Culdbura nº 4

Florderrantes

Revista cultural online de Burgos (ES)

Otoño 2016 - 4

Destacamos en este

número:

* Ilustraciones de Sandra

Rilova, incluidas portada

y contraportada

*Carpeta de JLRT

* Tiras de Luan Mart

Además:

* Artículos,ensayos,

relatos, poemas...


Sobre la rama seca,

un cuervo se ha posado;

tarde de otoño.

Matsuo Bashō

Felicitamos a Pedro Ojeda Escudero, fundador del blog cultural La Acequia, de cuya aparición

acaba de cumplirse el X aniversario el día 10 de octubre del corriente año.

http://laacequia.blogspot.com.es/

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Agradecemos a Sandra Rilova que nos haya proporcionado las imágenes de 40 de sus obras para

ilustrar el presente número.

http://www.sandrarilova.com/

Cul ura es un empeño de: Fernando Ortega, Fernando Arnaiz, José Mª Izarra, Alfonso Hernando, Jesús

Borro, Jesús Pérez, Luis Carlos Blanco y Félix J. Alonso, entre otros.

©de los textos (faltas de ortografía incluidas), ilustraciones y fotos, los respectivos autores.

©del logo, grafismo y maquetación: el maquetista.

Contacto: culdbura@gmail.com


SUMARIO

Nostra culpa, José María Izarra ......................................................................... Pág. 7

Elogio de la cultura, Carlos de la Sierra ..................................................................... 9

Sobre la revista Artesa y mi supuesta disidencia, Jesús Barriuso ................................. 11

Partitura inacabada, Fernando Ortega Barriuso......................................................... 15

Presentanción de “Mi cuerpo, tus Indias”, de Ivelisse Urbán Hernández. Por JMI .......... 19

Carpeta artística de José Luis Ramos Tamayo, José María Izarra ................................. 25

Naderías // Anabel, J. A. Martínez Gutiérrez “Guti”.................................................... 33

Nuestra ciudad // Pequeño drama otoñal, Montserrat Díaz Miguel ............................... 37

María Zemanova, Jorge Saiz Mingo ......................................................................... 41

El palacio de Celada del Camino. Ecos literarios, Leonardo Romero Tobar ..................... 45

Memoria, José Luis Yáñez Ortega ........................................................................... 49

Historias mínimas de 140 caracteres o menos en Twitter, Enrique Angulo Moya ............ 51

Tenebregosa. Eso es todo, y nada más, Jesús Toledano Escribano .............................. 55

La tangente del triángulo, Jerónimo Rodríguez ......................................................... 59

Ocupacción poética, un proyecto de iniciativa ciudadana, Angélica Lafuente Izquierdo ... 63

Antonio de Cabezón y Francisco de Salinas, Alfonso Hernando .................................... 67

Seis de otoño, Soledad Medina .............................................................................. 79

Ausín Sainz nos informa ........................................................................................ 81

Tiras, Luan Mart .................................................................................................. 85

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SANDRA RILOVA

Nacida en Burgos en 1988.

Después de estudiar el bachillerato artístico en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Burgos, se licencia en

Bellas Artes por la facultad del País Vasco especializándose en la rama de pintura.

Su obra como pintora ha sido expuesta en diferentes ciudades como Madrid, Bilbao, Santander o México D.F.

Después de esta etapa se trasladó a Terrassa a la Escola de Cinema i Audiovisuals de Catalunya (ES- CAC), donde

cursó estudios de Máster en Dirección de Arte Cinematográfica. Habiendo desarrollado varios proyectos como

directora de arte, retoma su actividad pictórica realizando estudios de Ilustración en las escuelas JOSO y EINA de

Barcelona.

Recientemente ha sido seleccionada en el catálogo anual Latin American Ilustración 5 También en el VI Catálogo

Iberoamericano de Ilustración (Fundación SM, El Ilustradero y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara) y

en Ilustrarte 2016 (Bienal Internacional de Ilustración para la Infancia).

Actualmente reside y trabaja en la ciudad de Burgos.


http://www.sandrarilova.com

https://www.facebook.com/sandrarilova/

https://www.instagram.com/sandrarilova/

Sobre su obra:

Siempre me han interesado las imágenes que producen sensación de inquietud; representar lo extraño, el

sentimiento de lo siniestro, es una característica importante en mi obra. Constantemente emergen temas como

la soledad, la crueldad, el miedo o la muerte como preocupaciones constantes.

Creo imágenes entre lo real y lo fantástico y en ellas aparecen mis miedos y deseos más profundos. Cuento

historias desconocidas, ensoñaciones y muchas veces narraciones incomprensibles nada más mirarlas.

Todo esto surge de mi vivencia personal, de mis recuerdos, pero en gran medida se ven influenciadas por la

literatura y el cine.

Lo inquietante en mi obra comienza en los espacios sombríos, casi siempre nocturnos, donde a veces es difícil

decidir que irradia ese espanto: los seres solitarios, las densas sombras, todo ello junto o algo que no se ve pero

se respira tras las imágenes.1988, Burgos.

FORMACIÓN

2015-16 Ilustración para publicaciones infantiles y juveniles. EINA, Centro universitario de Diseño y Arte. Barcelona.

2014-15 Ilustración infantil. Escola Joso. Centre de cómic i arts visuals. Barcelona.

2014-15 Encuadernación y técnicas creativas. Escola Massana. Barcelona.

2014 Máster en dirección Artística cinematográfica ESCAC.

Escola Superior de Cinema i Audiovisuals de Catalunya. Terrassa.

2012 Taller “Maestros de la figuración”, impartido por Antonio López y José María Mezquita. Universidad de

Navarra.

2011 Erasmus Kunstuniversitát Linz, Austria.

2007-12 Licenciatura en Bellas Artes UPV-EHU. Universidad del País Vasco.

EXPOSICIONES INDIVIDUALES

2014 MI MAMÁ NO ME MIMA. Espacio Creativo Alexandra. Santander.

2014 SKINLESS–SIN PIEL. Espacio Creativo Alexandra. Santander.

2012 Exposición de pintura en el Museo municipal de Arte Contemporáneo Ángel Miguel Arce. Sasamón.

EXPOSICIONES COLECTIVAS

2014 La arquitectura en la pintura. Museo municipal de Arte Contemporáneo Ángel Miguel Arce. Sasamón.

2016 Tres+una. Junto a Revilla XII, Juan Mons y Gerardo de Miguel. Teatro Principal de Burgos.

2016 Ilustrarte 2016. Museu da electricidade. Lisboa, Portugal.

2015 VI Catálogo Iberoamericano de Ilustración. FIL Guadalajara, México.

2013 Arquetipos imposibles. Galería Aguafuerte. México D.F.

2013 Arquetipos imposibles. Museo de la Memoria Histórica. Universidad de Puebla, México.

2013 Affordable Art Fair. México D.F

2013 Espejito, espejito. Con Andrea Abalia en Juntas Generales de Bizkaia.

Diputación Foral de Bizkaia. Bilbao

2013 Exposición Espejismos. Con Andrea Abalia y Raquel Asensi. Sala Municipal de exposiciones del

Ayuntamiento de Barakaldo. Bizkaia.

2013 Emerge 2013. Galería Rafael Pérez Hernando. Madrid.

2012 Arteshop 2012. 1° premio en la Exposición de escaparatismo. “La Moderna”. Thate. Bilbao.

2012 Latidos/ Taupadak Exposición con Juanjo Viota en la Diputación Foral de Bizkaia.

Sala de las Juntas Generales de Bizkaia. Bilbao.

2011 Westkunst. Exposición jóvenes artistas. Sala de Cultura. Zarautz. Guipúzcoa.

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2011 Westkunst. Exposición colectiva Galería WINDSOR KULTURGINTZA. Bilbao.

2010 Getxo Arte 2010. Salón de las Artes Emergentes. Areeta

BECAS / PREMIOS

2016 Seleccionada en el catálogo anual Latin American Ilustración 5. 2015 Seleccionada en Ilustrarte 2016.

2015 Seleccionada en el VI Catálogo Iberoamericano de Ilustración. 2012 Arteshop 2012. 1° premio. Bilbao

2011 Beca Erasmus UPV-EHU en Kunstuniversitát Linz, Austria.

OBRAS EN MUSEOS E INSTITUCIONES

Colección Diputación Foral de Bizkaia. Juntas Generales de Bizkaia

Museo municipal de Arte Contemporáneo Ángel Miguel Arce. Sasamón. Burgos.

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Nostra culpa

Siempre ha habido clases, pero, sobre todo, expedidores de los títulos de

pertenencia correspondientes. (Luego se verá por qué decimos esto.)

Sin aparente relación con el primer párrafo (luego podrá verificarse que la tiene),

deseamos manifestar que nos parece bien que existan las asociaciones; bueno, no

estamos seguros de que nos parezca bien ni de que nos parezca mal. Sabemos que hay

cosas que no se pueden conseguir en solitario. Por ejemplo, los patrocinios, subvenciones,

ayudas o cualquier otra fórmula legal o delictiva de compraventa de voluntades destinada

específicamente a ese tipo de agrupamientos humanos reconocidos en el artículo 22 de la

Constitución, y regulados por la Ley Orgánica 1/2002, Real Decreto 1497/2003 y Real

Decreto 397/2008.

La Asociación de Libreros de Burgos, con su presidente a la cabeza (queremos

señalar esta circunstancia, porque nos parece especialmente importante) ha sido

acreedora recientemente de una subvención municipal (al parecer, como viene siendo

costumbre desde hace tiempo), 25000 €, si no recordamos mal, para la realización de

distintas actividades en el ejercicio 2016.

Entre las actividades que recientemente ha puesto en marcha la asociación

referida, está la edición de ocho marcapáginas dedicados a otros tantos poetas

burgaleses, cuatro muertos y cuatro vivos (algunos de estos, demasiado vivos), por

aquello, tal vez, de la simetría de los números, la paridad entre poetas vivientes y difuntos

(por cierto, no se ha respetado la paridad de género; ninguna mujer entre los elegidos) o

la mala y supersticiosa conciencia de quienes han perpetrado el elenco de la discordia.

Consideramos que la selección de que se trata ha sido tan arbitraria como si del

proceso correspondiente hubiera resultado otra parcial o totalmente distinta. Siendo así,

¿por qué lo evidenciamos? Porque sus mentores, a nuestro sectario y pobre entender, han

actuado con premeditación y alevosía según todos los indicios (ahora se entenderá el

significado del primer párrafo), entre los que nos atrevemos a señalar la ausencia de

publicidad, la falta de una convocatoria dirigida al colectivo con obra publicada y la

mezcolanza de criterios a la hora de la escogencia.

Arbitraria hubiera sido igualmente, como adelantábamos, si la nómina hubiese

derivado en otra elaborada por otros, ya que, aun prescindiendo de los indicios señalados,

toda acción respecto de nuestros semejantes inevitablemente está cargada de

subjetivismo y otras pejigueras propias del ser humano, por mucho que se intente la

imparcialidad y la asepsia. Tal ha de quedar muy claro.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que si desde el punto de vista gnoseológico

tan arbitrarias son las listas reales como las posibles, desde un punto de vista moral,

solamente a aquellas puede tacharse de arbitrarias; las otras únicamente son susceptibles

de llegar a alcanzar tal categoría, en cuanto que solo posibles.

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Aludíamos, sin descubrir a nadie, a los responsables de tan prejuiciosa actuación.

Entendemos que, además de la asociación mentada (con su presidente a la

cabeza —recuérdese la utilización de tal construcción preposicional en un párrafo

anterior—, presidente de quien, como de todos los que ostentan dicho cargo,

probablemente debido a su eficiencia, dimanante de un sentido práctico basado en la

confianza puesta en él por sus electores, sospechamos adopta decisiones presidencialistas

en lugar de ser portavoz de las adoptadas colegiadamente); además de la asociación de

marras, expresamos a continuación lo que había quedado interrumpido, hay un

cooperador necesario (tal vez dos), encargado por el presidente de aquella, por causa de

amistad, reconocimiento u otra por el estilo, de expedir las credenciales de poeta con

derecho a marcapáginas (hablábamos de la relación entre el primero y el segundo párrafo,

pues hela aquí); un cooperador necesario que, nos maliciamos (el refranero castellano

aconseja urbi et orbi —a autores y vendedores de libros— arrimarse a los árboles buenos,

lamer mejor que morder y llorar para mamar), se encuentra entre los poetas distinguidos.

Los que hacemos Cudbura hemos querido poner de relieve estos hechos por la

mezquina razón de que, antes de que se ideara, acordara y llevase a efecto el trágala de

los marcapáginas, elevamos una petición (informal, eso sí; reiterada en diversas

oportunidades) al presidente de la Asociación de Libreros de Burgos (se entenderá ahora

por qué hemos señalado al principio esta circunstancia como especialmente relevante),

para que nos ayudara, con las contraprestaciones que fuesen necesarias, a editar la

mencionada revista digital en soporte papel, no habiendo recibido como respuesta sino

excusas, a las que, en esta precisa ocasión, bien podría calificarse, nunca mejor dicho, de

pobres, puesto que todas ellas estaban informadas por la falta de dinero.

A lo mejor, si le hubiéramos propuesto la publicación de los marcapáginas, la

respuesta habría sido otra. Pero no, a los de Culdbura (por lo menos, a algunos), de no

habérsenos ocurrido lo de la revista, como mucho, como mucho, se nos habría pasado por

la cabeza la idea de pedirle que nos costeara una colección de pisapapeles… anónimos,

porque si algo tienen de odioso las antologías es que en ellas ni son todos los que están ni

están todos los que son, con lo que, de una sola vez, se premia y se castiga injustamente.

Con todo, los poetas culdburanos no podemos dejar de reconocer que, entre los

motivos (quizá sea el único) que nos han impulsado a escribir este editorial, se encuentra

cierta dosis de envidia (que cada quien estime la cantidad aproximada) hacia los

agraciados (en el caso de los vivos, es posible que autoagraciados). Nostra culpa.

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José María Izarra


Elogio de la cultura

Escucho la voz prodigiosa de Nina Simone cabalgando a lomos de su piano

fantástico. El tema, Sinnerman, denuncia la injusticia de la segregación racial, de la

opresión de la extrema derecha blanca, es decir, de la mayoría racial estadounidense

sobre la creciente población afroamericana. Los esclavos del Ku Klux Klan, para

entendernos. Y es que tienen mucho que ver algunos aspectos de la sociedad

aparentemente dispares: cultura, segregación, servilismo, libertad.

Voy a la cultura. Los medios de comunicación afines a la derecha local anuncian la

celebración del II Foro de la Cultura, a celebrar los días 4, 5 y 6 de noviembre del

presente año. Lema del Congreso: Identidad-Fronteras. Un enunciado apasionante. Un

acontecimiento importante, sin duda, con la presencia de reputadas figuras nacionales e

internacionales de reconocido prestigio en sus distintos campos de estudio. Por ejemplo,

activistas en pro de la libertad de Prensa —me parto de risa—.

Burgos, 2016. La Asociación de la Prensa de Burgos celebra su Centenario (1916-

2016), se les concede un cupón de la ONCE, se publica un libro* y se celebra una

exposición en el monasterio de San Juan. Pues bien, resulta que la Prensa de Burgos

termina en la segunda mitad de los años 80 del siglo XX. Periódicos locales como Diario 16

de Burgos, El Papel Burgalés, 7 Días, Diario XXI o El Correo de Burgos, por citar algunos

de los más conocidos, no existen para esta Asociación. Así, la cultura se convierte en

servilismo y la libertad de expresión en materia destinada a vivir en el territorio de la

segregación.

Todas y cada una de las personalidades invitadas al Congreso aportarían por sí

mismas luz a los más tenebrosos abismos de la estulticia mundial, por no hablar de las

oscuridades de la ignorancia patria, de esta pequeña patria que habitamos. Pero nada es

más importante que el relumbrón, las fanfarrias, las alharacas y los brillos —de pana

vieja y rancia— que resaltan los organizadores del acto: Ministerio de Cultura, Junta de

Castilla y León, Ayuntamiento, Universidad de Burgos, Fundación Caja de Burgos y La

Caixa. Abordarán, dicen, “el papel de la identidad en una sociedad globalizada, que asiste

a grandes cambios y contradicciones como consecuencia del rebrote de los nacionalismos,

el auge de las migraciones, la crisis política, el individualismo, las fronteras físicas y otras

barreras de carácter ideológico, religioso o social”.

Tal vez echo en falta hablar de la corrupción política, del fascismo en España, de la

separación Iglesia-Estado, de la recuperación de la Memoria Histórica y de los cuerpos de

los republicanos asesinados, de la desaparición de los nombres de los asesinos de

callejeros, catedrales y edificios públicos. Pero una vez más la lucha de los segregados, de

los demócratas, de las gentes libres, choca contra la intransigencia del Ku Klux Klan, de la

ultraderecha moderada española.

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Otro efecto de estos Congresos tan importantes, efecto negativo, por supuesto, es

la absoluta falta de sintonía con la sociedad del común, con los ciudadanos que pasean

calles y plazas, con las personas hacia quienes deberían volcarse esfuerzos y resultados, y

nunca les llega nada… la nada. En esta sociedad activa y ciudadana nacen los hijos que

conforman la cultura global de las ciudades, de las naciones y de los pueblos. Una cultura

popular, culta, libre, diversa, imaginativa, desbordante. Este es mi elogio de la cultural, de

la creación, de la imaginación, de la ilimitada capacidad de sorpresa, de búsqueda, de

encuentro, de variedad, de libertad en la mente del artista. Una sombra, sin embargo,

oscurece los campos luminosos y desbordantes de la creación libre y destrabada: el

servilismo, la entrega de talento y obra a manos de ignorantes con despacho, de políticos

estultos, de arribistas analfabetos.

Tal vez en este punto y colofón convenga recordar a los sabios. Escribía Erasmo de

Rotterdam en su célebre Elogio de la locura: “Entre los mortales, los que están más

alejados de la felicidad son los que cultivan el saber, mostrándose por esto mismo

doblemente locos, porque a pesar de haber nacido hombres, se olvidan, sin embargo, de

su condición y quieren elevarse al estado de los dioses inmortales, (…) por lo cual el

mundo considera menos infortunados a los que más se aproximan a la locura y a las

cualidades de los brutos, que a los que estragan las suyas tratando de sacarlas de sus

quicios”. (Cap. XXXV)

* 100 Años contando lo que ocurre en Burgos. Primer Centenario de la Asociación de la Prensa de Burgos

(1916-2016), VV.AA. En el capítulo 5 de dicho libro, bajo el enunciado Cien años de publicaciones en

Burgos. 83 años de ondas en Burgos, firmado por Miguel Calvo Ibáñez, se subsana el olvido cometido en

la exposición, dejando constancia de las cabeceras citadas, de una breve historia de su paso por la

Prensa local, y recordando los nombres de los periodistas que hicieron posible aquella extraordinaria

experiencia de Prensa en libertad. Gracias a todas y a todos.

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Carlos de la Sierra


Sobre la revista Artesa

y mi supuesta disidencia

Ahora mismo no recuerdo si en ese momento Manolo Bouza, —a la sazón tan sólo

y tan tanto primo carnal de Carlos Balbás—, era teniente o ya había ascendido a capitán

de caballería, pero sí recuerdo y con total nitidez, que estábamos de sobremesa en

Miraflores mi hermano Tino, él propio Manolo y yo, hablando de poesía y tratando de

epatarnos, supongo, apabullándonos con exacerbados ejercicios de cultureta y memoria,

cuando decidimos dar el paso de constituir, allí mismo, en Miraflores, una tertulia poética

con los que a tales menesteres se dedicaran en Burgos; una tertulia abierta y sin mucha

más pretensión que a ver qué pasaba y encargándome yo de tal misión, ya que Manolo

aún no se había instalado del todo y apenas si conocía la ciudad y a sus ciudadanos y Tino

estudiaba en Valladolid.

El fervor con el que acogí el encargo sólo era comparable al que sentía por Manolo

Sánchez Dueñas, neurocirujano militar al que había conocido gracias a Bouza y autor de

una de esas segundas oportunidades que a veces nos da la vida y él me la dio, pero esta

es otra historia.

