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La sirena varada: Año 1, Número 1

El primer número de La sirena varada: Revista literaria bimestral.

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SOBRE<br />

· NOIR · CIENCIA FICCIÓN · TERROR ·<br />

<strong>La</strong> <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong><br />

R E V I S T A L I T E R A R I A<br />

es una publicación de<br />

EDITORIAL DREAMERS<br />

libros digitales, gratuitos y legales<br />

edición original: julio 2017<br />

reedición: julio 2018<br />

LA SIRENA VARADA: REVISTA LITERARIA BIMESTRAL<br />

<strong>Año</strong> 1, N°1, Junio-Julio de 2017 es una publicación<br />

bimestral editada por Digital Robotic Entity Assembled<br />

for Masterful Editing and Rational Sabotage S.A.S. de C. V.:<br />

Tlalnepantla de Baz, C.P. 54170, Estado de México, México.<br />

www.editorialdreamers.com<br />

Director y editor responsable: José Luis Vázquez<br />

Foto de portada: ddraw / Freepik<br />

Ilustraciones: The British Library’s collections<br />

<strong>La</strong>s opiniones expresadas por los autores no<br />

necesariamente reflejan la postura del editor, sin<br />

embargo, la editorial respalda todas las opiniones al<br />

aceptar su aparición en esta revista.<br />

Queda estrictamente prohibida la reproducción total o<br />

parcial de los contenidos e imágenes de la publicación<br />

sin previa autorización de Digital Robotic Entity<br />

Assembled for Masterful Editing and Rational Sabotage<br />

S.A.S. de C. V. o los respectivos autores.<br />

© 2017<br />

DIGITAL ROBOTIC ENTITY ASSEMBLED<br />

FOR MASTERFUL EDITING AND<br />

RATIONAL SABOTAGE S.A.S. DE C.V.<br />

todos los derechos reservados<br />

ESTE<br />

NÚMERO<br />

Me fue sumamente complicado<br />

escribir esta editorial, no porque<br />

no tuviera un tema en específico<br />

para escribir, al contrario, quería hablar<br />

de lo complicado que el negocio de la<br />

literatura se ha vuelto en los últimos<br />

tiempos, la fuerte competencia que<br />

existe en el mundo editorial así como<br />

las prácticas desleales que día a día<br />

tenemos que soportar todos aquellos<br />

quienes nos dedicamos a esto.<br />

Sin embargo, por mucho interés que<br />

pudieran generar esos temas, consideré<br />

más importante hablar, en esta<br />

primera editorial, de todas las alegrías<br />

que gracias a mi trabajo como editor he<br />

podido conocer.<br />

No es un secreto para nadie que la<br />

publicación de un libro es una de las<br />

empresas más difíciles para cualquier<br />

autor, ya no se diga para los autores nóveles;<br />

aún así eso no les impide querer<br />

alcanzar el sueño de poder tener en sus<br />

manos todas aquellas noches en vela,<br />

todas las fiestas familiares a las que tuvieron<br />

que faltar, las citas con sus respectivas<br />

parejas canceladas, y todo lo<br />

demás de lo que un autor tiene que privarse<br />

materializadas en tinta y papel.<br />

En todos estos años, que tampoco<br />

son tantos, he aprendido que la prioriodad<br />

de una buena cantidad de autores<br />

es que no se quede en el olvido<br />

todo aquello que han escrito; que los<br />

lectores disfruten sus obras de la mis-


ma forma que los autores disfrutaron<br />

al realizarlas. Podrá sonar a cliché y, de<br />

cierta forma, lo es pero ¿no es acaso el<br />

deseo de todo hombre que su trabajo<br />

se reconozca como es debido?<br />

Puedo atreverme a decir que tal vez<br />

la mayor alegría que cualquier editor<br />

pueda tener es la de ayudar a un autor<br />

a que se realice ese sueño. Por lo menos<br />

ese es mi caso, y es esa sensación<br />

de satisfacción y alegría la que me ayuda<br />

a levantarme todas las mañanas.<br />

Por esa razón nació esta revista; para<br />

brindar un espacio a todos aquellos autores<br />

que no quieren ser silenciados y<br />

que tienen mucho que decir. No importa<br />

si son muy jóvenes o si ya han recorrido<br />

un largo camino en el mundo de<br />

las letras, este espacio, en el cual se ha<br />

puesto sangre y corazón, es para todos.<br />

No puedo dejar de agradecer a todos<br />

los autores que participaron en<br />

la primera convocatoria, tanto a los<br />

que aparecen en este número, como a<br />

aquellos que no fueron seleccionados,<br />

pues gracias a ellos he aprendido que<br />

el arte, en específico la literatura, y<br />

todos los espacios similares a este no<br />

morirán nunca.<br />

Siempre habrá alguien que deseé<br />

compartir aquello que ama.


19<br />

DRÁCULA:<br />

30<br />

LAS FIGURAS<br />

DE REPETICIÓN<br />

CARLOS FUENTES Y<br />

JOSÉ EMILIO<br />

PACHECO<br />

EL SÍ<br />

DE LA<br />

EN<br />

NARRATIVA<br />

06 - SUPERHEROICO METROPOLITANO<br />

10 - ATRÁS DEL VIEJO SAGUÁN<br />

14 - LAS LLORONAS<br />

22 - EL GRAN FANTASMA<br />

24 - EMPEZAR UNA NUEVA VIDA<br />

28 - VIAJE A LA ISLA SIN NOMBRE<br />

34 - LA MUERTE DE FLORINDO GONZÁLEZ<br />

36 - LA PUJA GANADORA<br />

40 - VIDA DE CAMPO<br />

50 - EXTRAÑAS CRIATURAS<br />

54 - TIEMPO MUERTO<br />

58 - NOCHE DE BRUJAS<br />

66 - EL ÚNICO TESTIGO<br />

70 - BESTIA<br />

74 - LINEA DE VIDA<br />

82 - EL DÍA QUE CONOCÍ<br />

A PEPE EL ESCARABAJO<br />

86 - LAS CHICAS-LEÓN<br />

90 - LA NAVIDAD 2098 DE KAREN<br />

98 - UN CASO DIFÍCIL<br />

102 - XIU, DE ÉPSILON CUATRO<br />

106 - LA FÁBRICA


62<br />

NDROME<br />

PÁGINA<br />

BLANCO<br />

78<br />

QUÉ ES EL TEATRO<br />

LITERATURA Y<br />

ACCIÓN<br />

94<br />

SOBRE LA<br />

ESCASA LECTURA<br />

EN MÉXICO<br />

44<br />

108<br />

CRÓNICAS<br />

ANTROPOLÓGICAS<br />

PRESENTA:<br />

LA CANCION LITERARIA<br />

CASA DEL<br />

MIGRANTE


6<br />

SUPERHEROICO<br />

METROPOLITANO<br />

Por Ernesto Molina


Fragmento editorial del diario El sol<br />

tapatío:<br />

No quiero que los lectores me malinterpreten,<br />

¡amo esta ciudad! Pero de<br />

la misma manera que un padre amoroso<br />

corrige a su pequeño cuando se pone<br />

en peligro a sí mismo, es mi deber civil<br />

hacer obvio que nuestras fuerzas del<br />

orden se han visto obsoletas ante esta<br />

nueva ola de crímenes inspirados en la<br />

industria del cómic.<br />

Me pregunto si Hollywood con sus<br />

películas de Batman y los Vengadores<br />

a finales de la década del 2010 habría<br />

supuesto que las grandes ciudades se<br />

saturarían de peligrosos imitadores los<br />

cuales se han ido tropicalizando hasta<br />

generar un mythos urbano representado<br />

enfermizamente en nuestra ZMG<br />

por El Esperpento: este delincuente<br />

nocturno que atraviesa los tejados y<br />

alcantarillas de la ciudad vestido con<br />

una máscara negra de luchador y una<br />

katana a la espalda.<br />

Enrique lo reconoció justo al verlo.<br />

Habían pasado por lo menos siete<br />

años y solamente pudo ver su rostro<br />

dos veces: en el atraco a centro joyero<br />

y cuando se entregó después de lo<br />

de Secuaz-X, pero era el rostro que no<br />

puedes olvidar, el rostro de tu archienemigo,<br />

o mejor dicho de tu ex-archienemigo.<br />

Pensó en irse sin llamar su<br />

atención, ahora era presidente municipal,<br />

la prensa desacredita todos sus<br />

actos y un pepenador de Santa Tere no<br />

entra en la lista de buenas compañías.<br />

Por otro lado, ¿cuándo había sido la<br />

última vez que había hablado con alguien<br />

igual a él?<br />

—¡Sandoval! —gritó Enrique—. ¿Eres<br />

tú? —antes de levantar la vista el hombre<br />

verificó donde estaban sus respectivas<br />

bolsas de reciclados.<br />

—Disculpe, señor, ya me voy —se disculpó<br />

el vagabundo—. Solo déjeme llevarme<br />

las latas y me iré.<br />

—¿De qué estás hablando? ¡Soy Enrique<br />

Rivas! Yo era el Condor de fuego,<br />

peleamos un montón de veces cuando<br />

la crisis de los enmascarados.<br />

Como otro síntoma de la enfermedad<br />

que aqueja a nuestra ciudad, nuestros<br />

problemas se complementan con<br />

la aparición de El Condor de Fuego,<br />

un autonombrado archinémesis de El<br />

Esperpento, ronda a escondidas nuestra<br />

ciudad con un traje de bombero y<br />

un lanzallamas de fabricación casera,<br />

duermo cada noche con el miedo a tener<br />

que dedicar este espacio editorial a<br />

la catástrofe que aquel desequilibrado y<br />

su juguete infernal causarán de un momento<br />

a otro.<br />

—Yo no sé de qué habla usted —el<br />

presunto exenmascarado tomó sus bolsas<br />

y se alejó del trajeado—. Yo nunca<br />

supe nada del Condor de fuego, ni del<br />

Esperpento, ni de los Moxxys.<br />

—¡Te reconozco! —gritó Enrique—. Vi<br />

tu rostro cuando peleamos en el atraco<br />

al centro joyero, te había rociado la máscara<br />

con hexano líquido y Secuaz-X…<br />

—Su nombre era Sombra Plateada<br />

—Humberto Sandoval se había<br />

dado la vuelta y encaraba a su antiguo<br />

archinémesis.<br />

—Todos la conocíamos como Secuaz-X,<br />

¿qué importa eso ahora?<br />

Los guardaespaldas del presidente<br />

municipal se bajaron de la camioneta<br />

con intención de evitar que aquel pepenador<br />

se acercara más a su patrón.<br />

—Te diré lo que importa —Sandoval<br />

vio a los guardaespaldas y guardó su<br />

distancia. En una ciudad donde los policías<br />

podían dispararte por «argumento<br />

de apariencia» nadie dudaría que el<br />

7


pepenador exconvicto puso en riesgo<br />

al presidente municipal—. Ella era paramédico,<br />

estudió cuatro años para<br />

que dos semanas antes de que le dieran<br />

su diploma se autorizara la ley de<br />

reglamentos tradicionales.<br />

En una achacosa muestra de los otros<br />

males que aquejan a Guadalajara, comunidades<br />

que deberían haber sido<br />

eliminadas de cualquier burgo saludable<br />

como la LGBT y los inmigrantes<br />

chinos comienzan a tener sus propios<br />

enmascarados.<br />

Por ejemplo, las mujeres (que en mi<br />

humilde opinión debieron quedarse con<br />

sus hijos en la cocina) ahora se sienten<br />

representadas con Secuaz-X, una hembra<br />

a la que se le ha visto en ocasiones<br />

con El Esperpento, a pesar de que se autobautizó<br />

con otro nombre, la prensa le<br />

ha adoptado con su ya conocido mote,<br />

puesto que cualquiera con dos dedos<br />

de frente sabe que una mujer carece de<br />

cualquier elemento de iniciativa propia,<br />

así que podemos deducir que el hombre<br />

de la máscara negra ha arrastrado a alguna<br />

pareja o pariente a sus enfermos<br />

actos de bandidaje.<br />

—Conozco los reglamentos tradicionales<br />

—Enrique y Sandoval estaban<br />

sentados en una banca enfrente del<br />

OXXO, los guardaespaldas mantenían<br />

un flujo constante de Andattis y donas—.<br />

Desde mi trinchera estoy tratando<br />

de suprimirlos, es difícil cuando<br />

se hacen las cosas por el medio<br />

institucional.<br />

—Tu trinchera… Si los votantes hubieran<br />

descubierto por alguna razón<br />

que tú eras el Condor de fuego jamás te<br />

hubieran elegido.<br />

—En su momento votaron por la ley<br />

de reglamentos tradicionales.<br />

—Eran idiotas, y la mayoría lo siguen<br />

siendo —Sandoval se zampó una dona<br />

glaseada y se limpió la mano en el respaldo<br />

de la banca—. Qué la jodida crisis<br />

económica era consecuencia del comportamiento<br />

inmoral… ¡Idiotas!<br />

—Por el lado bueno la mayoría de los<br />

que dicen eso se están muriendo, aunque<br />

sea de viejos.<br />

—No lo suficientemente rápido. ¿Sabes?<br />

<strong>La</strong> primera vez qué Sombra Plateada<br />

me cosió fue a unas cuadras de aquí,<br />

en el estacionamiento del Kamilos 333.<br />

Ahora ni en los hospitales te cosen.<br />

—Deberiamos poner una placa allí.<br />

¿Y qué era de ti Secuaz… Digo, Sombra<br />

Plateada?<br />

—Nada, una mala noche me vio<br />

arrastrándome en el estacionamiento<br />

con una herida de veinte centímetros<br />

en la espalda y ella me cosió allí mismo,<br />

estaba celebrando el fin de curso.<br />

—Una paramédico de profesión —comentó<br />

Enrique mientras terminaba su<br />

café en vaso rellenable.<br />

—<strong>La</strong> cosa se salió de control con los<br />

Moxxys.<br />

—Y que lo digas, una vez me encontré<br />

a esos pendejos tratando de volar<br />

el expiatorio, yo me dirigía a un atraco<br />

de camión blindado pero me quedé a<br />

8


cargarme algunos, al día siguiente el<br />

sol tapatío dijo que yo era cómplice del<br />

ataque al templo.<br />

—Aquel día desaparecieron algunas<br />

reliquias.<br />

—Probablemente fueron saqueadores.<br />

Con la tasa actual de desempleo sobran<br />

en esta ciudad.<br />

Otros enmascarados que afortunadamente<br />

ya no rondan nuestras calles<br />

son los Moxxys, en una enferma parodia<br />

del Guasón estos travestis atacaron con<br />

explosivos numerosas iglesias y centros<br />

en pro de la familia natural. Afortunadamente<br />

después de un operativo en el<br />

templo expiatorio esta banda finalmente<br />

ha sido desmantelada.<br />

El presidente municipal era consciente<br />

de su agenda, pero no quería perder<br />

la oportunidad de hablar con aquel fragmento<br />

de su pasado.<br />

—Era patético, los policías estaban<br />

tan ocupados haciendo redadas en bares<br />

gay y librerías feministas, que un<br />

cretino con disfraz de rana asaltaba un<br />

banco por semana y jamás lo atraparon.<br />

—¿Cómo se llamaba el infeliz?<br />

—Capitán Batracio —ambos soltaron<br />

la carcajada.<br />

—¿Cómo fue qué terminó todo esto?<br />

—Enrique se levantó, había una junta<br />

con la cámara de comercio en veinte<br />

minutos—. Yo me divertía de lo lindo.<br />

—Sombra Plateada… Su nombre<br />

real era <strong>La</strong>ura Sánchez, estaba embarazada…<br />

Su novio saboteó el Jetpack<br />

para hacerla estallar.<br />

—<strong>La</strong> ley de reglamentos tradicionales<br />

los hubiera obligado a casarse —Enrique<br />

se había quedado en la puerta de<br />

su camioneta.<br />

—Busqué al infeliz, lo rebané con la<br />

katana, después de eso me entregué a<br />

la policía y no he hecho nada bien desde<br />

entonces.<br />

—Es solo una mala racha, Humberto.<br />

Mira, voy a mandarte recoger, en mi casa<br />

te darás un baño y hay alguna ropa extra<br />

que te puede quedar. Todos lo hemos<br />

superado de una forma o de otra, solo<br />

necesitas una segunda oportunidad.<br />

—Maté a mucha gente, Enrique.<br />

—Y pagaste por tus crímenes. <strong>La</strong> mayoría<br />

eran Moxxys, esos maniacos querpian volar<br />

la ciudad. Te irá bien, la gente no te pide la<br />

carta de policía si estás usando traje.<br />

Sandoval miró a sus zapatos, no había<br />

tenido otros desde que salió de prisión.<br />

—Un traje es igual que una máscara,<br />

no me hace mejor persona.<br />

—Tampoco soy una buena persona, pagué<br />

mi campaña con lo del centro joyero.<br />

—¡Pues qué demonios! Me vendrá<br />

bien un baño y un cambio de ropa.<br />

No puedo dejar de insistir, mientras<br />

justicieros enmascarados como El Esperpento<br />

ronden las calles de nuestra<br />

amada ciudad, seguirán apareciendo<br />

criminales teatrales como el Condor de<br />

Fuego y la banda de los Moxxys. Sin importar<br />

los atracos y actos terroristas que<br />

este ente enmascarado haya prevenido,<br />

no habrá orden en nuestras calles hasta<br />

qué este vigilante se entregue.<br />

9


10<br />

ATRÁS DEL<br />

VIEJO ZAGUÁN<br />

Por Hina Finck


Sebastián era muy feo. Uno de sus<br />

ojos era danzante, bailador, no<br />

podía controlarlo; en realidad a<br />

mí, niña de siete años, me daba horror.<br />

Sebastián vendía plumeros, se la pasaba<br />

todo el día caminando calles y más<br />

calles: «Plumeros… plumeriiiiitos… plumeroootes…»<br />

gritaba su mercancía y al<br />

mes siguiente, volvía a pasar por mi calle.<br />

Eran plumeros con plumas de verdad,<br />

unos tenían pintadas las plumas<br />

de colores atractivos, otros nada más<br />

así, con el color auténtico que la naturaleza<br />

le había dado al pavo o a la gallina<br />

o quizás a la paloma.<br />

Cuando Sebastián terminaba su recorrido,<br />

por mi colonia, tocaba a mi<br />

puerta; yo miraba su vestimenta: Pantalón<br />

flojo, de mezclilla, con peto; una<br />

camisola a cuadros rojos; unos guantes<br />

de carnaza para poder cargar calles y<br />

calles aquellos pesados plumeros. Mirando<br />

su vestimenta disimulaba para<br />

no mirar su ojo bailador.<br />

—¿Está tu papá? —Sebastián me<br />

preguntaba.<br />

—Sí… y ya sabe usted que puede dejar<br />

sus plumeros atrás del zaguán. ¡Pásele!<br />

Sin atreverme a mirar aquel ojo bailante,<br />

porque era yo una niñita miedosa,<br />

lo dejaba pasar para que acomodara<br />

su mercancía y al día siguiente,<br />

tempranito, pasara por ella para que<br />

siguiera en sus caminares, gritando su<br />

mercancía, por otras colonias.<br />

Miré aquellos plumeros recargados<br />

en la esquina de la pared, atrás del viejo<br />

zaguán… quedé paralizada, tal parecía<br />

que esos enormes plumeros tuvieran<br />

ojos y también eran bailantes, imitadores<br />

del ojo izquierdo de Sebastián, su<br />

fabricante y vendedor. <strong>La</strong>s plumas eran<br />

de cuervos o quizá de algún otro pajarraco<br />

graznador, enorme. El olor de<br />

aquellas plumas era… nauseabundo.<br />

¿O eran plumas de pavo? eran de pavo<br />

las plumas de los plumeros grandotes<br />

esos que sacudían los techos, las lámparas<br />

puestas a colgar y los cuadros recargados,<br />

luciendo en paredes altas; eran de<br />

pavo porque tenían círculos de colores<br />

grises y negros, círculos que miraban…<br />

eran ojos renegridos que de miradas me<br />

saturaban; eran esas plumas que los pavos<br />

tienen en sus colas esponjadas.<br />

Se vinieron encima de mí todos los<br />

plumeros llenos de ojos bailantes…<br />

grité y… ya no grité… ya no pude gritar<br />

porque sí, eran ojos, eran pavorosos<br />

ojos saltones de una ave renegrida, redondos,<br />

brillantes, húmedos… me miraban<br />

con insistencia, yo no podía dejar<br />

de mirarlos. Los ojos lagrimeaban y me<br />

caían las gotas gordas en la cara, pegajosas<br />

lágrimas de ojos de ave desplumada…<br />

de todas las aves que habían<br />

muerto para que las cosas pudieran ser<br />

sacudidas, liberadas de los polvos de<br />

los tiempos; graznaban unas y piaban<br />

otras, y más cacareaban al son de los<br />

ojos bailantes que en mí se encimaban.<br />

Al principio grité, pero luego ya no, porque<br />

en mi garganta estaban muchas<br />

plumas, como de pollos muertos, las<br />

ánimas de los pollos ponían sus plumas<br />

en mi garganta, la saturaban con<br />

plumas de miedo, de pánico… por eso<br />

no gritaba porque los ojos me miraban<br />

lacrimosos pidiendo compasión.<br />

Todos los plumereros desplumaban<br />

a las aves, para que en las casas<br />

no hubiera polvo, para eso las aves se<br />

morían, metidas en agua caliente despidiendo<br />

olores nauseabundos.<br />

Toda pluma tiene ojos, cada pluma<br />

tiene como cien ojos y todos los tengo<br />

encima, llorando sobre mí, sus llantos<br />

engomados, pestilentes. Porque algu-<br />

11


nos plumeros se desplumaron, se desbarataron<br />

y las plumas revoloteando<br />

se metieron hasta mi garganta y no me<br />

dejan respirar; también se colocaron en<br />

mi nariz y sólo su olor entra en mí; el aire<br />

me queda lejos, no logro meterlo en mí.<br />

Fue ahí, detrás del viejo zaguán en<br />

donde todos los plumeros me arrinconaron<br />

y mirándome insistentemente se me<br />

echaron encima, me decían: «Somos las<br />

ánimas de los pájaros desplumados». De<br />

repente, sacaron sus picos, sacaron sus<br />

garras, me comenzaron a desgarrar. Mi<br />

garganta estaba seca, saturada con plumas<br />

tan secas como las hojas del otoño;<br />

poco a poco se me fue la respiración… a<br />

veces jalaba aire, un poquito, luego ya<br />

sólo un entrecortado respiro.<br />

Los plumeros tienen varas y con ellas<br />

me encerraron en este sarcófago en éste<br />

féretro con barras hechas de carrizos, pegamento<br />

y plumas. No pude salir de él<br />

porque mi cuerpo se desmayó, mi cuerpo<br />

ya desplomado en el piso se quedó. Ya<br />

no pude patear, ya no pude manotear.<br />

Dicen algunas gentes, que morí de<br />

miedo, porque el pánico transmuta la<br />

vida en muerte.<br />

12


YA DISPONIBLE<br />

ANTOLOGÍA<br />

mar crepuscular<br />

veinticuatro cuentos de terror, ciencia ficción y<br />

policíacos de grandes autores hispanoamericanos<br />

descárgala gratis<br />

en google books, Gandhí y porrúa<br />

13


14<br />

LAS<br />

LLORONAS<br />

Por José Luis Torres


<strong>La</strong> primera vez que vi una llorona fue<br />

un viernes. Era de noche. Fui con<br />

Chisco a buscar escarabajos al panteón<br />

que estaba junto al río. Mi abuelita<br />

decía que se roban a los niños desobedientes,<br />

pero lo hacía para espantarme.<br />

Con mi caja de zapatos bajo el brazo<br />

buscamos alimañas para venderlas<br />

a la hora del re-creo, pero sólo encontramos<br />

lombrices y una araña patona.<br />

Chisco me dijo que era mejor separarnos<br />

y él se fue por un lado y yo por el<br />

otro. Y en esas andábamos, cuando escuché<br />

unos lamentos.<br />

Sin hacer ruido caminé despacito por<br />

donde entierran a los niños. Ahí, junto<br />

a una tumba adornada con angelitos<br />

de yeso, se me apareció, la llorona. Ni<br />

siquiera me dio miedo. Te-nía pelo de<br />

niña, cuerpo de niña y cara de niña. Su<br />

vestido era blanco, con holanes y lis-tones,<br />

como los de primera comunión. De<br />

un lado estaba limpio, del otro tenía<br />

manchas de tierra y lodo.<br />

—¿Por qué lloras?<br />

—Tiré todas mis muñecas al río.<br />

—¿Por qué? —volví a preguntar y me<br />

quedé esperando la respuesta.<br />

Escuché los chiflidos de Chisco. <strong>La</strong><br />

niña no paraba de llorar y para no quedarme<br />

solo en el panteón empecé a dar<br />

pasos cortitos, caminando hacia atrás.<br />

Me daba lástima dejarla sola, llore y llore.<br />

Hacía frío, me levanté el cuello de la<br />

camisa y cuando se sentó en la orilla de<br />

una tumba y se abrazó las piernas, me<br />

eché a correr.<br />

Le conté a Chisco y cuando fuimos a<br />

verla, ya no estaba. Solamente se oía<br />

su llanto, pero apenitas, como si se hubiera<br />

ido muy lejos.<br />

<strong>Año</strong>s más tarde volví a encontrármela.<br />

Yo trabajaba en una funeraria capturando<br />

nombres en una computadora.<br />

Esa noche estaba aburrido y cansado,<br />

pero contento, porque después de cinco<br />

años me habían subido el salario,<br />

apenas una miseria, pero suficiente<br />

para abrir una cuenta de ahorros.<br />

Pensé en invitar a mis compañeros<br />

a compartir mi aumento, pero decidí<br />

ahorrarme al gasto y fui solo al café,<br />

acompañado de un libro que había<br />

comprado de oferta.<br />

No quería pasarme la vida trabajando<br />

y mientras me servían el café<br />

comencé a calcular el tiempo en que<br />

lograría reunir el capital necesario<br />

para retirarme. Escribí números y los<br />

multipliqué por un factor de interés<br />

compuesto, hasta que escuché unos<br />

sollozos que rompieron mi cavilación<br />

matemática. El llanto me resultó conocido.<br />

Una hermosa chica lloraba<br />

desconsoladamente.<br />

—¿Por qué lloras?<br />

—No me quiero casar, me gusta la<br />

danza.<br />

—¿Por qué? —volví a preguntar y me<br />

quedé esperando la respuesta.<br />

<strong>La</strong> chica estaba embarazada, pero<br />

supongo que no quería tener hijos, que<br />

su madre insistía en casarla y su padre<br />

soñaba con un par de nietos. Nunca<br />

dejó de llorar.<br />

Pagué la cuenta. Fui al sanitario y<br />

cuando regresé ya no estaba.<br />

Me hice viejo. Ascendí en la funeraria.<br />

Era una ciudad pequeña y todas las<br />

defunciones pasaban por mis manos.<br />

Cuando registré la muerte de Chisco, mi<br />

único amigo, me enteré que su madre<br />

murió durante el parto y fue enterrada en<br />

la fosa común. Chisco buscaba su tumba,<br />

simulando buscar escarabajos. Lloré.<br />

Con el paso de los años fui acumulando<br />

todos mis sueldos y me olvidé de<br />

gastarlos. Me bastaba una ligera comida,<br />

15


un café y un buen libro para pasar el día.<br />

Me fumaba un cigarro después de la comida<br />

y otro al terminar mis lecturas.<br />

<strong>La</strong>s tardes en el café y los domingos<br />

encerrado en mi cuarto eran mi mayor<br />

deleite. <strong>La</strong>s mujeres llegaban y se retiraban.<br />

Ninguna logró permanecer lo<br />

suficiente para extrañarla. Sin amigos,<br />

iba de la oficina a la casa y de la casa<br />

a la oficina.<br />

El café se hizo ruidoso e intolerable.<br />

Prefería vagar por los callejones en busca<br />

de silencios. Los anduve de un lado a<br />

otro, todas las noches, sin faltar una sola,<br />

de ida y vuelta, siempre la misma ruta.<br />

Animal de costumbres, amoldé las<br />

baldosas a mis pasos y mis pasos a los<br />

ecos de la noche, hasta que una noche<br />

alguien caminó detrás de mí, copiándome<br />

los pasos. Era la misma mujer de<br />

mi infancia y adolescencia.<br />

—¿Por qué lloras?<br />

—Estoy muy sola.<br />

—¿Por qué? —pregunté y me quedé<br />

esperando la respuesta.<br />

<strong>La</strong> socorrí y pasó la noche en un sillón<br />

de la casa. No era fácil posponer<br />

una lectura, pero era bueno tener con<br />

quien conversar.<br />

—Sólo voy a escuchar, lo que usted<br />

quiera contarme.<br />

Guardó silencio y sólo pude observarla.<br />

Parecía añosa. Era apenas una<br />

mujer madura, venida a menos. <strong>La</strong> reconocí,<br />

pese a las huellas de la miseria<br />

que deformaban su rostro. Temblaba.<br />

Busqué un abrigo que no usaba y cuando<br />

regresé el sillón estaba vacío. Cerré<br />

la ventana, aseguré la puerta, apagué<br />

la luz y volví a guardar el viejo abrigo.<br />

El día de mi jubilación compré una<br />

botella de vino, cigarros y un queso<br />

maduro. Celebré la culminación de<br />

mi proyecto, tal como lo había concebido<br />

y esa noche leí, bebí y fumé hasta<br />

quedar completamente satisfecho<br />

y ebrio.<br />

Por la mañana salí a leer los periódicos<br />

en el estanquillo de la esquina.<br />

Mi amigo me dejaba hojearlos con la<br />

condición de devolverlos sin arrugas ni<br />

hojas descompuestas. Leí el obituario y<br />

las esquelas que durante años yo mismo<br />

envié a los periódicos.<br />

Después fui al jardín a ver pasar la<br />

vida. En las tardes me encerraba con<br />

mis lecturas. Esa era mi vida. Cada día<br />

treinta acudía al banco a cobrar una<br />

16


pensión que se fue acumulan-do a los<br />

demás ahorros. Me hice rico con la fórmula<br />

de no gastar, invertir y reinvertir<br />

la casi totalidad de mis ingresos. El<br />

gerente me asesoraba y un día me convenció<br />

de com-prarme un auto y me cedió<br />

a su chofer, un viejo solitario, muy<br />

cuidadoso, con experiencia y pocas aspiraciones<br />

económicas. Lo contraté y<br />

por las noches dábamos largos paseos<br />

por las calles olvidadas.<br />

En vísperas de Navidad fuimos al Zócalo<br />

a ver la iluminación. Hacía frío y a<br />

pesar de la llovizna la gente transitaba<br />

sobre las banquetas y las calles. Le pedí<br />

al chofer que se estacionara y bajé a caminar.<br />

Pasé frente a Palacio Nacional y<br />

al llegar a la esquina de la Catedral, me<br />

encontré a una mujer.<br />

—¿Por qué llora?<br />

<strong>La</strong> invité a tomar una taza de café.<br />

—Mis hijos… —habló poco y apenas si<br />

probó un bocado.<br />

—Los abandoné. Los mayores se fueron…<br />

los chicos los regalé.<br />

—¿Por qué? —pregunté y me quedé<br />

esperando la respuesta.<br />

Fui a desahogar la dolorosa vejiga y<br />

cuando volví, ya había desaparecido.<br />

Una tarde, después de la siesta, mis<br />

piernas ya no respondieron. El chofer,<br />

cansado de esperarme con el auto limpio<br />

y el motor encendido, me encontró<br />

arrastrándome cerca de la puerta. Con<br />

ayuda de los vecinos me acomodó en el<br />

asiento trasero. Me colocó los cinturones<br />

de seguridad, cerró la puerta y preguntó:<br />

—¿A dónde lo llevo?<br />

Desde el segundo piso del periférico<br />

la ciudad se veía distinta. Los edificios<br />

se encendieron y los faros de los autos<br />

tiritaban de frío en los ríos de luces que<br />

iban y venían, cruzando la ciudad de<br />

un lado a otro.<br />

En las esquinas, los espectros de la<br />

noche lanzaban humo, pedían limosna<br />

o lavaban pa-rabrisas, antes de refugiarse<br />

en sus coladeras. Solamente la<br />

llorona seguía caminando en la oscuridad<br />

buscando niños perdidos.<br />

Mi abuelita tenía razón; desde aquella<br />

vez que me escapé al panteón a buscar<br />

escarabajos, no he dejado de escuchar<br />

voces de mujeres que lloran por sus hijos,<br />

tan arrepentidas, que daría mi fortuna<br />

por ser el hijo de una de ellas.<br />

<strong>La</strong>s lloronas a nadie espantan, no dan<br />

miedo, apenas dan un poco de lástima.<br />

17


LAS FIGURAS<br />

DE REPETICIÓN<br />

Por Maximiano Revilla<br />

<strong>La</strong>s figuras de Repetición son desde<br />

ayer un mundo constante, un mundo<br />

vivo, un mundo que no se detiene<br />

ni se calla nunca. No, no se calla ni tan<br />

siquiera cuando se desborda al nacer<br />

nuestro amor al día, a las puertas del<br />

retiro del parque de las adolescencias.<br />

Parlanchinas, juguetonas después de los<br />

martinis agitados de éste y otros mundos,<br />

donde a su vez se alinean en alguna<br />

de sus variantes o formas que lo repiten<br />

18<br />

todo. Cuando la sonrisa es un tic nervioso<br />

obligado a reconocer que nunca deja<br />

de hablar o guardar silencio, cuando sus<br />

ritmos no se acuestan hasta pasadas<br />

las seis, es cuando mejor se representan,<br />

cuando mejor crean, gota a gota un<br />

arroyo, idea tras idea, un rio; la lluvia y el<br />

sonido de esa lluvia sobre el asfalto, el<br />

destino de una y otra caricia o beso que<br />

parece en ocasiones abofetearnos, para<br />

luego, resbalar como ofrenda litúrgica


Imagen tomada de:<br />

The <strong>La</strong>y of the <strong>La</strong>st Minstrel. By Sir Walter Scott. With notes and a chronological summary of his life<br />

