el desastre no

termina. ¿Eso quiere decir entonces que cada que en Saltillo se intentaba

simular un incendio, a la hora de querer apagarlo no podían? ¿Pues a

quién contrataban para encargarse de tales efectos especiales? A lo mejor

ocupaban a algún personaje con una experiencia muy original en esos

menesteres que padeciera en el fondo una anomalía muy común en

nuestras tierras: la piromanía.

dudo mucho que el empresario teatral, el director de la compañía o el

propio Echegaray insistieran en que el incendio con el que termina la

obra fuera de verdad. Imagínense que en lugar de una quemazón el autor

hubiera optado por un naufragio o por una avalancha. No creo que en

aquella época, a falta del refinamiento tecnológico que ofrecen ahora el

125


cine y la televisión, el público exigiera del teatro tan riguroso realismo.

Tal vez a esto se deba la reserva de los antiguos cronistas con respecto

al asunto. No resulta prudente andar difundiendo malas ideas y menos

cuando los empresarios teatrales se negaban a pagar el seguro contra

accidentes.

Una última observación: decir que un autor, un director o una pieza

están muy quemados, ¿no vendrá de la época de El loco Dios?


Jacobo M. Aguirre

o cómo empedrar el cielo

Hablemos de literatos del terruño. La aportación más célebre de Jacobo

M. Aguirre (¿?-1910) a la literatura saltillense es algo que tal vez no se

debiera considerarse digno de figurar en su obra literaria: ese epigrama

que dijo entrado en copas. Cayó en un bache de la esquina que forman

las calles de General Cepeda y Juárez. Se levantó —según lo consigna

Pablo M. Cuéllar Valdés (1907-1981) en su Historia de la ciudad de Saltillo

(1975)— y, después de sobarse la rodilla, don Jacobo exclamó:

Mientras sea presidente Díaz

y gobernador De Valle

primero empiedran el cielo

que esta maldita calle.

Este no es el único desplante etílico atribuido a Jacobo M. Aguirre, a quien

al parecer el alcohol le exaltaba el ingenio de manera muy caprichosa.

don José García rodríguez cuenta como Jacobo M. Aguirre y su amigo

Victoriano Ayala frecuentaban la Feria de Saltillo en una época en que

127


tal feria estaba ya en decadencia y ellos acudían para embriagarse y

participar en juegos de azar. Cierta tarde que estaban jugando a la ruleta,

Jacobo ya muy ebrio y ante la indiferencia de Victoriano, quien escuchaba

imperturbable los insultos que su compañero de farra le dirigía, decidió

improvisar una nueva grosería.:

—Tú eres un pa-ra-le-le-pí-pe-do —dijo Jacobo a Victoriano.

Santo remedio. Ayala le rompió una silla en la cabeza a Jacobo. Conviene

hacer aquí una observación. Este texto que podría haber figurado en el libro

Entre historias y consejas. Anécdotas de la vida en Saltillo, obra de José

García rodríguez, publicada en 1949 por la editorial Stylo, no se encuentra

incluido en ese volumen, pese a que no desentonaría con el conjunto.

¿Qué motivos llevaron a don José García rodríguez a no incluirlo en la

colección? Misterio. Pero al final todo sale a flote. Este texto con el título de

“La mayor injuria” se publicó en la revista cultural Casa de Coahuila, Año

iv, Núm. 20 de marzo-abril de 1965. Acaso algún día alguien subsane esta

omisión y lo reintegre al conjunto donde pertenece y del que seguramente

llegó a formar parte en un principio. Porque independientemente de las

simpatías y diferencias que don José y don Jacobo hayan tenido, el texto

vale mucho la pena y de él se puede concluir que a veces tus enemigos, sin

darse cuenta, te hacen los más grandes favores. El personaje Jacobo M.

Aguirre es retratado en “La mayor injuria” con toda su gracia e ingenio.

¿García rodríguez trató de atacarlo? Quizá. Pero no importa.

Por acuerdo de Praxedis de la Peña García (1848-1928), gobernador

interino del estado, Jacobo M. Aguirre fue nombrado, en 1909, archivero

general del estado, con objeto de que ordenara dicho acervo y recabara

los datos conducentes para la formación de la historia de esta entidad

federativa. 98 También fue diputado, secretario particular del gobernador

Jesús de Valle, director del Periódico Oficial y, además, presidente del Club

reeleccionista Saltillense (1909-1910) en pro de Porfirio díaz.

José García rodríguez (1872-1948) fue cronista de Saltillo, poeta,

narrador, educador. Si enfocamos su labor como cuentista, tenemos que

consignar que su libro Entre historias y consejas fue reseñado y celebrado

ni más ni menos que por Salvador Novo y Mauricio Magdaleno. Sus

restos descansan en la rotonda de los Hombres Ilustres de Coahuila en el

Panteón de Santiago.

Más que por sus impecables trayectorias, estos dos hombres están

relacionados por imágenes que parecieran sacadas de los cuadros de

Magritte y Mondrian: unas piedras en el cielo y un paralelepípedo.

98 Nombramiento de Jacobo M. Aguirre. a m s, pm, c 152/3, l 10, e 5, 1f.

128


Las utopías de García de Letona

¿Cuál es la actitud que tiene Saltillo frente a la historia y la cultura?

La concepción de cultura e historia que tiene la ciudad la vuelve muy

exigente. Se trabaja con mucho contexto. No cualquiera puede navegar

en Saltillo con bandera de historiador o de gran escritor. Además de ser

un intelectual, quien se pondere como hombre de letras tiene que ser un

personaje público. Los saltillenses todavía respetamos y admiramos la

decimonónica figura del orador.

Artemio de Valle-Arizpe (1884-1961). Escritor con tema colonialista y de

estilo barroco que podría considerarse por temperamento más un escritor

del siglo x i x que del siglo x x. Fue hijo del gobernador Jesús de Valle de la

Peña (1853-1938) quien, como ya sabemos, no empedró oportunamente

las calles de Saltillo, pero sí incurrió en el prodigio de conseguir para su

hijo el título de abogado, pese a no existir propiamente una carrera de

Leyes en la ciudad, razón por la cual, según registra Vito Alessio robles en

sus Memorias, se debe considerar que Artemio de Valle-Arizpe ha sido el

primer abogado que ha obtenido su título por decreto (y yo me pregunto:

¿será el último?).

A pesar de que Valle-Arizpe se formó intelectualmente fuera de Saltillo y

escribió la mayor parte de su obra literaria en la Ciudad de México, por su

129


temática, su estilo y su visión de la historia y de la sociedad mexicana, sólo

pudo haber sido saltillense. Su prosa barroca, su gusto por la historia del

virreinato, incluso su forma deliberadamente anacrónica de vivir lo ubican

como un personaje más afín a la manera en que vivieron los saltillenses

durante mucho tiempo.

Hay que admitir que el arte de la oratoria, lo mismo que uno de sus

sucedáneos, el arte de la conversación, es una de las joyas más apreciadas

por los escritores saltillenses. Véase, si no, la caudalosa y rebuscada obra

de Artemio de Valle-Arizpe. de la misma manera podríamos decir que

“Ante un cadáver” de Acuña es una obra maestra de la oratoria fúnebre.

desafortunadamente no creo que haya un cadáver que aguante en buenas

condiciones si se recita durante el funeral tan magistral serie de tercetos.

Sobre todo en verano. El orador fúnebre debe ser breve y conciso: lo que

realmente quieren escuchar los deudos es la lectura del testamento.

En sus escritos, Artemio de Valle-Arizpe ha rendido homenaje a algunos

de sus maestros, sobre todo a aquellos que destacaron como grandes

conversadores y potentes oradores. Entre ellos vale la pena citar al escritor

jalisciense Victoriano Salado Álvarez (1867-1931) y a don José María

García de Letona (1860-1915), quien fuera maestro del joven Artemio en

el Ateneo Fuente, en cuyas aulas el maestro García de Letona impartía las

materias de Historia Universal y Literatura. Valle-Arizpe, entre otras cosas,

apunta que los modelos de Letona tanto en la elocuencia como en el vestir

eran Cánovas (1828-1897), Leopoldo Alas (1852-1901) y Castelar (1832-

1899), personajes muy apreciados en su época. No en balde en saltillo una

calle lleva el nombre de Emilio Castelar.

El autor de La Güera Rodríguez (1949), al hacer el retrato de su maestro,

señala que era un hombre fino y exquisito, de hablar terso, manos largas y

cuidadas, vestido por lo general con un jacquet bien entallado y que podía

conversar durante horas y horas porque, como padecía dispepsia, tenía

que espaciar lo más posible el desayuno de la comida. También el maestro

Letona era un apasionado del ajedrez, afición que, lo mismo que el estudio

de las matemáticas, le provocaba jaqueca a Valle-Arizpe.

