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Edicion Especial Verano-17

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The Ruta Magazine

Revista digital oficial de la Unión Internacional para la Defensa del Motociclista Año III- Núm Verano 2017

Perlanegra Viajes

Viaje al centro de la tierra

ICELAND 2016


En agradecimiento

Esta próxima semana la revista realizará 3 años desde

su primera aparición y pese a que no ha sido facil seguir

dandole continuidad a mi sueño transformado en proyecto,

siempre he tenido a mi lado a mi buen amigo David Avila el

cual siempre me ha dado los animos suficientes para seguir

adelante.

Núm Especial Año III.

Verano 2017.

Edita:

Ther Ruta Magazine

Núm. depósito legal:

DL B 17980-2014

Director Gral:

David González (dMode).

email : info@theruta.com

Colaboradores:

David Perlanegra

Montse Fernandez

Este mes hace ahora tres años, un lector se puso en contacto

conmigo para ofrecer su ayuda a la revista, probando motos,

escribiendo algunos de sus viajes por Catalunya.

Hoy ese lector que “no era nadie” tal y como el mismo decia,

ha recorrido media Europa hasta Cabo Norte, se embarco en

una aventura donde nadie va, Islandia y este año se lanza a la

máxima expresión de la aventura, Dakar.

Este lector que no era nadie me ha hecho sentir a mi “alguien”,

el ha apostado siempre fuerte por mi proyecto, y por este

motivo, hoy he decidido dedicarle este número especial.

Gracias David, gracias Perla y como no, gracias Montse.

David dMode

Para publicidad:

Telf: 655 855 407

comercial@theruta.com

Diseño y maquetación :

The Ruta Magazine

The Ruta Magazine es una marca registrada bajo expediente nº 3520222/X y advierte

que queda prohibida la reproducción total o parcial de trabajos (textos y/o

imágenes) publicados en esta revista sin la autorización expresa de sus editores.


VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA.

Después de realizar la misma gesta que la

del año pasado, cuando fuimos al Cabo Norte,

atravesando Europa de sur a norte, por Francia

y Alemania, entramos de nuevo en Dinamarca, y

volvimos a contactar con el mundo vikingo.

Nuestro destino: el puerto de Hirthals, a donde

llegamos con suficiente tiempo; la noche anterior,

probablemente por el hecho de embarcar en el

ferry, no dormimos muy bien, y algo de cansancio

nos hacía mella.

En la taquilla nos informan que el “MS Norröna”

(el ferry que nos llevará a Islandia) venía con

algo de retraso, por lo que decidimos hacer un

poco de turismo por el pueblo.

Nos habían informado que había un faro cerca

y, como amantes de estas construcciones

que tanto bien hacen y han hecho para los

navegantes, marineros y pescadores, nos

pusimos en marcha.

El faro, construido en 1863, es espectacular; en

sus bajos se halla un pequeño museo de la II

Guerra Mundial, pero era muy temprano y aún no

habían abierto, pero sí era posible subir hasta la

parte superior, y así hicimos superando los 144

escalones, a través de una escalera de caracol;

el balcón superior está a 35 metros de altura,

y desde su barandilla, como piratas al acecho

sobre el mástil principal de un galeón, pudimos

contemplar la grandiosidad espacial del Mar del

Norte.


olsas…; y todas de países distintos, esperando

con ansia subir al “Morröna” para desembarcar,

en Islandia, ese nuevo mundo que Julio Verne no

dudó en calificarla como la mítica isla de Thule.

Allí, entre la multitud, vimos a Luigi, un italiano

con una GS, a quien habíamos conocido en

el hotel la noche anterior, y que igualmente se

disponía a descubrir los bucólicos escenarios

naturales de Islandia.

A la hora de embarcar, como saben nuestros

lectores, los motoristas tenemos preferencia;

somos los primeros en entrar y también los

primeros en abandonar la embarcación; por

eso nos hallábamos en las entrañas de aquel

gigante del mar, y todos los moteros, siguiendo

indicaciones de la tripulación, nos pusimos a atar

nuestros caballos de dos ruedas; las cinchas y yo

no somos muy amigos, y la verdad es que no me

quedé muy tranquilo dejando a la “Perla” en la

bodega de carga más atada que la protagonista

de 50 sombras de Grey.

Ensimismados con aquel espectáculo, no

tardamos en descubrir en la raya del horizonte

un pequeño barco a motor que se acercaba

tímidamente al puerto. ¡Es nuestro ferry!,

exclamamos al unísono.

Aprovechamos para hacer algunas fotos del

paisaje, mientras nos agarrábamos a la baranda

metálica del faro, porque el viento azotaba, y

entonces recordamos la violencia del Dios Njord

(Dios del Viento escandinavo), que también se

nos mostró en el viaje del pasado año.

Estamos en el pasillo del camarote; nos tienen

esperando porque están terminando de hacerlo

y los viajeros que embarcan en coche están

empezando a llegar. Por un momento nos

hallamos todos con los petates por el suelo

esperando que nos abran.

El tiempo en ocasiones se dilata; nos

encontrábamos tirados en la moqueta con la

tranquilidad manifiesta de haber hecho los

deberes con nuestras queridas motos en la

bodega de carga y de que ya estamos a bordo

del ferry.

Entonces es cuando nos pusimos a recordar

Descendimos la escalera de caracol del faro

con rapidez pero, al mismo tiempo, con la mayor

precaución, para no resbalarnos.

Una vez en tierra, pusimos rumbo al puerto,

porque la sirena del barco ya anunciaba que

estaba amarrando en los muelles.

Sin darnos cuenta, en un instante nos vimos

rodeados de motos; todas ellas de tamaño

mastodóntico, como nuestra querida “Perlanegra”,

equipadas como una nave espacial a punto de

despegar, llenas de gadgets, protecciones,


cómo narices empezó esta aventura… Y para

ello, rebobinamos en lo más profundo de nuestra

memoria.

Estamos en octubre de 2015, y en nuestras

mentes flotaban los paisajes más espectaculares

de Noruega, y es cuando nos preguntamos ¿qué

podríamos hacer en el siguiente reto motero?

Comenzamos a ir eliminando destinos, y, sin

darnos cuenta, llegamos a Islandia.

Tenemos que reconocer que, al comienzo,

nos dio algo de miedo; una isla perdida en el

Atlántico Norte, cerca de Groenlandia, de la cual

no disponíamos de mucha información. Pero

nos pusimos a ver videos, examinar mapas, leer

crónicas viajeras…, y no tardamos en quedarnos

fascinados.

Empezamos a confeccionar el viaje, buscando

formas de ir hasta esta lejana isla, y todos los

itinerarios nos llevaban a un punto de partida:

Hitshals (Dinamarca), donde tomar el ferry que

nos llevara a Seyôisfjôrôur (Islandia).

