La sirena varada: Año 1, Número 1

editorialdreamers

El primer número de La sirena varada: Revista literaria bimestral.

SOBRE

· NOIR · CIENCIA FICCIÓN · TERROR ·

La sirena varada

R E V I S T A L I T E R A R I A

es una publicación de

EDITORIAL DREAMERS

libros digitales, gratuitos y legales

edición original: julio 2017

reedición: julio 2018

LA SIRENA VARADA: REVISTA LITERARIA BIMESTRAL

Año 1, N°1, Junio-Julio de 2017 es una publicación

bimestral editada por Digital Robotic Entity Assembled

for Masterful Editing and Rational Sabotage S.A.S. de C. V.:

Tlalnepantla de Baz, C.P. 54170, Estado de México, México.

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Director y editor responsable: José Luis Vázquez

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Ilustraciones: The British Library’s collections

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embargo, la editorial respalda todas las opiniones al

aceptar su aparición en esta revista.

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FOR MASTERFUL EDITING AND

RATIONAL SABOTAGE S.A.S. DE C.V.

todos los derechos reservados

ESTE

NÚMERO

Me fue sumamente complicado

escribir esta editorial, no porque

no tuviera un tema en específico

para escribir, al contrario, quería hablar

de lo complicado que el negocio de la

literatura se ha vuelto en los últimos

tiempos, la fuerte competencia que

existe en el mundo editorial así como

las prácticas desleales que día a día

tenemos que soportar todos aquellos

quienes nos dedicamos a esto.

Sin embargo, por mucho interés que

pudieran generar esos temas, consideré

más importante hablar, en esta

primera editorial, de todas las alegrías

que gracias a mi trabajo como editor he

podido conocer.

No es un secreto para nadie que la

publicación de un libro es una de las

empresas más difíciles para cualquier

autor, ya no se diga para los autores nóveles;

aún así eso no les impide querer

alcanzar el sueño de poder tener en sus

manos todas aquellas noches en vela,

todas las fiestas familiares a las que tuvieron

que faltar, las citas con sus respectivas

parejas canceladas, y todo lo

demás de lo que un autor tiene que privarse

materializadas en tinta y papel.

En todos estos años, que tampoco

son tantos, he aprendido que la prioriodad

de una buena cantidad de autores

es que no se quede en el olvido

todo aquello que han escrito; que los

lectores disfruten sus obras de la mis-


ma forma que los autores disfrutaron

al realizarlas. Podrá sonar a cliché y, de

cierta forma, lo es pero ¿no es acaso el

deseo de todo hombre que su trabajo

se reconozca como es debido?

Puedo atreverme a decir que tal vez

la mayor alegría que cualquier editor

pueda tener es la de ayudar a un autor

a que se realice ese sueño. Por lo menos

ese es mi caso, y es esa sensación

de satisfacción y alegría la que me ayuda

a levantarme todas las mañanas.

Por esa razón nació esta revista; para

brindar un espacio a todos aquellos autores

que no quieren ser silenciados y

que tienen mucho que decir. No importa

si son muy jóvenes o si ya han recorrido

un largo camino en el mundo de

las letras, este espacio, en el cual se ha

puesto sangre y corazón, es para todos.

No puedo dejar de agradecer a todos

los autores que participaron en

la primera convocatoria, tanto a los

que aparecen en este número, como a

aquellos que no fueron seleccionados,

pues gracias a ellos he aprendido que

el arte, en específico la literatura, y

todos los espacios similares a este no

morirán nunca.

Siempre habrá alguien que deseé

compartir aquello que ama.


19

DRÁCULA:

30

LAS FIGURAS

DE REPETICIÓN

CARLOS FUENTES Y

JOSÉ EMILIO

PACHECO

EL SÍ

DE LA

EN

NARRATIVA

06 - SUPERHEROICO METROPOLITANO

10 - ATRÁS DEL VIEJO SAGUÁN

14 - LAS LLORONAS

22 - EL GRAN FANTASMA

24 - EMPEZAR UNA NUEVA VIDA

28 - VIAJE A LA ISLA SIN NOMBRE

34 - LA MUERTE DE FLORINDO GONZÁLEZ

36 - LA PUJA GANADORA

40 - VIDA DE CAMPO

50 - EXTRAÑAS CRIATURAS

54 - TIEMPO MUERTO

58 - NOCHE DE BRUJAS

66 - EL ÚNICO TESTIGO

70 - BESTIA

74 - LINEA DE VIDA

82 - EL DÍA QUE CONOCÍ

A PEPE EL ESCARABAJO

86 - LAS CHICAS-LEÓN

90 - LA NAVIDAD 2098 DE KAREN

98 - UN CASO DIFÍCIL

102 - XIU, DE ÉPSILON CUATRO

106 - LA FÁBRICA


62

NDROME

PÁGINA

BLANCO

78

QUÉ ES EL TEATRO

LITERATURA Y

ACCIÓN

94

SOBRE LA

ESCASA LECTURA

EN MÉXICO

44

108

CRÓNICAS

ANTROPOLÓGICAS

PRESENTA:

LA CANCION LITERARIA

CASA DEL

MIGRANTE


6

SUPERHEROICO

METROPOLITANO

Por Ernesto Molina


Fragmento editorial del diario El sol

tapatío:

No quiero que los lectores me malinterpreten,

¡amo esta ciudad! Pero de

la misma manera que un padre amoroso

corrige a su pequeño cuando se pone

en peligro a sí mismo, es mi deber civil

hacer obvio que nuestras fuerzas del

orden se han visto obsoletas ante esta

nueva ola de crímenes inspirados en la

industria del cómic.

Me pregunto si Hollywood con sus

películas de Batman y los Vengadores

a finales de la década del 2010 habría

supuesto que las grandes ciudades se

saturarían de peligrosos imitadores los

cuales se han ido tropicalizando hasta

generar un mythos urbano representado

enfermizamente en nuestra ZMG

por El Esperpento: este delincuente

nocturno que atraviesa los tejados y

alcantarillas de la ciudad vestido con

una máscara negra de luchador y una

katana a la espalda.

Enrique lo reconoció justo al verlo.

Habían pasado por lo menos siete

años y solamente pudo ver su rostro

dos veces: en el atraco a centro joyero

y cuando se entregó después de lo

de Secuaz-X, pero era el rostro que no

puedes olvidar, el rostro de tu archienemigo,

o mejor dicho de tu ex-archienemigo.

Pensó en irse sin llamar su

atención, ahora era presidente municipal,

la prensa desacredita todos sus

actos y un pepenador de Santa Tere no

entra en la lista de buenas compañías.

Por otro lado, ¿cuándo había sido la

última vez que había hablado con alguien

igual a él?

—¡Sandoval! —gritó Enrique—. ¿Eres

tú? —antes de levantar la vista el hombre

verificó donde estaban sus respectivas

bolsas de reciclados.

—Disculpe, señor, ya me voy —se disculpó

el vagabundo—. Solo déjeme llevarme

las latas y me iré.

—¿De qué estás hablando? ¡Soy Enrique

Rivas! Yo era el Condor de fuego,

peleamos un montón de veces cuando

la crisis de los enmascarados.

Como otro síntoma de la enfermedad

que aqueja a nuestra ciudad, nuestros

problemas se complementan con

la aparición de El Condor de Fuego,

un autonombrado archinémesis de El

Esperpento, ronda a escondidas nuestra

ciudad con un traje de bombero y

un lanzallamas de fabricación casera,

duermo cada noche con el miedo a tener

que dedicar este espacio editorial a

la catástrofe que aquel desequilibrado y

su juguete infernal causarán de un momento

a otro.

—Yo no sé de qué habla usted —el

presunto exenmascarado tomó sus bolsas

y se alejó del trajeado—. Yo nunca

supe nada del Condor de fuego, ni del

Esperpento, ni de los Moxxys.

—¡Te reconozco! —gritó Enrique—. Vi

tu rostro cuando peleamos en el atraco

al centro joyero, te había rociado la máscara

con hexano líquido y Secuaz-X…

—Su nombre era Sombra Plateada

—Humberto Sandoval se había

dado la vuelta y encaraba a su antiguo

archinémesis.

—Todos la conocíamos como Secuaz-X,

¿qué importa eso ahora?

Los guardaespaldas del presidente

municipal se bajaron de la camioneta

con intención de evitar que aquel pepenador

se acercara más a su patrón.

—Te diré lo que importa —Sandoval

vio a los guardaespaldas y guardó su

distancia. En una ciudad donde los policías

podían dispararte por «argumento

de apariencia» nadie dudaría que el

7


pepenador exconvicto puso en riesgo

al presidente municipal—. Ella era paramédico,

estudió cuatro años para

que dos semanas antes de que le dieran

su diploma se autorizara la ley de

reglamentos tradicionales.

En una achacosa muestra de los otros

males que aquejan a Guadalajara, comunidades

que deberían haber sido

eliminadas de cualquier burgo saludable

como la LGBT y los inmigrantes

chinos comienzan a tener sus propios

enmascarados.

Por ejemplo, las mujeres (que en mi

humilde opinión debieron quedarse con

sus hijos en la cocina) ahora se sienten

representadas con Secuaz-X, una hembra

a la que se le ha visto en ocasiones

con El Esperpento, a pesar de que se autobautizó

con otro nombre, la prensa le

ha adoptado con su ya conocido mote,

puesto que cualquiera con dos dedos

de frente sabe que una mujer carece de

cualquier elemento de iniciativa propia,

así que podemos deducir que el hombre

de la máscara negra ha arrastrado a alguna

pareja o pariente a sus enfermos

actos de bandidaje.

—Conozco los reglamentos tradicionales

—Enrique y Sandoval estaban

sentados en una banca enfrente del

OXXO, los guardaespaldas mantenían

un flujo constante de Andattis y donas—.

Desde mi trinchera estoy tratando

de suprimirlos, es difícil cuando

se hacen las cosas por el medio

institucional.

—Tu trinchera… Si los votantes hubieran

descubierto por alguna razón

que tú eras el Condor de fuego jamás te

hubieran elegido.

—En su momento votaron por la ley

de reglamentos tradicionales.

—Eran idiotas, y la mayoría lo siguen

siendo —Sandoval se zampó una dona

glaseada y se limpió la mano en el respaldo

de la banca—. Qué la jodida crisis

económica era consecuencia del comportamiento

inmoral… ¡Idiotas!

—Por el lado bueno la mayoría de los

que dicen eso se están muriendo, aunque

sea de viejos.

—No lo suficientemente rápido. ¿Sabes?

La primera vez qué Sombra Plateada

me cosió fue a unas cuadras de aquí,

en el estacionamiento del Kamilos 333.

Ahora ni en los hospitales te cosen.

—Deberiamos poner una placa allí.

¿Y qué era de ti Secuaz… Digo, Sombra

Plateada?

—Nada, una mala noche me vio

arrastrándome en el estacionamiento

con una herida de veinte centímetros

en la espalda y ella me cosió allí mismo,

estaba celebrando el fin de curso.

—Una paramédico de profesión —comentó

Enrique mientras terminaba su

café en vaso rellenable.

La cosa se salió de control con los

Moxxys.

—Y que lo digas, una vez me encontré

a esos pendejos tratando de volar

el expiatorio, yo me dirigía a un atraco

de camión blindado pero me quedé a

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cargarme algunos, al día siguiente el

sol tapatío dijo que yo era cómplice del

ataque al templo.

—Aquel día desaparecieron algunas

reliquias.

—Probablemente fueron saqueadores.

Con la tasa actual de desempleo sobran

en esta ciudad.

Otros enmascarados que afortunadamente

ya no rondan nuestras calles

son los Moxxys, en una enferma parodia

del Guasón estos travestis atacaron con

explosivos numerosas iglesias y centros

en pro de la familia natural. Afortunadamente

después de un operativo en el

templo expiatorio esta banda finalmente

ha sido desmantelada.

El presidente municipal era consciente

de su agenda, pero no quería perder

la oportunidad de hablar con aquel fragmento

de su pasado.

—Era patético, los policías estaban

tan ocupados haciendo redadas en bares

gay y librerías feministas, que un

cretino con disfraz de rana asaltaba un

banco por semana y jamás lo atraparon.

—¿Cómo se llamaba el infeliz?

—Capitán Batracio —ambos soltaron

la carcajada.

—¿Cómo fue qué terminó todo esto?

—Enrique se levantó, había una junta

con la cámara de comercio en veinte

minutos—. Yo me divertía de lo lindo.

—Sombra Plateada… Su nombre

real era Laura Sánchez, estaba embarazada…

Su novio saboteó el Jetpack

para hacerla estallar.

La ley de reglamentos tradicionales

los hubiera obligado a casarse —Enrique

se había quedado en la puerta de

su camioneta.

—Busqué al infeliz, lo rebané con la

katana, después de eso me entregué a

la policía y no he hecho nada bien desde

entonces.

—Es solo una mala racha, Humberto.

Mira, voy a mandarte recoger, en mi casa

te darás un baño y hay alguna ropa extra

que te puede quedar. Todos lo hemos

superado de una forma o de otra, solo

necesitas una segunda oportunidad.

—Maté a mucha gente, Enrique.

—Y pagaste por tus crímenes. La mayoría

eran Moxxys, esos maniacos querpian volar

la ciudad. Te irá bien, la gente no te pide la

carta de policía si estás usando traje.

Sandoval miró a sus zapatos, no había

tenido otros desde que salió de prisión.

—Un traje es igual que una máscara,

no me hace mejor persona.

—Tampoco soy una buena persona, pagué

mi campaña con lo del centro joyero.

—¡Pues qué demonios! Me vendrá

bien un baño y un cambio de ropa.

No puedo dejar de insistir, mientras

justicieros enmascarados como El Esperpento

ronden las calles de nuestra

amada ciudad, seguirán apareciendo

criminales teatrales como el Condor de

Fuego y la banda de los Moxxys. Sin importar

los atracos y actos terroristas que

este ente enmascarado haya prevenido,

no habrá orden en nuestras calles hasta

qué este vigilante se entregue.

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ATRÁS DEL

VIEJO ZAGUÁN

Por Hina Finck


Sebastián era muy feo. Uno de sus

ojos era danzante, bailador, no

podía controlarlo; en realidad a

mí, niña de siete años, me daba horror.

Sebastián vendía plumeros, se la pasaba

todo el día caminando calles y más

calles: «Plumeros… plumeriiiiitos… plumeroootes…»

gritaba su mercancía y al

mes siguiente, volvía a pasar por mi calle.

Eran plumeros con plumas de verdad,

unos tenían pintadas las plumas

de colores atractivos, otros nada más

así, con el color auténtico que la naturaleza

le había dado al pavo o a la gallina

o quizás a la paloma.

Cuando Sebastián terminaba su recorrido,

por mi colonia, tocaba a mi

puerta; yo miraba su vestimenta: Pantalón

flojo, de mezclilla, con peto; una

camisola a cuadros rojos; unos guantes

de carnaza para poder cargar calles y

calles aquellos pesados plumeros. Mirando

su vestimenta disimulaba para

no mirar su ojo bailador.

—¿Está tu papá? —Sebastián me

preguntaba.

—Sí… y ya sabe usted que puede dejar

sus plumeros atrás del zaguán. ¡Pásele!

Sin atreverme a mirar aquel ojo bailante,

porque era yo una niñita miedosa,

lo dejaba pasar para que acomodara

su mercancía y al día siguiente,

tempranito, pasara por ella para que

siguiera en sus caminares, gritando su

mercancía, por otras colonias.

Miré aquellos plumeros recargados

en la esquina de la pared, atrás del viejo

zaguán… quedé paralizada, tal parecía

que esos enormes plumeros tuvieran

ojos y también eran bailantes, imitadores

del ojo izquierdo de Sebastián, su

fabricante y vendedor. Las plumas eran

de cuervos o quizá de algún otro pajarraco

graznador, enorme. El olor de

aquellas plumas era… nauseabundo.

¿O eran plumas de pavo? eran de pavo

las plumas de los plumeros grandotes

esos que sacudían los techos, las lámparas

puestas a colgar y los cuadros recargados,

luciendo en paredes altas; eran de

pavo porque tenían círculos de colores

grises y negros, círculos que miraban…

eran ojos renegridos que de miradas me

saturaban; eran esas plumas que los pavos

tienen en sus colas esponjadas.

Se vinieron encima de mí todos los

plumeros llenos de ojos bailantes…

grité y… ya no grité… ya no pude gritar

porque sí, eran ojos, eran pavorosos

ojos saltones de una ave renegrida, redondos,

brillantes, húmedos… me miraban

con insistencia, yo no podía dejar

de mirarlos. Los ojos lagrimeaban y me

caían las gotas gordas en la cara, pegajosas

lágrimas de ojos de ave desplumada…

de todas las aves que habían

muerto para que las cosas pudieran ser

sacudidas, liberadas de los polvos de

los tiempos; graznaban unas y piaban

otras, y más cacareaban al son de los

ojos bailantes que en mí se encimaban.

Al principio grité, pero luego ya no, porque

en mi garganta estaban muchas

plumas, como de pollos muertos, las

ánimas de los pollos ponían sus plumas

en mi garganta, la saturaban con

plumas de miedo, de pánico… por eso

no gritaba porque los ojos me miraban

lacrimosos pidiendo compasión.

Todos los plumereros desplumaban

a las aves, para que en las casas

no hubiera polvo, para eso las aves se

morían, metidas en agua caliente despidiendo

olores nauseabundos.

Toda pluma tiene ojos, cada pluma

tiene como cien ojos y todos los tengo

encima, llorando sobre mí, sus llantos

engomados, pestilentes. Porque algu-

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nos plumeros se desplumaron, se desbarataron

y las plumas revoloteando

se metieron hasta mi garganta y no me

dejan respirar; también se colocaron en

mi nariz y sólo su olor entra en mí; el aire

me queda lejos, no logro meterlo en mí.

Fue ahí, detrás del viejo zaguán en

donde todos los plumeros me arrinconaron

y mirándome insistentemente se me

echaron encima, me decían: «Somos las

ánimas de los pájaros desplumados». De

repente, sacaron sus picos, sacaron sus

garras, me comenzaron a desgarrar. Mi

garganta estaba seca, saturada con plumas

tan secas como las hojas del otoño;

poco a poco se me fue la respiración… a

veces jalaba aire, un poquito, luego ya

sólo un entrecortado respiro.

Los plumeros tienen varas y con ellas

me encerraron en este sarcófago en éste

féretro con barras hechas de carrizos, pegamento

y plumas. No pude salir de él

porque mi cuerpo se desmayó, mi cuerpo

ya desplomado en el piso se quedó. Ya

no pude patear, ya no pude manotear.

Dicen algunas gentes, que morí de

miedo, porque el pánico transmuta la

vida en muerte.

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LAS

LLORONAS

Por José Luis Torres


La primera vez que vi una llorona fue

un viernes. Era de noche. Fui con

Chisco a buscar escarabajos al panteón

que estaba junto al río. Mi abuelita

decía que se roban a los niños desobedientes,

pero lo hacía para espantarme.

Con mi caja de zapatos bajo el brazo

buscamos alimañas para venderlas

a la hora del re-creo, pero sólo encontramos

lombrices y una araña patona.

Chisco me dijo que era mejor separarnos

y él se fue por un lado y yo por el

otro. Y en esas andábamos, cuando escuché

unos lamentos.

Sin hacer ruido caminé despacito por

donde entierran a los niños. Ahí, junto

a una tumba adornada con angelitos

de yeso, se me apareció, la llorona. Ni

siquiera me dio miedo. Te-nía pelo de

niña, cuerpo de niña y cara de niña. Su

vestido era blanco, con holanes y lis-tones,

como los de primera comunión. De

un lado estaba limpio, del otro tenía

manchas de tierra y lodo.

—¿Por qué lloras?

—Tiré todas mis muñecas al río.

—¿Por qué? —volví a preguntar y me

quedé esperando la respuesta.

Escuché los chiflidos de Chisco. La

niña no paraba de llorar y para no quedarme

solo en el panteón empecé a dar

pasos cortitos, caminando hacia atrás.

Me daba lástima dejarla sola, llore y llore.

Hacía frío, me levanté el cuello de la

camisa y cuando se sentó en la orilla de

una tumba y se abrazó las piernas, me

eché a correr.

Le conté a Chisco y cuando fuimos a

verla, ya no estaba. Solamente se oía

su llanto, pero apenitas, como si se hubiera

ido muy lejos.

Años más tarde volví a encontrármela.

Yo trabajaba en una funeraria capturando

nombres en una computadora.

Esa noche estaba aburrido y cansado,

pero contento, porque después de cinco

años me habían subido el salario,

apenas una miseria, pero suficiente

para abrir una cuenta de ahorros.

Pensé en invitar a mis compañeros

a compartir mi aumento, pero decidí

ahorrarme al gasto y fui solo al café,

acompañado de un libro que había

comprado de oferta.

No quería pasarme la vida trabajando

y mientras me servían el café

comencé a calcular el tiempo en que

lograría reunir el capital necesario

para retirarme. Escribí números y los

multipliqué por un factor de interés

compuesto, hasta que escuché unos

sollozos que rompieron mi cavilación

matemática. El llanto me resultó conocido.

Una hermosa chica lloraba

desconsoladamente.

—¿Por qué lloras?

—No me quiero casar, me gusta la

danza.

—¿Por qué? —volví a preguntar y me

quedé esperando la respuesta.

La chica estaba embarazada, pero

supongo que no quería tener hijos, que

su madre insistía en casarla y su padre

soñaba con un par de nietos. Nunca

dejó de llorar.

Pagué la cuenta. Fui al sanitario y

cuando regresé ya no estaba.

Me hice viejo. Ascendí en la funeraria.

Era una ciudad pequeña y todas las

defunciones pasaban por mis manos.

Cuando registré la muerte de Chisco, mi

único amigo, me enteré que su madre

murió durante el parto y fue enterrada en

la fosa común. Chisco buscaba su tumba,

simulando buscar escarabajos. Lloré.

Con el paso de los años fui acumulando

todos mis sueldos y me olvidé de

gastarlos. Me bastaba una ligera comida,

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un café y un buen libro para pasar el día.

Me fumaba un cigarro después de la comida

y otro al terminar mis lecturas.

Las tardes en el café y los domingos

encerrado en mi cuarto eran mi mayor

deleite. Las mujeres llegaban y se retiraban.

Ninguna logró permanecer lo

suficiente para extrañarla. Sin amigos,

iba de la oficina a la casa y de la casa

a la oficina.

El café se hizo ruidoso e intolerable.

Prefería vagar por los callejones en busca

de silencios. Los anduve de un lado a

otro, todas las noches, sin faltar una sola,

de ida y vuelta, siempre la misma ruta.

Animal de costumbres, amoldé las

baldosas a mis pasos y mis pasos a los

ecos de la noche, hasta que una noche

alguien caminó detrás de mí, copiándome

los pasos. Era la misma mujer de

mi infancia y adolescencia.

—¿Por qué lloras?

—Estoy muy sola.

—¿Por qué? —pregunté y me quedé

esperando la respuesta.

La socorrí y pasó la noche en un sillón

de la casa. No era fácil posponer

una lectura, pero era bueno tener con

quien conversar.

—Sólo voy a escuchar, lo que usted

quiera contarme.

Guardó silencio y sólo pude observarla.

Parecía añosa. Era apenas una

mujer madura, venida a menos. La reconocí,

pese a las huellas de la miseria

que deformaban su rostro. Temblaba.

Busqué un abrigo que no usaba y cuando

regresé el sillón estaba vacío. Cerré

la ventana, aseguré la puerta, apagué

la luz y volví a guardar el viejo abrigo.

El día de mi jubilación compré una

botella de vino, cigarros y un queso

maduro. Celebré la culminación de

mi proyecto, tal como lo había concebido

y esa noche leí, bebí y fumé hasta

quedar completamente satisfecho

y ebrio.

Por la mañana salí a leer los periódicos

en el estanquillo de la esquina.

Mi amigo me dejaba hojearlos con la

condición de devolverlos sin arrugas ni

hojas descompuestas. Leí el obituario y

las esquelas que durante años yo mismo

envié a los periódicos.

Después fui al jardín a ver pasar la

vida. En las tardes me encerraba con

mis lecturas. Esa era mi vida. Cada día

treinta acudía al banco a cobrar una

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pensión que se fue acumulan-do a los

demás ahorros. Me hice rico con la fórmula

de no gastar, invertir y reinvertir

la casi totalidad de mis ingresos. El

gerente me asesoraba y un día me convenció

de com-prarme un auto y me cedió

a su chofer, un viejo solitario, muy

cuidadoso, con experiencia y pocas aspiraciones

económicas. Lo contraté y

por las noches dábamos largos paseos

por las calles olvidadas.