En su texto sobre García de Letona, que originalmente prologó el volumen

Estudios literarios (1934) de su maestro, don Artemio compendia cuál era

la estética del discurso, según Letona. “¿Sencillez, simplicidad? ¡No, no!

Mientras más riqueza y más ostentación, mejor, mucho mejor”. 99 Como

dato curioso con respecto a este maestro del Ateneo, conviene recordar

99 José García de Letona, Estudios Literarios (con juicios sobre el autor por sus discípulos don

Miguel Alessio Robles y don Artemio de Valle-Arizpe), México, 1934, pp. 55-56.

130


que, en 1983, Armando Fuentes Aguirre “Catón” publicó un extraño texto

de García de Letona titulado Capítulos de un plan de defensa nacional

contra una posible invasión norteamericana. En el prólogo, Fuentes Aguirre

apunta que este texto circuló originalmente como una hoja volante impresa

en un pliego grande de papel de china color rojo y que está fechado el 28

de febrero de 1914. Sabemos que fue precisamente en ese año cuando los

norteamericanos invadieron el puerto de Veracruz. El texto de Letona, al

parecer, fue publicado cuando dicha invasión parecía inminente.

En una primera lectura, el texto da la impresión de ser una propuesta

delirante, muy semejante a aquellas soluciones que, según cita Quevedo

en El Buscón, los llamados “Arbitristas” le proponen al rey para resolver los

urgentes problemas del reino: atacar a Holanda por tierra secando el mar

con esponjas, por ejemplo. Entre las estrategias de García de Letona para

defendernos de una invasión de nuestros vecinos del norte, propone hacer

grandes cultivos del mosquito propagador de la fiebre amarilla para soltar

enjambres sobre los campamentos del ejército invasor y también vacunar

contra la rabia a todos los habitantes de los poblados por donde pasara

dicho ejército y, al mismo tiempo, inocular de rabia a los perros para que,

cuando los soldados güeros tengan que meterse al campo a calzonear,

estos perros les mordieran patrióticamente el trasero.

García de Letona no expone sus originales argumentos con el mostrenco

y pedestre estilo que, en aras de la brevedad, debo utilizar aquí. Por

supuesto que no. Lo que García de Letona escribe tiene el exaltado tono

de una exhortación que debiera decirse desde lo alto de una torre mientras

se echan al vuelo las campanas.

desgraciadamente para los ardientes afanes de este insigne maestro

y orador, no fue necesario ni que los intelectuales de los dos países

intercedieran a favor de una solución incruenta (o pacífica) al conflicto

(recuérdese que la invasión de 1914 obedeció en apariencia a que varios

marinos norteamericanos fueron “injustamente” encarcelados en México)

ni tampoco fue necesario volver a organizar las huestes de Pancho Villa

ni pedirle a los japoneses que nos enviaran a los veteranos de su guerra

contra rusia ni electrificar las defensas de las principales ciudades del

país ni propagar la fiebre amarilla ni la rabia ni, mucho menos, comprarle

dirigibles al Conde Zeppelin. Lo único que se requirió para que los

norteamericanos abandonaran Veracruz fue la renuncia del general

Victoriano Huerta a la presidencia de la república.

Pero, claro, algo tan anodino como la firma de un documento no estimula

los resortes de la elocuencia como una flota de globos del Zeppelin sobre

el limpísimo cielo veracruzano.

131


“Este que ves engaño colorido”

Aquella mañana de 1999, don Gustavo Espinosa Mireles, 100 hijo del precoz

gobernador carrancista del estado de Coahuila, se levantó temprano de su

suntuso tálamo hecho con auténticos palos del Brasil (sin alusiones pícaras,

por favor). Se acicaló, tomó un ligero desayuno, leyó algunas páginas en

el solemne atril en el que rezara ni más ni menos que el virrey Palafox y

Mendoza, obispo de Puebla y arzobispo de la Nueva España. Más tarde,

se santiguó rápidamente ante el crucifijo hecho con huesos de un mártir

sacrificado por los itzaes en Guatemala, regalo de Francisco de la Maza, y

tomó café con un amigo suyo que había venido directamente de la Ciudad

de México a visitarlo: José Luis Martínez, director de la Academia Mexicana

de la Lengua.

Conversaron amenamente de sus años de juventud, de cuando José Luis

y Gustavo, entonces jovenzuelos imberbes, acudían con Alí Chumacero al

Café París a discutir sobre literatura con los intelectuales españoles del exilio.

Otro de los que acudían a esa célebre tertulia era un joven poeta que se

dedicaba en aquellos días al ingrato trabajo de quemar billetes maltratados

y mugrosos en el Banco de México y que llegaba siempre acompañado de

su mujer, “una güerilla hablantina, flaca y bastante insignificante”, que

se llamaba Elena. Quién se iba a imaginar que, con el tiempo, ese joven

escritor pobrísimo, aunque inteligente, iba a ser nuestro primer premio

Nóbel de literatura.

En esas remembranzas estaban enfrascados don José Luis y don Gustavo,

cuando fueron abruptamente interrumpidos por la criada.

—Ay, discúlpeme, señor. Me da una pena. Pero fíjese que en la puerta está

un señor barbón, con pinta de camionero, acompañado de un montón de

muchachos que parecen una banda de rateros. ¿Llamo a los gendarmes?

—No, no, mujer de Dios. Hazlos pasar. ¿Qué no ves que son el maestro

100 Gustavo Espinosa Mireles Rodríguez (1917-2009), aunque nació en Saltillo, estudió

Economía y Ciencias Políticas en la u n a m y Sociología en las universidades de Georgetown

en Washington y Columbia en Nueva York. Se desempeñó como docente de Economía en la

Universidad Autónoma de Coahuila, donde también fue director de la Facultad de Filosofía y

Letras de Saltillo. Fue miembro del Colegio Coahuilense de Investigaciones Históricas. Incursionó

en el periodismo. Fue secretario particular del general Lázaro Cárdenas (entonces secretario de

la Defensa Nacional), director de la Comisión Nacional de la Industria Azucarera y consejero

de la Presidencia de la República. Rescató y durante mucho tiempo fue propietario del célebre

cuadro de sor Juana Inés de la Cruz pintado por Juan de Miranda, obra que actualmente se

encuentra en la Torre de Rectoría de la u n a m.

133


Jesús de León y sus alumnos de la Escuela de Letras? Y ya te dije que no te

preocupes. Nadie viene a visitarme sin haber hecho antes cita. Ah, pero eso

sí, diles que se limpien los tenis y las botas vaqueras antes de entrar.

Así fue como mis alumnos y yo fuimos recibidos en “La Casa de las Lilas”,

que está en Arteaga. Casi me caigo de un desmayo al descubrir, después

de un momento de vacilación, a quien estaba despidiendo don Gustavo

antes de atendernos. ¿Y para qué habíamos llegado nosotros a aquella

casa? Mis alumnos no me querían creer que don Gustavo Espinosa Mireles,

quien fue uno de los directores de nuestra Facultad cuando yo estudié la

carrera, había sido propietario del célebre retrato de sor Juana Inés de

la Cruz, pintado por Juan de Miranda. Ellos me había dicho al unísono:

“¿Pero cómo es posible que tengamos a semejante figurón al alcance de la

mano? ¿Por qué no lo vamos a ver?” Y ahí me tienen arriando a mis alumnos

muertos de curiosidad, como si los llevara al circo a ver un fenómeno. ¿O

eso creerían?

Don Gustavo nos guió por su casa, mostrándonos sus reliquias y

ponderando su genealogía. Fue realmente difícil centrarlo en el tema del

retrato de sor Juana, pero lo conseguimos.

Lo que nos dijo en síntesis, fue lo siguiente:

Sor Juana Inés de la Cruz profesó como monja jerónima gracias a un

donativo de una de las hermanas Hurtado de Mendoza, antepasadas mías.

Así lo dejó escrito el investigador Edmundo O’Gorman, quien dice haber

encontrado unos papeles que lo afirman, los cuales yo no conozco ni he

visto. El padre Tapia repite esa afirmación.

El célebre retrato de sor Juana siempre estuvo en el convento de San

Jerónimo. En el lienzo, ella aparece de pie, de tamaño natural. Ese retrato

pertenecía al convento y está extraordinariamente conservado. Explicaré

por qué. Cuando la persecución religiosa del gobierno de Calles, las

monjas jerónimas tuvieron que salir del país, como el resto de las órdenes

religiosas. Había comenzado la Guerra Cristera que, como todos saben, fue

muy sangrienta. Alguna vez el general Cárdenas, de quien yo fui secretario

particular durante doce años, me dijo: “Ese fue el error político más grande

del general Calles: haber provocado las condiciones que iniciaron la Guerra

Cristera”.

