Títulos de crédito

dmoreu

Reportaje sobre la historia y la magia de los títulos de crédito cinematográficos

Nacieron como una forma

anodina de presentar al

equipo técnico de la película,

pero la realización de títulos

de crédito ha evolucionado

hasta convertirse en una

nueva forma de arte

con entidad propia.

El 22 de septiembre de 1995 amaneció como un

día de otoño cualquiera en los EE UU, aunque

los cines de las grandes ciudades ya se preparaban

para el estreno de Seven, la última película

protagonizada por Brad Pitt y Morgan Freeman.

Hacía meses que circulaban rumores sobre el

contenido escabroso de algunas de sus escenas, pero nadie podía

llegar a imaginarse que el filme de David Fincher se alzaría

como el gran éxito de la temporada. Aquella tarde, los primeros

espectadores se sobresaltaron con su final asombroso y los

más avispados no dudaron en elogiar la secuencia de títulos de

crédito que había creado Kyle Cooper (Massachusetts, 1962),

un joven diseñador gráfico licenciado en Yale. Era un inicio

perfecto que introducía la atmósfera densa de la película y presentaba

de manera única al asesino (que no aparecía hasta los

últimos minutos de metraje). “Este trabajo cambió mi vida por

completo, porque me ofrecieron muchos proyectos y empecé

a viajar por el todo mundo hablando sobre diseño gráfico”, nos

comenta el propio Cooper desde Los Ángeles. “Pero también

hubo una parte negativa, puesto que me sentí muy presionado

para realizar todos los encargos que me llegaban. Siempre hay

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cosas que desearías cambiar y me arrepiento de algunas decisiones

que tomé después de Seven”. Aquella secuencia de tan

sólo dos minutos volvió a poner de moda el diseño de títulos

de crédito en Hollywood e incluso convirtió a Kyle Cooper en

una estrella atormentada por el éxito. Aunque, actualmente,

todavía hay quienes se preguntan si realmente existe un arte

para iniciar las películas.

Si nos remontamos a los orígenes del cine, podemos

apreciar cómo los títulos de crédito eran, simplemente, unos

rótulos informativos que se proyectaban sobre un fondo negro,

mientras el público entraba en la sala y esperaba a que empezara

la sesión. Como afirmaba hace unos años Martin Scorsese,

“aquellos títulos estaban hechos sin prestar atención y no

tenían ninguna relación con la historia que se contaba ni con

los personajes. Haciendo una comparación clásica, podemos

decir que eran como la portada de un libro”. A pesar de todo,

hubo algunos cineastas que enseguida experimentaron con sus

posibilidades creativas. Éste fue el caso de Méliès, visionario

francés que en 1902 sorprendió a los espectadores con un

bonito diseño para su aclamada versión de Viaje a la luna. En

Hollywood no tardaron en rodar superproducciones históricas

y, en 1915, D. W. Griffith ya creó títulos y carteles explicativos

para que el público entendiera la épica de El nacimiento de

inicios

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una nación. A principios

de los años veinte, un

joven Alfred Hitchcock

empezó a trabajar como

diseñador de títulos de

crédito y de rótulos para

películas mudas en los Estudios

Islington de Londres

(sin duda, un aprendizaje

que aplicaría en sus futuras

películas como director) y

Walt Disney aprovechó todos

los avances que le ofrecía la

animación de los años 30

para crear títulos acordes con

sus personajes más famosos,

como Mickey Mouse y Pinocho.

Siempre diferente, Orson

Wells decidió prescindir de la

típica secuencia de créditos inicial

cuando estrenó Ciudadano

Kane en 1941, recurriendo únicamente

al nombre de su productora

y poniendo el título en letras

gigantes.

Este panorama desolador

cambió por completo en 1955

cuando un diseñador gráfico de

Nueva York llamado Saul Bass creó

los títulos de la película El hombre

del brazo de oro, de Otto Preminger.

Se trataba de una secuencia de líneas

blancas que se desplegaban sobre un fondo negro a ritmo de

jazz y representaban la desesperación del protagonista –interpretado

por Frank Sinatra– en su intento por dejar la heroína.

“Llegó un momento que la gente se volvió complaciente y

asumió que sólo había una manera de hacer los títulos de las

películas”, explica Kyle Cooper mientras sorbe el primer café

de la mañana. “Pero entonces apareció Saul Bass, propuso una

nueva manera de ver las cosas y se convirtió en un innovador.