En vísperas de Navidad fuimos al Zócalo

a ver la iluminación. Hacía frío y a

pesar de la llovizna la gente transitaba

sobre las banquetas y las calles. Le pedí

al chofer que se estacionara y bajé a caminar.

Pasé frente a Palacio Nacional y

al llegar a la esquina de la Catedral, me

encontré a una mujer.

—¿Por qué llora?

La invité a tomar una taza de café.

—Mis hijos… —habló poco y apenas si

probó un bocado.

—Los abandoné. Los mayores se fueron…

los chicos los regalé.

—¿Por qué? —pregunté y me quedé

esperando la respuesta.

Fui a desahogar la dolorosa vejiga y

cuando volví, ya había desaparecido.

Una tarde, después de la siesta, mis

piernas ya no respondieron. El chofer,

cansado de esperarme con el auto limpio

y el motor encendido, me encontró

arrastrándome cerca de la puerta. Con

ayuda de los vecinos me acomodó en el

asiento trasero. Me colocó los cinturones

de seguridad, cerró la puerta y preguntó:

—¿A dónde lo llevo?

Desde el segundo piso del periférico

la ciudad se veía distinta. Los edificios

se encendieron y los faros de los autos

tiritaban de frío en los ríos de luces que

iban y venían, cruzando la ciudad de

un lado a otro.

En las esquinas, los espectros de la

noche lanzaban humo, pedían limosna

o lavaban pa-rabrisas, antes de refugiarse

en sus coladeras. Solamente la

llorona seguía caminando en la oscuridad

buscando niños perdidos.

Mi abuelita tenía razón; desde aquella

vez que me escapé al panteón a buscar

escarabajos, no he dejado de escuchar

voces de mujeres que lloran por sus hijos,

tan arrepentidas, que daría mi fortuna

por ser el hijo de una de ellas.

Las lloronas a nadie espantan, no dan

miedo, apenas dan un poco de lástima.

17


LAS FIGURAS

DE REPETICIÓN

Por Maximiano Revilla

Las figuras de Repetición son desde

ayer un mundo constante, un mundo

vivo, un mundo que no se detiene

ni se calla nunca. No, no se calla ni tan

siquiera cuando se desborda al nacer

nuestro amor al día, a las puertas del

retiro del parque de las adolescencias.

Parlanchinas, juguetonas después de los

martinis agitados de éste y otros mundos,

donde a su vez se alinean en alguna

de sus variantes o formas que lo repiten

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todo. Cuando la sonrisa es un tic nervioso

obligado a reconocer que nunca deja

de hablar o guardar silencio, cuando sus

ritmos no se acuestan hasta pasadas

las seis, es cuando mejor se representan,

cuando mejor crean, gota a gota un

arroyo, idea tras idea, un rio; la lluvia y el

sonido de esa lluvia sobre el asfalto, el

destino de una y otra caricia o beso que

parece en ocasiones abofetearnos, para

luego, resbalar como ofrenda litúrgica


Imagen tomada de:

The Lay of the Last Minstrel. By Sir Walter Scott. With notes and a chronological summary of his life

Sir Walter Scott, 1887. Chatto & Windus

hasta conseguir que los rostros se sonrojen,

justo en ese momento en que estos

comienzan a marcarse de arrugas. Temblorosos

labios dándose besos como

saludo, cuando, tras cumplir las bodas

de oro, el uno con flores, visita en la habitación

del hospital al otro esperando

pasen las nubes, y a la luz del arco iris los

atiendan, al día siguiente en casa.

Las figuras de repetición; en un día y

otro día, aún a pesar de las diferencias

horarias, vienen a ser como encontrarnos,

a la misma distancia en la escalera,

a ese vecino que obligatoriamente por

la rutina se saluda con la misma expresión

y el mismo pensamiento abierto

de las festividades, como si hace tan

solo un par de latidos, por el simple

color de los felpudos, no hubiésemos

llegado casi a las manos. Las repeticiones,

partidarias por su violencia de no

ir nunca en autobús, tienen como las

19


alas expuestas en las vitrinas del ser

humano, reservados los distintos calibres

y los asientos de pasillo o ventanilla

correspondiente.

«Repetición es también el nombre

genérico y científico que se da a esa

figura que se crea cuando en un escrito

abundan los mismos sonidos»,

las mismas palabras, los mismos versos,

los mismos silencios, las mismas

complicidades.

Las figuras de repetición, son la luz

de otro día que tal vez llegue y nos

traiga los mismos desatinos. Como

entreacto de las horas, la misma agitación

en los colores que no se quisieron

quedar dentro, la misma cafeína que

nos despierta cada mañana.

Cuando te levantas, ¡menos mal,

conmigo! y apenas se quiebra el aire

que a los dos nos roza, en la desazón de

la entrevela, bailan los mismos sonidos

en las mismas palabras repetidas. Ayer,

hoy y mañana, las mismas canciones

de aniversario: apaga el despertador…,

corre las persianas…, no digas que no

te quiero…, quita el café cuando suba…,

abre el balcón para que respire la casa…

No me ves, no me ves, no me ves: anda

bobo ven y dame un beso como ayer, de

buena mañana.

Las figuras de repetición siempre son

constantes, tanto para el alivio como

para la desazón, para la tortura o la absolución,

para la inquietud o la calma.

Matan o reviven para poder así unificar

el poema, para darlo forma y ritmo, para

santificarlo o crucificarlo. A un disparo

le sigue otro disparo y una piedra al cristal

de los charcos de la vida y luz de un

rojo constante y griterío y voces nerviosas

y sirenas y llanto y llanto de funeral o

nacimiento. Latidos, que acompasados

se detienen un instante, para luego ser y

volver a ser con mucha más intensidad

los reyes del pueblo protagonista.

Primero la madera, por supuesto,

luego el hierro y el acero, después la

carne y al final todas las ascuas del

pensamiento por decir, ese que conduce

irremisiblemente a no mostrar el

desatino, ni la muerte, ni tan siquiera

el cortejo de negro repetido. El poeta,

nació después de muchísimo esfuerzo

20


para reorganizarlo otra vez, casi todo.

Sí, la vida diaria está compuesta de repeticiones,

ir y volver a ir sin pensar a la

vida, aunque la misma vida, que suerte,

nunca en mi se repita.

Las figuras de repetición viven como

los besos y las caricias; enganchadas al

recuerdo de unos juegos de niño que

nos emocionan, que nos llevan a la noche

para tras el sueño, abrirse y mostrarnos

todo su esplendor en el nuevo

día. También es verdad que a muchos

niños, les da miedo la noche y toda su

mágica inventiva.

Lo que proporciona a la repetición su

carácter novedoso, es lo mismo que lo

que la pone en duda: el hecho de que lo

que repite, es algo que ya ha sido: un color

kilométrico, un beso con cincuenta

años cumplidos, una sonrisa que no tiene

por qué tener historia, una situación

determinada, que siempre niña nos sorprende

y nos llena de misterio. Sí, cuando

no se ve y sólo se oye repetida una y

otra vez la misma voz, surge la sorpresa

en la mente del que escucha, aparece la

imagen abstracta del momento agradable

o desagradable, un objeto desmaterializado

que despierta una vibración en

la conciencia capaz de situarnos donde

más le interese al poeta, en el mismo

vértice del abismo, junto al espectro de

la repetición que nos despierta.

El empleo de la palabra repetida,

conduce no sólo al desarrollo del sonido

interior, sino a descubrir otras

insospechadas cualidades espirituales

de la palabra misma. Sístoles y diástoles

consiguiendo olvidar a cada paso el

sentido real y el abstracto de los escaparates,

el objeto que se designa, para

descubrir el puro sonido de las etiquetas

con sus precios, de la palabra que

despierta una serie de vibraciones en

el corazón, en el bolsillo y en la cabeza

Como hombres deseosos de vivir en

nuestro Mini Cooper, cada centímetro

de estatura que tenemos, intentamos

siempre repetir los mejores instantes

del pasado y sobre todo, si ese pasado

fue hace un momento contigo en la

cama frente a la Ría de Noia, aun con

mayor motivo. Repetir hasta saciar o

llenar de recuerdos toda una vida.

21


22

EL GRAN

FANTASMA

Por Juss Kadar


El chico apagó el televisor y se quedó

en el salón en completo silencio.

La luz tenue, casi a oscuras, envolvía

la habitación son sigilo.

Eran más de las doce de la noche,

fuera, la nieve y el frío hacían acto de

presencia.

El sólo llevaba una simple bata y

unas zapatillas, pero no tenía frío.

Escuchó su respiración e incluso el

latir de su corazón, ningún sonido más

llegaba a sus canales auditivos.

Se mojó los labios y tragó saliva

cuando, tras un momento allí sentado,

comenzó a notar una leve brisa que no

sabía de dónde provenía, pues estaba

todo cerrado a cal y canto

De repente, un fuerte golpe detrás de él

le hizo dar un pequeño brinco en el sofá.

Las pupilas del muchacho se dilataron

y su pulso comenzó a acelerarse.

Otro ruido. Esta vez era el sonido

de una voz que se lamentaba en tono

amenazante. Se escuchaba como con

carraspeó y algo apagada. Trató de

poner atención en la frase que estaba

pronunciando aquella psicofonía. Distinguió

su nombre entre palabras sin

sentido.

La silla de madera que tenía a su lado

comenzó a moverse, despacio. Se elevó

unos centímetros y con un movimiento

violento se estampó contra la pared.

El chico se mostraba impasible ante

todos esos fenómenos paranormales.

Lo que a otro le hubiera provocado un

ataque de ansiedad a él le daba igual.

Sabía que la casa de su tía estaba

encantada. Se habían mudado de allí

a toda velocidad cuando comenzaron

a ocurrir cosas. Les era imposible venderla

por las dimensiones y el lugar.

El chico les ofreció un pequeño beneficio

por ella y sus tíos aceptaron sin

pensarlo.

Aquello no le aterrorizaba, ni le angustiaba...

Él tenía miedo de otra cosa

aún peor que notar presencias.

Cogió su teléfono móvil y borró el

último contacto que le quedaba en la

agenda. Su último amigo, otra decepción

y otra traición.

Había ido perdiendo a sus amigos

poco a poco, la mayoría por traiciones

o por desidia.

Sus padres vivían en otro país y apenas

tenían contacto.

Le habían echado del trabajo.

No tenía internet para conectar con

el mundo.

Ahora estaba en una situación en la

que la soledad le acechaba en cada esquina

y eso si le daba miedo.

Una lágrima bajó por su mejilla muriendo

en sus labios.

Al cabo de unos días, en aquella casa

encantada, el móvil de nuestro protagonista

recibió una llamada...

En la pantalla se reflejo el texto «Llamada

pérdida».

23


24

EMPEZAR UNA

NUEVA VIDA

Por Nestor Quadri


El anciano era uno de los enfermos

que estaba internado en el sanatorio

con la mirada perdida, balbuceando

palabras incoherentes. Cuando

lo fue a visitar su nieto, el médico le comentó

que si seguía así, su vida se dirigía

hacia un camino sin retorno. Pero él

en realidad había ido a verlo por otro

motivo, dado que le importaba muy

poco su salud.

Había considerado que era el momento

de aprovechar la oportunidad

para comenzar una nueva vida

y tomó sin ser visto las llaves de la

casa que su abuelo tenía guardadas

en un bolso junto a su cama. Ya estaba

anocheciendo cuando se dirigió a

la desvencijada casa frente al parque

donde vivía, con el fin de sustraerle el

dinero que sabía que tenía escondido.

Como estaba abandonada y sin luz

interior, buscó entre las penumbras

el lugar que intuía y encontró con una

alegría inmensa un maletín oculto en

un hueco de la pared, detrás de un

mueble.

Era una suma considerable y pensaba

con ella pagar todas sus deudas

de juego y empezar una nueva vida,

donde no existieran esas amenazas de

muerte que permanentemente lo rondaban.

Miró el fajo de dinero y estimó

que deberían ser más de treinta mil dólares.

Al salir de la casa con el maletín

en la mano se sentía contento, tenía

veinticinco años y estaba por cumplir

los veintiséis y ya estaba listo para iniciar

una nueva etapa de su vida.

Al atravesar el parque caminando

lo inquietó la oscuridad de la noche y

tuvo la impresión de que aquella era

una jungla, en la que los mafiosos del

juego se agrupaban en las ramas de

los árboles como fieras dispuestas a

saltar sobre su presa. Al cruzar la autopista

que lo circundaba, estaba ansioso

por poder acceder a su pequeño

departamento ubicado en el centro

de la Ciudad, que había prestado a un

amigo hasta la medianoche para una

aventura amorosa.

Mientras allá arriba el circular de los

automóviles retumbaba en sus oídos,

tenso y expectante con todo ese dinero

en el maletín, se dirigió caminando

rápidamente por una calle lateral tenuemente

iluminada, hasta que desembocó

en un parque de diversiones.

Entonces se paró en la vereda mirando

las luces que resplandecían y para hacer

tiempo decidió entrar en él, donde

había numerosas personas con chicos

en los juegos mecánicos y diversos

entretenimientos.

Fue allí que se paró para observar

a un hombre viejo, alto y delgado con

una túnica negra, que subió a una plataforma

rodeada por muchas personas.

El viejo colocó su sombrero en el suelo

para las donaciones, sacó un reloj de

su bolsillo y con una voz fuerte de barítono,

señalándolo directamente a él, le

dijo de pronto a los presentes:

―Si hay un Dios, le doy sesenta segundos

para que mate a ese señor que

esta parado allí atrás sosteniendo ese

maletín ―al escuchar esas palabras

quedó estupefacto y paralizado, sin

poder atinar a nada, mientras sentía

las miradas punzantes de todas las personas

cuyos rostros se habían vuelto

hacia él. En medio del silencio sólo se

escuchaba el tic-tac del reloj, mientras

el viejo contemplaba el cielo estrellado

con las manos en alto.

Cuando pasó el minuto, el viejo guardó

el reloj pausadamente y le dijo a todos

los presentes mirándolo a él:

25


―Con eso se acaba el mito del Dios todopoderoso

―fue en ese momento que

recién comenzó a reaccionar, entre el murmullo

de admiración de la gente y el ruido

de las monedas que caían en el sombrero.

Mientras el viejo lo miraba sonriente,

se retiró enfurecido de allí, pensado

que había sido un estúpido al

dejarse usar de esa manera y por otra

parte, que era muy fácil poder engañar

a la gente inocente de la Ciudad.

Siguió caminando por la calle hasta

que finalmente llegó al centro, entre

muchas personas que circulaban

apretujadas envueltas en luces de vidrieras

y marquesinas.

De pronto al divisar un cine, le pareció

una buena idea entrar para descansar

de la caminata y esperar tranquilo

hasta la medianoche. La sala estaba vacía

y contemplando las filas de asientos

pegados al piso, se sentó en una butaca

cerca del pasillo. Mientras esperaba el

inicio de la función, sintió que entraron

varias personas más que se sentaron en

los asientos de atrás, hasta que finalmente

las luces se fueron apagando lentamente

y el sonido comenzó a elevarse

cuando se inició el noticiero.

Después de un tiempo que comenzó

la película, sintió que alguien se

sentaba en la butaca lateral a la suya.

Cuando lo miró quedo completamente

sorprendidos al ver que era el mismo

viejo que había visto en el parque de

diversiones, quien al instante le puso el

brazo sobre el respaldo de su asiento.

―Entrégame el maletín ―le dijo mientras

sus dedos se crispaban sobre un

revólver que apoyaba sobre su espalda.

Entonces, sintió una furia ciega que

brotaba de su interior. Una marea

que nacía de lo más íntimo de su ser

y que lo arrastraba hacia las negras

profundidades de ese abismo insondable

en el que estaba sumergida su

vida. Los segundos pasaban y estaba

decidido a resistirse antes de entregar

aquello que iba a cambiar el destino

de su vida.

Ya estaba por proferir un grito para

alertar a la gente que estaba mirando

la película, cuando el brazo armado se

tensó, y se oyeron dos disparos que poblaron

la sala de extraños ecos. Luego el

viejo tomó el maletín y desapareció rápidamente

del cine.

Una mancha de sangre fue creciendo

alimentada por cada uno de los orificios

que tenía en la espalda y que le producían

un intenso ardor. Semiinconsciente,

lo sorprendió el sabor salobre de una

lágrima que rodó por su mejilla y fue a

caer en la comisura de su boca.

Lentamente su cuerpo fue cayendo

de la butaca hacia adelante y la máscara

de la muerte que había comenzado a

grabarse en su rostro, fue lo primero que

notó el acomodador del cine cuando llegó

corriendo con su linterna en la mano.

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28

VIAJE A LA

ISLA SIN NOMBRE

Por José Luis Najenson


Contra todas las prevenciones, incluso

la de mi adivina, María Egipcíaca,

viajé a Estambul. Soy adicto a horóscopos

y augurios, y ella es experta en el tarot

de Mizraim, nombre bíblico de Egipto.

—No vayas a Estambul —me dijo— porque

correrás un gran peligro.

—Pero tú me habías prometido que

allí encontraría a la mujer más bella

del mundo, y que ella haría el amor

conmigo —le respondí.

—Cierto es, pero ambas cosas están

íntimamente ligadas. Y en esta última tirada

de cartas he visto signos desfavorables:

la sombra del Mendigo sobre el Caballero

Andante, que es tu figura astral.

—¿El riesgo es mortal?

—Casi seguro que sí.

—¿Y la mujer?

—Única, no hay otra como ella sobre

la faz de la Tierra.

—¿Cómo podré hallarla?

—¿Vas a ir, a pesar de todo?

—Desde luego, de otro modo no la

volveré a ver, ¿o sí?

—No. Pero me temo que te costará la vida.

—Me juego a ese «casi seguro» al que

aludiste antes, como a una tabla de

salvación.

—¿Y si no resulta?

—Pagaré el precio.

—En ese caso no me queda más remedio

que revelarte cómo encontrarla.

Lástima, eres mi mejor cliente y te he

cobrado estima.

—¿Podrás ayudarme desde aquí?

—Ni siquiera eso. No se trata de ningún

hechizo o mal de ojo. Sólo puedo darte

un consejo: no te adentres en el mar.

—¿Dónde es?

—En las Islas del Príncipe, en el Mar

de Mármara. Hay una nueva, diminuta

islita, que ha surgido hace poco y aún

carece de nombre…

Obstinadamente, llegué en barco

hasta Estambul, y de allí me trasladé

a la isla en un bote de pesca, desde un

embarcadero inconspicuo cercano a la

Torre Gálata. No había nada más que

tiendas precarias alzadas por los contrabandistas.

La mujer apareció de improviso,

cual si hubiera surgido de las

mismas olas o de la niebla, y me lanzó

una mirada frontal, como flecha en

busca de su blanco. Era ella, sin duda,

la fémina más hermosa que jamás había

visto, la que aguardaba en la trama

de mis pasos acechando el momento

preciso, gestora implacable de mi destino.

Sus ojos verdes y enormes, marinos,

ocupaban gran parte de su rostro;

la cabellera roja, flamígera, brillaba

con luz propia, aun en medio de la niebla.

Una leve túnica enmarcaba sus

opulentos pechos y muslos; el delta oscuro

del sexo se veía nítidamente, por

su andar ondulante y el bamboleo de

sus piernas, como si nadara en el aire.

No necesitaba hablar. Le bastó tocarme

para que yo la siguiera como un perro

o un esclavo. Me llevó al otro lado

de la isla donde no había tiendas y se

acostó en la playa renacida, despojándose

de la túnica. Así me recibió, como

una nueva Eva a un Adán desprevenido.

Su lujuria era sólo equiparable a su

belleza.Montado en su grupa cabalgué,

sin darme cuenta, hacia el mar. Su pálida

piel se confundía con la espuma. Al

besarle el cuello por última vez, divisé

sus branquias brillando en la noche súbita

como un collar de raras perlas. Su

sinuoso cuerpo se cubrió de escamas

verdinegras, mimetizándose con las

aguas.

Cuando perdía pie recordé la advertencia

de Miriam, la Egipcíaca, pero ya

era demasiado tarde.

29


DRÁCULA:

CARLOS FUENTES Y

JOSÉ EMILIO PACHECO

Por Raúl Reyes Aguilar

Uno de los personajes tan perturbadores

cuanto interesantes de

la literatura en general, ya no

sólo de la de terror o de la fantástica,

es indudablemente el vampiro, y en específico

el vampiro de Stoker. Cuando

Abraham «Bram» Stoker (1847-1912)

publicó Drácula (1897), seguramente

jamás concibió el impacto que su terrorífico

personaje tendría más allá de

los círculos literarios. Impacto surgido

30

en el siglo XX e indudablemente coadyuvado

en gran medida por el cine. Si

bien Nosferatu (1922) de F.W. Murnau

no es la cinta que inaugura el tema

del vampirismo en el celuloide, sí es

la primera adaptación cuasi fiel de la

obra del irlandés y la que «canonizará»

al vampiro dentro del cine de terror.

Pero es con Drácula (1931) de Tod

Browning, cuyo protagonista es el húngaro

Bela Lugosi, que se forja no sólo


la figura aristocrática y seductora del

conde de Transilvania, sino también la

que acentúa las características de este

personaje en el imaginario colectivo;

irónicamente fue la imagen cinematográfica

de Drácula mas no la literaria,

pese a basarse aquélla en ésta, la que

se perpetuó en la mente de las personas.

Empero toda esta apropiación del

vampiro, principalmente en el campo

del celuloide y en uno que otro pésimo

libro, ha provocado una serie de malinterpretaciones

y sesgos que conducen

a la descomposición y la traición de la

leyenda del «muerto-vivo». No obstante,

en la buena literatura se continúa

valorando a este personaje sin la tendencia

y la presunción de crear un original

vampiro, que no es lo mismo que

el vampiro original.

En las letras mexicanas, la figura de

este ser también se trabajó, acaso más

31


en relatos cortos que en novelas. José

Emilio Pacheco (1939-2014) es uno de

los que se atrevió a revivir al vampiro

en plena Ciudad de México con el cuento

«No perdura», perteneciente al libro

La cabeza de medusa y otros cuentos

marginales (1959). Por su parte, Carlos

Fuentes (1928-2012) con Vlad (2010) se

arriesga a ir más allá: opta por la novela.

El personaje en el texto de Fuentes

es un vampiro más ligado a lo literario,

pero a lo literario de Stoker. Desde su

nombre Vladimir Radu, apocopado a

Vlad 1 , y aunado a su origen centroeuropeo

(Balcanes) y su título nobiliario que

ostenta, ya vislumbramos con antelación

cómo será el retrato y la historia del

monstruo. En Pacheco, debido al tema

fílmico en el cual gira el relato, pareciera

que el personaje se halla mucho más

cercano a una imagen vampírica del

cine, un vampiro cinematográfico. Sin

embargo, la intertextualidad existe en

el relato de J. E. P, podemos inferir la

presencia de Drácula, aunque no esté

tan explícito como en la novela de Carlos

Fuentes; pues ésta se halla principalmente

en un pequeño elemento: la

geografía. Pacheco alude a la región de

Cárpatos. ¡Región de los Balcanes!

En Vlad la presencia de nombres judeocristianos

de los personajes (Asunción,

Magdalena y la sirvienta Candelaria)

plantea un enfrentamiento entre

el bien y el mal (lucha de poderes); en

«No perdura» lo que hallamos no es una

disputa teológica sino una querella

entre conocimiento e ignorancia que

también se traduciría en escepticismo

y superstición. En Drácula estas dos

dicotomías están presentes: el Bien/el

Mal y Conocimiento/Ignorancia. La figura

del neerlandés y doctor Abraham

Van Helsing es la más representativa e

32

inequívoca de esto, pues en ella confluyen

y se entremezclan dos de los cuatro

conceptos en disputa.

Como hemos notado con este breve

análisis en esto dos autores mexicanos,

es casi imposible al hablar, y todavía

peor, al escribir sobre vampiros

no retornar a la obra de Bram Stoker,

por más que uno se pretenda alejar de

él, por alguna extraña razón, como un

imán que atrae, regresamos en mayor

o en menor medida a Drácula. La huella

del irlandés ha llegado a profundidades

insospechables. Sin embargo, a pesar

de todas las referencias de Drácula con

las que nos podemos tropezar no sólo

en estas obras sino con las de otras

latitudes, siempre habrá un pequeño

elemento, por más diminuto que sea,

que no seguirá seduciendo del vampiro.

Asimismo estos autores mexicanos nos

muestran que el tema del vampirismo

puede seguir las pautas de lo gótico,

como se ve en Carlos Fuentes, o ir un

paso más allá, hacia lo fantástico 2 como

sucede en José Emilio Pacheco, ¡claro,

con ciertas salvedades! Pero lo más sobresaliente

en ambos que es nunca se

alejan del mito original.

