2ja9dV7

fcemexico

2ja9dV7

553

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

ENERO DE 2017

ADEMÁS

Una vida comprometida:

Rodolfo Stavenhagen

(1932-2016)

por jacques lafaye


FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

ENERO E DE 2017

553

Fernando del Paso:

criadillas a la francesa

Los buenos escritores dejan su impronta en todo lo que

escriben. Para ellos no hay temas menores. Su estilo

brilla en las notas más ocasionales, hasta en los recados

escritos a mano, pues asumen que cualquier falta

a las reglas básicas de la escritura es una falla ética,

una traición a su compromiso con el lenguaje. En esto

no hay de otra: “el estilo es el hombre”.

El libro La cocina mexicana de Socorro y Fernando del Paso, con

150 recetas de la primera y textos e ilustraciones del segundo, es un

rotundo ejemplo de lo antes dicho. El platillo fuerte de la obra es, desde

luego, el recetario, pero la entrada, los entremeses y las guarniciones

de Fernando del Paso son una delicia que ningún amante de la buena

literatura debería ignorar.

El estilo del prefacio es, en esencia, el mismo que el de las grandes

novelas de Del Paso: barroco, digresivo, versátil, arriesgado, lindante

con el surrealismo, gozoso, amable, divertido, irónico de principio

a fin… uno de esos textos cuya lectura uno no desea terminar. Cada

frase nos depara golpes de ingenio, guiños picarescos o simples curiosidades

que excitan nuestra imaginación o son motivo de amena conversación

de sobremesa.

El libro fue escrito por encargo en París mientras los Del Paso vivían

allá. Su propósito es diluir los estereotipos franceses sobre la

cocina mexicana como exótica o bárbara. A manera de bumerán, los

casos de ingredientes exóticos de la cocina francesa misma y hasta

de platillos repugnantes originados en el hambre presentados por Del

Paso (las colas de rata empanizadas, por ejemplo) son abrumadores y…

muy divertidos.

Hay páginas enteras en las que uno no para de reír, sin ignorar la

seriedad del tema: “… en estas dos cocinas de rancio abolengo, la francesa

y la mexicana, se pierden las fronteras entre lo propio y lo ajeno,

lo familiar y lo exótico, en beneficio de la gastronomía universal”. No

crea el lector francés que la cocina mexicana “es el reflejo de una naturaleza

tropical y barroca, historiada y tórrida, turbulenta y bárbara

[…] Encontrará también una cocina tranquila, de todos los días, acogedora,

reconfortante, íntima” (como la humilde sopa de fideos, china y

europea en su origen).

Del Paso quiere macerar la arrogancia gastronómica francesa en

amabilidad mexicana: “… tanto unos como otros, los que nacieron en

esta parte del mundo como los que nacimos en la otra, necesitamos más

modestia, me parece, para aprender y comprender nuestras semejanzas

y nuestras diferencias, que no son tan escasas las primeras ni tan contundentes

las segundas como podría pensarse”. Mensaje pertinente para

los tiempos que corren. •

José Carreño Carlón Director general del fce

Martha Cantú, Adriana Konzevik, Susana López,

Socorro Venegas, Rafael Mercado, Karla López y Octavio Díaz

Consejo editorial

Roberto Garza Iturbide Editor de La Gaceta

Ramón Cota Meza Redacción

León Muñoz Santini Arte y diseño

Andrea García Flores Formación

Ernesto Ramírez Morales Versión para internet

Impresora y Encuadernadora Progreso, S. A. de C. V. Impresión

Suscríbase en

www.fondodeculturaeconomica.com⁄editorial⁄laGaceta⁄

lagaceta@fondodeculturaeconomica.com

www.facebook.com⁄LaGacetadelFCE

La Gaceta

es una publicación mensual editada por el Fondo de Cultura Económica, con domicilio

en Carretera Picacho-Ajusco 227, Bosques del Pedregal, 14738, Tlalpan, Ciudad de

México. Editor responsable: Roberto Garza. Certificado de licitud de título 8635 y de

licitud de contenido 6080, expedidos por la Comisión Calificadora de Publicaciones y

Revistas Ilustradas el 15 de febrero de 1995. La Gaceta es un nombre registrado en el

Instituto Nacional del Derecho de Autor, con el número 04-2001-112210102100, el 22

de noviembre de 2001. Registro postal, Publicación periódica: pp09-0206. Distribuida

por el propio Fondo de Cultura Económica. ISSN: 0185-3716

Ilustración de portada © Fernando del Paso

3

5

6

8

9

11

12

14

15

16

18

20

22

Contra Natura

rodolfo hinostroza

La cocina mexicana

de Socorro y Fernando

del Paso

dossier

Nuestro Libro de Cocina

socorro y fernando del paso

El teatro de Elena Garro

álvaro álvarez delgado

Arraigo y vigor de la ciencia

en cinco tiempos

walter beller taboada

La Revolución mexicana:

un jonrón histórico

ramón cota meza

Una vida comprometida:

Rodolfo Stavenhagen

jacques lafaye

Navegar el mar de los deseos

pablo espinosa

El Cervantes de Nacho Padilla

pedro ángel palou

Rolling Stones

luis alberto madrigal pérez

¿La revolución era

una fiesta?

carlos andrés torres cabrera

Bizarro Piano Bar

agustín gendron


poema

Contra Natura

Rodolfo Hinostroza

fragmento

Leggierissima

toda ojos entraste a mi tienda

cubierta de flores/ oh animal olfativo/

así el color que atrae a las pequeñas bestias

así casco de pavorreal

y recordé: deseo cinético

stasis en la contemplación de un cuerpo

milenaria repetición así la mariposa y el coleóptero

& en tu sexo/ el mar/ thrimetilamida

& en tu pecho jugaban cervatillos de colores

ojos de pez: te vi y lo supe

un coup de cheveux y ruedo por tierra

& antes había entrado en ti y vi: un universo líquido

mareas dentro tuyo

nuestros cuerpos imitando el movimiento del mar

El Pez y la Luna

arriba un cielo podrido jusqu’au bout

pero las estrellas

hombre errante

Adieu

gobernalle/ancla/astrolabio

& más allá aún más atrás in the no man’s land del

orgasmo

el pez sueña

así o (nota: es una bolita dibujada, ver fotocopia)

amiboide forma líquida indiferenciada

atracción impecable

in suo ese perseverare conatur

Spinoza dixit

no sexo no el olor metálico del cielo

but

amor abominable odio hermoso

Nada, Gameto mío! Remonta el río líquido

hasta el origen

La calcárida y la salamandra

: para que yo abra mi tienda

y un oleaje de muslos rescate toda una vida perdida.

Reproducimos un fragmento del poema Contra

Natura del recientemente fallecido poeta peruano

Rodolfo Hinostroza, uno de los mayores artífices de

la poesía contemporánea en Latinoamérica, quien a

través de un manejo experimental del lenguaje como

materia poética se convierte en un punto referencial

de las exploraciones estéticas del siglo .

enero de 2017

la gaceta 3


dossier 553

la cocina mexicana de socorro

y fernando del paso

Nos honramos en presentar la edición

conmemorativa de La cocina mexicana de Socorro y

Fernando del Paso, un deleite para los amantes de la

buena cocina y la buena literatura. Rememoramos

al poeta peruano Rodolfo Hinostroza, recientemente

fallecido, autor también de una guía de cocina

mexicana y otra de cocina peruana, nada menos.

Recordamos a Rodolfo Stavenhagen, uno de los

intelectuales más influyentes y discretos de México.

Un texto de Jacques Lafaye. Seguimos impulsando

la lectura de la formidable Elena Garro, esta vez con

la publicación de su Teatro completo, la edición más

cuidada hasta ahora. La autora sigue cosechando

lectores. Pablo Espinosa hace una emotiva y

jarocha presentación de El mar de los deseos. El

Caribe afroamericano, historia y contrapunto, del

reconocido historiador Antonio García de León.

Como muestra del nivel intelectual de nuestros

jóvenes ensayistas literarios, presentamos los

dos textos premiados en el Segundo Concurso

Iberoamericano de Ensayo para Jóvenes 2016.

Nuestra concurrida sección “Trasfondo” publica

el cuento “Bizarro Piano Bar”, aventura de lo

sublime en la prosaica ciudad nocturna. Ah, se

nos olvidaba, hay una reseña sobre La revolución

cósmica de Alan Knight, resumen de su magna obra

La Revolución mexicana.

enero de 2017

© fernando del paso

5 la gaceta


la cocina mexicana de socorro y fernando del paso

Nuestro

Libro

de Cocina

socorro y fernando del paso

Con satisfacción, el anuncia la

publicación de La cocina mexicana

de Socorro y Fernando del Paso, una

delicia en más de un sentido. Contiene

150 recetas de Socorro Gordillo del Paso

con comentarios eruditos e ilustraciones

de su marido, Fernando del Paso.

Presentamos a continuación el prefacio

como una probadita…

6 la gaceta enero de 2017


la cocina mexicana de socorro y fernando del paso

Digo nuestro libro de cocina,

pero en realidad es mucho

más de mi esposa, Socorro,

que mío, ya que de ella son

todas las recetas y todas las

cocinó, absolutamente todas,

cuando vivíamos en París. Yo

me limité a escribir los textos, pero los textos, por

buenos que sean, no se comen. El mérito es, pues,

de ella.

El título original del libro, escrito en Francia para

los franceses, era Douceur et passion de la cuisine

mexicaine —literalmente: Gentileza y pasión de la

cocina mexicana—, porque queríamos hacerle ver

a los franceses que la cocina mexicana no es tan picante

ni tan agresiva como suele creerse.

Por otra parte, les advertimos que la cocina chicana

o texmex, por respetable que sea, no es cocina

mexicana —aunque deriva de ella y en buena

parte hereda su talento— y que el problema es que

esa cocina viaja por el mundo con pasaporte falso,

haciéndose pasar por mexicana.

Por otra parte, para la edición mexicana hemos

agregado cerca de veinticinco recetas, ya

que, aunque en Francia se consiguen muchos ingredientes,

más de los que uno se imagina, no se

consiguen todos.

Aun así, creo que sobra decir que este libro no

es sobre toda la cocina mexicana, que es, como todos

lo sabemos, inabarcable.

Buen apetito y buen provecho.

Socorro y Fernando del Paso

I

El día que duró cuatro siglos

por fernando del paso

En 1492 Cristóbal Colón se tropezó con América.

Colón sabía que el mundo era redondo. Lo que

no sabía es que se iba a encontrar un continente a

la mitad del camino a las Indias.

Este encuentro fortuito fue resultado de una

aventura financiada por los Reyes Católicos Fernando

e Isabel que, de cualquier manera, no obedecía

al deseo de ampliar los horizontes reales e imaginarios

del hombre europeo: sus objetivos tenían

más que ver con el estómago que con el espíritu.

O digamos, mejor, con el paladar.

Todo el mundo conoce —o debería conocer—

la gran importancia que ha tenido, en la historia

de la humanidad, aquello que ha servido para aumentar

o poner de relieve el sabor de nuestros alimentos,

que lo mejora, lo cambia o incluso que lo

disimula u oculta.

No en balde la palabra salario viene de sal.

Tampoco es coincidencia que en francés pagar

al contado se diga pagar en especie, puesto que antes

se pagaba con especias.

Ni que se llame “especies sacramentales” a los

“accidentes de olor, color y sabor” que quedan en

el Sacramento después de la transustanciación del

pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.

A nadie extraña, puesto que las especias eran sagradas:

Toussaint-Samat, en la Histoire naturelle

et morale de la nourriture, nos cuenta que la emperatriz

romana Livia hizo construir un templo

alrededor de un trozo de canela.

Y Janet Long-Solis, autora de un magnífico estudio

sobre la historia del chile, afirma que, en el

siglo xiv, una libra de nuez moscada costaba, en

Alemania, lo mismo que siete bueyes.

En una Europa así, donde se consideraba indispensable

cocinar con gran profusión de especias y

no sólo las ya mencionadas, además de la clásica

pimienta y el codiciado clavo: también con la perfumada

lavanda originaria de los países mediterráneos,

el azafrán que los árabes llevaron a España,

el jengibre que los persas le dieron a los griegos

y el laurel cuyas hojas había que arrancar de la corona

del dios Apolo, en una Europa así, decíamos,

la caída de Constantinopla en manos de los turcos

en 1453, y con ella la clausura del camino más corto

al Oriente, paraíso de las especias, constituyó

una verdadera catástrofe.

Fue entonces cuando Colón propuso llegar a las

Indias por el otro lado del mundo, y se encontró

con América.

América, sin embargo, no resultó rica en especias,

y en ese sentido no tenía mucho que ofrecer

aparte de la vainilla y del chile y sus numerosas

variedades, al que el propio Colón le dio el nombre

de pimiento y sobre el cual el jesuita Joseph de

Acosta, cronista de Indias, escribió que tenía tanto

fuego “que quema al entrar y al salir, también”.

En cambio, América le dio a sus conquistadores,

además del tomate, el maíz, el chocolate y el cacahuate

—originarios de México—, una raíz que

tendría más tarde una enorme difusión en Europa:

la papa, proveniente del Perú.

Las sorpresas que ofrecía este inopinado continente

fueron, desde luego, muchas más que esas

cuantas novedades botánicas: sabemos, gracias al

indio Juan Badiano, traductor al latín del herbario

azteca que hoy se conoce como el Codex Barberini

y se conserva en el Vaticano, y por el doctor Francisco

Hernández, autor de la Historia plantarum

Novae Hispaniae, que, tan sólo en México, los españoles

se encontraron con más de diez mil especies

de plantas desconocidas en Europa.

Entre ellas, las orquídeas más deslumbrantes

—una entre mil, la orquídea negra de la vainilla—,

cientos de plantas medicinales, plantas, incluso,

“homicidas y rencorosas”, como llamaba el costarricense

Cardona Peña a la yerba del alacrán, “plantas

lunares copiosas de leyenda” a las que se agregaban

plantas textiles como el henequén, el árbol del

hule con el que los aztecas fabricaron las primeras

pelotas de la historia y la planta del tabaco, compañero

—durante tantos años en los que éramos más

inocentes y menos puritanos— del placer gastronómico,

plantas que daban esponjas vegetales, y las

decorativas como la tecuitlalxóchitl o flor dorada

de los atardeceres, y el oloroso nardo, la magnolia,

la hermosísima flor de Nochebuena o poinsettia, la

dalia que tanto amaría la emperatriz Josefina (con

ella alfombró los jardines de Malmaison) y el girasol,

que adoptó como símbolo —quién otro podía

ser— Luis XIV, el Rey Sol.

Y por supuesto, arbustos y árboles que daban

las frutas que, con tan buen gusto y tanta frescura,

describe el propio padre Acosta, como la guayaba,

la piña, a la que le hizo el feo el glotón de Carlos V

de Alemania y I de España, las tunas de todos colores

—y entre ellas las rojas, cuyo jugo usaban las

indias para teñirse las mejillas—, la guanábana, el

coco, “de mejor sabor que almendras”, y el mamey,

“que sabe a melocotones y duraznos, o mejor”.

Pero si conocer estas frutas no hizo sino alimentar

el placer del jesuita, enterarse de la existencia

de animales insospechados, unos comestibles,

otros no, como el manatí, confundido tantas

veces con una sirena, la espantable pero dócil y

deliciosa iguana, el raro y exquisito armadillo y la

llama; en fin, el guanaco, el mono araña, el ñandú,

el perro chihuahueño, lo preocupó enormemente,

porque se preguntaba —y le preguntaba a Dios—:

si esos animales no existían del otro lado del mundo,

y por lo tanto no habían formado parte de los

pasajeros del Arca de Noé, ¿cómo es que se habían

salvado del diluvio universal?

Diluvio también, pero de lágrimas, derramó, según

cuenta la leyenda, el conquistador de México,

Hernán Cortés, la noche —desde entonces conocida

como la Noche Triste— en que lloró una de

las derrotas más importantes que le infligieron los

aztecas.

Por la misma razón había llorado, al despedirse

de Granada en el mismo año en que Colón llegó a

la isla de San Salvador, el sultán Abdalá-el Zaquir,

más conocido como Boadbil, y Cortés lo sabía.

No todos los días se pierde un reino. Y Cortés

sintió que se le escapaba de las manos un reino

inmenso donde, a falta de clavo y nuez moscada,

corrían, bajo la tierra, ríos de oro y de plata. Cuando

Felipe II construía El Escorial, otros monarcas

europeos dijeron que no le alcanzaría todo el oro

de España para construirlo. Cuando El Escorial

quedó terminado, Felipe ordenó que en una torrecilla,

a la vista de todos, se colocara un gran trozo

del precioso metal para que todo el mundo se enterara

de que le había sobrado oro. Y así fue, Felipe

tenía razón, y también sus detractores, porque El

Escorial se construyó, qué duda cabe, con la plata

de América.

Cortés sabía, por otra parte, que la grandeza de

una victoria se mide por la grandeza del enemigo

derrotado, y que Moctezuma, amo y señor de

lo que fue entonces para su gloria —y volvió a ser

hoy para su desgracia— la ciudad más grande del

mundo, era un príncipe de rancio abolengo cuya

majestad, fausto y esplendor eran sólo comparables

a los de las grandes dinastías de Europa y del

Oriente. Un rey que, obsesionado por la limpieza

corporal, se lavaba las manos varias veces mientras

comía y se bañaba varias veces al día, y es

por eso que las malas lenguas dicen que mandaba

colocar incensarios frente a sus huéspedes españoles,

no porque los creyera dioses, sino para ahuyentar

la peste: los conquistadores no se lavaban,

y muchas veces, semanas enteras, dormían sin

quitarse las armaduras. Un monarca, y así lo atestiguan,

asombrados, Bernal Díaz del Castillo, fray

Bernardino de Sahagún y otros cronistas —en

cuya mesa se servía, en los días calurosos, nieve

traída de los volcanes nevados, el Popocatépetl y

el Iztaccíhuatl—, que endulzaba con la mejor miel

de abejas del mundo y que contaba entre sus hombres

con un grupo de estafetas de agilidad comparable

a los portadores de las antorchas olímpicas,

que todos los días se encargaban de hacer un recorrido

de quinientos kilómetros desde el Golfo

de México hasta el corazón del Valle de Anáhuac

para que el emperador se deleitara con pescado y

mariscos recién salidos del mar. Un soberano, en

fin, en cuya mesa cotidiana se servían docenas de

faisanes, perdices y codornices, jabalíes y patos

salvajes, liebres y conejos, “y muchas maneras de

aves y cosas que se crían en esta tierra, que son

tantas que no acabaré de nombrar tan presto”, nos

cuenta Bernal Díaz del Castillo, el cual, habiendo

ya contemplado en lo que era también el mercado

más grande del mundo, el tianguis de Tlatelolco,

todas las frutas mencionadas por el padre Acosta

y otras muchas como la papaya y el plátano, además

de otras hasta la fecha desconocidas en Europa,

como el nanche, y el zapote prieto, el guamúchil,

la pitahaya, el tejocote, el garambullo y el

caimito, agrega: “y fruta infinita”.

El historiador mexicano Arnáiz y Freg decía,

mitad en broma, mitad en serio, que la conquista

de México la hicieron los indios, y la independencia,

los españoles. En efecto, a principios del siglo

xix los criollos —así se llamaba en América a los

hijos y a los hijos de los hijos de españoles que

pensaban, hablaban y actuaban como españoles—,

por razones económicas, para liberarse del dominio

de la metrópoli y aprovechando la invasión de

España por las tropas napoleónicas, promovieron

la independencia de México con la idea de ofrecerle

el trono de la nueva nación a Fernando VII, el

Deseado.

Y fueron los indios tlaxcaltecas, enemigos de

los aztecas, los que ofrecieron a Cortés la ayuda

gracias a la cual, en gran parte, pudo conquistar el

imperio de Moctezuma Xocoyotzin y doblegar a la

Gran Tenochtitlán.

Porque a la Noche Triste siguió, tras la victoria

de Otumba y la llegada de refuerzos desde La Habana,

el triunfo total de Cortés, y con él despuntó

un día que duró cuatro siglos: en todo ese largo

tiempo y hasta que, en 1901, Cuba se transformó

prácticamente en un protectorado norteamericano

en el reino de España jamás se puso el sol.

