La sirena varada: Año 1, Número 1
El primer número de La sirena varada: Revista literaria bimestral.
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SOBRE<br />
· NOIR · CIENCIA FICCIÓN · TERROR ·<br />
<strong>La</strong> <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong><br />
R E V I S T A L I T E R A R I A<br />
es una publicación de<br />
EDITORIAL DREAMERS<br />
libros digitales, gratuitos y legales<br />
edición original: julio 2017<br />
reedición: julio 2018<br />
LA SIRENA VARADA: REVISTA LITERARIA BIMESTRAL<br />
<strong>Año</strong> 1, N°1, Junio-Julio de 2017 es una publicación<br />
bimestral editada por Digital Robotic Entity Assembled<br />
for Masterful Editing and Rational Sabotage S.A.S. de C. V.:<br />
Tlalnepantla de Baz, C.P. 54170, Estado de México, México.<br />
www.editorialdreamers.com<br />
Director y editor responsable: José Luis Vázquez<br />
Foto de portada: ddraw / Freepik<br />
Ilustraciones: The British Library’s collections<br />
<strong>La</strong>s opiniones expresadas por los autores no<br />
necesariamente reflejan la postura del editor, sin<br />
embargo, la editorial respalda todas las opiniones al<br />
aceptar su aparición en esta revista.<br />
Queda estrictamente prohibida la reproducción total o<br />
parcial de los contenidos e imágenes de la publicación<br />
sin previa autorización de Digital Robotic Entity<br />
Assembled for Masterful Editing and Rational Sabotage<br />
S.A.S. de C. V. o los respectivos autores.<br />
© 2017<br />
DIGITAL ROBOTIC ENTITY ASSEMBLED<br />
FOR MASTERFUL EDITING AND<br />
RATIONAL SABOTAGE S.A.S. DE C.V.<br />
todos los derechos reservados<br />
ESTE<br />
NÚMERO<br />
Me fue sumamente complicado<br />
escribir esta editorial, no porque<br />
no tuviera un tema en específico<br />
para escribir, al contrario, quería hablar<br />
de lo complicado que el negocio de la<br />
literatura se ha vuelto en los últimos<br />
tiempos, la fuerte competencia que<br />
existe en el mundo editorial así como<br />
las prácticas desleales que día a día<br />
tenemos que soportar todos aquellos<br />
quienes nos dedicamos a esto.<br />
Sin embargo, por mucho interés que<br />
pudieran generar esos temas, consideré<br />
más importante hablar, en esta<br />
primera editorial, de todas las alegrías<br />
que gracias a mi trabajo como editor he<br />
podido conocer.<br />
No es un secreto para nadie que la<br />
publicación de un libro es una de las<br />
empresas más difíciles para cualquier<br />
autor, ya no se diga para los autores nóveles;<br />
aún así eso no les impide querer<br />
alcanzar el sueño de poder tener en sus<br />
manos todas aquellas noches en vela,<br />
todas las fiestas familiares a las que tuvieron<br />
que faltar, las citas con sus respectivas<br />
parejas canceladas, y todo lo<br />
demás de lo que un autor tiene que privarse<br />
materializadas en tinta y papel.<br />
En todos estos años, que tampoco<br />
son tantos, he aprendido que la prioriodad<br />
de una buena cantidad de autores<br />
es que no se quede en el olvido<br />
todo aquello que han escrito; que los<br />
lectores disfruten sus obras de la mis-
ma forma que los autores disfrutaron<br />
al realizarlas. Podrá sonar a cliché y, de<br />
cierta forma, lo es pero ¿no es acaso el<br />
deseo de todo hombre que su trabajo<br />
se reconozca como es debido?<br />
Puedo atreverme a decir que tal vez<br />
la mayor alegría que cualquier editor<br />
pueda tener es la de ayudar a un autor<br />
a que se realice ese sueño. Por lo menos<br />
ese es mi caso, y es esa sensación<br />
de satisfacción y alegría la que me ayuda<br />
a levantarme todas las mañanas.<br />
Por esa razón nació esta revista; para<br />
brindar un espacio a todos aquellos autores<br />
que no quieren ser silenciados y<br />
que tienen mucho que decir. No importa<br />
si son muy jóvenes o si ya han recorrido<br />
un largo camino en el mundo de<br />
las letras, este espacio, en el cual se ha<br />
puesto sangre y corazón, es para todos.<br />
No puedo dejar de agradecer a todos<br />
los autores que participaron en<br />
la primera convocatoria, tanto a los<br />
que aparecen en este número, como a<br />
aquellos que no fueron seleccionados,<br />
pues gracias a ellos he aprendido que<br />
el arte, en específico la literatura, y<br />
todos los espacios similares a este no<br />
morirán nunca.<br />
Siempre habrá alguien que deseé<br />
compartir aquello que ama.
19<br />
DRÁCULA:<br />
30<br />
LAS FIGURAS<br />
DE REPETICIÓN<br />
CARLOS FUENTES Y<br />
JOSÉ EMILIO<br />
PACHECO<br />
EL SÍ<br />
DE LA<br />
EN<br />
NARRATIVA<br />
06 - SUPERHEROICO METROPOLITANO<br />
10 - ATRÁS DEL VIEJO SAGUÁN<br />
14 - LAS LLORONAS<br />
22 - EL GRAN FANTASMA<br />
24 - EMPEZAR UNA NUEVA VIDA<br />
28 - VIAJE A LA ISLA SIN NOMBRE<br />
34 - LA MUERTE DE FLORINDO GONZÁLEZ<br />
36 - LA PUJA GANADORA<br />
40 - VIDA DE CAMPO<br />
50 - EXTRAÑAS CRIATURAS<br />
54 - TIEMPO MUERTO<br />
58 - NOCHE DE BRUJAS<br />
66 - EL ÚNICO TESTIGO<br />
70 - BESTIA<br />
74 - LINEA DE VIDA<br />
82 - EL DÍA QUE CONOCÍ<br />
A PEPE EL ESCARABAJO<br />
86 - LAS CHICAS-LEÓN<br />
90 - LA NAVIDAD 2098 DE KAREN<br />
98 - UN CASO DIFÍCIL<br />
102 - XIU, DE ÉPSILON CUATRO<br />
106 - LA FÁBRICA
62<br />
NDROME<br />
PÁGINA<br />
BLANCO<br />
78<br />
QUÉ ES EL TEATRO<br />
LITERATURA Y<br />
ACCIÓN<br />
94<br />
SOBRE LA<br />
ESCASA LECTURA<br />
EN MÉXICO<br />
44<br />
108<br />
CRÓNICAS<br />
ANTROPOLÓGICAS<br />
PRESENTA:<br />
LA CANCION LITERARIA<br />
CASA DEL<br />
MIGRANTE
6<br />
SUPERHEROICO<br />
METROPOLITANO<br />
Por Ernesto Molina
Fragmento editorial del diario El sol<br />
tapatío:<br />
No quiero que los lectores me malinterpreten,<br />
¡amo esta ciudad! Pero de<br />
la misma manera que un padre amoroso<br />
corrige a su pequeño cuando se pone<br />
en peligro a sí mismo, es mi deber civil<br />
hacer obvio que nuestras fuerzas del<br />
orden se han visto obsoletas ante esta<br />
nueva ola de crímenes inspirados en la<br />
industria del cómic.<br />
Me pregunto si Hollywood con sus<br />
películas de Batman y los Vengadores<br />
a finales de la década del 2010 habría<br />
supuesto que las grandes ciudades se<br />
saturarían de peligrosos imitadores los<br />
cuales se han ido tropicalizando hasta<br />
generar un mythos urbano representado<br />
enfermizamente en nuestra ZMG<br />
por El Esperpento: este delincuente<br />
nocturno que atraviesa los tejados y<br />
alcantarillas de la ciudad vestido con<br />
una máscara negra de luchador y una<br />
katana a la espalda.<br />
Enrique lo reconoció justo al verlo.<br />
Habían pasado por lo menos siete<br />
años y solamente pudo ver su rostro<br />
dos veces: en el atraco a centro joyero<br />
y cuando se entregó después de lo<br />
de Secuaz-X, pero era el rostro que no<br />
puedes olvidar, el rostro de tu archienemigo,<br />
o mejor dicho de tu ex-archienemigo.<br />
Pensó en irse sin llamar su<br />
atención, ahora era presidente municipal,<br />
la prensa desacredita todos sus<br />
actos y un pepenador de Santa Tere no<br />
entra en la lista de buenas compañías.<br />
Por otro lado, ¿cuándo había sido la<br />
última vez que había hablado con alguien<br />
igual a él?<br />
—¡Sandoval! —gritó Enrique—. ¿Eres<br />
tú? —antes de levantar la vista el hombre<br />
verificó donde estaban sus respectivas<br />
bolsas de reciclados.<br />
—Disculpe, señor, ya me voy —se disculpó<br />
el vagabundo—. Solo déjeme llevarme<br />
las latas y me iré.<br />
—¿De qué estás hablando? ¡Soy Enrique<br />
Rivas! Yo era el Condor de fuego,<br />
peleamos un montón de veces cuando<br />
la crisis de los enmascarados.<br />
Como otro síntoma de la enfermedad<br />
que aqueja a nuestra ciudad, nuestros<br />
problemas se complementan con<br />
la aparición de El Condor de Fuego,<br />
un autonombrado archinémesis de El<br />
Esperpento, ronda a escondidas nuestra<br />
ciudad con un traje de bombero y<br />
un lanzallamas de fabricación casera,<br />
duermo cada noche con el miedo a tener<br />
que dedicar este espacio editorial a<br />
la catástrofe que aquel desequilibrado y<br />
su juguete infernal causarán de un momento<br />
a otro.<br />
—Yo no sé de qué habla usted —el<br />
presunto exenmascarado tomó sus bolsas<br />
y se alejó del trajeado—. Yo nunca<br />
supe nada del Condor de fuego, ni del<br />
Esperpento, ni de los Moxxys.<br />
—¡Te reconozco! —gritó Enrique—. Vi<br />
tu rostro cuando peleamos en el atraco<br />
al centro joyero, te había rociado la máscara<br />
con hexano líquido y Secuaz-X…<br />
—Su nombre era Sombra Plateada<br />
—Humberto Sandoval se había<br />
dado la vuelta y encaraba a su antiguo<br />
archinémesis.<br />
—Todos la conocíamos como Secuaz-X,<br />
¿qué importa eso ahora?<br />
Los guardaespaldas del presidente<br />
municipal se bajaron de la camioneta<br />
con intención de evitar que aquel pepenador<br />
se acercara más a su patrón.<br />
—Te diré lo que importa —Sandoval<br />
vio a los guardaespaldas y guardó su<br />
distancia. En una ciudad donde los policías<br />
podían dispararte por «argumento<br />
de apariencia» nadie dudaría que el<br />
7
pepenador exconvicto puso en riesgo<br />
al presidente municipal—. Ella era paramédico,<br />
estudió cuatro años para<br />
que dos semanas antes de que le dieran<br />
su diploma se autorizara la ley de<br />
reglamentos tradicionales.<br />
En una achacosa muestra de los otros<br />
males que aquejan a Guadalajara, comunidades<br />
que deberían haber sido<br />
eliminadas de cualquier burgo saludable<br />
como la LGBT y los inmigrantes<br />
chinos comienzan a tener sus propios<br />
enmascarados.<br />
Por ejemplo, las mujeres (que en mi<br />
humilde opinión debieron quedarse con<br />
sus hijos en la cocina) ahora se sienten<br />
representadas con Secuaz-X, una hembra<br />
a la que se le ha visto en ocasiones<br />
con El Esperpento, a pesar de que se autobautizó<br />
con otro nombre, la prensa le<br />
ha adoptado con su ya conocido mote,<br />
puesto que cualquiera con dos dedos<br />
de frente sabe que una mujer carece de<br />
cualquier elemento de iniciativa propia,<br />
así que podemos deducir que el hombre<br />
de la máscara negra ha arrastrado a alguna<br />
pareja o pariente a sus enfermos<br />
actos de bandidaje.<br />
—Conozco los reglamentos tradicionales<br />
—Enrique y Sandoval estaban<br />
sentados en una banca enfrente del<br />
OXXO, los guardaespaldas mantenían<br />
un flujo constante de Andattis y donas—.<br />
Desde mi trinchera estoy tratando<br />
de suprimirlos, es difícil cuando<br />
se hacen las cosas por el medio<br />
institucional.<br />
—Tu trinchera… Si los votantes hubieran<br />
descubierto por alguna razón<br />
que tú eras el Condor de fuego jamás te<br />
hubieran elegido.<br />
—En su momento votaron por la ley<br />
de reglamentos tradicionales.<br />
—Eran idiotas, y la mayoría lo siguen<br />
siendo —Sandoval se zampó una dona<br />
glaseada y se limpió la mano en el respaldo<br />
de la banca—. Qué la jodida crisis<br />
económica era consecuencia del comportamiento<br />
inmoral… ¡Idiotas!<br />
—Por el lado bueno la mayoría de los<br />
que dicen eso se están muriendo, aunque<br />
sea de viejos.<br />
—No lo suficientemente rápido. ¿Sabes?<br />
<strong>La</strong> primera vez qué Sombra Plateada<br />
me cosió fue a unas cuadras de aquí,<br />
en el estacionamiento del Kamilos 333.<br />
Ahora ni en los hospitales te cosen.<br />
—Deberiamos poner una placa allí.<br />
¿Y qué era de ti Secuaz… Digo, Sombra<br />
Plateada?<br />
—Nada, una mala noche me vio<br />
arrastrándome en el estacionamiento<br />
con una herida de veinte centímetros<br />
en la espalda y ella me cosió allí mismo,<br />
estaba celebrando el fin de curso.<br />
—Una paramédico de profesión —comentó<br />
Enrique mientras terminaba su<br />
café en vaso rellenable.<br />
—<strong>La</strong> cosa se salió de control con los<br />
Moxxys.<br />
—Y que lo digas, una vez me encontré<br />
a esos pendejos tratando de volar<br />
el expiatorio, yo me dirigía a un atraco<br />
de camión blindado pero me quedé a<br />
8
cargarme algunos, al día siguiente el<br />
sol tapatío dijo que yo era cómplice del<br />
ataque al templo.<br />
—Aquel día desaparecieron algunas<br />
reliquias.<br />
—Probablemente fueron saqueadores.<br />
Con la tasa actual de desempleo sobran<br />
en esta ciudad.<br />
Otros enmascarados que afortunadamente<br />
ya no rondan nuestras calles<br />
son los Moxxys, en una enferma parodia<br />
del Guasón estos travestis atacaron con<br />
explosivos numerosas iglesias y centros<br />
en pro de la familia natural. Afortunadamente<br />
después de un operativo en el<br />
templo expiatorio esta banda finalmente<br />
ha sido desmantelada.<br />
El presidente municipal era consciente<br />
de su agenda, pero no quería perder<br />
la oportunidad de hablar con aquel fragmento<br />
de su pasado.<br />
—Era patético, los policías estaban<br />
tan ocupados haciendo redadas en bares<br />
gay y librerías feministas, que un<br />
cretino con disfraz de rana asaltaba un<br />
banco por semana y jamás lo atraparon.<br />
—¿Cómo se llamaba el infeliz?<br />
—Capitán Batracio —ambos soltaron<br />
la carcajada.<br />
—¿Cómo fue qué terminó todo esto?<br />
—Enrique se levantó, había una junta<br />
con la cámara de comercio en veinte<br />
minutos—. Yo me divertía de lo lindo.<br />
—Sombra Plateada… Su nombre<br />
real era <strong>La</strong>ura Sánchez, estaba embarazada…<br />
Su novio saboteó el Jetpack<br />
para hacerla estallar.<br />
—<strong>La</strong> ley de reglamentos tradicionales<br />
los hubiera obligado a casarse —Enrique<br />
se había quedado en la puerta de<br />
su camioneta.<br />
—Busqué al infeliz, lo rebané con la<br />
katana, después de eso me entregué a<br />
la policía y no he hecho nada bien desde<br />
entonces.<br />
—Es solo una mala racha, Humberto.<br />
Mira, voy a mandarte recoger, en mi casa<br />
te darás un baño y hay alguna ropa extra<br />
que te puede quedar. Todos lo hemos<br />
superado de una forma o de otra, solo<br />
necesitas una segunda oportunidad.<br />
—Maté a mucha gente, Enrique.<br />
—Y pagaste por tus crímenes. <strong>La</strong> mayoría<br />
eran Moxxys, esos maniacos querpian volar<br />
la ciudad. Te irá bien, la gente no te pide la<br />
carta de policía si estás usando traje.<br />
Sandoval miró a sus zapatos, no había<br />
tenido otros desde que salió de prisión.<br />
—Un traje es igual que una máscara,<br />
no me hace mejor persona.<br />
—Tampoco soy una buena persona, pagué<br />
mi campaña con lo del centro joyero.<br />
—¡Pues qué demonios! Me vendrá<br />
bien un baño y un cambio de ropa.<br />
No puedo dejar de insistir, mientras<br />
justicieros enmascarados como El Esperpento<br />
ronden las calles de nuestra<br />
amada ciudad, seguirán apareciendo<br />
criminales teatrales como el Condor de<br />
Fuego y la banda de los Moxxys. Sin importar<br />
los atracos y actos terroristas que<br />
este ente enmascarado haya prevenido,<br />
no habrá orden en nuestras calles hasta<br />
qué este vigilante se entregue.<br />
9
10<br />
ATRÁS DEL<br />
VIEJO ZAGUÁN<br />
Por Hina Finck
Sebastián era muy feo. Uno de sus<br />
ojos era danzante, bailador, no<br />
podía controlarlo; en realidad a<br />
mí, niña de siete años, me daba horror.<br />
Sebastián vendía plumeros, se la pasaba<br />
todo el día caminando calles y más<br />
calles: «Plumeros… plumeriiiiitos… plumeroootes…»<br />
gritaba su mercancía y al<br />
mes siguiente, volvía a pasar por mi calle.<br />
Eran plumeros con plumas de verdad,<br />
unos tenían pintadas las plumas<br />
de colores atractivos, otros nada más<br />
así, con el color auténtico que la naturaleza<br />
le había dado al pavo o a la gallina<br />
o quizás a la paloma.<br />
Cuando Sebastián terminaba su recorrido,<br />
por mi colonia, tocaba a mi<br />
puerta; yo miraba su vestimenta: Pantalón<br />
flojo, de mezclilla, con peto; una<br />
camisola a cuadros rojos; unos guantes<br />
de carnaza para poder cargar calles y<br />
calles aquellos pesados plumeros. Mirando<br />
su vestimenta disimulaba para<br />
no mirar su ojo bailador.<br />
—¿Está tu papá? —Sebastián me<br />
preguntaba.<br />
—Sí… y ya sabe usted que puede dejar<br />
sus plumeros atrás del zaguán. ¡Pásele!<br />
Sin atreverme a mirar aquel ojo bailante,<br />
porque era yo una niñita miedosa,<br />
lo dejaba pasar para que acomodara<br />
su mercancía y al día siguiente,<br />
tempranito, pasara por ella para que<br />
siguiera en sus caminares, gritando su<br />
mercancía, por otras colonias.<br />
Miré aquellos plumeros recargados<br />
en la esquina de la pared, atrás del viejo<br />
zaguán… quedé paralizada, tal parecía<br />
que esos enormes plumeros tuvieran<br />
ojos y también eran bailantes, imitadores<br />
del ojo izquierdo de Sebastián, su<br />
fabricante y vendedor. <strong>La</strong>s plumas eran<br />
de cuervos o quizá de algún otro pajarraco<br />
graznador, enorme. El olor de<br />
aquellas plumas era… nauseabundo.<br />
¿O eran plumas de pavo? eran de pavo<br />
las plumas de los plumeros grandotes<br />
esos que sacudían los techos, las lámparas<br />
puestas a colgar y los cuadros recargados,<br />
luciendo en paredes altas; eran de<br />
pavo porque tenían círculos de colores<br />
grises y negros, círculos que miraban…<br />
eran ojos renegridos que de miradas me<br />
saturaban; eran esas plumas que los pavos<br />
tienen en sus colas esponjadas.<br />
Se vinieron encima de mí todos los<br />
plumeros llenos de ojos bailantes…<br />
grité y… ya no grité… ya no pude gritar<br />
porque sí, eran ojos, eran pavorosos<br />
ojos saltones de una ave renegrida, redondos,<br />
brillantes, húmedos… me miraban<br />
con insistencia, yo no podía dejar<br />
de mirarlos. Los ojos lagrimeaban y me<br />
caían las gotas gordas en la cara, pegajosas<br />
lágrimas de ojos de ave desplumada…<br />
de todas las aves que habían<br />
muerto para que las cosas pudieran ser<br />
sacudidas, liberadas de los polvos de<br />
los tiempos; graznaban unas y piaban<br />
otras, y más cacareaban al son de los<br />
ojos bailantes que en mí se encimaban.<br />
Al principio grité, pero luego ya no, porque<br />
en mi garganta estaban muchas<br />
plumas, como de pollos muertos, las<br />
ánimas de los pollos ponían sus plumas<br />
en mi garganta, la saturaban con<br />
plumas de miedo, de pánico… por eso<br />
no gritaba porque los ojos me miraban<br />
lacrimosos pidiendo compasión.<br />
Todos los plumereros desplumaban<br />
a las aves, para que en las casas<br />
no hubiera polvo, para eso las aves se<br />
morían, metidas en agua caliente despidiendo<br />
olores nauseabundos.<br />
Toda pluma tiene ojos, cada pluma<br />
tiene como cien ojos y todos los tengo<br />
encima, llorando sobre mí, sus llantos<br />
engomados, pestilentes. Porque algu-<br />
11
nos plumeros se desplumaron, se desbarataron<br />
y las plumas revoloteando<br />
se metieron hasta mi garganta y no me<br />
dejan respirar; también se colocaron en<br />
mi nariz y sólo su olor entra en mí; el aire<br />
me queda lejos, no logro meterlo en mí.<br />
Fue ahí, detrás del viejo zaguán en<br />
donde todos los plumeros me arrinconaron<br />
y mirándome insistentemente se me<br />
echaron encima, me decían: «Somos las<br />
ánimas de los pájaros desplumados». De<br />
repente, sacaron sus picos, sacaron sus<br />
garras, me comenzaron a desgarrar. Mi<br />
garganta estaba seca, saturada con plumas<br />
tan secas como las hojas del otoño;<br />
poco a poco se me fue la respiración… a<br />
veces jalaba aire, un poquito, luego ya<br />
sólo un entrecortado respiro.<br />
Los plumeros tienen varas y con ellas<br />
me encerraron en este sarcófago en éste<br />
féretro con barras hechas de carrizos, pegamento<br />
y plumas. No pude salir de él<br />
porque mi cuerpo se desmayó, mi cuerpo<br />
ya desplomado en el piso se quedó. Ya<br />
no pude patear, ya no pude manotear.<br />
Dicen algunas gentes, que morí de<br />
miedo, porque el pánico transmuta la<br />
vida en muerte.<br />
12
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13
14<br />
LAS<br />
LLORONAS<br />
Por José Luis Torres
<strong>La</strong> primera vez que vi una llorona fue<br />
un viernes. Era de noche. Fui con<br />
Chisco a buscar escarabajos al panteón<br />
que estaba junto al río. Mi abuelita<br />
decía que se roban a los niños desobedientes,<br />
pero lo hacía para espantarme.<br />
Con mi caja de zapatos bajo el brazo<br />
buscamos alimañas para venderlas<br />
a la hora del re-creo, pero sólo encontramos<br />
lombrices y una araña patona.<br />
Chisco me dijo que era mejor separarnos<br />
y él se fue por un lado y yo por el<br />
otro. Y en esas andábamos, cuando escuché<br />
unos lamentos.<br />
Sin hacer ruido caminé despacito por<br />
donde entierran a los niños. Ahí, junto<br />
a una tumba adornada con angelitos<br />
de yeso, se me apareció, la llorona. Ni<br />
siquiera me dio miedo. Te-nía pelo de<br />
niña, cuerpo de niña y cara de niña. Su<br />
vestido era blanco, con holanes y lis-tones,<br />
como los de primera comunión. De<br />
un lado estaba limpio, del otro tenía<br />
manchas de tierra y lodo.<br />
—¿Por qué lloras?<br />
—Tiré todas mis muñecas al río.<br />
—¿Por qué? —volví a preguntar y me<br />
quedé esperando la respuesta.<br />
Escuché los chiflidos de Chisco. <strong>La</strong><br />
niña no paraba de llorar y para no quedarme<br />
solo en el panteón empecé a dar<br />
pasos cortitos, caminando hacia atrás.<br />
Me daba lástima dejarla sola, llore y llore.<br />
Hacía frío, me levanté el cuello de la<br />
camisa y cuando se sentó en la orilla de<br />
una tumba y se abrazó las piernas, me<br />
eché a correr.<br />
Le conté a Chisco y cuando fuimos a<br />
verla, ya no estaba. Solamente se oía<br />
su llanto, pero apenitas, como si se hubiera<br />
ido muy lejos.<br />
<strong>Año</strong>s más tarde volví a encontrármela.<br />
Yo trabajaba en una funeraria capturando<br />
nombres en una computadora.<br />
Esa noche estaba aburrido y cansado,<br />
pero contento, porque después de cinco<br />
años me habían subido el salario,<br />
apenas una miseria, pero suficiente<br />
para abrir una cuenta de ahorros.<br />
Pensé en invitar a mis compañeros<br />
a compartir mi aumento, pero decidí<br />
ahorrarme al gasto y fui solo al café,<br />
acompañado de un libro que había<br />
comprado de oferta.<br />
No quería pasarme la vida trabajando<br />
y mientras me servían el café<br />
comencé a calcular el tiempo en que<br />
lograría reunir el capital necesario<br />
para retirarme. Escribí números y los<br />
multipliqué por un factor de interés<br />
compuesto, hasta que escuché unos<br />
sollozos que rompieron mi cavilación<br />
matemática. El llanto me resultó conocido.<br />
Una hermosa chica lloraba<br />
desconsoladamente.<br />
—¿Por qué lloras?<br />
—No me quiero casar, me gusta la<br />
danza.<br />
—¿Por qué? —volví a preguntar y me<br />
quedé esperando la respuesta.<br />
<strong>La</strong> chica estaba embarazada, pero<br />
supongo que no quería tener hijos, que<br />
su madre insistía en casarla y su padre<br />
soñaba con un par de nietos. Nunca<br />
dejó de llorar.<br />
Pagué la cuenta. Fui al sanitario y<br />
cuando regresé ya no estaba.<br />
Me hice viejo. Ascendí en la funeraria.<br />
Era una ciudad pequeña y todas las<br />
defunciones pasaban por mis manos.<br />
Cuando registré la muerte de Chisco, mi<br />
único amigo, me enteré que su madre<br />
murió durante el parto y fue enterrada en<br />
la fosa común. Chisco buscaba su tumba,<br />
simulando buscar escarabajos. Lloré.<br />
Con el paso de los años fui acumulando<br />
todos mis sueldos y me olvidé de<br />
gastarlos. Me bastaba una ligera comida,<br />
15
un café y un buen libro para pasar el día.<br />
Me fumaba un cigarro después de la comida<br />
y otro al terminar mis lecturas.<br />
<strong>La</strong>s tardes en el café y los domingos<br />
encerrado en mi cuarto eran mi mayor<br />
deleite. <strong>La</strong>s mujeres llegaban y se retiraban.<br />
Ninguna logró permanecer lo<br />
suficiente para extrañarla. Sin amigos,<br />
iba de la oficina a la casa y de la casa<br />
a la oficina.<br />
El café se hizo ruidoso e intolerable.<br />
Prefería vagar por los callejones en busca<br />
de silencios. Los anduve de un lado a<br />
otro, todas las noches, sin faltar una sola,<br />
de ida y vuelta, siempre la misma ruta.<br />
Animal de costumbres, amoldé las<br />
baldosas a mis pasos y mis pasos a los<br />
ecos de la noche, hasta que una noche<br />
alguien caminó detrás de mí, copiándome<br />
los pasos. Era la misma mujer de<br />
mi infancia y adolescencia.<br />
—¿Por qué lloras?<br />
—Estoy muy sola.<br />
—¿Por qué? —pregunté y me quedé<br />
esperando la respuesta.<br />
<strong>La</strong> socorrí y pasó la noche en un sillón<br />
de la casa. No era fácil posponer<br />
una lectura, pero era bueno tener con<br />
quien conversar.<br />
—Sólo voy a escuchar, lo que usted<br />
quiera contarme.<br />
Guardó silencio y sólo pude observarla.<br />
Parecía añosa. Era apenas una<br />
mujer madura, venida a menos. <strong>La</strong> reconocí,<br />
pese a las huellas de la miseria<br />
que deformaban su rostro. Temblaba.<br />
Busqué un abrigo que no usaba y cuando<br />
regresé el sillón estaba vacío. Cerré<br />
la ventana, aseguré la puerta, apagué<br />
la luz y volví a guardar el viejo abrigo.<br />
El día de mi jubilación compré una<br />
botella de vino, cigarros y un queso<br />
maduro. Celebré la culminación de<br />
mi proyecto, tal como lo había concebido<br />
y esa noche leí, bebí y fumé hasta<br />
quedar completamente satisfecho<br />
y ebrio.<br />
Por la mañana salí a leer los periódicos<br />
en el estanquillo de la esquina.<br />
Mi amigo me dejaba hojearlos con la<br />
condición de devolverlos sin arrugas ni<br />
hojas descompuestas. Leí el obituario y<br />
las esquelas que durante años yo mismo<br />
envié a los periódicos.<br />
Después fui al jardín a ver pasar la<br />
vida. En las tardes me encerraba con<br />
mis lecturas. Esa era mi vida. Cada día<br />
treinta acudía al banco a cobrar una<br />
16
pensión que se fue acumulan-do a los<br />
demás ahorros. Me hice rico con la fórmula<br />
de no gastar, invertir y reinvertir<br />
la casi totalidad de mis ingresos. El<br />
gerente me asesoraba y un día me convenció<br />
de com-prarme un auto y me cedió<br />
a su chofer, un viejo solitario, muy<br />
cuidadoso, con experiencia y pocas aspiraciones<br />
económicas. Lo contraté y<br />
por las noches dábamos largos paseos<br />
por las calles olvidadas.<br />
En vísperas de Navidad fuimos al Zócalo<br />
a ver la iluminación. Hacía frío y a<br />
pesar de la llovizna la gente transitaba<br />
sobre las banquetas y las calles. Le pedí<br />
al chofer que se estacionara y bajé a caminar.<br />
Pasé frente a Palacio Nacional y<br />
al llegar a la esquina de la Catedral, me<br />
encontré a una mujer.<br />
—¿Por qué llora?<br />
<strong>La</strong> invité a tomar una taza de café.<br />
—Mis hijos… —habló poco y apenas si<br />
probó un bocado.<br />
—Los abandoné. Los mayores se fueron…<br />
los chicos los regalé.<br />
—¿Por qué? —pregunté y me quedé<br />