1

Recordemos que Bram Stoker se basó en la figura

de Vlad Tapes, conocido como el empalador, para delinear

ciertas características del famoso conde. Fuentes

en el capítulo XII desarrolla toda una historia ficticia

sobre la vida y muerte y transformación de Vlad.

2

Debido al espacio la definición entre conceptos de

fantástico, sobrenatural, maravilloso, etc., se debió

suprimir. Para estas cuestiones ver Teorías hispanoamericanas

de la literatura fantástica (ed.) José Miguel

Sardiña y, la debatible mas nunca insoslayable, Introducción

a la literatura fantástica de Tzvetan Todorov.


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LA MUERTE

DE FLORINDO

GONZALEZ

Por Jorge Ortega Muñiz


Florindo González era muy macho.

Nacido en los Altos de Jalisco, desde

niños había aprendido todas las

artes del charro y a manejar la pistola

antes que caminar. Sus discusiones

siempre acababan a golpes y todos los

días regresaba a casa con sangre en su

ropa de alguien con quien había tenido

un desencuentro.

Decían que se parecía al famoso Gabino

Barreda, fundador de la Escuela

Nacional Preparatoria, quien además,

por todos los pueblos por los que se

paseaba, se la tenían sentenciada, por

tener hijos por donde quiera. Igual que

Gabino, le gustaba pagar los mariachis

y a veces a raíz andaba.

En lo que se distinguían era en el

nombre. Gabino, Eleuterio, Anaxágoras

imponen. Son apelativos que comandan

respeto. Bastaba que alguien

mentara a Gabino en la cantina, para

que la conversación se detuviera, porque

querían escuchar las noticias de

este valiente revolucionario.

El día que Florindo se dio cuenta de

su desventaja fue en Atotonilco.

En una cantina, se encontró con Manolo

Velázquez, quien estando simplemente

de visita en el bello pueblo, no

sabía que había un juramento de odio

entre familias. Florencio se acercó a la

barra y comenzó a enviar indirectas,

bastante agresivas.

El cantinero, dejó la botella de don Nacho

en la barra y prudentemente se alejó.

Los otros provincianos decidieron retirarse

hasta un lugar seguro, ya que el

ambiente se estaba acercando al del

infierno. Llegó el momento en que el

alteño dijo:

—Vamos dándonos un tirito como los

meritos machos.

Manolo Velázquez lo observó y viendo

que no tenía alternativa, le preguntó su

nombre, «para poder avisarle a la viuda».

—Florindo González, pa’ servirle.

—En serio, que nos vamos a dar de

balazos.

—¡Florindo González!

—¿Florencio?

—No, Florindo.

—¿Cómo te dicen de cariño? ¿Flor o

Lindo?

Para entonces los demás comensales

ya estaban riéndose.

—¿Qué? ¿Le vamos dando? —le preguntó

a Velázquez.

—No podría golpearte ni con el pétalo

de una flor… —dijo burlón y se regresó

a la barra a seguir tomando.

Florindo se quedó parado, escuchando

los murmullos y las risas a sus espaldas.

Sin saberlo, Manolo lo había matado.

Salió del pueblo pálido, sin fijar la mirada

en nada. Su caballo tomó su propio rumbo.

A los tres días apareció muerto en el

campo. Al parecer, de pura vergüenza.

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LA PUJA

GANADORA

Por Esher Domínguez Soto


Nueva York. Julio, 1934

Abrió la puerta del bar y echó un

vistazo. Un hombre moreno acodado

en la barra hacía dibujos con la

espuma de su cerveza. Dos banquetas

más allá, un pelirrojo, joven y pecoso,

medio derrengado en su asiento, seguía

los vuelos rasantes de una mosca que

iba desde la cerveza del moreno hasta

la ventana haciendo una parada en las

palas del ventilador del techo. Y desde

allí volvía a la cerveza como si no pudiera

dejar de hacer lo mismo una y otra

vez. La mujer retrocedió unos pasos y

comprobó el letrero con el nombre del

bar. Sí, aquí era donde había quedado

con el desconocido. Ella habría escogido

un lugar con menos mugre pero, tal

vez fuera el sitio ideal para no llamar la

atención. Era un asesino a sueldo y sabía

de todos estos detalles más que ella.

Entró y se sentó a una mesa del fondo.

El barman acudió, solícito.

—¿Qué va a ser, señora?

—Una soda, gracias.

El pelirrojo bebía con ahínco. Tal vez

estuviera recuperando el tiempo perdido

durante la prohibición, cuando

tenías que agenciarte la bebida y evitar,

al mismo tiempo, problemas con la ley.

El caso es que aquel hombre estaba ya

bastante borracho. Hablaba a trompicones

aunque nadie le hacía ni puñetero

caso. Es el sino de los borrachos.

Hablar para el aire. Una voz masculina

sonó a su espalda.

—¿Hace mucho que esperas, guapa?

Se giró. Un hombre alto, fuerte aunque

no gordo, labios carnosos, ojos

bastante juntos pegados a una nariz

aguileña y gesto despectivo la observaba.

Había algo en su mirada que la

hizo sentir incómoda. Parecía traspasarla,

ver debajo de su ropa. Se pasó la

lengua por los labios, como si saboreara

lo que veía. O sea, a ella.

—¿Qué? ¿Le gusta lo que ve? —preguntó

con ironía. Él movió la cabeza

afirmativamente.

Las mujeres deberían ser como los

circuitos de carreras, con curvas y peligrosas

—sentenció. Luego movió la cabeza

una vez más. Se sentó y el camarero

le trajo un whisky. No necesitó pedirlo.

Era un cliente—. ¿Un cigarrillo? —le puso

delante una pitillera abollada y ella se

sirvió. Le dio fuego, encendió otro para

él y entró en materia, sin perder ni un segundo—.

¿Qué quiere de mí? Por teléfono

la cosa no me quedó del todo clara.

—Me gustaría convertirme en viuda...

Había esperado un gesto de sorpresa

o de rechazo. Pero ni lo uno ni lo otro.

Se quedó mirándola mientras fumaba

en silencio.

—Lugar, fecha y hora más apropiados

—era evidente que iba al grano.

—¿No deberíamos ir a un sitio más…

discreto? —estaba a punto de decir, íntimo,

pero se contuvo. No quería que la

malinterpretase.

—Este sitio es como mi casa. Todos

saben a qué me dedico y nadie se irá

de la lengua.

—Bien. Me gustaría que fuese cuanto

antes. El lugar y la hora los dejo a su

elección.

—Veo que tiene prisa por librarse

del… problema.

La viudedad es un estado que puede

llegar a ser muy cómodo —soltó una

bocanada de humo que se mezcló con

el del cigarrillo de él—. Supongo que no

le parecerá mal —él le lanzó una mirada

algo torcida.

Las mujeres buscan un segundo

hombre que las ayude a librarse del primero.

Y, a veces, incluso, a acompañar-

37


las en su reencontrada soledad. Unos lo

hacen por amor. Yo por dinero. Supongo

que no eso no la escandalizará —ella

sonrió y negó con la cabeza—. Deme un

nombre y una dirección y yo me encargaré

de todo.

Ella le pasó un papel. Él lo leyó, hizo

un gesto de asentimiento y se levantó.

La acompaño hasta la salida.

Salieron. El borracho pelirrojo seguía

farfullando ante la indiferencia general.

El moreno aún no había terminado la

cerveza caliente y la mosca iba de un

lado para otro siguiendo su propia rutina.

El barman los saludó con un gesto

desganado. Llegaron hasta su coche.

Él le espetó:

—Son tres mil dólares. Mil ahora y el

resto cuando acabe el trabajo —ella

asintió y sacó un sobre del bolso.

—Aquí están. ¿Cuándo piensa hacer el

trabajo?

—Yo iré a verla cuando todo haya pasado.

Tenga el dinero listo.

—¿Lo hará pronto, verdad? —preguntó

con voz acariciadora. Ahora no era la

mujer práctica que hablaba de negocios.

En segundos se había transformado en

un animalito cariñoso y dulce al que

apetecía obedecer y acariciar. Bueno, y

otras cosas. Pero él no quiso entrar en

su juego. Podía ser muy arriesgado.

—Tranquila. Mi lema es satisfacer al

cliente. Casi estoy por añadirlo a mis

tarjetas de visita.

—Esperaré su llamada.

Él abrió la puerta del coche. Era un

asesino pero eso no impedía que supiera

comportarse como un caballero. Sobre

todo si la dama merecía la pena. El coche

se alejó y él sacó el papel que ella acababa

de darle. Rebuscó en un bolsillo interior

de la americana y sacó un segundo papel.

Comprobó los nombres y las direcciones y

sonrió. Nunca había asistido a una subasta

pero estaba seguro de saber dirigir una.

Volvió al bar. Necesitaba un trago que lo

ayudara a pulir los detalles.

Llamó a la puerta de la habitación del

hotel. Ella le abrió. Estaba radiante. Lo

dejó pasar y se acercó a la mesilla de noche

para coger el bolso. Sacó un sobre

con los dos mil dólares y se los ofreció.

—¿Todo en regla? —se interesó. El disparo

la cogió totalmente por sorpresa.

Se cayó sobre un silloncito y lo miró con

una mueca de dolor en el rostro—. ¿Por

qué? —acertó a balbucear.

—Su marido me pagó el doble si cambiaba

de víctima —explicó—. Ya conoce

mi lema: la satisfacción del cliente por

encima de todo. Estoy por añadirlo a

mis tarjetas de visita —se encogió de

hombros—. Lo siento, guapa.

Salió de la habitación con sentimientos

encontrados, Malo lo de la chica.

Pero el sobre con los dos mil dólares

que acababa de coger de entre sus dedos

agarrotados y los otros cuatro mil

que iba a cobrar de su viudo le endulzarían

mucho el mal sabor de boca de

le había dejado este trabajo.

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40

VIDA

DE CAMPO

Por Paola Tena


El Abuelo está loco». Lo repite Hermano

cada jornada antes de acostarnos,

después de haber oído sus

historias. Hoy ha sido un día duro. Al

desmalezar el terreno, tirando de los

hierbajos secos, casi sentía que estaba

arrancándole a la tierra un esqueleto

viejo que se resistía a dejarse ir, que

jalaba huesos secos que se quebraban

entre mis manos; luego apilar en

un montón todos esos despojos de la

vida que un día contuvieron para que

terminen de secarse y podamos cubrir

con ellos el campo, y así evitar que la

humedad se vaya para que broten

las nuevas plantas. Lo viejo alimenta

y cuida a lo nuevo, una y otra vez, en

un ciclo, como una rueda dentada que

encaja en los engranes de otra y giran y

giran, en perpetuo movimiento.

Padre, Hermano y yo aramos la tierra

desnuda. Creo que debe oler a algo, este

polvo ocre que se levanta al caminar.

Todo tiene un olor, ¿no? Pero soy incapaz

de notarlo. «Me incomoda la ropa»,

protesta Hermano, como todos los días.

Hermano siempre se queja de algo, y

aunque es el mayor de nosotros, no lo

aparenta. «Cuando quieras te desnudas

y vienes al campo en pelotas, a ver qué

te pasa», le contestó Padre muy serio. Yo

me aguanto la risa, y cuando no puedo

más suelto una carcajada. Hermano me

mira y entrecierra los ojos. Quizá piensa

que me la gané esta vez y que al volver a

casa ya veremos.

Sin embargo tiene razón Hermano,

esta ropa es tan incómoda para trabajar…

pero no debo ser malagradecido.

Madre se pasó horas cosiéndola para

nosotros, apenas viendo la punta brillante

de la aguja que entra y sale, entra

y sale, una y otra vez atravesando

la tela iluminada por la luz sorda de la

lámpara de grasa. «¡Del cochino todo

se aprovecha!», le gusta repetir a Abuela

cada vez que la encendemos, y ríe

su sonrisa desdentada mientras mete

los dedos entre sus enormes trenzas.

Abuela es así, alegre; por eso me gusta

besarle su carita de niña cuando volvemos

de trabajar.

A veces casi envidio a Madre y Hermana,

que no tienen que aguantar las quejas

y cuidan de los animales. Hermana

es concienzuda: mantiene limpio el gallinero

y revisa que no haya ningún agujero;

eso sería fatal, las gallinas se morirían

de inmediato. A veces deja que las

gallinas coman de sus manos y ríe con

ellas cuando cree que nadie la ve; ella es

dulce a su manera pero tiene que ocultarlo.

La vida en el campo es dura y no te

deja tiempo para ternuras. «Abuelo está

loco», repite Hermano, sabiendo que lo

oí la primera vez, pero no puede aguantarse

las ganas de lanzar aguijonazos. A

veces, cuando tengo la guardia baja me

pregunto si tendrá razón y Abuelo realmente

está loco. Cuenta unas historias

formidables, pero no importa qué tan

fantásticas sean, lo que me preocupa

es que se las cree realmente. Cree a pie

juntillas lo que le cuenta a Hermanita de

los animales magníficos, esos que volaban

por el cielo, con plumas de colores,

o esos otros tan grandes que se les podía

echar una casita encima y llevaban

gente sobre el lomo de un lugar a otro.

Los únicos animales que Hermanita conoce,

que todos conocemos, son las gallinas,

los cochinos y la vaca. Padre dice

que no hace falta más. Y sigue labrando,

labrando sin descanso jalando el arado,

dejando caer las semillas de maíz desde

su mano llena de callos.

A Hermanita no se le permiten las

fantasías más que a la hora de acostar-

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se. Madre la educa en casa, porque es

pequeña y débil y salir podría hacerle

mucho daño. Me da no sé qué verla

concentrada, sacando la lengua, leyendo

del libro, peinada de raya en medio.

«Mucho cuidado con estropearlo», le

repite Madre cada tarde antes de empezar.

Y es que es el único que tenemos.

Creo que era de Abuela. Con él

se aprende de todo, cuándo cultivar el

maíz, cuándo ordeñar, cuál es el modo

correcto de vestirse. Lo único que no

enseña el libro es cómo sanar a nuestra

vaca cuando está enferma.

La vaca vive en el granero, protegida.

Madre se encarga de ordeñarla y

no permite que nadie le ayude. Entra

ella, y solo ella, cargando las dos cacharras

de leche, y luego se oyen un

pum, la puerta, y trac, la tranca, para

encerrarse en el granero y que no podamos

espiarla. Por lo general somos

muy respetuosos de las órdenes que

nos da Madre, pero a veces no podemos

aguantar la curiosidad. Un día,

Hermano perforó un agujero en la pared

del granero. Hay días en que la vaca

se pone enferma. Madre sale enfadada,

la única ocasión en que pierde los estribos

y se deja ver así. «La vaca no funciona»,

grita madre cuando entra en la

casa hecha una furia y Hermanita suelta

una risa, «no funciona, no funciona»,

empieza a cantar como una tonta. «Cállate,

no repitas eso», le dice Hermano,

y ella deja de reírse, coge el libro y hace

como que lee.

«Abuelo está loco», repite Hermano,

por enésima vez. Estará loco, pienso yo,

pero sabe curar a la vaca. Se mete en

el granero, cargando la caja, su caja, y

algo hace dentro que la vaca da leche

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otra vez y muge como siempre. «¿Es

un médico, Abuelo?», le pregunto a Padre.

«Algo así», me responde, y luego

se queda callado y sigue cerrando los

surcos con la azada, enterrando las semillas

de maíz. Aquella vez, Hermano

se ganó una zurra por curioso, pero el

agujero que hizo ahí se quedó; un día

no aguanté más la curiosidad y acerqué

un ojo. Vi en la semioscuridad a

Abuelo, que levantaba una tapa del

lomo de la vaca como si fuera una puerta

pequeñita; irradiaba una luz verdosa

y él trajinaba dentro de ella haciendo

ese ruido de clin-clan clin-clan. Al día

siguiente, desayunamos nata untada

en pan de maíz.

Hermano entra en la casa al terminar

la jornada, y mientras se desata las botas,

levanta la cara y cuando me mira

dice: «el Abuelo está loco». Él sabe bien

que no lo oigo, porque no se ha quitado

el casco antirradiación, pero le da igual.

Y yo lo ignoro, y sigo atento las palabras

de Abuelo, contando que nuestros

ancestros montaban en máquinas

que surcaban el cielo, que la gente se

comunicaba a larga distancia y que

había una especie de magia llamada

electricidad. Que cuando la gente se

enfermaba bebía unos polvos especiales

y se curaba sin más. Que esta tierra

marrón, nuestra tierra, estaba repleta

de plantas diversas, no sólo matas de

maíz, como ahora. Y que incluso había

flores de colores brillantes. Hermanita

se ríe y le dice a Abuelo que quiere una,

pero ninguno de nosotros sabe muy

bien qué son. Sí, pienso, puede que sea

verdad. Quizá Abuelo está loco, pero

solo él sabe curar a la vaca. Lo que sea

que esto signifique.

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44

CRÓNICAS

ANTROPOLÓGICAS

PRESENTA:

LA CANCIÓN LITERARIA

Una entrevista

por José Luis Vázquez


Hace muchos años, en las entrañas

del Distrito Federal, surgió un

colectivo de «poetas y locochones»

que se denominaban «Rupestres».

Ellos, con sus guitarras de palo, voces

aguardentosas y versos cargados de

metáforas, ocuparon un vacío en la

escena artística de la ciudad al desenmarañar

temas que tanto los foráneos,

como la población, vivían en su

día a día. La popularidad y aceptación

de este movimiento fue creciendo de

manera exponencial hasta la muerte

de Rockdrigo González (considerado el

profeta del nopal) aquel fatídico diecinueve

de septiembre. Grandes compositores,

músicos e intérpretes formaron

parte de las filas de este colectivo, la

mayoría de estos siguen activos en el

medio artístico.

Hoy por hoy muchas personas recordamos

su trayectoria. Por ejemplo

aquellos conciertos en el tianguis del

Chopo apoyados por la escritora Ángeles

Mastretta y el muralista Arnold Belkin;

cabe destacar que gracias a este

movimiento se terminaron de gestar

nuevos géneros como el Rock urbano

y el canto nuevo. Sin embargo, aquí es

donde surge una gran interrogante: ¿El

movimiento rupestre sigue vigente? Y

no, no hablo de aquellos fundadores

del movimiento que aún trabajan en

sus proyectos, más bien hablo sobre

las nuevas generaciones.

Rockdrigo definía a los rupestres

como artistas sencillos y sin ningún

tipo de pretensión. Para él no importaba

si sus voces eran dulces o su imagen

era la ideal, ellos solo necesitaban

la poca o mucha voz que tuvieran y su

instrumento para difundir sus ideas.

Basándome en esta descripción decidí

encontrar a estos nuevos rupestres,

aquellos que encajaran en la descripción

que Rockdrigo dejó plasmada en

su manifiesto, aquellos que aún tuvieran

el valor para dar a conocer sus ideas

por verdadero amor al arte; sin tapujos

ni estereotipos; sin pretensiones ni intereses

difusos. Pero, ¿Dónde buscar a

estos nuevos rupestres? Por supuesto

en Internet, pues es un semillero de

nuevos artistas que, en cualquier disciplina,

buscan compartir todo aquello

que tienen que decir.

Mi búsqueda no me llevó muy lejos.

Comencé a leer rumores sobre

un cantautor poblano llamado Cesar

Alejandro Olvera, empeñado a convertir

libro en canciones; Alicia en el país

de las maravillas, El perfume, Drácula,

Aura, incluso Don Quijote de la Mancha

se encuentran reflejadas en el proyecto

de este cantautor, que tan solo con

su guitarra y su voz busca dar un nuevo

aire a estos clásicos de la literatura

mundial. Pero… ¿Libros convertidos

en canciones? Poco a poco profundicé

más en su trabajo y, causándome intriga,

sin dudarlo decidí contactarlo.

Fue sencillo entablar comunicación

con este cantautor a través de las redes

sociales, conversé con él sobre su propuesta

musical y amablemente aceptó

entrevistarse conmigo. Rápido me dirigí

a la central de autobuses para, después

de desayunar una guajolota y un

champurrado, tomar el primer autobús

hacia la ciudad de Puebla.

Para conocer un más a fondo su trabajo

y hacer ameno el trayecto de dos

horas (que por el tráfico se pueden

convertir en tres) entre el Distrito y la

ciudad de Puebla, guardé en mi iPod

todas las canciones que pude. Hasta

este momento, este cantautor con diez

años de carrera artística ha grabado

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46

cuatro proyectos desde el año 2004,

pero aquel que cautivó mi atención y

me tenía montado en la parte trasera

de un autobús económico es «Canción

Literaria»: un proyecto muy atractivo

que consta de tres volúmenes. Es muy

agradable que, valiéndose de su guitarra,

su voz y una mezcla de ritmos

como el blues, trova, rock y folk transmite

de una manera diferente todas las

ideas y emociones de cada uno de los

libros que las canciones representan.

Temas como Alicia y el sombrerero, El

principito y la flor, Aura y Desdémona,

por citar algunos, dibujan claramente

la idea principal que sus autores

pretendían transmitir de una manera

fresca y única, incitando a la lectura de

estos clásicos.

Una vez que el autobús arribó a la

CAPU mi primer pensamiento sobre

esta parada en mi búsqueda de los nuevos

rupestres fue: ¿Sería acaso Cesar

uno de ellos? Así que, sin vacilar, compré

dos cajas de camotes surtidos y caminé

al primer sitio de taxis que encontré.

Llegar al lugar de la cita fue relativamente

sencillo, solo con dar la dirección

al primer taxista que encontré fue

suficiente para dar con aquella cafetería

del centro de la ciudad de Puebla,

rodeado por exquisitas Iglesias decoradas

con colores brillantes, una alameda

llena de gente que probablemente

paseaba en plan de turista, o se dirigía

a su trabajo habitual.

Cesar me esperaba en una de las

mesas de la cafetería, me acerqué a saludar

y disculparme por el retraso que

traía a cuestas, el no hizo mención al

respecto y me invitó a sentarme. Pasaron

algunos minutos de charla amena,

cuando le comenté sobre mis intenciones

al entrevistarme con él, saqué del


olsillo de mi chaqueta una grabadora

de mano, encendí un cigarrillo y comencé

con la entrevista:

—Cuéntame, Cesar, ¿Cómo y cuándo

comenzaste a componer?

—¿Cómo? Pues como Dios, la escuela

y la calle, me daban a entender.

¿Cuándo? En la prepa, mi abuelo me

visitaba y tocaba música clásica en mi

casa, mis vecinos universitarios tocaban

rock, Rockdrigo

principalmente con

la de el asalariado

y algo de Haragán

con aquella de se le

hizo fácil; Chava Flores

y otras rolas que

iba aprendiendo de

amigos, Silvio se me

metió también, yo

diría que demasiado.

—¿Cuál es tu motivación para hacerlo?

—Comencé a tocar en los bares o peñas

a mis dieciocho, creo que fue antes

pero diremos que a los dieciocho, y

tocaba en el Realengo, atrasito de los

sapos donde se presentaba Carlos Arellano

—comentó haciendo una pausa

para tomar de su café—, pero recuerdo

que lo conocí antes a él. Yo trabajaba

de «guardarropa mesero» en un barecito

con mi hermano y el gerente me

escuchó tocar la guitarra, me dijo «vamos

a traer a Carlos Arellano y tú vas

a abrir». Mis motivos para componer

fueron en muy buena influencia por el

shaman o gurú espiritual Carlitos. Desde

que lo conocí nos hicimos amigos y

hasta la fecha, apenas me invitó a hacer

pan a su casa, dice que es una labor

de andar rescatando a los cantautores

para que vean que la vida está cabrona

—dijo soltando una ligera carcajada—, y

eso está muy chido.

Mi canción favorita es la

que le haya arañado al público

en una noche. Es hermoso

saber que anda uno

solitario pero que somos

hartos los solitarios y nos

vamos en bola cantando

—¿En qué te inspiras al componer

una canción?

—He tratado de que no todas mis canciones

sean de amor; ya sabes, ese rollo

de «le compongo a todas mis novias», si

hace uno esto ya valió. En mis primeras

canciones le compuse a la sociedad con

Ave rapaz, a la misma canción con Torrente

y mi primera canción literaria con

El tentador tentado, las últimas mencionadas

ganadoras de

concursos, primero y

tercer lugar, y esas no

hablan de amor. Pero

es imposible no cantar

de amor, el punto

es cómo abordarlo.

—¿Qué te llevó desarrollar

Canción

Literaria?

