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HISTORIA DE IRLANDA - RANELAGH

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Akal / Historias

John O’Beirne Ranelagh

Historia de Irlanda (3.ª edición)

Traducción: Rafael Herrera Bonet

Actualización de la traducción: Alfredo Brotons Muñoz

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Esta tercera edición de la reconocida Historia de Irlanda de John O’Beirne

Ranelagh incorpora los acontecimientos políticos y económicos ocurridos en

los últimos años. Profundamente revisada y actualizada, analiza la historia de

Irlanda desde los primeros tiempos a través de los celtas, Cromwell, los

asentamientos, la hambruna, la Independencia, la bomba de Omagh, las

iniciativas de paz…, hasta llegar al colapso financiero de 2007. Perfila a sus

protagonistas más destacados desde Diarmuid MacMurrough a Gerry Adams y

arroja nueva luz sobre los hechos, del Norte y del Sur, que han dado forma a la

Irlanda de hoy. El lugar que ocupa este país en el mundo moderno y su

relación con el Reino Unido, los EEUU y Europa también se examinan con

una mirada fresca y original, libre de prejuicios. El interés mundial por Irlanda

sigue en aumento, pero mientras antes se centraba más en la violencia en

Irlanda del Norte, las nuevas políticas económicas y los tumultuosos

acontecimientos financieros acaecidos en el Sur en los primeros años del siglo

XXI han abierto nuevos debates que dibujan un renovado interés hacia este país

«lo bastante grande para mantener una rica identidad, pero demasiado pequeño

para defenderse a sí mismo», según palabras del autor del libro.

«Un libro que comprime la historia irlandesa [...] cuyo autor consigue analizar

con destreza notable y un tono desapasionado.»

The Times Educational Supplement

JOHN O’BEIRNE RANELAGH, también ha publicado otros libros como

Ireland. An Illustrated History (Oxford University, 1981), Thatcher’ People.

An Insider’s Account of the Politics, the Power and the Personalities

(HarperCollins, 1991) y CIA: A History (Londres, BBC Books, 1992).

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Diseño de portada

RAG

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edición original.

Título original

A Short History of Ireland (Third Edition)

© Ediciones Akal, S. A., 2014

para lengua española

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

ISBN: 978-84-460-4348-5

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Prólogo a la primera edición

Dos características especiales distinguen a la historia de Irlanda. En primer lugar, una

nación irlandesa reconocible, por supuesto a lo largo del tiempo, conglomerado de

muchas «naciones», distinta de la nación británica, con una lengua, costumbres y

tradiciones propias que se remontan a la Edad del Hierro y que ha sobrevivido hasta bien

entrado el siglo xix. Este hecho le dio al nacionalismo irlandés una fuerza particular. En

segundo lugar, a lo largo de siglos de un gobierno británico cada vez más centralizado y

poderoso, las tensiones políticas y sociales dominantes se combinaron para hacer que los

irlandeses primero se sintieran inferiores y más tarde creyeran que lo eran. Esta es una de

las peores cosas que una nación o raza puede hacerle a otra. Resulta la más terrible de las

paradojas cuando para las cuestiones prácticas existe un deseo de acoger y de rechazar

por igual, lo que asegura que el éxito se vea acompañado por el fracaso, y que la

desesperación y un sentimiento de inutilidad afecten a todas las esferas de la vida. Había

tantos irlandeses espías, agentes o informadores del gobierno como héroes nacionales; la

emigración se convirtió casi en el único modo de escapar a la depresión. Todavía hoy

para muchos escritores irlandeses resulta necesario, en cierta manera, llevar a cabo su

obra lejos de su país.

En épocas recientes, la complejidad del desarrollo económico, los acuerdos

internacionales y el rechazo del nacionalismo irlandés en Irlanda del Norte han empezado

a cambiar las actitudes tradicionales. Se ha cuestionado el propio concepto de una nación

irlandesa unida y los políticos han empezado, por primera vez, a afrontar con sinceridad

la realidad de los vínculos de Irlanda con Gran Bretaña. En el último cuarto del siglo XX

podemos, en mi opinión, decir que el pueblo de Irlanda por fin se considera en relación

con un mundo irlandés del que acepta hacerse responsable.

Me gustaría dar las gracias a Charles Davidson, Sean Dowling, Susannah Johnson,

Joseph Lee, Deirdre McMahon, Victor Price, David Rose, Richard Rose, A. T. Q. Stewart

y Norman Stone, quienes me han ayudado generosamente con su conocimiento y consejo.

Tengo una enorme deuda con ellos: la exactitud de este libro es logro suyo, cualquier

imprecisión es mía. Y vaya el mayor agradecimiento de todos a mi esposa, Elizabeth.

John O’Beirne Ranelagh

Grantchester, 1982

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Prólogo a la segunda edición

Desde que escribí este libro hace doce años, se ha producido un cambio importante en

el nacionalismo irlandés mayoritario y en la toma de conciencia de la República de

Irlanda. Las enseñanzas morales y sociales de la Iglesia católica opuestas a los

anticonceptivos, al divorcio y al aborto, que separaban a Irlanda de los valores liberales

existentes en el corazón de la Unión Europea, han cedido ante una sensibilidad más laica.

Las actitudes más abiertas de los católicos americanos han reemplazado a las actitudes

tradicionales irlandesas, como lo demuestra la existencia de una cierta hostilidad ante el

liderazgo y el control ejercidos por la Iglesia. Se encuentra una indiferencia general con

respecto a la cultura gaélica tradicional. El terror se ha convertido en una forma de vida

para los descontentos del Norte, entre los que se encuentran los terroristas. Estos han

confirmado la degradación de una lucha que era noble y han condicionado de forma

fundamental al nacionalismo y al unionismo irlandés para muchos irlandeses. Muy pocos

de los hombres y mujeres implicados en la lucha irlandesa por la libertad durante el

periodo 1916-1921 podrían identificarse con los que actúan hoy en nombre del IRA y de

sus escisiones. Los unionistas de ese mismo periodo sin lugar a dudas rechazarían a

aquellos «lealistas» que han elegido el terror como arma.

La balanza de este libro se inclina hacia el periodo posterior a 1800, en el que se formó

la Irlanda moderna. El terrorismo y los horrores que conlleva en Irlanda del Norte,

extendiéndose a veces hacia Inglaterra o la República de Irlanda –y en ocasiones hacia

lugares más remotos– han obligado a la República a moderar sus reivindicaciones sobre

la totalidad de la isla. Al mismo tiempo, la naturaleza provisional, federal y menos

orgánica de la unión entre Irlanda del Norte y Gran Bretaña (es decir, Inglaterra, Escocia

y Gales) ha quedado cada vez más clara en tanto que los gobiernos del Reino Unido (es

decir, Gran Bretaña e Irlanda del Norte) se han comprometido a tener en cuenta

solamente las decisiones mayoritarias de los votantes del Norte sobre el futuro de la

provincia, sin tener en cuenta la opinión de los votantes británicos sobre la cuestión. De

hecho, los gobiernos de Londres y el pueblo de Gran Bretaña de ninguna manera anhelan

la posesión de Irlanda del Norte, un hecho del que son conscientes los unionistas del

Norte. Las afirmaciones en sentido contrario son una combinación de mal entendimiento

y mala interpretación intencionada que en la actualidad conviene a los terroristas y a sus

seguidores. De igual manera, en la República, el pueblo es consciente de que la unidad de

Irlanda llevaría consigo un coste terrible que en modo alguno están convencidos de querer

pagar. El hecho de que el IRA haya cometido atentados en la República indica que este

sabe que no puede jugar con la política del Sur, y que la menor actividad podría poner en

peligro la tolerancia de la que pueda disfrutar allí. La firme voluntad del Reino Unido de

combatir el terrorismo y, con algunas excepciones, la forma sosegada con que esta

voluntad se ha llevado a la práctica, hecho demostrado sólidamente por los gobiernos

sucesivos y por las fuerzas de seguridad a lo largo del último cuarto de siglo, son

actitudes respetadas por muchos incluso en el Sur.

Soy consciente de utilizar a veces los términos «católico» y «protestante» para

distinguir a las dos comunidades principales de Irlanda del Norte. Al hacerlo, sigo la línea

de los periodistas y comentaristas que a lo largo de los últimos veinticinco años han

contribuido a formar la percepción mayoritaria. Y es cierto que la política local en el

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Norte ha reflejado especialmente esta división religiosa. Sin embargo, no es correcto

convertir el entorno religioso en el elemento divisorio en el Norte. Es cierto que

constituye una de las principales clasificaciones, pero las diferencias políticas, sociales y

económicas son igualmente importantes y transcienden el ámbito de la religión: en

Irlanda del Norte no está teniendo lugar una guerra religiosa. Alrededor del 40 por 100 de

la población de Irlanda del Norte es católica, y alrededor del 33 por 100 de los votantes

católicos norirlandeses apoyan al Sinn Féin, brazo político del IRA. El resto vota a

partidos opuestos al Sinn Féin y algunos votan a los unionistas. Es probable que para que

la mayoría de los votantes apoye la unificación con la República de Irlanda sea necesario

que exista algo más que una simple mayoría católica en Irlanda del Norte: ser católico no

implica ser partidario de una unión inmediata con el Sur. En la actualidad se da el caso de

que la mayoría de los protestantes norirlandeses son abrumadoramente unionistas, aunque

algunos de ellos se cuentan entre los nacionalistas y radicales irlandeses más destacados.

Michael Farrell, uno de los fundadores del movimiento Democracia Popular de finales de

los sesenta, que vigorizó la campaña pro derechos civiles causante de los actuales

problemas, era protestante.

Ni el Reino Unido ni los Estados Unidos llenan ya la imaginación de los irlandeses. En

la actualidad, los otros países europeos les resultan cada vez más reales. Consideran al

Reino Unido un lugar anticuado y destartalado, y no una presencia imperial amenazadora.

Charles Haughey, taoiseach [primer ministro] irlandés durante los años ochenta, fue el

último dirigente político que percibía al Reino Unido en términos imperiales. Los

irlandeses han reconocido que no pueden estar eternamente viviendo de los recuerdos del

pasado.

Finalmente, habría que recordar que los políticos, a los que elegimos y a los que sin

embargo tanto nos gusta criticar, se han visto obligados por el terrorismo a arriesgar, una

y otra vez, su seguridad, la seguridad de sus familias y sus vidas. Airey Neave, portavoz

del Partido Conservador en Irlanda del Norte, fue asesinado por una bomba colocada en

su coche en la Cámara de los Comunes en 1979. Anne Wakeham, esposa del portavoz del

grupo parlamentario conservador, y el diputado sir Anthony Berry, fueron asesinados por

la bomba colocada en el Grand Hotel de Brighton durante la celebración del congreso del

Partido Conservador en 1984. En la misma explosión resultó gravemente herido Norman

Tebbit, ministro del gobierno, y su esposa, Margaret, quedó permanentemente lisiada. El

parlamentario Ian Gow, que había sido subsecretario en Irlanda del Norte, fue asesinado

por una bomba colocada en su coche a la puerta de su domicilio en 1990. Los hombres y

mujeres de las fuerzas de seguridad y muchas personas de todas las esferas de la vida de

Irlanda del Norte son obligados a diario a exponerse a sufrir heridas o incluso a perder la

vida. Al final del capítulo 7, aparece una tabla con algunos de los muertos y heridos

provocados por el terrorismo en el Norte; la falta de espacio impide que nombremos a

todas las víctimas del terrorismo.

Quiero mostrar mi agradecimiento a todos los que aportaron sugerencias y correcciones

a la primera edición de este libro; soy responsable de los errores, viejos o nuevos, que aún

puedan encontrarse en el mismo.

John O’Beirne Ranelagh

Grantchester y Bergen, noviembre de 1993

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Prólogo a la segunda edición actualizada

Esta edición se escribe cuando las perspectivas de mayor paz, y por lo tanto del declive

del terrorismo, en Irlanda del Norte parecen gozar de mejores augurios. Pero el terrorismo

de los últimos treinta años no supone el punto culminante de la historia de Irlanda, ni

tampoco la consecuencia inevitable de la política gubernamental ni de las condiciones

socioeconómicas. Ha sido, más bien, fruto de la visión romántica del nacionalismo

irlandés de varias generaciones, lo que con pocas excepciones, al igual que en el caso de

los demás nacionalismos, ha constituido la pasión de hombres y mujeres idealistas, pero

de miras estrechas y reducidas. Lo importante de la historia irlandesa de finales del siglo

XX es la manera en la que los ciudadanos han dejado atrás posturas y supuestos históricos,

han mostrado mayor interés por el progreso económico y por disfrutar de la vida, han

ampliado sus horizontes y han afirmado sus principios democráticos. Irlanda no puede ser

calificada, bajo ningún concepto, como «un país de lo más decepcionante».

Los habitantes de Irlanda del Norte se han dado cuenta de que la violencia padecida ha

significado que los beneficios derivados de la pertenencia a la Unión Europea, tan visibles

en la República de Irlanda, han pasado de largo. Intuyen que no han podido disfrutar de la

gran oportunidad de los últimos cincuenta años.

En general, el pueblo irlandés, como ha ocurrido con la mayoría de los pueblos del

mundo desarrollado, es consciente de que el final de la Guerra Fría ha significado que

políticos y otros personajes buscadores de notoriedad ya no disfrutan del poder en

exclusiva. Este proceso se ha visto acelerado por el descrédito del presidente Clinton, la

ineficacia de los políticos, la cesión de responsabilidades a la opinión pública valiéndose

de referendos y de filtraciones interesadas a la prensa. En la práctica, los ingenieros, los

empresarios y los gestores son más importantes y gozan de mayor crédito social. La clave

del proceso de paz desarrollado entre 1993 y 1998 en Irlanda del Norte ha sido la

expresión de la voluntad popular, junto con el empeño de la gente corriente de llevar una

vida plena a pesar de las bombas, las palizas y los asesinatos que tenían lugar a su

alrededor. No cabe duda del papel desempeñado por los políticos, pero han sido meros

ejecutores, nunca impulsores, de esta voluntad democrática.

El terrorismo ha sido la expresión de un puñado de hombres y mujeres descontentos,

resueltos a consentir las acciones más viles para que la vida democrática no los relegara a

un papel marginal dentro de la sociedad. Ningún demócrata pudo oponerse al proceso de

paz, el único rechazo a la paz se produjo por parte del sectarismo. El propio proceso

sirvió para subrayar la verdadera naturaleza de los individuos y de los grupos, obligando a

los extremistas a aceptarlo. En realidad, las atrocidades cometidas por los detractores del

proceso solamente sirvieron para obligarles a aceptarlo, al hacerles ver que podrían seguir

matando, pero que eso sería lo único que conseguirían y que perderían el respeto de sus

propias comunidades.

El proceso que permitió esta nueva situación fue testigo de un mayor entendimiento de

los asuntos en cuestión, haciendo que todas las partes, aunque no todos los implicados,

hicieran concesiones políticas valientes e importantes. Quizá uno de los factores que más

contribuyó a apoyar las perspectivas de paz a largo plazo fue la concienciación por parte

de la comunidad profesional irlandesa en el extranjero de que la República de Irlanda no

era lo que su imaginación, adornada por la historia y la mitología, les hacía suponer: ya

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no se trataba de la pobre Irlanda, se trataba, y se trata, de un país independiente con sus

propias prioridades, que ya no depende de las remesas de dinero del exterior. El

presidente Clinton, al invitar a la Casa Blanca a representantes del IRA y de los grupos

terroristas «lealistas» (utilizo este término para diferenciarlos de la corriente unionista

más importante que proclama su lealtad a la Corona británica) con voluntad de diálogo

sobre las posibilidades de paz, les obligó a dar cuenta de sus acciones ante el mundo,

consiguiendo que los norteamericanos de origen irlandés cuestionasen su apoyo al

terrorismo. Estados Unidos, un país orientado hacia el futuro, cuenta con una comunidad

irlandesa, orientada hacia el futuro, que ahora se siente algo más liberada de sus

obligaciones ancestrales, y que vuelve a su tradicional papel de apoyo a las iniciativas

solidarias.

Tras treinta años de terrorismo, los actos terroristas del IRA y de los «lealistas» ya no

levantan pasiones. El terrorismo es visto como lo que realmente es. Desde fuera, los

terroristas del IRA y los «lealistas» son la misma cosa; no se hacen distinciones reales de

los actos de unos y otros, ni en Irlanda ni fuera de ella. Ambos hacen lo mismo que todos

los grupos terroristas; han provocado hastío, incluso entre sus propias filas. Hasta sus

propios activistas han llegado a reconocer la inutilidad de sus acciones. Eamon Collins,

miembro del IRA durante doce años a partir de 1975, lo expresa con toda claridad:

Llegué a desechar casi cualquier cosa, y a casi cualquier persona, que no tuviera relación, de una u otra

forma, con el IRA. Se había convertido en mi vida y empecé a preguntarme el tipo de vida que tenía. Intenté

disfrutar, pero ¿cómo podía vivir felizmente cuando pasaba la mayor parte del tiempo en compañía de

personas para quienes la muerte era su oficio? Y yo era uno de ellos, buscando en todo momento a alguien a

quien matar, o a alguien que lo matara, expuesto constantemente al peligro, un peligro cada vez mayor. Pero

no había descanso [...] me había convertido en un adicto a la lucha: las operaciones eran mi droga. Aunque

frecuentemente me preguntaba cuándo llegaría mi última dosis, la que me mataría, me llevaría a la cárcel o

me haría pedazos [...] Había participado en un gran número de operaciones del IRA que ya entonces

consideraba inútiles y sin sentido[1].

El éxito de las fuerzas de seguridad en el Reino Unido y en la República de Irlanda en

la lucha contra el terrorismo durante décadas, el debilitamiento del apoyo exterior y el

rechazo de las autoridades políticas a la coacción del terrorismo estaban derrotando al

IRA y a los demás grupos terroristas. El proceso de paz les proporcionaba una salida

digna que cubría las apariencias; los terroristas son considerados irlandeses fracasados.

Desgraciadamente, los perdedores tienen muy buena memoria y este será el eterno

problema; el terrorismo no abandonará la historia de Irlanda: está arraigado en ella.

Durante los últimos doscientos años, el terror y la paz han aparecido y desaparecido

conforme se desvanecían los recuerdos del terror. El establecimiento de la República de

Irlanda se debió a la actividad terrorista. La entrada del IRA en las negociaciones de paz,

a pesar del éxito de relaciones públicas que ha supuesto, tuvo lugar porque sus dirigentes

reconocieron que los asesinatos, las bombas y las palizas eran inútiles: no tuvo lugar

porque de la noche a la mañana se hicieran demócratas. La paz de Irlanda del Norte en

1998 se aceleró, inquietantemente, por la amenaza del IRA de asesinar a los disidentes

que querían continuar con la campaña de terror. El 15 de agosto de 1998 la explosión de

un coche bomba en Omagh provocó la muerte de 29 personas: la mayor matanza ocurrida

en un solo atentado. Lo mejor que se puede esperar es que el terrorismo permanezca

inactivo durante largos periodos. No nos abandonará.

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John O’Beirne Ranelagh

Grantchester y Bergen, septiembre de 1998

[1] Eamon Collins con Mick McGovern, Killing Rage [La rabia asesina], Londres, 1997, pp. 157-158, 277.

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Prólogo a la tercera edición

La preparación de esta edición coincidió en el tiempo con una de las mayores

convulsiones financieras de la historia. Irlanda concentraba todos los focos, su economía

se hallaba asolada. Todos los años desde 2010, la deuda nacional pasó a aumentar en

alrededor de 3.200 euros por habitante. Cada año, solo el pago de intereses de la deuda

ascendía a unos 1.000 euros per cápita. No obstante, la fortaleza de la productividad

irlandesa entre 1988-2007 –el «tigre celta»– era tan grande que Irlanda atravesó el

desastre con superávit en la balanza de pagos. Pero la confianza, basada en el rendimiento

económico real, se convirtió en hybris. Ahora Irlanda navega por mares inexplorados, sin

excusas para justificar sus fracasos.

Aunque esta es una historia breve, me ocupo con cierta extensión de la confrontación

entre el terrorismo y el gobierno constitucional. El lento desgaste del IRA –una

combinación de terror implacable, contraterror y agotamiento creciente– resulta

instructivo fuera del país, en gran medida por la combinación de resolución y

compromiso de la que es fruto. El proceso ya presenta un carácter propio de otra era.

La historia irlandesa ha sido la de un país lo bastante grande para mantener una rica

identidad, pero demasiado pequeño para defenderse a sí mismo. A partir de la invasión

inglesa de Strongbow en el siglo XII, la prosperidad irlandesa fue sufriendo una erosión

gradual que se intensificó con los asentamientos y las confiscaciones protestantes del

siglo XVII, a lo cual en el XVIII siguió el ascenso de una extraordinaria aristocracia angloirlandesa

que (como tan maravillosamente señaló Yeats) ejerció el poder sobre un pueblo

al que privó de educación, condenó a la agricultura y a la procreación, marginó y

caricaturizó como formado por protohumanos. La terrible hambruna de los años 1840

produjo una atroz reinvención como consecuencia de la muerte y la huida de millones de

personas, y una intensa memoria de cólera que reavivó profundas pasiones nacionales. El

irlandés murió como idioma, pero las pasiones sobrevivieron en inglés… y en los Estados

Unidos. Los emigrantes irlandeses demostraron ser capaces de grandes logros y dieron a

Irlanda una presencia internacional. La independencia de Gran Bretaña, todavía percibida

como el mayor imperio que el mundo había visto, constituyó una decepción de la que dan

fe las cifras de emigración hasta finales del siglo XX. Entonces llegó el tigre, y los

irlandeses, de personas capaces de llegar muy lejos solo en el extranjero, pasaron a ser

ahora capaces de prosperar en su propio país.

La conversión de su país en un tigre orientado al futuro y conectado con el mundo

desvió a los irlandeses de su historia. Tras una exagerada preocupación por el pasado

como explicación del presente, soltaron amarras y pasaron a flotar en la hiperprosperidad.

En 2004, la mayoría de los habitantes de la República veían a Irlanda del Norte como

algo anticuado. Muchos eran los que decían desearla, pero la unificación carecía de

atractivo para las masas. El Norte había pasado de ser la más moderna a ser la parte más

antigua de Irlanda. La religión había sido probablemente la mayor fuerza vital de la

nación irlandesa, pero el tigre convergió a notable velocidad con un mundo secular.

Desde los años de la década de 1990, ningún arzobispo irlandés gozó de la posición del

reverendo Dr. Ian Paisley, nombrado lord Bannside.

La Irlanda contemporánea no es el país imaginado por Tom Clarke, Patrick Pearse,

James Connolly, Éamon de Valera o los hombres de 1916-1921. Ninguno de ellos era un

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modernizador (de haber vivido, el bucanero y burócrata Michael Collins podría haberlo

sido): eran o bien intelectuales o bien fundamentalistas rurales. No es el país que el IRA o

Gerry Adams o Martin McGuinness decían querer. Todos ellos han sido superados. No es

un Estado gaélico unido, autosuficiente y preocupado de sí mismo. Durante quinientos

años, Inglaterra constituyó el factor más importante en Irlanda. En la segunda mitad del

siglo XX, los Estados Unidos pasaron a dominar en las aspiraciones irlandesas.

Del Alzamiento de 1916, celebrado anualmente durante los años setenta, luego el

Estado hizo caso omiso hasta 2006. Muchos se avergüenzan de los antecedentes

revolucionarios de la República, en buena medida como consecuencia del terrorismo en

Irlanda del Norte en nombre del nacionalismo irlandés. Hoy día, Irlanda está saldando

cuentas, entre desilusionada y resignada, con los sueños rotos y los ruinosos autoengaños.

Mi familia, los O’Beirne («ei»: en irlandés la «y» no existe) de Ranelagh en Wiclow

pueden, con alguna imaginación, remontar su linaje hasta el siglo VI. Los O’Neill pueden

llegar a una o dos generaciones más atrás: nuestras dos familias se cuentan entre las más

antiguas que se pueden documentar en Europa, y ambas hemos trabajado por Irlanda.

Durante generaciones estuvieron vinculadas por el apoyo mutuo. Mi padre participó en el

Alzamiento de Pascua de 1916 y luchó contra el Tratado, pero ni Éamon de Valera ni

Fianna Fáil le entusiasmaron nunca. Para él, la muerte de Michael Collins fue una gran

pérdida para el país. Llegó a creer que la República no merecía los sacrificios que él y

tantos otros habían hecho. Cuando se formó el IRA Provisional, él se opuso, y por eso

recibió una de las primeras cartas bomba enviadas en Irlanda. A sus setenta y tantos años

de edad demostró una gran perspicacia al reconocer que se trataba de una bomba y

arrojarla a la pila de la cocina, donde explotó. Mi tesis doctoral versó sobre la Hermandad

Republicana Irlandesa de 1914-1924. Me entrevisté con muchos hombres y mujeres de

aquel periodo. Robert Barton, uno de los firmantes del Tratado de 1921, recordaba haber

jugado al cricket con Parnell y tomado el té con Gladstone en el n.º 10 de Downing Street.

Joe O’Doherry, que había sido dirigente de los Voluntarios Irlandeses y luego del IRA,

me contó cómo se sentaba sobre las rodillas de su anciano abuelo para oír el relato de su

participación en el levantamiento de 1798 y de cómo había escapado a la provocación de

un agente del gobierno cuando, al agacharse para cortar heno, vio que el hombre que se

encontraba a su espalda calzaba botas: los rebeldes no se las podían permitir. Y De

Valera, presidente de Irlanda a sus más de noventa años de edad, me explicó que aunque

estaba casi ciego podía ver algo por la esquina de su ojo izquierdo, de modo que me senté

donde él pudiera verme mientras rememoraba cómo se enteró del Tratado en Limerick y

fue conducido a Dublín para recibir más noticias.

Pese a las presiones, he mantenido la grafía Connaught. En la actualidad, no se usa

tanto porque es anglo, pero a mí me gusta así y me parece más cálido que el duro

Connacht.

Deirdre McMahon ha sido, como siempre, una estupenda ayudante y consejera que ha

compartido generosamente sus intuiciones y conocimientos. Timothy Dickinson y David

Rose aportaron sus correcciones lingüísticas y juicios con amabilidad. Michael Jones hizo

frecuentes y sagaces comentarios sobre el texto. Tony Craig pasó la guadaña por el

capítulo sobre el Norte. Michael Watson, de la Cambridge University Press, guió y dio

forma a esta edición, y agradezco el apoyo, la diligencia, las correcciones y sugerencias

del equipo de producción y diseño: Chloe Howell, Joanna Breeze, Patricia Harper, Micke

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Leach, David Cox y Philip Riley. Les debo mucho.

Resulta finalmente oportuna una nota sobre el cuadro de la portada de la tercera edición

inglesa, Las candelas de la noche se han extinguido ya, de Sean Keating, RHA [Royal

Hibernian Academy, en Dublín] (1889-1977), cuyo título es una cita de Romeo y Julieta

(acto III, escena 5.ª), cuando Romeo le dice a Julieta que el alba está despuntando. Es

probablemente el cuadro más importante de Keating, con la presa de Ardnacrusha sobre

el río Shannon como telón de fondo. Él la describió como dando la bienvenida «al alba de

una nueva Irlanda», y aportó esta explicación:

El título sugiere que el alba ha llegado cuando la tenue luz de las velas del

medievalismo superviviente en Irlanda se desvanece ante el sol ascendente del progreso

científico que ejemplifican las obras para la producción de electricidad en el Shannon al

fondo de mi cuadro.

La Irlanda y el irlandés de caricatura los tipifican los esqueletos que cuelgan a la

izquierda de una de las torres de acero que sostienen las líneas de transmisión eléctrica.

Debajo están los tipos de trabajadores irlandeses. En el centro del primer plano hay dos

hombres. Uno representa al capitalista, que lleva bajo el brazo planes para el desarrollo

industrial.

Un pistolero se le enfrenta amenazante. Los dos simbolizan el constante antagonismo

entre los elementos empresariales y los extremistas, que dificulta el progreso del Estado.

El sacerdote leyendo representa la Iglesia inmutable siempre presente cuando se necesita

guía espiritual pero preocupada solamente por un reino que no es de este mundo. En

resumen, mi cuadro representa la transición de Irlanda de un país estancado en el pasado a

un Estado de la libertad y el progreso.

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Mapa de Irlanda: La Empalizada o The Pale y las plantaciones irlandesas.

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1

Inicios

Los huesos humanos encontrados en una cueva del condado de Waterford en 1928

indican que los primeros irlandeses pueden datar de antes del 9000 a.C. Sin embargo, las

pruebas son poco fiables, y de cualquier forma no habrían sobrevivido al último periodo

frío que puso fin a las glaciaciones hacia el 7000 a.C. Los primeros signos de vida

humana importantes datan de mediados del séptimo milenio a.C. En los veinticinco mil

años anteriores floreció una gran variedad de vida animal, de entre la que destaca el

ciervo gigante irlandés, con astas que alcanzaban más de tres metros; mamuts peludos

parecidos a los elefantes, hienas, lobos y zorros. Conforme cambiaba la temperatura, así

cambiaba la flora, e Irlanda tuvo bosques tropicales, tundra y vegetación abierta. La

orografía del país se formó incluso antes. Las montañas de Mourne y otras formaciones

geológicas conocidas se crearon hace unos 75 millones de años al enfriarse la lava

fundida. Hace doscientos mil años la gigantesca fuerza del hielo esculpió y abrió drumlins

y profundos valles como el Gap of Dunloe.

Hasta hace unos nueve mil años, Irlanda estaba unida a Gran Bretaña. Conforme el

clima de la Tierra se calentaba, el hielo se derretía, subía el nivel de los mares, e Irlanda

perdió su unión terrestre con Gran Bretaña, convirtiéndose en una isla situada en el

extremo noroccidental de la plataforma continental europea, separada de sus vecinos por

mares poco profundos. Una caída de 106 metros en el nivel del mar uniría de nuevo el

sudeste de Irlanda con Gales, mientras que una caída de unos 182 metros dejaría al

descubierto el fondo del mar hasta Francia y unos 250 kilómetros de plataforma

continental atlántica, al oeste de las provincias de Munster y Connaught. Gran Bretaña

mantuvo la unión terrestre con el continente europeo a lo largo de la cuenca meridional

del mar del Norte con Bélgica, los Países Bajos y la parte noroccidental de Alemania

durante mucho más tiempo. Este hecho explicaría por qué en Gran Bretaña, a diferencia

de Irlanda, se pueden encontrar serpientes. Cuando estas alcanzaron el oeste de Gran

Bretaña después del periodo glacial, Irlanda ya era una isla (aunque la leyenda dice que

fue san Patricio, patrón de Irlanda, el que acabó con las serpientes).

Sin embargo, los primeros seres humanos que poblaron las islas Británicas cruzaron

estos puentes terrestres antes de que el nivel del mar los sumergiera, alcanzando Irlanda

probablemente a través de una unión terrestre desde Escocia. Cuando esta unión también

quedó sumergida, alrededor del 6700 a.C., Irlanda se quedó aislada frente al Atlántico.

Los primeros pobladores se encontraron con un país cuyas principales características

orográficas ya habían sido formadas. De los ocho millones de hectáreas del país, una

octava parte estaba formada por colinas y montañas de inhóspita roca, desnuda a causa

del hielo, del viento y de la lluvia. La mayor parte del resto era bosque, pero para el año

3000 a.C. otra octava parte se había convertido en ciénagas al hundirse los árboles y otras

formas de vegetación en lagos y arroyos. Los seis millones de hectáreas restantes, la

mayor parte buena tierra de labor, no fueron explotados plenamente hasta el comienzo del

siglo XX, y con él una mayor eficacia agrícola y políticas de reforestación. Pero hace

8.500 años, antes del asentamiento humano masivo, Irlanda, al igual que Gran Bretaña,

estaba formada por una cubierta de densos bosques de árboles de hoja caduca solamente

interrumpida por lagos, montañas, arroyos y ríos, proporcionando así el hábitat adecuado

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para la vida animal y el alimento y refugio para los primeros irlandeses.

Las primeras comunidades en Irlanda estaban compuestas por culturas del Mesolítico.

Existen opiniones contrarias en cuanto a su origen y los primeros asentamientos. No

vivían de la agricultura, sino que recogían alimentos y cazaban animales salvajes. En su

mayoría, parece que habitaban cerca de las costas o de las orillas de ríos y lagos. Es

probable que realizaran viajes por mar, aunque en embarcaciones muy primitivas,

posiblemente barcas de mimbre cubiertas de pieles, similares a las que han sobrevivido

hasta la actualidad en el oeste de Irlanda. Su primitiva economía se mantuvo sin

variaciones durante más de dos mil años, hasta que el conocimiento sobre la

domesticación de animales y el cultivo de plantas llegó a Irlanda durante el cuarto milenio

a.C. Incluso entonces, las formas de vida mesolíticas continuaron durante quizá dos mil

años después de que los primeros agricultores comenzaran a poblar el país.

Se tienen pocos conocimientos sobre el hombre mesolítico en Irlanda. No se ha hallado

ninguna tumba mesolítica (una de las principales fuentes de información para los

arqueólogos), y solo se han descubierto huellas importantes de una comunidad mesolítica

en el Mount Sandel, en el condado de Londonderry. Las excavaciones en este lugar han

mostrado los agujeros de los postes de unas chozas redondas de aproximadamente seis

metros de diámetro, con una chimenea central y fosos. Es probable que el yacimiento del

Mount Sandel fuese una residencia de invierno, más compleja que las utilizadas en otras

épocas del año. La otra fuente principal de información sobre estos pobladores proviene

del gran número de vertederos encontrados. Estos contienen restos de animales marinos –

moluscos, crustáceos y peces–, aves y a veces mamíferos, junto con utensilios de piedra y

sílex y la gravilla producida durante la elaboración de herramientas. Sin embargo, no

existe ningún indicio claro de la cultura religiosa o lingüística, y mucho menos de la

composición étnica de estos irlandeses. De cualquier manera, lo que estas excavaciones sí

evidencian es el hecho de que a partir del año 3500 a.C. los agricultores neolíticos

comenzaron a llegar hasta las áreas de los cazadores-recolectores del Mesolítico,

asimilando a estos.

En comparación con los pobladores mesolíticos, los agricultores neolíticos eran

sofisticados y técnicamente avanzados. Tuvieron igualmente un gran impacto sobre el

medio natural, talando grandes zonas, usando herramientas de piedra pulida para arar y

plantar cultivos. Criaban rebaños de ovejas y vacas, y las comunidades neolíticas se

adentraron en el interior del país. Su forma de vida agrícola, con animales domesticados,

complementaba la economía basada en la pesca de bajura y la caza de sus predecesores

mesolíticos, siendo esta probablemente la razón que explique por qué ambas formas de

vida coexistieron durante tanto tiempo.

Los pobladores neolíticos en Irlanda eran originarios de Oriente Medio, desde donde se

vieron gradualmente obligados a emigrar conforme una población creciente en su lugar de

origen aumentaba la necesidad de nuevas tierras de cultivo. Hacia el año 5000 a.C. se

habían trasladado a través de los Balcanes, a lo largo de la costa mediterránea hacia

Francia y España, y desde allí hacia el norte, hasta los Países Bajos y Gran Bretaña.

Llevando consigo sus propios cultivos y animales, probablemente navegaron en barcas de

mimbre cruzando el mar desde España, Bretaña y Portugal hasta Irlanda. Las pruebas no

son del todo claras, pero es posible que también introdujeran la cerámica, decorando y

modelando vasijas de fondo redondo para almacenar alimentos y con fondos más gruesos

para cocinar.

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El yacimiento neolítico más impresionante descubierto hasta la fecha en Irlanda es el

del lago Gur, en la península de Knockadoon, a unos 20 kilómetros al sur de la ciudad de

Limerick. Las excavaciones tuvieron lugar principalmente en los años treinta y cuarenta,

y revelaron la estructura doméstica de una primitiva comunidad agrícola irlandesa. Las

casas estaban construidas con cimientos de piedra, unas redondas, otras rectangulares, y

con muros exteriores de madera rellenos de terrones de turba. Usaban hachas de piedra

pulida con mango de madera y picos hechos de asta de ciervo. Tenían agujas, punzones y

otros instrumentos de hueso para hilar lana y fabricar vestidos y prendas de abrigo. Las

flechas y puntas de lanza de sílex son una prueba clara de que los nuevos pobladores,

además de agricultores, también cazaban. Las pulseras y otros adornos de cuentas de

piedra y hueso demuestran que probablemente se interesasen tanto por su aspecto como

hoy día. Incluso llegaron a crear factorías para producir hachas de piedra; sin embargo, el

legado más sorprendente de los agricultores neolíticos lo constituyen los enormes

dólmenes y megalitos construidos para honrar a sus muertos.

Existen diversos tipos de yacimientos funerarios neolíticos en Irlanda, lo cual sugiere

que estos pobladores llegaron de distintos lugares y en sucesivas oleadas. Hay indicios de

que los primeros monumentos funerarios neolíticos estuviesen construidos de madera, y

solamente fueron superados posteriormente por las construcciones hechas en piedra. Ya

fuesen de madera o de piedra, todos consistían en una galería o cámara central que estaba

cubierta de tierra para formar un túmulo. Se cree que las tumbas de piedra más antiguas,

que datan del año 3000 a.C., son las que se conocen por el nombre de «patio de túmulos»,

las cuales son especialmente numerosas en la mitad norte del país, lo que sugiere que

estaban relacionadas con un grupo inmigrante neolítico determinado. Estas edificaciones

estaban caracterizadas por tener una larga galería de piedra lisa con un techo formado por

una losa de piedra cubierta de tierra, además incorporaban un patio abierto –a veces en

mitad de la galería, pero era más frecuente su situación en uno de los extremos–. Las

tumbas eran colectivas y los cadáveres, a veces incinerados, a veces enterrados, eran

colocados en la galería con sus pertenencias personales, lo que indica que su religión

creía en una vida posterior. El patio aparentemente se usaba para enterramientos y, sin

duda, ritos religiosos.

Abundan igualmente tumbas de otras tradiciones. Los «pasillos mortuorios» son

especialmente numerosos en el norte y el este de Irlanda, formando algunos de los

ejemplos más espectaculares de la arquitectura de la Edad de Piedra. Estas tumbas se

encuentran normalmente en la cima de una colina, agrupadas en cementerios, con un

corredor de piedra que conduce a una cámara mortuoria, cubierto todo ello por mojones

de tierra. Las más antiguas datan del 2800 a.C., y el ejemplo más importante de

yacimiento de pasillos mortuorios, uno de los más notables de Europa occidental, se

encuentra en el río Boyne, en Newgrange, Knowth y Dowth, cerca de Drogheda, en el

condado de Meath, datado en el 2500 a.C. Los muros de piedra de la cámara mortuoria, al

igual que ocurre en otros pasillos mortuorios, están decorados con elaboradas tallas de

formas onduladas, espirales y en zigzag. Los cuerpos eran incinerados y, al igual que en

las tumbas de patio de túmulos, dispuestos en la cámara junto a objetos de cerámica,

cuentas y herramientas. En Newgrange, lo extenso y complicado de las tallas sugiere que

algunos de los modelos posiblemente tuvieran significado religioso, pudiendo incluso

describir figuras y rostros humanos altamente estilizados. Los constructores de

Newgrange lo diseñaron de tal manera que el sol pudiese entrar en la cámara solamente

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una vez al año, alrededor del solsticio de invierno, lo que indica que sus constructores

posiblemente tuviesen conocimientos de astronomía y que el sol desempeñaba un papel

importante en sus ceremonias religiosas.

La existencia de pasillos mortuorios y formas artísticas similares fuera de Irlanda –

especialmente en Bretaña y la península Ibérica– apoya la idea de que estos pueblos

pertenecían a un grupo de inmigrantes llegados por mar, con tradiciones ancestrales y

relacionadas con las civilizaciones urbanas en desarrollo en el Mediterráneo. Es más, a

partir del tamaño y posición de los yacimientos de los pasillos mortuorios, los

arqueólogos han podido hacerse una idea sobre la sociedad de sus constructores. Mientras

que las tumbas se agrupan en cementerios usados de manera comunal, las más grandes

parecen estar destinadas a los jefes y sus familias, agrupándose las tumbas más pequeñas

a su alrededor, prueba evidente de un orden social jerárquico que se mantenía después de

la muerte.

Otro tipo de tumba en forma de cámara eran los «dólmenes», construidos durante el

periodo neolítico y probablemente derivados de la cultura de las tumbas de patio de

túmulos. Se trataba de una cámara única, con piedras verticales que servían de apoyo a

una gran piedra horizontal que más tarde era cubierta de tierra para formar un montículo.

Se hallan ubicadas principalmente en el norte y el este del país y tienden a encontrarse

más hacia el interior que las tumbas de patio y de pasillo, lo que sugiere que sus

constructores habían penetrado más en el interior de los bosques y por tanto eran

posteriores a las culturas de las tumbas de patio y de los pasillos mortuorios. El

coronamiento de algunos dólmenes pesa unas cien toneladas, crudo testimonio del

ingenio y la capacidad técnica de estos pobladores de la Edad de Piedra.

El cuarto tipo de tumba megalítica, en general posterior, es la del tipo de «cuña», que

consistía en una cámara principal única con muros y techo formados por losas de piedra

rectangulares, estrechadas por un extremo para producir un efecto en forma de cuña. Se

han encontrado casi cuarenta, predominantemente en el sudoeste, a menudo cerca de

depósitos de metales, lo que indica que representan a individuos de la Edad del Bronce

más que del Neolítico. Es muy posible que los constructores de tumbas de cuña se

encontrasen entre los primeros grupos que usaron los metales en Irlanda, y que su

economía agrícola dependiera más del ganado y de los pastos que la de sus predecesores

neolíticos, pues estas tumbas se encuentran normalmente en suelos ligeros y bien

drenados. Los cadáveres incinerados o, si estaban enteros, en cuclillas, eran colocados

dentro de la caja de piedras en cuña junto con vasijas, adornos y otros utensilios. Las

tumbas se usaban individual y no colectivamente, aunque a menudo estaban agrupadas.

El uso del cobre, oro, plata y plomo se desarrolló en Oriente Próximo alrededor del

3500 a.C., y la experimentación con aleaciones llevó al descubrimiento del bronce a

finales del tercer milenio a.C. La dureza del bronce hizo posible la fundición compleja de

metales e igualmente proporcionó a las armas y herramientas una superficie de corte más

dura. En el periodo anterior al 2000 a.C. se produjeron nuevas migraciones en Europa que

finalmente alcanzaron las islas Británicas.

El grupo que introdujo la Edad del Bronce en Irlanda es conocido como «Cultura del

vaso campaniforme» debido a sus vasijas con esta forma, y probablemente llegaron desde

Gran Bretaña hasta el norte y este de Irlanda hacia finales del tercer milenio a.C. Como

ocurrió con los inmigrantes neolíticos, parece ser que la cultura del vaso campaniforme

complementó más que suplantó a las culturas existentes, como lo sugiere la continuación

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de las prácticas funerarias megalíticas después de la llegada de la Cultura del vaso

campaniforme, así como la persistencia de las tradiciones y formas de vida anteriores. Sus

costumbres funerarias no eran tan elaboradas como las de los agricultores neolíticos,

aunque con frecuencia utilizaron los mismos asentamientos. Utilizaban tumbas en forma

de cesta, a menudo agrupadas en cementerios, excavadas en terreno llano. Quedan pocas

pruebas de la forma de vida de la cultura de la Edad del Bronce en Irlanda, aunque

sabemos más sobre ellos que sobre sus precursores mesolíticos y neolíticos. Mientras que

en sus enterramientos utilizaban piedra, sus viviendas eran menos permanentes,

construidas normalmente de madera y tierra. Sin embargo en el lago Gara, en los límites

de los condados de Sligo y Roscommon, el drenaje mostró una concentración de

edificaciones en islas lacustres –crannogs– que datan de la Edad del Bronce. Se trataba de

islas artificiales construidas cerca de un lago o de sus orillas, formando plataformas para

edificaciones de madera rodeadas de una empalizada defensiva. Los crannogs empezaron

a construirse ya en este periodo –de hecho, existen pruebas de que datan incluso del

periodo neolítico– y perduraron hasta el siglo XVII.

Los círculos de piedra también datan en su mayoría de la Edad del Bronce, que perduró

en Irlanda hasta los albores del 700 a.C. Aunque no hay círculos que puedan compararse

con Stonehenge, en Inglaterra, ni tan extensos como las obras en piedra de Carnac, en

Bretaña, existen algunos que son de escala monumental. Por ejemplo en Grange, cerca del

lago Gur, condado de Limerick, hay un círculo rodeado de un extenso montículo exterior

con un círculo de piedra de unos 45 metros de diámetro. Es probable que los círculos

tuviesen diferentes propósitos; algunos tenían un uso ritual y religioso, otros quizá

facilitaban cálculos astronómicos. Durante la Edad del Bronce también se erigieron por

primera vez piedras individuales verticales, a veces como indicadores de enterramientos,

a veces, quizá, territoriales. Estas piedras continuaron erigiéndose hasta principios de la

era cristiana, unos mil trescientos años después; muchas fueron «convertidas» al

cristianismo al añadirles cruces talladas e inscripciones en ogham.

El ogham es la primera forma escrita de la lengua irlandesa y data de los principios del

cristianismo en Irlanda. Las letras, basadas en el alfabeto romano, están representadas por

líneas, hasta cinco, dispuestas en diferentes ángulos a ambos lados de una línea principal.

Frecuentes en el sur de Irlanda, las piedras de ogham son muy raras en el resto del país

(véase figura 1). Las que han sobrevivido normalmente representan el nombre de una

persona seguido del nombre de un antepasado, y está claro que el texto se usaba en

epitafios y memorias. Pero antes de la aparición del cristianismo a Irlanda, se produjo la

llegada de los celtas, que mantuvieron la reserva genética básica de la nación hasta

nuestros días.

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20


Figura 1. Piedra de Ogham. Hay unas cuatrocientas piedras talladas con escritura de ogham –una serie de líneas y

muescas–, mayoritariamente en irlandés antiguo, concentradas en el sudeste de Irlanda. Hay también piedras en el

País de Gales, Escocia y la isla de Man, y en el sudeste de Inglaterra. Para las inscripciones, que nombran a

personas, también se utilizó probablemente madera. Es posible que la escritura se desarrollara en el siglo I a.C.,

pero las piedras datan de entre los siglos IV y VIII d.C., y tal vez marcaron fronteras y propiedades territoriales.

Hasta el siglo XVIII, los eruditos gaélicos emplearon la escritura de ogham para transmitir las reglas de la poesía y

la gramática.

Los arqueólogos discuten sobre lo que significa «celta». Unos sostienen que en Irlanda

son raros los restos celtas típicos de la Edad del Hierro (hacia 800-850 a.C. en Europa)

como los que se encuentran en la Europa central, que un grupo «protocelta», enraizado en

la Cultura del vaso campaniforme de la Edad del Bronce (hacia 2900-700 a.C.), absorbió

los atributos celtas y que esto –no una migración masiva– fue lo que «celticizó» a los

habitantes de Irlanda. Otros defienden, quizá con mejores pruebas, que los celtas se

originaron a lo largo de la costa atlántica de Europa durante la Edad del Bronce. Giraldus

Cambrensis, cuando escribió en 1189 sobre los irlandeses, sostenía que fue «desde el

territorio de los vascos desde donde los irlandeses vinieron originalmente». Estudios

genéticos han demostrado que estaba en lo cierto: los celtas irlandeses y galeses de hoy

proceden de un tronco compartido con los vascos.

GAÉLICOS

Tenemos más conocimientos sobre los celtas que sobre cualquier otro pueblo

prehistórico, a excepción de los de Grecia e Italia. Ellos tenían (y tienen) un notable alto

porcentaje de sangre tipo 0 y una predisposición a la fibrosis quística (de hecho, la Irlanda

de hoy tiene en relación con la población la mayor incidencia de fibrosis quística en el

mundo, una persona de cada mil porta este recesivo gen). Solo en Irlanda, la evidencia

arqueológica es enorme: más de 3.000 fuertes y sitios celtas aún se pueden ver. Fuentes

griegas y romanas nos dan una vívida descripción de la sociedad celta antigua. Los celtas

transmitían el conocimiento sobre todo oralmente, de modo que hubo que esperar a la

llegada a Irlanda del cristianismo, que trajo consigo la escritura, para que los irlandeses

celtas –los gaélicos– transcribieran sus relatos y sagas, leyes y anales. A través de estos y

los documentos clásicos es posible sin embargo formarse una detallada imagen de la Edad

del Hierro.

Los celtas llegaron a Irlanda desde Europa, y es probable que fuesen originarios de las

tierras situadas alrededor del mar Caspio, desde donde emigraron en todas las direcciones.

Sociólogos y lingüistas han detectado similitudes importantes entre la religión,

costumbres, leyes y lengua celtas y las de los hindúes en la India. Las islas Británicas

fueron pobladas por dos grupos, los gaélicos y los britanos. Los britanos se asentaron en

Gran Bretaña y los gaélicos ocuparon Irlanda y parte de Escocia. La lengua gaélica,

relacionada con el galo, fue el antecedente directo del irlandés actual.

No se sabe con seguridad cuándo llegaron los celtas, pero ya en el año 500 a.C. Irlanda

parece haber sido un país totalmente celta. Trajeron la cultura de la Edad del Hierro

(véase figura 2). El hierro era más resistente que el bronce, y los arados de hierro

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profundizaban más y duraban más tiempo. Es importante recordar que los pobladores de

la Edad de Bronce tradicionalmente adoptaron los nuevos descubrimientos metalúrgicos,

y por ello no está claro que se pueda establecer una distinción entre las dos culturas.

Figura 2. Oro celta: el Barco de Broighter. Parte del Tesoro de Broighter, de la Edad del Hierro, descubierto en

1896 en un campo próximo a Lough Foyle, condado de Londonderry. El barco, que mide 8,4 cm x 7,6 cm y pesa

85 g, es único en su clase. Tiene bancos finamente labrados, toletes, dos filas de nueve remos, un timón, garfios,

tres instrumentos ahorquillados, un penol y una lanza. Lo más probable es que formara parte de una ofrenda

religiosa a un dios celta y, como tal, pertenecía a su descubridor. Sin embargo, en 1903 el gobierno del Reino

Unido, representado ante los tribunales por sir Edward Carson, reclamó con éxito la propiedad del Tesoro

basándose en que no era religioso sino un tesoro oculto y por tanto pertenecía a la Corona. En la actualidad se

encuentra en el Museo Nacional de Dublín.

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La primera mención registrada de los celtas data del siglo VI a.C. y los situaba en

Francia y España. Heródoto, en el siglo V a.C., describía a los celtas como uno de los dos

pueblos periféricos de Europa occidental, que vivía a lo largo del Danubio y en los

Pirineos. Los celtas, al establecerse en la periferia de Europa, especialmente en Irlanda,

evitaron ser asimilados por el Imperio romano y el posterior desorden producido por los

hunos, godos y vándalos en la Alta Edad Media, después de la caída de Roma. En

consecuencia, el legado celta irlandés está caracterizado por dos rasgos especiales. En

primer lugar, sobreviven más utensilios de los celtas de Irlanda que de cualquier otro

grupo celta. En segundo lugar, la cultura y lengua irlandesa celta ha sobrevivido hasta los

tiempos modernos y ha permanecido muy extendida hasta finales del siglo XIX. El gaélico

y el vasco, de hecho, son las lenguas vernáculas vivas más antiguas de Occidente. Y,

dado que la tradición oral era un elemento importante de esta cultura, fue posible

mantener una conciencia histórica irlandesa constante. Fueron necesarias las hambrunas

de las décadas de 1840 y 1850, junto con la emigración y la política educativa en lengua

inglesa, para acabar con el uso generalizado del irlandés.

La primera prueba escrita de Irlanda y sus habitantes data del siglo IX a.C., cuando

Homero, en La Ilíada, describió el noroeste de Europa como «Una tierra de niebla y

penumbra [...] Más allá de la cual se encuentra el mar de la muerte, donde empieza el

infierno». Unos cuatrocientos años más tarde, un navegante cartaginés, Himilco, nos dejó

el relato de un viaje a través de las columnas de Hércules (el estrecho de Gibraltar), hacia

el norte, subiendo por la costa de Portugal hasta el golfo de Vizcaya y a lo largo de la

costa francesa. Observó a algunos celtas navegando a «gran velocidad» en barcas de

mimbre y supo de «la isla sagrada [así la llamaban los antiguos], la cual yace entre las

olas, con abundante vegetación, y está poblada por la raza de Hibernia». Algunos siglos

más tarde, en el siglo I a.C., el geógrafo griego Estrabón dejaba otra imagen poco

halagadora. Haciendo notar con sensatez que «Relatamos estas cosas, quizá, sin

autoridades de confianza», Estrabón retrató a los celtas de Irlanda como:

más salvajes que los britones, [ellos] eran caníbales y muy voraces. Juzgan digno de elogio devorar a sus

padres muertos e igualmente relacionarse abiertamente no solo con otras mujeres, sino también con sus

propias madres y hermanas [...] Los nativos son totalmente salvajes y tienen una existencia desgraciada

debido al frío.

El hecho es, sin embargo, que los gaélicos celtas de Irlanda poseían una sociedad muy

sofisticada. Sus extensos fuertes de piedra, construidos a lo largo de la costa de Irlanda (o

«Erin», como la llamaban) y en el interior en colinas, indican la existencia de una

sociedad peligrosa y guerrera. Dentro de los fuertes –algunos de los cuales comprendían

hasta 16 hectáreas– vivían comunidades enteras, que dependían en gran medida del

pastoreo en las tierras y campos de alrededor. También abundaban comunidades más

pequeñas y granjas aisladas, a menudo –tal como ocurría con los fuertes de piedra– en o

cerca de yacimientos de la Edad del Bronce, lo que indica que los gaélicos aceptaron y,

quizá, asimilaron costumbres religiosas más antiguas. Tenían una organización social

tribal sin unidad política pero con lengua, religión y cultura comunes. Los reyes y jefes de

tribu independientes dominaban en sus propias zonas. Solamente una vez, a principios del

siglo XI d.C., se unieron la mayoría de las tribus gaélicas bajo un rey supremo, Brian

Boru, e incluso entonces solamente mientras este vivió. Los gaélicos se distinguieron de

otros grupos celtas al mantener el sistema monárquico durante tanto tiempo, pero en casi

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todos los demás aspectos eran parecidos a los celtas de Francia, los galos.

En su Historia de la guerra de las Galias, Julio César proporcionó una de las

descripciones más detalladas de la sociedad celta. Distinguía tres grupos sociales

principales: druidas, guerreros y agricultores. Los druidas eran depositarios del

conocimiento y la sabiduría celta, y maestros de las generaciones futuras. Puesto que los

celtas no escribían, los druidas estudiaban durante veinte años para aprender las sagas, las

leyes y las prácticas religiosas de su pueblo, que debían recitar con absoluta precisión:

Se dice que confían a la memoria grandes cantidades de poesía, y así algunos de ellos siguen sus estudios

durante veinte años. Consideran impropio confiar sus estudios a la escritura [...] También tienen un gran

conocimiento de las estrellas y de su movimiento, del tamaño del mundo y de la Tierra, de filosofía natural y

de los poderes y ámbitos de acción de los dioses inmortales, que exponen y transmiten a sus estudiantes

jóvenes.

La religión celta enseñaba la existencia de una vida después de la muerte y de un alma

inmortal que pasaba a otro cuerpo después de morir. Su dios del infierno, Dis, era también

considerado como el padre común de la humanidad. Los druidas, que también eran

sacerdotes, llevaban a cabo sacrificios humanos y animales.

Se conocen unos cuatrocientos dioses celtas diferentes, la mayoría identificados como

deidades locales o tribales, aunque unos cien parecen haber sido adorados de forma más

generalizada. El poeta romano Lucano señaló que los celtas adoraban a tres dioses en

particular: Esus, dios de las artes y la artesanía, patrón de comerciantes y viajeros (su

equivalente griego sería Hermes), que era, a decir de todos, el más popular; Taranis,

probablemente el equivalente de Zeus (la palabra irlandesa torann, que significa

«trueno», procede de Taranis), y Teutatis, probablemente un dios de diferente nombre en

cada tribu. Tuath, «tribu» en irlandés, procede de la misma raíz lingüística que Teutatis, y

en las sagas gaélicas los guerreros con frecuencia se comprometían con el juramento «por

el dios por el que jura mi tribu». Lug era otra deidad importante, probablemente de las

cosechas y la fertilidad, y ha perdurado en nombres de lugares, como Laon, León, Loudon

y Lyon en Francia, Leiden en los Países Bajos y Leignitz en Alemania (en la actualidad

Legnica, en Polonia). Los gaélicos celebraban el día de Lug el 1 de agosto, del que

procede la fiesta del actual Domingo de Guirnaldas.

Los arroyos, ríos, fuentes y árboles también fueron incorporados a la religión celta.

Algunos ríos, como el Boyne, hasta tenían carácter divino. La propia tierra era adorada,

en forma femenina como una madre, defensora y generosa. Toros, osos, jabalíes y

caballos tenían una representación divina. En Tain, gran saga gaélica, los toros pardos y

blancos, de dotes sobrenaturales, pueden ser considerados como vestigios de un dios toro.

Desde los alrededores del año 400 a.C., los celtas compitieron con las fuerzas romanas,

saqueando la ciudad de Roma en el 387 a.C. Sin embargo, en los siglos siguientes, las

legiones romanas gradualmente dominaron a los celtas de España, Francia, Inglaterra y

Europa central, aunque incluso entonces algunas tribus celtas continuaron acosando a sus

opresores. Estrabón, refiriéndose a los galos, los describió como «extremadamente

aficionados a la guerra, animosos y propensos a luchar, pero por lo demás francos y no de

mal carácter». El historiador griego del siglo I a.C., Diodoro de Sicilia señaló en su

historia el mundo, Bibliotheca Historica:

Físicamente los galos son de aspecto aterrador, con voces muy ásperas y profundas. En su conversación

usan muy pocas palabras y hablan en clave [...] Gustan de jactarse y de las amenazas y son dados a la

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vanagloria, y a pesar de todo tienen una mente rápida con buena capacidad natural para el aprendizaje [...]

Cuando los ejércitos se sitúan en orden de batalla suelen avanzar hasta la primera línea y retar a los más

valientes de sus oponentes a un combate individual, esgrimiendo ante ellos sus armas para aterrorizarlos. Y

cuando alguien acepta el desafío, recitan a gritos las hazañas de valentía de sus antepasados y proclaman su

propio valor, denigrando y menospreciando al mismo tiempo a sus enemigos y tratando generalmente, de

antemano, de sustraerles su espíritu de lucha. Cortan la cabeza a los enemigos muertos en batalla y las

cuelgan del cuello de sus caballos [...] y clavan estos primeros frutos en sus hogares.

El relato de Diodoro es muy similar a las descripciones de batallas de las sagas

gaélicas, subrayando la importancia que los celtas daban a las cualidades del valor y del

coraje del individuo (véase figura 3).

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Figura 3. El hombre de Clonycavan. Un hombre de la Edad del Hierro desenterrado por una máquina extractora de

turba en marzo de 2003 cerca de Clonycavan, condado de Meath. Fechado hacia el 300 a.C., se le han calculado

unos treinta años de edad y medía 1,57 m de altura. Se cree que fue asesinado o sacrificado. Tras ser torturado,

murió de tres golpes en la cabeza, probablemente asestados con un hacha que se la abrió. También fue herido en el

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pecho y destripado. La manera en que llevaba el cabello peinado hacia arriba, fijado por un gel probablemente

importado de la zona vasca en la frontera entre Francia y España, corresponde a las descripciones del héroe

mitológico del siglo I a.C. Cuchulain, cuyo pelo se mantenía apelmazado hasta el final de la batalla.

Las costumbres particulares de los gaélicos celtas de Irlanda fueron recogidas por

primera vez por los monjes cristianos gaélicos en el siglo VII. Superando su odio al

paganismo, los monjes recogieron por escrito la historia de sus antepasados,

proporcionando a los eruditos un extenso relato de la organización cultural y política de

Irlanda en los siglos de la Alta Edad Media y anteriores, junto con la riqueza artística de

los gaélicos, de la que da fe la cantidad de objetos y adornos de oro que han sobrevivido.

El cristianismo gaélico, con su piedad, erudición y arte, no solo hizo a Irlanda un lugar

legendario en todo el mundo, sino que también ha proporcionado a los irlandeses una

fuente de gran placer y orgullo.

La sociedad gaélica, al igual que las otras sociedades del mismo periodo, tenía un

orden jerárquico rígido. Existían tres grupos sociales principales, la aristocracia, los

hombres libres y los esclavos. En la aristocracia estaban incluidos no solo los reyes

tribales (ri), sino también los guerreros (flaithi), los jueces (breitheamh o brehon), los

druidas (draci), los poetas (fili), los historiadores (seanchaidhe), así como un número

determinado de consejeros (aos dana), quienes compartían con el rey el deber de guardar

el bienestar de la tribu (tuath), de organizar banquetes y ceremonias sagradas y de aplicar

la ley. Los poetas e historiadores tenían un lugar de honor en la sociedad, y la sátira de un

poeta era vista como una suerte de castigo especial, porque (se creía) podía provocar la

desgracia, la desfiguración física e incluso la muerte a su víctima. Ya antes del siglo IV

había cinco reinos gaélicos principales, los cuales, a pesar de fortunas cambiantes,

dominaron durante ochocientos años, correspondiendo, más o menos, a las actuales

provincias del Úlster, Leinster, Munster y Connaught, y el quinto y más pequeño a los

condados de Meath y Westmeath.

Cada uno de estos reinos estaba dominado por una o dos familias. En Munster era el

clan Eoganachta; en Úlster, el Ui Neill; en Leinster, el Ui Muiredaig y el Ui Faelain; en

Connaught, el Ui Briuin y en Meath, la familia Ui Neill del sur. Dentro de estos reinos,

existían unos ciento cincuenta reinos menores. No había un control central en el país, a

diferencia del sistema romano, en el que los gobernantes ejercían el poder desde las

capitales, y la autoridad de los reyes dependía de sus propias cualidades personales.

Incluso cuando un rey especialmente poderoso pretendía ser reconocido como rey

supremo (ard ri), lo único que podía esperar de otros reyes provinciales era el respeto –a

veces acompañado de tributo, a veces de vasallaje– y alianzas políticas y militares contra

un enemigo. Los reyes supremos tomaban rehenes para asegurarse la lealtad o como

prueba de dependencia, y contaban con obtener ayuda en tiempo de guerra. A partir del

siglo IX, algunos reyes supremos intentaron reivindicar su soberanía sobre todo el país,

pero antes de ese momento tales reivindicaciones son desconocidas.

El rasgo característico de la clase aristocrática gaélica (aparte de sus grupos

«académicos») era que sus miembros poseían (o pertenecían a familias que poseían)

clientes y vasallos, con toda la autoridad e influencia que esto conllevaba. El rango más

alto entre la nobleza era el de jefe (toisech, del que proviene la actual palabra taoiseach,

para denominar al primer ministro irlandés), de gran número de otros nobles, de los

cuales este era responsable ante el rey o jefe supremo.

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La clase de los hombres libres (cele) tenía al menos veintisiete subdivisiones

compuestas de distintos rangos de campesinos, mercaderes y comerciantes, y constituía la

base de la sociedad gaélica. El ganado era la medida de riqueza, y la unidad básica de

valor era un novillo joven. El rango más alto de hombre libre era el de ganadero (boaire),

descrito con precisión en Crith Gablach, un tratado legal gaélico:

Todos sus utensilios domésticos se encuentran en lugar correcto: un caldero con espetón y asas, una cuba

en la que se puede elaborar una medida de cerveza, un caldero para uso diario; pequeños recipientes –

pucheros de hierro y tablas de amasar de madera y jarras, para que no necesite pedirlos prestados–, un

barreño, una bañera [...] [Su despensa] es capaz de recibir a un rey o a un obispo o a un sabio o a un brehon

de camino y siempre preparada para la llegada de cualquier huésped [...] Posee siete edificios: un horno, un

granero y una parte de un molino para poder moler, una casa de veintisiete pies, dependencias de diecisiete

pies, una pocilga, un establo para los terneros y uno para las ovejas. Posee veinte vacas, dos toros, seis

bueyes, veinte cerdos, veinte ovejas, cuatro verracos, dos cerdas de cría, un caballo para montar [...] Tiene

suficiente pasto para mantener a las ovejas sin necesidad de cambiar de sitio. Él y su esposa poseen cuatro

mudas de ropa.

Los hombres libres eran los clientes de los nobles a los que pagaban una renta a cambio

de protección y ganado. La propiedad estaba atribuida a los grupos familiares (fine) que

incluían a todos los parientes en el linaje masculino durante cinco generaciones. Esto era

así tanto para los miembros de la aristocracia como para los hombres libres y explica el

fundamento del delito más grave en el derecho gaélico: si una rama de una familia

monopolizaba la realeza durante cuatro generaciones, otras ramas corrían el riesgo de

perder su estatus real y por tanto descenderían en la escala social, y así podrían verse

tentados a asesinar a sus propios parientes –el delito de fingal–. Para evitarlo, los

herederos a menudo eran elegidos durante la vida de un rey. Lo único que un varón

necesitaba para ser un candidato al trono, era pertenecer a la familia real y no tener

defectos físicos o mentales, aunque en la práctica el elegido era el miembro más poderoso

de la familia.

Los esclavos (mug) normalmente eran los desgraciados capturados en la guerra o

esclavizados por delinquir. Los esclavos tenían la posibilidad de obtener la libertad

mediante el desempeño de una profesión especializada, como la de herrero o la de galeno.