esperando la respuesta.<br />
Fui a desahogar la dolorosa vejiga y<br />
cuando volví, ya había desaparecido.<br />
Una tarde, después de la siesta, mis<br />
piernas ya no respondieron. El chofer,<br />
cansado de esperarme con el auto limpio<br />
y el motor encendido, me encontró<br />
arrastrándome cerca de la puerta. Con<br />
ayuda de los vecinos me acomodó en el<br />
asiento trasero. Me colocó los cinturones<br />
de seguridad, cerró la puerta y preguntó:<br />
—¿A dónde lo llevo?<br />
Desde el segundo piso del periférico<br />
la ciudad se veía distinta. Los edificios<br />
se encendieron y los faros de los autos<br />
tiritaban de frío en los ríos de luces que<br />
iban y venían, cruzando la ciudad de<br />
un lado a otro.<br />
En las esquinas, los espectros de la<br />
noche lanzaban humo, pedían limosna<br />
o lavaban pa-rabrisas, antes de refugiarse<br />
en sus coladeras. Solamente la<br />
llorona seguía caminando en la oscuridad<br />
buscando niños perdidos.<br />
Mi abuelita tenía razón; desde aquella<br />
vez que me escapé al panteón a buscar<br />
escarabajos, no he dejado de escuchar<br />
voces de mujeres que lloran por sus hijos,<br />
tan arrepentidas, que daría mi fortuna<br />
por ser el hijo de una de ellas.<br />
<strong>La</strong>s lloronas a nadie espantan, no dan<br />
miedo, apenas dan un poco de lástima.<br />
17
LAS FIGURAS<br />
DE REPETICIÓN<br />
Por Maximiano Revilla<br />
<strong>La</strong>s figuras de Repetición son desde<br />
ayer un mundo constante, un mundo<br />
vivo, un mundo que no se detiene<br />
ni se calla nunca. No, no se calla ni tan<br />
siquiera cuando se desborda al nacer<br />
nuestro amor al día, a las puertas del<br />
retiro del parque de las adolescencias.<br />
Parlanchinas, juguetonas después de los<br />
martinis agitados de éste y otros mundos,<br />
donde a su vez se alinean en alguna<br />
de sus variantes o formas que lo repiten<br />
18<br />
todo. Cuando la sonrisa es un tic nervioso<br />
obligado a reconocer que nunca deja<br />
de hablar o guardar silencio, cuando sus<br />
ritmos no se acuestan hasta pasadas<br />
las seis, es cuando mejor se representan,<br />
cuando mejor crean, gota a gota un<br />
arroyo, idea tras idea, un rio; la lluvia y el<br />
sonido de esa lluvia sobre el asfalto, el<br />
destino de una y otra caricia o beso que<br />
parece en ocasiones abofetearnos, para<br />
luego, resbalar como ofrenda litúrgica
Imagen tomada de:<br />
The <strong>La</strong>y of the <strong>La</strong>st Minstrel. By Sir Walter Scott. With notes and a chronological summary of his life<br />
Sir Walter Scott, 1887. Chatto & Windus<br />
hasta conseguir que los rostros se sonrojen,<br />
justo en ese momento en que estos<br />
comienzan a marcarse de arrugas. Temblorosos<br />
labios dándose besos como<br />
saludo, cuando, tras cumplir las bodas<br />
de oro, el uno con flores, visita en la habitación<br />
del hospital al otro esperando<br />
pasen las nubes, y a la luz del arco iris los<br />
atiendan, al día siguiente en casa.<br />
<strong>La</strong>s figuras de repetición; en un día y<br />
otro día, aún a pesar de las diferencias<br />
horarias, vienen a ser como encontrarnos,<br />
a la misma distancia en la escalera,<br />
a ese vecino que obligatoriamente por<br />
la rutina se saluda con la misma expresión<br />
y el mismo pensamiento abierto<br />
de las festividades, como si hace tan<br />
solo un par de latidos, por el simple<br />
color de los felpudos, no hubiésemos<br />
llegado casi a las manos. <strong>La</strong>s repeticiones,<br />
partidarias por su violencia de no<br />
ir nunca en autobús, tienen como las<br />
19
alas expuestas en las vitrinas del ser<br />
humano, reservados los distintos calibres<br />
y los asientos de pasillo o ventanilla<br />
correspondiente.<br />
«Repetición es también el nombre<br />
genérico y científico que se da a esa<br />
figura que se crea cuando en un escrito<br />
abundan los mismos sonidos»,<br />
las mismas palabras, los mismos versos,<br />
los mismos silencios, las mismas<br />
complicidades.<br />
<strong>La</strong>s figuras de repetición, son la luz<br />
de otro día que tal vez llegue y nos<br />
traiga los mismos desatinos. Como<br />
entreacto de las horas, la misma agitación<br />
en los colores que no se quisieron<br />
quedar dentro, la misma cafeína que<br />
nos despierta cada mañana.<br />
Cuando te levantas, ¡menos mal,<br />
conmigo! y apenas se quiebra el aire<br />
que a los dos nos roza, en la desazón de<br />
la entrevela, bailan los mismos sonidos<br />
en las mismas palabras repetidas. Ayer,<br />
hoy y mañana, las mismas canciones<br />
de aniversario: apaga el despertador…,<br />
corre las persianas…, no digas que no<br />
te quiero…, quita el café cuando suba…,<br />
abre el balcón para que respire la casa…<br />
No me ves, no me ves, no me ves: anda<br />
bobo ven y dame un beso como ayer, de<br />
buena mañana.<br />
<strong>La</strong>s figuras de repetición siempre son<br />
constantes, tanto para el alivio como<br />
para la desazón, para la tortura o la absolución,<br />
para la inquietud o la calma.<br />
Matan o reviven para poder así unificar<br />
el poema, para darlo forma y ritmo, para<br />
santificarlo o crucificarlo. A un disparo<br />
le sigue otro disparo y una piedra al cristal<br />
de los charcos de la vida y luz de un<br />
rojo constante y griterío y voces nerviosas<br />
y <strong>sirena</strong>s y llanto y llanto de funeral o<br />
nacimiento. <strong>La</strong>tidos, que acompasados<br />
se detienen un instante, para luego ser y<br />
volver a ser con mucha más intensidad<br />
los reyes del pueblo protagonista.<br />
Primero la madera, por supuesto,<br />
luego el hierro y el acero, después la<br />
carne y al final todas las ascuas del<br />
pensamiento por decir, ese que conduce<br />
irremisiblemente a no mostrar el<br />
desatino, ni la muerte, ni tan siquiera<br />
el cortejo de negro repetido. El poeta,<br />
nació después de muchísimo esfuerzo<br />
20
para reorganizarlo otra vez, casi todo.<br />
Sí, la vida diaria está compuesta de repeticiones,<br />
ir y volver a ir sin pensar a la<br />
vida, aunque la misma vida, que suerte,<br />
nunca en mi se repita.<br />
<strong>La</strong>s figuras de repetición viven como<br />
los besos y las caricias; enganchadas al<br />
recuerdo de unos juegos de niño que<br />
nos emocionan, que nos llevan a la noche<br />
para tras el sueño, abrirse y mostrarnos<br />
todo su esplendor en el nuevo<br />
día. También es verdad que a muchos<br />
niños, les da miedo la noche y toda su<br />
mágica inventiva.<br />
Lo que proporciona a la repetición su<br />
carácter novedoso, es lo mismo que lo<br />
que la pone en duda: el hecho de que lo<br />
que repite, es algo que ya ha sido: un color<br />
kilométrico, un beso con cincuenta<br />
años cumplidos, una sonrisa que no tiene<br />
por qué tener historia, una situación<br />
determinada, que siempre niña nos sorprende<br />
y nos llena de misterio. Sí, cuando<br />
no se ve y sólo se oye repetida una y<br />
otra vez la misma voz, surge la sorpresa<br />
en la mente del que escucha, aparece la<br />
imagen abstracta del momento agradable<br />
o desagradable, un objeto desmaterializado<br />
que despierta una vibración en<br />
la conciencia capaz de situarnos donde<br />
más le interese al poeta, en el mismo<br />
vértice del abismo, junto al espectro de<br />
la repetición que nos despierta.<br />
El empleo de la palabra repetida,<br />
conduce no sólo al desarrollo del sonido<br />
interior, sino a descubrir otras<br />
insospechadas cualidades espirituales<br />
de la palabra misma. Sístoles y diástoles<br />
consiguiendo olvidar a cada paso el<br />
sentido real y el abstracto de los escaparates,<br />
el objeto que se designa, para<br />
descubrir el puro sonido de las etiquetas<br />
con sus precios, de la palabra que<br />
despierta una serie de vibraciones en<br />
el corazón, en el bolsillo y en la cabeza<br />
Como hombres deseosos de vivir en<br />
nuestro Mini Cooper, cada centímetro<br />
de estatura que tenemos, intentamos<br />
siempre repetir los mejores instantes<br />
del pasado y sobre todo, si ese pasado<br />
fue hace un momento contigo en la<br />
cama frente a la Ría de Noia, aun con<br />
mayor motivo. Repetir hasta saciar o<br />
llenar de recuerdos toda una vida.<br />
21
22<br />
EL GRAN<br />
FANTASMA<br />
Por Juss Kadar
El chico apagó el televisor y se quedó<br />
en el salón en completo silencio.<br />
<strong>La</strong> luz tenue, casi a oscuras, envolvía<br />
la habitación son sigilo.<br />
Eran más de las doce de la noche,<br />
fuera, la nieve y el frío hacían acto de<br />
presencia.<br />
El sólo llevaba una simple bata y<br />
unas zapatillas, pero no tenía frío.<br />
Escuchó su respiración e incluso el<br />
latir de su corazón, ningún sonido más<br />
llegaba a sus canales auditivos.<br />
Se mojó los labios y tragó saliva<br />
cuando, tras un momento allí sentado,<br />
comenzó a notar una leve brisa que no<br />
sabía de dónde provenía, pues estaba<br />
todo cerrado a cal y canto<br />
De repente, un fuerte golpe detrás de él<br />
le hizo dar un pequeño brinco en el sofá.<br />
<strong>La</strong>s pupilas del muchacho se dilataron<br />
y su pulso comenzó a acelerarse.<br />
Otro ruido. Esta vez era el sonido<br />
de una voz que se lamentaba en tono<br />
amenazante. Se escuchaba como con<br />
carraspeó y algo apagada. Trató de<br />
poner atención en la frase que estaba<br />
pronunciando aquella psicofonía. Distinguió<br />
su nombre entre palabras sin<br />
sentido.<br />
<strong>La</strong> silla de madera que tenía a su lado<br />
comenzó a moverse, despacio. Se elevó<br />
unos centímetros y con un movimiento<br />
violento se estampó contra la pared.<br />
El chico se mostraba impasible ante<br />
todos esos fenómenos paranormales.<br />
Lo que a otro le hubiera provocado un<br />
ataque de ansiedad a él le daba igual.<br />
Sabía que la casa de su tía estaba<br />
encantada. Se habían mudado de allí<br />
a toda velocidad cuando comenzaron<br />
a ocurrir cosas. Les era imposible venderla<br />
por las dimensiones y el lugar.<br />
El chico les ofreció un pequeño beneficio<br />
por ella y sus tíos aceptaron sin<br />
pensarlo.<br />
Aquello no le aterrorizaba, ni le angustiaba...<br />
Él tenía miedo de otra cosa<br />
aún peor que notar presencias.<br />
Cogió su teléfono móvil y borró el<br />
último contacto que le quedaba en la<br />
agenda. Su último amigo, otra decepción<br />
y otra traición.<br />
Había ido perdiendo a sus amigos<br />
poco a poco, la mayoría por traiciones<br />
o por desidia.<br />
Sus padres vivían en otro país y apenas<br />
tenían contacto.<br />
Le habían echado del trabajo.<br />
No tenía internet para conectar con<br />
el mundo.<br />
Ahora estaba en una situación en la<br />
que la soledad le acechaba en cada esquina<br />
y eso si le daba miedo.<br />
Una lágrima bajó por su mejilla muriendo<br />
en sus labios.<br />
Al cabo de unos días, en aquella casa<br />
encantada, el móvil de nuestro protagonista<br />
recibió una llamada...<br />
En la pantalla se reflejo el texto «Llamada<br />
pérdida».<br />
23
24<br />
EMPEZAR UNA<br />
NUEVA VIDA<br />
Por Nestor Quadri
El anciano era uno de los enfermos<br />
que estaba internado en el sanatorio<br />
con la mirada perdida, balbuceando<br />
palabras incoherentes. Cuando<br />
lo fue a visitar su nieto, el médico le comentó<br />
que si seguía así, su vida se dirigía<br />
hacia un camino sin retorno. Pero él<br />
en realidad había ido a verlo por otro<br />
motivo, dado que le importaba muy<br />
poco su salud.<br />
Había considerado que era el momento<br />
de aprovechar la oportunidad<br />
para comenzar una nueva vida<br />
y tomó sin ser visto las llaves de la<br />
casa que su abuelo tenía guardadas<br />
en un bolso junto a su cama. Ya estaba<br />
anocheciendo cuando se dirigió a<br />
la desvencijada casa frente al parque<br />
donde vivía, con el fin de sustraerle el<br />
dinero que sabía que tenía escondido.<br />
Como estaba abandonada y sin luz<br />
interior, buscó entre las penumbras<br />
el lugar que intuía y encontró con una<br />
alegría inmensa un maletín oculto en<br />
un hueco de la pared, detrás de un<br />
mueble.<br />
Era una suma considerable y pensaba<br />
con ella pagar todas sus deudas<br />
de juego y empezar una nueva vida,<br />
donde no existieran esas amenazas de<br />
muerte que permanentemente lo rondaban.<br />
Miró el fajo de dinero y estimó<br />
que deberían ser más de treinta mil dólares.<br />
Al salir de la casa con el maletín<br />
en la mano se sentía contento, tenía<br />
veinticinco años y estaba por cumplir<br />
los veintiséis y ya estaba listo para iniciar<br />
una nueva etapa de su vida.<br />
Al atravesar el parque caminando<br />
lo inquietó la oscuridad de la noche y<br />
tuvo la impresión de que aquella era<br />
una jungla, en la que los mafiosos del<br />
juego se agrupaban en las ramas de<br />
los árboles como fieras dispuestas a<br />
saltar sobre su presa. Al cruzar la autopista<br />
que lo circundaba, estaba ansioso<br />
por poder acceder a su pequeño<br />
departamento ubicado en el centro<br />
de la Ciudad, que había prestado a un<br />
amigo hasta la medianoche para una<br />
aventura amorosa.<br />
Mientras allá arriba el circular de los<br />
automóviles retumbaba en sus oídos,<br />
tenso y expectante con todo ese dinero<br />
en el maletín, se dirigió caminando<br />
rápidamente por una calle lateral tenuemente<br />
iluminada, hasta que desembocó<br />
en un parque de diversiones.<br />
Entonces se paró en la vereda mirando<br />
las luces que resplandecían y para hacer<br />
tiempo decidió entrar en él, donde<br />
había numerosas personas con chicos<br />
en los juegos mecánicos y diversos<br />
entretenimientos.<br />
Fue allí que se paró para observar<br />
a un hombre viejo, alto y delgado con<br />
una túnica negra, que subió a una plataforma<br />
rodeada por muchas personas.<br />
El viejo colocó su sombrero en el suelo<br />
para las donaciones, sacó un reloj de<br />
su bolsillo y con una voz fuerte de barítono,<br />
señalándolo directamente a él, le<br />
dijo de pronto a los presentes:<br />
―Si hay un Dios, le doy sesenta segundos<br />
para que mate a ese señor que<br />
esta parado allí atrás sosteniendo ese<br />
maletín ―al escuchar esas palabras<br />
quedó estupefacto y paralizado, sin<br />
poder atinar a nada, mientras sentía<br />
las miradas punzantes de todas las personas<br />
cuyos rostros se habían vuelto<br />
hacia él. En medio del silencio sólo se<br />
escuchaba el tic-tac del reloj, mientras<br />
el viejo contemplaba el cielo estrellado<br />
con las manos en alto.<br />
Cuando pasó el minuto, el viejo guardó<br />
el reloj pausadamente y le dijo a todos<br />
los presentes mirándolo a él:<br />
25
―Con eso se acaba el mito del Dios todopoderoso<br />
―fue en ese momento que<br />
recién comenzó a reaccionar, entre el murmullo<br />
de admiración de la gente y el ruido<br />
de las monedas que caían en el sombrero.<br />
Mientras el viejo lo miraba sonriente,<br />
se retiró enfurecido de allí, pensado<br />
que había sido un estúpido al<br />
dejarse usar de esa manera y por otra<br />
parte, que era muy fácil poder engañar<br />
a la gente inocente de la Ciudad.<br />
Siguió caminando por la calle hasta<br />
que finalmente llegó al centro, entre<br />
muchas personas que circulaban<br />
apretujadas envueltas en luces de vidrieras<br />
y marquesinas.<br />
De pronto al divisar un cine, le pareció<br />
una buena idea entrar para descansar<br />
de la caminata y esperar tranquilo<br />
hasta la medianoche. <strong>La</strong> sala estaba vacía<br />
y contemplando las filas de asientos<br />
pegados al piso, se sentó en una butaca<br />
cerca del pasillo. Mientras esperaba el<br />
inicio de la función, sintió que entraron<br />
varias personas más que se sentaron en<br />
los asientos de atrás, hasta que finalmente<br />
las luces se fueron apagando lentamente<br />
y el sonido comenzó a elevarse<br />
cuando se inició el noticiero.<br />
Después de un tiempo que comenzó<br />
la película, sintió que alguien se<br />
sentaba en la butaca lateral a la suya.<br />
Cuando lo miró quedo completamente<br />
sorprendidos al ver que era el mismo<br />
viejo que había visto en el parque de<br />
diversiones, quien al instante le puso el<br />
brazo sobre el respaldo de su asiento.<br />
―Entrégame el maletín ―le dijo mientras<br />
sus dedos se crispaban sobre un<br />
revólver que apoyaba sobre su espalda.<br />
Entonces, sintió una furia ciega que<br />
brotaba de su interior. Una marea<br />
que nacía de lo más íntimo de su ser<br />
y que lo arrastraba hacia las negras<br />
profundidades de ese abismo insondable<br />
en el que estaba sumergida su<br />
vida. Los segundos pasaban y estaba<br />
decidido a resistirse antes de entregar<br />
aquello que iba a cambiar el destino<br />
de su vida.<br />
Ya estaba por proferir un grito para<br />
alertar a la gente que estaba mirando<br />
la película, cuando el brazo armado se<br />
tensó, y se oyeron dos disparos que poblaron<br />
la sala de extraños ecos. Luego el<br />
viejo tomó el maletín y desapareció rápidamente<br />
del cine.<br />
Una mancha de sangre fue creciendo<br />
alimentada por cada uno de los orificios<br />
que tenía en la espalda y que le producían<br />
un intenso ardor. Semiinconsciente,<br />
lo sorprendió el sabor salobre de una<br />
lágrima que rodó por su mejilla y fue a<br />
caer en la comisura de su boca.<br />
Lentamente su cuerpo fue cayendo<br />
de la butaca hacia adelante y la máscara<br />
de la muerte que había comenzado a<br />
grabarse en su rostro, fue lo primero que<br />
notó el acomodador del cine cuando llegó<br />
corriendo con su linterna en la mano.<br />
26
27
28<br />
VIAJE A LA<br />
ISLA SIN NOMBRE<br />
Por José Luis Najenson
Contra todas las prevenciones, incluso<br />
la de mi adivina, María Egipcíaca,<br />
viajé a Estambul. Soy adicto a horóscopos<br />
y augurios, y ella es experta en el tarot<br />
de Mizraim, nombre bíblico de Egipto.<br />
—No vayas a Estambul —me dijo— porque<br />
correrás un gran peligro.<br />
—Pero tú me habías prometido que<br />
allí encontraría a la mujer más bella<br />
del mundo, y que ella haría el amor<br />
conmigo —le respondí.<br />
—Cierto es, pero ambas cosas están<br />
íntimamente ligadas. Y en esta última tirada<br />
de cartas he visto signos desfavorables:<br />
la sombra del Mendigo sobre el Caballero<br />
Andante, que es tu figura astral.<br />
—¿El riesgo es mortal?<br />
—Casi seguro que sí.<br />
—¿Y la mujer?<br />
—Única, no hay otra como ella sobre<br />
la faz de la Tierra.<br />
—¿Cómo podré hallarla?<br />
—¿Vas a ir, a pesar de todo?<br />
—Desde luego, de otro modo no la<br />
volveré a ver, ¿o sí?<br />
—No. Pero me temo que te costará la vida.<br />
—Me juego a ese «casi seguro» al que<br />
aludiste antes, como a una tabla de<br />
salvación.<br />
—¿Y si no resulta?<br />
—Pagaré el precio.<br />
—En ese caso no me queda más remedio<br />
que revelarte cómo encontrarla.<br />
Lástima, eres mi mejor cliente y te he<br />
cobrado estima.<br />
—¿Podrás ayudarme desde aquí?<br />
—Ni siquiera eso. No se trata de ningún<br />
hechizo o mal de ojo. Sólo puedo darte<br />
un consejo: no te adentres en el mar.<br />
—¿Dónde es?<br />
—En las Islas del Príncipe, en el Mar<br />
de Mármara. Hay una nueva, diminuta<br />
islita, que ha surgido hace poco y aún<br />
carece de nombre…<br />
Obstinadamente, llegué en barco<br />
hasta Estambul, y de allí me trasladé<br />
a la isla en un bote de pesca, desde un<br />
embarcadero inconspicuo cercano a la<br />
Torre Gálata. No había nada más que<br />
tiendas precarias alzadas por los contrabandistas.<br />
<strong>La</strong> mujer apareció de improviso,<br />
cual si hubiera surgido de las<br />
mismas olas o de la niebla, y me lanzó<br />
una mirada frontal, como flecha en<br />
busca de su blanco. Era ella, sin duda,<br />
la fémina más hermosa que jamás había<br />
visto, la que aguardaba en la trama<br />
de mis pasos acechando el momento<br />
preciso, gestora implacable de mi destino.<br />
Sus ojos verdes y enormes, marinos,<br />
ocupaban gran parte de su rostro;<br />
la cabellera roja, flamígera, brillaba<br />
con luz propia, aun en medio de la niebla.<br />
Una leve túnica enmarcaba sus<br />
opulentos pechos y muslos; el delta oscuro<br />
del sexo se veía nítidamente, por<br />
su andar ondulante y el bamboleo de<br />
sus piernas, como si nadara en el aire.<br />
No necesitaba hablar. Le bastó tocarme<br />
para que yo la siguiera como un perro<br />
o un esclavo. Me llevó al otro lado<br />
de la isla donde no había tiendas y se<br />
acostó en la playa renacida, despojándose<br />
de la túnica. Así me recibió, como<br />
una nueva Eva a un Adán desprevenido.<br />
Su lujuria era sólo equiparable a su<br />
belleza.Montado en su grupa cabalgué,<br />
sin darme cuenta, hacia el mar. Su pálida<br />
piel se confundía con la espuma. Al<br />
besarle el cuello por última vez, divisé<br />
sus branquias brillando en la noche súbita<br />
como un collar de raras perlas. Su<br />
sinuoso cuerpo se cubrió de escamas<br />
verdinegras, mimetizándose con las<br />
aguas.<br />
Cuando perdía pie recordé la advertencia<br />
de Miriam, la Egipcíaca, pero ya<br />
era demasiado tarde.<br />
29
DRÁCULA:<br />
CARLOS FUENTES Y<br />
JOSÉ EMILIO PACHECO<br />
Por Raúl Reyes Aguilar<br />
Uno de los personajes tan perturbadores<br />
cuanto interesantes de<br />
la literatura en general, ya no<br />
sólo de la de terror o de la fantástica,<br />
es indudablemente el vampiro, y en específico<br />
el vampiro de Stoker. Cuando<br />
Abraham «Bram» Stoker (1847-1912)<br />
publicó Drácula (1897), seguramente<br />
jamás concibió el impacto que su terrorífico<br />
personaje tendría más allá de<br />
los círculos literarios. Impacto surgido<br />
30<br />
en el siglo XX e indudablemente coadyuvado<br />
en gran medida por el cine. Si<br />
bien Nosferatu (1922) de F.W. Murnau<br />
no es la cinta que inaugura el tema<br />
del vampirismo en el celuloide, sí es<br />
la primera adaptación cuasi fiel de la<br />
obra del irlandés y la que «canonizará»<br />
al vampiro dentro del cine de terror.<br />
Pero es con Drácula (1931) de Tod<br />
Browning, cuyo protagonista es el húngaro<br />
Bela Lugosi, que se forja no sólo
la figura aristocrática y seductora del<br />
conde de Transilvania, sino también la<br />
que acentúa las características de este<br />
personaje en el imaginario colectivo;<br />
irónicamente fue la imagen cinematográfica<br />
de Drácula mas no la literaria,<br />
pese a basarse aquélla en ésta, la que<br />
se perpetuó en la mente de las personas.<br />
Empero toda esta apropiación del<br />
vampiro, principalmente en el campo<br />
del celuloide y en uno que otro pésimo<br />
libro, ha provocado una serie de malinterpretaciones<br />
y sesgos que conducen<br />
a la descomposición y la traición de la<br />
leyenda del «muerto-vivo». No obstante,<br />
en la buena literatura se continúa<br />
valorando a este personaje sin la tendencia<br />
y la presunción de crear un original<br />
vampiro, que no es lo mismo que<br />
el vampiro original.<br />
En las letras mexicanas, la figura de<br />
este ser también se trabajó, acaso más<br />
31
en relatos cortos que en novelas. José<br />
Emilio Pacheco (1939-2014) es uno de<br />
los que se atrevió a revivir al vampiro<br />
en plena Ciudad de México con el cuento<br />
«No perdura», perteneciente al libro<br />
<strong>La</strong> cabeza de medusa y otros cuentos<br />
marginales (1959). Por su parte, Carlos<br />
Fuentes (1928-2012) con Vlad (2010) se<br />
arriesga a ir más allá: opta por la novela.<br />
El personaje en el texto de Fuentes<br />
es un vampiro más ligado a lo literario,<br />
pero a lo literario de Stoker. Desde su<br />
nombre Vladimir Radu, apocopado a<br />
Vlad 1 , y aunado a su origen centroeuropeo<br />
(Balcanes) y su título nobiliario que<br />
ostenta, ya vislumbramos con antelación<br />
cómo será el retrato y la historia del<br />
monstruo. En Pacheco, debido al tema<br />
fílmico en el cual gira el relato, pareciera<br />
que el personaje se halla mucho más<br />
cercano a una imagen vampírica del<br />
cine, un vampiro cinematográfico. Sin<br />
embargo, la intertextualidad existe en<br />
el relato de J. E. P, podemos inferir la<br />
presencia de Drácula, aunque no esté<br />
tan explícito como en la novela de Carlos<br />
Fuentes; pues ésta se halla principalmente<br />
en un pequeño elemento: la<br />
geografía. Pacheco alude a la región de<br />
Cárpatos. ¡Región de los Balcanes!<br />
En Vlad la presencia de nombres judeocristianos<br />
de los personajes (Asunción,<br />
Magdalena y la sirvienta Candelaria)<br />
plantea un enfrentamiento entre<br />
el bien y el mal (lucha de poderes); en<br />
«No perdura» lo que hallamos no es una<br />
disputa teológica sino una querella<br />
entre conocimiento e ignorancia que<br />
también se traduciría en escepticismo<br />
y superstición. En Drácula estas dos<br />
dicotomías están presentes: el Bien/el<br />
Mal y Conocimiento/Ignorancia. <strong>La</strong> figura<br />
del neerlandés y doctor Abraham<br />
Van Helsing es la más representativa e<br />
32<br />
inequívoca de esto, pues en ella confluyen<br />
y se entremezclan dos de los cuatro<br />
conceptos en disputa.<br />
Como hemos notado con este breve<br />
análisis en esto dos autores mexicanos,<br />
es casi imposible al hablar, y todavía<br />
peor, al escribir sobre vampiros<br />
no retornar a la obra de Bram Stoker,<br />
por más que uno se pretenda alejar de<br />
él, por alguna extraña razón, como un<br />
imán que atrae, regresamos en mayor<br />
o en menor medida a Drácula. <strong>La</strong> huella<br />
del irlandés ha llegado a profundidades<br />
insospechables. Sin embargo, a pesar<br />
de todas las referencias de Drácula con<br />
las que nos podemos tropezar no sólo<br />
en estas obras sino con las de otras<br />
latitudes, siempre habrá un pequeño<br />
elemento, por más diminuto que sea,<br />
que no seguirá seduciendo del vampiro.<br />
Asimismo estos autores mexicanos nos<br />
muestran que el tema del vampirismo<br />
puede seguir las pautas de lo gótico,<br />
como se ve en Carlos Fuentes, o ir un<br />
paso más allá, hacia lo fantástico 2 como<br />
sucede en José Emilio Pacheco, ¡claro,<br />
con ciertas salvedades! Pero lo más sobresaliente<br />
en ambos que es nunca se<br />
alejan del mito original.<br />
1<br />
Recordemos que Bram Stoker se basó en la figura<br />
de Vlad Tapes, conocido como el empalador, para delinear<br />
ciertas características del famoso conde. Fuentes<br />
en el capítulo XII desarrolla toda una historia ficticia<br />
sobre la vida y muerte y transformación de Vlad.<br />
2<br />
Debido al espacio la definición entre conceptos de<br />
fantástico, sobrenatural, maravilloso, etc., se debió<br />
suprimir. Para estas cuestiones ver Teorías hispanoamericanas<br />
de la literatura fantástica (ed.) José Miguel<br />
Sardiña y, la debatible mas nunca insoslayable, Introducción<br />
a la literatura fantástica de Tzvetan Todorov.
