VE-25 JUNIO 2016

rafasastre

Número 25 – Junio 2016


Alberto Montt (Chile) http://www.dosisdiarias.com/

© Todos y cada uno de los derechos de las obras literarias, fotografías o

ilustraciones publicadas en esta revista pertenecen en exclusiva a sus

respectivos autores (aunque en algunos casos no se citen los nombres)

Foto Portada: Welcome – Elena López Ferrán (Reus, Tarragona)

http://lenafotografia.com/

Diseño y edición: Rafa Sastre

Colaboraciones: revistave@hotmail.com

«Pero ni colorín, ni colorado; el cuento no se ha acabado»

Mario Benedetti (1920-2009)

Descarga de este número de la revista (formato PDF, 5.26 MB):

http://www.mediafire.com/download/s8x29o2rfna3cc5/VE-25+JUNIO.pdf


¡ NO TE LOS PIERDAS !

«Buffet Libre» (2015) y «El tiempo y la vida» (2016)

disponibles en AMAZON

en papel y ebook

Dos libros de relatos y microrrelatos

con la participación de escritores habituales

de la revista VALENCIA ESCRIBE


Índice

Una pausa (Rafa Sastre) Pág. 1

Concurso de relato rápido «Valencia Escribe» Pág. 2

Alma de pájaro (Luis A. Molina) Pág. 5

Misterio (Rafa Sastre) Pág. 7

El tío Juan (Pernando Gaztelu) Pág. 9

De peluquería (Manuel Serrano) Pág. 13

Una razón oculta (Lu Hoyos) Pág. 15

Danza (Benjamín Blanch) Pág. 17

Estas palabras (Isabel Garrido) Pág. 19

Estío (Esther Moreno) Pág. 21

Tatuaje (Alicia García) Pág. 23

Amapolas (Marga Alcalá) Pág. 27

Espuma a la deriva (Vicente Carreño) Pág. 29

Caladas de delirio (Belén Mateos) Pág. 31

Mayores (Alfredo Cot) Pág. 33

Entre nubes de vapor (Jorge Richter) Pág. 35

Crimen pasional (Lisa Viguer) Pág. 37

Los gatos que amamos (Xenia Rambla) Pág. 39

Inquietante inteligencia (Aldana Giménez) Pág. 43

Soledad (Nicolás Jarque) Pág. 45

La mirada del árbol ( ) Pág. 47

Inútil (Susana Gisbert) Pág. 49

Rememorando (M.Luisa Pérez) Pág. 53

Selección de personal (David Rubio) Pág. 55

El aplauso (Marisa Martínez) Pág. 59


Nimú (Almudena Villalba) Pág. 61

Llegando a puerto (Isabel Sifre) Pág. 63

Identidad (Vicente Montemayor) Pág. 67

Renovación (Manoli Vicente) Pág. 69

El Largo (Conxa Gausí) Pág. 71

Noche estrellada (Cristina Cifuentes) Pág. 73

Más rápido que ellos (Concha García) Pág. 77

Los días –fragmento- (Enrique Mochón) Pág. 79


Alberto Montt (Chile) http://www.dosisdiarias.com/


Una pausa

Queridos amigos: llegado el número 25 de la revista, y

coincidiendo con la etapa veraniega, que de forma oficial comienza

—aquí, en el hemisferio norte— el próximo día 21, he considerado

que necesito y debo tomarme un descanso. Al propio tiempo, os

concedo a todos, tanto escritores como lectores, una merecidísima

tregua.

La idea (no quiero denominarle «compromiso») es volver a

publicar en octubre, razón por la cual el buzón electrónico va a estar

disponible durante todo el tiempo para recibir las colaboraciones que

os apetezca enviar desde este mismo instante.

Como no se trata de una despedida, evitaré hacer cualquier tipo

de balance, aunque voy a aprovechar el momento para agradecer de

corazón vuestro derroche de generosidad, no solo por el trabajo

realizado, sino también por las críticas vertidas sobre el discreto

producto que ha intentado ofreceros cada mes este eterno aprendiz

de cualquier cosa.

Nos leemos en octubre; mientras tanto, que la estrella de la

felicidad guíe vuestras vidas y las de vuestros seres queridos.

¡Ah! Y que nadie que pueda falte a la cita del 18 de junio en el

Puerto de Sagunto… En las páginas que siguen está recogida toda la

información.

Rafa Sastre

1


CONCURSO DE RELATO RÁPIDO «VALENCIA ESCRIBE»

Colaboran «Marian Creación Literaria» y Ayuntamiento de Sagunto

Casal Jove, Calle Vent de Marinada s/n - Puerto de Sagunto (Valencia)

Sábado 18 de Junio, 10:00 horas

BASES

1. Inscripción y desarrollo del concurso

Los participantes, con edad mínima de 16 años y provistos de

Carnet de Identidad o similar, deberán formalizar su inscripción en el

concurso presencialmente, entre las 10:00 y las 10:30 de la mañana.

A partir de esa hora no se admitirán más inscripciones. A cada

participante se le entregará un número identificativo para garantizar

su anonimato ante el jurado.

El concurso consiste en escribir un relato de temática libre,

utilizando la frase o palabras que facilite la organización. Los

participantes contarán con 30 minutos de tiempo para redactar sus

historias (a las que pondrán el correspondiente título) y pasarlas a

limpio.

La extensión mínima de los textos será de 75 palabras y la

máxima de 150. A tales efectos, el título no computa.

2


Serán descalificados los relatos que carezcan de número

identificativo, no lleven su correspondiente título, no empleen la

frase o palabras indicadas, incumplan la extensión estipulada o sean

ilegibles a criterio del Jurado, que entre otros méritos valorará el

cumplimiento de las normas ortográficas y gramaticales.

La organización facilitará el papel, pero los concursantes

utilizarán su propio material de escritura.

2. Premios

El fallo del jurado se dará a conocer el mismo día, una hora

después de la finalización del tiempo otorgado.

I PREMIO: 50 euros, un ejemplar de «El tiempo y la vida», del

colectivo Valencia Escribe, y otro de «Pinceladas», del colectivo

Marian Creación Literaria.

II y III PREMIO: Un ejemplar de «El tiempo y la vida», del

colectivo Valencia Escribe, y otro de «Pinceladas», del colectivo

Marian Creación Literaria.

Además, los tres relatos premiados serán publicados en la

Revista Digital «Valencia Escribe» de Octubre.

3. Otras

Los organizadores pueden, en cualquier momento y en beneficio del

buen desarrollo del concurso, modificar las normas del mismo y

solventar en el momento las cuestiones no contempladas en los

anteriores apartados.

Ese mismo día, a las 18:00 horas, celebraremos un recital de

poesía y relatos en la localidad de Petrés, a solo 10 Kms. del

Puerto de Sagunto. Será, pues, un día literario muy completo.

Esperamos vuestra asistencia y participación

3


Old friends – Jonathan Day (EUA) http://jonathandayart.com/

4


Alma de pájaro

Hola, Santiago. Hoy te miro a través de tu ventana, ha pasado el

tiempo, ¿qué raro no? Me miras y sonríes, no comprendes qué te

impulsa a ver en esa pequeña ave algo especial, un pájaro que te mira

interrogante, que parece dispuesto a cantarte sólo a ti.

No me reconoces. Claro, he cambiado, dista mucho de aquella

imagen que tenias; un muchacho de tu misma edad, bullanguero y

silbador, que disfrutaba tu enojo cuando palmeaba con demasiada

fuerza tu espalda, haciéndote trastabillar.

Recuerdo tu dolor cuando me despediste, mi esencia lo pudo

sentir, tan larga amistad nos había unido cual hermanos, y ahora así

de repente debíamos separarnos. Todo fue muy rápido, no pudimos

despedirnos, llegaste corriendo con desesperación pero ya nada se

podía hacer, crispaste tus manos mirando el cielo y preguntando ¿Por

qué?

Ha pasado algún tiempo (Para ti por supuesto, yo ya soy

atemporal)

¿Te agrada mi canto? Veo que sí, disfruto ver que te llega, que te

alegra el día, pero tú sigues imbuido en tu trabajo. Cómo te enojabas

cuando te obligaba a dejarlo para compartir lindos momentos, luego

por supuesto se te pasaba, te complacía aquellos minutos o quizás

horas de ocio.

Aquellos encuentros de fútbol, siempre discutiendo, tu carácter

siempre imponía una reyerta, y como compinche me involucraba,

terminábamos con una buena (o varias) cerveza y el consabido

comentario.

5


Cada tanto me miras, en tu rostro noto que algo te perturba,

buscas algo en mí, tu cerebro te indica que soy algo especial para ti,

pero no puedes descifrarlo, eso te distrae de tu trabajo, y no parece

molestarte.

Cada vez que giras tu mirada hacia mí, suelto mis trinos, sacudes

la cabeza y alegre sigues en lo tuyo. Ahora te paras y te acercas a la

ventana, me miras extrañado, porque aún permanezco allí, casi al

alcance de tu mano. Qué extraña vivencia, a pesar de lo ocurrido

seguimos juntos, casi puedo adivinar lo que piensas, esas dos

pequeñas gotas que brotan de tus ojos me lo dicen.