Una esclava podía tener un valor igual al de seis novillos.

Los dos centros principales de la Irlanda gaélica fueron Emain Macha, identificada

como «Isamnion» en el mapa de Irlanda dibujado por Ptolomeo de Alejandría en el siglo

II, y conocida actualmente como Navan Fort, cerca de Armagh, y Tara en el valle del río

Boyne, condado de Meath. Ambos eran lugares antiguos sobre los que los gaélicos

erigieron imponentes fuertes circulares. En Emain Macha la inmensa terrera circular de

unos 13 metros de anchura encerraba 7 hectáreas de terreno; en Tara solamente la terrera

central encerraba casi 5 hectáreas. Emain Macha, centro político del reino del Úlster, fue

probablemente abandonado después de su destrucción a mediados del siglo V durante una

guerra entre Úlster y Connaught, coincidiendo con la llegada del cristianismo a Irlanda y

la fundación de la primacía de Armagh.

Tara se mantuvo como centro político pagano durante más tiempo –hasta cerca del 560,

cuando fue abandonado–. Más tarde disfrutó de un resurgimiento como sede real de los

reyes de Meath y finalmente del rey supremo de Irlanda (véase figura 6). A mediados del

siglo V, Tara era principalmente un centro religioso con predominio establecido en la

imaginación del pueblo de Irlanda –predominio que tuvo vigencia hasta tiempos

28


modernos–. En 1798 los rebeldes irlandeses se concentraron espontáneamente en Tara,

como poseídos por una memoria ancestral. En 1843, Daniel O’Connell organizó una de

las mayores concentraciones de la historia irlandesa en Tara, obviamente calculando que

el conocimiento popular del lugar era un arma adicional importante en su campaña a

favor del autogobierno irlandés.

El mar de Irlanda protegía a la sociedad gaélica, proporcionando una primera barrera

contra las legiones romanas y más tarde contra las destructoras tribus europeas de la Alta

Edad Media. Como resultado, solamente en Irlanda se conservó la cultura de la Edad del

Hierro desgajada, como un museo, de la corriente principal del desarrollo en Europa. La

sociedad gaélica, que tenía como base un sistema de vasallaje local, continuó estando

formada por una serie de monarquías tribales hasta bien entrada la Edad Media, y debió

su longevidad en gran parte a la estabilidad proporcionada por las Leyes de Brehon.

La ley gaélica fue diseñada e interpretada esmeradamente por los brehones [jueces],

quienes disfrutaban de una posición social elevada. Las Leyes de Brehon estipulaban con

meticulosa exactitud las normas, penas y privilegios que gobernaban las relaciones

políticas y sociales. Nadie estaba por encima de la ley. Los grandes libros de los

principios de la Irlanda cristiana recogen la leyenda de que san Patricio en el año 438

ordenó que las leyes y costumbres de la Irlanda gaélica fuesen recogidas por escrito. Pero

durante un periodo de tiempo considerable los brehones, después de san Patricio,

siguieron el aprendizaje y la transmisión de las leyes oralmente, de generación en

generación. Nada escapaba a su jurisdicción; enumeraban los deberes, obligaciones,

derechos y privilegios de cada clase de persona, desde el rey hasta los esclavos. Se

especificaron los principios que regían la gestión de la tierra e igualmente una serie de

normas detalladas que afectaban a la construcción, la elaboración de cerveza, la apicultura

y la molienda, así como normas complejas y sofisticadas sobre las relaciones entre padres

e hijos, señores y sirvientes, gobernantes y súbditos, maridos y esposas. Además, las leyes

especificaban las características de cada peldaño de la escala social, incluso el número de

medidas de leche o cerveza y de ovejas o vacas requeridas para estar capacitado para cada

uno de ellos.

Los litigantes pagaban a los propios brehones un honorario por su sentencia. A cambio,

las leyes aseguraban que los fallos fuesen justos y cautelosos y que los brehones fuesen

responsables personalmente de los daños, además de perder los honorarios, en el caso de

fallos injustos o falsos. La recopilación de leyes del siglo III en el posterior Libro de Aicill

dice: «Cada brehon puede ser castigado por su negligencia: deberá pagar una sanción

monetaria por una sentencia falsa». Se tenía gran respeto por las leyes y los brehones,

cuya influencia evidentemente penetraba todas las facetas de la vida. Gracias al Seanchas

Mor, una recopilación de leyes civiles del siglo V, sabemos que: «Tres son los hechos más

nocivos para el mundo: la peste, la guerra total y la ruptura de contratos verbales [...]. El

mundo estaría constituido de forma funesta si los contratos explícitos no fuesen

vinculantes». Dentro de las leyes se fijaban tres principios. En primer lugar, todo hombre

libre tenía derecho al uso de las tierras comunales y se declaraba que la privación de este

derecho constituía una grave injusticia. En segundo lugar, todo hombre libre que no

cumpliese con sus obligaciones para con su señor o su rey afrontaría el mismo proceso

que cualquier otro deudor, y por tanto no podía ser castigado arbitrariamente. En tercer

lugar, el derecho a una indemnización o retribución recaía en última instancia en la

persona agraviada.

29


La Ley de Brehon de Indemnización proporciona un ejemplo de la complejidad de la

administración gaélica de la justicia. En los primeros tiempos prevalecía la Ley del

Desquite que luego fue sustituida gradualmente por la de Indemnización. La persona

agraviada denunciaba y, si el infractor respondía, un brehon veía el caso de acuerdo con

la ley. Las penas estaban constituidas por multas. Si un infractor rechazaba este proceso,

o si se negaba a pagar la multa o la deuda, tenía lugar el proceso de embargo mediante el

cual el agraviado podía embargar las propiedades del infractor –casi siempre su ganado–

después de anunciar su intención (de esta manera, proporcionaba unos días de gracia para

que el infractor pudiese hacer frente a sus obligaciones).

Las propiedades eran embargadas en tres fases. Primero, el agraviado, acompañado de

testigos, reclamaba sin hacerse cargo de los bienes. A esto le seguía una segunda fase de

aplazamiento formal de uno o varios días, durante la cual el infractor tenía que

proporcionar una fianza –normalmente objetos de valor o un miembro de su familia–

como garantía de que saldaría su deuda al final del aplazamiento, momento en el cual

recuperaría también su fianza. Al aplazamiento seguía la fase final, en la que el agraviado

se hacía realmente cargo de los bienes hasta alcanzar el valor originalmente estipulado

por el brehon. Si el infractor se negaba a aportar una fianza, entonces no había

aplazamiento y la propiedad era embargada inmediatamente. Si, después de dar una

fianza, el infractor aún se negaba a pagar, entonces no recuperaba su fianza, que, en caso

de estar constituida por un rehén, podía venderse o ser usado como esclavo o siervo hasta

que se saldaba la deuda. Si un infractor se resistía a todos los procedimientos del

agraviado, se podía recurrir a la antigua norma del desquite directo.

En los casos en los que un infractor o deudor tenía un rango superior al del agraviado o

acreedor, el demandante se aseguraba el derecho de arbitraje ayunando delante de la

puerta del demandado. Este procedimiento era considerado con cierto temor, y resultaba

evidente la gran deshonra que caía sobre el demandado que se negaba a someterse: «El

que no entrega una fianza al que ayuna trata de evadirse de todo; el que lo desprecia todo

no será pagado ni por Dios ni por el hombre».

Nuestro conocimiento sobre el sistema de adopción proviene de las Leyes de Brehon.

A menudo se ponía a los niños al cuidado de padres adoptivos, a veces por amistad, más

frecuentemente acompañado de un pago que dependía de la categoría social de los

implicados. Los niños eran acogidos hasta los diecisiete años y las niñas hasta los catorce.

Los padres adoptivos tenían el deber de enseñar a los niños artes militares, a montar a

caballo, a nadar y a saber juegos de mesa. Los niños acogidos tenían el deber de ayudar a

sus padres adoptivos en la vejez. El sistema se empleaba para mantener la armonía entre

vecinos y entre tribus, y los vínculos creados por la adopción eran muy fuertes. La muerte

de Ferdia en duelo por parte de su hermano adoptivo Cuchulain, legendario héroe gaélico,

supone uno de los acontecimientos trágicos más importantes de la saga de Táin.

Las Leyes de Brehon rara vez recurrían a la pena capital, y prefería en su lugar un

elaborado sistema de indemnización, que además tenía la ventaja de impedir largas

venganzas y de hacer de la ley el procedimiento de arbitraje preferido. Las víctimas de

heridas corporales tenían derecho al «mantenimiento del enfermo» por parte del culpable,

lo que implicaba el pago de una sanción además de los costes –alojamiento, comida,

medicamentos– de la cura. En los casos de asesinato, se pagaba una multa a la familia del

difunto que era el doble de la correspondiente al homicidio involuntario. Había que tener

en cuenta muchas circunstancias modificadoras: la causa del asesinato, la provocación, la

30


categoría social, etc., por lo que el brehon encargado del fallo, además de conocimientos

legales, tenía que poseer habilidades diplomáticas.

Por ejemplo, el asesino de un hombre libre tenía que hacer frente a una sanción

(pagable en ganado) que podía ir de una a treinta cabezas, dependiendo de su posición

social, más otras veintiuna si el asesinato no era malicioso o cuarenta y dos si lo era. Si el

culpable no pagaba, su familia era considerada responsable y si esta no pagaba la sanción,

entonces tenían que entregar al culpable a la familia de la víctima. Solamente en este

momento se podía ejecutar al acusado, pero también podía ser usado o vendido como

esclavo. Si todo fallaba, la familia del acusado tenía que expulsarlo y aceptar un embargo

sobre sus bienes para librarse de su responsabilidad. Las personas expulsadas tenían que

abandonar su tribu o clan, convirtiéndose además en proscritos sobre quienes las familias

de sus víctimas tenían libertad para ejercer su venganza, o en caso de no ser proscritos,

podían unirse a otra tribu a cambio de protección.

También existían otras formas de castigo, aunque no ante los brehones, cuyos fallos

solamente conllevaban sanciones de indemnización. Provocar la ceguera era una de las

más corrientes. Por lo que se sabe parece ser que la pérdida de la vista era normalmente el

castigo de una derrota en una batalla para un rey o un jefe. Se provocaba clavando una

aguja en el ojo, y una de las razones principales de esta práctica era que una persona

desfigurada no podía ser elegida como rey o jefe, por lo que cegar a alguien aseguraba la

completa sumisión de un enemigo o rival derrotado.

La posición de las mujeres ante las leyes era comparable a la de los hombres, en el caso

de que fuera honorable. El divorcio era permitido libremente, los matrimonios podían

romperse por acuerdo mutuo y las esposas disfrutaban de casi los mismos derechos que

sus maridos. En el caso de un aristócrata se estipulaba que: «Pertenece a su esposa el

derecho a ser consultada sobre todo asunto». Y a nivel más general, existía el principio de

que los maridos no poseían a las esposas: «Se trata solamente de un contrato entre ellos».

Las esposas compartían los bienes, de los que no se podía disponer sin su consentimiento.

Sin embargo mientras que un marido podía tener varias esposas, una esposa que cometía

adulterio podía, según las costumbres, ser quemada viva.

Se esperaba de las mujeres que fuesen guerreras, y no fue hasta el Sínodo de Tara en el

697 cuando quedaron eximidas del deber militar. Tenían derecho a presentar un caso ante

la ley y a recuperar las deudas equitativamente junto a los hombres, al tiempo que podían

heredar propiedades aunque los hombres tenían la supremacía en este aspecto. Pero si un

hombre no tenía hijos varones, su hija era la heredera, y en cualquier caso, las hijas

siempre tenían derecho a una dote procedente de la herencia general.

El poder de las Leyes de Brehon, y la persistente lealtad que los irlandeses tenían por

ellas, lo demuestra su extraordinaria pervivencia a lo largo de siglos de guerras y

conquistas invasoras en Irlanda. Cuatro siglos después de que los anglo-normandos

pusieran el pie por primera vez en el país, sus descendientes a menudo adoptaban la

lengua, las costumbres y las formas irlandesas para cólera de los gobiernos angloirlandeses.

Los documentos sobre Irlanda producidos por los oficiales ingleses del siglo

XVI estaban salpicados de leyes y quejas en contra del continuo uso generalizado de

brehones y de sus leyes. De 1919 a 1921 los tribunales nacionalistas del Dáil incluso

intentaron resucitar el código brehon como respuesta autóctona irlandesa al derecho

británico.

Además de las leyes, las sagas gaélicas han perdurado a lo largo de los siglos como

31


fuente de inspiración para generaciones de irlandeses. Las que han llegado hasta nosotros

fueron transmitidas oralmente, a menudo durante más de mil años, antes de ser recogidas

por escrito. La mayor parte de las que se han conservado fueron recogidas por los monjes

cristianos desde el siglo VII hasta el siglo XII. Nos proporcionan un retrato fascinante del

modo de vida y de los valores de los gaélicos y pueden ser comparadas con la épica

homérica de Grecia. De hecho, solamente los clásicos griegos y romanos proporcionan un

relato más completo de las sociedades europeas anteriores al cristianismo. No obstante, a

diferencia de los clásicos, las historias de la Irlanda gaélica no fueron recogidas o

contadas por un único autor, y todavía se pueden observar los estilos de diferentes

narradores en distintas versiones del mismo relato.

Han sobrevivido cuatro grandes colecciones o «ciclos» de las sagas: el Ciclo

Mitológico que relata la época precristiana; el Ciclo del Úlster o de la Rama Roja, que

cubre aproximadamente los dos primeros siglos de la era cristiana; el Ciclo Feniano que

va desde el siglo III hasta el VII, y el Ciclo del Rey, que cuenta la historia de Irlanda

durante el primer milenio. Los primeros manuscritos de las sagas son posteriores en el

tiempo a los relatos que cuentan; la historia del encuentro entre Oisin, el último feniano, y

san Patricio, por ejemplo, no fue escrita hasta 1750.

Las sagas son, por supuesto, mito no historia. Sin embargo, proporcionan una visión

romántica de la antigua Irlanda que se encontraba en el corazón del despertar gaélico de

finales del siglo XIX, cuando los intelectuales las tradujeron y publicaron, suministrando

modelos heroicos para el nacionalismo irlandés moderno. Sus relatos de magia y misterio,

de héroes que superaban grandes dificultades, se consideran que fuente de inspiración de

los romances franceses sobre el Santo Grial.

En las sagas, los fomorianos eran los primeros habitantes de Irlanda, oscuros y

malvados, siempre siniestros. Después de ellos llegó Partholon y un pequeño grupo de

seguidores a quienes se les atribuye la limpieza de tierras para cultivo y la formación de

lagos y ríos. El día que se cumplían los trescientos años de su llegada, los seguidores de

Partholon murieron de una enfermedad misteriosa. A estos les sucedieron los

nemedianos, quienes limpiaron más tierras y formaron más lagos, pero que finalmente

abandonaron el país en busca de nuevas tierras en el norte de Europa. Más tarde llegaron

los firbolgs, a quienes los relatos atribuyen la fundación de Tara y la división de Irlanda

en cinco reinos. Vivieron en paz durante tan solo 35 años, hasta que llegaron los Danaans

en una gran flota de naves que fueron quemadas en la playa después de desembarcar y

que derrotaron a los firbolgs en una gran batalla cerca de Cong, condado de Mayo. Se

decía que los danaans procedían de las islas septentrionales del mundo. Con ellos trajeron

cuatro tesoros: el Lia Fail, una piedra que gritaba cada vez que era nombrado un nuevo

rey (una piedra de granito de casi dos metros en Tara y la Piedra de Scone en la abadía de

Westminster se disputan en la actualidad el reconocimiento como la original); el Caldero

de Dagda, recipiente inacabable que llevaba el nombre de su antiguo jefe; la espada

mágica de su rey, Nuada; y la lanza de Lug, su dios héroe.

Los estudiosos han especulado que los danaans puedan ser los gaélicos originales. Lug

y Dagda eran también dioses gaélicos –Lug incluso se convirtió en el prototipo del

Lanzarote arturiano– y las sagas, a pesar de ser recogidas por monjes cristianos piadosos

a los que horrorizaba lo pagano, apoyan con coherencia a los danaans y presentan a sus

sucesores, y última raza de invasores en dominar Irlanda, los milesios, en los mismos

términos. Es posible que los milesios fuesen una invención tardía ideada para distinguir

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entre la Irlanda pagana y la cristiana. Sin embargo, todo esto no es más que un intento de

hacer historia a partir del mito.

Según las sagas, los milesios procedían de España y, superando hechizos mágicos

contra ellos, derrotaron a los danaans en dos grandes batallas. Dividieron Irlanda en dos

reinos, uno en el norte y otro en el sur. Con los milesios se encontraban el gran poeta Cir,

quien se dirigió al reino del norte, y el gran arpista Cennfinn, que se dirigió al sur. Las

sagas, de esta manera, explican por qué en siglos posteriores el norte de Irlanda era

famoso por su poesía y el sur por su música. Las sagas también atribuyen a los milesios

los nombres de Irlanda –«Banba», «Fodla» y «Eriu» (cuyo caso dativo es «Erin»)–,

originalmente los nombres de tres reinas a las que encontraron cuando desembarcaron por

vez primera en el país y a quienes prometieron poner su nombre al país en su honor.

Las sagas, aunque no son historia, presentan no obstante la cualidad de la sociedad

gaélica y permiten a los estudiosos juzgar más fácilmente otros datos y hacerse una idea

del carácter de la época. De hecho, algunos relatos tratan en realidad de personajes

históricos y otros tienen importancia histórica. El relato, por ejemplo, del Voyage of Bran

[El viaje de Bran], en un texto del siglo VIII del Ciclo de la Rama Roja, proporciona

pruebas de la relación gaélica con el mar y de posibles viajes explora​torios.

Uno de los relatos más importantes, el Táin Bó Cúailgne [El robo de ganado de

Cooley] tiene raíces históricas, y refleja la lucha que probablemente tuvo lugar entre

tribus gaélicas rivales en Connaught y Úlster. Procede del Ciclo de la Rama Roja y había

permanecido olvidado durante generaciones hasta que fue recuperado a finales del siglo

XIX por estudiosos y poetas, enardecidos por la calidad épica del Táin. El héroe de la

saga, Cuchulain, era la personificación de las virtudes de los guerreros gaélicos. Se

presenta siempre luchando con honor, y en él se puede ver el ideal gaélico de una

aristocracia guerrera con los atributos de valentía, honradez, erudición y valor militar. En

el momento de morir, Cuchulain siguió siendo fiel a estas cualidades mientras, herido de

muerte, se ataba (nos dice la leyenda) a una roca cerca de un lago, donde, esgrimiendo su

espada, murió haciendo frente a sus enemigos. Esta escena inspiró no solo a la dirección

del Alzamiento de 1916 contra el dominio británico, sino también al artista irlandés

Oliver Sheppard, quien en 1936 usó la figura de Cuchulain moribundo para la estatua que

erigió frente al edificio de correos de Dublín, en conmemoración de ese Alzamiento.

Durante los primeros siglos de la era cristiana, los guerreros gaélicos dominaron la

mayor parte de Gran Bretaña, siendo conocidos como los scotti por los romanos (para

quienes los perros lobo irlandeses eran Scottici canes) y, en última instancia, dieron

origen al nombre de Escocia. Se establecieron reinos gaélicos irlandeses en Gales,

Cornualles, Inglaterra, el noroeste de los Peninos y en Escocia. A su vez, los irlandeses

tomaron el nombre Goidil (gaélico) para denominarse, del celta galés Gwyddyl, durante el

siglo IV.

El Ciclo Feniano de narraciones está relacionado con este periodo, e ilustra la

sofisticada naturaleza de la sociedad gaélica en vísperas de la llegada del cristianismo a

Irlanda. Las leyendas tratan de Finn MacCool y sus seguidores, la banda de guerreros

fenianos, análogos a uno de los grandes legados celtas al mundo moderno: el legendario

Ciclo del rey Arturo y los caballeros de la tabla redonda. Para convertirse en feniano, un

guerrero tenía que conocer las leyes de la poesía. También tenía que aceptar cuatro reglas:

elegir siempre a una mujer por esposa en razón de sus buenas maneras y virtud, no por su

riqueza; no ser nunca violento con una mujer; acceder siempre a una petición de ayuda, y

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no emprender nunca la huida ante menos de diez destacados guerreros. La familia y la

tribu de un feniano también tenían que estar de acuerdo en no buscar venganza en caso de

muerte.

El interés de los gaélicos por las artes, la caballería y el derecho y su conocimiento de

la naturaleza humana son evidentes. De su interés por la historia (al igual que por el

drama) dan buena fe los Ciclos Feniano y del Rey, en los que a menudo las figuras

históricas juegan un papel dentro de la narración. Además, las sagas son una ventana

abierta al mundo gaélico proporcionándonos, igualmente, prototipos y modelos análogos

para algunas de las historias más famosas de la literatura occidental; por ejemplo, la

leyenda de Diarmuid y Grainne del Ciclo Feniano constituye al menos una analogía, si no

el prototipo, del romance europeo trágico de Tristán e Isolda.

Irlanda tiene uno de los sistemas más antiguos de apellidos patrilineales, algunos de los

cuales se han rastreado, mediante análisis de ADN, hasta llegar a un único ancestro. Niall

de los Nueve Rehenes, un importante rey que vivió en la zona del Úlster en el siglo V, es

tal vez antepasado de quizá tres millones de hombres en todo el mundo y de 1 de cada 12

irlandeses actualmente vivos. El grupo familiar O’Neill procede, sin duda, de un único

ancestro, probablemente Niall. Hoy día, en el noroeste de Irlanda el 21,5 por 100 de los

hombres portan la huella genética de un único ancestro masculino, y la misma huella la

lleva un 16,7 por 100 de la población masculina del oeste y el centro de Escocia y el 2 por

100 de los neoyorkinos europeos. Entre los apellidos cuyos linaje se remonta a este único

ancestro se cuentan (O’)Neill, (O’)Gallagher, (O’)Boyle, (O’)Doherty, O’Donnell,

Connor, Cannon, Bradley, O’Reilly, Flynn, (Mc)Kee, Campbell, Devlin, Donnelly, Egan,

Gormley, Hynes, McCaul, McGovern, McLoughlin, McManus, McMenamin, Molloy,

O’Kane, O’Rourke y Quinn[1].

La mayoría de la historia y la mitología gaélicas fue olvidada con la llegada del

cristianismo, y la mayor parte de la que sobrevivió a ese hecho fue olvidada durante el

siguiente milenio. Este olvido a veces fue debido a que los dioses y costumbres gaélicas

se convirtieron en demonios y ritos prohibidos con el cristianismo. Otras veces –

especialmente en los siglos XVII, XVIII y XIX– se debía a que la tradición antigua

solamente existía en la palabra gaélica hablada, que a su vez era perseguida y limitada por

la ley y el hambre. Sin duda, a veces, las leyendas y las hazañas se perdieron para la

posteridad debido a que un monje cristiano no se iba a rebajar a recoger prácticas

paganas. Un fraile que contribuyó a recoger la saga de Táin superó tales escrúpulos

añadiendo al final de esta las siguientes palabras:

Yo que he escrito esta historia, o más bien fábula, tengo mis dudas acerca de muchas cosas [...] Pues

algunas son producto de los demonios, algunas son fantasías poéticas, algunas verdaderas, otras no, y algunas

sirven para delicia de los necios.

PATRICIO

Es probable que el cristianismo llegara a Irlanda en primer lugar a través del comercio

con Gran Bretaña y la Galia (una tierra celta que se convirtió en Francia) a finales del

siglo IV. Ya antes del 431 había suficientes cristianos en Irlanda como para que el papa

Celestino I justificase el envío de un diácono, Paladio, a petición de la Iglesia gala. No se

conoce mucho acerca de la misión de Paladio excepto que fue asesinado poco después de

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su llegada. Al año siguiente, según la cronología normalmente aceptada, san Patricio,

junto con algunos compañeros, llegó como misionero a Irlanda.

San Patricio, «Apóstol de Irlanda» y patrón del país, es una figura que está rodeada de

una gran controversia. En primer lugar, no están claras las fechas de su vida. Escribió una

autobiografía parcial, sus Confesiones, cuya primera versión (aunque incompleta) data del

Libro de Armagh del siglo IX, donde se dice que nació aproximadamente en el año 390

(véase figura 4). No obstante, algunos de sus discípulos vivieron bien entrado el siglo VI,

lo que sugiere que llegó a Irlanda sobre el año 456 y murió hacia el año 490. Este

prolongado espacio de tiempo puede significar que en realidad existieron dos e incluso

tres Patricios, pero es un dilema que todavía no se ha resuelto. El día en el que

tradicionalmente se conmemora su muerte, el 17 de marzo, se ha convertido en la fiesta

nacional de Irlanda y a pesar de la incertidumbre, 461 se considera popularmente el año

en el que murió el santo patrón.

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Figura 4. Confesiones de san Patricio. Libro de Armagh. Uno de los manuscritos monásticos irlandeses más

antiguos, fechado a comienzos del siglo IX, está escrito en su mayoría en latín pero incluye los primeros relatos

completos escritos en irlandés antiguo. Las Confesiones se copió del original (en la actualidad perdido) escrito en

latín por Patricio mismo, una defensa autobiográfica contra acusaciones no especificadas que probablemente

guardaban relación con su condición de obispo e irregularidades financieras. Así nos enteramos de que fue con

toda probabilidad un ciudadano romano y que su trabajo misionero en Irlanda tuvo lugar entre mediados y finales

del siglo V. «Soy Patricio, un pecador, un simple campesino, el más humilde de los fieles y despreciado por

muchos. Mi padre fue el diácono Calpurnius, hijo de Potitus, un sacerdote, de Bannavem Taberniae: tenía una

granja cerca de donde fui capturado. Yo contaba unos dieciséis años de edad». El manuscrito se encuentra en la

Biblioteca del Trinity College de Dublín.

En las Confesiones, Patricio nos cuenta que nació en una ciudad que él llamaba

«Bannavem Taberniae», y habla en general de Gran Bretaña como su lugar de nacimiento

y tierra de sus padres. Se encontraba en el oeste de Gran Bretaña, probablemente cerca de

Bristol y del río Severn. Sean Dowling ha llegado a la interesante conclusión de que el

lugar de origen de Patricio fue la ciudad de Avonmouth, cerca de Bristol y a orillas del río

Severn. Argumentando que «Bannavem Taberniae» es la versión latina de Patricio de la

traducción gaélica de «Avonmouth», Dowling escribe:

Para cualquiera que esté familiarizado con el irlandés, la palabra «Bannavem» inmediatamente sugiere

«Bun-abhann» o «Rivermouth». El actual nombre inglés de «Avonmouth» es la traducción o semitraducción

sajona o del inglés antiguo del nombre celta original. Semi-traducciones similares son «Dartmouth»,

«Weymouth», «Exmouth», «Falmouth», etc. Todos estos lugares se encuentran en el sur de Inglaterra. El

nombre romano del Severn era Sabrina, que correspondía a la palabra celta «Sabarn» o «Sabh(v)arn». En

irlandés moderno el nombre completo sería «Bunabhann an tSabhrainne».

Gracias a sus Confesiones también sabemos que el padre de Patricio se llamaba

Calpurnio y que no solo era decurión, miembro del grupo dirigente romano británico, sino

también diácono de la Iglesia cristiana y terrateniente. Él y otros como él sufrieron los

asaltos de los irlandeses. El mismo Patricio y sus dos hermanas fueron capturados en uno

de dichos asaltos. A partir de los dieciséis y durante seis años, Patricio fue pastor esclavo

en el condado de Antrim, ofreciéndole dicha ocupación mucho tiempo para la

contemplación. «Todos los días los pasaba en frecuente oración», dice, y continúa

revelando que el amor de Dios creció tanto en él que decía cien oraciones durante el día y

casi otras tantas por la noche. «No sentía ninguna maldad», añade, «ni había pereza en mí

porque, como veo ahora, el Espíritu Santo ardía dentro de mí». A los veintitrés años,

Patricio se escapó y volvió a Inglaterra, su tierra, como un cristiano convencido.

Probablemente se hubiera quedado en casa con su familia de no haber sido por una

visión:

Contemplé de noche la visión de un hombre que se llamaba Victorico, que parecía venir de Irlanda, con

innumerables cartas. Y me dio una de ellas y leí las palabras iniciales de la carta que eran «La voz de los

irlandeses», y mientras leía el principio de la carta, en el mismo momento oí sus voces en mi pensamiento

[...]: «Te pedimos, hijo, que vengas y camines entre nosotros una vez más».

Tras esta visión dejó su casa. Puede que viajara hacia el sur de Francia para ser

recibido y ordenado sacerdote, o puede que viajara hacia el norte de Inglaterra para ser

ordenado por Germano de Auxerre, un soldado-obispo que evangelizaba en Gran Bretaña

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hacia el año 430. En cualquier caso, parece claro que Patricio fue de hecho ordenado

sacerdote, aunque los demás datos son bastante nebulosos. Uno de los escribas del Libro

de Armagh nos dice:

En el decimotercer año del emperador Teodosio, el obispo Patricio fue enviado por Celestino, obispo y

papa de Roma, para instruir a los irlandeses. El obispo Paladio, que también se llamaba Patricio de segundo

nombre, fue enviado el primero y sufrió el martirio entre los irlandeses, como han dicho los viejos santos.

Más tarde, el Ángel de Dios Víctor y el papa Celestino enviaron al segundo Patricio. Toda Irlanda se hizo

creyente y casi todos fueron bautizados por él.

En contra de esto, sin embargo, está toda la naturaleza de las Confesiones de Patricio,

que fueron escritas como defensa frente a los cargos presentados contra él en un tribunal

eclesiástico en Gran Bretaña, que –casi con seguridad– estaban relacionados con su

pretensión de ser obispo y su autoridad para viajar a Irlanda como misionero. Las

evidencias aportadas por las Confesiones y por otro documento en el que Patricio da

cuenta de su misión, su Carta a Corotico, indican claramente que Patricio nunca fue

consagrado obispo, pero tuvo que reclamar dicha posición una vez en Irlanda con objeto

de poder él mismo ordenar sacerdotes que le ayudaran a llevar a cabo su labor. Además,

también parece que Patricio solicitó permiso de sus superiores británicos (es decir, los

obispos) para emprender su misión en Irlanda y, aunque le fue denegado, siguió adelante,

con lo cual obligó a que un tribunal eclesiástico juzgara sus acciones. En las Confesiones,

Patricio incluso da a entender que fue encontrado culpable:

En consecuencia, el día que fui condenado, como he relatado anteriormente, esa noche vi un escrito –fue

ante mi imagen sin honor– y al mismo tiempo oí la Voz Divina decirme: «Con desagrado hemos visto la

imagen de un elegido despojado de su título», y no dijo «he visto» sino «hemos visto», como si Él se uniera a

mí, como si Él dijera: «El que te toque a ti toca, podríamos decir, a mi elegido».

Desde el principio hasta el fin, Patricio estuvo seguro de su defensa: que en todas sus

acciones disfrutó de la sanción de la fuente suprema, del mismo Dios «que es el

Todopoderoso». La explicación más sencilla de la confusión sobre el estatus de Patricio la

constituye la lógica reticencia a reconocer la ilegitimidad de su misión por parte de los

monjes que se presentaban como sucesores de Patricio y su misión.

La Iglesia de Irlanda, fundada por Patricio, que estableció su sede en Armagh,

rápidamente se adaptó a las circunstancias del país. Al principio, Patricio logró introducir

el concepto de obispado, como existía en Francia, con su jerarquía de autoridad

eclesiástica. Poco después, sin embargo, la geografía y la experiencia política del país –

sin ciudades ni carreteras y sin unidad política central– demostraron que el plan de

Patricio era totalmente inadecuado. Así, en lugar de tener un número de obispados y

arzobispados urbanos, Irlanda desarrolló –en contra de las intenciones de Patricio– una

Iglesia monástica más en consonancia con la sociedad gaélica. Mientras Patricio

«bautizaba a miles, ordenaba clérigos en todas partes» y «daba regalos a los reyes», sus

colegas y sucesores se concentraron más en convertir a los líderes de la sociedad gaélica,

sin intentar interferir con la estructura social gaélica, combinando su evangelización con

las costumbres y prácticas nativas. Las celebraciones gaélicas paganas eran toleradas y a

veces –como la festividad de Todos los Santos– adoptadas para propósitos cristianos. Los

fuertes y campamentos de los reyes y jefes gaélicos eran elegidos para ubicar iglesias,

abadías y monasterios, aunque Tara permaneció como centro pagano hasta bien entrado el

38


siglo VI.

Las leyendas alrededor de la vida de Patricio se acumularon rápidamente. Se le

atribuye la desaparición de las serpientes de Irlanda desde la cumbre de Croagh Patrick,

en el condado de Mayo, y el haber establecido el trébol como uno de los símbolos

nacionales de Irlanda, utilizando las tres hojas de la planta para explicar el misterio de la

Santísima Trinidad al rey supremo en Tara. El indudable éxito de su misión explica el

lugar primordial que alcanzó en la tradición irlandesa. En 1932, el Congreso Eucarístico

de Dublín, en el XV centenario del comienzo de su misión, fue testigo de la mayor

concentración de personas reunidas en la ciudad hasta la visita del papa Juan Pablo II en

1979.

Un siglo después de la llegada de Patricio, los mismos monjes irlandeses empezaron su

evangelización en el extranjero. La veneración de los gaélicos paganos por la sabiduría y

la clase gaélica de eruditos –brehones, poetas, historiadores y druidas– encontró un lugar

natural dentro de la orden cristiana y dio a la Iglesia de Irlanda una categoría especial.

San Ninian, del Úlster, el principal misionero y maestro después de Patricio, estableció a

principios del siglo V el monasterio de Candida Casa en Whithorn, en el oeste de Escocia,

donde estudiaron muchos misioneros más.

Para el primer cuarto del siglo VI, la organización episcopal de Patricio estaba

sucumbiendo al monacato y los abades suplantaban a los obispos como los principales

clérigos de Irlanda. Uno de dichos abades, san Finnian, fundó la escuela monástica en

Clonard, en el condado de Meath, donde puso énfasis en el estudio y la erudición para un

grupo de seguidores conocidos como los «Doce Apóstoles de Irlanda». Dos de ellos, san

Ciaran y san Colmcille (conocido también como san Columba), establecieron el monacato

y la erudición como los distintivos de la Iglesia de Irlanda.

San Ciaran fundó la iglesia y monasterio de Clonmacnois en el río Shannon. San

Colmcille fundó los monasterios de Derry, Swords, Durrow y Kells, antes de navegar con

doce seguidores a Iona, en la costa oeste de Escocia, donde construyó una de las mayores

y primeras escuelas monásticas cristianas antes de morir en 597. En Los anales de

Clonmacnois se dice que Colmcille escribió trescientos libros con su puño y letra y según

la tradición fue el escribano del Cathach, el manuscrito irlandés más antiguo que se

conserva. Desde su fundación en Iona, los monjes irlandeses convirtieron a Escocia y

gran parte de Inglaterra y, como siempre estuvo ansioso por señalar el monje e historiador

inglés del siglo VII, Beda el venerable, Colmcille y los monjes de Iona también jugaron un

papel importante en mantener el cristianismo entre sus conversos.

La combinación de evangelización, ascetismo y erudición personificada por monjes

como Colmcille hizo que la Iglesia de Irlanda viviera su edad de oro. Su fervor misionero

y completa dedicación al cristianismo llevó a los monjes irlandeses fuera de las islas

Británicas hasta Italia, Francia, España, Alemania y Centroeuropa. Desde principios del

siglo V hasta comienzos del siglo VIII, la Iglesia de Irlanda fue única en el mundo

cristiano. Su labor misionera no se detuvo desde el siglo VIII, pero pasó a estar muy

implicada en la polémica romana sobre la fecha de la Cuaresma y las crecientes

reivindicaciones del pontificado. Además, en Irlanda, los asaltos vikingos destrozaron la

estabilidad del país. No obstante, los logros de la primera época de la Iglesia de Irlanda

significaron una influencia duradera en el desarrollo del cristianismo. En los trescientos

años anteriores al siglo IX, misioneros irlandeses expatriados volvieron a introducir el

cristianismo en áreas que habían sido invadidas por las tribus que culminaron la caída del

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Imperio romano. Reemplazaron la costumbre de la absolución pública por la práctica de

la confesión privada de la Iglesia de Irlanda, utilizada por la Iglesia católica hasta

nuestros días. El más destacado de estos expatriados fue san Columbano, nacido en la

provincia de Leinster hacia el año 543, quien con sus seguidores fundó los monasterios de

Annegray, Luxeuil y Fontaines en Francia, San Gall en Suiza, Wurzburgo en Alemania,

Viena en Austria, posiblemente uno en Praga en Checoslovaquia, y Bobbio en Piamonte,

en el norte de Italia, donde murió en el 615.

VIKINGOS

Después de la caída de Roma en el siglo V, comenzó la Edad de las Tinieblas en

Europa. Tribus teutónicas saquearon el continente europeo y los jutos, anglos y sajones

invadieron Inglaterra. De toda Europa, tan solo Irlanda quedó indemne, convirtiéndose en

refugio para un número creciente de cristianos, un hecho que tuvo consecuencias de largo

alcance. En tiempos del emperador Carlomagno en el siglo VIII, si un hombre sabía

griego, sencillamente se suponía que era irlandés. Alcuino de York, el principal erudito en

la corte de Carlomagno, y Escoto Eriúgena («Scotus» significaba «irlandés»), el más

destacado filósofo del siglo IX, estudiaron en Clonmacnois, donde aprendieron no solo la

Biblia y la teología cristiana, sino también la lengua y los trabajos de los escritores y

poetas de la antigua Grecia y Roma. «Casi toda Irlanda, a pesar de los terrores del mar,

está emigrando a nuestras costas con una multitud de filósofos», se quejaba Heiric de

Auxerre en el año 870, observando la gran multitud de irlandeses en los reinos de Europa.

Los primeros asaltos vikingos a monasterios irlandeses ocurrieron en el 795, cuando

Iona fue saqueada y la tumba de san Colmcille profanada. Ese mismo año los vikingos

también desembarcaron en la isla de Lambay, cerca de la costa de Dublín. Estos primeros

asaltos fueron llevados a cabo por vikingos de Noruega, pero de ninguna manera fueron

los primeros saqueadores de lugares religiosos irlandeses.

Entre la época de Patricio y la llegada de los vikingos, Irlanda se había desarrollado

políticamente de manera considerable. A finales del siglo VIII dos grandes reinos

gobernaban a los numerosos pequeños reinos y tribus del país. En el norte, los Ui Neill

dominaban desde Tara, mientras que en el sur los Eoganachta gobernaban desde Rock of

Cashel. Entre los dos existía una tercera provincia pequeña, Leinster, alrededor de Dublín.

En el siglo VIII y a lo largo del siglo IX, los Ui Neill y los Eoganachta lucharon por la

supremacía, en cuyo proceso destrozaron más monasterios, iglesias y abadías de las que

habían destrozado los vikingos. El resultado fue que los irlandeses no pudieron ofrecer

una resistencia unida contra los vikingos y muchos reyes y jefes irlandeses se aliaron con

los invasores. A finales del siglo VIII los logros artísticos sobresalientes que tuvieron lugar

a principios de la era cristiana, los manuscritos iluminados irlandeses, ya se percibían

como demasiado vulnerables ante la violencia política, con lo que la perfección de más

sólidos trabajos religiosos en piedra y metal empezó a absorber las energías artísticas de

los monjes irlandeses.

El mejor –aunque no el primero– manuscrito iluminado es la copia del siglo VIII de los

Evangelios, el Libro de Kells, ahora orgullo de la biblioteca del Trinity College en Dublín

(figura 5). Cuando los tres escribas que copiaron el Libro empezaron su tarea, los

vikingos ya habían desembarcado en Gran Bretaña. En realidad, es probable que el Libro

se empezara en Iona y fuera trasferido por seguridad y para su finalización a Kells. Su

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primera ilustración es la primera representación de la Virgen y el Niño que se conoce en

un manuscrito occidental. Escrito en latín, la lengua de la Iglesia que Patricio introdujo en

Irlanda, emplea una escritura que es precursora reconocible de la actual escritura

irlandesa. Cada página del Libro de Kells, y de todos los demás manuscritos irlandeses de

la época, da testimonio de una enorme cantidad de minucioso trabajo y destreza. Para los

copistas, era otra manera de estar en íntima comunión con Dios.

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Figura 5. Libro de Kells, f. 32v. Cristo entronizado, una de las diez ilustraciones a toda página en el Libro de

Kells. Utilizado con fines sacramentales, proyectaba la majestad del cristianismo con colores brillantes, diseño y

material gráfico intricados, y un texto llamativo.

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El trabajo en metales floreció junto al arte de la iluminación en Irlanda durante la edad

de las tinieblas y posteriormente. Existía una tradición mucho más larga de elaboración de

refinados objetos de metal que de escritura e iluminación. Los trabajadores en metal

cristiano-irlandeses podían aprovecharse de innumerables generaciones de sabiduría,

destreza y experiencia para hacer los báculos, cálices, manos de mortero, cruces y otros

objetos religiosos que tanto codiciaban los vikingos. Desde el siglo IX en adelante,

mientras los ataques vikingos aumentaban, las destrezas de calígrafos y orfebres se

fundieron en la tercera gran forma de arte irlandés: las cruces irlandesas (high crosses) de

piedra. Mientras iglesias y monasterios veían saqueados y destrozados sus manuscritos y

tesoros en metal, los artesanos que hacían las cruces debían darse cuenta de que sus

trabajos en piedra no atraían a los vikingos de la misma manera.

Hay cruces de piedra de sencillos diseños que datan del siglo VIII, pero en el IX se

incorporaron complejas configuraciones de escenas bíblicas –normalmente de la

crucifixión y de los discípulos con Cristo– dentro de la forma de la cruz. Durante el siglo

IX, sin embargo, la propia cruz irlandesa se desarrolló y los diseños se hicieron más

complejos. La cruz de Moone, en el condado de Kildare, mide más de 5 metros y contiene

escenas como la de Daniel en el foso de los leones y la de Adán y Eva en el momento de

comerse la manzana. En medio de un incesante aumento de las violentas incursiones de

los vikingos y de la anarquía que vivía el país, y mientras el cristianismo se establecía, la

piedra también empezó a utilizarse para la construcción. En el siglo VIII, empezaron a

construirse pequeñas iglesias con forma de barco y celdas de piedra con forma de

colmena, muchas de las cuales todavía pueden verse en el sudoeste de Irlanda. Desde

aproximadamente el año 900 hasta 1150, se construyeron torres redondas de piedra en

lugares religiosos. Altas, finas, con tejados cónicos y entradas a cierta distancia del suelo,

estas torres probablemente cumplían la doble función de campanarios y torres vigías. No

existen otras construcciones que sean tan típicamente irlandesas y de hecho solamente se

han descubierto dos fuera de Irlanda, ambas en Escocia. El cambio de manuscritos y

madera inflamables a duraderas cruces y construcciones de piedra reflejaba el gran terror

que inspiraban los vikingos. Un monje irlandés escribió agradecido en el margen de su

manuscrito una noche de tormenta:

El viento es terrible esta noche

surcando el océano blanco y salvaje;

no debo temer a los terribles vikingos

que cruzan el mar Irlandés.

Las incursiones vikingas duraron doscientos años. No solo atacaron Irlanda, sino

también Gran Bretaña y el resto de Europa hasta lugares tan lejanos como París, Sicilia y

Constantinopla. El cristianismo, que había sobrevivido con dificultad a la caída de Roma

en Europa oriental, ahora se enfrentaba de nuevo a duros ataques. De no haber sido por la

necesidad que los vikingos tenían de asentarse y por su disposición de adoptar el

cristianismo, la sociedad gaélica cristiana se habría extinguido por completo. Se fundaron

reinos vikingos en Normandía, en el sur de Italia, en el este de Inglaterra y en Irlanda, en

Leinster, donde en el año 841 el rey nórdico Turgesio fundó la primera ciudad de Irlanda,

Dublín, en la desembocadura del río Liffey. En el 851, después de una gran batalla naval

en la bahía de Carlingford, los vikingos noruegos fueron reemplazados en Irlanda por sus

parientes daneses, quienes se mostraron tan ansiosos como sus predecesores por saquear

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los monasterios para llevarse sus tesoros.

Los vikingos no fueron una fuerza puramente destructiva en la historia de Irlanda. En

la segunda mitad del siglo IX, los ataques dieron paso a asentamientos vikingos,

casándose y comerciando con los irlandeses, e incluso legando a la posteridad el nombre

de «Irlanda» –el gaélico antiguo de «Erin» o «Éire» con la palabra escandinava «land»

añadida–. Mientras continuaba la lucha por el dominio de Irlanda entre los Eoganachta y

los Ui Neill, los pobladores vikingos empezaron a estar involucrados en la estructura de la

política irlandesa. En los primeros años del siglo X, los Ui Neill habían vencido a los

Eoganachta (en la batalla de Ballaghmoon del año 908) y habían sometido a los po​bladores

vikingos en todas partes a excepción de Dublín, donde los vikingos encontraron

una causa común con los hombres de Leinster y se aliaron con ellos para conseguir su

independencia frente a los Ui Neill.

Este fue el momento cumbre del éxito de los Ui Neill. Hacia el final del siglo IX, la

atención de los vikingos se había desplazado a Islandia y norte de Francia, pero desde

principios del siglo X su interés en Irlanda se reanudó y continuó alrededor de 80 años

más. Antes de que pudieran extender su dominio hasta el este del país, en el año 914 una

gran flota vikinga desembarcó en Waterford con una nueva oleada de invasores. En un

periodo de seis años se habían establecido en Dublín y habían fundado ciudades en

Limerick, Cork y Wexford. En el 977, el rey vikingo Olaf de las Sandalias venció a

Domnall, rey supremo de los Ui Neill, extendió su reino desde Dublín hasta el río

Shannon, y sometió a los irlandeses de Meath bajo una opresión tan fuerte que la

denominaron «cautividad babilónica».

Sin embargo, a finales del siglo X tuvieron lugar dos importantes acontecimientos. Los

vikingos de Irlanda, a pesar de su fiereza, por lo general aceptaron el cristianismo, y Brian

Boru se convirtió en el rey supremo del sur de Irlanda.

Brian Boru ha sido comparado con Alfredo el Grande y su biógrafo del siglo XII hizo

de él su modelo de héroe. Sus principales logros fueron hacer valer su autoridad con

mayor o menor éxito sobre toda la población de Irlanda –incluidos los pobladores

vikingos– y vencer a los daneses. La extensión de su autoridad no era inusual –los más

grandes de los reyes Ui Neill en los tres siglos anteriores habían disfrutado de un poder

comparable–, pero destruyó la hegemonía Ui Neill e hizo que conseguir la realeza

suprema se convirtiese en el principal objetivo político durante los siglos XI y XII. No

constituyó una monarquía nacional ni una nación, pero su carrera originó la posterior

teoría de una todopoderosa y suprema realeza por la que lucharon los líderes posteriores.

Brian nació hacia el año 940 en el clan Cenneidigh del norte de Munster y adoptó el

nombre de «Boru» de la ciudad de Borime, cerca de Killaloe en el condado de Clare.

Pronto demostró ser un hábil guerrero y estratega en innumerables batallas contra los

daneses que habían conquistado una gran parte de Munster. En el año 968 consiguió una

notable victoria en la que recuperó Cashel, restableciéndola como la sede de los reyes de

Munster. Desde el 976, Brian gobernó el sur de Irlanda como rey de Munster, y desde

1002 se le reconoció como el primer rey absoluto de toda Irlanda. Reafirmó la primacía

eclesiástica de Armagh y en 1004 demostró su propia supremacía emprendiendo una gran

gira por el país, durante la cual marchó hacia el norte desde su palacio en Kincora (cerca

de Killaloe), manteniendo siempre el mar a su izquierda, a través de Connaught y el

Úlster hasta Armagh, hacia el sur por Meath hasta Dublín, donde entró triunfante y

recibió el homenaje de los vikingos que allí vivían, y por último a través de Leinster y

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Munster hasta volver a Cashel.

Sin embargo, a pesar de sus éxitos y pretensiones, Brian siempre encontró resistencia a

su autoridad. Las familias de Leinster siempre se habían resistido a ser vasallos de los Ui

Neill, y lo mismo les ocurría con Brian. Durante los siglos IX y X se habían aliado con

frecuencia con los daneses de Dublín contra la hegemonía de los Ui Neill y en 1014 Brian

vio seriamente amenazada su autoridad con la alianza entre los vikingos de Leinster y

Dublín. El 23 de abril de 1014, Viernes Santo, los dos bandos se unieron en batalla en

Clontarf, en las afueras de Dublín. Sus fuerzas eran muy parejas, pero al final los daneses

tuvieron que retroceder hasta la playa de Clontarf, donde, debido a una marea

excepcionalmente alta, cientos de ellos murieron antes de poder alcanzar sus barcos.

Durante la batalla, el propio Brian murió en el momento de su victoria. Como admitieron

los mismos vikingos en la Saga de Njal: «Brian cayó, pero al final venció». Tras su

muerte, ningún otro rey supremo alcanzó la total supremacía que él había disfrutado. En

realidad, hasta el reinado de Isabel I ningún otro gobernante ejerció tanta autoridad en

Irlanda como Brian.

La batalla de Clontarf no fue librada por Brian ni los hombres de Leinster y sus aliados

combatieron por la soberanía de Irlanda, aunque en la posterior tradición nacionalista se

interpretó como tal. Fue realmente un episodio más en la constante lucha interna por la

soberanía provincial y regional.

Como resultado de la victoria de Brian, se estableció la dinastía Boru y los

descendientes de Brian gobernaron Munster y gran parte de Irlanda durante los siguientes

ciento cincuenta años. Su victoria también tuvo otra consecuencia: a diferencia de Gran

Bretaña en esta época, donde el rey danés Canuto había establecido su dominio, en

Irlanda los daneses optaron por una vida dedicada al comercio. En 1014, los daneses eran

una fuerza política poco importante en Irlanda, y la victoria de Brian en Clontarf lo

confirmó. En sus ciudades de Dublín, Wexford, Waterford, Cork y Limerick, los daneses

controlaban el negocio vinatero en la zona, y sus lazos comerciales no solo empezaron a

concentrar la riqueza de Irlanda en la costa este en Leinster, sino que también los

ayudaron a distanciarse del resto del país.

Hecho que se manifestaba especialmente de dos formas: en primer lugar, los daneses

de Irlanda naturalmente sentían una fuerte conexión con los de la vecina Gran Bretaña.

En segundo lugar, y como corolario, los daneses de Irlanda seguían las prácticas de la

Iglesia romana, que reconocía la primacía de los obispos y dominaba en Gran Bretaña y

Europa occidental, en vez de las de la Iglesia de Irlanda, que era dominada por los abades.

De este modo, la Iglesia de Gran Bretaña tenía interés por reformar la Iglesia de Irlanda y

extender su influencia a Irlanda. Juntos, estos elementos iban a avivar los conflictos y

finalmente a involucrar a Gran Bretaña directamente en los asuntos irlandeses. Pero antes

de que esto ocurriera, el arte y la arquitectura irlandeses volvieron a florecer.

INGLESES

En los monasterios irlandeses, en los siglos XI y XII, los monjes y copistas empezaron a

transcribir viejos poemas y sagas gaélicos en manuscritos como el Libro de Leinster y el

Libro de Armagh. Anteriormente, se habían dedicado a las trascripciones latinas de textos

religiosos, pero con el paso del primer arrebato de entusiasmo por el ascetismo y la

evangelización que había caracterizado a la Iglesia de Irlanda en sus inicios, los monjes se

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habían hecho más mundanos y sus monasterios más seculares. De este modo, el antiguo

patrimonio gaélico quedaba conservado en los monasterios. Además, las versiones

irlandesas de las guerras troyanas y la Guerra Civil romana fueron escritas mientras los

escribas experimentaban con su recién descubierta libertad. El arte de las cruces

irlandesas alcanzó su máximo apogeo con refinados y sofisticados tallados, y los trabajos

en metal lograron una nueva maestría con la extraordinaria Cruz de Cong, encargada

hacia 1123 por Turloch O’Connor, rey de Connaught, para conservar una reliquia de la

cruz de Cristo. La construcción de iglesias pasó a ser más compleja: la espléndida capilla

hiberno-románica de Cormac, en Rock of Cashel, la empezó el rey Cormac MacCarthy de

Munster en 1127. Incorporaba una bóveda nervada sobre el coro y el presbiterio, técnica

que los cruzados habían traído a Europa desde el Oriente Próximo, y que se utilizó por

primera vez en el coro de la catedral de Durham terminado en 1093. La utilización de esta

técnica en Cashel durante cuarenta años da testimonio de la audacia irlandesa en esta

época, así como de sus contactos con el mundo exterior. El estilo románico pronto pasó a

dominar las construcciones eclesiásticas por todo el país, culminando con la catedral de

Clonfert, en el condado de Galway, acabado en 1164.

No obstante, la Iglesia de Irlanda, con su secularización y rechazo a la autoridad

episcopal, se fue haciendo cada vez más anómala. Entre el 640 y el 1080 no hubo

correspondencia escrita entre la Iglesia de Irlanda y el pontificado, ni los ejércitos

irlandeses tomaron parte en las Cruzadas, dos hechos que explican el aislamiento de

Irlanda con respecto a la cultura social y política dominante en Europa. Mientras este

hecho ayudó a preservar la cultura gaélica, también implicó que esta influyese a la Iglesia

de Irlanda. En el siglo VIII, antes de los ataques vikingos, las costumbres gaélicas habían

influido en que en la Iglesia irlandesa hubiese abades laicos, clérigos casados, pluralismo

y sucesión familiar a un cargo eclesiástico. En la Iglesia romana, que en el siglo XII había

logrado establecer su dominio en Gran Bretaña y en el resto de Europa, las reformas

habían acabado con tales abusos y habían creado una jerarquía episcopal que reconocía la

autoridad papal en los asuntos de la Iglesia. El papa Gregorio VII (1073-1185), en el

programa «Unidad y Pureza», incluía a Irlanda dentro de su jurisdicción y, para cumplir

los deseos papales, los arzobispos ingleses de Canterbury volvieron a reclamar su

supremacía en Irlanda.

La reivindicación de Canterbury sobre Irlanda databa del siglo VI, cuando san Agustín

fue nombrado primer arzobispo de Canterbury por el papa Gregorio I con autoridad sobre

todas las islas Británicas. Esta autoridad fue nominal hasta que, después de su conversión,

los daneses de Irlanda eligieron unirse a los daneses de Inglaterra y reconocer la primacía

eclesiástica de Canterbury sobre Armagh o los abades irlandeses locales. Así, hubo una

constante influencia desde Inglaterra sobre Leinster, Dublín y las otras ciudades del litoral

este irlandés, y en ocasiones los arzobispos de Canterbury utilizaron su reivindicación

para insistir a los reyes supremos irlandeses sobre la necesidad de reformar dicha Iglesia.

Reconociendo la necesidad de la reforma, los líderes de la Iglesia irlandesa emprendieron

la reorganización siguiendo las líneas romanas y buscaron la aprobación papal para sus

medidas.

En 1150 un italiano, el cardenal Paparo, fue nombrado primer legado papal en Irlanda,

y en 1152 asistió a un sínodo en Kells, en el condado de Meath, convocado por los abades

y obispos de la Iglesia de Irlanda. En este sínodo, Paparo, con su autoridad papal, ratificó

una organización episcopal para la Iglesia de Irlanda que consistía en treinta y seis

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obispados y cuatro arzobispados en Cashel, Tuam, Dublín y la primacía en Armagh. A

cambio de seleccionar Dublín como la sede metropolitana de Leinster, los clérigos al fin

aceptaron la autoridad de Armagh en vez de la de Canterbury. Sin embargo, con objeto de

que las reformas tuvieran éxito frente a generaciones de práctica diferente, se necesitaba

el apoyo de una poderosa autoridad política central. Tal autoridad no existía en Irlanda –

en un determinado momento había al menos tres reyes importantes que competían por el

poder–, así que en 1155, mediante la bula papal Laudabiliter, el papa Adriano IV otorgó

al poderoso rey Enrique II de Inglaterra la jurisdicción sobre Irlanda «para revelar la

verdad de la fe cristiana a los pueblos todavía ignorantes y bárbaros».

A mitad del siglo XII, Irlanda, en constante lucha interna, no era «ignorante ni bárbara»,

sino cristiana. Sin embargo, se hicieron declaraciones en sentido contrario en Laudabiliter

para apoyar las necesidades papales de la reforma de la Iglesia de Irlanda y justificar la

elección de Enrique II como agente papal a este respecto. El papa Adriano IV fue también

el único pontífice inglés de la historia –nació en Abbot’s Langley, cerca de Saint Albans,

con el nombre de Nicholas Breakspear–, y defendió la supremacía papal sobre todos los

demás gobernantes. Sin lugar a dudas, vio que si Enrique II extendía su poder hasta

Irlanda, existiría una posibilidad de asegurar el control firme de la Iglesia también allí.

El derecho del papa a conceder tal autoridad derivaba de la «Donación de

Constantino», supuestamente del año 325 pero que posteriormente ha resultado ser una

falsificación del siglo VIII, en la que el pontificado afirmaba tener soberanía temporal

sobre todas las islas convertidas al cristianismo. En Laudabiliter, el papa Adriano IV se

refiere a esto mientras hábilmente proclama la supremacía papal: «Que Irlanda, y por

supuesto todas las islas sobre las que Cristo, el sol de la justicia, ha emitido sus rayos, y

que han recibido las enseñanzas de la fe cristiana, pertenecen a la jurisdicción del

bienaventurado Pedro y de la Santa Iglesia Romana es un hecho indudable, y un hecho

que Su Majestad reconoce». A cambio del apoyo papal para entrar en Irlanda, a Enrique

II se le exigió «pagar a san Pedro el impuesto anual de un penique por cada hogar y

preservar los derechos de las iglesias de esa tierra intactos y perfectos». La bendición del

papa fue clara:

Encontramos grato y aceptable que entréis en esa isla con el propósito de ensanchar los límites de la

Iglesia, poniendo fin a su caída hacia la maldad, corrigiendo las morales e implantando virtudes, y alentando

el crecimiento de la fe en Cristo; que persigáis políticas dirigidas hacia el honor de Dios y el bienestar de esa

tierra, y que la gente de esa tierra os reciba con honores y os respete como su señor.

Este fue el principio de la reivindicación formal de Inglaterra sobre Irlanda,

reivindicación que, si los irlandeses fueran obedientes a la cabeza de la Iglesia, habría de

ser aceptada sin oposición.

Ha habido una gran controversia sobre si Laudabiliter, al igual que la «Donación de

Constantino», era una falsificación o una invención posterior de los reyes normandoingleses

para justificar sus hazañas irlandesas. No hay copia alguna de la bula en la

biblioteca del Vaticano y el único texto existente proviene de la poco fidedigna Conquista

de Irlanda, del normando-inglés Giraldus Cambrensis, escrita entre 1186 y 1189. Sin

embargo, existe otra prueba contemporánea de Laudabiliter, aceptándose en la actualidad

de forma general que no era una falsificación. Y lo que es más importante, los irlandeses

la aceptaron en su día sin ponerla en duda.

Un año después de que el papa hubiera concedido a Enrique II jurisdicción sobre

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Irlanda, murió el rey supremo Turloch O’Connor. La familia O’Connor había gobernado

Connaught durante varias generaciones antes de que dominaran toda Irlanda en el siglo

XII. Diez años después, en 1166, Rory, el hijo de Turloch, se convirtió en rey supremo.

Pero, antes de que pudiera establecer su autoridad de forma adecuada, Enrique II, catorce

años después de que se los hubieran otorgado, decidió reclamar los derechos dispuestos

en Laudabiliter, a lo que fue animado por Diarmuid MacMurrough, rey de Leinster.

MacMurrough ha sido recordado solo como un villano, el hombre que individualmente

fue responsable de la dominación de Irlanda por parte de Gran Bretaña. Fue un villano y

muchas cosas más. Bajo sus auspicios se escribió el Libro de Leinster, una gran antología

de literatura e historia (véase figura 6). Construyó iglesias y monasterios (también

destruyó algunos) y fue un maestro de la política y la estrategia irlandesas. Fue

despiadadamente cruel: en 1132, en un intento de hacer que una pariente suya fuera

abadesa del convento de Kildare, hizo que un simple soldado violara a la abadesa rival

con objeto de incapacitarla para seguir en su cargo. También fue un hombre apasionado, y

en eso residió su perdición y la de Irlanda. En 1152 se fugó con la esposa de un rey rival,

Tiernan O’Rourke, príncipe de Breffny. O’Rourke nunca perdonó a Diarmuid y tramó su

venganza. En 1166 consiguió reunir a los otros reyezuelos y jefes de Leinster para que lo

apoyaran, y así logró forzar a Diarmuid a que abandonara Irlanda, sin darse demasiada

cuenta de que el implacable empeño de Diarmuid por retener su trono era equiparable al

odio que O’Rourke sentía hacia él. Giraldus Cambrensis describió a Diarmuid:

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Figura 6. Libro de Leinster. El plano del salón de banquetes en Tara cuando fue residencia de reyes supremos

muestra la jerarquía de los asientos según la posición social y la profesión. El salón era enorme: aproximadamente

230 x 27 m. El Libro lo encargó probablemente Diarmuid MacMurrough hacia 1160. Se completó a lo largo de los

siguientes setenta y cinco años, y pasó de MacMurrough a Strongbow, de este a su hija Isabel y luego permaneció

bajo custodia de los condes de Pembroke. Es una compilación en irlandés medieval de genealogía y diversos mitos

y relatos que ahora se encuentra en la Biblioteca del Trinity College de Dublín.

De estatura elevada y constitución robusta, siendo un gran guerrero y valiente en su nación, la voz se le

había vuelto ronca de estar constantemente gritando y lanzando su grito de guerra en la batalla. Más inclinado

a inspirar temor que amor, oprimió a sus nobles aunque elevó a los modestos. Un tirano para su propio

pueblo, fue odiado por los forasteros; su mano estaba contra todos los hombres y las manos de todos los

hombres contra él [2].

Diarmuid viajó hasta Bristol, donde tenía amigos religiosos y comerciantes, y allí supo

que Enrique II estaba en Francia. A principios de la primavera de 1167, Diarmuid alcanzó

al itinerante Enrique II en Aquitania, le pidió apoyo para volver a conseguir su reino, le

juró lealtad y, si todavía no la conocía, ahora sí que tuvo conocimiento de Laudabiliter.

Para Enrique II, la petición de ayuda del exilado irlandés sin duda constituyó una

oportunidad para distraer a sus indisciplinados súbditos de Gales y las Marcas galesas y

evitar que le ocasionaran problemas (los caballeros subempleados, según había aprendido

Enrique II, generaban la anarquía), así que le dio a Diarmuid dinero y autoridad para que

reclutara apoyo en Inglaterra y Gales. Diarmuid regresó a Bristol, pero se decepcionó con

la respuesta que esta ciudad mostró por su causa. Posteriormente lo abordó Richard

FitzGilbert de Clare, conde de Pembroke, conocido hoy como Strongbow: «Su tez era un

tanto rubicunda», decía Giraldus Cambrensis,

y su piel pecosa; tenía los ojos grises, rasgos femeninos, una voz débil y el cuello corto. Por lo demás, era de

estatura elevada, y hombre de gran generosidad y modales corteses. Lo que no conseguía por la fuerza lo

obtenía con palabras amables. En tiempos de paz era más propenso a ser guiado por otros que a mandar.

Cuando no estaba en campa tenía más el porte de un hombre de armas corriente que el de un general en jefe;

pero cuando entraba en acción, el mero soldado se convertía en comandante. Con el consejo de quienes

estaban por encima de él, estaba dispuesto a enfrentarse a cualquier cosa, pero nunca ordenaba ningún ataque

basándose en su propio juicio ni fiando precipitadamente en su coraje personal. El puesto que ocupaba en la

batalla era un punto seguro de concentración para sus tropas. Su ecuanimidad y firmeza en todas las

vicisitudes de la guerra eran notables, y nunca se dejaba llevar por la desesperación en la adversidad ni se

hinchaba con el éxito[3].

Strongbow estaba inquieto y malhumorado porque Enrique II no había confirmado su

título de conde de Pembroke y les había dado a otros tierras a las que Strongbow pensaba

que tenía derecho. Accedió a darle apoyo a Diarmuid en Irlanda y, a cambio, este le

prometió a su hija en matrimonio y la sucesión al reino de Leinster, por encima de los

derechos de sus propios hijos. A tal empresa se unieron hombres cuyos apellidos están

ahora entre los más comunes de Irlanda: Robert FitzStephen, primo hermano de

Strongbow, el hermanastro de FitzStephen, Maurice FitzGerald, y Richard Fitzgodebert

de Roche, líder de un grupo de mercenarios flamencos. De esta manera poco sistemática

empezó la invasión inglesa de Irlanda en el verano de 1167.

La gran empresa territorial de los normandos por toda Europa occidental que comenzó

en el siglo X fue en realidad una tremenda expansión de la capacidad danesa en un

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sistema de conquista feudal que con el tiempo se asimiló pero nunca se eliminó. Mientras

que Enrique dedicó la mayor parte de su vida a ocuparse de las fuerzas normandas,

inglesas y francesas dirigidas hacia el interior, el inglés Strongbow representó la última

ola hacia el exterior de la conquista migratoria normanda.

