VE-22 MARZO 2016

rafasastre

Número 22 – Marzo 2016


© Todos y cada uno de los derechos de las obras literarias, fotografías o

ilustraciones publicadas en esta revista pertenecen en exclusiva a sus

respectivos autores (aunque en algunos casos no se citen los nombres)

Portada:

Imagen encontrada en la red - Autor desconocido

Diseño y edición: Rafa Sastre

Colaboraciones: revistave@hotmail.com

«Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro»

Emily Dickinson (1830-1886)

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Índice

Bienvenida, primavera (Rafa Sastre) Pág. 1

I Maratón de Microrrelatos Valencia Escribe Pág. 3

Flores para Alice (Christine Carcosa) Pág. 7

Trashumantes (Aurora Losa) Pág. 11

Alma mater (Conxa Gausí) Pág. 13

Penitencia (José Luis Sandín) Pág. 15

El fin (Enrique Mochón) Pág. 17

8 de marzo (Esther Moreno) Pág. 19

Obra perfecta (Rafa Olivares) Pág. 21

La llamada (Alicia García) Pág. 23

Collage (Lluïsa Lladó) Pág. 27

Reserva 2009 (Marisa Martínez) Pág. 29

De rodillas (Aldana Giménez) Pág. 31

Ella (Luis A. Molina) Pág. 33

Exhumación (David Rubio) Pág. 35

Mis palabras (Alicia Muñoz) Pág. 37

La delgada fila roja (Belén Mateos) Pág. 39

Miradas de mujeres - 4ª mirada (M.Luisa Pérez) Pág. 41

Miga de pan (Jorge Richter) Pág. 43

Perdidos (Nicolás Jarque) Pág. 45

Lo invisible (Ferran Garrigues) Pág. 47

Despedida de una lágrima (Eva C. Franco) Pág. 49

A poqueta nit (Rafa Sastre) Pág. 51

El sueño del mundo (Manoli Vicente) Pág. 53

El lenguaje del agua (María Ramos) Pág. 55

Un amor (Maÿlis Bohère Rousselbin) Pág. 57

La caja de cartón (Pernando Gaztelu) Pág. 59


Volando sobre el mar o El tío del paraguas

Juan Luis López (Castell de Ferro, Granada)

http://dididibujos.blogspot.com.es/


Bienvenida, primavera

Después de la resaca del Maratón de Microrrelatos celebrado

con gran éxito en Massalfasar el pasado día 20 de febrero, toca seguir

leyendo y seguir escribiendo. Por eso hemos convocado un nuevo

recital en Kaf Café para el 12 de marzo. Esta vez, con una novedad

que esperamos sea del agrado de todos: el cantautor valenciano

Juanjo Frontera amenizará la velada con algunas de sus creaciones.

Y en breve, «en un tres i no res», como esa primavera que se nos

viene encima (ya están aquí las Fallas para recordárnoslo), nuestro

nuevo libro, «El tiempo y la vida». Otro volumen colectivo en el

aparecerán los mejores textos remitidos al concurso interno que

comenzó en septiembre de 2015. Serán 67 textos de 40 autores

diferentes. Drama, humor, amor y mucha literatura. Prometemos que

sorprenderá y gustará. Con esta obra, Valencia Escribe se sumará al

festejo cultural que cada mes de abril, en nuestra ciudad, constituye

la Feria del Libro.

Nos vemos pronto. Sed exageradamente felices.

Rafa Sastre

1


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I MARATÓN DE MICRORRELATOS

VALENCIA ESCRIBE – MASSALFASSAR

El pasado sábado 20 de febrero vivimos una jornada histórica

en Massalfassar. 51 participantes se disputaron el honor de ser el

ganador o la ganadora del primer maratón de microrrelatos

(presencial) que se ha llevado a término en la Comunidad Valenciana.

Y esa distinción recayó, merecidamente, en la joven malagueña Isabel

Garrido Muñoz (en la foto de la anterior página, leyendo su relato).

A continuación reproducimos la obra ganadora y las

presentadas por los otros tres finalistas. El reto en la última prueba

consistía en escribir un texto con un máximo de 50 palabras, en tan

solo 15 minutos, que comenzara con el enunciado "Quedan quince

minutos, cuarenta y cinco segundos y tres milésimas" (ni el título ni

esa frase contaban en el cómputo de palabras). Nada fácil, por cierto.

PRIMER PREMIO – Isabel Garrido Muñoz

QX

Quedan quince minutos, cuarenta y cinco segundos y tres milésimas

para ver si sigo vivo o muerto. Llevo tres horas y media caminando

por este túnel, no sé ya dónde estoy. Pasan los minutos, estoy perdido

y oigo una voz: «¡Despierta!». Abro los ojos. La luz. Toso. Sacan

entonces un tubo de mi boca y me animan a seguir respirando.

3


SEGUNDO PREMIO – Ernesto V. Salcedo Aparicio

RESISTENTE

Quedan quince minutos, cuarenta y cinco segundos y tres milésimas.

Giro como una peonza y no me puedo detener. La gravedad me atrae.

Vuelvo a mirar mi smartwatch mientras la tierra se va aproximando

inexorable. ¿Será verdad que es indestructible? Yo ya sé que no.

TERCER PREMIO – Manuel Salvador Redón

CRONÓMETRO, FINAL DEL CONCURSO

Quedan quince minutos, cuarenta y cinco segundos y tres milésimas.

Despreciamos las milésimas y los segundos. Quedan quince. Lástima,

mi padre ya se fue y no podrá presumir de mí. Mi madre le sobrevive.

Quedan tan solo diez minutos y he de resolverlo. Sólo cinco. Algo

ingenioso y concluyo. Hasta aquí llegó este pobre escribidor.

CUARTO PREMIO – Iván Canet Moreno

ES TIEMPO DE FLORES

Quedan quince minutos, cuarenta y cinco segundos y tres milésimas.

Qué cantidad de tiempo, ¿verdad? ¿Quién se preocupa por contar el

tiempo tan minuciosamente? Pero Times Square bulle de emoción y

en las faraónicas pantallas iluminadas aparece la detallada cuenta

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atrás. Nixon, ahora mismo, está en su despacho mirando su Cartier y

contando los minutos, los segundos, las milésimas; mientras, una

maquilladora retoca sus agrietadas mejillas: la televisión es muy

indiscreta. La gente, aquí en el epicentro mundial, baila y canta y

celebra que el pelo ha vencido, que el amor ha vencido, que la

protesta ha vencido. Nixon frunce el ceño: «Queridos ciudadanos…»

La guerra, por fin, ha acabado.