Con sus créditos demostró que había lugar

para la creatividad en aquellos dos minutos

de película y rompió todos los esquemas

preestablecidos”.

Los cineastas comprendieron rápidamente

que, además de servir como

mera presentación formal de los actores

principales y el equipo técnico,

podían aprovechar la secuencia de

apertura para introducir la atmósfera

del filme y captar desde el inicio la

atención del espectador. Con esta finalidad,

Hitchcock no dudó en contratar

los servicios de Saul Bass para que

trabajara en algunas de sus obras más

aclamadas, como Vértigo (1958), Con

la muerte en los talones (1959) y, sobre

todo, Psicosis (1960), cuyo título estaba

escrito en Venus Bold Extended (una

tipografía bastante popular en aquella

época). Los rumores incluso daban

por hecho que la planificación de la

famosa escena de la ducha fue obra del

diseñador gráfico, aunque este debate

aún sigue causando cierta controversia.

Fuera como fuese, este clásico del cine

de misterio marcó el fin de su colaboración

con Hitchcock, pero la suerte de

aquel arte ya estaba echada.

La década de los 60 empezó a ritmo de rock ’n’ roll y

enseguida se convirtió en la primera edad de oro de los títulos

de crédito. En aquellos años de rebeldía adolescente, los diseñadores

gráficos se alzaron como estrellas y las secuencias de

apertura de los filmes se convirtieron en un guiño de moderni-

1950 1960

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dad hacia un público que deseaba ver cosas nuevas en la gran

pantalla. El inicio de Matar a un ruiseñor (1962) cautivó a los

espectadores gracias a sus detalles cotidianos y Blake Edwards

tuvo la osadía de encargar una secuencia de animación para los

títulos de La Pantera Rosa (1963), encumbrando de ese modo

a este personaje de dibujos como un icono de la cultura pop.

Por aquellas mismas fechas, Sean Connery se hizo con el papel

de James Bond y la película 007 contra el Dr. No (1962) inauguró

la saga del agente secreto con la famosa escena del espía

que dispara a cámara y se funde con una

sensual secuencia de créditos, esquema

que se repetiría con el mismo éxito en las

siguientes entregas de la popular serie.

En Europa, Sergio Leone estaba a punto

de consagrarse gracias a sus inolvidables

spaghetti westerns rodados en Almería con

Clint Eastwood de protagonista, y no dudó

en confiar los títulos de Por un puñado de

dólares (1964), La muerte tenía un precio

(1965) y El bueno, el feo y el malo (1966) a

un diseñador autodidacta llamado Iginio

Lardani. En Francia, la coproducción de

ciencia ficción Barbarella (1968) y los créditos

de Maurice Binder convirtieron a

Jane Fonda en la heroína más sexy de la

galaxia. Pero aquellos años de utopía y profusión del pop art

terminaron con el viaje en moto a través de los EE UU que

proponía Dennis Hopper en Easy Rider (1969), cuyos títulos

ya presagiaban el inicio de una nueva era.

Con la llegada de una nueva década, Hollywood vivió

una época de esplendor sin precedentes a nivel artístico gracias

a una hornada de nuevos directores que, por supuesto,

también revolucionaron una vez más la manera de comenzar

a contar sus películas. Éxitos como El Padrino (1972), Tiburón

(1975) y Taxi Driver (1976) encumbraron a esa irrepetible

generación de cineastas inconformistas, la primera que salía

directamente de las academias de cine y que habían crecido de

manera natural con el rock ’n’ roll, la contracultura y la fiebre

Gracias a Saul Bass,

los cineastas

comprendieron que

podían aprovechar

esos minutos para

captar desde el

inicio la atención del

espectador

del ácido. Entonces no podían imaginarlo, pero sus películas se

convertirían en clásicos modernos y cambiarían para siempre

el Séptimo Arte.

“Creo que los 70 fueron un período fantástico en la historia

del cine, puesto que todos estos directores gozaron de una

libertad absoluta para realizar sus películas”, afirma Cooper

con voz exaltada. “Tenían grandes convicciones e hicieron

títulos muy transgresores. Me gusta porque es cine en estado

puro, basado en los actores y en historias que parecen reales”.

En 1973, Martin Scorsese empezó Malas

calles con una secuencia rodada en Súper

8 para mostrar la vida cotidiana en un

barrio de Nueva York. Un año más tarde,

Francis Ford Coppola se alejaba de las

familias de mafiosos con La conversación

y recurría a unos créditos sobrios, que

ponían al público en la piel de un voyeur.