La hermana menor de mi abuela materna era la segunda de las

superioras del convento y la ecónoma era la madre Consuelo, hermana

de José Vasconcelos. Ellas repartieron lo que había en el convento entre

diversas familias, porque dadas las gravísimas circunstancias, ellas no te-

134


nían dinero para irse a España.

Mi tía, la monja Ana Hurtado de Mendoza, le pidió a mi padre que la

ayudara económicamente. Le dijo: “Nosotras no tenemos en el convento

más que unas cuantas cosas de valor, Gustavo, pero te dejamos en pago

la pintura de sor Juana y una inmaculada bellísima, firmada por Andrés

López y fechada en 1794”. Así llegó el retrato a poder de mi familia (estos

datos los da el padre Tapia, quien vino desde Monterrey a entrevistarme

para ratificar eso, después de haber pedido, incluso, datos a las monjas

jerónimas en España).

Tiempo después, cuando yo vivía enfrente del convento de Churubusco,

en Coyoacán, todos los sorjuanistas me pedían permiso para ir a ver la

pintura a mi casa y tomarle fotografías. Coincidieron en que aquel era el

único retrato auténtico de sor Juana, o sea el único que le fue tomado del

natural. Sabían ellos que de México había salido otro retrato. Ya las monjas

viejas no me pudieron decir cuándo, no lo recordaban. Ni mi tía abuela que

luego fue la superiora en Madrid y en México, una mujer inteligente, ni la

madre Consuelo Vasconcelos. Hubo una americana, dorothy Schons, que

se llevó esa pintura de sor Juana, muy probablemente también propiedad

del convento de jerónimas. Parece que está actualmente en un museo

de Estados Unidos. Es el retrato más pequeño, busto solamente de Sor

Juana.

Estos son los dos retratos conocidos, pero la idea de las monjas y de los

sorjuanistas es que el que se llevó dorothy Schons es una copia del de

Juan de Miranda. En una ocasión, desayunado con el gobernador Flores

Tapia, invitó al señor Pompa y Pompa, director del Museo de Antropología

de Chapultepec. Pompa y Pompa nos contó al gobernador y a mí que estaba

colaborando con Margarita López Portillo, que estaba enamorada de la

figura de sor Juana y que iba a escribir sobre ella. Entonces le pregunté

si en su libro iba a aparecer el retrato de sor Juana. Pompa y Pompa, con

toda su pompa, no tenía la menor idea de la existencia de aquella pintura,

menos aún la señora López Portillo, pomposa como era. Pero tomó nota

inmediatamente y por eso en el libro de esa mujer ya aparece fotografiado

el cuadro de sor Juana.

Margarita López Portillo inventó luego que en la excavación que había

mandado hacer en el Antiguo Convento de San Jerónimo, siendo su

hermano presidente, habían encontrado un cuerpo con el medallón y que

era sor Juana, enterrada allí. Mentira. A todas las monjas las enterraban

con sus medallones. Nada que pudiera identificar el cuerpo aquel

precisamente como el de sor Juana.

Aquí en mi casa, le dije al padre Tapia: “Mire, padre —y se sorprendió

135


mucho—, yo todavía tengo un medallón que me regaló mi tía abuela,

más antiguo que el que usaba sor Juana. Un medallón de las jerónimas

del siglo x v i. Está bordado en hilos de plata y de oro. La carita de la

imagen es pintura. Lo demás es plumería, fijada por los indios, que eran

extraordinarios en hacer figuras pegando plumas de ave”. Le llamó mucho

la atención al padre Tapia, es una verdadera curiosidad.

Pero ya les digo, todas las jerónimas usaban el medallón con la imagen

de su devoción. No una imagen igual todas. En el México antiguo, hasta la

Colonia, y luego en los años de la reforma y probablemente en las grandes

familias del profiriato, se conservaba esa costumbre. Yo escuché eso de las

devociones cuando era pequeño. Las señoras que tenían dinero mandaban

hacer sus imágenes a escultores o las conseguían ya hechas, pero así se

llamaban: las devociones. Y la devoción de sor Juana era La Anunciación.

La virgen María recibiendo la anunciación del ángel.

—don Gustavo —le pregunté— ¿qué significó para usted entregar ese

cuadro a los mexicanos?

—Comprenderá usted que yo no tenía la intención de vender una

pintura de esa índole. Consideré lo que mi padre no les había dicho a las

autoridades, sobre todo en las circunstancias dramáticas aquellas. Yo no sé

qué les confesó mi padre, porque a nosotros no nos entregaron el cuadro,

luego yo lo anduve buscando. La única pintura del convento que fue a dar

a la casa fue la Inmaculada.

Cuando las monjas regresaron, mi tía Ana me pidió que buscara a una

familia de condición modesta, cuyo nombre ya ni recuerdo, que vivía en una

casa de Santa María. Para entonces ya se habían cambiado de domicilio

unas diez veces. Cuando los localicé, me dijeron: “Sí, nosotros la tenemos.

Está en el sótano enredada en un palo de cortina”. Milagrosamente se

salvó de la humedad y las ratas.

El Instituto de restauración de Arte Colonial y Prehispánico, en los

jardines del Convento de Churubusco, quedaba enfrente de mi casa. Yo

conocía, además, a muchos especialistas de arte. Les llevé el cuadro. Gentes

que han tomado cursos en Venecia, en Florencia, en París, donde están las

mejores instituciones de arte del mundo se ocuparon de restaurarlo. Uno

de ellos, Julio Camas, hijo de un refugiado español, se encargó de restirar

la tela y de tratarla con aceites especiales. Este cuadro ha participado con

lo mejor del arte mexicano de la Colonia y la Precolonia en exposiciones de

Nueva York, los Ángeles, Barcelona, Madrid, París, Londres, etcétera.

136


Ahora se encuentra en la rectoría de la u n a m . Este cuadro jamás ha

entrado al territorio coahuilense. 101

—¿Por qué regalar el cuadro de sor Juana y no cualquier otro?

—Por el valor nacional del cuadro. No hay figuras de mujeres en las

letras españolas comparables a sor Juana. Ninguna. Un crítico español

había pretendido que una mujer de las letras españolas, para ellos muy

famosa, era de mayor estatura que sor Juana. No es posible. Ésos ya son

nacionalismos absurdos. Como aquí el localismo. de gentes nuestras de

este tamaño queremos hacer figuras gigantescas. Eso no se vale, pero es

irremediable. Cuando no hay manera de comparar no hay manera. Uno lo

siente viniendo de la capital y es peor cuando alguien como yo se precia

de haber estado varias veces en Europa y en las grandes universidades. Ve

uno la enorme ventaja que nos llevan, el peso de 400 años. La cultura no

se hace a saltos.

101 “Hacia 1940 se supo que el señor Gustavo Espinosa Mireles lo había adquirido. En enero

de 1944, en el número 16 de la revista Papel de Poesía (Saltillo), el poeta Jesús Flores Aguirre

publicó una descripción del cuadro, acompañada de una reproducción fotográfica. Después,

en 1951, el cuadro se mostró al público en una exposición bibliográfica e iconográfica de sor

Juana. La Universidad Nacional, hace unos pocos años, lo adquirió y hoy se encuentra en la

Rectoría de esa institución”. Octavio Paz, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Fondo

de Cultura Económica, México, 1982 (Lengua y Estudios Literarios), p. 308.

137


El mártir de Huitzilac

Otilio González (1885-1927) vio prematuramente interrumpida su

carrera literaria, no por culpa del mal de amores como Acuña, sino por

esa otra tentación que también ha seducido a los literatos: el demonio de

la política. Se convirtió en el orador oficial de la campaña presidencial

del general Francisco Serrano y, precisamente, andando como parte de

su comitiva, fue una de las víctimas de la masacre en Huitzilac, Puebla,

una de esas tragedias a través de las cuales Álvaro Obregón y Plutarco

Elías Calles pretendieron alternarse en la silla presidencial. El hecho de

haberse convertido en mártir de la revolución triunfante ha oscurecido

considerablemente el conocimiento y la valoración de su obra. ¿Qué

escribió y publicó Otilio González? Aprovechamos esta circunstancia para

asomarnos a su obra.

A Otilio González le ocurrió lo mismo que a Manuel Acuña. Ambos

manejaron desde muy jóvenes de manera impecable los tópicos y la

retórica de la poesía de su época, pero ninguno logró ir más allá. No hay

una aportación personal que indique en un momento dado un avance o un

nuevo giro en la estética dominante. Acaso no hubiesen trascendido de no

sufrir una muerte prematura y trágica.

