VE-18 NOVIEMBRE 2015

rafasastre

Número 18 – Noviembre 2015


Evelyn Carell (Valencia) - http://evelyncarell.artelista.com/

© Todos y cada uno de los derechos de las obras literarias, fotografías o

ilustraciones publicadas en esta revista pertenecen en exclusiva a sus

respectivos autores (aunque en algunos casos no se citen los nombres)

Portada: November – Maria Valentina Romei (Italia)

http://sayurimvromei.deviantart.com/

Diseño y edición: Rafa Sastre

Colaboraciones: revistave@hotmail.com

«La literatura es libertad»

Susan Sontag (1933-2004)

Descarga de este número de la revista (PDF):

http://www.mediafire.com/view/dvlsqh6jy696v15/VE-18_NOVIEMBRE.pdf


Nuestra última criatura, disponible en ebook y papel en AMAZON

¡¡¡ No te quedes sin ella !!!


RECITAL DE OTOÑO VALENCIA ESCRIBE

El pasado 3 de Octubre se verificó en nuestro local amigo «Kaf

Café» el Recital de Otoño de Valencia Escribe.

Nuestra compañera Malali Martínez, además de facilitarnos la

fotografía de grupo que ilustra esta página, publicó en la revista

digital «Escaparate Valenciano» una amplia reseña del acto, en la que

se incluyen enlaces a los vídeos de casi todas las intervenciones, obra

de Irene Sastre. El enlace es:

http://www.escaparatevalenciano.es/valencia/recital-literariootono-valencia-escribe-2015


Este evento está abierto a los amigos de Valencia Escribe,

a todos sus amigos y a los amigos de sus amigos

Además de poemas, recitaremos Haikus

Os esperamos con vuestras propias composiciones


Índice

Ojalá noviembre (Rafa Sastre) Pág. 1

Mañana (Lu Hoyos) Pág. 3

Otoño en cajas (Malén Carrillo) Pág. 5

Madison (María Luisa Pérez) Pág. 7

La mujer que fui, la mujer que soy (Esther Moreno) Pág. 9

Fin de trayecto (Julio Alejandre) Pág. 13

Muñeca de áureos cabellos (Adrián García) Pág. 17

25 de mayo (Pernando Gaztelu) Pág. 19

Justo en otoño (Marco Antonio Torres) Pág. 21

Mírame sin pasado (Aldana Giménez) Pág. 23

Ilusiones (Jorge Richter) Pág. 25

El fin del mundo (Nicolás Jarque) Pág. 27

Rutina (Rafa Sastre) Pág. 29

Noche mágica (Lucía Uozumi) Pág. 31

Despersonalización (Concha García) Pág. 33

Verd i blanc (Marisa Martínez) Pág. 35

Mañana y tarde (Pepe Sanchis) Pág. 37

Mentiras en el cajón (Xenia Rambla) Pág. 39

Ingoma (Alicia García Herrero) Pág. 43

En esta noche aciaga (M.H. Heels) Pág. 47

Amén (Alejandro Ramos) Pág. 51

Vuelve la mirada (Alicia Muñoz) Pág. 53

Buitre (Elena Casero) Pág. 55

Detalle (Luis Alberto Molina) Pág. 57

Epílogo (Manuel Vicente) Pág. 59


Aromas del campo (María Belén Mateos) Pág. 61

La calle de las Santas (José Luis Sandín) Pág. 63

La niña que veía solo el sol (Lucho Bruce) Pág. 65

La camioneta del señor Sonrisas (Christine Carcosa) Pág. 67

Sucedió en un pequeño pueblo andaluz (David Rubio) Pág. 71

Atardecer (Marga Alcalá) Pág. 73


Ven a mi mundo - Juan Luis López (Castell de Ferro, Granada)

http://dididibujos.blogspot.com.es/


Ojalá noviembre

Ya hemos liquidado octubre. Un mes menos de vida, dirán

algunos. Otro mes vivido y disfrutado, pensarán otros. A pesar de mi

carácter pesimista (alguien diría que realista), prefiero opinar que ha

valido la pena, que nos hemos merecido este último octubre. Por un

lado, aquí en Valencia las temperaturas se hicieron más amigables y

ya no nos asustaba salir a mediodía o a cualquier otra hora; el peligro

de achicharramiento ha pasado de largo. Por otra, hemos participado

en eventos emocionantes. En lo personal, la presentación de «Destino

22» de Jorge Richter, ese buen camarada que me ofreció la

oportunidad de ser partícipe del nacimiento de su primer hijo

literario. En lo colectivo, el final de la primera etapa del libro «El

tiempo y la vida» y el Recital de Otoño anunciado en nuestro último

número. Esta celebración de la poesía y la prosa, además de

permitirnos liberar los demonios que cocinamos en soledad, nos ha

regalado nuevas amistades, personas jóvenes y mayores que

comparten algunas de nuestras neuras o manías. Y es bueno saber

que no estás solo y que —tal vez— tampoco estás loco, pero que si lo

estás no debes preocuparte, porque eres miembro de un club en el

que siempre te vas a sentir muy bien acompañado.

Ojalá noviembre sea para todos tan provechoso como octubre.

Intentémoslo, al menos que no quede nada de nuestra parte. Ya lo

dijo Abraham Lincoln: «La mayoría de las personas son todo lo felices

que ellas deciden ser»

Paz y salud para todos y cada uno de vosotros. Nos leemos en

diciembre.

Rafa Sastre

1


Depression Chapter 1: Question II – Laura (Alemania)

http://lch-photography.deviantart.com/

2


Mañana

Mañana seguiré el camino,

nada tengo preparado,

ni camisas, ni faldas, ni anillos para mis manos.

Ya pesa el tiempo en mis párpados

y se arquea mi espalda

con vocación de arco para tus flechas.

No hay nada a punto.

Habrá un cuándo, un dónde y un porqué

y allí estaré yo,

prisionera del destino.

Nada tengo preparado

si no es este deseo de atardeceres,

de noches de luna,

de mañanas soleadas y de tiempos venideros.

Lu Hoyos (Valencia)

http://inventariodelucrecia.blogspot.com.es/

3


Ilustración de Nerina Canzi (Argentina)

http://nerinacanzi.blogspot.com.es/

4


Otoño en cajas

Cuando el otoño anticipa el invierno, los habitantes de

Kamundus lustran sus cajas de cristal, se meten en ellas y las cierran

herméticamente para que no pueda entrar ningún resquicio de frío.

Cantan y cantan entre sus mejores galas hasta que se convierten en

crisálidas. Caen las hojas al arrullo del viento de sus canciones,

sueñan en tiempos más cálidos. A la llegada de la primavera, la vida

regresa a la naturaleza, se desatan las cajas y de su interior surgen las

más bellas mariposas que se lanzan, raudas, a surcar el cielo de

colores.

Malén Carrillo, «Maga» (Sóller, Mallorca)

http://enredadaenlaspalabras.blogspot.com.es

5


Fly me to the moon –Sarai A. (EUA)

http://falloutfanfic879.deviantart.com/

6


Madison

Suena una música

antigua

añorando primaveras

y la pista se llena.

Parejas deslizando

su vida

moviendo los cuerpos

de tantos recuerdos.

Zapatos descanso

medias terapia

y tobillos hinchados

engañando a los años

al ritmo del Madison.

El compás se sigue

con pasos precisos

las manos palmeando

la sonrisa abierta

al ritmo del Madison.

7


Suena una música

antigua

que no desfallece

siguiendo los sones

los cuerpos se activan

al ritmo del Madison.

María Luisa Pérez Rodríguez (Valencia)

http://marialuisaperezr.blogspot.com.es/

8


La mujer que fui, la mujer que soy

Ilustración de Cécile Dormeau http://cecile-dormeau.tumblr.com/

(aportada por la autora)

Nací con grilletes

que encadenaron mis ideas.

Lazos cubrieron mis cabellos

en mi infancia.

Años después

taparon mi rostro,

bajo un manto opaco,

que me impedía ver mis propios pasos.

9


Nací en una burbuja rosada.

Rodeada de perfumes y maquillaje.

Siempre jugué con mis muñecas.

Soñé con ser artista.

Fui madre abnegada.

Perdí metas,

derramé lágrimas,

durante un camino arduo.

Nací en un mundo desigual,

donde la sociedad me señalaba.

Una etiqueta adhesiva

fue pegada en mi cuerpo desnudo.

Me transformaron,

me cambiaron.

Constriñeron mi destino.

Decidí olvidar las reglas

impuestas por unos pocos.

Rapé mi cabello,

pinte mis uñas.

Me afeite solo una pierna,

vestí falda con pezoneras,

chanclas con leotardos.

10


Decidí tirar los prejuicios

por el váter, como una mierda.

Defenderme frente al acoso,

Luchar por lo que pienso.

Saltar las fronteras.

Bailarle a la vida.

Decidí ser feliz,

vivir mi sexualidad libre.