George Lucas estrenó La Guerra de las

Galaxias en 1977 y decidió que debía empezar

con el título en forma de logotipo y

con un prólogo que se fundiera en el horizonte.

Su amigo John Milius se adentró

en el mundo del surf con El gran miércoles

(1978) y para los créditos iniciales recurrió

a fotografías en blanco y negro de

su juventud en las playas de California. Por aquellas fechas

también triunfaba el cine blaxploitation gracias a películas

como Shaft (1971) y Foxy Brown (1974), que presentaban los

títulos con tipografías exageradas a ritmo de funk. Asimismo,

las grandes superproducciones contaban con secuencias de

apertura espectaculares, como las de Superman (1978) y Alien

(1979), aunque fue Coppola quien cerró la década rompiendo

de nuevo las normas con Apocalypse now (1979), puesto que su

epopeya sobre la Guerra de Vietnam empezaba con la música

de The Doors y no tenía títulos de crédito.

El cine se reafirmó como espectáculo de masas en la década

de los 80, con el estreno consecutivo de algunas de las películas

más exitosas de todos los tiempos. En 1981 Steven Spielberg

1970

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presentaba a Indiana Jones, con unos créditos propios de los

seriales clásicos de aventuras, y Regreso al futuro (1985) empezaba

con una secuencia metafórica repleta de relojes de pared

(con un curioso guiño a Buster Keaton). Pero los productores

de Hollywood se cegaron por el dinero fácil y, poco a poco, se

fueron olvidando del poder cautivador que ostentaban todavía

los títulos de crédito.

“Saul Bass siempre decía que las modas avanzan en ciclos”,

asegura Cooper. “Hay veces que los estudios no quieren gastar

dinero en los créditos o sencillamente puede que el director crea

que ya no es cool tener una secuencia de

inicio espectacular. Seguramente eso fue

lo que sucedió en los 80”. Uno de los casos

más evidentes de esta despreocupación

fue el de Clint Eastwood, que en su faceta

como director decidió comenzar todas sus

películas únicamente con el título. Esta

práctica reduccionista enseguida se convirtió

en una moda, con ejemplos tan taquilleros

como Los cazafantasmas (1984),

Arma letal 2 (1989) o Abyss (1989), aunque

Tim Burton volvió a demostrar su creatividad

desbordante con la primera entrega de

Batman (1989), donde un travelling asombroso

desvelaba el logotipo del superhéroe.

El final de la década también presenció

la consagración de Spike Lee con Haz lo que debas (1989), en

cuyos títulos aparecía la protagonista bailando al ritmo de la

reivindicativa Fight the power de Public Enemy.

Afortunadamente, los 90 estaban ya a la vuelta de la esquina

lo que, en muchos aspectos, supuso un retorno a la originalidad

y a la libertad creativa que se había perdido por el camino.

En aquellos días marcados por la música grunge y la MTV, Kyle

Cooper trabajaba como diseñador gráfico en una agencia de

Nueva York, pero deseaba dar el salto al mundo del cine y crear

secuencias de créditos que marcaran tendencia.

“Me reuní con Martin Scorsese y le presenté varias ideas

para el comienzo de Uno de los nuestros. Entonces yo era muy

Según su creador,

“gracias a Seven la

gente recordó que

se podía hacer algo

original con esos

minutos iniciales que

potenciaran toda la

película”

joven y estaba obsesionado por encontrar una metáfora que

resumiera la esencia de la película”, reconoce Cooper al hablar

de su primer encuentro con el cineasta. “Pero a Martin no le

gustaron mis propuestas, puesto que ya tenía una gran escena

de inicio, y me dijo que en realidad lo que quería eran unos

títulos al estilo de los que realizaba Saul Bass”. Aunque en

estos momentos pueda parecer sorprendente, fue el propio

Cooper quien tuvo que recordarle a Scorsese que el legendario

diseñador vivía en Los Ángeles y seguía en activo. Semanas

más tarde, Bass estaba trabajando en el proyecto e iniciaba

una exitosa colaboración con el cineasta

italoamericano que le llevaría a crear los

títulos de El cabo del miedo (1991), La edad

de la inocencia (1993) y Casino (1995). Lamentablemente,

el diseñador falleció un

año más tarde. En su necrológica, The

New York Times no dudó en referirse a

él como “el autor minimalista que creó

un género cinematográfico en 1955 y lo

elevó a la categoría de arte”.