Total que con esa llama encendida de ilusión que os cuento y a través de Juanjo

Ruiz Rojo, el hombre, el amigo y luego compañero, el poeta y culpable de mi clave en

Internet por ejemplo, me acerco a todos y a cada uno de los poetas de Burgos,

organizados como meros supervivientes en pequeños y distintos guetos

irreconciliablemente enfrentados, que tomaron a bien el tomarse unas cañas de clarete

allí, en el Miraflores, donde el Felipe, mi padre y gran avalista en esta aventura ya que no

veían en mí militancia alguna al margen de mi desaforada ilusión y mi proclividad a lo

promiscuo que era bastante celebrada por tirios y troyanas.

Y así surgió, despacito no vayan a creer, hasta que unos meses después, sobre

febrero me parece recordar, casi poníamos falta al que no asistía y allí aparecíamos con

nuestros poemas recién hechos, los míos las más de las veces, balbucientes y siempre

lejanos a la cultura dominante del Garcilasismo y el endecasílabo tonante que se llevaba

en los juegos florales donde la mayoría competían.

Ya habían pasado unos cuantos meses más, cuando aquello comenzó a tomar

cuerpo y adquirir enjundia; ganar en prestancia y potencia los poemas; asistir cada vez

más asiduamente otros poetas y hombres de la escasa cultura de entonces y aún de toda

España, amigos de los de la tertulia, que nos remitían desde los olivos en los que moraban

como mochuelos, poemas corresponsales llenos de emoción y algunos de añoranza; difícil

olvidar el título de “Ultimo Café de Artistas” que al bar de mi padre, al “Miraflores” le

habían otorgado los del Cultural de los jueves del diario verpertino “Informaciones” que

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cerraba magistralmente con su Torre del Aire, el inolvidable Torrente Ballester. Se habían

pulido las escasas aristas diferenciadoras si exceptuamos algunas tocantes al régimen y

las disparidades sobre la forma de morir del cántabro José Luis Hidalgo y alguno de sus

poemas del libro “Los Muertos” o sobre “La palabra” último poema del libro “El Hacha” de

la “Antología Rota” de León Felipe con la que alguno nos amamantábamos, por

blasfemaspara otros y por ejemplo. Pero aquello ya tenía miga y bajo tres miradas

distintas y distantes, la de Bouza, la de Rafael Núñez Rosaenz —nuestro decano

indiscutible— y la de Juanjo Ruiz Rojo ya había logrado consolidarse, se habían

tejidobejucos capaces de unir los palos de totora y plantearnos hacer una Revista.

Hacernos a la mar posiblemente con la intención de dar también nosotros con una isla

llena de Moais o casi, casi, ya que contábamos con la colaboración de alguien tan grande

como Luis Sáez que, para qué nos vamos a engañar, era otro más de los burgaleses, —

antes, entonces y ahora—, que al no estar con el macho dominante de la manada es

solamente tolerado, pese a haber triunfado entonces en dos bienales de Sao Paulo, —ya

digo: antes, entonces y ahora— aunque claro, hay que resaltar la desfachatez del sujeto

al montar una Librería Galería de Arte, ¡en Burgos! y que nos hizo una portada que para

mí siempre será la de la Tertulia Artesa que reivindico, luego diré cual y porqué y el

patrocinio del mecenas Conrado Blanco Plaza, el serrano empresario que nos incluyó en el

programa de “Alforjas para la poesía” que pródigamente financiaba.

Y así comenzó todo, ya os digo que despacito y aún continuó durante unos cuantos

meses y unas cuantas revistas primerizas en las que junto a nuestros poemas y aquí

incluyo los de Carlos Balbás y Gustavo Martín Garzo, ellos en Valladolid pero en Burgos,

publicamos —entonces ejercía yo de director de la misma y luchaba a brazo partido con el

contumaz Fray Valentín de la Cruz, portavoz de la editora y que llevaba mal el que tal

concreción supuestamente cultural y su libelo no fuera liderado por vates de la Iglesia o

conspicuos meapilas que de poetas presumian sin serlo, cuyos nombres omitiré por no

venir a cuento— a poetas como Justo Jorge Padrón o Pureza Canelo, por ejemplo.

Y llegamos al meollo. En la tertulia había una dura corriente Garcilasista —Poesía

Española, Pepe García Nieto, Alforjas para la Poesía, las veladas en la prerrománica de

Venta de Baños, etc—; una no menor academicista, hijos los más de Antonio Machado y

su costumbrismo romántico con sus múltiples secuelas; otra de marcado tinte falangista

reivindicativo —los de Hedilla— con su innegable peso humanista —aquí, Panero, Ridruejo,

Manolo Alcántara, Luis Rosales, etc, con el valor añadido e innegable de ser defectos del

Régimen en el Burgos de entonces— y una última encabezada por mí mismo que no sé si

llamarla radicalmente social y que bebo en Maiakoski, César Vallejo, León Felipe, etc., etc.

y que englobaría en España, desde Miguel Hernández a Blas de Otero, por ejemplo, el

aldabonazo de “Canto Espiritual”, la “Longa Noite de Pedra” o el “Don de la Ebriedad” de

los del cincuenta y valgan como ejemplo de algo tan enorme e impagable, sin olvidar a los

poetas de Espadaña, claro y además.

En este maremagnun disiente, tímidamente al principio y parapetado tras esa risa

franca, sonora y llena de bonhomía que lo caracteriza, la voz de Bouza que, con unas

connotaciones cultísimas nos trae como enseñas a Rilke en lo poético y a Jacques Maritain

en lo ideológico —a no olvidar que se le imputa la casi autoría del Vaticano II; me refiero

a Maritain que no a Bouza— y una extrañísima para nosotros corriente de Poesía Visual

que algunos creíamos y de buena fe, resuelta con fracaso suficiente en la Francia “après

les maudites”, con Tristán Tzara a la cabeza y con una mínima implantación en la

Barcelona contraria al “Ciervo” de Alfonso Carlos Comín y Lorenzo Llopis, por ejemplo y en

una Salamanca extraña y rara, tratando de epatar al burgués sin entrar en el sistema,

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que no estaba el horno para bollos o así les parecía, y que tratando de remedar a Moisés,

—y vuelvo a Manolo Bouza— trataba esta vez, no de separar sino de juntar las aguas de

edades difícilmente compatibles, las de los contertulios con sus cargas ideológicas y

sociales distintas y a cuestas y la vertebrada por una insultante juventud para los más de

aquellos, de los miembros de Espiral, con notable fracaso para este desactivador de

remolinos desde luego, mientras el “Tío Ho” se extendía como melaza por Indochina, junto

al “Libro Rojo” y Woostock, por ejemplo, hechos tan lejanos para él... y todos sabemos

que aquello ganó, tuvo más recorrido, se consolidó, desapareció la Tertulia Artesa y

apareció Artesa Literaria; se hizo una editorial con algunas ediciones notables; homenajes

tal que el de Cela y salida a la luz de un grupo supongo que valioso de poetas y pintores y

una página en los libros de Literatura, que no es poco. ¡Ah! Y todo ello ya, con la nueva

carátula de Vallejo, arrumbada como estaba la revista de la Tertulia y la de Luis Sáez,

casi, casi, como reflejan los valiosos cuadros de después de la batalla de este hijo del valle

de Muñó...

Y ya está; esto es todo: sin renunciar a nada de lo que yo sea en parte pequeña o

grande causa, sigo erre que erre reivindicando el hecho eficiente, el grupo humano de la

tertulia que alumbró la Revista sin desmerecer para nada la resultante final y la cara de

estupor sardónico que puso mi hermano Tino cuando, con la mayor seriedad y empaque,

le pedí que cuidara de la Tertulia y de los tertulianos, cuando me fui a Ibiza.

Y es por eso que sigo siendo, también en este caso, un verso suelto que es,

precisamente, el título bajo el que he englobado unos últimos poemas muy recientes.

Terquedad creo que llamaban a esa figura.

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Jesús Barriuso


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Partitura inacabada

El Diario de Burgos del lunes 15 de diciembre de 1902, en su sección de Registro

Civil, reseñaba el nacimiento de “Antonio Martínez Palacios”, niño que había nacido el día

12 del mismo mes, en el seno de una familia formada por el matrimonio Ángela Palacios y

Rafael Martínez, que ya tenían a otro niño, Julio, el que sería su hermano y con el que

compartiría muchos momentos de su vida, incluida la trágica muerte de ambos en 1936.

El hogar de la citada familia estaba ubicado en la antigua plaza de Prim, actual

santo Domingo de Guzmán, de donde se trasladarían pronto a la calle Sombrerería. La

familia de Antonio José, pues, vivía en el cogollo de la ciudad. Una ciudad provinciana de

apenas 30.000 habitantes, en su mayoría apiñados en el interior de las históricas

murallas, que había inaugurado el nuevo siglo con importantes novedades: nuevo Teatro,

Audiencia, plaza de toros, estación de ferrocarriles y otras novedades como la llegada del

cine, los primeros coches, el agua corriente, la luz eléctrica y el teléfono. Desarrollo

material que contrastaba con la situación social: uno de cada tres burgaleses figuraba en

el censo como pobre.

Por su cercanía con el domicilio familiar, antes de cumplir los siete años, acudirá a

la escuela municipal de san Lorenzo, donde tiene la gran suerte de conocer a Julián García

Blanco, un seminarista que hacía de catequista y muy aficionado a la música, que muy

pronto descubrirá las dotes musicales de su alumno.

Antonio José, con apenas trece años, compondrá una pieza musical, “Cazadores de

Chiclana”, ya bajo el amparo del célebre músico José Mª Beobide, que le dará lecciones de

armonía y composición. A esa pieza le seguirán otras varias: “Tota Pulchra”, “Hojas

sueltas para piano”…, de tal manera que, cuando en 1920 abandone Burgos, la lista de

sus obras sumarán casi setenta y cinco títulos. Y apenas tiene 18 años.

Sus evidentes capacidades musicales hacen que, en 1920, la Diputación burgalesa

le otorgue una beca de 2.000 pesetas para tres años, que le facilitará trasladarse a

Madrid, donde se relacionará con los más importantes músicos e intelectuales de la época,

entre ellos Jacinto Guerrero, Regino Sainz de la Maza o García Lorca. En 1921 compondrá

la “Sonata castellana” –antecedente de la “Sinfonía castellana” que culminará dos años

después-, y “Poema de juventud”, que le valió un primer premio en un concurso.

Son años de búsqueda, de múltiples lecturas, de experiencias. Como él reconocerá:

“Siento una obsesionante y febril curiosidad hacia el porqué de todas las cosas”. Lee todo

lo que encuentra, se apasiona por la fotografía, le encantan los coches, el cine… Pero,

sobre todo, a años luz, la música.

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En 1924 regresa a Burgos para cumplir con el Servicio Militar, tiempo que

aprovecha para seguir componiendo y asistiendo a conciertos. Comenzará la composición

de “Danza de bufones” y sus “Danzas burgalesas”. Al finalizar su compromiso con el

Ejército, recibe una tentadora oferta para dar clase en un colegio de elite en Málaga y,

después de dudas, cambia la austera ciudad castellana por el color y alegría de la ciudad

mediterránea. Allí, sin embargo, compondrá piezas musicales con ondas raíces

castellanas: “Danza burgalesa 4” (1925), “Misa en re” (1925), “Evocaciones para

piano” (1927), etc. En esa etapa, el Ayuntamiento de Burgos le otorgará una beca para

poder viajar a París en los veranos de los años 1925 y 1926. Allí Antonio José se pondrá

en contacto con las nuevas corrientes culturales y musicales que triunfaban en Europa.

Será para él una época muy feliz.

En 1929 el Ateneo de Burgos se plantea impulsar el Orfeón Burgalés y busca un

competente director para ello. Lógicamente, se fijan en Antonio José quien, pese a la

escasa dotación económica del puesto, acepta encantado volver a su querida ciudad,

donde es recibido con cariño y admiración. El joven y flamante director desarrollará con el

renacido Orfeón Burgalés una febril actividad, transformando un coro desorganizado y sin

nivel musical en una masa coral digna de codearse con los mejores orfeones españoles.

Con él realizará numerosos recitales, entre ellos en el Teatro Principal ante el presidente

de la República, Niceto Alcalá Zamora en su visita a Burgos en 1932.

Antonio José no se limitará a dirigir el Orfeón, si no que dedicará tiempo a su

formación musical y al aprendizaje del solfeo por parte de los orfeonistas. Paralelamente

desarrollará un importante trabajo de investigación musical, recorriendo toda la provincia

con el ánimo de recuperar las canciones populares olvidadas para recogerlas y hacerlas

cantar por el Orfeón Burgalés.

En 1929 dará a conocer su célebre “Himno a Castilla”, y en 1931 su “Sonata

gallega” obtendrá el primer premio en un concurso nacional. Un año más tarde conseguirá

el Premio Nacional de Música por su extenso y documentado trabajo “Colección de cantos

populares burgaleses”, trabajo que continúa con pasión y que servirá para que en 1936

presente, en el Congreso organizado por la Sociedad Internacional de Musicología en

Barcelona, una ponencia sobre la canción popular burgalesa, que comienza con estas

significativas palabras: “Recoger canciones populares es tarea penosa en cualquier región;

pero en Burgos el empeño es de dificultades casi insuperables. Porque en Burgos apenas

canta nadie”. Su participación en el citado congreso internacional aumenta, más aún, su

prestigio internacional. En 1932 llevaba ya 150 obras realizadas.

Paralelamente a ese trabajo musical tanto como director del Orfeón Burgalés como

compositor reconocido, Antonio José participará en diferentes eventos culturales: es

miembro de la tertulia El Ciprés, reunión de intelectuales burgaleses de diversa ideología y

del Ateneo de Burgos. Colabora así mismo en la revista “Burgos Gráfico” y en el Boletín de

la Comisión Provincial de Monumentos, donde publicará el famoso texto de “Coplas

sefardíes” (1933), y otro sobre su “Colección de canciones populares burgalesas” (1934).

El 17 de mayo de 1936 se le realiza un homenaje en el Restaurante Arriaga como

reconocimiento al éxito en el Congreso de Musicología de Barcelona. Al final del mismo

pronuncia unas palabras de agradecimiento y aprovecha “estos raros momentos de fervor

por nuestra canción burgalesa” para invitar a romper el pesimismo y la indiferencia que

reina en la ciudad: “¡Nuestro pueblo se durmió llorando al Cid! ¡Dormido sigue todavía!”,

resumirá en su intervención.

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Pese a ese ambiente hosco y apático. Él sigue trabajando en la orquestación de su

ópera “El mozo de mulas” y en una “Marcha para soldados de plomo”. Trágicamente esos

soldaditos de plomo –que recrean la colección de su amigo Eduardo de Ontañón- se

convertirán muy pronto en soldados reales que lanzarán el plomo de sus balas contra sus

compatriotas. El mismo 18 de julio se interpretan en el Teatro Principal de la ciudad,

piezas suyas y a los pocos días su hermano Julio –maestro y periodista- será detenido.

Odios, envidias, pasiones… que se desatan y que se pueden resumir en el titular del

periódico El Castellano: “O nosotros acabamos con ellos, o ellos acaban con nosotros”.

Pese a no militar en ningún partido o sindicato, el 6 de agosto Antonio José es detenido

por un grupo de falangistas y conducido al penal. Allí espera confiado la pronta resolución

de su caso, animado por la falta de motivos y por su buena relación con varios de los jefes

que apoyan a los insurrectos entre ellos Martínez Burgos. Pero un cruce de luchas

internas, denuncias falsas, calumnias, envidias y ese momento pasional y desorganizado

de los primeros meses del Golpe de Estado, hacen que, fatalmente, en la noche del 11 de

octubre sea fusilado. Antonio José tenía 33 años. Poco después tendrá el mismo fin su

querido hermano Julio.

“Así paga esta tierra lo que he hecho yo por ella”, había escrito en una carta al ser

detenido. En el aire quedaban flotando los acordes de “El molinero”, “Todo lo cría la

tierra”, “Agudillo” y tantas y tantas coplas inmortales ya gracias a su tesón y amor a la

música popular burgalesa.

Un largo silencio ocultará la importante obra musical e intelectual de Antonio José

Martínez palacios. Años de plomo que sepultarán la riqueza de la canción burgalesa,

rescatada en buena parte por el joven músico. Pasarán muchos años para que,

tímidamente, el nombre del compositor salga a la luz: un artículo de Regino Sainz de la

Maza en ABC, un texto en el Boletín de la Institución Fernán González, un amplio estudio

en la revista Triunfo escrito en 1971 por el burgalés Santiago Rodríguez Santerbás… Gotas

sueltas.

A partir de la muerte de Franco, se inicia un importante trabajo de recuperación de

su memoria y de su obra con la edición de su biografía Antonio José, músico de Castilla,

en 1980 y de sus obras en disco: “Sinfonía castellana”, “Antonio José, integral de su

música para coro”, “Antonio José, obra coral”, “Sinfonía castellana. Evocaciones, El mozo

de mulas”, “El canto del dolor”… y el libro En tinta roja: cartas y otros escritos de Antonio

José, etc., que han culminado con diversos actos en el 80º aniversario de su fusilamiento.

Página17

Fernando Ortega Barriuso


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Presentación de Mi cuerpo, tus Indias, de Ivelisse

Urbán Hernández // Por José María Izarra

Sala Polisón, 21 de julio de 2016

Mi cuerpo, tus Indias. Ni Mi

cuerpo, tus manos, ni Mi cuerpo, tus

miradas, ni Mi cuerpo, tus caricias, ni Mi

cuerpo, tus besos, ni tampoco Mi cuerpo,

tus vigorizantes, que hasta ahí suele

llegar la enamorada en sus arrobos, a

identificar los envaramientos de su

amante con tales y tan priápicas

sustancias, tan generosa ella que, a la

sazón, se deja sustituir o representar por

su propio cuerpo, desprovisto de cordura,

todo sentidos, para recibir el culto

correspondiente por obra de su galán.

En todos esos negocios

impugnados, los dos sustantivos forman

parte de un binomio, pero conservan su

individualidad; esto es, aunque se omite

la conjunción entre ellos, entiéndase el

signo + como equivalente, nos

encontramos ante dos sumandos que

figuran una operación aritmética que, sin

excepción, a pesar de que uno de ellos

difiere en todos los emparejamientos,

ofrece un resultado idéntico, que, en

general, se omite por consabido. Algunos,

con benevolencia, nos decantamos por

etiquetarlo como estado de

semiestupefacción o de semiestupidez, a

elegir, precisamente por las

circunstancias que lo caracterizan y que

nadie ha enumerado mejor que el gran

Lope de Vega en su poema Qué es el

amor. Citaremos algunas de ellas:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo…

[…] no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo…

[…] huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor süave,

olvidar el provecho, amar el daño,

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño…

A lo que íbamos, Mi cuerpo, tus

Indias, con tener la misma apariencia

formal que los binomios citados, no es

una suma (esa coma que se interpone

entre ambos sintagmas nominales no es

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copulativa, no indica la supresión del

signo + o de la conjunción y, sino la del

signo = o ≈; iguala, identifica o hace

equivaler y es indiciaria de una aposición

explicativa, a la que subyace una oración

adjetiva de relativo: Mi cuerpo, que son

tus Indias).

En términos estilísticos, nos

encontramos ante una metáfora, en la

que se relaciona un plano real, mi

cuerpo, con otro figurado, tus Indias.

Esta metáfora se prolongará a lo largo de

todo el poemario, constituyéndose este

en una alegoría, en la que mi cuerpo (la

enamorada) es, además, las Indias

Occidentales, las tierras colonizadas por

quien, merced a su apellido, podía

hacerlo por partida doble, y el amante,

elidido en el epígrafe, además de

ostentartal condición, es el reino de

Castilla, tantas veces nombrado y

reconocido luego en los poemas que

conforman la publicación.