(Este texto –admirable como los demás, por otra parte- tuvo que ser

desechado al sobrepasar, por un despiste del concursante, el límite

establecido de 50 palabras. Ya se sabe que los nervios juegan malas

pasadas.)

La familia, casi al completo (Reportaje fotográfico: Rafa Sastre)

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PRÓXIMA PARADA: KAF CAFÉ

Ya lo sabéis. El día 12 a recitar. Prosa o poesía. Máximo 800 palabras.

Id chupando caramelos de menta para aclarar la voz.

Contaremos con la colaboración musical de (Juanjo) FRONTERA.

¡Todo el mundo está invitado!

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Flores para Alice

Fotografía aportada por la autora

El té se enfriaba a un ritmo preocupante en la mesita de noche

de Alice. Las petunias que le había traído Arthur poco antes del

atardecer, como llevaba haciendo los últimos diez años, descansaban

ahora sobre el suelo de madera, mezcladas con trozos de cristal de

todos los tamaños y colores posibles. Eran los restos del jarrón

favorito de Alice. Había sido un regalo de Arthur.

***

Arthur miraba fijamente la pantalla de su ordenador sin poder

hacer absolutamente nada que no fuese pensar en su mujer. Cerró los

ojos y se clavó los dedos en la frente. Apretó hacia dentro hasta

hacerse daño. No dejaba de preguntarse cómo había llegado hasta

esa situación. Se había convertido en alguien despreciable. Recordó

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cómo se había prometido a sí mismo dejar a Alice para siempre,

después del primer incidente. Ella solía llamar así a sus propias

aventuras amorosas. Arthur soltó una risita nerviosa. Su mujer era

pragmática incluso para hacerle daño. Solía marcar el número de

Arthur al acabar el polvo consecutivo, que siempre coincidía con la

hora de almuerzo de su marido. «Arthur», decía, aspirando aire por la

nariz con la suficiente fuerza como para que resonara bien por la otra

línea, «ha ocurrido un pequeño incidente y considero que debes

saberlo». No había más incidentes de ningún otro tipo en la aburrida

vida de Alice. Siempre se trataba de la misma maldita cosa.

Arthur aprendió a lidiar con ello durante un pequeño período de

tiempo. Digamos un año. Un jodido año entero aguantando los

continuos incidentes de Alice. Eran dos o tres incidentes por semana,

los suficientes para volver loco a cualquiera. Pero él intentaba

aguantar el tipo. Le gritaba a su secretaria, estampaba el café contra

la pared de su diminuto despacho y se quedaba media hora más tarde

en el trabajo. Haciendo añicos los bolígrafos. Destrozando las

montañas de papel. Durante los breves momentos de calma sacaba la

fotografía de una Alice veinte años más joven, sonriente, con el pelo

largo envuelto en una gruesa trenza rubia y rompía a llorar. Después

se pasaba por la floristería favorita de su mujer y compraba un ramo

de petunias. A Alice le encantaban las petunias. Arthur se las

arreglaba para llegar antes del atardecer a casa, con los labios

agrietados de tanto apretarlos durante los veinte largos minutos que

solía quedarse en el coche antes de entrar, y las malditas petunias en

el regazo. Ella las cogía con un seco «gracias» y llamaba a la sirvienta

para que le preparase una cena a su marido. Ya ni siquiera se

molestaba en sonreír.

Pero aquel día fue distinto. Aquel día Arthur volvió a casa y

después de un buen rato tocando el timbre, nadie le abrió la puerta.

Cuando entró, la cocina y la sala de estar estaban hechas un desastre.

Había comida mezclada con cubiertos, cristales de vasos rotos con

pequeñas gotas de sangre hechos un mejunje en la carísima alfombra.

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La imagen del jarrón favorito de Alice hecho añicos en el pasillo

desató todas las alarmas de Arthur. Era la única parte de Arthur que

todavía hacía feliz a Alice. De pronto sintió un enorme agujero en el

estómago y se obligó a continuar caminando, directo hasta la

habitación de su mujer. Llevaban tres años durmiendo en

habitaciones separadas.

La puerta estaba abierta. Un pie desnudo embutido en una

media rota asomaba por la rendija. Arthur tragó saliva. Debía entrar.

Alice estaba tirada en la cama, completamente desnuda, salvo por los

trozos de medias rotas que colgaban a lo largo de sus piernas. Las

mismas medias rotas alrededor de su cuello. Sus ojos estaban salidos

de sus cuencas. A Arthur le pareció que estuviesen mirándolo

fijamente. Dejó las flores caer en el suelo sin despegar la mirada del

cuerpo de su mujer. Sus labios estaban morados. Eran del mismo

color que las petunias.

La policía llegó casi dos horas después. Un aturdido Arthur se

había convertido en una máquina de hacer café mientras una docena

de investigadores llenaban su casa. No dejaban de mirarlo con esos

repugnantes rostros llenos de lástima. No dejaban de hacerle

preguntas a las que respondía como un autómata. Igual que cuando

compraba flores para Alice.

Arthur seguía igual de aturdido horas después, en el tren

dirección a Massachussets. Su hermana tenía una casa allí. Llevaba

siglos queriendo ir con Alice. Arthur se clavó las uñas detrás del

cuello. Todo había sido culpa de Alice. Le había robado toda su

juventud como si fuese un maldito vampiro. Había absorbido sus

ganas de vivir, las había masticado y había escupido a un atolondrado

Arthur sin piedad, vacío por dentro, como si fuese un triste muñeco

de trapo. Ni siquiera podía estar enfadado con ella. Ni siquiera podía

sentirse culpable. Incluso después de haber encontrado un trozo de

sus medias metido en un bolsillo de su cazadora.

Christine Carcosa (San Pedro del Pinatar, Murcia)

http://christinecarcosa.wordpress.com

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Foggy tunnel – Ricccardo Alù (Italia) https://500px.com/riccardoalu

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Trashumantes

Amaneció con niebla, lo normal por estas fechas, y nadie se

atreve a cruzar la cortina blanca y helada que se pega a las pestañas;

así que aquí sigo, solo con mi nostalgia.

Pero, esperad, me parece que...

No, no puede ser; hace años que no escuchaba este sonido.

Empieza como un rumor lejano y lo único que notas es un ligero

cosquilleo, muy ligero; nada que ver con la firmeza de las primeras

mañanas de septiembre, cuando conducen los novillos hacia el

pueblo; tampoco se parece al temblor de la arena bajo las ruedas del

tractor, ni al rasgar alegre de las bicicletas infantiles que invaden esta

zona en verano.