Diarmuid consiguió apoyo en el sur de Leinster y después esperó el momento oportuno

durante cerca de dos años, mientras apremiaba a sus aliados a que vinieran a intervenir en

su favor. El 23 de agosto se les unió el propio Strongbow, que desembarcó en Crook,

cerca de Waterford, con una enorme fuerza de doscientos caballeros y mil soldados. Junto

con Carew, dos días después Strongbow obtuvo un gran éxito al sitiar en un día

Waterford, deteniéndose en la catedral de la ciudad para casarse con la hija de Diarmuid

tal y como se había acordado tres años antes. En un mes, el 21 de septiembre, Diarmuid y

Strongbow habían tomado Dublín, y Leinster, la provincia más rica de Irlanda, estaba

completamente bajo su control.

Los invasores se consideraban ingleses, no normandos. La superioridad del armamento

de los ingleses desempeñó un papel importante en su éxito, pero también el valor personal

y la experiencia militar de sus jefes. Utilizaron con muy buen resultado el arco, arma que

245 años después habría de arrasar a la elite de la caballería francesa en el campo de

Agincourt. Los irlandeses, acostumbrados a luchar a pie, sin armadura, no tenían defensa

real contra las flechas y la caballería de los normandos.

De forma irónica, debido a su éxito, Strongbow ahora veía cómo toda su empresa se

encontraba en peligro. Enrique II, alarmado por el hecho de que su vasallo pudiera

conseguir el poder y la fuerza suficientes para suponer un desafío a su autoridad, ordenó a

Strongbow y a los otros aventureros que regresaran a sus tierras antes de la Semana Santa

de 1171 y, con objeto de evitar que les llegaran nuevos refuerzos, también impuso un

embargo sobre toda la navegación desde Inglaterra y Gales hasta Irlanda. Para todo el que

se negara a obedecer, el castigo era la confiscación de sus tierras en Inglaterra, Gales y

Francia. Strongbow y sus aliados intentaron que Enrique II cambiara de opinión

prometiendo que mantendrían las tierras recién ganadas en nombre del rey.

Sin embargo, mientras esperaban la respuesta de Enrique II, en mayo de 1171

Diarmuid MacMurrough murió y Strongbow tuvo que emprender una nueva campaña en

Leinster –sin esperanza de refuerzos, debido al embargo de Enrique II– para obligar a la

aceptación de su derecho al trono. Se vio sometido a tal presión por parte de Rory

O’Connor, quien lo sitió en Dublín durante el verano de 1171, que ofreció someterse a él,

«convertirse en su hombre y mantener Leinster». O’Connor solo accedió a que los

ingleses mantuvieran las ciudades de Dublín, Waterford y Wexford, términos que

Strongbow se negó a aceptar. Se salvó de la derrota solo gracias al valor y la experiencia

de uno de sus tenientes que, con un ataque sorpresa, aplastó al ejército de O’Connor y

levantó el sitio. En septiembre, Enrique II comunicó a Strongbow que después de todo

podría quedarse con sus nuevas tierras con la condición de que las mantuviera en nombre

del rey y de que se le cediesen Dublín, Waterford, Wexford y grandes extensiones de

tierra en Leinster. Enrique II, forzado por el éxito de Strongbow a intervenir en Irlanda,

descubrió que la conquista normanda de la isla ya había comenzado.

El 17 de octubre de 1171, el propio Enrique II desembarcó en Waterford con

quinientos caballeros y más de 3.500 arqueros y hombres de armas. Era un ejército

formidable, calculado para impresionar no solo a Strongbow, sino también a los nativos

irlandeses. Al día siguiente, Strongbow le rindió homenaje y la mayoría de los reyes y

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jefes de Leinster y Munster siguieron su ejemplo, mientras Enrique viajaba hacia Lismore

y luego hacia Cashel, donde organizó un sínodo que, además de tratar asuntos prácticos

de la Iglesia, también aseguraba el reconocimiento por parte de todos los obispos

irlandeses del señorío de Enrique sobre Irlanda. El sínodo también ayudó a que Enrique

hiciera las paces con el pontificado que, desde el asesinato de Thomas Becket, arzobispo

de Canterbury, en 1170, lo amenazaba con la excomunión. El papa Alejandro III, sucesor

de Adriano IV, como resultado del sínodo de Cashel, escribió a Enrique felicitándolo

personalmente, confiriéndole el título de «señor de Irlanda», felicitando a los obispos

irlandeses por aceptar a Enrique y felicitando a los líderes irlandeses que le habían jurado

lealtad. Era casi inevitable que en 1175, tres años después de que el propio Enrique

hubiera regresado a su reino, Rory O’Connor viajara a Inglaterra y, mediante el Tratado

de Windsor, jurara lealtad a Enrique.

Para 1250, menos de ochenta años después de que Strongbow de​sembarcara por

primera vez en Irlanda, tres cuartas partes del país se encontraban bajo el dominio

normando, quedando solamente las tierras rocosas de Connaught y el oeste del Úlster sin

penetrar. Una generación después de la conquista, la mayoría de los principales clérigos

de Irlanda era normanda y garantizaba los deseos del pontificado, decretados en el sínodo

de Cashel, de que «los oficios sagrados se celebrarán de acuerdo con la costumbre de la

Iglesia de Inglaterra». También aseguraban que la Iglesia en Irlanda sería leal a la Corona

británica. Esta lealtad de la Iglesia de Irlanda continuó incluso en los siglos posteriores a

la reforma. Tras la cual, los papas a menudo apoyaron a los monarcas protestantes

británicos porque reconocían, a medida que se extendía el Imperio británico, la utilidad de

tener influencia sobre los que dirigían el Imperio a través de los siempre leales irlandeses

católicos.

Los ingleses llevaron a Irlanda no solo una fuerte tradición militar, sino también una

estructura legal anglo-normanda diferente, el Derecho Consuetudinario, basado en la

propiedad personal de la tierra y no, como en el Derecho Brehon Irlandés, en la propiedad

conferida a un clan familiar. Para proteger sus tierras y hacer respetar sus leyes,

construyeron castillos, al principio con tierra y madera, pero al poco tiempo con piedra y

argamasa. El castillo de Dublín, que se convirtió en la sede del gobierno anglo-normando

en Irlanda, se empezó en 1204 en el lugar que ocupaba el viejo fuerte nórdico que

dominaba la ciudad desde la ribera sur del río Liffey. Se fundaron las ciudades

amuralladas de Galway, New Ross, Athenry y Drogheda, y otras se construyeron por toda

Irlanda.

Las fortificaciones en los edificios ingleses atestiguaban el propio carácter belicoso de

los ingleses tanto como el hecho de que eran claramente invasores rodeados de irlandeses

hostiles y resentidos.

Son dados a la traición más que cualquier otra nación, y nunca mantienen la palabra que han dado [...] De

modo que cuando habéis empleado la máxima precaución, cuando más vigilantes habéis sido por vuestra

propia seguridad y protección [...] entonces comienza el momento de temer; pues entonces es cuando

despierta especialmente su carácter traicionero, cuando, creyéndoos completamente seguros, os suponéis a

salvo. Ese es el momento en que ellos vuelan a su ciudadela de maldad [...] aprovechando la oportunidad de

pillaros desprevenidos[4].

Porqué los invadidos no trataron de librarse de los invasores por cualquier medio,

escapó a Giraldus. Era un brillante propagandista afanado en desacreditar el brillo rosado

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de las hazañas de sus parientes (Strongbow era un primo) mientras castigando a los

nativos irlandeses como inmorales e indisciplinados y, por tanto, ninguna amenaza real

para los valientes y vigilantes ingleses. Percepciones tales que han pervivido aún hoy.

Los ingleses nunca impusieron del todo el yugo de la obediencia en Irlanda, pero en

diversas ocasiones los legisladores anglo-irlandeses intentaron imponer leyes penales del

tipo que sugería Giraldus. El primer Parlamento irlandés se estableció en 1264, a

semejanza del modelo inglés, con representantes anglo-irlandeses procedentes de todas

las partes del país excepto de Connaught y el oeste del Úlster. Para el año 1300 también

estaban representados algunos condados y ciudades, pero con la excepción de breves

periodos en el siglo XVII, el Parlamento irlandés no representó a la totalidad de los

irlandeses nativos hasta 1922.

Una de las primeras leyes aprobadas por el Parlamento irlandés en el siglo XIII prohibía

que los anglo-irlandeses llevaran ropas gaélicas, debido a que esto suponía no poder

distinguir a los gobernantes de los gobernados. La relación que el Parlamento estableció

con la mayor parte de los irlandeses duró cinco siglos. Era un Parlamento de y para el

grupo dirigente en Irlanda y, a diferencia de Inglaterra, donde el Parlamento vino a

representar intereses cada vez más amplios, en Irlanda el Parlamento seguía en manos de

los intereses de unos pocos, siempre conscientes de su frágil posición. Nunca hubo los

suficientes anglo-irlandeses para liberarse de su dependencia de la desorganización

política de los reyes y jefes nativos entre los que vivían, aunque de cuando en cuando

desafiaran esta misma dependencia. En 1258 los líderes irlandeses nativos más

importantes se unieron apoyando a Brian O’Neill, el miembro considerado más

importante de la gran familia del Úlster, y lo declararon rey de Irlanda. Esta unidad no

duró mucho tiempo, pero en 1263 unos cuantos líderes irlandeses le pidieron al rey

Haakon IV de Noruega que los acaudillara contra los anglo-irlandeses.

Una de las amenazas más duras para la seguridad anglo-irlandesa llegó desde Escocia

en 1315, tras la derrota el año anterior del rey Eduardo II de Inglaterra a manos de Robert

Bruce en Bannockburn. La conquista de Irlanda era un paso natural en el sueño del rey

escocés de constituir un reino celta. Su hermano, Edward Bruce, desembarcó en Larne en

septiembre de 1315 y en un año consiguió controlar la mayor parte de Irlanda al norte de

Dublín. De haber sido Edward Bruce y sus tropas menos codiciosos, la invasión

probablemente hubiera recibido el apoyo masivo de los irlandeses y hubiera tenido éxito.

Pero en realidad los Bruce perdieron a sus primeros aliados irlandeses, y cuando en 1317

el papa Juan XXII apoyó a Eduardo II, excomulgando a los clérigos aliados de Bruce, el

respaldo de la invasión se rompió. Edward Bruce fue vencido y muerto en Dundalk al año

siguiente por un ejército anglo-irlandés enviado como refuerzo desde Inglaterra.

En los primeros doscientos años tras la conquista, los anglo-irlandeses siempre

pudieron recurrir en última instancia a Inglaterra en busca de apoyo. Pero cuando en 1337

empezó la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, los anglo-irlandeses no

tuvieron otra elección que aceptar y sacar el mayor partido posible de su posición

minoritaria. No fue demasiado difícil, ya que la voluntad de alcanzar acuerdos era uno de

sus atributos y porque la conquista también suponía algunos beneficios. Ofrecieron paz y

estabilidad a los que se sometieran a ellos, en contraste con la enemistad que había

caracterizado las relaciones entre reyes irlandeses nativos como MacMurrough y O’Brien.

En general, no intentaron desmembrar la sociedad gaélica, prefiriendo en su lugar alentar

a los irlandeses nativos a que continuaran como antes, con sus labores en la agricultura y

53


la ganadería. Solo fue desplazada la nobleza gaélica, y eso solo porque desafiaron a los

anglo-irlandeses por el poder. Los líderes gaélicos individuales que aceptaron la soberanía

anglo-irlandesa fueron tratados como iguales y los matrimonios mixtos eran muy

corrientes.

Con el paso de los años, sucesivas generaciones de anglo-irlandeses se gaelizaron cada

vez más, adoptando las leyes brehonas y las costumbres del país. Al igual que en siglos

anteriores con otros invasores, los gaélicos asimilaron también a los anglo-irlandeses.

Una medida del alcance de este proceso queda ilustrada en los Estatutos de Kilkenny,

promulgados por el gobierno en 1366, que decretaban que las dos razas, ingleses y

gaélicos, deberían permanecer separadas: el matrimonio entre ambas etnias se castigó con

la pena capital y a los anglo-irlandeses se les prohibió tocar el arpa irlandesa o hablar

gaélico. Los temores que subyacían a estos edictos estaban en gran medida justificados y

los mismos estatutos constituían una confesión de derrota.

El gobierno responsable de los estatutos solo era efectivo en una zona de Leinster,

alrededor de Dublín, que llegó a ser conocida como el The Pale inglés [La Empalizada].

La riqueza de la provincia y de la ciudad había atraído la atención de la mayoría de los

pobladores ingleses así como la de la Corona inglesa. Por ello, naturalmente se convirtió

en refugio para los inmigrantes ingleses y para la ley y costumbres inglesas. Los estatutos,

en vigor hasta 1613, formaban parte de un constante esfuerzo por evitar que el Pale inglés

fuera asimilado de la misma forma que los anglo-irlandeses. Como explicaban los

Estatutos de Kilkenny:

Mientras que durante la conquista de la tierra de Irlanda y durante mucho tiempo después, los ingleses de

dicha tierra usaban la lengua inglesa [...] Ahora muchos ingleses de dicha tierra, renunciando a la lengua, la

moda, la forma de cabalgar, las leyes y las costumbres inglesas, viven y se gobiernan a sí mismos de acuerdo

con las costumbres, la moda y la lengua de los enemigos irlandeses, y también han formado diversos

matrimonios y alianzas entre ellos mismos y los enemigos irlandeses.

Hacia finales del siglo XIV, los anglo-irlandeses se habían hecho más irlandeses que

ingleses y muchos de ellos contribuyeron al renacimiento de la literatura y cultura

gaélicas que tuvo lugar durante el periodo de 1200 a 1400. Gerald FitzMaurice, tercer

conde de Desmond, que desde 1367 a 1369 sirvió como justiciar (lugarteniente del rey)

de Irlanda, fue conocido por sus contemporáneos como «Gerald el Poeta», por sus

composiciones gaélicas (se le atribuye ser el creador de la poesía de amor gaélica) y,

como se declaraba posteriormente en los Anales de los Cuatro Maestros, «aventajaba a

todos los ingleses y a la mayoría de los irlandeses en el conocimiento de la lengua, la

poesía y la historia irlandesas». Caciques gaélicos insurgentes, a menudo con el apoyo de

familias inglesas gaelizadas, controlaron cada vez más tierra. En 1376, Art MacMurrough

consiguió restablecer un reino gaélico propio en Leinster.

El coste de defender el Pale y de sobornar a los jefes y caudillos vecinos, como

MacMurrough, empezó a afectar seriamente al erario real. Durante una tregua en la

Guerra de los Cien Años, el rey Ricardo II viajó a Irlanda en 1394, para reafirmar la

autoridad real con un gran ejército. Fue el primer rey inglés en poner el pie en Irlanda

desde que lo hiciera Enrique II en 1171-1172. MacMurrough se sometió a él, pero se

sublevó inmediatamente después de la partida de Ricardo, mató en batalla a Roger

Mortimer, el heredero del rey, ya que este no tenía hijos. Ricardo volvió a Irlanda en 1399

para someter a MacMurrough, pero al ver amenazada su propia Corona en Inglaterra por

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Henry Bolingbroke, duque de Lancaster, regresó allí, donde le esperaba el destronamiento

y la muerte en la Torre de Londres. Durante los cien años siguientes, el dominio inglés en

Irlanda se limitó en la práctica a la zona del Pale.

Inglaterra nunca completó la conquista. Los invasores simplemente se convirtieron en

un grupo de jefes guerreros conforme a las prácticas y costumbres vigentes en su entorno.

Y desde el comienzo los irlandeses los vieron no como conquistadores, sino como un

grupo más codicioso de riqueza y poder. Giraldus Cambrensis, escribiendo en la época de

la invasión original, citó a uno de los invasores, Maurice Fitzgerald, lamentando que sus

parientes en Irlanda fueran considerados con sentimientos mixtos por Enrique II:

¿Qué buscamos, entonces? ¿Es socorro de nuestro propio país lo que esperamos? No, tal es nuestra suerte,

que lo que los irlandeses son para los ingleses nosotros también, siendo ahora considerados irlandeses,

seamos lo mismo. Una isla no nos detesta más que la otra[5].

Con el tiempo, la escasa cantidad de invasores produjo una psicología defensiva para

explicarse su situación a sí mismos y a Inglaterra. La imagen de los irlandeses como

racial y culturalmente primitivos (a pesar de la asimilación que en realidad tuvo lugar) fue

un resultado particular que dio lugar a una propaganda vigente durante 800 años.

[1] Laoise T. Moore, Brian McEvoy, Eleanor Cape, Katharine Simms, Daniel G. Bradley, «A Y-Chromosome

Signature of Hegemony in Gaelic Ireland», en American Journal of Human Genetics (febrero de 2006).

[2] Giraldus Cambrensis, The Conquest of Ireland, Londres, 1894, pp. 196-197.

[3] Ibid., p. 226.

[4] Giraldus Cambrensis, The Topography of Ireland, Londres, 1894, p. 135.

[5] Giraldus Cambrensis, The Conquest of Ireland, Londres, 1894, p. 123.

55


2

Ascendencia

Al igual que los anglo-irlandeses, desde el siglo XIV al XVII, la Iglesia fue gradualmente

apartada de la influencia y control ingleses. Las órdenes religiosas –cisterciences,

dominicos, franciscanos y agustinos– que llegaron con la invasión normanda, habían

desempeñado un papel fundamental en la reforma de la Iglesia irlandesa, contribuyendo a

la implantación del pago de diezmos y al establecimiento de un episcopado diocesano y

un sistema parroquial. Sin embargo, ya a principios del siglo XIII, la disciplina y las

prácticas de la Iglesia irlandesa habían degenerado, y además la aceptación de la

autoridad papal por parte del Sínodo de Kells había relacionado a la Iglesia irlandesa con

Roma en el periodo más sórdido de la historia del papado. En el año 1221 un monje

francés que visitaba el país señaló: «En las abadías de este país la severidad de la

disciplina y el orden cistercienses apenas se observa en otra cosa que no sea en el uso del

hábito».

El clero irlandés era conocido por el carácter hereditario de su ejercicio. En 1250 el

obispo de Ossory se quejó al papa sobre la sucesión hereditaria en las iglesias de su

diócesis. Los decretos del primado de Armagh (siempre procedente del Pale, extranjero o

inglés) y de los diferentes sínodos provinciales en el siglo XV tuvieron pocos efectos. Una

visita al deanato rural de Tullaghoge, condado de Tyrone, celebrada en el año 1546,

calificó a parte del clero de «practicante del concubinato». El obispo Turlough O’Brien de

Killaloe (1483-1526) tenía un hijo, Mahon, que llegó a ser obispo de Kilmacduagh (1503-

1532), y se casó con una prima. Su hijo, Turlough, también se convirtió en obispo de

Killaloe (1556-1569), al igual que su abuelo y, como su padre, también se casó con una

prima, la hija del primer conde de Thomond.

Las costumbres gaélicas predominaron entre la población laica. El divorcio, el

matrimonio civil, la adopción y la propiedad común siguieron estando muy extendidos

entre los nativos irlandeses e igualmente entre los anglo-irlandeses fuera del Pale. Entre

los laicos, la escena estaba dominada por dos grandes familias anglo-irlandesas

(conocidas a partir del siglo XIV como «ingleses viejos»): los Butler en su condado de

Ormond, quienes siguieron siendo mayoritariamente leales a la Corona, y los FitzGerald

en sus condados de Desmond y Kildare, que llegaron a resistirse a la Corona y al

gobierno a menos que se tratase del suyo propio. Llevaban sus asuntos de la misma

manera que los jefes irlandeses a su alrededor, siguiendo las Leyes de Brehon y acuerdos

privados, con poca relación con cualquier autoridad exterior. Al igual que con los O’Neill

y los O’Donnell del Úlster, que recuperaron la supremacía en sus zonas, esta situación no

sufrió cambios hasta la reforma. Todos construyeron torreones fortificados: las ruinas de

más de dos mil todavía se pueden encontrar por toda Irlanda. Durante el mismo periodo,

en Inglaterra, las mansiones con ventanas estaban a la orden del día, lo que refleja el

contraste entre las condiciones políticas y sociales de los dos países.

La confusión del periodo en Irlanda afectaba inevitablemente a Inglaterra. En

septiembre de 1447, el rey Enrique VI nombró a Richard, duque de York, como su

representante en Irlanda, en un intento de desviar las ambiciones del duque sobre la

Corona. Richard demostró ser un político de gran habilidad. Al desembarcar en Nowth,

cerca de Dublín, con un gran ejército, reconoció su ascendencia normanda e irlandesa,

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incluido Brian Boru, y dejó claro su deseo de asegurarse el apoyo de todos los irlandeses

en su futura lucha por el trono. En consecuencia, ascendió y favoreció a aquellos que –

independientemente de su ascendencia– se sometiesen a él. Como indicó un observador

contemporáneo, «antes de que pasen doce meses, los irlandeses más indómitos de Irlanda

prestarán su juramento como ingleses». Su hijo, Jorge, que posteriormente sería duque de

Clarence, nacido en Dublín tres meses después de la llegada de Richard, fue bautizado en

la capital. Este hecho fue celebrado por el pueblo llano de Dublín, y a partir de entonces

la rosa blanca de York siempre consiguió el apoyo irlandés. En 1487 el impostor Lambert

Simnel fue coronado rey de Inglaterra en Dublín, en la creencia de que se trataba del hijo

de Jorge.

Cuando Richard regresó a Inglaterra en septiembre de 1450, dejó atrás un país

ampliamente unido en su lealtad hacia él. Cuando fue obligado a huir a Irlanda tras su

derrota en la batalla de Ludlow, la segunda batalla más importante de la Guerra de las

Rosas, sus seguidores controlaban el país, y el Parlamento irlandés no solo ordenó el

arresto y la ejecución de un mensajero real que llegó con órdenes en contra de Richard,

sino que incluso llegó a hacer la primera declaración clara sobre la independencia de

Irlanda. Se trataba de un Parlamento anglo-irlandés, no gaélico, pero sin embargo

reflejaba una sensibilidad irlandesa:

La tierra de Irlanda está, y siempre ha estado, unida por las antiguas leyes y costumbres usadas en ella,

libre de la carga de toda ley especial del reino de Inglaterra, excepto aquellas leyes que los lores espirituales y

temporales y los comunes de dicha tierra hayan admitido, aceptado, consentido y proclamado en gran consejo

o en parlamento celebrado allí.

Se consideraba que lo único que unía a Irlanda con Inglaterra era la línea personal del

trono, ya que el Parlamento irlandés reclamaba su soberanía en Irlanda. Richard abandonó

Irlanda en 1460, para morir en la batalla de Wakefield. En marzo del siguiente año, la

causa de York triunfó y el hijo mayor de Richard se convirtió en el rey Eduardo IV de

Inglaterra.

La lealtad a la casa de York continuó después de que el primer Tudor, Enrique VII, se

convirtiese en rey en 1485. El justicia mayor, Garret More FitzGerald, octavo conde de

Kildare, dio su apoyo a las reivindicaciones por parte de Lambert Simnel y

posteriormente en 1491 de Perkin Warbeck de ser los pretendientes de la casa de York al

trono. FitzGerald, rey de Irlanda a todos los efectos menos en cuanto al título, luchó

denodadamente en favor de la libertad anglo-irlandesa. La desidia inglesa durante

generaciones había obligado a los anglo-irlandeses a ser autosuficientes y a

comprometerse con la Irlanda gaélica en multitud de formas. Nunca llegaron a asimilar

completamente la cultura gaélica, pero hacia finales del siglo XV, los irlandeses de origen

normando podían contar con un apoyo general siempre que desafiaban al dominio inglés,

creando gradualmente una identidad común lo suficientemente fuerte como para que la

Corona fuese consciente de la necesidad de someter y finalmente recolonizar el país.

LOS TUDOR

Enrique VII dio los primeros pasos para restablecer la autoridad de la Corona inglesa

en Irlanda fuera del Pale. En 1494 nombró a sir Edward Poynings representante suyo en

Irlanda para lograr en el país «una obediencia total y perfecta». Poynings era totalmente

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leal a su rey, igualmente era un soldado y administrador capaz (FitzGerald escribió a un

jefe gaélico del norte que Poynings «es mejor hombre que yo mismo») y rápidamente

emprendió la tarea de reducir el poder de los anglo-irlandeses. Convocó un Parlamento de

hombres escogidos en Drogheda que a principios de 1495 aprobó la «Ley Poynings».

Esta ley, que permaneció en vigor hasta que fue derogada en 1782, proclamaba que un

Parlamento irlandés solamente podría reunirse con el permiso del rey, y solamente podría

aprobar leyes aprobadas previamente por el rey y su Consejo inglés. El primer propósito

de Poynings era impedir que otro Simnel o Warbeck se asegurase la bendición de un

Parlamento irlandés, o de que otro pretendiente más adecuado encontrase en Irlanda la

protección y el apoyo que Richard de York había encontrado en 1459.

Sin embargo, la precaria situación de la hacienda real comenzó a influir en el apoyo de

Enrique VII a la administración irlandesa de Poynings. Cuando FiztGerald juró al rey

Enrique que no apoyaría ninguna amenaza contra la dinastía Tudor, este decidió que

«puesto que toda Irlanda no puede dirigir a este hombre, este hombre debe dirigir toda

Irlanda», y en 1496 FitzGerald sucedió a Poynings como representante real. Durante los

38 años siguientes, los FitzGerald («Geraldines») gobernaron Irlanda con el acuerdo

tácito de que mientras no existiese una amenaza irlandesa contra la Corona inglesa y

mientras los gastos del gobierno irlandés fueran sufragados por medios irlandeses, los

reyes de Inglaterra estaban dispuestos a dejar al país en paz. Si los sucesores Tudor de

Enrique VII hubiesen seguido esta política, incluso la Ley Poynings, aplicada por

hombres como FitzGerald, habría asegurado un cierto nivel de libertad a Irlanda y una

aceptación de las pretensiones inglesas sobre el señorío irlandés que habrían evitado la

lucha y el dolor de los siguientes 400 años.

Por el contrario, Enrique VIII y su canciller, el cardenal Wolsey, consideraban Irlanda

como un recurso sin explotar. Al no aceptar la experiencia previa de que el país suponía

siempre un coste neto para la hacienda (16.000 libras en 1520) en todas las ocasiones en

que la Corona intentaba activamente dirigir el gobierno allí, veía a Irlanda repleta de

«deterioradas rentas reales y de tierras malversadas». El conde de Surrey, nombrado

gobernador en 1519, fue retirado dos años más tarde al informar que necesitaría un

ejército de más de 5.000 hombres con munición, fortificaciones y pertrechos para poner a

Irlanda firmemente bajo control real. El Consejo de Irlanda, dominado por los residentes

del Pale (el pequeño grupo de nobles que gobernaban Irlanda en consulta con el

gobernador), enviaba informes regulares al rey describiendo las actividades de los

Geraldines en términos de amenaza, y advirtiendo que el Pale estaba reduciéndose

rápidamente.

En 1534, el hijo mayor del conde de Kildare, Thomas FitzGerald el Sedoso, lord

Offaly, se rebeló contra el rey, pidiendo ayuda al pontífice Pablo III justo en el momento

en que Enrique VIII había roto con la Iglesia. Un ejército real derrotó rápidamente a

Thomas que, junto con cinco de sus tíos, fue ejecutado en Tyburn en 1537. Pero mientras

que Thomas el Sedoso pretendía solamente obtener ventajas del cisma con objetivos

políticos inmediatos, con su apelación a una potencia extranjera y al papa estableció lo

que se ha convertido en el modelo tradicional del nacionalismo irlandés. Las dificultades

de Inglaterra fueron consideradas a partir de aquí como oportunidades para Irlanda; los

enemigos de Inglaterra iban a ser los amigos de Irlanda. Y mientras que el catolicismo era

ciertamente un denominador común entre Irlanda y muchos de los enemigos de

Inglaterra, los irlandeses siempre estuvieron motivados por el interés nacional, no por el

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eligioso. Conviene recordar en este sentido que en 1919 los nacionalistas irlandeses

mandaron un delegado al nuevo gobierno de Rusia, declaradamente anticatólico, para

pedir «el reconocimiento amistoso de Irlanda como estado hermano», simplemente

porque Gran Bretaña apoyaba a los opositores de ese gobierno.

La ruptura de Enrique VIII con Roma marcó el principio de este elemento internacional

dentro del nacionalismo irlandés. Igualmente, la institución de la Iglesia anglicana iba a

ser, tras la conquista anglo-normanda, el acontecimiento, por sí solo, más revolucionario

de las relaciones anglo-irlandesas. Hacia finales del siglo XVI, Irlanda era una fuente

continua de inquietud para el gobierno inglés, ya que los enemigos europeos católicos de

Inglaterra demostraron, una y otra vez, su deseo de avivar con el combustible del

antagonismo religioso las llamas del nacionalismo irlandés. La situación de Irlanda tanto

en relación con el territorio de Gran Bretaña como con los enlaces marítimos con su

creciente imperio, significaba que aunque Inglaterra no pudiese explotar completamente

las riquezas de Irlanda, no se podía pasar por alto su importancia estratégica. En 1579, el

papa Gregorio XIII y Felipe II de España lanzaron una expedición, anunciada como

cruzada, que desembarcó en Dingle, condado de Kerry. El año siguiente una fuerza papal

desembarcó en Smerwick, también en el condado de Kerry. En 1601, más de 3.000

españoles desembarcaron en Kinsale, condado de Cork, para apoyar un levantamiento

irlandés. En 1690, el rey Luis XIV de Francia envió un ejército de 7.000 hombres a Cork,

que posteriormente luchó a favor de Jacobo II en la batalla del Boyne. En 1798 más de

cuatro mil soldados franceses desembarcaron en Irlanda para apoyar otro levantamiento.

Incluso durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los temores principales del

Almirantazgo británico era que los submarinos alemanes pudiesen encontrar refugio en

Irlanda.

Otra consecuencia de la reforma de Enrique VIII fue que la continuación del

catolicismo en Irlanda añadió otro elemento a la lengua, la cultura, la geografía y la

tradición que ya la separaban de Inglaterra. No obstante, esto no fue así inmediatamente.

Al principio, la reforma tuvo tanta aceptación en Irlanda como en Inglaterra. Aunque el

Acta de Supremacía que en 1534 declaró a Enrique VIII cabeza suprema de la Iglesia de

Inglaterra no se extendió hasta Irlanda, tres años más tarde, en diciembre de 1537, tras

cierta oposición, el Parlamento irlandés aprobó su propia ley declarando a Enrique VIII

«Cabeza suprema única en la Tierra de toda la Iglesia de Irlanda».

Los buenos momentos del cristianismo en Irlanda hacía tiempo que habían finalizado.

La Iglesia en Irlanda se mantuvo viva gracias principalmente a los esfuerzos de los

frailes, ya que la jerarquía episcopal estaba más preocupada por acumular riqueza y por la

política del gobierno Tudor que por evangelizar. En 1515 un observador indicaba que «no

hay arzobispo, obispo, abad, o prior, sacerdote o vicario, o cualquier otro miembro de la

Iglesia, alto o bajo, grande o pequeño, inglés o irlandés, que tenga por costumbre predicar

la palabra del Señor, excepto los pobres frailes mendicantes». Ya en 1517 las grandes

catedrales de Clonmacnois y Ardagh se encontraban en ruinas. Cuando en 1536 Enrique

VIII nombró arzobispo de Dublín a George Browne, el agustino inglés que había oficiado

la ceremonia de matrimonio entre él y Ana Bolena, los obispos irlandeses lo recibieron

con agrado. Igualmente aceptaron sin apenas resistencia las pretensiones de supremacía

religiosa propuestas por Enrique VIII.

Cuando se suprimieron los monasterios en Irlanda, al igual que en Inglaterra, los

obispos, nobles y jefes irlandeses se mostraron tan complacientes como sus homólogos

59


ingleses a la hora de su expolio. Más de 400 monasterios y abadías irlandeses fueron

vendidos a laicos durante los reinados de Enrique VIII y de su hija Isabel I. Por ejemplo,

en 1575, el jefe irlandés del Úlster, Turlough Luineach O’Neill, insistió personalmente en

garantizar su derecho a «todas las tierras de los monasterios, abadías y otros edificios

espirituales» dentro de las tierras que la Corona le había concedido. Y en Irlanda, al

contrario que en Inglaterra, no existió una resistencia popular a la reforma: no hubo

ningún Peregrinaje de la Gracia, ni mártires, ni Tomás Moro. Cuando en 1541 el

Parlamento irlandés aprobó la ley que declaraba a Enrique VIII rey de Irlanda, no hubo

ninguna oposición. Desde esos días hasta la actualidad, los monarcas ingleses iban a

reclamar su título irlandés como un derecho respaldado por el Parlamento y no, como

había ocurrido antes con la pretensión al «Señorío de Irlanda», derivado del otorgamiento

papal a Enrique II 400 años antes.

El Parlamento de la reforma irlandesa no representaba a más de nueve condados y de

veinte a treinta distritos y por tanto solamente al grupo anglo-irlandés dominante. En

1515 Enrique VIII ordenó una investigación sobre la situación de la administración, «El

Estado de Irlanda y los planes para su reforma», que describía la naturaleza del país y la

dificultad de gobernar fuera del Pale:

Y en primer lugar hacer que Su Gracia comprenda que puede que haya más de sesenta países, llamados

regiones en Irlanda, habitados por los enemigos irlandeses del Rey; algunas regiones tan extensas como un

condado, algunas más, otras menos; algunas tan extensas como medio condado y algunas un poco menos;

donde reinan más de sesenta jefes y donde algunos se hacen llamar reyes, algunos príncipes, algunos duques,

algunos archiduques, que viven solamente bajo la ley de la espada y no obedecen a más persona temporal

sino a sí mismos que se hacen fuertes, y cada uno de estos mencionados capitanes hace la guerra y la paz por

sí mismo [...] Igualmente existen treinta grandes capitanes del pueblo inglés que siguen el mismo orden

irlandés [...] y cada uno de ellos hace la guerra y la paz por sí mismo sin permiso del rey.

En 1541, el rey tomó medidas para rectificar esta situación y para extender su autoridad

garantizándose la promulgación de leyes de cesión y reotorgamiento por parte del

Parlamento irlandés. Como resultado, se consideraba que todas las tierras de Irlanda

pertenecían al rey, que a su vez las «reotorgaría» a aquellos que le fuesen leales. Esto

supuso el golpe final para las costumbres gaélicas de la Ley de Brehon y de la propiedad

común. A cambio de la cesión de sus tierras al rey y del juramento de vasallaje, las tierras

serían reotorgadas a los jefes irlandeses personalmente. El jefe de los O’Neill del Úlster,

Con, se sometió sobre esta base en diciembre de 1514, tomando el título de conde de

Tyrone, y su hijo mayor fue reconocido como sucesor en lugar de su otro hijo, Shane, o

de sus sobrinos, quienes tenían pretensiones gaélicas ciñéndose a la tradición sucesoria.

Como resultado de la Ley de Cesión y Reotorgamiento, el nieto de Con, Hugh, iba a

encontrarse que, después de una rebelión fallida, su derecho a las tierras y a su autoridad

dentro de ellas se hallaba a disposición de la Corona.

Con Eduardo VI (reinó de 1547 a 1553) y María Tudor (de 1553 a 1558), el hijo e hija

de Enrique VIII, se amplió la zona en la que existía un dominio real efectivo. En una serie

de campañas militares, lanzadas desde el Pale contra los jefes de Leix y Offaly, quienes

se opusieron a la legislación de Cesión y Reotorgamiento, los ejércitos reales procedieron

al establecimiento de los primeros fuertes modernos en Maryborough (en la actualidad

Portlaoise), condado de Leix, y Philipstown (en la actualidad Daingean), condado de

Offaly, que iban a convertirse en trampolines de una nueva política Tudor: la plantación o

60


colonización.

PLANTACIÓN

En 1521, el gobernador, el conde de Surrey, sugirió por primera vez la colonización

como medio de someter a Irlanda sustituyendo a los irlandeses no leales por colonos

inmigrantes ingleses leales. En junio de 1550, a mediados del reinado de Eduardo VI, el

consejo privado inglés decidió que «Leix y Offaly, anteriormente territorio de los

O’Connor y los O’Moore, deberían ser arrendados a los súbditos reales por una renta

adecuada, con la intención tanto de que sean habitados como de que supongan mayor

poder para Su Majestad el Rey». Sin embargo, los primeros colonos se encontraron con

que aquellos a los que intentaban dejar sin tierra podían oponerse, y el gobierno decidió,

ante una resistencia real persistente, que se necesitaba una presencia militar demasiado

importante para mantener la colonización, y el primero de los intentos fracasó. La primera

plantación real tuvo lugar con la devota reina católica María Tudor (1516-1658).

Cuando María accedió al trono en 1553, el protestantismo ya se encontraba en una

situación decadente en Irlanda. Se debía en parte al reducido número de ciudades y a la

falta de una clase media numerosa y fuerte, que en otros lugares de Europa proporcionó la

congregación fundadora del protestantismo. También se debió a la insensibilidad y a la

falta de perspicacia Tudor al atacar a la sociedad gaélica, mientras que simultáneamente

intentaban llevar a cabo una revolución religiosa y gubernamental. En 1536, el

Parlamento de la reforma irlandesa había aprobado igualmente una ley para apoyar «el

orden, las costumbres y la lengua ingleses», reafirmando de manera esencial los Estatutos

de Kil​kenny de 1366. Se prohibió la lengua y la forma de vestir gaélicas: ropa teñida de

color azafrán, bigote, pelo con largos mechones. También fueron prohibidos los poetas

gaélicos y brehones y los arpistas. El matrimonio entre nativos irlandeses e ingleses fue

prohibido de nuevo y era considerado como traición en ciertas circunstancias. En 1549 se

prohibió la celebración de la misa. Se impuso el Libro de oración común, escrito en

inglés por el arzobispo protestante de Canterbury, Thomas Cranmer, a la Iglesia de

Irlanda, que estaba formada por miembros que en su inmensa mayoría no hablaban más

que gaélico.

Los irlandeses se encontraron con que a la opinión inglesa que los consideraba como

raza inferior, había que añadir el nuevo método de represión a través de la religión

descubierto por el gobierno británico. No se trataba de la existencia de un deseo especial

irlandés de seguir siendo católicos, sin embargo sí existía el deseo de mantener los ritos

cristianos que, en la práctica, les negaba la prohibición de celebrar misa y de hablar

gaélico. No se produjo una alegría especial cuando María Tudor, la reina católica, accedió

al trono. Dowdall, el arzobispo católico de Armagh nombrado por María, instaba a la

política de plantación, y escribió a la Reina que la solución al problema de los rebeldes

irlandeses –su propio pueblo– era expulsarlos o matarlos, colonizando sus tierras con

ingleses. En su pugna por el poder, el gobierno Tudor no se dejaba llevar por distinciones

religiosas. Las plantaciones llevadas a cabo por María Tudor, que también se realizaron

en Leix y Offaly –rebautizados como Condado del Rey y Condado de la Reina–, estaban

dirigidas de forma militar y tenían naturaleza militar, y los colonos no tenían duda de que

su presencia en Irlanda estaba diseñada para garantizar la autoridad real y para defenderla

con las armas siempre que se les pidiera hacerlo.

61


Sin embargo, aunque el gobierno Tudor era despiadado a la hora de imponer sus

exigencias, también mostraba un lado conciliador por motivos políticos fundados. En

1520 Enrique VIII envió un despacho a su representante, Surrey, que indicaba una visión

del gobierno irlandés que, a pesar de algunas interrupciones, iba a constituir la base de la

administración inglesa británica desde ese momento:

El rey espera la devolución de las tierras que haya perdido injustamente, no desea oponerse a la injusticia

con otra injusticia [...] Al igual que nosotros, aun siendo su señor y príncipe soberano y aunque por nuestro

poder absoluto estemos por encima de la ley, de ningún modo tomaremos nada que sea suyo y que les

pertenezca por derecho, por tanto es congruente que ellos estén obligados tanto por fidelidad a la ley como

por vasallaje a devolvernos lo que es nuestro.

Lo que los sucesivos gobiernos ingleses nunca entendieron bien fue que, para los

irlandeses, aceptar el juego limpio de los ingleses, por muy limpio que fuera, significaba

aceptar las reivindicaciones inglesas y la presunción de los derechos británicos sobre

Irlanda.

Una medida de conciliación acertada fue la creación por parte de la reina Isabel I, en

1592, de la primera universidad de Irlanda en Dublín, de la que solamente se llegó a

fundar un colegio, el Trinity College. La decisión de fundar el Trinity College formaba

parte de un intento de contrarrestar la creciente tendencia de los jóvenes irlandeses a

viajar a las universidades de los países europeos hostiles a Inglaterra. Durante sus

primeros treinta años de existencia, la universidad, aunque protestante, podía aceptar

libremente a católicos y enseñar lengua y literatura irlandesas, y durante toda su

existencia el colegio nunca prohibió a los católicos per se.

Sin embargo, el lado despiadado del gobierno Tudor dejó una memoria mucho más

viva. Desde 1566 hasta 1583, los FitzGerald de Munster, condes de Desmond,

mantuvieron una guerra de guerrillas más o menos constante contra el gobierno y sus

agentes. Recibieron ayuda de España y, en 1580, del papa Gregorio XIII. La ley marcial y

la coacción fueron las características del régimen en Munster durante este periodo. Uno

de los jefes militares ingleses, sir Walter Raleigh, pasó a cuchillo a todos los miembros de

una fuerza invasora española (se trataba de italianos al servicio de España) en 1580. Su

hermanastro, sir Humphrey Gilbert, lo describió claramente como «pasar a cuchillo a todo

hombre, mujer o niño». Sir William Pelham, justicia mayor de Irlanda, explicaba sus

tácticas a la reina en 1579: «Les quito sus cosechas, y les he retirado grandes cantidades

de ganado, por lo que parece que los pobres [...] se ofrecen con sus esposas e hijos a morir

a manos del ejército antes que a sufrir el hambre que en la actualidad ha empezado a

atenazarles en extremo». El poeta Edmund Spenser, autor de The Faerie Queen [La reina

de las hadas], que había llegado a Irlanda como secretario del gobernador en 1580,

describió Munster después de que la rebelión hubiera acabado con la captura y la

ejecución del XIV conde de Desmond en 1583:

De cada rincón de los bosques y colinas venían gateando, pues sus piernas no podían mantenerlos. Parecían

anatomías de la muerte; hablaban como fantasmas que gritaban desde sus tumbas; y comían carroña felices si

la encontraban, sí, uno tras otro en poco tiempo, al igual que los cuerpos que se salvaban de ser arrastrados

fuera de sus tumbas. Y si encontraban un campo de berros o de tréboles se congregaban allí como si de un

festín se tratara[1].

Después de la rebelión de Desmond, en 1584 la Corona confiscó doscientas mil

62


hectáreas de las tierras de FitzGerald en Munster y fueron concedidas a nuevos

arrendatarios. Esto supuso una nueva vuelta de tuerca en los planes de plantación.

Mientras que anteriormente se esperaba que los colonos ingleses controlaran a los

arrendatarios nativos irlandeses, los nuevos titulares estuvieron de acuerdo en repoblar

sus tierras con pobladores ingleses, expulsando a los nativos. A Raleigh se le concedieron

16.000 hectáreas; a Spenser 1.700. Sin embargo, la plantación solo tuvo un éxito parcial:

tenía que afrontar el eterno problema de atraer a colonos en número suficiente como para

defenderse de los irlandeses a su alrededor, vengativos y enfurecidos por haber sido

desposeídos de sus tierras. En 1591, cuando los MacMahon de Monaghan fueron

acusados de traición y sus tierras confiscadas, Isabel I rechazó el establecimiento de una

nueva plantación en favor del reparto de las tierras de MacMahon entre sus vecinos.

La rebelión más importante desde la conquista anglo-normanda se generó directamente

contra el empeño de Isabel I en establecer el gobierno Tudor en la totalidad del país.

Hugh O’Neill, jefe de la familia del Úlster, había crecido en la corte de Isabel I y resultó

un rebelde inesperado. Había servido en los ejércitos que sofocaron la rebelión de

Desmond. En 1582 su lealtad fue recompensada con el título de conde de Tyrone y la

concesión de las tierras de O’Neill. Después, en 1588 ayudó a los supervivientes de la

Armada Invencible que naufragó en la costa del Úlster y en 1591 organizó la fuga de Red

Hugh O’Donnell y de sus primos, Henry y Art O’Neill, del castillo de Dublín en donde

estaban retenidos como rehenes para garantizar el buen comportamiento de los O’Donnell

y los O’Neill en el Úlster. En 1593, Red Hugh organizó una confederación de jefes

irlandeses sublevados y, al igual que los FitzGerald en Munster algunos años antes,

buscaron ayuda exterior con una petición religiosa a las fuerzas de la Contrarreforma. En

1595, Hugh O’Neill se unió a O’Donnell y se declaró en rebelión, adoptando el papel de

campeón de «la religión católica de Cristo» y llamando a un levantamiento nacional. Este

fue un momento decisivo en la historia irlandesa: por primera vez desde que Rory

O’Connor intentase expulsar a los normandos, O’Neill había avivado las ascuas de una

resistencia irlandesa nacional. Además, la petición y la esperanza de obtener apoyo

exterior por motivos religiosos, demostró que una Irlanda católica podía contar con

aliados poderosos y que las relaciones anglo-irlandesas no volverían a ser una cuestión

meramente bilateral.

La rebelión de O’Neill estuvo marcada por un éxito temprano. En 1598 en la batalla de

Yellow Ford, en el río Blackwater, cerca de Armagh, emboscó y derrotó a una fuerza

gubernamental de más de cuatro mil hombres, matando a más de la mitad incluido su

comandante. Comenzó a ser conocido como «Príncipe de Irlanda», en recuerdo de las

antiguas pretensiones de su familia al trono supremo gaélico. En el invierno de 1599-1600

realizó lo que resultó ser un avance real a través de Munster. Para luchar contra él, Isabel

I nombró gobernador a Charles Blount, lord Mountjoy, quien llegó a Irlanda en febrero de

1600, e inmediatamente se propuso derrotar a O’Neill rodeando el Úlster de fuertes y

utilizando el hambre «como el principal instrumento para reducir a este reino». O’Neill

pidió ayuda a España, acentuando el aspecto religioso de su lucha con la petición al papa

de que este reconociera su guerra como cruzada católica.

En septiembre de 1601, unos 3.500 españoles desembarcaron sin resistencia en

Kinsale, condado de Cork. En noviembre, O’Neill y O’Donnell marcharon hacia el sur

para encontrarse con ellos, y el día de Navidad el ejército irlandés se enfrentó con

Mountjoy cuando este sitiaba al ejército español en Kinsale. O’Neill fue derrotado en

63


horas; se trató de una derrota crucial que marcó el final de la guerra y el principio del fin

de la Irlanda gaélica. Red Hugh se marchó a España para buscar más apoyo, pero murió

allí en septiembre de 1602, probablemente envenenado por un agente irlandés de

Mountjoy. Hugh O’Neill volvió al Úlster, sometiéndose finalmente a Mountjoy el 23 de

marzo de 1603, un día antes de la muerte de Isabel I. El Úlster, la última provincia sin

conquistar de Irlanda, cayó abiertamente bajo el dominio inglés, y a su muerte Isabel I fue

el primer monarca inglés que pudo atribuirse con propiedad el control de la mayor parte

del segundo reino de la Corona.

Sin embargo, el legado de las guerras irlandesas de Isabel I fue duradero y amargo para

ambos bandos. Después de su sometimiento, O’Neill viajó a Londres, donde fue recibido

por el nuevo rey estuardo escocés, Jacobo I. Sir John Harington, comandante inglés que

había luchado contra O’Neill durante años, habló en nombre de muchos después de ver la

recepción dada a O’Neill: «Cuánto luché para lograr destruir a ese bellaco. Corrí peligros

por mar y tierra, casi morí de hambre, comí carne de caballo en Munster, y todo para

dominar a ese hombre que ahora sonríe en paz con los que arriesgaron sus vidas para

destruirlo». Durante algún tiempo el rey y el gobernador Mountjoy siguieron una política

liberal en Irlanda y con respecto a O’Neill, llegando incluso a tolerar el catolicismo. Pero,

en 1605, con los temores ante un golpe católico inspirado por Guy Fawkes y su fallida

conspiración para volar el Parlamento, la presión interior sobre Jacobo I para que

demostrara que él no era un católico encubierto le obligó a adoptar una línea más dura. La

tolerancia religiosa llegó a su fin y un nuevo representante, sir Arthur Chichester, se valió

de la Ley de Cesión y Reotorgamiento para reducir poco a poco las tierras de O’Neill y

O’Donnell. O’Neill estaba a punto de defender su caso en Londres cuando el hermano

menor de Red Hugh, Rory O’Donnell, conde de Tyrconnell, se adelantó a la intención de

O’Neill al planear una huida secreta a Francia. O’Neill se dio cuenta de que Chichester y

el gobierno creerían que se trataba de otra conspiración para preparar la guerra y lo

involucrarían a él, por lo que no le quedó otra opción más que unirse a la huida. El 4 de

septiembre de 1607 los dos condes, junto con 99 partidarios, se embarcaron en un barco

francés en Rathmullan, condado de Donegal, para no volver jamás.

O’Donnell murió en Roma el año siguiente y fue enterrado en la iglesia franciscana de

San Pietro in Montorio en el monte Janículo. Ocho años más tarde, O’Neill fue enterrado

a su lado con honores reales. Los agentes británicos que habían vigilado al gran conde

durante sus últimos años informaban que por las noches después de cenar solo tenía un

tema de conversación: «La cara le brillaba, golpeaba la mesa, y decía que todavía tendría

un gran día en Irlanda». Sir John Davies, fiscal general de Irlanda, consideró que el exilio

de O’Neill permitiría al gobierno completar la labor de san Patricio, «porque san Patricio

solamente se deshizo de los gusanos venenosos, pero permitió a los hombres llenos de

veneno que siguieran habitando el país».

Sin embargo, para los irlandeses la «huida de los condes», como fue rápidamente

denominada, representaba una determinación desesperada para no aceptar jamás la

derrota a manos de Gran Bretaña. Durante los dos siglos siguientes, los exiliados

irlandeses fueron los encargados de mantener encendida la llama de la independencia

irlandesa. Dentro del país, los irlandeses se encontraron con que si no acataban las leyes y

costumbres británicas, su futuro estaba limitado. Como explicó el historiador unionista

irlandés del siglo XIX, William Lecky, para los Tudor y los Estuardo, «la matanza de

irlandeses era literalmente considerada como una matanza de bestias salvajes».

64


La huida de los condes tuvo una consecuencia inmediata: sus tierras fueron confiscadas

por la Corona y en 1608 tomaron el nombre de los nuevos condados de Armagh, Cavan,

Coleraine, Donegal, Fermanagh y Tyrone. En Londres se nombró una comisión para que

preparase un plan detallado de plantación, que en enero de 1609 recomendó que los

colonos superaran en número a los nativos irlandeses. Sus propuestas se pusieron en

práctica al año siguiente, y se invitó a pobladores ingleses y escoceses a colonizar las

tierras confiscadas. Como ocurrió en las anteriores plantaciones de Munster, a los que se

comprometieron se les concedieron tierras por las cuales pagaban una renta a la Corona y

se comprometían a poblarlas con campesinos emigrados. Las tierras quedaban totalmente

libres de habitantes nativos, y a los irlandeses desalojados solo se les permitía vivir en

zonas determinadas.

Sin embargo, el hecho más sorprendente fue la creación de 23 nuevas ciudades, entre

las que se incluía Belfast, cada una de ellas diseñada en un modelo en cuadrícula, con una

plaza central o «diamante». A los gremios de Londres se les concedieron las ciudades de

Derry y Coleraine y las tierras de alrededor. A Derry y al condado se les bautizó con el

nombre de Londonderry en honor de la inversión de los gremios de Londres (el uso del

antiguo término «Derry» todavía implica un sentimiento nacionalista opuesto al «robo»

de su ciudad por parte de Londres). Hacia septiembre de 1610, la reorganización estaba

concluida, y en el plazo de tres años se había producido la llegada de la mayoría de los

colonos. Los condados de Don y Antrim habían sido colonizados privadamente y en su

mayoría antes de la gran plantación del Úlster de Jacobo I, con el resultado de una

población inglesa adulta de unas 7.500 personas en 1622. A esta hubo que añadir un

grupo mayoritariamente escocés de unos trece mil colonos llegados con la plantación del

Úlster, con la que la población anglo-escocesa superaba las veinte mil personas a

principios de la década de 1620.

Aunque hubo más colonos que poblaron el Úlster en un periodo de tiempo más corto

que en cualquier otra plantación, no se alcanzó un número suficiente que hiciera viable la

colonización sin mano de obra y por tanto arrendatarios nativos. El temor de los colonos

hacia los nativos contribuyó también a su sentimiento de inseguridad. En 1610 un

observador escribía: «Aunque no hay enemigo aparente, ni fuerza principal visible, los

guerrilleros de los bosques y muchos otros (que ahora sonríen con satisfacción) son una

amenaza para toda casa, si el momento y el lugar lo permiten». En Derry los colonos

trabajaban «como si tuvieran la espada en una mano y el hacha en la otra».

Esta situación tuvo dos consecuencias. La primera fue que muchos de los colonos no

pudieron atender los pagos a la hacienda real porque las rentas esperadas no llegaron a

materializarse, pues el asentamiento no llegó a alcanzar la importancia planeada en

cuanto a número; y muchos nativos irlandeses rápidamente volvieron para ser

arrendatarios y peones de terratenientes desesperados en las tierras que antes habían sido

suyas. Para los irlandeses, las matanzas y las plantaciones de los siglos XVI y XVII y el

ataque a la sociedad gaélica solo podía explicarse en términos racistas. Sin embargo, para

los colonos y el gobierno los irlandeses eran traidores que se negaban a aceptar los

derechos de conquista. La rebelión de O’Neill les incitó a considerar simplemente a todo

irlandés como a un traidor, lo cual a su modo de ver justificaba las brutales medidas.

Al mismo tiempo hay que señalar que la Corona trataba con igual dureza a los traidores

y opositores británicos, quienes tenían que hacer frente a torturas por parte del tribunal de

la Cámara Estrellada. Los mártires británicos (había muy pocos irlandeses) eran

65


quemados vivos en la hoguera o ahorcados, destripados y descuartizados. Fuera de las

islas Británicas, la situación era incluso más severa: en América Latina los conquistadores

se entregaron a una orgía de saqueo y muerte que en comparación dejó pequeña la

experiencia de Irlanda. La Inquisición católica, instituida en 1229, se encontraba en pleno

apogeo con la Contrarreforma. En Francia, el 24 de agosto de 1582, día de San

Bartolomé, el gobierno y la multitud dieron muerte a miles de hugonotes. El gobierno

británico en Irlanda durante los siglos XVI y XVII ha de entenderse, pues, en relación con

su época.

CROMWELL

A lo largo de este periodo Tudor y a pesar de su gaelización, las familias inglesas

viejas se consideraban en última instancia como conquistadoras (y por tanto dueñas) de

Irlanda. Los anglo-normandos que habían llevado a cabo la conquista eran sus

antepasados y, tal y como Enrique II rápidamente notó, su empresa había sido

emprendida en interés propio, no en el de la Corona. Como señor de Irlanda, el rey

británico había ejercido la autoridad en el país por donación papal. Sin embargo, en

cuanto Enrique VIII decidió ser rey de Irlanda por derecho propio se plantearon

cuestiones fundamentales. Las familias inglesas viejas como los FitzGerald, y las familias

gaélicas como los O’Neill, observaron que manteniendo su fe católica podían exponer

argumentos legales y lógicos contra la autoridad real y de esta manera asegurarse sus

tierras ante la puesta en práctica de la legislación de Cesión y Reotorgamiento que

apuntalaba la colonización del Úlster. La Iglesia católica, con su política diplomática de

nombrar a irlandeses nativos para las sedes nativas y a ingleses viejos para las sedes

inglesas, alentó con éxito un sentimiento mediante el cual la causa del catolicismo llegó a

ser identificada con la causa de una Irlanda «libre» durante el siglo XVII. El Parlamento

irlandés que se reunió en 1613 fue la primera manifestación de esta nueva situación.

Desde 1543, dicho Parlamento solo se había reunido en cuatro ocasiones (comparadas

con las aproximadamente veinte reuniones de múltiples sesiones llevadas a cabo por el

Parlamento inglés en el mismo periodo) y llevaba veinticinco años sin reunirse. El

Parlamento se reunió en 1613, pero con diferencias respecto a sus predecesores Tudor en

varios aspectos: a diferencia del inglés que prohibía la elección de católicos, el

Parlamento irlandés todavía los aceptaba y, de sus 232 miembros, cien eran católicos. La

mayoría eran ingleses viejos, aunque había dieciocho escaños ocupados por nativos

irlandeses. La falta de seguridad con respecto a la propiedad de la tierra a la vista de las

pretensiones reales había generado una oposición parlamentaria (mayoritariamente

católica) a la Corona que, a la vez que protestaba estruendosamente sobre cuestiones

constitucionales y religiosas, estaba interesada en exponer sus reivindicaciones sobre la

titularidad y propiedad de la tierra más que en buscar el cambio religioso. Esta oposición

y las razones en su favor supusieron un cambio importante en la política seguida por los

ingleses viejos a partir de la convocatoria del Parlamento para ratificar la plantación del

Úlster.

Como se iba a demostrar durante el reinado de Carlos I, los ingleses viejos se iban a

identificar cada vez más con los nativos irlandeses a la hora de resistir a la administración

británica de Irlanda, pasando por encima de las cabezas de los administradores de Dublín

y apelando directamente al rey. Así, a pesar de su inquietud respecto a la seguridad de sus

66


tierras, después de la huida de los condes, los terratenientes irlandeses, tanto nativos como

ingleses viejos, reconciliaron su postura al aceptar las pretensiones reales en teoría y

oponerse a ellas en la práctica. En la reunión parlamentaria de 1613, esto quedó de

manifiesto por el boicot a las reuniones del Parlamento mientras pedían a Jacobo I

justicia, permitiendo con ello que el Parlamento legalizara la confiscación de las tierras

del Úlster y que los condes de Tyrone y Tyrconnell fuesen formalmente acusados de

traición. Las Leyes de Brehon fueron abolidas, y en su lugar se introdujo toda la pompa

del derecho británico: jurados, juicios y derecho consuetudinario. Sin embargo, esta

oposición en el Parlamento irlandés era meramente representativa del grupo dirigente, y

la legislación del Parlamento simplemente significaba que la persecución de la Irlanda

gaélica estaba respaldada por más leyes. Las costumbres gaélicas y las Leyes de Brehon

continuaron siendo utilizadas por los irlandeses alejados del gobierno central durante

generaciones. El pueblo irlandés descubrió que la conformidad aparente con las normas

gubernamentales era la forma más sencilla de pasar inadvertidos, manteniendo su

sensibilidad gaélica oculta, secreta y solo para ellos.

Los Estuardo, ante la evidente resistencia de los ingleses viejos y la oposición

subrepticia de los irlandeses a su gobierno, fueron dejando paulatinamente la

administración irlandesa en manos de hombres enviados desde Inglaterra. Thomas

Wentworth, conde de Strafford, que fue enviado como representante de Carlos I en agosto

de 1633, hizo más que cualquier otro administrador a la hora de subrayar las diferencias

entre gobernantes y gobernados en Irlanda. Llegó dispuesto a establecer una

administración irlandesa independiente de toda influencia local y controlada solamente

por él como representante del rey. A la vez, tuvo que hacer frente al eterno problema del

coste de la administración irlandesa, gravado por la constante necesidad de un ejército

importante en Irlanda para someter a los rebeldes y para rechazar a posibles invasores.

Ya en 1625, año en el que Carlos I fue coronado rey, el coste de este ejército se

aproximaba a las setenta mil libras anuales y el gobierno comenzó a buscar fórmulas de

recaudación para hacer frente a este gasto. Ya no se confiaba la defensa del país a los

ingleses viejos, ya que estos se identificaban demasiado estrechamente con los nativos

irlandeses y su lealtad mutua era mayor que la sentida hacia la Corona. Por tanto, en 1628

Carlos I había expresado su deseo de otorgarles «Gracia y Benevolencia» real, haciendo

concesiones a los ingleses viejos en temas religiosos, constitucionales y de propiedad a

cambio de apoyo económico para su ejército y administración.

Las «Gracias» tuvieron gran importancia para los ingleses viejos, al constituir una

declaración pública sobre la especial posición y favor que disfrutaban ante la Corona.

Evidentemente, si en realidad hubiesen disfrutado de tal posición, la Corona no hubiera

tenido la necesidad de negociar ninguna concesión con ellos para que pagaran un ejército.

Una de las primeras acciones de Wentworth fue la de convocar un Parlamento irlandés de

miembros escogidos, al que manipuló para obtener subvenciones parlamentarias, y más

tarde se negó a confirmar las Gracias. Quedó claro que la posición de los ingleses viejos

era de impotencia. Podían quejarse y patalear, pero por sí solos no tenían suficiente fuerza

para desafiar al gobierno, y mucho menos al objetivo único y sin escrúpulos de

Wentworth de lograr un gobierno efectivo de Irlanda, siguiendo el plan diseñado por el

arzobispo Laud –basado en la idea de extender los derechos reales–, que habría de traer

resultados desastrosos cuando fue aplicado en Inglaterra. Para Wentworth, esta política

formaba una parte integral de la independencia y fortaleza económica del gobierno, pero

67


con su aplicación consiguió alienar a todos los grupos de Irlanda.

Las investigaciones de Wentworth le convencieron de que Irlanda podía proporcionar a

la Corona ingresos mucho mayores. La inseguridad de los títulos de propiedad de la tierra

(el elemento más importante en las Gracias) resultaba una fuente clara de ingresos en

potencia. Era de esperar que los terratenientes y los arrendatarios con títulos poco seguros

pagaran para conseguir mayor seguridad, si no sus tierras podrían ser confiscadas y

vendidas por la Corona. Toda la provincia de Connaught fue reclamada de esta forma, de

un cuarto a la mitad de las tierras fueron destinadas a plantaciones y el resto fue

confirmado a sus propietarios vigentes a cambio de una suma considerable. Ingleses

viejos y nativos irlandeses fueron tratados igual; se les sancionaba y se confiscaban sus

propiedades a la menor excusa, a veces con documentos falsos. Al conde de Cork se le

obligó a entregar algunas tierras de la Iglesia y fue sancionado con quince mil libras por

incumplir los términos de la cesión original. Los gremios de la ciudad de Londres

tuvieron que pagar una sanción de setenta mil libras y perdieron sus derechos en el Úlster

por razones similares. Wentworth permitió la práctica religiosa a los católicos a cambio

de un pago de veinte mil libras, aunque en 1634 se pidió por primera vez a los estudiantes

católicos del Trinity College que hicieran el juramento de Supremacía –reconocer al

monarca inglés como la suprema autoridad civil y religiosa–. Los que se negaban podían

seguir asistiendo a la universidad, aunque sin recibir títulos ni becas de ningún tipo.

Mientras Carlos I estaba en guerra con los presbiterianos escoceses en 1639,

Wentworth obligó a los protestantes escoceses del Úlster a prestar el odiado «Juramento

Negro», por el cual juraban lealtad al rey. Los clérigos puritanos y presbiterianos fueron

destituidos y reemplazados, ya que el gobernador pretendía ampliar la autoridad real y

aumentar los ingresos reales a través de la Iglesia anglicana de Irlanda, estableciendo

primero una disciplina uniforme con la Iglesia de Inglaterra y después asegurándose los

derechos eclesiásticos que habían pertenecido a la Iglesia católica antes de la Reforma. El

artículo 80 de la Iglesia, adoptado en 1615, declaraba excepcionalmente que el papa era el

«hombre del pecado», normalmente considerado como el Anticristo, de la II Carta de San

Pablo a los Tesalonicenses:

así que lejos de ser la cabeza suprema de la Iglesia universal de Cristo, que sus obras y doctrina descubran

claramente que es el hombre del pecado predicho en las sagradas escrituras, al que el Señor consumirá con el

Espíritu de su boca y lo abolirá con el brillo de su llegada.

En 1634, los 39 artículos de la Iglesia de Inglaterra se adoptaron como añadido, y hasta

el día de hoy, aunque a los 39 se les otorga prioridad, los ferozmente anticatólicos 104

artículos originales no han sido revocados.

Wentworth consiguió aumentar los ingresos reales, pero a costa de provocar la

oposición de todos los grupos poderosos en el país y también de algunos, como los

gremios de Londres, poderosos en Inglaterra. Actuando coherentemente al tener a los

habitantes de Irlanda por papistas dispuestos a pagar a cambio de tolerancia o por

escoceses potencialmente rebeldes a los que se podría someter mediante el temor a la

revuelta de los nativos irlandeses, Wentworth consiguió lo que más temían sus

predecesores: una Irlanda más o menos unida contra el gobierno. Tras ser llamado de

vuelta por Carlos en noviembre de 1639, los viejos católicos ingleses, los nativos

irlandeses y los nuevos protestantes ingleses (terratenientes, colonos y administradores de

los Tudor y los Estuardo) se unieron a los puritanos ingleses en Westminster durante el

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evolucionario «Parlamento Largo» a fin de librarse de los controles de Wentworth,

capturarlo y lograr su ejecución en mayo de 1641. Esta extraña alianza no se disolvió

hasta que los puritanos comenzaron a presionar para que se pusiera fin a la tolerancia

hacia los católicos en 1641. Lo que no se disolvió fue la cohesión católico-irlandesa que

Wentworth había anticipado y con ello precipitado.

