VE-24 MAYO 2016

rafasastre

Número 24 – Mayo 2016


© Todos y cada uno de los derechos de las obras literarias, fotografías o

ilustraciones publicadas en esta revista pertenecen en exclusiva a sus

respectivos autores (aunque en algunos casos no se citen los nombres)

Portada: Cartel-anuncio de Olivetti (1921). Diseño e ilustración:

Marcello Dudovich (1878-1962)

Diseño y edición: Rafa Sastre

Colaboraciones: revistave@hotmail.com

«La brevedad es el alma del ingenio»

William Shakespeare (1564-1616)

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¿Pero qué dices? ¿Que aún no tienes El tiempo y la vida?

¿Y a qué esperas, alma de cántaro?

Ya sabes: en Amazon, papel y ebook


Índice

Mayo florido y hermoso (Rafa Sastre) Pág. 1

Atrapado (Noemí Hernández) Pág. 3

La exposición (Nicolás Jarque) Pág. 5

El templo del frío (María José Martí) Pág. 7

Tienda de antigüedades (Jorge Richter) Pág. 9

Cenicienta (Xenia Rambla) Pág. 11

Abstracto (Manoli Vicente) Pág. 17

Refugiados (María Luisa Pérez) Pág. 19

El concierto maldito (Juan Manuel Arcos) Pág. 21

Las ratas (Lu Hoyos) Pág. 23

Pequeños detalles (Lisa Viguer) Pág. 25

Hilvanes de soledad y sombra (Belén Mateos) Pág. 27

La torre (Alicia García) Pág. 29

Yo masco amor. No fumo (Isabel Sifre) Pág. 31

Sirena atrapada (Isabel Garrido) Pág. 35

El maquis invisible (Rafa Olivares) Pág. 37

Autoservicio (Aldana Giménez) Pág. 39

El valor del dinero (Esther Moreno) Pág. 41

¿Mereció la pena? (Marco Antonio Torres) Pág. 43

La llamada (Alicia Muñoz) Pág. 45

Missing (Rafa Sastre) Pág. 47

Abismo (Concha García) Pág. 49

Diminutivos (Susana Gisbert) Pág. 51

Lázaro (Alejandro Ramos) Pág. 53

Despertar (Benjamín Blanch) Pág. 55


Aterrizaje forzoso (Vicente Montemayor) Pág. 57

La nana charlatana (Gabriela Pavinski) Pág. 59

Viaje en el tiempo de mi tiempo (Alfredo Cot) Pág. 61

Pensamientos… (Luis A. Molina) Pág. 63

Buscadores de piedras (Marisol Santiso) Pág. 65


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Mayo florido y hermoso…

«El tiempo y la vida» ya ocupa su merecido lugar en la historia.

Publicado y presentado por partida doble, el tercer libro de Valencia

Escribe se dedica ahora a recorrer esos mundos de Dios y del Diablo.

Hemos de superar la resaca y empezar a pensar en el próximo

proyecto literario, por lo que se admiten y serán bien recibidas ideas

de cualquier tipo.

Mientras, sigamos leyendo y escribiendo en este mayo florido y

hermoso. Preferiblemente con la ayuda de una inspiración cuya

ausencia (en mi caso) me fuerza a recurrir a unas cuantas frases

célebres:

«Escribir es como hacer el amor. No te preocupes por el

orgasmo, preocúpate por el proceso» - Isabel Allende

«En un cuento bien logrado, las tres primeras frases tienen casi

la importancia de las tres últimas» - Horacio Quiroga

«La verdad es que el arte de escribir es la cosa más milagrosa de

cuantas el hombre ha imaginado» - Thomas Carlyle

«Escribir es reparar la herida fundamental, la desgarradura.

Porque todos estamos heridos» - Alejandra Pizarnik

«Escribir un libro de poesía es como dejar caer un pétalo de rosa

por el Gran Cañón esperando el eco» - Don Marquis

«La poesía no es una manera de escribir, es más bien un modo

de vivir, de percibir el mundo» - Abelardo Castillo

«Mientras haya en el mundo primavera, habrá poesía» - Gustavo

Adolfo Bécquer

Familia, sed felices hasta que os duela. Abrazos.

Rafa Sastre

1


Say hello to my little friend – Thiago Ramon Grizilli (Brasil)

http://trgrizilli.deviantart.com/

2


Atrapado

—Antes muerto que en la cárcel —dijo el chico.

Con una lentitud deliberada, se llevó el cañón de la pistola a la

boca. El gatillo era suave y sólo tuvo que presionarlo ligeramente

para accionar el arma ante los dos policías, que lo observaron

atónitos.

Era el último miembro de la mafia que quedaba en libertad. La

mayoría se había rendido y estaba entre rejas; otros habían muerto

en el tiroteo. Pero él había escapado. O casi.

Los policías, impotentes, contemplaron la tragedia: el gatillo

cedió enseguida y el muchacho cayó al suelo en una posición forzada,

salpicándolos.

Los agentes se miraron entre sí con desconcierto. ¿Y ahora qué

hacían? Uno de ellos disparó a la cara del cadáver y chilló:

—¡Eso no vale! ¡Teníamos que llevarte a la cárcel! ¡El juego no

termina así!

El chico muerto se levantó riendo con la cara empapada y

disparó a los otros con su pistola de agua.

Noemí Hernández Muñoz (Alfara del Patriarca, Valencia)

http://relatosladoncellaerrante.blogspot.com.es/

3


Penso – Antonio Trogu (Italia) https://500px.com/atrogu

4


La exposición

La exposición fue única, irrepetible, jamás vista antes en ningún

museo. Frente a un Picasso o un Renoir, qué más da, un anciano

llenaba con su figura la sala vacía. Escrutaba desde la distancia

reglamentaria el cuadro con tanto entusiasmo y ternura que pronto

el umbral de la habitación se atiborró de turistas. Con admiración, los

visitantes guardaban silencio para respetar el momento mágico, sin

percatarse de que, al mismo tiempo, estaban siendo observados y

hasta fotografiados por otros asistentes. Y estos a su vez por otros y

ellos por otros y otros… Y así hasta recorrer todo el museo.

Nicolás Jarque Alegre (Albuixech, Valencia)

http://escribenicolasjarque.blogspot.com

5


Girl with math symbol – Aluluba (Taiwan) https://500px.com/aluluba

6


El templo del frío

He olvidado contar desde que tengo frío,

como si al otro lado del valle alguien pudiera

echar mis desafinadas sumas a su caldo

e importarle,

cuánto resto al cociente del viento

o divido al coto privado de la parca.

Antes sabía contar hasta mil,

pero eso fue antes de lanzarme, de saltar, de caer…

Nadie me enseñó a dividirme en dos:

el hielo mece el número pi sobre mi resto y corre,

no encuentro mi otro cien por ningún lado:

no me río de mi uno ni me asombro de mi dos, ni me aterro

ante mis comas de diez ceros despoblados

porque sé,

que mis pesares son raíces al cuadrado.

Ahora bien… ¿donde hibernar o resguardarme?

tal vez la chimenea hoy proponga algún milagro

si frente a ella con un cortado en la mano,

miro al gúgol que crepita y me sonríe

multiplicándose sin fin, hacia el colapso.

