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el_diario_de_ana_frank

diario

para mirar las

para mirar las imágenes. A su regreso, Margot, viendo su libro en mis manos, frunció el ceño y me rogó que se lo devolviera. Yo quería retenerlo un instante más. Margot se enfadó de veras, y mamá intervino, diciendo: — Margot está leyendo ese libro. ¡Debes dárselo! Entrando en la habitación e ignorando de qué se trataba, papá notó, sin embargo, el gesto de víctima de Margot, y exclamó: — ¡Querría verte a ti si Margot se pusiera a hojear uno de tus libros! Yo cedí inmediatamente, y, después de haber dejado el libro, salí de la habitación..., humillada, según la expresión de papá. No se trataba de sentirse humillada, ni de estar enojada. Estaba simplemente apenada. No me pareció justo que papá me reprendiera sin preguntar la causa de nuestra discusión. Yo misma habría devuelto el libro a Margot, y mucho más pronto, si papá y mamá no hubiesen intervenido: en cambio, se pusieron enseguida de parte de mi hermana, como si ella fuera víctima de una gran injusticia. Mamá protege a Margot, huelga decirlo; ellas se protegen siempre mutuamente. Estoy tan acostumbrada a esa situación, que me he vuelto indiferente por completo a los reproches de mamá y al humor irritable de Margot. Yo las quiero sólo porque son mi madre y mi hermana. En cuanto a papá es otra cosa. Me consumo íntimamente cada vez que él exterioriza su preferencia por Margot, que aprueba sus actos, que la colma de elogios y de caricias. Porque yo estoy loca por Pim. Él es mi gran ideal. No quiero a nadie en el mundo tanto como a papá. El no repara en que no se porta con Margot igual que conmigo. ¡Margot es siempre la más inteligente, la más amable, la más bella y la mejor! Pero, no obstante, yo tengo un poco de derecho a ser tomada en serio. Siempre he sido el payaso de la familia, constantemente se me trata de insoportable, siempre tengo que pagar el doble: primero al recibir las reprimendas, y luego por la forma en que son heridos mis sentimientos. Ya no puedo soportar ese aparente favoritismo. Espero de papá algo que él no es capaz de darme. No estoy celosa de Margot. No envidio su belleza ni su inteligencia. Todo cuanto pido es el cariño de papá, su afecto verdadero no solamente a su niña, sino a Ana, al ser humano Ana. Me aferro a papá porque él es el único que mantiene en mí los últimos restos del sentimiento familiar. Papá no quiere comprender que, a veces, necesito desahogarme respecto de mamá; se niega a escucharme, evita todo cuanto se relaciona con los defectos de ella. Más que todo lo demás, es mamá, con su carácter y sus faltas, quien pesa

de modo terrible sobre mi corazón. Ya no sé qué actitud adoptar, no puedo decirle brutalmente que es desordenada, sarcástica y dura..., y, sin embargo, no puedo soportar que siempre se me acuse. En todo somos distintas, y chocamos fatalmente. Yo no juzgo el carácter de mamá, porque no me corresponde juzgar; pero la comparo con la imagen que me he forjado. Y ella no es LA madre. Me es necesario, pues, cumplir yo misma con esa misión. Me he alejado de mis padres, bogo un poco a la deriva e ignoro cuál será mi puerto de salvación. Todo eso porque he concebido un ejemplo ideal de madre y esposa que en nada se asemeja a ella, a quien estoy obligada a llamar mamá. Siempre me propongo pasar por alto los defectos de mamá, no ver más que sus cualidades, y tratar de encontrar en mí lo que vanamente busco en ella. Más no lo he conseguido, y lo desesperante es que ni papá ni mamá sospechan lo que me ocurre y yo los repruebo por eso. ¿Hay padres capaces de dar entera satisfacción a sus hijos? En ocasiones se me ocurre que Dios quiere ponerme a prueba, no sólo ahora sino también más tarde: debo hacerme buena mediante mi propio esfuerzo, sin ejemplos, con el fin de ser más adelante la más fuerte. ¿Quién leerá estas cartas, si no yo? ¿Quién me consolará? Porque necesito a menudo consuelo; con mucha frecuencia me faltan las fuerzas, lo que hago no es suficiente. Y no realizo nada. No lo ignoro; trato de corregirme, y todos los días hay que empezar de nuevo. Me tratan de la manera más inesperada. Un día, Ana es la inteligencia misma y se puede hablar de todo delante de ella; al día siguiente, Ana es una pequeña ignorante que no comprende nada de nada y que se imagina haber sacado de los libros cosas formidables. Ahora bien, ya no soy la niñita a quien se festeja con risas benévolas por cualquier motivo. Tengo mi ideal, es decir, tengo varios; tengo ideas y proyectos, aunque todavía no pueda expresarlos. ¡Ah!, ¡cuántas cosas acuden a mi mente de noche, cuando me quedo sola, obligada como estoy durante el día a soportar a quienes me fastidian, y se engañan sobre mis intenciones! Por eso vuelvo siempre a mi diario, que es para mí el principio y el fin, porque Kitty nunca pierde la paciencia; yo le prometo que, a pesar de todo, me mantendré firme, recorreré mi camino, y me trago las lágrimas. Pero, ¡cómo me agradaría ver un resultado, ser alentada, aunque solo fuera una vez, por alguien que me quisiera! No me reproches, recuerda que yo también puedo estar a veces a punto de estallar. Tuya, ANA

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