Se acercaba el mes de diciembre, y teníamos

que decidir algo YA. Vimos que sólo partía un

ferry a la semana, y éste se llena en todas sus

travesías; por lo que aceleramos el cuadre de

nuestras siguientes vacaciones y señalamos en

el calendario los días…

Mientras tanto, los meses se hacían eternos,

planeamos la ruta a realizar una y mil veces,

buscando siempre lo más interesante, en todos

los sentidos, queríamos aprovechar bien los días

y no dejábamos de darle vueltas al mapa y a las

rutas preestablecidas…; llega un momento que

tienes que dejar aparcado el viaje, era imposible

recibir más información; nos volveremos locos.

Así que Montse no quería saber nada más,

no quería ver más videos, ni nada que tuviese

que ver con Islandia. Al tiempo que decidimos

bautizar nuestra soñada aventura como: “Viaje

al centro de la Tierra”, emulando la gesta literaria

de Julio Verne, el escritor que puso en su inmortal

obra a Islandia como punto de entrada al centro

de nuestro planeta.

Y ahora seguimos esperando que nos dejen

entrar al camarote, al igual que el resto de

personas que, como nosotros, nos hallábamos

tirados sobre la moqueta de los pasillos, en

medio de una atmósfera relajante, silenciosa y

expectante.

Después de acomodarnos (dejar los cascos, las

chaquetas, las bolsas…) en nuestro camarote.

Nos dispusimos con la mayor curiosidad a

inspeccionar el Norröna.

Los ferrys, como saben los lectores viajeros

de largas travesías, en general no son muy

diferentes entre sí; sin embargo, siempre nos

hace ilusión dar una vuelta por la cubierta y el

puente, para inspeccionar el barco y determinar

los mejores lugares para divisar el horizonte;

teníamos 36 horas para descubrirlo.

Un ligero vaivén nos recordó que estábamos

navegando por el Mar del Norte y la proa puso

rumbo NNW, en dirección a las islas Fäeroe,

nuestra primera escala.

Nos hallábamos reposando en las butacas

del bar cubierta, mientras pensábamos dónde

comer, y en esas casualidades de la vida, delante

nuestro vimos a una familia de Madrid, y como

dos familiares que se encontraban después

de mucho tiempo sin verse, iniciamos una

conversación animada, a la que poco después

se unió al grupo Jaime, Luigi y un suizo…; la que

liamos en un momento.

Las horas en el ferry transcurren muy de prisa,

si hay una tertulia amena de por medio, aunque

los deseos de alcanzar tierra firme, en nuestro

caso el paraíso soñado de Islandia, hacían que

el tiempo se dilatara.

Sin darnos cuenta, con el grito incesante de


las gaviotas, llegamos a Tórshavn, la capital de

las islas Faeroe, en cuyo puerto estuvimos un

par de horas atracados; sabíamos que en este

archipiélago íbamos a estar tres días; pero sería

a la vuelta.

El silbido del Norröna anunciaba ya que levaba

anclas, y nos íbamos deleitando la vista a medida

que el ferry sorteaba estas paradisíacas islas,

sin perder el rumbo hacia Islandia. Durante el

trayecto tuvimos ocasión de darnos un relajante

baño en el “hotpot” (especie de jacuzzi, pero

sin burbujas, tan sólo agua caliente), situado en

cubierta, desde cuya circular bañera de madera

podíamos seguir contemplando la inmensidad

del océano.

El sonido de los altavoces del camarote nos

indicaban que ya debíamos de comenzar a salir,

y es cuando pudimos darnos cuenta que nos

esperaba un idioma, estrechamente vinculado

con la cultura vikinga, tan difícil de escuchar

como intentar leerlo, cuyas frases parecen un

juego de palabras, con muy pocas vocales.

Con los bártulos a cuestas, nos dirigimos al

bar, para tomarnos el primer café de la mañana

(aviso para navegantes: no esperéis mucha

cosa en estos cafés, son aguachirri; el efecto de

la cafeína es pura coincidencia); y allí volvimos a

encontrarnos con los compañeros de ferry.

Al asomarnos al exterior, pudimos comprobar

que la inmensidad del mar estaba dejando

paso a la tierra firme; después de despedirnos

de tan fantástica compañía, nos dirigimos a las

entrañas del Norröna.

Las puertas se abrieron de golpe; las bodegas

estaban llenas hasta la bandera: coches,

furgonetas, caravanas, motos, bicicletas…, y

en pie nos esperaba la Perla, con tantas ganas

como nosotros de entrar en acción.

Salimos del ferry; el golpe de aire frío nos daba

la bienvenida a Islandia; el termómetro nos decía

que estábamos a 4ºC…

Nada más descender a tierra, una mujer con

uniforme nos preguntó en inglés: ¿cuánto tiempo

estaremos en Islandia?, y después de ponernos

una pegatina en la cúpula, no tardamos en salir

del puerto.

Ya estábamos en la isla soñada, la legendaria

Thule, donde el fuego y la nieve se complementan

en un paisaje único en el mundo.

El GPS indicaba que nuestro primer destino


estaba a 2 h de distancia; pero nos habíamos

dejado el forro sin poner en los trajes, y algo nos

decía que íbamos a parar antes.

Iniciábamos un recorrido a la isla en dirección

contraria a las agujas del reloj.

Nada más salir de Seyöisfjöröur, nos

encontramos con la primera cascada, que está

a pie de carretera: Gufufoss.

Estaba chispeando, paramos en el arcén

y hacemos las primeras fotos…; esto es

acojonante, y no hemos visto nada aún!!!

Proseguimos nuestra ruta; la carretera nos

llevó al primer pueblo, donde paramos en la

gasolinera, para tomar el segundo café…

Las estaciones de servicio de Islandia nos

recuerdan a las de Noruega, caracterizadas por

la abundancia y variedad de comida rápida y

el café, que seguía siendo agua chirri; al poco

aparece Jaime, y se nos une.

Después de un reparador café nos despedimos

y continuamos hacia Dettifoss; somos valientes

y continuamos el trayecto sin los forros de

invierno.

A partir de ese momento concretamente, nos

faltaban palabras para describir y explicar el

paisaje que nos envolvía…; cada kilómetro

cambia radicalmente, como cortado con la

precisión de un bisturí, y nuestros ojos se

deleitaban admirando un prado verde, un mar de

lava, una cascada, un río con aguas impetuosas

que bajan afanosamente entre abismos hacia

el océano, una grieta en el suelo de lava…; un

sinfín de colores, aromas, texturas…, y el cielo

no dejaba de chispear.

Recuerdo vagamente que, cuando estaba

en clase de geología, en EGB, te explicaban

someramente los volcanes, las fallas, los ríos

de lava… Pero esto era una lección en vivo y

en directo, en estrecho contacto con el medio

natural. La montaña que teníamos enfrente

que admiramos enfrente, desafiante, de oscura

tonalidad, con la cima abierta, era un volcán, con

su cráter, en forma piramidal…; teníamos allí

delante la mejor definición hecha realidad.