María José Martí López (Valencia)

http://conelcuentoenlostalones.blogspot.com

7


Imagen de una muñeca «Nancy» encontrada en la red

8


Tienda de antigüedades

Una niña contempla con curiosidad la vidriera de una tienda de

antigüedades. En una parte de la misma, adquiriendo distintas

formas, destaca un holograma con las palabras:

«Juguetes antiguos finales del siglo XX»

Entre los objetos expuestos, un muñeco, con una descripción al

pie del mismo: «GEYPERMAN». Es el que atrapa toda su atención.

Decidida, entra al negocio y se lo solicita al dependiente. Lo

contempla en su caja con satisfacción, se identifica como HHH y con

su crédito ocular conforma la compra.

Ansiosa, sale apresurada con su regalo bajo el brazo para llegar

a su habitación y abrir el envoltorio.

Mientras, por la acera de enfrente, un niño cruza la calle atraído

por las luces que emite el escaparate de la tienda.

Esparcidos por el piso de HHH, restos de cartones y embalajes

de plástico. La expectación por saber cómo se divertían los niños en

la antigüedad le produce una gran agitación. Roto el envoltorio,

sujeta a «GEYPERMAN», lo observa sin perder de vista detalle alguno,

lo balancea de izquierda a derecha, de arriba abajo durante un buen

rato. Lo pinta y sumerge bajo el agua del lavabo, lo lanza contra la

pared en una prueba de vuelo. Después, lo desmiembra desmontando

todas sus partes. Separa todas sus piezas y las arrincona en un lugar

próximo al desintegrador. No encuentra la función diversión. Se

enfada con los niños del pasado.

El niño MMM, sintió curiosidad, frente a la vidriera de las

antigüedades, al contemplar un objeto cuyo cartel indicaba:

«NANCY». Para conocer cómo se divertían en el pasado, entra al

local y lo adquiere. Al llegar a su casa se dirige a la zona de ocio.

9


Aparta el envoltorio, observa a «NANCY» sin perder de vista detalle

alguno, la balancea de izquierda a derecha, de arriba abajo durante

un buen rato, y al poco tiempo la desarma, desmiembra, separa todas

sus piezas, y las lanza junto con el envoltorio al cubo de residuos. No

encuentra la función diversión.

Con todas las piezas desarmadas, ambos tienen la misma idea,

no perder los créditos de una compra inútil. Al día siguiente, y por

caminos diferentes, se encaminan a la tienda para solicitar la

devolución de lo adquirido, con penalización por traer las piezas

desmontadas y usadas.

HHH y MMM coinciden en la tienda.

Se miran, se sonríen y salen juntos del local.

En un escueto diálogo, tras las pantallas oculares, deciden

invitarse a sus casas en busca de diversión. En la zona de ocio

entrechocan las palmas, se salpican con gotas de agua, y sienten que

algo les une.

Al cabo de unos años, como pareja, se desarman el uno al otro.

Las piezas de cada uno quedan desparramadas y repartidas por

el cajón de los recuerdos, del cual pende una etiqueta:

«No devolution. No Credit».

Jorge Richter Vázquez (Valencia)

10


Cenicienta

Fotografía aportada por la autora (Xenia Rambla)

¿Volvería a sentir el olor de Andrea?

A la atardecida, hace apenas unas horas, anduvimos paseando

por el malecón, musgo pegado a las rocas, el agua estrellándose bajo

nuestros pies, cuando una ráfaga de virazón suave me trajo el

perfume sensual de su cuerpo: entre lavanda y sábanas recién

mojadas por la noche. Mi sexo había despertado; mi mente también.

Recordé las tardes de noviembre en el parque Longchamp, con

las ardillas trepando en aquel viejo arce, y nuestros nombres

grabados en el corcho de su tronco, a punto de desprenderse. Pero no

era su nombre. Aún no. Sino el de mi esposa. Ella había pulverizado

en su pelo un perfume semejante, como de lavanda. Es extraño. Cómo

las sensaciones se repiten a lo largo de la vida, y las identificamos al

11


vuelo. Cómo van encendiendo nuestras alarmas y revivimos idéntico

placer.

«Fue entonces, al atreverme a rozarte la mano, Andrea querida,

cuando percibí lo mucho que voy a echarte de menos.

Vi tu rostro la primera vez hace tres semanas. Estabas sentada

en un velador del Café de la Banque, con una tisana humeante entre

tus manos y un cigarrillo apoyado en el borde de la mesa. Recuerdo

que pensé que nunca unos ojos negros me habían parecido tan

brillantes, disparando luz. Llevabas un pañuelo naranja a modo de

diadema. ¡Eras, eres, tan joven!

Te miré fijamente, y descubrí la razón de ese espejismo. Un gel

acuoso restregaba tu mejilla. Habías apartado tus lágrimas, y

distraído la tristeza, liando tabaco, que estaba justo a punto de caer.

No soy un sabueso, pero un kleenex arrugado y un paquete de papel

de fumar junto a tu bolso me ayudaron a deducir la escena.

Armándome de valor, alcancé el cigarrillo y lo acerqué a tu boca.

Espléndida boca.»

— Merci — dijiste. Sorprendida.

Sin pedir permiso tomé asiento a tu lado.

— Lloras — afirmé.

— Depende.

— ¿Depende de qué?

— De si un desconocido me mira e intuyo que va a salvarme el

cigarrillo.

— ¿Eso es triste?

— Es distinto. Lloro ante lo distinto. Me emociona que todo gire

al revés.

— Interesante. ¿Y lloras mucho por eso?

— Es la primera vez.

12


— También para mi es la primera vez. La primera que te veo.

— Me llaman Andrea.

Retiré el cigarrillo de sus labios. Exhaló unos aros de humo que

ascendieron desperdigándose. Le di una calada intensa. Tenía restos

de carmín rosado. Un escalofrío erótico me enredó como una espiral

intermitente, y pisoteé la colilla, antes de profanar ese vínculo que

habíamos dibujado entre los dos. Entre los tres.

Desde entonces, cada una de las tardes, había buscado a Andrea

en el mismo Café. Cada tarde, habíamos repetido ese estúpido ritual

del cigarrillo, que se había convertido en un fetiche, una excusa, una

pausa y un porqué.

A pesar de los encuentros, el cuerpo de Andrea era sacrílego. No

me atrevía a tocarla, so pena de que el hechizo se esfumase, la

atmósfera recobrara la absurda y monótona normalidad. No hasta

esa última tarde. Horas atrás. En el rompeolas del Viejo Puerto. Quizá

porque intuía que sería nuestra última vez.

«El cielo amenazaba tormenta. Cuando estábamos a punto de

despedirnos, comenzó a llover. Corrimos a cobijarnos bajo unos

soportales. Y tu mirada ¡me interrogaba sobre tantas cosas! Mi vida,

oculta y oscura, de la que nada conocías, a pesar de que me habías

abierto el libro de tus deseos, tus devenires, tus errores y alegrías. Tu

padre había muerto justo el día que nos conocimos. Por eso llorabas.

Era un suicida.»

Y yo era un experto en Ella.

Cuando la noche asomaba por la esquina de las barcazas de

pescadores, y el frío quemaba en su cuello, y en el mío, rocé esa mano,

agaché el rostro y la dejé allí. Mi compadre esperaba como siempre

unas manzanas más allá, en una motocicleta antigua, con un par de

cascos y un periódico del día.