No, definitivamente no es igual.

Éste es una caricia leve, pausada, que se hace de rogar, algo que

me parece imposible hoy.

Sin embargo, aquí está, como antaño, trayendo un olor rancio e

inconfundible, tan viejo como la costumbre de la que procede.

Me niego a creer lo que oigo, lo que huelo, lo que siento, pero

pronto, entre la humedad visible, aparecen sombras blancas y, por si

no estuviera claro ya, un balido.

Por fin he dejado de estar solo, por fin, por la cañada, llegan los

rebaños.

Aurora Losa (La Palma del Condado, Huelva)

https://ladesdichadesersalmon.wordpress.com/

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Madre e hijo saltimbanquis (1905) – Pablo Picasso (1881-1973)

(Imagen sugerida por la autora)

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Alma mater

A mi madre, “mi universidad”

Te volviste de espaldas a mi pluma

sin que pudiera atraparte en las palabras

pero tu esencia se derrama en mi memoria

sin que pueda cerrarle las esclusas.

Yo amé tu fuerza, tus vísceras rabiosas

tu etiqueta de madre vigorosa

tu eterno gesto negativo a mi andadura

batallas que libramos las dos juntas

en soledades e imaginarias penumbras.

Pero cuanto te ame ¡oh madre mía!

En tiempos de única querencia

después te suplantaron por derecho

los neones de mi vientre que hoy me alumbran

Y aun transcurridos tantos años de tu marcha

se desliza mi mano hacia las teclas

queriendo escuchar tu voz al otro lado

que siempre me quisiste y que me quieres.

Ya no te tengo cada día a mi lado

el tiempo es una sanación de los dolores,

mas ya ves que de nuevo esta conmigo

tu etérea presencia, tus doctas palabras

que me llegan ahora sin reproches.

Conxa Gausí Caballero (Valencia)

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Lost in eternity – Magda (Polonia) http://kayleeya778.deviantart.com/

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Penitencia

Aún no me aclaro. Mi cuerpo aún no logra acostumbrarse a esta

nueva situación. Quizá tu cabello corto o el esplendor de tu sonrisa

aceleraban algo dentro de mí. También tu silueta, aerodinámica,

enfundada en su polimérico traje azul, ondulaba en mis neuronas, y

me impulsaba al movimiento irracional de tomarte entre mis brazos

y apretujarte con todas mis fuerzas. Tu cuello me parecía de tal

coquetería que deseaba sentir el latido de su carótida en mis labios.

Tu cabello sobre la frente flotaba con el compás de tu caminar.

Incluso la pistola sobre tu cadera bamboleaba sensualidad.

No sabía cómo hablarte sin que mis pupilas me delataran y me

denunciaras al Mayor. El calor que bañaba mi cara casi me derretía la

expresión, la sangre circulaba glacial por mis piernas. Reías, sí,

porque siempre usaba las gafas ultravioleta, las que ni siquiera me

quitaba en la cámara del sueño, dijiste una vez.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque te he visto en ella..., y varias veces.

Lo sabía, por supuesto que sentía tu mirada cuando pasabas en

tu ronda, cuando..., quiero decir: no, no lo supe hasta entonces,

cuando me lo dijiste. Entonces me di cuenta de que no te soñaba, y

que estabas a mi lado, y que casi sentía tu respiración junto a mi

cuerpo, casi veía el cristal empañado con tu aliento de luz.

¿Por qué tropezaste, y chocamos, y nuestras gafas salieron

volando y nuestros ojos se encontraron, y tuve que cogerte en mis

brazos, y apretarte fuerte, tan fuerte por lo resbaladizo de nuestros

trajes, tan fuerte por lo resbaladizo de mi deseo, tan fuerte que tu

cuerpo me supo a desnudez? Me sonreías por primera vez, tus

pupilas eran enormes, aunque fuera solo unos segundos, y las

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estrellas brillaron con luces más grandes que los puntos. Tu aliento

golpeó entonces en mi cara. En el siguiente instante, tuvimos que

retomar el control de nuestras mentes sobre nuestros cuerpos.

—Perdona. Gracias.

—No ha sido nada. Más bien... —Te solté.

El silencio debía ser nuestro aliado, teníamos que aliarlo aunque

las imágenes dijeran otra cosa, aun contra su voluntad y la nuestra.

No pude dormir por la certeza feliz de que no me denunciarías al

Mayor. No obstante, otros ojos miraron con mayor rapidez que con la

que logramos recomponer la postura.

—... y quedan condenados a la Soledad de la Eternidad Exterior.

Nunca olvidaré la rapidísima mirada de complicidad del Mayor

cuando dictaron nuestra sentencia. Lo que vi en él me ayudó a

mantenerme de pie, me permitió soportar el momento. Pensaba que

aquel hombre no tenía alma ni corazón.

Se cierra el año dos mil quinientos de la historia. Inicia nuestro

castigo, se abre el infinito de soledad hacia el espacio exterior donde

navegaremos aislados tú y yo, y nadie más. Acércate, ven, envuélvete

en mis brazos, ¿o no quieres que te bese hasta el fin de la eternidad?

José Luis Sandín (Valencia)

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El fin

Fotografía aportada por el autor

Casi toda la nostalgia de Juan gravitaba alrededor de aquella

imagen. Acababan de comprar el coche y su tía Lourdes había

querido fijar el momento. Mamá se había sentado al volante,

temerosa de tocar algo indebido, aunque con una ilusión infantil no

disimulada, y él no había querido bajarse. Después fueron a dar una

vuelta. Papá decía que el anterior dueño había cuidado bien el

vehículo. Que el motor sonaba como nuevo. Que las marchas

entraban suaves… Él se había quedado dormido de regreso a casa.

Habían pasado casi cincuenta años desde entonces y aquella

instantánea guardaba ya poca relación con la realidad: sus padres

habían muerto, sus tres hermanas pesaban más de ochenta kilos cada

una… y el coche estaba desguazado. Sin embargo, Juan recordaba

perfectamente el momento. Podía oír la insistencia de la pequeña por

subir ella también; a papá, pidiéndole calma entre dientes; sentir la

mano de mamá sobre la suya; y ver a su tía Lourdes volver hacia ellos

diciendo que en cuanto revelara el carrete les daría la foto.

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Juan, por supuesto, tampoco era el mismo. Aquel niño de la

imagen, al que los rayos vespertinos del sol parecían insuflar vida,

estaba ahora mismo al borde de la muerte. Se moría de pie en una

acera, esperando un taxi y con aquella vieja foto en las manos, como

quien aguarda sujeto en el cepo de una guillotina a que descienda la

afilada cuchilla. Hacía más de tres semanas que el médico le había

dado un mes de vida, y parecía que el muy listo iba a acertar.