Así pues, tenemos que el trasunto

de Castilla (reino de Castilla, para hacerlo

masculino) es un apuesto varón (Castilla,

/ ahora renacida en hombre, se nos dice

en el poema titulado Atada); el de las

Indias, una bella dama. Y viceversa. Esta

correspondencia entre los planos real e

imaginado, conlleva asimismo otra de

carácter temporal: la que se establece

entre el momento actual, en que tiene

lugar la historia de amor entre una

hispanoamericana y un castellano,

sustanciada líricamente, y un

acontecimiento histórico, en el que el

reino de Castilla descubre, explora,

conquista y coloniza los territorios del

Nuevo Mundo.

(A propósito de los verbos

utilizados para describir las acciones

llevadas a cabo por el reino de Castilla en

el Nuevo Mundo, conviene aclarar que

todos, excepto el primero, están

empleados con absoluta propiedad. El

primero no, porque hay datos y vestigios

suficientes para poder afirmar que el

pueblo vikingo arribó a las playas del

continente americano en el siglo X, y si

prestamos atención a Juan José Benítez,

antes que los vikingos, fenicios, griegos,

Mi cuerpo, tus Indias

Adoro cada error

que ostenta mi cara,

cada centímetro de esta tierra accidentada

que es mi cuerpo,

porque presentarlos a mis ojos

y quedarte

son dos maneras de amarme.

Como austero conquistador

con las Indias fascinado,

por este Mundo Nuevo

que nunca vislumbrara dislocado,

fuera de sí,

perdidamente deslumbrado,

anhelas mis montes salvajemente verdes

y sin querer te pierdes en mis húmedas colinas,

y yo te sigo porque quiero,

porque tus ojos son mi norte,

porque hay que amar

para mirar así,

porque es una travesía trasatlántica

la de tus ojos por mi cuerpo

(acompañados de tus manos)

y son como pequeñas islas

las que encuentras

cada vez que te detienes.

Y yo te sigo adonde quieras,

a sentarnos, por ejemplo,

bajo dorada lámpara de hotel,

de esas que asumen

que uno lee,

o cavila,

de esas que asumen

un gran día de trabajo;

te sigo cuando quieras,

a desdecir lámparas

y escritorios y butacas,

a darles nombres nuevos

como abrazo, sonrisa,

o el placer de ser los dos

y uno en un beso.

Te sigo y voy contigo

a descubrir

mil islas nuevas en mi océano,

mil montes verdes nuevos,

a que las puebles,

las habites

y las llenes de tu savia.

romanos, bereberes, árabes, mandingas

y otros, de tal suerte que, según

manifestara en su día —por supuesto,

con una pizca de sarcasmo—, Cristóbal

Colón no solo no fue un adelantado en

llegar al otro lado del Atlántico, sino que

habría sido el último en hacerlo.)

Página20


Aun cabe señalar otra relación

entre los elementos de los planos real y

figurado: la establecida como

consecuencia de la cosificación de los dos

amantes en las Indias y Castilla

respectivamente, y, de modo simultáneo,

la personificación de ambos territorios,

generándose así una rueda de

transformaciones.

Alejado de las pautas normativas

de rima y metro, Mi cuerpo, tus Indias

está escrito en primera persona, desde la

perspectiva de una mujer enamorada, su

propia causante, que, para alejar

cualquier sombra de duda, delata su

filiación en la página 40 al confesar

compartir patronímico con Miguel

Hernández; la poeta imbuida del paisaje

y el clima del Caribe, que, en su visita a

España, compara el verdor y los céfiros

propios de aquellos con la aridez y el

cierzo que entendía característicos,

respectivamente, del paisaje y el clima

castellanos y que, tamizados por el filtro

del amor, no solo no le parecen tan

adversos como se los habían pintado,

sino que los juzga incluso sugestivos,

coyunturalmente al menos, al reputar

incierta la sequía y evocador el cierzo.

La obra en cuestión podría situarse

dentro del concepto literario del amor

cortés, entre otras razones, para no

contradecir a su autora, que por dos

veces se pronuncia concernida por tal

modalidad de cortejo, pero también y

fundamentalmente, porque en ella se

entiende el amor de manera noble y

sincera, con la fidelidad como principal

valor, todo de acuerdo con los cánones

teóricos, a excepción de la relación de

vasallaje, que en este caso, al contrario

de lo que ocurre en la literatura medieval,

se cifra en el sometimiento de la dama al

caballero.

Dos versos confirman punto por

punto nuestra última afirmación:

Malinche me he vuelto / siguiendo a mi

Cortés; dos versos en los que también es

apreciable el cambio del plano figurado

en que se sustenta la alegoría,

equiparándose el caballero amante, el

reino de Castilla, con Hernán Cortés, y su

dama, las Indias occidentales, con la

indígena Malinche.

Ni que decir tiene que se trata de

la versión amable tanto del uno como de

la otra: el gran conquistador, intrépido,

victorioso, generoso para los suyos y

magnánimo para los vencidos; la

indígena que, sin dejar de servir al

invasor, intercede por los nativos y

consigue para ellos un trato favorable. La

versión amable decíamos, como no podía

ser de otra manera, porque todos

tenemos el mejor concepto de nosotros

mismos. Sin embargo, no podemos dejar

de mencionar que tanto Hernán Cortés

como Malinche tienen, además y por el

contrario, muy mala prensa. La leyenda

negra acuñada contra lo español a finales

del siglo XIX ha hecho de Hernán Cortés

un conquistador sin escrúpulos, avaro y

sanguinario, y de Malinche, una

colaboracionista traidora a los suyos.

El amor es el amor y la guerra es

la guerra, y, según el refrán, todo vale en

ambas vicisitudes. La protagonista y

narradora (quizá fuera más apropiado

decir versificadora o poetizadora) del libro

que nos traemos entre manos, se permite

el lujo de ser acrítica con ella misma y

con su señor, como lo llama alguna vez,

porque está enamorada; mejor aún,

porque se encuentra en ese estadio de

enquillotramiento en que no es

mentalmente posible dejar de permitirse

el lujo referido, de la misma forma que

en la guerra todos los atropellos, abusos

y bajas son achacados al bando contrario,

porque si se tuviera la capacidad de

admitir los propios, no solo se acabaría

de inmediato la guerra, sino que es muy

posible que ni siquiera llegara a

declararse.

Hemos hablado de que Mi cuerpo,

tus Indias se ciñe a esa etapa del

enamoramiento, la inicial, en que los

amantes, contradiciendo o negando a

Copérnico y Galileo Galilei, se comportan

como si el sol no fuera el centro del

sistema por él regido (algunos se

comportan como si no existiera el sistema

en sí, incluso como si no existiera el

Página21


universo), cuando no se conducen como

si todas las galaxias giraran alrededor

suyo.

El amor es así; pero, como todo lo

bueno o presuntamente bueno, dura

poco. Es efímero. Por eso, a la etapa

inicial señalada, la única verdaderamente

amorosa, indefectiblemente, siguen la del

cansancio y desengaño y la de la

separación, ruptura y tal vez odio;

aunque estas dos últimas bien podrían

resumirse en una sola, la del desamor.

Bien, pues en el poemario que nos

ocupa no es posible rastrear tan

compendiosa etapa. No hay desamor en

la casuística del amor cortés. Hay

fidelidad y deseos de perpetuación en el

vínculo amoroso. Pero, algo atípico en

esa fórmula, en Mi cuerpo, tus Indias,

además de cortesía, hay carnalidad, lo

cual es más propio del código de

comportamiento propugnado por el buen

amor del Arcipreste. Después sería él

mismo / quien me surcara / como quien

surca un río, podemos leer en el poema

titulado Áncora. O también, […] mañana

de domingo, / transeúntes en retorno de

la iglesia, / nosotros de otro templo, / el

de la divina carne, en el poema de la

página 33.

No hay desamor, decíamos; pero

hay obstáculos que dificultan la

realización de la plena felicidad. Tres,

fundamentalmente. El primero de ellos, la

distancia. Castilla y las Indias están

separadas por todo un océano. […] pero

¿cómo se le engaña a la distancia?,

replica la dama a la propuesta en tal

sentido que, inferimos, le hace su señor

en la página 48. […] Yo sé jugar al

tiempo, se queja amargamente, pero no

al espacio, todavía… Para rematar el

poema, exhorta a su amado: […]

Enséñame a nadar en el océano / de

nuestra nueva historia / sílaba a sílaba.

Nos atrevemos a aventurar que el

segundo inconveniente (no hemos

encontrado referencias precisas que nos

permitan asegurarlo) viene dado por un

cúmulo de factores: la falta de noticias, la

tardanza (apreciación subjetiva de la

protagonista) en recibirlas, el temor a

envejecer esperando, los pensamientos

negativos… La fuente primorosa / de

aguas claras / que yo tan mal creía cierta

/ se concreta ahora en espejo, / en

espejo del más seco de los barros,

describe así en la página 60 su quebranto

anímico, provocado por las causas

aducidas como posibles por nosotros, y

tal vez por alguna más. […] Era esta la

sequía de Castilla / que trataras de

decirme, / esta su sequedad / que yo

negaba ilusamente, incide sobre la

imagen, en tono de lamento, unos versos

más abajo. Y continúa más adelante

dando gracias (esquinadas, subrayamos

nosotros) al espejo ahora de barro / que

no miente, / que recrea lo que soy, / la

que he de ser… Finalmente, se resigna

humilde a esperar a una nube piadosa de

tus labios / que atraviese el cielo mismo

de Castilla / y desdiga su sequía / y

transforme tu palabra en vida nueva.

El tercer obstáculo, quizá el más

importante, es el del egoísmo; un

egoísmo cargado de reproches que le

genera frustración. Hemos espigado para

ilustrarlo los siguientes versos del poema

que cierra el volumen: […] En cada verso

un anhelo, / […] un ansia en convivencia

con la desesperanza; / en cada verso tú,

/ […] que me has mostrado / un mundo

nuevo, / con horas diferentes / y

calendarios que responden / a no verte /

o cuando al fin te veo / […] y siempre es

cuando tú lo dices, / y ayer cuando tú

quieres…

Hasta donde este poemario dice, la

historia de amor en forma de alegoría

que en él se poetiza tiene un final sin

final, un final abierto, y aunque,

estadísticamente, un porcentaje muy

elevado de idilios terminan en desencanto

cuando no en desastre, en desamor

hemos apuntado aquí, no tenemos por

qué pensar, pese a los obstáculos

señalados, no demasiado importantes y

por tanto fácilmente sorteables, que esta

vaya a concluir como la mayoría; en

absoluto, máxime habiendo tenido su

comienzo en Burgos, no en París, sin

aguacero (que nos conste, no se hace

mención a él), pero a orillas del Arlanzón,

Página22


si bien todavía en época de estiaje, en el

mes de septiembre, prácticamente en el

otoño, un jueves como es hoy, un día del

cual muchos tenemos ya el recuerdo.

Afortunadamente, no somos

supersticiosos. Además, no es mal

augurio que algo, y menos el amor, se

origine bajo unas circunstancias en parte

análogas a las que ambientan el presagio,

traducido en soneto, de César Abraham

Vallejo Mendoza para su propia muerte,

que prefiguran una atmósfera llena de

belleza y melancolía, cualidades que

también adornan a Mi cuerpo, tus Indias.

Parafraseando, subvirtiendo, y refutando

a Fernando Pessoa, porque no todos los

libros de amor son ridículos.

Ivelisse Urbán Hernández (San

Juan, Puerto Rico, 1963) creció en San

Juan, Puerto Rico. Ha vivido en los estados

de Nueva York, Maryland, Nueva Jersey y

Texas, donde ejerce en la actualidad como

catedrática de lengua y literatura

españolas.

Su tesis doctoral estudia el espacio

lírico centrado en el poeta cubano

modernista Julián del Casal. Su interés por

la poesía la ha llevado a escribir sobre Sor

Juana Inés de la Cruz, José Martí, José

Asunción Silva, y otros poetas modernistas.

Al presente su interés literario se

concentra en Miguel Hernández y Pedro

Salinas.

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*[Carpeta

de JLRT // José Luis Ramos Tamayo]

Por José María Izarra

17 de septiembre de 2016. Nos

acercamos hasta el número 163 del

paseo de los Pisones, en nuestra ciudad.

No es la primera vez que hacemos este

recorrido para visitar a José Luis y

Raquel, y como siempre, nos reciben con

los brazos y las puertas abiertos.

Saludos. Nos hacen pasar a su casa y,

enseguida, tras declinar nosotros

amablemente los ofrecimientos de una

hospitalidad sincera, nos conducen, a

través del patio, al estudio-taller o tallerestudio,

tanto da, situado en la planta

baja del edificio anejo. Amplitud de

espacio. Luminosidad. Estanterías,

tableros, máquinas, bocetos, maquetas,

piezas en restauración y acabadas… Para

perderse, embelesarse, durante horas.

—Si te parece —le sugerimos a

José Luis; Raquel ha desaparecido—,

vamos a hacerte una serie de preguntas

para referenciar tu evolución como

ceramista. —Y sin darle tiempo a

respirar, le formulamos la primera—:

¿Cuándo, cómo y dónde empezaste?

Se desentiende del todo. No lo

manifiesta expresamente, mas, por

ciertos detalles, nos hace comprender

que a él no le atrae una entrevista al uso;

se nos antoja que José Luis desea hablar

de su oficio, de su arte, sin un orden

determinado, a salto de mata y a ser

posible sin interrupciones, pero sobre

todo sin tener que prestar atención a

preguntas estúpidas o socorridas. Nos

toca, pues, ser precavidos y escuchar.

Aun así, nos responde que lleva en lo

suyo desde 1980.

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Metidos en materia, él hablando a

su sabor y nosotros escuchando

gustosos, aprovechamos un carraspeo

suyo, para intimarle a que nos descubra

las piezas más representativas de su

itinerario artístico, para fotografiarlas.

Sin pronunciarse de acuerdo ni en

desacuerdo, de nuevo nos hace ver que

nuestro planteamiento es erróneo o no le

agrada. Nos habla de lo que le ha tocado

luchar para abrirse paso, de las

relaciones con las instituciones, de los

encargos que éstas le han hecho, del

intrusismo diletante; de que, para

combatir esa lacra, un grupo de artistas

plásticos de Burgos estaban en la idea y

en el proceso de constituirse en

asociación profesional. Como decíamos, a

salto de mata y sin prestar atención a

peguntas estúpidas. ¡Como para

interpelarlo por exposiciones, ferias,

premios y otros adornos que embellecen

la peana pero no hacen al santo! “Mucho

de todo”, podríamos responder por él

(grosso modo para no extendernos en

una inacabable relación), porque nos

consta.

—Quiero mostraros mi último

trabajo —se postula de golpe—: “Los

milagros de las piedras”. Es una serie de

treinta o treinta y tantas piezas inspirada

por Quevedo —y coge de un estante un

rectangulito de papel que viene a resumir

la concepción del proyecto y su posterior

desarrollo.

Lo reproducimos a continuación:

Al propio tiempo, nos enseña

algunas muestras; las que tiene más a

mano: un pan, unas sardinas, unos

langostinos que brotan de la piedra. Ni la

piedra es piedra, ni las sardinas son

sardinas ni los langostinos son

langostinos. Nos lo dicta la razón, pero

los sentidos nos dicen otra cosa: nuestro

estómago ha empezado a segregar jugos

gástricos y nuestras glándulas salivales a

salivar.

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—Vamos arriba. Hay más luz —nos

requiere.

Subimos. Es la planta dedicada a

exposición permanente. Aquí no son los

árboles los que nos impiden ver el

bosque, sino el bosque el que nos impide

contemplar los árboles. Nos sentimos

cohibidos, apabullados, ante las

innumerables piezas que asaltan nuestros

ojos. Cuántas horas de trabajo, de

estudio y experimentación. Así se lo

hacemos ver.

—Bueno —le quitan importancia

Raquel, que ha vuelto a aparecer, y José

Luis—. Son muchos años.

José Luis levanta las persianas

para que los enormes ventanales vomiten

luz natural a raudales.

—Vamos a bajarlas un poco —le

avisamos, y procedemos al pie de la

letra—. Tanta luz no nos deja enmarcar la

imagen en la pantalla.

Lo ayudamos a preparar un

pedestal blanco para ir situando sobre él,

una a una, todas las piezas de la serie.

No quiere sombras. Odia las sombras.

—Buscad el ángulo —nos conmina,

y se arma con un escudo de porexpán

blanco, colocándose detrás de la pieza

erigida para iluminar y quitar reflejos a la

naturaleza muerta.

Salmonetes, más sardinas,

bogavantes, puerros, berenjenas… Y

mientras quita y pone, habla, habla y nos

ilustra.

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Besugos, cabrachos, panes,

pimientos…

—O sea, que Los milagros de las

piedras —reiteramos el título, a ver si le

hacemos morder el anzuelo de una

pregunta—: ¿Has agotado la serie o vas a

darle continuidad?

No responde, pero ahonda en sus

comentarios sobre su producción más

reciente.

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—¿Esa pregunta y esa respuesta,

tan retóricas ambas, son las que, a la

sazón, te impulsan a actuar con las

armas de que dispones?


—Buenos y sencillos alimentos

—glosa, como si me hubiera leído la

mente.

—Buenos sí, pero de sencillos no

tienen nada; por lo menos por lo que se

refiere a besugos y cabrachos —lo

apostrofo.

Chocolate, plátanos, membrillos,

cebolletas, bueyes de mar, más pan…

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—Nada de carne, nada de caza…

Frutas, verduras, pan y chocolate —dejamos

caer—. Te gustaría dar de comer al

hambriento, pero, además, de una forma

sana, cardiosaludable…

Tanto José Luis como Raquel, que

ha vuelto a hacer acto de aparición, se

encogen de hombros, seguramente para

evitar desairarnos la gracia. En cualquier

caso, José Luis nos replica:

—También hay marisco.

Casi simultáneamente, Raquel, a

cuento de un friso que va a servirnos de

soporte para fotografiar una hogaza de

pan hueco (barro puro), pronuncia la

palabra mágica: Rakú. A José Luis se le

enciende la mirada. También a Raquel. Es

una técnica que trabajan en equipo. Su

dificultad así lo requiere.

—Data del siglo XVI y es originaria

de Japón —nos ubica en el tiempo y en el

espacio José Luis…

—Está ligada a la ceremonia del té,

y la palabra significa alegría, placer,

satisfacción —le toma el relevo Raquel, a

la que le faltan palabras para expresar la

emoción que siente—. A grandes rasgos

—se adelanta a responder la pregunta

que íbamos a formularle—, consiste en

una cocción rápida de la pieza,

previamente bizcochada en una primera

cocción, tras la cual se decora con

vidriados, óxidos, pigmentos… Una vez

maqueada, se introduce en un horno

pequeño hasta alcanzar unos 1000

grados centígrados, momento en el cual

se extrae con unas tenazas para

introducirla (enterrarla) de inmediato en

materia orgánica combustible (serrín,

paja, pinocha…). La combustión

producida, pobre en oxígeno, confiere a

la pieza un acabado único e irrepetible.

Después de varios minutos, el proceso

químico se corta bajando bruscamente la

temperatura con agua.

Raquel se empeña en mostrarnos

en qué consiste ese acabado. Toma el

friso entre las manos, pero lo deja por no

mostrar lo que pretende enseñarnos; lo

cambia por una vasija, sobre la que

empieza a señalar con el dedo.

—Mira —nos dice—, la marca de

las tenazas, y las grietas del craquelado,

ennegrecidas por el humo, y el brillo

metálico, con tornasoles, y —dando

media vuelta a la pieza— nacarado por

esta parte.

(Ya que no podemos incluir la foto

de la vasija —se nos olvidó hacerla—,

sígase el siguiente enlace para visionar

una demostración completa de la técnica

en cuestión:

https://www.youtube.com/watch?v=PIq1

EX-xXF4)

—Todo lo hace el fuego —

sentencia José Luis—. Podría decirse,

aunque los historiadores lo consideren un

pecado, que la historia de la cerámica es

la misma historia del fuego…

—¿Y no te parece que estamos

acabando por donde deberíamos haber

empezado? —inquirimos con sorna.

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Sonríe y se encoge de hombros.

Busca a Raquel con la mirada, y Raquel

sonríe y se encoge de hombros,

solidarizándose con él.