— ¿Recuerdas el cabrón que te puso la denuncia?

13


— Sí, claro.

— Abusaste de su hija, cuando acudió a tu consulta.

— Sólo la toqué.

— El padre dijo que la violaste.

— ¡Te digo que sólo la toqué! Su mano.

— ¿Por qué le pusiste el antifaz entonces?

— Lo expliqué en el juicio. La terapia de hipnosis es así.

— Por eso no te identificó, no llegó a verte. Pero el adn…

— No era mi adn. Coincide con otro. Las pruebas fallan a veces.

— Bueno, no importa. No volvamos a empezar.

— Sabes que esto es kafkiano, pero es lo que tengo. Y he de

sobrellevarlo.

— Pues ese hombre, el padre, ha fallecido.

— Que se joda.

— Eso.

Me llevó en la moto hasta la puerta. Aún faltaban diez minutos

hasta la medianoche, así que tuve tiempo de preguntarle cómo fue.

«Un puto suicida». «Cuándo». «Hace tres semanas.» Me estremecí. A

veces el azar juega malas pasadas. Salté de la moto y caminé hacia la

verja.

«La niña, ¿sabes? Ya tiene dieciséis años. Está aquí fotografiada.»

Paré. Una intuición sin sentido, pero retrocedí y le pedí el diario. Allí

estaba ella. Con su pañuelo naranja anudado en la nuca. Ahora se

hacía llamar Andrea.

La verja se abrió. Una sirena estrepitosa avisaba del minuto

fijado para la entrada. Cerré los ojos, inspiré, y recreé en mi cerebro

el olor a lavanda.

14


Crucé despacio. Como cada medianoche, desde hacía tres

semanas, con la condicional. Como una Cenicienta hacia el pabellón

de pederastas.

En la prisión.

En Marsella.

Xenia Rambla (Valencia)

http://xeniarambla.blogspot.com.es/

15


Thought without words – Jovan (Serbia) http://yohatch.deviantart.com/

16


Abstracto

Enmárcame el desnombre de las cosas.

Quiero un cuadro

que me muestre el paisaje en el que habita

la urdimbre indefinida de las horas.

Esa trama tejida en lo invisible

que no alumbra la luz pero pervive

dentro de la mirada.

Me cansan las presencias definidas,

la cáscara vacía del lenguaje.

Hay otra voz que expresa, ilimitada,

lo que en esta no cabe.

Y es lo innombrable, lo que a mí me habita,

ese invisible soplo de la carne

que transfigura todo cuanto miro,

lo que quiero que enmarques.

Manoli Vicente Fernández (Viana del Bollo, Orense)

http://lascosasqueescribo.wordpress.com

17


A syrian in Istanbul – Canan (Turquía) http://canankk.deviantart.com/

18


Refugiados

No llevan billete

ni destino

solo los pies descalzos

la mirada perdida.

El mar, su aliado

los engulle despacio

sin respetar edades

ni colores, ni sueños.

Horizonte maldito

futuro de quimera

una estela de plata

sobre el agua

teñida de rojo.

María Luisa Pérez Rodríguez (Valencia)

http://marialuisaperezr.blogspot.com.es/

19


Mirror bokeh – Indigo Skies Photography (Australia)

https://www.flickr.com/photos/indigoskies/

20


El concierto maldito

17 de agosto. 22:30 horas. Un calor sofocante por el tumulto de

personas. Los focos se apagan y ahí está él. Encima del escenario con

su botella de agua. Se dirige hacia el micrófono, colocado en el centro

del espectacular escenario. Todo está preparado para pasar las dos

horas más emocionantes. Empezó con ‘Kiss me’, luego con ‘I love you’.

Me sabía todas las letras. Era increíble. No podía expresar con

palabras todo lo que estaba experimentando esa noche. Pero todo no

sería perfecto.

El concierto duró un par de horas. Justo en la última canción, las

nubes descargaron una lluvia incesante. Los rayos iluminaban la

oscura noche de tormenta.

Me dirigía a casa con mi novio Paul. Íbamos por una carretera

con muchas curvas. Todo estaba oscuro y los limpiaparabrisas

apenas podían quitar la cantidad de agua que empapaba la luna

delantera de nuestro coche. Le dije a Paul que parara hasta que

cesara la tormenta. No me hizo caso. Seguimos nuestro camino hasta

que sucedió.

Paul perdió el control del coche en una curva muy cerrada por

causa del agua. Dimos tres vueltas de campana. Empecé a gritar.

Estábamos atrapados en el coche, bocabajo. Paul sangraba por la

cabeza. Estaba inconsciente. Intenté buscar mi teléfono móvil para

llamar a los servicios sanitarios, pero no encontraba el bolso. Miraba

a Paul y cada vez sangraba más por la cabeza y por los oídos. Estaba

muy asustada. Intenté quitarme el cinturón de seguridad, pero estaba

atascado contra los dos sillones y el salpicadero. Mi sensación de

angustia era cada vez más elevada. No podía respirar. Era agobiante.

Finalmente, haciendo mucha fuerza contra el cinturón, pude

quitármelo. Menos mal. Cogí mi bolso, que estaba en el asiento

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trasero, y pude hacer la llamada, o por lo menos intentarlo. Justo

cuando estaba llamando mi móvil se quedó sin batería.

— ¿Qué más me puede pasar? —dije desconsoladamente.

Paul no respiraba. Estaba inconsciente y sangraba mucho. La

lluvia era incesante. Entraba con fuerza por el asiento trasero. Mi

sensación de desesperación era cada vez más pronunciada.

Intenté quitarle el cinturón de seguridad a Paul, pero fue inútil.

No podía. Estaba mucho más ajustado que el mío. Puffff…

Busqué desesperada en el pantalón de Paul su teléfono. Pude

cogerlo. Menos mal. Hice la llamada al 911. Al otro lado de la línea,

una mujer muy amable trató de calmarme. Le expliqué la situación y,

más o menos, le situé donde estábamos. La chica me dijo que esa

carretera no le salía en el mapa del GPS. Me preguntó si estaba segura

de esa carretera. Le dije que sí, que estaba segura. Es la ruta que

hacíamos para ir de Aspen a Leadville. La chica volvió a decirme que

esa carretera hace muchos años que está cortada por obra y que era

imposible que estuviésemos allí. Mi desesperación iba en aumento.

No dejaba de gritar y de decirle a esa estúpida que buscara bien. La

comunicación se cortó.

—¡Maldita tormenta! —dije, enfurecida.

Paul no respiraba. Estaba muerto. No me puede estar pasando

esto.

—¡Cariño, cariño. Despierta, es hora de arreglarnos para ir al

concierto. ¡Vaya siesta de tres horas que te has echado, mi amor!

—me dijo Paul.

Juan Manuel Arcos Urrutia (Alfara del Patriarca, Valencia)

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Las ratas

Barman rat – Momotte (Francia) http://momotte2.deviantart.com/

Anoche soñé que estaba escribiendo un extraño relato. Me

desperté muy agitada a las tres de la madrugada y ya no pude volver

a conciliar el sueño. Me levanté, tomé nota de los detalles más

importante para no olvidarlos y me tumbé en la cama hasta que sonó

el despertador. La historia se desarrollaba en la ciudad de Valencia.

En ella yo regentaba un restaurante que se llamaba La Cenia y estaba

situado en la calle Peso de la Harina, muy cerca del Almudín.