Viajar,

Conocer nuevos lugares,

nuevas personas.

Comerme el mundo.

Esther Moreno Morillas (Valencia)

http://elcascabelalgato.blogspot.com.es/

http://invisiblevoyeur.blogspot.com.es/

11


Hands - Dusica Paripovic (Bosnia) https://500px.com/dusica

12


Fin de trayecto

Tienes que cavar. La tierra está muy dura, quién lo iba a decir,

después de la primera arena suelta que más que cavar apartas con la

pala, será un palmo, tal vez ni eso, y después esta costra reseca que te

hace resollar y te ampolla las manos. Cada vez que clavas la pala

puntiaguda, el golpe repercute por todo tu cuerpo, los huesos lo

transmiten de articulación en articulación, como una marea que lo

recorre de punta a cabo hasta regresar a la misma tierra en un ciclo

cerrado y vicioso, y así se equilibra todo.

Sí, al final todo se equilibra, incluso la sangre, porque el fiel de la

balanza, aunque dé bandazos, siempre regresa al centro; y prefieres

creer que es una cuestión de equilibrio y no de justicia la que te tiene

amarrada a la ingrata tarea: señalaste a otros y ahora vienen a por ti,

quien a hierro mata, ya se sabe, siempre lo has sabido, lo que te

molesta es el momento tan inoportuno aunque, para esta empresa,

¿cuándo es bueno el momento?

Sigues avanzando en la tarea, cada vez más despacio, la verdad,

porque a medida que se profundiza, la tierra está más dura y las

fuerzas flaquean. La zanja te llega ahora por la cintura y eso empieza

a ser fatal. No tienes muchas preguntas que hacerte porque, en

general, conoces las respuestas, pero te preocupa que empiezas a no

controlar tus propios pensamientos que bullen ansiosos en el interior

de la cabeza: se dislocan y confunden, chocan entre sí como las

moléculas de un gas puesto a calentar, la presión interior aumenta y

la cabeza te empieza a doler. Ves rostros que están muertos desde

hace tiempo, quizá no enterrados pero desde luego muertos, no por

tu mano, ninguno de ellos, aunque sí por tu dedo índice, el mismo que

13


contribuye a sujetar la pala, impulsarla y cavar un hoyo que ya

alcanza tu pecho.

Por fin se levantan y acercan los otros. Con ellos camina la

inminencia del fin y sientes, en un instante, un alud de recuerdos que

se arroyan entre sí, vertiginosos, como una tormenta en la que el

viento gira loco; pero no hay tiempo para entender cada recuerdo,

para observarlo y aprehenderlo, porque ya están encima. Has dejado

la pala botada en el fondo de la zanja y no quieres abrir los ojos para

ver la tierra blanquecina y polvorienta porque hay allí unas botas,

también polvorientas, la extensión de una voluntad poderosa que

pregunta y que te grita, de un arma que apunta y que mata.

Sientes la arista hiriente en el cuero cabelludo, bajo la

pelambrera, presionándolo contra el hueso ¿cuál? temporal, occipital,

parietal, qué estúpido entretenerse con estas pendejadas cuando hay

otros pensamientos más importantes, otros recuerdos que quieres,

que debes recordar, y además es precisamente en esto en lo que no

quieres agotar el instante de moratoria, porque es un instante no más

el que te queda de vida –mientras perduren los gritos–, aunque

pretendas estirarlo para recuperar esas otras evocaciones

trascendentales que alguna vez imaginaste que volverían a ti en este

momento, por ejemplo el de tu primera noche con la mujer de tu vida,

con la más importante de las mujeres que has amado, un pelo negro,

largo, muy brillante, espeso, tan hermoso que todo lo demás gira

alrededor de él, su reflejo opaca el resto de la imagen, también hay un

vestido largo, amplio, de colores, un vestido de embarazada. Casi lo

estás acariciando con las manos, el vestido, el vientre, la mujer,

cuando abres los ojos y ves la tierra que temías ver y tus propias

rodillas hincadas en ella y las botas polvorientas, los tobillos, los

pantalones uniformados de varios hombres, y no puedes ver más

arriba porque algo te lo impide presionando contra ¿el temporal

hemos dicho? Ahora sí escuchas sus voces aunque no oigas tus

14


propias palabras, las que estás diciendo, ¿acaso suplicas?, ¿tanto vale

tu vida?, sí, claro que vale, lo vale todo, lo es todo, y el instante sigue

estirándose, como un chicle muy mascado, en busca de un puerto, de

un vestido, de una barriga tensa y redonda como la superficie del

planeta, te aferras a ella como el ancla definitiva donde sujetar el

extremo de la vida cuando ya no se pueda estirar más, cuando sea un

hilo tan delgado como el de una araña.

Pero aún no, aún tienes un soplo de tiempo para sentir que el

corazón bombea muy deprisa, mucho, la sangre que se va a derramar,

pom, pom, pom, notas sus latidos en las venas de las sienes, todo el

cuerpo late con cada sístole y cada diástole, tiempo para sentir que

estás sudando, no por el sol ni el trabajo, es un sudor incontrolado de

piel pálida y fría que te hace perder la serenidad que buscabas, un

sudor que huele a podrido terminal de fin del viaje que te ha

conducido hasta aquí, sólo hasta aquí, porque el mismo dedo, es

decir, el índice por cuya mediación murieron tus muertos, aquellos

que nada tienen que ver con la arista de metal que muerde tu cuero

cabelludo aunque sí con el equilibrio que cierra los círculos: ese

índice del hombre de uniforme recorre ya los tres centímetros

escasos que separan la vida de la muerte a lo largo de un infinitesimal

momento en el que recuerdas las manos de tu madre acariciándote la

cabeza, protegiéndote de la oscuridad y de los monstruos, sus cálidas

manos que no pueden protegerte de estos que te acosan jalando para

atrás de la pestaña de metal del gatillo hasta llegar a un punto en que

se tensa ligerísimamente antes de soltar el trallazoquesellevatuvida.

Julio Alejandre (Azuaga, Badajoz)

http://julioalejandre.com/

15


Muñeca de áureos cabellos – Adrián García Raga (Valencia)

http://agarrailustracion.es/

16


Muñeca de áureos cabellos

Dulce niña con alma de prosista

Poseedora de ese fuego interior

Que habita en lo más hondo de tu ser

Y te instiga a fundirte con el papel

Describir cada pensamiento, instante, sentimiento…

Sin importante si alguien lo llegará a leer

Pues se trata de algo que necesitas hacer

Tan principal incluso, que cualquier función fisiológica

Como ver a través de esos arbóreos ojos pardos

Que hablan de cuentos de muñecas de áureos mechones

Pero no de mansiones y coches de majestuosos caballos

Si no, de lágrimas, valentía y desalmados dragones

Y de cómo consiguió vencerlos y desterrarlos fuera de sí

Que hablan de plateados baños de sonrisas dispersas

Y simpáticos pómulos hechos de globos de aire

Elevadores de un gran futuro por descubrir

Dulce niña que porta la corona de laureles

Que interpreta la vida con radiantes acordes

Cuando tus dedos parecen multiplicarse

Al contacto con la madera y sus cordeles

Creando a tu alrededor, un aura peculiar

Capaz de echarte a la mar y hacerte navegar

Por mares que arrastran saladas alegrías

Y ríos que llevan aspiraciones de grandeza

Adrián García Raga (Valencia)

http://agarrailustracion.es/

17


Cerro de la Gloria – Aemilius (Argentina)

http://aemiliuslives.deviantart.com/

18


25 de mayo

Un prócer de patria revuelta,

un patriota entre dos pueblos,

así lo vieron,

al que nunca tuvo miedo.

Mucho antes de que otros lucharan por su suelo,

este joven ya hizo historia,

pudo convertir sus sueños en terreno,

y fundirse en la gloria.

El dolor fue la marca de aquel destino,

la patria vio la luz después de tanto invierno,

empezaba la lucha por sentirnos libres,

por sentirnos nuestros dueños.

Y desde entonces festejamos este gran momento patrio,

porque seguimos siendo aquel pueblo,

que luchó por su independencia,

que hoy aún es un sueño.

Pernando Gaztelu (Iruña, Navarra)

http://lokos-a-disfrutar.blogspot.com.es/

19


Enjoy the silence – Zsolt Már (EUA) http://marzsolt.com/

20


Justo en otoño

«El Otoño» es una partitura de Benedetto Marcello; una de esas

piezas en las que el oboe lanza una serie de notas al aire, que son

recogidas por las cuerdas de los violines y los violonchelos y vueltas a

lanzar al aire, como hojas mecidas por el viento en un baile sin fin y,

seguramente, sin principio. Y, como cada otoño, mi vecino Justo sale

de casa muy temprano y se adentra en el bosque para coger setas.