Durante esos cuatro siglos —en realidad tres en

lo que a México concierne: 1521-1821— se fraguó

uno de los mestizajes más fecundos de la historia

cuyos frutos mayores, entre los más suculentos y

deliciosos, se dieron en el campo de las artesanías,

el folclor y el arte culinario —también, y a largo

plazo, en la arquitectura y las artes plásticas—.

Pero en ninguna parte el resultado fue tan rápido,

sorprendente y definitivo como en la cocina: a diferencia

de los peregrinos del Mayflower, colonizadores

del norte de los Estados Unidos que llegaron

con esposas, hijas y hermanas que les hacían

la comida y que trasplantaron la cocina europea

a América, los españoles llegaron solos, sin mujeres.

Por necesidad, se aparearon con las indias.

Luego se casaron con ellas. Después, aprendieron

a amarlas. Por necesidad, también, comieron lo

que ellas les guisaban. Luego, se acostumbraron a

la comida. Después, aprendieron también a amarla,

y fue así como los criollos de la Nueva España

en algo sí que muy pronto dejaron de ser españoles:

en la forma de comer.

Desde luego, el verdadero y profundo mestizaje

culinario comenzó cuando, muy pronto también,

les tocó a los indios descubrir a su vez los

prodigios y monstruos benévolos que llegaron en

los barcos españoles: el trigo, el arroz, las lentejas,

la naranja solar, la lechuga de holanes verdes,

la zanahoria, la coliflor con sus sesos al aire, la

caña de azúcar y docenas más de plantas y frutas

comestibles así como, entre los animales, la vaca

de grandes tetas, la gallina que ponía huevos con

yemas de oro, el borrego, el puerco mucho menos

puerco y mucho más precioso de lo que su nombre

parecía indicar y, aparte del fabuloso caballo, en

último caso también comestible, otras numerosas

bestias que nunca se hubieran subido al Arca de

Noé si al Creador se le ocurre que Noé naciera en

América. •

enero de 2017

© josé hernández-claire

la gaceta 7


El teatro

de Elena Garro:

Ave Fénix de los

ingenios

La obra de Elena Garro sigue

ganando lectores, sobre todo

en las nuevas generaciones. A

continuación publicamos el texto de

presentación de su Teatro completo

( ) en la Guadalajara 2016

por el editor responsable, la edición

más cuidada hasta ahora, motivo

de orgullo para esta casa.

álvaro álvarez delgado

La noche del 19 de julio de 1957,

al correrse el telón del teatro El

Caballito, en la ahora Ciudad de

México, el público asistente al

cuarto programa del grupo Poesía

en Voz Alta ve una mesa con

tres personajes sentados alrededor:

don Fernando de las Siete y Cinco, Titina y

Polito, todos vestidos de negro. Sólo don Fernando

come, mientras Titina y Polito se dedican a mirar

sus respectivos platos. “Las siete y siete y apenas

han servido la sopa de poros. Sopa de poros: lunes.

Lunes y mis mancuernillas checoeslovacas no

aparecen”, dice de pronto don Fernando, a lo que

Titina contesta: “Sí, hay alguien que hace aparecer

y desaparecer las cosas. ¿Verdad, Polito?”, y el

niño responde: “Sí, mamá. Las mancuernillas son

como los lunes, que aparecen y desaparecen”. Con

este cuadro de “Andarse por las ramas” Elena Garro

irrumpe en la escena teatral de México.

Por eso, cuando la Universidad Veracruzana

publica su primer libro, Un hogar sólido, el 29 de

noviembre de 1958, en la injustamente olvidada

Colección Ficción (creada y dirigida por Sergio

Galindo), ya había toda una historia detrás de ese

libro color verde con una calavera negra en la portada

y 149 páginas, seis piezas teatrales y cuatro

ilustraciones de Juan Soriano. Esa historia no era

sino el principio de una trayectoria cuya relevancia

y trascendencia quedan afortunadamente en el

porvenir.

El legado teatral de Elena Garro está constituido

por 16 piezas teatrales. Doce en un acto y cuatro

en tres actos, que son las que presentamos esta

noche en el Teatro completo de Elena Garro, como

resultado del afortunado encuentro de varias personas,

a quienes me gustaría externar mi particular

agradecimiento: Víctor Manuel Pazarín, Juan

Carlos Flores, Marcela Magdaleno, Jesús Garro,

Raquel Steinmann, Adriana Romero, Eduardo

Matías y Teresa Ramírez. Gracias a la labor de todos

ellos tenemos la que, hasta ahora, es la mejor

y más completa edición del teatro de Elena Garro.

Para comprender la importancia de este hecho es

necesario explicar un poco la historia.

Debido quizás a la celeridad con que Elena Garro

escribió sus seis primeras piezas publicadas,

la edición de 1958 de Un hogar sólido tal vez sea

la más cuidada de todas las que se habían presentado

hasta ahora. A partir de su aparición y hasta

el año 2005, cuando se publica Parada San Ángel,

la mayor parte del teatro garriano se había ido publicando

esporádicamente en La Palabra y el Hombre,

en la revista Tramoya (ambas de la Editorial

de la Universidad Veracruzana, lo más cercano a

un hogar sólido para la obra de Elena Garro), en

la Revista de la Universidad de México, en la Revista

Mexicana de Literatura… o en publicaciones

más discretas y modestas, cuya localización fue

una verdadera odisea, la revista Coatl y la Revista

de la Escuela de Arte Teatral, donde se publicaron

las primeras versiones, nada más y nada menos

que de Felipe Ángeles y de La dama boba… por no

hablar de algunas antologías donde se incluyeron

algunas piezas… y aquí comienzan los problemas

de edición.

En 1983 la Editorial de la Universidad Veracruzana

publicó la segunda edición de Un hogar sólido

sin indicar que era una nueva edición en la que se

agregaban seis piezas a la de 1958, y sin explicar

por qué se incluían unas y se excluían otras, como

La señora en su balcón (publicada originalmente

en La Palabra y el Hombre) y Felipe Ángeles, que

ya había sido editada por la unam en 1978 (Parada

San Ángel y Sócrates y los gatos no habían sido

dadas a conocer en ese momento)… y esta edición

de 1983, en la que se basaron las posteriores, tenía

varias erratas y variantes que ponían los pelos de

punta. El duende de las erratas, no aquel enigmático

personaje de gorro rojo del cuento de La semana

de colores, se lució haciendo de las suyas. En

seguida menciono algunos ejemplos, sólo algunos…

En la primera edición de Un hogar sólido, ante

la inminente llegada de “alguien” a la cripta, Gertrudis

manifiesta extrañeza por la falta de un hueso:

“¡Pero mamá, no seas injusta! ¡Es el fémur de

Clemente!”, expresión que en 1983 cambia a “¡Pero

mamá, no seas injusta! ¡Es el futuro de Clemente!”

En La dama boba el presidente municipal de Coapa

dice que en ese lugar no son “mañosos”, palabra

que en 1983 es transformada en “mafiosos”. Algunas

palabras características del interés de Elena

Garro por el habla popular son modificadas por

un afán hiper corrector… Además, las ilustraciones

de Juan Soriano fueron cambiadas de lugar…

Tan mala fortuna habían tenido las ediciones del

teatro de Garro que incluso la de Felipe Ángeles

por la unam hace que los testigos en el juicio se

escondan detrás de las “lámparas”, no detrás de

las “mamparas”, como dice el texto originalmente

publicado en Coatl. Todos los errores de este tipo

son enmendados en la presente edición mediante

el cotejo de cada una de las obras con todas sus

ediciones anteriores en revistas y en libros…

Dos de los primeros lectores críticos de la obra

de Elena Garro lograron condensar e incluso vislumbrar

los parajes donde habría de situarse toda

la producción de nuestra escritora. Hablo de Juan

García Ponce 1 y de Emma Susana Speratti Piñero 2

(la académica argentina a quien tanto le deben las

letras latinoamericanas). García Ponce aprecia en

la naciente obra de Garro el enfrentamiento de la

razón y la poesía, de la alegría y el sentimentalismo,

de la amabilidad y la amargura, y destaca la

necesidad de aprender a creer en los imposibles.

Ve en el teatro de Elena Garro una gran preocupación

por poner en letras su visión de la inestabili-

dad de la realidad, la falta de un sentido definido

de las cosas, la fascinación por el tiempo y nuestra

relación con él, y subraya la soledad como el punto

central de su propuesta dramatúrgica. Por su par-

te, Susana Speratti Piñero ve la aparición de Un

hogar sólido como un milagro que puede ocurrir

muy de vez en cuando y ve en ella la continuación

de una tradición que va desde Valle-Inclán hasta

el teatro breve de Federico García Lorca, pasando

por Apollinaire y Ionesco, el teatro clásico griego,

las narraciones orales del folclor europeo, el teatro

del Siglo de Oro español… todo ello para enmarcar

lo que considera la preocupación central del teatro

de Elena Garro: “mostrar que tras la realidad de

todos los días —o mejor, en ella misma— hay otra

realidad infinitamente más rica”.

Las letras de Elena Garro llamaron la atención

desde un principio del público gustoso del teatro, de

los lectores de suplementos culturales y de quienes

gustan de las obras que hacen pensar, que incomodan

por su sinceridad y valentía, que interesan por

la calidad de su manufactura y que hechizan por la

poesía que palpita o, mejor dicho, titila en ellas como

un puñado de estrellas en la noche de los tiempos.

“Algo” tiene la escritura de Elena Garro que no pasa

fácilmente desapercibida. Tiene las propiedades del

licor: embriaga en una primera lectura y destila sus

aromas a través del tiempo. Largamente opacada

por diversos asuntos que tienen que ver con todo,

menos con la literatura, la obra de Elena Garro,

como si de un Ave Fénix de los ingenios se tratara,

comienza a resurgir ante los lectores de las nuevas

generaciones, a quienes el único consejo que se les

puede dar es acercarse a este universo sin prejuicios

y con la visión de la inocencia. Ciertamente, la

escritura de Garro no es sencilla pero una vez que

se le entiende aparece como un claro en el bosque,

una fuente de libertad y poesía. •

1 Juan García Ponce: “Poesía en voz alta”, Revista de la Universidad

de México, vol. XI, núm. 12, agosto de 1957, pp. 29, 30 y 32.

2 Emma Susana Speratti Piñero, “El teatro breve de Elena

Garro”, Revista de la Facultad de Humanidades [uaslp], tomo II,

núms. 3-4, julio-diciembre de 1960, pp. 333-341.

8 la gaceta archivo fce

enero de 2017


Arraigo y vigor

de la ciencia

en cinco tiempos

A propósito de la reedición

de La ciencia en la historia de

México de Eli de Gortari, presentamos

un resumen de sus ideas y una

evaluación crítica de su enfoque.

walter beller taboada

El l profesor Eli de Gortari lanzó

una voluta de humo de cigarro

y narró: “Busqué al licenciado

[Vicente] Lombardo Toledano

y le externé mi intención de

hacer una lógica dialéctica. Me

respondió que no era necesaria,

pues bastaba con el libro de [Porfirio] Parra

[Nuevo sistema de lógica inductiva y deductiva,

1903]. Pero me dijo que me entregaría una traducción

de un par de artículos sobre el tema escritos

por Henri Lefebvre [publicados en 1946]. Continué,

sin embargo, con mi empeño y así nació la Introducción

a la lógica dialéctica [fce 1ª edición,

1956; 4ª edición —definitiva—, 1971]”. Eli de Gortari

evocaba estos recuerdos en la biblioteca en su

casa en Coyoacán. Sus palabras estaban enmarcadas

por libreros desbordados de libros y por dos

espléndidas fotografías de tamaño natural de dos

mujeres desnudas, una blanca y otra negra, colocadas

en el techo.

Ese libro fue el primero en hacer un tratamiento

explícito de la lógica dialéctica materialista,

acorde con la ortodoxia marxista, y el primero publicado

en ruso el año de 1959. Luego, entre 1960 y

1966, serían publicados los de M. M. Rosental, M.

N. Alexéiev y P. V. Kopnin en la URSS. La visión

y versión de la lógica dialéctica le trajeron a De

Gortari tanto críticas despiadadas como elogios

muníficos en el mundo universitario mexicano y

latinoamericano.

El texto muestra el talante de nuestro filósofo:

siempre esforzándose por abrir nuevas perspectivas

y campos de investigación, por más controvertidos

que pudieran parecer —o incluso por eso

mismo—. Además, refleja su tesón, laboriosidad y

conocimiento de las cuestiones científicas. En su

concepción, la lógica es la disciplina filosófica que

estudia el devenir del pensamiento y los métodos

de la investigación científica en los ámbitos formal

y dialéctico. La lógica formal analizaría las reglas

necesarias para formular razonamientos correctos.

La lógica dialéctica explicaría el desarrollo

evolutivo del pensamiento científico, mostrando

las transformaciones de las reglas y los principios

del conocimiento. La ciencia, además, sólo puede

entenderse en relación con el desarrollo histórico

de la sociedad en su conjunto.

La verdad, siempre concreta

La investigación científica tiene un carácter limitado

porque depende de las situaciones que le dieron

origen. Sin embargo, su horizonte se ensancha con

el avance mismo del conocimiento. Por tanto, su

análisis debe poner atención tanto a las fronteras

como a las posibilidades históricas del saber en diversas

etapas. Así pues, mientras la Introducción

a la lógica dialéctica estudia los fundamentos del

pensamiento científico, La ciencia en la historia

de México (editada por primera vez en 1963) es su

enero de 2017 © köhler's medizinal-pflanzen

la gaceta 9


arraigo y vigor de la ciencia en cinco tiempo

contraparte histórica. Ambas son el soporte de un

programa de investigación sobre el método. Con la

publicación de la segunda edición de esta obra por el

Fondo de Cultura Económica tenemos acceso a una

investigación monumental que busca comprobar

cinco tesis dialécticamente integradas:

1) Que la ciencia es un factor de la historia, razón

por la cual no podemos entender el desarrollo

de las ideas y las realizaciones de la ciencia y de

la tecnología si no conocemos la historia que las

hizo posibles.

2) Que la ciencia, además de ser un factor de la historia,

es un componente esencial de la cultura,

la cual no podríamos comprender cabalmente

sin advertir que los procesos científicos están

entrelazados y recíprocamente condicionados

con situaciones económicas, políticas, sociales

concretas, realidades que caracterizan a nuestra

cultura contemporánea.

3) Que el conocimiento de las tendencias, posibilidades

y limitaciones de la historia de la ciencia

puede contribuir a mejorar nuestras investigaciones

debido a que las hipótesis son formuladas

por continuidad, similitud, analogía o en contraposición

con ideas del presente y el pasado.

4) Que la historia de la ciencia desempeña un papel

fundamental en el aprendizaje de las ciencias,

pues nos previene contra el dogmatismo (“las

cosas siempre han sido así”) al puntualizar que

las conquistas del conocimiento son producto

de procesos que implican correcciones, ampliaciones

y mejoras del saber; no hay, por ende,

verdades eternas.

5) Que la ciencia en la historia de México comprende

cinco momentos: la ciencia indígena,

el contacto y la influencia mutua de culturas

indígena-española, la introducción de la ciencia

moderna, el motor de la reforma liberal y el desarrollo

del positivismo, y, por último, el periodo

posrevolucionario y contemporáneo.

La praxis y las revoluciones antropológicas

La ciencia en la historia de México muestra una

gama de factores que pudieron dar surgimiento

a la cultura humana, base material de la ciencia.

En este contexto aborda los orígenes del hombre

americano y conjetura cómo se habría dado el surgimiento

de la escritura, la creación de los procedimientos

de cálculo elemental y la construcción

de los instrumentos y las herramientas. Sus interpretaciones

corresponden obviamente al nivel de

conocimientos de la época. Para dar cuenta de los

datos arqueológicos se apoya en definiciones de arqueólogos

de orientación marxista de las décadas

de los treinta y cuarenta del siglo xx. Por ejemplo,

usa el concepto revolución neolítica (del arqueólogo

británico Gordon Childe, cuyo libro, Los orígenes

de la civilización, fue traducido al español

por el propio De Gortari en 1954 para el Fondo de

Cultura Económica). La revolución neolítica sería

el tránsito de la vida nómada a la vida sedentaria

y comprendería el cambio de una economía recolectora

(caza, pesca y recolección) a una economía

productora (agricultura y ganadería). Con base en

investigaciones de destacados antropólogos mexicanos,

De Gortari hipotetiza cómo se habría dado

la revolución urbana en América (otro término de

Gordon Childe), que habría resultado, por un lado,

de la acumulación laboriosa de un conjunto de conocimientos

científicos (topológicos, geológicos,

astronómicos, químicos, zoológicos y botánicos)

y, por el otro, de experiencias en la agricultura y

las artesanías.

La escritura de los mayas

y el español como lengua científica

De Gortari da un paso más en el examen histórico

al abordar la “ciencia indígena”. Expone los principales

descubrimientos científicos de los mayas y

puntualiza, por ejemplo, que el método de numeración,

perfeccionado por los mayas, ofrece novedades

únicas: “fue elaborado inicialmente por los olmecas

de La Venta, esto es, un millar de años antes

de que cualquier otro pueblo del mundo contara

con un sistema análogo”. Destaca su exposición de

la cultura maya, que incluye una explicación muy

didáctica del cálculo aritmético de aquellos pueblos

prehispánicos. Entre las hazañas científicas

sobresalientes están el sistema vigesimal de numeración

y su respectiva notación simbólica (utilizada

en la astronomía y el comercio); la invención

y uso del número cero (concebido ocho siglos antes

de que los científicos de la India realizaran el

mismo descubrimiento de manera independiente),

así como la fabricación del papel (amatl), a base de

fibras de la corteza de varios amates y, en algunos

casos, de fibras de maguey, y el portentoso calendario

anual derivado de agudas observaciones astronómicas.

El análisis de la ciencia española inicia con

una reflexión sobre los orígenes del castellano y

su evolución. Al respecto De Gortari advierte: “el

hecho de que la ciencia española fuera expresada

precisamente en castellano es algo que la destaca

peculiarmente dentro de su época”. Antes de

ello, como es sabido, el latín era el idioma universal

de la ciencia. “Por tanto, la adopción del

español para la expresión culta fue fruto de una

temprana madurez de la burguesía española y

un síntoma de la integración de la nacionalidad,

o sea, una característica distintiva de la modernidad

[…] porque en el desarrollo histórico de la

cultura, el hecho de servirse de la lengua popular

para el trabajo científico es algo que representa

una etapa más desarrollada.”

El descubrimiento de América

y la hispanidad

Sobre el descubrimiento de América por los europeos,

De Gortari se propone superar las descripciones

anecdóticas, adentrándose en el análisis de

las condiciones científicas y sociales que hicieron

posible esa aventura. Astronomía, tecnología, y

desde luego, matemáticas, fueron los puntales de

un evento que cambió el rumbo de la humanidad.

La ciencia en la historia

de México muestra una

gama de factores que

pudieron dar surgimiento

a la cultura humana, base

material de la ciencia. En

este contexto aborda los

orígenes del hombre

americano y conjetura

cómo se habría dado el

surgimiento de la

escritura, la creación de

los procedimientos de

cálculo elemental y la

construcción de los

instrumentos y las

herramientas.

Igualmente, examina las consecuencias inmediatas

de todo ello: el conjunto de los viajes de exploración

“aportó el conocimiento irrefutable de que

nuestro planeta es un cuerpo aislado, que puede

recorrerse en todas direcciones en un mismo sentido

acabando por regresar al punto de partida y,

que, por consiguiente, no se encuentra sumergido

ni tampoco está sostenido, como lo representaban

las creencias antiguas”.

En cuanto al periodo de la Colonia, De Gortari

subraya la influencia recíproca de las culturas.

Por lo que hace al continente europeo, resalta la

incorporación de los saberes del medio oriente y,

por lo que hace a la Nueva España, destaca el influjo

recíproco de los saberes indígenas y españoles

que se dio en muchos terrenos, englobando los

conocimientos agrícolas, botánicos y de medicina,

además de las palabras de origen indígena. Describe

el nacimiento de diversas instituciones educativas,

como el Real y Primitivo Colegio de San

Nicolás Obispo, fundado por Vasco de Quiroga en

Pátzcuaro en 1540, la institución de enseñanza superior

más antigua del continente americano. Ninguna

organización permanece indiferente al cambio

y es por ello que las instituciones educativas

fueron progresivamente recibiendo la influencia

de la modernidad.