Sí, amigo, soy yo, no te equivocas.

¿Recuerdas cuando ansiaba volar? Qué ilusionado estaba, mi

obsesión eran los pájaros, admiraba su vuelo, tan libres, y mírame

ahora… ¡Puedo volaaaaaaaaar!

Me voy amigo, pero cada mañana volveré a tu ventana.

Seguiremos juntos.

¡Volveré Santiago!

Cada día ¡Volveré!....

Luis Alberto Molina (Rosario, Argentina)

http://www.luismolin.blogspot.com.es/

6


Misterio

Fotografía aportada por el autor

Juro por Dios que no entiendo qué narices hago a la una de la

mañana dentro de este vestido de camarera, bebiendo whisky y

fabricando volutas de humo en la barra de un solitario snack-bar de

Wisconsin. Sobre todo si consideramos que me llamo Cristóbal, vivo

en Teruel, soy butanero, abstemio y no tengo ni pajolera idea de

inglés. Cruzaré los dedos para que no entre ahora Maruja y me

reconozca; hace unos días le aseguré que había dejado de fumar.

Rafa Sastre (Valencia)

http://rafasastre.blogspot.com

7


World at war – Alessandro Santos (Brasil)

http://schindlersky.deviantart.com/

8


El tío Juan

—Imbécil, no sabés nada de la vida… —Siguió diciendo mi tío,

mientras yo le miraba incrédulo. Los ataques no cesaban y él insistía.

—¿A qué viniste? No sabés nada de la vida, pendejo choto. Tu

primo es un gobernado, un pelotudo y su mujer una mala persona.

¿Querés que vaya arrastrándome a pedirles perdón? Incrédulo. Sos

muy infantil. A mí me tendría que pedir perdón.

—Tío, no te pongás así. Yo sólo te digo que no es el momento.

Tenemos que estar unidos y dejar todos estos quilombos a un lado...

—¿Qué te creés, que soy yo el que arma esto? No, no te

equivoqués. Es ella.

—Ya lo sé —dije tratando de seguirle el apunte—, ya lo sé, pero

pensá un poco. Ahora no podemos andar con estas cosas...

Una explosión cayó muy cerca de nuestro búnker, retumbaron

las paredes y las tacitas tintinearon con violencia dentro del armario

del salón.

—Vos parece que venís de su parte ¿Sabés como empezó todo?

¿Sabés por qué no viene más a esta casa? Se metió donde no le

llamaron, en mis cosas. ¿Sabés? Y después ella vino como una furia y

me mandó a la mierda y...

Yo había oído la historia, pero contada de otra manera, por otras

lenguas y en otro tono. No coincidían en absoluto.

—Mirá pendejo, vos no me vengás a decir nada a mí —un gran

estruendo iluminó su cara. La luz, de forma circular, como la

claraboya que le permitía entrar, resaltó las arrugas de Juan—. Vos

querés que yo me rebaje ante ella.

9


La risa nerviosa del tío Juan se me clavaba en el pecho tan

hondo como la metralla que caía incesante sobre el techo.

—Solo te digo que no me importa de donde venga esta mierda

entre ustedes dos. Ahora estamos en medio de una puta guerra. Tu

hijo te necesita. Vos me criaste como a un hijo cuando... Y sé que no

tengo derecho a decirte nada pero...

—¿Qué te contaron? ¿Qué te dijeron? ¿Vos sabés bien lo que

pasó?

—Sé lo que me acabás de contar y lo que me contaron ellos. No

importa. Lo que te digo es que salgamos de acá y vayamos a buscar a

mi primo para rescatarlos. Eso te digo.

—Pendejo de mierda, mentiroso. Vos me querés caminar, vos

me querés caminar... ¿Te creés que yo soy choto? ¿Eh? Te sabés la

historia, me decís que no sabés nada, ¿y ahora querés que te haga

caso?

Al tío Juan le temblaba el mentón al hablar, casi tanto como las

sillas cada vez que se iluminaba el cielo. Empecé a tener miedo.

—Yo no te dije que no sabía nada... Olvidate de eso... Escuchame

un segundo...

—Me querés caminar. Salí, salí de acá pendejo de mierda...

—Tío, Juan, escuchame... ¿No me querés? Te necesitan. Vos

sabes cómo llegar, cómo ayudarlos...

—Es mentira. Ella solo quiere usarnos —dos explosiones

taparon lo que decía, de pronto pude oír—. Vos sos igual que ellos. Te

querés aprovechar, venís mandando... Salí de acá, pendejo. ¿Te creíste

que me ibas a mandar, que iba a darle el gusto con sus caprichitos?

—¡Hay una guerra ahí fuera tío...!

10


—¿Y? Aguantátela, yo me la aguanto acá...

Entendí que estaba enfermo y me fui del búnker sin decir adiós.

Fuera el caos me envolvió y entendí menos que allí dentro. Juan

estaba cavando su propia tumba y a la vez la de sus seres queridos.

Intenté ayudarle. Sólo pude salvar a mi primo, sin la ayuda de Juan,

ella murió.

Al tío Juan no lo he vuelto a ver. Hubo un bombardeo cerca de su

búnker esta mañana. Podría haber muerto hace unas horas, aunque

me parece que llevaba muerto unos cuarenta años.

Pernando Gaztelu (Iruña, Navarra)

http://lokos-a-disfrutar.blogspot.com.es/

11


Fotografía de 1942, realizada por Marjory Collins (1912-1985)

Archivo de la Biblioteca del Congreso (EUA)

12


De peluquería

Cayó fulminada. Un balón de rugby llegó girando sobre su eje

largo hacia el público y le dio en lo alto de la testa. Un zumbido que

aumentaba de intensidad precedió al impacto.

Había visto aquel misil yendo hacia ellas y advirtió a su

compañera a la vez que la apartaba. Se equivocó en la dirección del

desplazamiento: el obús le dio de lleno.

Estaba en el suelo, casi en el césped y la gente se arremolinaba

alrededor. Cada uno daba su opinión. La sugerencia más aceptada fue

«echadle agua». Todos asintieron menos él. La conocía, «ni se os

ocurra, acaba de estar en la peluquería y esta tarde tenemos un acto».

Al momento recobró el conocimiento.

—¿Está usted bien? —dijo alguien.

—Sí, sí gracias. Solo un poco mareada —contestó comprobando

su peinado intacto.

Manuel Serrano (Valencia)

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Heraclitus (1628) – Hendrick ter Brugghen (1588-1629)

14


Una razón oculta

Despertó Heráclito de un profundísimo sueño junto a la

hermosa Criseida. La vio alzarse del lecho desnuda, hacer sus

abluciones en una jofaina llena de agua perfumada de romero y

tomillo y envolverse en una túnica del color de la púrpura. Él

permaneció recostado observándola. Encendió ella, luego, el fuego en

el hogar y dispuso algunos pescados en una marmita en la que pronto

empezó a bullir el aroma de una exquisita sopa. Miraba El Oscuro

embobado las filigranas del fuego.

—¿No será el fuego, querida, la norma que rige el cosmos en

todas las cosas en su incesante cambio?

Criseida lo miró perpleja sin entender nada y sin osar

responder. ¿Por qué amaba ella a este hombre extraño y apartado de

todos?

—Este cosmos, sin duda, estimada Crise, no lo hizo ningún dios

ni ningún hombre, sino que siempre fue, es y será fuego eterno, que

se enciende según medida y se extingue según medida. Medida,

medida..., hay una medida, ha de haber una razón oculta bajo el

aparente caos que nos envuelve...

Lu Hoyos (Valencia)

http://inventariodelucrecia.blogspot.com.es/

15


Ballerines – Stefano Barzanò (Italia)

https://500px.com/stefanobarzano

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Danza

Sublime caligrafía

de dedos que escriben

con trazos etéreos

en negro encerado,

de cuerpos girando

en un folio de tablas.

Miradas perdidas

que encuentran destino,

saltos al abismo,

pasos al recuerdo.

Manos que presagian

futuros oscuros,

abrazos de ausencia,

destape de velos.

Poesía viva

de métrica ausente

y caricias agudas,

de llanas sonrisas

y espasmos esdrújulos,

de perpetua música

y encabalgamientos.

Conexión profunda,

sentidos al vuelo

alentando emociones.

Benjamín Blanch Carpena (Valencia)

17


Autor desconocido

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Estas palabras

Estas palabras dejarán de existir. Al igual que tantas cosas a

nuestro alrededor que acabarán descomponiéndose en sus unidades

más elementales, estas palabras se esfumarán de la nube donde se

almacenan, dejarán de estar disponibles en la pantalla donde ahora

se reflejan. Si acaso alguien recordará haberlas leído alguna vez, pero

tampoco podrá visualizar, casi como si las tuviera delante, su orden

en concreto o su mensaje.

Se habrá perdido todo para siempre con la muerte de estas

palabras. Y morirán como lo hacen los anónimos, en un rincón en

silencio, para no molestar. Fuera del alcance de oídos que pudiera

recoger su último aliento. Lejos de cualquier atisbo de salvación.