De repente, dejando la última

pieza que hemos fotografiado en el suelo,

un hermoso racimo de uvas (de la

variedad tempranillo si no nos

equivocamos) brotando de un pedrusco,

coge un rotulador azul de un bote posado

sobre el tablero y saca un folio en blanco

de una carpeta.

—¿Tenéis diez minutos? —nos

pregunta.

Antes de que se cumplieran, nos

hace entrega del esquema que figura a

continuación.

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—¿Y no te parece que este final

hubiera sido un buen principio? —volvemos

a la carga para distender la despedida, un

segundo antes de cruzar el umbral de la

puerta del número 163 del paseo de los

Pisones, hacia la calle.

Lloviznaba.

¿Se puede pescar en las piedras?

¿Puede haber algo

más vivo

que estos peces

de barro?

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Naderías // Anabel

El azar ha puesto en mis manos un

ejemplar del informativo semanal gratuito

Gente. Recoge diversas secciones,

sembradas de anuncios: “relaciones

personales”, “contactos”, “ofertas de

trabajo”, etc. Encuentro uno que retiene

mi atención, despierta mi curiosidad y me

invita a actuar, Leo, “Anabel, 36 años,

vidente y astróloga. Doy respuesta a tus

preguntas. 15 euros. C/ Trinas 3, 2º.

Atrévete! Y me atrevo.

Se abre la puerta, y aparece una

mujer alta, esbelta, la melena negra, cae

como una cascada sobre su hombro.

Sígueme, dice. Detrás de ella, atravieso

un pasillo, casi en penumbra, con tan

solo un leve destello de luz que se

enciende y apaga.

Al final, abre la puerta de un

cuarto. Es entonces cuando se gira, me

mira y veo su rostro: frente ancha,

despejada, ojos negros, el perfil del

rostro ovalado y la boca sin pintar, de

labios llenos. Viste una bata de color

violeta que la llega hasta los pies, parece

un kimono japonés, incluso lleva bordado

un escorpión dorado, delante y detrás.

Se sienta y me invita a hacer lo

mismo. Nos separa la mesa camilla,

cubierta con una falda del color de la

bata; sobre ella, el tapete verde y las

cartas del tarot. En una esquina del

cuarto, sobre un velador, arde una vela.

Huele a incienso y el olor denso penetra

en mí con un suave dulzor. Un sendero

de luz azulado, desvanecido, que parece

temblar, crea un ambiente casi irreal, que

me hace sentir como si estuviera en un

club de alterne. Escucho su voz. Bueno,

¿qué quieres conocer de tu vida?: amor,

amistad, enfermedades, sexo… Ahora, te

miro Anabel y lo poco que me enseñas,

me lleva a pensar que eres una mujer

entera, bien hecha, no sé si de la materia

de la que están hechos los sueños. Sonríe

al tiempo que baraja las cartas. Detrás de

ella, cuelga en la pared una fotografía en

blanco y negro de Marilyn Monroe. Sale

del mar, sonriente, luminosa, como una

diosa, llena de gracia, de salud y belleza.

Veo la espuma de las olas acariciando sus

pies. Y me llega el final de la espléndida

entrevista que le hizo Truman Capote y

que aparece en su libro de relatos Música

para camaleones: “La luz se iba, Marilyn

parecía esfumarse con ella, mezclada con

el cielo y las nubes y alejarse más allá de

ellas. ¡Marilyn! ¿Por qué todo tuvo que

acabar así, Marilyn? ¿Por qué la vida

tiene que ser tan jodidamente podrida?”.

oigo.

—Truman qué dirías de mí… No te

—Diría que eres una hermosa

criatura.

¡Corta!, me pide Anabel. Saca una

carta y déjala sobre el tapete. En la mesa

se ha posado un tridente, de cada una de

las puntas brota una llama. ¡Joder!,

exclamo: la muerte. No, nada de eso.

Pregunta, ahora es el momento. De la

vida me acuerdo, pero, ¿dónde está?, le

contesto. Hijo mío, eres un tipo de los

que yo llamo asteroide. Mitad nube,

mitad humo. Sí, respondo, algo parecido.

Un día de la semana, acudo a la vieja

estación, me siento en un banco y espero

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a que llegue el tren donde viaja el deseo

de mi vida, pero no termina de llegar. En

mi interior oigo la voz: ten paciencia, me

dice, llegará. ¿Pero qué es lo que tiene

que llegar?, me pregunta impaciente

Anabel. Lolita contesto. “La luz de mi

vida, fuego de mis entrañas. Era Lo por la

mañana. Lola con pantalones. Pero en

mis brazos era siempre Lolita”.

¡Corazón! ¡Qué cosas dices! Estás

chiflado pero eres divertido. No he

conocido un cliente como tú.

Está bien, dejemos las bromas, le

digo. ¿Puedes ver en la carta que está

sobre el tapete, qué ensombrece mi vida,

no se concede un momento de tregua, de

reposo, me persigue desde la mañana a

la noche? Pienso en el acúfeno, claro. Sí,

lo veo, la carta no miente. Una mujer. Te

ha dejado… La corto de repente, y sigo el

engaño, cómplice de su juego. Cierto, así

es, me oye decir. ¿Cómo es posible que lo

hayas adivinado? Eres una visionaria

acojonante. Sí, es una mujer. Hace dos

meses salió de casa. Me dijo que iba a la

farmacia a comprar aspirinas y todavía no

ha vuelto. Pero yo sé que anda liada,

perdida, por un tipo llamado Ulises. Un

jovencito en paro, un gigoló, corrupto y

desalmado, que lo único que busca es

dejar su cartilla de ahorros vacía.

Anabel, tienes que recibir variedad

de clientes. ¿Qué tiempo hace que estás

en Burgos? Mes y medio. ¿Y te va bien?

No me quejo. Tres, cuatro clientes cada

día. Los fines de semana mejora. ¿Y qué

buscan, qué desean conocer? De todo un

poco, me responde. El porvenir que les

espera, posibles separaciones, si el amor

va a durar mucho o poco, si van a

encontrar trabajo o seguir cobrando del

paro. ¿Y para todo encuentras respuesta?

Sí, y si no la encuentro, la invento. Sí,

pienso, ya lo has probado conmigo, pero

lo dice con una seriedad que apabulla.

¿Nadie te pregunta por Mariano, el

del PP? ¿Si va a durar otros cuatro años,

o por fin se produce el milagro, se retira

y comienza a fraguar una venganza

parecida a la de Don Mendo?

Me mira sorprendida de ver una

oveja descarriada, desprendida del

rebaño que anda perdido.

Es el momento en el que deposito

20 euros en la mesa. Su mirada emite

destellos de luz, sus labios entreabiertos

parecen decir, tiéntame. Eso pienso. Los

pensamientos giran como una veleta…

Tienes unos pechos hermosos, seguro.

¿Me permites comprobarlo? Con uno me

basta; y sin pensarlo más, alargo la mano

que penetra debajo de la bata y con

etérea suavidad acaricio la teta derecha.

No se inmuta. No se aparta. Yo,

sorprendido, prosigo… ¡Basta ya!,

exclama. Se levanta, camina unos pasos,

se apoya en la pared y me mira. No

observo rechazo, ni agravio, más bien en

sus ojos encuentro una expresión que no

es de desagrado.

¿Te das cuenta?, le digo. Soy un

viejo que se ahoga en busca de un poco

de aliento. A mi edad no tengo porvenir,

ni futuro, sólo me queda esperar, pues.

“Ha pasado el tiempo y la verdad

desagradable asoma: envejecer, morir es

el único argumento de la obra”.

¡Chico! ¡Qué cosas dices! ¿Eres

poeta? No. Soy un gramo de amor y un

mar de olvido. Y tengo la impresión de

que tú y yo hemos formalizado un

contrato de tristeza con la vida, y una

impenetrable oscuridad nos rodea.

No te entiendo, me dice, pero

gusta oírte. Creo que te has equivocado

de visita. Donde debes acudir es a la

consulta de mi amiga Dorotea, te

facilitará un elixir para cuidar tus excesos

de rareza y melancolía. Durante unos

instantes que se me hacen eternos un

profundo silencio ha penetrado en el

cuarto y nos rodea. Anabel, es la hora de

partir. Encuentra la carta que recuerda

que la vida no reside en el éxito, sino en

la dignidad…

Es agradable y sentimental la luz

que me recibe en la calle san Pablo. La

luz, que en la tarde cálida y serena

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ecorta las sombras, se degrada poco a

poco en muchas partes y se desnuda en

plenitud frente al Museo de la Evolución

Humana. Llego a casa, y sin dudarlo, me

coloco de rodillas en medio del “estudio”,

por llamarlo de alguna manera, miro el

cuadro que está sobre el caballete, en el

que trabajo desde hace días sin encontrar

la respuesta que me pide, y exclamo:

“Oh, dioses, aquí tenéis a un viejo con

tantas penas como años”. Y el eco que

despiertan las palabras del rey Lear vaga

por las paredes desnudas de la casa.

J. A. Martínez Gutiérrez “Guti”

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Nuestra ciudad

Pequeño drama otoñal

“…toma este vals que se muere en mi boca”.

Si desde los altos prados del

castillo, o desde los barrios más alejados,

unos reducidos, otros populosos, que

conforman la ciudad; si desde cualquier

calle transversal decides acercarte a las

del centro, puedes observar en ellas

muchas escenas interesantes.

Pintemos una mañana de sábado,

recién comenzado el otoño, una mañana

soleada, dorada como un pan tierno,

repleta de fragancias, en la que las

gentes disfrutan de cuanto la ciudad

ofrece: mercado, música, exposiciones,

paseo bajo castaños y plataneros…

Cuando amanece un día como el

señalado, a todo el mundo le entra un

ansia febril de salir de casa y encontrarse

con conocidos, de pelo lustroso y ropas

decorosas. Se diría que pasea la viva

imagen de la felicidad. Y, si no es

felicidad, será, simplemente, satisfacción.

Las calles son un hervidero y las puertas

de los bares sostienen un tumulto. No es

extraño escuchar conversaciones

divertidas, saludos efusivos, etc, etc…

Cerca de la Plaza Mayor, en un

cruce con la calle Laín Calvo, junto al

Arco del Pilar y frente a la Plaza de la

Flora, se dan todas las circunstancias

descritas hasta este momento: gente,

trasiego, bullicio, bares, tiendas… Como

la zona es peatonal, los transeúntes se

demoran en la calzada, disfrutando del

calorcito agradable del luminoso día. Al

fondo, sobre los edificios antiguos, las

casas remozadas, los miradores de

madera repintados, se asoman, curiosas,

las agujas de la catedral, como un sueño

convertido en piedra.

Junto a la puerta de un mesón de

renombre y categoría, justo frente a la

entrada de una de las mejores tiendas de

ropa, se desarrolla la siguiente escena.

Deberemos contar cada detalle, pues, si

no, será imposible entenderla en toda su

profundidad.

Hay allí una mujer de tez clara y

textura exquisita, pelo largo, ondulado de

un cálido color castaño y unos llamativos

ojos verdes. Sonríe mostrando unos

dientes blancos, grandes, tras unos labios

carnosos, bien maquillados. Se podría

decir de ella que es la “Kim Bassinger” de

una provincia española. Alta, esbelta,

bien vestida… Aparenta seguridad en sí

misma, y habla con propiedad, aunque

sin demasiada cultura ni ecuanimidad. Se

puede adivinar que es una oficinista bien

considerada, a la que la vida no ha

puesto en demasiados aprietos. Es, en

fin, una mujer bastante satisfecha,

aunque en cierto modo insaciable.

Lleva de la mano a una niña de,

aproximadamente, cinco años, muy

rubia, muy linda, con unos preciosos ojos

azules, gritona, un poco revoltosa,

vestida con un abriguito de cuadros que

deja al descubierto sus delicadas rodillas,

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prenda de diseño exclusivo, se ve a la

legua, igual que el traje de su mamá,no

en vano su esposo y papá es el dueño de

la tienda de ropa que queda a unos cinco

metros de donde se encuentran. La niña

se muestra desinhibida y traviesa, y se

suelta de la mano para acercarse más a

la pared. La mamá, que charla muy

animada con otra pareja, ríe

abiertamente, segura de que todo está

bajo control.

Han decidido lo que quieren pedir,

y se internan en el mesón, después de

comprobar que la niña, fuera, está

entretenida.

Explicaremos con brevedad qué

hacen en ese lugar. Son las dos menos

cuarto del mediodía, y los comercios se

cerrarán en poco tiempo. La mujer, que

no trabaja los sábados, espera a su

marido, que a las dos en punto echará el

cerrojo del comercio, despedirá a los

empleados, y, junto a una pareja amiga,

perteneciente al grupo funcionarial, se

acercarán a comer a un restaurante.

Ahora bien, hemos dejado a la

mamá entrando en el bar, al papá en su

tienda y a la niña metiendo los deditos en

un agujero de la pared, con la intención

de hacerlo más grande.

En ese momento, y todo lo que

ocurra será lo declarado por testigos,

sucedió lo siguiente.

Según dicen, un tipo estrafalario,

mal peinado, vestido de negro, que

parecía acechar desde la esquina, aunque

esto no es seguro, se aproximó a la niña

y dijo algo muy cerca de su carita, para

que ella pudiera entenderle con claridad.

Un segundo después, la niña lanzó un

grito tan espeluznante que hizo volverse

a las más de cincuenta personas que se

hallaban en ese lugar. La frase había

sido: “TU PAPÁ ES UN HIJO DE PUTA”.

Para quien todavía albergue dudas

sobre la literalidad de la frase, piense que

escuchó mal o que la criatura no se había

enterado, siendo tan pequeña, se

recuerda que, preguntada más tarde por

ello, repitió fielmente la frase: “me ha

dicho TU PAPÁ ES UN HIJO DE PUTA”.

Imagínense el drama. La mujer

agarró a su niña y le cubrió el rostro,

mientras buscaba con la vista la sombría

figura que se escapaba entre la gente.

Todos los presentes volvieron la cabeza

para observar al delincuente, que,

después de su fechoría, y riendo por lo

bajo, caminaba rectamente, casi

corriendo. Cuentan los testigos que no

miró atrás. Uno tras otro fueron

pormenorizando su recorrido: ascendió

hacia San Gil hasta el cruce entre la calle

de los Avellanos y la de Fernán González,

en la cual se internó a buen paso,

recorriéndola entera y dejando la catedral

a su izquierda; hizo una parada en lo más

alto de la calle para, detrás de una fuente

apartada, orinar durante un rato; cruzó

después el Arco de San Martín, y se

perdió finalmente en las callejuelas del

barrio de San Pedro de la Fuente, donde

nadie pudo, o quiso, dar más información

sobre su trayecto, cosa que se

comprende, ya que en dicho barrio

situaron los testigos su domicilio.

Completamente de negro, vestía

camisa, chaleco, y un pantalón ancho

pasado de moda, de cuyo cinturón pendía

un llavero repleto de llaves, colgando

como el que lleva una pistola al cinto. En

el brazo tenía un tatuaje descolorido,

recuerdo, sin duda, de viejas batallas.

Quienes lo conocían personalmente

indican cierta dificultad ostensible en el

habla, lo cual no exime de la posibilidad

de pronunciar perfectamente la frase

susodicha, que no es necesario repetir.

Parece claro que el individuo no se

atrevió a decírselo directamente al papá,

lo cual demuestra hasta qué punto se

puede ser cobarde. Sin embargo, cabe la

posibilidad de que el hombre pretendiera

hacer comprender a la chiquilla una

realidad que le era absolutamente

desconocida, y que hubiera tardado años

en descubrir por sí misma, en el caso de

que le hubiera interesado. Así que pudo

querer hacerle un favor.

Quien le conocía le puso nombre.

Mejor dicho, dijo en voz alta su apodo, ya

que el nombre propio era ignorado por la

generalidad. Se supo que era “Tornillos”,

así, a secas, sin determinante y en plural.

También se desconoce el origen del

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apodo. Al respecto, se especula tanto

sobre la afición del individuo a llevar

chatarra colgada del cinto, como a un

antiguo oficio, al que haremos referencia

más adelante. Lo que sí podemos

asegurar es que al hombre le agrada

mucho su apodo, ya que, en su vida

cotidiana, no soporta que le llamen de

otra manera; quizás se deba a que

aprecia en el mismo connotaciones

positivas, además de prácticas, tales

como fortaleza, resistencia, cualidad

metálica, etc… A medida que se iba

descubriendo la identidad, se conocieron

más detalles de su vida, lo que nos va

explicando tanto el drama como su

relación con los otros protagonistas.

Se sabe ciertamente que

“Tornillos” está soltero, sin otro oficio que

el de deambular por los bares; que vive

con su madre en un piso de alquiler,

subsistiendo gracias a la pensión de

viudedad de la mujer. Sin embargo,

también se sabe que no siempre fue así,

y que antaño era un empleado casi

modélico de una tienda-almacén almacén

de telas en el que se encargaba del

orden y mantenimiento del género.

No es coincidencia que dicho

comercio estuviera situado en el

emplazamiento donde ahora se muestra

la rutilante tienda de moda. Los lazos que

le unen al lugar son aún más largos y

fuertes, ya que su padre, fallecido ya,

estuvo trabajando en el mismo comercio

a las órdenes del padre del hombre de

ojos azules que ahora mantiene la

titularidad del local, y que ambos,

“Tornillos” y “el Rubio”, al igual que sus

respectivos padres, fueron en un

momento de su vida jefe y empleado.

Poco se sabe de la relación, aunque, por

ciertos comentarios de “Tornillos”, se

deduce que se le despidió de mala

manera, con engaños, e incluso algún

insulto, de tal forma que no le quedó

ningún derecho social. No es de extrañar,

entonces, el rencor acumulado hacia el

otro, ya que, aunque hubiesen pasado

casi diez años y pareciese una historia

antigua, “Tornillos”, poco preparado para

desenvolverse en la sociedad, no había

sido capaz de reconducir su vida y,

consecuentemente, olvidar la afrenta.

Quizás todo estuviera escrito de en el

libro del destino, pero, con su ignorancia,

estaba seguro de que allí habían

comenzado sus desdichas. Él no se

consideraba torpe ni zafio, si le

suponemos capaz de hacer un análisis

personal profundo. Habría estado

dispuesto a mejorar en todos los

aspectos, pues aún no se había

abandonado completamente a la desidia,

y en cierto modo era fiel y disciplinado.

Así que ese pobre hombre había sentido

herido su amor propio.

Su adversario, según sabemos, no

se creía culpable de su deriva, de sus

errores, o su naufragio. Aliviado por

haberse desembarazado de un elemento

tan incómodo, de un personaje tan poco

decoroso para su proyecto empresarial,

se había olvidado pronto del asunto. En

muy pocas ocasiones hablaba de él, a lo

sumo, había hecho algún comentario

sarcástico cuando se lo nombraban

mientras desayunaba en la cafetería, un

encogimiento de hombros despreciativo o

alguna risita, disimulada enseguida tras

un rostro serio y formal. Sin

remordimientos, su vida había seguido

una trayectoria intachable. Nada de

traspiés, veleidades o tormentos,

pasiones o vicios, búsquedas o hallazgos,

salvo aquellos permitidos por la sociedad

y bien vistos por sus familias. Eran gente

de orden. A esos consejos atendían, esa

era su filosofía, que obviaba, en cierto

modo, los principios de la ética, pues no

hacían objeciones a pisar al prójimo,

siempre, claro está, en beneficio de

intereses más elevados. No es que

juzguemos mala dicha consigna, pero

creemos ver en ella cierto poso de

mezquindad.

¿Cómo supo “Tornillos” que esa

niña era la hija de su enemigo? Pues

bien, había reconocido a la hermosa

mamá, que ya entonces, hacía diez años,

era novia del antes nombrado. Sabía que

la pareja de enamorados había seguido

las pautas establecidas: una boda

pomposa con muchos invitados, la

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adquisición de un hogar confortable y que

después, en el momento adecuado,

habían traído al mundo a esa niña

preciosa que les colmaba de orgullo.

¡Cuán diferente era la vida de

“Tornillos”, inculto, estrambótico, sin otra

meta que la de llegar a la puerta del

próximo bar y buscar a alguien conocido

al que dar “la brasa”, como se dice

vulgarmente! Sin embargo, este

desarrapado había sido capaz de albergar

en su corazón un rencor enorme.

