La sirena varada: Año 1, Número 3

editorialdreamers

El tercer número de La sirena varada: Revista literaria bimestral

· NOIR · CIENCIA FICCIÓN · TERROR ·

La sirena varada

R E V I S T A L I T E R A R I A

es una publicación de

EDITORIAL DREAMERS

libros digitales, gratuitos y legales

edición original: noviembre 2017

reedición: julio 2018

LA SIRENA VARADA: REVISTA LITERARIA BIMESTRAL

Año 1, N°3, Octubre-Noviembre de 2017 es una publicación

bimestral editada por Digital Robotic Entity Assembled for

Masterful Editing and Rational Sabotage S.A.S. de C. V.:

Tlalnepantla de Baz, C.P. 54170, Estado de México, México.

www.editorialdreamers.com

Director y editor responsable: José Luis Vázquez

Foto de portada: ddraw

Ilustraciones: The British Library’s collections

Las opiniones expresadas por los autores no

necesariamente reflejan la postura del editor, sin embargo,

la editorial respalda todas las opiniones al aceptar su

aparición en esta revista.

Queda estrictamente prohibida la reproducción total o

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sin previa autorización de Digital Robotic Entity

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© 2017

DIGITAL ROBOTIC ENTITY ASSEMBLED

FOR MASTERFUL EDITING AND

RATIONAL SABOTAGE S.A.S. DE C.V.

todos los derechos reservados

SOBRE

ESTE

NÚMERO

Si usted, amable y queridísimo lector

que en estos momentos está

leyendo estos parrafos, es seguidor

de nuestro trabajo tanto dentro

como fuera de esta revista, sabrá que la

editorial está sufriendo diversos cambios

que, posiblemente, traerán consigo

diversas mejoras a los contenidos

que tanto le gustan. Empezando por

algunos cambios en esta revista.

Desde un principio, y ahora que sobrevivimos

más allá del segundo número,

se planeó que esta revista que

tiene en su pantalla (o en el papel, si

los planes que tenemos resultan como

los pensamos) sería un escaparate

para diversos autores hispanohablantes

que no encuentran un lugar donde

sus obras puedan ser publicadas. Y eso,

para nuestra buena fortuna, ha sucedido

tal como lo esperabamos.

Cada convocatoria la cantidad de envíos

crece de forma exponencial, algo

que es muy bueno porque tenemos

más trabajo, pero que a la vez es malo

porque tenemos más trabajo: y eso ha

causado que la calidad de los cuentos

y ensayos que recibimos sea mejor con

cada convocatoria, lo cual vuelve muy

difícil la acción de elegir quién estará

publicado y quién no.

Realmente es algo que nos tomamos

muy en serio todos los miembros

del consejo editorial. Por supuesto,

esto trae consigo la responsabilidad de


elegir sólo lo mejor para ustedes, sin

discriminar en aspectos que no tienen

importancia como la nacionalidad, el

sexo o la edad, por mencionar algunos.

Es bueno ver que, tras cada convocatoria,

el número de envíos que recibimos

de personas jóvenes, menores de

edad para ser más específicos, crece.

Con eso crece nuestra necesidad de seguir

mejorando esta revista, pues se ha

vuelto un punto de encuentro donde la

brecha generacional no tiene ninguna

relevancia, o al menos eso es lo que

creemos todos lo que tranajamos aquí.

Para este número hemos incluido

por fin los tan ansiados microcuentos

que nadie nos pedía pero que de todasf

formas buscábamos incluir. Y, aunque

hemos sido ligeramente estrictos con

las bases para esta sección, ha sido

muy reconfortante la calidad y cantidad

de personas que han decidido participar

específicamente en esta nueva

convocatoria, que se repetirá en los

siguientes números.

Es un orgullo para mí, y para todo

el consejo editorial, que puedan leer

estas lineas, porque son resultado de

nuestro esfuerzo y del esfuerzo de cientos

de autores que, cada día, nos alegran

la vida con sus historias.


16

32

68

ANTES DE

MORIR, LEE

MÁSCARAS

Y SILENCIO

CÓMO

INTERPRETAR

LA SILENCIOSA

AGONÍA DE

LOS LIBROS EN

MÉXICO

NARRATIVA

06 - LA BOLA DISCO REANIMADORA

DE CADÁVERES

08 - EL BÚNKER

12 - LA CALLE X

20 - LOCURA

24 - EDÉN

36 - TRESCIENTOS KILÓMETROS,

TRESCIENTOS EUROS

40 - PUERTAS

44 - REGULUS

56 - LA CITA

60 - IDIOTEZ COLECTIVA

64 - USTED DIRÁ, SEÑORA

72 - EL OBELISCO

76 - NO HAY SACRIFICIO

SIN SANGRE

80 - SIEMPRE LLEGO TARDE

A TODOS LADOS

88 - PERPETUAR

92 - ¡NO HAY CON QUÉ!

96 - EL NEGRO

104 - CIRCO INFIERNO

108 - A MERCED

DE LA OSCURIDAD

ANTR


84 100

116

SED DE

CONOCIMIENTO

ETERNO

LOS ÁRBOLES

VIVIENTES

LAS FORMAS

QUE EL LECTOR

DA AL

POEMA

48

CRÓNICAS

OPOLÓGICAS

PRESENTA A:

CTOR CANTÚ

114

¿DÓNDE TE

AGARRÓ EL

TEMBLOR?

120

MICRO

CUENTOS


6

LA BOLA DISCO

REANIMADORA

DE CADÁVERES

Por Ernesto Molina


La chica gritó, pataleó y lloró. Trataba

liberarse mientras sus captores

la llevaban al altar, cada una de

las cadenas sujetas a sus extremidades

medía por lo menos un metro y se

encontraban tensas manteniendo una

distancia mínima de un metro, «Para

evitar contaminar en aura del tributo».

Horrorizada miró los retratos de sus

antecesoras: todos rostros fotografiados

en sus últimos minutos, pequeñas

velas y el eco de sus alaridos mantenían

la ilusión de todas las chicas sacrificadas

permaneciendo en agonía en el altar.

Los acólitos comenzaron un canto

hipnótico y místico, las cadenas fueron

colocadas en la maquinaria forzando al

tributo a la posición de sacrificio, hubo

unos segundos de luz y silencio cuando

el flash de la cámara fotográfica sorprendió

a la chica.

Los canticos ganaron intensidad y el

nigromante entró con su túnica roja. La

intensidad de los canticos aumentaba

cada vez más y la bola disco bajó enviando

sus destellos a las runas gravadas

en los antiguos muros de la que antes

fue llamada universidad, la luna roja

se asomó por la cúpula bañando de luz

escarlata a la chica paralizada de miedo.

Tomó un báculo y atravesó el pecho

de la chica justo en el corazón, la sangre

salió a borbotones por la herida y

llenó el sistema de runas gravadas en

el piso, uno de los presentes utilizó la

sangre para dibujar un marco en uno

de los muros, en su centro fijó la recién

impresa fotografía de la víctima.

El nigromante miró al báculo manchado

de sangre, cada luna roja repetía el ritual

con la esperanza de sacrificar un alma

pura, un alma que transformara el báculo

y el altar de simples objetos mundanos a

una autentica arma del ejército obscuro.

La luna cambió de posición sumiendo

el edificio en la oscuridad, fue entonces

cuando notó el resplandor en

las paredes, la sangre emitiendo su

propia luz recorrió en su totalidad los

grabados del suelo, desafiando a la ley

de gravedad continuó su camino hasta

cubrir las runas de los muros, la bola

disco del techo tomó un tono escarlata,

la piedra del báculo se calentó y comenzó

a emitir su propia luz.

El arma había quedado activada.

Con un gesto de su mano las cadenas

liberaron al cadáver aún tibio, apuntó al

cuerpo con su nueva arma y este se levantó,

los acólitos le entregaron la bola

disco. La otrora chica caminó sosteniendo

la bola sobre su cabeza, siguiendo a

su señor hasta el qué alguna vez fue un

estacionamiento subterráneo, los esclavos

que apilaban cadáveres de sus hermanos

detuvieron su actividad al ver a

su amo y su reciente creación.

Los cuerpos, algunos en un avanzado

estado de putrefacción, comenzaron a

levantarse en cuando en cuanto los

destellos del báculo reflejados por la

esfera tocaron sus cuerpos.

El nigromante rojo había tenido éxito,

llevando su ejército de muertos vivientes

se aproximó a solicitar una cita

con su señor: El rey del templo.

7


8

EL

BÚNKER

Por Alberto Arecchi


El sol quemaba, alto en el cielo. La

luz era deslumbrante. El aire, flotando

sobre la arena caliente, creaba

espejismos de mares inexistentes.

En la base de una duna, el pie del

dromedario tropezó en un agujero. El

beduino fue echado de la silla y se rompió

en una andanada de maldiciones.

El dromedario tenía la pata encerrada

en una ranura, debajo de la cual había

una especie de abismo. El hombre

amplió con cautela el agarre que encerraba

la pata del animal. La arena fluía

rápida en el embudo y se perdía en la

profundidad. Después de una hora de

trabajo, la pierna fue liberada: despojada

y dolorida, pero el hueso se había

resistido. El beduino orinó sobre la herida

para desinfectarla y apretó la pata

en un vendaje. Hizo yacer con cuidado

su precioso dromedario. A continuación,

regresó a la escena del accidente,

para mirar en el abismo que se había

abierto: un socavón oscuro que suscitaba

el miedo. La arena había descubierto

una superficie que parecía rocosa,

pero revelando origen artificial: era

lo que llamamos hormigón armado, el

techo de un búnker subterráneo.

Ahmed ató una cuerda a los lados

de la abertura, ató a su cinturón el otro

extremo de la cuerda y se metió en la

habitación subterránea. Estaba en una

pieza rectangular. Vio a unas puertas,

en diferentes paredes. Se figuraba un

sótano poblado por serpientes, escorpiones,

escarabajos y murciélagos.

Extrañamente, sin embargo, no había

ninguna forma de vida animal, ni moho,

ni líquenes. El joven beduino sentía

una sensación de aprensión, moviéndose

en ese sótano desnudo y muerto.

Exploró los túneles que se ramificaban

a partir de la primera sala y finalmente,

en la última habitación al final del

último túnel, descubrió unos contenedores

de color grisáceo. En un rincón

de la sala, había una pequeña pila de

objetos circulares, con un orificio central,

parecían discos, como los que las

mujeres ensartaban con un cordón

para hacer joyas. Sólo que esos objetos

eran muy finos y parecían decorados

con muchos surcos concéntricos.

¿Secretos militares? ¿Restos de antiguas

civilizaciones? ¿Huellas de seres

extraterrestres? El joven beduino había

visto muchas cosas misteriosas, sabía

que el clima y la sequedad del desierto

pueden preservar huellas e indicios

antiguos. Recogió un puñado de esos

discos y luego comenzó a salir al aire

libre. La luz del día se desvanecía, el

dromedario se encontraba descansando

tranquilamente en la cuna de arena.

Ahmed no podía saber que el gran

desierto, en el que viajaba con su dromedario,

fuera una región fértil, atravesada

por los ríos, con campos fértiles y

bosques. Justo en el lugar en el que se

había metido en el sótano misterioso,

se situaban las oficinas técnicas y los

archivos de una ciudad.

La noticia del descubrimiento se difundió

rápidamente y Ahmed se convirtió en

el guía más popular del desierto. Los estudiosos

y curiosos llegaban en busca de

él para ser guiados hasta las «cuevas de

los discos», como fueron bautizadas las

piezas enterradas por la duna.

Los discos translúcidos se colocaron

debajo de la ventana de un pequeño

museo local, clasificados como «objetos

de un material desconocido, probablemente

relacionados con los cultos de

una civilización perdida». En las décadas

que siguieron, varios arqueólogos y

lingüistas «de frontera» se desafiaron en

9


sus intentos de descifrar las ranuras casi

invisibles. Un eminente estudioso de la

física trató de conseguir que se cruzasen

con rayos de la luz, para estudiar los

efectos de la refracción.

Los discos siguieron siendo un misterio,

y las atenciones de los estudiosos

se aflojaron. Continuaron hablando de

ellos sólo los amantes de los acontecimientos

misteriosos y los defensores

de las teorías esotéricas sobre los orígenes

de la civilización. Nadie vino a

descubrir que algunos de ellos contenían

las cuentas de una gran compañía

petrolera. Otra parte de esos registros

contenía enciclopedias, manuales técnicos

y una rica antología de la literatura

universal desde la antigüedad hasta

la era del ordenador.

Esos archivos podían abrir descubrimientos

increíbles sobre la historia del

hombre, la evolución espiritual, cultural

y tecnológica de un período de unos diez

mil años. Nadie, sin embargo, poseía una

computadora para descifrar los archivos.

Ni siquiera sabían que estas herramientas

nunca hubieran existido, ni qué características

habían tenido. Un evento

desconocido había destruido los recursos

y la mayor parte de la vida en el universo,

y había cancelado todos los archivos

existentes de la inteligencia humana.

Después de la gran catástrofe, la nueva

humanidad había repoblado el planeta.

El dromedario de Ahmed comenzó

a decaer. Incluso su maestro sentía un

fuego, ardiendo en su interior. Ambos

fueron cada vez más débiles, perdiendo

el pelo y el cabello. Se quedaron como

fantasmas, se movían con dificultad.

Finalmente, se fueron en una agonía

atroz. Se habló de una maldición secreta,

vinculada a los lugares que el joven

beduino había descubierto. No tenían

forma de saber que la humanidad fuera

casi destruida, en un gran holocausto

nuclear. Los archivos encontrados

por Ahmed estaban fuertemente contaminados

por la radiactividad. Pero

ésa es una explicación comprensible

para nosotros que hemos vivido algún

tiempo antes de la catástrofe: no sería

una buena explicación para Ahmed, ni

para su dromedario.

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11


12

LA

CALLE X

Por Matias Gerber Andina


Todo empezó con una llamada

nocturna. El teléfono sonó tres

veces y casi llegando al cuarto

timbre Daniel contestó. No fue con simpatía,

más bien fue un «¿Quién habla?»,

nervioso y molesto. Después de todo,

no es normal recibir una llamada tan

entrada la madrugada.

Del otro lado se escuchó un silencio

mentiroso, escoltado por un dejo de

respiración. Daniel volvió a insistir, esta

vez en combinación, soltó un «Hola,

¿quién habla?». Al no hallar respuesta

inmediata, colgó el teléfono. Su curiosidad

se vio interrumpida instantáneamente

por un sonido inconfundible. El

metálico choque de un auto que lo sobresaltó,

no había dudas de que había

sido a metros de la puerta de su hogar.

Como por instinto, la adrenalina lo

puso de pie. Se abalanzo hacia la ventana

de su dormitorio abandonando el

calor y la comodidad de su cama. Corrió

la cortina de seda negra de un tirón y se

chocó de frente con el peor panorama.

Su auto que horas antes había abandonado

con su hija el garaje estaba estrellado

contra el álamo del jardín principal.

Humeando y con los vidrios destrozados,

se dificultaba poder ver el interior.

Corrió hacia la escalera y la descendió

de par en par, para darse de frente

con la inmensa puerta antigua de madera

maciza, que separaba el interior

de su casa y el mundo exterior. Nunca

la sintió tan pesada.

Salió y saltó la escalera del porche,

se vio invadido por un aire gélido que

en cualquier otro momento le hubiera

propinado una patada en el pecho y le

hubiera impedido continuar, hoy no.

Cuando el hombre abrió la puerta de su

Ford Falcon 82, no se encontró con su hija,

sino con el fantasma del desconcierto.

El auto se encontraba completamente

vacío. Humeando y recientemente

golpeado pero su interior estaba vacío.

Su instinto principal fue tomar la manguera

del patio y rociar el capo, extinguiendo

así las pequeñas llamas que

comenzaban a brotar del humo, para

luego retomar el vacío mental que lo

invadió al abrir esa puerta y no encontrar

panorama alguno.

Tan vacía como el interior del Falcon

se encontraba la calle.

Ningún vecino parecía haber advertido

el tremendo impacto, ya que no

hubo nadie que asomara su nariz siquiera

en la fría noche de junio.

Daniel entró al garaje de su casa y

tomo una linterna. Abrió la puerta que

conectaba el garaje con el living y subió

las escaleras. Ya en su cuarto se puso

un pantalón, sus botas y una campera

de corte militar. En un abrir y cerrar de

ojos se encontraba nuevamente detrás

de su coche.

Observando incrédulo el interior

desde el parabrisas trasero, el único vidrio

intacto del coche.

Comenzó a caminar por la cuadra

en dirección al norte, desde donde claramente

por la dirección del impacto

venia el coche, coreando el nombre de

su hija se movilizaba a paso cansino.

Recorrió las dos cuadras de la calle X,

gritando y observando cada rincón en

busca de algún tipo de rastro. Nada. La

calle nunca lucio tan limpia.

Al llegar a la rotonda que conectaba

con la ruta decidió dar la vuelta. El camino

de vuelta fue aún más desalentador.

Sensación de tristeza e impotencia.

La incertidumbre, el peor de los miedos

lo invadía y estaba a punto de perder la

calma que sabía debía mantener para

poder llegar a encontrar a su hija.

13


¿Qué había ocurrido? ¿Cómo? Las

personas no desaparecen, alguien no

puede evaporarse en segundos sin dejar

rastro o emitir sonido alguno. Su

mente se llenaba de preguntas.

Sabía que por lo pronto tenía que llamar

a alguien.

Empezaría por telefonear a Sara, la

mejor amiga de su hija. Posiblemente

en algún momento de la noche se habrían

visto. Dejaría en segundo plano

la llamada a la policía, conocía la reputación

de la policía provincial, el porcentaje

de casos resueltos y corrupción

que abundaba en la misma.

En el momento en que levanto el teléfono

para hacer su primer llamado,

un trueno ensordecedor irrumpió en

la noche. Bien podría haber caído en la

mismísima chimenea de la casa.

Un leve y agudo timbre en su oído

le hizo bajar el teléfono. Se asomó a la

ventana para ver justo a tiempo el cableado

de su cuadra caer a la calle, seguido

de una explosión producto de la

caja eléctrica.

Obscuridad total.

Ahora sin luz, sin ningún tipo de comunicación

telefónica. El hombre se encontraba

nuevamente sin pasos a seguir.

Sumido en la obscuridad ahora, no

solo mental en la que ya se encontraba

sino que de hecho. Cayó rendido al

sillón, sin teléfono, vehículo y a no menos

de cincuenta kms. de distancia de

algún tipo de civilización.

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Estiró su mano para tomar la botella

de whisky. Llevaba meses sin ser degustada.

En el momento en que se volcó las

primeras gotas en un vaso, una sensación

helada lo golpeó, esas que se experimentan

cuando se recuerda algo que

la mente ya había resignado, el baúl.

Como pudo ser tan estúpido, no revisar

algo tan elemental como el único

rincón del automóvil que no se encuentra

a simple vista.

Armado con una palanca que tomó del

garaje, salió a paso veloz hacia el álamo,

ahora fusionado con su alguna vez inmaculado

Ford Falcon. Enganchó la palanca

en la grieta inferior del baúl.

Juraría que sintió un jadeo dentro, comenzó

a tirar.

No fue necesario mucho esfuerzo la

misma cedió inmediatamente, la oscuridad

fue absoluta esta vez. Otro escandaloso

trueno dijo presente en la fría noche,

este mucho más cercano. Sintió que el

rayo lo golpeo directamente, su cabeza

casi explota. Esta vez el chasquido de dedos

del psiquiatra lo despertó.

Se encontraba en el diván de cuero

marrón, acompañado de dos oficiales de

policía y un hombre corpulento vestido

de traje sentado frente a él. Otra vez la

hipnosis termino en la valija, y ya no habría

otra historia. Esta era su última oportunidad

de recordar, última sesión previa

a su cita con la silla eléctrica. Pasaría a

otro plano, y la muerte de su hija, continuaría

siendo un misterio.

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ANTES DE MORIR,

LEE

Por Esmeralda Lozano Bárcenas

¿De dónde proviene todo lo que una

persona sabe? ¿Y cada una de las palabras

de las que posee conocimiento?

¿Cómo es que inicia la incursión de alguien

en el mundo como un ente culto?

Ocurre que un día, dos personas deciden

(o no) procrear un ser que en el

futuro enseñará a leer a un niño. Somos

una cadena de influencias, lo que

hacemos repercute al otro lado del

mundo, como un efecto mariposa. Ese

16

niño se da cuenta de que las letras tienen

sonido, y que esos sonidos crean

palabras que a su vez significan cosas.

Qué maravilla cuando aprendemos a

leer nuestro nombre, luego oraciones

y al final, libros. En ese momento somos

dueños del mundo. Pero conforme

pasa la vida, pasan las ganas de leer y

pasan las ganas de aprender. Algunos

afortunados logran combatir esta apatía,

pero muchos otros no lo consiguen,


se enfrentan a la inevitable realidad de

todo ser humano; crecer. Rebasan la

infancia y los sueños se transforman en

obligaciones, en tortura o sacrificio. No

se disfruta estudiar, ni escribir, ni leer, ni

sumar pues se tiene hambre; hambre de

lo que están haciendo todos los demás,

y lo que los demás están haciendo no es

estudiar, escribir, sumar o leer. No leen,

ni siquiera como hobbie, ni siquiera diez

minutos al día, ni las etiquetas de la comida,

ni las cajas de medicina, los instructivos

o las letras chiquitas; mucho

menos las letras grandes.

¿Por qué no regalamos libros en vez

de ropa o aparatos electrónicos? ¿Por

qué los niños y jóvenes no gustan de

leer y tienen celulares antes siquiera

de comprender la vida?

Podría ser un poco simple y un tanto

evidente si lo vemos desde este punto

de vista: no leemos porque no tenemos

17


un modelo a seguir. Porque la palabra

convence, pero el ejemplo arrastra; y

ejemplos tenemos pocos. Crecemos

copiando las tareas mal hechas de

nuestros compañeros destinados a ser

explotados en su trabajo de jornaleros.

No precisamente por falta de capacidades,

sino por conformismo, porque

no se sienten capaces de hacer algo diferente,

nadie les enseñó a hacer otra

cosa. Les dijeron que leer era desperdiciar

el tiempo, y se lo creyeron todo,

se conformaron. Una persona conformista

se caracteriza por tres actitudes

principales:

1. Habla del destino como el protagonista

de su vida.

2. Se queja constantemente.

3. «No pueden» (o no quieren) hacer

nada.

Y siendo pues nuestra existencia

un círculo vicioso, el analfabetismo

alimenta y fortalece dichas actitudes.

Una persona que no lee, es una persona

condenada a tropezar con el mismo

error más de una vez, atrapada en su

propio punto de vista, sumamente manipulable;

blanco fácil para los corruptos

y los deshonestos.

18


Ya bien lo decía Simón Bolívar “Un

pueblo ignorante es un instrumento

ciego de su propia destrucción”. Pero

no hay necesidad de llegar a estos extremos

y hablar de fatalismos y pueblos

sometidos bajo el yugo de una

esclavitud no solo física, la esclavitud

más común es precisamente la intelectual.

Somos esclavos resignados,

silenciosos y lo peor de todo (o lo mejor),

jóvenes. Un arma de doble filo es

la juventud. Agazapada, esperando influir

en cada cuerpo donde se posa, dispuesta

a recibir todo lo que le llama la

atención, ingenua y receptiva. Preocupémonos

por reivindicarnos en todos

los aspectos de nuestras vidas, de ser

nuevos y mejores amigos, hijos, hermanos,

profesionistas y compañeros.

Seamos mejores lectores, pues llenos

de títeres están los infiernos, las cárceles

y las escuelas.