Estas palabras ya se van diluyendo, incluso ahora que las

escribo, más aún después, cuando las lea. Ya se me están colando

entre las rendijas del teclado y gotean lentas, chorreando bajo los

codos, hacia el manual de turno donde casualmente los apoyo. Ahí se

mezclan con lo que debería estar estudiando aunque mi mente

intranquila se niegue a ello.

Estas palabras no buscan salvación ni la quieren. Nacieron con

la certeza de que nada es para siempre, incluyendo este espacio o

cualquier otro. En cualquier momento puede golpearlas la catástrofe

y desaparecer. Nadie les garantiza que no se esfumen de pronto, por

accidente, y no pueda recuperarlas, por más que quiera. ¿Cómo

buscar así perdurar, cómo pretenderlo?

Estas palabras mías, por tanto, no pretenden nada. Ni siquiera

seguir negras sobre blanco para que sean leídas. Mucho menos que

alguien se moleste en recordarlas, no olvidarlas, salvarlas. Nacieron,

como tantas otras, al calor de un té, junto con una canción, en silencio

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o en cualquier otra circunstancia irrelevante. Crecieron una tras otra

sin ser cuestionadas por su estructura, su forma o su contenido.

Acabaron tomando una entidad propia, una luz las envolvía, y aunque

fueron creadas por un chispazo momentáneo, fruto del trabajo diario,

saben cuál es su lugar y su meta: saben que son algo pequeño, que a

la vez no son nada.

Estas palabras dejarán de existir algún día. Pero mientras

todavía palpiten, respiren, mientras su cuerpo tipográfico sea visible,

se aferrarán a la vida. Lo harán con la fiereza del que todo quiere

conquistar, arrastrando a su paso cuantas emociones se crucen por

su camino, porque para eso fueron creadas. A pesar de la certeza del

final seguro e inevitable ese es su destino inmediato.

Isabel Garrido (Valencia)

http://cartasdeunaflor.blogspot.com.es/

http://isasumi.blogspot.com.es/

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Estío

Ilustración de Cecile Dormeau (Francia) aportada por la autora

http://cecile-dormeau.tumblr.com/

Llega el verano,

la angustia del cuerpo perfecto.

Las cremas anticelulíticas,

las reparadoras,

las que hacen crecer esto y

decrecer lo otro.

21


La operación bikini,

la depilación láser,

los rayos uva

que calcinan la piel blanca invernal.

A todo esto

yo le digo:

llega el buen tiempo,

las tardes de cañas,

los paseos en bici por las calles desiertas,

la lectura en la playa,

las noches de cine al aire libre,

los reencuentros con las amigas,

los festivales,

la música que vibra en nuestros cuerpos,

fuertes, blandos, peludos, lampiños, que giran con sus ruedas, que

brillan sudorosos…

Llega la magia,

el tiempo necesario para meditar,

perderse entre libros,

poemas y cervezas lupuladas.

Esther Moreno Morillas (Valencia)

http://elcascabelalgato.blogspot.com.es/

http://invisiblevoyeur.blogspot.com.es/

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Tatuaje

Los jóvenes hoy en día son unos tiranos.

Contradicen a sus padres, devoran su comida, y faltan al respeto a sus maestros

Sócrates (470-399 a. C.)

Imagen aportada por la autora

Cuando Alexis vio el tatuaje de Mary tomó una decisión radical.

En esos momentos no podría calibrar si era o no acertada, si tendría o

no el efecto deseado, pero él, a sus quince años, sólo tenía una

palabra y estaba dispuesto a cumplirla a toda costa. Bien mirado el

tatuaje estaba bien, incluso podía considerarse discreto. Era en

blanco y negro, de pequeño tamaño, algo más de dos pulgadas. El

cuerpo del gato carecía de contornos, era una sucesión de rayas

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negras dibujadas en forma de ese. Si Mary hubiera escogido una letra

china, una mariposa, incluso el logo de Guns and Roses, Alexis habría

podido tener una pizca de condescendencia. El gato de Chesire había

sido un craso error, sobrepasaba sin duda los límites de lo tolerable.

Siempre le había parecido un animal absurdo de sonrisa malévola

pero era tan icónico que incluso Mary, a sus cuarenta y pocos, había

sentido el impulso tatuárselo en la nuca.

Hacía un tiempo que ella se venía comportando de forma

inusual. Todo comenzó con el Iphone-6. Aquel juguete la aisló del

mundo y la conectó a la música de moda, al paraíso de las Kardashian

y a Ana y Mía. Después llegaron Facebook y Twitter, el éxtasis y la

ketamina, el puto amo, que no se sacaba de la boca. El crossfit, las

mechas moradas, el nuevo corte de pelo y el divorcio. Para estar a

tono con el cabello Mary también adaptó su vestuario. Con lo del

tatuaje había amenazado alguna vez pero Alexis no creyó que se

atreviese a dar el paso. Mary podía cambiar de móvil, de nombre o de

marido, dejar el gimnasio y las drogas de diseño, cerrar sus cuentas

en las redes sociales o recuperar su cabello. La huella del tatuaje, en

cambio, era casi indeleble.

Alexis estaba harto de aquella actitud anti-madre, de modo que

decidió contraatacar. Llevaba semanas planeándolo. Ella le había

pedido muchas veces que madurara y Alexis pensaba hacerlo lo más

deprisa posible, algo como de fuera para adentro. Tal vez así ella

tomara ejemplo y decidiera volver a ser la de antes.

El despertador sonó a las siete. De pie, frente al espejo, comenzó

a vestirse despacio. Dejó a un lado del armario su gorra Vans, los

pantalones de presidiario que descubrían la ropa de Calvin Klein, la

camiseta negra con la imagen del grupo de moda, la cazadora

vaquera, las Converse y optó por un aburrido traje gris marengo,

camisa blanca, corbata azul oscura a topos y zapatos de cordones. Su

pelo, que solía lucir alborotado, ahora era liso. Después sacó los

24


libros de la mochila y los colocó en un maletín de ejecutivo. Durante

unos instantes aún dudó. Le costaba renunciar al skate. Era un

Element, el mejor del mercado. Lo iba a echar de menos.

La clase estalló en una carcajada colectiva al ver llegar a Alexis.

El profesor de matemáticas, un hombre de mediana edad que

siempre usaba corbata azul, traje gris marengo y camisa blanca con

gemelos, le lanzó una mirada despectiva. «Estos jóvenes –se dijosiempre

andan provocando; ya no saben qué inventar para llamar la

atención».

Alicia García Herrera (Valencia)

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Foto: Jorge Richter (Valencia). Aportada por la autora (Marga Alcalá)

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Amapolas (haikus)

Aquí y allá,

al borde del camino

las amapolas

Viñas y viñas.

En el camino el rojo

de una amapola.

Marga Alcalá (Valencia)

http://comolaspiedrasoelviento.blogspot.com.es/

27


Golden sea – Stelios Androulidakis (Grecia)

https://500px.com/androulidakisstelios

28


Espuma a la deriva

Dejadme allí, rendido en su regazo,

naufragando mis huesos en el agua.

Mi cuerpo será espuma a la deriva;

mi corazón, ceniza entre las olas.

Dejadme allí, sin ojos para ver,

desterrado del sol, sin tus caricias.

Dejadme allí, privado del espejo

de la luna, sin tumba ni sollozos.

Dejadme allí desnudo, sin plegarias,

abrazado a la nada, alma sin luz

vencida por el tiempo, desperdicio

de ser, polvo abatido, ruina de hombre.

Dejadme allí, despojo solitario,

gota de mar cautiva de la muerte.

Vicente Carreño (Leganés, Madrid)

29


Domingo – T.J. (Alemania) http://misssouls.deviantart.com/

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Caladas de delirio

Se postró en la cama deseosa de caricias. Comenzó a

desprenderse de cada tela que cubriera su cuerpo. La blusa resbaló

por sus hombros hasta caer al suelo, la falda osó deslizarse por las

piernas y estrellarse a los pies desnudos de calzado. La ropa interior

le quemaba la piel como un fuego húmedo que deseara calmar su

ardor con la fresca saliva de unos besos.

Y ahí, expuesta, y envuelta en mutismo, esperó el cuerpo

desnudo de su amante.

Sus dedos comenzaron a sentirse fríos y su tibia boca a exhalar

el humo de un cigarrillo prendido para templar la densidad de sus

senos. Un almizcle de aroma y sudor comenzó a bañarla entera.

Al otro lado de la puerta, tecleando sin pudor, se hallaba el

amador virtual de muchas y de nadie.

Todo un despropósito para una realidad que le espera ansiosa y

se iba esfumando igual que cada una de las caladas que no

conseguían llenar ni sus pulmones ni el abismo de sus caderas.

Mª Belén Mateos Galán (Zaragoza)

31


Under the surface – J.Antonio Fernandes (Portugal)

https://500px.com/phototales

32


Mayores

Tengo una entrevista de trabajo a las 12:00… ¡Una más!

Es fundamental llegar a tiempo y en condiciones. Ordeno

mentalmente las ideas y repaso mi currículum, de todo ello depende

que mis opciones sean reales. Necesito la calma y soledad precisas

para interiorizar la estrategia más adecuada. Tengo dudas entre ir

con mi coche o en el bus; elijo lo segundo, con el tráfico que hay no

puedo arriesgarme.