Transcurrían los años ochenta. Al restaurante, pequeño y acogedor,

acudía diariamente lo más granado de la ciudad: políticos,

intelectuales, músicos, actores y gente de a pie.

23


Pero, para mi desgracia, no fueron solo personas la que dieron

en frecuentar el local. Hubo una familia (numerosa) de ratas que lo

encontró encantador y se instaló allí al calor y el olor de los

exquisitos guisos que salían de la cocina.

La cocina solo estaba separada del comedor por una pequeña

barra. Aparecía yo en el sueño atenta a los fogones con el comedor

lleno de gente, cuando vi una rata enorme paseándose por la cornisa

de la chimenea. Tuve que contener un grito desgarrado que seguro

habría proferido en cualquier otra circunstancia, pero era impensable

en la situación en la que me hallaba y los nervios, afortunadamente,

me respondieron bien; de acero diría yo que fueron en aquel

momento.

Enseguida llamamos a una empresa encargada del exterminio

de los roedores y acudieron prestos a poner veneno en lugares

estratégicos. Su papel llegaba solo hasta ahí. Las ratas cayeron como

moscas pero morían en los lugares más insospechados. Por la

mañana cuando abríamos las puertas había un hedor a muerte

insoportable y teníamos que dejar todas las ventanas abiertas y

empezar a buscar a las desgraciadas. Todas las trabajadoras éramos

mujeres con la excepción de un joven gay que demostró tener

suficientes redaños para encargarse de sacar los cadáveres y

depositarlos en el contenedor de basura más cercano. Así

conseguimos acabar con aquella terrible invasión. Bueno, no sé si del

todo. Creo que alguna de las ratas consiguió engañarnos a todos, se

disfrazó de cliente y ocupó varias veces una Consellería, cambiándose

de chaqueta según los resultados de las elecciones. Lo último que

supe de ella, no hace de esto mucho tiempo, es que se había quedado

con la partida de dinero público destinada a paliar la catástrofe de

Haití. Así se acababa la historia en mi sueño. Solo espero que si en el

mundo real existe una alimaña de esta ralea, encuentre pronto su

veneno.

Lu Hoyos (Valencia)

http://inventariodelucrecia.blogspot.com.es/

24


Pequeños detalles

Untitled – Stuart Mayo (Reino Unido) https://500px.com/smayo56

Cada tarde, a las ocho en punto, se sirve la cena en casa del

marqués. Los cubiertos se disponen en perfecta geometría sobre un

mantel de hilo bordado. El único comensal emerge de su bata de seda,

acomoda su aristocrática fisonomía en una chaqueta cruzada, y se

sienta a la mesa. Algunas cosas han cambiado a su alrededor en los

últimos tiempos: ya no tiene personal que le sirva; ha perdido las

fincas, las inversiones en bolsa, las rentas y el favor de su selecto

círculo de amistades. En unas horas le quitarán la casa, y perderá la

poca cordura que le queda. Pero se trata de detalles sin importancia.

Lo que realmente cuenta es que cada tarde, a las ocho en punto, se

sirve la cena en casa del marqués.

Lisa Viguer (Massalfassar, Valencia)

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Imagen aportada por la autora (Belén Mateos)

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Hilvanes de soledad y sombra

¿Es la soledad más fuerte que el silencio?

¿Son las sombras la luz negra de lo infinito?

Quizás por ello prefiera su mutismo

a las palabras,

su oscuridad al fuego inexistente de su alma,

y su penumbra al tiempo desatado

de interminable viento azorado.

Se deshilvanan dichas en un telar trémulo

de hilos plomizos y brumos zurcidos,

desnudado su cuerpo de un lienzo frío y opaco,

de un sentir turbado y un pesaroso equilibrio,

hasta hacerlo ligero, sutil y transparente.

Como quien quiere padecer la noche

y solo alcanza a palpar el alba.

El polvo confunde el óxido de las palabras

Y estas con la zozobra templada de misterio.

Mª Belén Mateos Galán (Zaragoza)

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Fotografía aportada por la autora (Alicia García)

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La torre

Ana se ha escondido tras la cortina. Aplasta la nariz contra el cristal

de la ventana. El vaho tibio de su aliento infantil empaña la luna y ella

pinta una estrella con sus deditos gordezuelos. En esa estrella vive el

abuelo. Algún día Ana también tendrá una estrella. Entonces se calzará

sus zapatillas rosa palo y danzará una y otra vez alrededor del sol y alzará

chispitas que caerán sobre la tierra para llenarla de gotas de oro.

La voz opaca de su madre llega desde la habitación contigua.

—No lo comprendes, Álex. ¡No puedes imaginar hasta dónde llega

mi sufrimiento!

Álex se enerva.

—Sólo piensas en ti. ¿Qué hay de mi sufrimiento? ¿No sufro yo al

ver cómo te empeñas en destrozar esta familia? No te atrevas a hablarme

de sufrimiento.

Álex da un puñetazo contra la pared. Luego patea la puerta hasta

que la madera se astilla.

—Basta, Álex por favor. Ana…Puede oírnos.

Álex se apoya contra la puerta rota, la cabeza entre las manos.

Cristina se seca los ojos. Cuando ambos se calman acuden a la habitación

donde juega Ana. La niña ha construido con sus piezas de plástico duro

tres torres. La tercera es tan alta que se inclina un poco hacia la derecha.

—¡Qué linda! —exclama Cristina con una alegría que no siente—.

¿Es un rascacielos?

Ana niega.

—¿Qué es entonces?

29


—La torre del sufrimiento —contesta con su dulce voz. Luego coge

su muñeca preferida y una pequeña maleta marrón con hebillas donde

guarda sus tesoros.

—¿Dónde vas, Ana? —pregunta su padre.

Ana sonríe por primera vez. De los ojos cándidos de la niña emana

un destello de luz.

—Con el abuelo.

Alicia García Herrera (Valencia)

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Yo masco amor. No fumo

Foto aportada por la autora (Isabel Sifre)

Yo no sé si usted se ha dado cuenta, caballero. Sí, usted que me

mira siempre de soslayo como si a mí se me fuera la pinza de cuando

en cuando.

¿Que no?

Sí, señor. Usted deja colgando el cigarrillo de sus labios carnosos

que lo aprisionan por un lado —al cigarro, si, no a mí. Qué más

quisiera...— y mientras aspira el humo lentamente, me está usted

desnudando por dentro y por fuera. Me está juzgando y eso se le nota

demasiado en la mirada que sale de sus ojos lascivos.

Iba a decirle caballero pero no sé si su percha es merecedora de

tal apelativo.

¿Señor?

31


A lo mejor le gustaría la palabra, pero tampoco la merece quien

mira por encima del hombro a una mujer.

Mejor no le llamo nada. Ya me entiende.

¿Aún no ha adivinado por qué le hablo de este modo?

Someramente se lo explico.

Las personas que no se conocen a sí mismas ni se asumen con

todo su bagaje, tienen por costumbre endosar defectos a su

compañera para cubrir con ellos las faltas o los propios errores que

son incapaces de reconocer.

¿Lo va pillando?

Sí, hombre, sí. Le refresco la memoria.

Pongamos por ejemplo que usted vuelve borracho a las cuatro

de la mañana, ¿sí? ¿Se sitúa?