Antes de morir, vive. 1

Antes de morir, lee.

1

William Shakesperare

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20

LOCURA

Por Juss Kadar


Os voy a contar otro de mis casos.

Me llamo Hayden Weis y trabajo

en una pequeña comisaría de una

ciudad donde nunca pasa nada. Al leer

estas líneas es normal que os venga a la

cabeza Sherlock Holmes, porque claro,

sus casos se publicaban en un periódico

o en una revista, eso no lo tengo muy

claro. Pero aunque mi manera de expresarme

pueda parecer similar, él y yo no

somos para nada iguales. Para empezar

yo no tengo un Watson; a mí, eso de la

«amistad» me sobra bastante. Y para continuar,

no investigo casos complicados

que la policía no sabe resolver. Yo soy

más de entrometerme en los casos por

puro aburrimiento y lo de resolverlos lo

dejo para los que saben más de eso. Pero

claro, muchas veces el entrometerse porque

sí, te hace ver las cosas de otra manera.

Sobre todo porque aunque yo meta

la pata en un caso, seguiré conservando

mi puesto de trabajo gracias al enchufe

de mi tío, que es el director de este lugar.

Y os preguntaréis, si tan poco me

importa todo, ¿cómo es que acepté ser

agente de policía? Cuando mi hermana

apareció una noche asesinada en su

casa. Suicidio, dijeron.

Esa noche fui a visitarla y me encontré

el cadáver tumbado en la cama, inmóvil,

con una caja de pastillas en la

mesilla. Fue la visión más traumática

de toda mi vida. Enseguida llamé a la

policía y ellos, los agentes de mi tío, me

dijeron que no había forcejeó ni nada

raro, así que supusieron que mi hermana

se había suicidado.

Y una mierda. Ella era jovial, divertida

y una luchadora. ¿Cómo iba a suicidarse

si estaba en su mejor momento?

Tampoco tenía depresión y dudaba

mucho que ese bote de pastillas fuera

suyo. ¿Qué había sucedido entonces?

En la primera persona que sospeché

fue en su pareja. Se casaron demasiado

deprisa para el poco tiempo que

llevaban juntos, así que pensé que

quizás tenía alguna intención oculta,

como heredar la empresa de coches de

mi padre. Últimamente estaban muy

apegados mi progenitor y el marido

de mi hermana, sospeché que quizás

no era algo casual. Además, ella era la

única que iba a heredar dicho negocio

porque ni mi hermano pequeño ni yo

teníamos interés.

Fui a casa de sus padres a hacerle un

par de preguntas. Se había refugiado con

su familia tras el susto. Al principio no

quiso abrirme la puerta e incluso me dio

con ella en la cara cuando supo quién era.

—¡Vete! ¡Vete lejos! —gritó desde dentro

de la casa—. ¡No tengo nada que

decirte!

—¿Suicidio? ¡Ja! Sal que te voy a partir

de las piernas —le respondí.

—¡Yo no la he matado! ¡Te lo juro! Soy

inocente, si la quería más que a mi vida.

—¿Y esperas que te crea? Si la conoces

de hace menos de un año. Tú lo que quieres

es heredar la empresa de mi padre.

—No, Hayden, no es así —le escuché

sollozar detrás de la puerta—. Yo no

quería nada de tu hermana, salvo estar

con ella para siempre.

—Voy a llamar a la policía, estoy harto

de esto.

Los agentes se personaron en casa

del marido de mi hermana. Hicieron un

registro exhaustivo y encontraron en el

baño las pastillas que vi en la mesilla la

otra noche cuando descubrí el cadáver.

Cualquier tonto lo hubiera visto, él era

culpable. Se lo llevaron y yo los acompañé.

Satisfecho de mi trabajo, me

fumé un cigarrillo en la entrada, cuando

salió mi tío.

21


—¿Crees de verdad que es él? —me

preguntó nada más verme.

—Totalmente. Las pruebas le declaran

culpable.

Las pruebas —se carcajeó—. Las

pruebas siempre son innecesarias, Hayden.

Yo resuelvo casos y soy el mejor,

porque siento quien es el asesino. Y te

digo que ese al que has encerrado, por

mucho que lo digan mis agentes y «las

pruebas» —hizo las comillas con los dedos—.

No es el asesino.

—No me vengas con esas… —frunció

el ceño—. No me creo lo que me estás

diciendo.

—También «siento» que tu hermana

no se suicidó, si no que la mató alguien,

pero no sé quién —me puso la mano en

el hombro.

La conversación con mi tío me dejó

algo tocado. A ver, me parecía una autentica

gilipollez eso de que «sentía»

quien era el asesino. ¿En serio así había

llegado a ser director de la comisaria?

Llegué a casa de mis padres y vi a mi

madre rota de dolor, tirada en el sofá y

enganchada a programas basura. Desde

que murió mi hermana no se había

movido de ahí. Cuando la saludé, me

miró con los ojos enrojecidos y me preguntó

algo que me heló la sangre.

—¿Cuánto dinero tienes ahorrado?

—¿Qué? —pregunté, confuso.

—No has trabajado nunca pero puedes

hacerlo, ponte a trabajar y ahorra

dinero, mucho. Le he dicho lo mismo a

tu hermano pequeño.

—Mamá, Issis tiene doce años.

—Parecéis más maduros para vuestra

edad.

No le di mayor importancia, pensé

que se le estaba yendo la cabeza.

22


—Por favor —murmuró—. Yo también

estoy buscando trabajo.

—Mama ¿A qué viene eso? Piensa un

poco lo que dices y tomate las pastillas

que te mandó el médico para cuando

estás con ansiedad.

—Hayden... —se levantó de golpe,

asustándome—. No encuentro las pastillas

—lo dijo despacio y me miró muy

fijamente—. No sé donde están…

El silencio inundó toda la estancia y

yo tragué saliva.

—¿Qué estás diciendo, mamá?

Ella me miró de nuevo, penetrándome

el alma y haciéndome dudar.

Llamé a mi tío a toda velocidad y le

dije que sabía quién era el asesino.

Interrogamos a la gente con la que

estuvo mi padre y mi hermana en una

cena la noche de su muerte. Ellos dijeron

que todo era más o menos normal. Pero

que mi padre se enfadó más de la cuenta

cuando bromearon sobre su jubilación y

que mi hermana pronto le sustituiría porque

era más moderna y más simpática.

Mi padre aún era muy joven.

No tuvimos que indagar mucho más.

Yo sabía que mi padre había estado

muy enfadado con mi hermana, porque

ella estaba llevando el negocio mejor

que él y todo el mundo se lo hacía

saber. Eso le estaba matando en vida,

ya que le hacía sentir que no servía

para nada. Lo comentó en alguna cena.

Lo comentó también en la comisaría,

cuando nos confesó que él la había

matado por celos, que no soportaba la

idea de que a ella la vieran más capaz

que a él, cuando él había trabajado

tanto en esa empresa.

Estaba loco, y su locura me hizo ganar

un puesto de trabajo.

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24

EDÉN

Por Juan Pablo Goñi


A

la madrugada de Europa, a la noche

en América, la ley de gravedad

dejó de funcionar. Como si se

tratara de una norma derogada por un

gobierno, de un instante a otro la tierra

dejó de atraer cuerpos. Más tarde los físicos

determinarían con exactitud que

no había desaparecido por completo,

pero en ese momento, ignorantes de

la situación, miles de millones de personas

comenzaron a flotar. Los asiáticos

y australianos fueron atrapados en

pleno día. Aquellos que estaban bajo

techo, consiguieron detenerse; en cambio,

quienes deambulaban al aire libre,

pronto abandonaron el alborozo inicial

—felices de levitar— para desesperarse,

al ver que su ascenso no se detenía.

Curiosas imágenes recorrieron el

planeta; gente aferrada a los postes de

la luz, sus piernas hacia arriba; otros

abrazados a los árboles de los parques.

Bicicletas voladoras cuyas ruedas giraban

en su camino al sol —por darles un

destino—. Los insomnes notaron que

sus cuerpos tocaban los techos de sus

casas; los más tranquilos continuaron

cenando, casi riéndose de la situación.

Millones de humanos despertaron

en medio de la noche al sentir que su

cara raspaba contra el cielorraso. En

los sitios más fríos, al sur del ecuador,

quienes se cubrían con varias mantas

no se enteraron del fenómeno hasta la

mañana siguiente, cuando al quitarse

las frazadas, subieron como tirabuzones.

Los niños celebraron la ocasión,

divirtiéndose con diferentes poses; los

niños que no estaban vagando en el espacio,

claro está.

La confusión era total en los medios;

los presentadores se ataban, las cámaras

los tomaban desde lo alto. Cada pieza libre,

flotaba. Los coches, estacionados,

se quedaban contra el asfalto. Bastaba

un segundo de rodamiento para que

se separaran del piso, flotando inútiles.

Millones quedaron atrapados en ellos,

sin atreverse a bajar. Sólo los camiones

podían desafiar esta gravedad casi nula.

De inmediato, los sindicatos de camioneros

exigieron aumento triple de sueldo

para participar en tareas de rescate. Los

gobiernos los concedieron al instante,

antes de determinar en qué consistirían

tales tareas, con el objetivo de demostrar

que hacían algo.

La comunidad científica sufrió bajas

enormes. Aun así, trabajaron en red

para buscar explicaciones y soluciones.

En principio, recomendaron permanecer

en sus casas, recomendación innecesaria.

A quienes estaban adentro no

se les ocurría salir, y quienes pugnaban

por no ser arrastrados al vacío carecían

de medios para regresar a sus hogares.

Recién pasadas las primeras doce

horas, cuando los alimentos acumulados

comenzaron a escasear, los primeros

valientes asomaron a la superficie.

Siguiendo ejemplos de películas,

colocaron peso en sus piernas, como

caminantes lunares. Fueron pocos y

anduvieron menos; no tenían pesas

ni elementos prácticos, era trabajoso

manejarse con roperos, mesas de algarrobo

o camas antiguas. Por supuesto,

consiguieron abastecerse en cantidad,

apoderándose de alimentos en los

supermercados desiertos, aunque debieran

utilizar trampas para cazar los

paquetes que flotaban en los salones.

Los gobiernos se asentaron al día

siguiente, a medida que lo fue en los

distintos países del globo. En las redes

sociales, un cúmulo de insultos, pero

no había manifestaciones en las calles,

por motivos obvios. El gobierno

25


chino, imitado luego por el japonés,

el coreano y el de la India, anunció en

los portales de noticias que habían

solucionado su problema de superpoblación.

Sobraban viviendas libres y

trabajos. Los europeos resaltaron que

no había inmigrantes penetrando sus

fronteras ni colas en las oficinas del

paro. Los sudamericanos y africanos

declararon haber acabado con la inseguridad.

Una ola de buenas noticias

bombardeó cada hogar habitado, por

televisores que se miraban desde abajo,

computadoras o celulares. Las pesadas

columnas de hormigón resistían y

los tendidos eléctricos, aunque formaban

curiosas figuras de hilos retorcidos,

cumplían su misión.

Superado el pánico inicial, se organizaron

socorros urgentes, como la distribución

de alimentos mediante camiones.

Los conductores iban atados

a las cabinas. Por unos cuantos días la

emergencia pareció superada. La gente

estaba medianamente feliz, aunque

tuviera que adoptar posiciones curiosas

en la ducha. Tenían comida, bebida

y tiempo libre. A pesar que muchos

habían quedado separados de sus familias,

esperaban con paciencia los

planes gubernamentales para solucionar

esos detalles. La novedad continuó

ofreciendo ocasiones para diversiones

impensadas.

A los quince días el humor varió. Las

noticias alentadoras, como el fin de los

26


campos de refugiados o el drástico descenso

de los accidentes de tránsito, se

acabaron cuando terminó la provisión

de hortalizas y frutas frescas. Los síndromes

de abstinencias varias se volvieron

agudos; tanto las víctimas como

sus allegados provocaron el aumento

de la tensión en millones de habitaciones

del planeta. A ello se sumó el desabastecimiento

de petróleo que detuvo

la movilización de camiones, impidiendo

la provisión de comestibles. En el

interior de cada hogar, de cada sala

de las terminales de transporte, en los

hospitales y demás centros con gente

reunida, la paciencia acabó. Hubo luchas,

roturas, muertes y cuerpos arrojados

a la calle para que los chupara el

espacio exterior. Dos días de enfrentamientos

que culminaron con el fin de

las emisiones radiales y televisivas, y

con el cese de la actividad de Internet.

A miles de años luz, una figura verde,

pequeña, leyó los datos de su satélite

de información. Complacido, hizo una

seña al otro tripulante de la nave. El

acompañante pulsó un comando; se

interrumpió el zumbido de una extraña

máquina y dejaron de salir rayos de

su boca. En la tierra, la lista de sobrevivientes

se redujo; millones murieron

al caer al piso desde varios metros de

altura. El primer hombre que se atrevió

a dar un paso al aire libre, fue un tal

Adán, que vivía en la calle Paraíso, en

Edén City.

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EL HUMANO

DE SÁLEM

Por Lorenzo José Asensio Jambrina


—¿Qué tenemos aquí? —dijo la inspectora

al entrar en la habitación.

Era una mujer muy pequeña, tan

otoñal que recordaba a una castaña.

Llevaba un jersey de media manga que

se sumergía bajo una falda que empezaba

a la altura del ombligo y acababa

con el deseo de que pudiese hacerlo un

poquito más arriba. Miró, con descaro,

por encima del reflejo marrón de sus

gafas de sol redondas. Buscaba la marca

de tiza en el suelo.

Se llamaba Olivia.

Casi ninguno de los allí reunidos

la conocía. Sin embargo, todos comprendieron,

en cuanto puso un pie en

la habitación, que era de los de arriba.

Había algo en su forma de moverse que

imponía respeto, que daba un poco de

miedo. En fin, todos agacharon las orejas

en busca de pistas imaginarias, no

fueran a ser ellos el motivo de una nueva

investigación criminal.

Otra mujer algo más joven, vestida

de uniforme, se acercó a ella.

—Buenos días, inspectora. Le informo:

hay un hombre metido en esta caja,

pero está sellada. Sabemos que con él

hay una ampolla de gas tóxico que podría

partirse en cualquier momento, si

es que no lo ha hecho ya.

La habitación era pequeña y oscura,

llena de papeles, clavados con chinchetas

directamente en la pared o bien

tirados por el suelo; había también mucho

serrín, trozos inservibles de madera

y metal y algunas herramientas de

artesano. En el centro de la estancia,

una caja en la que alguien había escrito

frágil. Lo cual podría haber sido gracioso

si la gente no se empeñase en ser

seria cuando alguien corre peligro de

muerte. Era demasiado pequeña como

para que alguien quisiese estar dentro.

En un rincón de la sala, un gato parece

vivir en otro tiempo. Como adivinando

el pensamiento de la inspectora, la

oficial se anticipó:

—No hemos podido sacarle de aquí,

inspectora. Emmm, araña.

Olivia le miró, socarrona: —¿Cómo

se llama el hombre cautivo? ¿Algo así

como Schro…? —lo dejó en el aire, con

la esperanza de verlo continuado.

—Mosisto Rfam, inspectora.

—Vaya chasco —fue toda una decepción—.

Podría haberse dado una bonita

casualidad —se colocó las gafas sobre la

cabeza y se recogió el pelo en una coleta

de tres vueltas de goma—. ¿Y qué hace

este pobre hombre en una caja?

—Por lo que parece, quería comprobar

eso que se dice de intentar abrir una

caja con la palanca que está dentro de

la caja. Al parecer, no lo entendió bien.

La inspectora recapacitó. No había

escuchado nunca eso que se dice y descifrarlo

le parecía como… bueno, le parecía

como intentar abrir una caja con la

palanca que hay dentro de la propia caja.

—¿Y la ampolla? —preguntó al fin.

—Yo tampoco lo entiendo, inspectora.

—Ya veo, ya veo. ¿Y por qué no le sacamos

de la caja?

—Es una situación compleja, inspectora.

Hay quien cree realmente que el hombre

que hay dentro de la caja está vivo

y muerto al mismo tiempo y que, por lo

tanto, es un vampiro o algo parecido.

La inspectora miró a la oficial, la oficial

miraba a la inspectora.

Vale, no, no estaba de broma.

—¿Puedo preguntar cómo habéis recogido

toda la información?

—Nos lo ha dicho el mismo Rfam,

inspectora.

Y Olivia se palmeó la frente: —Me lo

imaginaba.

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La oficial parecía no haber terminado;

pedía permiso para retomar la palabra

con su silencio. Nuestra protagonista

se lo concedió con un movimiento

resignado de cabeza.

—Además parece bastante asustado.

—¡No me digas!

Olivia se acercó a la caja en un camino

libre de habitación repleta. El silencio era

obvio; la orientación de las orejas, interesada.

Se puso de espaldas a un público

que solo la miraba de reojo y habló en

voz alta, de modo que aquel que tuviese

el mínimo interés en escucharla, intuía

que unos cuantos, pudiera hacerlo:

—Señor Rfam, ¿está usted vivo?

—¡Sí, joder, sí! ¡Y quiero salir, me estoy

clavando la rodilla en el sobaco! —tras

esto, pareció recordar sus buenos modales

y añadió—: tengo una ampolla muy

peligrosa en la mano que me gustaría

soltar cuanto antes, por favor, si es posible.

La inspectora se dio la vuelta, pensando

que aquello era prueba más que suficiente,

pero se encontró con una manada

de caras asustadas al otro lado de la habitación.

Se giró de nuevo hacia a la caja:

—¿Está usted vivo y muerto al mismo

tiempo?

—¿Qué? ¡No! Pero voy a morir si no

me sacáis. ¡Sacadme de una puta vez!

La inspectora volvió a girar, sintiéndose

como una peonza, y vio, aún, miradas

de duda. Se resignó al mundo de

estupidez en que le había tocado vivir:

—Tú, el de la corbatita ridícula. Sí, tú,

deja de toquetear ya esos papeles, idiota.

Ve a la tienda de la esquina, compra

una ristra de ajos y tráela, reparte un

diente a cada persona aquí reunida.

Mientras, el resto, preparaos para abrir

la caja ¡y tened cuidado con la maldita

ampolla si no queréis que, para cuando

salga, esté muerto del todo! Que alguien

haga el favor de meter a ese gato

en una caja de cartón y se lo lleve; me

da muy mala espina, creo que ha tenido

algo que ver. Hacedle agujeritos a

la caja para que respire, no queremos

más sustos hoy. Tomadle testimonio al

señor Rfam. Hay que intentar darle luz

a este asunto porque está más oscuro

que mis sobacos. Yo me voy, joder, soy

demasiado vieja para estas cosas.

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MÁSCARAS

Y SILENCIO

Por Oliver Salvador López Gutiérrez

Bien podemos (y habré de) afirmar

que es en el silencio en donde se

encuentran las verdaderas raíces

de nuestro ser, aspecto nada novedoso

que ya mencionaba Octavio Paz en Posdata

(1969), raíces que son más fácilmente

alcanzables a través del ejercicio del

silencio. Este ejercicio de conocer a nuestro

verdadero ser se logra ver expuesto

(así como nosotros nos vemos expuestos

ante la angustia de acercarnos a nuestro

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verdadero ser, de arrancarnos la máscara

junto con nuestra propia piel) en distintos

momentos, ya sea, arrodillados

frente a una cruz a través de la oración;

recostados en el diván a través de la libre

asociación; o sentados frente a un libro a

través de la reflexión.

La primera nos quita la máscara de

nuestra supuesta omnipotencia, al

desnudarnos frente a un Dios que tiene

el poder de cambiar nuestro destino.


La segunda, por otro lado, nos quita

la máscara de nuestros propios fantasmas

infantiles: nos desnudamos frente

al olvido. La tercera, por último (más

jamás intentaría decir que sólo cargamos

con esas 3 máscaras), nos arranca

la máscara de la ignorancia: la ignorancia,

no intelectual, sino la ignorancia

de no sabernos a nosotros mismos, de

no poder reflexionarnos. Es en este aspecto

que la lectura, y la reflexión que

ésta propicia, nos ayuda a conocer a

ese ser que, sin letras, habrá de ser imposible

de leer.

Esta última máscara, que está pintada

de un rostro desfigurado y falso de

mostrarnos ante el otro como un ser

omnisapiente, al momento de afrontarla

con letras y entendimiento, se

arranca con gran parte de nuestra piel:

porque el sabernos ignorantes, el descubrirnos

ignorantes en tanto que el

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conocimiento es infinito, duele, puesto

que es doblegarnos ante ese ente tan

atractivo y repudiado al mismo tiempo,

que es el saber. Y en el saber es como

nos conocemos. En el saber nos sabemos

nosotros mismos. En el leer la

realidad es que nos leemos a nosotros

mismos. Las novelas no son del personaje,

somos nosotros en la novela,

y la proyección es automáticamente

inevitable; en la historia no se lee sólo

un dato, se lee nuestro propio pasado

inscrito en nuestros antepasados; en

el cuento, nuestras propias fantasías;

en el terror, en el suspenso, nuestros

miedos son los que se verán reflejados.

Son libros que, abordados en silencio

no son huecos, son letras que simbólicamente

nos reflejan a cada uno de

nosotros. Y en ese afrontarnos, leernos,

reflexionarnos, disfrutarnos y aborrecernos

a nosotros mismos, hallaremos

nuestro ser. Ese ser que se encuentra

escondido en lo más incómodo del silencio,

de lo que no se debe husmear ni

revolver un poco siquiera.

Y es en este aspecto que la juventud,

en un auge de la posmodernidad que

pareciera (más no será) eterno, se ha

alejado abismalmente de su ser. Una

generación que se duele con gran facilidad

de lo que le sucede a su alrededor,

en México… México, un país donde

pareciera que leer es un terrible castigo,

un delito; un país donde apenas se leen

2 libros por persona al año; se da a relucir

lo que Rodallegas, en su seminario

de Introducción a la matesis lacaniana

(2017), dijo con referencia en Lacan: el

sujeto tiene miedo a la ciencia, tiene

miedo de apuntar hacia la paja que se

encuentra en su propio ojo, y no en el

que es ajeno. En pocas palabras, los

jóvenes tienen miedo a conocerse porque

en definitiva, descubrir la historia

es un proceso doloroso, y aún más,

descubrirse a uno mismo en el silencio:

en el silencio de un libro abierto, con

sus letras claras, sin ningún otro ruido

alrededor que el de nuestro propio ser,

desgarrándose, arrancándose la máscara

de nuestro ser-de supuesto-saber.

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TRESCIENTOS

KILÓMETROS,

TRESCIENTOS

EUROS

Por Francisco J. Barata Bausach

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Callejeando, mirando sin ver, cruzándome

con gentes que ni les

importaba ni me importaban, me

fijé en un panfleto en el limpiacristales

de un «buga», colores estridentes, pero

llamaba la atención. Leí sus promesas,

después de enumerar titulaciones altisonantes:

Garantía de curación de toda

enfermedad existente mediante métodos

homeopáticos y profilácticos. Llevaba semanas

sin medicarme, no quiero tomar

los comprimidos que me recetan los siquiatras,

me dejan alelado, me impiden

hacer lo que me gusta. Eran muchos

kilómetros para visitar al homeópata.

Trescientos kilómetros, que tendría que

ir en autobús o tren. No tengo carnet

de conducir ni coche, no me interesan.