La historia poscolonial es dividida por De Gortari

en tres etapas. La primera es efecto de la filosofía

y de la ciencia de los siglos xvi y xvii, con dos

características que se prolongan hasta los inicios

del siglo xix: independencia de la teología y una

concepción del universo apoyada en bases comprobables

por medio del experimento y el desarrollo

de explicaciones racionales de los procesos.

La segunda etapa abarca acontecimientos como

la Revolución francesa y la Revolución industrial,

dando pie al caudal influyente del positivismo en

México. La tercera etapa corresponde a la era posrevolucionaria

y llega hasta la segunda mitad del

siglo xx.

La Guerra de Reforma

y la Revolución mexicana

De Gortari recalca que México “fue el único país

de la América española donde los separatistas

criollos no pudieron evitar la participación de los

campesinos indígenas, mestizos y mulatos en la

lucha por la independencia nacional”. Con la Reforma

liberal se abre un capítulo novedoso de la

historia de la ciencia y de la sociedad mexicana.

De Gortari había estudiado esta etapa en La ciencia

en la Reforma (1957), escrita en ocasión del

centenario de la Constitución de 1857. En aquella

etapa cambió el carácter de la investigación con

enfoques científicos que sustituyeron los muros

de la escolástica. La culminación se alcanzará con

el positivismo mexicano. En cuanto a esto, De Gortari

distingue dos momentos: uno de ascenso positivista

luminoso, bajo el impulso del movimiento

de Reforma, y otro de esclerosis científica y educativa,

de caída en la especulación idealista, durante

la época del dictador Díaz.

Para examinar la etapa posrevolucionaria y contemporánea,

De Gortari se apega a los lineamientos

del historiador comunista irlandés John D. Bernal

(cuyos libros, La ciencia en la historia y La ciencia

en nuestro tiempo, editados en 1959 y 1960,

fueron traducidos por el propio De Gortari). Entre

otras tesis, De Gortari defiende la posición de que

un Estado nacionalista y popular es el mejor incentivo

para la ciencia, la educación y la cultura. Según

este enfoque, la confianza que los campesinos y los

trabajadores industriales pusieron en sus propias

obras para construir un México independiente, mejor

y más equitativo, se comunica a los científicos,

al tiempo que los gobiernos revolucionarios harían

esfuerzos por llevar la enseñanza elemental a las

comunidades menos desarrolladas y abrían las

puertas de las universidades a los jóvenes de escasos

recursos.

Problemas de la historia

de la ciencia en México

Un primer problema de la historia de la ciencia en

México es el material mismo del estudio. Según De

Gortari, desde la época en que los antiguos mexicanos

quedaron sometidos al colonialismo español

las contribuciones nacionales a la ciencia han

sido muy escasas y muy poco conocidas en otras

latitudes. Un segundo problema es el enfoque de

la selección e interpretación de los datos históricos.

Después de La estructura de las revoluciones

científicas de Thomas S. Kuhn (fce, 1ª ed., 1971)

sería ingenuo suponer la posibilidad de una reconstrucción

histórica “neutral” de la ciencia. De

Gortari realizó la suya con base en modelos derivados

de cierta orientación marxista. Pero eso

sólo delimita su enfoque, no lo hace mejor ni peor

que otros puntos de vista.

Ciertamente, su perspectiva supone que el conocimiento

científico tiene una continuidad lineal,

sin rupturas, ya que lo define como orientado

por una dialéctica en la que cada innovación está

vinculada de manera orgánica a ideas previas. Un

tercer problema es la definición misma de su objeto

de investigación que deja de lado los mitos,

la magia y la religión, que por mucho tiempo se

combinaron con las ideas científicas. Por último,

aunque es inevitable que las obras históricas envejezcan,

La ciencia en la historia de México es

un conjunto de puntos de partida que permiten

renovadas interpretaciones. Apuntemos uno: en

la actualidad contamos con abundantes conocimientos

derivados de las neurociencias, los cuales

permiten replantear muchos indicios y datos de la

evolución del saber y de la formación de las organizaciones

sociales. Como sea, el libro escrito por

Eli de Gortari es un capítulo del materialismo dialéctico

en México y eso tiene un valor histórico en

sí mismo. •

10 la gaceta enero de 2017


La Revolución mexicana:

un jonrón histórico

Contra la mayoría de las corrientes historiográficas

actuales, el autor sostiene que la Revolución mexicana

es un fenómeno coherente que merece un lugar

en el panteón de las grandes revoluciones. Hoy es

posible tener una visión general de ella, si bien muy

matizada por las diferencias regionales, sectoriales,

individuales y culturales.

ramón cota meza

La presente colección de ensayos

retoma la narración y los

temas principales de La revolución

mexicana del mismo autor

(fce, 2010; Grijalbo, 1996), en

diálogo crítico con las diversas

corrientes de interpretación del

fenómeno en los últimos 40 años. Knight mantiene

con solvencia su interpretación general de la

Revolución mexicana como fenómeno coherente y

unidad de análisis histórico válido, sin descuidar

la enorme diversidad regional, sectorial y de actores

y los avatares del proceso mismo. En palabras

de Javier Garciadiego, La Revolución mexicana de

Alan Knight es “la más importante historia general…

Puede decirse que es un libro ya clásico sobre

el tema”.

El título La revolución cósmica podría prestarse

a equívocos, pero se trata, en palabras del

autor, de un “concepto literario caprichoso” que

hace eco juguetón del concepto “la raza cósmica”

de José Vasconcelos. Así como para Vasconcelos el

mexicano es un “ser híbrido”, para Knight la Revolución

mexicana es un fenómeno híbrido también,

con elementos de otras grandes revoluciones entretejidos

en un tapiz nacional propio y vivo. Por

su originalidad y sus consecuencias, la Revolución

mexicana pertenece al selecto club de las grandes

revoluciones: la inglesa, la francesa, la rusa, la china,

la boliviana y la cubana.

El tema principal del libro es responder la debatida

cuestión de si la Revolución mexicana fue

un éxito o un fracaso. Las palabras éxito y fracaso

pertenecen al vocabulario de la historia, porque la

historia tiene que ver con seres que buscan metas

conscientes (Marc Bloch). En sentido “técnico”, la

Revolución mexicana es para Alan Knight un éxito

porque derrotó a la contrarrevolución y sobrevivió.

Desde el punto de vista “normativo” (logros y

fracasos respecto de ciertos criterios) también lo

fue porque pudo introducir las grandes reformas

que se propuso. Los grandes ganadores fueron los

sonorenses porque dominaron el proceso y crearon

el nuevo estado: se anotaron un “jonrón histórico”.

La gran troika de Obregón, Calles y Cárdenas

fue un equipo de talento sin par.

Hay evidencia dura y suficiente para mostrar

que el país cambió radicalmente debido a la Revolución.

El cambio fue político, económico, social y,

en cierta medida, cultural, sin ser uniforme, más

bien variable por regiones, por comunidades y por

sectores. El cambio político consistió en el paso de

un sistema oligárquico y personalista a otro más

popular y populista, basado en organizaciones masivas.

No fue un cambio democrático en el sentido

clásico, liberal, representativo, pero abrió cauces

a la participación popular en sentido progresista.

El populismo no fue arbitrario sino “rutinizado” o

institucional.

La Revolución mexicana inició como un proceso

liberal democrático en 1910, cuya derrota por

la contrarrevolución en 1913 instaló en los revolucionarios

la convicción de no cometer el error de

Madero. De acuerdo con Knight, el proyecto maderista

no fracasó porque el pueblo mexicano fuera

adverso a la democracia. Hay evidencia suficiente

de gran participación electoral desde la época de

Díaz. El fracaso de Madero no debe buscarse en

la maldición antidemocrática de los tlatoanis y los

virreyes, sino en la intención de introducir la democracia

en el contexto adverso de una sociedad

tensa y polarizada por huelgas, toma de tierras,

rebeliones, bandidaje y motines urbanos.

Para no repetir el error de Madero, los revolucionarios,

a partir del triunfo armado en 1920,

comenzaron a crear un Estado centralizado que

mantuvo los principios liberales y democráticos

en la letra, pero que en la práctica impuso un régimen

de tintes autoritarios basado en una maquinaria

de clientelismo controlado y caciquil.

No obstante, la transformación del país fue real.

Los campesinos consiguieron sus tierras aunque

no todos en la forma deseada. La dinámica agrarista

empezó como proceso autónomo desde abajo,

pero a medida que el Estado se fue consolidando,

el reparto de la tierra se volvió un proceso centralizado,

sujeto a cálculos de poder y con desviaciones

como la introducción del ejido colectivo. Pero

no derivó en una solución totalitaria estilo soviético.

El nivel de vida de los campesinos aumentó,

aunque no de manera uniforme.

La Revolución no produjo al movimiento obrero,

pues éste venía manifestándose constantemente

desde el Porfiriato, pero le permitió crecer, organizarse

y expresar sus demandas hasta el punto

en que hubo una suerte de colonización obrera del

Estado. A fines de la década de 1920, casi la totalidad

de la clase obrera estaba sindicalizada y sus

líderes ejercieron gran influencia en las decisiones

del gobierno. Las tendencias anarquistas fueron

neutralizadas o marginadas hasta su extinción.

Con altas y bajas, el poder adquisitivo de la clase

obrera aumentó.

La Revolución se apoyó en el crecimiento capitalista,

pero con fuerte intervención del Estado y

canalización política de la presión popular. El buen

sentido capitalista de Calles se mostró en la manera

en que contrarrestó los efectos de la Gran Depresión

con medidas anticíclicas. La relación del Estado

con varias empresas extranjeras fue inestable,

mas no por hostilidad ideológica de los revolucionarios

sino por las circunstancias económicas mismas.

La nacionalización del petróleo no fue un acto

arbitrario, sino que atendió a una fuerte presión

obrera en una coyuntura internacional propicia.

En suma, la Revolución fue un movimiento social

amplio, no una estrecha lucha por el poder de

líderes corruptos y ambiciosos. Su muerte por mil

cuchillazos revisionistas ha sido muy exagerada.

Fue una verdadera revolución que merece su lugar

en el gran panteón de las revoluciones, tanto por

los hechos revolucionarios mismos como por sus

radicales consecuencias en el periodo 1920-1940.

No originó una transformación total y holística

como la que pretendieron impulsar las revoluciones

rusa, china y cubana, sino una suerte de ingeniería

social radical. El totalitarismo tipo europeo

no apareció ni como tentación.

La Revolución terminó en 1940 en el sentido de

que las tendencias radicales fueron eliminadas;

pero el cambio desarrollista trazado por Obregón

y Calles continuó, si bien en forma mucho más gradual.

Se formó una clase media y una configuración

política estable en el contexto macropolítico

de la Guerra Fría.

A diferencia de muchos historiadores contemporáneos

que se han dedicado a estudiar regiones,

episodios, procesos y personajes específicos de la

Revolución, Knight mantiene una perspectiva general,

aunque muy matizada. La Revolución mexicana

no es para él un monolito sino un mosaico en

el que, no obstante, se pueden discernir patrones y

estructuras. Podemos respetar a los historiadores

de aspectos particulares de la Revolución y nutrirnos

de sus hallazgos, pero no necesariamente renunciar

a las explicaciones generales.

Los giros interpretativos hacia la “historia de

barro” (los de abajo) y luego hacia aspectos regionales

y particulares de la Revolución son producto

de la historia misma. Los nefastos sucesos de

1968, 1971, 1976 y 1982 fueron vistos como resultado

de un pecado original del movimiento. Los

historiadores sintieron la responsabilidad de exponer

cuándo y cómo había ocurrido la caída del

hombre revolucionario. El énfasis en la historia de

barro puede verse como una respuesta al agotamiento

de la retórica revolucionaria oficial. Resultó

entonces que la Revolución mexicana había sido

más variada y complicada que la imagen oficial

heredada. Los grandes caudillos de la historia

de bronce eran menos nobles e importantes. Las

metas revolucionarias habían sido mixtas y hasta

contradictorias. Los logros habían sido parciales y

hasta negativos.

De todas las corrientes revisionistas, la más importante

es la historia local y regional, que hizo

pedazos la interpretación de la Revolución como

proceso nacional monolítico. Luego vino el segundo

giro interpretativo, éste enfocado en la historia

cultural (etnicidad, género, tradiciones). Los rebeldes

campesinos resultaron sujetos con ideas e

identidad propias. Nada de esto hubiera sido posible

sin la proliferación de los centros de estudio o,

la apertura de archivos locales y el mejoramiento

de su gestión a partir de la década de 1970. Como

es obvio, esto fue resultado de la acción misma del

Estado y de su compromiso con la educación, una

de las metas de la Revolución.

Con el paso del tiempo podemos tener una visión

más sobria, matizada y objetiva de la Revolución

mexicana y considerarla como hecho histórico,

no como reliquia nacional ni como objeto de

disputa ideológica. Sus procesos son vistos ahora

como mucho más fluidos y fragmentados. No obstante

esta complejidad, el fenómeno presenta patrones

coherentes.

Hoy predomina una suerte de perspectiva posrrevisionista

que mantiene la crítica a la historia

oficial, la preocupación por los de abajo (subalternos)

y los de afuera (provincia) y el reconocimiento

de los factores culturales. Los actores tienen

motivos diversos y el Estado se ve ahora más limitado

que el Leviatán alguna vez imaginado. Hay

un tornasol de varias interpretaciones en juego: la

que reconoce a un Estado poderoso pero popular,

progresista y benefactor (herencia de la historia

oficial), la que ve un Estado poderoso pero autoritario

y opresor y la que ve a un Estado no tan poderoso,

más variable a través del tiempo, y capaz

tanto de opresión como de reforma. Con el paso

del tiempo y la transformación política, la historia

mexicana se encuentra menos politizada y el maniqueísmo

histórico se ha esfumado. Al respecto,

se puede comparar la conmemoración de los 50

años de la Revolución en 1960 (véase México: cincuenta

años de revolución, fce, México, 1960) con

la de los 100 años en 2010, presidida por el gobierno

de un partido que nació como reacción contra

la Revolución.

En conclusión, para Knight no hay espacio para

una nueva interpretación general de la Revolución

mexicana, pero quedan muchos aspectos por explorar

y cabos por atar, los cuales podrán ser integrados

al cuadro general para darle más coherencia

pero también más heterogeneidad. Respecto

de la Revolución mexicana no podemos escapar al

lugar común: “Muchos Méxicos, muchas revoluciones”.


La revolución cósmica. Utopías, regiones y

resultados, México 1910-1940, Alan Knight,

México: fce, 2015, 196 pp.

enero de 2017 la gaceta 11


Una vida

comprometida:

Rodolfo Stavenhagen

(1932-2016)

Pocos intelectuales mexicanos tan discretos

e influyentes como Rodolfo Stavenhagen,

fallecido en noviembre de 2016. Presentamos

la remembranza de su amigo y cofrade Jacques

Lafaye, autor de Quetzalcóatl y Guadalupe,

Los conquistadores y otras obras

sobresalientes de esta casa editorial.

jacques lafaye

Una vida, vida intelectual en particular,

es fruto de una experiencia

vital modelada por influencias

personales y es típica

de un fenómeno generacional,

como lo percibió Ortega y Gasset.

Si se enfoca de esta manera

la vida de Rodolfo, se imponen unos datos masivos:

fue un “niño de la Guerra”, se entiende que de la

segunda Guerra Mundial en Europa; que esto fuera

traumático lo puedo atestiguar por ser niño europeo

de la misma generación. Como él, yo salí al

éxodo en 1940, no por mar sino por tierra, bombardeado

y ametrallado por la fuerza aérea del Tercer

Reich. Pero pude regresar a mi casa, intacta, tres

meses más tarde; Rodolfo regresó a Fráncfort muchos

decenios después, invitado a dictar una conferencia

en la Universidad. Por si fuera poco todo

lo anterior, no nos olvidemos de que Rodolfo era un

niño alemán que hablaba alemán con sus padres,

mientras sus abuelos morían en un campo de concentración,

también alemán.

Cuando gracias a las amistades germánicas el

ya adolescente Rodolfo fue invitado por Gertrude

Duby (Gertrude Loertscher, suiza-alemánica) y

Frans Blom (danés) a conocer la Selva Lacandona

y sus indios, en 1949, sus anfitriones hablaban en

alemán. Si el joven Rodolfo, que ya se estaba convirtiendo

en todo un mexicano, sintió nacer su

vocación antropológica en esta circunstancia, o

si fue en un trabajo de campo posterior entre los

indios mazatecos, no lo sabemos con seguridad. Sí

sabemos, en cambio, que la primera circunstancia

que influyó en su vocación de “defensor de los indios”

fue la pasión de su padre Kurt Stavenhagen,

quien logró juntar una de las más importantes

colecciones de obras prehispánicas, tanto líticas

como cerámicas. Yo tuve el privilegio de visitarla

guiado por él mismo (unos años antes de conocer

a Rodolfo), estuvo presente su madre, una señora

con distinción tal que me hizo pensar en las que

pintara Gustav Klimt en Viena, pero a ella la retrató

Diego Rivera, amigo, con Frida, de la pareja. La

colección Stavenhagen ha sido donada por Rodolfo

a la unam y está en exposición permanente en el

Centro Cultural Universitario Tlatelolco.

También gracias a las amistades germánicas,

Rodolfo pudo ir a estudiar arte en la Universidad de

Chicago, donde escuchó también las conferencias

de Robert Redfield, amigo de Frans Blom; lo cual

no pudo más que confirmar su deseo de dedicarse

al estudio antropológico de los indios de México.

Los campos de Redfield habían sido Yucatán y Tepoztlán.

Ya en los años cincuenta se invitaron a la

enah eminentes antropólogos de Estados Unidos,

a iniciativa, principalmente de Pablo Martínez

del Río y Pedro Bosch Gimpera, y posteriormente

de Ángel Palerm, quien había sido funcionario de

la oea. Rodolfo ingresó a la Escuela Nacional de

Antropología e Historia, donde siendo estudiante

hizo un trabajo de campo como asistente de Alfonso

Villa Rojas (ex colaborador de Redfield), entre

los mazatecos, “hombres sin tierra” (Luis Suárez,

1969), expulsados de su solar ancestral por el “progreso”:

la construcción de la presa Miguel Alemán

en la cuenca del Papaloapan. Al año siguiente volvió

Rodolfo a esta región como colaborador del Instituto

Nacional Indigenista (ini), dirigido entonces

por Alfonso Caso, quien tenía como subdirector a

Gonzalo Aguirre Beltrán. Pero su tesis de maestría

la dedicó a una población flotante, la de Tijuana,

naciente ciudad de frontera en los años cincuenta.

Se da el caso de que su hijo Gabriel está ahora filmando

en la frontera norte, según me dice su hermana

Marina, también conocida cineasta. A raíz de

estas experiencias de campo y en medio de las polémicas

intelectuales y políticas del momento, Rodolfo

quedó desilusionado de la deriva burocrática

del Estado nacido de la Revolución, así como del

dogmatismo marxista-leninista imperante. Ya en

aquella obra de juventud escribió: “La constitución

de una disciplina social única (que incluya la antropología

social y la sociología) debe ser el próximo

paso lógico, particularmente en México, donde los

antropólogos han hecho ‘sociología’, y donde la sociología

apenas está comenzando a constituirse en

una ciencia de la investigación científica” (Introducción

a Tijuana 58, edición de El Colegio de la

Frontera Norte, 2014).