Uno nunca sabe cómo va a reaccionar en estos casos. Cuando

Juan recibió la “sentencia” estuvo mirándose las manos durante

varios minutos, como si acabaran de brotarle, y luego abandonó la

consulta despidiéndose amablemente. Pasó la tarde caminando sin

rumbo. Y aquella noche no pegó ojo. Al amanecer tenía el cuerpo

hambriento y agotado, y su mente a un paso del delirio. Pero había

tomado una clara determinación: la de continuar a toda costa con su

vida de siempre.

Ahora, que la muerte estaba a punto de asaltarlo en plena calle,

a altas horas de la noche y de vuelta del teatro, comprendía que lo

había logrado.

Por fin llegó el taxi. Juan accedió como pudo al interior y se

recostó plácidamente en el asiento. Pidió al conductor que fuera

despacio.

Era un coche viejo, y el olor del habitáculo y la tapicería le resultaron

extrañamente familiares. La ventanilla mostraba un cielo limpio y

estrellado más allá del lento desfile de árboles pelados por el frío. Se

dice que la vida entera pasa ante tus ojos en el último instante. En su

caso solo circularon aquellos troncos en letargo y sus ramas sin hojas

recortadas sobre un gélido cielo raso. Lo otro quizá lo imaginó. Fue

una voz cálida y cercana. Su antigua voz de niño que exclamaba con

ingenuo asombro: “¡La luna nos está siguiendo, papá!”

Enrique Mochón Romera (El Puerto de Sagunto, Valencia)

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8 de marzo

Imagen aportada por la autora

Día de calle.

Guerreando

luchando y

protestando

por los derechos

que nos fueron arrebatados.

Día para alzar la voz

sobre el tráfico asfixiante,

los hombres de traje y

aquellos que siempre nos miran por encima del hombro.

Día para abrazar la vida

y bebernos la sabiduría

de nuestras hermanas

quemadas en la hoguera.

Día de crecimiento

unión,

y sororidad.

Esther Moreno Morillas (Valencia)

http://elcascabelalgato.blogspot.com.es/

http://invisiblevoyeur.blogspot.com.es/

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Grabado de 1520

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Obra perfecta

Ocurrió hace poco más de cuatrocientos años. Nuestro hombre

observaba aquella máquina artesanal diseñada para crear la obra

perfecta.

En casi una decena de cubículos de madera se agrupaban miles

y miles de palabras clasificadas por su naturaleza; en uno estaban

todos los verbos, en otro -el más grande- los nombres, en aquél los

artículos, en el de allá los adjetivos... Muy curioso y variopinto era

otro que contenía los signos de puntuación. Estaban todos: comas,

tildes, interrogaciones, diéresis, circunflejos...

Cuando nuestro personaje accionó la palanca, todo un

entramado de poleas, engranajes y rodillos se puso en movimiento.

Los recipientes liberaron pausadamente su carga produciendo un

gran revoltijo de caracteres que iban siendo, aleatoria y

ordenadamente, depositados en un canal por el que eran conducidos

a un soporte de entintado y, a continuación, impresos en un gran

pliego.

Nuestro hombre se dirigió al inicio del pergamino y leyó «En un

lugar de La Mancha, de cuyo nombre...»

Don Miguel sonrió satisfecho.

Rafa Olivares (San Juan, Alicante)

http://potajedepalabras.blogspot.com.es

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In good hands – Diego Lema (Argentina) http://quemas.deviantart.com/

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La llamada

Las farolas de la calle Escalante aún están encendidas. A lo lejos,

el reloj de la Iglesia del Rosario da los cuartos. La señora Carmen se

levanta como ha dicho el médico, muy poco a poco. Apoya los pies

desnudos, tatuados de hematomas y venas púrpura, sobre las

baldosas ajedrezadas del dormitorio. A tientas desliza sus dedos

flacos y nudosos, sobre la mesita, buscando las gafas. La nuca la

siente rígida, como de corcho. Ha descansado mal. Cogió el sueño casi

de madrugada por el tinnitus del oído izquierdo, molesto como el

canto de una chicharra. En el aseo la anciana se quita la redecilla,

liberando los cabellos, blancos y escasos. El espejo le devuelve la

imagen de un rostro extraño. De su juventud sólo le queda un poso de

ingenuidad infantil en los ojos grises y acuosos, rodeados por el

círculo azul de los miopes. A la señora Carmen los setenta y dos años

se le han ido en un suspiro. De salud está bien. Sólo la circulación y

los huesos, que los tiene de cristal.

En la cocina pobre, carente de armarios, Carmen vierte agua

filtrada en un cacillo de barro. La humilde estancia se despierta con el

aroma del café recién molido, con el olor sensual, dulce y picante de

las especias, canela, clavo y anís, de la ralladura de naranja que

impregna el líquido oscuro de sabores de primavera. Un rayo de sol

recién nacido se filtra por el ventanuco de la cocina, que da a un patio

donde los gitanos acumulan chatarra. Luego del café, Carmen sale al

mercado. Baja las escaleras grises de medio lado, con pasitos cortos y

temerosos. Dijo la hija de ponerle un pasamanos a la escalera, que un

día se matará, pero la señora Carmen no puede hacer el gasto.

La masa abigarrada de los tenderetes sin toldo inunda la

avenida del Mediterráneo. El aire transporta promesas de calor y de

sal entre la mezcla densa de las cremas solares y los perfumes falsos.

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La señora Carmen no se detiene. Se apresura calle abajo caminando

con paso firme, apoyada en el carro de cuatro ruedas, contenta por el

fresco de la mañana. Al doblar la esquina se tienta los bolsillos por

pura costumbre y echa de menos el teléfono. Recuerda que lo dejó en

la mesita del zaguán, junto a la labor de costura, pero ya se le hace

tarde y no vuelve por él.

A la entrada del mercado municipal un olor familiar abraza a

Carmen. Es el olor de la niñez, el olor del padre y el abuelo cuando

llegaban a casa cada noche tras faenar en el mar. Carmen pide a la

pescadera unas sardinas. Un chiquillo de unos cinco años que

aguarda a su lado se confunde y entierra la naricita, delicada, entre

sus ropas, huyendo del olor a pez muerto y del susto del bogavante,

que aún agita sus pinzas atadas. Los ojos de Carmen se tornan

líquidos. Recuerda aquellas otras mañanas de sol en las que era su

hijo Gabriel quien enterraba la nariz entre sus faldas. Ahora todo ha

cambiado. Hace dos años largos que la señora Carmen no ve a su hijo.