Desde la ventana de mi despacho veo cómo se aleja, con paso seguro,

al encuentro de los árboles y el trémulo cantar de los pájaros. Sé,

porque él me lo ha contado en las largas tardes de coñac y tabaco,

que lleva en su mochila una pequeña libreta color azul oscuro y un

par de plumas estilográficas. Escribe mi amigo Justo poemas en los

que son protagonistas el vencejo y el camachuelo, la ardilla y el jabalí,

el pino y el ciprés, la luz de la aurora y la penumbra del atardecer.

Son poemas siempre octosílabos y en verso blanco. Cada otoño

completa una de estas libretas, que guarda en el interior de un baúl

que un abuelo suyo, que luchó en Teruel, construyó con sus propias

manos. ¿Cómo llenar tantas libretas con tantos poemas de tan parcos

elementos?, le pregunté un día. ¿Cómo llenar tantos días de tantas

vidas con tan sólo un sol, una luna y una esfera que gira en el

espacio?, me contestó con una sonrisa, mientras el humo de su

Petersson ascendía como una enredadera. Y cada invierno, cuando el

frío ya nos impide prácticamente salir de casa, Justo abandona sus

paseos y sus poesías, y se dedica a leer tratados de teología o las

obras completas de Shakespeare, únicos libros que hay en su hogar.

Hoy, como cada mañana, esperaba que Justo saliera de su casa

para iniciar su ruta bucólica. No ha sido así. Ha salido de casa y se ha

dirigido a la mía. Ha llamado a la puerta.

—¿Sucede algo, Justo?, le he preguntado.

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—Sí. Ya no voy a ir más al bosque. Ya no voy a escribir más.

Me miraba con cierto aire de tristeza, o de rencor, o de ambas

cosas.

—¿Qué ha pasado, amigo?, he insistido.

—No pienso ser más tu títere de feria. No quiero ser más uno de

esos estúpidos personajes de tus historias, ensimismados con el

otoño, las pipas y los pájaros, cuando tú ni siquiera eres capaz de

distinguir un mirlo de un petirrojo.

—Bueno, bueno...

—Ni bueno ni nada. Mira yo no soy M., ni soy Julián ni ningún otro.

Yo no quiero ser el que te vuelva a salvar el culo por llegar fuera de

plazo para entregar tus letras a alguna revista literaria. Yo no tengo

ningún abuelo que luchara en Teruel. Ése es tu abuelo; el mío fue

panadero toda su vida y gente muy honrada además.

—Bien, le dije, y qué podemos hacer entonces. Yo no puedo dejar

esto así, como comprenderás.

—¿Cuántas palabras llevas?

—A ver... 515, bueno 516.

—Ya te sobra. Ahora me voy.

—¿Dónde?

—Donde yo quiera. Ya no eres el dueño de mi destino, Marco. He

conocido a otro con más imaginación y menos aburrimiento. Quédate

con tus pipas y tus pájaros y tus repetitivos escritos. Adiós.

Vi cómo se alejaba, en dirección contraria al bosque, con su

mochila y una maleta. Cerré la puerta y los ojos y pensé: tenía que ser

ahora, justo en otoño.

Marco Antonio Torres Mazón (Torrevieja, Alicante)

http://itacadeshabitada.blogspot.com.es/

22


Mírame sin pasado

Fotografía de Claudine Doury http://www.claudinedoury.com/

(aportada por la autora)

Después de entrelazarnos con extraños

buscando significados para el amor,

nos animamos a exponer nuestros daños

aún hablando con un poco de rencor.

Quisiera que me miraras sin pasado

para no premeditar un error,

tal vez el tiempo te ha vacilado

pero la experiencia te vuelve conocedor

23


de cuánto te debes frenar

para tener mejor perspectiva,

o de cómo se eriza al tocar

piel con piel, sin tomar la iniciativa.

Cuando recibas dos sonrisas de vuelta

es hora de poner todos tus encantos en acción

usa tus cinco sentidos y rompe las reglas,

convénceme que eres mi mejor opción.

Aldana Michelle Giménez (Mendoza, Argentina)

24


Ilusiones

Fotografía del autor

—Tengo un sueño.

—Yo también.

—Se parecen en color.

—Vivámosle, hagámosle realidad.

—Sí, vivámosle.

Crece el sueño.

Se transforma en lugar.

En vida que se gesta.

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Imágenes de felicidad.

Se guardan los dolores del corazón.

¿Por qué explota el gris?

En un cerrado baúl, congeladas sonrisas.

Será porque la noche nos duerme.

Y sólo buscamos, en soledad, desde la salida del sol.

Jorge Richter Vázquez (Valencia)

26


El fin del mundo

Murmansk – Elena Bragina (Rusia) http://elena_bra.prosite.com/

Solo, con sus recuerdos, ya ni siquiera sale a la calle en

búsqueda de víveres o de una esperanza, ¿para qué? Ni le reza a Dios,

a Buda o al ejército americano. Ni se asombra de la oscuridad

perpetua del cielo. No se fija en las llamas que devoran la ciudad ni le

impactan los disparos y los aullidos que no descansan ahí fuera.

Tampoco le aterran el olor a azufre y los temblores que abren la

tierra. Se ha resignado a la fatalidad y, con su despedida en la mano,

prefiere mantenerse despierto frente a la ventana, por si regresa.

Nicolás Jarque Alegre (Albuixech, Valencia)

http://escribenicolasjarque.blogspot.com

27


Destroy all humans – Tom Kyzivat (EUA)

http://murderousautomaton.deviantart.com/

28


Rutina

A la hora programada, se conectó el vídeo-despertador y se

interrumpió el funcionamiento de las alarmas internas y externas. En

techo y paredes se sucedían relajantes imágenes de una playa

paradisíaca en ultra-plus-resolution. Mientras, de fondo, procedente

del equipo con sonido envolvente 6-D y a un volumen que crecía de

forma progresiva, sonaba una bellísima sinfonía de Bach. La parte

superior de la cama se incorporó con suavidad hasta alcanzar el

ángulo previsto de 22,5 grados y las persianas comenzaron a

ascender, en completo silencio, a una velocidad constante de ocho

centímetros por minuto. En la cocina, el androide puso en marcha la

cafetera y la tostadora. El generador instalado en el garaje empezó a

suministrar energía eléctrica al vehículo mega-inteligente allí

estacionado. Cuando Luis entró al baño emitió una orden verbal y la

ducha comenzó a suministrar agua a 30,2 grados centígrados; ni una

décima más, ni una menos.

Tras su aseo personal, se introdujo en la cabina de diagnóstico

para obtener un informe de sus constantes vitales, contaminación

radiactiva incluida. Se vistió, chequeó el informe, desayunó, consultó

la previsión meteorológica exacta para las siguientes seis horas,

reprogramó el robot y los electrodomésticos y subió al autoplaneador,

deseándose más suerte que los últimos cuatrocientos

treinta y seis días. Aunque en todos los medios el Gobierno

aseguraba por enésima vez que la tasa de paro seguía reduciéndose a

un ritmo trepidante, la realidad es que él no había recibido ni una

sola oferta de trabajo desde que se firmó un E.R.E. y perdió su puesto

de ingeniero en Domotics Enterprise. A ver si hoy, por lo menos, en la

Oficina de Empleo la cola no era tan larga como de costumbre.

Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com

29


Passion – Svetlana Zibnitskaya (Emiratos Árabes)

http://artediamare.deviantart.com/

30


Noche mágica

Los leños de la chimenea, ardientes como sus cuerpos, las

luces tenues, el resplandor de las velas que hacía brillar el deseo en

sus ojos y descubría su desnudez. La música de jazz suave y a

bajo volumen; el olor de los pétalos de rosa sobre la cama

que impregnaban el ambiente, las sabanas de seda blanca y el sonido

de sus siluetas que se deslizaban al compás de la pasión y de la

entrega mutua.

Se desnudaron muy lento, con besos y mimos. Muy abrazados,

bebiéndose cada poro, extasiados en los sentidos y en

las sensaciones; sintiendo cómo gozaban cada milímetro uno del

otro. Prodigándose ternura, palabras amorosas, te amos que se

repitieron una y otra vez. Los gemidos, el éxtasis infinito, el deseo

irrefrenable y la piel impregnada de sus aromas y esencias. La noche

eterna y la danza sagrada del amor.

Mirándose a los ojos; ósculos interminables, caricias constantes

y plenas, sin inhibiciones, sin miedo ni pudor. Se entregaron como si

no hubiera un mañana, como si ese momento fuese la única

oportunidad. Tocaron Cielo y Tierra. El éxtasis supremo,

sentimientos indescriptibles, únicos, inmensos y verdaderos.

La música suave los invitaba a bailar; él la tomó entre sus

brazos y la ciñó como una segunda piel. Se encendieron otra vez. La

recorrió con sus boca y con sus dedos, despacio, sin prisa. Un

escalofrío de placer estremeció su intimidad expectante, húmeda,

lubricada y dispuesta. Sus pezones erectos, su corazón latiendo con

fuerza, su respiración agitada y su mente desbocada. No quedó sitio

de la cabaña junto al mar, que no supiera de su amor. Así pasaron día

31


y noche, deseándose, amándose, inventando mil formas y

maneras de amar.