Sir Walter Scott, 1887. Chatto & Windus<br />

hasta conseguir que los rostros se sonrojen,<br />

justo en ese momento en que estos<br />

comienzan a marcarse de arrugas. Temblorosos<br />

labios dándose besos como<br />

saludo, cuando, tras cumplir las bodas<br />

de oro, el uno con flores, visita en la habitación<br />

del hospital al otro esperando<br />

pasen las nubes, y a la luz del arco iris los<br />

atiendan, al día siguiente en casa.<br />

<strong>La</strong>s figuras de repetición; en un día y<br />

otro día, aún a pesar de las diferencias<br />

horarias, vienen a ser como encontrarnos,<br />

a la misma distancia en la escalera,<br />

a ese vecino que obligatoriamente por<br />

la rutina se saluda con la misma expresión<br />

y el mismo pensamiento abierto<br />

de las festividades, como si hace tan<br />

solo un par de latidos, por el simple<br />

color de los felpudos, no hubiésemos<br />

llegado casi a las manos. <strong>La</strong>s repeticiones,<br />

partidarias por su violencia de no<br />

ir nunca en autobús, tienen como las<br />

19


alas expuestas en las vitrinas del ser<br />

humano, reservados los distintos calibres<br />

y los asientos de pasillo o ventanilla<br />

correspondiente.<br />

«Repetición es también el nombre<br />

genérico y científico que se da a esa<br />

figura que se crea cuando en un escrito<br />

abundan los mismos sonidos»,<br />

las mismas palabras, los mismos versos,<br />

los mismos silencios, las mismas<br />

complicidades.<br />

<strong>La</strong>s figuras de repetición, son la luz<br />

de otro día que tal vez llegue y nos<br />

traiga los mismos desatinos. Como<br />

entreacto de las horas, la misma agitación<br />

en los colores que no se quisieron<br />

quedar dentro, la misma cafeína que<br />

nos despierta cada mañana.<br />

Cuando te levantas, ¡menos mal,<br />

conmigo! y apenas se quiebra el aire<br />

que a los dos nos roza, en la desazón de<br />

la entrevela, bailan los mismos sonidos<br />

en las mismas palabras repetidas. Ayer,<br />

hoy y mañana, las mismas canciones<br />

de aniversario: apaga el despertador…,<br />

corre las persianas…, no digas que no<br />

te quiero…, quita el café cuando suba…,<br />

abre el balcón para que respire la casa…<br />

No me ves, no me ves, no me ves: anda<br />

bobo ven y dame un beso como ayer, de<br />

buena mañana.<br />

<strong>La</strong>s figuras de repetición siempre son<br />

constantes, tanto para el alivio como<br />

para la desazón, para la tortura o la absolución,<br />

para la inquietud o la calma.<br />

Matan o reviven para poder así unificar<br />

el poema, para darlo forma y ritmo, para<br />

santificarlo o crucificarlo. A un disparo<br />

le sigue otro disparo y una piedra al cristal<br />

de los charcos de la vida y luz de un<br />

rojo constante y griterío y voces nerviosas<br />

y <strong>sirena</strong>s y llanto y llanto de funeral o<br />

nacimiento. <strong>La</strong>tidos, que acompasados<br />

se detienen un instante, para luego ser y<br />

volver a ser con mucha más intensidad<br />

los reyes del pueblo protagonista.<br />

Primero la madera, por supuesto,<br />

luego el hierro y el acero, después la<br />

carne y al final todas las ascuas del<br />

pensamiento por decir, ese que conduce<br />

irremisiblemente a no mostrar el<br />

desatino, ni la muerte, ni tan siquiera<br />

el cortejo de negro repetido. El poeta,<br />

nació después de muchísimo esfuerzo<br />

20


para reorganizarlo otra vez, casi todo.<br />

Sí, la vida diaria está compuesta de repeticiones,<br />

ir y volver a ir sin pensar a la<br />

vida, aunque la misma vida, que suerte,<br />

nunca en mi se repita.<br />

<strong>La</strong>s figuras de repetición viven como<br />

los besos y las caricias; enganchadas al<br />

recuerdo de unos juegos de niño que<br />

nos emocionan, que nos llevan a la noche<br />

para tras el sueño, abrirse y mostrarnos<br />

todo su esplendor en el nuevo<br />

día. También es verdad que a muchos<br />

niños, les da miedo la noche y toda su<br />

mágica inventiva.<br />

Lo que proporciona a la repetición su<br />

carácter novedoso, es lo mismo que lo<br />

que la pone en duda: el hecho de que lo<br />

que repite, es algo que ya ha sido: un color<br />

kilométrico, un beso con cincuenta<br />

años cumplidos, una sonrisa que no tiene<br />

por qué tener historia, una situación<br />

determinada, que siempre niña nos sorprende<br />

y nos llena de misterio. Sí, cuando<br />

no se ve y sólo se oye repetida una y<br />

otra vez la misma voz, surge la sorpresa<br />

en la mente del que escucha, aparece la<br />

imagen abstracta del momento agradable<br />

o desagradable, un objeto desmaterializado<br />

que despierta una vibración en<br />

la conciencia capaz de situarnos donde<br />

más le interese al poeta, en el mismo<br />

vértice del abismo, junto al espectro de<br />

la repetición que nos despierta.<br />

El empleo de la palabra repetida,<br />

conduce no sólo al desarrollo del sonido<br />

interior, sino a descubrir otras<br />

insospechadas cualidades espirituales<br />

de la palabra misma. Sístoles y diástoles<br />

consiguiendo olvidar a cada paso el<br />

sentido real y el abstracto de los escaparates,<br />

el objeto que se designa, para<br />

descubrir el puro sonido de las etiquetas<br />

con sus precios, de la palabra que<br />

despierta una serie de vibraciones en<br />

el corazón, en el bolsillo y en la cabeza<br />

Como hombres deseosos de vivir en<br />

nuestro Mini Cooper, cada centímetro<br />

de estatura que tenemos, intentamos<br />

siempre repetir los mejores instantes<br />

del pasado y sobre todo, si ese pasado<br />

fue hace un momento contigo en la<br />

cama frente a la Ría de Noia, aun con<br />

mayor motivo. Repetir hasta saciar o<br />

llenar de recuerdos toda una vida.<br />

21


22<br />

EL GRAN<br />

FANTASMA<br />

Por Juss Kadar


El chico apagó el televisor y se quedó<br />

en el salón en completo silencio.<br />

<strong>La</strong> luz tenue, casi a oscuras, envolvía<br />

la habitación son sigilo.<br />

Eran más de las doce de la noche,<br />

fuera, la nieve y el frío hacían acto de<br />

presencia.<br />

El sólo llevaba una simple bata y<br />

unas zapatillas, pero no tenía frío.<br />

Escuchó su respiración e incluso el<br />

latir de su corazón, ningún sonido más<br />

llegaba a sus canales auditivos.<br />

Se mojó los labios y tragó saliva<br />

cuando, tras un momento allí sentado,<br />

comenzó a notar una leve brisa que no<br />

sabía de dónde provenía, pues estaba<br />

todo cerrado a cal y canto<br />

De repente, un fuerte golpe detrás de él<br />

le hizo dar un pequeño brinco en el sofá.<br />

<strong>La</strong>s pupilas del muchacho se dilataron<br />

y su pulso comenzó a acelerarse.<br />

Otro ruido. Esta vez era el sonido<br />

de una voz que se lamentaba en tono<br />

amenazante. Se escuchaba como con<br />

carraspeó y algo apagada. Trató de<br />

poner atención en la frase que estaba<br />

pronunciando aquella psicofonía. Distinguió<br />

su nombre entre palabras sin<br />

sentido.<br />

<strong>La</strong> silla de madera que tenía a su lado<br />

comenzó a moverse, despacio. Se elevó<br />

unos centímetros y con un movimiento<br />

violento se estampó contra la pared.<br />

El chico se mostraba impasible ante<br />

todos esos fenómenos paranormales.<br />

Lo que a otro le hubiera provocado un<br />

ataque de ansiedad a él le daba igual.<br />

Sabía que la casa de su tía estaba<br />

encantada. Se habían mudado de allí<br />

a toda velocidad cuando comenzaron<br />

a ocurrir cosas. Les era imposible venderla<br />

por las dimensiones y el lugar.<br />

El chico les ofreció un pequeño beneficio<br />

por ella y sus tíos aceptaron sin<br />

pensarlo.<br />

Aquello no le aterrorizaba, ni le angustiaba...<br />

Él tenía miedo de otra cosa<br />

aún peor que notar presencias.<br />

Cogió su teléfono móvil y borró el<br />

último contacto que le quedaba en la<br />

agenda. Su último amigo, otra decepción<br />

y otra traición.<br />

Había ido perdiendo a sus amigos<br />

poco a poco, la mayoría por traiciones<br />

o por desidia.<br />

Sus padres vivían en otro país y apenas<br />

tenían contacto.<br />

Le habían echado del trabajo.<br />

No tenía internet para conectar con<br />

el mundo.<br />

Ahora estaba en una situación en la<br />

que la soledad le acechaba en cada esquina<br />

y eso si le daba miedo.<br />

Una lágrima bajó por su mejilla muriendo<br />

en sus labios.<br />

Al cabo de unos días, en aquella casa<br />

encantada, el móvil de nuestro protagonista<br />

recibió una llamada...<br />

En la pantalla se reflejo el texto «Llamada<br />

pérdida».<br />

23


24<br />

EMPEZAR UNA<br />

NUEVA VIDA<br />

Por Nestor Quadri


El anciano era uno de los enfermos<br />

que estaba internado en el sanatorio<br />

con la mirada perdida, balbuceando<br />

palabras incoherentes. Cuando<br />

lo fue a visitar su nieto, el médico le comentó<br />

que si seguía así, su vida se dirigía<br />

hacia un camino sin retorno. Pero él<br />

en realidad había ido a verlo por otro<br />

motivo, dado que le importaba muy<br />

poco su salud.<br />

Había considerado que era el momento<br />

de aprovechar la oportunidad<br />

para comenzar una nueva vida<br />

y tomó sin ser visto las llaves de la<br />

casa que su abuelo tenía guardadas<br />

en un bolso junto a su cama. Ya estaba<br />

anocheciendo cuando se dirigió a<br />

la desvencijada casa frente al parque<br />

donde vivía, con el fin de sustraerle el<br />

dinero que sabía que tenía escondido.<br />

Como estaba abandonada y sin luz<br />

interior, buscó entre las penumbras<br />

el lugar que intuía y encontró con una<br />

alegría inmensa un maletín oculto en<br />

un hueco de la pared, detrás de un<br />

mueble.<br />

Era una suma considerable y pensaba<br />

con ella pagar todas sus deudas<br />

de juego y empezar una nueva vida,<br />

donde no existieran esas amenazas de<br />

muerte que permanentemente lo rondaban.<br />

Miró el fajo de dinero y estimó<br />

que deberían ser más de treinta mil dólares.<br />

Al salir de la casa con el maletín<br />

en la mano se sentía contento, tenía<br />

veinticinco años y estaba por cumplir<br />

los veintiséis y ya estaba listo para iniciar<br />

una nueva etapa de su vida.<br />

Al atravesar el parque caminando<br />

lo inquietó la oscuridad de la noche y<br />

tuvo la impresión de que aquella era<br />

una jungla, en la que los mafiosos del<br />

juego se agrupaban en las ramas de<br />

los árboles como fieras dispuestas a<br />

saltar sobre su presa. Al cruzar la autopista<br />

que lo circundaba, estaba ansioso<br />

por poder acceder a su pequeño<br />

departamento ubicado en el centro<br />

de la Ciudad, que había prestado a un<br />

amigo hasta la medianoche para una<br />

aventura amorosa.<br />

Mientras allá arriba el circular de los<br />

automóviles retumbaba en sus oídos,<br />

tenso y expectante con todo ese dinero<br />

en el maletín, se dirigió caminando<br />

rápidamente por una calle lateral tenuemente<br />

iluminada, hasta que desembocó<br />

en un parque de diversiones.<br />

Entonces se paró en la vereda mirando<br />

las luces que resplandecían y para hacer<br />

tiempo decidió entrar en él, donde<br />

había numerosas personas con chicos<br />

en los juegos mecánicos y diversos<br />

entretenimientos.<br />

Fue allí que se paró para observar<br />

a un hombre viejo, alto y delgado con<br />

una túnica negra, que subió a una plataforma<br />

rodeada por muchas personas.<br />

El viejo colocó su sombrero en el suelo<br />

para las donaciones, sacó un reloj de<br />

su bolsillo y con una voz fuerte de barítono,<br />

señalándolo directamente a él, le<br />

dijo de pronto a los presentes:<br />

―Si hay un Dios, le doy sesenta segundos<br />

para que mate a ese señor que<br />

esta parado allí atrás sosteniendo ese<br />

maletín ―al escuchar esas palabras<br />

quedó estupefacto y paralizado, sin<br />

poder atinar a nada, mientras sentía<br />

las miradas punzantes de todas las personas<br />

cuyos rostros se habían vuelto<br />

hacia él. En medio del silencio sólo se<br />

escuchaba el tic-tac del reloj, mientras<br />

el viejo contemplaba el cielo estrellado<br />

con las manos en alto.<br />

Cuando pasó el minuto, el viejo guardó<br />

el reloj pausadamente y le dijo a todos<br />

los presentes mirándolo a él:<br />

25


―Con eso se acaba el mito del Dios todopoderoso<br />

―fue en ese momento que<br />

recién comenzó a reaccionar, entre el murmullo<br />

de admiración de la gente y el ruido<br />

de las monedas que caían en el sombrero.<br />

Mientras el viejo lo miraba sonriente,<br />

se retiró enfurecido de allí, pensado<br />

que había sido un estúpido al<br />

dejarse usar de esa manera y por otra<br />

parte, que era muy fácil poder engañar<br />

a la gente inocente de la Ciudad.<br />

Siguió caminando por la calle hasta<br />

que finalmente llegó al centro, entre<br />

muchas personas que circulaban<br />

apretujadas envueltas en luces de vidrieras<br />

y marquesinas.<br />

De pronto al divisar un cine, le pareció<br />

una buena idea entrar para descansar<br />

de la caminata y esperar tranquilo<br />

hasta la medianoche. <strong>La</strong> sala estaba vacía<br />

y contemplando las filas de asientos<br />

pegados al piso, se sentó en una butaca<br />

cerca del pasillo. Mientras esperaba el<br />

inicio de la función, sintió que entraron<br />

varias personas más que se sentaron en<br />

los asientos de atrás, hasta que finalmente<br />

las luces se fueron apagando lentamente<br />

y el sonido comenzó a elevarse<br />

cuando se inició el noticiero.<br />

Después de un tiempo que comenzó<br />

la película, sintió que alguien se<br />

sentaba en la butaca lateral a la suya.<br />

Cuando lo miró quedo completamente<br />

sorprendidos al ver que era el mismo<br />

viejo que había visto en el parque de<br />

diversiones, quien al instante le puso el<br />

brazo sobre el respaldo de su asiento.<br />

―Entrégame el maletín ―le dijo mientras<br />

sus dedos se crispaban sobre un<br />

revólver que apoyaba sobre su espalda.<br />

Entonces, sintió una furia ciega que<br />

brotaba de su interior. Una marea<br />

que nacía de lo más íntimo de su ser<br />

y que lo arrastraba hacia las negras<br />

profundidades de ese abismo insondable<br />

en el que estaba sumergida su<br />

vida. Los segundos pasaban y estaba<br />

decidido a resistirse antes de entregar<br />

aquello que iba a cambiar el destino<br />

de su vida.<br />

Ya estaba por proferir un grito para<br />

alertar a la gente que estaba mirando<br />

la película, cuando el brazo armado se<br />

tensó, y se oyeron dos disparos que poblaron<br />

la sala de extraños ecos. Luego el<br />

viejo tomó el maletín y desapareció rápidamente<br />

del cine.<br />

Una mancha de sangre fue creciendo<br />

alimentada por cada uno de los orificios<br />

que tenía en la espalda y que le producían<br />

un intenso ardor. Semiinconsciente,<br />

lo sorprendió el sabor salobre de una<br />

lágrima que rodó por su mejilla y fue a<br />

caer en la comisura de su boca.<br />

Lentamente su cuerpo fue cayendo<br />

de la butaca hacia adelante y la máscara<br />

de la muerte que había comenzado a<br />

grabarse en su rostro, fue lo primero que<br />

notó el acomodador del cine cuando llegó<br />

corriendo con su linterna en la mano.<br />

26


27


28<br />

VIAJE A LA<br />

ISLA SIN NOMBRE<br />

Por José Luis Najenson


Contra todas las prevenciones, incluso<br />

la de mi adivina, María Egipcíaca,<br />

viajé a Estambul. Soy adicto a horóscopos<br />

y augurios, y ella es experta en el tarot<br />

de Mizraim, nombre bíblico de Egipto.<br />

—No vayas a Estambul —me dijo— porque<br />

correrás un gran peligro.<br />

—Pero tú me habías prometido que<br />

allí encontraría a la mujer más bella<br />

del mundo, y que ella haría el amor<br />

conmigo —le respondí.<br />

—Cierto es, pero ambas cosas están<br />

íntimamente ligadas. Y en esta última tirada<br />

de cartas he visto signos desfavorables:<br />

la sombra del Mendigo sobre el Caballero<br />

Andante, que es tu figura astral.<br />

—¿El riesgo es mortal?<br />

—Casi seguro que sí.<br />

—¿Y la mujer?<br />

—Única, no hay otra como ella sobre<br />

la faz de la Tierra.<br />

—¿Cómo podré hallarla?<br />

—¿Vas a ir, a pesar de todo?<br />

—Desde luego, de otro modo no la<br />

volveré a ver, ¿o sí?<br />

—No. Pero me temo que te costará la vida.<br />

—Me juego a ese «casi seguro» al que<br />

aludiste antes, como a una tabla de<br />

salvación.<br />

—¿Y si no resulta?<br />

—Pagaré el precio.<br />

—En ese caso no me queda más remedio<br />

que revelarte cómo encontrarla.<br />

Lástima, eres mi mejor cliente y te he<br />

cobrado estima.<br />

—¿Podrás ayudarme desde aquí?<br />

—Ni siquiera eso. No se trata de ningún<br />

hechizo o mal de ojo. Sólo puedo darte<br />

un consejo: no te adentres en el mar.<br />

—¿Dónde es?<br />

—En las Islas del Príncipe, en el Mar<br />

de Mármara. Hay una nueva, diminuta<br />

islita, que ha surgido hace poco y aún<br />

carece de nombre…<br />

Obstinadamente, llegué en barco<br />

hasta Estambul, y de allí me trasladé<br />

a la isla en un bote de pesca, desde un<br />

embarcadero inconspicuo cercano a la<br />

Torre Gálata. No había nada más que<br />

tiendas precarias alzadas por los contrabandistas.<br />

<strong>La</strong> mujer apareció de improviso,<br />

cual si hubiera surgido de las<br />

mismas olas o de la niebla, y me lanzó<br />

una mirada frontal, como flecha en<br />

busca de su blanco. Era ella, sin duda,<br />

la fémina más hermosa que jamás había<br />

visto, la que aguardaba en la trama<br />

de mis pasos acechando el momento<br />

preciso, gestora implacable de mi destino.<br />

Sus ojos verdes y enormes, marinos,<br />

ocupaban gran parte de su rostro;<br />

la cabellera roja, flamígera, brillaba<br />

con luz propia, aun en medio de la niebla.<br />

Una leve túnica enmarcaba sus<br />

opulentos pechos y muslos; el delta oscuro<br />

del sexo se veía nítidamente, por<br />

su andar ondulante y el bamboleo de<br />

sus piernas, como si nadara en el aire.<br />

No necesitaba hablar. Le bastó tocarme<br />

para que yo la siguiera como un perro<br />

o un esclavo. Me llevó al otro lado<br />

de la isla donde no había tiendas y se<br />

acostó en la playa renacida, despojándose<br />

de la túnica. Así me recibió, como<br />

una nueva Eva a un Adán desprevenido.<br />

Su lujuria era sólo equiparable a su<br />

belleza.Montado en su grupa cabalgué,<br />

sin darme cuenta, hacia el mar. Su pálida<br />

piel se confundía con la espuma. Al<br />

besarle el cuello por última vez, divisé<br />

sus branquias brillando en la noche súbita<br />

como un collar de raras perlas. Su<br />

sinuoso cuerpo se cubrió de escamas<br />

verdinegras, mimetizándose con las<br />

aguas.<br />

Cuando perdía pie recordé la advertencia<br />

de Miriam, la Egipcíaca, pero ya<br />

era demasiado tarde.<br />

29


DRÁCULA:<br />

CARLOS FUENTES Y<br />

JOSÉ EMILIO PACHECO<br />

Por Raúl Reyes Aguilar<br />

Uno de los personajes tan perturbadores<br />

cuanto interesantes de<br />

la literatura en general, ya no<br />

sólo de la de terror o de la fantástica,<br />

es indudablemente el vampiro, y en específico<br />

el vampiro de Stoker. Cuando<br />

Abraham «Bram» Stoker (1847-1912)<br />

publicó Drácula (1897), seguramente<br />

jamás concibió el impacto que su terrorífico<br />

personaje tendría más allá de<br />

los círculos literarios. Impacto surgido<br />

30<br />

en el siglo XX e indudablemente coadyuvado<br />

en gran medida por el cine. Si<br />

bien Nosferatu (1922) de F.W. Murnau<br />

no es la cinta que inaugura el tema<br />

del vampirismo en el celuloide, sí es<br />

la primera adaptación cuasi fiel de la<br />

obra del irlandés y la que «canonizará»<br />

al vampiro dentro del cine de terror.<br />

Pero es con Drácula (1931) de Tod<br />

Browning, cuyo protagonista es el húngaro<br />

Bela Lugosi, que se forja no sólo


la figura aristocrática y seductora del<br />

conde de Transilvania, sino también la<br />

que acentúa las características de este<br />

personaje en el imaginario colectivo;<br />

irónicamente fue la imagen cinematográfica<br />

de Drácula mas no la literaria,<br />

pese a basarse aquélla en ésta, la que<br />

se perpetuó en la mente de las personas.<br />

Empero toda esta apropiación del<br />

vampiro, principalmente en el campo<br />

del celuloide y en uno que otro pésimo<br />

libro, ha provocado una serie de malinterpretaciones<br />

y sesgos que conducen<br />

a la descomposición y la traición de la<br />

leyenda del «muerto-vivo». No obstante,<br />

en la buena literatura se continúa<br />

valorando a este personaje sin la tendencia<br />

y la presunción de crear un original<br />

vampiro, que no es lo mismo que<br />

el vampiro original.<br />

En las letras mexicanas, la figura de<br />

este ser también se trabajó, acaso más<br />

31


en relatos cortos que en novelas. José<br />

Emilio Pacheco (1939-2014) es uno de<br />

los que se atrevió a revivir al vampiro<br />

en plena Ciudad de México con el cuento<br />

«No perdura», perteneciente al libro<br />

<strong>La</strong> cabeza de medusa y otros cuentos<br />

marginales (1959). Por su parte, Carlos<br />

Fuentes (1928-2012) con Vlad (2010) se<br />

arriesga a ir más allá: opta por la novela.<br />

El personaje en el texto de Fuentes<br />

es un vampiro más ligado a lo literario,<br />

pero a lo literario de Stoker. Desde su<br />

nombre Vladimir Radu, apocopado a<br />

Vlad 1 , y aunado a su origen centroeuropeo<br />

(Balcanes) y su título nobiliario que<br />

ostenta, ya vislumbramos con antelación<br />

cómo será el retrato y la historia del<br />

monstruo. En Pacheco, debido al tema<br />

fílmico en el cual gira el relato, pareciera<br />

que el personaje se halla mucho más<br />

cercano a una imagen vampírica del<br />

cine, un vampiro cinematográfico. Sin<br />

embargo, la intertextualidad existe en<br />

el relato de J. E. P, podemos inferir la<br />

presencia de Drácula, aunque no esté<br />

tan explícito como en la novela de Carlos<br />

Fuentes; pues ésta se halla principalmente<br />

en un pequeño elemento: la<br />

geografía. Pacheco alude a la región de<br />

Cárpatos. ¡Región de los Balcanes!<br />

En Vlad la presencia de nombres judeocristianos<br />

de los personajes (Asunción,<br />

Magdalena y la sirvienta Candelaria)<br />

plantea un enfrentamiento entre<br />

el bien y el mal (lucha de poderes); en<br />

«No perdura» lo que hallamos no es una<br />

disputa teológica sino una querella<br />

entre conocimiento e ignorancia que<br />

también se traduciría en escepticismo<br />

y superstición. En Drácula estas dos<br />

dicotomías están presentes: el Bien/el<br />

Mal y Conocimiento/Ignorancia. <strong>La</strong> figura<br />

del neerlandés y doctor Abraham<br />

Van Helsing es la más representativa e<br />

32<br />

inequívoca de esto, pues en ella confluyen<br />

y se entremezclan dos de los cuatro<br />

conceptos en disputa.<br />

Como hemos notado con este breve<br />

análisis en esto dos autores mexicanos,<br />

es casi imposible al hablar, y todavía<br />

peor, al escribir sobre vampiros<br />

no retornar a la obra de Bram Stoker,<br />

por más que uno se pretenda alejar de<br />

él, por alguna extraña razón, como un<br />

imán que atrae, regresamos en mayor<br />

o en menor medida a Drácula. <strong>La</strong> huella<br />

del irlandés ha llegado a profundidades<br />

insospechables. Sin embargo, a pesar<br />

de todas las referencias de Drácula con<br />

las que nos podemos tropezar no sólo<br />

en estas obras sino con las de otras<br />

latitudes, siempre habrá un pequeño<br />

elemento, por más diminuto que sea,<br />

que no seguirá seduciendo del vampiro.<br />

Asimismo estos autores mexicanos nos<br />

muestran que el tema del vampirismo<br />

puede seguir las pautas de lo gótico,<br />

como se ve en Carlos Fuentes, o ir un<br />

paso más allá, hacia lo fantástico 2 como<br />

sucede en José Emilio Pacheco, ¡claro,<br />

con ciertas salvedades! Pero lo más sobresaliente<br />

en ambos que es nunca se<br />

alejan del mito original.<br />

1<br />

Recordemos que Bram Stoker se basó en la figura<br />

de Vlad Tapes, conocido como el empalador, para delinear<br />

ciertas características del famoso conde. Fuentes<br />

en el capítulo XII desarrolla toda una historia ficticia<br />

sobre la vida y muerte y transformación de Vlad.<br />

2<br />

Debido al espacio la definición entre conceptos de<br />

fantástico, sobrenatural, maravilloso, etc., se debió<br />

suprimir. Para estas cuestiones ver Teorías hispanoamericanas<br />

de la literatura fantástica (ed.) José Miguel<br />

Sardiña y, la debatible mas nunca insoslayable, Introducción<br />

a la literatura fantástica de Tzvetan Todorov.


