Silo - La leyenda humanista

pablocorso

SILO•La leyenda humanista

a treinta años de su primera arenga, silo volvió

a treparse a una piedra de Punta de Vacas para

exclamar con humor y severidad: “Hemos fracasado.

Reconozco el triunfo provisorio del antihumanismo

y el fracaso de nuestros valores”. Reapareció en 2002

para empezar a desaparecer. Delegó el liderazgo en

una asamblea mundial y sin falsa modestia lanzó El

mensaje de Silo, una biblia pagana que detalla ocho

ceremonias de pasaje y reflexiona sobre las grandes

preguntas: quién soy, qué quiero, adónde voy. Maestro

de la ambigüedad, Silo desafiaba: “¿Qué importa

si soy un profeta o no? El problema está en cómo se

sale del sufrimiento. La ciencia y la justicia pueden

mejorar el dolor. Pero el sufrimiento es mental. Es

un esfuerzo que tiene que hacer el ser humano para

entrar en otras regiones de la mente”.

“Si todo termina con la muerte –planteaba–, no

hay sentido en la vida. A menos que se encuentren

otras posibilidades. La trascendencia más allá de la

muerte es una posibilidad que la gente razonable

debería explorar.” Siempre optimista y burlón de

las convenciones sociales, tenía una relación extraña

con la finitud. Alejandro encontró en Europa a

una francesa que había conocido a Silo justo después

de perder a su madre. “Mi viejo le empezó a

hacer chistes de la muerte y a reírse de una manera

tan estruendosa que la mujer se puso a pensar que

necesitaba aprender a reírse así, y por eso decidió

incorporarse al movimiento.”

En 2005 llegó la materialización definitiva del humanismo.

Inspirado en el diseño de un mandala, Silo

proyectó una sala de meditación, donde daría conferencias

sobre una plataforma giratoria. Un monolito

expresaría la unión del cielo y la tierra; una fuente

de cuenco y centro fálico, la del hombre y la mujer.

La colecta de 150 mil dólares fue un éxito y en mayo

se inauguró el Parque La Reja, en el partido bonaerense

de Moreno. Siguieron los de Chaco y Manantiales,

en Chile. Hoy hay treinta en cuatro continentes.

Son espacios de retiro y esparcimiento, sede de

las muchas ceremonias que se imponen los siloístas:

pedidos y agradecimientos, bienvenida y protección

a los niños, asistencia a los enfermos.

En La Reja cantan los pájaros. Al atravesar el

portal sintoísta, todos se saludan con beso y abrazo

sentidos. Sentados en el pasto, un puñado de adolescentes

leen las escrituras del maestro. Los adultos

inflan globos y corren por el parque.

En la sala (una estupa budista de doce metros),

María Elena Balbontín oficia una ceremonia de pedidos

con un hilito de voz y mohínes de conmoción.

En medio de la circularidad blanca, los humanistas

depositan sus deseos en una urna: “Que me ayuden

en el nuevo proyecto de trabajo”. “Conectar con la

luz total del universo y evolucionar sin límites.” “Por

la paz en las zonas de conflicto.” Afuera queman los

papeles y las cenizas se vuelcan alrededor del monolito.

Hay aplausos y cae la noche. Veinte minutos

después, María Elena cuenta su historia en la sala

vacía. El 8 de septiembre de 2002 estuvo con Silo en

un acto en Santiago de Chile. Resistente al principio

(había leído unos textos escolares que lo describían

como un gurú bizarro), terminó rendida. Hoy sólo

dice que “el tipo era un grosso. Te hacía imposición

a lo lejos y yo la sentí. Nadie me lo contó”.

Al sábado siguiente, Corina y Martín se casan en

la fe siloísta alrededor de la fuente. Ella dice que él

le permite conectarse con lo sagrado; él responde

que ella le hace ver lo humano. Después de leer pasajes

de El mensaje, reciben los abrazos humanistas,

que gritan “¡vivan los novios!” y les tiran hojitas del

otoño. A la misma hora y a cuarenta metros, en el

centro de trabajo multiuso, un pibe de Villa Fiorito

lanza un hip-hop que habla de la mente liberada

para los humanistas 2.0.

silo escribio catorce libros, cuentos, novelitas,

mitología y teatro. El último censo humanista

contó 100 mil miembros en 115 países. Es una estimación

baja: sólo considera a los integrados en los

cuatro organismos autárquicos, además del partido:

La Comunidad, el Centro Mundial de Estudios

Humanistas, Convergencia de las Culturas y

Mundo sin Guerras.