Vale. Y a la mañana siguiente, en lugar de disculparse o buscar

un acercamiento hacia su costilla, le espeta que se fue de copas

porque ella se había teñido el pelo de rubio y a usted eso no le gusta

nada porque teñírselo de rubio panoja es cosa de furcias.

¿Qué tal? ¿Va entrando usted en materia?

O le dice que es una histriónica cada vez que le descubre a usted

una de sus peripecias.

No, hombre, no, que aquí todos comemos y bebemos por el

mismo sitio y quien dice eso ya sabe a que nos estamos refiriendo.

Usted también lo sabe a pesar de ese postureo rígido y ausente.

Desabróchese el pecho, pedazo de hombre indefinido. Lávese bien las

manos y la boca y ocúpese de sacar de la jaula a ese su corazón

endurecido.

Luego, si le parece, podemos hablar de igual a igual. Yo con mis

tetas sanas y usted con los consabidos colgajos, pero de igual a igual.

32


PD.

Esto me ha salido de tirón. Cualquier parecido, nada tiene que ver con

la realidad. Quiero decir que si alguna persona susceptible piensa que

la estoy ticando se equivoca. Y no me excuso más porque he quedado

así con mi conciencia.

Isabel Sifre Puig (Valencia)

33


Jellyfish mermaid – Renee Nault (Canadá)

http://reneenault.deviantart.com/

34


Sirena atrapada

Aunque no se vea desde mi casa

ni el mar, ni la playa, solo edificios,

a veces llega a mi oído el rumor

como un canto de sirena que llama.

Cierro los ojos y veo la costa,

mi antigua costa escarpada, su faro,

montañas, rocas, la bruma en verano.

Cuando el olor salado viene, invade,

me veo echando de menos, me acerco

a la playa más cercana posible

y que el tiempo vuele en silencio, a solas.

Solo sal y olas, susurro y silencio.

Solo un ser a solas, una sirena

soñando otras rocas, con otras costas.

Y la sed de su piel. La soledad.

Isabel Garrido (Valencia)

http://isasumi.blogspot.com.es/

35


Maquis en el bosque – Javi Aguilar (Barcelona)

http://www.javiaguilar.com/

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El maquis invisible

El Ovejero no era sólo su apodo. También lo había sido de su

padre y de su abuelo. Anselmo, como ellos, se dedicó desde niño al

pastoreo. Y por eso conocía la montaña como su propia mano. No

había quebrada, peñasco, collado, senda o ribazo que no hubiera

pateado buscando algún cordero extraviado.

Se echó al monte al terminar la guerra, cuando temió en su

persona las represalias que los del bando ganador estaban llevando a

cabo en otras comarcas. No dudó en la elección del escondrijo.

Aquella oquedad oculta y de difícil acceso resultaba idónea. Con su

gastada Mauser, una lata de munición, una colchoneta de paja y pocos

más utensilios, estableció en la cueva su nuevo hogar.

Anselmo se procuraba alimentación con trampas para liebres o

pájaros y, de vez en cuando, también bajaba a los huertos de Benixell

en busca de verduras, hortalizas o frutas. Los agricultores que

percibían su presencia aparentaban ignorarla y continuaban con sus

tareas; mientras tanto, el Ovejero llenaba su zurrón con lo que podía.

También se llevó alguna vez una botella de vino, una hogaza de pan o

una ristra de chorizos, olvidadas bien junto al aljibe, bien a la sombra

de una higuera.

Los labriegos nunca comentaron entre ellos nada sobre el del

maquis. Ni siquiera cuando el Jefe Local, acompañado de un Guardia

Civil, les visitó preguntando por Anselmo.

Una fría mañana de otoño el cuerpo inerte del Ovejero llegó a

Benixell sobre la grupa de un mulo. Huellas de disparos se repartían

por cara y pecho.

Desde ese día ningún agricultor volvió a dejar olvidada una

botella de vino, una hogaza de pan o una ristra de chorizos.

Rafa Olivares (San Juan, Alicante)

http://potajedepalabras.blogspot.com.es

37


Fotografía de Laura Makabresku (Polonia)

http://laura-makabresku.deviantart.com/

aportada por la autora (Aldana Giménez)

38


Autoservicio

Un sorbo tras otro,

ya ni siquiera me muerdo las uñas…

No creo en lo de uno con otro,

me basta y sobra con una doble lectura.

Vamos a hacer lo que nos mantiene vivos

sin molestar a los pares,

en cada exhalación elegimos nuestro camino,

sin necesidad de sentirnos iguales.

Somos libres de sonreír de cualquier cosa

y de agotarnos con lo que preferimos.

A ojos cerrados abrimos la boca

y a ojos cerrados disfrutamos lo que sentimos.

No necesitamos muletas

para soportar nuestro propio peso…

Podemos hacer todo por nuestra cuenta,

somos nuestro único heredero.

Aldana Michelle Giménez (Mendoza, Argentina)

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Imagen aportada por la autora (Esther Moreno)

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El valor del dinero

No consigo hacer amigos. Amigos de verdad. De esos para toda

la vida. No, la gente me usa, hace lo que quiere conmigo, pero nunca

me piden que me quede con ellos. Me pasan de mano en mano, cada

cual más sucia. Me introducen en carteras, bolsillos agujereados,

cajas roñosas, calcetines sudados, incluso he estado descansando en

algún que otro sujetador. Mi valor cambia según donde me encuentro

y la gente lucha por conseguirme. Trabajan duro por tenerme en sus

manos, pero una vez me atrapan, no duro nada. Me esfumo, sin dejar

rastro alguno. Como el rocío por la mañana. Siento aburrirte con mi

historia. Siempre que me rulan de esta forma y llenan mi cuerpo de

speed me da por hablar sin parar. Por donde iba, sí, eso, amigos… he

visto a compañeros muriendo y a principiantes médicos intentando

operar con escasos medios. Otros fueron olvidados en sucios

pantalones y ahogados por una máquina que llena sus entrañas de

agua y jabón. Después la gente lloraba su pérdida y según cuanto más

mayor era peor. Recuerdo cuando 100 murió, solo quedaba de él un

cuerpo frío y húmedo, hecho una bola. Me han doblado, tatuado sin

preguntar, regalado, intercambiado… conforme avanza mi vida soy

consciente de que no me quieren. No pueden vivir sin mí, pero

tampoco conmigo.

—¡Eh tíos! Mirad lo que me he encontrado en el baño —dice

sosteniéndome orgulloso el borracho al que intentaba abrir mi

corazón— 20 pavazos. ¡Invito a la siguiente ronda yo!

De vuelta a la caja, con otros ilusos cuyo destino está marcado.

Esther Moreno Morillas (Valencia)

http://elcascabelalgato.blogspot.com.es/

http://invisiblevoyeur.blogspot.com.es/

41


Imagen libre de derechos obtenida en http://www.corbisimages.com/

42


¿Mereció la pena?