Sería un peligro para la gente, me gusta

ser un peligro, pero cuando quiero, no

cuando quiera el coche. Después de

valorar pros y contras, elegí en autobús,

razones diáfanas, no había tren desde

mi pueblo. El autobús era cómodo, muy

nuevo, con tele. Todos los autobuses de

líneas nacionales parecen nuevos, ¿serán

de un solo uso? En el bus había una

señora que olía mal, me jode la falta de

higiene. No había manera de neutralizar

aquella peste entre tanta gente. Delante

estaba una amiga, cuando mi «olorosa»

levanta el brazo, del sobaco surge olor a

hamburguesa y cebolla, eran las nueve

de la mañana. No tenía uno que ser muy

listo para deducir que no se duchó por

la mañana ni por la noche, vamos, delito

ecológico. Mi asiento estaba a su lado,

el autobús lleno, las ventanas no se pueden

abrir, porque si no, por mis muertos

que la tiro por la ventana. El viaje fue

tranquilo, pero la señora olía que alimentaba,

ni me gustaba las hamburguesas

ni la tiparraca, llegué malhumorado

a la ciudad del homeópata. Palizón,

pero no me hagan caso, me quejo por

todo, lo peor el hedor, me pasé el viaje

viendo una «peli», los auriculares no tapaban

las narices, eso sí que es un fallo,

sin ruidos, pero con olor. Acabado el viaje,

en tierra santa, perder de vista el olor,

me faltó besar el suelo como el Papa.

Busqué a la hamburguesa, la seguí, se

despidió de su amiga. Caminábamos

por una calle desierta, solucioné su problema

higiénico para siempre, le hice un

favor. Me sentía satisfecho, pregunté la

dirección a un agente. Llegué dando un

paseo que sirvió para estirar piernas al

domicilio del sanador. El edificio céntrico,

pero en callejuela cutre. La finca

bastante vieja, se notaba. La puerta chirrió,

sus cristales grises del polvo que en

ellos vivía, las paredes del zaguán canto

al despropósito, trozos de un color, otros

sin color, encima el ascensor no funciona.

Me estaba poniendo de los nervios

y era un tercero. Sube que te sube, los

descansillos sórdidos, paredes desconchadas,

mala espina me daba. De mala

hostia llegué al piso del «profiláctico».

Había cuatro puertas, en una «cantaba»

el cartel anunciador, mismo mal gusto

del panfleto. Toqué el timbre. Abrió una

enfermera oronda, sudorosa, con cofia,

la criada negra de Escarlata O`Hara, en

blanquita. Con una mueca que quería

ser sonrisa, me hizo pasar. Una sala triste,

interior, luz de neón pobre, desquiciante,

el tubo parpadeaba. No me gustó tener

que dejar cien euros, «para caridad», según

la enfermera. Al poco me recibió el

sanador. Bajito, cabezón, toruno, feo en

avaricia, me tendió la mano sin salir de

su parapeto tras la mesa y sin levantarse,

estaría cansado.

—Buenos días, soy el Doctor Don Salustiano

Cienfuegos. ¿Usted dirá caballero? —joder,

el «Salus», ¿qué iba a querer? Mal vamos.

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—Soy Don Pedro Mármol, aunque

parece que a usted le importa poco mi

nombre. Tengo esquizofrenia paranoide,

y cierto trastorno bipolar agudo.

Quiero que me cure.

—Lo lamento señor, para esas enfermedades

de la mente no tengo ningún tratamiento

—contestó descarado el cuellicorto.

—Eso no era lo que decía el panfleto.

Mire —lo saqué, se lo planté en la

cara. Se levantó, sin decir nada, desde

su refugio tras la mesa, indicó la salida

mientras decía:

—Por favor, señor Árbol, disculpe,

tengo que realizar varias visitas a domicilio.

Filiberta le cobrará la consulta.

El enano quedó blanco de la mirada

que le propiné.

—Me llama Árbol, mi apellido es Mármol.

Tengo que pagar por nada. Su sirvienta

se llama Filiberta. Ya le di cien

europeos e hice trescientos kilómetros

para verlo. Pues qué bien.

Ni contestó el malnacido, pero para

malnacidos, yo. Saqué a pasear mi albaceteña,

ni tiempo tuvo para decir

«mu», le traspasé un ojo hasta el fondo,

girando la nacarada como vaciando una

almeja. Murió rápido, ni gritó, seguro

que no le dolió, como a la señora que

olía mal. No me gusta perder el tiempo,

menos que me lo hagan perder y me

jode que un capullo quiera engañarme.

Salí de su despacho, la Filiberta se acercó

extendiendo la mano, dijo con voz

chillona, que le tenía que dar trescientos

«napos». Trescientos kilómetros y

trescientos europeos, lo tenía claro. Me

acerqué cautivándole con la mirada, le

dio un sofoco. Antes de que se le pasara

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el candor le rajé el cuello, tipo rodaja de

sandía. Ni se enteró. Rebusqué en los

cajones de su mesa y me llevé mis cien

europeos y toda la pana que por allí

tenía como compensación por gestión

y gastos. En la calle me paré en un bar,

comí un bocadillo de calamares y cola.

Siempre que trabajo me gustan los calamares.

Volví paseando hasta la estación

de autobuses, era conveniente dejar la

ciudad lo antes posible, por si acaso. Saqué

dos pasajes para la vuelta, así me

evitaba compañías hedientas, me sonreí

yo mismo, al recordar que soy bipolar

y he comprado dos billetes. Cuando

llegué al lugar dónde el autobús esperaba

a su grey, me sorprendió su aspecto

flamante, como nuevo. Estaba claro, los

autobuses son de usar y tirar, por eso

están siempre tan limpios, como nuevos,

porque son nuevos, a mí no me

engañan. El viaje de vuelta fue placido,

me lo pasé durmiendo, estaba feliz, el

viaje había sido rentable, los calamares

exquisitos, descubrí que me gusta viajar

en autobús, siempre son nuevos, por lo

tanto muy seguro, eso me reconforta.

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PUERTAS

Por Roberto Omar Román


Estaba loca, por eso la tenían en

aquella especie de covacha, para

que no molestara a los de la casa

con puertas. Metida en un garroso blusón

anaranjado, que entreveía su cuerpo

huesudo y blanco, se meneaba en

una mecedora.

El cuartucho estaba separado de la

casa, como una enfermedad, por un

jardín tupido de hierba mala y pasto

viejo, amarillo. No tenía puerta, y en un

rincón, asemejando un pellejo, había

una pestilente colchoneta raída. Los

muros apestaban a cal húmeda y tenían

pintarrajos.

El dueño de la casa, un comerciante

que seguido visitaba a mi madre para

comprar los ajuares que tejía, me pidió

el favor de llevarle de comer a su hija la

loca, una vez por la mañana y otra en la

tarde. El hombre era amable, me traía

dulces y repasaba amistoso sus manos

en mi cabeza como si buscara algo.

En un principio sentí miedo de acercarme

a ella. Pensé que podría morderme.

Le dejaba la bandeja a los pies y me

salía corriendo. Sólo con los días me

fue dando confianza verla mecer muy

tranquila. Olía a verdura podrida. Creí

que también era sorda, porque cuando

me arrimé y le dije «aquí te dejo para

que comas», no volteó. Tenía la mirada

fija en un garabato del muro: un monigote

rojo de enorme cabeza, manos y

pies chiquitos.

Noté que los movimientos de las manos

de la loca eran parecidos a los de

mi madre al tejer. Le pregunté muchas

veces lo que hacía, pero comprendí lo

inútil de enterarme, porque sólo llegué

a escucharle gorgoteos que de inmediato

le llenaban la boca de baba. Parecía

sentir calor, comezón o algo le estorbara,

porque a ratos la veía zarandearse.

Para ir a la cocina de la casa, en

donde dejaban las sobras para la loca,

debía pasar frente a unos cuartos. Las

puertas estaban cerradas siempre. Y,

aunque nunca vi entrar o salir a nadie,

por los ruidos supe que adentro había

gente, quienes a ratos parecían discutir

a gritos y otras ocasiones, murmuraban

y reían.

A fuerza de verla diario le tomé cariño,

le dije palabras bonitas, mientras

suave y despacio le pasaba las manos

por la cabeza como su padre hacía conmigo.

Sin embargo, ella continuaba con

la mirada fija en el monigote del muro,

meciéndose y haciendo desatinos con

las manos. Los ruidos de los cuartos

de la casa la ponían de nervios. Hacía

dengues como si quisiera arrancar con

la vista el pintojo colorado; por lo que

una tarde lo raspé hasta dejar sólo un

manchón cenizo. La loca se puso las

manos en la cara en señal de espanto.

El siguiente día, de mucha lluvia, la

encontré de pie: alta y seca como rama

del jardín. Sonreía, y eso me enfureció,

pensé que se burlaba de verme chorrear

agua. Me le acerqué, olí su mal

aliento, la empujé y grité: «¡No te rías,

loca maldita!».

Sus ojos lagañosos entristecieron

pero siguió sonriendo. Grité de nuevo:

«¡Te voy a llevar allá!» y señalé hacia la

casa. La loca se sacudió como si hubiera

recibido un latigazo y se arrancó el harapiento

blusón. Quedó desnuda. Tenía

en el cuerpo trazos de bufandas, suéteres,

guantes, calcetas y demás prendas

que mi madre tejía, pintados con tintas

de colores. En la sumida panza tenía un

mono igual al que raspé del muro, y junto

al sexo, escrito mi nombre.

El rechinido de bisagras me puso en

aviso que las puertas de los cuartos

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de la casa se abrían. Oí risotadas que

no parecían de gente buena, jadeos y

pasos carrereados acercarse. Estaba

a punto de voltear cuando la loca me

abrazó. Sentí sus pechos sudorosos en

la cara. Chillaba como animal que protege

a su cría. Apenas logré ver, no sé si

gente desnuda o sombras rojas bailotear,

gatear y resoplar, antes de zafarme.

En la noche, escondido en el ropero,

por un hoyito observé con atención los

movimientos de mi madre tejiendo:

eran iguales a los de la loca. Cuando se

fue a dormir, me acerqué a la mesa. Encontré

sólo telas muy gastadas y sucias,

frascos de tintas y pinceles recién usados.

Despacito caminé a su recámara, y

pegando la oreja a la puerta diferencié

su voz enmarañada mezclarse con los

ruidos enredados de la gente que ocupaba

los cuartos de la casa.

Enseguida, como si supieran de mí, la

puerta se entreabrió. El padre de la loca

asomó sonriente, y agitando con las manos

chorreantes de pintura roja dos bolsas

de dulces, me hizo la seña de pasar.

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REGULUS

Por Shaula María Bolaños Juárez


Esa noche en especial, la marejada

se sentía extrañamente suave, a

pesar de que el meteorológico indicaba

fuertes vientos y olas de más de

cuatro metros.

Mis pertenencias se mecían rítmicamente

en las repisas del reducido

camarote, algunas de ellas que ya habían

sido arrojadas al suelo chocaban

contra los mamparos y tras escuchar

un repiqueteo de lluvia en los cristales,

decidí que conciliar el sueño sería prácticamente

imposible.

Retazos de recuerdos me llegaban a la

mente, uno tras otro sin detenerse, finalmente

me incorpore y salí al pasillo principal

con dirección al puente de mando.

Teclee la contraseña en el pequeño

panel de seguridad antes de escuchar el

«bip» y ver el foco rojo tornándose verde

para darme paso hacia la siguiente sala.

En punto de las 03:00 horas., durante

la llamada «guardia del perro», me

encontré con los rostros cansados del

segundo oficial y el capitán, quienes

discutían sobre cual bar preparaba mejor

las bebidas. Por esos días el capitán

sufría insomnio al igual que yo, y no era

raro encontrarnos en el puente del buque

para sostener largas charlas sobre

todo menos dinero o religión.

—¿Por qué nunca duermes, Ginebra?

—preguntó con curiosidad el capitán.

La radio sonaba haciendo eco de

nuestras voces. Canciones inaudibles

acompañaban a tres solitarios marinos

en la inmensidad del océano pacifico.

—Recuerdos —murmuré con la mirada

perdida en el horizonte.

Los tres guardamos silencio, como

si comprendiéramos a la perfección la

raíz de nuestro insomnio.

El resto de la mañana y el día en

general transcurrió sin novedad. Las

tareas sabiamente repartidas entre la

tripulación se llevaron a cabo de forma

correcta al arribar a puerto. Descarga y

limpieza con agilidad, y algo de conmoción

ya que era un viernes, día único en

la semana para tener estadía en la ciudad

y poder despejar la mente.

En busca de relajarme y leer cual era

costumbre, pedí cambiar guardias y

quedarme durante la noche, sin importar

las horas. Por alguna razón que desconozco,

y en ese momento no noté,

el capitán decidió dejar libre la noche

para todos, siendo mi persona prácticamente

la única a bordo.

Pasaban de las 00:00 horas cuando,

sin aviso alguno, escuché un golpe seco

contra el cristal del puente de mando,

me apresuré a mirar por la ventana

y observé a la desafortunada gaviota

que había chocado, tratando de recuperarse.

Fui invadida por un extraño

déjà vu y se me erizó la piel. Un instante

después percibí la presencia de alguien

más, oculto en las sombras, reconocí sin

dificultad la silueta del capitán. Estaba

pálido, con ojeras y labios secos, como

si hubiera salido de agua helada.

Me quede paralizada, «el sueño»,

pensé, el hombre sin rostro que me

ocasionaba noches en vela, se materializaba

ante mí. Igual que en las visiones

que experimentaba antes de acostumbrarme

a dormir a ratos, el hombre,

ahora el capitán, comenzó a avanzar

lentamente hacia mí, titubeando palabras

incomprensibles y con una expresión

inescrutable.

Aterrorizada salí corriendo por el socaire

de estribor dirigiéndome a popa,

al tiempo que pedía ayuda con el radio

portátil, a través del canal 16.

—¡Capitanía! Un individuo extraño se

encuentra a bordo del Regulus, muelle

45


A del sector de Ferries, solicito a las autoridades

correspondientes vengan a

socorrer la embarcación.

Nada. No hubo respuesta alguna. El

corazón se salía de mi pecho, escondida

en el cuarto de máquinas sin tener

noción de lo que ocurría afuera, resolví

acomodarme entre unos viejos chalecos

salvavidas, temblando de miedo con una

lámpara aferrada a mi pecho, me vi envuelta

en un extraño sopor que al poco

tiempo hizo que me venciera el sueño, la

negrura me atacó y cerré los ojos.

Un ruido metálico me despertó de

golpe, tras el sobresalto volví la mirada

hacia mi reloj de muñeca, marcaba

las 02:45 horas de la madrugada, claramente

debía haber alguien a bordo

para entonces. Armándome de valor,

tomé un desarmador mal acomodado

y salí sin encender la lámpara.

Siete u ocho pequeños faros me deslumbraron

sin aviso alguno, policías y

gente uniformada rondaban todo el

buque tomando fotografías y actuando

de forma casi automática.

—¡Qué bueno que escucharon! Debemos

ir al puente de inmediato —dije

entre jadeos y voz ahogada.

Las extrañas personas pasaban de

46


mí sin voltear o inmutarse con mi presencia.

Lo intente varias veces sin éxito.

Corrí tan rápido como pude hacia

mi camarote, y al pasar por la cocina

capté con el rabillo del ojo el momento

en que fotografiaban algo, me detuve

de inmediato para entrar en pánico

cuando vi al capitán en el suelo con

una mirada vidriosa, labios secos, tez

pálida, tal y como lo había visto un par

de horas atrás. Los policías hablaban

entre ellos.

—Fue una masacre, el capitán fue

encerrado en la cámara frigorífica, el

timonel recibió un golpe en la cabeza…

Presa de mis emociones me abalancé

a mi puerta. Dos policías se encontraban

de pie junto a la cama, se

lamentaban mientras tomaban datos

y fotografías.

—Primer Oficial. Nombre; Ginebra

Santos de la O. Causa de muerte; asfixia.

Todo cobró sentido en ese momento,

nadie me miraba, solo miraban mi

cuerpo inmóvil luciendo marcas en el

cuello, me di la vuelta y caminé tranquilamente

por el pasillo.

El reloj marcaba las 03:00 horas cuando

subí al puente para la charla habitual

con el segundo oficial y el capitán.

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48

CRÓNICAS

ANTROPOLÓGICAS

PRESENTA A:

HÉCTOR CANTÚ

Una entrevista

por José Luis Vázquez


Cada que vemos a alguien que se

sube a un escenario armado únicamente

con su guitarra, en automático

lo llamamos trovador. Si bien, es

algo que nos queda grabado en la memoria

al recordar a grandes compositores

como Fernando Delgadillo, David

Filio, Oscar Chávez y demás, no todos

caen en la misma categoría. Y no porque

no tengan el mismo nivel, no; más bien

se debe a que la propuesta que estos

cantautores, como es mejor llamarlos,

nos ofrecen es completamente diferente

a lo que normalmente esperaríamos

de un trovador. Por supuesto eso no significa

que los temas que aborden sean

menos relevantes o artísticos, sino que

se enfocan en mostrar diversos matices

de la vida cotidiana.

Por ejemplo, hay cantautores que

se dedican a realizar una fuerte crítica

social en muy diversas formas: ya sea a

través de la risa como lo hace el maestro

Virulo, o de una forma muy directa

y sin tapujos, algo que normalmente

encontraríamos en las canciones Silvio

Rodriguez. El punto es que cada uno

lo hace a su manera y lo hacen de una

manera excelente.

Entre ellos podemos encontrar a

Héctor Cantú es un cantautor chihuahuense

nacido un 15 de marzo. Con

una propuesta fresca y atrevida ha recorrido

un largo camino en el ambiente

musical independiente.

Este año, Héctor nos sorprendió con

su nueva producción, la séptima de su

carrera, titulada Entre paréntesis, en la

cual podemos identificar claramente

su evulución como compositor. Con

canciones que van desde los romántico

hasta la sátira, este disco es uno de

los más recomendables para poder escuchar

este otoño.

¿Quién es Héctor Cantú?

Héctor Cantú es y ha sido siempre

un amante de la música, desde el rock,

la trova, el jazz, bolero hasta el género

norteño, es también el distraído en la

vida y comprometido con el mundo de

las canciones, amo ese proceso de la

creación, desde la idea, la melodía, encerrarme

hasta darle fin a esa canción

y compartirla.

¿Cuál fue tu primer acercamiento con

la música?

No recuerdo con exactitud cuál fue,

porque mi vida siempre se llenó de músicos

y de música de todo tipo, desde trova,

hasta clásicos y barrocos, o desde Los

Apson hasta Aerosmith y en esas fluyó mi

vida. Mi padre es músico y las bohemias

siempre estuvieron ahí, crecí creyendo

que ese estilo de vida era normal.

¿Por qué elegiste la canción de autor

como plataforma musical?

No es algo que haya elegido, al menos

no consiente de ello, creo que

después de estar haciendo canciones

y cantándolas, mi estilo fue encajando

más en la canción de autor que en

otros que por esos tiempos se fraguaba,

tal vez por tener la virtud de albergar

distintos géneros y colores musicales.

¿Qué significa para ti ser un cantautor?

Cantautor para mí es lo que en resumen

representa la palabra: Un autor de

canciones que las canta. Pero si nos ponemos

a pensar, es una profesión que

tiene que haber existido desde que el

ser humano empezó a comunicarse por

medio de la música. Siempre habrá autores,

intérpretes y cantantes que hagan

llegar la música a nuestros oídos y eso

se debería de reconocer un poco más.

49


En estos tiempos, la gente normalmente

cataloga a los cantautores como trovadores,

principalmente cuando solo

acompañan su voz con una guitarra.

¿Te consideras un trovador?

No, creo que el movimiento de la

Trova es igual de temporal que los movimientos

artísticos de la historia del

arte, no es un género, es un movimiento

contracultural que se dio en diferentes

partes del mundo y en un tiempo

específico, en la actualidad considero

que rigen otros movimientos otros

aires y postulados, donde a la mejor

podemos entrar muchos y debemos

aprovechar, pero en la trova definitivamente

no.

¿Cuáles artistas han sido tu mayor

inspiración?

Muchos, el primero mi padre Manuel

Cantú, y de los posteriores que puedo

recordar en este momento serían: Fito

Páez, Silvio Rodríguez, Luis A. Spinneta,

Los Beatles y todo lo relacionado con el

rock and roll de sus inicios a la actualidad,

también creo que los clásicos y la música

del barroco tardío que escuché mucho

en mi época de estudios musicales.

¿Cuál es tu libro favorito?

La Tumba de José Agustín, fue un libro

que llegó en el momento justo a la edad

adecuada, yo tenía los gustos y la edad

de Gabriel, y el mismo click en mi cabeza…

bueno ceo que sigue siendo igual.

Tu nuevo disco, Entre Paréntesis, tiene diversos

temas muy interesantes y muestra

una profunda evolución de tus composiciones.

¿Cómo fue que lo concebiste?

El disco Entre Paréntesis es sin duda

un parteaguas en mi carrera y fue porque

nació en una etapa en las que ate-

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52


icé ideas de composición así como

decisiones de vida, lo hice ya dedicándome

al ciento por ciento a la música

y con un esfuerzo por lograr canciones

con el equilibrio entre la estética musical

y el contenido.

¿Cuál es tu canción favorita de este disco?

Canción escrita un seis de junio.

De tus demás discos, ¿cuáles son tus

canciones favoritas?

Del disco Guardaré Silencio me gusta

mucho Quisiera ser una cuerda de cello

y de ToDo Mi Sol me quedo con Dragón

de Espejos.

¿Cuál ha sido tu experiencia favorita

en toda tu carrera como cantautor?

Sigue siendo el aplauso y reconocimiento

de la gente, que me digan que

una canción les cambió la vida o que

es el soundtrack de alguna etapa de alguien

que no conozco personalmente

pero que mi música nos conecta de algún

modo, es algo sumamente poético.

¿Cuáles son tus planes a futuro?

Seguir trabajando, sembrando canciones,

haciendo lo que me hace feliz

y pleno, lo demás cuando las cosas se

hacen con amor y dedicación, llega solo.

Si deseas conocer más sobre Héctor, su

música, su trayectoria y sus próximos

eventos, puedes buscarlo en Facebook

como Héctor Cantú, y también puedes escuchar

su discografía completa en Spotify.

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LA

CITA

Por Kalton Harold Bruhl


Mayra se dejó caer sobre su cama

y se llevó el móvil al pecho. No podía

creerlo, pero finalmente conocería a

Gustavo. Lo de conocerlo no era del

todo cierto. Por supuesto que ella lo

conocía. Sabía todo acerca de él. Sus

gustos, sus temores, sus anhelos. Él

lo había compartido todo. La había

hecho parte de su vida. No importaba

que todos sus encuentros hubiesen sucedido

en la pantalla de un ordenador,

para Mayra habían sido reales. Tan reales

como la agradable sensación que

se concentraba en su vientre y comenzaba

a irradiarse hacia cada rincón de

su cuerpo. Mayra cerró los ojos. Era el

destino. No podía utilizar otra palabra.

Sus padres se habían ido de viaje y le

habían pedido a la tía Martha que pasara

a cuidarla. Ella había protestado. Ya

tenía quince años y no necesitaba una

niñera. Sus padres le habían dicho que

no era algo negociable. Su tía llegaría

por la tarde, justo cuando ella llegara

del colegio. Fue a esa hora que entró en

juego el destino. La tía Martha la llamó

excusándose. Un imprevisto. Le pidió

que no les dijera nada a sus padres. No

deseaba estropearles el viaje. Además,

ella sabía que Mayra era una chica madura,

que no se metería en problemas.

Mayra tuvo que hacer un esfuerzo para

no gritar de la emoción. Se despidió de

su tía y marcó de inmediato el número

de Gustavo.


Gustavo respondió algo sorprendido.