El 79 me va bien y la parada está cerca. Camino hacia ella y veo,

a lo lejos, uno a punto de salir, espero que no sea el mío… ¡El 79! no

podía ser otro y el siguiente tardará 15 minutos. Me resigno y hago

tiempo; espera que comparto con una pulcra anciana, que no tarda en

abordarme:

allí.

—Joven, ¿por aquí pasa el de la calle Turia?

—No sé señora, es la primera vez que cojo el autobús.

Ella, no se resigna e insiste.

—Sí, esa que sale al río por el puente de piedra.

—Sé donde está la calle señora, pero no sé qué autobús pasa por

—Sí, uno rojo, el 28 ó 29, no sé, tal vez el 27… ¿no le suena?

—No, no me suena y, señora, todos son rojos.

—Todos no, hay unos que son amarillos.

—Esos, señora, son los que van a los pueblos y no paran aquí.

—Pues mi nieta dice… ¿joven, usted cual va a coger?

—Yo, el 79.

—¿Y ese no pasa por la calle Turia?

33


—No creo, voy a la otra punta de Valencia.

—Pero es rojo, ¿no?

—Sí, ya le he dicho que todos son rojos.

—Perdone joven, pero a cierta edad confundimos los colores.

Sabe, voy a ver a mi nieta que ha venido de viaje… y, ¿dice usted que

aquí no paran los amarillos, porque la semana pasada… o fue la

anterior?

—Señora, lo que puedo hacer es preguntarle al conductor del

próximo autobús, ¿le parece bien?

—Es usted muy amable, ¿Cuántos años tiene, por casualidad no

conocerá a mi nieta? Debe ser de su edad. Toca el clarinete, un día

salió en la televisión… seguro que la conoce.

—No sé, no creo.

—Sí, aquel programa de bandas que se llamaba… ¿Cómo se

llamaba? Bueno, yo ahora vengo del médico, por eso no conozco

mucho esta parada… ¿Conoce al doctor. Ortiz? Es muy bueno, como

médico y como persona, antes trabajaba con su hijo pero le salió

rockero, sí, de esos del pelo largo que no se les entiende nada; en mis

tiempos… ¿Conoce a Antonio Machín?

79!

—No señora, me suena, pero no… ¡Mierda, he vuelto a perder el

Alfredo Cot (Valencia)

http://alfredo-laplazadeldiamante.blogspot.com.es/

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Entre nubes de vapor

Fotograma de la película «El maquinista de la General» (1926)

Aportado por el autor

Un hombrecito yace sentado, distraído sobre la biela de una

gran locomotora a vapor. Incomprendido y despechado por el amor

rechazado de Annabelle, permanece así, recordando su voz, su

perfume o alguna melodía de esas que no se olvidan cuando van

asociadas a un grato recuerdo. De pronto, la biela se mueve, el vapor

comienza a fluir, el monstruo de acero se desplaza, y ausente, el

hombrecillo permanece sentado impasible. Comienza una travesía

que le convertirá en héroe.

Los ya olvidados trayectos en trenes de vapor siempre tuvieron

algo de especial, en su movimiento, en el sonido de su silbato, el

humo blanco señalando su paso en el horizonte, permitiendo

conservar, en una pulida cajita de madera, como antaño la

35


decoración de sus vagones, los recuerdos, con una etiqueta pegada

que dice «Tren».

Hoy, tras sus ventanillas, tienen otra cadencia musical. Sin

embargo, continúan invitando a soñar, imaginar historias y sumarlas

a las que estamos leyendo en el libro que comparte nuestro trayecto.

A pesar de estar basada en un hecho real y ser considerada la

mejor comedia de Buster Keaton , por su forma de abordar el tema de

la guerra, «El maquinista de la General», un clásico del cine en blanco

y negro, fue la última película en la que se le permitió ser Director.

En cada época, línea, destino, se guardan, entre nubes de vapor:

ilusiones, sueños, amistades, lecturas, descansos, sorpresas, encuentros

y despedidas. Es la vida entre estaciones. Recuerdos de los cuales

siempre somos nuestro propio Director.

Jorge Richter Vázquez (Valencia)

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Crimen pasional

Vintage calendar – Enrique Ramos (Madrid) https://500px.com/erllre74

Se echó a la calle roto de despecho, con el anillo de compromiso

todavía caliente en el bolsillo. El dependiente debió haberle pedido

permiso de armas, porque en cuanto llegó a casa desenfundó el

capuchón, y sin asomo de piedad marcó en el calendario el día exacto

en que pensaba dejar de quererla.

Lisa Viguer (Massalfassar, Valencia)

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Imagen aportada por la autora

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Los gatos que amamos

— ¡Miaaaaaauuuuuuuu!

Javier sacudió la cabeza, sin convicción.

— Tu madre no te va dejar.

— ¿Qué te apuestas?

— ¿Qué me voy a apostar? Si está cantado.

— Tres duros, chaval. Ya lo verás.

Volvieron a la aldea. Por la Alameda de los Vencidos. Un camino

pedregoso donde, decían, se hallaban sepultados los rojos, fusilados y

enterrados en fosa común. Era un pueblo conquense dividido en sus

emociones, en sus vivencias, como el resto. Y los paisanos muy

beatos, muy estrictos. La madre del Inda también.

Javier entró a la casona. Un caldero de carne humeaba en la

lumbre, y la tía Benigna removía el guisado con cucharón de madera.

— Tía.

— ¿Qué tripa se te ha roto, rapaz?

— Que digo yo que si le propusieran tener un huésped…

— Pero, ¿qué tontadas dices, muchacho? ¿Quién va a querer

venir aquí?

— No, si querer, querer, no es. Pero si le trajeran…

— Suéltalo ya, niño bobo. Si trajeran ¿a quién?

La tía Benigna empezaba a perder la paciencia. Se remangó la

camisa y se mesó las manos en el delantal. Su mirada denotaba

exasperación.

— Es que, son gatitos. Recién nacidos.

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La anciana estalló en carcajadas.

— Acabáramos. ¿Así que son mininos?

— Sí.

— Pues sabes que no me gustan los gatos. Satanás se encarnó en

uno de ésos.

— Satanás no existe, tía.

— Demonio de chiquillo. ¿No va a existir? Te quiero confesado y

comulgado. Y basta de tonterías. ¡Venga!

Javier comió en un periquete. Durmió una siesta de zozobra,

donde centenares de gatos se revolvían en la Cueva del Madero, y sus

maullidos se escuchaban en la parroquia. El cura callaba de súbito

asustado. Y la tía Benigna se reía, se reía…

Esa tarde se confesó. Que el diablo existía, le aseveró el

sacerdote. Dos avemarías de penitencia y a misa el domingo a las

ocho, donde recibiría la santísima comunión.

A la mañana siguiente, camino del instituto …

— ¡Inda, espera!

El chico llevaba los ojos hinchados, hinchados de tanto llorar.

— ¿Qué ha dicho tu madre?

— Pues que no.

— Si ya te lo decía yo. Mi tía dijo lo mismo.

— Tres duros te debo.

— Te los guardas.

El Inda era un buen chico. Sensible como ninguno. Cumplidor de

su palabra. Su madre era una vieja amargada, porque al padre lo

mataron en la guerra. Y le dieron sepultura con los otros, en la

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alameda. Por eso lo pagaba con el niño. Broncas por todo. Y algún

tortazo en la cara. Él lloraba y se escondía, para que no lo viéramos

llorar. Ni la marca de la mano.

Pasaron muchos días. Y a Javier no se le iba de la cabeza la

camada de gatitos. Sin madre. Sin alimento. Los dos amigos les

llevaban leche y panecillos al salir de clase. Pero un día el Inda vino

con una marca en la cara. Su madre lo había pillado hurgando la

despensa. Para los gatos. Y Benigna tenía la alacena bajo llave. Así que

los gatitos, que llevaban dos días sin comida, iban a morir.

— A la salida nos vamos, Javier. A la Cueva del Madero.

— ¿Tienes comida?

— Tengo un lugar donde llevar a esos desdichados.

— ¿Un lugar Inda? ¿Qué lugar es ése?

— Uno donde no sufrirán más.

Y se secó una lágrima que caía por su mejilla rolliza y pecosa,

como si los gatos fueran personas, o parientes suyos. El Inda amaba a

esos gatitos. A todo el mundo.

Llegaron a la guarida de los cachorrillos. Los tomaron en sus

brazos, eran seis o siete. Acurrucados en un rincón, diminutos, casi

sin pelo, sonrosados y famélicos. Sus maullidos se metían en el

cerebro de los dos amigos. Uno de ellos apenas se movía. Javier se

acercó y lo examinó concienzudamente.

— Creo que está muerto.

— Lo está.

Se miraron. Agacharon la cabeza y se distanciaron. Uno del otro

y ambos de los gatitos-bebé.

El Inda cogió una piedra. Otra más. Y otra. Del tamaño de una

patata. Tragó saliva.