Quizá no deba sorprendernos que tanto Acuña como Otilio sean más

conocidos por sus muertes que por sus obras. En el caso del mártir de

Huitzilac, releerlo actualmente deja una impresión más positiva que la

relectura de los versos del frustrado amante de rosario de la Peña. En

Otilio González puede rescatarse esa parte de su poesía que alude de

manera más directa a su solar nativo. Poemas como “Bardas de adobe”,

“Las lavanderas”, Hermanita, sé justa” y “Tras las tardas carretas” dan una

imagen del Saltillo de fines del siglo x i x y principios del x x que agregan

a su valor literario el valor de testimonio histórico, ciertamente indirecto,

pero no carente de interés.

de un extenso poema dedicado a su madre, extraemos esta breve estampa

del poeta Otilio González, quien rescata algunas costumbres y gustos

típicamente saltillenses, así como una imagen de las relaciones madrehijo

acaso menos anacrónica de lo que pudiera aparentar. Madre sólo hay

una, pero imágenes del cariño maternal puede haber muchas, como la que

presenta este poeta y mártir revolucionario.

139


Y allí mismo en la humilde cocina

tenderás tu mantel deshilado,

sacarás tu vajilla de china

y el juego de vasos con filo dorado;

y al estar junto a ti, mamacita,

aunque a veces soy grave y señor,

ya verás que la ausencia y la cuita

devuelven al niño que busca tu amor. 102

Pareciera que su obra, publicada en su mayoría póstumamente, no tuvo la

misma resonancia que la de su contemporáneo, también prematuramente

fallecido, ramón López Velarde. Al revisar las antiguas ediciones de los

versos de Otilio no podemos negar que contó con editores de buen gusto y

una sensibilidad a la altura de las obras que imprimían. Sólo por citar un

caso están las ediciones que hizo Miguel N. Lira de sus libros Triángulo

(1938), De mi rosal (1948), Luciérnagas (estampas bíblicas) (1947). Este

último volumen nos habla de que Otilio no fue un poeta que supiera

narrar. Constituyen el libro prosas anodinas con un horroroso prólogo de

Bernardo Ortiz de Montellano. Otilio se dedica a dar lecciones morales.

El diseño, el tipo de letra y el tipo de papel nos hablan de una época

muy anterior a las computadoras en que la edición de libros de poesía

podía realizarse casi como un trabajo artesanal, con el mismo cuidado,

dedicación y atención a los detalles de buen gusto. No como ahora que los

libros parecen hacerse tan rápido, tienen una apariencia tan llamativa y,

sin embargo, los textos como tales se reproducen con tanto descuido. Ay,

Otilio, te salvaste de la modernidad.

del poemario Triángulo, reproduzco un soneto: divertimento pícaro

urdido en versos de tres sílabas.

LA ENAGUA

Gozosa,

riente,

la fuente

rebosa.

La moza,

crujiente,

tangente

la roza.

102 Otilio González, Triángulo, Imprenta de Miguel N. Lira, México, 1938, pp. 28-29.

140


Y el agua,

quebrada,

refleja

la enagua

que alada

se aleja. 103

Otilio González participó junto con Federico Berrueto ramón y Jesús

Flores Aguirre en la antología Once poetas de la Nueva Extremadura

(1927). La posteridad parece depender más de una muerte trágica y no de

una obra sólida (y si no digo que esto es irónico, es para no escribir tres

esdrújulas o cuatro).

103 Ib, p. 31.

141


Torri: miniaturas de orfebrería verbal

Hablemos del maestro Julio Torri (1888-1970). de este escritor también se

puede argumentar que salió muy joven de Saltillo y que buena parte de su

formación y toda su carrera literaria se hicieron en la Ciudad de México.

Tiene con todo algunos rasgos, tanto a nivel personal como de su obra

literaria, que lo retratan como emblemáticamente saltillense. En primer

lugar, el haber sido maestro de extranjeros en Escuelas de Verano con el

consecuente riesgo que ello implica, que una solterona gringa de religión

protestante se enamore de su maestro y quiera llevárselo a vivir a uno de

esos apartados pueblos tejanos donde no se paran ni los zopilotes.

Otro rasgo en el que Torri puede considerarse como emblemáticamente

saltillense, aparte del hecho de que existan diversos testimonios de que

era el maestro más soporífero del mundo, está en su vasta erudición que

él prefirió aprovechar para asesorar a otros escritores y elaborar bellas

ediciones, en contraste con su escasísima obra de creación literaria

compuesta por textos en los que lo humorístico y lo irónico congenian sin

problemas con la poesía.

Hay un contraste muy marcado entre la caudalosa obra de Valle-Arizpe

y la muy escasa de Torri, pero ese contraste se matiza cuando descubrimos

que tiene el mismo origen: ambos eran lectores curiosos y muy exigentes.

Con ese nivel de exigencia que siempre ha hecho que los escritores

saltillenses de importancia sean figuras solitarias y aisladas que destacan

en medio de un mar de gris mediocridad, del mismo modo en que la torre

de la Catedral de Saltillo destaca en medio de las casas de adobe que la

rodean.

Cuando un gran artista surge en Saltillo, marca una pauta de tipo

estilístico de la que después es muy difícil salir; sobre todo porque, como

siempre ocurre, los seguidores, más que aprovechar los logros, exageran

los defectos del original. Basta con pensar en la sensiblería lacrimógena

de los seguidores de Acuña, el rebuscamiento pedante de los sucesores

de Valle-Arizpe y la parquedad seudo ingeniosa de los sucesores de Torri,

para no hablar de cosas peores.

Conviene advertir que el surgimiento de estos grandes escritores está

relacionado con un movimiento literario importante al que ellos supieron

vincularse y del que se convirtieron en exponentes notables: Acuña, del

romanticismo; Valle-Arizpe, del Colonialismo; Torri, del Ateneo de la

Juventud y Otilio González del Nacionalismo Literario, surgido con la

revolución Mexicana y cuyo exponente más importante fue ramón López

Velarde.

143


La celebración de Acuña

dejamos para el final al escritor que es más fácilmente identificable y

reconocible como saltillense no sólo por sus coterráneos sino por la gente

de afuera. Manuel Acuña (1849-1873) nació en nuestra ciudad el 27 de

agosto. Fue instruido en primeras letras por sus propios padres. En el

colegio Josefino cursó los estudios secundarios. En 1865, un viaje a la

Ciudad de México lo condujo al colegio de San Ildefonso, donde cubrió las

asignaturas de latín, matemáticas, francés y filosofía. En 1868 se inscribió

en la Escuela de Medicina la cual, en ese entonces, se encontraba ubicada

en el edificio que antes perteneciera al convento de Santa Brígida. Acuña

residió más tarde en el número 13 del corredor bajo el segundo patio de la

escuela, allí donde una tarde de julio de 1872, algunos de los poetas del

grupo escribieron sobre un cráneo, como sobre un álbum, pensamientos

y estrofas. No puede ser más reveladora esta imagen, que señala la

estética del movimiento romántico. La calavera grabada con pensamientos

demoníacos y angélicos versos. Esto sucedió durante una de las reuniones

de la Sociedad Literaria Netzahualcóyotl, fundada por el poeta quien,

inspirado en el triunfo de la república, creó, en 1868, la Sociedad Filoiátrica

y de Beneficencia cuando contaba con escasos diecinueve años. En 1872

fue estrenado en el Teatro Principal, con gran éxito de público y crítica, su

drama El pasado.

Manuel Acuña se suicidó en la Ciudad de México un mediodía del 6

de diciembre. 104 Sin negar que haya otros versificadores con alguna

aportación valiosa o relevante, la posteridad literaria ha entronizado los

fallidos amores de Acuña con rosario de la Peña (quien dicho sea de paso

fue la musa de muchos otros poetas) y por alguna razón ha olvidado u

omitido mencionar a aquellos otros amores que sí lograron consumarse,

como por ejemplo su relación con la poetisa Laura Méndez (1853-1928)

quien al parecer tuvo un hijo de Acuña, aunque no se casó con él sino

con el poeta Agustín F. Cuenca (1850-1884), razón por la cual en algunas

antologías e historias de la literatura aparece mencionada como Laura

104 El narrador jalisciense Juan José Arreola expuso como hipótesis de este cuento el hecho

de que el vate saltillense no se suicidó por amor, sino porque no quería quedar con el tiempo

convertido en un poetastro decrépito y anacrónico. Decidió morir joven para asegurarse así la

fama. Véase “Monólogo del insumiso” en Juan José Arreola, Estas páginas mías. Antología, FCE

/ CREA, México, 1985 (Biblioteca Joven 33), pp. 58-60.

145


Méndez de Cuenca. Su obra, aunque no desmerece en calidad de la de sus

contemporáneos varones, es muy poco conocida. 105

Quién me iba a decir, cuando ingresé al Taller Literario de la Casa de

la Cultura de Saltillo, que le debería esta dorada oportunidad de afilar

las armas de mi creación ni más ni menos que a Manuel Acuña o, mejor

dicho, a su memoria. Pero, antes de entrar en consideraciones de índole

personal, hagamos un poco de historia. En 1949 (yo ni para cuándo naciera)

se conmemoró el centenario del nacimiento de Manuel Acuña. Ignacio

Cepeda dávila (1904-1947) debió ser el gobernador coahuilense a quien le

hubiera correspondido celebrar este acontecimiento, pero el buen hombre

murió el 23 de julio de 1947, sucumbiendo al desplante acuñesco de

suicidarse, víctima también de un desaire amoroso: el presidente Alemán

no lo quería y Cepeda dávila por lo visto tenía una visión muy romántica

de la política.