33
34<br />
LA MUERTE<br />
DE FLORINDO<br />
GONZALEZ<br />
Por Jorge Ortega Muñiz
Florindo González era muy macho.<br />
Nacido en los Altos de Jalisco, desde<br />
niños había aprendido todas las<br />
artes del charro y a manejar la pistola<br />
antes que caminar. Sus discusiones<br />
siempre acababan a golpes y todos los<br />
días regresaba a casa con sangre en su<br />
ropa de alguien con quien había tenido<br />
un desencuentro.<br />
Decían que se parecía al famoso Gabino<br />
Barreda, fundador de la Escuela<br />
Nacional Preparatoria, quien además,<br />
por todos los pueblos por los que se<br />
paseaba, se la tenían sentenciada, por<br />
tener hijos por donde quiera. Igual que<br />
Gabino, le gustaba pagar los mariachis<br />
y a veces a raíz andaba.<br />
En lo que se distinguían era en el<br />
nombre. Gabino, Eleuterio, Anaxágoras<br />
imponen. Son apelativos que comandan<br />
respeto. Bastaba que alguien<br />
mentara a Gabino en la cantina, para<br />
que la conversación se detuviera, porque<br />
querían escuchar las noticias de<br />
este valiente revolucionario.<br />
El día que Florindo se dio cuenta de<br />
su desventaja fue en Atotonilco.<br />
En una cantina, se encontró con Manolo<br />
Velázquez, quien estando simplemente<br />
de visita en el bello pueblo, no<br />
sabía que había un juramento de odio<br />
entre familias. Florencio se acercó a la<br />
barra y comenzó a enviar indirectas,<br />
bastante agresivas.<br />
El cantinero, dejó la botella de don Nacho<br />
en la barra y prudentemente se alejó.<br />
Los otros provincianos decidieron retirarse<br />
hasta un lugar seguro, ya que el<br />
ambiente se estaba acercando al del<br />
infierno. Llegó el momento en que el<br />
alteño dijo:<br />
—Vamos dándonos un tirito como los<br />
meritos machos.<br />
Manolo Velázquez lo observó y viendo<br />
que no tenía alternativa, le preguntó su<br />
nombre, «para poder avisarle a la viuda».<br />
—Florindo González, pa’ servirle.<br />
—En serio, que nos vamos a dar de<br />
balazos.<br />
—¡Florindo González!<br />
—¿Florencio?<br />
—No, Florindo.<br />
—¿Cómo te dicen de cariño? ¿Flor o<br />
Lindo?<br />
Para entonces los demás comensales<br />
ya estaban riéndose.<br />
—¿Qué? ¿Le vamos dando? —le preguntó<br />
a Velázquez.<br />
—No podría golpearte ni con el pétalo<br />
de una flor… —dijo burlón y se regresó<br />
a la barra a seguir tomando.<br />
Florindo se quedó parado, escuchando<br />
los murmullos y las risas a sus espaldas.<br />
Sin saberlo, Manolo lo había matado.<br />
Salió del pueblo pálido, sin fijar la mirada<br />
en nada. Su caballo tomó su propio rumbo.<br />
A los tres días apareció muerto en el<br />
campo. Al parecer, de pura vergüenza.<br />
35
36<br />
LA PUJA<br />
GANADORA<br />
Por Esher Domínguez Soto
Nueva York. Julio, 1934<br />
Abrió la puerta del bar y echó un<br />
vistazo. Un hombre moreno acodado<br />
en la barra hacía dibujos con la<br />
espuma de su cerveza. Dos banquetas<br />
más allá, un pelirrojo, joven y pecoso,<br />
medio derrengado en su asiento, seguía<br />
los vuelos rasantes de una mosca que<br />
iba desde la cerveza del moreno hasta<br />
la ventana haciendo una parada en las<br />
palas del ventilador del techo. Y desde<br />
allí volvía a la cerveza como si no pudiera<br />
dejar de hacer lo mismo una y otra<br />
vez. <strong>La</strong> mujer retrocedió unos pasos y<br />
comprobó el letrero con el nombre del<br />
bar. Sí, aquí era donde había quedado<br />
con el desconocido. Ella habría escogido<br />
un lugar con menos mugre pero, tal<br />
vez fuera el sitio ideal para no llamar la<br />
atención. Era un asesino a sueldo y sabía<br />
de todos estos detalles más que ella.<br />
Entró y se sentó a una mesa del fondo.<br />
El barman acudió, solícito.<br />
—¿Qué va a ser, señora?<br />
—Una soda, gracias.<br />
El pelirrojo bebía con ahínco. Tal vez<br />
estuviera recuperando el tiempo perdido<br />
durante la prohibición, cuando<br />
tenías que agenciarte la bebida y evitar,<br />
al mismo tiempo, problemas con la ley.<br />
El caso es que aquel hombre estaba ya<br />
bastante borracho. Hablaba a trompicones<br />
aunque nadie le hacía ni puñetero<br />
caso. Es el sino de los borrachos.<br />
Hablar para el aire. Una voz masculina<br />
sonó a su espalda.<br />
—¿Hace mucho que esperas, guapa?<br />
Se giró. Un hombre alto, fuerte aunque<br />
no gordo, labios carnosos, ojos<br />
bastante juntos pegados a una nariz<br />
aguileña y gesto despectivo la observaba.<br />
Había algo en su mirada que la<br />
hizo sentir incómoda. Parecía traspasarla,<br />
ver debajo de su ropa. Se pasó la<br />
lengua por los labios, como si saboreara<br />
lo que veía. O sea, a ella.<br />
—¿Qué? ¿Le gusta lo que ve? —preguntó<br />
con ironía. Él movió la cabeza<br />
afirmativamente.<br />
—<strong>La</strong>s mujeres deberían ser como los<br />
circuitos de carreras, con curvas y peligrosas<br />
—sentenció. Luego movió la cabeza<br />
una vez más. Se sentó y el camarero<br />
le trajo un whisky. No necesitó pedirlo.<br />
Era un cliente—. ¿Un cigarrillo? —le puso<br />
delante una pitillera abollada y ella se<br />
sirvió. Le dio fuego, encendió otro para<br />
él y entró en materia, sin perder ni un segundo—.<br />
¿Qué quiere de mí? Por teléfono<br />
la cosa no me quedó del todo clara.<br />
—Me gustaría convertirme en viuda...<br />
Había esperado un gesto de sorpresa<br />
o de rechazo. Pero ni lo uno ni lo otro.<br />
Se quedó mirándola mientras fumaba<br />
en silencio.<br />
—Lugar, fecha y hora más apropiados<br />
—era evidente que iba al grano.<br />
—¿No deberíamos ir a un sitio más…<br />
discreto? —estaba a punto de decir, íntimo,<br />
pero se contuvo. No quería que la<br />
malinterpretase.<br />
—Este sitio es como mi casa. Todos<br />
saben a qué me dedico y nadie se irá<br />
de la lengua.<br />
—Bien. Me gustaría que fuese cuanto<br />
antes. El lugar y la hora los dejo a su<br />
elección.<br />
—Veo que tiene prisa por librarse<br />
del… problema.<br />
—<strong>La</strong> viudedad es un estado que puede<br />
llegar a ser muy cómodo —soltó una<br />
bocanada de humo que se mezcló con<br />
el del cigarrillo de él—. Supongo que no<br />
le parecerá mal —él le lanzó una mirada<br />
algo torcida.<br />
—<strong>La</strong>s mujeres buscan un segundo<br />
hombre que las ayude a librarse del primero.<br />
Y, a veces, incluso, a acompañar-<br />
37
las en su reencontrada soledad. Unos lo<br />
hacen por amor. Yo por dinero. Supongo<br />
que no eso no la escandalizará —ella<br />
sonrió y negó con la cabeza—. Deme un<br />
nombre y una dirección y yo me encargaré<br />
de todo.<br />
Ella le pasó un papel. Él lo leyó, hizo<br />
un gesto de asentimiento y se levantó.<br />
—<strong>La</strong> acompaño hasta la salida.<br />
Salieron. El borracho pelirrojo seguía<br />
farfullando ante la indiferencia general.<br />
El moreno aún no había terminado la<br />
cerveza caliente y la mosca iba de un<br />
lado para otro siguiendo su propia rutina.<br />
El barman los saludó con un gesto<br />
desganado. Llegaron hasta su coche.<br />
Él le espetó:<br />
—Son tres mil dólares. Mil ahora y el<br />
resto cuando acabe el trabajo —ella<br />
asintió y sacó un sobre del bolso.<br />
—Aquí están. ¿Cuándo piensa hacer el<br />
trabajo?<br />
—Yo iré a verla cuando todo haya pasado.<br />
Tenga el dinero listo.<br />
—¿Lo hará pronto, verdad? —preguntó<br />
con voz acariciadora. Ahora no era la<br />
mujer práctica que hablaba de negocios.<br />
En segundos se había transformado en<br />
un animalito cariñoso y dulce al que<br />
apetecía obedecer y acariciar. Bueno, y<br />
otras cosas. Pero él no quiso entrar en<br />
su juego. Podía ser muy arriesgado.<br />
—Tranquila. Mi lema es satisfacer al<br />
cliente. Casi estoy por añadirlo a mis<br />
tarjetas de visita.<br />
—Esperaré su llamada.<br />
Él abrió la puerta del coche. Era un<br />
asesino pero eso no impedía que supiera<br />
comportarse como un caballero. Sobre<br />
todo si la dama merecía la pena. El coche<br />
se alejó y él sacó el papel que ella acababa<br />
de darle. Rebuscó en un bolsillo interior<br />
de la americana y sacó un segundo papel.<br />
Comprobó los nombres y las direcciones y<br />
sonrió. Nunca había asistido a una subasta<br />
pero estaba seguro de saber dirigir una.<br />
Volvió al bar. Necesitaba un trago que lo<br />
ayudara a pulir los detalles.<br />
Llamó a la puerta de la habitación del<br />
hotel. Ella le abrió. Estaba radiante. Lo<br />
dejó pasar y se acercó a la mesilla de noche<br />
para coger el bolso. Sacó un sobre<br />
con los dos mil dólares y se los ofreció.<br />
—¿Todo en regla? —se interesó. El disparo<br />
la cogió totalmente por sorpresa.<br />
Se cayó sobre un silloncito y lo miró con<br />
una mueca de dolor en el rostro—. ¿Por<br />
qué? —acertó a balbucear.<br />
—Su marido me pagó el doble si cambiaba<br />
de víctima —explicó—. Ya conoce<br />
mi lema: la satisfacción del cliente por<br />
encima de todo. Estoy por añadirlo a<br />
mis tarjetas de visita —se encogió de<br />
hombros—. Lo siento, guapa.<br />
Salió de la habitación con sentimientos<br />
encontrados, Malo lo de la chica.<br />
Pero el sobre con los dos mil dólares<br />
que acababa de coger de entre sus dedos<br />
agarrotados y los otros cuatro mil<br />
que iba a cobrar de su viudo le endulzarían<br />
mucho el mal sabor de boca de<br />
le había dejado este trabajo.<br />
38
39
40<br />
VIDA<br />
DE CAMPO<br />
Por Paola Tena
El Abuelo está loco». Lo repite Hermano<br />
cada jornada antes de acostarnos,<br />
después de haber oído sus<br />
historias. Hoy ha sido un día duro. Al<br />
desmalezar el terreno, tirando de los<br />
hierbajos secos, casi sentía que estaba<br />
arrancándole a la tierra un esqueleto<br />
viejo que se resistía a dejarse ir, que<br />
jalaba huesos secos que se quebraban<br />
entre mis manos; luego apilar en<br />
un montón todos esos despojos de la<br />
vida que un día contuvieron para que<br />
terminen de secarse y podamos cubrir<br />
con ellos el campo, y así evitar que la<br />
humedad se vaya para que broten<br />
las nuevas plantas. Lo viejo alimenta<br />
y cuida a lo nuevo, una y otra vez, en<br />
un ciclo, como una rueda dentada que<br />
encaja en los engranes de otra y giran y<br />
giran, en perpetuo movimiento.<br />
Padre, Hermano y yo aramos la tierra<br />
desnuda. Creo que debe oler a algo, este<br />
polvo ocre que se levanta al caminar.<br />
Todo tiene un olor, ¿no? Pero soy incapaz<br />
de notarlo. «Me incomoda la ropa»,<br />
protesta Hermano, como todos los días.<br />
Hermano siempre se queja de algo, y<br />
aunque es el mayor de nosotros, no lo<br />
aparenta. «Cuando quieras te desnudas<br />
y vienes al campo en pelotas, a ver qué<br />
te pasa», le contestó Padre muy serio. Yo<br />
me aguanto la risa, y cuando no puedo<br />
más suelto una carcajada. Hermano me<br />
mira y entrecierra los ojos. Quizá piensa<br />
que me la gané esta vez y que al volver a<br />
casa ya veremos.<br />
Sin embargo tiene razón Hermano,<br />
esta ropa es tan incómoda para trabajar…<br />
pero no debo ser malagradecido.<br />
Madre se pasó horas cosiéndola para<br />
nosotros, apenas viendo la punta brillante<br />
de la aguja que entra y sale, entra<br />
y sale, una y otra vez atravesando<br />
la tela iluminada por la luz sorda de la<br />
lámpara de grasa. «¡Del cochino todo<br />
se aprovecha!», le gusta repetir a Abuela<br />
cada vez que la encendemos, y ríe<br />
su sonrisa desdentada mientras mete<br />
los dedos entre sus enormes trenzas.<br />
Abuela es así, alegre; por eso me gusta<br />
besarle su carita de niña cuando volvemos<br />
de trabajar.<br />
A veces casi envidio a Madre y Hermana,<br />
que no tienen que aguantar las quejas<br />
y cuidan de los animales. Hermana<br />
es concienzuda: mantiene limpio el gallinero<br />
y revisa que no haya ningún agujero;<br />
eso sería fatal, las gallinas se morirían<br />
de inmediato. A veces deja que las<br />
gallinas coman de sus manos y ríe con<br />
ellas cuando cree que nadie la ve; ella es<br />
dulce a su manera pero tiene que ocultarlo.<br />
<strong>La</strong> vida en el campo es dura y no te<br />
deja tiempo para ternuras. «Abuelo está<br />
loco», repite Hermano, sabiendo que lo<br />
oí la primera vez, pero no puede aguantarse<br />
las ganas de lanzar aguijonazos. A<br />
veces, cuando tengo la guardia baja me<br />
pregunto si tendrá razón y Abuelo realmente<br />
está loco. Cuenta unas historias<br />
formidables, pero no importa qué tan<br />
fantásticas sean, lo que me preocupa<br />
es que se las cree realmente. Cree a pie<br />
juntillas lo que le cuenta a Hermanita de<br />
los animales magníficos, esos que volaban<br />
por el cielo, con plumas de colores,<br />
o esos otros tan grandes que se les podía<br />
echar una casita encima y llevaban<br />
gente sobre el lomo de un lugar a otro.<br />
Los únicos animales que Hermanita conoce,<br />
que todos conocemos, son las gallinas,<br />
los cochinos y la vaca. Padre dice<br />
que no hace falta más. Y sigue labrando,<br />
labrando sin descanso jalando el arado,<br />
dejando caer las semillas de maíz desde<br />
su mano llena de callos.<br />
A Hermanita no se le permiten las<br />
fantasías más que a la hora de acostar-<br />
41
se. Madre la educa en casa, porque es<br />
pequeña y débil y salir podría hacerle<br />
mucho daño. Me da no sé qué verla<br />
concentrada, sacando la lengua, leyendo<br />
del libro, peinada de raya en medio.<br />
«Mucho cuidado con estropearlo», le<br />
repite Madre cada tarde antes de empezar.<br />
Y es que es el único que tenemos.<br />
Creo que era de Abuela. Con él<br />
se aprende de todo, cuándo cultivar el<br />
maíz, cuándo ordeñar, cuál es el modo<br />
correcto de vestirse. Lo único que no<br />
enseña el libro es cómo sanar a nuestra<br />
vaca cuando está enferma.<br />
<strong>La</strong> vaca vive en el granero, protegida.<br />
Madre se encarga de ordeñarla y<br />
no permite que nadie le ayude. Entra<br />
ella, y solo ella, cargando las dos cacharras<br />
de leche, y luego se oyen un<br />
pum, la puerta, y trac, la tranca, para<br />
encerrarse en el granero y que no podamos<br />
espiarla. Por lo general somos<br />
muy respetuosos de las órdenes que<br />
nos da Madre, pero a veces no podemos<br />
aguantar la curiosidad. Un día,<br />
Hermano perforó un agujero en la pared<br />
del granero. Hay días en que la vaca<br />
se pone enferma. Madre sale enfadada,<br />
la única ocasión en que pierde los estribos<br />
y se deja ver así. «<strong>La</strong> vaca no funciona»,<br />
grita madre cuando entra en la<br />
casa hecha una furia y Hermanita suelta<br />
una risa, «no funciona, no funciona»,<br />
empieza a cantar como una tonta. «Cállate,<br />
no repitas eso», le dice Hermano,<br />
y ella deja de reírse, coge el libro y hace<br />
como que lee.<br />
«Abuelo está loco», repite Hermano,<br />
por enésima vez. Estará loco, pienso yo,<br />
pero sabe curar a la vaca. Se mete en<br />
el granero, cargando la caja, su caja, y<br />
algo hace dentro que la vaca da leche<br />
42
otra vez y muge como siempre. «¿Es<br />
un médico, Abuelo?», le pregunto a Padre.<br />
«Algo así», me responde, y luego<br />
se queda callado y sigue cerrando los<br />
surcos con la azada, enterrando las semillas<br />
de maíz. Aquella vez, Hermano<br />
se ganó una zurra por curioso, pero el<br />
agujero que hizo ahí se quedó; un día<br />
no aguanté más la curiosidad y acerqué<br />
un ojo. Vi en la semioscuridad a<br />
Abuelo, que levantaba una tapa del<br />
lomo de la vaca como si fuera una puerta<br />
pequeñita; irradiaba una luz verdosa<br />
y él trajinaba dentro de ella haciendo<br />
ese ruido de clin-clan clin-clan. Al día<br />
siguiente, desayunamos nata untada<br />
en pan de maíz.<br />
Hermano entra en la casa al terminar<br />
la jornada, y mientras se desata las botas,<br />
levanta la cara y cuando me mira<br />
dice: «el Abuelo está loco». Él sabe bien<br />
que no lo oigo, porque no se ha quitado<br />
el casco antirradiación, pero le da igual.<br />
Y yo lo ignoro, y sigo atento las palabras<br />
de Abuelo, contando que nuestros<br />
ancestros montaban en máquinas<br />
que surcaban el cielo, que la gente se<br />
comunicaba a larga distancia y que<br />
había una especie de magia llamada<br />
electricidad. Que cuando la gente se<br />
enfermaba bebía unos polvos especiales<br />
y se curaba sin más. Que esta tierra<br />
marrón, nuestra tierra, estaba repleta<br />
de plantas diversas, no sólo matas de<br />
maíz, como ahora. Y que incluso había<br />
flores de colores brillantes. Hermanita<br />
se ríe y le dice a Abuelo que quiere una,<br />
pero ninguno de nosotros sabe muy<br />
bien qué son. Sí, pienso, puede que sea<br />
verdad. Quizá Abuelo está loco, pero<br />
solo él sabe curar a la vaca. Lo que sea<br />
que esto signifique.<br />
43
44<br />
CRÓNICAS<br />
ANTROPOLÓGICAS<br />
PRESENTA:<br />
LA CANCIÓN LITERARIA<br />
Una entrevista<br />
por José Luis Vázquez
Hace muchos años, en las entrañas<br />
del Distrito Federal, surgió un<br />
colectivo de «poetas y locochones»<br />
que se denominaban «Rupestres».<br />
Ellos, con sus guitarras de palo, voces<br />
aguardentosas y versos cargados de<br />
metáforas, ocuparon un vacío en la<br />
escena artística de la ciudad al desenmarañar<br />
temas que tanto los foráneos,<br />
como la población, vivían en su<br />
día a día. <strong>La</strong> popularidad y aceptación<br />
de este movimiento fue creciendo de<br />
manera exponencial hasta la muerte<br />
de Rockdrigo González (considerado el<br />
profeta del nopal) aquel fatídico diecinueve<br />
de septiembre. Grandes compositores,<br />
músicos e intérpretes formaron<br />
parte de las filas de este colectivo, la<br />
mayoría de estos siguen activos en el<br />
medio artístico.<br />
Hoy por hoy muchas personas recordamos<br />
su trayectoria. Por ejemplo<br />
aquellos conciertos en el tianguis del<br />
Chopo apoyados por la escritora Ángeles<br />
Mastretta y el muralista Arnold Belkin;<br />
cabe destacar que gracias a este<br />
movimiento se terminaron de gestar<br />
nuevos géneros como el Rock urbano<br />
y el canto nuevo. Sin embargo, aquí es<br />
donde surge una gran interrogante: ¿El<br />
movimiento rupestre sigue vigente? Y<br />
no, no hablo de aquellos fundadores<br />
del movimiento que aún trabajan en<br />
sus proyectos, más bien hablo sobre<br />
las nuevas generaciones.<br />
Rockdrigo definía a los rupestres<br />
como artistas sencillos y sin ningún<br />
tipo de pretensión. Para él no importaba<br />
si sus voces eran dulces o su imagen<br />
era la ideal, ellos solo necesitaban<br />
la poca o mucha voz que tuvieran y su<br />
instrumento para difundir sus ideas.<br />
Basándome en esta descripción decidí<br />
encontrar a estos nuevos rupestres,<br />
aquellos que encajaran en la descripción<br />
que Rockdrigo dejó plasmada en<br />
su manifiesto, aquellos que aún tuvieran<br />
el valor para dar a conocer sus ideas<br />
por verdadero amor al arte; sin tapujos<br />
ni estereotipos; sin pretensiones ni intereses<br />
difusos. Pero, ¿Dónde buscar a<br />
estos nuevos rupestres? Por supuesto<br />
en Internet, pues es un semillero de<br />
nuevos artistas que, en cualquier disciplina,<br />
buscan compartir todo aquello<br />
que tienen que decir.<br />
Mi búsqueda no me llevó muy lejos.<br />
Comencé a leer rumores sobre<br />
un cantautor poblano llamado Cesar<br />
Alejandro Olvera, empeñado a convertir<br />
libro en canciones; Alicia en el país<br />
de las maravillas, El perfume, Drácula,<br />
Aura, incluso Don Quijote de la Mancha<br />
se encuentran reflejadas en el proyecto<br />
de este cantautor, que tan solo con<br />
su guitarra y su voz busca dar un nuevo<br />
aire a estos clásicos de la literatura<br />
mundial. Pero… ¿Libros convertidos<br />
en canciones? Poco a poco profundicé<br />
más en su trabajo y, causándome intriga,<br />
sin dudarlo decidí contactarlo.<br />
Fue sencillo entablar comunicación<br />
con este cantautor a través de las redes<br />
sociales, conversé con él sobre su propuesta<br />
musical y amablemente aceptó<br />
entrevistarse conmigo. Rápido me dirigí<br />
a la central de autobuses para, después<br />
de desayunar una guajolota y un<br />
champurrado, tomar el primer autobús<br />
hacia la ciudad de Puebla.<br />
Para conocer un más a fondo su trabajo<br />
y hacer ameno el trayecto de dos<br />
horas (que por el tráfico se pueden<br />
convertir en tres) entre el Distrito y la<br />
ciudad de Puebla, guardé en mi iPod<br />
todas las canciones que pude. Hasta<br />
este momento, este cantautor con diez<br />
años de carrera artística ha grabado<br />
45
46<br />
cuatro proyectos desde el año 2004,<br />
pero aquel que cautivó mi atención y<br />
me tenía montado en la parte trasera<br />
de un autobús económico es «Canción<br />
Literaria»: un proyecto muy atractivo<br />
que consta de tres volúmenes. Es muy<br />
agradable que, valiéndose de su guitarra,<br />
su voz y una mezcla de ritmos<br />
como el blues, trova, rock y folk transmite<br />
de una manera diferente todas las<br />
ideas y emociones de cada uno de los<br />
libros que las canciones representan.<br />
Temas como Alicia y el sombrerero, El<br />
principito y la flor, Aura y Desdémona,<br />
por citar algunos, dibujan claramente<br />
la idea principal que sus autores<br />
pretendían transmitir de una manera<br />
fresca y única, incitando a la lectura de<br />
estos clásicos.<br />
Una vez que el autobús arribó a la<br />
CAPU mi primer pensamiento sobre<br />
esta parada en mi búsqueda de los nuevos<br />
rupestres fue: ¿Sería acaso Cesar<br />
uno de ellos? Así que, sin vacilar, compré<br />
dos cajas de camotes surtidos y caminé<br />
al primer sitio de taxis que encontré.<br />
Llegar al lugar de la cita fue relativamente<br />
sencillo, solo con dar la dirección<br />
al primer taxista que encontré fue<br />
suficiente para dar con aquella cafetería<br />
del centro de la ciudad de Puebla,<br />
rodeado por exquisitas Iglesias decoradas<br />
con colores brillantes, una alameda<br />
llena de gente que probablemente<br />
paseaba en plan de turista, o se dirigía<br />
a su trabajo habitual.<br />
Cesar me esperaba en una de las<br />
mesas de la cafetería, me acerqué a saludar<br />
y disculparme por el retraso que<br />
traía a cuestas, el no hizo mención al<br />
respecto y me invitó a sentarme. Pasaron<br />
algunos minutos de charla amena,<br />
cuando le comenté sobre mis intenciones<br />
al entrevistarme con él, saqué del
olsillo de mi chaqueta una grabadora<br />
de mano, encendí un cigarrillo y comencé<br />
con la entrevista:<br />
—Cuéntame, Cesar, ¿Cómo y cuándo<br />
comenzaste a componer?<br />
—¿Cómo? Pues como Dios, la escuela<br />
y la calle, me daban a entender.<br />
¿Cuándo? En la prepa, mi abuelo me<br />
visitaba y tocaba música clásica en mi<br />
casa, mis vecinos universitarios tocaban<br />
rock, Rockdrigo<br />
principalmente con<br />
la de el asalariado<br />
y algo de Haragán<br />
con aquella de se le<br />
hizo fácil; Chava Flores<br />
y otras rolas que<br />
iba aprendiendo de<br />
amigos, Silvio se me<br />
metió también, yo<br />
diría que demasiado.<br />
—¿Cuál es tu motivación para hacerlo?<br />
—Comencé a tocar en los bares o peñas<br />
a mis dieciocho, creo que fue antes<br />
pero diremos que a los dieciocho, y<br />
tocaba en el Realengo, atrasito de los<br />
sapos donde se presentaba Carlos Arellano<br />
—comentó haciendo una pausa<br />
para tomar de su café—, pero recuerdo<br />
que lo conocí antes a él. Yo trabajaba<br />
de «guardarropa mesero» en un barecito<br />
con mi hermano y el gerente me<br />
escuchó tocar la guitarra, me dijo «vamos<br />
a traer a Carlos Arellano y tú vas<br />
a abrir». Mis motivos para componer<br />
fueron en muy buena influencia por el<br />
shaman o gurú espiritual Carlitos. Desde<br />
que lo conocí nos hicimos amigos y<br />
hasta la fecha, apenas me invitó a hacer<br />
pan a su casa, dice que es una labor<br />
de andar rescatando a los cantautores<br />
para que vean que la vida está cabrona<br />
—dijo soltando una ligera carcajada—, y<br />
eso está muy chido.<br />
Mi canción favorita es la<br />
que le haya arañado al público<br />
en una noche. Es hermoso<br />
saber que anda uno<br />
solitario pero que somos<br />
hartos los solitarios y nos<br />
vamos en bola cantando<br />
—¿En qué te inspiras al componer<br />
una canción?<br />
—He tratado de que no todas mis canciones<br />
sean de amor; ya sabes, ese rollo<br />
de «le compongo a todas mis novias», si<br />
hace uno esto ya valió. En mis primeras<br />
canciones le compuse a la sociedad con<br />
Ave rapaz, a la misma canción con Torrente<br />
y mi primera canción literaria con<br />
El tentador tentado, las últimas mencionadas<br />
ganadoras de<br />
concursos, primero y<br />
tercer lugar, y esas no<br />
hablan de amor. Pero<br />
es imposible no cantar<br />
de amor, el punto<br />
es cómo abordarlo.<br />
—¿Qué te llevó desarrollar<br />
Canción<br />
Literaria?<br />
—Papini fue el culpable<br />
con su libro el Diablo. Como todos<br />
los que conocen el trabajo de Papini,<br />
sentí la necesidad de hacer algo con su<br />
trabajo, así nació El tentador tentado,<br />
que incluyo ahora en el volumen tres<br />
de Canción Literaria. Imagina un Diablo<br />
que tiene la oportunidad de regresar al<br />
cielo por sentirse tentado debido a su<br />
tristeza, escuchando a los ángeles cantar<br />
como él lo ha hecho antes… Su historia<br />
me atrapó y llevarla a la gente de Puebla<br />
donde hay más iglesias que bibliotecas<br />
y librerías juntas… uff, en qué tema<br />
me metí… —exclamó con un ligero aire<br />
de ironía. Un pueblo culto es un peligro<br />
para el gobierno de cualquier tipo y llevar<br />
canciones inspiradas en libros a mi<br />
gente, es darles armas para que no nos<br />
sigan, como dice Octavio Paz, chingando<br />
en éste laberinto…<br />
Cesar detuvo un momento la charla,<br />
cantando un fragmento de su canción,<br />
Comala:<br />
47
—El párroco habla y la cruz desconcierta…<br />
aquí en Comala la gente está<br />
muerta… Caciques expropian a diestra<br />
y siniestra… aquí en Comala la gente<br />
está muerta…<br />
—¿Cuál crees que sea el libro más significativo<br />
para ti?<br />
—El que voy leyendo… pero me<br />
han marcado Los cuatro acuerdos de<br />
Miguel Ruíz, y El laberinto de la soledad<br />
de Octavio Paz; todos los de Juan<br />
Rulfo y prácticamente los que me inflaman<br />
el pecho son los que tienen<br />
