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11 months ago

EL SER POETICO

Esta obra incluye propuestas innovadoras sobre la concepción del arte en general y del poema en particular. Los nuevos conceptos están formalizados en varias definiciones y postulados. También nos proporciona valiosos indicadores que nos permiten diferenciar el Verso Vulgar y las gradaciones que lo llevan al Verso Puro. Por otra parte, propone la solución a la extraña paradoja que los críticos tradicionales han fabricado con la supuesta dicotomía entre “Poesía” y “Prosa”, mientras que la noción del Momento Vital se convierte en un indicador muy importante para la comprensión de lo que es una novela, un relato o un poema en verso. La Visión y la Transfiguración del poema visionario, tal como lo define Carlos Bousoño, cobran nuevos matices.

Bajo una erguida

Bajo una erguida populosa encina cuya ancha copa en torno me defiende de la ardiente canícula, que ahora con rayo abrasador angustia el mundo tu oscuro amigo, Fabio, te saluda (“Epístola”) Esto es tan insustancial que uno no se explica las razones que impulsaron a Melendez a escribir en “verso” algo que cabía tan bien en una carta de cualquier día y de cualquier hora. Este abuso del Verso es lamentable, como lamentable es el hecho de que se haya producido y que se producirá en todos los espacios y en todos los tiempos de arbitrariedad racional. Juan Melendez y Valdéz pasa muy fácilmente del Verso Inocuo al Verso Vulgar en muchos lugares; por ejemplo: “Entre nubes de nácar la mañana de aljófares regando el mustio suelo, asoma por oriente, las mejillas de grana de luz candente el transparente velo, y muy más pura que el jazmín la frente” (“Oda XXIV”) Esta superabundancia de remilgos ya es hiriente a la sensibilidad poética y, al repasarlos, no hacemos sino preguntarnos acerca de las causas por las que un ser se ve precisado a escribir cosas tan artificiales. Quizá la Estética de la época lo haya exigido, quizá la peluca se haya deleitado con estos alfajores hechos de almíbar azucarada en extremo. Puede haber muchas interpretaciones; pero, de lo que estoy seguro es de que todos estaremos de acuerdo en negar enfáticamente que el turrón de maní y melcocha, por ser dulce, sea tam- 170

ién, necesariamente Poema. A lo dicho agregamos que la ornamentación de Utilitarismo fatuo no es monopolio del Verso, también lo tiene la Prosa. Man Cesped (Bolivia, 1874-1932) es un ejemplo adecuado: “Pálidos cirios ceráficos, con que las madres religiosas del claustro selvático, alumbran su perfumada oración. Aureos clarines floridos, que rompen el aire con las armonías de su fragancia, anunciando la presencia de las bellas princesas del oscuro romántico castillo, de la vera del jardín. Madreselvas: mujeres que aman en esencia, señoras que saben de caridad, que guardan segura miel para la abejilla menestral y abrigan en su seno a los desnudos hijos del gorrión” En asuntos de mal gusto, estas frases son un gran ejemplo; en verdad, su textura es tal, que mueve a la necesidad de meditar acerca del por qué de semejantes ex abruptos tan vulgares, aunque, es preciso señalarlo, hay todavía señoronas y señorones que se desmayan de emoción cuando, en alguna tertulia literario-musical, una declamadora, con voz elongada como un túnel de alaridos y tono de gran circuns-tancia, los reproduce, convencida de que es una ninfa levitando en el Olimpo y que declama ante un batallón de centauros y de faunos armados. Como una especie de sobrereacción ante tanta crema con borlitas de atún, José Donoso relata lo siguiente: “Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus párpados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la cama... Frotó la lengua contra su encía despoblada: como aserrín caliente y la respiración de huevo podrido...” (“Un Lugar sin Límites”) 171