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como Ana, no tienen bajo

como Ana, no tienen bajo ningún pretexto el derecho de corregir a los mayores, sean cuales fueren sus errores, sus embustes o sus invenciones. Un tema predilecto de Koophuis y Henk es el de los que se ocultan, así como el de los movimientos clandestinos. No ignoran que todo cuanto concierne a nuestros semejantes y sus escondites nos interesa de modo prodigioso, que nos afligimos sinceramente cuando son atrapados, y saltamos de alegría cuando sabemos que un prisionero se ha escapado. El tema de las personas que se ocultan se ha tornado una costumbre tan cotidiana como antes el hábito de poner las pantuflas de papá debajo de la estufa. Son muchas las organizaciones como la «Holanda Libre», que urden falsos documentos de identidad, suministran dinero a las personas ocultas, preparan refugios, proveen de trabajo clandestino a los jóvenes. Quienes allí trabajan realizan una acción desinteresada, ayudan y permiten vivir a otros poniendo muchas veces en peligro su propia vida. El mejor ejemplo lo tengo aquí: el de nuestros protectores, que nos han sacado adelante hasta ahora, y que, espero, lograrán su objetivo hasta el final, porque deben resignarse a sufrir la misma suerte que nosotros en caso de denuncia. Nunca hacen alusión o se han quejado de la carga que, indudablemente, representamos para ellos. Todos los días suben a nuestra casa, hablan de negocios y de política con los hombres, de aprovisionamiento y de los fastidios de la guerra con las damas, de libros y de periódicos con los niños. En todo lo que les es posible, se muestran joviales, traen flores y regalos para los cumpleaños y días de fiesta, y están siempre dispuestos a sernos útiles. Jamás olvidaremos el valor heroico de quienes luchan contra los alemanes; pero existe también el valor de nuestros protectores, que nos demuestran tanto cariño y benevolencia. Se hacen correr los rumores más absurdos, pero, sin embargo, los hay que son verídicos. Esta semana, por ejemplo, el señor Koophuis nos ha contado que en la Gueldre hubo un partido de fútbol, uno de los equipos se componía exclusivamente de hombres que actuaban en la resistencia y el otro de miembros de la policía. En Hilversum se realizó una nueva distribución de tarjetas de racionamiento, haciendo acudir a quienes protegen a los que se encuentran ocultos a cierta hora para recoger sus tarjetas, que se hallaban sobre una mesita, discretamente apartadas. Hay que tener agallas para hacer eso en la nariz y en las barbas de los nazis. Tuya, ANA Jueves 3 de febrero de 1944 Querida Kitty: La fiebre de invasión ha ganado al país y aumenta de día en día. Si tú

estuvieras aquí, serías como yo: ora te dejarías impresionar por los preparativos extraordinarios, ora te burlarías de las personas que se excitan tanto, quizá, ¡quién sabe!, para nada. Todos los diarios se ocupan de lo mismo; la posibilidad de una invasión aliada enloquece a la gente completamente. Se leen artículos tales como éste: «En caso de desembarco de los ingleses en Holanda, las autoridades alemanas tomarán todas las medidas para la defensa del país; si es necesario, se recurrirá a la inundación». Distribuyen pequeños mapas geográficos de Holanda con las regiones a inundar. Como Amsterdam se encuentra en esta zona, nos preguntamos lo que sucedería con un metro de agua en las calles. Este problema difícil ha provocado las más variadas respuestas. — La marcha a pie y a bicicleta quedan descartadas; será menester cruzar penosamente. — ¡Qué va! Se irá a nado. Todo el mundo se pondrá en traje de baño, sin olvidar la gorra, y nadaremos bajo el agua todo lo posible; así, nadie verá que somos judíos. — ¡Ah, qué tontería! Me gustaría ver a las señoras nadando, cuando las ratas se pongan a morderles sus lindas piernas. (Un hombre, naturalmente, pero veremos quien grita más fuerte, él o nosotras). — Nunca podremos salir de la casa; el edificio es tan viejo, que se desplomará en cuanto comience la inundación. — Escuchen todos, y déjense de bromas. Vamos a arreglarnos para conseguir una pequeña lancha. — No vale la pena. No hay más que tomar un gran cajón, el embalaje de las latas de leche del desván, y remar con bastones. — Por mi parte, yo caminaré con zancos. Era campeón en mi juventud. — Henk van Santen no necesitará hacerlo; cargará a su mujer sobre los hombros y será Miep quien lleve los zancos. Ahora puedes forjarte una idea aproximada. Estas charlas son acaso divertidas en el momento, pero ello no ocurrirá así en la realidad. Ya se verá. El segundo problema que nos traería una invasión también ha sido discutido. ¿Qué hacer si los alemanes quieren evacuar Amsterdam? — Partir con todo el mundo disfrazándonos lo mejor posible, transformándonos. ¡Eso! — No partiremos bajo ningún pretexto. Lo único que hay que hacer es quedarse aquí. Los alemanes son capaces de trasladar a toda la población hasta