—Papini fue el culpable

con su libro el Diablo. Como todos

los que conocen el trabajo de Papini,

sentí la necesidad de hacer algo con su

trabajo, así nació El tentador tentado,

que incluyo ahora en el volumen tres

de Canción Literaria. Imagina un Diablo

que tiene la oportunidad de regresar al

cielo por sentirse tentado debido a su

tristeza, escuchando a los ángeles cantar

como él lo ha hecho antes… Su historia

me atrapó y llevarla a la gente de Puebla

donde hay más iglesias que bibliotecas

y librerías juntas… uff, en qué tema

me metí… —exclamó con un ligero aire

de ironía. Un pueblo culto es un peligro

para el gobierno de cualquier tipo y llevar

canciones inspiradas en libros a mi

gente, es darles armas para que no nos

sigan, como dice Octavio Paz, chingando

en éste laberinto…

Cesar detuvo un momento la charla,

cantando un fragmento de su canción,

Comala:

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—El párroco habla y la cruz desconcierta…

aquí en Comala la gente está

muerta… Caciques expropian a diestra

y siniestra… aquí en Comala la gente

está muerta…

—¿Cuál crees que sea el libro más significativo

para ti?

—El que voy leyendo… pero me

han marcado Los cuatro acuerdos de

Miguel Ruíz, y El laberinto de la soledad

de Octavio Paz; todos los de Juan

Rulfo y prácticamente los que me inflaman

el pecho son los que tienen

que ver con México. Tengo una cosa

pendiente con un disco dedicado a

autores mexicanos. Por lo mientras ya

hay canción de Carlos Fuentes, Aura;

Juan Rulfo, Comala; Víctor Arellano

Al demonio con la canción amor en

las rocas; y un compadrito coetáneo

de Guadalajara, Jorge Álvarez Lozano

con la canción Loreta del libro El maravilloso

y fantástico cirque du grotesque

de la señorita Loreta.

—De todas las canciones que conforman

Canción Literaria, ¿cuál es tu favorita?

—Mi canción favorita es la que le

haya arañado al público en una noche.

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Es hermoso saber que anda uno solitario

pero que somos hartos los solitarios

y nos vamos en bola cantando.

—Ahora que hay cantautores que se

hacen llamar rupestres y dicen que

forman parte de un nuevo movimiento,

¿te considerarías parte del mismo?

—El movimiento rupestre siempre

existió con auge con los gurús que lo

conforman, siempre anduve atrapado

con las rolas del Rosas, Arellano,

el Meza, el Catana, Nina, el Nono, el

mastuerzo y tantos otros grandes. Lo

que si veo es que el jalón que se le está

haciendo está de poca, las nuevas generaciones

se van atrapando. ¿Qué si

me considero parte? Soy aprendiz de

aquellos callejeros, siempre jalé más

para éste lado de la rola y aunque hago

ritmos más diversos; me considero parte

por el simple hecho de que ellos me

dieron huequito en sus canciones al yo

incluir en el repertorio de batalla, sus

rolas y por supuesto la amistad que

llevo con algunos como el Nono, Carlos,

Carcará, Iván García, César Munguía,

José Luis Galindo, y otros tantos

que pueda olvidar pero que son bien


¿Quieres conocer

más del trabajo de

este cantautor?

Descarga su música leyendo

el código QR, o búscalo en redes

sociales como Cesar Alejandro

Olvera

importantes. Pero la verdadera generación

rupestre son esos grandes que todos

conocemos, los demás vamos naciendo

con su influencia proponiendo

otros rollos, pero que a fin de cuentas

es el mismo porque compartimos escenario,

amigos y hasta el pan y el vino.

—¿Y qué opinas de todo el trabajo que

han hecho y del movimiento original?

—Me voy haciendo cuate de cada uno

que conozco y eso es fabuloso, el movimiento

se hace cuando se compromete

la persona, se involucra con el otro y

nos tuteamos y conocemos si sale el sol

en su casa o arden las cortinas. El movimiento,

lo reitero, de los rupestres en

Puebla, lo vivo con Arellano y el Nono,

con Iván, Carcará, Munguía y otros tantos.

Lo que me late es que no está establecido

a ciencia cierta, aunque hay un

manifiesto rupestre pero, a lo que me

refiero es que nos vamos adueñando

de lo rupestre al oír y vivir los conciertos

y hacer canciones que tengan que

ver con los de la generación original.

Ando elaborando una canción en homenaje

al respecto y la he de corregir,

adivinen con quién —dijo con una sonrisa

de complicidad en su rostro.

La charla prosiguió por varios minutos

más. Había terminado mi café a la

par que exhalaba la última bocanada

de mi cigarrillo. Cesar se despidió amablemente,

el atardecer sucumbía a la

noche mientras los últimos rayos del

sol iluminaban el campanario de la catedral

de Puebla.

La noche había caído ya mientras,

después de comprar mi boleto de regreso,

esperaba el autobús en la terminal

comiéndome uno de los camotes

que había comprado. Esta entrevista

con Cesar había sido enriquecedora,

no cabe duda que su ideología y sus

canciones retoman aquellos viejos

ideales que el Profeta del Nopal y los

demás rupestres iniciaron; también

hay que destacar su gran compromiso

con la literatura al invitar, a través de

sus canciones, a que las personas desarrollen

ese pensamiento crítico y libre,

y a darse cuenta que los libros son

una interminable fuente de inspiración

para aquellos que deciden sumergirse

en ellos.

Minutos antes de subir al autobús

escuché dentro de una pequeña cafetería

de la terminal una canción que

llamó mi atención; la guitarra armonizaba

con gran perfección la melodía

que aquella juvenil voz expresaba. Me

levanté de mi asiento y me dirigí a la

cafetería, debía averiguar de quién era

la canción que escuchaba. Mi viaje apenas

comenzaba y al parecer todavía no

podría regresar al Distrito.

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EXTRAÑAS

CRIATURAS

Por Circe


Sus días en la superficie estaban

contados. Nunca creyó en esas historias

fantásticas de seres como

ella que nunca regresaron al mundo

abisal porque encontraron el amor en la

tierra y eso les redimía de su compromiso

de regresar, pero cuando Noel la encontró

aquella noche durmiendo en el

acantilado y la invitó a ir con él, lo creyó

posible. Ella lo siguió dejándose llevar

por sus ojos tiernos y nobles, le dejó

creer que lo necesitaba, le permitió cuidar

de ella como si él fuera lo único que

tenía en el mundo, y así fue en realidad.

La generosidad de aquel muchacho la

enterneció hasta la locura.

Noel vivía en una casa de pescadores

en una playa cercana a los acantilados

que fueron su refugio durante un tiempo.

Antes de decidirse a acercarse a ella,

llevaba tiempo observándola, viéndola

cobijarse entre los recodos de las rocas

para pasar las noches, al igual que ella,

escondida, lo había visto pasear por

aquel paraje abrupto y solitario.

Al principio, fueron meros seres pululando

el uno en torno al otro, dos seres

que se observan, que se acercan, se

alejan, tímidos, inseguros, expectantes,

pero conforme los días transcurrían, la

atracción se intensificaba, como la de

dos astros que confluyen en la misma

órbita momentos antes de colisionar.

Cuando el contacto del uno con el otro

fue inevitable y se dejaron arrastrar por

la intensa corriente de sus pasiones, por

fuerzas desconocidas hasta ahora sin pararse

a pensar hasta dónde les llevaría.

Noel manifestaba su adoración por

ella, un fervor que crecía y crecía llenándola

de felicidad, y no podía evitar

estremecerse ante aquellos ojos que

la miraban llenos de diminutos átomos

dorados, brillantes, chispeantes,

y temblar cuando, de aquellas manos

que la acariciaban, brotaba una sonora

electricidad, como risas de ángeles del

país de Liliput.

Ahora se preguntaba ¿qué había

cambiado entre ellos? ¿Cuándo? ¿Por

qué? Sentada sola en la oscuridad de

un cuarto, mientras esperaba oírlo entrar

por la puerta, una fuerza interior

descomponía los colores, dentro y fuera

de ella, y la devolvía a su verdadera

identidad, la de un ser sombrío y tenebroso,

a quien la luz del sol y el amor

de un humano habían dotado de una

belleza desconocida que ahora se desvanecía

segundo a segundo. La certeza

de su inevitable destino le provocaba

angustia y miedo, soledad, dolor, porque,

de alguna manera manera, después

de ese tiempo juntos, se sentía

ya parte del aquel mundo de luz y color.

Ella pertenecía a un estirpe de hembras

que necesitaban de los hombres

para perpetuarse como especie, ese

era, exclusivamente, su cometido en

tierra firme y una obligación que debían

cumplir, como hicieron todas las

demás antes de ella, al menos, una

vez en la vida, no debía olvidarlo. Para

acometer tal función, la naturaleza las

había dotado de esa cualidad mutante

y de ciertos dones para atraer a su regazo

a un ser humano que tuviera la

capacidad de satisfacerlas. Había sido

así desde los tiempos más remotos,

tal como relataban las leyendas que

se transmitían de generación a generación,

como aquella de Ulises al que,

sus marinos, ataron al mástil del barco

para así evitar sucumbir a los hechizantes

cantos de Parténope.

Tal vez Noel, al igual que los peces

de aquel acuario que visitaron juntos,

que giraban enloquecidos como si un

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pez grande, con la boca abierta, los

persiguiera, sintió el peligro, intuyó al

monstruo que dormía a su lado, las

frías escamas que palpitaban bajo su

piel rosada, cálida y delicada; comenzó

a resistirse al indomable mundo salvaje

de los sentidos al que había sido

arrastrado y del que ella misma había

intentado huir pero al que su naturaleza

la condenaba sin remedio.

Era una noche oscura, sin luna, nadie

la vería partir. El acantilado en el

que Noel la encontró era un lugar suficientemente

apartado y solitario. Hubiera

sido más fácil y sosegado la playa,

entrar caminando en el agua y después

sumergirse, pero siempre había albergado

la fantasía de dar el salto, penetrar

de golpe en las aguas y no tener

tiempo de mirar atrás. Se desnudó, doblo

su ropa, no la necesitaría allí a donde

iba y la dejó entre las rocas, aquel

sería el primer lugar en el que Noel la

buscaría cuando le extrañara su ausencia,

allí la encontraría y comprendería

que se había marchado para siempre.

Sería su carta de despedida.

Se acercó hasta al mismo borde del

precipicio, y aunque el viento húmedo

y salado la empujaba tierra a dentro,

dio los primeros pasos hacia delante.

Se paró unos segundos, volvió la cabeza

para ver por última vez el mundo

que dejaba detrás. Las luces de una

ciudad pululaban en la oscuridad. Miró

el cielo lleno de estrellas y admiró, una

vez más, su belleza. El ruido de las olas

abajo, chocando con las rocas, la llamaba

y sus ojos, que comenzaban a

adaptarse a la oscuridad, podían distinguir

los saltos y escuchar las voces

de las criaturas marinas que habían

venido a recibirla y que la acompañarían

de vuelta. A la mañana siguiente

los habitantes de las casas cercanas

hablarían de los sonidos extraños que

provenían del mar. Pero antes de decidirse

a saltar, dio un paso atrás, se

había contaminado de algunas emociones

humanas como el miedo, el instinto

de huida ante una posible muerte,

y el vértigo cosquilleó en sus entrañas.

Su pie derecho sobresalió hacia el abismo,

nada lo sostenía, el corazón palpitaba

con fuerza y los ojos se llenaron de

lágrimas ¿lágrimas? Eran saladas como

el agua del mar, se extrañó. Pronunció

su nombre «Noel» y sonó dulce.

Entre sus dedos surgieron delicadas

membranas que acarició recordando

su tacto suave. La metamorfosis había

comenzado. Su fina y rosada piel comenzó

a llenarse de escamas azuladas

que la traspasaban con dolor, en sus

ojos crecía una amarillenta membrana

impermeable que le permitiría mantener

los ojos abiertos dentro del agua y

ver en la oscuridad, su cabello suave y

largo, en unos segundos, no sería más

que una aleta espinosa. Contuvo la

respiración casi hasta desfallecer para

que las branquias ocultas detrás de sus

orejas se abrieran como abanicos para

proporcionarle el oxígeno tan ansiado.

La separación de sus piernas comenzó

a difuminarse.

Tocó su vientre, allí guardaba el tesoro

que había venido a buscar, allí adentro,

dormidos, palpitaban los óvulos

fecundados que desovaría en algún rincón

oscuro del fondo del mar. Oyó voces

a lo lejos. Tenía que darse prisa. Saltó.

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TIEMPO

MUERTO

Por Hugo Casarrubias


El frio del muelle ya comenzaba a

golpear mi cuerpo a pesar de la gabardina

que portaba. Hace un par

de minutos me había fumado mi último

cigarrillo y en estos momentos de ansiedad

deseaba otro. A mi hija le molestaba

que fumara tanto pero los casos que

me reportaban en mi oficina me estresaban

de sobremanera; inhalar el humo

del tabaco me relajaba en mis tareas

diarias. No obstante mi nivel de estrés

en esos momentos se elevó considerablemente,

sentía mi cerebro como un

elevador poseído por los demonios del

remordimiento. Todo esto había sido

mi culpa, lo reconozco pues las relaciones

que establecía con «Los herreros»

habían sido con el fin de protegerme a

mí y a mi familia. Algo había salido mal,

un malentendido que no se pudo aclarar

en su momento. Me he convertido

en el verdugo de mi familia, de mi hija,

a quien adoro con toda mi alma, ahora

tendré que verla en el exilio.

Tenía una fama inequívoca en la comisaría.

El tiempo avanzaba rápidamente

y los eventos especiales de mi

hija me los perdía por impuntualidad…

o simplemente por darle prioridad a

mí trabajo. Todos sabían que mi falta

de tiempo era producto de apuestas y

burlas pero no me importaba. Mi trabajo

era serio y mi hija comprendía estas

faltas en su vida. Nunca creía que esta

irresponsabilidad me llevaría a catastróficas

consecuencias.

Tenía que quedarme muy quieto en

este paisaje de contenedores de metal.

Desolado como mi espíritu y distópico

como mi difuso futuro. A luz de la luna,

la mochila repleta de armas parecía

que guardaba la cabeza de alguien que

le había jugado sucio a «Los herreros».

Yo me sentía uno de los tantos asesinos

a sueldo que trabajan para ellos. Por

un momento me dio asco este pensamiento.

No era un asesino y mucho menos

deseaba serlo, solo soy un detective

que traicionó a los suyos a cambio

de protección y bienestar. Lo sé, una

persona como yo no merece la cárcel,

los cobardes no se hunden bajo cuatro

muros de concreto sino en las lenguas

llameantes del infierno.

Revisé mi reloj. Las 11:45 y ni una

señal de presencia humana. Paradójicamente

me sentía ansioso por la

impuntualidad de «Los herreros». Di

media vuelta y me encontré con las

tranquilas aguas del muelle. La luz de

la ciudad resplandecía en su negrura

y parecía tener vida ante las pequeñas

olas del mar. De pronto apareció una

garza y se postró sobre uno de los postes,

miró hacia el agua y parecía cazar

algo. Había visto su cena nadar en el

mar negro. Saltó mi corazón y pensé en

aquella idea de muerte, sentirte frágil e

indefenso ante la caza de alguien más

poderoso. Yo era ese pez que disfrutaba

del agua nocturna, seguro de mis

nados en el mar. Hasta que llega una

garza hambrienta que busca sacar de

su paz, de su seguridad, al que nada

con tranquilidad.

Un destello bastante luminoso me

distrajo. Venia de la entrada del muelle.

Di media vuelta y apreté con fuerza

las cintas de la mochila. No me había

percatado del peso de esta pues mi

brazo ya comenzaba menguar. Se trataba

de una camioneta, una Ford Panel,

probablemente del año 54 por la forma

alargada de la trompa. Su color negro

reflejaba como espejo el cielo estrellado.

Los faros me deslumbraron y la camioneta

se detuvo a un par de metros

de mi posición. El motor no se detuvo

55


pero escuché cuando la puerta se abrió.

Unas botas pesadas se dejaron escuchar

sobre el pavimento.

—¡Morales! —gritó y de inmediato reconocí

aquella voz, se trataba Hernán Mireles,

conocido entre las mafias y el centro

de inteligencia como «el fideo». Un hombre

astuto y mortífero con su Magnum 44.

Delgado, pálido y repleto de cicatrices en

el rostro este hombre era el que reclutaba

a los que hacían el trabajo sucio para

José Montoya, «el herrero».

—¡Si aquí estoy! ¡Donde está mi hija!

—grité y una gota de sudor frío recorrió

mi espalda.

—¡¿Dónde están las armas?!

—¡Aquí, pero primero quiero ver a mi

hija!

Por unos eternos segundos no hubo

respuesta más que el monótono ruido

del motor andando. Repentinamente

vi como algo atravesaba las luces de los

faros y caía deslizándose hasta mis pies.

Me incliné y me encontré con una fotografía

instantánea en blanco y negro: era

Elizabeth, amordazada y amarrada a un

árbol en medio de lo que parecía un bosque

o algún parque. Miré al reverso de la

imagen y me encontré con un pequeño

croquis acompañado de unos dígitos. Estos

marcaban 10:15. Mire de nueva cuenta

mi reloj y vi que ya eran las 11:58.

—¡Dame las armas y te daré el antídoto!

—gritó «el fideo».

—¡¿Cuál antídoto?! ¡¿De qué hablas?!

—grité y el graznido de la garza

me hizo voltear hacia ella. Al regresar

la mirada me encontré con el cañón

de la Magnum apuntándome directo

entre los ojos.

—Tienes poco tiempo, Morales. El

reloj avanza. Ya solo te quedan nueve

minutos.

—¿De qué hablas? ¿Qué le hicieron a

mi hija? —pregunté con cierta rabia. El

hombre jaló el martillo del arma con

una habilidad sobrenatural. Era un

maestro en su clase.

—Dame las armas o te encontraras

con tu hija en el más allá.

—Malditos sean. ¡Malditas ratas de alcantarilla!

¡Púdranse! —grité; me salió

desde lo más profundo de mi ser.

—Vaya que lo tenías reservado —hizo

una pausa y sonrió maliciosamente—.

Eres un buen hombre, Morales, pero no

muy inteligente. Sobre todo en cuestiones

de tiempo.

—¿Dónde está mi hija?

—Dame las armas o tu hija morirá.

No tuve elección. El hombre delgado

tenía toda la ventaja sobre mí. Le

di las armas y la maldita garza volvió

a graznar. «El fideo» tomó las armas y

con la mano que apretaba la Magnum

dejo caer una jeringa. Alzó la mochila y

corrió hacia la camioneta. Esta se alejó

rápidamente levantando humo sobre

56


el muelle mientras la luz de la luna la

escoltaba a la salida.

Levanté la jeringa y mire de nueva

cuenta la fotografía. Ver a mi princesa

atada a ese árbol me provocó una

enorme tristeza que se convertía en

rabia. De pronto unos truenos amenazantes

aparecieron en el cielo raso y

me di cuenta de lo mucho que estaba

perdiendo el tiempo. Miré el croquis y

me percaté de que se trataba del parque

que se encontraba cerca de la salida

hacia el muelle. Vi los dígitos y miré

mi reloj. Mi mente no lo había visto,

no lo había asimilado en el momento.

Mi hija había sido envenenada y

tenía el antídoto. Corrí hacia la salida

del muelle y la garza volvió a graznar,

pero esta vez levantó el vuelo y tomó

a su presa con una astucia admirable.

—Yo no seré ese pez —me dije mientras

corría y la lluvia golpeaba mi cara.

Llegué al parque en seis minutos. Ya

solo me quedaban dos para suministrarle

el antídoto a mi princesa. Entre

al parque y comencé a buscar el árbol

de la imagen. Un trueno cayó cerca de

un claro y por unos segundos iluminó

la copa de un imponente árbol a la

distancia. Algo me decía que esa era

ahí. Corrí con toda mi energía hacia

ese lugar. Esperaba abrazara mi hija y

suministrarle el antídoto lo más rápido

posible pero… había algo ahí que

no me esperaba. En el tronco del árbol

había un esqueleto amarrado. La carne

putrefacta aún estaba adherida a los

huesos. Un trueno cayó y aluzó los jirones

de ropa que portaba en vida. Vi

algo conocido, un trozo de tela de un

vestido floreado que mi hija se ponía

con frecuencia, el trozo se encontraba

adherido al fémur del esqueleto. Me

hinqué y lancé un grito al cielo lluvioso.

Mi cobardía y mi impuntualidad al

fin habían creado estragos mortales.

Jamás creí que mi egoísmo me llevaría

a esto. Fui devorado como la garza

al pez. En un acto de rabia hice añicos

la fotografía y me pique con la jeringa.

En mis brazos y en mi cuerpo. Deseaba

morir. Ya no quería vivir. La razón de

mi existencia había desaparecido y mi

paso por la tierra había llegado a su fin.

Y así fue.

Mi vista comenzó a nublarse. Mis

huesos comenzaron a dolerme. Mi piel

empezó a arder. Mi cabeza ejercía una

presión sobrenatural. Mi nariz comenzó

a sangrar junto con mis oídos… Y en

medio de aquellos árboles, frente al

esqueleto de mi hija, me tiré a la hierba

crecida y la lluvia aliviaba mi dolor

emocional. Una sombra se presentó en

mi visión y por la forma de su cabeza

enseguida determiné su paradero. Era

José Montoya «El herrero» quien reía

entre dientes mientras me veía morir.

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58

NOCHE DE

BRUJAS

Por Manuel Rodriguez


Llegaron a la presa «El Carrizo» convertidas

en grandes aves nocturnas…

sus siluetas dibujadas bajo

las sombras de los carrizos y reflejadas

en el agua por efecto de los rayos

de la luna me inspiraban a las hadas

preferidas en los cuentos de niños; las

primeras en llegar eran completamente

blancas como garzas gigantes, en

tanto las rezagadas en el vuelo tenían

las alas bordeadas de negro diferenciándose

en el tono que iba del claro

al oscuro profundo. Una a una se fueron

posando en el borde de la presa de

agua tranquila, serena y transparente,

en tanto sus alas iban desapareciendo

en su cuerpo mismo transformándose

en voluptuosas ninfas celestiales como

damas de la fresca noche, lanzándose

una a una en las aguas quietas de la

presa acuífera haciendo olas concéntricas

transformando su figura reflejada.

La noche serena y tranquila de plenilunio

me permitía atisbar desde entre el

follaje de las plantas de viravira a donde

me había trepado escondido y asustado

por la sorpresa que representaban en

mi camino al pueblo de la colina. En el

agua de la presa empezaron a cogerse

por las manos, recostando sus cuerpos,

haciendo olas con ellos, empezando

una danza sin fin, jugando a la ronda

alegremente como cisnes en un ballet

entre luces naturales; jugaban dando

pequeños saltos de alegría en tanto con

las manos sacaban el agua que se transformaba

en pequeñas gotas cristalinas

resbalando por sus cuerpos desnudos.

Era medianoche y la luna llena brillaba

intensa en un cielo sin nubes

empezando a descender desde el cénit,

cuando decidieron abandonar su

reunión y salir al borde de la presa empezando

otra vez a crecerle las alas; en

tanto unas a otras se acicalaban el plumaje

para volver a emprender su vuelo

nocturno luego del breve descanso,

desapareciendo en la distancia en la

tranquilidad de la noche entre luciérnagas

que prendían de tanto en tanto

sus luces por entre bichos nocturnos

que cantaban en las ciénegas cerca al

camino. Bajé del árbol haciendo uso

del tino juvenil, desafiando a los misterios

de la noche, y tomé el camino

cuesta arriba siguiendo mi destino con

dirección al pueblo de mis amores juveniles.

En el camino avanzaba recordando

mis clases de mitología y cuentos

griegos explicados con dedicación

por el director del colegio en el que

estudiaba, hablándonos de Demóstenes

en la Grecia antigua explicando del

equilibrio perfecto y la desnudez femenina,

resumiéndolo en una frase que ha

trascendido los siglos: «Nosotros tenemos

compañeras (hetairas) para la voluptuosidad

del alma y prostitutas para

la satisfacción de los sentidos; mujeres

legítimas para darnos hijos de nuestra

sangre y llenar nuestras casas…» En

tanto Ateneo, el famoso gramático griego

escribía en su momento sobre Friné:

«Era bella todo en aquello que no se ve»,

y lo era tanto que inspiró a Apeles para

su Afrodita Anadiomena, es decir; Afrodita

saliendo de las aguas.