Los exiliados irlandeses en Europa habían mantenido contactos con su país y se

mostraban dispuestos a aceptar a sus correligionarios ingleses viejos como aliados. El

creciente conflicto en Inglaterra entre el rey y el Parlamento, y la creciente fortaleza del

puritanismo sugería que había llegado el momento oportuno de la revuelta para volver a

ganar sus tierras. Y así ocurrió. Se planeó una revuelta en toda Irlanda para el día 23 de

octubre de 1641 que fue traicionada la víspera de su inicio. Aun así, en el Úlster, donde

muchos de los antiguos terratenientes vivían en bosques y montañas, siguió adelante bajo

el liderazgo de sir Phelim O’Neill, miembro destacado de la desposeída familia del

Úlster. Los rebeldes capturaron Dundalk y sitiaron Drogheda.

La Administración irlandesa se encontró en un dilema sin saber si dirigirse al rey o al

Parlamento para detener la rebelión. Sin embargo, al año de la revuelta quedó claro que

los rebeldes no solo reconocían la autoridad de la Corona (aunque no a sus

representantes), reivindicando que su rebelión estaba dirigida contra la acción de

administradores como Wentworth, sino que estaban dispuestos a apoyar al rey a cambio

del reconocimiento de sus peticiones. Además, las divisiones de la Guerra Civil inglesa se

reflejaron con naturalidad en Irlanda, pues puritanos y presbiterianos escoceses, al sufrir

lo más duro de la rebelión, recibieron apoyo de Escocia y del Parlamento Largo. Es de

notar el hecho singular de que incluso los rebeldes nativos irlandeses desde el principio de

la rebelión (que iba a durar más de ocho años) aceptaron el derecho teórico de la Corona

británica a gobernar en Irlanda. No fue hasta el siglo XIX cuando los irlandeses se

rebelaron en favor de una Irlanda totalmente libre e independiente.

Bajo Jacobo I se había prohibido a los sacerdotes católicos que viajaran a Irlanda e

impuesto sanciones por no asistir a los servicios de la Iglesia de Irlanda. Por tanto, la

tolerancia para los católicos y la participación de clérigos católicos eran elementos

básicos en la rebelión. Parecía estar justificada la visión general inglesa de que los

católicos eran traidores por naturaleza, porque la pretensión papal al derecho a nombrar o

destituir gobernantes implicaba que no podían ser a la vez leales a dos centros de

autoridad: el papa y el rey. Sin embargo, no se trataba de una rebelión religiosa, girando

simplemente en torno a la cuestión de la propiedad de la tierra. En mayo de 1642, clérigos

católicos, nativos irlandeses y dirigentes de los ingleses viejos se reunieron para constituir

la «Confederación de Kilkenny». El primado católico de Irlanda, el arzobispo O’Reilly de

Armagh, tomó el liderazgo a la hora de constituir la Confederación, dando un marco

moral y parlamentario a la rebelión, y declarando que libraban una guerra justa contra los

puritanos «que siempre, especialmente en los últimos años, habían tramado la destrucción

de los católicos, la destrucción de los irlandeses y la abolición de las prerrogativas

reales». En Kilkenny se estableció un consejo supremo que actuaba como el gobierno de

los rebeldes, y se organizó una asamblea general, un Parlamento en todo excepto en el

nombre, que se reunió en octubre de 1642, prestando el juramento de defender la fe

católica y los derechos de la Corona, y afirmando que apoyaban la autoridad real contra el

Parlamento británico.

La Confederación estaba plagada de conflictos internos entre los ingleses viejos,

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quienes estaban preocupados por la seguridad de sus títulos de propiedad, los exiliados

nativos irlandeses preocupados por no tener tierra, y el clero católico que tenía esperanzas

de una guerra religiosa. No obstante, la Confederación mantuvo en conjunto su lealtad al

rey y su oposición militar al Parlamento Largo. Y a pesar de la presión del clero, la

asamblea de Kilkenny reiteradamente rehusó discriminar a los protestantes, prefiriendo

dedicarse en su lugar a la cuestión de la propiedad de la tierra. Owen Roe O’Neill que

había huido con su tío Hugh O’Neill, gran conde de Tyrone, en 1607, y que

posteriormente había seguido una próspera carrera militar al servicio de España, volvió a

Irlanda en el verano de 1642 para encabezar las fuerzas confederadas. En otoño ya

controlaba todo el país excepto Dublín, partes del Úlster y unas cuantas ciudades.

En el Úlster, el estallido de la rebelión en 1641 había estado marcado por la masacre o

la muerte por inanición de unos doce mil colonos ingleses y escoceses, resultado de la

indisciplina y los estragos de la venganza personal, no de una política determinada. Sir

Phelim O’Neill castigó a todos los soldados que fueron declarados culpables de asesinato,

y muchos colonos fueron salvados por la intervención de clérigos católicos. Pronto

circularon espeluznantes relatos de las atrocidades y los protestantes norirlandeses vieron

justificada su mentalidad de acoso, de estar rodeados de enemigos infiltrados.

El mito de que el propósito de la rebelión de 1641 era el exterminio total de los

protestantes del Úlster todavía es proclamado hoy en día desde púlpitos y tribunas en

Irlanda del Norte. En 1646, el panfletista sir John Temple aseguraba que se había

asesinado a trescientos mil personas –un número tres veces mayor a toda la población

protestante de la época– y este cálculo rápidamente entró a formar parte de la memoria

popular protestante del Úlster (figura 7). El fundador de los cuáqueros, George Fox, visitó

Irlanda veintiocho años después y creía percibir todavía el olor de la sangre de las

víctimas en la atmósfera: «Me parecía que la tierra y el aire olían a la corrupción de la

nación, y a mi entender producía un olor distinto al de Inglaterra; lo cual yo imputaba a

las matanzas papistas que se habían cometido, y a la sangre que se había derramado, de la

cual emanaba una especie de fetidez». Unos doscientos años después, el historiador

Lecky llegó a la siguiente conclusión: «La masacre irlandesa de 1641 me parece una de

las grandes ficciones de la historia, a pesar de que se cometieron un gran número de

asesinatos. Sin embargo, el consenso entre los historiadores ingleses modernos sobre el

tema es tan amplio que es casi imposible resquebrajar esa creencia en la mentalidad

inglesa».

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Figura 7. Deposiciones, 1641. «Hombres, mujeres y niños fueron llevados por cientos a puentes y arrojados a ríos.

A quienes no se ahogaron se les mató con palos y se les disparó con mosquetes», y «El ministro Sr. Brandy,

colgado tras arrancarle la carne de los huesos en presencia de su esposa». Propaganda anticatólica en James

Cranford, Teares of Ireland (Londres, 1642), que ilustra las deposiciones obtenidas principalmente de protestantes

del Úlster sobre las atrocidades sufridas durante la rebelión de 1641. Se produjeron atrocidades, pero no de las

proporciones descritas. Cromwell, sin embargo, parece haber creído que sí ocurrieron asesinatos y torturas a gran

escala, y se sirvió de esto como excusa para sus masacres en Wexford y Drogheda.

Los datos de la masacre, los rumores de su alcance y las atrocidades relacionadas

fueron utilizadas por ambos bandos en la Guerra Civil inglesa para recaudar fondos, ganar

apoyo y justificar la confiscación de más propiedades. En marzo de 1641 el Parlamento

Largo aprobó la Ley para Aventureros, que puso a la venta para su colonización un millón

de hectáreas de terreno en toda Irlanda. La idea de vender los derechos de la tierra en

Irlanda era también atractiva para Carlos I, que trataba desesperadamente de recaudar

fondos para su ejército. Él había mostrado su interés en varias ocasiones, usando al

ejército confederado contra el ejército parlamentario inglés en Irlanda; sin embargo, tras

la expulsión por rebeldía de los parlamentarios católicos del Parlamento irlandés en junio

de 1642 y después de que la Confederación exigiera en réplica que el rey revocara la Ley

Poynings y otorgara tolerancia religiosa, las opciones de Carlos I eran muy limitadas.

Sin embargo, pronto pareció estar claro que los inversores tenían más fe en la

capacidad del Parlamento para cumplir sus promesas que en la del rey, y por tanto, en su

lugar, Carlos I optó por intentar satisfacer las demandas de los confederados. Se mostró

dispuesto a alcanzar un acuerdo en casi todos los puntos de conflicto que existían entre

los confederados y la Corona, pero se encontró con que era imposible superar la

intransigencia de unos confederados cada vez más dominados por el clero. En febrero de

1647 las propuestas de acuerdo de Carlos fueron rechazadas por la Asamblea de

Kilkenny, y el gobernador, el conde de Ormond, decidió la rendición de Dublín

(prácticamente la única zona bajo control real absoluto) ante las fuerzas parlamentarias,

prefiriendo, tal como dijo, «rebeldes ingleses a rebeldes irlandeses». En 1649, después de

la ejecución de Carlos I por parte de los rebeldes ingleses, el Parlamento, dominado ya

por Oliver Cromwell, dio prioridad a la pacificación de Irlanda y a la derrota de los

confederados.

A los ojos de Cromwell, era prioritario someter a Irlanda debido a la presencia de

guarniciones lealistas, por las simpatías lealistas de la Confederación de Kilkenny y su

antagonismo con el protestantismo. El ejército de Owen Roe O’Neill había demostrado en

la batalla de Benburb, en 1646, ser una formidable fuerza militar. Durante la batalla, las

fuerzas de O’Neill dieron muerte a 3.000 soldados escoceses de un ejército parlamentario,

y habían puesto en fuga al resto, logrando una victoria importante que aseguró el control

de Irlanda (temporalmente) a los confederados. El 15 de agosto de 1649, Cromwell, junto

a 12.000 hombres pertenecientes al «New Model Army», el ejército creado por el

Parlamento inglés, desembarcó en Ringsend, Dublín, para unirse a un ejército

parlamentario de ocho mil soldados que había defendido con éxito durante más de dos

años y medio la ciudad. Un mes más tarde, el 11 de septiembre, asaltó el feudo lealista de

Drogheda, entrando decididamente tanto en la ciudad como en la historia.

Los relatos sobre la gran matanza y las horribles atrocidades durante el estallido de la

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ebelión irlandesa en el Úlster en 1641 habían impresionado profundamente a Cromwell,

y este parece haber estado convencido de que los rebeldes habían actuado por los motivos

más viles. Llegó a Irlanda dispuesto a establecer la autoridad y el gobierno de la

«Commonwealth» inglesa del Parlamento Largo en Irlanda; para poner en vigor la Ley

para Aventureros de 1642 pagando a los inversores con tierras irlandesas, y para vengar la

«masacre» del Úlster de 1641. Su pensamiento parecía estar dominado por este último

propósito en Drogheda, donde, habiendo sitiado con éxito la ciudad, los 2.600 hombres de

la guarnición lealista fueron pasados a cuchillo. Los habitantes de la ciudad también

fueron asesinados. Cromwell indicó que «pasamos a cuchillo a todos los defensores. No

creo que de todos ellos escaparan vivos treinta». Y continuó justificando su acción como

«un juicio justo de Dios sobre los miserables bárbaros que bañaron sus manos con tanta

sangre inocente», y argumentaba que «esto tenderá a impedir el derramamiento de sangre

en el futuro».

Las reglas de la guerra del siglo XVII permitían la matanza de las guarniciones que tras

rechazar la rendición no hubiesen logrado defender con éxito una ciudad. Esto había

ocurrido durante la Guerra Civil inglesa, aunque era bastante raro. Sin embargo, todos

reconocieron que las muertes de Drogheda habían sido excesivas. Por testimonio propio,

apoyado por muchas otras personas, Cromwell admitió que la matanza había sido

indiscriminada. Incluso hizo un intento poco claro de culpar a los propios irlandeses de

sus excesos, afirmando en un pasquín impreso en Cork en enero de 1650: «Vosotros, sin

provocación, sometisteis a los ingleses a la más bárbara masacre de la que se haya tenido

noticia (sin consideración de sexo o edad) bajo el sol».

Desde Drogheda, Cromwell siguió hasta Wexford (las guarniciones lealistas de Trim y

Dundalk abandonaron sus puestos tan pronto como oyeron lo que había sucedido en

Drogheda) y el 11 de octubre de 1649 llevó a cabo otra matanza tan feroz como la

primera. El terror funcionó. New Ross se rindió sin lucha el 19 de octubre, y a

continuación siguieron su ejemplo la mayoría de las ciudades de Munster. Owen Roe

O’Neill, sabiendo que la única posibilidad de derrotar a Cromwell era una resistencia

unida de confederados y lealistas, intentaba alcanzar una alianza con el jefe lealista

irlandés, el conde de Ormond, cuando murió en noviembre. La muerte de O’Neill eliminó

al único líder militar que podría haber hecho frente a Cromwell con alguna esperanza de

éxito. En julio de 1650, los ejércitos de la Commonwealth controlaban toda Irlanda

excepto Connaught.

Las feroces y despiadadas matanzas que Cromwell llevó a cabo en Drogheda y

Wexford fueron un acto político. Fue fundamentalmente diferente a la masacre de 1641

en el Úlster, que había sido resultado de la indisciplina. En la memoria popular irlandesa,

en la que los mitos son con frecuencia tan importantes como los hechos, las actividades

de Cromwell, en contraste con los acontecimientos de 1641, no necesitan de ningún

adorno. Bertie Ahern, taoiseach [primer ministro] entre 1997 y 2008, visitó al ministro

británico de Asuntos Exteriores, Robin Cook, en Londres:

Entré en la habitación aquel día de 1997 y ante mí había un enorme retrato de Oliver Cromwell [...] Robin

tenía en su rostro aquella sonrisita de complicidad cuando se me aproximó sigilosamente y preguntó: «¿Qué

piensas de él?». «Es un bastardo asesino», le contesté, «eso es lo que pienso de él». Eso borró la sonrisa del

rostro de Robin. Los funcionarios se quedaron helados. Podía vérseles pensando «Dios mío, ¿qué va a pasar

ahora?». Nadie decía nada. Dejé que aquello durara un rato y dije: «La próxima vez que sea en otra

habitación, pero ahora prosigamos»[2].

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Ahern podía seguir esperando que un público londinense se pusiera a la defensiva en

relación con Cromwell: en Dublín, donde estaba llegando a su apogeo una prosperidad

inaudita, su comentario habría sonado anacrónico: la memoria, aunque viva, ya no

convencía como excusa para la ira.

Oliver Cromwell había sido el pararrayos de las relaciones entre la Gran Bretaña e

Irlanda. Procedente de una familia de fracasados, cultivaba una tierra que no le

pertenecía. Thomas Cromwell, tío de su tatarabuelo, se había elevado a la cima del poder

bajo el reinado del monarca Enrique VIII, pero luego había sido ejecutado y la familia

había comenzado su decadencia. La hermana de Thomas, Katherine, de la que Oliver

descendía, se casó con un galés, Morgan ap William; el padre de Oliver cambió el

nombre de William o Williams por el de Cromwell. Macaulay consideraba a Cromwell el

mayor príncipe que había gobernado a Inglaterra. Fue un reformista. Lord Auchinleck,

padre de James Boswell, le comentó al Dr. Johnson: «¡Por Dios, doctor! Enseñó a los

reyes que tenían un nudo en la garganta». Donde más terrible se mostró Cromwell fue en

Irlanda, en gran medida porque allí no tenía aspiración alguna de poder, y porque

consideraba odiosamente pecaminoso el catolicismo romano. A su juicio, al rebelarse en

nombre del catolicismo, los irlandeses se habían expuesto a sufrir las más duras leyes de

la guerra. Creía tener una conexión personal con Dios, y esto le daba seguridad:

«Percibiendo con tanta fuerza el espíritu de Dios sobre mí», dijo como explicación de su

disolución del Parlamento en 1653, «no consulté ni a la carne ni a la sangre». Era un

hombre de extremos. Según los criterios de su tiempo, era tolerante (readmitió a los

judíos en Inglaterra) y despiadado, un hombre que declaró que «La necesidad no conoce

ley alguna». Su hijo, Enrique, fue lord diputado de Irlanda (1657-1659), y gozó de

popularidad y admiración por moderar las políticas de asentamientos y deportaciones de

su padre al mismo tiempo que reconocía los problemas a que se enfrentaban los colonos.

Cromwell volvió a Inglaterra en mayo de 1650 y a continuación afrontó el tema

irlandés desde el punto de vista legislativo. Tres años después, el 2 de marzo de 1653, el

«Parlamento Restante» británico votó la unificación de Irlanda con Gran Bretaña,

aboliendo el Parlamento irlandés y permitiendo que el nuevo Parlamento británico de 460

miembros tuviera 30 escaños irlandeses. Leyes adicionales decretaron el reasentamiento

de terratenientes irlandeses en las inhóspitas tierras de Con​naught y el condado de Clare.

Sus tierras fueron tomadas por los aventureros y por los soldados parlamentarios que

habían sido desmovilizados. Se confiscaron más de 4,5 millones de hectáreas para unos

1.000 aventureros y 35.000 soldados. Los terratenientes irlandeses que fuesen

encontrados al este del río Shannon después del 1 de mayo de 1654 serían condenados a

la pena capital o a la esclavitud en las Antillas y en Barbados. En el invierno de 1653 a

1654, unas 44.000 personas se dirigieron al oeste, a Connaught. No se trataba del éxodo

de toda la población nativa. Como había ocurrido en anteriores colonizaciones y

confiscaciones, muchos se quedaron para convertirse en jornaleros y bandoleros (o tories

como se les llamaba). Aun así, «Al infierno o a Connaught» se convirtió en una frase

hecha entre generaciones posteriores de irlandeses como resultado de las colonizaciones

de Cromwell. En 1685, con la ascensión de Jacobo II, los católicos irlandeses solamente

poseían el 22 por 100 de las tierras de Irlanda.

Los nuevos pobladores tuvieron que enfrentarse a los mismos problemas que anteriores

colonos y aventureros. Se cree que menos de una cuarta parte de los soldados a los que se

les concedieron tierras llegaron a instalarse realmente en Irlanda: la mayoría prefirió

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vender sus derechos. La necesidad de mano de obra nativa para mantener las plantaciones

implicaba que en la práctica había un desplazamiento hacia el este de mano de obra

irlandesa barata, que volvía cruzando el Shannon desde Connaught. Como ocurrió con

anteriores pobladores, los colonos de Cromwell se convirtieron gradualmente en

irlandeses. Solamente en el norte, donde había un número importante de pobladores de

anteriores colonizaciones, seguían existiendo diferencias, mantenidas por un

protestantismo fuertemente anticatólico, resultado de las cualidades calvinistas de los

cromwellianos e incrementadas por los poderosos mitos creados a partir de las masacres

de 1641.

TIEMPOS PENALES

Cuando se restauró la monarquía en Gran Bretaña en 1660, existía la esperanza general

de que el acuerdo de Cromwell sobre la distribución de la tierra sería revocado. El

Parlamento irlandés fue restablecido y finalizó la unión entre Irlanda e Inglaterra. A

algunos monárquicos como Ormond se les devolvieron sus tierras, pero Carlos II se negó

totalmente a modificar las plantaciones cromwellianas. Él se dio cuenta de que debía su

trono a aquellos que habían sido dirigentes bajo Cromwell y los recompensó

ascendiéndolos y dándoles seguridad. En 1672, a mitad del reinado de Carlos II, los

pobladores cromwellianos eran propietarios de 4,5 millones de los 12 millones de

hectáreas de tierra rentable que entonces había en Irlanda. Los católicos poseían 3,5

millones y los pobladores precromwellianos (principalmente en el Úlster) el resto.

Cuando el católico declarado Jacobo II sucedió a su hermano en 1685, muchos

católicos en Irlanda pensaron que por fin iba a haber un acuerdo sobre la propiedad de la

tierra que los favoreciera. En lugar de esto, la insistencia de Jacobo sobre su prerrogativa

a expensas del Parlamento generó otra Guerra Civil en Inglaterra. A Guillermo, príncipe

de Orange y soberano de los Países Bajos, nieto de Carlos I de Inglaterra así como yerno

de Jacobo II, y protestante, los opositores parlamentarios y eclesiásticos de Jacobo le

propusieron en 1688 que él y su esposa María se convirtieran en soberanos de Gran

Bretaña. Guillermo aceptó, invadió Inglaterra y venció a Jacobo, quien, tras la derrota de

los escoceses lealistas en la batalla de Killiecrankie en junio de 1689, solo pudo buscar

ayuda en su reino irlandés y en el rey Luis XIV de Francia.

Esto colocó a los colonos ante un dilema, especialmente en el Úlster. Como

protestantes devotos que eran, temían al católico Jacobo. Por otro lado, eran leales a la

Corona y reconocían a Jacobo como su rey legítimo. Cuando este envió una guarnición al

norte de Derry, los dirigentes de la ciudad, incluidos el obispo de la Iglesia Protestante de

Irlanda en Derry y el comandante militar, el coronel Robert Lundy, decidieron admitir sus

tropas. Sin embargo, algunos de los ciudadanos se sintieron más alarmados que sus

líderes ante la perspectiva de verse sometidos a una guarnición católica (aunque

monárquica) que también revivía el espectro de las «masacres» de 1641. Muchos de los

aprendices –adolescentes y jóvenes que se iniciaban en los diversos oficios– eran

presbiterianos que no seguían las directrices de la Iglesia de Irlanda y en consecuencia,

por edad e inclinación, tendentes a despreciar la autoridad establecida. Justo antes de la

llegada de las tropas de Jacobo, trece aprendices decidieron pasar a la acción directa y el

7 de diciembre de 1668 cerraron las puertas de Derry. La misma osadía de su acción

decantó a su favor la opinión. El coronel Lundy tuvo que huir disfrazado, y desde

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entonces su nombre es objeto de escarnio en el norte de Irlanda. En marzo de 1689,

Jacobo desembarcó en Kinsale con un pequeño ejército francés y fue recibido a lo largo

de todo el país como monarca legítimo. Pronto reunió un ejército irlandés compuesto de

lealistas –católicos y protestantes– dispuestos a enfrentarse a un gobierno protestante

británico. Por primera vez desde la rebelión de Hugh O’Neill un siglo antes, irlandeses de

todo tipo actuaban juntos como una nación. En esta ocasión, sin embargo, no estaban en

rebelión: estaban apoyando a un rey inglés en su intento de recuperar el trono. Jacobo

sitió la ciudad de Derry, aislándola totalmente. Finalmente, el 28 de julio de 1689, una

flota de Guillermo conducida por el navío Mountjoy abrió una brecha en la barrera

flotante que habían colocado los hombres de Jacobo en el río Foyle, y liberaron la ciudad

cuando ya el hambre estaba forzando su rendición. «No nos rendiremos» había sido el

lema de los aprendices, y desde entonces, «No nos rendiremos» sigue siendo la consigna

protestante en Irlanda del Norte.

En mayo de 1689, dos meses antes de que Derry fuera liberada, Jacobo había

convocado en Dublín a lo que ha pasado a conocerse como el «Parlamento patriota». Fue

el último Parlamento irlandés hasta 1921 en tener miembros católicos (224 de los 230

miembros de la Cámara de los Comunes irlandesa eran católicos) y su principal

preocupación fue legislar en favor de los terratenientes que habían sido expropiados por

Cromwell. Fue una asamblea anglo-irlandesa que defendió a su clase gobernante católica

que había sido penalizada por el acuerdo de Cromwell, aunque no se preocupó de resarcir

a las clases nativas irlandesas más pobres que trabajaban en las granjas y propiedades de

los terratenientes y colonos. Sin embargo, las actividades del Parlamento se vieron

superadas por los acontecimientos. Jacobo y Guillermo se enfrentaron en batalla en las

riberas del río Boyne el 1 de julio de 1690 (que pasó a ser el 12 de julio con el cambio de

calendario en el siglo XVIII). Jacobo fue derrotado y huyó a Francia, donde murió en

1701, sin volver a pisar las islas Británicas.

La resistencia que los irlandeses le opusieron a Guillermo continuó durante más de un

año tras la batalla del Boyne. Un ejército irlandés de 14.000 hombres comandado por

generales franceses enviados por Luis XIV, y Patrick Sarsfield, un soldado irlandés

adiestrado en Francia que había servido en la guardia personal de Jacobo II, continuaron

hostigando a las fuerzas de Guillermo en el sur. En octubre de 1691, en Limerick,

Sarsfield y sus aliados se rindieron bajo el Tratado de Limerick. Fue un tratado honorable

que garantizaba los derechos y la propiedad de los hombres del ejército vencido, a cambio

de su lealtad al rey Guillermo y a la reina María. A los que quisieron se les permitió

exiliarse. Junto con 11.000 oficiales y soldados, Sarsfield optó por el exilio. En Francia,

en la Brigada Irlandesa del ejército francés, ya había 5.000 soldados irlandeses que se

habían exiliado como consecuencia de anteriores campañas, a los cuales se unieron

Sarsfield y sus seguidores. Jacobo le dio a Sarsfield el título de conde de Lucan en 1691 y

Luis XIV lo nombró mariscal del ejército francés. Dos años después fue herido de muerte

cuando luchaba por Francia contra Guillermo de Orange, en la batalla de Landen en

Flandes. «¡Ojalá esto fuese por Irlanda!», se dice que fueron sus últimas palabras, dichas

mientras se desangraba hasta morir.

A la Brigada Irlandesa pronto se la bautizó como los «Gansos Salvajes» y durante

generaciones fueron muchos los irlandeses que se unieron a los colores de la Brigada, ya

que en su patria se les negaba esa oportunidad. Se formaron Brigadas Irlandesas también

en otros ejércitos europeos, y por ejemplo catorce irlandeses llegaron a convertirse en

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mariscales de campo del ejército austriaco. Se ha calculado que casi un millón de

irlandeses abandonaron su país para unirse a estas Brigadas en el siglo posterior a 1691.

El conde Peter de Lacy (1678-1751), nacido en Limerick, llegó a ser general del ejército

ruso y gobernador de Livonia. Don Alexander O’Reilly (1725-1794), nacido en Irlanda,

fue mariscal de campo español y gobernador de la Luisiana española. Uno de los

presidentes franceses durante el siglo XIX, MacMahon, era descendiente directo de un

exiliado irlandés del siglo XVIII.

La victoria de Guillermo puso el poder en Irlanda firmemente en manos de la clase

gobernante anglicana o «Ascendencia». Este era el grupo que tenía experiencia de

gobierno en Irlanda y también disfrutaba de las conexiones más poderosas con los líderes

políticos y eclesiásticos de Inglaterra. Además, entre ellos contaban con los terratenientes

más ricos de Irlanda. Hacia finales del siglo XVII, los católicos de Irlanda habían visto

cómo sus tierras se reducían hasta el 14 por 100 de la tierra cultivable –un tercio menos

de la que tenían cuando Jacobo II llegó al trono–. La Ascendencia se iba a mostrar tan

preocupada como Cromwell por proteger la religión protestante y conseguir más tierra.

En 1695, el Parlamento irlandés dominado por la Ascendencia comenzó a elaborar la

legislación anticatólica conocida como «Leyes Penales». Esta legislación acabó de

elaborarse en 1727 y estuvo en vigor durante más de un siglo. Las leyes eran similares a

la legislación anti​católica de Gran Bretaña y se basaban en la legislación antipro​tes​tante

de Luis XIV en Francia. Pero a diferencia de Gran Bretaña y Francia, donde el grupo

perseguido era una minoría, en Irlanda era la mayoría. La religión fue, de este modo,

utilizada para encubrir la expropiación económica. En este sentido, el Parlamento irlandés

estaba totalmente apoyado por el Parlamento de Westminster, que empleaba la Ley

Poynings para confirmar su supremacía, haciendo que el de Dublín fuera un apéndice de

su poder.

Al principio, los parlamentarios irlandeses estaban satisfechos con esta relación. Eran

colonos y, al igual que los colonos americanos, lo único que querían de Gran Bretaña era

apoyo militar y legal para sus planes de explotación. Posteriormente, al igual que en

América, a los parlamentarios irlandeses les empezó a molestar su sumisión ciega a Gran

Bretaña, ya que sus éxitos económicos se percibían en Westminster como una amenaza

para los intereses de los comerciantes y terratenientes británicos. Lo que raramente se

admitía en ese momento era que debían su riqueza a la licencia económica que les fue

otorgada por las Leyes Penales.

En 1701, Irlanda había sido conquistada. Las guerras, campañas militares y

plantaciones afectaron a la mayor parte del país y habían conseguido establecer las leyes

y el gobierno británico en todas las regiones. La rebelión de Hugh O’Neill había supuesto

la última resistencia de la Irlanda gaélica que empezó a debilitarse con su derrota. Para

1641 los rebeldes irlandeses tenían una perspectiva diferente: la Confederación de

Kilkenny aceptó el derecho de la Corona a gobernar Irlanda, quejándose solamente de la

naturaleza del gobierno. Después del Tratado de Limerick, la mayoría de los irlandeses

que seguían considerándose gaélicos abandonaron su país para siempre. Gran parte de los

«Gansos Salvajes» eran irlandeses nativos y familias nobles de ingleses viejos: miles de

ellos abandonaron Irlanda entre 1690 y 1730, eliminando la última barrera entre los

irlandeses y sus gobernantes extranjeros. El siglo XVIII supuso la finalización del proceso

de subyugación de Irlanda con las Leyes Penales, confirmó el fin del antiguo orden

gaélico y la transformación de la nación irlandesa en un pueblo de campesinos.

77


La primera Ley Penal establecía que ningún católico podía llevar «pistola ni espada ni

ninguna otra arma ofensiva o defensiva bajo pena de multa, prisión, picota o azote

público». En los treinta años siguientes, el Parlamento irlandés aprobó un gran número de

estas leyes. La Ley de Destierro de 1697 ordenaba que todos los obispos y clérigos

católicos abandonaran Irlanda. A los católicos se les prohibió que heredaran tierras de los

protestantes, que arrendaran por más de 31 años, que compraran tierra o que disfrutaran

de hipotecas. A los terratenientes católicos se les obligó a que legaran sus tierras a cada

uno de sus hijos por igual, a menos que uno de ellos se hiciera miembro de la Iglesia

anglicana de Irlanda, en cuyo caso heredaría toda la tierra. La Ley de Registro de 1704

exigía que los sacerdotes se inscribieran, que no hubiera más de uno por parroquia, y que

juraran lealtad a la Corona. El Consejo a cuyo cargo estaban los asuntos de Irlanda,

incluso intentó aprobar una ley para castrar a los sacerdotes que no se inscribieran, «lo

cual creen será el remedio más efectivo», una clara muestra del virulento anticatolicismo

que prevalecía en la Irlanda protestante. También se aprobaron otras leyes que impedían a

los católicos acceder a una profesión o recibir una educación formal. En 1727 se les negó

el voto en elecciones parlamentarias.

Juntas, las leyes consiguieron a través de la religión reprimir a la nación irlandesa,

demostrando cómo la Ascendencia identificaba claramente el catolicismo con el

nacionalismo en Irlanda. Edmund Burke, en una famosa alocución, describió las leyes

como «una máquina de artimaña sabia y elaborada, tan capacitada para la opresión,

empobrecimiento y degradación de un pueblo y el envilecimiento de la misma naturaleza

humana, como ninguna otra nacida de la ingenuidad pervertida del hombre». Ya en el

reinado de Jorge I, el lord canciller de Irlanda llegó a decir que «la ley no admite la

existencia de tal persona como un católico irlandés».

Una cosa era aprobar las leyes y otra hacerlas cumplir. El principal propósito de las

Leyes Penales era evitar cualquier desafío irlandés católico al control de la Ascendencia,

así que realmente solo se las invocaba cuando se preveían problemas. Esto ocurrió en

1714 cuando el rey Luis XIV reconoció al hijo de Jacobo II como el rey Jacobo III de

Inglaterra, Escocia e Irlanda, y en 1715 cuando hubo una rebelión de los Estuardo en

Escocia. Sin embargo, para cuando Jorge III llegó al trono en 1760, era evidente que no

habría ninguna reinstauración de los Estuardo y que las leyes habían caído en desuso

general. En 1766, al príncipe Carlos Eduardo el Pretendiente, sucesor de Jacobo «III», el

papa le negó el reconocimiento de rey. En 1774, empezó cierto aperturismo con la

aprobación de una ley que permitía a los católicos tomar juramento de lealtad. Para

entonces, las leyes habían conseguido reducir al 5 por 100 la tierra propiedad de los

terratenientes declaradamente católicos.

También se había producido otro efecto. Las Leyes Penales habían discriminado a

todos los que no pertenecieran a la Iglesia anglicana de Irlanda, de manera que los

disidentes sufrieron tanto como los católicos. Así, los ministros presbiterianos, al igual

que los curas católicos, no podían celebrar ceremonias matrimoniales legales. También

tenían que pagar, como todo el mundo en Irlanda, el diezmo a la Iglesia de Irlanda. La

Ley de 1704 contra el papismo había incluido una cláusula en la que se exigía a los

titulares del gobierno y a los miembros del Parlamento que pertenecieran a la Iglesia de

Irlanda, inhabilitando por tanto a disidentes y a católicos para ocupar cargos

gubernamentales y ejercer en política. No obstante, a los disidentes se les permitía

heredar tierras y propiedades y tomar parte en la mayoría de las actividades del Estado.

78


Durante el siglo XVIII, los presbiterianos del Úlster, muy trabajadores y numerosos, se

hicieron ricos e influyentes mientras desarrollaban sus tierras de labranza y su industria

textil y cada vez se sentían más molestos por su posición de ciudadanos de segunda clase.

Miles de disidentes del Úlster –una media de cuatro mil al año a lo largo del siglo XVIII–

prefirieron emigrar a América o volver a Gran Bretaña, constituyendo la primera oleada

de emigrantes irlandeses transatlánticos. La emigración católica continuó siendo pequeña

debido a que hasta 1780 también en las colonias se enfrentaban a una discriminación por

motivos religiosos. «Los presbiterianos del norte», escribió el virrey lord Harcourt en

1775, «se sienten americanos en el corazón». Diez presidentes de los Estados Unidos y

varios hombres legendarios de la frontera han sido descendientes de presbiterianos del

Úlster, entre ellos Davy Crockett, «Stonewall» Jackson, Ulysses S. Grant y Woodrow

Wilson.

Los disidentes irlandeses que no emigraron pasaron, durante el siglo XVIII, a

identificarse más con sus compatriotas católicos que con sus gobernadores británicos. A

finales del siglo XVIII, como resultado de esta discriminación política y religiosa común (y

debido a las tradiciones no conformistas de libre pensamiento), muchos de los líderes de

los movimientos nacionalistas irlandeses eran presbiterianos norirlandeses. Esta situación

continuó incluso en el siglo XIX, cambiando solamente cuando las corrientes de las

diferencias religiosas y económicas eran explotadas por motivos políticos, volviendo los

protestantes del norte a recuperar su diferenciada identidad dentro de Irlanda.

Guillermo III fue siempre más moderado que sus Parlamentos en sus actitudes hacia

los irlandeses y la religión. Personalmente había tomado medidas para garantizar que el

Tratado de Limerick se implantara de manera justa y opuso resistencia a la legislación

penal. Sin embargo, durante el reinado de su sucesora y cuñada Ana (1702-1714), la

Ascendencia anglicana de Irlanda consiguió la dura legislación discriminatoria que quería

para proteger su supremacía política y económica de lo que consideraba irlandeses

resentidos, católicos y pro Estuardos. Sin embargo, el empeño con el que perseguía su

seguridad se vio debilitado por el Parlamento de Westminster.

Desde principios del siglo XVII, el Parlamento británico se había propuesto proteger los

intereses agrícolas, comerciales y mercantiles británicos frente a la Corona y a los

competidores extranjeros y coloniales. Era un Parlamento compuesto por abogados,

terratenientes y hombres de negocios. En 1696, a pesar de las protestas de la Ascendencia

irlandesa, se aprobó una ley que prohibía que las mercancías procedentes de las colonias

fueran exportadas directamente a Irlanda. En 1699, una ley gravó con fuertes impuestos

los productos de lana irlandeses y solo permitía que fueran exportados a Inglaterra,

imponiendo de esta manera un comprador monopolista. Debido a que la lana irlandesa

amenazaba a la industria inglesa de la lana, esta legislación aplastó de forma efectiva a la

industria irlandesa. Se permitió el tejido de lino, ya que no entraba en competencia con

ningún equivalente inglés. En 1719, un Acta Declaratoria complementó a la Ley Poynings

y confirmó el derecho del Parlamento británico (después de la unión de 1707 de Inglaterra

y Escocia) a legislar para Irlanda, con lo que despojaba al Parlamento irlandés de

cualquier poder real.

Estas leyes no fueron consecuencia de una política británica oficial hacia Irlanda, sino

de intereses particulares económicos en Westminster. No obstante, la importancia de estas

medidas de discriminación económica y política contra los intereses de la Ascendencia en

Irlanda era constitucional, despertando la conciencia en todos los sectores de Irlanda de

79


que su estatus era inferior al de sus homólogos ingleses. William Molyneux (1656-1698),

filósofo anglicano irlandés y amigo de John Locke, como miembro del Parlamento por el

Trinity College de Dublín, publicó su famoso The case of Ireland’s being bound by Acts

of Parliament in England stated [Exposición del caso del sometimiento de Irlanda por

leyes del Parlamento de Inglaterra]. Molyneux se anticipó a posteriores políticos de la

Ascendencia (y americanos) que aplicaron sus observaciones de una manera mucho más

amplia que lo pretendido por él. Argumentaba que Inglaterra e Irlanda eran reinos

separados ligados por una Corona común y que, por tanto, Irlanda tenía tanto derecho

como Inglaterra a la independencia legislativa y comercial. «No tengo otro concepto de la

esclavitud», escribió, «más que el de estar obligado por una ley que no consiento». Por

mandato de la Cámara de los Comunes de Westminster, su panfleto fue quemado en

público por el verdugo.

La Iglesia anglicana de Irlanda representaba a una fe minoritaria que atendía solo a

aproximadamente una sexta parte de la población y que estaba totalmente identificada con

la clase gobernante de la Ascendencia. Hizo pocos esfuerzos por convertir a la gente hasta

el siglo XIX y sus miembros se mostraban contentos de seguir siendo una minoría,

siempre y cuando gobernaran el país. La propia Iglesia y su clero se vieron acomodados

por el diezmo, y obtener un obispado en Irlanda podía hacer rico a un clérigo anglicano.

Al mismo tiempo, la supremacía de los anglicanos irlandeses era frágil. Algunos, como

William King (1650-1729), arzobispo de Dublín de la Iglesia de Irlanda, eran conscientes

de los defectos y debilidades de su posición. «El mundo», escribió King, «empieza a

considerarnos un grupo de hombres que han inventado un negocio para llevar una vida

fácil y cómoda». Pero incluso el arzobispo King, aunque luchaba por hacer popular su

Iglesia, seguía apoyando las Leyes Penales como el mejor medio de asegurar la posición

política y económica de la Ascendencia.

Los temores de la Ascendencia por su posición en Irlanda podían estar justificados. Los

pretendientes Estuardo a la Corona británica constituían una causa común para los

católicos y la perspectiva de una intervención francesa y española en apoyo de esta

dinastía. Conscientes de este peligro, durante la campaña escocesa de Carlos Eduardo

Estuardo, el príncipe Carlos Eduardo el Pretendiente, en 1745 y 1746, el gobierno

irlandés suspendió algunas de las Leyes Penales con el fin de poner a la opinión pública

en Irlanda en contra suya. El arzobispo Hort of Tuam estalló ante un estudiadamente

calmado lord lugarteniente, conde de Chesterfield: «¡Los campesinos se han levantado!,

los campesinos se han levantado!». Chesterfield quien se había dado cuenta que el

príncipe Carlos Eduardo no era un peligro, sacó su reloj, lo miró y señaló: «A tiempo, ¿no

cree?». También existía el constante recordatorio en la Brigada Irlandesa del ejército

francés de la antipatía mostrada por los irlandeses nativos hacia Gran Bretaña y la

Ascendencia. La Brigada disfrutó de un constante suministro de reclutas irlandeses a lo

largo de todo el siglo XVIII.

En la batalla de Fontenoy, el 11 de mayo de 1745, durante la Guerra de Sucesión

austriaca, la Brigada encabezada por lord Clare, gritando «Recordad Limerick», dirigió

un brillante contraataque sobre la Guardia de Coldstream, convirtiendo la batalla en una

victoria francesa: fue la única victoria territorial concluyente sobre el mando británico

desde la Guerra de los Cien Años (1337-1453). En 1756, poniendo de manifiesto el temor

de que la Brigada Irlandesa algún día pudiera luchar en Irlanda, el Parlamento irlandés de

la Ascendencia aprobó una ley que imponía la pena de muerte a todo irlandés de

80


nacimiento que regresara a Irlanda después de haber luchado por Francia. No tuvo ningún

efecto en los emigrantes irlandeses que querían hacer el servicio militar en el ejército

francés. Un regimiento de la Brigada Irlandesa bajo las órdenes del conde Dillon luchó

junto a George Washington durante la Revolución americana. Durante la Revolución

francesa, la Brigada apoyó a la Corona. El conde Daniel O’Connell, último comandante

de la Brigada, incluso ofreció sus servicios contra la Revolución al rey Jorge III. Tras la

derrota de Napoleón en Waterloo, Luis XVIII de Francia disolvió la Brigada Irlandesa.

Los exiliados irlandeses también sirvieron en otros ejércitos. Ambrose O’Higgins,

nacido en el condado de Meath en 1720, ingresó en el servicio militar español y fue virrey

de Perú, donde murió en 1801. Su hijo natural, Bernardo O’Higgins, fue libertador y

héroe nacional de Chile, y además el primer presidente del país. John Barry (1745-1803),

nacido en el condado de Wexford, emigró a las colonias americanas y fundó la Armada

norteamericana. Al mando del bergantín Lexington en 1776, capturó al primer buque de

guerra de la armada británica, HMS Edward. Richard Hennessy (1720-1800), nacido en

el condado de Cork, luchó en Fontenoy, se estableció en Cognac y fundó la famosa

destilería Hennessy.

El éxito de hombres como estos contrastaba con la pobreza, aletargamiento y supresión

de sus parientes en Irlanda. También demostraron que los irlandeses eran naturalmente

capaces de llevar a cabo una organización efectiva y emprendedora y que no eran

necesariamente inferiores a la Ascendencia. Jonathan Swift llamó la atención sobre este

contraste, comentando los logros de los irlandeses en ejércitos extranjeros, «que deben

hacer que los ingleses se avergüencen de los reproches que hacen de la ignorancia, la

estupidez y la falta de valor de los irlandeses nativos; esos defectos, cuando se dan,

provienen solo de la pobreza y la esclavitud que sufren a manos de sus vecinos

inhumanos». Las actitudes «inhumanas» de la Ascendencia, reflejadas en las Leyes

Penales, también gobernaban su conducta.

El éxodo irlandés lo protagonizó, en general, su aristocracia, lo cual acabó con un

elemento dinámico de la sociedad irlandesa con el que la Ascendencia habría podido

negociar. Los que se quedaron fueron en su mayoría los irlandeses pobres que no tenían

nada con lo que negociar.

La nobleza y alta burguesía de Inglaterra constituían un modelo para la Ascendencia.

La elegante arquitectura georgiana de tantas poblaciones y ciudades irlandesas y las

magníficas mansiones campestres como Castletown House y Carton House, de las cuales

Irlanda se siente, con razón, orgullosa hoy, fueron todas construidas en el siglo XVIII por

terratenientes pertenecientes a la Ascendencia. El duque de Leinster, con unos ingresos de

veinte mil libras anuales procedentes de sus propiedades en Irlanda, construyó una casa

en Dublín, Leinster House, con unos terrenos tan grandes que ahora albergan ambas

Cámaras del Parlamento irlandés –el Dáil y el Seanad Éireann–, la Biblioteca Nacional, el

Museo Nacional y la Galería Nacional de Irlanda. La clase media de la Ascendencia

también prosperó. Arthur Guinness (1725-1803) hizo una fortuna lanzando «la cerveza

negra protestante de Guinness», convirtiendo su nombre y su símbolo, el arpa, en

sinónimo actual de Irlanda.

A lo largo del tiempo, sin embargo, la Ascendencia continuó siendo una clase colonial

que, a diferencia de anteriores clases británicas gobernantes en Irlanda, nunca llegó a

identificarse totalmente con el país. Celosos y conscientes de su posición, pronto

desarrollaron distinciones propias. Sir Jonah Barrington en 1827 escribía con dureza

81


sobre la Irlanda de la Ascendencia, percibiendo tres tipos de alta burguesía irlandesa:

«medio caballeros», «caballeros» y «caballeros hasta la médula». Los «medio

caballeros», según sir Jonah, tenían buenas relaciones con sus sirvientes y solían llevar

látigos con pesas de plomo con los que golpeaban a los campesinos imprudentes. Las

otras categorías de caballeros solían dejar las profesiones y el comercio a las clases

medias, concentrándose en la explotación de sus propiedades. Arthur Young, ensayista,

experimentador agrícola y topógrafo, vivió en Irlanda de 1776 a 1778 y observó lo

siguiente:

Le es casi imposible al terrateniente irlandés inventar órdenes que los sirvientes, peones o campesinos se

atrevan a desobedecer. La falta de respeto o cualquier otra cosa que tienda hacia la insolencia la puede

castigar con su bastón o su látigo con la más perfecta impunidad [...] Terratenientes de peso me han

asegurado que muchos de sus campesinos se sentirían honrados si a sus esposas o hijas se las llamara a la

cama de sus amos, lo que supone una señal de esclavitud que demuestra la opresión bajo la que vive esta

gente[3].

Las condiciones de vida para la amplia mayoría del pueblo irlandés eran muy diversas.

Muchos vivían en la miseria, mientras otros llevaban una vida más próspera. Pero había

grandes disparidades que, junto con la restrictiva legislación de Westminster que atentaba

contra las sensibilidades de la Ascendencia, se combinaban para producir no solo un

sentido de separación por parte de la Ascendencia, sino también una crítica devastadora

desde dentro de la clase gobernante. A un hombre, más que a cualquier otro, se le

identifica con esa voz crítica: Jonathan Swift (1667-1745), deán anglicano de la catedral

de San Patricio en Dublín.

Swift era un inesperado crítico que satirizaba a su propia clase. Nacido en Dublín, se

graduó en el Trinity College y fue secretario del estadista guillermista sir William

Temple. En 1694 fue ordenado clérigo de la Iglesia de Inglaterra y en las dos décadas

siguientes adquirió en Londres una reputación de persona inteligente y conversadora. En

1704 publicó dos libros anónimos, A Tale of a Tub [El cuento del tonel] y The Battle of

the Books [La batalla de los libros]. Llegó a apoyar a la facción pro Estuardo –los tories–

en la política británica, escribiendo artículos en su favor. También cometió el error de no

ocultar a sus contemporáneos su brillante intelecto y mordaz agudeza, lo que llevó a que

no confiaran en él. Cuando su protector, Robert Harley, llegó a ser ministro de Economía

en 1710, Swift tuvo la esperanza de prosperar e incluso conseguir un obispado, pero se

llevó una decepción (en parte porque sus observaciones libres sobre la religión habían

alienado a la reina Ana). En 1713 aceptó la mejor oferta que se le había hecho,

convirtiéndose en deán de la catedral de San Patricio, lo que consideró él como un

destierro. Con el eclipse de los tories por parte de los whigs (liberales) al año siguiente,

año de la muerte de la reina Ana, las esperanzas de reconocimiento que tenía Swift se

desvanecieron y pasó el resto de su vida en Irlanda.

Como resultado de su decepción, pero también debido a su experiencia como deán,

Swift se convirtió en el principal exponente de la sátira política antigubernamental en

Irlanda. Dos años antes de su nombramiento como deán, escribió a un corresponsal:

«Tienes razón sobre mi indiferencia con respecto a los asuntos de Irlanda, que no está

ocasionada por mi ausencia sino por mi desprecio por ellos». Sin embargo, en 1720 tenía

mucho interés por los asuntos irlandeses, y publicó de forma anónima un panfleto en el

que se oponía al Acta Declaratoria de 1719 y abogaba por la resistencia mediante el

82


oicot de las importaciones inglesas y la compra exclusiva de productos irlandeses. En

1724 escribió las Drapier’s Letters [Las cartas del pañero] –cuya autoría era un secreto a

voces–, que jugaron un papel importante a la hora de evitar el «medio penique de Wood»,

la corrupta introducción de unas nuevas monedas de cobre en Irlanda, argumentando que

«gobernar sin el consentimiento de los gobernados es la mismísima definición de la

esclavitud». Tres años después, en A Short View of the Present State of Ireland [La

cuestión de Irlanda] criticó la práctica del absentismo de los terratenientes, estimando

que la mitad de los ingresos netos de Irlanda se sacaban del país y se gastaban en Gran

Bretaña. Swift decía que los cada vez más altos arriendos, principal fuente de los

ingresos, «se extraen de la misma sangre, las entrañas, la ropa y la vivienda de los

arrendatarios, que viven peor que los mendigos ingleses».

En 1729 Swift publicó su obra maestra, de una ironía salvaje: A Modest Proposal for

Preventing the Children of Poor People from Being a Burden to Their Parents or the

Country, and for Making Them Beneficial to the Public [Modesta propuesta para evitar

que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres y para hacerlos

beneficiosos al país]. En este panfleto sugería que tanto los pobres como los ricos se

podrían beneficiar de la venta de niños pobres como comida para los ricos, «una comida

muy deliciosa, nutritiva y completa». Su obra más famosa, Los viajes de Gulliver, que

escribió con su propio nombre y que fue publicada en 1726, era una sátira política poco

enmascarada. Con ella se hizo célebre y popular y, aunque no trata de Irlanda, su ira

contra la miseria y la depravación debió de haber surgido de su propia experiencia en

Irlanda. Analogías con Lilliput y Brobdingnag se pueden encontrar en antiguos cuentos

populares irlandeses. Sin duda para su propio regocijo, a Swift se le ha considerado con

razón un patriota irlandés.

Un contemporáneo y amigo de Swift, el filósofo George Berkeley (1685-1753), nacido

cerca de Kilkenny, llegó a ser obispo de la Iglesia de Irlanda en Cloyne e importante

defensor de la reforma en Irlanda. En 1736, en la revista Querist, publicó artículos en los

que de forma retórica se preguntaba «si un extranjero podría imaginarse que la mitad de

la gente se estaba muriendo de hambre en un país que enviaba al exterior tanta cantidad

de provisiones» y «si no era un vano intento de proteger la prosperidad de nuestra alta

burguesía protestante, marginando a la mayor parte de los nativos». Durante algunos años

había vivido en la colonia norteamericana de Rhode Island, donde había sido propietario

de esclavos negros. «Los negros de nuestras plantaciones», escribía, «tienen un dicho: “si

los negros no fueran negros, los irlandeses serían negros”. Se puede afirmar en verdad

que los mismos salvajes de América están mejor vestidos y tienen mejor vivienda que los

labradores irlandeses».

La Irlanda de la Ascendencia dio otras importantes figuras literarias y políticas durante

el siglo XVIII. Edmund Burke (1729-1797), nacido en Dublín de padre abogado

protestante y madre católica, educado en un colegio cuáquero en el condado de Kildare y

en el Trinity College, de Dublín, donde fue uno de los fundadores de su sociedad

histórica, llegó a ser miembro del Parlamento de Westminster, representando al partido

whig por varias circunscripciones inglesas, y estableció su domicilio en Londres. Entre

1780 y 1792 escribió tres panfletos sobre Irlanda, en los que abogaba por la conciliación

en lugar de la coacción, y mostraba paralelismos con el levantamiento de los colonos

americanos e indicando que la forma tan insensible con la que Gran Bretaña manejaba las

aspiraciones coloniales era la causa de la oposición que había hacia el gobierno británico

83


en ambos lugares. Su obra más famosa, Reflections on the Revolution in France

[Reflexiones sobre la Revolución francesa], publicada en 1790 hacia el final de su vida,

abogaba por una política más reaccionaria y motivó que Thomas Paine escribiera sus

Derechos del hombre como réplica.

El pensamiento político de Burke, junto con el de Benjamin Disraeli, se ha convertido

en la filosofía del conservadurismo moderno británico. Dos dramaturgos, Oliver

Goldsmith (1728-1774) y Richard Brinsley Sheridan (1751-1816), ambos nacidos en

Irlanda y, al igual que Burke, licenciados por el Trinity College de Dublín, también

forjaron sus carreras en Londres. She Stoops to Conquer [Humillarse para vencer]

(1773), de Goldsmith, y The School for Scandal [La escuela del escándalo] (1777), de

Sheridan, se encuentran entre las obras que más frecuentemente se representan en lengua

inglesa. Sheridan fue parlamentario del partido whig por Stafford de 1780 a 1812, y a

diferencia de Burke, admiraba los principios de la Revolución francesa. De manera

elocuente, se opuso al Acta de Unión entre Gran Bretaña e Irlanda en 1800.

1798

Bajo la apariencia de la sociedad privilegiada y acaudalada de la Ascendencia,

sobrevivía una Irlanda gaélica vibrante pero oculta. Sin disfrutar ya de poder político y

con la pérdida de sus líderes naturales en la emigración, la Irlanda gaélica se aferraba a lo

que podía: su lengua, costumbres y tradiciones. Ante sus gobernantes, parecía avenirse a

las reglas y normas que obligaban a su sumisión, pero en realidad mantenía su propia

conciencia y su independencia de espíritu. Los sucesores de los viejos brehones, bardos y

eruditos –los poetas gaélicos de los siglos XVII y XVIII– fueron vitales para la

supervivencia de un mundo gaélico tras la huida de los condes. Desarrollaron una forma

de poesía visionaria llamada aisling (toda en lengua irlandesa y difícil de traducir al

inglés). Expresada en forma de lamento, reflejaba la percepción gaélica de su condición

actual, comparada con sus hazañas del pasado y los logros de los exilados

contemporáneos; este tipo se poesía generalmente presenta la visión de una preciosa

doncella (que simboliza a Irlanda) suspirando por el regreso de su amante que la rescatará

de sus penalidades (reflejo del Estado de Irlanda bajo el dominio extranjero).

Eogan O’Rahilly (1670-1726) es uno de los pocos poetas gaélicos de este periodo cuyo

nombre ha llegado hasta nosotros. Sus poemas, y los de otros, poseen una calidad que los

sitúa al mismo nivel que la poesía metafísica y romántica de Gran Bretaña. El ensueño, de

O’Rahilly, traducido de forma magistral por Frank O’Connor, constituye una obra

maestra del arte aisling:

One morning before Titan thought of stirring his feet

I climbed alone to a hill where the air was kind,

And saw a throng of magical girls go by

That had lived to the north in Croghan time out of mind.

All over the land from Galway to Cork of the ships,

It seemed that a bright enchanted mist came down,

Acorns on oaks and clear cold honey on stones,

Fruit upon every tree from root to crown.

84


They lit three candles that shone in the mist like stars

On a high hilltop in Connello and then were gone,

But I followed through Thomond the track of the hooded Queens

And asked them the cause of the zeal of their office at dawn.

The tall Queen, Euvul, so bright of countenance, said

«The reason we light three candles on every strand

Is to guide the King that will come to us over the sea

And make us happy and reign in a fortunate land».

An then, so suddenly did I start from my sleep,

They seemed to be true, and the words that had been so sweet –

It was just that my soul was sick and spent with grief

One morning before Titan thought of stirring his feet.

[Una mañana antes de que Titán pensara en moverse

subí solo a una colina donde el aire era suave

y vi pasar una multitud de muchachas mágicas

que habían vivido al norte de Croghan hacía mucho tiempo.

Por toda la tierra, desde Galway a Cork, ciudad de barcos,

parecía que bajaba una niebla encantada y luminosa,

bellotas en los robles y miel clara y fría en las piedras,

fruta en cada árbol desde la raíz hasta la copa.

Encendieron tres velas que brillaban en la niebla como estrellas,

en la cima de una colina alta en Connello, y luego desaparecieron,

pero yo seguí por Thomond la pista de las reinas encapuchadas,

y les pregunté la razón de su fervor en su tarea al alba.

La reina alta, Euvul, de rostro tan bello, dijo

«encendamos tres velas en cada ribera

para guiar al rey que nos llegará por mar

y que nos hará felices y reinará en una tierra afortunada».

Y entonces, me desperté tan repentinamente

que parecían ser de verdad, como las palabras que habían sido tan dulces

–era que mi alma estaba tan apesadumbrada y desolada

una mañana antes de que Titán pensara en moverse.]

Todos estos poetas se inspiraban en temas nacionalistas. En las escuelas de bardos del

siglo XVII y en sus sucesoras más modestas, las academias de poesía de la primera mitad

del siglo XVIII, los poetas irlandeses nativos se reunían y determinaban el estilo y los

temas de las poesías que habían de presentar a la siguiente escuela o asamblea. Este hecho

les dio a los poemas gaélicos una coherencia especial, centrándose en las des​gracias

personales y nacionales y exaltando las virtudes del orgullo nacional.

Thomas Moore (1779-1852), poeta romántico irlandés que provenía de otra tradición,

fue tan popular en su tiempo como su amigo lord Byron. Sus poemas –entre los cuales se

encuentran «The Minstrel Boy» [El niño juglar], «The Harp that once Through Tara’s

Halls» [El arpa que una vez por los salones de Tara] y «The Meeting of the Waters» [El

encuentro de las aguas]– le dieron el reconocimiento como el poeta nacional de Irlanda y

85


siguen siendo las expresiones favoritas del sentimiento irlandés.

Además de la poesía, la otra expresión principal del sentimiento irlandés durante el

siglo XVIII tomó la forma de malestar agrario. Las relaciones entre terratenientes y

arrendatarios en Irlanda han sufrido malas interpretaciones, y han dado a menudo

demasiada importancia al absentismo de los terratenientes. La realidad es que la mayoría

de la gente –el campesinado– recordaba que sus antecesores habían sido propietarios de la

tierra hacía relativamente poco y, por tanto, siempre había presiones para conseguir una

mejora. Las propiedades a menudo eran bien administradas y rentables: entre las décadas

de 1720 y 1770 es posible que los ingresos por arriendo se triplicaran. Los arriendos de

los absentistas, como proporción del total, descendieron en el mismo periodo desde entre

una cuarta y una sexta hasta una octava parte. Los administradores profesionales de

propiedades se preocupaban con frecuencia del bienestar de los arrendatarios e hicieron

mucho por evitar un latente estado de lucha por la tierra a lo largo de todo el país. Lo

normal era que los arrendatarios tuvieran tierras de 40 a 60 hectáreas, pero había quien

tenía 1.600 y hasta 4.000 hectáreas. Como consecuencia, aunque seguía existiendo una

gran violencia agraria, normalmente estaba provocada por causas específicas y no como

resultado de las reivindicaciones sobre el derecho de los arrendatarios. Tan solo en el

siglo XIX, los derechos de los arrendatarios se convirtieron en el principal rasgo de la

agitación agraria, siendo las reivindicaciones de seguridad de tenencia e indemnización

por las mejoras las más destacables.

Sociedades de campesinos y/o arrendatarios, secretas y en las que se ingresaba bajo

juramento, nacieron como instrumentos del malestar agrario a finales del siglo XVIII. Los

Whiteboys –cuyo nombre se debe a las camisas blancas que llevaban– de Munster,

constituidos hacia 1760, fueron los primeros de estos grupos, que surgieron motivados

por el cercado de tierras comunes. Los Whiteboys aterrorizaron a los propietarios del sur y

del oeste, asesinaron, robaron, quemaron cosechas y casas y mutilaron al ganado. En

1763, los informes oficiales, sin duda influidos por el pánico, dijeron que alrededor

14.000 hombres se habían movilizado en Tipperary, que aproximadamente 40.000 habían

sitiado Derry y que 20.000 se habían manifestado en contra de los impuestos.

Los Oakboys [Chicos de roble] en el norte, en la década de 1760 y sus sucesores, los

Steelboys [Chicos de acero], en la década de 1770, eran sociedades presbiterianas

similares a los Whiteboys que usaban los mismos métodos y que se formaron para

oponerse al aumento de los arriendos y de la contribución. Común a todas estas

sociedades era su oposición al diezmo que se pagaba a la Iglesia Establecida Anglicana de

Irlanda. Pero debido tanto a su falta de coordinación como a la de dirigentes con

formación, y al hecho de que se constituyeron para oponerse a situaciones regionales

específicas, estas sociedades nunca llegaron a tener la categoría de movimientos

nacionales. Sin embargo, lo importante es que a través del malestar común, tanto

católicos como disidentes se dieron cuenta de que tenían objetivos comunes, que habrían

de ayudar a formar la alianza que intentó la revuelta nacional en 1798.

Las revoluciones americana (1775-1781) y francesa (1789-1799) fusionaron las quejas

populares y la agitación política en Irlanda, haciendo estallar un renovado resurgimiento

nacional. Los debates y argumentos que rodearon a ambas revoluciones tuvieron un

efecto eléctrico en los mundos intelectuales y políticos irlandeses y británicos. La

Ascendencia en Irlanda se hizo eco de muchas de las quejas de los colonos americanos,

resumidas hábilmente por Jonathan Swift:

86


¿No nació la gente de Irlanda tan libre como la de Inglaterra? ¿No es su Parlamento tan justo y tan

representativo de la gente como el de Inglaterra? ¿Son súbditos del mismo Rey? ¿No brilla el mismo sol

sobre ellos? ¿Y no tienen el mismo Dios como protector? ¿Soy yo un hombre libre en Inglaterra y me

convierto en esclavo en seis horas cruzando el canal?[4].

Las necesidades militares constituyeron la primera oportunidad para la reforma política

en Irlanda. El desplazamiento de regimientos irlandeses a las colonias americanas en la

década de 1770 implicaba que el gobierno tenía menos recursos a su disposición, de ahí

que se forzara un acercamiento más conciliatorio a las llamadas a la reforma. En 1778 el

corsario americano Paul Jones asaltó la bahía de Belfast y se apoderó de un navío de la

Marina Real británica. Todo lo que el virrey pudo ofrecer a los ciudadanos de Belfast que

pidieron protección fue media tropa de caballería no montada y media compañía de

inválidos. Comerciantes e industriales querían que se pusiera fin a las restricciones

comerciales a las que se habían enfrentado desde el reinado de Guillermo III. La

Ascendencia quería libertad para gobernar Irlanda sin las interferencias de Westminster, y

tanto católicos como disidentes querían la tolerancia religiosa.

Con la Guerra de la Independencia americana (en la que Francia estaba en esos

momentos involucrada), cambiando obviamente las perspectivas y adornando los datos,

en 1779, el gobierno de Jorge III accedió a la retirada de muchas de las tasas que

obstaculizaban el comercio irlandés. Al mismo tiempo, el Parlamento irlandés decidió

que la debilidad militar del gobierno en Irlanda hacía aconsejable el relajamiento de las

Leyes Penales. La Ley de Gardiner de 1778, del Parlamento irlandés, permitió que los

católicos pudieran comprar tierra libremente por primera vez desde hacía casi un siglo. En

1780 se revocaron las Leyes de Prueba, que impedían que los disidentes participaran en

política. En 1782 la Ascendencia consiguió su principal reivindicación y logró el acuerdo

de Westminster para revocar la Ley Poynings y el Acta Declaratoria de 1719, con lo que

consiguió que el Parlamento irlandés tuviera el derecho a legislar directamente en Irlanda.

En 1783 el Parlamento de Westminster aprobó una Ley de Renuncia por la que cedía sus

derechos a legislar en Irlanda.

Las reivindicaciones de la Ascendencia habían sido encabezadas por los Voluntarios

Irlandeses, una milicia formada en 1779 supuestamente para defender a Irlanda de la

invasión francesa, pero también para presionar al gobierno británico y a Westminster para

que emprendieran la reforma. Estaban dirigidos por tres parlamentarios irlandeses

anglicanos –Henry Grattan (1746-1820), Henry Flood (1732–1791) y el conde de

Charlemont (1728-1799)– que también encabezaban el partido de los «patriotas» en el

Parlamento irlandés, reivindicando más derechos para la Ascendencia. Al año de su

constitución, se entrenaban en público cuarenta mil Voluntarios Irlandeses (todos

protestantes, ya que a los católicos todavía no se les permitía llevar armas) –«la propiedad

armada de la nación» como Grattan los denominaba–. Después de asegurar la

independencia del Parlamento irlandés en 1782, Grattan aclamaba al «Rey, los Lores y

los Comunes» de Irlanda en términos nacionales:

Encuentro a Irlanda arrodillada. Velo por ella con una eterna preo​cupación; he seguido su evolución desde

sus heridas a las armas y desde las armas a la libertad. ¡Espíritu de Swift! ¡Espíritu de Molyneux! ¡Vuestro

genio ha prevalecido! Ahora Irlanda es una nación. En ese nuevo carácter yo la aclamo.

Grattan habló con acierto tanto en su propio nombre como en el de la Ascendencia,

pero su percepción no la compartía la mayoría de los irlandeses. Ellos seguían

87


enfrentándose a la discriminación económica, social, política y religiosa, y el Parlamento

irlandés por el que Grattan y sus «patriotas» hacían campaña suponía la institución del

dominio de la Ascendencia. Como Gustave de Beaumont indicó unas décadas después

acerca de la Ascendencia: «Decían que eran Irlanda y acabaron creyéndoselo».

El propio Grattan se dio cuenta de que la nación irlandesa la formaban muchos más que

la Ascendencia e instó tanto a la tolerancia religiosa como a la representación política

para los católicos. «Los protestantes irlandeses», declaró, «nunca podrán ser libres hasta

que los católicos irlandeses dejen de ser esclavos... Me avergonzaría de dar la libertad a

solo seiscientos mil de mis compatriotas cuando podría ampliarla a dos millones más». En

1796 propuso ante la Cámara de los Comunes irlandesa que los católicos pudieran ser

miembros del Parlamento, pero perdió por 143 votos a 19. Abatido y con problemas de

salud, renunció a su escaño al año siguiente. Volvió a la política para oponerse a la unión

de Gran Bretaña e Irlanda y se pasó el resto de su vida luchando por la emancipación de

los católicos. Su carrera fue testimonio del hecho de que la historia irlandesa no se puede

ver meramente como una lucha entre católicos y protestantes, sino también como

resultado de los sentimientos nacionalistas de algunos miembros de la clase privilegiada.