—Llegaste tú y me enseñaste todo los secretos del amor que

hasta esta fecha era para mí desconocidos ―le dijo ella al oído.

Los besos, los roces y sus miradas que leían sus almas y sus

más íntimos secretos, los te amos mutuos, en voz baja y entrecortada

por la urgencia de sentirse y unir de nuevo sus cuerpos y sus almas,

la explosión del amor verdadero y eterno; la pasión arrolladora e

incontenible que los embargaba, la noche mágica, el instante

detenido en el tiempo y en el universo.

La luz de la luna llena que iluminaba el cielo tachonado de

estrellas se colaba por la ventana y conjuraba esa unión mágica y

celestial. Junto al mar, en una cabaña enclavada en la montaña, ella y

él, amándose hasta la eternidad.

Lucía Uozumi (Miyazaki,Japón)

http://www.mishumildesopiniones.com

32


Despersonalización

Dualism – evez (Italia) http://evenz.deviantart.com/

(fotografía aportada por la autora)

Ella está siempre ahí, lo sabe todo. Aguarda expectante.

Le sirve cualquier distracción para caer sobre mí con su leve manto,

sus tentáculos de espuma acceden a todos mis rincones

poseyéndolos.

Ya no soy yo. Sólo me pienso.

Concha García Ros (Cartagena, Murcia)

http://nosvemosenkairos.blogspot.com.es/

33


Orange tree flower – Jérémy Bourgouin (Francia)

https://www.flickr.com/photos/jeremy_bourgouin/

34


Verd i Blanc

Els tarongers

rodejaben el poble

com si d`una muralla es tractara.

Amb l`arribada de la primavera

l’aroma a tarongina envoltava l’ ambient

com si d’un bàlsam es tractara.

Els camins de terra es convertien

en jardins improvisats

pels que els jóvens

eixien a passejar.

El verd, el blanc, les fragàncies

facilitaven el festeig,

les promeses d`amor

es feien realitat.

Esclatava la passió.

Els tarongers

ja no rodegen el poble.

Els han tallat,

els han deixat morir.

El camp estèril i ple de brossa

fa eixir una llàgrima

dels meus ulls.

Trenca el meu cor.

Els tarongers

ja no rodegen el poble.

Marisa Martínez Arce (Valencia)

35


For fun – Rostislav Aksyonov (Rusia) https://www.behance.net/rostaks

36


Mañana y tarde

Por la mañana atiendo a una vieja señora en la oficina. Pero no

hay manera de venderle el producto. No hace más que ponerle pegas,

todo son inconvenientes. Se inventa cualquier excusa para

rechazarlo. Llega un momento en que, nervioso, le digo que por qué

ha venido, que yo no la he ido a buscar a la calle. Ofendida, se levanta

y se va.

Mi jefe sale de su despacho, me señala con el dedo índice de una

forma amenazante y me suelta una bronca monumental. Solo

entiendo frases sueltas «carga para la empresa», «puta calle», en fin,

me dice de todo.

Menos mal que en ese momento entra un nuevo cliente. Un

señor bajito y calvo. Totalmente diferente a la vieja señora de antes.

Este hombre «quiere» el producto. Y lo quiere ya. No se hable más. Se

lo envuelvo y se lo lleva puesto.

Mi jefe vuelve a salir del despacho, pero esta vez una sonrisa

ilumina su cara. Extiende su brazo y me da unas palmaditas en la

espalda. Siento un gran bienestar interior. Entonces me dice:

—Buen chico.

Por la tarde, desde la ventana de la cocina veo que mi gato

Teodoro ha cazado un ratón. Juega con él con sus patas delanteras.

Cuando afloja la presión, el ratón se cree libre e intenta escapar,

vuelve a plantarle su zarpa y lo inmoviliza de nuevo.

Salgo y lo llamo. Con un rápido movimiento se mete el ratón en

la boca.

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Viene hacia mí y se sienta junto a mis zapatos. Me mira ladeando

la cabeza con ese gesto tan suyo que me indica que está prestándome

toda su atención. Una pequeña porción de la cola del ratoncito le

asoma por la boca.

Extiendo mi brazo y le rasco la cabeza. Ronronea de placer.

Entonces le digo:

—Buen chico.

Pepe Sanchis (Massalfassar, Valencia)

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Mentiras en el cajón

Imagen aportada por la autora

En el secreter de los engaños rotos hay una carta maldita. Lleva

sello de lacre con un emblema misterioso, sin descifrar: ANIRAM.

Marina revoloteaba alrededor un gélido día invernal, agualluvia en la

ventana, cuando comenzó a revolver los cajones del escritorio del tío

Bernardo. Ese que había comprado a un anticuario del rastro cuando

la guerra. Cuando la guerra acabó.

Diez cajoncitos labrados, con puertecilla abovedada de

marquetería y llave de bronce con borla dorada. El tío, militar

retirado, era un enamorado de los mercadillos. Solía frecuentarlos

cuando el tedio asomaba por un rincón de su alcoba y pugnaba por

atraparlo entre sus dedos. Entonces cogía sus muletas y se adentraba

en la profundidad de la tarde, husmeando en los cobijos de artesanos,

en las cuevas de mercachifles, miles de objetos inútiles y colores

rancios por el uso y retiro de la cotidianeidad.

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Fue así como se dio de bruces con aquella pieza incunable, de

cajones vetustos y relieve ornado de un barroco decadente. Se

justipreció. Bernardo sacó veinte billetes de su cartera impoluta. El

anticuario le extendió un albarán, con caligrafía espléndida y

temblorosas manos. Vendría la entrega, mediando mozo de carga,

lunes a la hora de la merienda. Después de la religiosa siesta en

mecedora del coleccionista de trastos con leyenda.

El secreter del tío Bernardo cautivó a Marina. Lo olisqueaba,

como un perrillo inquieto, merodeaba en derredor suyo, con ojos de

lechuza. Pero nunca, nunca, se había atrevido a abrir uno de aquellos

mini-cajones.

—Marinita, cuidado con esos muebles. ¡Son antiquísimos! Juega

un poco más lejos, anda.

—¡Si no los toco, tío!.

—Más te vale, hija. Más te vale.

Y la niña simulaba hacer pucheros tras la cortina mientras el

viejo levantaba una muleta en tono desafiante.

Esa tarde, sin embargo, no hubo paseo vespertino y el anciano

quedose traspuesto en la mecedora más de lo habitual. Así que

Marina estuvo vacilando un rato y finalmente se decidió a cometer el

sacrilegio. Uno por uno fue sacando todos los cajones hasta dejar el

esqueleto de la mesa de escritura desvalida y desnuda, el aire

penetrando en sus oquedades, acariciando sus incrustaciones.

Fue amontonando los cajoncillos hasta construir una suerte de

escalera con final en ninguna parte, a la que se encaramó. Cuando iba

a coronar la cima, se precipitó a la alfombra, acarosa y renegrida, y

los cajones fueron desplomándose sin esfuerzo.

En el revés de una de esas piezas, pegado con esmero con cinta

celofán a punto de desintegrarse por la huella de la vida, estaba el

tesoro.

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—Marina, ¿a ti te gustaría que alguien descubriera un tesoro

tuyo?

—¿Un tesoro mamá?

—Algo que te hubieran entregado, que tú guardaras en secreto.

Dime ¿te gustaría?

—No.

—Pues entonces, cariño. Pues entonces.

Marina recordó cuando registró el bolso de su madre, y halló

una carta sin remite. Su niñez pícara pudo más que el miedo al

castigo y la leyó. Unas letras envueltas en papel moneda: «Para que

mi hija, Marinita, pueda estudiar lo que quiera, comprar libros,

muchos libros, y leer tanto como hice yo» Enloqueció de contento.

Mamá le había explicado que padre murió en la guerra, así que al

entrar de súbito en la habitación grande, Marina se dió cuenta de su

invasión inexcusable.

—No la he leído. Lo juro.

—Te creo hija. Tú nunca dices mentiras.

Y le habló de los tesoros.

Pero ahora era distinto. Ahora había encontrado un tesoro

verdadero. Que era de nadie. Mamá estaba en misa, dormido el tío

Bernardo. Y en el fondo de un cajón la carta maldita.

Marina pensó y pensó. Fabular sobre qué iba a encontrarse

aumentaba su deseo y multiplicaba su júbilo. Divertimento morboso

de una mente inquieta, mente de chiquilla. Con sus manitas de

muñeca rompió el lacre. A mil por hora bombeando sangre. Uno, dos,

respirando fuerte. Tragando saliva. Sudando un poco. Miró de reojo

hacia la mecedora. Y profanó el sancta-sanctórum de su inocencia

precavida.