que ver con México. Tengo una cosa<br />
pendiente con un disco dedicado a<br />
autores mexicanos. Por lo mientras ya<br />
hay canción de Carlos Fuentes, Aura;<br />
Juan Rulfo, Comala; Víctor Arellano<br />
Al demonio con la canción amor en<br />
las rocas; y un compadrito coetáneo<br />
de Guadalajara, Jorge Álvarez Lozano<br />
con la canción Loreta del libro El maravilloso<br />
y fantástico cirque du grotesque<br />
de la señorita Loreta.<br />
—De todas las canciones que conforman<br />
Canción Literaria, ¿cuál es tu favorita?<br />
—Mi canción favorita es la que le<br />
haya arañado al público en una noche.<br />
48<br />
Es hermoso saber que anda uno solitario<br />
pero que somos hartos los solitarios<br />
y nos vamos en bola cantando.<br />
—Ahora que hay cantautores que se<br />
hacen llamar rupestres y dicen que<br />
forman parte de un nuevo movimiento,<br />
¿te considerarías parte del mismo?<br />
—El movimiento rupestre siempre<br />
existió con auge con los gurús que lo<br />
conforman, siempre anduve atrapado<br />
con las rolas del Rosas, Arellano,<br />
el Meza, el Catana, Nina, el Nono, el<br />
mastuerzo y tantos otros grandes. Lo<br />
que si veo es que el jalón que se le está<br />
haciendo está de poca, las nuevas generaciones<br />
se van atrapando. ¿Qué si<br />
me considero parte? Soy aprendiz de<br />
aquellos callejeros, siempre jalé más<br />
para éste lado de la rola y aunque hago<br />
ritmos más diversos; me considero parte<br />
por el simple hecho de que ellos me<br />
dieron huequito en sus canciones al yo<br />
incluir en el repertorio de batalla, sus<br />
rolas y por supuesto la amistad que<br />
llevo con algunos como el Nono, Carlos,<br />
Carcará, Iván García, César Munguía,<br />
José Luis Galindo, y otros tantos<br />
que pueda olvidar pero que son bien
¿Quieres conocer<br />
más del trabajo de<br />
este cantautor?<br />
Descarga su música leyendo<br />
el código QR, o búscalo en redes<br />
sociales como Cesar Alejandro<br />
Olvera<br />
importantes. Pero la verdadera generación<br />
rupestre son esos grandes que todos<br />
conocemos, los demás vamos naciendo<br />
con su influencia proponiendo<br />
otros rollos, pero que a fin de cuentas<br />
es el mismo porque compartimos escenario,<br />
amigos y hasta el pan y el vino.<br />
—¿Y qué opinas de todo el trabajo que<br />
han hecho y del movimiento original?<br />
—Me voy haciendo cuate de cada uno<br />
que conozco y eso es fabuloso, el movimiento<br />
se hace cuando se compromete<br />
la persona, se involucra con el otro y<br />
nos tuteamos y conocemos si sale el sol<br />
en su casa o arden las cortinas. El movimiento,<br />
lo reitero, de los rupestres en<br />
Puebla, lo vivo con Arellano y el Nono,<br />
con Iván, Carcará, Munguía y otros tantos.<br />
Lo que me late es que no está establecido<br />
a ciencia cierta, aunque hay un<br />
manifiesto rupestre pero, a lo que me<br />
refiero es que nos vamos adueñando<br />
de lo rupestre al oír y vivir los conciertos<br />
y hacer canciones que tengan que<br />
ver con los de la generación original.<br />
Ando elaborando una canción en homenaje<br />
al respecto y la he de corregir,<br />
adivinen con quién —dijo con una sonrisa<br />
de complicidad en su rostro.<br />
<strong>La</strong> charla prosiguió por varios minutos<br />
más. Había terminado mi café a la<br />
par que exhalaba la última bocanada<br />
de mi cigarrillo. Cesar se despidió amablemente,<br />
el atardecer sucumbía a la<br />
noche mientras los últimos rayos del<br />
sol iluminaban el campanario de la catedral<br />
de Puebla.<br />
<strong>La</strong> noche había caído ya mientras,<br />
después de comprar mi boleto de regreso,<br />
esperaba el autobús en la terminal<br />
comiéndome uno de los camotes<br />
que había comprado. Esta entrevista<br />
con Cesar había sido enriquecedora,<br />
no cabe duda que su ideología y sus<br />
canciones retoman aquellos viejos<br />
ideales que el Profeta del Nopal y los<br />
demás rupestres iniciaron; también<br />
hay que destacar su gran compromiso<br />
con la literatura al invitar, a través de<br />
sus canciones, a que las personas desarrollen<br />
ese pensamiento crítico y libre,<br />
y a darse cuenta que los libros son<br />
una interminable fuente de inspiración<br />
para aquellos que deciden sumergirse<br />
en ellos.<br />
Minutos antes de subir al autobús<br />
escuché dentro de una pequeña cafetería<br />
de la terminal una canción que<br />
llamó mi atención; la guitarra armonizaba<br />
con gran perfección la melodía<br />
que aquella juvenil voz expresaba. Me<br />
levanté de mi asiento y me dirigí a la<br />
cafetería, debía averiguar de quién era<br />
la canción que escuchaba. Mi viaje apenas<br />
comenzaba y al parecer todavía no<br />
podría regresar al Distrito.<br />
49
50<br />
EXTRAÑAS<br />
CRIATURAS<br />
Por Circe
Sus días en la superficie estaban<br />
contados. Nunca creyó en esas historias<br />
fantásticas de seres como<br />
ella que nunca regresaron al mundo<br />
abisal porque encontraron el amor en la<br />
tierra y eso les redimía de su compromiso<br />
de regresar, pero cuando Noel la encontró<br />
aquella noche durmiendo en el<br />
acantilado y la invitó a ir con él, lo creyó<br />
posible. Ella lo siguió dejándose llevar<br />
por sus ojos tiernos y nobles, le dejó<br />
creer que lo necesitaba, le permitió cuidar<br />
de ella como si él fuera lo único que<br />
tenía en el mundo, y así fue en realidad.<br />
<strong>La</strong> generosidad de aquel muchacho la<br />
enterneció hasta la locura.<br />
Noel vivía en una casa de pescadores<br />
en una playa cercana a los acantilados<br />
que fueron su refugio durante un tiempo.<br />
Antes de decidirse a acercarse a ella,<br />
llevaba tiempo observándola, viéndola<br />
cobijarse entre los recodos de las rocas<br />
para pasar las noches, al igual que ella,<br />
escondida, lo había visto pasear por<br />
aquel paraje abrupto y solitario.<br />
Al principio, fueron meros seres pululando<br />
el uno en torno al otro, dos seres<br />
que se observan, que se acercan, se<br />
alejan, tímidos, inseguros, expectantes,<br />
pero conforme los días transcurrían, la<br />
atracción se intensificaba, como la de<br />
dos astros que confluyen en la misma<br />
órbita momentos antes de colisionar.<br />
Cuando el contacto del uno con el otro<br />
fue inevitable y se dejaron arrastrar por<br />
la intensa corriente de sus pasiones, por<br />
fuerzas desconocidas hasta ahora sin pararse<br />
a pensar hasta dónde les llevaría.<br />
Noel manifestaba su adoración por<br />
ella, un fervor que crecía y crecía llenándola<br />
de felicidad, y no podía evitar<br />
estremecerse ante aquellos ojos que<br />
la miraban llenos de diminutos átomos<br />
dorados, brillantes, chispeantes,<br />
y temblar cuando, de aquellas manos<br />
que la acariciaban, brotaba una sonora<br />
electricidad, como risas de ángeles del<br />
país de Liliput.<br />
Ahora se preguntaba ¿qué había<br />
cambiado entre ellos? ¿Cuándo? ¿Por<br />
qué? Sentada sola en la oscuridad de<br />
un cuarto, mientras esperaba oírlo entrar<br />
por la puerta, una fuerza interior<br />
descomponía los colores, dentro y fuera<br />
de ella, y la devolvía a su verdadera<br />
identidad, la de un ser sombrío y tenebroso,<br />
a quien la luz del sol y el amor<br />
de un humano habían dotado de una<br />
belleza desconocida que ahora se desvanecía<br />
segundo a segundo. <strong>La</strong> certeza<br />
de su inevitable destino le provocaba<br />
angustia y miedo, soledad, dolor, porque,<br />
de alguna manera manera, después<br />
de ese tiempo juntos, se sentía<br />
ya parte del aquel mundo de luz y color.<br />
Ella pertenecía a un estirpe de hembras<br />
que necesitaban de los hombres<br />
para perpetuarse como especie, ese<br />
era, exclusivamente, su cometido en<br />
tierra firme y una obligación que debían<br />
cumplir, como hicieron todas las<br />
demás antes de ella, al menos, una<br />
vez en la vida, no debía olvidarlo. Para<br />
acometer tal función, la naturaleza las<br />
había dotado de esa cualidad mutante<br />
y de ciertos dones para atraer a su regazo<br />
a un ser humano que tuviera la<br />
capacidad de satisfacerlas. Había sido<br />
así desde los tiempos más remotos,<br />
tal como relataban las leyendas que<br />
se transmitían de generación a generación,<br />
como aquella de Ulises al que,<br />
sus marinos, ataron al mástil del barco<br />
para así evitar sucumbir a los hechizantes<br />
cantos de Parténope.<br />
Tal vez Noel, al igual que los peces<br />
de aquel acuario que visitaron juntos,<br />
que giraban enloquecidos como si un<br />
51
pez grande, con la boca abierta, los<br />
persiguiera, sintió el peligro, intuyó al<br />
monstruo que dormía a su lado, las<br />
frías escamas que palpitaban bajo su<br />
piel rosada, cálida y delicada; comenzó<br />
a resistirse al indomable mundo salvaje<br />
de los sentidos al que había sido<br />
arrastrado y del que ella misma había<br />
intentado huir pero al que su naturaleza<br />
la condenaba sin remedio.<br />
Era una noche oscura, sin luna, nadie<br />
la vería partir. El acantilado en el<br />
que Noel la encontró era un lugar suficientemente<br />
apartado y solitario. Hubiera<br />
sido más fácil y sosegado la playa,<br />
entrar caminando en el agua y después<br />
sumergirse, pero siempre había albergado<br />
la fantasía de dar el salto, penetrar<br />
de golpe en las aguas y no tener<br />
tiempo de mirar atrás. Se desnudó, doblo<br />
su ropa, no la necesitaría allí a donde<br />
iba y la dejó entre las rocas, aquel<br />
sería el primer lugar en el que Noel la<br />
buscaría cuando le extrañara su ausencia,<br />
allí la encontraría y comprendería<br />
que se había marchado para siempre.<br />
Sería su carta de despedida.<br />
Se acercó hasta al mismo borde del<br />
precipicio, y aunque el viento húmedo<br />
y salado la empujaba tierra a dentro,<br />
dio los primeros pasos hacia delante.<br />
Se paró unos segundos, volvió la cabeza<br />
para ver por última vez el mundo<br />
que dejaba detrás. <strong>La</strong>s luces de una<br />
ciudad pululaban en la oscuridad. Miró<br />
el cielo lleno de estrellas y admiró, una<br />
vez más, su belleza. El ruido de las olas<br />
abajo, chocando con las rocas, la llamaba<br />
y sus ojos, que comenzaban a<br />
adaptarse a la oscuridad, podían distinguir<br />
los saltos y escuchar las voces<br />
de las criaturas marinas que habían<br />
venido a recibirla y que la acompañarían<br />
de vuelta. A la mañana siguiente<br />
los habitantes de las casas cercanas<br />
hablarían de los sonidos extraños que<br />
provenían del mar. Pero antes de decidirse<br />
a saltar, dio un paso atrás, se<br />
había contaminado de algunas emociones<br />
humanas como el miedo, el instinto<br />
de huida ante una posible muerte,<br />
y el vértigo cosquilleó en sus entrañas.<br />
Su pie derecho sobresalió hacia el abismo,<br />
nada lo sostenía, el corazón palpitaba<br />
con fuerza y los ojos se llenaron de<br />
lágrimas ¿lágrimas? Eran saladas como<br />
el agua del mar, se extrañó. Pronunció<br />
su nombre «Noel» y sonó dulce.<br />
Entre sus dedos surgieron delicadas<br />
membranas que acarició recordando<br />
su tacto suave. <strong>La</strong> metamorfosis había<br />
comenzado. Su fina y rosada piel comenzó<br />
a llenarse de escamas azuladas<br />
que la traspasaban con dolor, en sus<br />
ojos crecía una amarillenta membrana<br />
impermeable que le permitiría mantener<br />
los ojos abiertos dentro del agua y<br />
ver en la oscuridad, su cabello suave y<br />
largo, en unos segundos, no sería más<br />
que una aleta espinosa. Contuvo la<br />
respiración casi hasta desfallecer para<br />
que las branquias ocultas detrás de sus<br />
orejas se abrieran como abanicos para<br />
proporcionarle el oxígeno tan ansiado.<br />
<strong>La</strong> separación de sus piernas comenzó<br />
a difuminarse.<br />
Tocó su vientre, allí guardaba el tesoro<br />
que había venido a buscar, allí adentro,<br />
dormidos, palpitaban los óvulos<br />
fecundados que desovaría en algún rincón<br />
oscuro del fondo del mar. Oyó voces<br />
a lo lejos. Tenía que darse prisa. Saltó.<br />
52
53
54<br />
TIEMPO<br />
MUERTO<br />
Por Hugo Casarrubias
El frio del muelle ya comenzaba a<br />
golpear mi cuerpo a pesar de la gabardina<br />
que portaba. Hace un par<br />
de minutos me había fumado mi último<br />
cigarrillo y en estos momentos de ansiedad<br />
deseaba otro. A mi hija le molestaba<br />
que fumara tanto pero los casos que<br />
me reportaban en mi oficina me estresaban<br />
de sobremanera; inhalar el humo<br />
del tabaco me relajaba en mis tareas<br />
diarias. No obstante mi nivel de estrés<br />
en esos momentos se elevó considerablemente,<br />
sentía mi cerebro como un<br />
elevador poseído por los demonios del<br />
remordimiento. Todo esto había sido<br />
mi culpa, lo reconozco pues las relaciones<br />
que establecía con «Los herreros»<br />
habían sido con el fin de protegerme a<br />
mí y a mi familia. Algo había salido mal,<br />
un malentendido que no se pudo aclarar<br />
en su momento. Me he convertido<br />
en el verdugo de mi familia, de mi hija,<br />
a quien adoro con toda mi alma, ahora<br />
tendré que verla en el exilio.<br />
Tenía una fama inequívoca en la comisaría.<br />
El tiempo avanzaba rápidamente<br />
y los eventos especiales de mi<br />
hija me los perdía por impuntualidad…<br />
o simplemente por darle prioridad a<br />
mí trabajo. Todos sabían que mi falta<br />
de tiempo era producto de apuestas y<br />
burlas pero no me importaba. Mi trabajo<br />
era serio y mi hija comprendía estas<br />
faltas en su vida. Nunca creía que esta<br />
irresponsabilidad me llevaría a catastróficas<br />
consecuencias.<br />
Tenía que quedarme muy quieto en<br />
este paisaje de contenedores de metal.<br />
Desolado como mi espíritu y distópico<br />
como mi difuso futuro. A luz de la luna,<br />
la mochila repleta de armas parecía<br />
que guardaba la cabeza de alguien que<br />
le había jugado sucio a «Los herreros».<br />
Yo me sentía uno de los tantos asesinos<br />
a sueldo que trabajan para ellos. Por<br />
un momento me dio asco este pensamiento.<br />
No era un asesino y mucho menos<br />
deseaba serlo, solo soy un detective<br />
que traicionó a los suyos a cambio<br />
de protección y bienestar. Lo sé, una<br />
persona como yo no merece la cárcel,<br />
los cobardes no se hunden bajo cuatro<br />
muros de concreto sino en las lenguas<br />
llameantes del infierno.<br />
Revisé mi reloj. <strong>La</strong>s 11:45 y ni una<br />
señal de presencia humana. Paradójicamente<br />
me sentía ansioso por la<br />
impuntualidad de «Los herreros». Di<br />
media vuelta y me encontré con las<br />
tranquilas aguas del muelle. <strong>La</strong> luz de<br />
la ciudad resplandecía en su negrura<br />
y parecía tener vida ante las pequeñas<br />
olas del mar. De pronto apareció una<br />
garza y se postró sobre uno de los postes,<br />
miró hacia el agua y parecía cazar<br />
algo. Había visto su cena nadar en el<br />
mar negro. Saltó mi corazón y pensé en<br />
aquella idea de muerte, sentirte frágil e<br />
indefenso ante la caza de alguien más<br />
poderoso. Yo era ese pez que disfrutaba<br />
del agua nocturna, seguro de mis<br />
nados en el mar. Hasta que llega una<br />
garza hambrienta que busca sacar de<br />
su paz, de su seguridad, al que nada<br />
con tranquilidad.<br />
Un destello bastante luminoso me<br />
distrajo. Venia de la entrada del muelle.<br />
Di media vuelta y apreté con fuerza<br />
las cintas de la mochila. No me había<br />
percatado del peso de esta pues mi<br />
brazo ya comenzaba menguar. Se trataba<br />
de una camioneta, una Ford Panel,<br />
probablemente del año 54 por la forma<br />
alargada de la trompa. Su color negro<br />
reflejaba como espejo el cielo estrellado.<br />
Los faros me deslumbraron y la camioneta<br />
se detuvo a un par de metros<br />
de mi posición. El motor no se detuvo<br />
55
pero escuché cuando la puerta se abrió.<br />
Unas botas pesadas se dejaron escuchar<br />
sobre el pavimento.<br />
—¡Morales! —gritó y de inmediato reconocí<br />
aquella voz, se trataba Hernán Mireles,<br />
conocido entre las mafias y el centro<br />
de inteligencia como «el fideo». Un hombre<br />
astuto y mortífero con su Magnum 44.<br />
Delgado, pálido y repleto de cicatrices en<br />
el rostro este hombre era el que reclutaba<br />
a los que hacían el trabajo sucio para<br />
José Montoya, «el herrero».<br />
—¡Si aquí estoy! ¡Donde está mi hija!<br />
—grité y una gota de sudor frío recorrió<br />
mi espalda.<br />
—¡¿Dónde están las armas?!<br />
—¡Aquí, pero primero quiero ver a mi<br />
hija!<br />
Por unos eternos segundos no hubo<br />
respuesta más que el monótono ruido<br />
del motor andando. Repentinamente<br />
vi como algo atravesaba las luces de los<br />
faros y caía deslizándose hasta mis pies.<br />
Me incliné y me encontré con una fotografía<br />
instantánea en blanco y negro: era<br />
Elizabeth, amordazada y amarrada a un<br />
árbol en medio de lo que parecía un bosque<br />
o algún parque. Miré al reverso de la<br />
imagen y me encontré con un pequeño<br />
croquis acompañado de unos dígitos. Estos<br />
marcaban 10:15. Mire de nueva cuenta<br />
mi reloj y vi que ya eran las 11:58.<br />
—¡Dame las armas y te daré el antídoto!<br />
—gritó «el fideo».<br />
—¡¿Cuál antídoto?! ¡¿De qué hablas?!<br />
—grité y el graznido de la garza<br />
me hizo voltear hacia ella. Al regresar<br />
la mirada me encontré con el cañón<br />
de la Magnum apuntándome directo<br />
entre los ojos.<br />
—Tienes poco tiempo, Morales. El<br />
reloj avanza. Ya solo te quedan nueve<br />
minutos.<br />
—¿De qué hablas? ¿Qué le hicieron a<br />
mi hija? —pregunté con cierta rabia. El<br />
hombre jaló el martillo del arma con<br />
una habilidad sobrenatural. Era un<br />
maestro en su clase.<br />
—Dame las armas o te encontraras<br />
con tu hija en el más allá.<br />
—Malditos sean. ¡Malditas ratas de alcantarilla!<br />
¡Púdranse! —grité; me salió<br />
desde lo más profundo de mi ser.<br />
—Vaya que lo tenías reservado —hizo<br />
una pausa y sonrió maliciosamente—.<br />
Eres un buen hombre, Morales, pero no<br />
muy inteligente. Sobre todo en cuestiones<br />
de tiempo.<br />
—¿Dónde está mi hija?<br />
—Dame las armas o tu hija morirá.<br />
No tuve elección. El hombre delgado<br />
tenía toda la ventaja sobre mí. Le<br />
di las armas y la maldita garza volvió<br />
a graznar. «El fideo» tomó las armas y<br />
con la mano que apretaba la Magnum<br />
dejo caer una jeringa. Alzó la mochila y<br />
corrió hacia la camioneta. Esta se alejó<br />
rápidamente levantando humo sobre<br />
56
el muelle mientras la luz de la luna la<br />
escoltaba a la salida.<br />
Levanté la jeringa y mire de nueva<br />
cuenta la fotografía. Ver a mi princesa<br />
atada a ese árbol me provocó una<br />
enorme tristeza que se convertía en<br />
rabia. De pronto unos truenos amenazantes<br />
aparecieron en el cielo raso y<br />
me di cuenta de lo mucho que estaba<br />
perdiendo el tiempo. Miré el croquis y<br />
me percaté de que se trataba del parque<br />
que se encontraba cerca de la salida<br />
hacia el muelle. Vi los dígitos y miré<br />
mi reloj. Mi mente no lo había visto,<br />
no lo había asimilado en el momento.<br />
Mi hija había sido envenenada y<br />
tenía el antídoto. Corrí hacia la salida<br />
del muelle y la garza volvió a graznar,<br />
pero esta vez levantó el vuelo y tomó<br />
a su presa con una astucia admirable.<br />
—Yo no seré ese pez —me dije mientras<br />
corría y la lluvia golpeaba mi cara.<br />
Llegué al parque en seis minutos. Ya<br />
solo me quedaban dos para suministrarle<br />
el antídoto a mi princesa. Entre<br />
al parque y comencé a buscar el árbol<br />
de la imagen. Un trueno cayó cerca de<br />
un claro y por unos segundos iluminó<br />
la copa de un imponente árbol a la<br />
distancia. Algo me decía que esa era<br />
ahí. Corrí con toda mi energía hacia<br />
ese lugar. Esperaba abrazara mi hija y<br />
suministrarle el antídoto lo más rápido<br />
posible pero… había algo ahí que<br />
no me esperaba. En el tronco del árbol<br />
había un esqueleto amarrado. <strong>La</strong> carne<br />
putrefacta aún estaba adherida a los<br />
huesos. Un trueno cayó y aluzó los jirones<br />
de ropa que portaba en vida. Vi<br />
algo conocido, un trozo de tela de un<br />
vestido floreado que mi hija se ponía<br />
con frecuencia, el trozo se encontraba<br />
adherido al fémur del esqueleto. Me<br />
hinqué y lancé un grito al cielo lluvioso.<br />
Mi cobardía y mi impuntualidad al<br />
fin habían creado estragos mortales.<br />
Jamás creí que mi egoísmo me llevaría<br />
a esto. Fui devorado como la garza<br />
al pez. En un acto de rabia hice añicos<br />
la fotografía y me pique con la jeringa.<br />
En mis brazos y en mi cuerpo. Deseaba<br />
morir. Ya no quería vivir. <strong>La</strong> razón de<br />
mi existencia había desaparecido y mi<br />
paso por la tierra había llegado a su fin.<br />
Y así fue.<br />
Mi vista comenzó a nublarse. Mis<br />
huesos comenzaron a dolerme. Mi piel<br />
empezó a arder. Mi cabeza ejercía una<br />
presión sobrenatural. Mi nariz comenzó<br />
a sangrar junto con mis oídos… Y en<br />
medio de aquellos árboles, frente al<br />
esqueleto de mi hija, me tiré a la hierba<br />
crecida y la lluvia aliviaba mi dolor<br />
emocional. Una sombra se presentó en<br />
mi visión y por la forma de su cabeza<br />
enseguida determiné su paradero. Era<br />
José Montoya «El herrero» quien reía<br />
entre dientes mientras me veía morir.<br />
57
58<br />
NOCHE DE<br />
BRUJAS<br />
Por Manuel Rodriguez
Llegaron a la presa «El Carrizo» convertidas<br />
en grandes aves nocturnas…<br />
sus siluetas dibujadas bajo<br />
las sombras de los carrizos y reflejadas<br />
en el agua por efecto de los rayos<br />
de la luna me inspiraban a las hadas<br />
preferidas en los cuentos de niños; las<br />
primeras en llegar eran completamente<br />
blancas como garzas gigantes, en<br />
tanto las rezagadas en el vuelo tenían<br />
las alas bordeadas de negro diferenciándose<br />
en el tono que iba del claro<br />
al oscuro profundo. Una a una se fueron<br />
posando en el borde de la presa de<br />
agua tranquila, serena y transparente,<br />
en tanto sus alas iban desapareciendo<br />
en su cuerpo mismo transformándose<br />
en voluptuosas ninfas celestiales como<br />
damas de la fresca noche, lanzándose<br />
una a una en las aguas quietas de la<br />
presa acuífera haciendo olas concéntricas<br />
transformando su figura reflejada.<br />
<strong>La</strong> noche serena y tranquila de plenilunio<br />
me permitía atisbar desde entre el<br />
follaje de las plantas de viravira a donde<br />
me había trepado escondido y asustado<br />
por la sorpresa que representaban en<br />
mi camino al pueblo de la colina. En el<br />
agua de la presa empezaron a cogerse<br />
por las manos, recostando sus cuerpos,<br />
haciendo olas con ellos, empezando<br />
una danza sin fin, jugando a la ronda<br />
alegremente como cisnes en un ballet<br />
entre luces naturales; jugaban dando<br />
pequeños saltos de alegría en tanto con<br />
las manos sacaban el agua que se transformaba<br />
en pequeñas gotas cristalinas<br />
resbalando por sus cuerpos desnudos.<br />
Era medianoche y la luna llena brillaba<br />
intensa en un cielo sin nubes<br />
empezando a descender desde el cénit,<br />
cuando decidieron abandonar su<br />
reunión y salir al borde de la presa empezando<br />
otra vez a crecerle las alas; en<br />
tanto unas a otras se acicalaban el plumaje<br />
para volver a emprender su vuelo<br />
nocturno luego del breve descanso,<br />
desapareciendo en la distancia en la<br />
tranquilidad de la noche entre luciérnagas<br />
que prendían de tanto en tanto<br />
sus luces por entre bichos nocturnos<br />
que cantaban en las ciénegas cerca al<br />
camino. Bajé del árbol haciendo uso<br />
del tino juvenil, desafiando a los misterios<br />
de la noche, y tomé el camino<br />
cuesta arriba siguiendo mi destino con<br />
dirección al pueblo de mis amores juveniles.<br />
En el camino avanzaba recordando<br />
mis clases de mitología y cuentos<br />
griegos explicados con dedicación<br />
por el director del colegio en el que<br />
estudiaba, hablándonos de Demóstenes<br />
en la Grecia antigua explicando del<br />
equilibrio perfecto y la desnudez femenina,<br />
resumiéndolo en una frase que ha<br />
trascendido los siglos: «Nosotros tenemos<br />
compañeras (hetairas) para la voluptuosidad<br />
del alma y prostitutas para<br />
la satisfacción de los sentidos; mujeres<br />
legítimas para darnos hijos de nuestra<br />
sangre y llenar nuestras casas…» En<br />
tanto Ateneo, el famoso gramático griego<br />
escribía en su momento sobre Friné:<br />
«Era bella todo en aquello que no se ve»,<br />
y lo era tanto que inspiró a Apeles para<br />
su Afrodita Anadiomena, es decir; Afrodita<br />
saliendo de las aguas.<br />
Nuestro profesor resumía a Friné,<br />
como una de «las señoritas de moral<br />
elástica dedicadas al rubro artístico y a<br />
la prostitución», difícilmente podía vérsele<br />
en los baños públicos de la época<br />
y solamente una vez, en la fiesta de los<br />
misterios de Eleusis, se bañó desnuda<br />
en el mar saliendo de entre las aguas a<br />
la vista de todos los asistentes que se supone<br />
inspiró al pintor que se encontraba<br />
por ahí de pura casualidad. <strong>La</strong> misma<br />
59
Friné sirvió de modelo al escultor Praxíteles,<br />
el más famoso y cotizado de la<br />
Grecia clásica quien la hizo su amante<br />
pensando que con eso se ahorraba los<br />
honorarios de la modelo; cuentan también<br />
que el escultor quiso retribuir sus<br />
«servicios» ofreciéndole como regalo<br />
una de sus estatuas a libre elección. Friné<br />
no sabía nada de esculturas, sin embargo<br />
ideó una trama sobornando a un<br />
esclavo para que ingresara al taller gritando:<br />
¡Se incendia el taller! Praxíteles<br />
exclamó: ¡Salven al Eros! Y así fue que<br />
Friné se enteró cuál era la estatua más<br />
valiosa, eligiendo a Eros.<br />
Friné fue influenciada tanto que quiso<br />
comparar su belleza a la de Afrodita, lo<br />
que dio motivo a las autoridades griegas<br />
que, al llegar a enterarse, la acusaron<br />
de impiedad; en esos tiempos era<br />
cosa seria y le podía costar una condena<br />
a muerte. Praxíteles contrató a Hespérides,<br />
famoso abogado y orador, para<br />