Estamos extasiados; no dábamos crédito a

lo que la orgía de la naturaleza nos estaba

deparando; resultaba casi imposible abarcar un

radio de 360º en las miradas…

¿sabéis cuando se saca un pastel del horno

y la corteza superior está rota? Pues aquí, en

este fascinante mundo que nos rodea, parece

como si la tierra hubiese salido de una caldera

después de explotar en su interior; aquí, en

este caos geológico, tenemos la sensación que

la Tierra está viva, respira; Islandia es el lugar

idóneo para comprender mejor la naturaleza de

nuestro planeta.

Llegamos al desvío de Dettifoss, dejamos la

carretera (nueva nota para los navegantes:

sólo hay una carretera asfaltada en Islandia,

que circunvala la isla por la costa, aunque se

mantiene un trozo del sur que aún no ha recibido

asfalto).

Nos encontramos con una granja que hacen

cafés y tienen habitaciones; sin pensarlo, nos

animamos a tomar el tercero, colocar los forros

en los trajes y cambiar los guantes por los de

invierno.

El café, aunque agua chirri, nos hizo revivir y

ahora, abrigados, estábamos listos para todo.

El camino se complicaba, los baches se

alternaban con las piedras y las roderas no nos

hacían ningún favor.

En el aquel instante noté algo extraño al mirar

por el retrovisor y ver que me faltaba la maleta

derecha, que estaba en el suelo, y Montse me

preguntó alarmada ¿qué sucede?, y le contesté

que se había caído la maleta; frené de golpe

para recogerla.

Pero al llegar a la maleta comprobé de inmediato

que algo no iba bien; faltaban los soportes

inferiores; después de examinar algunos metros

recorridos, vimos que estaban en el suelo.

El plástico se había roto, sin saber cómo resolver

aquel problema. Pasaron algunos minutos, y

decidimos simplificar: podemos continuar el

viaje; los soportes de la maleta están rotos y no

podemos dejarla bien sujeta; para subsanarlo,

sacamos la bolsa interior y con una cincha la

atamos al soporte de la maleta…; ahora había

quedado la maleta huérfana, y, muy a nuestro

pesar, decidimos dejarla en el margen del

camino a su suerte.....


Amanece en Aôaldalsvegur, parece que hoy el

Sol está de nuestro lado, y nos quiere acompañar,

lo cual es de agradecer en unos parajes tan fríos

como los que estamos atravesando.

El periplo de hoy es normal, del cual anhelamos

por vivir dos nuevas experiencias; el resto,

es simplemente ruta; pero nos hallamos en

Islandia, y aquí pueden producirse sorpresas

impensables.

Nuestra primera parada fue en Goðafoss,

así llamada la Cascada de los Dioses. Este

espectacular salto se halla al norte de la

isla. Las frías aguas del río Skálfandafljót se

precipitan desde una altura de doce metros,

con una anchura de treinta metras. Las crónicas

de tiempos vikingos narran que en el año 1000

se declaró la Cristiandad en Islandia, y, para

confirmar la victoria de la nueva religión sobre

los cultos paganos anteriores, se lanzaron al

lecho de la cascada todos los iconos e ídolos

de las anteriores divinidades, y las gentes

abrazaron el nuevo credo católico. Este es

uno de los escenarios para contemplar in situ

las grabaciones de “Juego de Tronos”, que

podremos disfrutar en su cuarta temporada.

resultaba casi imposible seguir la marcha, sin

distraernos ante la grandiosidad espacial que

nos rodeaba; eran imágenes extraídas de las

visiones de los viajeros románticos del siglo

XIX, grabadas en tarjeta postal, pero, en este

caso, en nuestro archivo más imborrable: la

memoria; todo formaba parte del caleidoscopio

espacial que nos envolvía (riachuelos, rocas,

volcanes, lagos, acantilados, profundos valles,

algunos rebaños de ovejas…, y una carretera

que había olvidado su condición de vía asfáltica,

que nos llevaba a través de una de las islas más

fascinantes de la tierra.

Un elemento casi constante en este viaje fue

el viento, que hacía mover la proa de la Perla,

mientras que los lados había que mantenerlos

firmes, para no caer al suelo; en suma, teníamos

que ir con la mayor precaución.

Volvimos a dejar la N-1, adentrándonos en una de

esas pistas que tanto nos encanta a los moteros,

por sus baches, arenilla y roderas…; pero para

eso también hemos venido a aquí, a los confines

del mundo conocido, y, sin dejar de acatar las

órdenes del GPS, fuimos guiados durante unos

30 minutos por un camino de cabras.

de tres en tres; más adelante os explicaremos

por qué…); seguidamente llegamos a un parking

de tierra, donde no habían más de una docena

de coches (la mayoría 4X4).

Allí aparcamos la Perla, bien calzada, para que

el aire no hiciera de las suyas, y con el peso que

llevaba la pobre, hubiese sido un problema que

ésta se hubiese caído al suelo. Hvitserkur nos

aguarda a unos 50 metros del parking.

Aquella espectacular roca, que cuenta con

dos arcos naturales en su base, acosada

constantemente por las fuertes mareas, el

viento, la lluvia y los excrementos de las aves,

mostraba un peculiar aspecto de un elefante,

o mamut prehistórico, de piedra varado en la

costa. Diferentes especies de aves anidan en

sus verticales y negruzcas paredes de roca

volcánica; por ello, este acantilado es conocido

en islandés “camisa blanca”.

En aquel espectacular escenario nos hubiésemos

quedado toda aquella jornada; parecía imposible

que la Naturaleza hubiese esculpido aquella

maravilla geológica, rodeada por el mar y a un

tiro de piedra de la costa. Un viento salvaje quería

arrancarnos la cabeza, por lo que decimos ir de

camino al hotel.

Después nos esperado un largo trecho; el

paisaje nos iba sorprendiendo a cada kilómetro;

Pero debíamos conducir con precaución, porque,

de vez en cuando, se nos cruzaba alguna oveja

despistada (aviso al navegante: las ovejas van


Debíamos tomar la misma ruta que hicimos

en la ida, para regresar al punto de partida; el

itinerario parecía más liviano; la Perla ya se

había acostumbrado a los baches, a la arenilla

suelta volcánica, las rodeas…, incluso las ovejas

tuvieron el gesto de esperar nuestro paso.

El hotel de aquella jornada tiene un Hot-pot, y no

vamos a hacerles el feo de no usarlo; por lo que,

nada más llegar entramos en el establecimiento

para disfrutar del merecido descanso. Otro aviso

de navegantes: en la mayoría de los lugares de

Islandia, al abrir el grifo del agua, tener cuidado

porque sale muy caliente, y, al ser de origen

volcánico, transmite un pesado olor a azufre.

Sin darnos cuenta, llegó el ansiado día, cuando

nos esperaba, nada menos, que atravesar la

isla de norte a sur, siguiendo la F35, la ruta más

aconsejable y accesible para descubrir las tierras

altas de Islandia. Se trata de una ruta legendaria;

en algunos manuales de época leemos que era

la pista ya usada en los cortos veranos estivales

para acortar camino, por las sagas vikingas. En

su longitud: 200 kilómetros, la piedra y la lava

constituyen el pavimento; poca gente sensata

se atreve a entrar con sus coches, porque se

rompen los amortiguadores; pero nosotros, una

vez más, desafiamos esta prueba.