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Las lanzó contra los gatos, con calma, con rabia, con ira calmosa.

Una y otra vez. Javier miraba espantado.

Los quejidos se mezclaban con el olor a sangre y las lágrimas del

Inda. Y una voz. La suya: «Para que no sufran. Irán con mi padre, a ese

lugar donde van los buenos».

Javier abrazó al Inda, y se entristeció por los gatos.

Pensó en el diablo.

Y vomitó.

Xenia Rambla (Valencia)

http://xeniarambla.blogspot.com.es/

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Inquietante inteligencia (A ti)

Ilustración de Henn Kim http://hennkim.tumblr.com/

Aportada por la autora

A toda tu seriedad

no le vendría mal

mi mirada insolente

para hacerte crujir los dientes.

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A esa hermosa madurez

que dibuja líneas sobre tu tez

le gustaría una lectura,

de esas que se dan en penumbras.

A esa inquietante inteligencia

en la que me tienes inmersa,

le pido que te deje un rato

y te lance rabiosamente a mis brazos.

A ti, querido hombre eterno

que va y viene entre versos,

pide prestado una cuota de secretos

para inventar conmigo nuevos sueños.

Aldana Michelle Giménez (Mendoza, Argentina)

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Soledad

Lost identity – Nicola Fanini (Italia) http://www.nicolafanini.it/

La policía, el portero que les ha abierto la puerta, los vecinos

curiosos que contemplan la escena y un cartero comercial que pasaba

por allí, no se explican lo que ven sus ojos. Al fondo del apartamento,

una mesa infectada de recuerdos: un teléfono de rueda, fotografías

ajadas, un grifo de ducha, un monóculo, una rosa marchita,

postales…Todos elementos de un pasado feliz que no han sabido

envejecer, igual que toda la casa que parece el decorado de una

película muda donde solo caben los blancos y los negros. Del señor

Floriano: ni rastro, solo su gato maullando.

Nicolás Jarque Alegre (Albuixech, Valencia)

http://escribenicolasjarque.blogspot.com

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Fotografía aportada por la autora

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La mirada del árbol

Cuando la gente pasa a mi lado

puedo verlo todo

puedo sentirlo todo.

Ellos no me ven.

Sí, yo les hablo

pero no me escuchan.

Sin embargo, cuando el viento, mi amigo,

se echa a cantar

entre mis hojas

mi canción los acompaña,

pero nadie me oye,

nadie canta conmigo.

Pasan a mi lado

sin verme

y sin entender.

(Valencia)

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¿Quieres leer números anteriores de VALENCIA ESCRIBE?

Número 17 (Octubre 2015)

http://www.yumpu.com/en/document/view/54316333/ve-17-octubre

Número 18 (Noviembre 2015)

http://www.yumpu.com/en/document/view/54535272/ve-18-

noviembre

Número 19 (Diciembre 2015)

http://www.yumpu.com/es/document/view/54807799/ve-19-diciembre

Número 20 (Enero 2016)

http://www.yumpu.com/es/document/view/54933702/ve-20-enero

Número 21 (Febrero 2016)

http://www.yumpu.com/es/document/view/55061773/ve-21-febrero

Número 22 (Marzo 2016)

http://www.yumpu.com/es/document/view/55255629/ve-22-marzo

Número 23 (Abril 2016)

https://www.yumpu.com/es/document/view/55357609/ve-23-abril

Número 24 (Mayo 20165)

https://www.yumpu.com/es/document/view/55463300/ve-24-mayo

NOTA: Enlaces de descarga en el interior de cada revista

48


Inútil

Sad woman – Lucas Garcia (Brasil)

https://www.flickr.com/photos/99473559@N08/

Inútil. Una palabra que ha llenado mi vida. O más bien la ha

vaciado. Inútil. Así es como me siento. O como me sentía. Inútil. Así es

como no voy a volver a sentirme jamás.

Hace apenas un año, yo no respondía a mi nombre. Era tal la

cantidad de veces que me había llamado inútil, que ya había olvidado

cómo me llamaba. Tantas las ocasiones, que cuando oía esa horrenda

palabra, me volvía cómo si se estuvieran dirigiendo a mí. Como si yo

realmente fuera una inútil.

Pero no siempre fue así. Cuando nos conocimos, no había

suficientes palabras bonitas en el diccionario para describirme. Para

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él, yo era hermosa, dulce, maravillosa. Yo era lo mejor que le había

pasado nunca. Y, como una tonta, le creí. Tal vez en ese momento es

cuando de verdad empecé a ser una inútil.

Tuvimos una relación de cuento de hadas. Pero, como todos los

cuentos, acabó en la boda. No sé si Cenicienta, Blancanieves o la Bella

Durmiente fueron de verdad felices, ni si comieron perdices. Pero yo

no probé las perdices nunca más. No tomé más que hiel.

No esperó a que pasara ni una semana de nuestra boda para

empezar a sembrar el germen del horror dentro de mí. Y ahí fue

anidando para siempre, hasta quedarse enredado en las raíces de mi

cuerpo y mi alma hasta impedir arrancármelo. Y empezó a criticarme.

Mi comida no era buena, mi gusto para vestir era nefasto, y hasta mi

propio traje de novia dejaba mucho que desear. No sabía hacer nada,

sólo decía tonterías. Más me valdría estar callada, porque cualquiera

que me oyera se burlaría de mí. Tampoco mi trabajo valía nada, y ni

siquiera entendía cómo me pagaban por él. Y en cuanto a mi familia y

mis amigos, lo mejor que podría hacer era apartarme de ellos, porque

se reían de mí a mis espaldas y me ridiculizaban a la menor

oportunidad.

Me avergüenza reconocer que lo consiguió. Me aparté de mi

gente, convencida que también ellos me tenían por una inútil. Cambié

mi modo de vestir y descuidé mi aspecto, porque no merecía la pena.

Y acabé por hacer tan mal mi trabajo, que conseguí que tras un par de

bajas por depresión, me despidieran sin siquiera un finiquito en

condiciones. Y me sentí todavía más inútil.

Ni siquiera logré tener una hija como cualquiera. Tuve un

embarazo complicado, y un parto todavía más complicado que me

dejó incapaz de concebir. Y asumí que hasta para esto era una inútil.

El tiempo pasó. Me cerré en mi concha y no volví a salir. Mis

depresiones continuas tras el parto derivaron en una incapacidad

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total para el trabajo, que me hizo sentirme más inútil todavía. Como

él se encargaba de recordarme un día tras otro. Una inútil integral.

Pero tenía una hija. Una preciosa hija que, pese a todo, se estaba

convirtiendo en una mujer extraordinaria. Varias veces, siendo aún

una niña, me preguntó por qué no denunciaba a su padre. Yo le dije

que no, que nunca me puso la mano encima y que yo no era como

aquellas mujeres que salían en la tele. Yo, sencillamente, era una

inútil.

Un día, cuando mi hija ya era mayor de edad, me contó una

historia. Se trataba de una amiga suya. Su novio la insultaba

constantemente, y no dejaba que saliera con sus amigas. Le obligaba

a ponerse jerséis de cuello alto y le había hecho renunciar a una beca

en el extranjero que le habían dado. No dudé en recomendarle que le

ayudara, y que la acompañara a denunciarlo.

dijo:

Mi hija me tomó de la mano, y tras darme un gran abrazo, me

—Mamá, mi amiga eres tú. Vamos.

Creo que en ese momento me sentí, por vez primera, una mujer

madura y plena.

Y nunca más he vuelto a sentirme una inútil. Porque ahora sé

que nunca lo he sido. Y que no volveré a permitirle a nadie que me lo

haga creer.

Susana Gisbert Grifo (Valencia)

http://conmitogaymistacones.com/

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Crying window – Rey Scue (Alemania)

https://www.flickr.com/photos/reyscue/

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Rememorando

El día trajo

un aire húmedo.

Recordaba,

atardeceres y sombras

nunca olvidados

consecuencia de lluvias

y ensoñaciones.

Momentos suspendidos

en la memoria

agitando recuerdos

que, ya perdidos,

ocupaban espacios

otrora llenos

de rincones y dichas.

Hoy están vacíos.

La pasión acabada,

en territorio extraño

con gestos suspendidos

y añorados momentos.

Los placeres, privados

de caricias y besos.

Sueños malogrados,

y pasiones perdidas

en los rostros oscuros.

Ocupando la lluvia,

las cuencas y los huecos

de este cuerpo

dañado ya.

María Luisa Pérez Rodríguez (Valencia)

http://marialuisaperezr.blogspot.com.es/

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Man on the elevator – Brian Harvath (EUA)

https://www.flickr.com/photos/thedistinguishedgentleman/

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Selección de personal

¿Se puede matar a quien solo has conocido media hora antes? Te lo

preguntas cuando aún tienes las manos entumecidas, observando al tipo

que yace en el suelo del ascensor con los ojos todavía abiertos. Escuchas

la voz administrativa que informa, a través del intercomunicador, que se

ha resuelto la incidencia y el servicio se reanuda. Resoplas.

