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el menor deseo de hacerle notar que uno de sus retoños es diferente a la imagen que ella se forja de él, porque se sentiría consternada y, desde luego, no sabía obrar de otra manera; por consiguiente, prefiero ahorrarle el pesar que ello le causaría, tanto más que para mí en nada cambiaría la situación. Mamá se percata bien de que yo la quiero menos que Margot, pero imagina que sólo se trata de una etapa difícil de mi vida. Margot se ha vuelto tan amable que no la reconozco; ya no enseña las uñas tan a menudo, y nos hemos hecho muy amigas. Ha dejado de tratarme como si yo fuera una chiquilla insignificante. Parecerá raro, pero a veces me miro como si viera por otros ojos que los míos. Entonces, bien a mis anchas, examino las cuestiones de una cierta «Ana»; recorro las páginas de mi vida, como si se tratara de una extraña. Antes, en nuestra casa, cuando no reflexionaba tanto, tenía en ocasiones la sensación de no formar parte de mi familia. Durante cierto tiempo interpreté asimismo el papel de huérfana; o me dirigía a mí misma múltiples reproches, diciéndome que nadie tenía la culpa si yo quería hacerme la víctima, cuando todo el mundo era tan bueno conmigo. Luego llegó un momento en que me esforcé por ser amable: por la mañana, al oír pasos en la escalera, esperaba ver entrar a mamá, para darme los buenos días; era afectuosa con ella; pero también porque me sentía feliz de verla tan amable contigo. Luego, bastaba una de sus observaciones un poco ásperas para que yo me fuera a la escuela toda desalentada. Al regreso, la disculpaba, diciéndome que podía tener preocupaciones; llegaba, pues, a casa muy alegre, hablaba por diez, hasta que la misma cosa se repetía y volvía a irme, pensativa, con mi bolsón con útiles. Otra vez regresaba con la firme intención de enfurruñarme, lo que olvidaba enseguida, tantas eran las novedades que tenía que contar; ellas eran dirigidas evidentemente a mamá, que, en mi opinión, debía estar siempre dispuesta a escucharme en cualquier circunstancia. Después pasó nuevamente por una época en la que no escuchaba los pasos por la mañana, me sentía sola, y mojaba una vez más de lágrimas la almohada. Aquí, en la clandestinidad, las cosas se han agravado aún más. En fin, tú lo sabes. Pero, no obstante todas estas dificultades, Dios me ha socorrido y me ha enviado a... ¡Peter! Juego un momento con mi medalloncito, lo beso y pienso: «Después de todo, ¿qué más da? Tengo a mi Peter y nadie lo sabe». Así, puedo pasar por alto cualquier desaire. ¿Quién sospechará lo que sucede en la mente de una chica? Tuya, ANA Sábado 15 de enero de 1944 Querida Kitty: No tiene sentido describirte a cada paso nuestras disputas y querellas en

sus menores detalles. Para ser breve te diré que ya no usamos en común con los Van Daan muchas de las provisiones, como la mantequilla y la carne, y que hacemos freír nuestras patatas fuera de la cocina común. Desde hace algún tiempo, nos concedemos un pequeño suplemento de pan negro, porque, a partir de las cuatro de la tarde, empezamos a sentirnos obsesionados por la hora de la cena, sin poder imponer silencio a nuestros estómagos vacíos. Ahora se acerca el cumpleaños de mamá. Kraler le ha traído azúcar, lo que despertó los celos de los Van Daan, pues la señora no recibió lo mismo en ocasión de su propio cumpleaños. Nuevas pullas, crisis de lágrimas y diálogos ásperos. ¡Bah! De nada vale que te fastidie con todo eso. Puedo decirte, Kitty, que ellos nos molestan cada vez más. Mamá ha hecho el voto irrealizable de abstenerse de ver a los Van Daan durante quince días. No ceso de preguntarme si el hecho de cohabitar con otras personas, sean quienes fueren, lleva forzosamente a las disputas. ¿O será que, en nuestro caso, hemos tenido especial mala suerte? ¿Es mezquina y egoísta la mayoría de la gente? Me parece útil haber aprendido algo sobre la mente humana, pero empiezo a sentirme cansada. Ni nuestras querellas ni nuestras ganas de aire y libertad pondrán fin a esta guerra; por eso estamos obligados a sacar de nuestra permanencia aquí el mejor partido, y hacerla soportable. En este momento parezco discurrir razonablemente; no obstante, si sigo aquí mucho tiempo más, corro también el riesgo de transformarme en una seca solterona. ¡Y tengo tantos deseos de ser una genuina adolescente! Tuya, ANA Sábado 22 de enero de 1944 Querida Kitty: ¿Podrías decirme por qué la gente oculta con tanto temor sus verdaderos sentimientos? ¿Cómo es posible que en compañía de los demás yo sea totalmente diferente a lo que debería ser? ¿Por qué desconfían unos de otros? Debe de haber una razón, no lo dudo, pero cuando noto que nadie, ni siquiera los míos, responden a mi deseo de confianza, me siento desdichada. Me parece haber madurado desde la noche de mi sueño memorable; me siento más que nunca «una persona independiente». Te sorprenderá muchísimo cuando te diga que hasta a los Van Daan los miro con otros ojos. Yo no comparto la idea preconcebida de los míos en lo que atañe a nuestras discusiones. ¿Cómo puedo haber cambiado tanto? Ya ves, se me ha ocurrido pensar que si mamá no hubiera sido lo que es, si hubiese sido una verdadera «Mammi», nuestras relaciones habrían resultado del todo diferentes. Desde luego, la señora Van Daan no es fina ni inteligente, pero me parece que si mamá fuera más dúctil, si demostrase más tacto en las conversaciones espinosas, más de

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