33


34<br />

LA MUERTE<br />

DE FLORINDO<br />

GONZALEZ<br />

Por Jorge Ortega Muñiz


Florindo González era muy macho.<br />

Nacido en los Altos de Jalisco, desde<br />

niños había aprendido todas las<br />

artes del charro y a manejar la pistola<br />

antes que caminar. Sus discusiones<br />

siempre acababan a golpes y todos los<br />

días regresaba a casa con sangre en su<br />

ropa de alguien con quien había tenido<br />

un desencuentro.<br />

Decían que se parecía al famoso Gabino<br />

Barreda, fundador de la Escuela<br />

Nacional Preparatoria, quien además,<br />

por todos los pueblos por los que se<br />

paseaba, se la tenían sentenciada, por<br />

tener hijos por donde quiera. Igual que<br />

Gabino, le gustaba pagar los mariachis<br />

y a veces a raíz andaba.<br />

En lo que se distinguían era en el<br />

nombre. Gabino, Eleuterio, Anaxágoras<br />

imponen. Son apelativos que comandan<br />

respeto. Bastaba que alguien<br />

mentara a Gabino en la cantina, para<br />

que la conversación se detuviera, porque<br />

querían escuchar las noticias de<br />

este valiente revolucionario.<br />

El día que Florindo se dio cuenta de<br />

su desventaja fue en Atotonilco.<br />

En una cantina, se encontró con Manolo<br />

Velázquez, quien estando simplemente<br />

de visita en el bello pueblo, no<br />

sabía que había un juramento de odio<br />

entre familias. Florencio se acercó a la<br />

barra y comenzó a enviar indirectas,<br />

bastante agresivas.<br />

El cantinero, dejó la botella de don Nacho<br />

en la barra y prudentemente se alejó.<br />

Los otros provincianos decidieron retirarse<br />

hasta un lugar seguro, ya que el<br />

ambiente se estaba acercando al del<br />

infierno. Llegó el momento en que el<br />

alteño dijo:<br />

—Vamos dándonos un tirito como los<br />

meritos machos.<br />

Manolo Velázquez lo observó y viendo<br />

que no tenía alternativa, le preguntó su<br />

nombre, «para poder avisarle a la viuda».<br />

—Florindo González, pa’ servirle.<br />

—En serio, que nos vamos a dar de<br />

balazos.<br />

—¡Florindo González!<br />

—¿Florencio?<br />

—No, Florindo.<br />

—¿Cómo te dicen de cariño? ¿Flor o<br />

Lindo?<br />

Para entonces los demás comensales<br />

ya estaban riéndose.<br />

—¿Qué? ¿Le vamos dando? —le preguntó<br />

a Velázquez.<br />

—No podría golpearte ni con el pétalo<br />

de una flor… —dijo burlón y se regresó<br />

a la barra a seguir tomando.<br />

Florindo se quedó parado, escuchando<br />

los murmullos y las risas a sus espaldas.<br />

Sin saberlo, Manolo lo había matado.<br />

Salió del pueblo pálido, sin fijar la mirada<br />

en nada. Su caballo tomó su propio rumbo.<br />

A los tres días apareció muerto en el<br />

campo. Al parecer, de pura vergüenza.<br />

35


36<br />

LA PUJA<br />

GANADORA<br />

Por Esher Domínguez Soto


Nueva York. Julio, 1934<br />

Abrió la puerta del bar y echó un<br />

vistazo. Un hombre moreno acodado<br />

en la barra hacía dibujos con la<br />

espuma de su cerveza. Dos banquetas<br />

más allá, un pelirrojo, joven y pecoso,<br />

medio derrengado en su asiento, seguía<br />

los vuelos rasantes de una mosca que<br />

iba desde la cerveza del moreno hasta<br />

la ventana haciendo una parada en las<br />

palas del ventilador del techo. Y desde<br />

allí volvía a la cerveza como si no pudiera<br />

dejar de hacer lo mismo una y otra<br />

vez. <strong>La</strong> mujer retrocedió unos pasos y<br />

comprobó el letrero con el nombre del<br />

bar. Sí, aquí era donde había quedado<br />

con el desconocido. Ella habría escogido<br />

un lugar con menos mugre pero, tal<br />

vez fuera el sitio ideal para no llamar la<br />

atención. Era un asesino a sueldo y sabía<br />

de todos estos detalles más que ella.<br />

Entró y se sentó a una mesa del fondo.<br />

El barman acudió, solícito.<br />

—¿Qué va a ser, señora?<br />

—Una soda, gracias.<br />

El pelirrojo bebía con ahínco. Tal vez<br />

estuviera recuperando el tiempo perdido<br />

durante la prohibición, cuando<br />

tenías que agenciarte la bebida y evitar,<br />

al mismo tiempo, problemas con la ley.<br />

El caso es que aquel hombre estaba ya<br />

bastante borracho. Hablaba a trompicones<br />

aunque nadie le hacía ni puñetero<br />

caso. Es el sino de los borrachos.<br />

Hablar para el aire. Una voz masculina<br />

sonó a su espalda.<br />

—¿Hace mucho que esperas, guapa?<br />

Se giró. Un hombre alto, fuerte aunque<br />

no gordo, labios carnosos, ojos<br />

bastante juntos pegados a una nariz<br />

aguileña y gesto despectivo la observaba.<br />

Había algo en su mirada que la<br />

hizo sentir incómoda. Parecía traspasarla,<br />

ver debajo de su ropa. Se pasó la<br />

lengua por los labios, como si saboreara<br />

lo que veía. O sea, a ella.<br />

—¿Qué? ¿Le gusta lo que ve? —preguntó<br />

con ironía. Él movió la cabeza<br />

afirmativamente.<br />

—<strong>La</strong>s mujeres deberían ser como los<br />

circuitos de carreras, con curvas y peligrosas<br />

—sentenció. Luego movió la cabeza<br />

una vez más. Se sentó y el camarero<br />

le trajo un whisky. No necesitó pedirlo.<br />

Era un cliente—. ¿Un cigarrillo? —le puso<br />

delante una pitillera abollada y ella se<br />

sirvió. Le dio fuego, encendió otro para<br />

él y entró en materia, sin perder ni un segundo—.<br />

¿Qué quiere de mí? Por teléfono<br />

la cosa no me quedó del todo clara.<br />

—Me gustaría convertirme en viuda...<br />

Había esperado un gesto de sorpresa<br />

o de rechazo. Pero ni lo uno ni lo otro.<br />

Se quedó mirándola mientras fumaba<br />

en silencio.<br />

—Lugar, fecha y hora más apropiados<br />

—era evidente que iba al grano.<br />

—¿No deberíamos ir a un sitio más…<br />

discreto? —estaba a punto de decir, íntimo,<br />

pero se contuvo. No quería que la<br />

malinterpretase.<br />

—Este sitio es como mi casa. Todos<br />

saben a qué me dedico y nadie se irá<br />

de la lengua.<br />

—Bien. Me gustaría que fuese cuanto<br />

antes. El lugar y la hora los dejo a su<br />

elección.<br />

—Veo que tiene prisa por librarse<br />

del… problema.<br />

—<strong>La</strong> viudedad es un estado que puede<br />

llegar a ser muy cómodo —soltó una<br />

bocanada de humo que se mezcló con<br />

el del cigarrillo de él—. Supongo que no<br />

le parecerá mal —él le lanzó una mirada<br />

algo torcida.<br />

—<strong>La</strong>s mujeres buscan un segundo<br />

hombre que las ayude a librarse del primero.<br />

Y, a veces, incluso, a acompañar-<br />

37


las en su reencontrada soledad. Unos lo<br />

hacen por amor. Yo por dinero. Supongo<br />

que no eso no la escandalizará —ella<br />

sonrió y negó con la cabeza—. Deme un<br />

nombre y una dirección y yo me encargaré<br />

de todo.<br />

Ella le pasó un papel. Él lo leyó, hizo<br />

un gesto de asentimiento y se levantó.<br />

—<strong>La</strong> acompaño hasta la salida.<br />

Salieron. El borracho pelirrojo seguía<br />

farfullando ante la indiferencia general.<br />

El moreno aún no había terminado la<br />

cerveza caliente y la mosca iba de un<br />

lado para otro siguiendo su propia rutina.<br />

El barman los saludó con un gesto<br />

desganado. Llegaron hasta su coche.<br />

Él le espetó:<br />

—Son tres mil dólares. Mil ahora y el<br />

resto cuando acabe el trabajo —ella<br />

asintió y sacó un sobre del bolso.<br />

—Aquí están. ¿Cuándo piensa hacer el<br />

trabajo?<br />

—Yo iré a verla cuando todo haya pasado.<br />

Tenga el dinero listo.<br />

—¿Lo hará pronto, verdad? —preguntó<br />

con voz acariciadora. Ahora no era la<br />

mujer práctica que hablaba de negocios.<br />

En segundos se había transformado en<br />

un animalito cariñoso y dulce al que<br />

apetecía obedecer y acariciar. Bueno, y<br />

otras cosas. Pero él no quiso entrar en<br />

su juego. Podía ser muy arriesgado.<br />

—Tranquila. Mi lema es satisfacer al<br />

cliente. Casi estoy por añadirlo a mis<br />

tarjetas de visita.<br />

—Esperaré su llamada.<br />

Él abrió la puerta del coche. Era un<br />

asesino pero eso no impedía que supiera<br />

comportarse como un caballero. Sobre<br />

todo si la dama merecía la pena. El coche<br />

se alejó y él sacó el papel que ella acababa<br />

de darle. Rebuscó en un bolsillo interior<br />

de la americana y sacó un segundo papel.<br />

Comprobó los nombres y las direcciones y<br />

sonrió. Nunca había asistido a una subasta<br />

pero estaba seguro de saber dirigir una.<br />

Volvió al bar. Necesitaba un trago que lo<br />

ayudara a pulir los detalles.<br />

Llamó a la puerta de la habitación del<br />

hotel. Ella le abrió. Estaba radiante. Lo<br />

dejó pasar y se acercó a la mesilla de noche<br />

para coger el bolso. Sacó un sobre<br />

con los dos mil dólares y se los ofreció.<br />

—¿Todo en regla? —se interesó. El disparo<br />

la cogió totalmente por sorpresa.<br />

Se cayó sobre un silloncito y lo miró con<br />

una mueca de dolor en el rostro—. ¿Por<br />

qué? —acertó a balbucear.<br />

—Su marido me pagó el doble si cambiaba<br />

de víctima —explicó—. Ya conoce<br />

mi lema: la satisfacción del cliente por<br />

encima de todo. Estoy por añadirlo a<br />

mis tarjetas de visita —se encogió de<br />

hombros—. Lo siento, guapa.<br />

Salió de la habitación con sentimientos<br />

encontrados, Malo lo de la chica.<br />

Pero el sobre con los dos mil dólares<br />

que acababa de coger de entre sus dedos<br />

agarrotados y los otros cuatro mil<br />

que iba a cobrar de su viudo le endulzarían<br />

mucho el mal sabor de boca de<br />

le había dejado este trabajo.<br />

38


39


40<br />

VIDA<br />

DE CAMPO<br />

Por Paola Tena


El Abuelo está loco». Lo repite Hermano<br />

cada jornada antes de acostarnos,<br />

después de haber oído sus<br />

historias. Hoy ha sido un día duro. Al<br />

desmalezar el terreno, tirando de los<br />

hierbajos secos, casi sentía que estaba<br />

arrancándole a la tierra un esqueleto<br />

viejo que se resistía a dejarse ir, que<br />

jalaba huesos secos que se quebraban<br />

entre mis manos; luego apilar en<br />

un montón todos esos despojos de la<br />

vida que un día contuvieron para que<br />

terminen de secarse y podamos cubrir<br />

con ellos el campo, y así evitar que la<br />

humedad se vaya para que broten<br />

las nuevas plantas. Lo viejo alimenta<br />

y cuida a lo nuevo, una y otra vez, en<br />

un ciclo, como una rueda dentada que<br />

encaja en los engranes de otra y giran y<br />

giran, en perpetuo movimiento.<br />

Padre, Hermano y yo aramos la tierra<br />

desnuda. Creo que debe oler a algo, este<br />

polvo ocre que se levanta al caminar.<br />

Todo tiene un olor, ¿no? Pero soy incapaz<br />

de notarlo. «Me incomoda la ropa»,<br />

protesta Hermano, como todos los días.<br />

Hermano siempre se queja de algo, y<br />

aunque es el mayor de nosotros, no lo<br />

aparenta. «Cuando quieras te desnudas<br />

y vienes al campo en pelotas, a ver qué<br />

te pasa», le contestó Padre muy serio. Yo<br />

me aguanto la risa, y cuando no puedo<br />

más suelto una carcajada. Hermano me<br />

mira y entrecierra los ojos. Quizá piensa<br />

que me la gané esta vez y que al volver a<br />

casa ya veremos.<br />

Sin embargo tiene razón Hermano,<br />

esta ropa es tan incómoda para trabajar…<br />

pero no debo ser malagradecido.<br />

Madre se pasó horas cosiéndola para<br />

nosotros, apenas viendo la punta brillante<br />

de la aguja que entra y sale, entra<br />

y sale, una y otra vez atravesando<br />

la tela iluminada por la luz sorda de la<br />

lámpara de grasa. «¡Del cochino todo<br />

se aprovecha!», le gusta repetir a Abuela<br />

cada vez que la encendemos, y ríe<br />

su sonrisa desdentada mientras mete<br />

los dedos entre sus enormes trenzas.<br />

Abuela es así, alegre; por eso me gusta<br />

besarle su carita de niña cuando volvemos<br />

de trabajar.<br />

A veces casi envidio a Madre y Hermana,<br />

que no tienen que aguantar las quejas<br />

y cuidan de los animales. Hermana<br />

es concienzuda: mantiene limpio el gallinero<br />

y revisa que no haya ningún agujero;<br />

eso sería fatal, las gallinas se morirían<br />

de inmediato. A veces deja que las<br />

gallinas coman de sus manos y ríe con<br />

ellas cuando cree que nadie la ve; ella es<br />

dulce a su manera pero tiene que ocultarlo.<br />

<strong>La</strong> vida en el campo es dura y no te<br />

deja tiempo para ternuras. «Abuelo está<br />

loco», repite Hermano, sabiendo que lo<br />

oí la primera vez, pero no puede aguantarse<br />

las ganas de lanzar aguijonazos. A<br />

veces, cuando tengo la guardia baja me<br />

pregunto si tendrá razón y Abuelo realmente<br />

está loco. Cuenta unas historias<br />

formidables, pero no importa qué tan<br />

fantásticas sean, lo que me preocupa<br />

es que se las cree realmente. Cree a pie<br />

juntillas lo que le cuenta a Hermanita de<br />

los animales magníficos, esos que volaban<br />

por el cielo, con plumas de colores,<br />

o esos otros tan grandes que se les podía<br />

echar una casita encima y llevaban<br />

gente sobre el lomo de un lugar a otro.<br />

Los únicos animales que Hermanita conoce,<br />

que todos conocemos, son las gallinas,<br />

los cochinos y la vaca. Padre dice<br />

que no hace falta más. Y sigue labrando,<br />

labrando sin descanso jalando el arado,<br />

dejando caer las semillas de maíz desde<br />

su mano llena de callos.<br />

A Hermanita no se le permiten las<br />

fantasías más que a la hora de acostar-<br />

41


se. Madre la educa en casa, porque es<br />

pequeña y débil y salir podría hacerle<br />

mucho daño. Me da no sé qué verla<br />

concentrada, sacando la lengua, leyendo<br />

del libro, peinada de raya en medio.<br />

«Mucho cuidado con estropearlo», le<br />

repite Madre cada tarde antes de empezar.<br />

Y es que es el único que tenemos.<br />

Creo que era de Abuela. Con él<br />

se aprende de todo, cuándo cultivar el<br />

maíz, cuándo ordeñar, cuál es el modo<br />

correcto de vestirse. Lo único que no<br />

enseña el libro es cómo sanar a nuestra<br />

vaca cuando está enferma.<br />

<strong>La</strong> vaca vive en el granero, protegida.<br />

Madre se encarga de ordeñarla y<br />

no permite que nadie le ayude. Entra<br />

ella, y solo ella, cargando las dos cacharras<br />

de leche, y luego se oyen un<br />

pum, la puerta, y trac, la tranca, para<br />

encerrarse en el granero y que no podamos<br />

espiarla. Por lo general somos<br />

muy respetuosos de las órdenes que<br />

nos da Madre, pero a veces no podemos<br />

aguantar la curiosidad. Un día,<br />

Hermano perforó un agujero en la pared<br />

del granero. Hay días en que la vaca<br />

se pone enferma. Madre sale enfadada,<br />

la única ocasión en que pierde los estribos<br />

y se deja ver así. «<strong>La</strong> vaca no funciona»,<br />

grita madre cuando entra en la<br />

casa hecha una furia y Hermanita suelta<br />

una risa, «no funciona, no funciona»,<br />

empieza a cantar como una tonta. «Cállate,<br />

no repitas eso», le dice Hermano,<br />

y ella deja de reírse, coge el libro y hace<br />

como que lee.<br />

«Abuelo está loco», repite Hermano,<br />

por enésima vez. Estará loco, pienso yo,<br />

pero sabe curar a la vaca. Se mete en<br />

el granero, cargando la caja, su caja, y<br />

algo hace dentro que la vaca da leche<br />

42


otra vez y muge como siempre. «¿Es<br />

un médico, Abuelo?», le pregunto a Padre.<br />

«Algo así», me responde, y luego<br />

se queda callado y sigue cerrando los<br />

surcos con la azada, enterrando las semillas<br />

de maíz. Aquella vez, Hermano<br />

se ganó una zurra por curioso, pero el<br />

agujero que hizo ahí se quedó; un día<br />

no aguanté más la curiosidad y acerqué<br />

un ojo. Vi en la semioscuridad a<br />

Abuelo, que levantaba una tapa del<br />

lomo de la vaca como si fuera una puerta<br />

pequeñita; irradiaba una luz verdosa<br />

y él trajinaba dentro de ella haciendo<br />

ese ruido de clin-clan clin-clan. Al día<br />

siguiente, desayunamos nata untada<br />

en pan de maíz.<br />

Hermano entra en la casa al terminar<br />

la jornada, y mientras se desata las botas,<br />

levanta la cara y cuando me mira<br />

dice: «el Abuelo está loco». Él sabe bien<br />

que no lo oigo, porque no se ha quitado<br />

el casco antirradiación, pero le da igual.<br />

Y yo lo ignoro, y sigo atento las palabras<br />

de Abuelo, contando que nuestros<br />

ancestros montaban en máquinas<br />

que surcaban el cielo, que la gente se<br />

comunicaba a larga distancia y que<br />

había una especie de magia llamada<br />

electricidad. Que cuando la gente se<br />

enfermaba bebía unos polvos especiales<br />

y se curaba sin más. Que esta tierra<br />

marrón, nuestra tierra, estaba repleta<br />

de plantas diversas, no sólo matas de<br />

maíz, como ahora. Y que incluso había<br />

flores de colores brillantes. Hermanita<br />

se ríe y le dice a Abuelo que quiere una,<br />

pero ninguno de nosotros sabe muy<br />

bien qué son. Sí, pienso, puede que sea<br />

verdad. Quizá Abuelo está loco, pero<br />

solo él sabe curar a la vaca. Lo que sea<br />

que esto signifique.<br />

43


44<br />

CRÓNICAS<br />

ANTROPOLÓGICAS<br />

PRESENTA:<br />

LA CANCIÓN LITERARIA<br />

Una entrevista<br />

por José Luis Vázquez


Hace muchos años, en las entrañas<br />

del Distrito Federal, surgió un<br />

colectivo de «poetas y locochones»<br />

que se denominaban «Rupestres».<br />

Ellos, con sus guitarras de palo, voces<br />

aguardentosas y versos cargados de<br />

metáforas, ocuparon un vacío en la<br />

escena artística de la ciudad al desenmarañar<br />

temas que tanto los foráneos,<br />

como la población, vivían en su<br />

día a día. <strong>La</strong> popularidad y aceptación<br />

de este movimiento fue creciendo de<br />

manera exponencial hasta la muerte<br />

de Rockdrigo González (considerado el<br />

profeta del nopal) aquel fatídico diecinueve<br />

de septiembre. Grandes compositores,<br />

músicos e intérpretes formaron<br />

parte de las filas de este colectivo, la<br />

mayoría de estos siguen activos en el<br />

medio artístico.<br />

Hoy por hoy muchas personas recordamos<br />

su trayectoria. Por ejemplo<br />

aquellos conciertos en el tianguis del<br />

Chopo apoyados por la escritora Ángeles<br />

Mastretta y el muralista Arnold Belkin;<br />

cabe destacar que gracias a este<br />

movimiento se terminaron de gestar<br />

nuevos géneros como el Rock urbano<br />

y el canto nuevo. Sin embargo, aquí es<br />

donde surge una gran interrogante: ¿El<br />

movimiento rupestre sigue vigente? Y<br />

no, no hablo de aquellos fundadores<br />

del movimiento que aún trabajan en<br />

sus proyectos, más bien hablo sobre<br />

las nuevas generaciones.<br />

Rockdrigo definía a los rupestres<br />

como artistas sencillos y sin ningún<br />

tipo de pretensión. Para él no importaba<br />

si sus voces eran dulces o su imagen<br />

era la ideal, ellos solo necesitaban<br />

la poca o mucha voz que tuvieran y su<br />

instrumento para difundir sus ideas.<br />

Basándome en esta descripción decidí<br />

encontrar a estos nuevos rupestres,<br />

aquellos que encajaran en la descripción<br />

que Rockdrigo dejó plasmada en<br />

su manifiesto, aquellos que aún tuvieran<br />

el valor para dar a conocer sus ideas<br />

por verdadero amor al arte; sin tapujos<br />

ni estereotipos; sin pretensiones ni intereses<br />

difusos. Pero, ¿Dónde buscar a<br />

estos nuevos rupestres? Por supuesto<br />

en Internet, pues es un semillero de<br />

nuevos artistas que, en cualquier disciplina,<br />

buscan compartir todo aquello<br />

que tienen que decir.<br />

Mi búsqueda no me llevó muy lejos.<br />

Comencé a leer rumores sobre<br />

un cantautor poblano llamado Cesar<br />

Alejandro Olvera, empeñado a convertir<br />

libro en canciones; Alicia en el país<br />

de las maravillas, El perfume, Drácula,<br />

Aura, incluso Don Quijote de la Mancha<br />

se encuentran reflejadas en el proyecto<br />

de este cantautor, que tan solo con<br />

su guitarra y su voz busca dar un nuevo<br />

aire a estos clásicos de la literatura<br />

mundial. Pero… ¿Libros convertidos<br />

en canciones? Poco a poco profundicé<br />

más en su trabajo y, causándome intriga,<br />

sin dudarlo decidí contactarlo.<br />

Fue sencillo entablar comunicación<br />

con este cantautor a través de las redes<br />

sociales, conversé con él sobre su propuesta<br />

musical y amablemente aceptó<br />

entrevistarse conmigo. Rápido me dirigí<br />

a la central de autobuses para, después<br />

de desayunar una guajolota y un<br />

champurrado, tomar el primer autobús<br />

hacia la ciudad de Puebla.<br />

Para conocer un más a fondo su trabajo<br />

y hacer ameno el trayecto de dos<br />

horas (que por el tráfico se pueden<br />

convertir en tres) entre el Distrito y la<br />

ciudad de Puebla, guardé en mi iPod<br />

todas las canciones que pude. Hasta<br />

este momento, este cantautor con diez<br />

años de carrera artística ha grabado<br />

45


46<br />

cuatro proyectos desde el año 2004,<br />

pero aquel que cautivó mi atención y<br />

me tenía montado en la parte trasera<br />

de un autobús económico es «Canción<br />

Literaria»: un proyecto muy atractivo<br />

que consta de tres volúmenes. Es muy<br />

agradable que, valiéndose de su guitarra,<br />

su voz y una mezcla de ritmos<br />

como el blues, trova, rock y folk transmite<br />

de una manera diferente todas las<br />

ideas y emociones de cada uno de los<br />

libros que las canciones representan.<br />

Temas como Alicia y el sombrerero, El<br />

principito y la flor, Aura y Desdémona,<br />

por citar algunos, dibujan claramente<br />

la idea principal que sus autores<br />

pretendían transmitir de una manera<br />

fresca y única, incitando a la lectura de<br />

estos clásicos.<br />

Una vez que el autobús arribó a la<br />

CAPU mi primer pensamiento sobre<br />

esta parada en mi búsqueda de los nuevos<br />

rupestres fue: ¿Sería acaso Cesar<br />

uno de ellos? Así que, sin vacilar, compré<br />

dos cajas de camotes surtidos y caminé<br />

al primer sitio de taxis que encontré.<br />

Llegar al lugar de la cita fue relativamente<br />

sencillo, solo con dar la dirección<br />

al primer taxista que encontré fue<br />

suficiente para dar con aquella cafetería<br />

del centro de la ciudad de Puebla,<br />

rodeado por exquisitas Iglesias decoradas<br />

con colores brillantes, una alameda<br />

llena de gente que probablemente<br />

paseaba en plan de turista, o se dirigía<br />

a su trabajo habitual.<br />

Cesar me esperaba en una de las<br />

mesas de la cafetería, me acerqué a saludar<br />

y disculparme por el retraso que<br />

traía a cuestas, el no hizo mención al<br />

respecto y me invitó a sentarme. Pasaron<br />

algunos minutos de charla amena,<br />

cuando le comenté sobre mis intenciones<br />

al entrevistarme con él, saqué del


olsillo de mi chaqueta una grabadora<br />

de mano, encendí un cigarrillo y comencé<br />

con la entrevista:<br />

—Cuéntame, Cesar, ¿Cómo y cuándo<br />

comenzaste a componer?<br />

—¿Cómo? Pues como Dios, la escuela<br />

y la calle, me daban a entender.<br />

¿Cuándo? En la prepa, mi abuelo me<br />

visitaba y tocaba música clásica en mi<br />

casa, mis vecinos universitarios tocaban<br />

rock, Rockdrigo<br />

principalmente con<br />

la de el asalariado<br />

y algo de Haragán<br />

con aquella de se le<br />

hizo fácil; Chava Flores<br />

y otras rolas que<br />

iba aprendiendo de<br />

amigos, Silvio se me<br />

metió también, yo<br />

diría que demasiado.<br />

—¿Cuál es tu motivación para hacerlo?<br />

—Comencé a tocar en los bares o peñas<br />

a mis dieciocho, creo que fue antes<br />

pero diremos que a los dieciocho, y<br />

tocaba en el Realengo, atrasito de los<br />

sapos donde se presentaba Carlos Arellano<br />

—comentó haciendo una pausa<br />

para tomar de su café—, pero recuerdo<br />

que lo conocí antes a él. Yo trabajaba<br />

de «guardarropa mesero» en un barecito<br />

con mi hermano y el gerente me<br />

escuchó tocar la guitarra, me dijo «vamos<br />

a traer a Carlos Arellano y tú vas<br />

a abrir». Mis motivos para componer<br />

fueron en muy buena influencia por el<br />

shaman o gurú espiritual Carlitos. Desde<br />

que lo conocí nos hicimos amigos y<br />

hasta la fecha, apenas me invitó a hacer<br />

pan a su casa, dice que es una labor<br />

de andar rescatando a los cantautores<br />

para que vean que la vida está cabrona<br />

—dijo soltando una ligera carcajada—, y<br />

eso está muy chido.<br />

Mi canción favorita es la<br />

que le haya arañado al público<br />

en una noche. Es hermoso<br />

saber que anda uno<br />

solitario pero que somos<br />

hartos los solitarios y nos<br />

vamos en bola cantando<br />

—¿En qué te inspiras al componer<br />

una canción?<br />

—He tratado de que no todas mis canciones<br />

sean de amor; ya sabes, ese rollo<br />

de «le compongo a todas mis novias», si<br />

hace uno esto ya valió. En mis primeras<br />

canciones le compuse a la sociedad con<br />

Ave rapaz, a la misma canción con Torrente<br />

y mi primera canción literaria con<br />

El tentador tentado, las últimas mencionadas<br />

ganadoras de<br />

concursos, primero y<br />

tercer lugar, y esas no<br />

hablan de amor. Pero<br />

es imposible no cantar<br />

de amor, el punto<br />

es cómo abordarlo.<br />

—¿Qué te llevó desarrollar<br />

Canción<br />

Literaria?<br />

—Papini fue el culpable<br />

con su libro el Diablo. Como todos<br />

los que conocen el trabajo de Papini,<br />

sentí la necesidad de hacer algo con su<br />

trabajo, así nació El tentador tentado,<br />

que incluyo ahora en el volumen tres<br />

de Canción Literaria. Imagina un Diablo<br />

que tiene la oportunidad de regresar al<br />

cielo por sentirse tentado debido a su<br />

tristeza, escuchando a los ángeles cantar<br />

como él lo ha hecho antes… Su historia<br />

me atrapó y llevarla a la gente de Puebla<br />

donde hay más iglesias que bibliotecas<br />

y librerías juntas… uff, en qué tema<br />

me metí… —exclamó con un ligero aire<br />

de ironía. Un pueblo culto es un peligro<br />

para el gobierno de cualquier tipo y llevar<br />

canciones inspiradas en libros a mi<br />

gente, es darles armas para que no nos<br />

sigan, como dice Octavio Paz, chingando<br />

en éste laberinto…<br />

Cesar detuvo un momento la charla,<br />