Rodolfo se trasladó a París en 1959, donde se

doctoró en La Sorbona en 1965, con una tesis titulada

Las clases sociales en las sociedades agrarias,

bajo la dirección de Georges Balandier, quien

era entonces un joven profesor, fraternal con sus

estudiantes (le llevaba algo más de diez años a Rodolfo;

falleció tres semanas antes de él). Balandier

era lo que se catalogaba entonces en Francia como

“un africanista”; su campo de investigación era el

África subsahariana (Afrique noire); tuvo relación

con Cheikh Anta Diop, el prohombre de “la Négritude”,

y estudió en particular la clase obrera de

Senegal. Esto no era original en la fecha; Bourdieu

estudió la clase obrera en Argelia, Touraine la

clase obrera en Chile… El trabajo de Balandier en

Senegal podría resumirse como el estudio de los

efectos perversos de la colonización, seguidos de

una supuesta descolonización, que no pasó de ser

un neocolonialismo. Según escribió el maestro de

Rodolfo: “Ninguna sociedad está jamás totalmente

liberada de su pasado” y también: “Nunca se insistirá

bastante sobre el hecho de que la relación

generalizada de las sociedades actuales ha llegado

a ser el dato dominante” (Sociologie des mutations,

1968). La preocupación social fue general en

nuestra generación, la actividad intelectual era inseparable

del compromiso político. En el aspecto

intelectual y teórico este interés se confundía con

el cuestionamiento del análisis clasista: la alianza

entre obreros y campesinos para hacer la revolución,

el modelo estalinista y el modelo maoísta,

etcétera… Rodolfo impulsó, seis años antes de la

Primera Declaración de Barbados, la sustitución

del modelo étnico al modelo clasista, como principio

de análisis y explicación.

Lo que mostró Rodolfo en sus famosas Siete

tesis equivocadas sobre América Latina es que

la descolonización política de la América Latina,

igual que la reciente de África, no había puesto fin

al colonialismo, que había pasado de externo a interno

en unos decenios. Así escribió: “las regiones

subdesarrolladas de nuestras naciones juegan el

papel de ‘colonias internas’; por ello, en lugar de

plantear el problema de las naciones de América

Latina en términos de ‘sociedad dualista’, sería

más conveniente hablar de ‘colonialismo interno’”

(primera tesis). El título Siete tesis… fue una alusión

implícita (pero transparente en aquella fecha)

a los Siete ensayos de interpretación de la realidad

peruana de José Carlos Mariátegui (1928),

que postulaban una sociedad dualista, medio feudal

(rural), medio burguesa (urbana); un análisis

marxista clásico de la cuestión agraria. Ya Miguel

Ángel Asturias había precedido al peruano con

una tesis sobre: Sociología guatemalteca: El problema

social del indio (1923), un cuadro aterrador

de la miseria indígena en todos sus aspectos, manifiesto

humanitario y antirracista precursor de

la generación indigenista.

Antes de presentar su tesis, Rodolfo se había

mudado a Río de Janeiro, como miembro del Centro

Latino-Americano de Pesquisas em Ciencias

Sociais; tanto este centro como el Museo Paulista

y otras instituciones como la FUNAI (Fundação

Nacional do Índio) vivieron en aquellos años un clima

de controversias, igual que el ini de México. La

visión de Brasil de Gilberto Freyre en Casa-grande

e senzala (1933), y en Interpretação do Brasil

(1945) fue matizada por Sérgio Buarque en Raizes

do Brasil (1936), y abiertamente rebatida por un

grupo de antropólogos de la generación siguiente,

la de Rodolfo, quien pasó entre ellos los años inmediatamente

anteriores a la elaboración de sus Siete

tesis. Estos antropólogos, varios de ellos también

políticos (como Fernando Henrique Cardoso, que

llegó a ser Presidente de Brasil, Darcy Ribeiro,

quien fue gobernador del Estado de Guanabara),

cuestionaron radicalmente la visión feudal de la

historia nacional. Otro, Roberto Cardoso de Oli-

12 la gaceta dgcs-unam

enero de 2017


una vida comprometida: rodolfo stavenhagen (1932-2016)

veira, investigador del Museo Nacional de Río de

Janeiro, escribió un ensayo crítico de los tópicos

dominantes de la antropología titulado O índio e o

mundo dos brancos, que apareció en 1964, el año

anterior a las Siete tesis de Rodolfo. La cantina del

museo, en la que me tocó compartir comidas con

Roberto aquel mismo año, era un foro de apasionados

debates sobre “el problema indio”; en Brasil

se trataba de reconsiderar la política de Rondon,

aplicada por el Serviço de Proteção ao Índio.

Por si quedara la menor duda respecto de la inquietud,

a la vez teórica y política, de los científicos

sociales de aquella generación, tenemos una

carta de Andre Gunder Frank a Rodolfo, fechada

en 1963. Gunder Frank, judío alemán refugiado con

la Universidad de Chicago, conocía íntimamente a

Rodolfo desde que éste fuera estudiante en esta

misma universidad; así lo revela el tono de la carta.

La escribió Gunder Frank estando en Brasilia,

invitado por el rector de la universidad (lo era en la

fecha Darcy Ribeiro), como lo fui yo en aquel mismo

verano. En esta carta, Gunder Frank hace alusiones

a sus intercambios intelectuales con Roberto

Cardoso, Fernando Henrique Cardoso, Octavio

Ianni… pero lo esencial para nuestro propósito es

que menciona a Rodolfo irónicamente, llamándole:

“that guy Stavenhagen”. Lo que él esperaba de

Rodolfo era que formulara la tesis según la cual la

supuesta sociedad dual latinoamericana no existe;

escribió explícitamente: “well, I mean to write

an article demonstrating that each and everyone

of this propositions is wrong”. Lo cual fue directa

incitación a escribir sobre las “tesis equivocadas”,

cuyo título le anticipa. Entiéndase que con esta

observación no pretendo cuestionar la paternidad

del ensayo más famoso de Rodolfo, sino mostrar

que ha sido fruto de un debate entre investigadores

afines. Gunder Frank publicó posteriormente

una obra que tuvo gran eco: Capitalismo y subdesarrollo

en América Latina (1967). Ahora hay que

señalar que, ya en 1948, François Perroux había

publicado “Esquisse d’une théorie de l’économie

dominante” (Economie Appliquée), donde destacó

la unidad orgánica (no se decía “globalidad”) de la

economía mundial: si hay una economía dominante,

tiene que haber economías dependientes.

A su regreso a México, en 1965, Rodolfo publicó

su ensayo polémico: “Siete tesis equivocadas

sobre la América Latina” en el periódico El Día.

Dicho ensayo surgió en medio de las intensas controversias

de las que fue teatro la Escuela Nacional

de Antropología de México, muy politizada en

aquellos años. Para resumirlo, los gobiernos de

aquel tiempo consideraban que el presidente Cárdenas

había resuelto el problema de la población

rural (todavía mayoritaria) mediante la reforma

agraria. Y que a partir del presidente Alemán el

problema nacional prioritario era la industrialización

y la ciudadanización de los indios, esto es,

“forjar patria” (según el lema famoso de Manuel

Gamio). Los antropólogos, al contrario, pensaban

que la crisis del ejido (provocada por la elevada

tasa de crecimiento demográfico y la corrupción

de los bancos de apoyo ejidal) era una prioridad

y que la protección de las culturas indígenas era

otra prioridad. Entre los responsables políticos

y la sociedad seguía vigente (si bien no explícitamente)

el viejo esquema “civilización o barbarie”,

visión maniqueísta subyacente en la política de

asimilación y ciudadanización de los indios. Contra

esta visión se levantó la voz de una generación

de antropólogos y sociólogos, la de Rodolfo.

Las “Siete tesis” salieron en París al año

siguiente, en 1966, en una revista de izquierda

radical independiente (desaparecida en 1973).

“Independiente” significaba en aquella fecha no

enfeudada al Partido comunista. La revista había

sido creada en 1961 por François Maspero, hijo

del librero-editor vanguardista Henri Maspero.

He guardado en mi archivo el ejemplar de: “Sept

théses erronées…” que me mandó Rodolfo al salir

la edición (la dedicatoria que me puso confirma su

manejo coloquial de la lengua francesa). Este alegato

ha tenido tal resonancia que se han celebrado

los cincuenta años de su aparición (en 2015) con un

coloquio en El Colegio de México. En aquella ocasión

expresó su deseo de escribir ahora las “siete

tesis correctas” sobre América Latina, desafío que

le fue planteado por su amigo Pablo González Casanova

(a quien llegué también a conocer en 1960,

en la tertulia cotidiana de Huguette Balzola en su

Librairie française del Paseo de la Reforma).

Como muestra de la obra institucional de Rodolfo

Stavenhagen, a partir de 1969 realizó investigaciones

como miembro del Instituto Internacional

de Estudios Laborales de la Organización Internacional

del Trabajo en Ginebra, por otro nombre

la oit. Su papel crucial en el establecimiento de la

Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales,

México, a partir de 1974, fue una manera de proteger

el patrimonio intelectual de dicho organismo,

cuando la dictadura chilena amenazaba con

aniquilarlo. Se debe también a él la fundación del

Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de

México, que dirigió entre 1973 y 1976, y de un Doctorado

en Ciencia Social, con especialidad en Sociología,

única oferta de formación de investigadores

sociales que existía en el país en aquella época.

Posteriormente residiría de nuevo en París como

director de la División de Ciencias Sociales de la

unesco (esto es subdirector general de la institución).

En 1992 fundó en México, junto con Marie

Claire Acosta, Jorge Carpizo y Sergio Aguayo, la

Comisión Nacional de Derechos Humanos, surgida

de la Academia Mexicana de Derechos Humanos,

creada en 1984.

En 1996 salió por el unrisd (The United Nations

Research Institute for Social Development) la obra

más acabada de Rodolfo: Ethnic Conflicts and the

Nation-State (Macmillan Press, 1996). Este libro,

de 324 páginas de tipografía apretada y estrechos

márgenes, cubre toda la problemática de los conflictos

étnicos en el mundo: hubo 30 guerras de

secesión desde 1945, y sólo 14 consiguieron un estatuto

de autonomía, y 50 países tenían conflictos

étnicos en 1996. Rodolfo, en esta auténtica obra

maestra, ha profundizado el análisis sociológico

y político, conceptual y diplomático, en todas sus

facetas y su complejidad, que reflejan las siguientes

citas (que tomamos de la edición en español de

Siglo XXI):

El ecocidio y el etnocidio son dos procesos entrelazados

y, como resultado, la lucha por el medio ambiente

es una lucha por la supervivencia de los grupos

étnicos y también sus culturas (p. 16).

Así podemos concluir que las etnias se transforman

en naciones cuando logran crear estructuras

de Estado mediante dinámicas históricas variables,

o cuando una estructura de Estado constituida se

convierte en el marco que da forma nacional a una o

varias etnias (p.26).

Por último, entre los estudiosos de la etnicidad

está de moda actualmente tratar los problemas conceptuales

mencionados negando cualquier “realidad”

a los grupos étnicos como tales. Lo que parece

ser más importante es el “discurso” sobre la etnicidad,

es decir, la forma en la que la gente inventa o

construye su etnicidad o la de otros (p. 33).

En las conclusiones se leen diagnósticos como

éstos:

El término “etnicidad” tiene sin duda alguna utilidad,

pero ¿en realidad no estará simplificando y

abarcando en conjunto a fenómenos diversos que

antes se denominaban “lucha de clases”, “guerra de

liberación nacional”, conflictos en torno a la “construcción

nacional” o simplemente una “lucha por el

poder”? ¿La etiqueta “étnico” en realidad ayuda a

explicar y distinguir cierto tipo de conflicto de otros

o, por el contrario, sólo confunde los problemas? (p.

355).

En este contexto, ¿qué es ser pueblo? Definir cuidadosamente

la naturaleza y características de los

pueblos sujetos del derecho de autodeterminación

no es un mero ejercicio de etiquetado o clasificación.

Sin duda alguna, el derecho a la autodeterminación

implica el derecho a la definición de sí mismo, como

con toda razón argumentan las organizaciones indígenas

(p. 377).

Rodolfo Stavenhagen fue relator especial de las Naciones

Unidas para los Derechos Humanos y Libertades

Fundamentales de los Indígenas entre 2001 y

2008. La resolución de la Asamblea General de las

Naciones Unidas para la Declaración de la ONU sobre

pueblos indígenas, de 2007, debe mucho a las

encuestas y a la obstinación constante de Rodolfo;

él mismo la calificó como un “Desafío” (en el título

de su publicación). En 2010, pidiendo la aplicación

de los Acuerdos de San Andrés, Rodolfo declaró en

el Senado: “se debe reconocer el derecho colectivo

de los pueblos indígenas con su derecho a la libre

autodeterminación. Recuerdo que cuando discutíamos

este concepto un sector del gobierno nos decía

que los indígenas querían establecer otro país.

Nada más falso: quieren libre autodeterminación

para participar en la decisión de su desarrollo”.

Desde su propio destino de lo que se llama en

las Naciones Unidas: displaced person, Rodolfo no

dejó de manifestar activamente su interés por “los

olvidados”, en el caso de México, indios y campesinos

(categorías que no necesariamente coinciden).

Dedicó su reflexión y su acción a la protección de

los seres y las culturas marginadas, no sólo en

México sino en el mundo. No deja de sorprender

que un hombre como él, que se veía como activista

político, llegara a tener una carrera de funcionario

internacional, la cual le permitió cumplir

institucionalmente con su ideal. Lo debió a su modestia

y humanidad, así como a su extraordinario

poliglotismo: me consta que dominaba, coloquial

y académicamente, cuando menos cuatro idiomas

internacionales. En realidad, Rodolfo quedará en

la memoria como, mutatis mutandis, un nuevo Las

Casas: igual que el dominico, estuvo activo en el

campo local, viajó a Europa para convencer a las

instancias políticas, obtuvo “Leyes nuevas” de

protección de los indios, pero con limitados efectos

prácticos; puedo dar testimonio de que tuvo

plena consciencia de ello. Con empatía ha intentado

fomentar la “diplomacia preventiva” en conflictos

étnicos, dada la escasa eficacia de la ex post

facto intervención de las Naciones Unidas: fue un

mediador sin igual.

Para los que tuvimos el privilegio de compartir

su amistad, su simpatía y solidaridad nunca se han

desmentido. Hace dos años lo invité a participar

en un coloquio de El Colegio de Jalisco; para convencerlo,

le dije: “Rodolfo, a nuestra edad nos vamos

a morir y no nos veremos más”. Me contestó:

“Ah, no hables así”. Y con gusto vino. Cenamos en

mi casa, con Elia y otros copartícipes venidos de

la capital y del extranjero; le dije: “Rodolfo, se me

ocurrió pedirte la conferencia de clausura, acordándome

de que en las procesiones Eclesiásticas

el Papa aparece sólo al final.”; se rio. Nos invitó

a visitarlos en Cuernavaca, a Elena y a mí, pero

por circunstancias contrarias no pudimos ir, y nos

quedamos con el pesar.

¡Que viva su memoria!

Entre sus libros se pueden destacar los siguientes:

Pioneer on Indigenous Rights, Springer Briefs on

Pioneers in Science and Practice, 2013 (3 volúmenes).

Los pueblos originarios: el debate necesario, Buenos

Aires, CTA Ediciones/ CLACSO, 2010.

El desafío de la Declaración. Historia y futuro de

la Declaración de la ONU sobre Pueblos Indígenas,

Copenhague, Grupo Internacional de Trabajo

sobre Asuntos Indígenas (iwgia), 2009.

Los pueblos indígenas y sus derechos, México,

unesco, 2007.

La cuestión étnica, México, El Colegio de México,

2001.

Ethnic Conflict and the Nation-State, Londres,

McMillan, 1996.

Entre la ley y la costumbre: el derecho consuetudinario

indígena en América Latina, México,

Instituto Indigenista Interamericano, 1990 (en

colaboración).

Derecho indígena y derechos humanos en América

Latina, (México, El Colegio de México, 1988

(en colaboración).

Desarrollo agrícola y estructura agraria en México,

México, Fondo de Cultura Económica, 1974.

Sociología y subdesarrollo, México, Nuestro Tiempo,

1972.

Las clases sociales en las sociedades agrarias,

México: Siglo XXI, 1969.

Tijuana 58. Las condiciones socioeconómicas de

la población trabajadora de Tijuana, México,

El Colegio de la Frontera Norte, 2014, (tesis de

Maestría, enah, 1959). •

enero de 2017 la gaceta 13


fil 2016

Navegar

el mar

de los deseos

Texto leído en la fil

Guadalajara sobre

El mar de los deseos.

El Caribe afroandaluz,

historia y contrapunto,

de Antonio García de León,

historia de las formas

musicales originadas en

el Caribe colonial. García

de León es autor también de

Tierra adentro, mar en fuera.

El puerto de Veracruz y su

litoral a Sotavento, 1519-1821

( ), Premio Haring 2016.

pablo espinosa

Las aguas erotizadas, los mares de

los deseos, la historia cantada.

Cuando el doctor Antonio García

de León me hizo el honor de

invitarme a participar de esta

mesa de privilegio, asombrado y

emocionado le dije de inmediato:

“Pero Toño, sé que sabes que no soy historiador, no

soy académico”.

“Pero eres jarocho”, me aniquiló.

Y entonces me percaté de que mi responsabilidad

como lector de ese libro, como los muchos que

he leído sobre la historia de la música, consiste en

situarme como lo que soy: un lector que escucha,

un escucha que lee.

Y ubiqué a la vez mi escritura sobre música, que

no consiste en producir textos de musicología sino

que son escritos resultado del asombro.

Y al leer este libro fascinante, El mar de los deseos,

que ahora nos reúne, escuché el mar, bailé

danzas rituales, compartí los cantos de encantamiento

y conversé con el autor, como seguramente

lo harán los futuros lectores que se bañen en este

mar de deseos, y pude entonces decirle a Toño, a

quien nos habla en este libro y no de manera engolada,

doctor Antonio García de León.

Toño es querido, respetado, admirado por las

legiones de jarochos que disfrutamos de su bonhomía

y de su gran calidad como músico.

Porque, qué mayor autoridad moral de un historiador

que habla de un tema que no sólo conoce,

sino lo practica. Como todo verdadero científico

que se respete, el doctor García de León conoce su

materia, la degusta, la cultiva de manera semejante

a como Oliver Sacks probó los medicamentos

que prescribía a sus pacientes y así pudo contar

con verosimilitud y asombro propio las historias

de sus libros fascinantes. Los libros de un científico

que dialoga con sus lectores.

La autoridad moral del doctor García de León

la podemos poner en nuestra mente así: con una

mano sostiene un vasito con ron mientras en la

otra enarbola una jarana, él tiene puesto un sombrero

inconfundiblemente jarocho: de color claro y

hendiduras amplias como si el viento del Sotavento

las hubiera esculpido y su paliacate rojo vibra

como las velas frente a las cuales Pascal Quignard

pone a temblar a los contemporáneos de Georges

de La Tour.

“Temblaba ante las velas, así comienza el siglo

xvii”, escribe Pascal Quignard, y anuncia en

la misma página: “En 1600, un niño de siete años,

mientras permanece frente a un horno de panadero,

ignora que va a consagrar su vida a eso: a poner

al hombre frente a sí mismo con la ayuda de una

llama”.

El doctor García de León ha consagrado su vida

a poner al hombre frente a sí mismo con la ayuda

de una llama. La llama del conocimiento, de la investigación

científica rigurosa pero también, como

buen jarocho que es, rompe la solemnidad del lenguaje

académico y nos pone a vibrar con su prosa.

Y es que la materia que lo ocupa tiene esa naturaleza

antisolemne, sencilla, sin tapujos, con la

gracia y el encanto de la cultura de Sotavento.

Recordé en ese punto el contenido de un disco

que compré cuando estudiante. Era un elepé de la

colección de grabaciones de campo del Instituto

Nacional de Antropología e Historia, institución

en la que por cierto nuestro autor es investigador

emérito.

Puse el disco a sonar, y cuando escuché lo que

reproduciré enseguida, tuve que regresar la aguja

varios surcos atrás, tanto por el disfrute como por

el asombro.

Estos versos decían así:

Para ver que sentía

Para ver que sentía yo enamoré a una preñá

Yo enamoré a una preñá para ver que sentía

Y allá por la madrugada la preñada me decía:

Bájate hijoelachingá, que estás matando a la cría.