Nuestro profesor resumía a Friné,

como una de «las señoritas de moral

elástica dedicadas al rubro artístico y a

la prostitución», difícilmente podía vérsele

en los baños públicos de la época

y solamente una vez, en la fiesta de los

misterios de Eleusis, se bañó desnuda

en el mar saliendo de entre las aguas a

la vista de todos los asistentes que se supone

inspiró al pintor que se encontraba

por ahí de pura casualidad. La misma

59


Friné sirvió de modelo al escultor Praxíteles,

el más famoso y cotizado de la

Grecia clásica quien la hizo su amante

pensando que con eso se ahorraba los

honorarios de la modelo; cuentan también

que el escultor quiso retribuir sus

«servicios» ofreciéndole como regalo

una de sus estatuas a libre elección. Friné

no sabía nada de esculturas, sin embargo

ideó una trama sobornando a un

esclavo para que ingresara al taller gritando:

¡Se incendia el taller! Praxíteles

exclamó: ¡Salven al Eros! Y así fue que

Friné se enteró cuál era la estatua más

valiosa, eligiendo a Eros.

Friné fue influenciada tanto que quiso

comparar su belleza a la de Afrodita, lo

que dio motivo a las autoridades griegas

que, al llegar a enterarse, la acusaron

de impiedad; en esos tiempos era

cosa seria y le podía costar una condena

a muerte. Praxíteles contrató a Hespérides,

famoso abogado y orador, para

defender a Friné ante los jueces sin conseguir

convencerles. Siendo un buen

observador notó que los jueces pedían

la cabeza de Friné, pero también ansiaban

con lascivia su cuerpo desnudo,

de ser posible viva; en consecuencia el

hábil abogado argumentó que sería un

crimen privar al mundo de una belleza

incomparable como la de su defendida

y ahí mismo le sacó la túnica de un tirón

entre gritos y aplausos de las tribunas

con miradas nostálgicas y soñadoras de

los ancianos jueces.

Era allá por los 300 A.C. y reafirma la

idea de que para una mujer muchas veces

basta con desnudarse para hacerse

famosa. Pensaba que Friné sin duda

hizo escuela de desnudez por muchos

siglos después… justamente la desnudez

que acaba de ver en la represa

al pie de la montaña, aquella noche de

luna llena en tanto por casualidad pasaba

con destino al pueblo de la colina.

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61


EL SÍNDROME

DE LA PÁGINA

EN BLANCO

Por Diana Ruiz

Y

de nuevo me encontraba frente a

aquella maldita página en blanco

que tantos quebraderos de cabeza

me había estado dando desde hacía

demasiado tiempo, ni podría precisar

cuánto. Maldita sea. La escritura ha

hecho mella en mi ánimo haciéndome

arisco con la sociedad, dando prioridad

a un folio y un bolígrafo rebosante

de tinta más que virgen antes que a

un plato de un buen puchero caliente,

62

amando mi soledad y los estados de

única presencia en mi despacho, en el

salón, en la cocina... en cualquier parte

de la casa con tal de poder escribir.

Todo me era imposible. Probé a meterme

en la bañera, en seco, ya sabe,

por eso de que el papel y el agua son

malos compañeros. Intenté mil y una,

y no de noches precisamente, sino de

posturas no fuera a ser que con una

determinada posición me viniera la


inspiración, recé a la diosa fortuna por

aquello de: por arte de birli y birloque,

lo consiguió. Pues ni por esas. Nada. Y

si vivía porque así debía cumplir con mi

destino, no por ello le voy a ocultar que

esa situación, enfermedad camuflada

en metáforas, semánticas y gramáticas

no me dejaba vivir. Cada día, cada minuto

de mi insulsa vida, se apoderaba

de mi debilidad vaciándome de unos

sentimientos que, más de una vez, confirmé

perdidos. Esa tortura deformó mi

personalidad y llegó incluso a dibujar

trazas de irremediable locura, quizás

transitoria, hacia todo lo que intentaba

hacer. Miraba la página con temor y

ella me observaba desafiante, con una

prepotencia que acosaba a mi pecho

haciéndolo incrementar su ritmo respiratorio

y cardíaco. En momentos, hiperventilaba

y la ansiedad se inyectaba

por mis venas como si de un opiáceo

63


se tratará, confundiendo mi realidad

y transportándome a un oscuro laberinto

sin su única salida. Estaba encerrado

en vida con una regia coraza que

impedía la inoculación de la más mínima

sensación. En mí ya no se hallaba

ni una huella, ni una reminiscencia de

una bella emoción que pudiera llegar a

plasmar en una página vacía. Y ahí me

encontraba yo. La página y yo. Esperando

su vestuario de letras que formaban

palabras y estas, a su vez, frases. Mis labios,

aun con disimulados movimientos

por aquello de obligarte a responder al

prójimo por educación, estaban cosidos

con hilo cardado en el más profundo

infierno, en cuyas calderas lo tiñeron

de ineptitud e ignorancia para mi pesar

y dolor. Y mi cerebro, calló. Enmudeció

sin previo aviso y de un día para otro.

Se apagó para dar paso a una «carta de

ajuste» grisácea e insonora que adormecía

mis neuronas sin necesidad de tanques

criogénicos. Si yo sentía algo era

frialdad mientras que una escrupulosa

necesidad afloraba de mi ser para llenarla

hasta los más recónditos huecos

de su leve blancura de ríos de tinta nacidos

de mi madre literata. Eso era totalmente

contradictorio pues mi cerebro

no funcionaba, no me daba la respuesta

ni la palabra adecuada para comenzar

un mísero microrrelato. ¡Qué menos

que un microrrelato!. ¡Y qué más!. Un

sufrimiento, una desesperada angustia

por no ser capaz de ser visitado por esa

musa imaginaria, esa pócima de creatividad.

Si me quedaba algo de cordura,

que, a estas alturas del partido, lo dudaba,

me estaba abandonando, envolviéndome

en una infinita soledad que,

con maldad, ahogaba el oxígeno de mis

64


pulmones. De pronto, y muy sutilmente,

comenzaron a formarse unos minúsculos

trazos grises en el ángulo superior izquierdo

de la reluciente página y sin que

yo hiciera el más mínimo movimiento

con mi bolígrafo, el cual, reposaba su

eterna siesta sobre mi mano. «¿Es que

no vas a empezar nunca? Vamos, decídete.

No tenemos todo el día», mostró la

página. Mi palidez, estoy seguro, se tuvo

que tornar en un marmóreo cadavérico

al ver aquello. Y las palabras, como

dardos hacia mi estupefacta mirada

sin parpadeo, prosiguieron su inquina:

«¡Que empieces de una vez! ¡Vamos! ¿No

crees que llevas demasiado tiempo sin

dar ni golpe? ¡Eres un zoquete! ¡Un lerda,

un cernícalo, obtuso perdido! ¿Qué

pretendes? ¿Quedarte ahí sentado toda

tu vida esperando que te lo den todo hecho

y tú no muevas un dedo? ¡Despierta

ahora mismo a tu bolígrafo y ponte

a trabajar, pedazo de…!» Pero ¿qué y

quién se habría creído aquella palabrería

para hablarme en dichos términos?

No podía permitir que nada y nadie

rasgara aún más, si cabe, mi ánimo, mi

autoestima, mi persona. Y sin regalarle

ni un ápice más de mi tiempo, y viendo

cómo la página se llenaba de descalificaciones,

insultos, groserías y similares,

con un suave movimiento de mi mano,

temerosa de enfrentarse a un destino

no escrito, hice que mi bolígrafo despertara

de su letargo, la tinta subía y bajaba

por el conducto del artefacto y, acercándole

hacia el punto final de aquella marabunta

de improperios, escribí: «FIN».

El microrrelato había terminado. Y con

ello la charlatanería, el shock psicológico

para un despertar de un síndrome de

página en blanco.

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EL ÚNICO

TESTIGO

Por Esteban R. Jiménez Bedoya


Cuando subí en el paradero de la

esquina Molino, a eso de las ocho

menos diez, la encontré en el ómnibus.

Tenía el cabello negro y largo

en una trenza que caía por su hombro

derecho hasta casi tocar la revista que

leía. Apenas si me dio una ojeada cuando

subí para luego hundirse de nuevo

en su lectura. Llevaba un vestido azul

cielo y un bolso blanco y grande. Podía

haber sido una Ruth, Ana o Sofía, pero

por una razón que ignoro, me pareció

que debía de llamarse Susana.

Si una calamidad doméstica hubiera

tenido lugar en su mañana, como que

el despertador se rebelara con alguna

mala función o que se tardaran en

atenderla mientras compraba su jugo

favorito en la tienda de la esquina, y

hubiese perdido la ruta F-35 a Rodas,

Los Puentes, San Tiburcio y Dolores,

nada malo habría pasado.

El viaje iba sin mayores sobresaltos.

A tiempo. En alguna parada de la avenida

Domingo, la pasajera malvada debió

subir al ómnibus. Creo que fue en la calle

de los bares, la Ramón, o quizá en la

maloliente esquina de Andes. La vi recorrer

el bus pasando revista, seleccionando

a su víctima; luego se acomodó

en lo más alto de la ventanilla contigua

a Susana. Era monstruoso ver como se

acicalaba, primero sus alas, luego las

patas. Dio un par de rondas sobre la

incauta Susana que, concentrada en su

lectura, ignoraba lo que sucedía.

Por un momento la creí salvada. La

perversa criatura se dirigió hacia la

puerta delantera en la parada de Colonias,

y cuando parecía disponerse a salir,

dio un giro violento y regresó en mi

dirección a toda velocidad. El susto me

fue suficiente para dar de bruces en el

suelo, maniobra que me valió las miradas

de sorpresa y burla de los ocupantes

del ómnibus, excepto la de Susana,

que parecía en un mundo distinto al

del resto de pasajeros. Desesperado intenté

encontrarla, descubrir una nueva

arremetida para ponerme a salvo. Tardé

un poco hasta verla en el botón rojo

del timbre, divertida, creo, de haberme

hecho saltar como una liebre asustada.

Me incorporé y al volver la vista no

la encontré más en la salida o en los

vidrios del final del pasillo. Recordé a

Susana y giré de inmediato. Allí estaba,

serena, azul, concentrada.

Debí hacer algo, enroscar el periódico

y atacarla con él, seguirla furibundo

por todo el pasillo hasta darle muerte,

hasta salvar a la pobre e indefensa

Susana. Me quedé inmóvil, perdido en

sus óselos, a veces verdosos, a veces

de un azul sucio. Casi podía ver la diminuta

sonrisa que se le dibujaba en su

traquea alargada en forma de trompa.

Entonces lo supe, se había cansado de

jugar, iba a hacerlo frente a mis ojos.

Se acomodó en dirección a Susana. A

pasos lentos recorrió el borde rojo del

asiento casi tocando su trenza. Me

miró de nuevo mientras abría las alas y

flexionaba un poco las patas.

No pude resistirlo. Lo más rápido

que pude me encontré tocando el timbre.

El chofer, para mi fortuna, se detuvo

casi de inmediato. De un salto estaba

en la calle y me alejé corriendo. No

podía voltear. A pocos metros escuché

los gritos provenientes del ómnibus y

la frenada en seco.

No me presenté en el trabajo. Tomé

un teléfono público y, con manos aún

temblorosas, marqué al estudio para

reportarme enfermo. Vagué por el centro,

por los bulevares sin lograr apartar

de mi mente las variantes del ataque a

67


Susana, incapaz de sacudirme la culpa. Creo

haber tomado uno o dos tragos en un bar de

pensionados y regresé caminando a casa.

Al llegar, me desplomé en el sofá. De

pronto escuché el ruido proveniente

del cuarto. Al principio lo creí una suerte

de motor diminuto, quizás algún cochecito

olvidado por mi sobrino, pero

luego reconocí el rumor de aleteo.

Mi sangre se heló de golpe. Imaginé

el rostro de Susana, los ojos abiertos y

acusantes, la boca abierta, la piel pálida

desprovista de vida. Me supe en el pasillo

que conduce al cuarto, los pies pesados

y la sensación de querer huir, de salir a

la calle y caminar sin rumbo por siempre,

pero seguía en el pasillo, avanzando sin

detenerme en dirección a mi cuarto.

Abrí la puerta y al encender la luz de

la recámara la vi, estaba recorriendo en

delicia la biblioteca, ensuciándola, haciéndola

imposible de releer.

Cerré los ojos. Podía imaginarla volando

de un lugar a otro, echando todo

a perder con sus patas sucias, volando

en círculos como con Susana, burlándose

de mis sobresaltos cuando reiniciaba

su vuelo y destruía la paz que la

ausencia de su zumbido me proveía.

Podía verla lamiendo sus patas y acariciando

sus alas.

Los minutos pasan lentos, y yo aquí,

de pie, con los ojos cerrados, temblando,

sabiendo que tarde o temprano se

cansará del juego y se lanzará hacia mí,

el único testigo.

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BESTIA

Por Jhovana Aguilar Jiménez


Estando yo dedicado enteramente

al cuidado de mi enfermiza madre,

me creé un pasatiempo para ocupar

mis tardes libres; cuando mamá

dormía, tiempo en el que yo me hallaba

inactivo, con el correr del reloj y nuestra

casa sumida siempre en un silencio que

parecía perpetuo. Me formé una enorme

pajarera en nuestro jardín trasero, la

dispuse de todas las comodidades que

se me ocurrieron para que las aves pudieran

vivir plácidamente, y una mañana,

dejando a mamá a cargo de la enfermera,

visité el mercado para surtirme de

canarios, ruiseñores, palomas y un loro

joven que, según el vendedor, podría

enseñarle a pronunciar palabras.

De esta forma corrió el tiempo sin

menos tedio para mí; me mantenía

absorto llenando las fuentes de alpiste

y agua limpia, colgando trozos de fruta

en los enrejados de la jaula, procurando

el periódico para que pudieran

adaptar con él sus nidos. Al terminar,

me acercaba una silla y me relajaba escuchando

sus cantos y viéndolos volar

de aquí para allá. A mamá también le

resultó beneficioso. Descansando en

su lecho se maravillaba con las suaves

tonadas que llegaban hasta su alcoba,

y en algunas tardes, cuando sus padecimientos

se mitigaban un poco, la sacaba

en la silla de ruedas para que se

entretuviera observándolos a mi lado.

Al loro, que mantenía en una jaula

aparte por instrucciones del vendedor,

me propuse enseñarle a hablar empezando

por palabras sencillas como

«Hola» y «Adiós». No vi gratificados mis

esfuerzos la primera ocasión; el loro

solo me miraba de vez en cuando y se

dedicaba mejor a picotear la comida,

mientras yo, sintiéndome un tonto, articulaba

las palabras con lentitud, animándolo

a que las repitiera. Sin embargo,

no desistí en mi propósito.

Enorme sorpresa me llevé cuando, al

tercer día de nuestras lecciones, el loro —al

que había nombrado Pepe— descendió de

su columpio, se posó frente a mí y me dirigió

una mirada escrupulosa que, acepto,

me hizo sentir un extraño temor. Entonces

dijo, con voz lúcida y entendible:

—Mi nombre es Bestia. —me quedé

tieso de consternación—. Soy Bestia.

Ese es mi nombre.

Me disculpé y prometí llamarlo así.

Aunque estas primeras palabras me

mostraron que sabía hablar, no volvió

a hacerlo, aunque se lo pedía y le

ofrecía premios a cambio de que me

complaciera parloteando. Me limité a

sentarme frente a él, a la espera de que

sucediera lo que deseaba, tal vez en el

momento menos aguardado.

Una mañana plomiza dedicada por

entero a mis aves, ocurrió. Me había percatado

de que Bestia no comía como debía,

dejaba los trozos de fruta intactos, y

percibía en él una extraña ansiedad.

—Oye, tú, amo —me habló—. Llévame

con los otros, me siento muy solo.

Accedí a su petición, reprendiéndome

a mí mismo por mantenerlo apartado

de los demás, sin entender por qué

el vendedor me lo había especificado

así. Lo trasladé a la pajarera grande

donde podría moverse a sus anchas

y convivir con los demás. Después de

encargarme de ellos volví a casa para

encargarme de las actividades diarias.

Regresé hasta el día siguiente llevando

vastas bolsas de fruta fresca, pensando

en el manjar que disfrutarían mis

animalillos, pero solo hallé plumas

esparcidas por el suelo y los enrejados,

rastros de sangre en el periódico y diluida

en el agua de las fuentes, peque-

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ños cadáveres amontonados en un rincón,

y en el centro, con aquella mirada

consciente que no les pertenece a los

animales, estaba Bestia, llamándome

frenético para que viera con mis propios

ojos la carnicería.

—¡Amo, mire, amo! ¡Estaba dormido

y no me di cuenta de nada hasta que

desperté! ¡Alguien ha entrado, amo!

¡Amo!

No podía comprender. Las puertas

estaban cerradas y el enrejado no estaba

separado. Todos habían muerto.

—¿Te los comiste? —cuestioné asqueado.

—¡No, amo! No me culpe a mí, le prometo

que yo no hice eso.

Cuando la mente se me despejó, limpié

la pajarera y me quedé mirando fijamente

los cadáveres que apilé en una

bolsa, preguntándome qué había pasado.

No le creí por entero a Bestia, pero

tampoco podía creer que él se los hubiera

comido. Siendo el único que me quedaba,

le dedicaba todos mis tiempos

libres, y a veces más, con la duda persistiendo

en una esquina de mi mente, y

la curiosidad. Bestia me pedía que com-

prara más compañeros porque se sentía

solo, pero no accedí temiendo que volviera

a suceder un estrago. Quienquiera

que fuese ese alguien, no se interesaba

por comerse a Bestia, pero si traía más

aves, las mataría sin titubear.

Le tomé un especial cariño a Bestia.

Lo cuidaba con esmero y le rogaba que

me complaciera hablando, pero pocas

veces cedía. Me preocupaba demasiado

que no quisiera comer las frutas y las

semillas, su decaimiento me alarmó y,

con lágrimas en los ojos, le rogué que

me dijera lo que quería, y yo, fuera lo

que fuese, se lo daría. Era tanta mi necesidad

por él, se había convertido en la

única afición en mi vida, y mientras las

fuerzas de mamá declinaban y se acercaba

a ella la muerte, Bestia era para mí

como un consuelo, un refugio contra las

desgracias que se me avecinaban. Desesperado,

viéndolo extinguirse también

por la desnutrición, y, lo acepto, con

una gran curiosidad royéndome, introduje

una mano dentro de la jaula y la

acerqué a él, para acariciarlo en busca

de desahogo, o para probar un enfer-

72


mizo experimento, no lo sé; pero Bestia,

al ver mis dedos extendidos hacia él, se

apresuró a morder mi piel como si fuese

un deleitable trozo de comida. El dolor

físico no se comparaba con la curiosidad

morbosa que me invadía al verlo

alimentarse de mí, y cuando se satisfizo,

retiré mi mano carcomida y sangrada

para envolverla en un trozo de tela. Desde

ahí en adelante le conseguí a Bestia

animalillos para que se nutriera de ellos,

terminaba los ratones en minutos, pero

en ocasiones me pedía platos más fuertes,

pollos o lechones pequeños; y otras

veces solicitaba mi carne, que decía tener

un sabor inigualable. Yo lo complacía

en todo lo que me pedía.

Mientras se deleitaba con mi sabor,

yo no podía evitar llorar de amor por él,

porque me trataba con consideración,

solo pedía mi carne cuando esta terminaba

de sanar, y nunca abusaba del

grado de dolor que yo podía soportar.

Era tanta la confianza que le tenía,

que lo dejaba salir de la jaula para que

volara por la casa. Una vez, cuando

regresé del supermercado, me recibieron

los gritos suplicantes de mi madre.

Postrada en su cama, se presionaba los

ojos, la sangre descendía por su rostro

e inundaba las sábanas. Le pregunté

qué pasaba, pero era sorda a mis palabras.

Le sujeté las manos, mirando

con terror las cuencas vacías y sanguinolentas

donde no había ojos. Sabía

qué había ocurrido y quién había sido

el causante, pero no quise aceptarlo.

Fue tanto el sufrimiento de mi querida

madre en los días posteriores, que, una

tarde en que me hallaba cuidando de

Bestia, saltó por la ventana, agobiada

por el dolor que la atenazaba.

—Ahora me tienes a mí, amo. Solo a

mí —me reconfortó Bestia.

Vivimos felices por muchos días,

pero se cansó de mí y desapareció de

mi vida para siempre. Dejó un vacío insondable

en mi interior. Paso los días

aguardando su regreso, gritando que

vuelva, que tome lo que quiera de mí.

Me queda la insignificante esperanza

de que al morir venga y consuma mi

carne para hacerme finalmente dichoso

y pueda descansar en quietud.

73


74

LINEA

DE VIDA

Por G. Farell


La tarde caía y me encontraba somnoliento

en el metro de la línea uno.

Regresaba del trabajo, o eso creo.

Esos recuerdos aún me resultan borrosos

por tanto sueño y cansancio. Cuando

me di cuenta, estaba en la rotonda

de Insurgentes, en medio de la gente,

en medio de una nada que absorbía mi

vida, o lo que quedaba de ella.

Volví a entrar a la estación, saqué una

reluciente moneda de cinco pesos. Compré

un boleto, lo metí en la máquina y

estuve esperando al tren por poco más

de media hora. Me puse en el extremo

derecho de la plataforma. Un señor de

traje rojo un poco desteñido se acercó y

me preguntó la hora, lo ignoré haciéndome

el dormido y me quedé inmóvil hasta

que se fue. El tren llegaba. Mis ojos se

abrían en señal de júbilo y cuando estaba

frenando, una chica de vestido blanco

bloqueó mi atención. Su cabello era largo

y castaño, y su piel morena resaltaba

el vestido y el hecho de que estaba descalza.

Corrió como si quisiera lanzarse,

como si quisiera pasar la línea de vida y

entrar a la Necrópolis mexicana.

Quería detenerla. Me estiré intentando

agarrar su pequeña mano, pero estaba

muy lejos y mis movimientos eran

lentos y pesados. Estuve a punto de

aferrar mi mano a la suya, pero tropecé

con mi agujeta y caí, viendo como ella

caía a las vías cuando el tren llegaba.

Me puse de pie. Quería llorar, en serio,

tenía tantas ganas de llorar, pero estaba

tan dormido, tan cansado de todo,

que solo cerré los ojos.

Cuando los volví a abrir, aparecí donde

estaba hace unos minutos de que la

chica cayera a las vías. Estaba espantado.

Volteé a los dos lados, a ver al señor

que se volteaba en señal de descontento,

esperando que esto fuera una muy

buena y elaborada broma. No, no lo era.

Me tranquilicé. Lo primero que hice fue

amarrarme las agujetas. Cuando estaba

terminando, alcé la vista y vi la pequeña

mano de la chica. Me paré y corrí, pero

fue muy tarde, ella saltó y murió.

Volví a cerrar los ojos y aparecí unos

minutos antes de que ella se suicidara.

Esta vez me interpuse entre ella y

las vías. Ella me empujó, nos tambaleamos

y caímos a las vías muriendo.

Volvía a abrir los ojos y aparecía en el

mismo lugar. Seguí intentando una

y otra y otra vez, de diferente y loca

manera, hasta que llegué al punto de

solo sentarme y ver cómo pasaba todo.

Estaba en un bucle temporal, la peor

tortura que alguien podría sufrir. Ver

morir a alguien y repetirlo constantemente,

hasta volver loco al individuo.

Si pudiera, patentaría la idea, pero no,

es imposible.

Cuando me había resignado, decidí

cambiar mi estrategia. Cerré los ojos,

todo regresó en el tiempo, pasó el suicidio

y me fui de ahí, intentando no

pestañear. Subí las escaleras y estuve a

punto de salir por las puertas giratorias

de metal cuando me di cuenta que algo

estaba mal. Que no podía dejar que alguien

muriera y yo, teniendo el recurso

para salvarla, no hacerlo. No había

marcha atrás. O la salvaba o me tiraba

con ella. Cerré los ojos y aparecí donde

estaba hace unos minutos. Rápidamente

me quité los zapatos, dejé mi

morral junto a un pilar, junto con mis

zapatos, y me preparé para agarrarla

antes de que ella cayera. Estaba nervioso,

sumamente nervioso, pero ya no

tenía sueño, eso era lo bueno. Entonces,

como la primera vez, ella apareció.

Corrí. Salté incluso. Agarré su pequeña

mano, la jalé y la abracé. El tren pasó

75


de largo la estación y esos minutos en

que ella y yo nos miramos, Ella estaba

llorando, había cortado con su novio o

la engañaron. No me acuerdo, no importaba.

La había salvado de morir. Había

salvado a alguien. La miré y pude

ver sus ojos verdes cristalinos, como el

jade. Sonreí y le sequé las lágrimas. La

volví a abrazar y volví a cerrar los ojos.

Al abrirlos la vi frente a mí, sonriendo

con lágrimas fugitivas del corazón

en sus mejillas, inmóvil, inerte, como

todo a nuestro alrededor. Me aparté de

ella y pude ver al mismo señor de traje

blanco, al que le había negado la hora,

frente a mí.

—Me fascina la humanidad, su simpleza,

su debilidad hacia el poder, su

impotencia, pero también su fuerza de

voluntad.