defender a Friné ante los jueces sin conseguir<br />
convencerles. Siendo un buen<br />
observador notó que los jueces pedían<br />
la cabeza de Friné, pero también ansiaban<br />
con lascivia su cuerpo desnudo,<br />
de ser posible viva; en consecuencia el<br />
hábil abogado argumentó que sería un<br />
crimen privar al mundo de una belleza<br />
incomparable como la de su defendida<br />
y ahí mismo le sacó la túnica de un tirón<br />
entre gritos y aplausos de las tribunas<br />
con miradas nostálgicas y soñadoras de<br />
los ancianos jueces.<br />
Era allá por los 300 A.C. y reafirma la<br />
idea de que para una mujer muchas veces<br />
basta con desnudarse para hacerse<br />
famosa. Pensaba que Friné sin duda<br />
hizo escuela de desnudez por muchos<br />
siglos después… justamente la desnudez<br />
que acaba de ver en la represa<br />
al pie de la montaña, aquella noche de<br />
luna llena en tanto por casualidad pasaba<br />
con destino al pueblo de la colina.<br />
60
61
EL SÍNDROME<br />
DE LA PÁGINA<br />
EN BLANCO<br />
Por Diana Ruiz<br />
Y<br />
de nuevo me encontraba frente a<br />
aquella maldita página en blanco<br />
que tantos quebraderos de cabeza<br />
me había estado dando desde hacía<br />
demasiado tiempo, ni podría precisar<br />
cuánto. Maldita sea. <strong>La</strong> escritura ha<br />
hecho mella en mi ánimo haciéndome<br />
arisco con la sociedad, dando prioridad<br />
a un folio y un bolígrafo rebosante<br />
de tinta más que virgen antes que a<br />
un plato de un buen puchero caliente,<br />
62<br />
amando mi soledad y los estados de<br />
única presencia en mi despacho, en el<br />
salón, en la cocina... en cualquier parte<br />
de la casa con tal de poder escribir.<br />
Todo me era imposible. Probé a meterme<br />
en la bañera, en seco, ya sabe,<br />
por eso de que el papel y el agua son<br />
malos compañeros. Intenté mil y una,<br />
y no de noches precisamente, sino de<br />
posturas no fuera a ser que con una<br />
determinada posición me viniera la
inspiración, recé a la diosa fortuna por<br />
aquello de: por arte de birli y birloque,<br />
lo consiguió. Pues ni por esas. Nada. Y<br />
si vivía porque así debía cumplir con mi<br />
destino, no por ello le voy a ocultar que<br />
esa situación, enfermedad camuflada<br />
en metáforas, semánticas y gramáticas<br />
no me dejaba vivir. Cada día, cada minuto<br />
de mi insulsa vida, se apoderaba<br />
de mi debilidad vaciándome de unos<br />
sentimientos que, más de una vez, confirmé<br />
perdidos. Esa tortura deformó mi<br />
personalidad y llegó incluso a dibujar<br />
trazas de irremediable locura, quizás<br />
transitoria, hacia todo lo que intentaba<br />
hacer. Miraba la página con temor y<br />
ella me observaba desafiante, con una<br />
prepotencia que acosaba a mi pecho<br />
haciéndolo incrementar su ritmo respiratorio<br />
y cardíaco. En momentos, hiperventilaba<br />
y la ansiedad se inyectaba<br />
por mis venas como si de un opiáceo<br />
63
se tratará, confundiendo mi realidad<br />
y transportándome a un oscuro laberinto<br />
sin su única salida. Estaba encerrado<br />
en vida con una regia coraza que<br />
impedía la inoculación de la más mínima<br />
sensación. En mí ya no se hallaba<br />
ni una huella, ni una reminiscencia de<br />
una bella emoción que pudiera llegar a<br />
plasmar en una página vacía. Y ahí me<br />
encontraba yo. <strong>La</strong> página y yo. Esperando<br />
su vestuario de letras que formaban<br />
palabras y estas, a su vez, frases. Mis labios,<br />
aun con disimulados movimientos<br />
por aquello de obligarte a responder al<br />
prójimo por educación, estaban cosidos<br />
con hilo cardado en el más profundo<br />
infierno, en cuyas calderas lo tiñeron<br />
de ineptitud e ignorancia para mi pesar<br />
y dolor. Y mi cerebro, calló. Enmudeció<br />
sin previo aviso y de un día para otro.<br />
Se apagó para dar paso a una «carta de<br />
ajuste» grisácea e insonora que adormecía<br />
mis neuronas sin necesidad de tanques<br />
criogénicos. Si yo sentía algo era<br />
frialdad mientras que una escrupulosa<br />
necesidad afloraba de mi ser para llenarla<br />
hasta los más recónditos huecos<br />
de su leve blancura de ríos de tinta nacidos<br />
de mi madre literata. Eso era totalmente<br />
contradictorio pues mi cerebro<br />
no funcionaba, no me daba la respuesta<br />
ni la palabra adecuada para comenzar<br />
un mísero microrrelato. ¡Qué menos<br />
que un microrrelato!. ¡Y qué más!. Un<br />
sufrimiento, una desesperada angustia<br />
por no ser capaz de ser visitado por esa<br />
musa imaginaria, esa pócima de creatividad.<br />
Si me quedaba algo de cordura,<br />
que, a estas alturas del partido, lo dudaba,<br />
me estaba abandonando, envolviéndome<br />
en una infinita soledad que,<br />
con maldad, ahogaba el oxígeno de mis<br />
64
pulmones. De pronto, y muy sutilmente,<br />
comenzaron a formarse unos minúsculos<br />
trazos grises en el ángulo superior izquierdo<br />
de la reluciente página y sin que<br />
yo hiciera el más mínimo movimiento<br />
con mi bolígrafo, el cual, reposaba su<br />
eterna siesta sobre mi mano. «¿Es que<br />
no vas a empezar nunca? Vamos, decídete.<br />
No tenemos todo el día», mostró la<br />
página. Mi palidez, estoy seguro, se tuvo<br />
que tornar en un marmóreo cadavérico<br />
al ver aquello. Y las palabras, como<br />
dardos hacia mi estupefacta mirada<br />
sin parpadeo, prosiguieron su inquina:<br />
«¡Que empieces de una vez! ¡Vamos! ¿No<br />
crees que llevas demasiado tiempo sin<br />
dar ni golpe? ¡Eres un zoquete! ¡Un lerda,<br />
un cernícalo, obtuso perdido! ¿Qué<br />
pretendes? ¿Quedarte ahí sentado toda<br />
tu vida esperando que te lo den todo hecho<br />
y tú no muevas un dedo? ¡Despierta<br />
ahora mismo a tu bolígrafo y ponte<br />
a trabajar, pedazo de…!» Pero ¿qué y<br />
quién se habría creído aquella palabrería<br />
para hablarme en dichos términos?<br />
No podía permitir que nada y nadie<br />
rasgara aún más, si cabe, mi ánimo, mi<br />
autoestima, mi persona. Y sin regalarle<br />
ni un ápice más de mi tiempo, y viendo<br />
cómo la página se llenaba de descalificaciones,<br />
insultos, groserías y similares,<br />
con un suave movimiento de mi mano,<br />
temerosa de enfrentarse a un destino<br />
no escrito, hice que mi bolígrafo despertara<br />
de su letargo, la tinta subía y bajaba<br />
por el conducto del artefacto y, acercándole<br />
hacia el punto final de aquella marabunta<br />
de improperios, escribí: «FIN».<br />
El microrrelato había terminado. Y con<br />
ello la charlatanería, el shock psicológico<br />
para un despertar de un síndrome de<br />
página en blanco.<br />
65
66<br />
EL ÚNICO<br />
TESTIGO<br />
Por Esteban R. Jiménez Bedoya
Cuando subí en el paradero de la<br />
esquina Molino, a eso de las ocho<br />
menos diez, la encontré en el ómnibus.<br />
Tenía el cabello negro y largo<br />
en una trenza que caía por su hombro<br />
derecho hasta casi tocar la revista que<br />
leía. Apenas si me dio una ojeada cuando<br />
subí para luego hundirse de nuevo<br />
en su lectura. Llevaba un vestido azul<br />
cielo y un bolso blanco y grande. Podía<br />
haber sido una Ruth, Ana o Sofía, pero<br />
por una razón que ignoro, me pareció<br />
que debía de llamarse Susana.<br />
Si una calamidad doméstica hubiera<br />
tenido lugar en su mañana, como que<br />
el despertador se rebelara con alguna<br />
mala función o que se tardaran en<br />
atenderla mientras compraba su jugo<br />
favorito en la tienda de la esquina, y<br />
hubiese perdido la ruta F-35 a Rodas,<br />
Los Puentes, San Tiburcio y Dolores,<br />
nada malo habría pasado.<br />
El viaje iba sin mayores sobresaltos.<br />
A tiempo. En alguna parada de la avenida<br />
Domingo, la pasajera malvada debió<br />
subir al ómnibus. Creo que fue en la calle<br />
de los bares, la Ramón, o quizá en la<br />
maloliente esquina de Andes. <strong>La</strong> vi recorrer<br />
el bus pasando revista, seleccionando<br />
a su víctima; luego se acomodó<br />
en lo más alto de la ventanilla contigua<br />
a Susana. Era monstruoso ver como se<br />
acicalaba, primero sus alas, luego las<br />
patas. Dio un par de rondas sobre la<br />
incauta Susana que, concentrada en su<br />
lectura, ignoraba lo que sucedía.<br />
Por un momento la creí salvada. <strong>La</strong><br />
perversa criatura se dirigió hacia la<br />
puerta delantera en la parada de Colonias,<br />
y cuando parecía disponerse a salir,<br />
dio un giro violento y regresó en mi<br />
dirección a toda velocidad. El susto me<br />
fue suficiente para dar de bruces en el<br />
suelo, maniobra que me valió las miradas<br />
de sorpresa y burla de los ocupantes<br />
del ómnibus, excepto la de Susana,<br />
que parecía en un mundo distinto al<br />
del resto de pasajeros. Desesperado intenté<br />
encontrarla, descubrir una nueva<br />
arremetida para ponerme a salvo. Tardé<br />
un poco hasta verla en el botón rojo<br />
del timbre, divertida, creo, de haberme<br />
hecho saltar como una liebre asustada.<br />
Me incorporé y al volver la vista no<br />
la encontré más en la salida o en los<br />
vidrios del final del pasillo. Recordé a<br />
Susana y giré de inmediato. Allí estaba,<br />
serena, azul, concentrada.<br />
Debí hacer algo, enroscar el periódico<br />
y atacarla con él, seguirla furibundo<br />
por todo el pasillo hasta darle muerte,<br />
hasta salvar a la pobre e indefensa<br />
Susana. Me quedé inmóvil, perdido en<br />
sus óselos, a veces verdosos, a veces<br />
de un azul sucio. Casi podía ver la diminuta<br />
sonrisa que se le dibujaba en su<br />
traquea alargada en forma de trompa.<br />
Entonces lo supe, se había cansado de<br />
jugar, iba a hacerlo frente a mis ojos.<br />
Se acomodó en dirección a Susana. A<br />
pasos lentos recorrió el borde rojo del<br />
asiento casi tocando su trenza. Me<br />
miró de nuevo mientras abría las alas y<br />
flexionaba un poco las patas.<br />
No pude resistirlo. Lo más rápido<br />
que pude me encontré tocando el timbre.<br />
El chofer, para mi fortuna, se detuvo<br />
casi de inmediato. De un salto estaba<br />
en la calle y me alejé corriendo. No<br />
podía voltear. A pocos metros escuché<br />
los gritos provenientes del ómnibus y<br />
la frenada en seco.<br />
No me presenté en el trabajo. Tomé<br />
un teléfono público y, con manos aún<br />
temblorosas, marqué al estudio para<br />
reportarme enfermo. Vagué por el centro,<br />
por los bulevares sin lograr apartar<br />
de mi mente las variantes del ataque a<br />
67
Susana, incapaz de sacudirme la culpa. Creo<br />
haber tomado uno o dos tragos en un bar de<br />
pensionados y regresé caminando a casa.<br />
Al llegar, me desplomé en el sofá. De<br />
pronto escuché el ruido proveniente<br />
del cuarto. Al principio lo creí una suerte<br />
de motor diminuto, quizás algún cochecito<br />
olvidado por mi sobrino, pero<br />
luego reconocí el rumor de aleteo.<br />
Mi sangre se heló de golpe. Imaginé<br />
el rostro de Susana, los ojos abiertos y<br />
acusantes, la boca abierta, la piel pálida<br />
desprovista de vida. Me supe en el pasillo<br />
que conduce al cuarto, los pies pesados<br />
y la sensación de querer huir, de salir a<br />
la calle y caminar sin rumbo por siempre,<br />
pero seguía en el pasillo, avanzando sin<br />
detenerme en dirección a mi cuarto.<br />
Abrí la puerta y al encender la luz de<br />
la recámara la vi, estaba recorriendo en<br />
delicia la biblioteca, ensuciándola, haciéndola<br />
imposible de releer.<br />
Cerré los ojos. Podía imaginarla volando<br />
de un lugar a otro, echando todo<br />
a perder con sus patas sucias, volando<br />
en círculos como con Susana, burlándose<br />
de mis sobresaltos cuando reiniciaba<br />
su vuelo y destruía la paz que la<br />
ausencia de su zumbido me proveía.<br />
Podía verla lamiendo sus patas y acariciando<br />
sus alas.<br />
Los minutos pasan lentos, y yo aquí,<br />
de pie, con los ojos cerrados, temblando,<br />
sabiendo que tarde o temprano se<br />
cansará del juego y se lanzará hacia mí,<br />
el único testigo.<br />
68
69
70<br />
BESTIA<br />
Por Jhovana Aguilar Jiménez
Estando yo dedicado enteramente<br />
al cuidado de mi enfermiza madre,<br />
me creé un pasatiempo para ocupar<br />
mis tardes libres; cuando mamá<br />
dormía, tiempo en el que yo me hallaba<br />
inactivo, con el correr del reloj y nuestra<br />
casa sumida siempre en un silencio que<br />
parecía perpetuo. Me formé una enorme<br />
pajarera en nuestro jardín trasero, la<br />
dispuse de todas las comodidades que<br />
se me ocurrieron para que las aves pudieran<br />
vivir plácidamente, y una mañana,<br />
dejando a mamá a cargo de la enfermera,<br />
visité el mercado para surtirme de<br />
canarios, ruiseñores, palomas y un loro<br />
joven que, según el vendedor, podría<br />
enseñarle a pronunciar palabras.<br />
De esta forma corrió el tiempo sin<br />
menos tedio para mí; me mantenía<br />
absorto llenando las fuentes de alpiste<br />
y agua limpia, colgando trozos de fruta<br />
en los enrejados de la jaula, procurando<br />
el periódico para que pudieran<br />
adaptar con él sus nidos. Al terminar,<br />
me acercaba una silla y me relajaba escuchando<br />
sus cantos y viéndolos volar<br />
de aquí para allá. A mamá también le<br />
resultó beneficioso. Descansando en<br />
su lecho se maravillaba con las suaves<br />
tonadas que llegaban hasta su alcoba,<br />
y en algunas tardes, cuando sus padecimientos<br />
se mitigaban un poco, la sacaba<br />
en la silla de ruedas para que se<br />
entretuviera observándolos a mi lado.<br />
Al loro, que mantenía en una jaula<br />
aparte por instrucciones del vendedor,<br />
me propuse enseñarle a hablar empezando<br />
por palabras sencillas como<br />
«Hola» y «Adiós». No vi gratificados mis<br />
esfuerzos la primera ocasión; el loro<br />
solo me miraba de vez en cuando y se<br />
dedicaba mejor a picotear la comida,<br />
mientras yo, sintiéndome un tonto, articulaba<br />
las palabras con lentitud, animándolo<br />
a que las repitiera. Sin embargo,<br />
no desistí en mi propósito.<br />
Enorme sorpresa me llevé cuando, al<br />
tercer día de nuestras lecciones, el loro —al<br />
que había nombrado Pepe— descendió de<br />
su columpio, se posó frente a mí y me dirigió<br />
una mirada escrupulosa que, acepto,<br />
me hizo sentir un extraño temor. Entonces<br />
dijo, con voz lúcida y entendible:<br />
—Mi nombre es Bestia. —me quedé<br />
tieso de consternación—. Soy Bestia.<br />
Ese es mi nombre.<br />
Me disculpé y prometí llamarlo así.<br />
Aunque estas primeras palabras me<br />
mostraron que sabía hablar, no volvió<br />
a hacerlo, aunque se lo pedía y le<br />
ofrecía premios a cambio de que me<br />
complaciera parloteando. Me limité a<br />
sentarme frente a él, a la espera de que<br />
sucediera lo que deseaba, tal vez en el<br />
momento menos aguardado.<br />
Una mañana plomiza dedicada por<br />
entero a mis aves, ocurrió. Me había percatado<br />
de que Bestia no comía como debía,<br />
dejaba los trozos de fruta intactos, y<br />
percibía en él una extraña ansiedad.<br />
—Oye, tú, amo —me habló—. Llévame<br />
con los otros, me siento muy solo.<br />
Accedí a su petición, reprendiéndome<br />
a mí mismo por mantenerlo apartado<br />
de los demás, sin entender por qué<br />
el vendedor me lo había especificado<br />
así. Lo trasladé a la pajarera grande<br />
donde podría moverse a sus anchas<br />
y convivir con los demás. Después de<br />
encargarme de ellos volví a casa para<br />
encargarme de las actividades diarias.<br />
Regresé hasta el día siguiente llevando<br />
vastas bolsas de fruta fresca, pensando<br />
en el manjar que disfrutarían mis<br />
animalillos, pero solo hallé plumas<br />
esparcidas por el suelo y los enrejados,<br />
rastros de sangre en el periódico y diluida<br />
en el agua de las fuentes, peque-<br />
71
ños cadáveres amontonados en un rincón,<br />
y en el centro, con aquella mirada<br />
consciente que no les pertenece a los<br />
animales, estaba Bestia, llamándome<br />
frenético para que viera con mis propios<br />
ojos la carnicería.<br />
—¡Amo, mire, amo! ¡Estaba dormido<br />
y no me di cuenta de nada hasta que<br />
desperté! ¡Alguien ha entrado, amo!<br />
¡Amo!<br />
No podía comprender. <strong>La</strong>s puertas<br />
estaban cerradas y el enrejado no estaba<br />
separado. Todos habían muerto.<br />
—¿Te los comiste? —cuestioné asqueado.<br />
—¡No, amo! No me culpe a mí, le prometo<br />
que yo no hice eso.<br />
Cuando la mente se me despejó, limpié<br />
la pajarera y me quedé mirando fijamente<br />
los cadáveres que apilé en una<br />
bolsa, preguntándome qué había pasado.<br />
No le creí por entero a Bestia, pero<br />
tampoco podía creer que él se los hubiera<br />
comido. Siendo el único que me quedaba,<br />
le dedicaba todos mis tiempos<br />
libres, y a veces más, con la duda persistiendo<br />
en una esquina de mi mente, y<br />
la curiosidad. Bestia me pedía que com-<br />
prara más compañeros porque se sentía<br />
solo, pero no accedí temiendo que volviera<br />
a suceder un estrago. Quienquiera<br />
que fuese ese alguien, no se interesaba<br />
por comerse a Bestia, pero si traía más<br />
aves, las mataría sin titubear.<br />
Le tomé un especial cariño a Bestia.<br />
Lo cuidaba con esmero y le rogaba que<br />
me complaciera hablando, pero pocas<br />
veces cedía. Me preocupaba demasiado<br />
que no quisiera comer las frutas y las<br />
semillas, su decaimiento me alarmó y,<br />
con lágrimas en los ojos, le rogué que<br />
me dijera lo que quería, y yo, fuera lo<br />
que fuese, se lo daría. Era tanta mi necesidad<br />
por él, se había convertido en la<br />
única afición en mi vida, y mientras las<br />
fuerzas de mamá declinaban y se acercaba<br />
a ella la muerte, Bestia era para mí<br />
como un consuelo, un refugio contra las<br />
desgracias que se me avecinaban. Desesperado,<br />
viéndolo extinguirse también<br />
por la desnutrición, y, lo acepto, con<br />
una gran curiosidad royéndome, introduje<br />
una mano dentro de la jaula y la<br />
acerqué a él, para acariciarlo en busca<br />
de desahogo, o para probar un enfer-<br />
72
mizo experimento, no lo sé; pero Bestia,<br />
al ver mis dedos extendidos hacia él, se<br />
apresuró a morder mi piel como si fuese<br />
un deleitable trozo de comida. El dolor<br />
físico no se comparaba con la curiosidad<br />
morbosa que me invadía al verlo<br />
alimentarse de mí, y cuando se satisfizo,<br />
retiré mi mano carcomida y sangrada<br />
para envolverla en un trozo de tela. Desde<br />
ahí en adelante le conseguí a Bestia<br />
animalillos para que se nutriera de ellos,<br />
terminaba los ratones en minutos, pero<br />
en ocasiones me pedía platos más fuertes,<br />
pollos o lechones pequeños; y otras<br />
veces solicitaba mi carne, que decía tener<br />
un sabor inigualable. Yo lo complacía<br />
en todo lo que me pedía.<br />
Mientras se deleitaba con mi sabor,<br />
yo no podía evitar llorar de amor por él,<br />
porque me trataba con consideración,<br />
solo pedía mi carne cuando esta terminaba<br />
de sanar, y nunca abusaba del<br />
grado de dolor que yo podía soportar.<br />
Era tanta la confianza que le tenía,<br />
que lo dejaba salir de la jaula para que<br />
volara por la casa. Una vez, cuando<br />
regresé del supermercado, me recibieron<br />
los gritos suplicantes de mi madre.<br />
Postrada en su cama, se presionaba los<br />
ojos, la sangre descendía por su rostro<br />
e inundaba las sábanas. Le pregunté<br />
qué pasaba, pero era sorda a mis palabras.<br />
Le sujeté las manos, mirando<br />
con terror las cuencas vacías y sanguinolentas<br />
donde no había ojos. Sabía<br />
qué había ocurrido y quién había sido<br />
el causante, pero no quise aceptarlo.<br />
Fue tanto el sufrimiento de mi querida<br />
madre en los días posteriores, que, una<br />
tarde en que me hallaba cuidando de<br />
Bestia, saltó por la ventana, agobiada<br />
por el dolor que la atenazaba.<br />
—Ahora me tienes a mí, amo. Solo a<br />
mí —me reconfortó Bestia.<br />
Vivimos felices por muchos días,<br />
pero se cansó de mí y desapareció de<br />
mi vida para siempre. Dejó un vacío insondable<br />
en mi interior. Paso los días<br />
aguardando su regreso, gritando que<br />
vuelva, que tome lo que quiera de mí.<br />
Me queda la insignificante esperanza<br />
de que al morir venga y consuma mi<br />
carne para hacerme finalmente dichoso<br />
y pueda descansar en quietud.<br />
73
74<br />
LINEA<br />
DE VIDA<br />
Por G. Farell
<strong>La</strong> tarde caía y me encontraba somnoliento<br />
en el metro de la línea uno.<br />
Regresaba del trabajo, o eso creo.<br />
Esos recuerdos aún me resultan borrosos<br />
por tanto sueño y cansancio. Cuando<br />
me di cuenta, estaba en la rotonda<br />
de Insurgentes, en medio de la gente,<br />
en medio de una nada que absorbía mi<br />
vida, o lo que quedaba de ella.<br />
Volví a entrar a la estación, saqué una<br />
reluciente moneda de cinco pesos. Compré<br />
un boleto, lo metí en la máquina y<br />
estuve esperando al tren por poco más<br />
de media hora. Me puse en el extremo<br />
derecho de la plataforma. Un señor de<br />
traje rojo un poco desteñido se acercó y<br />
me preguntó la hora, lo ignoré haciéndome<br />
el dormido y me quedé inmóvil hasta<br />
que se fue. El tren llegaba. Mis ojos se<br />
abrían en señal de júbilo y cuando estaba<br />
frenando, una chica de vestido blanco<br />
bloqueó mi atención. Su cabello era largo<br />
y castaño, y su piel morena resaltaba<br />
el vestido y el hecho de que estaba descalza.<br />
Corrió como si quisiera lanzarse,<br />
como si quisiera pasar la línea de vida y<br />
entrar a la Necrópolis mexicana.<br />
Quería detenerla. Me estiré intentando<br />
agarrar su pequeña mano, pero estaba<br />
muy lejos y mis movimientos eran<br />
lentos y pesados. Estuve a punto de<br />
aferrar mi mano a la suya, pero tropecé<br />
con mi agujeta y caí, viendo como ella<br />
caía a las vías cuando el tren llegaba.<br />
Me puse de pie. Quería llorar, en serio,<br />
tenía tantas ganas de llorar, pero estaba<br />
tan dormido, tan cansado de todo,<br />
que solo cerré los ojos.<br />
Cuando los volví a abrir, aparecí donde<br />
estaba hace unos minutos de que la<br />
chica cayera a las vías. Estaba espantado.<br />
Volteé a los dos lados, a ver al señor<br />
que se volteaba en señal de descontento,<br />
esperando que esto fuera una muy<br />
buena y elaborada broma. No, no lo era.<br />
Me tranquilicé. Lo primero que hice fue<br />
amarrarme las agujetas. Cuando estaba<br />
terminando, alcé la vista y vi la pequeña<br />
mano de la chica. Me paré y corrí, pero<br />
fue muy tarde, ella saltó y murió.<br />
Volví a cerrar los ojos y aparecí unos<br />
minutos antes de que ella se suicidara.<br />
Esta vez me interpuse entre ella y<br />
las vías. Ella me empujó, nos tambaleamos<br />
y caímos a las vías muriendo.<br />
Volvía a abrir los ojos y aparecía en el<br />
mismo lugar. Seguí intentando una<br />
y otra y otra vez, de diferente y loca<br />
manera, hasta que llegué al punto de<br />
solo sentarme y ver cómo pasaba todo.<br />
Estaba en un bucle temporal, la peor<br />
tortura que alguien podría sufrir. Ver<br />
morir a alguien y repetirlo constantemente,<br />
hasta volver loco al individuo.<br />
Si pudiera, patentaría la idea, pero no,<br />
es imposible.<br />
Cuando me había resignado, decidí<br />
cambiar mi estrategia. Cerré los ojos,<br />
todo regresó en el tiempo, pasó el suicidio<br />
y me fui de ahí, intentando no<br />
pestañear. Subí las escaleras y estuve a<br />
punto de salir por las puertas giratorias<br />
de metal cuando me di cuenta que algo<br />
estaba mal. Que no podía dejar que alguien<br />
muriera y yo, teniendo el recurso<br />
para salvarla, no hacerlo. No había<br />
marcha atrás. O la salvaba o me tiraba<br />
con ella. Cerré los ojos y aparecí donde<br />
estaba hace unos minutos. Rápidamente<br />
me quité los zapatos, dejé mi<br />
morral junto a un pilar, junto con mis<br />
zapatos, y me preparé para agarrarla<br />
antes de que ella cayera. Estaba nervioso,<br />
sumamente nervioso, pero ya no<br />
tenía sueño, eso era lo bueno. Entonces,<br />
como la primera vez, ella apareció.<br />
Corrí. Salté incluso. Agarré su pequeña<br />
mano, la jalé y la abracé. El tren pasó<br />
75
de largo la estación y esos minutos en<br />
que ella y yo nos miramos, Ella estaba<br />
llorando, había cortado con su novio o<br />
la engañaron. No me acuerdo, no importaba.<br />
<strong>La</strong> había salvado de morir. Había<br />
salvado a alguien. <strong>La</strong> miré y pude<br />
ver sus ojos verdes cristalinos, como el<br />
jade. Sonreí y le sequé las lágrimas. <strong>La</strong><br />
volví a abrazar y volví a cerrar los ojos.<br />
Al abrirlos la vi frente a mí, sonriendo<br />
con lágrimas fugitivas del corazón<br />
en sus mejillas, inmóvil, inerte, como<br />
todo a nuestro alrededor. Me aparté de<br />
ella y pude ver al mismo señor de traje<br />
blanco, al que le había negado la hora,<br />
frente a mí.<br />
—Me fascina la humanidad, su simpleza,<br />
su debilidad hacia el poder, su<br />
impotencia, pero también su fuerza de<br />
voluntad.<br />
Me dio la espalda y solo volteó la<br />
cabeza.<br />
—Tienes la opción de seguirme o de<br />
quedarte aquí. Te ofrezco conocimiento<br />
y sabiduría, pero dolor al saber que<br />
tu vida no será la misma. También te<br />
puedes quedar con tu amada, veo un<br />
futuro de peleas y amoríos ajenos, pero<br />
amor no les faltará.<br />
En ese momento dudé, dudé como<br />
nunca antes lo había hecho, pero la<br />
respuesta era evidente. Caminé hacia<br />
ella y la abracé. Él sonrió y, cuando estuvo<br />
a punto de chasquear los dedos,<br />
lo interrumpí.<br />
—¿Quién eres?<br />
Se volteó y me dijo:<br />
—Soy un eterno moribundo. Una<br />
especie de Dios del tiempo y el espacio…—giró<br />
lentamente—. Eres el primero<br />
que elige el amor sobre el conocimiento.<br />
Qué interesante.<br />
Terminó y chasqueó los dedos. Solo<br />
logro recordar que todo se iluminó. Me<br />
aferré a ella.<br />
Abrí los ojos, de nuevo. Me encontraba<br />
en mi cama. Algunos rayos del<br />
sol se escabullían por las cortinas y la<br />
chica suicida estaba en el antiguo lado<br />
frío de la cama. Su nombre paseaba<br />
por mis labios, como si la conociera de<br />
toda la vida.<br />
—Lisa —pensé en voz alta y sonreí,<br />
entrelazando mi mano con la suya.<br />
76
77
QUÉ ES EL TEATRO<br />
LITERATURA<br />
Y ACCIÓN<br />
Por FLORES<br />
El teatro es palabra en movimiento, es<br />