«Que sepas que ya no te quiero. Te vi cuando regresaste, el día

que el aprendiz de ebanistería trajo el secreter. Sí, el de los diez

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cajoncitos, el de dibujos geométricos con maderas de colores. Vi el

fuego en tus ojos. Tus manos deslizándose por sus hombros. Vi cómo

te asió por delante y con qué ansia rozabas su trasero. Jamás conmigo

hubieron tales juegos. Os vi jadeantes junto a la cortina, fundir

vuestras manos uno dentro del otro. Las lenguas calientes. Me dio

asco, vergüenza. Dolor, mucho dolor. Me alejé de la ventana y no

lloré. No quise llorar. Mi hija giraba en mi vientre. Bueno, sólo quería

que supieras por qué renuncié a ser tu amante y por qué siempre

serás para Marina el tío Bernardo»

Marina se acercó a la mecedora. Se acurrucó junto al muñón del

anciano. Cerró los ojos y no supo qué. Transcurrieron siete vueltas

del reloj de arena giratorio. Se levantó y al guardar los cajones en sus

lugares, otra misiva. Nuevamente pudo más el hambre de aventuras y

la leyó. Manuscrita, rugosa, como rescatada de una papelera.

Sus ojos se posaron en las primeras líneas. «Amor mío. Me dices

en tu carta que estás preñada. Sabes que te quiero como a nadie. Pero

no puedo compensar tus desvelos, ni atender vuestros cuidados. Es

por eso que he pensado que podría tutelarte alguien que os diera lo

que deseo para ti y nuestra cría. Hay una persona solitaria: simúlale

goce, y hazle creer suyo el fruto de tu vientre. Bernardo, el cojito que

visita la tienda. Nos vemos los lunes en el Jardín del Retiro, junto al

estanque. Tuyo siempre»

Marina se hizo mayor, muy mayor. Retrocedió espantada,

tropezando con el lacre roto. Lo arrojó con rabia. Se acercó al tío

Bernardo. Miró sus manos, ajadas por la edad, manchas oscuras, uñas

cuidadas. Un anillo de oro grande, con un sello en relieve y unas

letras invertidas.

ANIRAM.

Xenia Rambla (Valencia)

http://xeniarambla.blogspot.com.es/

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Ingoma 1

A los compañeros de la X edición del curso de narrativa

de Antonio Penadés y a su profesor, cómo no.

A Pepe Sanchís, Rafa Sastre y Adríà Bixquert, de la UV.

A María Rosa, por su compromiso con África.

Fotografía aportada por la autora

Carine despertó de repente. Sentía aún sobre su rostro el aliento

cálido de la pantera, su olor agreste, la mirada estremecedora de sus

ojos verdes y amarillos. La luz que se filtraba a través de la ventana

de su minúsculo apartamento, situado muy cerca de la Universidad

1 El ingoma es un tambor de madera recubierto de piel de animal.

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de Butare, arrojaba imágenes fantasmagóricas sobre las paredes. A

tientas buscó el reloj. Eran poco más de las tres, la hora de siempre. A

su lado, el pequeño Vincent dio un respingo. Carine acarició con

ternura el rostro de su hijo; la curva de la nariz estrecha, las cuencas

de los ojos almendrados, la piel clara, idéntica a la de su padre.

Denís… Hacía semanas que no sabía de él. Quizás había llegado ya a

Europa.

La muchacha se deslizó de la cama con cuidado para no

despertar al niño. Miró por la ventana. En la oscuridad brillaba la

luna llena, idéntica a la piel de los tambores de la aldea. Recordó a su

padre, descendiente de guerreros intore. Padre era uno de los

elegidos para tocar el ingoma. De niña, sentada sobre sus talones,

Carine podía permanecer horas enteras mirando los brazos largos y

musculosos de Padre, el cuello esbelto escapando de la túnica

sacramental, los imirishyo golpeando con fuerza la piel de cabra,

tensa y caliente, para dar el tono justo. Su tambor, el inyahura,

marcaba el ritmo, imitando el canto de la tierra. Ella hubiera querido

ser como Padre pero sólo los hombres podían tocar un instrumento

sagrado en el baile de los intore.

Carine se estremeció con el recuerdo. Con una toalla mojó su

nuca y sus brazos y se frotó los ojos insomnes. El sonido de los

tambores resonaba en su mente una y otra vez. Era un sonido rítmico

que le hacía olvidar el dolor que anidaba en su alma desde aquella

noche en que los gritos y el llanto quisieron ahogar para siempre la

música de los tambores. Era primavera y acababa de cumplir ocho

años, la misma edad de Vincent. La guerra civil sacudía Ruanda

sembrando el terror, devorando cuantas vidas encontraba a su paso.

La niña era capaz de sentir el miedo, que se extendía a su alrededor

como una tela de araña. Aquella noche, sobre las tres, su madre la

despertó. Madre llevaba sobre la cabeza un hatillo con sus escasas

pertenencias y, en la espalda, a la pequeña Agnes. «Vamos, en la

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iglesia estaremos a salvo», dijo. «¿Estará allí Padre?» –preguntó

Carine- Madre no contestó.

Habían pasado veinte años desde entonces. Carine hubiera

querido olvidar las imágenes, hubiera querido olvidar el sonido de las

botas, los hombres de piel oscura avanzando hacia la iglesia, las

granadas destrozando los cuerpos, los machetes mordiendo la carne,

las llamas que devoraron la aldea, el olor, olor espeso a miedo y

muerte, mezcla de sudor, orín y sangre. Con los primeros rayos de la

aurora vio caer a Madre y a la pequeña Agnes. Ella huyó hacia el

bosque. Un soldado muy joven, apenas un niño, corrió tras ella,

arrastrándola por los cabellos hacia la maleza. Carine se dispuso a

morir pero un instinto más fuerte que ella misma hizo que se

resistiera con denuedo e hincó sus dientes con tanta ferocidad en la

carne del soldado que le arrancó el lóbulo de una oreja. El muchacho,

presa de la ira y del dolor, alzó el machete con extrema violencia para

hundirlo en el cráneo de su víctima pero algo lo hizo retroceder. Era

el reflejo de la pantera, su mirada amarilla y verde que se dibujaba

salvaje, amenazadora, sobrenatural, en los ojos de la niña. Después

huyó y Carine se ocultó en la espesura.

Nunca supo cuántos días vagabundeó sin rumbo, alimentándose

tan sólo de raíces e insectos. Una noche decidió volver a casa.

Ignoraba cómo hacerlo pero finalmente el camino salió a su

encuentro. Allí, entre escombros y cenizas, halló el tambor, la luna

herida. Carine se sentó junto al ingoma, ajena a las montañas de

moscas y de cuerpos corrompidos, sólo atenta al ritmo que marcaba

en su alma de niña un latido de esperanza. Un hombre alto con un

chaleco y un casco azul llegó a la aldea una mañana. Carine acarició el

ingoma y cerró los ojos, preparada para abandonarse por fin a un

destino más amable que la vida. El hombre la alzó en los brazos.

“Pauvre créature”. Desde entonces, la pantera volvía cuando más la

necesitaba, justo a las tres. Volvía para recordarle que era fuerte y

podía soportarlo todo. Todo menos perder a Vincent.

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Carine intentó disipar las sombras de una intuición funesta y

abrazó al niño. Al salir el sol, lo despertó con suavidad. Vincent estaba

contento. Aquel día era el festival de los tambores y su madre iba a

tocar por primera vez. Frente al espejo, Carine repasó sus labios con

carmín ligero y se ajustó la túnica abullonada sobre la camiseta

negra. En la sala la esperaban las mujeres, mujeres de todas las etnias

unidas en el dolor de una sola herida abierta que sanaba a golpe de

tambor. Tras la matanza no hubo quien hiciera sonar los tambores.

Sólo quedaron las mujeres, mujeres que no eran las elegidas.

La percusionista se sitúo frente al tambor, respiró hondo y elevó

los brazos al cielo. El orgullo de la sangre de su padre recorría sus

venas y le otorgaba la fuerza necesaria para dar el toque justo. Pero

sólo unos segundos antes de que los palillos cayeran hacia la tela un

reflejo fugaz, destellos de luz amarilla y verde, le ofrecieron la visión

de un mar lejano. Frente a la costa, el cuerpo inerte de un hombre

joven sin rostro se mecía sobre las olas. De sus dedos largos colgaban

algas rojizas, pequeños peces y anémonas de mar que semejaban el

esbozo de una escultura inacabada. Los ojos vidriosos del hombre

miraban hacia el Norte. En la sala los tambores empezaron a sonar.

Nota: Ingoma Nshya es un grupo de mujeres percusionistas fundado en

el año 2005 por Odile Katese, como parte de un proyecto en la

Universidad de Batura.

Alicia García Herrera (Valencia)

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En esta noche aciaga

A clue - doo-bi-doo-wah (Huesca) - http://ensilencio.deviantart.com/

«...en esta noche aciaga»

No recordaba dónde había escuchado esa frase, pero desde

hacía meses daba vueltas en su cabeza.

