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2017-12-01 Muy Interesante Extra Historia

MUY ESPECIAL II GUERRA

MUY ESPECIAL II GUERRA MUNDIAL: EPISODIOS OSCUROS Tiempo de nieves, venta de bienes El crudísimo invierno de 1946, que empezó a 20 bajo cero, se sumó al hambre de los berlineses y obligó a muchos a olvidar su orgullo herido y quemar lo que fuera para calentarse y vender lo que fuera para comer. Arriba, una familia atraviesa una calle nevada de Berlín cargando sacos. Degradarse para sobrevivir Lo que padecían los ciudadanos también podía definirse con otra D,pero esta mayúscula: Dolor. El efecto de la guerra sobre la moral individual y colectiva había sido más devastador que los proyectiles. El valor de la vida y la dignidad humana había caído hasta el fondo de la letrina,acosadoporeldragóndelasnecesidades vitales. Muchos alemanes y muchas alemanas fueron empujados a sobrevivir degradándose.A cambio de una tableta de chocolate, un poco de tabaco o unas medias femeninas, podía conseguirse cualquier cosa.Y se conseguía. Aguzar el ingenio ante la precariedad. En la Europa arrasada por la guerra, el dinero dejó de ser útil y fue sustituido enseguida por el trueque, el mercado negro, los timos y las argucias: había que buscarse la vida como fuera. En esta imagen de 1945, un hombre con una cesta recorre la desolada ciudad de Friburgo intentando conseguir un poco de comida. 72 muyinteresante.com.mx Dejar atrás aquel infierno se antojaba una tarea imposible, pero las circunstancias variaban notablemente de unos lugares a otros. Como siempre, las peores condiciones fueron para los vencidos. En el este de Europa, los avances del Ejército Rojo habían desplazado o expulsado sin contemplaciones a 11 millones de individuos de nacionalidad alemana, cientos de miles de los cuales perecieron por el camino. En Alemania no cabía un alfiler. Los sobrevivientes civiles convivían entre las ruinas con los desplazados, con los miembros de los cuatro ejércitos de ocupación, con los liberados de los campos de exterminio, con cientos de miles de ex presos políticos, con millones de trabajadores forzosos extranjeros y con una ingente muchedumbre de prisioneros de guerra capturados por los nazis en todos los países invadidos. Había tan pocos alemanes libres que apenas se veía a varones por las calles llenas de escombros. Faltaban los muertos, los desaparecidos, los exiliados y los 11 millones de soldados tomados prisioneros por los vencedores, ocho de los cuales lo fueron por los aliados occidentales y el resto por los soviéticos. Un millón y medio no volvería jamás a pisar el suelo alemán debido a las atroces circunstancias que tuvieron que padecer, sobre todo en el territorio soviético, donde los nazis habían asesinado previamente a tres millones de prisioneros del Ejército Rojo de un modo frío y sistemático. Además, el trato dispensado por el Reich a los prisioneros occidentales no tuvo nada que ver con el que padecieron los cautivos soviéticos, y esto se hizo notar en las represalias de las dos partes. FOTOS: GETTY IMAGES