Eran naturalmente resentidos y buscaron una nueva pero incómoda identidad como

colonos.

A diferencia de Grattan, a la mayor parte de la Ascendencia solo le importaba

fortalecer su posición como gobernantes y dueños del país. En 1783 Henry Flood

defendió las Leyes Penales aduciendo que «hace noventa años el 80 por 100 del país

estaba a favor del rey Jacobo. Fueron vencidos y me alegro de esa derrota. Las leyes que

posteriormente se aprobaron no eran leyes de persecución; eran una necesidad política», y

daba argumentos contra la tolerancia política para los católicos alegando que la Irlanda

católica utilizaría ese poder político para socavar los vínculos constitucionales con Gran

Bretaña; un vínculo del que la Ascendencia, sin embargo resentida, dependía para

mantener su supremacía.

La negativa de la Ascendencia a ampliar los derechos que reclamaban para sí mismos a

sus paisanos católicos y disidentes –en un momento en el que los gritos americanos y

franceses de «libertad, igualdad y fraternidad» llenaban el ambiente político e intelectual–

generó una rebelión popular dirigida desde un inesperado círculo: una combinación de

anglicanos radicales y disidentes norirlandeses. El líder de este nuevo nacionalismo era

un hombre joven, Theobald Wolfe Tone (1763-1798), hijo de un carrocero anglicano de

Dublín, graduado por el Trinity College y miembro de la abogacía irlandesa desde 1789.

Enseguida se cansó de ella y, entusiasmado con los principios de las revoluciones

americana y francesa, se dedicó a la política. En Belfast, en 1791, formó la Sociedad de

los Irlandeses Unidos, cuyo objetivo era conseguir la igualdad religiosa para todos y la

reforma política. También publicó un panfleto, Argumentos en favor de los católicos de

Irlanda, en el que elaboraba los objetivos de la Sociedad en un esfuerzo por convencer a

los disidentes de sus ideas. En su autobiografía explicaba:

Mis objetivos eran socavar las bases de la tiranía de nuestro deplorable gobierno, romper la relación con

Inglaterra, la eterna causa de todos nuestros males políticos, y reivindicar la independencia de mi país. Mis

medios eran unir a toda la gente de Irlanda, abolir la memoria de todas las disensiones pasadas y poner el

nombre común de irlandés en lugar de las denominaciones de protestante, católico y disidente[5].

Entre los hombres que lo apoyaban estaban Henry Joy McCracken, un fabricante textil

88


presbiteriano de Belfast, y lord Edward Fitzgerald, quien fue separado del ejército

británico por proponer un brindis republicano en un banquete en París en 1792. En ese

mismo año, Tone organizó una Convención Católica de delegados elegidos que hicieron

un llamamiento a la tolerancia religiosa y política. El primer ministro, William Pitt el

Joven (1759-1806), ante la inminente amenaza de guerra con Francia, decidió que la

conciliación era necesaria en Irlanda y presionó al Parlamento irlandés para que aprobara

una serie de medidas en favor de los católicos (Ley de Desagravio Católico, enero de

1793), tales como conceder a los católicos adinerados el derecho a votar y a acceder a las

profesiones liberales, pero no a ser miembros del Parlamento.

Poco después de que se aprobara dicha ley (1 de febrero) la Francia revolucionaria

declaró la guerra a Gran Bretaña y proclamó la promesa de ayudar a la gente de cualquier

nación a derrocar a sus gobernantes. Tone y los Irlandeses Unidos se propusieron sacar

partido de esta promesa y tramaron la rebelión. Descubiertos por las autoridades, se

vieron obligados a actuar de forma clandestina. Tone consiguió salir de Irlanda y se

dirigió a Francia en busca de ayuda. En el invierno de 1796 regresó a la bahía de Bantry

con una flota francesa compuesta por 43 barcos y quince mil soldados, pero una tormenta

les impidió desembarcar y se vieron obligados a volver a Francia. Leonard McNally,

abogado irlandés, dramaturgo, miembro fundador de los Irlandeses Unidos y espía del

gobierno, advirtió con acierto a sus superiores que esta vez se habían salvado por muy

poco:

Todo el campesinado se uniría a los franceses en caso de una invasión [...] Los sufrimientos de la gente

corriente por los altos arrendamientos y los bajos salarios, por las opresiones de sus patrones [...] y los

diezmos no son las únicas causas de su desafecto hacia el gobierno y de su odio a Inglaterra; porque aunque

estos han mantenido durante mucho tiempo al campesino irlandés en un estado de esclavitud e indigencia,

hay otra causa aún más peligrosa que los domina a todos [...] Esta causa es un apego a los principios

franceses en política y religión y el ardiente deseo de un gobierno republicano[6].

Desde su fundación en Belfast, los Irlandeses Unidos habían crecido. Los miembros

fundadores eran disidentes norirlandeses entusiasmados por las ideas de Tone, resentidos

por la discriminación y armados como consecuencia de sus días en los Voluntarios

Irlandeses. En 1795, los espías del gobierno informaron que existían entre dos mil y tres

mil grupos de Irlandeses Unidos ilegales por todo el país, que se caracterizaban por una

nueva beligerancia, que reflejaba los eslóganes revolucionarios franceses. Tone indicó

hasta dónde estaban dispuestos a llegar en su reivindicación por la independencia política

de Gran Bretaña, amenazando a la Ascendencia (a la cual esperaba convencer de sus

ideas): «Si los hombres con propiedades no nos ayudan, deben caer; nos liberaremos a

noso​tros mismos con el apoyo de esa clase grande y respetable de la comunidad –los

hombres sin propiedades–». En una Irlanda libre, él aceptaría la posición económica de la

Ascendencia, pero si ellos no lo apoyaban para alcanzar esta libertad, también estaba

dispuesto a enfrentarse a su posición.

A mediados de mayo de 1798, advertido por sus espías de que los Irlandeses Unidos

planeaban una rebelión para el día 23 de dicho mes, el gobierno tomó medidas enérgicas.

Casi todos los líderes de la Sociedad fueron arrestados. Las fuerzas de la milicia y los

pequeños propietarios controladas por el gobierno y formadas en 1796, cuando el peligro

de la invasión francesa parecía mayor, por terratenientes, arrendatarios y pequeños

granjeros leales, recorrían el país torturando y azotando a los sospechosos de pertenecer a

89


los Irlandeses Unidos. Como consecuencia directa de este salvaje intento de evitarla, se

produjo la rebelión. El 23 de mayo, a pesar de haber perdido a sus líderes, miles de

Irlandeses Unidos, especialmente en los condados de Wexford, Wicklow y Mayo,

cogieron sus picas y sus guadañas, tendieron emboscadas a las fuerzas gubernamentales y

mataron a oficiales y terratenientes. La mayor parte de los rebeldes pronto tuvieron que

huir o fueron capturados por los pequeños propietarios y la milicia.

Sin líderes, el alzamiento, que duró tres semanas en Wexford, rápidamente degeneró en

una matanza vengativa, con masacres de protestantes en las ciudades de Wexford y

Enniscorthy. Algunos miembros de la elite territorial capturados por los rebeldes fueron

ensartados con picas, y cerca de New Ross 184 hombres, mujeres y niños protestantes

fueron masacrados. El mismo duro castigo recibieron los rebeldes tras su derrota en

Vinegar Hill el 13 de junio. En el norte de Irlanda, la noticia de las matanzas sectarias en

Wexford ofendió a muchos Irlandeses Unidos protestantes, pero otros se alzaron en

defensa de sus ideas originales. El 7 de junio, Henry Joy McCracken dirigió un ataque

sobre la ciudad de Antrim, donde los rebeldes cantaron La Marsellesa, pero fue capturado

unos días después y ahorcado en Belfast. Hacia mediados de junio, la rebelión había

acabado.

En Francia, Wolfe Tone tuvo conocimiento de estos sucesos y organizó febrilmente

una fuerza expedicionaria. El 22 de agosto, una tropa de mil hombres bajo el mando del

general francés Humbert desembarcó en Killala, en el condado de Mayo, pero se

rindieron después de algunas refriegas. Al mes siguiente, James Napper Tandy, que había

estado en Francia con Tone durante mayo y junio, desembarcó con una pequeña fuerza en

la isla de Rutland, en la costa de Donegal, pero se marchó al conocer la rendición de

Humbert. El 12 de octubre, el propio Tone fue capturado después de que su flota de nueve

barcos fuera vencida por la Marina Real británica en la costa de Donegal. En Dublín fue

juzgado por un consejo de guerra y sentenciado a la horca. Suplicó que se le fusilara

como a un soldado y cuando se suspendió su ejecución, se suicidó cortándose el cuello

con una navaja.

La Ascendencia, de forma equivocada, interpretó el levantamiento de 1798 como un

hecho puramente católico. El virrey, lord Cornwallis, quien se había rendido a George

Washington en Yorktown en 1781 y cuyo don de mando había vencido a Humbert,

denunció rápidamente «la locura» que le pareció «identificar católico en lugar de jacobino

como base de la actual rebelión». Sir Hercules Langrishe, miembro del Parlamento

irlandés, conservador independiente, tuvo muy claro que 1798 fue el resultado de la

«política francesa y éxito francés, de la jerga de la igualdad que se había difundido a

través de una multitud engañada por parte de conspiradores».

La Iglesia católica, a pesar del hecho de que los sacerdotes habían dirigido la revuelta

sectaria de Wexford, se opuso directamente a la rebelión, al ver en ella la mano de la

Francia revolucionaria anticlerical y antipapal. A la semana del estallido del

levantamiento, el presidente del seminario católico en Maynooth y veintiocho prelados

firmaron un documento en el que condenaban la rebelión y hacían un llamamiento a la

defensa de «nuestra constitución, el orden social y la religión cristiana». Y mientras en

toda Irlanda 60 sacerdotes fueron implicados en la revuelta, 15 ministros presbiterianos y

9 licenciados fueron también arrestados, de los cuales un ministro presbiteriano y un

licenciado fueron ejecutados. «El espíritu del saqueo y la dominación popular», en

palabras de sir Hercules Langrishe, junto con «la política francesa» y no el sentimiento

90


eligioso, habían dirigido el intento de «romper los lazos de la sociedad y establecer la

inestabilidad de la voluntad popular frente a la firmeza del gobierno establecido».

Sin embargo, los Irlandeses Unidos de Wolfe Tone se convirtieron en modelo a seguir

para posteriores nacionalistas irlandeses. Su color, el verde, pasó a ser el color nacional.

La tumba de Tone en Bodenstown, en el condado de Kildare, es hasta nuestros días lugar

de peregrinaciones y manifestaciones anuales por parte de grupos nacionalistas,

dispuestos, según sus propias palabras, «a romper la relación con Inglaterra».

Desafortunadamente, el intento de los Irlandeses Unidos por superar las diferencias

religiosas no ha sobrevivido. El republicanismo racional de Tone era anticlerical: él

mismo se alegró mucho cuando el papa Pío VI fue capturado por los franceses en la

primavera de 1798, escribiendo en su diario que esta era una «oportunidad de destruir

para siempre la tiranía papal». Sin embargo, muchos de sus sucesores nacionalistas

irlandeses estaban dispuestos a aceptar la identificación de nacionalismo con catolicismo,

buscada como explicación en 1798 por parte de la Ascendencia, y conseguida por primera

vez por Daniel O’Connell, «el Libertador».

[1] Edmund Spenser, A Veue of the Present State of Ireland, Londres, 1596.

[2] Bertie Ahern (con Richard Aldous), The Autobiography, Londres, 2009, p. 199.

[3] Arthur Young, A Tour in Ireland, Londres, 1780, pp. 127-128.

[4] Jonathan Swift, The Drapier’s Letters, vol. IV, Dublín, 1742, pp. 92-93.

[5] Theobald Wolfe Tone, The Life of Theobald Wolfe Tone, ed. William Theobald Wolfe Tone, Washington,

1831, p. 62.

[6] Cit. en William Lecky, A History of England in the Eighteenth Century, vol. VII, Londres, 1890, p. 143.

91


3

Unión

Las Leyes Penales habían contribuido a crear una relación natural entre el catolicismo

y la reforma en Irlanda. En 1791, se reactivó el Comité Católico –formado por primera

vez en 1759– para pedir medidas de desagravio. Este alcanzó cierto éxito, especialmente

con la Convención Católica de 1792 organizada por Wolfe Tone, que había desempeñado

un papel importante a la hora de conseguir la Ley de Desagravio Católico. En su mayoría,

los católicos que participaron en la Convención y que crearon el Comité eran

comerciantes adinerados de Cork y Dublín que compartían gran parte de las aspiraciones

y objetivos comerciales de la Ascendencia. La inmensa mayoría de los irlandeses

católicos (en común con la inmensa mayoría del pueblo británico) no estaban

representados en lugar alguno. Y mientras la clase gobernante de la Ascendencia estaba

relacionada con la clase gobernante británica, antes de que la Revolución industrial

atrajera mano de obra irlandesa hacia las ciudades británicas, el pueblo llano en ambos

países tenía poco contacto entre sí. De hecho, escritores y viajeros como el obispo

Berkeley, Arthur Young y Jonathan Swift describían a sus lectores ingleses un modo y

unas condiciones de vida de los irlandeses muy diferentes de los que había en Inglaterra.

El catolicismo irlandés constituía simplemente el aspecto más evidente de una identidad

cultural distinta, y para 1800 de una identidad nacional cada vez más diferenciada.

Los asentamientos estuardianos, cromwellianos y guillerminos del siglo XVII habían

aplastado la cultura gaélica hasta reducirla casi exclusivamente a patrimonio del

campesinado, y solo unas cuantas antiguas familias gaélicas (por ejemplo, los O’Byrne de

Wicklow y los O’Connell de Kerry) que consiguieron sobrevivir con algunas tierras

mantuvieron costumbres culturales y sociales gaélicas hasta bien entrado el siglo XVIII.

Las escuelas junto a los setos –reuniones ilegales al borde de los caminos (leyes

aprobadas en 1696 y 1710 prohibían los maestros y la educación católicos, y el envío de

los niños al extranjero)– crecieron durante el siglo XVIII, y en ellas los sacerdotes y los

sucesores de los antiguos brehones y poetas gaélicos enseñaban a los niños campesinos y

mantenían vivos su idioma, la historia y los relatos de la Irlanda gaélica, e incluso el latín

y el griego. John O’Hagan, un famoso abogado y escritor en el Dublín del siglo XIX, dejó

un sucinto retrato de las escuelas:

Agachados sin moverse bajo el seto protector,

o tendidos sobre los helechos de la montaña,

el maestro y sus discípulos se reunían como delincuentes para aprender.

Un fuerte espíritu comunal echó raíces: el meithaels, un sistema voluntario por el que

los campesinos se reunían para llevar a cabo el cultivo intensivo en un campo tras otro,

comenzó a desarrollarse durante el siglo XVII (y en el oeste de Irlanda pervivió hasta el

siglo XX).

Los sacerdotes, frecuentemente el único consuelo del pueblo, volvieron a tener, junto al

catolicismo, una nueva influencia. Miles de sacerdotes irlandeses, a los que se les negó

educación en el país, recibieron formación en centros irlandeses fundados en el

extranjero, especialmente en Douai (Flandes), París (Francia), Lisboa (Portugal),

Salamanca y Valladolid (España). Una vez ordenados, volvían a Irlanda y a una vida de

92


pobreza y persecución por causa de su fe. Su único consuelo era la multitud de devotos

feligreses que frecuentemente se reunía al aire libre para celebrar misa. El filósofo francés

Alexis de Tocqueville, que viajó por Irlanda en la década de 1830, cuenta que un

sacerdote de Connaught le dijo: «La gente me da libremente el fruto de su trabajo, y yo

les ofrezco mi tiempo, mi atención y toda mi alma [...] Entre nosotros existe un

intercambio permanente de sentimientos de afecto».

La represión del catolicismo y su consecuente identificación parcial como «suyo» por

parte de los irlandeses provocó una masiva expresión de fe nacional cuando las Leyes

Penales fueron derogadas. En 1800, en el país solamente había 120 monjas; en 1900, unas

8.000. El número de sacerdotes, monjes y Hermanos Cristianos aumentaron en

proporciones similares, hasta el punto de que los misioneros irlandeses se convirtieron en

una componente básica de los esfuerzos de la Iglesia en todo el mundo. La opresión

reforzó la participación de la Iglesia en la educación. Esto fomentó en la Iglesia irlandesa

un compromiso con la educación que en el siglo XIX y posteriormente le daría el control

de la mayoría de las escuelas y despertaría un concomitante compromiso con la educación

entre los irlandeses. Hasta mediados del siglo XX, la mayoría de los niños no accedían a la

educación secundaria, pero los beneficiosos efectos de estos compromisos fueron muy

reales: el analfabetismo en Irlanda era solo del 12 por 100.

A finales del siglo XVIII, las diferencias económicas habían empezado a acentuar las

diferencias culturales y religiosas en Irlanda. Estas diferencias eran muy evidentes en

Irlanda del Norte, donde los disidentes (mayoritariamente presbiterianos) constituían la

mayoría. Comparada con el resto del país, la provincia del Úlster era más próspera. John

Wesley, fundador de la Iglesia metodista, en su visita a Irlanda en 1778, comentó este

hecho al escribir: «Nada más entrar en el Úlster observamos la diferencia; las tierras

estaban cultivadas igual que en Inglaterra y las viviendas, además de bien cuidadas,

tenían puertas y ventanas».

La industria del lino, que creció y floreció después de la caída del comercio de la lana

irlandesa, era el eje de esta prosperidad, ya que suponía el 70 por 100 de las exportaciones

irlandesas en 1800. El gobierno irlandés la había apoyado y subvencionado –su

Parlamento durante el siglo XVIII concedía primas a la exportación de lana para distintos

usos– y puesto que no suponía competencia para la industria inglesa, el lino irlandés

podía entrar en Gran Bretaña sin aranceles. En 1711 se estableció la Junta del Lino en

Dublín para fomentar el comercio del mismo, pero a pesar de sus intentos para extender la

industria del lino por todo el país, esta se concentró en Irlanda del Norte. En 1782, cuando

se construyó en Belfast la Lonja del Lino, las exportaciones de lino –suponían dos

millones de libras al año en 1770– ya no viajaban a través de Dublín, sino que salían

directamente desde el Úlster.

La seguridad económica disfrutada por todo aquel que participara en esta industria

implicaba la existencia de un nivel de vida claramente más alto en el Norte hacia finales

del siglo XVIII, lo que contribuyó al crecimiento de una clase media que, como se

demostró con los Irlandeses Unidos, no se identificaba con la Ascendencia, sino que tenía

bastante en común con el Comité Católico, cuyos miembros habían prosperado durante

ese siglo.

Entre 1700 y 1800, solo el comercio anglo-irlandés aumentó diez veces, de 800.000

libras al año hasta 8.300.000 libras. Aunque la mayor parte estaba constituida por los

ingresos del comercio del lino, las exportaciones de carne de vacuno (e ilegalmente de

93


lana) también contribuyeron a la prosperidad comercial. Cada año se sacrificaban una

media de 100.000 cabezas de ganado vacuno y la ternera irlandesa en salazón se enviaba

a América y otros lugares del mundo, produciendo beneficios importantes. Cork llegó a

ser conocido como el matadero de Irlanda y ya en 1800 tenía una población de 80.000

personas.

La Revolución industrial tuvo un gran efecto durante el siglo XVIII, no solo por la

introducción de la máquina de vapor en molinos y fundiciones, sino también por el

crecimiento del crédito y de la banca. Un estatuto real fundó el Banco de Irlanda en 1783

y rápidamente llegó a controlar el crédito. La masa monetaria, que reflejaba el

crecimiento del comercio, aumentó de tres a cuatro veces entre 1720 y 1770, para luego

triplicarse antes de 1797. La población del país experimentó un importante crecimiento

durante el siglo XVIII (aunque de ninguna manera tan rápido como la masa monetaria),

pasando de unos 1,1 millones en 1672 a 2 millones en 1732, 4 millones en 1788, y en

1821, fecha del primer censo en Irlanda, 6,8 millones. En 1800, la población de Gran

Bretaña era de 10,5 millones: una rebelde, la poblada Irlanda, en consonancia con

Francia, era una verdadera amenaza para Gran Bretaña.

Creció el número de los caminos y las diligencias que conectaban por primera vez con

facilidad Dublín y las principales ciudades y poblaciones del país. Las mejores técnicas

de navegación y diseño naval hicieron que los puertos irlandeses fueran accesibles para

los comerciantes europeos y transatlánticos, lo cual facilitó el comercio, y una potencial

invasión. Durante el siglo XVIII, Gran Bretaña se vio envuelta en guerras continentales y

coloniales cuyos costes acarrearon enormes sacrificios. El éxito económico irlandés era

valioso. Se esperaba que el Parlamento de la Ascendencia mantuviera a Irlanda segura,

leal y pacífica, y pagando impuestos: su existencia, y la posición de la Ascendencia,

dependían de esto.

La agricultura, la principal industria irlandesa, a pesar de las Leyes Penales (que habían

demostrado ser inaplicables) estaba dominada por una parte por agricultores arrendados y

por otra por labriegos y pequeños arrendatarios. No existía una división clara entre

propietarios protestantes y arrendados católicos: la situación era mucho más compleja.

Los precios agrícolas a lo largo del país subieron fuertemente en relación con los precios

industriales, lo que se tradujo en unas mejores condiciones de vida rurales (reflejado en el

fuerte aumento de población): los Whiteboys y Oakboys eran hombres que tenían algo que

ganar o perder y no personas que recurrían a la violencia como último recurso

desesperado por sobrevivir. Las fuerzas de la milicia y de los voluntarios que fueron los

causantes tanto de encender como de apagar el levantamiento de 1798 estaban

compuestas por católicos irlandeses terratenientes o comerciantes, al igual que muchos de

los líderes de los Irlandeses Unidos. La amenaza de Tone de desatar a «los hombres sin

tierra» –los labriegos– estaba dirigida tanto contra la Ascendencia como contra sus

propios partidarios deseosos de mejorar su posición económica y social.

La creciente prosperidad de Irlanda junto con su estratégica situación geográfica la

convirtieron en una valiosa posesión británica, especialmente durante las tres últimas

décadas del siglo XVIII, en las que Gran Bretaña tuvo que enfrentarse primero con la

Revolución americana y más tarde con la Francia republicana y napoleónica. William Pitt

el Joven se dio cuenta de esto al principio de su carrera. También se dio cuenta de que la

guerra, con sus barreras al comercio, podía afectar negativamente a la prosperidad de

grandes sectores de la economía y fomentar el descontento. Para él, el alzamiento de 1798

94


era la prueba de este peligro, y decidió presionar en favor de la unión entre Irlanda y Gran

Bretaña como una forma de poner fin a las políticas económicas discriminatorias y

contrarrestar el nacionalismo económico de la Ascendencia. Pitt dijo: «Irlanda es como

un barco en llamas, hay que apagarlas o dejarlo a la deriva». Pitt, consciente igualmente

de la alienación católica, planeó la emancipación de los católicos como parte de la unión.

En 1792 había escrito al virrey, el conde de Westmorland, que «la idea de la presente

fermentación, haciendo gradualmente que ambas partes consideren una unión con este

país, está en mi mente desde hace mucho tiempo. Permitir a los católicos compartir el

sufragio no sería en ese caso peligroso». A las pocas semanas del comienzo del

alzamiento de 1798, Pitt ya estaba intentando ganar el apoyo irlandés en favor de la

unión.

La oposición a la idea de Pitt de una unión anglo-irlandesa se concentraba

mayoritariamente alrededor de la Ascendencia, reacia a entregar los beneficiosos resortes

del poder y la posición que un Parlamento y administración propios le concedían, y

temerosa de las consecuencias políticas de la emancipación católica. En enero de 1799 la

Cámara de los Comunes irlandesa rechazó el primer Proyecto de Ley de Unión de Pitt por

111 votos frente a 106, incluso aunque Pitt había aceptado a regañadientes retirar la

emancipación católica del proyecto para intentar conseguirla una vez que se hubiera

aprobado la unión.

La cuestión de la emancipación católica, vinculada con la unión, hizo que Pitt tuviera

que enfrentarse a una oposición de otro tipo. En el norte, los contemporáneos y sucesores

de los Oakboys y los Steelboys habían llegado a considerar la religión protestante casi

como un sindicato, compitiendo fieramente con los católicos por conseguir trabajo. Los

Peep O’Day Boys protegían los intereses de los protestantes y los Defensores los de los

católicos a partir de la década de 1770. Para los pro​testantes norirlandeses el atractivo del

grupo de los Irlandeses Unidos, aunque apreciable, estaba limitado, y los Peep O’Day

Boys recibieron el grueso del apoyo protestante y de los ex Voluntarios Irlandeses en el

norte. El 21 de septiembre de 1795, un enfrentamiento en un cruce de caminos cerca de la

ciudad de Armagh entre los Defensores y los Peep O’Day Boys, llamado la «Batalla del

Diamante», supuso la derrota de los Defensores.

Para consolidar su victoria se fundó la Asociación de Lealtad a Orange –la Orden de

Orange– con el juramento de «apoyar y defender al rey y sus herederos mientras este y

aquellos apoyen la supremacía protestante». No solo se sintieron de nuevo las divisiones

sectarias, sino que además se dejó clara la naturaleza esencialmente condicional de la

lealtad de los protestantes del Úlster al gobierno británico. Serían leales y obedientes en

tanto el gobierno preservara lo que ellos consideraban sus intereses. Para ellos, la unión

anglo-irlandesa de Pitt era como el caballo de Troya de la emancipación católica que,

dado que proporcionaría a los católicos poder político, podría tener como resultado un

aumento de su poder económico a costa de los protestantes, y por tanto estaban en contra.

El alzamiento claramente sectario de 1798 en Wexford resucitó el temor protestante a una

reacción católica como la de 1641, lo que hizo crecer las filas de la Orden de Orange.

Para superar la oposición a la unión, durante 1799 y 1800 Pitt confió a lord Cornwallis,

el virrey, y a lord Castlereagh, secretario principal, la tarea de «ganarse» al Parlamento

irlandés. A los miembros de dicho Parlamento se les ofrecieron puestos, pensiones y

títulos como incentivo para garantizar los votos en favor de la unión. Se ofrecieron

ascensos a los pares irlandeses: se ennobleció o promocionó a más de cincuenta

95


diputados. El gobierno gastó un millón y cuarto de libras en sobornos y «compensaciones

por molestias». Cuando se debatió el segundo Proyecto de Ley de Unión en la Cámara de

los Comunes irlandesa a principios de 1800, la labor de Cornwallis y Castlereagh había

funcionado, y el proyecto fue aprobado por 158 votos frente a 115. Henry Grattan, que

había vuelto a la política para luchar contra la unión, estimó que solo siete diputados de

los que votaron a favor no habían sido sobornados. En la Cámara de los Lores el proyecto

fue aprobado por 75 votos a 26. El 1 de agosto de 1800, el rey Jorge III firmó el Acta de

Unión entre Gran Bretaña e Irlanda que establecía el Reino Unido: la ley entró en vigor el

1 de enero de 1801.

Se garantizó la aprobación de la ley mediante corrupciones. Lord Cornwallis se

quejaba así a un amigo: «Mi labor es de una naturaleza desagradable, negociando,

tratando con las personas más corruptas sobre la tierra. Me detesto y me odio por

comprometerme en esta sucia labor, y solo me consuela la reflexión de que sin unión el

Imperio británico se disolvería». Desde entonces, los historiadores han asociado la ley

con el soborno, aunque habría que recordar que en esa época el poder político estaba

considerado como un bien con valor de mercado. En Inglaterra, los terratenientes vendían

circunscripciones y los parlamentarios compraban; el soborno a los votantes era algo

común. Para la Ascendencia, su poder político tenía un precio y Pitt demostró que estaba

dispuesto a pagarlo. Además, existía un argumento importante en favor de la unión. La

posición y el poder de la Ascendencia dependía en última instancia del poder y la

autoridad británicos, y aunque nunca se dieran cuenta de esto claramente, su consecuencia

era que la Ascendencia tenía que satisfacer al gobierno británico con su servidumbre.

Cuando la Ascendencia irlandesa y los intereses comerciales comenzaron a competir con

los intereses británicos, cuando el Parlamento irlandés comenzó a reivindicar un poder

separado y fortaleció el nacionalismo económico de la Ascendencia, y cuando el gobierno

irlandés dominado por la Ascendencia no consiguió impedir un levantamiento irlandés en

1798, no sorprendió mucho que Pitt se decidiera por la unión, aunque solo fuera para

volver a controlar la colonia británica más antigua. Este factor se mencionó durante los

debates sobre la Ley de Unión cuando el duque de Clare, presidente de la Cámara de los

Lores de Irlanda y destacado defensor de la unión, y que, procedente de una familia de

viejos ingleses (los Fitzgibbon), sabía algo de la titularidad de las tierras irlandesas,

explicó:

Todo el poder y la propiedad han sido conferidos por sucesivos monarcas de Inglaterra a una colonia

inglesa compuesta por tres tipos de aventureros ingleses que llegaron a este país al término de tres rebeliones

sucesivas. Confiscación es el elemento común a todos ellos, y desde su primer asentamiento se han visto

rodeados por doquier por los antiguos habitantes de esta isla, dándole vueltas a su descontento con una

resentida indignación. ¿Qué seguridad de existencia física tenían los pobladores ingleses? Y ¿qué seguridad

tienen sus descendientes hoy? La posición poderosa y dominante de Gran Bretaña. Si, por cualquier fatalidad,

esta falla, os encontraréis a merced de los antiguos habitantes de esta isla, y personalmente esperaría que los

ejemplos de clemencia que mostraron en el curso de la última rebelión hayan enseñado a los caballeros que se

autodenominan la nación irlandesa a reflexionar con grave atención sobre los peligros que les rodean.

La consecuencia inmediata del Acta de Unión fue el final de los quinientos años de

Parlamento irlandés. Para Pitt y el Parlamento de Westminster, el Acta fue también una

medida para reforzar la seguridad de las islas Británicas al traer a Irlanda bajo el control

de Westminster, donde, en cualquier caso, siempre había descansado la responsabilidad.

96


Grattan y el «Partido Patriota», que había conseguido en 1782 garantizar para el

Parlamento mayor poder del que este había conocido desde la entrada en vigor de la Ley

Poynings en 1495, se había opuesto a la unión considerando que la ley suponía el final de

la identidad nacional irlandesa. De hecho, la ley trasladaba a los parlamentarios de la

Ascendencia de Dublín a Westminster, sin que la mayoría del pueblo estuviese afectada.

Como hizo notar con acierto lord Cornwallis: «A la inmensa mayoría del pueblo de

Irlanda la unión le importa un bledo». Veintiocho compañeros irlandeses, cuatro obispos

y cien diputados irlandeses obtuvieron escaños en el nuevo Parlamento del Reino Unido

en Londres. Desde el punto de vista administrativo, sin embargo, Irlanda siguió separada

de Gran Bretaña con su propia administración pública funcionando desde Dublín como

antes. El representante del rey, el virrey, se convirtió en el lord teniente.

El lord teniente tenía poder (incluida la responsabilidad de la defensa y más tarde de la

policía) e influencia reales. Por debajo del lord teniente se hallaba el secretario jefe,

normalmente un miembro del gobierno de Londres, que administraba directamente el

gobierno irlandés. La administración pública irlandesa la encabezaba el subsecretario, un

funcionario permanente. Algunos subsecretarios desempeñaron el cargo durante más de

veinte años. Las Iglesias establecidas de los dos países estaban unidas en la Iglesia de

Inglaterra e Irlanda, y la contribución financiera de Irlanda a los gastos del Reino Unido

se fijó en dos diecisieteavos del total.

Conforme avanzó el siglo XIX, quedó claro que el Acta de Unión tenía repercusiones

trascendentales. Mientras que al principio sus efectos parecían escasos, el traslado de los

asuntos irlandeses a Londres implicaba que un número mayor de terratenientes irlandeses

tendía a estar ausente de sus tierras. Con la eliminación de las excusas políticas a las que

se prestaban ambos Parlamentos, el descontento irlandés se trasladaba justo hasta las

puertas del Parlamento de Westminster, con lo que se fomentaba el separatismo irlandés.

Se podía culpar a la unión de todos los problemas de Irlanda. Sin embargo, es interesante

destacar que durante el siglo XIX la política irlandesa se centró en la reivindicación del

autogobierno y en el restablecimiento del Parlamento irlandés en vez de en la

reivindicación revolucionaria más antigua de independencia total. Los anglicanos y los

inconformistas irlandeses se convirtieron en los principales aliados de la unión conforme

el sistema político se hacía más democrático, viendo en este una salvaguardia de que no

serían engullidos por una mayoría nacionalista católica. Los emigrantes irlandeses que se

iban a trabajar a las ciudades industriales británicas como ciudadanos británicos de pleno

derecho se llevaron consigo su política nacionalista contra la clase dirigente, dejando una

huella permanente en la escena política británica.

La primera resistencia violenta al nuevo orden se produjo el 23 de julio de 1803,

cuando un grupo de unas cincuenta a sesenta personas de los barrios bajos de Dublín,

dirigidos por un autodenominado general, Robert Emmet (1778-1803), atacó el castillo de

Dublín (sede de la administración irlandesa), sacando de su coche al justicia mayor, lord

Kilwarden (que había asistido a la ejecución de Wolfe Tone), y a su sobrino y

asesinándolos. Kilwarden murió heroicamente gritando: «¡Que nadie sufra por esto sino

por las leyes de mi país!». Es justo a sus miserables linchadores que probablemente lo

confundieron con un juez odiado, lord Avonmore. Emmet fue capturado, defendido

elocuentemente por el espía del gobierno, Leonard McNally, y rechazando el ministerio

de un sacerdote, fue públicamente ahorcado, destripado, descuartizado y decapitado en

Dublín. Su «levantamiento» fue realmente un epílogo al de 1798. Emmet había pasado

97


algún tiempo en Francia después de dejar el Trinity College, de Dublín, en protesta por

haber sido castigado por ser miembro de los Irlandeses Unidos. Era el menor de los

diecisiete hijos del médico más prestigioso de Irlanda, y según informes posteriores del

gobierno, utilizó una herencia de su padre de tres mil libras para financiar su rebelión.

Sin embargo, la naturaleza romántica y dada a la retórica de Emmet se ganó la

imaginación de los irlandeses. Su ama de llaves, Anne Devlin (cuyo tío, Michael Dwyer,

estaba implicado en los planes de Emmet), lo escondió con gran valor. Cuando fue

arrestado se supo que él había desechado la oportunidad de escapar, insistiendo en ver a

su novia, Sarah Curran, cuyo padre se oponía a la unión, y fue capturado de camino a una

cita con ella. Su discurso desde el banquillo de los acusados se ha convertido en una

expresión clásica del nacionalismo irlandés:

Que nadie escriba mi epitafio; puesto que ningún hombre que conozca mis motivos se atreve ahora a

justificarlos, que los prejuicios y la ignorancia no los distorsionen. Que estos y yo descansemos en la

oscuridad y en paz, y que mi tumba permanezca sin inscripción y mi memoria en el olvido hasta que otras

épocas y otros hombres hagan justicia a mi carácter. Cuando mi país tenga su puesto entre las naciones de la

tierra, entonces y no hasta entonces, se escriba mi epitafio.

El empeño irrevocable y firme expresado por Emmet ha formado siempre parte del

pulso del nacionalismo irlandés. Innumerables baladas y canciones entonadas en donde

haya un irlandés demuestran el atractivo idealizado y romántico que provocó la rebelión

de Emmet. Normalmente se pasa por alto lo vano de su empresa y su fracaso total para

convertir el mero hecho de que se levantara contra el gobierno –contra Gran Bretaña– en

una victoria moral de máxima importancia. Una y otra vez se repite este fenómeno en el

nacionalismo irlandés: a pesar de una derrota tras otra, estas inspiraban una mayor

resistencia y eran presentadas siempre en términos románticos, logrando un gran efecto

propagandístico. Abraham Lincoln recordaba cómo de niño leía el discurso desde el

banquillo de Emmet delante de la chimenea de su cabaña en Kentucky, y el texto

adornaba muchos hogares de irlandeses en América e Irlanda. James Connolly, el líder

laborista irlandés, concedió un siglo más tarde gran importancia al apoyo del populacho a

Emmet, convencido de que el proletariado irlandés maduró por primera vez en 1803. Si

así ocurrió, su madurez se reflejó en el rechazo a la violencia y en la preferencia por la

política constitucional durante los siguientes sesenta años.

O’CONNELL

La Iglesia católica (con la posible excepción de un obispo) había apoyado a Pitt y el

Acta de Unión por su promesa de emancipación y debido a que el gobierno se

comprometió a subvencionar a distintas instituciones católicas y a dotar al clero en todo el

país. Igualmente Pitt se dio cuenta de que la emancipación eliminaría la mayoría de los

agravios contra los católicos y así fomentaría que tanto la mayoría del pueblo como la

clase respetable y adinerada católica apoyasen la unión y dirigieran sus esfuerzos en pro

de la prosperidad general del nuevo reino. Es debatible si la emancipación hubiera tenido

realmente este efecto si se hubiese producido con la unión. Pero tal como sucedió, Jorge

III era totalmente contrario a la medida, negándose a comprometer su juramento de

coronación de defender la fe protestante en Gran Bretaña e Irlanda. El rey señaló al

respecto: «Preferiría dejar el trono y mendigar mi pan de puerta en puerta por toda Europa

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antes que dar mi consentimiento a tal medida». Pitt, que había dado su palabra de insistir

en la emancipación, dimitió, y para cuando esta se concedió, Daniel O’Connell (1775-

1847), brillante abogado católico irlandés, ya había transformado la política y las

relaciones anglo-irlandesas.

O’Connell era miembro de una antigua familia gaélica del condado de Kerry que,

protegida por un terreno montañoso, había logrado conservar la mayor parte de las tierras

de sus antepasados. El padre de O’Connell había burlado los problemas de ser un

terrateniente católico irlandés en la época penal dejando su propiedad en posesión legal

de un amigo protestante. Muchos de los usos gaélicos sobrevivieron igualmente en Kerry

y O’Connell fue criado en casa de un tío en Derrynane, donde aprendió irlandés y se

familiarizó con las canciones y leyendas de su pueblo. Al igual que muchos católicos

pudientes, O’Connell fue enviado a Francia para terminar su educación. El terror y la

violencia revolucionarios en Francia atemorizaron al joven O’Connell, convenciéndole

poco después del comienzo de la Revolución –en la que otro tío, el conde Daniel

O’Connell, había sido coronel lealista de la Brigada Irlandesa e inspector general de

infantería–, de la sensatez de la acción constitucional sobre la revolucionaria. Posteriores

generaciones de nacionalistas irlandeses recordaban el fracaso de los intentos pacíficos de

O’Connell de lograr el autogobierno para Irlanda y el horror de la hambruna que pareció

coronar su carrera y le culparon por este respeto a la ley y por su constitucionalismo.

Estos mismos se olvidaron de recordar el sangriento fracaso de la violencia en 1798 o la

esperanza de progreso y reforma constitucional que supuso la adhesión de Pitt a la

emancipación. O’Connell tenía razón al intentar otra estrategia basada, según sus propias

palabras, en el principio de que «ningún cambio político del tipo que sea merece que se

vierta una gota de sangre humana».

A su vuelta de Francia en 1793, O’Connell fue uno de los primeros en valerse de la Ley

de Desagravio Católico de ese año que permitía a los católicos irlandeses ejercer las

profesiones liberales y empezó a prepararse como abogado en Lincoln’s Inn, uno de los

cuatro colegios de juristas londinenses. O’Connell empezó a ejercer la abogacía en

Irlanda el mismo día, 19 mayo de 1798, del arresto de lord Edward FitzGerald. Para

entonces ya se había convertido en un utilitarista radical en política y, aunque simpatizaba

con los ideales de los Irlandeses Unidos, su violencia de 1798 le horrorizaba tanto como

la que había vivido en Francia cinco años antes. En 1803 se unió a un colectivo de

abogados dublineses de clase media después del intento de rebelión de Emmet. Al mismo

tiempo, empezaba a destacar como nacionalista irlandés. Se había expresado

públicamente contra el Acta de Unión y poco después de la aprobación de la ley se dedicó

a refundar el Comité Católico, que ahora insistía en la emancipación.

Al principio el Comité estaba controlado por lo que quedaba de la aristocracia católica,

que se mostró deseosa de aceptar una emancipación con salvaguardias –o «anexos»

(wings) como los llamaron en la época– para que el gobierno tuviese algún tipo de control

en el nombramiento de sacerdotes y obispos católicos. Ya en 1808 O’Connell dominaba

el Comité, había arrebatado la iniciativa a la nobleza católica y la había puesto en manos

de sus seguidores de clase media, abogando con decisión por la causa de una

emancipación sin salvaguardias y, de modo significativo, disfrutando del apoyo de la

Iglesia católica por su postura. Al producirse la disolución del Comité Católico en 1812,

dividido por el rechazo de O’Connell a aceptar una emancipación con salvaguardias, él se

había convertido en el líder reconocido del movimiento proemancipación. Cuando mató

99


en un duelo a un miembro del ayuntamiento de Dublín en 1815, su posición era tan sólida

que no fue detenido. Sin embargo, las divisiones dentro de las comunidades católicas

inglesa e irlandesa provocadas por la postura de O’Connell implicaban que los defensores

tradicionales de la emancipación no podían contar con un apoyo católico unificado.

Henry Grattan, que después del Acta de Unión pasó el resto de su vida como

parlamentario irlandés en Westminster defendiendo la causa de la emancipación con

salvaguardias, se encontró en dos ocasiones con O’Connell y la Iglesia católica irlandesa

alineados en su contra. En 1821, un año después de la muerte de Grattan, la Cámara de

los Comunes aprobó un Proyecto de Ley de Desagravio Católico con salvaguardias que

fue rechazado por los lores. Ese mismo año, las escenas de leales católicos, rozando el

histerismo, que vitorearon a Jorge IV durante su visita a Irlanda demostraron que para

lograr el triunfo de la causa de la emancipación, el gobierno necesitaría demostraciones

prácticas acerca de lo necesaria que era. O’Connell era consciente de ello y dedicó su

energía a encauzar la emancipación y la Iglesia hacia la gran fuerza motriz del

nacionalismo irlandés. Bajo su liderazgo, la emancipación se convirtió en un objetivo

cuasinacional, y en pocos años, en palabras de Gustave de Beaumont, hizo de Irlanda

«una nación constitucionalmente en rebelión». Bajo su tutela, el pueblo irlandés llegó a

creer que la emancipación católica implicaba su propia emancipación.

La fuerza y organización de la Iglesia católica fueron claves para la campaña

proemancipación de O’Connell en la década de 1820. Con el final de la mayoría de las

Leyes Penales durante la década de 1780, la Iglesia había sido capaz de dotarse de una

organización adecuada. La orden educadora de los Hermanos Cristianos abrió su primera

escuela en 1802, lo que supuso la reactivación de un elemento expansionista en la Iglesia

en su conjunto y el empeño en proporcionar educación católica formal para la mayoría del

pueblo. Se abrieron seminarios irlandeses, lo que hizo que la vocación sacerdotal fuese

más asequible para los irlandeses de origen modesto que no habían podido permitirse el

coste obligatorio de la educación en el extranjero durante la época penal. Esto implicaba,

a su vez, que el sacerdocio irlandés se desarrollaba en contacto con la inmensa mayoría

del pueblo al que representaba. Fue a esta Iglesia resucitada y reorganizada a la que se

dirigió O’Connell para movilizar el apoyo a favor de la emancipación. Estaba convencido

de que si pudiera impresionar al gobierno con la unanimidad de la Irlanda católica en la

cuestión de la emancipación, el éxito estaría asegurado. Y la Iglesia, disponiendo de la

lealtad y el apoyo de más del 80 por 100 de la población, se encontraba en una posición

ideal para movilizar el apoyo que O’Connell deseaba.

En 1823, O’Connell y Richard Lalor Shiel, abogado y dramaturgo, fundaron la

Asociación Católica de Irlanda. Se trataba de un grupo de clase media y profesional, que

incrementó su influencia al año siguiente al romper con la tradición y permitir la

inscripción de campesinos católicos como miembros asociados que pagaban un penique

al mes. La «Renta Católica», como fue denominada, recaudó una gran cantidad de dinero

para la Asociación. Se obtenía una media de mil libras al mes y en marzo de 1825 se

habían alcanzado las diecinueve mil libras. Las cuotas se recogían a la puerta de la iglesia

los domingos con la participación activa del clero católico y se constituyeron sedes de la

Asociación en casi todas las parroquias de Irlanda, teniendo los sacerdotes a menudo

papeles destacados.

Ya en 1828, O’Connell ganó uno de los dos escaños del condado de Clare en las

elecciones generales, aunque como católico tenía prohibido tomar posesión del mismo.

100


Un año después, por miedo a la insurrección, el primer ministro, el duque de Wellington,

obligó a la aprobación en el Parlamento de una Ley de Emancipación. El 13 de abril de

1829, la Ley de Desagravio Católico recibió el consentimiento real por parte de un rey

reacio, cuya oposición solo fue retirada cuando Wellington amenazó con dimitir. El

duque incluso tuvo que batirse en duelo con lord Winchilsea, un par tory aliado, que se

oponía (Wellington erró el tiro y Winchilsea disparó al aire). La ley permitió a los

católicos, por primera vez desde 1691, presentarse a las elecciones y ser miembros del

Parlamento y poder desempeñar todo cargo público excepto el de regente, lord canciller

de Inglaterra e Irlanda (responsable máximo de la justicia) y lord teniente de Irlanda.

Sin embargo, unas leyes complementarias impusieron salvaguardias, que eliminaban

del censo electoral a los que no poseían cuarenta chelines –grupo de votantes que apoyaba

abrumadoramente a O’Connell–, con la consecuencia de que el número de electores en

los condados irlandeses cayó de unos 100.000 a 16.000. Esta medida estaba ideada para

tranquilizar a los que temían que la democracia católica significara una desventaja para

los protestantes. No consiguió lograr este propósito y, a partir de la década de 1820, los

disturbios sectarios en Irlanda del Norte se convirtieron en algo cada vez más común. De

forma irónica, el grupo que sí se benefició con la emancipación –la clase profesional y

comercial católica– tenía en general los mismos intereses sociales y económicos que los

protestantes que se oponían, mientras que el grupo que con sus manifestaciones públicas

logró la emancipación –el campesinado católico– no se benefició con la medida. Las

divisiones colono/nativo, protestante/católico eran más fuertes que los intereses de clase.

Tal y como Alexis de Tocqueville supo por un campesino en sus viajes a Irlanda durante

la década de 1830: «La ley no hace nada por nosotros [...] ¿A quién deberíamos

dirigirnos? La emancipación no ha hecho nada por nosotros. El señor O’Connell y los

católicos ricos van al Parlamento. Nosotros seguiremos muriéndonos de hambre».

La principal consecuencia de la campaña pro emancipación de O’Connell fue que con

su movilización el campesinado se convirtió en una fuerza política coherente. El hecho de

que fuese usado en principio para corregir un agravio católico (aunque O’Connell

presentó la campaña pro emancipación en términos nacionales) y de que frecuentemente

fuese dirigido por un sacerdote a nivel parroquial, fortaleció las divisiones sectarias y

vinculó al catolicismo firmemente con el nacionalismo. Al mismo tiempo, el éxito y la

naturaleza constitucional de la campaña tuvieron una inmensa importancia: durante el

resto del siglo se rechazó mayoritariamente la política revolucionaria irlandesa en favor

de los procedimientos parlamentarios adoptados por O’Connell. El hecho de que la

campaña tuviera éxito y de que fuera casi la primera campaña política irlandesa que lo

consiguiera, tuvo un efecto psicológico profundo: O’Connell fue aclamado como «el

Libertador» y venerado como rey sin corona de Irlanda; después de 1829 toda causa que

él defendiera tenía garantizado un apoyo masivo. Su estilo político agitador dio pie a las

mayores esperanzas por parte del pueblo sencillo, a la vez que alienaba a sus oponentes.

Treinta años después de la unión, el pueblo de Irlanda estaba experimentando una

multitud de cambios económicos y sociales fundamentales. De 1793 a 1815, Gran

Bretaña había estado en guerra con Francia. El efecto sobre la economía irlandesa fue

profundo, con un incremento de la prosperidad general que se reflejó en un vasto aumento

de población. Este tuvo a su vez un efecto importante sobre el uso y la propiedad de la

tierra. No solo aumentó la preocupación por la propiedad de la tierra, sino que debido a

que durante las guerras napoleónicas se negó el suministro de productos agrícolas

101


europeos a las islas Británicas, aumentó drásticamente el valor de las tierras irlandesas y

de su producción, con lo que a los agricultores y terratenientes irlandeses les fue bastante

bien.

De los aproximadamente 5,5 millones de habitantes de Irlanda en 1815, un 90 por 100

vivía y trabajaba en los 6 millones de hectáreas productivas en el país entonces, un 90 por

100 de las cuales pertenecía a unas cinco mil personas –la Ascendencia–. Los

terratenientes de la Ascendencia normalmente subarrendaban a agricultores

independientes, muchos de los cuales también poseían tierras directamente. De un 5 a un

10 por 100 de los arrendatarios eran «agricultores importantes» que poseían o arrendaban

más de 12 hectáreas. Durante las guerras napoleónicas comenzaron a cultivar trigo para

satisfacer la demanda de harina, reemplazando la producción láctea y vacuna, lo que

proporcionó más empleo y prosperidad a los grupos más pobres de la comunidad agrícola.

Los agricultores arrendados más pequeños –aquellos que tenían de 2 a 12 hectáreas–

constituían el grupo más numeroso de arrendatarios. Se centraban en la producción láctea,

en el cultivo de trigo y de lino y compartían con los jornaleros la patata como dieta

principal. Los jornaleros, la mayoría de la población rural, eran principalmente peones

agrícolas que disfrutaban del uso de pequeñas parcelas a cambio de su trabajo. Muchos

eran itinerantes y a menudo constituían el grueso de la población, que crecía rápidamente,

de los pueblos y ciudades del país. Vivían hacinados en viviendas insalubres o emigraban

para trabajar en Escocia e Inglaterra.

La industria irlandesa tuvo un éxito mucho menor que la agricultura. Tras la unión, los

aranceles protectores fueron eliminados a ambas orillas del mar de Irlanda con el

resultado de que las industrias irlandesas como el algodón y la lana, que competían con

sus homólogas inglesas, tuvieron que hacer frente a todo el peso de una competencia

inglesa técnicamente avanzada. Ya en la década de 1820 las industrias de la lana y del

algodón estaban en declive y solamente sobrevivió la del lino. El declive coincidió con

una recesión general que tuvo lugar tras el final de las guerras napoleónicas en 1815. Los

precios agrícolas y el valor de la tierra cayeron y la década de 1820 fue de un severo

retroceso agrario y comercial con graves consecuencias para la vida de millones de

jornaleros y pequeños agricultores.

El descontento rural coincidió con periodos de condiciones malísimas, con lo que

reaparecieron las sociedades campesinas secretas: Carders, Threshers, Whitefeet y más

frecuentemente Ribbonmen (cardadores, trilladores, pies blancos y cordoneros). Como

ocurrió con los Whiteboys y los Oakboys antes que ellos, estas sociedades actuaban para

proteger los intereses de los campesinos, aterrorizando a sus oponentes –frecuentemente

asesinándolos–. Cuando se aprobó la Ley de Desagravio Católico de 1829 en esta

atmósfera de violencia y depresión, el duque de Wellington llegó a convencerse de que

acceder a las reivindicaciones de O’Connell era la única alternativa a la guerra civil.

O’Connell explotó su posición al máximo después de 1829. Al igual que muchos

nacionalistas irlandeses posteriores, comenzó a culpar públicamente a la unión como

causa de los males de Irlanda. Pero en realidad, la unión no fue responsable de la recesión

posterior a 1815 y durante la década de 1820 Irlanda disfrutó de un saldo positivo en sus

transacciones con la Hacienda del Reino Unido, al igual que en el valor de sus

exportaciones. Un informe preparado en 1838 por Thomas Drummond, subsecretario para

Irlanda, destacaba que:

Los signos de creciente prosperidad no son, desgraciadamente, tan perceptibles en las condiciones del

102


pueblo trabajador como en la cantidad de la producción de su trabajo. El porcentaje de esta última que se

reserva para su uso es demasiado pequeño para ser consecuente con una situación social saludable. La presión

de una población excesiva y muy abundante [...] actúa de forma poderosa y continua para marginarlos.

Sin embargo, en estas circunstancias resultaba fácil culpar a la unión, y las peticiones

de que fuese revocada satisfacían ciertamente al pueblo trabajador, que había apoyado la

campaña de emancipación de O’Connell con unas esperanzas que él mismo había

provocado. O’Connell se retiró de la abogacía en 1829 para dedicarse plenamente a la

política, mantenido durante el resto de su carrera por subscripciones populares que

algunos años superaron las 16.000 libras –«el Tributo de O’Connell»– , muestra del

aprecio que le tenía el pueblo llano de Irlanda.

Poco después de tomar posesión de su escaño en la Cámara de los Comunes el 4 de

febrero de 1830, junto con unos 30 parlamentarios católicos irlandeses conocidos como

«la comitiva de O’Connell» (los primeros parlamentarios católicos de la historia

moderna), O’Connell comenzó su campaña para revocar el Acta de Unión. Pero mientras

que en su campaña proemancipación había encontrado como aliados a los católicos

británicos, que habían sufrido tanta discriminación como sus correligionarios irlandeses

en los cuarenta años anteriores, y a los políticos del Partido Whig (Liberal), quienes en

principio apoyaban la reforma, cuando se trató de revocar la unión O’Connell se encontró

bastante solo. Los políticos británicos, con la memoria de Napoleón todavía fresca y con

la importancia estratégica defensiva y comercial de Irlanda en mente, se negaron a apoyar

la revocación. Además, los disturbios sectarios en Irlanda del Norte estaban

convirtiéndose en un hecho frecuente durante la década de 1820, que proporcionaba un

motivo de oposición al nacionalismo irlandés.

Incluso algunos de los que se hubiera esperado que apoyarían al Libertador le eran

hostiles, considerándole un «británico occidental» (alguien dispuesto a hacer a Irlanda

inglesa en todo excepto en el nombre a cambio de las ventajas del cargo). Recordaban que

en 1825 O’Connell había aceptado de hecho una propuesta de emancipación con

salvaguardias anexas –condiciones que él mismo había rechazado en público durante

veinte años (la legislación resultante fue aprobada por los Comunes pero no por los

Lores)– y estaban convencidos de que su objetivo era el engrandecimiento propio, no el

nacional. También estaban alarmados por la identificación que O’Connell había

impulsado en la mente del pueblo entre catolicismo y nacionalismo, conscientes

(correctamente) de que las divisiones sectarias se ampliarían y se prestarían a que los

opositores de O’Connell y del nacionalismo irlandés sacaran provecho de las mismas.

Thomas Francis Meagher, nacionalista revolucionario posterior, menospreció el triunfo

de la emancipación católica del Libertador por permitir solamente que «unos pocos

caballeros católicos tuvieran escaños en el Parlamento, contribuyendo allí a la

degradación de su país».

A pesar del hecho de que no consiguió apoyo en el Parlamento para revocar la unión,

O’Connell pronto descubrió que podía conseguir beneficios inequívocos a cambio de su

apoyo a otras medidas, concretamente las del Partido Radical y de los whigs. De hecho,

durante la década de 1830 O’Connell llevó a cabo lo que, en efecto, era una alianza

parlamentaria con los whigs, y sus periodos de grave agitación pro Revocación después

de 1830 coincidieron con periodos de gobierno tory. Cuando los liberales estaban en el

poder, O’Connell prefería concentrarse en reformas menores, más inmediatas. Su método

de conseguir la reforma y el cambio –constitucionalmente, sostenido por un apoyo

103


masivo– y la forma en la que utilizó a sus seguidores parlamentarios para apoyar a otros

partidos a cambio de reformas, sirvió como modelo para el Partido del Autogobierno

Irlandés de Parnell y Redmond en las últimas décadas del siglo XIX y los primeros años

del XX.

Sin embargo, la emigración y el hambre se aliaron para reducir la población de Irlanda

a la mitad entre 1841 y 1901, destruyendo al campesinado del que O’Connell había

dependido. No obstante, con Redmond los métodos constitucionales casi lograron su

objetivo y solo la Primera Guerra Mundial impidió que Irlanda alcanzara el autogobierno

pacíficamente. Los métodos revolucionarios se convirtieron solo en los preferidos de una

minoría diferenciada, pero que sin embargo podía apelar a la memoria de 1798 y al

nacionalismo e idealismo no sectario de los Irlandeses Unidos y de Wolfe Tone. Como

resultado, se desarrollaron dos corrientes de nacionalismo irlandés: nacionalismo

constitucional popular y nacionalismo secreto de violencia, ambos en conflicto y cada vez

más hostiles el uno con el otro.

En 1840, O’Connell fundó una Asociación pro Revocación en línea con la antigua

Asociación Católica, incluyendo una subscripción que se recogía en las iglesias. Al año

siguiente, con los liberales fuera del gobierno, O’Connell comenzó una fuerte campaña

pro Revocación. Como en la década de 1820, los protestantes fueron forzados otra vez a

oponerse, por miedo a que los intereses protestantes fuesen engullidos por los intereses

católicos en una Irlanda con autogobierno. O’Connell lanzó una campaña contra el

diezmo pagado por los católicos y los disidentes para mantener a la Iglesia de Irlanda, y

cuando en 1838 el gobierno acordó una reducción del 25 por 100 en el diezmo, muchos

protestantes lo consideraron un ataque a su religión. Temían por su libertad religiosa y

por sus tierras, y por sus trabajos que provenían mayoritariamente de las industrias de

ingeniería, construcción naval y del lino, cuya supervivencia dependía de los mercados y

puertos británicos.

La Asociación pro Revocación fue igualmente considerada como una amenaza por el

gobierno no solo por el peligro que entrañaba para la unidad e integridad del Reino

Unido, sino también por la naturaleza volátil de los «Mítines monstruosos» (como fueron

denominados por The Times) que O’Connell organizó en lugares sentimentales e

históricos. En 1843, que O’Connell declaró «Año de la Revocación», tuvo lugar uno de

estos mítines en Tara, con la participación de entre 750.000 y un millón de personas.

Cuando miles se dirigían a otro mitin en Clontarf en octubre de ese año, el gobierno lo

prohibió y (para consternación de sus seguidores) O’Connell respetó la prohibición.

Prefería un planteamiento constitucional a una oposición directa y pidió un «Consejo de

los Trescientos» que formase un órgano representativo nacional, obligando al gobierno a

actuar personalmente contra él por conspiración e «intimidación y demostración de gran

fuerza física». A la edad de 68 años, O’Connell fue declarado culpable y encarcelado

durante tres meses antes de que la Cámara de los Lores anulara la sentencia (véase figura

8).

104


Figura 8. Daniel O’Connell. La mayoría de las caricaturas de su juicio por conspiración se publicaron en Inglaterra

y eran anti-O’Connell. Una serie de doce caricaturas titulada «Indirectas y directas», publicada en el plazo de seis

semanas en Dublín a comienzos de 1844, lo apoyaban. En la n.º 10 de la serie, O’Connell es una figura de san

Patricio que canta una canción nacionalista mientras «barre del país a los sapos y las víboras», entre ellos

Wellington, Peel, The Times y la Iglesia de Irlanda, dibujada esta con una cola de reptil llena de un «infinito

botín» y el rostro del arzobispo Richard Whately, el cual afirma: «O’Connell será nuestra muerte».

Cuando salió de la cárcel, reconoció la inutilidad de su campaña. Los Jóvenes

Irlandeses, un grupo de jóvenes periodistas y organizadores brillantes que habían jugado

un papel vital en la creación de la Asociación pro Revocación, se estaban preparando para

escindirse, convencidos de que la política constitucional de O’Connell podría lograr

reformas, pero nunca lograría la libertad de Irlanda. Además, el campesinado estaba cada

vez más preocupado por el fracaso de la cosecha de patatas a principios de la década de

1840, preludio siniestro a la gran hambruna. Con una salud delicada, O’Connell salió de

Irlanda por última vez en enero de 1847 para hacer una petición poco escuchada en la

Cámara de los Comunes, en nombre de sus hambrientos conciudadanos: «Irlanda está en

sus manos, en su poder. Si no la salvan, no podrá salvarse por sí misma. Solemnemente

les pido que recuerden mi predicción con la más sincera convicción de que una cuarta

parte de la población perecerá a menos que vayan en su auxilio». Su predicción fue

totalmente correcta. De West​minster se embarcó en una peregrinación a Roma, pero

105


falleció en Génova. Su corazón fue enviado a Roma, donde actualmente descansa en una

urna en la iglesia de Santa Ágata. Su cuerpo fue devuelto a Dublín, y tras el funeral más

multitudinario jamás visto en Irlanda, fue enterrado en el cementerio de Glasnevin, el 5 de

agosto de 1847.

Después de muerto, O’Connell fue tan polémico como en vida. John Mitchel, miembro

de los Jóvenes Irlandeses que posteriormente se hizo constitucionalista, designó a

O’Connell «junto con el gobierno británico, como el mayor enemigo que jamás haya

tenido Irlanda». Culpó a O’Connell del fracaso de los planes de insurrección de los

Jóvenes Irlandeses en 1848 –año siguiente a la muerte del Libertador– escribiendo en su

Diario de prisión:

¡Pobre viejo Dani! ¡Viejo maravilloso, poderoso, jovial y mezquino! ¡Con lengua de oro y sonrisa de

brujería y corazón de fraude insondable! ¡Qué alma tan regia y a la vez tan vulgar, con la mirada penetrante y

la poderosa envergadura de un águila de Cairn Tuathal –y el servilismo común de un sabueso y la crueldad

fría de una araña! [...] Pensad en la magnífica telaraña de teoría moral y agitación pacífica, el órgano más

sobresaliente de estafa pública desde el primer hombre que pensó en obtener dinero bajo un falso pretexto. Y

después de que uno haya pensado todo esto y más, entonces ¿qué puede decir un hombre? ¿Qué sino rogar

para que la tierra irlandesa descanse ligera sobre el pecho de O’Connell y que el buen Dios que supo cómo

crear criatura tan maravillosa tenga piedad de su alma?

Un tributo duro y agridulce para el hombre que había conseguido para la mayoría de

los irlandeses una libertad y una coherencia mayores que cualquier otro dirigente irlandés

desde la invasión normanda. Los nacionalistas partidarios de la violencia que nunca

aceptaron que la libertad irlandesa pudiera conseguirse pacíficamente le tenían rencor por

su éxito. O’Connell nunca fue completamente capaz de exorcizar las ideas

revolucionarias y republicanas de Wolfe Tone y por eso, en última instancia, su política

constitucional siempre era vulnerable a la llamada a la acción violenta. Los Jóvenes

Irlandeses y los fenianos que lo apoyaban debían asegurarse de que se mantuviera la

amenaza de la revuelta republicana.

Las siguientes generaciones de nacionalistas irlandeses, recordando el fracaso del

pacífico intento de O’Connell de obtener el autogobierno para Irlanda y los horrores de la

hambruna que pareció poner punto final a su carrera, le reprocharon su deferencia con la

legalidad y su constitucionalismo, olvidándose del sangriento fracaso de la violencia de

1798 y de la esperanza en el progreso y la reforma constitucionales traída por la adhesión

de Pitt a la emancipación. O’Connell tuvo razón al intentar otro enfoque: «no hay cambio

político alguno», dijo, «que merezca el derramamiento de una sola gota de sangre

humana».

JOVEN IRLANDA

El movimiento de la Joven Irlanda se agrupaba básicamente alrededor del periódico

semanal The Nation, fundado en octubre de 1842 por Thomas Osborne Davis (1814-

1845), abogado protestante, poeta y licenciado por el Trinity College de Dublín; Charles

Gavan Duffy (1816-1903), periodista católico del Úlster; y John Blake Dillon (1816-

1866), al igual que Davis abogado y licenciado por el Trinity College, y miembro de una

acaudalada familia comerciante católica del condado de Mayo. El objetivo del

movimiento era «establecer unión interna e independencia externa», y estaba muy

106


influenciado por las doctrinas del nacionalista republicano italiano Giuseppe Mazzini.

Tenía como modelo la sociedad revolucionaria de Mazzini, «Joven Italia», y adoptó con

ardor su visión de una hermandad republicana de naciones basada en principios no

sectarios de caridad cristiana.

The Nation ejercía una gran influencia, vendiendo normalmente más de 10.000

ejemplares y convirtiéndose en el primer periódico semanal que se distribuía por toda

Irlanda. Hacía proselitismo en favor de los ideales de los Irlandeses Unidos. No veía

diferencias entre las tradiciones de los gaélicos, los normandos, los Estuardo, de

Cromwell y los orangistas, considerándolas a todas irlandesas por igual. Publicaba las

antiguas leyendas gaélicas, hablaba de historia irlandesa, elogiaba la cultura, arte y

artesanía irlandesas y publicaba los poemas de Thomas Davis, uno de los cuales –Una

nación de nuevo– se convirtió en el siglo XX en el himno oficioso de Irlanda:

When boyhood’s fire was in my blood,

I read of ancient freemen,

For Greece and Rome who bravely stood,

Three hundred men and three men.