Quiero recordar que durante los meses previos

a este singular viaje, no paramos de buscar

información sobre la ruta y la F35 quedó en mi

recuerdo como un desafío; la pista que atraviesa

la isla por la mitad, entre dos glaciares. La verdad

es que nos cautivó, antes de iniciar el viaje, y,

una vez concluido éste, he de manifestar que la

realidad superó todas las expectativas.

Accedimos por el sector norte, Blonduos,

dejando la N-1 a nuestra espalda, mientras que

la F35 se perdía en el horizonte.

Quiero manifestar que los primeros kilómetros

se hicieron cómodos, las ruedas de la Perla

cabalgaron como un caballo de raza árabe sobre

aquella pista de asfalto y tierra en los márgenes.

Aquella jornada fue un día espléndido. Íbamos

cargados hasta los topes, no sé cómo podía tirar

de tanto peso la Perla (calculo que más de 500


kg, entre el equipaje y nosotros), y sin inmutarse;

seguimos avanzando. Íbamos dejando atrás

algunas pequeñas granjas, dedicadas a la pesca

del arenque y el salmón y a escasos huertos de

cultivo, en medio de una inmensidad, donde

la nada nos hace ver lo pequeños que somos

comparados con la Universo.

Era una sensación de paz y quietud que pedía

a gritos dar un descanso a la Perla, y respirar

ese aire mágico que dominaba el firmamento.

La escasa vida humana iba quedándose

atrás, mientras que las incondicionales ovejas

permanecían hieráticas, como espectadoras de

nuestra aventura.

La carretera F35 iba dejando el cómodo asfalto,

ganando presencia un suelo de tierra agreste,

para, sin dar nos cuenta, avanzad sobre una

pista de roderas, tierra, piedras y baches…; un

auténtico camino de cabras, que a más de uno

le habrá provocado vómitos.

Sin embargo, la grandiosidad espacial del paisaje

se abría ante nosotros; aquella gesta había

valido la pena, porque pudimos contemplar, a

izquierda y derecha, dos inmensos glaciares, que

impasiblemente parecía que nos observaban,

mientras algún 4X4 se cruzaba con nosotros,

saludándonos por nuestra hazaña.

Ya habíamos cubierto un número incontable de

kilómetros, con un traqueteo infernal. Montse

me comunicó que notaba arenilla en el interior

de su manga izquierda; había momentos que

debía conducir de pie, para dominar mejor la

moto. La F35 nos estaba enseñando sus dientes

con todas sus fuerzas. Las suspensiones de la

Perla estaban trabajando horas extras; lo que

era ligeramente divertido, se había convertido

en tremendamente doloroso.

Estaba claro que la grandiosidad espacial

de aquel mundo fascinante que nos rodeaba

fue la causa de no haber desistido de nuestro

empeño en seguir aquella diabólica ruta; los

gigantescos glaciares, con bloques de hilo de

muchas generaciones, generaban explosiones

cromáticas de paisajes que parecían surgidos

del pincel de Mondrian. Había momentos que nos

daba la sensación estar flotando en levitación

sobre un paraje de la nada infinita.

Antes de acabar aquella inolvidable jornada

llegamos a una cafetería perdida en la

inmensidad de todo, haciendo una parada para

descansar y reponer algunas energías.

La propietaria del estableciendo nos informó que

ya nos quedaba poco trecho para llegar, y que

la pista iba a estar mucho mejor que el tramo

ya realizado. Después de consumir un sándwich

y un cortado, teníamos los ánimos renovados,

arrancamos la dura Perla y proseguimos la ruta.

El camino, en efecto, se iba haciendo más dócil

a medida que avanzábamos, aquellas piedras

sueltas, los altos baches y la arena se fueron

transformando en trozos de asfalto, hasta

configurarse un manto negro delante de nosotros,

animándonos a proseguir. Fue entonces, cuando

me puse de pie alcé los brazos y grité a todo

pulmón, consciente de que no sería oído por

ningún humano, aunque sí los antiguos dioses

paganos de aquella isla: “YO SOY EL REY DEL

MUNDOOOOOOO!!!”, emulando la imagen de

Leonardo DiCaprio, sobre la proa del Titanic.


Montse intentaba disimular su profunda

impresión de cuanto iban captando sus retinas,

y, a través del comunicador, me dijo que no era

para tanto; giré la cabeza y comenzamos a reír…

Ahora la pista asfáltica era toda una bendición;

nunca había sentido nada más plano, nada más

liso y nada más maravilloso…; creo que nos han

hecho una foto, que nos enviarán a casa, a modo

de diploma que nos convalidan el París-Dakar.

Llegamos a Gullfoss, dejando a la Perla en el

parking de arriba; había mucha gente. Nuevo

aviso para navegantes: existe en una notable

diferencia entre el norte y el sur de Islandia; el

turismo se concentra principalmente en la zona

meridional. Había una tienda atractiva repleta

de souvenirs, pero los precios eran prohibitivos

para nosotros. No tardamos en dirigirnos a la

cascada, a pie.

Gullfoss se encuentra en el amplio cauce del

río Hvitá, corriente que trazo un arco hacia el

sur y, a un kilómetro del borde de la cascada,

traza un curso hacia el este, precipitándose

en tres escalones curvos. En ese momento, el

agua irrumpe en dos saltos espectaculares (de

21 y 11 metros de caída libre), creando en el

fondo una grieta de 32 metros de profundidad,

20 metros de anchura y 2,5 km de longitud.

Además, debemos recordar que el caudal medio

de esta espectacular cascada es de 140 m3 por

segundo, en verano, y de 80 m3 por segundo en

invierno; alcanzando un flujo medio de agua de

2.000 metros cúbicos. Podemos imaginarnos al

escritor francés Julio Verne cuando, en el siglo

XIX, llegó a Islandia, para ambientar una de

sus inmortales obras literarias: “Viaje al centro

de la Tierra”. Desde el nivel inferior, donde se

encuentra el parking, las vistas son todavía

más espectaculares, la bruma del agua, en

suspensión, genera un arco iris permanente,

mientras contemplamos los tres niveles de la

cascada. Las sensaciones y vibraciones que

nos están causando este viaje van creciendo por

momentos.

Nos llama la atención un descomunal 4X4

que vemos en el parking. Otro aviso para los

navegantes: los 4X4 que vemos circular en

Islandia, en la mayoría de los casos, disponen

de más extras que un equipo de “Camel Trophy”.

Le dije a Montse que se pusiese al lado de

aquel brutal vehículo, y nos echamos a reír al

comprobar que la rueda era tan alta como ella…;

verdaderamente alucinante.

Seguimos por aquella dulce carretera, donde

toda parecía que iba a ir muy bien; el astro

rey brillaba con intensidad, pero sin calentar.

La temperatura era de 10ºC; se notaba que

estábamos en el sector meridional de la isla. En

el norte, esta temperatura sería impensable.