Resopló y tachó la frase. Se quedó mirando hacia el papel, con la

mirada perdida, sin enfocar. Se sentía vacío.

—Vacío en esta noche aciaga —dijo en voz alta.

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Media risa socarrona salió de lo más profundo de sus pulmones.

Al menos, no había perdido la gracia, aunque sería mucho más

gracioso si tuviese a alguien con quien compartirlo.

Se levantó de la silla estirándose. Podría haber contado todas y

cada una de las vértebras por su crujido. Se sentía viejo y cansado.

Por un instante sopesó la posibilidad de ponerse la ropa de

deporte y salir a correr. Tras las cortinas echadas parecía que hacía

una buena mañana de sol.

—Demasiado sol para una noche aciaga —dijo de nuevo.

Tenía que quitarse esa frase de la cabeza, le estaba volviendo

loco. Se decidió por el bourbon, era más efectivo. Cogió un vaso sucio

del fregadero de la cocina, lo olió y lo dio por bueno. Llenó tres

cuartas partes de bourbon barato y volvió al escritorio.

De pie vio las hojas desparramadas de su manuscrito desde

otro ángulo. Había más tachones que letras. Se sintió un fraude. De un

trago bebió más de la mitad del vaso. Estaba caliente. Un escalofrío le

recorrió la nuca cuando el alcohol pasó por su garganta. No hizo nada

por evitar la mueca de asco.

Recogió todos los papeles con cuidado en un montón perfecto.

Los cuadró, los colocó y los volvió a cuadrar. Después, los metió en la

papelera sin más. Pensó que el hecho de tirar tres meses de trabajo a

la papelera debería haber tenido un poco más de teatralidad, pero en

realidad le daba lo mismo.

Se dejó caer en el sofá. No sabía cómo había llegado a ese punto

pero debía hacer algo para remediarlo. Desde la estantería de

enfrente le miraban sus novelas como burlándose de él. Podía llegar a

sentir la risa socarrona de Steven, su asesino fetiche, desde el interior

de las páginas. Había sido bueno. Había sido grande. Había llegado a

ser un referente en su estilo. Ahora no era nada. No era más que una

mala frase recurrente. Steven no se dignaría ni a escupirle a la cara.

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«Tengo que volver a los orígenes» pensó mirando el lomo de su

primer libro.

Deseaba volver a aquella época cuando escribir era para él como

respirar: sencillo, natural, sin ningún tipo de esfuerzo. Las palabras se

agolpaban tan rápido en su mente que no era capaz de contenerlas.

Simplemente se sentaba y dejaba que todo fluyera.

—Te lo prometí. Prometí no volver a aquello —dijo mirando

hacia el portarretratos de la estantería.

Fue lo único que le pidió: un año limpio y volvería con él. «No es

para tanto» había pensado en su día. Pero si lo era. Ya no era él, había

perdido su esencia, sus ganas de vivir, el motivo por el que se

levantaba cada día. Y lo que era peor, había perdido su inspiración.

«No tiene por qué enterarse» pensó un lado oscuro de su

cerebro. Intentó desechar esa idea. «Claro que se enterará. Ya se

había enterado una vez ¿por qué no iba a ser igual? En aquella época

era más confiado. Solo es cuestión de tener cuidado. Mucho cuidado.

Y eso sabes hacerlo”.

Se levantó con determinación. Había decidido que lo volvería a

hacer. «Sólo por esta vez, sólo un libro más» se repetía mentalmente.

Una pequeña parte de su conciencia le quería recordar que no habían

pasado ni tres meses desde que ella se fue. Menos de tres meses y no

había conseguido mantener su promesa. «Sólo una vez más. Seré

cuidadoso».

No le había costado ningún trabajo decidirse. En realidad, sabía

que no lo había decidido, sino que todo lo anterior había sido una

farsa. La promesa, el tiempo que había pasado limpio, el penoso

intento de escribir sin “ayuda”... todo.

Media hora más tarde ya estaba en la calle, despejado, bañado e,

incluso, oliendo a perfume. Se sentía nervioso, como si fuera a una

primera cita. Paseó por las calles del centro sin rumbo fijo durante un

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ato disfrutando del momento previo. Luego le vio: delgado,

desgarbado y con pinta de soñador. Tenía que ser él. Le siguió a una

distancia prudencial hasta que se metió en una casa. Entonces, sacó

su libreta, miró su reloj y anotó la hora y la dirección.

Suspiró. Era un suspiro más de satisfacción que de alivio. Había

comenzado. Dedicaría dos semanas de seguimiento para conocer sus

horarios y costumbres. No podría dedicar más de una semana para la

planificación y la ejecución de este asesinato, tenía una fecha límite

para la entrega de su siguiente manuscrito. Sería suficiente. Pasó por

delante de una carnicería. «Un gancho para carne, me gusta». Ya tenía

arma del crimen, sólo tenía que pensar cómo deshacerse del cadáver

sin dejar rastro. Esta vez debería ser más cuidadoso. Aunque hasta

ahora la policía nunca le había considerado sospechoso, ella lo supo

hacía tiempo. «Sólo tengo que tener más cuidado» pensó. Haría que

su alter-ego Steven se sintiera orgulloso.

La planificación del asesinato ya se estaba formando en su

cabeza, trasladarlo todo a la novela sería rápido y sencillo. Sólo le

faltaba el título

«En esta noche aciaga» pensó sonriendo.

M.H. Heels (León)

http://mhheels.wordpress.com/

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Amén

Fotografía de Cristina Otero (Madrid) http://cristinaotero.com/es/

(aportada por el autor)

Este asunto es de gravedad, pues cada vez que lanzo un

pensamiento al cielo, cae hacia ti. Derramando tu piel sobre la mía. Tu

cielo se vuelve mar y en él me ahogo, no respiro ni quiero hacerlo, me

contraigo en un suspiro y me lanzo a la playa de tus piernas.

Te llamaré manzana, por la tentación de tenerte bien puedo

perder el paraíso. ¿De qué vale? Si contigo el infierno es tan dulce.

Manuel Alejandro Ramos Ayala (Naica, México)

http://chatomusik.blogspot.mx

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Never look back - Véronique Carreño (Barcelona)

https://www.flickr.com/photos/veroniquecarreno/

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Vuelve la mirada

Vuélvete para ver qué has dejado atrás.

Esa mirada cálida que te arropó tanto tiempo,

esas ganas que te contagiaron hambre de amor,

esa cintura que te tuvo adentro.

Vuelve la vista y pósala en mí.

Recuerda así el día de besos infinitos,

recuerda amaneceres despiertos,

sábanas revueltas

que eran un mundo repleto de secretos,

mi cabeza reposando en tu pecho,

mi pierna en tu pierna,

mis labios en tu cuello,

todo silencio.

¡Vuélvete! Contempla lo que una risa comunica,

lo que las palabras no cuentan,

lo que duele un vacío, un gesto,

lo que anunciaron tus dedos

que ya no acariciaban como antes…

Ten el valor de volver a mirarme.

Alicia Muñoz Alabau (Valencia)

https://www.facebook.com/PonerseAlas

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Business smile – Kraa (Finlandia) http://spoonfayse.deviantart.com/

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Buitre

Visto por detrás, su cabeza es un elemento alargado que

sobresale desde el cuello sin que apenas se pueda diferenciar dónde

muere éste y nace aquélla, asemejándose el conjunto a un zeppelín.

En la coronilla el tiempo o la naturaleza han ido creando un remolino

rebelde como una tonsura, dándonos a entender que la fisonomía del

otro lado no nos va a sorprender.

La otra cara del zeppelín no sorprende, pues. Luce una pulida

barbita de chivo, una nariz prominente sobre la cual se encaja, de vez

en cuando, unas gafas. La nariz se abomba y expande cuando, a través

de sus oscuros canales, aspira el mundo a su alrededor. Se desliza con

rapidez por la oficina, tieso, enjuto como un sarmiento sin que nada

parezca escapar ni a su nariz ni a sus ojos de ave rapaz.

Si, por salvar el pellejo, tuviera que poner en duda su propia

existencia, no dudaría en hacerlo. Eso y cualquier otra cosa que

pueda favorecer sus intereses. Navega con soltura entre varias aguas

sin llegar a mojarse en ninguna.

Una frase que resumiría su filosofía: «Cuando los intereses

particulares chocan con los del grupo, siempre prevalecen los

primeros»

Elena Casero (Valencia)

http://elenacasero.blogspot.com.es/

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It’s all a joke – K C Youm (EUA) https://www.behance.net/kyoum

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Detalle

El grupo estaba reunido, la lucha debía comenzar, todos lo

escuchábamos, en su arenga decía:

—Nuestra lucha no será en vano, no somos corderos, debemos

enfrentar la realidad, sólo así podremos volver a ser dignos hijos de

esta tierra.

—Todos lo que tengan güevos, síganme. Lo miró fijo esperando

una respuesta, él se encogió de hombros.