Todo lo anterior es lamentable no sólo por la imposibilidad de participar

en el Centenario, sino porque hubiera sido el primer gobernador en

mantenerse seis años en el poder (antes los gobernadores duraban sólo

cuatro años en el cargo). Su periodo debió durar de 1945 a 1951, pero

Cepeda dávila ocupó la más alta magistratura del estado sólo por 18 meses,

después de que Alemán, en una entrevista en Palacio Nacional, le dijo a

don Ignacio que si no le gustaba, que se fuera. Cepeda dávila regresó a

Saltillo, se metió a su casa, se encerró en su cuarto y a falta de un buen

mecate usó una pistola. Lo demás, como dijera Hamlet, es silencio.

El señalado (por Alemán, se entiende) para suceder a Cepeda dávila en

Coahuila habría de ser el senador raúl López Sánchez (1904-1957), pero

la clase política estatal no estaba de acuerdo con la exigencia de López

Sánchez de gobernar por un período completo de seis años y, después

de un turbulento lapso de cerca de un año en el que se sucedieron los

interinatos de Vicente A. Valerio, ricardo Ainslie, Paz Faz riza y Jesús

rodríguez de la Fuente, López Sánchez se resignó, antes de que no le

quedara nada, a ocupar el cargo del 6 de julio de 1948 al 30 de noviembre

de 1951.

Así fue como al llevado y traído López Sánchez le tocó organizar las fiestas

para celebrar el Centenario de Acuña, quien vio la primera luz en nuestra

ciudad el 27 de agosto de 1849. Cien años habían pasado y se realizó

un magno y multitudinario homenaje al bardo en Saltillo. Participaron,

105 Puede verse alguna muestra de su talento en la antología de poesía mexicana Dos siglos de

poesía mexicana. Del xix al fin del milenio de Juan Domingo Argüelles. Editorial Océano, México,

2001. Poemas de Laura Méndez de Cuenca: pp. 119-121.

146


entre los foráneos, José Gorostiza, Gabriel Méndez Plancarte, Margarita

Paz Paredes, Mauricio Magdaleno, Agustín Yáñez, Miguel N. Lira y

Elías Nandino. Por los coahuilenses participaron los distinguidos literatos

Salvador Novo, Vito Alessio robles, Julio Torri y Óscar Flores Tapia, entre

otros. En La vida en México en el periodo presidencial de Miguel Alemán,

Novo consigna que ya era tarde —era abril del 49 y el programa de las

fiestas para Acuña arrancaba en agosto— para que se convocara a un

concurso y conseguir que alguien escribiera una buena biografía del poeta

de Saltillo en busca de ángulos inéditos e interesantes. El autor de La

estatua de sal (esas memorias que Novo había iniciado entonces y que

dejaría inconclusas para siempre) llevaba una traqueteada vida llena de

compromisos como director del departamento de teatro del INBA y recibió

el encarguito de llevar a escena la obra El pasado, de Acuña.

Fue algo así como una petición de cuates: el gobernador de Coahuila y

Novo habían sido compañeros en el Colegio Modelo de Torreón, pequeña

ciudad que Novo describe en el tercer volumen de La vida en México

como un lugar “jaloneado por ejércitos de los que no comprendíamos

la adscripción, y que solían encerrarnos en nuestras respectivas casas

durante los sitios”. de muchachos, Novo y el gobernador solían jugar al

teatro, como después terminaron actuando en política, y aunque la obra de

Acuña se había estrenado en el Teatro Principal de la Ciudad de México

el lejano 19 de mayo de 1872 con un éxito excepcional y hasta había sido

llevada a la pantalla más tarde. Novo aceptó el encargo de su antiguo

compañero de escuela, no sin cuestionarse seriamente sobre el proyecto.

¿Qué fue lo que se cuestionó Novo antes de acometer la empresa de

desenterrar el drama? En primer lugar, si la había leído ya no la recordaba

y, ante la flojera de buscarla entre los tres mil doscientos metros de

escondites de su biblioteca, envió a su criada para que le comprara la

edición Maucci, esa que aparte de contener un sinfín de erratas, también

contenía El pasado. después de leerla le entraron serias dudas.

Es una inexperta, de tantas como ella desató por el mundo ingenuo de casi

todo el siglo pasado, versión de La dama de las camelias —sin camelias, y

a la modesta medida de una buena chica que dio un mal paso, y su marido

(artista pintor que ha triunfado nada menos que en Florencia y con un cuadro

que representa el tormento de Cuauhtémoc), se lo perdona y se hace de la

vista gorda sobre “el pasado” de una Eugenia arrepentida de haber sido

una Margarita. Pero ella no se lo perdona a sí misma ni la austera, cruel

sociedad de San Cosme (las Lomas o el Anzures de entonces) se lo perdonan.

de un baile a que la invitan, y al que tiene la debilidad de asistir, la corren.

Y humillada, heroica, resuelta a no seguir perjudicando la reputación de

147


david, se marcha de casa mientras él… —Yo te adoro a pesar de tu pasado

—exclama, se encamina vacilante hacia la puerta como para correr, y al

hacerlo se desploma. María (amiga y confidente, hermana de Eugenia-

Margarita), acercándose: —¡Pobre mujer! —Manuel (amigo y confidente de

david, señalando a david): —¡Sí, y pobre mártir! —Telón rápido. 106

Pero Novo se pregunta si los dramas “sociales” del x i x (los de dumas hijo,

los de Augier, los de Pinero, aun los de Ibsen) tenían mayor sustancia y se

recrimina su juicio exigente y comparador y ya no lo disuaden ni siquiera

los patentes defectos de un dramaturgo de 23 años. Tampoco había tiempo

ya de escoger por concurso una obra que escenificara la vida de Acuña, con

bohemia, rosario y todo lo demás y, aunque el Banco Cinematográfico ya

exigía un guión para llevar a la pantalla la vida de Acuña, con María Félix

en el papel de rosario, así como se había hecho ya lo propio con El pasado

que, como película, Novo no recuerda haberla visto, aunque menciona

a la actriz que interpreta a la protagonista, una tal Ligia de Golconda, la

celebración de nuestro más grande poeta romántico ya estaba en puerta

y Novo, seducido por el atractivo arqueológico, reunió fuerzas y apoyó

esfuerzos para devolver el drama acuñesco a Saltillo.

Visitar Saltillo fue toda una jira (en el sentido de banquete o merienda

campestre y no en el moderno de gira de trabajo) que Novo bautizó como

la “jira de agosto”. En la exhumación de El pasado, una obra de 1872 en

1949, Novo se tomó bastantes libertades, pero respetó en lo posible el texto

de Acuña y trató de entregarle al público un álbum de daguerrotipos que

contara la sencilla historia. Previamente viajaron a la capital los enviados

del gobernador (el diputado Federico Berrueto ramón y los poetas rafael

del río (preceptor de la poeta Enriqueta Ochoa) y Héctor González Morales

(hermano de Otilio González), editores ambos de Papel de poesía).

Al profesor Berrueto, secretario del gobernador, de lentes maliciosos

y alertas, como lo describe Novo, le interesaba ver como había quedado

finalmente el montaje. Novo habla en La vida en México de las reticencias

de los coahuilenses sobre el éxito a la hora de resucitar la obra de Acuña.

Eduardo L. Fuentes, corresponsal saltillense de El Universal, anunciaba

que la gente en Saltillo no iba a ver El Pasado de Acuña sino El presente

de Novo. después de presenciar el ensayo, sin embargo, a los visitantes

les volvió el alma al cuerpo. El profesor Fuentes más tarde también se

retractaría de su comentario en la prensa.

106 Salvador Novo, La vida en México en el período presidencial de Miguel Alemán. Empresas

editoriales, México, 1967, p. 359.

148


dieciocho días duró “la jira de agosto” (¿acaso homenaje involuntario

a los 18 meses de gobierno de Cepeda dávila?). La troupe llegó por tren

con técnicos, vestuario y utilería de Bellas Artes. Novo habla abiertamente

sobre la problemática para presentar teatro en provincia. Como los teatros

funcionaban como cines, los tramoyistas tenían que trabajar sólo por la

mañana. Había que traer todo de la capital: telones, decorados, cortinas,

etcétera. En nuestra ciudad, el gobierno había reparado el viejo teatro

Saltillo y había vendido abonos para las cuatro funciones que se darían de

El pasado. Novo tuvo que sufrir la terrible acústica al ensayar con su grupo

en el auditorio de la Normal del Estado y por las tardes en la Sociedad

Manuel Acuña, esa sociedad recreativa con billares, gran salón con foro y

“patio español” que todavía hoy podemos visitar casi intacta.