A veces Gabriel la llama pero ella no contesta al teléfono. Carmen es

terca y hay palabras que no perdona.

Al pasar por el puesto de la carne una cabeza de cerdo

inexpresiva la mira tras los cristales. La señora Carmen no es

escrupulosa pero, no sabe por qué, aquella cabeza rosada le da como

repelús y el calor le sube a la cara. María, la de las verduras, que tiene

el puesto enfrente, le hace señas. Carmen compra col rizada y

tomates frescos. Luego de la verdura compra el pan y cruza la plaza.

Al otro lado, junto a estación del tren, para el autobús que lleva al

cementerio y, aunque nota las piernas cansadas, piensa que aún no es

tarde para visitar a los suyos. A veces Carmen se piensa más cerca de

los muertos que de los vivos, de tanto como los siente.

Ya de vuelta a casa, con la satisfacción del deber cumplido,

Carmen prepara su exigua comida. Al freír el pescado piensa en el

niño del mercado y después en Gabriel. Las manos le tiemblan de

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emoción y la col, que quiere dejar sobre la encimera, resbala y cruza

la sala, hasta detenerse cerca de la escalera. Algo sale rodando

escaleras abajo de entre las hojas de la col pero Carmen no lo ve.

Un rato después, mientras friega la loza, oye sonar el teléfono,

aún olvidado sobre la mesita baja del zaguán. Suena y suena una y

otra vez. Al cabo de unos instantes el timbre enmudece; luego vuelve

a insistir. Esa llamada…De repente Carmen piensa en Gabriel y en el

niño del mercado. El niño del mercado.... Se limpia las manos en el

delantal sucio y corre escaleras abajo con toda la prisa que le permite

la edad. Ha olvidado cerrar el grifo, del que mana agua a borbotones.

Está a punto de volver arriba para cortar el despilfarro pero el timbre

suena y suena, insiste, y Carmen avanza un paso más sin saber que en

el tercer escalón, algo diminuto y duro, un caracol que ha escapado

de su estrecho paraíso de hojas verdes, detendrá su paso. Segundos

después Carmen se precipita al vacío. Su nuca golpea el suelo

decorado con motivos geométricos, rojos, blancos y negros. Un hilo

de sangre fresca mana de su nariz, como el grifo goteante. El teléfono

sigue sonando una y otra vez en su oído izquierdo. Madre, soy yo,

Gabriel. Una sonrisa se dibuja en los labios pálidos y exangües de la

señora Carmen, entre los que retoza su último aliento. Su corazón

roto se inunda de paz. La última contracción, un te quiero. Pero en los

ojos sin vida, sin saber por qué, queda petrificada una sola imagen, la

del cerdo decapitado del mercado.

Alicia García Herrera (Valencia)

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Better tan chocolate – Vivi-Mari Carpelan (Reino Unido)

http://vivimaricarpelan.com/

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Collage

De cerca nace

para a y no saber la

un árbol abierto en chincheta

sin forma de con son ante.

Granado en pequeño embalse te me roso.

¿No lo escuchas?

Abierto en fonema,

boca lánguida

de fruto.

Madu-ro mero

de esta raíz en, en, dentellada

rítmica.

Que ata teja a la

y sabe que moriré entre, al infierno, tus brazos de.

Lluïsa Lladó (Castellón)

http://elcohetevolador.blogspot.com.es/

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Thirsty – Marián (México) http://mintlights.deviantart.com/

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Reserva 2009

Suena el despertador, las siete. Un nuevo día amanece. Me

levanto, desayuno –café solo-, me ducho y al trabajo. Así es mi vida,

pura rutina. Hoy en la mesa de enfrente veo a un chico que terminan

de contratar, algo había oído, menos mal, un rostro nuevo. Me acerco

y me presento. Soy Carmen, ¿y tú? Alberto. Encantada, igualmente. Si

necesitas algo, ya sabes. ¡Ah!, a las diez es el descanso para tomar

algo. ¿Vamos juntos? Claro.

Me gusta mucho Alberto, llevamos días almorzando juntos, qué

atento y educado, estoy empezando a sentir algo muy especial. Hoy

me ha invitado a cenar en su casa. Creo que es una señal. Estoy

deseando que sean las diez, para presentarme ante él, con este

precioso vestido rojo que me he comprado para la ocasión. Ya era

hora de que alguien se fijara en mí.

Estoy llegando, espero que le guste el vino que he elegido para

la cena. Pesquera Reserva.

Hola Carmen, qué puntual, permíteme tu abrigo y el bolso.

Excelente elección. Un Ribera del Duero ¡fantástico! Pasa, te presento

a Juan, mi pareja. Un escalofrío ha recorrido todo mi cuerpo. Qué

torpe, no sé cómo ha podido suceder, lo siento, mira como lo he

puesto todo con el vino, estoy avergonzada. Unas lágrimas salen de

mis ojos.

Marisa Martínez Arce (Valencia)

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Fotografía aportada por la autora

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De rodillas

Podemos darnos la mano

y correr hasta caer de rodillas,

sentir que Cupido está de nuestro lado

y reír sin hacernos cosquillas.

Te invito a que veas mi mundo

aunque a veces se caiga a pedazos,

que dos corazones laten mejor juntos

y aquí tengo un cuerpo, para que llenes de abrazos.

Podemos querernos como nunca antes

burlando cualquier pronóstico

sólo tus ojos, los míos y un instante,

que nuestras almas descifren cada código.

Te invito a estar contento

veinticinco horas al día,

bailando tanto que el suelo

se nos pondrá de rodillas.

Aldana Michelle Giménez (Mendoza, Argentina)

31


Untitled – Stavros Xiros (Grecia) https://500px.com/stavrosxiros

32


Ella

Trató de dormir pero…

Como siempre, el insomnio, el recuerdo torturando aún después

de tanto tiempo.

Entonces, la vio, blanca, etérea, irradiando paz, en silencio con

una sonrisa.

Se enderezó en la cama sorprendido; los ojos desmesuradamente

abiertos, sus labios musitaron:

—¿Volviste? Pero si vos…

Recordó aquel momento, el intenso dolor, cuando quiso

retenerla y no pudo. Debió dejarla partir, ya nada podía hacer. Como

en trance con un hilo de voz susurró:

—Sabías que te amaba, que aún lo hago, quise irme contigo, no

me dejaron, quedé llorando tu partida. Cerraba mis ojos y los tuyos

tristes me susurraban un adiós. Aunque ha pasado tanto tiempo, no

ha menguado mi dolor, ahora estás aquí, vuelvo a sentir tu presencia,

dándome paz.