—¿Qué pasa?—le preguntó.

—Yo no voy —respondió, encogiéndose de hombros.

—¡Qué!, ¿eres un cobarde?

—¡Noooooo!

—¿Y entonces?

—Es que yo no tengo.

—¿Cómo? ¿Qué pasó?

Le hizo una seña de tijeras con dos dedos.

—¿Por qué? ¿Tuviste problemas?

—Sí, un problema de audición, ella me rogó muchas veces que

fuera al médico, quizás solo era cera acumulada, lo que con un simple

lavado lo solucionan. No fui.

—¿…?

-—No fui…

—¿Y eso que tiene que ver con la falta de güevos?

—No escuché cuando entró el marido…

Luis Alberto Molina (Rosario, Argentina)

http://www.luismolin.blogspot.com.es/

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Blues Singer – Ryan BronSolo (EUA)

http://www.bronsoloillustration.com/

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Epílogo

Ella tenía la voz rota pero dulce. Esa clase de voz que te va

calando hasta el fondo de las entrañas y hace que la oigas todo el

tiempo. Su tristeza traspasaba sus ojos y se colgaba de tu mano como

un niño desvalido que te siguiese a todas partes. Cantaba en La vieja

tasca todos los jueves. Celine, la gran dama del blues, acompañada de

Tom, el saxofonista ciego, conseguían llenar el local y multiplicaban

las consumiciones de alcohol.

A mí se me rompía algo dentro cuando la oía, y salía del local sin

recomponerme del todo, con un nudo en el cuello que intentaba

tragar con sorbos de whisky seco al llegar a mi solitario y revuelto

apartamento. Alguna vez, confieso que grabé su voz en la atiborrada

cantina, para volver a escuchar sus temas después, en la soledad de

mi casa. Cuando cantaba, el silencio se extendía como un manto sobre

los asistentes y sólo existía ella, la gran dama de la voz rasgada, que

lograba penetrar en las fibras más resistentes.

Al finalizar el espectáculo yo pagaba mi consumición y me

marchaba a casa. Una vez dentro me despojaba de mi vieja gabardina,

me servía mi propia bebida y sacaba la grabadora para oír de nuevo

su voz, tumbado sobre el destripado sofá, masturbándome hasta la

extenuación. Siempre me decía a mí mismo que al siguiente jueves la

abordaría, la invitaría a cenar en el club y reservaría una habitación

en el Imperial: la mejor suite, que haría llenar de rosas rojas y

champán ambientándola para que ella cantase para mí como la reina

que era.

Ocurrió el último jueves de abril. Desde entonces, borré todos

los años esa fecha del calendario. Ese era el jueves en que pensaba

invitarla. Me había puesto mi mejor traje y pasé antes de hora por la

cantina. Le pregunté a Luis por ella, por mi particular Marlene, y me

señaló la dirección hacia su camerino. Juro por dios que nunca antes

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había tenido el valor de llamar a su puerta. No sabía nada de su vida

ni de sus miserias. Y tuvo que ser ese maldito jueves cuando la

encontré, tarde y nunca. Abrí la puerta de su camerino lentamente, al

no obtener respuesta y comprobar que no estaba cerrada con llave.

No estaba en modo alguno preparado para ver lo que vi. Si es que uno

puede prepararse alguna vez para asistir a la total mutilación de sus

sueños, al caos que supone ver todas tus ilusiones representadas en

ese rictus macabro que la muerte otorga a quien nos es querido. Allí

estaba mi muñeca: rota, descompuesta. Mi gran dama de la voz

rasgada. Derrumbada sobre una butaca, frente al espejo, con una

jeringuilla aún clavada en su inerte brazo y la cabeza volteada hacia

atrás con sus vidriosos y tristes ojos clavados en mí, cubiertos por el

velo de la nada más absoluta.

No volví a salir de casa ningún jueves, ni a pisar la calle ningún

mes de abril, aunque mi encierro me costó el despido y mis colegas

comenzaron a mirarme con esa falsa expresión de condescendencia

con la que suele mirarse a quien ha conocido mejores tiempos antes

de caer en desgracia. Instalé mi propia oficina en mi apartamento:

Toni Roca – Detective privado. Allí pasaba las tardes, envuelto en una

nebulosa que ni los escasos clientes que se aventuraban a preguntar

por mis servicios lograban atravesar. Algo se quebró

irreparablemente en mi interior. No volví a hallar placer en nada, ni

siquiera en un trago del mejor whisky.

Sin ninguna alegría he continuado por la vida hasta hoy, cinco

años más tarde y, de nuevo, último jueves de abril. Por primera y

última vez en estos años he conseguido reunir el suficiente valor para

volver a escuchar su voz, que suena desde la grabadora mientras

escribo estas líneas, un poco antes de que encuentren mi cuerpo y

este breve resumen de lo que ha sido de mí.

Manuela Vicente Fernández (Viana del Bollo-Orense)

http://lascosasqueescribo.wordpress.com

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Aromas del campo

Imagen aportada por la autora

Yacentes rosas

siembran la tierra de púrpura y grana,

de ebrio aroma de brisa,

de memoria, de vida, de traslúcidas alas

tejidas con hilos de plata y canela.

Dédalo afrutado, fresco...

...almizclero de perfumes

que esparcen virutas de esencia

y fragmentos de polen tierno.

Ondas silenciosas que inhalan fragancias

y suspiran secretos entre la tierra mojada

y el balbuceo insondable de un pálido ocaso.

Mª Belén Mateos Galán (Zaragoza)

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Almost midnight – Asia Liv (Israel) http://asialiv.deviantart.com/

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La calle de las Santas

tenemos un perro y un gato;

un perro y un gato que nos esperan

en las escalinatas de la calle de las Santas,

justo bajo la plaza del mismo nombre;

plaza insignificante en cuanto a dimensiones;

insignificante incluso por el material que la cubre

¿los recuerdas?

aquellos amantes,

los que solían bajar por las escalinatas,

las de la plaza,

la de las Santas,

todos los días,

durante el tiempo que les tocó vivir, ahí

dichosos

descubrimiento que hacían de ellos mismos,

roce de cuerpos,

paralelismos de andar,

bocas puestas al deseo,

¿lo recuerdas?

el beso con que se encontraron la primera vez,

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aún tiembla en mi boca,

sabor de primer segundo,

encuentro mutuo,

abrazo de presentación,

tu calor en el mío

momentos al subir,

por las tardes, a la habitación,

pequeño rincón donde extender el deseo,

o reír del perro y del gato

de la callejuela,

la de la plaza,

la de las Santas,

la de las rondas

José Luis Sandín (Valencia)

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La niña que veía sólo el sol

Sunrise eyes – Katie Alves http://katiealves.deviantart.com/

Ese día su vientre no se sentía como de costumbre, suave y

cálido, sus manos tocaban mecánicamente su piel suave pero tensa.

En su octavo mes de embarazo, esas mismas manos se afanaban por

acariciar el fruto que germinaba dentro.

Sentía dos corazones latir dentro de su corazón, mientras tejía

medias de lana diminutas con pompones rosa y sonaba en el

ambiente la música que sólo aparece en los buenos sueños.

Esa noche bebió la leche tibia para pasar la noche durmiendo al son

de esos latidos.

La ambulancia llegó de madrugada, mientras las sábanas

humedecían sus muslos, cuando entre pantallazos difuminados por el

miedo se encontró con Ana en sus brazos; poco rato hasta que figuras

de blanco abrazaron a su hija y en medio de remolinos de pasión y

ternura la llevaron a cuidados más intensos.

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Luego de días, meses, años incontables, Ana se sienta en el

parque con sus ojos de color de césped, césped que no puede ver,

solamente oler.

El perro, al que acaricia con sus manos, pasa la lengua dulce en

sus mejillas, mientras sus ojos se pierden en el infinito de lo obscuro.

Mariposas que arrebolan sus cabellos y su eterna sonrisa sin pecado.

Caramelos sin color pero como deben saber las aguas en el paraíso, y

los cuentos por las noches imaginando desde la voz de su madre

príncipes sin rostro y colores sin vida.

La sonrisa de cuento, las manitos de cinco años hambrientas de

sentir y de palpar; ver sólo una luz muy intensa, dorada miel, rayo de

vida en sus ojos ciegos... Bola de fuego que acaricia su alma, única luz

que vio y verá, pero que calienta su pecho como fogata al son de los

latidos de su corazón alegre por sentir y ver nada más y nada menos

que al mismo sol. Sol que siente en su plexo y que le brinda todos los

colores en la paleta del mismo Dios.

Y su vida será sentimientos sin mácula con jardines que huelen

a fresa, caramelos que saben a cielos y con el resto de su vida por

vivir, sintiendo sensaciones que sus sentidos no sienten.

Como las doradas manzanas del sol que su madre le leía en sus

noches eternas...