Salvador Novo voló de la capital a Monterrey el domingo 14 de agosto

y se trasladó en coche a Saltillo, luego de las clásicas copas con amigos

regios en el bar del Ancira. Allí tuvo noticias de que Carlitos Pellicer,

quien estaba de regreso en México, había ganado el segundo premio en el

concurso poético de Acuña. Más tarde, ya en Saltillo, siguieron los tragos

con la farándula en el bar del Arizpe, donde estaban instaladas las mujeres.

En el hotel de enfrente, el Urdiñola, estaban alojados los hombres. Novo,

como es lógico, dudó en cuál de los dos quedarse. La arteaguense Beatriz

Aguirre, quien encarnaba a la Eugenia-Margarita de El pasado y a quien

Novo le propondría matrimonio posteriormente, no tuvo tanto problema:

se fue a casa de unas tías y punto.

de los restaurantes de la época, que no eran abundantes en Saltillo,

Novo menciona el Guadalajara, que abría toda la noche con expendio de

menudo; los merenderos frente al panteón, que funcionaban temprano;

el Manhattan, en la esquina de la plaza Acuña y el Eno’s, que operaba

dentro de la antigua terminal de los autobuses Monterrey-Saltillo por

Padre Flores y Abbott, en pleno corazón de la ciudad. Hasta antes que se

abriera la nueva Central de Autobuses, todo mundo acababa en el Eno’s

con sus tristes huesos al final de un viaje o después de una borrachera,

para volver a la vida con un inevitable plato de menudo.

Novo habla de su amor a primera vista por Saltillo. Aparte de decir que

la Alameda es hermosísima nos habla de esa fuente rodeada por bancas de

azulejos, que se llamaba “de las ranas”, pero que tenía patos y el mismo

origen alessiorróblico, ignoro lo que habrá querido decir con esto último,

pero no importa. ¿Y después de la representación de El pasado? Siempre

los brindis con sidra de El Álamo, el viñedo de Nazario Ortiz Garza, para

rematar con la mise en escène en el teatro-cine Palacio, con Manuel

Bernal, el célebre declamador de “El brindis del bohemio”, como Maestro

149


de Ceremonias y el premio para Novo en un sobre con cuatro billetes de a

mil y el baile en el “Patio Español”.

dentro de los Juegos Florales Nacionales con motivo del Centenario

de Acuña, hubo dos temas para el verso: “Estampa del siglo x i x”, primer

tema; y “Laudanza de la provincia”, segundo tema. Fueron premiados un

corrido atroz de Miguel N. Lira y un poema soporífero de Salvador Novo

y, cosa curiosa, surgió de allí la idea de fundar la Casa de la Cultura de

Coahuila con sede en la capital del estado, proyecto que no se llevó a

cabo de inmediato. Tuvieron que pasar aproximadamente veinticinco años

para que Óscar Flores Tapia, ya flamante gobernador de Coahuila, fundara

la Casa de la Cultura de Saltillo y muchas otras más en todo el estado.

En cambio, el novelista Agustín Yañez, quien más tarde fungiría como

gobernador del estado de Jalisco (1953-1959), ni tardo ni perezoso fundó

en Guadalajara la Casa de la Cultura Jalisciense, en la cual se crearon

dos talleres literarios, uno de ellos dirigido por Elías Nandino, otro de

los asistentes al centenario acuñesco y uno de los decanos de los talleres

literarios en México. Juan José Arreola, por su parte, también coordinaría

talleres literarios.

En fecha muy posterior, el escritor ecuatoriano Miguel donoso Pareja

fundó en San Luis Potosí el taller piloto de coordinadores, de donde

saldrían los coordinadores del Taller Itinerante Pedro Garfias, que funcionó

simultáneamente en Saltillo, Torreón y Monterrey. Para mí la importancia

de estos talleres está en que representan la lucha contra el esfuerzo de los

eupátridas, la llamada gente de abolengo, por volver a cerrar un camino

que debiera ser libre para todos. Hagan de cuenta, y si me permiten la

comparación excesiva, que los talleres literarios fueron para muchos

escritores salidos de todos los estratos sociales, lo que david fue para

Eugenia, el protector que reivindica a la mujer caída. Y nunca faltará el

literato nice, santoleado por chilangos, recién llegado del extranjero (o

prófugo de La Laguna), que nos lo reproche. Y no en un baile, sino en un

Encuentro de Escritores.

Los restos de Manuel Acuña han estado en peligro de correr la misma

suerte que los de su vecino neolonés fray Servando Teresa de Mier. Para no

ir muy lejos, cuando Manuel Acuña fue trasladado de México a la rotonda

de los Hombres Ilustres de Saltillo, a su calavera se le cayeron dos dientes

y no faltó quien quisiera guardarlos como reliquia. Incluso repartiendo el

botín con alguien más, como si se tratara de las muelas de Santa Apolonia

(vulgo: dados).

Federico González Náñez, en su obra Crónica de la Cultura de Coahuila,

acusa a Héctor González Morales de haberse robado un diente del poeta.

150


Pieza que después engarzó en oro. González Morales, es aquel muchacho

que junto con el profesor Berrueto y rafael del río, visitara a Novo en la

Ciudad de México para presenciar el ensayo de El Pasado. “No me consta

—señala en el mencionado libro “El Nibelungo”, pero Héctor siempre

ha amado la poesía, los objetos bellos, las cosas amables y los recuerdos

gratos”. 107 ¿Qué tan grato puede ser un diente incrustado en oro en lugar

de, como sería lógico, un diente tapado en oro? Afortunadamente para la

posteridad, y desafortunadamente para la curiosidad odontológica, creo

que los dientes fueron restituidos a su dentadura original y el caso no

pasó a mayores. ¿Se imaginan al bardo de Saltillo, aparte de flaco, ojeroso,

cansado y sin ilusiones, molacho? ¡Qué agravio para el último romántico

de las letras mexicanas!

En La vida en México, Novo resalta otro hecho importante. El autor de

Sátira dejó en el granito de la tumba de Acuña una huella pedestre (la de

su pie). 108

107 Véase sobre el asunto a Federico González Náñez, Crónica de la cultura de Coahuila.

Colección Nueva Imagen, Saltillo, Coahuila, 1975. Capítulo VII, pp. 119-138.

108 La vida en México en el período presidencial de Miguel Alemán, pp. 409-411.

151


El Saltillo de Carmona

después de este repaso un tanto informal, el texto que presentamos podría

verse como el equivalente en palabras de una exposición de reliquias en

un museo de historia y, al mismo tiempo, como una galería de retratos. No

le pidan a este modesto curador de la posteridad local que sea exhaustivo

y detallado. Las reliquias son las que conocen todos y los retratos no son

pinturas al óleo ni murales, son apenas trazos esenciales, figuras dibujadas

con líneas muy sencillas y de trazo rápido: el gesto y el ademán necesarios

para saber quién es, qué hizo y en qué época vivió cada personaje. Mi

esfuerzo está a mitad del camino entre los monumentos de los parques

y las estampitas didácticas que adquieren los niños de primaria en las

papelerías. He querido agregar —como una modesta aportación personal

a nivel de estilo o de dato— un rasgo de simpatía, de solidaridad con el

hombre de la calle y la vida de todos los días.

En síntesis, la evolución histórica de la ciudad de Saltillo puede dividirse

en varias etapas. La primera de ellas, como ya dijimos, se cerraría en 1920.

después de esa fecha y hasta los años setenta del siglo pasado su imagen

se mantuvo inalterable, al grado de que propició la aparición de las

imágenes fotográficas de Víctor Carmona Flores (1890-1958) quien acaso

sin proponérselo se ha convertido con el paso del tiempo en el fotógrafo de

la ciudad. Los mexicanos que viven en el Otro Lado se rehúsan a comprar

postales recientes y prefieren aquellas del Saltillo viejo, capturadas por

la lente de Carmona. En Estados Unidos las muestran a sus amigos y

conocidos quienes al ver en el extremo superior de las fotos el nombre del

edificio, seguido de la leyenda AV Carmona, cuando visitan nuestra ciudad

lo primero que preguntan es dónde queda la Avenida Carmona y muestran

las postales, porque quieren ver los edificios. desafortunadamente esos

edificios ya sólo existen en los negativos en vidrio que los hijos y nietos de

AV Carmona guardan celosamente como herencia personal de la memoria

colectiva de Saltillo.