Lo envuelve una rara letanía.

Siente que algo suavemente lo recuesta mientras va perdiendo

conciencia hasta quedar dormido.

Cuando despertó, ella no estaba allí, el sol asomaba por los

intersticios de las cortinas, pronunció su nombre y se sintió feliz.

Desde la pared la imagen fotográfica deteriorada por el paso de

los años aún le sonreía.

Luis Alberto Molina (Rosario, Argentina)

http://www.luismolin.blogspot.com.es/

33


Inverted cross – Yassmin Ka (Eslovaquia)

https://500px.com/yassminphoto

34


Exhumación

James agradeció el aguacero que estaba cayendo sobre el

cementerio: reblandecía la tierra y hacía más fácil excavarla.

—¡Te juro que la vi! ¡Madeleine está viva! —gritó en el momento

en que un rayo iluminó la lápida de su mujer.

Tom alumbraba a su amigo con una linterna, impasible, bajo su

paraguas. Lo había intentado todo para evitar esta escena. Pero no

logró convencerle de que solo fue una alucinación, de que su esposa

había muerto. Pero ya era tarde. Solo le quedaba esperar.

—Deja ya esta locura. Tienes que olvidarla, rehacer tu vida.

—¡No estoy loco! —replicó James dando furibundos palazos en

la tumba de su esposa—. Te lo voy a demostrar.

El ruido de la lluvia no evitó que se escuchara un «Toc» cuando

al fin llegó a su objetivo. James dejó la pala en el suelo y limpió de

tierra la tapa del féretro mientras Tom se acercaba por detrás.

Se oyó el chirrido de las bisagras.

—¡Te lo dije! —gritó al abrir el ataúd—. ¡Está vacío! ¡Ella está

viva! ¿Me crees ahora?

Tom cerró los ojos un instante mientras sacaba un revólver de

su bolsillo.

—Sí, te creo —respondió antes de apretar el gatillo.

El cuerpo de su amigo cayó dentro del ataúd.

David Rubio (Sant Adrià de Besòs, Barcelona)

http://elreinorobado.blogspot.com.es/

35


Writing the end – Ronald Beckerig (Brasil)

http://ronaldbkg.deviantart.com/

36


Mis palabras

Escribo

para contarte,

para contarme,

para entender

por qué no quepo

en un amanecer.

Escribo

para aclararme,

para descubrirme

y comprender

por qué me emociono

por qué me acecha siempre el pasado

y por qué retengo esa lágrima

que intenta escapar siempre.

Escribo

como quien pinta atardeceres

con la esperanza en la pintura

de atraparlos

de hacer un poco suyos

esos colores imposibles,

de imitarlos,

de poseerlos,

de dominarlos.

37


Escribo

para detener el tiempo,

para asimilarlo,

para romper la monotonía

de ser cada vez más vieja

y rebelarme ante ese destino.

Para transcribir

lo que mi corazón habla

y mi cabeza no siente,

lo que se queda atrapado

en mis pestañas,

lo que saborean mis besos,

lo que aprendo

y lo que, a pesar de eso,

es siempre lo mismo.

Y lo escribo,

para ver si puedo cambiarlo,

si al leerlo lo veo más claro…

por eso lo escribo.

Alicia Muñoz Alabau (Valencia)

https://www.facebook.com/PonerseAlas

38


La delgada fila roja

La liga de los pelirrojos – Iban barrenetxea

http://www.ibanbarrenetxea.com/

Nadie sabía porque en la calle Bermejo nº 32, había siempre una

retahíla de personajes de lo más dispar. Podías encontrar un capitán

con pipa humeante, desprovisto de cualquier navío y lejos de la mar.

Un caminante sin camino que cada día encontraba el mismo portal.

Un joven botones que sin maletas, se escapaba del hotel siempre a

las tres o individuos gordos, delgados, con barba e imberbes. Todos

esperaban de manera paciente a que la fila se moviera y pudieran

acceder a las escaleras cuyo destino era un misterio para toda la

vecindad.

39


Joseba era un joven de alma inquieta y espíritu fisgón.

Contemplaba cada mañana la misma escena desde la discreta ventana

de su habitación. Envidiaba aquella fila de individuos correctos y

moderados, conversando de los temas más variados y disparatados.

Les oía hablar del tiempo, que últimamente estaba bastante revuelto

a pesar de ser esas fechas. De las noticias, que se acuñaban en la

imprenta cada noche para que salieran antes de que el sol bostezara

siquiera, o de viajes a extrañas tierras, en artilugios inimaginables.

Entonces se dio cuenta que sus cabellos, sus barbas (quien las

tuviera) eran pelirrojas, su tez sembrada de rojizas pecas y que todos

eran caballeros, caballeros pelirrojos.

Decidido, cruzó la calle y se infiltró entre aquellas personas,

tratando de seguir sus chácharas. Pasaron unas dos horas cuando

accedió al patio, una más cuando subió el primer peldaño y unas tres

hasta que se vio delante de una puerta color nogal, con un letrero que

decía: “ Madame Giulitte, creadora de deseos”. Su corazón comenzó a

bombear tan fuerte, que se tapó con ambas manos el pecho para

amortiguar el sonido de sus latidos.

El chirrido de puerta le invitó a entrar. En una mesa, una señora

de amplias dimensiones lo observaba. Antes de poder pronunciar

palabra alguna ella se levantó, se acercó y le susurró: Tus cabellos

son dorados, tu piel blanquecina y tu timidez no es propia de quien

me visita, quizás tu deseo sea no ser tú. Notó cómo sus mejillas se

prendían de pequeñas manchas rojizas y la pelusilla de sus brazos

adquiría el mismo color, un fuerte olor a incienso lo mareó. Al

despertar se encontró otra vez en la fila, acarició su nuevo pelo

pelirrojo y sonrió agradecido al saber que esta vez sí tenía un deseo

por lo que esperar.

Mª Belén Mateos Galán (Zaragoza)

40


Miradas de mujeres (4ª mirada y epílogo)

Imagen de Tatiana Parcero, aportada por la autora

¡Qué tristeza aquel rostro! Y sería una mujer guapa seguro, su

mirada limpia aún transmite paz, hermosura, y su cuerpo ya no muy

joven, conserva una cierta elegancia. Aunque sus profundas ojeras...