Con ese desparpajo disfruté la lectura de este libro

que se convertirá en un nuevo disco, como lo es ya

la obra anterior de Antonio García de León: Tierra

adentro, mar en afuera. El puerto de Veracruz y

su litoral a Sotavento, 1519-1821, distinguido por

la Asociación Americana de Historia, entre más de

1 300 trabajos sobre el tema, con el Premio Claren-

ce H. Haring, considerado el Nobel de los historiadores.

Toño también es nuestro glorioso Premio

Nacional de Ciencias y Artes en Historia 2015.

El rigor metodológico de El mar de los deseos

lo disfruta el lector tanto como los muchos misterios

descubiertos. Tecnicismos como “índice de

retención”, “comercio inmaterial”, “variables dialectales”,

“isoglosas” e “isomusas”, la “lingüística

histórica” y los “papiamientos musicales” se ventilan

en acompasado diapasón en la forma sonata

que adquiere este libro: tres movimientos y ocho

apartados.

Su lectura nos mantiene en el vaivén propio de

la marea, en los pleamares y bajamares. Vemos cobrar

vida a El nacimiento de Venus de Botticelli,

pero en lugar de esa rubia voluptuosa emergiendo

desnuda de las aguas dentro de una concha marina,

vemos a una mulata que mueve sus amplísimas

caderas mientras el mundo entero se estremece.

Tiembla frente a las velas.

Somos testigos, al leer este libro, de la primera

globalización económica y cultural que se dio en

los siglos xvi y xvii en el Caribe, como en el Mediterráneo,

mientras nos sentimos mecidos por el

viento en una hamaca y nuestra epidermis sudorosa

es atacada por mosquitos y danzan por ahí

Vivaldi, Scarlatti y Händel escapados de la novela

Concierto barroco de Alejo Carpentier.

Tenemos frente a nosotros la historia del andar

del mar. De sus sonares, de sus andares, con el espectro

musical y poético del primer Caribe colonial,

conocido en todas sus regiones como fandango.

He aquí un libro gozoso, un mar de descubrimientos,

una invitación a mojarnos en las aguas

erotizadas de nuestra historia, de lo que somos.

En nombre de todos los lectores no académicos

que amamos el conocimiento, agradezco al doctor

García de León, a nuestro querido Toño, por este

fandango maravilloso que es su libro.

Porque a usted, admirado científico y fandanguero,

como decimos en son de admiración superlativa

en Veracruz, le rezumba el mango, caballero. •

14 la gaceta © andrea garcía flores

enero de 2017


fil 2016

El Cervantes

de Nacho Padilla

Tomar la ficción como realidad, y el mundo real

como objeto de ironía, ese juego de espejos donde

se refleja el hecho literario, es el legado de Cervantes

a la

literatura moderna. Así lo concibió y lo ejerció

Ignacio Padilla, como lo hace ver el autor de esta

breve y elaborada disquisición.

pedro ángel palou

Para Nacho, Cervantes era la má-

quina narrativa por excelencia.

El que, en su caso, podríamos

llamar factor Cervantes, representaba

el lado lúdico de lo literario,

la experimentación estructural.

El autor del Quijote

era caro a Padilla, no por lo lingüístico, sino por la

profunda subversión textual de algunos temas que

siempre fascinaron al autor de Amphytrion: el doble,

la máscara, el monstruo, el diablo, la gruta y la

caverna —lo mismo la Cueva de Montesinos que la

espeleología—, el teatro dentro del teatro, lo metaliterario

como metáfora de la manera en que opera

toda literatura.

Del Quijote, Nacho abrevaba, pero también se

permitía conjeturar. ¿Quién cuenta la novela? En

los prólogos el autor finge ser el único escritor,

pero luego Cide Hamete y el traductor lo complican

todo. Y en la segunda parte el personaje se sabe

ya, plenamente, personaje de un libro. La segunda

parte responde al lector de la primera, responde

al falso Quijote de Avellaneda. Nada más cercano

a Nacho que ese juego de espejos que se refleja en

otra pregunta central de Cervantes, la naturaleza

de la ficción. Una naturaleza particular, digamos,

descentrada de lo real. Es una ficción que se finge

real y se vuelve aún más ficción debido a esa pretensión

de realidad. Desde la cuestión nominal tan

importante para el autor de La Gruta del Toscano

como para su maestro:

Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quixada

o Quesada, que en esto hay alguna diferencia entre

los autores que deste caso escriben: aunque por conjeturas

verosímiles se deja entender que se llamaba

Quijana (I: 1).

Nos estamos preguntando, en realidad, si el personaje

fue —es— persona de carne y hueso. En

la novela hay un principio básico: un hombre que

juega a ser otro. El narrador carece de informes

fidedignos, y de los que propone, Quixada o Quesada,

no está tampoco cierto. Cervantes logra

que se juegue a ser otro, incluso “jugando con las

palabras”, por ejemplo, su jamelgo, que antes era

“Rocín”, ahora es “Rocinante”. Es decir, la transformación

primero es lingüística. Debemos pues

imaginar la biografía de Quijano antes del Quijote

(referencia a Trapiello que escribió la biografía

después del Quijote). Su infancia, sus fantasías, su

sexualidad (por qué prefería mujeres inventadas

también), etc. Que incluya las razones del cambio

de identidad. El autor llama caballero a su personaje

porque es ya pura y simplemente el protagonista

de un libro de caballerías. Es entonces la biografía

de la primera parte el ejercicio de alguien

que quiere ser algo y alcanza a serlo, puesto que

en la continuación de su historia se le reconoce tal

de manera explícita. Entonces el protagonista de

la historia ha pasado a serlo de un libro publicado.

Como en Carlos Fuentes, que escribió todo un arte

de la lectura basado en su propia visión de Cervantes

—Terra nostra como resultado narrativo—, el

factor Cervantes en Ignacio Padilla es el que, creo,

genera su idea de lo literario. Me explico con una

cita que es en realidad una interrupción. El curio-

so impertinente —intercalado en la novela— está

siendo leído en tiempo real, y de pronto:

Se suspende la lectura, acuden al camaranchón y

hallaron a don Quijote en el más extraño traje del

mundo: estaba en camisa, la cual no era tan cumplida

que por delante le acabase de cubrir los muslos, y por

detrás tenía seis dedos menos; las piernas eran muy

largas y flacas, llenas de vello y no nada limpias. Tenía

en la cabeza un bonetillo colorado, grasiento, que

era del ventero. En el brazo izquierdo tenía revuelta

la manta de la cama […] y en la derecha desvainada la

espada, con la cual daba cuchilladas a todas partes,

diciendo palabras como si realmente estuviera peleando

con algún gigante; y es lo bueno que no tenía

los ojos abiertos, porque estaba durmiendo y soñando

que estaba en batalla con el gigante que fue tan intensa

la imaginación de la aventura que iba a fenecer,

que le hizo soñar que…

La ficción y la realidad son una y la misma cosa en

Padilla, igual que en su maestro Cervantes. No sabremos

nunca dónde empezó una y dónde termina

la otra en tanto supuesto hombre real, por la prueba

del mundo propicio, congruente. Para el caso no

importa que el mundo —la casa de los duques, por

ejemplo, en el capítulo XXXIII— haya sido un escenario

teatral poblado de verdaderos actores, porque

don Quijote lo toma por verdadero, o hace como

si lo fuera, o se ciega voluntariamente para creer en

él, para aprovecharlo. Pensemos en el niño que está

obligado a inventarse un juguete (no el que lo posee,

sino el que crea un castillo de una caja). De la misma

manera don Quijote crea el mundo que necesita.

Don Quijote tiene siempre una visión correcta de lo

real pero es como un niño que se irrita si alguien le

vierte en la cara que su caja no es un castillo, que

éste no existe. El narrador, así pues, afirma que el

personaje confunde la realidad porque está loco,

pero luego nos da pistas para saber que el personaje

ve tan claramente las cosas como Sancho o el lector

mismo.

Por eso quizá el tema de la ironía, el de la melancolía

cervantina, le interesaban tanto a Nacho

Padilla. Es esa mirada crítica del lector la que pondera.

En el ensayo “La moral y la fábula” Enrique

Lynch plantea una duda:

¿Por qué estoy tan dispuesto a ceder en mi autonomía

moral cuando me pongo en contacto con la literatura?

La fábula y la sátira pertenecen a un género

híbrido, bifurcado entre literatura y filosofía. Los

relatos o narraciones morales que se producen en

la confluencia entre un desasosiego suscitado por el

sinsentido de los valores y un anhelo para reformar

las conductas individuales. La idea de que la literatura

sirve como técnica para cambiar las conductas

anima la escritura de los moralistas. ¿En qué punto

se tocan estas dos concepciones? Fabula y sátira revierten

para moralizar […] ¿Por qué es lícito extraer

un conocimiento moral de nosotros mismos por el

mero hecho de recrear literariamente las acciones

protagonizadas por otros?.

Nos ha dicho Agustín Redondo que la melancolía

es el elemento más significativo de la creación

cervantina. Quizá porque aparece por el distanciamiento

de los demás, por la pérdida del vínculo

con la realidad: la sensación de no pertenecer,

de ser incapaces de comunicar la desesperanza.

Como en el Pantagruel de Rabelais, donde uno de

los recursos para dar cara a la aflicción es la parodia.

De hecho es un tema presto para suscitar

la risa: “Ya he dado en don Quijote pasatiempo al

pecho melancólico y mohino”, escribe Cervantes

muy renacentista; usando el término melancolía

como mohín, la paradoja se acentúa: la melancolía

es fuente de alegría.

Y esto ya estaba desde Aristóteles, que puso de

manifiesto que todos los hombres eminentes han

sido melancólicos. Igual en Cicerón, que usando

el concepto platónico de “furor divino” insistió en

que los grandes creadores y transformadores son

melancólicos. Sólo en la Edad Media, a través del

pecado de la acedía, madre de todos los vicios, se

asiste con el Renacimiento a una rehabilitación del

papel positivo de la melancolía. Es el ocio valorado

de Angelo Poliziano que lleva a la vita speculativa

sive studiosa del Homo literatus o el centro del

discurso de Pico della Mirandola: de Homnis dignitatis.

No es gratuito que un neoplatónico como

Marsilio Ficino nos indique que Platón colocaba la

parte más alta del espíritu (mens) bajo el imperio

de Saturno, el más alto de los planetas, cuyos hijos

son melancólicos. No es gratuito, tampoco, que la

mejor representación de esta idea esté en el mejor

ilustrador del Quijote, Alberto Durero, quien en su

grabado famoso Melancolía I resume el ideal renacentista

del hombre apesadumbrado por sabio.

Sin embargo, los sabios rehúyen la corona de

laureles y, a diferencia de Sancho, que busca la gobernatura

de la ínsula, don Quijote preferirá ser a

beautiful loser:

… Por mis valerosas, muchas y cristianas hazañas

he merecido andar yo en estampa en casi todas o las

más naciones del mundo; treinta mil volúmenes se

han impreso de mi historia y lleva camino de imprimirse

treinta mil veces de millares (II, XVI).

Ese fue, literariamente, Ignacio Padilla. El factor

Cervantes, acaso una fórmula infinita, nos puede

seguir ayudando a entender una obra que, lamentablemente,

no seguirá escribiéndose. Nos queda

la lectura de lo que Nacho sí alcanzó a escribir. Nacho,

como Cervantes, nos sigue encantando. Y al

abrir sus libros nos pasará, siempre, que como a

Alonso Quijano nos encontremos:

… mirando a todas partes por si descubría algún castillo

o alguna majada de pastores donde recogerse

y donde pudiese remediar su mucha hambre y necesidad,

vio no lejos del camino por donde iba una

venta, que fue como si viera una estrella, que no a

los portales, sino a los alcázares de su redención le

encaminaba.

Esa estrella, esa redención, ese camino seguirá siendo

nuestra lectura de Ignacio Padilla. •

enero de 2017 © andrea garcía flores

la gaceta 15


segundo concurso iberoamericano de ensayo para jóvenes 2016

Rolling Stones

Presentamos el texto ganador del Segundo Concurso

Iberoamericano de Ensayo para Jóvenes 2016, esta

vez sobre la novela Los de abajo de Mariano Azuela,

un clásico del

, a cien años de su primera edición.

El autor encuentra entra paralelismos entre el México

violento descrito en la novela y el México actual.

luis alberto madrigal pérez

How does it feel?

How does it feel

To be without a home

Like a complete unknown

Like a rolling stone?

—bob dylan

Cuando le preguntaron

sobre la edición

conmemorativa del

centenario de Los de

abajo, Víctor Díaz

Arciniega, investigador

de la uam-Azcapotzalco

y responsable del volumen,

aseguró que esta novela de Mariano

Azuela es excepcional porque representa

a “la sociedad vista en su presente

inmediato”. 1 No es por llevarle

la contraria al valiente que se atrevió

a colocarle las comas originales a un

texto clásico cien años después, pero

parecería que su sentencia se queda

corta. ¿Acaso Los de abajo no habla

también del futuro?

Es uno de esos libros que cumple

una función fundamental en cualquier

plan de estudios de literatura

de secundaria o preparatoria. Si

Azuela no lo hubiera escrito, algún

otro tendría que haberlo hecho, aunque

sólo fuera por su atinadísimo

título: profundamente mexicano en

un país donde más de la mitad de la

población vive todavía por debajo de

la línea de la pobreza, y hondamente

latinoamericano y tercermundista,

pues ¿quiénes serían “los de abajo”

en Noruega? Es además el libro

1 Silvia I. Gámez, “Conmemoran a ‘Los de abajo’

”, Reforma, http://bit.ly/2a8WRLg.

que —según nos dicen en esos años

escolares— rompió con la narrativa

de éxito uniforme de la Revolución

mexicana y empezó a cuestionar su

mitificación. Por este par de razones

—un título que parece explicarse

por sí mismo y una historia y personajes

que parecen existir únicamente

como declaración política—

sería entendible que nadie leyera la

novela. A final de cuentas, si se nos

repite la lección eterna que nos deja

Los de abajo, ¿qué importancia puede

tener hojearlo en el presente?

Pero ya se sabe lo que pasa con

los textos clásicos cuando nos decidimos

a desempolvarlos: cada quien

empieza a ver cosas distintas. La

supuesta enseñanza original puede

quedar enterrada bajo la interpretación

particular. En el libro más vendido

de todos los tiempos, algunos

encuentran a Dios entre aleluyas y

otros una letanía de condenas misóginas

y homofóbicas. Un musulmán

dice que el Corán demuestra que el

islam es una religión de paz y otro

cita de memoria los versos que le

mandan, inexorablemente, a colocar

un par de bombas.

Si bien la lectura contemporánea

de Los de abajo no provee una

novedosa interpretación teológica del

mundo, sí ofrece la oportunidad de

hacer a un lado los juicios institucionales

que durante décadas han convertido

al texto en un mero instrumento

historiográfico para explicar

la Revolución mexicana, arrebatándole

así su sentido plenamente literario.

La Biblia tiene vigencia porque

está llena de buenos cuentos. Los de

abajo es, aunque parezca una obviedad

recordarlo, una buena novela.

Azuela se encargó de dejarla

escrita de manera que pudiera ser

leída como tal, aun un siglo después

del contexto preciso al que hace

referencia. (Quizá la aparición de la

novela por entregas en un periódico

contribuyó a crear alrededor suyo el

aura de Historia con mayúscula, de

goce estético efímero, que se atribuye

a lo que aparece en los diarios.)

Tómese por ejemplo que el conflicto

armado mismo al que alude el libro

no se menciona sino hasta el cuarto

capítulo, una vez que un escuadrón

sin título ya quemó la casa del protagonista.

Pero cuando finalmente se

le pone nombre a la lucha, tampoco

queda muy claro de inmediato de

qué se está hablando.

“[Estos condenados del gobierno

nos] han declarado la guerra a

muerte a todos los pobres”, 2 dicen

unos pobladores de la sierra (aún sin

nombre), con lo que se establece el

tono atemporal y carente de referencia

geográfica de una sentencia

que bien pudo haberse dictado en

tiempos de María Antonieta o de

Porfirio Díaz. Sólo con el correr

de las páginas aparecen epítetos

como “carrancista” o “villista”, que

empiezan a dotar de la novela de una

especificidad histórica. Sin embargo,

el carácter netamente mexicano

y contemporáneo del libro se revela

a través de otras aristas.

No es difícil, por ejemplo, que a

un lector entre Tijuana y Mérida

se le diga que los protagonistas son

2 Mariano Azuela, Los de abajo, Fondo de Cultura

Económica, México, 2011, p. 19.

perseguidos por “los federales” y no

se ponga inmediatamente del lado de

estos últimos, lo mismo en 1916 que

en 2016. Compárese esa reacción

con la de nuestro hipotético lector

noruego: ¿qué clase de ciudadano es

aquel que no está en el bando moral

de la ley y el gobierno? “¡Quémenlo…,

es federal!…”, 3 clama la turba

en Los de abajo cuando atrapan a un

desconocido en la sierra. “¡Línchala…

mátala…!, gritaban […] Su única

identidad era un uniforme azul de la

Policía Federal que la convertía en el

enemigo a vencer”, 4 narra una nota

de El Universal, fechada el 25 de junio

de 2016, que recupera la historia

de una agente durante el enfrentamiento

entre maestros y federales

en Nochixtlán, Oaxaca.

Ésa no es la única clarividencia

de Azuela en la novela. Otro

ejemplo de que Los de abajo dialoga

con el futuro se encuentra en el personaje

Luis Cervantes, el periodista

y médico urbano que se arrima a una

revuelta popular de la que sale bien

parado. “¡Lo que es eso de saber y

escribir!”, 5 suspira Anastasio, uno de

los revolucionarios, cuando discute

con Demetrio Macías, el líder guerrillero,

sobre las cualidades del nuevo

miembro en las filas del grupo. Con

esa simple sentencia, Anastasio, Macías

y Azuela anticipaban el triunfo

de los licenciados en México, treinta

3 Ibid., p. 23.

4 Pérez-Stadelmann, “Me rociaron gasolina”,

El Universal, http://www.eluniversal.com.mx/

articulo/estados/2016/06/25/historia-me-rociaron-gasolina.

5 Azuela, op.cit., p. 50

16 la gaceta © leopoldo méndez

enero de 2017


olling stones

años antes de que Miguel Alemán se

convirtiera en el primer presidente

egresado de la universidad y girara

el sistema político nacional de las

carabinas a los despachos.

La figura de Cervantes, además,

es elemental en la puesta en escena

de uno de los grandes temas de la

novela: la orfandad revolucionaria.

“¿Pos cuál causa defendemos

nosotros?…”, 6 le pregunta Demetrio

Macías a Cervantes sin el míni-

mo toque de ironía, una vez que el

médico le jura lealtad al movimiento

progresista que cree que encabeza la

pandilla de pistoleros a la que se ha

unido. Desconcertado, Cervantes no

encuentra qué contestar, confronta-

do con una praxis que poco a poco

pierde el romanticismo de lo teóri-

co. “¿En dónde están esos hombres

admirablemente armados y montados

[…]?”, 7 se cuestiona melancólicamente

el periodista. No será el

último en hacerlo.

El siglo xx estuvo lleno de hombres

y mujeres como Luis Cervantes

en

distintas latitudes. Se llamaban

republicanos ahí, maoístas allá,

sandinistas acá, guevaristas en todos

lados; millones de personas que

hicieron una apuesta temprana por el

futuro, muchas veces con las mejores

intenciones, sin mirar a profundidad

al camarada que tenían al lado.

En

la lógica revolucionaria del siglo

pasado, denunciar los horrores del

Gulag o las actitudes antidemocráti-

cas

de Fidel Castro era sólo hacerle

el juego a la derecha, a la contrarrevolución,

a los enemigos del pueblo.

Mejor dar el gran salto adelante con

este que ahora tenemos, pese a que

nadie alcanzaba a ver si traía paracaídas.

“Por tanto, revolucionarios,

bandidos o como quiera llamárseles,

ellos iban a derrocar al gobierno; el

mañana les pertenecía; había que

estar, pues, con ellos, sólo con ellos”, 8

reflexiona Luis Cervantes en una

novela escrita dos años antes de la

Revolución rusa.