Por esas mismas fechas, James

Cameron había revolucionado la ciencia

ficción con los créditos apocalípticos

de Terminator 2: El Juicio Final (1991) y

un dependiente de videoclub llamado

Quentin Tarantino había conseguido poner de moda el cine

independiente gracias a los mafiosos de Reservoir Dogs (1992),

que aparecían andando a cámara lenta sobre los títulos más

sencillos (y elegantes) que se recuerdan. Aunque Pulp Fiction

también causó sensación un par de años más tarde, aquella burbuja

creativa no estalló por completo hasta 1995 con el estreno

de Seven, la (oscura) revancha de Cooper contra la industria de

Hollywood a base de cuchillas de afeitar, fotogramas rasgados

y letras temblorosas acompañadas por la inquietante música

industrial de Nine Inch Nails.

“Cuando se estrenó Seven la gente recordó de nuevo que

se podían utilizar aquellos minutos iniciales para hacer algo

original que potenciara toda la película”, afirma el diseña-

1980 1990

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dor. “Esta película llegó en el momento adecuado, cuando

mucha gente empezaba a interesarse de nuevo por el diseño

gráfico y la animación. Por eso creó tanto revuelo”. A raíz

del éxito internacional de aquel filme surgieron obras más

arriesgadas, como las aguas calmadas que presagian el caos

en Sospechosos habituales (1995), los títulos en forma de cómic

de Mallrats (1995), la revisión del clásico televisivo que el

propio Kyle Cooper hizo para Misión: Imposible (1996), las

fotografías de mafiosos que aparecen en Donnie Brasco (1997),

la hiperactividad enfermiza de El club de la lucha (1999), los

caracteres informáticos de Matrix (1999)

o los títulos cool que marcan el inicio de

Boogie nights (1997) y Tres reyes (1999),

con una banda sonora totalmente retro

para potenciarlos.

Actualmente, las normas han desaparecido

por completo y los títulos de crédito se

han convertido en un género audiovisual

con identidad propia gracias a su capacidad

para compartir estrellato con spots

publicitarios y videoclips. Los directores

de cine son conscientes de que el público

quiere vivir una experiencia única cada vez

que compra una entrada y están dispuestos

a ofrecérsela desde el primer fotograma,

ya sea con los trazos a lápiz que proponía

KYLE COOPER

Cameron Crowe en Casi famosos (2000), Licenciado en Diseño Gráfico por Yale,

el estilo urbano de A todo gas (2001), los de su mente han salido los créditos de

sorprendentes efectos especiales creados películas y series como Seven, Arlington

por nuestro interlocutor para la trilogía Road, Spiderman, The walking dead...

de Spiderman o El increíble Hulk (2008),

el espeluznante viaje desde el punto de

vista de una bala en la secuencia inicial de

la infravalorada El señor de la guerra (2005) o la

historieta de animación de Juno (2007).

Durante los últimos años el estilo transgresor de las

secuencias de créditos también ha dado el salto definitivo a la

televisión. En un mundo cambiante y frenético como el que

habitamos resultaría impensable que series de tanto éxito

como The Wire, Dexter, True blood o How to make it in America

no tuvieran una presentación espectacular que dejara a varios

millones de espectadores hundidos en sus butacas cada semana.

“El director creativo de Prologue, mi empresa, trabajó en los

títulos de A dos metros bajo tierra y recibió grandes elogios.

Y los de Mad Men los hicieron mis antiguos compañeros en

Imaginary Forces”, nos explica Cooper a modo de ejemplo. “La

gente que trabaja en televisión está muy motivada, puesto que

los premios Emmy tuvieron la gran idea de crear una categoría

dedicada en exclusiva a los títulos de

crédito, pero yo he preferido centrarme

sobre todo en el mundo del cine. Aun así,

la verdad es que he disfrutado al realizar

los créditos de series como American

horror story y The walking dead”.

No hay duda de que los títulos de

crédito han cambiado nuesta manera

de ver las películas y webs como The

art of the title o Watch the titles se

han encargado de convertirlos

en obras de culto más allá de las

salas de cine. A pesar de que por

desgracia aún no tienen categoría

propia en los Oscar, hoy es

imposible concebir un filme o

una serie de televisión que no

atrape al espectador desde

el primer segundo y lo convenza

de que está a punto de

pasar el mejor momento de

su vida. Puede que se trate

de una mentira deslumbrante

de tan sólo dos

minutos, pero debemos

reconocer que nunca

nos habían encandilado

con tanto estilo,

¿verdad?

2000

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