Geysir se encuentra cerca de Gullfoss; ahora es

todo más liso, y después de cruzar un puente

llegamos a un estacionamiento que, sin pena ni

gloria, nos esperaba. Otro aviso de navegantes:

los puentes en Islandia normalmente son de un

solo carril; hay que alternar el paso, en caso de

coincidir dos vehículos en dirección opuesta.

Apenas una docena de coches estacionados en

la puerta y una valla de acceso, nos indicaban

que habíamos llegado a Geysir.

Dejamos la Perla como si fuese un árbol de

Navidad (cascos, gps, bolsa sobre depósito,

etc.), con esa tranquilidad que tienes al dejar

las cosas encima de la mesa de tu comedor.

Estamos en Islandia y por aquí los amantes de

lo ajeno no suelen hacer acto de presencia.

La entrada al parque es sobria; el camino se

encontraba acotado por unas cuerdas a poco

más de 30 cm del suelo; unas minúsculas

señales nos recordaban la temperatura del agua

(entre 80 y 100ºC). El suelo es una inmensa

roca grisácea, que tiene charcos, unidos entre

sí por pequeños filamentos de agua, que, con

los reflejos del atardecer, parecen una sinfonía

inacabada de luces y estrellas brillantes.

círculo, sin pasar el límite de la pequeña cuerda

que advierte del peligro.

Todo el mundo está mirando una gran poza

de agua cristalina, que no deja de moverse de

arriba abajo, imitando un mar embravecido.

Poco después se produjo un silencio sepulcral…;

una tremenda explosión surgida de las entrañas

de la tierra, y una columna de agua ardiente brotó

del suelo en dirección a las nubes. Apenas duró

unos instantes, y cuando la mezcla del agua y

el vapor se disipan en la atmósfera, se escuchó

al unísono un enorme “OOOOHhhhh!!!!”, que

retumbó en el lugar.

Se trataba de la madre de todos los géiseres,

como así llaman los islandeses, en toda su

efervescencia. El más antiguo y conocido de los

ejemplos más impresionantes de este fenómeno

natural en todo el mundo. La palabra “géiser”,

que sirve para describir un tipo de fuente de

En el centro vemos gente reunida, formando un


aguas termales, deriva de Geysir (que, a su

vez, procede del verbo “gjósa”, que significa

erupción).

La mayor parte del tiempo, el Geysir es capaz de

lanzar agua hirviendo hasta más de 80 metros

de altura; acción que repite cada 5 u 8 minutos.

Visto en fotografía, resulta espectacular; en

video, brutal, y en directo, a pocos metros,

no encuentro palabras para describirlo… Es

el Geysir, la madre de todos los géiseres del

mundo.

No podíamos marcharnos de aquel mágico

escenario; estábamos enganchados al

espectáculo que la Naturaleza nos ofrecía gratis

de forma gratuita; pero el día estaba siendo

largo, y ya era el momento para ir a descansar.

Regresamos a la Perla; estaba tal como la

habíamos dejado (¿os acordáis del árbol de

Navidad?), y nos subimos rumbo a la Burbuja.

Aquella noche nos tocaba dormir dentro de una

burbuja, y me acordé de una película que ví en

infancia relacionada con un niño autista. Pero

nosotros íbamos a vivir una dulce experiencia;

son de esas cosas que, cuando planeas el viaje,

aparecen en el camino por casualidad, y haya

que aprovecharlas sin dudarla un instante. Se

trata de una granja tradicional islandesa que ha

acondicionado parte de sus terrenos para instalar

una tienda de campaña en forma de burbuja, y

totalmente transparente… qué cosas!!!

Nos salimos de la carretera en dirección a la

citada granja –volvíamos a dejar el asfalto por

una pista con roderas-; no tardamos en alcanzar

una casa de madera. Nos recibió la dueña, y

entre inglés y francés, logramos entendernos;

se subió a su coche y, con la Perla, la seguimos

hasta nuestra burbuja.

Dejamos a la Perla en la pista, para seguir a

pie por un camino unos metros a través de

un pequeño bosque; y en un claro, apareció

de golpe nuestra burbuja, suspendida sobre

una tarima de madera. Toda ella de plástico

transparente, como de cristal; dentro un colchón

nórdico y nada más…

La sensación fue bastante extraña; tienes ante

ti todo a la vista; entramos las bolsas, y aquel

circular y aéreo espacio lo convertimos en algo

nuestro. A pesar del frío exterior, dentro estaba

cálido, gracias a la calefacción de aire caliente;


tienes la sensación de estar tumbado en medio

de la soledad del bosque…; pasaban las horas y

el cielo no terminaba de oscurecerse totalmente

(estamos muy al norte del globo terráqueo, para

que la noche se haga completa); pero tuvimos la

paciencia de aguardar aquel momento mágico

que se hizo la oscuridad terrestre, y el firmamento

se iluminara con miles de estrellas –algunas

también fugaces-; advertimos la proximidad de

dos ardillas que, desde las ramas, nos estaban

observando fijamente…

Aquella noche fue una experiencia, en todos los

sentidos…

Os acordéis de la arenilla en la manga izquierda

de Montse? era la esfera del reloj que se había

hecho polvo por el traqueteo de la F35, la cual

provoco la rotura de un tornillo del caballete

central y la salida de los fastoms de la toma de

mechero... cuando os contamos que la F35 fue

dura es que lo fue.


Dntro de aquel globo de plástico transparente,

desde el cual, el mundo parecía distinto, no

sabíamos si éramos nosotros los que observábamos

el Universo, o el mundo sideral estaba pendiente de

nosotros.

Aquel amanecer fue aleccionador, a pesar de un

cierto cansancio, porque dormimos a ratos. En

el interior de la burbuja, tapados con el edredón

nórdico, calentitos, con miedo a sacar las manos

fuera, rodeados de espesos bosques y un silencio

sepulcral reinante en el mundo exterior.

Por las fechas que eran, y la latitud en que nos

encontrábamos, sólo habíamos visto el Sol de

media noche…

Lentamente, como siguiendo un ritual, nos pusimos

a cargar la Perla; tarea que, a estas alturas del viaje,

era un acto mecánico; parecía que la moto supiera

también la misión de cada jornada. Abandonamos

con nostalgia aquel paraíso en la tierra y en la

primera gasolinera llenamos de combustible la

Perla, y nuestros estómagos de un café aguado.

¡Cuánto hemos echado a faltar nuestros cafés de

España!

Nuestro primer objetivo de aquella jornada era

contemplar Flosagjà, la falla que separa las masas

continentales de Europa y América. No existe otro

lugar del mundo en donde se pueda ver con tanta

claridad el choque de placas. ¡Espectacular es poco!

No hay nada más gráfico.

El sendero sobre lava volcánica abre espacios

naturales de notable belleza paisajística, que siguen

la belleza de esta isla. El sendero nos llevó hasta

un valle, en medio del cual se extendía un lago con

aguas frescas y cristalinas; en la orilla, un parking,

donde dejamos la Perla, para estirazar las piernas.