Ya has llegado, piensas. La vejez. Conseguiste superar todas las

anteriores etapas, muchas de ellas muy complicadas. Ya nacer, hoy, te

parece un milagro. La cantidad de cosas que pueden suceder durante

un parto es asombrosa. Hay más de cien o ciento veinte obstáculos

que un bebé debe superar antes de que pueda ver el mundo al que ha

llegado. Recuerdas el nacimiento de E. Recuerdas las casi veinticuatro

horas en las que A. luchó para que E. viniera al mundo, para que

tuviera la oportunidad de respirar y de mirar y de amar y de sufrir y

de rezar. Y antes, mucho antes del nacimiento y la infancia. Incluso el

momento de la propia unión de un espermatozoide y un óvulo es algo

que, en términos de probabilidad, no tiene un porcentaje demasiado

elevado de éxito. Eso es algo que sabes perfectamente. Remueves el

café. Sigues elucubrando. ¿Y antes de la propia concepción? También.

Las posibilidades de que, en medio de este loco mundo, encuentres a

una mujer con la que compartir el resto de tu vida, con la que formar

una familia, no deben ser muchas, la verdad. Introduces, con cuidado,

el tabaco en la vieja Masterly rusticada que heredaste de tu padre,

hace ya tantos años. Sentado en la mecedora, ves atardecer desde el

porche. Encender la pipa te supone un esfuerzo al que todavía no

terminas de acostumbrarte. Sólo espero que A. no salga en este

momento y me pille fumando. Sonríes. La vejez... Sabes que escribir el

último capítulo de cualquier libro siempre es lo más difícil. De alguna

manera, piensas, el primer capítulo es el que despierta más ilusiones,

en el que más esperanzas se depositan. El último, sin embargo, es

complicado. Llegar a la última frase, al punto final, a la incertidumbre

perpetua de “qué vendrá después”, da miedo. Sí, miedo. Por mucha fe

que uno tenga. Y es que, en el fondo, sabes que lo importante no es

saber “qué vendrá después”, aunque tu fe sea un asidero que

43


agradeces; lo que realmente es clave en todo este asunto es si lo

escrito antes mereció la pena. Por todo ello, la pregunta a la que todo

hombre debe responder ahora es: ¿mereció la pena? Escuchas los

pasos de A. bajar la escalera. Se acerca a la puerta y sale al porche. Te

mira. Sonríe.

Sí.

Mereció la pena.

Marco Antonio Torres Mazón (Torrevieja, Alicante)

http://itacadeshabitada.blogspot.com.es/

44


La llamada

The phone call – Dona Katiana (Eslovaquia)

https://www.flickr.com/photos/donakatiana/

Es de esas cosas que me pasan a veces. De esas que hace tiempo

que no me pasaban. Que quizás tiene razón José Antonio, que siempre

me falta algo, que siempre estoy echando algo en falta. Pero, ya me

sentía en plena metamorfosis, con las alas bien puestas, dispuesta a

todo, dispuesta a desplegarlas y echar a volar. Y de repente, una

llamada, un pequeño inconveniente y todo al traste. Mi intacto

equilibrio emocional de mujer adulta, se viene abajo. Pequeños

duendecillos haciéndome la puñeta por aquí y por allá para crear

problemas cotidianos (pérdidas, tediosas gestiones administrativas,

conversaciones que no te apetece mantener, llamadas que jamás

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harías...) y hurgar con sus diminutas uñas afiladas en el lagrimal de

cada uno de mis ojos hasta hacerlos rebosar.

Totalmente a merced de mis emociones, otra vez. Lo especial de

un día romántico ha quedado disuelto como el azúcar en el café,

como ese azúcar insuficiente apenas perceptible en el café demasiado

amargo que sirven en el bar de enfrente del trabajo. Que siempre le

digo a Juan que me lo ponga cortito el café con leche, pero ni por esas.

Y me dejo la mitad, claro.

Intento recordar cómo me acariciaba el pelo y cómo me sentí de

afortunada cuando me agarró con fuerza de la mano mientras

hablaba por teléfono. Había hecho amago de levantarme y

aprovechar para visitar los servicios dándole así un poco de

intimidad (aunque lo cierto es que no entendía ni papa porque no sé

ni una palabra de alemán), sin embargo él sujetó mis dedos trenzados

con los suyos y besó mi frente mientras cerraba negocios

seguramente muy importantes y me sonreía.

Pero, ni siquiera esos recuerdos maravillosos que ofrecían

expectativas inusitadas, consiguen arrastrarme lejos de una llamada

de teléfono totalmente inesperada que me ha llenado de inquietud.

Por favor, que no vuelva, suplico a cualquier conjunción cósmica que

quiera escucharme que no insista, y me suplico a mí misma que no le

conteste de nuevo. No sé si seré capaz de resistirme.

Alicia Muñoz Alabau (Valencia)

https://www.facebook.com/PonerseAlas

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Missing

City silhouettes – Jasper James (Reino Unido)

http://www.jasperjames.co.uk/

Cerré la agencia para dedicarme a buscarla. Lo hice, durante

años, por toda la ciudad. Indagué en cada club, en cada tugurio, en

cada maldito rincón. Día y noche. Noche y día. Nadie en los bajos

fondos me ofreció una sola pista. Su fotografía se ajó hasta el punto

desaparecer de ella el maravilloso rostro que ahora vegeta en mi

memoria. Que tortura el viejo y triste corazón que ningún whisky

apaciguará jamás.

Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com

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Substratum – Lexa One Photographie (Canadá)

http://one-photographie.deviantart.com/

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Abismo

Sé bien que te despisto, que logro escabullirme de tus garras.

La técnica y los años. La madurez y las caídas. Siempre me levanto.

Pero tú aguardas escondido, persistente como reloj sin cuerda,

como música sin sonido. Y en el instante veloz del espejo, en las

pupilas dilatadas de la noche, te manifiestas y, con un guiño

vencedor, logras robarme la sonrisa, sólo un momento.

Sólo un momento.

Concha García Ros (Cartagena, Murcia)

http://nosvemosenkairos.blogspot.com.es/

49


Fotografía de Sacha Goldberger (Francia) http://sachagoldberger.com/

De su serie titulada «Mamika»

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Diminutivos

La vida siempre tiene momentos que marcan un antes y un

después. Aunque una no quiera. En la mía, parece que el día en que

me rompí la cadera fue uno de esos momentos, por más que no fuera

yo quien lo eligiera. Bromas de mal gusto del destino y del paso del

tiempo.

No es que tenga queja de cómo me trataron en el hospital. El

personal era muy solícito y cariñoso, y la enfermera que tenía

asignada casi en exclusiva me trataba con ternura infinita, como si yo

fuera una niña pequeña y frágil. La intención era buena, no lo dudo.

Pero yo no era una niña pequeña y no quería ser frágil. Era lo último

que quería ser, por más que las ocho décadas que llevaba a cuestas se

empeñaran en recordármelo más de lo que quisiera.

Así que buscando una cercanía que no sabía si me gustaba, la

enfermera me instaba a que tomara un poco de sopita, me traía la

pastillita y hasta me deseaba buenas nochecitas. Y no era la única. La

médico que me atendía me decía que aquello dolería un poquito,

como si emplear el diminutivo paliara aquel dolor que era peor que

una muerte a pellizcos. Y apostillaba que enseguidita estaría en la

calle tan ricamente, como si suavizar el adverbio fuera reducir los

larguísimos dos o tres meses que tenía por delante. O quizás más.

Lo bien cierto es que parecía que en el hospital hubieran

inaugurado una nueva época en el modo de dirigirse a mí y de

tratarme. Como si lo hubieran incluido con las recetas de

medicamentos. O mejor dicho, con las recetitas. Y mis hijos y hasta

mis nietos se lo tomaron al pie de la letra.