También él podría haber tenido ese sitio

ideal que llamamos “hogar”. La

permanente sonrisa que se veía en su

boca disimulaba un rictus amargo, sin

lograr borrarlo del todo.

Esta historia demuestra cómo

hasta las personas más insignificantes

están sujetas a pasiones, que todos,

ignorantes o inteligentes, nos movemos

por los mismos patrones; que en todos

los corazones anidan ansias y deseos

similares, hasta en el de los seres más

despreciables. Esta, creemos, es la

moraleja del cuento.

Regresamos, finalmente, al

principio de la historia y nos situamos

otra vez en las cercanías del Arco del

Pilar, pues debemos entender del todo la

escena. “Tornillos” accedía a la Plaza de

la Flora, cuando se percató de la

presencia de la mujer, con la niña

agarrada de la mano. Lo demás fue un

cúmulo de casualidades: la niña se soltó,

y la mujer, junto a sus amigos,

desapareció dentro del bar. “Tornillos”,

mientras tanto, seguía caminando. ¿En

qué momento decidió realizar su

fechoría? No lo sabemos. Hay que

reconocer que fue perspicaz, para sus

menguadas facultades. Tardó sólo un

instante en asimilar la situación, y como

el rayo que cruza el firmamento, viendo a

la niña sola, comprendió que era el

momento de vengarse, se acercó a ella y

soltó la frase monstruosa.

¿Está justificada, después de lo

sabido, semejante acción? De ninguna de

las maneras. No hay argumento posible a

su favor. A todas luces, no.

Aunque es posible que no entendamos

cuanto la luz ofrece, su diferente

intensidad, tono, fuerza, cromatismo, etc.

Las hay fulgurantes, mortecinas,

esplendorosas o tenues. Naturales y de

artificio. Ignoraos muchas de sus

cualidades y desconocemos los íntimos

secretos que han llegado a alumbrar. En

pintura, son capaces de resaltar detalles

impensables, y, aliándose con las

sombras, contener todos los colores

complementarios.

Así pues, es posible que en

Burgos, como si fuera en un cuadro,

ciertas mañanas de otoño, en las que el

sol envuelve las calles como en papel de

celofán y acaricia de manera agradable la

piel de los paseantes, bajo esa luz tan

dulce, puedan desarrollarse multitud de

pequeños dramas.

Y, estamos seguros, de que

también sucederán otros más grandes.

“…toma este vals del Te quiero siempre”.

Pequeño vals vienés. Federico García

Lorca

Montserrat Díaz Miguel

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María Zemanova

Ahora es una diosa que, alzada en

unos tacones de aguja de ensueño, se

apoya contra el coche y muestra unas

nalgas esponjosas que arrasarían el

decoro concienzudo de un millón de

castos. Posee una cara vikinga

espectacular y su epidermis destella más

que el brillo de un rubí. Sus pantorrillas,

decoradas con unas ligas finas y una

minúscula cenefa bordada en blanco,

fragmentan la quietud del escenario. Se

abre las interioridades de par de par, con

unas uñas pintadas de rojo cereza,

apoyada en la virginidad cérea de los

muslos. La locura desfila entre el orden

natural de sus dedos y la vulva, vista por

delante y por detrás cuando se ladea, se

asemeja a una piña tan dulce como la

miel. El pelo rubio platino le roza el confín

de la rabadilla y en los hombros se

vislumbra un tatuaje anaranjado que

representa a una mariposa de cosquillas

fidedignas. Entonces una baba de silicona

se derrama lentamente por el tobogán de

mi mentón con el balanceo de sus

glúteos.

Ahora es una doncella eslava de

lengua rosada y ojos azules reconciliada

con el nudismo, ruborizada al margen del

pundonor y dotada de unas pestañas

sibilinas que incitan a un asalto a sangre

y fuego. Se agacha, al acecho,

asilvestrada, acicalada por una

barbaridad de detalles mezclados con el

garbo de su silueta. Bambolea el ombligo

con vaivén de cierva y los pechos,

piriformes, insobornables, enaltecen la

autenticidad de las venas de su cuello. El

pincel de su dentadura ebúrnea bosqueja

un ardor procaz, de gata en celo, de

yegua empeñada en calentar a la

caballada, de diva de espectáculo

pornográfico que se descerraja los labios

vaginales con el pulgar y el cordial.

Parece una heroína rusa, una mezcla de

vodka y naranja, un apetitoso plato de

caviar o una fuente de placeres expertos

en embotar la razón. Transforma la

frescura de las rodillas en dos ángulos

rectos exactos y adopta, arriesgada,

viciosa, fuera de serie, el aplomo de

quien está por encima del bien y del mal.

Entonces anhelo tocar el hechizo de sus

curvas, acariciar ese cuerpo de bombas

macizas y colonizar su monte de Venus

con el ejército envalentonado de mi

instinto.

Ahora es la sobrina de la vecina y

quiero ser su marido, su hermano o su

tío, cualquier parentesco que me permita

espiarla en directo tras la cortina del

baño. Veo cómo se inclina al igualarse las

uñas de los pies tras la ducha y cómo se

le dibujan las costillas en una partitura de

ópera orgiástica. En ese contexto de vaho

libidinoso, las bragas negras que se pone

destacan con luz propia en la

magnificencia de su antifonario. Los

caracolillos del vello púbico, recortados

con precisión y aliados en torno al socaire

de la picardía, muestran al mundo una

lascivia sin parangón afincada en sus

caderas de guitarra embrujada. En el

reloj de un vecino suenan las

campanadas de las cuatro de la

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madrugada y el tiempo, manipulado a

conciencia por sus manos de

cortesana,exprime el jugo de los

segundos. Entonces mis palmas devienen

lagos de sudor en un pispás de castañeta

y la lista de los piropos, carnal hasta la

médula, larga como un camino, se deleita

con la exquisitez torneada de sus piernas.

Ahora es una colegiala peinada con

dos coletas de lazo malva, provista de

una falda corta sobre las medias del

uniforme de las sacramentinas y de una

blusa transparente que insinúa la

perfección juguetona de su figura. Se

abre los botones adrede y, aprovechando

que es la hora de la merienda, se unta los

pezones con mermelada de frutas del

bosque. Tras convertirse en una

educanda hambrienta y sicalíptica, se

chupa los restos azucarados de los dedos

mientras la órbita de las areolas,

barnizada de un violeta glorioso, aviva la

burbuja de la vehemencia. Entonces

fantaseo con ser su tutor para poder

reprender su descaro con la regla, azotar

sin excesiva severidad el perfil de su

trasero empinado, echarle una regañina

por ser una infanta consentida y

concederle, al postre, una nota de

sobresaliente en geografía gracias a la

cordillera cuajada de cimas y cuencas de

su talle.

Ahora es una hembra de jaguar

que se estira como la goma de un

tirachinas, presta para un desenlace de

garras a flor de piel, y el absolutismo de

los gestos felinos, encorvado, ferozmente

salaz, entrega el homenaje del cóccix con

una elegancia innata de condesa.

Mimetizada con la selva que rodea sus

músculos fibrosos de gata, se lanza en

pos del premio de la rijosidad con una

fruición de mamífera carnicera. Al cabo,

tras la exhibición ardiente y perversa de

un sujetador de encajes asalmonados, el

lunar afrodisíaco de la ingle, junto al

triángulo definido del pubis, se confabula

con el rosicler de su clítoris y hachea el

tronco de un árbol cuadragenario que,

por hache o por be, ya no me pertenece.

Entonces una ola tórrida anega lo que

queda de mi estoicismo y un ahogo

arraigado, tajante, ajeno a la disciplina,

apuntilla las terminaciones nerviosas de

mi cerebro en la gruta del deseo.

Ahora es una novicia de mirada

angelical vuelta del revés y el punto de

mira de las posaderas se aproxima al

colmo inefable del entusiasmo. Sueño con

ser el padre salesiano que, merced a una

penitencia sencilla consistente en un

revolcón de órdago, perdonará sin duda

sus pecados de mantis religiosa mientras

ella, bella como nunca, entregada en

cuerpo y alma, manosea las cuentas del

rosario con fervor de neófita. En ese

ambiente sagrado, concentrado en el

silencio triunfal del conticinio, el amo de

la pasión se envalentona en un instante

de estallido porque ya es hora de la

comunión. El onanismo se ensambla con

el destino en el pórtico del templo, sin

confetis de novios ni murmullos de

celestinas, y las huestes de la lujuria, a

pendón herido, se apropian del devaneo

de la ilusión. La pujanza de un huracán,

endiabladamente fogosa, desmantela el

armazón del bajo vientre y una singular

reserva de fluidos se dispone a salir a la

luz sin más preámbulos. Entonces, a

voluntad, con la desenvoltura serpentina

de mi índice, amplio la crica de María

Zemanova para la batalla final.

Ahora, como entre sueños, oigo mi

nombre antiguo y giro la cabeza hacia la

puerta de la habitación. Allí, con ojeras

purpurinas de desvelo, está la santa de

mi madre, frustrando con su presencia el

frufrú de mi eclosión delante de la

pantalla del ordenador. A pesar de que ya

hace más de doce años de la operación,

sigue sin asumir que en la actualidad soy

Andrés, un atareado profesor de

literatura que suda la gota gorda hasta

las tantas, y que, por ende, ya no soy

Andrea, la hijita rubicunda y cándida que

alumbró hace más de cuatro décadas.

Jorge Saiz Mingo

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El palacio de Celada del Camino.

Ecos literarios

¿Y el abuelo? El abuelo se fue solo a vivir a Celada del Camino, ese

pueblecito de Burgos donde sus campesinos le bailaban las entradillas y le

cantaban algún domingo. Era todo su entretenimiento. ¿Solo, solo? Con sus

vinos especiales, con sus botellas de marca (…). Dicen que los domingos

atravesaba el arco que pasaba sobre la calle desde su casa al altar mayor, y

allí, donde junto a él había siempre un reclinatorio vacío, el de su abuela, oía

la misa. No se arrodillaba nunca (…).

¿Dónde lo enterraron? ¿Lo volvieron a Celada del Camino? Creo que

quisieron olvidarlo pronto, más por francmasón que por mujeriego. Cuando

yo de mayor fui a ver la casona de Celada, me sorprendió encontrar en una

galería muchos cuadros de la guerra de la Independencia. ¿Y esto? Esto, me

dijeron, es que el señor que vivía aquí fue el que dio al Empecinado los

caballos para que reclutasen los voluntarios de Burgos contra los franceses.

Más tarde, y con cierta emoción, leí que los había dado el marqués de

Barriolucio y que este señor se había casado con una baronesa de Aragón

(…) que ahora resulta que es mi bisabuela.

Página45

Este texto evocativo corresponde a las páginas en las que María Teresa León Goyri

reconstruye una conversación suya con su madre Oliva Goyri y en las que ésta le va

dando cuenta de los acaeceres de distintos miembros de su familia, entre los que destaca

a María Goyri, de la que la niña María Teresa espetó a las monjas que la atosigaban: “Mi

tía fue la primera mujer de España que estudió en una universidad” 1 . Pero los

emocionados recuerdos de la escritora registran también en el blanco de las páginas la

presencia del edificio palacial que se levanta a la entrada del citado pueblo en frente de

la iglesia de San Miguel que se levanta al otro lado de la calle principal 2 .

1

.- María Teresa León, Memoria de la melancolía, cito por ed. de Barcelona, ed. Bruguera, 1979, pp. 72-73 y 66.

2

.- El árbol genealógico que conduce desde el vizcaíno Bartolomé Goyri Barrenechea (Deusto, 1821- Celada del Camino, 1899)

hasta María Teresa León se inicia en el matrimonio de Bartolomé y Oliva Erruz (nacida en la aragonesa localidad de Ateca) y

viuda del IV marqués de Barriolucio, propietario a la sazón del palacio. Me parece ilustrativo de esta sucesión de propietarios

un párrafo de las Memorias de la burgalesa María Cruz Ebro: “Rosario (Llera) casó con Hipólito Goyri. Era descendientes del

marqués de Barriolucio y en Celada del Camino tenía hermosa posesión. En París montó una bodega de vinos españoles. Su

hija Oliva contrajo matrimonio con el coronel de Caballería León Lores. Su hijo, Ángel León, teniente coronel de Estado Mayor,

está casado con una hija de D. Ignacio Albarellos. Una Goyri, María, casó con D. Ramón Menéndez Pidal “ (Juan Sierra y Gil de

la Cuesta, Burgos entre dos siglos a través de la vida y obra de María Cruz Ebro, Burgos, Diputación Provincial, 1987, p.57)


El citado pueblo es y era enclave preciso en el camino de Santiago y en la ruta que

conduce desde Irún hasta Valladolid, circunstancia que explica su función de receptáculo

de viajeros y comitivas. La tradición oral mantiene que fue punto de descanso en la

comitiva fúnebre en la que la reina Juana conducía el cadáver de su esposo Felipe el

Hermoso, en crónicas o textos de impresiones viajeras se sostiene que por allí pasó el

abdicado Carlos V en su camino desde Laredo a Yuste y, sin referencia expresa al pueblo

o al palacio, se han aducido pasajes de escritos de Santa Teresa de Jesús como alusiones

referidas a la zona 3 .

Estos viajeros pudieron contemplar el palacio de los Castro en la construcción

gótica del XV que siglos más tarde sería ampliado con edificios adjuntos. Por la puerta

construida en el siglo XVII debieron de acceder al palacio el rey Felipe IV y la corte que lo

acompañaba en su regreso desde San Juan de Luz donde había depositado a la infanta

María Teresa para su matrimonio con el monarca francés Luis XIV. El cronista de la época

Leonardo del Castillo da noticia del acontecimiento:

El miércoles (16 de junio de 1660), dejando Su Majestad cuatro

leguas atrás a Burgos, vino a comer a Celada (población de cuarenta casas)

y habiendo andado cinco por la tarde, llegó a dormir a Palenzuela 4 .

También pasó por Celada del Camino el que sería presidente de los Estados Unidos,

John Quincey Adams, que antes de llegar a Burgos el día 11 de enero de 1780 se refiere

en una página de su Diario (libro I, p. 40) a las dificultades que él y sus acompañantes

vivieron entre el lugar antes de llegar a Burgos. Y algunos escritores del siglo XIX no

dejarían de referirse a Celada. Es el caso del niño Victor Hugo en su viaje desde París a

Madrid en 1811 5 para reunirse con su padre el general napoleónico que combatía

ferozmente a los guerrilleros. O del español José Zorrilla, cuya madre había nacido en el

cercano pueblo de Quintanilla Somuñó, que debió de visitar en algunas ocasiones los

alrededores de Celada en los tiempos de su infancia en que estuvo alojado en pueblos de

la comarca. El nombre de Celada aparece citado en sus quintillas “Un recuerdo del

Arlanza” y en estos versos de su poema El drama del alma, evocador del Méjico que él

había conocido y que se publicó en 1874 impreso en la burgalesa imprenta de Arnáiz:

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Aquí la vieja Celada

a cuyos pies agua corre

del Arlanza descauzado;

y allá Torre la almenada

y allí Santiuste sin torre 6 .

3

.- En el capítulo 31 de las Fundaciones recuerda la santa las dificultades que había tenido en su acceso a Burgos (donde

llegó el 26 de enero de 1582): “los grandes trabajos y peligros que nos vimos, en especial un paso que hay cerca de Burgos,

que llaman unos pontones”, dificultades a las que también se refiere en carta de 6 de febrero a la madre María de San José:

”En el camino se nos ofrecieron hartos peligros, porque hacía el tiempo tan recio, que iban los y ríos que es temeridad”.

4

.- Leonardo del Castillo, Viaje del Rey Nuestro Señor don Felipe Quarto el Grande a la frontera de Francia, Madrid, Imprenta

Real, 1667, p. 272); la boda se había celebrado el seis de junio de 1660. El escudo de armas de la puerta tiene adjunta la

siguiente inscripción: “AQUI SE AN APOSENTADO SIEMPRE LOS REYES i EL AÑO DE MIL Y SEISCIENTOS I SESENTA SE A

APOSENTADO LA MAGESTAD DE PHELIPE QUARTO EL GRANDE QVUANDO PASO A YR A CASAR SU HIXA LA SERENISSIMA

YNFANTA MARIA TERESA CON EL REY DE FRANCIA LUDOVICO DECIMO QVUARTO”.

5

.- “En jouant avec ses frères dans les ruines de Saladas (sic), Victor s´ouvre le front et perd connaissance; il gardera cette

cicatrice toute sa vie, comme un stigme de sa fièvre espagnole” (Jean-Marc Hovasse, Victor Hugo I. Avat l´exil (1802-1851),

Paris, Fayard, 2001, p.97).

6

.- El poeta denomina Arlanza al río Arlanzón.


De los escritores que pasaron más tarde por el lugar y que recogieron en sus

anotaciones la referencia a la casa-palacio es imprescindible recordar los Diarios de

Gaspar Melchor de Jovellanos que entre los días veintiocho de marzo y trece de abril de

1801 y antes de llegar a Burgos hace las siguientes observaciones, que nos sirven para

entender las dificultades de acceso al pueblo que habían experimentado otros viajeros:

Entre este pueblo (Villanueva de las Carretas) y Celada hay un

malísimo paso al del arroyo de Villardemiro, que inunda aquellos grandes

barrizales, y los hace intransitables, sobre los cuales estaban mejor

empleados algunos de los trozos de camino que hallamos construídos sobre

terreno firme.

Lugar de Celada y aquí me parece que vimos una pequeña casa-fuerte

con torre, muro y merloncillos pequeños y al parecer modernos. Aquí vuelve

la carretera de la misma buena forma que la descrita ayer tarde, aunque

donde bajan las tierras de la misma buena enorme altura que notamos ayer

mañana, y ora se le diese para conservar el nivel ora para librarle de las

aguas, pudiendo bastar la mitad de altura, no es excusable el desperdicio. Al

lado izquierdo la siguiente inscripción: Majestati Car. IV regnante. Anno

MDCCLXXXXII, y, más abajo, en letras pequeñas, tendrá el nombre del

Director o Arquitecto que no leímos 7 .

El ilustrado asturiano ya pudo contemplar los añadidos barrocos a los que se

añadirían los elementos de la fachada actual que mira a la calle principal del pueblo

Escritores del siglo XX registrarían también sus impresiones sobre el pueblo y el palacio,

como hemos visto que efectuaba María Teresa León, pero la evocación de las páginas de

estos autores nos sitúan ante la fragmentación de la literatura experimental del siglo XX,

fragmentación paralela a la que sufrieron las partes del edificio palacial al ser dividido

entre varios propietarios, cuestiones todas que deben quedar para otras páginas.

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Leonardo Romero Tobar

7

.- Melchor Gaspar de Jovellanos, Diarios, en Obras, vol. 86 de Biblioteca de Autores Españolas, Madrid, 1956, p.42.


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Memoria

Desde el mismo momento en el que la viuda, Mercedes Romo Santamaría, perdiera

la razón, no pasó ni un solo día sin que la mujer dejara de escudriñar el cielo. Por las

mañanas se plantaba a la puerta de su casa, tiesa como un estafermo, se llevaba las

manos a la frente, y elevaba su mirada errante hacia el cielo como una planta sedienta de

luz. Así cada día, ya fuera bajo el sol tórrido del estío, ya fuese bajo los aguaceros de

abril. Y emulando a los girasoles, enamorados de su estrella, la mujer demente, guiada

por la veleta de la sinrazón, se pasaba las horas vivas persiguiendo en el horizonte sus

recuerdos muertos. De vez en cuando, a ráfagas, hilvanaba con el hilo dorado y refulgente

de la lucidez la mortaja de sus sueños: se veía allá, en el monte, serena, acariciada por la

dulce brisa del mediodía en un día de canícula y por el rostro bruñido de su esposo, quien

la abrazaba entre besos y caricias mientras las ovejas pastaban indiferentes y los canes

parecían asentir, con una mirada de ensueño, como de ojitos brillantes, aquel encuentro

abrasador. Hasta que un mal día del invierno la mujer desmemoriada se perdió por el

camino postrero de la Encina Grande: huyó bien de mañana en busca de sepultura.

