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el_diario_de_ana_frank

diario

estas cartas.

estas cartas. Naturalmente, todas las opiniones sobre tal cuestión difieren y, como es lógico, sólo se habla de eso en época de guerra. Pero... para los mayores es tema de perpetuas disputas, lo que resulta estúpido. Que rían, que hablen, que apostrofen, que se encaprichen, que hagan lo que les cuadre, mientras mojen el pan en su propia salsa, eso no hace daño a nadie; ¡bueno!, pero que dejen de pelearse, porque las consecuencias son por lo general desagradables. La gente trae de afuera muchas noticias falsas; en cambio, nuestra radio todavía no ha mentido, hasta ahora. Henk, Miep, Koophuis y Kraler cambian de humor según la política del día. A ratos son optimistas, a ratos pesimistas. Henk es el más estable de todos. En cuanto al anexo, el clima político general cambia muy poco. Las innumerables discusiones sobre el desembarco, los bombardeos, los discursos, etc., provocan exclamaciones tales como: — ¡Imposible! — Por Dios santo, si aún están en los preparativos, ¿qué va a ser de nosotros? — Las cosas marchan cada vez mejor. — Me parece muy bien. Es excelente. Optimistas y pesimistas, y no olvidemos a los realistas, todos se desgañitan con la misma energía infatigable para exponer su opinión y cada uno cree ser el único que tiene razón, lo que no es ninguna novedad. Cierta señora se enfada constantemente por la confianza desmesurada que su marido dispensa a los ingleses, y cierto señor ataca a su esposa por sus reticencias desdeñosas con respecto a su Inglaterra bien amada. Nunca se cansan de ello. Yo lo utilizo hasta como medio, con resultados infalibles, pues dan respingos como si hubieran sido picados por una avispa. Dejo caer una sola palabra, hago una sola pregunta, una frase basta para hacer perder la cabeza a toda la familia. Como si ya no estuviéramos saturados con las transmisiones alemanas de la Wehrmacht y la B.B.C., desde hace un tiempo se nos aflige con informes sobre el avance aéreo. Es muy hermoso, pero no hay que olvidar el reverso de la medalla. Los ingleses hacen de su radio un arma de propaganda constante, para rivalizar únicamente con los embustes alemanes, sirviéndose de los mismos medios. Desde entonces, se conecta la radio tan pronto como despertamos, luego a cada hora propicia, de la mañana a la noche, hasta las nueve, y a menudo hasta las diez o las once. Lo que prueba que los mayores son muy pacientes, y también, que la capacidad de absorción de sus mentes es

astante limitada, salvo algunas excepciones, y no quiero ofender a nadie. Estaríamos suficientemente informados durante el día con una sola transmisión, con dos como máximo. Pero esos viejos obstinados... ¡bueno, tú ya sabes lo que pienso de ellos! El programa de los trabajadores, la emisión holandesa de ultramar, Frank Phillips o Su Majestad la Reina Guillermina, a cada uno le llega su turno, no se olvidan de nadie. Y cuando no están a la mesa o acostados, se amontonan alrededor de la radio para hablar de comestibles, insomnios y política. ¡Oh, es interminable! Se trata de no volverse como ellos. ¡Ojo con la vejez! No obstante, los viejos de aquí no tienen gran cosa que temer. Te doy como ejemplo una escena durante el discurso de Winston Churchill, querido por todos nosotros. Domingo por la noche, a las nueve. La tetera está sobre la mesa, y los invitados hacen su entrada. Dussel se instala a la izquierda de la radio, el señor Van Daan delante y Peter al otro lado del receptor. Mamá al lado del señor, y la señora detrás. En la mesa, Pim, flanqueado por Margot y por mí misma. Los caballeros contienen la respiración. A Peter se le cierran los ojos por el esfuerzo por comprenderlo todo. Mamá está vestida con un largo batón negro; haciendo caso omiso del discurso, rugen los aviones en ruta hacia el Ruhr y hacen estremecer a la señora; Margot y yo estamos tiernamente unidas por Mouschi, dormido sobre una rodilla de cada una de nosotras; y papá sobre su té. Margot tiene puestos los rizadores; yo estoy en camisón, demasiado corto y demasiado estrecho para mí. Al vernos, se diría. «¡Qué familia tan unida, qué intimidad, qué paz!». Por una vez es verdad. Pero noto con terror que llega el final del discurso. Los mayores apenas si pueden esperarlo, tiemblan de impaciencia, en su anhelo de discutir tal o cual pormenor. Grr, grr, grr... Una corriente de provocaciones, aún imperceptible; a la que seguirá la discusión, y la discordia. Tuya, ANA Martes 28 de marzo de 1944 Mi muy querida Kitty: Podría escribir de política páginas y páginas, pero tengo muchas otras cosas que contarte. Hoy, mamá me ha hecho notar que mis visitas a los pisos superiores eran demasiado frecuentes; según ella, yo estaría poniendo celosa a la señora Van Daan. Otra cosa Peter ha invitado a Margot a unirse a nosotros. ¿Por cortesía? ¿O le interesa de veras? Lo ignoro. He ido, pues a preguntarle a papá si le parecía que debía preocuparme por los posibles celos de la señora; a él le ha parecido que no. Entonces, ¿qué? Mamá está enfadada y

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