Así que ahí estaba yo, tomándome la meriendita que me había

preparado mi hijita mientras ella y sus dos hermanitos tenían una

51


eunioncita. La habían convocado, según parece, porque una vez que

me recuperé de la operación, habían decidido tomar las riendas de mi

vida. Y en la habitación de al lado, después de aparcarme como un

mueble –o mejor, un mueblecito- mis hijos hablaban de mi destino

como si yo no tuviera nada que decir. Como si estuvieran celebrando

un bautizo sin niño o, por qué no decirlo, un funeral sin muerto. Y,

como yo no era sorda, ni siquiera sordita –el tiempo no había

respetado mis huesos pero sí mis oídos-, les escuchaba hablar de

residencias, cuidadores, hospitales de día y cosas similares sin

preguntar ni siquiera cuál era mi opinión.

Así que no lo pensé dos veces. Aproveché el momento álgido de

su discusión, que se adivinaba por el tono alterado de todos ellos,

para coger mi andador y salir por la puerta. Y como quiera que vi que

a quienes tan preocupados estaban de mi futuro, tan poco les

interesaba mi presente, no sentí ni un triste remordimiento.

Ahora vivo donde me da la gana. Con mi pensión, y con los

medios que yo he escogido para vivir el tiempo que el destino quiera

seguir regalándome.

Eso sí, les he enviado a mis hijitos una cartita.

«Supongo que me echaréis de menos un poquito. Me he ido un

poco lejitos. Pero de vez en cuando os haré una llamadita. Besitos».

Y lo haré, desde luego. Pero me esperaré un poquito. Aún me

queda cuerda para rato. Aunque sea solo un ratito.

Susana Gisbert Grifo (Valencia)

http://conmitogaymistacones.com/

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Lázaro

Resurrection – Raffa (Alemania) http://roflraffa.deviantart.com/

Levántate y anda —dijo el hijo de Dios.

Un Lázaro ya putrefacto hincó la pierna en el suelo, intentando

fuertemente ponerse en pie. Sobre forzado iba perdiendo trozos de

carne, dejando las migas a las carroñeras damas de compañía.

Soltando trozos a medio acabar, de vidas pasadas a lado de falsos

amores, de inconclusos finales. Pobre Lázaro, no lo dejan descansar

en paz, no le dejan morir con algo de dignidad. Hijo del cielo, déjale

caer desde lo alto de tu cama y no le vuelvas a despertar.

Manuel Alejandro Ramos Ayala (Naica, México)

http://chatomusik.blogspot.mx

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Cafetera – Little Lune (Madrid) https://500px.com/littlelune

54


Despertar

Pan de anteayer

y tostadora vieja.

Calor en las manos,

olor que demanda

untar mantequilla

o ungir con la alcuza

el jugo de olivas.

Crujiente bocado

entre labios mudos,

despertar al día

de ingenuos sentidos.

Que tras la ventana

grises azoteas

aparenten crestas

de una sierra verde.

Hasta que otro aroma

de grano molido

y un sonoro hervor

te pongan en pie

frente a tu soledad.

Benjamín Blanch Carpena (Valencia)

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UFO – Erol Berkay Gündüz (Turquía)

https://www.flickr.com/photos/erolberkaygunduz/

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Aterrizaje forzoso

La avalancha de meteoritos nos hizo cambiar el rumbo de la

nave. Algunos fragmentos impactaron el fuselaje y eso produjo una

oscuridad interna casi total. Milagrosamente el piloto recuperó el

control y con gran pericia logró un perfecto aterrizaje en lo que

parecía la selva negra de un planeta desconocido.

Era un oscuro bosque poblado de árboles delgados y negros que

con frecuencia se retorcían como serpientes. Bajamos de la nave muy

descontrolados y sin saber dónde estábamos y cómo encontrar una

salida. Hacia un costado se avizoraba una pendiente y por el otro se

levantaba una larga colina que parecía interminable. Optamos por

subir, ya que ese camino, aunque más largo, ofrecía más luminosidad.

Iniciamos el ascenso por una suave pendiente, sobre un terreno

curiosamente elástico. La húmeda superficie tenía un ligero color

terroso. Toda aquella planicie despedía un raro olor, muy

inquietante. Al rato encontramos una extraña hendidura, de forma

circular, con un interior lleno de pliegues y decidimos circundarla

para evitar un peligroso desliz.

Seguimos subiendo cuando de pronto tuvimos la sensación de

que el terreno se movía. Era un suave vaivén que parecía ascender y

bajar lentamente la tierra que pisábamos. Nos miramos inquisitivos,

pero decidimos seguir adelante porque no había alternativa.

Poco más adelante vislumbramos un par de altas colinas

coronadas por dos promontorios circulares, dos curiosos cuerpos

esféricos. Al intentar subir por una de ellas una enorme mole, con

forma de mano humana, apareció sobre nosotros.

Lo que siguió fue la oscuridad absoluta.

Vicente Montemayor (Omaha, Nebraska – EUA)

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Lullaby – Minon (Alemania) http://minon-minon.deviantart.com/

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La nana charlatana

¡Hola, buenas noches!, soy tu nana, vengo a cantarte. "Neix el

món dintre l’ull" ¿Me recuerdas? Me conociste cuando lo de tu

estandarte de mujer y todas esas cosas de levantarte.

Túmbate a tu ritmo. Ciérrame bien los ojitos, voy a acariciarte.

No voy a callarme, tranquila, no voy a callarme. Sh... Empieza a

dormirte, espera a que el tono de mi voz te abrace y disfruta tu dulce

dormir esta noche tan grande.

"Estic tranquil, estic tranquil..." No sabes cómo, pero estás

tranquila, estás tranquila... duerme.

Hola, soy tu nana y ahora, estoy susurrándote.

Tu respiración se tranquiliza, duerme ya su estado de vigía, ya no

existe. Tomas profundo el aire y tu pierna ya ha perdido el movimiento

consciente en un microsegundo. Duerme, duerme.

Soy tu nana, que te pasa la mano por la frente. Son tus párpados,

inconscientes, los que vienen a recibirme de un lado a otro mientras tú

sueñas y ya no ves el frente, que ya no produce monstruos. sh... sh... ,

duerme.

Gabriela Pavinski (Valencia)

http://gabrielapavinski.blogspot.com.es/

http://gabrielapavinski.blogspot.es/

http://www.viasona.cat/grup/mishima/set-tota-la-vida/neix-el-mon-dintre-lull

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Life cycles – Marija Protasova (Letonia)

https://500px.com/fjmore3apn

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Viaje en el tiempo de mi tiempo

Mi vida está dividida en cuatro cuartos. Los tres primeros ya

están consumidos; el cuarto, como lo fueron todos antes de suceder,

es una incógnita. Estos cuatro cuartos son exactos, cada uno de ellos

comprende 22 años. Mi ocupación en estos meses fue viajar a los tres

primeros -pasado-, y al cuarto -futuro- con mi peculiar transportador

de materia.

Hace unos meses regresé del final del primero. Me vi con

uniforme, sin galones, el pelo al cero, -casi como ahora- fumador

empedernido de glorias benditas al alucinante ritmo de los Pink

Floyd. Irresponsable, sabelotodo y torpe.