Anduvo por sendas de barro y veredas encharcadas; primero, con pasos torpes, enterró

los zapatos y, a los pocos metros, junto a un enebro, hundió su cuerpo en el lecho

húmedo de aquel monte que otrora había sido su refugio amoroso. La estuvimos buscando

todo un día de niebla. La encontramos al amanecer, junto al tronco de aquél árbol. En él

han clavado una tabla: “ME... MO… RIA" y una fecha de diciembre parece leerse en

aquel epitafio fragmentado, despintado, deslucido...

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José Luis Yáñez Ortega


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Historias mínimas en 140 caracteres o menos

publicadas en Twitter


“Tengo miedo a volar”, le dijo aquella avispa a su psicólogo.




Al muerto le gustó que le aplaudiesen durante su entierro, así que levantó la tapa

de su féretro y se incorporó para saludar.

Nada más que abrieron el banco lo atracó el Tempranillo.

Conversación entre amigos: —Me voy a la cama, a ver si caigo en los brazos de

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Morfeo. —No sabía que eras gay.


“Va a caer sobre ti todo el peso de la ley”, le dijo el policía obeso al delincuente

escuchimizado antes de tirarse encima de él.


El pintor se puso ante el lienzo hecho un pincel y acabó hecho un cuadro.

“Cuesta morirse, pero luego es como mejor se está”, dijo aquel cadáver.

A Tarzán le regalaron una caja de botellas de güisqui, y dejó de ser Tarzán de los

monos para convertirse en Tarzán de las monas.



El recluso se durmió y soñó que estaba en la cárcel.

El artista y el político se abrazaron en la fiesta. El político pensó del artista que era

un payaso, y este del político que era un inculto.

• Al loro, su dueño le enseñó a decir libertad, pero nunca lo sacó de la jaula.

• El gobierno a los jóvenes que no encontraban trabajo les regalaba un libro de

pensamiento positivo.



“No solo de paz vive el hombre”, dijo el traficante de armas.

Cuando Robinson estaba en la isla algunas noches soñaba con su patria, cuando

retornó a su patria algunas noches soñaba con la isla.

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La sentencia se ajustó a derecho, pero fue un disparate.

Después de asistir en el circo al mayor espectáculo del mundo, salió a la calle y la

realidad le pareció miserable y aburrida.


A los apaches que iban a fusilar los pusieron en fila india.

Después de casarse con Séfora, Moisés guardó el anillo de compromiso en el Arca

de la Alianza.




Sobrevivía vendiendo periódicos y revistas viejas aquel inmigrante sin papeles.

El hombre que se reía de sí mismo se enfadaba si los demás se reían de él.

Hacía oídos sordos a todo cuanto le decía su mujer aquel hombre sentado en su

sillón de orejas.



El banquero entró en su banco, el mendigo se tumbó en el suyo.

Desde la altura a la que remaba, el gondolero solía ver muchos canalillos.



Era tan buen lector que mejoraba los libros que leía.

No lloró nadie en el entierro de aquella plañidera.

Enrique Angulo Moya

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Tenebregosa. Eso es todo, y nada más

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Con respeto, al maestro

El autor, a través de este texto, quiere homenajear —y a la vez pedir perdón al maestro por

modelar lo que considera originalmente perfecto— a Edgar Allan Poe. Y lo hace, precisamente, tomando

como base el poema, El Cuervo (The Raven, publicado por primera vez en el diario New York Evening, en

1845). Jesús Toledano, que como escritor ha puesto en las estanterías novelas de claro corte policiaco

(aderezadas también en algunos casos por una evidente inspiración y melancolía gótica): Burgati, la

ciudad de las tres noches (editorial Gran Vía, 2015), El reloj (editorial Gran Vía, 2016), ubica al precursor

de la novela negra tras un extraño despertar en el palacio de Castilfalé, en Burgos. A partir de ahí, y con

la búsqueda y el dolor por la pérdida de Leonora como motivaciones, el de Boston va a recorrer la calle

Fernán González (en otros tiempos llamada Tenebregosa), el arco de San Martín, el callejón de las Brujas

o la iglesia de Santa Águeda. Pasará por la catedral y por la calle de la Paloma, hasta entrar en la bóveda

de San Llorente, bajo la plaza de los Castaños, todo ello, cómo no, acompañado por un majestuoso

cuervo. Aunque de modo tangencial, el escritor burgalés pretende de un modo original mostrarnos el

universo literario y personal de Edgar Allan Poe citando además algunas de sus obras. Todavía extrañado

al pasear por una ciudad desconocida, pero guiado por la negra estela del córvido, Edgar Allan Poe

descubre de modo intemporal una urbe y un recorrido gótico por Burgos, que, a buen seguro, podría

haber inspirado alguno de sus mejores cuentos de terror.

Hoy no es , tampoco . Sí que me hallo al filo de la lúgubre

media noche, es lo único seguro. No estoy cansado, tampoco en tristes reflexiones


embebido. Cierro violento un libro de vieja y rara ciencia que, quizá a través de mi

imaginación o de un raro sueño, a un extraño destino me ha traído. Nadie toca a la puerta

de este cuarto, leve es mi respiración en este cristal por el que miro: un arco apuntado;

un palacio…; en un lugar que no distingo.

Es –digo musitando- que hoy el visitante, viajero en un mundo inhóspito o perdido,

soy yo; por eso abro la puerta del cuarto y desciendo la escalera hacia la quietud de la

calle desconocida. Eso es todo, y nada más.

¡Ah! oscuro presente de un gélido octubre, hace frío frente a la aristocrática morada

que abandono y dejo a mi espalda; espectros de adoquines reflejados en el suelo de esta

ciudad irreconocible; tengo angustia por el deseo de un nuevo día que vislumbre mi

destino, atormentado eternamente, mi vida.

Dolor que arrastro por tu pérdida, Leonora, la única, virgen radiante, Leonora por

los ángeles aquí, como yo, en mi cabeza perdida, también serás llamada. En esta calle

que en una noche incierta descubro a mi mirada; un lugar sin nombre. Perpetuo como tu

recuerdo.

La piedra de una catedral cruje ante mí; una ingente forma gótica que me hace por

su belleza fugazmente feliz, y que se confunde con la noche recortando el cielo. Oigo su

sonido casi imperceptible pero triste, vago, escalofriante, sangriento como el rojo de unas

vidrieras que no logro distinguir, pero que seguro derraman por la pared sus gotas de

terciopelo. Ellas me llenan ahora de fantásticos terrores, que me inspiran porque nunca

antes sentí.

Y aquí, sin saber todavía cual es hoy mi destino, tratando de acallar el latido

atemorizado de mi corazón ante la presencia de grifos y gárgolas que me observan desde

las cornisas, intuyo el aleteo de un pájaro negro, de un córvido llegado del averno. Él no

parece un simple visitante en la longitud de esta vía, que, ahora, se asoma a una plaza

para prolongarse tenebregosa hasta lo que parece un tramo final, por el que el ave me

conduce y guía. Eso es todo, y nada más.

De inmediato, mi ánimo cobra bríos, y ya sin titubeos, quiero saber dónde estoy.

Exploro un arco del que me llegan desgarradas voces de ajusticiados frente a una muralla,

la misma, por la que oigo los pasos eternos de gentes que llegaron antes que yo a la

ciudad. “Señor —digo— o señora, en verdad vuestro conocimiento imploro. Es en este

momento cuando, con suave batir de alas, desciende el majestuoso cuervo de los santos

días idos. Sin asomo de reverencia, ni un instante quedo; y con aires de gran señor o de

gran dama, se posa en el adarve de la muralla. Posado, inmóvil, y nada más.

Y el cuervo emprende de nuevo el vuelo. Más el ave me arranca de mi mullido

asiento un último intento por saber y comprender mi tormento. Me dejo guiar por él y por

su seguro repertorio, hasta que su estela de centinela de la noche me lleva a un callejón,

de las Brujas proclamado. Escudriñando con atención esta estrechez de tinieblas, durante

mucho tiempo quedo lleno de asombro, de temor, de duda, soñando con lo que ningún

mortal se ha atrevido a soñar; pero el silencio es turbado por el eco de un antiguo

juramento y del signo de un caballeresco destierro.

No hay movilidad tras la espectral marcha de los caballeros; lo único que puedo

escuchar es un nombre murmurado: "¡Gadea!". No era yo el que lo pronunciaba y, a su

vez, el angosto paso de la calle me devolvió otro, este por mí repetido y conocido:

"¡Leonora!". Eso y nada más

Vuelto a la marcha, mi alma toda, toda mi alma abrasándose dentro de mí, no

tardo en oír de nuevo tocar con mayor fuerza. Es un tañer de campanas proveniente, otra

vez, de la más bella forma gótica que vi jamás. Mas el cuervo, posado solitario en un

sereno busto, pronuncia, como vertiendo su alma solo en esas palabras, una profecía que

mis ojos no verán; allí en el frontispicio sereno, bajo la elipse de los arcos ojivales, esto

escucho y cavilo, sentado, sin pronunciar palabra, frente al ave cuyos ojos, como tizones

encendidos, queman el fondo de mi pecho. Dejad, pues, que atienda lo que sucederá aquí

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–digo-, y el ave pronuncia palabras que anuncian el asesinato de un gobernador, de la

autoridad en esta catedral, crujido de hermosa piedra, que mi mente podría urdir y narrar

para que fuera resuelto igual que un escarabajo de oro o un crimen de la calle Morgue. En

una calle que no es esta, porque esta sigue ignota y esquiva a mi conocimiento.

Entonces, este pájaro de ébano cambia mis tristes fantasías en una sonrisa con el

grave y severo decoro del aspecto de que se reviste. “Aun con tu cresta cercenada y

mocha —le digo—, no serás un cobarde, hórrido cuervo vetusto y amenazador. Evadido de

la ribera nocturna. ¡Dime dónde estoy en la ribera de la Noche Plutónica!” “¡Qué río es ese

que percibo a mi lado como rumor plateado de luna reflejada! Y el Cuervo dice: “Nunca

más.”

Ahora, noto que el aire se torna más denso, perfumado por invisible incensario

mecido por serafines cuyas pisadas tintineaban en el reflejo del suelo adoquinado por el

que avanzo y continúo. “¡Miserable! —digo—, tu Dios te ha concedido, por estos ángeles

te ha otorgado una tregua, por tu miseria me llevas por una calle, de nombre, Paloma.

¡Apura, oh, apura este dulce nepente, ni aquí olvido a mi ausente Leonora!”. Paralelo a

este claustro que intuyo y bajo sus arcos, repito: ¡ay!, nunca más

Cuánto me asombra que pájaro tan desgarbado pueda hablar tan claramente;

aunque poco signifique su respuesta. Poco pertinente es. Pues no puedo sino concordar en

que ningún ser humano ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro posado ahora

sobre una escalera, pájaro o bestia, posado sobre una escalera que da entrada a una

cripta bajo el mismo suelo que piso y en el que crecen como manos siniestras varios

castaños. “¡Profeta! —exclamo—, ¡cosa diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio! ¡Por

ese desconocido cielo que se curva sobre nuestras cabezas, ese Dios que adoramos tú y

yo, dile a esta alma abrumada de penas dónde está, y si aquí dentro, en la profundidad de

este tenebroso túnel se encuentra la llamada por los ángeles Leonora, radiante y rara

virgen llamada por los ángeles Leonora!” Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

Un grito rompe el silencio de la estancia. No se produce en la negrura sepulcral de

la cripta, sino que es ajena, originada en la profundidad de la noche fría, perversa

vesania que se profiere en esta urbe desconocida. “Juana, Juana la loca” –dice esta ave

del infierno-, igualada a la enfermedad mental de la Berenice por ti descrita. ¡Cosa

diabólica! ¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio enviado por el Tentador, o arrojado por la

tempestad a este refugio desolado e impávido, a esta desértica tierra encantada, a esta

bóveda hechizada por el horror! Profeta, dime, en verdad te lo imploro, dónde me

encuentro. Y cuando aquella bestia iba a contestar “Nunca más”, otro chillido de locura

invade la cripta hasta hacerme despertar de un sueño profundo y espeso.

Y el cuervo jamás emprendió el vuelo. Aún sigue allí, posado, aún sigue posado y

sus ojos tienen la apariencia de los de un demonio que está soñando. Y la luz de la

lámpara que sobre mí se derrama, tiende en el suelo de mi habitación neoyorquina su

sombra. Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo, no podrá nunca

liberarse de aquella ciudad por mi desconocida e ignota. Inspiración gótica de almas

quebradas y calles en dramáticas tinieblas. No, Leonora, no. ¡Nunca jamás!

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Jesús Toledano Escribano


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La tangente del triángulo

Apenas escribió el telón final a su último drama, doña María de la O Lejárraga

comprendió que había sonado la hora de poner fin de una vez a sus quince años de

vodevil personal. La escritora se incorporó de su mesa de trabajo y, cuando se disponía a

depositar en la balda el nuevo libreto, expresamente concebido para que luciera en escena

el palmito la amante de su marido, un regüeldo de ternura hacia el evidente nonato que

había engendrado Gregorio en el vientre de la actriz, la dejó petrificada ante el estante.

Allí estaban, perfectamente ordenados por su fecha de estreno, sus veintitrés dramas; la

mayoría escritos para personal lucimiento de la mala pécora de Catalina Bárcena, la

amante, y absolutamente todos atribuidos en los créditos a Gregorio Martínez Sierra, el

marido que ya llevaba quince años restregando la reputación de doña María de la O por

toda España y buena parte de América.

La anónima dramaturga se quedó desconcertada ante las colosales dimensiones de

su obra, vilmente escamoteada con su personal beneplácito.

-¡Jesús, María y José! –musitó-. ¡Veintidós años de matrimonio y veintitrés

dramones!

Doña María de la O acarició el largo metro de alineados lomos y tomó en sus manos

Canción de cuna, su libreto predilecto. Aún recordaba como si fuera ahora el clamoroso

éxito alcanzado con aquella obrita once años atrás en el Teatro Eslava. La emocionada

autora se acomodó el librito en el regazo y comenzó a mecerse al compás de una de las

nanas que aquel día consagraron a Catalina Bárcena como primera actriz.

Aunque hoy, a sus 41 años, la escritora aún podría ser ginecológicamente madre,

doña María de la O acababa de comprender que jamás de los jamases volvería a salir de

sus entrañas criatura alguna, ni literaria ni humana. Y al instante rompió a llorar como

una Magdalena, como si esa repentina certidumbre hubiese reventado por fin el punzante

forúnculo de impotencia que venía incubando en su vientre, minuto a minuto, tras tres

eternos lustros de humillaciones.

La intempestiva llantina, sin embargo, acalló su recurrente furor asesino. Había

deseado tantas veces la muerte de aquella bruja, que se sorprendió de no sentir ahora la

necesidad de urdir ningún nuevo plan o veneno, ni contra la primera actriz, ni contra el

calzonazos de su infiel marido. La dramaturga lo atribuyó en un principio a algún

escrúpulo relativo al niño en camino, fruto de aquella feliz e indecente unión que a ella le

había estrangulado la juventud, como si la inocente criatura fuese el argumento decisivo

que acabara de abocarle a su tantas veces postergada huida.

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Su Canción de cuna, pues, bien prieto contra el vientre, doña María de la O salió del

cuarto al pasillo. Cuando, como una sonámbula, se encontró de este modo en la cocina del

fondo, la escritora comprendió que se estaba despidiendo para siempre de su casa de

casada, en la que apenas había ejercido siete años plenamente como esposa.

Pronto se cansó, sin embargo, de observar su encogido reflejo sobre la chapa de la

cocina económica, refulgente de sidol, y volviendo sobre sus pasos, penetró en el

despacho del marido, entre cuyas cuatro paredes se habían fraguado buena parte de los

últimos veinte años del teatro español. Allí estaba, sobre el escritorio de cerezo,

presidiendo los últimos proyectos del empresario, el retrato de la Otra, palurda estampa

ante la que doña María de la O se encontró sin saliva que escupirle. No obstante, la

dramaturga depositó el libreto sobre una esquina de la mesa, y se llevó la foto enmarcada

de la actriz a un palmo de su boca.

-¡Se acabó, guapeta de cara! –la espetó-. ¡A partir de hoy, te va a escribir tu puta

madre primeros papeles!

Luego arrojó sin rabia el retrato por el balcón, tomó de la mesa su Canción de cuna

y regresó al corredor.

Ante la puerta del dormitorio, sin embargo, la vejada mujer se preguntó de pronto:

“¿Y quién me ha obligado a mí a llevar tan lejos esta farsa? ¿Me ha mandado alguien, por

guardar las apariencias, continuar durante quince años en esta casa de recién casada?

Bajo cualquier forma de chantaje, ¿alguien me ha urgido a escribir, publicar y estrenar

con el nombre de ese ingrato, los mejores papeles femeninos que han subido a las tablas

de España y América en los últimos decenios? ¿He puesto yo algún impedimento para que

esa mala pécora no interprete mis personajes con el previsible éxito que iba a tener?”

Doña María de la O penetró en el cuarto que no había pisado el marido desde el año

siete. Allí estaba ella a sus 20 años, enmarcada en un marco idéntico al de la Bárcena, con

su traje de recién casada, sobre la cómoda de nogal. Y junto a la novia, mirándola

profundamente con sus ojos negros, traspasándola con su enamorada luz, Gregorio, el

novio.

La ultrajada mujer se llevó a los labios su propio recordatorio y estampó un sentido

beso sobre la imagen del apuesto impostor del bigotito.

-Mi querido cabrón –musitó, y destrozó la foto de bodas contra el catre con tanto

coraje, que se hizo un rasguño en un dedo con el cristal que, durante veintidós años,

había preservado la fotografía del polvo.

Luego regresó al pasillo con su Canción de cuna en el regazo, abrió la puerta del

domicilio sin preocuparse de entonarla, y salió a las escaleras y después a la calle. Iba

como ida, sin ningún rumbo, Arenal abajo. Con el librito contra el vientre, caminaba

chupándose el dedo de la mano derecha que dicen corazón.

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GREGORIO MARTÍNEZ SIERRA. Escritor y empresario teatral español, nacido y muerto en Madrid (1881-

1947). Antes de casarse en 1900 con María de la O Lejárraga, ya habían publicado cinco libros conjuntos,

firmados únicamente por él con el consentimiento de su mujer. Así continuarán, publicando su abundante

producción poética, novelística y sobre todo teatral, incluso cuando, en 1907, don Gregorio comienza su


elación con Catalina Bárcena –actriz secundaria de la Compañía María Guerrero-, y se perpetuará hasta

1922, cuando nace la hija del empresario y la actriz.

CATALINA BÁRCENA. Actriz española-cubana, nacida en 1896 en Cienfuegos (Cuba) y fallecida en 1977

en Madrid. Desde que en 1907 comienza su relación con Gregorio Martínez Sierra, comenzará también a

interpretar los principales papeles de las obras que –bajo el nombre de su amante- escribe para ella la

culta y oculta esposa de este; hasta que, en 1911, con el estreno de Canción de cuna, cuyo primer papel

protagoniza, se consagra definitivamente como primer actriz. Larga carrera de éxitos por España y por

América con su propia Compañía, que se prolonga hasta que en 1961 se retira de los escenarios.

MARÍA DE LA O LEJÁRRAGA. Su historia, pese a ser del dominio público durante más de tres décadas en

el mundillo de la cultura y el periodismo, no se hubiera dado oficialmente a la luz si, a la muerte del

marido en 1947, la oculta autora no hubiera publicado desde su exilio de México su libro Gregorio y yo,

con el que ante todo pretende, y consigue, percibir legalmente los derechos de autor que generen sus

obras, atribuidas con su beneplácito al marido infiel. Aparte de su copiosa producción teatral, escrita a la

sombra de Gregorio Martínez Sierra, combatió durante la República por los derechos de la mujer, y llegó

a ser diputada socialista por Granada entre 1933 y 1936.

