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setenta años! Aquí nos

setenta años! Aquí nos hemos repuesto un poco de la emoción, pero confiamos en que la guerra termine antes de fin de año. ¡Ya es hora! La señora Van Daan nos aburre con sus tonterías; ahora que no puede volvernos locos con el tema de la invasión, la emprende con el mal tiempo todo el santo día. ¡Habría que meterla en una tina llena de agua fría! Todos los habitantes del anexo, excepto Van Daan y Peter, han leído la trilogía Rapsodia húngara, que trata sobre la vida del compositor, músico eximio y niño prodigio que fue Franz Liszt. Es un libro muy interesante, pero opino que en él se habla demasiado de mujeres. En su tiempo, Liszt fue no sólo el más grande y famoso pianista, sino también el mayor don Juan... hasta la edad de setenta años. Vivió con la duquesa Marie d’Agould, la princesa Carolina Sayn— Wittgenstein, la bailarina Lola Montez, la pianista Agnes Kingworth, la pianista Sophie Menter, la princesa Olga Janina, la baronesa Olga Meyendorff, la actriz Lilla no— sé— cuanto, etc., etc.; la lista es interminable. Las partes del libro que tratan sobre música y arte son mucho más interesantes. Se menciona a Schuman, Clara Wieck, Héctor Berlioz, Johannes Brahms, Beethoven, Joachim, Richard Wagner, Hans Von Bülow, Anton Rubinstein, Frédéric Chopin, Víctor Hugo, Honoré de Balzac, Hiller, Hummel, Czerny, Rossini, Cherubini, Paganini, Mendelssohn, etcétera. Liszt era personalmente un hombre agradable, muy generoso y modesto en lo que respecta a sí mismo, aunque en extremo vano. Ayudaba a todo el mundo, su arte lo era todo para él, le enloquecían el coñac y las mujeres, no podía soportar las lágrimas, era un caballero, jamás se hubiera negado a hacer un favor a nadie, le importaba poco el dinero, y era partidario de la libertad religiosa y política. Tuya, ANA Martes 13 de junio de 1944 Querida Kitty: Mi cumpleaños ha pasado de nuevo. Tengo, pues, quince años. He recibido bastantes cosas. La Historia del Arte de Springer, en cinco tomos; además, un conjunto de ropa interior, un pañuelo, dos tarros de yogur, un frasquito de mermelada, un gran bizcocho y un libro sobre botánica, de papá y mamá. Un brazalete doble de Margot, un libro (Patria) de Van Daan, caramelos de Dussel, bombones y cuadernos de Miep y Elli, y la mejor sorpresa, un libro: María Theresa, así como tres tajadas de verdadero queso, de Kraler; un magnífico ramo de

peonías de Peter. ¡Pobre muchacho! se ha esforzado tanto por encontrar algo, pero sin ningún resultado. Las noticias, las tormentas, los torrentes de lluvia y el mar desencadenado. Churchill, Smuts, Eisenhower y Arnold visitaron ayer, en Francia, los pueblos conquistados y liberados por los ingleses. Churchill hizo la travesía en un torpedero que hostigó la costa. Hay que creer que ese hombre, como tantos otros, desconoce el miedo. ¡Es envidiable! Desde el anexo, no podemos pulsar la moral de los holandeses. No cabe duda de que la gente se alegra de haber visto a la «indolente» (?) Inglaterra arremangarse por fin. Todos los holandeses que todavía osan hablar despectivamente de los ingleses, que siguen calumniando a Inglaterra y a su gobierno de viejos señores, llamándoles cobardes aun cuando odian a los alemanes, merecen una buena sacudida, tal vez eso les devuelva el sentido. Hacía dos meses que no tenía la menstruación, pero finalmente todo recomenzó el sábado. A pesar de la molestia que significa, me alegro. Tuya, ANA Miércoles 14 de junio de 1944 Querida Kitty: Anhelos, deseos, pensamientos, acusaciones y reproches asaltan mi cerebro como un ejército de fantasmas. No soy en realidad tan presumida como imaginan los demás. Conozco mis innumerables defectos mejor que cualquiera, pero he ahí la diferencia: sé que tengo la firme voluntad de enmendarme, y de llegar a ello, pues ya compruebo un progreso sensible. Entonces, ¿cómo es posible que todo el mundo siga encontrándome presuntuosa y tan poco modesta? ¿Soy en verdad tan presuntuosa? ¿Lo soy realmente yo, o acaso lo son los otros? Esto no conduce a nada, lo comprendo, pero no voy a tachar la última frase, por extraña que sea. La señora Van Daan, mi principal acusadora, es conocida por su falta de inteligencia y, puedo decirlo con toda tranquilidad, por su estupidez. La mayoría de las veces, los tontos no pueden soportar a alguien más inteligente o más despierto que ellos. La señora me juzga tonta porque soy más veloz que ella para comprender las cosas; juzga que adolezco de inmodestia porque ella adolece mucho más; encuentra mis vestidos demasiado cortos porque los suyos son más cortos aún. Asimismo, me juzga presuntuosa porque ella es de eso dos veces más culpable que yo al hablar de cosas de las que no tiene ninguna noción. Mas he aquí uno de mis proverbios predilectos: «Hay algo de verdad en cada reproche». Y estoy dispuesta a admitir que soy presuntuosa. Ahora bien, no tengo muy buen