And then I prayed I yet might see

Our fetters rent in twain,

And Ireland, long a province, be

A nation once again.

[Cuando el fuego de la infancia estaba en mi sangre,

leía sobre antiguos hombres libres,

por Grecia y Roma se levantaron valerosamente,

trescientos hombres y tres.

Y entonces rogaba que aún pudiera ver

nuestros grilletes partidos en dos,

y que Irlanda, largo tiempo una provincia,

fuese de nuevo una nación.]

The Nation también publicó una declaración de Davis que iba a convertirse en la

explicación definitiva del nacionalismo irlandés moderno:

Repetimos, una y otra vez, no odiamos a los ingleses. Como hombres, agradecemos lo mucho que

Inglaterra hizo en literatura, política y guerra. No nos vengaríamos siquiera de su opresión. Si fuera

destronada para siempre de nuestra tierra, nos congratularíamos por su prosperidad; sin embargo no podemos

y no trataremos de olvidar su larga, maldita y despiadada tiranía en Irlanda; y no deseamos compartir sus

logros, ni su responsabilidad, ni su gloria.

Arthur Griffith, el fundador del Sinn Féin –el partido nacionalista de principios del

siglo XX– iba a describir a Davis como «el profeta al que seguí a lo largo de toda mi vida,

el hombre cuyas palabras y enseñanzas intenté llevar a la práctica en política». Davis dio

un gran apoyo hasta el final a la Asociación pro Revocación de O’Connell, pero tras su

muerte (debida a unas fiebres), su sucesor como director de The Nation, John Mitchel

(1815-1875) condujo a la Joven Irlanda a defender firmemente la rebelión.

John Mitchel nació en Dungiven, condado de Londonderry, hijo de un pastor

presbiteriano. Al igual que Davis y Dillon, obtuvo el título de abogado y se graduó en el

Trinity College. Después de 1845, la hambruna le convenció rápidamente de la inutilidad

107


de todo lo que no fuese la revolución para cambiar las condiciones de Irlanda, y utilizó

The Nation como tribuna. Fue el primer nacionalista desde 1798 en reivindicar una

República Irlandesa. La ruptura con O’Connell era inevitable y se produjo por una

combinación de la voluntad de O’Connell de establecer otra alianza política con los whigs

a cambio de puestos de gobierno para algunos de sus seguidores y familiares, y su

oposición (en línea con la de la Iglesia) al establecimiento de universidades no

confesionales. Mitchel encabezó la oposición a O’Connell en ambas cuestiones

acusándole de comprometer el principio de revocación con sus acciones. O’Connell

respondió: «Es, sin duda, algo muy bueno morir por la patria, pero creedme, un solo

patriota vivo vale tanto como un cementerio lleno de patriotas muertos», e insistió en que

los miembros de la Asociación pro Revocación debían jurar el rechazo a la violencia.

Los Jóvenes Irlandeses abandonaron la Asociación pro Revocación, empujados hacia la

revolución por el sufrimiento y la miseria provocados por la hambruna (1846 fue uno de

los peores años). A principios de 1847, Mitchel empezó a publicar en The Nation una

serie de cartas de James Fintan Lalor (1807-1849), hijo de un parlamentario partidario de

O’Connell, terrateniente de Queen’s County (condado de Leix), que expuso la

argumentación radical de que la naturaleza de la propiedad de la tierra en Irlanda era la

causa principal de la hambruna y servía para evitar la independencia irlandesa: «Un

campesinado independiente y seguro es la única base sobre la que un pueblo se levanta o

es levantado alguna vez; o sobre la que puede descansar con seguridad una nación». A la

vez que reconocía la validez de los derechos a la propiedad privada, Lalor sostenía que

«todas las tierras de un país pertenecen por derecho a todo el pueblo de ese país».

Mitchel, estimulado por las ideas de Lalor, convirtió este argumento en una campaña en

favor de la garantía de arrendamiento para los campesinos. La campaña no alcanzó sus

objetivos. Los campesinos irlandeses que luchaban por su supervivencia en medio de una

hambruna terrible, no tenían ni tiempo, ni energía para campañas políticas, y para la

mayoría de los Jóvenes Irlandeses Mitchel y Lalor eran peligrosamente extremistas.

A principios de 1848, Mitchel y Lalor abandonaron la Liga de la Joven Irlanda,

rechazando los argumentos de Duffy y Dillon de que un Partido Irlandés independiente y

fuerte en el Parlamento de Westminster ofrecía las mejores esperanzas de conseguir sus

aspiraciones nacionales, y fundaron un nuevo periódico, el United Irishman. Mitchel

defendía abiertamente en sus páginas la rebelión, «una guerra santa para barrer la nación

y el nombre inglés fuera de esta isla». No causa sorpresa que fuera detenido en mayo de

1848 acusado de alta traición, un nuevo delito creado por la Ley de Alta Traición que

recibió la sanción real en abril de ese año y que fue especialmente diseñada para

circunscribir a personas como Mitchel («toda persona que, deliberada y abiertamente,

trame la intimidación de la Corona o del Parlamento»).

Mitchel fue la primera persona detenida, juzgada y condenada a catorce años de

deportación de acuerdo con esta ley. Cumplió la primera parte de su condena en las

Bermudas y más tarde en Tasmania, antes de escapar a los Estados Unidos en 1853.

Lalor, que sufría una enfermedad vertebral congénita y tenía una salud muy precaria, fue

también detenido en 1848. Fue liberado pronto por motivos de salud y murió un año

después. Sin el liderazgo radical de Lalor, los nacionalistas revolucionarios

contemporáneos no evolucionaron en su objetivo político de buscar la libertad para

Irlanda, negándose a aceptar que el cambio económico y social podía ser el motor de la

independencia nacional. Como dijo Lalor, ellos «deseaban una revolución, no

108


democrática, sino simplemente nacional». Esto quedó claro rápidamente con el intento de

alzamiento frustrado organizado por otro miembro de la Joven Irlanda, William Smith

O’Brien (1803-1864).

O’Brien era un rebelde poco característico. Nació en el seno de una familia acaudalada

del condado de Clare y fue enviado al prestigioso colegio de Harrow y al Trinity College,

en Cambridge. Fue elegido parlamentario conservador por Ennis en 1828. En 1843 se

afilió a la Asociación pro Revocación, demostrando ser un miembro crítico y radical y

ganándose así el respeto de The Nation. Jocosamente, se denominaba a sí mismo como la

Irlanda «de mediana edad», cerrando la brecha existente entre la «vieja» Irlanda de

O’Connell y la Joven Irlanda; sin embargo, en 1846 se alineó con Mitchel en contra de

O’Connell en la cuestión de las universidades reales, la solución del primer ministro

conservador sir Robert Peel (antiguo enemigo político de O’Connell) para poner fin a la

reivindicación de una universidad católica. O’Brien se convirtió en el portavoz oficioso

de la Joven Irlanda en los Comunes, y conforme empeoraba la hambruna, se fue haciendo

más extremista.

En 1848, tras la detención y deportación de Mitchel, O’Brien llegó a defender la

insurrección, basándose en que no había método alternativo de aliviar la miseria del

hambre y de garantizar la libertad irlandesa. También se vio estimulado por la popular y

demagógica campaña cartista en Gran Bretaña en favor de la reforma social y

parlamentaria, y por los levantamientos populares contra los gobiernos autocráticos que

tenían lugar por toda Europa en 1848. Su firme creencia en favor del levantamiento

estuvo apoyada por llamamientos públicos pro revolución en las páginas del Irish Felon

(el sucesor del United Irishman, que fue clausurado tras la detención de Mitchel), dirigido

por Lalor y John Martin (1812-1875), hijos de un clérigo presbiteriano del Úlster.

A finales de julio de 1848, O’Brien y una abigarrada asamblea de campesinos

hambrientos se enfrentaron con 46 miembros de la Policía Irlandesa (la Policía Nacional

formada en 1836) en lo que más tarde se ha venido a llamar «la batalla de la huerta de

coles de la viuda McCormack» en Ballingarry, condado de Tipperary (véase figura 9).

O’Brien fue detenido poco después y sentenciado a muerte. La sentencia fue conmutada

por deportación perpetua, y se reunió con John Mitchel en Tasmania. Fue liberado en

1854, pero no volvió a participar en la política irlandesa. Según explicaba: «El pueblo

prefería morirse de hambre en casa, o huir al exilio voluntario a otros países, antes que

luchar por sus tierras y sus libertades».

109


Figura 9. Proclamación de la Joven Irlanda. Meagher fue arrestado y deportado a Australia: Dillon y Doheny

escaparon a Francia y luego a los Estados Unidos. En 1852, Meagher también escapó a los Estados Unidos, donde,

como Doheny, hizo carrera. Tras una amnistía, Dillon regresó a Irlanda en 1855, y en 1865 fue elegido miembro

del Parlamento por Tipperary. Se convirtió en contrario a la violencia nacionalista y partidario de la unión. Su hijo

John Dillon (1851-1927) fue el último líder del Partido Parlamentario Irlandés, y su nieto James Dillon (1902-

1986) lideró el Fine Gael entre 1957 y 1966.

110


La «revuelta» de O’Brien y de los Jóvenes Irlandeses de 1848 fue un asunto sin

importancia y ligeramente grotesco. Sin embargo, su movimiento fue importante para el

modelo futuro de nacionalismo republicano irlandés. Resucitaron el principio de una

República Irlandesa independiente y no sectaria, expuesto por primera vez por Wolfe

Tone y los Irlandeses Unidos. Crearon el ideal de una nación irlandesa basada en la

mezcla del patrimonio cultural irlandés. Vieron –al igual que sus sucesores– que el peso

de la Iglesia católica se encontraba sólidamente del lado de los políticos dispuestos a

trabajar dentro del marco constitucional de Westminster. «Es mi sincera opinión»,

escribió O’Brien poco después de su detención, «que la insurrección fue reprimida por

mediación de los órganos superiores del clero católico». El 2 de agosto de 1848 The

Times informaba que, «en conjunto, no hay duda de que en este asunto el clero católico,

como organización, ha usado su influencia de forma encomiable para mantener la paz

pública, desaprobando la rebelión».

Aun así, a la vez que hacía frente al hecho de la oposición de la Iglesia católica al

nacionalismo irlandés revolucionario, la Joven Irlanda no hacía caso a la creciente

oposición protestante a su República Irlandesa ideal –la Orden de Orange había sido

restablecida en 1845–, llamando paradójicamente a la reconciliación sin ver que su

objetivo la hacía imposible. También en este punto el ejemplo era seguido por cada uno

de sus sucesores. Incluso durante la lucha de la Guerra Civil irlandesa de 1922-1923 por

el Tratado anglo-irlandés que dividió Irlanda como resultado de la oposición orangista y

unionista al autogobierno, la causa verdadera de la lucha, más que la partición en sí, fue la

cuestión de si hombres que durante los últimos seis años habían luchado por una

República podían en conciencia jurar obediencia al rey británico.

Hacia finales de siglo, existía cierto reconocimiento de la importancia de la Joven

Irlanda y la naturaleza de las dificultades a las que se enfrentaban al intentar el

levantamiento en medio de la hambruna, y en un momento en el que la mayoría del

pueblo irlandés parecía haber percibido que su supervivencia estaba en cierta manera

relacionada con sus tradiciones culturales y, a pesar de todo, estaba convencida de

rechazar los restos del gaelicismo en un intento de identificarse con unos conquistadores

británicos de gran éxito. Douglas Hyde, que más tarde sería el primer presidente de Eire,

hizo referencia a este asunto en una conferencia pronunciada en Dublín en 1892, «La

necesidad de la desanglización de Irlanda»:

Thomas Davis y su brillante banda de Jóvenes Irlandeses constituyeron justamente la línea divisoria, y

trataron de dar a Irlanda una nueva literatura en inglés que sustituyera a la literatura que estaba siendo

desechada. Tuvo éxito y no lo tuvo. Fue un esfuerzo brillante, pero la vieja corteza había sido arrancada del

árbol irlandés hacía muy poco tiempo, y el tronco no podía aceptar, como tal vez lo hubiera podido hacer, una

nueva. Se trataba de una nueva salida y al principio produjo un efecto violento. No obstante, a largo plazo

fracasó en transformar realmente a nuestro campesinado, algo que, quizá, podría haberse conseguido

siguiendo otras líneas.

Sin embargo, el poeta Yeats, aunque había asimilado las enseñanzas de Davis en su

juventud, llegó a estar en desacuerdo profundo con él por su voluntad de subordinar el

arte a la política. Recomendar este método de literatura, escribió Yeats, «era estar

engañado o practicar el engaño».

Hacia 1848 tales argumentos se convertirían en académicos. Al campesinado le había

afectado otro argumento devastador, la gran hambruna de 1845-1849, la peor catástrofe

111


de la historia irlandesa.

HAMBRUNA

El censo de 1841 dividió a los 8.175.124 habitantes de Irlanda en cuatro categorías de

acuerdo con su riqueza relativa: terratenientes y agricultores con más de 20 hectáreas,

artesanos y agricultores con entre 2 y 20 hectáreas, labriegos y pequeños propietarios con

hasta 2 hectáreas, y la cuarta categoría, insignificante en número, «con medios sin

especificar». El 70 por 100 de la población rural se encontraba dentro de la categoría de

labriegos y pequeños propietarios con menos de 2 hectáreas. Se extendían por todo el país

en tres modelos distintos: una próspera clase agrícola y una pobre clase campesina en la

región central y en el sur, una próspera en el este y el norte, y una clase extremadamente

pobre y numerosa formada por pequeños propietarios empobrecidos en los condados del

litoral oeste y sudoeste.

Los efectos de la gran hambruna reflejaban este modelo, siendo las zonas oeste y

sudoeste del país las más castigadas, con los grupos de labriegos y pequeños propietarios

empobrecidos los que sufrían la mayor parte del hambre, la enfermedad y la muerte. Las

fiebres siguieron al hambre y las muertes por ellas causadas se produjeron por todo el

país, pero con respecto a la muerte por inanición, la población trabajadora fue

prácticamente la única castigada. Así, en la región central y en el sur, entre la próspera

clase agrícola hubo pocas muertes por inanición durante la época de la «Gran

Hambruna». El hambre nunca fue general en la comunidad rural.

Entre 1841 y 1851 la población descendió en casi un 20 por 100 hasta llegar a

6.552.385 habitantes. El total de muertes estimadas por los miembros de la comisión del

censo en el mismo periodo era de 1.383.350 –sin duda una estimación demasiado baja, ya

que donde morían familias enteras, no se hacían estadísticas, y hasta 1864 la inscripción

en el registro civil de nacimientos, matrimonios y defunciones no había sido obligatoria–.

Los miembros de la comisión del censo estimaron que 1.445.587 irlandeses emigraron, en

su mayor parte a los Estados Unidos en el mismo periodo.

La causa directa del hambre y de las repercusiones demográficas concomitantes se

encontraba en las persistentes pérdidas de las cosechas de patatas en los años 1845 y

1846, y en la parcial pérdida de la cosecha en cada uno de los cinco años siguientes.

Tradicionalmente se le atribuye a sir Walter Raleigh la introducción de la patata en

Irlanda desde América en 1586. En dos siglos se había convertido en el principal alimento

vegetal del campesinado. Plantar y cosechar patatas requería poco trabajo, y en una

pequeña superficie se producía una gran cantidad, lo que la convertía en ideal para los

pequeños arrendatarios. Junto con el suero de la leche, ofrecía una nutrición suficiente

para sustentar la vida y un estado de salud razonable. Hacia 1845 se había convertido en

el único alimento para un tercio de la población, siendo el pan, la carne, el grano o el

maíz alimentos de los que solo podían disfrutar los más ricos. De este modo, el efecto de

la pérdida de la cosecha de patatas podría ser devastador y el efecto de pérdidas

consecutivas podría suponer un hambre fatalmente destructiva a escala muy grande.

El hambre ya había azotado Irlanda en muchas ocasiones. En 1740-1741, se estima que

entre 400.000 y 500.000 murieron a causa del tizón de la patata (una proporción casi tan

alta como en 1845-1849). Durante el siglo XIX, ante de 1845, hubo hambrunas en 1807,

1817, 1821-1822, 1830-1834, 1836 y 1839. Sin embargo, aunque siempre se había visto

112


acompañada de muerte y emigración, la pérdida de la cosecha de patatas y el hambre

siempre habían estado localizados. En 1845 las primeras señales de la pérdida de la

cosecha de patatas aparecieron en septiembre, cuando se apreció una decoloración en las

hojas de las plantas. Cuando se recogieron las patatas en octubre, se desvanecieron las

esperanzas de que la pérdida de la cosecha fuera pequeña y de que se pudiera contener,

como en años anteriores, ya que desde la mayor parte del país llegaban noticias de que se

habían perdido todas las cosechas.

La causa real de la pérdida fue la phytophthora infestans –el mildiu tardío–. Las

esporas del mildiu eran transportadas por el viento, la lluvia y los insectos y llegaron a

Irlanda desde Gran Bretaña y el continente europeo. El crecimiento de este hongo afectó a

las plantas de la patata, produciendo manchas negras y un moho blanco en las hojas que

pronto pudría el tubérculo hasta convertirlo en una pulpa. Al año siguiente, el mildiu

tardío se extendió, y para comienzos de 1847 era evidente que se avecinaba un desastre

sin precedentes. A pesar del hecho de que no se produjeron casos de mildiu en 1847, el

pequeño número de semillas produjo una cosecha que redujo la extensión de la hambruna,

pero no puso fin a la muerte en masa. El tifus, la disentería, el escorbuto, el edema de

hambre y la «fiebre amarilla» llevaron la muerte a zonas del país que habían escapado a

lo peor en los años anteriores.

En 1848 hubo otra pérdida de la cosecha muy extendida, aunque parcial. En diciembre

comenzó un brote de cólera asiática, que duró hasta julio de 1849. Cientos de miles de

personas en diversos estados de ina​nición murieron por esta y otras fiebres durante el peor

periodo del hambre, casi todas pertenecientes a los estratos más pobres de la comunidad,

los pequeños arrendatarios y los braceros sin tierras. Hacia el verano de 1847, tres

millones de personas, casi la mitad de la población de Irlanda, eran alimentadas por

organizaciones benéficas privadas –a menudo organizadas por los cuáqueros– o con

fondos públicos. Tal cantidad de gente murió en tan corto espacio de tiempo, que se

habilitaron fosas comunes, a menudo en terrenos especialmente consagrados para dicho

fin. La emigración se disparó de 75.000 en 1845 a 250.000 en 1851. Miles de ellos

murieron cruzando el Atlántico (en 1847 se documentaron 17.465 muertes) en «barcos

féretros», que constituían un negocio especulativo y que a menudo no eran más que viejas

carracas. Además, algunos miles más murieron de enfermedades en los centros de

desembarque.

El hambre duró en diversas áreas del país desde 1845 hasta 1849, aunque sus efectos

permanecieron durante mucho más tiempo. El censo de 1851 reveló que la población

urbana había crecido de forma considerable, que muchas personas vivían en asilos para

pobres y que a otras muchas había que prestarles ayuda, sobre todo en el oeste y en las

partes más pobres del país. El hambre había castigado a la región occidental con más

fuerza. Allí se concentraba la mayor parte de la población desde los tiempos de

Cromwell. En el condado de Mayo en 1841, por ejemplo, había 190 personas por cada

hectárea de tierra de cultivo, y en la provincia de Connaught en su conjunto, el 64 por 100

de las granjas tenían menos de 2 hectáreas. Por estas zonas congestionadas, las

enfermedades a consecuencia del hambre se extendían como un reguero de pólvora. Entre

1841 y 1851, en torno a un 20 por 100 de la población del condado de Mayo sucumbió.

Se estima que un millón de personas murió durante la hambruna.

El peligro del hambre propio de la dependencia de una única fuente de alimentos no se

le había escapado al gobierno de Londres. Un siglo antes, en 1740-1741, otro azote de

113


hambre había causado la muerte de unos 400.000 irlandeses. En 1832, al hambre se le

había unido el cólera. Al mismo tiempo, la filosofía política del momento era el laissezfaire,

es decir, la creencia en la eficacia de las fuerzas incontroladas del mercado en todas

las circunstancias y, al igual que en el resto de la Europa decimonónica, todos los partidos

políticos británicos la asumían. No obstante, la respuesta del gobierno conservador de sir

Robert Peel en 1845-1846 fue rápida, eficaz e intervencionista.

Sir Robert Peel (1788-1850) fue un político que destacó por su dedicación a la eficacia

administrativa. Nacido en Lancashire, hijo del propietario de una fábrica textil, Peel entró

en política en 1809 como miembro conservador irlandés del Parlamento por Cashel, en el

condado de Tipperary. En 1812 fue nombrado secretario principal de Irlanda, cargo que

ostentó durante seis años –el mandato más largo de un secretario principal de todo el

siglo–. El ejercicio de su cargo en Irlanda estuvo marcado por la animadversión que se

tenían Peel y Daniel O’Connell (O’Connell le apodó «Orange Peel» –cáscara de naranja–,

se refirió a él como «un joven inmaduro extraído de no sé qué fábrica de Inglaterra», y

fue retado a duelo por Peel en 1815), y por la naturaleza imaginativa –casi experimental–

de su política. En 1814 creó una fuerza policial, la Policía de Preservación de la Paz,

rápidamente denominada Peelers. Al año siguiente sentó un precedente al establecer una

ayuda estatal para la educación primaria, y durante el tiempo del hambre de 1817

demostró su flexibilidad y voluntad de ir en contra de la sabiduría popular del momento,

ofreciendo 250.000 libras para obras de ayuda social. En 1829 encabezó el debate sobre la

emancipación católica, que apoyó en la Cámara de los Comunes mientras el primer

ministro, el duque de Wellington, hacía lo propio en la de los Lores.

Primer ministro de 1834 a 1835 y de nuevo de 1841 a 1846, Peel se mostró dispuesto a

admitir la reforma, pero contrario a considerar los cambios constitucionales, oponiéndose

de forma rotunda a la Asociación pro Revocación de O’Connell. En 1845 concedió una

subvención anual de 26.000 libras al seminario católico de Maynooth College, e introdujo

los Queen’s Colleges no confesionales –los primeros colegios universitarios estatales de

la historia británica–, en un intento de abrir las universidades a los católicos. Hacia finales

de ese año, la angustia de un creciente hambre en Irlanda lo convenció de la inmediata

necesidad de abolir las Leyes del Grano (impuestos sobre el cereal importado del Reino

Unido que en realidad subvencionaban a los agricultores británicos) con objeto de

disminuir el precio del grano y, por tanto, el del pan. Los grandes intereses que el Partido

Conservador tenía en las tierras y la agricultura hicieron que se opusieran a su líder en

este tema. Peel perseveró, dividiendo a su partido y perdiendo su cargo al año siguiente

cuando, con el apoyo del Partido Whig en la oposición, obligó a la revocación de las

Leyes del Grano por el Parlamento. Fue en esta situación cuando Benjamin Disraeli, el

joven miembro conservador del Parlamento por Maidstone, comenzó a destacar y al final

se hizo con el liderazgo del Partido Conservador al encabezar la revuelta contra Peel en

este asunto.

La revocación de las Leyes del Grano fue tan solo una de las diversas medidas que Peel

aplicó para mitigar los efectos del hambre. En noviembre de 1845 nombró una comisión

científica que decidiera lo que había de hacerse. Esta comisión, sin embargo, se equivocó

en el diagnóstico del mildiu tardío, por lo que todas las medidas que se tomaron para

contener la enfermedad fueron ineficaces, pero esto no fue culpa de Peel. Él mismo

reconoció que la prioridad tenía que ser la provisión de alimentos y personalmente

autorizó (sin la aprobación del Gabinete) la compra de 100.000 libras de maíz a los

114


Estados Unidos, para su distribución en Irlanda por parte de una comisión de ayuda que

estableció para coordinar el trabajo de asistencia social. A principios de 1846, con objeto

de ofrecer empleo y, por tanto, dinero para que los irlandeses que se morían de hambre

pudieran comprar comida, consiguió la aprobación de algunas leyes que autorizaban

mejoras para las carreteras y puertos irlandeses. Alentó la creación de comisiones de

ayuda voluntaria (en agosto de 1846 se habían formado unas 650) y estableció almacenes

de comida especiales, que liberaron suministros de alimento al mercado libre con objeto

de asegurar que los comerciantes locales no pudieran aumentar los precios y sacar

provecho de la miseria reinante.

Habiendo dividido a su partido a causa de la revocación de las Leyes del Grano, Peel

fue relevado de su cargo por votación a finales de junio de 1846. Su sucesor como primer

ministro, lord John Russell, perteneciente al Partido Whig, tomó posesión del cargo justo

cuando empezaba a ser evidente que, por primera vez, toda la cosecha de patatas de

Irlanda estaba afectada por el mildiu. Parte del éxito de Peel al tratar el problema del

hambre residió en el hecho de que la pérdida de la cosecha de 1845 solamente fue parcial.

En 1846, Irlanda se enfrentó a una hambruna de una magnitud mucho mayor, y esta

situación se vio agravada por Russell. A diferencia de Peel, quien de forma pragmática se

había concentrado en asegurar que hubiera suficiente comida para aquellos que se

encontraban en una necesidad extrema, Russell era un exponente doctrinario del laissezfaire.

Además, encabezaba un gobierno minoritario, dependiente de los votos de los

conservadores que habían encontrado demasiado liberal a Peel. De este modo, mientras

los whigs habían apoyado a Peel en la revocación de las Leyes del Grano, y mientras el

propio Russell tenía una trayectoria liberal, para permanecer en el cargo consideró

necesario aferrarse a los principios políticos que eran generalmente aceptados por los

conservadores.

En octubre de 1846 dispuso su propuesta para enfrentarse al hambre:

Debe entenderse claramente que no podemos dar de comer a la gente [...] Como mucho, lo que podemos

hacer es mantener los precios bajos donde no exista un mercado regular y evitar que los comerciantes

establecidos suban los precios mucho más allá del precio justo y los beneficios normales.

Su política puso más énfasis en crear empleo que en alimentar a las víctimas del

hambre en la creencia de que la empresa privada, y no el go​bierno, debía ser responsable

de la provisión de alimentos, y de que el coste del trabajo de ayuda social irlandesa

debían pagarlo los irlandeses. La comisión de ayuda de Peel fue abolida y todo el trabajo

de asistencia pública fue puesto en manos de los 12.000 funcionarios de la Junta de

Trabajo, que intentaron valientemente encontrar trabajo para las casi 750.000 personas

que se estaban muriendo de hambre, además de atender todas sus responsabilidades

habituales. Se construyeron asilos para los pobres donde, a cambio de trabajo duro (y a

menudo inútil), a los campesinos famélicos se les pagaban salarios de miseria. Decenas

de miles de personas murieron durante el invierno de 1846, lo que forzó al gobierno a

reconocer que su política no estaba funcionando y que las medidas de intervención estatal

sobre el suministro y distribución de comida de Peel eran la única alternativa. En marzo

de 1847, Russell autorizó la distribución general de comida a los indigentes. Sin embargo,

nadie que poseyera más de una décima parte de una hectárea podía beneficiarse de dicha

medida, con lo que cientos de miles de personas abandonaron sus propiedades para no

morirse de hambre.

115


La empresa privada también contribuyó de forma significativa a paliar el problema.

Muchos terratenientes de forma particular hicieron todo lo que pudieron por sus

arrendatarios. Otros y en particular la Sociedad de Amigos y la Asociación Británica de

Ayuda Social establecieron comedores de beneficencia en los que de forma gratuita se

daba de comer a los campesinos hambrientos. Desafortunadamente, algunos clérigos

anglicanos evangélicos, en particular en la parte occidental de Irlanda, hicieron que se

desconfiara de los comedores de beneficencia, ya que ofrecían alimento a la gente a

cambio de su conversión. A principios de 1847, se crearon comedores de beneficencia

financiados por el gobierno donde, hacia agosto de ese mismo año, comían diariamente

tres millones de personas.

Pero Russell y sus partidarios nunca se plantearon intervenir en la estructura de la

economía irlandesa de la forma en la que hubiera sido necesario para evitar los peores

efectos del hambre. No hubo ningún intento de reformar las condiciones de

arrendamiento o las prácticas agrícolas. En su lugar, en algunos casos los terratenientes

(que eran responsables de la contribución de sus arrendatarios sobre las propiedades con

valor equivalente o inferior a cuatro libras, incluso si no se pagaban los arriendos)

desahuciaron a sus arrendatarios como forma de reducir las contribuciones (en 1850,

104.000 personas fueron desahuciadas), y a los agricultores y comerciantes se les permitía

exportar grano y ganado sin obstáculos gubernamentales. Uno de los hechos más

destacados del tiempo del hambre es que Irlanda, casi desde el principio hasta el fin,

continuó siendo un exportador neto de alimentos por valor de 100.000 libras esterlinas

mensuales.

Además de la intervención privada y gubernamental, las asociaciones de la Ley contra

la Pobreza administraron la mayoría del trabajo de ayuda social. Las 130 asociaciones

existentes en Irlanda se habían introducido en 1838 con la Ley irlandesa contra la

Pobreza, que ampliaba la Ley británica contra la Pobreza a Irlanda. Bajo este sistema,

cada asociación estaba supervisada por una Junta de Defensores formada por

contribuyentes locales que eran responsables de los asilos para los pobres, donde los

indigentes podían trabajar a cambio de sueldos de hambre. Estas asociaciones se

financiaban con impuestos locales, por lo que se arruinaron regiones enteras a causa del

gasto que suponían durante la época del hambre. En un intento tanto de contener tal

estado de bancarrota como de ampliar la ayuda de los asilos para los pobres, el gobierno

aumentó en 1847 el número de asociaciones a 162. El alcance de su trabajo se puede

evaluar por el número de personas empleadas en las obras de ayuda social: 114.600 en

octubre de 1846, 570.000 en enero de 1847 y 734.000 en marzo del mismo año. El

gobierno gastó más de siete millones de libras en subsidios y préstamos durante la época

del hambre, la mayor parte a través de las asociaciones de la Ley contra la Pobreza.

Hay que decir que el gobierno de Londres nunca apreció debidamente la verdadera

magnitud de la hambruna. La insensibilidad oficial fue algo a lo que también se

enfrentaron otros súbditos del Reino Unido: por ejemplo, entre junio y octubre de 1848,

72.000 personas murieron de cólera en Inglaterra y Gales sin que el gobierno hiciera

nada. También hay que señalar que en medio del sufrimiento más horrible, los irlandeses

famélicos hicieron poco por ayudarse a sí mismos. Hubo disturbios a causa de la falta de

comida, pero ningún verdadero levantamiento (el de 1848 fue un fracaso), y a pesar del

ánimo que imprimía el gobierno, no se cogía pescado del mar ni de los ríos: era como si

las víctimas del hambre simplemente aceptaran la muerte con pasividad como su

116


inevitable destino. «La paciencia del campesinado irlandés», declaró la Comisión del

Censo de 1851, «y la tranquila sumisión con que soportaron los más mortíferos males que

puede sufrir el hombre apenas tienen igual en los anales de cualquier nación» (figura 10).

Figura 10. Hambruna: monumento conmemorativo en Dublín. Escuálidas figuras de bronce esculpidas y fundidas

entre 1996-1997 por Rowan Gillespie (Dublín, 1953) en su fundición de Blackrock, e instaladas en los Muelles de

la Aduana de Dublín. En 1847, el Illustrated London News describió desgarradoras escenas de hambruna de las

que estas figuras se hacen fiel eco. A la edad de siete años, Gillespie fue enviado a un internado de Inglaterra a

estudiar arte. Luego pasó varios años en Noruega, donde quedó impresionado por el arte de Edvard Munch, cuya

influencia puede también verse en estas figuras. En 1977 volvió a fijar su residencia en Irlanda.

Charles Edward Trevelyan (1807-1886), al que en 1848 se le concedió el título de sir

por los servicios prestados en Irlanda, además de ser subsecretario del Tesoro, fue el

funcionario más involucrado en la ayuda contra el hambre en Irlanda. Al igual que

Russell y sir Charles Wood, ministro de Economía de 1846 a 1852, Trevelyan creía

firmemente en los principios del laissez-faire, se opuso al nuevo gasto y al aumento de los

impuestos y apoyó la autarquía. Estaba convencido de la teoría de Malthus de que

cualquier intento de aumentar el nivel de vida de los estratos más pobres de la población

por encima del nivel de subsistencia solo tendría como resultado el aumento de la

población, lo cual conduciría de nuevo a la situación de partida, agravada y aumentada.

Así, en octubre de 1846 escribió que la sobrepoblación de Irlanda «estando más allá del

poder del hombre, ha sido remediada por un golpe directo de una providencia sabia de

117


una forma tan inesperada y tan inconcebible como probablemente efectiva».

Dos años más tarde, después de que hubieran muerto quizá un millón de personas,

escribió: «El asunto es horriblemente grave, pero estamos en manos de la providencia, sin

posibilidad de impedir la catástrofe si ha de ocurrir. Solamente podemos aguardar el

resultado». Siguiendo el mismo tono, sir Charles Wood respondió a un terrateniente

irlandés que en 1848 le había escrito describiéndole lo que realmente estaba ocurriendo:

«No me encuentro en absoluto consternado ante la pérdida de tus arrendatarios. Me

parece una parte necesaria del proceso [...] No debemos quejarnos de lo que realmente

queremos obtener».

Cegados por estas actitudes, estos hombres se mantuvieron al margen, convencidos de

que no debían interferir en el divino castigo del hambre sobre los irlandeses

indisciplinados, rebeldes y traicioneros. Como decía el editorial de The Times del 30 de

agosto de 1847: «En ningún otro país han hablado los hombres de traición hasta estar

roncos para luego rogar la compasión de sus opresores. En ningún otro país la gente ha

sido ayudada de una forma tan liberal y despilfarradora por la nación a la que denuncian y

desafían». «El gran mal al que tenemos que enfrentarnos», declaró el propio Trevelyan en

1846, «no es el mal físico del hambre, sino el mal moral del carácter egoísta, perverso y

turbulento del pueblo».

Las consecuencias a largo plazo del hambre fueron diversas y tremendas. La más

notable fue la firme tradición de emigrar, principalmente a los Estados Unidos de

América. Entre 1845 y 1855, casi dos millones de personas habían emigrado de Irlanda a

Norteamérica y Australia, y otras 750.000 a Gran Bretaña. Para el año 1900, más de

cuatro millones de irlandeses habían cruzado el Atlántico, viviendo casi tantos en el

extranjero como en Irlanda (figura 11). En el siglo que va hasta 1930, se calcula que una

de cada dos personas nacidas en Irlanda emigró. Entre 1951 y 1961, la emigración neta

del país en su conjunto ascendió a 437.682 personas.

118


Figura 11. Destinos de los emigrantes en el extranjero procedentes de Irlanda, 1821-1920.

También hubo otras consecuencias drásticas. Las patatas perdieron rápidamente

importancia, ya que los agricultores y arrendatarios que quedaban en Irlanda cambiaron la

labranza por el pastoreo de ovejas y ganado. Esto a su vez puso fin a la práctica de

subdivisión agrícola y generalmente un hijo heredaba las granjas intactas. La emigración

o una existencia penosa eran las opciones que tenían los hijos más jóvenes, y

prácticamente todos los censos de 1851 a 1961 mostraron un descenso en la población de

Irlanda (en 1936-1937 se contabilizó un incremento de la población de un 0,46 por 100, y

de un 1,96 por 100 en 1951). Parte de la pérdida de población reflejaba el aumento de la

edad a la que por regla general los irlandeses empezaban a casarse: en 1900 en la Irlanda

rural la edad media en la que se contraía matrimonio era de 39 años para los hombres y 31

para las mujeres. Los matrimonios más tardíos eran característicos de la comunidad

agrícola irlandesa antes de la época del hambre, y solo la clase obrera/campesina se

casaba a una edad más temprana. Después del hambre, la clase obrera/campesina (que fue

la más castigada) quedó muy reducida y los agricultores se convirtieron en la clase más

numerosa del campo, fenómeno que se refleja no solo en la característica de matrimonios

tardíos, sino también en un cambio en la naturaleza de la propiedad de la tierra.

En realidad el hambre solo afectó levemente a la comunidad agrícola que, como

consecuencia, salió fortalecida. Mientras obreros y campesinos morían o emigraban,

dejando sus pequeñas parcelas de tierra, los pequeños agricultores ampliaban sus

propiedades. En 1845 había contabilizadas cerca de 630.000 propiedades con menos de 6

hectáreas (cada una de las cuales sustentaba básicamente a una familia) y para 1851

quedaban solo 318.000. En el mismo periodo, el número de propiedades con más de 6

hectáreas aumentó de 277.000 a 290.000.

El hambre también acabó con el uso extendido de la lengua irlandesa. El gaélico, la

lengua natural para cuatro millones de irlandeses en 1841, pasó a ser hablado por tan solo

1.700.000 en 1851 y solo 527.000 en 1911. «El hambre», según escribió Douglas Hyde

en 1891, «le arrancó el corazón a la lengua irlandesa». Hablar irlandés se había asociado

directamente con la pobreza y el campesinado, con el hambre y la muerte. En las últimas

décadas del siglo XIX, incluso aquellos que hablaban irlandés se unieron con entusiasmo a

curas y profesores para obligar a sus hijos a hablar solamente inglés. Se identificaba la

lengua inglesa con el éxito y el bienestar. Era la lengua del comercio y también la de los

parientes emigrados. La Ley de Educación Nacional de 1831 estableció el inglés como la

lengua del primer sistema de enseñanza primaria nacional de Irlanda. Como dura medida

disciplinaria, los profesores de las escuelas clandestinas, antes de que se introdujeran las

Escuelas Nacionales, colgaban al cuello de los niños de habla irlandesa un palo (bata

scoir) al que se le hacía unas muescas. Los profesores de las Escuelas Nacionales

adoptaron esta medida para ayudarles a acabar con el uso del irlandés: cada vez que a un

niño se le oía hablar irlandés, se le hacía una muesca en el palo, y al final del día se

contaban las muescas y el niño era castigado por cada una de ellas.

Esta medida disciplinaria, utilizada por los propios irlandeses sin ser obligados por

ningún edicto oficial, refleja un fatalismo deprimente. La gran fuerza cultural irlandesa

nativa, encarnada en la lengua, fue conscientemente rechazada por los mismos que

durante siglos habían nutrido su orgullo e identidad nacional con ella. No cabe duda de

119


que esto fue síntoma de un desdichado hábito adquirido, en el que percibieron que la

supervivencia dependía de su habilidad para ajustarse a la imagen de sus conquistadores y

gobernantes. Y es que cuando la gente pierde la confianza en sí misma florece el

extremismo.

En muchos aspectos, en 1916 Patrick Pearse y sus colegas representaron la última

generación que tuvo un sentido coherente de la lengua y la cultura irlandesas. Pero

incluso entonces, aunque se admiraba su pasado legendario y se intentaba emular al

antiguo gaélico, el inglés era su lengua: la proclamación rebelde de una República

Irlandesa en 1916 fue editada y publicada solamente en inglés; las órdenes que Pearse y

sus colegas daban al Ejército Republicano Irlandés eran en inglés; las cartas y los poemas

que escribieron justo antes de ser ejecutados fueron redactados en inglés. A pesar de su

rechazo, su país había sido anglicanizado mediante una combinación de educación,

presión social y hambre.

Los emigrantes irlandeses llevaron al extranjero otro importante efecto del hambre: su

odio hacia Gran Bretaña. A Gran Bretaña se la culpaba del hambre y era el objeto de

todos sus resentimientos. Los emigrantes irlandeses en los Estados Unidos llegaron a

formar un grupo de opinión política que era sistemáticamente hostil a los intereses

británicos. En las dos guerras mundiales, el aislamiento americano fue fuertemente

apoyado por los americano-irlandeses. Desde los Estados Unidos se ha dado un gran

apoyo financiero y propagandístico a todos los movimientos nacionales irlandeses que

han surgido, desde el Partido del Autogobierno del siglo XIX hasta el IRA de hoy. Los

políticos y presidentes norteamericanos han considerado oportuno, por motivos de

política interior, utilizar su influencia sobre Gran Bretaña para favorecer los intereses

irlandeses. En 1919-1920, Éamon de Valera, líder político nacionalista de Irlanda en

aquel tiempo, consideró que su trabajo era más productivo en los Estados Unidos, donde

en menos de dos años consiguió más de cinco millones de dólares e intentó ejercer su

influencia en las elecciones presidenciales americanas de 1920 para favorecer los

intereses irlandeses. Los presidentes Woodrow Wilson y Warren Harding ejercieron

presión diplomática sobre el gobierno de Lloyd George para conseguir un acuerdo

irlandés. Fue también desde los Estados Unidos desde donde la Hermandad Republicana

Irlandesa, el más efectivo de todos los movimientos nacionales revolucionarios de

Irlanda, fue financiada y sustentada desde su fundación en 1858.

FENIANOS

Algunos de los que emigraron de Irlanda durante el tiempo del hambre y algunos de los

Jóvenes Irlandeses que habían contemplado la rebelión, como Thomas Francis Meagher

(1823-1867) –que en 1853 escapó de la deportación y consiguió establecerse en los

Estados Unidos–, decidieron organizar más rebeliones en Irlanda. John Mitchel, otro

Joven Irlandés, adoptó las ideas de O’Connell tras escapar con Meagher a los Estados

Unidos. Se convirtió en agricultor en Tennessee y apoyó con pasión la causa confederada

en la Guerra Civil americana, negándose a aceptar que los negros y los judíos tuvieran los

mismos derechos que los irlandeses. Regresó a Irlanda en 1874 y fue elegido diputado por

North Tipperary al año siguiente, perdiendo después su escaño al aducirse que era un

convicto huido. Unas segundas elecciones lo devolvieron al Parlamento, pero murió poco

después en Newry, donde se encuentra enterrado.

120


Meagher se estableció en Nueva York, donde entró en política y ejerció la abogacía.

Cuando empezó la Guerra Civil, creó una Brigada Irlandesa en favor de la Unión –la

Brigada Irlandesa de Nueva York (el 69. o , 88. o y 63. o Batallón de Voluntarios de Nueva

York)– y fue nombrado brigadier general. Planeó adiestrar a soldados irlandeses que

regresarían a Irlanda al finalizar la guerra para liberar a su propio país. Pero su Brigada se

vio diezmada en las batallas de Antietam (septiembre de 1862), Fredericksburg

(diciembre de 1862) y Chancellorsville (mayo de 1863), lo cual frustró sus esperanzas.

Después de la rendición de los Estados Confederados, Meagher abandonó el ejército con

el rango de general de división y fue nombrado gobernador en funciones del territorio de

Montana. Durante una inundación del río Missouri en 1867, se cayó de su barco y se

ahogó.

Otro Joven Irlandés, James Stephens (1824-1901), de forma bastante independiente

compartió las esperanzas de una rebelión irlandesa apoyada por los americano-irlandeses.

A diferencia de Meagher y Mitchel, Stephens había evitado ser arrestado en 1848 y huyó

a Francia, donde supo de los Carbonari, una sociedad secreta franco-italiana dedicada a

la actividad revolucionaria. Regresó a Irlanda en 1856, decidido a formar una sociedad

secreta irlandesa sobre las mismas bases, que trabajara por la libertad nacional irlandesa

mediante la revolución. Durante un año viajó por toda Irlanda, recorriendo casi cinco mil

kilómetros, principalmente a pie, evaluando las opiniones y reuniendo seguidores. El día

de San Patricio, el 17 de marzo de 1858, en Dublín, estableció formalmente la

Hermandad Revolucionaria Irlandesa, que posteriormente pasó a llamarse la Hermandad

Republicana Irlandesa, la IRB. En las áreas rurales la nueva sociedad se benefició de la

tradición de las sociedades secretas agrarias y miles de hombres hicieron el juramento de

Stephens:

Yo [...] juro solemnemente en presencia de Dios Todopoderoso que haré todo lo posible, sin tener en

cuenta los riesgos y mientras viva, para convertir a Irlanda en una República democrática independiente; que

prestaré implícita obediencia, en todo lo que no sea contrario a la Ley de Dios, a las órdenes de mis oficiales

superiores, y que preservaré el inviolable secreto sobre todas las operaciones de esta sociedad secreta que me

puedan ser confiadas. Que Dios me asista. Amén.

Seis meses después de la fundación de la IRB, Stephens se marchó a Nueva York

donde recaudó fondos y apoyo para la sociedad con la ayuda de otros dos Jóvenes

Irlandeses, John O’Mahony (1815-1877) y Michael Doheny (1805-1863). O’Mahony

había huido a Francia con Stephens en 1848 y había estado con él hasta 1852, cuando se

fue a vivir a Nueva York. Se mantuvo en estrecho contacto con Stephens, enviándole 400

dólares a principios de 1858, que Stephens utilizó para fundar la IRB. En Nueva York, el

mismo día que Stephens fundó la IRB, O’Mahony fundó otra sociedad secreta americanoirlandesa

auxiliar a la que denominó la Hermandad Feniana por la legendaria banda de

guerreros de Finn MacCool, la Fianna. Michael Doheny fue miembro fundador de la

Hermandad Feniana, tras haber escapado directamente a Nueva York después de 1848.

Allí ejerció de abogado y de propagandista del nacionalismo irlandés. Bajo su liderazgo,

los «fenianos» (como pronto llegaron a ser conocidos tanto los miembros de la

Hermandad Feniana como los de la IRB) se prepararon para otro levantamiento.

No obstante, aunque era buen organizador y el líder feniano reconocido o «cerebro»,

los esfuerzos de Stephens por la consecución de una rebelión irlandesa se vieron

marcados por su falta de decisión. Siete años después de que fundara la IRB, Stephens

121


(que había regresado a Irlanda en 1860) prometió a sus seguidores americanos que habría

un levantamiento en 1865. Con típico optimismo, estimó que en Irlanda había 85.000

fenianos con 50.000 armas y que además había otros 15.000 fenianos en el ejército

británico aguardando su palabra para rebelarse. Un organizador feniano en Gran Bretaña,

Michael Davitt (1846-1906), envió a Stephens informes que corroboraban sus

estimaciones, mientras que otro organizador en Irlanda, John Devoy (1842-1928),

calculaba que de una guarnición británica de veinticinco mil hombres, siete mil eran

miembros de la IRB. Como habrían de demostrar los acontecimientos, estas estimaciones

eran muy exageradas.

El 11 de noviembre de 1865, siete semanas antes de que acabara el año que Stephens

había prometido que sería conocido como el del levantamiento feniano, Stephens fue

arrestado y encarcelado en la prisión de Richmond en Dublín. Dos semanas después, con

la ayuda de John Devoy y algunos celadores fenianos de la prisión, consiguió escaparse a

París y después a Nueva York. Haciendo uso del título de «organizador jefe de la

República Irlandesa», con su huida Stephens despertó el interés popular, convirtiéndose

literalmente de la noche a la mañana en héroe nacional. Sin embargo, sus constantes

intentos de retrasar un levantamiento por unos motivos u otros (había cancelado un

levantamiento planeado en diciembre de 1865 e intentó posponer otro doce meses más

tarde), así como sus puntos de vista autocráticos, le hicieron perder el apoyo de gran parte

de la IRB y de la Hermandad Feniana, y a principios de 1867 dejó Nueva York y regresó

a Francia al temer por su vida. Durante los siguientes veinte años vivió en París como

periodista venido a menos hasta que en 1886, mediante la intercesión en su favor de

Charles Stewart Parnell y con la ayuda de una subscripción pública, regresó a Dublín,

donde vivió tranquilo y con relativo bienestar.

Stephens había sido traicionado por un informador que trabajaba en las oficinas del

Irish People, periódico que Stephens había establecido en 1863. Los hombres que

trabajaban en este periódico –al igual que los que habían trabajado veinte años antes en

los periódicos de la Joven Irlanda– llegaron a dominar el nacionalismo irlandés

revolucionario. John O’Leary (1830-1907), agnóstico, Thomas Clarke Luby (1821-1901),

protestante, y Charles Joseph Kickham (1828-1882), católico devoto, eran los directores

del periódico; Jeremiah O’Donovan Rossa (1831-1915), del relajado condado católico de

Cork, era el gerente. También eran los líderes, bajo las órdenes de Stephens, de la IRB.

Bajo su control, el Irish People era abiertamente republicano y en septiembre de 1865 fue

retirado de la circulación por las autoridades, y O’Leary, Luby, Kickham y Rossa fueron

detenidos y sentenciados a largos periodos de encarcelamiento bajo la Ley de Alta

Traición.

John Devoy, quien por poco tiempo sucedió a Stephens como jefe en funciones tras la

detención de este último en noviembre, también fue detenido en febrero de 1866. Devoy,

junto con O’Donovan Rossa y Luby, pasó cinco años en las cárceles inglesas antes de que

en 1871 los tres fueran puestos en libertad con la condición de que no regresaran a Irlanda

hasta que hubiera finalizado el periodo de sus sentencias. Todos ellos se marcharon a

Nueva York, donde Luby y Rossa trabajaron de periodistas y Devoy se convirtió en uno

de los líderes más influyentes del Clan na Gael, la organización que sucedió a la

Hermandad Feniana. En realidad, Devoy llegó a personificar a la Irlanda exilada. Jugó un

papel crucial en el intento de la IRB de conseguir el apoyo alemán para el Alzamiento de

1916, y a pesar de una tempestuosa relación con Éamon de Valera en 1919-1920, actuó

122


como organizador jefe americano-irlandés y recaudador de fondos para el IRA.

Kickham fue puesto en libertad por motivos de salud en 1869 y O’Leary en 1874,

pasando ambos a ser activos seguidores del renacer de la literatura gaélica hacia finales

del siglo XIX. La novela patriótica de Kickham, Knocknagow, se convirtió en el libro más

popular de Irlanda. En 1915, el cuerpo de Rossa fue llevado desde Nueva York hasta

Dublín, donde se le organizó un funeral multitudinario el 1 de agosto. Junto a la tumba,

en el cementerio de Glasnevin, Patrick Pearse pronunció la oración fúnebre que acabó con

una advertencia: «¡Insensatos, insensatos, insensatos! Nos han dejado a nuestro feniano

muerto. Mientras que en Irlanda haya tumbas como esta, la Irlanda prisionera nunca

tendrá paz».

Thomas J. Kelly (1833-1908) sucedió a Stephens como líder de la IRB después de que

este fuera derrocado en diciembre de 1866. Kelly había emigrado de Galway a los

Estados Unidos y había luchado con el 10.º Regimiento de Ohio en la Guerra Civil

americana. En 1865 regresó a Irlanda como emisario de la Hermandad Feniana, con la

misión de apremiar a Stephens para un levantamiento. Tomó parte en la fuga de Stephens

de la cárcel de Richmond y lo acompañó en su huida a América. En enero de 1867 Kelly

viajó a Londres, donde, con el título de «ejecutivo jefe en funciones de la República

Irlandesa», planeó un levantamiento irlandés para el 11 de febrero, que había de ser

precedido de un asalto al depósito de armas del ejército británico en el castillo de Chester.

El asalto resultó frustrado y los líderes fenianos fueron arrestados, con lo que hubo que

aplazar el levantamiento. Se estableció una nueva fecha –el Domingo de Pascua–, pero

los planes de Kelly se vieron desbaratados por desacuerdos internos, espías

gubernamentales y grandes tormentas de nieve. El Domingo de Pascua solo apareció un

puñado de fenianos, y la mayoría de los líderes fueron arrestados.

Si 1848 fue una tragicomedia, 1867 fue una farsa. A Kelly se le apresó en Mánchester

con un compañero, Timothy Deasy. Una semana después, fueron liberados de un furgón

de la policía por un grupo de rescate feniano, resultando muerto en el asalto un policía, el

sargento Brett. A Kelly y a Deasy nunca se les volvió a detener. Kelly se marchó a

América, donde cayó en cierto olvido; Deasy también se fue allí, haciendo carrera política

en Massachusetts. Pero tres de los miembros del grupo de rescate, William Allen,

Michael Larkin y Michael O’Brien, corrieron peor suerte. Fueron apresados y acusados

del asesinato de Brett, condenados y ahorcados en la mañana del 23 de noviembre. Tres

semanas después, el 13 de diciembre, se produjo otro intento de rescate por parte de un

grupo feniano para liberar a algunos prisioneros de la cárcel de Clerkenwell, en Londres,

dinamitando el muro de la prisión. La explosión produjo la muerte en el acto de 12

personas (muriendo 18 más en las semanas siguientes y resultando heridas otras 120), sin

conseguir que ninguno de los prisioneros escapara. La opinión pública se horrorizó y los

fenianos pasaron a ser para los británicos, terroristas y asesinos odiosos. Al final, un

feniano llamado Michael Barrett fue ejecutado por la explosión de Clerkenwell en el

último ahorcamiento público que se produjo en Inglaterra.

Sin embargo, en Irlanda existía una percepción diferente de los fenianos y Allen,

Larkin y O’Brien pronto se convirtieron en los «Mártires de Mánchester»; todavía hoy

tienen lugar conmemoraciones anuales de sus ejecuciones. Nunca se llegó a probar que

ninguno de los «Mártires» realmente le disparara a Brett, aunque por ley todos los que se

vieran envueltos en un acto en el que se cometiera un asesinato eran igualmente

participes criminus, y fueron condenados por la prensa popular antes de que hubiera

123


comenzado su juicio. Otros dos acusados con ellos evitaron la pena de muerte: a uno se le

concedió el indulto con la ayuda de los periodistas que cubrían el caso, y al otro, Edward

O’Meagher Condon, se le conmutó la sentencia no sin que antes dijera desde el banquillo

de los acusados: «No tengo nada que lamentar ni de qué retractarme o desdecirme. Solo

puedo decir “Viva Irlanda”». «Viva Irlanda» inmediatamente se tomó como eslogan y se

convirtió en el título de una balada que a su vez pasó a ser la canción de batalla de la IRB

y durante el siglo XIX el himno nacional oficioso. El juicio y la ejecución de los

«Mártires» con pruebas poco sólidas también redujo la fe irlandesa en la justicia británica

y contribuyó a alentar una idealización del fenianismo y la continuación de la IRB

después de 1867.

En los Estados Unidos, incluso antes del fracaso de 1867, la Hermandad Feniana se

había disgregado en facciones. Un grupo bajo el mando de John O’Neill (1834-1873),

emigrante del condado de Monaghan y antiguo general del ejército de la Unión y

luchador contra los indios, lanzó una invasión sobre Canadá en el verano de 1866. Entre

700 y 800 fenianos cruzaron el río Niágara en botes planos cerca de Buffalo, Nueva York,

y ocuparon la ciudad de Fort Erie. Algunos días después, otra fuerza feniana avanzó hacia

Canadá desde Vermont. Ambos grupos fueron derrotados de forma aplastante, no sin que

antes hubieran operado bajo el nombre de «Ejército Republicano Irlandés», el ejército

feniano de la República Irlandesa, que ellos consideraban que existía en teoría, aunque no

de hecho. O’Neill fue arrestado por las autoridades norteamericanas y encarcelado

durante algún tiempo. Cuando lo liberaron, abandonó las actividades nacionalistas

irlandesas, trabajando los últimos años de su vida para una compañía de especuladores de

tierras. Cuatro años más tarde, Mark Twain hizo del episodio tema de un punzante

boceto, «Una cosa nada burlesqueable», en el que alude a los vínculos entre el

nacionalismo estadounidense-irlandés y la política estadounidense:

Hay otra cosa que transciende los poderes de lo burlesco, y eso es una «invasión» feniana [...] Hombres

que eran insignificantes y oscuros un día se encuentran a sí mismos grandes y famosos al siguiente. Luego los

diversos «gobiernos» y presidentes y generales y senados se tiran de las orejas y siguen así hasta que la

habitual necesidad de llevarse las elecciones municipales en los Estados Unidos con una minoría de votos

aparece y los une; entonces comienzan a «tocar a rebato» de nuevo, esto es, en solemnes cuchicheos en lo

más oscuro de la noche planean en secreto una incursión en el Canadá [...] y como ninguna noticia viaja más

libremente ni más rápido que los «actos» secretos de la Hermandad Feniana, el territorio no tarda en

convertirse en un tumulto de aprehensión [...] Entonces ¡hurra! atraviesan la frontera; ¡hurra! se enfrentan al

enemigo; ¡hip, hip, hurra! se entabla una batalla; hip… no, ni hip ni hurra: pues el jefe de vigilancia de los

Estados Unidos y un hombre capturan al general en jefe feniano en el campo de batalla, en medio de su

«ejército», y lo sacan en un carruaje y lo depositan en una cárcel corriente… y ¡presto! ¡la ilustre «invasión»

llega a su fin![1].

La teórica República de los fenianos era necesaria para que estos contrarrestaran la

oposición que sufrían por parte de la Iglesia católica. Para los irlandeses, la lealtad

religiosa era una fuerza casi tan poderosa como el nacionalismo. Durante siglos no

estuvieron en conflicto y O’Connell las había unificado, convirtiéndolas en una poderosa

combinación para alcanzar la emancipación católica. Sin embargo, tras la emancipación,

Irlanda como parte del Reino Unido proporcionó a la Iglesia el apoyo de hasta unos 80

diputados católicos irlandeses en la década de 1880, en el Parlamento del mayor imperio

del mundo.

En la década de 1850, la Iglesia se identificaba cada vez más con el gobierno británico,

124


y utilizaba su influencia para lograr la conformidad política nacionalista irlandesa con las

prácticas constitucionales británicas. Los líderes de la Iglesia de Irlanda hacían campaña

en favor de las reformas sociales, pero no en favor de la independencia irlandesa ni, por

supuesto, del nacionalismo por la violencia. Los fenianos, el Alzamiento de 1916, el IRA

en 1920 y el IRA de nuevo en 1922 fueron todos condenados por la Iglesia.

Naturalmente, los argumentos en favor del constitucionalismo y en contra de la violencia

tenían un gran peso, pero se les veía como una forma de establecer uniformidad con las

leyes y las prácticas británicas. Como decía Paul Cullen (1803-1878), arzobispo de

Dublín, en 1865 (al año siguiente se convirtió en el primer cardenal irlandés), si los

irlandeses fueran tratados de forma justa, «no se oiría hablar más de revoluciones ni

conspiraciones, de Whiteboys ni de fenianos y la gente sería feliz y pacífica y una fuente

de fuerza para el imperio en general».

Sucesivas administraciones reconocieron la especial posición de la Iglesia en Irlanda,

empezando con la de William Pitt el Joven, que desde 1795 dotó al seminario católico del

Royal College of St. Patrick de Maynooth, en el condado de Kildare, de una subvención

gubernamental anual, fijada en 9.250 libras en 1808. A cambio, el personal y los

estudiantes de dicho colegio universitario prestaron juramento de lealtad al monarca

británico:

Yo [...] pongo como testigos a Dios Todopoderoso y a su único Hijo Jesucristo mi Redentor, de que seré

fiel y guardaré verdadera lealtad a nuestro más gracioso soberano el rey Jorge III y le defenderé con toda mi

fuerza contra todas las conspiraciones e intentos que puedan producirse contra su persona, Corona y dignidad;

y pondré todo mi empeño en revelar y hacer saber a Su Majestad, y sus herederos, de todas las traiciones y

conspiraciones traidoras que puedan formarse contra él o ellos; y fielmente prometo mantener, apoyar y

defender, con todas mis fuerzas, la sucesión de la Corona en la familia de Su Majestad contra cualesquiera

persona o personas.

Cuando el presidente de Maynooth encabezó la repulsa al levantamiento de 1798 y la

Iglesia –que estaba compuesta por sacerdotes formados en Maynooth– se opuso cada vez

más a los nacionalistas irlandeses rebeldes, el pueblo de Irlanda no se sorprendió lo más

mínimo. En 1845, Peel aumentó la subvención al Royal College a 26.360 libras al año. En

1871 la subvención se suspendió, siendo reemplazada por una donación de 369.000

libras.

El apoyo de Peel a Maynooth era parte de su intento de introducir en Irlanda un sistema

de enseñanza superior que resultara aceptable a la Iglesia católica. Bajo la Ley de

Colegios Universitarios Provinciales de 1845, el gobierno estableció tres Queen’s

Colleges en Galway, Cork y Belfast, con una subvención anual de 30.000 libras. En 1850

se unieron para formar la segunda universidad de Irlanda, la Queen’s University, abierta

tanto a católicos como a protestantes. Al principio los nuevos colegios universitarios

fueron aceptados por la Iglesia, pero conforme se iba haciendo evidente que el gobierno

no permitiría ningún cambio en su carácter no confesional, negando a cualquier Iglesia el

derecho a controlar el plan de estudios o los nombramientos académicos, y que no

financiaría cátedras de teología (aunque se permitían donaciones privadas con este fin), la

jerarquía católica pronto se opuso a ellos. Fueron denunciados como «colegios

universitarios impíos» y como «un serio peligro para la fe de los católicos». Se redactaron

rescriptos papales que los condenaban. El obispo de Clonfert negó los sacramentos a los

padres que tenían a sus hijos en estos colegios universitarios.

125


En 1854 la Iglesia fundó su propia Universidad Católica en Dublín (el teólogo inglés P.

John Newman, más tarde cardenal, fue su primer rector) como oposición a la Queen’s

University, y en 1871 amplió esta oposición al Trinity College de Dublín, prohibiendo a

los católicos que asistieran a dicho colegio universitario –prohibición que el propio

Trinity College nunca llegó a imponer–. En 1908 los Queen’s Colleges de Cork y Galway

se fusionaron con la Universidad Católica, formando la Universidad Nacional de Irlanda.

El Queen’s College de Belfast pasó a ser la Queen’s University de Belfast; el Trinity

College y el Magee College privado de Londonderry continuaron siendo instituciones

separadas dentro de un sistema de enseñanza superior confesionalmente dividido. La

prohibición impuesta a los católicos de estudiar en el Trinity College la renovó en 1956 el

arzobispo católico de Dublín y continuó en vigor hasta 1970. En general, a partir del siglo

XIX, en Irlanda, la influencia de la Iglesia en la enseñanza, y todavía más en la política,

constituye un impresionante testimonio del poder que mantenía sobre los protestantes

tanto en el norte de Irlanda como en otras partes. En la década de 1860, sin embargo, los

fenianos fueron los primeros en sentir toda la fuerza de la Iglesia.

Como sociedad secreta en la que se ingresaba bajo juramento, la IRB era anatema para

la Iglesia. Cuatro bulas papales –In Eminenti (1738), Providas (1751), Ecclesiam (1821)

y Quo Graviora (1825)– habían condenado las sociedades secretas. El nacionalismo

irlandés que utilizaba la violencia en el siglo XIX también se distinguió por el gran

número de protestantes que lo apoyaban, lo que sin duda alguna contribuyó a la antipatía

que la Iglesia sentía por él. Al final, la IRB se comprometió con la rebelión. Pero la

Iglesia requirió cuatro condiciones difícilmente concurrentes para que la rebelión

estuviera justificada. Estas condiciones constituían una fórmula diseñada para mantener el

status quo. En primer lugar, el gobierno tenía que ser habitual e intolerablemente

opresivo. Segundo, la rebelión debía ser el último recurso posible después de que se

hubieran agotado sin éxito otros medios de oposición. En tercer lugar, debía haber

posibilidades razonables de éxito y de no empeorar la situación. Y por último, la

resistencia a la autoridad establecida debía disfrutar de la aprobación de una mayoría

popular. Con todo esto no sorprende que en 1861, tres años después de la formación de la

IRB, el arzobispo Cullen excomulgara ipso facto a todos sus miembros.

La IRB ya había previsto la hostilidad de la Iglesia. En 1859 John O’Mahony había

declarado que el fenianismo «no es ni anticatólico ni irreligioso. Somos un ejército

irlandés y no una sociedad secreta». James Stephens cambió en 1859 el juramento

original de la IRB en un intento de acercar a la sociedad a las líneas argumentales de

O’Mahony, omitiendo la referencia a una sociedad secreta. A lo largo de su existencia, la

IRB insistió en que era el ejército y el gobierno de la República Irlandesa y, por tanto,

constituía una autoridad válida y de jure que sorteaba las objeciones que la Iglesia le

ponía y que durante más de sesenta años le permitió reclutar con éxito a irlandeses

católicos.

En 1864 el Irish People llevó más lejos la argumentación en un claro llamamiento en

favor de la separación de Iglesia y Estado en una futura Irlanda independiente: «Vimos

desde el principio que la autoridad eclesiástica en asuntos temporales debería ser

destruida totalmente antes de que pudiéramos avanzar lo más mínimo hacia la liberación

de nuestro sufrido país». Este llamamiento, junto con su empeño en la utilización de la

violencia, era el legado más importante del fenianismo. Aun así, la oposición de la Iglesia

era infatigable. Inmediatamente antes de la intentona de rebelión por parte de los fenianos

126


en 1867, el obispo Moriarty, de Kerry, maldijo a los fenianos en términos rotundos:

Que la maldición más dura de Dios, su maldición más abrasadora y destructiva caiga sobre ellos [...]

Cuando miramos en la más honda profundidad de la infamia de los líderes de la conspiración feniana,

debemos reconocer que ni la eternidad es lo suficientemente larga ni el infierno lo suficientemente abrasador

para castigar a tales bellacos.

