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Administradores<br />
Todo le pertenece a Dios,<br />
solo somos administradores<br />
En medio de un tiempo de<br />
extrema gratitud, David eleva<br />
una alabanza al Señor, como<br />
lo hacía en tantas otras ocasiones, por su<br />
grandeza, su poder, su gloria, su victoria<br />
y su majestad. Y en esa presencia<br />
gratificante con el Dios Todopoderoso<br />
levanta una gran interrogante: “Pero<br />
¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para<br />
que podamos darte algo a ti? ¡Todo lo<br />
que tenemos ha venido de ti, y te damos<br />
solo lo que tú primero nos diste!” (1 Cr<br />
29:14). De esta gran verdad bíblica nace<br />
uno de nuestros valores que destacamos<br />
con la letra A (administradores) en<br />
nuestro acrónimo <strong>COMPRUEBA</strong>.<br />
Todo le pertenece a Dios, solo somos<br />
administradores.<br />
La administración, como casi<br />
todas las ciencias y disciplinas, nos<br />
puede enseñar. La realidad es que<br />
todos los días podemos aprender<br />
de una manera práctica a ser un<br />
verdadero administrador. En el deber<br />
y compromiso de llevar adelante la<br />
obra que el Señor ha puesto a nuestro<br />
cuidado, descubrimos la inevitable<br />
necesidad de realizar una magnífica<br />
administración, con el objetivo de<br />
que el mensaje de fe tenga respaldo y<br />
apoyo, especialmente en este tiempo y<br />
en nuestro país, donde las virtudes que<br />
debe exhibir el administrador están en<br />
pleno deterioro.<br />
La Iglesia, como grupo de<br />
creyentes en Jesucristo cuyo desarrollo<br />
doctrinal y práctico depende de las<br />
Sagradas Escrituras y del poder del<br />
Espíritu Santo, está fundada sobre<br />
bases administrativas. Nuestro Señor<br />
Jesucristo, el administrador por<br />
excelencia, sentó las bases de una<br />
verdadera mayordomía para su Iglesia<br />
cuando multiplicó los panes y los peces<br />
y no desperdició lo que quedó. En<br />
una ocasión quedaron siete canastas y<br />
en otra doce cestas (Jn 6:12). En cada<br />
oportunidad que se presentaba adiestró<br />
a sus discípulos a administrar.<br />
En su carta a los corintios el apóstol<br />
Pablo resalta que el siervo de Dios debe<br />
ser un buen administrador: “Así que, a<br />
Apolos y a mí, considérennos como simples<br />
siervos de Cristo, a quienes se nos encargó<br />
la tarea de explicar los misterios de Dios.<br />
Ahora bien, alguien que recibe el cargo de<br />
administrador debe ser fiel” (1 Co 4:1-<br />
2). Aquí se establecen tres principios<br />
fundamentales. Primero, que para ser<br />
administrador de los misterios de Dios<br />
es necesario iniciarse como servidor<br />
de Cristo. Segundo, que los misterios<br />
de Dios, es decir, la Iglesia con todos<br />
sus factores divinos y humanos, es un<br />
cuerpo administrable. Tercero, que el<br />
requisito por excelencia para participar<br />
en tal administración es la fidelidad.<br />
Etimológicamente, la palabra<br />
administrar viene del latín ad +<br />
ministrare (servir), de modo que<br />
el que administra es un servidor.<br />
El mayordomo es responsable de<br />
administrar lo que le ha sido confiado;<br />
no puede hacer lo que quiere, sino que<br />
deberá ser fiel. El ejemplo de José sobre<br />
la casa de Potifar es significativo (Gn<br />
39:4-6).<br />
La Biblia, que es fuente inagotable de<br />
toda sabiduría, abunda en información<br />
y ejemplos sobre la organización y el<br />
orden en materia administrativa. En la<br />
creación, por ejemplo, Dios muestra su<br />
capacidad administrativa planificando,<br />
ejecutando, organizando y evaluando<br />
cada etapa creativa realizada. Nadie y<br />
nada escapa de su control divino, y para<br />
la ejecución de su soberana voluntad<br />
utiliza poderes, leyes, elementos y<br />
factores que lo representan y obedecen.<br />
La evaluación de su obra se halla en las<br />
siguientes palabras: “Y vio Dios que todo<br />
era bueno en gran manera...” (Gn 2:31).<br />
Ahora bien, en cuanto a la<br />
administración de los fondos de la<br />
Iglesia, aunque resulte obvio, es bueno<br />
señalar que la autoridad final reside en<br />
el Señor, quien es la cabeza de la Iglesia.<br />
Los hermanos ofrendan y diezman a<br />
Dios. El dinero de las iglesias es de Él.<br />
Por supuesto, todo es suyo, pero los<br />
diezmos y las ofrendas son dedicados<br />
específicamente a Dios y deberán<br />
administrarse conforme a<br />
los propósitos<br />
señalados por<br />
Él. Ninguna<br />
organización,<br />
grupo jerárquico<br />
o individuo debe<br />
creerse dueño del<br />
dinero de la Iglesia ni administrar dichos<br />
fondos con arbitrariedad, parcialidad,<br />
individualismo o desorden. Quienes<br />
administran deben hacerlo con la clara<br />
conciencia de que son mayordomos<br />
y no dueños, y proceder siempre con<br />
integridad, honradez, imparcialidad<br />
y orden. La Iglesia es una verdadera<br />
institución administrable.<br />
La administración sana, desde la<br />
perspectiva del creyente, no solo incluye<br />
aspectos financieros, sino que también<br />
incorpora otras variantes como la<br />
mayordomía del cuerpo, del tiempo y<br />
de la familia.<br />
La Biblia es muy descriptiva en<br />
cuanto al abuso del cuerpo (Santiago<br />
3:6-8; 2 Pedro 2:14). Las personas que<br />
no reconocen a Dios como el dueño<br />
de sus vidas se maltratan físicamente.<br />
<strong>No</strong> obstante, el creyente reconoce<br />
a Dios como el dueño de su físico.<br />
28 <strong>SOMOS</strong> AGO/OCT 2017