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el_diario_de_ana_frank

diario

«Se trata

«Se trata de terminar mi tesis a tiempo. La situación política es prometedora. Nunca nos atraparán. Es imposible». En cuanto a mí, yo...... Tuya, ANA Miércoles 15 de marzo de 1944 Querida Kitty: Todo el santo día se repite, poco más o menos: «En caso de que esto o aquello suceda, tendremos dificultades; o si alguno cayera enfermo, estaríamos solos en el mundo, y si.....» En fin, tú empiezas a comprender y a adivinar cómo terminan todas estas conversaciones en el anexo. La causa de todos estos «si, si...» es que el señor Kraler ha sido compelido a trabajar la tierra; Elli está afligida de un resfriado serio y probablemente tendrá que quedarse en su casa mañana; Miep no se ha curado todavía de su gripe, y Koophuis sufrió otra hemorragia del estómago. Una triste letanía. Mañana los hombres del depósito tendrán asueto todo el día. En caso de que Elli no venga, la puerta de entrada quedará rigurosamente cerrada; tendremos que cuidar mucho los ruidos, para que los vecinos no oigan nada. Henk vendrá a ver a las fieras a la una, e interpretará pues, el papel de guardián del Jardín Zoológico. Por primera vez durante mucho tiempo, nos ha hablado de lo que ocurre en el mundo exterior. Había que vernos, sentados en corro a su alrededor, exactamente como una imagen que ostenta el epígrafe: «Cuando abuelita cuenta un cuento». Ha hablado, ante un público muy interesado naturalmente sobre el racionamiento y, a pedido nuestro, del médico de Miep: — ¡El médico! ¡No me hablen de ese médico! Le he telefoneado esta mañana, y he tenido que contentarme con pedir un remedio contra la gripe a una insignificante enfermera. Ella me respondió que había que ir a buscar las recetas por la mañana, entre las ocho y las nueve. En cuanto al médico, no acude al teléfono sino en caso de gripe muy seria, y le dice a uno: «¡Saque la lengua y diga aah! Sí, lo oigo. Tiene usted la garganta inflamada. Le preparo una receta; podrá usted dársela al farmacéutico. Buenos días, señor». Es así. Los médicos no se molestan: servicio exclusivo por teléfono. No quiero reprochar nada a los médicos. Al fin y al cabo, sólo tienen dos manos, como nosotros, y con los tiempos que corren su número ha disminuido y se sienten abrumados. Pero Henk nos ha hecho reír con su conversación telefónica. Puedo imaginar la sala de espera de un médico en tiempo de guerra. No son ya los enfermos de la obra social a quienes se desprecia, sino a

los que se presentan por el menor malestar y que son mirados de arriba abajo, pensando: «¿Qué viene usted a buscar aquí? Haga cola, si quiere, usted también. Los enfermos verdaderos tienen prioridad». Tuya, ANA Jueves 16 de marzo de 1944 Querida Kitty: Hace un tiempo hermoso, indescriptiblemente hermoso; no veo la hora de ir al desván. Será dentro de un momento. No es extraño que Peter esté mucho más tranquilo que yo. Tiene su propia habitación, en la cual estudia, reflexiona, sueña y duerme; mientras que yo, yo soy empujada de un lado para otro. Es raro que me encuentra sola en este cuarto obligadamente compartido, cuando tengo tanta necesidad de estar sola. De ahí mis escapadas al desván, donde me encuentre a mí misma por un instante, aparte de los momentos pasados contigo. Pero basta de aburrirte con mis quejas. Al contrario, estoy bien resuelta a ser valerosa. Gracias a Dios, los demás no pueden adivinar lo que sucede en mí; salvo que de día en día estoy más distante de mamá, soy menos cariñosa con papá y ya no siento deseos de hacerle a Margot la menor confidencia. Me he vuelto hermética. Ante todo, se trata para mí de conservar mi aplomo exterior, con el fin de no dejar traslucir este interminable conflicto interior. Conflicto entre mi corazón y mi cerebro. Hasta ahora, es este último quien ha salido victorioso. Pero, ¿no va a mostrarse aquél más fuerte? ¡Lo temo, a veces, y lo deseo a menudo! ¡Oh, qué difícil es no dejar escapar nada delante de Peter! Sin embargo, a él le toca empezar. Resulta penoso, al cabo de cada día, no haber visto nunca realizarse todas las conversaciones ya materializadas en mis sueños. Sí, Kitty, Ana es extraña, pero la época en que vivo también es extraña, y las circunstancias son más extrañas todavía. La cosa más maravillosa, y ya es algo, es poder escribir todo lo que siento; si no, me ahogaría. Querría saber lo que Peter piensa de todo esto. No pierdo la esperanza de que un día podamos comentarlo juntos. Sin embargo, él tiene que haberme adivinado, por poco que sea, pues a Ana, tal como ella se muestra — y hasta el momento el no conoce más que a ésa—, él no podría amarla jamás. ¿Cómo podría, él tan partidario de la tranquilidad y el reposo, simpatizar conmigo, que no soy más que torbellino y estruendo? ¿Sería el primero y el único en el mundo que habría mirado detrás de mi máscara de cemento? ¿Y la arrancará pronto? ¿No dice un viejo proverbio que a menudo el amor nace de la compasión y que los dos andan de la mano? Es exactamente mi caso,