Sino trágico de la izquierda

contemporánea en general y de la

mexicana en particular: la ausencia

de referentes claros, de alternativas

reales, de plataformas verdaderamente

progresistas. Un fenómeno

que provoca que quienes se identifican

con la izquierda en el país

sientan que tienen que pasear en Coyoacán,

no ver Televisa y arrimarse

a movimientos como el de la Coordinadora

Nacional de Trabajadores de

la Educación (cnte) —que no busca

transformar las estructuras económicas

de la nación, redistribuir la riqueza

o abolir la propiedad privada,

sino abrogar una reforma educativa—

para sentir que son oposición.

Que pueden decir, como los pobladores

de Luvina, que el gobierno no

tiene madre, y con eso quedar muy

bien en una sobremesa.

En la novela, “los de abajo” son

en realidad los huérfanos: aquellos

que van de un estado a otro, de una

sierra a otra, buscando primero a

Pánfilo Natera, pero después y siempre

a la sombra del otro patriarca

llamado Pancho Villa, referido en

términos mitológicos, casi infantiles,

por quienes tendrían la edad y

experiencia como para poder verlo a

los ojos.

“¡Ah, Villa!… La palabra mágica.

El gran hombre que se esboza;

el guerrero invicto que ejerce a

distancia ya su gran fascinación de

boa”, 9 dice un personaje de la tropa

de Macías. “¡Nuestro Napoleón

mexicano!”, exclama con emoción

imberbe Luis Cervantes, con lo que

parece ignorar de manera deliberada

lo que les pasó a los franceses revolucionarios,

progresistas y democráticos

que creían que el de Córcega

sería lo que no terminó siendo.

Ese constante errar, aunado a la

ausencia de referentes ideológicos

claros (¿pos cuáles?, preguntaría

Macías) deja a los guerrilleros a

merced de cualquier vaivén con

aires de causa y la oportunidad de

conseguir frijoles y algún dinero.

Y es ahí donde entra en juego el

aspecto más interesante de una lectura

contemporánea de Los de abajo:

la novela también habla, aunque sin

proponérselo —y en eso se revela el

carácter más literario del texto, el

menos acartonado—, del narcotráfico

mexicano.

En 1916 las frases de Luis Cervantes

eran premonitorias: aún

no había evidencia histórica que respaldara

una actitud más cautelosa

respecto a los movimientos revolucionarios

progresistas del siglo xx.

Para 2016, la realidad es opuesta,

y los comentarios del periodista

sólo pueden caracterizarse como de

una ingenuidad dolorosa. Hace cien

años, pues, todavía existían el mito

de Villa y el mito de la izquierda

redentora. Hoy día su ausencia es

un hecho dado. Si en la época de Los

de abajo el gobierno le declaraba la

guerra a los pobres, los pobres podían

salir con sus rifles y decir que

eran parte de una columna revolucionaria.

Ahora los pobres siguen

en guerra, agarran sus cuernos de

chivo y se defienden con la siembra

serrana de amapola.

El sentido y fin último de la lucha

es, según parece insinuar la novela,

lo único que habría cambiado entre

1916 y ahora. El narcotráfico ha

remplazado a la revolución popular

como amparo de la violencia, pero

también como la narrativa política

que otorga sentido a la misma. ¿Acaso

no es raro que el narco haga hoy

día eso que se supone corresponde

a la izquierda, como redistribuir la

riqueza, construir escuelas, casas

y hospitales y ampliar el campo de

oportunidades sociales?

¿Es también casualidad que esas

mismas sierras de Durango donde

la gente acoge a los bandidos de

Los de abajo, poniéndolos lejos de

la mirada de los federales, sean

ahora parte del Triángulo Dorado,

la guarida predilecta de los narcotraficantes?

Baste también recordar la razón

por la cual el protagonista del libro,

Demetrio Macías, se convierte en

un líder revolucionario: “¿Sabe por

qué me levanté?… Mire, antes de la

revolución tenía yo hasta mi tierra

volteada para sembrar, y si no

hubiera sido por el choque con don

Mónico, el cacique de Moyahua, a

estas horas andaría yo con mucha

priesa, preparando la yunta para

las siembras”, 10 le cuenta Macías a

Cervantes. El cacique se conoce hoy

día como el jefe de plaza, el capo. El

“choque con don Mónico” suena a

una extorsión no pagada por Macías.

Si un sicario contemporáneo diera

esa razón para justificar su línea de

trabajo, pocos dudarían de la veracidad

de su relato.

A lo largo de la novela, Macías

y sus allegados llegan incluso a

exhibir el mismo comportamiento

misógino, violento y prepotente con

el que narrativas contemporáneas

han caracterizado ad nauseam a los

narcotraficantes en el México del

presente.

—Oye, mozo— gritó el güero

Margarito en una cantina—, te he

pedido agua con hielo… Entiende

que no te pido limosna… Mira este

fajo de billetes: te compro a ti y… a la

más vieja de tu casa, ¿entiendes?…

No me importa saber si se acabó, ni

por qué se acabó… Tú sabrás de dónde

me la traes… ¡Mira que soy muy

corajudo!… Te digo que no quiero

explicaciones, sino agua con hielo…

Me la traes o no me la traes? ¡Ah,

no?… Pues toma…

El mesero cae al golpe de una

sonora bofetada. 11

La escena, ambientada hace más

de cien años, parece sacada de la

vida de cualquier narco sinaloense

en la última temporada en Netflix.

Los protagonistas de la historia

de Azuela comparten incluso con

sus contrapartes narcocriminales

la afición por los apodos. En Los de

abajo no son “el Cochiloco” o “el Pozolero”

quienes mueven los engranes

de la historia, sino “la Codorniz”

o “el Manteca”. Ambas camadas

de gatilleros, pasados y presentes,

establecen en sus conversaciones

vasos comunicantes no difíciles de

conectar. “Yo maté a un tendajonero

en el Parral”, comienza su anécdota

un pistolero en la misma escena de

la cantina que acaba de citarse. Así

se siguen las historias de orgullo

asesino. “El tema es inagotable”,

nos dice el narrador de la novela,

en una voz que hace eco del mismo

cansancio y desesperanza con que

se comenta la narcoactualidad mexicana

desde hace algunos años.

Páginas más adelante, esa pesadumbre

explícita del narrador

se convierte en desprecio por sus

personajes. En otra reunión, bajo el

influjo etílico, arranca el tema del

“yo robé”: “[Que] aunque parece inagotable,

se va extinguiendo cuando

en cada banca aparecen tendidos

de naipes, que atraen a los jefes y

oficiales como la luz a los mosquitos”.

Conforme se acerca el final de

la novela queda claro que Macías y

compañía no son ya los revolucionarios

que cambiarán a México como

esperaba Cervantes —quien se larga

a vivir a Texas, lejos de la praxis,

como el propio Azuela—, sino seres

tan intrascendentes que pueden ser

comparados sin más con esos molestos

insectos voladores a los que

nadie da la bienvenida.

Mientras que para nuestro hipotético

lector noruego Los de abajo sería

una novela histórica que describe la

barbarie atávica de una revolución

sombreruda, para los mexicanos el

libro está poblado de frases de una

premonición escalofriante —“Por

los caminos no puede transitar gente

pacífica ahora. Usted lo sabe, mi

jefe”— 12 que no pueden y no deben

quedar enterradas bajo la pétrea

narrativa oficial construida alrededor

del texto.

El volumen de Los de abajo que

provee las citas para este ensayo es

la reimpresión número cincuenta de

un libro que, dice la página de derechos,

tenía cuatro ediciones hasta

2011. A éstas se suman las apócrifas,

las piratas, la del centenario

y las publicadas en otros idiomas.

También habría que añadir las incontables

calles Mariano Azuela que

uno puede encontrar en una rápida

búsqueda topográfica por internet,

y el hecho de que el premio Nacional

de Ciencias y Artes jalisciense esté

enterrado en la mismísima Rotonda

de los Hombres Ilustres. El peso

de una tradición cultural puede

ser opresivo y más de una como la

mexicana (que se cimienta como

pisadas de elefante, a través de las

décadas, en incontables libros de

texto gratuitos, efemérides, medallas,

ediciones conmemorativas),

que encima de todo sirvió durante

los años del régimen priista para

proveer un relato de legitimidad y

de coherencia literaria y política

posrevolucionaria. Puede, a final

de cuentas, hacer que libros como

Los de abajo queden resumidos en

una clase olvidable de “la novela de

la Revolución” y pierdan su cariz

literario a fuerza de ser encapsulados

en una sinopsis fácil, didáctica

y cerrada que niega las posibilidades

hermenéuticas de toda creación

artística. El riesgo de asegurar que

un libro sólo habla de su “presente

inmediato” es hacerse a la idea de

que los textos del pasado no tienen

nada que decirnos.

Los de abajo no es un manual de

soluciones para lidiar con el problema

del narcotráfico ni de la violencia

en México, un país donde algunos

de sus primeros pobladores eran

felices arrancando los corazones

a sus vecinos. Nadie está diciendo

que volver al texto de Azuela, a cien

años de su publicación, revelará las

claves secretas para comprender

el fracaso nacional o la deriva de la

izquierda. En todo caso, lo que este

ensayo busca probar es que el libro

tiene cosas que decir a los lectores

de 2016, cuando el cisma entre carrancistas

y villistas parece menos

grave que el que separa a hipsters y

mirreyes. (Aun así, sí hay advertencias

en el texto sobre lo que supone

“declararle la guerra a los pobres”

o llegar a un estado social donde la

conversación sobre el “yo maté” se

vuelva inagotable.)

En otras palabras, la ficción a

veces nos permite, a través de las

vidas de otras personas, evitar

ciertos escollos. Ningún capitán que

haya visto la película Titánic puede

navegar a la mitad de la noche por

el norte del Atlántico sin un sentido

de responsabilidad acrecentado,

aunque sea de manera inconsciente.

Las historias nos permiten vivir de

manera vicaria los errores de otros

para no tener que cometerlos nosotros

mismos.

La clave, pues, no está en petrificar

la novela, hacer un busto con

ella, dejarla inmóvil a lo largo de un

siglo y hacer cincuenta ediciones

para que a ninguna biblioteca le falte

su reproducción monolítica, sino

en dejar que la roca tome su propio

curso y a su paso a veces derribe, a

veces construya. “Mira esa piedra”,

dice Demetrio Macías al final de Los

de abajo, “cómo ya no se para”. El

destino de todo libro es contribuir a

esa avalancha. •

6 Ibid., p. 23

7 Ibid., p. 32

8 Ibid., p. 33

9 Ibid., p. 73

10 Ibid.,pp. 45-46

11 Ibid., p. 84

12 Ibid., p. 137

enero de 2017 la gaceta 17


segundo concurso iberoamericano de ensayo para jóvenes 2016

¿La revolución

era una fiesta?

Mención honorífica en el Segundo

Concurso de Ensayo Hispanoamericano

para Jóvenes (2016), el presente e texto

discurre sobre la relación de la violencia

homicida y la fiesta en la obra de

Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán

desde un enfoque antropológico

y filosófico.

carlos andrés torres cabrera

Martín Luis Guzmán

tituló La

fiesta de las

balas a su más

famoso cuento

sobre la revolución

mexicana.

Revolucionario también, pero con el

arma de la novela, Mariano Azuela

escribió Los de abajo, un retrato de

campesinos inmersos en el paisaje

festivo y mortal de principios del siglo

XX mexicano.

Todas estas alusiones a lo festivo

nos hacen preguntar si en verdad la

Revolución mexicana pudo ser una

fiesta, a pesar de las celebraciones

bajo el fulgor de las balas, el brindis

con copas manchadas de sangre y

el baile de corridos con la muerte.

Pareciera que los escritores antes

mencionados se quedaron con un

sabor amargo, sardónico e insatisfecho

de lo que creyeron fue una

fiesta.

Martín Luis Guzmán plasma en su

cuento la figura hercúlea y solitaria

de Rodolfo Fierro, mano derecha de

Pancho Villa. A pesar de sus notables

atributos humanos (a Guzmán

le parece que) Fierro enfermó de

antagonismo porque puso en escena

las asesinas dramaturgias del general

Villa.

A un suceso que tendría que ser

rutinario, Fierro le inyecta una dosis

de sádica diversión. Fusilar quinientos

prisioneros de guerra es una

rutina de la revolución que cualquier

hombre de bien trataría de terminar

lo más pronto posible como un trámite

doloroso pero necesario. Cuando

cualquiera optaría por un rápido

fusilamiento en el paredón, Fierro

—sin dejo de compasión— se brinca

la costumbre y propone un juego: los

prisioneros harán carreras con la

bala; si logran brincar y sobrevivir

al paredón de fusilamiento, se ganan

su libertad.

No hay salvación, todo es la ilusión

de un juego falso. La perfecta

puntería de Fierro acaba con todos

los prisioneros. Los espasmos de

los hombres al morir semejan, para

el autor, a cuerpos bailando en una

fiesta. De la misma forma, en Los

de abajo, el güero Margarito hace

bailar enanos disparando balas a

sus pies. En ambos relatos las balas

ironizan sobre el cuerpo ajeno y lo

hacen bailar la danza de la muerte.

Martín Luis Guzmán enfatiza el

trato hostil que Rodolfo Fierro da a

sus prisioneros, haciéndonos creer

que les da una oportunidad para

salvarse al brincar el paredón. En

realidad no hay tal oportunidad,

todo está maquinado de tal forma

que nadie escape, Fierro muestre

su habilidad con la pistola y todos

mueran por igual. El fugitivo sobreviviente

resulta una afortunada

equivocación.

Mientras Rodolfo Fierro se divierte

jugando al asesino, se duerme

fetalmente en un cómodo “pesebre”

y se preocupa tiernamente por quitarse

la hinchazón de su dedo índice

por tirar del gatillo; la masa de

prisioneros muere con la esperanza

de sobrevivir. Juego con la muerte

y con las ilusiones, La fiesta de las

balas parece un brutal antecesor del

videojuego.

Llamar fiesta a este cuento se

vuelve una calurosa ironía. Decir lo

contrario, tomar en serio la palabra

fiesta, sería un absurdo. Así como

sería absurdo decirle a un niño que

está en una fiesta cuando juega

a asesinar marcianos frente a su

televisor. Festejo el de las balas que

cumplen con su cometido. Festejo

onanista, ególatra, el de Fierro. Festejo

brutalmente liquidado el de los

prisioneros creyendo en su salvación;

pero nunca fiesta.

En la película boliviana Yvy

Maraey (2013), Elio Ortiz y Juan

Carlos Valdivia asisten a la fiesta de

un pueblo. El pueblo está dividido

en dos: el barrio guaraní, indígena,

y el barrio karai, de personas de

piel blanca. Ambos barrios celebran

fiestas al mismo tiempo en

un ambiente tenso, al borde de la

confrontación. Inevitablemente,

después de horas de tomar bebidas

alcohólicas, los barrios pelean por

una nimiedad. Elio Ortiz, antropólogo,

lamenta la pelea y afirma:

“Esto ya no es una fiesta”. Y Juan

Carlos Valdivia, cineasta, reflexiona

si en algún momento no deberíamos

dejar de ser occidentales o indígenas

para ser más humanos y estar más

unidos.

Octavio Paz (1999) no piensa lo

mismo cuando, en El laberinto de la

soledad, afirma que por la explosión

desbordada de las íntimas pasiones

humanas en una fiesta uno puede

llegar a asesinar, emocionado por el

encuentro con sus semejantes humanos.

Richard Schechner y Victor

Turner cuando estudian el ritual

—operación similar a la fiesta— hablan

de la “experiencia de la camaradería

ritual comunitas”:

La comunitas […] representa el deseo

de una relación total, no mediatizada

de persona a persona, una relación

que no obstante no sumerja al uno

en el otro, sino que salvaguarde sus

caracteres únicos en el acto mismo

de realizar su comunidad […] Casi en

cualquier parte la gente puede ser

subvertida respecto a sus deberes y

derechos y llevada a una atmósfera

de comunitas […] ese momento en

que personas compatibles —amigos,

congéneres— alcanzan un destello

de mutuo entendimiento lúcido en el

plano existencial, en que sienten que

todos los problemas, ya sean emocionales

o cognitivos, y no sólo sus propios

problemas, podrían resolverse si

tan sólo el grupo al que se percibe […]

como nosotros pudiera sostener su

iluminación intersubjetiva. [Turner

citado en Schechner, 2012].

Este alto grado de comunidad, de

relación y empatía, imposibilita el

homicidio. El acto de matar requiere

distancia emocional entre personas.

Una fiesta es un espacio para hacer

comunidad. Quien está dentro de

una fiesta se vuelve parte de una

comunidad. Un acto violento suspende

el ambiente festivo y propicia

la guerra.

La fiesta es una forma de ritual.

Es necesario recordar que lo que

nosotros llamamos fiesta tiene su

antecedente en las formas rituales

de la Antigüedad clásica y cristiana.

La fiesta es un momento de derroche,

se consumen los excesos de la

producción alimenticia. Fiesta es

signo de abundancia en todos los

sentidos. Exceso de alimentos terrenales

para el estómago, emocionales

para el espíritu, sexuales para el

cuerpo. La fiesta es fuego artificial,

no arma de fuego. Aceptación de la

muerte, no consumación. Goce de la

vida, no sacrificio. Después del goce

viene la redención de los pecados.

Entonces sí, la muerte se presenta

en forma simbólica cuando termina

la fiesta. No puede haber sacrificios

ahí donde todavía no hace falta nada

por lo cual sacrificarse.

Cuando Ernest Hemingway escribió

Fiesta en la década de 1920,

retrató a la “generación perdida” de

estadounidenses que iban a París a

buscar una justificación, una motivación

existencial en la vivacidad de

las fiestas nocturnas. Los estadounidenses

buscaban tomar cucharadas

condensadas de vida después del

vacío que les dejó la primera Guerra

Mundial. Los jóvenes contraponían

la vivaz locura de la fiesta parisina

a la mortal experiencia de la guerra.

(Juan Villoro, 2006)

18 la gaceta © andrea garcía flores

enero de 2017


¿la revolución era una fiesta?

Bolívar Echeverría,

filósofo, pensaba que

la historia humana se

divide en dos tiempos.

El tiempo ordinario

de la cotidianidad, de la

rutina, de las reglas

establecidas. Y el tiempo

extraordinario en el que

la sociedad y las reglas

establecidas se ponen en

crisis y se cuestionan.

Al tiempo extraordinario

pertenecen el juego,

la fiesta y las artes.

Asesinar significa fragmentar,

excluir, confrontar, agredir.

Fiesta, por el contrario, significa

unir, comulgar, incluir, vivir, tener

empatía. Octavio Paz dice que fiesta

es participar. En una fiesta participamos

para crear comunidad,

no para destruirla. El asesinato

suele vincularse con la soledad y la

enemistad. Como en La fiesta de las

balas, Rodolfo Fierro, el que asesina,

es un solitario.

En Los de abajo, Demetrio Macías

—líder revolucionario— huye y

enfrenta al ejército federal porque

un cacique de la región lo acusó

injustamente de ser revolucionario.

Con muchos triunfos y cierta fama

de gran general, Macías se mantiene

al margen de la lucha revolucionaria

y concentra sus esfuerzos contra el

cacique local y las tropas federales

que lo atacan. Cuando puede, él y

sus veinte hombres descansan de

la pesada faena de la guerra y viven

de la bondad de pueblos hartos de la

hostilidad federal.

Todo cambia cuando Luis Cervantes,

un estudiante de medicina,

se une a la tropa de Macías y le

recomienda sumarse a las filas del

general Natera, pues dice Luis: “Es

mentira que la lucha de Demetrio

sea sólo contra el cacique local, es

en realidad una lucha contra todos

los caciques del país que oprimen al

pobre”. Convencidos, Macías y su

tropa salen rumbo a Zacatecas para

unirse a la bola. Una vez sumada

a las filas de Natera, la tropa de

Demetrio adquiere los vicios de los

grandes ejércitos de la revolución y

acepta sin consideración a desertores

federales y asesinos maniáticos.

Roban a pobres y a ricos por igual,

matan a gente inocente y secuestran

muchachas para violarlas. Se ganan

entonces la enemistad de los pueblos

que antes los alababan y pronto

acaban con las riquezas disponibles

para la manutención de una tropa

cada vez más numerosa.

