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1 week ago

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Alemania, y allí

Alemania, y allí dejar morir a todo el mundo. — Sí, naturalmente, nos quedaremos aquí. Es el lugar más seguro. Vamos a tratar de persuadir a Koophuis de que venga a habitar la casa con su familia. Trataremos de conseguir una bolsa de virutas y dormirán en el suelo. Miep y Koophuis podrían traer ya las frazadas. — Nos quedan treinta kilos de trigo; habrá que pedir más. Henk se ocupará de las legumbres secas; tenemos todavía alrededor de 30 kilos de porotos y 5 kilos de arvejas, y no olvidemos las 50 latas de hortalizas. — Mamá, ¿quieres hacer el inventario de las otras reservas? — Diez latas de pescado, 40 latas de leche, 10 kilos de leche en polvo, 3 botellas de aceite, 4 tarros de mantequilla salada, 4 latas de carne, 2 frascos de fresas, 2 frascos de frambuesa con grosellas, 20 botellas de tomates, 5 kilos de copos de avena, 4 kilos de arroz, y nada más. No está tan mal. Pero hay que pensar en alimentar a nuestros invitados, y, si transcurren varias semanas sin poder reaprovisionarnos, nuestras reservas parecerán menos importantes. Tenemos suficiente carbón y leña, así como velas. Cada cual va a coserse una bolsita para colgársela al cuello, destinada a guardar el dinero, en caso de partida. Habrá que redactar listas de las cosas que llevaríamos con nosotros si nos viéramos obligados a huir, y cada cual puede empezar ya a preparar una mochila. Cuando ese momento se avecine, dos de nosotros permanecerán en su puesto de observación, uno en la buhardilla trasera, el otro en la de la fachada. — Dime, ¿qué haremos de todas nuestras reservas si cortan el agua, el gas y la electricidad? — En tal caso, se cocinará en la estufa, con agua de lluvia hervida. Haremos una reserva de agua, comenzando por llenar todas las damajuanas. Oigo conversaciones de este tipo todo el día. La invasión por aquí, la invasión por allá, y las discusiones sobre el hambre, las bombas, los extintores, los jergones, los certificados de judíos, los gases asfixiantes, etc. No son cosa para animar a nadie. Una muestra más, si me permites, de las conversaciones de los hombres del anexo con Henk: Anexo: — Nosotros tememos que los alemanes, al dar media vuelta, arrastren a toda la población con ellos. Henk: — Imposible. No tienen tantos trenes a su disposición. A: — ¿Trenes? ¿Piensa usted que van a instalar a nuestros ciudadanos en pequeños vagones? Nada de eso. Les dirán que se sirvan de sus piernas como medio de transporte.

(Per pedes apostolorum, como dice siempre Dussel). H: — No lo creo. Ustedes lo ven todo demasiado tétrico... ¿Qué interés pueden tener en arrastrar a toda la población? A: — ¿Ha olvidado usted lo que dijo Goebbels? «Si se nos obliga a retirarnos, cerraremos también la puerta de todos los territorios ocupados». H: — Ellos han dicho muchas otras cosas. A: — ¿Cree usted a los alemanes demasiado nobles o demasiado caritativos para tal acción? Seguramente piensan así: «Si nosotros debemos perecer, todos los que están bajo nuestra dominación perecerán con nosotros». H: — Digan ustedes lo que quieran, yo no lo creo. A: — Siempre la misma historia: no darnos cuenta del peligro hasta que se nos echa encima. H: — Después de todo, tampoco ustedes saben nada en concreto. Todo eso no son más que suposiciones. A: — Nosotros ya hemos pasado por eso, en Alemania primero, aquí después. ¿Y qué sucede en Rusia? H: — Olviden ustedes por un instante la cuestión de los judíos. Yo creo que nadie sabe lo que pasa en Rusia. Los ingleses y los rusos actúan como los alemanes: exageran para hacer propaganda. A: — No lo creemos. La radio inglesa ha dicho siempre la verdad. Aun admitiendo que sus transmisiones son exageradas, eso no le impediría a usted reconocer la realidad. Porque no se puede negar el hecho de que millones de personas inocentes son asesinadas o asfixiadas con gases, sin ninguna contemplación, lo mismo en Rusia que en Polonia. Te ahorraré nuestras otras conversaciones. Por mi parte, me siento muy tranquila, y no presto atención alguna a ese revuelo que hay a mí alrededor. Tanto me da vivir o morir. Ahí tienes a lo que he llegado. El mundo no va a dejar de girar por mi causa y, de cualquier modo, no seré yo quien cambie los acontecimientos. Sólo me resta ver venir las cosas. No me ocupo más que de mis estudios, y confío en que el final será bueno. Tuya, ANA Sábado 12 de febrero de 1944 Querida Kitty: El sol brilla, el cielo es de un azul intenso, el viento es agradable, y yo tengo unas ganas locas — unas ganas locas— de todo... De charlar, de