Allí mismo tenemos una grieta llena de agua que

parece cristal, la cruzamos por un puente y nos

adentramos en una explanada donde hay una iglesia,

riachuelos de aguas transparentes, caminos y al

fondo una pared de roca. Si miramos la grieta llena

de agua parece que es la falla de los continentes

pero si ampliamos el campo de visión nos damos

cuenta que este valle es la falla realmente y que

estamos dentro de ella.

En aquella profunda falla se encuentra el valle de

Pingvellir, uno de los enclaves más importantes de la

historia de Islandia, porque fue aquí, en el año 930,

en pleno período vikingo, cuando se fundó Alpingi,

considerada una de las instituciones parlamentarias

más antiguas del mundo.

Carrer d’Aragó, 153, 08011 Barcelona

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on line !!!!


Quisimos inmortalizar aquel lugar y aquella evocación

con once siglos de historia, haciendo sobrevolar el

drone y captar algunas inolvidables imágenes, pero

una señora nos explicó amablemente que allí estaba

prohibido; y lo volvimos a colocar en el topcase, para

poner seguidamente rumbo a Reikiavik.

Llegamos a la capital islandesa por su sector NE. Los

suburbios de Reikiavik impresionan. Todo el paisaje

está abierto por pequeños cráteres; da la sensación

que infinidad de chimeneas volcánicas hubiesen

entraron en erupción al unísono en épocas pasadas.

Sobre un suelo pedregoso de color marrón oscuro,

el verde del musgo ha ido avanzando algo increíble

que nuestros ojos no estaban acostumbrados

pese al llevar ya unos días contemplando paisajes

asombrosos.

Ya dentro del casco urbano de la capital, Reikiavik

nos sorprendió por la escasa densidad de tráfico

rodado. Con sus 200.000 habitantes, la ciudad

ofrece un paisaje de inmuebles coloreados de

casas, de baja altura, y escasos bloques. Ante esto,

es fácil pensar que estamos en una ciudad diseñaba

a escala humana.

Después de atravesar algunas plazas, llegamos

a Sólfariô (Viajero del Sol), escultura del artista

islandés Jón Gunnar Árnason, que recrea un bote

de sueños, a modo de oda al astro rey. En su

concepción, la obra evoca un territorio salvaje por

descubrir, un sueño lleno de esperanza, y también

de progreso y libertad.

Esta colosal escultura se levanta a pocos metros del

paseo marítimo, y muy cerca del centro urbano. Allí

nos hicimos unas fotos y comenzamos a entablar

conversación con otros españoles que estaban en

Reikiavik. Al poco nos llamó la atención la callada

presencia de un pescador, sentado sobre la cornisa

del espigón; no dejaba de lanzar la caña sobre

las limpias aguas del mar sacando a menudo el

sedal con una pieza; en sólo cinco minutos había

capturado una decena de peces…

Era más fácil probar suerte con la caña, que ir a

la pescadería a comprar los peces para la cena;

al menos, mucho más barato, porque el coste

de la vida en Islandia es muy elevado. Después

de acompañar al pescador unos minutos, y de

contemplar un tanto asombrados cómo llenaba su

canasta de pescado fresco, tras pasar de nuevo

por la escultura del “Viajero del Sol”, nos dirigimos

a un puesto de perritos calientes; calificados

como los mejores del mundo, según palabras del

mismísimo Bill Clinton, cuando visitó la capital

islandesa.

No lejos de allí, en una recoleta plaza, donde nos

costó trabajo encontrarle un hueco a la Perla,

tomamos asiento en uno de los tres bancos con

mesas, y en un chiringuito pequeño hicimos cola

para adquirir los solicitamos perritos calientes.

Dejamos los cascos y las chaquetas y guantes

sobre la moto, y con la mayor tranquilidad del

mundo, nos colocamos en aquella ordenada

cola, para pedir los perritos calientes con toda

su guarnición y dos refrescos. La verdad es que

aquellos perritos no tienen ningún misterio, sin

duda lo que los hace tan suculentos es la salsa

que los cubren, toda una delicia para el gusto, y

más cuando se tenía tanto apetito.

Con el estómago bien lleno era más fácil ver las

cosas de otra forma, y no tardamos en dirigirnos

a Hallgrimskirkja, la “Catedral de Reikiavik”; en

realidad es una iglesia que, con sus 74,5 metros

de altura, es el edificio más elevado de Islandia.

Su enhiesto campanario, desde lejos, recuerda a

una pirámide.

Después ponemos rumbo al Blue Lagoon,

estación termal situada a 48 km de Reikiavik. Eran

las 16:00h, y disponíamos de toda la tarde para

disfrutar de un gratificante baño mineromedicinal.

El sendero que llevaba a Blue Lagoon estaba

lleno de grietas y fisuras, como las escamas de un

pastel que se abre con el calor del horno, por lo


que debíamos conducir con precaución. Comenzó a

llover, y al poco vimos en el horizonte unas columnas

de vapor de agua que se elevaban hacia el frío

cielo. Pasamos por el desvío hacia los baños, pero

no giramos, porque decidimos ir primero a la Guest-

House, que está a sólo 6 km, y dejar las bolsas.

Era una casita de madera muy acogedora, al lado

del pequeño pueblo de Grindavik. Hablamos con la

dueña y nos dijo que para acceder al Blue Lagoon

era preciso hacer la reserva con tiempo a través

de la página web; no tardamos en verla, y darnos

cuenta que estaba todo lleno hasta las 23:00h; pero

estábamos allí, y no queríamos entregar las armas,

sin luchar.

Volvimos al cruce por la pista asfáltica que se abre

camino entre campos de musgo. No habíamos visto

antes tanto musgo junto; era un musgo de 20 cm de

grosor.

La pequeña montaña que resguarda al complejo

termal de Blue Lagoon era, en realidad, un volcán.

Entramos a aquel paraíso por el camino rodeado

de rocas y bombas volcánicas, y alcanzamos el

acceso con los enseres a punto para darnos

un gratificante baño; pero nos informan que las

entradas sólo podían sacarse a través de Internet,

que no hay taquilla, y había que hacerlo por la

web y que estaban llenos.

Nos vamos al bar, nos conectamos a la wifi (nota

para el navegante la wifi es gratuita en todos los

sitios de Islandia que hemos estado) y volvemos a

ver las entradas a las 23h; decidimos comprarlas.

Son las seis de la tarde y tenemos mucho tiempo

por delante hasta la hora del baño, así que

decidimos dar una vuelta y buscar un lugar para

cenar.

Sin darnos cuenta llegó la hora del baño; el

cielo estaba en un crepúsculo infinito, momento

mágico en que el cielo parece alcanzar la plenitud

cromática.

Las instalaciones del Blue Lagoon eran de primera.

Y por fin nos introducimos en la Laguna Azul. Es

un balneario geotermal situado al suroeste de

Islandia, y uno de los más al norte en el globo

terráqueo, que se ha convertido en una de las

atracciones más visitadas del país, donde las

vaporosas aguas son parte de una formación

interna de lava. Las aguas templadas son ricas en

minerales como sílice y azufre.