Lucho Bruce (Mar del Plata, Argentina)

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La camioneta del señor Sonrisas

Imagen aportada por la autora

Me llamo Tina, tengo ocho años y todos los domingos voy con mi

padre a comprar helado a la camioneta del señor Sonrisas. Me gusta

el de chocolate y vainilla, con muchos lacasitos de colores esparcidos

por encima. En realidad nunca he visto al señor Sonrisas, porque la

que vende los helados es una chica con gafas. Lleva el pelo sucio y es

un poco antipática. Mi madre dice que no me fíe de la gente «guarra»,

pero en mi pueblo nadie más vende helados en otoño. Mi padre me

lleva a la camioneta a escondidas mi madre. A él no le gusta que vaya

sola, aunque le digo que nunca iría sola a ningún sitio. Le digo que

tengo a Bobby. Bobby tiene mi edad, lleva el pelo negro, muy corto y

tiene un parche en el ojo, como un pirata. Siempre llora mucho

porque dice que no sabe donde están sus padres. Cuando hablo de él

papá se calla y deja de mirarme. A mis padres no les gusta Bobby

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porque dicen que es «imaginario». Mi madre cree que le inventé a

partir de la foto de un niño en un cartón de leche. Me dan pena esos

niños porque están desaparecidos. Mis padres no quieren que vea las

fotos de esos cartones porque creen que me pongo muy triste y

después no puedo dormir.

Con mis padres no puedo hablar de los niños desaparecidos

pero con Bobby sí. Para mí sí que existe y es mi mejor amigo. Mi

padre dice que lo de Bobby se me pasará y entonces mi madre se

enfada con él. Últimamente se gritan por todo.

Hoy es domingo y estoy decidida a probar un helado de fresa. Es

el favorito de mi padre. Me visto y bajo rápidamente las escaleras.

Llamo a mi madre pero no me escucha; está sentada en la cocina y

tiene la cabeza escondida entre los brazos. En la mesa hay una botella

vacía de algo que no sé identificar. Llamo a mi padre y tampoco me

contesta. No veo sus zapatos. A lo mejor ha salido. Vuelvo a la cocina

y le pregunto a mi madre. Dice que papá no va a volver y que se ha

olvidado de mí, pero no le creo. Veo el abrigo de mi padre tirado en

una silla y meto la mano en uno de los bolsillos.

¡Monedas! No me voy a quedar sin probar mi helado de fresa. Le

digo a mamá que voy a jugar al parque y no me contesta.

Bobby está esperándome. Dice que lleva así un buen rato. Hoy

no está solo; ha traído a un amigo. Se llama Danny. Es rubio y

huesudo. También llora y me pregunta si he visto a sus padres. Me

recuerda al niño desaparecido que vi en el cartón de leche de la

semana pasada. Lo tuve que buscar en la basura porque mi madre lo

tiró antes de que yo bajase a desayunar. Mamá diría que es un mal

presagio, lo de que Danny se parezca tanto a ese niño. Que me he

inventado otro amigo invisible. Yo sé que son niños de verdad, como

yo. Creo que Danny sabe que le quiero preguntar algo.

Hace frío y Bobby me coge de la mano. Cada vez estamos más

cerca de la camioneta y estoy un poco nerviosa. No veo por ningún

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lado a la antipática chica con gafas y el pelo sucio. Mal presagio, diría

mamá. El mostrador está cerrado y hay un hombre muy viejo al lado

de la camioneta. Nos guiña un ojo y nos dice que es el señor Sonrisas.

Le aplaudimos. Nos dice que hace mal tiempo y no va a abrir la

camioneta. Nos dice que a lo mejor puede hacer una excepción. Que

no tienen por qué perderse todos los helados y le pregunto por el

helado de fresa. Me mira y dice que puedo comer las bolas que yo

quiera. Le aplaudimos de nuevo. Nos dice que vayamos a la parte de

atrás. Entramos juntos a la camioneta y cada vez tengo más frío. Ya

no siento la mano de Bobby. Me doy la vuelta y sólo veo al viejo que

me sonríe de una forma que no me gusta. Bobby y Danny ya no están.

Siento que mis pantalones se humedecen y un pequeño charco se

forma bajo mis pies. El señor Sonrisas ya no sonríe. Sus arrugadas

manos cada vez están más cerca de mí. Parecen garras. Mamá diría

que es un mal presagio. Ya no quiero probar el helado de fresa ni ver

a Bobby ni a Danny. Ya sé dónde están los niños desaparecidos. Creo

que mi foto va a salir en uno de esos cartones de leche y mamá se va a

tapar la cara y va a gritar a papá. Todo esto es culpa del helado de

fresa.. Cierro los ojos con fuerza y siento las uñas del viejo raspar mis

mejillas. Se clavan en mi piel y su aliento es muy desagradable. Me

hace llorar y gritar.

Sigo con los ojos cerrados, pero ya no siento sus sucias manos

sobre mi cara. Cuento hasta diez, como si estuviese jugando al

escondite y abro los ojos. El señor Sonrisas está tirado en el suelo de

la camioneta. En el charco de pis. Me da mucho miedo y siento que no

puedo respirar bien. Le toco con la punta de la zapatilla. No se mueve.

Sus manos tampoco se mueven. No respira. Es un mal presagio, digo

en voz alta, grito, abro la puerta y salgo corriendo de la camioneta.

Creo que no voy a probar nunca el helado de fresa.

Christine Carcosa (San Pedro del Pinatar, Murcia)

http://christinecarcosa.wordpress.com

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Ilustración de Bee Johnson (EUA) para The Boston Globe

http://beejohnson.com/

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Sucedió en un pequeño pueblo andaluz

Cuentan los anales de un pequeño pueblo andaluz, cuyo nombre

prefiero silenciar, un curioso y extraño suceso. Coincidiendo con la

llegada de un apuesto y guapo médico que se hacía llamar Don

Emilio, el estado de salud de las mujeres más lozanas sufrió un súbito

deterioro. Raras enfermedades, sin manifestaciones físicas aparentes,

empezaron a afectarles sin distinción entre solteras o casadas.

Día a día, el dispensario se abarrotaba de enfermas que lucían

sus vestidos de domingo. La situación llegó a ser tan grave que se

tuvo que limitar el número de consultas diarias.

Según se recoge en las crónicas de la época todas las pacientes

alababan el talento que profesaba Don Emilio para la medicina.

También les causaba admiración sus profundos conocimientos de

anatomía. Sin embargo, un efecto secundario de sus tratamientos les

impedía cumplir con asiduidad con sus deberes conyugales. Se

detalla que esta circunstancia creó un gran malestar entre los

hombres del pueblo, quienes no notaban que su medicina tuviera en

ellos el efecto beneficioso que predicaban sus mujeres.

Se explica en las crónicas que, de la misma manera que

empezaron a enfermar, se curaron. Parece ser que ocurrió de forma

repentina, a partir de la extraña desaparición de Don Emilio. Según

los testimonios nadie supo el motivo ni las circunstancias. Se dice que

su casa amaneció un buen día con la puerta abierta. En el interior se

encontraron todas las pertenencias del doctor; tanto su ropa, como

los demás efectos personales, incluidos los útiles de su profesión. Las

investigaciones posteriores no arrojaron luz sobre el asunto. No

obstante, por aquellas mismas fechas, se ha datado el nacimiento de

una leyenda popular en los pueblos vecinos que narra cómo, una

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noche, se apareció un espectro con forma de hombre desnudo que,

corriendo como alma que lleva el diablo, cruzó toda la sierra al grito

de «¡me quieren escopetear!»

Sea como fuere, lo cierto es que, desde aquel día, las mujeres

dejaron de enfermar y volvieron a cumplir con sus maridos. Poco

tiempo después, coincidiendo con la llegada del joven y atractivo

párroco Don Sebastián, un repentino fervor religioso creció en ellas.

Se apunta que tanta era la necesidad que tenían de purificar sus

almas, y tanta la misericordia del cura, que las visitas al confesionario

podían alargarse toda la tarde. Pero esa es otra historia.

David Rubio (Sant Adrià de Besòs, Barcelona)

http://elreinorobado.blogspot.com.es/

72


Atardecer

Fotografía de Seymore Sinn (EUA) aportada por la autora

https://www.flickr.com/photos/poorgourmet/

En un banco sentada

con la herencia adquirida

de aquellos que apacibles

midieron con mesura

el tiempo de sus días,

sigo inmóvil la luz

que declina en la yerba

apenas recortada

de este viejo jardín.

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Entrelazadas hojas

que albergan multitud

de inquietas existencias

en ellas escondidas.

Qué sabré de sus vidas

más que ese ir y venir

de frágil subsistencia?

Se va escapando el tiempo

que con tanto sigilo

hace suyo el instante.

Todo va, gira y vuelve

de nuevo hasta este banco

mientras el sol envía

sus últimos reflejos.

Marga Alcalá (Valencia)

http://comolaspiedrasoelviento.blogspot.com.es/

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