cantando un fragmento de su canción,<br />

Comala:<br />

47


—El párroco habla y la cruz desconcierta…<br />

aquí en Comala la gente está<br />

muerta… Caciques expropian a diestra<br />

y siniestra… aquí en Comala la gente<br />

está muerta…<br />

—¿Cuál crees que sea el libro más significativo<br />

para ti?<br />

—El que voy leyendo… pero me<br />

han marcado Los cuatro acuerdos de<br />

Miguel Ruíz, y El laberinto de la soledad<br />

de Octavio Paz; todos los de Juan<br />

Rulfo y prácticamente los que me inflaman<br />

el pecho son los que tienen<br />

que ver con México. Tengo una cosa<br />

pendiente con un disco dedicado a<br />

autores mexicanos. Por lo mientras ya<br />

hay canción de Carlos Fuentes, Aura;<br />

Juan Rulfo, Comala; Víctor Arellano<br />

Al demonio con la canción amor en<br />

las rocas; y un compadrito coetáneo<br />

de Guadalajara, Jorge Álvarez Lozano<br />

con la canción Loreta del libro El maravilloso<br />

y fantástico cirque du grotesque<br />

de la señorita Loreta.<br />

—De todas las canciones que conforman<br />

Canción Literaria, ¿cuál es tu favorita?<br />

—Mi canción favorita es la que le<br />

haya arañado al público en una noche.<br />

48<br />

Es hermoso saber que anda uno solitario<br />

pero que somos hartos los solitarios<br />

y nos vamos en bola cantando.<br />

—Ahora que hay cantautores que se<br />

hacen llamar rupestres y dicen que<br />

forman parte de un nuevo movimiento,<br />

¿te considerarías parte del mismo?<br />

—El movimiento rupestre siempre<br />

existió con auge con los gurús que lo<br />

conforman, siempre anduve atrapado<br />

con las rolas del Rosas, Arellano,<br />

el Meza, el Catana, Nina, el Nono, el<br />

mastuerzo y tantos otros grandes. Lo<br />

que si veo es que el jalón que se le está<br />

haciendo está de poca, las nuevas generaciones<br />

se van atrapando. ¿Qué si<br />

me considero parte? Soy aprendiz de<br />

aquellos callejeros, siempre jalé más<br />

para éste lado de la rola y aunque hago<br />

ritmos más diversos; me considero parte<br />

por el simple hecho de que ellos me<br />

dieron huequito en sus canciones al yo<br />

incluir en el repertorio de batalla, sus<br />

rolas y por supuesto la amistad que<br />

llevo con algunos como el Nono, Carlos,<br />

Carcará, Iván García, César Munguía,<br />

José Luis Galindo, y otros tantos<br />

que pueda olvidar pero que son bien


¿Quieres conocer<br />

más del trabajo de<br />

este cantautor?<br />

Descarga su música leyendo<br />

el código QR, o búscalo en redes<br />

sociales como Cesar Alejandro<br />

Olvera<br />

importantes. Pero la verdadera generación<br />

rupestre son esos grandes que todos<br />

conocemos, los demás vamos naciendo<br />

con su influencia proponiendo<br />

otros rollos, pero que a fin de cuentas<br />

es el mismo porque compartimos escenario,<br />

amigos y hasta el pan y el vino.<br />

—¿Y qué opinas de todo el trabajo que<br />

han hecho y del movimiento original?<br />

—Me voy haciendo cuate de cada uno<br />

que conozco y eso es fabuloso, el movimiento<br />

se hace cuando se compromete<br />

la persona, se involucra con el otro y<br />

nos tuteamos y conocemos si sale el sol<br />

en su casa o arden las cortinas. El movimiento,<br />

lo reitero, de los rupestres en<br />

Puebla, lo vivo con Arellano y el Nono,<br />

con Iván, Carcará, Munguía y otros tantos.<br />

Lo que me late es que no está establecido<br />

a ciencia cierta, aunque hay un<br />

manifiesto rupestre pero, a lo que me<br />

refiero es que nos vamos adueñando<br />

de lo rupestre al oír y vivir los conciertos<br />

y hacer canciones que tengan que<br />

ver con los de la generación original.<br />

Ando elaborando una canción en homenaje<br />

al respecto y la he de corregir,<br />

adivinen con quién —dijo con una sonrisa<br />

de complicidad en su rostro.<br />

<strong>La</strong> charla prosiguió por varios minutos<br />

más. Había terminado mi café a la<br />

par que exhalaba la última bocanada<br />

de mi cigarrillo. Cesar se despidió amablemente,<br />

el atardecer sucumbía a la<br />

noche mientras los últimos rayos del<br />

sol iluminaban el campanario de la catedral<br />

de Puebla.<br />

<strong>La</strong> noche había caído ya mientras,<br />

después de comprar mi boleto de regreso,<br />

esperaba el autobús en la terminal<br />

comiéndome uno de los camotes<br />

que había comprado. Esta entrevista<br />

con Cesar había sido enriquecedora,<br />

no cabe duda que su ideología y sus<br />

canciones retoman aquellos viejos<br />

ideales que el Profeta del Nopal y los<br />

demás rupestres iniciaron; también<br />

hay que destacar su gran compromiso<br />

con la literatura al invitar, a través de<br />

sus canciones, a que las personas desarrollen<br />

ese pensamiento crítico y libre,<br />

y a darse cuenta que los libros son<br />

una interminable fuente de inspiración<br />

para aquellos que deciden sumergirse<br />

en ellos.<br />

Minutos antes de subir al autobús<br />

escuché dentro de una pequeña cafetería<br />

de la terminal una canción que<br />

llamó mi atención; la guitarra armonizaba<br />

con gran perfección la melodía<br />

que aquella juvenil voz expresaba. Me<br />

levanté de mi asiento y me dirigí a la<br />

cafetería, debía averiguar de quién era<br />

la canción que escuchaba. Mi viaje apenas<br />

comenzaba y al parecer todavía no<br />

podría regresar al Distrito.<br />

49


50<br />

EXTRAÑAS<br />

CRIATURAS<br />

Por Circe


Sus días en la superficie estaban<br />

contados. Nunca creyó en esas historias<br />

fantásticas de seres como<br />

ella que nunca regresaron al mundo<br />

abisal porque encontraron el amor en la<br />

tierra y eso les redimía de su compromiso<br />

de regresar, pero cuando Noel la encontró<br />

aquella noche durmiendo en el<br />

acantilado y la invitó a ir con él, lo creyó<br />

posible. Ella lo siguió dejándose llevar<br />

por sus ojos tiernos y nobles, le dejó<br />

creer que lo necesitaba, le permitió cuidar<br />

de ella como si él fuera lo único que<br />

tenía en el mundo, y así fue en realidad.<br />

<strong>La</strong> generosidad de aquel muchacho la<br />

enterneció hasta la locura.<br />

Noel vivía en una casa de pescadores<br />

en una playa cercana a los acantilados<br />

que fueron su refugio durante un tiempo.<br />

Antes de decidirse a acercarse a ella,<br />

llevaba tiempo observándola, viéndola<br />

cobijarse entre los recodos de las rocas<br />

para pasar las noches, al igual que ella,<br />

escondida, lo había visto pasear por<br />

aquel paraje abrupto y solitario.<br />

Al principio, fueron meros seres pululando<br />

el uno en torno al otro, dos seres<br />

que se observan, que se acercan, se<br />

alejan, tímidos, inseguros, expectantes,<br />

pero conforme los días transcurrían, la<br />

atracción se intensificaba, como la de<br />

dos astros que confluyen en la misma<br />

órbita momentos antes de colisionar.<br />

Cuando el contacto del uno con el otro<br />

fue inevitable y se dejaron arrastrar por<br />

la intensa corriente de sus pasiones, por<br />

fuerzas desconocidas hasta ahora sin pararse<br />

a pensar hasta dónde les llevaría.<br />

Noel manifestaba su adoración por<br />

ella, un fervor que crecía y crecía llenándola<br />

de felicidad, y no podía evitar<br />

estremecerse ante aquellos ojos que<br />

la miraban llenos de diminutos átomos<br />

dorados, brillantes, chispeantes,<br />

y temblar cuando, de aquellas manos<br />

que la acariciaban, brotaba una sonora<br />

electricidad, como risas de ángeles del<br />

país de Liliput.<br />

Ahora se preguntaba ¿qué había<br />

cambiado entre ellos? ¿Cuándo? ¿Por<br />

qué? Sentada sola en la oscuridad de<br />

un cuarto, mientras esperaba oírlo entrar<br />

por la puerta, una fuerza interior<br />

descomponía los colores, dentro y fuera<br />

de ella, y la devolvía a su verdadera<br />

identidad, la de un ser sombrío y tenebroso,<br />

a quien la luz del sol y el amor<br />

de un humano habían dotado de una<br />

belleza desconocida que ahora se desvanecía<br />

segundo a segundo. <strong>La</strong> certeza<br />

de su inevitable destino le provocaba<br />

angustia y miedo, soledad, dolor, porque,<br />

de alguna manera manera, después<br />

de ese tiempo juntos, se sentía<br />

ya parte del aquel mundo de luz y color.<br />

Ella pertenecía a un estirpe de hembras<br />

que necesitaban de los hombres<br />

para perpetuarse como especie, ese<br />

era, exclusivamente, su cometido en<br />

tierra firme y una obligación que debían<br />

cumplir, como hicieron todas las<br />

demás antes de ella, al menos, una<br />

vez en la vida, no debía olvidarlo. Para<br />

acometer tal función, la naturaleza las<br />

había dotado de esa cualidad mutante<br />

y de ciertos dones para atraer a su regazo<br />

a un ser humano que tuviera la<br />

capacidad de satisfacerlas. Había sido<br />

así desde los tiempos más remotos,<br />

tal como relataban las leyendas que<br />

se transmitían de generación a generación,<br />

como aquella de Ulises al que,<br />

sus marinos, ataron al mástil del barco<br />

para así evitar sucumbir a los hechizantes<br />

cantos de Parténope.<br />

Tal vez Noel, al igual que los peces<br />

de aquel acuario que visitaron juntos,<br />

que giraban enloquecidos como si un<br />

51


pez grande, con la boca abierta, los<br />

persiguiera, sintió el peligro, intuyó al<br />

monstruo que dormía a su lado, las<br />

frías escamas que palpitaban bajo su<br />

piel rosada, cálida y delicada; comenzó<br />

a resistirse al indomable mundo salvaje<br />

de los sentidos al que había sido<br />

arrastrado y del que ella misma había<br />

intentado huir pero al que su naturaleza<br />

la condenaba sin remedio.<br />

Era una noche oscura, sin luna, nadie<br />

la vería partir. El acantilado en el<br />

que Noel la encontró era un lugar suficientemente<br />

apartado y solitario. Hubiera<br />

sido más fácil y sosegado la playa,<br />

entrar caminando en el agua y después<br />

sumergirse, pero siempre había albergado<br />

la fantasía de dar el salto, penetrar<br />

de golpe en las aguas y no tener<br />

tiempo de mirar atrás. Se desnudó, doblo<br />

su ropa, no la necesitaría allí a donde<br />

iba y la dejó entre las rocas, aquel<br />

sería el primer lugar en el que Noel la<br />

buscaría cuando le extrañara su ausencia,<br />

allí la encontraría y comprendería<br />

que se había marchado para siempre.<br />

Sería su carta de despedida.<br />

Se acercó hasta al mismo borde del<br />

precipicio, y aunque el viento húmedo<br />

y salado la empujaba tierra a dentro,<br />

dio los primeros pasos hacia delante.<br />

Se paró unos segundos, volvió la cabeza<br />

para ver por última vez el mundo<br />

que dejaba detrás. <strong>La</strong>s luces de una<br />

ciudad pululaban en la oscuridad. Miró<br />

el cielo lleno de estrellas y admiró, una<br />

vez más, su belleza. El ruido de las olas<br />

abajo, chocando con las rocas, la llamaba<br />

y sus ojos, que comenzaban a<br />

adaptarse a la oscuridad, podían distinguir<br />

los saltos y escuchar las voces<br />

de las criaturas marinas que habían<br />

venido a recibirla y que la acompañarían<br />

de vuelta. A la mañana siguiente<br />

los habitantes de las casas cercanas<br />

hablarían de los sonidos extraños que<br />

provenían del mar. Pero antes de decidirse<br />

a saltar, dio un paso atrás, se<br />

había contaminado de algunas emociones<br />

humanas como el miedo, el instinto<br />

de huida ante una posible muerte,<br />

y el vértigo cosquilleó en sus entrañas.<br />

Su pie derecho sobresalió hacia el abismo,<br />

nada lo sostenía, el corazón palpitaba<br />

con fuerza y los ojos se llenaron de<br />

lágrimas ¿lágrimas? Eran saladas como<br />

el agua del mar, se extrañó. Pronunció<br />

su nombre «Noel» y sonó dulce.<br />

Entre sus dedos surgieron delicadas<br />

membranas que acarició recordando<br />

su tacto suave. <strong>La</strong> metamorfosis había<br />

comenzado. Su fina y rosada piel comenzó<br />

a llenarse de escamas azuladas<br />

que la traspasaban con dolor, en sus<br />

ojos crecía una amarillenta membrana<br />

impermeable que le permitiría mantener<br />

los ojos abiertos dentro del agua y<br />

ver en la oscuridad, su cabello suave y<br />

largo, en unos segundos, no sería más<br />

que una aleta espinosa. Contuvo la<br />

respiración casi hasta desfallecer para<br />

que las branquias ocultas detrás de sus<br />

orejas se abrieran como abanicos para<br />

proporcionarle el oxígeno tan ansiado.<br />

<strong>La</strong> separación de sus piernas comenzó<br />

a difuminarse.<br />

Tocó su vientre, allí guardaba el tesoro<br />

que había venido a buscar, allí adentro,<br />

dormidos, palpitaban los óvulos<br />

fecundados que desovaría en algún rincón<br />

oscuro del fondo del mar. Oyó voces<br />

a lo lejos. Tenía que darse prisa. Saltó.<br />

52


53


54<br />

TIEMPO<br />

MUERTO<br />

Por Hugo Casarrubias


El frio del muelle ya comenzaba a<br />

golpear mi cuerpo a pesar de la gabardina<br />

que portaba. Hace un par<br />

de minutos me había fumado mi último<br />

cigarrillo y en estos momentos de ansiedad<br />

deseaba otro. A mi hija le molestaba<br />

que fumara tanto pero los casos que<br />

me reportaban en mi oficina me estresaban<br />

de sobremanera; inhalar el humo<br />

del tabaco me relajaba en mis tareas<br />

diarias. No obstante mi nivel de estrés<br />

en esos momentos se elevó considerablemente,<br />

sentía mi cerebro como un<br />

elevador poseído por los demonios del<br />

remordimiento. Todo esto había sido<br />

mi culpa, lo reconozco pues las relaciones<br />

que establecía con «Los herreros»<br />

habían sido con el fin de protegerme a<br />

mí y a mi familia. Algo había salido mal,<br />

un malentendido que no se pudo aclarar<br />

en su momento. Me he convertido<br />

en el verdugo de mi familia, de mi hija,<br />

a quien adoro con toda mi alma, ahora<br />

tendré que verla en el exilio.<br />

Tenía una fama inequívoca en la comisaría.<br />

El tiempo avanzaba rápidamente<br />

y los eventos especiales de mi<br />

hija me los perdía por impuntualidad…<br />

o simplemente por darle prioridad a<br />

mí trabajo. Todos sabían que mi falta<br />

de tiempo era producto de apuestas y<br />

burlas pero no me importaba. Mi trabajo<br />

era serio y mi hija comprendía estas<br />

faltas en su vida. Nunca creía que esta<br />

irresponsabilidad me llevaría a catastróficas<br />

consecuencias.<br />

Tenía que quedarme muy quieto en<br />

este paisaje de contenedores de metal.<br />

Desolado como mi espíritu y distópico<br />

como mi difuso futuro. A luz de la luna,<br />

la mochila repleta de armas parecía<br />

que guardaba la cabeza de alguien que<br />

le había jugado sucio a «Los herreros».<br />

Yo me sentía uno de los tantos asesinos<br />

a sueldo que trabajan para ellos. Por<br />

un momento me dio asco este pensamiento.<br />

No era un asesino y mucho menos<br />

deseaba serlo, solo soy un detective<br />

que traicionó a los suyos a cambio<br />

de protección y bienestar. Lo sé, una<br />

persona como yo no merece la cárcel,<br />

los cobardes no se hunden bajo cuatro<br />

muros de concreto sino en las lenguas<br />

llameantes del infierno.<br />

Revisé mi reloj. <strong>La</strong>s 11:45 y ni una<br />

señal de presencia humana. Paradójicamente<br />

me sentía ansioso por la<br />

impuntualidad de «Los herreros». Di<br />

media vuelta y me encontré con las<br />

tranquilas aguas del muelle. <strong>La</strong> luz de<br />

la ciudad resplandecía en su negrura<br />

y parecía tener vida ante las pequeñas<br />

olas del mar. De pronto apareció una<br />

garza y se postró sobre uno de los postes,<br />

miró hacia el agua y parecía cazar<br />

algo. Había visto su cena nadar en el<br />

mar negro. Saltó mi corazón y pensé en<br />

aquella idea de muerte, sentirte frágil e<br />

indefenso ante la caza de alguien más<br />

poderoso. Yo era ese pez que disfrutaba<br />

del agua nocturna, seguro de mis<br />

nados en el mar. Hasta que llega una<br />

garza hambrienta que busca sacar de<br />

su paz, de su seguridad, al que nada<br />

con tranquilidad.<br />

Un destello bastante luminoso me<br />

distrajo. Venia de la entrada del muelle.<br />

Di media vuelta y apreté con fuerza<br />

las cintas de la mochila. No me había<br />

percatado del peso de esta pues mi<br />

brazo ya comenzaba menguar. Se trataba<br />

de una camioneta, una Ford Panel,<br />

probablemente del año 54 por la forma<br />

alargada de la trompa. Su color negro<br />

reflejaba como espejo el cielo estrellado.<br />

Los faros me deslumbraron y la camioneta<br />

se detuvo a un par de metros<br />

de mi posición. El motor no se detuvo<br />

55


pero escuché cuando la puerta se abrió.<br />

Unas botas pesadas se dejaron escuchar<br />

sobre el pavimento.<br />

—¡Morales! —gritó y de inmediato reconocí<br />

aquella voz, se trataba Hernán Mireles,<br />

conocido entre las mafias y el centro<br />

de inteligencia como «el fideo». Un hombre<br />

astuto y mortífero con su Magnum 44.<br />

Delgado, pálido y repleto de cicatrices en<br />

el rostro este hombre era el que reclutaba<br />

a los que hacían el trabajo sucio para<br />

José Montoya, «el herrero».<br />

—¡Si aquí estoy! ¡Donde está mi hija!<br />

—grité y una gota de sudor frío recorrió<br />

mi espalda.<br />

—¡¿Dónde están las armas?!<br />

—¡Aquí, pero primero quiero ver a mi<br />

hija!<br />

Por unos eternos segundos no hubo<br />

respuesta más que el monótono ruido<br />

del motor andando. Repentinamente<br />

vi como algo atravesaba las luces de los<br />

faros y caía deslizándose hasta mis pies.<br />

Me incliné y me encontré con una fotografía<br />

instantánea en blanco y negro: era<br />

Elizabeth, amordazada y amarrada a un<br />

árbol en medio de lo que parecía un bosque<br />

o algún parque. Miré al reverso de la<br />

imagen y me encontré con un pequeño<br />

croquis acompañado de unos dígitos. Estos<br />

marcaban 10:15. Mire de nueva cuenta<br />

mi reloj y vi que ya eran las 11:58.<br />

—¡Dame las armas y te daré el antídoto!<br />

—gritó «el fideo».<br />

—¡¿Cuál antídoto?! ¡¿De qué hablas?!<br />

—grité y el graznido de la garza<br />

me hizo voltear hacia ella. Al regresar<br />

la mirada me encontré con el cañón<br />

de la Magnum apuntándome directo<br />

entre los ojos.<br />

—Tienes poco tiempo, Morales. El<br />

reloj avanza. Ya solo te quedan nueve<br />

minutos.<br />

—¿De qué hablas? ¿Qué le hicieron a<br />

mi hija? —pregunté con cierta rabia. El<br />

hombre jaló el martillo del arma con<br />

una habilidad sobrenatural. Era un<br />

maestro en su clase.<br />

—Dame las armas o te encontraras<br />

con tu hija en el más allá.<br />

—Malditos sean. ¡Malditas ratas de alcantarilla!<br />

¡Púdranse! —grité; me salió<br />

desde lo más profundo de mi ser.<br />

—Vaya que lo tenías reservado —hizo<br />

una pausa y sonrió maliciosamente—.<br />

Eres un buen hombre, Morales, pero no<br />

muy inteligente. Sobre todo en cuestiones<br />

de tiempo.<br />

—¿Dónde está mi hija?<br />

—Dame las armas o tu hija morirá.<br />

No tuve elección. El hombre delgado<br />

tenía toda la ventaja sobre mí. Le<br />

di las armas y la maldita garza volvió<br />

a graznar. «El fideo» tomó las armas y<br />

con la mano que apretaba la Magnum<br />

dejo caer una jeringa. Alzó la mochila y<br />

corrió hacia la camioneta. Esta se alejó<br />

rápidamente levantando humo sobre<br />

56


el muelle mientras la luz de la luna la<br />

escoltaba a la salida.<br />

Levanté la jeringa y mire de nueva<br />

cuenta la fotografía. Ver a mi princesa<br />

atada a ese árbol me provocó una<br />

enorme tristeza que se convertía en<br />

rabia. De pronto unos truenos amenazantes<br />

aparecieron en el cielo raso y<br />

me di cuenta de lo mucho que estaba<br />

perdiendo el tiempo. Miré el croquis y<br />

me percaté de que se trataba del parque<br />

que se encontraba cerca de la salida<br />

hacia el muelle. Vi los dígitos y miré<br />

mi reloj. Mi mente no lo había visto,<br />

no lo había asimilado en el momento.<br />

Mi hija había sido envenenada y<br />

tenía el antídoto. Corrí hacia la salida<br />

del muelle y la garza volvió a graznar,<br />

pero esta vez levantó el vuelo y tomó<br />

a su presa con una astucia admirable.<br />

—Yo no seré ese pez —me dije mientras<br />

corría y la lluvia golpeaba mi cara.<br />

Llegué al parque en seis minutos. Ya<br />

solo me quedaban dos para suministrarle<br />

el antídoto a mi princesa. Entre<br />

al parque y comencé a buscar el árbol<br />

de la imagen. Un trueno cayó cerca de<br />

un claro y por unos segundos iluminó<br />

la copa de un imponente árbol a la<br />

distancia. Algo me decía que esa era<br />

ahí. Corrí con toda mi energía hacia<br />

ese lugar. Esperaba abrazara mi hija y<br />

suministrarle el antídoto lo más rápido<br />

posible pero… había algo ahí que<br />

no me esperaba. En el tronco del árbol<br />

había un esqueleto amarrado. <strong>La</strong> carne<br />

putrefacta aún estaba adherida a los<br />

huesos. Un trueno cayó y aluzó los jirones<br />

de ropa que portaba en vida. Vi<br />

algo conocido, un trozo de tela de un<br />

vestido floreado que mi hija se ponía<br />

con frecuencia, el trozo se encontraba<br />

adherido al fémur del esqueleto. Me<br />

hinqué y lancé un grito al cielo lluvioso.<br />

Mi cobardía y mi impuntualidad al<br />

fin habían creado estragos mortales.<br />

Jamás creí que mi egoísmo me llevaría<br />

a esto. Fui devorado como la garza<br />

al pez. En un acto de rabia hice añicos<br />

la fotografía y me pique con la jeringa.<br />

En mis brazos y en mi cuerpo. Deseaba<br />

morir. Ya no quería vivir. <strong>La</strong> razón de<br />

mi existencia había desaparecido y mi<br />

paso por la tierra había llegado a su fin.<br />

Y así fue.<br />

Mi vista comenzó a nublarse. Mis<br />

huesos comenzaron a dolerme. Mi piel<br />

empezó a arder. Mi cabeza ejercía una<br />

presión sobrenatural. Mi nariz comenzó<br />

a sangrar junto con mis oídos… Y en<br />

medio de aquellos árboles, frente al<br />

esqueleto de mi hija, me tiré a la hierba<br />

crecida y la lluvia aliviaba mi dolor<br />

emocional. Una sombra se presentó en<br />

mi visión y por la forma de su cabeza<br />

enseguida determiné su paradero. Era<br />

José Montoya «El herrero» quien reía<br />

entre dientes mientras me veía morir.<br />

57


58<br />

NOCHE DE<br />

BRUJAS<br />

Por Manuel Rodriguez


Llegaron a la presa «El Carrizo» convertidas<br />

en grandes aves nocturnas…<br />

sus siluetas dibujadas bajo<br />

las sombras de los carrizos y reflejadas<br />

en el agua por efecto de los rayos<br />

de la luna me inspiraban a las hadas<br />

preferidas en los cuentos de niños; las<br />

primeras en llegar eran completamente<br />

blancas como garzas gigantes, en<br />

tanto las rezagadas en el vuelo tenían<br />

las alas bordeadas de negro diferenciándose<br />

en el tono que iba del claro<br />

al oscuro profundo. Una a una se fueron<br />

posando en el borde de la presa de<br />

agua tranquila, serena y transparente,<br />

en tanto sus alas iban desapareciendo<br />

en su cuerpo mismo transformándose<br />

en voluptuosas ninfas celestiales como<br />

damas de la fresca noche, lanzándose<br />

una a una en las aguas quietas de la<br />

presa acuífera haciendo olas concéntricas<br />

transformando su figura reflejada.<br />

<strong>La</strong> noche serena y tranquila de plenilunio<br />

me permitía atisbar desde entre el<br />

follaje de las plantas de viravira a donde<br />

me había trepado escondido y asustado<br />

por la sorpresa que representaban en<br />

mi camino al pueblo de la colina. En el<br />

agua de la presa empezaron a cogerse<br />

por las manos, recostando sus cuerpos,<br />

haciendo olas con ellos, empezando<br />

una danza sin fin, jugando a la ronda<br />

alegremente como cisnes en un ballet<br />

entre luces naturales; jugaban dando<br />

pequeños saltos de alegría en tanto con<br />

las manos sacaban el agua que se transformaba<br />

en pequeñas gotas cristalinas<br />

resbalando por sus cuerpos desnudos.<br />

Era medianoche y la luna llena brillaba<br />

intensa en un cielo sin nubes<br />

empezando a descender desde el cénit,<br />

cuando decidieron abandonar su<br />

reunión y salir al borde de la presa empezando<br />

otra vez a crecerle las alas; en<br />

tanto unas a otras se acicalaban el plumaje<br />

para volver a emprender su vuelo<br />

nocturno luego del breve descanso,<br />

desapareciendo en la distancia en la<br />

tranquilidad de la noche entre luciérnagas<br />

que prendían de tanto en tanto<br />

sus luces por entre bichos nocturnos<br />

que cantaban en las ciénegas cerca al<br />

camino. Bajé del árbol haciendo uso<br />

del tino juvenil, desafiando a los misterios<br />

de la noche, y tomé el camino<br />

cuesta arriba siguiendo mi destino con<br />

dirección al pueblo de mis amores juveniles.<br />

En el camino avanzaba recordando<br />

mis clases de mitología y cuentos<br />

griegos explicados con dedicación<br />

por el director del colegio en el que<br />

estudiaba, hablándonos de Demóstenes<br />

en la Grecia antigua explicando del<br />

equilibrio perfecto y la desnudez femenina,<br />

resumiéndolo en una frase que ha<br />

trascendido los siglos: «Nosotros tenemos<br />

compañeras (hetairas) para la voluptuosidad<br />

del alma y prostitutas para<br />

la satisfacción de los sentidos; mujeres<br />

legítimas para darnos hijos de nuestra<br />

sangre y llenar nuestras casas…» En<br />

tanto Ateneo, el famoso gramático griego<br />

escribía en su momento sobre Friné:<br />

«Era bella todo en aquello que no se ve»,<br />

y lo era tanto que inspiró a Apeles para<br />

su Afrodita Anadiomena, es decir; Afrodita<br />

saliendo de las aguas.<br />

Nuestro profesor resumía a Friné,<br />

como una de «las señoritas de moral<br />

elástica dedicadas al rubro artístico y a<br />

la prostitución», difícilmente podía vérsele<br />

en los baños públicos de la época<br />

y solamente una vez, en la fiesta de los<br />

misterios de Eleusis, se bañó desnuda<br />

en el mar saliendo de entre las aguas a<br />

la vista de todos los asistentes que se supone<br />

inspiró al pintor que se encontraba<br />