Sientes un sudor frío. Miras hacia el espejo y sueltas un poco el

nudo de tu corbata. Consultas el indicador de planta. Marca el número

once. El ascensor se había detenido faltando veinte pisos para alcanzar

las oficinas donde te harían la última entrevista. Hacía años que no

lograbas llegar tan lejos en unas pruebas de selección de personal. Has

ensayado mil veces el apretón de manos inicial y la pose segura pero

cercana. Necesitas este trabajo, pero vuelves a mirar hacia el suelo. ¿Por

qué tuviste que aguantar la puerta a ese imbécil? Ya habías marcado la

planta. Hubiera bastado con mirar el móvil y las hojas se habrían

cerrado. Pero no, tuviste que escucharlo, verlo correr y poner la mano

para evitar el cierre. Sí, eso hiciste. Y también lo estrangulaste.

Planta 15. ¿Habrá cámaras? No lo crees. La voz que anunció la

reanudación del servicio sonaba normal. Nadie te ha visto hacerlo. Al

llegar, podrías salir y dirigirte con la cabeza bien alta a la oficina.

¡Estúpido! El portero os vio y seguro que en el vestíbulo sí que hay

cámaras de seguridad. Cuando descubran el cadáver revisarán las

imágenes y saldrá tu cara de perdedor, risueña, mientras impides que la

puerta se cierre. Podrías decir que se murió de súbito. ¿Tal vez un

ataque al corazón? El hombre estaba nervioso por haberse quedado

encerrado y eso puede pasar. Eso dirás gritando, asustado.

Pero te arrodillas junto al tipo. Corres el nudo de su corbata y le

desabrochas el botón de la camisa. Observas la marca morada que rodea

su cuello. Cualquier forense confirmará que fue estrangulado. Te

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condenarán. Por más que les expliques que la culpa no es tuya, sino de

la empresa que había decidido dar la misma hora a los dos aspirantes al

puesto.

Planta 25. Quizá fue el ascensor. Intentas convencerte de que si se

hubiera parado solo un cuarto de hora no habría sucedido nada.

Fantaseas con la idea de que, tal vez, quería que lo mataras. Esperó a

que lo odiaras lo suficiente. Y ese arrogante se lo merecía. Si hubiera

estado callado, seguiría paseando su condescendencia por las calles.

Pero no, tuvo que decir que este trabajo, del que depende el futuro de

tus hijos, no era para él nada más que algo transitorio, mientras

estuviera en la ciudad. Te restregó su preparación, te mostró con

sutileza que no tenías ninguna opción. Si hubiera sabido que el banco

iba a desahuciarte a lo mejor habría sido más discreto. Pero no lo sabía.

Y ahora está muerto.

Buscas justificarte. Piensas que eres víctima de una traición del

destino, aunque ese cliché no te servirá ante la policía. Ni ante el juez. El

diccionario tiene una palabra para definir en lo que te has convertido:

asesino. Irás a la cárcel. Tu mujer tendrá que explicar a los niños por

qué su papá ya no vive con ellos. Has de huir. Quizá no haya nadie

cuando arribes a la planta 30. Podrías marcharte por las escaleras.

¿Quién podría negar que él seguía vivo al bajarte? Hay mucho loco por

ahí. Tal vez tuvo la mala suerte de encontrarse con uno.

Al deteneros, llenas los pulmones de aire mientras las hojas se

deslizan lateralmente.

Sientes alfileres danzando en tu estómago al ver a un hombre

trajeado y sonriente esperando en el vestíbulo.

Te mira a los ojos.

Te habla, sin perder la sonrisa

—El señor Sánchez, ¿verdad?

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Su tono es cordial. Piensas en cómo es posible que no te pregunte

por el cadáver.

—Sí, soy yo —respondes con la misma naturalidad.

—Buenos días, soy el adjunto a dirección. Le estábamos esperando.

Estás seguro de que ha mirado adentro. ¿Por qué no muestra un

mínimo signo de asombro?

—Disculpe mi tardanza. Nos hemos parado…

—No se preocupe, conocíamos la incidencia.

Le sigues hasta el despacho de dirección. Te abre la puerta. Tras una

mesa, la persona que decidirá tu futuro te sonríe mientras dobla un

periódico deportivo.

—Siéntese, por favor.

Tomas asiento, el tipo que te acompañó permanece de pie. El

director te acerca un documento con un bolígrafo encima.

—Bienvenido. Este es su contrato.

—Pe… pero ¿así? ¿Sin entrevista?

—No hace falta, ya ha demostrado tener lo necesario para este

trabajo. —El director mira detrás de ti, dirigiéndose a su adjunto—. ¿Se

ha solucionado ya la incidencia del ascensor?

—Sí, señor. El personal de mantenimiento se ha encargado de ello.

Se te pasan muchas cosas por la cabeza, pero ya no son importantes.

Tienes el trabajo.

David Rubio (Sant Adrià de Besòs, Barcelona)

http://elreinorobado.blogspot.com.es/

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Theatre – Fear of the dark (Bulgaria)

http://dreamzzzcatcher.deviantart.com/

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El aplauso

La representación había terminado, el pesado telón de

terciopelo granate se deslizaba lentamente, mientras los actores

cabizbajos se retiraban por ambos lados del escenario. María

Rodríguez, la actriz principal, lloraba mientras Rodolfo, el actor de

carácter, le daba unas paternales palmaditas en la espalda y le

susurraba: tranquila, no es tu culpa, lo has hecho muy bien, es solo

que el público no siempre está igual de receptivo. Lo sé –dijo ella

enjugándose las lágrimas con un pañuelo que sacó del escote de su

vestido. Pero hoy es el último día de representación y sigo viendo el

teatro prácticamente vacío. Eso me desmotiva, me aterroriza pensar

cómo será en el próximo montaje. Tal vez tengamos más suerte,

replicó su compañero. ¿Tú crees? Claro, además todavía nos queda la

última representación, la de esta noche. Yo ya no tengo esperanza, ya

sé que no es lo mismo estrenar en Madrid que en una pequeña ciudad

como esta, pero en otras nos han aplaudido, hemos llenado el teatro.

Claro, pero en este teatro el público es mucho más estricto.

Exige perfección, no admite ningún defecto, ni un solo desliz ¿no lo

has visto durante todas estas representaciones? Nos miran con

frialdad, como si en lugar de venir a ver un espectáculo nos

estuvieran juzgando, quieren que les entreguemos lo mejor de

nosotros a cambio de unos míseros euros, los que han pagado por su

butaca; es lógico. No, no lo es, estamos dando en el escenario lo mejor

de nosotros, ni siquiera nos ha temblado la voz un instante, no hemos

dudado una sola vez, ha sido una representación impecable, rayaba la

perfección. Y ellos han sido incapaces de premiar nuestro trabajo con

un mísero aplauso.

Comprende, querida, son otros tiempos, quizá lo estén pasando

mal, no tengan trabajo, problemas sentimentales, familiares. Y a

59


ellos, ni en sus trabajos, ni en la cotidianidad de sus monótonas vidas

les aplauden, son tiempos difíciles para todos. Nosotros podemos

representar muchos personajes, vivir muchas vidas incluida la

nuestra, pero ellos solo tienen una y han de cargar con ella todo el

tiempo. Nosotros terminamos la representación y nos vamos a casa a

hacer otro papel, el más importante, el de nuestra vida. Ellos

representan el suyo continuamente. Cuando se sientan en el patio de

butacas, siguen interpretando. ¿Lo entiendes ahora? Ya verás cómo

esta noche es distinto. Es la última representación. Es el fin.

Marisa Martínez Arce (Valencia)

60


Nimú

Fotografía aportada por la autora

¡Otra vez el maldito teléfono! ¿La empresa de recobro no se

cansa? ¡Qué pesados! Ya dije que pagaría cuando cobrara el paro.

Deben pensar que por insistir voy a conseguir dinero antes ¡Ya me

gustaría tener un trabajo que me permitiera llegar a fin de mes! A

este paso es más probable que me toque la lotería; o mejor aún, que

se presente el gato de la Bisa y me diga que soy la elegida. Solo

faltaría, que en mitad de la noche, apareciera un gato negro con los

ojos redondos y del color del Sol, me mirara fijamente, y comenzara a

hablar: «El tercer día, tras la luna llena, acudirás al cementerio a

medianoche. Permanecerás quieta hasta que la roca oscura escupa al

gran toro negro. Te enfrentarás a él con valor. Te volteará tres veces

y la última caerás encima del lugar donde se esconde la fortuna de un

antepasado».

Y entonces me dará un infarto y fin de la historia...Tiemblo al

recordarlo. La cara de los primos mirando a la abuela una tarde de

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invierno, mientras ella tejía historias y su voz se colaba entre

cadenetas: «Una noche, aquel gato mágico, que en realidad era el

espíritu de un familiar lejano, se le apareció a mi madre y la invitó a ir

al cementerio. La Bisa no tuvo suficiente valor y el animal juró que

regresaría cada cien años para presentarse a alguno de sus

descendientes». Nada volvió a ser igual.