Carmona, hijo de un relojero y joyero que entre otras cosas se encargó

del mantenimiento del reloj de Catedral, tuvo once hijos y convirtió el

negocio de su padre en estudio y tienda de artículos fotográficos. resulta

significativo que en sus vistas la ciudad aparezca casi deshabitada, o con

un solitario habitante: él mismo. Sus descendientes comentan que esto tal

vez se deba a que él intentaba descansar de su rutina de estar retratando

personas en su estudio y prefería salir con su cámara los días posteriores

153


a la lluvia o aquellos en los que el cielo mostraba nubes blancas, cielos

tranquilos, calles con pocos transeúntes. La ciudad convertida en el patio

de un monasterio.

AV Carmona murió en 1958 y la fecha resulta significativa porque

marca también el fin de una estampa arquitectónica que Saltillo había

mantenido aproximadamente durante 200 años. después llegaron los

afanes de progreso y desarrollo y con ellos la demolición de muchos de los

edificios que Carmona plasmó en sus placas fotográficas. Es triste pensar

que, después de la muerte de este fotógrafo, la ciudad empezó a perder

imagen, personalidad. Pero también es de agradecerse, por eso mismo, el

trabajo de AV Carmona quien, precisamente por esta labor de preservación

y rescate, es considerado el fotógrafo de Saltillo.

Carmona captó fotográficamente paisajes, edificios y calles, material con

el que logró la edición de una colección en tamaño miniatura que se conoció

como Álbum Saltillo en el Bolsillo. dejó un legado de 315 fotografías de

gran contenido histórico y cultural, colección llamada Saltillo Antiguo. de

1921 a 1950, Carmona fue fotógrafo oficial del Gobierno del Estado.

Aunque Carmona también fue fotógrafo de estudio trascendió por sus

fotos de exteriores. Caso contrario al de Alfonso Sánchez Sosa (1914-1975),

cuya aportación más importante está en haber inmortalizado en sus placas

a personajes importantes o famosos. Sus padres fueron los fundador en

1908 de la fotografía Sánchez, en la calle Victoria. En su trabajo familiar

aprendió el retoque de negativos cuando el trabajo se hacía en blanco y

negro.

Estos dos fotógrafos de algún modo fraguaron la imagen turística de

Saltillo. después de esto llegó el sexenio de Óscar Flores Tapia y los

primeros afanes modernizadores para sacar a la Atenas del Norte de su

sopor provinciano. Algo parecido a lo que sucedió recientemente con el

gobierno de Humberto Moreira Valdés.

Admitamos que la construcción de puentes ha sido el más evidente afán

de progreso desde mucho tiempo atrás. ¿Qué ha pasado con aquellos

primeros puentes construidos hace cien años o más? Se construyeron para

evitar los accidentes provocados por la crecida de los afluentes. Siguen ahí,

sepultados por las nuevas construcciones que a su vez serán sepultadas

por construcciones más recientes. Estos puentes pueden verse como una

metáfora de lo que ha ocurrido con la historia y la cultura de nuestra

ciudad. debajo de los sucesivos estratos de modernidad y cosmopolitismo,

persiste todavía esa quintaesencia de adobe laberíntico, rematada por los

arabescos barrocos de la Catedral.

154


Los que están son

(aunque no sean todos)

Vito Alessio robles elaboró una Bibliografía de Coahuila donde se conduce

con el escrupuloso amor a los detalles y a los datos precisos que caracteriza

su disciplina de historiador. Procede en riguroso orden alfabético de

autores y, en algunos casos, si le es posible, incluye una breve reseña del

contenido de la obra. En algunos casos, cuando su conocimiento del libro

a registrar es más extenso y detallado, se da el lujo de incluir reseñas

un poco más extensas. Pero en la mayoría de los casos se limita a anotar

los datos bibliográficos de rigor, incluyendo a veces una descripción del

tamaño y forma del ejemplar. Es admirable la forma tan cuidadosa como

don Vito compiló y organizó los datos en una época en la que no existía esa

enorme facilidad llamada computadora.

¿Cómo procedió don Vito? Pues como se hacían antes esta clase de

trabajos: llenando cajas y cajas de fichas en papel o cartoncillo en las que

se apuntaba —con todo cuidado y con mucha paciencia y quemándose las

pestañas— una ficha tras otra. Y después de haber fichado por días, meses

o hasta años, había que organizar todas esas fichitas, vaciar los datos y

elaborar índices, hasta que aquel mamotreto salía allá a las quinientas,

después de que uno acababa echando humo por las orejas y con los ojos

como fundillos de gallina y el trasero más plano y cuadrado que la tabla

donde estuvo sentado por meses, arrinconado en un cubículo (o ahí donde

las investigadoras del Archivo te dejaran un lugarcito para trabajar).

155


don Vito es muy claro: dada su naturaleza, esta clase de obras siempre

estarán incompletas y siempre estarán expuestas a las críticas fáciles.

Por eso debemos diseñar la bibliografía no sólo de modo que permita

consultarse fácilmente, sino también dando pie a que futuros investigadores

puedan continuar con nuestra labor. Indicar lo que no se tiene o no se

pudo consultar, pero dejándole pistas al investigador del futuro para que

sepa dónde buscar.

ALESSIO ROBLES, Vito, Francisco de Urdiñola y el Norte de la Nueva

España. Editorial Porrúa (segunda edición), México, 1981 (Biblioteca

Porrúa 76), 336 pp.

— — Saltillo en la historia y la leyenda, Talleres Tipográficos del maestro

impresor saltillense don Alfredo del Bosque, México, 1934, 256 pp.

(Contiene 52 páginas de anuncios, portada de Fernando Bolaños, 5

planos dibujados por domingo Alessio robles y algunas fotografías.)

— — Coahuila y Texas en la época colonial, Porrúa (segunda edición),

México, 1978 (Biblioteca Porrúa), 754 pp.

— — Bibliografía de Coahuila Histórica y Geográfica, Imprenta de la

Secretaría de relaciones Exteriores, México, 1925 (“Monografías

Bibliográficas Mexicanas”. director: Genaro Estrada), 452 pp.

— — y Miguel Alessio robles, Los Alessio de Saltillo, Universidad Autónoma

de Coahuila, Saltillo, 2004 (Siglo XX Escritores coahuilenses), 190 pp.

ANTEO, Mario, El reino en celo. Fondo Editorial Nuevo León, Monterrey,

1991 (La Línea de Sombra), 224 pp.

BERLANGA, Tomás, Monografía histórica de la ciudad de Saltillo, edición

del Gobierno del Estado dedicada por el general d. Arnulfo González

al VII Congreso Médico Nacional celebrado en Saltillo, Imprenta y

Litografía Americana, Monterrey, 1922, 140 pp.

BERRUETO GONZÁLEZ, Arturo, Nuevo diccionario biográfico de

Coahuila. 1550-2005. Gobierno del Estado de Coahuila / Consejo

Editorial del Gobierno del Estado (2ª. Edición), Saltillo, 2005, 712 pp.

CANALES SANTOS, Álvaro, Saltillo, su historia, sus personajes. / Editora

el 2, Saltillo, 2004 (Club del libro coahuilense 1), 60 pp.

CUÉLLAR, Pablo M., Historia de la ciudad de Saltillo, Biblioteca de la

Universidad Autónoma de Coahuila, Saltillo, 1975; 1ª. reimpresión,

1982; 1ª. Edición facsimilar, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes

/ Instituto Coahuilense de Cultura, 1998; 2ª. edición facsimilar, 2011, 328

pp. (La anécdota de Jacobo M. Aguirre se consigna en la p. 195).

DÁVALOS DE CABELLO, María rosario, El desierto también florece.

Historia del Colegio roberts, S/ editorial, México, 1973, 91 pp.

156


DÁVILA, ricardo (compilador), Leyendas de Saltillo. Antología, Consejo

Editorial del Gobierno del Estado, Saltillo, s/f de edición, 370 pp.

DURÓN JIMÉNEZ, Martha e Ignacio Narro Etchegaray, Diccionario

biográfico de Saltillo, Archivo Municipal de Saltillo / Fondo Editorial

Coahuilense, Saltillo, 1995, 224 pp. (Incluye ilustraciones, diagramas

genealógicos y glosario.)

ECHEGARAY, José, El loco Dios, drama en prosa en cuatro actos. Sociedad

de Autores Españoles (octava edición), Madrid, 1907, 118 pp. rescatado

de la página de Internet de la Universidad de California http://www.

archive.org/bookreader/ el 15 de febrero de 2011.

FLORES, Óscar, Herodes. Semblanza de Saltillo, Provincia, Saltillo, 1950,

174 pp.

FUENTES AGUIRRE, Jorge, Saltillo Insólito, Instituto Coahuilense de

Cultura, Saltillo, 2008, 182 pp.

GALINDO, Alfredo, Coahuila y sus protagonistas en el cine, Consejo

Editorial del Estado, Saltillo, 2006, 226 pp.