Testimonio de Grimm sobre el Tabor 28 Los campos de concentración soviéticos eran duros, pero los que se establecieron en Checoslovaquia tras la liberación se llevaron el récord en cuanto a crueldad. El médico alemán Carl Grimm, que salvó la vida gracias a su profesión, dejó testimonio del día a día en el Tabor 28, un campo pequeño, donde solo había 1.000 prisioneros. Según Grimm, las palizas eran constantes. Los presos tardaban dos horas en llegar al lugar de trabajo, en el que laboraban otras 14 antes de emprender el agotador camino de regreso para dormir unas horas y volver a empezar. Quince presos enfermos de tisis fueron fusilados para “preservar la salud del campo”. Al comandante a cargo del Tabor 28, Karel Vlasak, le gustaba pasear entre los barracones con un revólver y un látigo de nueve colas. Solía empujar a los presos con el codo, y cuando caían al suelo les pateaba el vientre y los genitales ante los gritos de entusiasmo de sus subordinados. Disfrutaba matando con sus propias manos: asesinó a un joven soldado mutilado, con su propia muleta. Y era amante del espectáculo: en una ocasión hizo que cuatro presos prepararan cuidadosamente sus propios ataúdes delante de él antes de pegarles sendos tiros en la nuca. Fue destituido, pero no a causa de sus métodos sino porque, además, era un ladrón: se quedaba con las mejores pertenencias de los prisioneros, que debería haber entregado a sus superiores. Reconstrucción en 3D de un campo de concentración soviético en Checoslovaquia. Puede verse en la página web gulag.cz, un museo virtual sobre este asunto. FOTOS: GETTY IMAGES; BUNDESARCHIVE Prisioneros nazis usados como obreros forzosos Con la victoria apareció una variante novedosa de la condición de prisionero de guerra: el preso cedido. Los occidentales decidieron emplear a sus cautivos en la reconstrucción de los países ocupados por el Reich, y de aquella mano de obra forzosa se beneficiaron 20 países. En Francia trabajó casi un millón de estos obreros,los cuales tuvieron ocasión de comprobar la buena memoria de los franceses: mientras trabajaban en las carreteras solían recibir botellazos y pedradas de los automovilistas, y en alguna ocasión les lanzaron incluso granadas de mano. A reconstruir Bélgica fueron enviados 65.000, y 10.000 a Países Bajos. Por su parte, los soviéticos expidieron a 80.000 de sus presos para ayudar a la reconstrucción de Polonia, donde juzgaron y ahorcaron a los que reconocieron como culpables de crímenes y estragos en su tierra. En 1947, dos años después de la rendición alemana, se celebró en Moscú una conferencia internacional sobre el tema de los prisioneros y se resolvió –con la excepción de Polonia y la URSS– que todos ellos debían estar de vuelta en Alemania a finales del siguiente año. Sin embargo, según el historiador Alfred-Maurice de Zayas, en 1979 aún quedaban 72.000 prisioneros de guerra alemanes en la Unión Soviética. El más cruel invierno La guerra en Europa había terminado en mayo de 1945. Aquel verano fue demencial, y el otoño, terrible. Pero todo empeoró, y mucho, con la llegada del invierno. Solamente en Berlín perecieron unos 60.000 ciudadanos, y hubo centenares de suicidios. Los británicos evacuaron a 50.000 niños de su zona, muchos de ellos huérfanos, en un gesto que los honró. Sin comida, sin techo,sinhigiene,peroconmuchísimahambreyllenos de piojos, los berlineses morían de frío, consunción, tifus y disentería. De acuerdo con los registros, el de 1945 no fue un invierno particularmente frío, pero las condiciones de vida lo convirtieron en letal. El que resultó frío de verdad fue el siguiente. El 15 de diciembre de 1946, una semana antes de su entrada meteorológica oficial, la temperatura en Berlín ya oscilaba en torno a los 20 bajo cero. Las cañerías se congelaron y los pocos retretes útiles reventaron, barnizando de marrón los cuartos de baño. Todo lo que podía meterse en una estufa se metió, desde muebles de estilo y alfombras orientales hasta bastones. Los libros nazis encontraron entonces su verdadera utilidad. Los millones de volúmenes cuidadosamente publicados por las prensas oficiales del Tercer Reich y depositados en grandes almacenes sirvieron para calentar las salas de las bibliotecas en las que durante unas horas podía sentirse alguna tibieza, así como las viviendas y los refugios de los bibliotecarios y sus familias. El dinero no servía de gran cosa, se había convertido en algo absurdo: el sueldo máximo permitido era de 1.000 marcos mensuales y una libra de chocolate costaba 500. Así que se practicaba mayoritariamente una economía de trueque, que desembocó en el mercado negro. Su escenario habitual eran las estaciones ferroviarias, muchas de ellas en ruinas, donde se intercambiaban joyas por sacos de papas; aunque el valor de base eran los cigarrillos estadounidenses, que llegaron a cotizarse en el mercado negro a 100 marcos por unidad,o su equivalente, 115 gramos de pan. De este modo, una cajetilla de Chesterfield o Lucky Strike equivalía al sustento quincenal de una familia alemana, y un paquete,al de cinco meses. Las cotizaciones, sin embargo podían variar (y así sucedía) de un día para otro. Ingenio y engaño contra la miseria Durante el atroz invierno de 1946, en la ciudad de Baden, que estaba en zona francesa, tres piedras de mechero se cambiaban por cinco huevos, un reloj de La Segunda Guerra Mundial expulsó de sus hogares y desplazó solo en Europa a 50 millones de personas. muyinteresante@televisa.cl 73

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