katharsis del escándalo, esos morritos<br />
de fuego, ese toque de cadera, esa<br />
tragedia y comedia que toca el corazón<br />
del más serio. No hablo de la representación<br />
del teatro, sino de su escritura, de<br />
antes de su puesta en escena, del sueño<br />
del escritor. Porque ese es su sueño, dejar<br />
de pie al mundo, y se escribe para representar<br />
lo que no basta con dejarlo escrito.<br />
Para que el lector encuentre satisfacción<br />
78<br />
en sí mismo, no hace falta conocer bien<br />
al lector, hace falta que el lector conozca<br />
bien al personaje, y que arriba del escenario<br />
no lo desconozca por completo.<br />
Porque a veces sí que lo desconoce, pero<br />
tiene remedio, la imagen que se ha hecho<br />
de él está hecha para el pensamiento. Capaz<br />
de autosuperarse, de representar a su<br />
imposible, el actor, con su plasticidad, su<br />
preparación mental, su disposición al canto,<br />
«hace que a pesar de ser feo y débil por
naturaleza, crea y haga creer que es guapo<br />
y fuerte, de forma natural» (STANILA-<br />
VSKI, 1993: 25-27). Eso no solo se consigue<br />
con la preparación física y mental, sino<br />
también con las cuestiones del ambiente<br />
y decorado: si no hay «espacio icónico» en<br />
el «espacio de representación» (según la<br />
terminología de Barrientos), no conseguiremos<br />
ese efecto inmediato para que el<br />
lector no se lleve una desilusión (GARCÍA<br />
BARRIENTOS, 1991:33-42).<br />
Se trata de conmover al lector —o espectador—,<br />
que ha elegido la obra y que<br />
la obra lo ha elegido a él, para exprimir<br />
el zumo del lloro hasta el aplauso. Que<br />
hasta el cojo se levante a aplaudir, desde<br />
el libro, a una representación que verá<br />
sin duda, y que se leerá el que haya visto<br />
en vivo cómo el actor se ponía en situaciones<br />
límites. Porque lo que de rabia le<br />
dotó el don de la fealdad, de sabiduría<br />
a la adaptación lo supera. Da igual si es<br />
79
feo, flojo y torpe, mientras «esa persona<br />
que te imaginas, llegue a ser totalmente<br />
el personaje» (GROTOWSKI, 2009:63).<br />
Porque la mayor inversión que podemos<br />
hacer contra la desilusión, ha de ser en<br />
la preparación del actor. Un actor que<br />
trabaje a disgusto, no es un actor. El actor<br />
tiene que sentir que el papel que va a<br />
realizar, solo lo puede hacer que él y que<br />
en la medida en que el público abra su<br />
boca, ninguna interpretación sea igual<br />
que la de ayer. Que cada interpretación<br />
sea mejor, porque cada día es único y<br />
cada actor es irrepetible, así es como el<br />
teatro transforma el mundo, no solo en<br />
los libros, sino también en directo. Se trata<br />
de conquistar el corazón de muchos<br />
y estar en el lugar que queremos, en el<br />
lugar que nos quiere y llama hijos suyos.<br />
Se me dirá, no sin éxito, que el mundo<br />
de la literatura ha creado el mundo<br />
del espectáculo, y esa es la bien bautizada<br />
magia del aprendizaje. Porque<br />
aprender es un camino interminable,<br />
lleno de dudas y fracasos. Pero nos levantamos<br />
los pocos que vamos al teatro,<br />
para dirigir la mirada a nuestro actor<br />
idéntico y de nuestro actor idéntico<br />
a nosotros mismos. De tal modo que la<br />
cuarta pared es como un espejo en el<br />
que se refleja el espectador y también<br />
el actor. Pero lo importante es el lector,<br />
lo importante es que esa obra, tan bien<br />
trabajada por el escritor, deje algo en él<br />
y le transforme. Que deje su ignorancia<br />
en la silla y se lance al escenario para<br />
abrazarles. Es viendo en directo a los<br />
personajes, cuando el lector deja de<br />
ser lector y se convierte en actor. Porque<br />
siente la llamada de ser actor y<br />
aprecia la totalidad de las bien trabajadas<br />
razones, y si no va gente al teatro,<br />
80
acabarán por salir los actores a la calle.<br />
Porque también está el Teatro de calle,<br />
hay que acercar la boca al alimento y<br />
exprimir el zumo de la sabiduría. Para<br />
que pueda entrarles por el ojo de la<br />
envidia, incluso son capaces de representar<br />
la envidia, la forma en que a la<br />
ayuda corren los que quieren subir a<br />
besar a la actriz.<br />
Quisiera, para acabar, decir que el teatro<br />
está divorciado del dinero, pero la<br />
sola idea de representar imaginarios, es<br />
conmovedora. Volvamos a pensar que,<br />
en todos los sentidos, sigue habiendo<br />
quien aspira a ser grande y no está del<br />
todo mal el Teatro protesta que deja lugar<br />
a los puntos suspensivos… Yo solo<br />
hago de apuntador en este ensayo que<br />
reacciona mal ante el estímulo, porque<br />
no todos reaccionamos igual ante la<br />
indiferencia de los que pasan del arte.<br />
Pero aquí hemos venido a hablar de literatura,<br />
y lo peor que le puede pasar a un<br />
dramaturgo, es que no le representen su<br />
obra. Porque todos tenemos la ilusión<br />
sobrecogida de ver en el teatro Colón<br />
nuestra obra, y por grande que sea la<br />
toma de conciencia, siempre nos falta<br />
pista de aterrizaje.<br />
BIBLIOGRAFÍA:<br />
STANISLAVSKI, K., <strong>La</strong> construcción del<br />
personaje, 1993, Madrid, Ed. Alianza<br />
GARCÍA BARRIENTOS, J. L., Drama y<br />
tiempo: dramatología I, 1991, Madrid, Consejo<br />
Superior de Investigaciones Científicas.<br />
GROTOWSKI, J., Hacia un teatro pobre,<br />
2009, Madrid, Ed. Siglo XXI<br />
81
82<br />
EL DÍA<br />
QUE CONOCÍ<br />
A PEPE<br />
EL ESCARABAJO<br />
Por Adrián Osorno Hernández
Me despierto por la mañana, escucho<br />
las ráfagas de aire impactando<br />
a toda velocidad contra la<br />
ventana de mi hogar y no puedo evitar<br />
montar en mi coche y conducir hasta<br />
esa región del litoral gaditano que se<br />
emplaza a medio camino entre Costa<br />
Ballena y Punta Candor.<br />
Me encanta sentir la implacable fuerza<br />
del viento de levante intentando<br />
derribarme. Es una pasada ver como<br />
el viento deshace las olas antes de que<br />
lleguen a romper, levantando barricadas<br />
de espuma marina por encima de<br />
las rocas mientras la arena, disparada<br />
a toda velocidad, intenta erosionar mi<br />
piel y arrancármela de los huesos.<br />
Es un espectáculo impresionante,<br />
pero es mejor visualizarlo desde la seguridad<br />
de las dunas.<br />
En un día como este se desarrolló la<br />
historia que me dispongo a contar.<br />
Me encontraba al fondo de una vaguada,<br />
custodiado por sendas paredes de<br />
arena que me protegían del viento. Estaba<br />
enfrascado en la lectura de un libro<br />
de relatos perturbadores de Neil Geiman,<br />
una obra titulada Material sensible.<br />
Hice una pausa para extraer un cigarrillo<br />
liado por mí mismo y lo encendí<br />
con suma torpeza, utilizando mi mano<br />
abierta a modo de pantalla para bloquear<br />
el viento residual.<br />
Por el rabillo del ojo me percaté de<br />
la minúscula y oscura sombra que se<br />
aproximaba hacia mí. Era un escarabajo.<br />
Un hermoso lucánido cuyas prominentes<br />
mandíbulas le identificaban<br />
fácilmente como un individuo masculino<br />
de Lucanus barbarossa, especie<br />
endémica de esta región.<br />
El escarabajo descendió por la pendiente,<br />
dejando un rastro de sus diminutas<br />
pisadas sobre la arena. Se detuvo<br />
justo a mi lado, encarando directamente<br />
al sol. Parecía complacido. Extendió<br />
sus élitros y alas, las cuales eran mecidas<br />
por la débil turbulencia que producía<br />
el viento al ser refractado contra la<br />
cresta de la duna, y dejó su abdomen<br />
expuesto a la luz solar para calentarse.<br />
Inhalé una profunda calada de humo<br />
y alquitrán quemado, manteniéndola<br />
en mis pulmones un buen rato antes<br />
de exhalarla y ver como el viento arrastraba<br />
la turbia nube con suma destreza<br />
en dirección a Chipiona.<br />
—Disculpa, ¿me das una calada? —dijo<br />
una voz masculina.<br />
Eché la vista atrás en busca del origen<br />
de la voz, pero no encontré nada.<br />
—Aquí abajo —reclamó la voz.<br />
Llevé la vista en dirección al suelo,<br />
donde la cabeza del escarabajo me enfilaba<br />
como si estuviera mirándome.<br />
—Eso es.<br />
Me vi sumido en un hechizo de mutismo,<br />
quedando con la mirada congelada<br />
sobre el insecto que parecía<br />
hablarme.<br />
—¿Me das la calada entonces, o no?<br />
Le acerqué el cigarrillo con una expresión<br />
patidifusa y sin decir ni media palabra,<br />
colocando la boquilla del mismo<br />
entre las dos piezas que conformaban<br />
su recia mandíbula. Un pequeño rescoldo<br />
rojo se iluminó entre la ceniza gris<br />
mientras el escarabajo se hinchaba muy<br />
levemente. Luego expulsó por su boca<br />
un fino hilo de humo blanquecino, casi<br />
imperceptible, que enseguida fue dispersado<br />
por el viento sin dejar ni rastro de él.<br />
—Gracias, siempre quise probarlo —admitió<br />
el escarabajo—. <strong>La</strong> verdad es que<br />
no me ha gustado lo más mínimo.<br />
Asentí con la boca abierta en una gran<br />
«o» y llevé el brazo hacia mi espalda para<br />
apagar el cigarro contra la arena.<br />
83
— Puedes hablar si quieres —apuntó<br />
el escarabajo.<br />
Balbuceé algo, nada en concreto,<br />
solo una sarta de sílabas incongruentes.<br />
—Bueno, tampoco pasa nada. Prefiero<br />
esto a lo que le ocurrió a mi amigo Óscar.<br />
—¿Qué le pasó a tu amigo Óscar? —conseguí<br />
decir a duras penas.<br />
—Le preguntó la hora a un tipo, se<br />
asustó y lo pisó —explicó el escarabajo—.<br />
Por eso digo que no me importa<br />
que te quedes sin habla.<br />
—Vaya, lo siento por él.<br />
—¡Bah! Son cosas que pasan —dijo el<br />
escarabajo, quitándole hierro al asunto—.<br />
Cuando decidimos hablarle a las<br />
personas asumimos esa clase de riesgos.<br />
—¿Acostumbráis a hacer esto a menudo?<br />
—le pregunté.<br />
—En realidad no.<br />
—Ajam…<br />
—¿Cómo te llamas? —me interrogó.<br />
—Curro. ¿Y tú?<br />
—No serías capaz de pronunciar mi<br />
nombre —manifestó el escarabajo—. Ni<br />
siquiera podrías pensarlo sin que tu cerebro<br />
explote como una palomita. Pero<br />
puedes llamarme Pepe. Así es como me<br />
hago llamar cada vez que vengo a visitar<br />
estas tierras.<br />
—Pensé que vivías aquí.<br />
—¡Qué va! —exclamó con tono divertido—.<br />
Solo soy un turista.<br />
—¿De dónde vienes?<br />
—De muy lejos, Curro. Cada vez que<br />
vengo de turismo tengo que hacer un<br />
largo recorrido —declaró Pepe—. Pero<br />
merece la pena, me encanta pasar aquí<br />
mis vacaciones.<br />
—No tenía ni idea de que los escarabajos<br />
tuvierais vacaciones —le dije.<br />
—Me temo que hay muchas cosas que<br />
desconoces de los escarabajos —me contestó<br />
Pepe con tono misterioso.<br />
—¿Cómo qué? —pregunté con impaciencia,<br />
esperando sonsacarle más<br />
información.<br />
—A media noche estaré aquí mismo.<br />
Si de verdad quieres saber más, deberás<br />
presentarte a esa hora.<br />
Luego se despidió cortésmente y me<br />
dio la espalda para perderse entre el laberinto<br />
de juncales.<br />
Por supuesto acudí a la cita.<br />
84
Pepe me esperaba en punto exacto<br />
donde nos habíamos conocido la mañana<br />
anterior. Me pidió que lo subiera a mi<br />
hombro y desde allí, observando el horizonte<br />
como un vigía en la cofa de un barco,<br />
me guio a través de las dunas hasta<br />
que llegamos a una gran explanada donde<br />
se daban cita cientos de escarabajos.<br />
Escuché decenas de voces que se quejaban<br />
de mi presencia, las cuales aplacó<br />
Pepe asegurándoles que yo era de fiar.<br />
—¿Qué es esto? —le pregunté.<br />
—Es la plataforma de despegue —me<br />
desveló—. Todos nosotros somos turistas<br />
y ha llegado el momento de que<br />
volvamos a casa.<br />
—Pero no hay ningún vehículo para<br />
que os transporte.<br />
—No es necesario ningún vehículo, tú<br />
solo observa.<br />
Luego utilizó sus alas para revolotear<br />
hasta alcanzar el suelo y se perdió entre<br />
la marabunta de coleópteros. Todos<br />
se arrejuntaron en el centro del llano<br />
arenoso, amontonándose unos sobre<br />
otros hasta conformar un montículo de<br />
azabache viviente.<br />
—¡Adiós Curro! —exclamó la voz<br />
de Pepe desde algún punto indeterminado<br />
del galimatías compacto de<br />
escarabajos.<br />
Acto seguido descendió una luz del<br />
cielo e incidió directamente sobre los<br />
escarabajos.<br />
En ese mismo instante los insectos<br />
comenzaron a correr, dispersándose<br />
rápidamente entre las dunas sin decir<br />
ni una palabra.<br />
—¿Pepe? —pregunté, sin obtener respuesta<br />
alguna.<br />
Parecía que aquellos seres volvían a<br />
poseer la mente insulsa que acostumbraban<br />
a exhibir.<br />
Desde ese día he intentado hablar<br />
con cada escarabajo que se ha cruzado<br />
en mi camino, pero nunca me han<br />
devuelto la palabra. No sabría explicar<br />
qué sucedió allí. Desde luego si alguien<br />
me hubiera dicho que había tenido una<br />
conversación con un escarabajo, jamás<br />
lo hubiera creído.<br />
Por ello, desde ese día, abracé el agnosticismo<br />
más extremo y desde entonces<br />
puedo decir que no creo nada.<br />
85
86<br />
LAS<br />
CHICAS<br />
LEÓN<br />
Por Alberto Arecchi
Noche de luna nueva, en África.<br />
<strong>La</strong>s sombras se han apoderado<br />
de todo el mundo. En las noches<br />
como ésta, la tradición cree que los<br />
espíritus malignos pueden salir de la<br />
selva, para contaminar el mundo de los<br />
hombres.<br />
<strong>La</strong> aldea duerme en la oscuridad total.<br />
Sólo los ojos de los depredadores<br />
pueden distinguir las formas de las<br />
cosas, como si fueran gafas de visión<br />
nocturna. De vez en cuando, el grito<br />
desesperado o el chirrido de una víctima<br />
denuncian que un depredador se<br />
ha ganado su comida.<br />
Cuatro sombras furtivas pasan más<br />
allá de la valla de espinas, alrededor<br />
de los hogares, sin miedo por los fetiches<br />
que deberían proteger contra los<br />
malos espíritus. El perro que guarda la<br />
cabaña tiembla, alarmado. Apenas tiene<br />
tiempo de girar sobre sí mismo, pero<br />
no puede ni siquiera emitir un jadeo. Se<br />
ahoga en una regurgitación de sangre,<br />
la garganta cortada por largas garras<br />
afiladas. Pasos sigilosos se introducen a<br />
través de la puerta, ahora sin protección.<br />
En unos instantes, la tragedia ocurre. El<br />
olor sombrío de la muerte llena el aire<br />
de la pequeña habitación. Una capucha<br />
fría cobre el corazón del mundo, en el silencio.<br />
A partir de los árboles en el borde<br />
del claro, un búho emite su señuelo.<br />
<strong>La</strong>s sombras salen de la aldea, dejando<br />
huellas de sangre y signos de garras<br />
afiladas. No se mueven más como<br />
bestias salvajes. Su aspecto recuerda el<br />
pelaje de los gatos, las huellas son las<br />
de los depredadores, pero caminan en<br />
sólo dos piernas. Se agrupan y se van<br />
silenciosamente hacia la colina. En una<br />
terraza alta, que domina el pequeño<br />
pueblo de chozas, el grupo se detiene<br />
y se vuelve a mirar.<br />
Sólo entonces, las sombras misteriosas<br />
dejan sus pieles, las garras afiladas<br />
de acero que cubrían sus dedos, y se<br />
desatan en un alboroto salvaje. Parecen<br />
bestias salvajes, despeinadas, emitiendo<br />
unas risas gruesas, como las hienas,<br />
pero son chicas, de semblante humano.<br />
Los perros se despiertan, llenando el valle<br />
de cortezas, ahora inútiles.<br />
El sol que se levanta debería despejar<br />
los temores de la noche. <strong>La</strong> chica<br />
Abla se despierta como todas las mañanas,<br />
y sale de su choza, para ir al pozo<br />
a buscar agua. Ella descubre en la primera<br />
luz un largo rastro de sangre que<br />
va desde la valla de los vecinos hacía al<br />
límite de la selva. <strong>La</strong> niña echa a correr<br />
por el pueblo y despierta a la gente con<br />
fuertes gritos. Los hombres se arman y<br />
entran cautelosamente en el recinto de<br />
la sangre (como se llamará, a partir de<br />
ahora, la casa alcanzada por la maldición<br />
de los espíritus nocturnos). Ven al<br />
perro decapitado, encuentran a toda la<br />
familia masacrada mientras dormían:<br />
el cuerpo de Oxu, el guerrero más valioso<br />
de la tribu, se encuentra roto y<br />
desgarrado, junto con los de su esposa,<br />
de los padres ancianos y de sus dos<br />
hijos, en un lío obsceno de rojo oscuro,<br />
incluyendo moscas, mosquitos y cucarachas,<br />
atraídos por el olor de la sangre.<br />
El mundo estaba convencido de que<br />
África Negra ya no conservaba ningún secreto<br />
antiguo, y que no habría obstáculos<br />
al desarrollo, salvo los intereses económicos<br />
ocultos que alimentan las guerras<br />
modernas para el agua y la energía.<br />
En un país de África Central, apareció<br />
en un periódico la noticia de un juicio<br />
penal. Había un grupo de chicas, raptadas<br />
pequeñas en algunas aldeas rurales.<br />
Encerradas durante años en jaulas,<br />
fueran entrenadas para comportarse<br />
87
como carnívoros salvajes, comiendo<br />
sólo carne cruda y sangrienta, obligadas<br />
a capturar presas para su alimento.<br />
Una vez completado el entrenamiento<br />
salvaje, habían sido utilizadas para<br />
llevar a cabo asesinatos por encargo.<br />
Atacaban en grupo a las víctimas designadas,<br />
cubriéndose con pieles frescas,<br />
con un fuerte olor de animales<br />
salvajes, con garras afiladas de metal<br />
en las manos y los pies. Su acción no<br />
se distinguía de un ataque de fieras<br />
depredadoras, con la excepción de una<br />
característica típicamente humana: los<br />
animales, por su naturaleza, sólo matan<br />
para comer o para alimentar a sus<br />
crías. Sólo un animal enloquecido —o,<br />
por supuesto, el hombre— mata cuando<br />
sin sentir los apetitos del hambre.<br />
Durante mucho tiempo he soñado<br />
con ser perseguido por las mujeres–<br />
león o por sus dueños.<br />
Ayer por la tarde, en el parque, a unos<br />
pocos cientos de metros de mi casa, parece<br />
que una pantera gigante fue vista<br />
deambulando por el parque y la policía<br />
anda cazándola, incluso si no está demostrada<br />
la existencia del animal.<br />
Creo que yo sé, en mi corazón: los bateadores<br />
no encontrarán ningún gato... pero:<br />
¿Quién me creería si le dijera todas las pesadillas<br />
que sobreviven en mi memoria?<br />
88
89
90<br />
LA NAVIDAD<br />
2098<br />
DE KAREN<br />
Por Cyan Urón
Karen fue una de las últimas cristianas<br />
rancias de fin de siglo. Se<br />
lo debía en parte a la tradición<br />
generacional. Aquella y todas las navidades,<br />
precedentes y por venir, eran<br />
producto de su antiquísima doctrina.<br />
Lo presumía cuando la oportunidad se<br />
le presentaba; por la mañana, con Marí,<br />
la androide repartidora del restaurante<br />
de comida económica, por ejemplo.<br />
Eso era de lo poco que la hacía sentirse<br />
diferente a los demás. En lo general ella<br />
era bastante convencional; le gustaba<br />
salir con sus amigos, bailar, conectarse,<br />
conversar. Leía artículos históricos y<br />
poseía una modesta colección de biografías<br />
sobre personajes trascendentales<br />
para la humanidad.<br />
Habría que reconocer lo irónico de<br />
ese día, al encontrarse laborando en la<br />
celebración que por derecho casi hereditario<br />
le correspondía. Miró a los asistentes<br />
al banquete; todas muy finas<br />
personas de los distritos más prósperos,<br />
y algún que otro turista de distritos<br />
lejanos, de estados vecinos o en fraternidad<br />
con el nuestro. Karen se sentía<br />
camuflada en su elegante uniforme oscuro,<br />
con dos rectos tiznes carmín por<br />
cada mejilla, resaltando en su lácteo y<br />
fresco cutis, a la manera tribal que parecía<br />
estar perdiendo tristemente auge.<br />
Se preguntó si no se vería algo obsoleta.<br />
De fuera le llegaba el aroma a pólvora,<br />
por la pirotecnia. <strong>La</strong>s calles debían<br />
estar sumergidas en humo. Era insoportable<br />
para su sensible olfato. Miró la<br />
hora proyectada en su palma derecha.<br />
Los gemidos del interior se mezclaban<br />
con la algarabía de los invitados y los<br />
gritos eufóricos de fuera.<br />
Hoy sería la noche de la señorita, hoy<br />
conocería por primera vez lo que es...<br />
ella odiaba que le llamasen así; señorita.<br />
Eran casi de la misma edad, un par<br />
de años en desventaja apenas. Aún así,<br />
Karen todavía no experimentaba lo que<br />
la señorita... Freya (como la célebre líder<br />
del movimiento atavista, que causó<br />
tanto revuelo cuando niña) experimentaba<br />
ahora. Era virgen como la madre de<br />
Cristo redentor, para dejarlo pronto todo<br />
en un punto exacto. <strong>La</strong> pólvora era más<br />
arcaica que Jesús, leía que fue elaborada<br />
cuatro siglos atrás por los chinos como<br />
cura a la mortalidad. Alguien se acercó<br />
a la puerta, tomó el asa, Karen amablemente<br />
le explicó que la habitación estaba<br />
reservada. Los gemidos se habían debilitado,<br />
pero el golpeteo de los cuerpos<br />
blandos comenzaba a sobresalir. Karen<br />
creyó haber identificado el orgasmo de<br />
su jefa. <strong>La</strong> señorita tenía mucho vigor, y<br />
llevaba tiempo planeando este día, este<br />
preciso día; justo el día en que el hijo de<br />
nuestro señor Jesucristo vino al mundo.<br />
El intruso la miró con los ojos llenos de<br />
sorpresa, y Karen le sonrió a la vez que<br />
sujetaba el pomo con firmeza. <strong>La</strong> pólvora<br />
subsistiría por muchos siglos más, pero<br />
su vínculo con la inmortalidad estaba<br />
roto; Karen se sintió inquieta, le hacía un<br />
ruido terrible una tradición tan vacía.<br />
Suspiró. Dentro, la agitación había<br />
cesado. <strong>La</strong> gran actriz Freya Alexandrova<br />
había conseguido darse uno de los<br />
mayores placeres humanos y ahora<br />
reposaba en los brazos de su importador.<br />
Aquel macho, fan de esta hembra,<br />
había recorrido un largo y tedioso sendero<br />
burocrático para traerla aquí, era<br />
su última y más ambiciosa empresa;<br />
ambos habían jugado el mismo juego<br />
desde que se conocieron, acechándose,<br />
midiéndose y ahora finalmente<br />
atacándose. Freya Alexandrova era<br />
una mujer atractiva, de tez bronceada,<br />
con unos rasgos, gustos y costumbres<br />
91
meramente gitanas; así pues, uno de<br />
sus más altos pasatiempos era comprar<br />
y cubrirse de bisutería, puesto que,<br />
como alguna vez lo confesó a Karen,<br />
ella siempre quiso ser orfebre. Su alto<br />
sentido de emotividad la condujo por<br />
otro camino; a encarnar personajes, a<br />
lo que Karen muchas veces comparaba<br />
con su gusto por mirarse como uno de<br />
estos y narrar su existencia. De pronto<br />
pensó en su abuelo. Freya siempre se<br />
lo recordaba indirectamente; ambos<br />
detestaban este tipo de eventos, todo<br />
tipo de eventos, y eran harto sensibles<br />
al punto de llorar porque sí.<br />
El abuelo de Karen debía traer puesto<br />
encima el enorme cobertor afelpado,<br />
semejando un oso, sentado en su sillón,<br />
pensando a oscuras y frotándose las<br />
manos. <strong>La</strong> cara resplandeciente como<br />
luna por aquello de inocularse ADN de<br />
quién sabe qué animal abisal bioluminiscente<br />
cuando joven y deportista.<br />
Karen estaba preocupada porque era el<br />
último familiar que le quedaba. Cuando<br />
muriese regalaría al gato porque no<br />
soportaba la idea de convivir íntima y<br />
exclusivamente con uno. El importador<br />
salió un tanto apurado y sin mirarla. El<br />
abuelo se había desconectado del mundo<br />
tras la muerte de su hija, luego que<br />
la abuela falleció años más tarde, tuvo<br />
un cruento ataque, y despedazó todo<br />
recuerdo de ellas, para finalmente mu-<br />
92
darse a casa de Karen, quien asumió<br />
el papel de enfermera. Dormía mucho,<br />
lloraba mucho, e intentaba ayudar acomidiéndose<br />
de vez en cuando a preparar<br />
comidas vegetarianas como para no<br />
pensar en su destino. Estaba prohibido<br />
mencionar alguna alusión a eso frente<br />
a él. Los agentes de aseguradoras eran<br />
terroristas, sólo había que ver su expresión<br />
de pánico para darse cuenta.<br />
Karen miró la hora. Se había perdido<br />
en recuerdos. Echó un vistazo dentro. <strong>La</strong><br />
señorita Freya miraba estática boca arriba<br />
el techo verde, los dientes infantiles, redondeados,<br />
expuestos. <strong>La</strong>s sábanas manchadas<br />
de orina en el borde del colchón, y<br />
debajo, en el suelo, un charco de esta. Lo<br />
había encontrado, ese era el aroma sepultado<br />
en perfumes oceánicos y silvestres<br />
que Karen siempre confundía con el de<br />
la sopa de fideos. Y aquel, condensado y<br />
equino tufo, que despedía antes de pedir<br />
su primer trago del día. Se inclinó sobre<br />
el cadáver orinado. Apresurada fue despojando<br />
el cuerpo de alhajas; los anillos<br />
con piedritas brillantes formando pétalos,<br />
el collar frondoso con frutos de jade, las<br />
mariposas de alas diamantinas colgando<br />
del ombligo, el diamante en la nariz, se le<br />
montó y zafó con cuidado los pendientes<br />
con soles horadados, los dorados brazaletes<br />
y pulseras en muñecas y tobillos. En la<br />
vorágine no se percataba de lo cautivado<br />
que tenía a su muy selecto público.<br />
93
SOBRE LA<br />
ESCASA LECTURA<br />
EN MÉXICO<br />
Por Alexandro Arana Ontiveros<br />
Y<br />
entonces, así de improviso, le lanzaron<br />
directa y sin anestesia una pregunta<br />
más o menos así: «Señor Presidente:<br />
¿cuáles fueron los tres libros que<br />
han marcado su vida?». No voy a hacerlos<br />
perder su tiempo leyendo la respuesta<br />
que es de sobra conocida; además de<br />
que resultaría en un truco barato solo<br />
para ganarme su empatía lectora.<br />
En esos días, la mayoría de los mexicanos<br />
se llenaron la boca con toda cla-<br />
94<br />
se de burlas, chistes y sobrenombres<br />
para Peña Nieto. Y es que esa mayoría<br />
de mexicanos, no lectores de hueso<br />
colorado que prefieren la taravisión en<br />
lugar de un buen libro (aunque sea infantil),<br />
siempre callados ante las reprimendas<br />
a causa de su poca cultura, por<br />
fin podían jactarse, cansarse de llamar<br />
inculto y otras palabrotas a nuestro<br />
presidente en las redes sociales más<br />
populares a costa de la ignorancia aje-