Luis Cervantes deserta y se va

a vivir a Estados Unidos con las

ganancias que le dejaron los robos de

la revolución. La tropa de Demetrio

Macías pasa hambrunas, sufre cuantiosas

bajas, deambula por ciudades

pauperizadas y vacías, pierde la

motivación, ya no sabe ni por qué lucha

y termina por morir toda en una

emboscada. Sólo sobrevive Demetrio

Macías que aún sin razón para pelear

sigue, solitario, el vértigo pronunciado

de matar en una revolución ajena.

Luis Cervantes irrumpe en la novela

con buen semblante. Aunque de

clase alta capitalina, parece un chico

inteligente y solidario que busca

ayudar a la causa revolucionaria. Un

estudiante de ideales buenos y coherentes.

Simpatizamos con él porque

después de pasar mucho tiempo con

un personaje y ver la historia desde

su perspectiva, adoptamos su visión

de la realidad y nos identificamos

con él (criticaría Brecht).

Camila se enamora de Luis Cervantes.

Ella es una mujer campesina

que representa la bondad absoluta,

la pureza inmaculada, la ayuda desinteresada.

Sin embargo, su idilio se

derrumba por la desidia del capitalino.

Cuando Demetrio Macías pide

para sí a Camila, el “curro” Cervantes

la rapta con engaños, como si el

enamorado fuera él mismo, y la lleva

sin escrúpulos con su general. Esto

nos hace ver a un Luis Cervantes

cuyo amor por el campesinado son

pura palabrería hueca e interés por

estar cercano al poder. Es como si

las bondades de la patria rural se

corporeizaran en una mujer, y el

hombre, al despecharla, también rechazara

sus ideales revolucionarios.

Poco a poco vamos deconstruyendo

nuestra positiva visión de Cervantes.

La manera en la que trata a

Camila, su hipocresía cuando roba,

sus maleables ideales y sobre todo

su posterior deserción de la tropa

en el momento más crítico, nos

hacen terminar por desencantarnos.

Pareciera que su intervención

en la revolución y la recomendación

de unirse a las tropas de Natera no

eran honestos ideales sino mero

oportunismo. Y en una lucha armada

aprovecharse de los demás no es

ni revolucionario ni festivo. El hombre

de clase alta no pudo ni trató de

hacer comunidad con la tropa que

hipócritamente apoyaba.

Bolívar Echeverría, filósofo,

pensaba que la historia humana se

divide en dos tiempos. El tiempo

ordinario de la cotidianidad, de la

rutina, de las reglas establecidas. Y

el tiempo extraordinario en el que la

sociedad y las reglas establecidas se

ponen en crisis y se cuestionan. Al

tiempo extraordinario pertenecen

el juego, la fiesta y las artes. Para

Echeverría la fiesta es el espaciotiempo

en el que sucede el encuentro

de la sociedad con lo platónico y

lo imaginario, a veces mediante la

ayuda de alucinógenos.

La fiesta es entonces un momento

en el que todos juntos podemos

cuestionar las reglas de nuestra

sociedad y sumirnos en el caos sin

consecuencias. Es tratar de acercar

el mundo objetivo a la imposibilidad

y la perfección de lo imaginario. Por

eso, en la fiesta el rico es pobre, el

loco es rey, la mujer es hombre. La

fiesta es un espacio de innovación,

de creación, de imaginación de otro

mundo posible. En este sentido, la

fiesta es la posibilidad de la revolución,

de subvertir nuestro mundo.

Como decía Turner (Schechner,

2012) sobre la comunitas: es cuando

tenemos la sensación de que si

seguimos así de interrelacionados

podremos solucionar todos nuestros

problemas. La muerte, sin embargo,

no subvierte el mundo, sino que lo

destruye. Una revolución como la

mexicana es entonces fiesta en tanto

proceso imaginativo y no es fiesta

en tanto confrontación.

Mijail Bajtin, pionero en la lectura

“carnavalesca” de la literatura, veía

en la risa la característica central de

los carnavales. La risa como inteligencia.

La risa como crítica. La risa

como un producto ajeno a la seriedad

de la Iglesia. Elemento de las

clases populares a contrapelo de las

élites. Henri Bergson decía que para

reírnos de algo o de alguien tenemos

que distanciarnos emocionalmente

y adoptar una postura crítica. Antonio

Lafuente afirma que reírnos

juntos fomenta un sentimiento de

comunidad. El que ríe forma parte,

es incluido, es parte de la comunidad.

La risa es paradójica: se ríe de

alguien, lo ataca, lo critica y al mismo

tiempo hace comunidad, incluye,

une. La risa es tiempo ordinario de

consolidación de comunidad y tiempo

extraordinario de crítica hacia la

misma. Paradoja de la fiesta: une y

desune. Identidad crítica.

Leonardo da Jandra critica la visión

marxista de Bolívar Echeverría

y de Mijail Bajtin. La modernidad y

los marxistas, dice Da Jandra, tienden

a ver todo en términos contrapuestos,

buscan separar el tiempo

ordinario del extraordinario, lo

apolíneo de lo dionisiaco y sobre todo

lo sagrado de lo profano. Si los marxistas

buscaban la confrontación, los

opuestos, la dialéctica, las revoluciones

las concebían como fiestas, pues

se veía la revolución como tiempo

extraordinario, no como tiempo

ordinario y productivo. Lo necesario

ahora es ver la complementariedad

de los opuestos.

Quizá Da Jandra olvida que el

marxismo no sólo contempla la tesis

y la antítesis, también vislumbra la

necesaria síntesis. Y síntesis es lo

que anhelan tanto Da Jandra como

Echeverría. La fiesta no puede ser

totalmente profana y dionisiaca, es

decir, obedecer al exceso sin medida.

La fiesta también debe tener

una pequeña dosis de sacralidad, de

belleza, de reglas mínimas para la

convivencia. Una sacralidad que es

contacto con la divinidad del estar

todos interconectados, creyendo

alcanzar la verdad de una imaginación

suprema, colectiva y empática.

La novela Los de abajo está

llena de fiestas en los momentos de

esparcimiento, cuando no se libran

batallas. Su lenguaje es reflejo de

la risa carnavalesca y de la cultura

popular. De manera paulatina,

las fiestas van transformándose,

camaleónicas, dependiendo de su

entorno. Al principio los revolucionarios

participan del derroche y la

música de los pueblos en que irrumpen.

Todos comparten el anhelo

de un mundo donde los federales

no saqueen las casas y no violen a

las muchachas. La tropa comparte

mujer y los casados se enamoran.

Un campesino se disfraza de cura.

Cuando los revolucionarios no cumplen

el rutinario trabajo de batallar

en la revolución, comen lo más que

su pobreza les deja y descansan para

recuperarse.

Luis Cervantes llega para trastocarlo

todo, él representa el punto de

quiebre de la realidad campesina. La

pureza e idealización del campesinado

se corrompe con la llegada de

la contaminada urbanidad de Cervantes.

Esta confrontación de clases

dentro del mismo bando atenta

contra la naturaleza festiva de la cotidianidad

revolucionaria. Morenos

y güeros, ricos y pobres, esas fueron

las diferencias que avivaron la

mecha de buena parte de la revolución.

En la fiesta y en la revolución,

las jerarquías sociales, los gremios

y las diferencias deberían tender a

borrarse. Cervantes es un hombre

que nunca empatiza, nunca se incorpora,

ni se vuelve real congénere o

hermano de los revolucionarios a

quienes apoya. Es por su culpa que

la segunda ronda de fiestas se da en

las ciudades:

La tropa entra a saquear las casas,

los pobres se enriquecen por un

tiempo, comen en abundancia, gastan

en exceso. Una mujer, La Pintada,

enamora a varios hombres y los

cela. Las novias de unos son novias

de otros. Los cuerdos son locos y los

locos dicen comentarios cuerdos.

Luis Cervantes, universitario, da

un discurso que nadie entiende pero

todos aplauden, la intelectualidad

se vuelve farsa. Esta particular

abundancia de recursos robados se

derrocha en exceso, lo que da paso

a la tercera ronda de fiestas donde

todo escasea. De vuelta a su lugar

de origen, la tropa no es recibida. Lo

único que queda es robar miserias y

saquear casas vacías. En el capítulo

final hay un precioso contraste

entre la tranquilidad y el festejo del

inicio del día con el súbito e inesperado

tiroteo que acaba con la tropa

de Demetrio Macías:

“Fue una verdadera mañana de

nupcias […] Los soldados caminan

por el abrupto peñascal contagiado

de la alegría de la mañana […] Y por

eso los soldados cantan, ríen y charlan

locamente”.

“¿Con que si el enemigo, en vez de

estar a dos días de camino todavía,

les fuera resultando escondido entre

las malezas de aquel formidable

barranco, por cuyo fondo se

han aventurado? […] Y cuando

comienza un tiroteo lejano, donde

va la vanguardia, ni siquiera se

sorprenden ya […] Pero el enemigo,

escondido a millaradas, desgrana

sus ametralladoras, y los hombres

de Demetrio caen como espigas cortadas

por la hoz.” (Azuela, 2007).

La mañana que era una fiesta de

nupcias se eclipsa con el fuego mortífero

de la metralla. Así se consumó

el final de la fiesta, cuando se

bebía el último barril de tequila,

cuando se cantaba, se reía y se

charlaba. Así se terminó de fulminar

la fiesta, con las ametralladoras

del enemigo. La fiesta cegada

con la muerte, la muerte que cegó

una comunidad, la comunidad que

sobrevive en Demetrio Macías, solitario,

disparando eternamente como

Rodolfo Fierro, por la ya muy ajena

causa de la revolución.

La Revolución mexicana no fue

una fiesta, aunque tuvo muchas

fiestas dentro de sí. La característica

fundamental de la lucha armada

es que hay homicidios, eso impide

llamar fiesta a la revolución. Pero

la capacidad de los revolucionarios

de imaginar, de subvertir el orden

cotidiano, el fuerte sentimiento de

comunidad en algunos fragmentos

de las obras analizadas nos permiten

declarar que en la revolución

pervivió una actitud festiva para

contrarrestar el poco fraternal y frívolo

hecho de la muerte violenta. •

enero de 2017 la gaceta 19


N OVEDADES

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

ND O DE CULTUR

ENERO DE 2017

553

El volcán y el sosiego

Una biografía

de Gonzalo Rojas

fabienne bradu

El rumbo de la

transformación

educativa

Temas, retos

globales y

lecciones sobre

la reforma

sistémica

helen janc malone (coord.)

Gracias a su cercanía con

Gonzalo Rojas, su obra y su

familia,

y después de una

minuciosa investigación y largas

entrevistas, Fabienne Bradu traza

cronológicamente pero con ritmo

y tono novelísticos la vida de este

gran poeta chileno: la relación con

sus padres, sus innumerables viajes

por Chile y el resto del mundo, sus

amoríos abiertos y clandestinos,

su descubrimiento de la poesía, sus

relaciones con Salvador Allende

y Pablo Neruda, su participación

en encuentros y lecturas y la

recepción de los premios Reina

Sofía y Cervantes, entre otros. El

lector descubrirá la deslumbrante

vida de este hombre cordial y

altivo marcado por profundas

contradicciones, una de las voces

fundamentales de la poesía

hispanoamericana contemporánea.

Con este volumen, el fce inicia

los festejos del centenario de su

nacimiento.

tierra firme

1ª ed., 2016, 486 pp.

$290

La reforma educativa se ha convertido en

objetivo esencial de toda nación que pretenda

mantener o elevar el nivel de vida de sus

habitantes. Publicada originalmente en 2013,

este volumen contiene 25 ensayos agrupados

en cinco apartados que dan una visión global,

coherente y crítica de la educación en el

mundo. Las miradas de estudiosos de diversas

nacionalidades y experiencias permiten

conocer las diversas reformas educativas

emprendidas en el orbe, los factores que

intervienen en el desarrollo de los estudiantes

—como la tecnología—, las distintas

capacidades de los alumnos, el diseño de los

programas y la formación docente requerida

para lograr los objetivos que se proponen.

Lo más interesante aquí es constatar la gran

diversidad de puntos de vista sobre el tema.

educación y ped agogía

1ª ed., 2016, 224 pp.

20 la gaceta enero de 2017


Peces dulce acuícolas

de México en peligro de

extinción

gerardo ceballos, edmundo díaz

pardo, lourdes martínez estévez y

héctor espinosa pérez (coords.)

Los peces en general, y los

dulceacuícolas en particular, son

el grupo más diverso entre los

vertebrados, pero también uno de

los más diezmados. Este libro es un

extenso catálogo de las especies de

peces dulceacuícolas en peligro de

extinción en México, cuyo objetivo es

generar un mayor conocimiento sobre

ellas y sus hábitats para su mejor

preservación. El catálogo contiene

fichas técnicas e ilustraciones de

cada una de las especies, incluyendo

mapas de localización. Es referencia

indispensable para los estudiosos

del tema y de las ciencias biológicas

y ambientales en general.

ediciones científicas universitarias

1ª ed., 2017 umbrales

1ª ed., 2017

¿Qué era el socialismo

y por qué se desplomó?

katherine verdery

Este conjunto de artículos

es el resultado de diversas

investigaciones realizadas

en la década de los ochenta y

principios de los noventa sobre

el funcionamiento del socialismo

real y las direcciones que tomaron

las naciones de la Europa del

Este después de su derrumbe. El

enfoque de la obra es antropológico

imbuido de un espíritu escéptico

ante las expectativas de una

supuesta transición inmediata al

libre mercado, y prejuicios como

la creencia en la existencia de un

totalitarismo absoluto. El método

expositivo describe con claridad la

lógica interna del socialismo real

y las causas de su colapso dentro

de las dinámicas nacionales y el

contexto mundial.

El mar de los deseos

El Caribe afroandaluz,

historia y contrapunto

antonio garcía de león griego

Estudio de gran amplitud y detalles

de los orígenes históricos y

culturales de la música del Caribe

y sus relaciones con las tradiciones

y corrientes musicales de América

con una visión de conjunto bien

articulada. Describe las condiciones

históricas y la conformación

cultural de lo que el autor llama “el

Gran Caribe”, para ubicar su tema

central, el cancionero, recopilación

de las expresiones musicales

surgidas en esa gran región. Este

“cancionero colonial caribeño” es

producto del nexo entre tradición

histórica y tradición cultural, por lo

que se convierte en una herramienta

muy valiosa para la reconstrucción

histórica de la época colonial y

la apreciación de su herencia en

nuestra época.

historia

1ª ed., 2016, 299 pp.

$245

Martín y el rey del bosque

sebastian meschenmoser

En esta nueva aventura

acompañamos a la entrañable

ardilla Martín a conocer los

misterios que esconde el bosque

donde habita. La historia empieza

cuando Ramón cuenta las leyendas

en torno al rey del bosque, quien

aparece cada cien años para

traer prosperidad y mejorar la

vida de sus habitantes. Martín

reflexiona sobre esa idea y, a la

mañana siguiente, se queda muy

sorprendido pues en la puerta de

su casa aparece un ser misterioso.

Todas las características descritas

por Ramón encajan, no puede haber

equivocación: es el “rey” que viene

a enseñarles algunas costumbres

y hábitos que, según Martín y sus

amigos, “mejorarán” la vida de

todos. Algunas son tan extrañas

como rascarse mucho detrás de las

orejas, dar vueltas en círculos y,

además, una actividad muy peculiar:

marcar el territorio. Pero esto, en

lugar de solucionarlo todo, hará del

bosque y sus habitantes un caos muy

apestoso. La visita del rey afectará

a los animales del bosque en más de

un sentido, los obligará a reflexionar

sobre la convivencia en su pequeña

comunidad y tendrán que buscar

juntos la solución al problema que

ellos mismos crearon.

los especiales de a la orilla del viento

1ª ed. en español, 2017, 64 pp.

enero de 2017 la gaceta 21


trasfondo

Bizarro

Piano Bar

Agustín Gendron

Una historia de la ciudad nocturna

—sublimes contra rudos en un bar

de Sanborns— narrada por una

voz que superpone sus ideales es

estéticos y recuerdos más

preciados a la ordinariez cómica

de la vida. A duras penas,

lo sublime alcanza a librar

el trance.

Cuando Billy nos contó sobre

su nuevo trabajo, supe

que tarde o temprano lo

tendríamos que rescatar.

Y no es que fuera un mal pianista;

al contrario, su técnica era impecable

y sabía conectarse con el público.

Podía tocar de todo, contar muy

buenas historias y ser encantador.

Si acaso tendía a adornar de más

una frase o a sobrecargar las melodías,

muy al estilo de su ídolo Oscar

Peterson, pero cuando estaba en

vena era capaz de darle vida a todo

lo que salía de sus manos.

No; su verdadero problema estaba

en lo que él mismo definía como su

“lado jazz”. “¿Lado jazz? Más bien

su afición desmedida por el alcohol”,

sentenciaban las almas simples,

siempre tan definitivas en sus

juicios. En realidad, ambas partes

tenían algo de razón: si bien era

innegable la existencia de algo indefinible

en la personalidad de Billy,

algo que lo impulsaba hacia el lado

oscuro de la luna y lo incapacitaba

para engrosar las filas de la gente de

bien, también era indiscutible que,

bajo el influjo de Baco, su repertorio

se volvía más impredecible, sus

historias más extrañas y su encanto

más desconcertante.

Por eso, cuando Billy nos dijo que

iba a tocar en un bar de Sanborns se

encendió una pequeña luz roja en el

tablero de la cordura, junto con un

discreto regocijo con aroma a azar y

a precipicio. “La clientela de esos lugares

no aprecia lo que tú tocas”, le

advertimos. “Sólo tienen dos cartas

de navegación: la nostalgia o la lujuria,

y ambas acaban por aburrir si

se vuelve a ellas noche tras noche.”

Pero Billy no se arredró: “Para

todos tengo, con tal de que no arrebaten.

Si andan chipilosos les suministro

trova y boleros, con algo de

Chopin en medio para amacizar. A

las parejitas puedo complacerlas con

su José José de aperitivo y les doy

la estocada con Sinatra: los moteles

me van a pagar comisión. ¿Quieren

sus Beatles? Van. ¿Su Elton John?

Pero cómo no; a Emmanuel lo

compenso con Serrat y a Mijares

me lo bajo con un buche de Leonard

Cohen. Creo que puedo llegarle

hasta a Arjona. Eso sí, chingaderas

estilo Richard Clayderman no las

toco ni aunque me inviten una botella

de coñac. Toda profusión tiene

un límite. Pero no os preocupéis: mi

selección musical es más variada que

la carta de los cocteles... No estoy en

plan exquisito, y cuando me aburra

me largo”.

Tales fueron sus palabras. Francamente,

lo de Arjona me pareció

exagerado, pero me dio gusto verlo

tan animoso. De hecho, el primer

mes fue una verdadera luna de miel

entre tan singular pianista y los

clientes del bar, a quienes no parecía

desagradarles su ecléctico repertorio.

El único contratiempo fue la inmediata

animadversión entre Billy

y el capitán de meseros, torvo sujeto

cuyas oblicuas miradas lo hacían

parecer espía de caricatura, como

si trajera algo oculto entre manos.

Su ojeriza no era gratuita: en primer

lugar, Billy había desplazado como

entertainer del bar a su amigo Nicho

Mercado, quien, frente a su teclado

Casio, soltaba una retahíla de éxitos

de ayer y hoy, con la peculiar virtud

de hacer que todos sonaran igual.

Billy odiaba los sintetizadores, precisamente

por su uniformidad.

La única condición que puso al

firmar el contrato fue que lo dejaran

meter al bar su viejo piano vertical

que, pese a su desastrada apariencia,

emitía un timbre muy sonoro, y

era idéntico al que toca Sam en Casablanca.

Ahora que lo pienso, creo

que esa similitud era una premonición

de lo que ocurriría algunos

meses más tarde…

El caso es que las maniobras

para acomodar el instrumento en

el pequeño escenario requirieron

la participación de todos los meseros

y trastocaron la rutina del bar.

Tuvieron que mover varios anaqueles,

cargar el piano en vilo por un

pequeño tramo de escalera y apartar

todas las mesas y sillas del bar.