por ahí de pura casualidad. <strong>La</strong> misma<br />

59


Friné sirvió de modelo al escultor Praxíteles,<br />

el más famoso y cotizado de la<br />

Grecia clásica quien la hizo su amante<br />

pensando que con eso se ahorraba los<br />

honorarios de la modelo; cuentan también<br />

que el escultor quiso retribuir sus<br />

«servicios» ofreciéndole como regalo<br />

una de sus estatuas a libre elección. Friné<br />

no sabía nada de esculturas, sin embargo<br />

ideó una trama sobornando a un<br />

esclavo para que ingresara al taller gritando:<br />

¡Se incendia el taller! Praxíteles<br />

exclamó: ¡Salven al Eros! Y así fue que<br />

Friné se enteró cuál era la estatua más<br />

valiosa, eligiendo a Eros.<br />

Friné fue influenciada tanto que quiso<br />

comparar su belleza a la de Afrodita, lo<br />

que dio motivo a las autoridades griegas<br />

que, al llegar a enterarse, la acusaron<br />

de impiedad; en esos tiempos era<br />

cosa seria y le podía costar una condena<br />

a muerte. Praxíteles contrató a Hespérides,<br />

famoso abogado y orador, para<br />

defender a Friné ante los jueces sin conseguir<br />

convencerles. Siendo un buen<br />

observador notó que los jueces pedían<br />

la cabeza de Friné, pero también ansiaban<br />

con lascivia su cuerpo desnudo,<br />

de ser posible viva; en consecuencia el<br />

hábil abogado argumentó que sería un<br />

crimen privar al mundo de una belleza<br />

incomparable como la de su defendida<br />

y ahí mismo le sacó la túnica de un tirón<br />

entre gritos y aplausos de las tribunas<br />

con miradas nostálgicas y soñadoras de<br />

los ancianos jueces.<br />

Era allá por los 300 A.C. y reafirma la<br />

idea de que para una mujer muchas veces<br />

basta con desnudarse para hacerse<br />

famosa. Pensaba que Friné sin duda<br />

hizo escuela de desnudez por muchos<br />

siglos después… justamente la desnudez<br />

que acaba de ver en la represa<br />

al pie de la montaña, aquella noche de<br />

luna llena en tanto por casualidad pasaba<br />

con destino al pueblo de la colina.<br />

60


61


EL SÍNDROME<br />

DE LA PÁGINA<br />

EN BLANCO<br />

Por Diana Ruiz<br />

Y<br />

de nuevo me encontraba frente a<br />

aquella maldita página en blanco<br />

que tantos quebraderos de cabeza<br />

me había estado dando desde hacía<br />

demasiado tiempo, ni podría precisar<br />

cuánto. Maldita sea. <strong>La</strong> escritura ha<br />

hecho mella en mi ánimo haciéndome<br />

arisco con la sociedad, dando prioridad<br />

a un folio y un bolígrafo rebosante<br />

de tinta más que virgen antes que a<br />

un plato de un buen puchero caliente,<br />

62<br />

amando mi soledad y los estados de<br />

única presencia en mi despacho, en el<br />

salón, en la cocina... en cualquier parte<br />

de la casa con tal de poder escribir.<br />

Todo me era imposible. Probé a meterme<br />

en la bañera, en seco, ya sabe,<br />

por eso de que el papel y el agua son<br />

malos compañeros. Intenté mil y una,<br />

y no de noches precisamente, sino de<br />

posturas no fuera a ser que con una<br />

determinada posición me viniera la


inspiración, recé a la diosa fortuna por<br />

aquello de: por arte de birli y birloque,<br />

lo consiguió. Pues ni por esas. Nada. Y<br />

si vivía porque así debía cumplir con mi<br />

destino, no por ello le voy a ocultar que<br />

esa situación, enfermedad camuflada<br />

en metáforas, semánticas y gramáticas<br />

no me dejaba vivir. Cada día, cada minuto<br />

de mi insulsa vida, se apoderaba<br />

de mi debilidad vaciándome de unos<br />

sentimientos que, más de una vez, confirmé<br />

perdidos. Esa tortura deformó mi<br />

personalidad y llegó incluso a dibujar<br />

trazas de irremediable locura, quizás<br />

transitoria, hacia todo lo que intentaba<br />

hacer. Miraba la página con temor y<br />

ella me observaba desafiante, con una<br />

prepotencia que acosaba a mi pecho<br />

haciéndolo incrementar su ritmo respiratorio<br />

y cardíaco. En momentos, hiperventilaba<br />

y la ansiedad se inyectaba<br />

por mis venas como si de un opiáceo<br />

63


se tratará, confundiendo mi realidad<br />

y transportándome a un oscuro laberinto<br />

sin su única salida. Estaba encerrado<br />

en vida con una regia coraza que<br />

impedía la inoculación de la más mínima<br />

sensación. En mí ya no se hallaba<br />

ni una huella, ni una reminiscencia de<br />

una bella emoción que pudiera llegar a<br />

plasmar en una página vacía. Y ahí me<br />

encontraba yo. <strong>La</strong> página y yo. Esperando<br />

su vestuario de letras que formaban<br />

palabras y estas, a su vez, frases. Mis labios,<br />

aun con disimulados movimientos<br />

por aquello de obligarte a responder al<br />

prójimo por educación, estaban cosidos<br />

con hilo cardado en el más profundo<br />

infierno, en cuyas calderas lo tiñeron<br />

de ineptitud e ignorancia para mi pesar<br />

y dolor. Y mi cerebro, calló. Enmudeció<br />

sin previo aviso y de un día para otro.<br />

Se apagó para dar paso a una «carta de<br />

ajuste» grisácea e insonora que adormecía<br />

mis neuronas sin necesidad de tanques<br />

criogénicos. Si yo sentía algo era<br />

frialdad mientras que una escrupulosa<br />

necesidad afloraba de mi ser para llenarla<br />

hasta los más recónditos huecos<br />

de su leve blancura de ríos de tinta nacidos<br />

de mi madre literata. Eso era totalmente<br />

contradictorio pues mi cerebro<br />

no funcionaba, no me daba la respuesta<br />

ni la palabra adecuada para comenzar<br />

un mísero microrrelato. ¡Qué menos<br />

que un microrrelato!. ¡Y qué más!. Un<br />

sufrimiento, una desesperada angustia<br />

por no ser capaz de ser visitado por esa<br />

musa imaginaria, esa pócima de creatividad.<br />

Si me quedaba algo de cordura,<br />

que, a estas alturas del partido, lo dudaba,<br />

me estaba abandonando, envolviéndome<br />

en una infinita soledad que,<br />

con maldad, ahogaba el oxígeno de mis<br />

64


pulmones. De pronto, y muy sutilmente,<br />

comenzaron a formarse unos minúsculos<br />

trazos grises en el ángulo superior izquierdo<br />

de la reluciente página y sin que<br />

yo hiciera el más mínimo movimiento<br />

con mi bolígrafo, el cual, reposaba su<br />

eterna siesta sobre mi mano. «¿Es que<br />

no vas a empezar nunca? Vamos, decídete.<br />

No tenemos todo el día», mostró la<br />

página. Mi palidez, estoy seguro, se tuvo<br />

que tornar en un marmóreo cadavérico<br />

al ver aquello. Y las palabras, como<br />

dardos hacia mi estupefacta mirada<br />

sin parpadeo, prosiguieron su inquina:<br />

«¡Que empieces de una vez! ¡Vamos! ¿No<br />

crees que llevas demasiado tiempo sin<br />

dar ni golpe? ¡Eres un zoquete! ¡Un lerda,<br />

un cernícalo, obtuso perdido! ¿Qué<br />

pretendes? ¿Quedarte ahí sentado toda<br />

tu vida esperando que te lo den todo hecho<br />

y tú no muevas un dedo? ¡Despierta<br />

ahora mismo a tu bolígrafo y ponte<br />

a trabajar, pedazo de…!» Pero ¿qué y<br />

quién se habría creído aquella palabrería<br />

para hablarme en dichos términos?<br />

No podía permitir que nada y nadie<br />

rasgara aún más, si cabe, mi ánimo, mi<br />

autoestima, mi persona. Y sin regalarle<br />

ni un ápice más de mi tiempo, y viendo<br />

cómo la página se llenaba de descalificaciones,<br />

insultos, groserías y similares,<br />

con un suave movimiento de mi mano,<br />

temerosa de enfrentarse a un destino<br />

no escrito, hice que mi bolígrafo despertara<br />

de su letargo, la tinta subía y bajaba<br />

por el conducto del artefacto y, acercándole<br />

hacia el punto final de aquella marabunta<br />

de improperios, escribí: «FIN».<br />

El microrrelato había terminado. Y con<br />

ello la charlatanería, el shock psicológico<br />

para un despertar de un síndrome de<br />

página en blanco.<br />

65


66<br />

EL ÚNICO<br />

TESTIGO<br />

Por Esteban R. Jiménez Bedoya


Cuando subí en el paradero de la<br />

esquina Molino, a eso de las ocho<br />

menos diez, la encontré en el ómnibus.<br />

Tenía el cabello negro y largo<br />

en una trenza que caía por su hombro<br />

derecho hasta casi tocar la revista que<br />

leía. Apenas si me dio una ojeada cuando<br />

subí para luego hundirse de nuevo<br />

en su lectura. Llevaba un vestido azul<br />

cielo y un bolso blanco y grande. Podía<br />

haber sido una Ruth, Ana o Sofía, pero<br />

por una razón que ignoro, me pareció<br />

que debía de llamarse Susana.<br />

Si una calamidad doméstica hubiera<br />

tenido lugar en su mañana, como que<br />

el despertador se rebelara con alguna<br />

mala función o que se tardaran en<br />

atenderla mientras compraba su jugo<br />

favorito en la tienda de la esquina, y<br />

hubiese perdido la ruta F-35 a Rodas,<br />

Los Puentes, San Tiburcio y Dolores,<br />

nada malo habría pasado.<br />

El viaje iba sin mayores sobresaltos.<br />

A tiempo. En alguna parada de la avenida<br />

Domingo, la pasajera malvada debió<br />

subir al ómnibus. Creo que fue en la calle<br />

de los bares, la Ramón, o quizá en la<br />

maloliente esquina de Andes. <strong>La</strong> vi recorrer<br />

el bus pasando revista, seleccionando<br />

a su víctima; luego se acomodó<br />

en lo más alto de la ventanilla contigua<br />

a Susana. Era monstruoso ver como se<br />

acicalaba, primero sus alas, luego las<br />

patas. Dio un par de rondas sobre la<br />

incauta Susana que, concentrada en su<br />

lectura, ignoraba lo que sucedía.<br />

Por un momento la creí salvada. <strong>La</strong><br />

perversa criatura se dirigió hacia la<br />

puerta delantera en la parada de Colonias,<br />

y cuando parecía disponerse a salir,<br />

dio un giro violento y regresó en mi<br />

dirección a toda velocidad. El susto me<br />

fue suficiente para dar de bruces en el<br />

suelo, maniobra que me valió las miradas<br />

de sorpresa y burla de los ocupantes<br />

del ómnibus, excepto la de Susana,<br />

que parecía en un mundo distinto al<br />

del resto de pasajeros. Desesperado intenté<br />

encontrarla, descubrir una nueva<br />

arremetida para ponerme a salvo. Tardé<br />

un poco hasta verla en el botón rojo<br />

del timbre, divertida, creo, de haberme<br />

hecho saltar como una liebre asustada.<br />

Me incorporé y al volver la vista no<br />

la encontré más en la salida o en los<br />

vidrios del final del pasillo. Recordé a<br />

Susana y giré de inmediato. Allí estaba,<br />

serena, azul, concentrada.<br />

Debí hacer algo, enroscar el periódico<br />

y atacarla con él, seguirla furibundo<br />

por todo el pasillo hasta darle muerte,<br />

hasta salvar a la pobre e indefensa<br />

Susana. Me quedé inmóvil, perdido en<br />

sus óselos, a veces verdosos, a veces<br />

de un azul sucio. Casi podía ver la diminuta<br />

sonrisa que se le dibujaba en su<br />

traquea alargada en forma de trompa.<br />

Entonces lo supe, se había cansado de<br />

jugar, iba a hacerlo frente a mis ojos.<br />

Se acomodó en dirección a Susana. A<br />

pasos lentos recorrió el borde rojo del<br />

asiento casi tocando su trenza. Me<br />

miró de nuevo mientras abría las alas y<br />

flexionaba un poco las patas.<br />

No pude resistirlo. Lo más rápido<br />

que pude me encontré tocando el timbre.<br />

El chofer, para mi fortuna, se detuvo<br />

casi de inmediato. De un salto estaba<br />

en la calle y me alejé corriendo. No<br />

podía voltear. A pocos metros escuché<br />

los gritos provenientes del ómnibus y<br />

la frenada en seco.<br />

No me presenté en el trabajo. Tomé<br />

un teléfono público y, con manos aún<br />

temblorosas, marqué al estudio para<br />

reportarme enfermo. Vagué por el centro,<br />

por los bulevares sin lograr apartar<br />

de mi mente las variantes del ataque a<br />

67


Susana, incapaz de sacudirme la culpa. Creo<br />

haber tomado uno o dos tragos en un bar de<br />

pensionados y regresé caminando a casa.<br />

Al llegar, me desplomé en el sofá. De<br />

pronto escuché el ruido proveniente<br />

del cuarto. Al principio lo creí una suerte<br />

de motor diminuto, quizás algún cochecito<br />

olvidado por mi sobrino, pero<br />

luego reconocí el rumor de aleteo.<br />

Mi sangre se heló de golpe. Imaginé<br />

el rostro de Susana, los ojos abiertos y<br />

acusantes, la boca abierta, la piel pálida<br />

desprovista de vida. Me supe en el pasillo<br />

que conduce al cuarto, los pies pesados<br />

y la sensación de querer huir, de salir a<br />

la calle y caminar sin rumbo por siempre,<br />

pero seguía en el pasillo, avanzando sin<br />

detenerme en dirección a mi cuarto.<br />

Abrí la puerta y al encender la luz de<br />

la recámara la vi, estaba recorriendo en<br />

delicia la biblioteca, ensuciándola, haciéndola<br />

imposible de releer.<br />

Cerré los ojos. Podía imaginarla volando<br />

de un lugar a otro, echando todo<br />

a perder con sus patas sucias, volando<br />

en círculos como con Susana, burlándose<br />

de mis sobresaltos cuando reiniciaba<br />

su vuelo y destruía la paz que la<br />

ausencia de su zumbido me proveía.<br />

Podía verla lamiendo sus patas y acariciando<br />

sus alas.<br />

Los minutos pasan lentos, y yo aquí,<br />

de pie, con los ojos cerrados, temblando,<br />

sabiendo que tarde o temprano se<br />

cansará del juego y se lanzará hacia mí,<br />

el único testigo.<br />

68


69


70<br />

BESTIA<br />

Por Jhovana Aguilar Jiménez


Estando yo dedicado enteramente<br />

al cuidado de mi enfermiza madre,<br />

me creé un pasatiempo para ocupar<br />

mis tardes libres; cuando mamá<br />

dormía, tiempo en el que yo me hallaba<br />

inactivo, con el correr del reloj y nuestra<br />

casa sumida siempre en un silencio que<br />

parecía perpetuo. Me formé una enorme<br />

pajarera en nuestro jardín trasero, la<br />

dispuse de todas las comodidades que<br />

se me ocurrieron para que las aves pudieran<br />

vivir plácidamente, y una mañana,<br />

dejando a mamá a cargo de la enfermera,<br />

visité el mercado para surtirme de<br />

canarios, ruiseñores, palomas y un loro<br />

joven que, según el vendedor, podría<br />

enseñarle a pronunciar palabras.<br />

De esta forma corrió el tiempo sin<br />

menos tedio para mí; me mantenía<br />

absorto llenando las fuentes de alpiste<br />

y agua limpia, colgando trozos de fruta<br />

en los enrejados de la jaula, procurando<br />

el periódico para que pudieran<br />

adaptar con él sus nidos. Al terminar,<br />

me acercaba una silla y me relajaba escuchando<br />

sus cantos y viéndolos volar<br />

de aquí para allá. A mamá también le<br />

resultó beneficioso. Descansando en<br />

su lecho se maravillaba con las suaves<br />

tonadas que llegaban hasta su alcoba,<br />

y en algunas tardes, cuando sus padecimientos<br />

se mitigaban un poco, la sacaba<br />

en la silla de ruedas para que se<br />

entretuviera observándolos a mi lado.<br />

Al loro, que mantenía en una jaula<br />

aparte por instrucciones del vendedor,<br />

me propuse enseñarle a hablar empezando<br />

por palabras sencillas como<br />

«Hola» y «Adiós». No vi gratificados mis<br />

esfuerzos la primera ocasión; el loro<br />

solo me miraba de vez en cuando y se<br />

dedicaba mejor a picotear la comida,<br />

mientras yo, sintiéndome un tonto, articulaba<br />

las palabras con lentitud, animándolo<br />

a que las repitiera. Sin embargo,<br />

no desistí en mi propósito.<br />

Enorme sorpresa me llevé cuando, al<br />

tercer día de nuestras lecciones, el loro —al<br />

que había nombrado Pepe— descendió de<br />

su columpio, se posó frente a mí y me dirigió<br />

una mirada escrupulosa que, acepto,<br />

me hizo sentir un extraño temor. Entonces<br />

dijo, con voz lúcida y entendible:<br />

—Mi nombre es Bestia. —me quedé<br />

tieso de consternación—. Soy Bestia.<br />

Ese es mi nombre.<br />

Me disculpé y prometí llamarlo así.<br />

Aunque estas primeras palabras me<br />

mostraron que sabía hablar, no volvió<br />

a hacerlo, aunque se lo pedía y le<br />

ofrecía premios a cambio de que me<br />

complaciera parloteando. Me limité a<br />

sentarme frente a él, a la espera de que<br />

sucediera lo que deseaba, tal vez en el<br />

momento menos aguardado.<br />

Una mañana plomiza dedicada por<br />

entero a mis aves, ocurrió. Me había percatado<br />

de que Bestia no comía como debía,<br />

dejaba los trozos de fruta intactos, y<br />

percibía en él una extraña ansiedad.<br />

—Oye, tú, amo —me habló—. Llévame<br />

con los otros, me siento muy solo.<br />

Accedí a su petición, reprendiéndome<br />

a mí mismo por mantenerlo apartado<br />

de los demás, sin entender por qué<br />

el vendedor me lo había especificado<br />

así. Lo trasladé a la pajarera grande<br />

donde podría moverse a sus anchas<br />

y convivir con los demás. Después de<br />

encargarme de ellos volví a casa para<br />

encargarme de las actividades diarias.<br />

Regresé hasta el día siguiente llevando<br />

vastas bolsas de fruta fresca, pensando<br />

en el manjar que disfrutarían mis<br />

animalillos, pero solo hallé plumas<br />

esparcidas por el suelo y los enrejados,<br />

rastros de sangre en el periódico y diluida<br />

en el agua de las fuentes, peque-<br />

71


ños cadáveres amontonados en un rincón,<br />

y en el centro, con aquella mirada<br />

consciente que no les pertenece a los<br />

animales, estaba Bestia, llamándome<br />

frenético para que viera con mis propios<br />

ojos la carnicería.<br />

—¡Amo, mire, amo! ¡Estaba dormido<br />

y no me di cuenta de nada hasta que<br />

desperté! ¡Alguien ha entrado, amo!<br />

¡Amo!<br />

No podía comprender. <strong>La</strong>s puertas<br />

estaban cerradas y el enrejado no estaba<br />

separado. Todos habían muerto.<br />

—¿Te los comiste? —cuestioné asqueado.<br />

—¡No, amo! No me culpe a mí, le prometo<br />

que yo no hice eso.<br />

Cuando la mente se me despejó, limpié<br />

la pajarera y me quedé mirando fijamente<br />

los cadáveres que apilé en una<br />

bolsa, preguntándome qué había pasado.<br />

No le creí por entero a Bestia, pero<br />

tampoco podía creer que él se los hubiera<br />

comido. Siendo el único que me quedaba,<br />

le dedicaba todos mis tiempos<br />

libres, y a veces más, con la duda persistiendo<br />

en una esquina de mi mente, y<br />

la curiosidad. Bestia me pedía que com-<br />

prara más compañeros porque se sentía<br />

solo, pero no accedí temiendo que volviera<br />

a suceder un estrago. Quienquiera<br />

que fuese ese alguien, no se interesaba<br />

por comerse a Bestia, pero si traía más<br />

aves, las mataría sin titubear.<br />

Le tomé un especial cariño a Bestia.<br />

Lo cuidaba con esmero y le rogaba que<br />

me complaciera hablando, pero pocas<br />

veces cedía. Me preocupaba demasiado<br />

que no quisiera comer las frutas y las<br />

semillas, su decaimiento me alarmó y,<br />

con lágrimas en los ojos, le rogué que<br />

me dijera lo que quería, y yo, fuera lo<br />

que fuese, se lo daría. Era tanta mi necesidad<br />

por él, se había convertido en la<br />

única afición en mi vida, y mientras las<br />

fuerzas de mamá declinaban y se acercaba<br />

a ella la muerte, Bestia era para mí<br />

como un consuelo, un refugio contra las<br />

desgracias que se me avecinaban. Desesperado,<br />

viéndolo extinguirse también<br />

por la desnutrición, y, lo acepto, con<br />

una gran curiosidad royéndome, introduje<br />

una mano dentro de la jaula y la<br />

acerqué a él, para acariciarlo en busca<br />

de desahogo, o para probar un enfer-<br />

72


mizo experimento, no lo sé; pero Bestia,<br />

al ver mis dedos extendidos hacia él, se<br />

apresuró a morder mi piel como si fuese<br />

un deleitable trozo de comida. El dolor<br />

físico no se comparaba con la curiosidad<br />

morbosa que me invadía al verlo<br />

alimentarse de mí, y cuando se satisfizo,<br />

retiré mi mano carcomida y sangrada<br />

para envolverla en un trozo de tela. Desde<br />

ahí en adelante le conseguí a Bestia<br />

animalillos para que se nutriera de ellos,<br />

terminaba los ratones en minutos, pero<br />

en ocasiones me pedía platos más fuertes,<br />

pollos o lechones pequeños; y otras<br />

veces solicitaba mi carne, que decía tener<br />

un sabor inigualable. Yo lo complacía<br />

en todo lo que me pedía.<br />

Mientras se deleitaba con mi sabor,<br />

yo no podía evitar llorar de amor por él,<br />

porque me trataba con consideración,<br />

solo pedía mi carne cuando esta terminaba<br />

de sanar, y nunca abusaba del<br />

grado de dolor que yo podía soportar.<br />

Era tanta la confianza que le tenía,<br />

que lo dejaba salir de la jaula para que<br />

volara por la casa. Una vez, cuando<br />

regresé del supermercado, me recibieron<br />

los gritos suplicantes de mi madre.<br />

Postrada en su cama, se presionaba los<br />

ojos, la sangre descendía por su rostro<br />

e inundaba las sábanas. Le pregunté<br />

qué pasaba, pero era sorda a mis palabras.<br />

Le sujeté las manos, mirando<br />

con terror las cuencas vacías y sanguinolentas<br />

donde no había ojos. Sabía<br />

qué había ocurrido y quién había sido<br />

el causante, pero no quise aceptarlo.<br />

Fue tanto el sufrimiento de mi querida<br />

madre en los días posteriores, que, una<br />

tarde en que me hallaba cuidando de<br />

Bestia, saltó por la ventana, agobiada<br />

por el dolor que la atenazaba.<br />

—Ahora me tienes a mí, amo. Solo a<br />

mí —me reconfortó Bestia.<br />

Vivimos felices por muchos días,<br />

pero se cansó de mí y desapareció de<br />

mi vida para siempre. Dejó un vacío insondable<br />

en mi interior. Paso los días<br />

aguardando su regreso, gritando que<br />

vuelva, que tome lo que quiera de mí.<br />

Me queda la insignificante esperanza<br />

de que al morir venga y consuma mi<br />

carne para hacerme finalmente dichoso<br />

y pueda descansar en quietud.<br />

73


74<br />

LINEA<br />

DE VIDA<br />

Por G. Farell


<strong>La</strong> tarde caía y me encontraba somnoliento<br />

en el metro de la línea uno.<br />

Regresaba del trabajo, o eso creo.<br />

Esos recuerdos aún me resultan borrosos<br />

por tanto sueño y cansancio. Cuando<br />

me di cuenta, estaba en la rotonda<br />

de Insurgentes, en medio de la gente,<br />

en medio de una nada que absorbía mi<br />

vida, o lo que quedaba de ella.<br />

Volví a entrar a la estación, saqué una<br />

reluciente moneda de cinco pesos. Compré<br />

un boleto, lo metí en la máquina y<br />

estuve esperando al tren por poco más<br />

de media hora. Me puse en el extremo<br />

derecho de la plataforma. Un señor de<br />

traje rojo un poco desteñido se acercó y<br />

me preguntó la hora, lo ignoré haciéndome<br />

el dormido y me quedé inmóvil hasta<br />

que se fue. El tren llegaba. Mis ojos se<br />

abrían en señal de júbilo y cuando estaba<br />

frenando, una chica de vestido blanco<br />

bloqueó mi atención. Su cabello era largo<br />

y castaño, y su piel morena resaltaba<br />

el vestido y el hecho de que estaba descalza.<br />

Corrió como si quisiera lanzarse,<br />

como si quisiera pasar la línea de vida y<br />

entrar a la Necrópolis mexicana.<br />

Quería detenerla. Me estiré intentando<br />

agarrar su pequeña mano, pero estaba<br />

muy lejos y mis movimientos eran<br />

lentos y pesados. Estuve a punto de<br />

aferrar mi mano a la suya, pero tropecé<br />

con mi agujeta y caí, viendo como ella<br />

caía a las vías cuando el tren llegaba.<br />

Me puse de pie. Quería llorar, en serio,<br />

tenía tantas ganas de llorar, pero estaba<br />

tan dormido, tan cansado de todo,<br />

que solo cerré los ojos.<br />

Cuando los volví a abrir, aparecí donde<br />

estaba hace unos minutos de que la<br />

chica cayera a las vías. Estaba espantado.<br />

Volteé a los dos lados, a ver al señor<br />

que se volteaba en señal de descontento,<br />

esperando que esto fuera una muy<br />

buena y elaborada broma. No, no lo era.<br />

Me tranquilicé. Lo primero que hice fue<br />

amarrarme las agujetas. Cuando estaba<br />

terminando, alcé la vista y vi la pequeña<br />

mano de la chica. Me paré y corrí, pero<br />

fue muy tarde, ella saltó y murió.<br />

Volví a cerrar los ojos y aparecí unos<br />

minutos antes de que ella se suicidara.<br />

Esta vez me interpuse entre ella y<br />

las vías. Ella me empujó, nos tambaleamos<br />

y caímos a las vías muriendo.<br />

Volvía a abrir los ojos y aparecía en el<br />

mismo lugar. Seguí intentando una<br />

y otra y otra vez, de diferente y loca<br />

manera, hasta que llegué al punto de<br />

solo sentarme y ver cómo pasaba todo.<br />

Estaba en un bucle temporal, la peor<br />

tortura que alguien podría sufrir. Ver<br />

morir a alguien y repetirlo constantemente,<br />

hasta volver loco al individuo.<br />

Si pudiera, patentaría la idea, pero no,<br />

es imposible.<br />

Cuando me había resignado, decidí<br />

cambiar mi estrategia. Cerré los ojos,<br />

todo regresó en el tiempo, pasó el suicidio<br />

y me fui de ahí, intentando no<br />

pestañear. Subí las escaleras y estuve a<br />

punto de salir por las puertas giratorias<br />

de metal cuando me di cuenta que algo<br />

estaba mal. Que no podía dejar que alguien<br />

muriera y yo, teniendo el recurso<br />

para salvarla, no hacerlo. No había<br />

marcha atrás. O la salvaba o me tiraba<br />

con ella. Cerré los ojos y aparecí donde<br />

estaba hace unos minutos. Rápidamente<br />

me quité los zapatos, dejé mi<br />

morral junto a un pilar, junto con mis<br />

zapatos, y me preparé para agarrarla<br />

antes de que ella cayera. Estaba nervioso,<br />

sumamente nervioso, pero ya no<br />

tenía sueño, eso era lo bueno. Entonces,<br />

como la primera vez, ella apareció.<br />

Corrí. Salté incluso. Agarré su pequeña<br />

mano, la jalé y la abracé. El tren pasó<br />

75


de largo la estación y esos minutos en<br />

que ella y yo nos miramos, Ella estaba<br />

llorando, había cortado con su novio o<br />

la engañaron. No me acuerdo, no importaba.<br />

<strong>La</strong> había salvado de morir. Había<br />

salvado a alguien. <strong>La</strong> miré y pude<br />

ver sus ojos verdes cristalinos, como el<br />

jade. Sonreí y le sequé las lágrimas. <strong>La</strong><br />

volví a abrazar y volví a cerrar los ojos.<br />

Al abrirlos la vi frente a mí, sonriendo<br />

con lágrimas fugitivas del corazón<br />

en sus mejillas, inmóvil, inerte, como<br />

todo a nuestro alrededor. Me aparté de<br />

ella y pude ver al mismo señor de traje<br />