GARCÍA DE LETONA, José María, Capítulos de un plan de defensa

nacional contra una posible invasión norteamericana, prólogos de

Armando Fuentes Aguirre y Artemio de Valle-Arizpe, edición de

Armando Fuentes Aguirre “Catón”, Saltillo, 1983 (Biblioteca del

Cronista de la Ciudad), 64 pp.

— — Estudios Literarios (con juicios sobre el autor por sus discípulos don

Miguel Alessio robles y don Artemio de Valle-Arizpe), México, 1934,

298 pp.

GARCÍA RODRÍGUEZ, José, Entre historias y consejas. Anécdotas de la

vida en Saltillo. Editorial Stylo, México, 1949, 252 pp.

GARZA GARCÍA, Cosme, Prontuario de leyes y decretos del estado de

Coahuila (edición facsimilar de la obra publicada por la Oficina

Tipográfica del Palacio de Gobierno de 1902), Universidad Autónoma

de Coahuila, Saltillo, 1982 (Biblioteca de la Universidad Autónoma de

Coahuila Núm. 11), 796 pp.

— —, Crónica de la cultura de Coahuila. Colección Nueva Imagen, Saltillo,

Coahuila, 1975. Capítulo VII, pp. 119-138.

GONZÁLEZ, Otilio, Triángulo, Imprenta de Miguel N. Lira, México,

1938, 70 pp.

— —, De mi rosal, Papel de Poesía / Imprenta de Miguel N. Lira 2ª ed.

México, 1948, 100 pp.

HUERTA, Elena, El círculo que se cierra, Universidad Autónoma de

Coahuila, Saltillo, 1990, 204 pp.

157


IBARGÜENGOITIA, Jorge, Instrucciones para vivir en México, selección,

edición y nota de Guillermo Sheridan. Editorial Joaquín Mortiz, México,

1990 (Obras de Jorge Ibargüengoitia), 304 pp.

LOBATÓN, José, El Gringo, Márquez editor, México, 1950, 156 pp.

LÓPEZ PORTILLO, Esteban (compilador), Anuario coahuilense para

1886, edición facsimilar, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes /

Gobierno del Estado de Coahuila, México, 1994 (Biblioteca Básica del

Noreste), 556 páginas con más de 100 anuncios.

MIER NARRO, Froylán, Leyendas de Saltillo. Impresos Mier Narro,

Saltillo, 1937, 96 pp.

MORFI, Juan Agustín de, Viaje de indios y diario de Nuevo México

(introducción biobibliográfica y acotaciones por Vito Alessio robles).

Antigua Librería robredo de José Porrúa e hijos, segunda edición, con

adiciones a la impresa por la Sociedad “Bibliófilos Mexicanos”, México,

1935, 307 pp.

NOVO, SALVADOR, La vida en México en el período presidencial de

Miguel Alemán. Empresas editoriales, México, 1967, 816 pp.

OROZCO MELO, roberto, Saltillo, gobierno municipal 1900-2005,

Gobierno del Estado / Secretaría de Educación y Cultura / Instituto

Coahuilense de Cultura, Saltillo, 2010, 216 pp.

ORTIZ, Armando Hugo, Vida y muerte en la frontera. Cancionero del

corrido norestense. Segunda edición, Universidad Autónoma de Nuevo

León, Monterrey, 2010 (Colección de los Centenarios), 430 pp.

OYERVIDES AGUIRRE, Juan Marino, Cuentos tradicionales del Saltillo

antiguo, opúsculo editado por Bernardo Mellado, Saltillo, 1991, 102

pp.

PAZ, Octavio, Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe, Fondo de

Cultura Económica, México, 1982 (Lengua y Estudios Literarios), 660

pp.

[POWELL] Philip Wayne, Ponzoña en Las Nieves. Miguel Ángel Porrúa

/ Archivo Municipal de Saltillo (segunda edición), México, 2000, 400

pp.

RAMOS ARIZPE, Miguel, Discursos, memorias e informes (notas

biográfica y bibliográfica y acotaciones de Vito Alessio robles), UNAM,

México, 1942 (Biblioteca del Estudiante Universitario), 144 pp.

158


RECIO FLORES, Sergio, La novelesca historia de Alberto del Canto.

Fundador de Saltillo. Libros de México, México, 1983, 108 pp.

— —, Historia de nuestros historiadores, Consejo Editorial del Estado de

Coahuila, 1997 (Serie Coahuila en la Cultura), 54 pp.

RODRÍGUEZ, Mariano Alberto, Armillita el maestro. Recuerdos y

vivencias, edición del autor, México, 1984, 290 pp. (La edición contiene

valioso material fotográfico.)

ROEL, Santiago, Nuevo León. Apuntes históricos, ediciones Castillo,

Monterrey, 1985. 364 pp.

SÁNCHEZ, Ángel, Universidad Universo, Achivo Municipal de Saltillo,

Saltillo, 1992, 116 pp.

SANTOSCOY FLORES, María Elena, Aquellos primeros Saltillenses,

Instituto Municipal de Cultura / Archivo Municipal de Saltillo, Saltillo,

2012, 112 pp.

— — y Esperanza dávila Sota (coordinadoras), Catedral de Saltillo… por

los siglos de los siglos, Universidad Autónoma de Coahuila / Secretaría

de Educación Pública de Coahuila, Saltillo, 2001, 320 pp.

TEISSIER DE GALINDO, Lucía, Benemérita Escuela Normal de Coahuila

1894-1994, Secretaría de Educación Pública de Coahuila, Saltillo, 1994,

192 pp.

TORRI, Julio, El ladrón de ataúdes (prólogo de Jaime García Terrés;

recopilación y estudio de Serge I. Zaïtzeff), Fondo de Cultura Económica,

México, 1987 (Cuadernos de la Gaceta 44), 80 pp.

VERSEN, Victoria von, La sonrisa de la historia. Anécdotas de la

Revolución y de la política (Narraciones de Alberto Murguía), Grafo

Print, Monterrey, 1983, 220 pp.

VILLARELLO VÉLEZ, Ildefonso, El habla de Coahuila, Mástil, Saltillo,

1970, 78 pp.

He intentado hacer una lista que no sea exhaustiva, aunque sí le deje al

lector una idea clara de los territorios de papel y tinta (y a veces también

de pantalla de plasma) donde tuve que moverme. Pude haber agregado

más títulos, pero para qué cansar de antemano al lector. Principalmente

porque muchos de los autores que se ocupan de la historia de Saltillo y de

la región Noreste en general hacen más o menos las mismas afirmaciones

159


y tienen opiniones muy parecidas con respecto a hechos y personajes (con

el estilo mejor no me meto). Así que para qué abundar. Como algunos

de los autores están todavía vivos, no sé si salga bien librado. No tengo

el aguerrido estilo de don Vito Alessio robles para enfrentarme a mis

detractores.

Como quiera que sea, espero que esta somera información bibliográfica

sea útil para aquellos lectores que sientan curiosidad por ahondar en algo

de los temas, aunque les anticipo que, en estas andanzas, el problema no

es tanto hacer pozos como salir del peladero. He dicho.

160


Índice

Presentaciones

Cortejando a la historia

Un fundador con problemas de imagen

Urdiñola, el pacificador

El lugarteniente de Urdiñola

El porqué de las leyendas

El Cristo de Santos rojo

Las campanas de doña Josefa

La copa del padre Larios

¿Un viudo inconsolable?

Un cura de pocas pulgas

Crónica y panegírico del bachiller Fuentes

El anuario de Portillo

ramos Arizpe y sus dos constituciones

Los dos nacimientos de Antonio Juárez Maza

dos gobernantes y un aviador

Historiador de historiadores (no es elogio)

Los empeños de don Vito

Pereyra en cuadro, María Enriqueta en círculo

Villarello y hablar “en saltillense”

La hotelera y el beisbolista

Los triunfos de Armillita y Valdés Leal

5

11

15

21

25

27

33

37

41

43

47

49

53

57

61

63

67

69

75

79

83

85


Elena Huerta: historiadora con pincel

Pancho Coss recibe a las poblanas

Un educador convertido en escuela

Los maestros de los maestros

Misionera en bicicleta

La porcelana y el papel de china

rosita estaba de suerte

Un “dormido” muy despierto

La esquina de Agustín Jaime

Un loco muy sensato

Nacen actores, mueren teatros

Jacobo M. Aguirre o cómo empedrar el cielo

Las utopías de García de Letona

“Este que ves engaño colorido”

El mártir de huitzilac

Torri: miniaturas de orfebrería verbal

La celebración de Acuña

El Saltillo de Carmona

Los que están son (aunque no sean todos)

89

93

97

99

101

103

107

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155


Se terminó de imprimir en julio de 2012.

La impresión estuvo a cargo de

Coordinación Editorial dolores Quintanilla.

En su composición se utilizaron los siguientes tipos:

Candida BT, Geometr706 Md BT y Tw Cen MT

La edición estuvo al cuidado de

Jesús de León Montalvo.

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