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10 months ago

el_diario_de_ana_frank

diario

libertad,

libertad, de amigos, de soledad. Tengo unas ganas locas... de llorar. Querría estallar. Las lágrimas me apaciguarían, lo sé, pero soy incapaz de llorar. No me quedo quieta, voy de una habitación a otra, me detengo para respirar a través de la rendija de una ventana cerrada, y mi corazón late como si dijera: «Pero, vamos, satisface de una buena vez mi deseo...... Creo sentir en mí la primavera, el despertar de la primavera; lo siento en mi cuerpo y en mi alma. Me cuesta lo indecible portarme como de costumbre, tengo la cabeza enmarañada, no sé qué leer, qué escribir, qué hacer. Sólo sé que me invade una gran ansiedad. Tuya, ANA Domingo 13 de febrero de 1944 Querida Kitty: Desde ayer, muchas cosas han cambiado en mí. Escucha. Yo sentía una ansiedad terrible — la tengo aún—, pero... me siento un poco, muy poco vagamente apaciguada. Noté esta mañana — seré honesta— que, con gran alegría de mi parte, Peter no ha dejado de mirarme de cierta manera. De una manera muy distinta a la habitual; no podría explicártelo de otra forma. Siempre pensé que Peter estaba enamorado de Margot, y ahora, de repente, tengo la sensación de que me equivocaba. No lo he mirado durante el día, adrede; al menos, no mucho, pues cada vez que lo hacía me encontraba con su mirada clavada en mí, y además... además es verdad, un sentimiento maravilloso me ha impedido mirarlo demasiado a menudo. Querría estar sola, completamente sola. Papá no ha dejado de notar que algo me pasa, pero me sería imposible contárselo todo. Querría gritar: «Déjenme en paz, déjenme sola». ¡Quién sabe! Acaso un día estaré más sola de lo que desearía. Tuya, ANA Lunes 14 de febrero de 1944 Querida Kitty: El domingo a la noche, con excepción de Pim y yo, todo el mundo escuchaba «La Música Inmortal de los Maestros Alemanes». Dussel movía constantemente los botones del aparato, lo que fastidiaba a Peter, y, desde luego, también a los demás. Después de una media hora de nerviosidad contenida. Peter le rogó más o menos irritado que dejara de hacerlo. Dussel

contestó con su tonillo desdeñoso: «Estoy arreglándolo». Peter se enfadó, repuso con insolencia, y fue apoyado por Van Daan; Dussel se vio obligado a ceder. Eso fue todo. Este incidente no tiene nada de extraordinario en sí, pero parece que Peter se lo tomó a pecho. En todo caso, esta mañana vino al desván, donde yo estaba revolviendo en un cajón de libros, para hablarme de ello. Como yo no sabía nada, lo escuché con atención, lo que hizo que Peter diera rienda suelta a sus sentimientos. — Y ya ves — dijo él—, por lo general me callo, porque sé anticipadamente que nunca consigo dar con las palabras en un caso semejante. Empiezo a tartamudear, enrojezco, y lo digo todo al revés; a la larga, no tengo más remedio que interrumpirme, porque no logro decir lo que quiero. También ayer sucedió así. Quería decir otra cosa. Pero, una vez lanzado, perdí el hilo de mis ideas, y eso es terrible. Antes tenía una mala costumbre, que te aseguro me gustaría recuperar: cuando alguien me hacía rabiar, utilizaba los puños más que las palabras. Ya sé que esa manera de proceder no me llevará a nada. Por eso te admiro a ti. Dices las cosas sin rodeos. Le dices a la gente lo que tienes que decirle. No tienes nada de tímida. — Te equivocas — respondí—. La mayoría de las veces digo las cosas de una manera totalmente distinta a como me proponía hacerlo. Luego, una vez arrastrada, hablo demasiado. Es un mal que tú desconoces. Me reí para mis adentros al pronunciar estas últimas palabras. Pero quise tranquilizarlo, sin que notara mi alegría; tomé un almohadón para sentarme en el suelo, las rodillas en el mentón, y le miré atentamente. Estoy verdaderamente encantada: el anexo alberga, pues, a alguien que sufre las mismas crisis de furor que yo. Peter parecía visiblemente aliviado por poder criticar a Dussel; sabía que yo no lo delataría. En cuanto a mí, pasé un momento delicioso, sintiendo que me comunicaba con él de una manera que sólo había conocido con algunas amigas, en otro tiempo. Tuya, ANA Miércoles 16 de febrero de 1944 Querida Kitty: Es el cumpleaños de Margot. A las doce y media, Peter vino a admirar los regalos que habíamos preparado. Se entretuvo charlando más tiempo que de costumbre, lo que no habría hecho de haberse tratado de una simple visita de cortesía. Por la tarde,

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