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8 months ago

el_diario_de_ana_frank

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calcular están a salvo

calcular están a salvo en el gran bargueño del despacho privado. Avisar a Henk que pida la llave a Elli, y se traslade a la oficina, adonde entrará so pretexto de dar de comer al gato. Todo salió a pedir de boca. Telefonearon a Koophuis y trasladaron las máquinas de escribir desde nuestra casa al bargueño. Luego se sentaron alrededor de la mesa a esperar a Henk o a la policía. Peter se había dormido. El señor Van Daan y yo quedamos tendidos en el suelo hasta oír un ruido de pasos firmes. Me levanté suavemente: — Es Henk. — No, no, es la policía — respondieron los demás. Golpearon a nuestra puerta. Miep silbó. La señora Van Daan ya no podía más, estaba pálida como una muerta, inerte en su silla, y seguramente se habría desmayado si la tensión hubiera durado un minuto más. Cuando llegaron Miep y Henk, nuestra habitación era una pintura; sólo la mesa merecía una foto. Sobre la revista Cine y Teatro, abierta en una página consagrada a las bailarinas, había mermelada y un medicamento contra la diarrea; además, en revoltijo, dos potes de dulce, un mendrugo grande y otro chico, un espejo, un peine, fósforos, ceniza, cigarrillos, tabaco, un cenicero, libros, un calzón, una linterna de bolsillo, papel higiénico, etcétera. Naturalmente, Henk y Miep fueron acogidos con lágrimas de alegría. Henk, después de haber arreglado la tronera en la puerta, se puso en camino para avisar a la policía del robo. Después de eso, era su intención hablar con el guardián de noche Slagter, que había dejado cuatro palabras para Miep, diciendo que había visto la puerta estropeada y que había avisado a la policía. Disponíamos, pues, de una media hora para refrescarnos. Jamás he visto producirse un cambio tan grande en tan poco tiempo. Después de haber rehecho las camas, Margot y yo hicimos cada cual una visita al W.C.; luego nos cepillamos los dientes, nos lavamos y nos peinamos. Enseguida puse en orden el dormitorio, y muy pronto subí hasta el alojamiento de los Van Daan. La mesa estaba ya bien limpia; prepararon el té y el café, hicieron hervir la leche — iba a ser enseguida la hora del desayuno— y nos pusimos a la mesa. Papá y Peter estaban ocupados en vaciar el papelero de latón y en limpiarlo con agua y cloro. A las once, ya de vuelta Henk, estábamos todos sentados alrededor de la mesa, agradablemente, y, poco a poco, empezábamos a volver a la normalidad. Henk contó: Slagter dormía aún, pero su mujer repitió el relato de su marido: al hacer su ronda por los muelles, había descubierto el agujero de la puerta; buscó — por tanto— a un agente, y juntos recorrieron el inmueble; vendría a

ver a Kraler el martes para contarle lo demás. En la comisaría aún no estaban al tanto del robo; tomaron nota para venir el martes. Al pasar, Henk, se había detenido en casa de nuestro proveedor de patatas, que vive muy cerca de aquí, y le había hablado del robo. Ya lo sé — dijo éste lacónicamente—. Al regresar anoche con mi mujer, vi un agujero en la puerta. Mi mujer iba a proseguir sin prestar atención, pero yo saqué mi linterna de bolsillo y miré adentro. Los ladrones iban a escapar en ese momento. Para mayor seguridad, preferí no telefonear a la policía. Pensé que era mejor para ustedes. Yo no sé nada, y no me mezclo en nada, pero sospecho algo. Henk le agradeció y partió. Este hombre sin duda sospecha de los clientes a quienes son entregadas sus patatas, porque él las trae siempre a la hora del almuerzo. ¡Un tipo decente! Henk se fue alrededor de la una; para entonces ya habíamos terminado de lavar los platos. Todo el mundo se fue a dormir: Me desperté un cuarto para las tres, y noté que Dussel había desaparecido. Aún adormilada, encontré por casualidad a Peter en el baño, y nos citamos en la oficina. Me arreglé un poco antes de ir: — ¿Quieres arriesgarte hasta el desván de adelante? — me preguntó él. Accedí, tomé mi almohadón al pasar, y en marcha. El tiempo era espléndido, bien pronto las sirenas comenzaron a rugir; nosotros no nos habíamos movido. Peter puso su brazo alrededor de mis hombros, yo hice otro tanto, y nos quedamos así el uno en los brazos del otro, muy tranquilos, hasta que Margot nos llamó para el café de las cuatro. Comimos nuestro pan, bebimos la limonada y gastamos bromas, como si nada hubiera ocurrido, y todo volvió a quedar en orden. Por la noche, felicité a Peter por haber sido el más valeroso de todos. Ninguno de nosotros había visto el peligro tan de cerca como la noche anterior. Dios debe de habernos protegido particularmente. Reflexiona un momento: la policía ante la puerta-armario, bajo la luz eléctrica, y nuestra presencia pasó inadvertida. En caso de invasión y de bombardeo, todos y cada uno hallarán la manera de defenderse, pero nosotros, aquí, estamos paralizados de angustia, no sólo por nosotros mismos, sino también por nuestros inocentes protectores. «Nos hemos salvado. ¡Salvados de nuevo!». Es todo cuanto podemos decir. Esta aventura ha traído bastantes cambios. El señor Dussel, de ahora en adelante, ya no trabajará en la oficina de Kraler, sino en el baño. Peter hará una ronda a las ocho y media, y otra a las nueve y media de la noche. No más ventana abierta en su cuarto durante la noche. Se prohíbe apretar la des— carga del W.C. a partir de las nueve y media. Esta tarde vendrá un carpintero para reforzar las puertas del depósito.

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