Semejante ajetreo provocó la furia

luciferina del infame capitán, quien

no podía concebir tanta chocantería

de un pinche cantante. “Ni que fuera

Plácido Domingo”, farfullaba. “¿Por

qué no puede tocar un teclado portátil,

como todos los demás? ¿Por qué

tiene que ser un piano de verdad?”

“¡Pues justamente porque es de

verdad!”, contestó Billy a un empleado

de la tienda que días después

le relató el episodio de la mudanza.

A este respecto es justo aclarar que

nuestro amigo se había ganado el

aprecio del personal de servicio. Algunos

meseros le pasaban incluso una

que otra copa de brandy a trasmano

para animarlo cuando no lo sentían

inspirado, algo, por cierto, muy poco

frecuente, porque nosotros mismos,

que llegamos a ir al bar tres o cuatro

veces por semana, manteníamos su

inspiración bien aceitada. Cuatro

copas por noche. Tal era la medida

exacta para hacer que salieran

el Herbie Hancock o el Thelonious

Monk que nos hacían la noche. Más

alcohol significaba acercar peligrosamente

a Billy a su “lado jazz”.

Antes de la infausta noche de los

médicos, el “lado jazz” de Billy apareció

sólo dos veces: en la primera

no contamos con que uno de los

meseros, con más buena fe que prudencia,

proporcionó a Billy una copa

coñaquera llena de Fundador. Esa

descomunal dosis, sumada a la que

ya tenía entre pecho y espalda, hizo

que el pianista empezara a intercalar

fragmentos de Schumann y Liszt

en su repertorio habitual. Cuando

se siguió de largo con un medley de

veinte minutos entre Duke Ellington

y Bartók, ante el comprensible desconcierto

del respetable entramos

rápidamente en acción, cortando de

tajo el insólito recital mediante el

muy barato ardid de sentar a Billy

en nuestra mesa y ya no dejarlo levantarse.

Por suerte, ese día el lugar

estaba casi vacío.

La segunda vez, el lado jazz de

Billy requirió un mayor trabajo de

control de daños. Esa vez, contrario

a su costumbre, Billy se sentó al

piano con varias copas encima, así

que cuando llegó al cuarto vodka

interrumpió su actuación a la mitad

de “I’ve Got You Under My Skin”, se

volvió hacia la clientela y declaró:

“¿Sabían que la baronesa Nica

alcanzó la iluminación en estas

tierras?”

Silencio absoluto. Nos había

tomado por sorpresa. De una mesa

contigua se dejó oír una débil voz de

mujer: “¿Quién?”

“La baronesa Nica de

Koenigswarter, nacida Pannonica

Rotschild, nieta del hombre más

rico del mundo a principios del siglo

veinte. Después de pasar varias

semanas en México, decidió abandonar

a su marido para dedicarse a

proteger el alma del jazz. A ella nos

encomendamos ahora y a su nombre

dedicamos estas ofrendas. Que su

luz llegue a todos los que buscamos

redimir la sed inextinguible

detrás de nuestro instrumento”, y

se arrancó, como era de esperarse,

con “Everything Happens To Me” y

“Straight No Chaser”. A la mitad de

“Ruby My Dear”, otra pausa. Parado

sobre el banco del piano, Billy pedía

la atención de los asistentes:

“Ahora es tiempo de invocar la

palabra sagrada para protegernos de

las falsas promesas y las tentaciones

instantáneas. Unámonos en coro

para repeler a los inicuos y reavivar

22 la gaceta © andrea garcía flores

enero de 2017


izarro piano bar

la fe.” Manteniendo su precario

equilibrio, Billy arremetió:

“They’re selling postcards of the

hanging,

they’re painting the passports

brown

The beauty parlor is filled with

sailors, the circus is in town…”

Cuando terminó, uno de nosotros

dijo: “Eso no es un poema, Billy, es

una canción”. Pero Billy, arrebatado

por la emoción, no se dejó intimidar:

“Si nos obstinamos en meter lo

inefable en cajitas, acabaremos atrapados

dentro de una de ellas porque

es nuestra propia mente quien las

crea. Recuerden lo que dijo un sabio

maestro: la realidad es elástica;

el tiempo, poroso. Tal vez esto lo

estamos viviendo mañana. ¿Ven

este piano? Parece más sólido que

una montaña, pero puedo sacar de

él los sonidos más sublimes; apenas

una vibración que se apaga en un segundo

sin dejar huella; pero también

ocurre lo contrario: su madera es

frágil; nada puede contra una varilla

de metal, pero cuando la oscuridad

se cierne sobre los desamparados,

se vuelve indestructible. Nada es

lo que parece y todo está en movimiento.

Ahora, como escribió James

Douglas Morrison, otro gran poeta

popular: When the music’s over…”

Y a voz en cuello empezó a recitar

sonetos de Quevedo. Llegado este

punto, varias parejas pidieron la

cuenta, amagando con protestar

ante la gerencia. Cuando el capitán

le hizo una seña al guardia de seguridad,

volvimos a entrar al quite:

“Perdonen ustedes esta inesperada

interrupción. Es que somos

asistentes al congreso de poetas

que organizó la universidad y nos

dejamos llevar por la emoción, pero

ya nos retiramos. Una disculpa y

que sigan disfrutando su velada.

Con su permiso.” Y mientras uno

de nosotros pagaba la cuenta, los

demás tomamos rumbo a la salida,

llevándonos a Billy a rastras.

Fuera de estos episodios, disfrutamos

siete u ocho meses de buena

música, conversación y tragos.

Hasta llegamos a establecer un buen

acuerdo: los martes y los miércoles

el lugar (y por ende el repertorio

del pianista) era nuestro; el jueves,

una hora y una hora, y los viernes

y sábados el resto de la clientela

mandaba. Esos días nos limitábamos

a hacer una discreta petición.

Los meseros, contentos de tener

buenas propinas aseguradas los días

más flojos de la semana, nos recibían

con la cordialidad reservada a los habituales.

Incluso nos permitían usar

como salida una puerta semioculta

al final de la barra, misma que daba

a unas escaleras de servicio, y de allí

directo a la calle.

Pero nada es para siempre, y finalmente

llegó la infausta noche de

los médicos.

Fue un jueves cualquiera; nada

que presagiara el fin de nuestra

utopía pianística. Si acaso un

poco más de gente que la usual.

De acuerdo con nuestro trato, la

primera hora transcurría envuelta

en la calidez del más accesible Chick

Corea. Entonces aparecieron cinco

jóvenes residentes de un hospital

cercano, cada uno acompañado por

su respectiva enfermera. Dos o tres

todavía de bata blanca, y uno de

ellos portando un estuche de guitarra.

Nada raro; ya habíamos visto

a varios de sus colegas soltar la

tensión de su demandante actividad

en el bar en compañía de las infaltables

enfermeras, siempre ávidas

de hincarle el diente a presas tan

suculentas.

Pero los médicos de aquella noche

parecían más agresivos. “Qué hueva

de música”, le oí decir a uno. Billy

también lo oyó pero aguantó vara,

pensando que en la segunda hora

se aplacarían con la selección de

las favoritas de siempre. Cuando

terminó su primer set y se sentó en

nuestra mesa a tomar algo y conversar

quince minutos como siempre

lo hacía, los patanes aprendices de

matasanos sacaron la guitarra y se

pusieron a berrear un infecto popurrí

de lo primero que les venía a la

cabeza. En ese momento pensé que

había que castigar tanta majadería,

empujando a Billy al “lado jazz” con

la ayuda de tres Magnos triples y

un misil etílico bautizado “T con A”,

consistente en dos partes de tequila

por una de anís. Todo este arsenal

fue consumido en cuarenta minutos,

al cabo de los cuales estábamos

listos para el combate contra los

emisarios de la vulgaridad.

Como era previsible, cuando Billy

regresó al teclado los médicos y sus

secuaces no se callaron. Una de las

enfermeras, no sé si por socarronería

o ganas de distender el ambiente,

exclamó: “Ya dejen tocar al pianista”,

y dirigiéndose a nuestro amigo,

preguntó melosa: “¿Puedes tocar

‘Balada para Adelina’?”

“De poder, puedo”, contestó Billy,

“eso lo puede tocar un chimpancé

con media hora de ensayos, o uno

de tus amigos con media hora más,

pero poder y querer son cosas distintas.

Ahora dime, ¿por qué alguien

que se consagra al cuidado de la

salud querría infectar el alma de los

demás?”

La joven se le quedó viendo con

perplejidad conmovedora, acaso

descifrando si lo que acababa de

escuchar era un insulto, un halago,

o algo intermedio. Su compañero,

más sagaz, masculló algo ininteligible

y volvió a tomar la guitarra. Con

harto coraje y sentimiento, entonó:

…y cómo es él… en qué lugar se

enamoró de ti…

Inmediatamente después de oír

eso, Billy aulló:

“¡Miserables apologistas de Sancho!

¡No seguirán mancillando este

santuario! ¡Por el poder de Santa

Pannonica y Santa Jeanne Moreau,

les ordeno respetar la belleza!”

Y atacando las teclas con auténtica

sed justiciera, gritó a todo

pulmón:

“¡Camaradas, por la gloria de San

Robert Zimmerman, acallemos a los

mercaderes del templo!”, y se dejó

venir con:

Come you masters of war… You

that build all the guns…

Soltando toda la tensión en un

grito que pudo haberse oído hasta

la calle, mis tres amigos y yo nos

pusimos de pie, volcando vasos y

cacahuates, uniendo nuestras voces

a la de Billy. Ante la fuerza bruta de

nuestro ataque lírico, los doctores,

levantándose también, se cambiaron

rápidamente a los versos de José

Alfredo para inyectar enjundia a

su contraofensiva vocal. Las enfermeras,

todavía sentadas, volteaban

para todos lados, mientras los

meseros, estupefactos, parecían no

percatarse del tumulto que empezaba

a formarse a la entrada del bar,

entre el que destacaba una señora

que preguntaba desde cuándo había

karaoke en Sanborns. Sin saberlo,

todos ellos presenciaban el bizarro

remake de una de las secuencias

más célebres del Hollywood de

antaño, sólo que en vez de nazis

había médicos; en vez de La Marsellesa

canciones de Dylan, y en vez de

Bogart, un mesero entrando apresurado

a advertirnos: “¡El capi fue por

los tiras y ya vienen entrando!”

Ante el peligro de pasar la noche

en los separos de la policía depusimos

la indignación y la defensa del

ideal estético. Abrimos la bendita

puerta de servicio y salimos en

estampida doctores, enfermeras,

amigos, pianista y un grupo de vivales

que huyeron sin pagar. Al llegar

a la calle nos dispersamos, como

mandan los cánones de una fuga eficaz.

Yo corrí hasta un café de chinos

una cuadra adelante, me senté en

un gabinete y pedí un té. A la media

hora me fui a mi casa.

Al día siguiente, el emisario al

que enviamos a liquidar nuestra

cuenta nos dijo que un mesero le

confió que cuando las fuerzas del

orden y el tenaz capitán entraron

por fin al bar, abriéndose paso entre

la multitud de curiosos, sólo hallaron

a una parejita tomada de la

mano —que no se había enterado de

nada—, sillas patas arriba, varios

vasos rotos y la única víctima del

zafarrancho, una guitarra tirada a

la mitad del local, desfondada por

un certero pisotón en el centro de

la caja. Junto a ella, la oscura mole

del piano se alzaba incólume, ajena

al caos, como un benévolo y antiguo

dios tutelar.

Y precisamente, ahora había que

resolver el asunto del piano.

Por fortuna contábamos con Juan

Camargo.

Juan Camargo no se andaba por

las ramas. Jazzófilo más empedernido

que nosotros mismos, un

viernes por la noche tomó por asalto

una estación de radio experimental

universitaria; encerró al solitario

operador (quien pensó que todo era

una broma; el intruso le prometió

que “sólo iba poner una canción”)

en la cabina de locución, extrajo con

una mueca de asco el CD de Kenny

G que transmitían y lo sustituyó por

una grabación del concierto de John

Coltrane en Tokio en 1966. Abrió

el micrófono y comunicó al público

que escucharían la versión de Trane

a “My Favorite Things” sin interrupciones.

57 minutos y 20 segundos

más tarde, Camargo, todavía

conmovido por la belleza de lo que

acababa de escuchar, se secó una

lágrima, liberó al azorado operador

y, ante sus airadas protestas, se despidió

diciéndole: “Más bien agradece

que no les puse a Cecil Taylor”.

Cuando le conté a Juan Camargo

lo ocurrido en el bar, se dispuso de

inmediato a ejecutar el rescate del

piano. Tres días después de la noche

de los médicos, se presentó en el

bar con un enorme legajo de papeles

bajo el brazo, acompañado de cuatro

gorilas que reclutó en el gimnasio

que frecuentaba. Cuando el capitán

de meseros salió a su encuentro, se

presentó diciéndole en un tono que

no admitía dudas:

“Buenas tardes; soy el representante

legal del bufete de abogados

Monk y Koenigswarter. Vengo en

cumplimiento de una diligencia

judicial.”

“Si se refiere a los lamentables

sucesos de hace unos días”, contestó

el capitán curándose en salud, “debo

informarle que ningún cliente ha interpuesto

una denuncia. Nadie salió

lastimado y no hay motivo para…”

Levantando una mano, Camargo

lo atajó:

“Ignoro la naturaleza del incidente

que me refiere, pero ese asunto

no es de nuestra incumbencia. Vengo

por el piano.”

“¿Perdón?”

“Tenemos entendido que dicho

instrumento pertenece a un tal…”

“¿Billy?”, se animó a decir uno

de los meseros, con una mezcla de

curiosidad y congoja.

“En efecto. Así se hace llamar ese

individuo, quien, por cierto, debe

dos años de renta del departamento

que actualmente ocupa. Como

resultado de un fallo judicial en su

contra, se nos ha facultado para

embargar todos los bienes materiales

del susodicho. Aquí tengo toda

la documentación correspondiente,

misma que pongo a su disposición

para su debida revisión”.

“No hace falta, señor abogado”,

graznó el capitán, cuyos malignos

ojillos brillaban de puro gozo. “Este

es un establecimiento absolutamente

respetuoso de la ley. Cumpla con

su obligación de inmediato.”

“Me da gusto ver que todavía

existen personas de bien. Mil gracias.

Muchachos, procedan a retirar

el piano, por favor.”

Y así lo hicieron. Esta vez, el

mismísimo capitán ordenó a los meseros

apartar los anaqueles y abrir

espacio. La cosa no les tomó más de

cinco minutos.

En cuanto a Billy, juró no volver

a embarcarse en el show business,

promesa que, como también sabíamos,

duró poco menos de siete

meses. No lo culpo: él es feliz

tocando, sin importar dónde. Dos

o tres años más tarde tuvimos que

rescatar el desvencijado piano una

vez más; ahora gracias a la intervención

directa del taimado Patarroja

y sus confiables Chicas-ángel, pero

eso, como dice un clásico, es otra

historia.

Regresé al bar justo al año de

la noche de los galenos del mal, a

manera de homenaje. Un mesero

sobreviviente de aquella época

me ofreció, en rápida sucesión, un

abrazo, una silla y un gin and tonic.

Como buen profesional que era, me

dejó instalarme, y a la media hora,

junto con el segundo coctel, me trajo

la pregunta que deseaba hacerme

desde que me vio entrar:

“¿Y qué fue de nuestro locuaz

amigo pianista? ¿Recuerda el día

que se le voló el sarape porque descubrió

que tenía un Sancho que era

doctor y se puso a invocar a Santa

Mónica, a Juana de Arco y a Supermán?

¿Se acuerda que le rompió la

guitarra en la cabeza al que no lo dejaba

tocar, y luego tuvieron que salir

en chinga por la puerta de servicio?

Eso sí, que bien le tupía a las teclas…

Salúdemelo si lo ve.”

Iba a decirle que Billy sería incapaz

de agredir a un semejante, y

mucho menos de destruir un instrumento

musical, pero no lo hice.

Supongo que así es como se tejen las

leyendas. •

enero de 2017 la gaceta 23


CONCURSO INTERNACIONAL DE

¡Si tienes entre 9 y 15 años esta convocatoria es para ti!

¿Cómo participo?

Bases

1. Si tienes entre 9 y 11 años de edad participa en la categoría A.

2. Si tienes entre 12 y 15 años de edad participa en la categoría B.

3. Elige uno de los siguientes libros de la colección A la Orilla del

Viento del FCE:

Categoría A

Concierto No. 7 para violín y brujas, de Joel Franz Rosell

Travesuritis aguda, de Rafael Barajas, El Fisgón

La decisión de Ricardo, de Vivian Mansour

El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica, de Juan Villoro

Categoría B

Un viejo gato gris mirando por la ventana, de Antonio Malpica

Los osos hibernan soñando que son lagartijas, de Juan Carlos Quezadas

En la oscuridad, de Júlio Emílio Braz

Odisea por el espacio inexistente, de M. B. Brozon

4. Ve a tu librería más cercana o cómpralo en nuestra librería virtual

www.fondodeculturaeconomica.com

5. Cuando hayas terminado tu lectura, te invitamos a pensar ¿qué te pareció?,

¿te gustó?, ¿le cambiarías algo?, ¿te recuerda a alguien?, ¿quién fue tu personaje

favorito?, ¿le añadirías algo?, ¿qué te hizo sentir?

6. Cuéntanos tus opiniones grabando un video de 3 minutos máximo en un celular,

tableta o computadora. El nombre de tu video debe contener el hashtag

#LeoyCompartoFCE + el título del libro que hayas elegido:

#LeoyCompartoFCETravesuritisAguda

7. Listo, ahora ¡súbelo a YouTube! www.youtube.com

· Accede a YouTube y crea tu cuenta.

· Haz clic donde dice Subir video (parte superior de la página).

· Selecciona el video que desees subir.

· Mientras el video se sube, puedes agregar información, título, hashtag

y descripción.

· Cuando haya quedado como tú quieres, haz clic en Publicar para terminar

de subirlo a YouTube.

· Selecciona la opción Compartir (Share) y copia el enlace que aparece.

8. Regístrate en nuestra página www.fondodeculturaeconomica.com y sube el

enlace de tu video.

A. La convocatoria estará abierta a participantes de 9 a 15 años de edad. Deberán

presentar un video en idioma español, sin importar el territorio geográfico

en el que residan. La participación en este concurso implica la total aceptación

de las bases de esta convocatoria.

B. El premio del Concurso Internacional de Booktubers 2016 consistirá en un

reconocimiento, una tableta, un paquete de libros del FCE y un taller en el

Centro de Cultura Digital.

C. El video deberá ser de 1 a 3 minutos de duración, de no ser así, será descalificado.

Se valorarán las opiniones personales de los participantes más que

los resúmenes de los textos.

D. Se descalificarán aquellos videos que se limiten a contar el libro, específicamente

el final, o que sólo respondan las preguntas que sugerimos en el punto 5.

E. Cada participante deberá ser registrado en nuestra página:

www.fondodeculturaeconomica.com por un adulto responsable.

F. Los videos se recibirán desde el 19 de octubre de 2016 hasta el 10 de febrero

de 2017. No se aceptarán videos extemporáneos bajo ninguna circunstancia.

G. El Fondo de Cultura Económica designará un jurado compuesto por cinco prestigiosos

autores y booktubers que elegirán dos videos ganadores, uno por

cada categoría, y otorgarán menciones si así lo consideran.

H. El fallo del jurado será inapelable y se dará a conocer el 10 de marzo de 2017

por correo electrónico a los ganadores, en la página del FCE y en nuestras

redes sociales. Ese mismo día se dará a conocer el lugar de la ceremonia de

premiación, la cual se llevará a cabo el 1° de abril de 2017.

I. Cualquier caso no previsto en esta convocatoria será resuelto por el Fondo de

Cultura Económica.

J. Los datos personales de los participantes son de carácter confidencial, y así

serán tratados de conformidad con las disposiciones jurídicas aplicables.

K. En caso de dudas, pueden comunicarse a las oficinas del Fondo de Cultura

Económica en el teléfono 5554491800 o a los correos cperez@fondodeculturaeconomica.com

y hdelarosa@fondodeculturaeconomica.com

¡Listo!

Lee, graba y comparte

¡Participa y gánate una

tableta electrónica y libros!

More magazines by this user
Similar magazines