Me dio la espalda y solo volteó la

cabeza.

—Tienes la opción de seguirme o de

quedarte aquí. Te ofrezco conocimiento

y sabiduría, pero dolor al saber que

tu vida no será la misma. También te

puedes quedar con tu amada, veo un

futuro de peleas y amoríos ajenos, pero

amor no les faltará.

En ese momento dudé, dudé como

nunca antes lo había hecho, pero la

respuesta era evidente. Caminé hacia

ella y la abracé. Él sonrió y, cuando estuvo

a punto de chasquear los dedos,

lo interrumpí.

—¿Quién eres?

Se volteó y me dijo:

—Soy un eterno moribundo. Una

especie de Dios del tiempo y el espacio…—giró

lentamente—. Eres el primero

que elige el amor sobre el conocimiento.

Qué interesante.

Terminó y chasqueó los dedos. Solo

logro recordar que todo se iluminó. Me

aferré a ella.

Abrí los ojos, de nuevo. Me encontraba

en mi cama. Algunos rayos del

sol se escabullían por las cortinas y la

chica suicida estaba en el antiguo lado

frío de la cama. Su nombre paseaba

por mis labios, como si la conociera de

toda la vida.

—Lisa —pensé en voz alta y sonreí,

entrelazando mi mano con la suya.

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77


QUÉ ES EL TEATRO

LITERATURA

Y ACCIÓN

Por FLORES

El teatro es palabra en movimiento, es

katharsis del escándalo, esos morritos

de fuego, ese toque de cadera, esa

tragedia y comedia que toca el corazón

del más serio. No hablo de la representación

del teatro, sino de su escritura, de

antes de su puesta en escena, del sueño

del escritor. Porque ese es su sueño, dejar

de pie al mundo, y se escribe para representar

lo que no basta con dejarlo escrito.

Para que el lector encuentre satisfacción

78

en sí mismo, no hace falta conocer bien

al lector, hace falta que el lector conozca

bien al personaje, y que arriba del escenario

no lo desconozca por completo.

Porque a veces sí que lo desconoce, pero

tiene remedio, la imagen que se ha hecho

de él está hecha para el pensamiento. Capaz

de autosuperarse, de representar a su

imposible, el actor, con su plasticidad, su

preparación mental, su disposición al canto,

«hace que a pesar de ser feo y débil por


naturaleza, crea y haga creer que es guapo

y fuerte, de forma natural» (STANILA-

VSKI, 1993: 25-27). Eso no solo se consigue

con la preparación física y mental, sino

también con las cuestiones del ambiente

y decorado: si no hay «espacio icónico» en

el «espacio de representación» (según la

terminología de Barrientos), no conseguiremos

ese efecto inmediato para que el

lector no se lleve una desilusión (GARCÍA

BARRIENTOS, 1991:33-42).

Se trata de conmover al lector —o espectador—,

que ha elegido la obra y que

la obra lo ha elegido a él, para exprimir

el zumo del lloro hasta el aplauso. Que

hasta el cojo se levante a aplaudir, desde

el libro, a una representación que verá

sin duda, y que se leerá el que haya visto

en vivo cómo el actor se ponía en situaciones

límites. Porque lo que de rabia le

dotó el don de la fealdad, de sabiduría

a la adaptación lo supera. Da igual si es

79


feo, flojo y torpe, mientras «esa persona

que te imaginas, llegue a ser totalmente

el personaje» (GROTOWSKI, 2009:63).

Porque la mayor inversión que podemos

hacer contra la desilusión, ha de ser en

la preparación del actor. Un actor que

trabaje a disgusto, no es un actor. El actor

tiene que sentir que el papel que va a

realizar, solo lo puede hacer que él y que

en la medida en que el público abra su

boca, ninguna interpretación sea igual

que la de ayer. Que cada interpretación

sea mejor, porque cada día es único y

cada actor es irrepetible, así es como el

teatro transforma el mundo, no solo en

los libros, sino también en directo. Se trata

de conquistar el corazón de muchos

y estar en el lugar que queremos, en el

lugar que nos quiere y llama hijos suyos.

Se me dirá, no sin éxito, que el mundo

de la literatura ha creado el mundo

del espectáculo, y esa es la bien bautizada

magia del aprendizaje. Porque

aprender es un camino interminable,

lleno de dudas y fracasos. Pero nos levantamos

los pocos que vamos al teatro,

para dirigir la mirada a nuestro actor

idéntico y de nuestro actor idéntico

a nosotros mismos. De tal modo que la

cuarta pared es como un espejo en el

que se refleja el espectador y también

el actor. Pero lo importante es el lector,

lo importante es que esa obra, tan bien

trabajada por el escritor, deje algo en él

y le transforme. Que deje su ignorancia

en la silla y se lance al escenario para

abrazarles. Es viendo en directo a los

personajes, cuando el lector deja de

ser lector y se convierte en actor. Porque

siente la llamada de ser actor y

aprecia la totalidad de las bien trabajadas

razones, y si no va gente al teatro,

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acabarán por salir los actores a la calle.

Porque también está el Teatro de calle,

hay que acercar la boca al alimento y

exprimir el zumo de la sabiduría. Para

que pueda entrarles por el ojo de la

envidia, incluso son capaces de representar

la envidia, la forma en que a la

ayuda corren los que quieren subir a

besar a la actriz.

Quisiera, para acabar, decir que el teatro

está divorciado del dinero, pero la

sola idea de representar imaginarios, es

conmovedora. Volvamos a pensar que,

en todos los sentidos, sigue habiendo

quien aspira a ser grande y no está del

todo mal el Teatro protesta que deja lugar

a los puntos suspensivos… Yo solo

hago de apuntador en este ensayo que

reacciona mal ante el estímulo, porque

no todos reaccionamos igual ante la

indiferencia de los que pasan del arte.

Pero aquí hemos venido a hablar de literatura,

y lo peor que le puede pasar a un

dramaturgo, es que no le representen su

obra. Porque todos tenemos la ilusión

sobrecogida de ver en el teatro Colón

nuestra obra, y por grande que sea la

toma de conciencia, siempre nos falta

pista de aterrizaje.

BIBLIOGRAFÍA:

STANISLAVSKI, K., La construcción del

personaje, 1993, Madrid, Ed. Alianza

GARCÍA BARRIENTOS, J. L., Drama y

tiempo: dramatología I, 1991, Madrid, Consejo

Superior de Investigaciones Científicas.

GROTOWSKI, J., Hacia un teatro pobre,

2009, Madrid, Ed. Siglo XXI

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EL DÍA

QUE CONOCÍ

A PEPE

EL ESCARABAJO

Por Adrián Osorno Hernández


Me despierto por la mañana, escucho

las ráfagas de aire impactando

a toda velocidad contra la

ventana de mi hogar y no puedo evitar

montar en mi coche y conducir hasta

esa región del litoral gaditano que se

emplaza a medio camino entre Costa

Ballena y Punta Candor.

Me encanta sentir la implacable fuerza

del viento de levante intentando

derribarme. Es una pasada ver como

el viento deshace las olas antes de que

lleguen a romper, levantando barricadas

de espuma marina por encima de

las rocas mientras la arena, disparada

a toda velocidad, intenta erosionar mi

piel y arrancármela de los huesos.

Es un espectáculo impresionante,

pero es mejor visualizarlo desde la seguridad

de las dunas.

En un día como este se desarrolló la

historia que me dispongo a contar.

Me encontraba al fondo de una vaguada,

custodiado por sendas paredes de

arena que me protegían del viento. Estaba

enfrascado en la lectura de un libro

de relatos perturbadores de Neil Geiman,

una obra titulada Material sensible.

Hice una pausa para extraer un cigarrillo

liado por mí mismo y lo encendí

con suma torpeza, utilizando mi mano

abierta a modo de pantalla para bloquear

el viento residual.

Por el rabillo del ojo me percaté de

la minúscula y oscura sombra que se

aproximaba hacia mí. Era un escarabajo.

Un hermoso lucánido cuyas prominentes

mandíbulas le identificaban

fácilmente como un individuo masculino

de Lucanus barbarossa, especie

endémica de esta región.

El escarabajo descendió por la pendiente,

dejando un rastro de sus diminutas

pisadas sobre la arena. Se detuvo

justo a mi lado, encarando directamente

al sol. Parecía complacido. Extendió

sus élitros y alas, las cuales eran mecidas

por la débil turbulencia que producía

el viento al ser refractado contra la

cresta de la duna, y dejó su abdomen

expuesto a la luz solar para calentarse.

Inhalé una profunda calada de humo

y alquitrán quemado, manteniéndola

en mis pulmones un buen rato antes

de exhalarla y ver como el viento arrastraba

la turbia nube con suma destreza

en dirección a Chipiona.

—Disculpa, ¿me das una calada? —dijo

una voz masculina.

Eché la vista atrás en busca del origen

de la voz, pero no encontré nada.

—Aquí abajo —reclamó la voz.

Llevé la vista en dirección al suelo,

donde la cabeza del escarabajo me enfilaba

como si estuviera mirándome.

—Eso es.

Me vi sumido en un hechizo de mutismo,

quedando con la mirada congelada

sobre el insecto que parecía

hablarme.

—¿Me das la calada entonces, o no?

Le acerqué el cigarrillo con una expresión

patidifusa y sin decir ni media palabra,

colocando la boquilla del mismo

entre las dos piezas que conformaban

su recia mandíbula. Un pequeño rescoldo

rojo se iluminó entre la ceniza gris

mientras el escarabajo se hinchaba muy

levemente. Luego expulsó por su boca

un fino hilo de humo blanquecino, casi

imperceptible, que enseguida fue dispersado

por el viento sin dejar ni rastro de él.

—Gracias, siempre quise probarlo —admitió

el escarabajo—. La verdad es que

no me ha gustado lo más mínimo.

Asentí con la boca abierta en una gran

«o» y llevé el brazo hacia mi espalda para

apagar el cigarro contra la arena.

83


— Puedes hablar si quieres —apuntó

el escarabajo.

Balbuceé algo, nada en concreto,

solo una sarta de sílabas incongruentes.

—Bueno, tampoco pasa nada. Prefiero

esto a lo que le ocurrió a mi amigo Óscar.

—¿Qué le pasó a tu amigo Óscar? —conseguí

decir a duras penas.

—Le preguntó la hora a un tipo, se

asustó y lo pisó —explicó el escarabajo—.

Por eso digo que no me importa

que te quedes sin habla.

—Vaya, lo siento por él.

—¡Bah! Son cosas que pasan —dijo el

escarabajo, quitándole hierro al asunto—.

Cuando decidimos hablarle a las

personas asumimos esa clase de riesgos.

—¿Acostumbráis a hacer esto a menudo?

—le pregunté.

—En realidad no.

—Ajam…

—¿Cómo te llamas? —me interrogó.

—Curro. ¿Y tú?

—No serías capaz de pronunciar mi

nombre —manifestó el escarabajo—. Ni

siquiera podrías pensarlo sin que tu cerebro

explote como una palomita. Pero

puedes llamarme Pepe. Así es como me

hago llamar cada vez que vengo a visitar

estas tierras.

—Pensé que vivías aquí.

—¡Qué va! —exclamó con tono divertido—.

Solo soy un turista.

—¿De dónde vienes?

—De muy lejos, Curro. Cada vez que

vengo de turismo tengo que hacer un

largo recorrido —declaró Pepe—. Pero

merece la pena, me encanta pasar aquí

mis vacaciones.

—No tenía ni idea de que los escarabajos

tuvierais vacaciones —le dije.

—Me temo que hay muchas cosas que

desconoces de los escarabajos —me contestó

Pepe con tono misterioso.

—¿Cómo qué? —pregunté con impaciencia,

esperando sonsacarle más

información.

—A media noche estaré aquí mismo.

Si de verdad quieres saber más, deberás

presentarte a esa hora.

Luego se despidió cortésmente y me

dio la espalda para perderse entre el laberinto

de juncales.

Por supuesto acudí a la cita.

84


Pepe me esperaba en punto exacto

donde nos habíamos conocido la mañana

anterior. Me pidió que lo subiera a mi

hombro y desde allí, observando el horizonte

como un vigía en la cofa de un barco,

me guio a través de las dunas hasta

que llegamos a una gran explanada donde

se daban cita cientos de escarabajos.

Escuché decenas de voces que se quejaban

de mi presencia, las cuales aplacó

Pepe asegurándoles que yo era de fiar.

—¿Qué es esto? —le pregunté.

—Es la plataforma de despegue —me

desveló—. Todos nosotros somos turistas

y ha llegado el momento de que

volvamos a casa.

—Pero no hay ningún vehículo para

que os transporte.

—No es necesario ningún vehículo, tú

solo observa.

Luego utilizó sus alas para revolotear

hasta alcanzar el suelo y se perdió entre

la marabunta de coleópteros. Todos

se arrejuntaron en el centro del llano

arenoso, amontonándose unos sobre

otros hasta conformar un montículo de

azabache viviente.

—¡Adiós Curro! —exclamó la voz

de Pepe desde algún punto indeterminado

del galimatías compacto de

escarabajos.

Acto seguido descendió una luz del

cielo e incidió directamente sobre los

escarabajos.

En ese mismo instante los insectos

comenzaron a correr, dispersándose

rápidamente entre las dunas sin decir

ni una palabra.

—¿Pepe? —pregunté, sin obtener respuesta

alguna.

Parecía que aquellos seres volvían a

poseer la mente insulsa que acostumbraban

a exhibir.

Desde ese día he intentado hablar

con cada escarabajo que se ha cruzado

en mi camino, pero nunca me han

devuelto la palabra. No sabría explicar

qué sucedió allí. Desde luego si alguien

me hubiera dicho que había tenido una

conversación con un escarabajo, jamás

lo hubiera creído.

Por ello, desde ese día, abracé el agnosticismo

más extremo y desde entonces

puedo decir que no creo nada.

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LAS

CHICAS

LEÓN

Por Alberto Arecchi


Noche de luna nueva, en África.

Las sombras se han apoderado

de todo el mundo. En las noches

como ésta, la tradición cree que los

espíritus malignos pueden salir de la

selva, para contaminar el mundo de los

hombres.

La aldea duerme en la oscuridad total.

Sólo los ojos de los depredadores

pueden distinguir las formas de las

cosas, como si fueran gafas de visión

nocturna. De vez en cuando, el grito

desesperado o el chirrido de una víctima

denuncian que un depredador se

ha ganado su comida.

Cuatro sombras furtivas pasan más

allá de la valla de espinas, alrededor

de los hogares, sin miedo por los fetiches

que deberían proteger contra los

malos espíritus. El perro que guarda la

cabaña tiembla, alarmado. Apenas tiene

tiempo de girar sobre sí mismo, pero

no puede ni siquiera emitir un jadeo. Se

ahoga en una regurgitación de sangre,

la garganta cortada por largas garras

afiladas. Pasos sigilosos se introducen a

través de la puerta, ahora sin protección.

En unos instantes, la tragedia ocurre. El

olor sombrío de la muerte llena el aire

de la pequeña habitación. Una capucha

fría cobre el corazón del mundo, en el silencio.

A partir de los árboles en el borde

del claro, un búho emite su señuelo.

Las sombras salen de la aldea, dejando

huellas de sangre y signos de garras

afiladas. No se mueven más como

bestias salvajes. Su aspecto recuerda el

pelaje de los gatos, las huellas son las

de los depredadores, pero caminan en

sólo dos piernas. Se agrupan y se van

silenciosamente hacia la colina. En una

terraza alta, que domina el pequeño

pueblo de chozas, el grupo se detiene

y se vuelve a mirar.

Sólo entonces, las sombras misteriosas

dejan sus pieles, las garras afiladas

de acero que cubrían sus dedos, y se

desatan en un alboroto salvaje. Parecen

bestias salvajes, despeinadas, emitiendo

unas risas gruesas, como las hienas,

pero son chicas, de semblante humano.

Los perros se despiertan, llenando el valle

de cortezas, ahora inútiles.

El sol que se levanta debería despejar

los temores de la noche. La chica

Abla se despierta como todas las mañanas,

y sale de su choza, para ir al pozo

a buscar agua. Ella descubre en la primera

luz un largo rastro de sangre que

va desde la valla de los vecinos hacía al

límite de la selva. La niña echa a correr

por el pueblo y despierta a la gente con

fuertes gritos. Los hombres se arman y

entran cautelosamente en el recinto de

la sangre (como se llamará, a partir de

ahora, la casa alcanzada por la maldición

de los espíritus nocturnos). Ven al

perro decapitado, encuentran a toda la

familia masacrada mientras dormían:

el cuerpo de Oxu, el guerrero más valioso

de la tribu, se encuentra roto y

desgarrado, junto con los de su esposa,

de los padres ancianos y de sus dos

hijos, en un lío obsceno de rojo oscuro,

incluyendo moscas, mosquitos y cucarachas,

atraídos por el olor de la sangre.

El mundo estaba convencido de que

África Negra ya no conservaba ningún secreto

antiguo, y que no habría obstáculos

al desarrollo, salvo los intereses económicos

ocultos que alimentan las guerras

modernas para el agua y la energía.

En un país de África Central, apareció

en un periódico la noticia de un juicio

penal. Había un grupo de chicas, raptadas

pequeñas en algunas aldeas rurales.

Encerradas durante años en jaulas,

fueran entrenadas para comportarse

87


como carnívoros salvajes, comiendo

sólo carne cruda y sangrienta, obligadas

a capturar presas para su alimento.

Una vez completado el entrenamiento

salvaje, habían sido utilizadas para

llevar a cabo asesinatos por encargo.

Atacaban en grupo a las víctimas designadas,

cubriéndose con pieles frescas,

con un fuerte olor de animales

salvajes, con garras afiladas de metal

en las manos y los pies. Su acción no

se distinguía de un ataque de fieras

depredadoras, con la excepción de una

característica típicamente humana: los

animales, por su naturaleza, sólo matan

para comer o para alimentar a sus

crías. Sólo un animal enloquecido —o,

por supuesto, el hombre— mata cuando

sin sentir los apetitos del hambre.

Durante mucho tiempo he soñado

con ser perseguido por las mujeres–

león o por sus dueños.

Ayer por la tarde, en el parque, a unos

pocos cientos de metros de mi casa, parece

que una pantera gigante fue vista

deambulando por el parque y la policía

anda cazándola, incluso si no está demostrada

la existencia del animal.

Creo que yo sé, en mi corazón: los bateadores

no encontrarán ningún gato... pero:

¿Quién me creería si le dijera todas las pesadillas

que sobreviven en mi memoria?

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89


90

LA NAVIDAD

2098

DE KAREN

Por Cyan Urón


Karen fue una de las últimas cristianas

rancias de fin de siglo. Se

lo debía en parte a la tradición

generacional. Aquella y todas las navidades,

precedentes y por venir, eran

producto de su antiquísima doctrina.

Lo presumía cuando la oportunidad se

le presentaba; por la mañana, con Marí,

la androide repartidora del restaurante

de comida económica, por ejemplo.

Eso era de lo poco que la hacía sentirse

diferente a los demás. En lo general ella

era bastante convencional; le gustaba

salir con sus amigos, bailar, conectarse,

conversar. Leía artículos históricos y

poseía una modesta colección de biografías

sobre personajes trascendentales

para la humanidad.

Habría que reconocer lo irónico de

ese día, al encontrarse laborando en la

celebración que por derecho casi hereditario

le correspondía. Miró a los asistentes

al banquete; todas muy finas

personas de los distritos más prósperos,

y algún que otro turista de distritos

lejanos, de estados vecinos o en fraternidad

con el nuestro. Karen se sentía

camuflada en su elegante uniforme oscuro,

con dos rectos tiznes carmín por

cada mejilla, resaltando en su lácteo y

fresco cutis, a la manera tribal que parecía

estar perdiendo tristemente auge.

Se preguntó si no se vería algo obsoleta.

De fuera le llegaba el aroma a pólvora,

por la pirotecnia. Las calles debían

estar sumergidas en humo. Era insoportable

para su sensible olfato. Miró la

hora proyectada en su palma derecha.

Los gemidos del interior se mezclaban

con la algarabía de los invitados y los

gritos eufóricos de fuera.

Hoy sería la noche de la señorita, hoy

conocería por primera vez lo que es...

ella odiaba que le llamasen así; señorita.

Eran casi de la misma edad, un par

de años en desventaja apenas. Aún así,

Karen todavía no experimentaba lo que

la señorita... Freya (como la célebre líder

del movimiento atavista, que causó

tanto revuelo cuando niña) experimentaba

ahora. Era virgen como la madre de

Cristo redentor, para dejarlo pronto todo

en un punto exacto. La pólvora era más

arcaica que Jesús, leía que fue elaborada

cuatro siglos atrás por los chinos como

cura a la mortalidad. Alguien se acercó

a la puerta, tomó el asa, Karen amablemente

le explicó que la habitación estaba

reservada. Los gemidos se habían debilitado,

pero el golpeteo de los cuerpos

blandos comenzaba a sobresalir. Karen

creyó haber identificado el orgasmo de

su jefa. La señorita tenía mucho vigor, y

llevaba tiempo planeando este día, este

preciso día; justo el día en que el hijo de

nuestro señor Jesucristo vino al mundo.

El intruso la miró con los ojos llenos de

sorpresa, y Karen le sonrió a la vez que

sujetaba el pomo con firmeza. La pólvora

subsistiría por muchos siglos más, pero

su vínculo con la inmortalidad estaba

roto; Karen se sintió inquieta, le hacía un

ruido terrible una tradición tan vacía.

Suspiró. Dentro, la agitación había

cesado. La gran actriz Freya Alexandrova

había conseguido darse uno de los

mayores placeres humanos y ahora

reposaba en los brazos de su importador.

Aquel macho, fan de esta hembra,

había recorrido un largo y tedioso sendero

burocrático para traerla aquí, era

su última y más ambiciosa empresa;

ambos habían jugado el mismo juego

desde que se conocieron, acechándose,

midiéndose y ahora finalmente

atacándose. Freya Alexandrova era

una mujer atractiva, de tez bronceada,

con unos rasgos, gustos y costumbres

91


meramente gitanas; así pues, uno de

sus más altos pasatiempos era comprar

y cubrirse de bisutería, puesto que,

como alguna vez lo confesó a Karen,

ella siempre quiso ser orfebre. Su alto

sentido de emotividad la condujo por

otro camino; a encarnar personajes, a

lo que Karen muchas veces comparaba

con su gusto por mirarse como uno de

estos y narrar su existencia. De pronto

pensó en su abuelo. Freya siempre se

lo recordaba indirectamente; ambos

detestaban este tipo de eventos, todo

tipo de eventos, y eran harto sensibles

al punto de llorar porque sí.

El abuelo de Karen debía traer puesto

encima el enorme cobertor afelpado,

semejando un oso, sentado en su sillón,

pensando a oscuras y frotándose las

manos. La cara resplandeciente como

luna por aquello de inocularse ADN de

quién sabe qué animal abisal bioluminiscente

cuando joven y deportista.

Karen estaba preocupada porque era el

último familiar que le quedaba. Cuando

muriese regalaría al gato porque no

soportaba la idea de convivir íntima y

exclusivamente con uno. El importador

salió un tanto apurado y sin mirarla. El

abuelo se había desconectado del mundo

tras la muerte de su hija, luego que

la abuela falleció años más tarde, tuvo

un cruento ataque, y despedazó todo

recuerdo de ellas, para finalmente mu-

92


darse a casa de Karen, quien asumió

el papel de enfermera. Dormía mucho,

lloraba mucho, e intentaba ayudar acomidiéndose

de vez en cuando a preparar

comidas vegetarianas como para no

pensar en su destino. Estaba prohibido

mencionar alguna alusión a eso frente

a él. Los agentes de aseguradoras eran

terroristas, sólo había que ver su expresión

de pánico para darse cuenta.

Karen miró la hora. Se había perdido

en recuerdos. Echó un vistazo dentro. La

señorita Freya miraba estática boca arriba

el techo verde, los dientes infantiles, redondeados,

expuestos. Las sábanas manchadas

de orina en el borde del colchón, y

debajo, en el suelo, un charco de esta. Lo

había encontrado, ese era el aroma sepultado

en perfumes oceánicos y silvestres

que Karen siempre confundía con el de

la sopa de fideos. Y aquel, condensado y

equino tufo, que despedía antes de pedir

su primer trago del día. Se inclinó sobre

el cadáver orinado. Apresurada fue despojando

el cuerpo de alhajas; los anillos

con piedritas brillantes formando pétalos,

el collar frondoso con frutos de jade, las

mariposas de alas diamantinas colgando

del ombligo, el diamante en la nariz, se le

montó y zafó con cuidado los pendientes

con soles horadados, los dorados brazaletes

y pulseras en muñecas y tobillos. En la

vorágine no se percataba de lo cautivado

que tenía a su muy selecto público.