CANCION DE CUNA (1911). Comedia escrita por María de la O Lejárraga, aunque atribuida a Gregorio

Martínez Sierra, que le consagra como autor y empresario teatral, y protagonizada con definitivo éxito

por Catalina Bárcena. Trata de la vida ordinaria de un convento de monjas de clausura, en el que un

buen día aparece una recién nacida que las togadas deciden adoptar y educar, hasta que, convertida ya

en mujer, la muchacha se casa y abandona el convento entre lágrimas y suspiros de las monjas. La

comedia se estrenó, con clamoroso éxito, en 1911, en el Teatro Eslava de la calle Arenal de Madrid, y

posteriormente Hollywood (Martínez Sierra era en 1931 jefe de la sección española de la Fox) realizó una

versión filmada.

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Jerónimo Rodríguez

Las Matas (Madrid), mayo-octubre, 2005


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OCUPACCIÓN POÉTICA,

un proyecto de iniciativa ciudadana

Realidad aumentada, intersección del mundo real con el virtual, contenidos digitales

asociados a los lugares que visita, trabajo colaborativo e interdisciplinar, herramientas de

desarrollo libre… Todos estos conceptos van sonando en nuestros oídos cada vez con más

cercanía y claridad porque ya son presente.

Fue en 2011 cuando Juan Carlos Ibáñez y Carlos Contreras Elvira crearon

OcupaccionPoetica. Fueron pioneros de un proyecto que cinco años después se

extiende por todas las capitales de España y en más de 25 países del mundo con un

despliegue de más de 3000 poemas.

¿Qué es Ocupacción poética?

Es una intervención que une la poesía y las nuevas tecnologías,

permitiendo escuchar audiopoemas que han sido geolocalizados en

diferentes ubicaciones.

Es una invitación al ciudadano para que encuentre nuevas formas de

relación con el espacio (intersección del mundo real con el virtual) y los

contenidos digitales (en este caso poemas y música) asociados a los lugares

que visita.

Es un trabajo interdisciplinar. Para su desarrollo colaboran profesionales

de la informática que se ocupan de la infraestructura tecnológica de

servidores web y servidores de bases de datos, geolocalización y

procesamiento de la información que se proporciona en cada uno de los

poemas. Actores profesionales y voces de ciudadanos aportan la voz poética.

Músicos consolidados y emergentes seleccionan e interpretan la creación

musical.

Es una intervención que utiliza herramientas que ofrece el software

libre, en este caso la aplicación LAYAR. Su sistema traslada la información

digital al soporte físico del mundo real a través del móvil.

El objetivo es “promover la ocupación poética de cualquier rincón del mundo, con

textos, voces, música y video de autores, actores e intérpretes del pasado, del presente y

del futuro, haciendo de las nuevas tecnologías un vehículo de conocimiento y disfrute

artísticos”

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Son ya 20 los proyectos desarrollados. Tan diversos como una ocupación poética

sobre la primera milla de la costa peninsular española o una ocupación del graffiti urbano

en Matadero, Madrid.

Y seis de ellos en Burgos:







“El jardín de las palabras” en el Instituto Castellano y Leonés de la Lengua.

“Cuentos queréis” en la Biblioteca Pública del Estado de Burgos.

Campus UBU. Universidad de Burgos.

V Centenario de Santa Teresa de Jesús (Burgos, Ávila y Palencia).

“Evolución de la poesía castellana” en el Museo de la Evolución Humana.

Ocupación Poética de los nuevos aularios y murales en los antiguos

barracones del antiguo Hospital Militar de Burgos.

Este proyecto, en el que tuve la oportunidad de colaborar desde la Biblioteca

Pública, siempre me ha parecido de amplio alcance, de dedicación desinteresada y creador

de un espacio de colaboración.

Nada mejor que visitar su página web, donde dan detalles de su trabajo y donde

podemos escuchar ejemplos de los poemas y música geolocalizada, o/y descargar en

nuestro Smartphone la aplicación de realidad aumentada LAYAR.

Angélica Lafuente Izquierdo

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*

Antonio de Cabezón y Francisco de Salinas, dos

grandes músicos en tiempos de mudanza

Pequeño tributo a su memoria que, para contento del lector, aparecerá

entreverado con testimonios muy ciertos y jugosos.

Antonio de Cabezón y Francisco de Salinas nacieron en la actual provincia de

Burgos con muy pocos años de diferencia. Compartieron ceguera y arte: los dos fueron

avezados organistas y grandes músicos.

En estos tiempos que corren, para hablar de alguien parece casi cosa obligada

buscar algún número redondo al que poder agarrarse. Dadas las circunstancias (año

2016), se puede y se debe hablar de Antonio de Cabezón, ya que hace cuatrocientos

cincuenta años que falleció. Sin embargo, no parece que haya motivo para referirse a su

casi coetáneo y colega, Francisco de Salinas, porque no tuvo el detalle de morirse en el

mismo año. Ahora bien, puestos a conmemorar, y más estando como estamos en Burgos,

podemos celebrar que en ese mismo año (1566) terminaba de escribir en esta ciudad su

primer tratado de música (que se conserva de forma parcial) 1 . Quizá esto no parezca

suficiente, pero, teniendo en cuenta que Salinas solo escribió (que se sepa) otro tratado y

que además lo publicó en otra ciudad, parece oportuno que en esta villa celebremos esta

efeméride. Después de todo, puestos a elegir, será mejor escribir un libro que morirse.

Antonio de Cabezón (1510-1566) nació en un pequeño pueblo, Castrillo Mota de

Judíos, cerca de Castrojeriz 2 . No tenemos de su infancia apenas datos, pero su hijo,

Hernando, hizo este magnífico retrato de su padre:

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1

Me refiero al tratado sobre música en tres libros, escrito en latín, del que solo se conserva el último. Al

final del todo pone: Finis Burgis, 1566. Esta obra nunca fue publicada y se conserva únicamente como

manuscrito. En 1993 fue traducida al español y publicada en una versión bilingüe (ONCE y Biblioteca

Nacional de España). La traducción es de Antonio Moreno y el estudio preliminar de Javier Goldáraz.

2

Este artículo toma casi todos los datos y citas sobre Antonio de Cabezón del libro Antonio y Hernando

de Cabezón, de M. Santiago Kastner, traducido por Antonio Baciero y publicado por la editorial Dossoles

de Burgos en el año 2000.


Fue natural de la montaña 3 , y ciego desde muy niño, y no sin particular providencia de Dios, para

que acrecentándose la delicadeza del sentido del oyr, en lo que le faltaba de la vista, y

duplicándose en él aquella potencia que da fe tan aventajada y subtil que alcanzase a lo que su

gran ingenio comprehendía, y sosegada por otra parte de la imaginativa de las especies visibles

que la suelen inquietar, estuviese atenta a la alta contemplación de su estudio.

De nuestro segundo protagonista tenemos datos un poco más fiables. En el prólogo

a su único libro publicado, Francisco de Salinas (1513-1590), hablando de su infancia,

dice:

Pues al quedarme ciego cuando mi nodriza me daba el pecho sin que, puestos todos los medios,

hubiera esperanza alguna de recuperación, no les pareció a mis padres cosa más honesta y más

útil para educarme que el aprender aquello que, a través del oído, más eficazmente conduce a la

razón. Me pasé, pues todo el tiempo no solamente practicado el canto, sino sobre todo tocando el

órgano. Lo que aproveché otros lo dirán. 4

Aunque no se pueda asegurar, parece más que probable que el caso de Cabezón

fuera similar: dos chicos de buena familia que tienen la desgracia de quedarse ciegos, qué

mejor cosa que probar con la música.

El mismo Salinas, siguiendo con el relato de su vida, cuenta que vino una noble

mujer a su casa, y, para hacerse monja, quiso aprender a tocar el órgano. Así que el niño

organista hizo trueque de saberes: enseñaba a tocar a la futura monja, mientras esta le

enseñaba el latín. No debía tener mala cabeza el rapaz, pues, ciego como era, a los pocos

años también estudió griego en la universitaria Salamanca 5 . Bien los debió aprender

porque luego escribió en latín y cita a los autores griegos con la mayor naturalidad del

mundo.

No se sabe si Cabezón tuvo mucha relación con la ciudad de Burgos, más bien

parece que debió ser escasa, si nos atenemos a la concienzuda investigación de Kastner,

que atisba alguna relación más bien traída por los pelos, aunque, claro está, posible, pues

no anda lejos Burgos de su villa natal. Está mejor documentada su relación con Palencia

que, en ese momento, tenía una vida musical de mucho fuste. En cualquier caso, la vieja

Castilla, que entonces estaba más nueva y tenía más posibles, se iba llenando de órganos

y otros instrumentos. Lo que ha llegado hasta nuestros días en la ciudad de Burgos y en

su alfoz es ciertamente impresionante, aunque, en la mayor parte de las ocasiones, muy

desconocido.

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3

Lo de “montaña” parece hipérbole, en su pueblo todo lo más había una “mota” o sea colina. Y por los

alrededores tampoco es que haya grandes alturas. Más bien llanura suavemente ondulada. La “mota de

judíos”, que ahora figura en su topónimo, como se sabe, ha traído cola, ya que, según se dice pasó a ser

“mata”, pero no de planta o de arbusto, sino de asesinamiento. De modo que mudó de colina de judíos a

exterminio de esa misma raza. Al menos eso dice la historia oficial. No seré yo quien dude de ello, por si

acaso.

4

Salinas escribió sus obras musicales en latín, las traducciones que damos son de Ismael Fernández de

la Cuesta que se tomó el trabajo (descomunal) de traducir su De musica libri Septem al castellano. Hay

que fijarse en que el libro es muy extenso, está lleno de una terminología compleja y de cálculos

matemáticos muy enrevesados.

5

Sigue sorprendiendo a los eruditos modernos (y no es para menos) que un ciego leyese latín y griego.

Se suele suponer que, años más tarde, un discípulo alemán llamado Stockerus le sirvió de lazarillo.


Retrato de la emperatriz

Isabel de Portugal, mujer

de Carlos V. Cabezón

formó parte de su capilla

musical desde 1536.

en los ciegos.

Antoñito tampoco debía tener un pelo de tonto, pues a

los 16 años entró a formar parte de la capilla de la mujer de

Carlos V, Isabel de Portugal, o sea, de la emperatriz. Desde

entonces, y durante toda su vida, estuvo ligado a la familia

real y para ellos tocó, no solo en España, sino también por

toda Europa.

Algunos años después (en torno a 1537), Antonio se

casó en Ávila con una muchacha de buena familia, Luysa

Nuñez. El suceso lo recoge Luis Zapata de Chaves, mostrando

que el gusto por los chistes fáciles es anterior al uso del

whatsapp:

Pero volviendo a los ciegos de agora, ninguno dicen que igualó a Antonio

de Cabezón, músico de órgano de su Majestad, ni en estos ni en los

tiempos pasados. No solo lo tocaba, más le concertaba todo hasta la

mínima parte de él como si viera. Casó por amores, que fue gran

maravilla en un ciego, bien que los amores todos lo están; y también es

que los enamorados no se quejan: así, pues el ciego amor tiene dominio

En esa época, y precisamente hasta que Felipe II fijara la corte en Madrid, los

príncipes y los reyes andaban de la ceca a la meca, eso sí, siempre con su corte, que tuvo

que ser cosa digna de verse. La siguiente descripción está sacada de la crónica de los

jolgorios que tuvieron lugar con motivo de las nupcias del príncipe Felipe y María de

Portugal en 1543:

El lunes llega el duque de Medina Sidonia con gran séquito. En él venían dos maneras de

trompetas, unas italianas y otras españolas, hasta en número de diez y seis. Seguían a estos

hasta ocho atabaleros vestidos de la librea del duque, tocando todos a bulto. Después vinieron

seys italianos con vigüelas de arco y su librea. Tras estos venían ocho indios de la misma librea…

estos traían cherimias y sacabuches y al dicho de todos muy singular y dulcemente tañían. El

duque de Béjar traía tres locos, el uno se llamaba Calabaça y el otro Cordobilla y el otro

Hernando. El Cordobilla excedía en abilidad de trobar, el otro en decir malicias y ser

entremetido…

Y así prosigue el anónimo cronista de este viaje, que también señala la presencia

de Cabezón entre todo ese gentío.

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Viajeros por Europa

Habíamos dejado a Salinas en Salamanca estudiando griego y filosofía, pero su

familia, según nos cuenta él mismo, se quedó sin un maravedí; afortunadamente Pedro

Gómez Sarmiento, que era pariente suyo y arzobispo de Santiago de Compostela, se hizo

cargo del muchacho. En 1538 ocurrió algo que cambió su vida. Su protector fue nombrado

cardenal y tuvo que marchar a Roma. El joven y animoso Salinas se fue con él.

Durante los más de veinte años que vivió en Italia tuvo contacto con muchos de

los músicos más importantes de la época, entre los que estuvieron el famoso compositor

Orlando di Lasso o Francisco de Milán, que era un laudista muy celebrado. No solo vivió

en Roma, también estuvo en Florencia y en Nápoles, allí como Abad, siendo nombrado por

el papa con la mediación del Duque de Alba. No parece que estuviera mal relacionado.


A lo largo de su estancia en Italia, Salinas, que ya era un buen organista, se

empezó a interesar por lo que, entonces, se llamaba música teórica, y que se encargaba

de averiguar cómo había que afinar exactamente los instrumentos. Hoy no se da apenas

importancia al asunto, porque se supone (equivocadamente) que la afinación habitual es

la única posible y que no hay que darle vueltas. En el Renacimiento la situación era muy

distinta: por un lado, era conveniente saber qué altura exacta tiene cada nota, y, por otro,

no se terminaban de poner de acuerdo en cómo ponerlas. Aunque antes también hubo

importantes discusiones sobre este tipo de asuntos, en la Italia del siglo XVI se vivió el

apogeo de su estudio, mientras que, por nuestras tierras, no eran apenas tratados. A eso

se refiere Salinas cuando dice:

Aquí [en Roma] tratando con tantos eruditos como siempre hay me llené de vergüenza al darme

cuenta de que no sabía nada del arte [teórico] que profesaba…

Sin embargo, al cabo de unos años, se convirtió en el teórico que mejor estudió y

comprendió la ciencia de la afinación, que hoy nos puede parecer minucia, pero entonces

andaba emparentada, por un lado, con la forma de construir y afinar los instrumentos y,

por otro, con la matemática y la misma filosofía, o sea, con el saber en general.

Aunque era Italia el lugar dónde se elaboraban y publicaban los tratados teóricos,

en toda Europa discutían los músicos prácticos, o sea, los intérpretes, sobre cómo debían

ser los detalles de la afinación, e incluso, en nuestra vecindad, en los primeros años del

siglo había acaloradas trifulcas. Como prueba, véase lo que contestaba, en 1513, el

músico ortodoxo Espinosa al revoltoso Bizcargui:

Pues calle, calle ya e haya vergüenza G. Martínez de Bizcargui, capellán en la iglesia de Burgos, e

cesse su barbárica e venenosa lengua en porfía de enseñar e poner en escripto herejías formales

en Música contradiciendo al Boecio y al Guillermo señaladamente… cosa por cierto diabólica e de

gran blasphemia 6 .

Como se dice en la cita, Bizcargui era miembro del cabildo de la catedral de Burgos

y es posible que Salinas fuera discípulo suyo en algún momento. Kastner añade que quizá

también pudo tener contacto con Cabezón. Lo cierto es que Bizcargui era hombre de ideas

avanzadas, al menos en música, y la gran blasphemia que se le achaca no tenía que ver

con los dogmas de la Santa Madre Iglesia, sino con el tamaño de algunos intervalos

musicales, o sea, con la afinación. Baste lo anterior para ver lo encendida de la polémica

sobre cosas que, a decir verdad, el común de los mortales actuales no sabríamos

distinguir, pero que a ellos les parecían asuntos en los que les iba la misma vida.

Es hora de cambiar de protagonista. Si Salinas estuvo más de veinte años en Italia,

Cabezón, de resultas de su contacto con la corte, y, sobre todo, con el futuro Felipe II,

hizo muchos viajes no solo por España, sino también por Europa. En 1548 salió para Italia

(dónde, quizá, pudo coincidir con Salinas) y posteriormente también estuvo en el Tirol y

en diferentes ciudades alemanas, para acabar por tierras de Flandes (recordemos las

extensas posesiones de nuestra arruinada monarquía por toda Europa). No olvidemos que

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6

Tomo esta cita del muy recomendable libro de Javier Goldáraz sobre afinación: Afinación y

temperamentos históricos, Alianza, Madrid (2004). Goldáraz ha escrito mucho y bien sobre Salinas.

También se debe mencionar a Amaya García Pérez que, además de haber contribuido con sus libros y

artículos al estudio de la obra del teórico burgalés, ha preparado una edición facsimilar del De musica y

ha organizado, junto con Paloma Otaola, un congreso internacional sobre su figura. Las actas se pueden

consultar online en la página de la Universidad de Salamanca.


la música franco-flamenca era muy prestigiosa, y que Josquin des Prez (1455-1521), su

más famoso representante, era en el Renacimiento unánimemente considerado el mejor

músico “entre los modernos”. En todos los lugares que fueron visitando, así está

documentado, se aprecia que la técnica de los instrumentistas castellanos y la musicalidad

de sus composiciones fueron altamente valoradas. Sin duda, también se benefició

Cabezón de su contacto directo o indirecto con muchos músicos de diferentes países de

Europa. Tuvo tiempo para ello, pues hasta 1551 no volvió a pisar suelo español.

La música del siglo XVI recoge la herencia de la Edad Media. A lo largo de los siglos

se había ido pasando del canto gregoriano, que se articulaba en una única línea melódica

(eso sí muy compleja y llena de sutilezas), a su progresivo enriquecimiento con más

voces, cada vez más interrelacionadas. La época de Cabezón y Salinas coincidió con el

momento en que su complejidad había llegado a sus niveles más altos. Es la edad de oro

de la polifonía. Quedan múltiples testimonios de contemporáneos que alaban el grado de

perfección que había alcanzado.

Aunque no había aeropuertos ni autopistas, los músicos y sus músicas viajaban por

toda Europa 7 . Tomemos un ejemplo: Adrian Willaert (1490-1562), que procedía de los

Países Bajos, acabó siendo maestro de capilla en San Marcos de Venecia desde 1527. Es

más que probable que Cabezón se interesara por su trabajo, y seguro que Salinas lo

conoció 8 . Willaert, entre otras cosas, se hizo célebre por sus conciertos con dos coros.

Cada coro se ponía en un lado del altar mayor y cada uno tenía su propio órgano 9 , no es

difícil imaginar su efecto en la audiencia de la próspera ciudad, ávida de nuevas ideas y

nuevas músicas.

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La polifonía lucía en todo su esplendor cuando nuestros dos ciegos recorrían

Europa, pero al poco se atisbaron las mudanzas que se avecinaban. Los dos siglos

posteriores vieron cómo fue produciéndose el declive de ese estilo para dar lugar a otra

forma de entender el arte de los sonidos, ya mucho más próxima a la moderna. Hay que

reparar en que la música renacentista se mueve entre lo antiguo (el sistema modal) y el

actual sistema tonal (al final daremos alguna idea sobre sus diferencias). Por eso, cuando

escuchamos música del siglo XVI sabemos íntimamente que estamos en un lugar de

exquisita belleza, pero que, a la vez, nos resulta inevitablemente lejano.

Después de un tiempo de descanso en su Castilla natal, Antonio de Cabezón en

1554 hubo de coger otra vez la maleta y se marchó a tierras inglesas, ya que el príncipe

7

Repárese en la imprenta, auténtico internet de la época, que estaba en su bulliciosa niñez.

8

El sucesor de Willaert fue Zarlino (1517-1590), el más famoso teórico del siglo. Salinas conoció bien su

obra y, en lo que a afinación se refiere, hizo mejoras de calado, algunas de las cuales, el bueno de

Zarlino se apresuró a copiar, eso sí, sin citar a su colega burgalés.