na en lugar de la propia. En resumen:<br />
por primera vez se sentían verdaderos<br />
revolucionarios y no como parte del<br />
problema de la profunda ignorancia en<br />
la cual está sumida casi todo el país.<br />
Todavía hoy podemos encontrar decenas<br />
de los llamados «memes» que se carcajean<br />
de lo acontecido con bombo y platillo.<br />
Pero lo más interesante viene ahora:<br />
Han pasado varios años desde aquella<br />
vergüenza pública y los índices de<br />
lectura en México no han mejorado<br />
absolutamente nada. Es más, incluso<br />
siguen bajando aparatosamente.<br />
Hasta el día de ayer, se sigue dando<br />
más importancia a trabajar en lo<br />
que sea, antes que estudiar; los reality<br />
shows tienen cada vez más adeptos<br />
que las obras de teatro; y las revistas<br />
sensacionalistas venden más que cualquier<br />
libro de literatura no comercial.<br />
<strong>La</strong>s revoluciones actuales son más un<br />
95
#trendingtopic de redes sociales antes que<br />
una nueva toma de conciencia mental.<br />
¿En dónde quedaron las promesas<br />
de «yo sí voy a leer porque si no, cuando<br />
crezca voy a dar pena, nieto»? ¿Qué<br />
pasó con todo el odio anti-Televisa que<br />
se publicaba en Facebook diariamente<br />
o se decía a grito pelado por todos lados?<br />
¿No me digan que todo fue pura<br />
palabrería vacua como la de los políticos<br />
que tanto dijeron repudiar?<br />
Me gustaría saber quiénes fueron las<br />
miles de personas que aseguraron que<br />
ya no verían más esos canales televisivos<br />
de mierda que solo idiotizan a nuestra<br />
población porque justo el día de ayer, en<br />
el restaurante a donde entramos a cenar<br />
mi esposa y yo, estaban a todo lo que<br />
daban las taranovelas. ¡Y la mayoría de<br />
los comensales, idiotizados por ellas! Y<br />
aclaro que no era una fonda populachera<br />
o un puesto de tacos de perro. No, era<br />
ni más ni menos que un negocio de clase<br />
media alta tipo Sanborns o Toks, en donde<br />
los precios no permiten que entren los<br />
de bajo nivel económico todos los días.<br />
Precisamente a esos que, según dicen<br />
muchos pseudocultos de clase media<br />
que visitan este tipo de restaurantes, se<br />
la pasan viendo taranovelas porque no<br />
les alcanza la inteligencia (ni el bolsillo)<br />
para más.<br />
Es curioso: en plena actualidad de<br />
importantes revoluciones sociales, en<br />
México seguimos viendo más partidos<br />
de fútbol transmitidos por el Canal de<br />
las estrellas en comercios y restaurantes<br />
de cualquier nivel que programas<br />
culturales o de reflexión (y hasta en<br />
nuestras propias casas sucede algo por<br />
el estilo). Y mejor ni nos metemos con<br />
lecturas públicas o tertulias sociales<br />
porque, al menos en esta ciudad, de<br />
común, no ocurren.<br />
96
Y esto lo digo no por estar en contra<br />
de esa empresa televisora (que sí<br />
lo estoy), sino porque no veo que se<br />
cumplan por ningún lado las falsas<br />
prome-sas y las vacuas represalias que,<br />
según nuestro pueblo que «ya tiene los<br />
ojos bien abiertos y ya no se deja mangonear»,<br />
se hicieron por montones algún<br />
día de fanatismo antipolítico.<br />
Se los digo de una vez por todas:<br />
no creo que Peña Nieto vuelva a decir<br />
algo tan estúpido alrededor de la cultura<br />
como aquella vez que no supo decir<br />
esos tres libros que nunca leyó, así<br />
como tampoco creo que los no lectores<br />
(desgraciadamente, la mayoría en nuestro<br />
país) vuelvan a tener otra oportu-nidad<br />
tan brillante para burlarse de él sin<br />
que salgan embarrados. Por lo que mi<br />
sugerencia es que aprovechen mejor su<br />
tiempo que les quede libre (como dice<br />
la canción) y de ser posible, dedíquenlo<br />
a leer esos tres libros (como debería decir<br />
la misma canción) que hasta el día de<br />
hoy, no parece que hayan leído. Créanme,<br />
mexicanos, con tan solo tres libros<br />
por cabezota, mejoraríamos bastante.<br />
Y no lo digo únicamente por los resultados<br />
tan desastrosos que han tenido<br />
los últimos movimientos sociales<br />
en México (me parece que el gobierno<br />
de Peña Nieto continúa en el poder y<br />
reformando leyes a su entera conveniencia),<br />
sino por el nivel tan mediocre<br />
de conocimiento, conciencia social,<br />
cultura y política que se respira por todos<br />
los rincones de nuestro país 1 .<br />
1<br />
P.D. ¿Alguien ha visto a esos montones de jóvenes<br />
despiertos que ya no se dejan y que dicen que están<br />
por todos lados transformando nuestra realidad?<br />
¡Creo que se me perdieron miles de ellos y no puedo<br />
encontrarlos!<br />
97
98<br />
UN CASO<br />
DIFÍCIL<br />
Por Sorelestat Serna
<strong>La</strong> llovizna apagó la pipa, el calcetín<br />
empezaba a humedecerse por el<br />
agujero de mi zapato. Estaba haciéndole<br />
un favor al sargento Sánchez,<br />
estos trabajos gratis a la policía me tienen<br />
podrido —es mentira—, si me pagan,<br />
pero el pago se demora en llegar,<br />
gracias a la gran burocracia que existe<br />
y mis medias mojadas y agujereadas<br />
no pueden esperar.<br />
—¿Qué crees que paso? —dijo el<br />
sargento.<br />
—No tengo ni puta idea —contesté—<br />
ni siquiera me imagino quien pudo hacer<br />
esto.<br />
Era una imagen increíble la que observamos<br />
el sargento, Felipe y yo. Me<br />
trajo a la memoria el recuerdo de aquel<br />
ángel mujer, violado, con las alas rotas,<br />
muerta en la cárcel en donde yo trabajaba,<br />
pero esa historia no sé si algún<br />
día te la contaré mi querido escritor.<br />
Nos hallábamos en la avenida diecinueve<br />
a tres cuadras de la avenida<br />
principal, eran las once de la noche, la<br />
calle estaba vacía, hacía frío y junto a<br />
nosotros el cadáver de un ángel, era<br />
hermosa cómo los de su especie, su ala<br />
derecha estaba rota, su cuerpo había<br />
perdido su brillo, su rostro contra el<br />
piso, bañado en sangre. Vestía ropas<br />
nuestras, minifalda negra y corsé del<br />
mismo color, eso quería decir que llevaba<br />
tiempo viviendo entre nosotros.<br />
—Trata de encender mi pipa —dije a<br />
Felipe con enojo—, deja de intentar ver<br />
debajo de su falda, es suficiente con ver<br />
sus piernas desnudas, siempre me sentía<br />
incómodo con la belleza de un ángel<br />
o un vampiro. El sargento se encontraba<br />
tan asombrado cómo yo, quien haya<br />
sido, debe tener una fuerza sobrenatural,<br />
para poder romper sus alas.<br />
—Dame una pista.<br />
—No lo sé, sargento —le dije con pesimismo,<br />
no puedo entender que ocurrió<br />
para que ella terminara así.<br />
—Necesitamos averiguarlo, es un<br />
ángel, alguien preguntará por lo sucedido<br />
y eso me creara molestias. Si hubiera<br />
sido un vampiro, el asunto sería<br />
diferente.<br />
Que fácil olvida mi amigo, fue un<br />
vampiro, un ángel de alas negras, y una<br />
hechicera los que salvaron a Bogotá,<br />
en el momento del terremoto cuando<br />
aquel loco había sumido a la ciudad en<br />
el caos. No dije nada, muy pocas veces<br />
podía ver a mi amigo tan nervioso. Felipe<br />
al fin había logrado encender mi<br />
pipa, di una buena fumada y empecé<br />
a observar con detalle el escenario de<br />
dicho crimen, me sentía abrumado, jamás<br />
encontraríamos al que lo hizo.<br />
<strong>La</strong> lluvia había terminado, pero el<br />
frío se introducía por nuestras ropas<br />
húmedas. Empecé a dar unas vueltas<br />
alrededor del cuerpo, vi un zapato de<br />
tacón a diez pasos de la chica, estaba<br />
roto, fuera de eso no había nada extraño,<br />
ni una pista de su agresor o de<br />
lo que había sucedido, me fijé en la<br />
blancura de sus piernas, las plumas de<br />
sus alas empezaban a pegarse al suelo,<br />
mojado que albergaba su figura, esa figura<br />
que debió de ser un crimen para<br />
los normales.<br />
Hubo algo que llamó mi atención era<br />
un brillo junto a su rostro, lo había pasado<br />
por alto, pensé que era el reflejo<br />
del agua de aquel charco, era un trozo<br />
de lente que era tan grueso como el<br />
culo de una botella y lo vi allí escondido<br />
entre su pecho, una de sus patas<br />
salía de su top, amenazando como un<br />
insecto sobre ella, era la pata de una<br />
gafa, unas gafas redondas al estilo de<br />
John Lennon.<br />
99
Entonces me senté de culo sobre la<br />
acera mojada y empecé a reír, con tal<br />
intensidad que mis amigos me miraron<br />
asustados, al fin había encontrado la<br />
clave de todo. Después de quince minutos,<br />
logré calmarme.<br />
—¿Qué ocurre? —preguntó Felipe.<br />
—Todo por la maldita vanidad —contesté.<br />
—¿Cómo? No entiendo —dijo el<br />
sargento.<br />
<strong>La</strong>s mujeres celestiales son como las<br />
nuestras —dije levantándome. <strong>La</strong> mirada<br />
incrédula del sargento me divertía.<br />
—Hemos escuchado que los ojos de<br />
algunos ángeles son muy sensibles a la<br />
contaminación —continúe con mi explicación—,<br />
y por eso a veces usan gafas<br />
para protegerlos. Por algún motivo ella<br />
estaba ciega, pero por vanidad llevaba<br />
sus lentes en su escote, no vio que hacía<br />
falta un ladrillo en el andén, rompió su<br />
tacón, cayó contra el poste —mis oyentes<br />
miraron el poste destrozado—, debe<br />
haber caído de lado y con tal fuerza que<br />
se rompió su ala.<br />
Felipe y el sargento no creían mi<br />
explicación. Di una fuerte calada a mi<br />
pipa, a pesar de que estaba mojado y<br />
helado, volví a reír. Mientras esperábamos<br />
a la fiscalía, las alas del ángel habían<br />
desaparecido, solo quedaban un<br />
montón de plumas a su alrededor.<br />
100
101
102<br />
XIU,<br />
DE ÉPSILON<br />
CUATRO<br />
Por Guillermo Horacio Pegoraro
Polvo, rocas y piedras son desplazadas<br />
con ímpetu hacia los costados.<br />
<strong>La</strong> tierra queda calcinada y el<br />
manto arenoso vitrificado. Cuando la<br />
cortina caótica de vapores y cenizas se<br />
ha disipado, retorna el claro paisaje desértico,<br />
con un inesperado visitante en<br />
el suelo. <strong>La</strong> nave espacial ha efectuado<br />
un perfecto y sincronizado aterrizaje.<br />
<strong>La</strong> escotilla se abre y desciende su único<br />
ocupante. Sereno y pausado camina<br />
hacia el solitario inmueble en medio de<br />
la nada. <strong>La</strong> gasolinera le atrae. Se detiene<br />
en los surtidores. No son seres cibernéticos,<br />
solo máquinas para algún tipo<br />
de uso. Avanza hacia la cantina, donde<br />
encuentra a parroquianos compartiendo<br />
la tertulia. Lo observan con extrañeza, a<br />
pesar que por el lugar han pasado motoqueros,<br />
bandidos, hippies, insanos y<br />
rarezas humanas rayando lo bizarro.<br />
En el centro de la sala permanece inmóvil<br />
como maniquí. Aspecto humanoide,<br />
dos metros de altura, cabellos blancos<br />
hasta los hombros, ojos grandes y oscuros,<br />
nariz pequeña, cuerpo delgado y ceñido<br />
en traje espacial gris. No se distinguirse<br />
su sexo. Parece más bien, andrógino.<br />
Varios pasos y en un taburete de la<br />
barra se sienta. El cantinero no se inmuta.<br />
¿Qué se va a servir gringo?, le<br />
dice. El recién llegado inclina rostro hacia<br />
un costado en señal de ignorancia.<br />
Luego lleva dos dedos a la garganta del<br />
barman, y aspira digitalmente la clave<br />
idiomática, para luego transferirla, del<br />
mismo modo, en propias cuerdas vocales.<br />
Señalando a un borracho, que<br />
saborea un tequila, como si caviar se<br />
tratara; lo que toma el señor, responde.<br />
El primer sorbo lacera, pero los efectos<br />
se aprecian. Bebe sin parar, hasta<br />
vaciar la botella. Pide otra. Alguien se<br />
le acerca y le pregunta procedencia.<br />
Con el dedo índice señala el gran espejo<br />
a espaldas del mesero. El mismo se<br />
transforma en improvisada pantalla de<br />
plasma, en donde aparecen complicados<br />
mapas galácticos, y con un desganado<br />
«Por ahí» deja asentado, que no<br />
es de la tierra y que tampoco está de<br />
humor para profundizar el tema.<br />
Todos se despiertan de la modorra y observan<br />
por la ventana. El vehículo en que<br />
viaja no es camión ni nada que se le parezca.<br />
Dos salen corriendo, tres se sacan una<br />
selfie con el recién llegado, y otros cuatro<br />
dudan si vale la pena soltar el vaso.<br />
En cuestión de minutos, las redes<br />
sociales retransmiten las fotos sacadas<br />
en el sucio bar. <strong>La</strong> de la nave espacial,<br />
se hace viral. <strong>La</strong> del extraterrestre, recibe<br />
ocho millones de likes.<br />
<strong>La</strong> primera impresión de la gran aldea<br />
global fue la de fraude publicitario;<br />
pero cuando dos satélites militares<br />
americanos y uno chino, que se creía<br />
median el clima, confirman la presencia<br />
del visitante espacial, las alertas<br />
mundiales pasan de amarillo a naranja.<br />
Inmediatamente, sin diplomacia, el<br />
país del norte envió a sus especialistas.<br />
Cercaron la gasolinera y la declararon<br />
en cuarentena. El recién llegado y ocho<br />
lugareños quedaron encerrados.<br />
<strong>La</strong> confusión reina en el planeta. Los<br />
aeropuertos se clausuran, la red ferroviaria<br />
se cierra, los puertos no admiten<br />
partidas y las carreteras son fuertemente<br />
controladas. Los presidentes, todos<br />
millonarios, de todos los países, algunos<br />
ricos, otros pobres, se encierran en<br />
sus bunker privados. El Air Force One,<br />
circunda por algún ignoto espacio.<br />
Los diarios digitales del mundo titulan<br />
«No estamos solos». Y en el variopinto<br />
de idiomas, se opina, se es euforia,<br />
se teme, se duda, se trenzan conjeturas.<br />
103
<strong>La</strong> bolsas de valores del mundo caen<br />
en picada, lo alimentos imperecederos<br />
aumentan de precio, y comienza a notarse<br />
el desabastecimiento.<br />
Todos esperan, pero no hay voz oficial<br />
que aclare o que llame a la cordura.<br />
<strong>La</strong> tensión mundial aumenta. No hay<br />
peor situación que la falta de información;<br />
la mente queda libre para jugar<br />
con la fantasía de un apocalíptico final.<br />
Luego de miles de años sosteniendo<br />
el divino pacto narcisista, la curia mundial<br />
doblega su discurso para no perder<br />
adeptos, y en todo caso… incluir al extraño<br />
para sobrevivir.<br />
Desde la Plaza de San Pedro el pontífice<br />
sostiene que el Mesías era extraterrestre.<br />
Recuerda su origen divino, su virgen<br />
madre, sus poderes sobrehumanos, la<br />
clarividencia sobre su destino, la resurrección<br />
y su desaparición en la tumba.<br />
Sostiene y recuerda sus claves palabras<br />
en vida «Mi reino no es de este mundo».<br />
<strong>La</strong>nzada la estrategia, los otros cultos<br />
se acomodan. El judaísmo dice lo suyo.<br />
Hacen circular párrafos del Pentateuco,<br />
donde advierten que las visitas espaciales<br />
ya estaban registradas. Génesis Cap.<br />
5. Verso 6. «Sucedió que cuando los<br />
hombres se multiplicaron sobre la faz<br />
de la tierra y les nacieron hijas, al ver los<br />
hijos de Dios que las mujeres eran hermosas,<br />
bajaron del cielo y las tomaron<br />
por esposas». Por lo bajo, los rabinos<br />
planifican circuncidar al visitante, para<br />
ponerlo de su lado. Inmediatamente el<br />
Islán alzó su voz. Sostuvo que el Corán<br />
era claro al respecto: «Allah el Glorificado,<br />
dijo: Y yo he creado a los genios y a<br />
los hombres para que me adoren», por<br />
lo que el visitante era un «genio», más<br />
inteligente y avanzado científicamente<br />
que los hombres. Solo restaba marcarle<br />
el camino espiritual hacia la Meca.<br />
104
Pero décadas de publicidad negativa<br />
hacia los encuentros del tercer tipo, con<br />
Hollywood y sus estrellas haciendo mella,<br />
la humanidad comenzó a especular. El inconsciente<br />
colectivo sostuvo que la solitaria<br />
nave era una exploradora de la avanzada…<br />
que acabaría con la raza humana. El<br />
fin de los tiempos se propagaba boca en<br />
boca, el día del juicio final se anunciaba<br />
de ciudad en ciudad. Times Square apagó<br />
sus carteles. París dejó de brillar. En Buenos<br />
Aires nadie más bailó un tango. Los<br />
esposos confesaron sus adulterios, y sus<br />
mujeres… también. <strong>La</strong>s cárceles fueron<br />
abiertas y las escuelas cerradas.<br />
Los militares debatieron qué hacer.<br />
Sus mentes cerradas y obtusas solo eran<br />
usinas de paranoia. Entre matar al emisario<br />
y robarse sus avanzados secretos,<br />
a prepararse para una invasión intergaláctica…<br />
debieron optar. De igual forma,<br />
movilizaron sus ejércitos hacia las fronteras<br />
y alistaron el arsenal nuclear… por<br />
si acaso. <strong>La</strong> paz fría se terminó. Ningún<br />
país vio con buenos ojos los preparativos<br />
militares del otro. De naranja a roja<br />
pasó el color del alerta.<br />
Los aviones despegaron, los submarinos<br />
fijaron su blanco, los misiles se<br />
armaron y los tanques comenzaron a<br />
rodar. <strong>La</strong> tensión creció y creció hasta<br />
que el Armagedón se tornó inevitable.<br />
En un apartado y sucio bar de gasolinera,<br />
Xiu, de Épsilon Cuatro, sigue bebiendo<br />
tequila. Es la cuarta botella que desaparece<br />
en su garganta, y la quinta espera tranquila.<br />
Desde que llegó, nadie se interesó<br />
por sus motivos. A él le parece un lugar<br />
ideal para ahogar penas. Desde que Thiara<br />
Seis lo abandonara por otro par de brazos<br />
él sabe que alejarse y curar en solitario<br />
sus heridas es la mejor salida… y que mejor<br />
que este tranquilo y pacífico planeta,<br />
con pocas personas, amigables y serenas.<br />
105
106<br />
LA<br />
FÁBRICA<br />
Por Fátima Montiel Christlieb
Estaba harto. Ya no podía más. ¿Por<br />
qué todos se veían iguales? ¿Por<br />
qué todos vestían lo mismo? ¿Qué<br />
era ese lugar? Era como una ciudad<br />
bajo techo. Grandes maquinarias se extendían<br />
ante mí sin ningún orden, pero<br />
al mismo tiempo no podía imaginar un<br />
lugar más cuadrado y rígido.<br />
<strong>La</strong> gente, al verme, comenzaba a<br />
entrar en pánico, como si yo fuera una<br />
aberración o algo así.<br />
Ese sentimiento tan familiar, tan incómodo<br />
y conocido de que no encajaba,<br />
se hizo presente. Un mar de gente<br />
me levantó y me llevó hasta una enorme<br />
vitrina de más de cincuenta metros<br />
de largo y diez de alto. Sobre esa gran<br />
caja de vidrio había un letrero que decía:<br />
«Caja de reparación de individuos».<br />
Adentro no parecía haber nada, sólo un<br />
enorme abismo del que escapaba un<br />
eco denso y frío.<br />
No podía escapar de la multitud,<br />
como si algo me mantuviera pegado a<br />
ellos, allegado y completamente adherido.<br />
Sentía que no quería separármeles<br />
por alguna razón.<br />
Me arrojaron dentro de aquella vitrina.<br />
Contrario a lo que vi antes de caer<br />
ahí, el lugar tenía paredes blancas y estaba<br />
iluminado. Sentí alivio, pero aún<br />
había algo que no estaba bien.<br />
No estaba solo. Había muchas personas<br />
allí. <strong>La</strong> gran mayoría miraba hacia<br />
afuera con ojos de añoranza por aquel<br />
mundo exterior, y otros permanecían<br />
volteados hacia una de las paredes.<br />
—¿Dónde estamos? —pregunté lleno<br />
de miedo. Nadie respondió. Algunos voltearon<br />
a verme, pero al final terminaron<br />
regresando a su posición inicial. Era un<br />
entorno triste, lleno de almas olvidadas.<br />
Había un chico que llamó mi atención.<br />
Su cabello era rojo vivo, su ropa<br />
era colorida y estaba recostado, en vez<br />
de sentado; todo era diferente en él.<br />
No podía ser confundido, era completamente<br />
único en ese mundo gris.<br />
De repente empezó a sonar una alarma<br />
y un foco rojo intermitente se encendió<br />
sobre nuestras cabezas. Todos comenzaron<br />
a correr. Unos se pegaron a las<br />
paredes y otros se quedaron en el centro.<br />
No comprendía absolutamente nada.<br />
Justo cuando terminó de sonar la<br />
alarma, varias ventanas y puertas<br />
trampa se abrieron sin aviso y muchos<br />
fueron tragados o succionados por<br />
aquellos agujeros. Entonces, a través<br />
del vidrio de la vitrina logré ver funcionando<br />
las máquinas, de las que salían<br />
personas nuevas y exactamente iguales<br />
al resto. Reconocí a algunos de ellos,<br />
lo único que los diferenciaba del resto<br />
eran sus caras. Eran a los que habían<br />
absorbido las puertas y ventanas de la<br />
vitrina. No tenía sentido.<br />
«Individuos defectuosos detectados»,<br />
sonó una voz robótica dentro del gran<br />
cuarto.<br />
<strong>La</strong> paredes de la vitrina se volvieron<br />
rojas y una se abrió de un extremo,<br />
dando paso a otra que comenzó a moverse<br />
y a cerrar el espacio disponible<br />
dentro de la caja.<br />
Los que quedábamos intentamos alejarnos<br />
de la pared que venía tras nosotros,<br />
todos excepto el chico del cabello rojo,<br />
quien permaneció recostado sin siquiera<br />
preocuparse por evitar ser aplastado.<br />
El miedo se apoderó de mí. «Prefiero<br />
volver allá afuera que morir», pensé<br />
aterrorizado.<br />
Justo antes de que ser aplastado por<br />
la pared móvil, una puerta me succionó.<br />
En menos de un segundo me vi saliendo<br />
de una de las maquinarias de la<br />
fábrica. Mi ropa era como la de todos<br />
107
y me sentía entumido; como si hubiera<br />
una tela entre el mundo y yo, algo completamente<br />
irreal.<br />
Era mi oportunidad de escapar de<br />
aquella fábrica, pero mi cuerpo no me<br />
respondía. Ya no me pertenecía.<br />
Vi hacia el interior de la vitrina una<br />
vez más. El chico de cabello rojo seguía<br />
allí, junto con un par de chicos más. Entendí<br />
que todo había sido un engaño,<br />
nadie murió. Dejé que me llevaran de<br />
nuevo a la fábrica por miedo a algo que<br />
no pasaría.<br />
Mi cuerpo comenzó a moverse solo<br />
hacia donde se dirigía el resto de la<br />
gente en la fábrica. Al ir caminando,<br />
me vi en el reflejo de un vidrio; no podía<br />
reconocerme a pesar de saber que<br />
la persona en el reflejo era yo. Dentro<br />
de esa carcasa que formaba mi nueva<br />
imagen, ya no existía ni una pizca de<br />
mi verdadero ser. Había dejado que me<br />
cambiaran por temor a lo que me pasaría<br />
de hacer lo contrario. Dejé que me<br />
fabricaran a su manera.<br />
No pude evitar sentirme aplastado<br />
por el horror de ser controlado irremediablemente<br />
por los demás. Por más<br />
que intentaba controlar mi cuerpo, no<br />
funcionaba. Él me controlaba a mí.<br />
Entonces desperté. Todo había sido<br />
una pesadilla, pero aquel sentimiento<br />
de incomodidad y estrés no se alejaba<br />
de mí, como si siguiera allí dentro,<br />
como si mi cuerpo siguiera sin ser mío.<br />
Salí corriendo a la calle, y al ver a las<br />
personas caminando me sentí de vuelta<br />
en el sueño. Todos parecían ser controlados<br />
por lo mismo, el odio y el conformismo,<br />
excepto algunos pocos, ellos son<br />
quienes pertenecen a la vitrina; individuos<br />
que no pueden ser «reparados». Me<br />
di cuenta de que todos somos diferentes<br />
pero, al final, muchos terminamos siendo<br />
iguales a los otros por elección propia.<br />
Mi pesadilla había sido una enorme<br />
metáfora, que representaba mi verdadera<br />
vida. Me di cuenta de que jamás<br />
salí del sueño, porque vivo en él.<br />
Vivo en una fábrica de humanos.<br />
108
la <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong> es y siempre<br />
será gratis<br />
pero siempre nos viene bien una ayuda<br />
así que, si tienes la posibilidad, ayúdanos a seguir<br />
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109
110<br />
CASA DEL<br />
MIGRANTE<br />
Un reportaje<br />
de Gilberto Santos
<strong>La</strong> ciudad de Nuevo <strong>La</strong>redo, México.<br />
Recibe a cientos de migrantes. Cada<br />
uno tiene su historia conmovedora,<br />
pero desconocida para la población en<br />
general, quienes los ven como vagabundos<br />
o les pasan desapercibidos. Los<br />
migrantes habiendo afrontado peligros,<br />
en su inmensa mayoría tienen como<br />
destino EUA, nuestro país vecino del<br />
norte. Esta ciudad al ser la mayor aduana<br />
terrestre del país y por su posición<br />
geográfica desde hace algunos años se<br />
ha convertido en sitio de paso para personas<br />
que viajan al norte. Generalmente<br />
llegan a esta frontera sin posesiones,<br />
pensando que van de paso, con heridas<br />
que les dejó el camino, algunas difíciles<br />
de superar. Tantas penurias hacen desistir<br />
a algunos quienes se recuperan su<br />
salud y emprenden el regreso a su lugar<br />
de origen, otros siguen su meta siendo<br />
deportados en poco o mucho tiempo,<br />
otros prefieren quedarse en México subsistiendo<br />
de empleos informales, otros<br />
mueren ahogados en el río, perdidos en<br />
el desierto o asesinados.<br />
El Pastor Aarón, como se le conoce al<br />
Presidente y fundador de Casa del Migrante<br />
AMAR A.C., desde el 2009 se dedica<br />
a Hospedar, alimentar y ofrecer ayuda<br />
médica y legal. Hace 8 años decidió iniciar<br />
esta empresa, alentado por sus profundas<br />
convicciones cristianas que desde<br />
niño practica junto con su familia. <strong>La</strong> misericordia<br />
y la empatía mueven a muchas<br />
personas a colaborar con él de manera altruista<br />
y filantrópica. AMAR no sólo ofrece<br />
alojamiento y comida, sino también ofrece<br />
cursos y conferencias sobre problemas<br />
de adicción, alcoholismo, vida familia y<br />
ayuda psicológica para quienes han sufrido<br />
abuso y tortura en su camino. Cada<br />
tarde se ofrecen consultas médicas donde<br />
se atiende desde una gripe hasta continuidad<br />
en tratamientos crónicos. Básicamente<br />
a cada migrante que llega se le da<br />
hospedaje, lugar para bañarse, lugar para<br />
que lave ropa, se le provee de una muda<br />
de ropa, se le proporciona un teléfono<br />
para que se comunique con su familia y se<br />
guarda un registro.<br />
Historias tristes llenan la casa, asaltos,<br />
violaciones, enfermedad, hambre, separación<br />
y muerte. Pero en este refugio<br />
nacen historias alegres y esperanzadoras,<br />
nacimientos, bodas, reencuentros, conversiones,<br />
liberación de vicios, amistad<br />
y progreso. Mientras los habitantes de la<br />