93


SOBRE LA

ESCASA LECTURA

EN MÉXICO

Por Alexandro Arana Ontiveros

Y

entonces, así de improviso, le lanzaron

directa y sin anestesia una pregunta

más o menos así: «Señor Presidente:

¿cuáles fueron los tres libros que

han marcado su vida?». No voy a hacerlos

perder su tiempo leyendo la respuesta

que es de sobra conocida; además de

que resultaría en un truco barato solo

para ganarme su empatía lectora.

En esos días, la mayoría de los mexicanos

se llenaron la boca con toda cla-

94

se de burlas, chistes y sobrenombres

para Peña Nieto. Y es que esa mayoría

de mexicanos, no lectores de hueso

colorado que prefieren la taravisión en

lugar de un buen libro (aunque sea infantil),

siempre callados ante las reprimendas

a causa de su poca cultura, por

fin podían jactarse, cansarse de llamar

inculto y otras palabrotas a nuestro

presidente en las redes sociales más

populares a costa de la ignorancia aje-


na en lugar de la propia. En resumen:

por primera vez se sentían verdaderos

revolucionarios y no como parte del

problema de la profunda ignorancia en

la cual está sumida casi todo el país.

Todavía hoy podemos encontrar decenas

de los llamados «memes» que se carcajean

de lo acontecido con bombo y platillo.

Pero lo más interesante viene ahora:

Han pasado varios años desde aquella

vergüenza pública y los índices de

lectura en México no han mejorado

absolutamente nada. Es más, incluso

siguen bajando aparatosamente.

Hasta el día de ayer, se sigue dando

más importancia a trabajar en lo

que sea, antes que estudiar; los reality

shows tienen cada vez más adeptos

que las obras de teatro; y las revistas

sensacionalistas venden más que cualquier

libro de literatura no comercial.

Las revoluciones actuales son más un

95


#trendingtopic de redes sociales antes que

una nueva toma de conciencia mental.

¿En dónde quedaron las promesas

de «yo sí voy a leer porque si no, cuando

crezca voy a dar pena, nieto»? ¿Qué

pasó con todo el odio anti-Televisa que

se publicaba en Facebook diariamente

o se decía a grito pelado por todos lados?

¿No me digan que todo fue pura

palabrería vacua como la de los políticos

que tanto dijeron repudiar?

Me gustaría saber quiénes fueron las

miles de personas que aseguraron que

ya no verían más esos canales televisivos

de mierda que solo idiotizan a nuestra

población porque justo el día de ayer, en

el restaurante a donde entramos a cenar

mi esposa y yo, estaban a todo lo que

daban las taranovelas. ¡Y la mayoría de

los comensales, idiotizados por ellas! Y

aclaro que no era una fonda populachera

o un puesto de tacos de perro. No, era

ni más ni menos que un negocio de clase

media alta tipo Sanborns o Toks, en donde

los precios no permiten que entren los

de bajo nivel económico todos los días.

Precisamente a esos que, según dicen

muchos pseudocultos de clase media

que visitan este tipo de restaurantes, se

la pasan viendo taranovelas porque no

les alcanza la inteligencia (ni el bolsillo)

para más.

Es curioso: en plena actualidad de

importantes revoluciones sociales, en

México seguimos viendo más partidos

de fútbol transmitidos por el Canal de

las estrellas en comercios y restaurantes

de cualquier nivel que programas

culturales o de reflexión (y hasta en

nuestras propias casas sucede algo por

el estilo). Y mejor ni nos metemos con

lecturas públicas o tertulias sociales

porque, al menos en esta ciudad, de

común, no ocurren.

96


Y esto lo digo no por estar en contra

de esa empresa televisora (que sí

lo estoy), sino porque no veo que se

cumplan por ningún lado las falsas

prome-sas y las vacuas represalias que,

según nuestro pueblo que «ya tiene los

ojos bien abiertos y ya no se deja mangonear»,

se hicieron por montones algún

día de fanatismo antipolítico.

Se los digo de una vez por todas:

no creo que Peña Nieto vuelva a decir

algo tan estúpido alrededor de la cultura

como aquella vez que no supo decir

esos tres libros que nunca leyó, así

como tampoco creo que los no lectores

(desgraciadamente, la mayoría en nuestro

país) vuelvan a tener otra oportu-nidad

tan brillante para burlarse de él sin

que salgan embarrados. Por lo que mi

sugerencia es que aprovechen mejor su

tiempo que les quede libre (como dice

la canción) y de ser posible, dedíquenlo

a leer esos tres libros (como debería decir

la misma canción) que hasta el día de

hoy, no parece que hayan leído. Créanme,

mexicanos, con tan solo tres libros

por cabezota, mejoraríamos bastante.

Y no lo digo únicamente por los resultados

tan desastrosos que han tenido

los últimos movimientos sociales

en México (me parece que el gobierno

de Peña Nieto continúa en el poder y

reformando leyes a su entera conveniencia),

sino por el nivel tan mediocre

de conocimiento, conciencia social,

cultura y política que se respira por todos

los rincones de nuestro país 1 .

1

P.D. ¿Alguien ha visto a esos montones de jóvenes

despiertos que ya no se dejan y que dicen que están

por todos lados transformando nuestra realidad?

¡Creo que se me perdieron miles de ellos y no puedo

encontrarlos!

97


98

UN CASO

DIFÍCIL

Por Sorelestat Serna


La llovizna apagó la pipa, el calcetín

empezaba a humedecerse por el

agujero de mi zapato. Estaba haciéndole

un favor al sargento Sánchez,

estos trabajos gratis a la policía me tienen

podrido —es mentira—, si me pagan,

pero el pago se demora en llegar,

gracias a la gran burocracia que existe

y mis medias mojadas y agujereadas

no pueden esperar.

—¿Qué crees que paso? —dijo el

sargento.

—No tengo ni puta idea —contesté—

ni siquiera me imagino quien pudo hacer

esto.

Era una imagen increíble la que observamos

el sargento, Felipe y yo. Me

trajo a la memoria el recuerdo de aquel

ángel mujer, violado, con las alas rotas,

muerta en la cárcel en donde yo trabajaba,

pero esa historia no sé si algún

día te la contaré mi querido escritor.

Nos hallábamos en la avenida diecinueve

a tres cuadras de la avenida

principal, eran las once de la noche, la

calle estaba vacía, hacía frío y junto a

nosotros el cadáver de un ángel, era

hermosa cómo los de su especie, su ala

derecha estaba rota, su cuerpo había

perdido su brillo, su rostro contra el

piso, bañado en sangre. Vestía ropas

nuestras, minifalda negra y corsé del

mismo color, eso quería decir que llevaba

tiempo viviendo entre nosotros.

—Trata de encender mi pipa —dije a

Felipe con enojo—, deja de intentar ver

debajo de su falda, es suficiente con ver

sus piernas desnudas, siempre me sentía

incómodo con la belleza de un ángel

o un vampiro. El sargento se encontraba

tan asombrado cómo yo, quien haya

sido, debe tener una fuerza sobrenatural,

para poder romper sus alas.

—Dame una pista.

—No lo sé, sargento —le dije con pesimismo,

no puedo entender que ocurrió

para que ella terminara así.

—Necesitamos averiguarlo, es un

ángel, alguien preguntará por lo sucedido

y eso me creara molestias. Si hubiera

sido un vampiro, el asunto sería

diferente.

Que fácil olvida mi amigo, fue un

vampiro, un ángel de alas negras, y una

hechicera los que salvaron a Bogotá,

en el momento del terremoto cuando

aquel loco había sumido a la ciudad en

el caos. No dije nada, muy pocas veces

podía ver a mi amigo tan nervioso. Felipe

al fin había logrado encender mi

pipa, di una buena fumada y empecé

a observar con detalle el escenario de

dicho crimen, me sentía abrumado, jamás

encontraríamos al que lo hizo.

La lluvia había terminado, pero el

frío se introducía por nuestras ropas

húmedas. Empecé a dar unas vueltas

alrededor del cuerpo, vi un zapato de

tacón a diez pasos de la chica, estaba

roto, fuera de eso no había nada extraño,

ni una pista de su agresor o de

lo que había sucedido, me fijé en la

blancura de sus piernas, las plumas de

sus alas empezaban a pegarse al suelo,

mojado que albergaba su figura, esa figura

que debió de ser un crimen para

los normales.

Hubo algo que llamó mi atención era

un brillo junto a su rostro, lo había pasado

por alto, pensé que era el reflejo

del agua de aquel charco, era un trozo

de lente que era tan grueso como el

culo de una botella y lo vi allí escondido

entre su pecho, una de sus patas

salía de su top, amenazando como un

insecto sobre ella, era la pata de una

gafa, unas gafas redondas al estilo de

John Lennon.

99


Entonces me senté de culo sobre la

acera mojada y empecé a reír, con tal

intensidad que mis amigos me miraron

asustados, al fin había encontrado la

clave de todo. Después de quince minutos,

logré calmarme.

—¿Qué ocurre? —preguntó Felipe.

—Todo por la maldita vanidad —contesté.

—¿Cómo? No entiendo —dijo el

sargento.

Las mujeres celestiales son como las

nuestras —dije levantándome. La mirada

incrédula del sargento me divertía.

—Hemos escuchado que los ojos de

algunos ángeles son muy sensibles a la

contaminación —continúe con mi explicación—,

y por eso a veces usan gafas

para protegerlos. Por algún motivo ella

estaba ciega, pero por vanidad llevaba

sus lentes en su escote, no vio que hacía

falta un ladrillo en el andén, rompió su

tacón, cayó contra el poste —mis oyentes

miraron el poste destrozado—, debe

haber caído de lado y con tal fuerza que

se rompió su ala.

Felipe y el sargento no creían mi

explicación. Di una fuerte calada a mi

pipa, a pesar de que estaba mojado y

helado, volví a reír. Mientras esperábamos

a la fiscalía, las alas del ángel habían

desaparecido, solo quedaban un

montón de plumas a su alrededor.

100


101


102

XIU,

DE ÉPSILON

CUATRO

Por Guillermo Horacio Pegoraro


Polvo, rocas y piedras son desplazadas

con ímpetu hacia los costados.

La tierra queda calcinada y el

manto arenoso vitrificado. Cuando la

cortina caótica de vapores y cenizas se

ha disipado, retorna el claro paisaje desértico,

con un inesperado visitante en

el suelo. La nave espacial ha efectuado

un perfecto y sincronizado aterrizaje.

La escotilla se abre y desciende su único

ocupante. Sereno y pausado camina

hacia el solitario inmueble en medio de

la nada. La gasolinera le atrae. Se detiene

en los surtidores. No son seres cibernéticos,

solo máquinas para algún tipo

de uso. Avanza hacia la cantina, donde

encuentra a parroquianos compartiendo

la tertulia. Lo observan con extrañeza, a

pesar que por el lugar han pasado motoqueros,

bandidos, hippies, insanos y

rarezas humanas rayando lo bizarro.

En el centro de la sala permanece inmóvil

como maniquí. Aspecto humanoide,

dos metros de altura, cabellos blancos

hasta los hombros, ojos grandes y oscuros,

nariz pequeña, cuerpo delgado y ceñido

en traje espacial gris. No se distinguirse

su sexo. Parece más bien, andrógino.

Varios pasos y en un taburete de la

barra se sienta. El cantinero no se inmuta.

¿Qué se va a servir gringo?, le

dice. El recién llegado inclina rostro hacia

un costado en señal de ignorancia.

Luego lleva dos dedos a la garganta del

barman, y aspira digitalmente la clave

idiomática, para luego transferirla, del

mismo modo, en propias cuerdas vocales.

Señalando a un borracho, que

saborea un tequila, como si caviar se

tratara; lo que toma el señor, responde.

El primer sorbo lacera, pero los efectos

se aprecian. Bebe sin parar, hasta

vaciar la botella. Pide otra. Alguien se

le acerca y le pregunta procedencia.

Con el dedo índice señala el gran espejo

a espaldas del mesero. El mismo se

transforma en improvisada pantalla de

plasma, en donde aparecen complicados

mapas galácticos, y con un desganado

«Por ahí» deja asentado, que no

es de la tierra y que tampoco está de

humor para profundizar el tema.

Todos se despiertan de la modorra y observan

por la ventana. El vehículo en que

viaja no es camión ni nada que se le parezca.

Dos salen corriendo, tres se sacan una

selfie con el recién llegado, y otros cuatro

dudan si vale la pena soltar el vaso.

En cuestión de minutos, las redes

sociales retransmiten las fotos sacadas

en el sucio bar. La de la nave espacial,

se hace viral. La del extraterrestre, recibe

ocho millones de likes.

La primera impresión de la gran aldea

global fue la de fraude publicitario;

pero cuando dos satélites militares

americanos y uno chino, que se creía

median el clima, confirman la presencia

del visitante espacial, las alertas

mundiales pasan de amarillo a naranja.

Inmediatamente, sin diplomacia, el

país del norte envió a sus especialistas.

Cercaron la gasolinera y la declararon

en cuarentena. El recién llegado y ocho

lugareños quedaron encerrados.

La confusión reina en el planeta. Los

aeropuertos se clausuran, la red ferroviaria

se cierra, los puertos no admiten

partidas y las carreteras son fuertemente

controladas. Los presidentes, todos

millonarios, de todos los países, algunos

ricos, otros pobres, se encierran en

sus bunker privados. El Air Force One,

circunda por algún ignoto espacio.

Los diarios digitales del mundo titulan

«No estamos solos». Y en el variopinto

de idiomas, se opina, se es euforia,

se teme, se duda, se trenzan conjeturas.

103


La bolsas de valores del mundo caen

en picada, lo alimentos imperecederos

aumentan de precio, y comienza a notarse

el desabastecimiento.

Todos esperan, pero no hay voz oficial

que aclare o que llame a la cordura.

La tensión mundial aumenta. No hay

peor situación que la falta de información;

la mente queda libre para jugar

con la fantasía de un apocalíptico final.

Luego de miles de años sosteniendo

el divino pacto narcisista, la curia mundial

doblega su discurso para no perder

adeptos, y en todo caso… incluir al extraño

para sobrevivir.

Desde la Plaza de San Pedro el pontífice

sostiene que el Mesías era extraterrestre.

Recuerda su origen divino, su virgen

madre, sus poderes sobrehumanos, la

clarividencia sobre su destino, la resurrección

y su desaparición en la tumba.

Sostiene y recuerda sus claves palabras

en vida «Mi reino no es de este mundo».

Lanzada la estrategia, los otros cultos

se acomodan. El judaísmo dice lo suyo.

Hacen circular párrafos del Pentateuco,

donde advierten que las visitas espaciales

ya estaban registradas. Génesis Cap.

5. Verso 6. «Sucedió que cuando los

hombres se multiplicaron sobre la faz

de la tierra y les nacieron hijas, al ver los

hijos de Dios que las mujeres eran hermosas,

bajaron del cielo y las tomaron

por esposas». Por lo bajo, los rabinos

planifican circuncidar al visitante, para

ponerlo de su lado. Inmediatamente el

Islán alzó su voz. Sostuvo que el Corán

era claro al respecto: «Allah el Glorificado,

dijo: Y yo he creado a los genios y a

los hombres para que me adoren», por

lo que el visitante era un «genio», más

inteligente y avanzado científicamente

que los hombres. Solo restaba marcarle

el camino espiritual hacia la Meca.

104


Pero décadas de publicidad negativa

hacia los encuentros del tercer tipo, con

Hollywood y sus estrellas haciendo mella,

la humanidad comenzó a especular. El inconsciente

colectivo sostuvo que la solitaria

nave era una exploradora de la avanzada…

que acabaría con la raza humana. El

fin de los tiempos se propagaba boca en

boca, el día del juicio final se anunciaba

de ciudad en ciudad. Times Square apagó

sus carteles. París dejó de brillar. En Buenos

Aires nadie más bailó un tango. Los

esposos confesaron sus adulterios, y sus

mujeres… también. Las cárceles fueron

abiertas y las escuelas cerradas.

Los militares debatieron qué hacer.

Sus mentes cerradas y obtusas solo eran

usinas de paranoia. Entre matar al emisario

y robarse sus avanzados secretos,

a prepararse para una invasión intergaláctica…

debieron optar. De igual forma,

movilizaron sus ejércitos hacia las fronteras

y alistaron el arsenal nuclear… por

si acaso. La paz fría se terminó. Ningún

país vio con buenos ojos los preparativos

militares del otro. De naranja a roja

pasó el color del alerta.

Los aviones despegaron, los submarinos

fijaron su blanco, los misiles se

armaron y los tanques comenzaron a

rodar. La tensión creció y creció hasta

que el Armagedón se tornó inevitable.

En un apartado y sucio bar de gasolinera,

Xiu, de Épsilon Cuatro, sigue bebiendo

tequila. Es la cuarta botella que desaparece

en su garganta, y la quinta espera tranquila.

Desde que llegó, nadie se interesó

por sus motivos. A él le parece un lugar

ideal para ahogar penas. Desde que Thiara

Seis lo abandonara por otro par de brazos

él sabe que alejarse y curar en solitario

sus heridas es la mejor salida… y que mejor

que este tranquilo y pacífico planeta,

con pocas personas, amigables y serenas.

105


106

LA

FÁBRICA

Por Fátima Montiel Christlieb


Estaba harto. Ya no podía más. ¿Por

qué todos se veían iguales? ¿Por

qué todos vestían lo mismo? ¿Qué

era ese lugar? Era como una ciudad

bajo techo. Grandes maquinarias se extendían

ante mí sin ningún orden, pero

al mismo tiempo no podía imaginar un

lugar más cuadrado y rígido.

La gente, al verme, comenzaba a

entrar en pánico, como si yo fuera una

aberración o algo así.

Ese sentimiento tan familiar, tan incómodo

y conocido de que no encajaba,

se hizo presente. Un mar de gente

me levantó y me llevó hasta una enorme

vitrina de más de cincuenta metros

de largo y diez de alto. Sobre esa gran

caja de vidrio había un letrero que decía:

«Caja de reparación de individuos».

Adentro no parecía haber nada, sólo un

enorme abismo del que escapaba un

eco denso y frío.

No podía escapar de la multitud,

como si algo me mantuviera pegado a

ellos, allegado y completamente adherido.

Sentía que no quería separármeles

por alguna razón.

Me arrojaron dentro de aquella vitrina.

Contrario a lo que vi antes de caer

ahí, el lugar tenía paredes blancas y estaba

iluminado. Sentí alivio, pero aún

había algo que no estaba bien.

No estaba solo. Había muchas personas

allí. La gran mayoría miraba hacia

afuera con ojos de añoranza por aquel

mundo exterior, y otros permanecían

volteados hacia una de las paredes.

—¿Dónde estamos? —pregunté lleno

de miedo. Nadie respondió. Algunos voltearon

a verme, pero al final terminaron

regresando a su posición inicial. Era un

entorno triste, lleno de almas olvidadas.

Había un chico que llamó mi atención.

Su cabello era rojo vivo, su ropa

era colorida y estaba recostado, en vez

de sentado; todo era diferente en él.

No podía ser confundido, era completamente

único en ese mundo gris.

De repente empezó a sonar una alarma

y un foco rojo intermitente se encendió

sobre nuestras cabezas. Todos comenzaron

a correr. Unos se pegaron a las

paredes y otros se quedaron en el centro.

No comprendía absolutamente nada.

Justo cuando terminó de sonar la

alarma, varias ventanas y puertas

trampa se abrieron sin aviso y muchos

fueron tragados o succionados por

aquellos agujeros. Entonces, a través

del vidrio de la vitrina logré ver funcionando

las máquinas, de las que salían

personas nuevas y exactamente iguales

al resto. Reconocí a algunos de ellos,

lo único que los diferenciaba del resto

eran sus caras. Eran a los que habían

absorbido las puertas y ventanas de la

vitrina. No tenía sentido.

«Individuos defectuosos detectados»,

sonó una voz robótica dentro del gran

cuarto.

La paredes de la vitrina se volvieron

rojas y una se abrió de un extremo,

dando paso a otra que comenzó a moverse

y a cerrar el espacio disponible

dentro de la caja.

Los que quedábamos intentamos alejarnos

de la pared que venía tras nosotros,

todos excepto el chico del cabello rojo,

quien permaneció recostado sin siquiera

preocuparse por evitar ser aplastado.

El miedo se apoderó de mí. «Prefiero

volver allá afuera que morir», pensé

aterrorizado.

Justo antes de que ser aplastado por

la pared móvil, una puerta me succionó.

En menos de un segundo me vi saliendo

de una de las maquinarias de la

fábrica. Mi ropa era como la de todos

107


y me sentía entumido; como si hubiera

una tela entre el mundo y yo, algo completamente

irreal.

Era mi oportunidad de escapar de

aquella fábrica, pero mi cuerpo no me

respondía. Ya no me pertenecía.

Vi hacia el interior de la vitrina una

vez más. El chico de cabello rojo seguía

allí, junto con un par de chicos más. Entendí

que todo había sido un engaño,

nadie murió. Dejé que me llevaran de

nuevo a la fábrica por miedo a algo que

no pasaría.

Mi cuerpo comenzó a moverse solo

hacia donde se dirigía el resto de la

gente en la fábrica. Al ir caminando,

me vi en el reflejo de un vidrio; no podía

reconocerme a pesar de saber que

la persona en el reflejo era yo. Dentro

de esa carcasa que formaba mi nueva

imagen, ya no existía ni una pizca de

mi verdadero ser. Había dejado que me

cambiaran por temor a lo que me pasaría

de hacer lo contrario. Dejé que me

fabricaran a su manera.

No pude evitar sentirme aplastado

por el horror de ser controlado irremediablemente

por los demás. Por más

que intentaba controlar mi cuerpo, no

funcionaba. Él me controlaba a mí.

Entonces desperté. Todo había sido

una pesadilla, pero aquel sentimiento

de incomodidad y estrés no se alejaba

de mí, como si siguiera allí dentro,

como si mi cuerpo siguiera sin ser mío.

Salí corriendo a la calle, y al ver a las

personas caminando me sentí de vuelta

en el sueño. Todos parecían ser controlados

por lo mismo, el odio y el conformismo,

excepto algunos pocos, ellos son

quienes pertenecen a la vitrina; individuos

que no pueden ser «reparados». Me

di cuenta de que todos somos diferentes

pero, al final, muchos terminamos siendo

iguales a los otros por elección propia.

Mi pesadilla había sido una enorme

metáfora, que representaba mi verdadera

vida. Me di cuenta de que jamás

salí del sueño, porque vivo en él.

Vivo en una fábrica de humanos.

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la sirena varada es y siempre

será gratis

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CASA DEL

MIGRANTE

Un reportaje

de Gilberto Santos


La ciudad de Nuevo Laredo, México.

Recibe a cientos de migrantes. Cada

uno tiene su historia conmovedora,

pero desconocida para la población en

general, quienes los ven como vagabundos

o les pasan desapercibidos. Los

migrantes habiendo afrontado peligros,

en su inmensa mayoría tienen como

destino EUA, nuestro país vecino del

norte. Esta ciudad al ser la mayor aduana

terrestre del país y por su posición

geográfica desde hace algunos años se

ha convertido en sitio de paso para personas

que viajan al norte. Generalmente

llegan a esta frontera sin posesiones,

pensando que van de paso, con heridas

que les dejó el camino, algunas difíciles

de superar. Tantas penurias hacen desistir

a algunos quienes se recuperan su

salud y emprenden el regreso a su lugar

de origen, otros siguen su meta siendo

deportados en poco o mucho tiempo,

otros prefieren quedarse en México subsistiendo

de empleos informales, otros

mueren ahogados en el río, perdidos en

el desierto o asesinados.

El Pastor Aarón, como se le conoce al

Presidente y fundador de Casa del Migrante

AMAR A.C., desde el 2009 se dedica

a Hospedar, alimentar y ofrecer ayuda

médica y legal. Hace 8 años decidió iniciar

esta empresa, alentado por sus profundas

convicciones cristianas que desde

niño practica junto con su familia. La misericordia

y la empatía mueven a muchas

personas a colaborar con él de manera altruista

y filantrópica. AMAR no sólo ofrece

alojamiento y comida, sino también ofrece

cursos y conferencias sobre problemas

de adicción, alcoholismo, vida familia y

ayuda psicológica para quienes han sufrido

abuso y tortura en su camino. Cada

tarde se ofrecen consultas médicas donde

se atiende desde una gripe hasta continuidad

en tratamientos crónicos. Básicamente

a cada migrante que llega se le da

hospedaje, lugar para bañarse, lugar para

que lave ropa, se le provee de una muda

de ropa, se le proporciona un teléfono

para que se comunique con su familia y se

guarda un registro.