9

Aprovechamos para decir que, en la época, había órganos portátiles. Sin duda la corte española tendría

alguno, ya que no siempre se podría disponer de uno “fijo”. Se sabe que los instrumentistas de la época

tocaban tanto órganos como otros instrumentos de tecla (clavicémbalos, virginales, etc.). De hecho, el

libro de Hernando, el hijo de Cabezón, está pensado para que se toquen sus composiciones en cualquier

instrumento de tecla y también en arpa o, incluso, en vihuela (instrumentos de trastes).


Felipe iba a contraer nupcias (era ya su segundo matrimonio) 10 con una princesa

inglesa, María Tudor. Qué poco se imaginaban que se acercaban tiempos de relaciones

menos amistosas entre ambos países. El viaje entre unas cosas y otras se prolongó unos

meses. A la vuelta otra vez recalaron en Flandes, al final Cabezón volvió a España al cabo

de más de un año.

Parece que la música inglesa se benefició de la visita de los músicos de la capilla de

Felipe II y son muchos los musicólogos británicos que reconocen la influencia de Cabezón

en compositores como Thomas Tallis y, más claramente, en William Bird. Kastner indica

que el salto técnico y estilístico que se produce en la música de tecla Inglesa en los años

posteriores debe tener alguna relación con el viaje de la corte española. Aprovechamos,

con un punto de maldad, para señalar que es más extenso el artículo sobre Cabezón en la

versión inglesa de la Wikipedia que en la española (en septiembre de 2016) 11 .

El arte extremado de Antonio de Cabezón

La mayor parte de la obra de Cabezón que se conserva está contenida en la

recopilación que publicó su hijo Hernando de manera póstuma (en 1578). En ella se

aprecia la gran altura que había adquirido el arte de Cabezón. En esa época todavía no

había una diferencia muy clara entre improvisar y componer. Se supone que los

instrumentistas a menudo ejecutaban desarrollos más o menos improvisados sobre

diferentes temas o motivos. Sin embargo, seguramente esas improvisaciones estaban

muy estudiadas (de manera parecida a lo que hacen hoy muchos músicos de jazz) y se

tomaban como esquemas, que finalmente se escribían de modo más o menos detallado.

Entre estas obras hay algunas que son diferencias, que son el embrión de lo que después

se conocerá como variaciones (piénsese en las famosas variaciones Goldberg de Bach, o

en las de Brahms). Los tientos son obras que toman como modelo la construcción y

trabazón de la música vocal, que había alcanzado gran sofisticación (durante siglos la

única música que se escribía era la vocal), pero repensándola para el instrumento de

tecla. Cabezón se sitúa en toda la obra conservada como un músico que explora

constantemente las posibilidades de su arte. No sabemos qué parte de su obra se ha

perdido, pero sí sospechamos que las partituras conservadas no nos dejan más que una

sombra. Su propio hijo decía que lo que se recogía por escrito era como migajas

comparadas con el despliegue de su música en directo.

Otro de sus contemporáneos, Cristóbal de Villalón, dio un juicio tan breve como

enjundioso sobre su arte:

Antonio, el Ciego, tañedor de la Casa de la Emperatriz, que en el arte no se puede más expresar,

porque dicen que ha hallado el centro del componer.

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10

En efecto su primera esposa, a cuyo casorio ya nos hemos referido, había muerto. Tampoco tendría

mucha mejor suerte su segunda mujer. A lo que se ve era más peligroso casarse con este príncipe que

enrolarse en los tercios.

11

Se debe añadir, no obstante, que en la Burgospedia se encuentra un artículo de Enrique García Revilla

en el que se habla con un poco más de extensión de Cabezón. Se ve que la reseña está pensada para

señalar la relación del compositor con la comarca en la que nació, sin que aborde otros temas, cosa que,

conociendo a Enrique, podría haber hecho con mucho más tino y conocimiento que yo.


No pueden ser más atinadas las palabras de Villalón, pues la polifonía de la época,

y, claro está, la obra de Cabezón se basan en encontrar ese centro invisible a través del

cual se articulan las diferentes voces, todas

distintas y todas igualmente importantes, que se

entretejen equilibradamente, sin que se vea su

centro, que no es ni nota ni acorde, sino

búsqueda imposible de la oscura y remota

esencia del arte.

Podemos incluso, por seguir con la misma

metáfora, decir que la música polifónica se sitúa

en el centro de la historia de la música, entre la

monodia solemne de los cantos litúrgicos

medievales y la música más moderna que se teje

en torno a una voz principal que, en lugar de la

desnudez del gregoriano, se apoya y se alimenta

de la armonía apropiada. Hegel estaría feliz:

tesis = homofonía,

antítesis = polifonía

síntesis = música tonal (melodía con

acompañamiento armónico) 12 .

Habíamos dejado a Cabezón regresando de

Flandes. Desde entonces, para no variar, estuvo

casi siempre cerca de Felipe II, con el que tuvo

una buena relación personal. A partir de 1560 la

corte se estableció en Madrid, de manera que

terminaron para Cabezón los años de continuos

viajes. Así que los últimos los pasó en la recién

estrenada capital de España. A su muerte, su hijo

Hernando pasó a ocupar su puesto en la corte 13 .

Portada del libro en el que se recogen la

mayor parte de las obras de Antonio de

Cabezón que se conservan. Fue

publicado por su hijo Hernando después

de su muerte.

Aunque existió un retrato de Cabezón, pintado por Alonso Sánchez Coello, no se

conserva. Por fortuna, sí se conoce el epitafio que se escribió en la corte con motivo de su

muerte, el 26 de marzo de 1566:

En este sepulcro descansa aquel privilegiado Antonio, que fue el primero de los organistas de su

tiempo. Su linaje, Cabezón, ¿Qué más añadir? Su imperecedera fama llena la Tierra y su espíritu

habita en los cielos. Murió, ¡ay!, toda la Corte del Rey Felipe llora la pérdida de tan raro tesoro 14 .

Página73

12

No hace falta ser serialista ni dodecafónico para comprender que la historia nunca tiene del todo final.

La música siempre anda explorando la forma de sobrepasar los límites de la tonalidad y es que si no hay

exploración no hay arte, como tampoco lo hay sin ese centro invisible.

13

Otro hermano de Antonio, Juan, fue también músico de la corte. Los Cabezón eran algo así como los

Bach españoles. No citamos por falta de espacio a otros ministriles notables de la corte, solo decir que

Francisco de Soto, otro gran organista, compartió trabajo en la corte con Cabezón muchos años.

14

El epitafio original está en latín. He preferido dar una traducción un tanto libre.


Salinas, Catedrático de Salamanca

Aunque no se conocen las fechas con mucho detalle, sabemos que Salinas tuvo que

volver a España, entre otras cosas, porque, tras la muerte de sus valedores, otra vez

tenía dificultades económicas. Además, como indica él mismo con honda tristeza, para

entonces ya habían muerto tres hermanos suyos, que eran militares, en las guerras de la

época.

Una vez en su país, ocupó el puesto de

organista de la catedral de Sigüenza (1559 a

1563). Su sucesor en este puesto fue

precisamente Hernando, el hijo de Antonio de

Cabezón. De Sigüenza pasó a la catedral de

León (1563 a 1567). En diciembre de 1566 (el

mismo año de la muerte de Cabezón), fallecía

el catedrático de música de la Universidad de

Salamanca, Juan de Oviedo. Casi de inmediato,

el rector, Pedro de Portocarrero, propone que

Salinas ocupe su puesto. No solo era un gran

organista, también era un músico teórico de

renombre. Al parecer, dado su prestigio, no

Estatua de Francisco de Salinas, Salamanca tuvo que hacer ninguna prueba, y fue

nombrado en enero de 1567. Hasta ahí todo

bien, sin embargo, a partir de entonces surgieron algunos problemas; por un lado se le

exigió obtener el título de Maestro de Artes (que no tenía, solo era bachiller) para que

pudiera acceder a un aumento de salario, y, cuando Salinas lo consiguió en la Universidad

del Burgo de Osma, todavía tuvo que hacer frente a la oposición de una buena parte del

claustro que consideraba que el título tenía que ser de Salamanca y no de otra

universidad (y menos una de las de nueva formación). Finalmente fue una disposición real

la que zanjó la cuestión a favor de Salinas. Con este refrendo, fue finalmente nombrado

en 1569. A lo largo de todo este conflicto 15 , uno de los pocos profesores que le apoyaron

fue Fray Luis de León. Algún tiempo después, las cosas dieron la vuelta y fue Salinas el

que le apoyó ante la inquisición en 1573. No solo eran amigos, también admiraba cada

uno la obra del otro. Testimonio indudable es la célebre Oda a Salinas de Fray Luis de

León.

Salinas fue un músico conocido y reconocido; sin embargo, su música se ha perdido

por completo. Hemos tenido más suerte con su faceta de teórico, ya que se conserva,

además de algún que otro texto, su monumental tratado publicado en Salamanca en

1577, De musica libri septem (Siete libros sobre la música). Esta obra es la más rigurosa

y extensa exposición de la teoría de la afinación del XVI. Por si fuera poco, su tratado

tiene otra parte en la que se ocupa de aspectos rítmicos, incluyendo muchas ilustraciones

musicales que confirman la originalidad y erudición del ciego Francisco Salinas.

Página74

15

¿Por qué será que este tipo de trifulcas nos suena tan familiar? No añado más.


COMPLEMENTO: LA AFINACIÓN MUSICAL Y LA OBRA DE SALINAS

Un teclado nos sirve para explicar la diferencia entre música modal y tonal. La

música modal solo emplea teclas blancas (o casi, también solía utilizar el si bemol). En

cada obra había una nota que tenía más peso y era, normalmente, la última de la pieza.

En general, en la música religiosa medieval se empleaban modos que acababan en

cualquiera de estas notas:

Re, mi, fa o sol.

Por eso la música gregoriana 16 , y también muchas músicas de tradición oral, suelen

sonarnos un poco extrañas. Nosotros estamos acostumbrados a melodías que, cuando

utilizamos las teclas blancas, terminan en do (modo mayor) o la (modo menor). También

hay otras diferencias muy importantes en lo que se refiere a la estructura armónica (de

los acordes) de la música antigua y de la moderna, pero no vamos a entrar en ello.

La música tonal, que es la habitual hoy en día, solo utiliza el modo mayor o el

menor (con algunas variantes, eso sí), lo que, en principio, restringe sus posibilidades.

Para compensar, podemos empezar la escala en cualquier nota, no hace falta que sea el

do. Esto es lo que se llama cambio de tonalidad. Lo explicaremos únicamente para el caso

del modo mayor.

La diferencia entre dos notas consecutivas, normalmente una blanca y una negra,

es de un semitono, incluso cuando las dos son blancas, o sea, cuando no hay nota negra

entre ellas (entre el mi y el fa; y entre el si y el do), el intervalo sigue siendo un semitono.

Si ponemos entre cada dos notas el intervalo que hay que subir, tono, (T) que es

exactamente el doble de un semitono, o semitono (S), queda lo siguiente:

Do T re T mi S fa T sol T la T si S do… y vuelta a empezar.

Lo que resulta es la escala de do mayor.

Si quitamos los nombres de las notas obtenemos T T S T T T S

A continuación, elegimos otra nota, el re, y hacemos otra escala, pero manteniendo

la misma estructura de tonos y semitonos. El resultado será el siguiente:

Re T mi T fa♯ S sol T la T si T do♯ S re…

Página75

16

En la música gregoriana hay 8 modos numerados. Para cada final había dos modos, el auténtico y el

plagal. Los auténticos siempre correspondían a números impares y los plagales a los números pares. El

número 1 correspondía al modo de re, el 3 al de mi, el 5 al de fa y el 7 al de sol.


Para obtener lo mismo no nos ha quedado más remedio que usar dos teclas negras.

Eso nos permite cantar la misma melodía, eso sí, en una tonalidad diferente.

La utilización de más y más tonalidades se fue generalizando en los últimos siglos de la

Edad Media y, mucho más, durante el siglo XVI. De modo que cada vez era más frecuente

la presencia de notas alteradas 17 (o sea, de las teclas negras).

Hoy no reparamos en el problema porque creemos que la colocación de las notas es

cosa bien sabida. Ahora bien, en el siglo XVI las cosas se veían de otro modo muy

distinto (para empezar un semitono no era exactamente la mitad de un tono, lo que, junto

con otras diferencias, creaba numerosas complicaciones). Con las notas blancas, aunque

había bastantes problemas y disensiones, todavía se podían atar cabos, pero, cuando

había que templar las alteradas, las dificultades eran mucho mayores. Tanto es así que no

se ponían de acuerdo en la forma de afinarlas y se llegaban a numerosas polémicas y

agrias disputas (recuérdese al pobre Bizcargui).

Además en esa época se van construyendo cada vez órganos mayores y más

perfeccionados (al principio era frecuente que no tuviesen más que teclas blancas) que

mantenían el sonido mucho tiempo, de manera que los músicos de la época, que tenían

excelente oído, notaban perfectamente la diferencia entre afinaciones distintas. El

problema era acuciante.

Algunos abogaban

por poner más de las notas

habituales en los órganos, y,

En el diagrama, tomado de una obra de

Zarlino, se aprecia un teclado en el que las de hecho, se conocen

teclas negras están divididas en dos. Este teclados con más de doce

tipo de teclados fue bastante frecuente y notas por octava (véase

habla de la complejidad de la teoría (y la

práctica) de la afinación en el siglo XVI.

figura). Lo cierto es que

había una gran confusión, y,

a veces, una diferencia de

criterio muy grande entre lo

que se hacía en la práctica y

lo que decían los teóricos.

Por este motivo hubo

muchos autores, sobre todo

italianos, que escribieron

gruesos tratados sobre

afinación. Pero sin ninguna

duda el que mejor estudió el

problema y el que, en la

medida de lo que era posible

entonces, lo resolvió mejor

fue nuestro ilustre paisano (aunque por estos pagos casi nadie se acuerde).

Página76

17

La música que utilizaba muchas alteraciones se solía llamar música ficta para diferenciarla de la

“fetén”. Salinas alude a que las obras que tenían “tres bemoles”, o sea muchas alteraciones, no se podían

tocar con los instrumentos habituales, lo que obligaba a buscar otros sistemas de afinación.


Salinas analizó y diseñó el sistema más sofisticado de su época (lo llamó sistema

perfecto), pero imposible en la práctica (tenía muchas notas por octava) y se dio cuenta

de que era muy conveniente ir a soluciones más sencillas como los sistemas mesotónicos,

en uso durante mucho tiempo, sobre todo en los órganos. Para los que piensen que esto

es una minucia, basta decir que tres de los cuatro órganos históricos que se conservan en

la catedral de Burgos tienen algún tipo de afinación mesotónica 18 . Salinas, siguiendo con

esta estrategia de simplificar la escala, comprendió que se podía dividir la escala en doce

semitonos iguales (que es la afinación hegemónica hoy en día). Actualmente se reconoce

que fue el primer autor que dio una descripción correcta y detallada de esta afinación.

Este asunto de la afinación se considera, equivocadamente, menor. En realidad, el

paso de la música modal (en la que la riqueza estaba en la personalidad de cada modo y

en la sutileza de la melodía) a la música tonal (en la que se opta por un sistema melódico

más sencillo, en realidad más pobre, pero que permite cambios constantes de tonalidad y

un apoyo en armonías cada vez más ricas) tiene una relación profunda con los cambios en

la forma de colocar las notas en la escala.

Los que, por suerte o por desgracia, hemos venido a nacer en estas tierras

deberíamos tener presente que, cuando vemos, y oímos, el teclado de un piano, estamos

contemplando el final de un proceso histórico extremadamente complejo en el que un

actor principalísimo fue nuestro paisano, el ciego Francisco de Salinas.

Página77

Anexo: una página de youtube

https://www.youtube.com/watch?v=hyVzNZ9s28o

Este enlace lleva a un vídeo en el que se puede “ver” la estructura de

un Tiento de Cabezón. En efecto, a la vez que se escucha, se

visualizan las notas que se van tocando con un sistema de colores. Se

aprecian algunas características de la música de la época, por ejemplo

la única nota alterada es el si bemol (en color morado). La diferencia

entre un renglón y el siguiente es de un tono, por eso las notas que

distan un semitono, (mi y fa) y (la y si♭), están separadas por medio

renglón.

Fotografía del órgano de la

nave de la epístola de la

Catedral de Burgos. Es el único

órgano de los cuatro históricos

que se conservan en el templo

que tiene la afinación moderna

(temperamento igual).

18

Puedo decirlo con conocimiento de causa, porque, gracias a Guillermo Díez, organista de la catedral,

que tuvo la amabilidad de enseñarnos los cuatro órganos históricos que alberga la seo, pudimos

comprobar in situ su afinación. Aunque, a primera vista, este tipo de temperamentos no se diferencia

demasiado de los habituales, si se eligen algunos acordes apropiados, se escuchan unas disonancias muy

pronunciadas que no aparecen en los instrumentos actuales.


Página78


*

El aire vibra,

filo de hoja que cae.

Flauta otoñal.

Hojas de otoño

al comienzo del mundo

¿cómo serían?

Soledad Medina

Ya no lo ves.

Tus amigos lo vemos,

otoño triste.

Página79

Susurra el sauce:

Mis hojas cantarinas

aún están verdes.

Jardín de otoño

te cubre, gris, la nube,

menos la rosa.

La última rosa

estalla bajo el gris.

Nubes de otoño.


Página80


AUSÍN SAINZ nos informa:

*Tras la finalización de Autorretrato infiel en el CAB de Burgos, he sido nominado

mejor director CYLNEMA por el corto “Nada”.

El jurado estaba compuesto por: el cineasta español Antonio Giménez Rico;

el director de la Cátedra de Historia y Estética de la Cinematografía de la

Universidad de Valladolid, Javier Castán, y el Presidente de la Coordinadora

de Festivales de Cine de Castilla y León, Emiliano Allende.

La gala de entrega de premios será el viernes 14 de octubre a las 20:30h en

los cines Broadway de Valladolid.

Página81

https://www.youtube.com/watch?v=VJUlRA69aPM

*El jurado ha distinguiendo mi serie fotográfica “Vanitas” con el 2º premio

Experimento BIO 2016, siendo la primera seccionada la artista neoyorkina Lynn Bianchi.


Mi serie, junto a la de los artistas seccionados y premiados, será mostrada

ffgeeeeeen

en una exposición en Bilbao.

Página82

*VideoBardo,

*VideoBardo,

Festival

Festival

Internacional

Internacional

de Videopoesia

de Videopoesia

(VI) ha

(VI)

selccionado

ha selccionado

mi video

mi

"Land"

video

"Land"

"Land"

El festival se realizará del 8 al 12 de Noviembre en Buenos Aires, Argentina.

E El festival se realizará del 8 al 12 de Noviembre en Buenos Aires, Argentina

Argentina.

La Matanza Pvcia Bs As, Argentina : Escuela de Arte Leopoldo

Marechal , 8 de Noviembre

Ciudad de Buenos Aires, Argentina: Hospital Moyano 9 de Noviembre,

Biblioteca Nacional 10 y 11 de Noviembre, La Paternal Espacio

Proyecto 12 de Noviembre

Marsella, France: Friche la Belle de Mai en Festival Instants Video 10 a 10

a 12 12 de de Noviembre.

Noviembre. Video 10 a


https://www.youtube.com/watch?v=xp3WesGp-FE

https://www.youtube.com/watch?v=xp3WesGp-FE

https://www.youtube.com/watch?v=xp3WesGp-FE

https://www.youtube.com/watch?v=xp3WesGp-FE

2015 Land - YouTube

Planteo una reflexión crítica sobre la

propiedad de la tierra ante la oleada de

https://www.youtube.com/watch?v=xp3WesGp-FE

refugiados e inmigrantes que llegan a

Europa, extrapolable a todos los ...

Página83

https://www.youtube.com/watch?v=xp3WesGp-FE

https://www.youtube.com/watch?v=xp3WesGp-FE

*Para terminar te enlazo el vídeo de la historia que no podrás ver en la película "Spain in

https://www.youtube.com/watch?v=xp3WesGp-FE

a day"

https://www.youtube.com/watch?v=Fx3NJ90BU34

https://www.youtube.com/watch?v=xp3WesGp-FE

"Spain in a day" & Ausín Sáinz.

Un año después.

www.youtube.com


Página84


LUAN MART

Página85

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