blanco, al que le había negado la hora,<br />

frente a mí.<br />

—Me fascina la humanidad, su simpleza,<br />

su debilidad hacia el poder, su<br />

impotencia, pero también su fuerza de<br />

voluntad.<br />

Me dio la espalda y solo volteó la<br />

cabeza.<br />

—Tienes la opción de seguirme o de<br />

quedarte aquí. Te ofrezco conocimiento<br />

y sabiduría, pero dolor al saber que<br />

tu vida no será la misma. También te<br />

puedes quedar con tu amada, veo un<br />

futuro de peleas y amoríos ajenos, pero<br />

amor no les faltará.<br />

En ese momento dudé, dudé como<br />

nunca antes lo había hecho, pero la<br />

respuesta era evidente. Caminé hacia<br />

ella y la abracé. Él sonrió y, cuando estuvo<br />

a punto de chasquear los dedos,<br />

lo interrumpí.<br />

—¿Quién eres?<br />

Se volteó y me dijo:<br />

—Soy un eterno moribundo. Una<br />

especie de Dios del tiempo y el espacio…—giró<br />

lentamente—. Eres el primero<br />

que elige el amor sobre el conocimiento.<br />

Qué interesante.<br />

Terminó y chasqueó los dedos. Solo<br />

logro recordar que todo se iluminó. Me<br />

aferré a ella.<br />

Abrí los ojos, de nuevo. Me encontraba<br />

en mi cama. Algunos rayos del<br />

sol se escabullían por las cortinas y la<br />

chica suicida estaba en el antiguo lado<br />

frío de la cama. Su nombre paseaba<br />

por mis labios, como si la conociera de<br />

toda la vida.<br />

—Lisa —pensé en voz alta y sonreí,<br />

entrelazando mi mano con la suya.<br />

76


77


QUÉ ES EL TEATRO<br />

LITERATURA<br />

Y ACCIÓN<br />

Por FLORES<br />

El teatro es palabra en movimiento, es<br />

katharsis del escándalo, esos morritos<br />

de fuego, ese toque de cadera, esa<br />

tragedia y comedia que toca el corazón<br />

del más serio. No hablo de la representación<br />

del teatro, sino de su escritura, de<br />

antes de su puesta en escena, del sueño<br />

del escritor. Porque ese es su sueño, dejar<br />

de pie al mundo, y se escribe para representar<br />

lo que no basta con dejarlo escrito.<br />

Para que el lector encuentre satisfacción<br />

78<br />

en sí mismo, no hace falta conocer bien<br />

al lector, hace falta que el lector conozca<br />

bien al personaje, y que arriba del escenario<br />

no lo desconozca por completo.<br />

Porque a veces sí que lo desconoce, pero<br />

tiene remedio, la imagen que se ha hecho<br />

de él está hecha para el pensamiento. Capaz<br />

de autosuperarse, de representar a su<br />

imposible, el actor, con su plasticidad, su<br />

preparación mental, su disposición al canto,<br />

«hace que a pesar de ser feo y débil por


naturaleza, crea y haga creer que es guapo<br />

y fuerte, de forma natural» (STANILA-<br />

VSKI, 1993: 25-27). Eso no solo se consigue<br />

con la preparación física y mental, sino<br />

también con las cuestiones del ambiente<br />

y decorado: si no hay «espacio icónico» en<br />

el «espacio de representación» (según la<br />

terminología de Barrientos), no conseguiremos<br />

ese efecto inmediato para que el<br />

lector no se lleve una desilusión (GARCÍA<br />

BARRIENTOS, 1991:33-42).<br />

Se trata de conmover al lector —o espectador—,<br />

que ha elegido la obra y que<br />

la obra lo ha elegido a él, para exprimir<br />

el zumo del lloro hasta el aplauso. Que<br />

hasta el cojo se levante a aplaudir, desde<br />

el libro, a una representación que verá<br />

sin duda, y que se leerá el que haya visto<br />

en vivo cómo el actor se ponía en situaciones<br />

límites. Porque lo que de rabia le<br />

dotó el don de la fealdad, de sabiduría<br />

a la adaptación lo supera. Da igual si es<br />

79


feo, flojo y torpe, mientras «esa persona<br />

que te imaginas, llegue a ser totalmente<br />

el personaje» (GROTOWSKI, 2009:63).<br />

Porque la mayor inversión que podemos<br />

hacer contra la desilusión, ha de ser en<br />

la preparación del actor. Un actor que<br />

trabaje a disgusto, no es un actor. El actor<br />

tiene que sentir que el papel que va a<br />

realizar, solo lo puede hacer que él y que<br />

en la medida en que el público abra su<br />

boca, ninguna interpretación sea igual<br />

que la de ayer. Que cada interpretación<br />

sea mejor, porque cada día es único y<br />

cada actor es irrepetible, así es como el<br />

teatro transforma el mundo, no solo en<br />

los libros, sino también en directo. Se trata<br />

de conquistar el corazón de muchos<br />

y estar en el lugar que queremos, en el<br />

lugar que nos quiere y llama hijos suyos.<br />

Se me dirá, no sin éxito, que el mundo<br />

de la literatura ha creado el mundo<br />

del espectáculo, y esa es la bien bautizada<br />

magia del aprendizaje. Porque<br />

aprender es un camino interminable,<br />

lleno de dudas y fracasos. Pero nos levantamos<br />

los pocos que vamos al teatro,<br />

para dirigir la mirada a nuestro actor<br />

idéntico y de nuestro actor idéntico<br />

a nosotros mismos. De tal modo que la<br />

cuarta pared es como un espejo en el<br />

que se refleja el espectador y también<br />

el actor. Pero lo importante es el lector,<br />

lo importante es que esa obra, tan bien<br />

trabajada por el escritor, deje algo en él<br />

y le transforme. Que deje su ignorancia<br />

en la silla y se lance al escenario para<br />

abrazarles. Es viendo en directo a los<br />

personajes, cuando el lector deja de<br />

ser lector y se convierte en actor. Porque<br />

siente la llamada de ser actor y<br />

aprecia la totalidad de las bien trabajadas<br />

razones, y si no va gente al teatro,<br />

80


acabarán por salir los actores a la calle.<br />

Porque también está el Teatro de calle,<br />

hay que acercar la boca al alimento y<br />

exprimir el zumo de la sabiduría. Para<br />

que pueda entrarles por el ojo de la<br />

envidia, incluso son capaces de representar<br />

la envidia, la forma en que a la<br />

ayuda corren los que quieren subir a<br />

besar a la actriz.<br />

Quisiera, para acabar, decir que el teatro<br />

está divorciado del dinero, pero la<br />

sola idea de representar imaginarios, es<br />

conmovedora. Volvamos a pensar que,<br />

en todos los sentidos, sigue habiendo<br />

quien aspira a ser grande y no está del<br />

todo mal el Teatro protesta que deja lugar<br />

a los puntos suspensivos… Yo solo<br />

hago de apuntador en este ensayo que<br />

reacciona mal ante el estímulo, porque<br />

no todos reaccionamos igual ante la<br />

indiferencia de los que pasan del arte.<br />

Pero aquí hemos venido a hablar de literatura,<br />

y lo peor que le puede pasar a un<br />

dramaturgo, es que no le representen su<br />

obra. Porque todos tenemos la ilusión<br />

sobrecogida de ver en el teatro Colón<br />

nuestra obra, y por grande que sea la<br />

toma de conciencia, siempre nos falta<br />

pista de aterrizaje.<br />

BIBLIOGRAFÍA:<br />

STANISLAVSKI, K., <strong>La</strong> construcción del<br />

personaje, 1993, Madrid, Ed. Alianza<br />

GARCÍA BARRIENTOS, J. L., Drama y<br />

tiempo: dramatología I, 1991, Madrid, Consejo<br />

Superior de Investigaciones Científicas.<br />

GROTOWSKI, J., Hacia un teatro pobre,<br />

2009, Madrid, Ed. Siglo XXI<br />

81


82<br />

EL DÍA<br />

QUE CONOCÍ<br />

A PEPE<br />

EL ESCARABAJO<br />

Por Adrián Osorno Hernández


Me despierto por la mañana, escucho<br />

las ráfagas de aire impactando<br />

a toda velocidad contra la<br />

ventana de mi hogar y no puedo evitar<br />

montar en mi coche y conducir hasta<br />

esa región del litoral gaditano que se<br />

emplaza a medio camino entre Costa<br />

Ballena y Punta Candor.<br />

Me encanta sentir la implacable fuerza<br />

del viento de levante intentando<br />

derribarme. Es una pasada ver como<br />

el viento deshace las olas antes de que<br />

lleguen a romper, levantando barricadas<br />

de espuma marina por encima de<br />

las rocas mientras la arena, disparada<br />

a toda velocidad, intenta erosionar mi<br />

piel y arrancármela de los huesos.<br />

Es un espectáculo impresionante,<br />

pero es mejor visualizarlo desde la seguridad<br />

de las dunas.<br />

En un día como este se desarrolló la<br />

historia que me dispongo a contar.<br />

Me encontraba al fondo de una vaguada,<br />

custodiado por sendas paredes de<br />

arena que me protegían del viento. Estaba<br />

enfrascado en la lectura de un libro<br />

de relatos perturbadores de Neil Geiman,<br />

una obra titulada Material sensible.<br />

Hice una pausa para extraer un cigarrillo<br />

liado por mí mismo y lo encendí<br />

con suma torpeza, utilizando mi mano<br />

abierta a modo de pantalla para bloquear<br />

el viento residual.<br />

Por el rabillo del ojo me percaté de<br />

la minúscula y oscura sombra que se<br />

aproximaba hacia mí. Era un escarabajo.<br />

Un hermoso lucánido cuyas prominentes<br />

mandíbulas le identificaban<br />

fácilmente como un individuo masculino<br />

de Lucanus barbarossa, especie<br />

endémica de esta región.<br />

El escarabajo descendió por la pendiente,<br />

dejando un rastro de sus diminutas<br />

pisadas sobre la arena. Se detuvo<br />

justo a mi lado, encarando directamente<br />

al sol. Parecía complacido. Extendió<br />

sus élitros y alas, las cuales eran mecidas<br />

por la débil turbulencia que producía<br />

el viento al ser refractado contra la<br />

cresta de la duna, y dejó su abdomen<br />

expuesto a la luz solar para calentarse.<br />

Inhalé una profunda calada de humo<br />

y alquitrán quemado, manteniéndola<br />

en mis pulmones un buen rato antes<br />

de exhalarla y ver como el viento arrastraba<br />

la turbia nube con suma destreza<br />

en dirección a Chipiona.<br />

—Disculpa, ¿me das una calada? —dijo<br />

una voz masculina.<br />

Eché la vista atrás en busca del origen<br />

de la voz, pero no encontré nada.<br />

—Aquí abajo —reclamó la voz.<br />

Llevé la vista en dirección al suelo,<br />

donde la cabeza del escarabajo me enfilaba<br />

como si estuviera mirándome.<br />

—Eso es.<br />

Me vi sumido en un hechizo de mutismo,<br />

quedando con la mirada congelada<br />

sobre el insecto que parecía<br />

hablarme.<br />

—¿Me das la calada entonces, o no?<br />

Le acerqué el cigarrillo con una expresión<br />

patidifusa y sin decir ni media palabra,<br />

colocando la boquilla del mismo<br />

entre las dos piezas que conformaban<br />

su recia mandíbula. Un pequeño rescoldo<br />

rojo se iluminó entre la ceniza gris<br />

mientras el escarabajo se hinchaba muy<br />

levemente. Luego expulsó por su boca<br />

un fino hilo de humo blanquecino, casi<br />

imperceptible, que enseguida fue dispersado<br />

por el viento sin dejar ni rastro de él.<br />

—Gracias, siempre quise probarlo —admitió<br />

el escarabajo—. <strong>La</strong> verdad es que<br />

no me ha gustado lo más mínimo.<br />

Asentí con la boca abierta en una gran<br />

«o» y llevé el brazo hacia mi espalda para<br />

apagar el cigarro contra la arena.<br />

83


— Puedes hablar si quieres —apuntó<br />

el escarabajo.<br />

Balbuceé algo, nada en concreto,<br />

solo una sarta de sílabas incongruentes.<br />

—Bueno, tampoco pasa nada. Prefiero<br />

esto a lo que le ocurrió a mi amigo Óscar.<br />

—¿Qué le pasó a tu amigo Óscar? —conseguí<br />

decir a duras penas.<br />

—Le preguntó la hora a un tipo, se<br />

asustó y lo pisó —explicó el escarabajo—.<br />

Por eso digo que no me importa<br />

que te quedes sin habla.<br />

—Vaya, lo siento por él.<br />

—¡Bah! Son cosas que pasan —dijo el<br />

escarabajo, quitándole hierro al asunto—.<br />

Cuando decidimos hablarle a las<br />

personas asumimos esa clase de riesgos.<br />

—¿Acostumbráis a hacer esto a menudo?<br />

—le pregunté.<br />

—En realidad no.<br />

—Ajam…<br />

—¿Cómo te llamas? —me interrogó.<br />

—Curro. ¿Y tú?<br />

—No serías capaz de pronunciar mi<br />

nombre —manifestó el escarabajo—. Ni<br />

siquiera podrías pensarlo sin que tu cerebro<br />

explote como una palomita. Pero<br />

puedes llamarme Pepe. Así es como me<br />

hago llamar cada vez que vengo a visitar<br />

estas tierras.<br />

—Pensé que vivías aquí.<br />

—¡Qué va! —exclamó con tono divertido—.<br />

Solo soy un turista.<br />

—¿De dónde vienes?<br />

—De muy lejos, Curro. Cada vez que<br />

vengo de turismo tengo que hacer un<br />

largo recorrido —declaró Pepe—. Pero<br />

merece la pena, me encanta pasar aquí<br />

mis vacaciones.<br />

—No tenía ni idea de que los escarabajos<br />

tuvierais vacaciones —le dije.<br />

—Me temo que hay muchas cosas que<br />

desconoces de los escarabajos —me contestó<br />

Pepe con tono misterioso.<br />

—¿Cómo qué? —pregunté con impaciencia,<br />

esperando sonsacarle más<br />

información.<br />

—A media noche estaré aquí mismo.<br />

Si de verdad quieres saber más, deberás<br />

presentarte a esa hora.<br />

Luego se despidió cortésmente y me<br />

dio la espalda para perderse entre el laberinto<br />

de juncales.<br />

Por supuesto acudí a la cita.<br />

84


Pepe me esperaba en punto exacto<br />

donde nos habíamos conocido la mañana<br />

anterior. Me pidió que lo subiera a mi<br />

hombro y desde allí, observando el horizonte<br />

como un vigía en la cofa de un barco,<br />

me guio a través de las dunas hasta<br />

que llegamos a una gran explanada donde<br />

se daban cita cientos de escarabajos.<br />

Escuché decenas de voces que se quejaban<br />

de mi presencia, las cuales aplacó<br />

Pepe asegurándoles que yo era de fiar.<br />

—¿Qué es esto? —le pregunté.<br />

—Es la plataforma de despegue —me<br />

desveló—. Todos nosotros somos turistas<br />

y ha llegado el momento de que<br />

volvamos a casa.<br />

—Pero no hay ningún vehículo para<br />

que os transporte.<br />

—No es necesario ningún vehículo, tú<br />

solo observa.<br />

Luego utilizó sus alas para revolotear<br />

hasta alcanzar el suelo y se perdió entre<br />

la marabunta de coleópteros. Todos<br />

se arrejuntaron en el centro del llano<br />

arenoso, amontonándose unos sobre<br />

otros hasta conformar un montículo de<br />

azabache viviente.<br />

—¡Adiós Curro! —exclamó la voz<br />

de Pepe desde algún punto indeterminado<br />

del galimatías compacto de<br />

escarabajos.<br />

Acto seguido descendió una luz del<br />

cielo e incidió directamente sobre los<br />

escarabajos.<br />

En ese mismo instante los insectos<br />

comenzaron a correr, dispersándose<br />

rápidamente entre las dunas sin decir<br />

ni una palabra.<br />

—¿Pepe? —pregunté, sin obtener respuesta<br />

alguna.<br />

Parecía que aquellos seres volvían a<br />

poseer la mente insulsa que acostumbraban<br />

a exhibir.<br />

Desde ese día he intentado hablar<br />

con cada escarabajo que se ha cruzado<br />

en mi camino, pero nunca me han<br />

devuelto la palabra. No sabría explicar<br />

qué sucedió allí. Desde luego si alguien<br />

me hubiera dicho que había tenido una<br />

conversación con un escarabajo, jamás<br />

lo hubiera creído.<br />

Por ello, desde ese día, abracé el agnosticismo<br />

más extremo y desde entonces<br />

puedo decir que no creo nada.<br />

85


86<br />

LAS<br />

CHICAS<br />

LEÓN<br />

Por Alberto Arecchi


Noche de luna nueva, en África.<br />

<strong>La</strong>s sombras se han apoderado<br />

de todo el mundo. En las noches<br />

como ésta, la tradición cree que los<br />

espíritus malignos pueden salir de la<br />

selva, para contaminar el mundo de los<br />

hombres.<br />

<strong>La</strong> aldea duerme en la oscuridad total.<br />

Sólo los ojos de los depredadores<br />

pueden distinguir las formas de las<br />

cosas, como si fueran gafas de visión<br />

nocturna. De vez en cuando, el grito<br />

desesperado o el chirrido de una víctima<br />

denuncian que un depredador se<br />

ha ganado su comida.<br />

Cuatro sombras furtivas pasan más<br />

allá de la valla de espinas, alrededor<br />

de los hogares, sin miedo por los fetiches<br />

que deberían proteger contra los<br />

malos espíritus. El perro que guarda la<br />

cabaña tiembla, alarmado. Apenas tiene<br />

tiempo de girar sobre sí mismo, pero<br />

no puede ni siquiera emitir un jadeo. Se<br />

ahoga en una regurgitación de sangre,<br />

la garganta cortada por largas garras<br />

afiladas. Pasos sigilosos se introducen a<br />

través de la puerta, ahora sin protección.<br />

En unos instantes, la tragedia ocurre. El<br />

olor sombrío de la muerte llena el aire<br />

de la pequeña habitación. Una capucha<br />

fría cobre el corazón del mundo, en el silencio.<br />

A partir de los árboles en el borde<br />

del claro, un búho emite su señuelo.<br />

<strong>La</strong>s sombras salen de la aldea, dejando<br />

huellas de sangre y signos de garras<br />

afiladas. No se mueven más como<br />

bestias salvajes. Su aspecto recuerda el<br />

pelaje de los gatos, las huellas son las<br />

de los depredadores, pero caminan en<br />

sólo dos piernas. Se agrupan y se van<br />

silenciosamente hacia la colina. En una<br />

terraza alta, que domina el pequeño<br />

pueblo de chozas, el grupo se detiene<br />

y se vuelve a mirar.<br />

Sólo entonces, las sombras misteriosas<br />

dejan sus pieles, las garras afiladas<br />

de acero que cubrían sus dedos, y se<br />

desatan en un alboroto salvaje. Parecen<br />

bestias salvajes, despeinadas, emitiendo<br />

unas risas gruesas, como las hienas,<br />

pero son chicas, de semblante humano.<br />

Los perros se despiertan, llenando el valle<br />

de cortezas, ahora inútiles.<br />

El sol que se levanta debería despejar<br />

los temores de la noche. <strong>La</strong> chica<br />

Abla se despierta como todas las mañanas,<br />

y sale de su choza, para ir al pozo<br />

a buscar agua. Ella descubre en la primera<br />

luz un largo rastro de sangre que<br />

va desde la valla de los vecinos hacía al<br />

límite de la selva. <strong>La</strong> niña echa a correr<br />

por el pueblo y despierta a la gente con<br />

fuertes gritos. Los hombres se arman y<br />

entran cautelosamente en el recinto de<br />

la sangre (como se llamará, a partir de<br />

ahora, la casa alcanzada por la maldición<br />

de los espíritus nocturnos). Ven al<br />

perro decapitado, encuentran a toda la<br />

familia masacrada mientras dormían:<br />

el cuerpo de Oxu, el guerrero más valioso<br />

de la tribu, se encuentra roto y<br />

desgarrado, junto con los de su esposa,<br />

de los padres ancianos y de sus dos<br />

hijos, en un lío obsceno de rojo oscuro,<br />

incluyendo moscas, mosquitos y cucarachas,<br />

atraídos por el olor de la sangre.<br />

El mundo estaba convencido de que<br />

África Negra ya no conservaba ningún secreto<br />

antiguo, y que no habría obstáculos<br />

al desarrollo, salvo los intereses económicos<br />

ocultos que alimentan las guerras<br />

modernas para el agua y la energía.<br />

En un país de África Central, apareció<br />

en un periódico la noticia de un juicio<br />

penal. Había un grupo de chicas, raptadas<br />

pequeñas en algunas aldeas rurales.<br />

Encerradas durante años en jaulas,<br />

fueran entrenadas para comportarse<br />

87


como carnívoros salvajes, comiendo<br />

sólo carne cruda y sangrienta, obligadas<br />

a capturar presas para su alimento.<br />

Una vez completado el entrenamiento<br />

salvaje, habían sido utilizadas para<br />

llevar a cabo asesinatos por encargo.<br />

Atacaban en grupo a las víctimas designadas,<br />

cubriéndose con pieles frescas,<br />

con un fuerte olor de animales<br />

salvajes, con garras afiladas de metal<br />

en las manos y los pies. Su acción no<br />

se distinguía de un ataque de fieras<br />

depredadoras, con la excepción de una<br />

característica típicamente humana: los<br />

animales, por su naturaleza, sólo matan<br />

para comer o para alimentar a sus<br />

crías. Sólo un animal enloquecido —o,<br />

por supuesto, el hombre— mata cuando<br />

sin sentir los apetitos del hambre.<br />

Durante mucho tiempo he soñado<br />

con ser perseguido por las mujeres–<br />

león o por sus dueños.<br />

Ayer por la tarde, en el parque, a unos<br />

pocos cientos de metros de mi casa, parece<br />

que una pantera gigante fue vista<br />

deambulando por el parque y la policía<br />

anda cazándola, incluso si no está demostrada<br />

la existencia del animal.<br />

Creo que yo sé, en mi corazón: los bateadores<br />

no encontrarán ningún gato... pero:<br />

¿Quién me creería si le dijera todas las pesadillas<br />

que sobreviven en mi memoria?<br />

88


89


90<br />

LA NAVIDAD<br />

2098<br />

DE KAREN<br />

Por Cyan Urón


Karen fue una de las últimas cristianas<br />

rancias de fin de siglo. Se<br />

lo debía en parte a la tradición<br />

generacional. Aquella y todas las navidades,<br />

precedentes y por venir, eran<br />

producto de su antiquísima doctrina.<br />

Lo presumía cuando la oportunidad se<br />

le presentaba; por la mañana, con Marí,<br />

la androide repartidora del restaurante<br />

de comida económica, por ejemplo.<br />

Eso era de lo poco que la hacía sentirse<br />

diferente a los demás. En lo general ella<br />

era bastante convencional; le gustaba<br />

salir con sus amigos, bailar, conectarse,<br />

conversar. Leía artículos históricos y<br />

poseía una modesta colección de biografías<br />

sobre personajes trascendentales<br />

para la humanidad.<br />

Habría que reconocer lo irónico de<br />

ese día, al encontrarse laborando en la<br />

celebración que por derecho casi hereditario<br />

le correspondía. Miró a los asistentes<br />

al banquete; todas muy finas<br />

personas de los distritos más prósperos,<br />

y algún que otro turista de distritos<br />

lejanos, de estados vecinos o en fraternidad<br />

con el nuestro. Karen se sentía<br />

camuflada en su elegante uniforme oscuro,<br />

con dos rectos tiznes carmín por<br />

cada mejilla, resaltando en su lácteo y<br />

fresco cutis, a la manera tribal que parecía<br />

estar perdiendo tristemente auge.<br />

Se preguntó si no se vería algo obsoleta.<br />

De fuera le llegaba el aroma a pólvora,<br />

por la pirotecnia. <strong>La</strong>s calles debían<br />

estar sumergidas en humo. Era insoportable<br />

para su sensible olfato. Miró la<br />

hora proyectada en su palma derecha.<br />

Los gemidos del interior se mezclaban<br />

con la algarabía de los invitados y los<br />

gritos eufóricos de fuera.<br />

Hoy sería la noche de la señorita, hoy<br />

conocería por primera vez lo que es...<br />

ella odiaba que le llamasen así; señorita.<br />

Eran casi de la misma edad, un par<br />

de años en desventaja apenas. Aún así,<br />

Karen todavía no experimentaba lo que<br />

la señorita... Freya (como la célebre líder<br />

del movimiento atavista, que causó<br />

tanto revuelo cuando niña) experimentaba<br />

ahora. Era virgen como la madre de<br />

Cristo redentor, para dejarlo pronto todo<br />

en un punto exacto. <strong>La</strong> pólvora era más<br />

arcaica que Jesús, leía que fue elaborada<br />

cuatro siglos atrás por los chinos como<br />

cura a la mortalidad. Alguien se acercó<br />

a la puerta, tomó el asa, Karen amablemente<br />

le explicó que la habitación estaba<br />

reservada. Los gemidos se habían debilitado,<br />

pero el golpeteo de los cuerpos<br />

blandos comenzaba a sobresalir. Karen<br />

creyó haber identificado el orgasmo de<br />

su jefa. <strong>La</strong> señorita tenía mucho vigor, y<br />

llevaba tiempo planeando este día, este<br />

preciso día; justo el día en que el hijo de<br />

nuestro señor Jesucristo vino al mundo.<br />

El intruso la miró con los ojos llenos de<br />

sorpresa, y Karen le sonrió a la vez que<br />

sujetaba el pomo con firmeza. <strong>La</strong> pólvora<br />

subsistiría por muchos siglos más, pero<br />

su vínculo con la inmortalidad estaba<br />

roto; Karen se sintió inquieta, le hacía un<br />

ruido terrible una tradición tan vacía.<br />

Suspiró. Dentro, la agitación había<br />

cesado. <strong>La</strong> gran actriz Freya Alexandrova<br />

había conseguido darse uno de los<br />

mayores placeres humanos y ahora<br />

reposaba en los brazos de su importador.<br />

Aquel macho, fan de esta hembra,<br />

había recorrido un largo y tedioso sendero<br />

burocrático para traerla aquí, era<br />

su última y más ambiciosa empresa;<br />

ambos habían jugado el mismo juego<br />

desde que se conocieron, acechándose,<br />

midiéndose y ahora finalmente<br />

atacándose. Freya Alexandrova era<br />

una mujer atractiva, de tez bronceada,<br />

con unos rasgos, gustos y costumbres<br />

91


meramente gitanas; así pues, uno de<br />

sus más altos pasatiempos era comprar<br />

y cubrirse de bisutería, puesto que,<br />

como alguna vez lo confesó a Karen,<br />

ella siempre quiso ser orfebre. Su alto<br />

sentido de emotividad la condujo por<br />

otro camino; a encarnar personajes, a<br />

lo que Karen muchas veces comparaba<br />

con su gusto por mirarse como uno de<br />

estos y narrar su existencia. De pronto<br />

pensó en su abuelo. Freya siempre se<br />

lo recordaba indirectamente; ambos<br />

detestaban este tipo de eventos, todo<br />

tipo de eventos, y eran harto sensibles<br />

al punto de llorar porque sí.<br />

El abuelo de Karen debía traer puesto<br />

encima el enorme cobertor afelpado,<br />

semejando un oso, sentado en su sillón,<br />

pensando a oscuras y frotándose las<br />

manos. <strong>La</strong> cara resplandeciente como<br />

luna por aquello de inocularse ADN de<br />

quién sabe qué animal abisal bioluminiscente<br />

cuando joven y deportista.<br />

Karen estaba preocupada porque era el<br />

último familiar que le quedaba. Cuando<br />

muriese regalaría al gato porque no<br />

soportaba la idea de convivir íntima y<br />

exclusivamente con uno. El importador<br />

salió un tanto apurado y sin mirarla. El<br />

abuelo se había desconectado del mundo<br />

tras la muerte de su hija, luego que<br />

la abuela falleció años más tarde, tuvo<br />

un cruento ataque, y despedazó todo<br />

recuerdo de ellas, para finalmente mu-<br />

92


darse a casa de Karen, quien asumió<br />

el papel de enfermera. Dormía mucho,<br />

lloraba mucho, e intentaba ayudar acomidiéndose<br />

de vez en cuando a preparar<br />

comidas vegetarianas como para no<br />

pensar en su destino. Estaba prohibido<br />

mencionar alguna alusión a eso frente<br />

a él. Los agentes de aseguradoras eran<br />

terroristas, sólo había que ver su expresión<br />

de pánico para darse cuenta.<br />

Karen miró la hora. Se había perdido<br />