No esperaba verla tan pronto. Sería su

primera cita, le dijo, así que le hubiese

gustado tener más tiempo para preparar

algo especial. Mayra le había

respondido que esa era una oportunidad

única. Gustavo cedió. No podía

desilusionarla.


Tras cortar la llamada, Mayra se mordió

el labio. Había algo extraño en el

tono de voz de Gustavo. Quizás estaba

apresurando las cosas. No debía olvidar

que seguía siendo un hombre casado.

Pensó en volver a llamarlo y cancelar

la cita. Sin embargo los deseos de

verlo eran demasiado fuertes. Corrió al

closet. Tenía apenas una hora para vestirse

y maquillarse.


Mayra entró apresuradamente al

auto. Gustavo se quedó viéndola. Ella

contuvo la respiración. «Eres tan hermosa

—le dijo— que ni siquiera habría

sido capaz de soñarte». Mayra sintió

cómo se iba sonrojando. Apenas pudo

musitar un gracias. «Aquí estamos»,

sonrió Gustavo, «¿No te parece increíble?»

Mayra le devolvió la sonrisa.

«Estaba segura que iba a suceder», le

respondió. Quedaron unos minutos

en silencio. Viéndose a los ojos e intercambiando

risitas tontas.


Mayra pensó que si no se ajustaba el

cinturón de seguridad saldría flotando

fuera del auto. Le encantaba todo

de Gustavo. Sus ojos, su voz, su perfume.

Su esposa era una estúpida, no se

imaginaba cómo podía descuidar a un

hombre así.


55


Gustavo miró su reloj. De pronto se

puso serio. Se humedeció los labios antes

de hablar. «Mayra, he venido porque

no me hubiera perdonado nunca el haber

dejado pasar la oportunidad de conocerte.

Sin embargo», agregó, «debo

marcharme. Me han avisado que un tío

se encuentra enfermo. He quedado en

ir a visitarlo.» Mayra sintió deseos de

llorar. Supo de inmediato que Gustavo

mentía. No había tal tío, se dijo, seguramente

se trataba de algo relacionado

con su esposa. Quiso gritar, pero se reprimió

pensando que debía actuar con

madurez. Ella había apresurado las

cosas. Ya habría otra oportunidad. «Lo

comprendo», dijo. Los ojos de Gustavo

reflejaban una profunda tristeza. El

enojo de Mayra desapareció. No podía

enfadarse con el que estaba segura era

el amor de su vida. Se despidieron con

un beso en la mejilla.


Gustavo la vio alejarse. Rogó porque

existiera una próxima vez. De verdad

que era preciosa. Además no podía

haber trabajado tanto para nada. Había

pasado meses inventando un matrimonio

al borde del fracaso, un jefe

que no valoraba su capacidad y una

infancia desdichada, que había logrado

sobrellevar, gracias a la esperanza

de encontrar la felicidad al lado de una

mujer que realmente lo comprendiera.

Se había esforzado por convencerla de

que la diferencia de edades era solo

una jugarreta de la vida, porque ella

era la mujer con la que siempre había

soñado. La llamada de esa tarde le había

tomado por sorpresa. Eso no lo había

fingido. Se sentía molesto. Era un

hombre meticuloso. Todo debía estar

planeado hasta el mínimo detalle. La

improvisación es el preludio del fracaso

se repetía siempre. Bajó del auto

y abrió la cajuela. Ana lo miró con los

ojos inundados de terror. Un trozo de

cinta de embalar le cubría la boca. Tenía

las manos y los pies fuertemente

atados. Gustavo cerró la cajuela con un

golpe. Le desagradaban las sorpresas,

pero más que nada, se dijo apretando

los puños con furia, detestaba que se le

juntaran dos citas en la misma noche.

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IDIOTEZ

COLECTIVA

Por Cosme


El subgerente Perk colgó el teléfono

de escritorio muy pensativo y dejó

su mano sobre el auricular, desde

que Cell-Com había lanzado el dispositivo

GammaCom hacía dos años, habían

sucedido algunas cosas extrañas

de las cuales él parecía ser el receptor

de testimonios.

El año pasado un conductor de tren

ligero de pasajeros, había enloquecido,

diciendo que se había convertido en

muchas otras personas. De pronto se

sentía un oficinista aburrido de la vida

que engañaba a su esposa, luego se

sentía una muchacha universitaria que

tenía que recorrer una gran distancia

desde su suburbio al centro de la ciudad

para poder estudiar. El problema

no era que imaginara estas cosas, sino

que la preocupaciones que tenían estos

personajes lo agobiaban cada vez más,

hasta que no podía dejar de pensar en

sus problemas y comenzó a hablar sólo

incesantemente, más bien a gritar sólo

porque reflexionaba y contestaba a sus

personalidades imaginarias a gritos. Fue

internado en una institución para personas

con problemas mentales, pero Perk

nunca pudo sacarlo de su memoria, había

algo que lo intrigaba y lo incomodaba,

aunque conocía muy vagamente al

conductor, sólo lo había tratado una vez

cuando fue a servicio a clientes y Perk lo

atendió al encontrarse en un mostrador

mientras supervisaba a varios empleados

nuevos. Eso fue dos días antes de

que empezara a enloquecer.

—Parece que ya tiene una nueva idea —el

gerente lo sacó de sus pensamientos abruptamente.

Antes que se pudiera responder ya

se había marchado.

Al salir de la oficina dejó encendido

su GammaCom por si recibía alguna

llamada, después de cenar con su familia

como insistía su esposa. Fue a

acostar al hijo menor, recostándose en

la cama para que se durmiera. No mucho

tiempo para que sintiera los ojos

muy pesados mientras su hijo le contara

como le había ido en la práctica de

deportes. Sintió que se quedó dormido

pero que siguió escuchando como

su hijo le contaba una y otra vez de un

perro que lo había asustado en la calle.

Despertó sobresaltado y se dio cuenta

que su hijo estaba dormido soñando

pesadillas. Lo despertó y el niño entre

lloriqueos le dijo que estaba soñando

con un perro que lo había asustado

camino al parque. Resultó bastante

confuso, porque Perk sabía que estaba

dormido y que también su hijo lo estaba,

sin embargo él seguía escuchando

lo que su hijo soñaba. Caminó confundido

a su recámara donde ya se encontraba

su esposa, a quien le comentó lo

sucedido, cuando le pareció oír «Parece

que trabajas demasiado».

—Si trabajo tanto es por ustedes, no

tienes que reprochármelo, ya lo habíamos

hablado —exclamó. Su esposa lo

miró sorprendida.

—No he dicho nada. No te imagines

que sabes lo que voy a decir.

Se durmieron y olvidaron el tema.

No fue sino hasta varios días después

que Perk se dio cuenta, mientras viajaba

en el tren ligero lleno de gente, primero

le pareció que había muchísimo

ruido, pero al enfocarse con más atención,

pudo «oír» gran cantidad de voces,

aunque no veía a nadie hablando, más

bien todos parecían enfrascados en sus

pensamientos o lecturas, apagó su GammaCom

desde su teléfono celular y cesó

el ruido. A partir del episodio del tren siguió

intentando encender su dispositivo

cuando había alguien cerca y podía per-

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cibir (era la palabra más adecuada) una

especie de ruido en donde sobresalían

algunas palabras, al hacerlo cerca de

gente conocida, empezaba a reconocer

sus voces. ¡Escuchar sus pensamientos!

Sin embargo se preocupaba al recordar

el conductor que había enloquecido,

la chica que no podía dejar de soñar

estado aún despierta, el abogado que

asesinó al socio porque «sabía» que lo

iba a traicionar, todos clientes de Cell-Com.

Todos usuarios regulares del

GammaCom.

Entró a su oficina alterado e inmediatamente

le dijo su secretaria le dijo

que el gerente lo esperaba. Entró al

despacho tratando de calmarse.

—Sr. Perk, lo esperaba desde hace rato.

Debemos dar el salto con GammaCom,

es necesario que apresure al laboratorio

para la transmisión de imágenes.

Perk había pasado a ser subgerente

luego que fuera uno de los principales

desarrolladores de GammaCom, en

realidad extrañaba trabajar en el departamento

de investigación.

—¿Cuál es la urgencia?

—Oh, el departamento de defensa

está muy interesado en nuestro progreso,

será un negocio muy jugoso si

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logramos ser los principales distribuidores

de… —el gerente hizo una pausa

calculando sus palabras.

—¿Departamento de defensa? ¿No

leyó mi mensaje? No tengo un informe

concluyente pero el GammaCom

puede ser una puerta a algo que se nos

escape de las manos, personalmente

he… —lo pensó un poco más—. He tenido

algunas experiencias.

—Ja, ja, Sr. Perk, creo que no tiene caso

ocultarlo más. El GammaCom ha sido

modificado para meterse en la mente de

otras personas, «escuchar» sus pensamientos

pero la gente no siempre piensa

con palabras, necesitamos una interface

para «ver» lo que están pensando,

—¿Usted lo sabía?

—Tampoco creo que no tiene caso

ocultarle que los accionistas lo quieren

al frente totalmente del departamento

de investigación, su presencia en nuestra

compañía será mucho más valiosa…

Y sus ganancias, mucho más grandes.

—Pero —tartamudeó Perk—. Y ¿Las

implicaciones morales? No podemos

meternos a la mente de las personas.

—Veo que no lo ha comprendido —añadió

con una sonrisa horrible—. Pensar ya

no es asunto privado.

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USTED DIRÁ,

SEÑORA

Por Armando Aravena Arellano


Sintió el vehículo desde el mismo

instante en que éste se detuvo

frente a la entrada de la casa. Se

acercó al ventanal sólo lo suficiente

para no ser vista desde el exterior. Luego

dejó que sonara dos o tres veces el

citófono antes de levantar el auricular.

—Sí... pase —dijo después de escuchar

la identificación de los visitantes.

Caminó lentamente para aguardarlos

con la puerta entreabierta. Intercambió

un breve saludo y se paró en

medio del pasillo para demostrar su

intención de abreviar aquella visita.

—Entendemos que es algo muy doloroso

y lamentable, pero por el bien de

la justicia y por los requerimientos del

proceso es necesario que Ud. concurra

al tribunal —dijo el más maduro de los

hombres.

—Bueno... y si me reúso a hacerlo,

¿qué puede pasar?

—Bien —dijo el hombre exhalando un

profundo suspiro—, sería muy lamentable

que así ocurriera, en tal caso la investigación

se dificultaría enormemente y

más aún la recuperación de los bienes.

—Creo que sería mejor olvidarme de

todo... —dijo la mujer tras un instante.

—No es tan fácil —dijo el más joven

que hasta ese instante se movía inquieto

por el breve espacio y la incomodidad

en que se desarrollaba la conversación—,

es posible que el juez de todas

formas la obligue a participar en una

ronda de reconocimiento...

—Sobre todo porque hay otros delitos

de similares características en este

mismo sector —ratificó su compañero,

cambiando la posición de su cuerpo y

dejando ver el volumen de su arma de

servicio a través de las ropas.

—Pasen —dijo la mujer, avanzando hasta

la sala—, tomen asiento, ¿desean un café?

—No, nada. No se moleste —respondió

el mayor a nombre de los dos, instalándose

en uno de los sillones.

La situación no es tan engorrosa

como las que hasta este momento le

han correspondido vivir. Se trata de ubicarse

en una sala en donde a través de

un vidrio, usted puede examinar a un

grupo de cinco o seis hombres, para determinar

cuál es el que usted reconoce

como el sujeto que entró a su vivienda.

La mujer dio un breve paseo por la

sala y luego se detuvo delante del ventanal.

Se envolvió fuerte en su bata

apretando sus ropas hasta quedarse

sin respiración, luego con voz quebrada

y sin volverse dijo:

—Todo esto ha sido para mí mucho

más violento que el propio asalto... tal

vez nunca debí haber hecho la denuncia...

es terrible verse sometida a preguntas

tan íntimas como inútiles y capciosas.

Y luego viene alguien y de nuevo

te pregunta... ¿y por qué esto, y por qué

esto otro...? ¡Es algo que nadie puede

soportar! ¡Es denigrante!

—Lo entendemos perfectamente,

señora, pero es así como funciona la

justicia en nuestro país —dijo el hombre

luego de un rato, y poniéndose de

pie le extendió el documento con la

convocatoria.

Tras despedir a los hombres la mujer

se quedó de nuevo junto al ventanal

con la vista perdida en ese punto indefinido

al final de la calle, en donde los árboles

parecían llegar con sus ramas desiertas

hasta los faldeos cordilleranos.

—Pero… ¿te hizo algo? —la interrogante

la repetía una y mil veces. Era lo que

Agustín primero había preguntado. Claro,

él primero y todo el mundo después.

—No, no me violó… si es eso lo que

quieres saber.

63


—No, me refiero a si te pegó o te hirió

con algún arma —dijo Agustín poco

convincente desde Nueva York.

—No, sólo algunos moretones… ¡y

mucho susto! —irrumpió ella llorando.

—Me regreso de inmediato; tomo en

este instante los pasajes...

—No lo hagas —lo persuadió ella—. Termina

lo que debes hacer y te vienes —le

dijo sin poder controlarse.

Cuatro días después había vuelto Agustín.

Ella narró una vez más todo lo ocurrido

y luego recorrieron juntos los sitios de

la casa por donde el joven delincuente la

había llevado y luego amarrado, para que

no pudiera dar cuenta de lo ocurrido.

Pero Agustín tenía cada vez nuevas

preguntas. Y llamó a su abogado y a

su primo de la oficina de extranjería

de investigaciones. Y todos llegaban

preguntado cosas, detalles, pistas... Y

todos parecían atar cabos, descubrir

cosas nuevas y sacar conclusiones en

silencio, Y Agustín diciendo que no importaban

las cosas sino el trauma, el

miedo, la psicosis de Lucía.


Lo reconoció de inmediato. Aun

cuando ahora luchaba por parecer más

bajo, hundiendo su cuello, doblando leve-

64


mente sus piernas y escondiendo sus zapatillas

blancas bajo sus jeans descosidos.

—Pónganse de frente y párense

bien —ordenó el policía a través del

intercomunicador.

Lucía detuvo su mirada y examinó su

tórax, huesudo, oscuro y musculoso bajo

las ropas. Creyó sentir de nuevo su transpiración

y su aliento a tabaco y licor, que

a su vez Agustín jamás habría expelido.

Recorrió una y otra vez su rostro. Ahora

sus ojos no eran ansiosos y expresivos

ni tampoco las ventanas de su nariz se

abrían con fuerza buscando el oxígeno.

—Mírelos a todos, uno por uno, señora

—dijo el policía. Y ella desvió su mirada

para posarla sobre cada uno de los

demás hombres de la fila. Sin embargo,

casi sin querer su vista se volvió para

atrapar aquellas manos enormes de

dedos oscuros y de áspero tacto.

—Piénselo bien señora y me dice —

acotó el policía alejándose unos pasos

para dejarla sola en su examen.

La mujer observó por última vez el

rostro del joven. La dureza de aquella

máscara rígida y severa pareció

estremecerla.

—Usted dirá pues, señora —dijo el policía

tras unos minutos de espera.

—No, definitivamente no es ninguno

de ellos —dijo ella con tono seguro.

65


CÓMO INTERPRETAR

LA SILENCIOSA AGONÍA

DE LOS LIBROS EN

MÉXICO

Por Sofía Gómez Reza

La lectura es uno de los instrumentos

pedagógicos fundamentales

del aprendizaje humano e históricamente,

el cincel con el que se da

forma al semblante ideológico de la

sociedad, quien la practica con regularidad

se beneficia de sus múltiples propiedades

que van más allá del evidente

uso lúdico y de obtención de información

útil ya que favorece la adquisición

de habilidades cognitivas y del análisis

66

crítico tan necesarios para el correcto

desarrollo del individuo.

Pese a su gran relevancia, México

enfrenta muchos problemas para implementar

este hábito y tristemente el

mexicano promedio jamás lo obtiene ni

valora su importancia, muestra de esto

es que en 2013 la ONU nos ubicó en el

penúltimo lugar (de 108 países) con

un promedio de 2.8 libros leídos al año,

dato que se contrapone al tiempo que


gasta un mexicano viendo la televisión

que es de 48% de su tiempo libre, esto

es terrible para la juventud y da como

resultado que México se encuentre entre

los países con menor rendimiento

académico como lo muestra la prueba

PISA 2015 que sitúa a nuestro país 70

puntos por debajo del promedio de los

países de la OCDE en comprensión lectora,

rubro que cayó (pese a los esfuerzos

gubernamentales y de la sociedad

civil) con respecto de la evaluación previa

en 2012.

Todos coincidimos en la importancia

de la lectura como eje para el desarrollo

del país, Pero, ¿porque los mexicanos y

más aún los jóvenes mexicanos no leen?

La respuesta a esta interrogante es estremecedora

y no por lo datos que salen

de ella, sino, más bien porque esos

datos no existen, ya que no se ha publicado

ningún estudio confiable que res-

67


ponda a esa pregunta, lo cual es reflejo

del nulo interés del gobierno y la sociedad

en este tema, que hipócritamente

lo ve con preocupación e indignación

pero mantienen su actitud pasiva plácidamente

entretenida en el futbol, las

telenovelas y la magia del internet o

peor aún, en aparentar mejorías en este

tema. Lo más parecido a una respuesta

a esta pregunta es la encuesta MOLEC

2016 que reporta un promedio de lectura

anual de 3.8 en la población mayor

de 18 años, de estos el 48% no lee por

falta de tiempo, 22.4% por falta de interés

o gusto y el 11.7% porque prefieren

hacer otra cosa, es importante señalar

que esta encueta tiene graves sesgos en

su diseño, como solo tomar en cuenta

para el estudio a la población de ciudades

mayores de 100 mil habitantes

(donde el nivel de lectura es mayor, con

respecto de la comunidades rurales, con

lo cual los resultados salen inflados a

favor de una mejoría) y que la encuesta

no toma en cuenta a los niños y jóvenes

(que recordemos, tienen en formación su

gusto por la lectura y actualmente están

expuestos a nuevas tecnologías y forma

de entretenimiento que a luces son preferibles

por ellos que la literatura).

Por su parte los niños y jóvenes se encuentran

a merced de la influencia tecnológica

y se estima que actualmente

los jóvenes dedican el 88% de su tiempo

libre a estar conectados a internet con

el teléfono móvil y de estos el 76.6 % se

dedican a administrar un perfil en redes

sociales restando importancia al deporte

o a pasar tiempo con la familia o amigos,

por lo que la lectura y otros modos

68


de entretenimiento, más sanos, se han

visto desplazados. Según cifras de la Ofcom

en 2015, los jóvenes de 12 a 15 años

gastan un promedio de 18.9 horas a la

semana en el uso de internet, cifra que

se duplicó en 10 años ya que esta era

solo de 8 horas en 2005, y entre niños de

5 a 12 años en los cuales era raro el uso

de internet, aumentó en el mismo lapso

de tiempo a 8hrs, esto sin mencionar

los sostenidos niveles de aceptación e

influencia que tienen la televisión, internet,

cine y los youtubers en su comportamiento

y desarrollo.

Para combatir esto es necesario enseñar

a nuestros jóvenes que la literatura

regular o excelsa no es aburrida, se aburre

el que no sabe leer bien, quien lee

sin disposición ni imaginación, quien no

entiende esa fantástica naturaleza de las

palabras, quien lo hace con premura y

por obligación solo de parecer inteligente.

Hoy los libros son víctima de quien difunde

fantasías mediocres en películas y

series de televisión, sin alma, fáciles de

tragar pero que desnutren y empobrecen

las mentes y las almas, influencers y

músicos que tiene que recurrir al morbo

y la burla para retener a un público de

expectativas pobres y complacientes de

la mediocridad y la apariencia, que se

inventan mentiras fantasiosas con lo que

satisfacen ese subconsciente enfermo

y superfluo de personas que se conforman

con comerse la basura populachera

y voluble de la moda la cual tiene como

macabro objetivo mantener esclavizada

a una sociedad sumida en la pobreza y

la ignorancia para seguir explotándola

inmisericordemente.

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70

EL OBELISCO

Por Hugo Casarrubias


La ciudad de Yags se encontraba

totalmente en ruinas. La batalla

había durado horas y cada hombre,

mujer y niño la habían defendido hasta

la muerte. El asedio de los Orbon había

sido contundente, firme, violento

y decisivo. Cada movimiento que realizaban

era para matar sin piedad a los

humanos y los vestigios que estos dejaran

a lo largo de la historia. Pero no

todo estaba perdido en Yags, la última

ciudad humana, pues a lo lejos, entre

la niebla de polvo y los cerros de escombro

un hombre aún caminaba por

la avenida principal. Malherido y con

los ojos irritados del dolor, el coraje y el

sufrimiento por saber que una raza de

la galaxia Turg había decidido acabar

con la vida humana. Había un tratado,

un pacto de paz, pero esto no le importó

a los monstruos extraterrestres

que atacaron sin piedad al hombre y su

tranquilidad infinita.

Mientras caminaba el hombre veía

los edificios caídos, las casas derruidas,

brazos y piernas humanas esparcidas

por toda la explanada. También

se veían cadáveres de los Orbon pero

nada comparado con los miembros

desmembrados de las personas que alguna

vez formaron de la ciudad y que el

hombre conocía. Comenzó a llorar, ya

no quedaban ciudades humanas. Yags

se había convertido en el nuevo amanecer,

en el nuevo comienzo de una era

de prosperidad para el hombre pero

no todo dura para siempre, la muerte

llega en proporciones masivas cando la

devastación mundial había sido notoria

en tiempos pasados.

En el andar del hombre se encontró

con una credencial en medio de la avenida.

Una de tantas que se le habían

otorgado a los ingenieros estelares que

se ocupaban de terraformar los planetas

que las diosas lunares les sugerían.

La compañía había tomado el nombre

de Verne Co. en honor al gran autor que

alguna vez escribió sobre la luna y la

vida infinita de la Vía Láctea. Al hombre

se le había asignado un puesto en tan

prestigiosa empresa. Estaba orgullo de

ello. Ahora se sentía como una pequeña

partícula flotando en la nada, una

mota de polvo que puede ser removida

con un soplido, así como lo hicieron

con la ciudad entera. Este pensamiento

lo enfureció y sus ojos se llenaron de

lágrimas. Arrojó la identificación con

todas sus fuerzas hacia la avenida y

como si esta abriera un poco la densa

niebla un enorme obelisco apareció a

la distancia. El hombre por un momento

dudó de su visión. Se encontraba

malherido y creía que ya comenzaba

a morirse. Se talló los ojos esperando

que aquello despareciera pero el enorme

artefacto seguía ahí. En dado caso

se le vino a la mente de que se tratara

de un edificio pero lo curioso era que

se encontraba en la Gran Glorieta donde

la ciudad se abría camino por sus

diez avenidas principales. El hombre

comenzó a andar hacia él. Mientras dejaba

atrás la destrucción masiva de su

pueblo, de su raza que había dominado

por años la Tierra.

Al llegar se impresionó de la altura

de este. Medía quince metros de alto

y tres de ancho. En su cara norte una

especie de extraños jeroglíficos azules

y brillantes resaltaba de la piedra e irradiaban

un calor extraño, sobrenatural,

algo que jamás había visto. Deseaba

tocarlo pro no se atrevía, el miedo

podía más que su curiosidad. Estaba

a punto de alejarse cuando un rayo

azul apareció en el cielo terminando

71


en la punta del obelisco. El hombre dio

media vuelta y en sus ojos de dolor la

luz brillante se fundió. Las rocas de las

ruinas comenzaron a temblar y la gravedad

se deformó. El hombre comenzó

a flotar en torno al obelisco y una fuerza

centrífuga lo succionó hacia el cielo,

hacia el espacio, hacia la nada. La luz

lo había lanzado hacia Turg, la galaxia

de las razas hostiles.