ciudad son ajenos a todo esto, dentro de<br />
las paredes de la casa hay una gran carga<br />
de emociones, casi todas en silencio o liberadas<br />
de manera explosiva en los momentos<br />
de reflexión e introspectiva.<br />
Como retribución a la sociedad, AMAR<br />
lleva a los migrantes a hacer labores<br />
sociales como jardinería, construcción<br />
o limpieza, a escuelas, iglesias, casas<br />
particulares o donde sean solicitados.<br />
También, cada semana se trasladan a las<br />
colonias más necesitadas a compartir alimentos<br />
y ropa, de las donaciones que reciben.<br />
Al mismo tiempo, se realizan otros<br />
servicios como búsqueda de migrantes<br />
desaparecidos, de sus familias en EUA u<br />
otros países, servicio postal, bolsa de trabajo,<br />
alfabetización, cursos de nutrición,<br />
consejería familiar, atención psicológica<br />
y educación cristiana. Por cuarta ocasión<br />
también realizará «<strong>La</strong> tienda de la calle»<br />
(Street store) en una plaza del centro de<br />
la ciudad, para proveer de ropa, libros,<br />
calzado, cortes de pelo, asesoría legal,<br />
atención médica y odontontológica a los<br />
más necesitados<br />
Los colaboradores no tienen planes de<br />
detenerse en esta obra, «Mientras existan<br />
los necesitados seguiremos manifestando<br />
bondad».<br />
111
HISTORIA DE<br />
UN HONDUREÑO<br />
(Como le fue narrada<br />
a Aarón Méndez)<br />
Sebastián salió de su casa en la madrugada,<br />
de manera muy discreta para evitar un<br />
encuentro con las pandillas que lo acosaban<br />
en los últimos meses. A sus 29 años<br />
vivía con sus abuelos, siendo huérfano<br />
desde que tiene memoria, llevando una<br />
vida dura, por la pobreza.<br />
Caminando, evitando la frontera con<br />
El Salvador por las pandillas que asolan<br />
la región, no pudo evitar que en<br />
Guatemala le robaran sus pertenencias<br />
quedando con un poco de dinero que<br />
llevaba, mismo que tuvo que pagar<br />
para que lo cruzaran el río en lancha<br />
e ingresar a México. A pie, llegó con<br />
unos compañeros de viaje a Tenosique,<br />
Tabasco, donde afortunadamente le<br />
dieron alojamiento por una semana<br />
en una casa del migrante, dónde se recuperó<br />
de salud para proseguir su viaje.<br />
Después se trasladó hasta Palenque,<br />
Chiapas, donde comenzaron la travesía<br />
en el tren («<strong>La</strong> bestia») en el cual se<br />
viajaron arriba del tren, con una temperatura<br />
muy fría y con lluvia. Viajando<br />
en los vagones después llegó hasta<br />
Coatzacoalcos, Veracruz, a la casa del<br />
migrante. En el tren al pedirles la cuota<br />
de 100 dólares, al no pagar a cinco<br />
jóvenes con una señora los arrojaron<br />
del tren. Asustados al ver como se despedazaban<br />
las personas por las llantas<br />
del tren, desistieron por el momento.<br />
Después de pocos días, consiguió<br />
subirse al tren sin que le cobraran los<br />
pandilleros para llegar hasta Tierra<br />
Blanca, Veracruz y tuvo que salir rá-<br />
112
pido solo durando un día de la casa<br />
del migrante viajando de nuevo hasta<br />
Orizaba, Veracruz en duración de viaje<br />
doce horas. Tuvieron que abandonar<br />
esa ciudad, viéndose presionados por<br />
una persona de la «Mara Salvatrucha»<br />
quien les exigía dinero para continuar.<br />
Salió rumbo a la ciudad de México a<br />
una casa del migrante de Huehuetoca<br />
y tuvo que partir porque los guardias<br />
lo querían asaltar amenazándolo con<br />
pistola y pidiéndoles 300 dólares. Consiguió<br />
nuevos compañeros de viaje y<br />
partieron, teniendo que caminaron<br />
por diez horas para tomar de nuevo<br />
el tren y viajar a Celaya, Guanajuato.<br />
Duraron dos días en la orilla de las<br />
vías durmiendo entre unos matorrales.<br />
Luego salieron rumbo a San Luis Potosí<br />
luego a Saltillo donde duraron un día.<br />
Al llegar a Nuevo <strong>La</strong>redo fue secuestrado<br />
por una pandilla, la cual lo llevó<br />
a una casa donde los desnudaron y los<br />
ataron, inmovilizándolos. Estuvo en esa<br />
condición durante varios días, donde se<br />
les daba agua y comida una vez al día.<br />
Estuvo quince días en ese infierno escuchado<br />
súplicas de otros secuestrados y<br />
recibiendo palizas por no tener quien<br />
pagara el rescate. Un día lo llevaron a<br />
despoblado, donde lo navajearon y quedó<br />
tendido. Unas horas después uno de<br />
los secuestradores regresó y prometió<br />
ayudarlo si no decía nada a nadie. Lo<br />
trasladó abandonándolo a una cuadra<br />
de la Casa del Migrante AMAR, dónde<br />
se le brindó atención médica y de las<br />
demás necesidades. Estuvo dos semanas<br />
aproximadamente recuperándose,<br />
luego se entregó a Migración con el propósito<br />
que lo ayudaran a regresar a su<br />
casa. Dos meses de penoso viaje, que<br />
le dejaron cicatrices, experiencias y un<br />
nuevo amor por la vida.<br />
113
HISTORIA DE<br />
UN CUBANO<br />
(Como le fue narrada<br />
a Aarón Méndez)<br />
Julio y sus compañeros salieron de<br />
cuba con visa a Guyana. De allí contactó<br />
a un coyote para viajar a Venezuela<br />
en un viaje con dos días de duración<br />
en un barco pequeño. En Venezuela,<br />
por toda la ribera del río Orinoco, viajó<br />
para cruzar el río durante dos días y<br />
duró cuatro días de allí en Venezuela.<br />
Luego viajó también en carro hasta Colombia;<br />
algunas veces con pasajes de<br />
otras personas que le conseguían tratantes<br />
de personas, a veces en cajuelas.<br />
También en lancha y caminando por la<br />
selva, para entrar a Panamá de forma<br />
ilegal. Iniciando en un grupo de treinta<br />
personas, mismo que se fue reduciendo<br />
por cansancio, hambre o alguna enfermedad,<br />
caminando siempre mojado<br />
entre follaje y animales peligrosos y<br />
escondiéndose de las mafias de contrabando,<br />
de los guerrilleros y de los soldados.<br />
Después de ser abandonados<br />
por el guía y de dos días sin comer, sólo<br />
con la voluntad de sobrevivir llegaron<br />
a una comunidad indígena panameña,<br />
siendo auxiliados y hospedados. Continuaron<br />
el viaje un día después, donde<br />
militares trataron de extorsionarlos<br />
después de maltratarlos antes de entrar<br />
a Costa Rica.<br />
Contactaron a un traficante de personas<br />
de Costa Rica, quien los llevó<br />
entre selva y pantanos esquivando los<br />
retenes para llegar a Nicaragua, donde<br />
los asaltaron quitándoles todo lo<br />
que consideraron de valor. Llegaron<br />
a Honduras donde una pandilla los<br />
asaltó nuevamente, pero más adelante<br />
recibieron protección del gobierno<br />
hondureño quien les dio un permiso<br />
para continuar a Guatemala a donde<br />
entraron de forma ilegal, durmiendo<br />
en el monte para no ser visto por las<br />
autoridades y por las pandillas.<br />
Después de atravesar Guatemala<br />
cruzaron el río Suchiate en lancha,<br />
pero llegando a Tapachula los asaltó<br />
una pandilla llevándose secuestrados<br />
a algunos de ellos. Se presentaron al<br />
departamento de migración quienes<br />
les expidieron un permiso para viajar<br />
hasta Nuevo <strong>La</strong>redo, donde contactaron<br />
a la Casa del Migrante AMAR para<br />
recibir hospedaje y comida.<br />
Después de un viaje de aproximadamente<br />
cuatro meses y atravesar más<br />
de ocho países, el viaje no termina, la<br />
meta es obtener un status legal en USA,<br />
habiendo perdido lo que tenían y varios<br />
compañeros, ahora no hay marcha atrás,<br />
es necesario conseguir un nuevo hogar.<br />
114
LOS OTROS<br />
MIGRANTES<br />
Los que se quedan<br />
Darío nos recibió en el patio de su casa,<br />
quería donar unas camas que había<br />
desocupado desde hace tiempo. Dedicado<br />
a la compra y venta de autos usados,<br />
no deja de hablar por el celular de<br />
última generación mientras trae otro<br />
en el cinturón y un teléfono inalámbrico<br />
en la otra mano. Por conocerlo<br />
de hace tiempo sabemos que Darío es<br />
sólo un alias para que su nombre real,<br />
Darwin, no suene extranjero. Nunca<br />
habla de su lugar de origen, para él su<br />
vida es su negocio, su casa en las orillas<br />
del Río Bravo y su familia, esposa<br />
y dos niños. <strong>La</strong>s cicatrices que tiene en<br />
un brazo y en la cara seguramente tendrían<br />
historias que contar, pero él sólo<br />
dice que llegó a Nuevo <strong>La</strong>redo porque<br />
«tuvo problemas con la ley» y su gusto<br />
por las pupusas, así como el hecho de<br />
que a veces se refiere a la cerveza como<br />
«pisco» y en lugar de pesos dice lempiras,<br />
lo delatan, pero no decimos nada.<br />
«Pues así es», dice cuando finaliza su<br />
llamada, «hay muchos que no se dan<br />
cuenta de lo que tienen. Aquí se puede<br />
hacer dinero, pero hay que trabajar. Mírame,<br />
yo no tengo ni acta de nacimiento<br />
y mira lo que tengo. En cambio muchos<br />
que hasta tienen estudios no se dan<br />
cuenta que esta ciudad da para todos».<br />
En otras ocasiones ha contado como<br />
empezó como chofer de un dueño de<br />
«lote de carros», hasta que tuvo dinero<br />
para comprar algunos y venderlos en<br />
partes. «Llévense eso», dice señalando<br />
dos camas completas recargadas en la<br />
pared exterior de la casa. «Cuando tenga<br />
más cosas, les hablo».<br />
Constantemente dice que no le gusta<br />
ayudar a nadie, que cada quien debe<br />
trabajar para tener lo que quiera, pero<br />
de manera indiferente regala dinero y<br />
objetos para las personas pobres, principalmente<br />
migrantes. Tal vez recuerda<br />
su llegada a la ciudad, tal vez es su manera<br />
de mostrar gratitud a la vida que<br />
le ha dado tanto.<br />
También puedes<br />
apoyar a esta<br />
institución<br />
Ya sea realizando donaciones<br />
en especie o económicas,<br />
todas serán bien recibidas y<br />
administradas por los miembros<br />
de Casa del migrante AMAR A. C.<br />
Domicilio:<br />
Felipe Ángeles #814<br />
Col. Militar. C.P. 88120<br />
Nuevo <strong>La</strong>redo, Tam. México.<br />
Teléfono:<br />
01 (867) 188 90 72<br />
Facebook:<br />
Casa.del.Migrante.Amar<br />
115
116<br />
CONOCE A<br />
LOS AUTORES<br />
QUE COMPONEN<br />
ESTE NÚMERO
Maximiano Revilla Vega<br />
Nació en Tabanera de Valdavia, el 21 de<br />
Diciembre de 1962. Reside en Madrid.<br />
Estudios de Teoría y Creación Poética<br />
con los premios Magón de Poesía en<br />
Costa Rica, <strong>La</strong>ureano Alban y Julieta Dobles.<br />
UNED. Grado en Lengua y literatura<br />
Española. Miembro activo del Grupo<br />
Aranjuez de Poesía Trascendentalista.<br />
Su basta obra narrativa ha sido publicada<br />
pro Ediciones Vitruvio, mientras que<br />
su obra poética se encuentra disponible<br />
en Amazon.<br />
Alberto Arecchi<br />
Arquitecto italiano, presidente de la Asociación<br />
Cultural Liutprand, de Pavía, que<br />
pública estudios sobre la historia y las<br />
tradiciones locales. (www.liutprand.it) Autor<br />
de publicaciones y libros obre el património<br />
histórico y la história de su ciudad,<br />
otros asuntos de arquitectura, tecnologías<br />
para el desarrollo; escribe cuentos<br />
breves y poemas en diversos diferentes<br />
idiomas, ganando galardones y reconocimientos<br />
en concursos literarios en Italia,<br />
España, América <strong>La</strong>tina.<br />
117
FLORES<br />
Donís Albert Egea, Técnico superior informático,<br />
además ayuda a su padre en<br />
el trabajo. Escribe desde hace 17 años y<br />
ha obtenido galardones literarios como<br />
3º puesto en el X EPLA de narrativa 2001,<br />
accesit en el Katharsis de poesía 2009, finalista<br />
en el Limaclara de ensayo 2014, finalista<br />
en el Premio UNIR de ensayo 2015<br />
o aparecido en cantidad de antologías de<br />
poesía, cuento y microrrelato. Actualmente<br />
termina la carrera de Grado en Estudios<br />
Hispánicos en la Universidad de Valencia.<br />
Paola Tena Ronquillo<br />
(1980, México). Pediatra de profesión, escritora<br />
por afición. Ha participado como<br />
ponente en sesiones dedicadas a la lectura<br />
y ha impartido talleres de escritura<br />
creativa. Ha publicado algunos de sus<br />
microcuentos en antologías del género.<br />
Nombramiento especial en el concurso<br />
de microcuentos de la FILBo 2015. Publicada<br />
en varias revistas digitales dedicadas<br />
a la microficción, como Cuentos para el<br />
Andén, Microfilias y Brevilla. Participa activamente<br />
en redes sociales.<br />
118<br />
Guillermo Horacio Pegoraro<br />
Licenciado en Comunicación Social,<br />
por la Facultad de Derecho y Ciencias<br />
Sociales de Universidad Nacional de<br />
Córdoba, Argentina; y licenciado en<br />
Psicología por la Facultad de Psicología<br />
de la Universidad Nacional de Córdoba.<br />
José Luis Najenson<br />
Escritor y poeta. Es Doctor en Filosofía<br />
(D.Phil.) por la Universidad de Cambridge,<br />
1980. Miembro Correspondiente en Israel<br />
de la ANLE (Academia Norteamericana de<br />
la Lengua Española, desde 2000). Ha obtenido<br />
varios premios literarios y publicado<br />
libros de cuento, poesía y novela; entre<br />
ellos: Tiempo de arrojar piedras: cuentos<br />
de ficción política y religiosa; Cultura nacional,<br />
cultura subalterna; Memorias de<br />
un erotómano; Diario de un Voyeur; Periplo<br />
Judeo-Andaluz; El suspiro del moro.
Esther Domínguez Soto<br />
Es profesora de inglés. Vive y trabaja<br />
en Pontevedra, España. Gusta de leer,<br />
escribir, viajar, charlar y tomar café con<br />
las amigas; además de las plantas y el<br />
chocolate.<br />
José Luis Torres<br />
(Ciudad de México, 1953), estudió Periodismo<br />
y Comunicación Colectiva en la<br />
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales<br />
(UNAM), maestrías en Comunicación<br />
Organizacional (CADEC) e Historia del<br />
Pensamiento (UP), además de varios diplomados.<br />
Promotor de la lectura, editor<br />
de cuentos, novela y memorias. Ha publicado<br />
la novela El Colapso los cuentos, los<br />
cuentos Di todo lo que sepas, así como<br />
otras historias. Durante más de tres décadas<br />
laboró en la industria televisiva.<br />
Fátima Montiel Christlieb<br />
Estudiante de bachillerato con 15 años de<br />
edad. Radica en la ciudad de México. Tiene<br />
una hermana mayor y sus dos padres<br />
son músicos, por lo que ha estado en el<br />
ámbito del arte desde que nació. Comenzó<br />
a estudiar violín a los cinco años y estudió<br />
en la Facultad de Música de la UNAM<br />
durante seis años. A pesar de todo ese<br />
tiempo de estudio entendió que la música<br />
no era para ella, pero escribir es algo que<br />
ama hacer desde los siete años y sabe que<br />
quiere seguir haciéndolo.<br />
Raul Reyes Aguilar<br />
Nacido en la Ciudad de México. Egresado<br />
de la carrera de Lengua y Literaturas<br />
Hispánicas, y Maestro en Letras <strong>La</strong>tinoamericanas,<br />
ambas por la UNAM.<br />
119
G. Farell<br />
Vive con su padre, ya que sus padres se<br />
divorciaron. Asistió al colegio Suizo de México<br />
por mas de diez años, aprendiendo<br />
alemán e ingles. En la secundaria cambió<br />
de escuela y sigue en ella. Cursa el sexto<br />
semestre de preparatoria, a punto de entrar<br />
a la universidad. Sus años de prepa<br />
fueron los que lo marcaron y en donde<br />
decidió volverse escritor. Ha escrito diez<br />
cuentos tratando de tener un personaje<br />
en común: la Ciudad de México; donde nació<br />
y ha vivido sus cortos diecinueve años.<br />
Hina Finck<br />
Profesora, pedagoga y terapeuta de Educación<br />
Especial. Entrenadora de natación<br />
a nivel nacional de Olimpiadas Especiales.<br />
No posee carrera literaria cursada en<br />
algún plantel educativo ni universidad;<br />
es autodidacta. Desde hace cinco años<br />
comenzó a escribir y a enviar sus creaciones<br />
a los diferentes certámenes. <strong>La</strong>s obras<br />
ya publicadas son 87. Tiene en mi haber:<br />
cuento, novela, axioma, poesía, ensayo,<br />
teatro para títeres y hasta los libros de texto<br />
con los cuales imparte clases y terapias.<br />
Diana Ruiz<br />
Nació con un lápiz en su mano y un<br />
irremediable gusto por la lectura y la<br />
escritura lo cual la hizo proponerse ser<br />
escritora. Su primer premio fue un cheque<br />
de regalo de una librería. Colabora<br />
en diferentes revistas literarias y culturales,<br />
periódicos, algún que otro blog<br />
de su autoría mostrando retazos de<br />
historias que pululaban por su mente,<br />
escribir, escribir, escribir... y mientras,<br />
consiguió hacer un par de novelas que<br />
ya están en el mercado literario.<br />
120<br />
Adrián Osorno Hernández<br />
Escritor novel, oriundo de la ciudad<br />
de Sevilla. Amante incondicional de la<br />
ciencia ficción, la fantasía, el terror y<br />
el humor negro, géneros que intenta<br />
plasmar siempre en sus relatos. Ha publicado<br />
Microrrelatos el Bunker Z (Colaboración<br />
en antología) y Microrrelatos<br />
eróticos II, Divertisex (Colaboración en<br />
antología).
Cyan Urón<br />
Uriel López Delgadillo (Jalisco, 1988).<br />
Abandonó la licenciatura de Letras Hispánicas,<br />
de la UDG, tras convertirse en fósil<br />
y no lograr darle la prioridad que demandaba.<br />
Ganó un concurso de poesía en<br />
este centro universitario y publicó en dos<br />
de sus revistas, Númen N°8 y <strong>La</strong> Cigarra<br />
N°0. Se dedica a hacer figuras de barro y<br />
de papel, y a escribir; traduce una novela<br />
de ciencia ficción y escribe una novela de<br />
ciencia ficción, y lleva años realizando un<br />
bestiario también en ese género.<br />
Circe<br />
Ana Fructuoso Ros, nacida en Yecla, Provincia<br />
de Murcia, España el 8 del 9 de 1960.<br />
Licenciada en Filosofía por la Universidad<br />
de Murcia. En la actualidad trabaja en la<br />
Universidad de Murcia. Ha hecho su formación<br />
literaria en Talleres de Escritura.<br />
Lola López Mondejar. Biblioteca regional<br />
de Murcia. Hasta la fecha ha publicado:<br />
Desde el Columpio y otros relatos; Libros<br />
de relatos conjuntos con las editoriales<br />
ACEN y relatos en revista literaria Cuadernos<br />
del matemático.<br />
Jhovana Aguilar Jiménez<br />
(Jalisco, 2001). Resultó finalista en el<br />
Premio Literario Constanti 2016 convocado<br />
en España con su relato Dos<br />
fantasmas. Escribir y leer le llena y le<br />
complace.<br />
Nestor Quadrí<br />
El autor es de profesión ingeniero, docente<br />
universitario en Buenos Aires y<br />
autor de numerosos libros técnicos.<br />
Desde principios del año 2006, y luego<br />
de jubilarse, comenzó a escribir cuentos<br />
y poesías y participado en numerosos<br />
concursos literarios. Ha publicado<br />
los libros Cuentos sin nombres (2009),<br />
Inquietudes literarias (2011), <strong>La</strong> caja del<br />
tiempo (2013) Cuentos del Parque Avellaneda<br />
(2014) en Editorial Alsina. Buenos<br />
Aires. Argentina.<br />
121
Alexandro Arana Ontiveros<br />
Escritor mexicano que ha conseguido más<br />
de 230 reconocimientos en diferentes géneros<br />
literarios como cuento, poesía, prosa<br />
poética, microcuento, haiku, ensayo,<br />
guión y aforismos. Actualmente colabora<br />
en la comunidad literaria internacional<br />
Letras & Poesía y en la revista online Walskium<br />
magazine. Además, ha publicado<br />
dos cuentos cortos infantiles y 80 cuentos<br />
novelados juveniles. Tamambién realiza<br />
una investigación sobre el rol de los seres<br />
humanos en el Universo.<br />
Esteban R. Jiménez Bedoya<br />
Nació en Pereira (Risaralda) el 15 de<br />
febrero de 1988. Licenciado en Leguas<br />
Extranjeras de la Universidad Surcolombiana.<br />
Su texto “Ruta de las golondrinas<br />
de Capistrano” fue incluido en la<br />
Antología RELATA de cuento y poesía<br />
2013; obtuvo el segundo puesto en el<br />
XXIV Concurso Departamental de Minicuento<br />
“Rodrígo Díaz Castañeda” 2014<br />
(Palermo, Huila); finalista del Concurso<br />
de Relato Antonio Di Benedetto (Mendoza,<br />
Argentina) del año 2014.<br />
122<br />
Jorge Ortega Muñiz<br />
(1958 - 2017) Fue un narrador mexicano,<br />
autor de el volumen de cuentos, El<br />
hombre sin cara y otros relatos (1987),<br />
<strong>La</strong> ciudad feliz y otros relatos (2016); y<br />
una serie de ficción histórica, El dominio<br />
de las águilas (2016) y Submarinos<br />
para el Kaiser (2017). Con una serie de<br />
publicaciones póstumas para publicar.<br />
Manuel Rodriguez<br />
Nació en el valle del Alto Chicama<br />
región <strong>La</strong> Libertad Perú en junio de<br />
1951. Se identifica como AUTODIDACTA<br />
para contar sus experiencias vividas<br />
en los lugares por donde anduvo<br />
trabajando en el “Montaje de<br />
Empresas Industriales”, conviviendo<br />
en campamentos, junto a otros miles<br />
de trabajadores como él; es miembro<br />
virtual del Círculo <strong>La</strong>tinoamericano de<br />
Escritores (CLE) y administrador de la<br />
página Web
Sorelestat Serna<br />
Santiago Alberto Serna Caicedo, escritor<br />
bogotano. Egresado del TEUC, Taller<br />
de escritores de la universidad central<br />
dirigido por Isaías Peña. Ganador con el<br />
guión para historieta Suspiros de vida para<br />
Nahualli Comics. Primer puesto con El<br />
paso de la marabunta en el I Concurso de<br />
Poesía y Cuento Internauta Internacional,<br />
dirigido por el escritor venezolano <strong>La</strong>ab<br />
Akaakad. Ha publicado en su libro Suspiros<br />
de vida y otros escombros de Ambidiestro<br />
taller editorial.<br />
Ernesto Molina<br />
Ingeniero ambiental mexicano que<br />
se dedica principalmente a sistemas<br />
hidráulicos, es autor del blog Cerdo<br />
Venusiano y hace varias reseñas de videojuegos<br />
y equipos mecánicos para<br />
revistas especializadas. Su primera<br />
novela Los últimos contribuyentes consiste<br />
en un desesperado intento para<br />
salir de la rutina, hacerse el gracioso y<br />
conocer mujeres.<br />
Hugo Casarrubias<br />
Nació el 3 de Mayo de 1988, en Tlalnepantla<br />
de Baz, Estado de México. Desde<br />
pequeño incursionó en el mundo del<br />
terror a través de las películas. A la edad<br />
de dieciocho años, teniendo la idea y las<br />
bases de este cuento largo, se dedicó a<br />
escribir su primera novela, la cual terminó<br />
tres años después. Actualmente cuenta<br />
con tres libros publicados así como diversas<br />
participaciones en revistas literarias<br />
como Revista Nictofilia, Revista Letras y<br />
Demonios y revista Cruz Diablo.<br />
Juss Kadar<br />
Técnico de farmacia por profesión, su<br />
pasión siempre ha sido escribir cualquier<br />
historia, ya sea de intriga, amor,<br />
fantasía... Una escritora por impulso<br />
que se atreve con todos los géneros.<br />
Ganadora de varios premios literarios<br />
en el Instituto y uno concedido por el<br />
ayuntamiento en San Sebastián de los<br />
Reyes (Madrid) En 2012 iniciaba el blog<br />
“<strong>La</strong> muerte de los sueños”, donde como<br />
un diario contaría su lucha para convertirse<br />
en una escritora reconocida.<br />
123
SEGUNDA<br />
CONVOCATORIA DE<br />
ENSAYO Y RELATO «LA<br />
SIRENA VARADA, REVISTA<br />
LITERARIA BIMESTRAL»
«<strong>La</strong> <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong>, revista literaria bimestral», publicación física y digital<br />
mexicana en castellano, especializada en relato corto y ensayo convoca a todas<br />
aquellas personas que quieran colaborar con la publicación de textos en el segundo<br />
número de la revista y que no hayan sido seleccionados en la primera convocatoria.<br />
Todas las obras deberán ser originales e inéditas, y de acuerdo a las<br />
siguientes especificaciones:<br />
• Ensayo: <strong>La</strong> extensión deberá ser mínimo de 3000 caracteres (contando<br />
también los espacios) y máximo de 5000. Los trabajos deberán tratar el<br />
tema de la influencia de la lectura en la juventud.<br />
• Relato: En esta primera convocatoria se recibirán relatos que entren dentro<br />
del género del terror, ciencia ficción y policial. <strong>La</strong> extensión deberá ser mínimo<br />
de 4000 caracteres (contando también los espacios) y máximo de 6000.<br />
El plazo de recepción de trabajos terminará el viernes 30 de junio a las 23:59 horas<br />
UT-6:00 (CST)<br />
El formato de envío para los textos será en formato .txt .doc o .docx (no se tomará<br />
en cuenta cualquier otro formato) letra tamaño 12 e interlineado sencillo y, en el<br />
caso de los ensayos, notas al final del documento. El nombre del archivo deberá estar<br />
estructurado de la siguiente forma: TÍTULO_ApellidosNombre (del autor). Y deberán<br />
ser enviados con el asunto «Convocatoria la <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong>, revista literaria» a:<br />
contactoeditorial@editorialdreamers.com.mx<br />
Se seleccionarán cinco (5) ensayos y ocho (15) relatos, los cuales serán anunciados<br />
el día sábado 1° de julio. Sólo se mantendrá comunicación con los autores<br />
seleccionados.<br />
En el cuerpo del correo deberán incluir: Nombre completo del autor, seudónimo<br />
(si aplica), correo electrónico para contacto y una breve biografía de no más de<br />
300 palabras.<br />
En aras de mantener la equidad entre los participantes, no se tomará en cuenta<br />
la trayectoria del autor para publicar su obra, sólo se tomará en cuenta la calidad<br />
de la misma.<br />
Reiteramos, sólo se notificará a los seleccionados mediante correo electrónico su<br />
inclusión en la revista. No se informará en ningún caso sobre aspecto alguno del<br />
proceso de selección, y sólo se mantendrá contacto con aquellos autores cuyos<br />
textos sean elegidos.<br />
Al ser una publicación sin fines de lucro, no existirá premio en metálico. Sólo se<br />
entregará un reconocimiento a los autores seleccionados.<br />
Cualquier anomalía en esta convocatoria se resolverá conforme a las leyes mexicanas<br />
que correspondan.<br />
¡Esperamos su<br />
participación!
EXCELENTÍSIMO SEÑOR<br />
JORGE ORTEGA MUÑIZ<br />
FALLECIÓ EN VERACRUZ<br />
EL DÍA 16 DE MAYO DE 2017<br />
Todo el equipo de <strong>La</strong> <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong>, revista literaria<br />
bimestral, así como de Editorial Dreamers, nos<br />
unimos a la pena que embarga a su familia y les<br />
deseamos pronta resignación<br />
Dedicamos este primer número a su memoria
en nuestro siguiente número<br />
más cuentos, más ensayos,<br />
y todo el gran talento que los autores<br />
de habla hispana depositan<br />
en nuestras manos