En 1870, bajo la influencia del cardenal Cullen, la Sagrada Congregación de la Santa

Sede, también conocida como la Inquisición romana, con la autoridad del papa Pío IX,

prohibió la sociedad y excomulgó a sus miembros. En la década de 1920, el IRA se

enfrentó a la misma oposición. El obispo Cohalan, de Cork, el 12 de diciembre de 1920,

promulgó un decreto excomulgando a los miembros del IRA. El 10 de octubre de 1922,

durante la Guerra Civil, la jerarquía católica de Irlanda declaró en una pastoral conjunta

que el gobierno del Estado Libre Irlandés era el gobierno legítimo (y no el gobierno de la

República irlandesa que el IRA reconocía desde 1916), y que el IRA, «los Irregulares»,

eran culpables de «asesinato», «robo», «destrucción criminal» y «acoso». En contraste

total, más de diez años después, la jerarquía católica de España reconoció y aprobó la

rebelión del general Franco contra el legítimo gobierno establecido de la República

española.

No obstante, aunque la oposición eclesiástica a los nacionalistas irlandeses extremistas

era oficial y se había pronunciado, no era uniforme. Siempre hubo sacerdotes y obispos

«patriotas» que estaban dispuestos a socorrer a aquellos a los que se oponían sus

superiores. Cuando los Mártires de Mánchester fueron ejecutados, se celebraron misas y

rezaron oraciones en iglesias de toda Irlanda. Esta ambivalencia eclesiástica hizo posible

que la IRB argumentara que la oposición que ejercía la Iglesia se basaba en la ignorancia.

Charles Kickham, líder de la IRB desde la reorganización de 1873 hasta su muerte,

había sido el cerebro de la réplica feniana a la Iglesia. En los estatutos de la IRB, que él

mismo redactó, el presidente de esta organización era declarado presidente de la

República Irlandesa. Los estatutos también establecían un gobierno de la República con

poderes judiciales y militares. Para los miembros de la IRB, después de 1873, este era el

único gobierno legítimo de Irlanda y el único que reconocían. Les dio toda la autoridad

moral que necesitaban como católicos practicantes. En 1920, el capellán de la 3.ª Brigada

de Cork del IRA, el franciscano padre Dominic, utilizó la argumentación de la IRB para

explicar por qué el obispo Cohalan había excomulgado a los miembros del IRA:

Secuestrar, emboscar y matar generalmente serían pecados graves o violaciones de la Ley. Y si estos actos

los llevaran a cabo miembros del [IRA] como personas particulares (bien físicas o morales), serían

excomulgados [sic]. Pero los están cometiendo por y con la autoridad del Estado y la República de Irlanda. Y

el Estado tiene el derecho y el deber de defender las vidas y las propiedades de sus ciudadanos, y castigar

incluso con la muerte a aquellos que tienen como objetivo la destrucción de las vidas y las propiedades de sus

ciudadanos o del propio Estado.

Hasta nuestros días, esta ha sido la argumentación presentada por el IRA. En 1938, el

IRA creyó necesario buscar la aprobación de lo que quedaba del gobierno de la República

Irlandesa para emprender una campaña de atentados en Inglaterra. En 1971, el IRA

Provisional convocó una rueda de prensa para anunciar que disfrutaban de la aprobación

de ese mismo gobierno para sus campañas de violencia en Irlanda del Norte. Los

fantasmas pueden ser poderosos.

127


[1] The Galaxy, julio de 1870.

128


4

¿Autogobierno?

El intento feniano de rebelión y las atrocidades que le siguieron en 1867 hicieron que

Westminster fijara su atención en Irlanda. El filósofo y parlamentario John Stuart Mill

escribió: «El fenianismo estalla, al igual que un trueno en un cielo despejado, de forma

inesperada e ininteligible». El fenianismo, su intento de rebelión, había cuestionado la

suposición, que había aumentado desde la dócil aceptación de la hambruna por el pueblo

irlandés, de que la reforma social era un sustituto adecuado para la independencia

política, y de que podrían entrar en vigor medidas coercitivas en caso necesario si lo que

se buscaba era la reforma social. Así, el derecho de habeas corpus había sido suspendido

en casi todas las ocasiones en que se había pro​ducido agitación agraria y política (1798;

1848); la Ley de Alta Traición (1848) había sido aplicada contra los agitadores

nacionalistas, a la vez que se aprobaban leyes que otorgaban la emancipación (1828), se

creaban servicios de educación primaria (1831) y superior (1845) estatales; y se reducía el

efecto del diezmo (1838).

John Stuart Mill fue uno de los primeros en darse cuenta de que el problema irlandés

para Inglaterra podría calificarse con más acierto de pro​blema inglés para Irlanda. En

1868 publicó un ensayo, Inglaterra e Irlanda, en el que señalaba que el fenianismo

llevaba implícito el ideal de libertad y no simplemente una criminalidad desenfrenada.

Para Mill: «La dificultad para gobernar Irlanda reside totalmente en nuestras mentes; se

trata de una incapacidad de entendimiento». A los ingleses les gustaba explicar la rebeldía

irlandesa como el resultado de «una mancha o enfermedad especial del carácter irlandés»,

pero la realidad era otra. La opinión de John Stuart Mill era que,

probablemente, cualquier otra nación en el mundo civilizado a la cual le hubiera tocado la tarea de gobernar

Irlanda, se hubiese demostrado más capaz de llevarla a cabo que Inglaterra hasta ahora. Las razones son las

siguientes: en primer lugar, no hay otra nación tan orgullosa de sus instituciones y de todos sus modos de

acción pública que Inglaterra; y en segundo lugar, no hay otra nación civilizada que esté tan alejada de

Irlanda en el carácter de su historia, o sea, tan diferente en toda la constitución de su economía social; y

ninguna, por tanto, que si aplicara en Irlanda los modos de pensar y máximas de gobierno que han crecido en

su seno, se equivocara con tanta seguridad.

Mill fue atacado por la revista Saturday Review que lo calificó de «apóstol más

completo y reciente del comunismo». El terrateniente irlandés lord Bessborough declaró

llanamente: «Mill debería ser enviado a trabajos forzados por feniano». Sin embargo,

hubo un hombre influido por Mill, William Ewart Gladstone (1809-1898).

En 1868 Gladstone llegó a dirigir el Partido Liberal, una fusión de los nuevos radicales,

viejos partidarios whigs y ex-tories de sir Robert Peel: Gladstone era uno de ellos.

Denominó a Mill «el santo del racionalismo», pero a diferencia de este, Gladstone

siempre había prestado atención a Irlanda e hizo la siguiente predicción justo antes de la

hambruna:

¡Irlanda! ¡Irlanda! ¡Esa nube en el oeste, esa tormenta que se aproxima, ese agente de la condena divina a

una injusticia cruel, inveterada, a medio reparar! Irlanda nos impone estas grandes cuestiones religiosas y

sociales –que Dios nos dé el valor de afrontarlas y de entrar en ellas poco a poco.

129


El fenianismo y la explosión de Clerkenwell hicieron que él centrara su pensamiento en

Irlanda y en 1868 se presentó con éxito a unas elecciones generales con el lema «Justicia

para Irlanda», convirtiéndose en primer ministro por primera vez y declarando que «Mi

misión es pacificar Irlanda». Una de sus primeras actuaciones en Irlanda fue la separación

de la Iglesia y del Estado en 1869, complemento lógico a la emancipación católica.

(Merece la pena destacar que la Ley de Separación también regulaba la adquisición de

tierra por parte de los arrendatarios de tierras de la Iglesia –uno de los primeros pasos del

gobierno para fomentar que los campesinos accediesen a la propiedad de la tierra–.) El

censo de 1861 mostró que de los 5,7 millones de habitantes de Irlanda solamente había

690.000 anglicanos, lo que significaba que cinco sextas partes de la población que no eran

anglicanos financiaban con su diezmo las iglesias y el clero de la Iglesia de Irlanda.

A la separación le siguió en 1870 una Ley de Arrendamiento y Propiedad que, por

primera vez, implicó al gobierno en la protección de los arrendatarios en sus relaciones

con los terratenientes. Se exigió a los terratenientes el pago de hasta 250 libras a los

arrendatarios injustamente desahuciados, y se ayudó a estos a adquirir sus parcelas

mediante préstamos gubernamentales de hasta dos tercios del valor de compra. La ley no

tuvo un éxito especial –solamente 877 arrendatarios se acogieron a ella para comprar sus

tierras–, pero fue importante porque, al igual que con la separación de la Iglesia de

Irlanda, fue concebida y aprobada por un gobierno sin que la precediera ninguna violenta

agitación social o política en Irlanda. Ambas leyes fortalecieron el atractivo de la acción

política constitucional en Irlanda, en un momento en el que amenazaba de nuevo la

acción violenta.

La propiedad de la tierra en Irlanda había cambiado significativamente desde la

hambruna. Los pequeños propietarios por lo general habían aumentado el tamaño de sus

tierras a costa tanto de agricultores más pequeños como de pequeños arrendatarios y

braceros –los que fallecieron durante la hambruna y que constituían el grueso de los

emigrantes durante y después de esta–. Igualmente, muchos terratenientes habían sufrido

económicamente como resultado de las obligaciones de la hambruna en sus rentas a

través del sistema de las Leyes de Pobreza: se habían aprobado dos Leyes de Fincas

Gravadas en 1848 y 1849, por las que los terratenientes que no podían atender sus

obligaciones financieras podían vender sus fincas para satisfacer el pago. En diez años,

3.000 fincas que totalizaban unos dos millones de hectáreas –un cuarto de las tierras de

Irlanda– cambiaron de manos con estas leyes; a veces iban a parar a especuladores, pero

con más frecuencia, al parecer, a otras familias con tierras. Sin embargo, en todos estos

casos los arrendatarios en las fincas simplemente cambiaron de arrendadores, muchos de

los cuales estaban convencidos de que la abundancia de pequeñas parcelas había sido la

principal responsable del desastre de la hambruna. Como resultado, y para hacer que las

fincas fuesen más eficientes, el número de desahucios se elevó al final de la hambruna y

entre 1849 y 1852 fueron desahuciados más de 300.000 arrendatarios. Se trataba de las

personas que emigraron o se hicieron braceros itinerantes buscando trabajo en diferentes

lugares del Reino Unido, dependiendo de la época del año. Algunas debieron morir de

hambre. Sin embargo, durante las décadas de 1850 y 1860 aumentó la prosperidad rural y

la mejora del nivel de vida fue experimentada no solo por los agricultores y terratenientes,

sino también por personas de la más humilde condición. Hacia 1870, el consumo de

tabaco per cápita (un dato útil para medir el nivel de vida de las clases bajas) había

alcanzado el nivel inglés.

130


Sin embargo, la prosperidad rural no implicaba el final de la agitación agraria, sino que

en algunas circunstancias más bien estimuló la aparición de conflictos. La sustitución de

minifundistas y arrendatarios empobrecidos por grandes arrendatarios en interés del

rendimiento de la explotación a menudo creó nuevos problemas. En 1850 fue fundada la

Liga de Derechos de los Arrendatarios por Charles Gavan Duffy y un influyente

periodista cuáquero inglés que se convirtió al catolicismo, Frederick Lucas (1812-1855).

El objetivo de la Liga era garantizar la «costumbre del Úlster» de una renta justa, garantía

de estabilidad de arrendamiento de las tierras mientras se pagara la renta y el derecho a

vender libremente un arrendamiento a otro. Las tres reivindicaciones, conocidas como

«las Tres Efes» por sus letras iniciales en inglés, existían en la práctica principalmente en

el Úlster, y la campaña de la Liga de Derechos de los Arrendatarios para extenderlas al

resto del país se ganó el apoyo inicial de la Asociación de Derechos de los Arrendatarios

del Úlster que había sido fundada tres años antes por William Sharman Crawford (1781-

1861), terrateniente protestante del condado de Down y parlamentario liberal por

Dundalk. Juntos, Crawford, Duffy y Lucas hicieron campaña en favor de la legalización

de la Costumbre del Úlster con indemnizaciones económicas para los arrendatarios

desahuciados por la ruptura de los contratos y como compensación por las mejoras que

estos hubieran hecho en las propiedades.

La preocupación idealista de Duffy y Lucas por los arrendatarios desahuciados no se

reflejaba en los miembros de la Liga, quienes, en su mayoría, eran prósperos agricultores

arrendatarios asustados por la perspectiva del desahucio en un periodo (1847-1853) de

depresión agrícola. En el Úlster, la Liga de Arrendatarios disfrutó inicialmente del apoyo

de arrendatarios (presbiterianos) seguros, a los que se les hizo ver la precaria posición

legal en la que quedarían si los terratenientes (anglicanos) quisieran desahuciarles. Sin

embargo, en 1851, como resultado del anuncio papal de títulos territoriales a obispos

católicos en Inglaterra, una ola de anticatolicismo se extendió por Inglaterra y en el Úlster

el apoyo a la Liga (que en el sur estaba muy asociado con los sacerdotes católicos) se

diluyó rápidamente. Después de las elecciones generales de julio de 1852, unos 40

parlamentarios irlandeses se constituyeron en el «Partido Irlandés Independiente» para

garantizar los objetivos de la Liga de Arrendatarios y la revocación de la Ley de Títulos

Eclesiásticos (aprobada en 1851 prohibiendo a los obispos católicos el uso de títulos

territoriales británicos). La preocupación religiosa del partido indispuso a Crawford

(derrotado en las elecciones generales) y a todo apoyo residual en el Úlster. Durante el

año siguiente, con la mejora de los precios agrícolas, decayó el apoyo a la Liga y el

partido se dividió entre los que querían obtener el escaño sin garantizar el programa del

partido, los que se consideraban a sí mismos campeones de los intereses católicos

(conocidos como «la Banda de Música del Papa» por su ostentosa piedad y su

clericalismo) y los que tenían la reforma agraria como principal objetivo.

Lucas murió en Roma en 1855, intentando conseguir el apoyo papal contra la supuesta

hostilidad de los obispos irlandeses hacia la Liga. Gavan Duffy emigró a Australia en

1856, contrariado con el Partido Irlandés Independiente y sin esperanzas de conseguir los

objetivos de la Liga.

Más de una vez antes se me ha atribuido que cuando dejé Europa en 1855 declaré que Irlanda era como un

cadáver sobre una mesa de disección; pero yo nunca dije eso. Lo que dije fue esencialmente diferente.

Describí la situación del país en aquella época [...] Declaré que «hasta que todo esto no cambiara no había

más esperanza para la causa irlandesa que para un cadáver sobre la mesa de disección»[1].

131


En cuatro años, tanto esta como el partido se hundieron. En Australia, Duffy entró en

política, convirtiéndose en primer ministro de Victoria en 1871. Se le concedió el título de

sir por sus servicios allí, dos años más tarde, y se retiró en 1880 a Niza, donde murió. Su

hijo, George, fue uno de los firmantes del Tratado anglo-irlandés de 1921, por el que se

creó el Estado Libre de Irlanda.

En la década de 1860, el fenianismo atrajo frecuentemente la atención de la mayoría

del pueblo irlandés. Como señaló David Moriarty, obispo de Kerry: «El fenianismo, con

sus fraudes y falsedades, con toda su cobardía fanfarrona, y con ese odio a la religión que

impregna su expresión, encontró la simpatía y creó extrañas esperanzas entre los pobres

irlandeses. Y desafortunadamente, pobres irlandeses quiere decir el pueblo irlandés».

Después del frustrado levantamiento de 1867, la legislación reformista de Gladstone

produjo una reacción en favor de una política pacífica. Se consideraba cada vez más que

los males de Irlanda provenían de la unión, y aunque no estaba nada claro que la unión

tuviera un efecto en general adverso sobre la economía irlandesa, Isaac Butt (1813-1879),

hijo de un párroco de la Iglesia de Irlanda en el condado de Donegal, fue capaz de

explotar el tema de la unión para resucitar la llamada a la revocación de Daniel

O’Connell. Parte del propósito de Butt era arrebatar la iniciativa política irlandesa a los

fenianos, y en 1870 fundó la Asociación del Autogobierno Irlandés, sustituida en 1873

por la Liga del Autogobierno Irlandés.

Butt había sucedido a O’Connell como el abogado más destacado de Irlanda. En 1848

había defendido a William Smith O’Brien y a otros miembros de los Jóvenes Irlandeses.

En la década de 1860 defendió a muchos fenianos destacados, incluido John O’Leary.

Conservador de joven, llegó a defender la independencia irlandesa, que sin embargo

nunca defendió en la práctica, arguyendo de forma pragmática que ningún gobierno

británico aceptaría la revocación directa de la unión. Por consiguiente, desarrolló la

propuesta del autogobierno, por el cual un Parlamento irlandés, subordinado a

Westminster, controlaría los asuntos internos irlandeses, dejando la defensa y las

cuestiones exteriores en manos de Londres.

Con la adopción del sufragio secreto en 1872 para las elecciones parlamentarias del

Reino Unido, la política del autogobierno fue sometida a una prueba justa: Butt y sus

seguidores consiguieron 59 de los 103 escaños irlandeses en los Comunes en las

elecciones generales de 1874. Sin embargo, en tres años, Butt, que generalmente había

sido descrito como «un caballero anticuado», había roto con la mayoría de los

parlamentarios partidarios del autogobierno irlandés que habían adoptado el

obstruccionismo como medio de atraer la atención hacia ellos y que, en todo caso, eran

políticamente más extremistas que su líder. En 1877 perdió la dirección de la

Confederación del Autogobierno de Gran Bretaña, que había sido fundada por él en 1873

para aunar el apoyo de los irlandeses en Gran Bretaña, a favor de un parlamentario joven

y enérgico, Charles Stewart Parnell (1846-1891). En 1880, un año después de la muerte

de Butt, Parnell también se convirtió en líder de los parlamentarios irlandeses que se

habían constituido en el Partido Parlamentario Irlandés.

PARNELL

Parnell era un terrateniente protestante y gobernador de Wicklow que había heredado la

hacienda familiar a la edad de trece años, cuando murió su padre. Fue criado bajo la

132


influencia de su decidida madre americana, que proclamaba (más que practicaba)

opiniones antibritánicas y cuyo padre, el almirante Stewart, había alcanzado la fama en la

Armada estadounidense que luchó contra Gran Bretaña como capitán en el USS

Constitution durante la guerra de 1812. A los veintinueve años obtuvo el escaño del

condado de Meath por los partidarios del autogobierno en una elección parcial en 1875,

ganando rápidamente notoriedad en la Cámara de los Comunes. Era odiado por

parlamentarios y periodistas políticos británicos, cuyo lema, al año de su llegada a la

Cámara, era «Hay que hacer algo con Parnell». Su extremismo también atrajo la atención

de la IRB.

En 1877 y de nuevo en 1878, Parnell se reunió con destacados miembros de la IRB y

de la Clan na Gael, la organización fundada en 1867 en los Estados Unidos como

sucesora de la Hermandad Feniana. Les impresionó por favorecer «la independencia

absoluta de Irlanda», y John Devoy –entonces uno de los líderes de la Clan na Gael–

propuso una «Nueva Salida» a Parnell y a la IRB, mediante la cual los separatistas

partidarios de la fuerza cooperarían con los constitucionalistas en la consecución de

objetivos específicos, basándose en «una declaración general en favor del autogobierno

en lugar de una simple autonomía federal» y en la búsqueda de «una vigorosa agitación

de la cuestión agraria fundamentada en el derecho a la propiedad del campesinado, con

concesiones que tiendan a abolir el desahucio arbitrario».

En 1879, Charles Kickham, presidente de la IRB, decidió que la sociedad no podía

cooperar formalmente con los constitucionalistas, pero sí sus miembros a nivel individual.

Poco después, Michael Davitt (1846-1906), un feniano encarcelado en 1870 y liberado en

1877 tras una campaña dirigida por Parnell en favor de la amnistía de los presos fenianos,

se dirigió a Parnell para que encabezara una nueva campaña a favor de la reforma agraria.

El 21 de octubre de 1879, Davitt fundó la Liga Agraria Nacional Irlandesa en Dublín, con

Parnell como presidente: la política de la Nueva Salida había dado sus primeros frutos.

Davitt puso todo el prestigio y el apoyo que la IRB disfrutaba entre el campesinado en

manos de Parnell, a la vez que Devoy galvanizaba a la América irlandesa en su apoyo.

Durante una visita a los Estados Unidos en el verano de 1879-1880, Parnell parecía

reafirmarse en su parte del acuerdo, al declarar en un discurso en Cincinnati que él

deseaba cortar «el último vínculo que mantenía a Irlanda unida a Inglaterra».

Michael Davitt nació en el oeste de Irlanda, en el condado de Mayo, donde, a los cuatro

años, su familia fue desahuciada de su granja. Se mudaron a Lancashire, donde Davitt

trabajó en su infancia en una fábrica textil hasta que en 1857 un accidente en una máquina

le hizo perder el brazo derecho. Se afilió a la IRB y estuvo implicado en el intento de

ataque al castillo de Chester en 1867, y hasta que se produjo su detención, tres años más

tarde, actuó como comprador de armas para los fenianos. Siempre le interesó la reforma

agraria irlandesa y se unió a la Nueva Salida porque estaba convencido de que los

métodos no revolucionarios ofrecían más esperanzas de conseguirla. Le atrajeron

igualmente el radicalismo de Parnell y una declaración a los campesinos que el

parlamentario realizó en Westport, condado de Mayo, en el verano de 1879: «Tenéis que

demostrar a los terratenientes que pretendéis agarraros con todas vuestras fuerzas a

vuestros hogares y tierras. No debéis permitir que os desahucien tal y como os

desahuciaron en 1847. No debéis permitir que conviertan vuestras pequeñas parcelas en

grandes haciendas». La Liga Agraria de Davitt se convirtió rápidamente en un

movimiento social y político mayoritario, que garantizaba un fiel apoyo al Partido

133


Irlandés de Parnell mientras este hacía campaña a favor de la reforma agraria.

En 1879, la agricultura se encontraba metida de lleno en una fuerte recesión. Tres

malas cosechas después de 1876 habían acabado con la prosperidad de las décadas de

1850 y 1860. Los desahucios, que reflejaban tanto una nueva tendencia hacia la eficacia

como la incapacidad de pagar la renta, pasaron de 463 en 1877 a 1.238 en 1879 y a 2.110

en 1880. La competencia exterior, ayudada por la llegada de los barcos de vapor

transoceánicos, provocó unos precios agrícolas más bajos, y así los agricultores tenían

que enfrentarse no solo a una caída de producción, sino también a una caída de ingresos.

Los minifundistas también sufrieron fuertemente la pérdida de producción, y la mezcla de

su descontento con el miedo y la preocupación al declive entre los agricultores, incluso

entre los grandes, encontró un cauce de expresión en la Liga Agraria, proporcionándole

una gran fuerza. La declaración de principios de la Liga, haciéndose eco de los

argumentos de Lalor y de los Jóvenes Irlandeses, expresaba su naturaleza radical:

Las tierras de Irlanda pertenecen al pueblo de Irlanda, para ser poseídas y cultivadas para el sostenimiento

de aquellos a quienes Dios decretó que fuesen sus habitantes. La tierra ha sido creada para satisfacer las

necesidades de la existencia humana; aquellos que la cultivan con ese fin tienen más derecho a su posesión

absoluta que aquellos que hacen de ella artículo de trueque, usado o aprovechado con el objetivo de obtener

beneficio o placer.

Esta valoración de la relación entre tierra y nacionalidad fue compartida por Parnell y

fenianos como Davitt y Devoy. Estaba en el corazón de la Nueva Salida, y tenía el efecto

importante de reducir –aunque fuera por una sola vez– el antagonismo entre nacionalistas

revolucionarios y constitucionales, moderando a unos y haciendo a otros más extremistas.

Hacia 1887, un informe de la Real Policía Irlandesa (Royal Irish Constabulary, RIC) –se

añadió «Real» en 1867 en reconocimiento a los esfuerzos de la policía irlandesa por

someter a los fenianos– clasificado como «muy secreto», afirmaba que de los 83

diputados de Parnell, posiblemente 21 eran miembros de la IRB, 2 eran exmiembros de

esta y otros 4 eran simpatizantes.

Para los nacionalistas de todas las familias, la Liga Agraria suponía un hecho

importante, ya que puso a prueba por vez primera la voluntad del gobierno de apoyar a la

Ascendencia como terratenientes y no como gobernantes. En 1876 un análisis oficial de

las rentas de los terratenientes irlandeses fue utilizado por Michael Davitt para demostrar

que de los 19.288 propietarios de tierras en Irlanda, 110 poseían más de 1,6 millones de

hectáreas (el 20 por 100 del país) y otros 1.878 poseían más de 3,8 millones de hectáreas.

En conjunto, menos de 2.000 personas poseían casi el 70 por 100 de las tierras, mientras

que unos 3 millones de arrendatarios y braceros no tenían ninguna propiedad digna de

consideración. Por consiguiente, la Liga reivindicaba la redistribución de la propiedad de

la tierra a los arrendatarios, con indemnizaciones para los terratenientes. También

defendía a la vez las Tres Efes del Úlster. Su lema denotaba la naturaleza agresiva de la

Liga, «Renta a punta de bayoneta», y rápidamente su campaña fue conocida como la

«guerra agraria». Las rentas eran retenidas hasta el último momento posible, y en algunas

zonas se siguió una política de condenar al ostracismo a los que se apropiaban de tierras

(los arrendatarios que tomaban la parcela de un arrendatario desahuciado), a los

terratenientes y a sus agentes, con el apoyo público de Parnell. En Ennis, condado de

Clare, el recién elegido líder del Partido Parlamentario Irlandés dijo en septiembre de

1880:

134


Cuando un hombre se apropia de la granja de otro que ha sido desahuciado, debéis señalarle en el camino

cuando os encontréis con él, debéis señalarle en las calles de la ciudad, debéis señalarle en la tienda, debéis

señalarle en la feria y en el mercado e incluso en el templo de oración, dejándole tremendamente solo,

poniéndole en una especie de vacío moral, aislándole del resto de los de su clase, como a los leprosos en la

Antigüedad, debéis mostrarle vuestro desprecio por el crimen que ha cometido.

Uno de los primeros en sufrir este vacío moral fue el corredor de tierras del condado de

Mayo para lord Erne, el capitán Charles Boycott, cuyo apellido se convirtió desde

entonces en sinónimo de ostracismo. 50 orangistas y más de 1.000 soldados ayudaron a

recoger las cosechas en la hacienda de Erne, con un coste estimado para el gobierno de

10.000 libras o, como dijo Parnell, «un chelín por cada nabo recogido de las tierras de

Boycott». A pesar de su novedad y de la atención que atrajo, el boicot tuvo solo un

pequeño papel en la campaña de la Liga Agraria. La huelga de rentas y la abierta

violencia fueron las armas empleadas con más frecuencia en la guerra agraria. Por todo el

país, los miembros de la Liga recurrieron al desorden siguiendo la vieja tradición de los

Whiteboys y Ribbonmen. Se quemaron pajares y se mutiló al ganado de los terratenientes;

incluso se llegó al asesinato de algunos de estos. Los delitos agrarios violentos registrados

por la Real Policía Irlandesa (RIC) pasaron de 2.500 en 1880 a más de 4.400 en 1881.

El primer ministro, Gladstone, fue obligado a tomar medidas enérgicas, advirtiendo

que: «Si todavía hay que luchar en Irlanda un combate final entre la ley por un lado y el

desorden declarado por otro, en este caso debo decir sin dudar, caballeros, que los

recursos de la civilización todavía no se han agotado». En marzo de 1881 consiguió

aprobar una Ley de Coerción que suspendía el derecho de habeas corpus en Irlanda. Al

mes siguiente presentó un nuevo proyecto de Ley Agraria diseñada para acabar con la

guerra agraria. Garantizaba las Tres Efes a todos los arrendatarios (excepto a los que

tenían opción de compra o los que tenían rentas atrasadas) y creó Tribunales Agrarios

para que fijaran rentas justas. Sin embargo, Parnell y la Liga Agraria se negaron a aceptar

el proyecto de ley y después de ser aprobada como ley, la inmediata reducción de los

desórdenes esperada por Gladstone no llegó a producirse. Gladstone acusó a Parnell de

«avanzar mediante la rapiña para desmembrar el Imperio» y le culpó directamente de la

continua violencia en la guerra agraria. El 12 de octubre de 1881, Parnell fue detenido

bajo la Ley de Coerción y encarcelado sin juicio en la cárcel de Kilmainham en Dublín.

Debido a su encarcelamiento, «el Jefe», como era llamado por sus seguidores, se

convirtió en héroe de la noche a la mañana. Todos los patriotas destacados del país, a lo

largo de la historia, habían sido encarcelados en algún momento de su carrera, y Parnell

se unía ahora a ellos al compartir tal distinción.

A la semana de ser internado en Kilmainham, el 18 de octubre, Parnell se unió a otros

diputados destacados del Partido Irlandés en «el Manifiesto del no a la renta», haciendo

un llamamiento a los partidarios de la Liga Agraria para que retuvieran el pago de sus

rentas. Esto estaba destinado a aumentar la presión sobre el gobierno para que los

arrendatarios con rentas pendientes y con opciones de compra fueran incluidos entre los

beneficiarios de la definitiva Ley Agraria, una petición que tuvo como resultado que el

gobierno declarara ilegal la Liga Agraria. Esta no consiguió el apoyo de la mayoría de los

arrendatarios, principalmente debido a que la Ley sobre Legislación Agraria ya estaba

funcionando en favor de los dos tercios de los arrendatarios del país, que no tenían

opciones de compra ni rentas pendientes. Sin embargo, el tercio excluido de la ley

recurrió a la violencia. En los siete meses siguientes, se registraron 3.498 delitos agrarios,

135


comparados con 2.633 en el periodo equivalente un año antes, lo que convenció tanto a

Gladstone como a Parnell de que había que llegar a algún compromiso para poner fin a la

violencia. En un compromiso informal conocido como «el Tratado de Kilmainham»

llegaron al acuerdo de que a cambio del apoyo del líder irlandés a la Ley sobre

Legislación Agraria y la promesa de intentar poner fin a los desórdenes agrarios, el

gobierno acabaría con la coerción, liberaría a otros líderes de la Liga Agraria

encarcelados y aprobaría medidas legislativas, condonando las rentas pendientes para

hacer así que esos arrendatarios estuviesen incluidos en el marco del Acta.

Parnell fue liberado el 2 de mayo de 1882, habiendo logrado desde su punto de vista un

excelente acuerdo. Él siempre había querido usar la amenaza de la violencia para

conseguir objetivos políticos, y personalmente se mostraba ambivalente sobre la acción

violenta. Sin embargo, también fue siempre consciente del peligro que los violentos

podrían suponer para su liderazgo, pues siempre podrían tacharlo de ser demasiado cauto,

o no mostrarse lo suficientemente entusiasmados sobre las acciones a adoptar. Por

consiguiente, su liberación le permitió reafirmar su autoridad en Irlanda a cambio de

promesas generales de apoyo a Gladstone y a la Ley sobre Legislación Agraria y de

garantías específicas por parte del gobierno. El interés de Parnell por apagar la violencia

proporcionó a la ley la oportunidad que Gladstone deseaba, haciendo que los desórdenes

agrarios disminuyesen rápidamente. Los Tribunales Agrarios disminuyeron las rentas de

un 15 a un 20 por 100 de media, y las principales peticiones de los partidarios de la Liga

Agraria se vieron satisfechas con la garantía legislativa de las Tres Efes (aunque

solamente unos cuantos arrendatarios, 731, hicieron uso de las disposiciones de la ley

sobre adquisición de tierra por las que una Comisión Agraria adelantaba las tres cuartas

partes del precio de compra a pagar en 35 años a un interés del 5 por 100). Por encima de

todo, la ley demostró en la práctica que la democracia se estaba extendiendo a expensas

de la Ascendencia terrateniente, la cual ya no podía dar por sentado que sus intereses

fueran considerados como supremos en el Parlamento de Westminster.

Cuatro días después de que Parnell fuese liberado de Kilmainham, el 6 de mayo de

1882, tuvo lugar un acto violento que amenazó no solo el Tratado de Kilmainham, sino

también la carrera de Parnell. Lord Frederick Cavendish y Thomas Henry Burke,

secretario principal y subsecretario para Irlanda, fueron horriblemente asesinados,

apuñalados con bisturíes en el parque Phoenix de Dublín, mientras paseaban juntos

durante la primera noche en Dublín de lord Frederick como secretario principal. Esta

atrocidad fue obra del grupo escindido del IRB, los «Invencibles Nacionales Irlandeses».

Parnell escribió a Gladstone inmediatamente, ofreciendo su dimisión como diputado y su

retiro total de la política si el primer ministro consideraba que era de algún valor. Su

oferta fue rechazada.

En enero de 1883, 26 hombres fueron detenidos y acusados de los asesinatos; uno de

ellos, James Carey, delató a sus cómplices dando lugar a cinco sentencias de muerte y dos

a trabajos forzados. Carey, que había tenido un papel destacado en los asesinatos, fue

liberado y se embarcó en secreto hacia Sudáfrica con la ayuda del gobierno. Fue seguido

por un miembro de los Invencibles, Patrick O’Donnell, que lo asesinó a bordo del

Melrose Castle, que navegaba de Ciudad del Cabo a Natal. El propio O’Donnell fue

detenido inmediatamente y ahorcado por este asesinato en la prisión londinense de

Newgate en diciembre de 1883. Como consecuencia de los renovados temores a la

aparición de la violencia feniana en Gran Bretaña de la mano de los Invencibles, el

136


gobierno de Gladstone creó la Sección Especial Irlandesa de la policía en Scotland Yard.

Ya había habido una Sección Especial Irlandesa en 1869-1870, pero a la nueva se le

otorgó una condición permanente y fue la precursora de la actual Sección Especial

Británica.

Hubo otra secuela dramática a los asesinatos del parque Phoenix: en 1886 en una serie

de artículos vengativos titulados «Parnellismo y Crimen», completados con páginas de

reproducciones de cartas, The Times acusó al líder irlandés de aprobar los asesinatos y de

estar implicado directamente en delitos de la guerra agraria, incluido el asesinato. Parnell

luchó contra estas acusaciones durante tres años hasta que se demostró su inocencia total

ante una Comisión Parlamentaria Especial en febrero de 1890 (véase figura 12). Se

demostró que las cartas publicadas por The Times eran una falsificación. Richard Pigott,

antiguo partidario del autogobierno irlandés, periodista y pornógrafo, confesó que las

había falsificado, huyó a España y se suicidó. Parnell, vindicado, fue aclamado por todos.

También pudo explotar plenamente el nivel alcanzado por su partido en las elecciones

generales de 1885, al quedar claro que Gladstone se había convertido en defensor del

principio del autogobierno para Irlanda.

137


Figura12. Charles Stewart Parnell. A sus contemporáneos les impresionaba su calma. Era conservador por

naturaleza y hay algunas pruebas de que favoreció al Partido Conservador más que al Liberal. A lo largo de la

Comisión de Investigación (1888-1889) a propósito de las imputaciones de que había aprobado la comisión de

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asesinatos, y en el juicio al que llevó a The Times por difamación en 1890 (resuelto con un acuerdo extrajudicial

por el cual recibió 5.000 libras), apareció relajado. Gladstone hizo que los parlamentarios le ovacionaran puestos

en pie cuando lo reivindicó en la Cámara de los Comunes. Parnell se casó con Katherine O’Shea en junio de 1891,

y tres meses después murió de un ataque al corazón.

Pero Parnell caminaba sobre la cuerda floja. Las falsificaciones de Pigott eran creíbles

porque a Parnell se lo veía en general como un partidario de la violencia. Kipling escribió

un poema tras la publicación de los hallazgos de la comisión, «Aclarado: en memoria de

una comisión», con el siguiente remate:

El docto tribunal finge

que no nos gobiernan asesinos

sino solo sus amigos.

Se produjeron tres cambios importantes en los escaños conseguidos por el Partido

Irlandés en las elecciones generales de 1885. En primer lugar, los 86 parlamentarios

irlandeses elegidos (uno por un escaño en Inglaterra) constituyeron el mayor número

obtenido por el partido hasta la fecha. El partido eclipsó al Partido Liberal en Irlanda y

supuso la desaparición del Partido Conservador en Irlanda del Sur, marcando de esta

manera el modelo de la futura política irlandesa. En segundo lugar, los 86 diputados se

comprometieron a votar conjuntamente, y los fondos del partido proporcionaban sueldos

y gastos para aquellos que los necesitasen (la primera vez que ocurría en la política

británica), disminuyendo de esta manera el atractivo de conseguir cargos, fortaleciendo la

lealtad al partido y al desarrollar un poder de voto coherente en la Cámara de los

Comunes. En tercer lugar, la concesión del derecho al voto a una gran cantidad de nuevos

electores a través de la Ley de Reforma de 1884 había hecho crecer el censo electoral

irlandés de unos 230.000 a más de 700.000.

Esto a su vez había influido en la composición del Partido Irlandés haciéndola más

representativa: el número de parlamentarios católicos del Partido pasó de 55 en 1880 a

75; el número de parlamentarios agricultores o tenderos pasó de 2 en 1880 a 22; el

número de parlamentarios terratenientes, como el propio Parnell, disminuyó de 23 en

1874 a 5 en 1885. Además, a partir de octubre de 1884 el Partido Irlandés disfrutó

públicamente del apoyo total de los obispos católicos irlandeses, quienes recurrieron al

partido para conseguir leyes que favorecieran la doctrina católica, especialmente en la

educación en Irlanda. Rápidamente, los sacerdotes llegaron a tener con frecuencia un

papel destacado en los comités de selección del partido en cada circunscripción. La

combinación de estos cambios fortaleció la conversión de Gladstone en defensor del

autogobierno irlandés.

Para 1885 el líder liberal estaba convencido de la justicia de la causa del autogobierno,

pero había guardado silencio en público sobre el tema mientras que en privado intentaba

conseguir el acuerdo de los conservadores. El 17 de diciembre, tras las elecciones

generales algunos periódicos publicaron una clara señal por parte del hijo de Gladstone,

Herbert, de que su padre era partidario del autogobierno. Esto, que fue conocido como «el

globo sonda de Hawarden», se produjo demasiado tarde para influir en el resultado de las

elecciones que dieron a los liberales 335 escaños frente a 249 conservadores, una mayoría

de 86: el mismo número que los escaños del Partido Irlandés de Parnell. En enero de

1886, Gladstone, a sus 76 años, constituyó su tercer gobierno y anunció su intención de

139


progresar en el autogobierno para Irlanda. El 8 de abril presentó el primer proyecto de

Ley de Autogobierno Irlandés en su discurso de investidura, indicando las razones que le

habían movido a ello:

No puedo ocultar la convicción de que la voz de Irlanda en su conjunto es expresada constitucionalmente.

No puedo decir que sea de otra manera cuando cinco sextas partes de sus representantes legítimamente

elegidos comparten la misma idea en este tema [...] No puedo permitir que se diga que una minoría

protestante del Úlster, o de otro lugar, vaya a controlar mayoritariamente la cuestión de Irlanda.

En respuesta, sus opositores –incluidos los liberales en este asunto– argumentaron que

el autogobierno sería solo el primer paso hacia la independencia total. Un orangista

apasionado, el diputado William Johnston, declaró que si se aprobara la ley y se

constituyera un Parlamento irlandés, «el pueblo del Úlster se resistiría a punta de

bayoneta a los dictados de ese Parlamento irlandés», mientras que un destacado liberal,

lord Hartington, diputado por Rossendale en la Cámara de los Comunes, planteó otro

punto que fue recogido por los orangistas:

El Parlamento restaurado no sería protestante, sino un Parlamento católico. La Iglesia oficial ha sido

eliminada; y en lugar de un sacerdocio católico, que en el momento de la unión carecía de toda influencia

política, tenemos un clero católico que ejerce una gran influencia política.

Gladstone también fue acusado de intentar simplemente permanecer en el poder

«comprando» el apoyo de Parnell, pero en realidad, como resultado de su conversión,

perdió el apoyo de casi un tercio de los parlamentarios liberales, y ni siquiera los votos

del Partido Irlandés fueron suficientes para garantizar la aprobación del proyecto de ley.

Fue derrotado el 8 de junio de 1886 por 343 votos a 313, con el voto de 93 diputados

liberales en contra del gobierno de su partido. Seis semanas después, Gladstone dimitió.

En 1893, durante el cuarto gobierno de Gladstone, la Cámara de los Comunes aprobó su

segundo proyecto de Ley de Autogobierno, pero fue rechazado en la Cámara de los Lores

(véase figura 13). El «Viejo Gran Hombre» de la política británica se retiró al año

siguiente, a los 84 años, avisando que «alternativas más peligrosas y desagradables»

florecerían de nuevo en Irlanda si no se aprobaba el autogobierno.

140


Figura 13. Notas escritas por Gladstone sobre el autogobierno irlandés, 1893. Estas notas ilustran la preocupación

de Gladstone por asegurar un significativo autogobierno irlandés en el seno del Imperio británico al mismo tiempo

que por proteger los intereses de los unionistas (protestantes) irlandeses.

El compromiso personal de Gladstone con el autogobierno fue el factor más importante

en la adopción de esta política por el Partido Liberal. Parnell, en la cima de su poder y

141


fama en 1890, tras haber sido absuelto totalmente de cualquier participación en los

asesinatos de Phoenix Park o en los delitos de la guerra agraria, cayó debido a uno de los

casos de divorcio más sensacionales del siglo, que dividió al Partido Irlandés en el

proceso y dejó solo a Gladstone como la única persona capaz de instituir el autogobierno.

Katherine O’Shea, esposa del parlamentario irlandés independiente por el condado de

Clare, el capitán William O’Shea, empezó su relación con Parnell en 1880. Entre 1882 y

1884 la señora O’Shea tuvo tres hijos con Parnell. Parece que el capitán, a pesar de

afirmaciones contrarias posteriores, era consciente de la relación entre el líder y su

esposa, y que la usaba para garantizarse ventajas políticas para sí mismo, mientras que

existían fuertes sospechas de que también estaba chantajeando a Parnell. No obstante,

Parnell hizo un gran esfuerzo para mantener el asunto en secreto, adoptó disfraces

extraordinarios, tal y como recordó William O’Brien, parlamentario por Mallow, cuarenta

años después de encontrarse con Parnell un día de densa niebla en Greenwich, en

diciembre de 1886:

De repente tropecé con la figura de Parnell, que emergía de la oscuridad de tal guisa y con una cara tan

mortecina que el efecto no hubiese sido tan sorprendente si me hubiera encontrado con su espíritu vagando

entre las sombras eternas. Llevaba una gorra de piel gigantesca, una chaqueta de caza de lana gruesa, un

chaleco de punto rojo brillante y un par de botas de caza o de pesca que le llegaban hasta la ingle –traje que

incluso intentando llamar la atención no se habría visto más raro en un aburrido parque de Londres.

De hecho, la relación era ampliamente conocida, incluso en círculos del gobierno. El

ministro del Interior liberal, sir William Harcourt, hizo que Parnell fuese seguido por

varios detectives por motivos políticos y recibía informes regulares sobre las visitas del

líder irlandés a la señora O’Shea.

En 1889, el capitán O’Shea presentó una demanda de divorcio basándose en el

adulterio de su esposa y en febrero de 1890 el nombre de Parnell apareció implicado. El

efecto fue terrible. Las razones morales en favor del autogobierno irlandés como

reconocimiento de una nacionalidad irlandesa diferenciada habían contribuido a asegurar

el apoyo vital para el Partido Liberal de los numerosos inconformistas británicos,

políticamente bien organizados. El caso de divorcio de los O’Shea presentó a Parnell

como un inmoral, y los inconformistas organizados dejaron claro a Gladstone que no

apoyarían al Partido Liberal si este cooperaba con un adúltero. El caso mancilló la causa

del autogobierno. Tuvo como resultado que el Partido Conservador, los inconformistas y

la Iglesia católica denunciaran que Parnell estaba incapacitado para dirigir cualquier cosa,

y mucho menos para participar en la vida pública, lo que significaba que Gladstone y el

Partido Liberal ya no podían seguir cooperando con el Partido Irlandés mientras Parnell

fuera su líder.

Parnell se negó a dimitir. Su partido, que al principio lo apoyaba, en una famosa

reunión el 6 de diciembre de 1890 en el Sala de Comisiones 15 de los Comunes, rechazó

su liderazgo: 45 de los 72 diputados asistentes a la reunión optaron por continuar con la

alianza con los liberales que había sido forjada por Parnell y Gladstone en 1886. Tres días

antes de la reunión en la Sala de Comisiones 15, la comisión permanente de la jerarquía

irlandesa le había condenado también. El obispo Nulty de Meath proclamó: «El

parnellismo crece de la raíz del sensualismo y del delito». En el conjunto del Partido

Parlamentario Irlandés, Parnell contaba con el apoyo de una minoría: 32 diputados. Para

mantener su puesto, Parnell argumentó que la mayoría de sus colegas, al abandonarle en

142


favor de la alianza liberal, habían hecho peligrar la independencia del Partido Irlandés.

Teóricamente su afirmación era correcta, pero los diputados irlandeses contrarios a

Parnell mostraron un juicio político más sobrio. A diferencia de Parnell, que estaba

dispuesto a dividir al Partido Irlandés y a dejar de lado la causa del autogobierno en favor

de la causa de su propio liderazgo, los diputados anti-Parnell pretendían mantener la

causa del autogobierno y la alianza liberal de la que, en términos políticos prácticos,

dependía esa causa.

No obstante, Parnell, más que cualquier otro hombre, había logrado que la Irlanda

nacionalista estuviese más cerca de conseguir sus sueños. A pesar del caso de divorcio de

los O’Shea y la oposición de la Iglesia y de su propio partido, él todavía conseguía

inspirar al pueblo irlandés. Se resistió, demostrando su valor y dejando un legado de

resuelta determinación que iba a actuar, según la frase de W. B. Yeats, como una

«elevada columna, ardiendo en la oscuridad» para futuros líderes irlandeses. En 1891,

enfermo, Parnell se lanzó a una campaña de discursos por toda Irlanda, para volver a

ganarse el apoyo del pueblo, pero sus candidatos fueron derrotados por los candidatos

anti-Parnell en tres elecciones parciales sucesivas celebradas entre diciembre de 1890 y

julio de 1891. En mayo se casó con Katherine O’Shea en una ceremonia civil. Cinco

meses más tarde, el 6 de octubre, a la edad de 45 años, falleció en Hove, Sussex.

James Joyce, en su obra autobiográfica Retrato del artista adolescente, recogió de

forma dramática el respeto y el odio generados por Parnell en su último año de vida y que

perduró después de su muerte:

Dante se volvió violentamente y, con las mejillas sonrojadas y temblando de rabia, gritó en la habitación:

¡Diablo del infierno! ¡Ganamos! ¡Lo aplastamos hasta morir!

¡Bestia!

La puerta se cerró tras ella.

El señor Casey, librándose de los que lo retenían, de repente inclinó la cabeza sobre sus manos con un suspiro

de dolor.

¡Pobre Parnell!, gritó en voz alta. ¡Mi rey muerto!

El Partido Irlandés durante los siguientes nueve años se desmoronó en recriminaciones

mutuas y luchas internas, perdiendo su eficacia parlamentaria y llegando a estar a punto

de colapsarse. Después de la retirada de Gladstone en 1894, tras intentar, sin éxito,

obtener el autogobierno con su segundo proyecto de ley, los conservadores gobernaron de

1895 a 1905, y la causa parecía perdida. Además, empezó a desarrollarse una poderosa

oposición unionista al autogobierno en paralelo al crecimiento de un nacionalismo

irlandés literario y cultural que no tenía nada que ver con la política constitucional. En

conjunto, estos acontecimientos empezaron a tensar los muelles del extremismo de los

cuales iba a surgir la violencia.

REFORMA

Las elecciones generales de 1885, seguidas de otras al año siguiente, después de la

caída del tercer mandato de Gladstone por el primer proyecto de Ley de Autogobierno,

significaron un cambio político trascendental en el Reino Unido. La casi total

desaparición de los partidos británicos del Sur y de zonas de Irlanda del Norte, y su

sustitución por el Partido Irlandés, demostró la aplastante popularidad del autogobierno

143


en Irlanda. La adhesión de Gladstone y del Partido Liberal al autogobierno en 1886

parecía hacer una mera cuestión de tiempo el que la causa del Partido Irlandés tuviera

éxito. A pesar de los argumentos morales e idealistas propuestos por Gladstone, los

argumentos prácticos de que una Irlanda autónoma (con la defensa y las relaciones

exteriores solamente dependientes de Gran Bretaña) proporcionaría una base financiera

independiente para pagar las adquisiciones de tierras de los arrendatarios irlandeses

(eliminando una carga para los contribuyentes británicos) tenían un peso mayor. Se

esperaba la deserción por el tema del autogobierno de un ala del Partido Liberal liderada

por lord Hartington, representante de los antiguos intereses de los terratenientes whig

dentro del Partido.

Lo que no era de esperar era la deserción simultánea de otro ala del partido, dirigida

por Joseph Chamberlain, que contradecía el argumento de que el autogobierno

beneficiaría a los contribuyentes británicos, argumentando en su lugar que los británicos

tendrían que hacer frente a una carga mayor si cesaba el flujo de impuestos de Irlanda

hacia la hacienda británica. A diferencia de sus antiguos colegas del Partido Liberal, que

creían que la mejor manera de resolver el deseo de los arrendatarios irlandeses de poseer

sus tierras era vendiéndolas a través de un Parlamento irlandés al que pagarían sus deudas

en vez de a un Parlamento británico extranjero, Chamberlain coincidía con los

conservadores en que la reforma agraria podía defenderse sin tener que garantizar a la vez

el autogobierno. También estaba convencido de que el autogobierno supondría el anuncio

de la ruptura del Imperio. «¿Dónde se encuentra la integridad del Imperio en todo este

asunto?», preguntaba, afirmando que el autogobierno era «equivalente a una propuesta de

partición [...] Preferiría que Irlanda se liberara totalmente de cualquier reivindicación por

parte de este país, siempre que a la vez nosotros nos liberemos de la enorme

responsabilidad que una unión falsa acarrearía con toda seguridad».

Juntos, Chamberlain y Hartington condujeron a 93 parlamentarios unionistas liberales a

la oposición con los conservadores, derrotando el primer proyecto de Ley de

Autogobierno en la Cámara de los Comunes y el segundo proyecto de Ley de

Autogobierno siete años más tarde en la Cámara de los Lores. La muerte de Parnell y la

consiguiente ineficacia del Partido Irlandés no ayudaron a hacerles cambiar de opinión, y

en 1892 los unionistas liberales se convirtieron oficialmente en parte del Partido

Conservador y Unionista.

Para los conservadores, los acontecimientos de 1886 proporcionaron una base política

que iba a convertirlos en el partido británico dominante durante ochenta años. La suma de

los unionistas liberales les dio una mayoría electoral automática, y el debate del

autogobierno les proporcionó la oportunidad de reorganizarse en torno a la unión y el

imperio; igualmente les proporcionó la oportunidad de asegurarse de 15 a 25 escaños

irlandeses unionistas en la Cámara de los Comunes: un porcentaje importante de los 336

escaños necesarios para la mayoría absoluta. En enero de 1886 la Unión Nacional del

Partido Conservador (el órgano de organización política del partido) decidió aprovechar

ambas oportunidades y lanzó una campaña a favor del mantenimiento de la unión angloirlandesa.

Lord Randolph Churchill (1849-1895), ministro de Hacienda conservador y

presidente de la Cámara de los Comunes de julio a diciembre de 1886, viajó a Belfast en

febrero, donde, usando el lema «El Úlster luchará; el Úlster vencerá», jugó en palabras

propias «la carta orangista» –incitando a la Orden de Orange a desórdenes sectarios

contra el autogobierno–. «Tomé la decisión hace algún tiempo», explicaba, «de que si el

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Viejo Gran Hombre elegía el autogobierno, habría que jugar la carta orangista. Señor, que

la carta elegida sea el as de triunfos y no el dos». Cinco meses más tarde, Churchill fue

nombrado ministro de Hacienda y presidente de la Cámara de los Comunes.

Lord Randolph era un político brillante y ambicioso. Se había dado a conocer

personalmente y a un grupo de seguidores en la Cámara de los Comunes como «el Cuarto

Partido» por su críticas inteligentes e ingeniosas contra Gladstone, mientras que a la vez

ganaba puntos frente a los líderes de su propio partido y esperaba que la aclamación

parlamentaria, si no la pública, le impulsara a estar entre ellos. Su discurso de febrero de

1886 en Belfast supuso una huella imborrable en la política irlandesa. La Orden de

Orange, antes de que él hablara en nombre del Partido Conservador, había perdido fuerza.

Esta había sufrido una importante derrota en 1869 con la aprobación por Gladstone de la

separación de la Iglesia de Irlanda del Estado, y ya en 1886 muchos unionistas irlandeses

habían llegado a aceptar como inevitable el autogobierno.

Sin embargo, a lo largo del siglo predominó una animosidad sectaria, que siempre

podía ser avivada, en Irlanda del Norte. Cuando el Partido Conservador se declaró

públicamente firme defensor de la unión, no solo consiguió resucitar las expectativas de

los unionistas irlandeses, sino que además Churchill y su partido se ganaron su lealtad

política. Y puesto que Churchill había elegido a la Orden de Orange por ser el medio más

fácilmente disponible y eficaz de movilizar al unionismo irlandés, no solo volvieron a

acentuar las diferencias religiosas, sino que además se aumentó la influencia y la

afiliación de la Orden. En un año, se presentaron 73.000 voluntarios orangistas para

oponerse al autogobierno incluso por la fuerza si era necesario y, conforme avanzaban los

debates sobre el primer proyecto de ley en Westminster, estos eran contestados con

desórdenes y disturbios en Irlanda del Norte, donde se concentraba el unionismo irlandés.

La industrialización de Irlanda durante el siglo XIX había tenido lugar principalmente

en un radio de unos 50 kilómetros alrededor de Belfast, y consistía en industrias de

ingeniería, astilleros y textiles, con sueldos relativamente altos. El censo de 1911

mostraba que un 22 por 100 de la población del Úlster, comparado con un 14 por 100 de

las otras tres provincias, estaba ocupada en la industria y el comercio. El resto de Irlanda

no solo estaba dedicado a la agricultura y era menos próspero que el nordeste, sino que

además no suponía un mercado para los productos de esa zona del país. Esto a su vez hizo

que la producción industrial de Belfast estuviera orientada a la exportación a Gran

Bretaña, principal mercado y plataforma para la reexportación, lo que proporcionaba a

miembros de todas las clases del nordeste industrializado un interés personal en la unión.

En el Úlster en conjunto, la Costumbre del Úlster tuvo un efecto similar en zonas

rurales donde los cada vez más poderosos arrendatarios hacían disminuir lentamente el

poder de los terratenientes, llegando a compartir intereses similares con ellos, y ambos,

terratenientes y arrendatarios, conseguían beneficios por la venta de productos

alimenticios a las ciudades industrializadas del Úlster, que a su vez dependían del

mercado británico. De este modo, el pueblo de Irlanda del Norte poseía una

homogeneidad que el factor adicional de la religión había hecho peculiar (véase figura

14). No solo era protestante la mayoría del pueblo del nordeste del Úlster (los

terratenientes solían ser anglicanos; los obreros y otros grupos sociales eran generalmente

no conformistas –a menudo presbiterianos–, aunque por supuesto existían zonas del

nordeste con mayoría católica), sino que la mayoría de los intereses comerciales e

industriales pertenecían y empleaban a protestantes. En 1911, el 76 por 100 de la

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población de Belfast era protestante, y disfrutaba del 92 por 100 de los puestos de trabajo

de la ciudad en los astilleros y del 88 por 100 en la industria de ingeniería.

Figura 14. Aldea de Glenoe, condado de Antrim. Caserío del norte de Irlanda, fotografiado en los años 1890, que

presenta una imagen ordenada y pacífica de la vida en el Úlster escocés-irlandés. Glenoe fue un popular destino

turístico a finales del siglo XIX y comienzos del XX debido a su pintoresquismo y a la proximidad de un salto de

agua.

Los obreros protestantes estaban dispuestos a aceptar el liderazgo político de los

empresarios protestantes a cambio de trabajo. Los políticos unionistas protestantes del

Norte se dieron rápidamente cuenta de que la discriminación religiosa como base de la

lealtad política tenía el beneficio añadido de sofocar los movimientos obreros fuertes.

Como dijo en 1912 Ramsay MacDonald, líder del Partido Laborista británico, en la

Cámara de los Comunes, «siempre que aparece un intento de arrancar de raíz la

explotación en Belfast, tocan el gran tambor de la Orden de Orange».

El apoyo al autogobierno de los liberales, y el apoyo resuelto y creciente que la

oposición conservadora encontró entre los unionistas irlandeses, obligó a los

conservadores a presentar una política irlandesa propia. Para ellos, el hambre de tierras de

los campesinos irlandeses era irracional, pero constituía, sin embargo, la base de su

oposición a la unión; lo cual se tradujo en una política que sostenía que no existía una

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eivindicación real de autogobierno en Irlanda, aunque sí una reivindicación real de

reforma agraria, por lo que si se atendía esta última reivindicación real (mediante la venta

a los arrendatarios de tierras con una serie de reformas beneficiosas), podrían acabar

dulcemente con el autogobierno. Esta política tenía la ventaja de luchar contra los

nacionalistas (quienes, desde Lalor, habían utilizado los argumentos pro reforma agraria

en favor del autogobierno) en sus mismos términos. También podía aplacar los

desórdenes agrarios renovados en 1886, tras la derrota del primer proyecto de Ley de

Autogobierno.

A mediados de la década de 1880 se produjo otro periodo de recesión económica que

tuvo como resultado una caída de precios, beneficios y posibilidades en la agricultura. De

nuevo, los arrendatarios empezaron a tener rentas atrasadas a gran escala y la Liga

Agraria volvió a la actividad en su apoyo, lanzando un «Plan de Campaña» por el cual los

arrendatarios en fincas cuya renta se consideraba excesiva depositaban una renta «justa»

en manos de un administrador que ofrecía el total recaudado al terrateniente. Si el

terrateniente se negaba a aceptar, no recibiría renta alguna, y el dinero recaudado se usaría

para hacer frente a los desahucios y a apoyar a los que a su vez eran desahuciados. El plan

fue concebido por Timothy Healy (1855-1931), parlamentario del Partido Irlandés que iba

a convertirse en el primer gobernador general del Estado Libre de Irlanda. Se separó de

Parnell en 1886, en las elecciones parciales de Galway, cuando Parnell impuso al capitán

O’Shea en la circunscripción a pesar de las objeciones locales y del hecho de que O’Shea

rechazó la disciplina del grupo parlamentario. Healy siguió oponiéndose fuertemente a

Parnell, y tuvo un papel decisivo en su destitución como líder del Partido Irlandés en

1890-1891. Parnell nunca apoyó su plan; sin embargo, otros tres miembros del Partido

Irlandés asumieron la idea de Healy: Timothy Harrington (1851-1910), William O’Brien

(1852-1928) y John Dillon (1851-1927).

Harrington, diputado por Harbour Division, Dublín, y secretario del Partido Irlandés,

esbozó el plan en un artículo publicado en United Ireland (órgano de la Liga Agraria y

del Partido Irlandés, fundado en 1881 por Parnell). O’Brien, diputado por Mallow, era el

director del periódico. Dillon, diputado por Mayo este, había estado encarcelado con

Parnell en Kilmainham en 1881-1882, y allí había sido uno de los firmantes junto con

Parnell del «Manifiesto del no a la renta» que convocaba a los arrendatarios a «no pagar

renta alguna bajo ningún pretexto». Con el plan, los tres esperaban resucitar los

desórdenes y los disturbios que habían sido característicos de anteriores guerras agrarias

imponiendo no solo concesiones que, según ellos, la Cámara de los Comunes no haría en

otras circunstancias, sino además demostrando que el autogobierno y la tierra estaban

relacionados de modo inextricable, a pesar de lo que conservadores y unionistas pudiesen

pensar.

En unos meses, había 20.000 terratenientes de 116 haciendas implicados. En diciembre

el gobierno declaró al plan «conspiración criminal e ilegal», y Parnell ejerció su

influencia para limitar su opera​tividad. A pesar de todo, el plan continuó durante cinco

años. Al igual que en la guerra agraria, se atacaba, y a veces se asesinaba, a los

terratenientes y los animales eran masacrados o lisiados. En Gran Bretaña, donde la gente

era tradicionalmente amable con los animales, su mutilación generalizada durante la

guerra agraria y el Plan de Campaña contribuyó a generar un creciente descontento racista

contra los irlandeses, que era exhibido cada vez más en caricaturas que mostraban a los

irlandeses como monstruos con aspecto de simios.

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El plan tuvo cierto éxito en la reducción de rentas (la reducción media de renta

impuesta por los Tribunales Agrarios a finales de la década de 1880 alcanzó casi el 30 por

100), pero la violencia de la campaña (aunque nunca tan generalizada como la violencia

de la guerra agraria) fue contraproducente a largo plazo. El secretario principal

conservador de 1887 a 1891, Arthur James Balfour (1848-1930), consideró al plan como

prueba crucial de la política del partido. Decidió combatirlo con una mezcla de aplicación

estricta de la legalidad y coerción, mientras que avanzaba con constancia en la política de

reforma agraria. Él estaba decidido a hacer que la unión tuviera éxito y declaró con

claridad su opinión al acceder al cargo:

Seré tan implacable como Cromwell a la hora de hacer cumplir la legalidad, pero al mismo tiempo seré tan

radical como cualquier reformista a la hora de corregir los agravios [...] Hasta la fecha los gobiernos ingleses

[...] han sido totalmente pro represión o totalmente pro reforma. Yo estoy a favor de ambas.

En consecuencia, dio su total apoyo a los terratenientes que procedían a realizar

desahucios. Usó la Policía Irlandesa para proteger a los que tenían problemas con el plan

y para detener selectivamente a los cabecillas del mismo. A veces autorizó el desahucio

indiscriminado de fincas enteras. En septiembre de 1887 se ganó el título de «Balfour el

Sanguinario» al defender a la Policía Irlandesa que había disparado contra una multitud

de seguidores de la Liga en Mitchelstown, condado de Cork, con el saldo de tres muertos

y varios heridos («masacre de Mitchelstown»). En 1889 autorizó el uso de arietes para

llevar a cabo los desahucios. Ya en mayo de 1891 el plan, que no tuvo apoyo popular en

Gran Bretaña por sus métodos violentos, llegó a su fin (aunque los arrendatarios ganaron

de hecho en 101 de las 116 haciendas implicadas al principio), pues solamente quedaba

resistencia de los arrendatarios en 18 haciendas.

Tan instrumental como la coerción de Balfour para acabar con el plan fueron los gastos

que tuvo que afrontar este en Tipperary donde, tras un desahucio a gran escala, financió

una nueva ciudad –«New Tipperary»– intentando mantener a sus habitantes. Finalmente,

Parnell y la Iglesia se habían opuesto públicamente al plan y el papa León XIII dictó un

rescripto en 1888 que condenaba tanto el plan como el boicot por ser contrarios a la

doctrina de la Iglesia. De los líderes del plan, Harrington tomó partido por Parnell en el

caso O’Shea; llegó a ser alcalde de Dublín (1901-1902) y siguió siendo diputado del

Partido Irlandés hasta su muerte. Dillon y O’Brien llegaron a ser opositores de Parnell.

O’Brien continuó con sus actividades en favor de la reforma agraria, constituyendo la

Liga Irlandesa Unida en 1898 en un intento de activar de nuevo la agitación. Junto a

Dillon, tuvo un papel destacado en la reunificación del Partido Irlandés en 1890 bajo el

liderazgo del partidario de Parnell, John Redmond (1856-1918). En 1918, Dillon se

convirtió en líder del partido, pero fue derrotado en las elecciones generales de ese mismo

año y se retiró de la política, muriendo en Londres nueve años más tarde. O’Brien no

participó en las elecciones generales de 1918 y diez años más tarde, al igual que Dillon,

también murió en Londres.

La política «conciliadora» de los conservadores fue llevada a cabo por Balfour con la

misma decisión que la parte coercitiva. Una de sus primeras decisiones como secretario

principal fue aprobar una Ley Agraria en 1887 que ampliaba la Ley Agraria de 1881 para

incluir a los arrendatarios con opción de compra (aproximadamente 100.000 personas).

Un año después aprobó otra Ley Agraria que doblaba hasta 10 millones de libras la

cantidad destinada por la Ley de 1885 (la Ley «Ashbourne», en honor de lord Ashbourne,

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ministro de Justicia conservador de Irlanda que la había elaborado) que permitía a los

arrendatarios obtener créditos del gobierno para pagar el precio total de compra de sus

tierras, en 49 años al 4 por 100 de interés. Entre 1885 y 1888 más de 25.000 arrendatarios

se beneficiaron de estas leyes para adquirir en conjunto 377.000 hectáreas. En 1891 entró

en vigor la tercera y más importante Ley Agraria de Balfour, que adelantaba 33 millones

de libras a un interés preferencial a los arrendatarios que desearan comprar sus tierras:

supuso un enorme salto en el nivel de participación gubernamental, representando de un

golpe tres veces más que el total previsto en todas las leyes anteriores. Además, estableció

en 1891 la Junta de Distritos Congestionados para adquirir tierras en las zonas

«congestionadas» del sur y del oeste de Irlanda, redistribuirlas entre los arrendatarios, y

realizar mejoras en las edificaciones y la organización agrícola. Cuando la Junta fue

clausurada en 1923 había gastado 11 millones de libras, redistribuido 1,2 millones de

hectáreas entre 59.510 arrendatarios y fomentado la implantación de industrias pesqueras

y artesanales en las zonas más pobres del país.