Cien años. Ya va tocando, ya. Bueno, también dijo que se le

aparecería al más afortunado, osea que no seré yo. Nunca me pasa

nada extraordinario, ni especial, ni siquiera cómico. Mi vida es

aburrida y común. ¿Me estaré volviendo loca? ¿la monotonía me hace

delirar?. No me he drogado, aunque la cruda realidad me invita a la

evasión. ¿Se puede saber de qué me quejo? La Bisa sí que fue

desgraciada. ¡Aquellas vidas tan sacrificadas!. Debió serle difícil

asumir que su propio padre la desheredara junto a su madre por

creerla adultera. ¡Pobre Tatarabuela! condenada a unirse a un señor

treinta años mayor que ella para echarse un mendrugo de pan a la

boca. Años en los que la belleza de una mujer pobre se convertía en

una oportunidad para toda la familia. Tiempos de miserias,

hambrunas y obligaciones tiznadas de picón, que opacaban el cariño

de unos padres y la voluntad de sus hijas. ¡Aquel día de primavera!

cuya lluvia limpió de sudor y tierra la carne desnuda de un amor

temprano, arrullado por el deseo en las noches oscuras; y que regó de

pecado mortal su simiente. No me extraña que la Bisa fantaseara con

recuperar aquello que se le arrebató y que en las tardes frías, a la luz

del candil, adivinara algún gato en la sombra de su propia tristeza.

Hoy las siento muy cercanas. El alma de la una titila en la llama

de esa vela y el espíritu de la otra parece alentar a Nimú mientras

acaricio su lomo.

Almudena Villalba Organero (Náquera, Valencia)

https://www.facebook.com/Mi-mundo-entre-letras-

1752176455003435/

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Llegando a puerto

South Carolina morning (1955) – Edward Hopper (1882-1967)

Imagen aportada por la autora

No tengo todo el tiempo del mundo para esperarte. Es más, me

queda poco. Posiblemente menos de lo que tú piensas.

o tengo tiempo para zarandajas ni acertijos.

He perdido demasiadas horas ocupada en quienes no mostraron

nunca el más mínimo interés por conocer mis hazañas.

Muchas, demasiadas horas perdidas aguardando que vinieses a

arroparme el corazón.

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Es mi tiempo. Tiempo de hablar como me place, de mostrar u

ocultar según mi mente dicte porque ya lleva años en la andadura y…

aprendió a distinguir el brillo natural del burdo lucimiento de

oropeles.

Y no me tiembla la lengua ni los labios si alguna que otra tarde

tengo que defender mis libertades y gritar a los cuatro vientos mi

verdad si necesario fuese.

Tengo contados los meses y los días.

Acabo de cerrar la puerta a los temores, dado al pestillo dos

vueltas de llave y no me alcanzarán aquellos que quisieron

doblegarme.

No habrá hueco en mi casa para los desagradecidos y yo no hago

distinción de género. Mujeres haylas descastadas y multitud de

hombres inmaduros. Allá películas y cada uno que haga de su capa un

sayo. Yo no me erijo en juez de nadie pero guardo mi hacienda y voy a

dar nada a quien nada me dio para ocupar mis dedos acariciando

solamente las manos de los pocos que en esta vida me han querido

algo.

Hago público que no me avergüenzo de tener corazón ni

siquiera me duelo por haberlo llevado casi siempre al descubierto.

Lleno está de zurcidos y arañazos pero aún late con fuerza y es de ley

el mesurado amor que brota de su herida.

No más engaños. No. Ni uno más.

No más buscar la complacencia en aquellos que te pasan la

mano por la espalda para llenarte luego de maldiciones o

simplemente para despellejarte.

Se pregona fácilmente aquello de sentirse libre, quererse y

mirarse al espejo sin pestañear y sin mentirse. Pero qué va a ser fácil?

Por eso las personas, algunas al menos, lo aprendemos tarde.

64


Y más de uno dirá: ¿Qué mosca le ha picado hoy a esta mujer?

Pues mire usted, señor, ni lo sé ni me importa pero ya le advertí que

ha llegado mi hora. La hora de decir lo que me plazca y no sentir

remordimientos.

Añado que si a alguien esto le suena a epitafio lastimero, a

revancha, a congoja o cosas parecidas, evítese la molestia de

juzgarme. Más que nada porque no haré caso.

Isabel Sifre Puig (Valencia)

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Lost identity – Tudor Chira (Rumanía) http://arioth.deviantart.com/

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Identidad

Al bajar del autobús noté que faltaba mi cartera. Al instante

recordé al sujeto de aspecto repulsivo que se me acercaba en medio

de aquel maremágnum humano. Tarjetas de crédito, credenciales,

identificaciones, todo estaba en mi cartera.

Me dirigí apresurado a la estación de policía más cercana y lo

primero que hicieron fue pedirme una identificación. Ante mi

enérgica respuesta sólo atinaron a confirmar que, sin una

identificación oficial, es imposible iniciar un trámite policíaco.

Pedí hablar con un superior. El comandante en turno, después

de hacerme esperar más de dos horas, repitió farfullando el

diagnóstico del primer oficial: sin una identificación válida ningún

trámite es posible.

No miento si digo que salí de la gendarmería encolerizado ante

la burocracia policial y profundamente confundido: sin dinero y sin

tarjetas de crédito me parecía una barrabasada caminar hasta mi

casa, que estaba a más de cinco kilómetros de donde me encontraba.

Pero no tenía alternativa.

Caminé mucho tiempo bajo el sol abrasador del verano y llegué

hasta mi casa con la ropa empapada de transpiración. Pero al llegar

divisé en el jardín a mi hijo pequeño y me sentí aliviado de inmediato.

Sin embargo, Luisito siguió jugando sin darle importancia a mi

presencia. Me acerqué hasta él y le tendí los brazos, como hago

siempre. El niño se me quedó viendo, lanzó un alarido y salió

corriendo hacia la puerta de la casa.

Mi mujer salió al instante alarmada por el grito; recogió al niño

y apuntándome con el dedo índice me ordenó que saliera del jardín

de su casa.

67


Avancé un poco, pensando que tal vez la confundía mi

lamentable facha, pero alzando la voz me gritó que me retirara o

llamaba a la policía.

—Amor, —le dije— qué te pasa, soy yo, tu marido...

Su respuesta fueron más gritos, entró a la casa y cerró la puerta.

Por fortuna pasaba por ahí mi vecino, un amigo de toda la vida.

Lo intercepté, pero cuando quise explicarle mi tragedia, me miró

fijamente a los ojos y me dijo «perdone señor, pero yo a usted no lo

conozco».

Entonces entendí que además de la cartera me habían robado

otra cosa...

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Renovación

Determined - Gerald Emming (Holanda)

https://www.flickr.com/photos/justgerald/

Quizás es preferible callarse muchas veces.

No pronunciar más nombres que los imprescindibles.

Restar sin pedir cuentas ni sacar las facturas.

Recoger, recogerse.

Quizás es el momento de reparar el barco,

de reunir provisiones mientras todos desertan.

Calzarse botas altas y equiparse con guantes

Arrojar los cadáveres que quedan en cubierta.

Quizás es el momento de ampliar horizontes,

de tener el coraje de levantar las velas.

Manoli Vicente Fernández (Viana del Bollo, Orense)

http://lascosasqueescribo.wordpress.com

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The slender man – Beezelballocks http://beezelballocks.deviantart.com/

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El Largo

Todos los días pasaba por delante de nuestra casa para llegar a

la suya y yo esperaba expectante ese momento.

En el pueblo nadie conocía su nombre y por lo que mis padres

contaban, era un hombre sumamente extraño y poco de fiar

coincidiendo con la opinión de los lugareños a los que no les merecía

ninguna confianza.

Desde que tengo uso de razón mi curiosidad acerca de él crecía,

como lo hacían mis años. Su apariencia escuálida y su tez descolorida,

añadían una áurea de inquietud a su persona y por su gran altura se

le conocía en el pueblo por «El Largo».

Vivía en una desconchada y siniestra casona a las afueras del

pueblo y casi en su misma puerta crecía un único y hermoso árbol

que coronaba una frondosa copa que era motivo de numerosos y

horribles comentarios.

Aquel día era mi 14 cumpleaños, salí de mi casa y caminé

despacio hacia la casona... quería saber...

Conxa Gausí Caballero (Valencia)

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La noche estrellada (De sterrennacht, 1889)

Vincent Van Gogh (1853-1890)

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Noche estrellada

Theo Van Gogh – Amsterdam

Mi querido hermano Theo:

Mayo 1889

Espero que tú y la encantadora Johana estéis bien. Yo me

mantengo estable y, al menos a ratos, puedo pintar y dar algún paseo,

aunque debo insistir en que, quien sea que quiere envenenarme,

encuentra el modo también aquí, en el Sanatorio. Para que lo

compruebes, debo hablarte del cuadro que estoy terminando.