Bañarse en estas aguas dice que ayuda a personas

que padecen de enfermedades de la piel como la

psoriasis, como ocurre con las aguas del Mar Muerto.

La temperatura del agua en el baño y la zona de

natación de la laguna es de 40 °C, de media. La

sensación es más que placentera. El agua caliente,

el cielo casi a punto de romper entre la luz y la

oscuridad, mientras nosotros disfrutamos del baño

y las mascarillas de sílice.

Como podéis imaginar, aquella jornada, antes de

llegar a la cama ya estábamos durmiendo…

A la mañana siguiente, comenzamos el viaje por la

costa meridional de la isla; la temperatura era algo

más cálida (15ºC); notamos una mayor densidad

humana; en el paisaje, más personas viviendo y

menos ovejas pastando.

La carretera que une todo el sur de Islandia es

impresionante, y el paisaje va “in crescendo”, como

dicen los italianos; cualquier lugar es digno de ser

inmortalizado en una postal o foto de catálogo.

A nuestra derecha, la inmensidad de un mar que

se pierde en el horizonte, y a nuestra izquierda

de marcha, bravíos acantilados de roca volcánica

cubiertos de líquenes y musgos que buscan

afanosamente morir en el océano; en medio, playas

de arena negra. Nos faltaban las palabras para

describirlo.

La N-I nos llevó a la cascada de Seljalandsfoss, cuya

espuma ya sobresalía sobre las rocas y se hacía

más grande a medida de que nos acercábamos.

Una de las cosas que más nos impresiona es que

todo está al lado; el mismo parking de la cascada

se encontraba a unos 80 metros de la misma… casi

dejamos a la Perla debajo.

En esta cascada se puede pasar por detrás y la caída

es de 60 metros. Nos ponemos a volar el drone para

sacar unas vistas increíbles y al poco el drone se

cae a plomo. Menos mal que no estaba muy alto y el

suelo es césped… lo revisamos, cambiamos baterías

y hace lo mismo, el motor delantero derecho está

roto (eso marca la app que hace el check) decidimos

guardarlo… será otra víctima de la F35?

Después de volver a la N1 y seguir por la costa sur

llegamos al volcán Eyjafjallajökull. Os acordáis que

en 2010 dejó los cielos de Europa sin tráfico aéreo,

él solito!!! Pues aquí estamos en su falda admirando

su obra plasmada en un pequeño museo al pie de

la carretera.

Es impresionante ver las fotos de la gente que sigue

tan ricamente con su vida normal mientras la bestia

arroja ceniza, lava por su boca.

Tras la pausa del impronunciable nombre del volcán

volvemos a la ruta para llegar a la cascada de

Skógafoss. Os diremos que teníamos muchísimas

ganas de llegar aquí, son esas ilusiones del viaje

cuando lo planeas, ves fotos de sitios y hay uno que

te marca más que los demás; Skógafoss es uno de

ellos.

La carretera tiene el mismo decorado que el de

la mañana; tenemos el mar a la derecha y a la

izquierda vamos cambiando entre playas negras,

verdes montañas y acantilados… en uno de ellos

a mano izquierda lo pasamos dejando a la vista la

majestuosidad de la cascada de Skógafoss…; más

grande del país con una anchura de 25 metros y una

caída de 60 metros. Debido a la cantidad de espuma

que produce constantemente la cascada, un arco iris

simple o doble es normalmente visible en los días

soleados… si os decimos que es impresionante nos

quedamos cortos.

El espectáculo merece la pena, Montse sube hasta

el mismo borde del salto y hace algunas fotos; yo

me quedo en la parte de abajo realizando un “timelapse”

para el video. Hay una zona verde donde la

gente acampa a pie de la cascada, tiene que ser

brutal pasar la noche en este lugar escuchando de

fondo el agua…

Skógafoss nos ha encantado, después de ver

multitud de fotos y videos podemos decir que no se

le hace justicia y en vivo es magnífica.

La Nacional 1 nos espera, continuamos bordeando

el sur de la isla y llegamos al desvío del camino

que lleva al avión estrellado en la playa de arena

negra. Es un DC-3 del ejército norteamericano que

se estrello en la playa de Sólheimasandur hace 40

años y los restos están allí. Pero el camino está

cerrado y ahora hay que ir andando (como una hora

de ida y otra de vuelta); a nuestro pesar decidimos

dejar abandonado el avión a su suerte.


Amanece en el pueblo de Vik, el pueblo más

meridional de Islandia, que corona el extremo sur

de la región de Suburland.

En su término se levanta el volcán Eyjafjalläkull,

cuyas cenizas tantos problemas dio hace unos años

al espacio aéreo europeo.

Con un poco de decepción ya que nos hubiese

gustado visitar el avión seguimos camino a la playa

de arena negra Reynisfjara, considerada por el

American Journal Islands (Islands Magazine) una

de las playas más hermosas del planeta.

Llama la atención del lugar el color de la arena de

origen volcánico, pero sobre todo las caprichosas

formas de las rocas (columnas de basalto negro)

que conforman muchos trozos del acantilado. El

contraste de la arena negra con la espuma blanca

del embravecido mar es espectacular.

En este bello antojo o capricho de la naturaleza se

localiza una de las colonias de frailecillos (Fratercula

arctica) o puffins (en inglés) de mayor importancia

en Islandia. Estás pequeñas y simpáticas aves,

que se han convertido en todo un símbolo de

Islandia. Dado que nos encontrábamos en pleno

periodo reproductor por lo que pudimos ver algunos

individuos sobrevolando por encima de nuestras

cabezas.

En la misma playa hay un restaurante en el cual

cenamos (según la hora española sería la merienda)

y curiosamente el camarero era sevillano… que

ilusión ver un sevillano en Islandia!!!

Después de la cena fuimos a ver la iglesia del

pueblo de Vik i Myrdal. La iglesia se halla coronando

una colina y una foto espectacular es subir hasta

el cementerio donde hay una vista de la iglesia, el

pueblo debajo y al fondo la playa negra… os hemos

dicho que aquí las fotos son de postal?

En Vik viven unas 350 personas; y el paisaje que

dominamos no puede ser más impresionante, con

unos acantilados de vértigo y la silueta de los “tres

trolls” de piedra; sobre los cuales encuentran su

residencia los cariñosos frailecillos (puffin); todo este

paraíso en la tierra forma parte del Parque Nacional

de Vatnajokull y su lago-glaciar de Kökulsárlón, una

de las maravillas naturales más espectaculares de

Islandia.

Muy a nuestro pesar, teníamos que abandonar aquel

paraíso en la tierra y seguir nuestra marcha. El sol,

muy madrugador, ya nos había dado los buenos

días.