En la última década de su vida, la prensa empezó

a mostrar a Silo como un señor que jugaba con su

ovejero en el jardín. Alejandro recuerda incursiones

surrealistas para encontrar el monolito adecuado en

“un desarmadero atendido por señoras gordas. Caminaban

por ahí eligiendo caños petroleros gigantes

como si fueran caramelos”. La curiosidad de Silo por

cualquier actividad humana era, en rigor, una excusa

para comunicarse. “Ahí estaba él”, dice el hijo, “preguntando

cosas bizantinas a cocineras, lustrabotas,

soldadores, astrónomos o mormones”.

Sabía que le quedaba poco tiempo y bromeó sobre

la naturaleza trágica de la muerte hasta último momento.

Como tenía presión alta, pedía a la familia

un jamón serrano “para ir apurando el trámite”. La

insuficiencia renal se agravaba, pero rechazó diálisis

y trasplante. No le gustaban los hospitales. Hedonista

al fin, nunca abandonó sus hábitos sagrados: el

café y la tortita raspada. Se privaba del cerdo, pero

no por la dieta que le celaba Ana Luisa; creía que era

“¿Qué importa

si soy un profeta

o no? El problema

es cómo se sale del

sufrimiento.”

un animal inteligente y suscribía al mito de que Buda

había muerto por comer uno en mal estado.

Flaco y débil, seguía convocando multitudes. En

2007 habló frente a 10 mil personas en Punta de

Vacas: “Hemos peregrinado a este paraje desolado

buscando la fuerza que alimente nuestra vida, alegría

en el hacer y paz mental para progresar en este

mundo alterado y violento”. Siloístas de todos los colores

respondieron con el clásico grito: “¡Paz, fuerza

y a-le-grí-a!”. Meditaban sobre una roca en posición

de loto y lloraban de alegría al encontrarse. El sueño

cumplido de la Nación Humana Universal.

Su última aparición pública fue el 2 de enero de

2010. En el mismo valle recibió a la Marcha Mundial

por la Paz y la No Violencia, que cerraba un recorrido

por 93 países con territorios devastados, fronteras

conflictivas y familias rotas por la guerra. “Ustedes

son los protagonistas y deben seguir marchando”,

pidió a la multitud. Alejandro había aportado contenidos

audiovisuales. Federico cerró la noche con

un show de Fauna. Silo se mataba de risa con la escena:

una Torre de Babel al pie de la Cordillera, un

líder septuagenario, una marcha de idealistas, una

banda de poseídos en uniformes arco iris.

mientras avanzaba la gira sudamericana de

Fede y Villa Diamante, el 16 de septiembre a las 11

de la noche Silo murió en casa y sin dolor, junto a

su mujer y Alejandro. El círculo íntimo ofició en la

sala humanista de Don Bosco y Primitivo de la Reta

la ceremonia de muerte que él mismo había escrito;

un texto que habla de la separación del cuerpo

y la conexión con otros tiempos y espacios. El 1º

de octubre de 2010 se esparcieron sus restos en

La Reja. Ana Luisa pidió frente a la urna circular

“que esta pizca de ceniza, como una chispa luminosa,

llegue suavemente a lo más profundo de nuestros

corazones”.

Cincuenta días después, la herida volvió a abrirse

para siempre. En una tarde de Belo Horizonte

–última parada de la gira–, Federico saltó de su habitación

del piso 14. Tenía 28 años. Algunas de las

cosas que pudieron haber influido: la muerte del

padre, el posible final de Fauna y una crisis con su

novia. “Sola Rosa”, uno de sus últimos tracks, había

sonado a despedida: “En este viaje ando ligero de

equipaje, un paisaje a otro pasaje”. Tocado pero no

hundido, Alejandro esboza una explicación: “Fue

un crack emocional, una pasión exacerbada”. Lo

recuerda como “una persona increíble, un ángel.

El pibe más sensible y entregado del mundo. Generaba

links entre gente; heredó eso de mi viejo”.

La imagen le da aire para cerrar la historia.

¿Qué aprendieron de tu padre?

Que la violencia es el motor asqueroso que mueve

nuestro mundo desde que agarramos un palo y una

piedra. El luchó por que nuestra cultura fuera mutando

hacia otra instancia. Eligió el camino más

suave que puede elegir una persona.

Casi un año después, intuye una clave en la partida

de Silo.

“Siempre me fue muy difícil entenderlo”, dice.

“Pero cuando estaba a su lado y vi cómo se acababa

su vida, me puse en ese lugar y me pregunté cómo

hubiera hecho yo algo así. Lo agarramos de la mano,

sonrió y cerró los ojos. Fue una experiencia mágica.

No le tengo más miedo a la muerte.”

90 rolling stone, agosto de 2011

rolling stone, julio de 2010 83

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