Semanas después la máquina me llevó a mediados de la segunda

etapa. Mi pelo había crecido. Comprometido con las causas perdidas y

rey de la oscuridad en una noche que dominaban los grises. Errando

en lo esencial y engañándome en los detalles.

Ayer me desintegré en el tiempo y arañé unos minutos de la

tercera etapa, esa que ya dibujaba en color, pero a la que necesito

retrotraerme para olerla, tocarla, sentirla y dejarme llevar para

emocionarme de nuevo. Comprobé que me habían perdido las

emociones y mi sensiblería me hizo navegar en mares revueltos.

En cada una de ellas he corregido lo equivocado. Enderezado lo

torcido. Purgado lo pecado. Pero ha sido un sueño, al volver todo

seguía igual, las cicatrices, las pérdidas, los errores y sus

consecuencias. Todo seguía en su sitio y todo pesando como una losa.

Estoy procesando el transportador de materia, para viajar a la

cuarta etapa. En esta, al menos, cuando regrese tendré la oportunidad

de obrar en consecuencia.

Alfredo Cot (Valencia)

http://alfredo-laplazadeldiamante.blogspot.com.es/

61


Pair of old boots – George Pakpong (Tailandia)

https://500px.com/9george

62


Pensamientos…

La cadencia ilusoria de tus caderas me atrapa

Mientras caminas delante de mí

El eco repite el sonido de tus pasos acompasados

Miro la perfección de tus curvas,

Perfectas, armoniosas

Que en sincronismo se balancean delante

Esa cola que se mueve

De izquierda a derecha y viceversa…

Ya no resisto más

Quiero tomarla entre mis manos

Y que me lleves hasta lo alto

Donde veo el sol coronando el cerro

Las nubes, que asemejan un colchón

Donde quisiera hundirme y retozar…

Me siento desfallecer

Me falta el aire, mi vista se nubla

Solo te veo a ti

Ya pierdo la razón…

Quiero arrojarme sobre ti, montarte,

Aferrado a tu cuello con desesperación.

Tu dueño gira la cabeza y me sonríe

Creo que adivina mis pensamientos

Bajo la mirada, debo continuar detrás en silencio

Más allá del sufrimiento.

El sudor cubre mi rostro

Estoy muy caliente…

63


A mi izquierda la pared

A la derecha el abismo

Detrás va que quedando el sendero

Adelante tú.

Yo, que desfallezco

Entiendo que la altura

Afecta mis sentidos

Soy el último en la fila que asciende

Delante mío,

La burrita camina cadenciosa…

Luis Alberto Molina (Rosario, Argentina)

http://www.luismolin.blogspot.com.es/

64


Buscadores de piedras

God offering… - Tomás Escobar (Argentina)

http://jack-drexler.deviantart.com/

“… y entonces, los dioses se enfurecieron con los hombres Piel-

Luna porque habían desperdiciado el agua que brotaba del cielo. Como

castigo, decidieron esconder la magia de la lluvia en dos piedras. Para

que el agua del cielo les fuese devuelta, condenaron a los Piel-Luna a

escarbar la tierra hasta dar con ellas y entregárselas a los dioses.

Ordenaron también, que cada dos veces cinco lustros, deberían elegir a

un nuevo buscador, y si no respetaban el tiempo de espera, secarían la

tierra para siempre”

65


Los hombres sabios hablaron.

Ozac se sintió orgulloso de ser el elegido. Guardó yesca en su

piel de dormir, se colgó un odre a la espalda, se apoyó la azada en el

hombro y se alejó de su aldea en busca de las piedras de agua. Una

pareja de cabras serían su única compañía.

Pasaron muchas lunas mientras recorría el camino de sus

antecesores. La primavera fortaleció su cuerpo de adolescente; el

verano curtió su piel inmadura; el otoño le despojó de su silencio y el

invierno congeló su sombra.

Una tarde en la que el sol parecía incendiar el horizonte, la

monótona ondulación del terreno por el que transitaba se quebró y

ante sus ojos, apareció una tierra llana, cubierta por matorrales que

tenían el color del trigo marchito y, unos surcos de barro seco, que

dejaban el testimonio de que en algún momento del tiempo, allí,

había estado el agua.

No tardó en encontrar los vestigios del otro elegido. Comprobó

que el pozo aún tenía líquido. Aprovechó lo aprovechable y enterró el

resto. Al día siguiente, después de sembrar sus semillas y acomodar

sus cabras, empezó a peinar la tierra desde el punto exacto donde se

había quedado inmóvil la ondulación.

Un mediodía plomizo, en el que ni siquiera el viento le

susurraba su eterna letanía, se fijó en sus manos y vio en ellas el

reflejo de las ondulaciones que iba dejando tras sus pasos; intentó

enderezarse, pero su cuerpo, agotado por el infructuoso trabajo de

tantos años, se había quedado retorcido como las sabinas; pensó que

si hallaba las piedras, no podría volver, y, por primera vez en su vida

tuvo conciencia de sí mismo y de su condena por ser el elegido. Lloró

con amargura. Y allí, donde la tierra se humedeció con su tristeza,

apareció el tesoro que buscaba; con el corazón roto por la soledad,

las tapó y siguió peinando el terreno hasta el final de sus días.

Marisol Santiso Soba (Madrid)

66


El mejor regalo, un buen libro.

«Buffet Libre» 25 autores, 75 relatos

¡NO TE QUEDES SIN ÉL!

Disponible en Amazon (papel y ebook)

67


Os recordamos que en nuestro muro de Facebook Valencia

Escribe, además de otras cosas, seguimos proponiendo imágenes

para ser relatadas y colgando convocatorias de concursos literarios:

https://www.facebook.com/pages/Valencia-Escribe/134450789952020

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mantenernos al tanto de las entradas que publiques, no olvides que

también tenemos el grupo Valencia Escribe Blogs

https://www.facebook.com/groups/1571068066474683/

Para los aficionados al Haiku, también tenemos un espacio, que

para ser originales nos dio por bautizar como Valencia Escribe Haiku.

Podéis dejar allí vuestros poemas pero intentad cumplir las reglas…

https://www.facebook.com/Valencia-Escribe-Haiku-746524675464504/

Más poesía en un blog de poco alcance que queremos potenciar

con vuestras aportaciones

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Y para seguir leyendo relatos de nuestros autores, nada mejor

que pasar cada día por nuestro blog:

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¿Quieres leer números anteriores de VALENCIA ESCRIBE?

Número 16 (Septiembre 2015)

http://www.yumpu.com/en/document/view/53328640/ve-16-septiembrepdf

Número 17 (Octubre 2015)

http://www.yumpu.com/en/document/view/54316333/ve-17-octubre

Número 18 (Noviembre 2015)

http://www.yumpu.com/en/document/view/54535272/ve-18-noviembre

Número 19 (Diciembre 2015)

http://www.yumpu.com/es/document/view/54807799/ve-19-diciembre

Número 20 (Enero 2016)

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Número 21 (Febrero 2016)

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Número 22 (Marzo 2016)

http://www.yumpu.com/es/document/view/55255629/ve-22-marzo

Número 23 (Abril 2016)

https://www.yumpu.com/es/document/view/55357609/ve-23-abril

NOTA: Enlaces de descarga en el interior de cada revista

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Castillo de Santa Bárbara (Alicante) – Miguel García Rodríguez (Valencia)

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