en recuerdos. Echó un vistazo dentro. <strong>La</strong><br />

señorita Freya miraba estática boca arriba<br />

el techo verde, los dientes infantiles, redondeados,<br />

expuestos. <strong>La</strong>s sábanas manchadas<br />

de orina en el borde del colchón, y<br />

debajo, en el suelo, un charco de esta. Lo<br />

había encontrado, ese era el aroma sepultado<br />

en perfumes oceánicos y silvestres<br />

que Karen siempre confundía con el de<br />

la sopa de fideos. Y aquel, condensado y<br />

equino tufo, que despedía antes de pedir<br />

su primer trago del día. Se inclinó sobre<br />

el cadáver orinado. Apresurada fue despojando<br />

el cuerpo de alhajas; los anillos<br />

con piedritas brillantes formando pétalos,<br />

el collar frondoso con frutos de jade, las<br />

mariposas de alas diamantinas colgando<br />

del ombligo, el diamante en la nariz, se le<br />

montó y zafó con cuidado los pendientes<br />

con soles horadados, los dorados brazaletes<br />

y pulseras en muñecas y tobillos. En la<br />

vorágine no se percataba de lo cautivado<br />

que tenía a su muy selecto público.<br />

93


SOBRE LA<br />

ESCASA LECTURA<br />

EN MÉXICO<br />

Por Alexandro Arana Ontiveros<br />

Y<br />

entonces, así de improviso, le lanzaron<br />

directa y sin anestesia una pregunta<br />

más o menos así: «Señor Presidente:<br />

¿cuáles fueron los tres libros que<br />

han marcado su vida?». No voy a hacerlos<br />

perder su tiempo leyendo la respuesta<br />

que es de sobra conocida; además de<br />

que resultaría en un truco barato solo<br />

para ganarme su empatía lectora.<br />

En esos días, la mayoría de los mexicanos<br />

se llenaron la boca con toda cla-<br />

94<br />

se de burlas, chistes y sobrenombres<br />

para Peña Nieto. Y es que esa mayoría<br />

de mexicanos, no lectores de hueso<br />

colorado que prefieren la taravisión en<br />

lugar de un buen libro (aunque sea infantil),<br />

siempre callados ante las reprimendas<br />

a causa de su poca cultura, por<br />

fin podían jactarse, cansarse de llamar<br />

inculto y otras palabrotas a nuestro<br />

presidente en las redes sociales más<br />

populares a costa de la ignorancia aje-


na en lugar de la propia. En resumen:<br />

por primera vez se sentían verdaderos<br />

revolucionarios y no como parte del<br />

problema de la profunda ignorancia en<br />

la cual está sumida casi todo el país.<br />

Todavía hoy podemos encontrar decenas<br />

de los llamados «memes» que se carcajean<br />

de lo acontecido con bombo y platillo.<br />

Pero lo más interesante viene ahora:<br />

Han pasado varios años desde aquella<br />

vergüenza pública y los índices de<br />

lectura en México no han mejorado<br />

absolutamente nada. Es más, incluso<br />

siguen bajando aparatosamente.<br />

Hasta el día de ayer, se sigue dando<br />

más importancia a trabajar en lo<br />

que sea, antes que estudiar; los reality<br />

shows tienen cada vez más adeptos<br />

que las obras de teatro; y las revistas<br />

sensacionalistas venden más que cualquier<br />

libro de literatura no comercial.<br />

<strong>La</strong>s revoluciones actuales son más un<br />

95


#trendingtopic de redes sociales antes que<br />

una nueva toma de conciencia mental.<br />

¿En dónde quedaron las promesas<br />

de «yo sí voy a leer porque si no, cuando<br />

crezca voy a dar pena, nieto»? ¿Qué<br />

pasó con todo el odio anti-Televisa que<br />

se publicaba en Facebook diariamente<br />

o se decía a grito pelado por todos lados?<br />

¿No me digan que todo fue pura<br />

palabrería vacua como la de los políticos<br />

que tanto dijeron repudiar?<br />

Me gustaría saber quiénes fueron las<br />

miles de personas que aseguraron que<br />

ya no verían más esos canales televisivos<br />

de mierda que solo idiotizan a nuestra<br />

población porque justo el día de ayer, en<br />

el restaurante a donde entramos a cenar<br />

mi esposa y yo, estaban a todo lo que<br />

daban las taranovelas. ¡Y la mayoría de<br />

los comensales, idiotizados por ellas! Y<br />

aclaro que no era una fonda populachera<br />

o un puesto de tacos de perro. No, era<br />

ni más ni menos que un negocio de clase<br />

media alta tipo Sanborns o Toks, en donde<br />

los precios no permiten que entren los<br />

de bajo nivel económico todos los días.<br />

Precisamente a esos que, según dicen<br />

muchos pseudocultos de clase media<br />

que visitan este tipo de restaurantes, se<br />

la pasan viendo taranovelas porque no<br />

les alcanza la inteligencia (ni el bolsillo)<br />

para más.<br />

Es curioso: en plena actualidad de<br />

importantes revoluciones sociales, en<br />

México seguimos viendo más partidos<br />

de fútbol transmitidos por el Canal de<br />

las estrellas en comercios y restaurantes<br />

de cualquier nivel que programas<br />

culturales o de reflexión (y hasta en<br />

nuestras propias casas sucede algo por<br />

el estilo). Y mejor ni nos metemos con<br />

lecturas públicas o tertulias sociales<br />

porque, al menos en esta ciudad, de<br />

común, no ocurren.<br />

96


Y esto lo digo no por estar en contra<br />

de esa empresa televisora (que sí<br />

lo estoy), sino porque no veo que se<br />

cumplan por ningún lado las falsas<br />

prome-sas y las vacuas represalias que,<br />

según nuestro pueblo que «ya tiene los<br />

ojos bien abiertos y ya no se deja mangonear»,<br />

se hicieron por montones algún<br />

día de fanatismo antipolítico.<br />

Se los digo de una vez por todas:<br />

no creo que Peña Nieto vuelva a decir<br />

algo tan estúpido alrededor de la cultura<br />

como aquella vez que no supo decir<br />

esos tres libros que nunca leyó, así<br />

como tampoco creo que los no lectores<br />

(desgraciadamente, la mayoría en nuestro<br />

país) vuelvan a tener otra oportu-nidad<br />

tan brillante para burlarse de él sin<br />

que salgan embarrados. Por lo que mi<br />

sugerencia es que aprovechen mejor su<br />

tiempo que les quede libre (como dice<br />

la canción) y de ser posible, dedíquenlo<br />

a leer esos tres libros (como debería decir<br />

la misma canción) que hasta el día de<br />

hoy, no parece que hayan leído. Créanme,<br />

mexicanos, con tan solo tres libros<br />

por cabezota, mejoraríamos bastante.<br />

Y no lo digo únicamente por los resultados<br />

tan desastrosos que han tenido<br />

los últimos movimientos sociales<br />

en México (me parece que el gobierno<br />

de Peña Nieto continúa en el poder y<br />

reformando leyes a su entera conveniencia),<br />

sino por el nivel tan mediocre<br />

de conocimiento, conciencia social,<br />

cultura y política que se respira por todos<br />

los rincones de nuestro país 1 .<br />

1<br />

P.D. ¿Alguien ha visto a esos montones de jóvenes<br />

despiertos que ya no se dejan y que dicen que están<br />

por todos lados transformando nuestra realidad?<br />

¡Creo que se me perdieron miles de ellos y no puedo<br />

encontrarlos!<br />

97


98<br />

UN CASO<br />

DIFÍCIL<br />

Por Sorelestat Serna


<strong>La</strong> llovizna apagó la pipa, el calcetín<br />

empezaba a humedecerse por el<br />

agujero de mi zapato. Estaba haciéndole<br />

un favor al sargento Sánchez,<br />

estos trabajos gratis a la policía me tienen<br />

podrido —es mentira—, si me pagan,<br />

pero el pago se demora en llegar,<br />

gracias a la gran burocracia que existe<br />

y mis medias mojadas y agujereadas<br />

no pueden esperar.<br />

—¿Qué crees que paso? —dijo el<br />

sargento.<br />

—No tengo ni puta idea —contesté—<br />

ni siquiera me imagino quien pudo hacer<br />

esto.<br />

Era una imagen increíble la que observamos<br />

el sargento, Felipe y yo. Me<br />

trajo a la memoria el recuerdo de aquel<br />

ángel mujer, violado, con las alas rotas,<br />

muerta en la cárcel en donde yo trabajaba,<br />

pero esa historia no sé si algún<br />

día te la contaré mi querido escritor.<br />

Nos hallábamos en la avenida diecinueve<br />

a tres cuadras de la avenida<br />

principal, eran las once de la noche, la<br />

calle estaba vacía, hacía frío y junto a<br />

nosotros el cadáver de un ángel, era<br />

hermosa cómo los de su especie, su ala<br />

derecha estaba rota, su cuerpo había<br />

perdido su brillo, su rostro contra el<br />

piso, bañado en sangre. Vestía ropas<br />

nuestras, minifalda negra y corsé del<br />

mismo color, eso quería decir que llevaba<br />

tiempo viviendo entre nosotros.<br />

—Trata de encender mi pipa —dije a<br />

Felipe con enojo—, deja de intentar ver<br />

debajo de su falda, es suficiente con ver<br />

sus piernas desnudas, siempre me sentía<br />

incómodo con la belleza de un ángel<br />

o un vampiro. El sargento se encontraba<br />

tan asombrado cómo yo, quien haya<br />

sido, debe tener una fuerza sobrenatural,<br />

para poder romper sus alas.<br />

—Dame una pista.<br />

—No lo sé, sargento —le dije con pesimismo,<br />

no puedo entender que ocurrió<br />

para que ella terminara así.<br />

—Necesitamos averiguarlo, es un<br />

ángel, alguien preguntará por lo sucedido<br />

y eso me creara molestias. Si hubiera<br />

sido un vampiro, el asunto sería<br />

diferente.<br />

Que fácil olvida mi amigo, fue un<br />

vampiro, un ángel de alas negras, y una<br />

hechicera los que salvaron a Bogotá,<br />

en el momento del terremoto cuando<br />

aquel loco había sumido a la ciudad en<br />

el caos. No dije nada, muy pocas veces<br />

podía ver a mi amigo tan nervioso. Felipe<br />

al fin había logrado encender mi<br />

pipa, di una buena fumada y empecé<br />

a observar con detalle el escenario de<br />

dicho crimen, me sentía abrumado, jamás<br />

encontraríamos al que lo hizo.<br />

<strong>La</strong> lluvia había terminado, pero el<br />

frío se introducía por nuestras ropas<br />

húmedas. Empecé a dar unas vueltas<br />

alrededor del cuerpo, vi un zapato de<br />

tacón a diez pasos de la chica, estaba<br />

roto, fuera de eso no había nada extraño,<br />

ni una pista de su agresor o de<br />

lo que había sucedido, me fijé en la<br />

blancura de sus piernas, las plumas de<br />

sus alas empezaban a pegarse al suelo,<br />

mojado que albergaba su figura, esa figura<br />

que debió de ser un crimen para<br />

los normales.<br />

Hubo algo que llamó mi atención era<br />

un brillo junto a su rostro, lo había pasado<br />

por alto, pensé que era el reflejo<br />

del agua de aquel charco, era un trozo<br />

de lente que era tan grueso como el<br />

culo de una botella y lo vi allí escondido<br />

entre su pecho, una de sus patas<br />

salía de su top, amenazando como un<br />

insecto sobre ella, era la pata de una<br />

gafa, unas gafas redondas al estilo de<br />

John Lennon.<br />

99


Entonces me senté de culo sobre la<br />

acera mojada y empecé a reír, con tal<br />

intensidad que mis amigos me miraron<br />

asustados, al fin había encontrado la<br />

clave de todo. Después de quince minutos,<br />

logré calmarme.<br />

—¿Qué ocurre? —preguntó Felipe.<br />

—Todo por la maldita vanidad —contesté.<br />

—¿Cómo? No entiendo —dijo el<br />

sargento.<br />

<strong>La</strong>s mujeres celestiales son como las<br />

nuestras —dije levantándome. <strong>La</strong> mirada<br />

incrédula del sargento me divertía.<br />

—Hemos escuchado que los ojos de<br />

algunos ángeles son muy sensibles a la<br />

contaminación —continúe con mi explicación—,<br />

y por eso a veces usan gafas<br />

para protegerlos. Por algún motivo ella<br />

estaba ciega, pero por vanidad llevaba<br />

sus lentes en su escote, no vio que hacía<br />

falta un ladrillo en el andén, rompió su<br />

tacón, cayó contra el poste —mis oyentes<br />

miraron el poste destrozado—, debe<br />

haber caído de lado y con tal fuerza que<br />

se rompió su ala.<br />

Felipe y el sargento no creían mi<br />

explicación. Di una fuerte calada a mi<br />

pipa, a pesar de que estaba mojado y<br />

helado, volví a reír. Mientras esperábamos<br />

a la fiscalía, las alas del ángel habían<br />

desaparecido, solo quedaban un<br />

montón de plumas a su alrededor.<br />

100


101


102<br />

XIU,<br />

DE ÉPSILON<br />

CUATRO<br />

Por Guillermo Horacio Pegoraro


Polvo, rocas y piedras son desplazadas<br />

con ímpetu hacia los costados.<br />

<strong>La</strong> tierra queda calcinada y el<br />

manto arenoso vitrificado. Cuando la<br />

cortina caótica de vapores y cenizas se<br />

ha disipado, retorna el claro paisaje desértico,<br />

con un inesperado visitante en<br />

el suelo. <strong>La</strong> nave espacial ha efectuado<br />

un perfecto y sincronizado aterrizaje.<br />

<strong>La</strong> escotilla se abre y desciende su único<br />

ocupante. Sereno y pausado camina<br />

hacia el solitario inmueble en medio de<br />

la nada. <strong>La</strong> gasolinera le atrae. Se detiene<br />

en los surtidores. No son seres cibernéticos,<br />

solo máquinas para algún tipo<br />

de uso. Avanza hacia la cantina, donde<br />

encuentra a parroquianos compartiendo<br />

la tertulia. Lo observan con extrañeza, a<br />

pesar que por el lugar han pasado motoqueros,<br />

bandidos, hippies, insanos y<br />

rarezas humanas rayando lo bizarro.<br />

En el centro de la sala permanece inmóvil<br />

como maniquí. Aspecto humanoide,<br />

dos metros de altura, cabellos blancos<br />

hasta los hombros, ojos grandes y oscuros,<br />

nariz pequeña, cuerpo delgado y ceñido<br />

en traje espacial gris. No se distinguirse<br />

su sexo. Parece más bien, andrógino.<br />

Varios pasos y en un taburete de la<br />

barra se sienta. El cantinero no se inmuta.<br />

¿Qué se va a servir gringo?, le<br />

dice. El recién llegado inclina rostro hacia<br />

un costado en señal de ignorancia.<br />

Luego lleva dos dedos a la garganta del<br />

barman, y aspira digitalmente la clave<br />

idiomática, para luego transferirla, del<br />

mismo modo, en propias cuerdas vocales.<br />

Señalando a un borracho, que<br />

saborea un tequila, como si caviar se<br />

tratara; lo que toma el señor, responde.<br />

El primer sorbo lacera, pero los efectos<br />

se aprecian. Bebe sin parar, hasta<br />

vaciar la botella. Pide otra. Alguien se<br />

le acerca y le pregunta procedencia.<br />

Con el dedo índice señala el gran espejo<br />

a espaldas del mesero. El mismo se<br />

transforma en improvisada pantalla de<br />

plasma, en donde aparecen complicados<br />

mapas galácticos, y con un desganado<br />

«Por ahí» deja asentado, que no<br />

es de la tierra y que tampoco está de<br />

humor para profundizar el tema.<br />

Todos se despiertan de la modorra y observan<br />

por la ventana. El vehículo en que<br />

viaja no es camión ni nada que se le parezca.<br />

Dos salen corriendo, tres se sacan una<br />

selfie con el recién llegado, y otros cuatro<br />

dudan si vale la pena soltar el vaso.<br />

En cuestión de minutos, las redes<br />

sociales retransmiten las fotos sacadas<br />

en el sucio bar. <strong>La</strong> de la nave espacial,<br />

se hace viral. <strong>La</strong> del extraterrestre, recibe<br />

ocho millones de likes.<br />

<strong>La</strong> primera impresión de la gran aldea<br />

global fue la de fraude publicitario;<br />

pero cuando dos satélites militares<br />

americanos y uno chino, que se creía<br />

median el clima, confirman la presencia<br />

del visitante espacial, las alertas<br />

mundiales pasan de amarillo a naranja.<br />

Inmediatamente, sin diplomacia, el<br />

país del norte envió a sus especialistas.<br />

Cercaron la gasolinera y la declararon<br />

en cuarentena. El recién llegado y ocho<br />

lugareños quedaron encerrados.<br />

<strong>La</strong> confusión reina en el planeta. Los<br />

aeropuertos se clausuran, la red ferroviaria<br />

se cierra, los puertos no admiten<br />

partidas y las carreteras son fuertemente<br />

controladas. Los presidentes, todos<br />

millonarios, de todos los países, algunos<br />

ricos, otros pobres, se encierran en<br />

sus bunker privados. El Air Force One,<br />

circunda por algún ignoto espacio.<br />

Los diarios digitales del mundo titulan<br />

«No estamos solos». Y en el variopinto<br />

de idiomas, se opina, se es euforia,<br />

se teme, se duda, se trenzan conjeturas.<br />

103


<strong>La</strong> bolsas de valores del mundo caen<br />

en picada, lo alimentos imperecederos<br />

aumentan de precio, y comienza a notarse<br />

el desabastecimiento.<br />

Todos esperan, pero no hay voz oficial<br />

que aclare o que llame a la cordura.<br />

<strong>La</strong> tensión mundial aumenta. No hay<br />

peor situación que la falta de información;<br />

la mente queda libre para jugar<br />

con la fantasía de un apocalíptico final.<br />

Luego de miles de años sosteniendo<br />

el divino pacto narcisista, la curia mundial<br />

doblega su discurso para no perder<br />

adeptos, y en todo caso… incluir al extraño<br />

para sobrevivir.<br />

Desde la Plaza de San Pedro el pontífice<br />

sostiene que el Mesías era extraterrestre.<br />

Recuerda su origen divino, su virgen<br />

madre, sus poderes sobrehumanos, la<br />

clarividencia sobre su destino, la resurrección<br />

y su desaparición en la tumba.<br />

Sostiene y recuerda sus claves palabras<br />

en vida «Mi reino no es de este mundo».<br />

<strong>La</strong>nzada la estrategia, los otros cultos<br />

se acomodan. El judaísmo dice lo suyo.<br />

Hacen circular párrafos del Pentateuco,<br />

donde advierten que las visitas espaciales<br />

ya estaban registradas. Génesis Cap.<br />

5. Verso 6. «Sucedió que cuando los<br />

hombres se multiplicaron sobre la faz<br />

de la tierra y les nacieron hijas, al ver los<br />

hijos de Dios que las mujeres eran hermosas,<br />

bajaron del cielo y las tomaron<br />

por esposas». Por lo bajo, los rabinos<br />

planifican circuncidar al visitante, para<br />

ponerlo de su lado. Inmediatamente el<br />

Islán alzó su voz. Sostuvo que el Corán<br />

era claro al respecto: «Allah el Glorificado,<br />

dijo: Y yo he creado a los genios y a<br />

los hombres para que me adoren», por<br />

lo que el visitante era un «genio», más<br />

inteligente y avanzado científicamente<br />

que los hombres. Solo restaba marcarle<br />

el camino espiritual hacia la Meca.<br />

104


Pero décadas de publicidad negativa<br />

hacia los encuentros del tercer tipo, con<br />

Hollywood y sus estrellas haciendo mella,<br />

la humanidad comenzó a especular. El inconsciente<br />

colectivo sostuvo que la solitaria<br />

nave era una exploradora de la avanzada…<br />

que acabaría con la raza humana. El<br />

fin de los tiempos se propagaba boca en<br />

boca, el día del juicio final se anunciaba<br />

de ciudad en ciudad. Times Square apagó<br />

sus carteles. París dejó de brillar. En Buenos<br />

Aires nadie más bailó un tango. Los<br />

esposos confesaron sus adulterios, y sus<br />

mujeres… también. <strong>La</strong>s cárceles fueron<br />

abiertas y las escuelas cerradas.<br />

Los militares debatieron qué hacer.<br />

Sus mentes cerradas y obtusas solo eran<br />

usinas de paranoia. Entre matar al emisario<br />

y robarse sus avanzados secretos,<br />

a prepararse para una invasión intergaláctica…<br />

debieron optar. De igual forma,<br />

movilizaron sus ejércitos hacia las fronteras<br />

y alistaron el arsenal nuclear… por<br />

si acaso. <strong>La</strong> paz fría se terminó. Ningún<br />

país vio con buenos ojos los preparativos<br />

militares del otro. De naranja a roja<br />

pasó el color del alerta.<br />

Los aviones despegaron, los submarinos<br />

fijaron su blanco, los misiles se<br />

armaron y los tanques comenzaron a<br />

rodar. <strong>La</strong> tensión creció y creció hasta<br />

que el Armagedón se tornó inevitable.<br />

En un apartado y sucio bar de gasolinera,<br />

Xiu, de Épsilon Cuatro, sigue bebiendo<br />

tequila. Es la cuarta botella que desaparece<br />

en su garganta, y la quinta espera tranquila.<br />

Desde que llegó, nadie se interesó<br />

por sus motivos. A él le parece un lugar<br />

ideal para ahogar penas. Desde que Thiara<br />

Seis lo abandonara por otro par de brazos<br />

él sabe que alejarse y curar en solitario<br />

sus heridas es la mejor salida… y que mejor<br />

que este tranquilo y pacífico planeta,<br />

con pocas personas, amigables y serenas.<br />

105


106<br />

LA<br />

FÁBRICA<br />

Por Fátima Montiel Christlieb


Estaba harto. Ya no podía más. ¿Por<br />

qué todos se veían iguales? ¿Por<br />

qué todos vestían lo mismo? ¿Qué<br />

era ese lugar? Era como una ciudad<br />

bajo techo. Grandes maquinarias se extendían<br />

ante mí sin ningún orden, pero<br />

al mismo tiempo no podía imaginar un<br />

lugar más cuadrado y rígido.<br />

<strong>La</strong> gente, al verme, comenzaba a<br />

entrar en pánico, como si yo fuera una<br />

aberración o algo así.<br />

Ese sentimiento tan familiar, tan incómodo<br />

y conocido de que no encajaba,<br />

se hizo presente. Un mar de gente<br />

me levantó y me llevó hasta una enorme<br />

vitrina de más de cincuenta metros<br />

de largo y diez de alto. Sobre esa gran<br />

caja de vidrio había un letrero que decía:<br />

«Caja de reparación de individuos».<br />

Adentro no parecía haber nada, sólo un<br />

enorme abismo del que escapaba un<br />

eco denso y frío.<br />

No podía escapar de la multitud,<br />

como si algo me mantuviera pegado a<br />

ellos, allegado y completamente adherido.<br />

Sentía que no quería separármeles<br />

por alguna razón.<br />

Me arrojaron dentro de aquella vitrina.<br />

Contrario a lo que vi antes de caer<br />

ahí, el lugar tenía paredes blancas y estaba<br />

iluminado. Sentí alivio, pero aún<br />

había algo que no estaba bien.<br />

No estaba solo. Había muchas personas<br />

allí. <strong>La</strong> gran mayoría miraba hacia<br />

afuera con ojos de añoranza por aquel<br />

mundo exterior, y otros permanecían<br />

volteados hacia una de las paredes.<br />

—¿Dónde estamos? —pregunté lleno<br />

de miedo. Nadie respondió. Algunos voltearon<br />

a verme, pero al final terminaron<br />

regresando a su posición inicial. Era un<br />

entorno triste, lleno de almas olvidadas.<br />

Había un chico que llamó mi atención.<br />

Su cabello era rojo vivo, su ropa<br />

era colorida y estaba recostado, en vez<br />

de sentado; todo era diferente en él.<br />

No podía ser confundido, era completamente<br />

único en ese mundo gris.<br />

De repente empezó a sonar una alarma<br />

y un foco rojo intermitente se encendió<br />

sobre nuestras cabezas. Todos comenzaron<br />

a correr. Unos se pegaron a las<br />

paredes y otros se quedaron en el centro.<br />

No comprendía absolutamente nada.<br />

Justo cuando terminó de sonar la<br />

alarma, varias ventanas y puertas<br />

trampa se abrieron sin aviso y muchos<br />

fueron tragados o succionados por<br />

aquellos agujeros. Entonces, a través<br />

del vidrio de la vitrina logré ver funcionando<br />

las máquinas, de las que salían<br />

personas nuevas y exactamente iguales<br />

al resto. Reconocí a algunos de ellos,<br />

lo único que los diferenciaba del resto<br />

eran sus caras. Eran a los que habían<br />

absorbido las puertas y ventanas de la<br />

vitrina. No tenía sentido.<br />

«Individuos defectuosos detectados»,<br />

sonó una voz robótica dentro del gran<br />

cuarto.<br />

<strong>La</strong> paredes de la vitrina se volvieron<br />

rojas y una se abrió de un extremo,<br />

dando paso a otra que comenzó a moverse<br />

y a cerrar el espacio disponible<br />

dentro de la caja.<br />

Los que quedábamos intentamos alejarnos<br />

de la pared que venía tras nosotros,<br />

todos excepto el chico del cabello rojo,<br />

quien permaneció recostado sin siquiera<br />

preocuparse por evitar ser aplastado.<br />

El miedo se apoderó de mí. «Prefiero<br />

volver allá afuera que morir», pensé<br />

aterrorizado.<br />

Justo antes de que ser aplastado por<br />

la pared móvil, una puerta me succionó.<br />

En menos de un segundo me vi saliendo<br />

de una de las maquinarias de la<br />

fábrica. Mi ropa era como la de todos<br />

107


y me sentía entumido; como si hubiera<br />

una tela entre el mundo y yo, algo completamente<br />

irreal.<br />

Era mi oportunidad de escapar de<br />

aquella fábrica, pero mi cuerpo no me<br />

respondía. Ya no me pertenecía.<br />

Vi hacia el interior de la vitrina una<br />

vez más. El chico de cabello rojo seguía<br />

allí, junto con un par de chicos más. Entendí<br />

que todo había sido un engaño,<br />

nadie murió. Dejé que me llevaran de<br />

nuevo a la fábrica por miedo a algo que<br />

no pasaría.<br />

Mi cuerpo comenzó a moverse solo<br />

hacia donde se dirigía el resto de la<br />

gente en la fábrica. Al ir caminando,<br />

me vi en el reflejo de un vidrio; no podía<br />

reconocerme a pesar de saber que<br />

la persona en el reflejo era yo. Dentro<br />

de esa carcasa que formaba mi nueva<br />

imagen, ya no existía ni una pizca de<br />

mi verdadero ser. Había dejado que me<br />

cambiaran por temor a lo que me pasaría<br />

de hacer lo contrario. Dejé que me<br />

fabricaran a su manera.<br />

No pude evitar sentirme aplastado<br />

por el horror de ser controlado irremediablemente<br />

por los demás. Por más<br />

que intentaba controlar mi cuerpo, no<br />

funcionaba. Él me controlaba a mí.<br />

Entonces desperté. Todo había sido<br />

una pesadilla, pero aquel sentimiento<br />

de incomodidad y estrés no se alejaba<br />

de mí, como si siguiera allí dentro,<br />

como si mi cuerpo siguiera sin ser mío.<br />

Salí corriendo a la calle, y al ver a las<br />

personas caminando me sentí de vuelta<br />

en el sueño. Todos parecían ser controlados<br />

por lo mismo, el odio y el conformismo,<br />

excepto algunos pocos, ellos son<br />

quienes pertenecen a la vitrina; individuos<br />

que no pueden ser «reparados». Me<br />

di cuenta de que todos somos diferentes<br />

pero, al final, muchos terminamos siendo<br />

iguales a los otros por elección propia.<br />

Mi pesadilla había sido una enorme<br />

metáfora, que representaba mi verdadera<br />

vida. Me di cuenta de que jamás<br />

salí del sueño, porque vivo en él.<br />

Vivo en una fábrica de humanos.<br />

108


la <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong> es y siempre<br />

será gratis<br />

pero siempre nos viene bien una ayuda<br />

así que, si tienes la posibilidad, ayúdanos a seguir<br />

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de las ganancias de sus libros<br />