Me recordó a un personaje de Hopper, así solitaria, con esa luz de la

tarde que alargaba su sombra sobre el pavimento aún mojado en un

intento de fijarla, de dejar su huella como una forma impresa, una

estampación. La luz, la tristeza, la calle. Hoy todo me sugiere, me

motiva, me inspira. Los ojos siempre abiertos mirando y los sentidos

alerta.

Las miradas de tanta gente que avanza presurosa sobre el

asfalto se cruzan unos segundos con la mía ¡Salió el sol! Estos días

primaverales son cambiantes. Sol, agua, nubes, otra vez sol. Tengo

41


que parar un momento, respirar, tranquilizarme. Se agolpan tantas y

tantas sensaciones en mi cabeza; recuerdos, sonidos, imágenes,

colores, siluetas, emociones. Es un día importante, todos lo son, pero

este más. Mi primera exposición. Años de trabajo, de sueños, y él mi

chico que viene desde tan lejos desde el frío, desde el país que nos

unió. Que nos unió en deseos, en futuro.

Me río, me estoy riendo, me miran y naturalmente no entienden

el porqué de mi risa. Me miran con sus ojos marrones, verdes, negros,

brillantes, azules, y no lo comprenden. Yo sí, estoy feliz, me siento

feliz, plenamente feliz. La sensibilidad a flor de piel, mis proyectos

realizados. Miro la calle, miro a la gente. Todo es significativo,

Detente. Siente.

A modo de epílogo. Miradas que en cualquier plaza de cualquier

ciudad se cruzan, sin saber ni conocer a la gente qué apresurada

camina sobre ellas. Ciudades de cualquier país del llamado primer

mundo, un día cualquiera del mes de abril al atardecer. Las mujeres

cruzan sus miradas ignorándose, pero reconociendo en cada una, una

parte de ellas mismas. Hay otros lugares en el mundo donde estas

miradas están marcadas por un futuro común, con pocas

expectativas, pero con los mismos anhelos.

María Luisa Pérez Rodríguez (Valencia)

http://marialuisaperezr.blogspot.com.es/

42


Miga de pan

Otra vez, estos grises tallarines que me dejan la hoja hecha un

asco.

¡Y dale con esos puntos negros de carbón, que son más difíciles

de quitar que yo qué sé! Soplar no basta. Ya me salen por la boca

gotas de saliva que salpican el papel. Limpio con la mano y todavía

peor. Esta goma de borrar es una merda, aunque en la etiqueta

junto a la marca MALIN diga: “miga de pan”. Miga de pan, ¡ja!, ¡un ou!

Recuerdo que con la miga de pan se limpiaban los falsos puños,

las pecheras y los cuellos a principios del siglo XX. Y no quedaban

grises, tal vez, un poco amarillos por el sudor. Lo importante era dar

el pego, aunque bajo la chaqueta, ¡a saber!

43


Esta goma es demasiado, la he frotado bajo la mesa, y limpita, sí,

pero más fideos por el suelo.

Sobre la hoja, otra vez lo mismo, menos grosor de papel

tiznado.

¡Se acabó! Tanto tiempo para hacer un dibujo a lápiz de un

globo terráqueo rodeado de gente de todas las razas dándose la mano

y sonrientes…

¡Basta! Total…en la realidad no existe. Utilizaré el PC, unas fotos,

copiar, pegar y listo.

Le llamaré.

—Hijo, ven.

—Sí, papá.

—La manualidad que te pidieron en el cole, compartida con los

papis, te la imprimiré con el ordenador a colorines y quedará muy

bonita.

—¡Pero, papá!…la seño dijo dibu…

—No te preocupes hijo, en cuanto la seño vea lo bonito que

queda el ciber happy mundo, sabrá que has estado con papá este fin

de semana.

*******

Y, ¿cómo le explico yo que el mundo no va así?

¡Ah!...y lo de los fideos.

Texto y fotografía: Jorge Richter Vázquez (Valencia)

44


Perdidos

Final Cry – Elko (EUA) http://msatisfaction.deviantart.com/

En la inmensidad del cielo, el náufrago divisa una avioneta que

se aproxima a la isla y corre hacia la playa. Por fin sus plegarias han

sido escuchadas. Con la ayuda de una caracola, traza en la arena un

SOS gigante para llamar la atención del piloto. Sacude los brazos.

Grita con todas sus fuerzas hasta desgañitarse. Sigue la trayectoria de

las continuas pasadas que realiza la avioneta por encima de su cabeza

hasta que, ya sin fuerzas, cae de rodillas y pierde la esperanza del

rescate. Mientras, el piloto, despavorido, no se atreve a efectuar un

aterrizaje de emergencia.

Nicolás Jarque Alegre (Albuixech, Valencia)

http://escribenicolasjarque.blogspot.com

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Anonymous – Fabi (Alemania) http://sp333d1.deviantart.com/

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Lo invisible

Hay un espacio que ya me sangra la comisura

un día de promesas que no podréis cumplir

borbotones de palabras y frases dichas

en unas fechas que parecen ofrecer otra oportunidad

rememoro con esto cada uno de los prólogos

a los que fuimos adscritos y recuerdo

que existen veredas donde no se navega nunca

lugares a los que uno no se acerca

por mucho que le cuenten mil historias

y aunque participe del atroz acopio de sensaciones

y busque incansable un cambio que no llega

siga en su trasfondo, una verdad y un abismo

hechos de un trazado visible a los ojos de nadie.

Ferran Garrigues Insa (Castellón)

http://habitacionsincielo.blogspot.com.es/

47


With or without you – Chabru Fernández (Argentina)

http://chabruphotography.deviantart.com/

48


Despedida de una lágrima

Tímida se asoma a la luz, asustada frente a la mirada implacable

del juez que espera por ella. Parece grande su culpa, porque

consciente está que al recorrer el rostro, será víctima de la crítica de

los incomprensibles, de la lástima de los piadosos o de la indiferencia

de los sin alma. No obstante, le parece ver a lo lejos, la mano amiga

que la tomará con ternura, acariciando sublime su esencia, porque

llena está del sentir del que la alumbra con su dolor o con su alegría.

Aun así, duda y se abraza a sus hermanas temblorosas, el qué

dirán la llena de incertidumbre, y asustada se oculta como una capa

de luz que cubre la pupila, la misma que se resiste a sus emociones

para no dejarla partir. No obstante, es inevitable, porque el suspiro le

quita su aliento y permite con un empujón la caída a su perdición. Sin

embargo, un ángel la toma con sus dedos y la muestra a la pupila

triste que la vio partir. Sabe que no regresará, ese era su destino,

como ha sido el mío reconocer que cada lágrima se convierte en

sonrisa, en el momento justo que pienso en ti.