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73


74

NO HAY

SACRIFICIO

SIN SANGRE

Por Allen Schavelzon


Abandonaste tu castillo con lágrimas

en los ojos, lanzando maldiciones

al cielo y deseando la

muerte; llegaste al lago, y te detuviste,

mirando hipnotizada por su magia, el

agua en calma, acercándote lentamente,

queriendo que te tragara viva, todo

para poner fin a tu martirio.

De repente te detuviste, pues algo

llamó tu atención; un gran sapo a tus

pies. Primero un sapo, después un bello

joven. Inmediatamente lo raptaste

y llevaste a tu castillo, donde le declaraste

tu amor; pero él, asustado por tu

comportamiento psicótico te suplicó

que lo liberaras. Tú lanzaste una horrible

carcajada, mientras amenazabas al

muchacho; intentó escarpar pero se lo

impediste, lo inmovilizaste atándolo a

tu cama para posteriormente de inimaginables

y crueles maneras.

Así pasaron los días, solamente entreteniéndote

con el pobre muchacho,

y todo porque lo amabas… al menos

eso le jurabas «te amo, y más que a mi

vida, pero el amor duele, y hay placer en

el dolor, como dolor en el placer», eran

las palabras que dedicabas a tu amado,

luego de las sesiones de tortura a las

que lo sometías, siempre culminando,

con el dulce polvo de aquellas piedras

preciosas, con las cuales calmabas tus

pasiones… esa misma droga que te

daba ese placer del que tanto hablabas.

Transcurrido un tiempo, autorizaste

salir a tu amado, para que pudiera pasear

en tus dominios, pero nunca le permitiste

ir solo, para ello asignaste un guardia

para él, y ese hombre no era otro que

tu consejero y escolta personal, mismo

que había sido cómplice de algunos de

tus crímenes, y testigo de otros muchos,

nadie más adecuado para cumplir esa

orden que tu hombre de confianza. Solo

que nunca pensaste que ese escolta te

traicionaría de la manera más vil que pudieses

imaginar… ya que él, ese hombre

en quien tanto confiabas, se atrevió a robarte

el amor de tu joven Príncipe.

—Nunca te amé, por el contrario, tú

sólo me inspirabas miedo, asco y lástima,

en cambio este hombre que ves

aquí, él sanó mis heridas, enjugó mis

lágrimas y me brindó su amor… él

supo ganarse mi corazón, mientras que

tú, malvada princesa sólo conseguiste

mi odio… ¡Escupo sobre tu ridícula vanidad

maldita! —y así lo hizo.

Te veías a ti misma, tendida en esa

sala, con el ego herido, sintiéndote tan

humillada por ese par de idiotas. Pero

casi inmediatamente esa vejación cedió

el paso, al más puro deseo de venganza;

los harías pagar, ellos pagarían

su osadía… Esbozando una macabra

sonrisa, te levantaste arrogante, pudiste

escuchar tu metálica voz replicando:

—¿Acaso puedes acabar con la maldad

de este mundo? ¿Es posible matar

a alguien que ha estado muerto

por dentro desde hace tanto tiempo?

Y sobre todo, ¿existe en el amor, algún

sacrificio sin sangre? —emitiendo una

maniática risa.

Extrayendo la daga que guardabas

bajo tus ropas, corriste en dirección de

tu escolta, clavándola en su pecho. El

hombre solo pudo lanzar un doloroso

gemido, antes de caer fulminado, al

lado del cadáver sangrante su joven

amante lloraba desconsolado, maldiciéndote

a gritos por haber provocado

la muerte de su amado. Sonriendo sádicamente,

caminaste directo al chico,

tomando entre tus ensangrentadas

manos su mentón. Clavando las uñas

en su firme carne, acariciaste su rostro,

llenándolo de la sangre que te cubría.

75


—No llores por él, querido, recuerda

el dolor, ese dolor tuyo que me da tanto

placer. Es una lástima que no me hayas

amado como yo te amé… pudiste tenerme

solo para ti, yo te amaba más que a

mi vida, y estaba dispuesta a hacer cualquier

cosa por ti, incluso sacrificarme,

con tal de que te quedaras a mi lado.

Pero lo preferiste a él, a ese miserable

traidor. Ahora cariño te haré pagar

por tu desprecio, ya que no quisiste

tenerme como tu esclava, ahora me

tendrás como señora —depositaste un

beso en los labios del joven, mientras

las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Ya verás, infeliz bruja, cuando tu

momento llegue, sufrirás, sentirás el

dolor que me has provocado, a tal punto

que solo desearás la muerte para

liberarte de esa opresión, pero ésta no

se apiadará de ti, y tu agonía se prolongará

hasta consumirte por completo.

Por tu parte le dedicaste unas últimas

palabras:

—Púdrete, amado mío —y finalmente

deslizaste la daga sobre su cuello, provocando

que su sangre fluyera, en una

hemorragia incontrolable.

Dejaste caer su cuerpo y también el

arma, observando el par de cuerpos

inertes a tus pies, quitándolos de tu

camino avanzaste hacia la mesa, donde

tenías preparado tu arsenal de narcóticos,

preparaste calmadamente las

76


líneas de diamante que usarías, pero

esa vez la cantidad que requerías para

tu pena, era mucho mayor, por lo que

aumentaste la dosis. Una vez listas,

procediste a inhalarlas, una tras otra

sin dejar intervalos…

Así continuaste dispuesta a emplear

todas las dosis que habías preparado,

pero tu cuerpo no opinaba lo mismo

que tú, ya que luego de las primeras líneas,

un dolor terrible invadió tu cuerpo,

a la vez que los remordimientos

de todos tus crímenes te acribillaban

mentalmente, las voces de tus múltiples

víctimas taladraban tus oídos…

todo eso iba multiplicándose cada vez

más, hasta volverse insoportable.

Tu conciencia era arrasada por las culpas

y tu cuerpo atacado por la sobredosis…

todo su ser era devorado por la inminente

muerte. Pero eso no impidió que por última

vez mencionaras tus consoladoras

palabras, y aunque tu vida se extinguía, comenzaste

a recitar tu tortuoso monólogo:

—El amor duele, y hay placer en el dolor,

como dolor en el placer, todo amor

requiere un sacrificio, y no existe sacrificio

sin sangre… Ahora yo me entregaré

al sacrificio mas noble que cualquier

alma depravada pueda ofrecer el sacrificio

de… de… la muerte… —dijiste susurrante

al vacío se tu habitación.

Al terminar, tu voz se apagó y te entregaste

al sueño eterno.

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SIEMPRE LLEGO

TARDE A TODOS

LADOS

Por Daniel Frini


Tengo un problema: mi máquina

del tiempo atrasa.

He gastado horas en darle cuerda

de la manera correcta (no es conveniente

forzar el mecanismo, tal como lo

demuestra el trágico incidente del Chichilo

Sartori), pero no hay caso.

Intenté encontrar alguna ecuación

que me permita compensar los desajustes

(mi hipótesis era que cuando

más lejos hacia adelante o hacia atrás,

más atraso del mecanismo), pero no

hubo caso. La he llevado al taller del

Laucha Micheli —no hay mejor relojero

que él—. Consulté con el Manteca Acevedo,

que de motores cuánticos sabe

una enormidad. Corregí el flujo de tempiones

con una barrera de interacción

electromagnética de largo alcance,

confiné las fuerzas de repulsión electroestática

para limitar la velocidad

térmica, interferí en la relación an/cat

de manera de aumentar la energía de

paso; pero tampoco me sirvió de nada.

Y el problema no es menor.

Me hice viajero porque fue la mejor

manera de aunar mis dos pasiones: por

un lado, soy una especie de científico

casero al que le fascina construir dispositivos

extraños; y por otro, me encantan

los episodios anecdóticos de la

historia; así que, cuando encontré los

planos, no lo dudé; construí la Máquina

y me lancé al espaciotiempo, pero

no hay caso.

Tres o cuatro veces quise ver cómo

perdía su cabeza Maria Antonia Josepha

Johanna von Habsburg-Lothringen,

el veinticinco de Vendémiaire del

año dos de la República Francesa, a

las once de la mañana, en la Plaza de

la Revolución, en París; y siempre arribé

cuando los últimos curiosos están

alejándose y el verdugo Sansón limpia

la hoja de la guillotina. Incluso una

vez llegué en la noche del veinticinco

al veintiséis, y sólo encontré a un borracho

orinando una de las patas del

cadalso.

Quise ver a Martin Luther King y su «I

have a dream» el veintiocho de agosto

de mil novecientos sesenta y tres, frente

al monumento a Lincoln, en Washington;

pero solo encontré las escaleras

llenas de papeles y sucias por las miles

de personas que las habían pisado; y

a un grupo de relegados comentando,

mientras se alejaban, lo impactante

que les había resultado el discurso.

Intenté estar entre las catorce horas

veinticinco minutos y las quince del 30

de abril de mil novecientos cuarenta y

cinco, en los techos del Reichstag de

Berlín y resolver, de una vez por todas

si fue Melitón Varlámovich Kantaria, o

Mijaíl Petróvich Minin o Abdulchakim

Ismailov el soldado que hizo ondear

la bandera roja en el portal del Parlamento

alemán; y ver a Yevgueni Jaldei

inmortalizar el momento en una foto

(ícono, si los hay, que marca el final de

la Segunda Guerra); pero no llegué, siquiera,

a verlo guardando sus equipos.

Ya eran las cinco de la tarde, el tejado

estaba vacío, y no había bandera.

Para cuando pisé la Curia del Teatro

de Pompeyo en Roma, en los idus

de marzo del año setecientos nueve at

urbe condita; Bruto y los conjurados ya

habían asesinado a Julio César.

No llegué a ver a Perón en el balcón

de la Rosada, el diecisiete de octubre

del cuarenta y cinco. En Nagasaki ya

había explotado la bomba. No quedaba

ningún occidental en Saigón.

Los militares no me dejaron entrar al

Groun Zero de Roswell. Los plomos

de los Beatles estaban desarmando

79


los equipos de la terraza del edificio de

Apple. Mary Jane Kelly ya estaba muerta

en su cama y no vi ni rastros de Jack

the Ripper. Los cadáveres de Mussolini

y la Petacci ya estaban colgados cabeza

abajo en la estación de servicios de la

Piazza di Loreto. El auto de Lady Di ya

estaba deshecho en el túnel a orillas del

Sena, y rodeado de ambulancias y autos

de la policía. Apenas quedaban astillas

de las maderas del puente sobre el Kwai.

De Juana de Arco sólo quedaban cenizas

y dos o tres brasas que avivaba un

leve viento del norte. Dempsey estaba

subiendo al ring después del terrible

uppercut de derecha de Firpo. Los árboles

de Tunguska estaban caídos y en llamas.

Y, por supuesto, la policía ya había

acordonado la Plaza Dealey de Dallas

y se habían llevado a JFK mortalmente

herido hasta el Hospital Parkland.

No hay nada que hacer. Siempre llego

tarde a todos lados por culpa de este cacharro

que me costó más de diez años

80


de trabajo, una monstruosidad en dinero,

mi matrimonio, el odio de mis hijos y

el repudio de mis padres y amigos.

Por supuesto, intenté varias veces

volver a mil novecientos noventa y

ocho para prevenirme de este inconveniente

con la esperanza de, en aquellos

primeros pasos, encontrar una solución

adecuada y tal vez obvia en los

planos sacados de la revista Mecánica

Popular del mes de marzo; pero, haga

lo que haga, siempre llego después de

haber cerrado mi taller y mientras, de

seguro, estoy dormitando en el colectivo

en el largo viaje de regreso a casa a

esa última hora de la tarde. Ni siquiera

pude llegar a prevenirme para sostener,

fuerte, el pasamanos, la vez que el colectivo

doscientos noventa y ocho frenó

de golpe en la esquina de Brandsen

y Quirno Costa, por culpa de un taxista

que cruzó el semáforo en rojo; y que

me valió una caída y un dolor en la espalda

que me duró tres semanas.

81


SED DE

CONOCIMIENTO

ETERNO

Por Samantha Yamilé Horta López

La lectura en la juventud, ésta empieza

desde el momento en el que te

enamoras del primer libro que lees,

aquel libro que te hace querer adentrarte

en el mundo de la literatura, empieza

en el momento en el que disfrutas imaginar

la historia de cada palabra dentro

de tu cabeza, empieza cuando entiendes

el texto, lo repasas una y otra vez

para darle un toque más de tu imaginación,

sucede cuando te excita el querer

82

conocer aquel final, hermoso, o doliente,

a veces dejándote ansias de más,

empieza cuando te das prisa para llegar

al desenlace, lees aquel libro en un solo

día porque te emociona pensar que eres

parte de todo ese mundo, y finalmente

te enamoras, de la lectura, del primer

libro y déjame decirte joven lector una

persona nunca olvida a su primer amor.

Yo soy joven, y una de las maravillas de

mi vivir es el poder disfrutar de la literatu-


a, soy una adolescente que siempre se

ha motivado por la lectura, les puedo dar

ejemplos de todo lo que el ser humano

puede llegar a comprender cuando se

tiene la disposición de aprender, conocer,

y saborear la sabiduría. El ser humano

siempre tendrá curiosidad, por aprender,

por conocer, y lo más emocionante

de este ámbito es lo que la lectura puede

causar en toda aquella persona joven a

la que llega a tocar en el alma.

En la época moderna, se observo

el cómo los jóvenes se interesaron

profundamente en la lectura, justo

cuando se habían comenzado a olvidar

los libros, en un entorno tecnológico

y digital, comenzaron a surgir las

minorías sedientos de lectura juvenil.

Leían en masas aquellas lecturas que

les proporcionaban emociones que se

necesitan en la época joven de la vida,

desde libros siendo disfrutados en

83


sagas como «Los juegos del hambre»,

hasta los éxitos de vampiros como

«Crepúsculo», incluso la famosa saga

de «50 sombras de Gray» que generó

gran controversia, se volvió viral en los

jóvenes que en ese entonces se convirtieron

en amantes de la lectura, por la

novela, entre otros. Esto dio paso a que

los jóvenes se abrieran a este mundo y

otorgaran sus respectivas opiniones en

cuanto a lo que este tipo de lecturas

propiciaba a los jóvenes en su momento,

se envolvieron los temas sexuales,

los de discriminación de género, que si,

causaron revuelo en los adolescentes;

no obstante, se observaron conductas

analíticas y reflexivas al dar las posturas

y propias reseñas de las diversas

lecturas en sagas juveniles, se mues-

tran los jóvenes entonces más unidos

al entorno, conviviendo sanamente

con personas que disfrutaban de la

misma lectura, haciendo la vida hermosa,

llena de comprensión y análisis.

Siguiente a esto, empezó una revolución

en el interés por determinado tipo

de lectura, más y más jóvenes querían

saber, deseaban el conocimiento de

lo que pasaba en el mundo, ¿Qué es la

persona?, ¿Qué es la vida? se concentraron

minorías que leían y leen aún en

el presente filosofía, política y ciencias,

se expandieron los géneros literarios

que los jóvenes buscaban. Ahora leían

a Aristóteles, a Stephen Hawking, a

Karl Marx. Se escuchaba por el mundo

hablar del libro «1984», de «Un mundo

feliz» relacionándolo con las posturas

84


políticas que los países viven actualmente.

Todo fue creciendo a tal punto

que los jóvenes ya no solo se quedaban

en la imaginación, incluso ahora daban

su opinión, se comenzaron a manifestar

las olas de ideologías acerca de

la vida, la sociedad, de la política, de

la realidad que enfrentamos día a día.

Las minorías jóvenes evolucionaron,

dieron un paso adelante en el mundo,

ahora ellos son los que tendrán que llevar

el mundo a andar, ellos son la generación

del futuro.

Siempre se tendrá la razón cuando

se dice «El conocimiento es poder» la

frase favorita de muchos pensadores

que también cambiaron la concepción

del mundo, la lectura les da a los jóvenes

entonces, la fuerza para cambiar

el mundo, dejar un poco la ignorancia

que nos persigue y abrirnos a las posibilidades

de explorar lo que otros no

podido lograr. El luchar por tus ideas,

luchar por lo que crees, comienza con

el conocimiento, que da paso a nuevas

experiencias llenas de sabiduría

eterna, que te convertirá en una persona

íntegra, culta. Los jóvenes están

aprovechando ese conocimiento para

ser libres, para ser parte de ese mundo

que comenzó a evolucionar cuando la

escritura apareció. Y todo ello es consecuencia,

del gusto por la buena lectura,

los jóvenes deben amar la literatura

como si fuera su madre, la cual les ayuda

a forjar sus ideas, les ayuda a seguir

adelante, y te da ánimos para que des

a conocer tu esencia.

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86

PERPETUAR

Por Martha Barrientos


Cuando apoyó las manos sobre el

último peldaño no pudo evitar un

suspiro de alivio. Trece escalones,

que eran como otras tantas condenas,

como si sus condiciones físicas no fueran

suficiente maldición.

Con esfuerzo impulsó el torso hacia

adelante y arriba, facilitando así que su

primer par de patas lograra apoyarse

de tal modo que el cuerpo cobrara una

posición vertical y quedara apoyado en

sus pies calzados con zapatos oscuros.

Antes de tocar el timbre escondió el

resto de sus patas en los pliegues del

ropaje y trató de ocultar su deforme rostro

con el sombrero. Sabía lo que su aspecto

provocaba en la gente; esto no lo

molestaba, al contrario, ver las caras espantadas

de quienes lo miraban le provocaba

una especie de deleite eufórico.

Ese miedo reflejado en ojos agrandados

y bocas contraídas lo enardecía, suscitándole

un sentimiento de poder: él era

quien dominaba la situación, haciendo

que los demás huyeran a su paso.

Pero hoy no. Al menos no quería espantar

a la recepcionista, después volvería

a sentirse dueño del escenario y

podría llevar a cabo su propósito.

Franqueó con rapidez la puerta de

entrada. Una urgencia feroz le impulsaba

los pies, el momento estaba próximo,

no podía perder ni un instante.

Sonrió para sí al ver la cara espantada

de la mujer que lo atendió en el mostrador

y que evitó rozar su mano cuando él

le presentó los documentos que había

recibido vía internet, los mismos acreditaban

su reserva y pago por adelantado

de tres habitaciones con sus respectivas

mujeres durante un lapso no menor a

seis horas, Las edades estarían comprendidas

entre los treinta a treinta y

cinco años, ni un día más.

Mientras tramitaba el ingreso, agradecía

para sus adentros la existencia

de la comunicación online, pues de

otra manera no podría llevar a cabo su

cometido, lo habrían rechazado desde

el comienzo. Conocía las reglas del

prostíbulo: ningún cliente era rechazado

una vez que hubiera pagado los exagerados

precios que allí regían. Estas

pautas le permitieron el acceso.

La joven le indicó el pasillo desde

el que accedería a las habitaciones

adjudicadas. Percibió el gesto de alivio

egoísta con que era despedido y

le pareció entender el razonamiento

de la empleada: que se arreglaran las

meretrices con ese cliente asqueroso

y babeante, ella estaba un escalón por

encima, por lo tanto a salvo de tan horribles

contingencias.

Sin llamar, abrió la primera puerta.

Estaba pintada de rojo y decorada con

un trébol de cuatro hojas. Creyó ver

en este detalle un augurio de buena

suerte, como si algo tan trivial le asegurara

que su objetivo sería cumplido

satisfactoriamente.

Una vez dentro de la habitación, se

despojó del incómodo ropaje, dejando

libre su cuerpo de vientre abultado

recubierto por una costra marrón verdosa

del que emergían varios pares de

patas delgadas y enormes genitales cubiertos

de pelo hirsuto.

Sin prestar atención al gesto horrorizado

de la mujer, extendió su brazo derecho

y levantó el volumen de la radio.

Una romántica balada inundó la pequeña

alcoba, impidiendo oír nada que

no fuera la voz acaramelada de Dyango.

Sin perder tiempo se dio prisa en

llevar a cabo su cometido. No se dio

espacio para el goce o la satisfacción

que eran de esperar. Fue directamente

87


al cumplimiento de la misión que lo había

llevado hasta allí

En pocos minutos se retiró de la habitación,

cerrándola con llave, no sin

antes bajar el volumen de la emisora.

Lo sucedido en las dos piezas contiguas

fue un calco de lo acontecido en

la del trébol, sólo que todo fue llevado

a cabo con mayor apuro. El tiempo lo

presionaba, en seis horas, calculando

dos por mujer, debía dejar por finalizado

su quehacer. Teniendo en cuenta la

temperatura ambiente y la época del

año, era primavera, dos horas era el

tiempo exacto en que se produciría el

resultado, luego… con un estremecimiento

aleja esos pensamientos, no es

hora de detenerse en conjeturas.

Dejó la última habitación para dirigirse

de nuevo a la primera. Se sentía

exhausto, mareado. Trató de llevar aire

a sus cuatro pulmones pero le quedó la

sensación de no lograrlo a cabalidad,

tal era su sensación de ahogo, que no

sabía si era un malestar físico por la

premura de su accionar o el temor a no

lograr su cometido.

Un reguero de pequeñas huellas ensangrentadas

fue marcando su trajinar.

En cada una de las alcobas recogió

con sumo cuidado, casi con unción, el

resultado de sus actos. Acomodar la

preciosa carga en los lugares indicados

de su cuerpo le llevó mucho del escaso

tiempo que le quedaba. Una vez finalizada

esta delicada operación se cubrió

con el informe ropaje, escondiendo las

patas sanguinolentas bajo el mismo.

Apoyándose en los enormes pies calzados,

emprendió el camino hacia la

salida, tratando de controlar su apuro,

con el fin de no llamar la atención de la

encargada de recepción. Trabajo inútil,

ya que ésta, para no verlo, se escondió

literalmente en un rimero de papeles.

Una vez transpuesta la puerta de entrada,

liberó sus patas y empleando éstas,

los pies y las manos corrió con toda la velocidad

que su cuerpo cargado le permitió.

Debía encontrar un lugar donde refugiarse

para llevar a cabo la fase final

de su misión. Haciendo caso omiso de

los terribles dolores que parecían roerle

las entrañas, se dirigió a un jardín

abandonado, cuya maleza le permitiría

ocultar de ojos curiosos su agonía y el

renacer de la especie que su esperma

ambarino y el vientre de las tres mujeres

había hecho posible.

Los tremendos padecimientos que

las pequeñas criaturas le provocaban

al alimentarse de su carne, amenazaban

con hacerle perder el conocimiento.

Mientras oía el ulular de una sirena

policial, una mueca satisfecha transforma

su rostro monstruoso.

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90

¡NO HAY

CON QUÉ!

Por Carlos Andrés Pino Moreno


Y

el día soñado llegó. Las campanas

de las iglesias holográficas

sonaban más fuerte que nunca,

los diarios plasmáticos anunciaban sin

parar el Gran Milagro, las radios estereoscópicas

y los televisores de proyección

iónica, al igual que los anuncios

eléctricos en las colonias subterráneas

y marítimas, fueron interrumpidos por

el urgente informe. La noticia anhelada

desde el principio era un hecho, ya no

era un simple sueño o la trama de una

película futurista. El hombre había encontrado

por fin la forma de alcanzar la

inmortalidad. Esas fueron las primeras

palabras del presidente de la Vía Láctea,

para los casi 750.000 habitantes

asentados en las colonias terrestres y

del espacio. Era lo mejor que le podía

suceder a la raza humana después de

tanto tiempo, después de haber sobrevivido

al Apocalipsis. Ahora la muerte

era cosa del pasado, adiós al temor de

la ausencia total, a la putrefacción del

cuerpo. Nadie volvería a morir por culpa

de las enfermedades o por el deterioro

del organismo a causa del tiempo.