109


110<br />

CASA DEL<br />

MIGRANTE<br />

Un reportaje<br />

de Gilberto Santos


<strong>La</strong> ciudad de Nuevo <strong>La</strong>redo, México.<br />

Recibe a cientos de migrantes. Cada<br />

uno tiene su historia conmovedora,<br />

pero desconocida para la población en<br />

general, quienes los ven como vagabundos<br />

o les pasan desapercibidos. Los<br />

migrantes habiendo afrontado peligros,<br />

en su inmensa mayoría tienen como<br />

destino EUA, nuestro país vecino del<br />

norte. Esta ciudad al ser la mayor aduana<br />

terrestre del país y por su posición<br />

geográfica desde hace algunos años se<br />

ha convertido en sitio de paso para personas<br />

que viajan al norte. Generalmente<br />

llegan a esta frontera sin posesiones,<br />

pensando que van de paso, con heridas<br />

que les dejó el camino, algunas difíciles<br />

de superar. Tantas penurias hacen desistir<br />

a algunos quienes se recuperan su<br />

salud y emprenden el regreso a su lugar<br />

de origen, otros siguen su meta siendo<br />

deportados en poco o mucho tiempo,<br />

otros prefieren quedarse en México subsistiendo<br />

de empleos informales, otros<br />

mueren ahogados en el río, perdidos en<br />

el desierto o asesinados.<br />

El Pastor Aarón, como se le conoce al<br />

Presidente y fundador de Casa del Migrante<br />

AMAR A.C., desde el 2009 se dedica<br />

a Hospedar, alimentar y ofrecer ayuda<br />

médica y legal. Hace 8 años decidió iniciar<br />

esta empresa, alentado por sus profundas<br />

convicciones cristianas que desde<br />

niño practica junto con su familia. <strong>La</strong> misericordia<br />

y la empatía mueven a muchas<br />

personas a colaborar con él de manera altruista<br />

y filantrópica. AMAR no sólo ofrece<br />

alojamiento y comida, sino también ofrece<br />

cursos y conferencias sobre problemas<br />

de adicción, alcoholismo, vida familia y<br />

ayuda psicológica para quienes han sufrido<br />

abuso y tortura en su camino. Cada<br />

tarde se ofrecen consultas médicas donde<br />

se atiende desde una gripe hasta continuidad<br />

en tratamientos crónicos. Básicamente<br />

a cada migrante que llega se le da<br />

hospedaje, lugar para bañarse, lugar para<br />

que lave ropa, se le provee de una muda<br />

de ropa, se le proporciona un teléfono<br />

para que se comunique con su familia y se<br />

guarda un registro.<br />

Historias tristes llenan la casa, asaltos,<br />

violaciones, enfermedad, hambre, separación<br />

y muerte. Pero en este refugio<br />

nacen historias alegres y esperanzadoras,<br />

nacimientos, bodas, reencuentros, conversiones,<br />

liberación de vicios, amistad<br />

y progreso. Mientras los habitantes de la<br />

ciudad son ajenos a todo esto, dentro de<br />

las paredes de la casa hay una gran carga<br />

de emociones, casi todas en silencio o liberadas<br />

de manera explosiva en los momentos<br />

de reflexión e introspectiva.<br />

Como retribución a la sociedad, AMAR<br />

lleva a los migrantes a hacer labores<br />

sociales como jardinería, construcción<br />

o limpieza, a escuelas, iglesias, casas<br />

particulares o donde sean solicitados.<br />

También, cada semana se trasladan a las<br />

colonias más necesitadas a compartir alimentos<br />

y ropa, de las donaciones que reciben.<br />

Al mismo tiempo, se realizan otros<br />

servicios como búsqueda de migrantes<br />

desaparecidos, de sus familias en EUA u<br />

otros países, servicio postal, bolsa de trabajo,<br />

alfabetización, cursos de nutrición,<br />

consejería familiar, atención psicológica<br />

y educación cristiana. Por cuarta ocasión<br />

también realizará «<strong>La</strong> tienda de la calle»<br />

(Street store) en una plaza del centro de<br />

la ciudad, para proveer de ropa, libros,<br />

calzado, cortes de pelo, asesoría legal,<br />

atención médica y odontontológica a los<br />

más necesitados<br />

Los colaboradores no tienen planes de<br />

detenerse en esta obra, «Mientras existan<br />

los necesitados seguiremos manifestando<br />

bondad».<br />

111


HISTORIA DE<br />

UN HONDUREÑO<br />

(Como le fue narrada<br />

a Aarón Méndez)<br />

Sebastián salió de su casa en la madrugada,<br />

de manera muy discreta para evitar un<br />

encuentro con las pandillas que lo acosaban<br />

en los últimos meses. A sus 29 años<br />

vivía con sus abuelos, siendo huérfano<br />

desde que tiene memoria, llevando una<br />

vida dura, por la pobreza.<br />

Caminando, evitando la frontera con<br />

El Salvador por las pandillas que asolan<br />

la región, no pudo evitar que en<br />

Guatemala le robaran sus pertenencias<br />

quedando con un poco de dinero que<br />

llevaba, mismo que tuvo que pagar<br />

para que lo cruzaran el río en lancha<br />

e ingresar a México. A pie, llegó con<br />

unos compañeros de viaje a Tenosique,<br />

Tabasco, donde afortunadamente le<br />

dieron alojamiento por una semana<br />

en una casa del migrante, dónde se recuperó<br />

de salud para proseguir su viaje.<br />

Después se trasladó hasta Palenque,<br />

Chiapas, donde comenzaron la travesía<br />

en el tren («<strong>La</strong> bestia») en el cual se<br />

viajaron arriba del tren, con una temperatura<br />

muy fría y con lluvia. Viajando<br />

en los vagones después llegó hasta<br />

Coatzacoalcos, Veracruz, a la casa del<br />

migrante. En el tren al pedirles la cuota<br />

de 100 dólares, al no pagar a cinco<br />

jóvenes con una señora los arrojaron<br />

del tren. Asustados al ver como se despedazaban<br />

las personas por las llantas<br />

del tren, desistieron por el momento.<br />

Después de pocos días, consiguió<br />

subirse al tren sin que le cobraran los<br />

pandilleros para llegar hasta Tierra<br />

Blanca, Veracruz y tuvo que salir rá-<br />

112


pido solo durando un día de la casa<br />

del migrante viajando de nuevo hasta<br />

Orizaba, Veracruz en duración de viaje<br />

doce horas. Tuvieron que abandonar<br />

esa ciudad, viéndose presionados por<br />

una persona de la «Mara Salvatrucha»<br />

quien les exigía dinero para continuar.<br />

Salió rumbo a la ciudad de México a<br />

una casa del migrante de Huehuetoca<br />

y tuvo que partir porque los guardias<br />

lo querían asaltar amenazándolo con<br />

pistola y pidiéndoles 300 dólares. Consiguió<br />

nuevos compañeros de viaje y<br />

partieron, teniendo que caminaron<br />

por diez horas para tomar de nuevo<br />

el tren y viajar a Celaya, Guanajuato.<br />

Duraron dos días en la orilla de las<br />

vías durmiendo entre unos matorrales.<br />

Luego salieron rumbo a San Luis Potosí<br />

luego a Saltillo donde duraron un día.<br />

Al llegar a Nuevo <strong>La</strong>redo fue secuestrado<br />

por una pandilla, la cual lo llevó<br />

a una casa donde los desnudaron y los<br />

ataron, inmovilizándolos. Estuvo en esa<br />

condición durante varios días, donde se<br />

les daba agua y comida una vez al día.<br />

Estuvo quince días en ese infierno escuchado<br />

súplicas de otros secuestrados y<br />

recibiendo palizas por no tener quien<br />

pagara el rescate. Un día lo llevaron a<br />

despoblado, donde lo navajearon y quedó<br />

tendido. Unas horas después uno de<br />

los secuestradores regresó y prometió<br />

ayudarlo si no decía nada a nadie. Lo<br />

trasladó abandonándolo a una cuadra<br />

de la Casa del Migrante AMAR, dónde<br />

se le brindó atención médica y de las<br />

demás necesidades. Estuvo dos semanas<br />

aproximadamente recuperándose,<br />

luego se entregó a Migración con el propósito<br />

que lo ayudaran a regresar a su<br />

casa. Dos meses de penoso viaje, que<br />

le dejaron cicatrices, experiencias y un<br />

nuevo amor por la vida.<br />

113


HISTORIA DE<br />

UN CUBANO<br />

(Como le fue narrada<br />

a Aarón Méndez)<br />

Julio y sus compañeros salieron de<br />

cuba con visa a Guyana. De allí contactó<br />

a un coyote para viajar a Venezuela<br />

en un viaje con dos días de duración<br />

en un barco pequeño. En Venezuela,<br />

por toda la ribera del río Orinoco, viajó<br />

para cruzar el río durante dos días y<br />

duró cuatro días de allí en Venezuela.<br />

Luego viajó también en carro hasta Colombia;<br />

algunas veces con pasajes de<br />

otras personas que le conseguían tratantes<br />

de personas, a veces en cajuelas.<br />

También en lancha y caminando por la<br />

selva, para entrar a Panamá de forma<br />

ilegal. Iniciando en un grupo de treinta<br />

personas, mismo que se fue reduciendo<br />

por cansancio, hambre o alguna enfermedad,<br />

caminando siempre mojado<br />

entre follaje y animales peligrosos y<br />

escondiéndose de las mafias de contrabando,<br />

de los guerrilleros y de los soldados.<br />

Después de ser abandonados<br />

por el guía y de dos días sin comer, sólo<br />

con la voluntad de sobrevivir llegaron<br />

a una comunidad indígena panameña,<br />

siendo auxiliados y hospedados. Continuaron<br />

el viaje un día después, donde<br />

militares trataron de extorsionarlos<br />

después de maltratarlos antes de entrar<br />

a Costa Rica.<br />

Contactaron a un traficante de personas<br />

de Costa Rica, quien los llevó<br />

entre selva y pantanos esquivando los<br />

retenes para llegar a Nicaragua, donde<br />

los asaltaron quitándoles todo lo<br />

que consideraron de valor. Llegaron<br />

a Honduras donde una pandilla los<br />

asaltó nuevamente, pero más adelante<br />

recibieron protección del gobierno<br />

hondureño quien les dio un permiso<br />

para continuar a Guatemala a donde<br />

entraron de forma ilegal, durmiendo<br />

en el monte para no ser visto por las<br />

autoridades y por las pandillas.<br />

Después de atravesar Guatemala<br />

cruzaron el río Suchiate en lancha,<br />

pero llegando a Tapachula los asaltó<br />

una pandilla llevándose secuestrados<br />

a algunos de ellos. Se presentaron al<br />

departamento de migración quienes<br />

les expidieron un permiso para viajar<br />

hasta Nuevo <strong>La</strong>redo, donde contactaron<br />

a la Casa del Migrante AMAR para<br />

recibir hospedaje y comida.<br />

Después de un viaje de aproximadamente<br />

cuatro meses y atravesar más<br />

de ocho países, el viaje no termina, la<br />

meta es obtener un status legal en USA,<br />

habiendo perdido lo que tenían y varios<br />

compañeros, ahora no hay marcha atrás,<br />

es necesario conseguir un nuevo hogar.<br />

114


LOS OTROS<br />

MIGRANTES<br />

Los que se quedan<br />

Darío nos recibió en el patio de su casa,<br />

quería donar unas camas que había<br />

desocupado desde hace tiempo. Dedicado<br />

a la compra y venta de autos usados,<br />

no deja de hablar por el celular de<br />

última generación mientras trae otro<br />

en el cinturón y un teléfono inalámbrico<br />

en la otra mano. Por conocerlo<br />

de hace tiempo sabemos que Darío es<br />

sólo un alias para que su nombre real,<br />

Darwin, no suene extranjero. Nunca<br />

habla de su lugar de origen, para él su<br />

vida es su negocio, su casa en las orillas<br />

del Río Bravo y su familia, esposa<br />

y dos niños. <strong>La</strong>s cicatrices que tiene en<br />

un brazo y en la cara seguramente tendrían<br />

historias que contar, pero él sólo<br />

dice que llegó a Nuevo <strong>La</strong>redo porque<br />

«tuvo problemas con la ley» y su gusto<br />

por las pupusas, así como el hecho de<br />

que a veces se refiere a la cerveza como<br />

«pisco» y en lugar de pesos dice lempiras,<br />

lo delatan, pero no decimos nada.<br />

«Pues así es», dice cuando finaliza su<br />

llamada, «hay muchos que no se dan<br />

cuenta de lo que tienen. Aquí se puede<br />

hacer dinero, pero hay que trabajar. Mírame,<br />

yo no tengo ni acta de nacimiento<br />

y mira lo que tengo. En cambio muchos<br />

que hasta tienen estudios no se dan<br />

cuenta que esta ciudad da para todos».<br />

En otras ocasiones ha contado como<br />

empezó como chofer de un dueño de<br />

«lote de carros», hasta que tuvo dinero<br />

para comprar algunos y venderlos en<br />

partes. «Llévense eso», dice señalando<br />

dos camas completas recargadas en la<br />

pared exterior de la casa. «Cuando tenga<br />

más cosas, les hablo».<br />

Constantemente dice que no le gusta<br />

ayudar a nadie, que cada quien debe<br />

trabajar para tener lo que quiera, pero<br />

de manera indiferente regala dinero y<br />

objetos para las personas pobres, principalmente<br />

migrantes. Tal vez recuerda<br />

su llegada a la ciudad, tal vez es su manera<br />

de mostrar gratitud a la vida que<br />

le ha dado tanto.<br />

También puedes<br />

apoyar a esta<br />

institución<br />

Ya sea realizando donaciones<br />

en especie o económicas,<br />

todas serán bien recibidas y<br />

administradas por los miembros<br />

de Casa del migrante AMAR A. C.<br />

Domicilio:<br />

Felipe Ángeles #814<br />

Col. Militar. C.P. 88120<br />

Nuevo <strong>La</strong>redo, Tam. México.<br />

Teléfono:<br />

01 (867) 188 90 72<br />

Facebook:<br />

Casa.del.Migrante.Amar<br />

115


116<br />

CONOCE A<br />

LOS AUTORES<br />

QUE COMPONEN<br />

ESTE NÚMERO


Maximiano Revilla Vega<br />

Nació en Tabanera de Valdavia, el 21 de<br />

Diciembre de 1962. Reside en Madrid.<br />

Estudios de Teoría y Creación Poética<br />

con los premios Magón de Poesía en<br />

Costa Rica, <strong>La</strong>ureano Alban y Julieta Dobles.<br />

UNED. Grado en Lengua y literatura<br />

Española. Miembro activo del Grupo<br />

Aranjuez de Poesía Trascendentalista.<br />

Su basta obra narrativa ha sido publicada<br />

pro Ediciones Vitruvio, mientras que<br />

su obra poética se encuentra disponible<br />

en Amazon.<br />

Alberto Arecchi<br />

Arquitecto italiano, presidente de la Asociación<br />

Cultural Liutprand, de Pavía, que<br />

pública estudios sobre la historia y las<br />

tradiciones locales. (www.liutprand.it) Autor<br />

de publicaciones y libros obre el património<br />

histórico y la história de su ciudad,<br />

otros asuntos de arquitectura, tecnologías<br />

para el desarrollo; escribe cuentos<br />

breves y poemas en diversos diferentes<br />

idiomas, ganando galardones y reconocimientos<br />

en concursos literarios en Italia,<br />

España, América <strong>La</strong>tina.<br />

117


FLORES<br />

Donís Albert Egea, Técnico superior informático,<br />

además ayuda a su padre en<br />

el trabajo. Escribe desde hace 17 años y<br />

ha obtenido galardones literarios como<br />

3º puesto en el X EPLA de narrativa 2001,<br />

accesit en el Katharsis de poesía 2009, finalista<br />

en el Limaclara de ensayo 2014, finalista<br />

en el Premio UNIR de ensayo 2015<br />

o aparecido en cantidad de antologías de<br />

poesía, cuento y microrrelato. Actualmente<br />

termina la carrera de Grado en Estudios<br />

Hispánicos en la Universidad de Valencia.<br />

Paola Tena Ronquillo<br />

(1980, México). Pediatra de profesión, escritora<br />

por afición. Ha participado como<br />

ponente en sesiones dedicadas a la lectura<br />

y ha impartido talleres de escritura<br />

creativa. Ha publicado algunos de sus<br />

microcuentos en antologías del género.<br />

Nombramiento especial en el concurso<br />

de microcuentos de la FILBo 2015. Publicada<br />

en varias revistas digitales dedicadas<br />

a la microficción, como Cuentos para el<br />

Andén, Microfilias y Brevilla. Participa activamente<br />

en redes sociales.<br />

118<br />

Guillermo Horacio Pegoraro<br />

Licenciado en Comunicación Social,<br />

por la Facultad de Derecho y Ciencias<br />

Sociales de Universidad Nacional de<br />

Córdoba, Argentina; y licenciado en<br />

Psicología por la Facultad de Psicología<br />

de la Universidad Nacional de Córdoba.<br />

José Luis Najenson<br />

Escritor y poeta. Es Doctor en Filosofía<br />

(D.Phil.) por la Universidad de Cambridge,<br />

1980. Miembro Correspondiente en Israel<br />

de la ANLE (Academia Norteamericana de<br />

la Lengua Española, desde 2000). Ha obtenido<br />

varios premios literarios y publicado<br />

libros de cuento, poesía y novela; entre<br />

ellos: Tiempo de arrojar piedras: cuentos<br />

de ficción política y religiosa; Cultura nacional,<br />

cultura subalterna; Memorias de<br />

un erotómano; Diario de un Voyeur; Periplo<br />

Judeo-Andaluz; El suspiro del moro.


Esther Domínguez Soto<br />

Es profesora de inglés. Vive y trabaja<br />

en Pontevedra, España. Gusta de leer,<br />

escribir, viajar, charlar y tomar café con<br />

las amigas; además de las plantas y el<br />

chocolate.<br />

José Luis Torres<br />

(Ciudad de México, 1953), estudió Periodismo<br />

y Comunicación Colectiva en la<br />

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales<br />

(UNAM), maestrías en Comunicación<br />

Organizacional (CADEC) e Historia del<br />

Pensamiento (UP), además de varios diplomados.<br />

Promotor de la lectura, editor<br />

de cuentos, novela y memorias. Ha publicado<br />

la novela El Colapso los cuentos, los<br />

cuentos Di todo lo que sepas, así como<br />

otras historias. Durante más de tres décadas<br />

laboró en la industria televisiva.<br />

Fátima Montiel Christlieb<br />

Estudiante de bachillerato con 15 años de<br />

edad. Radica en la ciudad de México. Tiene<br />

una hermana mayor y sus dos padres<br />

son músicos, por lo que ha estado en el<br />

ámbito del arte desde que nació. Comenzó<br />

a estudiar violín a los cinco años y estudió<br />

en la Facultad de Música de la UNAM<br />

durante seis años. A pesar de todo ese<br />

tiempo de estudio entendió que la música<br />

no era para ella, pero escribir es algo que<br />

ama hacer desde los siete años y sabe que<br />

quiere seguir haciéndolo.<br />

Raul Reyes Aguilar<br />

Nacido en la Ciudad de México. Egresado<br />

de la carrera de Lengua y Literaturas<br />

Hispánicas, y Maestro en Letras <strong>La</strong>tinoamericanas,<br />

ambas por la UNAM.<br />

119


G. Farell<br />

Vive con su padre, ya que sus padres se<br />

divorciaron. Asistió al colegio Suizo de México<br />

por mas de diez años, aprendiendo<br />

alemán e ingles. En la secundaria cambió<br />

de escuela y sigue en ella. Cursa el sexto<br />

semestre de preparatoria, a punto de entrar<br />

a la universidad. Sus años de prepa<br />

fueron los que lo marcaron y en donde<br />

decidió volverse escritor. Ha escrito diez<br />

cuentos tratando de tener un personaje<br />

en común: la Ciudad de México; donde nació<br />

y ha vivido sus cortos diecinueve años.<br />

Hina Finck<br />

Profesora, pedagoga y terapeuta de Educación<br />

Especial. Entrenadora de natación<br />

a nivel nacional de Olimpiadas Especiales.<br />

No posee carrera literaria cursada en<br />

algún plantel educativo ni universidad;<br />

es autodidacta. Desde hace cinco años<br />

comenzó a escribir y a enviar sus creaciones<br />

a los diferentes certámenes. <strong>La</strong>s obras<br />

ya publicadas son 87. Tiene en mi haber:<br />

cuento, novela, axioma, poesía, ensayo,<br />

teatro para títeres y hasta los libros de texto<br />

con los cuales imparte clases y terapias.<br />

Diana Ruiz<br />

Nació con un lápiz en su mano y un<br />

irremediable gusto por la lectura y la<br />

escritura lo cual la hizo proponerse ser<br />

escritora. Su primer premio fue un cheque<br />

de regalo de una librería. Colabora<br />

en diferentes revistas literarias y culturales,<br />

periódicos, algún que otro blog<br />

de su autoría mostrando retazos de<br />

historias que pululaban por su mente,<br />

escribir, escribir, escribir... y mientras,<br />

consiguió hacer un par de novelas que<br />

ya están en el mercado literario.<br />

120<br />

Adrián Osorno Hernández<br />

Escritor novel, oriundo de la ciudad<br />

de Sevilla. Amante incondicional de la<br />

ciencia ficción, la fantasía, el terror y<br />

el humor negro, géneros que intenta<br />

plasmar siempre en sus relatos. Ha publicado<br />

Microrrelatos el Bunker Z (Colaboración<br />

en antología) y Microrrelatos<br />

eróticos II, Divertisex (Colaboración en<br />

antología).


Cyan Urón<br />

Uriel López Delgadillo (Jalisco, 1988).<br />

Abandonó la licenciatura de Letras Hispánicas,<br />

de la UDG, tras convertirse en fósil<br />

y no lograr darle la prioridad que demandaba.<br />

Ganó un concurso de poesía en<br />

este centro universitario y publicó en dos<br />

de sus revistas, Númen N°8 y <strong>La</strong> Cigarra<br />

N°0. Se dedica a hacer figuras de barro y<br />

de papel, y a escribir; traduce una novela<br />

de ciencia ficción y escribe una novela de<br />

ciencia ficción, y lleva años realizando un<br />

bestiario también en ese género.<br />

Circe<br />

Ana Fructuoso Ros, nacida en Yecla, Provincia<br />

de Murcia, España el 8 del 9 de 1960.<br />

Licenciada en Filosofía por la Universidad<br />

de Murcia. En la actualidad trabaja en la<br />

Universidad de Murcia. Ha hecho su formación<br />

literaria en Talleres de Escritura.<br />

Lola López Mondejar. Biblioteca regional<br />

de Murcia. Hasta la fecha ha publicado:<br />

Desde el Columpio y otros relatos; Libros<br />

de relatos conjuntos con las editoriales<br />

ACEN y relatos en revista literaria Cuadernos<br />

del matemático.<br />

Jhovana Aguilar Jiménez<br />

(Jalisco, 2001). Resultó finalista en el<br />

Premio Literario Constanti 2016 convocado<br />

en España con su relato Dos<br />

fantasmas. Escribir y leer le llena y le<br />

complace.<br />

Nestor Quadrí<br />

El autor es de profesión ingeniero, docente<br />

universitario en Buenos Aires y<br />

autor de numerosos libros técnicos.<br />

Desde principios del año 2006, y luego<br />

de jubilarse, comenzó a escribir cuentos<br />

y poesías y participado en numerosos<br />

concursos literarios. Ha publicado<br />

los libros Cuentos sin nombres (2009),<br />

Inquietudes literarias (2011), <strong>La</strong> caja del<br />

tiempo (2013) Cuentos del Parque Avellaneda<br />

(2014) en Editorial Alsina. Buenos<br />

Aires. Argentina.<br />

121


Alexandro Arana Ontiveros<br />

Escritor mexicano que ha conseguido más<br />

de 230 reconocimientos en diferentes géneros<br />

literarios como cuento, poesía, prosa<br />

poética, microcuento, haiku, ensayo,<br />

guión y aforismos. Actualmente colabora<br />

en la comunidad literaria internacional<br />

Letras & Poesía y en la revista online Walskium<br />

magazine. Además, ha publicado<br />

dos cuentos cortos infantiles y 80 cuentos<br />

novelados juveniles. Tamambién realiza<br />

una investigación sobre el rol de los seres<br />

humanos en el Universo.<br />

Esteban R. Jiménez Bedoya<br />

Nació en Pereira (Risaralda) el 15 de<br />

febrero de 1988. Licenciado en Leguas<br />

Extranjeras de la Universidad Surcolombiana.<br />

Su texto “Ruta de las golondrinas<br />

de Capistrano” fue incluido en la<br />

Antología RELATA de cuento y poesía<br />

2013; obtuvo el segundo puesto en el<br />

XXIV Concurso Departamental de Minicuento<br />

“Rodrígo Díaz Castañeda” 2014<br />

(Palermo, Huila); finalista del Concurso<br />

de Relato Antonio Di Benedetto (Mendoza,<br />

Argentina) del año 2014.<br />

122<br />

Jorge Ortega Muñiz<br />

(1958 - 2017) Fue un narrador mexicano,<br />

autor de el volumen de cuentos, El<br />

hombre sin cara y otros relatos (1987),<br />

<strong>La</strong> ciudad feliz y otros relatos (2016); y<br />

una serie de ficción histórica, El dominio<br />

de las águilas (2016) y Submarinos<br />

para el Kaiser (2017). Con una serie de<br />

publicaciones póstumas para publicar.<br />

Manuel Rodriguez<br />

Nació en el valle del Alto Chicama<br />

región <strong>La</strong> Libertad Perú en junio de<br />

1951. Se identifica como AUTODIDACTA<br />

para contar sus experiencias vividas<br />

en los lugares por donde anduvo<br />

trabajando en el “Montaje de<br />

Empresas Industriales”, conviviendo<br />

en campamentos, junto a otros miles<br />

de trabajadores como él; es miembro<br />

virtual del Círculo <strong>La</strong>tinoamericano de<br />

Escritores (CLE) y administrador de la<br />

página Web


Sorelestat Serna<br />

Santiago Alberto Serna Caicedo, escritor<br />

bogotano. Egresado del TEUC, Taller<br />

de escritores de la universidad central<br />

dirigido por Isaías Peña. Ganador con el<br />

guión para historieta Suspiros de vida para<br />

Nahualli Comics. Primer puesto con El<br />

paso de la marabunta en el I Concurso de<br />

Poesía y Cuento Internauta Internacional,<br />

dirigido por el escritor venezolano <strong>La</strong>ab<br />

Akaakad. Ha publicado en su libro Suspiros<br />

de vida y otros escombros de Ambidiestro<br />

taller editorial.<br />

Ernesto Molina<br />

Ingeniero ambiental mexicano que<br />

se dedica principalmente a sistemas<br />

hidráulicos, es autor del blog Cerdo<br />

Venusiano y hace varias reseñas de videojuegos<br />

y equipos mecánicos para<br />

revistas especializadas. Su primera<br />

novela Los últimos contribuyentes consiste<br />

en un desesperado intento para<br />

salir de la rutina, hacerse el gracioso y<br />

conocer mujeres.<br />

Hugo Casarrubias<br />

Nació el 3 de Mayo de 1988, en Tlalnepantla<br />

de Baz, Estado de México. Desde<br />

pequeño incursionó en el mundo del<br />

terror a través de las películas. A la edad<br />

de dieciocho años, teniendo la idea y las<br />

bases de este cuento largo, se dedicó a<br />

escribir su primera novela, la cual terminó<br />

tres años después. Actualmente cuenta<br />

con tres libros publicados así como diversas<br />

participaciones en revistas literarias<br />

como Revista Nictofilia, Revista Letras y<br />

Demonios y revista Cruz Diablo.<br />

Juss Kadar<br />

Técnico de farmacia por profesión, su<br />

pasión siempre ha sido escribir cualquier<br />

historia, ya sea de intriga, amor,<br />

fantasía... Una escritora por impulso<br />

que se atreve con todos los géneros.<br />

Ganadora de varios premios literarios<br />

en el Instituto y uno concedido por el<br />

ayuntamiento en San Sebastián de los<br />

Reyes (Madrid) En 2012 iniciaba el blog<br />

“<strong>La</strong> muerte de los sueños”, donde como<br />

un diario contaría su lucha para convertirse<br />

en una escritora reconocida.<br />

123


SEGUNDA<br />

CONVOCATORIA DE<br />

ENSAYO Y RELATO «LA<br />

SIRENA VARADA, REVISTA<br />

LITERARIA BIMESTRAL»


«<strong>La</strong> <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong>, revista literaria bimestral», publicación física y digital<br />

mexicana en castellano, especializada en relato corto y ensayo convoca a todas<br />

aquellas personas que quieran colaborar con la publicación de textos en el segundo<br />

número de la revista y que no hayan sido seleccionados en la primera convocatoria.<br />

Todas las obras deberán ser originales e inéditas, y de acuerdo a las<br />

siguientes especificaciones:<br />

• Ensayo: <strong>La</strong> extensión deberá ser mínimo de 3000 caracteres (contando<br />

también los espacios) y máximo de 5000. Los trabajos deberán tratar el<br />

tema de la influencia de la lectura en la juventud.<br />

• Relato: En esta primera convocatoria se recibirán relatos que entren dentro<br />

del género del terror, ciencia ficción y policial. <strong>La</strong> extensión deberá ser mínimo<br />

de 4000 caracteres (contando también los espacios) y máximo de 6000.<br />

El plazo de recepción de trabajos terminará el viernes 30 de junio a las 23:59 horas<br />

UT-6:00 (CST)<br />

El formato de envío para los textos será en formato .txt .doc o .docx (no se tomará<br />

en cuenta cualquier otro formato) letra tamaño 12 e interlineado sencillo y, en el<br />

caso de los ensayos, notas al final del documento. El nombre del archivo deberá estar<br />

estructurado de la siguiente forma: TÍTULO_ApellidosNombre (del autor). Y deberán<br />

ser enviados con el asunto «Convocatoria la <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong>, revista literaria» a:<br />

contactoeditorial@editorialdreamers.com.mx<br />

Se seleccionarán cinco (5) ensayos y ocho (15) relatos, los cuales serán anunciados<br />

el día sábado 1° de julio. Sólo se mantendrá comunicación con los autores<br />

seleccionados.<br />

En el cuerpo del correo deberán incluir: Nombre completo del autor, seudónimo<br />

(si aplica), correo electrónico para contacto y una breve biografía de no más de<br />

300 palabras.<br />

En aras de mantener la equidad entre los participantes, no se tomará en cuenta<br />

la trayectoria del autor para publicar su obra, sólo se tomará en cuenta la calidad<br />

de la misma.<br />

Reiteramos, sólo se notificará a los seleccionados mediante correo electrónico su<br />

inclusión en la revista. No se informará en ningún caso sobre aspecto alguno del<br />

proceso de selección, y sólo se mantendrá contacto con aquellos autores cuyos<br />

textos sean elegidos.<br />

Al ser una publicación sin fines de lucro, no existirá premio en metálico. Sólo se<br />

entregará un reconocimiento a los autores seleccionados.<br />

Cualquier anomalía en esta convocatoria se resolverá conforme a las leyes mexicanas<br />

que correspondan.<br />

¡Esperamos su<br />

participación!


EXCELENTÍSIMO SEÑOR<br />

JORGE ORTEGA MUÑIZ<br />

FALLECIÓ EN VERACRUZ<br />

EL DÍA 16 DE MAYO DE 2017<br />

Todo el equipo de <strong>La</strong> <strong>sirena</strong> <strong>varada</strong>, revista literaria<br />

bimestral, así como de Editorial Dreamers, nos<br />

unimos a la pena que embarga a su familia y les<br />

deseamos pronta resignación<br />

Dedicamos este primer número a su memoria


en nuestro siguiente número<br />

más cuentos, más ensayos,<br />

y todo el gran talento que los autores<br />

de habla hispana depositan<br />

en nuestras manos

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