Ahora lo observo, iluminado por la luz de la mañana. Me vuelvo

hacia la ventana y compruebo la posición de la torre de la iglesia, los

tejados, las colinas del fondo y los cipreses del primer plano. El cielo

es todavía de un azul muy pálido, casi pastel, que se irá oscureciendo

hasta, a primera hora de la tarde, convertirse en el azul intenso, casi

ultramar, lleno de vibración y fuerza. Pero, cada día un poco más

temprano, se descompone en tonalidades diferentes que aún no están

en mi paleta, y van apagándose, virando hacia el rosa o el violeta, y

luego se ensombrecen de forma paulatina. Ese azul oscurecido, sobre

el que ya destacan nítidas las luces del pueblo y las estrellas, es el que

he tenido que conseguir a fuerza de memoria. Es imposible pintar sin

una luz, aunque sea la débil llama del quinqué tras el biombo, que, sin

embargo, no desvirtúe el tono exacto del cielo que quise conseguir

para su base. Dicen que hay más de cien azules diferentes; yo

pretendo encontrar tan sólo seis o siete, pero han de ser perfectos.

No puede ser el azul de Prusia, casi negro, de la oscuridad, sino el del

momento exacto en que la noche cruza el límite y ya no puede volver

atrás.

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Comienza enseguida a hacerme efecto la dosis de medicación

que me dan con el desayuno, pero sólo es ahora, gracias a ella,

cuando tengo el pulso firme y la visión limpia, sin los cuales no puedo

dar las pinceladas que reflejen la memoria de mi mirada nocturna.

Vacío en la paleta los colores, los mezclo en distintas proporciones y,

con varios pinceles, los aplico siguiendo las líneas de la brisa que

recorre el camino de las estrellas, cortada en su trayecto por el ciprés

estricto. Los montes, en cambio, redefinen su curva y la iluminan

tenuemente. Antes de que una dulce beatitud me impida

concentrarme, debo anotar las impresiones de lo que no se ajusta a

mi recuerdo impreciso, para comprobarlo justo después de tomar la

medicación de la cena, que tarda en hacerme efecto una hora más o

menos. Una hora que, como cada anochecer, pasaré asomado a esta

ventana.

Una hora. Es todo lo que tengo para sentir, para llorar, para

dejarme llevar por el ritmo del cielo que contemplo, cambiante e

inaprensible. Pero, durante este tiempo doloroso y lúcido, no puedo

evitar las preocupaciones ni resistirme a los recuerdos, y mi mirada

es alterada por las lágrimas. Las estrellas, que sé puntos concretos

apenas titilando en su sitio, crecen ante mis ojos y bailan con la brisa.

La luna tiembla, se expande confusa en mi mirada acuosa, sólo su

centro se mantiene enfocado. Los colores varían, se alteran,

intensifican o apagan dependiendo de cada pestañeo. Debo añadir

blancos, amarillos, incluso rojos. Rendido a las emociones que me

perturban el espíritu, así es como quiero pintarlo. Sé que busco un

imposible, pero, mientras me quede voluntad, lo intentaré.

Contemplo tan fijo como puedo el cielo estrellado, cierro los ojos y

camino los tres pasos exactos hasta la mesa y el cuaderno y, casi a

ciegas, lleno las hojas de frases ilegibles, la tinta diluida por un llanto

que no puedo contener, los sollozos sacudiéndome el pecho, la mano

agarrotada. Caigo al suelo, me arrastro hasta la cama y me vence una

somnolencia narcótica de la que no recordaré los sueños si despierto.

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Hoy te he escrito en vez de pintar, porque necesito que me

envíes láminas para poder trabajar el color. Si pudieras conseguirme

La Piedad de Delacroix, La resurrección de Lázaro de Rembrandt y

otras similares… Mientras llegan, seguiré trabajando sobre Millet, mi

favorito. Nunca me canso de él.

Theo, ya no puedo escribir. Ahora tengo que acostarme, pierdo

el sentido, alguien me envenena, quieren acabar conmigo, ayúdame,

hermano.

Vincent

Hospital Mental de Saint-Paul-de-Mausole. Saint-Rémy-de-

Provence

Cristina Cifuentes (La Puebla de Alfindén, Zaragoza)

http://www.irae.es/

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Tunnel – frednuff (Reino Unido)

https://www.flickr.com/photos/82492509@N00/

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Más rápido que ellos

Mucho me temo que vienen a rescatarme, así que sin más

dilación salto. Me precipito en el vacío a un túnel de vértigo mientras

los fotogramas se suceden tan rápido que se solapan unos con otros.

Y al final de la secuencia, rojo intenso antes del negro. Corten.

Concha García Ros (Cartagena, Murcia)

http://nosvemosenkairos.blogspot.com.es/

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In the café – Stefan Toups (Alemania) https://500px.com/stefantoups

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Los días (fragmento)

...

Las mañanas suelen ser tranquilas. Apenas vienen los mismos

de siempre, y con muy poco ya están servidos. Hasta tengo tiempo

para hacer el crucigrama del diario. Lo hago a lápiz, sin apretar, y

después lo borro, porque luego llega Ernesto y lo primero que hace es

resolver los pasatiempos. Ernesto es de los más madrugadores.

Estuvo bastante mal hace un par de años. Le diagnosticaron complejo

persecutorio. Tuvo que llevar durante muchos meses un fuerte

tratamiento a base de ansiolíticos y antidepresivos que lo dejaba

aturdido, aparte de visitar regularmente la consulta del sicólogo.

Venía por aquí de vez en cuando y nos contaba sus avances. Decía que

estaba aprendiendo a racionalizar sus miedos, obsesiones y manías, y

también a mirar el entorno con la perspectiva adecuada. En el bar

nadie daba nada por él. Pero se curó. Fue algo sorprendente. Desde

entonces lleva escritos dos libros de autoayuda y no duda en enseñar

sus claves al primero que se sienta a su lado. Suele hacerlo con una

mano encima del periódico, para que no se lo quiten, y la otra

sujetando el hombro de su interlocutor mientras da unos sorbos

diminutos a su taza de café descafeinado con leche, a veces incluso

cuando ya está vacía. Su aspecto ha mejorado también. Su actual aseo

personal nada tiene que ver con el desaliño de antes. Se podría decir

de él que es un hombre totalmente nuevo, si no fuera por un par de

secuelas que le dejó su anterior etapa. Una es un severo tic de ojos,

como si estuviera echando fotos, que a veces logra mantener a raya,

pero que cuando se le va de las manos produce tantas instantáneas

que puestas en secuencia darían la ilusión de movimiento continuo.

La otra es en realidad tan leve que casi no merece ser mencionada, y

que consiste en un gesto tan sutil y fugaz que solo se percibe

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prestando cierta atención, en el que parece mirar con disimulo a un

lado y a otro mientras te está hablando.

Arturo es otro de los asiduos, aunque no solo por la mañana. Él

habla poco, al menos últimamente. Se sienta cada vez más retirado de

la barra y solo se acerca a ella para llenar el vaso de vino. Hace

tiempo se quitó de fumar y cogió la costumbre del palillo en la boca.

Entonces era muy hablador. Era capaz de enzarzarse en la primera

discusión que saliera, tratase el tema que fuera, y de imponer su

improvisado criterio en ella. Solía hacerlo sacándose el palillo de la

boca. Lo mantenía en continuo movimiento entre la punta de sus

dedos, como la batuta de un director de orquesta, señalando con él

los puntos más interesantes de su discurso, anunciando la inminencia

de un razonamiento complicado de entender y subrayando aquellas

conclusiones a las que siempre llegaba, y que particularmente le

parecían irrevocables. Pero era cuando resolvía su exposición con

una frase realmente ingeniosa, colofón de un planteamiento

interesante, que se lo volvía a la boca, entre los dientes, en un gesto

de sonriente satisfacción. Pero luego se quedó parado. Poco después

se separó de su mujer. Y se fue volviendo cada vez más huraño y

aficionado a la bebida. Continúa con el palillo, pero ahora no se lo

quita de la boca. A veces pienso que a través de él se puede leer su

estado de ánimo. La mayor parte de los días lo lleva lánguido, como

colgando pegado de su labio inferior. Es cuando nada parece existir a

su alrededor, salvo su provisión de vino, y se podría decir que

tampoco nadie echa cuentas de él. Siendo este su estado habitual,

cualquier pequeño cambio se hace claramente perceptible.

Como la escasa atención que excepcionalmente presta algunos días a

las conversaciones de los demás. Se puede reconocer por una leve

reacción de sus ojillos acuosos, pero sobre todo por los movimientos

de su palillo, que de pronto se yergue en la atmósfera del bar, como

una antena, recibiendo cada palabra que se dice y reaccionando a su

significado con movimientos que podrían indicar su acuerdo o

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desacuerdo, o su inquietud, cosa esta que se deduce por una sutil

vibración, cual ramita de zahorí, que tarde o temprano,

indefectiblemente, finaliza en un suspiro, remedo de risa, en el que

parece escapar todo cuanto en su interior pudiera vincularlo a la

existencia, dejándolo de nuevo y hasta no sé sabe cuando a merced de

una infinita apatía y con el palillo flácido y a punto de caer de su

labio. A veces pienso, a juzgar por su renegrido aspecto, que es el

mismo de siempre y que no se lo quita ni para dormir. Aunque

probablemente lo deje sobre la mesita hasta por la mañana. En un

vaso de agua tal vez.

...

Enrique Mochón Romera (El Puerto de Sagunto, Valencia)

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Fotografía de Miguel García Rodríguez (Valencia)

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