Ahora éramos pequeños dioses, la raza

dominante en toda la Galaxia. Desde

ahora tan solo los accidentes más graves

nos podrían quitar la vida. Ahora

todos seriamos felices eternamente, y

empezaríamos a vivir por los milenios

e iniciaríamos una nueva vida. Fueron

algunas de las palabras que alegraron a

María mientras jugaba con la pequeña

Sofía y su rayado conejito de fotones,

y que sin duda fueron palabras que

a mí también me alegraron. Y no era

para menos, el hombre por fin había

conquistado su mayor temor, su mayor

miedo, y para ello solo bastaba tomar

una pequeña grajea luminiscente, de

0,5 miligramos con medio vaso de agua

esterilizada: cada 31 de diciembre.

Solo una, faltando cinco minutos para

terminarse el día. Desde ahora si que

existiría una razón mayor para esperar

los 222 días del año, el último día del

ciclo terrestre. Ya todas las personas

no estarían tan pendientes de los fuegos

artificiales o de las cenas virtuales

de pavo y cerdo al meteorito, inclusive

de los cambios de color de la luna. La

atención desde ahora estaría centrada

en la ingesta de la pequeña pastilla. La

noticia del gran suceso se había multiplicado

como un milagro en cada uno

de los rincones del planeta, y en todas

las colonias del sistema solar. Los gritos

de júbilo se oían en todas partes, en

las calles como en los estadios retumbaban

los ecos de gozo perpetuo, en

los centros comerciales, en las playas,

en cada hogar los cánticos resonaban

con verdadero entusiasmo. Los hombres

y mujeres de todas las regiones

del mundo gritaban y saltaban de alegría,

también se abrazaban sin importar

el grupo sanguíneo o el tamaño de

las orejas. Desde ahora todos los seres

humanos éramos una sola familia. Lo

cual fue bueno, realmente muy bueno.

Los padres lanzaban a sus hijos al aire

en señal de victoria y bailaban con sus

mujeres al ritmo de los sonidos siderales,

era una fiesta total. Pero la alegría

duró poco, una nueva noticia llegó de

sorpresa, igual que la primera; esta vez

el anuncio lo realizó el asistente mecánico

del presidente. Algo que era poco

habitual en las políticas de transmisión

de informaron universal. La noticia que

sorprendió a todos y a mí también, dejaba

en claro que la pastilla tendría un

costo de 100 neptunios (un millón de

dólares en el siglo XXI). Situación que

rechazamos al instante todos los hom-

91


es y mujeres de los asentamientos

más pobres de la tierra. Con esa información

sentimos que el sueño de la

inmortalidad se nos escapaba de las

manos, y la idea de vivir por siempre

era de nuevo tan solo una ilusión. No

lo niego que sentí como si fuera condenado

a la pena de muerte, a la cámara

de gas pero de un modo más lento. Es

que ser pobre era la peor de todas las

desgracias en ese momento. Todo había

cambiado en la tierra, vivir en ella

parecía estar viviendo en un campo de

ejecución. Una inmensa impotencia y

envidia nos empezaba a invadir a los

que no podíamos comprar las pastillas.

300 neptunios era lo que hacía falta

para que María, Sofía y yo estuviéramos

juntos por siempre. Una cifra que

con los ahorros de los últimos 50 años

no alcanzaba ni para un décimo de la

dosis de mi hija. Pero el precio era el

establecido y no existía la posibilidad

de rebajas, ni métodos para diferirlas

a eternas cuotas o subsanada la deuda

con trabajos en las minas de neptunio.

Desde ahora unos pocos seres

humanos tendrían el privilegio de ser

inmortales. Los hombres y mujeres de

todas las edades que tomarían la pas-

92


tilla serían nuestros enemigos de ahora.

Nos verían como a unas asquerosas

ratas condenadas a la putrefacción, al

exterminio total. Seriamos los últimos

fantasmas que apareceríamos por ahí.

Ante esta situación decidimos que lo

mejor era irnos a vivir a las montañas,

a esperar allí entre los árboles, los riachuelos

y los frescos pastos la muerte

de manera natural como lo establece la

evolución. Quizá estando en ese apacible

lugar, lejos de los tacos aéreos y de

las comidas simuladas nos olvidaríamos

de la confusión generada, y seriamos

más felices durante los diciembres,

cosas que los desalmados no podrían

darse ese gusto. Ya que nosotros podríamos

comer lechona y beber vino

de las botellas hasta embriagarnos, sin

la preocupación de tomar una amarga

pastilla que acaba con los sentimientos.

Recuerdo que ese mismo día los

expendedores del producto de la eternidad,

empezaron a pasar por cada

domicilio ofreciendo su mercancía. En

el momento que el hombre metálico se

acercó a la puerta para preguntar si las

compraríamos, yo me adelanté gritándole

desde en el retrete espacial ¡No

hay con que!

93


94

EL

NEGRO

Por Héctor Daniel Olivera Campos


I

Quizás había sido una mala idea después

de todo, masculló para sí mismo

Daniel, acordándose de Flavio. En el

momento en que le ofrecieron el trabajo

todo parecían ventajas, tan sólo

debía realizar, dos veces por turno, una

ronda rutinaria que no le llevaría más

de una hora, dejándole libre el resto

del tiempo. Lo malo es que estaba cubriendo

una baja, así que en cuanto el

titular se restableciera de su enfermedad,

rescindirían su contrato. Daniel

aceptó aquel empleo precario de vigilante

nocturno a falta de algo mejor,

contento con la oportunidad que se le

presentaba de poder escribir durante

el horario laboral sin que le molestasen.

Peor llevaba enfundarse el uniforme

parapolicial con su fálico complemento:

la porra de goma. Se sentía disfrazado

y ridículo.

Tener demasiado tiempo para pensar

invita muchas veces a descender

por el angosto pasadizo de nuestra

propia oscuridad. El pensamiento de

Daniel reclamaba, una y otra vez, en la

noche, la presencia ofensiva de Flavio,

el autor de novela policiaca para el que

hacía de negro. ¿Iba a escribirle su nueva

novela una vez más? El dinero esclaviza

y muchas veces para tener que

comer realizamos las bajezas que no

haríamos por un millón, pues el millón

no lo necesitamos realmente, pero comer,

hay que comer cada día. Daniel le

había escrito a Flavio siete novelas de

enorme éxito, todas ellas adaptadas al

cine. Suya era la imaginación y el sudor

y de Flavio el reconocimiento, la fama,

las promociones, la parte grande del

pastel, la dulzura de vivir. Por un acuerdo

verbal, Daniel había de llevarse el

diez por ciento de las ganancias, aunque

jamás recibió dicho porcentaje, ni

la mitad tan siquiera. Flavio, avaricioso,

le escatimaba su salario, le hacía rogárselo,

demoraba las entregas y cuando

le pasaba el sobre, lo hacía de mala

gana, con un semblante más propio

de un tipo al que estuvieran operando

de vesícula, que de alguien que salda

una deuda legítima. ¿Cuántas veces se

había dicho Daniel a sí mismo, «esta es

la última vez que lo hago»? Pero, claro,

explícale esas miserias al casero o al director

de la oficina bancaria para que

no devuelva los recibos por falta de

fondos. Por eso le iba bien aquel trabajo,

para poder escribirle a Flavio su octava

novela y bañarlo nuevamente con

notoriedad y dinero, mientras él continuaba

reptando en la oscura precariedad.

Daniel fantaseó muchas veces con

la idea de matar a Flavio y esa emoción

le ayudaba a fabricar y entender a sus

homicidas de papel. Se permitía aquella

licencia, aquella impotencia, aquella

ridícula sacarina con la que endulzar

sus claudicaciones. Y sin embargo, sabía

que hasta las renuncias tienen un

límite; sentía miedo de sí mismo, terror

a que llegase el día en que no bastase

con sublimar su resentimiento a través

de la literatura, el día en que descubriera

que matar es más fácil de lo que

parece.

III

—Carlos, ¿de verdad que no me puedes

sacar de aquí? Este sitio es horrible. Esta

mañana cuando me encerraron, me

quejé de que mi celda no estuviese preparada,

la cama estaba sin hacer. ¿Y sabes

que me contestó el funcionario que

95


me escoltaba? Que esto no era un hotel,

que estaba en una cárcel y la cama te

la haces tú. Eres mi abogado, ya sé que

nos han denegado la fianza, pero algo

se podrá hacer, recurrir, que sé yo.

—Flavio, parece mentira que te hayas

ganado la vida escribiendo novela negra.

Estás acusado de matar a nueve

mujeres y de violarlas, incluso, post

mortem, aparte de descuartizarlas y

otras atrocidades. ¿Y pretendes que

convenza al Juez que te deje libre?

Bastante conseguiré si logro que no

te saquen del módulo de los chivatos,

porque a la que te des una vuelta por

el patio con el resto de los reclusos no

ibas a durar vivo ni cinco minutos.

—Soy inocente.

—Lo sé. Soy tu cuñado, te conozco;

tú no eres capaz de abrir ni una lata de

sardinas, menos aún de matar a nueve

personas a lo largo de quince años. Pero

la cuestión es cómo convenceremos al

Tribunal cuando te juzgue. Has escrito

una novela en la que narras con minuciosidad

como asesinaste a esas mujeres,

incluyes detalles objetivos que sólo

podían ser conocidos por alguien que se

encontraba en el escenario del crimen.

Si tú no lo hiciste, ¿cómo sabías la forma

exacta en que murieron?

—Carlos, hay algo que debo decirte.

Es algo… vergonzoso.

—Soy tu abogado, lo que me digas es

confidencial.

—Yo no escribí esa maldita novela, de

hecho, jamás he escrito ninguna novela.

Tengo un negro, alguien que escribe

lo que yo firmo.

—¡Sabía que eras inocente!

—Se me hiela la sangre pensar que

contraté a semejante monstruo.

—¿Hay un contrato que os vincule?

—No, era un negro; entiéndeme, no

podía dejar ningún rastro que le relacionara

conmigo. No hay contrato, ni

recibos, ni cartas, ni correos electrónicos,

ni mensajes telefónicos. Yo le hacía

los encargos y los pagos en efectivo. A

veces él me seguía y me abordaba por

la calle con impaciencia cuando creía

que me retrasaba en abonarle lo convenido,

era muy mezquino en cuestiones

de dinero.

—Va a ser muy difícil probar que fue tu

negro quien redactó la novela. Ten, escribe

en esta hoja su nombre y donde

se le puede encontrar. Encargaremos a

un detective privado que le investigue.

—Carlos, si esto sale a la luz, el público

se dará cuenta de que soy un fraude.

Será mi ruina.

—Es el precio que habrás de pagar

para evitar nueve condenas por

asesinato.

II

Casi al terminar su segunda ronda nocturna

por la Ciudad Judicial, Daniel

merodeaba por el archivo de la Sala

de lo penal. Llamó su atención una estantería

coronada por un rótulo: «casos

abiertos». Se detuvo a examinar varios

legajos. El primer expediente trataba

del cuerpo de una mujer desconocida

hallado en el interior de una maleta

abandonada en un bosque. El vigilante

separó la carpeta y siguió buscando,

cada vez más animado. A medida

que iba leyendo, se abría en su mente

un mundo de posibilidades narrativas.

Aquellos sumarios proporcionaron el

excelente material con el que Daniel

confeccionó la última y más exitosa novela

negra de Flavio.

96


97


LOS ÁRBOLES

VIVIENTES

Por Gabriela Bolaños Cacho Gasca

Los árboles vivientes están en diversos

sitios aunque no se hacen visibles para

todos; pero si te propones observarlos

desde una perspectiva espiritual, verás que

descubres en ellos un mundo sorprendente.

Allá, a lo lejos, hay varios sauces que

parecen congregarse para zambullirse

en una sacra perorata y atemperar su

abundante fronda; lamiendo dulcemente

las aguas del cristalino arroyo,

bajo el tórrido sol de verano.

98

Sobre el andador, hay unos árboles

que parecen dos enamorados; sus troncos

y ramas se entrelazan, simulando

un apasionado e interminable abrazo.

Al otro lado, uno semeja una mujer

desnuda con largas y esbeltas piernas

de experimentada bailarina de ballet,

que pareciera aguardar los primeros

acordes de una pieza instrumental.

Por ahí, se encuentran los abuelos,

unos pirules que han visto pasar sus


mejores días, con la corteza rugosa,

acre y desecada, de un tono rojizo, curtida

por el sol y el viento, donde pueden

verse profundas cicatrices; pero

que tienen el sosiego de quien ha cumplido

una etapa más.

Junto a la carretera, alguien ha derribado

un imponente árbol, tal vez un roble,

que parece haberse transformado

en un extraterrestre; con un gran casco

y poderosas piernas con las que simula

dar grandes zancadas. Parcialmente inclinado,

aparenta que vas tras sus verdugos

o que huye…tal vez del leñador.

Están el ahuehuete que provee oscura

sombra, el frondoso laurel de la

India, el álamo o el verde chopo que

acogen a los amartelados; testigos de

promesas incumplidas y otras ardorosamente

concluidas.

También podrás contemplar a los

árboles mártires, que en aras del pro-

99


greso han sido arrancados y sus raíces

han quedado sepultadas bajo el frío

asfalto y sólo son memoria amada del

niño que jugó debajo de su follaje y trepó

temerario entre sus ramas, o del ave

canora que en él anidó; inclusive del

anciano a cuya silueta se acogió cuando

a pleno sol fue obligado a detener

sus inciertos pasos.

Existen a su vez, los sibaritas de

perfumadas y ricas maderas como el

abeto, el pino, el cedro y el eucalipto.

Durante tu camino, ubicarás a los árboles

inválidos y enfermos, pues algunos

han sido mutilados, su ramaje ha sido

descepado en forma despiadada; otros

son acosados por las plagas o simplemente

sucumbieron ante el fuego y la

violencia del temible rayo.

Admirarás a los árboles guerreros,

que forman barreras logrando enfrentar

a los fuertes vientos del norte, lo

cual los hace aún más poderosos e invencibles.

No olvidemos a los árboles

poetas, cuya madera se torna un palomar

desde donde se escucha el arrullo

de las palomas y el incansable piar de

los pichones.

100


O, en la barca que acompaña al pescador

a lo largo de su interminable y

paciente espera nocturna, mar adentro,

cabe la reluciente luna. O, en la cuna,

que adormece el delicado sueño de la

vida que hace poco ha llegado; o se convierte

en el lecho final del que se ha ido.

Y serás capaz de hallar los árboles,

cuyas raíces parecen sierpes al acecho;

los grandes manglares de la región

ecuatorial, tierras casi inhóspitas de calor

sofocante; sumergidos, en parte, en

aguas pantanosas de mil calamidades.

Incluyo a los árboles religiosos hechos

catedrales, la hermosa jacaranda que a

través de la cuaresma, adquiere un color

morado intenso, tapizando en duelo

calles y jardines. Los árboles justicieros

sólo recuerdan al que ejecutó al primer

traidor, él de los cuarenta denarios.

Quizás habrás oído el árbol histórico,

el de la Noche Triste aquél que fue

testigo de las lágrimas de uno de los

hombres más poderosos. Finalmente,

está el del supremo Edén, el árbol del

bien y el mal, ante cuya tentativa fruta

Eva y Adán felices sucumbieron bajo el

consejo de la argenta serpiente.

101


102

CIRCO

INFIERNO

Por Agustín Rodriguez Cuesta


Estaba en su cama cuando, motivado

por una extraña visión, se

incorporó para observar con detenimiento

la ventana que tenía justo en

frente. Al niño de ocho años le pareció

ver, en uno de los paneles de vidrio, el

rostro de una simpática joven que lo

doblaría en edad. Intrigado, se quedó

observándola, hasta que ella comenzó

a llamarlo con voz muy tenue: «Felipe...

vení». Simultáneamente apareció, en

otra de las hojas de vidrio, la cara de un

agradable payaso que tendía su mano

en gesto de invitación.

Persuadido por aquellos seres que

ofrendaban su amistad, estiró los brazos

y se dejó llevar. Cuando el payaso lo

tomó con sus manos, a Felipe le parecieron

tibias, pero luego, al atravesar la

ventana, se le congelaron de golpe y se

asustó. Lo que más le causó temor fue

notar el súbito cambio en la apariencia

de sus anfitriones. El payaso tenía los

ojos completamente negros y llevaba

puesto un largo sombrero que le dio

escalofríos. Mientras que la niña estaba

tan flaca que su piel se transparentaba y

se le veían los huesos. Sus cabellos pendían

hacia los lados en dos mechas coloradas,

y sonreía de tal modo que sus

pómulos quedaban exageradamente

expuestos respecto del resto de su cara.

—Hola, Felipe —dijo la joven—. Yo soy

la Niña Calavera y él es el Payaso Con

Sombrero.

Felipe se quedó tieso, sin pronunciar

palabra. No le hizo falta más para saberse

arrepentido de haber accedido a

la invitación.

—No tengas miedo. Nosotros somos

tus amigos; no vamos a hacerte daño.

—¿A dónde estoy?

—Estás en un lugar adonde no existe

el tiempo, ni el hambre, ni el dolor.

—¿Y a dónde queda?

—¿Acaso lo olvidaste?... Está cruzando

la ventana de tu habitación.

—¿Puedo volver? —consultó Felipe,

cada vez más aterrado.

—¿Por qué harías eso? Acá podés divertirte

sin cansarte.

La Niña Calavera sacó de su chaqueta

roja una chupaleta que parecía tener mil

colores y se la obsequió aclarándole que,

aunque ahí no existiese el apetito, podía

comer cualquier cosa que se le antojara.

Él la recibió y, tras probarla, le pareció

más exquisita que cualquier otra golosina

que hubiera degustado jamás.

Lo llevaron caminando sobre unas

lomas verdes que subían y bajaban

bruscamente y que terminaron convirtiéndose

en terruños de un profundo

color marrón, sin una pizca de césped

que los cubriera. Luego pasaron frente

a unos ranchos humeantes con tranqueras

de madera y animales que no

había visto en su vida, y que tampoco

hubiese imaginado que pudieran existir

en ése ni en cualquier otro mundo.

Tras caminar una inmensurable cantidad

de metros, llegaron a una gran

carpa de color rojo y negro, en cuyo

frente titilaba un gigantesco cartel de

neón azul que rezaba: «Circo Infierno».

—Mirá —le señaló la Niña Calavera—,

ahí vivimos nosotros.

La carpa estaba montada sobre una

interminable pradera. Por encima, la cubría

un cielo virgen de nubes y un radiante

y amarillo sol, el cual, a pesar de su fulgor,

podía ser visto sin perjuicio a los ojos.

En la puerta de la carpa había dos seres

que, según le pareció, iban mutando

de forma a medida que se acercaban

a ellos, y que, para cuando llegaron

a la entrada, habían desaparecido por

completo, dejando solamente un aro-

103


ma a tabaco de pipa y un humo en suspensión

que ningún viento esfumaba.

Apenas ingresaron a la gran carpa,

se oyó un grito fuerte y ronco, como

un eructo amplificado, que horrorizó a

Felipe. Al verlo estremecido, el Payaso

Con Sombrero le explicó que se trataba

de la foca del circo practicando su número

de canto.

—¿La foca puede cantar? —preguntó

Felipe, haciendo un esfuerzo por dejar

el miedo atrás.

—¡Claro que sí! Pero sólo quienes vivimos

aquí podemos apreciar su canción,

para los de afuera es apenas un ruido.

De nuevo resonó el estruendo, esta

vez con más fuerza. Felipe no lo soportó

y corrió hacia el exterior, percatándose

de que, aunque sólo habían pasado

unos minutos, ya estaba oscuro.

La Niña Calavera y el Payaso Con Sombrero

lo alcanzaron y le contaron que

el día y la noche alternaban al entrar

y salir del circo. Felipe les imploró que

lo llevaran de nuevo a su habitación, y

ante la insistencia de sus anfitriones

por retenerlo ahí, se escapó una vez

más. Corrió despavorido en la misma

dirección por donde había llegado. Sin

embargo, el paisaje ya no era el mismo.

104


Trató de convencerse de que todo era

una pesadilla e intentó despertar, mas

no lo consiguió. Y pese a sus esfuerzos

por alejarse, sin importar en qué dirección

huyera, no hacía más que aparecer

una y otra vez frente a la gran carpa.

De repente, el canto de la foca se

oyó nuevamente, pero ahora sonaba

tan bien que Felipe se tranquilizó, y

hasta se acercó para escucharla mejor.

La canción que entonaba era muy conocida

por él, una que su madre solía

corearle antes de dormir.

Mientras la apaciguante melodía

lo transportaba a otro lugar, su padre

entraba a la habitación y se percataba

de que Felipe no estaba ahí. El corazón

se le detuvo de sólo imaginar lo que

podría haber hecho su hijo por causa

de la terrible fiebre que lo acogía. Fue

entonces que un rumor extraño, procedente

de la calle, ascendió hasta ésa,

la ventana del cuarto de Felipe, la ubicada

en el quinto piso con balcón, la

que no debía estar abierta. Corrió para

asomarse al exterior y lo vio: quince

metros abajo, en la vereda, un tumulto

de gente rodeaba el cuerpo de su

pequeño. El fin de semana lo llevaría a

conocer el circo; se lo había prometido.

105


106

A MERCED

DE LA

OSCURIDAD

Por Mayra Jhoana Castillo Ureta


El reloj marcaba las 2:14 am, era

una fría noche de invierno y mi

cuerpo yacía sobre la cama con

una respiración agitada y el miedo recorriendo

mis venas.

Intenté ponerme de pie por quinta

vez, mas mis músculos parecían no

obedecer a lo que les pedía, ¿Qué me

estaba pasando? Recuerdo que una

vez, hace mucho tiempo, leí en un sitio

en internet sobre la parálisis de sueño,

y, si la memoria no me falla, era cuando

despertábamos en una fase del sueño

en la que nuestro cerebro seguía adormecido,

por lo que éramos conscientes

de todo lo que sucedía, mas no podíamos

realizar movimiento alguno.

Era la primera vez que experimentaba

algo así y para ser honesto, me

encontraba sumamente aterrado, mis

ojos buscaban ayuda en cada rincón de

la habitación, y ahora, más que nunca,

comencé a temerle a la oscuridad.

Cerré los ojos ante el inquietante escenario

en el que me hallaba, mi cuerpo

estaba a merced de las entidades

nocturnas, que, vaya alguien a saber

si eran reales, pero el simple hecho de

imaginármelas, ya me ponía la piel de

gallina. De repente, sentí un sutil roce

en mi pierna, era como si una mano

estuviera acariciándome, me armé de

valor y aún con miedo, decidí abrir los

ojos y descubrir qué era, pero no había

nadie más que yo en la habitación.

Volví a fijarme en el reloj, las 2:29 am,

mi mirada se quedó atrapada en su tic

tac, como si un demonio dentro de él

estuviera esperando pacientemente

el momento preciso para atacar, clavé

mis ojos en el techo, «¿Y si intento pedir

ayuda?», me pregunté. «Pero, ¿A quién?

¿A Sara? ¿Después de todo lo que ha

pasado?».

