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6 months ago

el_diario_de_ana_frank

diario

Nuestra respiración se

Nuestra respiración se había cortado. Ocho corazones latían a punto de romperse, al oírse los pasos en la escalera y las sacudidas en la puertaarmario. Este instante es indescriptible. Ahora estamos perdidos pensé, viéndonos a todos llevados por la Gestapo aquella misma noche. Tiraron de la puerta- armario dos veces, tres veces. Algo cayó, y los pasos se alejaron. Hasta entonces, estábamos salvados; oí un castañeteo de dientes, no sé dónde; nadie dijo palabra. El silencio reinaba en la casa, pero había luz al otro lado de la puerta disimulada, visible desde nuestro rellano. ¿Les había parecido misterioso aquel armario? ¿Se había olvidado la policía de apagar la luz? Nuestras lenguas se desataron; ya no había nadie en la casa, quizá un guardián ante la puerta... Recuerdo tres cosas: habíamos agotado todas las suposiciones, habíamos temblado de terror, y todos necesitábamos ir al W.C. Los baldes estaban en el desván, y sólo el cesto de papeles de Peter de latón podía servirnos para ese menester. Van Daan fue el primero en pasar. Le siguió papá. Mamá tenía demasiada vergüenza. Papá llevó el recipiente al dormitorio donde Margot, la señora y yo, bastante contentas, lo utilizamos, y mamá también, al fin de cuentas. Todos pedían papel; afortunadamente, yo tenía algo en el bolsillo. Hedor del recipiente, cuchicheos... Era medianoche, y estábamos todos fatigados. — Tiéndanse en el suelo y traten de dormir. Margot y yo recibimos cada una un almohadón y una manta; ella se puso delante del armario, y yo debajo de la mesa. En el suelo, el hedor era menos terrible; sin embargo, la señora fue discretamente a buscar un poco de cloro y un repasador para tapar el recipiente. Cuchicheos, miedo, hedor, pedos y alguien sobre el recipiente a cada minuto: trata de dormir así. De tan fatigada, caí en una especie de sopor alrededor de las dos y media, y no oí nada hasta una hora después. Me desperté con la cabeza de la señora sobre uno de mis pies. — Siento frío. ¿No tiene usted, por favor, algo para echarme sobre los hombros? — pregunté. No preguntes lo que recibí: un pantalón de lana sobre mi pijama, un suéter rojo, una falda negra y calcetines blancos. Enseguida... la señora se instaló en la silla, y el señor se tendió a mis pies. A partir de ese momento, me puse a pensar, temblando incesantemente, de suerte que Van Daan no pudo dormir. La policía iba a volver. Yo estaba preparada para ello. Tendríamos que decir por qué nos ocultábamos. O tropezaríamos con buenos holandeses y estaríamos salvados, o tendríamos que habérnoslas con nazis, cuyo silencio

trataríamos de comprar. — Hay que ocultar la radio — suspiró la señora. — Tal vez en el horno — repuso el señor. — ¡Bah! Si nos descubren, encontrarán la radio también. — En tal caso, encontrarán el diario de Ana — agregó papá. — Deberías quemarlo — propuso la más miedosa de todos nosotros. Estas palabras y las sacudidas a la puerta-armario fueron para mí los instantes más terribles de esta velada. ¡Mi diario no! ¡Mi diario no será quemado sino conmigo! Papá ya no replicó nada... afortunadamente. Se dieron un montón de cosas. Repetir todo aquello no tendría sentido. Consolé a la señora Van Daan que estaba muerta de miedo. Hablamos de huida, de interrogatorios por la Gestapo, de arriesgarse o no hasta el teléfono, y de valor. — Ahora debemos portarnos como soldados, señora. Si nos atrapan, sea, nos sacrificaremos por la reina y la patria, por la libertad, la verdad y el derecho, como proclama constantemente la emisión holandesa de ultramar. Pero arrastraremos a otros en nuestra desgracia, eso es lo más atroz. Después de una hora, el señor Van Daan cedió de nuevo su sitio a la señora, y papá se puso a mi lado. Los hombres fumaban sin cesar, interrumpidos de tiempo en tiempo por un profundo suspiro, luego una pequeña necesidad, y así sucesivamente. Las cuatro, las cinco, las cinco y media... Me levanté para reunirme con Peter en el puesto de vigía, ante su ventana abierta. Así, tan cerca el uno del otro, podíamos notar los temblores que recorrían nuestros cuerpos; de vez en cuando nos decíamos alguna palabra, pero, por sobre todo, escuchábamos. A las siete, ellos quisieron telefonear a Koophuis para que mandase a alguien aquí. Anotaron lo que iban a decirle. El riesgo de hacerse oír por el guardián apostado ante la puerta era grande, pero el peligro de la llegada de la policía era más grande aún. Se concretaron a esto: Robo: visita de la policía, que ha penetrado hasta la puerta-armario, pero no más lejos. Los ladrones, al parecer estorbados, forzaron la puerta del depósito y huyeron por el jardín. Como la entrada principal estaba con cerrojo, sin duda, Kraler había salido en la víspera por la otra puerta de entrada. Las máquinas de escribir y la de