Con la iglesia de madera a nuestras espaldas,

cabalgando sobre la Perla, es cuando volvemos a

tomar contacto con el paisaje vivo, continuamente

cambiante, entre los prados verdes tamizados

de musgo, loas piedra negras que recuerdan

constantemente su naturaleza volcánica, infinidad de

pequeños cráteres, riachuelos de aguas cristalinas

y el aire fresco que nos despeja los sentidos.

Sin darnos cuenta, como flotando sobre una alfombra

persa –en este caso nuestra Perla- llegamos a

Laufskálavarôa, y comenzó a chispear…; ya sabéis

que si no os gusta el tiempo en Islandia, esperaros

sólo 15 minutos y cambiará…

Nos hallamos sobre un campo cubierto con rocas y

bombas volcánicas; a estas alturas del viaje, no nos

podía impresionar, puesto que ya nuestras pupilas

se habían acostumbrado a infinitas extensiones de

lava, de musgo; sin embargo, como nos pillaba de

camino, decidimos verlo y disfrutar con este singular

paisaje.

La lluvia islandesa es caprichosa; de repente,

las gotas te golpean como si fuesen lágrimas de


dioses encolerizados; parecía que no tenía pinta de

mejorar. Aquella jornada parecía tener que bailar

bajo la lluvia.

Tuvimos la osadía de desviarnos de la “I”; por un

camino de unos 4 kilómetros de baches alcanzamos

el cañón de Fjaôrárgljúfur; un paraje tamizado de

un verde intenso que cubría las paredes de aquel

profundo barranco de piedra y que, al mirarlo,

molestaba la vista.

Ese sensacional paraje fue creado gracias a la

erosión producida por el agua que, al descender

de los glaciares, fue cortando la piedra como un

bisturí. Aún hoy día, ese proceso sigue vivo y en sus

profundidades aún pueden verse los vestigios de

cómo un paisaje se va construyendo poco a poco;

lo malo era la pertinaz lluvia que no nos dio tregua.

Aprovechamos el amparo de una pequeña caseta

de madera para resguardarnos un poco.

Las gotas que caían eran de kilo, que al caer sobre

aquella rústica caseta parecía que iban a perforar

su endeble tejado. Aquella lluvia impidió que

pudiésemos disfrutar con las vistas del cañón, y, al

ver que no cambiaba el tiempo, decidimos proseguir

el camino; en nuestra mente, el disfrute de un café y

también entrar en calor.

Volvimos por nuestros pasos y el camino de regreso

a la Nacional 1 era una alfombra mojada comparada

con la F35… A los pocos kilómetros llegamos a una

estación de servicio, donde paramos para tomar algo

y entrar en calor. (Aviso para los navegantes: en las

estaciones de servicio de Islandia hay normalmente

cafetería y restaurante de comida rápida).

También la Perla tenía sed y llenamos el depósito;

nosotros entramos en calor con los rayos tímidos

de un sol que comenzaba a abrirse paso entre las

nubes; no tardamos en volver a la carretera.

La próxima parada era el lago de icebergs.

Durante el trayecto, fuimos bordeando el tercer

glaciar más grande del mundo, que se extendía

a nuestra izquierda, mientras que al lado opuesto

la vista se perdía en la inmensidad de una llanura,

que muy bien pudo haber sido ganada al mar.

Las vistas eran increíbles; aquellos paisajes no

podíamos describirlos con palabras; unos parajes

de brutal belleza; la carretera se elevaba sobre

un suelo de tierra negra; unas cuantas tímidas

hierbas verdes asomaban sobre el suelo; como

telón de fondo, unas montañas –cráteres- y en

los valles unas lenguas de hielo blancas azuladas

que van escapando del grupo de montañas que lo

confinan… y te preguntas ¿que cantidad de hielo

habrá para que rebose de esa forma por cada

hueco de la sierra montañosa?

Llegamos a Jökulsárlón, pasando un puente de

hierro que cruza por un río con pequeños icebergs

que van camino al mar del Norte y a nuestra

izquierda un lago con icebergs nadando a sus

anchas... esta lleno, contraste de colores blancos,

azulados…

Estamos alucinando, nos hallábamos tan cerca

de los icebergs; vemos unos autobuses anfibios

que te dan una vuelta por el lago... ¡¡¡nos vamos

a subir!!!

Dentro del lago es aún más espectacular, la lengua

del glaciar es inmensa, va rompiéndose los trozos

de hielo y se quedan a la deriva en el lago que

finalmente salen al mar... Los icebergs que vemos

están formados por agua de hace mil años...; por

lo tanto, se remontan a la época de los drakars

vikingos; el lago se formó hace unos 80 años, la

temperatura del agua está sobre los 5ºC y no se

llega a congelar porque está formada por agua

salada del mar.

En el lago se han rodado varias películas de

acción (Lara Croft, Batman, 007) y en una ocasión

pusieron una presa para evitar que entrase el agua

del mar; nos dijeron que en un mes se congeló

el lago con más de un metro de espesor!!! La

experiencia es totalmente recomendable, dar una


vuelta en un autobús anfibio ha sido todo un acierto

y nuestro guía italiano ha sido la mar de simpático.

Dejamos el lago Jökulsárlón a nuestras espaldas

camino al hotel y coincidimos en que ha sido una

experiencia increíble el día de hoy… el lago nos ha

enamorado.

Se levanta el día, las vistas del hotel son una

pasada… campos verdes y al fondo la desafiante

montaña volcánica conteniendo el glaciar.

Hoy desayunamos con una pareja de jubilados

canarios, los cuales era la segunda vez que visitaban

este paraíso de Islandia; por sus comentarios, no

tardamos en comprender que se trataban de un

pozo de sabiduría, dada la experiencia acumulada…

Volvemos a nuestra querida “1” con las montañas a

nuestra mano izquierda y del mar a nuestra derecha.

El paisaje por el sur de la isla es muy bonito en

ocasiones abrupto y repetitivo.

Os dijimos que en Islandia tan solo hay una carretera

asfaltada que rodea la isla y hay un tramo que no lo

está, pues ya hemos llegado al tramo donde el

liso asfalto se transforma en una pista…

La pista es de tierra bien compactada y se puede

transitar sin problemas. Ahora dejamos la costa y

nos adentramos hacia el centro de las montañas.

Vamos serpenteando entre montañas y cascadas

salvajes hasta llegar al liso asfalto.

Ahora estamos cerca de Seyðisfjörður y hemos

cerrado el circulo, ya le hemos dado la vuelta a la

isla, parece que fue ayer que llegamos… volvemos

a subir el pequeño puerto de montaña que corona

el puerto de nuestro ferry y tan solo nos queda

bajar pasando por la cascada de Gugufoss (donde

en la película “La vida secreta de Walter Mitty”

pasa montado en su long board...) hasta el puerto

y mañana nos subimos al Norröna para volver a

casa… y soñar en la próxima aventura:

La llamada de Dakar!!!

No dejes que tus sueños sean sueños!!!

Perlanegra

Perlanegra


NO TE LA PIERDAS !!!!!! y si tienes una aventura que contar, no lo dudes contacta con

nosotros en editorial@theruta.com, será un placer contarla.

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