Sara era mi esposa desde hacía más

de dos años y durante ese tiempo habíamos

aprendido a llevar la fiesta en

paz, sé que muchas parejas alardean

de ser felices y cada día vivir una nueva

aventura junto al amor de su vida; pero,

lamentablemente, yo no podía decir lo

mismo de nosotros, nuestra relación

tenía altibajos, bueno, para ser honesto,

más bajos que altos, cada día descubríamos

una nueva manera de iniciar

una discusión y debo admitir que nuestro

repertorio era envidiablemente amplio

y variado, podíamos discutir por los

platos sucios, la ropa no tendida, por la

falta de aseo en la casa, por el desayuno,

almuerzo y cena, por todo, nuestras discusiones

eran el pan de cada día.

Quizás era por eso que no había

considerado llamarla hasta que me

encontrara realmente asustado, pues

tras haber discutido, ella había decidido

mudarse temporalmente al sótano

y no volver a dirigirme la palabra al

menos que le ofreciera una humillante

disculpa, y por el momento, prefería

ser descuartizado por el demonio que

vivía dentro del reloj antes que acercarme

a ella y aceptar mi derrota.

«Solo serán unos minutos, cuando

menos me lo espere, seré libre y podré

volver a recuperar mi sueño», me dije

en un intento de tranquilizarme. Las

manecillas del reloj seguían moviéndose

perezosamente, esto era una tortura.

Algo que en una situación común y

corriente habría pasado desapercibido,

ahora había llamado mi atención,

era la silla en la que solía amontonar

mi ropa por no darme el afán de doblarla

y guardarla en los cajones, Sara

siempre me lo decía, «Las sillas son

para sentarse, no para que acomodes

tu basura ahí», a lo que yo le contesta-

107


a de muy mala gana que si nadie se

sentaba en esa silla, entonces no había

motivos para cambiarle de uso, después

de todo, el tener la ropa ahí era

mucho más práctico que guardarla en

los cajones.

El gran montón de ropa parecía tener

vida propia, se veía como un pequeño

demonio sentado con los ojos clavados

en mí, podía sentir la profundidad de

sus pupilas, ver sus huesudas extremidades

y notar aquellos colmillos que parecían

estar sedientos de sangre. «¿Por

qué no acomodé la ropa?», me reproché.

Mi corazón comenzó a latir aún más

fuerte, no había nada que pudiera hacer,

al parecer mi destino (al menos

dentro del sueño) era morir devorado

por un demonio que había sido engendrado

gracias al montón de ropa que

día a día acumulaba en la silla. Debí

obedecer a Sara. Maldición.

Volví a cerrar los ojos con la esperanza

de que cuando los abriera, aquel pequeño

ser hubiese desaparecido, y así

fue, el montón de ropa ya no tenía ojos,

ni extremidades, ni colmillos, era solo

un montón de ropa, montón que juré

acomodar apenas despertara de esta

aterradora pesadilla. Quizá la próxima

vez Sara pueda usar eso a su favor,

«Lava los platos o se transformarán en

un terrible vampiro», «Corta el césped

o la podadora cobrará vida propia y te

cortará en mil pedazos con sus cuchillas…»

Sara era muy astuta, pero debo

admitir que el convertir los aburridos

quehaceres en monstruos temibles,

108


era una gran idea que probablemente

nunca se le hubiera ocurrido.

El tic tac llamó mi atención de nuevo

y sentí la extraña necesidad de saber

la hora, 2:54 am, «¿Es en serio? Yo

siento que llevo horas así». Sin pensar

muy bien en lo que hacía, mis ojos se

dirigieron al pasadizo. Tremendo error.

Inmediatamente, mis pensamientos

comenzaron a proyectarme mil y un seres

que podía aparecer arrastrándose

por allí, ya no diferenciaba lo que era

real de lo que no.

La luz de una vela me dejó observar

a una mujer vestida de blanco sujetando

una lámpara, caminaba lentamente,

al son del tic tac, en su mano derecha

portaba un cuchillo. Mi miraba con falsa

piedad.

Intenté gritar con todas mis fuerzas,

«¡Sara, Sara!», mas las palabras no salían

de mi boca, «No debí discutir contigo

esta mañana, lo siento, Sara…»

De repente, la lámpara cayó, pude

escuchar el vidrio romperse y alcanzar

a ver una mano pálida acercarse a mí.

Luego, oscuridad total.

Desperté con el sudor mojando mi sien

y el corazón a punto de salir de mi pecho,

había recuperado la movilidad, pero en

aquel momento, una nueva amenaza se

dejaba vislumbrar ante la luz de la luna.

Mi esposa caminaba lentamente, con

sigilo, como la mujer que había visto en

mis sueños, no portaba lámpara alguna,

pues conocía esa casa como la palma de

su mano, pero sí un cuchillo, pues no era

alguien que aguantara pulgas…

109


LAS FORMAS

QUE DA

EL LECTOR

AL POEMA

Por Maximiliano Revilla Vega

Leer o escuchar poesía supone dejarse

llevar, salir de la rutina por un

sueño de intenciones, elevarse y

penetrar verso a verso, los distintos lugares

del alma juguetona y confidente.

También supone anular ese pensamiento

que unifica y acerca el triple cosmos

de las ideas, del lenguaje y la vida. Igualmente

supone viajar de sol a luna, hasta

vestir la impaciencia e inventar en su

recorrido estresante, amaneceres que

110

provoquen con su silencio o sus voces,

realidades o irrealidades en la cara o

el culo virginal de la conciencia. Supone

llegar allí donde quiera que nuestro

espíritu escuche y mire todo, con los

sentidos de esa nada que en su centro

comienza a nacer, puesto que solo allí,

cuando el lector abre el libro y lee, es

donde se cumple la palabra poética.

El poema sabido es que nace de tres

espíritus: el que viste y desnuda al au-


tor ante el papel en blanco, el que envuelve

de anunciaciones, de dudas y

verdades al lector y el propio poema,

que se ofrece y se ilumina para ser el

nexo unificante entre los tres.

Leer o escuchar poesía, supone alcanzar

las fracciones vibrantes de las

distancias etéreas, esas que nos llegan

de la voz, de la luz y el sonido inconfundible

de algunas imágenes creadas sin

duda por ese intelecto que, despojado

de hojarasca, incuba la pasión y la fantasía

de las cosas. Y aunque siempre

haya escépticos que no piensen igual,

también supone ir desde la realidad de

un mundo repleto de obediencias e interrupciones

que nos dinamitan el día,

hasta un mundo sorprendentemente

claro bajo la tormenta, un mundo en

ocasiones tan alucinante, que para su

mejor desarrollo, se encuentra dentro

de un volcán de palabras por decir. Un

111


mundo completo que arroja con su

erupción otras realidades, otras arquitecturas

que penden indisolublemente

del abismo poético, otros recorridos en

la penumbra de la brisa. Y es aquí, en

esta realidad que se intuye, en esta brisa

que roza el rostro, donde comienza

el lector a dar auténticas formas al poema,

comienza a penetrar en ese mundo

donde inevitablemente habitan

sólo las cosas sensibles de la nada sin

importancia; alternándose y fundiéndose:

fantasías y crueldades, vientos

y lluvias, acentuaciones y ritmos pacifistas

o pendencieros. Es desde aquí,

desde este sueño que digo, desde esta

meditación moral, desde esta psicología

discursiva, desde donde mejor se

comprende cuanto esfuerzo supone

reactivar la sintaxis de los escombros,

de otro mundo nuevo, de otro sonido

nuevo, de otro vivir nuevo.

En el mundo lector, las matemáticas

ocupan sin duda un lugar relevante.

Según lo que sepa cada uno, según lo

que quiera saber, según lo que interese

en cada momento; eso será lo que

descubra y lo llene, eso será lo que vea,

lo que sienta o lo que viva en el poema.

Es el lector quien puede dar más

velocidad al tiempo o detenerlo si se

lo propone, puede crear o destruir a su

antojo la línea que acota la oferta de la

contradicción. El lector es el último verso

del poeta, el que carga de energía

casi sobrenatural el poema.

Sé que no todo el mundo entiende lo

que digo, también se, que en ocasiones,

las palabras contaminan el pensamiento

y la boca. Sé que además de muchas

otras cruces pequeñitas, esta indecisión

para elegir el instante de decir

basta, es y seguirá siendo, mi cruz de

incomprensiones.

Esta indecisión mía raya con la señal

de fracaso que siento a la hora de

quitar las bolas de los calcetines, o esa

difícil tarea que supone elegir las camisas

que van a juego, con alguno de los

trajes, trajes de todas las épocas que

desde siempre se cuelgan en el armario.

También tendría que decir, que con

la plancha, al igual que con el verso,

soy una nulidad absoluta, y que lo único

que hago es fijarme en cómo pasan

las manecillas del reloj crucificando el

tiempo. Y aunque soy de los que opina

que las arrugas son el estado pleno de

la belleza, todo lo demás no me importa

casi nada.

Hoy hago la promesa de que mañana

aprenderé a explicar mejor, esto que os

escribo. Por ahora solo puedo afirmar

que todo poema para poder expresarse

plenamente, necesita de las arrugas

virginales de toda naturaleza fantástica,

física o mental.

Muy a mi pesar, también sé que tanto

para los maestros, como para el lector

no acostumbrado, esto que escribo,

puede suponer una herejía, un desprestigio,

un esfuerzo considerable de fe,

112


un atraco en plena calle a las tres de la

inconsciencia; en mi defensa, diré tan

solo, que esto que escribo, conlleva una

apertura, un interminable dejarse penetrar

por todo lo fantástico del mundo

interior, ese que nos arrastra y nos sorprende,

ese que como un desconocido

sale por sorpresa de su caparazón, extiende

las alas y nos provoca. La poesía

ha de ser por si misma: la provocación

constante de un cosquilleo continuo,

cada palabra ha de suponer, si estamos

preparados, un salto al inconsciente

mortal, sin más colchón que la ignorancia,

tiene que ayudarnos a olvidar con

la lectura del poema, este mundo que

nos acoge y nos asusta, conseguir que

abandonemos un instante, este mundo

en que vivimos tantos y tantos desconocidos

sin retorno, este mundo que si

nos lo proponemos, somos capaces de

cambiar con cada recuerdo o cada gota

de futuro que nos refresca.

Como poeta, no sólo creo que todos

los poetas anteriores, son la causa de

nuestro silencio, sino que también,

los poetas actuales hemos de asumir

nuestras culpas y así considerarnos

hoy, como el único motivo, por el cual

se divorcia el lector de nosotros: por

cansinos, por no saber cosquillear el

alma y el espíritu de las cosas, ni ofrecer

al lector su mundo poético, por lo

patéticamente aburridos que somos,

porque al lector le da la gana, por los

cien mil motivos del diablo que nos inclina

y nos inclina hasta rozar la tierra.

- Sólo de la tierra bien abonada pueden

nacer las mejores figuras.-

Nosotros que como poetas distorsionados

falsamente de las cosas, ignorantes,

creemos saber cuál es el secreto

de su existencia. Nosotros que no

hemos podido crear un mundo mejor,

ni hemos sabido decir de cual venimos

tan arrogantes, hemos sido incapaces

de llamar su atención, y en lugar de

adaptarnos y buscar otra nueva apertura,

hemos seguido en el tiempo cultivando

nuestro hermetismo, hemos

seguido encerrados solos en nuestra

propia casa, en esa casa o en ese árbol,

lleno de hojas de polvo de ideas, de

miradas, de engaños, de onomásticas

inquietas y recalcitrantes, vacías de

toda esa sabiduría del pueblo, hemos

continuado nuestra aburrida diversión,

mirándonos, desde la campana al ombligo,

como única meta insatisfecha.

El lector es el que no entiende, nos

decimos, el lector es el que no sabe

cuánto pánico sensible contiene un

poema, el que no comprende cómo

puede el verso llegar al alma y santificar

así todas las cosas. La santificación

ahora, es chatear en la distancia de tú a

tú con el Dios que llevamos todos dentro,

es leer un poema y no tener que

pensar. Duele tanto pensar, me repito.

Cuando se forma parte de las cosas, no

es preciso pensarlas para tenerlas, se

es la misma cosa.

113


114

¿DÓNDE

TE AGARRÓ

EL TEMBLOR?

Una opinión

de Aurora Ceres


—(…) o puede aceptar el hecho de que

esta ciudad se dirige a un desastre de

proporciones bíblicas.

—¿A qué se refiere con eso?

—Al Antiguo Testamento, la ira de Dios.

—Bolas de fuego cayendo de los cielos,

ríos y mares hirviendo...

—Cuarenta años de oscuridad, terremotos,

volcanes...

—¡Muertos que salen de sus tumbas!

—¡Sacrificios humanos, perros y gatos

viviendo juntos, histeria colectiva!

Este diálogo podrá sonar a fantasía,

¿pero qué pensarían si lo reciben como

mensaje en Whatsapp, o a través de

Facebook, de alguno de sus familiares

tras un evento catastrófico? Bien, sigue

sonando tonto, pero aun así hay personas

que creen en las cadenas de mensajes

con contenido apocalíptico. Que

si la ONU lanzó una advertencia, que si

cierto periodista predijo un terremoto,

que sí Corea del Norte declaró el inicio

de la tercera guerra mundial, que

si el proyecto HAARP, qué si Dios va a

bajar ahora sí del cielo, que los Illuminati

reptilianos patriarcales opresores

están en guerra con los hombres topo...

Todas estas no son más que tonterías

que a la gente le gusta inventar

después de algún desastre natural o

provocado por el hombre. ¿Por qué?

Bueno, tengo muchas teorías: normalmente

esa gente no tiene nada que hacer

y busca formas (¿estúpidas?) para

divertirse, sin importar el daño psicológico

y moral que pueda causar a los demás

en momentos de angustia. Son los

menos, o al menos eso quiero pensar,

los que creen en este tipo de mensajes.

Pero aquí nace la pregunta que me

tiene escribiendo estas líneas desde el

asiento trasero de mi automóvil... ¿Por

qué las personas creen en este tipo de

mensajes, aun cuando son inverosímiles?

Es una pregunta para la cual propongo

dos respuestas: una es el miedo,

y la otra es la ignorancia. Podrá parecer

un poco tonto que trate al miedo y a

la ignorancia como conceptos separados,

ya que normalmente estos vienen

de la mano sin importar cual aparezca

primero, pero tengo una buena razón

para hacerlo.

Hablemos primero del miedo, y para

esto tomaré como base el reciente sismo

que hubo en la ciudad de México. Sí,

en la Ciudad los mexicanos estábamos

preparados para este tipo de desgracias;

sí, todo el pueblo (principalmente

los jóvenes) se unieron a ayudar; sí, los

medios masivos de comunicación ayudaron

a coordinar toda la ayuda que

llegaba desde otros estados y países;

yada, yada, yada, bla, bla, bla... Eso no

debería de admirarnos, pues es, hasta

cierto punto, nuestra obligación como

seres humanos ayudar al prójimo en

desgracias como las del diecinueve de

septiembre. Pero tal parece que, para

lo que nos encontramos mejor preparados,

es para chingar.

Digo para chingar porque la gentes,

normalmente, demuestran cierta cantidad

de miedo después de atravesar

por una situación que, de forma directa

o indirecta, ponga en riesgo su vida.

Debido a esto hay muchas personas

que vivirán con miedo de morir aplastadas

por sus casas, y ese miedo podrá

durarles días, meses, años, o incluso

durante toda su vida.

Aprovechando este miedo, tenemos

a otro tipo de personas, esas que posiblemente

también vivan con miedo...

pero miedo a dejar de chingar, porque

parece que hasta les pagaran por ha-

115


cerlo, pero bueno, a algunos de ellos sí

les pagan pero eso lo explicaré después.

Lo importante en este momento es entender

que, sin importar la gravedad

de las situaciones que día a día tenemos

que vivir, siempre habrá personas

que quieran aprovechar el miedo de

la población a su favor. Este miedo se

aprovecha para distintos fines: el primero,

simplemente por diversión. Hay

personas, principalmente escuincles a

los que todavía no les bajan los huevos

y chamacas que no saben ni lavar sus

calzones, que solo les gusta burlarse de

lo que a otras personas les pueda pasar

sin medir las consecuencias de sus actos;

disfrutan ver como la demás gente

sufre, y se sienten superiores por no ser

como ellos... sin importar que lo hagan

para disimular el miedo que ellos mismos

tienen. Si este es el caso de alguna

persona cercana a ustedes, se los ruego,

denle una buena chinga para que

deje de hacer tonterías.

Aquí quiero hacer un paréntesis, no

hay que confundir estas situaciones

con el humor negro. Si bien es un línea

muy delgada la que las separa, nunca

será lo mismo burlarse de alguien que

se cayó a un pozo, que decirle a una

persona que va a terminar cayéndose

a un pozo.

Otro tipo de personas que aprovechan

el miedo de la población son

aquellos que utilizan para hacerse promoción,

posicionar alguna marca, o

monetizar sus acciones. Aquí podemos

catalogar a todos los medios de comunicación

(digitales principalmente),

que no sienten ni la más mínima vergüenza

al inventar historias que causen

alarma entre la población, no les

remuerde la conciencia tergiversar la

realidad con tal de conseguir más pú-

116


lico para sus apestosos medios ya que

esto, a final de cuentas, les genera todo

tipo de ganancias a través de la publicidad

y también les puede generar cierto

renombre entre la gente que crea que

hablan con la verdad. Esta gente es

la más ruin y asquerosa de todas, son

peores que Televisa en sus años mozos,

pues, para ellos, su modo de vida depende

de cuánto provecho puedan sacar

de las tragedias humanas... Poniéndolo

así, también podrían ser como las

compañías de seguros.

Los siguientes son mis favoritos: los

charlatanes. Esta gente, que también

busca un cierto grado de comodidad

económica a través de sus acciones, dependen

por completo de profetizar cualquier

suceso que pueda ocurrir, desde

qué famoso se casará con quién hasta

conflictos entre naciones y desarrollo

de armas. Los hay de todos los colores:

los que se quieren hacer pasar por expertos

deformando la información de

verdaderos expertos y científicos para

que quede completamente a su beneficio

(¿verdad, Alex?); ellos buscan por

todos los medios ser reconocidos y que

la gente crea sus locas teorías de conspiración.

Desean sentirse aceptados.

También hay los que creen poder leer

el futuro con el tarot, el café, las manos

o leyendo anos... esta última puede ser

muy insalubre pero hay gente que se

gana la vida con eso, cuando lo único

que hacen es decir obviedades y hacer

sentir mejor a la gente que busca que le

digan lo que quieren escuchar. Algo así

como los escritores de autoayuda, pero

esos son otro tipo de charlatanes.

Volviendo al punto de este escrito,

toda esta gente se aprovecha del miedo

que la gente tiene a lo desconocido.

Aunque hay una cura para esto: la

117


118


información. Si la gente se informara

correctamente y tuviera el hábito de

aprender, estas personas se quedan sin

trabajo. pero no es así y nunca sucede.

A las personas, y perdón por generalizar

pero a todos nos pasa en ciertos

momentos, les gusta que les den las

cosas como a los pajaritos: todo bien

masticado y en la boca. Así ya no es

necesario pensar por nosotros mismos

y mucho menos desarrollar nuestra

capacidad de análisis. Aquí es donde

entra la ignorancia. Se nos habla de

temas que desconocemos y, como la

mayoría de las tonterías que estas personas

dicen apelan a nuestros miedos

y a nuestro desconocimiento, entonces

comenzamos a creer en ellos.

El miedo es un arma que todos quieren

ocupar para su beneficio, y al parecer,

es algo que les funciona a la perfección.

Por eso, la mejor solución contra

el miedo es comenzar a conocer más

y mejores cosas. Informarse, se puede

decir, no creer en todo lo que la gente

rumora e investigar en todos los medios

posibles. La verdad es subjetiva,

pero la realidad no, y eso es algo que

nunca va a cambiar.

119


120


MICRO

CUENTOS

121


El guía dirigió al pasante hasta el Túnel

del Diablo. «La leyenda dice que el propio

Satanás fue replegado hasta aquí

en tiempos de la Inquisición». Y le espetó:

«Yo, hasta aquí, te acompaño. Ahora

deberás continuar tú solo». Se saludaron

por última vez. «Recuerda: pase lo

que pase, debes caminar, no correr. Si

corres te dará más miedo».

Jorge Almarales

Al último segundo levantaron las manos

mientras se alineaban intuitivamente.

Algunos voltearon la cara para

mirar los ojos del verdugo que lentamente

preparaba el arma letal con la

que acabarían sus sueños.

A lo lejos la multitud corea, grita, vocifera…

esos llamados enemigos deben

pagar la osadía de enfrentarlos…

El elegido toma su arma, la ubica,

mira hacia el frente… intuye como

puede hacerles más daño y dispara…

Aquellos que tuvieron la osadía de

mirar a los ojos del verdugo fueron

testigos directos de su angustia… el

balón se alejaba de la portería… eran

campeones… tres fuertes pitidos lo

anunciaban…

122

Licos


Y entonces estaba en la plaza. Mirando

al hombre que le hablaba a las palomas.

Ellas sabían que había terminado

su estadía acá. Ustedes saben que

debo regresar decía mientras su mano

desmenuzaba un trozo de pan. Las

palomas comían, movían sus alas, se

peleaban entre ellas. El hombre reía.

Eran las tres de la madrugada. La plaza

estaba vacía. Las palomas, el hombre y

yo. Prendí un cigarrillo y, antes de que

llegara su nave, pensé que era muy extraño

que a esa hora de la noche las palomas

estuvieran despiertas.

Andrés Pascuas Cano

¿Debería sentir algo de culpa? ¿Asco?

¿Vergüenza, quizás?

Me preguntó mi nombre y le dije el

verdadero. Se me escapó, igual que el

rubor que tiñó mis mejillas al instante.

Lo disimulé bastante bien, le di la espalda

y metí la cabeza por el hueco de

la blusa. Antes de ponerme la pollera

me sujeté el pelo en una cola; no quería

que se impregnara con el humo de

su cigarrillo. Trepé a mis zapatos y me

acerqué a los billetes que le bailaban

en la mano. Le guiñé un ojo y cerré la

puerta. Ni culpa, ni vergüenza.

Cristina Kolodynski

123


Poco a poco el filo del cuchillo atravesaba

su frágil piel, a medida que esta

era rasgada, un líquido rojo empezó a

brotar. Pero aun con tantos cortes en

su ser, no oí que vociferada sonido de

dolor alguno, valiente de su parte.

Luego de terminar con él, sus trozos yacían

en el fondo de un recipiente. Pero

simplemente quede contemplándolo

por un momento, y pude ver lo solitario

que se encontraba. Así que tome unas

hojas de lechuga, para que le hicieran

compañía al tomate.

Matías Maximiliano Díaz

Un día Salvador se refugiaba de la lluvia,

esperando bajo la mica de una parada

de autobús junto a tres personas

más. Bien cobijado en el centro del grupo

la lluvia no tenía ningún efecto en

él, cuando inesperadamente Salvador

abandona el refugio, cediendo su lugar

a cualquier otro de sus compañeros y

simplemente decide caminar bajo la

lluvia. Minutos después alguien desde

la acera frontal de esa calle observa la

destrucción causada por un rayo de lo

que antes fue el apreciado refugio para

un grupo de cuatro.

Tres cuerpos impactados serán recogidos

dentro de poco tiempo.

¿Premonición? ¿Destino?

124

Galileo Reyes Aguirre


Aquella era la primera vez que se aventuraba

en el bosque en solitario. Lo

hacía movido por lo imperiosa necesidad

de perderse y evadirse de la inmediatez

que había regido su vida los últimos

ocho años. Todo cuanto llevaba

consigo era un bastón de madera, una

cantimplora, su querida navaja y una

pequeña mochila con viandas.

Llevaría caminando dos horas entre

hojarasca y ramas quebradas cuando,

al atravesar una loma rocosa, resbaló

y metió el pie en un agujero, reventándoselo.

