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6 months ago

el_diario_de_ana_frank

diario

fui a buscar

fui a buscar el café y también las papas, pues me parece bien agasajar a Margot al menos una vez al año. Peter quitó enseguida de la escalera sus papeles, para dejarme paso, y yo le pregunté si quería que cerrara la puerta del desván. — Sí — me contestó—, es preferible. Al volver, no tienes más que golpear: yo te abriré. Dándole las gracias, subí a la buhardilla, donde pasé diez buenos minutos eligiendo en el gran tonel las patatas más pequeñas. Me dolía la cintura y empezaba a sentir frío. Naturalmente, no golpeé, y abrí yo misma la puerta; sin embargo, él acudió a mi encuentro y, muy servicial, se encargó de la cacerola. — He buscado empeñosamente — dije yo—, pero no las he encontrado más pequeñas. — ¿Has mirado en el tonel grande? — Sí, he metido bien las manos y lo he revuelto todo. Cuando llegué al pie de la escalera, Peter, cacerola en mano, se detuvo para examinarla bien. — ¡Ah, es un buen trabajo! — dijo. Y en el momento en que le tomaba el recipiente, añadió: — ¡Excelente! Al decir eso, su mirada fue tan tierna, tan cálida, que me enternecí también. Me daba cuenta de que él quería resultar agradable, y como no sabe ser elocuente, puso en su mirada todo el sentimiento. ¡Cómo le comprendo y cuánto se lo agradezco! En este mismo instante sigo sintiéndome feliz al evocar sus palabras y la dulzura de sus ojos. Mamá hizo notar que no había allí bastantes patatas para la cena. Muy dócil, me brindé para la segunda expedición. Al llegar nuevamente hasta la puerta de Peter, me disculpé por molestarlo dos veces seguidas. El se levantó, se situó entre la escalera y el muro, me tomó por el brazo y me cerró el camino. — Para mí no es una molestia. Yo lo haré. Le dije que no valía la pena, que esta vez no necesitaba elegir patatas chicas. Convencido, me soltó el brazo. Pero al regreso, vino a abrirme la escotilla y, nuevamente, me tomó la cacerola de las manos. En la puerta, le pregunté: — ¿Qué estudias en este momento? — Francés — fue la respuesta.

Le pregunté también si no quería mostrarme sus lecciones y, después de haberme lavado las manos, me senté en el diván. Le di algunas indicaciones para su lección, y luego nos pusimos los dos a charlar. Me contó que, más adelante, querría ir a las Indias Holandesas y vivir en una plantación. Habló de su familia, del mercado negro; pero terminó por decir que se sentía completamente inútil. Le dije que parecía sufrir un fuerte complejo de inferioridad. El habló también de los judíos, diciendo que le habría resultado mucho más cómodo ser cristiano y preguntándome si no podía pasar por tal después de la guerra. Le pregunté si es que quería hacerse bautizar, pero no se trata de eso. En su opinión, después de la guerra, nadie sabrá si es judío o cristiano. Durante un segundo sentí el corazón oprimido: ¡Qué lástima que él no logre todavía desprenderse de un resto de doblez! Por lo demás, nuestra conversación fue agradable. Hablamos de papá, de la humanidad y de muchas otras cosas, que ya ni siquiera recuerdo exactamente. No me fui hasta las cuatro y media. Por la noche, volvió a decir algo muy bonito. Se vinculaba a una foto de artista que yo le había regalado y que pende de la pared de su cuarto desde hace más de un año y medio. Puesto que le gusta tanto, yo lo invité a escoger algunas otras de artistas de mi colección. — No — repuso él—. Prefiero tenerla sola a ella; la veo todos los días, y se ha transformado en mi amiga. Ahora comprendo mejor por qué abraza a Mouschi con tanta frecuencia. Se ve que él también siente necesidad de ternura. Luego dijo también (iba a olvidarlo): No conozco el miedo. Sólo me asustan mis propios defectos. Pero pienso en ellos cada vez menos. El complejo de inferioridad de Peter es verdaderamente terrible. Se cree siempre estúpido, mientras que Margot y yo seríamos extraordinariamente inteligentes. No sabe cómo agradecerme cuando lo ayudo a estudiar francés. Tengo la firme intención de decirle un día: «¡Cállate de una vez, estás mucho más fuerte que nosotras en inglés y geografía!». Tuya, ANA Viernes 18 de febrero de 1944 Querida Kitty: Cada vez que subo al desván por una u otra razón, deseo ardientemente verlo a «él». En suma, mi vida aquí ha mejorado; porque, ahora, tiene un

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