Gerald, hermano menor de Balfour, secretario principal de 1895 a 1900, procedió a

reformar la ley de 1891 con una Ley Agraria propia en 1896, que eliminó muchas de las

cláusulas restrictivas de anteriores leyes y aumentó aún más los fondos disponibles para

la adquisición de tierras. En 1898 puso en vigor una Ley de gobierno Local Irlandés que

proporcionó a Irlanda el sistema británico de gobierno local. Esta fue una de las medidas

conciliadoras más importantes puestas en práctica por los conservadores. Contribuyó a

trasladar de forma decisiva el poder político en el país desde la vieja Ascendencia con

intereses terratenientes a una mayoría nacionalista democrática de agricultores y tenderos.

También proporcionó, a través de las autoridades locales, la experiencia fiscal y

administrativa que iba a servir de campo de entrenamiento para el autogobierno.

En 1903, George Wyndham (1900-1905), sucesor conservador como secretario

principal de Gerald Balfour, patrocinó la Ley Agraria más importante de todas. Proponía

la entonces revolucionaria noción de que se debería promover que los terratenientes

vendiesen sus fincas en conjunto y no en partes, y de que la venta debería efectuarse si

tres cuartas partes de los arrendatarios estaban de acuerdo. A nivel personal, Wyndham se

mostró cada vez más preocupado por las condiciones sociales en Irlanda y sus protestas a

Londres le costaron finalmente el puesto. En 1909 una Ley de Adquisición Agraria liberal

introdujo un elemento de obligatoriedad en las ventas de tierras. Ya en 1921, como

resultado de la Ley Wyndham, el gobierno había adelantado casi 100 millones de libras

desde 1903; más de 4,4 millones de hectáreas habían cambiado de propietario y más de

250.000 arrendatarios habían comprado sus tierras.

John Dillon elogió la ley por tener «el efecto de cambiar comple​tamente el carácter del

campesinado. En vez de descuidados, ociosos y derrochadores, se han vuelto, como el

campesinado francés, trabajadores y ahorradores, incluso tacaños». Probablemente

supuso la reforma social de más largo alcance en Irlanda desde la unión, que debilitó

imparablemente la base política y económica de la clase terrateniente. A la vez que

consolidaba una sociedad conservadora basada en la agricultura, de valores católicos

centrados en la familia, la transmisión hereditaria de la tierra y la Iglesia.

La inmensa mayoría del pueblo irlandés después de la hambruna, consciente de la

posible repetición del desastre, calculó instintivamente y con precisión el número de

personas que cada explotación y granja agrícola podía mantener, apoyando

simultáneamente un orden social que conservaba la seguridad económica garantizada por

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las Leyes Agrarias. Así, los fenómenos posthambruna de la emigración y del matrimonio

tardío se vieron consolidados por una mezcla de medidas legislativas y de instinto de

supervivencia popular. La desmoralización también hizo acto de presencia, pero la

emigración de los que se sentían más frustrados implicaba que los que se quedaban se

beneficiaran de una mayor seguridad.

Esta fue la era de la industria, y las mejoras sociales, políticas, industriales y técnicas

por las que se caracterizó el período no llegaron a la mayoría de los habitantes de Irlanda

debido al hambre en los campos y a la emigración. La legislación popular aprobada por

los políticos ingleses 70 años después de la hambruna (junto con el colapso de la lengua

irlandesa) provocó la anglicisación de Irlanda. Con orgullo justificable, los políticos de

Westminster consideraban que su legislación reformista había resuelto el problema

irlandés. Lo mismo que Karl Marx, cometieron el error de creer que los problemas

económicos eran más importantes que los políticos. La amabilidad resultó beneficiosa;

tuvo valiosas consecuencias sociales y políticas, pero nunca pudo abrigar esperanzas de

extinguir la percepción irlandesa de siglos de crueldad e injusticia.

Las víctimas inmediatas de la reforma agraria fueron los terratenientes angloirlandeses,

que perdieron sus tierras y sus ingresos. Sin quererlo, los beneficiarios

inmediatos de la reforma, el pueblo irlandés, iba a sufrir a largo plazo. Las Leyes Agrarias

transformaron Irlanda de un país de millones de campesinos sin tierras en una nación

mucho menos numerosa de propietarios agrícolas: un gran obstáculo para el desarrollo

industrial y un caldo de cultivo para valores profundamente conservadores. Decenas de

miles de minifundios sustentaban a cada vez menos personas y contribuían a animar a

emigrar y a apartar a Irlanda de la modernidad hasta las postrimerías del siglo XX.

NACIONALISTAS

Los setenta años trascurridos tras la época del hambre fueron testigos no solo de los

profundos cambios sociales, políticos y económicos compendiados en la legislación de la

reforma agraria, sino del resurgimiento de las sensibilidades gaélica y orangista. Pero

mientras el orangismo estaba motivado directamente de forma política y económica, el

gaelicismo –al menos en sus principios– no lo estaba. Naturalmente, el idealismo cultural

que abarcaba al protestantismo y al unionismo, al catolicismo y al nacionalismo fue la

base del renacer gaélico de finales del siglo XIX. Tenía un importante elemento político

que evocaba el idealismo de Grattan y Wolfe Tone, pero estaba bastante más preocupado

por hacer renacer el interés por cada elemento del pasado irlandés, de manera que

devolviera el orgullo y la confianza en sí mismos a todos los irlandeses. En 1841 se formó

la Sociedad Arqueológica de Irlanda. En 1884 se fundó la Asociación Atlética Gaélica

(GAA) «con el objeto de preservar y cultivar nuestros pasatiempos nacionales y de

proporcionar distracciones para los irlandeses en sus horas de esparcimiento».

Michael Cusack (1847-1907), profesor, y Maurice Davin (1864-1927), renombrado

atleta, fueron los fundadores de la GAA en una reunión que tuvo lugar en la sala de billar

del Hayes’Commercial Hotel en Thurles, en el condado de Tipperary. Cusack (a quien le

gustaba que le llamaran «Ciudadano Cusack» y sobre quien se basó el Ciudadano de

Ulises, de James Joyce) actuaba con la complicidad de la IRB, que en 1883 había

decidido poner en marcha una organización atlética como otra forma de propagar el

nacionalismo y atraer a jóvenes que pudieran ser reclutados para su causa de

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independencia nacional. La IRB prefirió permanecer en segundo plano para evitar que la

GAA pareciera obviamente feniana y, por tanto, sospechosa ante los ojos de la Iglesia y

de las autoridades. En tres años, bajo la influencia de la IRB, la GAA se había hecho

ostentosamente política, introduciendo un reglamento mediante el cual no admitían a

miembros de las fuerzas de la Corona y prohibía a sus propios miembros practicar

deportes no gaélicos. El cricket en especial no estaba bien visto, mientras que el hurling

(hoy por hoy el deporte nacional de Irlanda, muy parecido al hockey), el fútbol irlandés

(en el que la pelota se puede coger con la mano) y el balonmano eran los tres deportes

más fomentados.

De 1887 en adelante, la División Especial de la RIC veía a la GAA como un apéndice

del movimiento nacional que utilizaba la violencia, y con regularidad se hacían informes

sobre sus actividades y miembros. En 1891, 2.000 hombres de la GAA con mentalidad

feniana desfilaron con palos de hurling cubiertos de negro en el cortejo fúnebre de

Parnell. De 1913 a 1916, la GAA fue una excelente tapadera para que los hombres de la

IRB hicieran instrucción militar, utilizando palos de hurling como si fueran rifles. El

arzobispo (católico) de Cashel, Thomas Croke, un destacado «sacerdote patriota» que

había apoyado a la Liga Agraria y fue el fundador de la GAA, resumió el espíritu de la

asociación en una carta que escribió a los organizadores en diciembre de 1884 (carta que

siguen citando con aprobación). En ella condenaba el hecho de que Irlanda estuviera

importando de Inglaterra no solo sus productos manufacturados, cosa que no podemos evitar, ya que

prácticamente ha estrangulado nuestra propia industria manufacturera, sino también sus modas, sus acentos,

su depravada literatura, su música, sus danzas y sus múltiples peculiaridades, sus juegos y sus pasatiempos,

hasta el total descrédito de nuestros propios y magníficos deportes nacionales y hasta la más dolorosa

humillación de cada hijo e hija de nuestra vieja tierra [...] ¿Y qué tenemos en su lugar? Tenemos unos

fantásticos deportes extranjeros al aire libre tales como el tenis sobre hierba, el polo, el croquet, el cricket y

otros por el estilo –magníficos pienso, y saludables a su manera, pero no característicos de la tierra sino más

bien contrarios a ella, como en realidad lo son, en su mayor parte, los hombres y mujeres que los importaron

y que todavía los siguen auspiciando–. Si durante los próximos veinte años seguimos por el mismo camino

que hemos seguido durante algún tiempo, condenando los deportes que practicaron nuestros antepasados,

borrando nuestros rasgos nacionales como si nos avergonzáramos de ellos, y adoptando, además de sus

vestimentas, tanto sus costumbres seductoras como otras locuras afeminadas que puedan recomendarnos, más

nos valdría renunciar inmediatamente y de manera pública a nuestra nacionalidad y aplaudir la bandera

británica cada vez que la veamos, colocando con júbilo el «rojo sangriento» de la bandera inglesa por encima

del «verde» de la nuestra.

La actitud antibritánica de algún modo fanática expresada por Croke perduró con la

GAA. Sin embargo, la GAA también ayudó a promover un nuevo sentido del orgullo

irlandés, despertando tanto el interés de la Irlanda rural como el de los intelectuales

preocupados por el aparente empobrecimiento de la cultura irlandesa. En 1893, tres

académicos –Douglas Hyde (1860-1949), Eoin MacNeill (1867-1945) y el reverendo

Eugene O’Growney (1863-1899)– fundaron la Liga Gaélica, la organización más

importante de apoyo al renacer del gaélico.

El objetivo de la Liga Gaélica era la «desanglicanización de Irlanda», pero a diferencia

de la GAA, era decididamente apolítica y no sectaria. Hyde, protestante y posteriormente

primer presidente de Eire, era unionista, MacNeill apoyaba al Partido Irlandés y

O’Growney era un sacerdote católico erudito. La conferencia de Hyde de 1892, «La

necesidad de desanglicanizar Irlanda», fue la inspiración de la Liga: «Con objeto de

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desanglicanizarnos», dijo, «debemos poner freno inmediatamente a la decadencia de la

lengua». La Liga se propuso salvar la lengua y extender su uso. Publicó libros de texto en

lengua irlandesa, dio aliento a la GAA y organizó bailes tradicionales (ceilidhs). En 1901,

la obra de Hyde Casadh an tSugain [El retorcimiento de la cuerda de paja] fue la

primera obra en lengua irlandesa que se representó en un teatro profesional (el autor hizo

el papel protagonista).

Hacia 1904 había 593 secciones diferentes de la Liga, que contaba con más de 50.000

miembros (figura 15). Con bastante éxito presionó para que el irlandés se convirtiera en

requisito obligatorio a la hora de acceder a la Universidad Nacional de Irlanda. En 1908,

Hyde pasó a ser el primer catedrático de irlandés moderno en el University College de

Dublín. El libro de texto de lengua de O’Growney, Simple Lessons in Irish [Sencillas

lecciones en irlandés], se convirtió en parte de la parafernalia de los nacionalistas y

disfrutó de una de las tiradas mayores y más duraderas que ha tenido un libro en las islas

Británicas. Ser miembro de la Liga pasó a ser una condición casi indispensable para ser

miembro de la IRB, y la influencia de la IRB (como con la GAA) forzó la politización de

la Liga así como la dimisión como presidente de Hyde en 1915, enojado por ella. Tras el

fracaso del Alzamiento de 1916, la Liga fue la única de entre todas las organizaciones

nacionalistas en no ser prohibida, convirtiéndose así en la única tapadera para la

reorganización de los nacionalistas revolucionarios.

Figura 15. Carné de miembro de la Liga Gaélica. Junto con la Asociación Atlética Gaélica (GAA), la Liga, aunque

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en sus inicios no fue una fachada para la Hermandad Republicana Irlandesa (IRB), constituyó un centro de

reclutamiento y encuentro para los nacionalistas extremos. Eoin MacNeill, más tarde líder de los Voluntarios

Irlandeses, fue su secretario fundador. Su objetivo era (y es) promover el idioma irlandés como un medio vivo y

práctico.

No obstante, a pesar de su éxito como organización nacionalista, la Liga Gaélica

fracasó en su objetivo específico de hacer renacer la lengua irlandesa. El censo de 1891

estableció que en ese momento en Irlanda había 680.000 gaélico-hablantes comparados

con los 1,7 millones que había habido en 1851. El censo de 1926 arrojó un descenso del

18 por 100 –120.000– en el número de gaélico-hablantes desde 1891, a pesar de que la

Liga llevaba más de 30 años de actividad. Tras el establecimiento del Estado Libre

Irlandés en 1922, la Liga consiguió que el irlandés fuera obligatorio en la enseñanza

primaria. En 1923, logró que la lengua irlandesa se convirtiera en requisito esencial a la

hora de acceder al funcionariado (requisito que fue eliminado en 1975). Como

consecuencia, la lengua se convirtió más en un requisito imprescindible para trabajar que

en una cuestión nacional, y mientras en el censo de 2002 había 1.570.894 gaélicohablantes

y 2.180.102, que no lo hablaban, la realidad es que hay muchas menos personas

en la actualidad que no hablan el irlandés, con una estimación de 20.000 a 30.000

hablantes fluidos en las comunidades de habla irlandesa (Irish Times, 6 de enero de

2003).

La pura vitalidad de la vieja literatura irlandesa siempre había atraído a los

especialistas en la materia, pero cuando eran divulgados por la Liga, los cuentos gaélicos

tenían un efecto que iba más allá de las fronteras nacionales. Standish James O’Grady

(1846-1928), hombre de letras, jugó un papel fundamental en esta evolución al divulgar

en inglés los cuentos populares, canciones y mitos del pasado gaélico. O’Grady fue en

gran medida responsable del «redescubrimiento» de Cuchulain (héroe legendario del

Úlster), convertido rápidamente por Yeats y otros en símbolo del carácter nacional.

Isabella Augusta, lady Gregory (1852-1932), esposa de sir William Gregory, terrateniente

irlandés y antiguo subsecretario liberal para Irlanda, fue una de las personas que se

hicieron ardientes admiradoras de las leyendas y cuentos gaélicos como resultado de las

obras de O’Grady y la publicidad de la Liga Gaélica. Al conocer a Yeats en 1897, se

convirtió en su mecenas y abrió de par en par las puertas de su casa de Coole Park, en el

condado de Galway, a la brillante generación de escritores irlandeses inspirados, como

ella, por el pasado gaélico. En 1904, lady Gregory y Yeats fundaron el Abbey Theatre, de

Dublín, para que se representaran obras irlandesas de dramaturgos irlandeses. Se inauguró

con representaciones de On Baile’s Strand [En la orilla de Baile], de Yeats, y Spreading

the News [Difundiendo las noticias], de lady Gregory.

Los escritores irlandeses que adquirieron importancia entre finales del siglo XIX y

principios del XX parecían un catálogo de gigantes literarios. William Butler Yeats (1865-

1939) y James Joyce (1882-1941) fueron los dos escritores irlandeses más grandes del

siglo XX. Yeats, nacido en Dublín, fue criado y educado en Inglaterra y desempeñó un

papel determinante en la traducción de la literatura irlandesa para los angloparlantes de

todo el mundo, con lo que aseguró que no se convirtiera en un tema limitado, nacionalista

y provinciano. En 1923, se le concedió el Premio Nobel de literatura. Joyce, también

nacido en Dublín, se educó en los colegios jesuitas privados más importantes de Irlanda –

Clongowes Wood y Belvedere College–. A diferencia de Yeats, Joyce estaba más

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interesado en el presente de Irlanda que en su pasado. Fue la primera figura moderna del

mundo literario del catolicismo. Se acercó a las culturas cosmopolitas lejos fuera de los

entornos culturales de Gran Bretaña e Irlanda. Desde 1904 hasta su fallecimiento vivió en

Italia, Suiza y Francia, sin regresar a Irlanda en los últimos veintisiete años de su vida.

Encontraba la vida irlandesa, en particular la influencia de la Iglesia católica, restrictiva y

opresiva, aunque su principal novela, Ulises, a pesar de que estuvo prohibida en Gran

Bretaña y los Estados Unidos, nunca lo estuvo en Irlanda.

George Bernard Shaw (1856-1950), junto a Yeats y Joyce, fue uno de los grandes

escritores en lengua inglesa del siglo XX. También nació en Dublín, pero al trasladarse su

madre a Londres cuando él tenía dieciocho años, hizo su carrera allí, eligiendo sus temas

más bien de la vida británica que de la irlandesa. Tan solo una de sus obras importantes,

John Bull’s Other Island [La otra isla de John Bull], escrita en 1904 a petición de Yeats,

trata de la tierra natal de Shaw. No obstante, a lo largo de su vida mantuvo su interés por

Irlanda, defendiendo a los rebeldes del Alzamiento de Pascua de 1916. En 1925 recibió el

Premio Nobel de literatura. En su testamento, cedió a la National Gallery de Irlanda los

derechos de su obra Pigmalión; los ingresos de My Fair Lady, versión cinematográfica de

la obra, han hecho que la National Gallery sea uno de los museos más ricos de las islas

Británicas.

Entre otros notables hombres de letras que surgieron de Irlanda en esta época se

encuentran George Moore (1852-1933), Oscar Wilde (1854-1900), John Millington

Synge (1871-1909) y Sean O’Casey (1880-1964). Con la excepción de Joyce y Moore,

que eran católicos de nacimiento, todos los demás eran protestantes (aunque Wilde se

convirtió al catolicismo). Moore se convirtió al anglicanismo y Joyce repudió a la Iglesia.

Los escritos del renacimiento literario irlandés ayudaron a restablecer un sentido

sincero de la dignidad y el orgullo en las cosas irlandesas. En el proceso para lograr esta

honestidad a menudo tuvieron que hacer frente a los prejuicios y antagonismos de

algunos de sus paisanos que, como Arthur Griffith, trataron de utilizar todos los medios,

incluida la literatura, para promover la causa del nacionalismo irlandés. La obra de Synge,

In the Shadow of the Glen [A la sombra del valle] (1903), en la que la protagonista se

escapa con un viajero, fue denunciada por Griffith porque «todos nosotros sabemos que

las mujeres irlandesas son las más virtuosas del mundo». The Playboy of the Western

World [El galán de occidente] (1907), de Synge, causó gran indignación con una línea,

«Solo es a Peegeen a quien busco y qué me importa que me traigáis un montón de

estupendas mujeres en enaguas», señalando que la castidad irlandesa pudiera no ser

perfecta. La obra de O’Casey, The Plough and the Stars [El arado y las estrellas] (1926),

causó disturbios porque presentaba a los hombres del IRA como algo menos que héroes.

El hecho de que O’Casey hubiera sido organizador de la IRB y del Ejército Ciudadano

antes del Alzamiento de 1916 fue olvidado en la protesta.

Yeats también sufrió cierta oposición por parte de nacionalistas intolerantes. En 1894

se había unido a un grupo escindido de la IRB, la Hermandad Nacional Irlandesa,

entrando en los archivos policiales como «entusiasta literario más o menos

revolucionario». Esto, junto con su prestigio literario, le ganó una posición especial con

los nacionalistas y cuando en 1925, como uno de los primeros senadores del Estado Libre

Irlandés, habló en contra de la legislación que ilegalizaba el divorcio en el Estado Libre,

condenó públicamente las actitudes católicas y conservadoras de los nuevos dirigentes del

Estado.

154


Su ruego fue ignorado. La opresión social y cultural del nuevo Estado, al igual que la

opresión política y económica del antiguo, seguía ejerciendo presión para que emigraran

todos los que no estuvieran conformes. Joyce, Shaw, Wilde y O’Casey abandonaron

Irlanda para practicar su arte. Hasta en nuestros días, a pesar de los beneficios fiscales y

los lazos familiares, hay que resaltar que muchos escritores irlandeses siguen prefiriendo

vivir en el extranjero. Las actitudes católicas sociales y culturales responsables de esta

diáspora de talentos irlandeses también han dado más peso a la oposición unionista

protestante al nacionalismo irlandés.

Desde la década de 1880 en adelante, los unionistas protestantes abogaron por el

mantenimiento del Acta de Unión alegando ventajas económicas y sociales. Lord

Randolph Churchill fue el artífice de unir la Orden de Orange, de clase trabajadora y

virulentamente anticatólica, a las bases de lo que llegó a ser el Partido Unionista Irlandés,

garantizando así un ciego componente de fanatismo religioso en la política del unionismo.

Muy rápidamente, el lema «Defiende nuestra religión protestante» se convirtió, al igual

que la «carta orangista», en una señal para la movilización política de los protestantes

norirlandeses en defensa de lo que percibían como sus libertades económicas y sociales,

que de algún modo se verían destruidas en una Irlanda independiente de Gran Bretaña.

A pesar del hecho de que esta actitud perdure hasta hoy, y de que varias acciones

(como la revocación de 1925 de la legislación sobre el divorcio) llevadas a cabo por

gobiernos de Dublín desde 1922 hayan ayudado a justificar los temores de los

protestantes del Norte, al examinar las diferencias religiosas, estas se ven más como

convenientes etiquetas que como temas centrales de las divisiones políticas. En el siglo

XIX, la mayor parte de los líderes nacionalistas irlandeses eran protestantes del Norte. A

principios del siglo XX los protestantes del Norte jugaron un papel decisivo en la

reactivación de la IRB, la cual desencadenó el Alzamiento de 1916. Los católicos del Sur,

en mayoría en el sur de Irlanda, nunca han consolidado la discriminación de los

protestantes en materia laboral y de vivienda. Y mientras los protestantes del Norte han

consolidado la discriminación laboral de los católicos en Irlanda del Norte donde son

mayoría, esto se debe a la conveniencia de las etiquetas religiosas que suponen para los

protestantes que un católico es nacionalista, desleal a la unión y miembro de una nación

irresponsable e inferior, dispuesta a debilitar a los protestantes trabajadores. Si los

católicos irlandeses fueran negros, se vería que el paralelismo con la Rhodesia de los años

sesenta y setenta explicaría muchas de las razones ilógicas y lógicas del unionismo

irlandés protestante y del nacionalismo irlandés. Esta conciencia ha dado lugar a un

debate académico y político sobre si en Irlanda existen o no dos naciones.

El concepto de nacionalismo se basa en la idea de nación, la cual depende a su vez del

hecho de tener un territorio nacional más o menos definido y un gobierno que conlleve la

lealtad natural de la comunidad. Este, por supuesto, es un concepto artificial y, en sentido

absoluto, el nacionalismo es un mito. Sin embargo, en el mundo real la gente acepta el

concepto «nacional» (después de todo, es un concepto beneficioso que ayuda a

contrarrestar el interés propio y a ofrecer cohesión al Estado) y de forma activa le muestra

su lealtad. En Irlanda, el empeño de los protestantes del Norte por mantener la unión

anglo-irlandesa y la presión compensatoria de los nacionalistas irlandeses

(mayoritariamente católicos), ha puesto en duda la proposición de que existe «una

nación» en el país con un sentido de nacionalidad, geografía, historia y cultura comunes.

Los que argumentan que solamente existe una nación pasan por alto las protestas

155


protestantes de que no comparten una cultura ni historia comunes, atribuyendo las

divisiones políticas y sociales entre unionistas y nacionalistas a la manipulación británica.

En particular, la utilización de la «carta orangista» por parte de Churchill en 1886 se ve

como un movimiento conspiratorio para dividir a la clase trabajadora irlandesa en interés

del capitalismo e imperialismo británicos. No aceptan que Churchill, por mucho cinismo

que demostrara, explotara actitudes y sentimientos que eran naturales de los protestantes

concentrados en Irlanda del Norte, predominantemente de clase trabajadora.

Teniendo esto en cuenta, en 1973 la Asociación de Trabajadores Socialistas en favor de

un Acuerdo Democrático del Conflicto Nacional en Irlanda publicó un panfleto, Una isla,

dos naciones, en el que se argumentaba que los protestantes norirlandeses son «una

nación distinta, o al menos parte de una», y que el imperialismo católico, y no británico,

ha sido responsable de las divisiones de la clase trabajadora por motivos religiosos en

Irlanda del Norte. Los protestantes del Norte probaron su nacionalidad separada, según la

Asociación de Trabajadores, cuando en 1912 se demostró con éxito «la habilidad de su

clase dirigente para reunir a todos sus miembros en una alianza común dispuesta si fuera

necesario a luchar por un objetivo nacional».

Los defensores de la teoría de las dos naciones consideran que la clase social constituye

el vínculo natural de una nación. Así, los protestantes de clase trabajadora en Irlanda del

Norte naturalmente entran en la categoría de nación. Sin embargo, la lógica de este

argumento falla cuando se ahonda en él. Por una parte, es totalmente absurdo que todas

las clases (incluso si solo se consideraran las que tienen un gran número de miembros)

reivindiquen una nacionalidad propia y, por otra, los protestantes del Norte no son

distintos de otras comunidades británicas o irlandesas, que a su vez forman parte de una

nación británica o irlandesa que engloba diferencias consideradas como distintivas en

Irlanda del Norte. La lealtad condicional que los protestantes norirlandeses muestran

hacia Gran Bretaña y la parte que les corresponde en la historia de Irlanda, los ha

diferenciado en sus actitudes, pero no en términos nacionales de Gran Bretaña y del resto

de Irlanda (a pesar del hecho de que a menudo ellos mismos rechazan una identidad

irlandesa). Sí que poseen algunas de las características de una nación (principalmente una

clara conciencia de sí mismos), pero para ser una nación aparte tendrían que estar

dispuestos a mantenerse unidos contra quien sea. Cabe la posibilidad de que esto ocurra,

pero todavía no es el caso. Una consciencia más exacta de la nacionalidad irlandesa

estriba en que existe una nación (católica) irlandesa y una comunidad (protestante) social

y económicamente distintiva que destaca aun más por su propia ubicación geográfica en

Irlanda. Esta comunidad abarca elementos tanto de la nación irlandesa como de la

británica, exactamente del mismo modo que se pretendió con la política originaria de

plantaciones. Sus miembros son verdaderas víctimas de la geografía y la historia.

La oposición a la causa del autogobierno de Irlanda en 1886 había movilizado a los

protestantes norirlandeses por primera vez de una forma política coherente. En 1885, una

asociación política de unionistas, la Unión Patriótica y Leal Irlandesa (ILPU), fue fundada

en Dublín para oponerse en las elecciones parlamentarias a los partidarios del

autogobierno. En 1891 se convirtió en la Alianza Unionista Irlandesa reflejando los

intereses de los unionistas surirlandeses, siempre más patricios que los unionistas del

Norte. Con la conversión pública de Gladstone al autogobierno, en enero de 1886 se

formó en Belfast la Unión Lealista Anti-Revocación del Úlster, en competencia con la

ILPU, reflejando al Úlster más que al unionismo irlandés y con lazos directos (aunque no

156


oficiales) con la Orden de Orange. También en enero los diputados unionistas irlandeses

en la Cámara de los Comunes crearon el Partido Unionista Irlandés. Para 1912, el

unionismo irlandés estaba controlado por la Comisión Mixta de Asociaciones Unionistas

(establecida en 1907), siendo su asociación más grande y dominante el Consejo Unionista

del Úlster, creado en 1904 como ejecutivo central y coordinador de la oposición del

Úlster al autogobierno. El impulso del unionismo irlandés recibió un nuevo ímpetu en

1906, cuando los liberales consiguieron una aplastante victoria en las elecciones

generales, al obtener una mayoría de 106 escaños más que todas las demás fuerzas

políticas juntas, lo que puso fin a veinte años casi ininterrumpidos de gobierno

conservador y unionista.

En su campaña electoral, los liberales no habían tocado el tema del autogobierno, y la

mayoría de ellos estaban contentos de haberse quitado de encima la propuesta que había

dividido al partido y había colaborado en augurar una derrota electoral durante tanto

tiempo. Sin embargo, en 1907, Augustine Birrell (1850-1933), diputado por Bristol norte

y ya en el Gabinete liberal como miembro del Consejo de Educación, fue nombrado

secretario principal para Irlanda. Su influencia volvió a despertar el interés de los liberales

por el autogobierno irlandés. Su primerísima actuación fue presentar al Parlamento un

Proyecto de Ley de Creación de un Consejo Irlandés que, de haber sido aceptado, habría

supuesto una pequeña medida de autogobierno. El proyecto de ley fue sumamente

criticado tanto por los unionistas, que lo consideraban excesivo, como por los

nacionalistas, que lo calificaban de insuficiente, y fue retirado por el gobierno. Birrell

entonces se puso a trabajar por la reforma agraria, consiguiendo que se aprobara la Ley de

Adquisición de Tierra de 1909, con la que se obligaba a los terratenientes a vender tierra a

los arrendatarios. Hasta que el Alzamiento de 1916 puso fin a su carrera, Birrell fue un

hombre muy popular y respetado, convirtiéndose en el secretario principal para Irlanda

que más tiempo permaneció en su cargo de toda la historia irlandesa. Hizo amistad con

los líderes del Partido Irlandés, en particular con John Dillon y John Edward Redmond.

Los parnellistas y antiparnellistas del Partido Irlandés se habían reconciliado en 1900

bajo el liderazgo de Redmond, un político con capacidad y experiencia que demostró sus

cualidades en lo concerniente a su partido al jugar un papel decisivo, junto con

Wyndham, en la aprobación de la Ley Agraria de 1903. Gracias a la influencia de su

padre, diputado, Redmond fue nombrado secretario de la Cámara de los Comunes, uno de

los principales cargos de dicha institución, en el que adquirió un gran conocimiento tanto

del procedimiento parlamentario como de los parlamentarios mismos. En 1881, pasó de

lleno a la política como diputado por New Ross. Desde 1885 fue diputado por Wexford

del Norte y desde 1891 hasta su fallecimiento ocupó el escaño por Waterford. Se negó a

considerar a los liberales como traidores al autogobierno tras la victoria electoral de estos

en 1906, y prefirió mantener la alianza no oficial que había existido entre el Partido

Irlandés y ellos desde 1886 y apoyando el vasto programa de reforma social acometido

por el gobierno liberal, que a partir de abril de 1908 estaba liderado por Herbert Henry

Asquith (1852-1928).

La determinación de Asquith y su colega el ministro de Hacienda, David Lloyd George

(1863-1945), de seguir adelante con una legislación reformista costosa y radical, a pesar

de una estridente oposición conservadora, llevó a Irlanda una vez más al primer plano de

la política. Junto con el gasto cada vez mayor de la carrera armamentística de Gran

Bretaña con Alemania, medidas como la introducción de pensiones para la tercera edad,

157


las oficinas de empleo y los subsidios de desempleo requirieron grandes aumentos en los

impuestos. En 1909, con objeto de conseguir la financiación necesaria, Lloyd George

introdujo su «Presupuesto del Pueblo» que, aunque aprobado por la Cámara de los

Comunes, fue rechazado en la Cámara de los Lores, donde los conservadores disfrutaban

de una mayoría hereditaria. En diciembre de 1909, Asquith convocó elecciones generales

sobre la cuestión de si el país debía ser regido por un gobierno basado en la Cámara de los

Comunes o por la Cámara de los Lores. Ganó por una mayoría muy reducida que, por

primera vez desde 1885, dejó el equilibrio político en manos de los 75 diputados del

Partido Irlandés de Redmond (8 diputados irlandeses más eran miembros de la Liga Todo

por Irlanda, partidaria de la reforma agraria, y solían votar con el Partido Irlandés en

Westminster). A cambio del continuo apoyo del Partido Irlandés a los liberales, Asquith

accedió a introducir un Proyecto de Ley de Autogobierno.

En muchos aspectos, este acuerdo supuso una suerte de salvación para el Partido

Irlandés, que durante más de treinta años había hecho campaña en favor del autogobierno

sin ningún éxito. Hacia 1910 había en Irlanda varios partidos incipientes (tanto

constitucionales como revolucionarios) que competían por el dominio que el Partido

Irlandés tenía sobre la política nacionalista. Uno en particular, el Sinn Féin (que significa

«Nosotros Mismos»), se propuso de forma consciente forzar el ritmo de la agitación

constitucional en favor del autogobierno.

DIVISIÓN

El Sinn Féin lo fundó el 28 de noviembre de 1905 un grupo dispar de nacionalistas,

algunos de los cuales, como Arthur Griffith (1871-1922), se oponían a toda idea de

combatir al Partido Irlandés en las elecciones, y otros, como Bulmer Hobson (1883-

1969), eran nacionalistas revolucionarios con ansias de vencer al Partido Irlandés para

volver a la opinión pública a favor de la violencia más que a favor de una agitación no

violenta. A Griffith generalmente se le atribuye ser el padre del Sinn Féin debido al

decisivo papel que jugó a la hora de organizar el nuevo partido (a pesar del hecho de que

desde el principio adoptó una forma a la que él se había opuesto) y a la hora de desarrollar

una filosofía de partido a través de su libro, The Resurrection of Hungary: a Parallel for

Ireland [La resurrección de Hungría: un paralelismo para Irlanda] (1904). En él, aboga

por una monarquía dual anglo-irlandesa basada en el modelo austro-húngaro del

Ausgleich de 1867, con la reintroducción del Parlamento irlandés de Grattan –«el Rey, los

Lores y los Comunes de Irlanda»–, que gobernaría una Irlanda independiente que sería

autosuficiente mediante el control de las importaciones y las exportaciones.

Al principio de su carrera, Griffith había simpatizado con la IRB pero, aunque existen

pruebas de que fue miembro de la sociedad hasta 1916, después de 1905 se dedicó a la

política constitucional. Hacia 1907, Griffith y el Sinn Féin no compartían la misma

opinión sobre si presentarse a las elecciones parlamentarias tanto generales como

parciales. En ese año un candidato del Sinn Féin tuvo un gran impacto en la elección

parcial de Leitrim norte, luchando con un programa abstencionista (de ganar, los

candidatos del Sinn Féin no ocuparían sus escaños en Westminster). Esta fue la única

contienda electoral en la que el Sinn Féin participó hasta 1917. Bajo la influencia de

Griffith, el partido se concentró más en organizar los consejos de los condados irlandeses

para coordinar su apoyo al autogobierno y de esa manera presionar más al Partido

158


Irlandés. En 1911 el Sinn Féin estaba casi moribundo. Muchos de sus miembros lo habían

abandonado con Hobson en 1910, furiosos por el constitucionalismo moderado de

Griffith. El resto de sus integrantes destacaron más en los informes policiales que en

política, ya que el éxito de Redmond en Westminster hizo que los objetivos del Sinn Féin

parecieran innecesarios.

En 1912, Asquith introdujo el tercer Proyecto de Ley de Autogobierno del Partido

Liberal, habiendo conseguido aprobar un año antes la Ley del Parlamento que reducía el

poder de veto de la Cámara de los Lores a dos años. En ese momento, viendo que se había

salvado el último obstáculo hacia el autogobierno, los unionistas irlandeses se

desesperaron. El Proyecto de Ley de Autogobierno se aprobó tres veces en la Cámara de

los Comunes –en 1912, 1913 y 1914– y en todas las ocasiones fue rechazado en la

Cámara de los Lores. No obstante, según disponía la Ley del Parlamento, el proyecto de

ley automáticamente se convirtió en ley en 1914, recibiendo la aprobación del rey Jorge

V el 15 de septiembre del mismo año. La legislación estableció en Dublín un Parlamento

para toda Irlanda, en el que se controlaba todo tipo de asuntos excepto la defensa y la

política exterior. Parecía que al fin las aspiraciones de Grattan, O’Connell, Parnell y

Redmond se harían realidad. Sin embargo, seis semanas antes de que el rey firmara el

proyecto de ley para convertirlo en ley, a las 11 de la noche del 4 de agosto, el Reino

Unido declaró la guerra a Alemania. Todos los partidos estuvieron de acuerdo en que la

ley no se pusiera en práctica hasta que no se acabara la guerra.

A partir de 1910, otros acontecimientos habían amenazado con una guerra civil en el

Reino Unido debido al autogobierno irlandés e hicieron discutible en extremo la

conveniencia de introducir importantes cambios constitucionales al estallar la Primera

Guerra Mundial. Bajo el liderazgo desde 1910 del abogado de origen dublinés y diputado

por la Universidad de Dublín (nombre formal del Trinity College), sir Edward Carson

(1854-1935), en 1912 los unionistas irlandeses de Irlanda del Norte habían hecho el

juramento de luchar contra el autogobierno. Carson era tanto un brillante estratega como

un magnífico orador. En 1895 había aplastado a su compañero de clase Oscar Wilde en

un contrainterrogatorio durante un juicio por difamación contra el marqués de

Queensberry, que tuvo como consecuencia el encarcelamiento de Wilde por «ultraje

contra la moral pública». El 28 de septiembre de 1912 encabezó a los 471.413 unionistas

que firmaron el «Pacto y Liga Solemne del Úlster»:

Convencidos en nuestra conciencia de que el autogobierno sería desastroso tanto para el bienestar material

del Úlster como para toda Irlanda, subversivo para nuestra libertad civil y religiosa, destructivo de nuestra

ciudadanía y peligroso para la unidad del Imperio, nosotros, los abajo firmantes, hombres del Úlster, súbditos

leales de Su Majestad el Rey Jorge V, apoyándonos humildemente en Dios, en quien nuestros padres en

épocas de tensión y padecimientos confiaban, prometemos en un solemne pacto a lo largo de nuestro tiempo

de amenaza de calamidades, permanecer unidos para defender para nosotros mismos y nuestros hijos nuestra

preciada posición de igual ciudadanía en el Reino Unido y utilizar todos los medios que sean necesarios para

vencer a la presente conspiración de establecer un Parlamento de Autogobierno en Irlanda. Y en el caso de

que se nos impusiera dicho Parlamento, además prometemos solemne y mutuamente negarnos a reconocer su

autoridad.

Una vez más, se expresaba de manera clara la naturaleza condicional de la lealtad de

los norirlandeses. Negarían la autoridad del Parlamento a menos que este hiciera lo que

ellos querían. Haciendo aun más hincapié en esto, Carson llegó a establecer un «gobierno

provisional» para el Úlster que se iniciaría el día que el autogobierno entrara en vigor y,

159


en enero de 1913 (a través de la Orden de Orange), instituyó un semiejército, la Fuerza de

Voluntarios del Úlster (UVF), con la ayuda de lord Roberts, el comandante más

destacado de Gran Bretaña, que había recibido la Cruz de Victoria, la más alta

condecoración militar británica. La UVF estuvo bajo el mando de otro distinguido militar,

el general sir George Richardson, un veterano retirado del ejército británico en la India,

que tuvo a su cargo a más de 100.000 hombres instruyéndose y entrenándose de forma

regular a las pocas semanas de la formación de dicha fuerza. Entre suscripciones y

donaciones se creó un fondo de defensa que ascendió a más de un millón de libras y que

fue utilizado para comprar armas en Alemania. Casi dos meses y medio después de que

empezara la Primera Guerra Mundial, la noche del 24 de abril de 1914, la UVF

desembarcó de forma ilegal 24.000 rifles y 3 millones de balas en el puerto de Larne, en

el condado de Antrim, después de que se hubieran cortado las comunicaciones

telefónicas, se hubiera encerrado a la policía local y la ciudad hubiera sido tomada por

destacamentos de la UVF.

Las acciones de Carson y la UVF fueron claramente delictivas, si no traidoras, del

mismo modo que lo fueron las de los Jóvenes Irlandeses y los fenianos. Carson disfrutaba

del peligro que él mismo buscaba y del desafío que representaban sus actividades para el

gobierno. Dirigiéndose a un público londinense en 1912, antes de viajar a Belfast, dijo

que al llegar, tenía la intención de infringir todas las leyes posibles. «Me importa un

pimiento si es traición o no», declaró, «ni siquiera me acobardo de los horrores de la

conmoción civil. Soy un rebelde, un rebelde irlandés de Sussex y todos mis amigos del

Úlster son rebeldes». El gobierno de Asquith prefirió ignorar oficialmente a Carson y a la

UVF, no estando dispuesto a darles más notoriedad deteniéndolo o enfren​tándose de

forma abierta a ellos.

Los problemas del gobierno aumentaron con el vigoroso apoyo que Carson recibía del

Partido Conservador dirigido por Andrew Bonar Law (1858-1923), nacido en Canadá,

hijo de un ministro presbiteriano que había emigrado del Úlster. Bonar Law, en una

reunión conservadora en Blenheim Palace, Oxford, el 27 de julio de 1912, proclamó:

«Estoy dispuesto a apoyar al Úlster, y también lo está la inmensa mayoría del pueblo

británico, llegue hasta donde llegue su resistencia». Como consecuencia, Asquith no pudo

contar con el entendimiento político habitual que existía entre el gobierno y la oposición

en Gran Bretaña, ni con un apoyo político más amplio.

La extraordinaria actividad de los unionistas irlandeses, junto con las también

extraordinarias declaraciones por parte del Partido Conservador que se enorgullecía de su

respeto a la ley, fueron consecuencia de temores profundamente arraigados. Los

unionistas estaban convencidos de que una Irlanda unida y autogobernada debilitaría su

base económica y de forma directa amenazaría sus valores sociales. Junto con los

conservadores, también tenían miedo de que un autogobierno irlandés condujera a la

ruptura del Imperio al que tanta importancia emocional y política daban. Había estados en

la India y colonias africanas y de Extremo Oriente que tenían tanto derecho –y en algunos

casos más– como Irlanda a reclamar su autogobierno. Además, eran conscientes de la

amenaza de guerra que acechaba a Europa y veían el autogobierno como un peligro para

la moral británica. En aquel momento, estos eran argumentos de peso y tan solo un

hombre estaba dispuesto a hacerle frente a Carson, a los conservadores y a la UVF: el

miembro más joven del gabinete de Asquith, el primer lord del Almirantazgo, Winston

Churchill (1874-1965).

160


Winston Churchill era el hijo mayor de lord Randolph Churchill pero, a diferencia de

su padre, apoyaba con entusiasmo el autogobierno. En 1915, fue degradado del puesto

dentro del gabinete como parte del precio cobrado por los unionistas a cambio de haber

colaborado en la coalición en tiempos de guerra; seis meses más tarde abandonó el

gabinete por propia voluntad. En febrero de 1912 viajó a Belfast para hacer campaña en

contra de Carson y fue obligado a hablar en un campo fuera de la ciudad, al habérsele

negado el uso del Ulster Hall (donde su padre había jugado la carta orangista en 1886),

haber sido amenazado por una muchedumbre y haber sido quemado en efigie en Shankill

Road. El 14 de marzo de 1914, en Bradford, advirtió claramente a los unionistas y a los

conservadores que si realmente estaban implicados en una «conspiración de traición» y

no solo en una «cháchara irresponsable y sin sentido», entonces, dijo, «demos juntos un

paso hacia adelante y pongamos a prueba estos graves asuntos». Tres días antes, él mismo

había dado un paso adelante ordenando al 3.º Escuadrón de Batalla de la Marina Real

realizar maniobras a 60 millas de Belfast, en el estuario del Clyde, como muestra de

fuerza para impresionar a la oposición contra el gobierno.

Bajo su instigación, el gobierno también ordenó al teniente general sir Arthur Paget,

comandante en jefe de Irlanda, que se preparara para defender los depósitos de armas del

Úlster y para enviar tropas de refuerzo a la región. Paget, que tenía fama de ser muy

nervioso, opuso resistencia a estas instrucciones argumentando que podrían aumentar la

tensión en el Úlster y que los ferroviarios de la compañía Great Nort​hern Railway, todos

orangistas, se negarían a desplazar a las tropas. El 19 de marzo, en Londres, en una última

reunión para tratar estas órdenes, a Paget se le dijo que no fuera un «maldito loco»

después de que hubiera reconocido de forma agresiva sus tendencias unionistas. No

obstante, consiguió el acuerdo verbal de sir John French, jefe del Estado Mayor General

del Imperio, de que a los oficiales domiciliados en el Úlster se les permitiría

«desaparecer», estando el resto de los oficiales obligados a obedecer las órdenes.

Al día siguiente, en Dublín, Paget convocó a sus oficiales y les dio una versión muy

adornada de sus instrucciones, refiriéndose al gobierno como «esos cerdos» y ofreciendo

una visión de inevitable derramamiento de sangre en el Úlster como consecuencia de sus

decisiones. Esa misma tarde, en el campamento militar de Curragh, a 40 kilómetros de

Dublín, el general de brigada sir Hubert de la Poer Gough, sus tres coroneles y 55

oficiales de la 3.ª Brigada de Caballería notificaron a Paget que dimitirían antes de

enfrentarse a los unionistas del Úlster. Tres días después, en Londres, sir John French y el

general de división (posteriormente mariscal de campo) sir Henry Wilson, jefe de

operaciones en el Ministerio de la Guerra, aseguraron a Gough y a sus tres coroneles que

las tropas bajo su mando «no serían convocadas para hacer cumplir el presente Proyecto

de Ley de Autogobierno en el Úlster, y que así podemos garantizárselo a nuestros

oficiales».

Wilson, que era unionista fanático, indebidamente mantuvo informados a Carson y a

Bonar Law de los planes del gobierno, y cuando sir John French le dijo

confidencialmente que el gobierno se proponía «disponer tropas por todo el Úlster como

si fuera una huelga del carbón en Pontypool», Wilson informó a sus correligionarios. El

primer ministro Asquith negó la promesa que se le había hecho a Gough y a sus oficiales,

y French y el ministro de la Guerra, el coronel J. E. B. Seely, dimitieron, aceptando la

responsabilidad de dicha promesa. Pero el daño ya estaba hecho: se había creado la

impresión de que el ejército británico no era de fiar a la hora de cumplir con su deber, si

161


ello implicaba oponerse a los unionistas en Irlanda.

La «Rebelión de Curragh», como se llegó a llamar a estos acontecimientos, redujo la

fuerza de Churchill y el empeño del gobierno de poner en práctica el autogobierno, al

disminuir la posibilidad de una acción militar contra la UVF. En los Estados Unidos, el

presidente Woodrow Wilson declaró que Carson «debía ser ahorcado por traidor», pero

todo lo que Asquith pudo decir fue: «Rara vez me he sentido tan desesperado en un

asunto práctico».

De forma similar, Redmond y el Partido Irlandés prefirieron que el gobierno liberal de

Asquith tratara directamente con los unionistas irlandeses, depositando su confianza más

en el poder legislativo que en el proceso político y negándose a transigir en el principio de

autogobierno para toda Irlanda consagrado en el Proyecto de Ley de gobierno de Irlanda

de 1912-1914. Mientras Carson y sus seguidores estaban, a su pesar, dispuestos a aceptar

en la práctica el autogobierno para la mayor parte del país a cambio de la «opción de los

condados» (a través de la cual los condados con poblaciones mayoritariamente unionistas

–los cuatro condados de Down, Antrim, Armagh y Londonderry, al nordeste del país–

podían optar por no ser parte de una Irlanda autogobernada y seguir siendo regidos

directamente por Westminster), el Partido Irlandés sostenía que los unionistas estaban

faroleando y que aceptarían el autogobierno para toda Irlanda una vez que se hubiera

puesto en práctica. Habiendo resistido con éxito la amenaza que suponían los

nacionalistas radicales del Sinn Féin, después de 1912 el Partido Irlandés estaba más

preocupado por conseguir el autogobierno, haciendo caso omiso en este proceso de las

consecuencias del malestar social evidenciado por las actividades de James Larkin (1876-

1947) y el cierre patronal de 1913 en Dublín.

«Tengo la misión divina», proclamó Larkin, «de hacer que los hombres y las mujeres

estén descontentos», lo cual le proporcionaba una gran satisfacción personal. También

encontró muchas razones para esta manifestación en los barrios bajos de Dublín: un tercio

de los 350.000 habitantes de la capital vivían hacinados en casas de una sola habitación,

sin luz, agua ni saneamientos. La tasa de desempleo era muy elevada (una media del 15

por 100) e incluso para los que tenían un trabajo, el salario medio era de una libra

semanal –un 12,5 por 100 por debajo de la línea de pobreza–. Los trabajadores no

cualificados (el grupo más numeroso de los que trabajaban) cobraban apenas unos 12

chelines a la semana. Las enfermedades, especialmente la tuberculosis, estaban muy

extendidas y la tasa de mortalidad entre 1901 y 1911 era la más alta de todas las ciudades

europeas: una media del 24,7 por mil en comparación con el 17,3 por mil del país en su

conjunto.

No es de extrañar que dadas estas circunstancias, el «Gran Jim» Larkin pronto reuniera

a una multitud que le seguía en sus proyectos sindicales y socialistas. Fue un sindicalista

práctico que consideraba que para que el movimiento sindical consiguiera el control de

los medios de producción, la lucha de clases era más efectiva mediante huelgas y

movilizaciones que a través de la política convencional. «Soy un rebelde e hijo de un

rebelde», declaró, «y no reconozco ninguna ley más que la ley del pueblo». En 1909

fundó el Sindicato General Irlandés de Trabajadores y Transportes (ITGWU) con su

oficina central en Liberty Hall, Dublín. A partir de 1910, estuvo ayudado por James

Connolly (1868-1916), el número dos de la organización. Ambos habían nacido en Gran

Bretaña de padres irlandeses –Larkin en Liverpool y Connolly en Edimburgo– y cada uno

hablaba con el acento de su lugar de nacimiento, lo que a menudo provocaba risas entre

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sus seguidores irlandeses. No obstante, a los cuatro años de haberse fundado el ITGWU,

Larkin y Connolly habían conseguido mejorar el sueldo y las condiciones laborales de

muchos de sus partidarios. En 1911, fundaron un periódico semanal, The Irish Worker,

que tenía una tirada media de 20.000 ejemplares y que fue demandado por difamación

siete veces en su primer año de publicación. También atrajo la atención de la División

«G» de la Policía Metropolitana de Dublín, tanto por sus tendencias socialistas como

nacionalistas.

Esta combinación de socialismo y nacionalismo fue la que distinguió especialmente a

Larkin y a Connolly de otros socialistas europeos y británicos de aquella época. Además,

influyó de forma notoria en el posterior desarrollo del socialismo irlandés, que no había

sido capaz de desvincularse del nacionalismo irlandés e identificarse con un mayor

internacionalismo socialista. «Nacionalismo sin socialismo», escribió Connolly, «sin una

reorganización de la sociedad sobre la base de una forma más amplia y más desarrollada

de esa propiedad común que sostenía a la estructura social de la Antigua Erín, es

solamente deslealtad nacional». Fundamentalmente, tanto Larkin como Connolly eran

más nacionalistas que socialistas. En un artículo de Connolly publicado el 8 de abril de

1916 en The Workers’ Republic (sucesor de The Irish Worker, que había sido prohibido

por el gobierno en 1915), esta mayor lealtad nacionalista se hacía evidente:

La causa de los trabajadores es la causa de Irlanda y la causa de Irlanda es la causa de los trabajadores. No

pueden desunirse. Irlanda busca la libertad. Los trabajadores buscan que una Irlanda libre sea la única dueña

de su propio destino, propietaria suprema de todas las cosas materiales dentro y encima de su tierra.

Otros nacionalistas veían este punto de vista con gran desconfianza y los trabajadores

unionistas del Norte lo consideraban risible. El ITGWU siguió siendo esencialmente

dublinés, desafiliado de 1909 a 1911 de la Confederación de Sindicatos Irlandeses, y

disfrutaba de la antipatía de los líderes del Partido Parlamentario Irlandés (muchos de los

cuales eran empresarios dublineses), así como de Arthur Griffith y de su Sinn Féin.

Griffith criticó la política y las huelgas del ITGWU, a las que veía como ataques al

crecimiento del capitalismo irlandés que él consideraba como la base de la independencia

nacional. En particular, el cierre patronal dublinés llevado a cabo contra miembros del

ITGWU en 1913 alentó a Griffith a un ataque abierto.

El cierre patronal dublinés contra miembros del ITGWU fue organizado por un

partidario de los elementos más conservadores del Partido Irlandés, William Martin

Murphy (1844-1919), un magnate del ferrocarril y los tranvías, para provocar el fracaso

del sindicato. En agosto de 1913, bajo la dirección de Murphy, la Federación de

Empresarios que él mismo había fundado exigió a sus trabajadores el compromiso escrito

de que no se afiliarían al ITGWU ni a cualquier otro sindicato. Los que se negaron fueron

despedidos. El cierre patronal duró seis meses, afectando a 25.000 trabajadores y a otras

25.000 personas a cargo de estos. Larkin y Connolly fueron censurados desde casi todos

los frentes, siendo solo apoyados por algunos de los nacionalistas más radicales, como

Pearse, y por destacados miembros de la sociedad, como la condesa Markievicz y el

artista William Orpen.

Una investigación oficial criticó a los empresarios por imponer restricciones

antisindicales, así como a Larkin por su táctica favorita de huelga solidaria. La Iglesia

católica condenó a los trabajadores afectados por el cierre patronal y al «larkinismo». La

Confederación de Sindicatos Británicos, aunque ayudó a mantener a las familias de los

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miembros del ITGWU, se negó a convocar huelgas solidarias. Griffith fomentó el

desacuerdo entre los trabajadores al acusar a Larkin y a Connolly de seguirle el juego a

Inglaterra. Según Griffith, su «nuevo sindicalismo» había sido importado de Inglaterra y

el cierre patronal confirmaba su postura de que ellos eran «doctrinarios cuyo primordial

mensaje para el hombre es abandonar a su Dios, su país, su familia y sus propiedades, y

ser feliz».

En febrero de 1914, el ITGWU se derrumbó y los hombres volvieron a su trabajo

aceptando las condiciones de los empresarios. Ocho meses después Larkin se marchó a

los Estados Unidos para recaudar fondos. Allí permaneció durante nueve años,

dedicándose de lleno a las actividades sindicales y saboteando los cargueros que salían

para Gran Bretaña durante la Primera Guerra Mundial. Estas actividades le costaron que

lo encarcelaran en la prisión de Sing Sing. Salió en libertad en 1923, volviendo a Dublín,

donde fue recibido triunfalmente, y pasó el resto de su vida inmerso en la política tanto

del sindicalismo irlandés como del Partido Laborista Irlandés.

Durante el cierre patronal, Connolly había formado el «Ejército Ciudadano Irlandés»

(ICA) para proteger a los piquetes en sus confrontaciones con la policía. Después de que

Larkin se marchara a los Estados Unidos, lo que quedó del ITGWU y del ICA pasó a

estar bajo control directo de Connolly. Con la ayuda de organizadores entregados (uno de

los cuales fue el dramaturgo Sean O’Casey), Connolly se dedicó a forjar un nuevo

movimiento sindical fuertemente nacionalista y sus llamamientos por una rebelión

armada contra el dominio británico se hicieron cada vez más estridentes. La bandera de su

ICA tenía unas estrellas y un arado plateados sobre un fondo verde: el arado simbolizaba

la dignidad de los trabajadores, las estrellas las esperanzas del hombre y el verde la

nación, Irlanda. Parte de la esperanza de Connolly era ofrecer un equivalente socialista y

nacionalista a la Fuerza de Voluntarios del Úlster a través de la ICA, unos planes en los

que fracasó, ya que la ICA siguió siendo una fuerza minúscula, aunque estrechamente

unida, compuesta por poco más de doscientos hombres. Fue otra organización, los

Voluntarios Irlandeses, no socialista, la que se convirtió en el equivalente nacionalista de

la Fuerza de Voluntarios del Úlster.

En octubre de 1913, como reacción a la evolución de la UVF, los nacionalistas crearon

una Fuerza de Voluntarios de la región central del país (MVF) en Athlone. Denis Moran

(1872-1936), director y propietario de The Leader, un periódico nacionalista de gran

influencia (había encabezado la virulentas críticas contra Synge en 1907, por su obra

Playboy of the Western World), fue uno de los primeros en darse cuenta de la importancia

de la MVF y utilizó las columnas de su periódico para promover la creación a lo largo de

todo el país de «compañías de voluntarios irlandeses» basadas en el modelo de la MVF.

La idea fue recogida por Bulmer Hobson de la IRB, y los líderes de esta sociedad

decidieron intentar crear dicha fuerza del mismo modo que habían creado la Asociación

Atlética Gaélica: permaneciendo ellos mismos en un segundo plano, pero controlando la

organización a través de dóciles testaferros.

Casi inmediatamente, se presentó de forma inocente un testaferro: Eoin MacNeill

(junto con Douglas Hyde, uno de los fundadores de la Liga Gaélica). MacNeill, el 1 de

noviembre, con independencia total de la influencia de la IRB, había publicado un

artículo titulado «El Norte lo empezó» en el periódico de la Liga Gaélica An Claidheamh

Soluis (La espada de la luz o La espada llameante). En dicho artículo, MacNeill alababa

la fundación de la UVF como ejemplo a seguir por los nacionalistas, con objeto de que el

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autogobierno irlandés no fuera impedido por la militancia unionista. A los pocos días,

representantes de la IRB se pusieron en contacto con él para proponerle que formara y

dirigiera una organización de Voluntarios Irlandeses con su ayuda secreta. MacNeill

aceptó. El 25 de noviembre se fundaron los Voluntarios Irlandeses en el Rotunda Rink de

Dublín, con Eoin MacNeill como líder. Desde el principio, MacNeill dejó claro que el

objetivo de sus voluntarios era «lograr y mantener los derechos y libertades comunes a

todo el pueblo de Irlanda». Apoyaba al Partido Irlandés y prometió no utilizar a los Vo​luntarios

Irlandeses contra los intereses del partido. El lema de los Volun​tarios, «Defensa,

no desafío» (el mismo lema que tenían los voluntarios de 1779), resumía de forma

apropiada el punto de vista antirrevolucionario y constitucional de MacNeill, que tuvo

como resultado unas consecuencias muy graves para la IRB y sus planes directamente

revolucionarios.

[1] Freeman’s Journal, 14 de marzo de 1891.

165


5

Alzamiento

Con la formación de los Voluntarios Irlandeses, se dio un gran empuje a las esperanzas

revolucionarias de la IRB. Durante cuarenta años la sociedad había intentado en vano

movilizar a la opinión pública y atraer a más de unos cuantos miembros. Con el cambio

de siglo, había perdido gran parte de su sentido y sus miembros parecían más

preocupados por los detalles de la política municipal dublinesa que por la causa de la

independencia irlandesa.

En diciembre de 1907, Thomas Clarke (1858-1916) fue enviado desde los Estados

Unidos por el viejo feniano John Devoy para reactivar la IRB. El padre de Clarke era

miembro de la Iglesia de Irlanda y también soldado (llegó al rango de sargento) de la

Artillería Real británica. Su madre era católica y, aunque el matrimonio de sus padres fue

anglicano, Clarke fue bautizado católico en Parkhurst, en la isla de Wight, donde su padre

estaba destinado cuando él nació. En 1880, emigró a los Estados Unidos y se unió al Clan

na Gael. Tres años después, regresó a Inglaterra para tomar parte en la fallida campaña

feniana para dinamitar instalaciones policiales y militares. Fue detenido y sentenciado a

quince años de cárcel. A su liberación, se le hizo ciudadano de honor de la ciudad de

Limerick antes de que regresara a los Estados Unidos en 1899. Cuando volvió a Irlanda

en 1907, se radicalizó en su propósito de lanzar otra rebelión irlandesa utilizando la IRB y

el apoyo económico del Clan na Gael.

Clarke pronto reunió a su lado a un grupo de jóvenes de la IRB, también con gran

dedicación, que mayoritariamente (como Bulmer Hobson) procedían del Norte. Uno de

ellos, Sean MacDermott (1884-1916), camarero en Belfast, se convirtió en director

comercial de un periódico financiado por la IRB, Irish Freedom, fundado en 1910 por

Clarke para actuar como vehículo de opinión de los nacionalistas radicales. En 1912,

Clarke era tesorero y MacDermott secretario de la IRB, que por entonces podía

enorgullecerse de contar con 1.500 miembros, todos dispuestos a rebelarse. Al año

siguiente, con la creación de los Voluntarios Irlandeses, los miembros de la IRB formaron

un núcleo activista de compañías voluntarias por todo el país. Miembros de la IRB –sin el

conocimiento de MacNeill– consiguieron la mayor parte de los principales cargos de la

organización y de hecho pasaron a controlarla. Sin embargo, este control no duró mucho.

En diez meses, más de 180.000 hombres se habían enrolado en los voluntarios,

forzando así a Redmond y al Partido Irlandés a tomar parte. Redmond temía que los

voluntarios olvidaran su lema y se sublevaran o emprendieran algún tipo de acción

desafiante que alterara los planes de autogobierno, y también temía que pudieran

convertirse en una fuerza política que tuviera más atractivo para el pueblo irlandés que el

propio Partido Irlandés. En consecuencia, exigió el control de la organización. El 15 de

junio de 1914, la comisión provisional de los voluntarios (el órgano gobernante) decidió

por dieciocho votos a nueve aceptar la exigencia de Redmond, ya que de otra forma se

produciría una división y una lucha entre facciones que solo conseguiría menoscabar su

propósito de lograr que el autogobierno se llevara a la práctica. La IRB había perdido el

control.

Clarke y MacDermott estaban furiosos, en particular debido a que Hobson y otros

cinco miembros de la IRB habían votado a favor de la exigencia de Redmond en la

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comisión provisional. Hobson argumentó que ya que la enorme popularidad de Redmond

le garantizaría el control de la masa de voluntarios, ocurriera lo que ocurriera, era mejor

dejarse llevar por el impulso y mantener cualquier posible ímpetu revolucionario desde

dentro. Clarke y MacDermott acusaron a Hobson de haber traicionado a la IRB: «Cuando

exigieron saber cuánto me había pagado Redmond por vender a los voluntarios, me di

cuenta de que no podía discutir sobre política a ese nivel ni trabajar con gente que pensara

así. Me llevé una gran decepción al comprobar que una persona tan sincera y leal tuviera

una mente tan mezquina». Desde ese momento, la IRB se hizo todavía más reservada, de

forma que Clarke y MacDermott solo confiaban en un círculo reducido, con lo que se

desarrolló una sociedad secreta dentro de una sociedad secreta.

Poco después del estallido de la Primera Guerra Mundial, el 9 de septiembre, Clarke

concertó una reunión con algunos de los líderes nacionalistas más radicales (entre los que

se encontraban Connolly y Griffith, pero no MacNeill) en Dublín. Todos estuvieron de

acuerdo en que las dificultades que afrontaba Inglaterra suponían una oportunidad para

Irlanda, y que había que sacar partido de la guerra lanzando otro levantamiento nacional.

Los Voluntarios Irlandeses constituían evidentemente el mayor grupo potencialmente

rebelde, en particular desde que de forma espectacular se armaran en los últimos días de

julio de 1914 con rifles y munición sacados clandestinamente de Alemania por Erskine

Childers (1870-1922) en su yate, el Asgard.

Erskine Childers fue uno de los hombres más brillantes de su generación. Había

trabajado en la Cámara de los Comunes tras aprobar los exámenes para acceder al

funcionariado en 1894 con la tercera mejor nota. Era un experto navegante y fue autor de

un libro enormemente popular e influyente, The Riddle of the Sands [El enigma de las

arenas] (1903), basado en su propia experiencia náutica en el mar del Norte. El libro

ofrecía una versión ficticia de los planes alemanes para invadir Inglaterra y fue citado en

el periodo previo a la Primera Guerra Mundial por los que estaban convencidos de que

Gran Bretaña no estaba preparada militarmente para la guerra. Él mismo llegó a

convencerse de la justicia del autogobierno para Irlanda y, en el verano de 1914, recaudó

junto a su amigo sir Roger Casement (1864-1916) 1.500 libras que utilizaron para

comprar 1.500 rifles y 45.000 cartuchos en Alemania y Bélgica. El 26 de julio de 1914,

Childers llevó el Asgard hasta el puerto de Howth, en las afueras de Dublín, cargado con

900 rifles y 26.000 cartuchos. En una operación muy cuidadosamente planeada, 800

voluntarios dublineses desembarcaron el cargamento de Childers. (Una semana después,

otro amigo navegante de Childers llevó el resto de los rifles y los cartuchos a Kilcoole, en

el condado de Wicklow.)

Mientras los voluntarios dublineses marchaban de vuelta a la ciudad con sus nuevos

rifles, fueron detenidos por una fuerza conjunta de la Policía Metropolitana de Dublín

(DMP) y la Guardia Fronteriza Escocesa del Rey, que consiguieron confiscar solo 19

rifles a los voluntarios, quienes se dispersaron rápidamente. Los soldados y la policía

fueron abucheados por la muchedumbre de los barrios bajos mientras regresaban a

Dublín. En Bachelor’s Walk, la Guardia Fronteriza sintió pánico y comenzó a disparar

contra la muchedumbre, matando a tres personas e hiriendo a 32 más. Los funerales de

estas víctimas tuvieron gran resonancia y se celebraron misas en su honor en las iglesias

de todo el país. Una investigación sobre los incidentes censuró a los oficiales y provocó la

destitución del subinspector de la policía.

Los diferentes grupos que de una forma u otra se vieron involucrados en estos

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acontecimientos aprendieron lecciones diferentes. La policía y la administración pensaron

que era probable que el gobierno sancionara los actos de firmeza contra los voluntarios, lo

que contribuyó a la facilidad con la que los voluntarios se entrenaban y desfilaban incluso

después de iniciada la Primera Guerra Mundial. Los voluntarios vieron confirmadas sus

sospechas de que mientras las autoridades estaban dispuestas a arrestar (y disparar) a los

nacionalistas irlandeses, aunque no a actuar contra los unionistas irlandeses implicados en

similares proyectos militaristas y tráfico de armas.

Carson y Redmond dejaron a un lado sus diferencias con el estallido de la guerra y

apoyaron la lucha por la «libertad de pequeñas naciones» contra Alemania. De forma

especial se permitió que la Fuerza de Voluntarios del Úlster se enrolara en masa en el

ejército británico en