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1 week ago

el_diario_de_ana_frank

diario

inconscientemente,

inconscientemente, trataba de olvidar el vacío que sentía divirtiéndome así. Mientras que ahora miro las cosas de frente y estudio. Aquel período de mi vida terminó irrevocablemente. Los años de escuela, su tranquilidad y su despreocupación, nunca más volverán. Los he superado y ya no los deseo; sería incapaz de seguir pensando únicamente en la diversión; una pequeña parte de mí exigiría siempre cierta seriedad. Puedo ver mi vida, hasta este instante a través de una lupa despiadada. Primero, nuestra casa bañada de sol; luego, aquí desde 1942, el brusco cambio, las disputas, las reprimendas, etc. Me tomaron desprevenida, como si hubiera recibido un mazazo, y, para darme ánimo, me volví insolente. La primera parte de 1943: crisis de lágrimas, soledad infinita, lenta comprensión de todos mis defectos que, graves ya, parecían agravarse aún más. Durante todo el día hablaba sin cesar, tratando de poner a Pim de mi parte. No lo conseguí. Me hallaba sola ante la difícil tarea de cambiarme a mí misma, con el fin de no seguir provocando reproches; porque éstos me deprimían y me desesperaban. La segunda parte del año fue un poco mejor; me transformé en jovencita, y los mayores comenzaron a considerarme más bien como uno de ellos. Empecé a reflexionar, a escribir cuentos. Por fin comprendí que los demás no tenían ya el derecho de utilizarme como una pelota de tenis, enviándome a un lado y a otro. Decidí cambiar y formarme según mi propia voluntad. Pero lo más difícil fue confesarme que ni siquiera papá sería nunca mi confidente en todas las cosas. Ya no podría tener confianza en nadie, salvo en mí misma. Después de Año Nuevo, otro cambio: mi anhelo... Deseaba tener a un muchacho como amigo, y no a una muchacha. Había descubierto también la dicha, bajo mi caparazón de superficialidad y alegría. De tiempo en tiempo, al volverme más seria, me sentía consciente de un deseo sin límites por todo lo que es belleza y bondad. Y por la noche, en la cama, al terminar mis rezos con las palabras: «Gracias, Dios mío, por todo lo que es bueno, amable y hermoso», mi corazón se regocija. Lo «bueno» es la seguridad de nuestro escondite, de mi salud intacta, de todo mi ser, Lo «amable» es Peter, es el despertar de una ternura que nosotros sentimos, sin osar todavía, ni el uno ni el otro, nombrarla o tan siquiera rozarla, pero que se revelará: el amor, el porvenir, la felicidad. Lo «hermoso», es el mundo, la naturaleza, la belleza y todo cuanto es exquisito y admirable. No pienso ya en la miseria, sino en la belleza que sobrevivirá.

He ahí la gran diferencia entre mamá y yo. Cuando se está desalentado y triste, ella aconseja: — ¡Pensamos en las desgracias del mundo, y alegrémonos de estar al abrigo!. Y yo, por mi parte aconsejo: — Sal, sal a los campos, mira la naturaleza y el sol, ve al aire libre y trata de reencontrar la dicha en ti misma y en Dios. Piensa en la belleza que se encuentra todavía en ti y a tu alrededor. ¡Sé dichosa! En mi opinión, el consejo de mamá no conduce a nada, porque ¿qué hay que hacer cuando nos encontramos en desgracia? ¿No salir de ella? En tal caso, estaríamos perdidos. En cambio, juzgo que volviéndonos hacia lo que es bello — la naturaleza, el sol, la libertad, lo hermoso que hay en nosotros— nos sentimos enriquecidos. Al no perder esto de vista, volvemos a encontrarnos en Dios, y recuperamos el equilibrio. Aquel que es feliz puede hacer dichosos a los demás. Quien no pierda el valor ni la confianza, jamás perecerá en la calamidad. Tuya, ANA Domingo 12 de marzo de 1944 Querida Kitty: En estos últimos días, no me quedo quieta nunca, ya no me siento; es un vaivén perpetuo, de mi cuarto al desván. Me alegra mucho hablar con Peter, pero tengo mucho miedo de molestarlo. Él ha vuelto a hablarme del pasado de sus padres y de sí mismo. Eso no me basta, y me pregunto por qué deseo más. Al principio, Peter me consideraba insoportable, y la impresión era recíproca. Ahora, yo he cambiado de parecer, ¿le ha sucedido a él lo mismo? Pienso que sí, mas eso no significa que ya seamos verdaderos camaradas, lo que para mí haría infinitamente más soportable nuestra permanencia aquí. No debería atormentarme; me ocupo de él bastante a menudo, de manera que no necesito entristecerte con mi pesar. Pero te confieso que me siento sobre ascuas. El sábado en la tarde, después de haberme llegado de afuera una serie de malas noticias, me sentí tan trastornada, que me tendí en mi diván para dormir un poco. Sólo podía dormir, con el fin de no pensar. Sueño profundo hasta las cuatro, después de lo cual me reuní con los demás. Me costó mucho contestar a todas las preguntas de mamá; para papá tuve que alegar un dolor de cabeza, con el fin de explicar mi siesta. En suma, no mentí: tenía un dolor de cabeza, aunque... ¡interno!

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