Mañana, si ellas siguen temerosas de caer y perderse en el vacío,

dejaré que el mar las ahogue en su inmensidad, y al salir me

refrescaré con la brisa junto al calor del sol. Y será en ese instante de

paz que estaré tranquila, porque cada una descansará feliz, llenas de

la fuerza de un nuevo día que traerá consigo la esperanza, y las

herramientas necesarias para luchar por los sueños que vivirán por

siempre en mí. Porque así como una lágrima parte, si unos sueños

mueren otros nuevos han de venir.

Eva C. Franco (Isla Margarita, Venezuela)

49


Thinking of you 2 – Lumendipity (Canadá)

https://www.flickr.com/photos/lumendipity/

50


A poqueta nit

A poqueta nit

com aquella vegada

que ens donarem

el primer bes

el teu cos nu

es reflectirà

en la fosca claredat

d'una habitació buida

però plena

de vells sentiments

No et rendisques

llavors a la tristesa

Gaudix dels records

més dolços i pensa

que el meu amor per tu

romandrà viu després

del meu darrer alé

Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com

51


Night on Earth – Gabby Z. (Francia) http://azenor.deviantart.com/

52


El sueño del mundo

“¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra,

una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los

sueños, sueños son.”

Pedro Calderón de la Barca

Había una vez un mundo imaginario que se soñó. Al principio el

mundo era pequeño, como una naranja, pero fue creciendo a medida

que iba soñando con cielos, estrellas, mares y los más diversos

elementos. Tanto soñó y soñó el mundo que se fue expandiendo,

creando a su vez universos infinitos de planetas y galaxias, que

hubieran seguido multiplicándose de no ser porque llegó un

momento en que el mundo se sintió atraído por una de las formas con

las que soñaba. Esta atracción hizo que los ojos soñadores del mundo

se detuviesen, complaciéndose en su propia creación hasta el punto

de llegar a sentir miedo. Miedo de que su adorada obra cambiase o

desapareciese. Y a medida que sentía miedo, el mundo se fue

replegando sobre sí mismo, contrayéndose, en un intento de

concentrar toda su atención en esa única forma que prevalecía sobre

todas las otras que, poco a poco, habían ido desapareciendo, y a su

vez era ya como la pupila del ojo por la que se coló el mundo cuando,

finalmente, dejó de soñar.

Manoli Vicente Fernández (Viana del Bollo, Orense)

http://lascosasqueescribo.wordpress.com

53


Let me in – Elise (EUA) https://www.flickr.com/photos/midwestsky/

54


El lenguaje del agua

Conozco bien el color previo a la lluvia,

su lenguaje de signos,

y no está solo en el tono de gris de las nubes,

ni en cómo al ojo resalta el verde de las hojas

o las expresiones apagadas y neutras de las caras.

El espacio que media entre estos,

el aire perezoso,

casi inerte que acaricia la piel vista,

la humedad que repta en los intersticios de la ropa,

la tristeza, la conciencia de soledad,

la búsqueda de calor trenzadas,

clavadas al pecho y al silencio

que transita las estancias,

de la calle, del hogar

y de los órganos que habitan

entre los díscolos y rebeldes huesos.

No hay susurro ni murmullo,

ni piar, ni ladrido,

ni gato suelto que conquiste tierra alguna.

La vida se aquieta

y los seres se estremecen.

Eso queda:

La espera de ser mojados

de sofocar el stress,

el temblor, la convulsión

55


y el escalofrío

anticipados al fenómeno

ordinario y casual

con el que el universo nos premia.

María Ramos Gallardo (Málaga)

http://mariaramosgallardo.blogspot.com.es/

56


Un amor

Si esto eran sólo las notas colgadas al viento,

Si esto era sólo una cierta música

Si esto era sólo una ola que le sobrepasa

Si esto era sólo una bossa con sabor de naranja

Si esto era sólo un soplo de viento

Si esto era sólo un arco iris de los mil colores

Es mucho más que esto...

57


Un día

Una canción

Una noche

Cuerpos silenciosos entrelazados

Un piano

Una caricia

Es esto...

Un beso

Una danza

Un violín

Una sonrisa

Ojos cerrados

Dos corazones

Un amor

(Valencia)

58


La caja de cartón

Ilustración de Mariana Ayelén Alós (Santa Marta, Colombia)

Aportada por el autor

Clavó con fuerza la llave en una caja. La sensación de destruir

aquel pequeño pedazo de cartón le produjo cierto alivio. La hundió

hasta que salió por el otro lado. Exhaló hasta vaciar los pulmones y

empezó a retorcerla. El metal mecanizado desgarraba las capas de

cartón con un sonido pacificador, un bisbiseo sutil que nada tenía que

59


ver con los trozos de papel marrón que salían hacia dentro y a fuera.

Empezó a hundir y sacar la llave de la taquilla como si fuera un

serrucho. Concentrado en la labor fue rajando la caja, dibujando una

línea curva, zigzagueante, aleatoria. Al recorrer en ángulo la fuerza de

la mano se hizo notar y de un golpe seco el puño entero desapareció

dentro de la caja. La llave era diminuta. El antebrazo rodeado de

virutas de color marrón empezó entrar y salir por el gran agujero. El

serrucho humano estaba irritándose por un lado mientras dejaba una

estela negra por el otro.

—¡Hijo de puta! —gritó.

Un puñetazo certero cayó justo al centro de la otra cara de la

voluminosa caja e hizo desaparecer también el antebrazo derecho del

agresor. Los puños se encontraron y la fuerza de sus pectorales fue

uniéndolos. Gruesos trazos herían la caja acompañados de gritos

salvajes. Un pie delante de la arista de la caja y estalló. La explosión

trajo a la luz dos puños unidos con una miserable llave en el medio

apuntando a la cara desencajada de su dueño.

—Ya está.

Se dio la vuelta sin mirar los restos de cartón esparcidos por

doquier y volvió a su oficina. Ese día prometió a su mujer que saldría

pronto. Tenía cosas importantes que hacer fuera del trabajo.

Pernando Gaztelu (Iruña, Navarra)

http://lokos-a-disfrutar.blogspot.com.es/

60


El mejor regalo, un buen libro.

«Buffet Libre» 25 autores, 75 relatos

¡NO TE QUEDES SIN ÉL!

Disponible en Amazon (papel y ebook)

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Lettura romantica, 1870 - Silvestro Lega (1826-1895)

62


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We read to know that we are not alone – Margaret (República Sudafricana)

http://hogret.deviantart.com/

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