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Rota Punctatis - Volumen 8

Farolillo Rojo “Tuvo

Farolillo Rojo “Tuvo la ocurrencia de hacer pasar a los ciclistas por el Muro de Sormano, imposible para dicha época” Problema: el firme se hallaba recubierto de arena. Esa menudencia no desanimó a los organizadores, que siguieron en sus trece de que la carrera pasara por la pista para bicis. Además, como colofón,, después de atravesar la meta los ciclistas debían acabar en la misma playa. Esta vez la excentricidad fue demasiado lejos y los equipos se plantaron. Los jefes de la prueba, aun sin comprender la indignación, decidieron que la contra reloj no contara para la clasificación general. En realidad, estas rarezas no son exclusivas de la Vuelta. De hecho, la salida desde un barco anclado ya se había visto en el Giro Bio, carrera más conocida en nuestros lares como el Girino. Fue en una cronometrada individual donde se pudo apreciar a los ciclistas bajar a un puerto de mar por una rampa. Y tampoco la contrarreloj por carril bici era nueva, puesto que en esa misma carrera italiana lo habían experimentado ya con la única diferencia de que los corredores no estaban obligados a rodar sobre arena. Es preciso dejar claro que el hecho de querer epatar al personal no es en absoluto algo nuevo. Siempre ha sido así en el deporte de las dos ruedas. La misma creación de las carreras tuvo por objeto subyugar a los lectores de los diarios, pues debe recordarse que en aquella época era la prensa la que ponía en marcha las competiciones. La alta montaña fue una de las novedades que mayor impacto causó entre la buena gente que seguía las andanzas de los ciclistas. Aunque ya en la primera edición del Tour se subieron dos verdaderos cols, ambos en el Macizo Central, el paso por los Pirineos supuso un hito que dejó pasmado al espectador medio. La historia del descubrimiento de los Pirineos en el Tour ha sido contada muchas veces. Henri Desgrange, patrón de la carrera, envió meses antes a su colaborador, Alphonse Steines, a explorar el terreno antes de tomar una decisión. Este último subió al Tourmalet en coche desde Sainte-Marie-de-Campan hasta que la nieve le impidió seguir. El intrépido periodista siguió a pie hasta alcanzar la cumbre. Sin embargo, se desorientó y quedó aterido de frío. Tuvo la fortuna de que un pastor lo encontrara y lo guiara a la localidad de Barèges. Desde allí telegrafió un mensaje a Desgrange, posiblemente envuelto en una manta y con una bebida caliente, mensaje en que le decía a su jefe que la carretera era apta para el paso de la carrera. Un cachondo ese Steines. El Tour programó una etapa Luchon-Baiona, de 326 kms con pasos por el Peyresourde, el Aspin, el Tourmalet y el Aubisque. Cuenta la leyenda que los organizadores fueron alertados por los lugareños del peligro que corrían los ciclistas de ser atacados por los osos que frecuentaban aquellas cumbres. De ser así, Desgrange se mostró inflexible y no renunció a enviar a los corredores por tan inhóspitas rutas. Otra de las historias que se cuenta de aquella etapa es que Octave Lapize, que caminaba con la bici en la mano subiendo el Aubisque, gritó a los organizadores “Asesinos”

Farolillo Rojo La mayoría de historiadores señala que el Tour fue la primera carrera ciclista que pasó por esas alturas y que Steines era un pionero. Sin embargo, la realidad era que los organizadores iban a terreno conocido. Ocho años antes, en 1902 se había organizado una carrera de Tarbes a Tarbes, de 215 kms, con dos pasos por el Tourmalet y subidas por las dos vertientes. Y sin que los osos atacaran a ningún concurrente. Pero cuestiones históricas al margen, lo relevante es que los organizadores de una u otra carrera decidieran enviar a los ciclistas a los cols pirenaicos con unas bicicletas que no eran adecuadas en absoluto para subir por montañas de esas características, máxime cuando el firme era de grava. En realidad, era como si los ciclistas rodasen por un recorrido de mountain bike con bicis de ciudad. De hecho, en aquella edición de 1910 solamente un corredor, Gustave Garrigou, pudo subir todo el Tourmalet sin poner pie a tierra. Es decir, una hilera de participantes andando por la carretera, ¿es eso ciclismo? Se puede replicar que sin esa chifladura que a alguno le dio, este deporte no sería lo que es en la actualidad. Y el argumento es correcto. Pero también es cierto que el origen no dejó de ser una extravagancia. Y es que los organizadores han tenido siempre la obsesión por buscar lugares en los que existiese la probabilidad de que los ciclistas tuviesen que poner pie a tierra. En 1960 el mandamás del Giro de Lombardía, Vincenzo Torriani, tuvo la ocurrencia de hacer pasar a los ciclistas por el Muro de Sormano, una subida corta (2,4 km) con pendientes elevadas (hasta el 24%) imposibles para una época en la que no existía el compact, ni desarrollos tan cortos como los de hoy. Como era de esperar, muchos ciclistas tuvieron que ir andando unos metros, mientras otros eran empujados por los espectadores. La excentricidad duró dos ediciones más. Las imágenes de ciclistas ayudados por los aficionados sonrojaron al mundillo ciclista. Muchos años después, en 1977, se produjo una polémica similar con la introducción del Koppenberg en el recorrido de la Vuelta a Flandes. Por aquel entonces el estado de los adoquines era deficiente y las cunetas impracticables. Eso hizo que muchos corredores tuvieran que subir la dificultad con la bici al hombro. Pese a las quejas de los ciclistas, hubo que esperar a que se produjera un hecho grave para que los organizadores entraran en razón y eliminaran el paso. El episodio al que nos referimos tuvo lugar en 1987. El danés Jesper Skibby, solo en cabeza en el Koppenberg fue derribado por un coche de comisarios de carrera. Lejos de preocuparse por la situación, el conductor siguió su marcha y pasó

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