En vano buscó el móvil, que en

ese instante vibraba sobre su cómoda

con su madre al otro lado.

Iñaki Sainz de Murrieta

Joel exclamó con frialdad: ¡Madura,

niño! ¡Los fantasmas no existen! Sin poder

contenerse, Elías se echó a llorar y

salió corriendo hacia su recámara. Por

mera costumbre, Joel quiso alcanzar a

su amigo, pero esta vez y para siempre

desapareció en el umbral de la puerta.

Luego, él hizo lo mismo.

Manuel Sauceverde

125


Transformado en una intimidante ave

de rapiña, el brujo decidió no robar

más animales de granja ni semillas

para la siembra. Ahora, cuando regresa

a casa, trae consigo laptops y celulares,

los cuales revisa uno tras otro para

encontrar conversaciones privadas o

fotografías explícitas de sus dueños;

él sabe que pagarán mucho para evitar

que la gente conozca sus bestias

internas.

Brayant Sandoval Escalante

Su hermana mantenía que sonaba

como las campanas en los días de entierro.

El niño afirmaba que se parecía

más al ruido que hacía la abuela cuando

guardaba las cacerolas. Habían comenzado

el juego de los sonidos casi

por aburrimiento, y ahora un coro de

risas infantiles llenaba la habitación

desocupada. Les interrumpe la voz de

la madre, sobresaltada:

—Hugo, ¿eres tú?

—Sí, estoy jugando con mi hermana.

La mujer sube corriendo las escaleras

y entra en la habitación enjugándose

las lágrimas como siempre que

rememora el accidente.

—Hugo, cariño, lo siento mucho, tu

hermana está muerta.

—Yo también, mamá.

126

Lluís Talavera


Las manos del hombre viejo se posaron

en su garganta, luego bajaron para

sujetarlo por los hombros. Ka, sin forcejeo,

aceptó su destino. El sujeto más

joven cogió la navaja y la colocó donde

antes se habían posado las manos del

primero, después recorrió el rostro de

K. ¡Es ahora! —gritó el tipo mayor a su

compinche más joven—. Entonces cortó

la piel. La sangre corrió. Siguieron

hasta completar el trabajo.

K no imaginó, después de haber visitado

al barbero, el fastidio de afeitarte

por la mañana y fue cuando extrañó

el bozo que le acompañó durante la

pubertad.

José Raúl Sabina

¡Dos víctimas más! Con estas ya son

nueve esta semana ―escucho decir a

mi compañero, mientras coloca el reporte

sobre mi escritorio.

―¿Murieron en las mismas condiciones

de las anteriores, o en diferentes

causas? ―pregunto.

―Estoy Seguro que es el mismo asesino

en todos los casos ―dice, alejándose

para atender el llamado de otro

oficial.

―Creo que te equivocaste ―pienso,

viendo a mi compañero a lo lejos después

de ver una foto de una de las víctimas―,

¡A esta, no la maté yo! ―sonrio.

Paola Calderón

127


Se santigua antes de entrar al confesionario,

mientras se cerciora de que nadie

lo notase cierra la pequeña cortina

de terciopelo. He venido a confesarme

Padre, he matado a alguien. Sus dedos

tamborilean sobre su rodilla. No creí

ser capaz de hacerlo, pero lo hice. Llora

jalando su cabello. Dígale a mamá que

lo siento. Mira las cicatrices de sus muñecas,

tira la cortina y sale corriendo,

voltea hacia el sacerdote indiferente a

la confesión, ya nadie lo ve ha dejado

de existir. Fue mi decisión se repite una

y otra vez mientras cae al asfalto y grita,

solo grita.

Romina Correa

Desmembrar era mi trabajo. Dos pollos

por día, a veces tres. También destazaba

todo tipo de animales por encargo.

Con un hacha les pegaba en la cabeza

para que se desangraran y no sufrieran.

Fuese lo que le llevara, me lo pagaba

muy bien. Ahora me llaman asesino y

no me creen cuando les digo que ella

no sufrió. Me acusó de venderle carne

de animales enfermos. Dime, ¿quién

no se enoja por acusaciones falsas?

Mi trabajo era matar sin dolor y extraer

la carne del animal que sea. Colérico,

no sé distinguir entre gallinas y seres

humanos.

128

Fernanda Asencio


Aunque Elías le insistiera, el maldito

negro no diría nada más. Lo del culto

a esos dioses oscuros no se lo tragaba

nadie, pero Elías seguía pensando en

ello. Esa noche visitó el oscuro círculo

de árboles en el bosque, donde el rito

tuvo lugar. Algo del aire lo llevó a la noche

de la captura, y creyó sentir ese júbilo

salvaje. El libro que María le había

regalado hablaba sobre dejar que los

pies decidan el camino, anular la mente.

Creyó recordar en el momento las

palabras precisas de invocación. Las

pronunció. Por desgracia, los dioses

siempre hablan primero.

Lucas García

La madre sentía un terrible sopor, y a

pesar del llanto de su bebé, su unigénito,

quedó dormida. El pequeño lloraba,

desesperado, sobre la cama; mientras

tanto, una como sombra informe se

arrastraba desde el techo hasta posarse

sobre el infante para luego envolverlo

con su nebulosidad.

A la mañana siguiente, cuando la

mujer despertó, aún débil por aquel sopor

extraño, descubrió sobre la cama la

forma repulsiva de una momia; la piel

de aquella criatura parecía cartón, y en

su nuca se hallaban dos incisiones por

donde se escapaban las últimas gotas

de sangre. Una bruja lo había devorado.

Jorge Armando Pérez Torres

129


Escritorio por medio, el doctor explicó

la gravedad de nuestros diagnósticos.

Los análisis revelaban altas concentraciones

de acido úrico y colesterol. Una

expresión de asombro se dibujó en el

rostro de mi esposa

―Es imprescindible evitar las carnes ―nos

dijo con un cierto tono de preocupación―,

está su salud y su vida en riesgo.

Salimos cabizbajos. Caminamos una

calle sin hablar. En nuestras cabezas

solo imaginábamos que iba a ser de

nosotros sin el diario banquete cárnico.

Aquel augurio merecía un severo análisis.

Un páramo desolado nos invadió.

Al otro día yo comencé una dieta vegetariana.

Ella consiguió un amante.

Mario Ernesto Maruelli

A pesar del alcohol que recorría sus venas,

y la sombra de la noche que oscurecía

su vista, el ex detective pudo atisbar

al asesino de su esposa. No dudó,

sacó su revólver y disparó a matar.

A la mañana siguiente, los policías

encontraron en la escena del crimen

una mujer mayor asesinada por dos

impactos de bala, un hombre mayor

que cometió suicidio y un espejo roto.

130

Daniel Paz Velez


―Pensaba visitarte mañana... ¿Qué haces

aquí?

―Hace un año tú fuiste a visitarme ―dijo

mientras caminaba lastimosamente hacia

el sillón―. hoy me tocaba a mí...

―Te lo agradezco... Ya pasó mucho

tiempo desde aquel accidente, creí que

te recuperarías.

Una ligera sonrisa se esbozó en su

rostro, su mirada conservaba esa frescura

y vitalidad de siempre.

―Ya no me duele, pero no importa,

todas las heridas desaparecieron por

completo y solo cojeo ―suspiró―. Digo,

algún precio tenía que pagar...

―Pagaste un precio muy alto, yo no lo

merecía. Tú pudiste... ―ella soltó una

carcajada, como siempre, su humor

era muy difícil de entender, me miró a

los ojos y dijo:

―Calla, calla... ya lo hemos hablado

antes. Mejor sirve de algo y dame

un vaso de agua que vengo acalorada,

mira que todavía no me acostumbro al

calor de ese lugar...

Aurora Ceres

Como todas las noches, despertó de

golpe. No entendía en realidad el por

qué pero a la misma hora despertaba.

Siempre pensó que tenía mucha suerte

de que le dejaran el reloj de pulso tras

haber sido metido al ataúd, al menos

eso le hacía conservar la cordura.

José Luis Vázquez

131


132

CO

LOS A

QUE COM

ESTE N


Mayra Castillo Ureta

Nació un otoño de 2001, en Perú, la

tierra de los incas y la exquisita gastronomía,

tuvo una infancia como la de

cualquier otro niño de su edad, pero el

día que descubrió que de una hoja en

blanco podían nacer innumerables historias

y relatos, cogió el lápiz para no

soltarlo jamás. Desde aquel entonces

ella se dedica a escribir y hoy, con 16

años de edad, busca seguir poniéndose

a prueba, enfrentarse a nuevos retos, y

por supuesto, aprender más.

NOCE A

UTORES

PONEN

ÚMERO

Agustín Rodríguez Cuesta

Escritor argentino. Nacido y criado

en Córdoba Capital. Escribe desde los

quince y tiene treinta y tres. Ha publicado

un libro de cuentos (La bestia respira)

y participa en diversas antologías

tras haber sido seleccionado en una

decena de certámenes literarios. Escribe

novelas, cuentos, microrrelatos

y obras de teatro. Se reconoce padre

adoptivo de un gato siamés con problemas

de conducta llamado Limón.

133


Héctor Daniel Olivera Campos

(Barcelona 1965). Autor de Podemos y

otros relatos indignados (Amazon.es)

(2015) y Los jinetes de la epocalípsis

(Amazón.es). Obtuvo el primer premio

en los siguientes certámenes literarios:

Primer Concurso de Microrrelatos

ELACT (Encuentro Literario de Autores

de Cartagena (2013). V Cibercertamen

literario Hipatia de Alejandría de literatura

breve (2013). III Certamen de Microrrelatos

de Historia Francisco Gijón

(2015), entre otros.

Carlos Andrés Pino Moreno

Nace en Urrao, Colombia el 26 de Mayo

de 1985. Hasta hoy ha recibido una

formación orientada en el campo de

la educación. A los 20 años decide estudiar

una licenciatura en Lengua Castellana,

en la Institución Universitaria

Tecnológico de Antioquia. Decide escribir

los géneros de ciencia ficción y de

terror, porque considera es una manera

de sobrellevar y exorcizar el trastorno

de ansiedad que padece. A pesar de

la situación ha sabido mantenerse cuerdo.

Kalton Harold Bruhl

(Honduras, 1976) ha publicado los libros

de relatos El último vagón (2013),

Un nombre para el olvido (2014), La

dama en el café y otros misterios(2014),

Donde le dije adiós (2014), Sin vuelta

atrás (2015), La intimidad de los Recuerdos

(2017); Novela: La mente dividida(2014).

Es premio Nacional de

Literatura Ramón Rosa y miembro de

número de la Academia Hondureña de

la Lengua, Correspondiente de la Real

Academia de la Lengua.

134

Shaula María Bolaños Juárez

Originaria de Guerrero, estudia Piloto

Naval en la Escuela Náutica Mercante

de Vercaruz. Artista encubierta, apasionada

por la naturaleza. Comenzó a

escribir a los 14 años motivada por su

profesor de secundaria quien la guío

hasta ganar el Campeón de campeones

en la ciudad de Ixtapa, Gro. Ocho años

después sigue escribiendo para ella y

sus fantasmas a quienes muestra sus

relatos por la noche. En sus ratos libres

pinta acuarelas, patina o lee.


Martha Barrientos

Martha Barrientos, 73 años, uruguaya,

reside en Piriàpolis. Esposa, madre

y abuela por elección, enfermera por

vocación. Lectora compulsiva, escribe

narrativa desde siempre. Tiene un libro

publicado: Cuentos de oficios, profesiones

y otras yerbas. Textos suyos se han

publicado en diversas antologías nacionales

y extranjeras. Algunos de sus

cuentos han sido premiados en diversos

concursos

Daniel Frini

Argentina, 1963. Ingeniero, escritor y

artista plástico. Publicó en revistas, en

blogs y en antologías de Argentina, España,

México, Colombia, Chile, Perú;

y, además, traducido y publicado en

Italia, Portugal, Brasil, Francia, Estados

Unidos, Canadá, Uzbekistán, Hungría

y Grecia. Publicó Poemas de Adriana

(Libros en Red, 2000 / Artilugio Ediciones,

2017), Manual de autoayuda para

fantasmas (Editorial Micópolis, 2015).

entre otros.

Roberto Omar Román

Nació en la Ciudad de México, D.F. en 1965.

Es cofundador del Grupo Literaria Urawa

en la ciudad de Toluca, iniciado en mayo

de 1993, ubicado en la biblioteca central

Leona Vicario, lugar donde se congregan

cada sábado, un reducido grupo de escritores,

principiantes e iniciados, a tallerear

poesía, narrativa y ensayo. Ha publicado

cuentos y poemas en las antologías colectivas

La semana comienza los sábados,

Gambusinos, Átomos literarios y minificciones

en la revista Urawario.

Francisco J. Barata Bausach

El dice no soy escritor, solo estoy aprendiendo

a escribir. Soy un tipo mayor, ya

con 65 años, que nunca antes había escrito

literatura. Escribe porque le gusta, lo ha

descubierto tarde, pero ahora le apasiona.

Y también escribe airado para demostrar

a esta sociedad en la que los empresarios

y las instituciones han decidido condenarlo

a la jubilación, es Economista, porque

parecen creer que su experiencia hay que

tirarla a la basura, no acepta la condena,

no se quiere jubilar.

135


Lorenzo José Asensio Jambrina

Nacío en 1995 en Valladolid. Por ahora,

estudia Filología Hispánica en la UVa y

Dirección escénica y Dramaturgia en la

ESADCyL; pero, sobre todo, escribe. Escribe

porque es su pasión y, con ello, ha

conseguido publicar y ganar algún que

otro premio.

Juan Pablo Goñi

Escritor argentino. Ha publicado: Bollos

de papel; Mis Escritos (Argentina),

2016; La puerta de Sierras Bayas, Pukiyari

Editores, USA 2014. Mercancía sin

retorno, La Verónica Cartonera (España,

2015). Alejandra y Amores, utopías y

turbulencias, Dunken (Argentina, 2002).

Relatos y poemas en antologías y revistas

en Argentina, España, Ecuador,

Perú, México y Estados Unidos. Ganador

Premio Novela Corta La verónica

Cartonera (España), 2015.

Oliver Salvador López Gutiérrez

Dicen que es un extraño hombrecillo

que deambula de aquí para allá y de

allá para acá. Su nombre es Oliver Salvador

López Gutiérrez, pero le apodan

Chava, y es un espécimen algo raro en

la naturaleza. Es difícil de conversar

con él, pero quien lo hace, encontrará

una clase de charla que difícilmente se

ve en otros. Es de temperamento difícil,

terco y ocurrente. Está en peligro de

extinción.

Sofía Gómez Reza

Nace el 20 de septiembre de 1959 en

Ixtapan de la sal, realizó estudios de

Psicología en la UAEM de 1981 a 1985,

laboró en el sistema educativo como

pedagogo B en el nivel medio superior

y básico de 1985 a 2017 actualmente

jubilada dedica su tiempo a la lectura

y compartir experiencias en mejora de

la docencia.

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Matias Gerber

Nació en Montevideo, Uruguay, el

21 de septiembre de 1989. En el año

2010 emprendió con su guitarra bajo

el brazo un largo viaje por Latinoamérica.

Desde entonces, escribe poesía

y relatos cortos. En la actualidad vive

en Mendoza, Argentina, donde estudia

lengua y cultura inglesa, en la Universidad

nacional de Cuyo.

Esmeralda Lozano Bárcenas

Nace el 1 de abril de 1993 en la ciudad

de Tepatitlán de Morelos Jalisco, México.

Segunda hija de un ganadero y un

ama de casa. Desde muy chica tuvo la

inquietud de escribir poemas y cuentos

para transmitir sus ideas a través

de palabras. A los dieciocho años ingresa

a la Universidad de Guadalajara y

estudia una licenciatura en Psicología

que la acercó aún más al mundo de la

literatura.

Samantha Yamilé Horta López

Nació el 2 de Noviembre de 1999 en

León Guanajuato, siempre en su mente

y en su alma se han encontrado el

eterno amor por la literatura, las artes

visuales, la ciencia, la escritura y la música,

son parte de lo que ella es y lo que

la conforma. La lectura y el escribir son

unas de sus grandes pasiones que la

hacen encontrarse a si misma.

Gabriela Bolaños Cacho Gasca

Escritora, poetisa y prosista mexicana,

nacida el 18 de abril de 1996 en la actual

Ciudad de México; reside en Aguascalientes

y cursa el penúltimo semestre de la

Licenciatura en Comunicación e Información

en la Universidad Autónoma de

Aguascalientes. También es colaboradora

recurrente en revistas digitales nacionales

como Sputnick y Symposium, ésta última

perteneciente al Ateneo de la Juventud,

así como la publicación de dos de sus textos

auspiciados por editoriales españolas.

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Alberto Arecchi

Arquitecto italiano, presidente de la Asociación

Cultural Liutprand, de Pavía, que

pública estudios sobre la historia y las

tradiciones locales. (www.liutprand.it) Autor

de publicaciones y libros obre el património

histórico y la história de su ciudad,

otros asuntos de arquitectura, tecnologías

para el desarrollo; escribe cuentos

breves y poemas en diversos diferentes

idiomas, ganando galardones y reconocimientos

en concursos literarios en Italia,

España, América Latina.

Maximiano Revilla Vega

Nació en Tabanera de Valdavia, el 21 de

Diciembre de 1962. Reside en Madrid.

Estudios de Teoría y Creación Poética

con los premios Magón de Poesía en

Costa Rica, Laureano Alban y Julieta Dobles.

UNED. Grado en Lengua y literatura

Española. Miembro activo del Grupo

Aranjuez de Poesía Trascendentalista.

Su basta obra narrativa ha sido publicada

pro Ediciones Vitruvio, mientras que

su obra poética se encuentra disponible

en Amazon.

Aurora Ceres

Nacida el 13 de septiembre de 1988

en Londres, Reino Unido. De madre

mexicana y padre irlandés, ha escrito

desde que tiene memoria. Es egresada

de la carrera de Ingeniería en sistemas,

la cual estudió en la Universidad del

Valle de México. Entre sus principales

pasiones destacan la caza deportiva, la

tauromaquia, la literatura, cocinar y el

estudio formal del fenómeno OVNI. Ha

públicado cinco novelas con su nombre

real.

138

Cosme

Nació en el puerto fronterizo de Nuevo

Laredo, Tam. Donde pasó su infancia

y parte de su juventud. Después se

trasladó a la Ciudad de Morelia, Mich.,

dónde estuvo algunos años paseando

y aprendiendo. Ahora nuevamente vive

en el Norte del País con su bella esposa e

hijo. Dedicado actualmente a la docencia,

al Kendo, su iglesia y otras actividades,

nunca perdió el gusto por la lectura.


Ernesto Molina

Ingeniero ambiental mexicano que

se dedica principalmente a sistemas

hidráulicos, es autor del blog Cerdo

Venusiano y hace varias reseñas de videojuegos

y equipos mecánicos para

revistas especializadas. Su primera

novela Los últimos contribuyentes consiste

en un desesperado intento para

salir de la rutina, hacerse el gracioso y

conocer mujeres.

Allen Schavelzon

Ha escrito desde su adolescencia pues

su pasión por las letras es casi nata,

definiendo su estilo en una amalgama

de tintes oscuros y auras melancólicas.

Actualmente funge como estudiante,

redactora independiente, promotora

de la lectura y en sus ratos libres es autora

del blog La Rosa de Jericó.

Juss Kadar

Técnico de farmacia por profesión, su

pasión siempre ha sido escribir cualquier

historia, ya sea de intriga, amor,

fantasía... Una escritora por impulso

que se atreve con todos los géneros.

Ganadora de varios premios literarios

en el Instituto y uno concedido por el

ayuntamiento en San Sebastián de los

Reyes (Madrid) En 2012 iniciaba el blog

La muerte de los sueños, donde como

un diario contaría su lucha para convertirse

en una escritora reconocida.

Hugo Casarrubias

Nació el 3 de Mayo de 1988, en Tlalnepantla

de Baz, Estado de México. Desde

pequeño incursionó en el mundo del

terror a través de las películas. A la edad

de dieciocho años, teniendo la idea y las

bases de este cuento largo, se dedicó a

escribir su primera novela, la cual terminó

tres años después. Actualmente cuenta

con tres libros publicados así como diversas

participaciones en revistas literarias

como Revista Nictofilia, Revista Letras y

Demonios y revista Cruz Diablo.

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CUARTA

CONVOCATORIA

DE MICROCUENTO,

ENSAYO Y RELATO «LA

SIRENA VARADA, REVISTA

LITERARIA BIMESTRAL»


«La sirena varada, revista literaria bimestral», publicación digital mexicana

en castellano, especializada en relato corto, ensayo y microcuentos, convoca a

todas aquellas personas que quieran colaborar con la publicación de textos en

el cuarto número de la revista y que no hayan sido seleccionados en la tercera

convocatoria. Todas las obras deberán ser originales e inéditas, y de acuerdo a las

siguientes categorías:

• Ensayo: La extensión deberá ser mínimo de 3000 caracteres (contando

también los espacios) y máximo de 5000. Los trabajos deberán tratar el

tema de la influencia de la lectura en la juventud.

• Relato: Se recibirán relatos que entren dentro del género del terror, ciencia

ficción y policial. La extensión deberá ser mínimo de 4000 caracteres (contando

también los espacios) y máximo de 6000.

• Microcuento: Se recibirán microcuentos dentro del género del terror, ciencia

ficción o policial y con una extensión máxima de cien (100) palabras en

idioma español. No deberá llevar título y cada participante podrá enviar solo

un microrrelato.

Sólo se podrá participar en una de las tres categorías especificadas. El formato

de envío para los textos será .txt .doc o .docx, no se tomará en cuenta cualquier

otro formato. El tipo y tamaño de letra, así como el interlineado no tienen relevancia.

El nombre del archivo deberá estar estructurado de la siguiente forma:

TÍTULO_ApellidosNombre (del autor). Y deberán ser enviados con el asunto «4°

convocatoria la sirena varada» a:

contactoeditorial@editorialdreamers.com.mx

En el cuerpo del correo deberán incluir: Nombre completo del autor, seudónimo

(si aplica), correo electrónico para contacto y una breve biografía de no más de 70

palabras. Si los datos del autor no se encuentran en el cuerpo del correo no se

aceptará el relato o ensayo.

El plazo de recepción de trabajos terminará el domingo 5 de noviembre a las 23:59

horas UT-6:00 (CST). Se seleccionarán cinco (5) ensayos, quince (15) relatos y veinte

(20) microcuentos, los cuales serán anunciados el día domingo 12 de noviembre.

Sólo se notificará a los seleccionados mediante correo electrónico su inclusión

en la revista.

Al ser una publicación digital sin fines de lucro, no existirá premio en metálico.

Sólo se entregará un reconocimiento digital a los autores seleccionados. Cualquier

anomalía en esta convocatoria se resolverá conforme a las leyes mexicanas

que correspondan.

¡Esperamos su

participación!


TENIENTE GENERAL

VALERI ASÁPOV

FALLECIÓ EN LA CIUDAD DE DEIR EZZOR

EL DÍA 23 DE SEPTIEMBRE DE 2017

Todo el equipo de La sirena varada, revista literaria

bimestral, así como de Editorial Dreamers, nos

unimos a la pena que embarga a su familia y a las

familias de cientos de soldados rusos que día a día

dan su vida en los diversos frentes.

Dedicamos este tercer número a su memoria


en nuestro siguiente número:

entrevistaremos al cantautor veracruzano

Picke Rivera, hablaremos de lo dificil que es pasar

las fiestas decembrinas en soledad y ahora sí

publicaremos la segunda parte de Murmullo

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