Historias tristes llenan la casa, asaltos,

violaciones, enfermedad, hambre, separación

y muerte. Pero en este refugio

nacen historias alegres y esperanzadoras,

nacimientos, bodas, reencuentros, conversiones,

liberación de vicios, amistad

y progreso. Mientras los habitantes de la

ciudad son ajenos a todo esto, dentro de

las paredes de la casa hay una gran carga

de emociones, casi todas en silencio o liberadas

de manera explosiva en los momentos

de reflexión e introspectiva.

Como retribución a la sociedad, AMAR

lleva a los migrantes a hacer labores

sociales como jardinería, construcción

o limpieza, a escuelas, iglesias, casas

particulares o donde sean solicitados.

También, cada semana se trasladan a las

colonias más necesitadas a compartir alimentos

y ropa, de las donaciones que reciben.

Al mismo tiempo, se realizan otros

servicios como búsqueda de migrantes

desaparecidos, de sus familias en EUA u

otros países, servicio postal, bolsa de trabajo,

alfabetización, cursos de nutrición,

consejería familiar, atención psicológica

y educación cristiana. Por cuarta ocasión

también realizará «La tienda de la calle»

(Street store) en una plaza del centro de

la ciudad, para proveer de ropa, libros,

calzado, cortes de pelo, asesoría legal,

atención médica y odontontológica a los

más necesitados

Los colaboradores no tienen planes de

detenerse en esta obra, «Mientras existan

los necesitados seguiremos manifestando

bondad».

111


HISTORIA DE

UN HONDUREÑO

(Como le fue narrada

a Aarón Méndez)

Sebastián salió de su casa en la madrugada,

de manera muy discreta para evitar un

encuentro con las pandillas que lo acosaban

en los últimos meses. A sus 29 años

vivía con sus abuelos, siendo huérfano

desde que tiene memoria, llevando una

vida dura, por la pobreza.

Caminando, evitando la frontera con

El Salvador por las pandillas que asolan

la región, no pudo evitar que en

Guatemala le robaran sus pertenencias

quedando con un poco de dinero que

llevaba, mismo que tuvo que pagar

para que lo cruzaran el río en lancha

e ingresar a México. A pie, llegó con

unos compañeros de viaje a Tenosique,

Tabasco, donde afortunadamente le

dieron alojamiento por una semana

en una casa del migrante, dónde se recuperó

de salud para proseguir su viaje.

Después se trasladó hasta Palenque,

Chiapas, donde comenzaron la travesía

en el tren («La bestia») en el cual se

viajaron arriba del tren, con una temperatura

muy fría y con lluvia. Viajando

en los vagones después llegó hasta

Coatzacoalcos, Veracruz, a la casa del

migrante. En el tren al pedirles la cuota

de 100 dólares, al no pagar a cinco

jóvenes con una señora los arrojaron

del tren. Asustados al ver como se despedazaban

las personas por las llantas

del tren, desistieron por el momento.

Después de pocos días, consiguió

subirse al tren sin que le cobraran los

pandilleros para llegar hasta Tierra

Blanca, Veracruz y tuvo que salir rá-

112


pido solo durando un día de la casa

del migrante viajando de nuevo hasta

Orizaba, Veracruz en duración de viaje

doce horas. Tuvieron que abandonar

esa ciudad, viéndose presionados por

una persona de la «Mara Salvatrucha»

quien les exigía dinero para continuar.

Salió rumbo a la ciudad de México a

una casa del migrante de Huehuetoca

y tuvo que partir porque los guardias

lo querían asaltar amenazándolo con

pistola y pidiéndoles 300 dólares. Consiguió

nuevos compañeros de viaje y

partieron, teniendo que caminaron

por diez horas para tomar de nuevo

el tren y viajar a Celaya, Guanajuato.

Duraron dos días en la orilla de las

vías durmiendo entre unos matorrales.

Luego salieron rumbo a San Luis Potosí

luego a Saltillo donde duraron un día.

Al llegar a Nuevo Laredo fue secuestrado

por una pandilla, la cual lo llevó

a una casa donde los desnudaron y los

ataron, inmovilizándolos. Estuvo en esa

condición durante varios días, donde se

les daba agua y comida una vez al día.

Estuvo quince días en ese infierno escuchado

súplicas de otros secuestrados y

recibiendo palizas por no tener quien

pagara el rescate. Un día lo llevaron a

despoblado, donde lo navajearon y quedó

tendido. Unas horas después uno de

los secuestradores regresó y prometió

ayudarlo si no decía nada a nadie. Lo

trasladó abandonándolo a una cuadra

de la Casa del Migrante AMAR, dónde

se le brindó atención médica y de las

demás necesidades. Estuvo dos semanas

aproximadamente recuperándose,

luego se entregó a Migración con el propósito

que lo ayudaran a regresar a su

casa. Dos meses de penoso viaje, que

le dejaron cicatrices, experiencias y un

nuevo amor por la vida.

113


HISTORIA DE

UN CUBANO

(Como le fue narrada

a Aarón Méndez)

Julio y sus compañeros salieron de

cuba con visa a Guyana. De allí contactó

a un coyote para viajar a Venezuela

en un viaje con dos días de duración

en un barco pequeño. En Venezuela,

por toda la ribera del río Orinoco, viajó

para cruzar el río durante dos días y

duró cuatro días de allí en Venezuela.

Luego viajó también en carro hasta Colombia;

algunas veces con pasajes de

otras personas que le conseguían tratantes

de personas, a veces en cajuelas.

También en lancha y caminando por la

selva, para entrar a Panamá de forma

ilegal. Iniciando en un grupo de treinta

personas, mismo que se fue reduciendo

por cansancio, hambre o alguna enfermedad,

caminando siempre mojado

entre follaje y animales peligrosos y

escondiéndose de las mafias de contrabando,

de los guerrilleros y de los soldados.

Después de ser abandonados

por el guía y de dos días sin comer, sólo

con la voluntad de sobrevivir llegaron

a una comunidad indígena panameña,

siendo auxiliados y hospedados. Continuaron

el viaje un día después, donde

militares trataron de extorsionarlos

después de maltratarlos antes de entrar

a Costa Rica.

Contactaron a un traficante de personas

de Costa Rica, quien los llevó

entre selva y pantanos esquivando los

retenes para llegar a Nicaragua, donde

los asaltaron quitándoles todo lo

que consideraron de valor. Llegaron

a Honduras donde una pandilla los

asaltó nuevamente, pero más adelante

recibieron protección del gobierno

hondureño quien les dio un permiso

para continuar a Guatemala a donde

entraron de forma ilegal, durmiendo

en el monte para no ser visto por las

autoridades y por las pandillas.

Después de atravesar Guatemala

cruzaron el río Suchiate en lancha,

pero llegando a Tapachula los asaltó

una pandilla llevándose secuestrados

a algunos de ellos. Se presentaron al

departamento de migración quienes

les expidieron un permiso para viajar

hasta Nuevo Laredo, donde contactaron

a la Casa del Migrante AMAR para

recibir hospedaje y comida.

Después de un viaje de aproximadamente

cuatro meses y atravesar más

de ocho países, el viaje no termina, la

meta es obtener un status legal en USA,

habiendo perdido lo que tenían y varios

compañeros, ahora no hay marcha atrás,

es necesario conseguir un nuevo hogar.

114


LOS OTROS

MIGRANTES

Los que se quedan

Darío nos recibió en el patio de su casa,

quería donar unas camas que había

desocupado desde hace tiempo. Dedicado

a la compra y venta de autos usados,

no deja de hablar por el celular de

última generación mientras trae otro

en el cinturón y un teléfono inalámbrico

en la otra mano. Por conocerlo

de hace tiempo sabemos que Darío es

sólo un alias para que su nombre real,

Darwin, no suene extranjero. Nunca

habla de su lugar de origen, para él su

vida es su negocio, su casa en las orillas

del Río Bravo y su familia, esposa

y dos niños. Las cicatrices que tiene en

un brazo y en la cara seguramente tendrían

historias que contar, pero él sólo

dice que llegó a Nuevo Laredo porque

«tuvo problemas con la ley» y su gusto

por las pupusas, así como el hecho de

que a veces se refiere a la cerveza como

«pisco» y en lugar de pesos dice lempiras,

lo delatan, pero no decimos nada.

«Pues así es», dice cuando finaliza su

llamada, «hay muchos que no se dan

cuenta de lo que tienen. Aquí se puede

hacer dinero, pero hay que trabajar. Mírame,

yo no tengo ni acta de nacimiento

y mira lo que tengo. En cambio muchos

que hasta tienen estudios no se dan

cuenta que esta ciudad da para todos».

En otras ocasiones ha contado como

empezó como chofer de un dueño de

«lote de carros», hasta que tuvo dinero

para comprar algunos y venderlos en

partes. «Llévense eso», dice señalando

dos camas completas recargadas en la

pared exterior de la casa. «Cuando tenga

más cosas, les hablo».

Constantemente dice que no le gusta

ayudar a nadie, que cada quien debe

trabajar para tener lo que quiera, pero

de manera indiferente regala dinero y

objetos para las personas pobres, principalmente

migrantes. Tal vez recuerda

su llegada a la ciudad, tal vez es su manera

de mostrar gratitud a la vida que

le ha dado tanto.

También puedes

apoyar a esta

institución

Ya sea realizando donaciones

en especie o económicas,

todas serán bien recibidas y

administradas por los miembros

de Casa del migrante AMAR A. C.

Domicilio:

Felipe Ángeles #814

Col. Militar. C.P. 88120

Nuevo Laredo, Tam. México.

Teléfono:

01 (867) 188 90 72

Facebook:

Casa.del.Migrante.Amar

115


116

CONOCE A

LOS AUTORES

QUE COMPONEN

ESTE NÚMERO


Maximiano Revilla Vega

Nació en Tabanera de Valdavia, el 21 de

Diciembre de 1962. Reside en Madrid.

Estudios de Teoría y Creación Poética

con los premios Magón de Poesía en

Costa Rica, Laureano Alban y Julieta Dobles.

UNED. Grado en Lengua y literatura

Española. Miembro activo del Grupo

Aranjuez de Poesía Trascendentalista.

Su basta obra narrativa ha sido publicada

pro Ediciones Vitruvio, mientras que

su obra poética se encuentra disponible

en Amazon.

Alberto Arecchi

Arquitecto italiano, presidente de la Asociación

Cultural Liutprand, de Pavía, que

pública estudios sobre la historia y las

tradiciones locales. (www.liutprand.it) Autor

de publicaciones y libros obre el património

histórico y la história de su ciudad,

otros asuntos de arquitectura, tecnologías

para el desarrollo; escribe cuentos

breves y poemas en diversos diferentes

idiomas, ganando galardones y reconocimientos

en concursos literarios en Italia,

España, América Latina.

117


FLORES

Donís Albert Egea, Técnico superior informático,

además ayuda a su padre en

el trabajo. Escribe desde hace 17 años y

ha obtenido galardones literarios como

3º puesto en el X EPLA de narrativa 2001,

accesit en el Katharsis de poesía 2009, finalista

en el Limaclara de ensayo 2014, finalista

en el Premio UNIR de ensayo 2015

o aparecido en cantidad de antologías de

poesía, cuento y microrrelato. Actualmente

termina la carrera de Grado en Estudios

Hispánicos en la Universidad de Valencia.

Paola Tena Ronquillo

(1980, México). Pediatra de profesión, escritora

por afición. Ha participado como

ponente en sesiones dedicadas a la lectura

y ha impartido talleres de escritura

creativa. Ha publicado algunos de sus

microcuentos en antologías del género.

Nombramiento especial en el concurso

de microcuentos de la FILBo 2015. Publicada

en varias revistas digitales dedicadas

a la microficción, como Cuentos para el

Andén, Microfilias y Brevilla. Participa activamente

en redes sociales.

118

Guillermo Horacio Pegoraro

Licenciado en Comunicación Social,

por la Facultad de Derecho y Ciencias

Sociales de Universidad Nacional de

Córdoba, Argentina; y licenciado en

Psicología por la Facultad de Psicología

de la Universidad Nacional de Córdoba.

José Luis Najenson

Escritor y poeta. Es Doctor en Filosofía

(D.Phil.) por la Universidad de Cambridge,

1980. Miembro Correspondiente en Israel

de la ANLE (Academia Norteamericana de

la Lengua Española, desde 2000). Ha obtenido

varios premios literarios y publicado

libros de cuento, poesía y novela; entre

ellos: Tiempo de arrojar piedras: cuentos

de ficción política y religiosa; Cultura nacional,

cultura subalterna; Memorias de

un erotómano; Diario de un Voyeur; Periplo

Judeo-Andaluz; El suspiro del moro.


Esther Domínguez Soto

Es profesora de inglés. Vive y trabaja

en Pontevedra, España. Gusta de leer,

escribir, viajar, charlar y tomar café con

las amigas; además de las plantas y el

chocolate.

José Luis Torres

(Ciudad de México, 1953), estudió Periodismo

y Comunicación Colectiva en la

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

(UNAM), maestrías en Comunicación

Organizacional (CADEC) e Historia del

Pensamiento (UP), además de varios diplomados.

Promotor de la lectura, editor

de cuentos, novela y memorias. Ha publicado

la novela El Colapso los cuentos, los

cuentos Di todo lo que sepas, así como

otras historias. Durante más de tres décadas

laboró en la industria televisiva.

Fátima Montiel Christlieb

Estudiante de bachillerato con 15 años de

edad. Radica en la ciudad de México. Tiene

una hermana mayor y sus dos padres

son músicos, por lo que ha estado en el

ámbito del arte desde que nació. Comenzó

a estudiar violín a los cinco años y estudió

en la Facultad de Música de la UNAM

durante seis años. A pesar de todo ese

tiempo de estudio entendió que la música

no era para ella, pero escribir es algo que

ama hacer desde los siete años y sabe que

quiere seguir haciéndolo.

Raul Reyes Aguilar

Nacido en la Ciudad de México. Egresado

de la carrera de Lengua y Literaturas

Hispánicas, y Maestro en Letras Latinoamericanas,

ambas por la UNAM.

119


G. Farell

Vive con su padre, ya que sus padres se

divorciaron. Asistió al colegio Suizo de México

por mas de diez años, aprendiendo

alemán e ingles. En la secundaria cambió

de escuela y sigue en ella. Cursa el sexto

semestre de preparatoria, a punto de entrar

a la universidad. Sus años de prepa

fueron los que lo marcaron y en donde

decidió volverse escritor. Ha escrito diez

cuentos tratando de tener un personaje

en común: la Ciudad de México; donde nació

y ha vivido sus cortos diecinueve años.

Hina Finck

Profesora, pedagoga y terapeuta de Educación

Especial. Entrenadora de natación

a nivel nacional de Olimpiadas Especiales.

No posee carrera literaria cursada en

algún plantel educativo ni universidad;

es autodidacta. Desde hace cinco años

comenzó a escribir y a enviar sus creaciones

a los diferentes certámenes. Las obras

ya publicadas son 87. Tiene en mi haber:

cuento, novela, axioma, poesía, ensayo,

teatro para títeres y hasta los libros de texto

con los cuales imparte clases y terapias.

Diana Ruiz

Nació con un lápiz en su mano y un

irremediable gusto por la lectura y la

escritura lo cual la hizo proponerse ser

escritora. Su primer premio fue un cheque

de regalo de una librería. Colabora

en diferentes revistas literarias y culturales,

periódicos, algún que otro blog

de su autoría mostrando retazos de

historias que pululaban por su mente,

escribir, escribir, escribir... y mientras,

consiguió hacer un par de novelas que

ya están en el mercado literario.

120

Adrián Osorno Hernández

Escritor novel, oriundo de la ciudad

de Sevilla. Amante incondicional de la

ciencia ficción, la fantasía, el terror y

el humor negro, géneros que intenta

plasmar siempre en sus relatos. Ha publicado

Microrrelatos el Bunker Z (Colaboración

en antología) y Microrrelatos

eróticos II, Divertisex (Colaboración en

antología).


Cyan Urón

Uriel López Delgadillo (Jalisco, 1988).

Abandonó la licenciatura de Letras Hispánicas,

de la UDG, tras convertirse en fósil

y no lograr darle la prioridad que demandaba.

Ganó un concurso de poesía en

este centro universitario y publicó en dos

de sus revistas, Númen N°8 y La Cigarra

N°0. Se dedica a hacer figuras de barro y

de papel, y a escribir; traduce una novela

de ciencia ficción y escribe una novela de

ciencia ficción, y lleva años realizando un

bestiario también en ese género.

Circe

Ana Fructuoso Ros, nacida en Yecla, Provincia

de Murcia, España el 8 del 9 de 1960.

Licenciada en Filosofía por la Universidad

de Murcia. En la actualidad trabaja en la

Universidad de Murcia. Ha hecho su formación

literaria en Talleres de Escritura.

Lola López Mondejar. Biblioteca regional

de Murcia. Hasta la fecha ha publicado:

Desde el Columpio y otros relatos; Libros

de relatos conjuntos con las editoriales

ACEN y relatos en revista literaria Cuadernos

del matemático.

Jhovana Aguilar Jiménez

(Jalisco, 2001). Resultó finalista en el

Premio Literario Constanti 2016 convocado

en España con su relato Dos

fantasmas. Escribir y leer le llena y le

complace.

Nestor Quadrí

El autor es de profesión ingeniero, docente

universitario en Buenos Aires y

autor de numerosos libros técnicos.

Desde principios del año 2006, y luego

de jubilarse, comenzó a escribir cuentos

y poesías y participado en numerosos

concursos literarios. Ha publicado

los libros Cuentos sin nombres (2009),

Inquietudes literarias (2011), La caja del

tiempo (2013) Cuentos del Parque Avellaneda

(2014) en Editorial Alsina. Buenos

Aires. Argentina.

121


Alexandro Arana Ontiveros

Escritor mexicano que ha conseguido más

de 230 reconocimientos en diferentes géneros

literarios como cuento, poesía, prosa

poética, microcuento, haiku, ensayo,

guión y aforismos. Actualmente colabora

en la comunidad literaria internacional

Letras & Poesía y en la revista online Walskium

magazine. Además, ha publicado

dos cuentos cortos infantiles y 80 cuentos

novelados juveniles. Tamambién realiza

una investigación sobre el rol de los seres

humanos en el Universo.

Esteban R. Jiménez Bedoya

Nació en Pereira (Risaralda) el 15 de

febrero de 1988. Licenciado en Leguas

Extranjeras de la Universidad Surcolombiana.

Su texto “Ruta de las golondrinas

de Capistrano” fue incluido en la

Antología RELATA de cuento y poesía

2013; obtuvo el segundo puesto en el

XXIV Concurso Departamental de Minicuento

“Rodrígo Díaz Castañeda” 2014

(Palermo, Huila); finalista del Concurso

de Relato Antonio Di Benedetto (Mendoza,

Argentina) del año 2014.

122

Jorge Ortega Muñiz

(1958 - 2017) Fue un narrador mexicano,

autor de el volumen de cuentos, El

hombre sin cara y otros relatos (1987),

La ciudad feliz y otros relatos (2016); y

una serie de ficción histórica, El dominio

de las águilas (2016) y Submarinos

para el Kaiser (2017). Con una serie de

publicaciones póstumas para publicar.

Manuel Rodriguez

Nació en el valle del Alto Chicama

región La Libertad Perú en junio de

1951. Se identifica como AUTODIDACTA

para contar sus experiencias vividas

en los lugares por donde anduvo

trabajando en el “Montaje de

Empresas Industriales”, conviviendo

en campamentos, junto a otros miles

de trabajadores como él; es miembro

virtual del Círculo Latinoamericano de

Escritores (CLE) y administrador de la

página Web


Sorelestat Serna

Santiago Alberto Serna Caicedo, escritor

bogotano. Egresado del TEUC, Taller

de escritores de la universidad central

dirigido por Isaías Peña. Ganador con el

guión para historieta Suspiros de vida para

Nahualli Comics. Primer puesto con El

paso de la marabunta en el I Concurso de

Poesía y Cuento Internauta Internacional,

dirigido por el escritor venezolano Laab

Akaakad. Ha publicado en su libro Suspiros

de vida y otros escombros de Ambidiestro

taller editorial.

Ernesto Molina

Ingeniero ambiental mexicano que

se dedica principalmente a sistemas

hidráulicos, es autor del blog Cerdo

Venusiano y hace varias reseñas de videojuegos

y equipos mecánicos para

revistas especializadas. Su primera

novela Los últimos contribuyentes consiste

en un desesperado intento para

salir de la rutina, hacerse el gracioso y

conocer mujeres.

Hugo Casarrubias

Nació el 3 de Mayo de 1988, en Tlalnepantla

de Baz, Estado de México. Desde

pequeño incursionó en el mundo del

terror a través de las películas. A la edad

de dieciocho años, teniendo la idea y las

bases de este cuento largo, se dedicó a

escribir su primera novela, la cual terminó

tres años después. Actualmente cuenta

con tres libros publicados así como diversas

participaciones en revistas literarias

como Revista Nictofilia, Revista Letras y

Demonios y revista Cruz Diablo.

Juss Kadar

Técnico de farmacia por profesión, su

pasión siempre ha sido escribir cualquier

historia, ya sea de intriga, amor,

fantasía... Una escritora por impulso

que se atreve con todos los géneros.

Ganadora de varios premios literarios

en el Instituto y uno concedido por el

ayuntamiento en San Sebastián de los

Reyes (Madrid) En 2012 iniciaba el blog

La muerte de los sueños”, donde como

un diario contaría su lucha para convertirse

en una escritora reconocida.

123


SEGUNDA

CONVOCATORIA DE

ENSAYO Y RELATO «LA

SIRENA VARADA, REVISTA

LITERARIA BIMESTRAL»


«La sirena varada, revista literaria bimestral», publicación física y digital

mexicana en castellano, especializada en relato corto y ensayo convoca a todas

aquellas personas que quieran colaborar con la publicación de textos en el segundo

número de la revista y que no hayan sido seleccionados en la primera convocatoria.

Todas las obras deberán ser originales e inéditas, y de acuerdo a las

siguientes especificaciones:

• Ensayo: La extensión deberá ser mínimo de 3000 caracteres (contando

también los espacios) y máximo de 5000. Los trabajos deberán tratar el

tema de la influencia de la lectura en la juventud.

• Relato: En esta primera convocatoria se recibirán relatos que entren dentro

del género del terror, ciencia ficción y policial. La extensión deberá ser mínimo

de 4000 caracteres (contando también los espacios) y máximo de 6000.

El plazo de recepción de trabajos terminará el viernes 30 de junio a las 23:59 horas

UT-6:00 (CST)

El formato de envío para los textos será en formato .txt .doc o .docx (no se tomará

en cuenta cualquier otro formato) letra tamaño 12 e interlineado sencillo y, en el

caso de los ensayos, notas al final del documento. El nombre del archivo deberá estar

estructurado de la siguiente forma: TÍTULO_ApellidosNombre (del autor). Y deberán

ser enviados con el asunto «Convocatoria la sirena varada, revista literaria» a:

contactoeditorial@editorialdreamers.com.mx

Se seleccionarán cinco (5) ensayos y ocho (15) relatos, los cuales serán anunciados

el día sábado 1° de julio. Sólo se mantendrá comunicación con los autores

seleccionados.

En el cuerpo del correo deberán incluir: Nombre completo del autor, seudónimo

(si aplica), correo electrónico para contacto y una breve biografía de no más de

300 palabras.

En aras de mantener la equidad entre los participantes, no se tomará en cuenta

la trayectoria del autor para publicar su obra, sólo se tomará en cuenta la calidad

de la misma.

Reiteramos, sólo se notificará a los seleccionados mediante correo electrónico su

inclusión en la revista. No se informará en ningún caso sobre aspecto alguno del

proceso de selección, y sólo se mantendrá contacto con aquellos autores cuyos

textos sean elegidos.

Al ser una publicación sin fines de lucro, no existirá premio en metálico. Sólo se

entregará un reconocimiento a los autores seleccionados.

Cualquier anomalía en esta convocatoria se resolverá conforme a las leyes mexicanas

que correspondan.

¡Esperamos su

participación!


EXCELENTÍSIMO SEÑOR

JORGE ORTEGA MUÑIZ

FALLECIÓ EN VERACRUZ

EL DÍA 16 DE MAYO DE 2017

Todo el equipo de La sirena varada, revista literaria

bimestral, así como de Editorial Dreamers, nos

unimos a la pena que embarga a su familia y les

deseamos pronta resignación

Dedicamos este primer número a su memoria


en nuestro siguiente número

más cuentos, más ensayos,

y todo el gran talento que los autores

de habla hispana depositan

en nuestras manos

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